

Sepia
Sepia y el poder de la tinta, Theresa Bell
Primera edición: octubre de 2025
Título original: Sepia und das Erwachen der Tintenmagie
Publicado originalmente por Thienemann-Esslinger Verlag GmbH, Stuttgart
Derechos negociados a través de Ute Körner Literary Agent uklitag.com
© del texto: Theresa Bell, 2025
© de las ilustraciones: Eva Schöffmann-Davidov, 2025
© de la traducción: Ana Isabel Pérez Real, 2025
© de esta edición: La Galera, 2025
Peu de la Creu, 4 – 08001 Barcelona lagaleraeditorial.com
Directora editorial: Pema Maymó
Editora: Anna López
Ilustración de cubierta: Anne-Lise Nalin
Diseño de la cubierta y maquetación: Laia Serch
Edición de mesa y producción: Neus Duran
Corrección: Andrés Prieto, Isabel Rosell
Impresión: Romanyà Valls
THEMA: YFH, YFC, YFB
ISBN: 978-84-246-7642-1
Depósito legal: B 13954-2025
Todos los derechos reservados al titular de los copyrights


Noche Perlada
Luna de hielo 1, primer mes del año
Daban las doce en punto de la noche cuando un carruaje desvencijado cruzó los límites de la ciudad de Pulgaria, atravesando un espeso mar de niebla que lo persiguió como un séquito de almas en pena. En lo alto del cielo, la luna brillaba como una moneda de plata. En la parte delantera del carruaje iba sentado un hombre huraño; detrás iba una niña cuya presencia era el motivo de su mal humor.
Un viento frío azotaba el cabello corto y negro azabache de Sepia, que se ciñó aún más la capa alrededor de los hombros. Apretó los dientes con obstinación y hundió la punta de los dedos en la bolsa de lino que contenía todas sus pertenencias: una muda, un par de gruesos calcetines de punto y una carta.
La carta había llegado al orfanato hacía exactamente cuatro semanas, dentro de un sobre negro de papel rígido y liso, cerrado con un lacre plateado. En él estaba representado un escudo de armas: en el centro había un libro con una S cursiva encima y una pequeña llama debajo. En el reverso solo habían escrito su nombre: Sepia. Un mensajero se la había entregado en el orfanato de la Ciudad Gris. Todo le resultaba de lo más extraño: alguien sabía que existía y cómo se llamaba; o al menos, conocía el nombre por el que la llamaban desde que tenía uso de razón. Había releído tantas veces la carta, impresa en un grueso papel hecho a mano, que era capaz de recitarla de memoria. Sin embargo, aún no comprendía su significado.
Sepia sacó la carta, completamente arrugada a esas alturas, y desdobló el papel con dedos entumecidos. Las palabras, escritas con tinta azul oscuro, resplandecían ante sus ojos y estaban impresas con la misma claridad y nitidez que tienen las inscripciones en las lápidas:
Pulgaria, Luna de tinieblas 1

Estimada Sepia:
Si estás leyendo esta carta, significa que pronto cumplirás doce años y te permitirán marcharte de la Casa Gris. Por ese motivo, quisiera invitarte a aprender el muy noble y honorable oficio de la impresión de libros. Será un placer para la Imprenta Silargentis darte la bienvenida como aprendiz. Puedo afirmar, sin pecar de falsa modestia, que conseguir una plaza en mi taller se considera un enorme privilegio y podría exponer una larga lista de motivos por los cuales deberías aceptar esta invitación.
Sin embargo, solo quiero mencionar uno: ¡Pulgaria te espera!
Muy atentamente,
Helios Atramentum
Imprenta Silargentis
Sepia contempló la carta. Desde hacía meses, las mismas preguntas le rondaban por la cabeza. ¿Cómo sabía ese tal Helios Atramentum cuántos años tenía? Los recuerdos de Sepia eran imprecisos; para ella no existía una época antes de la Casa Gris, ni una familia ni tampoco una fecha de cumpleaños. Como ocurría con todos los niños cuya fecha de nacimiento se desconocía, se establecía como tal el primer día del nuevo año. ¿Por qué ese tal Silargentis la había invitado precisamente a ella a ser su aprendiz? ¡A ella, que era tan hábil con las manos como un elefante en una cacharrería! Ella, que en el orfanato se había ganado el apodo de «Calamar» porque siempre tenía las yemas de los dedos manchadas de tinta, sin importar cuántas veces se lavara las manos. Sus ojeras enfermizas y su palidez espectral tampoco eran de gran ayuda para pasar desapercibida. Si algo había aprendido Sepia muy pronto en la vida era que valía la pena comportarse de una manera tan discreta que la ayudara a pasar desapercibida.
El interrogante más grande era solo una palabra: —Pulgaria —murmuró Sepia.
La famosa ciudad donde, al parecer, los libros y la tinta eran más valiosos que el oro. ¿Precisamente aquí, de todos los lugares del mundo, iba a tener la oportunidad de aprender el oficio de la imprenta?
El carruaje se adentró cada vez más por las sinuosas calles de la ciudad. Hacía mucho rato que habían dejado atrás el puerto y ahora las estrechas casas de entramado de
madera se alineaban una tras otra como libros en una estantería. Los tejados puntiagudos se erguían por encima de las casas. Sepia no había visto nunca tantos talleres, tiendas y negocios juntos. Olía a nieve y al fuego de las chimeneas. Las contraventanas de madera brillaban bajo la tenue luz de las lámparas de aceite y los rótulos metálicos con letras sinuosas de las tiendas chirriaban suavemente, mecidos por el viento. Por todas partes colgaban cortinas de color azul oscuro y estandartes. Ondeaban sobre los tejados y en los mástiles, y revoloteaban frente a las puertas como retazos de cielo nocturno.
—¿A qué se deben tantas banderas y cortinas? —preguntó Sepia en voz alta, más para sí misma que para el malhumorado cochero.
Este guardó silencio durante lo que pareció una eternidad, pero finalmente contestó:
—Hoy es Noche perlada, niña carraca. La primera noche del Año Nuevo. La gente cuelga telas delante de las puertas y las ventanas para que los espíritus permanezcan fuera de sus casas. Si lo que creen aquí es cierto, da mala suerte estar en la calle durante la Noche Perlada. Las puertas entre los mundos están abiertas.
Esas palabras hicieron que un escalofrío le recorriera la espalda de arriba abajo, y no solo debido al desagradable insulto del cochero. «Niño o niña carraca» era una forma cruel de referirse a los huérfanos. Los llamaban así debido al traqueteo que supuestamente hacían sus huesos al tiri-
tar de frío, lo cual era absurdo. La Casa Gris no era precisamente un lugar agradable porque todo era demasiado pequeño y estrecho, pero al menos allí Sepia nunca había pasado frío.
—¿Qué tipo de fantasmas? —preguntó Sepia.
—Eres demasiado curiosa, niña carraca —espetó bruscamente el cochero, pero siguió hablando. Quizá se había cansado de tanto silencio después de tres días—. Solo son supersticiones. Aquí todos están locos con su tinta y sus libros; creen que en la ciudad viven espíritus. En los canales y las grietas de los muros. Se supone que cuando termina el año, esos espectros de tinta se mueven libremente por la ciudad, por eso encienden velas y no se atreven a salir a la calle. Pero a mí no me asustan con sus historias, ¡tengo esto! —El cochero se sacó una cadenita antigua de debajo de la camisa y se la mostró. De ella pendía una vieja pata de conejo. Sepia hizo una mueca y él se guardó el talismán fulminándola con una mirada poco amigable—. No entiendo por qué el maestro te quiere precisamente a ti —volvió a gruñir para sus adentros—. En fin, pronto se dará cuenta de su error.
Sepia guardó silencio. No quería reconocerlo, pero temía que el cochero tuviera razón. Solo con pensarlo se sentía apesadumbrada.
De repente, el cochero detuvo el caballo con un resoplido. Se habían adentrado tanto en la ciudad, que hacía rato que Sepia había perdido el sentido de la orientación. Frunció el ceño al descubrir un letrero que anunciaba con
trazos arabescos «Callejón del Plomo». No sonaba muy alentador. El carruaje se balanceó al bajarse el cochero, cuyos huesos crujieron al estirarse:
—¡Eh! ¿Quieres echar raíces ahí arriba? ¡Baja, ya hemos llegado! —espetó enojado.
Sepia descendió del carruaje con el cuerpo entumecido y estrechó contra sí la pequeña bolsa de lino que contenía sus escasas pertenencias. Echó una mirada disimulada a las yemas de sus dedos. ¡Ya volvían a estar sucias! Sepia trató de esconderlas metiéndolas en la bolsa.
Siguió lentamente al cochero, que atravesó la calle sin mediar palabra y llamó a la puerta de una hermosa casa. Sepia alzó la vista y vio que tenía tres pisos de altura. Las contraventanas de madera estaban cerradas. En el centro del muro blanco, una puerta de madera negra como el carbón relucía bajo la tenue luz del farol. El umbral estaba hecho de mármol negro y sobre la puerta se balanceaba un letrero en el que podía leerse en caracteres simples:
IMPRENTA SILARGENTIS
Impresión para todo tipo de ocasiones, publicaciones y secretos
Propietario: Helios Atramentum
Debajo llamaba la atención el escudo de armas que Sepia había contemplado tantas veces durante los últimos meses: sobre un fondo negro como la tinta, destacaba una S plateada encima de un libro con una ardiente llama debajo.
Sepia empezó a sentirse realmente angustiada. Ese lugar era demasiado especial. Se sentía como un pez fuera del agua.
El cochero se sorbió los mocos, malhumorado, y siguió llamando a la puerta con insistencia.
—¡En medio de la Noche Perlada…! —siguió refunfuñando, y fulminó a Sepia con la mirada, como si ella pudiera hacer algo para mejorar la situación.
Sepia clavó los ojos en las puntas ligeramente azuladas de sus dedos. Todo permaneció en silencio un momento; solo se oía el ligero murmullo del viento nocturno. Empezaba a preguntarse si se quedarían allí de pie hasta la madrugada cuando por fin se oyeron unos pasos en el interior. Una llave tintineó en la cerradura, alguien descorrió un cerrojo y la puerta se abrió con un leve chirrido.
Sepia se estremeció cuando le llegó el fuerte aroma del interior: así es como olían los periódicos de la mañana y las galletas de almendras amargas que a veces comía en el orfanato; era un olor cálido y agradable. Tras esa fragancia había ciertos efluvios más penetrantes a alcohol y medicamentos que le recordaban a la punta metálica de su pluma estilográfica. Y ahora todos esos aromas se mezclaban en el aire con la fuerza de un vendaval: el olor de la tinta.
—¡Eh! ¿Ya estás soñando despierta otra vez? —El cochero la zarandeó por un hombro con brusquedad.
—¿Qué? —preguntó Sepia tan fuerte que su propia voz resonó en sus oídos.
—¡No digas «qué», niña! ¡Esos modales! —dijo el cochero, tras lo cual lanzó un escupitajo al suelo.
«No me hables a mí de modales…», pensó Sepia resistiendo el impulso de poner los ojos en blanco.
—No pasa nada —dijo una voz tranquila y agradable desde el otro lado del umbral—. El viaje ha sido largo, sin duda. ¿Tú debes de ser Sepia?
En ese momento, Sepia vio por primera vez al hombre de cabello gris y rizos despeinados que la miraba desde la puerta. Una barba recortada enmarcaba su rostro anguloso y ligeramente bronceado y estaba tan delgado que podrían haber cabido dos como él en el carruaje. No conseguía calcular su edad; ya no era joven, pero tampoco parecía un anciano. Llevaba unas gafas pequeñas de cristales redondos sobre una nariz un tanto torcida y, por encima de ellas, unos ojos claros y cordiales la contemplaban llenos de interés. A pesar de que era medianoche, llevaba una camisa impecable con los puños remangados, unos pantalones elegantes y un gran delantal. Toda su vestimenta era negra como la tinta.
El cochero rio entre dientes con los brazos en jarras:
—Maestro, en el orfanato todos la llamaban «Calamar» porque apareció allí de la noche a la mañana, sin explica-
ción ni lugar de procedencia, ¡como si la hubiera escupido el mar! —Se echó a reír a carcajadas, como si acabara de contar el mejor chiste de todos los tiempos.
El hombre se aclaró la garganta y el cochero enmudeció al instante.
—Mi animal favorito es el calamar —dijo guiñándole un ojo a Sepia con aire conspiratorio.
No estaba segura de si se lo acababa de inventar, pero le transmitió la sensación de que estaba de su parte.
—Encantado de conocerte, Sepia. Me llamo Helios Atramentum, pero casi todos me llaman Silargentis.
Helios Atramentum, conocido como Silargentis, el impresor más famoso de todo Pulgaria. Se rumoreaba que los libros de aquel maestro se compraban con diamantes. Silargentis, miembro del legendario trío de maestros conocidos más allá del Lago Lejano. Se rumoreaba que las ilustraciones de los libros que imprimían juntos se movían, que el cuero con el que estaban encuadernados respiraba y que la tinta tenía su propio perfume.
Sepia sintió cómo algo dentro de ella empequeñecía. El mismo pensamiento la asaltó una vez más: «¿Qué haces aquí? No encajas en este lugar».
—Por favor, ¡pasa!
La voz de Silargentis la sacó de sus pensamientos. Se le aceleró el corazón. Por un momento no estuvo segura de si sería capaz de cruzar el umbral. Quizá sus piernas se tensarían tanto que se quedaría allí plantada. Entonces,
Silargentis se daría cuenta de que todo había sido un gran error y tendría que volver al orfanato con ese horrible cochero. Como si le hubiera leído el pensamiento, el cochero carraspeó justo en ese momento:
—Maestro —masculló con tono de advertencia—, la niña no le traerá nada bueno. Debería enviarla de vuelta a la alcantarilla de donde procede, o quizá lo mejor sería que…
Sepia no escuchó el final de la frase porque en ese preciso instante tomó una decisión. Quizá fuera debido al miedo o quizá fuese una mera cuestión de valor; aunque seguramente se debiera a la rabia que sentía contra ese terrible adulto que creía saberlo todo de ella. Cruzó el umbral y la puerta se cerró tan rápido tras ella que sintió la corriente de aire en la nuca. De pronto se vieron envueltos por un profundo silencio y una luz mortecina.
Sepia miró a su alrededor. Justo enfrente había un pasillo angosto que se perdía en la oscuridad y, a su derecha, una estrecha escalera que llevaba al primer piso. La lámpara de Silargentis iluminaba las altas paredes, tapizadas de rojo burdeos. Estaban llenas hasta el techo de certificados y cartas de agradecimiento. Sepia las observó boquiabierta, admirando la gran variedad de idiomas, los magníficos sellos de lacre y las firmas de estilizada caligrafía.
Silargentis se le acercó.
—Qué vergüenza, ¿verdad? —dijo frotándose el cuello, incómodo—. Al parecer da buena impresión colgar este
tipo de cosas en el vestíbulo —añadió encogiéndose de hombros.
Sepia se armó de valor por segunda vez esa noche y preguntó:
—Disculpe, ¿para qué he venido exactamente?
Silargentis la observó un momento en silencio y algo chispeó un instante en su mirada. Luego pareció volver en sí y contestó, como si fuera una obviedad:
—Para aprender el maravilloso arte negro, por supuesto. Así se conoce el más poderoso y elegante oficio que jamás se haya inventado. Al menos, en mi humilde opinión. — Silargentis extendió ambas manos con franqueza—. Por supuesto, hablo de la impresión de libros; del trabajo con la tinta. Somos artistas oscuros, discípulos de la tinta, servidores de la palabra impresa y adoradores de las historias, el conocimiento y la fantasía.
Silargentis se detuvo, extasiado. A Sepia le pareció muy seguro de sus palabras y, por lo que ella sabía, debía tener razón. Pulgaria era conocida como la Ciudad de la Tinta, con lo que no era de extrañar que los impresores también fueran objeto de admiración.
Silargentis señaló la escalera:
—Si lo deseas, te mostraré tu habitación; mañana habrá tiempo para ver el resto. Te pido disculpas, hemos celebrado una larga fiesta en honor de la Noche Perlada y puede que haya algo de desorden.
La estrecha escalera de madera crujía y suspiraba ligera-
mente a cada paso que daban. Cuando llegaron al primer piso, Silargentis abrió una puerta con cuidado y se llevó el dedo a los labios pidiéndole silencio, sonriente. Sepia vislumbró en la penumbra una habitación no demasiado grande con dos camas en la pared de la derecha y tres a la izquierda, separadas entre sí por largas cortinas. A los pies de cada cama había una caja pequeña y, junto a cada cabecera, un pequeño escritorio de madera oscura y una silla. A pesar de la oscuridad, Sepia pudo apreciar que cada uno de los escritorios parecía estar decorado de forma diferente. Uno estaba oculto bajo una montaña de periódicos y libros; otro, cubierto de envoltorios de golosinas y prendas de ropa, y sobre un tercero no había más que un tintero y una pluma colocados meticulosamente. Solo se oía la suave respiración y los ronquidos de los ocupantes.
Al fondo de la habitación, situado junto a la pared bajo una ventana redonda, había un lecho vacío. La ropa de cama blanca tenía aspecto de ser increíblemente mullida.
Sepia se giró hacia Silargentis, que aún estaba de pie junto a la puerta abierta. No podía distinguir su rostro a contraluz.
Se llevó la mano a la frente, como si la saludara con un sombrero imaginario, e hizo una pequeña inclinación:
—Bienvenida a Pulgaria. Y bienvenida a la Imprenta Silargentis, Sepia. ¡Ah, y feliz cumpleaños! —añadió con voz queda cerrando la puerta tras de sí.
Sepia permaneció un rato con los ojos clavados en la
oscuridad. Ese maestro Silargentis era muy enigmático.
Nadie le había hecho nunca una reverencia, y menos aún un adulto. Se quitó la ropa en silencio, se subió a la blanda cama y miró por la ventana. El callejón estaba tranquilo y la luna extendía desde el cielo su manto plateado sobre el sinfín de torres y tejados inclinados. Justo enfrente del taller se alzaba una farola solitaria y Sepia descansó la mirada en ella. De repente, le pareció ver fugazmente una pequeña sombra que bailaba en el aire, como si alguien pasara una página; pero, al instante, había desaparecido.
Sepia sacudió la cabeza y se dejó caer sobre la cama. Respiró hondo y aspiró el aroma a almendras amargas, medicina y papel: el olor de la tinta. Entonces se le ocurrió que Silargentis no había respondido a su pregunta. Aún no sabía por qué la habían llevado a ese lugar. No obstante, pronto se quedó dormida escuchando el suave murmullo de la casa a su alrededor.
