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31 Catequesis, Catequesis hoy Situación Primera y

problemática evangelización José María Pérez Instituto Superior de Ciencias Catequéticas. San Pío X

En el anterior cuadernillo de nuestra colección hablábamos de las tres etapas que tiene el proceso evangelizador. En este número y en el siguiente vamos a centrarnos especialmente en las dos primeras etapas, para dar nuevas fuentes de reflexión y diálogo a los que se acerquen a estas páginas. LA PRIMERA EVANGELIZACIÓN, PERÍODO A PRIVILEGIAR

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cabamos de vivir un acontecimiento histórico en la Iglesia, la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Madrid con la presencia destacada del Papa Benedicto XVI. Es verdaderamente sorprendente y también motivo de dar gracias a Dios de cómo la Iglesia ha tenido la capacidad de convocar a tantos jóvenes de todo el mundo. Creo que ninguna institución, grupo, partido político puede hacer una cosa parecida y es motivo para sentirnos felices. Sin embargo, este acontecimiento puntual no nos debe hacer olvidar la situación en la que vivimos. Aunque seamos muchos, millones de personas, todavía el Evangelio no ha llegado a mucha gente porque no ha habido nadie que se lo haya transmitido, o bien personas que recibieron formación religiosa cristiana en su niñez que por determinadas circunstancias han decidido abandonar la fe, personas bautizadas que viven en la indiferencia religiosa, o incluso muchos adultos que piden los sacramentos para ellos o para sus hijos pero que viven en la lejanía a todo lo que sea Iglesia, parroquia, creencia… A lo mejor el optimismo de estos días nos haga olvidar la realidad en la que vivimos, una sociedad necesitada de evangelización. Como decía el teólogo José María Castillo “es fácil convocar a los convencidos, ya es más difícil convocar a los otros”. A Benedicto XVI le preocupa la situación y en los últimos años ha creado un organismo vaticano para la nueva evangelización. En los próximos días se celebrarán diversos congresos y foros sobre el tema e incluso el próximo Sínodo a celebrar en Roma tendrá como tema la nueva evangelización. En estos días se puede acceder a través de internet, sin problemas, al borrador preparatorio de este encuentro tan importante.

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Algunas personas dicen que porqué tenemos que preocuparnos de las personas que no creen. En este sentido quiero contar una anécdota que me ocurrió hace unos años cuando participé en un congreso. Un sacerdote de una parroquia madrileña indicaba que la población dentro de los límites parroquiales era aproximadamente de unas 8000 personas, pero que él pensaba que solamente un 5 % de esa población se acercaba al templo parroquial por lo que decía que, en realidad, atendía a unas 400 personas. Para él, las 7600 personas restantes no significaban ninguna preocupación y en su parroquia brillaba por su ausencia la pastoral misionera. Cuando yo escuchaba a aquel buen párroco resonaban en mi interior las últimas palabras del Evangelio de Mateo: “Id y haced discípulos de todas las naciones, […] mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20). No solo por motivos evangélicos es primordial la primera evangelización a tantas personas sino que también por motivos prácticos: la supervivencia de una comunidad cristiana depende de su capacidad de transmitir la fe a una nueva generación de cristianos. LOS DOS MOVIMIENTOS DE LA 1ª EVANGELIZACIÓN El tema de la “presencia” en medio de los otros para testimoniar y anunciar con la vida y la palabra el Evangelio, presenta un doble movimiento. El primer movimiento ya lo hemos visto es: “Id...”. El andar hacia los demás, hacia los no cristianos, la presencia en medio de ellos, a menudo, como uno de ellos, parece ser un principio primario de todo anuncio del Evangelio, no superable y no sustituible por otros más modernos. El problema no es sólo el de hacer escuchar

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En la imagen de al lado, jóvenes que reciben catequesis de iniciación cristiana en la Parroquia de Sta. María de Caná (Madrid). Abajo, un grupo de la diócesis de Córdoba durante la JMJ 2011.

El primer movimiento sería “Id y haced discípulos de todas las naciones”, el andar hacia los demás, hacia los no cristianos, la presencia en medio de ellos la propia voz, sino el de hacer presente en medio de ellos la realidad del Evangelio. La presencia es la condición de base y al mismo tiempo la primera modalidad de anunciar el Evangelio. Esto que teóricamente parece tan comprensible y tan sencillo de entender en la práctica resulta difícil por nuestra herencia de sociedad de cristiandad. Un párroco me decía lo siguiente: “Hace unos años tocábamos las campanas de la Iglesia y todo el mundo venía, ahora las tocamos y no viene mucha gente y en vez de ir hacia la gente nos quedamos en nuestro sitio criticando a los que no vienen” El segundo movimiento es “Venid y veréis”. A primera vista la afirmación parece contraria a la que hemos hecho precedentemente, pero es sólo una apariencia. Se hace necesario hacerse presentes en medio de los demás como portadores, representantes de otra realidad. Los apóstoles y los que evangelizan no están presentes como turistas, sino que viven entre ellos y de forma benéfica o liberadora hacia los demás, una significativa realidad religiosa. Para ello puede invitar a todos a “venir y ver” como esta realidad evangélica transforma al hombre en sentido positivo: conocer en vivo la realidad del Evangelio operante en la vida de las personas humanas, hacer experiencia del cristianismo.


Jesús entonces se volvió, y viendo que le seguían, les dijo: ¿qué buscáis?. Le respondieron: “Rabbi” (que significa maestro), ¿dónde moras?, y les dijo: “Venid y lo veréis” (Jn 4, 29) de caridad y de solidaridad pero en general, es decididamente tierra de misión no fácilmente penetrable. LA PRESENCIA Es sobretodo el Evangelio de Juan el que subraya este principio del cristianismo vivido, visible, palpable de algún modo, del cual es posible hacer experiencia hoy. Es de importancia capital una palabra altamente simbólica de Jesús a los primeros discípulos que andaban buscando al Mesías y los seguían a distancia: “Jesús entonces se volvió y viendo que lo seguían, les dijo “¿qué buscáis?”. Le respondieron: “Rabbí (que significa maestro), ¿dónde moras?”. y les dijo: “Venid y veréis” (Jn 1,38-39). Otros textos van en la misma línea: Felipe, llamado por Jesús, a continuación se encuentra con Natanael y replica a sus objeciones: “Ven y verás...” (Jn 1,46). También la mujer samaritana dice en un cierto momento: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo” (Jn 4,29). En todos estos episodios la invitación a ver es un acto de evangelización. En estos momentos el “ir” y el “venid y veréis” se hace difícil en ciertos ambientes. Señalo tres especialmente: 1.El mundo obrero, introducirse en algunos grupos es difícil, especialmente para testimoniar y predicar en su seno el mensaje evangélico. Contamos en estos ambientes con una presencia débil pero significativa como sacerdotes obreros, misión trabajadora, juventud obrera cristiana (JOC)... 2.El mundo de la escuela, especialmente la escuela pública, donde bastantes profesores de religión y educadores viven una situación complicada; 3.El mundo de los jóvenes, como hemos visto, existe todavía una minoría de jóvenes cristianos (de los movimientos eclesiales y otros), que viven un contacto vital con la comunidad de los creyentes u otros jóvenes que, no perteneciendo a ningún movimiento, están todavía anclados en las convicciones cristianas y a menudo comprometidos en obras

Con el fin de que se pueda hablar de primera evangelización es necesario que la presencia de los cristianos en medio de los no cristianos asuma específicas cualidades de apertura, de relaciones interpersonales, de estima, de conocimiento profundo de la cultura y de la religión. Es también necesario que el testigo cristiano sea aceptado, acogido, escuchado, estimado por las personas donde está presente. Se trata, sin embargo, de un movimiento recíproco: el evangelizador podrá ser aceptado y escuchado sólo en la medida en que él mismo, por su parte, acepte positivamente a las personas y sea capaz de acoger también muchos de los aspectos que tildan su vida, cultura y religión. Con el grupo juvenil, con la gente rural, con grupos de trabajadores... es necesario comenzar neutralizando los prejuicios recíprocos, por ejemplo, descubrir que el sacerdote o el evangelizador es bastante distinto respecto a las fragmentadas y deformadas informaciones que se han recibido: descubrir que la gente es más correcta, buena, mejor intencionada de lo que se pensaba sobre la base de algunas limitadas informaciones o de primeras y superficiales impresiones. Conseguir ser aceptado va más allá de la oferta de determinados servicios o de la colaboración sobre el plano técnico-operativo (basado sobre la competencia profesional). Es necesario ser aceptados como personas humanas, y por consiguiente con toda la compleja riqueza humana y religiosa. La acogida es uno de los primeros y más

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No deberíamos perder de vista el llamado «diálogo de base» que consiste en participar activamente en la cultura y en el conocer de la gente

difíciles problemas para el anuncio de la fe a los no cristianos. Ser recibidos, acogidos, instituir relaciones con un grupo humano, crear relaciones humanas de simpatía y aceptación de las personas y su realidad, ciertamente, no es todavía anuncio explícito del evangelio, pero indudablemente constituye una condición imprescindible para que éste sea posible. A continuación viene la participación en la vida de la gente. San Pablo dio un ejemplo básico de participación en la realidad de la gente: con sus propias manos ejercita un oficio (artesano de tiendas-curtidor de pieles) que se suma al contexto en el que trabajaba, ganando así el pan cotidiano. La mayor parte de los misioneros contemporáneos expresan la participación en la vida de la gente a través de la oferta de servicios sanitarios, escuelas y centros de formación o servicios para el desarrollo. La vida de la gente, obviamente, no se reduce al trabajo o la lucha por ganar el pan de cada día. La persona humana no existe sin relaciones sociales e interpersonales y sin una cultura o mejor una tradición cultural. La participación en esta cultura y en las relaciones sociales es ya un problema bastante complejo, y sólo parcialmente realizable por parte de una persona que viene de fuera. La situación del misionero evangelizador es por consiguiente muy distinta de la situación de los inmigrantes extranjeros, que tal vez

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prefieren vivir en un grupo social. Es también diferente del comportamiento de ciertas personas que tienen la casa de campo en un pueblo, pero no participan en la vida de la comunidad local para nada. Se vislumbra rápidamente cuántos problemas concretos y prácticos pueden acarrear la voluntad de participación, cuando la persona que intenta evangelizar es un sacerdote, religioso o religiosa, vinculado a un determinado modelo de vida y de comportamiento y sujeto a un horario de trabajo y de oración que tal vez va en sentido antihorario respecto de la gente. Esta situación repropone la problemática de las estructuras un tanto anquilosadas de la vida religiosa, sacerdotal... Antes de comenzar cualquier diálogo, no deberíamos perder de vista el llamado diálogo de base que consiste en participar positivamente en la cultura y en el conocer, estudiar, apreciar, al menos, determinados aspectos de la vida de la gente. El estudio profundo de la lengua, las tradiciones, la historia nacional, la literatura, el arte, las fiestas, símbolos, ritos es de capital importancia. Esto no sólo vale para la tierra de misiones, sino también para el pluralismo cultural y religioso del mundo occidental. Un ejemplo muy sencillo y comprensible de esto consiste en saber que aquellos que se dediquen a la pastoral juvenil deben conocer y acercarse a la sensibilidad juvenil. Es necesario conocer y aceptar a la persona que tenemos delante, no basta con tener los datos sociológicos generales. EL TESTIMONIO Después de la presencia, viene el testimonio. En la preparación del sínodo de 1974 la gran mayoría de las conferencias episcopales había insistido en la idea de que el testimonio es un elemento constitutivo de la evangelización. Una de las páginas más bellas de “Evangelii Nuntiandi” se refiere precisamente al testimonio. Es una especie del manifiesto del mismo. Recordémoslo: “La buena nueva debe ser proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio. Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de acep-


tación, su comunidad de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y de bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse a quienes contemplan su vida interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Nueva. Hay en ello un gesto inicial de evangelización […] Todos los cristianos están llamados a este testimonio y, en este sentido, pueden ser verdaderos evangelizadores (EN 21). Esta fe si quiere tener fuerza de irradiación ha de ser vivida no como una obligación sino como un alegre descubrimiento, como un tesoro, como algo grandioso que la persona encuentra inmerecidamente. Este es el sentido con el que se presenta en el Nuevo Testamento. Sin esto el cristianismo sufriría una gran carencia, pudiendo ser una suerte de información religiosa o un ejercicio de una profesión o arte para ganar el pan cotidiano. URGENCIA PARA ENCONTRAR LUGARES DE ENCUENTRO Los lugares a los que nos referimos son aquellos donde pueda ser posible encontrar a las personas y dialogar de problemas humanos en los que se incluya la religión, y que exista, al menos, alguna escucha. Si los cristianos no nos aislamos de las personas, inevitablemente se presentan múltiples posibilidades de encuentro. El hecho de que un grupo cristiano viva en un determinado ambiente

La fe, si quiere tener fuerza de irradiación, ha de ser vivida no como una obligación sino como un alegre descubrimiento, completamente inmerecido social, en el cual celebra incluso su fe, ofrece una ocasión fácil, en determinadas circunstancias, de encontrar muchos no cristianos y de decir alguna cosa referente a Dios y a Jesús, tanto por medio de las mismas celebraciones o por las palabras que se intercambian. Pensemos en las celebraciones de los matrimonios, funerales, bautismos, donde se reúnen personas de toda condición, permitiendo así un primer contacto con la comunidad cristiana. Las palabras que en este contexto se pronuncian y, sobre todo, la belleza de las celebraciones pueden ser un primer puente de contacto con los intereses religiosos. Al menos pueden crear una unión de buena vecindad. Ahora bien, estas experiencias tienen cierta ambigüedad en el sentido de que también pueden alejar del cristianismo. Es muy importante cuidar al máximo las celebraciones religiosas, de modo que su belleza, el dinamismo de los grandes símbolos de la existencia humana, todo un ambiente de cordialidad y humanidad pueda impresionar y fascinar a los no creyentes que eventualmente participen, o al menos pueda crear una corriente de simpatía. Un típico ejemplo de esto lo tenemos en el Japón, donde muchos no cristianos querrían un matrimonio cristiano por la belleza del rito religioso. San Pablo buscaba aprovechar los lugares de encuentro que todavía eran disponibles. Habló mucho en las sinagogas hasta el momento de la ruptura con sus responsables. Iba al río, allí donde las mujeres se reunían para la oración. Iba incluso a hablar en las casas donde le invitaban para escucharlo, hablar o discutir con él (Hchos 16,12-13; 8,20).

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El mismo Pablo habló hasta en la plaza pública; por ejemplo, en el areópago de Atenas, donde un grupo de personas tenía la costumbre de reunirse para escuchar novedades y comentarios. Era un modelo de cátedra de los no creyentes. De esto tenemos el ejemplo reciente del cardenal Martini en Milán que estableció la cátedra de los no-creyentes. En una cátedra de este tipo se reúnen personas para escuchar, hablar de los problemas fundamentales de la existencia humana como el dolor, el amor, el mal, la defensa de los débiles, etc. En el mundo occidental la Iglesia ha perdido muchos lugares tradicionales de encuentro, que precedentemente estaban unidos a sus actividades de suplencia en el ámbito de la caridad y de lo social. Hoy, por ejemplo, no se necesita ni de la Iglesia, ni del párroco para resolver la mayoría de los problemas concretos de la vida. Basta con pensar en un simple ejemplo: ¿Cuántos jóvenes necesitan hoy la parroquia para divertirse, para el ocio, la música, el teatro, las vacaciones? En el lado opuesto, las grandes ofertas escolares, a menudo muy distintas de la parroquia de origen, hacen innecesario una gran parte de los contactos vitales de la parroquia con sus jóvenes. ¿Dónde podemos encontrar a los jóvenes trabajadores? Los curas obreros vieron este problema y fueron a trabajar a las fábricas, ¿Era una solución satisfactoria? Otro ejemplo: En las grandes ciudades, donde se pueden encontrar a los jóvenes de una zona, ¿En el cine, en las discotecas, en las calles?. Por todo ello, el primer paso en el camino de la evangelización consiste en encontrar o crear espacios y lugares de encuentro. El sacerdote Xavier Morlans escribió hace poco un interesante libro titulado: “El primer anuncio. El eslabón perdido” en el mismo propone una serie de lugares y acontecimientos donde los cristianos deberíamos

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El mismo Pablo habló hasta en la plaza pública; por ejemplo, en el areópago de Atenas. Esto era un modelo de cátedra para los no creyentes. El primer paso en la evangelización consistirá en crear espacios y lugares de encuentro aprovechar para tener ese primer contacto con los no-creyentes o indiferentes. Indico algunos de ellos: • Encuentros específicos de primer anuncio: Sesiones abiertas en las que se ofrece un reclamo artístico o mediático combinados con testimonio de conversión; encuentros en domicilios particulares; retiros de fin de semana; misiones populares renovadas; misión en la gran ciudad (quizás sea más desconocida en España, muy frecuente en algunas capitales europeas donde se realizan actividades de todo tipo con motivo de una fiesta religiosa). • El primer anuncio en la vida ordinaria de la parroquia: Dirigido a los practicantes ocasionales que se acercan a recibir los sacramentos; propuestas a los practicantes ocasionales en las grandes fiestas del año litúrgico o con motivo de prácticas de religiosidad popular; propuestas a feligreses habituales y a los practicantes intermitentes; primer anuncio en la labor caritativa de la parroquia. • Primer anuncio en otros lugares: la escuela pública y privada; en monasterios y centros de peregrinación; en atención a personas en situación límite (presos, enfermos graves,


personas con adicciones) y por último, en los grandes medios de comunicación social (internet, Video,…) PRIMER ANUNCIO

La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida

En un cuadernillo dedicado a la catequesis parece necesario decir qué debemos decir, qué debemos transmitir en un itinerario de primera evangelización. El gran documento eclesial de la evangelización, Evangelii Nuntiandi, hablaba como recordaremos de la importancia del testimonio, pero, a continuación decía lo siguiente: “Y, sin embargo, esto sigue siendo insuficiente, pues el más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado —lo que Pedro llamaba dar “razón de vuestra esperanza”, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús. La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios” (EN 22) Es por lo tanto que la primera evangelización debe tener un primer anuncio, un primer mensaje donde se encuentre lo fundamental de nuestra fe. Pero no olvidemos, vuelvo a repetir, que esto no se conseguirá sin la presencia de unos destinatarios concretos y por lo tanto, antes de nada, es previa la convocatoria, la presencia y el testimonio. No confundamos el primer anuncio como la exposición de una doctrina. En realidad la doctrina cristiana es fruto de un largo proceso. Pongamos un ejemplo: cuando decimos: “Jesús es el Hijo de Dios”, esto no es automáticamente el primer anuncio. Para llegar a afirmar esta verdad, o para llegar a la formulación dogmática de las dos naturalezas de Jesucristo, se han necesitado cuatro siglos. Los cristianos no han partido de la doctrina, sino del encuentro con Jesús de Nazaret. El prestigioso catequeta español Emilio Alberich considera que hoy el contenido privilegiado del primer anuncio tiene que ser el preferido por Jesús: el anuncio del Reino. Dice: “El “Reino de Dios” es el plan grandioso de Dios sobre la humanidad, el proyecto anunciado por Jesucristo de un

mundo reconciliado y fraterno, realización de los valores que sueña desde siempre el corazón humano […] El anuncio del Reino como realidad y como promesa, constituye hoy probablemente la manera más estimulante y comprensible de proclamar en nuestro mundo la novedad del Evangelio” (E. ALBERICH, Anunciar el Evangelio hoy, 19-20). Y entender el primer anuncio como anuncio del Reino, según Alberich, descoloca a la Iglesia, descoloca a nuestras comunidades, pues nos obliga a superar la obsesiva preocupación por la misma Iglesia y por su conservación, para asumir así una nueva orientación misionera, como pueblo que se siente enviado al corazón del mundo para testimoniar y servir. Cuando una comunidad está más preocupada por sus estructuras y su supervivencia que las personas concre-

tas, corre el riesgo de perder su vigor profético y la fuerza de convicción del mensaje. La primera evangelización/el primer anuncio es urgente. Nos exige una conversión de la mirada hacia nuestros contemporáneos, en tanto que sentirnos portadores, custodios y deudores del Evangelio hacia cada hombre o mujer que encontramos en la comunidad cristiana, en el trabajo, en la familia, en los ámbitos de la cultura y el compromiso político y social, en los lugares del sufrimiento y del ocio. Deudores del Evangelio, no en la modalidad del neo-proselitismo, sino más bien en la forma de testimonio. No se trata de andar de casa en casa a vender un producto, sino de ofrecer con transparencia y naturalidad lo que el Evangelio ha hecho en nosotros: la vida buena, bella y feliz de los hijos, hecha posible en el Espíritu.

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Cuestiones para la reflexión personal y grupal Comentad en grupo los siguientes testimonios: RAMÓN (23 años). Soltero. No es de familia cristiana, aunque está bautizado. De su infancia sólo recuerda las oraciones y las vidas de santos que escuchaba de su abuela. Está estudiando medicina. Se le invita a participar en una experiencia de ayuda en un hospital de una zona deprimida de Polonia. Ha descubierto a Jesús de Nazaret en la persona de una médico que con pocos medios sufre, ama y lucha por cuidar y salvar a sus enfermos. Esta experiencia le lleva a rezar después de muchos años. Comienza a leer el Evangelio para descubrir las diferentes dimensiones de la vida de Jesús. El que era rico se ha hecho pobre para encontrar a los pobres. INÉS (41 años). Casada. Tres hijos. Ha sido educada en una religión del deber y de las leyes. Opuesta a toda manifestación religiosa. Rechaza bautizar a sus hijos. Su marido está de acuerdo. Una amiga les invita a un grupo de reflexión cristiana. Descubren otra cara de la Iglesia. Pero es sobretodo la muerte en accidente de uno de sus hijos y la celebración cristiana llena de serenidad y de esperanza que van a provocar un nuevo comienzo. Piden el bautismo para su hijo pequeño e inscriben al mayor en la catequesis. Trabajan muy activamente en el grupo de reflexión cristiana de la parroquia.

ORACIÓN DEL CATEQUISTA Como el profeta queremos gritar: “Mira, Señor, que no soy más que un niño que no sabe hablar”. Y como María queremos responder: “Aquí estoy, que se haga en mí según tu Palabra”. Señor, Tú conoces todas nuestras vidas, nuestros anhelos y nuestras fragilidades. Y también conoces nuestra confianza en Ti. Queremos que nuestras vidas estén al servicio del Evangelio para que tu nombre sea conocido y amado por todos. Señor, regálanos coherencia en nuestro vivir, para que nuestros gestos y palabras ayuden al que te busca, calienten el corazón de los fríos, animen los pasos de los que vacilan, alienten la vida de la comunidad. Que la fuerza de tu Espíritu nos acompañe siempre y nos inspire lo que sea mejor. Así podrá resonar tu mensaje en el corazón y en la vida cotidiana de los hermanos y hermanas que el Padre nos confía. En manos de tu Madre y nuestra Madre, confiamos nuestra vocación de catequistas. Que como María sepamos hacer de nuestro ministerio un lugar de escucha, anuncio y alegría. Concédenos también Señor, la gracia de ser instrumentos de comunión, para que haciendo de la Iglesia una Casa de todos, podamos ser presencia cercana de tu Reino en nuestra historia y nuestro tiempo. Amén

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TEXTOS PARA COMENTAR “No persuadir a la gente para que cambie sus ritos, hábitos y tradiciones, salvo en el caso que estén evidentemente en contra de la religión y las buenas costumbres. No hay cosa más absurda que querer importar en China las costumbres de Francia, España, Italia o cualquier otro país de Europa. No ofender ningún rito ni hábito de ningún pueblo, de ninguna parte, admira y alaba todas las cosas que merecen alabanza. Si encuentras alguna cosa depravada, es necesario censurarla con la indiferencia y el silencio nunca de manera agresiva; cuando los espíritus estén bien dispuestos para acoger la verdad, usa los métodos adecuados para quitar gradualmente estas depravaciones...” (Propaganda Fidei, “Monita ad missionarios”, 1659) “Él camina con ellos, acepta su hospitalidad (Discípulo de Emaús). La Iglesia tendrá autoridad sólo si compartimos los viajes de la gente, si nos conmovemos con sus desilusiones, sus preguntas y sus dudas. A menudo hablamos sobre la gente: las mujeres, los pobres, los emigrantes, los divorciados, los que abortan, los prisioneros, los afectados por el SIDA, los homosexuales, los toxicodependientes. Pero nuestras palabras sobre Cristo no tendrán autoridad a no ser que demos autoridad a su experiencia, aprendamos su lenguaje, aceptemos sus dones.” (T. Radcliffe)


CUADERNILLO SOBRE CATEQUESIS Nº 3