En el verano neozelandés de 2013 me quedé solo en casa, como cada año. Mi mujer y mis hijos habían viajado a México para visitar a la familia y yo solía quedarme todavía un mes más para terminar mis obligaciones académicas en la Universidad de Otago antes de poder alcanzarlos. Fue en ese lapso en que concebí los primeros poemas de Si no te hubieras ido / If only you hadn’t gone, publicado al siguiente año por Cold Hub Press, gracias a las traducciones de mi editor y traductor Roger Hickin, y como también planearía convertir este proyecto poético en una trilogía, que empezara precisamente con Si no te hubieras ido, continuara con O me voy o te vas, y terminara con Sin lado izquierdo. Tres libros estrechamente interconectados en temática, tono, estilo, y estética en general. Yo llegué a Nueva Zelanda con un bagaje importante de lecturas de poesía propias de mi tradición poética en lengua española (la cual había estudiado profusamente), pero tenía pocos referentes serios de la poesía en lengua inglesa (más allá de los autores más emblemáticos) y nulas
referencias de la neozelandesa, por lo cual lo primero que hice fue empezar a leer y a estudiar toda la tradición de la poesía inglesa en lo general y toda la tradición de la poesía neozelandesa en lo particular, a la par que traducía a aquellos poetas por los que fuera sintiendo más proclividad. Gracias a esto, y casi sin darme cuenta, mi idiosincrasia poética, incluso mis paradigmas sobre lo que era y debía ser la poesía, se trastocaron. Ya no la concebí igual desde entonces e incluso me sentía que mi poesía se empezaba a alejar de las vertientes poéticas más recientes y pasadas de la poesía de mi propia tradición pues empezaba a descubrir elementos en ella distintos, incluidos aquellos elementos que antes eran una constante en mi propia poesía. Más que de una ruptura estilística, exterior, lo que me había sucedido era una ruptura intrínseca, un cambio en mi forma de concebir el poema y la poesía. Los primeros poemas de Si no te hubieras ido, por eso mismo, significaron una verdadera liberación para mí, y a partir de ellos fueron surgiendo los que conformarían O me voy o te vas, que el próximo año formará parte del prestigioso catálogo de la Otago University Press, y de Sin lado izquierdo, terminado pero aún
inédito. Esta trilogía para mí es muy importante por la razón que ya he explicado y el hecho de que O me voy o te vas vaya a formar parte de este catálogo significa para mí, además, que hay rasgos en mi poesía, sesgos en su fraseo y en la forma de enfocar sus temáticas y tonalidades, que marcan una convergencia entre dos tradiciones totalmente distintas, la mexicana y la neozelandesa, o la de lengua española y la de la lengua inglesa. Los libros de la trilogía llevan títulos de canciones de Marco Antonio Solís, el famoso cantante y compositor mexicano, pero no he intentado con ellos hacerle un tributo a este rasgo de nuestra tradición musical cuanto marcar una estética general de mi propia poesía, siempre proclive a las formas expresivas cercanas a la cultura popular. “O me voy o te vas”, como ya lo he dicho, aborda el tema de las relaciones de pareja, y en eso radica la unidad del conjunto de poemas. Los publicará la Otago University Press en edición bilingüe y el traductor es el poeta y editor neozelandés Roger Hickin, tambén traductor de los otros dos volúmenes de la trilogía y de otro más de mis libros titulado “Puntuación” y publicado en 2017. Aquí una pequeña muestra de O me voy o te vas:
XVII
Tomo conciencia de los días y me parece que pasan volando: hoy es viernes otra vez y todavía no termino de cerrar el lunes que fuimos a desayunar hígado encebollado en la fonda de doña Rafaela, parece que fue ayer que me dijiste que estabas cansada de estar conmigo, a pesar de que me amabas. Mañana será sábado e iremos a comer a casa de tu madre y seguramente sentiré que todavía no me hace digestión la comida del sábado anterior. Los días se me acumulan uno encima de otro y no uno detrás de otro, de tal modo que parece que en lugar de sentir que los arrastro en realidad los llevo cargando sobre la espalda. Algo de esto debes sentir tu misma conmigo. El otro día (¿cuándo fue en realidad: ayer, hace uno año?) me dijiste que me estaba convirtiendo en una carga para ti, y yo ahora me imagino que es algo parecido a la carga que yo llevo de los días, cada vez la siento más pesada y me doblega y te comprendo ahora más que nunca, porque yo también quisiera quitármela de encima para siempre, como tú lo quieres hacer conmigo. Todas las cosas, me doy cuenta, se comunican entre sí: los años con los meses, los meses con las semanas, las semanas con los días, mis pesados días con tu amor.
XXI
Quería esta mañana escribir un poema sobre nuestra discusión de anoche (el pelo, recuerdo, te brillaba con la luz de la lámpara)
pero tuve que prepararme el desayuno yo mismo (seguías molesta y te rehusaste a hacerlo) y ya no me dio tiempo de sentarme con calma frente al ordenador, también tuve que lavar los trastos y tender la cama, incluso saqué al patio la basura y aún me dio tiempo de salpimentar el pescado que comeríamos en casa de mi madre, como cada miércoles.
Iba a escribir un poema no sobre lo que discutimos, obviamente, que la poesía no sirve para eso, sino sobre cómo se veía tu pelo mientras me amonestabas con las manos, tus ojos mientras me reñías o increpabas, y el recuerdo de aquel viaje que hicimos a Chihuahua, ese tren en el que viajamos abrazados mirando a través de la ventana las verdes montañas, y cuánto nos quisimos desde entonces. Sobre eso quería escribir el poema esta mañana, pero no pude, tú anoche me dijiste que si no quería morirme de hambre más me valiera que aprendiera a cocinarme un huevo frito.
Te veías tan bella fuera de tus cabales, que ni siquiera escuché lo que me dijiste, solo tu pelo era lo que resplandecía en medio de la noche: mojado––como siempre––de eternidad.
Yo sabía que algún día de estos tenía que suceder, no tengo el trabajo que te dije ni gano lo que te dije que ganaba y yo soy el único responsable de esta deuda por la que ahora estamos a punto de perder la casa, no sé cómo no te lo dije antes, el día que perdí el trabajo en el tribunal estabas muy alterada con el asunto de tus oposiciones y las últimas correcciones a tu tesis doctoral y se me hizo fácil permanecer con la boca cerrada, aun cuando sacar mis libros, mis fotos y mis cuadros de la oficina donde estuve los últimos diez años casi me deja sin aliento, lloré en silencio en aquel espacio sin nadie , no pedí explicaciones -para qué- aunque mi despido fuera injustificado, no protesté ni siquiera contra mí mismo, salí esa mañana sin decirle adiós a nadie y estuve toda la tarde con la caja de mis pertenencias sobre las piernas sentado en el jardín de enfrente, viendo a las palomas picotear el suelo vacío, sabía que lo de la tarjeta de crédito tarde o temprano haría aguas en nuestra embarcación pero confié en que pronto encontraría algo, creía que tenía buenos amigos, sin embargo los amigos todos se esfumaron, ya ves que a nadie se le quiere en la desgracia, te lo iba a decir hace unos meses pero te vi tan triste luego de perder las oposiciones que preferí esperar, esperar otra vez, hoy que llegó esta notificación del banco no me deja más excusas, voy a salir a decir lo que tenga que decir, asumo la responsabilidad de mi fracaso, es un día tan hermoso que me da la impresión de que todas las cosas se pondrán a mi favor.
Esta pintura pertenece a un conjunto de retratos al aire libre que Cézanne pintó en Aix-en-Provence al final de su vida.
¿Nazis en Colombia?
La institución policial violó la neutralidad que debe mantener en relación con la
Fabio Martínez
En la semana pasada, en las instalaciones de la Escuela de Policía de Tuluá, se vivió un acto bochornoso, por decir lo menos, que enseguida le dio la vuelta al mundo.
En un evento 'cultural' dedicado a Alemania, los uniformados al mando del coronel José Ferney Bayona se vistieron como Hitler y utilizaron emblemas y símbolos propios de esta ideología política, que hizo tanto daño en el mundo.
Enseguida las reacciones de las embajadas de Alemania e Israel en Bogotá, el embajador de Estados Unidos en Colombia, la colonia judía en el país y la brigadier general Yackeline Navarro, que tuvo que viajar de urgencia a la ciudad de Tuluá, no se hicieron esperar.
"Eventos como este son indignantes y ofenden de manera directa no solo a los judíos sino también a las víctimas del régimen nazi y sus aliados criminales", afirmaron las embajadas antes mencionadas.
Este performance grotesco quiso ser minimizado por algunas voces argumentando que fue un evento de carácter pedagógico.
No sé qué se entienda aquí por 'pedagógico', pero se supone que una institución como es la Policía debe ajustarse a la Constitución, que determina que Colombia es, ante todo, una República regida por principios democráticos.
Aquí no solo hubo una extralimitación de funciones sino que la institución policial violó la neutralidad que debe mantener en relación con la ley, al hacer una apología a una ideología totalitaria que dejó 6 millones de judíos y cerca de un millón quinientos mil gitanos muertos en los campos de concentración.
En el libro Colombia nazi, los periodistas Alberto Donadío y Silvia Galvis afirman que durante la Segunda Guerra Mundial los nazis, que querían adueñarse del mundo, aliados con algunos políticos que hacían parte del nazismo criollo, crearon en el país organizaciones clandestinas como la Organización Nacional, la Acción Militar Católica y la Legión Cóndor para conspirar contra los gobiernos de Eduardo Santos y Alfonso López Pumarejo.
Desde que Colombia se fundó, el 7 de agosto de 1819, se constituyó como una república libre y democrática.
Por esto causa extrañeza y, al mismo tiempo, hilaridad que un puñado de policías se vistan a la usanza de los nazis y hagan apología a este tipo de ideologías.
Pero el país es así. Vivimos de tumbo en tumbo y de escándalo en escándalo. Primero fue el despropósito del ministro de Defensa, Diego Molano, al declararse 'enemigo' de Irán, sin saber que desde 1975 el país tiene relaciones diplomáticas con este país asiático. Ahora viene el exabrupto de un cuerpo de la Policía que está bajo su mando.
En un país donde nuestras instituciones republicanas son frágiles y nuestra democracia es constantemente cuestionada por tirios y troyanos, sería bueno que aprendiéramos esta lección amarga que nos ha dejado en ridículo ante el mundo, y lucháramos por crear un país más democrático e incluyente.
En una época preelectoral tan agitada como la que estamos viviendo, los ciudadanos de a pie deberíamos diferenciar a los políticos que verdaderamente están por el fortalecimiento de nuestra democracia y a aquellos que, desde la oscuridad, promueven ideas fascistas.
hector.f.martinez@correounivalle.edu.co
Christian Jorge Torres Ortiz Zermeño Rector
Joel Nino Jr Secretario general
Vianey Amezcua Barajas Coordinadora general de Comunicación Social
Jorge Vega Aguayo Director general de Prensa
José Ferruzca González Director del periódico El Comentario
Yadira Elizabeth Avalos Rojas
Coordinadora de edición y diseño
El Comentario Semanal
Mi tío Ramón Viñetas de la provincia
(6 de febrero de 1954)
Don Manuel Sánchez Silva
En la numerosa familia de mis abuelos matemos, las mujeres se destacaron por sus virtudes de laboriosidad, abnegación y orden, en tanto que los hombres exhibieron desde niños un cierto sentido artístico, que lo mismo improvisaba en cada uno de ellos un poeta en ciernes, un escultor en agraz o un filarmónico en embrión. Poseían naturales facultades para intentar innumerables actividades, pero todos carecieron del carácter necesario para persistir en un esfuerzo.
Mi tío Ramón fue el más singular y pintoresco de los hermanos de mi madre. Por partes iguales concurrían, para integrar su personalidad, la inteligencia impráctica, la paciencia inconmovible y la filosófica renunciación a todas las vanidades del mundo.
Su única preocupación, si es que tuvo alguna, fue la de vivir a su modo, sacrificando, anticipadamente, comodidades y privilegios, a la tranquilidad espiritual de sentirse exento de responsabilidades y deberes. Para no cargar con el fardo de obligaciones, gustosamente prescindió de los derechos.
Apenas hubo terminado el cuarto año de primaria, hizo dos cosas: proscribió el traje de señorito, impuesto por la costumbre y exigido por la posición social de la familia,
y declaró rotundamente que no estudiaría más.
Por algún tiempo, se dedicó a la vida contemplativa, vistiendo camisa y calzón de manta sostenido por un vistoso ceñidor enrollado a la cintura, usando sombrero de "petate" y calzando huaraches de correa, de los llamados de "dos riendas".
Un buen día mi abuelo, que era hombre severo y puntilloso, frunció el ceño. Había dejado que Ramón holgazanera por algún tiempo, esperando que pronto se aburriera de su estrafalario atavío y, sobre todo, de no hacer nada. En vista de que el muchacho no daba trazas de reaccionar, intervino el padre y lo mandó al Seminario, especialmente recomendado a la intransigencia del rector, el inolvidable padre Carrillo, célebre por su oratoria, elegancia y severidad de forjador de juventudes.
¡Ah, pero el padre Carrillo no había tenido nunca un alumno de los recursos de mi tío Ramón! Tenía resuelto no estudiar ni ser nada en la vida, y a ver quién era el guapo que pudiera quebrantar su propósito...
Para que asistieran a la misa de cinco, con la que se iniciaban las reglamentarias actividades seminariles, se despertaba a los muchachos una hora antes. El encargado de esa consigna recorría los dormitorios, moviendo y hablando por su nombre a los yacentes estudiantes de teología, pero el sueño de Ramón resistía
victoriosamente los procedimientos habituales, y cuando por fin se lograba que abriera los ojos, era bien poco lo que se ganaba con ello, pues entonces se desarrollaban verdaderas escenas de sainete.
-¡Levántate, Ramón! -gritábanle al oído.
-¡Levántate, Ramón! -repetía mi tío, perfectamente despierto, pero con gesto, mirada y tono inexpresivos.
-Andale, flojo, que ya van a dar la segunda
-Andale, flojo, que ya van a dar la segunda-reproducía como un eco fiel la voz de mi tío.
-Si no te levantas, voy a llamar al señor rector.
-Si no te levantas, voy a llamar al señor rector.
Y como el tiempo urgía, el encargado se resignaba a dejar por la paz a Ramón y ocuparse de otros dormilones menos renuentes.
Cuando el padre Carrillo se enteró de lo que ocurría, intervino personalmente, sin otro resultado que comprobar la veracidad de los informes de sus subalternos. Ramón soportaba todo:empellones, golpes y duchazos de agua fría con un estoicismo de místico y una impasividad de iluminado, mientras se limitaba a repetir todo lo que se le decía.
Naturalmente que a los dos o tres meses de esta vida absurda, el fallido.teólogo fue devuelto a su casa. Era un caso perdido
Mi madre tenía una hermosa voz de soprano, que le valió figurar siempre en la mejor sociedad de Colima, en un ambiente de admiración y de elogio. Por la época en que Ramón retomó al seno familiar, desahuciado del Seminario, un famoso maestro de canto, don Valentín Rojas Vértiz, había sido contratado por mi abuelo para enseñar y cultivar la voz de su hija predilecta. Por efectos de una antipatía espontánea, Ramón se propuso sabotear la enseñanza y amargarle la vida a don Valentín, que era un apasionado de la música y veía en mi madre la ilusión de que fuera, a través de su educación y su enseñanza, la obra maestra de su vida artística.
Pero Ramón tenía siempre algo que hacer en la sala, cuando discípula y maestro se encontraban dedicados a vocalizaciones. ejercicios y escoletas,
En el preciso instante en que mi madre atacaba el "re" sobreagudo del "Aria de la Locura" de la ópera de Lucía de Lamermoor, y don Valentín se crispaba de emoción, anhelante y tenso, prorrumpía Ramón en el estudio.
-Oye Lola, ¿no has visto mi lezna de cabo de cuemo?, quiero arreglar un guarache que trae la correa floja...
La nota quedaba en el aire, inconclusa y desperdiciada, y don Valentín cerraba los puños, experimentando la nostalgia de un ama cualquiera: una pistola, una retrocarga o siquiera un cuchillo de carnicero.
En cierta ocasión, don Valentín no pudo controlar sus nervios y castigó una de las tantas irreverentes interrupciones de Ramón, estrellándole en la cabeza un fino
florero de porcelana, y lo corrió del estudio con el mismo ademán fulmíneo con el que el ángel del paraíso le dijo a Adán:
-Eso se llama puerta y sirve para largarse por ella.
Ramón se vengó de la injuria en forma verdaderamente artística: ocupó sus ratos de ocio, que eran las horas del día, en esculpir, con un pequeño trozo de mármol, el juicio final, hizo un trabajo notable. En él aparecía, sobre una eminencia desolada, el padre clemo rodeado de santos, ángeles y almas compurgadas y admitidas en el cielo. Ramón estaba entre ellas, destacándose su fisonomía en un sitio inmediato al Señor, y abajo, en un pantano infernal, debatiéndose en el cieno del averno, una muchedumbre de diablos, réprobos y condenados irredimibles, en quienes se encontraba don Valentín Rojas Vértiz...
Mi tío Ramón tocaba todos los instrumentos musicales sin descollar en ninguno, era un extraordinario lírico. Cuando la fiebre amarilla diezmó la población de Colima causando la muerte de mi abuelo y de Gregorio -su hijo mayor-, la familia se trasladó a Tonila, huyendo de la peste. Mi abuela rentó una casa grande y compró unas vacas para ayudarse a vivir. Durante el día, los animales pastaban en un terreno inmediato y a la hora de la oración, se les conducía hasta el amplio corral de la finca.
Una noche de tantas, la familia acababa de acostarse y Ramón se entretenía tocando flauta, recostado en una cama de tablas, cuando se escuchó un ruido en el patio. Una vaca dañera había logrado abrir la puerta del corral y andaba quebrando macetas y mordisqueando las plantas de espino, que eran orgullo de mi madre y sus hermanas. Todas apremiaron a Ramón a que
suspendiera su melodía y volviera la vaca al corral, pero Ramón no estaba dispuesto a dejar de tocar, ni menos a levantarse de la cama.
Cuando se advirtió la ineficacia de las órdenes y los gritos se recurrió a la acción directa, y empezaron a llover sobre el filarmónico obstinado zapatos, almohadas, cestos de costuras y cuantos objetos había a la mano, sin que Ramón se incorporará ni los golpes que frecuentemente soportaba en la cara y en el cuerpo alteraran el ritmo de su tocata.
El impacto producido por el cajón del buró puso fuera de apoyo el extremo de una de las tablas de la cama, que cayó estrepitosamente provocando que las demás también lo hicieran. Ramón dio con sus huesos en el suelo, pero continuó tocando su flauta sin perder ni una nota ni el compás.
En vista del estado de excitación en que se encontraba mi abuela, las mujeres lograron levantarse y, sobreponiéndose al miedo, volvieron a la vaca a su corral, habiendo sido necesario después prender lumbre y prepararle a la señora de la casa una tisana caliente para calmar su nerviosismo e irritación. Todo esto se hizo entre reproches y amenazas que llevaron la mayor parte de la noche, sin que Ramón hubiese dejado de tocar su flauta.
Un libro entero podría escribirse sobre las aventuras y generalidades de mi tío Ramón, de quién volveré a ocuparme alguna otra vez. Por ahora suficiente lo anterior, para presentarlo como un extraño tipo que buscó y encontró la felicidad en el desentendimiento de todas las cosas importantes de la vida. Fue un filósofo impávido y amable, que tuvo la sabiduría de vivir como él quiso, al margen de disciplinas, preocupaciones y responsabilidades. ¡Y que vivió mucho tiempo!
Dios ni siquiera es un eco Bullicios, conversaciones
Nadia Contreras
Hay una frase que dice "a preguntas necias oídos sordos". Y todo está bien hasta que se cansa una de escuchar lo mismo porque eso de hacerse pasar por sorda pues es vil mentira.
No, no tengo hijos porque no quiero y porque tuve una cirugía hace muchos años que me dejó estéril.
—Lo lamento, doña Rosa.
—Te lo agradezco, pero no hay nada que lamentar. Me enfurece cuando la gente te pide hablar bajito sobre la esterilidad. Por eso no tienes esposo ni amante, dicen. No me preocupa. Además, no creo que los hombres se interesen por los hijos, es una idea un tanto romántica. Mira, sencillo, si se enamoran de otra, pues se van y la madre es quien debe dar la cara por los chiquillos. Digo, no es que ande buscando hombres para vivir o para acostarme a cada rato. Ser estéril es algo tan normal como el periodo o la necesidad de dormir. No es un delito.
No quiero hacer la historia muy larga. Las molestias y las hemorragias comenzaron cuando tenía once años.
—Es la edad de mi niña, la edad de Flor.
—Pues a esa edad comenzó a desmoronarse el mundo. Estaba muy confundida. Explicarle a mi madre lo que me sucedía mes a mes era imposible. Además, dios estaba ahí, no como alguien bueno sino como una piedra atada al cuello. Las hemorragias, de seguro, eran castigo por no creer en él. Cuando se enteraron fue porque de la escuela me llevaron al hospital con un sangrado imparable. Deliraba, me hundía. Desperté, y de ahí en adelante, el tratamiento fue agresivo.
Y fue así hasta los veintitrés años, cuando todo, absolutamente todo, se descontroló. Estaba casada y el hombre resultó un inútil. Me dieron dos opciones: tratamiento, porque no tenía hijos u operarme para quitar todo. Por supuesto, este último método, traería sus consecuencias. La menopausia no me preocupó y menos, la elección de no tener familia. Además, dije en voz alta, que para nada se me antojaba tener familia de quien ese momento simulaba ser el marido.
Entré a quirófano a las nueve de la mañana. No tenía miedo y creo que nunca lo tendré para esas cosas. Me colocaron una especie de mampara para evitar que mirara lo que sucedía; yo quería verlo todo: cómo
abrían, cómo hurgaban, cómo buscaban entre la sangre la parte justa para cortar. No sentía nada, sólo pequeños jaloncitos, como si me estiraran la piel. Sabía que estaban las manos de la doctora ahí dentro, intentando arreglarme, intentando solucionar la avería, porque qué otra cosa somos sino un cúmulo de averías.
En algún momento me quedé dormida y desperté cuando me llevaban al cuarto de recuperación. Comencé a sentir un ligero escozor bajo las gasas. El escozor era caliente. Muy caliente. La agitación se convirtió en vómito, pero todo, era normal, decían. Me dio miedo la expresión: "señora, la operación fue un éxito", no obstante, terminé por repetirla en mi mente una y otra vez.
La doctora había dejado el hospital cuando comencé a hundirme. Le dije que revisara, que me salía de la herida algo caliente. Y así sucedía. Por dentro algo se rompió y la sangre salía a borbotones. No hubo tiempo para mirar cómo a lo lejos, se desdibujaban los rostros de quienes miraban estupefactos. La sangre se iba y yo también dentro de un torbellino. La cama giraba y yo con ella a una velocidad inconmensurable. La caída no tenía fin. Afuera del torbellino estaban las voces: dos unidades de sangre por favor, que alguien le hable a la doctora, que venga rápido el anestesiólogo, avisen a su familia.
Caía, aunque me sujetara con fuerza al metal rígido de la cama, aunque me sujetara a las paredes negras, caía. La caída sólo me permitía ver
un negro jamás visto. No había luz, ni el rostro de dios como dicen que ocurre en momentos como ese. Nunca he vuelto a ver ese negro. Ese negro, en la vida, no existe. Luego, el silencio, el vacío. Todo se detuvo, la cama dejó de girar y mi cuerpo se sentía muy ligero como si flotara. Había aire, un aire sabroso como cuando se acerca el invierno. El negro se disipaba. Caminaba, lentamente caminaba.
—¿Qué sucedió después?
—Volví con un sobresalto. Muy fuerte. Recuerdo que, con mis pies y manos, en ese movimiento brusco aventé a la doctora y a quienes la asistían; me amarraron los brazos y las piernas para que la doctora pudiera terminar de cerrarme.
—¿Qué fue lo que sucedió? ¿Por qué la hemorragia?
—Un error, quizá, o porque así estaba escrito en el destino. Cuando salí no pude ver nada, tardé alrededor de tres meses para recuperarme y no tenía fuerzas para hacer la denuncia correspondiente por negligencia, en cambio, sí tuve la fuerza necesaria para deshacerme del marido inútil.
Respondo así a la pregunta necia que suelen hacer, no sé si porque realmente se interesan en una o por molestar. No, no tengo hijos porque no puedo tenerlos y tampoco quiero. De lo que sí puedo presumir, tal como lo hacen los papás cuando la hija o el hijo termina la educación secundaria con honores, es que conocí a la muerte. No hay rostros de ningún tipo, ni cantos, ni puertas que se abren y cierran concluyentes. Dios, ni siquiera es un eco. Hay paredes negras, paredes grises y, bajo los pies, una neblina aterciopelada.
Las revoluciones en la Revolución mexicana
Mirtea Elizabeth Acuña Cepeda
La Revolución no fue un movimiento social homogéneo, después de la primera fue presentando una serie de demandas sociales, por lo que resulta un movimiento bastante heterogéneo; inicia con el requerimiento de cumplir los principios democráticos, resumidos en la frase “sufragio efectivo y no reelección”; luego se elevan las protestas relativas a la propiedad expuestas en el Plan de Ayala sobre la base del reparto agrario con base en el derecho a la tierra de los campesinos e indígenas mexicanos, pero mientras unos demandaban la comunal otras pugnaban por la pequeña propiedad; se sumaron las demandas obreras y muchas otras, al mismo tiempo fue escalando el tono para llegar a una lucha guerrera. La diversa serie de demandas, desde las locales hasta las que tenían un objetivo nacional, expresan los motivos particulares de las “revoluciones en la Revolución”, aun cuando históricamente se la presente como un proceso unitario.
Por otra parte, conviene observar la Revolución desde un triple enfoque: Nacional, Regional y Mundial. El prime-
ro es el que ha privado y tendido a unificarla en la historia “oficial”; el segundo corresponde a las historias regionales, y entramos en terrenos de las revoluciones, este posibilita comprender que cada situación regional o de las entidades federativas difirió y mucho; las demandas cambian y también los niveles de participación y violencia, así como otros elementos; respecto al tercero, generalmente se olvida, pero es indispensable para entender, en un mundo globalizado, la influencia de las hegemonías, antes, durante y después de este movimiento, tan importante para la vida nacional.
Al respecto, la Revolución mexicana lo mismo que la rusa se ubican cuando terminó el “largo siglo XIX” e inició “el corto siglo XX” (Eric Hobsbawn), un período de 125 años entre 1789 y 1914, desde la revolución francesa al inicio de la Primera Guerra Mundial, durante el que ocurrieron notables cambios en el equilibrio de fuerzas y dieron pie a nuevos ordenes sociales y políticos que afectaron buena parte del mundo. El corto siglo XX termina con la caída del muro de Berlín.
El enfoque regional permite contextualizar la situación que privaba en los estados mexicanos, lo cual es indispensable para una mejor comprensión de la profundidad de las afectaciones sociales y políticas que dieron pie a las demandas que se presentaron en cada una de las “revoluciones” y que en conjunto dieron cuerpo a la Revolución. Por lo mis-
mo, es interesante la composición de los grupos sociales en cada región, antes y después de 1910, pues son diferentes las expresiones de dominio económico, social, político y cultural. Si nos remitimos a Colima, se constata que lo mismo que en otras entidades, la movilización no tuvo la fuerza con la que se manifestó en las regiones norteñas del país, y que la reacción ante las reformas revolucionarias fue muy diversa, en algunas regiones se presentarían movimientos sociales de resistencia o contrarrevolucionarios, como fue la Cristiada.
En Colima, para 1910, se había formado un sistema de interacciones familiares que permeaba la política y la economía, del trabajo agrario y del comercial. donde se ligaban fuertemente los intereses familiares y personales; en buena medida esta situación servía de control a los conflictos sociales y en consecuencia, se podría decir que la sociedad colimense aceptaba las formas de convivencia social económica y política, como una forma de identificación cultural que se reflejaría con protestas hacia las influencias ajenas de tal forma que llegaron a presentar batalla abierta, como en el movimiento cristero entre las décadas veinte y treinta del siglo XX, y después de la década de los cuarenta, el enfrentamiento a la modernidad.
La Revolución mexicana lo mismo que la rusa se ubican cuando terminó el “largo siglo XIX” e inició “el corto siglo XX” (Eric Hobsbawn), un período de 125 años durante el que ocurrieron notables cambios en el equilibrio de fuerzas y dieron pie a nuevos ordenes sociales y políticos.
tiembre dejo el cargo a Ignacio Padilla, presidente del Supremo Tribunal de Justicia del estado de Colima y en octubre de ese año, el general Juan José Ríos sería el gobernador y comandante militar. En 1914, la Revolución había llegado desde el norte del país e impuso el constitucionalismo en Colima (AHEC, Exp., 1914).
Se entiende que las demandas planteadas por la Revolución no tuviesen el mismo significado en las ocho regiones naturales de México, así como frente a la Constitución de 1917, por eso se puede decir que “Colima [fue] un estado sacudido por la revolución” (Blanca Gutiérrez Grajeda. Diálogo Nacional, núm. 15, México, 14 de enero de 1991, pp. 24-25). La respuesta a la demanda maderista fue débil en Colima y después de la visita de Francisco 1. Madero, el 27 de diciembre de 1909, algunos grupos manifestaron su descontento, pero con muy baja movilización (Ricardo B. Núñez. La Revolución, Colima en la historia de México, t. VI. Talleres Gráficos de México, 1973). Pese al apoyo de Aviña y García Topete a Madero y que tras la renuncia del gobernador Enrique O. de la Madrid, se convocara a elecciones y que algunos grupos se vincularon al villismo, se podría concluir que la Revolución llegó de fuera a Colima, pero sin adquirir gran fuerza.
La inestabilidad marco los años siguientes en Colima, el general Juan José Ríos, tomó medidas reformistas que dieron un serio golpe a los grupos en el poder colimense; entre otras, establece el salario mínimo, se intervienen los bienes e incremento los impuestos, así como el crédito para proveer al gobierno, se fundó la Junta central de Conciliación y Arbitraje y se dotaron los primeros ejidos en Suchitlán, Tepames, Cuauhtémoc, Cuyutlán y Coquimatlán. Las haciendas de los extranjeros no fueron afectadas, pero si atacadas por los “bandidos”, o sea por los agraristas y para detenerlos los hacendados formaron grupos armados. La propiedad de las haciendas había disminuido, pero continuó la producción agrícola de azúcar, maíz, frijol, arroz, distintos frutos y también la ganadera; cabe agregar que varias comunidades indígenas se convirtieron en pueblos.
Evidencias de esa identidad regional o provinciana de Colima se encuentran en los documentos del AHEC, el AHMC y en el periódico oficial El Estado de Colima; dicha identidad ofrecía un frente opositor a las políticas que no cuadraban a los intereses económicos y políticos de los grupos de poder, que también se enfrentaban entre ellos, pues la lucha por el control del poder es ancestral. Manuel Velázquez Andrade (Remembranzas de Colima, 18951901, México, 1949: 107) escribe: A fines del siglo XIX Colima vivía en una organización patriarcal, por no decir semifeudal agrícola. mirtea@ucol.,mx
Era ya el año de 1914, en julio, cuando las fuerzas constitucionalistas entraron a Colima y el 19 de ese mes, el general Álvaro Obregón, entró a Colima al frente de 2 mil hombres, partiendo al día siguiente hacia Manzanillo. El coronel Eduardo Ruiz fue nombrado gobernador provisional y comandante militar, en sep-
Se impuso la educación laica y gratuita; además, se fusionaron las dos normales, femenina y masculina en la Escuela Normal Mixta. No obstante, los grupos de poder conservaron en buena medida su posición social y política, en los años de 1917 a 1919, se formó el Partido Independiente con el objeto de oponer resistencia a los partidos populares que habían surgido y a las acciones del gobierno central. Los cambios llegaron a Colima más en forma de disputas entre los grupos de poder locales que reacomodaban sus fuerzas, por lo que se comprende la importancia del estudio de las revoluciones en la Revolución mexicana.
El español y el náhuatl. Encuentro de dos mundos (1519-2019)
Víctor Gil Castañeda
Para las personas interesadas en el origen, auge y desarrollo de la civilización azteca, sería recomendable leer el extenso libro titulado El español y el náhuatl. Encuentro de dos mundos (1519-2019). Fue publicado en el año 2020 por la Academia Mexicana de la Lengua, dentro de su Colección Horizontes. Tiene un total de 779 páginas, divididas en 22 capítulos, más las Consideraciones Finales, la Bibliografía Citada, un Índice de Figuras, un Índice General y una Introducción.
Encontré en este bello documento 135 temas o tópicos que abarcan los más diversos intereses del autor y que despertarán la curiosidad intelectual de los lectores. Estoy seguro que después de avanzar los dos primeros capítulos, el lector que verdaderamente ama nuestro país, no dejará el libro. Continuará, continuará y seguirá hasta el final, sabiendo que habrán de pasar días y noches para su culminación reflexiva. Si quien lee es un abogado o jurista, le recomiendo el Tema No.78 que habla de este asunto: el sistema de justicia, leyes, abogados y escribanos en el mundo indígena. Se la pongo fácil, está en las páginas 455 y siguientes, así como en la 465. Si el lector es un gramático o alumno de lingüística, le recomiendo entretenerse con el Tema No.1: Los primeros contactos del idioma náhuatl y el español. Las dificultades para entenderse. Páginas; 9, 17, 83, 99, 103, 126 y siguientes. También puede acudir al Tema No.4: El valor de las lenguas o idiomas.
Páginas; 11 y 339. Puede seguirle con el Tema No.11: Las primeras gramáticas elaboradas por los frailes evangelizadores y otros intelectuales. Páginas; 18, 342-ss, 425-ss.
Si el lector es un aficionado a los horóscopos, la astrología, la magia, la hechicería, los brujos, los encantamientos y adivinos, pues debe ir al Tema No.14, páginas; 20, 26-ss, 181, 261, 464, 486487, 488-ss, 498, 506 y 507. Si le gustan las bellas artes, el mundo de la poesía, el teatro y la composición, pues hablamos del Tema No.16 que se encuentra en las páginas; 20, 440-ss, 453, 464, 505, 530-ss, 544-ss, 550-ss, 558-ss y 564. Pero no me haga caso. Parece que estoy haciendo una guía de lectura al estilo de la novela Rayuela, de Julio Cortázar. Mejor sumérjase en este cálido océano de la historia prehispánica y de la Nueva España, como un buzo que anhela encontrar sorpresas en el mundo marino de nuestros antiguos abuelos indígenas. Vaya de la primera a la última página y se topará con temas bien documentados. Capítulos armados con un verdadero rigor intelectual, amplias imágenes, extensas fuentes bibliográficas, comparaciones y refutaciones a otras aseveraciones históricas, pero sobre todo: un profundo amor a la antigua cultura mexicana. Aparte de los temas que he citado anteriormente, no podemos dejar de sorprendernos con otros más como:
La ambición hacia el oro por parte de los conquistadores españoles; Los presagios y augurios que antecedieron a la conquista; Los dioses y deidades prehispánicas; La presencia de
la Santa Inquisición y sus castigos contra los grupos indígenas; La figura de La Malinche; La figura de Hernán Cortés; La figura de Moctezuma; El origen católico de la ceremonia funeraria de la Fiesta de Todos Santos, Fieles Difuntos y su impacto en los Altares de Muertos; Cómo era la interpretación de los sueños en el mundo indígena; El conflicto a muerte entre los mismos conquistadores españoles por la acumulación de bienes materiales; El juego de pelota, los deportes y la activación física indígena; Las maravillas arquitectónicas de las ciudades prehispánicas descubiertas por los primeros conquistadores; La elaboración de los libros sagrados (códices) entre los sabios o tlamatinimes indígenas; La descripción de un parto, el nacimiento y el bautizo entre las comunidades aztecas; Origen histórico del idioma náhuatl y su estructura gramatical o lingüística; Los albures y el doble sentido en el lenguaje picaresco de las comunidades indígenas; Origen del nombre “azteca” y su evolución histórica; Origen del nombre “mexica” y sus modificaciones; Origen del nombre “nahuas” y su etimología; La construcción del Templo Mayor, su aplicación matemática, belleza de la ingeniería y simbología religiosa.
Por todo eso, en este XXV Aniversario del Seminario de Lengua y Cultura Náhuatl, es un privilegio para mí comentar el libro titulado: El español y el náhuatl. Encuentro de dos mundos (1519-2019). Obra del Doctor Patrick Johansson Keraudren, Coordinador Nacional para este programa académico, que de forma conjunta vienen realizando la UNAM y la UdeC a partir del año 1996. Por la UNAM han participado: el Instituto de Investigaciones Históricas, el Instituto de Investigaciones Estéticas, así como la Facultad de Filosofía y Letras. Por la Universidad de Colima han colaborado: el Museo Universitario de las Artes Populares María Teresa Pomar, el Centro Cultural Nogueras, el Centro de
Estudios Literarios, la Facultad de Letras y Comunicación. Igualmente, algunos investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), tanto de la Ciudad de México como del Capítulo o Región Colima.
Ya hice comentarios a los primeros catorce capítulos, pero debido a la extensión del documento ahora intentaré resumir los últimos capítulos, es decir del XVI al XXII, de la página 526 a la última, que suman 779. No fue un camino pesaroso, ni cansado, pues mi corazón se alegró al reconocer en este volumen la valía de nuestro antiguo idioma mexicano que todavía pervive entre nosotros: el náhuatl. Una lengua trabajada con los más ricos matices de sus orfebres, los lingüistas y gramáticos de la antigua civilización azteca. Conglomerado humano que podemos identificar en este siglo XXI, pues de acuerdo a las cifras del INEGI, se han localizado cerca de un millón 700 mil hablantes en la actual República Mexicana, antes deificada como Mesoamérica. Cuna de esplendorosos hallazgos científicos (en el área de la astronomía y elaboración de calendarios), así como en una rica educación ligada a las matemáticas, la arqueología, la ingeniería o construcción de portentosas pirámides, la vestimenta, la agricultura, la artesanía y las bellas artes.
Mi alma se sintió motivada y una fuerte sacudida despertó mi conciencia, pues este bello libro del Dr. Patrick Johansson me hace creer que nuestros abuelos prehispánicos fueron unos geniales diseñadores de su entorno, con su amplia capacidad comunicativa y destacado ingenio para plasmarla en libros sagrados (conocidos como códices), estelas, murales y obras escultóricas. Más me llamó la atención que le pusieron destacados eruditos, escritores e investigadores de todo el orbe para descentrañar, descifrar, resguardar y preservar el idioma náhuatl posterior a la conquista, ocurrida en 1519. Desfilaron frente
mis ojos los esfuerzos interpretativos de los frailes que fundaron el Colegio Imperial de la Santa Cruz de Tlatelolco en 1536. Los alumnos que sobresalieron en este colegio: Martín Jacovita, Antonio Valeriano, Alonso Vegerano y Pedro de San Buenaventura. Posteriormente, los cronistas del siglo XVII que siguieron su ejemplo: el Chalca Chimalpain, Tezozómoc, Cristóbal del Castillo, Muñoz Camargo y Fernando de Alva Ixtlixóchitl.
No puedo dejar de mencionar al poeta Francisco de Terrazas, quien llegó a la Nueva España en la misma nave que venía Hernán Cortés. Francisco de Terrazas fue calificado por Miguel de Cervantes Saavedra como “uno de los entendimientos sobrehumanos de la región antártica”, según indica Patrick Johansson. Otro sería el Licenciado en Leyes y Doctor, Eugenio de Salazar de Alarcón (1530-1605) a quien se considera como el pionero en la Nueva España por crear la primera manifestación de la poesía descriptiva y una forma indirecta de evocar la cultura indígena por medio de la naturaleza en la que se encuentra inmersa. Aparece el Corregidor de Zacatecas, Antonio de Saavedra y Guzmán, quien cultivó la poesía indigenista prerromántica y que murió a finales del siglo XVI en Madrid, España.
La poesía satírica indigenista está representada por Mateo Rosas de Oquendo, quien nació en 1560 y murió probablemente a principios del siglo XVII. La poesía dramática destaca en la figura del Presbítero Arias de Villalobos, autor de interesantes comedias. La poesía lírica indigenista encontró refugio en Fernando de Alva Ixtlixóchitl, pariente del tlatoani y poeta Netzahualcóyotl. Para el siglo XVIII encontramos la genial figura de Sor Juana Inés de la Cruz, quien abrevó del idioma náhuatl en sus villancicos, sus “jácaras” a lo divino, sus ensaladillas, coplas, tocotines y algunas escenas de su obra teatral El divino Narciso.
En el siglo XIX encontramos una Proclama, escrita en español y náhuatl, de Faustino Chimalpopoca Galicia. Vemos cómo se festejan las tradiciones de las deidades del inframundo náhuatl en Los Altares de Muertos, así como en la ceremonia sacro-litúrgica de La Fiesta de los Difuntos, las celebraciones cristianas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos. Dos religiones entrelazadas, amalgamadas en colores, plegarias, rezos y cánticos que vimos festejarse el 1 y 2 de noviembre de este año 2021 en todos los panteones del país. Admirados, igualmente, porque este festejo mortuorio es una vibrante expresión de Identidad Mexicana. Festividad que fue distinguida en el año 2008, por la UNESCO, como Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad.
En el siglo XX la lengua náhuatl encuentra sus defensores y difusores en personalidades como Alfonso Reyes, con obras: Visión de Anáhuac, Moctezuma y la Eneida Mexicana. Las traducciones de: José María Vigil, Miguel León Portilla y Ángel María Garibay Kintana. Fenómeno de la inteligencia que permite la aplicación de las más novedosas teorías literarias en las interpretaciones de las obras narrativas o poéticas provenientes del mundo náhuatl, como lo hace el Dr. Patrick Johansson al aplicar las propuestas metodológicas de Vladimir Propp y Claude Brémont. No olvidemos al poeta Natalio Hernández Casimira, oriundo de Naranjo, Veracruz, quien escribe en náhuatl y él mismo se traduce al castellano, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
Y por si fuera poco, alegrarnos de que casi 5 mil vocablos provenientes de la lengua náhuatl permanezcan, vivitos y coleando, en los diccionarios de la Real Academia Española, entre ellos: el humorístico Achichincle, proveniente del náhuatl “achichinque” que designaba al chupador de agua, es decir, a la persona encargada de acarrear el agua que salía de los veneros
subterráneos de las minas y utilizado actualmente como aquella persona a la que mandan a realizar cualquier tipo de mandados sencillos. Quién no recuerda la infancia cuando nos decían Chilpayates, que significaría “los niños pequeños”. O la expresión Macuarro con que se conocía a los trabajadores de la termoeléctrica del Puerto de Manzanillo, que proviene del verbo náhuatl Macoa y Macohua, que luego evolucionó a Macuano y Macuarro, con la cual se refieren ahora al ayudante de un albañil, u otra labor extenuante, pero en el contexto de una persona con poca cultura.
El valor de los lenguajes
En los primeros capítulos del libro, Patrick Johansson recupera las ideas de notables intelectuales que hablaron acerca del valor del lenguaje y de las lenguas, sobre todo como medios de comunicación que nos acercan a los otros. Dice él que es la función simbólica y su instrumentación predilecta, las lenguas, las que distinguen a su vez una colectividad humana de otra. “Soy lo que digo”, escribió el filósofo alemán Martín Heidegger. Éste mismo agregó: “El lenguaje es la casa del ser”. El lingüista Petitgérard afirmó: “Nacimos del lenguaje”. El gramático y filólogo Émile Benveniste expuso: “Los seres se definen y se sitúan en y mediante el lenguaje”. Johann Gottlieb Fichte dijo: “La lengua de un pueblo es su alma”. Ludwig Wittgenstein declaró: “Los límites de mi lengua son los límites de mi mundo”.
Estos lapidarios aforismos se aplican a las dos lenguas, el náhuatl y el español --agrega Patrick Johansson--, pero expresan quizás más plenamente la relación que el indígena prehispánico mantenía con su lengua. Los frailes franciscanos lo percibieron claramente y “colaron” la doctrina cristiana en el molde frástico del idioma náhuatl: alma cultural de sus catecúmenos. En este mismo orden de ideas, la pertenencia
a un mundo lingüístico específico, con todo lo que contiene, determinó a su vez su alto valor identitario. La conquista de México por los españoles despojó a los pueblos originarios de su mundo geopolítico y de gran parte de su mundo cultural, obligándolos a refugiarse al amparo agreste de las montañas, a retraerse en su interioridad indómita y a confinarse en un último reducto inexpugnable: su lengua materna. Hoy todavía los indígenas envuelven su individualidad en la cromática y sonora textura de su variante dialectal como en los pliegues de su vestimenta tradicional comunitaria. (p.11)
Las primeras confusiones del habla
Cuando se conocieron por primera vez los conquistadores españoles y las comunidades indígenas, hubo confusión, enredos y desacuerdos en lo que se decían o cómo lo entendían. El autor Patrick Johansson pone múltiples ejemplos. Explica que los primeros encuentros lingüísticos entre españoles y nativos fueron contactos tangenciales, esencialmente acústicos y visuales. En efecto, las palabras proferidas, incomprensibles, no parecían poder desprenderse de su ganga gestual y mímica. Ademanes, pucheros, muecas y visajes, así como las inflexiones de la voz, constituyeron la primera manifestación de un intercambio precario de ideas y sentimientos. Este esquema comunicativo se produjo primero en las costas de la Península de Yucatán, con la expedición de Francisco Hernández de Córdoba (1517). Luego en Tabasco, con la expedición de Juan de Grijalva (1518). Posteriormente en las playas de Veracruz, con la llegada de Hernán Cortés (1519). Sin olvidar el primer contacto lingüístico, cuyas modalidades ignoramos, pero que se estableció desde el año 1511, entre los náufragos españoles: Gonzalo Guerrero, Jerónimo de Aguilar y sus captores mayas. (p.9)
El español y el náhuatl contenían, implícitamente, dos epistemes, dos maneras distintas de pensar, de ver y de sentir que se encontraron, rechazaron, permearon o fundieron de manera cada vez más entrañable, pero cuya dialéctica culminó con la colonización progresiva del mundo indígena por el europeo. En este contexto --indica Patrick Johansson--, el tenor conceptual y analítico del conocimiento español, tal y como se perfilaba en el siglo XVI, difería de manera considerable de un saber indígena, esencialmente sensualista. Para los españoles, como para los nativos, nuevas realidades generaron nuevas ideas y nuevas palabras. Los neologismos, a su vez, abrieron surcos conceptuales nuevos, determinando asimismo una “neo-lógica”, una nueva lógica en la manera de pensar y de ser. (p.17)
Citando al cronista-militar Gonzalo Fernández de Oviedo, el autor narra: “Como no había lengua ni se entendían unos a otros, era muy trabajosa e imposible cosa entenderse, y así como he dicho, hacíanse señas y decíanse muchas palabras, de que ningún provecho ni inteligencia se podía comprender… Venían y se allegaban a nuestros españoles, como si de largo tiempo atrás se hubieran conversado y así con mucha risa y descuido hablaban, y no acababan, señalando con los dedos y manos, como si fueran entendidos de los que se escuchaban y miraban”. (p.83)
Hay un poco de humor y graciosos enredos en este encuentro de dos mundos. Al llegar a la Península de Yucatán parece ser que Hernández de Córdoba preguntó por el nombre de ese sitio. Los indígenas mayas dijeron algo así como “Kotene’ex kotoch” y que los españoles entendieron algo así como “Kotoche” y llamaron a ese sitio Cabo Catoche. Lo que decían los indígenas era otra cosa: “Vengan a nuestra casa” (p.88). Cuando los españoles preguntaron por toda la zona y cómo se llamaba, los indígenas dijeron: “Ma kin wuyik
a t’aan”, pero los conquistadores solamente medio entendieron lo último “wuyik a t’aan”. Por eso le pusieron el nombre de Yucatán, porque así sonaron las palabras. Dice el autor que la oclusiva dental sorda glotalizada [t’] y la vocal larga [aa] fueron ignoradas, como lo serían muchas veces más, manifestándose en los mayismos presentes del español de Campeche, Yucatán, Quintana Roo, hasta nuestros días. (p.90)
Cuando un indígena maya, que había tenido contacto con los primeros españoles que naufragaron por su península, volvió a ver a los soldados de Hernán Cortés, les habló así: “Castilán, Castilán”, por decir hombre de Castilla o castellano (p.98). Bernal Díaz del Castillo confunde los libros de origen azteca (amatl) con los de origen maya (hanal te o hun), según se aprecia en la página 99. Cuando los soldados españoles pasaron por una zona maya ubicada en Tabasco, oyeron la palabra “Tabs ko’ob” y por eso le pusieron ese nombre. (p.100). Citando a Bernal Díaz del Castillo el autor refiere que cuando llegaron a lo que sería Veracruz, vieron un adoratorio del Dios Tezcatlipoca, donde habían sacrificado a dos víctimas. Escucharon a un indígena, hablante del náhuatl, decirles que había sido orden de los “Culúa, de Culúa” (habitante de la Ciudad de México-Tenochtiltán). Los españoles entendieron como “Ulúa, Ulúa”. El capitán español se llamaba Juan. Llegaron en el mes de junio, el día de San Juan, entonces concluyeron que se iba a llamar San Juan de Ulúa, como hasta ahora se le conoce. (ps.93-94)
El origen del náhuatl
La familia lingüística yutoazteca, llamada también: utoazteca, yutonahua o tañoazteca, reúne un cierto número de idiomas, algunos de los cuales ya están extintos. Abarca regiones que se encuentran hoy en México, pero también en los Estados Unidos de Norteamérica y
en Centroamérica --enfatiza Patrick Johansson--. El término que designa a esta familia alude a extensiones geográficas: el yute en el Norte, donde se localizan las lenguas yutoaztecas o númicas. En el Sur, el náhuatl, único idioma representativo de las lenguas aztecas o aztecanas. Si consideramos el número de lenguas de esta familia, que se hablaron o se hablan en México y fuera de México, esta familia resulta ser la más extendida del continente americano. La familia yutoazteca se ha dividido en cinco ramas principales con diversos subgrupos, correspondientes a distintos rasgos comunes a las lenguas que las integran: rama númica, rama tubatulabal, rama tákika, rama hopi y rama meridional.
El Grupo Aztecano está representado hoy en día por un solo idioma: el náhuatl o mexicano. Es hablado esencialmente en la región central de México en los estados de: Puebla, Tlaxcala, Veracruz, Guerrero, Michoacán, Jalisco, Zacatecas (mexicaneros), Hidalgo, Morelos, Estado de México y en la Ciudad de México. Debido a factores históricos, se habla también en: El Salvador (donde es conocido como “pipil”), Guatemala, Honduras y Nicaragua, en tiempos de la conquista.
El rasgo configurativo más específico de la lengua náhuatl es, sin duda, su carácter polisintético, la facultad que tienen sus distintas entidades léxicas o gramaticales de poder integrarse, a niveles superiores, en lo que se considera una unidad, según los patrones distintivos propios de la lengua. (ps.165-169)
La belleza y riqueza del idioma náhuatl
Citando a Fray Alonso de Molina con su libro: Vocabulario en lengua castellana y mexicana, y mexicana y castellana, Patrick Johansson reproduce la admiración que causó en el fraile cuando conoció el idioma náhuatl: “La lengua náhuatl es tan
copiosa, tan elegante y de tanto artificio y primor en metáphoras y maneras de decir, quanto conocerán los que en ella se exercitaren”. Fray Juan de Torquemada, autor de la extensa obra Monarquía Indiana, dijo del idioma de los antiguos mexicanos: “Las pusieron en historia a los principios por sus figuras y caracteres, y después que supieron escribir algunos curiosos de ellos las escribieron, las cuales tengo en mi poder, y tengo tanta envidia al lenguaje y estilo con que están escritas que me holgaré saberlas traducir al castellano, con la elegancia y gracia que en su lengua mexicana dicen”.
Desde el punto de vista indígena y como lo expresan varios textos poéticos de la tradición oral, a principios del siglo XVI la lengua era para el ser humano lo que la fragancia es a las flores, y la manifestación de su espíritu. La voluta que refiere el habla en los documentos pictográficos (códices) sugiere que “el aliento y la palabra” tenían ese carácter anímico. Asimismo, la nobleza de una persona, en su aspecto social, se manifestaba antes que nada en la manera de hablar. Se distinguía “el lenguaje de los nobles” del “lenguaje de la gente común”. La importancia de un buen manejo de la lengua era tal, que el verdugo o juez encargado de la ejecución de la sentencia de una conducta a muerte, tenía que hablar bien (ps.164-165).
Como yo me he desempeñado en el cargo de Apoyo Técnico del Seminario de Lengua y Cultura Náhuatl, para la UdeC y la UNAM, a través de la FALCOM y el CEDELUC, desde el año 2000 al presente 2021, y que aparte de nombrar lista de los participantes o entregarles sus constancias de asistencia, sin olvidar que también los ando siguiendo para cobrarles la inscripción, deseo terminar mi intervención con una bella expresión que nos dijo el Dr. Patrick Johansson en uno de los tantos módulos del Seminario, a los que entré de alumnooyente. Expresiones que también vemos ampliadas en su libro aquí comentado:
“El idioma náhuatl que actualmente se habla en el país, con sus casi treinta y tres variantes gramaticales, es un reflejo del esplendor del México antiguo. Ni la violencia de la Conquista española pudo dañar el espíritu indígena, reflejado en sus pensamientos filosóficos, construcciones milenarias, recintos arqueológicos y bellezas artísticas. Es una energía vital que sobrevive en más de un millón y medio de hablantes del idioma náhuatl, en este tercer milenio, donde su luz y la fortaleza de su pensamiento, es vigente.
El vigoroso resurgimiento de la lengua náhuatl es un hecho histórico que debemos valorar en todo su contexto socio-cultural. Pues mientras hay unos idiomas indígenas, o marginales, que van desapareciendo en el mundo, esta se fortalece y amplifica. No debe extrañarnos que numerosos investigadores vengan para estudiar sus raíces milenarias, sus pirámides, sus templos, sus calendarios, sus vestigios arqueológicos, danzas, bailes, cantos y su poesía. No debe extrañarnos, porque es una civilización que dejó como legado grandes pensamientos filosóficos y astronómicos. Tan profundos como los de cualquier otra nación de aquellos siglos. Pero siempre debemos poner en contexto el idioma náhuatl y sus expresiones artísticas. Aunque es el idioma protagónico de nuestros abuelos, debemos hacer lo necesario para que permanezca. Como lo hicieron los antiguos tlamatinimes (sabios), quienes lo metieron a la liturgia, o ceremonias religiosas, para preservarlos en el espíritu y la memoria.
Por eso, la lectura de un códice se hacía en forma reverencial y sagrada. Su práctica era ceremonial y mística. Allí estaba no solamente la palabra del pueblo, sino su alma, su espíritu y su historia. Era la vida misma de la comunidad contada con imágenes, símbolos pictóricos e imágenes ideográficas. Los lectores de los códices, sabios o tlamatinimes --explicó Patrick Johansson--, se preparaban durante largo tiempo en
las escuelas de su especialidad, que eran rigurosas y con mucha disciplina intelectual. Ellos eran los únicos que leían la tinta roja y negra que allí se desplegaba. El lector de estos documentos combinaba la oralidad, los significados de las artes plásticas, el sonido, la imagen y el sentido, con el fin de entender el contexto de la obra para lograr una buena interpretación. Además, el lector del códice se hacía acompañar por el pintor o tlacuilo, ya que todo iba íntimamente relacionado, generando una historia, un argumento y una logicidad pasmosamente entendible.
El náhuatl, es una lengua aglutinante, polisintética, es decir, en la que los adjetivos, los adverbios y los complementos se funden con los radicales sustantivos o verbales en una masa sonora, unidad expresiva reacia en separar lo circunstancial de lo esencial, reflejo a su vez de un mundo donde la circunstancia y la esencia resultan inseparables. La ausencia de preposiciones en la lengua náhuatl da mucha movilidad al sentido y permite que se forme en el texto una totalidad que incita al receptor a pasar a una dimensión sensible “impresionista”, para poder percibir el mensaje con todos sus matices. Más que construir un sentido a partir de sus unidades lingüísticas, el nahua-hablante parece disponer hilos frásticos sobre el telar de la lengua y esperar que un sentido surja de esta urdimbre. La lengua náhuatl propicia una epifanía de sentido sensible: con un impulso afectivo, el hablante encuentra el camino verbal de su expresión sin que el lastre semántico de lo que se dice llegue a oscurecer la luz fonética de sus componentes silábicos. El carácter polisintético de la lengua náhuatl permite que una imagen pueda quedar “atrapada” en la materia verbal”.
Materia verbal con la que ahora nos estamos comunicando, virtualmente y a la distancia, para demostrar la vigencia de la lengua de nuestros abuelos mexicanos.
Limado dental en época prehispánica en Colima CompagInah
A.F. Rosa María Flores Ramírez Arqueólogo. Rafael Platas Ruiz Investigadores del Centro INAH Colima
Las investigaciones arqueológicas que se desarrollan en Colima permiten abundar en el conocimiento de diversos aspectos sobre las costumbres que practicaban las personas que vivieron en este territorio antes de la conquista ibérica. Una de las herramientas fundamentales para llegar a este saber es el estudio de los restos óseos, los cuales puedan ser analizados en laboratorios por los antropólogos físicos que se encarga de discernir algunas enfermedades que padecieron en su vida, o que llevaron a su muerte, además de las modificaciones culturales a las que se sometieron sus cuerpos.
Como ejemplo de lo referido podemos mencionar uno de los entierros que conformó la colección de 26 osamentas recuperadas en el año 2019, durante las exploraciones que se efectuaron dentro de la zona urbana de la ciudad capital, en un predio ubicado entre las calles Mariano Arista y La Armonía. En este lugar, entre los años 500 – al 700 d.C. se establecieron barrios habitacionales que formaban parte de la urbe del sito de La Campana. Estas personas, como parte de las formas de entender los procesos naturales de la vida y la muerte, llevaban a enterrar a sus miembros dentro de sus viviendas o cercanas a ellas.
Bajo este contexto, nos centraremos en hablar de un individuo de sexo masculino de una edad adulta joven, que contó con aproximadamente 35 a 40 años cuando llego su deceso. Como parte del ritual de sepultura que le dieron sus familiares, su cuerpo fue puesto en una posición fetal y envuelto en telas antes de alcanzar una rigidez, formando un fardo mortuorio evitando que los huesos, al perder los tejidos blandos se distendieran. Una vez envuelto fue sepultado junto a una piedra de grandes dimensiones, cuya cúspide sobresalía por arriba del nivel actual del terreno bajo una posición anatómica flexionada sedente (posición fetal), con los rasgos faciales dirigidos hacia el volcán.
Por la forma en que fue inhumado y las alteraciones registradas en su cuerpo, como la deformación craneana (modificación del cráneo echa en edad infantil) y el limado
dental en los incisivos superiores, cuya clasificación es F3 en incisivo lateral derecho, F4 en incisivo lateral izquierdo y del tipo B6 en ambos centrales, nos cuenta que fue un personaje activo en cuanto a los sometimientos a prácticas que se consideran eran efectuadas con fines estéticos y de identidad social. El limado dental, fue una de las costumbres realizadas por los antiguos pobladores de Colima, pero no es tan común como la deformación craneana u otros tipos de modificaciones hechas al cuerpo.
El limado dental en la época prehispánica era una modificación que se realizaba a los individuos en la etapa adulta, ya que la dentina del diente es más gruesa y permite limarlo con la intención de modificar su forma natural, pero sin causar dolor u otra afectación en la boca del paciente. Esta modificación era realizada principalmente en los dientes incisivos,
Imagen 1-3. Las ilustraciones nos permiten ver como fue enterrado este individuo, situado a escasos metros de lo que en la actualidad se conoce como calle Mariano Arista.
y tal vez los caninos, cuya intención es limar los bordes de los dientes para darle formas más vistosas.
La costumbre de limarse los dientes se tiene registrado desde ya tiempos pretéritos, uno de los que se refiere a ello es Landa, quien señala en relación a los habitantes de Yucatán “tenían por costumbre acerrarse los dientes dejándolos como dientes de sierra y esto tenían por galantería, y hacían este oficio viejas, limándolos con ciertas piedras y aguas”, citado en Romero, (1974:232). Es Javier Romero quien en base a sus investigaciones realiza una tabla que aun hoy en día se utiliza para identificar con mayor exactitud el tipo de limado dental que
estamos observando, también señala que la gran mayoría de los casos corresponden a entierros pertenecientes al periodo comprendido entre los años 700-1500 d.C., y que son los hombres los que generalmente se realizan dicha modificación en su dentadura durante el clásico, sin embargo, en años cercanos a la coquina aparecieron casos de limado en mujeres, pero con características menos llamativas. La finalidad al parecer fue la intención de reproducir en el hombre rasgos de la dentadura de los animales, tales como el jaguar, para seguramente adquirir la temeridad y fuerza. Romero, (1974:233-237, 248). Restos óseos de individuos que habitaron en la época con dicha característica es posible
localizarlos en prácticamente todo lo que hoy es el territorio mexicano, y Colima no es la excepción, por lo que consideramos es una modificación realizada a un individuo de rango especial.
De una muestra de 501 individuos analizados hasta el momento, se tienen identificada esta modificación dental, solo en seis mujeres y ocho hombres adultos, la mayoría de ellos han presentado características de enterramiento importantes.
1 Romero Javier, 1974. La mutilación dentaria, en Antropología física época prehispánica, SEP-INAH, México, pp: 233-237, 248.
Imagen
Mercedes Luna Fuentes
Lmujer observando su vientre en habitación esterilizada
detrás de una ventana hecha de cuadros que parecieran desprenderse unos de otros el rostro observa
enfebrecidas luces de autos se entretejen sobre él red en movimiento las luces iluminan del mentón a los labios de los labios a los ojos dos aviones en llamas que caen uno del verano otro del invierno
ahora gira y se adentra en un carbón nebuloso
el dormitorio dentro toma su vestido lo extiende sobre la silla como puente colgante iluminado late
el rostro dirá entonces mientras observa incandescente que no extraña las palomillas enloquecidas revoloteando farolas ni las copas de vino que duplican cuellos de fuego
lo privado de la alcoba es público ante los recuerdos y lo público no se acomoda nunca de forma tranquila en los cajones de la intimidad
de un extremo a otro
cuenta los pasos desde la cama hasta la ventana de la cama al mueble de caoba como reina que sostiene en su cuello diamantes negros de la libertad
ella guarda en el alhajero algo semejante al quejido de una niña bajo escombros
surge un abrazo entre las paredes ardientes el espejo registra no pierde detalle describe los brazos que han llegado y envuelven un doblez de rodilla
a siguiente selección pertenece a La habitación higiénica, poemario ganador del Premio Nacional de Literatura “Gilberto Owen Estrada” 2018 (categoría Poesía), convocado por el Instituto Sinaloense de Cultura. De estos versos se desprende una lectura de la maternidad en todas sus aristas, desde el aislamiento hospitalario del parto hasta la casa familiar donde la voz lírica convive con sus hijas.
apagados de ti en el interruptor general de sus ojos
esta acometida eléctrica que es el cuerpo un lugar no seguro un lugar absoluto para amar para decir soy el instructivo básico para el abandono soy todos los cableados en el antebrazo que buscan la mañana
soy acometida o carne que se activa con el avance de su propio peso muerto
el cuerpo que descansa la mitad del tiempo en esa alcoba es un actor que sueña con método deambula en aeropuertos en el mundo que son los pasillos de espera rechaza leyes decretos para luego regresar de esa forma vive de esa forma se pregunta cuáles son los estadios las esquinas fragmentadas de su cuerpo que se armarían con un instructivo del anhelo