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Comentario-Semanal-430

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Lunes 16 de mayo de 2022

El Comentario Semanal

Edición de No. 430

Lunes 16 de mayo de 2022

Óleo sobre lienzo “Niño leyendo” (1972), de Alberto Morrocco. The Fleming Collection. Londres (Fuente: epdlp.com)

Bullicios, conversaciones

Nadia Contreras Pishtaco, degollador desalmado

Francisco Carranza Romero

Viñetas de la provincia

Don Manuel Sánchez Silva

Cine Comentario

La realidad social representada en el cine mexicano

En el año 2020 tuve la oportunidad de publicar un libro sobre el tema de las representaciones de la realidad social en el cine mexicano, editado por parte de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM) y el Archivo Histórico del Municipio de Colima (Ahmc), instituto educativo, científico y cultural, donde hace algunos años fui profesor invitado a impartir diversos seminarios, entre ellos el que denominé “Cine y realidad social en el México del siglo XX”.

Desde este marco académico es que se desprende el libro mencionado, en el que estudiantes de doctorado y graduados de dicho seminario perteneciente al Programa de Doctorado en Estudios Mexicanos, del Centro de Estudios Superiores e Investigación (CESI), que cursaban el programa en aquellos años, aceptaron de manera entusiasta mi invitación a participar con sus proyectos finales sobre el tema y se interesaron en colaborar con este producto académico. Es así, que por medio de una participación colectiva a la que se sumaron además profesoresinvestigadores de la Universidad de Colima (UdeC), la Universidad Autónoma del Estado de México (Uaem); la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ); la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH-Colima), es que se logra este ecléctico material bibliográfico.

A continuación, incluyo algunos

fragmentos que se encuentran en la introducción del libro denominado: “El cine mexicano como representación de la realidad del país. A manera de introducción” donde doy cuenta del tema y su contenido, de manera sucinta. Por lo que a continuación anoto algunos fragmentos del mismo, con la finalidad de incentivar en el lector de esta nota de El Comentario Semanal, el interés por el tema e inviar cordialmente a su lectura. Es así como en este libro: “Desde diversas perspectivas de análisis, se da cuenta de la relación indisociable que ha existido entre el cine y la historia, incluso desde sus propios inicios, como lo ha planteado claramente el historiador mexicano del cine silente Aurelio de los Reyes (1997), ya sea rescatando la idiosincrasia de una sociedad, las maneras de hablar o vestir, la arquitectura de la época, los tabúes o temas representativos de aquel tiempo, entre tantos otros elementos a considerar en el estudio de las producciones cinematográficas.”

“De esta manera, coincido con el historiador francés Marc Ferro (1980), quien reconoce en el cine la fuerza de la imagen como un documento histórico y agente testimonial de gran valía, que puede llegar incluso a funcionar como una herramienta útil para el análisis de la realidad social, aunque siempre desde perspectivas críticas y con cierto detenimiento y distancia, que además puede servir para reflexionar acerca de la propia historia en el cine. Al respecto, en la primera propuesta se ubican las coordenadas del presente libro, considerando de entrada, que si bien el cine no es la realidad en sí, puede

funcionar como una representación de la misma. Por ello, precisamente el propósito de esta obra recae en la intención de encontrar un punto dialógico entre el cine mexicano y su relación con la realidad social del México del siglo xx y lo que va del xxi, y reconsiderar su valor cultural e histórico a través de este medio cultural.”

“Por su parte, Pierre Sorlin (1985) reconoce al cine como un agente de la historia que puede tener efectos de representación del pasado, e integrarse al mismo tiempo como testimonio vivo para la propia historia, con sus limitantes según sea el caso. En este sentido, quizás el documental se acerque con mayor detalle a este argumento, sin embargo, considero también a la ficción cinematográfica como otra forma de aproximación a las distintas representaciones de las realidades mexicanas de los diversos México, en clara referencia a la multiplicidad cultural del país, de acuerdo con la propuesta que en alguna ocasión hizo Octavio Paz (2015). De esta manera y desde “distintas miradas” y diversas perspectivas disciplinarias, los autores del presente libro integran aspectos y enfoques epistémicos y metodológicos desde varios posicionamientos para el análisis de cada objeto de estudio relacionado con la cinematografía mexicana. Y a partir de esta variedad temática y de enfoques analíticos, se han construido dichos planteamientos donde confluyen: literatura, arqueología, sociología, antropología, artes escénicas, historia, geografía, comunicación y periodismo.” (Fernández, 2020, pp. 15-16).

El libro se conforma por nueve capítulos, más el capítulo introductorio ya mencionado, el primero de ellos es: “Antecedentes del cine en Colima”, de Ana Bertha Uribe, que trata sobre el desarrollo histórico del cine y sus salas de exhibición en Colima; el que sigue es: “El entono costero colimense a través del cine mexicano”, de Teresa Evangelina Martínez; después podemos encuentrar: “Cartografía y cine: una relación posible para mirar el espacio geográfico” de Miguel Ángel Flores y María América Luna. Posteriormente tenemos, “Prácticas rituales en ‘Nuestra señora’ (Raíces), de Benito Alazraki, de Krishna Naranjo; le sigue “Identidad, género y contexto cultural en el largometraje El signo de la muerte”, de Fernando González y Fabiola Esquivel. Continúa el texto de Emilio Gerzaín “Cuatro décadas desde el cuerpo femenino: México (1960-2000)” y después se puede leer: “La década del setenta en México. Representación de la prostituta en el cine de ficheras” de Tania Betzabel García. El penúltimo capítulo se denomina: “Cuando las ilusiones dejaron de viajar en travía. La trata de personas en el cine mexicano” de Lucila Gutiérrez y Marco Antonio Pérez, y finalmente, tenemos “Cine y política: uso de dispositivos culturales para el empoderamiento social en el siglo XX” de Carmen Zamora.

Tal como describe Marco Vuelvas en la reseña que realiza sobre este material bibliográfico para la revista de Estudios sobre las Culturas Contemporáneas de la Universidad de Colima: “El libro, por la diversidad de temas abordados abona a la preocupación por el cine visto como un fenómeno de masas y un catalizador social de temáticas sociales implicadas en los filmes y que aporta, desde diversas perspectivas, una serie de reflexiones acerca del cine mexicano, su análisis y sus relaciones con la sociedad mexicana a través de las representaciones sociales que aparecen en pantalla y los discursos sociales y políticos que subyacen en los guiones y escenas que se presentan ante el espectador.” (Vuelvas, 2021, p. 121).

Por todo lo anterior comparto ahora el libro descrito para su consulta y descarga gratuita, mismo que se puede leer en el orden guste y por el tema de interés que le llame la atención, siendo además

Portada del libro “Cine mexicano y realidad social. Distintas miradas” (2020).

mi finalidad, el abonar al conocimiento de nuestra historia, nuestra cultura y nuestro cine mexicano a través de su lectura y fruición.

Referencias bibliográficas:

- De los Reyes, A. (1997). Medio siglo de cine en México. México: Trillas.

- Fernández, A. (coordinador) et. al. (2020). Cine mexicano y realidad social. Distintas miradas México: UAEM/AHMC.

- Ferro, M. (1980). Cine e Historia. Barcelona: Gustavo Gili.

- Morin, E. (2001). El cine o el hombre imaginario. Barcelona: Paidós Comunicación.

- Paz, O. (2015). El laberinto de la soledad México: Fondo de Cultura Económica.

- Sorlin, P. (2005). “El cine, reto para el historiador”. Istor. Revista de Historia Internacional, año V, (20), primavera, División de Historia del Centro de Investigación y Docencia Económicas (cide). México: Jus-CIDE, pp.11-35.

- Vuelvas, M. A. (2021). “El cine como crítica social”, en Estudios sobre las Culturas Contemporáneas. Época III. Vol. XXVII Número 53, Colima, julio-diciembre, Universidad de Colima, pp. 117-122.

1 Profesor Investigador de la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima.

Bullicios, conversaciones

Las vejaciones, tormentos y malos tratos, en el territorio anterior a la memoria. Comentarios a dos novelas

de Alex Michaelides

I

oncluí la lectura de las dos novelas de Alex Michaelides: La paciente silenciosa y Las doncellas. En la primera, conocemos a Alicia Berenson, una pintora de éxito, que dispara cinco tiros en la cabeza de su marido, y no vuelve a hablar nunca más. Su negativa a emitir palabra alguna convierte una tragedia doméstica en un misterio que atrapa la imaginación de toda Inglaterra.

Otro personaje importante dentro de la trama de La paciente, es Theo Faber, un ambicioso psicoterapeuta forense obsesionado con el caso. Theo está empeñado en desentrañar el misterio de lo que ocurrió aquella noche fatal y consigue una plaza en The Grove, la unidad de seguridad en el norte de Londres a la que Alicia fue enviada seis años antes y en la que sigue obstinada en su silencio. ¿Cuál es el propósito? Hacer que Alicia hable. Por supuesto, es un objetivo macabro, quienes lleguen al final de la novela, lo entenderán.

Las doncellas (que en la cronología histórica debería ser la primera: aquí se habla por primera vez de Alicia, del asesinato y de Theo, muy lejos aún de alcanzar una plaza en The Grove), se centra en Mariana quien intenta recuperarse de la pérdida de Sebastián, el amor de su vida, ahogado durante unas vacaciones en una isla griega. Concluye su sesión de grupo que dirige, cuando su sobrina Zoe la llama desde Cambridge para contarle que

Tara, su mejor amiga, ha sido brutalmente asesinada.

Mariana decide acudir en su ayuda y allí conoce al profesor Edward Fosca, un carismático catedrático de filología clásica que tiene un puñado de discípulas conocidas como «Las doncellas». Tara pertenecía al grupo y antes de morir había recibido una postal con una imagen de unas estatuas griegas y los versos de unos cultos eleusinos, justo la materia que imparte Fosca. Pronto los cadáveres de otras doncellas irán apareciendo en el campus con los ojos arrancados y una piña en la mano. Mariana intentará por todos

los medios resolver estos crímenes y de paso, responder a muchas interrogantes sobre su propia vida.

II¿A quién maltratan al maltratar a un niño?

Generalmente, a lo insoportable de sí mismos, a aquello que quisieran destruir en sí mismos y retorna desde el otro. Y esto es fundamental: es lo propio insoportable que retorna desde el afuera lo que se quiere destruir, aniquilar, silenciar”.

La primera, es decir, La paciente silenciosa, me impresionó. La segunda no tanto. Es más simple. Tal vez, si hubiese leído primero Las doncellas y posteriormente La paciente silenciosa, mi perspectiva sería diferente, sobre todo, en el manejo del tema intricado que es la condición humana. Una condición que, si tratamos de resumir, se escribe en el territorio anterior a la memoria. La reflexión que surge a raíz de la lectura de estas dos novelas se vuelve interesante: ¿por qué nos comportamos de un modo y no de otro? ¿por qué respondemos a una situación con temor, valentía, bien o mal intencionados? La siguiente es una declaración que nos deja helados: “¿Quién sabe qué vejaciones habremos sufrido, qué tormentos y malos tratos, en ese territorio anterior a la memoria? Nuestro carácter se formó sin que nosotros lo supiéramos siquiera”.

Hay, entonces, un momento en que somos arrancados de lo que pudiera suponerse bueno. Sin saberlo, nos arrebatan los hilos que nos dan cierto equilibrio, cierta confianza, cierta pertenencia y, poco a poco, la vida marca la pauta, la consonancia con que nos alejamos del mundo y de cada una de nuestras partes. Alex Michaelides aborda un tema desgarrador: el maltrato y la violencia

en la infancia y su continuidad. Beatriz Janin, psicóloga psicoanalista, escribe en su artículo “Las marcas de la violencia, los efectos del maltrato en la estructuración subjetiva”: “…también podemos preguntarnos: ¿a quién maltratan al maltratar a un niño? Generalmente, a lo insoportable de sí mismos, a aquello que quisieran destruir en sí mismos y retorna desde el otro. Y esto es fundamental: es lo propio insoportable que retorna desde el afuera lo que se quiere destruir, aniquilar, silenciar”.

Alicia dispara cinco tiros a Gabriel, su esposo. Pero ¿es ella verdaderamente la autora de todo ese desastre? Conforme avanzamos, la historia tiene sus giros. Pero leamos: “Las semillas de lo que ocurrió en esos pocos minutos en los que disparó a su marido se habían sembrado sin duda años antes. La furia asesina, la furia homicida, no nace en el presente”. Aquí cabe preguntarse: ¿realmente olvidamos? Eso, que ha sido velado por los mecanismos de la memoria, sus azares ¿realmente lo olvidamos? Para el autor, que recurre al uso de voces polifónicas, no: “…las emociones no expresadas nunca mueren. Quedan enterradas en vida y emergen más adelante, de formas más desagradables”.

Alicia es, por mucho la víctima, y no tanto la victimaria. Pero ¿quién es Theo? Un personaje como tantos que encontramos en la vida real: lobos con piel de cordero. ¿Podemos llamarlo psicópata? Sí, en el sentido estricto del depredador que rara vez siente culpa, remordimiento, arrepentimiento. Otro elemento: la facultad de manipular. A Theo lo conocemos de cuerpo entero. De Alicia, tenemos en cambio, pincelazos que develan una historia marcada por la muerte de la madre y el deseo del padre: “Igual que Admeto había condenado físicamente a Alcestis a morir, Vernon Rose había condenado psicológicamente a la muerte a su hija. Admeto debió de amar a Alcestis, en cierto sentido, pero no había amor alguno en Vernon Rose; solo odio. Lo que hizo fue un acto de infanticidio psicológico…, y Alicia lo sabía. «Me ha matado —había dicho—. Mi padre acaba de matarme.»”.

Los manchones de pintura, los trazos, las sombras, los colores, son precisos, duros,

desgarradores. El cuadro de Alicia, es en efecto, turbador. ¿Podríamos soportar el saber que nuestro padre nos quiere muertos? Volvemos al fuego del odio contenido, al fuego impetuoso; aunque intentemos retenerlo, aunque pongamos sobre éste una vida, un trabajo, un objetivo, será amenaza latente. Alicia y Theo son ejemplo de esto, aunque Theo por su disciplina, podrá tejer más finamente la mentira y el desenlace. La paciente silenciosa también nos invita a reflexionar sobre la relación médico-paciente. Las intenciones de Theo parecen buenas: ayudar a Alicia a recuperar el habla. Para cerrar el año 2021 leí en algunos medios españoles el caso del psiquiatra Javier Criado, quien en ese momento enfrentaba juico por vejaciones a una paciente. Pero no sólo una. Si seguimos el hilo de la denuncia, son muchas las pacientes que sufrieron abusos por parte de Criado. Del periódico El País retomo esta declaración hecha por Matilde Solís (exmujer de Carlos Fitz-James Stuart, duque de Alba): “Llegué a su consulta con 22 o 23 años, metida en una fuerte depresión [...] Abusó de una persona enferma, desesperada. No prestando ayuda, ignorando problemas, manipulando, como solo lo puede hacer un buen conocedor de los resortes de la mente, que es lo que no podemos negarle”. Lo espeluznante se inscribe perfectamente en la carta de Solís a manera de declaración: el abuso por parte de alguien que conoce los resortes de la mente, sus intersticios. ¿Qué se puede hacer frente a estas personas que, como ya mencioné con anterioridad, se presentan bonachonas, simpáticas, ocultas en piel de cordero? ¿Qué se puede hacer frente a tantos Theos que en este momento están frente a sus pacientes?

Alicia, poco a poco recuperará el deseo de hablar; sesión tras sesión, a veces interrumpidas por su carácter violento, está el deseo de hablar, aunque nunca dejó de hacerlo. La escritura también es voz y Alicia escribe de manera puntual en un diario. Es en el diario en donde sobreviven las vivencias pero, sobre todo, el intento final para silenciarla. La escritura de Alicia es una voz muy fuerte (más que sus cuadros), como la voz de tantas mujeres que han tomado la escritura autobiográfica como un medio para revelar y revelarse. Anna Caballé,

Directorio

Christian Jorge Torres Ortiz Zermeño Rector

Joel Nino Jr Secretario general

Vianey Amezcua Barajas Coordinadora general de Comunicación Social

Jorge Vega Aguayo Director general de Prensa

El Comentario Semanal

José Ferruzca González Director del periódico El Comentario

Yadira Elizabeth Avalos Rojas

Coordinadora de edición y diseño

Literatura

en su libro Narcisos de tinta. Ensayo sobre la bibliografía en lengua castellana (siglos XIX y XX), expone que la causa más frecuente de escritura autobiográfica —y en especial de diarios— se explica “bien por la crisis evolutiva del ser humano, bien por la crisis del medio en que se desenvuelve (…) y con el que colisiona”. La escritura, al final, no salvará a Alicia, pero sí tendrá el poder de desenmascarar las articulaciones de la crueldad. Alicia, aunque tiene su plan, sabe que está en desventaja. El diario, es en la novela, el mapa para el reclamo y la denuncia; es su evidencia.

III

En Las doncellas, hay por supuesto, un estudio profundo sobre el ser humano. Insisto, no logró estremecerse como la primera, pero sí trata un tema que me parece importante: la distorsión cognitiva. Los crímenes no paran, las víctimas, todas alumnas del profesor Fosca, logran orientar las sospechas de Mariana hacia él. Son las sospechas de ella, no las sospechas de la policía. Hay, claro está, una distorsión errada que da significados que no corresponden a lo que sucede. Nuevamente el autor, vuelve a retomar las heridas y las cicatrices del pasado. El epígrafe de Alice Miller, que abre la cuarta parte, es muy claro en el propósito de la obra: “Así pues, cuando aparece un hombre que habla y se comporta como el propio padre, incluso adultos […] se someterán a él, lo aclamarán, se dejarán

manipular, depositarán su confianza en él, y por último, se entregarán a él por completo sin siquiera conscientes de su esclavitud”. El pasado por ello nos persigue y nos hace traicionar aquello a lo que aspiramos, como por ejemplo Mariana, que está al frente de un grupo de terapia.

Pero volvamos a la distorsión. Mariana está lejos de reflexionar sobre su entorno, sobre su pasado. La relación con su padre, por ejemplo, es idílica. Deja de serlo, cuando Zoe, su sobrina, le arranca la venda de los ojos. Por supuesto, también Zoe, en esa distorsión cognitiva es manipulada por Sebastián, muerto, muchos años antes y, por no decir mucho, el amor de su vida. Almeciga y Sanabria hacen una definición puntual del término “distorsión cognitiva”: “afectación de la interpretación que hacen las personas de los hechos o la percepción que puedan llegar a tener de lo que los rodea; desde un punto de vista cognitivo, los estímulos a los que estén expuestos los sujetos pueden generar distintas respuestas de acuerdo al sistema que esté activo: la respuesta cognitiva (distorsiones cognitivas o pensamientos automáticos), respuesta biológica y respuesta motora, siendo estas tres respuestas influyentes en lo que la persona hace, piensa o siente.”

“—Piénsalo. ¿Por qué intenta cegarnos? ¿Qué es lo que no quiere que veamos?”, pregunta Theo, el mismo Theo de La paciente, a Mariana cuando trazan un

análisis sobre los escenarios del crimen. ¿Será que la mentira en que se basa la vida (porque mentira es la vida de Mariana, mentira es la vida de Alicia) es una especie de deslumbramiento? Sí, un deslumbramiento ¿para no mirar; para dejar pasar; para ocultar la imagen en los espejos? Y ¿los mitos? En las dos obras juegan un papel fundamental, tal vez, porque su origen está marcado por la violencia. No solamente su origen, sino la cronología de cada una de sus historias. Los mitos, también como la distorsión de la que hablo, tienen el propósito de conducir a los protagonistas al abismo “oscuro y profundo”.

Mariana tendrá que mirarse por primera vez; mirarse y reconocerse con heridas y cicatrices, porque finalmente eso somos, ese cúmulo que podemos colmar de luz o de sombra. Hacia el final de la novela, a Mariana se le planteará la posibilidad de reconciliarse con Zoe, quien es realmente la que hilvanó y ejecutó los asesinatos. Su decisión es ir hacia Zoe pero el desenlace no lo sabemos ¿será porque se acerca a otro desfiladero? Lo desconocemos, como también desconocemos si cada uno de nuestros pasos nos conducen a un camino seguro o justo al borde. Una pregunta final: ¿podremos en la complejidad que somos (vida, fuerza, violencia) mantener como hasta el día de hoy, una interacción sana con el medio social y natural? ¿O llegará el momento en que estallemos?

La historia negada de los afros

Una exquisita crónica nos permite ahondar en esta historia, hasta la fecha negada por el canon.

El sabio Francisco José de Caldas afirmaba en el siglo XIX que la inteligencia del hombre colombiano estaba determinada por las condiciones climáticas y meteorológicas del país. De esta manera, si un individuo había nacido en tierras frías, era más inteligente que un hombre nacido en suelos calientes, donde la canícula y los mosquitos hacen mella en la humanidad de sus visitantes.

Esta curiosa interpretación del geógrafo payanés que marginaba a las regiones cálidas y de paso ‘ninguneaba’ a los indios y negros nacidos en tierra caliente, terminó por imponerse en Colombia.

Después de la independencia, nuestros próceres se encargaron de legitimar un imaginario ‘blanco’, racista y excluyente, que aún perdura en nuestro territorio.

Valga la pena volver a nuestra historia para destacar aquí la investigación del académico Luis Carlos Castillo, que acaba de presentar en la Filbo, el libro Natanael Díaz: un poeta en los laberintos de la política (Planeta).

Natanal Díaz fue un negro que nació a comienzos del siglo XX, en el norte del Cauca, una región caliente y húmeda donde predominaba la hacienda esclavista de trapiche y la explotación de la minería de aluvión. Su bisabuelo, Manuel Agustín Díaz, había nacido en la hacienda Japio, que primero fue propiedad de los jesuitas, luego pasó a la corona española, y finalmente quedó en las manos de los Arboleda, una familia esclavista de la región, que compraba mano de obra esclava en Cartagena de Indias.

Según la investigación de Castillo, el bisabuelo de Natanael, fue hijo natural de Julio Arboleda, el poeta y terrateniente

esclavista del Cauca. Durante la Colonia y los albores de la independencia era costumbre entre los hacendados, corretear a las negras de cuerpos sinuosos y sensuales.

La liberación de los esclavos, que se produjo en 1851, obligó a los hacendados del Cauca a repartir algunas tierras entre los esclavos negros, que no hicieron parte del cimarronaje. Esto dio pie para que la familia Díaz tuviera una pequeña finca de doce plazas donde cultivaron cacao, café y plátano.

Este fue el origen del campesinado negro de la región que a comienzos del siglo XX favoreció a don Santiago Rivas y doña Arcelia Díaz, los padres de Natanael, para brindarle la mejor educación en Popayán y Bogotá.

Fue en la capital del país donde Natanael Díaz se graduó en el colegio Camilo Torres, una extensión de la Universidad Externado de Colombia. Allí conoció el mundo intelectual de la época, y llegó a entablar amistades con artistas y escritores como Manuel y Delia Zapata Olivella, Diego Luis Córdoba, Rogerio Velásquez, Marino Viveros y Adolfo Mina.

Influenciado por el movimiento negro francés, que era liderado por el poeta africano Leopoldo Sédar Senghor y el escritor martiniqués Aimé Cesaire, quienes en París crearon la revista L’etudiant noir, Natanael Díaz, junto con varios intelectuales caribeños y del Pacífico, fundaron el Club Negro (primera organización afro del país) y declararon el 20 de junio de 1943, como el Día del Negro.

En su edición dominical del 20 de junio, el periódico El Tiempo destacó estos dos acontecimientos.

Durante su permanencia en Bogotá, el líder caucano fue representante a la

Cámara por tres períodos, y fue encarcelado por apoyar la protesta social a raíz del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

‘Natanael Díaz: un poeta en los laberintos de la política’ de Luis Carlos Castillo, catedrático de Univalle, es una exquisita crónica de época donde el rigor del investigador nos permite ahondar en la historia de los negros, que hasta la fecha ha sido negada por el canon.

Nota bene: La Secretaría de Cultura de Cali participó por primera vez en la versión 2022 de la Feria Internacional del Libro de Bogotá con una programación interesante donde participaron una treintena de escritores caleños y de la región.

¡Congratulaciones!

hector.f.martinez@correounivalle.edu.co

Tranquilino Corona Viñetas de la provincia

Para hacer frente al movimiento conocido como revolución astera, el gobierno civil se vio precisado a organizar una policía de choque, reclutando a todos los hombres que habían conquistado fama de valerosos, aun cuando sus antecedentes no estuvieran en concordancia con la moral.

La necesidad de contar con fuerzas combativas atenuó remilgos y escrúpulos y dio ocasión a que prácticamente se legalizara una amnistía general, aprovechada por numerosos individuos que hasta entonces se habían mantenido al margen de la ley, merodeando y viviendo a salto de mata, para obtener el disimulo oficial de sus faltas y quedar convertidos en autoridades, responsables de ahí en adelante de la tranquilidad pública.

Fue así como desapareció, en aquella época de alarma y peligro, el tipo ordinario del gendarme urbano, para transformarse en individuo de pelea, de mano pronta y de espíritu avezado en la agresión.

Hacía doce o catorce años que Tranquilino Corona era el azote de Cihuatlán, cuya región dominaba imponiendo préstamos forzosos, expidiendo o negando salvoconductos para el tránsito, protegiendo los intereses de sus amigos o entrando a sangre y fuego a los poblados, para saquear tiendas y robar muchachas.

Habían resultado inútiles las persecuciones desatadas en su contra, pues el ladino y valiente ranchero levantado en armas hallaba siempre la ocasión de eludir el encuentro con las fuerzas destacadas para capturarlo o de aniquilarlas si las circunstancias le eran favorables.

Por intervención personal del licenciado Solórzano Béjar, gobernador de Colima en aquel tiempo, el rebelde convino en deponer su actitud o ingresar a las filas leales, donde prestó inapreciables servicios que le costaron la vida, pues cayó en una emboscada preparada por los cristeros en el cañón de La Magdalena.

Por cierto, en esa jornada aciaga se realizó un hecho verdaderamente heroico que, de haberse registrado por una causa noble en vez de ocurrir en una guerra fratricida, merecía figurar entre las más extraordinarias manifestaciones de valor.

Las autoridades civiles y militares habían creído conveniente explorar la región de La Magdalena para valorizar las posibilidades de establecer contacto con Minatitlán, que se hallaba en poder de los cristeros desde hacía mucho tiempo.

Para llevar adelante el propósito, se organizó un contingente de cincuenta hombres, formado por elementos federales y de la policía local, poniéndolo bajo las órdenes del coronel Galván y Tranquilino Corona, perfecto conocedor de la comarca.

Después de atravesar las tierras planas de Coquimatlán, la caballería se encontró con las primeras estribaciones de la Sierra Madre, cuyo único paso accesible es el gran cañón de La Magdalena, que serpentea entre los farallones elevados y desnudos.

Tranquilino hizo observar al coronel lo imprudente que sería continuar el sendero sinuoso, propicio a la acechanza, pero el militar insistió en hacerlo. Rifle en mano, la mirada inquieta y el ánimo en suspenso, penetró el grupo en fila india, con

(2 de mayo de 1954)

Tranquilino y cinco o seis de sus antiguos compañeros al frente de la columna.

En un lugar en que el cañón se estrecha por paredones cortados a pico, esperaban la sorpresa y la muerte. Una descarga de fusilería rompió el silencio de la tierra y los hombres del gobiemo comenzaron a caer, mientras que de las alturas se descolgaban enjambres de cristeros, ansiosos de consumar el total exterminio.

Tranquilino se desplomó a los primeros tiros, lo mismo que el coronel, suscitándose entonces un combate encarnizado en tomo a sus cuerpos, en una real imagen de aquel episodio homérico, en que griegos y troyanos se disputaban ferozmente el cuerpo de Patroclo, el amigo predilecto de Aquiles.

Los cristeros, envalentonados por haber suprimido a los jefes de sus enemigos y contando con superioridad numérica, se esforzaban en apoderarse de los cuerpos del coronel y Tranquilino, y los compañeros subordinados de éstos, se multiplicaron para impedirlo.

En medio de la implacable contienda colocaron los cadáveres sobre sus caballos, y mientras unos cuantos supervivientes los conducían fuera de la trampa el resto protegía su retirada matando y muriendo.

¡Herosidad sublime!, condena al anonimato por la esterilidad de un sacrificio hecho en aras de una guerra civil, provocada por la incomprensión y la intolerancia.

Sánchez Silva, M. (1993). Viñetas de la provincia. Colima: Idear.

Pishtaco, degollador desalmado

¡Pishtakuwantaq tinkunkiman! ¡Cuidado de encontrarte con el pishtaco! Es la advertencia muy común de la gente andina del área rural cuando alguien viaja solo a la ciudad.

¿Quién y cómo es el temible pishtaco? El léxico peruano “pishtaco” proviene de la lengua quechua pishtakuq (pishtaku-q): el que degüella con crueldad, degollador sin sentimiento. (Explicación: pishta es el tema verbal de pishtay: degollar; -ku: morfema verbal enfático; -q: morfema del participio presente). Así el pishtaco es el cruel degollador de gente y que se enriquece vendiendo la “grasa humana” (runa wira). La palabra wira significa grasa, vitalidad, salud. Por las referencias históricas se sabe que los orígenes de esta creencia y relato se remontan a la época de la colonia española cuando la grasa humana servía para fundir las campanas de los templos cristianos; porque decían que una campana fundida con la grasa humana, cuando la tañían, emitía mejores sonidos porque los espíritus de las víctimas gemían desde el interior del metal frío y pesado.

Por los relatos, dibujos y esculturas deducimos que este personaje es un blanco muy poderoso por sus armas de fuego, por su daga de largo alcance, por su dinero e influencias, y que captura al solitario e indefenso campesino que va a la ciudad o vuelve de ella. Es la alusión del insensible personaje explotador y traficante de gentes: encomendero, gamonal, militar, ingeniero, empresario, minero, cura extirpador de las idolatrías... Después de decapitar a su víctima, la cuelga sobre un perol, y a fuego lento extrae gota tras gota la grasa humana, un excelente lubricante para el buen funcionamiento de muchas máquinas. Los obrajes, los ingenios de azúcar, las minas y otras industrias necesitaban

la sangre y grasa de los indígenas para funcionar y tener buenos resultados económicos.

En el siglo XX, la grasa del pobre campesino siguió haciendo funcionar barcos, tanques, aviones, misiles, cohetes espaciales, etc. Los pishtacos de entonces fueron los hacendados, empresarios abusivos, militares defensores del poder, leguleyos y políticos que se juntaron en la complicidad. Era el precio del desarrollo.

En el siglo XXI, tiempo de la tecnocracia y de la pishtaquería cibernética, el desarrollo sigue gracias al sudor y sufrimiento humanos. Las víctimas, ahora “decapitadas virtualmente”, siguen siendo gentes inocentes como los niños y adultos ignorantes de las trampas virtuales. ¡Qué clase de virtud! Lo que se gana sirve para pagar los intereses de las deudas del estado, para abrir o aumentar las cuentas en los bancos extranjeros, para comprar nuevas armas que maten más gente y en menos tiempo; poco es lo que se invierte en los servicios de la educación y salud públicas porque el pishtaco no se preocupa del pueblo.

El indígena peruano, en su silencio preñado de creatividad y por su memoria histórica y colectiva de varios siglos, describe a este personaje temido y odiado, dándole las características según la época. Así previene a sus descendientes para que se cuiden de caer en las manos asesinas del pishtaquismo nacional e internacional. Por eso, cuando se dice que el pishtaco quita la grasa de sus víctimas, es una acusación contra los responsables de las injusticias y genocidios cometidos no sólo en el mundo andino. Los cuadros pintados, los mates burilados y los retablos también narran y describen con sus códigos (colores, formas y relieves) la figura y el modus operandi del pishtaco. Y, lo más curioso, en todos los relatos el temible personaje siempre ataca desde

lejos, de sorpresa y a la traición, evade la lucha cuerpo a cuerpo. Por eso, el andino sabe que, para defenderse, necesita vivir en un ambiente de solidaridad y ayuda mutua que se expresa con el verbo yanapanakuy (El morfema -naku expresa la reciprocidad).

Para los ajenos al mundo andino, el tema del pishtaco es sólo creencia y cuento de los serranos. En la novela “Lituma en los Andes” del escritor peruano Mario Vargas Llosa, el protagonista Lituma, un policía costeño, se siente totalmente ajeno al mundo donde se habla del pishtaco. El autor narra la actitud de Lituma al escuchar a una mujer hablando quechua: “La india repitió esos sonidos indiferenciables que a Lituma le hacían el efecto de una música bárbara”. Para muchos peruanos de formación eurocéntrica los fonemas del quechua y de otras lenguas nativas son sonidos de los bárbaros gentiles, de los incivilizados… En Perú, innegablemente, hay muchos Litumas.

Sin embargo, para los que asumimos la peruanidad multiétnica y multicultural, el pishtaco no es sólo creencia y cuento, tampoco es sólo un trauma; es la denuncia y advertencia para vivir prevenidos ante los modernos pishtacos que andan disfrazados con atuendos según las modas y que ahora se esconden detrás de las modernas computadoras. El pishtaco, como tema, ya es tratado desde diferentes disciplinas por muchos pishtaquistas que analizan el fenómeno del pishtaquismo no sólo del Perú. Como vemos, los neologismos también se asoman provocadores, ¿verdad?

Discurso de ingreso a la sociedad colimense de estudios históricos de Juan Carlos Recinos

El amor, lo místico y lo cotidiano en los sonetos de Arcadio Zúñiga

y Tejeda

a Elliot Naguib, a Elena y Ana Fernanda, pulsos de mi corazón.

Quiero empezar dando las gracias a los miembros de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, por recibirme esta noche. A cada uno de ustedes por venir y acompañarme, muchas gracias.

Agradezco profundamente al Dr. Alfredo Juárez Albarrán por su apoyo incondicional y a una persona que ha significado mucho en mi formación intelectual y crítica, quizá él no lo sepa, pero ha dejado una huella profunda en mí. Desde que lo conozco ha modificado mi forma de ver el mundo. Sin su empuje yo no hubiera expuesto mi amor por Arcadio Zúñiga y Tejeda. Hablaré de ese poeta que quizás alguna vez su nombre lo han escuchado. Hablaré de él y juntos lo vamos a recibir para siempre. Pero antes, quiero dar las gracias a mi amigo y maestro Abelardo Ahumada por darme su pasión. Te estaré en deuda siempre.

Esta noche, que mis palabras manifiesten mi gratitud a ustedes por elegirme para ser parte de esta sociedad que, en cierto modo, es un vínculo familiar donde el conocimiento y la condición misma del ser humano nos une.

Desde la fecha que supe que iba a ingresar a la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, han pasado muchas cosas en nuestro planeta. La guerra en el otro extremo del mundo ha puesto

a temblar la economía; la política en México se ha vuelto un gran teatro donde los prestidigitadores han hecho acto de presencia; en Colima, la guerra entre los grupos de la delincuencia organizada nos ha robado la paz y no parece que esto vaya a concluir. De todas las cosas que han pasado desde entonces, traer a Arcadio Zúñiga y Tejeda a este recinto, ha sido lo mejor, y sin duda, una de las cosas más hermosas. Que su palabra y su pensamiento comience a florecer a partir de este instante, saludemos juntos a Arcadio Zúñiga y Tejeda, subamos a su barca de oro.

Lo que más admiro del poeta que nos tiene reunido hoy, es lo polifacético de su vida. No creo que exista un intelectual decimonónico mexicano que tenga su estatura creativa, asimismo, su sensibilidad y su sentido del humor. La exactitud y la belleza de su obra es la cualidad que mejor lo define. Quien alguna vez haya leído algún texto de este poeta, sabrá que los secretos que revela su pensamiento, nos permiten intuir su grandeza.

Hablar de Arcadio Zúñiga y Tejeda, un poeta de mediados y fin del siglo XIX, en el siglo XXI es un acto de valentía, raro, podría decirse, considerando que algunas de sus producciones literarias son de dominio público, a pesar de que casi la totalidad de su obra es desconocida.

Es el intelectual jalisciense más olvidado y este hecho suele pasar con algunos escritores que: son nítidos, singulares y entrañables. Ramón López Velarde es un caso parecido,

salvo que este poeta zacatecano tuvo la suerte de encontrar recepción en dos poetas que consideraron su pensamiento un nuevo conjuro para la modernidad, Xavier Villaurrutia y Octavio Paz.

El caso del poeta de Atoyac, Jalisco, es una prueba de ello, ha caminado en silencio y errancia, sin que su voz signifique algo en la simetría de las nuevas voces poéticas que surgen con la fuerza del magma. Arcadio Zúñiga y Tejeda, ha pasado más de un siglo dormido ante la crítica mexicana y parece que este sueño, será eterno, salvo que se comience a delinear su vasto pensamiento en este horizonte. Pocos han sido los investigadores que se han sumergido en su obra, lo digo con honestidad, me sobran dedos de la mano derecha para afirmar lo dicho: Cipriano C. Covarrubias y el Dr. Dante Medina, hasta este momento, los únicos que han intentado un rescate de su obra.

Este acto de reconocimiento para nuestro poeta, y digo nuestro, porque a pesar de que no nació en Colima, vivió en esta ciudad gran parte de su vida y aquí murió, no es gratuito. Nombrarlo es consecuencia de la deuda que tenemos los escritores e intelectuales de Colima ante una de las voces poética y críticas más importantes del siglo XIX en la lengua española. Soy consciente de que estudiar a un poeta de otro siglo es complicado, siempre es por falta de referencia, pero este no es el caso. La vida del poeta de Atoyac ha quedado en el olvido por falta de interés de la crítica mexicana.

Hoy vengo a rendir un público homenaje a este bardo Trataré de explicar brevemente las circunstancias que me llevaron al poeta de Atoyac, Jalisco, y porque me volví arcadiano, como bien lo refiere Abelardo Ahumada y Eduardo Ruelas, los arcadianos mayores en esta historia, donde la poesía es la esencia que define a nuestro poeta. El viejo y deplorable aforismo de que cada hombre tiene su precio alcanza aquí un sentido literal, de plena y absoluta vigencia, en la sociedad de nuestros días.

Siento que mi ingreso a la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, no es únicamente mío. Al recibirme a mí, también reciben al poeta Arcadio Zúñiga y Tejeda que representará una nueva manera de ver las cosas ya vistas.

Volver a él, será volver a vivir la lengua española, nuestra lengua, hablarla y escucharla en su plena belleza y elegancia. Entonces ¿quién llega?

¿Arcadio Zúñiga y Tejeda o Juan Carlos Recinos? Llegan ambos, uno en un recuerdo vivo y el otro en esencia y espíritu. La delicadeza de la obra de nuestro poeta, es un sostenido y largo aliento de vida, fidelidad a una vocación por la que desfalleció.

¿Por qué Arcadio Zúñiga y Tejeda es solo un nombre apenas en la historia de nuestra literatura? ¿Por qué no es una figura en el escenario histórico que lo vio brillar? ¿Por qué nuestros investigadores más doctos no han escrito nada de él? Como quien deshoja una flor, el último pétalo no se quiere caer, se aferra a ella, sufriendo las consecuencias de marchitarse a merced del tiempo y la historia. Yo alguna vez me hice estas tres preguntas y concluí que a nadie le interesaba investigar sobre él, y que de

Historia

hacerlo yo mismo, sería la aventura de mi vida: un poeta para otro poeta.

La vida y obra de Arcadio Zúñiga y Tejeda, quien nació el 9 de enero de 1858 en Atoyac, Jalisco, y falleció el 29 de enero de 1892, en Colima, a la edad de 34 años, es una galería inconfundible que ofrece uno de los discursos más importantes que podamos mirar de un siglo que ahora contemplamos a la distancia y en silencio.

Cipriano C. Covarrubias, seminarista y amigo cercano a Zúñiga y Tejeda, reunió una gran parte de la obra de éste y la publicó en el mismo año de su muerte, 1892. La obra reunida salió con el título de Versos. Dicho libro pasó desapercibido y circuló entre los allegados al poeta, su nombre casi se desvaneció en el aire.

La memoria, devorada por el tiempo, estuvo a punto de sellar en el olvido, de forma definitiva a uno de los espíritus más importantes, con un pensamiento insaciable, ardiente e incontenible. Casi un siglo después, (97 años), el Dr. Dante Medina publica un libro titulado Arcadio Zúñiga y Tejeda: poeta jalisciense del siglo XIX. Este libro, igual que el anterior no complementan la totalidad de la obra. El primero de los dos libros, reúne solo lo conocido y el segundo libro, toma lo más importante de este y deja de lado el contenido de una de las voces más originales de toda la poesía decimonónica de la literatura mexicana de forma injusta. En la presentación de este libro publicado en 1989, el Dr. Dante Medina dice:

Hacia mayo o junio de 1892, la Sociedad Arcadio Zúñiga y Tejeda recopila y edita, con una introducción de Cipriano C. Covarrubias, sus poemas bajo el título de Versos. De esta obra y de la tradición oral que se conserva en Atoyac y en Colima, hemos obtenido la mayor parte de los textos que integran esta antología.

Lo señalado por el Dr. Dante Medina deja abierta la puerta para buscar el resto de la obra dispersa o inédita y

configurar por primera vez la totalidad de la voz del poeta de Atoyac. La poesía de Arcadio Zúñiga y Tejeda alimenta, al grado de excelencia, la expresividad crítica de su tiempo, misma que pasara desapercibida, y que hasta el día de hoy sigue en el mismo estado de letargo, me refiero a la ironía y el humor.

José Emilio Pacheco en la poesía y Francisco Toledo en la plástica, serán los únicos personajes de la cultura mexicana que tomarán estos elementos, sin conocer a profundidad el pensamiento del vate. Cabe señalar que dicho pensamiento del poeta de Atoyac, tuvo en su tiempo su símil, y ese fue el caso de José Guadalupe Posadas.

El silencio en el que se encuentra la obra de Arcadio Zúñiga y Tejeda, parece que encuentra eco casi cada siglo, y no precisamente para ser alabado o puesto en un pedestal, lugar que por derecho le corresponde por la forma en que miró el mundo a pesar de los sucesos de su vida que se contraponen ante la voz más genuina de la poesía decimonónica de México.

Siempre me he dicho que el poeta sin el amor, es un poeta estéril. A mí me sucede que, sin decir su nombre, mi musa es fuego que se pasea entre mis versos. Y este hecho, el poeta de Atoyac lo padeció, al grado de que el amor le atravesó el corazón. Para Arcadio Zúñiga y Tejeda el amor fue la luz de su vida y también la oscuridad. Este amor también fue la misma herida que encarnó en otros poetas, amigos suyos, que se vieron doblegados por la cadencia y la juventud de Esperanza Dolores Hurtado, mujer de belleza inaudita y que en el corazón de estos poetas―Atanasio Orozco, Severo Campero, Miguel García Topete, Arcadio M. Azuaga, José Carlos Calvillo de la Vega― fue un mal incurable. A ella, Zúñiga y Tejeda dedicó poemas de amor imprescindibles, como este soneto:

Noche de amor

Era la media noche, vida mía, Y estabas en mi pecho reclinada, Pálida, suplicante,

acongojada, Llorando al conocer de mi falsía.

Después....tu suave aliento yo bebía; Y la luna, de estrellas coronada, De mi mentido amor avergonzada, Tras una blanca nube se escondía.

El tiempo trascurrió; pronto la aurora

Nos vino a sorprender en el exceso

De una ilusión que ya no existe ahora.

— “¡No olvides el amor que te profeso!”—

Me dijiste con voz desgarradora, ¡Y al fin sonó de despedida un beso!

Este soneto confirma uno de los momentos poco conocidos del poeta, era un poeta enamorado. No nos lo dice, pero desnuda la realidad de su mundo. Estremece y revela la luz de su corazón, luz suprema que comulga asociada a su posición espiritual: comunión con lo absoluto.

Es muy curioso ver que el nombre de la amada lo omite por una sencilla razón. Para la musa ―salvo que no fuera el de escribir artículos contra el gobierno y ser un poeta sin oficio ni beneficio― su persona no tenía importancia en la sociedad. Este hecho es visible en los poemas del vate de Atoyac, y cada vez se hace más recurrente en el resto de su obra, hasta ahora, poco conocida.

El rechazo que sufrió el poeta por parte de la amada que nunca lo vio como un prospecto de alcurnia, desencadenó uno de los males que lo llevó a su muerte: el alcoholismo desenfrenado. Lo antes señalado como causa de deceso, aparece anotado al margen de su acta de defunción número 148, misma que está en el Registro Civil de Colima y dice lo siguiente: “Arcadio Zúñiga y Tejeda,

gastro enteritis alcohólica aguda”. La muerte del poeta me sorprendió, no por el hecho o la forma en que murió, mi padre murió a los 44 años por las mismas condiciones. El poeta murió a los 34 años y en esa época decimonónica y crepuscular, el consumo de alcohol era una necesidad para pasar los días después de largas jornadas de trabajo. Hacia 1860 y hasta 1917, la producción etílica de la región que comprendía, Jalisco, Michoacán, Colima y Nayarit, tenía una gradación del 91% de pureza. ¿Se imaginan ustedes el daño al organismo consumir diario alcohol de esta manera? Hoy en día, con la industrialización de las bebidas alcohólicas, es muy probable que en un tiempo no mayor a seis meses el organismo falle y llegue la muerte, de la misma forma en que llegan los temporales, sin avisar.

Los momentos afectivos en la vida del poeta nunca fueron con resultados positivos, siempre fueron fallidos, y vistos en la poesía, podría decir “el amor constante” fue la vertical de su muerte. Pero este hecho, sin querer y sin pensarlo, es a lo que equivale Arcadio Zúñiga y Tejeda y su obra. El poeta es un hombre y no puede separarse de su propia realidad, si nos acercamos a la totalidad de su obra, lo tenemos que hacer con todos sus claroscuros, de lo contrario, estaríamos hablando de un poeta creado a imagen y semejanza de una idea romántica.

Contemplando uno de los pocos retratos que se tiene de Arcadio Zúñiga y Tejeda, uno puede observar un temple inocente en su mirada. El pelo de su cabeza hacia un lado deja entrever su frente desnuda y lisa, reluciente como un mármol pulido que parece alisar los pensamientos de sus sedosos versos. Sus ojos tristes parecen una larga despedida en su mirada y son la única luz que ha mantenido iluminada su voz. Sus pestañas y sus cejas son una invitación a un reino entrevisto de su pensamiento liberal.

Nuestro poeta, como todos los poetas de todos los tiempos, ha hecho lo mismo que todos los hombres de todos

los tiempos: vivir, amar, sufrir, soñar y morir. Vivió su vida viviendo la vida, la vida del hombre, y lo hizo en súbito agolpamiento de un pulso instantáneo, un pulso que, como un eco, pervive hasta nuestros días.

Para los poetas, es fundamental el amor. Es mirar de frente la vida y examinarnos en silencio. Es mirar la luz y darle forma a nuestra sombra, es algo fundamental para revelar los secretos del mundo. El amor es la pristinidad de nuestro corazón y el poeta de Atoyac lo supo y lo incorporó perpetuamente en su poesía con una inocencia renovada y contener así toda la memoria de su tiempo, todo el éxtasis vital de las cosas que sus ojos enamorados vieron: la inmortalidad de su propia instantaneidad.

La sensibilidad de Zúñiga y Tejeda me ha dejado absorto en la distancia. Nuestro poeta fue un hombre que luchó contra su propio corazón y en el solio del amor, encontró la combustión interna de su palabra.

Keats, un poeta romántico inglés, escribió en una carta a su amada lo siguiente: “Quisiera que fuésemos mariposas, aunque solo viviéramos tres días estivales”. Más adelante, en la misma carta le dice: ”Dos placeres acompañan mis meditaciones: tu hermosura y la hora de mi muerte”. En la poesía, estas dos constantes van unidas a la raíz del corazón del poeta de Atoyac. Es el rostro de la vida como la única realidad. No hay elección.

Lo dicho por Keats en esta carta, podría resumir toda la vida de Arcadio Zúñiga y Tejeda, incluso, descifrar todos los contrastes de su alma. Sin embargo, es imposible poder definir el amor en nuestro poeta, porque fue un sentimiento amoroso indeterminado.

Otro de los temas poco conocidos de Zúñiga y Tejeda es lo místico en su oficio poético. Pocos conocen esta faceta del poeta debido a lo convulsa que fue su vida. La creación poética con este contenido llegó al final de su vida, quizá sintiendo que su tránsito por este mundo ya era una acción condicionada por su forma de vivir y escribió uno de los sonetos más hermosos de toda la lengua española:

Al supremo ser

De tu existencia duda el que pretende

Un origen hallar, que no tuviste: ¿Cómo en quererte comprender insiste

El necio que ni solo se comprende?

¡Y el hombre que te niega o que te ofende, Nunca ha podido en su soberbia triste, Un remedo crear de lo que hiciste

Nube de seres que doquier se extiende!

Si el que rinde a Natura culto fijo, Un dios-materia forja en su demencia, Yo un Espíritu-Dios más bien colijo.

Este mi credo, ¡Sacra Omnipotencia!

La razón que me diste me lo dijo: Y lo leí también en mi conciencia.

Este soneto constituye uno de los más sublimes homenajes a Dios, es una fotografía de un instante de la contemplación del espíritu y del afecto constante al alma. El autor nos confiesa que ama a Dios no como una promesa hecha para su salvación, sino como un mandamiento y que como consecuencia de su pensamiento disfrutará del cielo. Este soneto, es tan perfecto como “Cristo en la Cruz” de Lope de Vega y “No me mueve mi Dios” del Fraile Miguel de Guevara:

No me mueve mi Dios

No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme el ver tu cuerpo tan herido, muéveme tus afrentas y tu muerte. Muéveme en fin tu amor en tal manera

Historia

que aunque no hubiera cielo yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera.

No tienes que me dar porque te quiera, porque, aunque cuanto espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera.

El pensamiento contenido en este soneto guarda similitud mas no esencia, es decir, cada uno examina a conciencia a Dios para aceptar en consecuencia el amor en el cuerpo, en el espíritu y en el alma. Esta condición le otorga a la poesía de Zúñiga y Tejeda un orden y un destino que no es casual. Es una brasa, una cicatriz, un elemento de fuego que alimenta una de las obras más exquisitas de nuestro idioma.

He dicho anteriormente que el alcoholismo fue la causa de muerte de Arcadio Zúñiga y Tejeda, y era menester que en su obra hubiera algo que referenciara de manera socarrona su propia desgracia. El siguiente soneto es la cumbre de su obra, asimismo, una de las más hermosas y elegantes maneras de espontaneidad para nombrar el vicio que amó. La construcción verbal de este soneto es de una extraordinaria destreza, que pocos escritores en la cumbre del Olimpo, pueden vanagloriarse de haber escrito algo semejante:

Los efectos del vino

A un perito en el arte I

En la embriaguez

Echarás en olvido los resabios

Que deja, despiadada, la pobreza: Sentirás que se ahuyenta la tristeza Y juega la sonrisa entre tus labios.

Olvidarás los pérfidos agravios

Del ser que amabas tú con entereza,

Y sentirás hervir en tu cabeza

Ocurrencias que admiren a los sabios.

Verás que se despiertan emociones Dentro del corazón que dan consuelos, Porque ofrecen delirios e ilusiones:

Y al vino llamarás en tus desvelos

Alimento de ardientes

Corazones, Porque el licor es néctar de los cielos.

IIEn la crudez

Sentirás agotada tu alegría, Sentirás embotado el pensamiento, Te asaltará profundo abatimiento, Te agobiará letal melancolía.

Y desmayada o muerta tu alegría

Llevarás en tu alma desaliento, Sobresalto, temor, remordimiento, Miedo infantil y torpe cobardía.

Pensarás en la muerte, e infelice Creerás que declarándote proscrito

Tu nombre el mundo sin piedad maldice:

¿La causa no adivinas? Es el grito

De la conciencia que tremenda dice:

¡Tu locura de ayer es un delito!

Ambos sonetos son mausoleos de lo positivo y lo negativo del rigor etílico en el cual se perdió el vate de Atoyac. Estremecen por su belleza y por lo que afirman. Son ventanas de la realidad en la que alguna vez nos hemos reconocido en silencio quizá por la fatiga de la conciencia, del amor o de los días que no volverán. Esta exposición de motivos sobre Arcadio Zúñiga y Tejeda es un juicio necesario para admitir en el mundo poético en todas las lenguas del mundo, al poeta de Atoyac, Jalisco. Nuestro poeta ha cumplido el mandato del salmista: dichoso el que es absuelto de pecado y cuya culpa le ha sido borrada. Dichoso el hombre aquel a quien Dios no le nota culpa alguna y en cuyo espíritu no se halla engaño. Que se renueven las aguas con el más disruptivo de sus hijos. Que se abran las puertas para Arcadio, ésta es su casa. La vida es todo cuanto no vive, cuando triunfa incluso en la derrota. Muchas gracias.

28 de abril de 2022, Colima, Colima

La respuesta

Buenas noches a todos. Un honor compartir estos momentos maravillosos con todos ustedes. De manera especial a los integrantes del Presídium, autoridades municipales, cronistas e historiadores aquí presentes.

En esta noche, por mi conducto, el pueblo de Atoyac Jalisco quiere manifestar un profundo agradecimiento por este evento tan importante que ha realizado; tanto por el ingreso a esta prestigiada organización como lo es La Sociedad Colimense de Estudios Históricos. del poeta Juan Carlos Recinos quien participa en Atoyac con talleres de poesía en la casa de la cultura, quien es cada vez más de Atoyac, y por destacar al bardo atoyacense Don José Arcadio Zúñiga y Tejeda.

Quisiera, antes de expresar mi comentario sobre el trabajo de Juan Carlos, manifestar primero lo que es, o lo que debe ser el llamarse Arcadiano.

No 1. arcadiano debe ser un concepto que debe ir creciendo y construyéndose cada vez más en nuestra región, con la ayuda de todos los comprometidos con su obra.

No 2. El adjetivo de arcadiano lo debemos dar a determinadas personas como una muestra de respeto.

No 3. El ser arcadiano no debe ser gratuito, se debe ganar con trabajo y esfuerzo.

No 4. Se puede llegar a ser arcadiano mediante los esfuerzos en la investigación, divulgación, esfuerzos editoriales y todos los dirigidos a rescatar y darle el sitio que merece el poeta del siglo XIX Arcadio Zúñiga y Tejeda.

Juan Carlos Recinos empezó a ser arcadiano el día que descubrió al poeta y su arcadianismo ha crecido esta noche por el esfuerzo de su investigación. Hoy

se han superado en este ensayo las anteriores antologías y recopilaciones simplistas que se han realizado.

El trabajo de Juan Carlos Recinos es el ensayo más valiente y fundamentado que se ha escrito hasta el momento sobre Arcadio Zúñiga y Tejeda.

Juan Carlos Recinos ha dicho en este sitio emblemático de manera contundente que no cree que exista un intelectual decimonónico mexicano que tenga su estatura creativa, su sensibilidad y su sentido del humor.

Juan Carlos Recinos también sostiene con valor que Zúñiga y Tejeda es el intelectual jalisciense más olvidado. Y que ha pasado más de un siglo dormido ante la crítica mexicana. Yo aseguro con la misma valentía del poeta Juan Carlos Recinos, que no he escuchado, ni tengo conocimiento de un trabajo de investigación sobre Arcadio que haga

el análisis tan profundo y serio como el logrado por Recinos.

Para conocer la grandeza de Arcadio se requiere de intervención quirúrgica de sus versos, porque en cada uno de ellos está el poeta que necesitamos conocer.

Juan Carlos hoy lo ha hecho.

Hago de su conocimiento que me ha indicado nuestra alcaldesa Karla Cruz Sánchez que haga pública la decisión del gobierno municipal de Atoyac que, en los días venideros, en un evento público, se hará entrega de un reconocimiento en piel, elaborado por manos atoyacenses, al poeta Juan Carlos Recinos como el arcadiano mayor. Por último, señoras y señores, a nombre del pueblo de Atoyac celebro y agradezco el trabajo de Juan Carlos Recinos, ¡arcadiano de talla mayor!

* Respuesta al trabajo de ingreso a la Sociedad Colimense de Estudios Históricos del poeta Juan Carlos Recinos

Café: Aromático y bendecido por un Papa

- Parte I -

Somos afortunados de vivir en un país es vasto en culturas -en plural-, historia y gastronomía, de tierras fértiles y ecosistemas muy diversos que permiten la siembra de cientos de productos, algunos originarios del continente americano y muchos otros llegados de otras latitudes; entre ellos, el café, una planta que sin ser originaria de América llega a estos territorios y es un extenso e interesante capítulo en la historia de la agricultura, la cual se va integrando con las respuestas a las preguntas de investigación que se han planteado quienes estudian estos temas; empezando por la proliferación, y popularización del café, que ha sido resultado de un proceso de “larga duración” (F. Braudel)

Tres son los cultivos sagrados: Vid, Trigo y Olivo, el café también lo es, pues está santificado, al ser bendecido por el Papa Clemente VIII.

Hoy el café es habitual en nuestra vida diaria, en nuestro entorno y quizá por eso, no pensamos en cuándo y de dónde llegó el cafeto a México, pues bien, su introducción a suelo mexicano se ha fijado en 1790 y la vía de llegada fue por Veracruz, Chiapas y Michoacán, de acuerdo con las fuentes. La planta de cafeto se adapta al suelo y clima mexicano y desde ese año, el aroma del café ha impregnado los lugares de nuestras charlas y convivencias.

El café (Coffea spp), en árabe qahwah, pronunciación: qah_wa-, es originario del noreste africano, en el territorio denominado el Cuerno de África, en Abisinia, hoy Etiopía, probablemente en la provincia de Kaffa. La difusión del café, como muchos otros productos agrícolas y pecuarios, es producto de la migración humana. Una leyenda que data de 500 a. C. narra que un pastor de cabras etíope

le asombró el animado comportamiento que tenían las cabras que consumían las cerezas rojas de café, por otro lado, se tiene conocimiento de que los esclavos que eran llevados de lo que hoy es Sudán a Yemen, a través del gran puerto de Moka (les recuerda algo ese nombre), recogían las cerezas del café y comían la suculenta parte carnosa que les proveía de energía.

Hay evidencias de que el café se cultivaba en el Yemen en el siglo XV, en esa región los cafetos crecen hasta 12 metros de altura y alcanzan más de 50 años de edad, su producción fue alentada por las autoridades del Yemen, al considerar que los efectos de su consumo eran preferibles a los del Khat (Catha edulis), conocido por varios nombres, es un arbusto cuyas hojas y brotes se mastican y tienen efectos estimulantes, pero su consumo puede llegar a ser compulsivo o de drogodependencia.

En Yemen se prohibió la exportación de cafetos y semillas vivas, empero, los comerciantes arriesgan la vida para llevarlo al norte de África, Persia y Turquía; al paso del tiempo, las variedades del café han aumentado, acordes a la distribución geográficas y climática, así como los intereses del productor; más de 100 especies son de la gran “familia” del género botánico Coffea, sus características genéticas son diversas: porte y forma de planta, tamaño y color de fruto, resistencia a enfermedades, tolerancia a plagas, sabor de bebida, adaptabilidad, productividad, entre otras. De ese centenar, las más importantes económicamente son dos: Coffea arabica, aporta aproximadamente un 60 % de la producción mundial de café y Coffea canephora, llamada Robusta, que aporta alrededor de un 40%, la bebida se considera de menor calidad que la arábica o arábiga; ambas han dado origen a otras variedades, por medio de mutaciones naturales o cruzamientos espontáneos e inducidos, todas con una estrecha base genética.

Las primeras cafeterías o establecimientos de servir café se abren en la Meca y son llamdas Kaveh kanes. Las cafeterías se extienden rápidamente por el mundo islámico y se convierten en lugares muy concurridos, donde hacer vida de sociedad y tratar negocios por el precio de una taza de café. Cada cafetería tiene su propio carácter, pero en general decoradas con lujo; en ellas se juega al ajedrez, se intercambian noticias y se disfruta de la música, el canto y el baile; al convertirse en centros de actividad política son prohibidos, luego por los impuestos que generaban, se reabren.

Se tiene noticia de una cafetería en Constantinopla –Estambul-, en 1475, preparado con la cafetera turca y por evidencias arqueológicas, se sabe que utilizan utensilios para preparar café, hervido o en infusión, al menos desde el siglo XII en la península arábiga; en la zona del actual Yemen se han encontrado evidencias de grandes plantaciones de Kahwah, que se extendieron por el mundo árabe y así, el café se transforma en una bebida apreciada por quienes el Corán prohíbe el consumo de intoxicantes, que incluyen las bebidas alcohólicos, salvo las de fermentación natural y de bajo contenido en alcohol.

En cuanto las vías de expansión hacia Europa, los venecianos comerciaban café en siglo XVII, pero siglos antes, la conquista árabe ya lo había introducido a España; en general, los eclesiásticos de los países cristianos se oponen al café, hasta que Clemente VIII (Papa de 1592 a 1605) lo bendice, de ese modo, la bebida prohibida por ser de islámicos, se considera adecuada y se difunde por el norte y centro de Europa; en Inglaterra se acoge con gusto y en 1652 se abre la primer cafetería en Londres, pero se prohíbe en 1676; el café sería aceptado hasta casi finales s. XIX, debido a las circunstancias históricas.

Aparición del álgebra en el Mundo

Desde los orígenes de la humanidad se empezaron a utilizar los primeros conceptos matemáticos. El número de animales, las distancias recorridas, el tamaño de las presas que debían de cazar o el crecimiento de la población, entre muchas otras cosas, contribuyeron a una incipiente construcción de esta ciencia.

Cotejando elementos cotidianos se tenía una preconcepción de lo que es contar. Como producto de la comparación entre objetos, las primeras civilizaciones tardaron poco en darse cuenta de la importancia de los dedos de las manos para especificar pequeñas pertenencias.

Utilizando la comparación entre una agrupación de objetos o animales, por ejemplo, se inicia la formación de un

sistema de numeración quinario, decimal o vigesimal. Más adelante se amplió el espectro de comparación, utilizando otros más elementos cotidianos como fueron piedras, marcas en huesos de animales y rótulos en árboles, con la finalidad de obtener una mejor y más precisa contabilidad de objetos.

pictogramas y elementos simbólicos que representaban palabras a través de las imágenes, como los números egipcios, por ejemplo.

Un paso preliminar fue la realización de las primeras civilizaciones de comparar dos conjuntos con elementos diferentes, naciendo así el concepto de número. A partir de estos eventos y a través de simbologías, diversas culturas fueron elaborando complejas estructuras aritméticas y algebraicas.

Antes del sistema de numeración contemporáneo, existieron simbología o abstracciones distintas. Por ejemplo, antiguas civilizaciones utilizaban fichas de arcilla que, según su forma, ya fuese cónica, esférica u ovalada, representaban porciones de granos, animales o jarras. Con el pasar de los años, esas marcas realizadas en tablillas y huesos fueron transformándose en

La instalación de la aritmética y el álgebra como disciplinas independientes de la geometría fue una situación gradual en Grecia. Arquímides Apolonio y Ptolomeo usaron la aritmética sólo para calcular cantidades geométricas. Por su parte, Herón, Nicomaco y Diofanto utilizaron la aritmética y el álgebra en forma independiente a la geometría.

*Alumno de la maestría en Ciencias Médicas, Facultad de Medicina. U de C.

Poema de Arcadio Zuñiga y Tejeda

Arcadio Zúñiga y Tejeda nació en Atoyac, Jalisco, el 9 de enero de 1858. Sus padres fueron Fulgencio Zúñiga y Bonifacia Tejeda. En 1874 ingresó al Liceo de Varones, en Calle Liceo número 60 esquina con Avenida Hidalgo, en Guadalajara, Jalisco, para estudiar la preparatoria. En 1877 empezó a estudiar medicina, carrera que abandonó dos años después, para formar, en 1879, una sociedad a la que nombró Bohemia Literaria Jalisciense. Ese mismo año fundó en la capital jalisciense un periódico político de oposición al porfiriato, Juan Soldado, por lo que sufrió el destierro de su estado natal. Marchó primeramente a Colima y posteriormente a Michoacán. Regresó a Guadalajara a fines de 1884, y se incorporó como redactor y

editor del periódico Juan Panadero

En septiembre de 1885, junto con Antonio Becerra y Castro, fundó el diario El Hijo de Juan Panadero. En junio de 1890 se mudó a su pueblo natal, Atoyac, donde fundó el semanario político y de literatura El Regenerador. En 1891 fundó en la ciudad de Colima el periódico El Correo de Colima. Falleció el 29 de enero de 1892 en Colima. Sus restos descansan en el panteón municipal de Atoyac, Jalisco.

La noche era muy negra, y en el cielo, Cual un inmenso velo de crespón, Se agitaban las nubes estruendosas Imitando del mar la ronca voz.

Nadie cruzaba las tortuosas calles, Y del rojo relámpago al fulgor, Las apiñadas fincas parecían Solitarias gavetas de un panteón.

Y allá en el fondo de arboleda lóbrega

Solo y desconsolado un trovador, Paseándose la mano por la frente, Hablaba así con dolorida voz:

¿Qué haré distante del hogar paterno, Proscripto del regazo del amor, Sin patria, sin amigos ni parientes Que puedan aliviar mi corazón?

¿Alcanzará consuelo el pobre náufrago Que á solitaria roca el mar llevo?

¿Y encontrará alegría el peregrino

Pobre, orgulloso y ciego de dolor?

El más infortunado tiene un techo

Donde pasar la noche del turbión, ¡Y yo sólo hallo viles que se irritan

Con el que quiere hacerme algún favor!

Noches de insomnio son las que me tienen Pálido y demudado como estoy; Que aquí en desierta soledad me asalta

Tras un remordimiento, la pasión.

¿Para qué Dios me dio mente volcánica?

Y alma de fuego ¿para qué me dio?

¡Yo fuera muy feliz sin pensamiento!

¡Yo fuera muy feliz sin corazón!

Mas ¿para qué me quejo si en la muerte

Tal vez encuentre un porvenir mejor?

¡Me llamarán cobarde! ¿Qué me importa

Si esto lo dice el que feliz nació?

Si un resignado de esos a la vida

A orillas del sepulcro no tembló,

¡Que le llame cobarde al que se acerca,

Sin ser llamado al tribunal de Dios!

Calló aquel triste y acercó a sus labios

Un pomo con mortífero licor…….

Mas luego se detuvo; que en las sombras

Le pareció escuchar llorosa voz.

Y cerrando los ojos con espanto, El frasco entre las yerbas arrojó, Gritando:"¡Tengo madre! ¡tengo madre! ¡Y un crimen intenté! ¡Perdón! perdón!

Y ya no pudo hablar; perdió el sentido

Bajo el peso de lucha tan atroz, Encanto que, azotándole el semblante, La tempestad rugía en derredor.

Noche de tempestad

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