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MÚS!CA

‘MALDITO’. Nick Drake ha inspirado a buen número de artistas de todos los estilos, pero él nunca triunfó, ni siquiera después de muerto como ha ocurrido con otros.

TEXTO: EDUARDO TÉBAR ODO lo que rodea a Nick Drake supone un enigma, un interrogante gigantesco. Nunca se supo con certeza quién era en realidad ni quién quiso ser. Pero acertó en su pronóstico. La inclusión de ‘Pink moon’ en un anuncio televisivo de Volkswagen, en el año 2000, provocó que en un mes se vendieran más discos de Drake que en las tres décadas precedentes. A partir de ahí, la sombra no ha hecho más que alargarse. Hoy, el guitarrista virtuoso y apocado, el poeta romántico que susurraba mientras en el rock se ventilaban las penas a gritos, recibe con unanimidad las alabanzas de la música independiente universal. Los cantautores más pintorescos le veneran. Jazzistas como Brad Mehldau y voces femeninas como Norma Waterson o Lucinda Williams redescubren los rincones de sus composiciones. En España, el mismo Nacho Vegas ‘calcó’ las sesiones fotográficas de Drake para su debut solista. Y la crítica le adora. El contemplativo autor de ‘River man’ disfrutaría del debate incandescente al que invita su obra, tan breve como sustanciosa. Trevor Dann, veterano periodista de la BBC y Mojo, ha escrito ‘Más oscuro que el más profundo mar. En busca de Nick Drake’, el mayor análisis hasta la fecha sobre el apuesto maldito. Un volumen que en España publica la editorial Metropolitan, hermana del sello Mushroom Pillow. A diferencia de las típicas biografías, este libro abre puertas, traza nuevos caminos y dibuja un perfil completo de Drake en un relato chispeante de información y hallazgos. Y lo consigue en forma de reportaje largo, con afán periodístico, viajando a las calles por las que Nick deambuló, preguntando a sus compañeros de universidad, al productor y los ingenieros de sonido con los que trabajó aquella música extraña. Cuenta Trevor Dann que cuando empezó a investigar, en otoño de 2004, aparecían 550.000 entradas al buscar ‘Nick Dra-

T

NICK DRAKE Muchas veces, la borrachera de éxito acaba con un artista. En el caso de Nick Drake, la ausencia de notoriedad trituró su corta existencia. El joven y talentoso músico británico visionó su epitafio a modo de profecía en el primero de los tres discos que grabó, ‘Five leaves left’ (1970): «La fama no es más que un árbol frutal. Así, tan inestable, nunca puede florecer, hasta que su tronco está en el suelo… Hasta que el tiempo ha volado, lejos del día de su muerte». Él abandonó el mundo solo, olvidado y destrozado por las drogas. El calendario marcaba el 25 de noviembre de 1974. Tenía 26 años.

ke’ en Google. «Hoy en día hay más de un millón, muchas más que para Jeff Buckley o Janis Joplin», explica el redactor. También resulta significativo que existan seis páginas web –una de ellas en castellano, www.lalunarosa.com– de una minuciosidad que ralla lo estrambótico. Definitivamente, Nick Drake no fue la estrella de los setenta, aunque ha deslumbrado en el siglo XXI.

Banda sonora de Hollywood La BBC le dedicó un especial con la voz de Brad Pitt. Y en Hollywood recurren con frecuencia a su cancionero para adornar escenas de corte intimista o atmosférico. ‘Things behind the sun’ y ‘One of these things first’ se utilizaron en ‘Algo en común’; ‘Black eyed dog’ y ‘Cello song’, en ‘The good girl’; ‘Northern sky’ –que conoció una brillante adaptación en español de la mano de Los Planetas–, en ‘Serendi-

Genio en la

sombra pity’; ‘Fly’ apareció en ‘Los Tenembaum’; y ‘Road’ en ‘Hideous Kinky’. Por sus prodigios, luego han emergido sucedáneos como Robyn Hitchcock –antiguo estudiante de Cambridge, como Drake–, que lo convirtió en protagonista de la canción ‘I saw Nick Drake’: «Vi a Nick Drake en la esquina del tiempo y la emoción», declama. Sin embargo, los álbumes de Drake continúan asombrando por su atemporalidad. Por su lírica culta y, en especial, por la yuxtaposición estilos. Parece increíble que un maestro del arpegio con la acústica como él, con un caldo de cultivo fácil en el folk, se obsesionase con el ‘free jazz’, las obras corales de música clásica y, por su puesto, por el blues pantanoso. Con tal crisol genérico, ahora podrían etiquetar su propuesta como ‘world music’. Nick Drake sabía leer y escribir música. Además de la guitarra, tocaba el piano, el clarinete y el saxo con similar des-

treza. Y su voz… Otro instrumento, el más inquietante: dulce, apagada, temerosa. La escucha de sus temas propone sorpresas. Es raro que arranque a cantar cuando se espera que lo haga. Mezcla acordes mayores y menores con simplicidad. Entiende la idea de composición modal de Miles Davis, evitando las tradicionales estructuras de estrofas y estribillos. El productor Tony Reif aclara que las canciones de Drake «dejan un aura de misterio que las envuelve, como si fueran piezas de un puzle que encajan perfectamente a pesar de que la imagen completa nunca llega a formarse». De manera que todo responde a «su ambigüedad seductora, expresada siempre en el contexto de estructuras musicales muy precisas», reflexiona. Eso es lo que atrapa a tantos músicos. Lo que demuestra que la historia del pop experimental todavía alberga tesoros ocultos.

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Nick Drake: genio en la sombra