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Índice

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Los matices del odio. Prólogo, por Stephen Leigh............................................................. 13 Del Diario de Xavier Desmond..................................................... 15 Los matices del odio. Primera parte........................................... 19 Del Diario de Xavier Desmond..................................................... 31 Bestias de carga, por John J. Miller............................................................. 39 Del Diario de Xavier Desmond..................................................... 85 Los matices del odio. Segunda parte.......................................... 91 Derechos de sangre, por Leanne C. Harper....................................................... 101 Del Diario de Xavier Desmond..................................................... 161 Con todo y verrugas, por Kevin Andrew Murphy.............................................. 165 Los matices del odio. Tercera parte............................................ 207 Del Diario de Xavier Desmond..................................................... 221 Los matices del odio. Cuarta parte............................................. 227 Del Diario de Xavier Desmond..................................................... 231 Abajo junto al Nilo, por Gail Gerstner-Miller............................................... 237 Del Diario de Xavier Desmond..................................................... 273 Los matices del odio. Quinta parte............................................. 281 Del Diario de Xavier Desmond .....................................................309 La lágrima de la India, por Walton Simons........................................................... 317 El Tiempo de los Sueños, por Edward Bryant............................................................ 359

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Del Diario de Xavier Desmond.................................................... 407 Hora cero, por Lewis Shiner.............................................................. 413 Del Diario de Xavier Desmond.................................................... 447 En Praga siempre es primavera, por Carrie Vaughn........................................................... 453 Del Diario de Xavier Desmond.................................................... 489 Marionetas, por Victor W. Milรกn........................................................ 497 Espejos del alma, por Melinda M. Snodgrass............................................ 559 Leyendas, por Michael Cassutt........................................................ 611 Del Diario de Xavier Desmond.................................................... 635 De The New York Times.............................................................. 641

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Los matices del odio Prólogo

♣♦♠♥ por Stephen Leigh

Jueves 27 de noviembre de 1986, Washington, D. C.

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l televisor Sony arrojó una luz temblorosa sobre el banquete de Acción de Gracias de Sara: una comida Swanson recién descongelada, que consistía en una porción de pavo envuelto en humeante papel aluminio, sobre la mesa de centro de la sala. En la pantalla del televisor una turba de jokers deformes marchaba durante una sofocante tarde de verano neoyorquina, mientras sus bocas lanzaban gritos y maldiciones silenciosas. La escena granulosa tenía la apariencia errática de un viejo noticiero cinematográfico, cuando de improviso la imagen giró para mostrar a un hombre atractivo de treinta y tantos años, con las mangas arremangadas, el saco echado sobre un hombro, la corbata floja alrededor del cuello –el senador Gregg Hartmann, tal como era en 1976. Hartmann cruzó a grandes zancadas las vallas policiacas que bloqueaban a los jokers, se quitó de encima a los guardias de seguridad que trataron de sujetarlo y se dirigió a gritos a los policías. Sin el apoyo de nadie, se plantó entre las autoridades y la cada vez más cercana muchedumbre de jokers, indicándoles a señas que retrocedieran. En ese momento la cámara hizo un paneo hacia un disturbio entre las filas de los jokers. Las imágenes aparecían mezcladas y fuera de foco. Al centro estaba uno de los ases: la prostituta conocida como Succubus, cuyo cuerpo parecía estar hecho de carne mercurial, de manera que su apariencia cambiaba constantemente. El virus wild card la había maldecido al dotarla de una poderosa empatía sexual. Succubus tenía la facultad de adoptar cualquier figura o forma que complaciera a sus clientes, pero durante la manifestación había

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perdido el control de su habilidad. En torno de ella la multitud respondía a su poder, alargando las manos para alcanzarla con una extraña lujuria reflejada en sus rostros. Su boca se abrió en un grito implorante mientras la multitud que la perseguía, formada tanto por policías como por jokers, se lanzó contra ella. Sus brazos estaban extendidos en señal de súplica, y cuando la cámara hizo un paneo de regreso, Hartmann apareció de nuevo: la sorpresa le hacía mirar boquiabierto a Succubus. Sus brazos se extendían en su dirección, su ruego estaba dirigido a él. Después desapareció bajo la turba. Por algunos segundos estuvo sepultada, oculta. Un momento más tarde la multitud se retiró horrorizada. La cámara siguió de cerca a Hartmann: éste arremetió a empellones contra aquellos que rodeaban a Succubus, y los alejó furiosamente de ella. Sara se estiró para alcanzar el control remoto de su videograbadora. Tocó el botón de pausa y congeló la escena: se trataba de un momento que había definido su vida. Podía sentir las lágrimas calientes que surcaban su rostro. Succubus yacía retorcida en un charco de sangre, su cuerpo destrozado, su rostro vuelto hacia arriba mientras Hartmann la miraba fijamente, reflejando el horror de Sara. Sara conocía el rostro que Succubus, quien fuera que hubiera sido en realidad, había adoptado justo antes de morir. Esos rasgos jóvenes habían perseguido a Sara desde la niñez, pues Succubus había adoptado el rostro de Andrea Whitman. La cara de la hermana mayor de Sara. Andrea, quien fue brutalmente asesinada en 1950, cuando tenía trece años. Sara comprendió quién había guardado en su mente la imagen adolescente de Andrea durante tantos años. Supo quién había aportado los rasgos de Andrea al infinitamente maleable cuerpo de Succubus. Quién era el hombre que solía imaginar el rostro de Andrea en Succubus mientras yacía con ella, y ese pensamiento lastimó a Sara más que ningún otro. —Bastardo –susurró Sara en dirección del senador Hartmann, con voz ahogada–. Maldito bastardo. Asesinaste a mi hermana y ni siquiera permitiste que siguiera muerta.

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Del Diario de Xavier Desmond

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30 de noviembre, Jokertown

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i nombre es Xavier Desmond y soy un joker. Los jokers siempre son vistos como extranjeros, incluso en la calle donde nacieron, y el de la voz está a punto de visitar diversas tierras extranjeras. En el transcurso de los siguientes cinco meses veré altiplanos sudafricanos y montañas, ciudades como Río y el Cairo, el Paso Khyber y el Estrecho de Gibraltar, el Outback y los Campos Elíseos –sitios muy alejados de casa para un hombre que varias veces ha sido llamado el alcalde de Jokertown. Jokertown, por supuesto, carece de alcalde. Es un vecindario; por si fuera poco, un vecindario de un barrio marginal, no una ciudad. Y sin embargo, Jokertown es más que un lugar. Es una condición, un estado mental. Tal vez en ese sentido mi título no es inmerecido. He sido un joker desde el principio. Hace cuarenta años, cuando Jetboy falleció en los cielos sobre Manhattan y liberó el virus wild card en el mundo, yo tenía veintinueve años, era banquero especializado en inversiones y tenía una hermosa esposa, una hija de dos años y un brillante futuro frente a mí. Un mes después, cuando finalmente me dieron de alta del hospital, yo era una monstruosidad con una trompa rosa elefantina que surgía del centro de mi cara, donde había estado mi nariz. Hay siete dedos perfectamente funcionales en el extremo de mi trompa, y a lo largo de los años me he vuelto bastante hábil con esta «tercera mano». Si de repente se viera restaurada la supuesta normalidad de mi humanidad, creo que sería

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algo tan traumático como si una de mis extremidades fuera amputada. Es irónico que con mi trompa soy más humano que cualquiera… e infinitamente menos que eso. Mi encantadora esposa me abandonó a las dos semanas de salir del hospital, aproximadamente al mismo tiempo en que el Chase Manhattan me informó que mis servicios ya no serían requeridos. Me mudé a Jokertown nueve meses después, tras ser desalojado de mi departamento en Riverside Drive por «motivos de salud». La última vez que vi a mi hija fue en 1948. Se casó en junio de 1964, se divorció en 1969 y se volvió a casar en junio de 1972. Tiene cierta debilidad por las bodas en junio, aparentemente. No fui invitado a ninguna de ellas. El detective privado que contraté me informa que ella y su esposo viven ahora en Salem, Oregon, y que tengo dos nietos, un niño y una niña, uno de cada matrimonio. Sinceramente dudo que alguno de ellos sepa que su abuelo es el alcalde de Jokertown. Soy el fundador y presidente emérito de la Liga Anti-Difamación de los Jokers, o ladj, la organización más antigua y numerosa dedicada a la preservación de los derechos civiles de las víctimas del virus wild card. La ladj ha tenido sus fallas, pero en general ha hecho mucho bien. También soy un hombre de negocios moderadamente exitoso. Soy dueño de uno de los clubes nocturnos más celebrados y elegantes, la Casa de los Horrores, donde por más de dos décadas jokers, nats y ases* han disfrutado los más distinguidos actos del cabaret de jokers. La Casa de los Horrores ha perdido dinero de manera constante durante los últimos cinco años, pero nadie lo sabe con excepción de mi contador y yo. La mantengo abierta porque es, a pesar de todo, la Casa de los Horrores, y si cerrara, Jokertown daría la impresión de ser un lugar más pobre aún. El próximo mes cumpliré setenta años de edad. Mi médico me dice que no viviré para cumplir los setenta y uno. El cáncer ya se había extendido desde antes de ser diagnosticado. Aun los jokers se aferran tercamente a la vida, y yo he seguido los tratamientos de quimioterapia y radiación durante los últimos seis meses, pero el cáncer no muestra señales de aminorar.

* Jokers y ases llaman nats a los seres humanos normales. N. del E.

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Mi médico me informa que el viaje en el que estoy a punto de embarcarme probablemente le reste meses a mi vida. Llevo las recetas y seguiré tomándome las píldoras obedientemente, pero cuando uno está dando de brincos por el mundo es necesario renunciar a la terapia de radiación. He aceptado esto. Mary y yo hablamos con mucha frecuencia de hacer un viaje alrededor del mundo, antes del virus wild card, cuando éramos jóvenes y estábamos enamorados. Nunca me hubiera imaginado que algún día haría ese viaje sin ella, en el ocaso de mi vida, a costa del gobierno, como delegado en una misión de búsqueda de información que sería organizada y financiada por el Comité del Senado para Empresas y Recursos Ases, bajo el patrocinio oficial de las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud. Visitaremos cada uno de los continentes con excepción de la Antártida y estaremos en treinta y nueve países diferentes (en algunos por tan sólo algunas horas), y nuestro deber oficial consiste en investigar el trato hacia las víctimas del wild card en distintas culturas alrededor del mundo. Hay veintiún delegados, de los cuales sólo cinco son jokers. Supongo que mi designación es un gran honor, un reconocimiento a mis logros y a mi condición de líder de la comunidad. Me parece que le debo un agradecimiento a mi buen amigo el doctor Tachyon por ello. Pero si a ésas vamos, le debo un agradecimiento a mi buen amigo el doctor Tachyon por muchísimas razones.

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Los matices del odio Primera parte

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Lunes 1 de diciembre de 1986, Siria

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n viento frío y seco sopló desde las montañas de la Jabal Alawite a través del desierto de lava rocosa y grava de Badiyat Ash-sham. El viento hacía chasquear los extremos sobresalientes de los techos de lona en las tiendas apiñadas alrededor del poblado. El vendaval hizo que aquellos que estaban en el mercado se ciñeran más los cintos de sus túnicas para protegerse del frío. Bajo el techo acolmenado del mayor de los edificios de adobe, una ráfaga perdida hizo que la flama lamiera la base de una tetera esmaltada. Una mujer menuda, envuelta en un chador, el atuendo negro islámico, sirvió el té en dos tazas pequeñas. Con excepción de una hilera de cuentas de un azul brillante en su tocado, no llevaba adorno alguno. Pasó una de las tazas a la otra persona en la habitación, un hombre de cabello negro azabache, de estatura mediana, cuya piel resplandecía con un reluciente centelleo esmeralda bajo una túnica de brocado azur. Ella pudo sentir el calor que irradiaba de él. —Hará más frío en los próximos días, Najib –dijo mientras sorbía el penetrante té dulce–. Al menos estarás más cómodo. Najib se encogió de hombros como si sus palabras no significaran nada. Apretó los labios; su mirada oscura e intensa la atrapó: —Es la presencia de Alá lo que resplandece –dijo con su voz áspera y su habitual arrogancia. —Nunca me has oído quejarme, Misha, ni siquiera bajo el calor del verano. ¿Acaso crees que soy una mujer que maldice al cielo inútilmente por su miseria?

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Por encima de los velos, los ojos de Misha se entrecerraron. —Yo soy Kahina, la Vidente, Najib –contestó, permitiendo que un cierto desafío asomara en su voz–. Sé muchas cosas ocultas. Sé que cuando el calor se propaga sobre las piedras mi hermano Najib desearía no ser Nur al-Allah, la Luz de Alá –la repentina bofetada que Najib le dio con el revés de la mano la alcanzó en un lado de la cara. Su cabeza rebotó hacia un lado. El té hirviente le quemó la mano y la muñeca; la taza se hizo añicos sobre las alfombras cuando cayó despatarrada a sus pies. Sus ojos, del negro más intenso contra el rostro luminiscente, la miraron con odio mientras ella se llevaba la mano a la mejilla lastimada. Ella sabía que no se atrevería a añadir nada más. Reunió los restos de la taza de té en silencio y de rodillas, secando el charco de té con el borde de su túnica. —Sayyid vino a mí esta mañana –dijo Najib mientras la miraba–. Volvió a quejarse. Dice que no eres una esposa en todo el sentido de la palabra. —Sayyid es un cerdo cebado –contestó Misha, aunque no levantó la mirada. —Dice que debe forzarte para tener relaciones. —Por lo que a mí respecta, no tiene por qué molestarse. Najib frunció el ceño e hizo un sonido de disgusto: —¡Pah! Sayyid guía mi ejército. Es su estrategia la que barrerá el kafir de regreso al mar. Alá le ha dado el cuerpo de un dios y la mente de un conquistador, y me rinde obediencia. Es por eso que te entregué a él. El Corán lo dice: «Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres porque Alá ha hecho al uno superior a la otra. Las buenas mujeres son obedientes». Tú haces que el regalo de Nur al-Allah parezca una burla. —Nur al-Allah no debería haber entregado lo que lo completa –ahora sus ojos se dirigieron hacia arriba, retándolo mientras que sus diminutas manos se cerraban sobre los fragmentos de cerámica–. Estuvimos juntos en el vientre materno, hermano. Así es como Alá nos hizo. A ti te tocó con Su luz y Su voz, y Él me dio el don de Su visión. Tú eres Su boca, el profeta; yo soy tu visión del futuro. No te engañes ni te ciegues a ti mismo. O serás vencido por tu propio orgullo. —Entonces escucha las palabras de Alá y sé humilde. Agradece que Sayyid no insista en el purdah para ti: él sabe que eres Kahina,

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así que no te obliga a recluirte. Nuestro padre no debió enviarte nunca a Damasco para ser educada; la infección de los no creyentes es insidiosa. Misha, haz que Sayyid esté satisfecho porque eso me hará feliz. Mi voluntad es la voluntad de Alá. —Sólo a veces, hermano… –hizo una pausa. Su mirada se perdió en la distancia, sus dedos se crisparon. Sólo gritó cuando la porcelana laceró su palma. Su sangre escurrió brillante sobre los cortes superficiales. Misha se tambaleó, gimiendo, y entonces su mirada volvió a enfocarse de nuevo. Najib dio un paso hacia ella: —¿Qué sucede? ¿Qué viste? Misha acunó su mano herida contra su pecho, con las pupilas dilatadas por el dolor: —Todo lo que importa es aquello que te afecta a ti, Najib. No importa que yo sufra o que odie a mi marido o que Najib y su hermana Misha se hayan perdido en los roles que Alá les dio. Lo que importa es lo que Kahina le pueda decir a Nur al-Allah. —Mujer… –empezó Najib en tono de advertencia. Su voz tenía una profundidad cautivante ahora, un timbre que instó a Misha a levantar la cabeza y la obligó a abrir la boca para empezar a hablar, a obedecer irreflexivamente. Se estremeció como si el viento del exterior la hubiera alcanzado. —No uses el don conmigo, Najib –dijo en un tono irritante. Su voz sonaba tan áspera como la de su hermano–. No soy una suplicante. Oblígame a obedecerte demasiadas veces usando la lengua de Alá, y puede que un día descubras que los ojos de Alá te han sido arrebatados por mi propia mano. —Entonces sé Kahina, hermana –replicó Najib, pero usando únicamente su propia voz esta vez. La observó mientras ella iba hacia un baúl con incrustaciones, retiraba una tira de tela, y lentamente envolvía su mano–. Dime lo que acabas de ver. ¿Era la visión de la yihad? ¿Me viste sosteniendo el cetro del Califa de nuevo? Misha cerró los ojos, evocando la imagen del rápido sueño que tuvo despierta. —No –le dijo–. Ésta era nueva. Vi un halcón contra el sol, a lo lejos. A medida que el ave voló más cerca noté que sujetaba a un centenar de personas que se retorcían entre sus garras. Un gigante se

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erguía debajo de él, en una montaña, y el gigante sujetaba un arco entre sus manos. Lanzó una flecha hacia el ave, y el halcón herido gritó con furia. Las personas que sujetaba gritaron a su vez. El gigante había colocado una segunda flecha en el arco, pero el arco se retorció en sus manos, y la flecha encontró un blanco en el pecho mismo del gigante. Vi que el gigante caía… –los ojos de Misha se abrieron–. Eso es todo. Najib frunció el ceño, molesto. Pasó una mano resplandeciente frente a sus ojos: —¿Qué significa? —No lo sé. Alá me da los sueños, pero no siempre la comprensión. Tal vez el gigante sea Sayyid… —Fue tan sólo tu propio sueño, no el de Alá –Najib se alejó de ella a zancadas, y comprendió que él estaba molesto–. Soy el halcón, sujetando a los fieles –dijo–. Tú eres el gigante, grande porque perteneces a Sayyid, quien también es grande. Alá te recordaría las consecuencias de resistirte –le dio la espalda a Misha, cerró las persianas de la ventana dejando afuera el brillante sol del desierto. Afuera el muzzein llamó desde la mezquita del pueblo: —A shhadu allaa alaha illa llah: Alá es grandioso. Soy testigo de que no hay otro Dios más que Alá. —Todo lo que deseas es la conquista, el sueño de la yihad. Quieres ser el nuevo Mahoma –replicó Misha con rencor–. No aceptarás ninguna otra interpretación. —In sha’allah –contestó Najib: si Dios quiere. Y se rehusó a darle la cara–. Algunas personas han sido visitadas por Alá con Su terrible flagelo, les han sido mostrados los pecados de su carne descompuesta y maltrecha. Otros, como Sayyid, han sido favorecidos por Alá con un don. Cada uno ha recibido lo que le correspondía. Él me ha elegido para guiar a los fieles. Sólo hago lo que debo: tengo a Sayyid, quien guía mis ejércitos, y lucho también con aquellos que están escondidos como al-Muezzin. Tú guías también. Tú eres Kahina, y también eres Fqihas, la que las mujeres buscan para que las oriente. La Luz de Alá se volvió hacia la habitación. En la penumbra de las persianas era una presencia espectral. Y le dijo a su hermana: —Y así como yo obedezco la voluntad de Alá, tú debes obedecer la mía.

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Lunes 1 de diciembre de 1986, Nueva York La rueda de prensa era un caos. El senador Gregg Hartmann finalmente escapó a una esquina libre detrás de uno de los árboles de Navidad, seguido por su esposa Ellen y su asistente John Werthen. Luego examinó la habitación con el ceño notoriamente fruncido. Meneó la cabeza hacia el As del Departamento de Justicia, Billy Ray –Carnifex–, y el guardia de seguridad del gobierno que trató de unírseles, y les hizo señas con la mano para que retrocedieran. Gregg había pasado la última hora esquivando a los reporteros, sonriendo diplomáticamente a las cámaras de video y parpadeando hacia la tormenta eléctrica constante de los flashes. La habitación se había saturado con el ruido de las preguntas lanzadas a gritos y los chasquidos y zumbidos de las cámaras Nikon que realizaban acercamientos a alta velocidad. Musak tocaba melodías propias de la estación desde los altavoces del techo. El contingente principal de la prensa rodeaba ahora al doctor Tachyon, Chrysalis y Peregrine. El cabello escarlata de Tachyon resplandecía como un faro entre la multitud; Peregrine y Chrysalis parecían competir para ver quién podía posar de manera más provocativa ante las cámaras. Cerca de ahí, Jack Braun –Golden Boy, el As Traidor– era ignorado deliberadamente. La turba se había reducido un poco desde que el personal de Hiram Worchester, de Aces High, había preparado las mesas con el bufet; algunos de los miembros de la prensa se habían apoderado de manera permanente de las bandejas repletas. —Lo siento, jefe –dijo John, a un costado de Gregg. Aun en la fresca habitación el asistente sudaba. Las luces navideñas parpadeantes se reflejaron en su frente perlada de sudor: rojo, azul, verde–. Alguien del personal del aeropuerto metió la pata. Se suponía que no sería el típico evento abierto al público. Les dije que debían escoltar a la prensa al interior después de que ustedes estuvieran listos. Les harían sólo algunas preguntas, y entonces… –se encogió de hombros–. Yo cargaré con la culpa. Debí haber confirmado que todo ocurriría como lo prometieron. Ellen le dirigió a John una mirada fulminante, pero no dijo nada.

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—Si John le pide disculpas, hágalo que se arrastre primero, senador. ¡Qué desastre! –esto último fue un susurro en el oído de Gregg (su otra asistente de muchos años, Amy Sorenson, circulaba entre la multitud como si fuera parte del personal de seguridad). Su radio de intercomunicación estaba conectado directamente a un receptor inalámbrico en el oído de Gregg. Ella le pasaba información, le daba nombres o detalles concernientes a las personas con que se topaba. La memoria de Gregg para nombres y rostros era bastante buena, pero Amy era un respaldo excelente. Entre los dos se encargaban de que Gregg rara vez perdiera la oportunidad de saludar de manera personal a quienes lo rodeaban. El miedo de John hacia la ira de Gregg adquirió un morado vívido y palpitante que sobresalió entre la maraña de sus emociones. Gregg podía sentir la sosa y plácida aceptación de Ellen, coloreada ligeramente con algo de fastidio. —Está bien, John –dijo suavemente Gregg, aunque por dentro estaba bullendo de rabia. Esa parte de sí mismo a la cual se refería en secreto como el Titiritero se revolvió inquieta, suplicando que la dejara libre para jugar con el torrente de emociones que había en la habitación: La mitad de ellos son nuestros títeres, son controlables. Mira, ahí está el padre Calamar cerca de la puerta, tratando de alejarse de aquella reportera. ¿Aún sientes esa incomodidad escarlata cuando él sonríe? Le encantaría escurrirse para alejarse de ella pero es demasiado educado para hacerlo. Podríamos alimentar esa frustración hasta convertirla en ira, hacerlo que maldiga a la mujer. Podríamos alimentarnos de eso. Sólo se necesita un pequeño empujoncito… Pero Gregg no podía hacer eso, no con todos los ases reunidos aquí, los que Gregg no se atrevía a usar como marionetas porque poseían habilidades mentales propias, o porque simplemente sentía que el prospecto era demasiado arriesgado: Golden Boy, Fantasy, Mistral, Chrysalis. Y el más temido de todos, Tachyon: Si ellos tuvieran el más mínimo indicio de la existencia del Titiritero, si supieran lo que he hecho para alimentarlo, Tachyon haría que me atacaran en manada, como hicieron con los Masones. Gregg aspiró profundamente. La esquina tenía un aroma a pino excesivamente cargado. —Gracias, jefe –dijo John. Su temor lila empezaba a desvanecerse.

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Al otro lado de la habitación, Gregg vio cómo el padre Calamar finalmente lograba liberarse de la reportera y caminaba arrastrándose lastimosamente sobre sus tentáculos hacia el bufet de Hiram. La reportera vio a Gregg al mismo tiempo y le dirigió una mirada extraña y penetrante. Se dirigió hacia él. Amy también había advertido el movimiento. —Sara Morgenstern, corresponsal del Post –susurró en el oído de Gregg–. Premio Pulitzer en el 76, por su trabajo «La gran revuelta de Jokertown». Coescribió ese artículo desagradable sobre scare en el Newsweek de julio. También acaba de hacerse un cambio de imagen. Se ve totalmente diferente. La advertencia de Amy sorprendió a Gregg –no la había reconocido. Gregg recordó el artículo: le faltaba poco para ser una calumnia, daba a entender que Gregg y los ases de scare habían estado involucrados en la supresión de actos por parte del gobierno relacionados con el ataque de la Madre del Enjambre. Recordó la presencia de Morgenstern en diversos eventos de prensa, siempre era la que lanzaba las preguntas más agresivas, con un tono de voz afilado. Él podría haberla usado como marioneta, sólo por rencor, pero ella nunca se le había acercado. Siempre que coincidían en los mismos eventos, ella solía mantenerse alejada. Ahora, al verla aproximarse, se congeló por un instante. De verdad que había cambiado. Sara siempre fue tan delgada que parecía un chico. Eso se acentuaba esta noche; llevaba pantalones negros muy ceñidos y una blusa que se le pegaba al cuerpo. Se había teñido el cabello de rubio, y su maquillaje acentuaba sus pómulos y sus ojos grandes, ligeramente azules. Su apariencia le resultó familiar de manera inquietante. Súbitamente Gregg sintió frío y temor. Dentro de él, el Titiritero aulló al recordar cierta pérdida. —Gregg, ¿te encuentras bien? –la mano de Ellen le tocó el hombro. Gregg se estremeció al contacto con su esposa y meneó la cabeza. —Estoy bien –dijo bruscamente. Sacó a relucir su sonrisa profesional y salió del rincón. Ellen y John se apresuraron a rodearlo, según una coreografía previamente acordada. —Señorita Morgenstern –le dijo Gregg con calidez, mientras extendía la mano y se esforzaba porque su voz expresara una calma

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que no sentía–. Me parece que conoce a John, pero ¿ya le presenté a mi esposa Ellen…? Sara Morgenstern asintió mecánicamente hacia Ellen, pero su mirada se mantuvo fija en Gregg. Tenía una extraña sonrisa forzada en su rostro, mitad reto, mitad invitación: —Senador –dijo–, confío en que espere este viaje tan ansiosamente como yo. Tomó la mano que él le ofrecía. Sin voluntad, el Titiritero utilizó el momento del contacto. Tal como había hecho con cada nueva marioneta, trazó los caminos de los nervios hasta el cerebro, abriendo las puertas que más tarde le permitirían el acceso a distancia. Encontró las puertas cerradas de sus emociones, los turbulentos colores que se arremolinaban detrás, y los tocó posesivamente, con avidez. Descorrió cerrojos y pasadores, y abrió de golpe la puerta. El odio rojinegro que se derramó desde atrás de la puerta lo envió de regreso, dando tumbos. Todo ese aborrecimiento estaba dirigido hacia él, todo. Completamente inesperada, esa furia no se comparaba con ninguna emoción que hubiera experimentado antes. Su intensidad amenazaba con ahogarlo, al grado que lo hizo retroceder. El Titiritero jadeó; Gregg se obligó a disimular su reacción. Dejó caer su mano mientras el Titiritero gemía dentro de su cabeza, y el miedo que lo había alcanzado un momento antes se multiplicó. Se ve como Andrea, como Succubus: el parecido es asombroso. Y me detesta. Dios, ¡cuánto me odia! —¿Senador? –repitió Sara. —Sí, estoy muy emocionado por el viaje –replicó de manera automática–. La actitud de nuestra sociedad hacia las víctimas del virus wild card ha empeorado en el último año. A algunas personas, como el reverendo Leo Barnett, les gustaría hacernos retroceder a la opresión que se vivía en los años cincuenta. En los países menos ilustrados la situación es mucho, mucho peor. Podemos ofrecerles comprensión, esperanza y ayuda, y nosotros mismos aprenderemos algo. El doctor Tachyon y yo nos sentimos muy optimistas con respecto a este viaje, o no habríamos luchado tanto para lograrlo. Las palabras brotaron con ensayada facilidad mientras se recobraba. Podía escuchar la amistosa naturalidad de su voz, sintió cómo su boca formaba una orgullosa media sonrisa. Pero nada de esto lo

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ayudó en realidad. A duras penas podía mirar fijamente a Sara. A esa mujer que le recordaba demasiado a Andrea Whitman, a Succubus. La amé. No pude salvarla. Sara pareció percibir su fascinación, porque inclinó la cabeza ante ese mismo reto extraño: —También será un viaje divertido con los gastos pagados, un tour mundial de tres meses a costa de los contribuyentes. Su esposa viaja con usted, amigos suyos como el doctor Tachyon o Hiram Worchester… Gregg percibió la molestia de Ellen, a un lado suyo. Era una esposa demasiado entrenada en la política como para responder, pero él pudo sentir su súbita tensión: un gato en la jungla buscando una debilidad en su presa. Desconcertado, Gregg hizo una mueca tardía: —Me sorprende que una reportera con su experiencia piense de esa manera, señorita Morgenstern. Este viaje también significa perderse la temporada de vacaciones; normalmente, yo voy a casa durante las vacaciones del congreso. Significa detenernos en lugares que no están precisamente en la lista de recomendaciones de Fodor. Significa reuniones, sesiones informativas, interminables conferencias de prensa y una tonelada de papeleo de la que ciertamente podría prescindir. Le garantizo que éste no es un viaje de placer. Me gustaría dedicarme a otra cosa que no sea observar los procedimientos y enviar a casa un informe de mil palabras cada día. Sintió el negro odio inflamarse dentro de ella, y el poder del Titiritero anhelaba ser utilizado: Déjame usarla. Permíteme reducir ese fuego. Elimina ese odio y te dirá lo que sabe. Desármala. Es tuya, contestó. Y el Titiritero saltó. Gregg se había enfrentado a otros tipos de odio antes, cientos de veces, pero ninguno se había centrado en él. Descubrió que el control de la emoción era elusivo y resbaloso, el odio de ella rechazaba su control como una entidad palpable y viva, y pronto envió al Titiritero de regreso: ¿Qué demonios esconde? ¿Qué causó esto? —Suena a la defensiva, senador –dijo Sara–. Sin embargo, un reportero no puede dejar de pensar que el propósito principal de este viaje, especialmente cuando se trata de un candidato presidencial en potencia para las elecciones del 88, sea borrar de una vez por todas los recuerdos de lo que pasó hace una década.

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Gregg se vio obligado a tomar aliento: Andrea, Succubus. Sara sonrió: la suya era una sonrisa de depredador. Gregg se preparó para enfrentar ese odio de nuevo. —Yo diría que la Gran Revuelta de Jokertown nos obsesiona a ambos, senador –continuó con su voz engañosamente trivial–. El tema me obsesionó cuando escribí al respecto. Y su comportamiento tras la muerte de Succubus le costó la nominación para el partido demócrata de ese año. Después de todo, ella no era más que una prostituta, ¿o no, senador? Y no se merecía su… su pequeña crisis nerviosa –el recuerdo lo hizo ruborizarse–. Apuesto que ambos hemos pensado en ese momento cada día desde entonces –continuó Sara–. Han pasado diez años y yo todavía lo recuerdo. El Titiritero gimió, en retirada. Azorado, Gregg se vio obligado a guardar silencio. Por Dios, ¿qué es lo que sabe, qué está insinuando? No tuvo tiempo de formular una respuesta. La voz de Amy habló dentro de su oído de nuevo: —Digger Downs se dirige hacia usted a paso veloz, senador. Trabaja en la revista ¡Ases!, cubre la sección de entretenimiento; un verdadero depravado, si me lo pregunta. Supongo que vio a Morgenstern y se le ocurrió que debía acercarse a una buena reportera… —¿Qué tal, amigos? –la voz de Downs se introdujo en la conversación antes de que Amy terminara de hablar. Gregg desvió por un momento la mirada de Sara para ver a un joven pálido y de baja estatura. Downs se removió nerviosamente, sorbiendo por la nariz como si tuviera gripa–. ¿Te molesta que otro reportero meta la nariz, Sara, cariño? Downs tenía una manera de interrumpir exasperante, sus modales eran groseros y falsamente familiares. Pareció sentir la molestia de Gregg. Sonrió y miró primero a Sara y después a Gregg mientras ignoraba a Ellen y John. —Me parece que he dicho todo lo que deseaba… por el momento –replicó Sara. Sus ojos de color aguamarina pálido permanecían fijos en los de Gregg; su rostro fingía una inocencia infantil. Entonces, con un giro ágil, se apartó de él y se dirigió hacia Tachyon. Gregg no dejó de mirarla fijamente. —Esa chica se ve tremendamente bien con su nuevo look, ¿verdad, senador? –Downs sonrió de nuevo–. Una disculpa, por supuesto,

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Los matices del odio. Primera parte 29

señora Hartmann. Bien, permitan que me presente: soy Digger Downs, de la revista ¡Ases!, y los seguiré en esta pequeña aventura. Nos vamos a ver muchísimo. Gregg, al mirar que Sara desaparecía entre la multitud alrededor de Tachyon, se dio cuenta de que Downs lo miraba de manera extraña. Con grandes esfuerzos se obligó a alejar su atención de Sara: —Mucho gusto en conocerlo –le dijo a Downs. Sintió cómo esbozaba una sonrisa demasiado acartonada. Hasta las mejillas le dolieron.

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