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as cosas abandonadas dan miedo. Unos creen que están cubiertas de microbios; otros, temen que puedan explotar en cualquier momento. Sólo los niños tienen el valor de acercarse y tocarlas, de abrirlas, si están cerradas, e incluso de ponerse a jugar con ellas. Los niños y las personas muy curiosas, como el señor Tony Tanner, un coleccionista de timbres postales que, aquel día, encontró un libro abandonado.

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Al ser, además de inglés, un hombre muy correcto, acudió de inmediato la Oficina de objetos perdidos de la estación, pero estaba cerrada por ser día festivo. Su tren estaba por partir, así que decidió llevarse el libro, ya que no tenía nada qué leer durante el viaje. Quizá, el libro; delicado, desgastado, y extrañamente cubierto de polvo, había estado durante mucho tiempo en el extremo de aquella banca.

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as estaciones son lugares singulares, son tan grandes y altas que podrían dar refugio a gigantes montados sobre corceles de gran tamaño, o incluso sobre elefantes. En cambio, están siempre pobladas por personas pequeñas que, con un aire de estar extraviadas, cargan pesadas maletas. Como si fueran caracoles, van de un lado a otro arrastrando algo que se asemeja a una casa. Ninguno de ellos va montado encima de nada. Suben al tren, se sientan y esperan que los lleven a algún lugar, aparentemente, sin ningún motivo. ¿A dónde va tanta gente? Muchas personas sin hogar recorren las estaciones de arriba abajo. Había uno, un viejo, que al verlos pasar decía: “¡Vayan, vayan, que quién sabe si después regresen!”.

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Las salas de espera son lugares aún más extraños. Antes las llamaban “salas de pasos perdidos” porque muchos, al no saber qué hacer para que pasara el tiempo más rápido, las recorrían nerviosamente de un lado a otro. Pero el hecho es que el tiempo pasa, y muy de prisa. Ni siquiera nos damos cuenta, y una vida entera puede pasar sin que suceda nada especial. Así había sido para Tony Tanner: una esposa, un divorcio, sin hijos. Sólo el trabajo lo satisfacía algunas veces. Le gustaban mucho las colecciones de timbres; su minúsculo mundo infinitamente variado, como un caleidoscopio de pequeñísimas imágenes; además, desde que se había quedado solo, lo enviaban de viaje con mucha frecuencia.

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Había aprendido a viajar casi sin equipaje: poquísimas prendas bien dobladas, en un maletín muy amplio y algo gastado. Como a menudo transportaba colecciones valiosas, y a veces piezas únicas, prefería no llamar la atención con maletas caras o vistosas. El maletín cumplía muy bien con su cometido, y era prácticamente eterno. El señor Tanner entró en el compartimento, lo acomodó en la red encima de su cabeza y, al estar tan acostumbrado a no tener nada más consigo, se sorprendió al ver el libro sobre la repisa. Casi lo había olvidado. Parecía que aquel libro aparecía y desaparecía a su antojo. Era la hora de partir. Se invitó a los acompañantes a bajar del tren. Las puertas se cerraron y, con un prolongado silbido, el tren se puso en marcha. Tony Tanner se sentó cómodamente y abrió la tapa de piel del libro.

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HORTENSE DES ORPHÉES Diario

Esto estaba escrito en el frontispicio. Se trataba de un diario, entonces. El diario de Hortense des Orphées. Las fechas que el señor Tanner vio al hojear las páginas se remontaban a finales del siglo XVIII. ¡Qué manuscrito tan antiguo! El filatelista se emocionó pensando en los libreros anticuarios que conocía: ¡habrían pagado montos exorbitantes por tener ese raro ejemplar; mejor dicho, mucho más que raro, único, absolutamente único! El diario de una muchachita (podía deducirse por la letra un poco infantil) escrito en el siglo XVIII... era tanta suerte que no podía creerlo. ¿Pero cómo había llegado hasta ahí, hasta aquella banca? Tanner leyó la primera página, que contenía un poema: Igual que Prometeo, él robó el fuego por el que el mundo existe y todo respira. Bajo sus órdenes, la Naturaleza obedece y se mueve. Si él mismo no es Dios, un potente dios lo inspira.

Como todos los lectores curiosos que son absorbidos por los libros igual que por la realidad que los rodea, el señor Tanner levantaba de vez en cuando los ojos de las páginas para mirar a través de la ventanilla. Y ya conquistado por el encanto del viejo y precioso objeto que tenía entre las manos, vio una fábrica más allá de las vías, y le pareció un templo en el que estaba a punto de entrar, uno de aquellos santuarios en los que, en la antigüedad, se aprendían conocimientos secretos.

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