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Hombres de verdad BRENDA RÍOS

Eras un hombre cuando te atrevías y serías más hombre, mucho más, si fueses aún más de lo que eras. MACBETH, WILLIAM SHAKESPEARE

Primera parte Hombres completos

Este texto tiene muchos inicios. Es más, está hecho de inicios. Digamos que es un texto que inicia e intenta llegar a un lado: aeroplano que juega. Bien, la pista de aterrizaje es esta. Me encuentro en Acapulco por unos días. No hay Internet, nunca hay Internet. Debemos estar a unos veintiocho grados con un setenta y cinco por ciento de humedad. La fruta en la mesa tiene insectos pululando y me concentro, porque esto requiere Soyconcentración.lanietamayor, en una familia que, por tradición, cultura, obra y omisión, favorece, endiosa, ceba a los varones. Nunca lo había pensado hasta que me fui. Hablo de la familia de mi madre, de la costa de Guerrero. Una vez comenté que al ser la nieta mayor me trataban como hombre. Luego me di cuenta de lo que había dicho. Pensé en ese inicio brutal de Condiciones nerviosas de Tsitsi Dangarembga, donde la protagonista se pone feliz tras la muerte repentina del hermano, porque entonces ella puede tomar su lugar y el derecho a ir la escuela que solo está reservado a los varones de la familia. En caso de que el varón no pueda, entonces la niña puede tomar

10 HOMBRES DE VERDAD su lugar. Y noté ahí la profunda separación que hay entre lo público y lo privado, entre la educación indicada para unos y otros; los espacios de poder que cada niño/niña ocupa en una Fuicasa.una privilegiada, porque nací antes que todos y eso tuvo la misma validez que si hubiera nacido varón. Solo así me salvé de levantarme en las reuniones familiares a servir a mi hermano, tíos, primos, abuelo. Podía quedarme sentada viendo cómo las demás debían levantarse. No es voluntario, es cultural, debían levantarse. Las mujeres existen para la atención y cuidado de todos, y más de los varones. Mi segundo marido estaba fascinado con ese trato que le daban tías y primas mías, que no le dejaban mover un dedo. Si el trato hacia mí hubiera sido ‘tradicional’, habría estado muy mal visto que una mujer no se levantara a atender al hombre que le corresponde: esposo, hermano, padre, hijo. Cada mujer ‘atiende’ su clan. Nadie me dijo nada, solo me miraban de soslayo cuando eran otras las que se levantaban a atenderle. Pero eso era así por mi abuela. Yo tenía presente que al morir ella yo sería igual que las otras. A menos que mi tía mayor, que heredaría entonces el puesto de matriarca, me mantuviera con ese ‘privilegio’. Agradecida de tener yerno, mi madre estaba tan feliz que habría hecho todo por él. Fue mi mayor triunfo como hija: haber tenido marido. No uno, sino dos. El núcleo familiar está sumergido en una especie de matriarcado subterráneo —y cuyo valor en realidad es ejercicio fatuo— que concede el trono de las decisiones más inocuas a los padres, hijos y sobrinos de familia.

Mis tías vivieron la vida de sus madres. Ninguna de ellas escapó a una vida de servidumbre, espera y cuidado del otro. Una vida sumergida en horarios de comidas, sin deseos propios.

Donde el matrimonio y la maternidad es el bien mayor, el único, que merece todo el tiempo y el cuerpo. Mis tías a los sesenta años son unas mujeres-edificios, mujeres-refrigeradores, mujeres-monumentos.

Cocinan todo el tiempo, para todos, están en casa siempre, son estatuas fijas, amorosas, sonrientes, engordadas adrede: el cuerpo no existe si no es para durar y prestar servicio a los demás. Se levantan a servir la comida, a atender, a asegurarse que no haga falta algo; no salen a caminar, no salen a dar la vuelta, no salen a ejercitarse. Jamás se dan un regalo a sí mismas. El sacrificio es el otro bien mayor. Todo vale la pena si los demás están bien. Y sus hijas hacen exactamente lo mismo: una maquila social bien adiestrada sin sindicato. ¿Qué otra cosa podrían haber hecho mis tías? Su destino estaba trazado de antemano. Personajes de V. S. Naipaul, de Arundhati Roy o de Tsitsi Dangarembga, personajes coloniales: su destino es uno solo: cuidar, proteger, nutrir. La belleza femenina estaba ligada al carácter, al “ser dócil”. El año pasado, mi tío, hermano mayor de mi madre, recién divorciado, estuvo viviendo en casa de una de mis tías hasta que rebotó en la de mi madre. Se instaló. La muchacha le lavaba la ropa y mi madre le puso televisión por cable. A ninguno de sus dos hijos los trató así. Llevaba un mes y no se iba. Compró una casa en obra negra en el pueblo donde nacieron todos, a dos horas de Acapulco. Pero no se iba. Tuve que ir yo a preguntarle cuánto iba a quedarse y si pensaba pagar por algo en la casa,

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y entonces él quiso —además— darme consejos sobre “la relación de hijas con las madres” y supuse que diría algo del estilo del Popol Vuh. Ahí lo paré en seco. “La relación con mi madre la defino yo”, le dije. Se ofendió tanto que se fue. Lloró a escondidas y, astuto, solo le contó a mi mamá que yo le “había dicho cosas”. Mi madre, claro, pensaba lo peor. Me imaginé a ese hombre de sesenta años, jubilado de la infantería de Marina de la Armada de México, del que nunca supimos sus misiones ‘secretas’ en Chiapas y lugares difíciles, un hombre que sabía usar las armas y había combatido al narco en el norte del país, llorando porque su sobrina le preguntaba qué planes tenía. Y se fue, por supuesto, a vivir con otra de sus hermanas.

El patrón se repetía: allá donde fuera tendría quién le hiciera de comer y la ropa lista. Le pregunté a bocajarro a mi madre: “Si fuera una de tus hermanas quien hubiera llegado a la casa, ¿la ha brías tratado igual?”. Ella respondió indignada que claro que sí, pero ambas sabíamos que mentía. Ahí terminó el episodio del tío. Yo salí, hice escuela, viajé, me casé dos veces, me divorcié, no tuve hijos y vivo al día. Es decir, no cuido a nadie. A veces también fallo en hacerme cargo de mí misma. No soy ninguna heroína, al contrario. Soy una persona que batalla con ser una persona, con preguntarme de manera constante qué es lo que se hará con esto, con lo real, con las relaciones que nos toca llevar, con el dine ro, con la vida diaria. Soy, sin haber pretendido serlo, una prófuga de todo lo que implica una manera normal de vivir, al menos para el lugar de donde soy. Para la familia de mi madre no soy excéntrica; soy, si acaso, una persona que no entró en un marco determinado.

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Me siguen tratando como a un hombre, me piden dinero cuando se necesita, me consultan cosas, me toman en cuenta. Las mujeres no suelen tener el dinero, son los hombres. Se intrigan por mi falta de interés en casarme o adoptar un hijo, lo que sea necesario para evitar la vejez “en solitario”. Del lugar de donde soy tener quien nos cuide en la vejez es un asunto importante. Envejecer en solitario ni siquiera se lo plantean, es como una maldición gitana. Resulté ser una familia compuesta de una sola persona que es hombre y mujer. Muchos creen que no pude tener hijos y que vivo triste y amargada porque quise tenerlos, o que no retuve marido, o que soy lesbiana y no me atrevo a llevar al pueblo a mi pareja en turno. Se imaginan muchas cosas. La verdad, como suele pasar, mi vida (porque si no la verdad parece no ser el sujeto de la oración) es más precaria y aburrida. Soy los hijos que no tuve, soy mi hermana mayor, soy madre y padre, soy todo eso en la vida sola en la ciudad. Porque cuando voy al pueblo no soy de allá y en la ciudad soy otra cosa, una mezcla de varios elementos. Como muchos migrantes, por supuesto. Los veía, a mis tíos, que también vivían en casa de mi abuela.

Hermanos menores de mi madre, los veía grandes y bellos y libres. Los veía lujosos. Entraban, salían. Decidían. Decidían. Un gesto de ellos podía modificar a mi abuela. Tendrían entre veintidós y veinticuatro años. A veces nos llevaban a pasear los domingos con mi abuela. Hijo culpabilizado saca a su cabecita blanca. El día de las madres. Serenata. Comilona (para lo cual trabajaba toda la casa muchísimo, menos ellos, que estaban desvelados por la serenata). Cuando se iban, mi

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se iba tras ellos. ¿Cómo será el mundo cuando uno lo domina?, ¿cómo será salir a la calle y sentirse en casa? (María Luisa Puga, La forma del silencio) María Luisa Puga pasó la infancia y parte de la adolescencia en Acapulco, en casa de su abuela, que estaba muy cerca de mi casa, por cierto. En los años cincuenta, cuando el puerto aún no era este acumulado de suburbios y puestos para el turismo, Acapulco era un pueblito de pescadores donde llegaban muchos gringos. Ella cuenta que su padre las dejó, a ella y a su hermana menor, con la abuela, cuando murió su madre. A los hijos varones los repartió con tías en la Ciudad de México. Por eso que ella cuente el mundo destinado a las mujeres de la casa y a los hombres que van y vienen. Ellos son libres. La infancia de ella transcurre, aun en la precariedad, con cocinera, tía católica, jardinero (el único hombre) y señora que planchaba la ropa. El mundo de lo doméstico. ¿Qué es ser un hombre de verdad? Esta pregunta me acompaña desde hace mucho. Puede parecer fuera de lugar y de tiempo. Incluso ridícula, ambigua, o peor aún, romántica. Pero, debo insistir: ¿qué hace a un hombre de verdad? Porque ante ellos existen otros miles de hombres que no son de verdad. Seres incompletos que no alcanzaron su formación espiritual. Los hombres que no ‘logran’ ser hombres se condenan al limbo de su identidad no probada. Son hombres ‘indefinidos’.

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Un hombre que no es de verdad, ¿puede ser una persona? No hablo de un hombre de ficción, inventado, sino de un hombre que no cumple con lo que se espera de él, de sus acciones, de su lenguaje, de su lugar en el mundo. Convertirse en una persona es un acto de fe. Es decir, creemos que seremos alguien. Los padres, los amigos también lo creen y echan sobre nosotros una serie de aspiraciones y deseos que se acumulan con los propios, en caso de que los hubiera. Una persona se hace a medida de su Dios, pequeño o invisible, tenaz. Una persona se hace a fuerza de palabras. De movimientos, de credulidad y de entereza. Una persona es una construcción empírica de cuerpo, materia y fe. Pienso en la vida que tenemos. En la infancia formada, en la educación básica, en leer y escribir. Pienso en la normalidad de estas vidas. Pienso si creemos en las otras vidas, las diferentes, las que no son nuestras. Pienso en cómo nos separan de un extremo a otro, en la familia, en la escuela, en el trabajo, en las fiestas, en los partidos amistosos. Niños y niñas. En el inicio de La hora de la estrella, de Clarice Lispector, en los tantos subtítulos que inventa, la autora confiesa que dedica la novela a personas ya formadas. Quizá eso sea ser un hombre de verdad: una persona formada. Un hombre es una persona. Pero se le adjudica tanto poder por la mera existencia que, en algunos hogares, en varias comunidades incluso, en ciertos guetos, un hombre es Dios. O lo más cercano a él. Pero no quiero seguir ese camino. Quiero hablar de las implicaciones literarias en el mundo cuando se asume que uno

debe hacer lo que sea para seguir siendo un hombre. O para serlo, para probarlo. Entonces, ¿qué hace a un hombre? ¿Un rito de paso? ¿Cruzar a nado un río, probar su honra, su deseo sexual, su potencia viril? En el pueblo de mi papá los jóvenes debían cruzar a nado el río en Atoyac, era su “rito de iniciación” para ser hombres como a los trece, quince años; ahora el río está casi seco. ¿Esos chicos qué harán ahora para probarse? Entrar al narco o a la milicia, supongo, tantas opciones no hay. Esa pregunta me lleva a otra: si los hombres de verdad no ponen en duda su verosimilitud, ¿quién asesina a las mujeres, a los homosexuales? Ellos no deberían dudar de lo que son. Y, sin embargo, las estadísticas, meros números, a fin de cuentas, revelan otra cosa. Los hombres temen. Resultan temibles, pero son aún más temerosos. Una abeja provoca miedo al elefante. Eso parece ser. Al menor movimiento sospechoso hacen uso de la fuerza bruta. Brutal. Por eso son depredadores: por el miedo a ser tachados de inferiores, por el miedo a ser vistos como menos que hombres, como amanerados, sensibles, amujerados. Los hombres no están seguros de ser hombres. La crisis se agudiza. En “La intrusa”, Borges resuelve de una manera fantástica la grieta que surge en la relación entre dos hermanos. Ellos siempre fueron cercanos. Uno se enamora y se casa; el otro hermano también se enamora de la misma mujer. Se distancian. Se vuelven enemigos. Pero el amor entre hermanos y entre hombres debe ganar. Así lo decide el autor. Y asesina a la mujer. Santo remedio. La dicha fraterna es recuperada, el lazo fue unido de nuevo. En una entrevista, Borges mismo confiesa que no sabía cómo resolver el cuento, estaba atorado. Dice que

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su madre le dio la solución. La madre del autor resuelve que la mujer, su rival quizás aun en papel, debe morir. La eliminación real o ficticia de las mujeres es el gran tema aquí. La intrusa es el pivote que dispara la ruptura de la armonía masculina. Los hombres de verdad, para seguir siendo ellos, hermanos y hombres, deben eliminar lo que puede inmiscuirse en su historia propia, en su binomio masculino. La mujer es mera circunstancia.

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