El Fundador / Noviembre 2021

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Un avión de la Armada pasó rozando las olas

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Pasaron las elecciones y hubo doble festejo

Noviembre 2021

Villa Gesell Año - XXXIV Nro 2043

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Ganar perdiendo o perder ganando Después de mucha expectativa, las elecciones dejaron un panorama que se veía venir: al no ingresar una tercera fuerza (Federico Rodríguez Erneta quedó cerca, poco ayudado por la pésima performance de Florencio Randazzo), el triunfo de Juntos no le reportó una mejora en la situación legislativa. A caballo de la contundente victoria del 2019, cuando había ingresado cinco concejales, el segundo puesto le dio al Frente de Todos cuatro ediles, y una mayoría y quórum propio para los próximos dos años. A pesar de la insistencia de la oposición en remarcar la derrota, el intendente Barrera tendrá por primera vez en sus diez años de gestión un HCD “propio”. Este último año logró mantener dentro del redil a Miguel

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Cisneros, que después de ingresar al Concejo por Juntos por el Cambio pasó por varias etapas y hoy es oficialista, pero nunca pudo ser un voto garantizado. En cambio, a partir del 10 de diciembre tendrá nueve concejales propios. A esto se suma la desaparición, tras más de una década, de terceras fuerzas en el Concejo, lo que limita absolutamente la posibilidad de cambios y alianzas. El Concejo volverá a los dos bloques “tradicionales” y la oposición no tendrá prácticamente herramientas, pudiendo hacerse sentir solo en temas que requieran una mayoría especial, es decir dos tercios de los votos, que son casos excepcionales. Salvo esto, el oficialismo tiene dos años de libertad absoluta en la agenda legislativa.

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Septiembre Noviembre2021 2020/ /El El Fundador Fundador // 55


Un avión de la Armada recorrió el frente costero a baja altura y provocó sustos Hace pocos días, un Beechcraft King Air 200 de patrulla marítima de la Armada Arngentina, aparatos con base en Punta Indio, recorrió todo el frente costero del Partido de sur a norte, muy cerca de la playa y prácticamente rozando las olas.

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Muchas personas registraron el momento, disfrutando del inusual espectáculo, pero varias con preocupación, ya que si bien estos aviones tienen límites de seguridad, al ojo de las personas desde la playa está realmente cerca.


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Sí, lo soñé...

Por Nacho Fittipaldi

En el sueño íbamos nadando juntos. Entre esa vaca y yo no hay diferencia alguna. Saco la cabeza para respirar, es lo que más necesito en este momento crucial, no ya de la carrera, sino de mi vida. Al girar la cabeza veo unas cinco vacas pastando en la parte más alta de la barranca. No son esas esplendorosas barrancas del Paraná, pero marcan una altura significativa entre el cauce del río y el sitio por donde transitan el resto de los mortales que, en este momento de la mañana, en su inmensa mayoría, algo así como 7 mil millones de habitantes, caminan tranquilamente por la tierra. Las barrancas dan la sensación de que esta agua en la que ahora nado hubiese caído en un solo bloque. Una suerte de bloque de chocolate que luego se derritió y hoy es esto. La temperatura del agua es ideal. El sol calienta, pero no te parte. El cielo es diáfano. Mi preparación para esta carrera ha sido ideal. Sin embargo, hay cosas que dejadas al azar pueden ser determinantes, para bien o para mal: decisiones, imprevistos, infortunios. Entonces, como en la película de Woody Allen, la pelota cae de un lado u otro de la red. Por ejemplo: ¿Quién me manda a mí a salir así de fuerte? Y no es que uno sea un adolescente que no ha nadado nunca este tipo de pruebas. No. En el sueño eso no pasaba. La carrera se daba normalmente. Van 2,5 km de carrera y siento que no puedo completar un ciclo completo de brazada, patada y respiración. Es más, creo que no lo he hecho en toda la distancia. En este punto en el que solo respiro de mi lado cómodo, la respiración bilateral y sus bondades forman parte de un deseo, o algo que ocurrirá en una carrera futura. No siento el más mínimo placer de estar nadando, ni de estar acá en el medio de este río hermoso. Jamás pensé que la primera carrera después de la cuarentena estricta iba a resultar este fastidio. Es ahora cuando aparecen las preguntas que uno no debe hacerse. Esos cuestionamientos que yo, y cualquiera que haya nadado en condiciones climáticas adversas, bien conoce. Hoy no es el caso. Hoy está todo dado para una jornada memorable. Pero la cabeza es un ovillo de hilo. No para. Y ahí están, los hechos concretos. ¿Hay algo más concreto que la necesidad de oxígeno? ¿Hay algo más concreto que la necesidad de oxígeno cuando uno se está ahogando en el agua? Yo estoy así. Llegados acá, entre esa vaca y yo no

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hay diferencia alguna. Si ella apoyara las patas delanteras en algún pedazo flojo de tierra, justo antes de que la barranca enfile hacia el borde primero del agua, si patinara y cayera brutalmente ayudada por la gravedad, ambos estaríamos así, sintiendo esto que yo siento. Ese estarse ajeno en un medio en donde un bípedo se hunde vergonzosamente. En el kilómetro tres saco la cabeza para respirar hacia mi lado izquierdo, la respiración bilateral ha regresado, por alguna razón logré acomodarme... un poco. Entonces sucede. Veo una gorra conocida nadando al lado mío, justo al lado mío. La conozco y en este momento necesito aferrarme a cualquier cosa. Más de quinientos nadadores y él al lado mío. Esa gorra es de la persona que ha entrenado conmigo estos últimos tres meses, todos los martes, jueves y sábados; dos horas o más, siempre. Conozco la gorra, el recorrido de sus brazos bajo el agua, el hombro plano por arriba del omóplato y la brazada larguísima que se extiende hasta donde mis ojos pueden ver. Conozco su ritmo y el mío. Sus fortalezas y debilidades. Él las mías. Por momentos más rápido uno, por momentos el otro. En todo caso su presencia acá, en el medio del río quiere decir tres cosas: no vengo tan mal como creía; no lo voy a dejar ir; esto ya lo viví en el sueño. Allí él se aparecía. Allí nadábamos juntos. En él uno se separaba del otro y el otro, emulando las carreras de ciclismo de persecución, le da alcance. Las boyas se van sucediendo, pasan rápido. Vamos descontando kilómetros. De repente me siento fuerte y pleno, siento la tracción abajo del agua, extiendo y hago largas mis brazadas y busco la máxima extensión de mi cuerpo, desde el empeine del pie hasta los dedos de mis manos, reconozco el circuito que hace el oxígeno en mis pulmones, hay cansancio, pero no hay fatiga, veo que vamos pasando nadadores y al mirar hacia adelante reconozco que hay solo un puñado de ellos por delante nuestro. Otra vez intento una fuga, pero Seba me sigue; él se va y yo lo alcanzo. Me voy y él me da alcance. No hay modo. No se trata de ver quién gana. Se trata de ir a ese mismo ritmo que hemos logrado en las sesiones de entrenamiento, es buscar el límite e ir para adelante buscando la ultima boya que marca el fin de la carrera, los 7 km completados. Es saberse perdidísimo y de repente encontrar un camino que te lleva hasta donde vos querés, de un modo conocido. En el


sueño pasaba eso. Nado sabiendo que no podré despegarme, ni él despegarse. Era así. Es así. En el sueño no había definición, no había puestos, ni trofeos, ni medallas. Solo imágenes que fueron construidas quién sabe

cómo y por qué. En la realidad, acá en el agua, sucede exactamente lo mismo que en el sueño. Pero es mejor porque en el sueño no había adversidad, hoy entre ambos nos sostuvimos, y es mejor porque eso se queda para siempre.

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Loba. Alda Merini, poeta “Se entra en estas casas sin demora con la idea/ precisa y la esperanza de encontrar la fatalidad el destino/ se consideran las piedras los habitantes, los lugares/ las esperanzas caídas sobre las piedras las voces de los niños”, escribe Alda Merini en uno de sus “Poemas heroicos”. Y deja en claro qué clase de vida le tocó vivir a una chica nacida en Milán el día de la primavera de 1931: el fascismo, la pobreza, esos paisajes de miseria que constituirán la esencia de un cine despojado con el sentimiento en primer plano. Merini escribe: “mientras la vida gime atrapada en las prisiones/ se alzan las velas del bellísimo canto”. Porque Merini no se resigna a un destino asignado y se fija, a pesar de todos los quiebres de una existencia castigada, en encontrar belleza donde otros se espantarían. “Vigilaba sobre la nada/ de todas las cosas/ pero era la lógica del infinito”, escribe. Y en esa nada “el escondite de mi loba/de esa que se demora en las noches/sobre la frente delicada de todos/ aquellos que entran en el sueño y ven/ madonas coloridas y relámpagos/ y sueñan con ser diferentes/ de cualquier sonido de cualquier momento”. Repaso los subrayados de “Clínica del abandono”, la antología bilingüe que tradujo con precisión y delicadeza Delfina Muschietti para el sello “Bajo la luna”. Y como me pasa siempre, al entrarle, reparo que me quedé corto con los subrayados. Por ejemplo, debería haber destacado uno de sus poemas de “Hotel por horas”: “Así me fui con una sórdida/valija de cartón alquilada/ y liberada de mil cuerdas que llevaba/ el pináculo de un demonio secreto/que había quebrado por mí las reglas del juego”. Es cierto, Merini atraviesa un período de arte social, pero no hace neorrealismo. Lo social se advierte en ella en el registro personal agudo de los tropiezos existenciales, caminar en el borde de la razón y, a menudo, pasar del otro lado. “Todos nosotros tenemos velos mentirosos/ para cubrir nuestro verdadero rostro”, escribe. Y también: “Los que no tuvieron nunca una caricia/ ahora son tumbas secretas.” Años atrás, como dije, al subrayar muchos de sus versos, me quedé con las ganas de pasar la birome por debajo de muchos otros con la intención de volver a esas líneas como peldaños de escalera de incendio. Pero no una para escapar sino una que sube y uno debe enfrentar el fuego. Con este ánimo ahora, una vez más, me propongo escribir sobre esta poeta tan, tan qué, me freno. Porque todo adjetivo que pueda aplicarle me resulta engañoso como

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Por Guillermo Saccommano

los velos que ella denuncia. Tal vez, la mejor manera de encararla sería acercarse a su biografía, si es que una sinopsis puede aportar más que una apretada selección de citas y comentarios. Alda Giussepina Angela Merini nació en la Via Pappiano 57 en la ciudad en la que iba a morir a los setenta y ocho. Pertenecía a una familia humilde. Su padre era empleado de Asicurazioni Generali, la misma compañía de seguros en la que trabajó el tío de Kafka y a quien su sobrino, para liberarse del yugo paterno, le había suplicado un puesto en la sucursal montevideana. La historia de Merini es una sucesión de trastornos dramáticos y visiones poéticas. La nena que llegaría a ser una de las más notables poetas italianas de su tiempo fue reprobada en el examen de italiano. Y esta anécdota, imagino, quiere decir algo: la negación de un conformismo de la lengua. Sus primeros poemas ganan el respaldo de Salvatore Quasimodo y Eugenio Montale, quienes la respaldan y alientan. A Montale le escribe: “Me sucede también a mí, Maestro/ el haber hecho el amor/ con aquellos/ que no has conocido jamás”. Merini supo cultivar fuertes amistades con escritores y pintores, apunta Muschietti. Aunque tenía posición tomada en asuntos de género, sus relaciones con las mujeres, sin negociar las trampas patriarcales, eran a menudo conflictivas. A Merini se la ha comparado con Emily Dickinson, Sylvia Plath y, más acá, a Alfonsina Storni. Sin embargo, a diferencia de ellas se distingue por un modo crudo de plantarse en la escritura sin perder refinamiento: “Todo has tirado en la basura de una psiquiatra/ que ha escuchado la falsa conferencia/ de ti con los miles de diablos en tu cuerpo”. Su poesía erótica suele disponer de pronto una frontalidad que puede espantar las almas sensibles: “Su esperma bebido por mis labios/era la comunión de la tierra. /Teníamos con nosotros los víveres/pero muchos años todavía/y besos y esperanzas/ y no creíamos en Dios/ porque éramos felices”. La naturalidad que Merini despliega en sus poemas es esa con la que posa en fotos donde seduce y torea en vez de refugiarse en una romantización artificial. Vale la pena detenerse en una, esa donde la vemos mayor, gorda, desnuda, el cigarrillo en la boca, sin otra coquetería que un collar y unos aros. Tiene una sonrisa seductora entre recia y sabia. Su desnudo es un acto de sinceridad. Como su autorretrato “Huida de loba”: “A quien me pregunta/ cuántos amores he tenido/ le respondo que mire/ en los bosques para ver/ en cuántas trampas


ha quedado/ mi pelo”. La suya no es la existencia de una poeta profesional, de carrera, de perseguir cocardas. Sus poemas se alternan con amores tumultuosos tal como lo expresa en uno de sus libros “Hotel por horas”: “A quien me pregunta/ cuántos amores he tenido/ le respondo que mire/ en los bosques para ver/ en cuántas trampas ha quedado/ mi pelo”. Entre poemas, Merini tiene dos matrimonios, cuatro hijas y una cantidad de internaciones con diagnósticos de demencia: “Nadie en el manicomio ha dado jamás un beso/ si no es al muro que lo oprimía/ y esto quiere decir que la santidad/ es de todos, como de todos es el amor”. A medida que se suceden las internaciones y los partos, la poesía de Merini alcanza un prestigio literario y cierta popularidad: Milva convierte sus poemas en canciones. Sin embargo ella no se la cree. Y ahonda en su arte. Sobre la maternidad, escribe: “Pero una mujer cambia de vestido cuando se esposa/ y deja caer el himen sobre el corazón de quien ama. Así yo he perdido mi corazón un día y no lo encontraré ya más./ Este amor tan sudado/ me ha dado un hijo”. Y también: “Todo pide una madre y que sufran sus pies”. Merini enfrenta las rachas de desequilibrio con el mismo estoicismo que la vejez: “Yo ya vieja/ como una pelota desinflada, expulsada de toda/ religión, tirada a la basura de/ todos los tiempos, yo desmemoriada y sucia/mujer que no ve lo diques del amor”. En los últimos años su poesía palpita una mística profunda, la escritura le ha revelado su carácter sagrado: “Ábrete oh escena, sin pánico,/ en el bosque sediento de mi fe”. Profecía autocumplida, ella ya había definido su modo de escritura cuando joven. Y había escrito: “Para amar no se necesitan leyes/ sino sólo sueños. / Adiós desde la frontera”.

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Las recetas de Olivia GATUZO EN SALSA DE NUESTRO MAR Ingredientes (para dos personas): 2 filetes de gatuzo, 4 gambas, 4 vieiras(media valva), 1 calamar chico, diez mejillones pelados, una cebolla, un morrón, dos dientes de ajo, manteca, aceite de oliva, sal, ají molido, crema de leche, pimentón. Preparación: en una sartén grande, ponemos un chorro ligero de aceite de oliva y una cucharada generosa de manteca. Cuando esté derretida, agregar una cebolla chica picada finamente, unas seis o siete tiritas de morrón colorado, hasta que se blanqueen. Agregar los langostinos, el calamar limpio y cortado en trozos el tubo y separados los tentáculos, los mejillones y las vieiras boca arriba. Agregar poca sal, el ajo picado y el ají molido. Moveremos suavemente la sartén por dos minutos. Hacemos lugar entonces, con una cuchara de madera, y ponemos los dos filetes sobre la sartén, tapándolos suavemente con la salsa.

En dos o tres minutos los daremos vuelta, y en un minuto más le tiramos un chorrito de vino blanco para levantar el fondo de cocción. Agregamos, al final, dos cucharadas de crema y pimentón. Al servir, hacerlo con cuidado para que no se rompa el pescado. Tendremos entonces, un plato diferente, bien sabroso y con productos salidos de nuestro generoso mar argentino. Hay quienes dicen que el pescado se marida con vino blanco. Eso dicen los que saben, pero yo, que sé muy poco de esto, lo comería acompañado por una copa de malbec…

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14 / El Fundador / Octubre 2021


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