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INTRODUCCION A LA

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FONDO DE CULTURA ECO


I ON DO

DE

CULTURA

ECONOMICA

l-Vmuco, 63

México, D. F.

Junta de Gobierno: Gonzalo Robles, Eduardo Villaseñor, Emigdio Mar­ tínez Adame, Daniel Cosío Villegas, Eduardo Suárez, Jesús Silva Herzog y Enrique Sarro. Director General, Daniel Cosío Villegas. o bras

p u b l ic a d a s :

Acosta, Historia natural y moral de las Indias Aldrighetti, Técnica bancaria Armand y Maublanc, Fourier Birnie, Historia económica de Europa C.mnan, Repaso a la teoría económica ( ’.irr-Saunders, Población mundial C.isscl, Pensamientos fundamentales en la economía ( 'ole, Doctrinas y formas de la organización política í ’iivillier, Protidhon Dny, Historia económica mundial 1914-1939 I 'hiu, Dos décadas de política mundial I l.iring, Comercio y navegación entre España y las Indias I fnulrrton, Oferta y demanda I loMn-s, Lcviatán l.unki, Karl Marx 1,

l iberalismo europeo

I nrl r. J., Ensayo sobre el gobierno civil l.iippol, y J. Luc, Diderot, 2 vols. I

l'Vlipr, El payaso de las bofetadas

Mi ii/rl, A„ Introducción a la sociología


Sección de Obras de Sociología dirigiila por José Medina Echavarría

I

Manuales Introductorios

Introducción a la Sociología


Primera edición alemana, 1939 Primera edición española, 1940

Queda hecho el depósito que marca la ley. Copyright by Fondo de Cultura Económica

Impreso y hecho en México Printed and made in México


AD O LFO M ENZEL Profesor de la Universidad de Viena

Introducción a la Sociología Vensión Española de ANGELA SELKE

y ANTONIO SANCHEZ BARBUDO

FONDO DE CULTURA ECONOMICA Pánuco, México

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PREFACIO

En esta obra, en la que se recogen las lecciones dadas en di­ ferentes cursillos en la Universidad de Viena, se trata de hacer una exposición de conjunto de la ciencia sociológica, aun tan discutida. Un fin pedagógico es, pues, el primordial objeto de este libro. E l autor ha procurado huir de una visión unilateral de los problemas; mas por ello no renuncia a expresar su propio punto de vista a la vez que a utilizar los resultados de sus in­ vestigaciones hechas en años anteriores, particularmente en lo que se refiere a la Historia de la Sociología y a la Sociología del Estado. Adolfo M E N Z E L


IN TRO D U CCIO N

S e puede definir la Sociología como el estudio de las formas sociales tal como éstas se presentan en la realidad. AI restringir este estudio a lo humano, queda eliminada la Sociología animal, ciencia especial que ha progresado mucho en nuestros días. A. Espinas y B. Allverdes han realizado sobre este punto importan­ tes investigaciones. Con el término "formas sociales” nos refe­ rimos tanto a las relaciones circunstanciales que puedan esta­ blecerse entre los hombres como a las relaciones más estables (Formaciones y Grupos Sociales). Dada la importancia que en la definición de la Sociología hemos dado a la realidad en sí misma, rehusamos toda consideración ética o política sobre los grupos sociales como no incumbente a la Sociología propia­ mente dicha. Por muy valiosa que pueda ser una concepción de la sociedad desde la perspectiva del deber ser, hemos de de­ jar ésta a otras ciencias, tales como la Etica, la Metafísica o la Política. La historia de la Sociología nos muestra el olvido frecuente de la limitación natural de esta ciencia. Si la Socio­ logía quiere conservar su pureza, ha de mantenerse ajena a toda valoración de las instituciones sociales y ha de huir, so­ bre todo, de establecer ideales. Su objeto es tan sólo la com­ prensión y explicación de la realidad, tanto pasada como pre­ sente. A l tratar de la realidad presente, el sociólogo siente la gran tentación, consciente o inconscientemente, de lanzar pro­ posiciones encaminadas a la organización de una vida social futura; pero es en este caso cuando con más ahinco ha de es­


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INTRODUCCIÓN

forzarse en reprimir estos deseos que pudieran turbar la obje­ tividad de su juicio. A l definir el concepto de Sociología se ha discutido si ésta debe limitarse a la descripción de las formas sociales, esto es, a las relaciones interhumanas y a la formación de grupos, o si ha de tomarse también en cuenta el contenido cultural de estas formas exteriores. Existe en todo caso la posibilidad de rozar otras ciencias culturales especiales (la Religión, el Derecho, la Moral, la Economía, el Arte, etc.), que tienen por objeto di­ versos aspecto: culturales. Por esto se ha dicho que la So­ ciología, presentada como ciencia cultural, carece de un objeto propio. Hay que distinguir, sin embargo, el caso en que los mencionados factores culturales son investigados como tales, de aquél en que sólo se examinan en relación con las bases socia­ les, es decir, cuando se investigan las formas particulares, que aparecen en las relaciones interhumanas o agrupaciones, en el terreno de la Religión, el Derecho, la Economía, etc. En el pri­ mer caso tratamos de una ciencia cultural especial; en el úl­ timo, en cambio, de problemas de Sociología. Además, ésta tiene por misión investigar la relación que entre sí guardan diferentes factores de la cultura, como por ejemplo, la relación entre la Moral y el Derecho, entre la Economía y la Religión, etc., ya que este punto se omite en la mayor parte de las cien­ cias especiales. Por otra parte, no es lo más interesante saber bajo qué nombre se aborda un cierto objeto de investigación; lo verdaderamente importante es saber que se amplía el campo de nuestros conocimientos. No es, por tanto, una desgracia el que alguna vez un sociólogo investigue ciertos aspecto de la Reli­ gión, como en el caso de Max Weber, o que un especialista en Fíconomía Política, como F. de Wieser, estudie las relaciones de poder en la sociedad. En todo caso nos parece imprescindible una Sociología de la cultura al lado de la llamada Sociología formal; por lo cual en el último capítulo de este libro se trata de ella, aunque sólo sea en sus rasgos fundamentales. Vemos, pues, que la ciencia de la sociedad tiene un carácter enciclopé­


INTRODUCCIÓN

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dico, sin que por esto sea una mezcla confusa de diferentes ciencias, ya que en Sociología es sobre todo importante la co­ nexión de los diversos factores culturales con las formas sociales. Con todo lo dicho creemos queda indicado cuál es el punto de vista intermedio en la discusión sobre el objeto de la Socio­ logía. Quedan, sin embargo, aun sin exponer grandes divergencias en lo que se refiere a este tema, pero no debemos exagerar su importancia, sobre todo cuando resulta que las diferencias conciernen más a la terminología que al fondo mismo de la cuestión. De la razón de ser de la ciencia llamada "Sociología” ya no se puede hoy dudar con fundamento, como trataron de hacer hace algunos años el filósofo Dilthey y el historiador von Below. Si algunas veces se habla de un estado crítico de la So­ ciología, hay que advertir que incluso tratándose de viejas cien­ cias con fundamentos muy firmes, como la Física o la Psicolo­ gía, se habla también actualmente de tal estado. Y en lo que se refiere al nombre de nuestra ciencia, el término "sociología” , introducido por vez primera por A. Comte, ha sido aceptado in­ ternacionalmente. En alemán se utiliza como equivalente el tér­ mino "ciencia de la sociedad” . Mas no debe deducirse del he­ cho de que Comte diera nombre a esta ciencia que sea también él su creador; y esto lo veremos claramente en la exposición his­ tórica que hacemos a continuación. Sería también un error su­ poner que la Sociología tuviese una relación estrecha con el socialismo, pues éste tiene por objeto en primer lugar la crítica de la sociedad actual y el establecimiento de ideales sociales, lo cual, según ya hemos indicado, no es de la incumbencia de la Sociología; mas en la medida en que las teorías socialistas tra­ tan de describir la estructura de la sociedad y explicarla, la So­ ciología las toma en consideración, aunque sometidas, claro, a una crítica científica, la cual no puede liquidarse suponiendo esta crítica simplemente un "prejuicio burgués” . Tenemos asi­ mismo que separar de la Sociología la ciencia llamada "Política Social” , ya que también en ella encontramos, en primer lugar, puntos de vista críticos y propósitos de reforma. En la literatu­ ra norteamericana de la ciencia de la sociedad aparece, sin em­


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INTRODUCCIÓN

bargo, frecuentemente, la descripción de las condiciones socia­ les ligada a proposiciones para su mejoramiento; y se habla en este caso de la llamada Sociología aplicada. Mas en la teo­ ría de esta ciencia se ha señalado ya su distinción de la Socio­ logía pura. En Alemania, por el contrario, la filosofía social es la que ha invadido a veces el terreno de la Sociología; también en este caso precisa una separación rigurosa para preservar la ciencia de la sociedad de influencias ajenas y asegurar así su carácter propio de ciencia positiva de la sociedad real.


CAPITULO I H IS T O R IA D E L A SO C IO LO G IA H A S T A SP E N C E R

i. Observaciones preliminares Las opiniones sobre los orígenes de las investigaciones socio­ lógicas difieren mucho. Esto es bien comprensible ya que in­ cluso el objeto de esta ciencia se concibe diferentemente. En la Introducción de esta obra se ha expuesto el punto de vista del autor, según el cual la ciencia de la sociedad, como ciencia real que es, debe distinguirse tanto de la Etica como de la Política; quedando también la Metafísica fuera de su dominio. En cam­ bio, se rechazó la teoría de que la Sociología se debe limitar a la investigación de las formas de socialización; reconociendo el derecho a darle un contenido cultural. En consecuencia, el pro­ blema de una historia de la Sociología se presenta del modo si­ guiente: ¿Desde cuándo los hombres se han preocupado por la descripción y explicación de los fenómenos sociales? No cabe, naturalmente, duda alguna que en todas las épo­ cas se han emitido opiniones sobre el estado y la sociedad des­ de el punto de vista de la política o de la moral. Mas estas in­ vestigaciones no se incluyen, con razón, en el campo de la Socio­ logía. Pero las investigaciones sobre la sociedad, con carácter puramente empírico, son mucho más antiguas de lo que hasta hace poco parecía suponerse. La opinión hoy dominante consi­ dera la Sociología como una ciencia moderna del todo, es decir, ajena tanto a la Antigüedad como a la Edad Media, no sólo por


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HISTORIA DE LA SOCIOLOGÍA

su nombre, sino también por los temas de que trata. Mas di­ vergen mucho las opiniones sobre los comienzos de la Sociolo­ gía en esta época moderna. Según una opinión, se fija su co­ mienzo en la literatura inglesa enderezada contra el Derecho Natural de los siglos x v h y xvm (Sombart). Según otra con­ cepción, su comienzo ha de buscarse en la literatura política de la época del barroco, es decir, en la oposición permanente que se expresa en ella entre la inteligencia y los poderes sociales (Brikmann). Todavía más cerca se sitúan los comienzos de la Sociología si se admite como punto de partida las repercusiones de la Re­ volución francesa, con las obras de Saint-Simon en Francia (Barth); o en el romanticismo, en relación con la filosofía idea­ lista alemana (O. Spann), situando en primer plano a Hegel y su escuela. También es muy frecuente la opinión de que debe considerarse como el verdadero fundador de la Sociología a August Comte; los ingleses y norteamericanos, en cambio, creen que Spencer dió a la Sociología su verdadero carácter cientí­ fico. Los partidarios de la opinión de que existe una Sociolo­ gía particular alemana ven el fundador de la ciencia moderna de la sociedad en Lorenzo de Stein (Freyes). En cambio, los socialistas, como es natural, en Karl Marx. Más cerca aún sitúa el nacimiento de la Sociología moder­ na el sistematizador de la Sociología formal, von Wiese, que califica todas las investigaciones mencionadas de prehistoria de la Sociología, haciendo comenzar ésta tan sólo en el siglo xx. Pero todas estas opiniones tienen un carácter más o menos arbi­ trario. Podemos decir que la ciencia de la sociedad nació cuan­ do, por vez primera, se hizo una descripción objetiva de las for­ mas sociales. Por supuesto que el material de estas investigacio­ nes ha aumentado continuamente; pero se trata más bien de di­ ferencias cuantitativas y de perfeccionamiento del método de investigación. Por esta razón, encontramos del todo justificado el comenzar la Historia de la Sociología por la época de los griegos. Podría incluso tomarse en consideración la literatura del


E N T R E LOS GRIEGOS

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Antiguo Oriente en la medida en que en ella se trata de temas sociológicos. En efecto, en los libros sagrados de los antiguos hindúes encontramos algunas investigaciones que nos parecen bien modernas, como se demuestra en el libro de Hildebrandt Política de la Antigua India (1923). También Sorokin, en su obra Las teorías sociológicas actuales (1928), en los diferentes capítulos sobre la sociología biológica, geográfica, económica y psicológica menciona con frecuencia a predecesores de la Socio­ logía, nombrados en obras de Confucio, Mencio y otras del An­ tiguo Oriente. Pero ya que estos no tuvieron influencia visible sobre la ciencia europea, no nos referiremos a ellos en este libro. Comenzaremos, pues, con la Sociología en tiempos de los grie­ gos y terminaremos el capítulo con Spencer, ya que a partir de él abandonamos el punto de vista cronológico.

2. La sociología entre los griegos Por muy grande e importante que sea el lugar que en las letras griegas ocupan las investigaciones éticas y políticas sobre el estado y la sociedad, no debemos, sin embargo, olvidar que junto a estas obras críticas y filosófico-sociales existen otras de Sociología propiamente dicha, es decir, que tratan de la des­ cripción y explicación de fenómenos sociales reales; obras tam­ bién importantes, y cuyo valor no ha sido apreciado con justi­ cia hasta ahora. Y no se trata sólo de meros presentimientos o aporques1 ocasionales, sino de exposiciones coherentes. Citare­ mos en primer lugar, como ejemplo, el problema de la relación entre Physis y Nomos, que presenta un carácter eminentemente sociológico; problema muchas veces examinado en la literatura griega, y que consiste en saber si los fenómenos sociales, el len­ guaje, la religión, las costumbres o el estado, tienen su funda­ mento en la naturaleza o en una creación consciente. Este pro­ blema, por otra parte, ha vuelto a discutirse, aunque en forma

1 En francés en el original.—N. del T.


H ISTORIA DE LA SOCIOLOGIA

«ligo distinta, en la moderna ciencia de la sociedad que ha divul­ gado en este caso la expresión "dirección voluntaria” Si tratamos de las diferentes formas que presentan las aso­ ciaciones humanas, de los tipos diversos de dominación, de la esencia de la Revolución, de la dinámica social o del problema de la relación entre caudillo y masa, encontramos que sobre to­ dos estos temas existen ya trabajos de los pensadores griegos. No podemos abordar aquí el estudio detallado de estas obras, pero en un breve examen cronológico aludiremos a algunos de los más importantes investigadores griegos de la sociedad. Hay que mencionar en primer lugar a Heráclito, el cual, en algunos fragmentos célebres, aseguró que el "antagonismo” era la causa principal del cambio en la naturaleza y en la socie­ dad: "La guerra es madre de todas las cosas, reina de todas las cosas” . De modo expreso se atribuye también a la guerra la for­ mación de las clases sociales. El paralelismo de esta teoría con otras modernas es bien evidente. Otro filósofo antiguo, Empédocles, ve no sólo la lucha, sino también la amistad como base para el desarrollo de la naturaleza y la sociedad; atracción y repulsión serían, pues, las fuerzas fundamentales en el univer­ so; esto es, el odio y el amor. Los sofistas griegos se ocuparon también de la vida social de los hombres. Se dice que Protágoras escribó un libro titulado: La primera organización de la sociedad, algunos de cuyos frag­ mentos encontramos en el diálogo platónico Protágoras. Refe­ rentes a otro sofista llamado Trasímaco, hay escritos que di­ cen enseñaba: "En todos los estados, la legislación depende de los intereses de la clase dominante” . A buen seguro es superfluo indicar el paralelismo de esta concepción con otras modernas. Según puede leerse también en Platón, vemos que, más tarde, aparece Calicles, creador de la teoría del derecho del más fuer­ te y precursor, por tanto, de Federico Nietzsche. Aun más fértiles son las consideraciones sociológicas conte­ nidas en las obras de los dos grandes filósofos Platón y Aris­ tóteles. En el primero se encuentran estudios sobre división del trabajo, tnodos diversos de dominación, historia primitiva de la


EN T R E LOS GRIEGOS

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vida social, psicología de las masas, transformaciones de la Cons­ titución, relación entre el carácter humano y la forma del es­ tado, así como sobre patología social. De todos estos temas se trata en los dos diálogos Politeia y Nomoi, dentro de su gran sistema del estado ideal, aunque hasta ahora se hayan tomado poco en consideración. La Sociología griega llega a un punto culminante con las obras de Aristóteles, es decir, en la Política v en la Etica. En la primera, la crítica y el establecimiento de ideales ocupan el primer lugar; pero encontramos en ella estu­ dios puramente sociológicos tan numerosos que un sabio ame­ ricano, Giddings, llegó a afirmar que la Política de Aristóteles era aún hoy la obra más importante que existe sobre la socie­ dad humana. Su mayor importancia ha sido, sobre todo, para la sociología del estado en la Edad Media y en la época Mo­ derna; basta sólo con recordar la frase célebre en la que dice que el hombre es un animal político, o la que se refiere a la prioridad del estado sobre el individuo. La concepción del es­ tado como un organismo procede también, como es sabido, de Aristóteles, cuya idea sobre la autarquía ha influido hasta el presente. En la misma obra se enseñan también las causas y efec­ tos de las revoluciones; tema eminentemente sociológico. Más importante aún nos parece la descripción, contenida en la Etica a Nicómaco, de las formas sociales (libros vni y ix: 'De la amistad” ) . En ellos se expone en primer lugar el ori­ gen de las asociaciones humanas y luego se estudia, entre otros, el problema de saber si la igualdad o la desigualdad es lo más favorable para la iniciación de la "amistad” . Luego se examina la estructura de las diferentes asociaciones, haciéndose la distin­ ción entre las uniones de camaradería, compañerismo y genera­ ción. En la obra aristotélica quedan bosquejadas varias teorías modernas sobre su división así como la diferencia entre "comu­ nidad” y "asociación” . Con particular insistencia se habla de la sociología de las relaciones familiares y se examina la de las diferentes uniones con el orden legal. Estas alusiones deben bastar para que quede justificada


H ISTORIA DE LA SOCIOLOGÍA

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nuestra afirmación de que existe una Sociología griega. Por lo demás, remito el lector a mis obras: Kallikles (1922), Beitrdge zur Geschichte der Staatslehre (Contribución a la historia de la teoría del estado), 1929; Heraklits Rechtsphilosophie (La filosofía del derecho en Heráclito), 1933; y sobre todo Griechische Soziologie (la Sociología griega), 1936; obra esta última que ha aparecido en las Actas de la Academia de Ciencias de Viena, sección filosofico-histórica, t. 216. Es evidente, por otra parte, que la ciencia de la sociedad entre los griegos aparece ligada a su tiempo y que presenta, junto a las ideas antes mencionadas, de valor permanente, otras de valor perecedero, sobre todo al tratar de la ciudad-estado griega y de la economía basada en la esclavitud. E incluso Aris­ tóteles no se eleva por encima de estas limitaciones. <

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3. La sociología medieval y la sociología católica moderna Se podría afirmar a primera vista, dado el carácter especu­ lativo de la sociología medieval, que ésta ha de ser incorpora­ da en su totalidad a la filosofía social, y que, por lo tanto, no existe en el sentido de ciencia de la realidad. Mas por muy im­ portante que sea su carácter metafísico-religioso, sería, sin em­ bargo, un error señalar exclusivamente este aspecto, pues no se puede olvidar el hecho de que la realidad social en el Occidente cristiano tuvo una influencia considerable sobre las teorías so­ ciológicas de la Edad Media. Vemos en estas teorías, en cierto modo, como un reflejo de la realidad que nos ofrecen la orga­ nización jerárquica de la iglesia, o, en la sociedad secular, la organización feudal y estamental. Y en este sentido se puede de­ cir que la teoría social de la Edad Media es una especie de explicación de un estado de cosas real. Es preciso hacer notar, además, que la antigua sociología griega, a pesar de su carácter pagano y de haberse preocupado únicamente por la vida terrenal, se introdujo en el pensamiento medieval; e incluso que el más grande filósofo y téologo de la rpoca, Santo Tomás de Aquino, procuraba con afán abarcar


MKDIEVAL Y CATOLICA

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las ideas de Aristóteles en su grandioso sistema cristiano, fun­ diéndolas en lo posible con la metafísica religiosa. Y de aquí provienen, en la sociología medieval, estímulos varios para un pensamiento empírico. En primer lugar, con brevedad vamos a tratar de poner de relieve las características de la teoría social puramente especu­ lativa de la Edad Media católica, tal como las ha formulado magníficamente Otto de Gierke: "Esta concepción del mundo partió de la idea de que el universo era un organismo anima­ do por un solo Espíritu y organizado según una Ley y en el cual, gracias a la armonía, que por querer divino en todo se imprime, cada parte refleja la totalidad del universo. De esta suerte, también la doctrina social tenía que tomar los principios para la constitución de las sociedades humanas del prototipo que era el organismo de la creación divina. De aquí resultaba, como punto de partida de toda construcción social, el principio de unidad, de la cual emana la multiplicidad; y en la que tiene su norma y a la cual retorna. Por esto aparecía la humanidad en su totalidad, según esta concepción, como un todo particu­ lar dotado de una finalidad propia dentro del todo del Uni­ verso; como un estado unitario, fundado por Dios mismo y go­ bernado por una monarquía; el cual había de manifestarse en dos órdenes complementarios: la Iglesia Universal y el Impe­ rio Universal; y toda parte del orden eclesiástico o secular de­ rivaba de esta unidad de creación suprema su peculiar esencia.” A pesar de esta concepción, ajena por completo al pensa­ miento antiguo, Santo Tomás de Aquino no veía, sin embar­ go, inconveniente en adherirse en muchos puntos a la enseñanza social de Aristóteles, escribiendo incluso comentarios sobre la Política y la Etica. N o le era difícil aprobar la frase célebre de Aristóteles según la cual el todo posee prioridad sobre los miem­ bros, ya que este punto de vista concuerda en todo con la con­ cepción universalista. Aceptó también la definición del hombre como ser sociable por naturaleza, añadiendo que Dios es la causa remota de esa sociabilidad. Aprobó además la teoría del pensador griego de que nadie se pertenece a sí mismo, sino al


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HISTORIA DE L A SOCIOLOGÍA

estado, cuyo bien está por encima del bienestar propio; mas este bien no es para Santo Tomás de Aquino solamente la sa­ lud de la Polis, sino la armonía de la gran comunidad con Dios. Otra diferencia vemos también en que en la doctrina social del de Aquino la idea estamental desempeña un papel importante. Enseña también que a cada individuo, según su especial aportación al bien común, se le ha destinado un lugar deter­ minado en la sociedad, de lo cual resulta una gradación y una organización corporativa. Y en esto ve Santo Tomás la natu­ raleza orgánica de la sociedad, ya que también el organismo natural consiste en partes desiguales con funciones separadas. Pero es posible que en este punto haya influido sobre él menos una consideración teórica que la realidad de la vida social me­ dieval, pues la misma iglesia era un ejemplo de la organización de la sociedad en estamentos con su distinción entre sacerdotes, frailes y laicos; y aun dentro del mismo clero existía toda una gradación hasta llegar al representante del poderío supremo, el Papa. Incluso en la sociedad civil la organización estamental era general. Así pues, resulta comprensible que la teoría orgánica ya bosquejada por Aristóteles adquiriese en la Edad Media una forma particular. Ahora bien, en lo que se refiere al individuo, se advierte el contraste con la sociología antigua en que se le concede, como consecuencia de la idea cristiana, un valor propio. Incluso se encuentran ya alusiones indicando que todo hombre, por el he­ cho de serlo, posee derechos propios; teoría por completo ajena a la sociología, pero que más tarde, en el Derecho Natural mo­ derno, llega a su completa madurez. En cuanto a los trabajos sobre el tema antes tratado, las obras de Gierke, es decir, su Genossenschaftsrecht (Derecho de Lis comunidades de intereses), t. m y su libro sobre Juan Althu>ílus, son aún la fuente principal de enseñanza. Son también de valor la Historia de la filosofía de la Edad Media, de Báumker, Teorías sociales de la iglesia cristiana, de E. Tróltsch, y el artículo de Sauter sobre la sociología tomista en el Handwórterbuch der Staaswissenschaften (Diccionario de las ciencias del


M liDIliVAL Y CATÓLICA

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estado). El problema, discutido muchas veces, de si la sociolo­ gía de Santo Tomás es de carácter individualista o universalis­ ta, está tratado con la mayor profundidad, y en favor de la .segunda opinión, en el libro de E. Kurz (1832). Será sin duda útil añadir al bosquejo de la sociología me­ dieval que acabamos de hacer, dejando a un lado el orden cro­ nológico, un breve examen de la sociología católica actual, ya que sus ideas fundamentales están tomadas de la escolástica me­ dieval, sobre todo de las obras de Santo Tomás de Aquino, aun­ que, naturalmente, tengan como base la estructura social del presente, bien distinta del sistema feudal de la Edad Media. Mas esto no constituye un obstáculo para que puedan tomarse de la filosofía cristiana los principios de la ciencia de la socie­ dad. Según la filosofía cristiana, estos principios se deducen de verdades racionales que el mismo Creador ha puesto en la na­ turaleza humana. Todos los dominios de la vida tienen su origen en la Creación y forman por tanto una unidad, cuyo último es­ calón es Dios. Según esta teoría, el hombre tiene una doble naturaleza: es al mismo tiempo ser individual y ser social. El punto de partida no es, pues, ni un individuo, un ser atómico, como afirma el in­ dividualismo, ni una totalidad, la sociedad, como quiere el solismo. Sólo podemos apreciar con justeza al individuo si no dejamos de apreciar al mismo tiempo la comunidad a la que él pertenece como miembro. Este es el punto de vista adoptado en las encíclicas papales de León X III, del 15 de mayo de 1891, y de Pío I X del 15 de mayo de 19 31; si bien ambas poseen pre­ dominantemente un contenido ético-social y político-social, ya que en ellas se trata de un orden de deber ser, de una restaura­ ción de la verdadera sociedad cristiana más que de una des­ cripción de la realidad. Sin embargo, constituye ésta el punto de partida de sus reflexiones y se puede por lo tanto hablar de una sociología, en sentido estricto, que ha encontrado su expresión en estas dos encíclicas. Merecen citarse las frases siguientes: "Así como no se pue­ de privar al hombre de su actividad individual, de lo que él


HISTORIA DE LA SOCIOLOGIA

puede producir por iniciativa propia y con sus propias fuer­ zas, para imputarla a la actividad social; así también se falta a la justicia si se reivindica por las comunidades más amplias y superiores, lo que las comunidades y grupos subordinados pue­ den hacer y llevar a buen fin. Cualquier actividad social es, en su esencia y concepción, subsidiaria; ha de ayudar a los miem­ bros del cuerpo social, pero no los debe destrozar’’. León X II I destacó, en lo que se refiere al estado, lo siguiente: "E l hombre es más antiguo que el estado; la comunidad doméstica precede conceptual y materialmente a la comunidad del estado” . Y de aquí puede deducirse que la frase célebre de Aristóteles según la cual el estado es anterior al individuo, no se concibe en la sociología católica del mismo modo que en la teoría universa­ lista de Othmar Spann. Este, como es sabido, pretende que hav una prioridad lógica de la sociedad sobre el individuo y consi­ dera por tanto a todos los grupos sociales e individuales como meras articulaciones de la sociedad. En cambio, desde el punto de vista de la sociología católica, el individuo y la familia son tan antiguos como la comunidad extensa y poseen derechos inalienables en los que tanto la sociedad como el estado no de­ ben intervenir. Es esta la posición que la ciencia católica tomaba desde antes de la aparición de las citadas encíclicas papales y que corres­ ponde a la enseñanza, bien comprendida, que nos da Santo T o­ más. En cuanto a los que se han preocupado especialmente por este tema, citaremos, en primer lugar, a los autores que en Ale­ mania han contribuido tánto al desarrollo de la sociología ca­ tólica: Cathrein, Mausbach, Pesch, Hertling, Tischleder y Schilling. En Austria las obras del Marqués de Vogelsang han ejer­ cido una gran influencia, aunque estén orientadas más hacia fines prácticos de política social. De gran valor teórico son las obras de Ignaz Seipel, especialmente su libro Nation und Staat (Nación y estado), 1915. Recientemente Juan Mesner ha he­ cho importantes estudios dentro de la sociología católica, en su libro Die berufsstandische Ordnung (La organización corpora­ tiva), 1936. En Bélgica el profesor de la Universidad de Lovai-


111111(110 N A T U R A L MODERNO

lia, Deploige, ha atraído justificadamente la atención por so Imu fleto contra el sociólogo Durkheim titulado E l conflicto enIn la sociología y la moral (1907). En Francia el profesor de 1.1 l hiivcrsidad Católica de Lille, J. T . Délos, en su obra sobre el objeto de la Sociología (1930), aun reconociendo a ésta co­ mo ciencia real, ha declarado imposible su separación comple1.1 • Ir la Etica. Algunas revistas dedicadas a la filosofía católica v en particular al tomismo, traen numerosas tesis sobre sociolopa cristiana, de lo cual se trata también detalladamente en el I )i< 1 ionario de las ciencias políticas de Herder. Interesantes ob­ servaciones se encuentran asimismo en el trabajo de M. Píenmi;: Comunidad y ciencia política, en la Zeitschfirft fuer die i;< uuntc Staatswissenschaft (Revista de ciencias políticas), t. 96, p p .

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SS.

I I I derecho natural moderno Aquel grandioso movimiento literario que desde el siglo xvi hasta fines del xviii, con el nombre de Derecho Natural, fué decisivo en Europa para la concepción del Derecho, del estado v ile la sociedad, parece, a primera vista, todo menos una cien• 1.1 sociológica; puesto que no tiende, al menos no tiende en primer lugar, a la investigación y explicación de la realidad so­ cial, sino al hallazgo de reglas que han de deducirse de la razón humana, y que, por lo tanto, pretenden ser válidas para todos los tiempos y todos los pueblos. Y a que, según se pretende, co1 responden a la verdadera naturaleza del hombre, la expresión Derecho Natural” parece completamente justificada, aunque no se trate en absoluto de las leyes generales de la Naturalea. No cabe duda, por lo tanto, que una tal concepción del esta­ do y de la sociedad encierra un carácter normativo; se trata en el ordre natural de un orden de deber ser. Ligada a él suele estar la hipótesis del contrato social hecho por los hombres al fundar el estado, que a veces se concibe co­ mo un hecho histórico y otras sólo como un postulado lógico. Por otra parte, su contenido ha sido formulado de muy diver-


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HISTORIA DE LA SOCIOLOGIA

sas maneras, de lo cual resultaron consecuencias éticas y polí­ ticas divergentes. Este contrato social sirve sobre todo de ins­ trumento para justificar postulados revolucionarios en contra de las instituciones dominantes en el estado; mas existe también un Derecho Natural absolutista, conservador e incluso socialis­ ta. Estas características, indicadas aquí con brevedad, parecen justificar la idea, representada sobre todo por Sombart, de que la teoría del Derecho Natural y la Sociología se contradicen, y que una verdadera Sociología sólo puede desarrollarse en opo­ sición al Derecho Natural. Mas esta tesis necesita restringirse. En primer lugar, hemos de hacer notar que en la ciencia del Derecho Natural aparecen también problemas sociológicos, por ejemplo, los que se refieren al origen del estado y a los impulsos humanos que conducen a él. Luego, existen investigaciones que tienen por objeto la re­ lación, en general, entre los individuos y la sociedad, sin que se establezca en seguida un orden normativo. En fin, entre los tra­ tadistas del Derecho Natural existen autores que, bajo la in­ fluencia de la tradición griega, emplean la palabra "naturale­ za” en el sentido de ley del Universo y que, en consecuencia, sólo en apariencia establecen normas para el comportamiento humano. Y esto es lo que en cierto modo sucede ya con la teoría del estado de Hobbes al deducir de la naturaleza egoísta del hombre consecuencias psicológicas, y sólo sobre esta base, cons­ truye un llamado Derecho Natural. Mas sólo con Spinoza apa­ rece en toda su amplitud una concepción sociológica de la so­ ciedad. Para Spinoza la naturaleza es "La suma de las reglas según las cuales todo sucede y gracias a las cuales toda cosa está des­ tinada a ejercer cierto efecto. El orden que rige la naturaleza es también válido para el hombre; en este punto no existe, pues, diferencia alguna con las demás criaturas. El Derecho no alcan­ za sino hasta donde llega el poder. Y esta condición no varía tampoco en la sociedad civil; sólo que entonces el estado es más poderoso que los individuos particulares” . La opinión de Sombart de que Spinoza no deduce el Dere-


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dio y el estado de reglas empíricas, sino de la razón eterna es, por tanto, equivocada. La razón no es para Spinoza tanto una •.lima de ideas de lo que debe ser, como una serie de considerat iones utilitarias. En Spinoza se encuentran, pues, los princi­ pios de una ciencia de la sociedad empírico-causal, según traté «le demostrar en mi Beitrage zur Geschichte der Staatdehre (Contribución a una historia de la teoría del estado), 1929, pp. 264-447. A esto se añade que nuestro filósofo, en su Tratado político, luce notar de modo explícito que sólo la experiencia ha de cons­ umir el punto de partida para la ciencia del estado y de la so1 irdad: "Se ha de investigar en este caso con la misma objetivi«lad que si se tratase de matemáticas; y no se debe reír ni lamen­ tarse de las acciones de los hombres, sino sólo tratar de com­ prenderlas.” Con todo detalle se ocupa Spinoza de las bases psí<|iiit.is en las relaciones de dominación; el temor, el afecto, la admiración y la esperanza de conseguir beneficios son conside­ rados por él como motivos de obediencia; con lo cual vemos tratado ya con anterioridad un problema del que se ocupa en nuestro tiempo Max Weber. I ’n las teorías de los fisiócratas franceses, cuya importancia, mu embargo, interesa más a la Economía Política, vemos tam­ bién un lazo de unión entre el Derecho Natural y la ciencia de la sociedad; los representantes de esta escuela, no obstante, tuvieion cierta influencia sobre el desarrollo de la Sociología. En primer lugar adoptan una actitud de oposición frente al Dere• 110 Natural combatiendo lo mismo la teoría del contrato social '|iie la idea de un sistema de derecho válido para todos los tiem­ pos. Su propósito es el de encontrar leyes naturales de la socie­ dad humana que se basen en el cambio histórico; aunque luego se detengan a la mitad del camino. Las leyes naturales de los fiiócratas no son en verdad leyes puras de la naturaleza, ya que el orare naturel constituye al mismo tiempo un estado ideal al que se puede llegar por una organización racional del estado y ile la sociedad. Para ello es preciso, en primer lugar, suprimir los obstáculos que impiden el desarrollo de este orden natural.


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Hay, pues, que suprimir primeramente aquellas leyes e institu­ ciones que impiden el libre movimiento económico; y entonces se podrá llegar, según los partidarios de esta escuela, a una or­ ganización armoniosa de la vida social, basada en los impulsos naturales de los hombres. Sólo la miopía de los hombres ha im­ pedido hasta ahora el triunfo de este orden natural; las leyes de la vida social serán entonces congruentes con las leyes de la Naturaleza. David Hume se levantó en Inglaterra como un adversario decidido de todas las teorías del Derecho Natural. En sus tra­ bajos políticos, sobre todo en el Ensayo X II, combate la teoría del contrato social y trata de demostrar que el nacimiento de los estados históricos no ocurrió nunca mediante un contrato; el poder del estado, según él, nació más bien por usurpación o conquista. Examina luego la cuestión de la autoridad, esto es, la disposición psicológica de los hombres reunidos en un esta­ do, y encuentra en la opinión pública las bases esenciales del estado. Junto a Hume, una serie de autores ingleses, sobre los que Sombart ha hecho fijar la atención, trataron de justifi­ car una Sociología empírica. Encontramos en primer lugar las obras de Cumberland (16 7 1), las de William Temple (1672), de Shaftesbury (17 13 ), de Mandeville (17x4) y de John Millar ( 17 7 1). Todos pusieron de relieve, especialmente, los funda­ mentos geográficos, económicos y psicológicos de la vida social; y a ellos se adhiere más tarde Ferguson, del que hablaremos después. En lo que se refiere a la literatura sobre la doctrina del De­ recho Natural hemos de destacar las obras de Gierke Juan Althusius y el tomo iv de la Deutschen Genossenschaftriehre (ob. cit.) , de la que ha aparecido recientemente una edición inglesa, en dos tomos, con una introducción excelente, al cuidado de E. Barker (1934); si bien en estas obras de Gierke se trata más del aspecto jurídico que de la sociología del Derecho Natural. Ver también mi obra Naturrecht und Soziologie (Derecho na­ tural y sociología) (19 12 ). Sobre la importancia del Derecho Natural en el desarollo de la Sociología hay también buenas


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nlni i v.iriones en el libro de H. Freyer Einleitung in die Sozio¡0yir (Introducción a la sociología), p. 35 ss. La concepción de Sombart que hemos combatido está expuesta en su tratado: / >/< An(Unge der Soziologie (Los comienzos de la sociología), «11 I xinnerungsgabe füer Max Weber” (Colección de escritos en Imnor de Max Weber).

, / <h comienzos de una sociología con base histórica lil filósofo italiano J. B. Vico fue el primero que trató, opo­ niéndose a la teoría dominante del Derecho Natural, de explit.ir l.i sociedad humana y su desarrollo con una exposición corn­ il, nativa e histórica. Su obra principal tiene por título: La nueva , inicia de la naturaleza común a los pueblos (1725). Antes, en nn tratado sobre el Derecho Universal quiso probar que no de­ bía concebirse el orden legal como un sistema de normas abs11.u tas, sino como la expresión del espíritu de diferentes tiempos y pueblos. En vida, Vico fue poco apreciado, siendo mucho ma­ yor la estimación que se le profesó más tarde, fuera de su patria. Vico estableció, como luego Comte, la ley de los tres períodos rn el desarrollo de la humanidad, o sea, un período religiosoteocrático, otro heroico-aristocrático y otro humanitario. Todos los factores culturales particulares presentan cada vez, en estas épocas de la historia, una carácter común que concierne tanto a la constitución del estado como a las artes y las ciencias. Vico, pues, no supone en absoluto un progreso rectilíneo, sino que se­ ñala más bien la posibilidad de un movimiento circular. Spranger en su conferencia: La teoría de los ciclos culturales y el pro­ blema de la decadencia de la cultura, ha apreciado justamente, en lo que se refiere a la concepción antes citada, el valor del genial filósofo italiano. Y o mismo, en mi libro: Der Staatsgedanke des Faschsimus (La idea del estado en el fascismo), 1935, he señalado la importancia de Vico para la Italia mo­ derna. En 1748 apareció la obra de Montesquieu, E l espíritu de las leyes, que ejerció bien pronto una gran influencia. Es preci-


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so decir que fué debida más bien al carácter político, es decir, a los capítulos que trataban de la libertad del pueblo y de la divi­ sión de poderes. Mas en su obra, Montesquieu aparece también como el precursor de una Sociología objetiva. Esto resulta eviden­ te desde el primer capítulo, cuando desarrolla el concepto de ley. Montesquieu afirma que ese concepto no es válido sólo para la naturaleza, sino también para el mundo social. En él existen "relaciones necesarias que emanan de la naturaleza de las cosas.” A ellas pertenecen sobre todo los impulsos humanos y entre es­ tos es preciso poner de relieve, especialmente, el instinto de ma­ nutención, el instinto sexual y el instinto social. Luego aparecen las influencias del clima, del suelo, de la raza, y de toda una serie de factores que dan lugar, independientemente de la vo­ luntad humana, al estado y la sociedad. Examina después los fundamentos psicológicos de las diferentes constituciones del estado, para deducir de ellas su esencia. En todos estos casos puede encontrarse un problema sociológico. Por esto Comte en su Curso de filosofía positiva (iv^ p. 103) ha dicho: "Montes­ quieu, con su mirada genial, quiso que la idea de la ley de la Naturaleza se extendiera a los fenómenos sociales. Tenía la idea de una ciencia social, mas —dice Comte— la realización no fué perfecta, ya que le faltaban dos elementos imprescindibles, co­ mo son la Biología y la idea de progreso” . Es discutible si, como opina Comte, estos dos elementos son en realidad impres­ cindibles; en todo caso, lo cierto es que Comte ha reconocido como su precursor al autor de E l espíritu de las leyes. Y hay que reconocer en esta obra el gran mérito de haber aplicado el principio de la causalidad a los fenómenos sociales, fundamen­ tándolo sobre un material histórico rico en extremo. Poco después de Montesquieu aparecieron en Francia una serie de autores que se puede contar también entre los anima­ dores de una sociología histórica. Hay que mencionar en pri­ mer lugar al eminente economista político Turgot que en 1750 publicó un estudio sobre el progreso del espíritu humano. En esla obra se afirma que las leyes naturales son válidas también en la sociedad, y que cada época está ligada causalmente con la


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Miti111< 'i ( ion el idioma y las letras se transmiten las conquistas lx|'i i. I.i ■ .1 la generación siguiente, con lo cual aparece la posiliiliil.nl •Ir un progreso continuo. Condorcet ha ampliado esta h tiiiii iit.i i tarde en su Bosquejo de un cuadro histórico del pro.......... h I espíritu humano (1794), e influyó sobre todo en Corn­ i l , ( oinlorcet representa a los que opinan que la ciencia de la kMilrilail ha de emplear el mismo método de las ciencias natuI iilm y desarrollarse sobre la base de la historia y la observación -le I hechos reales del presente. De este estudio se partiría l'ii.i llegar a la realización de una sociedad futura más perl< • t.i. La Edad de Oro no se encuentra en el pasado sino en el luí uro. El término final sería el logro de la libertad, la igual•11*I v la justicia. Esta última teoría, por supuesto, nada tiene <jii«' ver ya con la Sociología considerada en un sentido estricto. lín Inglaterra fué A. Ferguson el que, en su obra sobre la Historia de la sociedad burguesa (1766), animó mucho la ten­ dencia histórica en la Sociología, interesándose no tan sólo por • I desarrollo de los pueblos civilizados, sino también por los primitivos, para cuyo estudio utilizó crónicas de viajeros entre los indios y los canadienses. Con la ayuda de estos elementos tra­ tó de determinar los principios de la civilización humana refu­ tando las hipótesis que a este respecto aparecen en las obras de Derecho Natural. Afirma que no existió nunca un estado na­ tural propiamente dicho, ya que los hombres siempre vivieron 1 11 grupos. Nunca reinó entre ellos un estado de guerra como tampoco una amistad idílica. Para el desarollo de la sociedad le parece de la mayor importancia la institución de la propiedad y la división económica del trabajo; siendo en este sentido, por lo tanto, un precursor de su compatriota Adam Smith, aunque .se diferencia de él, sin embargo, por su punto de vista colecti­ vista en lo que se refiere a la sociedad humana. En este sentido, Ferguson afirma que la verdadera dicha de los hombres consiste en convertir sus disposiciones sociales en móviles de sus acciones, esto es, en considerarse a sí mismos so­ bre todo como miembros de una sociedad cuya salud importa más a cada uno que sus preocupaciones personales. La felicidad o n


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del individuo no es, pues, lo principal; lo es el bienestar públi­ co. Y de este modo Ferguson entra en el terreno de la Etica. Por lo demás, también Adam Smith, según es sabido, ha publi­ cado, aparte de su famosa obra sobre La naturaleza de la riqueza de las naciones (1776), otros escritos sobre los Sentimientos morales, en los que el altruismo resplandece del mismo modo. En Alemania se puede considerar a J. H . Herder como el fundador de una Sociología con base histórica. En su importan­ te obra: Ideen zur Philosophie der Geschichte der Menschheit (Ideas para la filosofía de la historia de la humanidad) (178417 9 1), se afirma que se pueden determinar ciertas leyes gene­ rales sobre la evolución de la sociedad humana. Según esta obra, resulta evidente que la historia de los pueblos depende de cier­ tas bases naturales, en especial del suelo y de la raza; mas tam­ bién el desarrollo del espíritu es causa de un progreso escalona­ do que va desde la vida primitiva hasta la civilización. Herder se encuentra, pues, en oposición con Kant, quien estableció una distinción rigurosa entre el reino de la Naturaleza y del espíri­ tu. Herder concede también gran importancia a lo inconsciente en la vida psíquica del hombre, según se manifiesta, sobre to­ do, en el origen del idioma. Y desde este punto de vista, Herder puede pasar como un precursor de la escuela romántica. Se puede también considerar como animador de la Socio­ logía alemana, aunque, claro es, a gran distancia de Herder, a Justus Móser. Fué el creador de las bases de esa parte de la So­ ciología que hoy llamamos Volkskunde (Descripción de las pe­ culiaridades y costumbres del pueblo). Escribió diferentes obras. En sus famosas: Patriotische Phantasien (Fantasías patrióticas) 1778, describe diferentes clases de gentes del pueblo, especial­ mente la campesina, observando sus características y teniendo en cuenta la tradición histórica. También se hace en ella alu­ sión a la dependencia de la sociedad de las bases económicas, pudiendo por tanto considerársele como un precursor de la lla­ mada concepción materialista de la historia. Pese al carácter conservador que domina en su Sociología, no faltan en las obras de Moser propósitos de reforma. N o carece, sin duda, de interés


I A IIISTÓRICO-ROMÁNTICA

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Jftii que las fantasías patrióticas impresionaron notablemente 1 ( inclín* y ejercieron cierta influencia en la concepción que del 1 M.i.lo tenía el gran poeta. Sobre este tema he escrito más deta­ ll. ni.miente en mi Goethes Beziehungen zur Staatslehre (Goethe v l.i ciencia política) en la Zeittschrift für óffentliches Recht (Invista de derecho público), t. 13. En el siglo xix fué W . H. Ktrchl quien con su Naturgeschichte des Volk.es, (Historia na1111.1I del pueblo) 1854-1862, continuó con éxito esta rama de la Investigación social.

ti 1.1 sociología histórico-romántica I os intentos señalados para lograr una Sociología histórica • n el siglo xvm se condensaron en el tránsito al siglo siguiente en una nueva concepción del estado y de la sociedad, que podría...... llamar histórico-romántica. Como es sabido, la escuela roiiMiiiica se manifestó primero como un movimiento artístico, •|ii< tuvo también consecuencias en el terreno científico. Alguiin-i poetas románticos como Novalis y Federico Schlegel fueron il mismo tiempo notables pensadores. Común en todo caso a l'u representantes de esta concepción es la posición combativa liento al Derecho Natural y la "Ilustración” , así como una po­ ní, inn política conservadora. Este hecho bastaría, claro es, para • niii cdcrles un lugar dentro de la historia de la ciencia socioló••<• .1. mas en aquella literatura histórico-romántica se dibujaban Im:. contornos de una teoría positiva de la sociedad. I ;s también característica común la teoría del "espíritu del pueblo” , del que emanan diferentes factores culturales tales co­ mo el derecho, el idioma, las costumbres y el arte; además, po­ ní.m ellos de relieve que no sólo el intelecto, sino también el 1 linimento y el instinto son factores de importancia decisiva en <I desarrollo de la sociedad. Esta se caracteriza por un lento . m imiento en que la voluntad humana interviene muy modesi.nncntc. El estado y la sociedad no son creaciones artificiales, uto resultados de un proceso natural de evolución. El pasado, pues, tiene para ellos, por sí mismo, un alto valor. Y de un


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modo particular se pone de relieve la importancia de la religión para el sostenimiento del todo social. Fué un escritor político inglés, Edmund Burke, quien for­ muló concretamente estas ideas en sus Consideraciones sobre la Revolución francesa (17 9 1). Citaremos de esta obra lo siguien­ te: "La nación se ha hecho, no ha sido hecha artificialmente; no es la creación de un día, sino que vive en relación entrañable con el pasado. Las naciones son corporaciones y por lo tanto son inmortales; sólo el hombre individual es un ser perecedero; y esto es lo que olvida la Ilustración. En aquello que nos dicta la tradición hay gran sabiduría; es peligroso querer transformar el estado según principios abstractos. No se debe tampoco con­ siderar al estado como una sociedad de negociantes a la cual se pertenece el tiempo que se quiere y a la cual se renuncia cuando no se ve ya en ella ningún provecho posible. N o; el estado es una unión muy diferente; es una comunidad en la que se concentra todo lo que hay de bueno, de bello y de divino en el hombre.” Estos pensamientos de Burke han tenido una gran influen­ cia, más que en Inglaterra misma, en Francia y en Alemania. Su obra, traducida y editada cuidadosamente por Fr. Gentz, comentada, se ha transformado en el catecismo de la doctrina anti-revolucionaria; aunque también se la aprecie desde el pun­ to de vista puramente teórico. El romanticismo sufrió clara­ mente la influencia de Burke, aunque no puede dejarse de re­ conocer en él influencias también de Herder. Y a el pre-roman­ ticismo está lleno de ideas análogas, que se transforman en un sistema en la obra Die Elemente der Staatskunst (Elementos de política), de Adam Müller, 1809. Este libro tuvo en nues­ tra época, con Othmar Spann y su escuela un gran renacimiento, debido esto también, a J. Baxa, que publicó las obras de Müller. Citaremos algunas frases características de los Elementos de política: "E l estado no es sólo una institución de seguros, sino la unión entrañable de toda la vida física y espiritual de una nación en un todo inmenso infinitamente dinámico y vivo, y es, al mismo tiempo, una alianza de las generaciones preceden-


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III . I Ú I / H O R O M Á N T I C A

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IM liiN generaciones siguientes. Es un organismo vivo mo«lilu |mti m mismo. No se puede imaginar a un verdadero hom|ii• 11h i .i del estado. Esto significa la totalidad de los intereses I . ino. listado, pueblo e individuo viven en relación estrecha; >*1 ti mu armonía divina, mutualismo y reciprocidad, entre el mu n i privado y el interés público” . m u i

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r Jh podemos en este libro ofrecer un estudio más detallado di Tm teorías sociológicas del romanticismo. Indicaremos la iiIh í di l ’r. Mcinnccke Weltbiigertum und Nationalstaat (Cos.... pulltÍNino y estado nacional) vi edición, 1922; y la EinführHH)i tu dic romantische Staatsmssenschaft (Introducción a la ........... política del romanticismo), 1923, de Baxa. U n estu­ dio 1 ilnro muy unilateral es el de Cari Schmitt en su libro Po­ la. . Romantik (Romanticismo político), 11 edición, 1925. En (mino, el libro de Paul Kluckhohm Persónlichkeit und GeM'iKhi Studien zur Staatsauffassung der deutschen Román tlk (IViiionalidad y comunidad, estudios sobre la concepción di I rntiido en el romanticismo alemán), 1925, constituye una 111 ■ 11,'i.ión completamente objetiva basada en fuentes históMi iiMdo ir.r.m valor. Cierta conexión con las teorías del romantlilnmu 1lemán presenta la escuela histórica, fundada por Sa<i|oi\. I ichhorn y Niebur. Esta escuela trata más bien, claro 1 , di 1 1 determinación de una ciencia especial, o sea la Histo" i p mu tilarmente la Historia del Derecho. Mas está de compli111 1, nrrdo con el romanticismo en lo que se refiere al punto d | o'dd.i. Así, en la introducción al primer tomo de la Zeit1 I"ifl fiir gcschichtliche Rechtswissenschaft (Revista de la cien1 ■ In ...... a del derecho), 1815, dice Savigny que no se puede I n 'luí d hombre individual sino como miembro de la famiII 1 \ del pueblo. l.tii’HO, en el mismo escrito, dice que en la sociedad humana Mn I ii I.i *i rosas están relacionadas, no pudiendo considerárselas • I I miente. Savign y trata de probar, en relación con el tema ........."I n del orden jurídico, que éste es un producto del "es1 '"Mi di I pueblo” desarrollado orgánicamente y no basado en


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la arbitrariedad. Tomando como punto de partida estas afirma­ ciones, que se encuentran también expuestas en forma análoga en la obra de Eichhorn, el sociólogo americano Small, en sus Orígenes de la sociología, 1924, dice que habría que considerar a la escuela histórica alemana como a la verdadera fundadora de la sociología moderna. Especialmente la Sociología america­ na, según Small, está completamente de acuerdo con las máxi­ mas programáticas de Savigny. Tanto en un caso como en otro, la idea dominante es la de la evolución, es decir, la de la diná­ mica social, así como también la teoría de la relación entre to­ dos los fenómenos sociales. Aunque es discutible, por supuesto, si este paralelo resulta o no acertado. No se puede dejar de mencionar que también en Francia surgieron representantes de una sociología romántica, especial­ mente Bonald y De Maistre. El primero publicó en 1796 un libro titulado Teoría del poder político en la sociedad civil, demostrada por la razón y por la historia. Y en este libro lee­ mos, p. 3: "E l hombre existe sólo para la sociedad. No son los hombres los que constituyen la sociedad, sino que la socie­ dad constituye a los hombres” . A su regreso a Francia, des­ pués del destierro, publicó en 1809 una obra en tres tomos sobre la Legislation primitive, que constituye un complemento importante del Espíritu de las leyes de Montesquieu. Más in­ fluencia ejercieron aún las obras de De Maistre, especialmente sobre la tendencia católica de la política de Francia y Alema­ nia; pero el contenido sociológico de esta obra es escaso y no puede compararse con la de Adam Müller. Una opinión complenamente diferente, se manifiesta después en Francia con Saint Simón, quien en sus obras trata, sobre todo, de problemas rela­ cionados con la organización futura de la sociedad. Alguna de sus ¡deas, principalmente la llamada de los tres estados, fué adoptada más tarde por Comte. 7. I*a sociología en la filosofía idealista alemana Por mucho que se aprecie la importancia de Kant, no se puede afirmar que haya dado estímulos esenciales a la ciencia


I ILOSOFÍA IDEALISTA A L E M A N A

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de la sociedad. Quedan fuera de discusión sus investigaciones ínticas sobre el conocimiento, ya que se refieren a la expe­ riencia natural. Ahora bien, su filosofía práctica encierra sin duda un carácter individualista. Esto se deduce principalmen­ te de su teoría sobre el estado, basada en el Derecho Natural, pero también de su doctrina moral muy alejada de la ética so­ cial. Sólo en sus tratados pequeños como en el llamado Ideen (ti einer Geschichte in weltbürgerlicher Absicht (Ideas para una historia de sentido cosmopolita), 1784, pueden apreciarse pun­ tos de vista sociológicos. En esta obra se dice: "E l medio de que se sirve la Naturaleza para lograr el desarrollo de todas las aptidudes de los hombres, es el antagonismo en la sociedad, esto es, la insociable sociabilidad humana (ungesellige Geselligkeit) ; o sea, la inclinación que los hombres tienen a asociarse, ligada, sin embargo, a una resistencia general que permanentemente amenaza dividir la sociedad. Esta disposición se manifiesta cla­ ramente en la naturaleza humana. El hombre tiene tendencia a .isociarse, pero también a aislarse, para poder actuar conforme a su juicio” . Vemos en esta frase una fina observación sobre las disposiciones naturales de los hombres; mas este pequeño trata­ do no ejerció ningún influjo particular. No podemos por tanto ver en Kant un fundador de la sociología alemana. Lo mismo podemos decir de la filosofía de Fichte. Su punto de partida, como es sabido, es el Yo, y nada tiene que ver por tanto con una asociación humana. Fué durante toda su vida un adepto al Derecho Natural aunque pasara por diferentes eta­ pas de evolución que fueron desde el liberalismo más riguroso hasta el socialismo de estado. Algunos puntos de vista socio­ lógicos se encuentran, sin embargo, en sus Vorlesungen über dic Bestimmung des Gelehrten (Conferencias sobre el destino del sabio). Y en ellas leemos lo siguiente: "Pertenece a las ne­ cesidades del hombre saber que existen, aparte de él, otros seres dotados de razón, sus semejantes. Existe el impulso fundamen­ tal de formar parte de la sociedad. El hombre no es perfecto si vive aislado” . Luego se habla de efectos recíprocos entre los


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hombres, de la influencia que sobre ellos ejerce el mutuo otor­ gar y recibir algo. Pero tales observaciones, de contenido bas­ tante general, no son suficientes para ver en Fichte un funda­ dor de la Sociología. Muy discutible es, por otra parte, lo que dice sobre el estado: "E l destino del Gobierno es llegar a ha­ cerse superfluo” . Llegará, opina Fichte, un tiempo en que ya no existirá una unión de los hombres dentro del estado. El filósofo Schelling desarrolló una teoría orgánica del es­ tado que encierra en sí un carácter semi-místico. Su importan­ cia consiste tan sólo en su influencia sobre la escuela históricoromántica. Muy fuertes, por el contrario, son los estímulos que llegaron de Hegel en lo que se refiere a la ciencia de la sociedad, aunque su panlogismo fuera en sí poco propicio para fundar una So­ ciología como ciencia de la realidad. Mas en su inspirada Filo­ sofía del Derecho se encuentran, sin embargo, exposiciones que debemos valorar como descripción y explicación de la vida so­ cial. Este es el caso, por ejemplo, de su concepción de la socie­ dad civil. Situada ésta entre la familia y el estado, contiene un sistema de necesidades, producciones de trabajo, acumulación de bienes y distribución de los mismos, que constituye, dicho de otro modo, una sociedad cuya base es económica. Dentro de ella, los hombres se enfrentan como individuos creando de­ pendencias recíprocas. Se da lugar a contradicciones: por un lado acumulación de riqueza, por otro nacimiento del "popula­ cho” . Mas esto no es causa, de ningún modo, de la destrucción de la sociedad civil, ya que está constituida sobre la base de una ley de la naturaleza. Fué en este punto donde se inició la crí­ tica de Karl Marx, que trató, en oposición a la estática social de Hegel, de desarrollar una dinámica de la sociedad. De este tema hablaremos más adelante. La teoría del estado de Hegel es esencialmente diferente a la concepción de la sociedad expuesta antes. Hegel llama al estado la "realidad de la idea moral” ; un todo orgánico, encar­ nación del espíritu objetivo. Los individuos no son sino acci­


FILOSOFÍA IDEALISTA A L E M A N A

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dentes. El estado es la base y el centro de todos los aspectos de la vida del pueblo: del arte, del derecho, de las costumbres, de la religión y de la ciencia. Está animado por el espíritu del pue­ blo en todos los aspectos particulares. Hegel puso también de manifiesto, por otra parte, el aspecto naturalista del estado: la idea del estado como poder. Esta idea de poder se manifies­ ta tanto en la vida interior como hacia fuera. Esta Sociología del Estado ha influido notablemente y ha sido apreciada sobre todo por el fascismo. Giovani Gentile afir­ mó en un congreso hegeliano: "Hegel fué en la historia del pen­ samiento el primer hombre que descubrió el verdadero concep­ to del estado. Antes de él, incluso para Kant y para Fichte, el estado no significaba sino un límite que tiene que restringir la libertad inmediata de los individuos para hacer posible su convivencia. Para ellos, pues, la libertad, y por tanto el valor «“tico, no se encuentran en el estado, sino en el individuo: el estado no encierra una finalidad absoluta y carece de un valor propio. En cambio, Hegel estableció el valor ético, independien­ te, del estado” . Puede, sin embargo, resultar dudoso el que se deba o no incorporar esta teoría a la Sociología como ciencia positiva, ya que no supone una descripción acertada de todos los fenómenos históricos del estado. Entre los filósofos alemanes de la primera mitad del sipjo xix, junto a Hegel, presenta también un gran interés, desde el punto de vista de la Sociología, J. F. Herbart. Su importan­ cia no se ha apreciado hasta ahora lo bastante en Alemania, mientras que en el extranjero se considera hoy a Herbart no só­ lo como fundador de la psicología social —en lo que sin duda reside su principal mérito— sino como sociólogo en un sentido más estricto. G. Richard, en su Sociología general, 1912, dice <|iic Herbart examinó varios problemas de la sociología con mano maestra; y que no sólo en sus grandes obras sobre filosoI ia práctica y psicología, sino también en sus obras menores, co­ mo en el tratado, Beziehungen der Psychologie zur Staatswisnnschajt (Relaciones entre la psicología y las ciencias políti-


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cas), 18 11. "Herbart —dice Richard— bosquejó en esta obra un programa de la mayor importancia el cual, aun hoy, no ha sido realizado. Y nos asombra verlo formulado en 1811, en una época en la que Comte no había publicado aún su primer tra­ tado” . En efecto, en las obras de Herbart se habla de una estática y dinámica de la sociedad así como de una distinción entre "co­ munidad” y "asociación” ; además, de las contradicciones de in­ tereses en el estado y de la ley del equilibrio, que no se consigue jamás del todo. Para explicar el estado no se sirve de la teo­ ría jusnaturalista del contrato social, ni de la hipótesis del es­ tado como organismo, sino de la analogía de las "representa­ ciones” que se unen y combaten en el alma del individuo, o sea de la psicología asociacionista. Y lo mismo que se puede ex­ plicar toda la vida psíquica del individuo por la acción recípro­ ca de las "representaciones” , así se puede explicar la vida social por acción recíproca de los individuos. Cualquiera que sea la opinión que tengamos sobre esta analogía, el hecho fué que ejer­ ció una influencia muy estimulante. De Herbart salieron tres corrientes: una que iba de Lazarus y Steinthal a la psicología de los pueblos de Wundt; otra hasta A. G. LindneV, el primer sociólogo austríaco, del cual hablare­ mos más adelante; y la tercera conducía a la sociología de Albert Scháffle, en el que por otra parte es bien evidente la in­ fluencia de Schleiermacher. Este último, célebre teólogo y filó­ sofo, hizo en su Philosophische Sittenlehre (Teoría filosófica de las costumbres) investigaciones sociológicas sobre las que po­ seemos un interesante examen en un libro de Stoltenberg. Exis­ ten, según Schleiermacher, dos funciones sociales: organizar y simbolizar. La primera está dirigida hacia fuera y crea bienes materiales, así como también el derecho y el estado; la segun­ da, dirigida hacia dentro, produce bienes espirituales tales como la religión, el arte y la ciencia. Schleiermacher anticipó aquí una distinción entre factores reales y factores ideales, que llegó más tarde a tener importancia en la sociología de Max Scheler.


COMTE Y PROUDHON

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8. Augusto Comte y P. J. Proudhon En su famoso Curso de filosofía positiva, en seis tomos, (1830-1842), Comte dedicó tres a la ciencia que llamó prime­ ramente Física social y más tarde Sociología. Esta constituye, dentro de la jerarquía de las ciencias que él trazó, el último es­ calón y el más elevado, ya que los fenómenos sociales son los más complejos y su conocimiento supone el desarrollo de todas las demás ciencias. La Física, la Química y la Biología sirven también, por lo tanto, a Comte, para explicar la sociedad, que aparece como un organismo sui generis. Pero las analogías bioló­ gicas no desempeñan en verdad un papel importante y esto en primer lugar porque la ciencia biológica en tiempo de Comte no había progresado lo bastante. En la sociología de Comte se concede al desarrollo del intelecto humano una importancia de­ cisiva, por lo que podríamos definirla como una sociología intelectualista. Y con ella está relacionada su famosa ley de los tres <stados sobre los que todavía hablaremos más adelante. En pri­ mer lugar, es preciso advertir que la distinción entre estática y dinámica sociales proviene de Comte, y ha tenido una influencia considerable. H ay que agregar también que la posición de Comte era completamente anti-individualista. La realidad verdadera, para él, no es el individuo sino la sociedad. La Sociología, además, no sólo ha de abarcar lo que es dado por la realidad, sino también lo que será y debe ser. Preparar la reforma de la sociedad es, por lo tanto, para Comte, una ta­ rea de la ciencia. Esta tendencia aparece con toda claridad en la obra posterior de Comte E l sistema de la política positiva (1852, r 57)-

Después de este breve estudio de los rasgos característicos ile la teoría de Comte, .presentaremos ahora algunos de sus de­

talles. En primer lugar, hemos de señalar a Saint-Simon como el precursor de Comte. Esto se advierte sobre todo en su juicio

•.obre la realidad actual de la sociedad y sobre la necesidad de tina reforma. Aunque Saint-Simon considere ya las fases his­ tóricas de la evolución social en relación con los fundamentos


económicos, a él le importa la realización de sus proposiciones prácticas más que la elaboración de un sistema sociológico. Comte, en cambio, quiere establecer primero una teoría de la sociedad que ofrezca conocimientos tan precisos como los de las ciencias más antiguas. Por muy importantes que parezcan éstas como precedentes de la Sociología, esta ciencia posee, según Comte, su objeto propio y sus leyes particulares. No son las fuerzas generales de la Naturaleza sino las ideas propias del hombre las que impri­ men a la vida social un sello particular. Estas ideas nacen, al principio, de la imaginación pura; presentan un carácter mito­ lógico o metafísico; pero el gran progreso consiste en que los hombres se dediquen cada vez más al conocimiento de la reali­ dad, es decir, a la ciencia pura. Aquí empieza la Era positiva, única capaz de solucionar los problemas sociales y de organizar a la humanidad en una confederación unitaria. No hemos de hablar más de esta utopía de Comte que nada tiene que ver ya con la sociología científica; pero pondremos de relieve que esta­ bleció algunos conceptos válidos aun hoy, y entre ellos, sobre todo, la idea del consensus o sea la comunidad de representa­ ciones y sentimientos por la cual se mantiene el vínculo de la sociedad. En la Edad Media, según afirma Comte, este vínculo era mucho más fuerte: una idea común dominaba a la huma­ nidad de Occidente. Esta apreciación sobre la Edad Media, así como su violenta repulsa del Derecho Natural y de la "Ilustra­ ción” , son la causa de que se considere a veces a Comte como reaccionario. Mas esto no es cierto, ya que, según indicábamos, era partidario de una reforma de la sociedad en el sentido so­ cialista. La misma tendencia es la que encontramos en otro escritor que, casi simultáneamente a la aparición de la obra de Comte, des­ arrolló una notable actividad literaria. Es decir, P. J . Proudhon, que no sólo fué un agudo crítico de la sociedad burguesa y audaz profeta que nos habla de un porvenir mejor, sino tam­ bién un gran teórico y sociólogo, lo cual le asegura un puesto en la historia de esta ciencia, si bien su valer en este sentido no


COMTE Y PROUDHON

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ha sido hasta ahora reconocido de un modo cabal. Pondremos tan sólo de relieve, brevemente, algunos de los puntos princi­ pales de su teoría. Y a en una de sus obras más antiguas, ¿Qué es la propiedad? (1840), Proudhon afirmó, utilizando el méto­ do dialéctico de Hegel: "E l comunismo es la forma primera de toda unión social, el primer eslabón en la evolución social, la te­ sis; la propiedad privada constituye el segundo eslabón, la con­ tradición o antítesis. Nos queda aún por descubrir la tercera forma: la síntesis” . Más interesantes aun son sus estudios sobre la esencia de la sociedad. Según él, ésta no es tan sólo la mera suma de sus miembros; sino que existe más bien una razón colectiva que do­ mina la vida de la sociedad y a la cual se subordina la razón individual. Proudhon no retrocede en afirmar que la sociedad tiene un ser propio, que es un ser vivo con conciencia propia. En otro lugar explica: "Los grupos sociales son realidades, pues tie­ nen una fuerza colectiva y poseen, lo mismo que los individuos, el poder de reaccionar contra las fuerzas exteriores, el poder de pensar y actuar. Y aunque la fuerza de los grupos sociales ema­ ne de la unión de las fuerzas individuales, es, sin embargo, algo completamente distinto que la mera suma” . Con esta teoría ve­ mos, pues, anticiparse un punto de vista sobre los grupos socia­ les manifestado muchas veces en la sociología moderna. Por lo rem as Proudhon distingue entre los grupos sociales, las verdade­ ras comunidades —entre las cuales cuenta la familia y las na­ ciones— de las asociaciones basadas sólo en un contrato. Y aparece también en este aspecto como precursor de teorías mo­ dernas sobre la sociedad. Fué el primero que describió el atelier como un grupo particular. En lo que se refiere al estado, la posición de Proudhon fué primero negativa y en este sentido está ligado a la historia del anarquismo. Después reconoció su necesidad, aunque, según él, debería organizarse sobre una base federativa. Con bastante detalle expuso también la sociología de la guerra en un libro especial, La guerra y la paz (1860). En él trata de explicar, hisr ricamente, el fenómeno de la guerra; su posición es la de un


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HISTORIA DE LA SOCIOLOGIA

pacifista decidido. En sus obras aparecen también los comien­ zos de una sociología dinámica. La ley de los tres estados toma en Proudhon la forma siguiente: Edad religiosa, Edad filosófi­ ca, Edad científica. La concordancia con Comte es evidente; sólo en lo que se refiere al tercer estado existe una diferencia, ya que Proudhon niega el papel que Comte atribuye a la filoso­ fía positiva. Por otra parte acentúa, junto a la idea del progre­ so intelectual, la del progreso moral, o sea la aproximación ca­ da vez mayor a la idea de justicia. En las obras de Proudhon se ve bosquejada una concepción económica de la historia; aun­ que él hace resaltar que las ideas constituyen fuerzas indepen­ dientes que determinan, junto con los factores económicos, el curso de la historia mundial. Proudhon abordó también algunos aspectos particulares de la Sociología y muy en especial el rela­ tivo a la organización del Derecho. La base del Derecho es, se­ gún él, un particular sentimiento humano, ajeno al mundo ani­ mal, que se diferencia tanto del instinto social como del senti­ miento de la simpatía. Además, se preocupó vivamente por la investigación de las costumbres en diferentes capas de la socie­ dad y sobre todo en la de los campesinos y obreros. En su obra Sobre la justicia insiste en la necesidad de desarrollar, junto a la doctrina moral teórica, una ciencia especial de las costum­ bres. Y así aparece de nuevo como precursor de investigaciones sociológicas actuales. Hemos tratado con más detalle de su doc­ trina en nuestro libro, P. J. Proudhon ais Soziologe (P. J. Proudhon como sociólogo), 1932. Ver también el libro de J . Duprat Proudhon, sociólogo y moralista, y mi comentario a este libro: P. /. Proudhon in neuer Beleuchtung (P. J. Proudhon bajo una nueva luz) publicado en los Archiv für Sozialwissenschaft (Archivo de la ciencia social), t. 68, pp. 7 3 1 -740. En cuanto a la literatura sobre A. Comte, señalamos, especialmente, la obra de F. Alengry: Ensayo histórico y crítico sobre la socio­ logía de Augusto Comte, 1900. Además el estudio de P. Barth en su Philosophie der Geschichte ais Soziologie (Filosofía de la historia como sociología) p. 42 ss. Mi libro, ya citado, Na-


ST EIN Y MARX

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turrecht und Sóziologie, 1912 (p. 34 íí.) contiene observaciones críticas sobre Comte.

9. Lorenz yon Stein y Karl Marx El punto de partida de estos dos autores es la Filosofía del Derecho de Hegel, pero mientras que en Stein apreciamos cla­ ramente la adhesión a ella, en Marx vemos su inversión comple­ ta. Lorenzo de Stein comenzó su actividad científica con la obra publicada en 1842 sobre E l socialismo y el comunismo en Francia, y hemos de contarla entre los estudios históricos más valiosos sobre la vida social de un estado moderno. En ella, así como en su Gesellschaftswissenschaft (Ciencia de la socie­ dad), publicada en 1850, Stein desarrolla las ideas fundamen­ tales de una sociología orientada hacia la realidad, aunque con­ serve siempre una estructura teórica. Desarrolla la distinción hegeliana entre sociedad y estado y, de este modo, aparece la idea de la sociedad como unidad de la vida social; sociedad ba­ sada en la distribución de los bienes y reglamentada por el tra­ bajo. De aquí proviene una dependencia entre los hombres: na­ ce la clase de los propietarios y la del proletariado. Fué justa­ mente en Francia donde se manifestó claramente esta contra­ dicción que dió lugar a las teorías socialistas y comunistas, que Stein estudia con detalle. Pero esta sociedad dividida en clases no es para Stein en ab­ soluto algo secundario o pasajero —y aquí difiere de Hegel—, sino una forma de unión que constituye la base de toda la vida del estado y cuya ley es preciso investigar tomando como punto de partida la Historia. Este es el programa de la nueva sociolo­ gía; en ella se distinguen el orden de las estirpes, el orden esta­ mental y el orden del estado. El estado aparece así en principio como una entidad autónoma, como un organismo independiente que sirve al interés general del pueblo. Mas en la realidad, claro es, la sociedad trata de apoderarse del estado para utilizarlo con fines egoístas. Para hacer frente a este peligro que amenaza es­ pecialmente en esta época del capitalismo moderno y para ven-


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cer l«i contradicción que supone la lucha de clases, es preciso que el estado logre un poder independiente, lo cual, según Stein, sólo puede lograrlo una "Monarquía social” . El monarca y una burocracia neutral se encargarían de la tarea importantísima de realizar la verdadera idea del estado. Mas aquí Stein abandona el terreno de la realidad empírica para formular un postulado político. Mucho más radicalmente se desligó Marx de la teoría hegeliana y él mismo afirma que su intención era invertirla, otor­ gando el papel decisivo a la sociedad; viendo en el estado la expresión de la clase dominante. Los párrafos más sobresalien­ tes del famoso Manifiesto comunista, 1848, son los siguientes: "E l sistema de producción de la vida material, condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual. Toda la historia de la sociedad humana, hasta el día, es una historia de lucha de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y sier­ vos, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada una* veces, y otras franca y abierta; es una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social, o al exterminio de ambas clases belige­ rantes” . Es importante también la deducción que hace Marx en su libro: Kritik der politischen Okonomie (Crítica de la economía política), 1859: "En lo que respecta a la producción social, los hombres entran en relaciones que son independientes de su vo­ luntad, y que corresponden al grado de desarrollo de las fuer­ zas de producción material. La totalidad de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad; la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política, a la cual corresponden determinadas formas de con­ ciencia social. No es la conciencia de los hombres lo que deter­ mina su ser, sino, por el contrario, es su ser social quien determi­ na su conciencia.” Las tres ideas características de la doctrina sociológica de Marx son, pues: la teoría de la lucha de clases, el condiciona­


STEIN Y MARX

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miento por la economía de todos los factores culturales y la llamada teoría de las ideologías. Es indudable la gran influen­ cia que han ejercido estas ideas; mas su certeza es aun muy dis­ cutida. Este no es el lugar para entablar una discusión sobre el tema. Haremos notar también que Marx no se contentó en ab­ soluto con establecer una teoría de la sociedad, sino que trazó un programa para el futuro. E l manifiesto comunista lo indica con las palabras siguientes: "La vieja sociedad burguesa con su lucha de clases y sus contradicciones será sustituida por una asociación en la que el libre desarrollo de Cada Uno será la condición para el libre desarrollo de Todos” . Para conseguir este fin Marx planea, primero la conquista del poder por el proletariado, y luego la supresión del estado Y este programa político ya no tiene nada que ver, claro es, con la Sociología considerada como ciencia descriptiva y explicativa. En cuanto a la bibliografía sobre estas doctrinas, encontra­ mos un estudio de la sociología de Stein en una monografía de Ernst Grünfeld (19 10 ). Entre una literatura inmensa sobre la obra de Marx, indicaremos las obras siguientes: H . Cunow Die Marx Geschichts-Gesselschafts-und Staatslehre” (La teoría de la historia de la sociedad y del estado en M arx), 1920; N . Bujarin: La teoría del materialismo histórico, 1912; Max Adler í.ehrbuch der materialischen Geschichtsauffassung (Compendio de la concepción materialista de la historia), 1930. Una crítica detallada de esta doctrina la encontramos en el libro de P. Barth va citado: Philosophie der Geschichte ais Soziologie, y también en el de Sombart: Der proletarische Sozialismus (El socialismo proletario). De la teoría marxista del estado, se trata especial­ mente en las obras de H. Kelsen (1920) y de Max Adler (1922). De las llamadas superestructuras habla con talento Brinkmann en su trabajo Der Uberbau und die Wissenschaften von Staat und Gessellschaft (La superestructura y las ciencias del estado y de la Sociedad) publicado en Schmollers Jahrbuch (Anua­ rio de Schmoller), t. 54, p. 437 ss. En cuanto a la lucha de cla­ ses como base de la teoría del estado, hablaremos de ella más adelante, en el capítulo vn.


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10. La sociología de Spencer Dentro de su gran Sistema de filosofía sintética, Herbert Spencer dedicó tres volúmenes a los Principios de la sociología (1874-1877), después de haber publicado antes (1873) una Introducción al estudio de la sociología, que aun hoy puede leerse con provecho. Su obra principal, a la cual siguió más tar­ de una Sociología descriptiva en varios tomos, ejerció una gran influencia en el último cuarto del siglo xix, especialmente en Norteamérica, pero en cambio pasó casi inadvertida desde enton­ ces. Esto no es del todo justo, aunque el sistema sociológico de Spencer provoque varias críticas. Su debilidad reside sobre todo en su método biológico y en que en su obra se advierten dema­ siado sus propias opiniones políticas. Mas no carece ella de rasgos geniales, como los que encontramos principalmente en la tentativa de descubrir las leyes de evolución de la sociedad hu­ mana. También es un mérito perdurable en Spencer la utili­ zación de un rico material etnográfico, aunque no corresponda ya al estado actual de las investigaciones sobre esta materia. Por lo demás, Spencer ha reconocido claramente las dificultades de una sociología objetiva, libre de valoraciones, refiriéndose a la "ecuación personal” del autor, aunque él mismo no haya podido por completo escapar a este peligro. La doctrina del filósofo inglés se relaciona con el positivis­ mo de Comte, ya que también Spencer, para construir una con­ cepción científica del mundo, rechaza a la religión y a la meta­ física. Reconoce que existe algo inexplorable, pero ello no podrá ser nunca objeto del conocimiento. Aunque es un representante decidido de la concepción monista, no es en absoluto materia­ lista, ya que concede independencia a los fenómenos psíquicos. Es justamente por tomar en consideración toda la psicología por lo que se diferencia en esencia de Comte; este último otor­ ga casi siempre al intelecto un papel preponderante, mientras que Spencer considera también los sentimientos y tendencias psíquicas, concediendo un papel bastante importante a lo irra­


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cional. Más adelante hablaremos de otras diferencias entre am­ bos pensadores, sobre todo en lo tocante al individualismo y co­ lectivismo. La ley universal de la evolución es el gran punto de partida en las investigaciones de Spencer sobre la sociedad humana. La misma fuerza que formó de la nebulosa primigenia el sistema solar, que transformó la planta en animal, dió lugar a la evolu­ ción de la sociedad, transformando el organismo simple en superorganismo. El lento tránsito va de lo simple a lo compuesto, de lo homogéneo a lo heterogéneo, de lo diluido a lo concentrado. Spencer emplea la fórmula siguiente: De la homogeneidad indiferenciada e indeterminada a la heterogeneidad diferenciada y determinada. Trata de probar que esta ley rige también la evo­ lución de la sociedad y, principalmente, en lo que se refiere a la historia de la familia, de la tribu, de la raza y del estado. In­ cluso la religión, para Spencer, está sometida a esta ley de la di­ ferenciación e integración, ya que evoluciona desde el culto fa­ miliar de nuestros antepasados hasta la religión universal. Mas la certeza de esta concepción no ha sido reconocida, ni mucho inenos universalmente. En cuanto a la teoría de la sociedad como organismo es pre­ ciso advertir que Spencer persigue en primer lugar las analogías biológicas, en muchas peculiaridades de la estructura. Distin­ gue, por ejemplo, en el cuerpo social una capa celular exterior, expuesta a las influencias del ambiente y que tiene una función defensiva, que es la clase militar; luego una capa celular inte­ rior, con la función de producir alimentos, que es la clase de los productores. En fin, existe en el organismo humano un sistema de órganos de distribución, a los cuales corresponde en la so­ ciedad la clase comercial y la de los que se relacionan con el tráfico. Se han criticado con razón todas estas comparaciones, pero es preciso decir que Spencer no dejó de señalar las dife­ rencias que existen entre el organismo del individuo y el de la sociedad. Esta diferencia se manifiesta en primer lugar en la se­ paración especial de las partes, y sobre todo en que, en el orga­ nismo social, las células están dotadas de sensibilidad y volun-


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tad, mientras que en el organismo físico estas facultades se en­ cuentran concentradas en el cerebro y sistema nervioso. De esta diferencia no deja Spencer de extraer consecuencias éticas y po­ líticas en pro del individualismo y liberalismo. Sociológicamente, es importante también la tentativa de Spencer de bosquejar una teoría de los tipos de la sociedad. Aun hov cuenta ésta con muchos defensores, aunque puedan tam­ bién hacérsele muchas críticas. Según ella, existen dos tipos de sociedad, el militar y el industrial. En el primero domina la creencia de que los individuos sólo existen para el servicio de la co­ munidad; no se reconocen derechos propios del individuo. Todas las instituciones tienden a presentar al exterior una sociedad muy potente y preparada para su defensa. El poder del Gobier­ no está centralizado. La actividad económica se dirige desde arriba. En cambio, en el tipo de sociedad industrial reina la idea de que el bien de los individuos constituye el fin supremo. Y princioalmente en el terreno de la industria, la cooperación vo­ luntaria de los miembros de la sociedad prepondera. Se otorgan a los ciudadanos una serie de derechos, quedando así libres de la coacción del estado. El Gobierno ocupa sólo el puesto de ge­ rente responsable. Según Spencer, debe considerarse el tipo de sociedad in­ dustrial como el progresivo y avanzado. Existe una ley según la cual en el curso de la evolución el tipo de sociedad mili­ tar retrocede cada vez más, mientras que logra cada vez mayor preponderancia la sociedad industrial. Mas habría que objetar a esta teoría de Spencer que no existe una contradicción, según demuestra la historia, entre ambos tipos de sociedad y que fuer­ za militar y desarrollo industrial no son poderes que se exclu­ yen. Además, esa ley según la cual el tipo de sociedad militar retrocede en el curso de la evolución, no se puede demostrar en absoluto. En el presente vemos, por el contrario, un aumento de las tareas del estado, rearme militar y una tendencia per­ manente a la substitución del derecho contractual por la com­ pulsión del derecho público, y, en suma, una serie de fenóme­ nos que se encuentran en contradicción con la definición que


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del tipo industrial nos hace Spencer. Mencionemos aun, final­ mente, que nuestro filósofo dedicó algunos volúmenes especia­ les en su sistema de filosofía a la Etica, así como a la teoría del derecho y el estado. También en este caso se esfuerza en hacer valer su teoría sociológica sobre la evolución; así, para él, la ley moral es sólo una continuación de la ley de la Naturaleza. Quiere deducir toda una serie de derechos para el hombre ba­ sándose en las leyes generales de la Biología. Este tema lo he expuesto más detalladamente en mi libro Spencers Staatslehre (Beitrage zur Geschichte der Staatslehre) (La teoría del esta­ do de Spencer. Contribución a la historia de la teoría del esrado), 1929. Sólo destacaremos aquí, por último, que toda una serie de escritos políticos han puesto de manifiesto la aguda posición individualista de Spencer, entre ellos su famoso libro: The Man versus the State (1866).


C A P IT U L O II

SO C IO LO G IA C O N T E M P O R A N E A 1 i. Tentativas de clasificación Se han empleado dos procedimientos diferentes para llegar .1 una visión de conjunto de las modernas teorías sobre la Socio­ logía. Por una parte se trató de destacar el carácter nacional, <s decir, de afirmar, por ejemplo, la existencia de una Sociolo­ gía alemana peculiar. Mas este principio de división no resulta muy feliz, según demostraremos en seguida. Mucho más impor­ tante parece la clasificación de los sistemas sociológicos según los diferentes métodos de investigación; mas también este siste­ ma presenta algunas dificultades. No se puede negar de antemano el sistema de la clasificat ion por naciones si tomamos en consideración las llamadas «irncias del espíritu. Y o mismo traté una vez, en lo que se relicre a la teoría del estado (en mi libro: Contribución a la historia de la teoría del estado, 1929, ob. cit.), de extraer lo • aracterístico del pensamiento sobre este tema entre los ingie­ ras, franceses y alemanes, deduciéndolo de los sistemas domi­ nantes en las respectivas naciones. Pero justamente para la So1 tología, si la concebimos como una ciencia positiva, esto es, co­ mo lo contrario de una Filosofía social, resulta imposible una t.il distinción. Si atendemos, por ejemplo, a la sociología fran-

1 C f. José M e d i n a E c h a v a r r í a , Panorama de la sociología contem­ poránea. México: La Casa de España en México, 1940.


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cesa, encontramos tan diversas opiniones sobre las teorías más im­ portantes que apenas podemos determinar en ellas un cierto ca­ rácter unitario; pensemos sólo en las teorías de Tarde y de Durkheim. En Norteamérica encontramos, de igual modo, en lo que atañe a la sociología teórica, diferencias considerables en la concepción fundamental, como, por ejemplo, entre Small, Ward y Ross. El único carácter común que puede descubrirse en la actual es que el método psicológico es el preponderante y que la aplicación práctica a los problemas sociales ocupa un primer plano. La llamada sociología alemana ha sido relacionada con la filosofía idealista y en particular con la de Hegel. Una tal relación, puede, en efecto, establecerse con algunos sociólogos, como con Lorenzo von Stein, del cual ya hemos hablado. Pero precisamente la teoría de Hegel sobre la sociedad civil ha sido interpretada de muy diferentes maneras. Y el marxismo se rela­ ciona también con esta teoría, si bien invirtiéndola, así que de­ beríamos entonces calificar la sociología marxista de alemana. Por otra parte, existen algunos sociólogos alemanes eminentes como Tónnies, Simmel, Max Weber, Vierkandt y Wiese que divergen en cuestiones fundamentales. No podríamos determi­ nar un carácter común a sus sistemas que llamásemos nacional. En consecuencia, es preferible, si tratamos de hacer una cía* sificación de las teorías sociológicas, emplear el segundo proce* dimiento, es decir, clasificarlas según los diferentes métodos de investigación que sirven para establecerlas. Algunas clasificacio­ nes de esta índole se han ensayado siempre, aun cuando luego no estén del todo acordes entre sí. De estas diferentes clasifi­ caciones hablaremos en el próximo capítulo. Pero diremos desde ahora que precisamente los sociólogos más eminentes no pue­ den ser marcados con el sello de un determinado método. Con frecuencia estas personalidades no se han limitado a un solo método de investigación, bien sea este el histórico, psicológico, económico u orgánico, como por ejemplo Tónnies o Max Weber. Desde hace tiempo se ha tratado de clasificar las teorías sociológicas. En 1901 A. Loria trató, en una colección de con­


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ferencias titulada La sociología, de determinar tres corrientes principales, según que éstas tuviesen un fundamento psicológi­ co, biológico o económico. Es el último método, al que el mar­ xismo se adhiere, el que parece al autor "el único adecuado para solucionar los problemas de la vida social y preparar nuestra ator­ mentada sociedad para un porvenir más claro” . Poco después publicó el investigador yanqui L. F. Ward un libro titulado La sociología de hoy, en el que hace un examen más detallado dis­ tinguiendo doce sistemas sociológicos diferentes; aunque no se advierta en su distinción un principio lógico de clasificación. Al final expresa Ward la opinión de que estas diferentes concep­ ciones están en parte justificadas, confiando en que los dife­ rentes arroyos se unan después para formar un río. Mucho más detallada es la obra de F. Squillace titulada Las teorías sociológicas. El autor distingue cuatro corrientes principales: la sociología edificada sobre la base de la Física y las Ciencias Naturales; la sociología biológica; la psicológica V, por último, la basada en las ciencias sociales (Economía Po­ lítica, Estadística, ciencia del Derecho). Esta clasificación es muy discutible; en ella, por ejemplo, no quedarían comprendidos so­ ciólogos como Durkheim y Simmel. En lo que se refiere a la Sociología más antigua, es muy útil el libro de Squillace, mas referido al presente resulta anticuado. Mucho más moderna es la obra de otro escritor italiano, Ph. Carli, titulada Le teorie sociologiche (1925). Carli distingue dos formas fundamentales de Sociología; la primera es la de la concepción naturalista e histórica y la segunda la de la Sociología analítica y sistemá­ tica. A un lado Comte y Spencer así como todos los partidarios de la concepción de la sociedad como organismo, y en otro los psicólogos tales como Durkheim, Simmel, Tónnies, Vierkant, Ratzenhofer y L. von Wiese. Vemos, pues, que se trata de reu­ nir a gentes muy diversas bajo un mismo nombre; y éste es el punto débil de la obra de Carli, la cual, por lo demás, con sus detallados estudios, nos ofrece mucho material útil. Una exposición amplia sobre las diversas teorías sociológicas del presente es la que nos ofrece la obra del sabio ruso P. Soro-


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kin, publicada en 1928 con el título de Contemporary Sociological theories.* En ella vemos un dominio extraordinario de todas las ramas de la Sociología aunque dando preferencia a las ciencias marginales, como la Geografía, Etnología, Demo­ grafía y Biología, por lo cual difícilmente podemos hablar, refi­ riéndonos a esta obra, de una Sociología propiamente dicha. Discutible me parece también el capítulo sobre la llamada es­ cuela sociológica, porque se abarcan bajo este título teorías muy diferentes como las de Durkheim y Gumplowicz. Las escuelas históricas de la Sociología apenas han sido consideradas por Sorokin; y el gran investigador alemán Max Weber es presen­ tado tan sólo como sociólogo de la religión. Mas, a pesar de es­ tas objeciones, la obra en cuestión merece el mayor aprecio. En cuanto a las obras alemanas sobre las teorías sociológi­ cas, es preciso señalar, en primer lugar, la de Paul Barth, pu­ blicada por vez primera en 1897, titulada: Die Philosophie der Geschichte ais Soziologie (ob. cit.). La concepción de la Socio­ logía expresada en este título es sin duda discutible, mas esto no impide reconocer el mérito de Barth en el estudio de la literatura sociológica. Dentro de la primera sitúa, principalmen­ te, el sistema de Comte; dentro de la segunda, expone entre otros a Spencer con mucho detalle; y bajo el adjetivo "voluntarista” se agrupan algunas teorías sociológicas como las de Tonnies, de L. F. Ward, F. H. Giddings, Small, Ross, Spann y otros. El segundo volumen de la obra de Barth no trata en abso­ luto de Sociología, sino de diferentes concepciones de la Histo­ ria, así como de explicaciones geográficas, económicas y etno­ lógicas de la Historia. En ciertos sistemas alemanes de Sociología vemos como in­ troducción estudios varios sobre las diversas teorías sociológicas, mas en ellas suele advertirse con demasiada frecuencia el punto de vista particular del autor. Así O. Spann ha resumido todas las teorías sociológicas agrupándolas en dos series, según que éstas empleen el método empírico-inductivo (escuelas naturalis­ tas) o que la concepción de la sociedad esté orientada por las * Hay traducción francesa.


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• inicias del espíritu y el método universalista. L. von Wiese, en • nnbio, distingue entre la Sociología concebida como ciencia especial, limitada a los procesos interhumanos, y esas otras teoií.is sociológicas de carácter enciclopédico que incluyen los diver­ os contenidos culturales de la vida social. Una objetividad ma­ yor en la clasificación de los sistemas sociológicos se encuentra en el libro de H . Freyer, el cual procede a la división siguienle iv Sociología mecanicista; 29 biológica; 3° formal; 49 universa­ lista; y psicológica; 69 histórica. Pero reconoce también, y con razón, que en algunos sociólogos puede observarse una sínteis de estas diferentes corrientes. Por esta causa yo he preferi­ do presentar a los tratadistas de temas sociológicos según los I« lisos de los cuales son originarios. Aunque, claro es, no quede nunprendida dentro de esta clasificación la sociología católica de la cual tratamos en el capítulo 1, 3.

•. ¡Mi sociología en Francia Empezamos el estudio de las teorías sociológicas contempo1. meas con este país porque en él pueden aun advertirse reperI tisiones de las teorías de Comte. Además, Francia produjo en los años que señalan el tránsito entre el siglo xix y el xx, hom­ bres eminentes que dieron a la Sociología nuevos impulsos, en especial Gabriel Tarde y Emile Durkheim. Mas, ya antes, Le May dió lugar a una escuela partidaria de una sociología pu­ limente empírica. En los años comprendidos entre 1860 y 1880 rsrribió una serie de valiosas investigaciones sobre la situación de la clase obrera, a la que conoció por una serie de viajes. Em­ pleó para su estudio un método original, teniendo en cuenta tres factores: la situación geográfica, las condiciones familiares y el modo técnico de producción. Concedió una importancia ingular a determinar el presupuesto doméstico, llegando a re­ tíltados exactos basados en las matemáticas. La gran importancia que concede Le Play a la economía en II vida social es prueba evidente de un cierto parentesco entre <! y las doctrinas socialistas. Mas se aparta de los socialistas


SOCIOLOGÍA CONTEMPORÁNEA

por su opinión absolutamente católica, así como por rechazar la idea de la revolución violenta; es más bien partidario de una teforma social pacífica planeada sobre una base ética. Un resu­ men de su doctrina lo ofrece la obra de M. Vignes La sociolo' gía según los principios de Le Play (1897). Dejó varios discí­ pulos que desarrollaron su método, y no sólo en Francia, sino también en Inglaterra. Aunque ha pasado ya medio siglo des­ de que ocurrió su muerte, sus ideas ejercen aun influencia, y esto tanto en lo que se refiere a su método descriptivo como a sus ideas político-sociales. La Play trató también de trazar una historia de la sociedad humana, considerando como punto cen­ tral de la evolución la organización de la familia, pero ha sido tachada, teniendo en cuenta las nuevas investigaciones etnográ­ ficas, de unilateral. Mayor importancia, como creador de un nuevo sistema so­ ciológico, logró Émile Durkheim. En su libro sobre La división social del trabajo (1893), así como en su obra sobre Los méto­ dos de la sociología (19 10), expresa de la manera siguiente una nueva concepción de los fenómenos sociales: Existe un cierto nú­ mero de hechos de carácter especial. Son los hechos sociales que significan un modo de actuar, de pensar y de sentir, que existen fuera del individuo y que se imponen con fuerza coer­ citiva. Su substrato no se encuentra dentro del individuo, sino en la sociedad; la cual posee, por lo tanto, una realidad sui generis. La educación consiste en un esfuerzo constante por im­ poner al niño un cierto modo de ver, de sentir y de actuar, al cual no hubiera llegado espontáneamente. Las normas del de­ recho, de la costumbre, de la religión, del gusto, alcanzan una forma corpórea; existen aunque no lleguen a aplicarse. La investigación de estos fenómenos, que considera Dur­ kheim como cosas, constituye la verdadera tarea de la Sociolo­ gía, que, en consecuencia, se distingue por esencia de la Psico­ logía. No es el individuo con sus particulares sentimientos y tendencias quien constituye el centro de esta teoría, sino la co­ lectividad. Por ello puede considerarse Durkheim como repre­ sentante de la sociología universalista, aunque, sin embargo, haya


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desarrollado ésta en forma distinta a como lo hizo más tarde O. Spann. Lo mismo que no podemos hablar, refiriéndonos a Durk­ heim, de una derivación de la filosofía idealista, tampoco po­ demos decir que sea el suyo el método de las ciencias del espí­ ritu. Más bien viene a ser un sucesor del positivismo de Comte. Y se parece además a este último en que, a pesar de su posición antivaloradora, no dejó de establecer a veces un ideal social y de dar nueva forma a la doctrina moral. Esto se advierte ya en su obra primera sobre la división del trabajo. En ella distingue la división mecánica del trabajo de la orgánica; la primera basada exclusivamente en la coacción, la se­ gunda en el contrato libre. En la amplificación continua de la división orgánica del trabajo hemos de ver el progreso de la civi­ lización. Durkheim nos habla, pues, menos de lo que sea la di­ visión del trabajo en la realidad que de lo que debe ser su efecto. También en su libro sobre el método encontramos puntos de visra insostenibles en una Sociología exenta de valoraciones. En el tercer capítulo, Durkheim trata de distinguir entre condicio­ nes normales y condiciones patológicas de la sociedad, en lo que observamos también en él puntos de vista subjetivos, ya que Durkheim afirma que, al emitir un juicio sobre una situación económica, religiosa o referente al estado, hemos de determinar si aun son dadas las mismas circunstancias que produjeron esa si­ tuación, ya que en caso contrario, pese a su existencia real, no sería normal. Vemos, pues, que en lo que se refiere a este punto, estarían sin duda divididas las opiniones de las distintas clases de la sociedad. Por lo demás, Durkheim ha abandonado después la socio­ logía general para dedicarse a la investigación de fenómenos sociales particulares, como la descripción de las formas primiti­ vas de la religión. Y en este terreno logró resultados valiosos, siendo fuente de estímulo para este tipo de trabajos. La doc­ trina de Durkheim cuenta hoy en Francia con muchos continua­ dores, aunque en ciertos puntos estos se separen de la dada por su maestro. Los Anales de sociología, fundados por él, cons­ tituyen una' valiosa obra de conjunto en la que se recogen tra-


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bajos sobre todas las ramas de esta ciencia con un carácter inter­ nacionalista. El segundo sociólogo eminente es Gabriel Tarde, el cual ha ejercido un gran influjo, aunque su nombre no esté ligado a una escuela particular. La obra que le dió más nombre es la que tiene por título Las leyes de la imitación (1893); además publicó otros libros como La lógica social, La oposición univer­ sal, Las transformaciones del poder y Las leyes sociales. En opo­ sición a Durkheim, Tarde es un individualista decidido. En su obra el individuo no aparece como producto de la sociedad, sino que ésta es tan sólo consecuencia de ciertas condiciones psíqui­ cas, en particular de la invención y de la imitación. Junto a estos fenómenos fundamentales de la vida social, Tarde reconoce además el fenómeno de las oposiciones (lucha y competencia) y el de las acomodaciones que resultan de él. Para todos estos aconteceres encuentra analogías en la natura­ leza, viva o no; así que podemos denominar la de este autor como sociología cosmológica. Alude en sus obras, por ejemplo, al movimiento de las ondas, a los rayos, a la polaridad, a los fe­ nómenos de interferencia; lo mismo a ley de la gravedad y al principio, dominante en el mundo animal, de la lucha por la existencia. Y en este sentido habla Tarde de leyes sociales de la naturaleza, lo cual hasta ahora se ha hecho notar pocas veces. Se reconoce, empero, que para Tarde el análisis psicológico de la sociedad ocupa el primer plano. La concordancia entre el pensar y el querer, la existencia simultánea de fines y deseos en el alma de todos los miembros de la comunidad, no es, según Tarde, resultado de la existencia de un organismo social, ni de la existencia de un ambiente geo­ gráfico similar, sino consecuencia de la imitación, la cual se basa en una sugestión que emana del creador de una idea o de una acción para generalizarse luego. De este modo se pueden cxplicar también todos los factores culturales, en especial el idio­ ma, la religión y las costumbres, sin recurrir a fuerzas místicas. Este punto de vista, en extremo nominalista, de Tarde, no se ha impuesto en absoluto, pero sus finos análisis psicológicos, que


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muestran cierta semejanza con los de la Sociología de Simmel, tienen un valor permanente, como por ejemplo, sus estudios so­ bre la opinión pública y el público. Menos originales, pero sin embargo, de gran valor, son las obras de Rene Worms. Este, al principio, fué partidario de la teoría orgánica, la cual defendió contra frecuentes objecciones en su obra Organismo y sociedad (1896). Pero más tarde revi­ só este punto de vista, y en su libro La sociología (1926), for­ muló en forma muy atractiva su posición intermedia entre las diferentes corrientes de la Sociología. Como editor de los Ana­ les del instituto internacional de sociología, así como de la Rerue internationale de sociologie, gozaba de una gran conside­ ración por haber contribuido de un modo esencial a extender el conocimiento de la ciencia sociológica. La escuela de Durkheim ha producido dos sociólogos nota­ bles, G. Richard y E. Duprat. La obra principal de Richard tiene por título La sociología general y las leyes sociales, y en ella se estudia también la sociología alemana, especialmente la obra de Tónnies Comunidad y Asociación. Duprat explicaba en la LJniversidad de Ginebra con gran éxito y publicó toda una •crie de valiosas monografías. Son también importantes las in­ vestigaciones, influenciadas también por Durkheim, que hizo Levy-Bruhl sobre las particularidades psíquicas del hombre pri­ mitivo. El filósofo francés Alfred Fouillée en su libro sobre "la ciencia social contemporánea” , se ocupó también de proble­ mas sociológicos. Trató de buscar un punto intermedio entre la teoría de la sociedad como organismo y la teoría del contrato social del Derecho Natural, explicándola como un organismo t ontractual. No sociólogo propiamente dicho, sino más bien fi­ lósofo social, puede llamarse a León Bourgeois, el cual quiso deducir, en su conocido trabajo sobre La solidaridad, una doc­ trina de los deberes de la esencia de la sociedad, utilizando en parte construcciones jurídicas. Y , finalmente, formulemos algunas observaciones sobre la ociología en Bélgica. Nos parece original la concepción socio­ lógica de Waxweiler, quien trata de emplear en ella los princi-


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pios de la Física y de las Matemáticas. Su compatriota D e Greef, en cambio, se adhirió a la teoría del contrato, acercán­ dose así al socialismo. Por lo demás, existe en Bruselas un Ins­ tituto de Sociología, fundación del gran industrial Solvay, des­ tinado a estimular las investigaciones que se hagan en este te­ rreno de la ciencia.

3. La sociología en los países a ng losa jon es Mientras que en Inglaterra, después de la muerte de Herbert Spencer, no apareció ningún gran sistema nuevo de socio­ logía, en cambio esta ciencia floreció en Estados U nidos, tanto en lo que se refiere a su estudio en las Universidades como a la producción literaria. En Inglaterra no es que exista una pa­ ralización completa de la investigación sociológica, pero ésta se reduce a monografías en el terreno de la psicología social, de la Etnografía o de la Política. Y en este sentido hemos de se­ ñalar los libros de Gr. W allas, L. T . Hobhouse, E. W esterm ark y V . Branford. Tam bién una revista especial, la Sociological Review, contiene con frecuencia valiosas contribuciones a varias ramas de la Sociología. Como teórico de la doctrina de la evo­ lución social encontramos a B. Kidd, quien, en contradicción con Spencer, en su libro E volución social (1895), y, más tarde, en su trabajo titulado: Los principios de la civilización occiden' tal (1908), trató de demostrar que es el sentimiento humano, y especialmente la religión, el factor decisivo para el progreso de la civilización. Como precursores de la sociología americana hemos de se­ ñalar J. H . W . Stuckenberg, a S. N . Patten y a W . G . Summer. El primero de los citados publicó en 1898 una In trod u c­ ción al estudio de la sociología, y en 1903 una obra en dos to­ mos, La ciencia de la sociedad humana. Stuckenberg es un ad­ versario de la tendencia naturalista de Spencer; para él la esen­ cia de la sociedad reside en la interaction and stim ulation, es decir, en la psiquis humana. Por otra parte, demuestra fuertes tendencias moralizadoras, ya que habla de una sociología cris-


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liana. Tam bién Patten en su obra T eoría de las fuerzas sociales

(1896) parte de un punto de vista psicológico con su distinción entre el sistema nervioso motor y el sensorial del hombre; para él la evolución social consiste en un aumento del goce y en una disminución del dolor. En sus obras posteriores el mismo autor concede una importancia decisiva al carácter nacional y a las condiciones económicas de un pueblo. Summer, en cambio, par­ te en su libro de la Etnografía y de la D em ografía; se titula en inglés Folkways (1907), y en él demuestra que las costumbres de los grupos determinan el comportamiento del hombre. Estas se apoyan primeramente en una base subconsciente y se trans­ forman luego en costumbres (m ores), las cuales, sostenidas por la autoridad del grupo, actúan como medio principal de la se­ lección social. Las fuerzas espontáneas tienen, según Summer, un papel secundario. La evolución social es, por tanto, un pro­ ceso automático, que el hombre puede retrasar, sin duda, mas 110 acelerar. D e este modo queda justificado, sociológicamente, el conservatismo. E l fundador de la sociología americana es Lester F. W ard , cuya Sociología dinámica se publicó por vez primera en 1883. Partiendo de la investigación de la naturaleza — él fué prime­ ramente botánico— ve en la sociedad humana un proceso genético-natural, como una continuación de las fuerzas que tienen lugar en el Universo. Y en este sentido parece influido por Spencer, del que, sin embargo, se aleja pronto; lo cual se maniliesta claramente en las obras posteriores de W ard , como en su Sociología pura

(1902) y en su Sociología aplicada (1906).

Un éstas enseña que se manifiestan en la sociedad humana, cada vez más, junto a las ciegas fuerzas naturales, el intelecto y la persecución de fines (telesis). Y por esto parece posible inlluenciar artificialmente el desarrollo de los fenómenos sociales; W ard se convierte de este modo en fundador de la tendencia denominada activismo. Rechaza, en oposición a Spencer, la doc­ trina del individualismo puro, así como la de no-intervención del estado, y señala para el porvenir un colectivismo moderado (no ocialista). D e este modo, claro es, abandona W a rd el terreno


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de la Sociología pura y se convierte en defensor de doctrinas político-sociales; a pesar de lo cual estimuló mucho el estudio de la Sociología. A sí, por ejemplo, investigó la dirección de los deseos humanos (desires ) , aceptando la doctrina de los inte­ reses de Ratzenhofer; en general trató de hacer un análisis de las "fuerzas sociales” . A. W . Sm all ha influido también mucho en el desarrollo de la sociología americana, menos por la creación de un sistema propio que por sus investigaciones críticas y metodológicas. D e ­ dicó una atención especial a la historia de las ciencias socioló­ gicas. Presenta primeramente a Adam Smith como precursor de la sociología (1907), y a los cameralistas alemanes como a los primeros propugnadores de la política social (19 10 ). Publi­ ca luego una obra sobre los orígenes de la Sociología (1924), en la que trata muy detalladamente de la escuela histórica ale­ mana (Savigny, Eichhorn, N ieb u h r), así como sobre el des­ arrollo de la teoría sociológica en Karl Menger, A d o lf W agn er y Gustav Schmoller. Su obra principal, G eneral Sociology (1905), que lleva el subtítulo de E l desarrollo de las teorías sociológicas desde Spencer hasta R atzenhofer, concede también principal im­ portancia a la parte histórica y metodológica. Sm all apreciaba mucho al investigador austríaco Ratzenhofer, habiéndose adhe­ rido por completo a su teoría de los "intereses inherentes” como concepción sociológica fundamental, ya que con ella se pueden explicar tanto el conflicto como la cooperación. Criticó franca­ mente el capitalismo americano y expresó en varios trabajos sus tendencias hacia el reformismo social. U n o de los sociólogos americanos más influyentes es E. A . Ross, el cual ha contribuido mucho a la popularización de la Sociología. Y a en su primera obra C o n tro l social (19 0 1), encon­ tramos una hermosa idea, esto es, la de investigar los diferentes medios por los cuales logra la sociedad que los individuos, preocu­ pados en primer término con sus intereses propios, se incorpo­ ren a la totalidad. Y estos medios no son sólo las normas del derecho, sino también la opinión pública, la religión, el espíri­ tu de cuerpo y otros más. Por el contrario, existen también fe­


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nómenos que expresan el dominio del individuo sobre la socie­ dad, como las invenciones y las personalidades. La obra princi­ pal de Ross,' Principios dé sociología, se publicó por vez prime­ ra en 1920. Esta obra, aunque no m uy profunda, tiene un con­ tenido rico en extremo. En ella se clasifican numerosos fenóme­ nos sociales, como, por ejemplo, el dominio, la explotación, la oposición, la comercialización, etc. En cierto sentido podemos llamar a Ross precursor de la teoría alemana de las relaciones. Entre los sistematizadores de la sociología americana ocu­ pa un lugar importante F. H . Giddings. Sus Principios de socio­ logía, publicados por vez primera en 1896, han sido repetida­ mente reeditados. Esta obra contiene una investigación basada en la evolución histórica y una investigación psicológica de la sociedad. En la primera distingue Gidddings, como escalones his­ tóricos, las asociaciones zoógena, antropógena, etnógena y demógena. Los factores de esta evolución son la selección, el con­ flicto y la adaptación. Con el desarrollo de la tribu termina la época natural de la sociedad en la que el espíritu humano logra la preponderancia. Giddings censura por tanto la sociología de Spencer, ya que éste mantiene el carácter biológico de la so­ ciedad y tiene para su investigación demasiado en cuenta los pueblos primitivos en lugar de la civilización moderna. T a m ­ bién rechaza la doctrina de Spencer de la sociedad como orga­ nismo. Para él la sociedad no es sino una organización. E l se­ gundo rasgo característico de la sociología de Giddings se ma­ nifiesta en su base psicológica: la esencia de la sociedad radica en la conciencia del nosotros, o como dice Giddings, en la con­ ciencia de la especie ( conscioussness o f k in d ). Y así Giddnigs se ha convertido en uno de los creadores de la psicología social americana. Pero para juzgarlo justamente, no nos bastaría con estudiar las ideas contenidas en su libro Principios de sociología. Sus ideas han evolucionado en muchas obras posteriores. En 1906 publicó una Sociología histórica y descriptiva, en la que utiliza un rico material empírico. A la ciencia política le dedicó un libro, publicado en 1918, con el título de E l estado respon­ sable en el que estudia la posición del estado basándose en ex-


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pcricncias de la guerra mundial. Giddings trata de la psicolo­ gía social en su trabajo, aparecido en 1922, Estudios sobre la sociedad humana y en el que vemos que su primitiva idea sobre

la conciencia de la especie ocupa más bien un segundo plano y en cambio predomina la de la conducta humana ( T h eory o f behaviour) . Según ésta, la conducta similar de los hombres frente a determinadas situaciones constituye el hecho funda­ mental en la formación social de los grupos. D e esta "conducta pluralista” resulta luego la conciencia de la homogeneidad. Y es preciso hacer notar, por último, que Giddings es uno de los pocos sociólogos que han señalado los méritos de los pensado­ res griegos en lo que respecta a la investigación de la sociedad. C . H . Cooley tiende en sus tres sugestivos libros: E l or­ den social, 1902, La organización social, 1909, y E l proceso social, 1920, a adoptar una posición intermedia entre la con­

cepción individualista y la colectivista de la sociedad. Enseña que el individuo y la comunidad forman una totalidad orgá­ nica y que ambos factores son causa y efecto al mismo tiem­ po. Cooley prueba esto primeramente en el terreno psicológicosocial, y luego en la teoría de las estructuras sociales. En los grupos primarios domina la comunidad; en los secundarios el in­ dividuo. Pero con la evolución de la sociedad vemos que se tiende a formar luego de esta disolución pasajera de la comu­ nidad una nueva y auténtica colectividad. Cooley considera a la democracia, pese a algunos fenómenos que señalan su decaden­ cia, como el único medio capaz de provocar esta transformación, suponiendo que llegan al poder verdaderas personalidades diri­ gentes. Para él, la democracia es más bien un principio espiri­ tual que una forma política. M as con tales pensamientos éticopolíticos abandona Cooley, naturalmente, el terreno de la so­ ciología pura. Por otra parte, no adopta una posición del todo negativa con respecto a la doctrina del Derecho N atural. E vi­ dentemente, dice, la construcción de un contrato social no es histórica, ya que la sociedad representa algo que se ha creado orgánicamente. Pero la aplicación práctica de esta teoría, sigue diciendo Cooley, contenida en los postulados de libertad e igual-


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d;td, no es absurda en modo alguno; se trata aquí de fines idea­ les de la evolución humana. Ch. A . Ellwood publicó varios libros que abordan los pro­ blemas límites entre la Psicología y la Sociología, tales como / ti Sociología desde el punto de vista psicológico, 1912; Intro­ ducción a la psicología social, 1917; y la Psicología de la socie­ dad humana, 1925. Según él, el hecho fundamental de la so­ ciedad reside en la interacción psíquica ( mental interaction ) «le los hombres; si bien no considera, según se venía haciendo hasta entonces, a ciertos hechos psíquicos aislados — por ejem­ plo, los instintos, la imitación, las simpatías y las tendencias— como fundamentales en sí, sino que todos estos movimientos psí­ quicos individuales cooperen conjuntamente, dando lugar a la formación de los grupos; desempeñando en esta formación un papel importante, aunque con frecuencia sobreestimado, los fac­ tores geográficos, etnológicos y económicos. L a convivencia tiene como consecuencia una tradición y la creación de costumbres de modo que podemos hablar en ese sentido del alma de un grupo y de acciones de grupo. M as los grupos están también someti­ dos a transformaciones que se realizan, bien lentamente, o bien úbitamente por medio de las revoluciones. L a cultura se basa en dos factores, el desarrollo del intelecto humano y la vida senti­ mental religiosa; indispensable ésta aun en la civilización más ilta y sobre todo durante la crisis actual. Ellwood ha dedicado .1 este tema una obra particular: L a renovación de la religión. listo no incumbe ya a la ciencia sociológica, pero sí sirve de tes­ timonio para indicar cuál es el sentimiento ético fervoroso del autor. Después de estos estudios sociológicos de conjunto que hemos citado, en Norte-Am érica lo que ha predominado es — junto al cultivo de la psicología social, de la cual hablaremos más ade­ lante—

la especialización, o sea el estudio en m onografías de

ciertos aspectos de la vida social, estudios basados en el método descriptivo, como, por ejemplo, la obra en varios volúmenes so­ bre los campesinos polacos de Thom as y Znaniecki, así como también varios libros sobre la sociedad rural y la sociología ur-


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baña. Y también se estudian en Estados Unidos, con especial atención, las ciencias marginales, como la Antropología y la Etnología. H . E. Barnes publicó, aparte de valiosos trabajos so­ bre la historia de la sociología, una obra titulada Sociología y ciencia política. E. S. Bogardus ha publicado un breve estudio

de conjunto titulado Introducción a la sociología. Robert Park ha dedicado gran atención a los problemas de psicología social Encontramos una gran abundancia de trabajos sociológicos en las revistas, sobre todo en el Am erican Journal o f Sociology, en Social Forces, en el Journal o f A p p lied Sociology, y en las publicaciones de la Am erican Sociological Society. Son también numerosos los libros que tratan de elementos de Sociología, así como los textos destinados a las escuelas. Valiosas informacio­ nes nos ofrece el libro de Andreas W alther: Soziologie und Sozialwissenschaften in A m erika

(Sociología y ciencias sociales

en América) sobre todo en lo que se refiere a la organización de estos estudios en las Universidades; donde puede apreciarse que, desde hace tiempo, es la Universidad de Chicago la que ha conseguido una posición preponderante.

4. La sociología en Italia Resulta natural que la nación que ha producido un Maquiavelo y un V ico participe también dignamente en las investiga­ ciones sociológicas del presente. Vemos, sin embargo, que la primera influencia que se hace sentir en Italia es la del positi­ vismo de Com te, así como la de la teoría de la evolución de Spencer; también el marxismo encontró numerosos adeptos al tratar de los problemas sociológicos. Durante un cierto tiempo pareció que el darwinismo y el socialismo se impondrían en los estudios de este país. M as nunca cesa del todo el contacto con el genial punto de vista cultural e histórico de V ico, así como también existió la preocupación por el idealismo alemán que frenaba la supremacía del naturalismo en la Sociología. Y ahora el fascismo con la represión del individualismo, ha provoca-


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Jo una transformación de la que hablo detalladamente en mi libro La idea del estado en el fascism o (1935). Pero sólo hablaremos de la Sociología anterior al fascismo. Con cierto detalle trataremos del sistema de V ilfredo Pareto, uno de los más geniales sociólogos actuales, mientras que en lo que se refiere a los demás autores sólo daremos breves indica­ ciones. Pareto, que enseñaba en la Universidad de Lausana, se ocupó primero de estudios económicos fundados en las matemáticas; pero luego escribió un libro sobre los sistemas socialistas, tratando de demostrar lo insostenible de ellos. En 1916 publicó una obra en dos tomos sobre Sociología general, primeramente en francés y más tarde en italiano. En esta gran obra trata, en primer lugar del método de la ciencia sociológica, queriendo dar a ésta una nueva base científica. Rechaza, por tanto, toda so­ ciología que se apoye en supuestos dogmáticos, caso en el cual se incluyen las obras de Comte y Spencer. Para él la base ade­ cuada a una ciencia verdadera sólo la puede dar la observación de las conexiones de hecho referidas al comportamiento de los hombres; han de rechazarse a prior i los supuestos meta físicos, ya sean de carácter positivista o religioso. M as Pareto admi­ te que las ilusiones, en ciertos momentos, pueden ser más útiles que el conocimiento de la realidad. Sin embargo, el investigador de la Sociología debe estudiar la vida social, libre de todo génerq de prejuicios. M anifiesta también que la mayoría de las acciones huma­ nas no se basan en premisas lógicas sino en instintos y senti­ mientos. Pareto llama a estos fenómenos residuos (residui ) , en­ centándolos con las derivaciones (derivazion i) , que sirven para justificar las acciones que emanan de sentimientos e intereses, bien sea por razones de moral, de religión o de orden legal; mas en realidad se trata en este caso de ilusiones, afirma Pareto. El autor distingue varias clases de residuos y derivaciones, lo cual explica valiéndose de numerosos ejemplos históricos. Todos es­ tos fenómenos sirven para producir en la sociedad un estado tic equilibrio, que tiene, sin embargo, un carácter inestable. Jun­ to a esta doctrina de estática social, desarrolló Pareto una teo-


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ría dinámica igualmente original, a la que llama la circulación de las élites; la masa, como tal masa, no posee jamás una fuerza

dirigente. M as cuando la capa dirigente degenera y pierde su prestigio, llega al poder una capa hasta entonces oprimida, su­ poniendo que posea jefes capaces; de ésta sale entonces una nueva élite. La forma del estado no desempeña para él sino un papel secundario; en realidad vemos siempre en el poder a una minoría privilegiada. Tam poco la victoria del proletariado po­ dría cambiar esa "circulación” ; y en este punto diverge Pareto, esencialmente, de la doctrina marxista. La sociedad no adqui­ rirá, según él, jamás, una forma definitiva, sino que en ella existirá siempre tan sólo una acción y una reacción. Pareto es, por lo tanto, adversario de la teoría del progreso rectilíneo de la humanidad; prefiere la idea de los ciclos. En los últimos años de su vida se adhirió al fascismo, manifestando que este movi­ miento correspondía a su concepción de la sociedad. N o exami­ naremos si su opinión es o no completamente acertada. En todo caso, Pareto era un decidido adversario de la democracia, cuya forma exterior era lo único que deseaba ver conservar. En el testamento político que dejó, trata más detalladamente de estas ideas. Pero este tema nada tiene que ver ya con la sociología propiamnte dicha aunque es preciso reconocer también que la obra de Pareto la ha enriquecido. D e los demás sociólogos del siglo xix mencionaremos los si­ guientes: Romagnosi, el más antiguo de ellos, cuyas doctrinas están relacionadas íntimamente con la tendencia político-cultu­ ral de Vico. En sus obras filosóficas, que se recogieron y publi­ caron en 1849, no se habla aun de Sociología como ciencia es­ pecial, pero ya se encuentran alusiones a la teoría de la socie­ dad como organismo y se habla de una ley de evolución de la sociedad humana. Casi contemporáneo suyo fué Jannelli, filó­ sofo de la historia, que trazó las líneas fundamentales de una ciencia de las cosas humanas, que tiene por objeto investigar los hechos de la sociedad humana y sus causas y, principalmente, estudiar cómo nacen las religiones, las artes, las instituciones del estado y las instituciones sociales; y en ella vemos también


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Jaramente la influencia de Vico. El primer autor italiano que conscientemente se manifestó como sociólogo fué el filósofo R. Ardigó, a quien influenció el positivismo. En 1879 apareció su libro Sociología en el que concede a la Psicología una importan­ cia fundamental. A este siguió V an n i con su obra Líneas f u n ­ damentales de un programa de sociología (1888), en la que da­ ba gran preponderancia a la Historia. V ann i dice: "L a sociolo­ gía extrae su principal material de la historia, en la que se re­ vela la naturaleza de la sociedad; el método histórico es, por lo tanto, el camino principal de la sociología, la que no puede, en consecuencia, separarse de la Filosofía de la H istoria.” Desde temprano se advierte en la sociología italiana la in­ fluencia de las ciencias naturales y particularmente del darwinismo. Con frecuencia se plantea en su literatura sociológica si el principio de la lucha por la existencia es válido o no para los hombres. Sobre este tema hemos de señalar el libro de M . A . Vaccaro (1888). E l mismo autor publicó más tarde, en 1893, otro trabajo sobre L as bases del derecho y del estado, en el que enseñó, de un modo parecido a Gum plowicz, que el estado na­ ce de la lucha de los grupos humanos, y que es el grupo victo­ rioso el que lo forma. M as espera él, para el porvenir, una suavización de esta lucha por la existencia y la formación de una sociedad nacida de la solidaridad. E l sistema de sociología (1901) de D e M arinis arranca de las ciencias naturales, al de­ cir: La sociedad se mueve exactamente según las leyes de la energía natural; la imposibilidad de un cálculo matemático de los efectos es la única diferencia en el caso de la sociología, y eso por razón de la complejidad de los fenómenos. M as no existe una diferencia absoluta entre los fenómenos biológicos y los fenómenos sociales. Por lo tanto, la ley de la selección no sólo reina en el mundo animal, sino también en la sociedad hu­ mana, aunque en condiciones diferentes; igualmente son váli­ das para la sociedad la ley biogenética y el parasitismo. Los trabajos de Carli, F ilosofía social (1875) y La vida del derecho y sus relaciones con la vida social (1890), demuestran que esta tendencia naturalista no es la principal en la sociolo­ gía italiana. L a teoría de la selección, dice este autor, no bas-


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ta a explicar el hombre histórico y social y aun menos el hom­ bre religioso y ético, ya que estos aspectos de la vida humana suponen pensamientos y sentimientos que ninguna evolución de los organismos es capaz de explicar. L a sociedad no es un orga­ nismo sino en parte; lo característico de ella es su espíritu in­ mortal, al que no afecta la disolución de un agregado social. Según Carli, una sociología científica es completamente compa­ tible con la admisión de las ideas de lo infinito, de lo verdade­ ro, de lo bueno y de lo bello. M uy grande fué, por otra parte, la influencia que ejerció la doctrina de K arl M arx sobre la sociología italiana: los tra­ bajos de Ferri, Colajanni, Labriola y Loria aplican con agude­ za la concepción materialista de la historia. Existieron también, sin embargo, autores que expusieron lo unilateral de esta doc­ trina, como por ejemplo, Ferrari, que demostró, basándose en profundos estudios históricos, que la vida de los pueblos no se limita en absoluto a la lucha de clases, puramente económica, sino que también otros intereses contribuyen al curso del pro­ ceso histórico, y entre estos muy especialmente, la idea de la nacionalidad. Por otra parte, la _ciencia_ italiana_realizó conside­ rables trabajos en e^estudio de algunos puntos marginales d é la En este ______ ________ le Rossi. U n importante estudio complementario es la obra del investigagador italiano N iceforo, titulada Antropología de las clases des­ heredadas.

Finalmente, hemos de mencionar que el sabio alemán Michels, que trabajó durante muchos años en Universidades ita­ lianas, ejerció un gran influjo con su obra Sociología de los par­ tidos políticos.

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La sociología en Alemania

El estudio de la sociología alemana comienza en 1875. En el capítulo anterior ya tratamos de sus comienzos. N os hemos de ocupar ahora en primer lugar de Albert Schaffle. Habiéndo­


I N ALEMANIA se preocupado antes por estudios de Economía Política, esco­ ció luego, lo mismo que poco antes Spencer, el método cieni i Iico naturalista como base de un amplio sistema de Sociología que apareció con el título de B au und Leben des sozialen Kórfurs (Estructura y vida del cuerpo social), en 4 tomos, de 1875 .1 1878. Esta obra tiene el subtítulo de B osquejo enciclopédico de una anatomía, fisiología y psicología reales de la sociedad humana; en el que se considera a la econom ía como fu n ció n de asimilación social. En ella una amplia utilización de analogías

biológicas sirve de base para explicar la sociedad humana. E l estudio de las células, tejidos y huesos se utiliza para crear una sociología orgánica. Y en este aspecto S ch affle es aun más ri­ guroso que Spencer, pero, en cambio, estudia también cuidado­ samente la vida intelectual y rectifica la posición individualista ile su precursor inglés. Pese a la gran agudeza que se manifiesta en la obra de S ch affle, ésta no tuvo el éxito que su autor espe­ raba. La utilización en exceso de conceptos tomados de las cien­ cias naturales fué criticada duramente. Por esta causa en una segunda edición corregida de su obra, Sch affle trató de que su método orgánico ocupase un segundo plano; y en su obra postuma Elem entos de sociología (1906) abandonó éste por completo y declara que él nunca pensó que existiese una igualdad entre el organismo social y el animal; y que esta comparación sólo tenía un objeto ilustrativo. En es­ ta última obra se destacan mucho más las conexiones espiritua­ les que existen entre los hombres y se pone en primer plano la conciencia colectiva de los grupos. Además, este último trata­ do de Sociología se distingue esencialmente del sistema anterior porque en él se señala, no ya a la humanidad, sino al pueblo como cuerpo social, acercándose así S ch affle a una concepción nacionalista de la sociedad, aunque sigue sosteniendo las bases naturales de ésta y trata de incluir en la vida social el mundo de los bienes materiales. M as no hemos de olvidar la profunda relación que tiene este autor con el idealismo alemán, así que re­ sulta en absoluto injustificado ver en él un representante del naturalismo En sus obras se encuentran muchas riquezas cuya valorización sería útil, incluso en el presente. Por lo demás,


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no era tan sólo un hombre de ciencia, sino también un político y filósofo social animado por un espíritu de reforma. Con Ferdinand Tónnies empieza una nueva época en la so­ ciología alemana. Su obra de juventud, publicada por vez pri­ mera en 1887: G em einschaft und G esellschaft (Comunidad y asociación), al principio pasó casi desapercibida, pero desde co­ mienzos del presente siglo se reeditó varias veces, creando una teoría de la estructura social que ha ejercido gran influencia. En 1935 apareció la octava edición de esta obra, alcanzando un éxito que hasta ahora han tenido pocas monografías científicas. En el capítulo vn nos ocuparemos con más detalle de la teoría de los tipos que esa obra contiene. Sólo diremos ahora que Tonnies entiende por comunidad una unión orgánica de los hom­ bres que emana de la "voluntad esencial” (W esen w ille ) , y por asociación una unión mecánica basada en la "voluntad electiva” (Kürw ille) con la que se da lugar tan sólo a relaciones contrac­ tuales. Pero no sería justo que hablásemos únicamente de una sociología formal de Tónnies. Esta famosa distinción significa al mismo tiempo una penetración histórica y psicológica de la vida social que llega hasta el presente. Los diferentes factores culturales, la ciencia, las costumbres, la moral, la economía y el derecho, se toman muy en consideración, como vemos clara­ mente en su Introducción a la sociología (19 3 1). En una obra en tres tomos, S tu d ien und K ritiken (Estudios y críticas), así como en numerosas monografías, como las que se refieren a la opinión pública y al progreso, se trata, junto a problemas socio­ lógicos, de problemas éticos y políticos. U n capítulo especial lo constituyen sus investigaciones sobre Thom as Hobbes y su doc­ trina del Derecho N atural. Si añadimos a éstos, los méritos que Tónnies alcanzó siendo durante muchos años presidente de la sociedad alemana de Sociología, tendremos una idea aproxima­ da de su gran capacidad de creación. Como creador de la llamada sociología formal, en Alem a­ nia, hemos de señalar a G . Simmel, quien trató en la introduc­ ción de su obra principal Sociología (19 18 ), de determinar exactamente el objeto de ella, esto es, su limitación a la in vcstigación de la form a de los fenómenos sociales. D e esto ha


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litaremos más adelante. Pero antes hemos de hacer notar que la sociología de Simmel no constituye un sistema, sino sólo una m i ie de estudios sobre fenómenos particulares de la vida social, la les como Supraor dinación y subordinación, La cantidad en los grupos sociales, L a intersección de los círculos sociales, La .mtoconservación de los grupos, E l espacio y la sociedad, La soI ¡edad secreta, etc. Estas investigaciones aisladas son de gran va­

lor, incluso si tenemos objeciones que hacer al punto de vista part ¡rular de Simmel. Contienen no sólo finas observaciones psi• 1>lógicas, sino también una sólida base histórica, por lo cual la Sociología formal de Simmel se destaca favorablemente de I I de otros representantes posteriores de esta tendencia. El principio que sirve de base a Simmel se expresa en las liases siguientes: L a sociedad se nos ofrece siempre que exislan hombres en relación recíproca, bien sea ésta de naturaleza pasajera o bien encierre un carácter permanente. Esta acción recíproca nace de ciertos impulsos o para determinados fines, mas de ellos ha de prescindir la Sociología si quiere ser una «inicia especial. H a de investigar tan sólo las formas exterior« ’i de las relaciones interhumanas. La Sociología constituye en • m to modo la Geometría de la sociedad en la que se hace absii acción del contenido de la vida social, tal como la Economía, 11 Religión o el Derecho. Estos últimos objetos incumben a las lilrrcntes ciencias sociales. La Sociología ha de ocuparse tan m1I0 de las formas exteriores de la acción recíproca, las cuales 'parecen siempre de nuevo. Es posible investigar la esencia de la iluminación, de la competencia, de la división del trabajo o de U formación de los partidos políticos sin basarse en un determi­ nado contenido cultural. A sí, desde el punto de vista de una .....>logía pura, no se tienen en cuenta las reacciones psicoló>i .i . en el hombre, por muy importantes que éstas parezcan. 1 lainpocose emprende jamás una valoración de los fenómenos «ocióles. I a teoría de Simmel, como demostraremos inmediatamente, liii 1 jercido una gran influencia en Alem ania; e incluso en América se publicó un libro, cuyo autor es Spykman, sobre La h<ní,t social de Sim m el (1925). Pero no han faltado grandes


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objeciones en contra de esta doctrina. Se pone de relieve, prin­ cipalmente, que no es posible separar la forma y el contenido de los procesos sociales, y, además, que éstos poseen una indi­ vidualidad histórica que no puede eludir ninguna abstracción. Mas por otra parte, el mismo Simmel ha revisado el punto de vista, expuesto en su Sociología de 1908, con su pequeño libro, aparecido en 1917: Los problemas fundam entales de la sociolo­ gía. En esta obra se reconoce que, junto a la sociología formal,

existe una sociología general y una sociología filo só fica , expli­ cándose las dos últimas con la ayuda de varios ejemplos. Como un tema de la Sociología general, investiga el N iv e l social e individual. El problema consiste en saber en qué medida se di­ ferencian el intelecto y la sensibilidad del grupo de los del individuo; además, cómo tratan de manifestarse en la vida so­ cial la igualdad y la desigualdad de los hombres. Y de este modo se rebasa sin duda el estrecho terreno de la Sociología formal. Simmel, por otra parte, ha suavizado su punto de vis­ ta rigurosamente individualista, que fué para muchos objeto de reproches; reconoce él, hasta cierto punto, la realidad de los grupos y formaciones sociales. Max W eber ocupa un lugar prominente entre los sociólogos alemanes, y esto tanto por sus profundas investigaciones metodo­ lógicas como por su cuidadoso estudio de ciertos aspectos espe­ ciales de la Sociología. En lo que se refiere al primer punto, expuso dos ideas fundamentales: E l método comprensivo y la utilización de tipos ideales para la explicación de la estructura social. Al hablar de las teorías del método trataremos más to­ davía de estos dos principios. Ahora señalaremos tan sólo, bre­ vemente, lo siguiente: Según M ax W eber la Sociología es una ciencia que se propone comprender, interpretándola, la acción social, explicándola rausalmente en su decurso y efectos. D es­ pués distingue los diferentes modos de esta comprensión, según sea emocional, simpatética, racional con arreglo a fines o tradi­ cional. El segundo medio auxiliar metódico consiste en tra­ zar un tipo tal como como éste se desarollaría si las relaciones a que se refiere pudieran desarrollarse sin perturbaciones, en


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■iertas condiciones de pureza que no aparecen en la realidad. Para hacer esta exposición se sirve W eber de un gran mate­ rial histórico. U n a concepción particular de su Sociología gene­ ral, es por otra parte, la significación de la chance en el des­ arrollo de las acciones humanas. Y con esto relaciona W eber la exposición de aspectos especiales de la Sociología, tales como la religión, el orden legal y, particularmente, el estado. D e todo esto hablaremos también más detalladamente al tratar de las respectivas materias. W eber ha tratado especialmente de la So­ ciología de la religión en una gran obra en tres tomos, no ha­ biendo podido terminar a causa de su muerte el libro de Socio­ logía general que lleva el título de W irtsch a ft und G esellsch aft (Economía y sociedad), 1922. Para completar la imagen de es­ te gran sabio no podemos dejar de señalar que publicó impor­ tantes trabajos de teoría de la ciencia, de historia económica y de política.

6. La sociología en A lem ania ( continuación ) U n a gran perfección sistemática adquirió la sociología for­ mal con L. de W iese, el cual publicó en 1924 una primera par­ te de su obra con el título de: D ie B eziehhungslehhre (T eoría de las relaciones) y e n 1928 una segunda parte con el de: D ie G ebildelehre (Teoría de las formaciones). En una segunda edición, en 1933, se recogieron ambas en el System der allgem einen Soziologie ais Lehre yon den sozialen Prozessen und den sozialen G ebilden der M enschen (Sistema de la sociología general como

teoría de los procesos y formaciones sociales de los hom bres). Es preciso, sin duda, considerar esta obra como una importante producción científica, incluso sin adherirse a la limitación dada por W iese al objeto de la Sociología. Según él, se debe extraer del acontecer total tan sólo lo interhumano. Si se quiere dar a la Sociología un carácter propio, todos los objetos del contenido de la vida social, y particularmente la finalidad de las acciones, deben quedar excluidos. La Sociología no debe mezclarse nunca con la Filosofía de la Historia, la ciencia de la cultura, la Eti-


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ca o la Política. Tam poco son de su incumbencia los problemas metafísicos. El punto de partida de la investigación lo constituye el pro­ ceso social, en el que hemos de distinguir dos formas funda­ mentales: de unión y de separación, si bien caben formas mix­ tas. Y a esta teoría une W iese la de las formaciones sociales que son una pluralidad de relaciones sociales ligadas entre sí de tal modo que en la vida cotidiana se las interpreta como unida­ des, pero que en realidad no son sino aglomeraciones de proce­ sos sociales. Entre las formaciones sociales distingue las masas, los grupos y las corporaciones (colectivos abstractos). D e esta división hablaremos todavía más adelante, al tratar de la estruc­ tura social. Señalaremos ahora tan sólo que la obra de Wiese ha sido recibida con el mayor interés tanto en Alem ania como en el extranjero, y que de ella ha aparecido una traducción in­ glesa por H . Becker. Pero no deja de haber objeciones críticas en contra de este sistema de sociología formal. Se reprocha a W iese haber estu­ diado la sociedad sin ninguna fundamentación histórica y se agrega que no es posible desligar los procesos sociales de la si­ tuación general de su época Se dice también que el método por él empleado es puramente deductivo; el establecimiento de una tabla de relaciones posibles en donde se olvida completamente la inducción. Finalmente se critica, en su concepción de la so­ ciedad, la eliminación completa de los factores culturales. Y con referencia a este tema nos remitimos a lo que queda dicho en nuestra introducción. O tra dirección de la sociología alemana es la tomada por Fr. Oppenheimer, quien se acerca de nuevo a la antigua concepción enciclopédica de la Sociología. Su sistema comprende en la pri­ mera parte del tomo i las teorías generales, es decir, el fundamen­ to de la Sociología, y en la segunda el proceso social (1922 y 1923). El segundo tomo comprende la teoría del estado (1926), y el tercero es una refundición de su obra sobre Economía polí­ tica, publicada antes. Esta obra es de un valor extraordinario en cuanto a riqueza de material, mas con frecuencia resulta pertur­ bador ver cómo el autor mezcla sus ideas sobre reformas socia­


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les, es decir, su crítica de la organización actual del estado y de la sociedad, así como su imagen de una futura sociedad liberal. En la obra de Oppenheimer desempeña un gran papel el funda­ mento psicológico de la vida social y la frecuente utilización de la Historia U niversal. D e su teoría del estado propiamente dicha hablaremos más adelante, en el capítulo vn; y de lo escrito por Oppenheimer sobre la historia de la evolución de la sociedad y la esencia del progreso, en el capítulo vm. Oppenheimer se acerca más a la concepción individualista de la sociedad que a la concepción universalista. Aunque rechaza la doctrina orgánica de Spencer y sus partidarios, para él la conciencia social no está tan sólo representada en el individuo por la conciencia d el nosotros, sino que forma una entidad real propia, con estructura y función particulares. L a influencia en él de la teoría orgánica se advierte también en la distinción que hace entre un cuerpo social sano y otro enfermo, aunque, claro es, sería imposible, para admitir esta distinción, encontrar un punto de vista completamente objetivo. Domina en este caso la 'ecuación personal’, defecto que, por otra parte, atribuye Oppenheimer a otros autores, aunque natural­ mente con buena fe. Entre los teóricos contemporáneos de la Sociología ocupa A . Vierkandt un lugar importante. Se dió a conocer primero en el terreno de la Etnología por sus excelentes monografías tituladas N atur-und K u ltu rvólker (Pueblos naturales y pueblos cultura­ les) y D ie S tetig keit im K ulturw andel (La permanencia en las transformaciones de la cu ltu ra). A l encaminarse hacia la Socio­ logía trazó primeramente un programa que tiene parentesco con la sociología formal y la tendencia de ésta hacia la teoría de las relaciones. En su G esellschaftslehre (Ciencia de la sociedad), pri­ mera edición en 1923, segunda en 1928, entró, sin embargo, por nuevos caminos. En primer lugar trató de dar a esta ciencia una justificación psicológica más profunda, describiendo detallada­ mente no sólo las disposiciones psíquicas de los hombres, sino poniendo también en orimer plano, en la vida de los grupos, la conciencia colectiva. Vierkandt ve en el grupo una asociación de hombres que se caracteriza por una ligazón psíquica particular, aunque, claro es, de fuerza diferente en cada grupo. Además, en


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su obra principal, así como en diferentes pequeños tratados, con­ sidera el m étodo fenom enológico, y esto con gran insistencia, co­ mo el único apropiado para la Sociología. D e este tema tratare­ mos en el capítulo siguiente, así como también, en el dedicado a las teorías sobre la estructura de la sociedad, de la de los grupos de Vierkandt. Este autor se acerca a la concepción universalista y combate enérgicamente el positivismo en la Sociología. Se ha destacado también mucho como filósofo, sociólogo y fi­ nalmente como escritor de temas políticos, Hans Freyer. Parte de H egel y publica, en primer lugar, una T heorie des objektiven G eistes (Teoría del espíritu objetivo), aparecida en 1928, y últi­ mamente un trabajo sobre el estado (1936). E n 1930 publicó una interesante obra titulada Soziologie ais W irklichkeitswissensschaft (Sociología como ciencia de la realidad) y más tarde una Introducción a la sociología. Después de hacer una crítica de­ tallada de los actuales sistemas, manifiesta su punto de vista que viene a ser el siguiente: El pensamiento sociológico ha de partir del carácter histórico de los fenómenos sociales. N o se trata tanto de la multiplicidad de las formas de relación y formaciones so­ ciales, que se repiten sin cesar, como de una sucesión irreversible de situaciones históricas totales. Freyer concede una importan­ cia decisiva a la tarea de interpretar la sociedad actual, esto es, la moderna sociedad de clases propia del capitalismo avanzado. M as aquí, lo mismo que en los sistemas más antiguos de Socio­ logía, vemos, dice Freyer, que la mirada se dirige al porvenir. Por muy interesante que nos parezca en sí misma esta con­ cepción de la sociedad, no podemos dejar de apuntar ciertas ob­ jeciones. Considerada la vida social como fenómeno que no se repite, ésta no puede ser sino objeto de la ciencia histórica; y sobre esta base una doctrina de los tipos sociológicos nos parece imposible. Tam poco comprendemos por qué se va a investigar tan sólo lo sucesivo en la vida social y no lo simultáneo, es decir, el corte transversal de los fenómenos interhumanos. E l dirigir to­ da la investigación hacia la actualidad presenta ciertos peligros ya que puede romperse, precisamente por esto mismo, la objeti­ vidad de la visión. L a mirada hacia el porvenir, que emana del estudio del presente, puede llevar fácilmente a hacer resbalar la


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Sociología hacia el terreno de la política. Por lo demás, la visión de Freyer del presente, es decir, de la sociedad de clases, se en­ cuentra sobrepasada, ya que se han formado estados, como el fascista y el nacional-socialista, en los que al parecer se suprime el conflicto entre ellas. N o es posible citar aquí a todos los autores a los que debe la sociología alemana su desarrollo. Mencionaremos tan sólo, bre­ vemente, a K arl Brinkmann, Andreas W alther, Richard Thurnwald y H . L. Stoltenberg. Brinkmannn en sus trabajos Versuch einer G esellschaftsw issenschaft (Ensayo de una ciencia de la so­ ciedad), 1919, y T eo ría de la sociedad, 1925, nos ofrece, aunque no un sistema bien elaborado, sí una fina problemática de la So­ ciología. A W alth er le debemos un profundo estudio sobre M a x W eber ais Soziologe (M ax W eber como sociólogo), así como también un libro muy instructivo sobre la Sociología de N o rte­ américa. Thurnw ald ocupa como etnólogo e investigador de la prehistoria un lugar de primer orden, mas también ha publicado algunas contribuciones valiosas a la Sociología; además, es editor cíe la revista Sociologus (antes llamada Revista de psicología de los pueblos y so cio lo g ía ) . Stoltenberg se ha destacado principal­

mente por sus investigaciones psicológico-sociales, pero la histo­ ria de la Sociología le debe también buenos ensayos como, por e jemplo, los que publicó sobre H egel, Schleiermacher y S ch affle. T oda una serie de colaboradores capaces reúne el Handw órterbuch der Soziologie, publicado por Vierkandt. Tam bién K ólner \ ierteljahrshefte fü r Soziologie

(Cuadernos de sociología de

C olon ia), ya desaparecida, dió testimonio de la intensa actividad de los autores alemanes en este terreno de la ciencia, especial­ mente en lo que se refiere a la ciencia de las relaciones. Mencionemos ahora todavía a algunos pensadores alemanes que no fueron sociólogos especialistas, pero que desde su terreno propio de investigación, han influido grandemente sobre la So­ ciología. Entre los filósofos fueron estos Dilthey, W . W u n d t, M ax Scheler y E. Spranger, a todos los cuales hemos de tomar en consideración. D ilthey, como fundador de la psicología "com ­ prensiva” ha tenido gran importancia en la concepción de la So-


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criología como ciencia del espíritu. La importancia de W u n d t se basa en su gran obra sobre la Psicología de los pueblos, cuyos tomos vil y vm están dedicados a la sociedad. Scheler ha realiza­ do una importante labor como fundador de la sociología del co­ nocimiento. Los trabajos de Spranger pertenecen a la psicología social, como su libro muy popular sobre las Lebensform en (For­ mas de v id a ); y en lo que se refiere a la Sociología de la cultura, tiene trabajos sobre las doctrinas sociales de la iglesia cristiana y sobre el historicismo. Particularmente entrañables son las relaciones entre la Econo­ m ía política y la Sociología. U n pensador americano, A . W . Small, ha llegado incluso a afirmar en un libro suyo en que trata de los orígenes de la Sociología, que es en la Economía política alemana donde hemos de buscarlos. A Schmoller es justificado llamarle sociólogo, pues en sus elementos de Economía política trata muy detalladamente de las bases sociales de la vida econó­ mica y en su trabajo sobre el problema social describe de manera excelente la lucha de clases. Entre los modernos economistas ale­ manes, aparte de F. von W ieser, del que aún hablaremos más adelante, ninguno de ellos está tan ligado a la Sociología como W erner Sombart. Este escribió no solamente un ensayo valioso sobre los comienzos de esta ciencia sino que, minuciosamente, ex­ puso también su opinión sobre sus bases metodológicas. D e ello trataremos en los capítulos siguientes. Ahora sólo diremos que Sombart es un representante decidido de la dirección que incluye a la Sociología en las ciencias del espíritu, utilizando el método de la comprensión. Tam bién la ciencia del derecho en Alemania ayudó al des­ arrollo de la Sociología. Recordemos sólo a R. de Ihering que en su obra G eist des rómischen Rechts (El espíritu del derecho romano) trató de analizar las fuerzas que condujeron a una de­ terminada organización del derecho. A un más cerca de la Socio­ logía está la obra del mismo autor D er Z.weck itn Recht (El fin en el derecho). U n capítulo de ésta lleva por título La vida por v para otros, o la sociedad. El segundo tomo contiene una doctrina sociológica de la moral, de las costumbres y de las formas


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ilc trato, por lo que podemos calificar a Ihering de precursor de Simmel.

7. Sociólogos austríacos En 1871 apareció una obra de G . A . Lindner titulada Ideen ¿ u r Psychologie der G esellschaft ais G rundlage der Sozialwisscnschaft (Ideas para la psicología de la sociedad como base de

la sociología); un libro hoy olvidado casi por completo. M as el »|iic lo lea advertirá con asombro que el autor, que ejercía como profesor de Filosofía en la Universidad de Praga, no sólo trazó una psicología social original, sino que desarrolló también una crie de ideas sociológicas que más tarde han llegado a la madun-z en la Sociología. M ucho antes que Spencer y S ch affle trató I indner de explicar el organismo social con analogías biológicas. Así, por ejemplo, dice: "Tam bién la sociedad es un organismo n.itural constituido por individuos y sociedades más pequeñas, •l<I mismo modo que el cuerpo animal está constituido por céluIiih, tejidos y órganos” (p. 76 ). Además, hace notar que: "E l r.tema de comunicaciones, los caminos y las instituciones para I I transporte, corresponden al sistema nervioso de los cuerpos mímales; los caminos son los nervios, la capital es la cabeza y el mecanismo de gobierno residente en ella es el cerebro” (p. 89). Resulta además extraño el que Lindner haya presentido la leoría de las dos relaciones fundamentales en el proceso interliumano, es decir, la de la atracción y la repulsión, que fué desiti rollada en nuestra época, especialmente por von W iese. Sobre • lo expone que existen diferentes grados de atracción y repul­ sión, pero que en general domina la primera ya que únicamente I" »t la atracción, pese a todos los frenos, es la sociedad consisten•' (P* 78) ■M ás adelante dice: "Los centros sociales formados por atracción, tales como la familia, las comunidades, ligas y • ni poraciones, están unos con respecto a los otros en una relación •ilmilnr, recibiendo influjos bien de la atracción, bien de la re­ pulsión; y por esta causa se llega en el organismo social a una iviilurión más elevada.”


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Tam bién las ideas sociológicas fundamentales de A lfred Fouillée y Gabriel Tarde se encuentran esbozadas en la obra de Lindner. El primero, como es sabido, llamó a las ideas-fuerza los factores decisivos de la evolución social. Según Lindner estas ideas que dominan la sociedad, tales como las religiosas, políti­ cas y económicas, se forman primero en el cerebro de algunos hombres geniales y se extienden luego, no sin dar lugar a violen­ tos conflictos, por toda la sociedad (p. 127 y continuación). La extensión se realiza, según expone Lindner, de un modo parecido a como sucede la propagación de las ondas: "C ada idea nueva despertada en la cabeza de un determinado hombre salta a la rea­ lidad, se comunica primero al ambiente más cercano y es llevada cada vez más lejos. Esta extensión no significa, sin embargo, un proceso de transmisión mecánica, sino una continua transfusión de conciencia a conciencia, una influencia recíproca” (p. 13 1). Treinta años después de haber sido escritas estas líneas, Tard e no describía de manera diferente el proceso de invención e imita­ ción. Los psicólogos sociales modernos dan una importancia es­ pecial al fenómeno de la "conciencia del nosotros” . Sobre esto advierte ya Lindner "E l Y o se amplifica en la sociedad ai nos­ otros porque los individuos no solo participan activamente en

la vida social, sino que son también conscientes de esta partici­ pación” (p. 203). "Sienten ellos que pertenecen a una totali­ dad unitaria la cual resumen en una unidad con la expresión "nosotros” (p. 205). "L a elevación de la conciencia individual a la conciencia social de sí mismo, la elevación del Y o al nos­ otros es un progreso psicológico que supone un cierto grado de

formación intelectual y moral” (p. 206). "C laro es que el hom­ bre cae cada vez de nuevo en el egoísmo individual y pone su Y o particular por encima del nosotros social”

(p. 207). "E l

nosotros social se desarrolla primeramente dentro de la familia

y de allí se extiende a círculos cada vez mayores. Abarca los parientes o la generación (gens ) , la tribu, la nación, la comu­ nidad, la provincia, el estado” (p. 208). "L a conciencia social eleva el hombre por encima de los estrechos límites de la exis­


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tencia individual y conduce a una superación de la conciencia de sí mismo” (p. 2 1 1 ) . U n a dirección completamente diferente a la de la sociología de Lindner que acabamos de explicar, es la que toman las ideas sociológicas de un pensador austríaco posterior a Lindner, Gumplowicz, que fué profesor de Derecho público de la U niversi­ dad de Graz. Según él, la base de la concepción de la vida social no reside en la psicología sino en las ciencias naturales; la historia universal no es sino una continuación de la historia natural. Esta idea la expresó Gum plowicz por vez primera en 1883 en su libro D er R assenkam pf (La lucha de razas) y más tarde en sus E lem entos de sociología. Dice Gumplowicz: "D es­ de su comienzo, la humanidad estuvo constituida por grupos que libraban entre sí una lucha constante. N o es el individuo quien piensa y actúa, sino sólo los grupos. Incluso los llamados grandes hombres no son sino exponentes de determinados grupos sociales. El estado, especialmente, nació como consecuencia del movi­ miento guerrero de las razas; las clases primitivas eran étnica­ mente diferentes. Y aun los fenómenos culturales, como la re­ ligión, la moral y el derecho pueden ser explicados únicamente como consecuencia de la lucha por la existencia. A sí también el orden jurídico, basado en un compromiso, no es sino la expre­ sión de las relaciones de poder de las clases sociales dadas en determinados momentos.” Esta doctrina naturalista no encontró aprobación inmediata en el territorio de lengua alemana; más fuerte fué su repercu­ sión en el extranjero, especialmente en Italia y América. M ás tarde, sin embargo, un sociólogo alemán, Oppenheimer, adoptó las ideas fundamentales de Gumplowicz, desarrollándolas. D e ­ mostraremos más adelante, en el capítulo vn, que la teoría de la lucha de clases no constituye una base sólida, especialmente en lo que se refiere a la doctrina del estado. Por lo demás, G um ­ plowicz mismo, más tarde, no defendió ya de una manera tan intransigente su "idea sociológica del estado” y suavizó consi­ derablemente su pesimismo cultural. U n carácter naturalista también encierra la sociología ela­ borada por Gustav Ratzenhofer. Este viejo jefe militar austria-


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co es autor de una serie de trabajos que tienen por objeto la Política, la Sociología y la Filosofía. E n 1893 apareció el libro en tres tomos W esen und Z.w eck der P o litik (Esencia y finali­ dad de la política), al que siguió en 1898 D ie soziologische E rkenntnis (El conocimiento sociológico). Además, escribió una ética positiva, una crítica del intelecto. D e entre sus obras postumas se ha publicado en 1907 una Sociología. Y a en su pri­ mera obra habla Ratzenhofer de una ley de la hostilidad abso­ luta. Cada ser orgánico tiene tendencia a crecer, a desarrollar­ se y ganar espacio, entrando por lo tanto en conflicto necesario con el mundo que le rodea. O tra idea fundamental es la ex­ presada por el término interés inherente, según el cual se pue­ den explicar las formaciones de los grupos y las luchas en la sociedad. Estas ideas han encontrado, especialmente en la socio­ logía americana, una gran estima; A lbion W . Sm all ha hecho sobre las teorías de Ratzenhofer un estudio detallado. Menos éxito han tenido sus opiniones políticas que culminan en una organización antidemocrática y autoritaria del estado. Ratzen­ hofer asigna al estado la tarea de superar las contradicciones de clase y hacer valer la utilidad común. Y en esta acción ve él la perfección de la civilización humana. Entre los sociólogos austríacos es sin duda Othm ar Spann el que ha ejercido una influencia mayor. Combatió los sistemas dominantes en su tiempo por su carácter naturalista, enfren­ tándolos — volviendo a Platón, Aristóteles y a la filosofía idea­ lista alemana— a una sociología basada en las ciencias del es­ píritu, que él llama universalista. D e los principios metodoló­ gicos de Spann hablaremos en el capítulo siguiente. Sólo dire­ mos ahora que para él tanto el principio de la causalidad como la acción recíproca psicológica son completamente impropios pa­ ra explicar los fenómenos sociales. Estos no se basan en una cooperación de los individuos, sino en una "articulación” del todo mediante la cual se forman los todos parciales que son sus miembros. Esta teoría universalista de Spann se desarrolló primeramen­ te en su Sociolog ía (publicada en 19 14 ), y luego en diferentes


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trabajos, sobre todo en algunos artículos del Diccionario de las ciencias políticas (H andw órterbuch der Staatsw issenschaften ) , y fué completada con trabajos filosóficos (Teoría de las cate­ gorías; El desarrollo del espíritu; Filosofía de la sociedad; Filo­ sofía de la historia). Tam bién estudiaron Spann y sus discípu­ los las diferentes ciencias sociales, la economía, la jurispruden­ cia y la ciencia política, aplicándoles el método "universalista” . Hemos de poner de relieve, además, que Spann persiguió tam­ bién fines práctico-políticos, según vemos en el libro D er wahre Staat (El verdadero estado) y en varios otros trabajos dedica­ dos a la idea del corporativismo. N o faltó, naturalmente, una gran oposición en contra del gran pensador vienés, mas incluso aquellos que no pueden adherirse a su punto de vista no podrán desconocer su importancia. U n puesto de honor entre los sociólogos austríacos hay que asignar también a Friedrich von W ieser. Y a su obra principal sobre Economía política, T h eorie der gesellschaftlichen W irtchaft (Teoría de la economía social), tiene muchos puntos de contacto con la Sociología. El voluminoso libro publicado poco antes de su muerte (1926): D as G esetz der M a ch t (La ley de la fuerza), es uno de los trabajos sociológicos más finos entre los que han aparecido en lengua alemana. Sin poseer la forma rigurosa de un sistema, esta obra ofrece, fundamentada sobre una amplia base histórica, una investigación de los problemas más importantes de la Sociología, problemas en los que el po­ der constituye el punto de vista dominante. El autor trata espe­ cialmente de la psicología de las masas, del caudillaje, de los distintos géneros de formaciones sociales, de la sociología del estado, de las leyes sociales, y entre ellas, muy particularmente, de la naturaleza de las Revoluciones y de la esencia de las dic­ taduras modernas. En lo que se refiere a algunos de estos temas explicaremos aun, más adelante, la posición de W ieser. M encio­ naré como estudio de las ideas sociológicas de W ieser mi mono­ grafía: Friedrich W ieser ais Soziologe, 1927. Los demás soció­ logos que han producido obras de importancia son los siguien­ tes: el filósofo W ilhelm Jerusalem que escribió una excelente Introducción a la sociología, en la que advertimos, sin embargo,


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la falta de una separación rigurosa entre la Sociología y la Eti­ ca; mas en un terreno especial, esto es, en lo que se refiere a la sociología del conocimiento, Jerusalem ha publicado trabajos de importancia. E l teórico del marxismo M ax A d ler se ocupó especialmente de las bases teóricas del conocimiento de la So­ ciología; su obra más reciente lleva por título D a s R dtsel der G esellschaft (El enigma de la sociedad), 1936. E l teórico del Derecho político Fritz Sander fué desde la ciencia jurídica a la Sociología y publicó primeramente algunos interesantes ensa­ yos críticos sobre el objeto de la Sociología y, en 1930, un sis­ tema de esta ciencia. La sociología católica tiene en A ustria ex­ celentes representantes y entre ellos se distingue el gran hombre de estado, ya fallecido, Ignaz Seipel; mencionaremos especial­ mente su obra titulada Naticm und Staat ( ob . cit . ) .

8 . D atos sobre la sociología en otros países En Rusia se han escrito obras importantes. Hemos de men­ cionar en primer lugar al ruso-alemán P. de Lilienfeld que trató en su obra en varios volúmenes Ideas sobre la ciencia del porve­ nir (de 1873 a 1881)) de dar una explicación puramente cien tífico-naturalista de la sociedad humana. U n trabajo especial D efen sa del m étodo orgánico en la sociología (1895), tiende a refutar las objeciones aducidas en contra de su doctrina. Pu­ blicó además una Patología de la sociedad (1896) en la que hace valer nuevamente las analogías biológicas. A la misma tendencia pertenece J. Novicov, que en su obra escrita en fran cés Las luchas entre las sociedades humanas (1893), afirm a qui­ las leyes biológicas son válidas no sólo para las células, planta-, o animales, sino también para la asociación humana que es lo que llamamos sociedad. Y ya que la sociedad se compone dr seres vivos, también ella ha de ser un ser vivo. Bio-sociológi< .n son igualmente las teorías expuestas por de Roberty, primero en ruso y luego en francés. U n importante papel desempeñó en Rusia la psicología de la conducta (behaviorismo) que se desarrolló bajo la dirección


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ilc J. Pavlov y W . Bechterev, parecida a la de ciertos sociólogos americanos, aunque siendo completamente independiente de ellas. Esta teoría está basada en investigaciones experimentales, y dentro de éstas, la teoría de los reflejos interhumanos de Bechlerev fué la que provocó un mayor interés. O tro sabio ruso, L. Petrazycky prefirió las investigaciones psicológicas introspec­ tivas y elaboró sobre esta base una original Sociología de las costumbres y del derecho (1908). La investigación históricoetnológica ha sido tratada en las obras de P. Laurof y N . Michailousky. L a Sociología general en las de N . Kareief (1907); M. Kovalevsky (1910) y, especialmente, en el sistema de Sorokin (1920). Este último, emigrado a Estados U nidos donde e jerce como profesor universitario, adquirió una gran reputación internacional con una serie de obras excelentes, tales como las que tratan de la movilidad social, de la sociología de la revolu­ ción y de las teorías sociológicas del presente En Rusia hoy se cultiva, desde el dominio soviético, únicamente la sociología marxista, y dentro de ésta son apreciadas especialmente las obras de Nicolás Bujarin. Como fundador de la sociología checa hemos de considerar .»I importante filósofo y gran hombre de estado M asaryk. Este comenzó su carrera científica con la tesis doctoral: E l suicidio • ovio fenóm eno social de masas en la civilización moderna. M u y Inda fué su primera obra Las bases filo só fica s y sociológicas <lrl marxismo (1899). En ella se manifiesta la influencia de <’omte, pero también una construcción ideológica independien­ te que tiende a una ligazón entre el individualismo y el colectivismo. Junto a numerosos trabajos políticos y filosóficos, hemos ■ l< citar la gran obra Rusia y Europa (1913) en la que vemos una acentuada tendencia sociológica, ya que el autor estudia en ella el alma rusa basándose en la producción literaria, históricoíilosófica y religiosa. Tam bién el sucesor de M asaryk en la Iunción de Presidente de la República, Eduardo Benes, se dio 1 conocer anteriormente como sociólogo, especialmente por su obra Sobre la organización de los partidos políticos. Rechaza nMinismo tanto el individualismo como el colectivismo extremos v ve en la investigación sociológica la base para el conocimiento


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SOCIOLOGÍA CONTEMPORÁNEA

de la realidad política. Hemos de mencionar, además, a J. A. Bláha, discípulo de M asaryk, que publicó trabajos sobre la so­ ciología de la moral y de la educación. J. K rál se ocupó en es­ pecial de la historia de la Sociología y Em. Chalupny escribió una gran obra sistemática sobre Sociología. Entre los sociólogos suecos encontramos dos nombres que go­ zan de gran estimación mucho más allá de las fronteras de su país; son estos G u staf F. Steffen y Rudolf Kjellen. E l primero, que residió durante muchos años en Inglaterra, describió la es­ tructura social y política de este país. Steffen publicó, además, los siguientes libros: E l problema de la democracia, C ond icio­ nes de existencia de la cultura moderna y Guerra y cultura. De la Sociología en un sentido estricto, se ocupa en sus libros E l camino hacia el conocim iento social (19 11) y Fundam entos de la sociología (19 12 ), obras muy notables ambas desde el pun­

to de vista de la metodología. La importancia de K jellen reside, en primer lugar, en su esfuerzo por crear las bases empíricas de una nueva ciencia del estado, no jurídica, lo cual hizo, por ejem­ plo, en su libro muy divulgado Las grandes potencias contem ­ poráneas. En E l estado como ser vivo (1917) desarrolló aguda­

mente una teoría sociológica del estado. D e este tema, así co­ mo también de la ciencia llamada geopolítica, cuyo estudio ini­ ció Kjellen, hablaremos aun más adelante. Finalmente, mencio­ naremos la obra histórico-social de P. Fahlbeck llamada E sta­ mentos y clases en la sociedad (1922). Entre los sociólogos holandeses, el más conocido es Rudolf Steinmetz, sobre todo a causa de su libro La guerra com o pro­ blema sociológico, que apareció en alemán por vez primera en 1899. Escribió también un valioso estudio sobre la sociología de la moda, creando además, para la sociología descriptiva, el tér­ mino sociografía. Steinmetz es autor de numerosos trabajos so­ bre diferentes aspectos de Etnología, como por ejemplo, el que trata de las primeras form as de la pena. (1928), donde se en­ frenta con algunos principios de Etnología como el del espíritu de los pueblos, la teoría cíclica de la cultura y el método histórico-cultural. En 1931 publicó una Introducción a la sociología


EN LA AMÉRICA LATINA

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en la que se observa bastante semejanza con la teoría de las re­ laciones de W iese. Entre los sociólogos rumanos se ha destacado Draghicesco por sus trabajos publicados en francés sobre La determ inación social y Sobre el papel del individuo en la sociedad (1906). D es­ arrolla una concepción biológico-social y trata de describir la evolución del intelecto como consecuencia de la diferenciación social. M ucho interés despertaron también los trabajos de me­ todología de Xenopol, que en su obra Sobre los principios f u n ­ damentales de la historia examinó especialmente el problema de si pueden o no ser demostradas las leyes históricas y sociológi­ cas. O tro pensador rumano, N . Petrescu, es autor de Los prin­ cipios de la sociología comparativa y de La explicación de las diferencias entre las naciones (1929). En esta última obra se afirm a que la nación es la encarnación de una voluntad colecti­ va dentro de un sistema de condiciones sociales y políticas, en las que desempeñan el principal papel las costumbres, la tradición y ciertas instituciones que no poseen necesariamente ninguna re­ lación con la naturaleza humana. Petrescu opina, por lo tanto, que la doctrina nacionalista ha de decaer en el porvenir. Entre los sociólogos polacos se ha destacado en primer lugar L. W iniarski por una serie de trabajos escritos en francés con los que trata de crear una especie de sociología mecanicista. La tarea de la ciencia es, dice W iniarski, investigar el sistema ener­ gético de sociedad humana a ser oosible sobre una base mate­ mática. F. Znaniecki, en cambio, abordó el terreno de la psico­ logía social, esforzándose, en un libro publicado en inglés, por establecer sus leyes. D el mismo autor es también una obra sobre los campesinos polacos, de un carácter esencialmente descriptivo.

9. Sociología latinoamericana El pensamiento sociológico en la Am érica latina desde el movimiento de la Independencia ha sido notablemente fecundo; pero en parte es desconocido, porque en buena medida su con­ tenido está por explorar y ordenar. En característico contraste


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SOCIOLOGÍA CONTEMPORÁNEA

con España y Portugal, las jóvenes naciones americanas ofrecen desde el comienzo de su vida libre un marcado interés por el co­ nocimiento de la realidad social, y si en las disciplinas corres­ pondientes no presentan todavía un avance que pueda compa­ rarse al logrado en Estados U nidos del N orte, no es por falta de estímulos y vocación, sino por la carencia, sin duda, de la debida ayuda institucional y académica, pues las condiciones fa ­ vorables al cultivo de las ciencias sociales, y de la sociología en particular, son las mismas en todo el continente americano. Es cierto que hasta hace pocos años no comienza a estudiarse y en­ señarse la sociología como ciencia sistemática independiente y que, por tanto, no es abundante aún la bibliografía en el cam­ po de la producción teórica. Pero en cambio, los materiales de observación e interpretación y las teorías parciales se acumulan con indudable riqueza. Ahora bien, unos y otros andan disper­ sos en una producción de muy distinto carácter. Por lo pronto, las obras sobre política — que en su forma académica encarnan en el derecho político y constitucional— encierran gran parte de las reflexiones que suscitaban en las minorías dirigentes la situación social, las más de las veces en extremo difícil, de los nue­ vos países llegados a su mayoría de edad. Los problemas de go­ bierno que había de afrontar presentaban aspectos nuevos y ori­ ginales, para cuya solución no existía el apoyo de los precedentes arrastrados en la tradición de los viejos países europeos. Singular interés nos ofrece también la historiografía de la América latina. Se ha hecho observar con razón que ésta posee una característica muy peculiar frente a la literatura histórica de otros países en el mismo período: la persistencia en ella de la pretensión de la filosofía de la historia. Pues, en efecto, los his­ toriadores de las nuevas nacionalidades tienen un notorio empe­ ño en interpretar, explicar y hallar el sentido y justificación de los acontecimientos que relatan. Por consiguiente, sus obras es­ tán engarzadas en un cañamazo de teorías y juicios, que tienen evidente carácter sociológico, cuando están apoyados en los he­ chos y no caen en especulaciones infundadas.


EN LA AMÉRICA LATINA

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Igualmente rico es el contenido social de la literatura, y espe­ cialmente de la novela. El ejemplo típico es el Facundo de Sar­ miento, que representa una investigación de las causas sociales de las luchas civiles argentinas. Pero aunque sus intenciones so­ ciológicas no sean tan explícitas, abundan obras literarias en to­ dos los países que al describir costumbres, tipos y estructuras sociales, y momentos característicos de cambio y transformación, constituyen un material inapreciable para la construcción de la sociología americana. En la tradición académica el eslabón de tránsito a la sociolo­ gía está en el viejo derecho natural, pronto convertido en una filosofía del derecho de carácter más amplio en la reacción con­ tra lo que fué la herencia inmediata de la Colonia. Y desde el punto de vista filosófico no debe olvidarse la rápida expansión, y predominio a veces, que adquiere el positivismo en determina­ dos países. Aproximadamente con el siglo xx empieza ha ser enseñada la sociología en algunas Universidades. Y pronto con la obra de M ariano H . Cornejo la producción en lengua española de los pueblos americanos alcanza merecido rango internacional. Este libro, publicado en 1908, pertenece, sin embargo, por completo al siglo anterior, de cuyos conocimientos es una síntesis admi­ rable. Nuevas posiciones representan ya una serie de ilustres au­ tores, que aportan desde distintas perspectivas estudios valiosos y que son todavía los maestros de las nuevas generaciones, entre otros: Antonio Caso en México, Raúl O rgaz en la Argentina, Luis López de M esa en Colombia, Venturino en Chile, A gramonte en Cuba, Azevedo y Carvallo en Brasil, etc. La situación actual de la sociología en la América latina se caracteriza: 1) por su general aceptación como materia de en­ señanza, 2) por la formación de un público extenso, cada día más interesado por las publicaciones y estudios sociológicos, 3) por la creación de centros de investigación, de rigurosa orienta­ ción científica, y 4) por la existencia en casi todos los países de


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SOCIOLOGÍA CONTEMPORÁNEA

equipos, más o menos numerosos, de investigadores y profesio­ nales seriamente preparados. En conjunto, y por lo que afecta al plano teórico, puede afirmarse que el pensamiento sociológico de la América latina se encuentra hoy en un momento en que, absorbidas y adapta­ das las mejores direcciones europeas y norteamericanas, empieza a dar obras originales, abriéndose ante él un espléndido futuro.


CAPITULO III LOS M E T O D O S DE LA SO C IO L O G IA

i. Exam en de con jun to En la Introducción de esta obra señalamos como tarea de la Sociología el conocimiento científico de la realidad social. A h o ­ ra bien, hemos ya aludido a este tema, que ahora trataremos en visión de conjunto. Hemos de advertir de antemano que, se­ gún nuestra opinión, resultaría equivocado considerar un solo método como el único justo. Resulta además aplicable en este caso la frase de D ilthey: "C on el método sucede lo mismo que con un cuchillo: es preciso probar si corta” . Por lo tanto, no debemos tener en cuenta demasiado la corrección lógica al tra­ tar de hacer más profundo nuestro conocimiento de las agru­ paciones humanas. Incluso, si no podemos llegar de otra mane­ ra a una concepción de la sociedad, debemos emplear una plu­ ralidad de métodos. Y esto es válido sobre todo en lo que se refiere a la contra­ dicción, muchas veces señalada, entre los métodos empíricos de investigación y los propios de las ciencias del espíritu. Los pri­ meros son los que dominan actualmente en la sociología yanqui, yendo tan lejos en este sentido algunos de sus representantes que ven en la Sociología tan sólo un aspecto de las ciencias na­ turales. Por el contrario, hoy es muy corriente en Alem ania la opinión de que tan sólo el método de las llamadas ciencias del espíritu es el adecuado a la Sociología. M as el hecho de que la


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LOS MÉTODOS

sociedad humana sea un producto de la Naturaleza, como se deduce de la influencia que sobre ella ejercen el suelo y la raza, y al mismo tiempo un producto del espíritu, se opone a tales concepciones unilaterales. Sería muy recomendable que, en ge­ neral, en lugar de realizar investigaciones puramente teóricas sobre cuestiones metodológicas se examinasen en exposiciones monográficas de contenido sociológico el valor de los diferentes métodos. A sí, por ejemplo, en la obra de Günther sobre La sociedad alpina tenemos una prueba en verdad acertada de que puntos de vista naturalistas, relaciónales y estructurales se puedan em­ plear muy bien simultáneamente para trazar la imagen de un fenómeno social concreto. Lo mismo vemos en la m onografía excelente de Michels La sociología de los partidos, en la que re­ sulta evidente la importancia de coordinar diferentes métodos, tales como la Estadística, la Psicología Social y la Economía. U n fenómeno social tan inmenso como el del estado sólo se pue­ de explicar si se investiga al mismo tiempo con diferentes instru­ mentos metodológicos; o sea, junto al estudio de la naturaleza, las bases psicológicas y los efectos culturales. Y esto he podido advertirlo claramente con motivo de mis propias investigaciones sobre la sociología del estado. Los términos de esta discusión que acabamos de presentar nos

parecen a primera vista puramente modernos. Resultará,

por lo tanto, asombroso saber que en la sociología griega se dis­ cutían ya los diferentes métodos para la investigación del esta­ do y de la sociedad. Así, para Platón, el método deductivo es el más adecuado: se debe, dice, partir de los principios y desde ellos descender hasta los fenómenos particulares. Por esto él deduce el estado de la idea de la justicia y de éste, la organiza­ ción estamental. Aristóteles, en cambio, prefiere el método in­ ductivo. Se debe comenzar, según él, con lo que ya nos es cono­

cido, y de ahí ascender hasta lo general. Por esto emplea el pro­ cedimiento genético para descubrir la esencia del estado. Ofreceremos ahora una visión general sobre los métodos em­ pleados hasta el presente en la Sociología y más adelante haré-


EXAMEN DE C O N JU N TO

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mos una exposición detallada de algunos de los más importan­ tes. En primer lugar hemos de mencionar los métodos que pro­ porcionan el material empírico para el establecimiento de estruc­ turas sociológicas. Estos, en cierto modo, constituyen tan sólo el trabajo preparatorio para la Sociología propiamente dicha. A ellos pertenece la llamada Sociografía, la Etnografía, la Es­ tadística y la H istoria Universal. Sobre las ciencias auxiliares hablaremos con más detalle en el capítulo siguiente. M encio­ nemos también el método de las encuestas, empleado especial­ mente en América, y que sirve para descubrir hechos sociales. E l experimento, en cambio, que desempeña tan gran papel en la investigación de la naturaleza, sólo rara vez sirve para la inves­ tigación sociológica. M ejor puede utilizarse éste si se trata de un tema psicológico-social. En general los métodos puramente científico-naturales son impropios para la Sociología, aunque se haya hecho la tentati­ va de edificar una sociología mecanicista, esto es, de adquirir conocimientos con la ayuda de fórmulas físicas y matemáticas; mas esta tentativa no ha tenido un verdadero éxito. Este fué, incluso, el caso del fino sociólogo italiano Pareto, cuya doctrina quedó bosquejada en el capítulo anterior. N o se puede hablar tampoco aquí de un método biológico en la Sociología; en es­ te caso se trata más bien de una aplicación de analogías. Pe­ ro es preciso reconocer, por otra parte, que existe una zona fronteriza entre la Sociología y la Biología, como observamos en el estudio de la ciencia de las razas; sobre este punto tam­ bién diremos algo más en el capítulo siguiente. M ás estrechas son las relaciones entre la Psicología y la Sociología. La prime­ ra no es tan sólo una ciencia auxiliar de la Sociología, sino que su aplicación inmediata es propia incluso para la investigación de estructuras sociales. Por eso hablaremos de un modo parti­ cular del método psicológico. M as antes trataremos de la elabo­ ración del material empírico, para lo que se ha desarrollado un método sociológico especial que podemos llamar método tipo­ lógico o clasificatorio.


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LOS MÉTODOS

2. Los m étodos clasificatorio y tipológico

El material proporcionado, en lo que se refiere a las agru­ paciones humanas, por propia observación, Estadística, Etno­ grafía e Historia, necesita cierta adaptación, sobre todo si que­ remos describir por su medio algunas categorías de fenómenos sociales. Y esto lo mismo si se trata de la clasificación de las estructuras sociales que del descubrimiento de tipos de evolu­ ción; pues las categorías sociológicas deben apresar tanto lo simultáneo como lo sucesivo de la vida social. Los comienzos de este método los encontramos ya en la sociología griega. En Grecia fué sobre todo la aparición del estado en sus diferentes formas lo que estimuló el interés de los pensadores. La plurali­ dad simultánea de pequeños estados griegos provocó pronto comparaciones, así como el establecimiento de tipos; pero tam­ bién las instituciones de estado de los llamados pueblos bárba­ ros se tomaban en consideración; no limitándose el estudio a los elementos jurídicos de la Constitución del estado, sino que se tomaban también en cuenta, para el establecimiento de las cate­ gorías de estados, las bases sociales. Incluso los diferentes tipos de evolución de la sociedad fueron ya formulados por algunos pensadores griegos, entre los que desempeñó un papel impor­ tante la teoría cíclica. La clasificación ha hecho progresos recientes muy importan­ tes, ya que se cuenta con un material de observación más rico. En cuanto a los tipos de evolución de la sociedad, fué sin duda el filósofo italiano V ico el que estableció por vez primera una teoría, a la que siguieron después las de Comte y Spencer. La descripción histórica moderna tal como se manifiesta de un modo especial en las obras de Lamprecht y de Breysig, prefiere el establecimiento de tipos culturales de la sociedad. M as en lo que se refiere a la teoría de la estructura de lá vida social, la so­ ciología moderna ha dado obras importantes. D e éstas habla­ remos aun en el capítulo vi de este libro. Señalaremos ahora tan sólo que algunos autores han establecido un método tipológico general como método sociológico. A estos autores pertenece


CLASIFICATORIO Y TIPOLOGICO

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Durkheim, que en su libro sobre el método en la Sociología

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(^ 9 5 )5 P* ss., desarrolló las reglas para el establecimien­ to de tipos sociales. E l punto de partida de su división es la horda, ya que ésta representa la sociedad más simple, consistente en un solo seg­ mento. Representa en cierto modo el protoplasma del organis­ mo social. Es, por lo tanto, posible explicar las demás estructu­ ras sociales por una combinación de hordas. Esta, opina D u rk ­ heim, es un postulado de la ciencia, de ella puede derivarse toda la escala de las uniones más complejas; por tanto, es cosa accidental el problema de si esta horda ha tenido o no una rea­ lidad histórica. M as este tipo de construcción nos parece bas­ tante peligroso. Sobre todo, no resulta nada clara la posición de la fam ilia, ya que difícilmente podemos explicar ésta como una combinación de hordas. Y si la fam ilia es algo original, falta entonces la base ideal de toda la tipología de Durkheim. Este, también, dejó de exponer las diferentes combinaciones que van desde las sociedades simples hasta las complejas formaciones de los pueblos civilizados. M ucho más importante es el método desarrollado por M ax W eber con la denominación de tipo ideal. Esta teoría ha ejerci­ do gran influjo, incluso fuera de Alem ania. Sorokin, en su libro sobre las teorías sociológicas, se expresa a este respecto de la manera siguiente: "Q uizás la tentativa más profunda para acla­ rar la concepción del tipo ideal, desarrollando un método par­ ticular de investigación, ha sido la realizada por M ax W eber; a esta tentativa pertenece el estudio de los tipos ideales del ca­ pitalismo, protestantismo, confucianismo, etc.” M as nos parece que Sorokin no ha comprendido en toda su significación ese método singular, ya que éste no consiste en resumir las caracte­ rísticas comunes de un grupo de fenómenos sociales, sino en el establecimiento de un tipo que, en su pureza, no pertenece a la realidad. Según W eber, el establecimiento de un tipo ideal se logra por la exageración unilateral de una o varias perspectivas que aparecen con más o menos frecuencia en una multitud de fe­ nómenos; estas perspectivas así destacadas constituyen una cons­


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LOS MÉTODOS

trucción conceptual del objeto estudiado. Con la ayuda de esta construcción se determina luego hasta qué grado la realidad histórica se aproxima al tipo ideal, lo que permite en consecuen­ cia su clasificación. Se trata, pues, de una idea que se realiza en las formas históricas concretas con mayor o menor perfección. A sí, por ejemplo, no aparece nunca la dominación carismática en toda su pureza, ni tampoco una economía tradicional o el capitalismo puro; la peculiaridad histórica se reconoce por el gra do de acercamiento al tipo ideal. W eber no trata, pues, de ningún modo, de construir un.i categoría genérica y aun menos de establecer un ideal. En el último sentido se emplea con frecuencia la expresión tipo ideal al referirse a la teoría del estado, por ejemplo, en la obra d<Jellinek ( T eoría general del estado, y ed., p. 34). Entendién dose aquí por tipo ideal uno que no está dado en la realidad, sino que ha de ser creado, es decir, un producto de la polítir.i o de la especulación. Si se establecen, en cambio, característica» comunes por el camino inductivo, habla Jellinek de un tipo em pírico; se trata entonces de un género de fenómenos reales y no de algo que ha de ser. Este tampoco es el caso de W eber; nt trata en él de un método peculiar en la captación de los ferió menos reales. Se puede discutir si no nos encontraremos aquí .il destacar unilateralmente determinadas características con el pt Iigro de una construcción arbitraria. En cuanto a los escrito» sobre este tema hemos de mencionar el de A . de Schelting: I .< construcción de la ciencia cultural en M a x W eber (Archivo d# ciencias sociales, t. 49); el de A . W alther: M a x W eber coma sociólogo (Anales de sociología, n ) ; H ans Oppenheimer: / « lógica de la construcción científica de las ciencias sociales (192^) | B. Pfister: La evolución hacia el tipo ideal ( 1928). Cierto parentesco con el método tipológico muestra el método faseológico empleado por M üller-Lyer en numerosos trabajo», más populares que científicos. Este consiste en analizar la Imio ria de las diferentes instituciones sociales, tales como la religión, la familia, el arte, etc., en períodos, comparando luego esta» di« tintas fases unas con otras. D e la síntesis de estas líneas dr rvt» lución pertenecientes a diferentes campos de la vida social h.» •!*


PSICOLÓGICO Y FENOMENOLÓGICO

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resultar un tipo histórico, que servirá para establecer leyes gene­ rales de evolución. Reconociendo el cuidado puesto por el autor, sobre todo en lo que se refiere a la utilización del material etno­ gráfico, los resultados de esta teoría tipológica nos parecen injus­ tificados. Su Líneas directrices del progreso es una obra llena de tendencias ético-políticas. Véase el trabajo Z u m A n d en k en an M üller-Lyer (En memoria de M üller-L yer), 1926, realizado por varios autores.

3. E l m étodo psicológico y el m étodo fenom enológico H ay un acuerdo unánime en admitir que la Psicología es una importante ciencia auxiliar para la Sociología. Fundadamente se puede considerar a ésta, incluso, como una ciencia límite, según resulta evidente en el caso de la psicología social. Sobre este te­ nia insistiremos todavía en los capítulos iv y v de este manual. Ahora trataremos tan sólo del problema de saber si la Sociología, para conseguir su fin, esto es, la descripción y explicación de los fenómenos sociales, ha de utilizar el método psicológico. L a ma­ yoría de los investigadores rechaza la utilización exclusiva del mé­ todo psicológico. M as existen algunos autores, especialmente en­ tre los sociólogos americanos, que han defendido con calor la tendencia psicológica. Y entre éstos se encuentran en primer lugar los representantes del llamado behaviorismo, o psicología «le la conducta. Los partidarios de la psicología de la conducta tratan, meili.inte la observación de las reacciones que resultan en determimidas situaciones provocadas por estímulos externos, de recoger • I material que nos permita formular las reglas de la conducta liumana. Los behavioristas opinan que sólo por este medio se lácele llegar a un conocimiento seguro de las relaciones en la '"icdad, y rechazan por tanto el procedimiento llamado intros1 tivo, o sea la investigación de la vida interior del alma. A firm.111 ellos de antemano que este procedimiento no nos propor• tonaría sino resultados inexactos, tanto si se trata de la obser«tu iún de uno mismo como si se trata de la investigación de la


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LOS MÉTODOS

vida psíquica ajena. Con ayuda de la estadística y de las en­ cuestas se pueden, en cambio, realizar observaciones sobre masas de gente con resultados de una exactitud que en general no ofrecen sino las investigaciones naturales propiamente dichas. Es cierto, en efecto, que con este método se ganan en cierto terreno algunos datos sobre la conducta exterior de los hom­ bres; se lograron en cierto modo presentar algunas acciones co­ mo reacciones regulares frente a determinados estímulos exter­ nos. Y es preciso reconocer que se adquirió también un buen material para la observación de las relaciones interhumanas. Pe­ ro el método falla si sé toma como objeto de la investigación no al individuo sino el grupo entero y en general la estructura so­ cial. Es justamente en este caso cuando aparecen como de la mayor importancia las observaciones psicológicas introspectivas. Es característico del "behaviorismo” partir de las investigacio­ nes del mundo animal y que una gran parte de ellas se refiera a la vida psíquica infantil. La investigación de los fenómenos más elevados de la actividad humana, tales como los sentimien­ tos morales y religiosos, se encuentra fuera de esas observacio­ nes primitivas. N o podemos decir, por tanto, que la teoría de la conducta externa del hombre pueda considerarse como la base metodológica de la Sociología. Y

menos aun tratándose de esas investigaciones, ciertamen­

te valiosas, que hicieron algunos psicólogos rusos como Pavlov y Bechterev con el nombre de reflexología. Se trataba de des­ cubrir, basándose en experimentos, en qué medida existen en los animales y en los hombres impulsos incondicionados (here­ dados) e impulsos condicionados (adquiridos) y de investigar también su origen y transformaciones. M as es evidente que no puede descubrirse el sentido de un fenómeno social estudiando los reflejos en los movimientos musculares, etc. La influencia de estos autores rusos sobre el desarrollo de la Sociología es, pues, tan pequeña como la de los behavioristas yanquis, en la medida, al menos, en que rechazan radicalmente el tener en cuenta la vida psíquica interior, como en el caso de la obra de J. W atson: La conducta, una introducción a la psicología compa­


PSICOLÓGICO Y FENOMENOLÓGICO

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rada, 1914. M ás moderadas son las obras de Thorndike y Dawey. U n a exposición y crítica excelentes del behaviorismo es la de F. Sander en la Revista de economía nacional, t. m, p. 704 ss. La teoría de la conducta humana de Robert E. P ark y W . J. Thomas es de una tendencia más sociológica y en ella observamos cierto parentesco con el Sistema de sociología general de von W iese, con su teoría de las relaciones, donde se reconoce igual­ mente a la conducta externa como el hecho fundamental de la ciencia social. En lo que se refiere a la Psicología propiamente dicha, la que tiene por objeto las representaciones, sentimientos y deseos, llegó ésta a emplearse como base, sobre todo en los diferentes sistemas sociológicos yanquis. Recordemos las investigaciones, ex­ puestas en el capítulo anterior, de Guiddings y Ellwood E l pri­ mero ve en la conciencia de la especie el hecho decisivo de la vida social; el último identificó directamente la Sociología con la psicología social. En Francia fué T arde, según ya hemos indi­ cado, quien señaló al instinto de imitación como punto de par­ tida de la socialización. Entre los sociólogos alemanes es V ier­ kandt el que se manifiesta más inclinado al método psicológico; para él, en la conciencia de los individuos reside el carácter de­ terminante de las formaciones sociales. M as también F. Tónnies pertenece a esta tendencia ya que ve en la esencia de la voluntad el principio constructivo de la sociedad, es decir, en la volun­ tad esencial y en la voluntad de elección o arbitrio. Incluso M ax W eber, al cual le parece decisiva la acción social y el sentido de ésta, se ve obligado a atribuir la mayor importancia a los moti­ vos de la acción o de omisión. Aunque W iese señala las diferencias que existen entre el mé­ todo científico de las relaciones y la Psicología, cree, sin embar' go, poder encontrar las características del comportamiento hu­ mano en determinados deseos. Completando la teoría del soció­ logo americano W . J. Thom as, distingue W iese cuatro grupos de deseos sociales: E l deseo de seguridad, el deseo de aproba­ ción, el deseo de ser correspondido y el deseo de nuevas expe­ riencias y sensaciones. Puramente psicológico es el método em­


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LOS MÉTODOS

pleado por G . F. S teffen en sus libros Der W eg zur sozialen Erkenntnis (El camino del conocimiento social) y D ie G rundlage der Soziologie (La base de la sociología). Según él, el hecho fundamental de la sociedad es esa transformación de la con­ ciencia que provocan en un hombre los demás hombres. Todos los fenómenos sociales pueden referirse a esta influencia, por ejemplo, la cooperación, la lucha y la dominación. Entre los que representan el método psicológico hemos de contar también a F. Sander, como podemos ver por estas líneas suyas: "L a sociología pura es parte de la sociología descriptiva. W iese está equivocado al querer separar la Sociología de la Psicología; de la primera podemos decir que es la teoría de determinadas ac* ciones psíquicas, esto es, psicología descriptiva (Archivo de ciencias sociales, t. 54, pp. 376-382). E l filósofo HusserI, creador del método fenomenológico, en­ sayó extender su teoría de la Wesensschau (Intuición esencial) al conocimiento de los fenómenos sociales, substituyendo así el procedimiento puramente inductivo o tratando al menos de completarlo. M as algunos partidarios de la fenomenología han afirmado la utilidad de este método para la solución de los pro­ blemas sociológicos. A sí Litt, especialmente en su libro, del cual aparecieron varias ediciones, Individuum und Gemeinschaft (In­ dividuo y comunidad) dedujo de un análisis de la conciencia del Y o las relaciones con los demás hombres, como si éstas se encontrasen ya contenidas en esa conciencia. E l Y o no es algo que exista por sí, sino de antemano relacionado con otros; tam­ poco existe un Y o colectivo que descanse sólo en sí mismo. Se trata, más bien, de un encadenamiento recíproco entre el Y o y el T ú , o, como dice Litt, de una reciprocidad de perspectivas. En el Y o está ya contenida la realidad de la sociedad, pues de otra suerte nos veríamos obligados a asignar a aquella una con­ sistencia sui generis. Es sin duda un análisis agudo aunque insu­ ficiente para caracterizar las diversas uniones humanas en sus particularidades y transformaciones históricas. Vierkandt en su Teoría de la sociedad trató de utilizar el método fenomenológico de una manera concreta. Los resultados


EL DE LA COMPRENSIÓN

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más importantes se relacionan con el sentimiento de sí mismo, la voluntad de subordinación y la solidaridad. Lo característico del método consiste en establecer hechos generales no por induc­ ción, sino constatados con evidencia plena en un solo objeto, que nos es dado inmediatamente en nuestra conciencia y captado por un acto intuitivo. Com o ejemplos cita Vierkandt la venera­ ción y el sentimiento del pudor. N o se trata de una discusión de conceptos sino de comprender la esencia de estos fenómenos en una sola vivencia. A sí, por ejemplo, el respeto es un hecho últi­ mo de nuestra conducta que no se puede dividir en sus elemen­ tos ni referir a otra cosa; su esencia sólo puede ser comprendida por una intuición inmediata. El conocimiento adquirido de este modo tiene para nosotros el carácter de evidencia. Y esto mis­ mo podemos decir, de un modo muy marcado, en lo que se re­ fiere al sentimiento de unión íntima en la comunidad social. Es preciso reconocer que este método fenomenológico ofre­ ce, en la investigación de la vida social, datos valiosos, mas no hay que olvidar los peligros que supone. E l sentimiento de la evidencia no nos ofrece la garantía de que la intuición haya conducido a una verdad objetiva. Existe también la posibilidad de que la intuición pura de diferentes investigadores conduzca a resultados diversos. En estos casos sólo el método inductivo puede ser decisivo. Por esto, investigadores eminentes, como K . Bühler, han señalado, desde el punto de vista de la psicología, graves objeciones en contra del método iniciado por Husserl, a pesar de las muchas sugestiones que deben a este método la Lógica y la teoría del conocimiento.

4. E l m étodo de la "com prensión” Este procedimiento no significa en absoluto un método em­ pleado por vez primera en la Sociología. En las diferentes cien­ cias del espíritu se han hecho tentativas para penetrar en el sentido del acontecer, investigando los motivos de las acciones humanas o la esencia de las formaciones ideales. Fué por vez primera en la ciencia de la Historia donde resultó valioso es­


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LOS MÉTODOS

te método. Se puede asegurar que ya Tucídides lo empleó ha­ ciendo que los protagonistas hablasen de modo de expresar sus sentimientos e intenciones. Tam bién los gramáticos griegos tra­ taban frecuentemente de hacer comprender el sentido de ciertas formas lingüísticas por medio de motivaciones psíquicas. La teo­ logía cristiana ha utilizado para los escritos del A ntiguo y Nue* vo Testamento la llamada H erm enéutica, la cual no significa otra cosa sino la utilización del método de la comprensión. Im­ portantes investigaciones a este respecto encontramos en el T ra ­ tado teológico-político de Spinoza; y en el siglo x d í muy parti­ cularmente en la obra de Schleiermacher. Entre los filólogos fué sobre todo Boeckh quien utilizó con más éxito para su cien­ cia el método de la comprensión. Pero fué el filósofo alemán D ilthey el primero que hizo del método de la comprensión una teoría general para todas las ciencias del espíritu, en oposición al de las ciencias naturales. En su E infü hru ng in die Geistesw issenschaften (Introducción a las ciencias del espíritu), 1883, dice: "Las ciencias del espíritu tienen una base completamente distinta de las ciencias natura­ les. Su objeto se compone de unidades que nos son dadas y no simplemente inferidas, que podemos comprender por su inte­ rior; las sabemos, las comprendemos primero, para irlas cono­ ciendo luego poco a poco” (p. 136). Luego advierte: La natu­ raleza es muda para nosotros, siempre nos es externa; la socie­ dad es nuestro mundo, que convivimos con los demás ( miterle b e n ) . En otro lugar califica el método de las ciencias naturales como un simple concebir los objetos, mientras que en el método de las ciencias del espíritu se trata de un auténtico vivir ( E rleb e n ) , esto es, de un verdadero entender. Después de Dilthey, fué

sobre todo el filósofo Spranger el que en varios libros, tales como D ie Grundlagen der G eschichtsw issenschaft (Los fundamentos de la ciencia histórica); Lebensjorm en (ob cit.) y Psychologie des Jugendalters (Psicología de la edad juvenil), desarrolló la

teoría de la comprensión. Esta constituye el método de conoci­ miento propio de las ciencias del espíritu, mediante el cual el alma subjetiva logra establecer contacto con el espíritu objeti­


LL DE LA COMPRENSIÓN

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vo. Comprender, en su significación más amplia, quiere decir la captación plena de sentido de las conexiones espirituales en la forma de conocimientos objetivamente válidos. T a n sólo com­ prendemos estructuras plenas de sentido; por eso se distinguen estos productos del conocimiento, que nos proporciona la com ­ prensión, del concebir y del explicar. Ahora se plantea la cuestión de saber en qué medida este mé­ todo así caracterizado se puede y se debe aplicar a la Sociología. Son dos eminentes sociólogos alemanes los que lo defienden, o sea M ax W eber y W erner Sombart. W eber por primera vez en un artículo publicado en 1913: D eber einige Kategorien der verstehenden Soziologie (Sobre algunas categorías de la socio­ logía comprensiva), y más tarde en su obra principal W irtsch aft und G esselschaft (Economía y sociedad) ha hecho valer este método para la Sociología. Dice W eber: La Sociología es una ciencia que pretende comprender, interpretándola, la acción so­ cial, y de esa manera explicarla causalmente en su desarrollo y efectos. "A cción” es una conducta humana en la medida en que el sujeto o los sujetos de la acción unen a ella un sentido sub­ jetivo. La "acción social” , por tanto, es una acción en donde el sentido mentado por un sujeto o sujetos está referido a la con­ ducta de otros y orientada hacia ella en su desarrollo. D e estas manifestaciones fundamentales resulta que el com­ prender de W eber significa tan sólo un comprender psíquico

en lo que se refiere a las actuaciones de los individuos, pero no supone en el sentido de Dilthey y Spranger un comprender es­ piritual. N o se trata en el caso de W eber de captar con ayu­ da del método "comprensivo” estructuras sociales o fenómenos culturales como la religión, el arte, el derecho y el estado. Por esta causa las explicaciones de W eber son causales en lo que se refiere al actuar de los individuos y aparece en primer plano el factor racional. Por lo demás, él mismo se ve obligado a admi­ tir que se realizan muchos actos sociales de un modo inconsciente o tan sólo semi-consciente, y que éstos, por lo tanto, no se pueden someter a su teoría. Si añadimos aún que en la sociología de W eber la idea de chance desempeña un papel decisivo, es decir,


LOS MÉTODOS

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la probabilidad de que los hombres se comporten de cierto mo­ do, difícilmente podremos afirmar que él ha realizado por com­ pleto su programa de una Sociología "comprensiva” Y esto es evidente también en la teoría weberiana del tipo ideal, de la que ya hemos hablado. Sombart, en cambio, defiende apasionadamente que el único método apropiado a la sociología es el "comprensivo” , ya que ella pertenece a las ciencias del espíritu. En una conferencia pro­ nunciada en el V I Congreso Alem án de Sociología, expuso esta teoría con más detalles: H ay que distinguir tres formas de com­ prensión: comprensión de sentidos, comprensión de cosas y comprensión de la psique. La comprensión de sentido es la inte­ ligencia de las grandes ideas culturales, como la religión, el arte, la ciencia, el derecho, la economía y el estado, es decir, la com­ prensión de los fenómenos originarios del espíritu; otra tarea que incumbe a la comprensión de sentido es la intelección de las formas de socialización, tales como grupos, comunidad, asocia­ ción, jefatura y profesión, así como de las formas específicas de realización de las ideas culturales. L a comprensión de cosas abarca las objetivaciones del espíritu efectivamente ocurridas en la Historia; y así, por ejemplo, existe una Sociología de la iglesia católica y otra del estado prusiano, y en general una com­ prensión de las diferentes épocas culturales. Finalmente, la comprensión psicológica tiene por objeto la investigación genético-causal, o sea la teoría de las motivaciones. En contra de esta exposición, tal vez un poco complicada, del método comprensivo, hemos de objetar en primer lugar que la categoría de la comprensión de cosas no es necesaria. Bastaría con la comprensión psicológica y la de sentido (comprensión es­ piritual) . La importancia de la primera es indiscutible y ha de ser admitida aunque no aceptásemos para la Sociología el mé­ todo de la comprensión como método único. La categoría de la comprensión de sentido supone que existe, junto a la psique, el espíritu como un fenómeno particular. Esto es lo que afirma, con razón o no, la filosofía idealista. M as en todo caso nos pa­ rece peligroso hacer depender el carácter de una ciencia positiva,


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como ha de ser la Sociología, de una hipótesis filosófica, es decir, de la distinción entre alma (psique) y espíritu. Es posi­ ble, por otra parte, ordenar y explicar estos fenómenos que Sombart agrupa bajo la categoría de la comprensión de senti­ do, con ayuda del método clasificatorio. D e este modo llega­ ríamos a reconocer una pluralidad de métodos útiles en la So­ ciología. Lo cual nos parece preferible al empleo de un solo mé­ todo, según ya expresamos al principio de este capítulo.

5. E l universalismo El ambicioso sistema de Sociología de Othm ar Spann tiene fundamentos metafísicos que, naturalmente, no hemos de consi­ derar en este lugar. Sólo trataremos de exponer y discutir su análisis de la sociedad, el cual ha encontrado expresión en el término universalismo y en los principios del método articular deducidos de este análisis. El problema fundamental de la So­ ciología reside, según Spann, en el concepto de la sociedad. Esta no es un hecho natural, sino un hecho del espíritu, que no se puede explicar nunca causalmente por la acción recíproca entre los individuos y, en general, no se puede en absoluto explicar empíricamente, sino tan sólo partiendo de una comunidad que se articula en los diferentes grupos e individuos. Y

en esta contradicción vemos, particularmente, la diferen­

cia entre la concepción individualista y la concepción universa­ lista de la sociedad. Se trata, según Spann, de una contradicción absoluta, que no admite términos medios; de lo cual, dicho sea de paso, no estamos nosotros convencidos. Según la primera teo­ ría, la sociedad consiste en una suma de individuos autárquicos y sólo a éstos hemos de atribuir realidad; la sociedad es algo deducido de ellos. El universalismo, en cambio, parte de que la sociedad es primera y esencial y que los individuos sólo alcanzan la personalidad en cuanto miembros de ella. Según Spann am­ bas concepciones son posibles en sí, mas tienen consecuencias políticas y éticas completamente diferentes.


LOS METODOS

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Pero no se trata, como señala Spann repetidas veces al hacer esta distinción, de establecer una valoración de las teorías con­ tenidas en cada una de estas concepciones, desde el punto de vis­ ta de la concepción del mundo o de la Etica, aunque sus simpa­ tías vayan hacia el universalismo. M ás bien se trata de una ex­ plicación acertada de los fenómenos sociales, para la cual el punto de vista totalista es el único que ofrece una verdadera base, ya que es un hecho fundamental el que no pueda nacer ningún pensamiento, ningún sentimiento ni ningún deseo en el individuo que no sea al mismo tiempo un pensamiento, senti­ miento o deseo compartido con otro. Y no se trata tampoco de un acto de ayuda mutua entre hombres que existían ya, con in­ dependencia, sino de una creación simultánea de la vida espi­ ritual. El hombre, considerado como ser espiritual, es tan sólo posible en la comunidad; sólo existe en cuanto miembro de to­ talidades superiores, superaindividuales. Pero conserva una inde­ pendencia y peculiaridad relativas. Com o precursores de esta Sociología universalista cita Spann a los grandes filósofos griegos Platón y Aristóteles, a los esco­ lásticos de la Edad M edia, particularmente a Santo Tom ás, a los filósofos idealistas alemanes desde Fichte a H egel, y, por último, al Romanticismo. La teoría individualista, en cambio, está representada en la Antigüedad por los sofistas y en la época moderna por los representantes de la Ilustración, sensualistas y positivistas. N o obstante Spann se ve obligado a reconocer que hoy la mayor parte de los investigadores de la Sociología, en especial en Francia, Inglaterra y Norteamérica, y en parte tam­ bién en Alemania, toman como base esta última concepción. A todas estas diferentes tendencias las considera Spann como gru­ pos de una sociología naturalista y a ellos opone su sociología idealista basada en las ciencias del espíritu. D e ella deduce el método articular, el cual, en contradicción completa con la con­ sideración causal y con la psicología social, trata de explicar los fenómenos sociales como todos parciales articulados y como re­ laciones jerárquicas entre esos todos. H asta qué punto es una teoría lograda en los detalles, es


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cosa que no podemos examinar aquí, pero, en todo caso, no se puede negar que del método articular han nacido muchos es­ tímulos, no sólo para el estudio de la Sociología propiamente dicha, sino también de las diferentes ciencias sociales y muy especialmente de las ciencias políticas, Economía Política y cien­ cias relacionadas con las finanzas. M as no debemos callar una objeción de principio en con­ tra de la validez exclusiva del universalismo en la consideración de la Historia de la sociedad. La doctrina de Spann supone que la sociedad en todos los tiempos y en todos los pueblos está cons­ truida de un modo universalista; pues en caso contrario no se podría atribuir a la teoría universalista una validez absoluta. L a teoría individualista sería, pues, una concepción errónea de la realidad social; y se plantea entonces la cuestión de cómo pu­ do haber nacido tal teoría falsa. Pero en verdad la cosa es muy diferente. H an existido pe­ ríodos de la H istoria en que la sociedad tenía en realidad el carácter que Spann le atribuye según su teoría universalista. Como primer ejemplo podemos mencionar a la ciudad-estado de los griegos en donde de hecho la personalidad del individuo dependía de su carácter de miembro de la polis. Y es compren­ sible que los grandes pensadores griegos tuvieran la tendencia, a causa de su posición conservadora, de mantener este ideal de comunidad frente a las corrientes individualistas. Por esto las doctrinas del estado y de la sociedad de Aristóteles y sobre todo las de Platón, encierran un carácter universalista. El se­ gundo ejemplo nos lo ofrece el estado medieval. La estructura de la sociedad era entonces tal, que, en efecto, se orientaba de arriba a abajo, es decir, que aparecía como articulación del todo. ¿ Y nos puede sorprender acaso que la escolástica expresase el punto de vista universalista? Desde la destrucción de la sociedad medieval con el renacimiento, con el humanismo, el Derecho N atural, la Ilustración y finalmente con la Revolución france­ sa, tenía, naturalmente, que ganar influencia la teoría indivi­ dualista. Y si más tarde con el Romanticismo y con la filosofía idea­ lista alemana se hace valer de nuevo la idea universalista, no se


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trata en este caso de consideraciones puramente teóricas, sino de transformaciones en la estructura social y política; se trata de una resurrección del conservatismo en lo que se refiere al estado y la religión. Estos momentos históricos merecen la ma­ yor atención y por ello me parece insostenible el querer caracte­ rizar a la sociología individualista simplemente como una teoría falsa, como hizo Spann. Porque si la sociedad, en la realidad, pone en primer plano al individuo concediéndole derechos sub­ jetivos, y particularmente la igualdad y la libertad, así como una constitución democrática, no podemos considerar, refirién­ donos a una tal sociedad, el universalismo como la única con­ cepción social. La Historia nos muestra frecuentemente un cam­ bio entre las dos formas fundamentales de la estructura social. A sí, por ejemplo, nos parece que en la actualidad se advierte una tendencia al desarrollo de la idea de comunidad; baste solo con señalar el fascismo y el nacional-socialismo. Y en este caso aumenta la importancia de la sociología universalista, pero, sin embargo, no la podemos considerar como válida para todos los tiempos y para todos los pueblos. Spann expuso sus teorías en sus obras: G esellschaftsphilosophie (Filosofía de la sociedad), 1928; en G esellschaftslehre (Teoría de la sociedad), 3, ed., 1931; y en varios artículos del H andw órterbuch der Staatswissenschaften. U n a exposición resumida, excelente, la escribió W . Andreae en el W eltw irtschaftliches A rch iv (Archivo de economía mun­ dial), t. 27; y, recientemente, en el artículo O b je to y m étodo de la sociología publicado en la Revista de ciencias políticas, t. 96. En el V Congreso Alem án de Sociología el objeto de la discu­ sión fué la teoría de Spann, la cual en el extranjero ha tenido escasísima resonancia. f »

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CAPITULO IV C IE N C IA S M A R G IN A L E S Y C IE N C IA S A U X IL IA R E S D E L A S O C IO L O G IA i. G eografía L a G eografía es sin duda una ciencia auxiliar importante de la Sociología, ya que el ambiente geográfico ejerce una gran influencia sobre el desarrollo de la sociedad humana. Los fac­ tores que influyen son, entre otros, las particularidades del sue­ lo (montaña o lla n u ra); las aguas (ríos y m ares); la fertilidad c esterilidad; la flora y la fauna. Señalemos, además, la relación que vincula la agricultura al suelo y a las estaciones, lo cual da a los campesinos un carácter peculiar. El fenómeno social de la vecindad depende, por otra parte, del espacio; el hecho de la existencia de la frontera constituye un importante fenómeno sociológico-espacial. M ayor importancia presenta aun el asenta­ miento. U nión duradera entre el hombre y el suelo, en el que hemos de distinguir el hogar aislado, la aldea y la ciudad. En lo que se refiere a los efectos sociales, estas últimas formas han sido objeto frecuente de investigaciones científicas, por ejem­ plo, en el estudio americano de la rural and urban sociology. M ás alcance han pretendido tener las investigaciones especia­ les, realizadas sobre todo en América, encaminadas a estudiar la influencia de los factores geográficos en la prosperidad econó­ mica, densidad de población, alimentación, vestidos, salud, e tc A sí se ha desarrollado una especie de geografía sociológica en la que no faltan las exageraciones. Baste con señalar los escritos


CIENCIAS MARGINALES de E. H untington, que trata de hacer depender toda evolución humana del clima. Por este breve examen que acabamos de realizar, podría tal vez suponerse que el estudio de la influencia de los factores geo­ gráficos sobre la evolución de la humanidad pertenece tan sólo a nuestra época; pero nada más erróneo que esta suposición: ya antiguamente se habían establecido los fundamentos de estas in­ vestigaciones. El más antiguo escrito que conocemos, entre los que tratan de este tema, es el de Hipócrates que lleva por títu­ lo: D e l aire, del agua y de la situación geográfica . En él se ex­ pone, basándose en diversas observaciones realizadas, cuál es la influencia del clima, de la particularidad del suelo, del cambio de las estaciones, de los vientos, de la clase de aguas, de la flora y de la fauna, sobre el carácter del pueblo y las instituciones so­ ciales. Así, por ejemplo, explica Hipócrates que la monotonía en el clima tiene por efecto la indolencia y que, en cambio, un clima variable da lugar a la actividad del cuerpo y del espíritu. Incluso el valor o la cobardía, factores decisivos para la consti­ tución del estado, dependen de factores geográficos. Los his­ toriadores griegos han contribuido también al estudio de la geo­ g rafía política; Herodoto estudió la relación entre la historia de Egipto y el N ilo y Tucídides el antagonismo entre Roma y Es­ parta. En las obras de Platón y Aristóteles hallamos también algunas observaciones sobre la influencia que el suelo y la proxi­ midad del mar ejercen en las instituciones sociales de los pue­ blos. En la época moderna fueron primeramente Jean Bodin y más tarde, de un modo parecido, Montesquieu, quienes utiliza­ ron el estudio de la G eografía para el desarrollo de sus teorías sobre el estado. En Alem ania fué H erder quien tuvo en cuenta la G eografía, aunque para él los factores geográficos no tuvie­ ran tanta importancia como el carácter nacional. H erder dijo: "Trasladad los chinos a Grecia y nuestra Grecia nunca hubiera nacido” . Entre los geógrafos modernos, K . Ritter examinó, el primero, cuidadosamente, las relaciones entre G eografía e H is­ toria de la humanidad. Pero fué Ratzel quien en su Antropogeografta dió por vez primera nombre y pleno contenido a esta


LA GEOGRAFÍA ciencia. U n a segunda obra de este gran investigador, su G eogra­ fía política es un estudio de las condiciones exteriores que deter­ minan la existencia, constitución, expansión y decadencia de los estados, definiendo éstos como seres orgánicos vivos que, en cierto modo, son fruto del suelo. Tam bién para el pensador sueco Kjellen el estado es un ser vivo; mas considera que la pre­ sencia espacial del estado, el "D a s Reich” como él le llama, no es sino una parte entre las diferentes que dan lugar a la concepción del estado, por lo que se ve que Kjellén no defiende el punto de vista geográfico de un modo intransigente. L a im­ portancia de K jellén reside en su propuesta de dar a la investi­ gación de los fundamentos geográficos de las comunidades po­ líticas el nombre de G eopolítica. Esta propuesta fué sobre todo aceptada en Alem ania. La revista Z e its c h r ift fü r G eo p o litik (Re­ vista de geopolítica) se propuso desarrollar la doctrina de que todos los acontecimientos políticos están ligados al suelo, pro­ porcionando así datos y convirtiéndose en consejera de la vida política. Empleada la palabra en este sentido, se da a la Geopo­ lítica un carácter que la distingue de la Sociología, ya que ésta supone una disciplina teórica. En cambio, entre la G eografía política según la antigua acepción de la palabra, esto es, como ciencia que pretende tan sólo describir y explicar, y la Sociolo­ gía, existe un cierto parentesco. H ay una m onografía excelente en la que puede estudiarse esta evidente relación: es la obra de A . Günther: D ie alpenlandische G esellsch a ft ( ob. c it .) , 1930. En ella se describen los efectos que las particularidades geográficas de los Alpes, tales como la altitud, el espacio cerrado, la dificultad de tráfico, el suelo poco fértil y la forma especial de aposentamiento, ejercen sobre la vida social de sus habitantes; y no sólo en lo que se refiere a las condiciones políticas y económicas, sino también a la estructura cultural tal como ésta se observa en las costum­ bres, religión, opinión pública e incluso en el arte. D e l mismo modo se estudian los fenómenos de estamento y clase, masa y caudillo, vecindad y competencia, aldea y ciudad, así como los partidos políticos, observando sus características alpinas, por lo que resulta completamente justificado el título del libro. Y


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CIENCIAS MARGINALES

no sólo la sociología descriptiva, sino también la geografía polí­ tica se enriquece con la obra de A . Günther. Señalemos sus in­ vestigaciones sobre los estados de tránsito y el efecto de las fronteras naturales y artificiales; e incluso temas biológicos y problemas de raza son abordados por él; así como se discuten en esta obra, de un modo absolutamente objetivo, problemas propios de la metodología y de la ciencia sociológica en general. N o faltan exageraciones sobre la importancia de la sociolo­ gía geográfica. E l sabio francés Le Play, por ejemplo, quiso explicar la vida social de los hombres teniendo en cuenta sobre todo el estudio de la tierra. En oposición a esta teoría declara W eise: "L a historia de la tierra no es aún Historia universal. La fuerza motriz del ser histórico es el hombre, para el cual la tierra es tan sólo ayuda o freno, según el sentido que dé a su propia fuerza” . En todo caso, tan importante como el espacio f í ­ sico es el espacio social. Sobre este tema Simmel en su S o cio lo ­ gía ha presentado un interesante estudio. Expone que la in­ fluencia recíproca entre los hombres supone ocupación del espa­ cio. Las cualidades del espacio que se toman en consideración como cualidades sociológicas fundamentales, son las siguientes: i . La exclusividad, que es propia de la esencia del estado, mien­ tras que las otras formaciones sociales pueden existir simultá­ neamente en el mismo espacio, como, por ejemplo, las corpora­ ciones. 2. L a frontera, que es importante como fuerza formativa de las conexiones sociales. Simmel dice: "L a frontera no es un hecho espacial con efectos sociológicos, sino un hecho socioló­ gico con forma espacial. 3. El espacio permite la fijación de las formaciones sociales, tales como la fam ilia merced a Ja casa o la comunidad religiosa merced al edificio de la iglesia. 4. La proximidad o lejanía espacial es con frecuencia un factor decisi­ vo en las relaciones interhumanas y determina la simpatía, la antipatía o indiferencia. 5. Lo espaciado de las moradas de una minoría nacional o religiosa, o bien, su concentración, tiene con­ siderables consecuencias políticas y sociales. Simmel indica, fi­ nalmente, la importancia del cambio de lugar, de la migración como fenómeno sociológico. D e este tema volveremos a hablar en otro lugar (V er cap. vra, 2.).


BIO-SOCIO LOGIA

2. Bio-sociología Con esta expresión ya se indica la estrecha relación que exis­ te entre la Sociología y la ciencia natural, que tiene por objeto el estudio de la vida de los organismos. Incluso adoptando una posición crítica en cuanto a la sociología orgánica — de esto ha­ blaremos muy pronto— es preciso reconocer que las bases natu­ rales de la sociedad humana, como la raza, la familia, los cam­ bios de generaciones y la herencia, son de la mayor importancia para el estudio sociológico. Trataremos brevemente de algunos temas relacionados con este terreno límite entre ambas ciencias. Pero antes hemos de advertir que eliminaremos de nuestra in­ vestigación todo lo que rebase la explicación y descripción. Se­ gún ésto, la llamada B iología social, a la que dedicó A . Elster un libro muy instructivo, ya no pertenece propiamente a nuestro estudio. Biología social llama este autor a la ciencia que estudia el proceso vital de los grupos humanos desde un punto de vista social, valorizándolo y tratando de influir sobre él. Elster asigna también a la biología social la tarea de examinar las medidas que tienen por objeto la conservación de la salud de los grupos humanos. M as la política social y la higiene social, por muy im­ portantes que sean, no son materias de estudio que incumban a la Sociología. Por lo demás, la Biología debe también algo a la Sociología. Darwin, por ejemplo, nos dice que la sugestión para su famosa doctrina de la lucha por la existencia proviene del escrito de M althus sobre el problema de la población. Tam bién la teoría sobre la división del trabajo, desarrollada desde hace mucho tiempo en la Sociología, fué utilizada por la Fisiolo­ gía moderna. Aunque, claro, es mucho más lo que debe la So­ ciología a la Biología. En el capítulo dedicado a la historia de la Sociología hemos señalado a los autores que conciben la sociedad como un orga­ nismo biológico y que creían poder describir y explicar así los

fenómenos sociales; estos autores fueron principalmente Spen­ cer, Lilienfeld, S ch affle y W orm s. En lo que se refiere al es­ tado, ya los antiguos pensadores griegos emplearon esta analo-


CIENCIAS MARGINALES

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gía. Señalamos sobre este tema mi G riechische Soziologie (So­ ciología g rieg a). N o podemos dejar de citar algunas frases de la P olítica de Aristóteles, que hasta ahora han sido muy poco co­ mentadas, y que expresan claramente la teoría del estado con­ cebido como organismo biológico: "E l estado, lo mismo que to­ do ser vivo (zoon ) , está constituido por elementos no homogé­ neos. Lo mismo que los animales, se compone de diferentes par­ tes, como las que sirven para introducir el alimento o para su asimilación, y, además, de instrumentos para la percepción sen­ sible y para el movimiento. El gobierno es el alma del estado” . Los modernos partidarios de la teoría orgánica no han hecho mucho más que desarrollar estas analogías, basándose en los progresos de la Biología; así hablan de un tejido social, de un sistema nervioso, etc. Actualmente la sociología biológica no está en auge. Spen­ cer, por otra parte, ya admitió ciertas diferencias entre un orga­ nismo animal y la sociedad; y definió ésta como superorganismo. Sch affle, en sus últimos escritos, abandonó por completo la teo­ ría orgánica. N o es por lo tanto necesario hacer una crítica más detallada de esta doctrina. Pondremos de relieve tan sólo un punto que rara vez atrae la atención en las discusiones sobre la sociología biológica: L a sociedad no puede ser un organismo real ya que le falta la característica esencial de un organismo, que es la unidad. E l concepto de sociedad, ¿puede ser extendido acaso a toda la humanidad? Deberíamos entonces poder deter­ minar algunos órganos o funciones de esta sociedad, lo cual no parece posible. M as si llamamos organismos únicamente a los diferentes grupos y asociaciones, surgen nuevas dificultades, ya que éstos se cruzan con frecuencia; la analogía con un ser real nos abandona aquí por completo. M ás lógica resulta esta teoría en lo que se refiere al estado, pues en él se encuentran efectivamente limitación y unidad. D e esto hablaremos más detalladamente en el capítulo vn. Existen aun en la actualidad autores eminentes que consideran al esta­ do como ser vivo, por ejemplo, Kjellén, aunque no en el sentido biológico. Hemos de señalar, además, que existe una sociología


BIO-SOCIOLOGÍA orgánica apartada por completo de toda base biológica, ya que concibe a la sociedad como un organismo espiritual. A sí la con­ cibe, por ejemplo, Barth, y también Gierke. En este caso ya no podemos hablar del método biológico; mas existe otro punto de vista en el que la aplicación de este método tuvo cierta impor­ tancia: la llamada doctrina de la evolución natural, que se re­ laciona sobre todo con el nombre de Darwin. Este gran investigador de la naturaleza dejó, prudentemen­ te, de aplicar su teoría biológica a la sociedad humana, es decir, su teoría sobre la variabilidad, la herencia, la lucha por la exis­ tencia y la selección natural. Sus discípulos en cambio trataron de hacerlo, encontrando, claro, muchos adversarios; de este modo nació una especie de darwinismo sociológico. Por lo demás, ya en las obras de los antiguos griegos vemos alusiones a la aplica­ ción de las leyes naturales a la sociedad humana. Recordemos la famosa frase de H eráclito según la cual la guerra es madre de todas las cosas; incluso el hecho de los conflictos de clases fué explicado por él como consecuencia de la guerra. En un poema didáctico de Empédocles se alude también a la idea de que los más aptos son los que sobreviven en el mundo humano y animal. Y , según algunas frases de los sofistas que han llegado hasta nosotros, aplicaban éstos igualmente a la sociedad humana la ley, dominante en la naturaleza, del derecho del más fuerte. Pe­ ro no falta quien rechace decididamente esta sociología natura­ lista basándose en que, entre los hombres, al contrario de lo que sucede en el mundo animal, se han hecho valer la razón y la moral, y que de este modo ha quedado así suprimida, o al me­ nos modificada, la simple ley de la lucha. Tam bién la doctrina de la herencia, discutida incluso en su aspecto puramente biológico, ha sufrido, en lo que se refiere a su aplicación a la sociedad humana, una interpretación muy va­ riada. U n a ojeada sobre la literatura escrita sobre este tema nos muestra inmediatamente que es preciso explicar tales divergen­ cias no tanto por diferencias teóricas de opinión, sino más bien a causa de las diversas concepciones políticas, sociales y éticas. La teoría de la herencia se emplea con frecuencia como instru­ mento para dar fundamento a estas diferentes tendencias prác-


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CIENCIAS MARGINALES

ticas. La tendencia aristocrática y la democrática, individualis­ mo y socialismo, manchesterianismo y política social, se deducen de los principios danvinianos. La importante m odificación que hizo W eismann a la teoría de la herencia, según la cual no se he­ redan cualidades adquiridas, fué pronto utilizada sociológica­ mente en el sentido de una tendencia conservadora. Fué sobre todo la teoría de la lucha por la existencia como factor de la evolución social la que sufrió una interpretación más diversa, según la manera como se contestase a la cuestión de si esta lu­ cha se desarrolla entre individuos o entre grupos sociales, si su efecto consiste en la victoria de los mejores o en la de los más brutales y sin escrúpulos, si esto produce en la sociedad humana una selección natural o artificial, etc. Los partidarios de la concepción aristocrática fueron los que más celosamente trataron de utilizar la doctrina de la selección natural. Como es sabido, Nietzsche, en su ideal del superhom­ bre, en su idea de la supresión de los "muchos, demasiados” , se apoya en Darwin. Algunos no van tan lejos con su "m oral seño­ rial” , pero afirman, sin embargo, que la formación de las clases en la sociedad humana está de acuerdo con la naturaleza, y, so­ bre todo, que la clase de los ricos representa la élite de la hu­ manidad. Herbert Spencer es partidario también de esta teoría, y afirm a que es contraria a la naturaleza cualquier intervención del estado en favor de los elementos más débiles del pueblo. Oponiéndose a esta concepción, los representantes de tendencias democráticas apelan al hecho de que, según la doctrina de la herencia, todos los hombres tienen el mismo origen, y que los privilegios de los ricos son de un carácter artificial, ya que un hombre imbécil y perezoso se encuentra en situación privilegia­ da por el hecho de heredar riquezas. Incluso la doctrina socialdemócrata se ha relacionado con el darwinismo; especialmente Ferri y W oltm ann se han esforzado en demostrar este parentes­ co. T an to pacifistas como partidarios de la guerra apelan a la doctrina de Darwin, que, por lo visto, es susceptible de las más variadas interpretaciones.


CIENCIA DE LAS RAZAS

III

3. La ciencia de las razas Estas investigaciones son de la mayor importancia para la Sociología. La ciencia de las razas es, como disciplina en la qu« predominan las ciencias naturales, tránsito hacia otros terrenoi de investigación que encierran ya características propias de las ciencias humanas, como la Etnología y la Prehistoria. Y a en la antigüedad encontramos huellas de una ciencia de las razas. Aunque Hipócrates, según hemos expuesto, concede la mayor importancia al ambiente geográfico, reconoce, sin embargo, dife­ rencias entre los pueblos, según los distintos temperamentos. Platón habla de las características de los escitas, fenicios, egip­ cios y griegos, destacando, sin embargo, más bien los elementos psíquicos que los antropológicos. T rata también del problema de las diferencias entre diversas estirpes al hablar del estableci­ miento de colonias, e incluso hace proposiciones para una higiene racial. Aristóteles tiene en cuenta la raza al tratar el problema de los esclavos, estudiando los diferentes tipos de razas. L a filoso­ fía griega posterior, sobre todo la de los estoicos, acentúa, en cambio, lo humano general. En Occidente, durante la Edad M e­ dia, se concedió la mayor importancia a la adhesión a la reli­ gión cristiana; las diferencias de razas apenas se tomaban en consideración. En la época de los descubrimientos se dió el pri­ mer impulso a la investigación racial, que se desarrolla mucho debido a los progresos de las ciencias naturales. El propio K ant en su A n trop olog ía hizo la clasificación de las razas, considerando como principales la blanca, negra, ama­ rilla e hindú. Herder, en cambio, concede mayor importancia a la idea de pueblo que a la de raza. En el siglo xix se hizo de la Antropología una ciencia espe­ cial, aunque siempre en relación con la Etnografía. U n a ciencia de las razas propiamente dicha fué la que quiso establecer de un modo original el conde de Gobineau en su obra titulada: Inves-

1 C f. M arcel P r e n a n t : Raza y racismo. Fondo de Cultura Eco­ nómica. M éxico, y M orris G u i n s b e r g : Sociología, Editorial Losada, Buenos Aires.


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CIENCIAS M AR G IN ALES

tigación sobre la desigualdad de las razas humanas (publicada por vez primera en 18 5 1) . Para él no existe en la Historia uni­ versal una influencia mayor que la de la pureza o cruce de razas. E l cruce de un pueblo con elementos de una raza extraña signi­ fica la degeneración. L a encarnación de la más alta cultura es, según Gobineau, la raza aria. Lapouge fué un entusiasta discí­ pulo suyo; a la doctrina de su maestro añadió la de la importan­ cia de la medición del cráneo para distinguir las razas. La obra de Gobineau fué conocida en Alemania por una traducción de L. Schemann, el cual, por su parte, era autor de una extensa obra sobre el problema racial. M uy popular fué también la teo­ ría expuesta en el libro de Chamberlain Los fundamentos del siglo xix; mas el valor científico de esta obra ha sido muy dis­ cutido. Los escritos de L. Woltmann y A. Ploetz, realizados so­ bre la base de sólidas investigaciones, han contribuido también mucho al conocimiento del problema de las razas. Actualmente gozan de gran estimación en Alemania las obras de Eugen Fischer y Hans F. G. Güntter. Existen revistas expeciales que se dedican a este tipo de investigación; la más nueva y selecta es la Zeitschrift für Rassenkunde (Revista de Antropología), edi­ tada por el marqués Egon de Eickstedt, autor también de la excelente obra: Rassenkunde und Rassengeschichte der Menschen (Antropología e historia racial de los hombres). En Francia fué la obra de Gustave Le Bon sobre Las leyes psicológicas en la evolución de los pueblos la que popularizó la ciencia de las razas. En ella se dice: "Todas las instituciones de un pueblo, incluso la religión y el arte, no son sino manifesta­ ciones del espíritu de este pueblo determinado. La Historia es consecuencia del carácter popular, en su mayor parte incambia­ ble” . Y estas diferencias psíquicas de los pueblos dependen, según Le Bon, de las diferencias anatómicas de las razas. M as el autor no explica con claridad la relación entre raza y pueblo. N o podemos dejar de mencionar a un investigador inglés, Galton, que dió impulso al estudio de la herencia de cualidades en la sociedad humana. La posibilidad de aplicación de las leyes biológicas de la herencia, en especial de las famosas leyes de


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Mendel, se relaciona con frecuencia con el problema de las razas. N o es en esta obra, naturalmente, donde se ha de informar con detalle sobre los resultados de esta investigación, así como tampoco de exponer las objeciones hechas por algunos autores, sobre todo, por Hertz y Boas. Bástenos con aludir a la defini­ ción de raza y esclarecer su relación con la Sociología. Según Günther, la raza es "un grupo de hombres que se distingue de cualquier otro por la combinación propia de características fisio­ lógicas y cualidades psíquicas, y que produce siempre sólo seres iguales a los que forman este grupo” . Para este autor en Europa existen la raza nórdica, la occidental, dinárica, oriental y bálti­ ca. E l autor concede el más alto valor, en lo que respecta a la cultura humana, a la raza nórdica. En cuanto a la relación entre ciencia de las razas y Sociolo­ gía, hemos de advertir que al principio se la ignoró. N i en la obra de Comte ni en la de Spencer se hizo alusión a este pro­ blema. Fué por vez primera Gumplowicz quien estableció esta relación en su libro La lucha de las razas, aparecido en 1883; mas lo hizo de una manera completamente parcial ya que trató de deducir la existencia del estado de contradicciones étnicas. Según Gumplowicz, la lucha de razas es tan sólo el prólogo de la lucha de clases; mas no investiga en absoluto la significación cultural de la raza hasta el presente. En cambio, el gran soció­ logo alemán M ax Weber dice en su libro Economía y sociedad: "L a solución de la mayor parte de los problemas sociológicos es imposible sin tener en cuenta la investigación biológico-racial” . En la sociología de Spann se reconoce la importancia de la raza para el conocimiento sociológico, pero se la concibe esencialmen­ te como algo espiritual. Spann dice: "L a raza no está determi­ nada sólo por las leyes de la herencia de Mendel, sino que, por encima de éstas, existe un elemento espiritual” . Señalemos ade­ más, una frase del investigador inglés W . Duning en su libro

La historia de las ideas políticas desde Rousseau hasta Spencer (1920 ), que dice: "E n lo que se refiere a la historia de las teo­ rías políticas, descubrimos que la diferencia de razas se puede considerar como causa y explicación suficientes para la transfor-


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mación de las instituciones y condiciones de poder” . A sí pues, la posición completamente negativa en lo que afecta al proble­ ma racial, tomada por algunos sociólogos, como Oppenheimer, no está en absoluto justificada. En los Estados Unidos existe una amplia literatura sobre la teoría de las razas, suscitada so­ bre todo por el problema de los negros. Señalemos en particular los libros de Grant y Stoddart, que tratan también del problema de la emigración desde el punto de vista de la raza. L a investigación de las estirpes tiene una importancia simi­ lar a la de las razas. Por estirpe (St'ámme) se entiende un grupo relativamente grande de hombres que representan una unidad en un determinado territorio. Hombres unidos, por un lado, por el parentesco de sangre y por otro por el aposentamiento común; a esto se añaden ciertas características psíquicas. Re­ presenta por tanto los hábitos de una raza o de un pueblo; pero al mismo tiempo, una particularidad que se manifiesta casi siem­ pre en el idioma. Son características en este caso las diferen­ cias de dialecto, como se advirtió ya en el caso de los griegos. A estas analogías se añaden además las de las costumbres, trajes, opiniones políticas e incluso del estilo artístico. La formación de estirpes se explica por la división de la raza primitiva homogé­ nea como consecuencia de las migraciones. Por otra parte, pue­ den combinarse diferentes estirpes en un pueblo homogéneo, o sea que pueden reunirse en un estado. La consecuencia de ésto es que las diferencias propias de las estirpes van perdiendo im­ portancia; mas conserva siempre valor la diversidad de dialec­ tos. En el V I I Congreso Alemán de Sociología (1930) se trató con detalle de esta materia.

4. Etnología y prehistoria U n a importante ciencia auxiliar de la Sociología es la E t­ nología, que, cuando es descriptiva, se llama Etnografía. Se ha­ bla, en cambio, de Etnología propiamente dicha siempre que intervienen comparaciones y consideraciones históricas. Cierto parentesco con estas dos ciencias presenta la psicología de los


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pueblos, de la que hablaremos en el capítulo siguiente al tra­ tar de la psicología social, ya que aquélla es una parte de ésta. Sobre todas estas disciplinas la ciencia alemana ha producido obras muy valiosas. Especialmente hemos de indicar el nombre de Adolfo Bastian, el cual no solamente recogió un material in­ menso, casi siempre por medio de investigaciones propias, sino que lo supo interpretar brillantemente. Con el título de Der Ele­ mentargedanke der Menschheit (La idea elemental de la huma­ nidad), publicó una obra con la que se propuso destacar la sime­ tría en la evolución cultural de los pueblos; mostrándose parti­ dario de la teoría de la evolución, hoy ya muy discutida. Esta va siendo substituida por la llamada teoría de los ciclos cultu­ rales, según la cual la cultura técnica, lo mismo que la intelec­ tual, recibe su contenido por el contacto mutuo de los pueblos, principalmente por las migraciones o el comercio. Los fundado­ res de esta nueva concepción de la Etnología son Frobenius, Grabner, y el eminente investigador austríaco P. W . Schmidt. Entre los investigadores ingleses hemos de señalar a Frazer por su famosa obra La rama de oro. E l sabio francés Letourneau trató de aplicar con provecho los resultados de la investigación etnológica a la Sociología. Algunos detalles de este gran tema no están aun esclarecidos, pero no hemos de insistir aquí sobre ello. En todo caso, la Sociología debe a esta ciencia muchas su­ gestiones y, por otra parte, la Etnografía utiliza con provecho las categorías sociológicas. En estrecha relación con la Etnología se encuentra la inves­ tigación prehistórica que ha alcanzado hoy día un progreso muy señalado. Se ha llegado a coleccionar una multitud de restos de la vida del hombre prehistórico y se han hecho comparaciones. Por muy valiosos que sean estos recuerdos de los tiempos leja­ nos, tales como utensilios, armas y, sobre todo, productos de actividades artísticas, no nos proporcionan datos claros sobre el estado primitivo de la sociedad humana. H a de intervenir la Etnología tratando de descubrir cuáles eran las instituciones sociales de los pueblos primitivos, y así se pueden hacer deduc­ ciones, aunque, claro, con ciertas precauciones, sobre la socie-

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dad primitiva. Esta precaución se impone ya que los pueblos primitivos hoy existentes se encuentran en diferentes fases de evolución y sufren en parte influencias recíprocas. Por lo de­ más, ya en la antigüedad surgieron teorías sobre el estado pri­ mitivo de la humanidad aunque en ellas predominan los mi­ tos y la especulación. Pero también existen algunas obras serias sobre prehistoria científica. Hemos tratado este punto en nues­ tra Sociología griega (pp. 163-184), y hemos demostrado que los griegos, con una intuición genial, se anticiparon a algunos resultados de la ciencia moderna. Así, por ejemplo, Platón es­ tudió la influencia de las transformaciones de la vida económica sobre la estructura social de la sociedad primitiva. Aristóteles define la familia patriarcal como la más antigua forma de los grupos sociales, presentando como excepción el sistema del ma­ triarcado, ya conocido por él, de algunos pueblos africanos. El filósofo estoico Poseidonio emplea algún material etnográfico para la descripción de la edad primitiva. E l historiador Polibio intenta trazar una teoría de la evolución del estado presentan­ do como forma primitiva la representada por los jefes de tribu, relacionándola con las hordas de los animales. En contraste con estas observaciones atinadas pero aisladas que nos han sido transmitidas por la literatura griega, la inves­ tigación moderna de la Prehistoria constituye ya, claro es, un enorme sistema. Baste con señalar, por ejemplo, que ha sido editado un Diccionario de prehistoria en catorce tomos por M . Eber, y que existe también la enorme obra de W . Schmidt y W . Koppers: Wólker und Kulturen (Pueblos y culturas), que es un elocuente testimonio de los progresos de esta ciencia. Ahora tra­ taremos brevemente de algunos de sus problemas que también interesan a la Sociología. Importante es la cuestión de saber si el hombre primitivo poseía una disposición intelectual que se dis­ tinguiese fundamentalmente de la del hombre actual. Fué sobre todo el investigador francés Lévy-Bruhl quien afirmó que el hombre primitivo, teniendo en cuenta lo que se pretende haber establecido sobre los pueblos primitivos aun existentes, poseía una constitución psíquica que él llama prelógica o alógica. M as esta doctrina no ha sido aceptada universalmente, ya que mu-


E T NOLOGÍA, PREHISTORIA

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chas veces se supone que se trata tan sólo de una diferencia de grado. E l hombre primitivo conoce también la ley de la causa­ lidad, pues de otro modo no se podría explicar su actividad técnica y económica. Pero, según la opinión dominante, es cierto que interviene en su pensamiento lo mágico, según se manifies­ ta, por ejemplo, en su creencia en los espíritus. Otro problema frecuentemente discutido es el referente al matriarcado. Fué por primera vez en 1860 cuando el suizo J . J . Bachofen defendió la teoría de que primeramente no existía la familia patriarcal, sino que los hijos pertenecían a la madre, por lo cual ésta ejercía cierto dominio. Bachofen, para defen­ der su teoría, apeló principalmente a fuentes griegas. M ás tarde, los etnólogos americanos Morgan y McLennan, defendieron la misma teoría. Pero después de investigaciones recientes no se ha reconocido como cierta esta teoría, suponiéndose, por el con­ trario, que el matrimonio era ya una institución primitiva. El matriarcado, por lo tanto, no es sino una forma ocasional, pro­ vocada por causas económicas, de la vida familiar; sin que se pueda demostrar la validez general de esa teoría. También se ha descubierto que el matriarcado no supuso en absoluto un do­ minio de las mujeres. Sobre este tema son importantes los resul­ tados de las investigaciones realizadas por los investigadores austríacos Schmidt y Koppers. Otro tema interesante es el del totemismo. Con este término se quiere aludir a la idea, que aparece con frecuencia en el hombre primitivo, de estar en relación estrecha con una determi­ nada especie animal. Existen diferentes interpretaciones de este extraño fenómeno. Puede ser explicado por representaciones má­ gicas, pero también es posible que hayan influido en él causas económicas. En todo caso el totemismo no existía aun en la cul­ tura primitiva sino que parece haber surgido con el desarrollo de los grupos, como escalón previo del estado. U n papel pare­ cido es, según Schurtz, el que desempeñaron las Mannerbünde (ligas de varones), descritas por vez primera por este etnólogo. Importante, tanto para la Etnología como para la Prehis­ toria, es el problema de las migraciones. Existe la migración de los grupos humanos, mas también pueden emigrar las formas

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sociales, siendo acogidas por otro pueblo. De esto trata principal­ mente la teoría de los ciclos culturales, según hemos ya señalado antes. Por último, diremos que se ha investigado muchas veces, con motivo de los problemas de la Prehistoria, la evolución y el carácter del arte primitivo, de lo cual trataremos en el capí­ tulo ix (Sociología del A rte ).

5. Historia y Sociología Así como las disciplinas tratadas en los párrafos precedentes (Biología, Ciencia de las razas, Etnografía, Prehistoria) consi­ deran al hombre especialmente como ser natural — y podríamos resumirlas por tanto con el nombre de Antropología — la ciencia de la que ahora vamos a hablar trata al hombre como ser cultu­ ral, esto es, en su evolución temporal. E l objeto de esta ciencia, el de la Historia, es la descripción del acontecer y del devenir en todos sus detalles siendo un objeto esencial el estudio de las for­ maciones sociales, su orgien y sus cambios. De aquí resulta, ya en principio, una estrecha relación entre la Sociología y la cien­ cia histórica. En primer lugar es evidente, además, que aquélla toma de la Historia el material para sus concepciones, aunque existan otras fuentes para la investigación de las agrupaciones humanas, como son la observación de la sociedad actual y la estadística. Algunos autores conceden a esta descripción mayor importancia que al estudio de la vida social pasada; mas es pre­ ciso tener en cuenta que sin la relación con el pasado no parece posible una plena comprensión del presente. Es también un error afirmar que los relatos referentes a épocas pasadas no ofrecen una visión clara de la vida social de entonces: sobre alguna de estas épocas tenemos un material tan rico que podemos trazar una imagen completa de ellas. Y , además, en este caso el obser­ vador conserva mayor objetividad que el investigador de los fe* nómenos sociales del presente, ya que en ellos muchas veces es­ tá él mismo interesado. Con frecuencia se ha pretendido establecer una diferencia fundamental entre estas dos ciencias, especialmente en lo que


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se refiere al método. Se ha señalado que la Historia es una cien­ cia ideográfica. S u objeto es el estudio de aconteceres únicos y la descripción de personalidades particulares. En cambio, la So­ ciología, según los que hacen esta distinción, trata de conceptos generales, así como del establecimiento de leyes. Mas únicamen­ te con reservas podríamos admitir tal diferencia. Sólo el hecho de que muchos historiadores hayan tratado de descubrir leyes históricas, aunque tal vez con dudoso éxito, nos inclina a susci­ tar objeciones en contra de esa intransigente antítesis. M as hay que añadir que también el historiador ha de emplear ciertos con­ ceptos generales. Así, por ejemplo, pretenden decirnos en qué consiste la esencia de la concepción medieval del mundo, del Siglo de las Luces o del Romanticismo. E l historiador no describe tan sólo sucesos singulares, sino que establece tipos; de esto ha­ blaremos pronto más en detalle. Si se afirma, además, que la1 Sociología no trata del devenir, sino tan sólo del ser, es decir, que trata particularmente de las estructuras sociales, esto resulta cierto sólo para la llamada estática social. M as también existe una dinámica o cinética social que tiene por objeto las transforma­ ciones sociales, por ejemplo, las revoluciones. Y así resulta evi­ dente el parentesco con la ciencia histórica. Se cree asimismo ver una diferencia esencial entre estas dos ciencias en el hecho de que la Historia se relaciona siempre con ideas de valor, mientras que la Sociología tiene por objeto de­ terminar leyes objetivas. Lo último es una pretensión ideal, pues se ha demostrado ya en la historia de esta ciencia que se han empleado con frecuencia puntos de vista valorativos. Por otra parte, no es cierto que la valoración sea consustancial a la cien­ cia histórica. Claro es que, teniendo que elegir entre una gran variedad de material histórico, es precisa una valoración de los sucesos y personalidades; mas, aun en este caso, no falta en abso­ luto una norma objetiva, ya que es preciso definir como valio­ so lo que ha tenido influencia efectiva. Y aun prescindiendo de esto, el historiador, lo mismo que el sociólogo, no ha de expre­ sar tampoco sus opiniones personales en el terreno de la ética o de la política. Por lo tanto, también aquí la objetividad es el ideal de la investigación científica. ,


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En el capítulo anterior hemos señalado, al exponer los dife­ rentes métodos de la Sociología, el procedimiento particular fun­ dado por M ax Weber, cuyo fin es el de concebir la realidad so> cial mediante el establecimiento de tipos ideales. La esencia de este método consiste, repitiendo brevemente lo dicho, en una abstracción de ciertas cualidades que aparecen en la inmensa multiplicidad de relaciones y agrupaciones interhumanas. Se po­ ne, pues, de relieve un elemento particularmente característico, típico, aunque éste no aparezca en la realidad en esa forma pu­ ra; por ejemplo, la llamada dominación carismática. Pero en la ciencia histórica se emplea asimismo la concepción del tipo, aun­ que no sea exactamente en el mismo sentido que en la Sociolo­ gía. Si, por ejemplo, se describe la polis griega, la constitución corporativa de la sociedad en la Edad Media o la época de la Ilustración como fenómenos típicos, se trata, en este caso, de abstracciones. Se dejan de considerar las diferencias que en rea­ lidad existen aun dentro de los mismos ejemplos citados, o sea entre las diferentes ciudades griegas; entre las corporaciones de Alemania, Flandes o Italia; así como las particularidades del movimiento del Siglo de las Luces en Inglaterra, Francia o A le­ mania. La tendencia de esta tipología histórica está orientada en el sentido de destacar lo que hay de común en los fenómenos históricos citados. Existe por lo tanto un terreno intermedio en­ tre la Historia y la Sociología; habiendo momentos en que re­ sulta difícil decir a qué ciencia de las dos pertenecen ciertos he­ chos como, por ejemplo, la economía capitalista. Tuve concien­ cia de esta relación interna al investigar las diferentes formas del estado y ver que estaban ligados entre sí tipos históricos, sociológicos e incluso jurídicos. M uy interesante es además el fenómeno de que haya surgi­ do en las dos ciencias un problema que se ha expresado por los tópicos individualismo y colectivismo. Desde hace ya mucho tiem­ po se investiga en la ciencia histórica el problema de saber si es la personalidad individual o la masa quien ejerce una influen­ cia decisiva; refiriéndose al primer caso se habla también de una teoría heroica. Los hombres que hacen la historia es el título


LA HISTORIA

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de una gran obra formada por biografías escogidas. En cambio, existen muchos historiadores que consideran como decisivos tan sólo los movimientos de masas, atribuyendo al genio una impor­ tancia secundaria. N o es éste, naturalmente, el lugar apropiado para exponer los argumentos que se han invocado en pro o en contra de estas teorías o de indicar cómo se ha llegado a una posición intermedia entre la ciencia histórica individualista y la colectivista. M as hemos de indicar que también en la Sociología desempeña un gran papel este tan discutido problema, que toma la forma siguiente. Dada la relación de dirigente y masa, ¿de qué lado está el predominio? De esto hablaremos más adelante al tratar de la psicología de las masas. Sólo pondremos de re­ lieve lo que algunos sociólogos eminentes han manifestado en relación con el problema de una concepción individualista o co­ lectivista de esta ciencia. Spencer fué un adversario decidido de la llamada teoría de los grandes hombres. Dice que es la sociedad la que ha de formar al gran hombre, antes de que éste pueda formar a la sociedad. La influencia del gran hombre no es pues para él sino una causa accidental que viene a provocar una fuerza que ya existía latentemente. Opuesta del todo es la concepción del sociólogo francés Tarde, quien asegura tener importancia decisiva en la sociedad el individuo creador, el inventeur; los demás hombres se reducen a la imitación. Federico von Wieser trata de superar estas concepciones con una posición intermedia, diciendo: "L a sola fuerza del jefe no puede todavía dictar la ley a la sociedad; su obra consiste en llamar a los es­ píritus para que le sigan. La masa, negándose o aceptando se­ guirle, es la que decide, en último término, la dirección a to­ mar” . Resulta, pues, evidente que existe entre la ciencia histórica y la sociológica, en muchos aspectos, una honda relación inte­ rior. Esta relación se pone asimismo de manifiesto cuando se trata de establecer leyes de la evolución; de lo cual hablaremos en el capítulo vm (Dinámica social). Diremos ahora tan sólo que la "Filosofía de la historia” , cuya tarea es la de investigar rl sentido y el fin de la evolución de la humanidad, es una parQ


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te de la Filosofía, siendo por lo tanto completamente diferente a la Sociología concebida como ciencia descriptiva y explicati­ va. Esto parece que fué ignorado por Paul Barth cuando dió a su obra, en sí muy valiosa, el título de La filosofía de la histo­ ria como sociología. Mas, felizmente, en este libro se tratan pro­ blemas de la ciencia histórica y, sobre todo, concepciones histó­ ricas unilaterales (concepción geográfica, etnológica y econó­ mica) ; la Filosofía de la Historia propiamente dicha se trata tan sólo en el capítulo final. En esta obra se afirma que la idea del progreso moral es decisiva, mas esto sólo puede deducirse con dificultad del curso efectivo de la Historia. Y de este modo se llega al terreno de la Metafísica, como ya antes llegó Hegel, con brillante éxito, en su Filosofía de la Historia. M as esta es­ tructura ideal no tiene nada que ver con una ciencia positiva de la Historia, como tampoco con la Sociología. Notables son, por otra parte, esas grandiosas tentativas cien­ tíficas que podemos situar entre la simple historia descriptiva y la visión de conjunto sobre la evolución de la humanidad. Mien­ tras que la primera se contenta — según una frase de Ranke— con narrar cómo han sido los sucesos, trata la última de extraer de una multitud de detalles una imagen global. Si esto se hace sin recurrir a la M etafísica, no se puede hablar de una Filosofía de la Historia. En este caso aún no se abandona el terreno de la ciencia positiva por muy grande que sea el peligro de que intervengan consideraciones subjetivas. A esta tendencia perte­ necen las obras de Chamberlain (Los fundamentos del siglo xix) ; de Burckhardt Weltgeeschichtliche Betrachtungen (Con­ sideraciones sobre la historia universal), y, sobre todo, las de K. Breysig. En todos estos trabajos sobre Historia universal se toman plenamente en consideración las bases sociales de la evo­ lución; y son, por tanto, muy valiosas para la Sociología. En cambio, existen sociólogos que emplean mucho material histó­ rico, como sucede con M ax Weber. Estas investigaciones satu­ radas de Historia son complemento de una Sociología orientada fundamentalmente hacia el presente.


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6. Estadística y sociología En el capítulo anterior, que trataba de las teorías metodo­ lógicas de la Sociología, hemos ya indicado que la Estadística constituye un importante recurso para describrir y explicar las diferentes formas de los grupos. Claro es que este procedimien­ to es propio en lo que se refiere a la investigación del pre­ sente, pues nos faltan casi por completo datos estadísticos refe­ rentes al pasado. Existe cierta concordancia entre las dos cien­ cias. E l terreno de investigación es el mismo para ambas, esto es, la sociedad humana; ambas tratan de determinar tipos gene­ rales, sin considerar tipos aislados. También es interesante ob­ servar que ambas ciencias han sido fundadas aproximadamente al mismo tiempo, o sea, a mediados del siglo xix: la Sociología por Auguste Comte y la Estadística por A . Quetelet. Incluso ambos autores emplean la expresión Física social. M as no hemos de olvidar diferencias esenciales entrambas. Así, por ejemplo, los fenómenos de masa que describe la Estadística no se refie­ ren siempre a agrupaciones humanas; se trata con frecuencia de masas artificiales en las que no se puede hablar de ligazón interna, como es el caso de los tuberculosos, suicidas o crimina­ les. Además, se toman en consideración tan sólo datos cuanti­ tativos, mientras que en la Sociología son de importancia los datos cualitativos. Muchos datos estadísticos tienen valor tan sólo para fines administrativos del estado, sin que signifiquen un recurso para la Sociología. Pero no se puede negar que la determinación en cifras de la estructura social, sobre todo las estadísticas referentes a profesiones y capas sociales, son de gran valor para la Sociología. Y las regularidades descubiertas por medio de la Estadística pueden, bajo ciertas condiciones, con­ ducir al establecimiento de leyes sociológicas. Por otra parte, también la Sociología presta a la Estadística cierta ayuda, ya que puede utilizar conceptos y categorías suyos. Por esto, los fines de la Estadística, más bien indeterminados, reciben una delimitación precisa por las definiciones de pro­ fesión, clase, liga, iglesia y raza. Incluso en la importante cues­ tión de la relación causal entre determinados fenómenos socia­


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les, la Estadística recibe muchas veces el influjo de la investi­ gación sociológica. Además, la dinámica social, la teoría de las transformaciones en la sociedad, por ejemplo, la de las migra­ ciones, puede ser causa de que la Estadística enderece sus in­ vestigaciones en este sentido; aunque de un modo regular la Estadística no se fundamenta sino en la estática social. N o nos podemos asombrar, pues, de que algunos investigadores encar­ nen la unión entre estas dos ciencias; así en Alemania Tónnies y Spann, en Francia Comte y Tarde, en Italia Niceforo y Car­ li, se han ocupado tanto de investigaciones sociológicas como es­ tadísticas. Y también algunas ciencias que tienen parentesco con la Sociología, y en especial la Economía Política, obtienen gran provecho con los datos estadísticos. Existe por otra parte un te­ rreno especial de estudio en el cual se pone de relieve esta rela­ ción, es decir, en la investigación de la población. Sobre este punto se ha desarrollado una ciencia que reúne los aspectos es­ tadístico, económico y sociológico del problema, llamada D e­ mografía. La Demografía es la ciencia que trata de registrar las par­ ticularidades de la población, en la medida en que éstas están caracterizadas social y económicamente. Estas particularidades de la población son el número y la densidad, su reparto en el campo y en la ciudad, sus movimientos y la formación de clases. Algunos investigadores consideraron el tema tan importante que trataron de levantar la Sociología sobre esta base; y en este caso se habla de teorías demográficas de la sociedad. T a l vemos en las obras de A . Coste. Los principios de una sociología obje­ tiva; de C. Bouglé: Las ideas igualitarias; de Corrado Gini: Los factores demográficos en el desarrollo de las naciones; y de F. Carli: El equilibrio de las naciones estudiado sobre la base de

la demografía. En todos estos escritos se estudia la influencia del número y de la densidad de población en la técnica de la producción, la prosperidad económica, las formas de organización, las costum­ bres, guerras y revoluciones, e, incluso, en los inventos y hom­


LA PSICOLOGÍA

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bres geniales. N o cabe duda de que se aborda en esta obras un punto de vista muy interesante, aunque sin duda exagera­ do en sus consecuencias. Señalamos esta teoría ya que su exis­ tencia demuestra claramente la estrecha relación que existe entre la Estadística y la Sociología. E l famoso estadístico alemán Georg von M ayr dió a su obra principal el título de Estadística y ciencia social. U n desarrollo amplio de estas relaciones lo trazó F. Schmidt en su Estadística y sociología ( 19 17 ) . Por otra parte, ya antes el estadístico E. Engel, con el término de Demología, planeó una investigación general que abarcaría todas las agrupaciones y, especialmente, los grupos familiares, religio­ sos, nacionales y económicos, cuya descripción haría. Siempre ha habido tendencias a describir los diferentes es­ tados, pueblos y regiones aun si las condiciones concretas de éstos no pueden expresarse en cifras. Tales investigaciones se lla­ maban también estadísticas, mas hoy se emplea para ellas el término Sociograjía. Se podría hablar en este caso de una socio­ logía empírica, o sea la que proporciona el material para los con­ ceptos abstractos, conceptos que sin ese apoyo perderían todo contacto con la vida real. En el terreno de la Sociografía han realizado trabajos importantes, junto a los del sociólogo holan­ dés R. S. Steinmetz, F. Tónnies y R. Heberle, en Alemania. Cierta relación con lo que acabamos de exponer posee la

Volkskunde (Ciencia del pueblo) que describe las instituciones de pueblos determinados y, especialmente, sus costumbres, tra­ jes, folklore y demás actividades artísticas. T rata esta ciencia, sobre todo, de la población rural, ya que en ella se manifiestan los elementos históricos en forma más acusada que en las ciu­ dades. Fueron J . Móser en el siglo xvm y W . H . Riehl en el xix, los que crearon sus bases para la de Alemania. Rum pf ha estudiado la relación teórica existente entre la Volkskunde y la Sociología en varios escritos muy sugestivos, sobre todo en el tra­ bajo titulado Soziale Lebenslehre, ihr System und ihr wissenschaftlicher Ort (Ciencia de la vida social: su sistema y clasifi­ cación científica), 1932.


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7. Psicología y sociología L a relación entre estas dos ciencias ha sido muy discutida. Algunos investigadores, por ejemplo, el sociólogo sueco Gustav Steffen, llegan a considerar la Sociología como una rama de la Psicología. Antes, el filósofo alemán Dilthey afirmó que las ciencias referentes a la organización externa de los hombres, asi como las de los diferentes dominios de la cultura, tienen por base hechos psíquicos y sólo pueden ser explicadas, por tanto, por relaciones psíquicas. Hoy, en cambio, la sociología alemana rechaza en general, este llamado psicologismo, insistiendo en una separación neta entre las dos ciencias. Dentro de esta tenden­ cia están, entre los sociólogos, particularmente Simmel, Weber y Wiese. En Francia Durkheim trató al principio de establecer una Sociología independiente de la investigación psicológica, mas en trabajos posteriores tomó en consideración y con mucha minuciosidad, el elemento psíquico. E l otro sociólogo francés im­ portante; Tarde, se movió siempre dentro del terreno de la psi­ cología social, ciencia que ocupa dentro del estudio de la Socio­ logía, en los países anglosajones, un lugar importante. En todo caso es indudable que existe una zona intermedia entre estas dos ciencias, común a ambas, que se estudia en la Psicología social. Aquí parece imposible una separación rigurosa, como re­ sulta evidente en el estudio de la psicología de las masas. De este punto trataremos más adelante en un capítulo especial. Sólo haremos ahora algunas observaciones referentes a los métodos modernos de la Psicología propiamente dicha, entre los cuales ocupa un puesto importante el psicoanálisis. La ciencia del psicoanálisis, creada por Sigmund Freud, fué al principio tan sólo un método especial para el tratamiento de los trastornos neuróticos. De este estudio se derivó un nuevo procedimiento para la investigación de los procesos psíquicos, sobre todo de los que encierran un carácter inconsciente. Apar te de la interpretación de los sueños, Freud tomó como objeto especial de investigación el mundo de los impulsos, sobre todo el impulso sexual en sus efectos múltiples. La represión de estr


I A PSICOLOGÍA

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afecto primitivo y la sublimación del impulso amoroso en una afección de calidad más elevada, tienen como consecuencia un acercamiento de la vida psíquica, en principio individual, hacia la psicología de la sociedad. Por esto el psicoanálisis, que al principio tuvo un carácter puramente médico, ha adquirido tam­ bién importancia para el estudio de problemas sociológicos. Freud investigó la psicología de las masas y luego el estado de la sociedad primitiva (tótem y tabú), así como el mito. Sus dis­ cípulos trataron de estudiar, bajo una nueva luz, con la ayuda del método psicoanalítico también, otros terrenos de la cultura, como la poesía, las artes plásticas y la ética. Existe hoy una amplia literatura, sobre todo en Estados Unidos, que trata de la aplicación del método psicoanalítico a diferentes aspectos de la Psicología, Sociología y ciencias culturales. N o falta quien combata con violencia esta teoría; se ha criticado duramente, sobre todo, su pansexualismo, es decir, la reducción de todas las combinaciones y contradicciones sociales al impulso sexual. Dentro de este pansexualismo desempeña un papel importante el llamado complejo de Edipo, descrito por vez primera por Freud; además, según esta teoría, se explica el origen del dere­ cho, de la moral y de la religión por la rebelión del hijo contra el padre despótico de la familia primitiva. En trabajos posterio­ res, sin embargo, el concepto fundamental de la libido sufrió una tal suavización, que resultó parecido al Eros de Platón, con el carácter propio de un impulso amistoso general, de esa relación sentimental que es base de toda asociación. Su existencia es in­ discutible, mas justamente por esta generalización del impulso sexual se renuncia a su calidad específica. Estimulado por las investigaciones de Freud, otro psiquia­ tra vienés, A lfred Adler, tomó un camino independiente que le condujo a un sistema psicológico que no muy felizmente lla­ mó psicología individual. Tomó también como punto de parti­ da los fenómenos neuróticos, mas para él no es el impulso sexual, sino el impulso de dominio lo que debe considerarse co­ mo motivo fundamental de todas las acciones humanas. Este impulso de dominio aparace, en primer lugar, como compensa­


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ción del sentimiento de inferioridad, que desempeña un gran papel sobre todo en el niño y en el hombre neurótico, aunque también el deseo de destacar el propio valer tiene un papel decisivo en la vida del hombre sano. M as frente a este impulso, existe en el alma del hombre una segunda disposición que es el impulso de la comunidad, que sirve para refrenar el peligro­ so impulso de dominio. Adler trata de explicar la vida social co­ mo resultado del conflicto que surge entre estos dos impulsos primitivos, y de él extrae deducciones éticas y pedagógicas. Esta teoría ha despertado interés no sólo dentro del territorio de lengua alemana, sino también en Estados Unidos. Tampoco faltan críticas duras a la psicología individual de Adler. Se po­ ne de relieve que la tendenccia al dominio es algo originario, que no puede explicarse tan sólo como compensación del sentimien­ to de inferioridad. Además, se rechazan las deducciones deriva­ das de esta teoría en favor de un orden socialista de la sociedad. Asimismo se contradice la afirmación de que el deseo de des­ tacar el propio valer sea en sí pernicioso. En todo caso, Adler parece el antípoda de Nietzsche, el cual consideró, de un mo­ do por igual unilateral, la voluntad de dominio como el verda­ dero motor de la evolución cultural de la humanidad. A pesar de que la teoría de Adler ofrece algunas sugestiones para la So­ ciología, ellas se oponen a una Sociología exenta de valoración. U n tercer investigador que tomó el psicoanálisis como punto de partida fué el psicólogo de Zürich Carlos Jung. Sus ideas han sido expresadas en un libro muy interesante sobre los tipos psi­ cológicos. Según él, existen dos formas fundamentales de la es­ tructura psíquica: la del hombre extravertido y la del introver­ tido. E l primero está orientado hacia el mundo exterior y sus objetos y depende de ellos; el segundo lo relaciona todo con el sujeto o el Y o , motivando esta inclinación su actuación y su sen­ tir, atribuyendo a los objetos exteriores, a lo más, un valor se­ cundario. Esta distinción que Jung expone en sus efectos parti­ culares resulta muy fecunda para la comprensión de la vida social. Jung, contrariamente a lo que hacen Freud y Adler, cuvas teorías se basan sobre las ciencias naturales, se acerca más bien a un método basado en las ciencias del espíritu. Pero hemos


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de señalar una laguna en la obra de Ju n g ; deja de considerar casi en absoluto todo lo referente al derecho, al estado o a la economía. N o podemos nosotros decidir si también es fecunda en estos dominios la distinción entre el hombre extravertido y el introvertido. Existen algunas otras direcciones de la Psicología que tie­ nen una viva relación con la Sociología, como, por ejemplo, en primer lugar la Psicología evolutiva fundada por J . M . Baldwin en su libro La vida social y moral explicada por la evolución psíquica. En Alemania Félix Krueger desarrolló de un modo ori­ ginal una teoría de la evolución psíquica. Se trata de la inves­ tigación de la trayectoria de la cultura humana desde el punto de vista de la vida psíquica, y sobre todo, de la evolución de la emocionalidad preponderante hacia la intelectualidad prepon­ derante, o, según expresó un partidario de esta tendencia (Danzel), del homo divinans al homo faber. Otra escuela de la Psi­ cología moderna, la Psicología de la estructura, encauzada ha­ cia el concepto de la totalidad, muestra cierto parentesco con les métodos sociológicos, en particular con la teoría de la com­ prensión o universalismo de Spann, aunque este autor tiene una posición negativa en relación con la Psicología. Importante asi­ mismo para la psicología social es la teoría del psiquiatra E. Kretschmer, que distingue dos formas fundamentales en la dis­ posición psíquica del hombre: el tipo ciclotímico (abierto hacia el mundo) y el esquizoide (cerrado para el m undo); con lo cual pretende demostrar la existencia de una relación entre lo psíquico y la estructura corporal.

8. Caracterología y sociología En cierta relación con la Sociología se encuentra también la teoría de las cualidades individuales y las cualidades típicas del carácter humano. Las necesidades prácticas de la vida conduje­ ron, ya desde tiempos remotos, a recoger experiencias sobre es­ tas cualidades, sin que, a pesar de ello, se hubiese llegado a una teoría sistemática. En la sofística y en la retórica griegas se


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encuentran algunas observaciones sobre cuestiones caracterológicas, casi siempre en relación con doctrinas políticas y peda­ gógicas; en indicaciones sobre la instrucción de la juventud y el trato entre los hombres. M ás profundas son las teorías conteni­ das en algunos diálogos de Platón sobre los diferentes tipos del carácter humano. A sí, en el Gorgias se define, en la persona de Calicles, el hombre señorial, el hombre de dominio, como lo hizo en nuestro tiempo Nietzsche con su idea del superhombre. P la­ tón, naturalmente, no elevó esta figura hasta el ideal, sino que más bien opone este hombre dominante al hombre apolítico y éticamente elevado, personificado por Sócrates. N o menos sig­ nificativas son las descripciones caracterológicas que traza P la­ tón en los libros vni y ix de la República, en relación con las diferentes Constituciones. Aquí leemos: "Ahora bien, ¿sabes que han de existir tantas formas del carácter humano como existen formas de estado? ¿O crees, acaso, que las formas de estado provienen de una ro­ ca o un roble y no del ethos del hombre? Existen cinco formas de estado y otras tantas constituciones psíquicas que son: la del hombre aristócrata, amante del honor; la del pendenciero; la del codicioso; la del demócrata y la del tirano.” De manera pare­ cida se expresa Aristóteles en su Política. Además, en su Etica enfrentó dos tipos de hombre: el meditativo (teórico) y el hom­ bre de acción; señalando su preferencia por el primero. Final­ mente hemos de recordar a Teofrasto a quien Gomperz llama el creador de un nuevo género literario, esto es, el de la des­ cripción de los diferentes tipos de caracteres humanos. Su libro se titula Caracteres morales, y contiene treinta bosquejos. N o se trata en absoluto de una ciencia moral normativa sino descrip­ tiva. Teofrasto hizo escuela; Clearco y Heráclides escribieron obras de contenido parecido, pero éstas no han llegado hasta nosotros. Hemos aludido a estos fragmentos sobre una ciencia caracterológica antigua porque hasta ahora apenas han sido tomados en consideración. M as sólo en nuestra época esta ciencia ha llegado a constituir un sistema completo. Hemos de señalar so­ bre todo los excelentes trabajos de B . U titz, L. Klages y C. J .


LA CARACTEROLOGÍA

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Jung. T rata esta ciencia, en primer lugar, del carácter indivi­ dual, tomando en consideración también, como ciencia auxi­ liar, la Grafología. Esta investigación de la personalidad es de un gran interés para la orientación hacia una profesión deter­ minada, y para la vida en general. La Sociología por su par­ te, se ocupa más bien del establecimiento de tipos generales de carácter. Así, por ejemplo, B. U titz distingue el hombre que es preponderantemente intelectual del hombre sentimental y del hombre en el que domina la voluntad. También podemos citar el libro muy popular de E. Spranger Formas de vida, en el que se describen los tipos de hombre teórico, económico, esteta, social, religioso y político. En la literatura sociológica propia­ mente dicha se encuentran investigaciones sobre los siguientes tipos de caracteres humanos: el rentista y el especulador (V . Pareto); el radical y el reaccionario (F. A . A llp o rt); el hombre sin hogar (H . M euter); el hobo norteamericano (N . Anderson ); el bohemio (Honigsheim); el extranjero (R. M ichels); el pobre (G. Sim m el); y el renegado (A. M eusel). Citemos ahora algunas frases pertenecientes a estos estudios mencionados. E l extranjero no pertenece al grupo, ya que no proviene de él, pero reside en él; viene y se queda. Este es, prin­ cipalmente, el caso de los comerciantes y artesanos inmigrados, a los que ya Platón asignaba una tarea económica especial. Era una característica de estos extranjeros la falta de propiedad de la tierra, como sucedía de modo muy peculiar con los judíos. A veces los extranjeros gozan de ciertas preferencias siendo admi­ tidos en el servicio militar (en un ejército de mercenarios) u otorgándoles puestos en los que han de actuar como árbitros por suponer que poseen un juicio más objetivo que los naturales del país. U n a posición particular es la de los inmigrados que van siendo asimilados poco a poco, perdiendo casi siempre sus características ya en la segunda generación. Ejemplo de esto lo ofrece Estados Unidos. En cuanto al pobre, encontramos las siguientes observacio­ nes: Su función como miembro de la sociedad no está dada por el solo hecho de ser pobre, sino porque la sociedad reacciona


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proporcionándole un socorro, desempeñando él, así, un papel específico. N o es sino esta significación la que hace reunirse a los pobres en una especie de estamento o capa homogénea den tro de la sociedad; aunque este círculo no se mantiene por la acción recíproca entre sus miembros, sino por la actitud colec­ tiva que la sociedad toma frente a él. Sin embargo, a veces, existe esta socialización inmediata; así, por ejemplo, en el siglo xiv, en Alemania, existían las Armengilden (Ligas de mendi­ gos) , e incluso actualmente existen organizaciones de este tipo como la de los hobo (sin hogar) yanquis. Estos pasan la mayor parte del día caminando, sólo trabajan de vez en cuando, po­ seen sus propias tradiciones, sus costumbres y una especie de gobierno. Entre ellos hay hombres en extremo inteligentes y hasta con dotes filosóficas; hombres que no quieren someterse a ninguna fuerza extraña y que aman sobre todo su propia liber­ tad. Entre ellos reina una camaradería verdadera, prestándose mutuamente protección y ayuda. M uy diferente es el tipo del bohemio, que adopta una pos­ tura contraria a la vida burguesa y, particularmente, contra los lazos de la familia. Mas, los que practican aun este tipo de vida, tienen sus habitaciones fijas, sus reuniones en ateliers o cafés; entre ellos existe una especie de comunismo. Caracterís­ ticas de la bohemia son las inclinaciones artísticas: en ellas, generalmente, el gusto manifiesta una tendencia en oposición al dominante. En otro tiempo esta capa de la sociedad desempeña­ ba en las grandes ciudades un gran papel, hoy apenas percep­ tible.


C A P IT U LO

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P S IC O L O G IA S O C IA L

i. Objeto e historia de la psicología social H ay procesos psíquicos que no están condicionados por la convivencia con otros hombres, es decir, que igual pueden pro­ ducirse en un hombre aislado. En este caso podría hablarse propiamente de una psicología individual. A ella pertenece la teoría de las percepciones sensibles, de las reacciones a excita­ ciones producidas por el mundo exterior. Hemos de incluir asi­ mismo dentro de esta psicología los instintos congénitos en el hombre, si bien éstos se modifican luego por la vida social, for­ mando, por tanto, parte de la psicología social. U n a gran parte del proceso psíquico se verifica, en general, bajo la influencia del ambiente social. La psicología social constituye, justamente, el estudio de las diferentes formas en que se muestra ese influio, tales como la comunicación, la imitación, la sugestión, la tradi­ ción, la educación, así como el efecto producido por la autoridad y el prestigio y, también, en general, la acción recíproca de ca' rácteres psíquicos. A estos fenómenos psíquicos se añaden los de igual naturaleza en que se manifiesta la concordancia entre grupos de hombres en lo que se refiere a representaciones simi­ lares, sentimientos y movimientos volitivos; los cuales se refle­ jan en el alma individual, aunque pueden, sin embargo, ser es­ tudiados independientemente de ella. U n a rama especial de esta investigación la constituye la psicología de los pueblos, que tra­ ta de determinar la particularidad psíquica de las razas y de las


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naciones. A veces esta investigación se extiende a los productos objetivos del espíritu popular, tales como la religión, las cos­ tumbres y el derecho. M as de este modo se convierte la psicolo­ gía de los pueblos en una ciencia cultural. Finalmente, el estudio de la psicología de las masas es también de la incumbencia de la psicología social, concebida ésta en un amplio sentido; pero ya que la masa tiene el carácter de una agrupación especial, vemos en este estudio el tránsito hacia la Sociología propia­ mente dicha. Y , con lo que queda indicado, hemos expuesto, brevemente, el objeto de la psicología social. Según expusimos con más detalle en nuestra obra ya citada, Sociología griega, el comienzo de estas investigaciones se en­ cuentra en las obras de los pensadores helenos. Ellos admiten que ciertos impulsos primitivos conducen a la agrupación social, tal el de familia, el gregario, el sexual y una tendencia natural de los hombres a organizarse políticamente. Junto a estos ins­ tintos se habla asimismo de un instinto de dominio y de uno de libertad. Aristóteles trata en detalle de los sentimientos del amor, de la amistad, benevolencia, concordia y veneración. Ade­ más, pone de relieve que es la conciencia de la unión íntima la base psicológico-social de todas las asociaciones, en particular del estado. Asimismo hace una digresión sobre la psicología de las masas; de esto hablaremos más adelante al tratar de dicho tema. En la época moderna fué Spinoza — como señaló el psicólo­ go social alemán H . L. Stoltenberg— el primero que estudió, en su teoría de las pasiones, las emociones psíquicas provocadas por las relaciones con los demás hombres, o sean el amor, la gra­ titud, los celos, la admiración, el deseo de poder, el orgullo y la pusilanimidad. E l escritor inglés M cDougall ha desarrollado algunos conceptos que coinciden, casi literalmente, con algunas frases de Spinoza al tratar del tema Respeto y admiración. En­ tre los filósofos alemanes de la primera mitad del siglo xix, es a Herbart a quien puede llamarse iniciador de la psicología social. Citaremos algunas frases características suyas: "L a Psi­ cología es una ciencia unilateral si considera a los hombres ais­ ladamente. En el todo social se conducen los individuos como


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las representaciones en el alma de esos individuos. Sobre todo en el estado, observamos una doble similitud fundamental con el espíritu humano individual, o sea, el freno de lo contradic­ torio y la unión de lo que no se contradice. Sobre estos princi­ pios fué desarrollándose la vida espiritual y por eso los encon­ tramos en la sociedad donde el idioma es eslabón que liga los pensamientos y deseos de los diferentes individuos. Llegará un día en que la verdadera psicología penetrará hasta donde toda­ vía ahora sólo pasean los fantasmas a la luz de fuegos fatuos” . Basándose en estas sugestiones, Lazarus y Steinthal empren­ dieron la tarea de construir la ciencia de la psicología de los pueblos. E l filósofo austríaco G . A . Lindner en su libro titula­ do Ideas sobre la psicología de la sociedad (del que ya hemos hablado en el capítulo referente a la historia de la Sociología) desarrolló con sistema las ideas de Herbart. En la segunda par­ te de su escrito, Lindner estudia la conciencia social, que abarca estados de alma comunes a los miembros de la sociedad a causa de su intercambio, como son las representaciones, sentimientos y tendencias que no quedan encerrados dentro de la conciencia individual, sino que, debido a la organización social, repercuten de individuo en individuo. E l sujeto o soporte de la conciencia social es, según Lindner, la misma sociedad, es decir, el conjun­ to de sus miembros, en la medida en que forman parte de un mundo de representaciones comunes. L a conciencia social es en sí una ficción, pero existe realmente en la cabeza de cada uno de los miembros de la sociedad. La psicología social se desarrolló en Francia, sobre todo, bajo la influencia de Tarde. Para éste, aquélla trata de la influencia espiriual que un individuo ejerce sobre otro y, también, la del individuo sobre la masa y viceversa. L a ley de la imitación es el factor decisivo: es la creadora de los grupos sociales. Y de es­ te modo vemos que existe una relación entre Psicología y Socio­ logía. Tarde rechaza enérgicamente la suposición de que existe un alma colectiva; sólo estados de alma individuales existen pa­ ra él. Contrariando esta tendencia puramente individualista, el pensador francés A . Espinas, célebre autor del libro sobre las


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sociedades animales, afirmó la existencia de un alma colecti­ va. Durkheim aceptó también su existencia al considerar como reales las representaciones colectivas que se despegan, según él, del alma individual para formar una capa psíquica propia. G. L. Duprat escribió un valioso libro sobre la psicología social en el que examina los instintos, sentimientos e impulsos y traza una original caracterología individual y colectiva. Son también im­ portantes los escritos de Lévy-Bruhl sobre la psique del hombre primitivo. Italia es uno de los países en los que fructificaron ideas de ptsicolopía social: esto se puede apreciar, por ejemplo, en ía obra de Vico, al tratar de la psicología de los pueblos. C. Cattaneo comenzó. durante los años 1859-1863, una construcción sistemática de la psicología social que no pudo terminar. M u­ chas sugerencias provinieron de la criminología, que se desarro­ lló de modo singular en Italia hacia 1880 tratando de estudiar el alma del criminal así como el ambiente social en el que éste se desarrolla. Dentro de este género de escritos, se hicieron fa­ mosos los referentes a la psicología de las masas, de Sighele, que tratan de la psicología de los motines y de los parlamentos. Fué P. Rossi quien abordó el estudio de la psicología social de un modo más sistemático. Según él, el alma colectiva no represen­ ta la simple suma de las almas individuales, sino que viene a ser algo nuevo; posee un sentir, un pensar y un querer propios. De Marinis, en su sistema de Sociología, concede gran impor­ tancia a los fundamentos psicológicos de los procesos sociales; éstos se desarrollan en acción recíproca con los procesos psíqui­ cos. Señalaremos también el grandioso sistema de Pareto, al que va hemos aludido al tratar de la historia de la Sociología. En su obra se analizan las motivaciones de la voluntad humana, en las que el sentimiento, alógico casi siempre, y no la razón, desempeña el papel preponderante. Entre la literatura inglesa sobre el tema de la psicología so­ cial, despertó gran interés la obra de M cDougall. Mas sus teo­ rías, sobre todo la que se refiere a los instintos, han sido muy atacadas: de esto hablaremos más adelante. Ahora mencionare­ mos que ya otro pensador inglés, W . Trotter, hizo el ensayo


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de explicar toda la vida social por el instinto gregario. En fin, Graham W allas en su libro La naturaleza humana en la política trató de revelar los fundamentos psíquicos de la vida del es­ tado. M as ningún país posee una literatura sobre el tema de la psicología social tan amplia como Estados Unidos. U n o de los más antiguos autores es J . M . Baldwin, (La evolución psí­ quica en el niño y en la raza (18 9 5), y La vida social y moral explicada por la evolución psíquica (18 9 7 ). El objeto princi­ pal de su estudio es saber en qué medida los principios del des­ arrollo intelectual del individuo rigen también en la evolución de la sociedad. Entre el individuo y la sociedad existe, según Baldwin, una relación dialéctica. Los autores, ya apreciados anteriormente como sociólogos eminentes J . A . Ross y Ch. A . Ellwood, se han interesado vivamente por la psicología social. Este, sobre todo, trata de explicar los procesos sociales por una acción recíproca entre los individuos; la vida intermental en un grupo es lo que constituye su vida social. Según él, la psicología social, por tanto, tiene por objeto el estudio de los estados de conciencia que conducen y acompañan a la vida so­ cial. Los resultados de estas investigaciones se encuentran en el libro de Ellwood La pisocología de la sociedad humana. Señala­ remos, en fin, que la escuela del behaviorismo, fundada y des­ arrollada en América, de la que ya hemos hablado, se puede considerar también como parte de la psicología social. L a literatura alemana sobre la psicología social es menos amplia. De entre las exposiciones generales se destacan los li­ bros de H . F. Stoltenberg: Sozialpsychologie (Psicología so­ cial), 19 14 ; y Seelgrupplehre (Teoría del alma de los grupos), 1922. E l punto principal de sus investigaciones lo constituye la experiencia psíquica de los otros, del prójimo, así como la con­ ciencia del nosotros que aquélla produce. Stoltenberg trata, ade­ más, de los sentimientos, afectos y procesos volitivos que resul­ tan de la relación con otros hombres; con razón llama Stolten­ berg a Spinoza, Herbart y Lindner sus precursos. E l hizo que se fiiase la atención sobre Schleiermacher, en cuya Etica se en­ cuentran estudios psicológico-sociales y sobre todo en su teoría 10


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sobre el simbolizar y el organizar. U n resumen de los problemas que abarca la psicología social lo constituye el Handbuch der vergleichenden Psychologie (Manual de psicología comparada), de Alois Fischer, en donde el autor trata de los impulsos y sen­ timientos de la psique individual, del influjo de la sociedad so­ bre el alma del individuo, de la psicología de las interacciones, de las característcias psíquicas de las clases y castas, y, final­ mente, del desarrollo de la conciencia social en la edad infan­ til, escolar y juvenil. Por lo demás, sobre este último tema, existe una amplia literatura especial. Importantes son los escri­ tos de W . Hellpach, particularmente su Psychologie der Umwelt (Psicología del mundo circundante), donde se distingue el mun­ do circundante natural del humano. Describe el autor los caminos que conducen de un alma humana hacia otra, las fuerzas psíqui­ cas motrices y, como resultado de éstas, las formas de la comu­ nidad. Hellpach tiene también en cuenta cómo se moldea la individualidad, es decir, cómo se transforma el espíritu del indi­ viduo influido por la vida de la sociedad. M uy interesante es el libro reciente de R. Míiller-Freienfels sobre la Allgemeine Kul tur-und Sozialpsychologie (Psicología cultural y social), 1930, por ía clara formulación de los problemas, especialmente del pro­ blema de la realidad de los fenómenos psíquicos colectivos. Junto a estos escritos, dedicados en particular a la psicolo­ gía social, existen también algunos sistemas de Sociología en los que se encuentran, como base, investigaciones psicológicosociales. Este es el caso de la Sociología de A . Vierkandt y del Sistema de Oppenheimer. El primero estudia las disposiciones e impulsos psíquicos innatos, así como la formación de la per sonalidad por el ambiente social; el contacto social como intei cambio psíquico; y, especialmente, la conciencia del nosotros ro­ mo consecuencia de una vinculación íntima. Oppenheimer trnt.i primero de las bases psicológico-individuales de la sociedad al ex poner una detallada teoría de los impulsos, de la cual hablan* mos más adelante. A esta teoría se une, en una segunda parir, una fundamentación psico-social que ya no trata de los indivi dúos y sus impulsos, sino de las relaciones psíquicas de los hom


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bres entre sí. Según Oppenheimer, éstas se pueden resumir en dos categorías básicas, en la del interés del Y o y en la del inte­ rés del nosotros. De la primera nace la lucha, la violencia y la explotación; de la segunda la paz, la moral y el derecho natu­ ral. Esta manera de pintar con colores blancos y negros las rela­ ciones sociales, forzosamente expresa más una construcción teó­ rica que una investigación empírica, ya que el mismo autor se ve obligado a reconocer que se mezclan formas de sus dos catego­ rías contradictorias, como el dominio y la asociación, la violencia y el poder, el derecho natural y el positivo, la religión y la superstición, el estado y la sociedad. Vemos, pues, que no se pueden reducir las complejas relaciones sociales a bases psíqui­ cas tan simples como las que expresan el interés del Y o y el interés del nosotros. Sobre el desarrollo histórico de las dos ramas especiales de la psicología social, o sea sobre la psicología de los pueblos y la psicología de las masas, hablaremos aun más adelante.

2. Algunos temas de la psicología social U n a de las teorías tratadas con más frecuencia ha sido la de los impulsos y los instintos. Sobre este tema el psicólogo in­ glés M cDougall ha realizado profundas investigaciones Según el, existen los siguientes instintos primarios: i. E l instinto de huida, ligado a la emoción del temor. 2. E l instinto de defensa, ligado a la emoción de repugnancia. 3. E l de la curiosidad, liga­ do a la emoción del asombro. 4. E l instinto de lucha, ligado a la emoción de la ira. 5. Los instintos de autoafirmación y sumi­ sión, con sus correspondientes emociones. 6. E l del amor pater­ nal, ligado a la emoción del amor al hijo. 7. E l de la procreación, ligado al amor sexual. A éstos se unen aun el instinto adquisi­ tivo, el gregario y el instinto de construcción. Esta serie de ins­ tintos que enumera M cDougall, algunos autores la aumentan y otros la simplifican; mas hay quien combate en sus fundamen­ tos esta clasificación, diciendo que nada se explica con la de ta­ les instintos. Entre los autores alemanes que han tratado este


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tema hemos de destacar nuevamente los nombres de Oppenhei­ mer y Vierkandt. E l primero distingue los impulsos "finales’ , es decir, aque­ llos que tienden a lograr un estado de satisfacción, como son el instinto de conservación propia y el de conservación de la espe­ cie, de los impulsos "modales” que tienen por objeto los medios para conseguir aquellos fines. Oppenheimer considera como ta­ les el "imperativo económico” y el "imperativo energético” . Ra­ mificaciones de los instintos "finales” son, según él, el instinto de reunión, el instinto gregario, el instinto del adorno imponen­ te, el instinto del juego, el de caudillaje, etc. U n poco más sim­ ple es la clasificación trazada por Vierkandt, en su Gesselschaftslehre (Ciencia de la sociedad), de los impulsos primitivos. Des­ cribe el instinto de la propia conservación, el de poderío, la vo­ luntad de sumisión y el instinto de ayuda. De ellos deduce los procesos sociales más importantes: la sumisión, la autoridad, la dirección y la conciencia de grupo. Según ya hemos mencionado, el sociólogo francés Tarde concedió una decisiva importancia al instinto de imitación. Lie ga incluso a definir al grupo social como un conjunto de hom bres que se imitan mútuamente. Así, reduce a la imitación la* costumbres y hábitos, la moda, la educación e, incluso, la obr diencia hacia el que domina. M as esta teoría es sin duda exa gerada, ya que la imitación no parece ser la única fuerza qur provoca los fenómenos sociales. Tarde mismo se vió obligado 1 señalar otras fuentes de la vida social, tales como la invención, la creencia y los deseos de los hombres. E l último punto ha sido investigado por algunos autores yanquis, los cuales han estable cido una amplia clasificación de los deseos humanos. Mucho m terés despertó asimismo el fenómeno psíquico de la sugestión, Por ésta se entiende la aceptación de representaciones y senil mientos ajenos sin crítica o reflexión racional. Por muy impm tante que sea, sin embargo, el papel que desempeña en la vida social, no podemos considerarla sino como fenómeno panul r.o podemos nunca excluir del todo el pensamiento crítico. Gran importancia tienen para la vida social ciertos sentí mientos y afectos. Hemos de mencionar, en primer lugar, I*


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simpatía, cuya significación social fué estudiada profundamen­ te por M ax Scheler. Por lo demás, ya anteriormente, A . Sutherland, en su obra sobre el origen y desarrollo del instinto moral, describió la simpatía como fuerza social elemental. Son muy im­ portantes también, como base de las combinaciones sociales, los sentimientos de amistad, respeto y admiración, estudiados ya en este sentido por Aristóteles en su Etica. En la época moderna, fué sobre todo Spinoza quien, en la teoría de las pasiones, según ya hemos indicado, describió los sentimientos citados, no sólo desde el punto de vista de la valoración moral, sino al igual co­ mo fenómenos sociales. Importantes para la Sociología son los procesos psíquicos que consisten en la transmisión de contenidos espirituales de un hombre a otros. E l medio principal es el de la comunicación, he­ cha posible por el lenguaje, lo mismo oral que escrito. La forma de comunicación que llamamos mandato es de un carácter es­ pecífico; este es una manifestación de voluntad dirigida a una conducta ajena. E l mandato traduce una situación de superiori­ dad; por lo que es preciso distinguirlo del hecho de convencer a alguien de algo y el de proporcionarle un simple consejo. M as no es preciso que el mandato emane de una persona; puede pro­ venir, por igual, de un orden objetivo, como el imperativo legal, los mandamientos religiosos o morales. En su Sociología M ax Weber ha estudiado a fondo los diferentes motivos por los que es obedecido un mandato. Con este problema está ligado el de las diferentes formas de dominación. U n papel importante desem­ peña, en lo que se refiere a ésta, ese fenómeno que W eber llama charisma, o sea el nimbo que envuelve a una personalidad, que parece así gozar de la gracia de dios o estar al menos dotada de poder extraordinario. Y con esto llegamos al estudio del fenómeno psicológicosocial más importante, al de la conciencia de la comunidad, también llamada conciencia colectiva o del nosotros. wSobre este tema existen ya algunos estudios monográficos, como el de G. Lehman, que más bien plantea problemas que da soluciones. En la conciencia colectiva se expresa la unión psíquica profunda del individuo con el grupo; cada uno siente que es miembro de


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una totalidad y que a ella pertenece, estándole sometido; por otra parte, cada uno se inclina con simpatía hacia los otros miembros de la comunidad y considera que todos son iguales en derechos. Aquí se trata, pues, de los reflejos psíquicos de las estructuras sociológicas en sus diversas gradaciones, desde el ti­ po de la asociación igualitaria hasta la más pura situación de imperio. Ahora bien, se plantea la cuestión de saber si es el grupo lo primario, es decir, si es él quien produce el sentimien­ to de la comunidad, o si es el sentimiento del nosotros lo que pro­ duce la unión exterior. Oppenheimer defiende la primera opi­ nión, y dice: "L a conciencia colectiva es la suma de las repre­ sentaciones, valoraciones e impulsos de la voluntad que el gru­ po por 'domesticación’ ha marcado en el alma individual, y esta conciencia colectiva se encuentra en la misma medida en todos los miembros del grupo” . Otros sociólogos son de opinión que el sentimiento de pertenencia recíproca es anterior y que el grupo surge luego de él. Esta) opinión se apoya, sobre todo, en observaciones hechas en grupos juveniles y en ciertas situacio­ nes que impone la vida en común. Lo justo estaría quizá en decir que se trata de una acción recíproca entre la vida psíquica individual y la organización exterior. H a de señalarse que la conciencia del nosotros puede tener diferentes grados de fuerza. Vierkandt ha llamado la atención sobre este hecho, partiendo de la intimidad de la conciencia de la "comunidad” como base para la clasificación de los gru­ pos. Señaló, además, con razón, que, pese a este sentimiento de la comunidad, desempeña siempre un papel importante la con­ ciencia pura del Y o , incluso en la unión social más íntima. Hemos de hacer notar que los individuos pueden pertenecer, co­ mo miembros, a varios grupos; a una comunidad religiosa, po­ lítica, profesional. De este modo aparece la posibilidad de con flictos psíquicos. En todo caso, la opinión dominante supone que la conciencia colectiva como realidad no se encuentra si­ no en el alma de los individuos. La suposición de que ¿xistc una conciencia especial que en cierto modo flota sobre los indi­ viduos, se rechaza como fantástica. Sobre este punto escribió


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von Wieser: "Quien como Oswaldo Spengler habla del alma popular o del alma de las masas permaneciendo consciente de su carácter metafórico, alcanza un efecto tan fuerte como lícito. Mas, ¡qué gran confusión es la que se origina al tomar literal­ mente, considerándola como teoría, esta libertad poética de la palabra; y suponer que se considera el alma popular, el alma de las masas, como entidad que posee, por encima de las al­ mas individuales, una vida propia! Frente a estas confusiones es preciso insistir que el lugar del alma, incluso en todas las relacio­ nes sociales, reside siempre en el individuo” . A pesar de esta opinión, no faltan nunca intentos de pre­ sentar el alma del pueblo como sujeto de representaciones y sen­ timientos. En todo caso tal suposición pertenece al terreno de la M etafísica. Y a Platón abordaba este terreno al describir las di­ ferentes clases de alma del estado, cuando trata de las diversas formas de constitución. En cuanto a las varias formas de la conciencia del nosotros, suelen ser tratadas en relación con la descripción de las estructuras sociales; como la de las clases y estamentos, y, particularmente, la del estado. En el último ca­ so, se trata de ese importante fenómeno que suele llamarse sen­ timiento de la patria o patriotismo. Sobre este sentimiento, en mi escrito: Z_ur Psychologie des Staates (Sobre la psicología del estado), 19 16, he hecho algunas investigaciones. Después, el so­ ciólogo italiano R. Michels publicó un libro en extremo profun­ do. N o podemos dejar de mencionar que ya en la literatura griega se pone de relieve la concordia ciudadana (homonoia) como fundamento psíquico de la unión del estado, de la polis; aunque, cierto es, más bien como ideal que como descripción de la realidad. Señalaremos por último que, actualmente, se han hecho muchos estudios sobre los sentimientos sociales que sur­ gen en las diferentes edades de los hombres: entre los niños, los muchachos y los hombres. También la psicología de jefa­ tura, tanto desde el punto de vista del jefe como de su séquito, ha sido estudiada con felices resultados partiendo de la base de múltiples observaciones. Sobre este tema señalamos las impor­ tantes publicaciones de la Deutsche Gesellschaft für Psycholo­ gie (Sociedad alemana de psicología).


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3. Psicología de los pueblos Y a entre los antiguos griegos se encuentran principios de 111 vestigación sobre psicología de los pueblos; por ejemplo, en l.i historia de Herodoto o en los escritos de los sofistas comparan do las diferentes costumbres; pero, sobre todo, en las obras po­ líticas de Platón y Aristóteles. Ambos filósofos estudian las particularidades psíquicas de los pueblos nórdicos, orientales y griegos, buscando una explicación de estas diferencias que ba­ san, principalmente, en las condiciones geográficas. Sobre este tema hemos ya hablado antes. Entre los autores romanos pode­ mos señalar a Tácito, cuya Germania describe, entre otras cosas, las características psíquicas de este país. Las Cruzadas medieva­ les atrajeron la atención sobre los pueblos orientales, sin que esto provocase, sin embargo, una investigación científica. Fue en la era de los descubrimientos cuando, por vez primera, se despertó el interés por la comparación científica entre los di­ ferentes pueblos, aunque al principio no se llegase a una des­ cripción de los recién descubiertos. E l estudio más profundo de la vida psíquica de los diferentes pueblos se encuentra, por vez primera, en la obra del filósofo italiano Vico; y, más tarde, en las de Montesquieu, en Francia; Ferguson, en Inglaterra; y, en Alemania, sobre todo en Herder. Lazarus y Steinthal trazaron, a mediados del siglo xfx, el programa de la psicología de los pueblos considerándola como ciencia especial y señalando como objeto de ésta, la investiga­ ción del alma popular, expresada en el idioma, religión, cos­ tumbres y arte. En 1860, para cultivar esta ciencia, fundaron ambos la Zeitschrift für Vólkerpsychologie (Revista de la psi­ cología de los pueblos), donde había de recogerse todo lo re­ ferente al espíritu en la vida de la comunidad humana. Es esta una ciencia particular que incluso ha de preceder a la psicolo­ gía individual, ya que el espíritu del pueblo es anterior al espí­ ritu individual y crea a éste. Según ambos autores debe atribuir­ se al espíritu del pueblo una realidad análoga a la del alma individual; él es el creador principal del idioma. Asimismo exis­


DE LOS PUEBLOS

ten leyes particulares del devenir espiritual de los pueblos, tales como la ley de la relación entre las generaciones y la de la con­ tinuidad, o sea, la referente a la persistencia del espíritu total pese al perecimiento de los individuos. Estas ideas de Lazarus y Steinthal han despertado un gran interés, aunque no han faltado críticas. Se ha calificado de mística especialmente la hi­ pótesis de la existencia real de un espíritu popular. La famosa psicología de los pueblos de Guillermo Wundt representa una posición alejada de este misticismo. Su obra, en diez tomos, apareció entre 1900 y 19 10 . Estudia en su evolu­ ción histórica las objetivaciones de la vida espiritual popular, es decir, el idioma, el mito y las costumbres sobre la base de un amplio material etnográfico y prehistórico. Con el estudio de estos fenómenos, como explica W undt, se ponen de manifiesto procesos psíquicos que no pueden nacer en la conciencia indivi­ dual; procesos que pueden desarrollarse tan sólo mediante la acción recíproca entre los individuos. A sí nace el lenguaje co­ mo expresión de representaciones que viven en el pueblo; el mi­ to expresa los sentimientos religiosos y las costumbres las di­ recciones de la voluntad que nacen de los impulsos. Aunque unánimemente se reconoce el valor de la imponente obra cientí­ fica de W undt, existen críticas a su sistema. Se ha criticado, sobre todo, la limitación de su psicología de los pueblos a los tres fenómenos citados, o sea, el idioma, el mito y las costum­ bres; poniéndose de manifiesto, además, que W undt no se ha ocupado bastante del fenómeno de la relación entre los distin­ tos pueblos. Fué de un modo especial Thurnwald quien hizo tales objeciones, el cual, a su vez, contribuyó al desarrollo po­ sitivo de esta ciencia. En una conferencia sobre la situación ac­ tual de la psicología de los pueblos, Thurnwald expresó la im­ portancia práctica de esta ciencia, diciendo: "L a tarea de la psi­ cología de los pueblos es la de ayudarnos a descubrir las fuer­ zas psíquicas que actúan en la vida de los pueblos. H a de servir al hombre dedicado a la política tanto como la Anatomía o la Física sirveh al médico. Cuanto más conscientemente el hombre emprende la tarea de organizar su vida, tanto más se destaca el valor de un conocimiento de la esencia psíquica propia de los


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PSICOLOGÍA SOCIAI

pueblos, y así habrá de convertirse ésta en objeto de estudio. Los problemas de la psicología de los pueblos residen en el co­ nocimiento de las fuerzas y mecanismo psíquico de su vida.” Hemos de señalar a F. Krueger como fundador de una pe­ culiar psicología evolutiva. Sucesor éste en la cátedra de Wundt, desarrolló las ideas sobre la evolución que se encuentran ya en su sistema; y así ejerció gran influencia en el estudio de la psi­ cología de los pueblos. Aparte de Alemania, es sobre todo en Francia donde se ha cultivado la investigación sobre la psicología de los pueblos. En el libro, muy popularizado, de Le Bon sobre las bases psicoló­ gicas de la evolución de los pueblos el autor explica que existe un alma de la raza, basada en la herencia; este alma es, lo mis­ mo que la particularidad anatómica de un pueblo, algo deter­ minado y ejerce más influencia en su historia que el ambiente geográfico. Es una comunidad de sentimientos e ideas que dan a una determinada nación un carácter típico. En las razas infe­ riores, todos los individuos se encuentran al mismo nivel inte­ lectual; en las razas superiores, en cambio, existe la tendencia a una diferenciación creciente. E l alma popular se manifiesta en diferentes aspectos de la cultura, como son el idioma, los cul­ tos, el arte y las instituciones políticas. Para Le bon, la historia de los pueblos es consecuencia del carácter de éstos, el cual, en esencia, permanece invariable pese a las transformaciones apa­ rentes. Entre los escritos de otros autores franceses hemos de mencionar la psicología étnica de Charles Letoumeau, así como la obra de Alfred Fouillée sobre la psicología de los pueblos europeos. Este último enseña que la nación es una unidad mo­ ral basada en la comunidad de sentimientos e ideas; así, pues, los hechos históricos han de ser explicados psicológicamente. Dentro de este terreno, el genio y la veneración a los héroes desempeñan un gran papel. Hemos de indicar, por otra parte, que la psicología de los pueblos está relacionada con otras ciencias como son la an­ tropología. la historia, la ciencia general de la cultura y la et­ nografía. Incluso la sociología del estado depende, en cierto mo­ do, de la psicología de los pueblos, según intenté demostrar en


DE LAS MASAS

mi estudio Staatslehre und W eltanschauung (Teoría del esta­ do y concepción del mundo), ( Contribución a la historia de la teoría del Estado, 1929), en la que me referí a las particulari­ dades de las teorías francesas, inglesas y alemanas del estado. En las instituciones del fascismo, por ejemplo, está expresada sin duda la particularidad psíquica del pueblo italiano. Véase mi escrito Der Staatsgedanke des Fachismus ( ob. cit.), 1935.

4. Psicología de las masas

Psicología de las masas es el nombre nuevo dado a una an­ tigua observación: el hecho de que, habiendo un gran núme­ ro de personas reunidas, se produce una emocionalidad inten­ sificada, dando esto lugar a que el conjunto actúe en forma distinta a como actuarían cada una de esas personas aisladamen­ te. A la intensificación de la vida emocional se une con fre* cuencia, aunque no siempre, un descenso del nivel intelectual, así como también del sentimiento moral de responsabilidad. N o se ha advertido hasta ahora que las particularidades de este alma de las masas han sido descritas ya por autores antiguos. N o faltaba, claro es, a los pensadores griegos ocasión para rea­ lizar estas observaciones: con las asambleas populares de Ate­ nas, jurados y representaciones teatrales se manifestaban con frecuencia fenómenos psíquicos de masas. Estos fenómenos no eran descritos siempre con objetividad, ya que se planteaba con ellos la discusión misma sobre el problema de la democracia. Algunas citas podrán definir cuál era la posición de estos antiguos autores. Y a Herodoto, el padre de la Historia, al ha­ cer el relato de lo sucedido en un consejo de persas que discu­ tían sobre una nueva constitución, nos señala una característica negativa del alma de la masa: "N ad a hay más irrazonable, más arbit'rario que la masa. N os hemos librado hace poco de la arbi­ trariedad de un príncipe; pero ¿nos hemos de someter acaso al desbordamiento de una masa desenfrenada del pueblo? Lo que cometió aquél lo hizo con entendimiento; mas ni siquiera éste se encuentra en el pueblo. ¿Cómo podría haber llegado a él?


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PSICOLOGÍA SOCIAL

N o ha aprendido nada seriamente, ni tiene experiencia de na­ da; y como un río salvaje se arroja sobre las cosas empuján­ dolas sin razonar” . Vemos que, en esta frase, se han puesto ya de relieve las dos cualidades que Le Bon, el famoso autor del libro sobre la psicología de las masas, señaló como caracterís­ ticas: la falta de intelecto y la acción apasionada, hecha sin ra­ ciocinio. La comparación del desbordamiento de las masas con un río indómito se encuentra por igual en los autores modernos. Aun más dura es la crítica que de la masa hace Platón. Com­ para ésta, a veces, con niños a los que se ha de halagar con dulces; y, otras, con feroces animales a los que no debe uno acercarse sino con precaución. Idénticas comparaciones se en­ cuentran en modernos escritos sobre la psicología de las masas. Así, por ejemplo, M cDougall advierte (The Group Mind, p. 4 5 ): "L a masa se comporta como un niño malcriado o como un salvaje apasionado y sin control; y, en los casos peores, se parece más a un animal salvaje que a un ser humano” . La opi­ nión sobre las masas expuesta por Aristóteles es, en cambio, más favorable a éstas. Cree posible que la suma de buenas cua­ lidades de los hombres individuales dé lugar a una masa que supere en capacidad e inteligencia a la de los individuos. Claro es que esto supone que se trata de un pueblo de elevado nivel cul­ tural. Aparece, por lo tanto, Aristóteles como el primer autor que estableció, en cuanto al juicio sobre el alma de las masas, la llamada teoría de la suma; mientras que Platón, según ya hemos indicado, es un defensor decidido de la teoría de la subs­ tracción— , empleando la moderna terminología. Lo que algunos pensaban en Roma de las asambleas de masas resulta claro por el refrán que ha llegado hasta nosotros: Senatores boni viri, senatus mala bestia. Por otra parte, se afirma que ya Solón había di­ cho que los atenienses, individualmente, eran zorros inteligen­ tes; pero que una asamblea popular era algo parecido a un re­ baño de ovejas. Frases parecidas se encuentran asimismo en autores modernos. M as existen autores contemporáneos que elo­ gian a las masas; así, por ejemplo, P. Tillich en su libro Masse und Geist (Masa y espíritu), dice: "L a fuerza del entusiasmo, la superación del valor individual hasta llegar al sacrificio de


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sí mismo, es un fenómeno que se advierte en todos los movimien­ tos de masas. M ás oculta se hace, en cambio, la ley de la inten­ sificación en el aspecto intelectual. Pero aunque el individuo pueda ser más inteligente que la masa, ésta se eleva, gracias a una clarividencia e intuición, por encima de la inteligencia sub­ jetiva. Si el individuo es más inteligente, la masa es, en cambio, más genial. Su sentir simple y fuerte puede, en un determinado momento, dar lugar a una decisión más justa” . En la época moderna, comienza el estudio sistemático de la psicología de las masas tan sólo hacia fines del siglo xix. El criminólogo italiano Sighele publicó en 1893 una psicología del motín y de los crímenes de las masas. Sighele hace notar los dos fenómenos que se destacan principalmente en el alma de las masas, esto es, el de la suma de las pasiones y el del descenso del nivel intelectual. U n poco después continuó Le Bon, en su conocida obra Psicología de la masa (1896), estas mismas in­ vestigaciones, aunque ya desde un punto de vista más amplio. Son para él características principales de la psicología de la masa, la irritabilidad, la intolerancia, el gusto por las frases, la ausencia de sentimiento de responsabilidad y el impulsivismo. Mas el libro de Le Bon ha sido criticado, sobre todo a causa de la condenación intransigente que hace del alma de las ma­ sas, habiendo sido también atacado el fundamento teórico de su doctrina. A partir de esta época ha crecido mucho la litera­ tura sobre el tema, habiéndose destacado en su estudio algunos autores alemanes. Señalaremos tan sólo los trabajos de W . Vleugels, Th. Geiger, L. von Wiese, Fr. von Wieser, G . Colm, A. Vierkandt, P. Plaut y S. Freud. E l último de los citados ha tomado posición, en lo que se refiere a este tema, partiendo del punto de vista suyo sobre el psicoanálisis en su obra especial: Massenpsychologie und Ich-Analyse (La psicología de las ma­ sas y el análisis del y o ), la que trata de explicar la relación en­ tre masa y caudillo como una especie de ligazón libidinosa. D i­ gamos de paso que en el Gorgias de Platón se alude ya a esta opinión. Trataremos ahora de algunos de los más discutidos proble­ mas referentes a la psicología de las masas. Estos se refieren,


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PSICOLOGÍA SOCIAL

¿.obre todo, a la fijación del concepto de masa, distinguiéndolo de otros fenómenos sociales. Hemos de advertir, en primer lu­ gar, que el pánico, pese a la semejanza que puede presentar con un fenómeno de sugestión de masa, no ha de ser considerado como propio de nuestro estudio. E l pánico es el deseo de salvarse de un peligro real o imaginario; pero el hecho de que, al produ­ cirse el pánico, muchas personas 'se dejen arrastrar al mismo tiempo por el terror, no es suficiente para que consideremos a estas personas como parte de una masa. Unicamente en el caso de que una persona haya conseguido detener la huida irrazona­ da, podríamos hablar de una dirección y, por tanto, de un pro­ ceso sociológico. Es evidente también, por otra parte, que los conceptos de masa y pueblo son distintos, ya que el pueblo su­ pone una comunidad duradera, basada en el origen, idioma y destino histórico. Falta, además, en el caso del pueblo, que las gentes estén reunidas en un espacio estrecho, cosa que nos pare­ ce esencial para que quede constituida una masa. Carece tam­ bién de valor científico la expresión "masa” , empleada para de­ signar las capas inferiores del pueblo. Nos parece igualmente poco exacto decir que, junto a la ma­ sa actual, existe una masa latente o abstracta. Con la expresión masa latente se quiere nombrar a una amplia capa del pueblo en la que los individuos permanecen ligados por una conciencia común de clase que tiende a un cambio de las instituciones so­ ciales existentes. Falta a ésta la característica esencial de la ma­ sa, o sea la reunión temporal y espacial, no produciéndose, por tanto, los fenómenos de sugestión y acción de la masa; aunque, claro es, una tal masa latente puede dar lugar a la formación de una masa verdadera, concreta. Injustificadamente se ha se­ ñalado, a veces, como característica esencial de la masa, la au­ sencia de organización, ya que ésta se origina como consecuen­ cia de una reunión súbita. M as no hay razones para que se deje de considerar como masa a la formada por una asamblea que ha sido convocada como consecuencia de unos reglamentos y que está dirigida por un presidente y secretario; ya que en ella pue­ den surgir los mismos fenómenos de emoción, impulsivismo y falta de sentido de responsabilidad. Justamente, de un tal tipo


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fueron las masas observadas por los autores griegos. Tiene razón, por lo tanto, Le Bon al incluir en el terreno de sus observacio­ nes los modernos parlamentos y las sesiones de los jurados. Es también injustificada la limitación del concepto de masa a una multitud revolucionaria. E l fenómeno, en cambio, que conoce­ mos con el nombre de público, como, por ejemplo, el grupo de gentes que acude a una representación teatral, o el de los lecto­ res de la prensa, no debe ser incluido, pese a algunos rasgos de parentesco, entre los fenómenos de masa. Sobre el hecho del pú­ blico es preciso un estudio especial. Frecuentemente se ha tratado también de las causas de este fenómeno que llamamos alma de la masa. Platón ya se preocu­ pó de este problema; en uno de sus diálogos describe la suges­ tión que emana de la masa: "¿Cóm o crees tú que, en una tal circunstancia pueda un adolescente, como suele decirse, retener su corazón? ¡Qué firme debería ser su formación para que pu­ diera resistir, para no dejarse arrastrar por el río que corre a la deriva!” (República, vi, p. 42). Suele hoy verse también en la fuerza contagiosa del gran número la causa de que los individuos se entreguen a la masa. A veces, por otra parte, como hace T a r­ de, se considera la imitación como fuerza psíquica. En cuanto al descenso del nivel intelectual y moral de la masa, Simmel dió la explicación siguiente: "Aquello en lo que coinciden un gran número de hombres ha de ser accesible incluso al inferior de ellos, ya que es posible que el superior descienda, pero sólo muy rara vez puede ascender el inferior” . Algunos psicólogos moder­ nos, sin embargo, han combatido esta opinión, y han llegado a resultados contrarios después de ciertas investigaciones experi­ mentales realizadas en escuelas, en donde ha podido apreciarse que no era raro el hecho de que, debido a la capacidad superior de algunos, se elevase el nivel general. Pero precisa no olvidar que el grupo de alumnos de una escuela es algo distinto a una "masa” , considerada ésta en su sentido ordinario. Los fenómenos referentes al alma de la masa descritos hace tiempo por Sighele y Le Bon, son, en general, aceptados aun boy como ciertos. Pero la ciencia psicológica moderna se ha es­ forzado en explicar y delimitar con mayor precisión este fenó­


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PSICOLOGÍA SOCIAL

meno. De entre la amplia literatura que existe sobre el tema, mencionaremos tan sólo algunas ideas de Erismann en la Einführung in die neuere Psychologie (Introducción a la psicolo­ gía reciente), 1928, de Saupe. Según él, es preciso resolver, principalmente, dos problemas: 1. Cuál es el principio creador de la unidad que convierte a una multitud de hombres en una masa; 2. Cómo se produce esa transformación según la cual se distingue el pensar, sentir y actuar de la masa, del pen­ sar, sentir y actuar de los individuos. A l final de su estudio llega Erisman a la siguiente definición de masa: "T od a multitud de hombres se convierte en masa psicológica desde el momento en que la conciencia de la comunidad fortalezca la dependencia del individuo de los hombres que le rodean hasta un grado tal que pueda hablarse de una esclavización de su espíritu, de una pér­ dida de su propia personalidad” . Otro tema independiente es el de masa y jefe, si bien la jefatura es un fenómeno social que no se manifiesta sólo en relación con la masa, sino también en otras formas de grupos sociales. Existen jefes de estado, dirigentes de partido, guías intelectuales en la literatura y en el arte, conductores religiosos (profetas), etc. En la vida efímera de la masa puede suceder que, al principio, no surja de ella nadie con personalidad de dirigente; manifestándose tan sólo esta personalidad en el mo­ mento en que la masa actúa. Mas, por otra parte, en muchas ocasiones, la masa es dirigida desde el principio, interviniendo un líder reconocido previamente al tomar una resolución. Si la acción ejercida conduce luego al éxito, es posible que ese mis­ mo hombre permanezca a la cabeza del grupo popular. Poco conocido es el hecho de que este tema preocupaba ya a Aris­ tóteles y Platón. En sus obras vemos aparecer concepciones so­ bre la relación entre masa y jefe quq' son aún hoy día discuti­ das. Según unos, es decisiva la voluntad del pueblo: el jefe ha de someterse a esta voluntad si no quiere perder su puesto; adi­ vinar la opinión de la masa y expresarla, adaptarse a los cam­ bios de esta opinión es, pues, para ellos, el verdadero arte del demagogo. Otros, en cambio, afirman que es la masa la que


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sigue la voluntad del líder; la masa es para ellos una especie de cera blanda en manos del jefe, a la cual éste da forma me­ diante su fuerza sugestiva. E l dirigente, por lo tanto, no es el exponente de la voluntad de las masas, sino que esta voluntad se crea y se dirige por él; o, según la expresión de un sociólogo moderno, el caudillo tiene a la masa firmemente sujeta con su mano. Cada una de estas opiniones contradictorias contiene, sin duda, algo de verdad; lo probable es que la influencia recíproca entre conductor y masa corresponda a la realidad. Platón señaló más bien la dependencia del caudillo de los caprichos del pue­ blo; Aristóteles, en cambio, expresa la opinión de que las resolu­ ciones de la masa son provocadas por el caudillo, y que éstas tienen por objeto buscar una ventaja para él. Por otra parte, el gran historiador Tucídides caracterizó de manera muy acer­ tada la personalidad del verdadero caudillo, hablándonos de Pericles: "Pericles no ha sido dirigido por la multitud, sino que fué él quien la dirigió; ya que, no habiendo llegado al poder por medios ilícitos, no estaba obligado a manifestarse en forma que agradase a los atenienses, sino que se concedía a sí mismo el derecho a contradecirles. Pero, en cambio, aquellos que le su­ cedieron, se dejaron arrastrar por el pueblo y, para halagar a éste, pusieron en sus manos los asuntos del estado” . Entre los sociólogos modernos, F. von Wieser trató este tema de un modo original y profundo en su obra Das Gesetz der Macht (La ley del poderío), 1926. De ello hablaremos aún en el capítulo vi al estudiar, de un modo general, el fenómeno de la jefatura en la vida social.


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T E O R IA D E L A S F O R M A S S O C IA L E S

i. Examen de conjunto En el capítulo anterior hemos descrito los procesos psíqui­ cos que dan lugar a la convivencia humana y acompañan a és­ ta. M as, por muy importante que parezca este punto de vista, hemos de considerar las formas externas de la vida social como el objeto principal de la Sociología. Por otra parte, al tratar de la teoría sobre la psicología de las masas, hemos señalado ya su aspecto puramente sociológico, sobre todo en lo que se re­ fiere a la relación entre dirigente y masa. A partir de aquí nues­ tra tarea consiste en exponer la teoría misma de las estructuras sociales. Este amplio tejido que llamamos la sociedad se com­ pone de tres fenómenos elementales, o sea, los procesos socia­ les, las relaciones inter-humanas y los grupos. Con frecuencia se cae en el error de querer reducir toda la teoría de las es­ tructuras a uno solo de esos fenómenos, es decir, se quiere de­ finir la Sociología o bien tan sólo como teoría de los proce­ sos sociales, o bien como teoría de las relaciones; o, en fin, como teoría de los grupos. Semejante simplificación no está de acuer­ do con la realidad social, ya que los procesos sociales son fenó' menos de movimiento, las relaciones interhumanas estados de duración relativa, y los grupos algo muy distinto a la suma o reunión de estos dos factores. Claro es que existe una conexión


LAS FORM AS SOCIALES

entre estos fenómenos, pues, por ejemplo, de los procesos pue­ den desarrollarse grupos. Pero éstos nacen asimismo sin haber sido precedidos por relaciones interhumanas o procesos. Existen formaciones que provienen de hechos biológicos, como la fami­ lia, sobre todo; existen, además, grupos que poseen una base geográfica, como la vecindad y el asentamiento. Los procesos sociales más importantes son: unión y conflicto, o, como suele también decirse, los procesos de aproximación y de separación. N o es apropiado decir, en el segundo caso, que hay una separación o alejamiento de sus sujetos, ya que lucha y oposición no significan simplemente una mera distancia de los hombres entre sí. Existen múltiples combinaciones de los proce­ sos fundamentales que han sido descritos, de un modo singular, por L. von Weise y por el sociólogo yanqui E . A . Ross. Empero, es un error el que éstos incluyesen la jefatura y la dominación entre los procesos sociales. La selección de los jefes es, en efecto, un proceso, pero el hecho mismo de la jefatura ha de incluirse entre las relaciones. Igual puede decirse de la dominación que debe caracterizarse como un estado de duración relativa; sólo el logro o la pérdida del dominio pueden definirse como fenóme­ nos de movimiento, es decir, como procesos. En cuanto a las formaciones (grupos, uniones), nuestra tarea consistirá, en pri­ mer lugar, en bosquejar una teoría general sobre ellas, tomar en consideración las diferentes posibilidades de clasificación de las formaciones y describir luego algunos de sus tipos principa­ les, como son las generaciones, el avecindamiento y las clases y los estamentos. N o debemos olvidar que todas estas estructuras poseen una base histórica, como hace notar H . Frayer. M as es­ te no es un inconveniente para la tentativa de establecer ciertas categorías abstractas que pueden servir como guía entre la mul­ titud de los fenómenos históricos. Recordemos la teoría sobre los tipos, de la que hemos tratado en el capítulo m. En la teoría general de la estructura no comprenderemos al estado, porque, por esencia, difiere de los demás grupos. Le dedicaremos un capítulo especial.


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Y OPOSICIÓN

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2. Unión y oposición E l proceso social más importante es el que llamamos unión o asociación o sea aquel por cuyo medio dos personas se aproxi­ man o tienden la una hacia la otra. Hemos de distinguir bien este proceso de los grupos que resultan de él, los cuales perte­ necen a la morfología de la sociedad. Aristóteles advirtió de modo perfecto este hecho. Dedica a la cuestión de la génesis de la amistad una investigación especial antes de describir las dife­ rentes clases de philia. Y plantea dos problemas esenciales en lo que se refiere al proceso de unión: ¿la igualdad, o la des­ igualdad, entre los hombres favorece más este proceso? ¿C u á­ les son las causas que conducen a la unión de los hombres? A ris­ tóteles considera el primer problema como una cuestión dudo­ sa, a la que contestaron los antiguos filósofos de diferentes ma­ neras, relacionándola siempre con las leyes naturales generales. Heráclito dice que la más bella armonía nace de lo diferente; Empédocles, en cambio, que lo idéntico atrae a lo idéntico. En la misma forma vemos aún planteado este problema en la Sociología moderna. Simmel dice: "S e manifiesta en este pro­ blema la antinomia, de importancia infinita para todo desarro­ llo sociológico, consistente en que, por un lado, nos atrae lo idéntico, y, por otro, lo opuesto a nosotros; lo opuesto nos com­ pleta, lo idéntico nos fortifica; lo opuesto nos excita, lo idéntico nos calma. Pero asimismo lo opuesto puede sentirse como hostil, esto es, puede provocar en nosotros repulsión en vez de atrac­ ción” . ( Sociología, p. 12 6 ). Aristóteles dice que, en general, lo idéntico ejerce una atracción más fuerte, pero según él, existen no pocos casos de amistad entre seres desiguales. Este hecho se manifiesta ya en la asociación más antigua: en la familia. Hom­ bre y mujer se quieren a pesar de sus diferencias, y lo mismo padres e hijos. T an sólo tratándose de hermanos se puede ha­ blar de una mayor importancia de la igualdad. También en la Sociología moderna se discute con frecuen­ cia este problema de la identidad o desigual en las uniones hu­ manas; de ello se han ocupado sobre todo Maxweiler, Guiddings


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LAS FORM AS SOCIALES

y Simmel. En su System der allgemeinen Soziologie (Sistema de sociología general), Wiese ha hecho notar (2 ? ed., p. 2 16 ): "L a tesis de que los hombres se ligan al establecerse entre ellos una relación de igualdad, y se evitan por la desigualdad, no es cierta expresada en una forma tan general” . Sobre los motivos de la unión dice el mismo autor (p. 2 5 5 ): "¿Cuándo se realiza la unión?: Cuando el deseo de realizarla es lo bastante fuerte. Este deseo puede nacer de la simpatía, del reconocimiento, de las ventajas, o por las circunstancias” . Encontramos una forma especial de unión en el proceso lla­ mado división del trabajo. La ciencia social moderna, la Econo­ mía Política y la Sociología general han estudiado este fenóme­ no dándole el nombre de división social del trabajo. Mas los au­ tores modernos no han tenido en cuenta lo bastante que ya los pensadores griegos vieron en este fenómeno no sólo un proceso económico-técnico, sino también la causa del desarrollo de las profesiones y clases. Platón hace incluso remontar el origen del estado a la división del trabajo, hecho que le sirve para justifi­ car la construcción del estado ideal. En una ocasión dice que la división del trabajo produce la solidaridad ( República, n, 12 ) . De igual modo han llegado hasta nosotros frases interesantes de Aristóteles sobre este tema. Según él, la forma más antigua de esta división se encuentra en el matrimonio: " E l trabajo se divide entre hombre y mujer; ambos se complementan mútuamente, poniendo cada uno sus propias dotes al servicio de la co­ munidad” (Etica, vm, 14 ). Además, habla con detalle de la estructura profesional de la sociedad y plantea la cuestión de si el principio de la división del trabajo es válido también para la constitución del estado. Las opiniones que Platón y Aristóteles elaboran sobre el pro­ ceso de la división del trabajo son casi más amplias que las que encontramos en la famosa teoría de Adam Smith. Se pueden citar algunas observaciones sobre ella, hechas en la moderna lite­ ratura sociológica y económica, y que en germen vemos en la obra de los grandes pensadores griegos. Recordemos la conoci­ da obra de K . Bíicher sobre el origen de la economía nacional, así como ciertos capítulos de la Economía Nacional de Schmoller y,


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sobre todo, la famosa obra del sociólogo francés Durkheim sobrre la división social del trabajo; este último, por lo demás, lla­ mó a Platón, explícitamente, el precursor. Los griegos asimismo reconocieron la importancia de los procesos de antagonismo, de los que trataremos en seguida. La teoría de la lucha de Heráclito es una de las ideas más gran­ diosas que nos transmitió la Antigüedad. Recordemos tan sólo la célebre frase: "L a guerra es madre de todas las cosas, reina sobre todas las cosas; de unos hace dioses y de otros hombres; de unos esclavos y de otros hombres libres.” Y luego: "E s pre­ ciso saber que la guerra es lo general, que el derecho nace de la lucha y que es la lucha quien, necesariamente, da a luz todas las cosas.” Estas frases nos hacen ver que sin duda nuestro filó­ sofo quería expresar con su principio del antagonismo no tan sólo una ley de la Naturaleza, sino también un principio socio­ lógico, ya que de manera explícita declara que la guerra es el origen del derecho y de los conflictos entre las clases. Hemos de tener en cuenta también a Empédocles: consideraba que las dos fuerzas elementales del Universo son la atracción y la re­ pulsión: llama a una amistad y amor y, a la otra, odio y lucha. Y a por los términos empleados se justifica la presunción de que para Empédocles la vida humana contiene estos dos tipos. Platón reconoce que en los estados concretos existe una con­ tradicción aguda entre las clases, sobre todo entre la de los ricos y la de los pobres; si bien cree, por supuesto, que esta contra­ dicción no existirá en el estado ideal. Aristóteles ofrece en su Política una descripción detallada de las luchas intestinas que tienen lugar en las diferentes formas de estado y traza una So­ ciología de las revoluciones de la que hablaremos todavía en otro lugar de este libro. En la época moderna fué sobre todo M a­ nuel Kant quien puso de relieve la importancia de la oposición y la lucha en la sociedad. Dice: " E l medio que emplea la na­ turaleza para promover el desarrollo de las disposiciones huma­ nas es el antagonismo existente en la sociedad, pues él es, al fi­ nal, la causa de un orden legal. Por antagonismo entiendo la insociable sociabilidad humana, esto es, la inclinación a asociar­ se ligada a una resistencia profunda, que trata siempre de divi-


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LAS FORM AS SOCIAL

dir a la sociedad. (Iideen z.u einer allgemeinen Geschichte in weltbiirgerlicher Absicht, ob. cit, 1784.) Nietzche, quien apela conscientemente a Heráclito, es el primero entre los filósofos que ha celebrado el principio de la lucha. En cambio, en el sistema sociológico de Comte desempe­ ña un papel decisivo la idea de la tendencia recíproca a la unión, o consensus, como él la llama; mientras que Spencer concede la primacía al principio de la oposición. La importancia de la lucha por la existencia como factor de la evolución social fué reconocida por Spencer, incluso antes que por Darwin. E l sis­ tema sociológico de Ratzenhofer parte de la ley de la hostili­ dad absoluta; en las obras de Gumplowicz y Oppenheimer se si­ túa también la lucha de los grupos y clases sociales en el centro de la Sociología. E l sociólogo Tarde publicó un libro con el título de L ’opposition universelle, en el que dice: "L a lucha en­ tre los hombres no desaparecería aunque se suprimiese la gue­ rra propiamente dicha” . M as a la lucha, según él, sigue la aco­ modación, el fenómeno de la armonía, — pensamiento comple­ tamente heraclitiano— . Algunas frases de la Sociología de Simmel sobre este tema son también muy incisivas: "A sí como el cosmos necesita amor v odio, fuerzas de atracción y de repulsión para poder adquirir una forma, así la sociedad necesita una relación de armonía y desarmonía para llegar, de igual manera, a una forma deter­ minada: la sociedad es el resultado de ambas fuerzas” . "Lucha es la acción del uno contra el otro; ella, justamente con la ac­ ción del uno por el otro, da lugar a un concepto más alto. Y así la vida se mueve entre estas dos tendencias” . "Dentro de Jos grupos actúan alternativamente, y en cierto modo en dos di­ mensiones, la armonía y la lucha; esto es, lucha del grupo con­ tra los enemigos exteriores y lucha interna entre los competido­ res y partidos, junto a actos de comunidad y concordia; o sea, que alternan los fenómenos de armonía y los de contradicción” . El fenómeno que llamamos competencia es un género particu­ lar del proceso de oposición. Se distingue de la lucha directa porque no se ataca al adversario, sino que se tiende a una emu­ lación frente a otras personas. Se trata, pues, en este caso, de


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una lucha indirecta; y no importa que su fin sea el despertar un cierto aprecio o el logro de ciertas ventajas materiales. En todo caso, el premio de la lucha no está en manos del adversa­ rio a quien se le disputa. Se trata de aportaciones paralelas, lo cual resulta evidente en el caso de las competencias deportivas; por ejemplo, corredores o nadadores. La competencia en el co­ mercio se orienta hacia lograr una ventaja en la venta de mer­ cancías; su objeto es conseguir el favor del público. Si se trata de una competencia científica o artística, aparece en primer plano la motivación del honor, que puede estar unida a la de ciertas ventajas materiales. Este fenómeno sociológico, resultado del liberalismo econó­ mico, es de la mayor importancia en el terreno de la economía política. Como se sabe, Adam Smith formuló su base teórica. Pero se ha atacado muchas veces la validez incondicional de es­ te moderno principio de la competencia; por otra parte, la le­ gislación ha tratado también de combatir las consecuencias de una competencia ilícita. Del todo diferente a esta organización económica liberal era, como es sabido, la del sistema medieval de las corporaciones, en el que se procuraba que los productores tuvieran asignado un mercado rigurosamente delimitado; y, en consecuencia, la amplitud de los oficios, por ejemplo, en lo con­ cerniente al número de sus miembros, estaba asimismo encerra­ da dentro de ciertos límites. Con estas medidas se trataba de lograr que cada maestro tuviese la clientela necesaria. Existe una amplia literatura sobre las ventajas y los vicios del princi­ pio de libre competencia. Es también sabido que los modernos monopolios lo han restringido de un modo considerable. En lo que se refiere a la teoría sociológica propiamente dicha de la competencia, el V I Congreso Alemán de Sociología la trató con amplitud en una serie de conferencias y discusiones.

3. La jefatura Y a nos hemos ocupado en parte de este importante fenóme­ no social en el capítulo anterior cuando tratábamos de la psico-


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logia de las masas; pero la jefatura tiene en la vida social un papel más amplio, o sea que existe también entre los grupos. Dirigir significa ir a la cabeza en forma tal que el camino pres­ crito en el terreno de una actuación social venga a ser el camino que siga un grupo determinado de hombres. Considerado el problema en este sentido general, podemos decir que existe tam­ bién una jefatura o dirección puramente espiritual, como la de los grandes filósofos, investigadores, inventores, artistas y pro­ fetas, quienes pueden, incluso, encarnar una fuerza directriz útil para la humanidad entera; por esta causa Emerson en una obra conocida les llama representantes del género humano. N o es raro el caso de que su influencia sólo se manifieste después de su muerte; a veces, de igual modo, se ignoran sus nombres, conociéndose tan sólo su obra, como en el caso de algunos in­ ventores de instrumentos primitivos, la rueda o el torno del al­ farero. La Sociología ha de limitarse a las consecuencias que la jefatura produce en la organización social, a pesar de la mucha importancia cultural que tenga la forma señalada antes; por eso, el papel principal lo desempeñan los jefes de estado, diri­ gentes de partidos, caudillos militares, fundadores de religiones y directores de la economía, sin olvidar a los jefecillos de gru­ pos, sin los cuales las colectividades no adquieren capacidad de acción. Los pensadores griegos estudiaron este fenómeno. Platón, más que describir la realidad, de hecho hizo digresiones sobre la cuestión de saber cuál sería el tipo del hombre que poseye­ ra la capacidad que el jefe requiere; y señala, como tipo de mal jefe a los demagogos de su tiempo. Aristóteles, en cambio, aunque trata también de describir el jefe ideal, estudia más que nada las formas de dirección que se manifiestan en la vida so­ cial real. Como condiciones que explican el hecho de la jefatura señala el origen aristocrático, la riqueza y la capacidad perso­ nal, concediendo a esta última, como es natural, la preferen­ cia. Para él existen ciertos hombres cuya capacidad sobrepasa la de todos los ciudadanos, y el pueblo, entonces, si no los aleja del estado, ha de someterse a ellos. Para Aristóteles es, pues,


LA J E F A T U R A

inevitable que ese hombre superior asuma la dirección y que el pueblo se oriente en el sentido que aquél marque. La jefatura en este caso se basa, empleando un término de hoy, en el pres­ tigio que emana de un hombre. En la Sociología moderna se han tratado con detalle algu­ nos problemas relacionados con'la jefatura; entre ellos, en pri­ mer lugar, la variedad de sus manifestaciones, según la natura­ leza del grupo. Los padres, los educadores, los sacerdotes, los jefes de estado y los líderes políticos poseen cada uno un tipo particular de dominio. Y a en los grupos infantiles de juego y en la escuela se manifiestan fenómenos de un cierto tipo de di­ rección. Las causas de esta subordinación, que en su mayor par­ te caen ya en el terreno de la psicología, han sido estudiadas también. Otra cuestión es la que se refiere a la relación entre el jefe y el grupo que le sigue; el objeto principal de su estudio es determinar la influencia que ambos factores ejercen entre sí. Y a hemos señalado, al tratar de las teorías sobre la psicología de las masas, que sería erróneo considerar al jefe como un sim­ ple exponente de la voluntad de las masas; pero de igual modo parece imposible dejar de considerar por completo esta última circunstancia. En cuanto a la selección del jefe, encontramos di­ ferentes posibilidades. E l jefe o director puede alcanzar su pues­ to por medio de la sucesión o llegar a dirigir el grupo por haber hecho acciones sobresalientes; o, como consecuencia del princi­ pio democrático, basar su posición en una elección libre del gru­ po. Por otra parte, a veces el grupo se forma gracias al jefe, es decir, que éste requiere su séquito, convirtiéndose así en fun­ dador de una secta religiosa o de un partido político. L a jefatura tiene una gran relación interna con el fenóme­ no sociológico de la dominación, del que hablaremos en la próxi­ ma sección. La diferencia consiste en que no todos los jefes ejer­ cen una dominación, es decir, que no todos actúan por medio de mandatos o de coacción física. Ejemplo típico lo ofrecen los conductores o guías espirituales. M as también los jefes de grupos propiamente dichos no son con frecuencia sino repre­ sentantes del grupo y no ejercen dominación alguna, Pero se-


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ría erróneo considerar jefatura y dominación como hechos opues­ tos del todo, según han pretendido algunos sociólogos, iviás bien podemos decir que estos dos fenómenos se invaden recípro­ camente. Es von Wieser, entre los autores modernos, quien ha estudia­ do con mayor profundidad la esencia de la jefatura; señalare­ mos, pues, algunos de los resultados de sus investigaciones: La dirección es un fenómeno fundamental en la vida social. La ne­ cesidad del jefe no proviene tanto de la insuficiencia del hombre medio como de la técnica de la acción social, que precisa una organización, sin la cual la asociación es incapaz de obrar. M as este hecho no significa otra cosa que la división del poder en­ tre la masa y el jefe. La existencia de jefes es, por tanto, un resultado de la técnica de las masas. A l tratar de este problema representaría una limitación inadmisible el suponer que sólo los grandes hombres son verdaderos jefes. Wieser distingue además la jefatura unida a la fuerza físi­ ca, que observamos sobre todo en los comienzos de la historia del hombre; la jefatura señorial, como la ejercida por los prín­ cipes europeos hasta la época del despotismo ilustrado; y la je­ fatura entre iguales o compañeros, instituida por elección. Pero existe otro tipo, que suele dejarse de considerar al hacer la teo­ ría de este fenómeno y que, no obstante, es de la mayor impor­ tancia, o sea, la jefatura o dirección impersonal que observamos en el idioma, el arte, la ciencia y la economía nacional. Wieser trata, además, de las jerarquías en la jefatura (subjefes) y de las capas directivas o de jefes. Todo jefe tiene un cuadro de sub­ jefes por cuyo medio los grupos responden a su llamada para seguirle activamente, razón por la cual podemos decir que la masa misma decide sobre él. Añadamos que Wieser estudia también la prensa diaria desde el punto de vista de la jefatura. (Véase más adelante el capítulo ix, 10.) Después de Wieser, se han ocupado de este fenómeno los sociólogos Geiger y Vleugels, y de su aspecto psicológico, Leopold y Vierkandt, sobre todo.


L A DOM IN ACIÓN

4. Dominación La sociología moderna ha estudiado con mucho detalle esta importante relación social: Simmel, sobre todo, bajo la rúbri­ ca subordinación y supraordinación; también M ax Weber, quien más que nada ensayó caracterizar sus diferentes tipos; y el so­ ciólogo estadounidense E. A . Ross, en su libro Sociología. M as en todos estos trabajos se ignora en absoluto lo que han escrito los pensadores griegos sobre este tema. Entre ellos, en primer lugar, Platón, quien en su diálogo Las leyes hizo un notable estudio sobre los diferentes tipos de dominación (m, 690), estudio que, por supuesto, no es puramente sociológico. N o sólo investiga cuáles son los tipos de dominación real, sino también sus condiciones de validez, punto éste que implica un problema ético. De todos modos, tienen también un gran inte­ rés desde un ángulo sociológico. La frase más importante en es­ te diálogo es la siguiente: "Necesariamente han de existir en cualquier estado señores y súbditos. Ahora bien: ¿cuáles son las condiciones de validez, en lo que se refiere al número y a los mo­ dos, de la dominación y la obediencia en los estados, o también en las diferentes comunidades domésticas? ¿N o hemos de con­ siderar, en primer lugar, la posición del padre y de la madre? ¿ Y no es, acaso, un postulado, considerado universalmente co­ mo justo, que los padres ejerzan un dominio sobre los hijos? La condición que sigue a ésta es la de que los nobles dominan so­ bre los no nobles, y la tercera que los mayores mandan y los jó­ venes obedecen; la cuarta, que los esclavos obedecen y los due­ ños mandan; y la quinta, pienso yo, es la de que domina el más fuerte y el más débil se deja dominar. Con esta última nombras una forma completamente inevitable del dominio, que corres­ ponde a la naturaleza y que tiene la más amplia validez entre todos los seres vivos. Pero la condición más importante es sin duda la sexta, según la cual el ignorante ha de obedecer y en cambio el clarividente debe dirigir y dominar. Como forma sép­ tima de dominio nombraremos la que se basa en el destino y en el favor de los dioses, esto es, la que dejamos a la suerte; y con-


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.sidcramos justo que domine aquel cuya suerte es dichosa y, en cambio, que aquel cuya suerte es desgraciada se conforme y se deje dominar.” Si comparamos con esta enumeración de Platón las ocho formas de dominación que distingue E . A . Ross, advertimos que las diferencias son insignificantes. Ross habla también del dominio de los padres sobre los hijos, de los mayores sobre los jóvenes, del hombre sobre la mujer, del estado sobre los súbdi­ tos, etc. U n investigador moderno de Platón (Satlin) dice y no sin razón: "Aunque la evolución histórica haya dado lugar a la desaparición de la esclavitud, vemos, sin embargo, si sabemos mirar a través de los ropajes del tiempo, que las siete condicio­ nes del Nomoi (Las leyes) expresan las bases eternas de toda dominación; carácter y nacimiento, vocación y poder.” N os lle­ varía demasiado lejos mencionar también las frases que en su Etica y en su Política ha dedicado Aristóteles a las categorías dominación y servicio, considerándolas como fenómenos genera­ les de la vida social. Diremos tan sólo que Aristóteles ha señala­ do, además, una forma especial de dominación, esto es, el impe­ rio de Id ley, que ha de sustituir en el estado al dominio de los hombres. H ay autores modernos que de igual modo han recogi­ do esa idea. Simmel, por ejemplo, ha caracterizado como forma especial de la dominación la subordinación a un poder objetivo. M uy original es la enumeración de los diferentes tipos de domi­ nación que hizo M ax W eber en su obra Economíd y socieddd. Distingue la dominación de base racional, es decir, aquella cuyo origen es la creencia en la legitimidad del orden establecido; la dominación de base tradicional, fundada en la creencia en la santidad de la tradición; y, finalmente, la dominación carismáticd, basada en la devoción a una persona que se considera como santa o heroica. W eber define, además, la dominación en ge­ neral como aquella relación social en la que una parte encuentra típicamente la obediencia de los demás para todos sus mandatos o para algunos de contenido determinado. En lo que respecta a los sujetos de la dominación, puede su­ ceder que sea un hombre sólo el que la tenga sobre todo un


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grupo, o bien que sea de toda una capa. En el primer caso el grupo está organizado monárquicamente y en el segundo co­ mo república o, mejor dicho, con un carácter aristocrático. La supraordinación puede ser de tal forma que entre los domina­ dos exista plena igualdad, o bien que entre ellos también haya una gradación; una pirámide puede representar en el caso últi­ mo a la sociedad, cuyo ejemplo histórico más importante lo ofrece el feudalismo medieval. Incluso parece posible que exis­ tan una supraordinación y una subordinación recíprocas, ya que algunos miembros del grupo tienen capacidad de mando en cier­ tos terrenos, mientras que en otros ellos mismos son los subor­ dinados. Algunos autores han querido ver en ese hecho la esen­ cia de la democracia. Aristóteles expresó ya esta idea, pues en su estado ideal defendió el servicio por turno o rotación, o sea que los ciudadanos manden y obedezcan alternativamente. Con la dominación se liga, en general, la existencia de un cuadro de dominación, esto es, un grupo de hombres cuya mi­ sión consiste en ejecutar las órdenes del superior, para lo cual precisa una organización determinada, de un grado de perfec­ ción variable, y que se llama jerarquía por haberse inspirado en la iglesia católica. D e este tema se ocupó el Congreso Sociológico Internacional de París en 1927, cuyas conferencias y discusio­ nes se publicaron en el tomo xv de los Anales. Hemos de seña­ lar de modo especial el trabajo de Duprat sobre autoridad y je­ rarquía, por su amplio material descriptivo y comparativo, así como porque en él se estudian las ventajas e inconvenientes de una organización dilatada y su relación con la forma democrá­ tica del estado. A . Bogdanov publicó en 1926 una monografía titulada: Teoría general de la organización (Tectología).

5. Teoría general del grupo A sí como hemos hablado de algunos procesos y relaciones sociales, llegamos ahora a la exposición de las formas que he­ mos de considerar como cristalizaciones de la convivencia social. Dichas formas, a las que se llaman grupos, uniones o forma-


LAS FORM AS

SOCIALES

ciones, son el objeto de la teoría propiamente dicha de las es­ tructuras. Estas colectividades tienen de común la duración re­ lativa y cierta independencia frente a los individuos que las com* ponen. Los grupos poseen, según señaló Vierkandt, una vida propia; el cambio de los miembros no amenaza su existencia. Poseen, además, una organización, por muy primitiva que sea, lo cual hace posible una acción común. E l reflejo psíquico del grupo se manifiesta en el sentimiento de pertenecerse recípro­ camente, o en la "conciencia del nosotros” — como suele lla­ marse a este sentimiento— de sus miembros, de lo que ya hemos hablado en el capítulo sobre psicología social. Según esta breve descripción resulta, en primer lugar, que no puede incluirse la simple masa en el concepto de grupo, ya que en ésta falta tanto el factor de la duración como en general el de la organización. La masa, por supuesto, puede dar lugar a un grupo propiamente dicho. Me parece inadmisible definir la pareja humana como un grupo de dos, según trató de hacer von Wiese, ya que en ella no existe unión ninguna que pueda oponerse a cada uno de los miembros, y que este grupo perdería todo contenido exacto al faltar uno de sus componentes. Esto no obsta, claro, para que pueda ser descrita como un importante fenómeno sociológico, pero concibiéndola como una mera relación interhumana. Si existe para la concepción del grupo, en cuanto al número de los componentes, un límite inferior, hemos de indicar que del mismo modo hay uno superior. A veces se ha ensayado con­ cebir la humanidad entera como un grupo. Dunkmann y Wiese mantienen en la actualidad esa idea, presente ya en las obras antiguas, sobre todo en los estoicos; pero ha de considerársela sólo como una elucubración, ya que esa pretendida corporación carece de órganos para actuar. Nos parece también poco propio hablar de grupos espirituales, como la religión, el arte y las cien­ cias. Estos fenómenos culturales no pertenecen en absoluto a la sociología formal, sino a la de la cultura. (Véase más adelante el capítulo I X .) Hagamos algunas observaciones sobre la terminología una vez limitado así el concepto de grupo. E l término "grupo” se


TEORÍA DEL GRUPO

ha ido arraigando no sólo en el idioma alemán, sino en la lite­ ratura inglesa y francesa. Agrupación (Gesellung ) parece me­ nos concreto, ya que así suelen llamarse también las relaciones hu­ manas sin núcleo fijo. Sombart usa el término uniones (Verbánde) en su trabajo Die Grundformen des menschlichen Z.usammenlebens (Las formas fundamentales de la convivencia hu­ mana, en el Diccionario de Sociología). Spann llama comuni­ dades a las formaciones que nacen de la unión de sentimientos; y asociaciones de compañeros (Genossenschaften) a las que son fruto de la acción común. En la literatura inglesa tampoco exis­ ten términos completamente invariables, ya que la expresión community se emplea a veces refiriéndose a todos los grupos y otras tan sólo a una cierta clase de ellos. Ahora bien, en lo que se refiere a la esencia del grupo, pode­ mos considerar como opinión dominante la teoría de que el gru­ po es algo más que una mera suma de individuos. Vierkandt es uno de sus defensores decididos; trata de demostrar que la lla­ mada explicación adicional del grupo es del todo insuficiente. Menos de acuerdo están los sociólogos en cuanto a explicar po­ sitivamente la realidad del grupo; pero antes de decir algo so­ bre este tema haremos una indicación de tipo histórico. P. J . Proudhon, a quien se considera en general como un partidario del anarquismo, rechazó a mediados del siglo xix el punto de vista puramente individualista en la construcción de las asocia­ ciones. Insiste repetidas veces en que la sociedad, o más bien, el grupo, no es sólo la suma de sus miembros, pues la coopera­ ción de las fuerzas individuales da lugar a una razón y a una fuerza colectivas. Leemos en un diálogo incluido en su obra De la justicia: "¿P or qué llama usted a los grupos realidades? Por­ que poseen una fuerza colectiva. ¿Qué es lo que usted entiende por fuerza colectiva? Todo ser real, a diferencia de los meros fantasmas, posee la capacidad de atraer a otros seres o de re­ chazarlos, de reaccionar contra las influencias exteriores, de ac­ tuar y de pensar; y esta capacidad no la poseen tan solo los in­ dividuos, sino también las colectividades. Por lo demás, estos seres que llamamos individuos no son otra cosa que entes colec­ tivos; también en ellos nace la fuerza por la cooperación de las 12


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partes.” Con estas frases Proudhon ha destacado mucho más explícitamente que su contemporáneo Comte — quien habla só­ lo de una manera vaga de un ensemble— el carácter de realidad de los grupos. La Sociología moderna ha hecho varios intentos para justificar esa teoría. A primera vista parece que se impone la concepción de los grupos sociales como organismo biológico. Pero debemos distin­ guir entre el caso en que esta analogía se aplica a la sociedad concebida como un todo, el de Spencer, por ejemplo, de aquél en que sólo se aplica a los diferentes grupos. E l sociólogo yan* qui Robert E . Park trata de justificar este último punto de vis­ ta de la manera siguiente: "U n organismo se distingue de una simple aglomeración de individuos por la capacidad de acción unificada (concerted action) que posee; la estructura sirve pa~ ra hacer posible esa acción y el hecho es válido tanto para un organismo biológico como para un organismo social. Lo que distingue a un organismo de un mero agregado, es una forma tipo de acción (action pattern) que dirige la reacción de las partes y las ordena cuando esto es necesario para producir una acción unitaria. El mismo hecho se aplica también al grupo social.” M e parece, sin embargo, que existe una diferencia esencial. Los seres humanos pueden pertenecer a diferentes grupos; hay un cruce de círculos sociales al que no podemos aplicar una ana­ logía biológica. Podemos aplicar la teoría orgánica sólo al esta­ do, porque en él existe, en general, una pertenencia exclusiva de las partes a un determinado ente colectivo (véase el capítulo vn, 2 ). Nos parece más conveniente aplicar a los otros grupos la lla­ mada "teoría de la forma” , pues permite suponer una unidad funcional de los grupos sin atribuirles un carácter substancial. (Me he referido a esto con detalle en Archiv jür Socialwissenschaften — Archivo de ciencias sociales— t. 66, p. 137 ss.) 6. Clasificación de los grupos La primera tentativa de clasificación se encuentra ya en los libros vn y ix de la Etica de Aristóteles: Sobre la amistad (phi-


CLASIFICACIÓN DE LOS GRUPOS

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lia) . Resulta poco corriente aplicar el término amistad a los gru­ pos sociales en general, pero también la Sociología moderna lo emplea a veces. Leemos, por ejemplo, en la Sociología de Spann: "Todos los vínculos típicos entre los hombres pueden reducir­ se en primer término a una forma fundamental general; la de la amistad, ya que ésta es un ingrediente necesario en todas las relaciones humanas” . Junto a este término emplean los mis­ mos autores el de comunidad (Koinoia) para las diferentes uniones humanas, pero con él se señala una vinculación más bien objetiva, mientras que con el de amistad aludimos sobre to­ do a una disposición psíquica. E l que, conociendo los problemas tratados en la Sociología moderna, estudie las digresiones de Aristóteles en tomo a la amistad, advertirá con asombro que intentó establecer una clasificación de los grupos. Sin insistir en detalles, pondremos de manifiesto lo siguiente: Las asociaciones humanas, por muy distintas que parezcan, contienen, según Aris­ tóteles, elementos comunes. Se trata siempre de la persecución de un fin determinado por medio de la cooperación; de una ac­ titud común intelectual y sentimental de los miembros; y, casi siempre, también, de la regulación de las relaciones mediante un orden jurídico. E l filósofo distingue tres categorías de aso­ ciaciones: la "filia ” entre parientes, entre amigos y entre intere­ ses comunes. Resulta completamente clara la naturaleza del pri­ mer grupo: el matrimonio y la estirpe común constituyen las bases naturales de esta comunidad. E l segundo grupo, el de la cama­ radería, se caracteriza por la igualdad absoluta que reina en él, así como por la comunión más entrañable; sin que haya de exis­ tir, necesariamnte, un parentesco de sangre. E l último grupo, el de los socios, lo constituyen, según Aristóteles, las asociaciones sin unión entrañable, es decir, aquellas comunidades de intere­ ses que se basan en un convenio. M ás adelante veremos cómo Aristóteles se ha adelantado a las teorías modernas. Mas, ¿cuál es la posición que ocupa el estado en la teoría de los grupos sociales de Aristóteles? Sobre esto declara: " T o ­ das las comunidades representan partes de la comunidad esta­ tal; tienden a buscar algo que es de utilidad común y propor­


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cionan algo útil para la vida. La unión del estado está basada también en lo útil y por él se esfuerzan los legisladores. Pero las otras uniones tienden sólo a una parte de lo útil, y se pue­ de, por lo tanto, afirmar que están subordinadas a la comu­ nidad política. El estado no representa la utilidad del instante, sino que abarca toda la vida, en tanto que las demás comunida­ des persiguen meros fines particulares, como son la sociabilidad, la ganancia material, etc---- ” La sociología medieval difiere, en este importante punto, del filósofo griego, al cual, por lo demás, otorga la mayor autoridad, ya que en la Edad Media ocupa el más alto rango la comunidad fundada por la iglesia cristiana. En cuanto a las asociaciones seculares, sigue la esco­ lástica la teoría de los grupos de Aristóteles, ejerciendo en ella, sin embargo, cierta influencia la organización germánica de las asociaciones de compañeros ( Genossenschaften ). El Derecho Natural moderno no ofreció suelo fértil para el desarrollo de la teoría de las estructuras, pues sus intereses prin­ cipales estaban orientados, sobre todo, hacia la relación entre los individuos y el estado, estudiándose poco las formaciones so­ ciales intermedias. U na excepción la constituye el famoso teó­ rico del Derecho Natural, Althusius, que construyó una teoría federalista del estado. Estudia a fondo, considerándola como la base del estado, las uniones de familias, las asociaciones profe­ sionales y los municipios, aunque dando mayor importancia al punto de vista jurídico que a la explicación sociológica. Fué Montesquieu quien hizo se fijase de nuevo la atención en los grupos sociales, sobre todo en los estamentos y clases. Estos últi­ mos grupos desempeñan también un gran papel en las teorías de la escuela histórico-romántica, enderezada contra el Derecho Natural. Comte y Spencer, entre los primeros sistematizadores de la Sociología, se ocuparon poco de la teoría de los grupos. Su atención se enfocó sobre todo hacia las leyes de la evolución, es decir, la dinámica social. En último caso podemos considerar la distinción que hace Spencer entre el tipo militar y el tipo indus­ trial de la sociedad como una parte de la morfología. En la obra de P. J. Proudhon se hace una distinción entre las comu­


C LA SIFICA C IÓ N DE LOS GRUPOS

nidades reales, como la familia y las naciones, y las asociaciones voluntarias, basadas tan sólo en un contrato. En esta distinción encontramos un principio de aquella famosa clasificación de los grupos sociales que hizo el sociólogo alemán F. Tónnies por vez primera en 1887 en su libro Gemeinschaft und G esellsch aft* con un análisis profundísimo. Y aunque su teoría no ha sido aceptada de un modo cabal, estas investigaciones han ejercido una gran influencia. Tónnies describe ambos grupos de la manera siguiente: cuan­ do se quiere y afirma una determinada relación entre hombres en razón de ella misma, esta relación emana de una voluntad esencial, y nace entonces una comunidad, cuyos ejemplos en­ tre otros, son la familia, la aldea y la comunidad religiosa. Mas si se desea que esta relación entre hombres sea tan sólo medio para un fin determinado, es decir, para satisfacer un interés, emana entonces ésta de una voluntad de arbitrio o de elección, y nace de ella una asociación, cuyo ejemplo princi­ pal es el de una sociedad comercial. El primer tipo lo conside­ ra Tónnies como organismo y el segundo como mecanismo. Tónnies incluyó primero al estado dentro de esta segunda cate­ goría, pero después reconoció que puede tener también el carác­ ter de comunidad. Importante es la teoría de que la evolución histórica, a partir de la "comunidad” originariamente predomi­ nante, se aproxima más y más al tipo de "asociación” . Tónnies no trata de ensayar una valoración de estas dos formas fun­ damentales, aunque es visible que su simpatía se inclina a la comunidad. Mas surgen algunas objeciones contra la teoría, sin duda muy ingeniosa, de Tónnies. En primer lugar, es dudoso que se pueda considerar esta clasificación como completa, ya que existen asociaciones de naturaleza más íntima, basadas en la libre volun­ tad, para las cuales se ha establecido la categoría de liga (B und). Y es también dudoso que exista una tendencia efectiva a susti/ * Literalmente, "Com unidad y sociedad” . Convendría, sin embar­ go, aceptar para ciertos fines y como más clara la versión "comunidad y asociación” , como hacen los anglosajones (E d it.).


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tuir la "comunidad” originaria y orgánica por la "asociación” racional. Precisamente en la época presente se ofrece la tenden­ cia a conceder un lugar más amplio a la idea de "comunidad” . Sin embargo, existen sociólogos eminentes que han aceptado, aunque sea con algunas modificaciones, las teorías de Tónnies. Max Weber, por ejemplo, habla de una comunización ( Vergemeinschaftung ) , si la actitud, en la acción social, está basada en un sentimiento subjetivo de unión interior de los interesados; y de una socialización (Vergesellschaftung) si lo es en una compensación racional de intereses. Vierkandt se adhiere, en ge­ neral, a la teoría de Tónnies, pero cree que entre comunidad y "sociedad” existe tan sólo una diferencia gradual. Para H . Fre­ yer la diferencia entre estos tipos se encuentra en el hecho de que, en la comunidad, no existe "dominación” en estricto sen­ tido, sino tan sólo "autoridad” , mientras que la "sociedad” re­ presenta una estructura de dominación. M uy original es la clasificación de los grupos propuesta por Sombart, quien distingue: i. Grupos ideales, ligados por una idea, tales como las familias y las asociaciones políticas y reli­ giosas. (Todos estos grupos tienen, para Sombart, una base tras­ cendente, lo que, por lo menos en lo que se refiere a la familia, no es cierto); 2. Grupos finales, en los cuales se proclama la unión con vistas a un fin concreto; 3. Grupos intencionales, en los que la unidad se produce, no por una idea ni por una rela­ ción de fin, sino por un objeto determinado con el que un cierto número de hombres relaciona su actuación. Entre estos grupos cuenta Sombart las comunidades de intereses, las clases, los sin­ dicatos y los séquitos. Creemos que carece de base sociológica esta clasificación, un poco heterogénea, deducida tan sólo de un aspecto psíquico. L. von Wiese se contenta con una distinción de los grupos según su amplitud (grupos de dos, grupos de tres y grupos más amplios) y separa de ellos las corporaciones propia­ mente dichas, a las cuales llama colectividades abstractas. Pero creemos nosotros que tan sólo en el estado se ofrece una situa­ ción particular, mientras que las otras "corporaciones” no se pueden distinguir de los demás grupos.


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Mencionaremos aún algunas clasificaciones propuestas por sociólogos de otros países. Franklin Guiddings ha sugerido la si­ guiente: 1. La comunidad homogénea de los parientes; 2. La comunidad que se mantiene en mérito de creencias comunes o intereses idénticos. 3. La comunidad constituida por factores económicos; 4. El grupo de dominación, en la relación entre vencedores y vencidos; 5. Uniones basadas sobre la autoridad y tradición; 6. Grupos basados en un convenio voluntario, Ellwood distingue, en su libro sobre la vida psíquica de la so­ ciedad humana, los grupos espontáneos y los voluntarios; entre los primeros cuenta a la familia, la vecindad y las naciones; y entre los últimos a los partidos, sectas y sindicatos. Existen se­ gún Ellwood, además, grupos primarios y secundarios; en los primeros existen relaciones personales inmediatas, las cuales fal­ tan en los últimos; como, por ejemplo, en el estado o en la gran ciudad. Maclver, en cambio, distingue comunidades y unio­ nes. Las primeras están dadas en toda convivencia local; y las segundas son organizaciones creadas para el logro de deter­ minados fines económicos. El sociólogo francés Worms distin­ gue cinco clases de grupos: 1. Los formados por el parentesco; 2. Por la vecindad; 3. Por la profesión; 4. Por la situación eco­ nómica; y 5. Lor formados para fines libremente elegidos. Se ve, pues, por todas estas citas, que se han hecho muy di­ versas tentativas para clasificar los diferentes grupos y que di­ fícilmente se logrará un acuerdo completo. A continuación des­ cribiremos, más en detalle, algunas categorías especiales de gru­ pos.

7. Grupos genéticos y locales Hemos de considerar la familia como el grupo humano más antiguo o sea la unión formada por hombre y mujer, padres e hijos. "Originalm ente no existió ninguna fuerza de unión que no fuera la instintiva de la sangre” (W ie ser). En este grupo es en el que el hombre se encuentra más cerca de la N aturaleza; ya el


LAS FORM AS SOCIALES

mundo animal ofrece algunos ejemplos de ello. Aunque, a cau­ sa del desarrollo de otros grupos, en el curso de la evolución histórica, esta significación fundamental de la familia ha sufri­ do un cierto eclipse; aunque la familia, desde hace mucho tiem­ po, no es ya una comunidad de producción, se manifiesta en ella claramente, incluso hoy, la importancia sociológica del grupo ge­ nético, aun dejando a un lado los aspectos jurídico y ético. Nos parece por lo tanto muy comprensible que un sociólogo francés eminente, Le Play, del que hemos hablado en el cap. n, 2, sitúe la familia en el centro de su investigación sociológica. Le Play ha hecho una clasificación de sus tipos fundamentales y ha descri­ to sus funciones sociales, si bien uniendo a lo teórico algunas propuestas de reforma. Pero ya Aristóteles en su Etica investigó con profundidad la naturaleza sociológica de la familia. A l comienzo de la Eti­ ca a Nicomaco dice: Gracias a la naturaleza, es congénita en el procreador la amistad hacia el procreado y en el procreado la amistad hacia el procreador, y esto no sólo entre los hombres, sino también entre los pájaros y otros animales” . Y luego dice: "La unión de lo masculino y de lo femenino nace de un impul­ so natural; no mediante una intención consciente, sino de un modo análogo a como sucede entre los animales; se produce la unión con el fin de la procreación” . Pero, en la misma esfera del impulso natural, se manifiesta una diferencia entre el hom­ bre y las demás criaturas, "ya que el hombre es un ser creado para formar una comunidad duradera con sus iguales. Las pa­ rejas formadas por hombre y mujer no existen sólo para la pro­ creación, sino asimismo para la ayuda mutua en todas las nece­ sidades de la vida. Se divide el trabajo entre ellos; el hombre tiene un trabajo distinto al de la mujer; se complementan, po­ niendo cada uno sus dotes particulares al servicio de la comuni­ dad” . Aristóteles examina, además, la relación entre padre e hijos desde diferentes puntos de vista; desde el sociológico, con­ siderando esta relación como una especie de dominio; y desde el psicológico en lo que se refiere a los sentimientos. "Aman los


GRUPOS GEN ÉTICOS

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padres a sus hijos de la misma manera que se aman a sí mismos, ya que los han engendrado y no son, en cierto modo, sino ellos mismos en forma separada.” Aristóteles define la relación entre hermanos como una amis­ tad de camaradas. Los hermanos se quieren porque han nacido de la misma persona, se han criado e instruido de la misma ma­ nera y son, por tanto, parecidos en el carácter. En forma más débil vale esta ley para los hijos de los hermanos y para todos los parientes descendientes de las mismas personas. La Sociolo­ gía moderna ha llegado a resultados casi idénticos a los de Aristóteles en cuanto a los grupos familiares; así, por ejem­ plo, Tónnies, en su libro Gemeinschfat und Gesselchaft distin­ gue tres relaciones fundamentales: i. Entre padres e hijos; 2. Entre los cónyuges; 3. Entre los hermanos. La relación entre primos se considera, lo mismo que Aristóteles, como una rela­ ción fraternal debilitada, incluyéndola entre la amistad de pa­ rentesco (pp. 9-19). Exposiciones similares se encuentran en la Sociología de Simmel. La particularidad del amor maternal se define de un modo idéntico a la caracterización hecha por Aris­ tóteles, con las palabras siguientes: "la relación basada en el afecto es, a veces, incondicional; como el amor de la madre ha­ cia su hijo, del cual ella no espera nada, ni pide nada, mientras el hijo no goza aún de razón” . Los pensadores griegos han fijado también su atención en la familia extensa o "parentela” (sippe ). Platón habla de ella en la exposición que hace de la historia primitiva humana (Le­ yes, lib. 111), haciendo proceder el estado de una unión de aque­ llas. Y ya que tenían costumbres distintas, fué preciso elegir hombres de los diferentes grupos familiares que tenían como ta­ rea establecer la armonía, y así nació la legislación. Aristóteles en cambio, da mayor importancia a la comunidad aldeana, que califica de colonia de familias domésticas. Es sabida, por otra parte, la importancia que la investigación moderna concede al al clan familiar. Además, existe un gran estado civilizado, Chi­ na, en el cual los clanes familiares desempeñan, aún hoy día, una función importante en la estructura social.


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LA S FORM AS SOCIALES

Con frecuencia se considera también el pueblo como comu­ nidad genética y en cierto modo con razón, ya que la comuni­ dad de la descencia, o sea la conciencia de la unidad ba­ sada en la sangre, existe realmente. Pero, dejando aparte este fundamento vital, tienen también importancia, para la concep­ ción del pueblo, factores culturales, tales como el idioma, las costumbres y la comunidad de destino histórico. N o pertenece a la concepción de pueblo, al menos según la terminología ale­ mana, la reunión de las gentes en una organización estatal, si bien a este factor se le tiene en cuenta considerándolo como ideal. El término nación tiene un significado parecido al de pue­ blo, pero la relación con el estado prepondera en el primero, al menos en las lenguas románicas. Y a hemos hablado en el cap. iv, 3, de los grupos genéticos llamados raza y estirpe. Ahora consideraremos brevemente las comunidades de avecindamiento. Se trata de formaciones sociales sobre una base especial, o sea de uniones de los hombres con la tierra. El factor geográfico (véase el cap. rv, 1) aparece aquí como de la mayor importancia, pero la Sociología ha de ocuparse tan sólo de las relaciones interhumanas que provienen de él, tales como la al­ dea y la ciudad sobre todo. La característica de la comunidad aldeana reside en la ocupación, preponderantemente agrícola, de los habitantes, desempeñando un papel particular la relación de vecindad, la influencia de las estaciones y la tradición. El avecindamiento en la ciudad ha sufrido históricamente diferentes cambios, o sea de la ciudad antigua a la medieval y moderna, teniendo importancia, dentro de estas diferentes for­ mas, los factores religiosos, de fortificación militar y económi­ cos (artesanía y mercado). El estudio sociológico ha de distin­ guir, además, entre las pequeñas y las grandes ciudades y aun, dentro de estas últimas, entre el centro de la ciudad y los arrabales. Es en América donde existe una más amplia litera­ tura sobre este tema. Señalaremos las siguientes obras. Prin­ cipios de Sociología rural y urbana (Principies of Rural and Urban Sociology ), de Sorokin y Zimmerman, 1929; T h e City, do Park y Burgess, 1925; T h e Urban Community, de Burgess;


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T h e Changing Urban Neighborhood, de McClenahan. En len­ gua alemana: L. von Wiese: Das D o rf ais soziales Gebilde (La aldea como formación social), 1928; W . Latten: D ie Niederrheinische Kleinstadt (La pequeña ciudad en la baja Renan ia ); G. Kirch: D ie Nachbarschaft in der Vorstadt (La vecin­ dad en los suburbios); M . Rumpf: D ie Grosstadt ais Lebensform (La gran ciudad como forma de vid a); W . Geirlich: Zwischenmenschliche Probleme des Ghettos (Problemas interhumanos del ghetto ); y además los trabajos de B. Ischboldin sobre la aldea rusa, las formaciones de avecindamiento en Siberia y la estepa como forma de avecindamiento. Todos estos trabajos han sido publicados en los Kólner Vierteljahrshefte fü r Soziologie .*

8. Estamentos, clases sociales y partidos políticos Común a estas estructuras es su carácter puramente social, mientras que los grupos antes considerados están determinados biológica o geográficamente. En todo caso se podría decir del estamento nobiliario, que en él es decisivo un factor biológico. También en las castas, según se manifiestan éstas en la socie­ dad hindú, desempeñan el origen y la diversidad étnica un papel importante. Prescindiendo de este caso, por estamento entende­ mos una capa social caracterizada por un determinado modo de vida así como por una concepción particular del honor. En cambio, en cuanto a la clase es decisiva la situación económica; se trata aquí de relaciones con la propiedad y la producción de riqueza. Cierto que esta terminología no tiene una aceptación general. Y así se habla de una capa o estado medio (M ilt telstand; — estamento intermedio),** aunque en ella no pueda afirmarse que exista una conciencia estamental. Tampoco la or­ * En la actualidad la literatura norteamericana sobre este punto abundante y excelente (E dit.).

** Menzel se íefierc a la terminología alemana; en las lenguas lati­ nas y anglo-sajonas no existe el problema, pues el término comúnmente empleado es el de clases medias (Edit.)

es


LAS

FORM AS

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ganización corporativa instituida en algunos estados modernos tiene casi nada que ver con el concepto histórico del estamento. En la República (Politeia) de Platón se encuentra una des­ cripción de las clases y estamentos. Las primeras se manifies­ tan por la contradicción existente entre ricos y pobres, lo cual da lugar a que en la comunidad existan casi dos estados. Los estamentos constituyen en el estado ideal de Platón la base de la sociedad, esto es: los filósofos, que serían los gobernantes, los guerreros y los artesanos y productores. Aristóteles, en cam­ bio, rechaza una tal división en estamentos. Mas en su Política describe las diferencias reales que existen entre los grupos, que forman el estado, enumerando las tareas puramente económi­ cas (cultivo de los campos, oficios y comercio) y las funciones de la vida pública (servicio militar, sacerdocio, tareas judiciales y legislativas). Se opone Aristóteles a una separación rigurosa de los estamentos, señalando que se pueden asignar también funciones públicas a los grupos económicos. Por lo demás, en la antigua Grecia, en su época clásica, no se conocía la organización estamental en estricto sentido; ya que la nobleza había perdido su importancia desde mucho tiempo antes y no existió nunca una clase sacerdotal. Mas bien de Ro­ ma podía hablarse de una lucha entre estamentos, por la oposi­ ción existente entre patricios y plebeyos; pudiendo asimismo con­ siderarse a los senadores y a la nobleza como verdaderos esta­ mentos. Mas el ejemplo principal de una organización estamen­ tal es el que nos ofrece la Edad Media con su distinción entre nobleza, clero, villanos y campesinos. Es sabido que a estos gru­ pos sociales correspondían privilegios o bien ciertas obligaciones. La división de la sociedad en clases pertenece, en cambio, a la época moderna, pues su desarrollo depende del capitalismo. La contradicción fundamental entre las clases reside en la si­ tuación económica. Se distingue una clase superior, una clase media y una clase baja. Pero sólo existen dos clases para la doc­ trina socialista: la de los propietarios y la del proletariado. Se­ gún Marx, la lucha entre estas dos clases es inevitable, y sólo la victoria del proletariado suprimirá esta sociedad, que será


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substituida por una sin clases. N o hemos de iniciar una crítica de esta doctrina; tan sólo señalaremos que la lucha de clases se distingue esencialmente de las anteriores luchas estamentales, ya que éstas tenían por único objeto una modificación de las relaciones entre los estamentos, por ejemplo, la abolición de cier­ tos privilegios, sin plantear una revolución completa del sis­ tema. El reflejo psicológico de la división en estamentos y clases se advierte en la conciencia de los diferentes miembros que forman estos grupos. Existe una conciencia estamental, que se manifies­ ta sobre todo en la nobleza, y una conciencia de clase desarro­ llada en el proletariado de hoy. Menos marcada parece esta conciencia en la clase superior o de los propietarios. Las corpo­ raciones modernas formadas por las profesiones, o sea la de los que pertenecen a la agricultura, a los oficios, al comercio, etc., desarrollan también, dentro de ciertos límites, una conciencia de su unidad, sobre todo en los estados que han organizado una representación profesional o tienen una constitución corpora­ tiva. Entre la inmensa literatura existente sobre el problema de los estamentos y las clases, hemos de señalar de un modo espe­ cial los trabajos siguientes: C. Bouglé: Essai sur le régime de castes, 1908; P. Fahlbeck: D ie Klassen der Gesellschaft (Las diferentes clases de la sociedad), 1922 ;P. Mombert: Das Wesen der sozialen Klassen (La esencia de las clases sociales). M ax Weber, se ha ocupado del mismo tema en su obra: W irtschaft und Gesellschaft (ob. cit., p. 631 55.). Nos parece discutible su teoría de que el consumo de bienes es decisivo para la distin­ ción entre los estamentos y la producción de ellos para la dis­ tinción entre las clases. M uy valiosos son, además, los estudios de H . Freyer en su Soziologie ais Wirklichkeitswissenschart (ob. c it.) . Freyer concede la mayor importancia a! desarrollo histórico de la sociedad. Hemos de señalar también el tratado de F. Tónnies en el "Diccionario de sociología” sobre estamen­ tos y clases, en donde trata de utilizar su distinción, ya conoci­ da, entre comunidad y asociación, que no nos parece acertada


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LAS FOR M AS SOCIALES

en lo que se refiere a este tema. Gustav Schmoller se ha ocupado también del problema desde el punto de vista de la Economía Política en su Grundriss der allgemeinen Volkswirtschaftslehre (Elementos de economía nacional general), explicando, tal vez de un modo demasiado unilateral, la división de clases y esta­ mentos por la división del trabajo. Finalmente, es de interés el trabajo de Duprat en el Jahrbuch für Soziologie (Anales de sociología), t. i, donde se refuta la existencia de una división rigurosa de clases en la sociedad moderna. U n importante grupo social es el formado por los partidos políticos, que son asociaciones de personas con las mismas opi­ niones en cuanto a una organización deseable del estado y la sociedad, y que tienden a realizar estas ideas, para lo cual desean ocupar el poder del estado, o al menos ejercer cierta influencia sobre él. N o se trata en el caso de los partidos, de una forma­ ción rigurosamente cerrada; en ella existe más bien una fluc­ tuación. En general sólo hay organización en la dirección supe­ rior del partido. En la Antigüedad y en la Edad Media encontra­ mos pocos ejemplos de esta categoría de grupos. Podríamos se­ ñalar en la Hélade y en Roma la oposición entre el partido de­ mocrático y el aristocrático y, en las ciudades italianas de la Edad Media, la lucha entre güelfos y gibelinos. Pero sólo en el Estado moderno florecen los partidos políticos. Las diferen­ cias fundamentales entre ellos son las que existen entre las ten­ dencias conservadora, liberal, democrática y socialista. Se han desarrollado también partidos basados en una concepción igual del mundo, como el partido católico, por ejemplo. N o es raro el caso de que exista una relación interna entre una clase y un partido político, como vemos especialmente en el caso de la social-democracia. Max Weber manifiesta lo siguiente sobre los partidos: La tendencia de éstos aparece orientada hacia el poder social; su objeto es la realización de un programa con fines ideales o ma­ teriales; muchas veces se trata tan sólo de conseguir puestos para los dirigentes de estos partidos y para algunos partidarios suyos. Aparte de Max Weber, R. Michels se ha ocupado de


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modo especial de la sociología de los partidos. U n resumen im­ portante sobre el desarrollo de los partidos está contenido en el libro de P. R. Rohden: Demokratie und Partei (Democra­ cia y partido), 1932. En él se muestra la diferencia existente entre los partidos de Europa y los de Estados Unidos. Rhoden señala el fenómeno de la existencia de un partido único, como sucede en Italia y Rusia. Desde entonces, en Alemania se ha dado también, con la dominación del nacional-socialismo, la identificación aludida de estado y partido. En algunos países pequeños se ha realizado igualmente esta idea, aunque con algu­ nas diferencias.


CAPITULO VII SOCIOLOGIA DEL ESTADO

i. Concepto e historia

El objeto de este capítulo es la investigación del estado co­ mo fenómeno social concreto. Puede estudiársele, naturalmen­ te, desde otros puntos de vista: como ideal ético o político, o como representación del orden jurídico. En el último caso se ha­ bla de una doctrina normativa del estado, que lo define como un orden del deber ser. A veces los representantes de la ciencia jurídica solo han admitido este modo de considerarlo; pero, en general, se ha reconocido la parcialidad de semejante preten­ sión. Del mismo modo, tenemos que separar por completo la filosofía del estado, es decir, la teoría sobre la idea del estado, de la investigación del estado como realidad social. La política propiamente dicha, o sea la tecnología del estado, pertenece asi­ mismo a otro terreno científico. Todas estas observaciones preliminares se deducen de la esencia de la Sociología pura según se la carecterizó en la Intro­ ducción de esta obra. Si lo hemos repetido es porque quizás no exista otro tema en el que sea más frecuente el desbordamiento de los propios límites que en la teoría sociológica del estado. Se puede preguntar, además, por qué no se le estudió junta­ mente con los otros grupos al tratar de la teoría general de las estructuras. La causa es que el estado se distingue por esencia de todas las demás agrupaciones, como se expresa en la antítesis, 13

f


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SOCIOLOGÍA DEL ESTADO

con frecuencia mal entendida, de Estado y Sociedad. El objeto de la sociología del estado es, precisamente, describir esa parti­ cularidad, que en manera alguna es una invención de la época moderna, como ocurre en otras ramas de la Sociología. Los so­ fistas griegos son sin duda los primeros que se ocuparon en ello: estudiaron los diferentes estados de las ciudades helenas y sus bases sociales. Es conocida la frase de Trasímaco, según la cual la constitución del estado corresponde a los intereses de los diversos detentadores del dominio. Pero de igual modo en las obras de los dos grandes pensadores Platón y Aristóteles se en­ cuentran ya, al lado de consideraciones predominantemente éti­ cas y políticas, otras muchas para una sociología del estado. Señalaremos nuestra Griechische Soziologie (Sociología griega) por lo que toca a esos filósofos. Las teorías medievales sobre el estado ofrecen poco material, casi siempre relacionado con el que proporcionó Aristóteles y lo constituyen, sobre todo, consideraciones éticas y religiosas. En el derecho natural, ya secularizado, que se desarrolla a partir del siglo xvr, tampoco son frecuentes las ideas sociológicas, pues domina sobre todo la explicación jurídica del estado, aunque no son raros los casos en que se ocultan, bajo la apariencia de tales construcciones jurídicas, conceptos sociológicos. Existen incluso algunas excepciones dentro de la escuela del derecho natural, ¿orno, por ejemplo, en Hobbes y Spinoza, que manifiestan pun­ tos de vista decididamente sociológicos en la descripción y ex­ plicación de la soberanía del estado. Spinoza, sobre todo, estu­ dia los diferentes motivos de la obediencia al poder del estado, señalando sus límites efectivos. Pero surge pronto, en especial en Inglaterra, una oposición al derecho natural dominante, ini­ ciándose entonces el estudio puramente sociológico de las insti­ tuciones sociales, como lo ha señalado Sombart. Las escuelas histórica y romántica fueron las que en Alemania trataron de describir y explicar el estado como realidad histórica. El libro de Adam Müller, Elementos de política, 1809, fué de la mayor in­ fluencia dentro de esa corriente. Definió el estado como "la unión en un todo grande, enérgico, infinitamente movible y vi­


< ONCM'TO li HISTORIA

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vo y, al mismo tiempo, como una alianza de las generaciones pin (‘drntcs con las que siguen y vice versa. N o es el estado una íorina inmóvil, muerta; tampoco una maquinaria construida por -iiii <icio, que necesita del empuje exterior, sino un organis­ mo vivo movido por sí mismo” . Hegel presenta una idea del miado parecida, excepto que en ella se acusa más el fondo me* ulí.sico, ya que lo considera como espíritu objetivo y encarnación de la idea moral. Mas Hegel tiene en cuenta también la concepción realista del poder de estado, tal como se manifiesta rti sus relaciones exteriores. Por otra parte, fué el primer filó­ sofo que puso la "sociedad civil” al lado del estado. En ese sen­ tido ejerció una gran influencia en la doctrina de Karl Marx, de la que luego hablaremos más detenidamente. Ahora nos per­ mitiremos algunas observaciones sobre la posición de los crea­ dores de la Sociología moderna frente al fenómeno del estado. Comte, propiamente, habla poco de él. Todo su interés se concentra en la evolución de la cultura humana y en la organi­ zación futura de la sociedad. Como siente la vocación del refor­ mador, el estado actual no es para él sino objeto de crítica. Spencer, en cambio, se ocupó con insistencia de él, aunque de un modo algo contradictorio. Y a que emplea analogías bio­ lógicas para la explicación de la sociedad, considera el estado, o el gobierno, como sistema nervioso del cuerpo social, o regu­ lador del movimiento de la sociedad. Podría parecer, pues, se­ gún ésto, que para Spencer el estado ocupa el centro de la vida social. Mas estas opiniones políticas no están de acuerdo con su teoría orgánica: por ser individualista en extremo, concede al estado un campo de actividad muy limitado. Para él la tarea única de éste es garantizar la seguridad pública, mas no perse­ guir fines culturales; habría incluso que relevarlo de la organi­ zación de la sanidad pública y la educación de la juventud. N o es necesario insistir en la evidencia de que las ideas de Spencer suponen en este caso una teoría política y no una descripción del estado real. En su libro E l hombre contra el estado trató en vano de armonizar su punto de vista liberal con su teoría orgá­ nica, ejemplo éste muy claro del predominio de las convicciones


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SOCIOLOGÍA DEL ESTADO

políticas y éticas sobre la descripción objetiva de la realidad. Se puede considerar como teoría sociológica del estado la dis­ tinción que hace Spencer entre el tipo militar y el tipo indus­ trial, sin que deje de haber en ella una cierta valoración. El to­ mo de los Principios de sociología dedicado especialmente al estado ( Political Institutions) , ofrece tan sólo material etnográ­ fico. La influencia de Spencer fué decisiva, al principio, en la literatura sociológica norteamericana, incluso en lo que se refie­ re a la concepción del estado, que, por ello, adquirió un carác­ ter preponderante individualista. Pero más tarde, debido en par­ te a la influencia de los sociólogos austríacos Gumplowicz y Ratzenhofer, tomó en cuenta la importancia del desarrollo de las clases sociales. El sociólogo americano Lester F. W ard trata incluso de demostrar que la evolución del estado ha de conducir por fuerza al colectivismo. Apoya esta teoría en el principio spenceriano de la integración creciente de la sociedad. Para W ard, por lo tanto, se deducen de su misma esencia, las inter­ venciones, tan aborrecidas por Spencer, del estado en la vida económica y cultural. U na posición neutra es la de F. H . Gid­ dings, quien en su conocido libro Principios de sociología desta­ ca los fundamentos psicológicos del estado. Giddings espera que el continuo crecer del sentimiento de la pertenencia recí­ proca mejore la ética del estado. U n libro más reciente del mis­ mo autor, T h e Responsible State, 1919, es una política en con­ tra de la pretendida teoría teutónica del estado, que no ha de tomarse en cuenta desde el punto de vista científico. U n buen resumen de la literatura sobre el problema que nos ocupa es el que nos ofrece el libro de H . E. Barnes Teoría del estado y so­ ciología, aunque el autor ha concedido a la teoría del estado las proporciones de una concepción excesiva tratando problemas pu­ ramente políticos como son las teorías sobre el valor de las dife­ rentes formas del estado, sobre la amplitud de sus actividades, sobre las ventajas de la centralización y otras; temas todos que nada tienen que ver con la sociología del estado propiamente dicha.


I A TEORÍA O R G ÁN ICA

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z. La teoría orgánica del estado

Esta teoría tiene un pasado histórico muy largo y no se la ha liquidado aún como se ha afirmado a veces. Los griegos die­ ron las primeras ideas sobre ella. Las de Platón y Aristóteles, sobre todo, tuvieron repercusiones muy duraderas. La famosa Irase de Platón de que el estado es como un hombre en grande, no debe entenderse en el sentido de un organismo biológico. Más bien parece, según se deduce de numerosos escritos en los que alude a la similitud entre ambos, que pretendía establecer un paralelo psicológico. Recordemos que dice: "M e parece que existen tantas formas de almas como diferentes constituciones del estado” . Aristóteles, en cambio, parece inclinarse más a una concepción biológica. V e la analogía en el hecho de que el estado, lo mismo que el cuerpo humano o animal, posee órga­ nos y funciones que hacen posible la vida de la totalidad. In­ cluso llega a afirmar que los estados, lo mismo que los anima­ les, se componen de diferentes partes, una de las cuales tiene por función proporcionar alimentos, otra la de defenderse con­ tra los enemigos exteriores. Así vemos que queda establecido el modelo para la sociología biológica moderna. Hemos de situar en la Edad Media la segunda época de la teoría orgánica del estado y de la sociedad; Otto von Gierke nos ofrece una descripción detallada de esta época. En la época del florecimiento del derecho natural (siglos xvi al xvui), la idea del estado como organismo no ocupa el primer lugar, pero resu­ cita en la primera mitad del siglo xix, como reacción contra el derecho natural revolucionario, en la teoría del estado de Adam Müller y en la filosofía alemana idealista, en particular con la de Schelling. La teoría orgánica adquiere nueva forma en la segunda mitad del siglo xix, debido a los progresos de la Bio­ logía, con los sistemas sociológicos de Spencer, Schaffle, Lilienfeld y Worms, autores de los que ya nos hemos ocupado en el capítulo referente a la historia de la Sociología. Esta teoría no está en auge en la época presente. Algunos


SOCIOLOGÍA DEL ESTADO

»!<• los citados investigadores, incluso han suavizado después, en grado considerable, su sociología orgánica. Pero hemos de rei­ terar que los representantes de esta teoría no tanto conciben al estado como organismo biológico, cuanto a la sociedad. N o todas las objeciones invocadas contra la segunda, son válidas de aplicarse ai primero. Parece imposible establecer una ana­ logía entre un ser vivo y la sociedad, porque en ésta faltan lí­ mites precisos y una organización unitaria; pero esas dos limi­ taciones no rigen para el estado. De ahí que no sea extraño que la teoría orgánica haya encontrado nuevos defensores en nues­ tra época, si bien modificándola de manera de tomar en cuenta debidamente, junto a los factores naturales, los elementos espi­ rituales. Pronto hablaremos de los representantes de esta teoría or­ gánica más reciente, pero antes hemos de advertir que, en todo caso, la tendencia orgánica ha tenido el mérito de haber desta­ cado el carácter real del estado, en oposición a una construc­ ción puramente jurídica y a la teoría de que se puede explicar éste como un simple producto ideológico. Claro es que se pue­ de llegar a concebirlo como realidad por un camino diferente al de su concepción como organismo, es decir, por la teoría que hemos llamado energética. En cuanto a los organicistas propia­ mente dichos de la época presente, el más conocido es, sin du­ da, el escritor sueco Rudolf Kjellen, autor del libro E l estado como forma de vida, del que citaremos algunas frases carac­ terísticas. "Los estados son realidades objetivas que residen fue­ ra de los individuos y al mismo tiempo dentro de ellos; por eso están sometidos al influjo de las leyes fundamentales de la vi­ da. Desde que Platón, por vez primera, concibió el estado como forma humana, no ha dejado nunca de discutirse filosóficamen­ te este problema del estado como personalidad. Desde que Menenius Agrippa explicó la fábula del estómago y los miembros del cuerpo, los estadistas prácticos no han abandonado la idea de que el estado es un organismo. Si lo esencial de éste es que puede desarrollarse en la lucha por la existencia mediante su propia fuerza interior, podemos dar por terminada la discusión


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sobre la esencia del estado. Estado es una forma de vida, sujeta a la influencia de las grandes leyes que rigen la misma.” Kjellen describe detalladamente el Estado bajo la influen­ cia de las leyes de la vida en su génesis, desarrollo y muerte. Lla­ ma a los diferentes estados, en la medida en que podemos seguir­ los en la Historia y ya que nos movemos en realidad dentro de ellos, "seres dotados de sensibilidad y de razón.” La construcción de este autor no es metafísica, puesto que es uno de los más profundos conocedores del mundo real de los estados, como lo demuestra su libro más divulgado: Las grandes potencias del presente, en el que describe, de una manera ejemplar, la vida del estado en todos sus detalles. Kjellen distingue en cada uno de ellos cinco esferas vitales: 1. El espacio geográfico (Reich); 2. El estado como pueblo; 3. El estado como unidad econó­ mica; 4. Como sociedad; 5. Como régimen. Existe una unidad en la forma de vida a pesar de la diferencia que existe entre estas esferas, cada una de las cuales corresponde a partes especiales de la política, como la geopolítica, la demopolítica, etc. Nuestra propia concepción de la esencia del estado, a la que apela Kjellen explícitamente (E l estado como forma de vida, pp. 14-37), aun­ que parecida a la de éste, evita, sin embargo, personificarlo. También Grabowsky es partidario de una teoría orgánica (ver su Política, 1932). Acepta la concepción de Kjellen de la forma de vida, pero destaca, junto a la esencia natural, los ele­ mentos espirituales. Según Grabowsky, para poder explicar tam­ bién su carácter dinámico, deben tomarse en cuenta, al igual que la forma fija, los diferentes procesos vitales. Cierto paren­ tesco con esta teoría orgánica moderna tiene la de W . Vogel y su intento de aplicar a la explicación del estado, la "teoría de la forma o configuración” surgida primeramente en las ciencias naturales (ZeitscHrift für die Gesamte Staatswissenschaft; Re­ vista de ciencias políticas, t. 81). Según ella, el estado es un sis­ tema de fuerzas que se mantienen en equilibrio y se regulariza automáticamente, y al mismo tiempo es una organización de es­ tas fuerzas. El estado carece de los caracteres de un organismo


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SOCIOLOGÍA DEL ESTADO

evolucionado, de manera que si queremos llamarlo organismo, la similitud habría que establecerla con los primitivos o inferiores.

3. La teoría de la lucha de clases Ocupa en la historia de la sociología del estado un puesto tan importante que justifica un estudio especial. En cierto mo­ do puede hacerse remontar hasta Karl Marx, aunque en la suya el primer plano lo ocupa más bien la crítica del estado existente y los fines prácticos y políticos de la sociedad socialista. Por es­ ta causa es recomendable presentar antes al lector a los autores que han tratado teóricamente el problema de la lucha de clases en el estado. Hemos de señalar, en primer lugar, a Gumplowicz, quien la desarrolló en sui libro sobre la lucha de razas (1883), y, más tarde, en su escrito sobre la idea sociológica del estado. Este — según él— es una institución social impuesta por un grupo victorioso de hombres a una estirpe (Stamm ) vencida, con el único fin de regular la dominación y precaverse contra rebeliones internas. Asegura también que entre los grupos ven­ cedor y vencido existieron diferencias étnicas iniciales (lucha de razas) que se transformaron después en clases sociales. La des­ igualdad y el dominio de una clase sobre otra son, por tanto, de la esencia del estado, el cual no tiene otro sentido que orga­ nizar este dominio, hecho en el que reside el carácter eterno del estado. La doctrina que acabamos de bosquejar se llama a sí misma la única teoría sociológica científica del estado, afirma­ ción que sin duda no logrará engañarnos acerca de sus débiles fundamentos. Hemos de objetar, en primer lugar, en cuanto al método, que no deben derivarse forzosamente conclusiones fijas sobre la esencia del estado partiendo de su génesis lejana y según la vi­ sión que se tiene de esta génesis. N o se puede rechazar la posibi­ lidad de que el estado haya cambiado su carácter primitivo (or­ ganización de un grupo victorioso de hombres). Por lo demás, no se ha dado aún la demostración empírica de que la teoría de la dominación por las armas sea la causa más frecuente de la


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génesis del estado o incluso la única causa. Historiadores emi­ nentes como Otto Hintze y prehistoriadores muy estimados co­ mo Wilhelm Schmidt han refutado esta teoría. Sea como sea, el hecho cierto es que la formación de castas y clases obedece con frecuencia a otras causas que las de la sumisión militar de un grupo. Con dificultad podría explicarse así el dominio de la casta sacerdotal; la decadencia del estado de campesinos libres en Alemania no tiene tampoco nada que ver con la dominación de un grupo victorioso. Seguramente pertenece a Gumplowicz y a sus partidarios el mérito de haber hecho que se fijase la atención sobre las contradicciones sociales existentes dentro de la totalidad del es­ tado. Pero sin duda su error consiste en ignorar la solidaridad de intereses que existe, pese a todas las contradicciones, entre el pueblo unificado por el estado; y en no haber considerado bas­ tante esos factores que, frente a las contradicciones de clase, ase­ guran y protegen todas las tareas de aquél. Por lo demás, Gum­ plowicz se ha visto obligado a reconocer en cierta ocasión que el estado ejerce una función natural de asegurador de la paz y defensor de todos los intereses de los círculos y grupos sociales compatibles con su existencia. Si esta función es real, entonces el estado es otra cosa que el dominio organizado de las clases; y no coincide, pues, con el grupo de hombres victoriosos en la lucha política o económica, por muy grande que sea la influen­ cia que un tal grupo haya podido ejercer sobre las acciones del estado en un tiempo limitado. En relación con Gumplowicz, Oppenheimer, en 1926, des­ arrolló con mucha erudición y agudeza en una obra volumino­ sa que constituye al mismo tiempo el tomo segundo de su Sis­ tema de sociología, su teoría sociológica del estado. Enseña que la sociedad anterior a la génesis de éste no muestra ningún do­ minio de clases: en ella existe libertad e igualdad. El estado his­ tórico comienza por la dominación de un grupo por otro; los pueblos nómadas o piratas en general someten a los pueblos de agricultores, sometimiento que tiene grados diversos de evolu­ ción, desde la esclavitud pura hasta la unidad jerárquica. Pero el estado es siempre un grupo estructurado en clases, lo cual es


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válido en todas sus fases y formas. U na verdadera igualdad en­ tre los ciudadanos sólo puede crearse si llega el día en que des­ aparezca el estado histórico de clases para ser substituido por la llamada ciudadanía libre. Esta visión del futuro, naturalmen­ te, no tiene nada que ver con una Sociología del estado, por lo que no insistimos sobre ella. Mas hay que hacer a la concepción oppenheimeriana del estado histórico las mismas objeciones que se han invocado antes en contra de la teoría de Gumplowicz. Incluso si la conquista y la sujeción de un grupo ha tenido como consecuencia muchas veces la creación del estado, se plan­ tea ahora la cuestión de saber qué es lo que nos obliga a li­ mitar el concepto del estado sólo a la asociación creada en esa forma. Es seguro que ya están organizados los grupos que lu­ chan entre sí; el solo hecho de llevar a cabo una guerra supone una dominación interna. Mas si los agricultores atacados por pastores, por ejemplo, logran rechazar el ataque, no nacería, se­ gún Oppenheimer, ningún estado, ya que faltaría entonces la dominación de clase. Esta no existe tampoco tratándose de la co­ lonización de un país inhabitado; al hacerla, pues, no debería aparecer estado alguno. Nos parece que en este punto topamos con una concepción arbitraria. Ahora bien, si se considera la división en clases como la ca­ racterística esencial del estado, resulta dudoso que se haya de reducir siempre este fenómeno a la guerra y a la sujeción. Tam ­ bién sin tales actos de violencia — Oppenheimer los llama medios políticos— se han formado, según afirman eminentes historia­ dores e investigadores de la Prehistoria, clases sociales por cau­ sas puramente económicas. Por lo demás, incluso en el estado del presente, en el que se manifiestan fuertes contradicciones de clases, se demuestra por la existencia de una clase media así como de una clase burocrática, que la realidad es mucho más com­ pleta que lo que expresa la fórmula de clase explotadora y clase explotada. Aunque en la obra de Marx y Engels la descripción del es­ tado real existente aparece más bien con el fin de hacer su crí­ tica, a ellos debe considerárseles como los verdaderos creadores de la teoría de la lucha de clases propiamente, de la cual pro­


TEOR ÍA DE LA L U C H A DE CLASES

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viene el movimiento socialista revolucionario que ha de conducir al dominio del proletariado y a la constitución de la sociedad sin clases. N o se trata, pues, esencialmente de una teoría socio­ lógica, sino política. Y por tanto, como tal, no la hemos de tener en cuenta en nuestra exposición. Mas en la medida en que pretende ser descriptiva, hemos de señalar lo siguiente: La teoría marxista del estado depende muy de cerca de la concepción eco­ nómica de la Historia, de la que ya hemos hablado en este libro; esto es, de la afirmación de que todos los fenómenos culturales no reflejan sino las condiciones de la producción económica. Este hecho, según los marxistas, es válido precisamente para el es­ tado, mientras que, en lo que se refiere a otros fenómenos cul­ turales, como la religión, el arte y la moral, se reconoce una in­ dependencia relativa. La parcialidad de esta concepción econó­ mica de la Historia apenas necesita hoy una refutación. Tan sólo un análisis completo de los factores de la cultura humana, entre ellos, sobre todo, los de religión y nación, ofrecería una ima­ gen verdadera de la sociedad. Jamás se puede considerar el esta­ do como mera función de la economía. Según el famoso M anifiesto comunista, el papel del estado moderno no es sino el de un comité que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa, o sea una organización de la clase rica, en contra de la clase explotada. Desde el punto de vista sociológico, hemos de determinar tan sólo si esta des­ cripción corresponde a la realidad, es decir, si efectivamente el único objeto del estado es la explotación del proletariado domi­ nado, lo que hemos de rechazar con decisión. Baste con señalar la protección jurídica general y el fomento de la cultura de los que participan todos los miembros de la comunidad del estado. Lo mismo puede decirse de la sanidad y de las instituciones educa­ tivas. La política social que existe en el estado moderno tiene por objeto, precisamente, prestar una protección máxima con­ tra la explotación. Pero más grave aún es el error que comete esa teoría socialista dejando por completo fuera de considera­ ción el carácter nacional del estado: la nación está por encima de la contradicción de las clases económicas. En la teoría mar­ xista deja de considerarse también la relación del estado con el


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exterior, que hace resaltar su carácter de unidad. Por muy valioso que haya sido examinar críticamente las bases económi­ cas del estado, la doctrina marxista resulta, no obstante, una descripción unilateral e incompleta de la realidad, en la que prepondera la tendencia política. Hemos de destacar entre la li­ teratura sobre este tema a H . Kelsen, Sozialismus und Staat (So­ cialismo y estado), y, por otra parte, a M . Adler, autor de Die Staatsauffassung des Marxismus (La concepción marxista del estado), 1922.

4. La sociología del estado de M ax Weber Frente a la teoría de la lucha de clases que acabamos de describir, aparece la sociología del estado de Max Weber li­ bre de toda tendencia política. Se esfuerza él en descubrir, apo­ yándose en una amplia base histórica, el carácter social de las asociaciones políticas sin dejar de considerar las influencias eco­ nómicas. El punto de partida de Weber es, sin embargo, dis­ cutible; lo formuló de la manera siguiente en un ensayo sobre la objetividad del conocimiento científico-social, en el año 1904: "Si nos preguntamos qué es lo que corresponde, en la realidad empírica, a la idea del estado, encontramos una infinidad de acciones y tolerancias humanas difusas sostenidas por una idea, que es la creencia en un orden de dominación válido de unos hombres sobre otros. La concepción científica del estado no es sino una síntesis que hacemos para fines determinados de cono­ cimiento, o sea una abstracción hecha de las síntesis oscuras que encontramos en la cabeza de los hombres históricos.” Esta interpretación del concepto de estado, influenciada evi­ dentemente por una posición filosófica, no toma en considera­ ción el carácter de realidad de aquél. Si tenemos en cuenta que en la historia universal abundan los efectos producidos hacia fuera y hacia dentro por la unión en estados de los hombres, resulta irrefutable la idea de que no se trata tan sólo de opera­ ciones mentales, sino de un fenómeno que pertenece al mundo del ser. Esta idea la señalé ya en mi estudio de 1912: Begriff


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und Wesen des Staates, (Concepto y esencia del estado), en contra de Weber, tratando de describir la esencia del estado como una concentración de fuerzas, como una unidad de acción, lista misma posición la mantuve más tarde en mi ensayo Die cncrgetische Staatslehre (La teoría energética del estado), 1931, frente a la gran obra de Weber de 1922, W irtschaft und Gesells­ chaft.

Pero en esta última obra se hacen, sin embargo, algunas im­ portantes concesiones a la idea de la realidad como, en primer lugar, el concepto introducido por Weber de la chance. Por éste entiende la probabilidad, mayor o menor, de que suceda una arción con arreglo a un "sentido” . Aplicando esta idea al es­ tado, dice: "U n estado deja de existir sociológicamente en el momento en que desaparece la chance de que se desarrollen ciertas clases de acciones sociales. Por ello se admite que el es­ tado no es tan sólo una mera síntesis de representaciones o de interpretación del sentido, ya que la determinación de la proba­ bilidad según la cual pueden suceder ciertas acciones, es posible únicamente a base de elementos objetivos.” La causa principal se encuentra, según nuestra opinión, en la existencia de un fenóme­ no determinado de fuerza social, pero W eber no pretende ir tan lejos; para él los fenómenos de la colectividad, incluso el esta­ do, no son sino configuraciones de sentido. U na parte importante de sus investigaciones sobre la socio­ logía del estado la dedicó Weber a las bases psicológicas de la dominación. Por mucho que trate de eludir la influencia de una Sociología de tendencia psicológica, las conexiones de motivos desempeñan un papel importante en su investigación. ¿Cuál es el estado de conciencia base de las diferentes formas de domi­ nación? De este modo parece haberse presentado el problema que Weber pretende solucionar con la conocida distinción en­ tre la subordinación racional con arreglo a valores, la tradicio­ nal y la carismática. Por subordinación racional con arreglo a valores entiende W eber la creencia en la legitimidad de un or­ den jurídico; por la tradicional, la creencia en el derecho de la autoridad tradicional; y por último, con la subordinación carisviática indica la devoción a un caudillo que se ha destacado por


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milagros o acciones heroicas. Esta distinción encierra sin duda una interesante observación psicológica de la que hablaremos más tarde; pero hemos señalado de nuevo que ella no abarca el aspecto exterior del estado, es decir, su carácter morfológico. Por lo demás, Weber define de un modo excelente las ca­ racterísticas de las comunidades políticas: tienen la particulari­ dad — dice— de que en ellas se imponen ciertas obligaciones a los diferentes participantes, los cuales cumplen tan sólo porque saben que tras esas pretensiones existe la chance de una coacción física. La comunidad política monopoliza la aplicación legíti­ ma de la fuerza para su aparato coactivo. Weber subraya los rasgos comunes que tienen todos los grupos sociales; aquí, jus­ tamente, destaca la particularidad del estado. En la sociología especial de éste, tal como Weber la describe formidablemente en los capítulos relativos a la burocracia, patrimonialismo, feu­ dalismo, etc., no tiene importancia decisiva su principio meto­ dológico fundamental de la comprensión, de la interpretación del sentido de las acciones humanas. Más bien se trata de un material histórico inmenso referente tanto a Oriente como a Occidente, con el que se pretende mostrar ciertas conexiones causales externas; diferencias étnicas, características del suelo, esclavitud, militarismo, comercio, tráfico marítimo; en suma, fenómenos objetivos de la vida de los pueblos, constituyen la base para esta descripción de los tipos. Los factores psíquicos, tales como los sentimientos de piedad, honor y solidaridad, se destacan con insistencia; pero quedan en segundo plano frente a la multitud de los factores reales. El término final de esta in­ vestigación no es tanto la interpretación de las acciones humanas como el descubrimiento de la estructura social de determinadas épocas históricas, logrado por una exposición comparativa. Entre los sociólogos alemanes contemporáneos fué von Wieser quien desarrolló una teoría sobre el estado, semejante a la de Weber por su amplio fundamento histórico, en su obra Das Gcsetz der M acht (La ley del poder). Como eje de su teoría se encuentra la idea de que la dominación tiene un carácter ini­ cial de violencia, pero durante el curso de la historia adquie­


re cada vez más el de pura conducción. Wieser ve la esencia de la constitución democrática en la llamada jefatura entre igua­ les. Pero no se le escapan los vicios y peligros que ofrece la for­ ma democrática del estado, y dedica un estudio profundo a las dictaduras que han surgido ahora en algunos países, sobre todo .11 fascismo y bolchevismo. Wieser, lo mismo que Weber, con<<d»‘ una atención especial a los fundamentos psíquicos del esta­ do, tomando en consideración las teorías, poco acusadas en Weber, sobre la psicología de las masas. (Más detalles sobre las teorías de Wieser se encuentran en mi escrito Fr. Wieser ais Soziologe, ob. cit., 1927). Pertenece a este tema también la concepción que del estado tienen los historiadores, aunque ellos traten en primer lugar de la individualidad de los estados concretos. Mas no por eso dejan de desarrollar también algunas ideas sobre diversos tipos de es­ tado, como el feudal de la Edad Media o el absoluto de los si­ glos xvn y xvm. A l establecer estos diferentes tipos se advierte el parentesco con la teoría del estado de M ax Weber; pero en los historiadores prepondera el interés por las relaciones entre diferentes estados. Han establecido el axioma de que la posición exterior de un estado es decisiva para su estructura interna. Con dificultad puede negarse la verdad de esta teoría. Asimismo, se comprende que el estado no sea para el historiador una síntesis mental, como M ax Weber afirmó el primero. Los historiadores conceden poca importancia a la teoría de la lucha de clases; más que a la lucha, se la conceden a la unidad exterior. En lo que respecta a este punto citaremos dos frases de Ranke: "La forma del estado es aquella ordenación de las fuerzas que un pueblo opone a las reacciones exteriores. Nunca llega a expresarse en esta ordenación la relación absoluta de las fuerzas de los ele­ mentos del pueblo entre sí, sino más bien su relación con res­ pecto al efecto de esas fuerzas hacia fuera” . "Los estados son potencias, acontecimientos de la más alta realidad; en la poten­ cia aparece, sin embargo, un ser espiritual, un genio primitivo que desarrolla su propia vida” (Prefacio del tomo ix de la H is­ toria universal).


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j. l a teoría energética del estado Después de haber expuesto las diferentes teorías sociológi­ cas sobre el estado, ofreceremos ahora un bosquejo de las ideas fundamentales sobre el tema que el autor de este libro expresó desde 1912 en diferentes trabajos. Hemos descrito la estructura exterior del estado de la siguiente manera: Ella se basa en dos elementos que se mezclan entre sí, el elemento igualitario y el de dominación, o dicho de otro modo, el de solidaridad y el de au­ toridad, el de comunidad y el de subordinación. N o es posible prescindir de ninguno de estos dos elementos constructivos. Mas en cuanto a su fuerza y a la forma en que se relacionan y entre­ cruzan, vemos que en el curso de la Historia se ofrecen las más distintas gradaciones. En ello se basa la multitud de formas de la organización política. La Antigüedad, por ejemplo, muestra, junto al despotismo oriental en el que aparece desarrollado has­ ta el más alto grado el principio de dominación, la república clásica en la que prepondera la estructura igualitaria. Sin em­ bargo, la constitución romana, en el imperium del magistrado, encierra un elemento autoritario, del que no se encuentra prece­ dente en la polis griega. Es conocido el principio corporativo del estado en la Edad Media. Es éste tan marcado y la falta de una autoridad unita­ ria tan sensible, que a veces se ha dudado de que esta comuni­ dad sea un estado verdadero. El absolutismo moderno concede plena preponderancia a la estructura autoritaria del estado, mien­ tras que el moderno constitucionalismo ofrece de nuevo, y en el más alto grado, el carácter igualitario que se manifiesta en las instituciones de la representación popular y la autonomía admi­ nistrativa. La evolución última muestra, sin embargo, el creci­ miento del principio autoritario o de dominación, según se ma­ nifiesta en los estados fascista, nacional-socialista o bolchevi­ que. Estos dos principios creadores de la comunidad del estado han sido ya estudiados científicamente, mas casi siempre el es­ tudio se limitó a una descripción de las formas exteriores, sin in­ vestigar las causas internas. Estas son, en primer lugar — junto a las del ambiente geográfico, étnicas e históricas— , las que re-


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l MORÍA ENERG ÉTICA

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Nulrn en la constitución psíquica de los hombres reunidos en un ritado. I asociación corporativa se basa en la idea de la unidad, en el sentimiento de la simpatía y en la tendencia a sacrificarse en beneficio de la totalidad. El rasgo de dominación en el esta­ do se basa en las representaciones de subordinación y supraor­ dinación; o sea, por un lado, en el sentimiento de respeto hacia las personalidades dirigentes y en la voluntad de obedecer a las autoridades reconocidas; y por otro, en lo que se refiere a los que ejercen la dominación, vemos, junto a la conciencia del poder, el sentimiento de la responsabilidad; esto al menos en toda comu­ nidad verdadera. Sería incompleta la imagen si no tuviésemos en cuenta también las corrientes de oposición, entre las que desempeña un papel importante el sentimiento de la libertad individual. Como motivo principal de una psicología del estado se encuentra, naturalmente, ese sentimiento que suele llamarse patriotismo, con el cual tiene una relación entrañable el amor a la propia tierra que es, en cierto modo, un reflejo del amor a todo el territorio del estado. Ahora bien, se trata de explicar la naturaleza real del estado de tal manera que por ella se puedan explicar todas las unio­ nes de los hombres en estado que han surgido en el curso de la Historia. Este fin viene a lograrse casi con el concepto de ener­ gía, en el sentido en que la ciencia natural moderna ha traba­ jado esta idea. Dicha concepción no se ha limitado a las fuerzas mecánicas y químicas, sino que ha encontrado ya aplicación en la biología con el concepto de fuerza vital. Y no hay ningún inconveniente en llamar energía social a un nuevo fenómeno, o sea a la causa de todos esos efectos que emanan de una reunión peculiar de energías biológicas. N o cabe duda que el estado es un fenómeno de fuerza cuyos elementos están dados en las energías físicas y psíquicas de los individuos que le pertenecen, y que no es la mera suma de ellas. La circunstancia de que los componentes de esta fuerza total se encuentren en cambio continuo, mientras que la fuerza total misma posee un carácter duradero, muestra la independencia de la energía que emana de la cooperación. Por el hecho de que los H


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individuos reunidos en un estado pongan a disposición de la to­ talidad que así llamamos, sus fuerzas físicas, económicas, inte­ lectuales y morales, no por eso dejan de constituir centros de fuerza independientes. De aquí surge una peculiar acción recí­ proca entre la energía total independizada y las fuerzas indivi­ duales, que son la reserva permanente de esa fuerza total. Pue­ den surgir oposiciones y choques para los que no encontramos analogías en el organismo físico, pues en él todo está dispuesto de antemano para una cooperación ordenada. Los rendimientos materiales y personales así concentrados dan lugar a instituciones duraderas en las que la fuerza total encuentra su expresión. N o es en absoluto necesario que lofc hombres, que representan en cuanto miembros del estado la fuen­ te de su energía total, dispongan de parte o de la totalidad de ésta, como se manifiesta con claridad, sobre todo, en los despó­ ticos, pero asimismo en otras de sus formas más civilizadas. N o todos los que ofrecen sus fuerzas para crear la energía total pue­ den tener un derecho igual a disponer de ella. Para el concepto del estado de derecho, basta tan sólo que existan algunas reglas generales sobre las condiciones en que se puede exigir de los diferentes ciudadanos sus servicios al estado y normas que señalen qué ciudadanos tienen derecho a disponer de la fuerza total creada. Pero la existencia de aquél no podría negarse aun si faltaran en absoluto esas normas de derecho: en consecuencia, el estado puede significar un orden jurídico que, sin embargo, no pertenece a su esencia. En otro lugar hemos explicado ya con mayor detalle las con­ secuencias que pueden deducirse de esta teoría energética del estado para la solución de algunos problemas, sobre todo, para la concepción de la soberanía, la clasificación de las diferentes formas del estado, el estudio de la esencia del estado federal y el reconocimiento de los derechos de los ciudadanos. Hemos de renunciar aquí a describir la influencia que estas teorías mías han ejercido hasta ahora en la literatura científica. Sólo menciona­ remos que la Teoría del estado de Hermán Heller (1934) con­ tiene una exposición que coincide, casi literalmente, con mi teo­ ría energética. Leemos en la p. 241 de la ob. cit.: "Sólo merced


I A TEORÍA E N E R G É TIC A

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a que sobre la base de una ordenación se realizan en forma or­ ganizada determinadas actividades — políticas, militares, econó­ micas y otras— dentro de una sociedad, que luego actúan sobre esa misma sociedad como una unidad política de ejecución de naturaleza objetiva, puede explicarse que el poder del estado sea un producto de todos los que en él participan, al mismo tiempo que algo objetivamente real que a ellos mismos se opone y en­ frenta. Lo más visible y, por tanto, lo menos discutido es la unidad de ejecución que representa el estado en la política exte­ rior. Empero, la organización estatal sólo puede aparecer actuan­ do al exterior como una unidad de poder, con la condición y en la medida en que haya realizado previamente esa unidad en su vida interna.”


C A P I T U L O V III

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i. Examen de conjunto Después de haber descrito en los dos capítulos precedentes la estructura social, hemos de considerar ahora los fenómenos de movimiento social, aunque no es posible una separación rigu­ rosa entre estos dos terrenos, que desde Comte se llaman está­ tica y dinámica (o cinética, como dicen algunos autores), ya que todas las agrupaciones encierran al mismo tiempo elemen­ tos estáticos y dinámicos, según lo evidencia la sociología del estado. Pero, en todo caso, existen ciertos fenómenos que se prestan a un estudio aislado porque en ellos la movilidad de la vida social se manifiesta en un modo particular; el factor bioló­ gico, por ejemplo, en lo que se refiere al cambio de personas a que da lugar el nacimiento y muerte. En la sociedad primitiva formaban las personas de la misma edad un importante grupo social, hecho sobre el que atrajo la atención por vez primera Schurtz en su libro Altersklassen und Mánnerbünde (Clases de edad y ligas de varones). Más tarde los hombres de la misma edad dejan de constituir un grupo sociológicamente hablando; si bien puede admitirse que existe en la unión voluntaria de los actuales movimientos juveniles.* El cambio a que da lugar la sucesión de las generaciones su­ pone un importante problema sociológico por ser causa frecuen­ * Fenómeno particularmente alemán

(Jugendbewegung).

(Edit.)


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te de transformaciones políticas e intelectuales; pero la dificul­ tad consiste en que nunca puede determinarse con exactitud el momento en que termina una generación y empieza otra, ya que el nacimiento y muerte de los hombres se produce de un modo continuo. Se suele fijar la duración de una generación en trein­ ta años, así que, en cada siglo, hay tres. Pero no es seguro en absoluto que los hombres de la misma edad tengan los mismos deseos y vayan hacia los mismos fines, imponiendo un carácter determinado a su época. Con frecuencia es sólo la capa dirigen­ te la que da el sello a cada época. Aun más difícil resulta, na­ turalmente, describir el espíritu del tiempo para todo un siglo; sin embargo, eminentes historiadores como Ranke y Lorenz han tenido en cuenta los cambios de generaciones para explicar los movimientos históricos. También Petersen, el historiador de la literatura, y Pinder, del arte, se han ocupado con insistencia, desde el punto de vista de sus ciencias respectivas, del problema de las generaciones. Desde el sociológico se ha tratado este te­ ma en un trabajo de Karl Mannheim aparecido en los Kólner Vierteljahrshefte, t. vn. Dejando aparte este fenómeno de dinámica social cuyo ori­ gen es biológico, existen transformaciones en la composición de la sociedad de un carácter puramente social, tales como el as­ censo y descenso de los grupos e individuos. Se trata de la for­ mación, complemento y renovación de las clases sociales. En cualquier hombre influye el destino, en primer lugar por el he­ cho de haber nacido en una clase determinada. Puede permane­ cer en ella o ascender a otra, bien sea por su formación profe­ sional, por adquisición de riqueza, casamiento u otras causas; de igual modo puede descender a una clase inferior. Con ayuda de la estadística, que suele distinguir una capa superior, una media y una inferior, se pueden determinar esos cambios en cier­ tos períodos y determinar sus causas. En nuestra época son con­ siderablemente más numerosos si los comparamos con la ante­ rior organización en estamentos; asimismo, la guerra ha ejerci­ do en ellos una gran influencia. El fenómeno de la guerra ha dejado siempre la más profun­ da huella sobre el pensamiento ético y social de los hombres.


I S AMI N lili C O N J U N T O

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1’ur .sin duda el filósofo Heráclito el primero que la estudió 1IrmIr el punto de vista sociológico. Conocida es su frase: "La guerra es madre de todas las cosas y reina sobre todas ellas; de irnos hace dioses, de otros hombres; de unos esclavos, de otros libres” . Heráclito censura al poeta Homero por haber expresado rl deseo de que la lucha entre los hombres desapareciera para siempre, lo cual, según Heráclito, significaría provocar el hun­ dimiento del mundo. Platón trató más tarde de este tema seña­ lando la sobrepoblación como causa principal de la guerra: "N o queremos decir si la guerra produce más males que bienes, sino tan sólo que hemos descubierto su origen” (República, n, 14). También Aristóteles se ocupó del problema de la guerra y estableció, antes que nadie, la concepción de la guerra justa, tema que ha sido tratado luego en la Edad Media y en la época mo­ derna. Véase el trabajo de R. Meiter Aristóteles ais ethischer Beurteiler des Krieges (Aristóteles como crítico ético de la gue­ rra) publicado en los N eue Jahrbücher (Nuevos Anales), t. 36, n.

En el siglo xix fué seguramente Proudhon quien ofreció la más interesante contribución al estudio de la guerra con su es­ crito de 1860 La guerra y la paz, en que hace valer enérgica­ mente la concepción económica de la Historia. Trata de demos­ trar que las guerras nacen de causas puramente económicas, o, al menos, preponderantemente económicas. Proudhon es lo bas­ tante objetivo para señalar también los efectos positivos que pro­ duce la guerra y que son, según él: 1. La disciplina de la so­ ciedad humana, ya que el sacrificio abnegado, necesario a la con­ servación del grupo, se concibe en ella como un deber. 2. Hace más fértiles el arte y la poesía, e incluso la religión se enriquece con el culto a los héroes. 3. Unicamente la guerra dió al princi­ pio la medida de la fuerza superior y con ésta del mejor dere­ cho de un grupo autónomo de hombres. Mas Proudhon no deja de advertir los terribles daños que ella produce, y espera que desaparezca del mundo civilizado al realizarse en el terreno eco­ nómico la idea de la justicia. Gumplowicz y Oppenheimer fue­ ron los principales sociólogos que estudiaron más tarde el fenó­ meno de la guerra haciendo remontar hasta ella el origen del


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estado y la dominación de las clases, de lo que ya hemos ha­ blado en el capítulo anterior. La mejor monografía sobre este tema es la del autor holandés S. R. Steinmetz, publicada en 1929 con el título de Sociología de la guerra. Investiga con de­ talle la significación social de la organización del ejército, las causas de la guerra y sus fines, así como sus efectos sobre la eco­ nomía, la política y la moral. Y a antes, Herbert Spencer, en sus Principios de sociología, trató de explicar la relación que existe entre las guerras y las diferentes formas de estado, señalando un tipo militar de sociedad. Mencionaremos, además, que el Instituto Internacional de Sociología editó en 1932 una obra colectiva sobre la Sociología de la guerra, por G. L. Duprat. Hemos de tratar separadamente los fenómenos de dinámica social que llamamos migraciones, revoluciones y leyes de la evo­ lución social. De esto hablaremos en las secciones siguientes. Se­ ñalaremos antes que Sorokin dedicó al tema de los movimientos sociales una monografía: Social M obility, 1927, en la que des­ cribió, con la ayuda de la estadística, las transformaciones verti­ cales y horizontales de la sociedad.

2. Migraciones Por migraciones se entienden los cambios de lugar mediante los cuales se separan los individuos o grupos de su anterior am­ biente geográfico. Existe también una migración de institucio­ nes, ya que inventos técnicos, ideas religiosas, sistemas jurídicos o producciones artísticas se extienden sin que ello sea consecuen­ cia o causa de migraciones humanas. Pero este fenómeno perte­ nece a la sociología de la cultura, del cual se ocupan asimismo la etnografía y la prehistoria. Naturalmente que aquí tratare­ mos de los cambios geográficos de los hombres sólo desde el punto de vista sociológico, sin que señalemos la importancia enorme que tienen estas migraciones para la Historia Univer­ sal. Por lo demás, no se ha de entender que todo cambio de lugar es una migración técnicamente hablando. U n mero viaje de placer, de ampliación de estudios o de exploración de países


M IGRACIONES

extranjeros no constituye, sociológicamente hablando, una mi­ gración, ya que en estos casos no se abandona el ambiente an­ terior. H ay que distinguir entre el caso de un hombre aislado y el de grupos enteros que abandonan su patria para crearse nuevas condiciones de vida. Si los hombres aislados son numerosos, sin formar un grupo entre sí, y emigran hacia los mismos lugares, esta migración viene a ser aproximadamente la de un grupo. Un ejemplo de esto lo constituye la de europeos hacia América y otros países de ultramar que duró siglos, aunque ahora es mu­ cho más restringida. Dicho fenómeno está ligado al de la colo­ nización, que ya en la Antigüedad desempeñó un gran papel en algunos pueblos, como entre los griegos y los fenicios. A veces acompañaban a estas migraciones hechos de armas, mas también fundaciones pacíficas de colonias. Interesante es el fenómeno del nomadismo. En este caso el desplazamiento es algo inherente al carácter de la tribu, que puede ser tanto de cazadores como de pastores. N o era tampo­ co raro que estas migraciones fuesen acompañadas de asaltos armados contra los' pueblos sedentarios. Incluso hoy día existen pueblos nómadas, como los lapones en el norte de Europa, los kirguises en Asia y algunas tribus indígenas de América. Las ex­ pediciones comerciales permanentes, las caravanas, por ejemplo, no pueden considerarse como migraciones propiamente dichas. Es también dudoso que se puedan considerar como emigran­ tes en un sentido sociológico los grupos humanos que se despla­ zan en ciertas épocas en busca de trabajo. En todo caso no he­ mos de considerar como tales a los que permanecen dentro de los límites del mismo estado, desplazándose del campo a las ciudades, aunque es preciso admitir que también aquí, debido al cambio radical de ambiente, aparecen fenómenos análogos a los que surgen con la migración propiamente dicha. Después de estas observaciones sobre el concepto de la mi­ gración hemos de estudiar los motivos y fines de este fenómeno dinámico en el que desempeñan un papel importante las condi­ ciones económicas: adquirir un terreno cultivable, encontrar co­ locación un hombre de profesión determinada, bien sea éste


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obrero o empleado. Pero los motivos religiosos han provocado asimismo migraciones sobre todo cuando los adeptos a una secta determinada eran perseguidos en su país. N o es tampoco rara la emigración de fugitivos políticos que buscan una nueva pa­ tria. La Historia nos relata a veces la leyenda de una emigra­ ción forzosa de pueblos enteros; en nuestra época podemos re­ gistrar el ejemplo de la guerra turco-griega, que dió lugar a un intercambio de poblaciones entre ambos países. Los griegos residentes en el Asia Menor tuvieron que repatriarse, mientras que los turcos que vivían en Grecia fueron mandados a Asia. Casos ha habido en que los gobernantes llamaban al país a co­ lonizadores extranjeros, como los sajones y suavos que mar­ charon a países eslavos y húngaros. La sobrepoblación del país suele considerarse como la causa principal de las emigraciones; mas las ha provocado igualmente la presión militar de algún enemigo extranjero. Ambas causas dieron lugar a la famosa mi­ gración de los pueblos en la Edad Media. A l tratar de los efectos que produce este fenómeno hemos de poner de relieve lo siguiente: En primer lugar se trata de cambios cuantitativos, ya que al despegarse estos grupos de su tierra de origen disminuye en la patria el número de habitantes, mientras que en el país que los acoge aumenta en la misma pro­ porción. Pero más importantes son aún los cambios cualitati­ vos. En este último sentido hemos de destacar el cruce de razas que ocurre con frecuencia, si bien no siempre. Las migraciones provocan una ruptura con las tradiciones, ya que los emigrados se adaptan poco a poco a las nuevas, sobre todo si aprenden un idioma distinto. La segunda generación de inmigrados suele ya estar asimilada completamente. Este fenómeno no tiene lugar cuando por vivir juntos y conservar sus viejas tradiciones, se aislan, como pasa, por ejemplo, con los judíos y chinos inmi­ grados a América. El hecho de que los inmigrados suelen ser hombres jóvenes y solteros, es importante porque favorece las perspectivas de casamiento con las mujeres del nuevo país. La emigración produce efectos favorables desde el punto de vista de la selección, pues exige grandes esfuerzos tanto de inteligen­ cia como de actividad; pero a veces son adversos tanto en el te-


MIGRACIONES

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ru no de la economía nacional como en el de la política, pues con frecuencia entre los inmigrados se encuentran hombres de ideas radicales o agitadores. Es por lo tanto comprensible que m los últimos años se hayan tomado medidas de protección pa­ ra hacer frente a este peligro. En fin, hemos de señalar que en muchos estados, entre otros en América del Norte, hay grupos del pueblo que no poseen residencia fija dentro de la nación, si­ no que llevan una vida de vagabundos. En Europa los gitanos suelen colocar a la administración de los estados ante problemas muy difíciles. N o hay estudios de conjunto sobre el problema sociológico de las migraciones si bien en el V I Congreso Alemán de So­ ciología fué objeto de discusión, principalmente en torno al as­ pecto etnológico y prehistórico. En ella tuvo papel preponde­ rante la teoría de los ciclos culturales, de la que ya hemos ha­ blado en el capítulo iv, 4. Posteriormente, Fr. Hertz y G. L. Duprat ofrecieron excelentes contribuciones al estudio de las migraciones propiamente dichas. A . Günther, en su Alpenland ische Geselschaft trata también este tema. N o podemos de­ jar de señalar que la Sociología de Simmel dedica a la migra­ ción algunas breves pero agudas observaciones.*

3. Sociología de las revoluciones Es natural que se inicie el estudio de este importante fenó­ meno con una definición. En consecuencia, debemos primero delimitar de un modo negativo el terreno de las revoluciones, es decir, destacar esos fenómenos que implican transformacio­ nes sociales, a los cuales, sin embargo, no debemos llamar revo­ luciones. Nos referimos sobre todo a las transformaciones len­ tas, en favor efe las cuales se ha acuñado el lema: Evolución no revolución. Incluso cuando se trata de desplazamientos im­ portantes de poder dentro de la sociedad, no podemos hablar, * Puede encontrarse material muy moderno en Carr-Saunders Po­ blación mundial, Fondo de Cultura Económica, M éxico, 1940 (E d it.).


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DINÁM ICA SOCIAL

en un sentido estricto, de revoluciones, si aquéllos no surgen de repente o si tiene lugar una adaptación. Lo mismo puede decirse de ciertas conmociones puramente espirituales, como las que re­ presentan el Renacimiento, el Humanismo o los éxitos científi­ cos logrados por un Copérnico o un Darwin. En cambio, hemos de considerar como revoluciones las conmociones religiosas, aun­ que de pronto sean de naturaleza espiritual, como el protestan­ tismo, ya que van acompañadas de transformaciones en la es­ tructura de la sociedad. El factor de la violencia es considerado por varios autores como señal característica de la revolución. En efecto, existe en general este factor, aunque la Historia registra algunos casos en los que tuvo lugar sin ella, puesto que cualquier resistencia hubiera resultado desesperada. Pero aún en éstos, se rompe con el orden legal dominante, circunstancia ésta que debemos seña­ lar como característica del concepto de revolución. Se discute aún si dentro de éste cabe el llamado golpe de estado, es decir, la revolución desde arriba, a lo que hemos de contestar afirma­ tivamente. Tampoco hay motivo para excluir la llamada contra­ rrevolución o restauración, pues en ella observamos las mismas características esenciales de la revolución. La contrarrevolución no constituye un fenómeno propio en el caso en que se pro­ duzca en el curso de la revolución, o sea antes de que la nueva organización haya logrado consolidarse. La sociología de la revolución debe examinar los problemas siguientes: Cuáles son las causas que originan este movimiento, distinguiendo entre causas profundas y motivos accidentales. Cuál es la trayectoria de la revolución, distinguiendo entre el efecto destructivo y la construcción de una forma nueva de la so­ ciedad. Cuáles son los soportes del movimiento, considerando por un lado a la masa y por otro a los jefes. Cuáles los fines de la revolución, diferenciando entre las que buscan transforma­ ciones sociales o políticas, aunque con frecuencia ambos fines se entremezclan. A l estudio de estos problemas ha de unirse lue­ go la investigación sobre el desenlace de dicha revolución que puede ser una opresión con o sin concesiones, el establecimien­


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to de una dictadura o la legalización de la revuelta. N o es raro que se plantee el problema de una justificación ética de la re­ volución; mas esto nada tiene que ver con una investigación so­ ciológica. Tampoco el problema de saber hasta qué grado se ha violado el orden legal dominante o se ha creado un nuevo de­ recho. En la descripción y explicación de las revoluciones desem­ peñan un papel importante los factores psicológicos, bien sea en cuanto a los fenómenos de masa o a las personalidades diri­ gentes. Pero es casi imposible separar estos factores psicológi­ cos de los procesos dinámicos propiamente dichos, o efectos ob­ jetivos de las revoluciones. Por eso los estudios históricos, por ejemplo, los muchos sobre la Revolución francesa, son al mismo tiempo fuentes importantes para el conocimiento de los facto­ res psicológicos. También el psicoanálisis moderno se ha ocupa­ do del problema de las revoluciones, sirviéndose para su expli­ cación de los conceptos desarrollados en esta teoría, como son los conocidos con el nombre de represión de los impulsos habi­ tuales, despertar de los instintos originarios y supercompensación. Por otra parte, al establecer una teoría general de las re­ voluciones no hemos de descuidar el carácter particular que pre­ sentan algunos de estos fenómenos históricos, o sean las moder­ nas revoluciones soviética, fascista y nacional-socialista. Men­ cionaremos, por ejemplo (deduciendo mis afirmaciones de los es­ tudios que he realizado sobre este tema), que hemos de conside­ rar la revolución fascista, por un lado, como una contrarrevolu­ ción frente a la revolución socialista que ocurría entonces en Italia y, por otro, como una creación nueva de origen nacionalis­ ta y adversa a la burguesía antes dominante. Haremos algunas observaciones sobre la literatura relativa a las revoluciones, una vez que hemos dado una visión de conjun­ to sobre los problemas que suscita su sociología. Hemos de se­ ñalar, en primer lugar, las obras de los pensadores griegos, cuyo valor en el sentido que nos ocupa no ha sido lo bastante apre­ ciado hasta ahora. Mientras que Platón, en su diálogo sobre la República , trata de explicar las transformaciones que sufren las


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constituciones de los estados partiendo más bien de una base psi­ cológica, tomando apenas en consideración la realidad históri­ ca, vemos en cambio que Aristóteles, en el libro vm de su P olí­ tica, nos ofrece un amplio estudio sobre las revoluciones cuya base inductiva consta de no menos de 120 casos. Aunque estos sucesos ocurridos en los pequeños estados griegos no parecen vá­ lidos para la comprensión de las revoluciones modernas, hay en esa obra, sin embargo, una multitud de observaciones que poseen cierto valor, aún aplicadas a la época presente. Aristóteles hace una distinción rigurosa entre las causas y los motivos de las re­ voluciones. Cree ver la causa principal de ellas en el hecho de que, en opinión de los ciudadanos descontentos, la constitución vigente viole el principio de la igualdad. Reivindicando una po­ sición análoga a la de los privilegiados, lo mismo en cuanto a riqueza que al honor, la parte del pueblo que se siente lesiona­ da quiere provocar el advenimiento de la igualdad y la justicia deseadas. Aristóteles, basándose en sus propias observaciones, piensa que las revoluciones no reconocen causas exclusivamente económicas, en oposición a lo que se suele pensar ahora. Lo que él expone como medios para evitar las revoluciones es cosa que no incumbe ya a la Sociología, sino a la Política. Igual puede decirse de los escritos de Polibio que cree haber hallado en la constitución mixta del estado un medio seguro de evitarlas. El problema de ellas se planteaba en la Edad Media, así como en los primeros siglos de la época moderna, sólo en el sentido de saber si era legítimo o no el derecho a la rebelión contra el poder tiránico del estado. Incluso Locke, bajo la in­ fluencia de las revoluciones inglesas, estableció la teoría de que el pueblo, en caso de necesidad, podía apelar al cielo. Este tema, como ya hemos indicado, nada tiene que ver con una sociología de las revoluciones. Sólo luego, a consecuencia de la Revolu­ ción francesa, se creó una ideología de la revolución con los escritos de Saint-Simon, que trataban de descubrir las causas económicas de aquélla. Cree que la burguesía fué la autora de la de 1789, cuya obra — dijo— no terminará hasta que todo el


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pueblo trabajador haya tomado en sus manos la administración del estado. Esta opinión hace que podamos considerar a Saint-Simon como precursor de Karl Marx en lo que se refiere a la teoría de la revolución social, revolución que consiste en la transforma­ ción radical de toda la superestructura jurídica y política de la sociedad, como resultado del cambio de base económica ( Kritik der politischen O ekonom ie) . Esta doctrina ejerció una influen­ cia decisiva sobre la literatura socialista posterior, que reduce siempre la revolución a la lucha entre las clases opuestas, lucha cuya meta es el triunfo de la clase oprimida. Pero es sin duda parcial, pues no puede aplicarse a numerosos fenómenos histó­ ricos. En las revoluciones inglesas del siglo xvn, por ejemplo, no existía tan sólo una lucha de clases sino un conflicto entre el Parlamento y la Monarquía. Entre la literatura sociológica sobre las revoluciones hemos de señalar un ensayo de A . Vierkandt publicado en Schmollers Jahrbuch (t. 46) que trata sobre todo de sus aspectos psicoló­ gicos, destacando la fantasía, la irracionalidad y el dominio de los bajos instintos a que dan lugar; aunque considere en mu­ chos casos el movimiento revolucionario éticamente justificado. Los autores franceses Taine y Le Bon tienen una posición con­ traria en cuanto al último punto. También P. Sorokin llega a una condenación decidida en su amplia obra sobre la sociología de las revoluciones (1925). Sorokin concede la mayor importan­ cia al método inductivo para describir las vicisitudes que sufre la conducta de los hombres con motivo de tales transformacio­ nes radicales, y para ello utiliza sus propias experiencias de la revolución rusa. En el III Congreso Alemán de Sociología de 7922, se trató de la esencia de la revolución, esforzándose L. von Wiese en hacer valer su teoría, basada en el punto de vis­ ta relacional; en cambio, L. M. Hartmann apoyaba la suya en el punto de vista histórico. Son, además, muy valiosos los estudios sobre el problema de las revoluciones contenidos en la obra de F. von Wieser Das Gesetz der M acht, ob. cit., de la cual se habla más en detalle


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cii mi lil>ro Friedrich Wieser ais Soziologe, ob. cit., (p. 46 ss.). Aquí queremos decir tan sólo lo siguiente: La causa que origina la revolución reside, según ese autor, en el brote de una fuerza nueva y en la conciencia de esta fuerza. Para él es importante, sobre todo, el derrumbamiento del sistema de poder existente y la creación de un sistema nuevo, es decir, un proceso de des­ trucción y un movimiento constructivo, que es, en general, obra de nuevos dirigentes. M uy interesante es lo que dice Simmel en su Sociología: El inferior pretende en primer lugar igualarse al superior; una vez logrado este propósito busca una posición privilegiada; el deseo de igualdad no constituye, por tanto, sino un punto de tránsito.

4. La idea del progreso y las leyes históricas Los sociólogos, y con frecuencia también los historiadores, han intentado descubrir las leyes del desarrollo de la sociedad, con el resultado evidente de que es imposible una distinción ri­ gurosa entre leyes históricas y leyes sociológicas. Naturalmente, sólo podré citar aquí algunos ejemplos para probar esta afir­ mación. Existen dos investigadores alemanes que han expuesto con acierto los puntos de vista relativos a la Historia Universal: Carlos Lamprecht y Kurt Breysig, quienes a pesar de algunas divergencias entre ellos, están de acuerdo en interpretar la evo­ lución de la cultura, y por tanto la evolución de la sociedad, como un proceso psíquico. Lamprecht ha resumido sus opinio­ nes en su libro Moderne Geschichtswissenschajt (La ciencia histórica moderna), 1905, de la manera siguiente: "El desarro­ llo cultural tiende a una diferenciación e integración crecientes del alma humana. En ese desarrollo pueden distinguirse los pe­ ríodos del simbolismo, del tipismo, del convencionalismo, del in­ dividualismo, del subjetivismo y de la época actual caracterizada por su excitabilidad. Los más altos elementos históricos no resi­ den en la constitución política, en la estructura social o en la vida económica, sino en la actividad de la moral, la religión, el


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•Mi \ l,i rienda. Incluso si tuviera razón de ser el materialismo liinióiiio, «nía preciso, sin embargo, clasificar las edades de la • 11I1111.1 no .según su raíz, sino según su flor” . Lamprecht dejó sin "nliM innar la cuestión de saber cómo se desarrollará la evolución |i"lquua futura y, ligada a ésta, toda la cultura social. IWrysig trató además de presentar a las fuerzas psíquicas • orno la base de las distintas fases de la evolución de la humani­ dad, en numerosas obras muy amplias, sobre todo en su libro: / )/> Ceschichte der Seele im Werdegang der Menschen (La his­ toria del alma en la evolución de los hombres), 1931. Señala cuatro fuerzas psíquicas que han dominado alternativamente en la evolución de la humanidad: el sentimiento, la fantasía, la voluntad y la razón. Según la preponderancia respectiva de es­ tos factores distingue entre época primitiva, Antigüedad, Edad Media y época moderna, observándose que aquéllas se encuen­ tran entremezcladas en la época actual. En la evolución cultural desempeña un gran papel la diferencia que existe entre la ten­ dencia a la afirmación del Y o (Ichbetonungstrieb ) y la tenden­ cia a la entrega del Y o (Ichhingabetrieb) , que encuentra su ex­ presión en la alternancia de los períodos individualistas y co­ lectivistas de la Historia. En estos puntos de vista encontramos un sugestivo material para una dinámica de la sociedad. La idea pura de la evolución es en general la preponderante en la literatura sobre la Historia Universal, mientras que en la Antigüedad fué decisiva la teoría de los ciclos culturales; como se muestra sobre todo al tratar de la teoría del desarrollo de las constituciones. Mas también en nuestra época pueden conside­ rarse como partidarios de la segunda a algunos autores, entre los cuales se destaca Oswald Spengler, quien, como es sabido, esta­ bleció la hipótesis de la existencia de diferentes almas cultura­ les, distinguiendo los períodos de juventud, madure^ vejez y decadencia. Sin embargo, dicha teoría, contenida en su famosa obra Der Untergang des Abendlctndes (La decadencia de occi­ dente) , no ha sido aceptada a pesar de las sugestiones muy in­ teresantes que contiene. Diremos además que los representantes de distintas ciencias especiales, economistas, etnólogos e histo-


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naJorcs del derecho, han ensayado por su parte descubrir las lí­ neas de la evolución social desde el punto de vista de sus respec­ tivas ciencias, sin que en este lugar podamos hablar de sus ensa­ yos en detalle. Tan sólo mencionaremos, en lo que se refiere a las fases de la evolución económica, las teorías de Federico List, Hildebrand, Bücher y Joseph Schumpeter; en lo que afecta a los diferentes tipos de psicología de los pueblos, los escritos de W undt y Félix Krueger; y en cuanto a la evolución del dere­ cho, las obras de Ihering (relativas al derecho romano), y Gierke (sobre derecho germánico). También en la Historia del A rte se ha hecho la tentativa de relacionar el cambio de los estilos artísticos con la estructura de la sociedad (véase más adelante, cap. ix, 8). Incluso los lingüistas han tenido en cuenta las dife­ rentes fases de la evolución, como se manifiesta particularmen­ te en la obra de H . Paul Prinzipien der Sprachgeschichte (Prin­ cipios de la historia del lenguaje). Establecer una ley de la evolución no implica una valora­ ción de los problemas sociales, ya que según la dirección en que supongamos que ella se realiza, también puede considerarse el fenómeno como desfavorable, como una decadencia y no sólo como florecimiento o progreso. La teoría ya mencionada de los ciclos culturales ofrece, precisamente, una prueba de esto. Incluso sin admitir ésta se ha afirmado como tendencia evo­ lutiva lo que es un descenso de un estado superior, así, por ejem­ plo, la teoría de Tónnies sobre el tránsito de la "comunidad” — que él personalmente prefiere— a 4a "asociación” basada en una mera consideración de intereses. Pero a la teoría de la evolución acompaña muchas veces la idea del progreso, entrándose de este modo en el terreno de la fi­ losofía de la historia. Por esto algunos sociólogos han evitado ocuparse de la idea del progreso. Ross, en su libro Los funda­ mentos de la sociología, dice: "La dinámica social debería re­ chazar ideas tan confusas y dudosas como las de progreso y regresión, ateniéndose sólo a los hechos particulares de las trans­ formaciones sociales. N o es posible determinar cuándo existe progreso, pues para ello faltan normas objetivas” . A pesar de


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11 verdad encerrada en estas frases, son numerosos los sociólogos «|ii<* no han podido evitar cultivar la idea de un progreso per­ mitiente. I )urkheim, por ejemplo, ve en el crecimiento continuo de la división orgánica del trabajo la prueba del progreso constante • li l.i sociedad humana; mientras que De Greef la ve en la dis­ minución continua del egoísmo individual; y Fouillée en la u <nutación de la idea de solidaridad. Entre los autores alema­ nes liemos de señalar a Schaffle, que dice en sus Elementos de sociología: "La comunidad de vida está en crecimiento perma­ nente; vemos que la lucha se convierte cada vez más en un com­ bate sin sangre, sin violencia, recíprocamente útil, al tomar la forma de la competencia” . P. Barth, en su Filosofía de la histo­ ria como sociología, expresó la convicción de que existe un con­ tinuo progreso moral de la humanidad y que constantemente crece la autonomía de los individuos. Entre los sociólogos aus­ tríacos, Ratzenhofer expresó, pese a su disposición al pesimis­ mo, la esperanza de que en la civilización existe un progreso continuo. F. von Wieser afirma que puede establecerse una ley según la cual la violencia va disminuyendo. Por lo demás, es evidente que existe un progreso en lo que se refiere al dominio de la Naturaleza y de la técnica, así como en lo tocante a la lucha contra las enfermedades; más el progreso en el campo de la vida moral, aun hoy, es algo muy discutido. Existe una amplia literatura sobre el problema del progreso. Entre los autores alemanes señalaremos a F. Tónnies con su Beg riff und Gesetz des menschlichen Fortschritts (Concepto y ley del progreso humano) publicado en el Archivo de ciencias sociales, t. 53; E. Trólstsch, autor de Der Historismus (El historicismo), 1922. Entre los sociólogos de otros países, han tratado el mismo tema: A. Niceforo (1921); A . J. Todd (1920); J. B. Bury (1920); y, sobre todo, R. Flint con su Historia de la filo­ sofía de la historia en Francia, Alemania e Inglaterra. Existen también numerosas obras que tratan de leyes sociales e históri­ cas, así como de la relación de éstas con las de la naturaleza. Sobre este punto versan varios escritos de F. Eulenberg publi-


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».idos en los tomos 31 y 35 del Archivo de ciencias sociales. Véan­ se, además, los trabajos de J. Dobretzberger: Ueber Gesetzmdssigkcit in der W irtschfat (Sobre la existencia de leyes en la eco­ nomía), 1927; y Ueber historische und soziale Gesetze (Sobre las leyes históricas y sociales), publicados en el Handwórterbuch der Soziologie, escritos en los que además se encuentran indicacio­ nes sobre bibliografía referente a este tema. Barth, en su Philosophie der Geschichte ais Soziologie, segunda edición, p. 66 ss., se ocupa también, insistentemente, del problema de las leyes históri­ cas. Entre las obras más antiguas hemos de elogiar la de R. Rümelin: Ueber den Bregriff des sozialen Gesetzes (Sobre el con­ cepto de ley social), 1862, que todavía puede leerse con pro­ vecho. También la estadística se ha ocupado de este tema.

5. Leyes sociológicas de la evolución Y a en la sociología griega vemos los primeros intentos de establecer ciertas leyes generales en la historia de los fenómenos sociales, aunque, claro es, no existía entonces la idea moderna del progreso continuo que formuló por vez primera Condorcet. Pero en manera alguna faltan indicaciones sobre las leyes del desarrollo manifestadas con frecuencia en la forma de un pro­ ceso cíclico. Es preciso repetir que semejante concepción no es ajena por completo a nuestra época, como queda demostrado con las teorías de Nietzsche y Spengler. Desde luego que en las teorías griegas desempeña un papel decisivo el estado, cuyas transformaciones describen Platón y Aristóteles. Ambos trata­ ron de establecer leyes de evolución aplicables al estado. Aquí no podemos ocuparnos con mayor detalle de este punto. Nos remitimos de nuevo a nuestro libro Griechische Soziologie. En la época moderna fué seguramente el filósofo italiano Vico quien por vez primera ensayó descubrir las leyes de la evo­ lución social. En su obra La nueva ciencia, 1725, distingue un período histórico religioso-teocrático, un período heroico-aris-


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i , i, o y un período humanitario. Todo sector cultural ha de | i ii en cualquier pueblo por estas tres fases. Vico apoya su ............... .. el estudio de la historia de las distintas formas del r*htt|o, de los sistemas jurídicos, de la economía y de la poesía. I'« mi »lc ja sin contestar la cuestión de si, después de llegar al úl­ timo >'.rado, al del humanitarismo, no podría producirse una reMiida a uno de los grados inferiores. N o existe seguridad absoIm.i sobre la realización definitiva del progreso. Más tarde se lii/o lamosa la ley comtiana de los tres estados recorridos por la humanidad: el estado teológico, el metafísico y el científico, l odos los factores de la cultura siguen, según Comte, esta direc»ion fundamental del espíritu; por ejemplo, la constitución del estado, la organización económica, el arte y la ciencia. En dicha evolución se manifiesta la idea del progreso, que constituye la ley fundamental de la sociedad humana. Comte expone con detalle que en la fase teológica se observan tres gra­ dos sucesivos de religión, o sean, el fetichismo, el politeísmo y el monoteísmo, a los cuales acompañan distintas organizaciones de la vida social. Las entidades abstractas sustituyen a la reli­ gión en la fase metafísica como vemos claramente sucede con el Derecho Natural, lo que conduce al fin a la revolución. Lo único que para él garantiza una evolución serena hacia el huma­ nitarismo es la preponderancia de las ciencias positivas; la cons­ titución del estado es entonces republicana. Pero han surgido violentas objeciones en contra de esta concepción continua de la Historia. Se ha hecho notar que esos tres estados del espíritu los vemos al mismo tiempo en diferentes capas de las naciones, con lo que no puede hablarse entonces de una delimitación de los mismos. Además, sólo considera a la sociedad occidental, pues sería imposible aplicar la ley de los tres estados al Oriente. Por otra parte, se objeta que sería extraño que la evolución de la humanidad terminase con el advenimiento del positivismo. El filósofo alemán Max Scheler trató en su libro: D ie Wissensformen und die Gesellschaft (Las formas del saber y la so­ ciedad) , de distinguir tres estados en la evolución de la cultura humana. El factor de la sangre, esto es, la generación y la raza,


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tiene una importancia decisiva en el primer estado; el factor del poder en el segundo, por lo que el estado, en consecuencia, des­ empeña el papel decisivo; y la economía es la de mayor importan­ cia en el tercero. A estos tres factores reales de la cultura huma­ na se enfrentan según Scheler, los factores ideales, o sean la religión, el arte y la ciencia. Mas no ha podido tampoco impo­ nerse esta teoría, sin duda muy aguda, ya que la época presente demuestra que el poder del estado y la economía se equilibran, sin que pueda determinarse una preponderancia de uno sobre el otro. Incluso el período de dominio de la sangre, pasado ya según Scheler, ha ganado de nuevo importancia como vemos en el nacional-socialismo. Herbert Spencer ideó dos leyes de evolución para la sociedad humana. La primera, de la diferenciación e integración crecien­ te, es, al mismo tiempo, una ley general de la naturaleza. Es válida tanto para el mundo orgánico como para el inorgánico, lo cual significa que en el Universo se muestran, cada vez más, diferencias entre las partes de la materia o los organsimos, pero que, en cambio, aparecen síntesis de mayor fuerza. La mayor independencia de los individuos es la consecuencia de esta ley en la sociedad humana, así como que son más numerosas las agrupaciones humanas. La segunda ley sociológica de Spencer es la siguiente: el tipo industrial va sustituyendo más y más al tipo militar primitivo, o lo que es lo mismo, el contrato reem­ plaza a la violencia. Maine, el famoso jurista inglés, ha expre­ sado también esa opinión. Pero dicha teoría no resiste al exa­ men crítico que resulta de observar la época presente, que nos prueba que el tipo militar de la sociedad no ha perdido fuerza ninguna. Entre los sociólogos alemanes F. Tónnies abordó los términos de esta discusión con su teoría de la relación entre comunidad y asociación. Ella supone no tan sólo una distinción entre ambos tipos, sino, al mismo tiempo una teoría de la evolución. Según ella la comunidad va siendo substituida por la asociación. Pese a que esta teoría fué aceptada por algunos autores, por ejemplo, Frey, no puede menos que dudarse de su exactitud. Si tenemos


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en cuenta la evolución que el estado ha sufrido en la época ac­ tual, y, sobre todo, la regresión que ha sufrido el liberalismo, liemos de suponer más bien que el tipo de comunidad ha reco­ brado importancia. Tampoco puede concederse una validez ge­ neral a la teoría sobre la evolución de M ax Weber, según la cual existe una racionalización creciente en todos los aspectos de la vida social. El resurgimiento del mito en el mundo intelec­ tual de hoy apenas si es compatible con la idea de una raciona­ lización general, a pesar de que ésta parezca muy acertada cuan­ do se la aplica a la economía, la técnica o la ciencia. Hemos de mencionar además la ley sobre la evolución for­ mulada por el sociólogo francés René Worms de la siguiente manera (Ld sociología ). Por un lado, los grupos sociales au­ mentan cada vez en número, lo cual puede demostrarse teniendo en cuenta la evolución que va desde la horda primitiva hasta la gran potencia actual; mas por otro, aumentan las divisiones in­ teriores, debido al mayor número de intereses encontrados. Exis­ ten, por tanto, simultáneamente, las tendencias hacia la integra­ ción y diferenciación, destacadas ya por Spencer. Esta teoría parece basarse en observaciones válidas, pero queda sin resolver el problema de cuál de las dos tendencias, en aparente contra­ dicción, será la preponderante. Mencionaremos aún, brevemente, las teorías que pretenden ver en la evolución social, por una parte, la tendencia hacia una colectivización creciente; y, por otra, hacia un crecimiento de la libertad individual. El gran filósofo Hegel defendió, como es sabido, la última. Por todo lo dicho vemos, según indicamos ya en nuestro trabajo Naturrecht und Soziologie, 1912 (Derecho natural y sociología), la escasa firmeza de las leyes sobre la evo­ lución social.


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i. Observaciones generales Es menester decir primero algunas palabras sobre la termino­ logía. Se ha empleado a veces la palabra cultura como sinónima de civilización, pero en general se hace una distinción entre am­ bos términos. En alemán se entiende frecuentemente por civili­ zación la suma de los factores siguientes: raza, técnica, economía y poder del estado. Por cultura, en cambio, se entiende la totali­ dad de los factores ideales, esto es, religión, filosofía, arte y moral. En la literatura inglesa y francesa vemos, por el contra­ rio, que se entiende por civilización lo que corresponde a los últimos, mientras que la cultura se refiere tan sólo a los facto­ res reales. Esta última era, sin duda, la significación primitiva de la palabra cultura, como podemos ver aun con la palabra agricultura. También algunos sociólogos alemanes, como Rat­ zenhofer, han aceptado esta terminología con la consecuencia de conceder mayor valor a la civilización que a la cultura. Para evitar esta confusión sería recomendable emplear la palabra cultura como término único para expresar los factores tanto rea­ les como ideales, cuya significación estudiaremos más adelante, aunque esto sea sólo, claro es, desde el punto de vista socioló­ gico. En la Introducción a este libro indicamos ya los términos en que está planteada la discusión sobre la razón de ser de una semejante sociología de la cultura.


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Antes de estudiar los diferentes temas de esta ciencia Habla­ remos brevemente de dos problemas generales, es decir, en pri­ mer lugar de saber si se puede calificar a uno de los factores culturales como decisivo, y en segundo, cuáles son los tipos de cultura que se pueden establecer. En cuanto al primer proble­ ma hemos de decir que se ha considerado alguna vez la raza, es decir, la base biológica, como elemento decisivo de toda cultura, como hizo Gobineau (de quien hemos hablado en el capítu­ lo iv ) . En cambio, la ciencia es para Comte la que domina to­ dos los demás factores culturales, una vez superados los períodos religioso y metafísico. Otros autores, refiriéndose a la evolu­ ción social, han atribuido el papel más importante a la religión, y no sólo en lo que afecta al pasado, sino contando también con el futuro; esta es la teoría de B. Kidd, expresada en su libro sobre la evolución social, y de M . Hauriou en su obra sobre la ciencia social tradicional. Incluso el arte ha sido considerado a veces como el factor que caracteriza de veras a la sociedad; K. Lamprecht lo ha expresado en sus trabajos históricos, que ense­ ñan que el espíritu de la época, que precede al desarrollo eco­ nómico y político, puede deducirse del arte. U na significación especial ha alcanzado la llamada concep­ ción económica de la Historia, según la cual la economía y la técnica son la base de toda cultura, es decir, la subestructura so­ bre la cual reposan todos los demás factores que vienen a for­ mar la superestructura, como son, en especial, el derecho y el estado, la moral y el arte. Esta doctrina, cuya creación se atri­ buye a Karl Marx, ha ejercido sin duda una gran influencia. Pero se la considera hoy como exageración de una idea, acer­ tada dentro de ciertos límites. De seguro es imposible querer deducir la cultura particular de la Edad Media, o la de los estados del Islám, de la subestructura económica. En cambio, muy bien podemos suponer que la religión fué en ellas el factor decisivo. Por otra parte, Weber ha demostrado que la influen­ cia de la religión calvinista ha hecho progresar considerable­ mente al capitalismo moderno. Hemos de pensar, al menos, que


OBSERVACIONES G EN ER ALES

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existe en diferentes aspectos una influencia recíproca entre la situación económica y los demás factores culturales. Volveremos ahora al segundo problema o sea al de saber cuá­ les son los tipos y fases que podemos distinguir en la cultura; aunque la teoría faseológica pertenece sobre todo al terreno de la dinámica social, y la hemos tratado por tanto en el capítulo precedente, al referirnos de un modo particular a las teorías de los ciclos culturales y del progreso. Existe, sin embargo, un te­ rreno común a la teoría de los tipos y a la de las distintas fases de cultura, ya que aquellos representan, al mismo tiempo, fa­ ses de su evolución, como por ejemplo, la constitución económica agrícola, la artesana y la capitalista. Pero esta relación no es en absoluto necesaria; el tipo de la cultura china o la del Islám nada tiene que ver con una ley de evolución. Además, el térmi­ no tipo cultural es de significación ambigua, ya que para esta­ blecer la distinción pueden emplearse los más diversos puntos de vista. Con frecuencia se ha comparado la cultura con el in­ dividuo, sobre todo con los diferentes grados de edad, diciendo: infancia, adolescencia, madurez y vejez de una cultura. O bien, se ha hecho una distinción según las fuerzas psíquicas del hom­ bre; se ha distinguido entre culturas de razón, de sentimiento y de voluntad. Es igualmente conocida la distinción entre el hombre activo y el contemplativo que se ha extendido a épocas y pueblos enteros. Mas junto al empleo de caracteres e individuos para hacer resaltar los diferentes tipos de cultura, existen otros puntos de vista. La influencia del ambiente geográfico sobre la vida social ha servido para establecer algunos; se ha hablado de pueblos de desierto, de estepa, de montaña, así como de pueblos marineros, atribuyendo a cada uno de ellos culturas particulares. Asimismo se han hecho clasificaciones que se inspiran en los grupos domi­ nantes en la sociedad, como al decir cultura caballeresca, sacer­ dotal, monacal y cortesana. Todavía es muy corriente el hacer una diferenciación en la cultura según los períodos de la Histo­ ria Universal, o sea hablar de una cultura de la Antigüedad, de la Edad Media, del Renacimiento y del Siglo de las Luces.


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Fué, entre los sociólogos, Augusto Comte el primero que trató tic establecer dos tipos fundamentales, o sea el de la cultura or­ gánica y armoniosa, como la que representa la Edad Media; y & el tipo de inorgánica' y dividida, como es la de la última época de la Antigüedad y la presente. De Spencer proviene la distin­ ción entre el tipo militar y el tipo industrial de la cultura. Por otra parte, Tónnies trató también de presentar sus dos formas fundamentales de la vida social, comunidad y asociación, como tipos de cultura. Con frecuencia se emplean analogías derivadas del mundo orgánico para caracterizar la cultura; así, por ejemplo, se dice "florecer” y "marchitarse” una cultura; algunas veces incluso se ha querido establecer la hipótesis de que la cultura posee un alma independiente, como hizo Spengler en La decadencia de occidente. Según él no existe transmisión de una cultura a otra, ya que las culturas han de considerarse como individualidades. El conocido prehistoriador Fróbenius ve en la cultura una enti­ dad viviente superior, que vive de igual modo que los hombres, siguiendo su propia ley de desarrollo. Las teorías de ambos auto­ res suponen sin duda una grandiosa visión de la evolución cul­ tural, aunque ambas están apoyadas, en cierto modo, en una base metafísica. La Sociología, ciencia positiva de las agrupa­ ciones humanas, no ha de tomar posición en lo que se refiere a este problema. U n estudio reciente y profundo sobre el tema es el de Spranger, titulado Probleme der Kulturmorphologie (Problemas de la morfología de la cultura), 1936. En esta obra se expone de un modo particularmente instructivo el tema de los contactos recíprocos entre las diferentes culturas. Spranger distingue: 1. El contacto cultural, establecido en el mismo terri­ torio por inmigración o colonización. 2. El contacto cultural por acción a distancia, como en el caso de la europeización de la cul­ tura que han sufrido casi todos los países del globo. 3. U na transmisión de la cultura desde el pasado, realizada en los lla­ mados "renacimientos” . Antes de Spranger, Alfredo Weber trató de desarrollar una sociología de la cultura original, primero en algunos tratados


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breves, pero después en su gran obra: Kulturgeschichte ais Kultursoziologie (Historia de la cultura como sociología de la cul­ tura), 1935. Weber distingue tres procesos históricos que trans­ curren de un modo paralelo: el proceso social propiamente di­ cho, en el que llegan a expresarse los diferentes tipos sociales; el proceso de civilización, determinado por la evolución del cos­ mos intelectual, y que parece, por lo tanto, transmisible; y, en fin, el proceso cultural, encerrado en una determinada situación histórica intransmisible. H a de añadirse en cuanto a este último que no existe una evolución continua, sino que siempre se ob­ serva una creación nueva, lo cual resulta evidente en lo que se refiere a la religión, el arte y la filosofía.

2. Sociología del lenguaje y del conocimiento En las obras de los pensadores griegos vemos ya alusiones a la importancia social del lenguaje. Aristóteles, en uno de los primeros capítulos de su Política, señala que su uso diferencia fundamentalmente al hombre del animal. Este sólo puede pro­ ducir sonidos que son expresiones de alegría o de dolor, mien­ tras que el hombre, gracias al idioma, es capaz de elevarse a concepciones generales, y, sobre todo, a establecer la distinción entre derecho e injusticia. Debido a esta cualidad específica ha sido posible el desarrollo de un orden social y, sobre todo, la creación de un estado. Platón se ocupó antes que él del origen del lenguaje, aunque más bien de un modo crítico que cons­ tructivo, tratando de las opiniones de los sofistas sobre este pro­ blema. Entre las teorías que Platón menciona sobre el origen del lenguaje están: la de la imitación de la naturaleza, la de que fué inventado por hombres determinados y, por último, la de que el idioma fué creado por un convenio sobre el uso de los términos. Por otra parte, hemos de advertir que no se ha encontrado aún para este problema una solución definitiva. La sociología del lenguaje, eliminando los problemas pura­ mente filológicos, debe tratar de los siguientes problemas prin-


SOCIOLOGÍA DE LA CULTURA

opales: ¿Cuál es la influencia que las agrupaciones humanas han ejercido sobre la evolución y formación del lenguaje? ¿ Y cuál, por otra parte, la influencia que el lenguaje ha ejercido sobre las relaciones interhumanas y los grupos? En primer lugar, he­ mos de señalar la relación entre padres e hijos, dentro de la cual tiene lugar el aprendizaje del lenguaje por la nueva generación. A l aprender la lengua materna el niño adquiere no sólo la po­ sibilidad de comprender y hacerse entender, sino también, y al mismo tiempo, todo el mundo de ideas del grupo a que pertene­ ce, participando por tanto del gran tesoro que supone el idio­ ma, del que puede disponer en su vida y en su profesión. Apren­ der la lengua materna significa, pues, participar de la tradición espiritual de un pueblo. La escuela y la influencia que la vida pública ejerce en el individuo prolongan la participación en la ri­ queza lingüística. Mas si es cierto que el lenguaje parece ser la forma de comunicación más importante entre los hombres, tam­ bién lo es que sirve como medio de entendimiento en la formamación de nuevos grupos, los cuales, a su vez, ejercen cierta influencia sobre la creación de particularidades del idioma, co­ mo se manifiesta en los estamentos y profesiones. Sobre el ori­ gen de los dialectos y modismos hemos de decir que son, en pri­ mer lugar, consecuencia de condiciones geográficas; aunque no deje de ser importante el papel que desempeña la comunidad social. La diferencia esencial que existe entre los idiomas no resi­ de tan sólo en el aspecto fonético sino también en su contenido, como señaló Humboldt. Este advirtió que el estudio compara­ tivo de los lenguajes ofrece un medio para estudiar las dife­ rentes ideas de los distintos pueblos, razón por la cual la tra­ ducción de una obra jamás puede ofrecer el contenido cabal del original. Merece citarse un libro, cuyo autor es W . Luther y que lleva por título: W ahrheit und Lüge im alten Griechentum (Verdad y mentira en la antigua Grecia), 1935, en donde se explica el modo, distinto al nuestro, que tenían los antiguos he­ lenos de concebir estos dos hechos.


I I NGUAJE

Y

C O N OCIM IEN TO

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Además, el lenguaje se relaciona de manera peculiar con otros factores de la cultura, por ejemplo, con la educación. Hemos de señalar también su relación con la religión, que se manifiesta originariamente en las fórmulas mágicas y después en los rezos y cantos religiosos. M uy importante nos parece el lenguaje co­ mo base de una forma determinada del arte: la literatura. E incluso existen relaciones entre el lenguaje y el orden jurídico, en la medida en que el elemento del lenguaje forma la base de los refranes jurídicos y posteriormente de las leyes. Pero más importante es sin duda la relación, de la que hablaremos en se­ guida, entre idioma y conocimiento o saber. Antes hemos de hacer algunas observaciones sobre los libros que se ocupan de la sociología del lenguaje. De este problema han tratado en Alemania, entre los lingüistas, sobre todo Vosler y Weisgerber; en Francia A . Meillet y Raoul de la Grasserie; en Inglaterra Jespersen. Este quiso demostrar que todos los fe­ nómenos lingüísticos dependen de las condiciones sociales. En­ tre los sociólogos propiamente dichos, han sido Durkheim y los de su escuela quienes han destacado la importancia del factor compulsivo en la formación del lenguaje; ya que, según ellos, el idioma se enfrenta a los hombres como una fuerza impositiva. La escuela de Durkheim ve en este hecho una prueba de la ver­ dad de su concepción fundamental, según la cual los hechos so­ ciales deben considerarse como realidades que existen fuera de los individuos. Para Tarde, en cambio, el idioma es el terreno en que se manifiestan los dos fenómenos elementales de la socie­ dad, la invención y la imitación. Frente a esta doctrina indivi­ dualista, O. Spann acentúa, desde el punto de vista de su so­ ciología universalista, el carácter de totalidad del idioma, tanto en lo que se refiere a las personas como a la riqueza de formas y pensamientos de que participan los individuos. Volviendo ahora la mirada hacia la sociología del conoci­ miento, resulta evidente su relación con el lenguaje. El espíritu humano crea, gracias a éste, un mundo de formas espirituales; la capacidad de lenguaje y la del conocimiento intelectual coin­ ciden. La forma externa y el contenido intelectual están ligados


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SOCIOLOGÍA DLL LA CU LTU R A

indisolublemente. La evolución intelectual del niño así lo de­ muestra, ya que en él coincide el nacimiento de conceptos gene­ rales con el aprendizaje del idioma. La palabra es símbolo de la idea; el pensar se adhiere al lenguaje. En el hecho de que las mismas cosas se nombren con las mismas palabras quedan resu­ midas las características comunes de esas cosas; la palabra les da en cierto modo cuerpo, naciendo así el concepto del lenguaje vulgar como condición necesaria para el entendimiento práctico y el pensamiento científico. Del tesoro lingüístico de una nación se puede extraer la su­ ma de experiencias que ha tenido ese pueblo hasta una fecha determinada, así como también el modo de asimilarlas. Y ahí reside la tarea de la sociología del lenguaje. Ahora bien, se plantea la cuestión de saber si las catego­ rías generales del pensamiento, pese a las diferencias de idioma, son las mismas en todos los tiempos y en todos los pueblos, o si, aquí también, las bases sociales son origen de diferencias. Hasta hace poco la admisión de la primera opinión, o sea la teo­ ría de la aprioridad de la razón apoyada en la filosofía de Kant, era general, oponiéndose a ella Durkheim, el primero en afir­ mar que hemos de considerar esas categorías del pensamiento como producto de la sociedad, y que éstas, por tanto, no han existido originariamente. Esto sería válido sobre todo por lo que respecta a los conceptos de espacio, tiempo, especie y géne­ ro. El discípulo de Durkheim, Lévy-Bruhl, trató de demostrar en varios libros que, en la psicología de los pueblos primitivos, no rige ni la ley de causalidad ni la de contradicción; y que esa psicología tiene por tanto un carácter prelógico. Mas esta opi­ nión fué discutida. Su comprobación hemos de dejarla a la cien­ cia etnológica. Basándose en las anteriormente citadas, el filósofo vienes Jerusalem expuso la teoría de que el hombre primitivo estaba dominado por representaciones colectivas. Según él, el individuo se siente miembro de la tribu por esencia y adopta las opiniones de esta sin pensar de un modo independiente. Sólo merced a la diferenciación que se produce con la división social del trabajo,


L E N G U A JE Y CONOCIMIENTO

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va desarrollándose en los individuos la facultad de percepción y juicio propios. Pero siempre el espíritu de los individuos depende de su ambiente social. Bajo la dirección del filósofo alemán Max Scheler se des­ arrolló después lo que en esa teoría apenas se halla bosquejado, dando lugar a una sociología especial, la sociología del saber. Scheler tiende a descubrir determinadas leyes referentes a la relación que existe entre el mundo de las ideas y las condiciones reales de la vida social. Su empeño se dirigía principalmente ha­ cia el terreno del saber religioso, metafísico y técnico. Debido a tina sugestión suya, apareció en 1924 la obra colectiva Versuch zu einer Soziologie des Wissens (Ensayo de una sociología del saber), la cual, aunque carezca de una construcción sistemáti­ ca, ofrece, sin embargo, valiosas contribuciones para el estudio de este tema. En ella se trata de la condición social del pensa­ miento en general, de las formas de transmisión del saber, de la unidad de estilo entre la cultura espiritual y la economía, de la relación de algunas escuelas filosóficas con la comunidad so­ cial y de las bases sociales de la mística. E incluso encontramos un estudio sociológico de las modernas escuelas creadas en tor­ no a Stefan George, Rudolf Steiner y Siegmund Freud. En la sociología del saber se suele incluir también la teoría de las ideologías, formulada por vez primera por Karl Marx, según la cual el conocimiento humano está ligado a la existencia material; y la actitud intelectual depende de la condición social del grupo a que pertenece el individuo. Bajo la apariencia de una verdad objetiva están ocultos tan sólo intereses subjetivos, cuyo desenmascaramiento se ha de realizar. Esta teoría de las ideologías, o sea la llamada teoría de la conciencia falsa, es una consecuencia de la concepción materialista de la Histo­ ria, a la que se ha aludido en otro lugar. Observaremos ahora lo siguiente: Si se admite como absolutamente válida la teoría de que el conocimiento depende de las condiciones de la exis­ tencia, y que en consecuencia no contiene ninguna verdad obje­ tiva, dicha proposición podría aplicarse también en contra del proletariado. Si somos consecuentes, tendremos que declarar que 16


SOCIOLOGÍA DE LA CU LTU R A

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esta teoría tiene una raíz igual en las condiciones de existencia del proletariado y es, por tanto, también una falsa conciencia. Frente a una tal relatividad en lo que afecta al conocimiento, se han hecho varias tentativas para restringir esencialmente la teo­ ría de la ideología, destacando su verdadero valor. Hemos de señalar, entre los libros que han realizado este intento, los de Karl Mannheim; y entre ellos, muy especialmente, su Ideologie und U topie (Ideología y utopía) .* Recuérdese asimismo que el eminente sociólogo italiano Pa­ reto describió ya ese fenómeno que hoy designamos con el nom­ bre de ideología. Pareto habla de "derivaciones” , calificando así esa falsa conciencia que encubre los verdaderos intereses y ten­ dencias con diversos nombres que expresan una ideología, como libertad, igualdad y justicia. Esta doctrina no se relaciona, sin embargo, con el marxismo, pues ya es sabido que Pareto lo re­ chazaba enérgicamente. Nuestra opinión es que en Alemania se ha sobrestimado en mucho el valor de la teoría de las ideologías. Podrá representar un arma excelente en la lucha económica y política, pero es más discutible su valor estrictamente científico. Sería de desear que la sociología del conocimiento se encaminase en el futuro hacia la resolución de otros problemas, tales como los que, programáticamente, se encuentran señalados por Max Scheler. t

3. Sociología de la religión A primera vista parece que la religión pertenece por com­ pleto a la conciencia del individuo y que, en consecuencia, no guarda relación alguna con los grupos sociales; pero esta supo­ sición es errónea. Por el contrario, entre la religión y la sociedad hay una importante influencia recíproca. Una ojeada sobre la historia de la humanidad demuestra, por una parte, que los grupos sociales influyeron sobre la religión, sobre todo en el ori­ gen de ésta. Familia, clan, tribu y estirpes imprimen un carácter * Publicada en español por Fondo de Cultura Económica.


I A RELIGIÓN

i Npccial a los conceptos religiosos; carácter, además, distinto se>MÍn se trate de un pueblo de pastores, de nómadas o de agri­ cultores. También el desarrollo de las ciudades, así como el tráI ico mercantil y marítimo, producen diferencias religiosas. La religión ejerce, por otra parte, una considerable influencia sobre la estructura social, creándose estamentos particulares como el sacerdotal, o peculiares constituciones del estado como la teo­ crática. Es importante además su influencia sobre la creación de normas sociales, ya que, primitivamente, el derecho emana­ ba de los mandamientos de dios o de los sacerdotes. Incluso hoy día existe un derecho canónico especial junto al orden legal que emana del estado. La iglesia llega a representar una particular colectividad social, cuyo mayor desarrollo observamos en la igle­ sia católica, cuya jerarquía es un modelo de cómo se expresan los principios de autoridad y jefatura. En otras confesiones y .cctas cristianas es general que la organización se limite a la de la comunidad de los fieles, sin llegar a una concentración del poder eclesiástico en una figura suprema. La iglesia ortodoxa, por su parte, ha dado lugar a un fenómeno distinto: el cesaropapismo de Bizancio y de la Rusia zarista. Más débil es el desarrollo de la estructura social en el budismo, por su carácter indivi­ dualista. Si el dogma religioso es algo que incumbe tan sólo a la Teología, el culto, en cambio, presenta relaciones especiales con la Sociología, ya que los servicios divinos representan acciones colectivas, siendo incluso quizá la forma más antigua de la ac­ tuación colectiva de ciertos grupos como la familia, el clan y la tribu. Son ellos, no ya el individuo aislado, los que se encuen­ tran en relación inmediata con el dios único o vario. Desde el punto de vista sociológico no tiene importancia la cuestión de sa­ ber si fué el monoteísmo el punto de partida de la idea de Dios, como pretende Guillermo Schmidt, o si fué el politeísmo, como afirman las escuelas francesa e inglesa del positivismo. Sea como fuere, los actos culturales, tales el sacrificio y los re­ zos, están destinados como servicios divinos a la totalidad so­ cial, aunque no se participe en ellos. Incluso el nacimiento de


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«na capa particular de sacerdotes dotada de una función repre­ sentativa no suprime la participación de la comunidad religio­ sa, que aparece en primer plano en la celebración de las fiestas religiosas. Una posición única ocupa el que pasa por ser fundador de una religión. El es el verdadero creador de la comunidad reli­ giosa, la cual, o bien se limita luego a determinado pueblo, o se extiende por la humanidad entera. Junto al fundador se en­ cuentran los discípulos, cuya tarea es ayudar en la continuación de la obra emprendida. Una posición particular tienen también los hombres que llamamos profetas, pues se encuentran a veces en oposición a la casta sacerdotal dominante, y su actuación es admonitoria y de reforma. Menos importante es el papel de las pitonisas y augures, como intérpretes de la voluntad divina en las religiones griega o romana. Una comunidad peculiar den­ tro de la iglesia católica y la religión budista es la de las órdenes monásticas. En ella vemos una relación religiosa entrañable por el hecho de que sus miembros, abandonando los círculos mun­ danos, forman una comunidad particular, verdadera, consagra­ da sobre todo al culto divino. Por lo demás, las órdenes religio­ sas católicas, al transcurrir el tiempo han adquirido caracteres diferentes. Las órdenes caballerescas de la Edad Media, aunque religiosas, poseen también caracteres de comunidades políticas. Otras, como por ejemplo, la de los benedictinos, están, en cam­ bio, estrechamente ligadas a la economía, ya que el convento apa­ rece casi siempre unido a un fundo; existe en la organización de tila cierta autonomía, que se manifiesta en la libre elección que se hace del prior, así como en la existencia de un capítulo de la orden. La de los jesuítas, en cambio, posee una centralización rigurosa; fué fundada como organización de combate para lu­ char contra la Reforma. La actitud religiosa que llamamos mística ofrece pocos as­ pectos sociológicos de interés, pues el factor individual intervie­ ne en ella en primer lugar. La mística supone la entrega de la propia individualidad a un ser divino; es la tendencia a la unión con éste. Pero también los grupos sociales pueden ser partícipes


I A KKLIGIÓN

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<it una experiencia mística, como vemos en el caso de los grupos - i líeos, pitagóricos y neoplatónicos. En la celebración de los misir ríos de Eleusis tenía lugar la admisión solemne de un indivi­ duo al grupo. Ciertas sectas del cristianismo tienen tendencias místicas; y algunas lograron importancia en la vida política, co­ mo, por ejemplo, la de los anabaptistas. Un capítulo importante de la sociología de la religión es el referente a la relación entre la iglesia y el estado, que, como es sabido, ha variado en el transcurso de la Historia. La forma teo­ crática del estado es el dominio político de la clase sacerdotal, o sea el dominio de los sacerdotes de más alta jerarquía. En cam­ bio, el culto era una función del estado en la Antigüedad clási­ ca. En la Edad Media abundan los ejemplos de lucha entre los Papas y los emperadores seculares. La época moderna da lugar a diferentes aspectos de este problema, sobre todo a causa de la completa separación existente entre la iglesia y el estado. U n es­ tudio más amplio sobre este tema se encuentra en la obra de M. Weber W irtschaft und Gesellschaft (op. cit.) , en el capítulo titulado Staat und Hierokratie (p. 779 s s .). La relación entre religión y economía ha sido también tema frecuente de estudio, sobre todo en manos de Max Weber en sus famosos Gesammelte A ufsdtze zur Religionssoziologie (En­ sayos sobre la sociología de la religión), 1920. Weber afirma que la ética de la economía es resultado de la religión; y que rl capitalismo moderno se halla en estrecha relación con la doc­ trina calvinista de la predestinación, ya que el éxito en la vida económica ha de interpretarse como un signo de erección divina. J. B. Kraus, en su libro Puritanismo y capitalismo (1930), com­ batió esa teoría, tratando de demostrar que no es tanto, como afirma Weber, que la religión protestante haya creado la men­ talidad económica, como que las potencias económicas acepta­ ron la doctrina protestante como una forma de religión favora­ ble a sus intereses. Sin embargo, los libros de Weber son lo más importante que se ha escrito sobre sociología de la religión. En su obra Economía y sociedad dedicó un capítulo especial a este tema, en el que trata de los puntos siguientes: Origen de la


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religión; magos y sacerdotes; totemismo y tabú; ética mágica y ética religiosa; el profeta; el saber sagrado; la cura del alma; los estamentos y las clases en relación con la religión; la reden­ ción y la resurrección. Weber dedicó otro capítulo especial a esa forma de estado que él llama Hierocracia (Hierokratie). Entre la literatura alemana sobre el tema merece señalarse, junto a las investigaciones fundamentales de Weber, el libro de Simmel, pequeño y muy agudo: La religión. Para Simmel exis­ te una notable analogía entre la actitud del hombre hacia dios y su actitud con respecto a la sociedad. La fe es una actitud fundamental del alma que según su esencia es de carácter so­ ciológico, constituye uno de los vínculos más firmes, que man­ tienen unida a la sociedad. La relación de obediencia se ba­ sa, frecuentemente, tan sólo sobre la creencia en el poderío, mérito y bondad de la divinidad. U n segundo concepto en don­ de lo religioso y lo social revelan una cierta igualdad formal es el de unidad. De aquí que todo grupo haya aparecido bien pron­ to como una comunidad de culto bajo la protección de un dios o genio particular. En cierto modo el nombre de la unidad so­ ciológica es dios; en él se refleja la concordia que existe dentro del grupo. Dios venía a ser el patriarca del pueblo en los grupos primitivos. Por otra parte, la organización del grupo se refleja también en el mundo de los dioses. En Grecia y Roma, donde la aristocracia sustituyó pronto a la monarquía, existía incluso en la religión una constitución aristocrática; o sea una pluralidad de dioses de igual poder, con una jerarquía. En Asia, a la inver­ sa, donde la monarquía se mantuvo más tiempo, la religión ten­ día a desarrollar la concepción de un poder divino unitario. En Alemania se han ocupado algunos filósofos y teólogos de la sociología de la religión. Max Scheler, en su libro Ver su­ che zu einer Soziologie des Wissens (Ensayos para una sociolo­ gía del saber) trató sobre todo el aspecto histórico de este te­ ma. Scheler dice que en un principio existía una religión válida sólo para grupos cuyo lazo de unión era la sangre; luego surgió una religión personal, y que fué entonces cuando aparecieron los magos, fundadores de sectas y profetas, siendo el mago tan


I A HIÍLIGIÓN

nlo un técnico, dotado de medios sobrenaturales. Más tarde la i< lición se relaciona con los grupos políticos; el patriarca que posee el dominio político es, al mismo tiempo, una autoridad i» ligiosa. Scheler afirma que no fueron ei culto a los antepasa­ dos y el animismo las formas primeras de la religión, sino que r .ta tuvo su origen en un supuesto pacto de algunos elegidos ron los poderes sobrenaturales, cuya relación probaba el mila­ gro. Y de este modo surge también la diferencia entre objetos •..igrados y objetos profanos. Durante la evolución posterior del Occidente vemos la preponderancia que adquieren las religiones reveladas frente a las religiones de auto-redención, dominantes rn Asia. Entre los teólogos que se han ocupado de la sociología •!<• la religión hemos de citar primeramente a Tvoltzsch, por su libra sobre las doctrinas sociales de la iglesia cristiana. Joachim Wach ha publicado una Introducción a la sociología de la reli­ gión, 1930. Los sociólogos franceses, como Durkheim y Lévy-Bruhl, estu­ diaron más que nada las formas elementales de la vida religiosa. Y a antes el historiador Fustel de Coulanges en su famoso libro l a cité antique demostró la importancia decisiva que tiene la religión en toda la vida política y social. Entre los autores anglo­ sajones merece ser señalado William James por su obra Psico­ logía de la religión. En esta obra investiga el autor las diferen­ tes fuentes de las cuales nace la conciencia religiosa, que son: el temor; el sentimiento de inferioridad; la esperanza de ayuda en las desgracias y miserias; y, no ciertamente en último lugar, el sentimiento de unión con los correligionarios. B. Kidd, en su obra sobre la evolución social, ha señalado la importancia deci* siva de la religión. El sociólogo Ch. Ellwood es partidario de una regeneración religiosa para solucionar los trastornos de la época actual; mas de este modo abandona dicho autor el terreno ile la ciencia objetiva, ya que las consideraciones éticas o nor­ mativas no pertenecen a la sociología de la religión. Señalaremos, en fin, la relación que existe entre la concep­ ción del estado y el mundo de las ideas religiosas. Algunas sec­ tas protestantes, como las que combatieron el sacerdocio, mani-


SOCIOLOGÍA DE LA CU LTU RA

fcstaron una tendencia democrática. Spinoza se movió en Ho­ landa durante varios años, en los medios de una secta de este tipo, la de los Kollegianten, declarándose luego, en una de sus primeras obras, en el Tratado teológico-político, decidido parti­ dario de la democracia. De este punto nos hemos ocupado dete­ nidamente en nuestro escrito Spinoza und die Kollegianten (Spi­ noza y los K ollegianten) , publicado en el A rch iv fiir Geschichte der Philosophie (Archivo de Historia de la Filosofía), t. xv.

4. Sociología de la economía y de la técnica Apenas existe un terreno de la cultura humana que tenga relaciones más estrechas con la estructura social que la economía. No es imaginable la creación y distribución de bienes destina­ dos a la existencia material sin suponer relaciones y formaciones interhumanas. Estos fenómenos sociales han tenido siempre in­ fluencia sobre la estructura económica y, a la inversa, ésta ha ejercido siempre una influencia considerable sobre la organiza­ ción de la sociedad. Y a los pensadores griegos habían advertido esta relación. Platón, en el segundo libro de su República, con­ sideró la división del trabajo como base de la formación del es­ tado, división del trabajo que para él no es tan sólo un proceso económico-técnico, sino causa del desarrollo de las profesiones y de las clases. Se ha afirmado por lo tanto, y no sin motivo, que Platón había estudiado este fenómeno social de un modo más profundo que Adam Smith. El mismo Platón, en Las leyes, don­ de describe la historia de la evolución del estado, señaló las ba­ ses económicas de ella: la vida de los pastores, agricultores, los artesanos y los mercaderes. Más importantes son aún las consideraciones que sobre la so­ ciología de la economía hace Aristóteles. El primer libro de su Política contiene, como es sabido, los principios de una teo­ ría de la economía en la que distingue las dos bases psicoló­ gicas de la conducta humana: la tendencia a satisfacer la nece­ sidad de bienes y la tendencia al lucro. Es también importante


I CONOMÍA Y TÉCNICA

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el hecho de que Aristóteles describa muy explícitamente la lla­ mada economía del oikos distinguiéndola de la posterior econo­ mía urbana de mercado. Entra asimismo en el terreno de una sociología de la economía su exposición de las bases económicas de las diferentes constituciones del estado, así como de las cau­ sas económicas de las revoluciones. La evolución moderna de la Economía Política, desde Adam Smith, ha dado lugar a que progrese considerablemente la so­ ciología de la economía, ya que a Smith mismo ha de tenérsele, en cierto modo, entre los fundadores de la Sociología actual. Pero las mayores influencias provienen sin duda de Karl Marx, quien, como se sabe, trató de reducir toda la estructura social a las condiciones de la producción. Según él, la Sociología no es más que una rama de la Economía Política. No hemos de insis­ tir sobre la justificación, que ya hemos discutido muchas veces, de esta teoría. Señalaremos, en cambio, que en la actualidad al­ gunos economistas afirman, por el contrario, que la Economía Política no es sino una parte de la Sociología; es decir, que se han de deducir las condiciones económicas de la organización so­ cial. La evolución creciente del estado parece darles la razón, ya que ha logrado influir de manera decisiva sobre la economía na­ cional. Al considerar los diferentes temas de la sociología de la eco­ nomía hemos de destacar las relaciones interhumanas cuyos fi­ nes son económicos y entre ellas, la especial que existe entre ven­ dedor y comprador, entre el que encarga un trabajo y el que lo realiza, y la actividad común de algunos hombres con objeto de lograr fines económicos. Esta actividad común puede tener un carácter pasajero o dar lugar a una unión duradera. En el último caso se crean asociaciones económicas particulares, cuyo ejemplo principal es la empresa. En ésta, por otra parte, existen diferentes procesos sociales; una relación de subordinación y mando, una organización horizontal y otra vertical. La investi­ gación sobre estos fenómenos es tan importante en la econo­ mía nacional moderna, que se ha transformado en una sociolo­ gía particular de las empresas. En éstas vemos una formación


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económica particular cuya estructura ha sido objeto de estudio: directores técnicos, directores comerciales, los diferentes emplea­ dos, obreros calificados y no calificados— representan un orga­ nismo que muestra una estructura diferente a la de las demás formas sociales. Pertenece a la sociología de la economía esa forma de estructura que llamamos clase. De ella hemos tratado en el capítulo vi, 8. Las formas históricas de la economía, de las que también hemos hablado en el capítulo referente a la dinámica social, constituyen, al mismo tiempo, una historia de la estructura so­ cial. La ciencia etnológica trató de determinar las condiciones económicas primitivas y estudiarlas en relación con las institu­ ciones sociales primeras. Se ha relacionado sobre todo a los pue­ blos pastores con el predominio del varón en la sociedad (socie­ dad patriarcal) y la aparición del cultivo de la tierra, que in­ cumbía primeramente a las mujeres, con el sistema del matriar­ cado. El totemismo como agrupación social, tiene, según se ha demostrado, fundamentos económicos. La importancia que para la vida económica tuvo el desarrollo del avecindamiento en las ciudades, no necesita ser encomiada. Es sabida además la impor­ tancia que el sistema feudal y patrimonial de la Edad Media tuvo en el desarrollo de la economía. El capitalismo moderno, por su parte, tiene asimismo sus bases sociológicas, cosa que re­ sulta evidente leyendo la obra maestra de Werner Sombart. Se ha relacionado a veces con la Sociología la llamada polí­ tica económica, sin que pueda ser admisible desde un punto de vista teórico, ya que la política social no se propone describir y explicar, sino reformar las condiciones de la sociedad, estudian­ do los medios apropiados para este fin. La política económica es, sin duda, una disciplina útil, incluso indispensable, pero no es Sociología; aunque, por otra parte, en la medida que la Socio­ logía describe las condiciones sociales, puede servir de base para reformas. La literatura sociológica norteamericana revela una unión muy estrecha entre estas dos ciencias; mas nosotros hemos de separarlas en principio. Esta separación, por desgracia, ha si­


ECONOMÍA Y TÉCNICA

do olvidada muchas veces, como la historia de la Sociología lo confirma. En cuanto a la literatura sobre la sociología de la economía propiamente dicha, hemos de señalar, en primer lugar, la obra ya citada de Max Weber: Econom ía y sociedad, en la que se exponen primero las categorías sociológicas fundamentales de la vida económica; luego se estudian los tipos de comunidad y "asociación” , en lo que se refiere a la vida económica, describien­ do el autor detalladamente la comunidad doméstica, la llamada economía del oikos. El famoso capítulo sobre la sociología de la ciudad (pp. 513-600), contiene una importante investiga­ ción sobre las consecuencias económicas a que ésta da lugar; y también la descripción de la constitución del estado medieval (feudalismo y patrimonialismo) da a Weber ocasión para es­ clarecer las bases económicas de este sistema. Mas en la obra de Weber no se dedica un capítulo especial al capitalismo moder­ no. Para el estudio de este punto hemos de acudir a Werner Sombart, que trata el tema de un modo extremadamente claro en su libro Nationalokonomie und Soziologie (Economía polí­ tica y sociología), 1930. Otra obra de Sombart, muy conocida, D ie drei Nationalokonomie (Las tres economías políticas), ofre­ ce valiosas informaciones sobre la sociología de la economía. No podemos dejar de mencionar que un fenómeno, aparecido primeramente en el terreno de la economía, la competencia, ha sido objeto de conferencias y discusiones, en su carácter socioló­ gico general, en el V I Congreso Alemán de Sociología (1929. (V id . el capítulo vi, 2.) La relación de la economía con los demás factores cultura­ les constituye un importante objeto de investigación. Y a hace tiempo se estableció una relación entre la economía y el orden jurídico, así como con la constitución del estado; pero la rela­ ción de la economía con los factores espirituales como la reli­ gión, el arte y la ciencia, se ha investigado tan sólo en estos úl­ timos años y, eso, sólo en parte. Max Scheler trabajó en este sentido, ya que trató de relacionar, aunque sólo fuese de un modo aforístico, la constitución económica con la religión, me-


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t;j física y filosofía. Hemos de mencionar el ensayo de P. Honigheim: Stileinheiten zwischen W irtschaft und geistiger Kultur (Unidades de estilo entre economía y cultura espiritual, publi­ cado en la obra colectiva: Ver suche zu einer Soziologie des Wissens (ob. cit.). También la etnología se ocupó de este te­ ma, ya que tomó en consideración el elemento económico al des­ cribir la primitiva cultura mágica. La técnica, cuyo objeto es el dominio de la naturaleza, no es, en principio, un fenómeno sociológico. La técnica supone un procedimiento de convertir las materias y fuerzas de la natura­ leza en elementos apropiados para proporcionar al hombre ali­ mentos, vestidos, moradas, etc., pero también para evitar que los peligros que amenazan a la sociedad de parte de la natura­ leza o de hombres enemigos. Por muy importante que sea todo esto, no bastaría, sin embargo, para poder hablar, fundadamen­ te, de una sociología de la técnica. Pero estos hechos ofrecen una posibilidad de desarrollo para la economía, y por esta causa la técnica se ha convertido indirectamente en un factor de la vida social. La historia de la economía demuestra que los im­ portantes inventos técnicos han provocado grandes transforma­ ciones en la estructura económica. El capitalismo moderno es­ tá ligado íntimamente a la época del maqumismo. Podemos, pues, incluir la técnica como parte de la sociología de la cul­ tura. La técnica es uno de esos pocos fenómenos a partir de los cuales resulta indiscutible la idea del progreso continuo de la humanidad. Pero dejaremos sin decidir si las grandiosas con­ quistas de la técnica moderna bastarán o no para justificar la idea del progreso en general, con todas sus consecuencias.

5. Sociología de la moral Se puede hablar de una sociología de la moral sólo cuando describe representaciones morales vigentes. El objeto de esta in­ vestigación es el origen y la transformación de los ideales éti­ cos; la influencia de los grupos sociales en cuanto al efecto de estos ideales; una comparación entre los diferentes conceptos


I A MORAL

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morales surgidos en los distintos pueblos en el transcurso del tiempo; y, deducido de ésta, el establecimiento de tipos. Esta ciencia, que suele llamarse también moral descriptiva, constitu­ ye en efecto una parte de la Sociología. Westermarck ha escrito una obra sobre la Historia de los conceptos morales; también el libro de Lévy-Bruhl sobre La moral y la ciencia de las costum­ bres, pertenece a este tipo de investigación de la ética normativa, es decir, de la doctrina. Pero debe distinguírselas cuidadosa­ mente de los deberes del hombre y del supremo bien a que éste ha de tender. La teoría sobre la validez de las normas mo­ rales pertenece también a la ética en sentido estricto. Forma, así, parte de la filosofía o aun de la Teología cuando se trata, por ejemplo, de la ética cristiana. Mas por muy grande que sea su significación no hemos de tomarla en cuenta en la Sociología, ya que esta ciencia, como hemos repetido muchas veces, no ha de establecer ideales o hacer valoraciones. Por desgracia los so­ ciólogos no siempre se han atenido a esta limitación, como lo demuestra la historia de la Sociología. No se puede prohibir, claro es, a ningún sociólogo trazar un sistema ético, mas es ne­ cesaria en este caso una separación neta de la Sociología. No es admisible establecer una doctrina moral, tal vez muy valiosa en sí, como pretendida consecuencia de una investigación socioló­ gica. Vamos a aclarar con algunos ejemplos en qué consiste es­ ta grave equivocación. La tentativa de fundar una ética sociológica ha sido hecha por el investigador que suele ser considerado como el creador de la Sociología moderna. Comte ve la esencia de la sociedad humana en una unión orgánica que expresa la solidaridad, el consensus y la unidad. Para él tan sólo la comunidad posee una realidad verdadera; no el individuo, que ha de someterse incondicionalmente a la sociedad. El altruismo es la base de la moral. Comte traza, basándose en semejante ética sociológica, un sistema de reformas en el terreno ético y social, en el que manifiesta su universalismo. Completamente opuestas son las consecuencias que extrae de la descripción de la sociedad el se­ gundo gran fundador de la sociología moderna: Spencer, defen­


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sor decidido del individualismo. Él enseña también que la so­ ciedad es un organismo al cual pertenece el individuo, pero mien­ tras en el organismo biológico las diferentes partes 110 poseen vida propia, sino que sirven tan sólo al bien del todo, en el or­ ganismo social se observa que sólo los miembros poseen sensibi­ lidad y no el agregado. Y de esto resulta, según Spencer, que es preciso establecer como ideales el bien y la mayor libertad posible de los individuos. Cree poder deducir ese ideal de la ética animal: según él, es una ley biológica que el libre desarrollo de los individuos sirve al bien de la especie, pues de ese modo se conservan y procrean los individuos más capaces. La sociedad humana no puede hacer nada mejor que transformar esta ley de la naturaleza en una ley ética, y reconocer la libre compe­ tencia en todos los terrenos de la vida. Cualquier intervención del estado resulta perjudicial; éste ha de limitarse a la defensa contra los ataques que provienen del exterior. El sociólogo francés Durkheim ha tratado, en su conocido libro sobre la división del trabajo, de deducir consecuencias mo­ rales de este importante fenómeno social. La división del tra­ bajo, puramente mecánica al comienzo, se convierte más tarde en una división orgánica, de la que nace la solidaridad. Desarro­ llar ésta aun más es la tarea de la moral. También otro autor francés, Bourgeois, se ha ocupado de esta idea de la solidaridad. Observamos, dice, que el hombre recibe de la sociedad anterior, así como de la actual, todos los dones que sirven para su vida material y espiritual. N o ha adquirido él mismo estas ventajas económicas y culturales, y tiene, por tanto, la obligación moral de servir a la totalidad para pagar en cierto modo esa deuda. Bourgeois incluso utiliza un concepto jurídico, el "cuasi-contrato” , para justificar la obligación moral de los individuos hacia la sociedad. Entre los sociólogos alemanes fué sobre todo Dunkmann quien trató de justificar una ética sociológica. En su libro A n gewandte Soziologie (Sociología aplicada), trata de deducir de la vida social tres imperativos: Actúa de tal manera que no per­ judiques a la totalidad; que favorezcas positivamente las ten­


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dencias vitales del grupo; y que quede conservada la integridad tic tu persona. W . Jerusalem, en su Introducción a la sociología creyó poder deducir de ciertos conocimientos fundamentales re­ ferentes a la relación social, un sistema ético en cuyo centro se encuentra la idea de la dignidad humana, idea que no puede deducirse tampoco de una pura descripción de la vida real o de la historia de la humanidad. Estos ejemplos deben bastar para probar qué poco apropia­ da parece la Sociología para servir de fundamento a un sistema moral. La ética descriptiva, en cambio, da lugar a investigacio­ nes muy valiosas. Junto al libro de Westermack, ya citado, meíece ser elogiada la obra más antigua de L. Schmidt sobre La moral de los antiguos griegos. También los libros de W . Wundt, tanto los que se refieren a la ética como a la psicología de los pueblos, son valiosos desde el punto de vista de una moral des­ criptiva. Excelente es el artículo de Vierkandt sobre la moral, publicado en el Handworterbuch der Soziologie, en el que dis­ tingue entre la moral gentilicia y la individualista; el centro de Ja primera lo constituyen los grupos, y el de la segunda el indi­ viduo. Según él, es característica de la época presente la moral individualista. Mas ello puede ser puesto en duda si por el mo­ mento tenemos en cuenta las concepciones del mundo del fas­ cismo y nacional-socialismo. Como problemas particulares de una ética descriptiva hemos de mencionar aún: La relación efectiva de la moral con la religión, con el orden jurídico, con el arte y la política. De donde hemos de eliminar también cuidadosamen­ te todo cuanto se relacione con la idea del deber. 6. Sociología de las costumbres, de las formas de trato y de la moda.

Las diferentes costumbres de los pueblos fueron objeto de estudio en la antigua Grecia. Algunos sofistas se ocuparon de este tema, pero sus escritos no nos han sido transmitidos. La obra histórica de Herodoto en cambio, nos ofrece numerosas


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contribuciones para su estudio. Señala, por ejemplo, la gran di­ versidad de costumbres en cuanto a la inhumación o cremación de cadáveres. Lo que en un pueblo parece conveniente se esti­ ma sacrilegio en otro. Por esta causa califica él las costumbres ( novios) de tiranas señalando así el carácter coactivo como dato esencial de las costumbres de los pueblos. En la época moderna el conocimiento de las diferentes costumbres se desarrolló conside­ rablemente debido al descubrimiento de países nuevos. Sobre la base de crónicas de viajeros, que tratan de las condiciones de vida en pueblos primitivos o semi-civilizados, se ha recogido un material inmenso, que la etnología ha utilizado, y cuyos aspec­ tos sociológicos tuvieron en cuenta, primero Spencer en Ingla­ terra y luego Durkheim y Lévy-Bruhl en Francia, y en Alema­ nia Vierkandt y Thurnwald. La esencia sociológica de la costumbre frente al mero hecho de un hábito reside en la circunstancia de que en ella se expre­ sa la voluntad de un grupo que espera una cierta conducta de sus miembros. No importa que el motivo consista en un interés verdadero o sólo en la creencia que tiene el grupo de que existe ese interés. Hay costumbres propias del clan, de la tribu, de las estirpes, de los pueblos; así como también de los diferentes es­ tamentos, tales como las costumbres de la nobleza, de los cuer­ pos militares o de los campesinos, por ejemplo, la costumbre en este último grupo de la ayuda mútua entre los vecinos. LTna falta en la conducta exigida por la costumbre tiene como consecuencia, por lo menos, una desaprobación por parte del grupo; aunque pueden surgir consecuencias más graves. Ori­ ginariamente existió también una estrecha relación entre la cos­ tumbre y la religión; los actos de culto realizados por el jefe de familia así como los rezos y sacrificios de la comunidad, tuvie­ ron como base antiguas costumbres. Esta relación se manifiesta por igual en las instituciones de tótem y tabú. Incluso el dere­ cho no estaba al principio separado rigurosamente de la reli­ gión y de las costumbres, como se observa con claridad en el fenómeno de la vendetta. Luego, claro es, se va haciendo más sensible esta distinción, puesto que las normas del derecho están


COSTUMBRES, FORMAS DE TRATO Y MODA

protegidas por un aparato especial de coacción del estado. Tam­ bién las normas éticas se separaron más tarde de las puras cos­ tumbres. Señalaremos, además, que existe un aspecto de la cos­ tumbre que, aun en la época actual, desempeña un papel im­ portante; nos referimos a las formas del trato cuya naturaleza sociológica ha sido estudiada ampliamente por el famoso juris­ ta Ihering en el segundo tomo de su obra E l fin en el derecho. Ihering explica que el trato social es una institución de la socie­ dad; que el individuo sirve por este medio a los fines de aquella; que el trato social supone una educación continua de los hom­ bres. Después de haber cumplido su función educativa la casa y la escuela, el trato con los hombres reanuda esta tarea. H a sido, pues, necesario tener en cuenta la importancia del trato, seña­ lando a éste un marco fijo. Las normas del trato conforman lo mismo que el derecho y la moral. Así se ha desarrollado todo un sistema de normas que tiene por objeto principal la decencia, la cortesía y el tacto. Ihering tiene en todo caso el mérito de haber sido el primero que abarcó en todos sus detalles el estudio de estos fenómenos sociales. La moda se distingue de la costumbre en varios aspectos, aunque ambos fenómenos tienen de común el carácter compul­ sivo. La costumbre se basa en la tradición y su naturaleza es la duración; el cambio periódico es característico de la moda. Sus objetos, además, son diferentes. La primera abarca todo el es­ tilo de vida, especialmente en lo que se refiere a la relación en­ tre los hombres; la segunda afecta a los vestidos y, en último término, a las formas de trato y al tipo de sociabilidad. Los cam­ bios en el gusto artístico, tales como la aparición del naturalis­ mo o del expresionismo, apenas pueden considerarse como fenó­ menos de moda, ya que les faltan dos cualidades características: el cambio rápido y su extensión a la masa. En la sociedad esta­ mental si no existe una moda general para todos los hombres, sí existe una indumentaria especial para cada uno de los esta­ mentos: los príncipes, la nobleza, los burgueses y el pueblo. La moda para éste último tiene más bien el carácter de costumbre y cambia poco. El fenómeno de la moda cambiante existe, sin 17


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contribuciones para su estudio. Señala, por ejemplo, la gran di­ versidad de costumbres en cuanto a la inhumación o cremación de cadáveres. Lo que en un pueblo parece conveniente se esti­ ma sacrilegio en otro. Por esta causa califica él las costumbres (nomos) de tiranas señalando así el carácter coactivo como dato esencial de las costumbres de los pueblos. En la época moderna el conocimiento de las diferentes costumbres se desarrolló conside­ rablemente debido al descubrimiento de países nuevos. Sobre la base de crónicas de viajeros, que tratan de las condiciones de vida en pueblos primitivos o semi-civilizados, se ha recogido un material inmenso, que la etnología ha utilizado, y cuyos aspec­ tos sociológicos tuvieron en cuenta, primero Spencer en Ingla­ terra y luego Durkheim y Lévy-Bruhl en Francia, y en Alema­ nia Vierkandt y Thurnwald. La esencia sociológica de la costumbre frente al mero hecho de un hábito reside en la circunstancia de que en ella se expre­ sa la voluntad de un grupo que espera una cierta conducta de sus miembros. No importa que el motivo consista en un interés verdadero o sólo en la creencia que tiene el grupo de que existe ese interés. Hay costumbres propias del clan, de la tribu, de las estirpes, de los pueblos; así como también de los diferentes es­ tamentos, tales como las costumbres de la nobleza, de los cuer­ pos militares o de los campesinos, por ejemplo, la costumbre en este último grupo de la ayuda mútua entre los vecinos. LTna falta en la conducta exigida por la costumbre tiene como consecuencia, por lo menos, una desaprobación por parte del grupo; aunque pueden surgir consecuencias más graves. Ori­ ginariamente existió también una estrecha relación entre la cos­ tumbre y la religión; los actos de culto realizados por el jefe de familia así como los rezos y sacrificios de la comunidad, tuvie­ ron como base antiguas costumbres. Esta relación se manifiesta por igual en las instituciones de tótem y tabú. Incluso el dere­ cho no estaba al principio separado rigurosamente de la reli­ gión y de las costumbres, como se observa con claridad en el fenómeno de la vendetta. Luego, claro es, se va haciendo más sensible esta distinción, puesto que las normas del derecho están


COSTUMBRES, FORMAS DE TRATO Y MODA

protegidas por un aparato especial de coacción del estado. Tam­ bién las normas éticas se separaron más tarde de las puras cos­ tumbres. Señalaremos, además, que existe un aspecto de la cos­ tumbre que, aun en la época actual, desempeña un papel im­ portante; nos referimos a las formas del trato cuya naturaleza sociológica ha sido estudiada ampliamente por el famoso juris­ ta Ihering en el segundo tomo de su obra E l fin en el derecho. Ihering explica que el trato social es una institución de la socie­ dad; que el individuo sirve por este medio a los fines de aquella; que el trato social supone una educación continua de los hom­ bres. Después de haber cumplido su función educativa la casa y la escuela, el trato con los hombres reanuda esta tarea. Ha sido, pues, necesario tener en cuenta la importancia del trato, seña­ lando a éste un marco fijo. Las normas del trato conforman lo mismo que el derecho y la moral. Así se ha desarrollado todo un sistema de normas que tiene por objeto principal la decencia, la cortesía y el tacto. Ihering tiene en todo caso el mérito de haber sido el primero que abarcó en todos sus detalles el estudio de estos fenómenos sociales. La moda se distingue de la costumbre en varios aspectos, aunque ambos fenómenos tienen de común el carácter compul­ sivo. La costumbre se basa en la tradición y su naturaleza es la duración; el cambio periódico es característico de la moda. Sus objetos, además, son diferentes. La primera abarca todo el es­ tilo de vida, especialmente en lo que se refiere a la relación en­ tre los hombres; la segunda afecta a los vestidos y, en último término, a las formas de trato y al tipo de sociabilidad. Los cam­ bios en el gusto artístico, tales como la aparición del naturalis­ mo o del expresionismo, apenas pueden considerarse como fenó­ menos de moda, ya que les faltan dos cualidades características: el cambio rápido y su extensión a la masa. En la sociedad esta­ mental si no existe una moda general para todos los hombres, sí existe una indumentaria especial para cada uno de los esta­ mentos: los príncipes, la nobleza, los burgueses y el pueblo. La moda para éste último tiene más bien el carácter de costumbre y cambia poco. El fenómeno de la moda cambiante existe, sin 17


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embargo, desde la Antigüedad, sobre todo en Roma, mientras que en la época moderna este fenómeno aparece por vez primera a partir del siglo xvn, afectando en un principio sólo a las clases altas, y extendiéndose luego, con la generalización de la demo­ cracia, a todo el pueblo. Claro es que el punto de partida de una nueva moda está dado aun hoy en los llamados diez mil de arriba, por lo que Ihering dió la siguiente definición de la moda: "Es la barrera incesantemente construida, pero también sin cesar destruida, por medio de la cual trata de aislarse el mundo distinguido” . Mas con esta simple definición no ha quedado bastante explicada la esencia de la moda. Cierto es que el deseo de distinguirse des­ empeña un papel importante, pero también lo desempeña la ten­ dencia a la imitación. Por otra parte, los factores económicos, los intereses de los productores y vendedores, según ha señalado, sobre todo, Sombart, influyen en la moda. Este dice: "La moda es hija preferida del capitalismo” . Mas ello no es del todo cier­ to, ya que el fenómeno de la moda es anterior al capitalismo, sólo que ahora los fabricantes de tejidos, los sastres e incluso los periódicos favorecen el cambio rápido. Todos estos hechos no bastarían, sin embargo, para explicar el fenómeno de la moda si ésta no se basase en fuertes tendencias psicológicas, como son el deseo de variedad, la vanidad y la coquetería. Por supuesto que el instinto de imitación desempeña asimismo un gran papel, como lo advirtió el sociólogo Tarde. Junto a estos factores tie­ nen importancia, aunque menos acentuada, los motivos de hi­ giene o profesionales. Bastante compleja es la relación causal que da lugar a una determinada moda. Actrices famosas influyen a veces sobre ella; o bien, para la moda masculina, personalidades de la alta no­ bleza o dictadores de la moda, como en su tiempo lo fué Brummel. Mas, en general, hemos de considerar como creadores de la moda a los grandes sastres y modistos, aunque sobre ella ejer­ za influencia el público. Los fabricantes se ven muchas veces obligados a tantear el gusto de los consumidores para no verse expuestos al peligro que para ellos representa que el público re-


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chace sus mercancías. Incluso cuando una moda determinada se generaliza, existe siempre la posibilidad de modificaciones por parte de los consumidores y de una adaptación de la moda ge­ neral a la individualidad. Por esto no es cierto el tópico de la pretendida esclavitud a que sujeta la moda. El tempo del cam­ bio en la moda depende de varios factores; el de la masculina es más lento. Entre los sociólogos que han tratado de este fenómeno he­ mos de mencionar a Simmel por su Philosophie der M ode (Fi­ losofía de la moda); a Sombart, autor de D er moderne Kapitalismus (El capitalismo moderno), y al sociólogo holandés R. Steinmetz. Recordemos aun que Spencer, en el segundo tomo de sus Principios de sociología (Ceremonial Institutions) ha dedicado un capítulo especial a la moda. Según él, el respeto al modelo y el instinto de imitación tienen una influencia decisiva sobre este fenómeno. 7. Sociología del derecho La Sociología del derecho, a la inversa de la jurisprudencia propiamente dicha, de carácter normativo, trata de fenómenos de hecho tal como se ofrecen en la realidad social. Estas inves­ tigaciones deben estudiar los problemas siguientes: 1. Cuáles son las bases sociales que explican el origen y las transformaciones de las normas jurídicas; 2. Hasta qué punto los grupos sociales determinan su contenido; 3. Cuál es la base psicológico-social de la obediencia al orden jurídico; 4. Cuál es la relación entre los fenómenos sociales de poder y los jurídicos; 5. Cómo se ha de juzgar el derecho natural desde el punto de vista sociológico; 6. Cuáles son las relaciones que existen entre el derecho y los demás factores culturales, sobre todo la religión, las costumbres y la moral. Naturalmente que aquí no podemos pensar en tra­ tarlos todos. Destacaremos sólo los puntos de vista más impor­ tantes, haciéndolos preceder de algunas observaciones históricas. Y a los pensadores griegos se ocuparon de temas jurídicosociológicos. Es conocida, sobre todo, la discusión en torno al


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problema de si el derecho emana de la Naturaleza o está basa­ do en una convención (Physis o N o m o s ) . Esta debatida cues­ tión, que ha dado lugar a toda una literatura, puede considerar­ se como problema sociológico. Además, algunos sofistas grie­ gos definieron, según nos cuenta Platón, el orden jurídico de las diferentes épocas como servidor de la clase dominante. Por esta causa parecen ser los precursores de la doctrina moderna de Marx, Gumplowicz y Oppenheimer, que ven la finalidad del orden jurídico en la explotación ejercida por los detentadores del poder. También Aristóteles en su Etica investigó la relación entre los grupos sociales y el orden jurídico, punto que he estu­ diado con detalle en mi Griechische Soziologie. En la época moderna fué sobre todo Montesquieu en su Espíritu de las leyes quien trató de exponer la dependencia en que las normas del derecho se encuentran respecto del medio fí­ sico, la raza y el espíritu del pueblo. También la escuela histó­ rica del derecho fundada por Savigny pertenece a esta tenden­ cia. Incluso la teoría de Ihering, según la cual el fin es el crea­ dor del derecho, presenta un carácter sociológico. Son los facto­ res sociales los que determinan el contenido del derecho. Es bas­ tante conocido el libro de Ehrlich: Grundlegung einer Soziologie des Rechts (Fundamentos de una sociología del derecho), 1907, aunque de ningún modo agota este tema. Trata el autor de de­ mostrar, en primer lugar, que la tarea principal de la jurispru­ dencia es la investigación del derecho cívico, es decir, de las normas jurídicas a las que obedece de hecho un grupo huma­ no. Entre los sociólogos propiamente dichos, fué Max Weber quien dedicó, en su libro W irtschaft und Gesellschaft, un capí­ tulo especial a la sociología del derecho, aunque se trata de una teoría general y comparada del derecho más que de una socio­ logía en sentido estricto. En Inglaterra ha sido estudiada la so­ ciología en las importantes obras jurídico-históricas de Sir Henry Maine. En Estados Unidos los conocidos sociólogos Ward, Small y Ross trataron de las bases sociológicas del orden jurídico. Patten ha desarrollado con más detalle esta idea en su libro so­ bre la interpretación económica de la Historia. En Rusia fué L.


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Petraschitzki quien, en su Filosofía del derecho, dedicó un pro­ fundo estudio a los fundamentos psicológico-sociales del orden jurídico. Después de estas observaciones sobre bibliografía hemos de estudiar, en primer lugar, la relación entre el derecho natural y la Sociología. Algunos autores equiparan el derecho natural a una ley de la Naturaleza, entendida como regla del acontecer real. A este tipo pertenece, por ejemplo, para algunos, la ley de que el fuerte domina al débil. Interpretado de esta suerte el dere­ cho natural —como, digamos, el concepto de ley general en Spinoza— aparecería como un conjunto de leyes de carácter so­ ciológico. Pero en general se entiende que es un orden del deber ser, con fuerza obligatoria, que parece estar en oposición con el derecho positivo; ya que se invoca a la razón humana como fuen­ te del derecho natural. Pero esta doctrina no es de la incumben­ cia de la Sociología considerada en un sentido estricto, por mu­ cho que se estime su valor histórico-cultural. Ella puede investi­ gar, en último caso, qué factores han provocado el desarrollo de la idea del derecho natural y cuáles los elementos que determi­ naron el contenido de su sistema, teniendo en cuenta tanto la situación histórico-espiritual como el carácter nacional de deter­ minado pueblo. En cambio, ha de procurar evitar cualquier crítica o valoración de semejante sistema de derecho natural. Ahora bien, se plantea la cuestión de saber si, desde el pun­ to de vista de la Sociología, se puede considerar el derecho natu­ ral como una suma de normas de derecho, a las cuales puede atribuirse cierta eficacia. Los adversarios de la hipótesis del de­ recho natural afirman que no puede existir, junto al derecho positivo, otro orden jurídico. Dicen que, lógicamente, es impo­ sible conceder validez a dos clases de derecho que emanan de fuentes diferentes y se aplican a los mismos hombres. Esta con­ sideración puede ser justa desde el punto de vista jurídico-teórico, pero desde el punto de vista sociológico hemos de considerar la cuestión de manera diversa. Al derecho natural puede atri­ buírsele también validez si por ésta entendemos no algo que ten­ ga carácter normativo, sino una motivación psicológica que ha-


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ce que quienes están sometidos al derecho, y por estar con­ vencidos de la existencia de una norma, se comporten de cierta manera. Sus normas, deducidas supuestamente de la razón, pue­ den tener en la práctica un efecto psicológico análogo al de la ley positiva y al de la costumbre. Si se cree en la existencia de normas de derecho natural con fuerza obligatoria, estas normas producen, sobre el que cree, el mismo efecto que el mandato del legislador o que un precepto del derecho consuetudinario. Por tanto, desde el punto de vista de la Sociología no podemos ca­ lificar de imposible la existencia del derecho natural. A la sociología jurídica pertenece también la obediencia del derecho o sea la experiencia de que, en general, se cumple con sus normas. Mas ¿cuáles son las causas de este fenómeno tan decisivo para la existencia del orden jurídico? Se han realizado ya diferentes investigaciones sobre dicho tema. Es usual consi­ derar como causa de obediencia la amenaza de la coacción, la pena si se comete una transgresión jurídica. Mas existen aún otros motivos de obediencia, sobre todo religiosos y morales, así como consideraciones utilitarias. La convicción de la legitimidad de la ley —según indicó Max Weber— desempeña asimismo un papel importante. Una investigación más profunda del senti­ miento del derecho, sobre todo en relación con el patriotismo, es ya de la incumbencia de la psicología social. Otro tema de la sociología jurídica es la relación entre de­ recho y poder. Pero al tratar este problema no debemos adop­ tar puntos de vista morales, sino abordar la explicación y descrip­ ción de la realidad. Esta nos prueba que ambos fenómenos, o bien coinciden o bien lucha entre sí. En general, el orden jurí­ dico posee también su poder, y no importa que en su origen con­ sistiera en la fe religiosa y en las viejas costumbres o, en un grado más elevado de la civilización, en la fuerza coactiva del estado. De ningún modo ponen en peligro la autoridad del or­ den jurídico algunos infractores. Mas la cosa es diferente si un acto revolucionario logra éxito y se impone contra el orden legal o una parte de éste; entonces resulta que el poder ilegal ha ven­ cido al derecho sin poder. Este es un fenómeno social de gran


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importancia del que ya hemos hablado en el capítulo vm. En cuanto a las diferentes teorías que afectan a la relación entre derecho y poder, señalaremos el estudio dedicado a este tema aparecido en mi libro: Beitrdge zur Geschichte der Staatslchre (ob. cit.), 1929. Y a antes había hecho investigaciones sobre un tema que tiene cierta relación con la sociología del derecho, o sea sobre la teoría del derecho del más fuerte considerada en su evolución histórica, en mi libro: Kallikles, 1922. La relación entre el derecho y el estado se presenta, desde el punto de vista sociológico, de la manera siguiente: el primero es un conjunto de reglas relativas a la conducta humana, un conjunto de modelos de acción, diríamos (empleando una expre­ sión que suele utilizar la sociología norteamericana), que cuen­ tan con cierta probabilidad (chance) de que sean seguidos, más que nada por la existencia de un aparato coactivo, el que ma­ neja, al menos en un grado elevado de civilización, el grupo po­ lítico, es decir, el estado, el cual, también en una época tar­ día, se atribuye el monopolio de la creación y derogación de las normas jurídicas. Puesto que en el capítulo vn hemos tratado de la naturaleza sociológica del estado, baste con apuntar ahora que hemos de rechazar, desde el punto de vista de la sociología, la identidad entre derecho y estado, afirmada por la teoría coac­ tiva del estado. Además se ha de señalar que el carácter sociológico de al­ gunos aspectos del derecho ha sido últimamente objeto de inves­ tigaciones. Existe, por ejemplo, una amplia literatura sobre so­ ciología criminal (iniciada en Italia), así como también sobre la sociología del derecho económico. Esta última se justifica por la existencia entre derecho y economía de relaciones muy estre­ chas, que hemos señalado ya al tratar de la sociología de la eco­ nomía. Indicaremos, además, que se ha tratado de la sociolo­ gía del derecho también desde el punto de vista de la etnología. El fundador de la Jurisprudencia etnográfica fué, en Alemania, A. H. Post, al que luego siguió J. Kohler. Una exposición más reciente y amplia es la que ofrece R. Thurnwald en el tomo v


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de su obra: D ie menschliche Gesellschaft (La sociedad huma­ na), 1934. En fin, todavía mencionaremos que en el V Congreso Ale­ mán de Sociología se trató del problema del derecho natural desde el punto de vista de la sociología. Y o he expresado mi opi­ nión sobre este punto en una conferencia, publicada en el libro que se confeccionó con los discursos pronunciados, pp. 169 ss.

8. Sociología del arte

Tenemos en primer lugar que delimitar este tema. No es de la incumbencia de la sociología del arte la valoración de las obras de arte, su crítica estética, ni la interpretación de la per­ sonalidad de algunos artistas. La historia de los diferentes esti­ los de arte o la descripción de sus características es también asun­ to propio de la Historia del Arte. La investigación sociológica ha de tratar tan sólo de los problemas siguientes: ¿Cuáles son las bases sociales de la creación artística y del goce estético? ¿Cuáles las relaciones interhumanas que emanan del arte? Aun­ que los orígenes del arte no están completamente aclarados, es indudable que tienen su raíz en la sociedad; primero existió una relación entre el arte y los actos del culto religioso, como se manifiesta, por ejemplo, en las danzas y cantos religiosos. Las pinturas de las cuevas, que despiertan hoy nuestra admiración, tenían quizás una intención mágica: ahuyentar los demonios hostiles. El mismo motivo reconoce tal vez el tatuaje del cuerpo. Incluso todos los adornos del cuerpo, en especial el que tenía como fin espantar, se deben a causas sociales. La creación artís­ tica perseguía, por otra parte, el propósito de fijar el recuerdo de sucesos importantes de la vida del grupo, o bien incitar a la acción, como sucede por ejemplo, en el caso de los cantos a los héroes y en las canciones guerreras. También el trabajo en co­ mún que se realiza con cierto ritmo, dió lugar a la poesía y a la música. Fué por primera vez el artesanado artístico el que exal­ tó, al lado de los fines puramente prácticos, el elemento estéti­ co, el cual, con posterioridad va logrando más y más preponde­


EL ARTE

rancia. Poco a poco aparece en primer plano la individualidad del artista, pero su relación con la sociedad existe aun en nues­ tra época; no es la obra de arte tan sólo, una producción indi­ vidual, sino al mismo tiempo un fenómeno social. En lo que se refiere al último punto se plantean los proble­ mas siguientes: ¿En qué medida depende la producción artís­ tica de la colectividad, tanto en lo que se refiere a las bases eco­ nómicas como en lo que afecta al espíritu popular o a una de­ terminada época histórica? ¿Cuál es, por el contrario, el efec­ to de las creaciones de arte en los caracteres materiales y psíquicos de la sociedad? ¿Cuáles son las relaciones que existen entre los creadores de arte y los que gozan de la producción artística? ¿Cuál la relación del arte con la religión y con la iglesia, con el estado y las diferentes clases sociales, y cuál, además, la in­ fluencia que las casas reales, las municipalidades y asociaciones libres de artistas ejercen sobre la evolución del arte? ¿Cuáles son las instituciones sociales que emanan de la actividad artística, tales como academias de arte, museos y galerías? ¿Cuál la in­ fluencia que ejercieron sobre el carácter del arte las revolucio­ nes ocurridas en la vida política y social, como por ejemplo, la francesa? ¿Cuál es la relación entre el arte y el problema so­ ciológico de las generaciones? Sería preciso, además, describir luego algunos tipos de personas que existen en la vida artística, como el artista mismo principalmente; el mecenas, el coleccionis­ ta, el que negocia con obras de arte, el crítico, el entendido en cuestiones artísticas, etc. Mas la sociología del arte ha de exponer también el carácter sociológico particular de las diferentes artes. En este sentido se ha afirmado que la arquitectura es el arte más colectivista. Una gran obra arquitectónica, como una catedral, no puede ser sino obra de muchos; además, el público que la contempla es de tal amplitud que abarca a todo un pueblo. En los que han llegado a cierto grado de cultura, la arquitectura florece antes que to­ das las demás artes. Ella, más que ninguna otra, está exenta de invenciones subjetivas, mientras que la pintura tiene más bien un carácter individualista. También el teatro tiene un carácter


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colectivo, pues desde la Antigüedad clásica fué elemento prin­ cipal de la comunidad. Insistir sobre estos temas, tratándolos detalladamente, nos conduciría demasiado lejos. Daremos tan sólo algunas indicaciones bibliográficas sobre las obras referen­ tes a la sociología del arte. Un filósofo francés, J. M. Guyau, escribió un libro llama­ do: E l arte desde el punto de vista sociológico; pero las espe­ ranzas que su título despierta, sólo en parte quedan satisfe­ chas. Guyau trata de probar que la emoción estética perfecta encierra un sentimiento social, y que, por tanto, lo más profun­ do del arte es un elemento social. Dice textualmente: "E l arte es una extensión, producida por el sentimiento, de las condicio­ nes sociales a todos los seres de la Naturaleza, incluso a forma­ ciones ficticias que tan sólo existen en la fantasía humana. La emoción estética tiene como fin engrandecer la vida individual, ya que hace que la propia vida se funda con una vida más am­ plia y universal. Por tanto, el principio de la emoción estética es la solidaridad social.” Guyau explica además que la influencia del ambiente, al que Taine concedió la mayor importancia, no es decisiva. El ge­ nio artístico crea su propio ambiente; el arte, por lo tanto, crea por sí mismo una sociedad ideal. Todo esto es sin duda muy agudo, pero constituye una investigación de tipo estético o éti­ co más que verdaderamente sociológico. En cambio, en los escritos publicados por los representantes de la ciencia del arte se encuentran con frecuencia indicaciones muy valiosas sobre el papel de la sociedad en el arte. Leemos en los ensayos recopilados de A. Riegel: "Los grupos como rea­ lidades espirituales son los verdaderos representantes de la vo­ luntad artística. El fetiche es el principio de la religión y al mismo tiempo del arte. En toda obra artística se encuentran, sin embargo, relacionadas con ella, cierta porción de intereses mate­ riales, pero el papel de ellos siempre es limitado, ya que no son los que producen el movimiento propio, lleno de sentido, del espíritu, sino que sólo son capaces de acelerar o retardarlo.” Riegel, frente a W ólfflin y su escuela, acentuó lo que el arte


EL ARTE

tiene de sociológico. La misma tendencia manifiesta W . Hausenstein en su libro: Kunst und Gesellschaft (Arte y sociedad). Para este autor es decisivo el estilo, que tiene su base en la con­ dición económico-social de la época. De la función social del ar­ te trata un ensayo de H. Tietze publicado en el Jahrbuch fiir Soziologie, t. i, en el que señala que en la obra de arte desempe­ ñan un papel importante factores que no pertenecen a la esté­ tica, tales como la expresión de la concepción del mundo o la simbolización del sentimiento de unión. También trata de los elementos sociológicos del arte la obra de Müller-Freienfels: D ie Psychologie der Kunst (La psicología del arte). La escuela psicoanalítica fundada por Freud se ha ocupado con frecuencia de problemas artísticos. Según su teoría, la obra de arte es como un sueño que se realiza en estado de vigilia; produce al mismo tiempo, por un extraño camino, la reconci­ liación de la vida de los impulsos sexuales con la represión de ellos a que da lugar la cultura; esta reconciliación se produce al volver la espalda a la realidad y dar satisfacción a los deseos en la vida imaginativa. U n discípulo de Freud dice: La obra de arte encuentra eco en el público ya que refleja, en quien la percibe, la realización de sus propios deseos. Otro autor opina que la obra de arte es una manifestación de deseos reprimidos. No hace falta explicar con mayor detalle estas teorías, que tie­ nen poco que ver con la sociología del arte. En el V II Congreso Alemán de Sociología, 1930, fué tam­ bién la sociología del arte objeto de discusión. Las conferencias fueron sustentadas por un sociólogo (L. von Wiese), un filoso* fo (E. Rothacker) y un historiador (K. Breysig). Para el pri­ mero el arte es tan sólo un medio en el que los hombres se ligan o se separan. Por fortuna Wiese no mantiene de un modo ri­ guroso esta concepción formal, sino que reconoce como pro­ blema sociológico la relación que existe entre el arte y la vida del estado, económica y religiosa. Rothacker atribuye la mayor importancia a la relación entre la sociedad y el estilo artístico. Para él, el problema se plantea de la manera siguiente: ¿En qué medida influyen los factores sociales en el origen y transfor-


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marión de los estilos artísticos? Breysig estudia la influencia general psíquica del arte comparándola con la que producen la religión y la investigación científica; sus exposiciones tienen, por tanto, más bien un carácter psicológico que sociológcio. Por lo demás, ya en un Congreso anterior, fué el arte tema de estu­ dio, es decir, la investigación de los orígenes del arte. Muy ins­ tructiva fué entonces la conferencia dada por R. Thurnwald, quien trató de inferir conclusiones sobre los comienzos de la ac­ tividad artística partiendo de la vida artística de los pueblos primitivos hoy existentes. Thurnwald distingue entre una ten­ dencia de carácter mágico y otra de carácter comunicativo; am­ bas se encuentran en estrecha relación con la vida de los grupos sociales. En lo que se refiere especialmente a la obra de arte litera­ ria, existe ya el principio de una sociología de la literatura, que estudia las condiciones sociales bajo las cuales nacen y se reali­ zan las obras de esa naturaleza, aunque teniendo en cuenta la influencia de las personalidades creadoras. Importante es ade­ más la investigación de las estirpes en lo que se refiere a la historia de la literatura, como fué interpretada en la famosa obra de Josef Nadler: Literaturgeschichte der deutschen Stdmme und Landschajten (Historia de la literatura de las estirpes y países alemanes). Pertenece a L. Schücking el mérito de ha­ ber señalado en su libro: Soziologie der literarischen Geschmacksbildung (Sociología de la formación del gusto literario), 1931, la importancia que tiene el público en la historia de la litera­ tura. El poeta puede, en ciertos casos, crear él mismo un grupo social, como se manifestó en el caso de Stefan George y su círcu­ lo de discípulos. Además, sería preciso investigar la importancia sociológica que se ha de atribuir a los intermediarios entre el autor y el público, tales como los críticos literarios y las empre­ sas editoras. En lo que se refiere a la literatura, así como a las artes plásticas, son igualmente posibles investigaciones sobre el estilo partiendo de una base sociológica, por ejemplo, el estudio


LA EDUCACIÓN

261

de la medida en que la elección de tema y la manera de tratar­ lo dependen de las condiciones sociales. 9. Sociología de la educación Una de las instituciones más importantes de la sociedad hu­ mana es la de la educación. Podemos llamar a ésta la procrea­ ción espiritual de la sociedad, puesto que tiene como tarea trans­ mitir el contenido total de la cultura de un pueblo, de la gene­ ración más vieja a la más joven. Y a los pueblos primitivos atri­ buyeron a la educación gran importancia. Aunque tanto la ali­ mentación como el cuidado de los niños se deja a la familia, in­ terviene pronto el clan o la tribu para dirigir, en interés de la comunidad, la educación de la juventud. El antiguo sistema má­ gico, que se ha podido observar frecuentemente en todas partes, consistente en reglas secretas, pruebas de valor y graduación en la iniciación de los jóvenes, es un testimonio del carácter co­ lectivo de la educación primitiva. Mas también en los pueblos civilizados de la Antigüedad había una tradición en cuanto al cuidado físico e intelectual de los niños, sobre todo de la juven­ tud varonil, que había de formar el núcleo de ciudadanos o de hombres destinados a la profesión militar. Esta educación mi­ litar estaba acentuada en algunos pueblos, como en Esparta; pe­ ro, en general, en Grecia, aunque se consideraba como impor­ tante la educación física, se tenía también en cuenta la educa­ ción artística. Poseemos detalladas descripciones del sistema de educación dominante en ella: tenía también importancia la en­ señanza superior dada en las escuelas de los sofistas y los retó­ ricos, así como en las academias y escuelas de los filósofos. En la medida en que este sistema de educación ha sido des­ crito como realidad, se puede hablar de los principios de una sociología de la educación. Sociológicamente, podemos contar con la exposición de Protágoras en el diálogo de Platón que lleva este título, cap. xv; luego con la descripción que hicieron Platón y Aristóteles de las instituciones para la educación de la juventud, las cuales criticaron. Mas junto a estas explicaciones,


2Ó2

SOCIOLOGÍA DE LA CU LTU RA

se desarrolla una literatura más amplia de carácter normativo, es decir, una suma de proposiciones para la reforma de la educa­ ción en relación con una transformación de la vida política. Las ideas pedagógicas desempeñan un gran papel al establecer tipos ideales de estados. Por muy valiosas que sean estas ideas desde el punto de vista cultural —ya que surgió entonces por vez pri­ mera el concepto de la pedagogía social— no las podemos tener en cuenta en la sociología de la educación, puesto que esta cien­ cia trata exclusivamente de la descripción y explicación de la realidad. Sólo señalaremos por características, dos frases per­ tenecientes a la literatura clásica sobre la educación: "E l esta­ do como totalidad tiende a un fin único. De aquí se deduce que también la preparación para este fin ha de ser una, y que su or­ ganización es asunto del estado, no de los particulares. Hoy día cada uno hace instruir a sus hijos según su particular opinión y según una selección arbitraria” (Aristóteles, Política ) . Platón dice en el diálogo Critón: "O bien no se debe traer al mundo niños, o bien es preciso ocuparse de ellos hasta el fin, alimen­ tándolos y educándolos” . A veces entre los antiguos, bajo la fic­ ción de una descripción histórica, se ha trazado un sistema pe­ dagógico, como por ejemplo, Xenofonte en la Ciropedia. Los sofistas griegos examinaron incluso el problema de saber si en la educación es preciso dar preponderancia al intelecto o al ca­ rácter. Volviendo ahora a la sociología de la educación propiamente dicha, encontramos en ella, en primer lugar, una relación inter­ humana, la que se establece entre los educadores y el alumno. Esta tiene, al menos en el grado inferior, cierta semejanza con la existente entre padres e hijos. Por un lado vemos que aparece el principio sociológico de la autoridad, y por otro el de la obe­ diencia y subordinación. Ciertas disposiciones instintivas de los niños, como el deseo de aprender y la poca confianza en sí mis­ mos, la fortalecen. También desempeña un papel el instinto de imitación y la sugestión. Algunos fenómenos de la vida de las masas aparecen ya en la escuela; una clase es un objeto intere­ sante de estudio para el conocimiento de dichos fenómenos. Al


LA EDUCACIÓN

263

mismo tiempo que la psicología de los alumnos, es principal objeto de un estudio sociológico la actitud intelectual de los maestros, el tipo de influjo que ejercen sobre los alumnos, su conciencia profesional y su organización. U n objeto especial de investigación sociológica es la des­ cripción de las instituciones a que da lugar la organización de la educación, es decir, el estudio de las diferentes organizaciones de enseñanza y su relación con el estado y la iglesia. Surgen aquí, naturalmente, diversos problemas normativos, como por ejemplo, si el representante de la organización pedagógica ha de ser el primero o la segunda. Pero debemos eliminarlos de una exposición sociológica; en último caso se podrían determinar las consecuencias de emplear uno u otro sistema. Se puede asimismo tratar, sociológicamente, de los diferentes ideales de instrucción, investigando cómo se han desarrollado en el transcurso del tiem­ po, según las características de una época histórica. La valora­ ción de las ideas pedagógicas ya no entra, como es natural, en el terreno del estudio sociológico. Las instituciones de instruc­ ción popular merecen un estudio especial por encontrarse fuera de la organización general de la enseñanza. La influencia de la organización de la enseñanza en el desarrollo de las clases so­ ciales constituye también un objeto de investigación sociológica, en el que precisa determinar en qué medida existe un efecto ni­ velador o /diferenciador. En fin,7 hemos de considerar la relación entre la organización de la enseñanza y la administración gene­ ral, tema éste del que ya se ocupó en su tiempo Lorenzo de Stein. Recientemente, 1928, investigó E. Spranger las bases científicas de la organización escolar. Aparte de la literatura pedagógica general, en lo que se refiere al estudio sociológico, citaremos dos obras especialmente: D ie Geschichte der Erziehung in soziologischer und geisteswissenschaftlicher Beleuchtung (La historia de la educación considerada desde el punto de vista so­ ciológico y de las ciencias del espíritu), 19 11, de P. Barth; y Das pádagogische Problem in der Geistesgeschichte der Neuzeit

(El problema pedagógico en la historia espiritual de la época moderna), 1925, de H. Leser. En cuanto a la psicología peda­


SOCIOLOGÍA DE LA CU LTU RA

gógica, tienen valor, en primer lugar, los libros de Ch. Bühler y K. Reininger. Algunos sociólogos que se han ocupado del pro­ blema de la educación han sucumbido a la tentación de estable­ cer, en lugar de una pura descripción, ideales de educación. Wilhelm Jerusalem, por ejemplo, en su Introducción a la sociología, creyó poder deducir de esta ciencia ciertos postulados. Karl Dunkmann en su Sociología aplicada dedicó un capítulo entero a una pedagogía sociológica. En ambos casos se trata tan sólo de establecer normas que no pueden deducirse en absoluto de una descripción y explicación de la realidad. Muy amplia es la literatura norteamericana sobre la relación entre Sociolo­ gía y Pedagogía. El libro ya citado de Andreas Walther ofrece un rico material instructivo sobre la bibliografía de ella. Por último, recordaremos que ya Goethe, en su W ilhelm Meister, señaló la importancia social de la organización pedagógica. 10. Sociología de la opinión pública La opinión pública puede ser considerada desde dos puntos de vista diferentes: como fenómeno psíquico de masas y como poder social. En el primer caso la opinión pública supone una tendencia a la uniformidad en el pensamiento dentro de un gru­ po amplio, en lo que afecta a los asuntos de la vida pública. Exis­ te aquí, pues, una especie de espíritu colectivo, semejante al que encontró su expresión en la llamada "alma de las masas” . H a­ bría, por tanto, que asignar a la opinión pública un lugar den­ tro de la psicología social. Mas se trata también de describir aquellos factores sociales que dan lugar a ella, explicando los efectos que produce, sobre todo los fenómenos de poder que se manifiestan especialmente en la vida política de la sociedad. Apa­ recen en este caso relaciones interhumanas y agrupaciones que dependen de la opinión pública. Es, pues, éste un objeto de estudio de la sociología propiamente dicha. Por lo demás, desde el punto de vista de la psicología social, sería erróneo dejar de considerar la particularidad de la opi­ nión pública frente a la psicología general de las masas, ya que


LA OPINIÓN PÚBLICA

265

el fenómeno de la masa supone una reunión especial de hombres que están en contacto los unos con los otros y sometidos a una sugestión. No se puede decir que ocurra un tal fenómeno en el caso, por ejemplo, de los lectores de la prensa. Este público no se encuentra en disposición de actuar como la masa verdadera. Falta asimismo, en este caso, la organización que se da a la masa, bien desde el principio, o más tarde. Después discutire­ mos en qué grado parece existir en los órganos de la opinión pú­ blica una especie de dirección, que, en todo caso, es muy distin­ ta de la típica de la masa. Después de las observaciones hechas referentes a la concep­ ción de esta sociología, haremos algunas indicaciones históricas sobre el fenómeno opinión pública y su concepción teórica. Muy popular es la idea de que este importante fenómeno social apa­ reció tan sólo en la época moderna, influyendo en su desarro­ llo la invención de la imprenta y la creciente democratización de la vida social. Pero esta idea es equivocada. Y a en la Antigüe­ dad, incluso en los pueblos primitivos, existía una opinión pú­ blica, aunque ésta llegase a expresarse sólo en la costumbre, que es preciso respetar aun en los estados despóticos. En la Anti­ güedad clásica vemos que la opinión pública posee una fuerza que no encontramos luego sino en la época moderna, si bien en ésta ha aumentado ciertamente con la prensa diaria. Sabido es cómo las asambleas populares, los jurados, representaciones tea­ trales y discursos orales y escritos contribuyeron a la formación de la opinión pública en las repúblicas griegas. Pero menos sa­ bido es, tal vez, que se advirtieron ya entonces intentos de esta­ blecer una teoría acerca de ella, lo cual vemos tanto en los escri­ tos de los historiadores griegos, en primer lugar en los de Tucídides, como en algunas frases de los sofistas, que han llegado hasta nosotros. En un diálogo de Platón, hace notar Protágoras que existe una opinión pública en todos los estados. Según él, son los bue­ nos y sabios oradores los que hacen que se crea en ellos La con­ secuencia es que el pueblo toma resoluciones que favorecen al estado. Con esta teoría, verdaderamente democrática, aparece 18


266

SOCIOLOGÍA DE LA C U LT U R A

Protágoras como precursor de Rousseau, cuya voluntad general expresa igualmente la verdadera opinión del pueblo. Platón, sin embargo, la rechazó con energía, afirmando que los oradores no representan la opinión verdadera, sino sus propios intereses; y que no son sino aduladores de la masa. Sea como fuere, en todo caso vemos aquí un intento de juicio sobre el problema de la opinión pública en la democracia. Por lo demás, señalaremos como libros referentes a este importante fenómeno social, sobre iodo en la época moderna, la excelente obra de Wilhelm Bauer, D ie offentliche M einung und ihre geschichtlichen Grundlagen

(La opinión pública y sus bases históricas), 1914. Al tratar de la investigación sociológica de la opinión públi­ ca se plantea una serie de problemas no investigados hasta aho­ ra debidamente. En primer lugar, el de saber cuáles son los factores que dan lugar a que el estado de ánimo de un grupo posea un sello unitario. Y este fenómeno, ¿es resultado de la estructura del grupo o se produce por la aparición de un diri­ gente? Además, hemos de investigar las formas exteriores en que se expresa esta concordancia de la opinión y hasta dónde llega; ya que se puede hablar de opinión pública incluso en una pe­ queña ciudad o en una aldea, pero su radio de acción puede abar­ car también a toda la opinión mundial. A este problema hay que añadir una investigación sobre los efectos de la opinión públi­ ca, las relaciones de ésta con los partidos políticos y, sobre todo, con el estado. En lo que se refiere a la última relación, encon­ tramos dos aspectos: si la opinión pública coincide con el poder reinante, le sirve de apoyo; pero también puede estar en oposi­ ción y entonces comienza una lucha que puede abocar a una reforma o a una revolución. El medio más importante de expresión de la opinión pública es, en la época moderna, la prensa diaria. Pero hemos de evitar el considerar como idénticos estos dos fenómenos sociales. La pren­ sa presenta aspectos diferentes: comunica noticias, publica anun­ cios, ofrece un material de lectura instructivo y ameno. El último elemento tiene cierto parentesco con la producción de obras li­ terarias en forma de libro. La comunicación de noticias fué el


LA OPINIÓN PÚBLICA

267

motivo principal de la aparición de la prensa; aun hoy desempe­ ña esta información un papel importante. Sólo más tarde, desde la época de la Ilustración y del liberalismo, se añadió a la ante­ rior una gran tarea para los periódicos, o sea la de expresar e influenciar la opinión pública. Hemos de considerar ahora tan sólo este aspecto de la prensa pues a quien incumbe investigar los otros factores citados y, en primer lugar, el aspecto econó­ mico de la empresa periodística, es a la Sociología general. Una cuestión importante supone el saber si es la prensa la que da lugar a la opinión pública o si, por el contrario, son los suscriptores y lectores de esta prensa los que determinan la orien­ tación de ella. La verdad reside, sin duda, en el término medio. Es cierto que el editor de un periódico debe intuir el estado de ánimo de los lectores y tratar de adaptarse a él. Esta influencia es particularmente fuerte si se trata del órgano de un partido político determinado. En este caso es el jefe, si él mismo dirige el periódico, quien señala la actitud a tomar en las cuestiones relativas a la vida pública. Por otra parte, la historia de la pren­ sa muestra muchos casos en que escritores eminentes o políticos independientes se han creado un público de lectores, ejerciendo de este modo una influencia sobre la opinión pública. En todos estos casos, el periódico viene a representar una verdadera jefa­ tura, tal como describimos este fenómeno al tratar de la psico­ logía de las masas. Claro es que existe cierta diferencia, pues el dirigente de la masa es visible personalmente, mientras que el director del periódico trabaja de un modo oculto y muchas veces anónimo. Su influencia no está limitada en ningún sen­ tido y es, por tanto, superior a la del dirigente ordinario de las masas. Otra diferencia reside también en el hecho de que la ma­ sa puede elegir ella misma sus directores, mientras que en la elección del director de un periódico intervienen varios factores. Muchas veces es un pequeño grupo de gentes interesadas en ello quien decide sobre esta elección. Por otra parte, el lector ordi­ nario de la prensa muestra cierta semejanza con el hombre de la masa; no reflexiona demasiado y se somete a la impresión que sobre él producen las frases.


268

SOCIOLOGÍA DE LA CU LTU R A

En cuanto al tema de la libertad de prensa, hemos de tener en cuenta que es éste un postulado político cuya valoración no incumbe a la Sociología. Pero, en cambio, esta ciencia puede in­ vestigar cuáles han sido los factores sociales que han hecho ma­ durar esta idea; cuál la relación que existe entre la libertad de prensa y el liberalismo o la democracia; y cuáles los efectos so* ciales que ella ha producido, sobre todo en lo que se refiere a la organización de los partidos políticos. La libertad de prensa, co­ mo es sabido, se ha suprimido por completo en algunos estados modernos, en los cuales, por lo tanto, la prensa, que hasta en­ tonces había sido prensa de partido, ha adquirido un carácter diferente. Ahora expresa allí la opinión general del partido úni­ co identificado con el estado. De este modo, en esos estados han perdido validez práctica algunas teorías sociológicas sobre la opinión pública basadas en el liberalismo democrático. Sea ello motivo de lamentos o de alegría, la Sociología, en todo caso, no debe ignorar este nuevo fenómeno, sino describirlo y expli­ carlo. En lo que se refiere a la literatura sobre la opinión pública hemos de señalar, aparte del libro de Bauer, ya citado, el de Tónnies: Kritik der óffentlichen M einung (Crítica de la opi­ nión pública), 1922. Este libro nos ofrece discusiones sobre la concepción teórica de este tema y un rico material de hechos. El autor utiliza aquí una vez más su famosa distinción entre co­ munidad y asociación, asignando la opinión pública a la última categoría, mientras que la religión significa, para él, la comuni­ dad de la opinión. Entre la literatura francesa merece atención especial el escrito de Gabriel Tarde: L ’ Opinión et la foule, en el que trata muy agudamente de la relación entre la opinión pú­ blica y la psicología de las masas. Muy amplia es la literatura anglosajona sobre el tema que nos ocupa. H a despertado sobre todo interés el libro de Lippmann: Public Opinión, 1922. Y a antes expuso Dicey la importancia de la opinión pública en la vida constitucional inglesa, con su libro Law and Public Opinión in England, 1905. Casi al mismo tiempo se ocupó del mismo te­ ma, en lo que afecta a Estados Unidos, Bryce. Concretamente


I A OPINIÓN PÚBLICA

269

sobre el tema de la prensa escribió en Alemania Alfted Peters su libro: D ie Z eitu n g und das Publikum (La prensa y el públi­ co), 1930; Gerhard Münzner sobre O effentliche M einung und Presse (Opinión pública y prensa), 1928. En la literatura ame­ ricana se ha tratado con frecuencia el problema de saber si la prensa origina la opinión pública o tan sólo la expresa. Lo pri­ mero es lo que sostiene Lippmann; lo último Ellwood, Parle y el sociólogo rusoamericano Sorokin. Por otra parte, el famoso sociólogo italiano Pareto se ocupó ya de este tema, manteniendo la tesis de que la prensa refleja la opinión pública, pero no la produce.


INDICE DE AUTORES A dler, M .: 3 7 , 78, 1 2 7 , 12 8 , 196. A gram onte: 8 3. A grip pa, 1 1 . A len gry, F .: 34 .

Bouglé, C .: 12 4 , 1 8 1 . Bourgeois, L .: 5 1 , 246.

Allverdes, B .: 1. Althusius, J . : 12 , 1 7 2 . Andreae, W . : 10 2 . A rd igo, R .: 6 1 . Aristóteles: 8, 9, 10 1, 104, 108, 1 4 1 , 144 , 14 8 , 15 8 , 16 2 , 16 6 , 176 , 1 7 7 , 18 6 , 240, 2 4 1 , 2 6 1 , Azevedo: 83.

Boeckn: 96. Bogdanov, A .: 16 7 .

10 , 1 1 , 86, n i , 130 , 15 2, 15 3, 16 7 , 170 , 18 9, 2 1 4 , 262.

100, 13 4 , 157, 171, 2 29 ,

Branford, V . : 52. Breysig: 88, 12 2 , 2 16 , 2 1 7 , 259 , 260. Brinkmann, K .: 3 7 , 7 1 . B ryce: 268. Bücher: 2 1 8 . Bühler: 9 5. Bujarin, N . : 3 7 , 79. Burckhardt: 12 2 . Burke, E .: 24. Bury, J . B : 2 19 .

Bachofen, J . J . : 1 1 7 . Baldwin, T. M .: 1 3 7 . Barker: 18.

Calicles: 8, 130 . Carli, P h.: 45, 6r, 62, 12 4 . Carvallo: 83.

Barnes, H . E .: 58, 18 8 .

Caso, A .: 8 3.

Barth, P .: 3 7 , 46, 109, 12 2 , 2 19 ,

Catherein, V . : 14.

220, 2 6 3.

Cattaneo, C .:

Bastían, A .:

115 .

13 6 .

Chalupny, E m .: 80.

Bauer, W .: 266, 268.

Chamberlain: 1 1 2 , 12 2 .

Báum ker:

Clearco:

12 .

13 0 .

Baxa, J .: 24, 2 5 .

Colajanni: 62.

Bechterev, W . : 79, 92.

Colm , G .: 149 .

Benes, E .: 79 .

Comte, A .: 19, 20, 2 1 , 26, 30, 3 2 ,

Bláha, J . A .: 80.

34, 3 5 , 38, 4 5 , 46, 47, 49, 58,

Boas: 1 1 3 .

79, 88, 1 1 3 , 12 3 , 12 4 , 160, 170 ,

Bodino, J . : 10 4.

1 7 2 , 18 7 , 2 2 1 , 2 2 8 , 2 4 5 .


272

ÍNDICE DE AUTORES

Condorcct: 2 1, 220. Confucio: 7. Cooley: 56. Copérnico: 2 1 2 . Cornejo, M . H .: 8 3. Corrado, G ini: 12 4 .

Fergurson: 18 , 2 1 , 22, 144. Ferri, J . E .: 62, 110 . Fichte: 2 7 , 2 8 , 29, 100. Fischer, A .: 13 8 . Fischer, E .: 1 1 2 . Flint, R .: 2 1 9 . Fouillée, A .: 5 1 , 74, 2 19 . Frayer, H .: 15 6 .

Cumberland: 18. Cunow, H .: 3 7 . D arw in: 6 1, 10 7, 109, 1 1 0 , 120 , 212 . D aw e y: 93. D e Bonald: 26. D e G reef: 52 , 2 19 . Délos, J . T .: 15 . D e M aistre: 26. D e M arinis: 6 1, 136 . Deploige, S .: 15 . D icey: 268. D ilthey: 7 1 , 85, 96, 12 6 . Dobretzberger, J . : 220 . Draghicesco: 8 1. D uning, W .: 1 1 3 . Dunkm ann, .K : 168, 246, 264. D uprat, L .: 136 , 16 7, 18 2 , 2 1 1 . Durkheim , E : 15 , 44, 4 5 , 46, 47, 48, 49, 50, 5 1 , 89, 12 6 , 136 , 15 9 , 2 19 , 2 3 1 , 2 3 2 , 2 39 , 246, 248.

Frazer: 1x 5 . Freud, S .: 12 6 , 2 1 7 , 149, 2 3 3 . Frey: 2 2 2 . Freyer, H .: 19, 47, 70, 7 1 , 17 4 , 18 1. Frobenius:

1x 5 , 228 .

Fustel de Coulanges: 239. Galton: 1 1 2 . Geiger, T h .: 149 , 164. Geirlich, W . : 179 . Gentile, G .: 29. Gentz, F .: 24. George, S .: 2 3 3 , 260. Giddings, F . H .: 9, 46, 55, 56. Gierke, O .: 1 1 , 12 , 18, 109, 18 9, 218 . Gobineau: 1 1 1 , 1 1 2 , 226. Goethe: 2 3 , 264. Gomperz: 130 . Grábner: 1 1 5 . Grabowsky: 1 9 1 .

Eber, M .: 1 16 . Egon de Eickstedt, M . de: 1 1 2 . Eichhorn: 2 5, 26, 54 . Ellwood, C h . A .: 57 , 93, 1 3 7 , 17 5 , 2 39 , 269. Elster, A .: 10 7 . E Em erson: 26 2. Empédocles: 8, 109, 1 5 7 , 15 9 . Engel, E .: 12 5 . Erismann: 1 5 2 . Espinas, A .: 1, 1 3 5 . Eulenberg, F .: 2 19 . Fahlbeck, P .: 80, 1 8 1 .

G rant: 1 1 4 . Grasserie, R. de la: 2 3 1 . Grünfeld, E .: 3 7 . Giddings: 9 3, 1 5 7 , 17 5 . Gumplowicz: 46, 6 1, 75 , 1 1 3 , 160, 19 2 , 19 3 , 19 4, 207, 2 5 2 . Günther: 86, 10 5, 106, 1 1 2 , 1 1 3 , 2 11. G uyau, J . M .: 258. H artm ann, L . M .: 2 1 5 .

I

H auriou, M .:

226 .

Hausenstein, W .: Heberle: 1 2 5 .

259 .


ÍNDICE DE AUTORES

2 73

H ege l: 28, 29, 3 3 , 3 5 , 44, 70, 7 1 , IOO, 12 2 , 18 7 , 2 2 3 . H eller, H .: 20 2. H ellpach, W .: 13 8 . H eráclides: 130 . H eráclito: 8, 109, 1 5 7 , 15 9 , 160, 270 . H erbart, J . F .: 29, 30 , 13 4 , 13 5 , *3 7 H erd er: 15 , 2 2 , 24, 10 4, m , 144 . H erodoto: 104, 14 4 , 14 7 , 2 4 7 . H ertling: 14 . H ertz, F .: 1 1 3 , 2 1 1 . Hildebrandt: 7, 2 1 8 . H intze, O .: 19 3 . Hipócrates: 104, m . H obbes: 16 , 64, 18 6 . Hobhouse, L . T . : 5 2 . H om ero: 20 7. H onigheim , P .: 2 4 4 . H um boldt: 2 30 . H um e, D .: 18 . H untington, E .: 10 4. H usserl: 94, 9 5. Ihering, R. de: 7 2 , 7 3 , 2 1 8 , 249, 250 , 2 5 2 . Ischboldin, B .: 17 9 .

Kluckhohm , P .: 2 5 . Koehler, J . : 2 5 5 . Koppers, W .: 1 1 6 , 1 1 7 . Král, J . : 80. Kraus, J . B .: 2 3 7 . Kretschmer: 12 9 . Krueger, F .: 12 9 , 146 , 2 1 8 . Kurz, E .: 13 . Labriola: 62. Lamprecht, C .: 88, 2 16 , 2 1 7 , 226 . Lateen, W .: 179 . L aurof, P .: 79. Lazarus: 30, 1 3 5 , 14 4 , 14 5 . L e Bon, G .: 1 1 2 , 146 , 148 , 149, 15 1, 215. Lehm an: 1 4 1 . León X I I I : 1 3 , 14 . Leopold: 164. Le P lay: 4 7 , 48, 106, 17 6 . Leser, H .: 2 6 3. Letourneau, C h .: 1 1 5 , 146 . L évy-B ruhl: 5 1 , 1 1 6 , 136 , 2 3 2 , 239, 248 . Lilienfeld, P. de: 78, 10 7, 18 9. Lindner, A . G .: 30, 7 3 , 74, 75 , i 35 » I 37 Lippm ann: 268, 269. List, F .: 2 1 8 .

Jam es, W . : 2 3 9 . Jellinek: 90. Zenofonte: 2 6 2. Jerusalem, W . : 7 7 , 2 3 2 , 2 4 7, 264. Jespersen: 2 3 1 . Ju n g , C .: 12 8 , 12 9 , 1 3 1 .

L itt: 94. Locke: 2 1 4 . López de M esa, L .: 83. Lorenz: 206. Loria, A .: 44, 62. Luther, W .: 230 .

K ant, M .: 2 2 , 2 7 , m , 15 9 , 2 3 2 .

M aine, S ir H .: 2 2 2 , 2 5 2 . M althus: 10 7. M annheim, K .: 206, 2 34 .

K areief, N . : 79. Kelsen, H .: 3 7 , 19 6. Kidd, B .: 52, 226 , 2 3 9 . Kirch, G .: 17 9 . Kjellen, R .: 80, 19 1. Klages, L .: 13 0 .

10 5,

108,

190,

M aquiavelo: 58. M arx, K .: 28, 36, 3 7 , 62, 180, 18 7 , 19 2 , 19 4, 2 1 5 , 226 , 2 3 3 , 2 4 1. M andeville: 18.


ÍNDICE DE AUTORES

2 74 Pavlov, J . : Pesch: 14 .

M asaryk : 79, 80. M ausbach: 14. M axweiler: 15 7 . M a y r, G . von: 12 5 . M cCIenagam : 17 9 .

Peters, A .: 269. Petersen: 206. Petraschitzki: 2 5 3 . Petrazycky, L .: 79.

M acD o u gall: 13 4 , 139 , 14 8 . M a clve r: 17 5 . M cLenn an: 1 1 7 . M eillet, A .: 2 3 1 . M einnecke, F r.: 25. M eiter, R .: 20 7. M encio: 7. M enger, K arI: 54.

Pstrescu, N .: 8 1 . Pfennig , M . : 1 5 . Pfister, B .: 90. Pinder: 206. Pío I X :: 13 . Platón: 8, 100, IOI, I 2 7 > 130 , 13 1» 143 » * 49 > 15 2 , * 53 , 15 8 , 166, 186, 189, 190, 229, 240, 2-52, 2 6 1, 266.

M ichailousky, N . : 79.

Michels, R.: 62, 86, 143. Millar, John: 18 . M om bert, P .: 1 8 1 . M ontesquieu: 19 , 20, 144 , 17 2 , 2 5 2 . M o rgan : 1 1 7 . M óser, J . : 22, 12 5 .

26,

104,

Müller-Freienfels, R .: M ünzner, G .: 269. M ü ller-Lyer: 90, 9 1 .

13 8 ,

259 .

12 4 , 2 19 .

8, 110 ,

12 8 ,

130 ,

N o valis: 2 3 . N ovicov, J .: 78. Oppenheimer, H .: 68, 69, 7 5 , 90, 1 1 4 , 13 8 , 140 , 160, 19 3 , 19 4, 20 7, 2 5 2 . O rgaz, R .: 83. Pareto, V . : 59, 60, 8 7, 13 6 , 2 34 , 269. Park, R .: 58, 93, 170 , 17 8 , 269. Patten, S . N . : Paul, H .: 2 18 .

M 4> 16 2 , 20 7, 262,

116 . 148 , 16 5, 2 I 3> 26 5,

Plaut, P .: 14 9 . Ploetz, A .: 1 1 2 .

Quetelet, A .:

12 3.

Ranke: 12 2 , 19 9, 206. Ratzel 10 4.

Nadler, J .: 260.

Nietzsche, F .: 160, 220 .

104,

Protágoras: 8, 2 6 1, 26 5, 266. Proudhon, P . J . : 3 1 , 32 , 3 3 , 34, 169, 170 , 1 7 2 , 20 7.

M esner, J . : 14 . M üller, A .: 24, 26, 186, 189.

N iceforo, A .: 62, N iebu r: 2 5 , 54.

79 , 92.

52 , 5 3 , 2 5 2 .

Ratzenhofer, G .: 45, 54, 7 5 , 76, 160, 2 1 9 , 2 2 5 . Richard, G .: 29, 30, 5 1 . Riegel, A .: 2 58 . Riehl, W . H .: 12 5 . Ritter, K .: 10 4. Roberty: 78 . Rohden, P . R .: 18 3 . Romagnosi: 60. Ross, E . A .: 44, 46, 54, 55 , 13 7 , 15 6 , 16 5 , 16 6 , 2 5 2 . Rossi, P .: 62, 136 . Rothacker, E .: 259 . Rousseau: 266. Rümelin, R .: 220 . Rum pf, M .: 1 2 5 , 179 .


275

ÍNDICE DE AU TO RES 1

Saint Sim ón: 26, 3 1 , 2 1 4 , Sander, F .: 78, 9 3, 94.

2 15.

Som bart, W .: 16 , 19 , 3 7 , 7 2 , 97, 98, 99, 16 9, 17 4 , 186, 2 4 2 ,

10,

2 4 3 , 250 , 2 5 1 . Sorokin, P .: 7, 46, 79, 89, 17 8 ,

Santo T o m ás de Aquino: 1 1 , 12 , 13 , 14 , 100. Sarmiento: 83. Satlin: 166. Saupe: 15 2 . Savign y: 2 5 , 26, 54 , 2 5 2 .

208, 2 1 5 , 269. Spann, O .: 14 , 24, 46, 49, 76, 7 7 , 99, 100, 10 1 , 10 2 , 12 4 ,

S ch a ffle , A . : 30, 62, 63, 7 1 , 10 7, M .:

30 ,

7 1,

72 ,

14 1,

2 2 1 , 2 2 2 , 2 3 3 , 2 3 4 , 2 38 , 2 39 ,

88, 10 7 , 108, 1 1 0 , 1 1 3 , 160, 17 0 , 1 7 2 , 18 7 , 18 8 , 18 9, 208, 2 22, 228, 245, 2 5 1 . Spengler, O .: 2 1 7 , 220 , 2 2 8 . Spinoza: 16, 96, 13 4 , 1 3 7 , 1 4 1 ,

243. Schelling: 28, 12 9 . Schemann, L .:

' 7, 38 , 39, 40, 4 1 ,

4 5 » 4 6> 5 2 > 53 > 5 5 > 5 8 > 6 3 > 6 9 >

108, 18 9, 2 19 . Scheler,

17 1, 2 31. Spencer, H .:

112 .

Schm idt, L .: 2 4 7 .

186 , 240. Spranger, E ,: 19 , 7 1 , 7 2 , 96, 1 3 1 , 2 28 , 2 6 3. Spykm an : 65. Squillace, F .: 45. S te ffen , G . F .: 80, 94, 12 6 . Stein, L . von: 3 5 , 36 , 3 7 , 44, 2 6 3. Steiner, R .: 2 3 3 . Steinmetz, R .: 80, 1 2 5 , 208, 2 5 1 .

Schm idt, W .: 1 1 5 , 1 1 6 , 1 1 7 , 19 3 .

Steinthal:

Schmoller, G .: 54, 7 2 , 15 8 , 18 2 .

Stoddart: 1 1 4 . Stoltenberg, H . L .: 30 , 7 1 ,

Schelting, A . de: 90. Schilling:

14.

Schlegel, Federico: Schleiermacher:

23.

30, 7 1 , 96, 1 3 7 .

Schm itt, C .: 2 5. Schm idt, F .:

125.

Schm idt, G .:

235.

Schücking, L .:

260.

Schumpeter, J . : Schurtz:

2 18 .

Sutherland, A .:

18 .

Sighele, S .: 62, 13 6 , 149 , 1 5 1 . Simmel, G .: 44, 4 5 , 5 1 , 64, 65, 73, 160,

106, 16 5 ,

12 6 ,

15 1,

15 7,

15 8 ,

16 6 , 1 7 7 , 2 16 , 2 38 ,

251. Sm all,

A.

W .:

26,

44, 46,

54,

72 , 76, 2 5 2 . Sm ith, A .: 2 1 , 2 2 , 54, 15 8 , 1 6 1 , 240, 2 4 1 . Sócrates: 13 0 . Solón: 14 8 . Solvay: 5 2 .

14 4 ,

14 5 . 13 4 ,

Summer, W . G .: 52, 5 3 .

14 , 78.

Shaftesbury:

135,

*3 7Stuckenberg, J . F I. W . : 52 .

1 1 7 , 2 0 5.

Seipel, I.:

30,

14 1.

T ácito : 144 . T ain e: 2 1 5 , 2 58 . T ard e, G .: 44, 4 7, 50, 74 , 93, 1 2 1 , 12 4 , 140, 1 5 1 , 2 3 1 , 250 , 268. Tem ple, W . : 18. Teofrasto: 130 . Thom as, W . J . : 5 7 , 9 3. Thorndike: 93. Thurnw ald, R .: 7 1 , 14 5 , 2 5 5 , 260. Tietze, F í.: 259 .

248,


276

ÍNDICE DE AUTORES

T illich, P .:

148.

Tischleder: 14. T o d d , A . J .: 2 19 . Tónnies, F .: 44, 46, 5 1 , 64, 93, 12 4 , 1 2 5 , 17 3 , 17 4 , 1 7 7 , 1 8 1 , 2 1 8 , 2 19 , 2 2 2 , 22 8 , 268. T rasím aco: 8, 186. T róltsch: 12 , 2 19 . Trotter, W .: 136 . Tucídides: 96, 10 4, 1 5 3 , 26 5.

130 ,

131.

Venturino: 83. V ico , J . B .: 19, 58, 60, 6 1, 88, 14 4 , 220 ,2 2 1 . V ierk and t: 44, 45, 69, 9 3, 94, 9 5, 140 , 14 2, 149 , 164, 168, 16 9, 17 4 , 2 1 5 , 2 4 7 . M .:

W eber, M .:

2,

17 , 44,

48.

V leugels, W . : 149, 16 4. V o g el, W . : 1 9 1 . V ogelsang, M arqués de: 14 . Vosler, 2 3 1 .

66,

W eisgerber: 2 3 1 . W eism ann: 11 0 . W esterm ark, E .: 52 , 2 4 5 , 2 4 7.

15 8 , 16 8 , 17 4 , 179 , 2 i 5 ; 2 59W ieser, F . de: 2, 72, 77, 1 2 1 , i 43 > * 49 » * 53 > i 6 4 > * 75 » * 9 8» 19 9, 2 19 . W iniarski, L .: 8 1. W ó lfflin : 2 58 . W oltm ann, L .: 110 , 1 1 2 . W orm s, R .: 5 1 , 10 7, 1 7 5 , 189, 223. W u n d t, W .: 30, 7 1 , 72, 14 5 , 146, 2 18 , 2 4 7 . Xenopol: 8 1.

W a ch , J . :

46,

8 9 > 9°> 93> 97y l l 3> 12 0 = I 2 2 > 12 6 , 1 4 1 , 16 5 , 166, 17 4 , 1 8 1 , 18 2 , 19 6, 19 7 , 198, 199, 2 2 3 ,

W iese, L .: 44, 45, 47, 67, 68, 7 3 , 93, 94, 106, 126 , 149, 15 6 ,

V accaro : 6 1. V a n n i: 6 1.

V ignes,

252. W atson: 92. W axw eiler: 5 1 . W eber, A .: 6 7, 228 .

2 29, 2 3 7 , 2 38 , 2 4 3, 254 .

T u rg o t: 20. Tvoltzsch: 2 39 . U titz, B .:

W alther, A .: 58 , 7 1 , 90, 264. W ard , L . F .: 44, 45, 46, 5 3 . 188,

2 39 .

W a g n er, A .:

54.

W allas, G r.:

52,

13 7 .

Zimmermann:

17 8 .

Znaniecki, F .:

57 , 8 1.


INDICE ANALITICO Absolutismo moderno:

Behaviorismo:

200.

• Activism o: 5 3 . A gregad o: 17 0 . Agricultores:

19 3 ,

19 4,

A ld ea:

10 3 , 10 5 ,

173.

A lm a,

colectiva:

135,

240. 136 ;

de

grupo: 5 7 ; de las masas: 14 3 , 14 7 , za:

149 , 1 5 1 ,

2 6 4 ; de la ra­

14 6 ; del estado:

pular:

14 3 ,

14 4 ,

1 4 3 ; po­

14 6 ; cultura­

les: 2 1 7 . Ambiente

78,

9 1,

92,

93,

. I37 \ Biología

geográfico:

50,

m ,

15 6 , 200, 208, 2 2 7 . Am istad: 8, 9, 1 4 1 , 1 5 7 , 1 7 1 . Anim ism o: 2 39 . Antagonismo: 8, 15 9 . Antropología: 58, 1 1 1 ,

social: 10 7. Bohemia: 1 3 1 , 13 2 . Bolchevismo: 199. Burguesía: 2 1 3 . Burocracia: 36, 19 8 . Calvinismo: 2 26 , 2 3 7 -3 9 . Cam aradería: 13 2 , 1 7 7 . Cameralistas alemanes: 54. Campesinos: 34, 180, 248. Capas sociales: 1 2 3 , 206. Capitalismo: 180, 2 5 0 J avanza­ do: 70 ; moderno: 3 5 , 226 , 2 3 7 , 242-44 . Caracterología:

1 1 8 , 146.

Aristocracia: 2 3 8 . ( C f . N o b le z a ).

Castas: tal:

138 ,

13 6 . 179 ,

19 3;

sacerdo­

16 3 , 19 3 , 2 36 , 2 38 , 2 39 .

Artesanía: 1 3 1 , 17 8 , 240 .

Categorías sociológicas:

Asentamiento:

Caudillo: 7 7 , 10 5, 140 , 149 , 15 3 ,

10 3 , 1 1 4 , 15 6 .

Asociación: 9, 30, 3 3 , 3 7 , 64, 98, 17 1,

173,

24.3,

268;

17 4 , 55;

de compañeros, 2 4 1;

grupo:

etnógena: 16 9 ;

1 7 3 ; zoógena:

133,

53;

16 7 ,

174 ;

55;

Charism a:

15 6 ,

17 8 ,

Ciencia,

de

198, 2-55.

1 4 1 , 19 7. las

costumbres:

6 4 ; de las razas: 87,

55.

las

tu: 4 3, 72, 95, 96, 98, too, 1 .'H;

24 2 .

relaciones:

71;

ideográfica: 1 1 9 . Cinética social: 1 19 .

del

<<|,

118 ; Ji­

del

tradicional; 19 7 .

Avencidamiento:

235.

Chance: 67, 97, 19 7,

172 ;

115 .

16 2 . Cesaropapismo:

55;

económi­

profesionales:

voluntarias: Autoridad:

18 2 , 2x8,

antropógena:

demógena: ca:

18 1,

88,

osplri


278

ÍNDICE ANALÍTICO

Ciudad: 10 3, 10 5, 12 4 , 13 2 , 17 8 , 2 3 5 ; antigua: 1 7 8 ; estado: 10, 10 1 medieval: 17 8 , moderna: 17 8 . C lan : 2 3 4 , 2 3 5 , 248, 2 6 1 ; fami­ liar: 1 7 7 . Clases, sociales: 8, 10 5, 110 , 12 3 , 12 4 , 13 8 , 14 3 , 15 6 , 15 9 , 160, 1 7 2 , 17 4 , 179 , 180, 1 8 1 , 18 2 , 18 8 , 19 2 , 19 3, 206, 2 38 , 240, 2 4 2 , 2 5 7 , 2 6 3 ; lucha de: 75, 1 1 3 , 1 8 1 , 19 2, 194, 196, 19 9 ; burocrática: 19 4 ; comercial: 3 9 ; dominante: 8, 3 6 ; explotada: 19 4 , 1 9 5 ; explotadora: 19 4 ; media: 19 4 ; militar: 3 9 ; obre­ ra: 4 7 ; sacerdotal: 180, 2 3 7 . Colectivismo: 39, 5 3 , 120 . Colonias: m , 194, 209. Competencia: 65, 10 5, 2 19 , 2 4 3 .

160, 1 6 1,

Comprender, espiritual: 9 7-98 ; de sentido: 98, 99; psicológico: 97-8. Com unidad: 9, 14, 50, 14 2 , 169, 1 7 1 , 17 2 ,. 1 7 3 , 17 4 , 1 7 5 , 1 8 1 , 2 18 , 2 2 3 , 2 4 3, 258 , 2 6 1, 26 8; aldeana: 17 7 -8 ; de culto: 2 3 8 ; doméstica: 14, 16 5, 2 4 3 ; de ave­ cindamiento: 17 8 , de intereses; 1 7 4 ; genética: 17 8 ; política: 14 2 ; profesional: 1 4 2 ; religio­ sa: 14 2 , 2 3 6 ; y asociación: 2 2 2 , 228 . Comunismo: 3 3, 13 2 , 17 4 . Concepción, económica de la his­ toria: 3 4 , 62, 19 5, 207, 226 , 2 3 3 , 2 5 2 ; enciclopédica de la sociolo­ gía: 68; individualista: 99; uni­ versalista: 1 1 , 99. Conciencia, colectiva: 63, 69, 1 4 1 . 1 4 2 ; de la comunidad: 1 5 2 ; de la especie: 55, 56, 9 3 ; del nos­ otros: 55 , 69, 74, 1 3 7 , 13 8 , 1 4 1 - 3 , 16 8 ; del Y o : 9 4 ; indivi­

dual: 7 4 ; social: 36, 69, 74, 13 5 , 1 3 8 ; falsa, 2 3 3 , 2 34 . Concordia ciudadana (hom onoia): 14 3 . Conductores: 1 5 3 , 1 6 3 ; religiosos: Í 52. Configuraciones de sentido: 19 7. Conflicto: 54 , 5 5 . Congresos, alemanes de sociolo­ gía: 98, 10 2, 1 1 4 , 1 6 1 , 2 1 1 , 2 56 , 2 5 9 ; hegeliano: 2 9 ; inter­ nacional: 16 7 . Consensus: 3 2 , 160, 245. Conservatismo: 5 3 , 10 2. Contacto cultural: 228 . Contenido cultural: 2. Contrarevolución: 2 1 2 , 12 3 . Contrato social: 15 , 16, 18, 30, 5 1 , 56. Corporaciones: 24, 40, 54, 68, 94, 106, 120 , 1 6 1 , 168, 1 7 1 , 17 4 , 1 8 1 , 2 0 1, 20 2. Corporativismo: 7 7 . Cortesía: 249. Costumbres: 2 3 , 29, 34, 48, 50, 53, 72 , 8 1, 8 3, 10 5, 1 1 4 , 12 4 , 12 5 , 13 4 , 140 , 144, 14 5 , 1 7 7 , 178 , 248, 249, 2 5 1 , 2 54 . Culto a los antepasados: 239 . Cultura, ciclos: 2 1 1 , 2 18 , 2 2 7 ; ciencia de la: 2, 67, 12 7 , 13 4 , 14 6 ; inorgánica: 2 2 8 ; mágica: 2 4 4 ; orgánica: 228 , técnica,

n 5. Darwinismo: 58, 109. D em agogo: 1 5 2 , 16 2. Democracia: 56, 60, 14 7 , 16 7, 240, 250 , 268. D em ografía: 46, 5 3 , 12 4 . Dem ología: 1 2 5 . Demopolítica: 1 9 1. Derecho: 15 9 , 2 5 1 , 254 , 2 5 5 ; a la rebelión: 2 1 4 ; consuetudinario: 2 5 4 ; del más fuerte: 10 9; na-


ÍNDICE ANALÍTICO

tural: 1 5 - 1 9 ; 2 1 , 2 3 , 2 7, 3 2 , 56, 8 3, 10 1 , 13 9 , 1 7 2 , 18 6 , 189, 2 2 1 , 2 5 1 , 2 53 -4 , 2 5 6 D esigualdad: 1 5 7 , 15 8 . D ictaduras: 76, 199, 2 1 3 . Diferenciación (e integración cre­ ciente) : 2 2 2 . D inám ica social: 26, 28 , 1 2 1 , 12 4 , 1 7 2 , 205, 206, 208, 2 1 7 , 2 18 , 227, 242. D irigente: 1 2 1 , 15 2 , 1 5 3 , 1 5 5 , 16 2, 2 1 3 , 2 16 . División del trabajo: 8, 49, 65, 10 7, 15 8 , 15 9 , 18 2 , 2 19 , 240. 246. Dominación: 8, 6 5, 1 4 1 , 15 6 . 16 3, 16 4, 16 5 , 16 6 , 17 4 , 19 7 , 19 8 ; carismática: 12 0 , 1 9 7 ; racional: 16 6 , 19 7 ; tradicional, 1 9 7 ; de clase: 10 4, 208. Economía, oikos:

capitalista:

243;

política:

12 0 ; 72,

del 12 4 ,

18 2 , 2 4 1 ; urbana de mercado: 2 4 1. Ecuación personal: 38 , 69. Educación:

133,

14 0 ,

2 31,

2 6 1,

26 2, 2 6 4 ; primitiva: 2 6 1. Élite: 60, 11 0 . Em igración: 1 1 4 , 2 0 9 ,2 1 0 . Encuestas: 92. Energía social: 2 0 1. Esclavos: 36, m , 198. Escuelas,

de

histórica:

15 9 , 16 5 , 19 3,

los filósofos: 25,

26,

28, 46,

2 6 1; 54,

17 2 , 18 6 , 2 5 2 ; naturalista: 46. Espacio, físico:

10 6 ; geográfico:

1 9 1 ; social: 106. Espíritu, colectivo: 2 6 4 ; de cuer­ po: 5 4 ; de la época: 206, 2 2 6 ; del pueblo: 2 3 , 2 5 , 29, 80, 1 1 4 , 2 5 2 , 1 4 5 ; objetivo: 96, 97, 18 7.

Estadística: 86, 87, 88, 92, 1 1 8 , 1 2 3 , 12 4 , 12 5 , 206, 208. Estado, su carácter real: 19 0 ; su concepto: 19 4 ; doctrina nor­ m ativa del: 18 5 , 18 6 ; como for­ ma humana: 19 0 ; como forma de vida: 1 9 1 ; como fenóme­ no de fuerza: 2 0 1 ; como or­ ganismo: 9, 19 0 ; como pueblo: 1 9 1 ; como régimen: 1 9 1 ; como sociedad: 1 9 1 ; como unidad económica: 1 9 1 ; su idea socio­ lógica: 7 5 ; absoluto: 19 9 ; bol­ chevique: 200; federal: 2 0 2 ; me­ dieval: 9, 19 9 ; ideal: 9, 15 8 , 18 0 ; moderno: 18 2 ; nacional­ socialista: 20 0; despóticos: 2 6 5 ; fascistas: 200, griegos: 2 14 . Estamentos: 12 , 3 5 , 10 5, 14 3 , 15 6 , 1 7 2 , 179 , 180, 1 8 1 , 18 2 , 206, 230 , 2 3 5 , 2 38 , 248, 24 9 ; intermedio: 1 7 9 ; n o bi 1 i a r i o:

1 79 Estática social: 28 , 1 1 9 , 12 4 . Estirpes: 35 ,. m , 1 1 4 , 1 7 1 , 2 34 , 248, 260.

17 8 ,

Estructuras, sociales: 8 3, 87, 14 2 , I 43 > * 55 > * 77 > l 9 *> 2 I 2 > 2 i 8 > 2 3 5 , 24 0 ; igualitaria: 200; ple­ nas de sentido: 97. Ética, animal: 2 46 ; positiva: 76 ; cristiana: 2 4 5 ; descriptica: 245, 2 4 7 ; m ágica: 2 38 , normativa: 2 4 5 ; religiosa: 2 3 8 ; social: 2 7 ; sociológica: 2 45, 246. Etn o g rafía: 5 3 , 87, 88, m ,

114 ,

1 1 5 , 1 1 8 , 146 , 208. Etnología: 46, 58 , 80,

m ,

114 ,

1 1 5 , 1 1 7 , 244, 248, 2 5 5 . Evolución, cultural: 18 7 , 2 16 , 2 2 8 ; de la humanidad: 1 2 2 ; so­ cial: 22 , 3 3 , 39, 52, 5 3 , 56, 74, 1 1 0 , 1 3 7 , 160, 2 2 3 , 226 , 2 3 9 ; leyes de la: 38, 60.


28o

ÍNDICE ANALÍTICO

Experiencia del prójimo: 13 7 . Explotación: 55. Extravertido: 12 8 , 12 9 . Factores culturales: 2, 19, 50, 64, 2 26 , 2 3 1 , 2 4 3, 2 5 1 . Fam ilia: 28, 39, 48, 7 3 , 74, 89, 90, 106, 10 7, 15 6 , 1 5 7 , 1 7 3 , J 74 > i 75 > * 76> 2 34 » 2 35 > 2 6 1 5 patriarcal: 1 1 6 , 1 1 7 . Fascismo: 29, 58, 59, 60, 10 2, 1 4 7 , 19 9. Fenomenología: 70, 9 1 , 94, 9 5. Fetichismo: 2 2 1 , 258 . Feudalismo: 16 7, 19 8 ; y patrimonialismo: 2 4 3 . Filia: 1 5 7 ; entre amigos: 1 7 1 ; entre intereses comunes: 1 7 1 ; en­ tre parientes: 1 7 1 . Filosofía, de la H istoria: 6 1, 67, 8 2, 1 2 1 , 12 2 , 2 1 8 ; del D ere­ cho: 28, 3 5 , 8 3 ; idealista: 26, 44» 49» 5 8» 63» 98 ? católica: 1 5 ; positiva: 3 4 ; social: 4, 10, 13 . Física social: 3 1 , 12 3 . Fisiócratas franceses: 17 . Folklore: 12 5 .

genérico: 1 7 6 ; genéticos: 17 8 ; ideales: 1 7 4 ; intencionales: 1 7 4 ; neoplatónicos: 237; órficos: 2 3 7 ; pitagóricos: 2 3 7 ; prima­ rios: 17 0 ; secundarios 1 7 5 ; vo­ luntarios: 1 7 5 ; realidad de los: 170 . G uerra: 8, 3 3 , 80, 109, 12 4 , 15 9 , 206, 2 0 7, 2 0 8 ; la mundial: 56 ; justa: 20 7. G uías: 1 5 2 , 16 3. Hierocracia: 2 3 8 . Historicismo: 7 2 . Fíobo: 1 3 1 , 1 3 2 . H om bre, genial: 74, 1 2 1 ; primiti­ vo: 5 1 , 1 1 6 , 1 3 6 ; religioso: 1 3 1 ; económico: 1 3 1 ; divinans: 12 9 : faber: 12 9 . H o rd a: 89, 1 1 6 , 2 2 3 . Ideas-fuerza: 74. Ideologías: 37 , 2 34 . Iglesia: 106, 1 2 3 , 2 3 5 , 2 5 7 , 2 6 3 ; su doctrina social: 7 2 ; católica: 2 3 5 ; ortodoxa: 2 3 5 ; universal:

11.

Formaciones sociales: 1, 2, 9. 66, 68, 70, 77 , 93, 106, 1 1 8 , 1 5 5 , 15 6 , 168, 17 2 , 178 , 240. Formas, de trato: 7 2 -7 3 , 2 4 7 , 2 49 ; de socialización: 5, 98. Fugitivos políticos: 2 10 . Generaciones: 2 5 , 74, 10 7 , 15 6 , 18 7 , 206, 2 5 7 . G eografía sociológica: 10 3.

14 5 ,

Igualdad: 66, 1 5 7 , 15 8 . Ilustración: 2 3 , 24, 3 2 , 100, 12 0 . Imitación: 50, 57, 1 2 1 , 1 3 3 , 13 5 , 140 , 1 5 1 , 2 3 1 , 250 , 2 5 1 , 2 6 2 . Impulsos: 1 2 7 , 12 8 , 140. Individualismo: 39, 40, 5 3 , 58, 79, 11 0 , 120 , 2 16 , 246. Interación psíquica: 57, 13 8 . Interés inherente: 54, 76. Introvertido: 12 8 , 129 .

Geom etría de la sociedad: 65. Geopolítica: 80, 1 9 1 .

Jefatu ra: 60, 14 3 , 1 5 3 , 15 6 , 1 6 1 ,

Grandes hombres: 75 , 16 4. Grupos, concepto:

168.

16 9 ; co­

mo organismos: 17 0 ; económi­ cos: 18 0 ; espirituales: 16 8 ; es­ pontáneos: 1 7 5 ; finales: 1 7 4 ;

16 2 , 16 3 , 16 4, 199, 2 1 2 , 26 7. Jerarquía: 16 4, 16 7 , 2 38 . Len guaje: 2 3 , 50, 1 1 4 , 1 4 1 , 14 4 , 14 5 , 146 , 17 8 , 230 , 2 3 1 .


281

ín iu c i - a n a l í t i c o

l.rycs, biológicas: 1 1 2 ; de la evo­ lución: 1 2 1 , 2 1 6 ; de la evolu­ ción social: 208, 220 , 2 3 3 ; de M endel: 1 1 3 ; históricas: 2 1 6 ; sociales de la naturaleza: 50 ; de la hostilidad absoluta: 76, 16 0 ; de los tres estados: 26, 3 1 , 34, 2 2 1. L íder: 15 2 , 1 5 3 , 16 3 . Liga de varones: 1 1 7 , 20 5. Lucha, de clases: 36 , 3 7 , 62, 72, 1 1 3 , 1 8 1 ; 1 9 2 ; de grupos: 6 1, 16 0 ; de razas: 1 1 3 , 1 9 2 ; por la existencia: 50, 6 1 , 7 5 , 10 7, 109, 1 1 0 , 160. Raza: 20, 39, 86, 106, 10 7, m , 1 1 2 , 1 1 3 , 1 1 4 , 12 3 , 1 3 3 , 146, 17 8 , 2 10 , 2 2 5 , 226 , 2 5 2 . Razón colectiva: 3 3 . Reflexología: 92. Representaciones colectivas: 136 , 232. Revolución, fascista: 2 1 3 ; france­ sa: 1 0 1 , 2 1 3 , 2 1 4 ; rusa: 2 1 4 ; violenta: 48. Sectas: 1 7 5 ; cristianas: 2 3 5 , 2 3 7 ; protestantes: 2 3 9 . Selección: 55, 6 1 ; artificial: 1 1 0 ; natural: 109, 1 1 0 ; social: 5 3 . Sentimientos: 12 8 , 188, 20 1,-2 39 . Séquito: 14 3 , 16 3 , 17 4 . Ser cultural: 1 1 8 ; natural: 1 1 8 . Siervos: 36. Simbolismo: 13 8 , 2 16 , 2 59 . Sistema energético: 8 1 ; feudal: 2 4 2 ; mágico: 2 6 1 ; patrimonial: 242. Sobrepoblación: 20 7, 2 10 . Socialismo: 2 7, 58, 110 .

tamental: 24 9 ; sin clases: 18 0 -1, 1 9 5 ; burguesa: 3 2 , 3 7 ; comer­ cial: 1 7 3 ; como organismo: 39, 45 , 5 5 ; de animales: 1 3 6 ; de clases: 7 1 ; liberal: 69; occiden­ tal: 2 2 1 ; patriarcal: 2 4 2 ; primi­ tiva: 1 1 6 ; rural: 5 7 ; secreta: 6 5 ; socialista: 19 2 . Sociografía: 80, 8 7, 1 2 5 . Sociología, analítica: 4 5 ; animal: 1 ; aplicada: 4 ; biológica: 7, 45, 47, 108, 18 9 ; como ciencia del espíritu: 72, 76 ; como ciencia positiva: 2 9 ; comprensiva; 98; cosmológica: 50 ; criminal: 2 5 5 ; cristiana: 15 , 5 3 ; de la econo­ mía 7, 240, 4 1 , 2 4 3, 2 5 5 ; de la educación: 2 6 1 ; de la guerra: 3 3 , 20 8; de la literatura: 260; de la moda: 80; de la moral: 80, 2 4 4 ; de la opinión pública: 2 6 4 ; de las costumbres: 2 4 7 ; de la técnica: 240, 2 4 4 ; del conoci­ miento: 7 2 , 78, 2 3 1 , 2 3 4 ; del derecho: 2 5 1 , 2 5 2 , 2 5 5 ; del sa­ ber: 2 3 3 ; de los partidos: 1 8 3 ; descriptiva: 38, 80, 94, 10 6 ; di­ námica: 3 4 ; empírica: 1 2 5 ; filo­ sófica: 66, formal: 47, 64, 66, 67-69, 16 8 ; general: 66, 6 7; geo­ gráfica: 7, 10 6 ; griega, 7, 9, 10, 86, 88; histórica: 4 7 ; idealista: 10 0 ; individualista: 10 2 ; intelectualista: 3 1 ; jurídica: 2 5 4 ; mar­ xista: 44, 7 9 ; mecanicista: 47, 8 1, 8 7 ; medieval: 10 , 1 1 , 13, 100, 109, 1 7 2 ; orgánica: 63, 10 7. 109,

19 0 ;

psicológica:

7,

47;

pura: 4, 65, 94; romántica: 23 , 26 ; universalista: 47, 48, 76, 100, 10 2, 2 3 1 ; urbana: 57 -5 8 , 2 4 3 .

Socialización: 5, 93, 98, 17 4 .

Solidaridad: 5 1 , 6 1 , 95, 15 8 , 19 3,

Sociedad, alemana de Sociología: 6 4; civil: 18 7 ; cristiana: 1 3 ; es­

246, 2 58 . Subordinación: 16 5, 1 6 7 ; carismá-


28 2

ÍNDICE ANALÍTICO

tica: 10 9; racional: 1 9 7 ; tradi­ cional: 19 7. Sucesión irreversible (de situacio­ nes históricas): 70. Sugestión: 50, 1 3 3 , 140, 1 5 1 , 262, 2 6 5. Supraordinación: 16 5 , 16 7.

M oral, gentilicia: 2 4 7 ; individua­ lista: 2 4 7 ; señorial: 11 0 . M o rfo lo gía de la sociedad: 1 5 7 ,

M anifiesto comunista: 19 5 . M arxism o: 58, 196, 2 3 4 . M asa: 60, 68, 10 5, 120 , 1 2 1 , 12 3 ,

N ació n : 24, 58, 74, 8 1, 13 4 , 146 ,

! 34 > i 47 > * 4 8> i 5 °> * 5 h I 5 2 > ! 53 » 155 » l6 4 > i6 8 > 2 i 2 > 2 I 3 > 249, 26 2, 264, 2 6 5, 266, 2 6 7; su concepto: 15 0 ; actual: 15 0 ; latente: 15 0 ; psicológica: 1 5 2 ; artificial: 12 3 . M atriarcado: 1 1 6 , 1 1 7 , 2 4 2 . M atrim onio: 1 1 7 , 15 8 , 1 7 1 . M étodo, articular: 99, 100, 1 0 1 ; biológico: 8 7 ; clasificatorio, 99; comprensivo: 72, 7 5 , 96, 9 7 ; de las ciencias del espíritu: 49, 8 5; de las encuestas: 8 7 ; descripti­ vo: 48, 5 7 ; faseológico: 90; fe­ nomenológico: 70, 9 1 , 94, 9 5 ; histórico: 6 1 ; inductivo: 48, 85, 86, 95, 2 1 5 ; orgánico: 6 3 ; psi­ coanalítico:

12 7 ;

psicológico:

44, 87, 9 1, 93, 9 4 ; universalis­ ta:

44,

77;

científico-natural:

8 7 ; de la sociología:

44, 12 0 ;

tipológico: 87, 88, 90. M igración:

106,

114 ,

115,

117,

I72 * M otines: 13 6 , 149 . M ultitud: 1 5 2 , 1 5 3 . M undo circundante: 13 8 .

x73 > 7 5 » I 95Nacionalism o: 63, 8 1. Nacional-socialismo: 10 2 , 18 3 , 200, 2 2 2 , 2 4 7 . N aturalism o: 58, 63, 249. N obleza: 16 5 , 180, 18 8 1, 249. N orm as, jurídicas: 2 5 1 , 2 5 5 ; so­ ciales: 2 3 5 . Obediencia:

140,

16 5,

262;

del

derecho: 2 5 1 , 254 . Opinión pública: 18 , 5 1 , 54, 64, 10 5, 1 5 2 , 264-69. Oposición: 50, 55. Opresores: 36. Oprimidos: 36 . Orden jurídico 19 , 18 5 , 20 2, do­ minante: 2 1 2 , 2 1 3 , 2 3 1 , 2 4 3 , 2 74 , 2 5 2 , 2 54 . Organicistas: 190. Organismo, biológico: 107, 108, 17 0 ; contractual: 5 1 ; espiritual: 10 9 ; social: 50, 6 3, 7 3 , 89, 17 0 ; fui generis: 3 1 . Organización corporativa: 12 , 180, estamental: 180.

12 4 , 208, 209, 2 10 , 2 1 1 ; de ins­ tituciones: 20 8 ; en la Ed ad M e ­

Panlogismo: 28.

dia: 2 10 .

Parasitismo: 6 1.

M ilitarism o: 198.

Pareja: 168.

M itos: 1 1 6 , 12 7 , 14 5 .

Parentela:

M o d a : 140, 249, 2 50 , 2 5 1 .

Parentesco: 1 1 4 , 17 5 . Partidos políticos: 65, 10 5, 1 7 5 , 17 9 , 18 2 , 18 3 , 266, 268.

M odelos de acción: 2 5 5 . M onarquía social: 36. M onoteísmo: 2 2 1 , 2 3 5 .

17 7 .

Pastores: 19 4 , 209, 240.


28 3

ÍN D lcií ANALÍTICO

Patología social: 9. Pati imonialismo: 19 8. Patriotismo: 1 4 3 , 2 0 1 , 2 5 4 . Pedagogía social: 26 2. Períodos (sociológicos): 19 , 217 , 220, 2 2 1 . Pobre: 1 3 1 , 1 3 2 , 15 9 , 180. Poder del estado: 18 7 , 2 2 ; ecle­ siástico: 2 3 5 ; social. 18 2 , 264. Polis: 1 1 2 , 10 1 , 12 0 , 14 3 , 200. Politeísmo: 2 2 1 , 2 3 5 . Positivismo: 49, 6 1, 70, 8 3, 2 2 1 , 2 35 * Prensa: 2 6 7 ; diaria:

16 4, 26 5,

266, 269. Procesos sociales: 13 8 , 1 5 5 . Prensa: 267. Prensa diaria: 16 4, 2 6 5, 266, 269. Profesión: 1 2 3 , 1 7 5 , 230 , 240. Profetas: 2 36 , 2 3 8 . Progreso: 69, 2 1 9 , 2 2 7 , 2 4 4 ; idea del: 12 2 , 2 16 , 2 1 8 - 2 1 , 2 4 4 ; inte­ lectual: 3 4 ; moral: 34, 2 19 . Proletariado: 3 5 , 60, 180, 1 8 1 , *95» 2 3 3 , 2 3 4 . Psicoanálisis: 12 6 , 1 2 7 , 12 8 , 149 . Psicología, colectiva: 62, 7 1 ; de la estructura: 12 9 ; evolutiva; 12 9 , 1 4 6 ; de las masas: 9, 77, 1 2 1 , 12 6 , 1 2 7 , 13 4 , 13 6 , 139 , 147-9» *55» i 6 3» r 99» 26 8 ; del estado: 2 0 1 ; de los pueblos: 30, '

* 33 » 134 » i 35 ‘ 6> * 39 »*44 » 14 5 , 146 , 2 1 8 , 2 3 2 , 2 4 7 ; indi­ vidual: 1 2 7 , 1 3 3 , 14 4 ; social: 2 9 » 5 6 » 57 » 5 8» 73 » 86 , 91» 93 » xoo, 1 1 5 , 1 3 3 -3 9 , l6 8 » 2 54? 264. Público: 5 1 , 8 3, 1 5 1 , 250 , 2 5 7 , 260. Pueblo: 63, 14 4 -5, J 4 7 » '*53 » l6 2 » 17 8 , 19 3 , 2 4 8 -50 -2 57 , 2 6 5 ; de agricultores: 2 3 5 ; africanos: 1 1 6 ; bárbaros: 8 8 ; marineros: 2 2 7 ; nómadas: 19 3 , 209, 2 3 4 ; pasto­

res: 2 3 5 , 2 4 2 ; primitivos: 55 , 1 1 5 , 1 1 6 , 2 4 8 ; sedentarios: 290 ; semi-civilizados: 248. T a b ú : 2 3 8 , 248. T écn ica: 2 2 5 , 226 , 2 4 4 ; de la ac­ ción social: 16 4 ; de las masas: 16 4 . Telesis: 5 3 . T eo ría de la comprensión: 96, 12 9 ; de la configuración: 1 9 1 ; de la ideología: 2 3 4 ; de la conciencia falsa: 2 3 3 ; de las estructuras: 64, 15 5 -6 , 16 8 , 1 7 2 ; de la form a: 17 0 ; de las ideologías: 2 3 3 ; de las motivaciones: 55 , 69, 9 1 , 9 3, 98, 1 5 5 ; de la sustracción: 14 0 ; de la suma: 14 8 ; de los ciclos cul­ turales: 80, 88, 1 1 5 , 1 1 8 . 2 1 7 ; de los grupos: 1 5 5 , 16 7, 1 7 2 ; de los impuestos: 1 3 8 ; de los pro­ cesos sociales: 13 8 , 1 5 5 ; de los tipos: 64, 9 1 ; energética: 190; faseológica: 2 3 7 ; heroica: 12 0 ; individualista: 100, x o i; jusnaturalista: 30 ; orgánica: 12 , 5 1 , 69, 108, 170 , 18 7 , 190, 191; de los tipos: 15 6 ; de los grandes hombres: 1 2 1 ; del romanticis­ mo alemán: 2 5 ; demográfica de la sociedad: 12 4 ; metodológicas: 1 2 3 ; del estado: 28, 43, 68, 69, 90, 108, 18 5 , 19 9 ; del estado: la orgánica: 28, 18 9 , 2 0 2 ; la fe­ deralista: 1 7 2 ; la coactiva: 2 5 5 ; la marxista: 3 7 , 1 9 5 ; la socio­ lógica: 80, 18 5, 19 3 , 20 0; uni­ versalista: 14 , 76, 10 1 . T ip o empírico: 90; histórico: 9 1 ; industrial:

17 2 , 18 8 , 2 2 2 , 2 2 8 ;

militar: 17 2 , 18 8, 208, 2 2 2 , 2 2 8 ; de cultura: 88, 226 , 2 2 7 , 2 2 8 ; de dominación: 16 5 , 16 6 ; 12 0 ;


284

ÍNDICE ANALÍTICO

ideal: 66, 90, 98, 12 0 ; de evolu­ ción de la sociedad: 8 8 ; psico­ lógicos: 12 8 ; sociológicos: 70, 29 . Totemismo: 1 1 7 , 1 2 7 , 2 38 , 242, 298. Tradición: 8 1, 1 3 3 . T rib u : 39, 55 , 74, 209, 2 3 2 , 234, 2 3 5 , 248, 2 6 1.

V ecin dad: 10 3, 10 5, 1 7 5 .

U niones: 89, 94, 15 6 , 16 7-9 ; I 7 2 »

Y o , colectivo: 9 4 ; tendencia a su

r 75 Universalismo: 9 9 -10 1,

Violencia:

139 ,

198,

2 12 ,

2 19 ,

222. Voluntad de arbitrio: 64, 9 3, 1 7 3 ; esencial, 64, 93, 1 7 3 ; colectiva: 8 1 ; de dominio: 12 8 ; de las ma­ sas: 16 3 ; del pueblo' 1 5 2 ; de su­ bordinación: 9 5 ; general: 266.

afirmación: 2 1 7 ; a su entrega: 12 9 , 245.

2 1 7 ; conciencia del: 94.


INDICE GENERAL

P r e f a c io

..........................................................................................................

I n t r o d u c c ió n

..............................................................................................

C A P IT U L O I H is t o r ia

de

la

S o c io l o g ía h a s t a

S p e n c e r .............................

i. Observaciones preliminares, 5 . — 2. L a sociología entre los griegos, 7.— 3. L a sociología medieval y la sociología ca­ tólica moderna, 10 . — 4. E l derecho natural moderno, 15 . — 5. Los comienzos de una sociología con base histórica, 19 . — 6. La sociología histórico-romántica, 23.— 7. L a so­ ciología en la filosofía idealista alemana, 2 6 .— 8 . A u g u s­ to Com te y P . J . Proudhon, 3 1 . — 9. Lorenz von Stein y Karl M arx, 3 5 — 10. L a sociología de Spencer, 3 8 .

C A P IT U L O II S o c io l o g ía

C o n tem po rán ea

......................................... .................

1. Tentativas de clasificación, 4 3. — 2. La sociología en bran­ 4. La sociología en Italia, 58 . — 5. L a sociología en Alem ania, 6 2. — 6. L a sociología en Alem ania (continuación), 67.--7. Sociólogos austríacos, 75.— 8. D atos sobre sociología en otros países, y8. — 9. Sociología latinoamericana, 8 1 .

d a , /¡y.— 3. La sociología en los países anglosajones, 52.


286

ÍNDICE GEN ERAL

CAPITULO III Págs.

Los M

éto d o s de

la

S o c io l o g ía

...........................................

85-102

1. Exam en de conjunto, 85.— 2. Los métodos clasificatorio y tipológico, 88. — 3 . E l método psicológico y el método fenomenológico, 9 1 . — 4. E l método de la rrcomprensión 95.— 5. E l universalismo, 99.

C A P IT U L O I V C i e n c i a s M a r g i n a l e s y C i e n c i a s A u x i l i a r e s d e l a S o cio ­ l o g ía

.......................................................................................................

10 3 -13 2

1. G eografía, 10 3 . — 2. Bio-sociología, 10 7 . — 3. La ciencia de las razas, m . — 4. Etnología y prehistoria, 1 1 4 . — 5. H istoria y sociología, 118. —6. Estadística y sociología, 1 2 ) . — 7. Psicología y sociología, 1 2 6 —8. Caracterología y sociología, 12 9 .

C A P IT U L O V P s ic o l o g ía S o c ia l

.................................................................................

i^ -

1. Objeto e historia de la psicología social, 13 3 . — 2. A lg u ­ nos temas de la psicología social, 139. — 3. Psicología de los cblos, 1 4 4 —4. Psicología de las masas, 147.

C A P IT U L O V I T e o r í a de l a s F o r m a s S o c i a l e s ................... ..................................

i 5 5 'i 8

3

i. Examen de conjunto, 1 5 5 . — 2. U nión y oposición, 1 5 7 .— 3 . La jefatura, 1 6 1 . — 4. Dominación, 16 5 . — 5. Teoría gene­ ral del grupo, 16 7 . — 6. Clasificación de los grupos, 17 0 . — 7. Grupos genéticos y locales, 1 7 5 . — 8. Estamentos, clases so­ ciales y partidos políticos, 17 9 .

C A P IT U L O V II S o c io l o g ía d e l E s t a d o

......................................................................

1. Concepto e historia, 185.— 2. La teoría orgánica del es­ tado, 189. — 3. La teoría de la lucha de clases, 192. — 4. La sociología del estado de M a x W eber, 196. — 5. L a teoría energética del estado, 200

18 5 -2 0 3


I l Mi l i II

287

«iKNIWAI,

CAPITULO VIII Págs. I íinAm ic'a S o c i a l

................................................ ....................................

2 0 5 -2 2 3

1 I U lm én de conjunto, 205. — 2. Migraciones, 208.— 3. iViii inlitgiii de las revoluciones, 2 1 1 . — 4. La idea del proHicu> y las leyes históricas, 2 16 . — 5. Leyes sociológicas de

l.i evolución, 220. C A P IT U L O S o c io l o g ía d e l a C u l t u r a

IX

..............................................................

2 2 5 -2 6 9

1 . Observaciones generales, 2 2 5 . - 2 . Sociología del lengua­ j e y del conocimiento, 229.— 3. Sociología' de la religión,

234.— 4. Sociología de la economía y de la técnica, 240 .— 5 . Sociología de la moral, 244.— 6. Sociología de las cos­ tumbres, de las formas de trato y de la moda, 247.— 7. So­ ciología del derecho, 2 5 1. — 8. Sociología del arte, 256.— 9. Sociología de la educación, 2 6 1 .— 10 . Sociología de la opi­ nión pública, 264. I n d ic e de A u t o r e s In d ic e A n a l í t i c o In d ic e

G en eral

...................................................................................... 2 7 1 - 2 7 5 ...........................................................................* . . . .

2 7 7 -2 8 4

.................................... ' .............................................. 2 8 5 - 2 8 7



Introducción a la Psicología