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El Comentario Semanal

En este pueblo no hay ladrones, de Alberto Isaac, un film de culto Cine Comentario

En el año de 1965 el cineasta colimense por adopción Alberto Isaac, debuta con su ópera prima denominada “En este pueblo no hay ladrones” realizada en 1964, misma que obtuvo el segundo lugar en el Primer Concurso de Cine Experimental de Largometraje, seguida de la cinta sui géneris y de vanguardia La fórmula secreta, de Rubén Gámez. Además ganó un año después el premio "Leonardo de Plata" en el Festival Internacional de Cine de Locarno, Suiza, así como la "Diosa de Plata" para el mejor director, premio cinematográfico que se le otorga a lo mejor del cine mexicano por parte de los Asociación de Periodistas Cinematográficos de México (PECIME).

Este concurso de cine experimental fue organizado por el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica de la República Mexicana (STPC), y tuvo como finalidad el otorgar la oportunidad a nuevas figuras y valores del cine, donde pudieran presentar sus producciones cinematográficas, evento filmico que se realizó en dos ocasiones, es decir, en los años de 1965 y 1967 respectivamente.

Luego de la decadencia de la Época de Oro a finales de los años 50, misma que representó el auge y explendor del cine mexicano a nivel

nacional e internacional, es que el STPC durante los años 60, consideró otorgar una oportunidad a diversos creadores, entre ellos, a los jóvenes cineastas, al crear dicha competencia filmica para refrescar con ello el panorama del cine nacional, lo que dio lugar a la emergencia de una nueva generación de directores que en años posteriores serían reconocidos como parte de la nueva generación del cine mexicano, entre ellos Taboada, Alazraki, Cazals, Ripstein, Isaac, entre otros.

Alberto Isaac, también conocido como “El Güero”, realiza este film en colaboración con su amigo, el español exiliado y crítico de cine Emilio García Riera, quien sirviera como su comparsa en el desarrollo de este interesante y divertido proyecto fílmico, actualmente considerado por varios especialistas como una obra de culto.

“En este pueblo no hay ladrones” es originalmente un cuento corto que fue publicado en el año de 1962 dentro en una recopilación de relatos denominado Los funerales de la mamá grande, por el entonces joven escritor colombiano Gabriel García Márquez, quien sería premio Nobel de literatura treinta años después, en 1982. El texto lo llevó al cine Alberto Isaac, tres años después de la publicación del cuento, tiempo

en que ambos no eran tan conocidos por el gran público lector y cinematográfico (Fernández y Gutiérrez, 2016, pp.101-102).1

Sobre el film

A partir de un lenguaje simple y el empleo del blanco y negro, este film de 90 minutos de duración, cuenta además con las excelentes actuaciones de Rocío Sagaón, Julian Pastor, Graciela Henríquez, Luis Vicens, Antonio Alcalá y Alfonso Arau.

Así, Alberto Isaac presenta con una actitud estética y narrativa muy precisa, una peculiar cinta que le valió el reconocimiento de la crítica y lo consagró como uno de los nuevos cineastas reconocidos por el público mexicano y también por el propio STPC. Personaje polifacético que en su vida profesional fue además campeón olímpico de natación, profesor normalista, caricaturista y periodista.

Cartel oficial del filme “En este pueblo no hay ladrones”.

La película se filmó en tan solo tres semanas, tanto en Cuautla de Morelos como en la ciudad de México, y contó con un escaso presupuesto.

En síntesis, la película se remonta a un pequeño poblado donde vive Dámaso, un vago sin oficio que es mantenido por su mujer Ana, mayor que él y quien se encuentra en espera de un hijo. Una noche, Dámaso se lleva tres bolas del único billar del pueblo, con la finalidad de venderlas, delito por el que se culpa a un simple forastero, lo que generará en la trama, una crisis provocada por esta acción del protagonista, lo que dará lugar a una serie de acontecimientos que desembocarán en la molestia de los pobladores, en especial de los que practican este juego, debido a que el billar es su único entretenimiento en el pueblo, de ahí el título del film.

La pintora surrealista francesa, Leonora Carrington, como fiel devota.

Algo que me parece muy importante resaltar en esta nota, es la importante lista de las figuras contemporáneas de la literatura y del cine que aparecen como elenco extra, tales como los los caricaturistas Abel Quezada y Ernesto García Cabral, el ya mencionado Alfonso Arau, quien encarna al agente viajero; Luis Buñuel, representando al cura del pueblo; además, jugando dominó y billar podemos ver al escritor Juan Rulfo y al pintor José Luis Cuevas; asimismo se puede ver en algunas escenas del film, al escritor Carlos Monsiváis como jugador de dominó.

El pintor Jorge Luis Cuevas, interpretando a un jugador del billar.

Por si fuera poco, también participan como actores secundarios la periodista y escritora María Luisa Mendoza, así como el cineasta Arturo Ripstein, el crítico de cine y comparsa de Isaac, Emilio García Riera como todo un experto del billar, y la pintora Leonora Carrington, como fiel devota religiosa, entre otros intelectuales y artistas reconocidos.

Con dichas participaciones Isaac, logra integrar en este largometraje, a una buena parte de figuras representantivas de la escena cultural y artística mexicana de aquella época, quienes por cierto no cobraron dinero alguno por participar en el filme de su amigo.

Finalmente, cabe señalar que incluso en el film, el propio escritor colombiano, y quien sería años después el ganador del premio novel de literatura, Gabriel García Márquez, actúa en la película como el taquillero de la pequeña sala pueblerina de cine, quien como ya se mencionó líneas arriba, sería el autor del cuento en el que se basa el guion cinematográfico.

joven Gabriel

el personaje

del film, interpretado por el actor Julian Pastor.

Además de lo anterior, la obra de Isaac representa un interesante y bien adaptado ejercicio filmico, mismo que teje lo intertextual a partir de la adaptación de un cuento a una obra cinematográfica bien lograda, donde dos tipos de producciones culturales se conjugan de manera magistral a partir del lenguaje del cine y el de la literatura.

Los escritores Juan Rulfo y Carlos Monsiváis, además del caricaturista Abel Quezada en el billar del pueblo.

1 Gutiérrez, L. y Fernández, A. (2016). “Del texto a la imagen: tonalidad e intertextualidad entre el cuento y la película En este pueblo no hay ladrones”. En Diálogos con la literatura, la historia y la cultura, González, J.M., Vergara, G.I. y Espinosa, K. J. (Coords.). Sociedad Colimense de Estudios Históricos / Puesrta Abierta Editores, pp. 90-104.

* Profesor Investigador de la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima.

Actuando como el párroco del pueblo, el cineasta Luis Buñuel.
El
García Márquez, y Dámaso,
principal

Bullicios, conversaciones

Esta forma de sentirnos salvados

La altura tiene magia, tal vez exclusiva para quienes el riesgo representa un elemento más de la locura. ¿Cómo no moverse, tal vez un poco, para sentir el zangoloteo de aquella estructura metálica mientras se cruza el cielo, lado a lado? Arrojarse a la suerte y al destino era lo que me enardecía en una de las góndolas del teleférico. Es así como cruzamos la vida, con el destino a cuestas, mientras la ciudad se hace más pequeña al alcance de la mirada. Se abre la imagen, se abren otros escenarios, porque allá abajo, la ciudad sigue su marcha, su ruido cotidiano, su pasividad o agresividad.

Me quedo observando los tubos de acero que soportan las pilonas, su construcción robusta para permitir la circulación de las góndolas por ambos lados. ¡Cuántas cosas maravillosas tenemos a nuestro alcance! Pienso nuevamente en los trenes que, junto con los grandes puentes, me vuelan el pensamiento. Mientras llegamos a la cima, intento ver no el cielo ni las piedras grises a las que nos acercamos poco a poco. El funcionamiento de toda la maquinaria jala mis sentidos, esa combinación de tubos de acero, cables, balancines; la sincronía del motor, los frenos de servicio, el mando de control, sus estaciones.

Hay una correcta disposición en cada uno de sus elementos para que ocurra la magia y el asombro, una correcta disposición para que el viento pueda regalarnos su caricia fría una vez que se han abierto las puertas y descendemos. Las nubes están encapotadas y el gris es más fuerte. ¿Tú crees en las ánimas, las sombras / de los asesinados y suicidas / que vagan? Los fantasmas hacen rondas / en torno a un niño gris", dicen los versos de Delfina Acosta. El gris, el gris absoluto, que a veces duele tanto.

El recorrido es una pausa en el tiempo, una pausa larga y necesaria que se borrará cuando arribe la noche y se anuncie la lluvia. A cada paso, la lluvia arrecia. Aún dentro del coche, de la camioneta, la lluvia

¡Cuántas cosas maravillosas tenemos a nuestro alcance! Pienso nuevamente en los trenes que, junto con los grandes puentes, me vuelan el pensamiento.

se siente como la premonición de la enfermedad. Esto sucedía en la infancia. La visita a los hospitales era obligatoria si llegaba a mojarme tan siquiera los dedos de los pies. La ducha era casi un milagro y tenía que hacerlo con la temperatura y las toallas debidas. Mojarme, así nomás: un charco, lavar el salón de clase (las monjas exigían que laváramos el piso y las paredes cada fin de semana), la alberca, la lluvia sorpresiva como la de ahora, eran sinónimo de inyecciones y tratamientos largos. Debo borrar todo eso, eliminar cada fisura de aquel cuerpo endeble para mirar las gotas resbalar por los cristales y sentirlas frías, una vez que hemos vuelto a la ciudad.

El paseo me ha dado tranquilidad, la tranquilidad necesaria para cortar de tajo ciertas preocupaciones. No entiendo el afán de hundirnos en asuntos que son imposibles de solucionar con sólo traerlos en la mente hasta altas horas de la madrugada. Mientras avanzamos, conversamos él y yo. Dentro, el cuerpo como una caja de resonancias, la temperatura, el ritmo, el cansancio, precisos. No puedo pedir más, quizá la vida así de aquí en adelante, esta forma de sentirnos salvados y, como afirma Ida Vitale, ser la salvación de algo.

El ocaso de los dioses

Antes de que nos visitara el monstruo del Covid-19 vivíamos en un mundo material.

En los círculos científicos se afirma que la pandemia potenció la virtualidad. Se argumenta que esta llegó para quedarse.

Antes de que nos visitara el monstruo del Covid-19 vivíamos en un Mundo material donde las relaciones humanas y las relaciones con las cosas estaban a la orden del día.

Hoy, ante una pandemia que obligó al Mundo a encerrarse, el ser humano ha tenido que recurrir a las tecnologías virtuales con sus artefactos para poder comunicarse.

De un mundo material y humano que se construyó durante milenios, hemos pasado a participar en un mundo virtual, donde ya no es necesario compartir in situ un café con un amigo, dictar una cátedra en un aula de clase o desplazarse a la oficina para ir al trabajo.

La cuarentena reivindicó el síndrome de Gregorio Samsa, aquel personaje literario de Franz Kafka que una mañana se despertó para ir a trabajar y quedó encerrado en su habitación, convertido en insecto.

La imagen del ser humano transformado en insecto es solo una metáfora del autor checo. Aunque, cada vez más, son muchos los ‘bichos’ que se ven en los centros comerciales, conectados a sus artefactos digitales.

Ante el drama global de la pandemia, el ser humano vive como el personaje literario de Kafka, encerrado frente a una pantalla de un computador, una tableta o un celular.

La hiperinformación que se estila a través de las redes sociales está acabando con el mundo real que construimos durante siglos.

Es el mundo de las ‘no-cosas’, como afirma en su reciente libro el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Asistimos al mundo de lo no tangible.

Durante la pandemia hemos visto cómo las empresas han quedado abandonadas. Cómo los campos universitarios, donde según el escritor José Donoso van a morir los elefantes, quedaron vacíos de profesores y estudiantes.

Ahora todo, hasta el amor, lo podemos hacer a través de un teléfono ‘inteligente’.

En el siglo XXI asistimos al ocaso de los dioses. Nuestro computador se convirtió en el oráculo al que acudimos todos los días para preguntar por nuestro incierto presente. El celular es nuestro pequeño dios, cruel y despótico, que nos oprime minuto a minuto.

Las tecnologías virtuales nos están llevando a temerles a nuestros semejantes. Al ser humano ya no lo abordamos dentro su integridad como ser. A nuestro hermano, nuestro congénere, lo hemos convertido en un fantasma.

Asistimos a una revolución tecnológica sin precedentes. Quizás igual o más profunda que la revolución que inició Gutenberg, con la invención de la imprenta.

En el IV Encuentro de los Movimientos Populares, el papa Francisco previno a los gigantes de las tecnologías, implorando para que “paren de explotar la fragilidad humana. La vulnerabilidad de las personas”.

Hoy en día estamos ante una carrera científica sin precedentes por construir el robot, que reemplazaría al ser humano. ¿Será que la osadía humana llegará a reemplazar la conciencia del individuo?

Ojalá no nos suceda lo de Ícaro, que por querer acercarse al sol, se le derritieron las alas.

En el siglo XIX, el filósofo nihilista Nietzsche habló de la muerte de Dios. Hoy, ante un mundo incierto, lleno de montañas de muertos por el covid-19 y de millones de celulares, ¿será que estamos asistiendo a la muerte paulatina del ser humano?

hector.f.martinez@correounivalle.edu.co

Christian Jorge Torres Ortiz Zermeño Rector

Joel Nino Jr Secretario general

Vianey Amezcua Barajas Coordinadora general de Comunicación Social

Jorge Vega Aguayo Director general de Prensa

El Comentario Semanal

José Ferruzca González Director del periódico El Comentario

Yadira Elizabeth Avalos Rojas

Coordinadora de edición y diseño

Cerca del alba, de Luz Rosalía Acosta Martínez*

Puedo imaginar a Luz Rosalía Acosta Martínez, en 1977, como una muchacha alegre, pero introvertida, de ojos claros y menuda figura. Una brillante egresada de la carrera de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guadalajara que, como pocos, pocas, ha obtenido cien de calificación en su examen de grado, con la tesis “La poesía y la existencia en Alfredo R. Placencia”. Escribe poesía y habla perfectamente el inglés. Con el pasar de los años se distingue por su actividad docente y por la representación del profesorado universitario. En 1981 es invitada como docente por The Oregon State University para impartir un curso de literatura mexicana contemporánea y, en 1985, es distinguida como Mejor universitario por la labor desarrollada en la Facultad de la que egresó. Publica con frecuencia en periódicos y revistas, imparte clases, asesora tesis, avanza de forma inexorable en la conformación de su primer poemario que se dará a conocer con el título de Cerca del alba apenas pasado — quién lo diría— el trigésimo aniversario de su fallecimiento.

Luz Rosalía no supo, desde luego, que su hijo Gabriel Govea Acosta sería quien, finalmente, le daría forma a ese libro y, siendo poeta, como ella, transcribiría y ordenaría con profesionalismo decenas de mecanuscritos para que, aun cuando Rosalía ya no estuviera presente de forma física, sí permaneciera en la tibieza de sus versos de hondura existencial.

En esta ocasión tengo el gusto de reseñar, comentar, justamente, Cerca del alba, un libro de sesenta y dos poemas y un texto final, a manera de ars poética, de Luz Rosalía Acosta. El libro, publicado en 2020 por la Universidad de Guadalajara, se acompaña de cuatro textos de presentación a cargo, de manera respectiva,

de Gabriel Govea, editor del libro; de la finada Helena Berinstáin, académica de la Universidad Nacional Autónoma de México y quien fuera amiga de la poeta; de Fernando C. Vevia Romero, maestro emérito de la Universidad de Guadalajara, y del profesor y filósofo Luis Govea Arreguín, esposo de Rosalía, ya fallecido también, quien desde 1990 escribió un texto para ser incluido en Cerca del alba, poemario que, por una razón u otra, no lograba desprenderse de las manos del azar para ir al encuentro de los lectores. Ahora, por fortuna, el hechizo se ha roto y es momento de disfrutar los versos de reposo y ensimismamiento de Luz Rosalía.

Debo apuntar que, antes de que Gabriel Acosta me obsequiara un ejemplar de Cerca del alba, conocí, un par de años atrás, algunos de los poemas de Luz Rosalía cuando, en el contexto de una ponencia en el VI Festival Cultural Mítica Comala, Gabriel habló de la poesía de su madre y de la admiración de esta por Juan Rulfo. Así, de

“oído”, varios de los asistentes descubrimos que Gabriel tenía un filón de oro en casa y que, por justicia artística, filológica y familiar, debía emprender la tarea de hurgar en los archivos de su madre y rescatar un poemario que, al margen de su valor sentimental, revela el talento y oficio poéticos de la autora. El tránsito al pasado, a la nostalgia, a la ausencia a través de papeles que contienen la voz de la madre poeta no debió ser fácil, pero el esfuerzo anímico y editorial valieron la pena toda vez que estamos ante un libro pulcro que nos muestra la esencia poética de la escritora, al tiempo que nos ofrece datos biográficos que sitúan a Luz Rosalía en su contexto profesional e histórico.

En Cerca del alba encontramos un invariable tono filosófico, de introspección, que bordea los abismos del silencio, la noche, el dolor. Poesía que evoca desde sus epígrafes a César Vallejo, la de Luz Rosalía nos deja un sabor de desprotección en sus versos, porque, de una forma u otra, la poeta reitera que “a todos nos está royendo el tiempo/ y la vida se nos escapa sin vivirla/ y sin reconocernos en el otro”. Para acentuar la percepción de una época caótica, la poeta recurre a describir “la negrura del silencio”, lo grotesco de las caras, los gestos, y se plantea una preocupación más: la condición inasible de la poesía:

Soy como el poeta que, a veces, no sabe lo que dice ni dice lo que sabe.

Impotente ante lo limitado del lenguaje o de la capacidad humana para comunicar el éxtasis o el desasosiego del diario vivir, Luz Rosalía escribe:

Entro a la angostura del lenguaje y no encuentro sino imágenes pálidas —tristes— impotentes.

Llena de ecos, de homenajes a César Vallejo, Pablo Neruda, san Agustín, por ejemplo, la poesía de Luz Rosalía se halla transida por el silencio, puesto que sus versos se han trabajado buscando la sobriedad, la sencillez, el ensimismamiento. La voz lírica asienta: “Soy como el silencio/ que es más significativo que la palabra”.

Rosalía fragua, también, versos de carácter social que señalan las contradicciones entre los seres humanos, “Hombres ebrios de poder/ que chupan la sangre de otros”. La misma poeta, en su diversidad temática, habla del amor que desemboca en la comunión de dos almas cuyo encuentro les permite atisbar a Dios: “yo en ti/ tú en mí/ los dos somos los dos/ y Él nos espera/ en los parajes transparentes/ del albor infinito”. En lo que parece una antología de poemas de diversos periodos de escritura, Rosalía hace del silencio un sinónimo de comprensión, porque es a partir de este que la voz lírica se recoge, se

concentra e ilumina al reflexionar lo que siente y le rodea. En el silencio descubre: “no hay palabras/ ni poema para expresar la desnudez esencial del universo/ y de mi vida”.

Los mejores poemas de la escritora, desde mi punto de vista, son los de los de la segunda mitad del libro, dado que en ellos se distingue la madurez de una visión de mundo y la noble claridad de ciertos versos que aplacan el ruido interior de sus lectores. En ocasiones, sus versos se vuelven experimentales, juegan con el acomodo en la página en blanco. Los hay, incluso, con ribetes de erotismo místico: “Desmenúzame/ te hallarás por todas partes./ Llámame/ iré hacia ti” .

Luz Rosalía, ante el dolor de su enfermedad terminal, pensó en prenderle fuego a sus poemas, dejar que se perdieran en el olvido. Sin embargo, cambió de opinión y gracias al trabajo que llevó a cabo Gabriel Govea podemos acceder a ella en sus distintos intereses y matices poéticos, verla trascender en el tiempo y conmovernos cuando escribe, con discreta alegría:

Quiero la palabra desnuda y temblorosa, la que nace desde el fondo del corazón.

Gabriel Govea, al recuperar la poesía de Luz Rosalía, le ha devuelto la palabra a la autora por encima del amargo resplandor de la muerte. En Cerca del alba no solo se han reencontrado los hijos y la madre, los familiares y los amigos de la poeta, sino que los y las lectoras hemos ganado una escritora nayarita que desconocíamos y celebramos a partir de ahora. Lo menos que podemos hacer es compartir estos hallazgos.

En Cerca del alba encontramos un invariable tono filosófico, de introspección, que bordea los abismos del silencio, la noche, el dolor. Poesía que evoca desde sus epígrafes a César Vallejo, la de Luz Rosalía nos deja un sabor de desprotección en sus versos, porque, de una forma u otra, la poeta reitera que “a todos nos está royendo el tiempo/ y la vida se nos escapa sin vivirla/ y sin reconocernos en el otro”.

*Texto leído en la presentación del libro, organizada vía Zoom por ALACyT y Fundación Romero-Abaroa, el día 18 de noviembre de 2021.

La erupción de 1913 en el Volcán de Fuego de Colima*

Esta semana tenemos en Colima una efeméride que recordar ya que se cumplen 109 años del inicio de una de las erupciones más importantes ocurridas en el volcán de Fuego de Colima y el evento eruptivo más relevante del siglo XX.

La erupción de 1913 estuvo precedida por periodos de actividad intermitente que fueron mostrando a los habitantes de las zonas cercanas las diferentes manifestaciones eruptivas que tenía el volcán. Diez años antes, en febrero y marzo del año 1903, se habían producido algunas explosiones que fueron vistas desde las ciudades de Colima y Zapotlán el Grande, al sur y al noreste del volcán respectivamente, y más adelante, entre 1908 y 1912 ocurrieron diversos eventos eruptivos que causaron incertidumbre entre los pobladores de la región.

La actividad volcánica que ocurrió en enero de 1913 se distinguió de las anteriores por la violencia que tuvo y por la gran cantidad de material que arrojó. Algunas noticias manifiestan que, dos o tres días antes de la gran explosión, los pobladores de las partes más altas del volcán escucharon pequeñas explosiones que generaron densas nubes de vapor y arena que subían desde la cima del volcán saliendo de ella fuego y resplandores. Por ello decidieron abandonar sus ranchos y dirigirse hacia lugares más alejados y seguros, tal y como lo hicieron los habitantes del poblado de San Marcos.

La noche del 19 de enero se registraron algunas explosiones en el cráter, las cuales produjeron pequeños flujos de rocas y ceniza (corrientes de densidad piroclástica) que alcanzaron una distancia aproximada de 4 kilómetros. El día 20 de enero, a partir de las 4:30 de

la mañana, comenzó a destruirse el domo que obstruía el cráter. Esta actividad formó una columna eruptiva que, por la acción del viento y el material que la componía, fue dirigida hacia el noreste, depositando una fina capa de ceniza de 4 a 28 centímetros de espesor hasta una distancia de 11 kilómetros. Al mismo tiempo, se formaron una serie de flujos piroclásticos que se canalizaron por las barrancas que circundan al volcán hacia el sur.

“La mañana del 20 de enero de 1913, una explosión rompió el tapón de lava antiguo que llenaba la chimenea y el cráter del volcán, lanzando al aire ese tapón y parte del borde del cráter. Una vez destapado el embudo se formaron en él densas nubes de arena fina y picos del nuevo borde para correr enseguida con fuerza irresistible, radialmente por los flancos del volcán hacia su pie, encajonándose en las barracas de las faldas y llegando por el fondo de ellas”.

Los habitantes de todos los pueblos comenzaron a huir del lugar debido al aumento de lluvia de arena y ceniza. Algunos de ellos trataron de escapar en ferrocarril desde Zapotlán el Grande (hoy Ciudad Guzmán) hacia Guadalajara, pero a la altura de Sayula quedaron atrapados ya que la vía estaba obstruida por la gran cantidad de ceniza que había llovido.

A partir de las 10 de la mañana las explosiones se hicieron continuas y una hora después, alrededor de las 11 de la mañana, al quedar libre el conducto del volcán, se inició la tercera y última etapa de la erupción con el desarrollo de

Fotografías de las explosiones ocurridas entre febrero y marzo de 1903, diez años antes del gran evento eruptivo de 1913. Fotos de José María Arreola.

una columna eruptiva que, según algunas versiones, superó los 15 kilómetros de altura en un proceso que tuvo una duración aproximada de 8 horas.

Durante esa última etapa de actividad, y debido a la gran altura alcanzada por la columna eruptiva, se produjeron colapsos parciales de la misma que originaron la formación de flujos de ceniza y rocas. Éstos se derramaron alrededor del volcán y se canalizaron por las barrancas que lo rodean, alcanzando distancias de más de 15 kilómetros y formando depósitos de varios metros de espesor en sitios en los que en ese tiempo no existían poblaciones, pero en los que hoy día se asientan comunidades como La Yerbabuena.

La columna eruptiva fue llevada por los vientos hacia el nor-noreste, afectando de manera importante a Zapotlán el Grande en donde dicen que “la arena se levantaba del suelo

a la altura de 3 cm, y se encendieron las luces de la ciudad a las 3 de la tarde”. Al día siguiente esta capa de ceniza superó los 15 centímetros en esta población y la lluvia de ceniza era tan fuerte que “semejaba a una tormenta de agua, produciendo las más tenebrosas tinieblas”. La ciudad quedó azolvada con miles de toneladas de ceniza y se cayeron los techos de muchas casas que estaban sostenidos por vigas de madera y que no resistieron el peso del material volcánico.

Hacia las 8:30 pm disminuyeron las explosiones y las descargas eléctricas originadas por la misma actividad. Poco después, cerca de las 10 de la noche se detuvo la actividad.

La ceniza expulsada sepultó los pastos y trigales, inutilizó todas las siembras en crecimiento y buena parte de la masa boscosa de la zona. De la misma forma fueron afectadas las poblaciones de Platanar, Tonila,

Zapotiltic y Tamazula, y en menor medida Tuxpan, Tecalitlán, San Sebastián y San Gabriel.

Otros lugares del Estado de Jalisco resultaron afectados como Teocaltiche, Sayula, Encarnación, La Barca, Cuquio, Lagos, Ameca, Yahualica y Atotonilco. Asimismo, y debido a la acción de los vientos la nube de ceniza afectó a otros Estados como Guanajuato, Michoacán, Aguascalientes, Zacatecas e incluso Coahuila, reportándose caída de ceniza en la capital, Saltillo, a más de 700 kilómetros de distancia del volcán.

Durante los días que siguieron a la gran erupción, continuaron las explosiones, aunque con menor frecuencia e intensidad. Hacia el mes de marzo de 1913 aún se observaban algunas columnas de ceniza y gases que se elevaban esporádicamente, escuchándose con frecuencia ruidos subterráneos.

Cenizas sobre Zapotlán el Grande después de la erupción del 20 de enero de 1913.

Historia

Aunque no se tiene constancia de la muerte de ningún habitante durante la erupción, en años posteriores, los vecinos de la zona manifestaron que algunos hombres murieron quemados días después al intentar cruzar algunas barrancas. Igualmente, en la época de lluvias, algunos otros fueron sorprendidos por los flujos de lodo (lahares) que arrasaron la zona durante los 3 años posteriores a la erupción. Sin embargo, no existe constancia de nada de esto.

Los ranchos cercanos al volcán que fueron sepultados por la ceniza fueron El Durazno, Canutillo, Ojo de Agua, Los Machos, Laguna Verde, Cofradía y Causentla. El geólogo austriaco Dr. Paul Waitz escribió que “el rancho El Durazno fue sepultado bajo los depósitos masivos de 20 metros de espesor de la nube ardiente”. Cientos de animales murieron quemados al ser arrastrados por los flujos piroclásticos y otros muchos por comer hierba y beber agua contaminada con ceniza.

En las imágenes comparativas de 1909 y 1913 hechas por Waitz, es visible cómo la morfología de la parte superior del volcán sufrió serias modificaciones con la erupción, siendo destruidos los últimos 100 metros de este, quedando coronado por pequeñas puntas y picos con fuertes incisiones.

El mismo Waitz escaló el volcán en noviembre de 1913, es decir, 10 meses después de la erupción y al poco tiempo de haber terminado la temporada de lluvias. En sus relatos nos describe que, en lugar de un tapón de lava, encontró una enorme zanja, cuyo diámetro superior era de entre 350 a 400 metros y presentaba gran profundidad, aunque prácticamente no existía actividad fumarólica.

A partir de esta fecha el volcán entró en una fase de reposo durante varias décadas, únicamente con ocasionales emisiones de vapor y luminosidad como las de 1930, 1931 y 1935, y la actividad de mayo de 1957, cuando el domo comenzó a elevarse y arquearse, lo que ocasionó explosiones por más de dos años.

Contrario a lo que siempre se ha dicho, con esta erupción la ciudad de Colima no sufrió daño alguno, y de hecho no se tienen registrados daños significativos en el área perteneciente al estado de Colima, con excepción de los depósitos acumulados en las barrancas Cordobán y La Lumbre, y sobre la actual población de la Yerbabuena, que en ese entonces no existía. Debido a la dirección de los vientos dominantes en esta época del año no hubo ni siquiera caída de ceniza en la ciudad.

Ciertas áreas del estado de Jalisco sí resultaron muy afectadas, y poblaciones tan importantes como la ciudad de Guadalajara cuantificaron la caída de ceniza solamente en el

radio de la ciudad en mil toneladas.

Si atendemos a los antecedentes geológicos e históricos del volcán de Fuego de Colima, sabemos que existe la posibilidad que en un futuro cercano se presente una erupción de características similares a la de 1913. Asimismo, el índice de población ha aumentado significativamente desde ese último gran evento volcánico, donde quedaron devastadas algunas áreas que hoy día se han convertido en importantes centros de población. En los últimos meses hemos visto episodios eruptivos en distintos volcanes alrededor del mundo que han provocado gran alarma mundial. Sin ir más lejos, el pasado 15 de enero de 2022 el volcán Hunga Tonga-Hunga Haʻapai, localizado en el océano Pacífico sur, tuvo una enorme explosión que fue registrada desde el espacio, generando una columna eruptiva superior a los 20 kilómetros y provocando además, según el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) ondas sísmicas de energía equivalentes a un terremoto de 5.8; produciendo además un tsunami que impactó en muchos países de la Cuenca del Pacífico, llegando inclusive a las costas de Colima.

La actividad histórica del volcán de Fuego no debe pasar desapercibida y nos debe hacer reflexionar sobre qué tan preparados estamos tanto la sociedad, el gobierno y los grupos científicos en el caso de presentarse un escenario similar al de 1913 y del que hoy conmemoramos un aniversario más. Recordemos que ¡La prevención es la clave!

*La información que sustenta este artículo fue extraída del libro El volcán de Fuego de Colima, seis siglos de actividad eruptiva (1523-2010) de Mauricio Bretón González, editado por la Universidad de Colima.

1 Mauricio Bretón González es ProfesorInvestigador del Observatorio Vulcanológico de la Universidad de Colima.

mauri@ucol.mx

El volcán de Fuego de Colima, ca. 1913.
El Volcán de Fuego de Colima en marzo de 1909 y después de la erupción de enero de 1913. Nótese la diferencia con la imagen de 1909 en la cima y la zona del bosque que fue destruida por la erupción de 1913. Fotos de P. Waitz.

La vida de la hija “secreta” de García Márquez, Indira Cato

La cineasta mexicana Indira Cato ha acaparado las miradas del mundo cultural desde que se reveló este fin de semana que es la hija “secreta” del fallecido escritor colombiano Gabriel García Márquez y la periodista mexicana Susana Cato.

Indira, de 31 años, nació tras la relación extramatrimonial que sostuvo García Márquez con Susana mientras escribían el guion “El espejo de dos lunas” (1990), y tiene “muy buenas relaciones” con la familia del Nobel de Literatura, según comentó esta semana a EFE Gabriel Eligio Torres, sobrino del escritor.

Pero Indira ha forjado su propia carrera en México, donde ya era conocida por participar en el guión y producir Llévate mis amores (2014), un documental sobre Las Patronas, el grupo de mujeres mexicanas que desde 1995 alimentan a migrantes que viajan en La Bestia, el tren que va del sureste mexicano a Estados Unidos.

“Los mayores retos a los que nos enfrentamos haciendo esta película fue conseguir apoyos, ya que es una ópera prima y conseguir apoyos fuera del Estado mexicano para hacer una producción de ópera prima es muy complicado”, expresó en una entrevista del Festival Internacional de Cine Documental de Querétaro en 2015.

Una cineasta con mirada social

Indira estudió Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) con especialidad en Diseño y Producción, según una invitación de la Secretaría de Cultura a un taller que “la productora de cine documental” impartió en 2020.

También ha escrito críticas de cine en el sitio Butaca Ancha y colaboró en el libro Cine político en México (1968-2017), de acuerdo con Correspondencias: cine y pensamiento, revista cultural con apoyo de la UNAM.

Asimismo, ha colaborado en la revista Proceso como autora de la columna “Puro drama” y en asignaciones especiales, como una entrevista al expresidente uruguayo José Mujica.

La cineasta también dirigió en 2018 el cortometraje “¡Qué grande eres, magazo!”, con un guion escrito por su madre en el que un mago concede el deseo a una joven que pide “que caiga el mal Gobierno”.

Ahora, trabaja en un documental sobre Olimpia Coral, activista que originó en México la llamada Ley Olimpia contra la violencia sexual digital, según reveló en una entrevista en abril de 2021 con el canal de YouTube R7D/Rentauna7d.

“Trata temas muy actuales y muy urgentes, y creo que eso sí ayuda y hay una consciencia de eso, de que el feminismo está a todo lo que da en este momento, que estamos bastante hartas las mujeres en México, que hay temas urgentes de atención de violencia”, comentó.

Pese a su labor como cineasta, son pocas las entrevistas que ha dado Indira, quien no atendió hasta el momento las solicitudes de EFE

Aun así, a lo largo de su carrera ha destacado la importancia de contar historias de personas sin privilegios y sobre problemáticas sociales.

“Nuestra película es una llamada a la esperanza, nosotros siempre la hemos querido plantear así, creemos que a

nosotros mismos nos da fuerzas para ver que se puede hacer algo y que hay gente que lo está haciendo ya”, dijo al Instituto Mexicano del Cine (Imcine) en 2014 sobre Llévate mis amores.

Susana: arte y revolución

Indira también ha heredado el talento artístico de su madre, Susana Cato, nacida en 1960 en Ciudad de México.

Susana es autora de Ellas: Las mujeres del 68 (2019), un libro que recoge los testimonios de las mexicanas involucradas en el movimiento estudiantil que marcó al país hace 50 años.

También es autora de la biografía de la actriz María Rojo. De película (2010) y de Isjir: retrato hablado de un migrante iraquí (2020).

De igual forma, ha escrito programas de radio, televisión, cuentos y obras teatro, entre las que resalta la obra El manicomio de afuera (2016).

Ha sido reportera y crítica de cine en Proceso

Indira, presuntamente llamada así por la admiración de García Márquez por la ex primera ministra india Indira Gandhi, lleva el apellido de su madre porque fue Susana quien “tomó la decisión de no tomar el apellido García Márquez”, de acuerdo con Gabriel Eligio Torres.

García Márquez tuvo dos hijos, Rodrigo y Gonzalo, con su esposa, Mercedes Barcha, fallecida también en Ciudad de México en agosto de 2020, y según el periodista Gustavo Tatis, los familiares y amigos del escritor mantuvieron por años en secreto la existencia de Indira “por respeto a Mercedes Barcha y lealtad a Gabo”.

Con información de EFE

El sabelotodo Viñetas de la provincia

Se llamaba -o se llama, si es que todavía vive- Rodolfo Pineda Ortiz y era, en 1926, un joven de 25 años, delgado, nervioso, inquieto, de tez morena, ojos vivos, palabra fácil y ademán rápido.

Vino a Colima como representante de un hipnotista y prestidigitador que se hacía llamar "doctor" y que actuó en el Teatro Hidalgo durante una larga temporada.

No he conocido a otro hombre que pueda compararse a Pineda Ortiz por la prodigalidad de sus habilidades. No había ciencia que desconociera ni arte que ignorara. Se hablaba de tú con la historia y gustaba de matizar su conversación con citas oportunas; hacía versos estimables, en los que exhibía un profundo respeto a la gramática y devoción a las normas literarias; componía canciones de ritmo grato y pegajoso; montaba muy bien a caballo y era un experto corredor en pelo a quien fascinaba jugar parejas; se decía militar, ostentando una credencial de capitán segundo, y se traía la ordenanza en la punta de los dedos; aseguraba haber viajado por el mundo y demostraba en sus relatos un completo dominio de la geografía; cocinaba con la maestría de un "chef' de restaurante de lujo y tiraba al blanco con la precisión de un campeón; boxeaba muy bien y era una autoridad en astronomía.

Si a estas características admirables agrega la exquisita cortesía de su trato, el buen gusto con que se introducía en sociedad, descubriendo sus atractivos de hombre mundano con la discreción dcl que estando acostumbrado a moverse en planos superiores desdeña los recursos vulgares del exhibicionismo ramplón, se comprenderá que Pineda Ortiz resultaba una personalidad verdaderalncnte interesante.

Lo conocí en un baile juvenil y confieso que me cayó mal. Vestido con la refinada elegancia de un modelo destacado de almanaque de modas, centraba la atención de un grupo de muchachas con su verbosidad infatigable.

Como ocurre siempre en provincia, en que los apodos llegan a descartar el nombre propio, alguien se refirió a mi mote:

-Mire, Rodolfo, le presento al "Marqués"... -y Rodolfo se desentendió del grupo, viró en redondo y con la solemnidad de un jefe de protocolo, me hizo la más versallesca de las reverencias:

- A los pies de usted, señor Marqués...

Era yo muy joven por aquel entonces y carecía, en mi inexperiencia, del aplomo necesario para salir airoso

(1 de marzo de 1954)

de una situación difícil. Me sentí cursi ante la caravana respetuosa de aquel elegante desconocido, del que no sabía si era sincero en su actitud o si me estaba tomando el pelo. Se desplomó la buena opinión que hasta entonces había tenido de mí mismo, por mi desparpajo de provinciano audaz y afortunado, y me encontré indefenso en mi turbación.

Pero había que salir del paso. Todas las miradas estaban fijas en mi persona, y en la sonrisa de mis amigos había cierto rictus de burla, como si pensaran: "Te encontraste con la horma de tu zapato, Marqués..."

Después de un silencio penoso, y no hallando la frase aguda que me salvara del aprieto, solté una grosería:

- No sea usted ridículo, hombre, ¿cómo va a tomar en serio un título de nobleza que no es sino un apodo?

-¿Por qué no? -contestó Pineda Ortiz-. Yo bien podría hacerme llamar conde. Los pergaminos de mi familia me dan derecho a ese tratamiento y, además, usted tiene todo el porte de un marqués...

¡La puntilla! El grupo rió a costa mía, y la cosa se hubiera prolongado cruelmente si Pineda Ortiz no me tomara del brazo y, con la confianza y naturalidad de un viejo amigo, me

hubiera llevado a tomar una copa.

Hicimos buenas migas. Pronto me avine a renunciar en su provecho los privilegios de mi importancia y a representar el papel de segunda persona, porque a ese diablo de hombre no se le podía sacar pie adelante. Sus recursos eran inagotables y parecía haber nacido con el único objeto de sorprender a los demás. Era el novio en los matrimonios, el neófito en los bautizos y el muerto en los entierros.

En aquel tiempo se cultivaba en Colima la afición por los caballos. Tenía yo dos hermosos animales que personalmente cuidaba con el celo con que una coqueta se depila las cejas y manicura las uñas. Me gustaba salir por las tardes en compañía de dos o tres amigos a recorrer la ciudad, presumiendo mis corceles, flirteando con las muchachas y haciendo que el caballo disparara al llevar la mano al sombrero tejano en ademán de saludo... ¡Cosas de la edad y de la época!

Como Rodolfo era un "señorito"

por la apariencia, entrevi en la equitación una oportunidad para superarlo en algo y vengarme de su cargante suficiencia. Lo invité a montar y salimos a dar la vuelta la tarde del domingo. Fuimos a la calzada y nos unimos a un grupo de jinetes que se divertían organizando "parejas", y ¡cuál no sería mi sorpresa al darme cuenta de que Pineda Ortiz concertaba una apuesta sobre la condición de correr a "pelo" el caballo que montaba, "mi caballo", con otro parejero, pues corrió como un profesional... y

ganó! ¡Decididamente no se podía con él!

Por ese tiempo falleció la esposa del señor Imerlung, súbdito noruego radicado en Colima y con quien el "doctor" llevaba amistad, por lo que pidió a Pineda Ortiz que lo representara en el sepelio. Y ahí estuvo Rodolfo, vestido de riguroso luto y con el gesto desolado de quien sufre una gran pena. Se inició la marcha y Pineda Ortiz caminó tras del féretro ensimismado en su congoja. Entiendo que el señor Imerlung tuvo que consolarlo.

Pero había que salir del paso. Todas las miradas estaban fijas en mi persona, y en la sonrisa de mis amigos había cierto rictus de burla, como si pensaran: "Te encontraste con la horma de tu zapato, Marqués..."

Al irse de Colima, tuvo la atención de obsequiarme numerosos poemas suyos, una canción impresa y algunos libros. No lo he vuelto a ver e ignoro si vive aún, pero de vez en cuando evoco su recuerdo con la dulce melancolía de mi juventud lejana y turbulenta, donde Pineda Ortiz dejó su marca admirativa de "sabelotodo".

Sánchez Silva, M. (1993). Viñetas de la provincia. Colima: Idear.

La enfermedad: entre creencia y ciencia

Cuando la humanidad sufre a causa de una enfermedad que puede ser endémica o bien una epidemia y peor aún, una pandemia, busca su origen en una explicación; primero le adjudicaron causas sobrenaturales, al andar los siglo empezó a buscar las naturales y entonces, vemos que en ha transitado de la creencia a la ciencia, basculando entre ambas y tratando de elucidar la o las causas del mal que la está aquejando. Sabemos que en el transcurrir de los milenios, las epidemias han afectado a todos los grupos humanos en las distintas sociedades y que cuando los individuos sufren el dolor de los padecimientos en sí mismos o en sus semejantes acuden a lo que a su entender los aliviará. De modo que, comprendemos que todas las situaciones que nos presenta la vida, pero más cuando una enfermedad se eleva al grado de epidemia o pandemia, conllevan un conflicto entre lo público y lo privado, pues en esos casos, al ser de índole trasmisible la enfermedad trasciende al individuo y lo vincula con el colectivo, lo cual involucra lo político.

En cuanto a creencia; en el pasado y aún hoy, las personas han considerado que la enfermedad es la consecuencia de un castigo divino, por una vida desordenada y culturalmente, esta perspectiva colocaba al individuo en una situación que podría ser merecedora de sanción, la cual se agravaba cuando la persona era fuente del contagio; recordemos la lepra, quienes la padecían eran aislados del grupo, hoy sabemos que esta enfermedad infecciosa es causada por la Mycobacterium leprae o bacilo de Hansen y que su incubación e inicio de los síntomas es de un largo

periodo, aproximadamente cinco años. Este tipo de enfermedades podían ser causa de una epidemia y justificaba la intervención de los poderes religiosos o civiles en la vida privada, sobre todo al suponer que, al propagarse la enfermedad, el mal se extendía sobre la tierra y además se posesionaba del alma de las personas; en algunos periodos, como el caso de la Peste negra, el imaginario se situaba en el final de los tiempos y oraban a Dios ante el temor de la condena al infierno; así, la enfermedad era la causa del más profundo desasosiego y en consecuencia, la búsqueda de los poderes y consuelos que ofrece la religión o la superstición para escapar tanto del padecimiento como del profundo averno.

Un cortejo de males es un acompañante de las epidemias, como el desempleo, el empobrecimiento y la violencia entre muchos más, incluyendo la criminalización de conductas habituales y además, ante la necesidad del control de los desplazamientos, se clausuran los festejos masivos religiosos o civiles, las escuelas y los lugares de afluencia pública en las cuales se sustentan buena parte de las relaciones sociales y que son imprescindibles para la cohesión y la vinculación social entre las personas. De ahí la importancia de la asistencia gubernamental, que bien puede adquirir un nivel de opresión y generar costos elevados y en consecuencia, poner en situación difícil las finanzas públicas y privadas.

La creencia a dado pie a que las clases sacerdotales hayan utilizado a las enfermedades y las utilicen al empeñarse en la reforma moral comunitaria y la piedad colectiva, de tal forma que podemos observar, que en tiempos de pandemias los dioses y luego los santos protectores contra las

enfermedades se multiplican; también sus milagros, así como utilizarse para introducir nuevos dogmas. Santo Santiago suplió el culto a Apolo, él sobrevivió a las flechas y por ende protege contra las saetas de la ira divina; hecho en el que se encuentra una velada alusión al pasaje de la Ilíada, cuando Apolo desencadena la plaga contra los aqueos; primero a Santiago se le representaba como un hermoso joven, desnudo, recibiendo una lluvia de flechas, lo cual supone una alegoría de Apolo en la iconografía cristiana; después, por la timorata mirada del sexo y por ende de la desnudes, se impuso una representación del santo como un anciano, alejándolo del deleite estético.

En la historia hay un registro de dioses y diosas, santos y santas que la humanidad ha visto como intercesores por los padecimientos humanos, dado que se ha percibido a la enfermedad como una relación pecada/castigo, aunque también como una prueba divina para aquilatar los méritos tanto de los individuos como del colectivo; estas creencias han propiciado convertir la enfermedad y la lucha contra las enfermedades en una forma de heroicidad, que es una ruta para alcanzar los ideales. Lo cual nos recuerda la Ética de Aristóteles; el honor de servir al necesitado, como un concepto operativo de la sociedad a través de las virtudes y por lo mismo, a quienes perecen en la lucha contra las enfermedades, desde la óptica religiosa, se les compara con los mártires y en ese punto, la enfermedad deja de ser objeto de censura para transformarse en terreno de fortificación del alma y una corona de heroicidad.

Mas Cronos no detiene su marcha y al transcurrir los años, aparece

la mirada de la ciencia, ya la encontramos en Hipócrates el padre de la medicina, precedido por Asclepio, elevado a la categoría de dios por los griegos y Esculapio para los romanos. Se podría suponer que al irse descubriendo los agentes patógenos, vendría un cambio de visión respecto a las enfermedades, sobre todo las causantes de las epidemias; se creería que gracias a la teoría microbiana, Satanás sería eliminado como causante de enfermedades y las personas que las padecen serían exculpadas del pecado y el padecimiento por ellas, ya no sería ejemplo del castigo divino; sin embargo, todavía hay quien busca victimas propiciatorias ante la ira divina.

A finales del siglo XIX, encontramos una mirada que viraba de la creencia a la ciencia, cuando el matemático José de Echegaray escribió un soneto, al que título: El diablo y el bacillus

Buscando de la peste en lo pasado, / el negro germen y la impura ciencia, entre redomas de unto y pestilencia / encontrase a Luzbel acurrucado. Hoy la vieja visión se ha transformado / y vemos, de un cristal por la potencia,

del virus en la turbia transparencia, / un infuso ruin pasar a nado.

¡Sigue la procesión! ¡Sigue la tanda! / El diablo muere y el microbio pica… Con la ponzoña que a la sangre manda. / Y sin embargo, al fin todo se explica.

¿Qué es la lente? La ciencia que se agranda. / ¿Qué es el microbio? El diablo que se achica.

La creencia es sostener una idea como indiscutible, se cree o no simple y sencillo, es cuestión de fe, lo cual tiene sus ventajas, porque las creencias en la vida cotidiana, sostienen al ser humano para afrontar las situaciones difíciles, pues les dan sentido a los padecimientos y pensar que Dios existe da el soporte para resistir lo inevitable, con fe; la creencia sirve de base para llevar una vida normal. Creemos muchas cosas, que el maravilloso sol saldrá por la mañana y que la luna y las estrellas lucirán su hermosura por la noche. Antes creíamos que el sol se movía en torno al mundo; no obstante, llegó la ciencia y supimos que la tierra es la que gira en torno al astro rey. Mas, para acceder a ese conocimiento pasaron siglos y no cualquiera arriesga hasta su vida, para observar,

reflexionar y expresar el resultado de sus hallazgos; quien lo hace requiere estudios y confrontación de saberes, de inteligencia, raciocinio y mucha paciencia. Para muchos la ciencia es un peligro, al recordar los que sufrieron condenas de prisión o muerte.

El impacto de la ciencia puede ser tremendo, más fuerte que el de la creencia, nos enfrenta a lo desconocido. En la obra de Archibald Joseph. Conín, “Los verdes años”, un párrafo relata una escena, en ella, el nieto le muestra al abuelo, a través de la lente del microscopio, los microorganismos que pululaban en un sabroso alimento que en ese momento degustaba; tal fue el asombro del pobre viejo, que no pudo continuar comiendo. Podríamos concluir diciendo que la creencia es asunto de confianza, mientras que la ciencia lo es de desconfianza; pero quizá sería un error, pues la confianza en los descubrimientos científicos se sostiene, más que en la autoridad de quien lo dice, en que éstos pueden ser demostrados y que las afirmaciones científicas se demuestran y comprueban con evidencias; pues no son simples

Poemas de Margarita Villarreal

Poeta mexicana (1957 - 2019). Fue profesora e investigadora en la FFyL de la UANL; ; miembro del consejo editorial del Periódico de Poesía de la UNAM. Coordinadora de talleres de lectura y creación literaria. Premio a las Artes de la UANL 1991. Premio Internacional de Poesía “Jaime Sabines“ 1994 por La paga común del corazón más secreto (publicado con el nombre de El corazón más secreto). Premio de Poesía del Certamen Internacional de Literatura Letras del Bicentenario “Sor Juana Inés de la Cruz” 2010 por Tálamo. Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2016 por Las maneras del agua. Parte de su obra ha sido traducida al francés.

Hasta que la muerte nos separe

Con tal de librarme de ti mandaré construir un enorme palacio; tantas habitaciones y sirvientes, que la ciudad entera quepa en él. Entonces –reina en su laberinto–vagarás hasta perderte.

Inconforme

¿Que plagias versos, me dicen, para engrandecer tu obra?

¿Es tan importante ser poeta para ti?

¿No te basta, acaso, con el brillo de tus propias monedas?

Trascendencia

Quieres parecer culta y tu cabeza coronar con laureles. Pero la poesía se burla de tu farsa; son tus diamantes, y no tus pulidos versos, los que arrebatan el aplauso.

Coherencia

Predicas la humildad, mientras Claudio –tu esposo–alimenta los leones de tu soberbia con la carne de sus esclavos.

Honestidad

Viajas de tarde en tarde con tu nuevo protegido: el célebre Mamerco, poeta de baja estofa y ebrio andar; de él recibes justas alabanzas que por las noches expone a los bardos: a la señora le hace falta sentir por el culo la pluma irrigada de mi ser.

El comedimiento de la espera

Tejo de madrugada rehago el manto frente al pozo donde empieza a cocerse la carne que te habré de ofrecer cuando llegues y no te reconozca

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