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Humberto Musacchio: los retos y problemáticas del periodismo cultural por César Barrera Vázquez
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Divagaciones de una mente sin reposo Sugey Navarro
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¿Amar la trama o el desenlace? por Karina Ortiz Bonales
La literatura mexicana escrita por mujeres: una mirada hacia Patricia Laurent Kullick por Karla Janett Andonegui Cruz
Letronauta por Wilberto Palomares
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Un menú agropecuario por Mirtea Elizabeth Acuña Cepeda
Las opiniones firmadas por sus autores no son responsabilidad de quienes editan este semanario ni de la U de C.


“Dos personas en la playa”, de Cecilia Vidal Cuevas Fuente/ artelista.com

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“El Camión navideño” Fotografía/ Juan Carlos Romero Lara
Humberto Musacchio:
los retos y problemáticas del periodismo cultural
El periodismo cultural es cíclico y enfrenta momentos buenos y malos, asegura el autor del libro Historia del periodismo cultural en México
Por César Barrera Vázquez
Humberto Musacchio, autor de una serie de libros sobre el periodismo y conductor del programa radiofónico
“La república de las letras”, parte del paradigma que todo periodismo es cultural, englobando el tema policiaco, político y deportivo, aunque por costumbre definimos al periodismo cultural como aquel que informa y analiza los fenómenos artísticointelectuales.
En entrevista exclusiva para El Comentario Semanal, el colaborador de Excélsior y el semanario Siempre, impartió una conferencia sobre el periodismo cultural en México, durante la Segunda Semana del Periodismo en Colima, evento organizado por la Coordinación de Comunicación Social de Gobierno del Estado, la Secretaría de Cultura y en la cual participó la Universidad de Colima.
La entrevista se realizó previo a su participación, en el jardín de La Corregidora, en la capital del estado:
- Hay una gran diversificación de temas. Como usted lo comenta, hay deporte, espectáculos, ¿es válido informar de todo, tiene la misma importancia un hecho derivado de la actuación de un comediante que un evento de pintura, de literatura?
¿Cómo discernir en ese sentido?
- Cuando uno se refiere al arte, a la

cultura, se habla de las altas manifestaciones del espíritu. Nunca he escuchado en el deporte que alguien hable de las altas manifestaciones del espíritu de Lionel Messi. ¿Por qué? Porque el gran arte es imperecedero, dura para siempre. En cambio, hay otras manifestaciones la vida rutinaria, especializada, como puede ser el deporte, el espectáculo, donde hay un momento de brillantez, pero que luego se va opacando.
“Creo que esa es la diferencia básica -agrega el periodista cultural-: los murales de Orozco, de Diego Rivera, ahí están; la música de Carlos Chávez o de Silvestre Revueltas ahí están, la seguimos escuchando, quizá con más gusto que antes. Esa es la característica
que tiene el arte: que no muere; el gran arte crece”.
- ¿El periodismo se debe ver como un medio para reorientar, reeducar, está de acuerdo con esa visión del periodismo?
- Claro. Nosotros tenemos que informar, pero también tenemos que analizar la información, y eso es lo que hacemos todos los días. ¿Para qué? Pues para servir a la sociedad. Servirle en todos los órdenes. Una sociedad informada es una sociedad más politizada, más capaz de elegir a sus gobernantes, de exigirles el cumplimiento de sus promesas, de manejar bien el dinero. Una sociedad desinformada está al margen de la vida política.
Humberto Musacchio.
Periodismo
- ¿Y cómo asumir ese reto, como periodistas enfrentarte a gustos que tiene que ver con el reguetón, por ejemplo?
- Pero es cultura con esa diferencia, de que los espectáculos de música popular, salvo algunas excepciones de la música autóctona, que nace de la entraña del pueblo, la buena música suele quedarse. Escuchamos la Adelita con el mismo gusto que se escuchaba hace 100 años. Pero con la música comercial, en general, al poco tiempo nos olvidamos de ella, porque carece de esa trascendencia que tiene la música de concierto.
- ¿Cómo hacer un buen periodismo cultural? ¿Cuáles son los componentes, las características que se debe de tener?
- El más básico es que el periodista se empeñe en hacerse de una buena cultura. Que sea un buen lector, que vaya a la ópera, al ballet, que vea pintura, escultura. Que sea una persona no sólo informada, sino también formada para abordar los temas culturales.
- ¿Cómo ve el periodismo cultural en México?
- El periodismo cultural es cíclico: tiene grandes momentos y grandes caídas. Porque corresponde también a los momentos de la sociedad. Por ejemplo, durante la Revolución no hay gran arte; el gran arte se da después de ésta; el gran arte pictórico, por ejemplo, el muralismo, se da después. Hay momentos en que la sociedad no tiene capacidad de producir alta cultura, y el periodismo cultural lo que refleja es eso: esos momentos buenos y malos.
- ¿No ve riesgo de que se pierda esa faceta del periodismo, del periodismo

cultural, por los gustos, pero también por una cuestión de mercado, de que digan que el periodismo cultural ya no vende?
- Eso se lo he oído a muchos directores de periódicos, de que el periodismo cultural ya no vende –responde Musacchio mientras ríe irónicamente-. Quizá no vendía en alguna época. Pero hoy el periodismo cultural tiene grandes anunciantes de página completa, grandes editoriales de la Secretaría de Cultura, de los organismos culturales de los estados, de las universidades, en fin, tiene mucho de dónde sostenerse el periodismo

cultural. No sólo es negocio; es un muy buen negocio, si lo saben apreciar los dueños y directores de medios.
- ¿Qué problemáticas identifica usted en el periodismo cultural?
- Hubo una transición en los años ochentas; antes las secciones culturales las hacían colaboradores que eran escritores o aspirantes a escritores. O aspirantes alguna otra disciplina artística, y esas páginas eran muy analíticas, informaban con conocimiento de causa, pero al generalizarse la carrera de periodismo esos antiguos colaboradores fueron siendo desplazados por los muchachos que salían de las escuelas de periodismo.
Humberto Musacchio consideró que en un primer momento el periodismo cultural salió perdiendo, ya que los nuevos carecían de la formación que tenían sus antecesores.
“Pero me parece que con el tiempo se ha ido afinando una idea de lo que debe ser el periodismo cultural, y hay muchachos egresados de las universidades que lo hacen muy bien; creo que cada vez mejor y que cada vez hay más periodismo bueno, cada vez mejores periodistas culturales con una ventaja: que estos periodistas culturales pueden ser también, si el medio lo requiere, buenos reporteros de política, policía, economía; son gente formada para hacer periodismo”.
* Periodista egresado de la Falcom Fotografías/ Facebook Secretaría de Cultura Colima
Divagaciones De una mente sin reposo
Aquí estoy
Por Sugey Navarro
“Iré viendo menos cada vez, y aunque no pierda la vista me volveré más ciega cada día porque no tendré quien me vea.”
José Saramago
Esta cabeza se ha vuelto una lata vacía; resuenan los últimos pesos, una canción gastada y unas cuántas fotografías tomadas con la intención de vencer el paso del tiempo, el desgaste de la memoria. Escucho el trinar de las aves, no las veo, pero sé que están al otro lado, unos metros después de esta ventana de cortinas improvisadas. Lamento no recordar ni un poema de felicidad y grandeza, siempre anduve tropezando con poemas tristes; buscando, más que accidentándome contra ellos. No encuentro ni un poema triste para contrarrestar el día que promete ser apacible. Mi mente parece más un bolsillo con alguna pelusa y un cabello.
Creo también, pero no son mis palabras, sino las de la abuela, que aquí cabría una oración para agradecer por estar vivos y esas plegarias que me resultan ajenas desde hace algunos años. No recuerdo qué día de la semana, o mes es hoy, por lo tanto, desconozco si ya han llegado las vacaciones a la ciudad. El ruido de los autos hace gala de su ausencia.
Busco contrarrestar el silencio y no logro recordar el fragmento de alguna canción; incluso la melodía perdida en mi mente, parece ser irreproducible, cuando trato de comunicarla al mundo. Activo la pantalla del celular, con el fin de ver a qué hora tiene lugar este aburrimiento repentino; y los números no me dicen nada, no reflejan el punto del día. Escucho el revolotear de un papel que se estrella continuamente contra la ventana. Corro a cerrarla y no alcanzo a detener el trozo
de hoja en que había plasmado el sueño del día anterior. Se desprende como la tira de papeles y sueños que había dejado pegados como recordatorios de algo que ya no tendrá lugar.
Los interiores de la televisión aún se encuentran fuera de ella; después de unos días desconectada. Sé que pocas veces dice algo ese aparatejo, pero fue en un episodio de desesperación por no encontrar las palabras, que la desarmé para buscar de dónde venía la voz. Agradezco no encontrar alguna pieza que me remitiera a ese motivo, pues de haberlo encontrado lo estaría bebiendo, pasando a tragos como una cápsula de verbos ante esta incapacidad de nombrar el mundo.
Volteo hacia los libros y sé que esto se debe sentir volver a los dos años y no entender los letreros y el mundo de texto que te rodea. Mi abuela decía que había que enseñarnos a leer y escribir antes de entrar a la escuela para no ir tan ciegos. Me siento pequeña y no sólo analfabeta. Siento como si de repente no pudiera entender ni la totalidad de las figuras a mi alrededor. Camino por la casa a paso muy lento y con temor de enfrentarme con los colores y las texturas que se adelantan a mi vista. Toco las paredes y lo que se va posando frente, no con la curiosidad del bebé que está reconociendo su mundo, sino como un animal asustado.
Palpo todo, la imagen resulta tan burda y áspera como la habían percibido mis ojos. Hay un pensamiento que borroso, salta al presente, cuando el cuerpo lucha contra una infección y la mente te juega algunas alucinaciones de la realidad; solía reconocer ese estado de alteración por la sensación de madera con que describía cada cosa que tocaba. Las propias yemas de mis dedos se tocan entre sí y se sienten como lijas; de repente tengo miedo de dañar lo que toco, de ser brusca en mis movimientos y causar alguna herida a la superficie de las cosas o de mi propia piel que está más cerca de lo que quisiera. Desearía poder guardarla como una
prenda delicada, fuera del alcance de mis lastimosas manos, de este escalofrío que siento que la desprende un poco ante cada estremecimiento. Siento que no me calza igual, que en el transcurso de estos pensamientos que no sé de dónde vienen cuando sigo escuchando las moneditas de mi mente resonando contra las paredes metálicas y vacías.
Los pasos se vuelven cada vez más pesados, como si el traje de mí misma fuera quedando más grande. Una parte, la más ilusa de mi ser, pretende reconocerse en la música o en un verso, como se había encontrado otras veces que se sentía perdida. El silencio resuena en cada rincón de la casa, cada vez veo menos cosas que puedan atarme al presente, a esta realidad que parece me encuentro habitando a la fuerza, como si no se dejara; como si mi necedad fuera más grande que las razones para tenerme en casa.
Miro el libro de poemas que dejé abierto desde hace semanas, como una biblia, ese del cual elegía una página al azar en cada mañana, con la certeza de que dictaría el sentido de mi día. Desconozco el fundamento de mi intención, pero sé que debo alcanzarlo para recuperar esa parte de mí que parece estarse desvaneciendo; que mis ojos en automático, reconocerán alguna de las líneas, y de pronto será como descifrar el código que haga que las demás combinaciones de texturas, palabras y colores cobre sentido.
Un paso a la vez, aunque la piel se sienta enorme, entorpeciendo el paso; la piel que se sigue viendo en su mismo sitio, ajustada a mis relieves. A tres pasos del libro, descuido el camino y alzo la vista, cuya atención fue captada por lo que alcanzó de soslayo. Un espejo. El gran espejo que me mira. El espacio en donde se refleja la alacena, la lámpara cubierta por una delicada telaraña e incluso, a la distancia el libro de poesía. El espejo en que podrían tener cabida todos los elementos de este pequeño espacio, excepto mi cuerpo.

Nombre: Muñeca Zapoteca
Uso: Juego infantil
Materiales: Trapo
Técnicas: Cosida a mano
Procedencia: Tlacolula, Oaxaca
Autor: Desconocido
sala colima
El arte popular en la infancia
Las muñecas tradicionales comúnmente son elaboradas representando la ejecución de una actividad cotidiana o un oficio en particular, además de que son ataviadas con elementos de indumentarias tradicionales como tocados o decorados distintivos de diferentes etnias, grupos y estratos sociales.
Juguetes por lo habitual asociados al género femenino, las muñecas suelen caracterizar o imitar a personajes del entorno inmediato de sus dueñas, quienes incluso acostumbran asignarles un nombre.
Confeccionadas con técnicas ar-

rabia es dulce
La
Por Lía Llamas
tesanales y materiales propios de sus lugares de origen, estas piezas son reflejo tanto de la cosmovisión de sus comunidades como de la creatividad de sus artesanos productores. Una característica muy particular de las muñecas tradicionales es la de simbolizar o representar personas adultas.
El Museo Universitario de Artes
Populares cuenta con un área de exhibición dedicada a la juguetería tradicional, donde se muestra una selección de muñecas provenientes de distintas zonas del país y elaboradas con diversos materiales para conocimiento y disfrute de todos los visitantes.
¿Qué ha sucedido en todos los años?
Primero la semilla madre del árbol
Se hace más patente para la angustia del mundo
El peso de los vivido lo ato a estos poemas
El dolor comienza a ser abierto en las venas
Como amuleto da informe para defender la humanidad mesiánica lilita
“Lettere amorose” deberíamos agradecer al señor por las penas dulzonas
Amén, amén, amén
Un silogismo emocional donde las mujeres en el aquelarre eran diosas
Brujas diosas
¿Será diferente en el planeta de los griegos?
En los olivares de Hera y azis
Me preocupaba que mi amor hiciera un gran exilio!
Y lo hizo!
Al verme ahí mi sacrificio se deslumbró en calma
El sacrificio trae salmos al alma
Tranquilizar la sed la conmensurable sed
Aunque exista el riesgo de la muerte
Siempre tengo hambre de la profundidad de la vida
Mordí la manzana y no me arrepiento
Mi hedonismo es infinito
Lo hundo más dentro para secar el mar
Esté resbala lento produciendo catarsis en mis labios
Y sonrió
Mi sonrisa esboza carcajadas gigantes más que Goliat
Es un dulce jugo mi sonrisa
La rabia es dulce
Me arranco con ella, pura como miel
La milagrosa bestia de la rabia dulce amiga mía....
Las uvas de la ira Mariano Velasco Ramirez Fuente/ artelista.com
¿amar la trama o el Desenlace?
Librodelasexplicaciones
Por Karina Ortiz Bonales
Para expresarnos tenemos varias opciones, porque la forma de establecer el proceso de comunicación se realiza a través de diversas vías. La oralidad es diferenciada del texto escrito, y a este último se le atribuye un proceso diferente, más complejo, aunque en ocasiones cuando leemos parece que nos hablaran, ya que sentimos que fluye de manera natural. Y es que si bien escribir requiere otro tipo de procesos, las y los lectores nos sentimos cómodos cuando lo que nos narran en nuestra cabeza resonara como una conversación agradable. Tedi López Mills hace ese ejercicio en la obra que reseñamos esta semana; se trata del Libro de las explicaciones. Tedi López Mills nació en la Ciudad de México en 1959. Es poeta, traductora y escritora. Estudió los primeros tres años de la Licenciatura en Filosofía en la UNAM y la terminó en la Universidad de la Sorbona en París. Realizó más tarde estudios de maestría en la misma institución, en Literatura Hispanoamericana.
Entre sus premios destaca el “Xavier Villaurrutia” en 2009 por su libro de poesía Muerte en la Rua Augusta. Es Premio Nacional de Poesía “Efraín Huerta” por Segunda Persona y el Premio de Narrativa “Antonin Artaud” por el Libro de las explicaciones Un factor detonante de este libro es la capacidad de hibridar géneros literarios. La prosa tiene un aire poético, confesional y, aunque hablamos de ensayos, no podemos sentirnos frente al acartonado texto tradicional, que con perdón de la academia nos mantiene distantes de las emociones y de vivir lo que se es contado. Esos destellos íntimos crean la atmósfera que caracteriza a las trece aproximaciones con las que curiosea la autora al ponerlas sobre la mesa.
Desde la forma de iniciar los relatos, describiendo la situación a la que nos enfrentamos quienes escribimos: las distracciones, la concentración, identificarnos con lo que Tedi nos cuenta. Hay que reparar en Tedi, ese nombre que podría llegar a sonar tan extraño y eso es un buen arranque para enganchar a quien lee.
Conmigo lo logró en ese apartado cero, que es un bello relato sobre cómo fue elegido su nombre por sus padres con esbozos de su árbol genealógico. Su historia personal me atrajo y de ahí ya no pude desprenderme de compartir obsesiones con una mujer extraordinariamente curiosa y referencial. Los textos que hemos leído, las letras que nos componen son un ingrediente fundamental. No hay que olvidar nuestro bagaje, esa maleta llena de personas de conceptos. Además, Hume, Zaratustra, Hesse y Demian, Freud, Borges, Schopenhauer, Marco Aurelio, Wittgenstein y un largo etcétera nos hacen conocer de primera mano y apreciar la utilidad de la producción de esos pensadores inmersos en nuestra vida, en la cotianeidad.
El ensayo personal cobra sentido también cuando López Mills nos comparte confesiones de sus amigos e inquietudes propias sobre la adolescencia, sobre los gatos, los celos, la defensa del pesimismo, las relaciones paterno-maternas filiales, la culpa y dar la estocada final con una propuesta sobre la forma de construir la sabiduría. Después de leer estos textos agradecemos el privilegio humano de la consciencia y de la calidez que un puñado de letras nos pueden ofrecer.
El estilo varía en estos trece apartados (en realidad 14 si consideramos que se parte de cero) en donde hay varias explicaciones a pesar de que Tedi dice: “Nadie me las pidió”. Sin embargo, disfrutamos cuando se trata de planteamientos compartidos por amistades, explicados por incisos y números para que nos den luz sobre, por ejemplo, la manera en que se fábrica la sabiduría. Mención aparte requiere la construcción de la explicación de la adolescencia y la construcción del yo y la identidad una forma magistral de plasmarlo junto con el planteamiento sobre los celos. Hay, también, una narración dramatizada que hace rico el planteamiento. Los ejemplos los vivimos y el sentirse proyectada en ellos es inevitable.
Estoy segura que al inyectarse la última línea del Libro de las Explicaciones, la necesidad por ir a consultar más sobre los autores referenciados, hará su aparición así como la efervescencia en su cabeza que les pedirá seguir el diálogo con Tedi López Mills y su propia vida. Al final esperaría que todas las personas intentemos explicarnos hacia

nuestros adentros, cuestiones similares. Ese ejercicio hace de esa obra algo imprescindible para mirarnos.
El libro cuenta con un diseño extraordinario realizado por el también reconocido Alejandro Magallanes y está editado por Almadía. Es un arte objeto que desde ya juguetea con las almas lectoras ávidas de frescura e intimidad. Cerramos con un fragmento:

Me van a enseñar el miedo objetivo. Es una mancha que se diluye cuando uno la examina de cerca. Se parece al pedregón rojo al dar la vuelta por la carretera en un sueño.
Me van a enseñar a ponerme en el lugar de los otros y a aceptar que hay empatía a pesar de todo. Luego yo me acordaré y me sentiré en paz por la bondad que tuve una temporada antes de encerrarme en mi cabeza con el piloto automático de la memoria dando vueltas sin detenerse.

Puedes escuchar la reseña semanal a las 11 AM todos los viernes por 94.9 FM en Universo Radio durante el programa “Aquí entre nos”.
La literatura mexicana escrita por mujeres: una mirada hacia
Patricia Laurent Kullick
Por Karla Janett Andonegui Cruz*
En la última década se ha mencionado que el término literatura femenina o literatura escrita por mujeres puede verse como un aislante dentro de la crítica literaria por razones de género. Como lo menciona Adriana Pacheco Roldán en la introducción del libro Romper con la palabra publicado en 2017, en donde muestra tres distintas posturas de escritoras: las que rechazan que el género sea una forma de categorizar su obra, las que concuerdan que el ser mujer influye en su escritura y las que creen que no debe haber diferencia alguna entre la escritura de hombres y mujeres (p. 17).
A partir de lo anterior considero que este término permite la construcción de un panorama acerca de la producción literaria de distintas autoras, el cual permitió formar, años más tarde, una producción más enriquecedora a la literatura a lo largo de la historia cultural en México. Lo que pretendo en este ensayo es esbozar un contexto literario acerca de esta producción y explorar las temáticas de esta literatura para poder ubicar a la escritora Patricia Laurent Kullick e indagar acerca de su literatura.
Ahora bien, para hablar acerca de la producción de las mujeres en el siglo XX, es importante rescatar ciertos aspectos de la historia de la mujer y la literatura en el siglo XIX, ya que en este tiempo la literatura se consideraba un oficio en el que los hombres predominaban; sin embargo existieron autoras como: Laura Méndez de Cuenca

(1853-1928), poeta, profesora, periodista y sobre todo narradora, quien desde pequeña estuvo en constante contacto con el arte y las letras. La poeta y cuentista María Enriqueta Camarillo (1872-1968), una mujer que a pesar de haber pertenecido a una familia conservadora, contó con el reconocimiento de grandes poetas como Gabriela Mistral y Jaime Torres Bodet. Y la escritora Refugio Barragán de Toscano (1843-1869), la primera mujer novelista en México. Son ellas quienes emergieron a través de la labor literaria, destacándose por su empeño en los géneros literarios de la poesía, novela y cuento; incursionando a la vez en algunos géneros periodísticos como la crónica y el ensayo; retratando en sus textos temas como el amor, el hombre, los hijos y la naturaleza, ligados a la imagen femenina de la época. Sin embargo se puede observar un cambio en la literatura escrita por las mujeres en el siglo XX, pues esta se convierte en un “fenómeno cultural” que revela un discurso propio. En aquel entonces la literatura se vuelve un ejercicio de lucha por los derechos del pensamiento y la expresión, convirtiendo a la escritura en una oportunidad de sobrevivir a las exigencias que predominaban en la sociedad. Sara Sefchovich, profesora, investigadora e historiadora de la UNAM, trata en su artículo La literatura de las mujeres publicado en 1999, acerca de un panorama de cambio entre siglo XIX y XX en el que las mujeres tienen la oportunidad de profesionalizarse
como escritoras. Menciona además que las mujeres tratan de establecer un punto de referencia de su escritura a partir de su propia experiencia. Tomando en cuenta lo anterior considero que existe una diferencia de significado entre el describir y el escribir, ya que lo primero radica en la construcción de una idea de lo otro y, lo segundo, en la construcción de sí mismo ya que esto implica cierto nivel de comprensión y experiencia propia para la construcción de un discurso de un Yo-femenino.
Las mujeres entonces, a través de la poesía y la narrativa en siglo XIX, comenzaron a describir su realidad más inmediata que tenía que ver, en sí, con la vida doméstica, siendo la figura masculina como principal punto de referencia. Sin embargo, lo anterior poco a poco se va transformado en el siglo XX hasta llegar a una exploración de otras temáticas, la formulación de una postura crítica y el desarrollo de la escritura como un proceso de desmitificación del estereotipo femenino construido por el discurso masculino a través de los siglos.
Lo anterior sugiere que las temáticas retratadas por las mujeres tienen que ver entonces con una cuestión histórica más que de género, idea que retoma Sefchovich en su texto con respecto a que la educación y el acceso a la cultura son cuestiones relevantes para el desarrollo de temáticas que abordan las autoras nacidas en la primera mitad del siglo XX. El contexto, por otro lado, influye en las obras de la siguiente generación de
mujeres, ya que se ubican en un escenario postrevolucionario, lo que les permite retratar la condición de la mujer en una sociedad modernizada por la industria.
Surge en esta literatura la verdadera condición de la mujer; es decir, hay una nueva configuración de los personajes femeninos, más allá de los hijos, del amor “incondicional” y la imagen de pureza que representaban las mujeres, surgen temas como la violencia doméstica, la frustración y la denuncia de una sociedad machista con respecto al papel de la mujer en la sociedad. Al volverse la literatura una profesión para las mujeres, estas evidencian la construcción social que rige el comportamiento de las mujeres con respecto a la familia, el matrimonio, la vida sexual, la moral y la educación. En este sentido encontramos un panorama en el que las mujeres escriben para “sobrevivir” ante exigencias sociales a través de la memoria que retoma el comportamiento de una época que, en contraste con los deseos y frustraciones de las mujeres del nuevo siglo, proveen a la literatura de verdades interiores a través de una construcción de una realidad más íntima que lleva a las mujeres a replantear la condición femenina del silgo XIX.
Breve
revisión de la literatura mexicana escrita por mujeres del siglo XX
La producción literaria de las mujeres en el siglo XX podemos dividirla en dos grupos: el que corresponde a las mujeres nacidas en la primera mitad de siglo y que publican durante la segunda mitad, así como el grupo que nace en la segunda mitad del siglo pero que publican al término de éste e inicios del XXI. Otra clasificación que podemos subrayar es de acuerdo al género en que más incursionaron cada una; si bien todas se dedicaron a la narrativa algunas proliferaron más en la novela o en la poesía y otras en el cuento o incluso en el ensayo. En la primera clasificación encontramos autoras como Nellie Campobello (1900-1986), Josefina Vincens (1911-1988), Elena Garro (1920-1998), Luisa Josefina Hernández (1928), Rosario Castellanos (1925-1974), Julieta Campos (1932-2007); y cuentistas como: María Elvira Bermúdez (1912-1988), Guadalupe Dueñas (1920-2002), Amparo Dávila (1923), Inés Arredondo (1928-1989) María Luisa Puga (1944-2004), Ángeles Mastretta (1949), entre
otras. Mujeres que construyeron, a partir de sus vivencias de la infancia, un panorama de la vida mexicana entre la realidad y los mitos que impulsaron una identidad nacional en el México post revolucionario llegando incluso a introducir el tema de la mujer y la política. Es por lo tanto que observamos, a través de su literatura, verdades que incursionan acercan de la condición femenina, sin embargo, se toma el ejercicio de la escritura como una oportunidad de denunciar la limitación, ignorancia y pobreza en que las mujeres vivían acerca de su propia condición. Tomando los planteamientos de la filósofa Simone de Beauvoir, expresados en su libro El segundo sexo, publicado en 1949, podemos decir que las mujeres vivían bajo su condición biológica, su propio encierro que las limitaba al destino de la maternidad dentro de una imposibilidad de conocer más allá de la imposición social ligada a su género. No obstante, en el discurso de estas autoras, los personajes femeninos comparan actividades, actitudes y otros aspectos que recaen en la desigualdad del trato hacia los personajes femeninos.
Contextualizando un poco en esta primera mitad del siglo XX, se destaca un grupo de escritores conocidos como la Generación de medio siglo del cual formaron parte figuras literarias masculinas como Salvador Elizondo, Jorge Ibargüengoitia, Carlos Fuentes, entre muchos otros que, a grandes rasgos, como lo menciona Adriana Sáenz, fue un grupo que “se mantuvo abierto a diferentes posturas e ideas” (2011: 158), y que consideró a las mujeres como escritoras de profesión; entre las cuales se encontraban Inés Arredondo, Julieta Campos, Rosario Castellanos y Luisa Josefina Hernández.
En el caso de Rosario Castellanos su figura se destaca por su postura crítica hacia los arquetipos de hombres y mujeres que, en la literatura del siglo XX, evidencian una “cultura masculina” como lo denominó en su tesis de maestría Sobre cultura femenina que corresponde a una racional patriarcal en la que el hombre ha dominado tanto en la economía, la política así como la cultura. Además de que afirma “que las mujeres viven y son educadas para delimitar su ser a partir del varón” (Sáenz, 2011: 164), idea que también encontramos en el trabajo de la filósofa Simone de Beauvoir. Castellanos reflexiona, como lo menciona Edith Gutiérrez, “sobre las condiciones de posibilidad de ser un ser humano libre a partir de la condición de ser mujer mexicana” (2011: 66), esto tiene que ver
entonces con la educación que reciben las mujeres de esferas sociales que prolonga una preconcepción femenina. Sin embargo menciona que para obtener libertad se requieren de dos tareas esenciales: la toma de conciencia acerca de las condiciones de la existencia femenina y la construcción de una nueva identidad.
Por otro lado, podemos notar una mayor cantidad de autoras que nacieron en la segunda mitad del siglo XX. En este tiempo ubicamos a Laura Esquivel (1950), Rosa Beltrán (1960), Ana García Bergua (1960), Ana Clavel (1961), Patricia Laurent Kullick (1962), Cristina Rivera Garza (1964), Guadalupe Nettel (1973), Daniela Tarazona (1975); poetas como Carmen Boullosa (1954); cuentistas como Mónica Lavín (1955) y Fernanda Melchor (1983), y por supuesto dramaturgas como Sabina Berman (1955), entre muchas otras más.
Ellas corresponden a una generación que, como lo planteó Castellanos, buscan retratar “otro modo de ser humano” (2001: 329). Es decir que a pesar de que aún prevalecen ciertos temas como la represión hacia la mujer, abordan tópicos como la ausencia, el divorcio, y lo que más llama la atención de este grupo es el hecho de introducir temas como la transformación del cuerpo, la enfermedad y, en algunos casos, la locura como una forma de representar a los personajes femeninos. En otras palabras, se configuran personajes femeninos que tienen “una nueva actitud hacia su propia feminidad” (Sefchovich: 2015: 23), al ya no representar ese ideal femenino del siglo XIX formalizando el ejercicio de la escritura como una construcción libre del discurso femenino que planteó la generación de la primera mitad de siglo XX.
Kullick en el panorama de la literatura mexicana del siglo XXI escrita por mujeres
Centrándonos un poco más en la escritora Patricia Laurent Kullick, podemos observar que hay discordancia con respecto a la etapa de producción de su literatura. Si bien Kullick nace en 1962, su primeros libros de cuentos se publican en entre 1991 y 1996, es decir a finales del siglo XX; a pesar de esto, se ha destacado más su labor novelístico. El camino de Santiago , novela que fue galardonada con el Premio Nuevo León de Literatura en 1999, se publicó hasta el 2001 y un año más
Literatura
tarde se tradujo al inglés; su segunda novela El circo de la soledad , en cambio se publica en 2011 y su trabajo más reciente, La Giganta en 2015.
A pesar de ser contemporánea con Rosa Beltrán, Ana García Bergua, Ana Clavel y Cristina Rivera Garza, se ha considerado a Kullick dentro de la línea narrativa de las escritoras que nacen en los setentas, al igual que ha sido contemplada dentro de la Generación inexistente y por supuesto, dentro de la Narrativa del Norte
Esta Generación inexistente ha sido revisada por el escritor Jaime Mesa, quien establece que en esta generación: “un rasgo primordial es la insistencia en no ser generación debido, entre muchas cosas, a la distancia cronológica entre ellos. Sin embargo, como ninguna otra en el pasado es una generación descentralizada (muchos viven en donde nacieron o en algún lado distinto al centro, y desde ahí escriben y publican: rasgo importantísimo) y unida todo el tiempo por internet y las redes sociales” (2016).
Hay entonces una variedad de criterios sujetos a la concepción de esta generación, además de las temáticas que comienzan a surgir como lo raro o extraño y la enfermedad. La construcción de la identidad dentro de esta generación se establece mediante lo histórico, fantástico, lo marginal, lo íntimo, la denuncia y el noterritorio. No obstante, se menciona que hay nuevos horizontes dentro de las temáticas de esta generación, hay una vuelta o cercanía con sucesos políticos y sociales, en otras palabras, se menciona una reivindicación de “lo mexicano”.
Otros aspectos jerarquizantes acerca de esta generación tienen que ver con tres transformaciones que propone Miguel Ángel Hernández que va desde la sexual, la ideología y la religiosa. Podemos ubicar a Patricia Kullick en la segunda categoría en la que “niegan las tradiciones, se enfrentan a las reglas impuestas por la sociedad y tratan de impulsar sus nuevas creencias” (Mesa, 2016); ya que en su novela El camino de Santiago observamos una lucha constante de la psique en la protagonista, confrontándose dos entidades que están ligadas a una interpretación masculina y una femenina e inclusive podemos notarlo en los personajes de su novela La Giganta De acuerdo con lo anterior podemos afirmar que su literatura coincide con algunos aspectos de clasificación de esta
generación puesto que Kullick retoma algunos elementos de la tradición mexicana como el mestizaje, la cultura prehispánica y nociones sociales como la imagen de la madre, la violencia y el abandono, generando personajes que, a través de una búsqueda de identidad, generan nuevas perspectivas. En la cuestión del territorio podemos verlo de dos maneras; una tiene que ver con el espacio geográfico de su lugar de nacimiento así como el espacio de publicación de su obra. Si bien ella nace en Tampico, ha residido en los últimos años en Nuevo León lugar donde fue galardonada su primer novela; otro aspecto tiene que ver en cuanto a su literatura tiene que ver con las descripciones de los espacios, si bien se menciona lugares como México, París, Londres y España, las descripciones son muy generales, lo que da la oportunidad de ubicar en cualquier parte del mundo el desarrollo de la historia dentro de sus novelas.
La literatura de Patricia Laurent Kullick, obsesiones y ficciones
Ahora bien, dentro de esta cuestión del territorio viene otra contemplación de su obra que tiene que ver con lo que se ha denominado como la narrativa del norte, la cual se concentran en la producción literaria de los estados del norte de México, en la cual sus temáticas están ligadas con la historia y sucesos socio-culturales importantes como la violencia, el narcotráfico o el desierto; siendo más específica, Kullick es contemplada dentro de la narrativa femenina del norte, la cual no está ligada, precisamente, a una literatura feminista, sino a una transmutación, o como lo hemos revisando antes, una reconfiguración de lo femenino.
Esta narrativa ha proliferado a partir de la reconstrucción de la memoria, lo que permite a las autoras ubicar a sus personajes, en una narrativa que se liga con elementos fantásticos y en algunos casos, rayan en lo extraño. Por último tenemos esta narrativa de la enfermedad, de la locura o como se ha publicado en algunos estudios de su obra, una “esquizoescritura” que contempla el aspecto de la manifestación en los personajes femeninos con un desarrollo “inusual” en la historia.
Pese a esto, considero que estos planteamientos tienen que ver con la percepción e interpretación que se la ha dado a su obra, en específico El camino
de Santiago, debido que es su novela más analizada, por lo que recae en un psicoanálisis que estigmatiza su obra más que evidenciar una reconfiguración de lo femenino a través de un discurso que se desarrolla en un contexto en el que el individuo vive la búsqueda de su identidad en una constante frustración.
Tanto la crítica, como la categorización de la obra de Patricia Laurent Kullick, radica en una variante interesante, ya que al ser una escritora nacida en la segunda mitad del siglo XX, es considerada dentro de la narrativa de los escritores jóvenes, es decir, que las temáticas que aborda en su obra coinciden con el contexto en el que se da esta Generación inexistente que si bien, en un principio se distancia de lo mexicano o tienen bases de una tradición literaria, desarrollan la identidad a través de elementos de lo marginal y lo íntimo para configurar un discurso propio que implica una confrontación y generación de una nueva ideología.
Retomando un poco la idea inicial de este ensayo, podemos pensar en la literatura escrita por mujeres, no como exclusión de la crítica, sino como un panorama dentro del mundo literario que propone un tratamiento del cuerpo, la maternidad y la libertad de exploración, de la introspección (exploración) de los universos íntimos a través de la escritura y las nuevas feminidades o lo que podemos considerar como nuevos tratamientos de la feminidad a través de los personajes femeninos en sus obras. Estas formas de pensar el género y explorar lo que en el silencio o lo descartado de lo masculino, surge como un discurso propio en el que los protagonistas son mujeres, no solo por su distinción de sexo, sino por la capacidad creadora y renovadora del discurso del yo, permite explorar el estigma de los personajes femeninos no como locura sino como un desequilibrio con el estereotipo femenino.
En el caso de la literatura de la escritora mexicana Patricia Laurent Kullick, vemos el desarrollo de los personajes femeninos a través de una búsqueda de identidad mediante elementos de lo extraño que genera una frustración constante.
*Estudiante de 8º Semestre de la Licenciatura de Letras Hispanoamericanas en la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima.

Por Brenda Rosales
Cuando pensamos en fotografía, pensamos solamente en la imagen perfecta, sin embargo antes de conseguirla; entre pruebas y errores surgen imágenes que por ser completamente diferentes a lo contemplado resultan desafortunadas... y en otras contadas ocasiones nos sorprenden por resultar incluso ‘mejores’.
Esta semana, en el Club Fotográfico de Colima, propusimos a nuestros colegas nos compartieran aquellas fotografías rebasaron los límites de lo convencional involuntariamente y se quedaron en nuestra galería. Aquí les compartimos algunas.
Accidentes fotográficos




Alberto Chacón.
Brenda Rosales.
Alfredo Díaz Torres.
Francisco
Bueno.
Creación
letronauta
Río de fuego
Por Wilberto Palomares
–Creo que vi algo -Anselmo le dio un pequeño codazo a Martín para que despertara.
– ¿Dónde? -preguntó sin siquiera abrir los ojos.
– ¡Shhh! Escucha.
Anselmo hizo todo el silencio que pudo, pero en las cálidas noches de junio sólo se podía escuchar el canto ancestral de los grillos entre la hierba, entre los árboles, entre las rocas. Era más de medianoche, Martín lo supo al mirar el cielo y ver a la Osa Mayor huyendo lentamente hacia las montañas del sur.
–No es nada -le reprochó- siempre escuchas cosas, por eso nadie quiere compartir la vigilia contigo.
Anselmo siguió con su mirada clavada en el norte.
No parecía haber nada allí salvo la profunda oscuridad nocturna, pero él sabía que sí. La Montaña de Fuego, la montaña que
él y los suyos tenían que vigilar día y noche.
No entendía por qué el pueblo tenía un puesto de vigilancia. Nadie, ni siquiera los más ancianos podían recordar con claridad la última vez que causó problemas la montaña. Los años pasan, los siglos se acumulan. La montaña duerme desde siempre.
Entonces, el ruido volvió.
Un gruñido en la oscuridad. Un gruñido lejano que parecía acercarse a paso lento, pero furioso.
Anselmo levantó a Martín de un jalón, arrancándole un pedazo de camisa.
Era el año de 1913, y ninguno de los dos vigías lo sabía entonces, pero estaba a punto de escribirse la historia.
El gruñido comenzó a acercarse, a cada instante era más fuerte y parecía acelerar el paso desde donde sea que viniera. Fue entonces que la pequeña cabaña de vigilancia de madera comenzó a estremecerse.
Corrieron para ponerse a salvo, pero al no saber de qué huir no podían hacer mucho. Pensaron en arrojarse al río, que
corría a unos metros del puesto vigia, pero se detuvieron en seco. De las aguas se levantaba un espeso vapor y un calor infernal.
Silencio. Un absoluto silencio se impuso entonces. La noche volvió a quedar muda. Sin gruñido, sin vapor, sin temblor.
Entonces lo vieron.
Un resplandor se abría paso velozmente hacia ellos, desde lo alto de la montaña. En un parpadeo, una avalancha de rocas y fuego descendió desde el volcán dormido y corrió río abajo.
Por muy poco, pudieron ponerse a salvo.
Corrieron a tocar la campana para alertar al pueblo, pero todos ya estaban ahí, despiertos, tomados de la mano, elevando plegarias a todos los dioses para que el volcán no se los tragara enteros.
Era el año de 1913, el año del despertar del Volcán, el año en el que el río se incendió y llovió ceniza y polvo. Era el año de 1913, y el pueblo de Colima no habría de olvidarlo jamás.

Fotografía de Hernando Alonso Rivera Cervantes
Tomada en enero de 2017 Fuente/ Facebook
Un menú agropecuario
Por Mirtea Elizabeth Acuña Cepeda
Hace varias décadas, que precisando año era el de 1886, en la Facultad de Ciencias Biológicas y Agropecuarias de la U de C, el profesorado planeaba celebrar el Día del Agrónomo con una comida. Además, se debía festejar que en 1885, siendo rector de la Universidad de Colima el licenciado Humberto Silva Ochoa, se eleva la Escuela Superior de Agricultura al rango de Facultad; la Escuela había nacido el 25 de junio de 1976 y en 1979 cambia su nombre a Escuela Superior de Ciencias Agropecuarias; los primeros directores fueron los ingenieros Lorenzo Hernández Arreguín y Carlos Aguayo Sierra. El día de la comilona se acercaba, ya que sería el 22 de febrero, Día del Agrónomo desde 1854; decimos comilona, más por la abundancia que por la variedad de platillos. Algo más que anotar es la ocurrencia de ingenieros, biólogos y químicas que impartían clases, la idea partió del biólogo Carlos Hernández A., era preparar un menú con la particularidad de ser un examen.
Entre paréntesis, cabe señalar que esa fecha, 22 de febrero de 1854, es histórica para la agronomía en México, porque ese día se funda la Escuela Nacional de Agricultura de San Jacinto (ENA), antecesora de la Universidad Autónoma de Chapingo; sin embargo, la historia de la ENA se remonta a 1832, cuando se pretendió establecer la Escuela de Agricultura en la Huerta de Santo Tomás, donde hoy está el IPN. La ENA tenía el objetivo de formar agrónomos, veterinarios y administradores de fincas rústicas; tres años después, en 1835 el presbítero Miguel Guerra hizo una fuerte donación para que se fundara la escuela, pero no se logró el propósito, sino hasta 1854, cuando Melchor Ocampo impulsa su fundación; él dominaba el tema agropecuario debido a los conocimientos que adquirió en Francia, donde cursó estudios sobre agronomía.
En 1914, la ENA cierra puertas, debido a la situación inestable del país y porque los alumnos se incorporan al reparto agrario en las comisiones de Chihuahua y Morelos; de 1916 a 1917 funciona como Ateneo Ceres, graduándose las generaciones de los dos últimos años (1), en 1916 reanuda cursos y en 1919, abre de nuevo puertas y por decreto se crea la Escuela Nacional de Agricultura (ENA), ya mediado el siglo, el 22 de febrero de 1959, se crea el Colegio de Posgraduados de Chapingo.
Aquí cerramos el paréntesis histórico. Retornamos a 1886 y como decíamos, previo al evento, que incluía un seminario de investigaciones agropecuarias y cerraría con la comida, cuyo menú es redactado en equipo y es anunciado, con la cruel intención de que únicamente podrían comer, quien supiese cuáles eran los productos vegetales o animales con los que se había preparado cada platillo; desde luego, hasta el que sacó la mínima calificación gozó comió y disfrutó del momento. Helo aquí, el menú, y vean si aprueban, quizá hayan podido saborear los exquisitos y mexicanos alimentos que se paladearon ese día.
Primer tiempo - botana: Chicharrón y durito de sus scrofa, tostaditas de Zea mays con una ensalada de Persea americana, Allium cepa, Lycopersicon esculentum y Capsicum annum, o con Opuntia spp., y Solanum tuberosum en cuadros pequeños, todo aderezado con NaCl.
Segundo tiempo – platillo principal: Barbacoa de Bos taurus en suaves y calientitos discos de Zea mays. Phaseolus vulgaris a la charra, condimentados con Allium cepa, Lycoopersicon esculentum, Allium sativum y Coreandrum satiyum.
Tercer tiempo – barra de postres: Barritas de Amaranthus cruentus, Cajeta de Psidium guajava, y Pudín de Theobroma cacao, preparado con un lácteo, obtenido de la secreción perlática de las glándulas mamarias de una hembra Bos taurus, mezclada con fécula o almidón de Zea mays, Sacarosa, el disacárido obtenido de Saccharum officinarum, y desde luego Theobroma cacao
Bebidas – acompañando los sagrados alimentos, podrán disfrutar del frío producto derivado de la fermentación de Humulus Lupulus y Hordeum distichum L. – Hordeum vulgare, con Saccharomyces cervisae; así como de H₂O Chanopodim quinos o bien H₂O mineralizada, solas o combinadas con C₂H₆O, obtenido del destilado etílico de su preferencia. Ahora, a su disposición las respuestas, es decir, la traducción de notación científica, al lenguaje que hablamos. Sabemos que el origen, nutrientes y otras aplicaciones que no sean alimentarias, pueden ser muy interesantes, pero ese sería otro tema, así que vayamos al nombre que les damos en el día a día.
Allium cepa – cebolla. Allium sativum – ajo. Amaranthus cruentus – alegría, huauhtli
en náhuatl, ahparie en purépecha, tez o xtes en maya, es originario de Mesoamérica, su uso es ancestral y tiene connotaciones rituales. Bos taurus - toro, vaca, becerro, desciende del Uro -Bos taurus primigenius, domesticado en Asia hace siete u ocho mil años. Coreandrum sativum – cilantro o culantro. Capsicum annuum – chile, una solanácea originaria de México y Sudamérica, con alrededor de 26 especies, Capsicum proviene del griego kapsakes –cápsula y Chile del náhuatl Chili Chenopodium quinoa – quina, quinina.
Erythroxylum coca – coca, las hojas de la planta contienen proteínas, vitaminas, minerales y alcaloides, es estimulante y calma dolores, tiene propiedades medicinales; el refresco de cola, tenía 9 mg del extracto en 250 ml. Humulus Lupulus – lúpulo. Hordeum distichum L., Hordeum vulgare – cebada, las que se cultivan en México pertenecen a estas especies, es uno de los cultivos más antiguos de la humanidad. Opuntia spp –Nopal, cactácea, símbolo de mexicanidad, se reconocen casi 220 especies.
Persea americana – aguacate, del náhuatl, de origen mesoamericano. Phaseolus vulgaris – frijoles, de origen incierto, con unos seis mil años de antigüedad y se les conoce con otros nombres: habichuela, caraota, poroto, judía, alubia. Psidium guajava – guayaba. Saccharomyces cervisae – levadura. Sacarosa – azúcar. Saccharum officinarum – caña de azúcar. Sus scrofa domestica – cerdo, que según la región le llaman chancho, cochino, gorrino, porcino, puerco. Solanum tuberosum – papa. Theobroma cacao – chocolate. Zea mays – maíz. H₂O – agua, que no siendo destilada, sino potable, contiene sales en distintas proporciones. C₂H₆O – alcohol etílico, que según el fermento del que se destila, puede ser tequila, ron, whiskey, brandy, etcétera.
Referencias
- ANECh. La ENA. Historia de la Escuela Nacional de Agricultura. 2019. Web. http://www.anech-chapingo. org.mx/ena.html
- Méndez Rojas Luz María. “Las actividades profesionales del biólogo en diversas dependencias de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos”, en: Revista de Educación Superior. V. XIV, N. 56. 1985. Disponible en: http://publicaciones.anuies.mx/pdfs/ revista/Revista55_S1A2ES.pdf
- Mercedes Villena Cabrera y Michel Sauvain. Usos de la Hoja de Coca y Salud pública. Instituto bolivariano de biología de altura. La Paz, Bolivia. 1997. mirtea@ucol.mx
Libros
La percepción filosófica de las pasiones
Por Mayra Guadalupe Vázquez Laureano*
Cuando se hace alusión a las pasiones, la primera connotación que se asigna es siempre negativa, pero esto tal vez se deba a que no hay una concepción acertada de lo que una pasión es y representa. Su alcance dentro de la literatura a lo largo de la historia es incuestionable, y la narrativa colimense no es la excepción. Es por ello que se abordarán las pasiones dentro de la novela Tres Pueblos (1997) del escritor colimense José Barocio.
José Merced Méndez Barocio, nacido el 28 de mayo de 1970 en Chinicuila, Michoacán, es un escritor responsable de la difusión de obras escritas por autores colimenses contemporáneos a él, gracias a su trabajo en el programa de radio Voces de la literatura regional de 1994 a 1996, y su colaboración en La flama en el espejo
En cuanto a la percepción general de la pasión, los pensadores estoicos la concebían como el origen de la zozobra y de la turbulencia del ánimo, la “detresse” que nos lleva al desastre, y la única manera de librarnos de este tormento que es la pasión es llegando a la ataraxia. Spinoza, por otra parte, estaba convencido de que las pasiones no debían eliminarse, pues nacen de nuestra naturaleza y por tanto es necesario preservarlas. La cuestión es saber si las pasiones enriquecen o perjudican al hombre, qué pasiones pueden surgir en el niño, y específicamente cuáles pasiones se ven reflejadas a lo largo de la novela Tres Pueblos y despiertan en el niño según su entorno.
Dentro de Tratado de las pasiones se explica que, a lo largo del tiempo y para poder entender el término “pasión”, varios personajes importantes en la historia han marcado su propio concepto de éste. Tal es el caso de Hegel (citado por Gurméndez, 1986) que manifiesta lo siguiente:
Y si llamamos pasión al interés en el cual la individualidad entera se entrega, con olvido de todos dos demás intereses múltiples que tengo o pueda tener, y se fija en el objetivo con
todas las fuerzas de su voluntad y concentra en este fin todos sus apetitos y energías, debemos decir que nada grande se ha realizado en el mundo sin Pasión.
Entre el listado de pasiones que Gurméndez nos ofrece, y la naturaleza fuerte o débil que ellas tienen, retomaremos tres pasiones que se relacionan directamente con el protagonista, José Ciriaco Yaco: la ambición, el odio y el amor. Rememorando el título, se hablarás del despertar de las pasiones dentro de la novela Tres pueblos de José Barocio. Por consecuencia, no será posible ver total ejercicio de las pasiones que se enlistarán a continuación, sino un inicio claramente señalado que, aunque tenue, será suficiente para ver su impacto en el actuar.
Retomando a Gurméndez (1986), sabemos que la ambición es una pasión que manifiesta la voluntad pura del deseo. Es una mezcla enérgica de envidia, codicia, avaricia, celos, lujuria y amor. Nace de nosotros mismos, y es la radicalización de un deseo como objetivo: se considera pasión cuando existe con claridad un objeto a aprehender. Justamente desde el inicio se puede comprender que es un claro despertar y experimentar con estos sentimientos que generan necesidades.
Dentro de la novela de José Barocio podemos ver dos figuras claves cuyos ideales se enfrentan: por una parte, se encuentra Martín Flores, el maestro de primaria, que personifica la ambición llevada a un alto grado, y por otro está Ciriaco, el padre de José, cuya escasez de objetivos se refleja no solo en él, sino en los hermanos mayores de nuestro protagonista.
Martín Flores muestra a José el esfuerzo con el que se empeña en conocer y hacer conocer la historia de la comunidad para no ser repetida por los habitantes. Su objetivo no es otro sino “convertirse en un investigador erudito y dejar para siempre la docencia, que no le gusta ni para verla pasar como papalote” (1997:14). Este personaje exhorta a José a indagar, a saber y conocer más sobre diversos temas, especialmente en su propia historia.
Don Ciriaco, por otra parte, es una repetición misma de la falta de ambición que tanto existe en las zonas rurales:


Lo único que hacen cuando regresan es oír a Los Tigres del Norte. […]Ninguno se ha hecho rico en esos viajes, ganan algunos dólares y los gastan en mujeres y cerveza cuando vienen a Tres Pueblos; esos dólares no han sido suficientes para salir de pobres.
Barocio, 1997: 22
Ambas figuras se posicionan frente a José, como bifurcaciones a seguir, entre las que debe elegir cuál le asegurará una retribución a futuro. No exactamente, pero debe seguir alguna opción: tener o no ambición, y permitirle crecer dentro de sí para lograr lo que aspira. A esto se refería Gurméndez (1986) cuando señala que la pasión debe ser tomada como una llama que se enciende del ser, lo impulsa y consume hasta sentir saciedad, y no de manera negativa, como las tinieblas de la razón.
El hombre, movido por el poder, quiere sentirse afirmado como un individuo. Las carencias de José toman la bifurcación: se transforman en metas, en el deseo de tener algo que considera fundamental: comodidades monetarias. “Ya sé lo que quieres hacer cuando seas mayor: sembrar y vender marihuana, ese será un buen comienzo para que seas otro tipo de cultivador, muy diferente a tu padre” (1997: 22) Deja de lado la figura paterna como un agente impulsor de sus ambiciones y, como busca Martín Flores, no desea repetir la historia de sus antepasados: tumbar, sembrar y hacer hijos.
En cuanto al odio, se menciona como la sensación de oposición hacia el otro que nos mantiene en disputa con ideas ajenas. El personaje infantil muestra esta pasión despierta, sus desacuerdos con la percepción que los mayores comparten no le satisfacen, y es por ello que comienza a tener sentimientos negativos hacia ellos.
Las principales figuras con las que tiene conflictos son sus padres. Su estilo de vida, similar al de todos los adultos del pueblo, le afecta negativamente y le priva de ciertas comodidades, como se ve reflejado en el inicio de Tres Pueblos : “Ya sé: estás renegando porque tendrás que cuidar los hijos que Dios le mande a tu padre”. (1997: 19)
La contradicción con su padre no es exclusiva de la falta de ambición en uno y el inicio de ésta en otro. La carga que es heredada de padre a hijo puede ser en ocasiones poco soportable o no requerida. Esta clase de antagonismo la vemos desde el nombre. José Ciriaco se llama así en honor a su padre, un sembrador cuya hombría jamás será puesta en tela de juicio gracias a los 12 hijos que tiene. El problema no es solo con su padre, pues el narrador puntualiza también una
oposición hacia su madre: “Ya sé que te cae gorda tu mamá por tener un hijo cada año”. (1997: 20)
Muchas veces esta pasión lleva a un comportamiento irracional, sin embargo, en los niños de ocho años o menos, es un poco más complicado que se llegue a ese nivel. Las confrontaciones con la figura paterna son más usuales de lo que se cree, y no siempre conllevan una reacción violenta o física. En este caso, una fuerte razón por la cual José siente aversión hacia los actos de su padre es la relación que mantiene con Don Chema, el papá de los Alatorre.
Cuando sentimos al otro como una potencia que puede dañar nuestra integridad es que la pasión de la que hablamos comienza a tomar fuerza dentro de nosotros. El odio marca una división entre los hombres, como puede apreciarse cuando los soldados llegan a la comunidad buscando presuntos culpables, y comienzan a abusar del poder que se les ha conferido. Es entonces donde José debe crear juicios de valor respecto a las acciones llevadas a cabo por el ejército (1997: 48):
No estás a gusto en un pueblo sin policías, donde se matan hasta porque una mosca se les paró en la nariz; te repugna este pueblo de matones, no soportas tanta violencia cuando todo podría tener una solución sin las armas.
Las pasiones son cambiantes, tanto de intensidad como de objetivo. Entre las pasiones que pueden o no ser tomadas de manera negativa, existe una cuyo matiz es mayormente positivo y lleno de esperanza, esta pasión es el amor. El amor se apodera de quien lo posee, lo domina y se convierten en pertenencia uno de otro. Es una pasión que no necesita ser desarrollada totalmente para ser efusiva y esperanzadora.
El amor implica una unión cuerpoespíritu por las partes vinculadas. El amor es una actitud voluntaria; según el Diccionario de filosofía (1953: 51) el amor saca de su aislamiento a la personalidad individual conduciéndola al devenir en las formas primordiales de comunidad humana.
En la novela Tres Pueblos , las interacciones que aluden al amor en mayor o menor medida, son entre José y los hermanos Alatorre (1997: 38): “Guillermo te besa en la boca y Efraín te lame el cuello. Los tres son un bulto,
una sola masa, un ser con tres corazones, seis manos, tres bocas”. Se refiere a ellos también como la Santísima Trinidad.
David Le Breton, por su parte, señala en Las pasiones ordinarias (1998) que el amor no necesita de demasiado contacto físico, aunque así lo parezca, pues la unión asciende a un plano también espiritual. En el amor el beso, y el contacto físico, carecen de medida, porque su inicio limite es la ternura.
Mientras el amor que José siente por los Alatorre se gesta dentro de sí, es en ocasiones difícil aceptarlo como amor: “Se nota que los Alatorre te gustan, no abras la boca como si el mundo se fuera a acabar, te gustan y eso a nadie le importa, o a ti ¿te importa aceptarlo?” (1997: 23). Barocio comulga con la idea que Giacomo Leopardi muestra en Las pasiones (2013:12), “un amor excesivo puede acabar en un egoísmo que cierra a los demás cualquier posibilidad; por el contrario, un amor equilibrado genera cuidados y afectos”.
Podríamos concluir con la afirmación del poder que ejercen las pasiones dentro de la conciencia; mueven al ser, y éste no llega a ningún lugar sin ellas. Inclusive desde pequeños, las emociones que nos dominan fugazmente repercuten en nuestras acciones, hasta apoderarse de nosotros mismos. En consecuencia, el despertar de las pasiones es parte de la transición de la infancia hacia la adolescencia; la diferencia es que, si esta transición se ve apresurada, esta exploración de las pasiones que conforman la naturaleza humana no seguirá un cauce, yendo hacia objetivos difusos.
Referencias bibliográficas
- Barocio, J. (1997) Tres Pueblos. México: Praxis.
- Brugger, M. (1953) Diccionario de filosofía. España: Herder.
- Consuegra Anaya, N. (2010) Diccionario de psicología. Bogotá, Colombia: Ecoe.
- Gurméndez, C. (1986) Tratado de las pasiones México: Fondo de Cultura Económica.
- Hume, D. (2007) Tratado de la naturaleza humana México: Folio.
- Le Breton, D. (1998) Las pasiones ordinarias Argentina: Nueva visión.
- Leopardi, G. (2013): Las pasiones. España: Siruela.
- Papalia, D. (1987) Psicología. México: McGraw-Hill.
*Estudiante de 8º Semestre de la Licenciatura de Letras Hispanoamericanas en la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima.
