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ÍNDICE

Prólogo, de Vicente Leñero, 11 Introducción, 13 La doctrina de la iglesia sobre libertad de expresión y sobre opinión pública, 29 El código de Juan Pablo II, 59 Variaciones sobre el tema de la opinión pública, 83 Los terrenos de la opinión pública, 103 La libertad de los profetas, 139 La libertad de expresión en la iglesia, 163 Conclusión, 171 Índice de nombres, 179 Bibliohemerografía, 185

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PRÓLOGO

a puntualidad con la que Enrique Maza suele acudir a los retos planteados por la modernidad a la iglesia católica, es siempre estimulante, inspiradora. Su solidez ideológica, la claridad de su pensamiento, su valor para enfrentar la cerrada ortodoxia que promueve la jerarquía eclesiástica permiten entender, a los creyentes y a los no creyentes, que el cristianismo ----aprisionado por la dogmática de la institución---- no tiene por qué vivirse así: a contrapelo de la conciencia personal, cuando no del simple sentido común. Enferma de poder, desesperada por el control de sus fieles, la iglesia vaticana intenta ceñirnos a su redil y prohibirnos pensar, conectarnos con el mundo, asumir las propuestas sensatas de la ciencia o de la antropología de hoy. Desde la condenación tajante a la teología de la liberación que buscaba, desde la fe, respuestas cristianas a la problemática de América Latina, muchos son los pensadores a quienes el Vaticano ha reprobado de manera inclemente. Y ha sido el propio Ratzinger, hoy convertido en santo padre, quien desde la comisión inquisidora ha implementado censuras, represión, acallamientos y amenazas de las que no se ha librado el mexicano Enrique Maza. No parece haber futuro, así, para la ventilación que el pensamiento de la iglesia necesita. Las voces libres, sin embargo, se siguen escuchando. Las de Maza, en este libro, nos reconfortan. Su análisis sobre la libertad de expresión en la iglesia, y sobre la opinión pública, inciden de lleno en uno de los temas centrales del diálogo que sostiene la fe con el mundo moderno.

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Sereno, sensato, con una documentación impresionante, este libro nos traza un panorama completísimo de una realidad que la jerarquía no quiere ver. El hecho de que el Vaticano aboga, sí, por los derechos humanos; promulga, sí, la libertad de expresión, pero al interior de su inexpugnable estructura contradice, cercena y subyuga tales principios como si nada tuvieran que ver con su implacable dogmática. Como periodista que es, no sólo como teólogo y sociólogo de probada formación, Enrique Maza sabe de lo que habla. Paso a paso desmenuza el problema. Capítulo a capítulo nos hace recorrer la dinámica de su discurso. No necesita de estridencias para señalar las contradicciones vaticanas en torno a la libertad de expresión. Deja de lado todo exabrupto, toda conmoción emocional, para documentar puntualmente hechos, situaciones, posturas, y demostrar con la evidencia de sus razonamientos que es el poder, no el servicio, lo que enferma de un cáncer incurable a la jerarquía eclesiástica de nuestro tiempo. Ante una iglesia vaticana que teme al pensamiento de sus fieles, que se aterra por la capacidad de razonar de sus ovejas, la libertad de expresión de esos mismos fieles que se rehúsan a ser precisamente ovejas, la fustigan como Jesús fustigó a los mercaderes y reprobó a los fariseos. Para escribir este libro sobre la libertad de expresión en la iglesia católica, Enrique Maza ejerce su derecho a la libertad de expresión. Por eso es contundente. Vicente Leñero

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INTRODUCCIÓN

stamos en los primeros años del tercer milenio, y presenciamos un éxodo, al parecer importante, de los que se alejan de la iglesia, sobre todo los jóvenes. Muchos de ellos piensan que no es la iglesia sino el progreso científico el que ayudará a la humanidad. Otros, que las convicciones y conductas que hoy privan tienen que ver con la moral de circunstancias, formulada así: nunca podrá haber criterios y directrices perfectamente claros para saber lo que está bien y lo que está mal; eso depende de muchas cosas, como la cultura, las circunstancias, la educación recibida, las experiencias de vida, las clases sociales, los valores que se viven y se transmiten y, en último término, la conciencia personal. En una encuesta europea que se llevó a cabo en 1990, 70% de los jóvenes lo declaró así. Y se detectó entonces una caída notable en la pertenencia a una religión, en la práctica religiosa y en las creencias tradicionales de la iglesia, como la vida después de la muerte, la existencia del alma, el pecado, el cielo, la resurrección de los muertos, el purgatorio, la confesión, la presencia de Jesús en la eucaristía. Los porcentajes fueron todavía más bajos para la pregunta sobre la adecuada, siquiera existente, respuesta de la iglesia a los problemas y a las necesidades morales de los individuos, a los problemas de la vida conyugal y familiar, a las necesidades espirituales de nuestros tiempos, a los problemas sociales que hoy se enfrentan, a los problemas del tercer mundo, a la discriminación racial, a la eutanasia, al aborto, a la ecología, al desempleo, a las relaciones extramaritales, al divorcio, al ma-

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trimonio de divorciados, a la homosexualidad, a la política de los gobiernos, a las guerras, a la pobreza de gran parte de la humanidad. La decepción era muy alta. En México, la encuesta realizada por Estadística Aplicada, con colaboración de Population Council de México, para Católicas por el Derecho a Decidir, en julio de 2003, en zonas urbanas y rurales de 17 estados de la república, por medio de 2,328 entrevistas, sólo a personas que se declararon católicas, mostró resultados equivalentes a los europeos. Por ejemplo, unas tres cuartas partes de los encuestados usan, como métodos anticonceptivos, condón, pastillas, dispositivo intrauterino, inyecciones, o se han hecho vasectomía o ligadura de trompas. Todo lo prohibido por la iglesia. El 84% está a favor de los anticonceptivos. Al 50% no le gustaría tener un hijo sacerdote; 81% está en contra de la excomunión por aborto; 86% está al tanto de los sacerdotes pederastas; 33% ha disminuido su confianza en los sacerdotes. Desde hace ya decenas de años, la filosofía, la ciencia, el arte, la política y otras disciplinas se han alejado de la iglesia y proclamado su autonomía, al igual que mucha gente, que ya no se atiene al criterio eclesiástico sino a la razón, que le permite salir de la minoría de edad y de la dependencia, para tomar sus propias decisiones. Cada vez son más las personas que sólo le rinden cuentas a su conciencia. La iglesia romana parece desligada de su tiempo y de la modernidad, reducida a un catálogo abstracto de enunciados dogmáticos, que la mayoría de la gente no entiende, y a una serie de leyes y de prohibiciones que la mayoría no conoce o no cumple. La Declaración Universal de los Derechos Humanos le es inaceptable a la iglesia en el punto que afirma la libertad de opinión ‘‘aun en materia religiosa’’. Juan XXIII convocó al Concilio Vaticano II con la clara intención de discernir ‘‘los signos de los tiempos’’, para encontrar la esperanza en medio de tanta oscuridad. Dio la impresión, como se dijo entonces, de que abría, por fin, las ventanas de la iglesia. A pesar de la impresión, las cosas no cambiaron mucho. Juan XXIII declaró, al inicio del concilio, que su objetivo no era lanzar condenaciones ni formular nuevos dogmas, sino responder a las necesidades de la época, repo14


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ner el tiempo perdido y hacer que la fe fuera en busca de la inteligencia. Se trataba de un reencuentro de la iglesia con el espíritu de Jesús y de su Evangelio, para responder a los llamados de su época y de su mundo. La iglesia debía convertirse desde lo profundo, tanto en sus estructuras internas como en su actitud hacia afuera. Debía integrarse a la aventura humana. Así empieza la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual, Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II: El gozo y la esperanza, las tristezas y las angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo, y nada hay verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón [...] Por eso se sienten verdadera e íntimamente solidarios con la humanidad y con su historia. Chocaron en el concilio dos líneas contradictorias. Una quería afirmar que los cristianos no buscan privilegios ni poder, porque su tarea es el servicio fraterno en la sociedad y, en especial, de los pobres. La otra propugnaba el compromiso católico en la acción política y social, para llevar la ley divina a la sociedad terrestre, porque sólo a la luz de la fe cristiana se pueden encontrar soluciones verdaderas a los problemas humanos. Unos querían que el concilio fuera la proclamación clara y firme de una doctrina, y otros querían que fuera el reflejo de la multiplicidad de expresiones, de formas, de concepciones, de puntos de vista, de criterios, como de hecho existen en la iglesia. Autoridad y doctrina contra compromiso y libertad. El mismo Paulo VI, que presidió el concilio después de Juan XXIII, dedicó una encíclica, Communio et Progressio, como veremos más adelante, al tema de la opinión pública y de la libertad de expresión en la iglesia, en la que hace referencia a un famoso discurso de Pío XII: ‘‘La iglesia estaría enferma si no hubiera en ella una opinión pública’’: la discusión sana y el reflejo de la multiplicidad de la iglesia. El concilio hizo aflorar los problemas fundamentales de la igle-

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sia, pero no tuvo la fuerza ni la claridad para enfrentarlos y darles salida. Reveló, en cambio, el hábito de la jerarquía de reflexionar solamente en términos eclesiásticos para enfrentar e interpretar los problemas del mundo moderno. Fracasó la intención inicial del concilio. Se suponía que iba a hablar de esos problemas que los jerarcas creían conocer e interpretar. Pero se les fueron de las manos. Y cuando quisieron inclinarse paternalmente sobre la modernidad, el mundo ya había pasado a la posmodernidad y empezaban a sacudirlo tremendas conmociones que les eran ajenas no sólo a los padres conciliares, sino a la mayoría de sus coetáneos. Para su desgracia, la autoridad de la iglesia empezó a parecer anacrónica, acostumbrada a no preguntar, a no requerir, a no escuchar la opinión y menos aún el asentimiento de los destinatarios de sus instrucciones y de sus mandatos, que sólo deben obedecer. Las doctrinas y las decisiones de la autoridad eclesiástica, por ejemplo, en materia de sexo, algo que ella no vive y que le es ajeno ----se supone----, nunca son consultadas con el pueblo de Dios, que tiene que obedecerlas y que en gran medida las ignora, porque su vida va por otros rumbos. Tampoco ha hecho la jerarquía un esfuerzo por expresar en las categorías y en el lenguaje de nuestro tiempo la fe cristiana. El problema es que la iglesia no ha hecho las paces con la conquista de nuestro tiempo: la razón. Terminados el Concilio Vaticano II y el pontificado de Paulo VI, fue elegido el cardenal Karol Wojtyla, quien tomó el nombre de Juan Pablo II. Su pontificado reveló de una manera puntual, la ruptura de la jerarquía eclesiástica con el mundo moderno y con la razón. Las contradicciones de su concepción eclesiástica y del poder de la iglesia se hicieron ver con una claridad dramática. Es curioso, dicho sea de paso, que nuestro lenguaje común, de manera ya inconsciente, se refiera a la jerarquía eclesiástica cuando habla de la iglesia. La iglesia es el pueblo de Dios. Las personas a las que llamamos ‘‘jerarquía eclesiástica’’ son las encargadas de servir al pueblo de Dios. ‘‘Yo estoy entre ustedes como el que sirve’’, dijo Jesús. En el conjunto de las iglesias occidentales, la iglesia católica es 16


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la que tiene más fieles y la que tiene más presencia en la vida social y política, al menos en la cultura occidental. Sobre todo, porque es también un Estado internacionalmente reconocido como tal. La iglesia católica es un Estado autónomo, por pequeño que sea, que ocupa un lugar propio entre los Estados del mundo. En consecuencia, es sujeto de derecho internacional. Ninguna otra iglesia tiene este privilegio que le confiere a la iglesia católica el ejercicio del poder secular. Pero la obliga simultáneamente, dado que también es iglesia, a justificar ideológica y religiosamente la posesión y el ejercicio de ese poder que no es religioso sino mundano. Ésa es su contradicción más profunda: tiene y ejerce un poder mundano, contrario a los principios religiosos que la fundaron, y tiene que justificar esa contradicción. Es decir, vive en un perenne conflicto de conciencia entre el amor que la creó y el poder que usurpó y que ejerce. ‘‘Mi reino no es de este mundo’’, dijo Jesús, y el papa es jefe de Estado. Hay un primer modo de apaciguar la conciencia. Reyes, faraones, césares, príncipes, tiranos y poderosos de todo tipo, han tratado de asegurar su autoconciencia a través de simbolismos carismáticos. En ellos actúa una megalomanía funcional que pretende encontrar su sentido en la grandiosidad, utilizada como espectáculo y como factor estructural de dominio. Espectáculos de gloria, como se llevaban a cabo en el imperio romano, por ejemplo. Para eso servía, entre otras cosas, el circo. La iglesia católica es maestra en este tipo de espectáculos. Basta haber visto las ceremonias de la muerte y del entierro del papa Wojtyla, y las ceremonias teatrales, con sus vestimentas anacrónicas de nobleza medieval y con su arrogancia imperial, del conclave, de la elección, del coronamiento y de la toma de posesión de su sucesor. Hay otro modo de apaciguar la conciencia partida entre poder y religión, entre Estado e iglesia. Es la ideologización de Dios como poder. El evangelio, el mensaje del fundador del cristianismo, dice que Dios es amor y es padre. Son las únicas definiciones de Dios que proporciona. En cambio, la iglesia define a Dios como poder. Una gran mayoría de las oraciones litúrgicas, en la misa y en los demás sacramentos, empiezan con estas palabras: Dios todopoderoso y eterno, Dios om17


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nipotente, Señor Dios de los ejércitos. Por todos lados en la liturgia se encuentra uno a Dios definido como poder. Es la sacralización del poder. Es el poder de Dios investido en los hombres del poder eclesiástico. La iglesia es poder porque Dios es poder. Son posiciones simbólicopolíticas que preparan el escenario para que se pueda echar a andar el proceso del poder. La historia de la iglesia católica es una historia de prepotencia, de guerra, de supremacía. El papa, en una época se convirtió en dueño del mundo occidental. Fue el papa el que repartió el mundo nuevo, recién descubierto, entre españoles y portugueses. El dueño era Dios. Pero el papa era su representante y el que ejercía en la tierra el poder de Dios. Finalmente, el modo definitivo de tranquilizar la conciencia dividida es la ley. Jesús de Nazaret inició en el mundo una religión fundamentada en el amor, que era un modo de ser y de relacionarse con Dios y con los hombres, sin jerarquías, sin mandos, sin superiores y súbditos, en la cual todos eran iguales, hermanos y servidores. Los papas convirtieron la religión en iglesia. Institucionalizaron el cristianismo y lo convirtieron en catolicismo. La institución remplazó a la religión y la encerró en leyes, en reglas, en jerarquías, en sumisiones, en permisos. La iglesia católica, como institución religiosa y como Estado temporal, elaboró y promulgó su propia constitución, su propio código jurídico. Encerró la religión en leyes. En el siglo XX, la primera promulgación formal del cuerpo de leyes en un código universal para la iglesia fue hecha por Benedicto XV, en 1917. La segunda, reformada y perfeccionada, la inició Paulo VI y la terminó Juan Pablo II. De ese cuerpo legislativo, actualmente vigente en la iglesia católica, son los cánones (leyes) que a continuación se citan los que reflejan el pensamiento de la jerarquía católica sobre el poder. Canon 331: El Obispo de la Iglesia Romana, en quien permanece la función que el Señor encomendó singularmente a Pedro, primero entre los Apóstoles, y que había de transmitirse a sus sucesores, es cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia Universal en la tierra; el cual,

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por tanto, tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente. Apartado 1. En virtud de su oficio, el Romano Pontífice no sólo tiene la potestad sobre toda la Iglesia, sino que ostenta también la primacía de potestad ordinaria sobre todas las iglesias particulares y sobre sus agrupaciones, con lo cual se fortalece y defiende al mismo tiempo la potestad propia, ordinaria e inmediata que compete a los obispos en las iglesias particulares encomendadas a su cuidado. Apartado 3. No cabe apelación ni recurso contra una sentencia o decreto del Romano Pontífice, Canon 338: Compete exclusivamente al Romano Pontífice convocar el Concilio Ecuménico, presidirlo personalmente o por medio de otros, trasladarlo, suspenderlo o disolverlo, y aprobar sus decretos. Corresponde al Romano Pontífice determinar las cuestiones que han de tratarse en el concilio, así como establecer el reglamento del mismo. De estas disposiciones, entre otras, contrarias a lo que pretendía el Concilio Vaticano II, al menos en su origen, se concluye que sólo la jerarquía eclesiástica es la participante en la organización de la iglesia católica, a pesar de los miles y millones de religiosas, religiosos y fieles que la integran, pero que no son tomados en cuenta en las decisiones. Y se concluye también que la mentalidad de Juan Pablo II, quien promulgó estas leyes, estuvo aferrada al absolutismo del poder. El discurso de Juan Pablo estaba entrampado entre el poder que construyó a la iglesia a través de los tiempos y el servicio amoroso que debería ser su único distintivo. Juan Pablo II y su discurso pertenecieron más a la cultura de la intransigencia católica del siglo XIX, que a la cultura democrática y a la modernidad con las que intentó relacionarse el Concilio Vaticano II, pero que perdió de vista a la posmodernidad. Juan Pablo lanzó un desafío abierto a esa posmodernidad. Dijo: ‘‘Estamos en presencia de una conjura objetiva contra la vida’’. El horizonte de la crisis antropológica contemporánea ‘‘debe hacernos ple-

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namente conscientes de que estamos ante un enfrentamiento pavoroso y dramático entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte. No solamente estamos frente al conflicto, sino necesariamente en medio del conflicto’’. Cuando habla de la moral sexual, la transfiere del ámbito privado y personal al nivel público y político. Cuando el papa expresa sus juicios sobre moral, siempre está revoloteando en su discurso, sin afirmarse del todo, la infalibilidad pontificia. Uno de los reproches que se le hicieron a Wojtyla fue que quiso sustituir al Estado laico por un Estado moral. En vez de colocarse del lado del amor, se puso del lado de la ley. Como decía el cardenal Martini, el pontificado de Juan Pablo II desarrolló demasiado el pensamiento de un fin cercano y aterrador, pero ‘‘no es el pensamiento de un fin amenazante lo que puede ayudarnos mejor a hacer la crítica de lo que es’’. El miedo nos repliega sobre nosotros mismos y nos hace huir de un futuro distinto que podríamos ayudar a crear, en vez del fin apocalíptico que plantea el papa. En juicio del teólogo Hans Küng, el pensamiento del papa, sobre todo en su encíclica Evangelium Vitae, ‘‘en vez de la compasión y de la solidaridad hacia los que sufren, muestra una frialdad dogmática y un rigorismo sin piedad’’. Siempre el conflicto del papado entre la conciencia y el poder, entre el amor y la institución, entre la redención y la condena, entre la imposición dogmática y el respeto a las decisiones ajenas, entre el servicio fraterno y el recorrido por la escena pública mundial con sus relaciones internacionales, entre el dogma y la razón, entre el autoritarismo y la libertad. Siempre el brillo del poder por un lado, la exigencia evangélica por el otro lado y, en medio, la necesidad de justificar siempre el poder mundano y estatal frente a la conciencia cristiana. Juan Pablo no fue un papa restaurador ni para la iglesia ni para la sociedad, por más que algunos lo perciban así. Más bien, la contradicción inherente a su concepción de iglesia promovió y enardeció a los grupos y a las personas más conservadoras y cerradas en la curia vaticana, en el episcopado, en el clero y en el laicado, que ponían la salvación de la iglesia en la fidelidad a la disciplina y al magisterio eclesiástico, en un control centralizado y en las formas de la piedad tra20


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dicional. Éstos fueron los rasgos definitorios de la dinámica evangelizadora de Juan Pablo por del mundo y de su gobierno en la iglesia. Éste fue el contenido de sus innumerables viajes. De ahí la pregunta que le hizo al papa un sacerdote francés, en una reunión que tuvo con el clero de París: ‘‘Santo Padre, usted arrastra multitudes, ¿también convierte corazones?’’. Finalmente, la confusión psicológica y de conciencia de la iglesia católica, que Juan Pablo encarnaba tan bien, no fue capaz de salvar a la iglesia de la incertidumbre y de la angustia que él mismo sembró con su visión apocalíptica del bien y del mal, del fin del mundo y del regreso a la disciplina bajo la autoridad del papa (y de obispos y clero, cada uno en su medida), como único medio de evitar el fin catastrófico y pavoroso de la humanidad. Paulo VI, en cambio, reconoció que nadie es dueño de la verdad. Ni siquiera la iglesia, dijo en su decreto sobre las indulgencias, ‘‘que va penosamente a través de la historia buscando la verdad, porque no la posee’’. Los cambios y los avances de los tiempos actuales nos han obligado a repensar nuestra fe, a reflexionarla en otra clave, a expresarla de otro modo, en el marco de un universo mental cambiado y cambiante. Porque nadie es dueño de la verdad total ----y menos en una civilización que se transforma----, la ortodoxia se convierte en la absolutización de un modo de pensar y en la obsesión por imponerlo como universal. Así lo hemos visto en las polémicas sobre el aborto, el divorcio, el matrimonio de divorciados, el condón, el matrimonio unisexual, el neoliberalismo, la economía de mercado, las causas de la pobreza, la eutanasia (vivir es un derecho, no una obligación) y otras muchas. La función política de la jefatura del Estado Vaticano, con su carácter interesado, empírico y parcial, como toda política del poder, corrompe su función pastoral y evangélica. Se entremezclan y se contradicen el estadista y el pastor, el jefe del poder y el inspirador del amor, el príncipe a quien se le rinde tributo y el servidor de sus hermanos. La contradicción más importante está entre Jesús de Nazaret que nació en un establo, vivió en un pueblo miserable, fue un predi21


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cador ambulante y murió en una cruz, y el papa, que es jefe de Estado y vive y despacha en uno de los palacios más suntuosos del mundo. La autoridad eclesiástica ha usado el poder con demasiada frecuencia y ha entrado en su juego de una manera que no concuerda con el Evangelio que predica. Basta recordar los Estados Pontificios, las Cruzadas, la Inquisición y las guerras papales. Una de sus manifestaciones es el control del pensamiento ajeno, la censura, la condenación del que piensa distinto, las barreras autoritarias o simplemente burocráticas a la libertad que se independiza, a pesar de que la Santa Sede firmó, en las Naciones Unidas, la Carta Universal de los Derechos Humanos, en la que se asienta el derecho a la libertad de pensamiento y de expresión. La autoridad en la Iglesia, con frecuencia, no es un servicio, es un dominio. En la Iglesia hay muchos aspectos, en su pensamiento y en su actuación histórica, que no pertenecen a la revelación y son terreno de opinión libre, como especificaron Pío XII y Paulo VI. La modernidad ha originado otro régimen de pensar, de conocer, de reflexionar y de comunicarse. No es viable un pensamiento que no obedece a la situación precisa del hombre contemporáneo y al lenguaje propio de su horizonte mental. Éste es uno de los problemas serios de la censura, su dislocación cultural. No se inserta ya en su época. Con Juan Pablo se dio también otra contradicción entre la agresividad y la espiritualidad, porque sus posturas autoritarias y conservadoras despertaron a las fuerzas más agresivas de la iglesia; los grupos autoritarios que quieren regresar al pasado y volver todo hacia atrás por la fuerza, por la ley, por la disciplina, por el sometimiento, por el castigo, por la condena, por la excomunión. La espiritualidad ni es fija ni se infunde por obligación, por la intransigencia y por la fuerza. Se aprende por el servicio, la humildad y el amor. La espiritualidad no es una, es personal, es diversa, tiene raíces en la cultura propia, en la historia y en las circunstancias. La espiritualidad no tiene nada que ver con el instinto de agresividad que los autoritarismos producen. La paz mundial, la paz de la iglesia, la paz interna de los pueblos no vendrá nunca de la autoridad, y menos aún del autoritarismo desbordado que 22


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se va implantando en el mundo y en la iglesia, del que fue parte importante Juan Pablo II. Pierre Bourdieu, en su libro La miseria del mundo, publica una entrevista hecha a un inmigrante musulmán, Abdelmalek Sayad, que emigró a Francia, 42 años atrás, en 1951, con su mujer y sus hijos, cuando tenía 21 años de edad. Dice Sayad: No hay nada que funcione, y hay que llegar al final ahora que todo se terminó, para darnos cuenta de no hay nada que funcione. Nada salió como lo pensábamos. No dejo de dar vueltas y vueltas a esas preguntas en el fondo de mí. ¿Cómo llegamos ahí? ¿Somos los mismos que el primer día de nuestra emigración? ¿Qué fue lo que nos cambió? ¿De cuándo viene nuestro cambio? No lo vimos venir. Cayó sobre nosotros cuando era tarde para reaccionar. No hay nada más que hacer, como no sea dar gracias a Dios. Él sabe lo que hace. Pero los otros tienen la suerte de estar ciegos, de no ver nada de las cosas que están muy cerca de ellos, a sus pies, en su propio vientre. No ven nada, no oyen nada, se olvidaron de todo, no se acuerdan de nada. Son felices. La verdad lastima y debe lastimar. Cuando no lastima, es sospechosa. No lo digo yo, lo dice el Corán. A lo mejor por eso prefiero decírmela en silencio. Entonces, ya es hora de darse cuenta de que ha llegado la ruina. Y habla de su familia: No decimos para nada las mismas cosas; pero eso no impide que hablemos de lo nuestro. Tenía derecho de pensar que las cosas podían ser de otra manera. La casa ya no reúne. Y lo que separa o junta no son las ocupaciones de la jornada. Lo que pasa en realidad es que cada uno hace su propio camino. Y nuestros caminos no se cruzan. Al final terminamos por alejarnos unos de otros. Estamos en dos mundos diferentes. Empecé a reflexionar sobre nuestra vida aquí. ¿Cómo es estar aquí, vivir aquí, sin estar como estamos, sin vivir como vi23


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vimos? Pero en realidad, aunque finjamos no ver nada, hay toda una serie de señales que delatan el desacuerdo, la protesta contra esta situación. Hay muchas cosas nuestras que son incomprensibles para los otros, que no tienen sitio aquí. Muchas cosas que nosotros consideramos normales, acá no se admiten. Tiene que cambiar el aire. Sé que no es mi culpa ni la de ustedes. Pero no se trata de castigar ni a uno ni a otro. No puede ser cuestión de romper y de cerrar la puerta. Y un indígena otomí, en su lenguaje, dijo: ‘‘¿Cómo quieren que crea en la iglesia eclesiástica, si ésa no anda en la comunidad?’’. En su manera y en su lenguaje, concibe a la iglesia como expresión de un estado social que le es ajeno, que a él lo lastima y contra el cual protesta. Estas reflexiones del argelino y del otomí son las que muchos se hacen hoy sobre la iglesia. Sobre una iglesia de la que nos decimos parte, pero que ‘‘no anda en la comunidad’’. Es hora de reflexionar y de preguntarnos, de dar vueltas y vueltas a esas preguntas en el fondo de nosotros. ¿Cómo llegamos ahí? ¿Somos los mismos, en la misma iglesia que fundó Jesús? ¿Qué fue lo que nos cambió? ¿De cuándo viene nuestro cambio? No lo vimos venir. Cayó sobre nosotros cuando ya era tarde para reaccionar. La verdad lastima y debe lastimar. Cuando no lastima, es sospechosa. A lo mejor por eso prefiero decírmela en silencio. Ya es hora de darse cuenta de la ruina a la que hemos llegado. No decimos para nada las mismas cosas; no nos decimos las mismas cosas. Tenía derecho de pensar que las cosas podían ser de otra manera. La casa ya no reúne. Lo que pasa en realidad es que cada uno hace su propio camino. Y nuestros caminos no se cruzan. Terminamos por alejarnos unos de otros. Estamos en dos mundos diferentes. Empecé a reflexionar: ¿cómo es estar aquí, vivir aquí, sin estar como estamos, sin vivir como vivimos? Este libro es una reflexión sobre esos temas. Cuando Pío XII dijo que la iglesia estaría enferma si no hubiera en ella una opinión pública, se refería a los países comunistas, la Unión Soviética y la cortina de hierro, y lamentaba la falta de libertad que en 24


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ellos había, entre otras, la falta de libertad de expresión, de opinión, de prensa, de pensamiento. Las estructuras totalitarias imponen por la regulación del lenguaje y por medio de sanciones la uniformidad del pensamiento, del criterio y de la opinión pública. El discurso estaba controlado, no se podía disentir, no se podía expresar la propia opinión, no se podía investigar por cuenta propia. Era un hecho cuyas dimensiones se conocieron tiempo después y eso constituía una sociedad enferma, dijo Pío XII. En ese contexto habló de la opinión pública en la iglesia y, en ese sentido, dijo que la iglesia sería también una sociedad enferma, si en ella no existiera la opinión pública, que supone y se funda en la libertad de expresión, que tiene dos aspectos: libertad de y libertad para. Libertad de pensamiento y libertad para expresarlo, que son partes de la libertad humana y de la vida en sociedad. Incluye la capacidad de distanciarse, de ser uno mismo, de pensar por sí mismo y de expresarlo. La opinión pública, en cambio, es un árbitro, una conciencia, un tribunal desprovisto de poder jurídico, pero temible; es un poder anónimo y una fuerza política. Trata de cuestiones políticas, sociales, humanas, económicas, religiosas, éticas, no de cuestiones científicas o filosóficas. No es una suma de opiniones individuales. No existe donde hay, sobre todo si es impuesto, un consenso total de ideas. Consiste más bien en la reacción espontánea y común de la gente, de los gremios, de los grupos de interés, de las culturas, ante medidas de la autoridad que le afectan o ante situaciones sociales, políticas, comunitarias, nacionales, internacionales, eclesiásticas, por ejemplo: tabúes infranqueables, dogmas rígidos, leyes, que afectan la marcha de la comunidad o de determinados grupos. La libertad de expresión y la opinión pública se implican una a la otra, se complementan, se son necesarias. La libertad de expresión pertenece a las dos primeras generaciones de los derechos humanos. La opinión pública se ancla en la segunda y en la tercera. Una persona tiene el derecho inalienable a la libertad de pensamiento y de expresión. Como una sociedad lo tiene a la opinión pública. Es la libre expresión fundamentada en los derechos individuales, sociales, políticos y económicos, por contraria y superficial que 25


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sea la ideología individualista que va dominando todos los aspectos de la vida. Por lo general, la resistencia o reacción de la opinión pública se refiere al gobierno, a la legislatura, a la corte, en el ámbito civil y a sus equivalentes eclesiásticos, y, también, a toda persona investida de autoridad, eclesiástica inclusive. Y, por su esencia misma, es libre y no se le pueden imponer reglas. El grado de democratización y de madurez de una sociedad depende fundamentalmente de la libertad para expresarse y para formar y expresar la opinión en una sociedad. Para que exista una opinión pública libre son indispensables la libertad de expresión, la pluralidad de opiniones y la garantía de un proceso sin trabas de formación de la opinión. Por otra parte, la opinión pública se da, y se dio de hecho, inclusive bajo los regímenes autoritarios, que se ingenian para conocerla por otros métodos, porque les interesa y les conviene, aunque sea, y precisamente porque es, clandestina y puede minar desde abajo. Pero eso es lo que enferma a la sociedad, la distorsión interna entre lo que se permite vivir y actuar, y lo que se vive y se actúa en realidad. Esa distorsión se da y se vive en la iglesia. Por eso se enferma. Es lo que veía Pío XII y a lo que Paulo VI dedicó una reflexión larga y profunda en su encíclica Communio et Progressio. La reacción de un número grande de católicos ante la postura de las autoridades eclesiásticas sobre los anticonceptivos y otros temas sexuales y no sexuales es un ejercicio real de la opinión pública, aunque muchos no se hayan manifestado públicamente. Simplemente ignoraron la prohibición y actuaron según su propio parecer. Es una reacción colectiva de bastante amplitud ante un criterio y una medida de la autoridad. Caracteriza el proceso y el resultado de la formación de la opinión y de la voluntad de la población. Si es un caso de opinión pública, también es un caso de su clandestinidad y un signo de enfermedad en la iglesia. Vista desde otro ángulo de nuestra vida cristiana, es la respuesta que el pueblo va dando a las preguntas de Abdelmalek Sayad. El decreto Inter Mirifica, del Concilio Vaticano II, resaltó, aunque fuera con expresiones generales, el derecho a la manifestación de 26


INTRODUCCIÓN

la opinión y a la información en el Estado y en la sociedad, pero no mencionó ese derecho en la iglesia. En la constitución Lumen Gentium, hay una tendencia más clara a la descentralización, a la igualdad, a la fraternidad, a una actuación positiva de los cristianos. Lo que hoy abre las puertas a la creación de una opinión pública creadora es la paulatina, pero constante, desacralización del mundo, en cuanto afecta a la iglesia misma y la transforma en una iglesia de miembros libres. La opinión pública que Pío XII y Paulo VI pidieron para la iglesia cae fundamentalmente en su vida, frente al mundo que vivimos, y en sus terrenos humanos, sociales, organizativos, tangibles, transitorios. Y allí, en el terreno de la libertad de opinión, funciona inevitablemente la dialéctica entre el poder y la libertad. Paulo VI lo expresó así en su encíclica Communio et Progressio, que se cita en el primer capítulo. Los dos papas son los que establecen esa dialéctica, los que escogen ese terreno ----en consonancia con lo que es la opinión pública y con su campo propio de funcionamiento----, y los que hacen resaltar que reprimir a la opinión pública en la Iglesia es pura lógica de poder, de la que culpan a los pastores por no permitirla y a los fieles por no ejercerla. Pío XII y Paulo VI, expresamente aclaran que es ‘‘la resonancia común de los sucesos en los espíritus y en sus juicios’’, ‘‘confrontación’’, ‘‘participación activa en la vida de la comunidad’’, ‘‘asentimiento’’, ‘‘repulsa’’, ‘‘aprobación’’, ‘‘denuncia’’, ‘‘pluralismo’’, ‘‘valoración’’, ‘‘juicio’’, ‘‘presencia’’, ‘‘defensa’’, ‘‘información’’, ‘‘exigencia del bien común’’, ‘‘freno público al poder y al abuso de autoridad’’. La tentación del poder es fuerte para el hombre y debe tener su correctivo externo, social. Por eso se enferma toda sociedad que no tiene opinión pública, porque deja sin freno, sin límite, sin correctivo social al poder. Éstos son los temas de este libro, que intenta ser una aportación a la libertad necesaria y legítima de expresión y de opinión pública, al derecho y al deseo de que nadie nos impida hablar, ver, escuchar,

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de que nadie nos disminuya o nos anule nuestra capacidad de pensar y de decir, en nombre de concepciones y de verdades universales sólo memorizadas, que nos mantienen en la minoría de edad. En esa infantilidad no se puede cumplir el mandamiento cristiano del amor, que sólo puede vivirse en la madurez.

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LA DOCTRINA DE LA IGLESIA SOBRE LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y SOBRE OPINIÓN PÚBLICA

n un ámbito amplio, la doctrina de la Iglesia sobre prensa y comunicación social, sobre el derecho a la verdad, viene desde Gregorio XVI. Directamente sobre opinión pública, sólo han hablado Pío XII y Paulo VI, y el Concilio Vaticano II. Juan XXIII no entró específicamente en el tema de la opinión pública, pero habló de la libertad de expresión y, en general, de los medios de información, de la libertad de buscar la verdad, de los derechos universales e inviolables de la persona, entre los que se cuenta la libertad en la expresión y difusión del pensamiento. Obviamente, a lo largo de los años y de los papas, hay una evolución en la doctrina. Gregorio XVI ----1831-1846---- condenó la libertad absoluta de imprenta, alabó la quema de libros y el Índice de Libros Prohibidos. Dijo, en un resumen de su pensamiento y de su enseñanza: Es injurioso, falso y temerario afirmar que la censura previa se opone a la justicia y que la Iglesia carece de derecho para imponerla. Pío IX ----1846-1878---- apoyó la doctrina de su antecesor sobre libertad limitada de imprenta, quema de libros, Índice de Libros Prohibidos y censura previa a los escritores, y añadió que la sujeción de los escritores a la autoridad eclesiástica no se limita a las cuestiones infalibles. Deben sujetarse en todo, hasta en lo discutible. León XIII ----1878-1903---- responsabilizó a la prensa de la mayor parte de los males de la época. Habló del escándalo del teatro, de los libros, de los periódicos, de las artes, aplicados a ‘‘ennoblecer la tor-

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peza’’. Vio la necesidad de fomentar el periodismo católico para contrarrestar a la prensa laica y fue testigo de la represión a la prensa y a los periodistas católicos. Abrió sus archivos, porque ‘‘la historia destruye la calumnia’’. Enseñó que la libertad está subordinada a la verdad y al bien y que no debe concederse al error y al mal. No es lícito ----dijo---- proteger con la ley la publicación de errores; por el contrario, la ley debe suprimir el error; en consecuencia, la libertad de expresión sólo debe permitirse en lo opinable, a condición de que no provoque disensiones entre los católicos; por eso, para mantener la unidad, hay que obedecer al papa y a los obispos, usar lenguaje moderado, no ofender la piedad de los fieles y no defender novedades. Estableció censura previa en todas las materias que afectan a la religión y a la moral. Prohibió a los miembros del clero dirigir periódicos o revistas sin licencia del obispo y escribir sobre cualquier materia, aunque no tratara de religión, lo mismo en libros que en periódicos, sin licencia y sin censura previa. Prohibió que se introdujeran periódicos en los seminarios sin autorización del obispo.1 Pío X ----1903-1914---- cerró todavía más la puerta y estableció una supervisión estricta. Constituyó consejos diocesanos de vigilancia. Sistematizó la censura, que debía ser previa y secreta; la prohibición de libros y la cautela en su difusión; la prohibición de periódicos en los seminarios, la prohibición al clero de dirigir periódicos y revistas; el control de la actitud de los libreros católicos; la vigilancia sobre los sacerdotes corresponsales de publicaciones. Condenó a la prensa italiana porque toleraba el despojo de los bienes eclesiásticos. Ordenó que hubiera censores señalados para todo. Propuso a Luis Veuillot ----el combativo integrista de la Restauración del siglo XIX---- como mo1 El libro de Monseñor Jesús Iribarren, El derecho a la verdad, publicado por la Biblioteca de Autores Cristianos, en 1968, hace un recorrido exhaustivo de la doctrina pontificia sobre opinión pública, prensa y medios de información en general, desde el 15 de agosto de 1832, al inicio del pontificado de Gregorio XVI. Cita 230 documentos pontificios sobre el tema. Allí pueden consultarse ----tiene un índice documental y temático completo---- los textos exactos de cada papa, que aquí sólo se sintetizan. Por desgracia, el libro sólo llega hasta el 17 de junio de 1967. Paulo VI tuvo todavía muchas cosas que decir después de esa fecha.

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delo del escritor católico. El clero debía someter a la censura todo escrito sobre cualquier materia y necesitaba permiso previo del obispo para dar conferencias. Los escritores católicos debían someter a censura previa cuanto se refiriera a la religión y debían estar sometidos a la autoridad episcopal. Se debía cuidar con especial esmero que no se siembre aversión a los ricos entre los pobres, que no se hable de reivindicaciones de justicia, que no se sugiera ni siquiera la idea de nuevas orientaciones en la Iglesia. Benedicto XV ----1914-1922---- enseñó que el trabajo específico de los periodistas es la pacificación de los espíritus y la sumisión al magisterio de la Iglesia. La libertad, sólo en lo discutible. Pío XI ----1922-1939---- enfrentó el triunfo universal de la prensa ----a pesar de las previsiones pesimistas---- y el nacimiento de la televisión. Para él, los medios de difusión modernos estaban puestos al servicio del mal. La prensa ----dijo---- es omnipotente y toda omnipotencia implica enorme responsabilidad; por eso hay que organizar de inmediato a la prensa católica en todos los países y sumarla luego en una gran federación mundial. Nombró a san Francisco de Sales patrono de los periodistas, porque ‘‘supo aunar la polémica con la moderación’’. Hasta este momento, la visión de los papas sobre la prensa ----los otros medios no habían tomado auge---- y sobre la libertad de expresión es negativa y condenatoria, porque son origen de muchos males modernos y sienten que son amenazantes. Sobre ellas hay que defender la autoridad, la verdad y el bien ----decididos desde arriba----, y por eso el control dentro de la Iglesia es férreo. Pío XII ----1939-1958----, aunque conservó ese mismo control férreo, empezó a cambiar la visión. Para él, los medios de información eran simples instrumentos que podían usarse para el bien y para el mal. La vocación de quienes los usan ----dijo---- es noble. Los medios de información en el mundo se han perfeccionado en las últimas décadas.

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En consecuencia, dio normas amplias para su uso: defender los derechos de la persona, transmitir valores humanos, iluminar los espíritus, defender el bien común, servir a la verdad y al bien, etcétera. Señaló los escollos, como él los veía, y condenó los abusos, como él los consideraba. Reconoció la prisa con que hay que informar y la dificultad que eso implica para la objetividad de la información. Apuntó los caminos de acción: verdad, prudencia, justicia, caridad. Su visión de las masas fue negativa: carecen de criterio, son superficiales y deben ser educadas. Hasta este momento, ningún papa había hablado del verdadero fin de los medios de información, particularmente de la prensa. Ninguno había entendido, ni dicho, que el fin de la prensa es informar. Todos le atribuyeron fines morales abstractos: defender los derechos de la persona, transmitir valores humanos, iluminar los espíritus, defender el bien común y otros por el estilo. Se juzga a la prensa desde la perspectiva apostólica de la Iglesia, no desde su propia perspectiva. Nunca, por ejemplo, aceptaron los papas que uno de los fines de los medios es divertir. Siempre le asignaron fines apostólicos. Con todo, es Pío XII el primero que trata el problema de la opinión pública ----y lo ve certeramente---- en un texto ya muy conocido y muy citado que conviene, sin embargo, recordar, dirigido, sobre todo, a la Unión Soviética y a las demás naciones comunistas, y aplicado luego a la iglesia.2 Cito extensamente: La opinión pública es el patrimonio de toda sociedad normal compuesta de hombres que, conscientes de su conducta personal y social, están íntimamente ligados con la comunidad de la que forman parte. Ella es en todas partes, y en fin de cuentas, el eco natural, la resonancia común, más o menos espontánea, de los sucesos y de la situación actual en sus espíritus y en sus juicios. 2

Fue su mensaje al III Congreso Internacional de la Prensa Católica, en Roma, el 18 de febrero de 1950. Apareció en L’Osservatore Romano ese mismo día. La traducción castellana fue publicada en la revista Ecclesia, I, 1950, p. 201.

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LA DOCTRINA DE LA IGLESIA

Allí donde no apareciera ninguna manifestación de la opinión pública; allí, sobre todo, donde hubiera que registrar su real inexistencia, por cualquier razón que se explique su mutismo o su ausencia, se debería ver un vicio, una enfermedad, una irregularidad de la vida social. Dejamos aparte el caso en que la opinión pública se calla donde aun la justa libertad está desterrada y sólo la opinión de los partidos en el poder, la opinión de los jefes o de los dictadores está autorizada a dejar oír su voz. Ahogar la de los ciudadanos, reducirla a un silencio forzado es, a los ojos de todo cristiano, un atentado contra el derecho natural del hombre, una violación del orden del mundo, tal como ha sido establecido por Dios. Situación lamentable, deplorable y acaso más funesta todavía por sus consecuencias lo es la de los pueblos donde la opinión pública permanece muda, no por haber sido amordazada por una fuerza exterior, sino porque le faltan aquellas premisas interiores que deben existir en todos los hombres que viven en comunidad. Nos, reconocemos en la opinión pública un eco natural, una resonancia común más o menos espontánea de los hechos y de las circunstancias en el espíritu y en los juicios de las personas que se sienten responsables y estrechamente ligadas a la suerte de su comunidad. Nuestras palabras indican casi otras tantas razones por las cuales la opinión pública se forma y se expresa tan difícilmente. Eso que hoy se llama opinión pública muchas veces no es más que un nombre, un nombre vacío de sentido, algo como un ruido, una impresión ficticia y superficial, y no un eco despertado espontáneamente en la conciencia de la sociedad y dimanante de ella. Finalmente, querríamos todavía añadir una palabra referente a la opinión pública en el seno mismo de la Iglesia en las materias que pueden ser objeto de libre discusión: no tienen por qué admirarse de esto sino aquellos que no conocen a la Iglesia o que la conocen mal. Porque ella, después de todo, es un cuerpo vivo y le faltaría algo a su vida si la opinión pública 33


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le faltase. Esta falta provocaría censuras sobre los pastores y sobre los fieles. Pío XI fue el primer papa que habló por radio, Pío XII fue el primero que habló por televisión. Creó en la curia vaticana una comisión permanente para estudiar los problemas del cine, del radio y de la televisión. A pesar de que abrió a la Iglesia hacia el futuro, en lo que a medios de información se refiere, no modificó las normas del Código de Derecho Canónico, vigente desde 1917, que recogían e implantaban la mentalidad de papas anteriores al auge de la opinión pública y de los medios: de Gregorio XVI a Pío XI. Permanecían, pues, las normas estrictas sobre censura eclesiástica a libros, escritos y publicaciones. Los cánones 1384 a 1394 normaban rígidamente esa censura previa a ambos cleros ----regular y secular---en cualquier materia y a los laicos en materia religiosa. Juan XXIII ----1958-1963---- profundiza el avance de Pío XII: Todo ser humano tiene el derecho natural al debido respeto a su persona, a la buena reputación, a la libertad para buscar la verdad y, dentro de los límites del orden moral y del bien común, a manifestar y a defender sus ideas, a cultivar cualquier arte y, finalmente, a tener una objetiva información de los sucesos públicos.3 Entre los derechos universales, inviolables, de la persona humana, está el derecho a la libertad en la búsqueda de la verdad y en la expresión y en la difusión del pensamiento.4 El periodista católico debe ser enseñado a defender la verdad, la justicia y la integridad, antes que la religión y el Evangelio.5 Juan XXIII tiene muchos documentos referentes a los medios de información y muchas alocuciones a periodistas, sobre todo durante 3

Pacem in Terris, 222. Pacem in Terris, 260 y 283. 5 Discurso a la Unión Católica de la Prensa Italiana, 1961. 4

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el concilio. Señala en ellas lo positivo, lo negativo y las dificultades, y explica la moral del periodista. Paulo VI ----1963-1978---- es el papa que da los pasos más decisivos. Hay un largo camino desde Gregorio XVI hasta Paulo VI. Gregorio decía: La libertad de imprenta nunca será suficientemente condenada. Paulo consideraba: Una de las conquistas más notables del hombre moderno es el reconocimiento ----desgraciadamente verbal todavía en muchas partes---- del derecho del hombre a expresar libremente, tanto en grupo como individualmente, sus opiniones libremente formadas. Para Paulo VI, la información tiene por fin ayudar a los hombres a que asuman mejor su destino y el de su comunidad. Por su propia naturaleza, la telecomunicación es un instrumento de fraternidad entre los pueblos. La información es reconocida hoy como un derecho universal, inviolable e inalienable del hombre moderno, porque responde a una exigencia de su naturaleza social. Todo ser humano tiene derecho a una información objetiva. El derecho a la información es tanto activo ----el derecho de buscarla---- como pasivo ----el derecho y la posibilidad de recibirla----, y no basta reconocerlo en teoría: hay que protegerlo y servirlo en la práctica. La libertad ----avalada para la Iglesia en la Pacem in Terris de Juan XXIII (222)---- de expresar las opiniones es una conquista legítima del hombre moderno, como consecuencia del derecho activo y pasivo a la información, y no debería ser letra muerta, sino derecho en uso. El hombre reivindica el derecho de pensar libremente y de expresar lo que piensa, y la Iglesia es la primera en gozarse de esa adquisición.6 6

Mensaje al XV Congreso Internacional de la Prensa Católica, primero de mayo de 1965.

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La Iglesia es la primera en gozarse de la libertad de opinión y de la libertad de prensa, que son derechos imprescriptibles.7 La opinión pública ‘‘es inherente a la naturaleza social del hombre’’. Cita de Pío XII, el párrafo transcrito arriba y continúa: En toda comunidad, junto a las leyes y a las instituciones, siempre existe una vida más o menos espontánea que se expresa por juicios, actitudes y comportamientos, que pronuncia o adopta una parte más o menos grande de un grupo sobre los acontecimientos de la actualidad. La opinión pública nace de la necesidad y del deseo que tiene el hombre de encontrar al otro, de comprenderlo y de comulgar con él en una activa participación en la vida de la comunidad, donde ésta se manifiesta, a la vez, como un signo y como un factor de cohesión social. De esa forma surge una especie de filosofía de la vida a través del asentimiento y de la repulsa, de la aprobación y de la negación de la opinión pública. Si resulta espontánea y diversificada por una libre confrontación, esta aceptación permanente de verdades y de valores complementarios puede ser fuente de equilibrio y de enriquecimiento. Es decir, que la opinión pública requiere, para ser sanamente constituida, un verdadero clima de libertad fuera de la presión de los mitos y de toda intimidación que quisiera imponer una uniformidad cuya aparición es el signo humillante de una peligrosa regresión.8 La opinión pública corre con independencia del camino que sigan las leyes y las instituciones. Hay que liberarse de la esclavitud de presiones sociológicas y afirmar la libertad de juicio:9 En verdad se trata de una liberación. Las múltiples presiones sociológicas, los compromisos originados por la tupida red de las relaciones profesionales, familiares, sociales, reducirían fá7

Ibídem. Carta a la LIII Semana Social de Francia, julio de 1966. 9 Homilía a la Unión Internacional de la Prensa Católica, primero de diciembre de 1963. 8

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cilmente al hombre moderno, sin él advertirlo, a una especie de esclavitud. Si alguna profesión ha de liberarse de esta esclavitud y afirmar su libertad de juicio y de espíritu ha de ser la vuestra. Para el hombre de letras, para el escritor, para el crítico, para el cronista, para el periodista, la escritura es la expresión de un pensamiento, y el pensamiento no puede ser prisionero de esquemas impuestos, de opiniones amañadas. Su única norma es la verdad que libera. No es posible citar aquí todos los documentos de Paulo VI.10 Escogeré sólo algunas citas más, que expresan mejor su pensamiento y su doctrina. Se deberá estudiar el problema de la opinión pública en la Iglesia. Es necesario promover un amplio movimiento de opinión ----de recta opinión---- sobre la comunicación social. Debemos intensificar urgentemente la acción para obtener un recio empleo de la prensa, de la radio, del cine, de otras formas de espectáculos y de la televisión.11 El concilio no ha inventado la palabra pluralismo, si bien ha aparecido en algunos documentos conciliares; pero se puede decir que ha favorecido su empleo, poniendo en evidencia el concepto y la realidad y autorizando, por consiguiente, su aplicación a los campos más amplios y más diversos del saber y de la vida. El mundo es complejo. Su visión total contiene una riqueza de realidades y presenta una multiplicidad de aspectos que exigen un pluralismo de conceptos, de valoraciones, de conductas. Incluso en el campo eclesial, la complejidad de sus elementos doctrinales, jerárquicos, rituales, morales no pueden manifestarse más que en formas y en palabras pluralistas. El reverente respeto que nuestra religión atribuye a todo momen10 11

Puede consultarse el libro de Iribarren, antes citado. A la Pontificia Comisión para las Comunicaciones Sociales, 5 de junio de 1970.

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to, a toda porción, a todo acto de sus elementos, tanto divinos como humanos, obliga a evitar todo simplismo nivelador y mortificante. Nuestra vida espiritual se desarrolla en una trama muy complicada y muy delicada de realidades, de verdades, de deberes, de vibraciones psicológicas y sentimentales que es necesario tener en cuenta. La civilización se mide por la capacidad pluralística del hombre. El pluralismo está en las cosas; después en los conceptos y en las palabras.12 A pesar de todo, la iglesia ha escogido la libertad. El concilio se ha apropiado la gran instancia del mundo civil moderno reconociendo al hombre esta primaria, altísima y natural prerrogativa: la libertad. Nos urge recomendaros que sepáis vosotros mismos educaros cristianamente para la conciencia y para el uso de la libertad, que la Iglesia católica predica a sus hijos, no sólo a partir de nuestro tiempo, aunque hoy ciertamente con una enseñanza más clara y más completa. Y, para que la libertad siga siendo para nosotros aquel reflejo divino que ella es, procuremos protegerla, ante todo, en nosotros mismos.13 Finalmente, algunas citas de la encíclica Communio et Progressio, escogidas entre muchas. La opinión pública, que es característica y propiedad de la sociedad humana, nace del hecho de que cada uno, espontáneamente, se esfuerza por mostrar a los demás sus propios sentimientos, opiniones y afectos, de manera que acaban convirtiéndose en opiniones y en costumbres comunes. La libertad de expresar la propia opinión es factor y elemento necesario en la formación de la opinión pública. La libertad, por la que cada uno puede expresar sus sentimientos y opiniones, es necesaria para la formación recta y exac12 13

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Audiencia General, 15 de mayo de 1969. Audiencia General, 18 de agosto de 1971.


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ta de la opinión pública. Conviene pues, con el Concilio Vaticano II, defender la necesidad de la libertad de expresión, tanto para los individuos como para la colectividad, dentro de los límites de la honestidad y del bien común. Es necesaria la libre confrontación de opiniones. Es necesario que se conceda a todos los miembros de la sociedad la posibilidad de acceso a las fuentes y a los canales de información, así como la posibilidad de exponer libremente su pensamiento. La libertad de opinión y el derecho de informarse y de informar son inseparables. Es necesario que el hombre de nuestro tiempo conozca las cosas plena y fielmente, adecuada y exactamente, primero para comprender el mundo, sujeto a mutaciones, en el que se mueve; después, para adaptarse a las cosas mismas que con un constante cambio exigen cada día un criterio y un juicio, para así participar activa y eficazmente en su ambiente social; y, por último, para hacerse presente en las distintas situaciones económicas, políticas, sociales, humanas y religiosas de hoy. El derecho a la información no es sólo un derecho individual, sino una verdadera exigencia del bien común. A los que, por profesión, tienen que difundir la información les corresponde una importante y difícil tarea, frecuentemente expuesta a conflictos. Con frecuencia se ven obstaculizados por aquellos a quienes les interesa oscurecer y ocultar la verdad. Los receptores deben tener en cuenta y comprender bien la situación de los profesionales de la información y no exigirles una perfección absoluta que rebase las posibilidades humanas. El hombre es un ser social. Por ello le es necesario manifestar sus pensamientos y compararlos con los de los demás. Y esto es hoy más necesario que nunca. Por lo demás, cuantas veces los hombres, según su natural inclinación, intercambian sus conocimientos o manifiestan sus opiniones, están usando un derecho que les es propio y, a la vez, ejerciendo una función social. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre ha proclamado esta libertad como un derecho primario, afirmando también, implícitamente, la necesaria libertad de los medios 39


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de información social. En la práctica, esta libertad de comunicación incluye la libertad de los individuos y de los grupos para investigar, para difundir, a todas partes, las noticias y para usar libremente los medios de información. El Concilio Vaticano II enseña que la libertad humana, mientras sea posible, ha de ser fomentada y protegida y sólo puede ser restringida en cuanto lo exija el bien común. La censura, por lo tanto, se reducirá a los casos extremos. (Énfasis del autor.) Como la Iglesia es un cuerpo vivo, necesita de la opinión pública para mantener el diálogo entre sus propios miembros. Sólo así prosperarán su pensamiento y su actividad. Le faltaría algo a su vida si careciera de opinión pública. Y sería por culpa de los pastores y de los fieles. Es, pues, necesario que los católicos sean plenamente conscientes de que poseen esa verdadera libertad de expresar su pensamiento. Las autoridades correspondientes han de cuidar de que el intercambio de las legítimas opiniones se realice en la Iglesia con libertad de pensamiento y de expresión. Por ello, determinen las normas y las condiciones conducentes a este fin. Es amplísimo el campo al que puede extenderse el diálogo interno de la Iglesia. La Iglesia avanza por los caminos de la historia humana. Por ello debe acomodarse a las circunstancias propias de cada momento y lugar, aceptando las necesarias sugerencias, tanto para mostrar adecuadamente las verdades de la fe a las diversas edades y culturas humanas, como para adaptar eficazmente su actividad a las condiciones y circunstancias cambiantes. El secreto se ha de restringir y limitar sólo a lo que exijan la fama y estima de las personas y los derechos de los individuos y de los grupos.14 Paulo VI, congruente con su pensamiento, abolió la censura en la Iglesia, por decreto del 19 de marzo de 1975. La censura era contraria a toda su enseñanza, contraria a la libertad y al derecho natural de libre expresión que la Iglesia proclamaba y que había suscrito al fir14

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Encíclica Communio et Progressio, pássim.


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mar la Carta de los Derechos del Hombre en las Naciones Unidas. En otras palabras, era violatoria de los derechos humanos, de los derechos que la Iglesia proclamaba y de la libertad que exigía, como estaban expuestos en la doctrina que enseñó a lo largo de todo su pontificado y que sintetizó en la Communio et Progressio. La censura, que él redujo a los casos extremos, violaba los derechos inalienables, imprescriptibles y primarios de la persona humana. La Iglesia no puede predicar una cosa afuera y hacer la contraria adentro. La Iglesia no puede violar los derechos de sus miembros, mientras le exige al mundo que no los viole en su ámbito propio. La lógica era contundente y la censura quedó abolida en la Iglesia, en cuanto obligatoria, salvo casos extremos y los tres casos que el mismo papa exceptuó. Estas tres excepciones fueron: el texto mismo de la Sagrada Escritura, los textos litúrgicos oficiales y los textos de enseñanza de la doctrina católica. Las razones del papa para imponer estas tres excepciones fueron las siguientes: el litúrgico, es el texto del culto oficial de la Iglesia, que la autoridad eclesiástica quiere mantener doctrinalmente limpio y universal, dado que ahí realiza, de manera privilegiada, la transmisión del mensaje revelado y su predicación autoritativa. El escriturístico es el texto que la Iglesia considera palabra revelada por Dios y que tiene obligación específica de salvaguardar, puesto que la Iglesia es portadora del mensaje de salvación que Dios comunicó a la humanidad por medio de ella. El catequético es su enseñanza oficial, que tiene derecho de mantener exacta y unida. No deja de presentar problemas la censura de estos textos. El texto bíblico depende, en gran medida, de científicos, especialistas en hebreo, en griego, en historia, en prehistoria, en geología, en paleontología, en papirología, en antropología, desde luego en su propia lengua (para que traduzcan inteligiblemente), en teología, en interpretación de culturas arcaicas, y en otras cosas. No es asunto de teólogos ni de moralistas. La teología y la Sagrada Escritura son ciencias distintas. El texto bíblico se presta a muchas interpretaciones, desde una sola palabra hasta una oración completa y un contexto. Basta leer diferentes versiones de la Biblia, todas con aprobación eclesiástica y 41


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todas con variaciones importantes. No se ve fácil que pueda haber censores para un texto tan especializado y, mucho menos, que los censores sean teólogos o moralistas ajenos a la lingüística y al hebreo. Tampoco parece lógico que la doctrina resuelva un problema científico de esa magnitud. El texto litúrgico mantiene la unidad y la universalidad del culto católico. Pero el Concilio Vaticano II abrió ese culto a la diversidad cultural, étnica y lingüística, y a las tradiciones centenarias y milenarias de los pueblos. Dentro de una misma diócesis puede haber culturas, lenguas y tradiciones múltiples. Por ejemplo, la de San Cristóbal Las Casas, que abarca, al menos, siete etnias indígenas que difieren en lengua, tradiciones, experiencias históricas y aun religión. La originalidad tiene que ser libre y respetada para ser auténtica, y debe tener sus propios cauces civiles y religiosos de expresión. Un chamula y un lacandón, siendo vecinos y descendientes ambos del imperio maya, no tienen la misma cosmovisión y conciben a Dios de muy diferente manera. En México hay decenas de etnias, de culturas, de lenguas, de costumbres, de concepciones religiosas, comunitarias, culturales, históricas; decenas de maneras de relacionarse con Dios, con la vida, con la muerte, con la comunidad. Como dijo el indígena otomí, ‘‘la iglesia eclesiástica no anda en la comunidad’’. La censura es siempre un freno a la cultura autóctona, a la libre expresión religiosa en la propia cultura y a la manifestación espontánea de la originalidad de la relación con Dios y del culto. Así pasó en ocasiones históricas dolorosas y de alto costo, como fueron el caso de los ritos malabares, el caso de Indochina, el de China, el de la India, el de las reducciones del Paraguay y muchos otros en los que la Iglesia perdió por su estrechez de visión. Y así está pasando y puede consumarse en nuestros tiempos y en nuestros lugares. Dice el dicho: si quieres conquistar a un pueblo, destruye sus dioses. Fue lo que hizo Hernán Cortés con los dioses aztecas. El texto catequético mantiene la unidad en la enseñanza de la doctrina. Pero también en este terreno hay indiscutible diversidad. Unos catecismos enseñan con aprobación eclesiástica, por ejemplo, 42


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la existencia del limbo, inventada allá por el siglo XVII. El limbo ni siquiera pertenece a la doctrina tradicional. Hay muchas cuestiones doctrinales que son discutidas y discutibles en la Iglesia. Las opiniones difieren en temas tan serios como el pecado original, el alma, el sacerdocio, los sacramentos, la relación de la libertad humana con la gracia divina, el vínculo matrimonial, el purgatorio, los cinco mandamientos de la Iglesia, la existencia de ángeles y demonios y muchos más. No se ve fácil una censura que permita la libertad en lo discutible y que no imponga la doctrina específica del censor o del obispo local. La censura, por lo regular, es pasar el texto ajeno por el filtro de la doctrina propia. O de la conveniencia política. Uno de los casos dolorosos de incomprensión y de censura fue el golpe a la teología de la liberación. Otro, el juicio en Roma de Dom Pedro Casaldáliga, obispo de Sao Félix de Araguaia, en la Amazonia y en el estado de Mato Grosso, Brasil. El Concilio Vaticano II, con más timidez, sostiene la misma doctrina que los dos papas que lo presidieron, sólo que Juan XXIII y Paulo VI son más explícitos, más claros y más abundantes en sus exposiciones.15 En la del concilio caben ya otros fines de los medios de información, en concreto, informar, divulgar noticias, ‘‘distender y cultivar los espíritus’’, es decir, diversión y cultura, sin que por eso deje la Iglesia de querer usarlos como medios de predicación, de apostolado y de difusión religiosa. Pero ya les concede la autonomía científica, cultural y profesional que les corresponde. La doctrina de la Iglesia sobre los medios de información, sobre la libertad de expresión y la opinión pública fue evolucionando. Los primeros papas, de Gregorio XVI a Pío XI, tuvieron una visión negativa, condenatoria e inquisitorial de los medios que, para ellos, se reducían prácticamente a la imprenta ----libros y folletos---- y a la prensa. El radio aparece hasta Pío XI. La televisión, hasta Pío XII. 15 Baste consultar el decreto Inter Mirífica sobre los medios de información social y, especialmente, los números 4, 5, 8 y 14; el decreto Apostolicam Actuositatem sobre el apostolado de los laicos, número 18; y la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual, Gaudium et Spes, números 6, 59-62 y 82.

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Sin embargo, la prensa había nacido 141 años antes de que Gregorio XVI subiera al pontificado ----1831---- y, para esa fecha, estaba ya en pleno auge. La prensa nació en 1690 y su primer periodo de desarrollo duró hasta 1765. Tres cuartos de siglo tardó el periodismo en madurar y en encontrarse a sí mismo (cfr. Frank Luther Mott, A History of Journalism). La guerra de independencia de Estados Unidos propició y marcó el crecimiento de la prensa en ese país, en Inglaterra y, en general, en Europa, y dio lugar a las primeras batallas por la libertad de expresión y de prensa. En el primer cuarto del siglo XIX, el periodismo tuvo una época oscura, partisana, mercantil. Sin embargo, cuando Gregorio XVI ----que sólo veía en ella el origen de múltiples males---- subió al pontificado, la prensa era una realidad mundial indiscutible y creciente. Ya había desarrollado la función de la noticia, la necesidad de su rapidez y nuevas técnicas de difusión. Habían nacido los semanarios locales y los grandes diarios, y la prensa había adquirido la conciencia plena de su libertad y de su autonomía. Habían surgido también la prensa de clase y las revistas, el periodismo político y el editorialismo crítico. El concepto de noticia se había profundizado y se hacía menos partisano. Cuando Gregorio moría ----1846---- el crecimiento de la prensa independiente era un hecho universal. Joseph Pulitzer, uno de los grandes periodistas (el premio Pulitzer de periodismo honra su nombre), fue contemporáneo de Pío IX y de León XIII.16 No era, pues, un fenómeno nuevo el que les tocó a estos papas. No deja de ser extraño que el papado se ocuparan de la prensa tan tardíamente. Es posible que se debiera a que entonces estaban en

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Cfr. A History of Journalism, de Frank Luther Mott, MacMillan, New York, 1962. Véase también Roger Aubert, ‘‘Pío IX y su época’’, en t. XXIV de la Historia de la Iglesia, de Fliche-Martin, EDICEP, Valencia, 1974.

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juego la reunificación de Italia y la pérdida de los Estados Pontificios. Los papas de esos años, hasta Pío XII, fueron más bien apologetas, en cruzada por la defensa de la verdad contra los errores de su época, por la defensa de la autoridad contra la democratización del mundo y por la defensa de los bienes y de los derechos de la Iglesia contra un mundo que la despojaba, que se liberalizaba y que se secularizaba. Tendrían que pasar muchos años para que el Concilio Vaticano II, Juan XXIII y Paulo VI reconocieran la independencia de las realidades terrestres y que también ellos y la Iglesia, como todos los seres humanos, van buscando la verdad.17 Fue otro el tono de los papas anteriores,18 como no es difícil constatar, si se comparan, por ejemplo, la encíclica Quanta Cura, el Syllabus, otras encíclicas y el lenguaje de Pío IX y de Pío X con los documentos y el lenguaje del Vaticano II, de Juan XXIII y de Paulo VI. No es fácil atribuir esta mentalidad solamente a la época. Allí juegan también la mentalidad y la ideología de los individuos. La lucha por la libertad de prensa, en la sociedad civil, llevaba un siglo. Se habían producido ya muchos casos que tuvieron repercusión profunda en América y en Europa, desde el juicio de William Duane, en Estados Unidos, que obligó a juristas y a legisladores, a moralistas y a teólogos, a buscar y a tratar de definir el alcance de la libertad de prensa. El juicio de Duane tuvo lugar en los albores del 1800. Se discutió entonces en los tribunales, en las cámaras legislativas, en libros y en artículos jurídicos, morales y teológicos, hasta el problema de la publicación de escritos ‘‘en deshonor de Dios’’ y si eso debía o no debía estar incluido en la libertad de expresión. El problema, en la sociedad civil al menos, iba siglo y medio adelante de la Iglesia. Tendría que venir el Vaticano 17

Cfr. Paulo VI, Decreto sobre las Indulgencias. La Colección completa de encíclicas pontificias, publicada en Argentina en los años cincuenta, que abarca desde Gregorio XVI hasta Pío XII, es una buena fuente de información sobre el tema y de comparación de los diversos tonos papales. Los documentos del Vaticano II y las diferentes colecciones que existen de los discursos, decretos, encíclicas y documentos de Juan XXIII y de Paulo VI completan el panorama. 18

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II para zanjar estos temas. Y, aun así, la libertad de expresión no está del todo clara en la Iglesia. Es necesario enfatizar el tema de la prensa, porque es un vehículo privilegiado de la opinión pública y de la libertad de expresión. Los papas anteriores vieron en la imprenta y en la prensa a enemigos políticos e ideológicos, a devastadores de la verdad y del bien. Eran el reino del mal, como dijeron Gregorio XVI, León XIII y Pío XI, por lo menos. Se pusieron a la defensiva. De ahí la necesidad de la condena de la prensa laica y del control férreo de la prensa católica. Si los papas se centraron en la prensa, sobre todo escrita, y en los medios de información en general, fue porque la libertad de esos medios caía fuera de su control y no la podían someter a censura previa o a castigo, como a los teólogos y a otros escritores católicos, y a las editoriales católicas de libros y revistas. De ahí el esfuerzo de los papas por promover la prensa católica y las organizaciones mundial y regionales de prensa, que sí caían bajo censura previa y bajo control y castigo. Así sucedió mientras no se profesionalizaron. El hecho de que el polemista Veuillot fuera erigido como ejemplo de los escritores católicos y de que san Francisco de Sales ----que une la polémica con la moderación---- fuera constituido patrono de los periodistas es suficientemente elocuente. Pío X llegó más lejos y quiso que la prensa se erigiera en defensora de los papas y de sus intereses, inclusive económicos y políticos. Condenó a la prensa italiana por tolerar el despojo de los Estados Pontificios y de los bienes de la Iglesia. Esta concepción, con matices nuevos, se ha extendido hasta nuestros días. Lo prueba la condenación de libros, de escritores y de tendencias teológicas, inclusive en el pontificado de Juan Pablo II, como pasó con la teología y los teólogos de la liberación, y el intento de sujeción de los escritores ----periodistas englobados---- a la autoridad y a la censura, aun en lo falible de la Iglesia y en lo discutible de la vida. El periodismo es una profesión y es una ciencia. Tiene sus propios principios, fines, leyes, función, materias y metodología, como cualquier otra profesión, y no es intercambiable. Su objetivo primordial es la noticia, es informar, y ésa es su función, no el análisis sociológico, 46


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ni la predicación de una doctrina, ni la difusión o la defensa de una ideología, aunque admite, como cualquier profesión, abusos, desviaciones, corruptos y charlatanes, y que se le use mal o para otros fines. La referencia específica al periodismo tiene lugar, porque es un vehículo ideal para la expresión y el juego de la opinión pública. Lo mismo puede aplicarse, en su medida y en su modo, a las editoriales y a la publicación de libros, a las revistas, a la participación de los laicos y de las mujeres en la iglesia, a la ordenación de diáconos ----como en Chiapas---- y a toda participación del pueblo de Dios en los asuntos de iglesia. Todas son expresiones de la opinión pública. Pero la Iglesia se desfasaba del mundo. Hasta Juan XXIII y Paulo VI, los papas nunca comprendieron esto, como muchos otros no lo han comprendido y no lo comprenden aún, como tampoco comprenden lo que es y cómo es la opinión pública, fenómeno que entronca de una manera más visible y más amplia con el periodismo y con la comunicación en general. Para ellos y para muchos, la prensa era simplemente un púlpito grandote, con posibilidades numéricas enormes para la predicación, que debía ser puesta al servicio de la verdad y de la misión de la Iglesia como cada autoridad la va entendiendo. Los papas del siglo pasado y de la primera mitad de este siglo concibieron a la prensa como un enemigo o como un instrumento de su apologética y de sus luchas ideológicas y políticas. Eso la hacía un instrumento del poder. Lo mismo se da con el poder político y con el poder económico, cada uno para sus fines. Más aún, cuando gran parte de los medios de información están ya en manos de consorcios económicos, como pasa en México y en el mundo con las grandes cadenas de televisión, de radio y de prensa. De ahí, de convertir la comunicación colectiva en sierva del poder y del dinero para sus propios fines santos, laicos o perversos, nace la necesidad del control y de la censura, del secreto y de la dirección autoritaria, que la obliga a servir a determinados intereses o a una ortodoxia. Pero la ortodoxia absoluta no existe en este mundo, es una pura abstracción, porque nadie es dueño de la verdad total ni del úni47


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co pensar correcto. Ésa no es propiedad humana. Aquí y ahora sólo se dan las verdades limitadas, inevitablemente parciales, de cada persona, que algunos convierten y otros quieren convertir en sus ‘‘ortodoxias’’ particulares, y que se sienten en la obligación de imponer a los demás. Los documentos pontificios y los Códigos de Derecho Canónico prueban la concepción que los papas han tenido de la opinión pública, de la publicación de libros católicos y de la prensa en sí, y su voluntad de controlar a la prensa, a los escritores y a los periodistas católicos. Aunque este libro pone especial énfasis en la prensa, porque es el vehículo cotidiano de expresión, de información y de opinión, lo mismo vale para los otros medios y para las demás expresiones del saber, del pensamiento, de la crítica, del análisis, de la investigación, etcétera. Cuando Pío XII subió al trono pontificio, ya se habían desarrollado en el mundo una serie de teorías de la comunicación social, entre ellas, la estadounidense, la alemana y la marxista. Se siguen desarrollando y van naciendo otras. El estudio del periodismo y de la comunicación social ----que otros llaman colectiva, masiva o de masas---- se hace más complejo y más profundo. Abarca al periodismo en todos sus aspectos, a la fotografía, la televisión, el radio, el cine, la publicidad, la teoría o las teorías de la comunicación, la historia del periodismo y otras materias, por no hablar de internet y de los libros. En medio de este desarrollo científico, ha tomado fuerza el estudio de la opinión pública, que en ellos encuentra sus medios de expresión, como uno de los grandes fenómenos que simultáneamente enfrentan, producen, influencian, manejan, alimentan y combaten la comunicación social en general y el periodismo en particular. El desarrollo de la televisión ----que Pío XII apenas vislumbraba---- hace todavía más complejo el tema de la opinión pública. Como lo ha hecho internet. La preocupación por ese tema y su estudio encuentra eco entre los estudiosos católicos y se refleja, entre otras instancias, en las Semanas Sociales de Francia y en las pasadas o todavía existentes uniones de periodistas católicos. Florecieron con especial fuerza durante unos años, sobre todo en las décadas de los sesenta y setenta, la Unión 48


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Internacional de la Prensa Católica y la Unión Latinoamericana de la Prensa Católica, impulsadas por el sacerdote francés Émile Gabel. Es un fenómeno del que otros papas no habían tenido idea, a pesar de que las emisiones regulares de radio parten de 1920, de que el cine sonoro parte de 1929 y de que la televisión irrumpe en el mundo desde 1930. Las uniones de periodistas católicos, como la latinoamericana e inclusive la internacional fueron desapareciendo. Eran una contradicción en sí mismas. El periodismo no es católico, ni protestante, ni musulmán. Es periodismo a secas. Cualquier calificativo le quita su esencia. Es informar sobre la realidad tal como es. Otra cosa es el uso sesgado, manipulado, pagado, interesado, sometido a intereses ajenos, como poder, dinero u ortodoxia, que no es periodismo, sino ideologización. Hablar de periodismo católico, es como hablar de una fotografía católica o una fotografía metodista. Hay sólo una fotografía de lo que está frente a la lente. La información es lo mismo. Otra cosa son determinadas secciones de los medios de información, como la editorial o los ensayos de los colaboradores, que reflejan una manera de pensar o expresan la opinión del autor o del medio concreto. Es contradictorio hablar de una concepción católica del periodismo. Tampoco puede haber una concepción católica o pentecostal del álgebra. El periodismo es una ciencia que se sabe, se practica o se utiliza bien o mal, para bien o para mal, como todo en este mundo. Pío XII lo analiza con claridad y abre las puertas de la Iglesia y de su enseñanza hacia perspectivas nuevas. A pesar de todo, deja las puertas cerradas en muchos aspectos. La preocupación, todavía, era sobre la ortodoxia y la moral de la comunicación, de la publicidad, de la investigación periodística, del proceso de comunicación, de la libertad de expresión, de la empresa periodística o publicitaria, de las cadenas o grandes consorcios periodísticos que ya controlaban enormes sectores de población y de información, del contenido de las noticias, de las fotografías, del sensacionalismo y demás. La preocupación era, además, sobre la posibilidad de que se descubrieran y se publicaran secretos bien guardados de la jerarquía y del Vaticano, en despresti49


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gio de la autoridad. Más de una vez se argumentó: ‘‘Los hijos no juzgan a sus padres’’. Pero empezaron a investigarse y a publicarse muchos secretos. Las finanzas del Vaticano son un ejemplo.19 A pesar del considerable número de artículos y de la buena cantidad de libros que se han escrito ya sobre el tema, quedan muchas cosas oscuras sobre las finanzas vaticanas. Otras cosas quedan claras, como el hecho de que ha habido varias órdenes de aprehensión contra el arzobispo Paul Casimir Marcinkus, presidente que fue del Banco del Vaticano, por fraude financiero y asociación con la mafia, y a quien dos magistrados de Milán nunca desistieron de llevar ante la corte. Marcinkus quedó protegido dentro del Estado del Vaticano. No es el único. Se ventilaron, pero no se aclararon las acusaciones sobre la complicidad del Banco Vaticano, IOR (Instituto de Obras Religiosas), con los manejos turbios de Roberto Calvi, director ejecutivo del Banco Ambrosiano, que llevaron a su quiebra. El hecho de que el Banco Vaticano haya tenido que pagar 250 millones de dólares a los acreedores del Ban19

Se ha hablado mucho de los fraudes en las finanzas del Banco del Vaticano, sobre todo en la prensa, pero también en una serie de libros sobre el tema: Revista Concilium, núm. 137, ‘‘Las finanzas de la Iglesia’’. Leo Sisti y Gianfranco Modolo, El Banco paga. Nino Lo Bello, a) The Vatican Empire; b) Vatican USA; y c) The Vatican Papers. E.R.Chamberlin, The Bad Popes. Gordon Thomas y Max Morgan-Witts, a) Pontiff y b) The Pope and the Bomb. Malachi Martin, Rich Church, Poor Church. David Yallop. In God’s Name. Richard Hammer, The Vatican Connection. John Cornwell, A Thief in the Night. Peter de Rosa, The Vicars of Christ. The Wall Street Journal, 27 de abril de 1987: ‘‘El Banco del Vaticano jugó un papel central en la quiebra del Banco Ambrosiano’’. Además de estos libros y artículos que tienen como tema o tratan directamente en alguna de sus partes las finanzas del Vaticano, otros tocan el tema indirectamente, como: Giancarlo Zizola, La restauración del papa Wojtyla. Paul Valadier, L’Eglise en procès. Penny Lernoux, People of God. Paul Murphy y R. René Arlington, La Papisa, biografía de sor Pascualina, una monja menuda, guapa y genial, que fue ayudante, confidente, consejera y conciencia de Pío XII y una de las mujeres poderosas en la historia del Vaticano.

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co Ambrosiano suscitó especulaciones sobre su culpabilidad, lo mismo entre críticos que entre amigos. Quedan otras muchas dudas y secretos, ambigüedades y especulaciones, acusaciones y huecos, turbiedades y sospechas en el asunto de las finanzas del Vaticano y sobre otros asuntos que se teme aclarar, como los enredos de la logia masónica P2, a la que pertenecía un número de cardenales de la iglesia, cuando todavía pesaba la excomunión sobre la pertenencia a la masonería, y la protección a sacerdotes pederastas. ¿Caben o no caben estos hechos en la opinión pública? ¿Se puede o no se puede opinar sobre ellos y sobre otros asuntos semejantes? ¿Opinar sobre esos temas redunda en desprestigio de la autoridad?¿No tienen los miembros de la Iglesia ----como proclama la misma doctrina pontificia---- derecho a una información completa y veraz y a que estos asuntos sean objeto de la opinión pública? ¿Por qué no informó el Vaticano y aclaró las cosas? ¿No era de interés público y de necesidad conocer estos hechos? Otra vez, será la subjetividad la que resuelva. Pero, al resolverlo para sí, tendrá que respetar la subjetividad de quien lo resuelva de otro modo y con otra conciencia. El problema consiste en que las enseñanzas de la Iglesia, hasta Pío XII, y la preocupación de las autoridades, hasta nuestros días, se ocuparon sólo de los deberes de periodistas, escritores, profesores, agentes de pastoral y organizaciones católicas, no de su libertad y de su desarrollo, ni de la función creadora que cumplen en el mundo. Los documentos pontificios ya citados muestran, sobre todo, la condena, el freno, el límite, las trabas, los abusos ----que ciertamente los hay----, la Jacques Flamand, Saint Pierre interrogue le Pape. Jean-Guy Vaillancourt, Papal Power, a Study of Vatican Control over Lay Catholic Elites. Peter Nichols, The Pope’s Divisions. Rupert Cornwell, God’s Banker. Larry Gurwin, The Calvi Affair. Basten estos libros y artículos. Las notas de prensa sobre el tema de las finanzas vaticanas y sobre las cosas inexplicables que en ellas han sucedido, son numerosas. El Vaticano nunca ha aclarado y el tema se ha conservado en secreto. El problema serio viene desde Pío XII, creador de las finanzas modernas del Vaticano.

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alerta contra los males, la alarma ante los peligros, la precaución ante los riesgos. Uno se pregunta siempre si lo que muestran en realidad es miedo a la libertad, al pensamiento y a la madurez del otro. El fondo es que este fenómeno complejo ----comunicación social, periodismo, opinión pública, libertad de expresión, libertad de prensa, radio, televisión, cine, revistas, libros, etcétera---- se concibió por mucho tiempo como un ‘‘reino del mal’’, como una emancipación, como un transporte hacia la libertad de pensamiento en temas exclusivos de la jerarquía, como un vehículo del error, como la causa de innumerables males modernos, como una amenaza contra la autoridad. Consecuentemente, la expresión de la opinión pública, los comunicadores, los líderes de opinión, los pensadores y los escritores independientes y, sobre todo, los periodistas, eran desconfiables, mientras no demostraran lo contrario, mientras no se sometieran a la censura o no aceptaran el control ideológico. Al menos, el diálogo ideológico. Cuando el poder se absolutiza y se convierte en dominio, en instrumento de intereses determinados ----no importa cómo se les justifique o se les sacralice----, en criterio de la verdad y en norma de las conciencias, de inmediato tiende a refugiarse en el secreto, a cancelar la libertad ajena y a infantilizar a la sociedad. Todo y todos deben depender del poder. La libertad en general, la libertad de expresión, la información, la opinión pública, la independencia de criterio y la madurez social son sus enemigos naturales, porque son sus frenos y sus límites. En el fondo, es un problema de poder. Fue la época en que los papas empezaron a perder el poder político, el poder sobre la sociedad y el poder de influencia decisiva sobre el desarrollo, sobre el pensamiento y sobre la dirección del mundo. Es notable la desconfianza que en ese momento les produjeron a los papas las libertades nacientes, la democracia y el desarrollo de un pensamiento autónomo y de una cosmovisión ajena a la autoridad eclesiástica. Basta repasar las encíclicas de Pío X y el Syllabus (Sumario) de los Errores Modernos, de Pío IX, de Pío X, incluso de Pío XII. Y los Códigos de Derecho Canónico de Benedicto XV y de Juan Pablo II. La sociedad, por su lado, fue conquistando su propio espacio, su 52


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propia libertad y su propia opinión, muchas veces al margen de una Iglesia que no está de acuerdo, que condena, que reprime, que se debate contra su propia pérdida y que encuentra difícil enfrentarse a la libertad ajena. Es claro en el caso del periodismo, que declaró su independencia, asumió su libertad y forjó su propia ética y el concepto de su propia función, al margen del casuismo moralista. La información rompía el secretismo. La opinión pública ponía freno al absolutismo. Vimos cómo lo hizo en el desmoronamiento de los regímenes socialistas de los países europeos. La libertad de pensamiento y de expresión cancelaba el criterio autoritario y vertical de la verdad y el control ideológico. La independencia de la prensa chocaba con la norma autoritaria del bien y del mal y con el dominio de conciencias. El periodista, el escritor, la mujer, las comunidades eclesiales se negaron a ser vistos como ciudadanos del reino del mal, como niños rebeldes que deben ser regañados y conducidos, como instrumento de otras ciencias, de otras profesiones y de otros objetivos que no eran los suyos, para otros fines que ellos no pretendían. Es cierto que hubo escritores y pensadores que lo hicieron por su cuenta y fueron condenados: Giordano Bruno, Galileo Galilei, en tiempos pasados; Teilhard de Chardin, los teólogos de la Nouvelle Théologie y de la Teología de la Liberación en nuestros tiempos, son ejemplos que llegan hasta Juan Pablo II. Los obispos, los teólogos, los predicadores, los filósofos, los sociólogos, los científicos hablan en sus propios lenguajes. La libertad de expresión y la opinión pública hablan en su propio modo. Cada uno es tan respetable, tan digno, tan profesional, tan responsable, tan honesto, tan serio y tan verídico como los otros. Y también, como los otros, puede equivocarse, abusar, desviarse y pervertirse. No tiene por qué ser instrumentalizado, ni despreciado, ni objeto de desconfianza, ni minusvalorado. Cada uno tiene sus propias reglas, como todos. Tiene su propia función histórica y social, tan importante como la de otros. Los papas arremetieron contra la prensa y la prensa se independizó de la Iglesia. Entonces los papas dirigieron sus baterías hacia la prensa católica, pero la prensa católica era ya parte de la prensa uni53


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versal, recibía su influencia y seguía sus caminos. La prensa católica independiente y seria, no la que fue instrumentalizada y se volvió servil. Se entabló una lucha que continúa. Georges Bernanos, el novelista católico francés, decía en 1940: Parece que no hubiera para cada católico más que una actividad perfectamente legítima, sin peligro de excesos: la apología de la autoridad eclesiástica y de sus métodos, la exaltación fanática de sus pequeños éxitos, el disimulo de sus fracasos, incluso al precio de vergonzosas mentiras. Y de vergonzosas complicidades. Pío XII reconoció el hecho. Supo y declaró que la Iglesia estaba enferma sin opinión pública. Y, si no la tenía, era culpa de los pastores por no permitirla o por no hacerla posible y era culpa de los fieles por no ejercerla. La libertad no tiene que pedir permiso. Juan XXIII, Paulo VI y el Concilio Vaticano II reconocieron la autonomía del pensamiento y de las realidades terrestres, entre ellas la prensa, y reconocieron el modo de expresarse del mundo moderno. Defendieron la libertad de pensamiento, de expresión y de opinión pública. No hay opinión pública sin libertad plena. Proclamaron el pluralismo, sobre todo Paulo VI, que comprendió la función y la importancia, la necesidad y la obligatoriedad de la información, que redujo el secreto y la censura a los casos extremos y no aceptó el secretismo. Reconocieron y proclamaron que la libertad es un derecho inalienable, imprescriptible, natural y primario. Proclamaron los derechos de todos, la libertad y la función de la prensa y de la opinión pública, la autonomía de las realidades y de las ciencias terrestres, la libertad de pensamiento. No como una concesión, sino como un derecho inalienable, anterior a toda autoridad, que la Iglesia debe respetar. Y eso, sin negar ni la fundación divina de la Iglesia, ni el poder doctrinal del papa y de la jerarquía, ni las funciones de la autoridad en la Iglesia. Ambas cosas son y deben ser compatibles, porque la Iglesia, se supone, es el lugar de la libertad de los hijos de Dios.

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El Vaticano, por su parte, tiene otra doctrina y otra estrategia. Un documento de Ratzinger, cuando era secretario de la Doctrina de la Fe, es elocuente en este punto cuando anuncia las medidas del papa. Juan Pablo II restaura la censura, los juicios, las destituciones, las reducciones al silencio: teólogos, sacerdotes, profesores, obispos; en las publicaciones católicas destituye a directores y corresponsales vaticanos, y hasta en publicaciones laicas, por petición o por influencia. Giancarlo Zizola, en su libro La restauración del papa Wojtyla,20 hace la lista de las destituciones, entre ellas, en Ètudes, La Vie Catholique, Informations Catholiques Internationales, Le Figaro, Il Giorno de Milán, La Stampa, Avvenire, Il Corriere de la Sera. Zizola: El 27 de junio de 1983, fue despedido sin previo aviso el subdirector de L’Osservatore Romano, Virgilio Levi, por haber criticado a Lech Walesa. En la Civiltá Cattolica, las pruebas de imprenta de cada número deben ser sometidas a la revisión previa de la Secretaría de Estado, y cada mes vuelven expurgadas por la censura. Juan Pablo II, a diferencia de sus predecesores, usó abundantemente los medios de información para convertirlos en instrumentos de su proyecto, para hacerlos descubrir lo sagrado, para introducir en ellos su mensaje, para moralizar a una sociedad devastada por el comunismo ateo, por el liberalismo consumista y por los viciados vientos de un siglo materializado y alejado de Dios. El problema consiste en que ésa no es la función de los medios. Tienen sus propias reglas 20 Cfr. también: L’Eglise perd la raison, de Michel Clévenot. La Restauration Catholique, de Paul Ladrière. Le retour des certitudes, evénements et orthodoxies depuis Vatican II, de Paul Ladrière y René Luneau. ‘‘Les droits de l’homme’’, Pierre d’Achoppement, en la revista Project, núm. 213, septiembreoctubre de 1988. Vers une nouvelle Contre-Reforme, de Daniele Menozzi. Quand Rome condamne, de François Leprieur. Monsieur Ouine, de Georges Bernanos. Quelle morale pour l’Eglise?, de Bernhard Häring. Contra la censura eclesiástica, de Giancarlo Zizola y Alberto Barbero. Le Rêve de Compostelle-Vers la Restauration d’une Europe Chrétienne?, bajo la dirección de René Luneau.

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y sus funciones específicas. No se les puede concebir sólo como un enorme púlpito tecnológico. El resultado puede ser contraproducente. Pero no se ha hecho en la Iglesia un estudio serio sobre los efectos de los contenidos religiosos en los medios de información, especialmente en televisión y en radio. No basta simplemente con usarlos. Hay que estudiar cómo, para qué y con qué resultados. Esto es lo que quiere decir el periodista católico francés Jean-Marie Domenach:

Estas misas en los estadios, estas procesiones monstruo, estas bendiciones masivas se convierten en un elemento del espectáculo televisivo que consume religión. Todo se transforma en folclor para la curiosidad. Nada compromete. Pero un profeta no es una vedette. El papa atrae a las muchedumbres, pero ¿puede convertir los corazones? El historiador francés André Mandouze se suma a la interrogante: No es popularizando el rostro simpático y telegénico de un papa aparentemente moderno como logrará la Iglesia detener o invertir el movimiento de pérdida de los jóvenes del siglo XX. A tantos apretones de mano, abrazos de niños, trasiego de personas, gasto de dinero, aceptación de compromisos; a tantos derechos proclamados en términos tan generosos como generales, a tantas prohibiciones intimadas en términos tan precisos como inoperantes, cuánto más preferiría ver introducirse una comunión con hombres dotados del derecho a discutir y a responder, un encuentro bajo auspicios distintos de los de la autoridad atávica. Mandouze habla de una opinión pública respetada. El daño ha sido que la información religiosa sea centralista, que su contenido sea la figura del papa. Juan Pablo incorporó a los medios de información a su designio, hasta hacerlos una nueva dimensión de su pontificado. No quiso imponer a los medios las leyes del magisterio, de la teología, de la eclesiología, ni cambiarles su especificidad profesional. Al contrario, fue él quien entró en las leyes de los mundos periodístico y publicitario. El problema es que, con eso, se convirtió en producto de consumo, en mercancía religiosa. Así se le usó y así lo vimos. Daniel 56


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Bell, analista francés: El imperio tiene necesidad de sanar, con un mínimo de principio ordenador de carácter ético-religioso, el bazar psicodélico. Que lo sagrado sea una necesidad pujante de la secularización capitalista, no es sólo un teorema de la derecha, es también una política orgánica. Cada ciencia tiene sus leyes y no se pueden violar impunemente. El periodismo no es un instrumento de otros proyectos. Es un gran proyecto en sí mismo. Ésta es una reflexión que todavía hace falta en la Iglesia. Igual que hace falta la comprensión y el respeto hacia la libertad de expresión y la opinión pública. Lo que dijeron Juan XXIII, Paulo VI y el concilio, el espíritu que los movió y que quisieron inspirar en la Iglesia, las esperanzas que suscitaron, implicaban una transformación profunda de las estructuras eclesiásticas. Se trataba de una vida nueva. Pero no se echa vino nuevo en odres viejos. Obviamente, como era de esperarse y como era natural en los asuntos de los hombres, hubo oposición de las viejas estructuras y de la condición humana de muchos de los miembros de la Iglesia. Juan XXIII abrió un panorama distinto y denunció a los ‘‘profetas de la desventura que no ven en los tiempos modernos más que prevaricación y ruina’’. Paulo VI avaló: Sépalo el mundo: la Iglesia lo mira con profunda comprensión, con sincera admiración y con sincero propósito, no de conquistarlo, sino de valorarlo, de confortarlo. No han disminuido en la Iglesia los miedos y las tensiones que la libertad vive en ella. Es importante el problema de las estructuras eclesiásticas, porque con frecuencia ahogan la vida misma de la iglesia, como más de una vez ha demostrado la historia. La Iglesia es orgánica y está estructurada socialmente. Nuevas leyes e instituciones no pueden crear por sí solas hombres nuevos. Pero a un espíritu nue57


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vo, como surgió en el Concilio, corresponden formas nuevas. Sin ellas no sería posible una renovación. Formas nuevas, entre otras, son la libertad de expresión y la opinión pública. No bastan las afirmaciones de principios para dar impulso a una nueva vida, porque la vida se manifiesta en un conjunto de relaciones humanas visibles y externas. Allí es donde la persona debe encontrar el espacio para vivir y para expresarse sin perder sus propias peculiaridades. Éste es un problema de estructuras, de normas, de instituciones. De otro modo, sería cierto que, para vivir en libertad dentro de la comunidad católica, hay que abandonar la iglesia, en cuanto sociedad estructurada y, sobre todo, sus estructuras clericales, porque la Iglesia habría dejado de ser el lugar de la libertad para los hijos de Dios. No en vano se está dando un éxodo notable de católicos. La reforma que pretendieron Juan XXIII, Paulo VI y el concilio infundió un nuevo espíritu en la Iglesia y hay que vivirlo en su interior. Pero eso apunta hacia la obligación de todos los cristianos de asumir y de vivir su propia libertad, su participación en la Iglesia y su responsabilidad por lo que en ella sucede. El amor excluye el temor, dijo san Juan. Pero la marginación, la falta de participación, la dependencia y la soledad generan temor. Y ésa es todavía una atmósfera que se respira muchas veces en la Iglesia y que impide el ejercicio de la libertad. La autoridad eclesiástica se encuentra, con frecuencia, aislada y por encima de su pueblo. La Iglesia, como pueblo de Dios, es un ideal al que hay que tender siempre, pero del que puede estarse más cerca o más lejos. La función de autoridad está dentro, no encima de la comunidad. Se hace necesaria la valentía de asumir las responsabilidades propias. Una de ellas es la libertad de expresión y otra es la opinión pública.

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EL CÓDIGO DE JUAN PABLO II

n el terreno legislativo, Juan Pablo II promulgó, en 1985, un nuevo Código de Derecho Canónico ----sistema jurídico interno de la Iglesia----, que sustituye al de 1917, elaborado por Pío X y promulgado por Benedicto XV. Se llama canónico porque está compuesto de cánones. Cada canon es una ley. El nuevo código dedica el título IV del libro III, cánones 822 a 832*, a los instrumentos de comunicación social, especialmente a los libros. He aquí una síntesis de esos cánones.

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* Éste es el texto completo de los 10 cánones, tomado de la edición oficial española, publicada por la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1991. Canon 822 1. Los pastores de la Iglesia, en uso de un derecho propio de la Iglesia y en cumplimiento de su deber, procuren utilizar los medios de información social. 2. Cuiden los mismos pastores de que se instruya a los fieles acerca del deber que tienen de cooperar para que el uso de los instrumentos de comunicación social esté vivificado por espíritu humano y cristiano. 3. Todos los fieles, especialmente aquellos que de alguna manera participan en la organización o uso de esos medios, han de mostrarse solícitos en prestar apoyo a la actividad pastoral, de manera que la Iglesia lleve a cabo eficazmente su misión, también mediante esos medios. Canon 823 1. Para preservar la integridad de la verdadera fe y costumbres, los pastores de la Iglesia tienen el deber y el derecho de velar para que ni los escritos ni la utilización de los medios de información social dañen la fe y las costumbres de los fieles cristianos; asimismo, de exigir que los fieles sometan a su juicio los escritos que vayan a publicar y tengan relación con la fe o costumbres; y también reprobar los escritos nocivos para la rectitud de la fe o para las buenas costumbres. 2. El deber y el derecho de que se trata en el §1 corresponden a los obispos, tanto individualmente como reunidos en concilios particulares o Conferencias Episcopales, respecto a los fieles que se les encomiendan; y a la autoridad suprema de la Iglesia respecto a todo el pueblo de Dios.

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Canon 822. Los obispos tienen del derecho y el deber de utilizar los medios de información social y de instruir a los fieles en su deber correspondiente de cooperar para que el uso de los medios se vivifique de espíritu humano y cristiano. Todos los fieles y, sobre todo, los que trabajan en los medios, deben prestar su apoyo a la actividad pastoral, para que la Iglesia pueda llevar a cabo su misión también a través de los medios. (Vuelve al concepto de los medios como vehículo de evangelización, como gran púlpito.) Canon 823. Establece el derecho y el deber de los obispos, primero, de velar sobre los medios de información para que no dañen la fe y las costumbres. De exigir, segundo, que los fieles sometan a su juicio, antes de la publicación, los escritos que se refieran a la fe y a las costumbres. Es decir, el derecho y el deber de la censura universal del papa y de la censura local de las conferencias episcopales y de los obispos individuales. Tercero, el derecho y el deber de reprobar los escritos nocivos. (No reconoce la autonomía de las realidades terrestres.) Canon 824. Explica cuál es el obispo local ----del autor o del luCanon 824 1. A no ser que se establezca otra cosa, el Ordinario local cuya licencia o aprobación hay que solicitar según los cánones de este título para editar libros, es el Ordinario local propio del autor o el Ordinario del lugar donde se editan los libros. 2. Lo que en este título se establece sobre los libros se ha de aplicar a cualesquiera escritos destinados a divulgarse públicamente, a no ser que conste otra cosa. Canon 825 1. Los libros de la Sagrada Escritura sólo pueden publicarse si han sido aprobados por la Sede Apostólica o por la Conferencia Episcopal; asimismo, para que se puedan editar las traducciones en una lengua vernácula, se requiere que hayan sido aprobadas por la misma autoridad y que vayan acompañadas de las notas aclaratorias necesarias y suficientes. 2. Con licencia de la Conferencia Episcopal, los fieles católicos pueden confeccionar y publicar, también en colaboración con hermanos separados, traducciones de la Sagrada Escritura acompañadas de las convenientes notas aclaratorias. Canon 826 1. Por lo que se refiere a los libros litúrgicos, obsérvense las prescripciones del canon 838 2. Para reeditar libros litúrgicos, o partes de los mismos, así como sus traducciones a la lengua vernácula, es necesario que conste su conformidad con la edición aprobada, mediante testimonio del Ordinario del lugar donde se publiquen. 3. No se publiquen sin licencia del Ordinario del lugar libros de oraciones para uso público o privado de los fieles. Canon 827 1. Sin perjuicio de lo que prescribe el canon 775, núm. 2, es necesaria la apro-

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gar donde se edita el manuscrito---- de quien hay que solicitar licencia o aprobación para publicar cualquier escrito. Cánones 825 y 826. Reglamentan la publicación de los libros de la Sagrada Escritura ----el texto mismo de la Biblia---- y de los textos litúrgicos: misales, rituales, etcétera. Canon 827. Regula la publicación de catecismos, de escritos relacionados con la formación catequética, y de sus traducciones; de libros de texto para la enseñanza religiosa, de libros que se refieran a la Sagrada Escritura, a la teología, al derecho canónico, a la historia de la Iglesia y a materias morales y religiosas. Nada de esto se puede publicar sin licencia o aprobación. Más aún, no se puede usar en las escuelas elementales, medias o superiores ningún libro, de los que abarca este canon, que no haya sido publicado con aprobación de la autoridad eclesiástica. (Resucita la censura universal.) Se recomienda, además, que se sometan a la aprobación de la autoridad los libros que traten de estas materias y que vayan a usarse en las escuelas y universidades ya no como libros de texto de enseñanbación del Ordinario del lugar para editar catecismos y otros escritos relacionados con la formación catequética, así como sus traducciones. 2. En las escuelas, tanto elementales como medias o superiores, no pueden emplearse como libros de texto para la enseñanza aquellos libros en los que se trate de cuestiones referentes a la Sagrada Escritura, la teología, el derecho canónico, la historia eclesiástica y materias religiosas o morales, que no hayan sido publicados con aprobación de la autoridad eclesiástica competente, o la hayan obtenido posteriormente. 3. Se recomienda que se sometan al juicio del Ordinario del lugar los libros sobre materias a que se refiere el núm. 2, aunque no se empleen como libros de texto en la enseñanza, e igualmente aquellos escritos en los que se contenga algo que afecte de manera peculiar a la religión o a la integridad de las costumbres. 4. En las iglesias u oratorios no se pueden exponer, vender o dar libros u otros escritos que traten sobre cuestiones de religión o de costumbres que no hayan sido publicados con licencia de la autoridad eclesiástica competente, o aprobados después por ella. Canon 828 No se permite reeditar colecciones de decretos o de actos publicados por una autoridad eclesiástica sin haber obtenido previamente licencia de la misma autoridad, y observando las condiciones impuestas por la misma. Canon 829 La aprobación o licencia para editar una obra vale para el texto original, pero no para sucesivas ediciones o traducciones del mismo. Canon 830 1. Respetando el derecho de cada Ordinario del lugar de encomendar el juicio

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za religiosa, sino nada más como libros adicionales o de consulta. En los templos y oratorios no se pueden exponer, ni vender, ni dar libros que traten de la fe, de las costumbres o de la religión, que se hayan publicado sin aprobación eclesiástica. Canon 829. Decreta que la aprobación y licencia que se obtenga para la edición de un libro sólo vale para el texto original, no para las reediciones ni para las traducciones, que deben someterse de nuevo a la censura. Canon 830. Trata de los censores. Su nombramiento queda a juicio del obispo. La Conferencia Episcopal puede elaborar una lista de censores ‘‘que destaquen por su ciencia, recta doctrina y prudencia’’ y que estén a disposición de todas las diócesis. También se puede constituir una comisión de censores. El censor sólo debe tener en cuenta ‘‘la doctrina de la Iglesia sobre fe y costumbres, tal como la propone el magisterio eclesiástico’’. Debe dar su dictamen por escrito. La decisión final queda a juicio del obispo. Canon 831. Los fieles, sin causa justa y razonable, no pueden de los libros a personas que él mismo haya aprobado, puede la Conferencia Episcopal elaborar una lista de censores, que destaquen por su ciencia, recta doctrina y prudencia y estén a disposición de las curias diocesanas, o también constituir una comisión de censores, a la que puedan consultar los Ordinarios del lugar. 2. Al cumplir su deber, dejando de lado toda acepción de personas, el censor tenga presente sólo la doctrina de la Iglesia sobre fe y costumbres, tal como la propone el magisterio eclesiástico. 3. El censor debe dar su dictamen por escrito, y si este es favorable, el Ordinario concederá, según su prudente juicio, la licencia para la edición, mencionando su propio nombre, así como la fecha y el lugar de la concesión de la licencia; si no la concede, comunique el Ordinario al autor de la obra las razones de la negativa. Canon 831. 1. Sin causa justa y razonable, no escriban nada los fieles en periódicos, folletos o revistas que de modo manifiesto suelen atacar a la religión católica o a las buenas costumbres; los clérigos y los miembros de institudos religiosos sólo pueden hacerlo con licencia del Ordinario del lugar. 2. Compete a la Conferencia Episcopal dar normas acerca de los requisitos necesarios para que clérigos y miembros de institutos religiosos puedan tomar parte en emisiones de radio o de televisión en las que se trate de cuestiones referentes a la doctrina católica o a las costumbres. Canon 832 Los miembros de institutos religiosos necesitan también licencia de su Superior mayor, conforme a la norma de las constituciones, para publicar escritos que se refieran a cuestiones de religión o de costumbres.

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escribir en periódicos, folletos o revistas que ataquen la religión católica o las buenas costumbres. Clérigos y religiosos necesitan permiso expreso para hacerlo. La Conferencia Episcopal dará las normas y establecerá los requisitos para que los clérigos (diocesanos) y los religiosos (miembros de órdenes religiosas, masculinas y femeninas) puedan tomar parte en emisiones de radio y de televisión, cuando se trate de cuestiones de doctrina católica o de costumbres. Canon 832. Legisla que los religiosos necesitan licencia de su superior para publicar cualquier escrito que se refiera a cuestiones religiosas o de costumbres. Es cierto que la censura previa en el código de 1917 era más rigurosa. Ningún miembro de la Iglesia ----sacerdote, religioso o seglar---podía publicar, sin censura previa, ningún libro referente a la Sagrada Escritura, a la teología, a la historia de la Iglesia, al derecho canónico, a la moral, a la teodicea y a la ética ----estas dos son materias filosóficas---o a otras disciplinas religiosas o morales, de doctrina, de formación religiosa, de ascética, de mística, de oración y de devoción. Ningún tema que tuviera relación con la religión o con la honestidad de las costumbres, ni imágenes sagradas, con oración o sin ella. Los religiosos requerían permiso tanto de su superior mayor como del obispo. Los clérigos y religiosos no podían publicar, sin censura previa, ni siquiera libros sobre materias profanas, ni escribir en periódicos y revistas sin permiso expreso, ni encargarse de su dirección. Basten estos ejemplos. El código de 1985 ----70 años después---suaviza la censura en algunos aspectos. Por ejemplo, los clérigos ----fundamentalmente, los sacerdotes diocesanos---- ya no están obligados a pedir licencia ni a someterse a censura en ninguna materia, ni religiosa ni profana, salvas las excepciones que ya establecía Paulo VI y que se someten a censura por sí mismas, no por el autor: la Sagrada Escritura, los textos litúrgicos, los textos de enseñanza religiosa y ----esta prohibición se conserva del código antiguo---- las reediciones de decretos, actos y enseñanzas de la autoridad eclesiástica. Pero, aunque no tienen obligación directa de 63


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someterse a censura, su obispo puede obligarlos por la disposición general de los cánones 823 y 831. Los religiosos ----sacerdotes o no, como las monjas---- necesitan ‘‘también’’ la licencia de su superior religioso. Las materias profanas, inclusive las filosóficas ----como ética y teodicea---- salen de la censura, que conserva sólo las teológicas: Sagrada Escritura, teología, historia de la Iglesia, moral, doctrina católica, religión. En la expresión global del canon, todo lo que tenga ‘‘relación con la fe o con las costumbres’’. Todos los fieles deben someter estos escritos a censura previa. Se prohíbe el uso de libros sobre estos temas, cuando no tengan aprobación eclesiástica, en escuelas ----primarias, secundarias y preparatorias---- y en universidades, y su exposición, donación y venta en templos y oratorios. El papel de los censores es esencialmente el mismo, pero se quita el mandato de conservar secreta su identidad. El código nuevo añade las emisiones de radio y de televisión, que no existían en 1917, cuando se promulgó el antiguo. La fijación de normas y de requisitos para participar en ellas, cuando traten de doctrina católica o de costumbres, queda en manos de la Conferencia Episcopal y atañe sólo a los clérigos y a los religiosos, no a los laicos, que pueden hablar libremente en radio y televisión sobre temas de doctrina católica y de costumbres, sin censura episcopal. Las órdenes religiosas ----esta disposición no está contenida explícitamente en el código, sino en el decreto de Paulo VI del 19 de marzo de 1975---- podrán decretar sus propias leyes internas sobre la censura. Esto significa que podrán variar de una orden religiosa a otra o de un instituto religioso a otro. Cada uno podrá adaptarse a las normas del código o hacerlas más estrictas. La censura previa permanece en la Iglesia por ley y se expresa como un control en favor de la doctrina segura ----‘‘como la propone el magisterio eclesiástico’’---- y del pensar correcto en materias de fe y de costumbres o relacionadas con ellas. De hecho, la censura previa hace 64


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imposible la opinión pública. Le quita la libertad y la espontaneidad de las que hablaban Pío XII y Paulo VI. Como siempre, cuando hay censura, todo depende de la subjetividad de los censores y de sus propias interpretaciones. Puede ser que un censor sea abierto, de espíritu libre, avanzado de pensamiento, respetuoso de la libertad y de las opiniones ajenas. Puede ser que sea cerrado, conservador, impositivo, escrupuloso, aferrado a su verdad, temeroso de la novedad y de la libertad ajena, timorato ante los riesgos. Y todo depende del censor. Y del obispo y del superior religioso, porque el suyo está por encima del juicio del censor. Siempre quedará a la interpretación subjetiva el alcance de las frases globales: ‘‘todo lo que se refiere a la fe y a las costumbres’’, ‘‘la doctrina católica como la enseña la Iglesia’’. Aunque los censores sean hombres ‘‘que destaquen por su ciencia, recta doctrina y prudencia’’, todos los hombres estamos marcados por ideologías, experiencias, carácter, grandezas y pequeñeces, limitaciones, ignorancias, miedos, prejuicios. Nadie tiene una capacidad ilimitada de comprensión y de ciencia. Nadie es dueño de la verdad ni del pensar correcto. La prudencia es una virtud relativa que responde siempre a los valores e intereses que se quieren defender y servir. Nadie es prudente en abstracto. La prudencia de los sacerdotes y de los gobernantes siempre censuró la audacia y la visión de los profetas. La prudencia de los profetas siempre criticó el poder y el abuso de los sacerdotes y de los gobernantes. La prudencia depende de los valores y de los intereses a los que uno sirve, de la ideología a la que uno pertenece, de la interpretación personal que uno haya hecho y sostenga de las obligaciones morales, profesionales y sociales. La falta de censura, se argumenta, corre el riesgo de desviar o de diluir la estructura jerárquica de la Iglesia y su mensaje de salvación. El argumento parece considerar que la libertad es enemiga de la institución. La Iglesia ----así se define a sí misma----, es una sociedad jerárquica que tiene la misión de transmitir el mensaje de Jesucristo, que no es reducible al gusto de cada quien. De ahí la necesidad de la censura. 65


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Pero el mensaje de Jesucristo tampoco es reducible a un acto administrativo ni a una uniformidad decretada por los censores. Porque la Iglesia ----así se define a sí misma---- es el pueblo de Dios. Un mensaje central del Nuevo Testamento es la libertad de los hijos de Dios. El cristianismo, derivado del Evangelio, es un modo de ser, no una doctrina ni un modo de pensar. Por el otro lado, la existencia de la censura corre el riesgo de matar la fuerza del Espíritu en la Iglesia, de cerrar los caminos personales y grupales, de cancelar la libertad, de encerrar la novedad en la burocracia, de aniquilar la autonomía audaz y creadora, de convertir la autoridad de la Iglesia en dominio de pensamientos y de conciencias, de cambiar el amor y la libertad por la sumisión y la ortodoxia, de convertir a la jerarquía eclesiástica en institución de poder y de dominio, de ‘‘imponer una uniformidad cuya aparición es el signo humillante de una peligrosa regresión’’, de caer en ‘‘un simplismo nivelador y mortificante’’, como dijo Paulo VI. O de cancelar la libertad de expresión. De ahí la necesidad de que la censura ----ya que la Iglesia la ha impuesto contra su propia doctrina y contra su propio ser---- se limite a lo mínimo indispensable y sirva de ayuda al otro para que mejore su escrito en libertad, y no como un control ideológico, ni como un juicio a la persona, ni como un castigo, ni como un dominio del pensamiento ajeno. Nadie tiene derecho ----lo dice el Evangelio---- a enterrar los propios talentos que Dios le dio. Tampoco, en consecuencia, nadie tiene derecho a enterrar los talentos de otro, ni a obligar a otro a enterrar sus talentos, ni a condenar al desperdicio la obra de otro, ni a vaciarle la vida de su contenido y de su obra. La obligación elemental es proteger y salvar la obra del otro, el contenido de su vida, el fruto de su tiempo, el uso de su libertad, la autonomía de su pensamiento. Tendría que haber razones extremadamente graves para cancelar la obra de otro. Tampoco podemos condenar al cementerio de la historia aquella Iglesia del diálogo, del pluralismo y de la libertad que intentaron Juan XXIII y Paulo VI. Si la censura en la Iglesia debe existir, que se limite, como quiso el mismo Paulo VI, a los casos extremos. En lo demás, que en la Iglesia reinen la libertad y la responsabilidad. 66


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Por lo demás, aun en aquellas cosas que la jerarquía considera más delicadas, como el texto de la Sagrada Escritura, no deja de haber diferencias, distintas traducciones, interpretaciones y discusiones, como se explicó antes. En traducciones e interpretaciones, las divergencias de opinión son abundantes y profundas. Lo mismo se puede decir de la enseñanza de la doctrina. En la frase ‘‘todo lo referente a la fe y a las costumbres’’ caben muchas cosas. Sujetar a censura la historia de la Iglesia se presta a manipular la historia, o a reducirla a una versión oficial, o a someterla a intereses ajenos, como sucedió en la URSS con la vida de Trotsky, como ha sucedido con la historia de los papas y como hemos experimentado en México con la historia oficial y con los libros de texto de historia, gratuitos y obligatorios, que una vez tuvieron que ser retirados de las escuelas, recién distribuidos, por la forma en que manipulaban la historia de México a interés personal e ideológico del presidente en turno y del partido oficial. Prohibir en las universidades el uso de libros no aprobados por la autoridad eclesiástica se presta, y muchas veces equivale, a hacer de las universidades centros de indoctrinación o seminarios diocesanos, a cancelar la libertad de investigación y de pensamiento, y el conocimiento mismo. En breve, se presta al dominio ideológico, aunque sea a nombre de le fe y de las costumbres. Será rara la universidad que se sujete a eso. La ingeniería genética ----por ejemplo----, según la doctrina pontificia, es contraria a las buenas costumbres y a la moral en numerosos aspectos y casos. ¿No se puede enseñar en las facultades de medicina de las universidades católicas, si no es en textos científicos aprobados por el obispo? ¿Cuántos obispos son peritos en esta materia? ¿Quiénes y cuántos van a obedecer la prohibición? ¿Dónde queda el criterio de los profesores universitarios? ¿Dónde la autonomía de las ciencias terrestres, de la que habló el concilio? Éstos son los enigmas que se derivan de una censura impuesta. Hay otros muchos temas teológicos, escriturísticos, litúrgicos, morales, históricos, ascéticos, administrativos, pastorales, que son objeto de interpretaciones diversas. Y los hay que ya están siendo mate67


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ria de discusión abierta, el significado y la interpretación de alma, infierno, limbo, purgatorio, diablo, pecado original, mensaje de justicia en el Evangelio, control de la natalidad, matrimonio de divorciados y muchos temas cristológicos, marianos y eclesiásticos. En estos temas se da, de hecho, una amplia diversidad de opiniones no sólo entre teólogos y escrituristas, moralistas e historiadores, sino entre obispos. Los comentarios de un número de conferencias episcopales, en el mundo, después de la Humanae Vitae ----la encíclica que prohibió el control de la natalidad----, que la revista mexicana Christus publicó en el segundo semestre de 1968 y a principios de 1969, difieren grandemente, más o menos la mitad a favor y la mitad en contra. Así hay otros muchos temas, como el bloque de la doctrina social pontificia. Pero los papas hablaron diferente. La doctrina de León XIII no es igual a la de Pío XI, ni a la de Paulo VI, ni a la de Juan Pablo II. ¿Qué criterio debe prevalecer en este tema, la censura o la libertad? Y, en igualdad de circunstancias, pero en diferencia de opiniones, ¿quién prevalece, el censor o el escritor, y por qué? Hay temas escabrosos, como los que se refieren a la autoridad eclesiástica y a la obediencia, al modo como se usa el poder en el Iglesia. ¿Qué es la autoridad eclesiástica, un servicio o un poder, y dónde están los límites?¿Es una falta de respeto o una desobediencia el hecho de que uno disienta y defienda sus propias opiniones? ¿No se da el caso de censores que saben de una materia determinada mucho menos que el escritor? Se podría seguir sin término con los ejemplos y con las preguntas. Pero es inútil, porque todo depende de la subjetividad de los censores. ¿Por qué tiene que prevalecer su criterio, limitado como todo criterio? ¿Por qué se da preferencia, si no primacía, a la ortodoxia sobre el amor, sobre la libertad, sobre la búsqueda, sobre el pluralismo, sobre la relación fraterna, sobre la creatividad, sobre el pensamiento y sobre la investigación? En un país, en una diócesis, en una orden religiosa se puede publicar una opinión, porque allí los censores piensan de un modo o son más abiertos, y en otro país, en otra diócesis o en otra orden religiosa no se puede publicar, porque los censores piensan de otro modo o son 68


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más cerrados. En España, por ejemplo, se publican libros que cuestionan o que niegan la existencia del alma, del diablo o del purgatorio, pero no se pueden publicar en México. Los agustinos pueden publicarlos, pero los jesuitas no pueden, o al revés. Hay cosas que no se pueden publicar bajo un obispo o bajo un superior religioso, pero se pueden publicar bajo el siguiente o se pudieron publicar bajo el anterior. Hay que recordar lo que pasó con los teólogos de la Nouvelle Théologie, que fueron condenados y, además, destituidos de sus cátedras por Pío XII y luego fueron nombrados peritos del concilio por Juan XXIII y por Paulo VI, y hasta elevados al cardenalato, como Jean Daniélou. Lo que uno condenó los otros lo aprobaron y aun lo integraron en la doctrina de la Iglesia en el Vaticano II. Lo mismo pasó con los escritos de Pierre Teilhard de Chardin. Y con los vaivenes a propósito de la teología de la liberación. La censura, así concebida, como puede ser una ayuda, también puede ser puramente subjetiva y reducirse, en el fondo, a la imposición de una manera de pensar o de decir, o a un juicio de conveniencia política sobre la publicación, a partir de la subjetividad propia, o a un ejercicio de poder. Hay muchos puntos que constituyen los vericuetos casuísticos de la censura. Uno es el anonimato de los censores. En el código antiguo, canon 1393, § 5, se prohibía revelar al autor el nombre de sus censores, a no ser cuando el juicio fuera favorable. No se prohibía, sin embargo, revelar a los censores el nombre del autor. Esa disposición desaparece del código nuevo. Pero se sigue practicando con cierta frecuencia. De algún modo, la costumbre quedó, se dice entre otras razones, para proteger a los censores, en los casos de juicios negativos. Los censores conocen al autor, pero el autor desconoce a los censores. Así resulta que el juicio se hace en secreto, sin diálogo, sin posibilidad de defensa y de réplica. Se podría apelar a una instancia superior, pero igualmente, todo quedaría a su criterio. Este 69


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tipo de juicio secreto confirma la concepción de la censura como control. Se pronuncia un juicio sobre el autor y sobre su libro. No se trata de diálogo fraterno y maduro, en un espíritu de apertura generosa, en busca del bien del autor, en el respeto a su manera de pensar y en el ánimo de lograr y de mejorar la obra. Es obvio que también hay censores que son personas de criterio, de grandeza, de apertura y de bondad. Otro punto es la desigualdad de la legislación. Los sacerdotes diocesanos quedan fuera de la censura en algunos casos y los sacerdotes religiosos quedan dentro en todos los casos. Los laicos deben someterse a la censura en lo escrito, no en radio y televisión. Los clérigos no religiosos, en radio y televisión, no en lo escrito. Los religiosos, en todo. Un sacerdote religioso puede predicar, oír confesiones, dar consejos, enseñar. Puede grabar sus sermones, multiplicar los casetes o videocasetes y venderlos y repartirlos. Puede predicar un sermón cien veces ante cien multitudes. Pero, si transcribe lo predicado, aconsejado o enseñado y pretende publicarlo, debe someterlo a la censura, porque el canon sólo habla de escritos. La Conferencia Episcopal deberá fijar normas y requisitos para los clérigos y religiosos que ‘‘tomen parte en emisiones de radio y de televisión’’, cuando traten de fe y de costumbres. Pero como el canon no habla de grabar casetes o videocasetes, las grabaciones quedan fuera de la censura, igual que las entrevistas de prensa y todas las demás instancias que no se mencionen específicamente. No parece haber una lógica en esta selección. Son leyes que se prestan al casuismo sin término, al autoritarismo, a la interpretación siempre subjetiva. O son leyes arbitrarias, o son leyes con dedicatoria, es decir, selectivas, que se aplican a gusto de la autoridad. Hay un rincón de los vericuetos que es importante. Suele aducirse, en relación con el permiso o con la negativa de publicar un escrito, la razón de conveniencia pastoral, que se expresa de diferentes maneras. Por ejemplo, se aduce que determinadas verdades, opiniones, reve70


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laciones o denuncias ‘‘hacen daño al pueblo sencillo’’, ‘‘no le hacen bien a nadie’’, ‘‘no son oportunas’’, ‘‘el pueblo no está maduro para saber esas cosas’’, ‘‘se puede producir escándalo’’, ‘‘no hay destinatario apropiado’’, ‘‘puede caer en manos de cualquiera’’, ‘‘no todos están preparados ni todos tienen criterio’’, ‘‘no se dirigen a un sector determinado del público’’. Y así por el estilo. La conveniencia pastoral es multiforme. Y, aunque adopta diversos rostros, su fondo siempre es el mismo: un paternalismo que decide por otros lo que deben leer, saber, entender e ignorar. Es un juicio arbitral sobre lo que se debe saber y lo que se debe ignorar, sobre los procesos de maduración del pueblo, como hacen los papás con sus hijos pequeños. Puede practicarse a escala local. Pretenderlo a escala nacional es demasiada pretensión. Fue lo que hizo la Unión Soviética, y no lo pudo conseguir, al menos no del todo. No parece ni humano ni evangélico practicar ese dominio ideológico en la Iglesia. Por lo pronto, en una sociedad abierta, pluralista y democrática, no es aplicable a los libros, a las revistas, a los artículos editoriales en la prensa, a los reportajes, a las noticias, a los contenidos en general de los medios de información que, por esencia, son masivos, libres e informativos. Un libro se publica para venderlo en las librerías. Una revista, para venderla en los puestos. Un programa se transmite para quien lo vea en la televisión o lo oiga en la radio. Y ellos solos, el libro, el artículo, el programa, hacen su propia selección. Si el programa no gusta o no interesa, se cambia el canal. Si la revista no atrae, no se compra o se compra otra. La gente selecciona a los articulistas que le gustan. El escritor no escoge a los lectores, los lectores escogen al escritor. La razón de conveniencia pastoral se resume en que no es prudente decir en público ciertas cosas. La prudencia ----repito---- es una cualidad relativa dependiente de los intereses y de los valores que uno quiere proteger, derivada de alianzas, ideologías, conductas adquiridas, relaciones establecidas, jefes en turno. ¿Quién y por qué tiene la exclusividad y los criterios de la prudencia? No es lo mismo la prudencia en el confesionario, que en el púlpito, que en el consultorio, que en el tribunal, que en el periodismo, que en la consulta al psicólogo. 71


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¿Quién puede establecer cuándo y en qué medida se debe decir la verdad ----la propia, porque la absoluta no la tiene nadie ni existe en este mundo----, cuándo no debe decirse y cuándo y por qué deben otros decir o callar su verdad? ¿Quién y en razón de qué es el árbitro de la madurez y de la capacidad de otros para escuchar y enterarse, o puede constituirse a sí mismo en oficina de permisos para decir o para escuchar, para saber o para ignorar? ¿Y en relación con qué intereses? La prudencia siempre está relacionada con intereses. ¿Cuáles son los válidos y para quién? No existe razón para ocultar la verdad, por lo menos a nivel social, mientras no se demuestre lo contrario. Hay casos extremos, como la seguridad nacional en tiempos de guerra o la fama de terceros que justa, no injustamente, se deba proteger. Informar, descubrir inclusive y hacer públicos, por ejemplo, los fraudes financieros de la Bolsa de Valores, de los bancos y del Fobaproa es una obligación social por el bien conjunto y por el bien de muchos en particular, aunque esté de por medio la fama de los defraudadores. Merecen la cárcel. Y meter a alguien a la cárcel siempre implica dañar su fama. Pero la daña el que comete el delito, no el que lo mete en la cárcel. Con frecuencia, la verdad o los hechos que intentan ocultarse se refieren a los actos inconfesables del poder, que tiende siempre a ocultarlos y a ocultarse en el secreto. Lo escandaloso no es decir esa verdad, como en el caso de los sacerdotes pederastas, sino que el poder, en este caso sacerdotal, haya cometido esos actos y que los quiera ocultar para protegerse en el encubrimiento. De otro modo, resulta que están bien los que hacen el mal y están mal quienes los denuncian. El criterio debería consistir, en primer lugar, en decir esa verdad, en aceptarla, en pedir perdón ----si es necesario---- y enfrentar las consecuencias, en corregir el mal y en madurar hacia el bien. Callarse por supuesta prudencia sería servir a otros intereses, aunque para muchos la prudencia consiste en ocultar la verdad, principalmente para proteger al poder por un supuesto prestigio de la autoridad, prestigio que se logra por méritos, no por ocultamiento de los deméritos. Una cosa es el escándalo de los débiles, del que habla el Evan72


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gelio, que debe evitarse, como pervertir a un niño. Otra cosa es el escándalo de los fariseos, esos puros que se desgarran las vestiduras ante la inmoralidad ajena y que pretenden universalizar su estrecha y fanática conciencia personal. Jesús, en su vida y en su confrontación con el poder, no sólo no evitó el escándalo farisaico, sino que lo provocó. Otra es el escándalo de la verdad, que es necesario para vivir, madurar y participar. Por ejemplo, dar a conocer a los culpables del Fobaproa, o a los políticos cómplices del narcotráfico, o las corrupciones de un dignatario eclesiástico. Nunca debe evitarse el escándalo de la verdad. La verdad nos hace libres. La verdad desenmascara al poder, que pretende catalogar a priori a un pueblo en la categoría infantil, y aplicar sin más la condena del escándalo a los que se atreven a informar. El poder se protege en el secreto. La información le hace perder dominio, porque es un elemento de democratización. El presidente Richard Nixon trató de proteger sus fechorías en el secreto. Watergate. La información lo hizo caer de la presidencia. Todo poder está interesado en dosificar la verdad. Así se mantiene el poder y mantiene al pueblo dominado, marginado. Pero eso no es un derecho, sino un abuso del poder, porque la verdad libera y madura al pueblo. Uno debe ser leal a la verdad ----en la medida en que se percibe y es convicción----, no a los ocultamientos. En la duda, tiene prevalencia el derecho a la verdad y a la información, que es un derecho inalienable de la persona. El secretismo y la manipulación de la verdad no tienen derecho, porque son un abuso de autoridad y de poder y una violación de los derechos del hombre. Los papas, de Pío XII a Paulo VI (también Juan Pablo II, pero él reaccionó de otra manera), fueron conscientes de los sufrimientos de muchos pueblos por la manipulación de la información, por el ocultamiento de la verdad y por la muerte de la opinión pública. Eso produce seres sumisos, despolitizados, indiferentes. No se puede vivir solamente con las dosis permitidas de verdad ni con las dosis toleradas de maduración y de participación. Eso es una sociedad enferma. Por eso Pío XII y Paulo VI (no Juan Pablo II, aunque lo experimentó en una sociedad comunista) urgieron a la Iglesia a que promoviera la 73


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información y la opinión pública en su seno y a que creara un clima de libertad. De otro modo, sería igualmente una sociedad enferma y dolorosa. El derecho a la información no es eclesiástico ni civil, es un derecho natural inviolable. En una conversación en Moscú, en 1968, con dirigentes del Partido Comunista Soviético, tratamos sobre el tema. Se preguntó sobre la libertad de opinión y de crítica en la Unión Soviética. Contestaron: Entre la seguridad y la libertad, el pueblo prefiere la seguridad. Es lo que nosotros le damos. La gente es inmadura, generaliza, no sabe valorar, no sabe matizar las opiniones y los hechos, no tiene elementos de juicio ni de interpretación, se desmoraliza o se escandaliza, no está preparada para saber toda la verdad ni para tomar parte en las decisiones. Se acabaría la seguridad. Y la seguridad es lo que el pueblo prefiere, aun a costa de su libertad. --¿Quién determina lo que el pueblo debe saber y decir y hasta dónde puede ser libre? --Nosotros, por supuesto, los que dirigimos el partido, porque el pueblo y nosotros queremos seguridad antes que libertad. Son razones que todavía se oyen. Siempre son los de arriba quienes determinan qué se debe publicar y qué se debe prohibir, qué doctrina es la correcta, qué ‘‘ortodoxia’’ es permisible, qué interpretación de la historia se legitima. Una función de la opinión pública es servir de freno al abuso del poder. La autoridad auténtica, moralmente cualificada, no se esconde en el secreto, se manifiesta en el servicio al hombre, a su libertad y a su futuro. Pensar en la autoridad sin referencia a la madurez crítica, al pensamiento libre, a la opinión diferente y a la opinión pública, a la libertad de expresión, a la participación, a la decisión autónoma de los gobernados, es pensar en dominio, no en autoridad. La autoridad bien entendida tiende a conducir a su sociedad a la grandeza, a la libertad, a la participación, a la confrontación abierta de las ideas. El 74


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dominio la reduce a la pequeñez y al aislamiento. Por eso son tan pequeños tantos católicos. Esto implica que no debe asustarnos la libertad ajena y que no debemos negarla. En la Biblia y en el Evangelio, la primacía no es la ortodoxia. No está en ella la libertad. Para poder ser miembros de la Iglesia, participar en ella y sentirnos responsables de su suerte, hay que amarla libremente en su verdad, en su miseria, en su realidad hermosa y en su realidad hiriente. Amor que se basa en medias verdades, en ignorancia, en triunfalismos falsos, en escándalos postizos, en la imposibilidad de ser uno mismo y de pensar por sí mismo, en la uniformidad impuesta, no es amor que valga la pena. El dictamen sobre la inmadurez de un pueblo y sobre su incapacidad de juicio es un dictamen psicosociológico y debería demostrarse, no afirmarse a priori. Suponiendo que fuera cierto, lo que corresponde es que madure el pueblo, no que se mantenga en la ignorancia y en la desinformación. Nadie es dueño del proceso de maduración de un pueblo, y menos al precio de la verdad, o de las culturas y las conciencias ajenas. Las conciencias se forman con información, con libertad asumida, con responsabilidad ejercida, con valores asumidos, con la verdad conocida tan plenamente como sea posible, con la capacidad responsable de crítica, con el amor que asume al otro en lo bueno y en lo malo, con la tarea humana que construye, con el pensamiento que busca, con la integración consciente y lúcida en una comunidad. La opinión pública es una manifestación y una medida de esa conciencia madura. El Código de Derecho Canónico, en la parte que les dedica, concibe los medios de información como instrumentos de apostolado y de predicación. No parece conocer ni tomar en cuenta su función específica y profesional. La teoría de la comunicación enseña que los medios, en su tarea normal, no sirven para convertir, ni producen cambios de opinión, de filiación, de convicciones o de criterio. No son ésos sus efectos nor75


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males. Al contrario, su efecto normal es confirmar al hombre en sus convicciones adquiridas. Así lo exponen Wilbur Schramm, en su libro The Process and Effects of Mass Communication, y principalmente Joseph Klapper, en su libro The Effects of Mass Communication, sobre los efectos de la comunicación masiva en general y de los medios en particular. Ya sólo esto haría pensar sobre la dudosa utilidad de los medios masivos para el apostolado y para la predicación. El lenguaje de la religión y el lenguaje periodístico, radiofónico, televisivo, cinematográfico o teatral son diferentes. Tratar de mezclarlos implica una de dos cosas: o se oscurece, se cifra y se sacraliza el lenguaje de los medios, o se banaliza el lenguaje de la religión. Y pierden los dos. Si se quiere introducir la religión en los medios, hay que usar el lenguaje de los medios. Pero allí es donde entra la censura, que no admite la banalización de la teología o del mensaje de salvación. Éste es un asunto que, por lo menos, no se ha pensado a fondo. La psicosociología de los medios tiene sus propias reglas y sus funciones específicas. Los medios no son un púlpito tecnológico. Ahonda el tema Wilhelm Pöll, en su libro Psicología de la religión, publicado por Herder en 1969, en el que dedica un apartado al tema de la adopción de contenidos religiosos en los medios de difusión. Dice: Además de las influencias negativas que puedan resultar de insuficiencias técnicas o de la conducta de los concurrentes, hay otras circunstancias que pueden dificultar la adopción de contenidos religiosos: una sucesión demasiado rápida de las impresiones o una diferencia excesivamente brusca respecto a las comunicaciones inmediatamente anteriores y, sobre todo, respecto a las inmediatamente posteriores. En estos casos puede instaurarse una reacción afectiva de rechazo, que refuerza el peso de las impresiones y de los conocimientos religiosos anteriores, desvirtúa objeciones y genera una síntesis de los pensamientos religiosos. Hay un choque originado por la vivencia de las diferencias de dirección y de nivel.

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En otras palabras, el contenido religioso a través de los medios de información entra en competencia con los otros contenidos, anteriores y, sobre todo, posteriores ----con el futbol, con la coca-cola, con la telecomedia, con la película, con los vaqueros, con los detectives, con la publicidad----, y puede producir una reacción de rechazo de consecuencias diversas. Pöll: Por lo demás, la actitud de oposición o de aceptación respecto al mero hecho de la comunicación de temas religiosos y de la disposición a enterarse de ellos depende del grado de interés por la religión o, al menos, por la información. Dice Pöll que los contenidos religiosos entremezclados o asociados con los profanos que les sirven de telón de fondo pueden ‘‘asociarse con la provocación de emociones e impulsos diversos’’. En el caso de la difusión de contenidos religiosos, ‘‘la influencia de los efectos psíquicos perjudiciales de los medios de difusión de masas, condicionados por su técnica y por su organización, es todavía más fuerte’’. Explica: Como consecuencia de la acelerada presentación de cosas muy diversas, se instala fácilmente la actitud de atender sólo al curso superficial de las cosas, un enterarse sólo por encima, una tendencia a simplificar las conexiones y ordenaciones de la vida, una falta de continuidad en el pensamiento y en el sentimiento, una pérdida de la energía disponible para la acción y, probablemente a consecuencia de la falta de concentración y de integración, una multiplicidad de opiniones desligadas, un debilitamiento de los criterios de juicio y una ausencia de ordenación de los valores, con tendencia a igualarlos y a degradar la esfera religiosa. Por otra parte, reconoce Pöll: es posible que el mundo religioso sea conocido y recordado gracias a las expresiones o al contenido religioso incluido en la te-

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mática profana, aunque es posible que también se origine la protesta religiosa. En la Iglesia, preocupada por la predicación y por la difusión de mensajes religiosos a través de los medios, no se ha pensado ni investigado este problema. Es posible que ya existan estudios ----si existen, no los conozco---- sobre el tema; pero no se reflejan en el Código de Derecho Canónico, que mezcla las funciones específicas de la predicación y de los medios, como si fueran una y la misma. No funciona así ninguno de los dos. El problema se confunde más cuando se habla de prensa católica, como si pudiera haber una medicina católica y una medicina no católica, unas matemáticas católicas y otras matemáticas no católicas, una ingeniería, un recetario de cocina, un periodismo y una prensa católicos y otros no católicos. Si los medios que son propiedad de la Iglesia se dedican a la predicación ----o a la propaganda religiosa----, entrarán en competencia con los medios ‘‘profanos’’ o no católicos, cuyo contenido es más atractivo, porque sus funciones son la información, la diversión y la cultura: reflejar la realidad en alguno o algunos de sus aspectos. Comúnmente, no se ve la televisión ni se lee el periódico para indoctrinarse, sino para informarse, para divertirse, para saber y entender lo que pasa, para enterarse de cosas nuevas, para conocer otros mundos. El contenido de los medios es cultura profana. Pertenecen a las realidades terrestres cuya autonomía y cuya función específica reconoció la Iglesia y se ofreció a respetar, en su profesionalismo original, en su lenguaje, en sus fines, en sus métodos, en su organización, en sus reglas propias. Los medios de la Iglesia estarán condenados a la mediocridad porque pretenden otros fines, no tienen los mismos recursos y no pueden ni tienen con qué sostener la competencia. Su gran peligro es que sean aburridos, si pretenden ser masivos. Si el contenido religioso se introduce en los medios que no son propiedad de la Iglesia, tendrá que adaptarse a las peculiaridades de los medios, a su lenguaje y a su modo, con las consecuencias previsibles. 78


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O tendrá que estudiarse mucho más a fondo el modo de introducir lo religioso en lo profano. Sólo que allí se choca con la censura, que es teológica, que usa el lenguaje teológico, el lenguaje de lo sagrado; que desconoce el lenguaje de los medios, que es ajena ----salvas raras excepciones---- a la adaptación de lo religioso al ambiente profano y a la formulación de los medios. Habrá un choque inevitable ----lo ha habido ya en ocasiones---- de los periodistas y de los comunicadores con la censura. Y habrá una extrañeza de la censura con los profesionales de los medios. Los hombres del mundo religioso se quejan con frecuencia de que los periodistas simplifican, seleccionan y, con eso, desvirtúan su pensamiento, por ejemplo, cuando conceden entrevistas de prensa. Ciertamente hay periodistas ineptos o de mala fe. Exceptuados esos casos, lo lógico y lo normal en el mundo periodístico es seleccionar, simplificar, reordenar, para fines periodísticos, por razones de espacio y por razones intrínsecas del reportaje. Muchas veces se publica sólo un párrafo o una simple declaración de una entrevista de un cuarto de hora o de media hora, porque eso es lo que viene a cuento con el reportaje. Son fines y metodologías diferentes, no unos buenos y otros malos. El problema es que el Código, tal como está redactado, impone una fusión artificial de dos esferas incompatibles. Lo mismo les pasa a muchos clérigos cuando hacen declaraciones a la prensa sin entender su funcionamiento y acostumbrados como están a predicar y a explicar sin término. Todo eso no quita que también se den casos de error, de tontería, de ignorancia o de mala fe. Juan XXIII y Paulo VI, en los textos antes citados, separan y respetan la esfera específica de los medios como realidad autónoma de reglas propias. En estas circunstancias y tal como está legislada, la censura hace prácticamente imposibles el pluralismo y la opinión pública, y mata la especificidad de los medios, su funcionamiento, su rapidez y su autonomía.

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Queda un último aspecto, la imposibilidad de cumplir la ley. En México, para poner un caso concreto, debe haber una buena cantidad de periodistas católicos que trabajan y de editorialistas católicos que escriben en los medios laicos. De ellos, un número apreciable tocan temas referentes a la fe y a las costumbres, a la religión y a la Iglesia, a la jerarquía eclesiástica y a la moral. ¿Cuántos de ellos han sometido o someterían a la censura previa sus reportajes, notas informativas o artículos editoriales, como manda el Código? ¿Cuántos directores de periódicos, de revistas, de estaciones de radio y de televisión aceptarían que sus reporteros y escritores sometieran sus escritos a la censura episcopal previa? ¿Cuántos aceptarían que fueran los obispos quienes determinaran lo que deben y no deben publicar en materia religiosa o eclesiástica? ¿Cuántos aceptarían detener la impresión de sus diarios o la emisión de sus programas hasta que la censura termine, o cancelar la emisión o el artículo porque lo reprobó la censura? ¿Cómo puede someterse a la censura previa un reportaje que se termina quince minutos antes de la hora de cierre? Habría que tener censores de planta en todas y cada una de las redacciones del país. ¿Saben los censores lo que significa la hora de cierre en un diario? ¿Cuántos censores se necesitarían para cubrir todos los medios de difusión de la república y para que la censura funcionara con la rapidez y con la efectividad que necesita el periodismo? O nadie se sometería ----como nadie se somete---- a la censura, o nadie escribiría de fe y de costumbres, para que la censura no impidiera el funcionamiento ni violara la libertad de la prensa, o nadie le importaría si hay o no hay censura. Este ordenamiento de la censura ----con la concepción que implica---- es incumplible, es inaplicable en su totalidad. Solamente serviría en casos aislados. Es decir, se volvería discriminatorio. Se aplica y se aplicará sólo a casos individuales o a grupos determinados, a juicio del superior eclesiástico. Y tendrá que ser contra clérigos y religiosos, porque sólo contra ellos hay posibilidad práctica de sanción. Los papas y el concilio urgen a los miembros de la Iglesia a que participen en los medios de información, en un clima de libertad. Pero 80


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luego se promulga una legislación que lo dificulta, si no lo hace imposible, por la censura previa. Es una ley que no conoce la estructura, el funcionamiento y las exigencias de los medios de información y de la opinión pública. En la práctica, o no se puede participar en los medios o no se puede cumplir la ley. La Communio et Progressio de Paulo VI relegó la censura sólo a los casos extremos, exigió un clima de libertad y proclamó el respeto a la libertad de opinión.

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a funcionalidad de una sociedad se mide sobre todo por el lugar que concede y la importancia que da a todas las modalidades de la actividad humana y a la autonomía del sujeto. En otras palabras, a la posibilidad y a la capacidad que tiene cada individuo para formar y determinar su propia conciencia, y el contenido y la orientación que le da a su vida. Eso implica que los sujetos tienen la capacidad y la posibilidad de definir, en debate público con los otros sujetos, las orientaciones de la sociedad en la que viven y que, por lo mismo, será necesariamente pluralista y diferenciada, en la que nadie pretende ni puede pretender imponer a los demás, o al cuerpo social en su conjunto, un sentido global. De ahí que el sentido de la acción y del pensamiento individuales y colectivos no provienen ni pueden provenir de arriba. Y mucho menos cuando se atraviesan tiempos de cambio, en los que se va buscando, a veces a tientas, los signos de los tiempos a través de lo complejo y de lo incierto. En esas circunstancias, lo que menos se requiere y lo que menos se acepta es el discurso de una autoridad anquilosada y fija que quiere imponer y sujetar los términos de acción y de vida que, por supuesto, quiere imponer a fuerza de mandatos y de prohibiciones. Y, por supuesto, dentro del marco de lo acostumbrado, en la forma y tiempo en que se ordena y según esa autoridad define lo que es bueno y lo que es malo para todos los demás, al margen de sus diferencias, culturas, edades, sexo y comprensión de la vida.

L

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El problema es que, en tiempos inciertos y de búsqueda, lo que golpea es la incertidumbre y lo que no encaja es el mandato, aunque pretenda esgrimir el bien y el mal. El problema es la crisis del sentido de la vida misma. La globalización neoliberal es la que ha desatado la crisis a dimensión mundial. Y, en esta coyuntura, lo que al sujeto le importa es encontrar los valores que le den sentido a su propia vida, no el mandato o la prohibición que no encajan en la realidad. La rebeldía cada vez más generalizada contra las prohibiciones sexuales de la iglesia es un caso claro. Y así hay otros: aborto, eutanasia, suicidio, misa dominical bajo pecado, divorcio y nuevo matrimonio consiguiente, matrimonio por la iglesia, matrimonio de los sacerdotes, sacerdocio de las mujeres, matrimonio de homosexuales, papel de la mujer en la iglesia, clonación por motivos terapéuticos, por citar sólo esos casos. En una sociedad diferenciada y pluralista, ninguna institución puede arrogarse el derecho de imponer a todo el conjunto de los individuos un sentido de la sociedad ni un código universal. Se trata de una búsqueda, no de una imposición vertical. La gente que va buscando a tientas en una sociedad compleja y en una realidad incierta, no acepta fácilmente una autoridad cerrada, dogmática y prohibitiva. Lo mismo vale para la autoridad eclesiástica que para la autoridad política. Lo que está en juego es el derecho a la discordancia, a la disidencia y a la búsqueda. Una parte importante de la población de la Iglesia, posiblemente la más numerosa ----indígenas, negros, campesinos, pueblos orientales y africanos, por ejemplo---- ha tenido que aprender y que vivir su fe en moldes culturales que le son ajenos y que le han sido impuestos. Sería interesante saber qué entienden los tarahumaras, los ugandeses o las tribus de Neozelandia de un credo tan escolásticamente metafísico como el que se recita en la misa. Son los moldes del grupo y de la cultura dominantes en la Iglesia, que han occidentalizado el cristianismo y lo han encajado en la estructura mental del aristotelismo y del tomismo, muchas veces sin referencia ni respeto a otras culturas. Son muchos los casos en que estas razas, pueblos y culturas han tenido que dejar de ser ellos mismos para poder ser cristianos. Han sido notables 84


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los casos históricos de los ritos malabares, de la veneración china a sus difuntos, de las reducciones del Paraguay, de las misiones de Canadá y de Indochina, de las castas hindúes, de las comunidades indígenas mexicanas. El obispo de San Cristóbal Las Casas, Chiapas, Samuel Ruiz, en entrevista que concedió a la revista Proceso, denunció específicamente este hecho de la culturización previa de los indígenas para su posible cristianización. Dijo: Primero hay que hacerlos aristotélico-tomistas, para que luego puedan ser cristianos. Esta imposición ----denunciaba el obispo Samuel Ruiz---- equivale a una colonización religiosa. Sus efectos han sido dolorosos. Esta religiosidad popular culturizada implica una neutralidad moral entre los parámetros ético-culturales de dos mundos que se enfrentan adentro, un carácter ritual e individualista en que finalmente se traduce el conflicto, un sentido mágico, una organización sacral, una falta de sentido de pertenencia. Un ejemplo son los santos, que la iglesia presenta y propone como valores ejemplares y como modelos de conducta. Katherine George y Charles H. George lo explican en su estudio ‘‘La santidad católicoromana y el status social’’, publicado en el tomo II de la obra Clase, status y poder. El 78% de los santos canonizados fueron hombres y mujeres, mayoritariamente hombres, de la aristocracia, de la nobleza terrateniente y de las órdenes religiosas. El 17% pertenecieron al estrato medio de los comerciantes, industriales, granjeros, profesionales. Sólo 5% fueron hombres y mujeres, mayoritariamente hombres, del estrato bajo, que dependían para vivir del intercambio o de la venta de su fuerza de trabajo. El modelo de conducta es el de las clases altas, pero la membresía de la Iglesia es mayoritariamente de las clases bajas, exactamente al revés. La investigación de los George se basó en la obra de Alban Butler, Lifes of the Saints, publicada en 1953 y revisada y completada por Herbert Thurston y Donald Alwater, en 1962. Cuatro volúmenes. Contiene información biográfica de 2,489 santos canonizados por la iglesia católica. De 1962 a la fecha, ha aumentado considerablemente el número de personas canonizadas, sobre todo durante el pontificado de Juan Pablo II. Pero las tendencias funda85


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mentales de las canonizaciones permanecen iguales. De 2,489 santos, 1,938 pertenecen a la clase alta; 430, a la clase media; 221, a la clase baja. En dos milenios de historia de la Iglesia ----concluyen los autores---- el 5% de los miembros de la Iglesia ha pertenecido a las clases altas; de 10 a 15%, a las clases medias; de 80 a 85%, a las clases bajas. Dicen Katherine y Charles H. George: Hay un monótono monopolio del catálogo de santos por individuos de la clase aristocrática. El ascendiente de la lista de santidad católico-romana por representantes de la elite y por poderosos del mundo demanda un análisis, precisamente por la marcada humildad social de los orígenes de la cristiandad, únicos entre las religiones del mundo. Cristo mismo, sin ser esclavo, apenas pudo haber encontrado una entrada más humilde en el mundo de la hegemonía romana y de las jerarquías. Pero la gran mayoría de sus seguidores, durante su vida y durante las décadas que después se convirtieron en siglos, que compartieron su bajo lugar o eran aún más degradados que si en realidad hubieran sido esclavos, no pueden ser santos en la Iglesia, si no es por excepción. Por tanto, se puede aceptar que, según demuestran los datos que hemos considerado, la práctica de la virtud cristiana en cualquier forma pública e institucionalmente reconocida debe haber sido, como la mayoría de las otras recompensas y distinciones de la vida, ampliamente reservada a las elites sociales de la cultura europea. Los sistemas de valor de las sociedades estratificadas, particularmente en sus aspectos más extremos y exactos, están encapsulados e influidos por los grupos privilegiados y gobernantes. Se debe esperar, por consiguiente, que los miembros individuales de estos grupos sean los que con más frecuencia y más adecuadamente incorporen y expresen estos valores en sus vidas. Todo este esquema produce marginalidad y se caracteriza por la impotencia de personas y de grupos para ser ellos mismos, aunque sean diferentes, y por la dificultad de ser libres, autónomos y madu86


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ros. Es, en el fondo, una cuesta empinada para realizarse como seres humanos y, en consecuencia, como cristianos. Martin Luther King, desde la cárcel de Birmingham, resumió el pensamiento.1 Aparte de importantes excepciones, tengo que reiterar honradamente que la Iglesia me ha defraudado. Lo digo en mi calidad de ministro del Evangelio que ama a la Iglesia, en mi calidad de eclesiástico amamantado en su pecho, que se ha sostenido gracias a sus bendiciones espirituales y que seguirá siendo leal mientras le quede un hálito de vida. Profundamente desalentado, he llorado la laxitud de la Iglesia. Pero sepan que mis lágrimas fueron lágrimas de amor. No cabe un profundo desaliento sino donde existe un profundo amor. Amo a la Iglesia, que para mí es el cuerpo de Cristo. Pero cómo hemos envilecido y herido ese cuerpo con la negligencia social y con el temor de convertirnos en posibles miembros disconformes. Todos los días me encuentro con jóvenes cuyo desengaño por la actitud de la Iglesia se ha convertido en auténtico asco. La teología conciliar del pueblo de Dios, con la que el Vaticano II definió al conjunto de los fieles en la iglesia, legitima su actuación cuando se trata de medidas que le conciernen. Así actuó la iglesia en sus inicios. Es el elemento regulador en las relaciones del pueblo de Dios con la autoridad institucional. Y es lo que está en juego: el lugar que la autoridad institucional le da al pueblo, sobre todo en sus orientaciones pastorales y en sus determinaciones de sentido moral. Lo que el Vaticano II puso en juego fue la relación entre la práctica democrática y el ejercicio del poder religioso, sobre todo cuando se juega el sentido mismo de la existencia y de la vida ética y social en las circunstancias tormentosas de nuestro mundo actual. Y más, cuando la autoridad romana misma desata el combate incansable contra el liberalismo moderno y la cultura de la individualidad, en el marco, 1

I Have a Dream. The Story of Martin Luther King, Time-Life, New York, 1968.

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que debe hacer creíble, de su opción por los pobres. Por eso, lo que hoy está en juego es la concepción misma del lugar que se da al pueblo de Dios en la determinación de las orientaciones pastorales, sobre todo cuando tienen que ver con contenidos sociales y políticos que ponen en peligro la opción preferencial por los pobres, oficialmente convalidada como misión de la iglesia: ‘‘Mi evangelio se predica a los pobres’’, fue la señal que dio Jesús de la autenticidad de su evangelio. Por eso, la modernización de la institución religiosa pasa necesariamente por la democratización de la práctica y del ejercicio del poder religioso, de los que es parte esencial la opinión pública. La democracia no se concibe sin ella. Principalmente, desde que la iglesia hizo público y explícito el aprecio que adjudicaba al desarrollo de los valores democráticos en la sociedad política como prueba de su autenticidad. La iglesia no puede valorar y promover la democracia en el mundo si ella no sólo no vive, sino niega en su interior, esos mismos valores que promueve. Los católicos que viven en países democráticos ----dice México que se cuenta entre ellos---- deben practicarlos en la sociedad civil y abjurarlos en la iglesia. La opinión pública es uno de esos valores. El debate público es esencial a la democracia. Tiene que haber coherencia entre el discurso eclesiástico y la práctica de ese discurso. (No está de más recordar que el aprecio oficial de la iglesia por la democracia es reciente. León XIII, el 18 de enero de 1901, afirmaba: ‘‘No hay duda alguna de lo que pretende la democracia social, que llega a tal grado de malicia que pretende que la autoridad resida en la plebe [...] Nada tan santo, así manda la justicia, como conservar íntegro el derecho de propiedad y defender la diversidad de clases propia de toda sociedad bien constituida, para que su forma sea la que el mismo Dios, su autor, ha constituido’’. Encíclica Graves de Communi.) La iglesia responde, con su teología oficial, que es una sociedad divina y que ni está sujeta a las decisiones humanas ni es una entidad política que deba someterse a los principios democráticos. La historia misma de la iglesia y las decisiones de innumerables papas contradicen ese dicho. Basta con analizar la historia de los estados pon88


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tificios y las guerras de la iglesia para apoderarse de ellos, conservarlos, defenderlos y ampliarlos. El papa todavía es jefe de Estado y desde ahí proclama el reino de Jesús, que no es de este mundo. Ser jefe de Estado es un asunto eminentemente político, aunque ese Estado se haya reducido a una dimensión minúscula. Y esa reducción es bastante reciente en la historia. Se remonta a Garibaldi, que le arrebató al Papa sus estados y democratizó a Italia, en la segunda mitad del siglo XIX. Por lo demás, habría que distinguir entre lo que concierne al mensaje religioso en sí mismo y lo que concierne a la organización institucional eclesiástica. Por ejemplo, el cardenalato no tiene nada que ver con el mensaje religioso; es simplemente una institución bastante tardía del poder eclesiástico. Y así muchas otras cosas. No sirvió de nada la visión que tuvieron Pío XII, Juan XXIII, Paulo VI y el Concilio Vaticano sobre la necesidad de que la iglesia aceptara y promoviera en su seno la opinión pública, si no quería ser una sociedad enferma. Las puertas siguen cerradas para la libertad. En la sociedad política, el hombre moderno tiene la capacidad autónoma de determinar su vida y su actividad, pero en la iglesia es objeto de una dirección sobre la cual no tiene influencia, como si la libertad de los hijos de Dios y la libertad de palabra, de opinión y de participación, de la que habla y la que practicó el apóstol Pablo, fueran engendros del liberalismo. Actualmente crece el número de laicos que no están dispuestos a aceptar sin discusión las reglas no negociables de la iglesia institucional. Son muchas y abarcan muchos terrenos de la vida personal, marital, religiosa y cultual. Tampoco les es aceptable la imposibilidad de opinar, de exponer sus diferencias y sus criterios, todo lo que implica su conciencia como personas y como creyentes. No por nada se está dando el éxodo de buen número de católicos hacia otras religiones, sobre todo hacia las que respetan la conciencia y promueven la libertad. En la medida en que la autoridad eclesiástica reafirma su discurso sobre las normas y las obligaciones, muchos de los que permanecen en la iglesia se van distanciando de esas normas religiosas en todas las instancias que implican la conciencia personal, como la misa dominical, los anticonceptivos, la confesión sacra89


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mental, las relaciones sexuales, el matrimonio después del divorcio y otras. Hay siempre una tensión dialéctica entre autoridad y libertad. Pero hay una pugna abierta entre poder y libertad. Es clara la dificultad de resistir la intromisión de las pasiones; pero es indispensable combinar y conciliar la armonía personal con la armonía social. Autoridad y libertad deben ser complementarias. La armonía personal se realiza por la libertad; la armonía social se realiza por la autoridad. Por eso es necesario armonizarlas, para que pueda realizarse el equilibrio entre orden y progreso. La autoridad tiene que ver con el orden y la disciplina. La libertad se relaciona con la liberación progresiva de todas las servidumbres internas y externas que pesan sobre la condición humana. De ahí la tensión entre el ejercicio de la autoridad y el ejercicio de la libertad, de la autonomía y de la responsabilidad. Libertad y responsabilidad deben evitar las emboscadas del poder y todo intento de frenar las diferencias, la evolución y la expresión individuales, intelectuales, culturales y religiosas. De otro modo, se caería de hecho en la esclavitud, que es la forma extrema de la disciplina, como la anarquía es la forma extrema de la libertad. El funcionamiento armónico de la sociedad depende, sobre todo, de que la autoridad haga efectivas las posibilidades de la razón y del amor, que son las que verdaderamente la armonizan. Una de las fuentes principales de esa armonía es la opinión pública, porque en ella se razona y se expresa la libertad en todas sus diferencias y a partir de su realidad. La humanidad actual es víctima de una publicidad y de una propaganda, sustitutas de los falsos profetas de otros tiempos, que se esfuerzan por hacerle creer que la ciencia, la tecnología y el mercado pueden prescindir de la sabiduría y del amor. Todo el conjunto de la comunicación actual y de su tecnología, prensa, radio, televisión, internet, telefonía celular y demás expresiones tecnologizadas, vehículos de la publicidad 90


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y de la propaganda, dependen de unos cuantos consorcios multinacionales. Entre sus muchos efectos, conviene aquí destacar dos: uno es la nivelación y superficialización de las conciencias en un nivel deliberadamente bajo; el otro es la selección y la formación de las nuevas elites, con sus dos características indispensables: enormes fortunas y gran poder de invención. Así, concentran y dirigen la economía, internacionalizan el mercado, forman consorcios mundiales de comunicación ----en realidad, de ideologización y de conducción valoral----, y llevan a cabo el cometido superior de composición y coordinación de las masas, a las que van reduciendo a la simple función de asimilar y, consecuentemente, de responder a los impulsos que reciben. El ejercicio de la opinión pública entra de lleno en el terreno de la libertad y en los dominios de la razón, de la independencia, de la responsabilidad, del amor y de la justicia. A partir de la comunicación autónoma hacia arriba. Por eso es también una expresión dialéctica de la tensión entre autoridad y libertad. Es una forma necesaria de libertad que hace ver su razón a la autoridad, y la situación, la valoración, el análisis y la conciencia de los gobernados, en una expresión que puede ser confrontadora o explicativa, iluminadora o complementaria para las decisiones de la autoridad. Es un camino de la libertad frente a la autoridad. Pero es también un escape de la condición meramente receptiva y asimiladora a la que quieren reducirla las elites. Es un escape de la pasividad receptiva hacia el análisis, la participación e inclusive la confrontación, hacia la autoafirmación y la exigencia de justicia, de razón y de amor en la autoridad. Es hacerla ver la situación real, el pensamiento y la actitud activa de la libertad, no de una libertad anárquica, sino razonada y participativa, consciente y responsable de su destino, en relación dialéctica con la autoridad. Es una afirmación analítica, una información pensante y exigente de los gobernados. Es su negación a convertirse en el rebaño conducido al que quieren reducirlos. Es la decisión de vivir de acuerdo con uno mismo y con la conciencia propia y, por eso, es una condición de equilibrio entre autoridad y libertad y, al mismo tiempo, una actividad intelectual y moral, una función de la conciencia y una parti91


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cipación sociopolítica que crea la conciencia del dolor humano de los que viven abajo y de los que sufren las decisiones de arriba. Es la fuerza demandante de la razón a partir de la propia experiencia y de la realidad. En la sociedad no hay una verdad, sino una variedad irreductible de verdades. Hay perspectivas múltiples, inclusive en la iglesia y en la religión. No se puede uno alarmar por esta pluralidad de perspectivas ni por el relativismo que implica. Por más que quiera formularse la hipótesis de una sola Verdad (con mayúscula) que brilla en la lejanía de nuestras ignorancias para guiar nuestros pasos descarriados, sigue en pie la realidad humana de nuestro pluralismo y de los múltiples sentidos que le damos a todo, Dios y la moral incluidos. Y no sólo son múltiples las interpretaciones, sino también los accesos a la verdad. Finalmente tiene razón la sabiduría popular: ‘‘En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira’’. Lo que llamamos el a priori (preconcepciones, valores, cultura, experiencias, etcétera) con el que uno se acerca a la realidad. No hay ni puede haber una sola instancia de la verdad capaz de imponerse a todos. Basta conocer la historia de la humanidad, de los pueblos, de las ideas, de los dogmas, de las religiones, de las iglesias, de la iglesia católica misma. La verdad no es una, nadie puede decirla toda y, en última instancia, no es de este mundo. A las verdades de este mundo hay muchos accesos y la autoridad no los tiene todos. Para prueba basta la historia. Hasta este momento del género humano, no hay ninguna verdad metafísica, teológica, moral, religiosa, que se haya podido imponer, por sí misma o por otros, a todos los seres humanos, como se imponen otras verdades pragmáticas, o científicas, o que son componentes de nuestra realidad humana, por ejemplo la muerte: todos los seres humanos acaban en la muerte. La pluralidad, la equivocidad, la verdad inacabada que nunca se revela en plenitud son características humanas inevitables. De ahí que no se pueda imponer una sola verdad universal de la que sean dueñas la autoridad y las elites que gobiernan y conducen. El camino de la ver92


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dad es un camino inseguro. Ya lo decía Protágoras, el sofista griego, en el siglo V antes de Cristo: ‘‘En ninguna parte hay superioridad de sabiduría entre individuos y entre ciudades’’. Nosotros mismos hablamos de sabiduría popular. La verdad no es una, ni se sabe toda, ni se dice toda. Cada quien tiene su parte y dice su parte. Ahí es donde encaja la opinión pública, que a la autoridad le es indispensable conocer. Es la parte que tiene y que dice el pueblo ----los gobernados----, que los gobernantes deben conocer. Nunca la conocerán si no la dejan expresarse. La opinión pública es la palabra y el saber de la libertad, frente a la palabra y el saber de la autoridad; la palabra del pluralismo real y de la diversidad frente a la palabra autoritaria y subjetiva que quiere imponerse desde arriba. Ambas, porque siempre corren el riesgo de equivocarse, necesitan la sabiduría de reconocer y de pensar la verdad del otro, porque el verdadero pensamiento no es un estado, es un proceso, y eso vale para ambas partes. Porque, de otro modo, el único pensamiento válido sería el de la autoridad que, como todo pensamiento único, sería entonces autoritario, ambiguo, alejado de la moral y de la justicia, porque no propiciaría la independencia y la madurez, sino la sujeción y el infantilismo. Hay una historia del dogma. Por tanto, el dogma tiene historicidad. Y por tanto, tiene evolución. La vida no se rige por las mismas leyes que los tratados de moral o del dogma. Y en la opinión pública es la vida la que habla. Por tanto, habla la historicidad; hablan las diferencias, lo multiforme, lo cambiante, lo debatible, lo humanamente vivido. Es el riesgo, pero eso es lo humano. Hay que correr el riesgo de los errores humanos que, por lo demás, son parte de todos los humanos y que se van corrigiendo precisamente en el debate abierto. La ley del debate es ley de la vida. Sin los puntos de vista parciales que se confrontan, se complementan y se amplían, no hay verdad. Eso es lo que hace la opinión pública. Finalmente, la verdad no es un fin en esta vida, sino un largo y complejo caminar que sale de sí y se recupera en el otro, que se reflexiona en sí y se completa en el otro, para ser verdad de vida. Porque una verdad que sale sólo del cerebro es una verdad sin sangre, que puede 93


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ser sólo un dogma o un hecho de autoridad, no una verdad viva, sino una verdad muerta. Una verdad sin error en esta vida no tiene sentido. Sería sólo un monólogo aburrido y vacío, sin alteridad. La opinión pública, entre otras instancias, la convierte en conversación. Por eso se está dando en la iglesia un proceso de desvitalización. No se vive la vida de la iglesia con ardor. Si acaso, con fanatismo, que no es lo mismo que vivirla con amor. El fanatismo siempre niega a los demás, porque no soporta las diferencias ni los procesos de la verdad. Sólo tiene una verdad sin sangre, sin respeto y sin amor. El fanatismo no es vida, porque no tiene movimiento, y la vida es movimiento, es un proceso. Las verdaderas jornadas de la vida son las jornadas arriesgadas, lejos de los caminos trillados e impuestos. Por eso están expuestas a errar, en los dos sentidos de la palabra: equivocarse y vagar errante. Por eso es cierto que la libertad puede acarrear lo mejor y lo peor; por eso es una aventura ambigua, como todo lo humano. La vida actual de la iglesia ya no tiene aventura, ni ímpetu, ni pasión. Es pasiva, como todo lo que depende de una burocracia. Parece una vida sin entusiasmo que ha perdido la batalla ----salvas las excepciones minoritarias----; parece que vive al margen de la vida, sin riesgos, exasperada por la complejidad de los problemas y oponiendo el silencio a los gritos de los hombres por los que debería no sólo interesarse, sino morir. Es como un viejo y cansado médico de pueblo, que sólo tiene las mismas recetas de siempre para las nuevas enfermedades que hoy padecen los seres humanos. La vida de la iglesia sólo tiene sonoridades vacías, palabras de tratados polvorientos, conceptos aéreos, pensamientos diluidos, respuestas aprendidas de memoria. Y no sólo la iglesia y la religión, sino también la política y la escuela. El mismo murmullo monocorde y lejano que no despierta la atención ni el interés. La única respuesta que permite es el abandono. Y la única respuesta que da es el sinsentido del porvenir para millones y millones de seres humanos, solos frente al tiempo que dilapida sus vidas. Se les va vaciando la existencia y los va aplastando el tiempo. Parece una iglesia jerárquica que sólo persigue sus propios intereses, al margen de la justicia, y no la justicia más allá de sus intereses. 94


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De ahí la necesidad urgente de una opinión pública que le hable de la verdad que es la vida de los de abajo, a los que llama su ‘‘rebaño’’, en un mundo que los destroza. ‘‘Los pastores y el rebaño’’: queda evidente la voluntad de poder, no la voluntad de servicio y de justicia. Se desgasta en todo lo que gira alrededor del sexo, pero no se compromete en los problemas que giran alrededor de la justicia. Le importa la vida biológica, no la calidad, ni siquiera la posibilidad, de la vida humana. Pasa con frecuencia, y la iglesia no es la excepción, que personas que tienen ideas claras suelen equivocarse cuando descartan lo que ven confusamente, en vez de esforzarse por clarificar lo que está más allá de la neblina. No se puede reordenar el mundo a partir de las pocas ideas que cada uno percibe con claridad. Pero esto es lo que está sucediendo en nuestro tiempo con las ortodoxias monomaniacas que se están imponiendo, como la ortodoxia del mercado y las ortodoxias morales en los terrenos de la vida humana, sobre todo de la vida sexual y de la vida en sí misma. El disentimiento se está volviendo una tortura, por más que apunte hacia una mayor, más abierta, más generosa y, probablemente, más verdadera concepción de la vida humana, de lo que son los hombres y de lo que pueden ser. Hubo unos años, tal vez pocos, en los que intentó surgir y cobrar reconocimiento un pluralismo ético, político, teológico, estético, moral, cultural, pastoral, del conocimiento, de la investigación, de la filosofía, de la historia. Fueron los años alrededor del primer viaje a la luna, del Concilio Vaticano II, de la teología de la liberación, de la independencia de muchos países coloniales, de la liberación femenina y la adquisición de su conciencia de género, de los movimientos estudiantiles, de la caída del muro de Berlín y de la cortina de hierro. Fue una época de mujeres y de hombres definidos, capaces de una vida interior, de propósitos, de ideales, de una concepción clara de lo que hacían y de vidas claramente diferentes, sobre todo en los terrenos particularmente humanos de la moral, de la estética, de la política y de la libertad creadora. 95


LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LA IGLESIA

Hoy, por lo contrario, se han impuesto los dogmas graníticos del neoliberalismo, de la tecnología, de la mundialización y del mercado, en una salvaje contradicción con la realidad y con la pobreza del mundo. Es, además, un retorno al absolutismo, al autoritarismo, a la banalidad y a la tiranía del dinero, que ha vuelto por sus fueros. Que quede claro que los ricos mandan. Las llamas de los inquisidores han consumido mucho de lo que fue significativo e importante, entre otras cosas, la libertad, la justicia, la igualdad de los seres humanos, la apertura hacia el pluralismo y los avances que se habían logrado en los terrenos de la vida específicamente humana. Lo que hoy hace falta es una radical revisión de la nueva realidad, porque lo que no han consumido las llamas ha quedado mutilado, deformado o hundido en intensas dudas, mientras en el mundo surgen nuevas ideas para beneficio de los poderosos, como el terrorismo, que sólo atacan en sus efectos, no en sus causas ni en sus raíces, porque eso sería atacar el dinero intocable de los intocables que tienen el dinero. La religión, por su lado, sobre todo la católica, sigue empeñada en repetirnos quién y qué somos, quién está puesto directamente por Dios para guiarnos, corregirnos y decirnos cómo debemos pensar, qué mandatos debemos cumplir, qué dogmas incomprensibles debemos creer y de quién debemos depender para purificarnos de nuestra maldad intrínseca, en la que nacimos con el pecado adherido al alma, si queremos alcanzar la vida eterna. Siempre atados a la pequeñez de la dependencia y ofreciendo a Dios nuestros sufrimientos y la pobreza de los pobres para redención de la humanidad. Muchos de los valores e ideales que actualmente se aprecian, se viven y adecuadamente se propagan y se infiltran no son sino frutos de este trágico y desordenado proceso de transformación cultural en el que estamos inmersos. No se analizan. No se desmenuzan. No se critican. No se confrontan. Sólo se van asimilando, como agua que empapa la tierra. Son los valores y los ideales simplistas, efímeros por vacíos, pero asegurados por repetición, que hacen omnipresentes la publicidad y los medios controlados y manejados por las grandes corporaciones transnacionales. 96


VARIACIONES SOBRE EL TEMA DE LA OPINIÓN PÚBLICA

A esta fuerza organizadora, profundamente desconfiada de la idea misma de hombre, se enfrentan las otras sociedades y culturas que tienen necesidades dispares, persiguen fines opuestos, luchan por conservar valores distintos, viven situaciones disímiles, están en etapas de desarrollo desiguales y piensan y se expresan en diferentes universos conceptuales y en condiciones diversas. México está lleno de estos casos por la diversidad de sus culturas indígenas, campesinas y populares, y la variedad de sus lenguas y de sus cosmogonías. Aquí vuelve otra vez a presentarse la necesidad de la opinión pública que exprese hacia arriba la multiplicidad de sus realidades y el abismo que se abre entre ellas y el mundo del neoliberalismo y del mercado. Y la necesidad de canales asequibles y abiertos para que esa opinión pública se exprese, se oiga, se respete y se haga efectiva. Porque no puede haber soluciones universales para las diversas situaciones humanas, ni normas y criterios únicos y últimos para los problemas y los fines humanos, y menos a partir del mercado. Ante los dogmas del mercado y de la competencia libre, con sus soluciones rápidas y simplificadas, por no decir simplonas, para la complejidad aplastante de los problemas humanos, sólo queda la desconfianza. Hay una irreconciliable oposición entre las creencias neoliberales y la creencia en la justicia como norma universal obligatoria; entre las leyes del mercado y la pasión por la legalidad; entre el privilegio del dinero y la universalidad del acceso justo a las riquezas de una nación, entre el poder impositivo y la libertad responsable como condición de vida y de conciencia. Eso sólo se puede ver con los ojos de adentro y a la luz de los fines y de los valores humanos. Ése es un fin que persigue y debe perseguir la opinión pública, en defensa de la dignidad humana y de los ideales de amor, de justicia, de igualdad, de diálogo y de espontaneidad, contra la ofensiva de las abstracciones que aprisionan el espíritu, simplifican la moral y sistematizan la vida. La opinión pública es enemiga de esquemas ordenados que pretenden abarcarlo todo y volvernos insensibles y ciegos al dolor y al caos de lo que realmente vivimos. Es la afirmación de que no somos extraños a la vida como en verdad la viven y la soportan las 97


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mayorías. La opinión pública la saca del silencio al que intentan reducirla y la hace objeto del hablar y de los significados humanos, frente a las fórmulas abstractas, las generalizaciones, las reglas, las leyes y los instrumentos opresivos que niegan la justicia o la reducen a soluciones burocráticas, a generalidades artificiales y a sistemas de ficción. De lo que se trata con la opinión pública es de evitar y contradecir, con la exposición de la vida real y de sus necesidades y deseos, las visiones que pretenden estar por encima de las voces que hablan encaramadas en la torre de la autoridad, del dominio, de la imposición, del dogma o de la representación de Dios. No existe una senda universalmente válida hacia la realización humana, ni siquiera en el terreno religioso. El hombre de hoy tiene necesidad de raíces, de anclaje cultural y de expresión propia. Pero lo que se ofrece a los jóvenes de hoy es un espíritu disecado, una vida que se sofoca y la inhabilidad para expresarse individual y colectivamente. Están encerrados entre los muros del griterío apabullante de la publicidad y de la propaganda, que imponen su empobrecida visión de la vida. Por otra parte están las comunidades indígenas, campesinas, populares, cada una con su lenguaje propio, sus tradiciones, sus recuerdos históricos, su estilo de vida y de relaciones, su religión, sus valores, sus voces peculiares, sus carencias, su pobreza, su abandono. No tienen voz en nuestra sociedad. Se les permitió, un día hipócrita, llegar hasta la cámara de diputados y hablar, para no hacerles caso. La sociedad que cuenta ya tiene la fachada de haberlos oído para justificar que los ignora. Fueron voces de opinión pública. Ésa es la opinión pública, que debería expresarse todos los días. Pero está encerrada en el permiso único de expresarse que se le dio un día. No se les permite tener un sentido propio unido al deseo de ser y de hacer algo en el mundo sin olvidar sus orígenes. Están heridos de fondo porque no son aceptados como parte de un mundo al que deberían pertenecer sin perder su identidad propia. Fue ese día grande e iluminador de los zapatistas, los indígenas de Chiapas, y fue ese día infame para los poderosos que los oyeron con sorna, pero no los escucharon. Los dueños de la verdad y del destino no tienen por qué tomar en cuenta a los se98


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res incómodos que piensan, que viven y que son la diferencia que hiere en lo vivo a los dueños del poder, del dinero y del saber. Sus voces son la opinión pública que no se permite, que la sociedad de arriba niega al precio de su propio empobrecimiento. Y eso no vale sólo para la sociedad civil, sino también, y en alta medida, para la sociedad iglesia, que ya les ha cancelado su propia identidad religiosa, para implantarles una identidad postiza, filosóficamente correcta, teológicamente aceptable aunque no la comprendan y culturalmente ajena. Son las víctimas de la desintegración social, de la ruptura de lazos conceptuales, morales y culturales que traen consigo la revolución científica, la centralización industrial y la globalización del mercado. Lo que va quedando es una búsqueda frustrada de identidad, que se percibe por todos lados y en todos los niveles. La globalización está amenazando la necesidad humana de pertenecer. La opinión pública debió haber sido la expresión de esas identidades que hoy se pierden, y debería ser ahora la expresión de la búsqueda, inclusive de aquellos que han desarrollado un resentimiento, un desprecio o una animadversión hacia las clases dominantes. Y los desarraigados en un sistema y en una sociedad que no toma en cuenta lo concreto, lo único, lo diferente, en nombre de un supuesto derecho de conquistar y de absorber. No somos una nación ética, porque hemos negado los valores centrales de identidad y de dignidad humanas, porque no hemos hecho posible para todos el sentido de estar en su casa. Los migrantes son la prueba más cruel del desarraigo. Queremos identificar y estamos identificando la competitividad del mercado y el progreso técnico con el progreso espiritual y moral. Y sólo estamos revelando una impresionante ceguera del espíritu. Por lo contrario, lo que el pueblo todavía sano quiere vivir es un ideal de rotunda humanidad, de integridad; un fundamento humano y una plenitud de vida, en toda la variedad que existe en nuestro país. Es escéptico ----mucha gente lo es ya---- de todas las doctrinas y esquemas conceptuales que no sean coherentes para explicar la vida y para ofrecer soluciones humanas ----no soluciones cerradas, dogmáticas, intransigentes---- a los problemas humanos en general, sobre 99


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todo a los problemas críticos morales y políticos que nuestro tiempo plantea. Que no son pocos. La opinión pública, en las manifestaciones que todavía le son asequibles y con un sentido y una angustia de la actualidad, empieza a buscar y a exponer soluciones nuevas que las jerarquías y los nuevos liberadores rechazan a rajatabla, para imponer doctrinas igualitarias o fanáticas que los eximen de pensar. Sacrifican a los seres humanos en el altar de sus abstracciones y de sus entidades metafísicas, cuando no se dejan domar y subyugar. La más obvia de esas abstracciones fanáticas, en estos tiempos, es el terrorismo. Ahí cabe cualquier cosa. Lo han hecho caber todo y ha servido para todo, desde la tortura y la masacre hasta la destrucción de naciones y el saqueo de las riquezas ajenas. Lo mismo pasa en el terreno moral. Por ejemplo, con la cómoda abstracción de la vida. Nunca hablan de la vida específicamente humana, ni de la vida digna y justa para todos. La vida, como abstracción, les sirve de pantalla para defender exclusivamente la vida biológica e ignorar las vidas que carecen de todo, desde las vidas en la miseria infrahumana hasta las vidas descerebradas y reducidas a niveles vegetales. Para no hablar de otra abstracción preferida, el sexo. La naturaleza humana no es fija ni está sujeta a leyes inmutables y ciegas. Por eso mismo, no hay valores absolutos, ni comportamientos universales, ni ideales terminantes. Hay libre albedrío, autodeterminación, libertad, capacidad de elegir, decisiones, esfuerzos, propósitos, luchas, éxitos, fracasos, aperturas, cerrazones, búsquedas, caminos impredecibles y constantes sorpresas. Cada uno elige por sus propias razones. Para los problemas humanos no hay soluciones finales. La Inquisición, los campos de exterminio nazis, las cárceles de Pinochet, Guantánamo, Abu Grahib, son, entre otras muchas, pruebas que jamás se podrán olvidar. Ésas son las razones de la opinión pública, que se expresa en grupo, que revela a la autoridad y al poder, encaramados en sus cumbres, las formas más ricas y más profundas de la vida humana, de los grupos sociales, del conocimiento colectivo, de las necesidades sentidas, de las realidades vividas, de lo que son los hombres y de lo que quieren ser. Es una manifestación actual de otra concepción del hom100


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bre, del caminar común, de esta incesante exploración de vida y de su impredecible crecimiento. Excava, examina y expone la experiencia abierta, no dogmática, del hombre actual, de sus luchas y de sus sueños. Es un juicio histórico específico y espontáneo de la autoridad, del poder y del dinero; de las medidas que toman, de las soluciones que dan, del rumbo que llevan, de la injusticia que cometen. La opinión pública no es otra cosa que los seres humanos en sus circunstancias históricas específicas, responsables y libres, con sus vidas interiores hechas de sentimientos, de pensamientos, de emociones, de propósitos y de principios, que sufren represiones y desviaciones contrarias a su ser y a sus intereses, y los perennes embates del poder y del dinero, que intentan reducirlos a leyes fijas y a esclavitudes sonámbulas. La opinión pública es la lucha constante de seres humanos que no aceptan bloquearse ni reducir su valor intrínseco; que toman en serio palabras como libertad, responsabilidad, justicia, derecho, igualdad. Y eso, porque se conciben como seres humanos.

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or todas estas razones, la opinión pública se impone psicológica y sociológicamente en toda sociedad formada por hombres. El problema que se plantea es si encuentra un sujeto propio y un objeto sobre el cual pueda ejercerse en una sociedad jerárquica que propone una doctrina de salvación. De otro modo, si la opinión pública nace de la vida misma de la Iglesia y le es esencial, o si es en ella un fenómeno postizo, que ahí no tiene función ni cabida. El problema es, en términos directos, la relación entre el magisterio eclesiástico y la opinión pública, si son o no son excluyentes. Es decir, la aparente contraposición de la autoridad doctrinal del papa y de los obispos con la libertad de expresión y de opinión del pueblo cristiano común y corriente. Se trata de establecer si hay un lugar propio para la opinión pública en ella, dado que es un grupo más cerrado, más homogéneo y más vertical que el Estado y dado que mantiene peculiaridades doctrinales y disciplinarias que derivan de su fundación, de su constitución y de su finalidad distintas. Es necesario dejar clara la distinción entre el magisterio eclesiástico y los terrenos de libre opinión en la Iglesia. La potestad doctrinal no es una autoridad que Dios da directamente a un hombre para que dirija a los demás hombres desde afuera. El sujeto primero y total del testimonio sobre el acontecimiento de Cristo es la comunidad de los que creen en él, es la Iglesia como totalidad. La acción de Cristo se dirige a la totalidad de la Iglesia, que es la comunidad de los que creen en él y se esfuerzan por seguir su camino, sus enseñanzas y su mandamiento de amor, y por vivir la libertad de los hijos de Dios, convencidos de su condición de hijos libres en la casa de su Padre.

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Esta Iglesia no es sólo la suma de los creyentes privados, con un credo común y con una autoridad doctrinal; no es sólo una comunidad que marcha más allá de la historia. Es también una sociedad estructurada histórica y socialmente, y ahí es donde entra la opinión pública. Lo peculiar de la autoridad de la Iglesia deriva de su naturaleza como comunidad destinada a rebasar la historia. Desde esta perspectiva se comprenden la autoridad doctrinal y su contenido. No son los miembros individuales de esta sociedad quienes eligen y dan autoridad a los portadores del magisterio eclesiástico. Pero la autoridad del magisterio sólo puede darse y pensarse dentro de esta comunidad, no afuera, ni desde afuera, ni desde arriba. Escribe Karl Rahner: El magisterio eclesiástico no es propiamente la potestad de adoctrinar acerca de las verdades abstractas, sino la garantía de que la palabra salvadora de Cristo está dirigida a la situación concreta de un tiempo y va realmente dirigida a la vida cristiana. Tomando como base la condición histórica del hombre de hoy y de mañana, debería hacerse posible poco a poco un nuevo modo de entender el magisterio de la Iglesia. El hombre no puede tener su verdad como individuo aislado, puesto que no es un individuo aislado. La verdad sólo se da en intercomunicación con los otros hombres. Por tanto, no es posible que la verdad humana quede abandonada al capricho de una opinión privada. Si eso sucediera, el hombre de hoy, marcadamente escéptico, no podría tomarla muy en serio; porque entonces se dejaría guiar por un criterio subjetivo que no es suyo. La verdad tiene algo que ver con comunidad, con sociedad, con institución. Es cierto que la relación de un individuo y de su propia verdad con la verdad de una comunidad y de una sociedad varía esencialmente, según la sociedad de que se trate. Pero en una época postindividualista podrían abrirse nuevos supuestos intelectuales, también para entender el magisterio eclesiástico.1 1 Karl Rahner, ‘‘Magisterio eclesiástico’’, en la enciclopedia Sacramentum Mundi, t. IV. Herder, Barcelona, 1971.

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En los primeros siglos de la iglesia, no había burocracia, ni cardenales, ni nuncios apostólicos, ni curia romana, ni estados pontificios, ni Vaticano; ni el papa era rey temporal, ni hacía la guerra, ni tenía dinero en los bancos. Todo eso fue viniendo poco a poco, hasta que la iglesia, como sociedad visible, organizada e institucionalizada llegó a funcionar como toda estructura de poder. Una elite de poder controla los destinos de la multitud y la iglesia, y, además, el pensamiento doctrinal, los valores y las conductas morales. La iglesia es una institución que fue cambiando hasta que se solidificaron sus estructuras, en buena medida al modo del feudalismo monárquico, como dice la enciclopedia teológica Sacramentum Mundi, tomo IV, p. 979. En el curso de su historia, la iglesia ha sufrido transformaciones profundas, porque también ella se encuentra bajo la ley de la historicidad. Dice Kreis Bensberger en su libro Democratización de la Iglesia: ‘‘La iglesia, fundada como magnitud histórica, está en el devenir, se va haciendo paulatinamente; la Iglesia no es sino mientras se hace y en cuanto se hace. Hoy estamos en una época que exige cambios profundos en la iglesia’’. Los motivos para un cambio estructural son las situaciones históricas y sociales a las que nos vamos enfrentando. Aferrarse a las estructuras históricas porque se piensa que son resultado de la voluntad de Dios es no conocer la historia de la iglesia y no reconocer su historicidad esencial. Y es no reconocer la acción histórica e inevitable de los hombres. Las Cruzadas no se hicieron por voluntad de Dios, por más que así lo hayan proclamado los papas: ‘‘Deus lo volt’’, ‘‘Dios lo quiere’’, fue la consigna. No es posible conceder a los hombres del pasado el poder histórico, la visión eclesial y la responsabilidad de transformar a la iglesia, como una respuesta temporal a sus situaciones concretas, y negar eso mismo a los hombres del presente. Dijo el Concilio Vaticano II en Lumen Gentium: La iglesia peregrinante, en sus sacramentos y en sus institucio105


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nes que pertenecen a este tiempo, lleva consigo la imagen de este mundo que pasa. Los apóstoles, en la iglesia primitiva, no se presentaban como sacerdotes y pontífices, sino como servidores. San Pablo a los corintios: ‘‘Nosotros somos siervos de ustedes por Jesús’’. Las bases de toda la vida de la iglesia de entonces eran la igualdad y la fraternidad. Todavía san Agustín, en el siglo IV, se oponía al título de sacerdote y al calificativo de ‘‘padre’’. Hasta el siglo IV aparecen las parroquias rurales y la organización eclesiástica empieza a asimilarse a la del Estado. El emperador Dioclesiano trató de reagrupar sus provincias. La iglesia lo imitó. Aparecieron los patriarcas en Oriente, uno en cada capital del mundo romano. El papa, como el emperador, fue el jefe central. Siglo V. En el siglo VI aparecen los arciprestes, encargados de reagrupar a los sacerdotes rurales. En los comienzos de la Edad Media, la estructura de la iglesia, a pesar de que parece funcional para la época, ya no satisface. Empiezan a decaer los poderes del metropolitano sobre los obispos de su provincia. El Concilio de Trento acabará definitivamente con esos poderes. Empieza a desarrollarse la centralización pontificia, que disminuye los poderes episcopales. Es ahora el papa, ya no el pueblo, el que nombra a los obispos. En las diócesis, los archidiáconos limitan a los obispos. Trento acabará con ellos. Empieza el centralismo episcopal, correspondiente al papal. Los vicarios generales aparecen en el siglo XII, en sustitución de los archidiáconos, con poder permanente, pero revocable por los obispos. Los papas estructuran a la iglesia como una monarquía sólidamente centralizada, con un gobierno: cardenales y curia; con inspectores: legados pontificios; con diplomáticos: nuncios y delegados apostólicos; con agentes locales de ejecución. La denominación ‘‘cardenal’’ parte del siglo VI; aunque el colegio de cardenales, en su raíz histórica, era el presbiterio del obispo de Roma. Después fueron apareciendo sus tres grados, cardenal obispo, cardenal presbítero y cardenal diácono, bajo el papa Esteban III (768-772), para designar a los diáconos 106


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y sacerdotes de las diaconías romanas. Durante el papado de Gregorio I, los cardenales eran simples clérigos recibidos para el servicio de una diócesis distinta de la diócesis en la que habían sido ordenados. El papa Nicolás II expidió un decreto sobre la elección papal en el que daba cierto derecho de voto a los cardenales obispos en la elección papal. Con Alejandro III (1061-1073), los cardenales presbíteros alcanzaron una posición semejante. El origen de los cardenales diáconos se pierde en la penumbra de la historia. Y así siguieron muchos cambios hasta el ordenamiento presente y la estructura que llegó hasta nosotros, levemente modificada por el Concilio Vaticano II, por Paulo VI y por Juan Pablo II, sobre todo por la internacionalización de la curia romana, del cardenalato y de las conferencias episcopales. A pesar de todo, la estructura eclesiástica es básicamente la misma. Especialización de funciones, diversidad territorial y niveles jerárquicos, todo fuertemente centralizado. Hoy, cuando la iglesia se extiende por todo el mundo, sólo tienen autoridad el papa, los obispos y los párrocos. Autoridad nominal o escalonadamente restringida para obispos y párrocos, porque la autoridad real depende, en muchas ocasiones, de la política eclesiástica. De hecho, pueden tener y han tenido más autoridad real los nuncios, los delegados apostólicos, los cardenales y los funcionarios curiales, que los obispos. Y también sucede que haya diócesis en las que los párrocos carecen de autoridad real por el centralismo episcopal. Es el juego del poder real. Por el contrario, en el siglo IV, por ejemplo, cuando la iglesia se extendía sólo por el Mediterráneo, el poder real se jerarquizaba en muchos niveles: papa, metropolitano o patriarca, obispo, corepíscopo, archidiácono, sacerdote, diácono, subdiácono, acólito, exorcista, lector, ostiario, aunque no siempre correspondía con exactitud un terreno bien determinado de responsabilidad a cada función. Hoy, la estructura del aparato gubernamental de la iglesia da la impresión de estar constituida y de servir sólo para el funcionamiento interno de la institución; de que la estructura eclesiástica es administrativa, no apostólica. Se vuelve hacia sí misma (cfr. Marcel Ducos, Gobierno y eficacia en la Iglesia; Gabriel Le Bras, Las instituciones eclesiásticas de la cristiandad medieval). 107


LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LA IGLESIA

No es humanamente posible que una sola persona o un solo aparato de gobierno, mundial o diocesano, pueda pensar, planear y dirigir la actividad apostólica, la forma del culto y la expresión de la doctrina en la inmensidad de culturas y de lenguas que hay en el mundo, con sus propios símbolos, significados, filosofías, arte, expresiones, relaciones personales, familiares, sociales, sexuales, políticas y económicas y aun relaciones con la tierra misma; costumbres y todo lo que constituye la nacionalidad, la lengua, la idiosincrasia, la cultura, la estructura de pensamiento, de interpretación, de significados y de simbolismos históricos y demás elementos que dan forma a la singularidad de cada pueblo, de cada raza, de cada etnia, de cada grupo lingüístico y demás variedades existentes y condicionantes, inclusive de la relación con Dios, que no expresan igual un banquero y un tarahumara, un neoyorquino y un vietnamita, un holandés y un beduino, un astrónomo y un campesino tzeltal. Bastaría leer el hermoso y profundo libro del astrónomo André Giret, L’astronomie et le sentiment religieux, que invita a elevar la mirada hacia el cielo. Un día, caminando por la selva lacandona con un grupo de campesinos tzeltales, topamos con un arroyo que encontraba su camino entre los árboles. Era hermoso; recordé la frase de la Biblia: ‘‘El Espíritu camina sobre las aguas’’. Me dijo un tzeltal: ‘‘¿Qué sabes tú del espíritu de las aguas? Tú lo recitas, nosotros lo vivimos’’. Dos miradas religiosas distantes como el cielo y la tierra. Pero todos deben poder expresar su religión, su ética y su culto como son, en su idiosincrasia, en su idioma y en su nivel. Pretender resolver estos problemas desde la autoridad central, diocesana o romana, se traduce sólo en soluciones burocráticas. Fue lo que pasó con la teología de la liberación, por ejemplo. Toda la maquinaria existe para la marcha interna de la sociedad, no para que se realicen sus fines. Esto es lo que explica la minoría de edad religiosa de tantos católicos enfrentados a un poder religioso que les queda muy alto y muy lejos; poder sobre el pensamiento, la opinión, las conductas, las conciencias, las decisiones morales y la vida del más allá; poder legal, poder canónico, poder de castigo y de exclusión; poder de perdonar y de negar 108


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el perdón, inclusive para la eternidad, más allá de esta vida; poder de administrar a Dios, de darlo y de quitarlo. Ésa es la realidad que se justifica teológicamente. El poder religioso, eclesiástico, canónico, ritual, son formas diversas que adopta un poder sin fisuras. La curia romana fue creciendo así, hasta la desproporción del poder que motivó su reforma a raíz del Vaticano II. Sólo cuando los obispos reunidos en concilio experimentaron juntos el poder de la curia, exigieron su reforma. La burocracia tiene una especial concepción del hombre, como algo que debe funcionar dentro del mecanismo, siempre como un posible desquiciador del orden, alguien en quien no se puede ni se debe confiar, a quien se debe inundar de papeles y de trámites, que debe ser sometido al protocolo, sea civil sea sagrado. La vida se reduce a un expediente. Los papeles de archivo ni se enojan ni reclaman. Y todo se hace en nombre del servicio a los demás. Y es cierto. Sólo que los demás son un concepto abstracto, mantenido a distancia por el archivo, por el protocolo, por el formulario, por la obligación de acceder a través de los canales precisos, por el lenguaje curial, por la inaccesibilidad de la información, por la complicación burocrática y jurídica. Derechos sin recursos efectivos y expeditos son meros engaños legales. El sínodo de obispos celebrado en 1967 destacaba el mismo problema en su documento sobre la reforma del derecho canónico. Al conjunto de leyes de la iglesia católica se le llama cuerpo canónico, Corpus Canonicum, cuerpo de leyes. Escribieron los obispos: Aunque en el Código de Derecho Canónico se tienen en cuenta los recursos y las aplicaciones judiciales, suficientemente regulados de acuerdo con la exigencias de la justicia, la opinión común de los canonistas, por el contrario, sostiene que los recursos administrativos son muy insuficientes en la práctica eclesiástica y en la administración de la justicia. De ahí que, por todas partes, se sienta la necesidad de ordenar en la iglesia los tribunales administrativos. Jaime Traserra, en su libro La tutela de los derechos subjetivos fren109


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te a la administración eclesiástica, estudia la reforma de Paulo VI, en la constitución Regimini Ecclesiae Universae. Dice: Siempre existió en la iglesia un control de los tribunales eclesiásticos sobre la administración activa. Deja bien claros el centralismo romano, la complejidad jurídica y la complicación burocrática ----desde Pío VII, 1814, hasta 1967----, que no soluciona la reforma de Paulo VI. Pío X, con su reforma de la curia vaticana, introdujo para los obispos la misma independencia administrativa, con respecto a los tribunales, que siempre había existido para las Congregaciones Romanas. El cardenal Gasparri, 22 de mayo de 1923: No se puede introducir ninguna acción judicial contra los decretos, actos, disposiciones de los Ordinarios (obispos) que se relacionen con el régimen o la administración de la diócesis. Es el mismo espíritu del Código de Derecho Canónico: Al que, por medio de publicaciones periódicas, discursos públicos o libelos, injurie directa o indirectamente al Romano Pontífice, a un Cardenal de la Santa Iglesia Romana, a un Legado del Romano Pontífice, a las Sagradas Congregaciones Romanas, a los Tribunales de la Sede Apostólica y a sus oficiales mayores o al Ordinario [obispo] propio, y al que promueva aversión encubierta u odio contra los actos, decretos, decisiones o sentencias de los mismos, debe el Ordinario, no sólo a petición de parte, sino también por oficio, obligarlos, hasta con censuras, a dar satisfacción, y castigarlo con otras penas o penitencias adecuadas, según lo exijan la gravedad de la culpa y la reparación del escándalo. Por siglos ha sido práctica común de la iglesia, ejemplificada de manera notable en el Índice de Libros Prohibidos, que dejó de existir con Paulo VI. Era la práctica de condenar libros sin oír, juzgar ni dar opor-

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tunidad de defensa a sus autores. La práctica ha seguido hasta la fecha. La Congregación para la Doctrina de la Fe privó a Hans Küng, teólogo suizo, de su licencia para enseñar teología, por haber cuestionado la infalibilidad pontificia. Muchos episcopados del mundo protestaron. Lo mismo le hizo al dominico francés Jacques Pohier por suscitar dudas sobre la resurrección de Cristo. Lo mismo a Charles Curran, profesor de la Universidad Católica de América en Washington, por haber cuestionado la doctrina sobre la anticoncepción de la encíclica Humanae Vitae. Se sumaron otros, como el belga Edward Schillebeeckx, el alemán Bernhard Häring, el peruano Gustavo Gutiérrez, el brasileño Leonardo Boff, el nicaragüense Ernesto Cardenal, el alemán Eugen Drewermann por su libro sobre la burocracia vaticana (Clérigos. Psicodrama de un ideal). Fueron de los más sonados. Pero hubo muchos otros, algunos obispos incluidos. El Concilio Vaticano II, en el núm. 44 de su constitución pastoral Gaudium et Spes, habla de una manera bastante apologética de la adaptación de su estructura social visible a los avances sociales y políticos del mundo. Pero todavía permanecen, como en toda burocracia, las formas que deshumanizan, que reducen al anonimato, que despersonalizan, que manipulan y centralizan, porque la centralización es el instrumento básico de la dominación burocrática. La iglesia no tiene una doctrina sobre su propia organización. Se contenta con imitar a las instituciones de su tiempo. Se inspiró en los modelos monárquicos y autoritarios, como pudo haberse inspirado en los democráticos, si hubieran existido en la época de la formación institucional de la iglesia. La autoridad en la iglesia es respetable, no el poder. La evolución circunstancial de su forma de gobierno es secundaria y perfectible, como todo lo humano. Lo prueba la historia. John Cornwell es un periodista inglés que trabajó como jefe de información del servicio de noticias extranjeras en el periódico The Observer de Londres. El arzobispo John Foley, presidente de la Comisión Vaticana para la Comunicación Social, lo entusiasmó para que investi111


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gara de nuevo la muerte del papa Juan Pablo I, dada la cantidad de rumores, teorías, sospechas de asesinato y misterios que la rodearon. Y dado que otro escritor inglés, David Yallop, había ya escrito un libro, In God’s Name (En el nombre de Dios), en el que apoyaba fuertemente, basado en fuentes vaticanas, casi todas anónimas, la teoría del asesinato, Cornwell aceptó, con la condición de tener acceso a todos los actores del drama, a los hombres cercanos al papa Luciani y, de alguna manera, involucrados en su vida y en su muerte. Para lograr eso se necesitaba la aprobación del papa mismo. Juan Pablo II invitó a Cornwell a una misa privada y, terminada la ceremonia, le garantizó su aprobación y su apoyo. Cornwell realizó el proyecto, que publicó en su libro: A Thief in the Night. The Mysterious Death of Pope John Paul I.2 Cornwell tuvo que internarse en los laberintos del Vaticano. No encontró ninguna prueba que confirmara la teoría del asesinato del papa. Pero su libro proporciona una visión de ese mundo viejo y secreto de la burocracia vaticana. He aquí una de sus descripciones: No encontré ninguna evidencia de que el Vaticano albergue hoy en día camarillas aisladas o casos individuales de asesinos, de ladrones o de gángsteres. Encontré, por otro lado, evidencias ocasionales de hombres de santidad y de oración. Las faltas y debilidades que los invaden se arrojan en la categoría ‘‘venial’’ de las imperfecciones. Sus crímenes no son el asesinato, el robo a gran escala ni el fraude. Son la ambigüedad, la manipulación de la verdad, la reserva mental, la ambición mezquina, la pusilanimidad, la calumnia, el cinismo, una notable falta de bondad y de elemental caridad. Citando al obispo Paul Marcinkus, ‘‘uno de los hombres más calumniados en el Vaticano’’, según su libro ----y un hombre involucrado en los grandes escándalos financieros del banco del Vaticano----, Cornwell dice de la curia vaticana: 2 El libro fue traducido y publicado en castellano en 1989. Se titula: Como un ladrón en la noche. La muerte del papa Juan Pablo I, El País/Aguilar, Madrid.

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Yo creía que éste era un lugar de amor. En este lugar, de todos los lugares, uno queda atrapado por una exagerada burocracia, donde salen a flote todos los malos elementos de una persona. Es increíble la extraordinaria velocidad a la que viaja cualquier información, rumor o chisme por los corredores y por las oficinas de la ciudad-Estado. El Vaticano es una entidad corporativa, una comunidad extraordinariamente consciente de sí misma. Escuché a sus habitantes describir el Vaticano como una ‘‘pecera de pececitos dorados’’, un ‘‘villorrio de lavanderas’’, un ‘‘palacio de eunucos’’. Todo el lugar, me dijeron, ‘‘flota sobre una inundación de brillante malevolencia’’. Al mismo tiempo, nadie es responsable; hay un sentido generalizado de pusilanimidad; aversión a hablar de frente y a asumir responsabilidades; perversidad de espíritu. El viejo jesuita Farusi me previno: Todo mundo hace esfuerzos enormes para aparentar que está haciendo bien su trabajo. Un pasatiempo favorito del Vaticano es pasarle la responsabilidad al vecino y, cuando todo lo demás falla, echarle la culpa a los italianos, a los gringos, a los reaccionarios, a los liberales. Dice el Código de Derecho Canónico en su canon 108: Los clérigos no son todos del mismo grado, sino que entre ellos hay una jerarquía sagrada, en la cual unos están subordinados a otros. La jerarquía, que es doble, jerarquía de orden y jerarquía de jurisdicción, se considera de derecho divino y de derecho eclesiástico. Hoy ----como a lo largo de su historia---- la Iglesia sufre, perseguida por fuera, desgarrada por dentro entre el amor y el poder, entre los que mandan y los que obedecen. El pueblo de Dios, particularmente hoy, está desorientado; relega el Evangelio y se pierde en la religión. Entre la ortodoxia ----modo correcto de pensar---- y el amor, se prefiere la or113


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todoxia, y se le impone a la Iglesia, como si la ortodoxia fuera posible en la limitación de todas las inteligencias humanas. Se llena al pueblo de preceptos farisaicos, como en aquellos tiempos del siglo primero en Palestina. Los ritos se están vaciando. Se pretende encerrar a Dios en fórmulas, que nos revelan misteriosamente ----porque nadie puede entenderlos---- pedazos de la divinidad infinita, indivisible e incognoscible, como si su misterio infinito pudiera caber en palabras humanas o pudiera partirse en pequeños pedazos para caber en las palabras del hombre. El cuarto Concilio de Letrán, en el año de 1215, bajo el pontificado de Inocencio III, contra los albigenses y los cátaros, empieza con las siguientes palabras: Creemos firmemente y confesamos con llaneza que uno solo es el verdadero Dios, eterno e inmenso, omnipotente, inmutable, incomprensible e inexpresable (‘‘que no se puede asir ni decir’’, como traduce la obra Le magistère de L’Église: L’histoire, les décretes, les conciles œcuméniques, tome II-1 Les décrets. De Nicée à Letran V, bajo la dirección de G. Alberigo, con texto original de G. Alberigo, J.A. Dossetti, P.-P Joannou, C. Leonardi y P. Prodi, con la colaboración de H. Jedin, publicado en 1994). Entiendo, por tanto, que Dios no es comprensible a nuestra inteligencia y no se puede decir con palabras humanas. La Trinidad divina, como la llama la teología, es un misterio. Así lo calificamos: misterio. No podemos saber ni expresar en nuestras palabras finitas y pequeñas el misterio infinito de Dios, a pesar de la hermosa explicación que intenta, en un verdadero maratón intelectual, el XI Concilio de Toledo, bajo el papa Adeodato II. En el Evangelio no se encuentra, en las palabras de Jesús, una explicación de la esencia divina. Las expresiones sobre Dios reflejan más bien lo que somos los hombres: Dios existe, Dios nos comunica lo que espera de los hombres, Dios es padre, Dios es amor, Dios es misericordia, Dios es bondad, Dios nos envía como abogado a su Espíritu de amor, Dios no es finito, Dios no es comprensible, Dios no es expresable. Es la misma idea que encuentro, por ejemplo, en la bella expresión de André Neher, en su libro El exilio de la palabra, que es un himno apasionado al silencio de Dios: 114


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La voz de Dios es a veces el silencio. No es necesariamente luminoso. La aparición de Dios es a veces su oscuridad. ¿Qué importa, siempre que este silencio y esta tiniebla sean reveladoras de Dios, e incluso si la revelación no descubre más que un misterio? Así empieza también el libro de Divo Barsotti, Misterio cristiano y palabra de Dios: ‘‘Unidad e inmensidad del misterio’’. Es un sentido profundo del libro de Juan Arias, El Dios en quien no creo. Así se titula el libro de Roger Brain: Dios el incomprensible. Así concluye el libro de Cornelio Fabro, El problema de Dios: ‘‘Dios escondido y la aspiración del hombre hacia Dios’’. Lo que decimos que sabemos de Dios es la proyección de lo que somos los hombres. Sólo le agregamos el calificativo ‘‘infinito’’. Dios es un misterio para nosotros. No hay que convertir el misterio en un problema. Hay que aceptar que de la esencia de Dios no sabemos nada. Sólo le proyectamos lo que somos los hombres y sólo decimos que es creador, aunque su creación sea todavía para nosotros un misterio, el misterio del espacio inconmensurable. No es posible embotellar en palabras del hombre la infinitud del misterio. No se empaqueta lo indecible en fórmulas que se califican como las únicas ciertas. Nadie puede enlatar el misterio infinito en la palabra que es, en esencia, limitada. Simplemente porque no cabe, porque no hay palabra ni conjunto de palabras humanas que puedan expresar lo incomprensible de un misterio infinito. Tan sólo por eso, porque es misterio para nosotros. No se puede definir lo que no se sabe; no se puede administrar a Dios ni encerrarlo en embutidos intelectuales; no se puede cancelar con una fórmula de antes o de ahora todo el pensamiento que pueda venir después. No es factible y sería pretencioso encerrar en una sola cultura y en una sola filosofía toda la expresión religiosa, e imponer esa cultura y esa filosofía, que finalmente son europeas, a toda la humanidad y a todos los tiempos. Sería enclaustrar en un formulario toda la historia y el desarrollo del pensamiento humano. Más de una vez se ha pretendido universalizar la filosofía aristotélico-tomista, en la que está formulada la doctrina católica, como la única expresión legítima de la fe.

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Eso es pretender que todos los pueblos, todas las culturas, todas las estructuras mentales, todas las referencias éticas y religiosas en el mundo y en la historia, se encarcelen en una filosofía única, la aristotélica-tomista, para poder llamarse católicas, en el nombre del misterio infinito reducido a enunciados filosóficos supuestamente inmutables. Es la pretensión de ser dueños de la verdad, de la cultura y de la fe, administradas y repartidas en fórmulas doctrinales. Si se conciben esas fórmulas como la manera que escogieron determinados pueblos, culturas y épocas para expresar su fe, pueden resultar, inclusive, iluminadoras y hermosas, como el maravilloso himno a la Trinidad del Concilio de Toledo ----que finalmente no explica nada----, con tal de que se les considere temporales, locales y limitadas. Así se implicaría la libertad de que otros pueblos y otras épocas expresen su fe de otro modo que se acomode mejor a su cultura y a su manera de pensar, de relacionarse, de ser y de vivir. De ahí la necesidad de las diferencias. Eso es, en parte, lo que ha hecho en América Latina la teología de la liberación, que piensa el Evangelio desde la realidad de su pobreza y de su despojo. No existe una ciencia de ciencias, como se pensó en otro tiempo de la teología. No existe un cerebro que abarque todos los terrenos y pueda hablar de todo. No puede existir una censura única y universal, hasta en los terrenos científicos, como establecieron Pío IX y Pío X. La teología ya fue despojada de su pretensión de ordenar la totalidad de los conocimientos. Las condenas de la Inquisición contra los que pensaban distinto y contra los sabios de aquella época, como Galileo, son testimonio vivo. No puede haber puntos de vista englobantes y totalizantes. De ahí la necesidad humilde de la tolerancia, del respeto a las diferencias y de la libertad de pensar y de expresarse. No existen los dueños exclusivos de la verdad, ni las conciencias universales, ni los árbitros del bien y del mal. En el mundo actual no son gratos los Torquemadas. A Dios nadie lo ha visto. De ahí la necesaria pluralidad, inclusive de iglesias y de religiones, y de expresiones religiosas y teológicas no sólo fuera, sino dentro de la iglesia católica misma. La Iglesia no puede contentarse con repetir sus dogmas. Debe 116


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enunciarlos de nuevo en esquemas mentales comprensibles para los hombres de hoy. No hay por qué añadir más dificultades al carácter ya misterioso de la revelación. Rahner: En el pasado se ha obrado y se ha pensado, no pocas veces, como si una doctrina fuera ya irreformable en la Iglesia, porque durante largo tiempo se ha enseñado de manera universal, sin contradicción aparentemente perceptible. Esta concepción es falsa en los hechos, puesto que muchas doctrinas difundidas un día de manera universal han resultado problemáticas o erróneas. Además, es falsa en principio. Sin rechazar el principio de una doctrina auténtica, aunque no sea definida dogmáticamente, y sin quitarle importancia, se puede y se debe contar con una posibilidad de reformar doctrinas eclesiásticas, más amplia de lo que se ha creído antes del Concilio Vaticano II.3 El 20 de abril de 1865, Pío IX consultó con 34 obispos sobre la convocación de un concilio. Sus respuestas adelantaron lo que sería la preocupación conciliar. Era conveniente, oportuno y necesario convocarlo, para poner fin a los muchos y graves errores de la época, para denunciar las falsas doctrinas que minan la fe, para denunciar el ateísmo y para intensificar la autoridad pontificia. Los cardenales consultados coincidieron con los obispos: No se dan herejías concretas, sino un error generalizado. La Iglesia se encuentra ante una situación de infidelidad general, parto funesto del racionalismo moderno, que resume todos los errores especulativos y prácticos, filosóficos y sociales, como si fueran frutos legítimos del espíritu humano. El Concilio Vaticano I recogería esa inquietud: 3

Op. cit.

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El racionalismo es una regla del pensamiento, en nombre de la cual la razón se constituye en fuente exclusiva y criterio legítimo de todos los conocimientos humanos, incluidos aquellos que afectan a la religión y a la moralidad, y oponen la autoridad del libre arbitrio a la autoridad de la institución eclesial. El racionalismo ----rechazan el papa y el Concilio Vaticano I---elimina a la autoridad como criterio de verdad y en su lugar pone la evidencia individual. Impone y proclama la independencia de la razón y divorcia a la filosofía de la teología católica, a la que siempre ha debido servir. El racionalismo político y social ----la democracia---- es el rechazo de toda autoridad, porque sustituye a la autoridad por el número. Sustituye la ley eterna por la opinión pública. Sustituye la justicia por la utilidad. Sustituye la autoridad de la soberanía por la soberanía popular. Del ‘‘nefasto’’ principio de la ‘‘independencia autónoma de la razón’’ se derivan las modernas exigencias de la perdición: libertad de opinión, de investigación, de publicación, de divulgación, de conciencia, de culto, de pensamiento, de voto. El racionalismo es la vuelta al paganismo. Las libertades democráticas ‘‘son monstruosas pretensiones al error y al mal, y conducen necesariamente al pecado’’. La independencia de la razón es ‘‘impía’’. Éstas fueron las concepciones del Vaticano I en la era del positivismo. Augusto Comte resumía la idea del positivismo: designar el estadio científico del saber humano, en oposición a los dos estadios precedentes: teológico y metafísico. En la segunda mitad del siglo XIX, el positivismo fue favorecido por el descubrimiento del principio de la evolución biológica hecho por Charles Darwin. En Inglaterra, el positivismo fue netamente individualista y liberal, y fue la expresión típica de una burguesía que veía el progreso en el despliegue total de la libre competencia, al margen de intervenciones estatales y reformismos paternalistas. Otra de sus características fue el agnosticismo, que niega el conocimiento racional y cierto de toda realidad trascendente. La razón humana sólo puede conocer con certeza las realidades de la ex-

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periencia. La metafísica se relega al plano de lo irracional. Pío IX y el Vaticano I se enfrentan al positivismo. Son contemporáneos. En la primera mitad del siglo XIX ----el Vaticano I se celebró en 1869 y 1870----, las guerras civiles y las intervenciones revolucionarias fueron frecuentes. En España, la lucha del duque de Angulema. En Hungría, la revolución magyar, reprimida por el ejército ruso. Hubo intervenciones armadas en Alemania, Bélgica, Polonia, Suiza, Dinamarca y Venecia.4 En nuestro continente, las guerras de independencia. En la segunda mitad del siglo, la que vivían los padres conciliares, fueron desmembrados los imperios otomano, egipcio y jerifiano. China fue obligada por los ejércitos invasores occidentales a abrir sus puertas al colonialismo extranjero. En una batida gigantesca, los europeos se repartieron el continente africano. Estados Unidos y Rusia adquirían importancia mundial. Se lograron la unidad nacional de Alemania y, a costa de los Estados Pontificios, la unidad nacional de Italia. Bélgica, Hungría, Grecia, Rumania, Bulgaria y Serbia se convirtieron en Estados soberanos. Una serie implacable de guerras abiertas acompañaba la marcha de la civilización industrial, en los dominios de culturas decadentes y de pueblos primitivos. Rusia aumentaba sus conquistas militares en Asia Central. Gran Bretaña conducía guerras interminables en India y en África. Francia conquistaba Egipto, Argelia, Túnez, Siria, Madagascar, Indochina y Siam. Se enfrentaban innumerables instancias de cambios violentos, solucionados mediante transacciones de las grandes potencias. En la primera mitad del siglo, se suprimió la constitucionalidad y se anuló la libertad en nombre de la paz. En la segunda mitad del siglo, los banqueros imponían constituciones en nombre de la paz y de sus negocios. El resultado era siempre el mismo. Unas veces en nombre del progreso y de la libertad, otras veces en nombre de la autoridad del trono y del altar, otras veces en nombre del dinero y de 4 Karl Polanyi, La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, Claridad, Buenos Aires, 1947.

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los negocios, otras veces en nombre de la moral y de la voluntad de Dios, otra veces por corrupción y por soborno. El resultado era siempre el mismo: mantener la paz para beneficio del dinero y del poder a costa del sufrimiento de los demás, una paz subordinada siempre a la intervención armada en favor de la seguridad del poder y de las finanzas, en favor de intereses que sólo se logran por el recurso a los medios extremos. Era la marcha ascendente del capitalismo. En la época del concilio, el creciente poderío industrial barría al continente europeo y sometía o aniquilaba a los demás. La propagación del capitalismo no fue ----y no es hasta la fecha---- un proceso pacífico. El capital financiero instigó muchos crímenes coloniales y muchas agresiones expansionistas. Entabló la lucha por las esferas de influencia, por las concesiones, por las materias primas, por los derechos extraterritoriales, por la conquista de regiones atrasadas, para las inversiones de altos beneficios. Negocios y finanzas del capitalismo en expansión fueron responsables de muchas guerras, incluida la primera guerra mundial, y de la organización de la paz y de las fronteras a conveniencia. El crecimiento de este sistema económico, social y político hundía las garras en el mundo y explotaba a las masas, a las que, en último término, también descristianizaba, como ha demostrado la historia posterior. El Concilio Vaticano I tomó postura: Socialismo y comunismo son abominaciones y absurdos que no merecen siquiera la atención de un Concilio. Y definió a la Iglesia: Una sociedad legal de desiguales, según los principios del derecho natural, en la que debe haber algunos que presidan a los demás, jefes a los que corresponde vigilar el exacto cumplimiento de las leyes de salvación; jueces que diriman las diversas actuaciones de los subordinados, según las prescripciones de la razón y las ordenanzas heredadas; maestros que sean capaces de investigar en los casos dudosos y decidir en los más difíciles, 120


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de corregir los cotidianos y de prevenir los peligrosos; administradores de los medios de salvación que han recibido su virtud salvífica de la sangre del Redentor, para dispensarlos a quienes se encuentran preparados y negarlos a quienes juzguen conveniente. Gregorio XVI diría: La Iglesia ha sido siempre monárquica, porque lo es hoy y porque su forma de gobierno no ha variado jamás. Cuarenta años más tarde, en 1917, Pío X y Benedicto XV, con la promulgación del Código de Derecho Canónico, convertirían en ley esta concepción de la Iglesia. La libertad quedaba entre la obediencia y el pecado. El rechazo del orden establecido se convertía en ateísmo. Se desvanecía la conciencia crítica contra el absolutismo ----eso es la opinión pública----, que fue propia de Jesús y de los primeros cristianos. No en vano los llamaban ateos y blasfemos. Jesús vino a derribar todos los dioses falsos, todos los absolutos. Porque Dios no puede ser un objeto del hombre. La Biblia está inundada de ese espíritu crítico. Crítica de la religión como se concibe y se vive, de la institución religiosa, de las conductas religiosas, de las autoridades establecidas ----civiles y religiosas----, de la sociedad, del poder, de las relaciones humanas existentes, de las instituciones intocables, de todos los dioses falsos del hombre. Crítica religiosa, política, social, económica, pública y privada. Fue la lucha de los profetas. Fue lo que hizo Jesús. Llevar a todos a juicio y confrontar su vida con la palabra de Dios. Ellos no perdían el tiempo por la eternidad. La palabra de Dios es crítica. Siempre es posible romper con lo que es, en la creación de algo mejor. Toda realización del hombre es relativa. No existen los absolutos históricos. Y todo hombre esclavizado es capaz de combatir por su liberación. Es posible sustraerse a la enajenación. Fue la batalla de los profetas y es la batalla de la opinión pública: contra la idolatría,

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contra la enajenación, contra el sometimiento del hombre, contra la absolutización de las obras humanas. En concreto, contra la injusticia, contra la desigualdad y contra la mentira. De ahí que haya sido y que siempre sea necesario hacer la reflexión, también en la Iglesia, sobre el uso, evangélico o no, que se hace del poder, para renunciar a él en favor del amor y de la libertad. De otro modo, en frase de Jürgen Moltmann, la esperanza histórica se quedará sin cristianismo y el cristianismo se quedará sin esperanza histórica. Pierre Teilhard de Chardin escribía en una de sus cartas: En ciertos momentos tengo la impresión de que me estoy ahogando en la atmósfera católica, de que pesa gravemente sobre mi espíritu toda la carga del cuerpo eclesiástico. El pueblo todavía experimenta una Iglesia clerical, individualista, abstracta, muchas veces incomprensiva y desligada de la realidad, autoritaria en demasía. Basten estas ideas elementales sobre el magisterio eclesiástico, para poder establecer su relación con la opinión pública y con la libertad de expresión. La relación de los católicos con el magisterio de su Iglesia se volvió más crítica, a partir de las experiencias del siglo XX, que fueron desde las dos guerras mundiales y la revolución comunista hasta los cambios que realizó el Concilio Vaticano II a muchos aspectos de la doctrina tradicional y a muchas enseñanzas pontificias anteriores. Acontecimientos como la conquista del espacio, las guerras de Corea, de Vietnam y del Medio Oriente, las revoluciones de Cuba y de Nicaragua, las dictaduras latinoamericanas, el colapso del sistema comunista en la Unión Soviética y en Europa del Este, las invasiones de Afganistán y de Irak, el avance científico y tecnológico en campos tan importantes como la microcomputación, las telecomunicaciones, la ingeniería genética, internet y el correo electrónico; la independencia de los paí122


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ses africanos, los movimientos de liberación de minorías, como negros y palestinos. Acontecimientos de otro tipo, como los cambios litúrgicos, la anticoncepción, la pobreza y la riqueza, las relaciones económicas internacionales, las deudas exteriores de los países pobres, las hambrunas, la miseria de cientos de millones de seres humanos, la violencia, el terrorismo, la tortura, la migración, los genocidios, la globalización, el neoliberalismo. Acontecimientos políticos, militares, sociales, culturales, religiosos, comerciales, financieros, diplomáticos, industriales, científicos, de todos tipos. Acontecimientos como Auschwitz y la bomba atómica, que inauguraron en la historia de la humanidad una categoría inédita e incompensable de la muerte, como diría André Neher en su ensayo: El fracaso en la perspectiva judía. Fueron todos acontecimientos e instancias nuevas que suscitaron, como nunca, el ejercicio de la opinión pública, en la iglesia inclusive; porque transformaron al mundo y, consecuentemente, a la iglesia y al modo de pertenecer a ella. Fue un siglo de transformaciones y de violencias impresionantes, que han modificado la concepción misma de la vida, el pensamiento, la cultura, la civilización y, por tanto, las categorías morales y doctrinales, y que han vuelto más crítica la relación con el magisterio eclesiástico. Los papas y los obispos han tenido que enseñar en situaciones conflictivas mundiales de envergadura y de enorme confusión. No se puede negar que la autoridad docente ha tenido errores y aciertos y que puede tenerlos otra vez. No es una novedad y la Iglesia íntegra lo sabe. La novedad habría sido que nunca se hubiera equivocado. También es un hecho que en la Iglesia hay un derecho humano variable. Leyes y disposiciones jurídicas que sirvieron en una época ya no sirven después y se cambian. Es cierto que el magisterio eclesiástico no siempre ha estado a la altura. También es cierto que nadie estuvo a la altura en la comprensión del siglo XX, al irse desarrollando los acontecimientos. Era una tarea sobrehumana. Hay otro acontecimiento importante que marcó, sobre todo, al siglo que acaba de terminar. Hemos tenido que vivir con conocimientos que no están reconocidos como absolutamente ciertos, pero que 123


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deben respetarse como normas válidas del pensar y del obrar, porque de momento no están superados. El derecho internacional, las relaciones jurídicas de los Estados, las relaciones económicas del Estado independiente con entidades económicas o financieras privadas o transnacionales ----como los bancos en los casos de las deudas nacionales----, la legislación, la doctrina y la lucha por los derechos humanos, las relaciones del poder y de la libertad, muchas teorías científicas ----como la evolución y el origen del universo, la curación del cáncer, la ingeniería genética, los anticonceptivos, el origen y la curación del sida----, son ejemplos, entre muchos otros, en todos los campos del saber humano, de este tipo de conocimientos con los que hay que operar de hecho, mientras no se superen. Ésta es una experiencia histórica de todos los pueblos y de todas las personas en sus procesos de educación y de maduración, que dan lugar a multiplicidad de opiniones. Lo sabe cualquier científico en sus experimentos, cualquier médico en sus diagnósticos, cualquier político en sus análisis de la realidad y en las decisiones que debe tomar en un momento determinado, cualquier obispo a quien le pidan pronunciarse de pronto sobre situaciones inesperadas y complejas. Einstein decía: ‘‘Tengo que descartar casi todas las ideas que se me ocurren’’. También es una experiencia de la Iglesia, que no puede estar siempre ante el dilema de dar definiciones dogmáticas sobre todo fenómeno nuevo, sobre todo conocimiento que surge, sobre toda situación que se presenta, sobre todo caso que aparece, ni de quedarse callada siempre para que decida la opinión de cada particular. De ahí que deba dar instrucciones doctrinales ----aun a riesgo de error en puntos concretos---- que obliguen en cierto grado a los católicos, pero que tengan también un cierto carácter provisional, que puede llegar hasta la posibilidad de un error. Finalmente será la conciencia la que decida el valor moral de las decisiones. Sólo hay que pensar qué queda de muchos concilios anteriores de la Iglesia y las enseñanzas de un buen número de papas. De otro modo, la Iglesia no podría predicar su fe como realidad determinante de la vida, ni aplicarla a las nuevas situaciones del 124


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hombre. Pero no es ésta una situación nueva. Con frecuencia obramos así. Se toma la decisión de someterse a una operación quirúrgica, aunque se sabe que el diagnóstico del médico no es infalible. El político toma una decisión a la que está obligado de momento, basado en un análisis de sus asesores, aunque sabe que no es infalible. Los papás y las mamás toman una decisión sobre el hijo a partir de un consejo del maestro de escuela, aunque saben que no es infalible. Y así siempre. Eso no implica que no se tengan el derecho y el deber de buscar, de estudiar, de consultar más, para confirmar o modificar la decisión o la opinión, aunque todo eso tampoco sea infalible. Aquí es donde pueden presentarse las actitudes ----y los problemas---- de petulancia, de autosuficiencia, de deshonestidad, de falsedad de conciencia, de omnisciencia personal en los que mandan y en los que obedecen. Cada quien deberá preguntarse sobre sí mismo y responder de sus actitudes. Pero éste es también el lugar de la opinión pública. Obviamente, la opinión pública evoca ideas de conflicto, de disputa, de polémica o de crítica en relación con el poder. Evoca ideas de versatilidad y de pluralismo, de división en los grupos y entre los grupos. Por esta razón hay quienes ven incompatibilidad entre una sociedad jerárquica y un fenómeno esencialmente democrático. Pero la opinión pública no es ni pretende ser una oposición sistemática a las enseñanzas y a la autoridad de la jerarquía. La realidad es que la autoridad docente y administrativa de la Iglesia deja muchos campos abiertos, muchas cosas provisionales y cambiables, muchas búsquedas por hacer. No se trata de negar su lugar ni su autoridad docente. Se trata de la participación del pueblo cristiano en la construcción del reino de Dios en la tierra y en la actualización de la vida cristiana, porque el magisterio sólo se entiende dentro de la comunidad. Y por eso la autoridad docente deberá tomar en cuenta a la opinión pública. Es innegable que las estructuras organizativas de la Iglesia no son de derecho divino. Muchas nacieron del feudalismo monárquico. Y no se ha concluido la reflexión acerca de sus implicaciones políticas, 125


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históricas y doctrinales, ni tampoco se ha concluido la apertura a formas más modernas de constitución. La Iglesia está, y seguirá estando por mucho tiempo, en fase de revisión, entre otras cosas, de la justificación ideológica de su estado tradicional. Tampoco puede negarse que ha habido y hay situaciones de abuso de poder en la Iglesia, ni que la opinión pública juega un papel importante frente a ellas. Sería, en último término, la reflexión de la Iglesia sobre el uso evangélico del poder.5 El modo como se ha ejercido la autoridad en la Iglesia y como se ha concebido el magisterio eclesiástico ha dejado poco lugar a la opinión pública desde hace mucho tiempo. Habría que preguntarse si esto se debe a desviaciones doctrinales, o a una actitud defensiva contra los ataques del exterior, o a una asimilación demasiado fácil de los valores y de las costumbres de los poderes del mundo, o a una caída en la tentación del poder absoluto. La Iglesia dice que su autoridad es de origen divino. Pero ésa no es una idea exacta ni completa de la Iglesia. Si el origen de la autoridad es divino, el uso del poder es humano. Del origen divino no se puede concluir a la manera como ese poder debe y puede ejercerse y, en particular, si debe tomar las formas del poder absoluto. Para no falsear la doctrina sobre la Iglesia, hace falta colocar el principio jerárquico en su conjunto y confrontarlo con las otras verdades conexas. El Concilio Vaticano II lo hace. Hay que tener en cuenta la enseñanza global, no sólo el principio jerárquico. En el pueblo de Dios ----más radical y más vitalmente 5 Cfr. Peter Hebblethwaite, The Next Pope, Harper Collins, San Francisco, 1995, pp. 3, 6, 1719, 27, 37, 59, 124, 134, 144, 147, 165-167. Giancarlo Zizola, Le succeseur, Desclée de Brouwer, Paris, 1995; La restauración del papa Wojtyla, Cristiandad, Madrid, 1985. Carl Bernstein y Marco Politi, His Holiness. John Paul II and the Hidden History of Our Time, Doubleday, New York, 1996, pp. 428, 509. Tad Szulc, Pope John Paul II. The Biography, Scribner, New York, 1995. Juan Pablo II, el Papa Viajero, Suromex, México, 1998. René Luneau y Paul Ladriere, en Le Rêve de Compostelle. Vers la restauration d’une Europe chrétienne?, Centurion, Paris, 1990.

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en él que en otras agrupaciones humanas---- la comunidad es anterior a la autoridad y la comunión es anterior a la organización, en el orden de los fines, de los valores de la convivencia y del funcionamiento. La iglesia no es una estructura dialogada que se encuentra de manera análoga entre la jerarquía y el pueblo cristiano. Ese pueblo no es simplemente un sujeto que recibe órdenes y directivas para que pasivamente las ejecute. El pueblo de Dios es la iglesia viviente, consciente, responsable y libre. No recibe sus derechos de la jerarquía, los tiene por su naturaleza misma de pueblo de Dios, donde reina una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y a la actividad común a todos los fieles en la edificación del cuerpo de Cristo.6 Puede y debe ejercer sus derechos, no por concesión ni por delegación de la jerarquía, aunque esté en unidad con ella. La responsabilidad de los cristianos es un deber y, por lo mismo, un derecho. La jerarquía no puede despojar de ella a los miembros de la Iglesia, ni volver su ejercicio ilusorio o imposible, ni encerrarla en la voluntad jerárquica. En los capítulos II y IV de la constitución dogmática sobre la Iglesia, del Vaticano II, hay muchos textos claros y definidos al respecto. La jerarquía no es el único elemento dinámico, responsable y constructor de la Iglesia. Todo cristiano y el pueblo de Dios como tal tienen sus responsabilidades y sus iniciativas. Y tienen su palabra que decir. La verdadera naturaleza de la Iglesia exige ----no tolera---- esta participación espontánea y consciente del pueblo cristiano en la vida de la Iglesia. Por tanto, demanda la opinión pública y la libertad de expresión como una necesidad sociológica y como una exigencia teológica. Sólo hay libertad de expresión y opinión pública en donde la concepción y las estructuras de la sociedad admiten el deber y, por tanto, reconocen ----en aquellos que no tienen el poder---- el derecho y la 6

Lumen Gentium, núm. 34.

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posibilidad de tomar en sus manos la búsqueda del bien común. Y, consecuentemente, el derecho y la posibilidad de expresar lo que piensan, lo que quieren y lo que sienten. Esto supone una autonomía del pueblo en relación con el poder, que no absorbe ni agota la vida de la comunidad. Y éste es el caso de la Iglesia. Así se da la dialéctica entre el jefe y el grupo, entre el poder y la libertad, entre la autoridad y la opinión pública. Posiblemente siempre habrá tensión, pero no es una tensión estructural, sino intencional. Esta dialéctica no puede resolverse con la eliminación de uno o de otro, ni con medidas administrativas de poder, sino con la superación del servicio a la comunidad en planos y con medios diferentes. Por lo demás, no todo está definido en la Iglesia, sino sólo las verdades centrales. La Iglesia no impone una uniformidad absoluta en la interpretación de los textos de la Escritura y de la doctrina, sino que deja un vasto campo abierto a la discusión. Hay, pues, lugar para la opinión pública, que tiene sus terrenos propios. La opinión pública tiene sus propias leyes y difiere de las opiniones dogmáticas y morales que discuten los teólogos. La opinión pública pertenece al dominio de la existencia. No dice lo que son las cosas, sino lo que valen para nosotros. Conlleva siempre un principio y una exigencia de acción concreta y situada. Porque la opinión pública es una actitud colectiva frente a la actualidad, sea de acontecimientos, sea de problemas o de situaciones. Siempre hace referencia a la historia, siempre toma en cuenta la situación, lo singular, lo contingente, y hace una elección a propósito de las cosas que suceden. Allí están su lugar y su función en la Iglesia. Las autoridades docentes deben emplear todos los medios necesarios para comprobar la manera como su doctrina se contiene en la revelación o se relaciona con ella. Sus decisiones doctrinales tienen dos aspectos: el jurídico, que atañe a la obligatoriedad, y el histórico, que atañe a la situación espiritual y social. No puede pasarse por alto este segundo aspecto ----en el que no ha pensado suficientemente la autoridad y que es el campo propicio de la opinión pública----, para quedarse solamente en la obligación jurídica. 128


LOS TERRENOS DE LA OPINION PÚBLICA

Como no es aceptable la actitud subjetiva y petulante de cristianos que creen saber más y entender mejor, tampoco es aceptable el autoritarismo que no toma en cuenta el carácter provisional de muchas decisiones doctrinales y no acepta la responsabilidad y el deber que tienen los cristianos de buscar, de pensar y de opinar. La autoridad doctrinal debe esforzarse por la rectitud objetiva, pero también por la mayor eficiencia posible de sus decisiones. En este sentido ----dice Rahner----, ‘‘no tiene derecho a imponer puramente su autoridad formal’’. De ahí el problema del Código de Derecho Canónico, que impone su autoridad, pero la condena a la ineficiencia, al menos en cuanto se refiere a la censura, a la opinión pública y a la libertad de expresión. En el caso de la censura ----que hace prácticamente imposible la opinión pública----, no se ve cómo se derive de la revelación, ni cómo traduzca el amor, ni cómo respete la responsabilidad y la función del pueblo de Dios, ni cómo pueda ser útil para la vida cristiana y para la salud del cuerpo social. El hombre de hoy rehuye la concepción autoritaria de lo contundente y de lo inobjetable. La unanimidad impuesta destruye la convivencia y hace imposible la comunidad. El autoritarismo doctrinal conduce a los despedazamientos e impide la marcha de la Iglesia hacia el futuro. Hoy se reconoce que la gente se aleja cada vez más y en más número de la práctica católica, de la Iglesia y de la dimensión religiosa en sus vidas y que nos va pervadiendo una secularización creciente. El mismo Concilio Vaticano II reconoce el hecho y lo acepta en tres de sus aspectos. El primero es que el Estado ----porque quiere remarcar su soberanía---- y la gente ----porque quiere descubrir su libertad interior---cada vez aceptan menos la dominación de la instancia religiosa en sus vidas y pretenden arreglar por sí mismos sus relaciones con ella, desde su propia independencia. Es lo que dicen, entre otras muchas instancias, las encuestas mencionadas al principio de este libro. El Estado, además, intenta regular y ejercer la tutela de lo religioso o simplemen129


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te ignorarlo, porque argumenta que hay demasiadas confesiones y que las respeta todas sin reconocer a ninguna, a sabiendas de que hay conflictos y pugnas no resueltos entre las iglesias. No hay paz ni respeto, sino suspicacias e intolerancias, entre iglesias y entre religiones. Si no hay paz entre ellas, las que tocan la conciencia, será más difícil que haya paz en el mundo. El segundo aspecto de la secularización, cada vez más pronunciado, es que separa a la religión de la esfera pública y la relega a la vida privada. La separación de la Iglesia y del Estado es sólo la instancia más visible de esta tendencia, y está ligada al hecho de que la antigua presencia pública de las religiones se arruinó a fuerza de discusiones y de violencias políticas y sociales que desembocaron en guerras religiosas, en discriminaciones por religión, en persecuciones y en intolerancias. Las divisiones ideológicas presentes son, en parte, fruto y se sustentan en las rivalidades religiosas que hicieron y hacen que los individuos se sientan amenazados unos por otros. Hoy la religión puede subsistir, pero al margen y a título privado, a condición de que sus principios morales no perturben las reglas del derecho civil y de que su proselitismo y sus intolerancias no perturben la paz pública. En México están todavía frescos y no resueltos los conflictos religiosos entre el catolicismo, el protestantismo en sus diversas denominaciones y las religiones autóctonas. De ahí también la pasividad de las convicciones católicas, reducidas a la mera asistencia a ritos que se van quedando vacíos y sin significado ni consecuencias prácticas, a la mera creencia en dogmas incomprensibles e incomprendidos, y a la obediencia incuestionada a las normas de tipo religioso que no perturben la paz de las reglas establecidas en la esfera secular. Es el choque, por ejemplo, entre las normas de la Iglesia y las convicciones sociales, amparadas por la política y por la propaganda del Estado, sobre el control de la natalidad, el condón y otras cosas. Es la Iglesia la que pierde. El tercer aspecto del proceso de secularización es el avance de la ciencia y de la tecnología, en todos los ámbitos que abarcan, que nos han proporcionado la evidencia sobre la complejidad de la realidad 130


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y sobre la especialización de los terrenos del saber y del actuar. Cada ciencia debe delimitar escrupulosamente sus terrenos de dominio, sus métodos y sus condiciones. Lo que vale para una no vale para la otra. Lo que vale en astronomía no es válido en biología, lo que vale en sociología no sirve en cibernética. Ni siquiera el lenguaje, porque cada rama del saber y de la técnica tiene su propio lenguaje de iniciados, especializado e inaplicable en los otros terrenos. Son muy claros ahora los distintos lenguajes de la computación y de la publicidad, inaplicables en filosofía o en antropología, por citar un ejemplo. Todo esto nos ha llevado a la concepción diferenciada de lo real, que es pluriforme, que obedece a reglas específicas según sus diferentes niveles. La concepción se ha impuesto poco a poco en el terreno espiritual. De ahí la imposibilidad de un punto de vista único capaz de abarcar desde arriba la diversidad de las cosas y sus interrelaciones. De ahí también el decreto conciliar de la libertad religiosa, a partir de la convicción nueva de una pluralidad inabarcable en la realidad y en el pensamiento. Hay que tener en cuenta que la secularización se ha dado a partir de Occidente y, por tanto, a partir del cristianismo, en sus diferentes expresiones teológicas, morales, rituales y eclesiásticas: catolicismo y protestantismos. La secularización, por tanto, tiene relación con el cristianismo y significa el paso de la sociedad hacia afuera de la influencia religiosa y, en consecuencia, hacia su emancipación. En consecuencia, dejó finalmente claro que el cristianismo y la religión son dos cosas distintas. El cristianismo puede vivir sin religión, pero la religión se queda vacía sin cristianismo. Es lo frecuente en nuestra sociedad. El cristianismo es el modo de ser y de comportarnos, de tener y de relacionarnos, de jerarquizar nuestros valores, que conocimos a través del evangelio. La religión ----dice el Diccionario del cristianismo, de Olivier De la Brosse, publicado por la editorial Herder---- ‘‘es el conjunto de los ritos, de las prácticas y de las oraciones que un pueblo o una sociedad acostumbra para ligarse a Dios, a la divinidad o a lo sagrado’’. La religión es, pues, el modo que organizan los hombres para darle culto a Dios de una manera o de otra y de institucionalizar su 131


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concepción de las relaciones religiosas. El catolicismo, como religión que es, también fue poco a poco organizado por los hombres a lo largo de los siglos como un modo de darle culto a Dios y de compartir su fe. La Iglesia, también a lo largo de los siglos, fue institucionalizando la religión católica, hasta convertirla en la institución piramidal que tiene ahora. El cristianismo, en cambio, es el modo de ser que aprendieron y trasmitieron los discípulos de Jesús de Nazaret. No siempre ni necesariamente coincide uno con el otro. Por tanto, la Iglesia católica no agota el cristianismo. Por ejemplo, en el cristianismo no hay lugar para el poder y en la religión católica el poder es central. Dijo Jesús: Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero ustedes, nada de eso; al contrario, el más grande entre ustedes iguálese al más joven, y el que dirige, al que sirve [...] Yo estoy entre ustedes como el que sirve (Lc. 22, 27). Eso es el cristianismo. En cambio el catolicismo se organiza a partir de la autoridad y del poder. El papa tiene un poder absoluto sobre la Iglesia. Inclusive es jefe de un Estado político, por pequeño que ya sea, aunque fue mucho mayor a lo largo de su historia. Vive en un suntuoso palacio, rodeado de una intocable burocracia. Desde Pío IX, tiene el poder de la infalibilidad, definido así por el papa y por el Concilio Vaticano I. Y el papa, todavía hasta Pío XII, era transportado en la silla gestatoria, llevada a hombros de sus súbditos. Las ceremonias que rodean y en las que se realiza la elección de un papa son todavía imperiales y medievales. La historia de la Iglesia es una terrible historia de poder.7 Ya pasaron de moda las viejas condenaciones de la ciencia con7 Cfr. Karlheinz Deschner, Historia criminal del cristianismo, volúmenes 1 al 9, Martínez Roca, Barcelona, 1997-1998, (aunque habla del cristianismo, christentums en alemán, toda la obra se refiere a la Iglesia como institución); Georges Minois, L’Eglise et la guerre. De la Bible à l’ère atomique, Fayard, Paris, 1994.

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tra el dogma, los combates contra las creencias, el laicismo militante y el deseo de hegemonía política sobre las iglesias y de hegemonía eclesiástica sobre la política. La Iglesia, como institución, busca hoy, como lo está haciendo en México, hacer valer su libertad y su expresión religiosa en la sociedad. Pero cierra filas contra la libertad y la expresión en su propio interior. Y sin embargo, está ahí, presente y doloroso, el vacío que las iglesias han ido dejando en hombres y mujeres, y la desilusión religiosa de buen número de creyentes, en buena parte por la prepotencia hueca y la soberbia burocrática de muchos eclesiásticos, y por la pérdida de los valores profundos del cristianismo convertido en mera administración ritual. La sociedad moderna, en su relación religiosa, no quiere ni reconoce instancia alguna reguladora del conjunto social, en su estructura y en su desarrollo. En consecuencia, deja libre el rejuego de los diferentes elementos que la componen, cada uno con sus regulaciones propias y específicas. Esto implica una sociedad en movimiento permanente, en constante búsqueda, en perpetuo progreso, nunca terminado, de los conocimientos, de las técnicas, del derecho, de las artes, de las reglas de convivencia. Implica, además, de manera continua, la deliberación, la discusión, la investigación, la confrontación, la búsqueda y, por supuesto, la diferencia y el respeto a esa diferencia. Pero no es una sociedad sin sentido, es solamente una sociedad pluralista, que no se unifica en una ética unánime, sino en la búsqueda constante de los fundamentos de su ética. Muchos laicos perciben su realidad religiosa y creen de forma distinta a la expresada por la doctrina. Lo mismo pasa con muchos religiosos y religiosas. Los laicos pueden decirlo, inconformarse o alejarse de la Iglesia, inclusive con la fe fortalecida. Los religiosos son obligados al silencio. Ésta fue la decisión visionaria de Juan XXIII, del Concilio Vaticano II y de Paulo VI para la iglesia católica. Y esto es lo que deja a los miembros maduros y participantes de la Iglesia un amplio campo de opinión, de diálogo, de debate público, de búsqueda y de expresión en la libertad.

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La Iglesia vive en la historia. Y, por su condición histórica, tiene que ir, a través del tiempo y del espacio, adaptándose a circunstancias, tiempos, lugares, exigencias y culturas. La Iglesia está formada de iglesias8 que deben encontrar los medios más eficaces y las formas más adaptadas a su realidad, a las naciones, a las culturas y a las mentalidades. La experiencia espiritual y el esfuerzo apostólico evolucionan y la jerarquía no puede ignorar el estado actual y las circunstancias concretas de la humanidad en la que vive y para la cual existe. No vive en lo abstracto, sino en lo concreto. Y allí tiene que interrogarse, cuestionarse, buscar, adaptarse, preocuparse. Lo concreto cambia, lo histórico evoluciona, las urgencias se suceden, los conocimientos resultan inadecuados, los valores difieren, las mediaciones se relativizan. Ésos son los terrenos de la opinión pública, como expresión espontánea del pueblo cristiano que confronta la imagen ideal de la Iglesia con su imagen real y verifica hasta qué punto lo humano ha alterado la exactitud de sus rasgos y la nobleza de su acción. Allí se aprecian las medidas concretas que deben tomarse en un lugar, un tiempo y una situación determinados, para satisfacer las necesidades del pueblo de Dios. La historia de la Iglesia está llena de estos cambios y ha pasado por infinidad de situaciones diversas. No siempre estuvo a la altura de sus exigencias. Está llena también de luchas, a veces desgarradoras, a veces sangrientas, entre los que veían la necesidad del cambio y los que no lo admitían. Las guerras religiosas de Europa, los desgajamientos de las iglesias ortodoxas y de las iglesias protestantes son ejemplos claros. Ha habido figuras nobles y clarividentes, y ha habido figuras patéticas. Se hizo bien y se hizo daño. Como en todas las sociedades formadas por hombres. Los casos son muchos. Hoy existen otros tópicos. El celibato sacerdotal, la confesión 8

Lumen Gentium, núm. 23.

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LOS TERRENOS DE LA OPINION PÚBLICA

frecuente, la edad propia del bautismo, las riquezas de la Iglesia, la reforma de la curia romana, el arte religioso, la liturgia y la doctrina en lenguas indígenas, la adopción de ritos locales en la liturgia, la moral y el arte, la libertad de expresión, los juicios secretos en Roma, la violación y la defensa jurídica de los derechos humanos en la Iglesia, las formas de vida religiosa, la autonomía de los laicos, los movimientos cristianos, la vida parroquial, el modo y el destino de las limosnas, las indulgencias (que tienen que ver con la existencia del purgatorio), los emolumentos por la administración sacramental y por la celebración de la misa, los salarios sacerdotales, la intervención de la Iglesia en política, la pertenencia de cristianos a partidos de izquierda, la rebeldía contra un orden injusto, el papel de las mujeres en la Iglesia, el sacerdocio de las mujeres, los puestos de autoridad para las mujeres, el matrimonio de sacerdotes y la ordenación de casados, el ecumenismo, la reconciliación con las iglesias separadas. Están además los grandes temas éticos y morales que no han tenido respuesta, pero la buscan, como aborto, eutanasia, cuestiones sexuales, homosexualismo y demás. Todos éstos son algunos de los muchos temas que se han discutido o están por discutirse, tanto en la Iglesia universal como en las iglesias locales. Un tema que ha costado lágrimas y sangre en varios periodos de la historia de la Iglesia, que se sigue discutiendo y sigue costando dolor, es la expresión de la doctrina, del dogma y de la fe en los términos de las culturas autóctonas y no en los términos de la filosofía aristotélico-tomista. Hay también otros temas concretos: el Concilio Vaticano II y su interpretación o sus alcances, el cuerpo diplomático de la Iglesia y sus actuaciones, como la del nuncio en México Jerónimo Prigione; los nombramientos de obispos, los colegios católicos, la función de muchas congregaciones religiosas especialmente de monjas. Son sólo ejemplos multiplicables sin término. Todos son terrenos de la opinión pública, porque no pertenecen al depósito de la fe y al dogma, sino a su organización humana y a su actuación histórica. Los casos concretos hacen ver que la opinión de los cristianos, con permiso o sin él, se manifiesta espontáneamente, en circunstan135


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cias análogas, en favor o en contra de las directivas jerárquicas, para apoyar o para resistir, para consolidar o para cuestionar lo que practica la Iglesia. La opinión pública se manifiesta sólo en la medida en que el grupo se siente comprometido y ha adquirido conciencia de sus responsabilidades y de sus solidaridades. No habrá opinión pública si el pueblo cristiano no tiene conciencia de su vida como pueblo. La conciencia se adquiere por el ejercicio mismo de la responsabilidad. Ambas cosas han faltado por largo tiempo en la Iglesia. Mudez y ausencia, vicios que enferman la vida social de la Iglesia. Por otra parte, la opinión pública es con frecuencia el reflejo de las divisiones reales que existen en la Iglesia, se reconozcan o no, pero que deben salir de la clandestinidad para enfrentarse en público, si se quiere tener una sociedad sana y madura. La realidad es que los cristianos pertenecemos a sociedades, culturas, lenguas, clases sociales, intereses distintos. La división existe, porque los intereses que se defienden son contrarios. Cuando la opinión pública se manifiesta sobre todo esto, puede ser agresiva, intolerante, dura. Pero solamente si existe se podrán plantear estos problemas y se podrán enfrentar. Ésta es una discusión que pertenece a la Iglesia, que compromete a todos, desde el más humilde hasta el más encumbrado, y que tiene una inmensa trascendencia en la historia de la humanidad. Pretender que esta división y esta discusión no son reales, es ingenuo o es hipócrita. Inclusive se da entre los obispos: unos son abiertos, otros son cerrados; unos son espirituales, otros son mundanos; unos son de avanzada, otros son autoritarios; unos están comprometidos e insertos en su pueblo, otros andan con la gente de arriba. Y así. La lucha es real, pero oficialmente desconocida, y aun condenada en nombre de la unidad y de la universalidad de la Iglesia. Jesús proclamó la universalidad de su Evangelio desde su pertenencia real a los pobres. Fue la señal de su Evangelio:

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LOS TERRENOS DE LA OPINION PÚBLICA

‘‘Los pobres son evangelizados.’’ Se pueden manipular e ideologizar las palabras de Jesús, pero no se pueden manipular sus hechos y su vida. Hechos fueron su pobreza personal ----no tenía ‘‘dónde reclinar su cabeza’’----, su pertenencia a los pobres y la predicación del reino a los pobres. Predicó su universalidad desde un compromiso concreto con los de abajo. La jerarquía se predica universal desde un compromiso abstracto, desde el palacio del Vaticano y desde el gobierno de un Estado mundano. El magisterio eclesiástico suele colocarse por encima de estas luchas humanas, al menos de palabra, en razón de esa universalidad de la Iglesia que se sitúa fuera y arriba de toda política y de toda disensión entre los hombres, portadora de reconciliación y de salvación para todos. Jesucristo dijo: ‘‘Ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme.’’ Si el magisterio eclesiástico se coloca por encima, los cristianos no pueden hacerlo. No se pueden salir de estas luchas en las que están inmersos, porque se las impone la vida misma. Son parte de su vida. Estas divisiones reales son las que rompen la comunión, no la opinión pública, que es sólo su reflejo, su manifestación abierta y un principio de solución. Todas estas luchas y conflictos existen, con permiso o sin él, con un nombre o con otro nombre, con o sin reconocimiento oficial. No pocas son luchas entre las clases sociales, es un hecho, por más que no quiera admitirse la lucha de clases. La experiencia muestra que el poder, por bien intencionado que sea, principalmente si permanece mucho tiempo, pierde el contacto con la sociedad a la que gobierna y la información sobre su situación real, sobre sus necesidades, sobre sus problemas, sobre su mentalidad y sobre su evolución. Hay una serie de filtros que le impiden ver la realidad como es. Esto sucede, sobre todo, donde el poder no está sometido al control de la comunidad, ni debe fidelidad al pueblo. Los gobiernos mexicanos son buena prueba. 137


LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LA IGLESIA

Con respecto a la Iglesia, si hay en ella un depósito de la fe del que es custodia la jerarquía, también hay un depósito de la historia que le ha jugado muchas malas pasadas. La opinión pública es la custodia de ese depósito de la historia. Por más defectuosamente que se manifieste, es la toma de contacto con la realidad. Está libre de trabas jurídicas e institucionales. Puede tocar la realidad con más seguridad y reaccionar ante ella con más rapidez. Móvil, existencial, intuitiva, tiene la oportunidad de proponer las soluciones que corresponden a las necesidades y a los cambios del grupo. La opinión pública le revela al poder las preocupaciones, las esperanzas secretas, las desconfianzas, los descontentos sociales, los rencores y las tragedias que vive la gente, sus resentimientos, sus modos de pensar y de reaccionar. Y la credibilidad de que goza o de que carece el poder. La autoridad no puede pasar por alto todo eso ni pretender que lo conoce por oficio. El pueblo tiene la experiencia de las medidas que toman las autoridades. Sabe si están adaptadas a su realidad, si son eficaces, justas, mejorables, vejatorias, arbitrarias. Sabe si responden a los intereses del pueblo, a intereses ajenos o a intereses del poder. La autoridad no siempre conoce las reacciones que sus medidas provocan en el pueblo. Se equivoca con frecuencia. En la sociedad y en la Iglesia ----todo esto se aplica a la Iglesia en su propio modo----, los hombres viven bajo estructuras determinadas, leyes, disposiciones, situaciones concretas y autoridades corruptibles, como demuestra la historia. La opinión pública ofrece a las autoridades el eco y el apoyo que sólo sorprenden a los que ignoran o desprecian las leyes psicosociológicas de los grupos humanos.

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LA LIBERTAD DE LOS PROFETAS

Dice el Concilio Vaticano II: El Pueblo de Dios participa también del don profético de Cristo.1 Cristo, el gran Profeta, cumple su misión profética no sólo a través de la jerarquía, que enseña en su nombre y con potestad, sino también por medio de los laicos a quienes, por ellos, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra,2 para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana, familiar y social. Pero que no escondan esta esperanza en la interioridad del alma, sino que la manifiesten en conversión continua y en la lucha contra los dominadores de este mundo tenebroso, incluso contra los espíritus malignos, incluso a través de las estructuras de la vida secular.3 El ejercicio de la opinión pública, en los tiempos actuales, es parte de ese ejercicio de la función profética del pueblo de Dios. Es parte de la misión profética: libertad de expresión y opinión pública, que en nuestros tiempos pueden ser ----y de hecho lo son muchas veces---- un canal del profetismo.

1

Cfr. Louis Monloubou, Profetismo y profetas, Fax, Madrid, 1971. Hechos de los Apóstoles 2, 17-18; Apocalipsis 19, 10. 3 Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, núm. 35. 2

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LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LA IGLESIA

Para aclarar este punto, conviene recordar, aunque sea esquemáticamente, lo que fue la función de los profetas.4 El profeta debía proclamar en público la voluntad de Dios. Debía llamar constantemente a la comunidad de la Alianza, elegida por Yavé, para que tratara siempre de ser, o de volver a ser, eso: la comunidad de la Alianza. La Alianza que se estableció entre Dios e Israel pertenece a la experiencia social de los hombres antes que a las relaciones de los hombres con Dios. Consiste en los pactos, contratos, acuerdos entre grupos o individuos que quieren prestarse ayuda. Alianzas de paz, alianzas de hermanos, pactos de amistad, pactos de fidelidad, pactos de ayuda o defensa mutua. Después de la huida de Egipto, en el desierto, en el Sinaí, los esclavos liberados pactaron una alianza con Yavé, su Dios, cuyo culto pasó a ser su religión nacional. No fue un pacto entre iguales. Yavé acepta la alianza, pero dicta sus condiciones. La primera es la fe de su pueblo y su culto único. La segunda es la relación entre los hombres: gratuidad del amor, justicia, fraternidad, igualdad, misericordia, protección del débil. Debía poner al descubierto, en el ámbito de lo social (Amós, Miqueas), de lo político-social (Oseas, Jeremías, Isaías), de lo cultual y de la vida religiosa (todos los profetas), las faltas y desviaciones de la Alianza. 4 André Neher, La esencia del profetismo, Sígueme, Salamanca, 1975. Claus Westermann, Comentario a Jeremías, Fax, Madrid, 1972. Louis Monloubou, Un sacerdote se vuelve profeta: Ezequiel, Fax, Madrid, 1973. Sigfried Herrmann, Historia de Israel en la época del Antiguo Testamento, Sígueme, Salamanca, 1996. Claus Westermann, El Antiguo Testamento y Jesucristo, Fax, Madrid, 1972. Jean Giblet y otros autores, Grandes temas bíblicos, Fax, Madrid, 1971. Josef Schreiner, Palabra y mensaje del Antiguo Testamento, Herder, Barcelona, 1971. Ángel González, Gerhard von Rad y Norbert Lohfink, Profetas verdaderos, profetas falsos, Sígueme, Salamanca, 1976. P. van Imschoot, Teología del Antiguo Testamento, Fax, Madrid, 1969. Divo Barsotti, Espiritualidad del Éxodo, Sígueme, Salamanca, 1968. André Chouraqui, Moïse, Éditions du Rocher, Paris, 1995.

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LA LIBERTAD DE LOS PROFETAS

Debía despertar la conciencia de la amenaza que implicaba el alejamiento. En definitiva, debía tender a despertar y a convertir al pueblo y a sus gobernantes civiles y religiosos. Busquen el bien, no el mal, y vivirán, y estará realmente con ustedes, como dicen, el Señor, Dios. Odien el mal, amen el bien, instalen la justicia en los tribunales, a ver si se apiada el Señor, Dios, del resto de José. (Amós, 5) La palabra de los profetas siempre tuvo carácter de decisión para el momento que se vivía. No predicaban doctrinas. Su palabra siempre se refirió a situaciones concretas y a los acontecimientos de la historia: Ay de los que convierten la justicia en acíbar y arrastran el derecho por el suelo, odian a los fiscales del tribunal y detestan a los que testifican con verdad. Pues por haber conculcado al indigente exigiéndole un tributo sobre el grano, no habitarán las casas de sillares que construyan, y no beberán el vino de las viñas selectas que planten. Conozco bien sus muchos crímenes y sus innumerables pecados: estrujan al inocente, aceptan sobornos, y atropellan a los pobres en los tribunales. (Amós, 5) Los profetas no proclamaban verdades universales. Hablaban del pasado y del futuro con la mirada puesta en el presente, para descubrir ----sobre la base de su propia experiencia de lo divino---- la amenazadora realidad del momento y anunciar la oportunidad de un nuevo comienzo. Clamaban por la integración de todas las esferas de la vida, 141


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de acuerdo con la fe viva de la época de Moisés y con la Alianza que Dios hizo con su pueblo, en su triple sentido de santidad, de justicia y amor. La palabra de los profetas estuvo siempre vinculada a la historia y a sus acontecimientos. Su actuación más enérgica se da en los periodos de transformación y en las épocas de crisis, como alianzas políticas de los reyes, idolatría, injusticia y desigualdades sociales, caída de Samaria, caída de Asiria, conquista de Jerusalén, exilio, caída de Babilonia, ascenso del imperio persa. Los profetas no son custodios de las antiguas tradiciones sagradas ni pretenden actualizarlas. Hablan de los grandes temas de la salvación de Israel. Muestran que Dios permanece fiel a su palabra y a su comunidad, a pesar de las continuas violaciones a la Alianza. Exhortan a Israel a mantener o a recuperar la fidelidad del comienzo. Porque rechazaron la ley del Señor y no observaron sus mandamientos. Porque venden al inocente por dinero y al pobre, por un par de sandalias; revuelcan en el polvo al desvalido y tuercen el proceso del indigente. (Amós, 2) Hacia ese objetivo dirigen su crítica y su denuncia. El pueblo no es obediente, no se convierte, sólo se pavonea de haber sido elegido en el pasado y de realizar actos de culto en el presente. Ésa es la posibilidad impía de la religión. La crítica se dirige a los hombres del culto, seguros de sí mismos detrás del sacrificio y del templo, que ofrecen a Dios sus hechos exteriores, pero no sus pensamientos, ni su entrega interior, ni su apertura para escucharlo. Detesto y rehúso sus fiestas, no me aplacan sus reuniones litúrgicas; por muchos holocaustos y ofrendas que me traigan, no los aceptaré ni miraré siquiera sus víctimas cebadas. Retiren de mi presencia el barullo de sus cantos, 142


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no quiero oír la música de la cítara. Que fluyan el derecho, como el agua, y la justicia, como arroyo perenne. (Amós, 5). ¿De qué sirve un culto que no se preocupa por lo social, por lo ético, por las relaciones humanas? ¿De qué sirve un hermano que no se preocupa por su hermano? De ahí la denuncia contra el oportunismo de los sacerdotes y contra la maldad de los ricos y de los poderosos. Todos ellos violan el derecho de Dios. De ahí también la rebelión de los profetas contra los reyes, que buscan en su política la seguridad para sí mismos y en sí mismos, inclusive al precio de la idolatría. Los profetas intervienen así en la vida pública y en la vida política, y lo hacen exclusivamente por la fuerza de su palabra. Sus palabras, por eso, sólo pueden y deben entenderse a partir de su momento histórico. Descubrían la realidad, llamaban a los hombres a transformar sus cerradas situaciones humanas y sociales, y anunciaban la acción liberadora de Dios. La fuerza de la palabra profética se condiciona a la situación de sus oyentes. Pero, al mismo tiempo, crea otra situación consciente y apremiante. Es una palabra que crea un cambio. Es una llamada y una instrucción para el futuro. Hay una diferencia profunda entre los falsos y los verdaderos profetas. Es la idea distinta que tienen de Dios y de la alianza con Dios. Los falsos profetas de entonces, como los falsos mesías políticos y religiosos de hoy, creen que Dios está ligado con Israel incondicionalmente y para siempre. Olvidan que Yavé es un Dios moral que concluye su alianza libremente y por pura gracia, para la salud religiosa y moral del pueblo, no para su prosperidad material. Los profetas no llegaron a su misión y a su mensaje a través de reflexiones filosóficas. En su predicación no es posible encontrar rastros de argumentación elaborada. Se fundan en su propia experiencia y en su percepción de la realidad desviada, criticable, corregible. La importancia de los profetas radica en un desenvolvimiento de la fe en Dios. Yavé es el Dios de todo el mundo y el conductor de 143


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la historia universal. Radica también en la exigencia de un servicio de Dios que se demuestra en la justicia, en el amor al prójimo, en la confianza en Dios mismo, en la exposición del futuro mesiánico. Mientras existe un Estado, hay profetas para iluminar a los reyes, a los sacerdotes, a los políticos, para decir si la acción emprendida es la que Dios quiere, si tal política se encuadra en el marco de la historia de la salvación. El profetismo no es una institución, como la realeza o como el sacerdocio. Israel puede procurarse un rey, pero no un profeta, porque el profeta no surge de la institución, sino del pueblo, como un don. Dios tiene la iniciativa. El encuentro entre el profeta y el pueblo es dramático. Se da primero en el terreno de la antigua Alianza, de la ley, de las tradiciones, del culto. El profeta denuncia las faltas que surgen de los de arriba y de los de abajo. Pero no espera a que se le someta un caso, como hacen los jueces, ni apela a un poder que le haya transmitido la sociedad, ni aplica un saber aprendido de otros. Asocia la justicia con la existencia, pone nombres, señala a los culpables, sorprende a las personas en el acto mismo. Hace alusión al decálogo; por ejemplo, no se paga el salario, hay venalidad en los jueces, hay inhumanidad en los prestamistas y en los que ‘‘machacan el rostro de los pobres’’, no se libera a los esclavos. Por su carisma, el profeta alcanza, en cada persona, ese punto concreto en que se acoge o se rechaza la luz. En la situación concreta en que ellos viven, no sólo se rehúsa el derecho, sino que se retuerce y se cambia en amargura. Al bien se le llama mal y al mal se le llama bien. Se vive en la mentira. Se extravía a los débiles. Son tiempos de maldad. Aunque el pueblo también es culpable y no merece contemplaciones, los profetas vituperan más violentamente a los sacerdotes, a los poderosos, a los responsables que representan las normas y las falsean. La sociedad ha cambiado. Las costumbres y las relaciones sociales son otras. Desde Egipto, la relación amo-esclavo se le ha contagiado al pueblo. 144


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Los profetas no tienen nostalgia del pasado ni quieren volver a un estado de cosas anterior y superado. Al contrario, se oponen al pueblo que se aferra a una imagen idílica del ayer sin abrir los ojos a la realidad presente, como si la reproducción del pasado fuera automática. Los profetas no confunden el pasado con sus sobrevivencias muertas. El pasado sirve sólo para centrar en su verdadero eje la vida ética del pueblo. Condenan sacrificios que, en realidad, son sacrilegios. Sus palabras radicales podrían aplicarse a los actos del culto cristiano en condiciones análogas. Los ritos tienen valor relativo. Sin embargo, los profetas no imaginan una religión sin culto ni una sociedad sin ley. Sólo quieren un culto purificado y auténtico que responda a una vida acorde con los principios y con la ley. Lo verdaderamente importante no son las múltiples transgresiones, sino el pecado nacional que se perpetúa. Como profetas que son, lo expresan en términos de momentos históricos: el pecado, hoy, ha llegado a su colmo. Su mensaje es una sentencia: Israel ha roto la Alianza con Dios, porque ha roto la justicia, porque ha roto la igualdad entre los hombres, porque ha desviado el camino, porque adora dioses falsos y becerros de oro. Jeremías, en su caso y en su tiempo ----como cada profeta en los suyos----, fue llamado para ‘‘destruir y arrancar, arruinar y asolar, levantar, edificar y plantar’’. Israel había roto su alianza con Dios y se había alejado de su ley. En el pasado, Israel especuló con la fidelidad de Dios para serle infiel. Así se encerró en el pecado. Pero, cuando el sabio calla, habla el profeta, el único que puede decir que, después del castigo, Dios triunfará perdonando, aunque no esté obligado a hacerlo, sólo porque así lo quiere y porque así es el amor. La alianza sólo tiene sentido en el amor, y el amor hace imposible el cálculo y hace concebible el perdón. Juan Bautista, como los profetas de antaño, traduce la ley en términos de existencia vivida. Jesús, el profeta supremo, de quien dan testimonio todos los profetas, reasume su crítica. Severidad contra los 145


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que tienen la llave pero no dejan entrar. Ira contra la hipocresía religiosa. Clarificación de una herencia espiritual enmarañada, en la que ya no es fácil distinguir los valores ni las líneas maestras. Purificación del templo. Jesús asume la tradición profética, pero la desborda en todos los sentidos. Elías recibe la palabra de Dios: ‘‘Sal, sube al monte y colócate ante Yavé.’’ Subió al monte. Pasó el huracán y Dios no estaba en el huracán. Tembló la tierra y Dios no estaba en el temblor. Se desató un incendio y Dios no estaba en el fuego. Después vino el susurro de una brisa suave. Allí estaba Yavé. Es un cambio en el concepto de Dios, que ya no se presenta vestido con el traje amenazante del cataclismo. Se hace presente en la dulzura de la brisa. Yavé ya no es únicamente el Dios cósmico que manifiesta su potencia aterradora en medio de la naturaleza más violenta. Es, sobre todo, el que se encuentra con el hombre, como se encuentran dos amigos. Es el que trata de establecer una amistad delicada. Elías recuerda, sin embargo, las exigencias morales de su fe. La monarquía representa un peligro, como pensaron los otros profetas. Peligro religioso, por la posibilidad enorme de abuso en la utilización del poder, que equivaldría a usurpar el título y la representación de Dios. Peligro moral, por la desigualdad social que necesariamente establece una constitución monárquica, desigualdad insoportable e insostenible en la comunidad que hizo una alianza ética con Dios. Elías recuerda la moral yavista: el rey es un miembro de la nación, como cualquier otro, igual que el sacerdote; los derechos del pueblo son inalienables. Y se produce el enfrentamiento del rey con el profeta. El rey Ajab y su esposa Jezabel contra Elías, que aparece como defensor de la armonía social, en el sentido concretado por la alianza, como harían más tarde los demás profetas, defensores también de los 146


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más humildes contra la ambición de las clases dirigentes. Elías despliega todo el sentido de la justicia y muestra una sensibilidad especial hacia los pobres y los indefensos, como no se acostumbraba ni se conocía en la época del rey Ajab y de la reina Jezabel. Dios es el defensor de los pequeños. Éste será un mensaje característico de todos los profetas, porque todos confrontan el presente de su pueblo con los términos de la Alianza. Y la Alianza era eso: la igualdad de todos, la justicia para todos, el bienestar de todos. Como Elías, los profetas incitan a ver los acontecimientos de su tiempo con una mirada de vigilancia y de crítica. Dios habla discretamente a través de los elementos que les son habituales a los hombres, a través de las realidades comunes de la vida. Como habla Jesús de la semilla, del sol, de la lluvia, de la higuera, de la red, del padre de familia, del ama de casa, de los lirios del campo, de los pájaros del cielo, de la moneda perdida, de la oveja que se va. El sembrador, al sembrar su semilla al voleo, corre el riesgo de perder muchos granos. Pero no tiene miedo de sembrarla. Lo mismo pasa con la palabra profética, que muchas veces se expresa ----hay que reconocerlo---- por medio de signos ambiguos. Oseas censura a los líderes y a los sacerdotes que son lamentables compañeros de fechorías y de desenfrenos, indiferentes y despreocupados de sus obligaciones para con el pueblo, al que dejan perecer. Miqueas ataca a los que enseñan por salario y vaticinan por dinero. Sofonías, a los impostores y fanfarrones, más ansiosos de gozar que de enseñar. Jeremías y Ezequiel, a los que acomodan sus oráculos al gusto del cliente: impíos, adúlteros, malvados, indiferentes ante el extravío de su pueblo, apáticos, condescendientes con todos, que no condenan nada en los demás y prometen a todos prosperidad y paz; son extraños al designio de Dios, ignoran su palabra y son pobres de inspiración. La prueba del verdadero profeta es la fidelidad a la alianza: justicia, santidad y amor, probados en el pueblo y en la defensa de los débiles. 147


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La predicación embustera sólo empuja al pueblo a su propia ruina. Busca tranquilizar y agradar, cuando debería inquietar y provocar. Sólo le tapa los ojos al pueblo. Los profetas, en cambio, son inconformes. Comparan la realidad que es con la que podría y debería ser. Tienen desinterés, franqueza, ira, valentía, que son prueba de su sinceridad. Es fácil recurrir al halago cortesano con el monarca o encender las ilusiones de una nación adormecida. Pero no cualquiera se atreve a decirles al impetuoso David o al sanguinario Ajab: Tú eres ese ladrón, tú eres ese criminal. En el mismo lugar donde los perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán también tu propia sangre. El enfrentamiento con el poder. Tampoco cualquiera tiene la osadía de condenar, ante todo el pueblo, la injusticia, la lujuria y el crimen de todos. Ni cualquiera tiene la audacia de amenazar con un castigo inminente al más tranquilo y satisfecho de los mundos, ni de repetir, una y otra vez, ese lúgubre tema con obstinación y con violencia. El pueblo comprende que Dios no habla a los sabios, a los soberbios ni a los poderosos, indignos de conocer al Dios de la justicia que se compromete con los pobres. El profeta no se distingue de los demás. Comparte la condición y la historia comunes. Comparte las preocupaciones de todos: religiosas, familiares, sociales, políticas. Es un hombre comprometido, inserto en un tiempo y apasionado por ese tiempo. Pero es también un hombre del futuro, de ese futuro que entrevé oscuramente, que define como puede y que espera con impaciencia. Lo desea y se goza en anunciarlo. El pueblo abandonó a Dios. Los sacerdotes fallaron porque no buscaban las instrucciones y el conocimiento de Dios. Preguntaban dónde está Dios y los peritos de la ley no lo conocían. Los falsos profetas 148


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fallaron porque no escuchaban a Dios, profetizaban por dioses falsos y andaban en pos de los dioses inútiles. Los dirigentes se rebelaron contra Dios y desdeñaron las advertencias de sus enviados. Los pastores se alzaron contra Dios y quisieron apoderarse del pueblo. Al abandonar a Dios, el pueblo abandonó ‘‘el hontanar de las aguas vivas’’. Ésta es una imagen que atraviesa toda la Biblia. Ésa es la acusación de Jeremías: la vida de sus contemporáneos se ha dividido en dos ámbitos. En uno hacen lo que les da la gana, siguen sus impulsos, sus codicias y sus miedos, y viven como si no existieran los mandamientos de Dios. En el otro son piadosos, cumplen sus obligaciones religiosas y en ellas aseguran y justifican el botín que arrebataron en el primer ámbito. El templo es para ellos guarida y autojustificación. Pero con eso envilecen la casa de Dios y desprecian a Dios mismo. Como siempre, los poderosos y los ricos se justifican a sí mismos por los cultos religiosos a los que asisten y por las limosnas que dan, como si con eso compraran su boleto para la vida eterna. Contra eso luchó Jesús. La palabra de Jeremías es acerba contra un culto hipócrita y torpe. Tiene que ser hiriente para que los ‘‘piadosos’’ asiduos al culto sean arrojados de su falsa seguridad y vuelvan a tomar a Dios en serio. El mismo sentido tenían estas palabras en boca de Jesús. Y así hay que resucitarlas dentro de la Iglesia, cuando topemos en ella con lo que causó el acre discurso de Jeremías: la práctica del culto no cambia la existencia verdadera de los que alaban a Dios, pero viven como les da la gana. En realidad, viven sin Dios, pero creen haberse asegurado la benevolencia de Dios con ir al templo los domingos. En cualquier parte ocurre que se dé un apartamiento del camino. Pero que todo el camino sea un extravío ya es otra cosa. Jeremías dice: es imposible tener la ley y tener el templo. Se refiere a los que invocan la ley de Dios que creen poseer. Tanto la ley como el templo pueden ser objeto de mal uso. Es el caso de los doctores de la ley ----los escribas---- que la interpretan y le dan vueltas hasta que pierde su fuerza. Jeremías les dice: han desechado la palabra viva de Dios, al convertir la ley en propiedad suya y al cambiarla a su gusto y a su capricho. Desprecia la sabiduría que ellos fundan en la posesión de la ley. O del dogma. 149


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La palabra de Jeremías está llena también de acusaciones sociales. Se refiere a algo más que a los obstáculos mayores o menores de la vida en común. Apunta a que la palabra de Dios, con la que manda y pone ordenamientos, la palabra de la alianza, ya no cuenta dentro de la vida colectiva. Jeremías recibe el encargo de advertir y amonestar a la dinastía reinante de Judá. Sus palabras se ocupan de una sola cosa: justicia. Ahí se ventila el destino de la casa real. Se refiere a la justicia en sentido general y en los casos concretos. El rey está para que haya justicia en el país. Si se aparta de ese camino, hay una instancia superior, que puede ser iracunda y abrasadora. Hagan justicia cada mañana y salven al oprimido de mano del opresor, so pena de que mi cólera brote como fuego y arda y no haya quien la apague. Recusa la falsa seguridad de los señores de Jerusalén, que se creían inexpugnables en sus riscos. Injusticia contra los de abajo y desprecio de Dios. Eso fue lo que puso a los reyes de Judá en el camino de la catástrofe. Acusa a los reyes por motivos concretos de justicia social. Ay del que edifica su casa sin justicia y sus pisos sin derecho. De su prójimo se sirve de balde y no le paga su salario. Era la vigilancia social de los profetas y su celo por la justicia. Era la alianza de Yavé. Y era la iniciativa de Dios, siempre del lado de los oprimidos. Jeremías: El que dice: Voy a edificarme una casa espaciosa y pisos ventilados. Y le abre sus correspondientes ventanas; pone paneles de cedro y los pinta de rojo. ¿Eres rey, acaso, porque tienes pasión por el cedro?

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Es implacable con los pastores que dejan desparramarse y perderse a las ovejas. No han desempeñado fielmente su ministerio. Se siente sobrecogido al ver el poderío del mal sobre los hombres de su pueblo. Pero le espanta más que ni sacerdotes ni profetas se enfrenten a ese poder: ‘‘Tanto el sacerdote como el profeta se han vuelto impíos.’’ Ellos también han sucumbido ante el poder. Sabe y dice que ese camino conduce al despeñadero. Con sus palabras hueras hacen un Dios del que podemos disponer y que se pone al servicio de los deseos y de los quereres humanos. Pero el verdadero Dios no tolera que lo utilicen. Dios no será jamás lo que los hombres quieran hacer de él. Dentro del conjunto de las profecías, hay tres grandes bloques de acusaciones por el comportamiento: con respecto a Dios, con respecto al poder y a la sociedad, con respecto al hombre, sobre todo al que está más abajo. Por eso, la acusación central y englobante de Jeremías es ésta: han abandonado a Dios. Se han olvidado de Dios. Se han alzado contra Dios. Adoración de dioses falsos, los que sean. Apostasía del pueblo. Apartarse de Dios implica siempre volverse a otro dios o a otros dioses. La apostasía implica una opción ética. Se abandona a Dios porque se sigue a otros dioses. Otra manera de apostasía es la que corre detrás del propio yo, erigido en dios. Seguridades falsas, como la posesión del poder. Culto hipócrita. Aplicación legalista de la ley. Seguridad política: en las propias fuerzas, en el éxito de los propios asuntos, en la alianza con los fuertes y con las potencias, como fuente de seguridad propia. De ahí la lucha de Jeremías para impedir la defensa de la patria y del templo con las propias armas y a través de alianzas, como pretendían los principales de los hebreos, cuando la tierra de Israel era invadida por los babilonios al norte y por los egipcios al sur. Egipto contra Babilonia, era el juego político y estratégico que querían jugar. ‘‘Ponen su confianza en el engaño’’, clamaba el profeta. A Dios no se 151


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le encierra ni siquiera en el templo, porque Dios es historia. La acusación social es importante en Jeremías, en Amós, en Isaías, en Oseas, en Miqueas, en Sofonías. El quebrantamiento de la justicia. Opresión y violencia de los ricos y de los poderosos contra los pequeños. La vida social está corroída por la mentira, por las trampas, por la difamación. En las palabras que se dirigen a los reyes dominan las acusaciones de tipo social y la exigencia de justicia. Es importante, aunque sea sutil de comprender, el concepto ‘‘palabra de Dios’’. En los profetas no significa lo mismo que en la teología occidental. Para nosotros significa lo dicho por Dios, o lo dicho sobre Dios, o lo dicho en nombre de Dios. Los profetas entienden ‘‘el decir de Dios’’, una palabra determinada dicha en una situación concreta. Por ‘‘palabra de Dios’’ no entienden el contenido ----lo dicho por Dios----, sino un acontecimiento y un proceso. Es un acontecer vivo, que se desarrolla. Así se puede entender que la palabra de Dios produce unas veces ‘‘gozo y alegría’’, y otras veces es como un martillo que golpea. Unas veces edifica y otras veces destruye. Es una palabra histórica, que responde a la historia, a los acontecimientos, a la vida de las personas. La palabra de Dios está unida a la historia: es palabra que se proclama en una hora histórica determinada y que no puede desgajarse de los acontecimientos de donde surge. La palabra profética no puede nunca disolverse en una doctrina. Jeremías describe el enigma de la historia, con sus altibajos, con sus grandezas y con sus decadencias, con sus opresiones y con sus vasallajes. Lo describe con una imagen: Dios da de beber una copa a las naciones ‘‘para que sientan vértigo y enloquezcan’’. La imagen se refiere al hecho, tantas veces repetido, de la muerte de los pueblos, de las catástrofes históricas, de las caídas de los imperios. La causa de esas caídas, lo que hay detrás de ellas, quizá pueda comprobarse, pero siempre queda algo inexplicable. Por ejemplo, en el caso de un dictador, como Hitler, que precipita a toda una nación en el abismo, después de llegar al poder elegido y seguido por la inmensa mayoría de esa nación a la que después hundió en la catástrofe. 152


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Es un ejemplo entre muchas posibilidades. Siempre hay algo que no se puede explicar. A eso alude Jeremías con la imagen de la copa del vértigo. En las crisis se muestra lo poco que vale un dios adorado en una escultura. Tomar consigo su imagen cuando se huye, es signo de su impotencia. El fin de los pueblos sella el fin de sus dioses. Si se quiere destruir a un pueblo, hay que destruir a sus dioses. Dios quiere el futuro. Israel regresa del exilio para vivir la peor de las contradicciones. La ley ----en la que había naufragado---- vuelve a interponerse cada vez más entre Dios y su pueblo, como se vio desde el regreso del exilio y desde la reconstrucción del templo y de Israel ----lo narran los libros de Esdras y de Nehemías---- y como se verá años más tarde con los fariseos: su adoctrinamiento, inculcación y explicación sin término de la ley adquieren grandes proporciones. Era la indoctrinación total. Era la casuística. Era la ley sobre el hombre. La ley como arma de los explotadores religiosos y civiles del pueblo, que le imponen cargas o condiciones miserables de vida, como dirá Jesús en el Evangelio, que son insoportables y que ellos no tocan ni con el dedo. La ley cancelaría el amor. Sería la ley sin la Alianza. Jesús vuelve al sentido auténtico. Es su lucha con los fariseos y con los escribas, con los sacerdotes y con los poderosos. Anuncia el comienzo de una nueva época totalmente distinta, fundada en la justicia, en el amor y en el perdón. Jeremías ve el derrumbamiento de su pueblo. No es espectador. Lo padece con todo su ser y su vivir, junto con todos los demás. Cuando cae Jerusalén, le ofrecen una vida segura y digna en la corte babilónica. Pero decide quedarse con los maltrechos restos del pueblo. Quiere pertenecer hasta el fin a su pueblo doliente. La función de la libertad de expresión y de la opinión pública, tal como hoy las conocemos y se desarrollan en el ámbito de las comunicaciones modernas, concuerdan en muchos aspectos con la función que en otro día desempeñaron los profetas. 153


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Ponen al descubierto, en el terreno social, político y religioso, las faltas y desviaciones contra la justicia, contra la ley y contra el pacto social que fundamentan la vida en común. Tienden a despertar la conciencia de la sociedad y de los gobernantes, siempre con carácter de decisión para la situación que se vive. Siempre se refieren a las situaciones concretas y a los acontecimientos históricos, no a tesis doctrinales. México, 6 de julio de 1988. Las elecciones federales para la presidencia de la República, para el senado y para la cámara de diputados fueron un ejemplo claro. El pueblo mexicano había sufrido por mucho tiempo la dominación y la prepotencia del partido oficial que lo gobernaba como si fuera un vasallo. Habíamos llegado, en un sistema político y en una situación económica, a los límites de lo tolerable. Los últimos sexenios presidenciales no sólo no pudieron resolver ninguno de los grandes problemas nacionales, sino que propiciaron el endeudamiento, la inflación, la ruina ecológica, el desempleo, la proletarización de la clase media, la concentración escandalosa de la riqueza y la multiplicación de la miseria. Todo este paquete se había envuelto en falsas promesas, mentiras, demagogia, corrupción, represión, injusticia, desigualdad y mal uso del poder. La sociedad aguantó todos los sacrificios y nada se remedió. Sólo crecían las faltas y las desviaciones del pacto social que nos sostiene y que parecía desmoronarse, y el desprecio por la ley, que ricos y poderosos violaban a su capricho, porque ellos no cambian espontáneamente. Se corrompía el sentido de la nación. Se corrompían los valores que dieron nacimiento al México del siglo XX. Se corrompían personas, movimientos, partidos, instituciones. Era la sinrazón del poder y del dinero. Y se expresó la opinión pública, esta vez a través del voto. Hubo, por supuesto, fraude electoral ----se cayó el sistema---- que canceló la expresión pública y volvió a someterla. Esta vez nadie se lo creyó. Pasado el día de las elecciones, se siguió expresando en ambas Cámaras constituidas en Colegio Electoral, en manifestaciones callejeras, en la prensa, en plantones, en mítines, en desplegados, en huelgas de hambre. Y en el mismo VI Informe presidencial sobre el estado de la na154


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ción ----el último del presidente saliente----, el primero de septiembre, donde y cuando el pueblo desacralizó el rito y la institución de la presidencia. Despertó la conciencia nacional y se sacudió ----para bien o para mal---- la conciencia de los gobernantes, que se vieron obligados a reconocer un México distinto que había expresado su voluntad de cambio. El profeta Elías contra el rey Ajab. El pueblo asumió su libertad de expresión y las funciones de la opinión pública. Lo mismo fueron los machetes de Atenco, para escándalo del poder y del dinero. Situaciones semejantes plantean las campañas políticas del 2006. Se podrían recordar muchos acontecimientos en la sociedad civil y en la Iglesia, como el caso de los anticonceptivos. Algo cambió. México empezó a ser otro, aunque el poder hizo todos los esfuerzos, las trampas y los fraudes, las compraventas de puestos y de conciencias, los chantajes, los sobornos y las amenazas, para que todo volviera a ser igual. Había percibido sin remedio la amenaza implícita en esa situación. Libertad de expresión y opinión pública, aunque todavía no plenamente desarrolladas y maduras, cumplieron funciones importantes: influir en las decisiones de la sociedad, comunicar a los hombres y enderezar la vida en común, expresar una reacción ante la situación social y formular su juicio sobre ella, reflejar las grandes corrientes de pensamiento y de vida, de legítimos intereses y libertades, de exigencias de justicia y de rectitud que existen en la sociedad, frente a la injusticia y la desigualdad que oprimen al pueblo. Se refirió a situaciones concretas, no proclamó verdades universales. Habló del pasado para centrar el presente y para construir el futuro, para descubrir la realidad del momento y anunciar la oportunidad de un nuevo comienzo. Clamó por la integración de todas las esferas de la vida, en la justicia, en el servicio de los gobernantes a su pueblo y en la fidelidad a los principios. Y esto, a pesar de los errores y de los excesos con que se manifestó muchas veces, inclusive de la ira y aun de la bajeza en que alguna vez llegó a caer. Así fue en México la expresión de la opinión pública el 6 de julio de 1988 y en los meses siguientes, y así cumplió su función, aunque no logró remediar su si155


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tuación de fondo. La política autoritaria, la injusticia y la pobreza siguieron igual. Algo semejante, pero todavía más profundo, fue el alzamiento de los indígenas en Chiapas, seis años más tarde, el primero de enero de 1994. Fue el clamor de los pobres, que llegó implacablemente hasta los oídos de los poderosos. Los indígenas de México llevaban cinco siglos de pedir, de exigir, de querer ser parte de la nación y de sus beneficios. Nadie les hizo caso, hasta que soltaron un balazo. Y entonces cobramos conciencia de que había indígenas en México, de que eran seres humanos y mexicanos, de que tenían derecho de comer y de vivir. Su grito, en forma de balazo, sacudió a la nación y creó conciencia en muchos, inclusive en el mundo. Y, como el grito del voto en 1988, también el grito del balazo fue sofocado. Miles de engaños, de promesas no cumplidas, de falsos diálogos, de represiones y de cercos militares, de matanzas paramilitares, de amenazas, de persecuciones, de propaganda, de desgarramientos de vestiduras porque de pronto aparecían unos indios atravesados en el Tratado de Libre Comercio y en el neoliberalismo recién estrenado, fueron agotando el impacto, la verdad y el sentir de los mexicanos. Se les quiere vencer por desesperanza, por agotamiento y por inanición, por dolor del cuerpo y del alma. El levantamiento indígena tuvo semejanza con la voz de los profetas en otros tiempos y revivió sus acentos: Sepan, hijos de Israel, que Yavé tiene un pleito pendiente con ustedes, porque no encuentra en su país ni sinceridad ni amor. Sólo hay juramentos en falso y mentiras, asesinato y robo, adulterio y violencia, crímenes y más crímenes. Por eso todo el país está de duelo y están deprimidos sus habitantes. (Oseas, 4). Ay de ustedes, que transforman las leyes en algo tan amargo como el ajenjo y tiran por el suelo la justicia. Ustedes odian al que defiende lo justo y aborrecen al que dice la verdad.

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Ustedes han pisoteado al pobre, opresores de la gente buena, que hacen perder el juicio al pobre. (Amós, 5) Lo mismo vale en el terreno religioso y en la esfera de la Iglesia, como sucedió durante el Concilio Vaticano II. Su función peculiar y única en la Iglesia no ha terminado ni puede terminar. La opinión pública, a partir de una auténtica libertad de expresión, como la libertad de los profetas, interviene en la vida social, política, religiosa y eclesiástica por la fuerza de su propia palabra, que debe entenderse a partir de la situación histórica que vive y en la que se condiciona. Desde ahí trata de crear otra situación consciente y apremiante. Es una llamada para el futuro a partir del presente. La opinión pública, como hizo el profetismo, rescata la tensión entre la norma universal y el imperativo concreto. Es la interacción entre los que mandan y los que obedecen, relación permanente y correctivo crítico entre ambos. Impide que la práctica de la fe y de la moral cristiana se encapsulen en lo privado de la conciencia y de la vida. Al igual que los profetas, la opinión pública, que supone la libertad de expresión, no procede a través de reflexiones sociológicas, políticas, filosóficas o teológicas. Parte de su propia experiencia de la vida concreta, sobre todo en relación con el poder y con la justicia social. Mientras existan el Estado, el poder, la autoridad o el liderazgo de cualquier tipo, si es una sociedad sana en la que hay libertad de expresión, habrá opinión pública para servirles de control crítico. Ella denuncia los casos concretos y los juzga, sin apelar a un poder que le haya sido transmitido ni a un conocimiento aprendido. Lo hace porque los vive y le afectan. Se asocia con la existencia, no con el poder legal, ni con el poder religioso o eclesiástico, ni con el poder discursivo. Pone nombres, señala culpables, sorprende a la persona en sus propios actos. Como los profetas, hace alusión a la ética social: bajos salarios, venalidad de los jueces, parcialidad de los tribunales, despi157


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dos injustos, arbitrariedad e injusticia de los ricos y de los poderosos, opresión de los pobres, situaciones invivibles. La opinión pública reacciona, sobre todo, donde se tuerce el derecho, donde se pervierten los valores de bien y de mal, donde impera la mentira, donde se extravía a los débiles, donde falsean las normas los responsables que las representan y, en las iglesias, donde se hacen sacrificios que son sacrilegios, donde el culto no responde a una vida acorde con la justicia. Por eso la opinión pública nos incita a ver los acontecimientos que van tramando nuestras vidas y la historia de nuestro tiempo con una mirada de vigilancia y de crítica. Habla de los elementos que nos son habituales: el precio del aceite, de las medicinas y de las tortillas, la contaminación del ambiente, los embotellamientos de tránsito, las mansiones de los poderosos, la negligencia de los responsables en el estallido de la central de gas, los desechos petroleros que matan las cosechas y hacen estéril la tierra, las comitivas presidenciales en los viajes al exterior, el bloqueo de las calles para que pase un personaje o un simple funcionario político, la brutalidad de los policías, el agua de riego que se apropia el poderoso para su rancho, la violencia callejera, el fraude electoral, las transas de los partidos políticos, el poder incontenible del narcotráfico, los pederastas, las fortunas de los gobernadores y de los hijos de los altos funcionarios, los obispos mundanos o autoritarios o cerrados de mente o simplemente ignorantes, incultos, y las mil cosas que afectan en la vida cotidiana. Muchas veces se expresa ----como la palabra profética---- a través de signos ambiguos, porque también en ella, como en todo lo humano, hay egoísmo, inmadurez, intereses ilegítimos, pasiones descontroladas. La opinión pública auténtica, por su propia función, no siempre busca agradar, ni tranquilizar, ni ser optimista, ni ver el lado bueno de las cosas. Por lo común, busca, más bien, inquietar y provocar. Es inconforme. Compara la realidad que se vive con la realidad que se podría y que se debería vivir. Cuando es manipulada, busca el halago cortesano. Cuando es verdadera, no teme los señalamientos con158


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cretos y los enfrentamientos con el poder. Invita, incluida la Iglesia, a la reflexión sobre el uso real que se hace del poder, y denuncia su abuso. En la vida de la Iglesia también se dan los dos ámbitos que reprochaban los profetas. En uno ----vida cotidiana, social, económica, profesional---- se siguen los impulsos, las codicias, los miedos, los deseos y los caprichos, como si no existieran los mandamientos de Dios ni las exigencias de la fe. En el otro ----el ámbito departamentalizado de la religión---- se es piadoso, se frecuenta el culto, se da limosna, se alaba a Dios y se asegura y se justifica el botín arrebatado en el primer ámbito. Ahí, la religión sirve de consuelo personal y de coartada. El templo se convierte en guarida. Dios no toca la vida, pero se le quiere comprar con actos de culto y de piedad. Culto hipócrita y torpe que no toma a Dios en serio. Éste es también terreno de la opinión pública, siempre que en la Iglesia nos topemos con esta falsedad de la religión, siempre que jerarcas y cristianos se aseguren a sí mismos en la posesión de la ley y de la ortodoxia, siempre que el templo sea objeto de mal uso, siempre que la ley se convierta en casuismo y se coloque por encima del hombre o contra el hombre. La opinión pública, entre otros, tiene el encargo de advertir y de amonestar a los gobernantes. Se ocupa de la justicia. Si el gobierno se aparta de su camino, la opinión pública puede ser iracunda, como los machetes de Atenco. Los jerarcas no deberían ser inexpugnables en sus palacios de gobierno. La historia muestra que también a la Iglesia le han faltado el sentido de la justicia y la preocupación por lo social. No siempre ha sabido enfrentarse a los poderes que aplastan al pueblo y también ha sucumbido ante ellos. Ha recurrido a Dios para justificar su poder y sus ambiciones. Pero Dios no es lo que los hombres quieren hacer de él. El comportamiento público con respecto a Dios, con respecto al poder, al dinero y a la sociedad, con respeto al hombre, sobre todo al que está más abajo, es terreno de la opinión pública dentro de la Iglesia. La palabra de la opinión pública no es la disertación teológica sobre el contenido de lo revelado por Dios. Como la palabra de Jere159


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mías y de Jesús, el profetismo de la opinión pública es un acontecer vivo, que unas veces es alegría y gozo, y otras veces es denuncia y golpe. No pretende ----ni es su función---- la precisión teológica o ideológica. Unas veces edifica y otras veces destruye. Se refiere al proceso en su conjunto. Es una palabra determinada que se refiere a situaciones y a personas concretas. Es una palabra con destino, fechada, situada, que responde a la vida, a la historia, a las personas, a los acontecimientos y a las situaciones reales. Está unida a la historia y al momento, y se entiende a partir de allí. No puede traducirse en una doctrina. Es una dinámica que actúa en el acontecer. Vive los acontecimientos bellos y dolorosos, porque es palabra que surge, en último término, del pueblo, y lo padece todo con su ser y con su vivir. Hay un paralelismo y una coincidencia de funciones entre el profetismo y la opinión pública. Si el pueblo de Dios participa del don profético de Jesús, la opinión pública es hoy un modo de ejercer el profetismo en la sociedad y en la Iglesia. No es una institución. Pero se presenta, dentro de la religión institucional, como una instancia crítica de las situaciones religiosas y sociales, como una interpretación de los acontecimientos, como una interpelación al poder, como un juicio de lo que se vive. Crea, por su crítica social, una nueva situación que implica prospecto de futuro. No se queda en doctrina teórica, sino que debe hacerse realidad. Las preguntas que permanecen son si puede hablarse en la Iglesia actual de profetismo, de libertad de expresión y de opinión pública; si se reconoce en la Iglesia la posibilidad de la acción profética en sí y de la acción profética y ciudadana de la opinión pública; si no se rechaza como irreligiosa la crítica profética de lo religioso, de lo institucionalizado y de lo tradicional; si no se reprime la crítica dentro la Iglesia y en referencia al uso que en la Iglesia se hace del poder. Habría que preguntarse si en la Iglesia se reconoce la crítica como ingrediente intrínseco de la religión. El profetismo es un constitutivo religioso para la historia sagrada del Antiguo y del Nuevo Testamento. En la Iglesia debe darse lo pro160


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fético, porque ese carisma (vocación, cualidad, misión específica) pertenece a su esencia, a pesar de todo lo institucional. Ese carisma no se suprime porque deba atenerse al orden de la Iglesia ----tantas veces en situaciones de alta tensión----, porque ese orden de la Iglesia no es otra cosa que la participación en el profetismo del mismo Jesús. El carisma profético, por esencia, es libre. La opinión pública, por esencia, también es libre. El carisma profético, como la opinión pública, está en la Iglesia al servicio de la actualización del mensaje de Jesús, en las situaciones variables del tiempo. Es autor de renovación religiosa, crítico de la Iglesia y de la sociedad en las que vive y participa, anunciador de nuevas tareas, control limitante del poder. Se llame o no se llame a esto profetismo y opinión pública es cosa que no tiene importancia. Son sus funciones. Pero no es su función anunciar principios generales que se apliquen a casos concretos, porque su carácter es la eficiencia creadora de las decisiones históricas. Puede haber, hay y ha habido en la Iglesia represión del profetismo y de la opinión pública. Basten como ejemplos el silenciamiento de teólogos latinoamericanos y europeos, y aun de varios obispos, y el cierre de revistas católicas libres. Las denuncias publicadas han sido muchas. Pero el sacerdote ----y con él el cristiano---- es esencialmente predicador de la palabra, no mero funcionario administrativo del culto. Su esencia parte de lo profético, no de lo cultual. Vayan por el mundo entero predicando la buena noticia a toda la humanidad [...] Ellos se fueron a predicar el mensaje por todas partes. Mc. 16: 15, 20.

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a libertad de expresión y de crítica no son nuevas en la Iglesia. Su ejercicio ha sido constante, a pesar del espesor de la historia en ciertos periodos, como en la época del cisma de Occidente. Siempre ha habido cristianos que encontraron en el evangelio la libertad para hablar de frente a los papas y a los obispos. El 9 de septiembre de 1899, el papa León XIII escribió la carta Depuis le Jour a los obispos de Francia sobre la educación de los seminaristas y sobre el modo como debe conducirse el clero en sociedad. Les dice:

L

El historiador de la Iglesia será tanto más fuerte cuanto más leal fuere en no disimular ninguna de las pruebas a que las faltas de sus hijos, y a veces hasta de sus ministros, han hecho sufrir a esta Iglesia de Cristo en el curso de los siglos. En este sentido, es interesante conocer lo que han dicho los santos canonizados. En estos tiempos nuestros, no son pocos los que piensan que la Iglesia necesita una reforma seria y que las autoridades eclesiásticas no deben cerrarse más a esa reforma. Alegan que la Iglesia es santa y, en consecuencia, intocable. Alegan que la tradición ha esculpido a la Iglesia en la forma que hoy tiene y que no debe cambiar. Lo que decía Gregorio XVI: la Iglesia es monárquica porque siempre lo ha sido y porque siempre lo será. Sólo olvidan que el Evangelio es anterior a todo eso y que el mensaje de la Iglesia es el Evangelio. Y que 163


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es el Evangelio el que siempre ha estado y estará ahí para cuestionar a la Iglesia y a su jerarquía, por incómodo que le resulte. Por eso es interesante escuchar a los santos y darse cuenta de su libertad de expresión y de crítica, como rasgo cristiano.1 San Bernardo al papa Eugenio III: Vuelvo a mi tema: ¿cómo es posible que los despojos de las iglesias los compren todos los que te adulan? La vida de los pobres sembrada en las plazas de los ricos, la plata brillando en el lodo. Allá corren todos, y no se la lleva el más pobre, sino el más fuerte. Yo sé que no empezó contigo esta costumbre ----mejor diría esta cochambre----, pero ojalá que al menos se termine contigo. Y, sin embargo, tú, el pastor supremo, apareces en público vestido de oro y rodeado de lujo. ¿Qué van a entender las ovejas? Ya ves cómo luego se pone a hervir todo el celo de los eclesiásticos para defender su dignidad. Ten en cuenta que la Iglesia romana es de Dios, aunque la presidas tú. No eres tú señor de los obispos, sino uno de ellos. San Bernardo, en el año 1125: Hablaré, aunque me tacharán de atrevido; pero diré la verdad. ¡Cómo se ha entenebrecido la luz del mundo! ¡Cómo se ha vuelto insípida la sal de la tierra! Aquellos que con los ejemplos de su vida debían ser guías y faros de nuestra vida, nos ofrecen, al contrario, ejemplo de soberbia en sus obras y se han vuelto ciegos y guías de ciegos. ¿Qué espejo de humildad es ese que nos muestran cuando pasan rodeados de tan grandes procesiones y cabalgatas, con lacayos de largas y peinadas pelucas y tantos cortejos que no parece sino que con el séquito de un abad se podrían formar dos cortejos para dos distintos obispos? Mentiría si dijera que no he visto a un abad que llevaba en su segui1 José Ignacio González Faus, en su libro La libertad de palabra en la Iglesia y en la teología. Antología comentada, hace una extensa recopilación de este tipo de textos. De ahí está tomados los que aquí aparecen. (Sal Terrae, Santander, 1985.)

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miento más de sesenta cabalgaduras. Al verlos, no dirías que pasaban por ahí abades de monasterios, sino castellanos y príncipes; no pastores de almas, sino señores de provincias. San Bernardo formulaba este principio: La Iglesia brilla en sus paredes, pero está necesitada en sus pobres. Cubre de oro sus piedras y deja sin vestidos a sus hijos. Daniel Rops, escritor francés e historiador de la Iglesia, comenta:2 Fue un signo de la grandeza de aquella época que los poderosos toleraran semejante lenguaje. No podemos imaginar a uno de nuestros déspotas modernos que oyera elevarse una voz como aquéllas y no la ahogara de inmediato. La jerarquía de entonces tuvo la habilidad de reconocer lo justificado de las críticas y de tomarlas en cuenta. Aquel movimiento reformador se convirtió de hecho en la sangre vital de la Iglesia, porque los papas asumieron su responsabilidad. Santa Catalina de Siena arremete contra la buena vida que se dan los ministros de la Iglesia: Aman a sus súbditos tanto cuanto les pueden saquear, y no más. Gastan los bienes de la Iglesia en vestidos caros, en andar con trajes delicados, no como clérigos y religiosos, sino como señores y galanes de corte. Procuran tener buenos caballos y mucha vajilla de oro y plata. Nunca corregirán al que está en puesto elevado, aunque tenga mayores defectos que un inferior, por miedo a comprometer su propia situación o sus vidas. Reprenderán al pequeño, porque ven que éste no puede hacerles daño ni quitarles el cargo. Así cometen injusticias por 2 Daniel Rops, t. III de su historia de la Iglesia, versión inglesa, Cathedral and Crusade, vol. I, Doubleday Image Book, New York, 1957, p. 154.

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un miserable amor propio. Deberían buscar a los humildes y a los pobres, pero eligen a los que buscan las prelaturas con engañosa soberbia. Santa Brígida, sueca residente en Roma, finge que le habla la Virgen María: Yo le avisé al papa Gregorio [XI] que debía trasladar su sede a Roma; pero algunos consejeros le han persuadido de quedarse donde está, y esto por amor carnal a sus parientes y amigos y por delectación y consolación mundana. Oiga lo siguiente: si quiere tenerme por Madre, debe retornar a Roma inmediatamente, sin dilación alguna y con rapidez, de modo que en marzo, o a lo más tarde a principios de abril, tiene que estar personalmente en la urbe o a lo menos en Italia. Y, si en esto no obedece, sepa que nunca más volverá a gozar de mis palabras ni de otra visitación y consolación mía. (Año de 1371.) En otra ocasión, finge que le habla Cristo: Escucha, papa Gregorio [XI], ¿por qué me odias tanto?, ¿por qué eres tan audaz y tan pretencioso contra mí? Tu curia de la tierra saquea mi curia del cielo. Y tú, soberbio, me despojas de mis ovejas, te apropias y recibes injustamente los bienes de mis pobres para repartirlos indecentemente entre tus ricos. ¿Por qué han de reinar en tu curia la mayor soberbia, la insaciable codicia y la lujuria que abomino? Guillermo de Auvernia, obispo de París, teólogo importante del siglo XIII: La Iglesia parece más bien un carro de batalla del faraón, que no de Dios, pues marcha hacia el abismo de las riquezas y de los placeres y incluso de los pecados. San Pedro Damián, cardenal (1007-1072): 166


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Cada día comida con príncipes o banquetes de bodas, y el resultado es que aquello con lo que deberían aliviarse los pobres lo disfrutan los portadores de bandejas apetitosas. Mientras el obispo tendría que ser el repartidor y la despensa de los pobres, son otros los que eructan en sus bien surtidas mesas, mientras los verdaderos dueños son echados lejos a pudrirse de hambre y de escasez. Aunque hay muchas cosas que me desagradan en los obispos de hoy, lo que me parece más intolerable es que algunos desean los honores eclesiásticos con el anhelo ardiente y luego se meten en la clientela de los poderosos tan vergonzosamente como si fueran esclavos vendidos a ellos. ¿Quién puede soportar que hoy los cargos eclesiásticos se entreguen a uno que, para hacer carrera en la Iglesia, abandona a su iglesia? San Ignacio de Loyola: Sólo hacen falta tres cosas para que un papa cambie al mundo: que reforme su propia persona, que reforme su casa y familia, y que reforme la corte de los cardenales. San Antonio de Padua, portugués, nacido en Lisboa en 1195, canonizado en 1232 por Gregorio IX, declarado doctor de la Iglesia por Pío XII en 1946. Son muchos los sermones en que critica a miembros de la jerarquía eclesiástica, recopilados en la colección Sermones dominicales et in solemnitatibus. Esto dice en un sermón del domingo de Ramos:3 Le dice el diablo al prelado lo que el rey de Sodoma a Abraham en el Génesis: ‘‘Dame las almas, lo demás, es decir, la lana, la carne y la leche, cógelo para ti’’. El diablo y el tirano secular hacen con los prelados de nuestro tiempo lo que los lobos con los pescadores de la laguna Leontina. Se cuenta que vienen los lo3

El ateísmo contemporáneo [enciclopedia del ateísmo], vol. IV: ‘‘El cristianismo frente al ateísmo’’, Cristiandad, Madrid, 1973, p. 264. Cita la recopilación de los sermones de san Antonio: Sermones dominicales et in solemnitatibus, de A.M. Locatelli.

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bos a los sitios cercanos de los pescadores, y si les dan peces, no los perjudican; pero si no les dan, rompen las redes cuando las extienden en tierra para secarlas. Lo mismo los prelados de la Iglesia dan al diablo los peces, es decir, las almas, y los bienes eclesiásticos al tirano secular, para no impedir ni romper las redes de su negocio y de sus embrollos temporales y la conexión de su parentela. Son muchas las citas de eclesiásticos irreprochables, muchos de ellos canonizados, que pueden recordarse. La libertad de su crítica y de su expresión fue ejemplar y es todavía una inspiración. Las realidades a que se refieren los múltiples sermones críticos de san Antonio no mejoraron después de su muerte. Al contrario, la Iglesia empeoró en la segunda mitad del siglo XIII. Los pontificados de Celestino V y de Bonifacio VIII acabaron en fracaso. Después vinieron los sesenta años de residencia pontificia en Avignon y los cuarenta del gran cisma de Occidente. Fue la época de los grandes críticos de la Iglesia. En nuestra época, en pleno auge de la modernidad y de su revolución a nivel mundial, la potencia espiritual de la Iglesia, la vivacidad de su espíritu evangélico, la libertad de expresión de los cristianos no están a la altura de las circunstancias, muy a pesar de los impulsos de Juan XXIII, de Paulo VI y del Concilio Vaticano II. Hoy no existe esa lucidez valiente y libre que por tantos siglos se practicó en la Iglesia, cuando no existían ni Inquisición ni censura, cuando la libertad no admitía censores, porque amaba a la Iglesia y se sentía responsable por ella. Tomás de Iriarte, fabulista, escribió este poema, que le costó conflictos con la Inquisición y que resume la idea: Tuvo Simón una barca no más que de pescador y no más que como barca a sus hijos la dejó.

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Mas ellos tanto pescaron e hicieron tanto doblón que ya tuvieron a menos no mandar buque mayor. La barca pasó a jabeque, luego a fragata pasó; de aquí a navío de guerra y asustó con su cañón. Mas ya roto y viejo el casco de tormentas que sufrió, se va pudriendo en el puerto ¡lo que va de ayer a hoy! Mil veces lo han cercenado, y al cabo será mejor desecharle y contentarnos con la barca de Simón. Anthony de Mello:4 Una sociedad que domestica a sus rebeldes ha conquistado la paz, pero ha perdido su futuro. Dice el Concilio Vaticano II: El pueblo santo de Dios participa también del don profético de Cristo. Cristo, el gran profeta, cumple su misión profética no sólo a través de la jerarquía, que enseña en su nombre y con potestad, sino también por medio de los laicos a quienes, por ellos, 4

El canto del pájaro, Sal Terrae, Santander, 1982, p. 197.

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constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra,5 para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana, familiar y social. Pero que no escondan esta esperanza en la interioridad del alma, sino que la manifiesten en conversión continua y en la lucha contra los dominadores de este mundo tenebroso.6 Juan Bautista, como los profetas de antaño, traduce la ley en términos de existencia vivida. Jesús, el profeta supremo, de quien dan testimonio todos los profetas, reasume su crítica. Severidad contra los que tienen la llave pero no dejan entrar. Ira contra la hipocresía religiosa. Clarificación de una herencia espiritual enmarañada, en la que ya no es fácil distinguir los valores ni las líneas maestras. Purificación del templo. Culto perfecto después de la destrucción del templo material. Jesús asume la tradición profética. Los profetas son inconformes. Comparan la realidad que es con la que podría y debería ser. Tienen desinterés, franqueza, ira, valentía, que son prueba de su sinceridad. Dice Jeremías: Hagan justicia cada mañana y salven al oprimido de mano del opresor, so pena de que mi cólera brote como fuego y arda y no haya quien la apague. La libertad de expresión no puede nunca disolverse en una doctrina. Sus palabras actúan en su tiempo y se hacen inteligibles a partir de su tiempo. La fuerza de esa palabra, su energía destructora o constructiva, es una dinámica que actúa en el acontecer histórico, tal como hoy se desarrolla en el ámbito de las comunicaciones modernas.

5 6

Hechos de los Apóstoles 2, 17-18; Apocalipsis 19, 10. Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, núm. 35.

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CONCLUSIÓN

na de las objeciones que se esgrimen contra la opinión pública y contra la libertad de investigación, de pensamiento y de expresión, es que se crearía en la Iglesia una torre de Babel. Allí asoma la añoranza de otras épocas de cristiandad, cuando los hombres se entendían en una sola y única lengua, si es que alguna vez ha existido esa única lengua. Esta objeción implica una interpretación de la unidad de la Iglesia, de los cristianos ----quizá de todos los hombres----, como unidad en la doctrina, en la ortodoxia, en el pensamiento y en la obediencia. Sería la unidad vertical a partir de la autoridad y creada por ella, como es creada por ella la comunidad misma. La autoridad sería el criterio de la verdad, la dirección de la marcha y el elemento que aglutina y que une. Sólo a partir de la autoridad no se daría una torre de Babel. Sin la autoridad o fuera de la autoridad sólo se dan la confusión y la multiplicidad de lenguas. Pero la unidad evangélica no está allí. Está en el amor, en la fraternidad, en la justicia y en la libertad de los hijos de Dios. Eso es lo que une, lo que vincula y lo que iguala. Los hombres no hablan lenguas diferentes porque piensan distinto en determinados aspectos doctrinales, sino porque no se aman, porque se oprimen, se explotan y se dominan los unos a los otros. La unidad evangélica es amarse unos a otros, no pensar igual. La gran lección de la torre de Babel1 es que los hombres no pue-

U

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Francisco López Rivera, Biblia y sociedad, CRT, México, 1977.

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den realizar entre sí la verdadera unidad sin contar con Dios. El hombre no tiene ni la capacidad ni la fuerza para conservar la unidad. Todo esfuerzo unitario que no cuente con Dios terminará irremediablemente en la dispersión. Sobre todo, si el esfuerzo se apoya en la violencia, en la injusticia y en la cancelación de la libertad humana. En ser como dioses en vez de ser como hermanos. La torre de Babel, en el contexto bíblico, continúa la reflexión del paraíso terrenal, donde los hombres quisieron erigirse en dioses, ser dueños del bien y del mal, ponerse en lugar de Dios. Eso se tradujo necesariamente en una actitud hacia el hombre, que se simboliza en la torre de Babel, como signo del poderío mundial, como lugar donde los hombres se erigen en dioses, como altar donde se yerguen sobre los demás hombres y adoran sus ídolos de muerte. La construcción del imperio mundial es una empresa gigantesca que sólo puede llevarse a cabo violentando los derechos humanos. La torre es el símbolo de aquella misma pretensión humana de dominar el cielo y de realizar la unidad humana por la fundación de grandes imperios, por el dominio y por la fuerza. La torre de Babel es un veredicto sobre la megalomanía humana de alcanzar la unión y la paz mundiales por medio de la explotación del mundo y por medio del poder sobre la humanidad. Lo hemos oído muchas veces en nuestra época: ‘‘La paz por medio de la fuerza’’. Adolfo Hitler, José Stalin, Richard Nixon, Henry Kissinger, Ronald Reagan, Augusto Pinochet, Harry Truman, George Bush, las dictaduras latinoamericanas y africanas, las transnacionales, el neoliberalismo, el dominio del dinero. Esa civilización secular del poderío está condenada al fracaso. Lo que causa las rivalidades y la separación de los hombres es el orgullo del hombre. Por eso se hablan diferentes lenguas. Es el alejamiento del hombre con respecto a Dios y con respecto al hombre. Su pretensión de ser como Dios. Ahí es donde están la desunión y la dispersión de lenguas, no en el pluralismo de opinión ni en la libertad de pensamiento y de expresión. Por esa razón, Pío XII, Juan XXIII y Paulo VI intentaron abrir a la Iglesia a la opinión pública y al pluralismo ideológico. 172


CONCLUSIÓN

Es lo que ha vivido la humanidad y es lo que vivimos en el siglo que acaba de terminar. Esfuerzos imperialistas que se basan en la explotación y en el dominio de los pueblos más débiles, en una pseudounificación que no es sino embrollo, división, odio, violencia, cancelación arbitraria de derechos, dominio. La construcción de los grandes imperios se basa, por su misma naturaleza, en el interés de pocos hombres a costa de otros muchos hombres. Así cayeron, uno a uno, todos los imperios, entre ellos, el español, el inglés y el soviético. Así caerá el estadounidense. Allí es donde están la desunión y la dispersión de lenguas, no en el pluralismo, ni en la libertad de pensamiento y de expresión que Pío XII, Juan XXIII y Paulo VI intentaron débilmente abrir en la Iglesia. ‘‘Somos pluralistas porque somos católicos’’, dijo Paulo VI. Es clara la idea de los documentos pontificios y conciliares citados antes. Nadie, ni siquiera la Iglesia, posee la verdad en este mundo. Todos avanzamos penosamente en busca de la verdad, incluyendo a la Iglesia. Así dijo Paulo VI. Pretender que todos hablemos una misma lengua implicaría la posesión de la verdad. O su imposición. Por eso insisten los tres papas en el derecho que todos y cada uno tienen a su verdad, a su opinión y a poder expresarse plenamente. Éste fue el sentido de la abolición del Índice de Libros Prohibidos y de la censura. Juan XXIII declaró inalienable el derecho del hombre a su opinión, a su expresión libre, a una información completa y a que no se reprima ni se oculte la verdad que cada quien posee, parcial como la de todos los demás. Eso es poner la unidad donde verdaderamente está. Si se compara el Syllabus de Pío IX con la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo de Hoy, del Concilio Vaticano II, la diferencia de doctrina y de interpretaciones no puede ser más dramática. Y ambos son documentos oficiales de la Iglesia docente. Dos lenguas, dos mundos aparte. Pero no es la torre de Babel, porque no es allí donde está la confusión. Los hombres de hoy no estamos destinados a ser meros receptores del pensamiento y de las instituciones de los antiguos, que nos heredaron un mundo establecido como ellos lo quisieron hacer. To173


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das las generaciones tienen el derecho de pensar por sí mismas, de juzgar el mundo que recibieron, de crear y de ser imaginativamente responsables de su propio mundo y de su época. No somos meros repetidores de generaciones pasadas. Cada generación, cada época, cada cultura buscan, dentro de la Iglesia, reinterpretar y readaptar el Evangelio a su propio mundo, buscan su manera de llamarle padre a Dios, de entender a Jesucristo, de vivir la religión y de relacionarse con lo sagrado. Y tienen derecho de pensarlo, de decirlo, de crearlo y de luchar por ello. Eso es opinión pública, la relación crítica y el equilibrio entre el poder y la sociedad. Ni en la iglesia ----ni en la sociedad civil, para el caso---- se reduce a denunciar ni tampoco a cumplir un papel social. No pretende competir, ni ganar puntos, ni triunfar en pequeñas batallas, sino hacer avanzar el proceso general. Por eso exige que su expresión sea verdaderamente pública. Una de sus consecuencias sería la creación de un nuevo lenguaje religioso que supere las formas actuales. Las experiencias que hemos vivido como hombres y como cristianos en el siglo XX ----mundiales, latinoamericanas, mexicanas y eclesiásticas---- en todos los órdenes de la vida, han producido ya expresiones y prácticas muy diferentes, que se han convertido de hecho en fuente de opinión pública, abierta o clandestina. Están tomando cuerpo nuevas formas de expresión cristiana, que revelan lo discutible del lenguaje religioso todavía en boga. No es fácil la tarea de la opinión pública. Tampoco es fácil reformular la expresión cristiana. La comunidad es el lugar propio de esa reformulación; pero la conciencia individual y comunitaria todavía es muy dependiente de las formas y de los contenidos heredados o impuestos. La opinión pública no es falta de respeto. La madurez de un niño que se convierte en hombre nunca puede ser considerada como falta de respeto. La Iglesia es también una institución histórica y un grupo social. No es inadecuado estudiarla como tal, puesto que también pertenecemos a ella como tal. Por ser un grupo social, por tener una historia y por mantener instituciones concretas, condiciona ----en favor o en contra---- el cumplimiento de su misión esencial. Los enfoques científicos o sociológicos y la expresión de la opi174


CONCLUSIÓN

nión pública no pueden captar todo lo que es la Iglesia, pero mucho de lo que es y de lo que ha sido se explica allí y allí repercute. Por eso la opinión pública debe ejercerse con respeto, pero sin complejos. En una de sus alocuciones de los miércoles, Paulo VI afirmó: ¿Quieren ser personas de nuestro siglo y gente despierta? Esfuércense por obtener las informaciones útiles para la vida. No permanezcan en la ignorancia y en la apatía. No sean ovejas que caminan con la cabeza baja. El camino es dar la cara a la verdad, es vencer el miedo a enfrentarse con la verdad y a asumir plenamente la libertad. Por ahora, todavía, hay que hacer cálculos sobre qué se puede buscar, pensar y decir. Todavía hay miedo a que el pueblo de Dios hable y se exprese más allá de lo que está codificado y convertido en norma; miedo a tratar abiertamente muchas cuestiones que afectan la vida cristiana y humana ordinaria. Todavía no es diáfana nuestra lucha por la verdad. Pero la verdad libera y el miedo encadena y oprime. Hemos escondido nuestra palabra viva, la que expresa lo que somos y lo que queremos ser, la verdad de nuestra vida y una imagen de Iglesia que resulte creíble. Es fácil imaginar que los deseos son realidad. Es fácil presentar imágenes ideales que no responden a la vida. Una cosa es lo que la Iglesia dice de sí misma y otra es lo que es. La opinión pública y la expresión libre dicen lo que la Iglesia es. La Iglesia ha ido sistematizando su realidad en fórmulas, como claves del pensar, del hacer y del valorar. Ha hecho así su propio mundo aislado, perdido muchas veces en abstracciones filosóficas. La opinión pública, en cambio, se enraíza en la tierra y nace de la realidad que se vive; crece desde la base y expone lo que mayoritaria y libremente forma la discusión y la reflexión que se nutren de la acción y de la vida. No se atiene a las líneas de pensamiento obligatorio en las que todos deben unificarse y por las que todos deben marchar. Rechaza la dependencia, no obedece fórmulas, obedece a la vida. Su palabra es lo concreto de la historia que necesita la expresión libre.

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LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LA IGLESIA

Por eso, su lenguaje es de esperanza, porque no es extraño a los problemas de los hombres. No tiene pretensiones de eternidad definitiva. Está más interesada en el mundo que en la teología, en la historia que en las abstracciones, en los hechos que en los credos, en la expresión viva que en las fórmulas filosóficas o ideológicas. Se descubre en contacto con el pueblo. Rompe los falsos modelos que sólo sirven para expresar a las clases dominantes. No vive el cristianismo como una forma de pensar y de dar culto, sino como un actuar histórico preñado de hombres y de problemas. Es acción y reflexión, valoración y juicio, denuncia y anuncio. Su palabra es compromiso. La madurez en la fe, como la madurez en la vida y en la expresión, implica el desarrollo de la conciencia crítica, capaz de entender que el hombre puede y debe cambiar cualquier situación que no sea deseable. De ahí la necesidad de llegar a una conciencia política que perciba ese cambio como un compromiso, como una posibilidad y una urgencia de decisión personal, como una solidaridad con los demás hombres. Es decir, la necesidad de entender el Evangelio no como un mandato, sino como una transformación que en sí misma es radical. Habrá que vencer, por tanto, la conciencia religiosa mágica, que atribuye todo a un orden natural inevitable o a fuerzas inmutables y sagradas, y que vive su religión como una serie de actos culturales productores de santidad y de salvación, no como un compromiso personal con los hombres y con Dios, en la lucha cotidiana por vencer el mal del mundo, por crear el amor y por irse haciendo hermano de los hombres e hijo de Dios. Habrá que vencer la conciencia apática, que permanece indiferente, falta de energía y de voluntad, impotente ante los males del mundo y ante el sufrimiento de los hombres. Habrá que vencer la conciencia ingenua, que cándidamente ignora el mal del mundo y la injusticia humana, y se refugia en una nube color de rosa, porque las cosas y los hombres no pueden ser tan malos. Y habrá que vencer la conciencia convenenciera, que elude abrir los ojos y comprometerse, que juzga a conveniencia el bien y el mal para evitar la rectitud. 176


CONCLUSIÓN

Estas cuatro conciencias facilitan la dependencia infantil, la pertenencia pasiva y la inacción. La conciencia crítica, en cambio, examina las causas, provoca cambios, enjuicia, se pronuncia, se enfrenta, dice su verdad y se compromete. Está en la persona libre, educa para ser libre y orienta siempre hacia la libertad. Por eso milita contra el dominio del hombre por el hombre, contra el abuso de poder, contra el atropello de lo sagrado. Relativiza las jerarquías que son negación de la fraternidad. Cuando la autoridad se convierte en dominio, teme a la libertad, se refugia en el secreto y se erige en dueña de la verdad. Sólo la autoridad auténtica acepta sus límites. El poder autoritario, porque lo es, no sólo teme a la verdad, sino que teme al futuro. Por eso controla o cancela los canales de expresión. No quiere que la opinión pública le resulte incontrolable. Pero hay en la Iglesia quienes quieren vivir su compromiso histórico en el sentido de la esperanza, con una gran voluntad de cambio que desafíe las estructuras mismas de la sociedad en que vivimos. Para ellos han terminado los tiempos de la buena conciencia ante la situación de los pobres, ante la inhumanidad de la sociedad, de los ídolos que adora y de las justificaciones en que se ampara. Jesucristo no es, para ellos, un conjunto de piezas que cada quien arma como le viene en gana, ni una mercancía que se vende según la mercadotecnia particular, ni un ídolo intercambiable. Ésta es, inevitablemente, como lo fue de los profetas, una batalla de la libertad de expresión y de la opinión pública, que se pronuncia sobre el tema, porque es la lucha del hombre y por el hombre. Tendrá que ser una batalla dura. Posiblemente se exprese en el antagonismo a todo lo que les niega a los pobres el acceso a la dignidad humana, a la fraternidad con los demás hombres y a los bienes que les corresponden por su derecho de ser humanos. Quizá sea el antagonismo la única forma de expresión que les han dejado. De esta magnitud son la importancia y la necesidad de la expresión libre y de la opinión pública.

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ÍNDICE DE NOMBRES

Adeodato II, 114 San Agustín, 106 Alejandro III, 107 Alwater, Donald, 85 San Antonio de Padua, 167, 168 Arias, Juan, 115 Auvernia, Guillermo de, 166

Barsotti, Divo, 115 Bell, Daniel, 57 Benedicto XV, 18, 31, 52, 59, 121 Bensberger, Kreis, 105 Bernanos, Georges, 54 San Bernardo, 164, 165 Boff, Leonardo, 111 Bonifacio VIII, 168 Brain, Roger, 115 Bruno, Giordano, 53 Bush, George W., 172 Butler, Alban, 85

Calvi, Roberto, 50 Cardenal, Ernesto, 111 Casaldáliga, Dom Pedro, 43

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LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LA IGLESIA

Celestino V, 168 Comte, Augusto, 118 Cornwell, John, 111, 112 Cortés, Hernán, 42 San Cristóbal las Casas, 42, 85 Curran, Charles, 111

San Damián, 166 Darwin, Charles, 118 Domenach, Jean-Marie, 56 Drewermann, Eugen, 111 Duane, William, 45

Esteban III, 106 Eugenio III, 164

Fabro, Cornelio, 115 Foley, John, 111 San Francisco de Sales, 31, 46

Gabel, Émile, 49 Galilei, Galileo, 53 George, Charles H., 85, 86 George, Katherine, 85, 86 Giret, André, 108 Gregorio I, 107 Gregorio IX, 167 Gregorio XI, 166 Gregorio XVI, 29, 34, 35, 43, 44, 46, 121, 163 Gutiérrez, Gustavo, 111

Häring, Bernhard, 111

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ÍNDICE DE NOMBRES

Hitler, Adolfo, 152, 172

San Ignacio de Loyola, 167 Inocencio III, 114 Iriarte, Tomás de, 168 Isaías, 140, 152

Jeremías, 140, 145, 147, 149, 150, 151, 152, 153, 159, 170 Jesús de Nazaret, 13, 15, 16, 17, 18, 21, 24, 73, 88, 89, 106, 114, 121, 132, 136, 137, 145, 146, 147, 149, 153, 160, 161, 170 San Juan, 58 Juan Pablo I, 112 Juan XXIII, 14, 15, 29, 34, 35, 43, 45, 47, 54, 57, 58, 66, 69, 79, 89, 133, 168, 172, 173

King, Martin Luther, 87 Kissinger, Henry, 172 Klapper, Joseph, 76 Küng, Hans, 20, 111

León XIII, 29, 44, 46, 68, 88, 163 Levi, Virgilio, 55

Mandouze, André, 56 Marcinkus, Paul Casimir, 50, 112 Mello, Anthony de, 169 Moltmann, Jürgen, 122 Mott, Frank Luther, 44

Neher, André, 114, 123 Nicolás II, 107

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LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN LA IGLESIA

Nixon, Richard M., 73, 172

San Pablo, 106 Paulo VI, 15, 16, 18, 21, 22, 26, 27, 29, 35, 37, 40, 43, 45, 47, 54, 57, 58, 63, 64, 65, 66, 68, 69, 73, 79, 81, 89, 107, 110, 133, 168, 172, 173, 175 Pinochet, Augusto, 100, 172 Pío IX, 29, 44, 45, 52, 116, 117, 119, 132, 173 Pío VII, 110 Pío X, 30, 45, 46, 52, 59, 110, 116, 121 Pío XI, 31, 34, 43, 46, 68 Pío XII, 15, 22, 24, 25, 26, 27, 29, 31, 32, 34, 36, 43, 45, 48, 49, 51, 52, 54, 65, 69, 73, 89, 132, 167, 172, 173 Pohier, Jacques, 111 Pöll, Wilhelm, 76, 77 Prigione, Jerónimo, 135 Pulitzer, Joseph, 44

Rahner, Karl, 104, 117, 129 Reagan, Ronald, 172 Rops, Daniel, 165 Ruiz, Samuel, 85

Sayad, Abdelmalek, 23, 26 Schillebeeckx, Edward, 111 Schramm, Wilbur, 76 Stalin, José, 172

Teilhard de Chardin, Pierre, 53, 69, 122 The Observer (periódico), 111 Thurston, Herbert, 85 Traserra, Jaime, 109 Trotsky, Lev, 67 Truman, Harry, 172

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Ă?NDICE DE NOMBRES

Veuillot, Luis, 30, 46

Walesa, Lech, 55 Wojtyla, Karol (Juan Pablo II), 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 46, 52, 53, 55, 56, 59, 68, 73, 85, 107, 112

Yallop, David, 112

Zizola, Giancarlo, 55

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Conclusión, 171 Introducción, 13 Prólogo, de Vicente Leñero, 11 Bibliohemerografía, 185 Índice de nombres, 179 9 P RÓLOGO 11 Vicente Leñero...

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