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EL COMENTARIO SEMANAL 444

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Lunes 16 de

El Comentario Semanal

Edición de No. 444

Lunes 16 de octubre de 2023

Vivirás por siempre, Rubén*

Rubén Martínez González: maestro, inspiración y palabra

Ada Aurora Sánchez Peña El mejor juicio
Juan Carlos Yáñez
Hortencia Alcaraz Briceño

(Colima, 1954-2022)

Rubén Martínez González

Rubén Martínez González fue un destacado narrador, director de teatro, promotor de la lectura y profesor colimense. Su trabajo académico y artístico enriqueció la vida cultural de Colima y fue reconocido a nivel nacional; dejó huella en muchas generaciones y en la formación de incontables maestros y maestras en el estado.

Profesor normalista, licenciado en Lengua y Literatura Españolas y Maestro en Educación con especialidad en Lingüística Aplicada (ITESM). Fue profesor de la Universidad Pedagógica Nacional Unidad Colima (UPN) y uno de sus fundadores. Junto con compañeros y amigos como Juan Ramón Vargas Valle, Salvador Castellanos y María Elena González, impulsaron un proyecto educativo para formar formadores, con una base popular y una perspectiva crítica y comprometida socialmente. En esta institución coordinó proyectos de investigación e impulsó proyectos editoriales.

Fue un lector voraz desde muy temprana edad. Se cuenta que a los 5 o 6 años se escondía bajo la cama o se escabullía a rincones ocultos para entregarse a la lectura de lo que le cayera en las manos, buscando resguardarse de la incomprensión y los reproches de un mundo adulto que no entendía esa obsesión. Fue además un lector ecléctico: se alimentaba de poesía, narrativa, dramaturgia, filosofía, lingüística, pedagogía, historia, análisis político, divulgación de la ciencia y casi cualquier cosa que ayudara a conocer mejor nuestra forma de habitar y comprender el mundo.

Hizo de la lectura no sólo una forma de vivir, sino también un tema de estudio y un proyecto de cambio social. Durante varios años reflexionó sobre el tema en columnas periodísticas que luego

serían agrupadas en el libro De la lectura y sus alrededores (2015). En estos textos plasmó reflexiones sobre los mecanismos, tanto individuales como sociales, que se accionan detrás de los complejos y a veces misteriosos actos de leer, escribir y hablar: el proceso de escritura, la naturaleza de la lengua, la semántica y la gramática, los usos cotidianos del lenguaje, la función del párrafo, la sinonimia, los modelos de comprensión lectora, las transformaciones del lenguaje escrito a partir de las nuevas tecnologías, la alfabetización y la animación lectora, por ejemplo.

De igual manera, diseñó y puso en práctica diversas iniciativas para promover el acercamiento y cultivar el hábito de la lectura. Entre estas acciones, coordinó el programa de fomento de la lectura de la Secretaría de Educación Pública del Estado (2000-2004) que, entre otras cosas, llevó ferias de libro con actividades artísticas todos los rincones de Colima.

Fue además un estudioso y divulgador de teorías y conocimientos de la pedagogía, la psicología y los estudios literarios, particularmente aquellas relacionadas con el desarrollo y las funciones cognitivas, los procesos de aprendizaje, las capacidades perceptivas y los misterios de las funciones interpretativas del mundo. En esta línea se encuentra su estudio sobre la adivinanza y sus funciones sociales y cognitivas titulado El maravilloso mundo de la adivinanza (2013).

Dejó un prolífico legado como narrador. Es autor de los libros de cuentos Última Función (1993), El principio y el fin (con el que ganó el premio estatal de cuento) (2003) y Todavía unido (2015). De acuerdo con la Enciclopedia de la Literatura en México, sus cuentos “destacan por su ingenio, humor y plurilingüismo” y retratan ágilmente los paisajes e imaginarios sociales de Colima y la región.

Sus textos figuran en diversas antologías de escritores colimenses como Lecturas de Colima (1988); Homenaje a Juan Rulfo (1989); Colima en el camino de la literatura (1994); El occidente de México cuenta (1995); La planeación familiar en el teatro (1991); Colima en letras (2000) y Pandora corre el telón (2005), texto éste último que formó parte de las bibliotecas escolares a nivel secundaria en todo el país.

Fue miembro del legendario taller literario Galopante, donde tejió colaboraciones artísticas y amistades entrañables con Guillermina Cuevas, Víctor Manuel Cárdenas, Vicente Pérez Carabia y René González Chávez. También coordinó el taller literario y dirigió el grupo teatral del Tec de Monterrey Campus Colima.

Publicó innumerables colaboraciones en medios de comunicación locales y nacionales, entre los que se cuentan el Diario de Colima , El Independiente y Ecos de la Costa , y las revistas Parota , Palapa , Barro Nuevo , Blanco Móvil , Plana de Garabatos (de la que fue director), y Nueva Imagen En 1990, la internacionalmente prestigiada revista El Cuento , dirigida por el Maestro Edmundo Valadés, publicó dos textos suyos.

Los relatos y las historias fueron para él no sólo una vía de creación literaria sino también una forma de habitar y concebir el mundo. Sobre el cuento, escribió en una de sus columnas:

Ya lo dijo no recuerdo qué poeta: los sueños de la humanidad se han mecido con cuentos. El cuento, ese breve relato producto de la ficción, de la imaginación (la loca de la casa), ha fascinado al género humano desde que tuvo conciencia de su estancia en el universo. Con diversos ropajes, el cuento nos acompaña a través de nuestra

existencia y nos hace la vida más placentera, más plena, más feliz. Dentro de la literatura o fuera de ella, el cuento nos maravilla y nos atrapa con el sólo poder de la palabra y lo que evoca.

Su pasión por el arte y las historias también se reflejó en su actividad teatral. Durante varias décadas participó en diferentes actividades como actor, autor y director de obras teatrales en la entidad. Pasó muchos años entre tramoyas y bambalinas haciendo y llevando teatro a diferentes lugares del estado. Con diferentes grupos de jóvenes realizó montajes muy diversos entre los que se cuentan La casa de Bernarda Alba y Bodas de sangre de Federico García Lorca; El diario de un loco de Nikolai Gogol; Nada a Peguajó de Julio Cortázar;

La culta dama de Salvador Novo; La barca sin pescador de Alejandro Casona; y Pedro y el capitán de Mario Benedetti. Por afinidad de estilos e intereses, mantuvo amistad con Emilio Carballido, de quien montó varias obras, como La danza que sueña la tortuga, Selaginela y Yo también hablo de la rosa. Además, realizó adaptaciones al teatro de producciones escénicas y musicales de Les Luthiers y del Circo del Sol, así como de cuentos y textos literarios.

Entre su producción dramatúrgica, diversa tanto en temática como en tono, escribió varias obras caracterizadas por aproximarse al teatro como herramienta de concienciación social y educación popular, como Bandera blanca, Participemos pues y El beso que

embaraza y; esta última fue presentada en ciudad de México y compilada en una antología de teatro nacional.

De espíritu bohemio, la música también le acompañó de forma omnipresente, con un criterio selectivo pero sumamente ecléctico que iba de blues y el jazz a los boleros; de la música latinoamericana de protesta a la música clásica, del rock psicodélico a la balada romántica. Pero también iba haciendo música por todas partes con su inseparable compañera, la guitarra, y con la voz de Ema que, además, acompañaba con las maracas cubanas.

Fue un gran conceder de las letras (con especial predilección por autores como Rilke, Rubén Darío, Miguel Hernández, Julio

In Memoriam

Cortázar, José Emilio Pacheco, García Lorca, Parménides García Saldaña y Josefina Vícens). Coleccionador de Quijotes. Recolector de saberes y dichos populares. Apasionado del lenguaje y sus vericuetos. Descubridor de paisajes y explorador de regiones. De inteligencia mordaz y humor agudo.

Amigo sincero y generoso. Hombre de principios claros y ejemplo incontrovertible de dignidad. A pesar de los premios y reconocimientos que obtuvo, de los reflectores y las espejuelos que le rodearon, optó siempre por la vía más directa y transparente -quizá más genuina y valiente- de amar lo que uno hace

con independencia de los dividendos y adulaciones que esto reporte; y de amar a la gente con la que se camina con independencia de sus títulos y abolengos.

Extraordinario, imprescindible, insuperable esposo, hermano y padre. Nos enseñó la palabra, el gran poder de las palabras. Y ahora también nos enseña que las palabras no son suficientes para hacer justicia al legado que nos deja y para abarcar las dimensiones de su ausencia y su presencia; palabras que resultan escasas para dar cuenta de la dedicación, al trabajo, al legado profesional y personal, a la entrega y al amor que Rubén sembró en nuestras vidas.

Directorio

Christian Jorge Torres Ortiz Zermeño Rector

Joel Nino Jr Secretario General

Jorge Martínez Durán Coordinador General de Comunicación Social

Jorge Vega Aguayo Director General de Prensa

El Comentario Semanal

José Ferruzca González Director del periódico El Comentario

Yadira Elizabeth Avalos Rojas

Coordinadora de edición y diseño

Vivirás por siempre, Rubén*

Antes de entrar en contacto con el maestro Rubén Martínez González, en 1996, cuando yo apenas egresaba de la carrera de Letras y Periodismo de la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima, ya había escuchado hablar de él como un cuentista sagaz y uno de los pocos directores de teatro en el Colima de aquel tiempo. Quizás sin saberlo, o acaso sí, Rubén Martínez era uno de esos profesores modelo que, como en el caso de sus amigos los poetas Víctor Manuel Cárdenas y Guillermina Cuevas, uno seguía con admiración en virtud de su talento, vocación literaria y don de conversación.

El maestro Rubén, a quien conocí de manera directa en el Instituto Tecnológico de Monterrey Campus Colima, donde coincidimos como compañeros de trabajo, tenía la particularidad de ser un lector disciplinado, tanto en el campo de la literatura, como de la didáctica de la lengua y el teatro. Le distinguía también su sentido del humor, a la vez crítico e irreverente, que se manifestaba con tiento en sus textos narrativos.

A poco más de seis meses del deceso del maestro Rubén (9 de agosto de 2022) y en el marco del homenaje que su familia le ha organizado en la Pinacoteca Universitaria, con el cobijo de la Universidad de Colima y la Universidad Pedagógica Nacional (UPN) Unidad Colima, quiero compartir las siguientes líneas a fin de evocar su figura, de destacar su faceta de escritor, aunque bien

sabemos que se distinguió, de igual modo, en la docencia, en la promoción de la lectura y el montaje de obras teatrales.

Para realizar esta evocación, recupero como telón de fondo el cuento “No te mueras, Rubén”, del escritor venezolano Luis Britto García, en el que emplea la segunda persona narrativa y traza, en pocas líneas, toda la vida de Rubén, el personaje central, a partir de las acciones que le fueron negadas a éste a lo largo de su existencia. En mi caso, hago lo contrario, me dedico a apuntar lo que sí realizó Rubén Martínez, nuestro Rubén, y, con ello, celebro toda su productiva existencia. Así que, con su permiso, don Luis Britto y don Rubén Martínez, aquí va este ejercicio que, sin ser un cuento, sino apenas una breve crónica de vida, quiere, respetuosamente, entrelazar a dos estupendos escritores (Luis y Rubén).

Naciste el 16 de septiembre de 1954, en Colima, Colima, aunque la Enciclopedia de la Literatura en México señala que fue el 13 de abril de 1954. No importa, cualesquiera de los dos meses te van muy bien: septiembre por patriótico, y abril, por primaveral.

Estudiaste la Normal Básica en el Centro Regional de Educación Normal de Ciudad Guzmán, Jalisco, y la Normal Superior, en la Escuela Normal Superior de México; luego un diplomado como Instructor Teatral en la Escuela de Arte Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes y, muchos años después, la Maestría en Educación con

especialidad en Lingüística Aplicada en la Universidad Virtual del ITESM.

Fuiste Coordinador Estatal del Programa Estatal para el Fomento de la Lectura de la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado de Colima, Asesor Académico y docente de la UPN Unidad Colima, profesor en todos los niveles educativos; director, entre otros grupos de teatro, del Grupo Andrés de Anda de Casa de la Cultura de Colima; Grupo de Teatro del ITESM, Campus Colima, y del Grupo Teatral Gesto. Hillary Clinton presenció el montaje de tu obra El beso que embaraza, cuando atestiguó la labor de MEXFAM en Colima, allá por la década de los noventa. Multiplicaste el tiempo, tal vez al robarle horas al sueño o a los convivios familiares, pues, además de ser docente, promotor de lectura, asesor de tesis, escribiste con denuedo cuentos, obras de teatro, colaboraciones periodísticas y el blog Ensayos sobre la lectura y la literatura (https://letrasylectura. wordpress.com/), vigente de 2007 a 2018. Fuiste director de Plana de Garabatos, revista de corte pedagógico de la UPN-Unidad Colima; y director invitado, en 2001, de la revista de circulación nacional Tierra Adentro, magnífico foro para conocer la producción literaria y artística de provincia.

En Colima, quien, en una búsqueda, conjunte las palabras educación, literatura y teatro llegará, de manera invariable, a tu nombre, Rubén. A tu nombre que ha sido dado a generaciones de egresados de la UPN Colima, y a un Jardín de la lectura de la propia UPN. ¿Alcanzaste a leer en este jardín?, ¿cortaste una flor, un relato en este espacio?

Publicaste los libros de cuentos Última función (1993); El principio y el fin (1995); Nubes (con ilustraciones de Adriana Amezcua, 2009) y Todavía unido (2015). Asimismo, fuiste compilador de Colima en letras (2000) y autor de los libros De la lectura y sus alrededores. Textos sobre comprensión lectora (2008); Una ventana a la lectura. Antología de textos literarios (2011) y El maravilloso mundo de la adivinanza (2013). ¿Qué trabajos te quedaron pendientes, además de publicar a manera de libro tus obras de teatro?, ¿qué fue lo que dejaste pendiente de corregir en tu computadora?

En Última función, ofreces cuentos que se abocan al rescate de historias coloquiales y personajes desenfadados, que se concentran en el mero acto de vivir. La oralidad, con su riqueza de matices, es eje y recurso principal de este libro en que se trasluce el Rubén Martínez actor y director de teatro en la viveza de los diálogos y en la propensión de los relatos a ser escenificados.

El personaje del merolico en el cuento de “La Feria de Todos Santos” o del albañil en “¿Más mezcla, maistro?” dan testimonio de lo que señalamos.

En el libro El principio y el fin nos regalas cuentos memorables como “Bisbirinda”, en el que describes al personaje central, la niña Antonieta, con delicadeza y ofreces razones de su mote como Bisbirinda: “No sé si por lo respingado de la naricita o por lo menudo y delgadilla o porque, sin parar, trajinaba todo el día con una agilidad de churumbela”.

“Receta infalible para escribir un cuento” brinda al lector sugerencias valiosas para dar forma al milagro de un cuento:

Todo escritor imaginero, como es mi caso, debe tener por cualquier medio que pueda conseguirlo , en el fondo de un cajón con doble

llave, un voluminoso libro antiguo que cuente con todo tipo de claves para escribir historias: de asesinatos, de amor, de melancolía o desesperación, de sucesos fantásticos, de catástrofes íntimas, de incidentes de la vida cotidiana.

Hay quien escribe crónicas, reportajes, entrevistas, reseñas, monografías… y el texto se le da sin mayores problemas. Pero, bueno, los sucesos, los hechos, las personas, los textos, las vidas, están allí. Sólo hace falta nombrar, escudriñar, rascar un poquito, separar, como el gambusino, la arena de la pepita de oro, celebrar el hallazgo afortunado y ponerse a teclear feliz.

Pero cuando no se tiene nada, si acaso sólo el deseo de escribir algo que flota en el ambiente o el esbozo de una idea abstracta que pugna por salir y no sabe por dónde, y de repente se encuentran ocultas entre las páginas del librote las palabras que le dan sentido, que imponen el orden en el caos, entonces uno ve el texto como un triunfo.

Aunque éste sea pequeño, íntimo y personal, es un triunfo. Y no es ante el mundo, ni ante la literatura; el primer triunfo y acaso el único es el de ser capaz de transgredir las propias limitaciones para expresarse.

Yo creo que tú, Rubén, siempre tecleaste feliz, feliz por los logros literarios, pero también por Ema, tu esposa; por tus hijos Antar y Miguel; por las nueras Marina y Alma; y por los nietos, Paula Zoe, Aranza Michelle e, incluso, el pequeño Damián André.

El que escribe lo hace desde el

presente, pero también con la conciencia del pasado y la visión del futuro, recuerda más de lo que fue y adivina mucho más allá de la intuición. Por eso es escritor, escritora, para vivir una y otra vez de muchas formas, desde distintas ópticas, por encima del tiempo. Como bien lo dijiste, Rubén, al imponer un orden en el caos, “entonces uno ve el texto como un triunfo”. Y tú supiste triunfar, Rubén, en parte por ello los premios que recibiste: 1er. Lugar en el Concurso de Cuento Corto dentro de la categoría Maestros del 5° Festival Cultural Intercampus, Zona Centro del ITESM, 1990; Premio a la mejor dirección escénica con la obra El diluvio que viene, en el Festival Intercampus de Teatro, realizado en la ciudad de Hermosillo, Sonora, en 1992; Premio Estatal de Cuento 1995, con el libro El principio y el fin; Medalla al Mérito Docente “Profr. Miguel Virgen Morfín”, otorgada por el H. Ayuntamiento Constitucional de Villa de Álvarez, 2009; Primer lugar en el Concurso Nacional de Guiones Creativos para la Formación Ciudadana, categoría básica, con el guion teatral Participemos todos, convocado por el entonces Instituto Federal Electoral en 2010.

Y si tecleaste feliz, y supiste expresarte, Rubén, no creo que en tu caso haya una última función, sino la certeza de que estás todavía unido, firme y transparente, al recuerdo agradecido de muchas personas que te conocimos y que, de una forma u otra, recibimos tus enseñanzas. Sembraste bien tu palabra, tu semilla, y es a tus libros donde acudiremos para escucharte hablar, cuestionar el mundo y aprender de tu humor y perspicacia.

Vivirás por siempre en nuestra memoria, Rubén, lo sabemos, y nos alegra profundamente.

*Texto leído en el homenaje a Rubén Martínez, el 2 de marzo de 2023, en la Pinacoteca de la Universidad de Colima.

El mejor juicio al Maestro

Los mejores juicios sobre el maestro maduran con la sabiduría del tiempo: sin calificaciones mediante, cuando no abruman tareas o exámenes, después de terminadas las clases y transcurridos uno o varios años. Los recuerdos positivos danzan en la memoria.

Cuando es pasado la vida escolar, algunos aspectos del paisaje terminan por aclararse. Entonces, los estudiantes evocan su paso por la escuela o la universidad. A la trayectoria y dificultades sorteadas, afloran nombres, ejemplos, situaciones. Alguna anécdota

perdida regresa, renacen sonrisas o aguijona una pena.

A veces no emerge el nombre de la materia, ni los temas específicos, pero sí la inspiración que aquel maestro, aquella profesora, produjo en sus estudiantes.

En el futuro, el mejor juicio sobre los maestros del presente es el que vuelve atado a un pedacito simbólico del pasado. Ese tiempo en el que ocuparon una silla y vivieron miles de horas aprendiendo, a veces aburridos, otras emocionados.

Ken Bain escribió el libro Lo que hacen los mejores profesores universitarios. Ahí acuña una tesis que define a los docentes excelsos: “(…) son aquellos capaces

de influir positiva, sostenida y sustancialmente en las formas de pensar, sentir y actuar”.

El maestro Rubén Martínez González trazó un itinerario vital que lo coloca en ese sitio excepcional: el de los profesores extraordinarios. Los que cada uno recordamos porque disfrutamos, pero que no suman más dedos que la mano. Doy fe.

Rubén fue, es y será ejemplo. El que necesitamos en las escuelas. El que los niños o muchachos precisan, porque no se puede enseñar lo que no se ama. Y Rubén, ¡quién lo duda!, amaba su oficio y su materia. Nosotros, sabiéndolo ayer y hoy, sólo tenemos para él gratitud, afecto y admiración.

Rubén Martínez González: maestro, inspiración y palabra

La historia nos ha enseñado que a la docencia se llega por muchos caminos, a veces por vocación, a veces por necesidad, a veces por circunstancias personales, pero también la historia nos ha mostrado, que más allá de cómo se llega a la educación, lo realmente importante es cómo se emprende la tarea de educar, con qué principios, con qué actitudes, en ese sentido, cuando pienso en el maestro Rubén como profesor, siempre pienso en él como inspiración.

Hace 35 años llegué como estudiante a la Unidad Colima, de la

Universidad Pedagógica Nacional, el maestro Rubén fue quien trabajó con mi grupo el primer curso, recuerdo como si fuera ayer, su desbordada pasión y gusto por enseñar, su fantástica forma de preguntar, que nos llevaba a reflexionar, a mirarnos en primera persona, sin duda, en su trayectoria como formador de profesionales de la educación, puso en juego de manera permanente, ese talento innato para motivar y acompañar los procesos de aprendizaje, de muchas generaciones de nóveles docentes. Estoy segura que quienes en alguna etapa fueron sus estudiantes, coincidirán conmigo, que con sólo ver la forma de proponer sus cursos y la pasión que

imprimía en cada una de sus clases, era suficiente para querer en algún momento ser una o un docente como él.

Según Frida Díaz, destacada pedagoga mexicana, una de las funciones centrales de ser docente, consiste en orientar, guiar la actividad mental y constructiva de tus estudiantes y proporcionar ayuda pedagógica de acuerdo con sus habilidades, pues el maestro Rubén, seguía al pie de la letra estas afirmaciones, siempre comprometido, responsable, creativo, muy creativo, cada día buscando la forma más sencilla y amena para que sus estudiantes aprendieran. Quiero señalar

Hortencia Alcaraz Briceño

que esto no sólo ocurría con sus estudiantes de licenciatura y maestría, sino que también sucedía cuando trabajaba con grupos de primaria y secundaria, en sus gustados talleres de lectura, muchas veces le escuché decir: “todavía no sé como me encanta trabajar con este chiquillero, salgo cansado, pero feliz”.

La respuesta saltaba a la vista, le entusiasmaba ver cómo esas niñas y niños aprendían a identificar una idea principal, a construir una inferencia, en pocas palabras, él era inmensamente feliz, cuando lograba que alguien se conectara con la lectura, cuando le encontraba sentido a la lectura y empezaba la travesía de leer, leer por gusto y no por obligación, sin duda, el maestro Rubén toda su vida trabajó por ello, con acciones diversas, pero siempre encaminadas a cumplir con esa misión.

Cuando pienso en esto último, estoy convencida que el maestro Rubén tenía esa misión en la vida,

promover la lectura y hacer que sus estudiantes, en cualquier nivel, la tomaran como herramienta, porque si bien es cierto, en educación se habla constantemente de procesos lectores, estrategias lectoras, muchas veces quedan a nivel de teoría o de discurso, pero en el caso del maestro Rubén, nunca fue así, en reiteradas ocasiones diseñó, desarrollo y evaluó estrategias didácticas, es decir, diversos caminos para fortalecer los procesos lectores en sus estudiantes de diferentes niveles educativos. Es claro que, para el magisterio colimense, el maestro Rubén Martínez, es un referente cuando se quiere estudiar o hacer intervención pedagógica sobre el tema de la lectura.

Gracias maestro Rubén por la generosidad de heredarnos caminos claros y senderos nuevos para tomar el tren de la lectura, que en cualquier edad nos llevará a conocer, descubrir, aprender y mirar nuevos horizontes. Sólo por mencionar, algunas de sus obras

que pueden darnos luz en este camino, recuerdo algunas de ellas: De la lectura y sus alrededores, Una ventana a la lectura, El maravilloso mundo de la adivinanza, Docencia sin aula. Testimonios en tiempos de pandemia. Estos libros y toda su obra literaria, sin duda, son un regalo más que el maestro Rubén nos obsequió, así como nos dejó su alegría, su sonrisa, su chispa y su aguda inteligencia.

Así pues, el maestro Rubén nos deja un gran legado al magisterio colimense y del país, con esa forma generosa que él tenía de dar, de darse y que quienes le conocimos disfrutamos cada día. Gracias, por ser ejemplo e inspiración, para muchas generaciones de niñas, niños, adolescentes, y por supuesto de docentes en servicio. Honramos su memoria, recordando sus palabras, siguiendo su ejemplo y aplicando sus enseñanzas.

¡Gracias maestro Rubén, por siempre vivirá en nuestra memoria y en nuestro corazón!

Receta infalible para escribir un cuento

Todo escritor imaginero, como es mi caso, debe tener —por cualquier medio que pueda conseguirlo, en el fondo de un cajón con doble llave, un voluminoso Libro antiguo que cuente con todo tipo de claves para escribir historias: de asesinatos, de amor, de melancolía o desesperación, de sucesos fantásticos, de catástrofes intimas, de incidentes de la vida cotidiana.

Hay quien escribe crónicas, reportajes, entrevistas, reseñas, monografías... y el texto se le da sin mayores problemas. Pero, bueno, los sucesos, los hechos, las personas, los textos, las vidas, están allí. Sólo hace falta nombrar, escudriñar, rascar un poquito, separar, como el gambusino, la arena de la pepita de oro, celebrar el hallazgo afortunado y ponerse a teclear feliz

Pero cuando no se tiene nada, si acaso sólo el deseo de escribir algo que flota en el ambiente o el esbozo de una idea abstracta que pugna por salir no sabe por dónde, y de

repente se encuentran —ocultas entre Las páginas del librote- las palabras que le dan sentido, que imponen el orden en el caos, entonces uno ve el texto como un triunfo. Aunque éste sea pequeño, íntimo y personal, es un triunfo. Y no es ante el mundo, ni ante la literatura; el primer triunfo -y acaso el único— es el de ser capaz de transgredir las propias limitaciones para expresarse.

Conviene hojear despreocupadamente, como quien nada busca y nada espera, hasta que, según sea el humor que el

trajín del día nos haya dejado, dar con el tipo de cuento que se quiere escribir. Una vez detectado, pegarse a él como a una ubre magnifica para extraerle la esencia y seguir paso a paso el proceso.

Bajo el argumento de que en el fondo las historias son básicamente las mismas siempre y lo que cambia son las formas de presentarlas, tener la precaución de hacerse de todos los ingredientes del relata: sazonarlo con frases propias, nombres inventados ex profeso sucesos imprevistos, acontecimientos de la experiencia particular... y escribirlo según dicte el instinto. Nada de cuidar demasiado las formas 0 el gramaticalismo: escribir al desgaire, dejando que el lápiz se deslice feliz sabre el papel como gaviota al viento ante la mar en calma. Si después uno nota que el producto final quedó como los frijoles del payaso (crudos y quemados), chamuscado, solamente sancochado o martajado siempre queda el recurso aquel de referir lo del tomate entero ala hora de cocinar.

Extenderlo cuidadosamente obre la hoja blanca y dejarlo reposar. Pasado un tiempo prudencial, volver a amasarlo, darle vuelta, orearlo, exprimirlo, deshacerle los grumos, enseñarle quién manda, demostrarle quién es el mango del cuchillo y quién el filo, añadir esencias, disimular sabores, esconder tufillos, batir ligeramente con mano cuidadosa hasta que quede a punto de untarse sobre el papel; esto es fácilmente advertible porque, insertando el tenedor de la duda, la consistencia es tal que el contenido ni escurre ni se apelmaza.

Engrasar el molde en que ha de cocinarse —esto es, el estilo, el tono, la palabra precisa. Tener cuidado de bajar a fama en el momento oportuno para no permitir que se derrame. Espolvorear sólo ligeramente de manera de no ocultar l contenido, retirarlo del

fuego de la fragua y dejarlo enfriar. Añadir sal al gusto y servirse no en porciones, sino entero, como ha de deglutirse necesariamente un cuento.

Hacer de él un plato fuerte, un entremés, una ensalada, un postre, lo que sea, pero ofrecerlo a los demás con la conciencia de que el producto ofrecido a la voracidad es el resultado del mejor esfuerzo y es el tipo de plato que en su momento se debió preparar. En estos casos, sazona más la intención que el producto. Sobra decir que el paladar del lector y sus hábitos alimenticios juegan un papel primordial a la hora de saborear la historia. Si los invitados a deglutir el texto muestran desconfianza por desconocimiento, ignorancia o superstición, anímelos a probar siquiera, a vencer atávicos tabúes, a superarse: aquí puede ayudar repetirla máxima culinaria: Es producto la botiga de lo que va a la barriga.

Si el ingrediente se resiste a ablandarse, meterlo en Baño María; si se rebela —para que aprenda— hacerlo picadillo sin consideración; si es demasiado grande para cocinarse entero, desmenuzarlo; si sc presenta insípido, marinarlo por un tiempo: si se opone al impulso primario, ponerlo a fuego lento a que dé un hervor.

Como sucede en las grandes comilonas, a unos les parecerá grato y a otros abominable: unos podrán escupir disimulados mientras otros se chupan los dedos ostensiblemente. No preo- cuparse; recordar que en las fiestas unos se van desbordando mieles por los labios y otros se despiden arrojando pestes por la boca. Como el ofrecer festines, el escribir es también un oficio ingrato. Por angas o mangas, nunca todos quedan satisfechos totalmente.

No espantarse con el petate del muerto delo que alguien pueda,

corrosivamente, con saborcillo ácido, con agruras crónicas, opinar sobre el cuento. Lo más seguro es que se trate de alguien que no tiene un librote semejante al que tan celosamente hemos de guardar como una despensa con candado, o que aun teniéndolo, le hayamos ganado la primicia de la publicación.

Si un día, inesperadamente, hay que emprender un viaje muy, muy largo, no olvidar llevar consigo el librote de que hablamos; servirá para distraerse en el trayecto. Además, dejarlo en manos extrañas sería una total irresponsabilidad, porque, a fin de cuentas, lo más importante no es la receta fría, sino la mano cálida que remueve con la cuchara lo que adentro tiene la olla.

Literatura

Poemas de Diana del Ángel

Ciudad de México, 1982. Escritora y defensora de derechos humanos. Doctora en Letras con la tesis Cuerpos centelleantes. La corporalidad en la obra poética en la obra de Rosario Castellanos, Enriqueta Ochoa y Margarita Michelena

Ha publicado Vasija (2013), Procesos de la noche (2017), Barranca (2018) y artículos en diversas revistas y medios digitales.

Hierba

De las entrañas de esta calle, vertical y misteriosa, brota sin flores llamativas la eterna y simple compañera de las piedras. Su verde grácil perece y retoña, como una caricia apasionada cubre esta piel gris. Con la lentitud de las horas los tallos tiernos se enredan unos con otros formando redes que atrapan los tesoros arrastrados por el aire: el polvo lila de las jacarandas, los restos cristalinos de la aurora y la mirada inquieta de los vagabundos que iluminan la vida oculta de las grietas.

Secreto de río

Mi abuela indica dónde detenernos: conoce los lugares profundos del río; buscamos piedras para sentarnos. Ella desentierra con sus manos resecas un pequeño caracol blanco y me lo ofrece sin decir nada. Giro entre mis dedos su cuerpo frágil; veo las diminutas estrías que lo forman; quito la tierra acumulada en su boca. De su labio roto fluyen los pasos ligeros de los campesinos, el golpe de los machetes en la hierba, el grito de un joven moribundo, el llanto ahogado de un recién nacido, los murmullos de amores adúlteros, las maldiciones de Lucas el nahual. Todas las voces del río, mágicas o lacerantes, sedimentadas en esta diminuta entraña. Miro los rasgos pétreos de mi abuela. Me pregunto cuál de estos hilos soterrados anuda su boca.

Obtuvo la primera residencia de creación literaria Fondo Ventura/ Almadía. Desde 2002 hasta 2017, formó parte del taller “Poesía y silencio”.

Algunas de sus traducciones del náhuatl al español han sido publicadas por la revista Fundación.

Mariana Lima

Primero fue una lágrima, pero ya se sabe: así es el amor

Mariana, el mar sin tu nombre

El amor duele: amor es dar quedar sin casa recuerdos amigos cuerpo flores dinero tiempo vida

Por el amor todo, ya se sabe

Mariana, el mar y tu nombre

Primero fue un desprecio chiquito como el dulce con que luego dijiste disculpa

Mariana, el mar de tu nombre

Primero fue una caricia ruda golpeante ya se sabe, viril, para algunos, el llanto es un tributo al amor para otros, sólo la vida

Mariana, el mar que te nombra

Infancia

Fui como la hierba que entre las piedras nace a pesar del abandono, obstinada como sus raíces, sin adornos en el pelo. Mis ojos distinguían los matices verdes de las hojas.

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