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ÂżquĂŠ significa anarcofeminismo?

mujeres a las barricadas & mujeres libres madrid


¿Qué significa anarcofeminismo? Texto original de Mujeres a las barricadas ¿Quién teme al anarcofeminismo? Movimiento libertario, feminismo y violencia machista Texto original de Mujeres Libres Madrid Página 16 Colossus Ilustración por Eric Drooker Editorial Mariquita Web: editorialmariquita.com Correo: editorialmariquita@gmail.com Facebook: editorialmariquita Instagram: @editorialmariquita Issuu: editorialmariquita Se permite la reproducción y difusión de este material con fines pedagógicos, libertarios y no comerciales, citando la autoría y edición.


Mujeres a las barricadas

¿Qué significa anarcofeminismo?

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n muchas ocasiones se comete el error de pensar la lucha feminista como una sola y única. La creencia de que todas las que nos podemos considerar feministas luchamos por lo mismo y de la misma manera está muy extendida, lo cual es un error, puesto que el feminismo no es una teoría completa, si no transversal y siempre ha de ir acompañada de un, llamémosle, epíteto, que será lo que marque la diferencia. La única característica en común que tienen todos los movimientos feministas sería la toma de conciencia por parte de la mujer de la opresión padecida, todo lo demás varía, como veremos a continuación:

Anarcofeminismo El movimiento anarquista tiene como objetivo primordial la consecución de un espacio de relaciones entre iguales, la destrucción del poder ilegítimo, la subordinación y la opresión en

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todas sus formas y la consecución de una sociedad sin clases donde la solidaridad, la igualdad, la libertad, el apoyo mutuo y, por tanto, la felicidad sean las características propias de la futura sociedad libertaria. La consecución de la anarquía. En este sentido y concretamente en la búsqueda de una sociedad no jerárquica y sin relaciones de poder (opresor/a – oprimido/a) es donde tiene su razón de ser un movimiento feminista de mujeres anarquistas: el anarcofeminismo. El anarcofeminismo se arroga a luchar contra la subordinación y opresión de las mujeres en todos los ámbitos de la vida (económicos, sociales, familiares) y promueve la búsqueda de espacios de relaciones no jerárquica, tanto entre sexos como entre individuos. El horizonte es la equidad social entre sexos, el enemigo el Patriarcado —en cuanto opresión,


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poder y control social estructurales— en el cual las mujeres son las principales afectadas; el enemigo es la sociedad jerárquica y autoritaria, por ende. Los patrones que definen y conforman la(s) figura(s) de autoridad se fundamentan y perpetúan en el contexto de la sociedad patriarcal; en la que el poder, la autoridad, la dominación, la agresividad, la competición, etc., son rasgos asociados a lo masculino y altamente valorados en sociedades autoritarias. Lo femenino, vinculado a valores no autoritarios —cooperación, empatía, sensibilidad, etc.—, es devaluado. La esfera de lo público (la cultura en último término) ha sido reservada al hombre; la esfera de lo privado (la familia, el cuidado de la progenie, lo asociado a la naturaleza por tanto) a la mujer. El papel adjudicado a las mujeres, tradicionalmente, ha propiciado que el ser protagonistas, tomar la palabra, decir lo que se piensa y tener seguridad en una misma sea difícil de conseguir en un sentido pleno. Romper con los paradigmas femenino y masculino, conseguir un marco de convivencia equivalente en que ser hombre o ser mujer no importe a efectos prácticos, pasa por conseguir la desestratificación de la sociedad, sin géneros y sin clases, las dos construcciones sociales por antonomasia.

“Los patrones que definen y conforman la(s) figura(s) de autoridad se fundamentan y perpetúan en el contexto de la sociedad patriarcal”

La emancipación de las clases oprimidas, la destrucción de la sociedad de clases ha de venir de la mano de la emancipación del género oprimido y de la destrucción de los géneros en cuanto categoría social.

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Pero, se preguntaran algunos/as, ¿por qué crear una organización exclusiva de mujeres dentro del movimiento anarquista? La opresión específica sufrida por las mujeres, tanto dentro del movimiento como fuera de él, debido a los vicios arraigados en las relaciones sociales por milenios de Patriarcado, hace que un movimiento específico de emancipación femenina sea necesario. La emancipación de las mujeres ha de ser obra de las mujeres mismas o no será. El principio de la acción directa y la autogestión priman en las luchas anarquistas y han de ser la premisa en que se sustente la Revolución Social que tanto ansiamos: estos dos pilares del anarquismo son, en el caso del anarcofeminismo, los que reafirman la idoneidad

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de un movimiento de emancipación exclusivo de mujeres por ser éstas las afectadas primeras de la opresión y subordinación por cuestiones de sexo. Y es importante esta lucha porque, sin la desaparición de todos los tipos de opresión existentes (económicos, sociales, clasistas, sexistas...) la futura revolución o no llegará o de hacerlo lo hará lastrada, con vicios autoritarios en sí. ¿Qué papel jugarían en este sentido los hombres? Para ellos quedaría la concienciación y revisión de sus propias actuaciones, además del necesario análisis sobre cómo el patriarcado afecta y condiciona sus actitudes (cuestionamiento del tradicional “yo masculino”). El poder corrompe y hace que uno se acomode a según que privilegios, y muchos hombres se encuentran con la dificultad de identificar la explotación específica de la mujer como tal: como explotación negativa que ha de ser eliminada. El camino ha de andarse juntos, pero sin la actuación protagonista de las mujeres en este terreno será difícil acabar con una explotación que se lleva ejerciendo desde la noche de los tiempos y que se ha normalizado


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de tal manera que, o se señala, se evidencia y se acaba con ella, o se perpetuará como ha venido ocurriendo. El patriarcado ha sido identificado como un arquetipo de sociedad: autoritaria, jerárquica, competitiva... Es la representación estructural de la sociedad autoritaria por antonomasia. Y la sufrimos todos/as, hombres y mujeres. Empero, la principal victimizada históricamente ha sido la mujer, junto con niños y ancianos. Los movimientos feministas, en algunos casos, se han dado cuenta de que —sin haberlo acordado— han llegado a formas de organización no jerárquicas, sin relaciones de autoridad, en donde la individualidad de cada cual es respetada al máximo así como sus opiniones y acciones. El nexo entre anarquismo y feminismo está ahí y ha sido puesto de relieve en muchas ocasiones. Por ello, la conformación de personalidades autónomas es el antídoto para esta sociedad jerárquica y autoritaria. La potenciación de está característica —la autonomía— que subvierte los roles de aceptación de la sumisión, de la explotación y de la subordinación e inocula el germen de la rebelión en la sociedad establecida, es inherente a los movimientos genuinamente emancipadores, por tanto es consustancial al anarcofeminismo.

“El anarcofeminismo [...] es la extensión de la lucha por la emancipación”

El “feminismo clásico” (y derivados) no es revolucionario: era sufragista en un primer momento, y reformista y legalista en la actualidad. El anarcofeminismo sí es revolucionario: es la extensión de la lucha por la emancipación llevada a cabo por los anarquistas, aplicada al ámbito de las relaciones humanas mediatizadas por la sexualidad. No consiste

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en sustituir un poder por otro poder (encumbrar generalas donde había generales, ejecutivas donde encontrábamos ejecutivos, presidentas donde presidentes...), se trata de colectivizar el poder. Se engloba por tanto en el ideario libertario: una sociedad de hombres y mujeres libres conviviendo y tomando decisiones en condiciones de igualdad. Las cuotas de poder, las reformas legales, la paridad en cargos públicos, etc., no importan al movimiento anarquista de mujeres, como es obvio. Tendrá su repercusión en sus vidas, no lo ponemos en duda. Pero eso es cosa del feminismo oficial. El anarcofeminismo desempeña su acción en lo cotidiano, y de ahí al infinito y más allá. Cambiando mentalidades, combatiendo convencionalismos, luchando por la equivalencia entre sexos. Cambiando leyes poco se va a conseguir: cambiando mentes y acitudes, las leyes serán innecesarias. Cambiemos el sistema en sí y las mentes que lo sustentan. He ahí el cometido. Representantes del anarcofeminismo son: Nelly Roussell, Emma Goldman, Peggy Kornegger.

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En España: Teresa Mañé, Federica Montseny, Teresa Claramunt, Sara Berenguer y aquellas que participaron en la realización de la revista Mujeres Libres (Lucía Sánchez Saornil y su hermana Concha, Amparo Poch, Mercedes Comaposada, Lola Iturbe, Trini Urién, Mª Luisa Cobos, Josefa Tena y más, más, más...) aún sin declararse estrictamente anarcofeministas.

Otros feminismos... Feminismo burgués Se origina en la revolución burguesa, primero de Francia y más tarde de los demás países. Está llevado por mujeres de la clase burguesa y aristocrática o de su mentalidad. Es reformista y no revolucionario. Se conforma con conseguir para las mujeres las mismas oportunidades que los hombres sin custionarse el modelo socioeconómico vigente. Creen que cuando todas las mujeres trabajen como los hombres y en los Parlamentos el porcentaje de diputados esté al 50 % (como es la proporción de hombres y mujeres en la sociedad) las cosas marcharán bien. No se plantean las diferencias de clase, ni el imperialismo, ni el modo de producción capitalista.


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Representantes en España: Suceso Luengo, Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán.

Feminismo sufragista Ya no existe pues salvo algunos pocos países las mujeres tienen el voto en prácticamente todo el mundo. Fue una forma de feminismo burgués puesto que se concentró en la lucha por el voto como si el voto y el sistema parlamentario occidental fuesen la solución definitiva a los problemas del mundo. Algunas de sus representantes: Susan Brownell Anthony, Lucrecia Mott, Emmeline Goulden Pankhrust, Elisabeth Cady Stanton, Lucy Stone. En España algunas de las mujeres que reivindicaron el voto femenino fueron: Concepción Arenal, Clara Campoamor, Margarita Nelken

Feminismo católico Las mujeres católicas han solido organizarse en sus propias asociaciones, independientes de las demás. Han solicitado siempre el derecho a la educación de la mujer, aunque básicamente para que sea mejor madre de sus hijos. Han solicitado tam-

bién la igualdad de salario. Han denunciado la prostitución como un atentado a la moral pública pero sin plantearse el origen de la misma. Luchan por una mayor consideración de la mujer pero sin apartarla del hogar y la familia como principales centros de realización. Incluso las más progresistas, retenidas por su deber de obediencia al Sumo Pontífice, no pueden suscribir documentos conjuntos con otros grupos feministas debido a obstáculos como el divorcio, los anticonceptivos y la interrupción voluntaria del embarazo. Luchan por su derecho a asistir a los Concilios, por el derecho a ser ordenadas sacerdote, y por una mejora del status de las monjas.

Feminismo socialista Es el de aquellas mujeres que militando en partidos socialistas o comunistas lo hacen a su vez en alguna organización feminista (doble militancia) o se organizan dentro de su propio partido y para cuestiones específicamente femeninas, separadas de los hombres, a los que llevan luego sus conclusiones para que el partido las asuma. Suelen dar prioridad a la lucha de clases tradicional y critican a las independientes por considerar que la división de fuerzas en el seno

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del feminismo actúa en favor del capitalismo y retrasa los objetivos socialistas. Ven a las mujeres burguesas como enemigas de clase y se centran en los derechos de las trabajadoras. Mujeres representativas de este movimiento declarándose feministas o no fueron: Flora Tristán, Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Alexandra Kollontai, Dolores Ibárruri

Feminismo radical El feminismo radical considera la lucha socialista condición necesaria pero no suficiente para el establecimiento de una sociedad en la que las mujeres sean libres. El socialismo se supone que no incluye el feminismo, mientras que el feminismo sí puede contener al socialismo. El feminismo radical piensa que las mujeres han de organizarse solas, sin hombres, pues la lucha va dirigida contra las instituciones del patriarcado que ellos representan. Se acepta la participación paralela de varones antipatriarcales.

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Feminismo homosexual Es la organización feminista de las mujeres lesbianas las cuales luchan básicamente por el derecho a una vida privada y una sexualidad sin ingerencias del Estado y la autoridad, pero que asumen también los demás puntos de las feministas radicales. A veces entran en conflicto con ellas a causa de temas tales como el divorcio y el aborto que como homosexuales no les afectan. Las lesbianas empezaron a agruparse como feministas en Estados Unidos.

Feminismo de la diferencia Es una corriente del feminismo que tiene pocos años de existencia. Data de 1978. A los razonamientos de “igualdad” entre los sexos en que se apoyan socialistas y radicales, las de la diferencia reivindican simultáneamente aquellas cualidades femeninas que piensan pueden ser congénitamente propias de la mujer, tales como la sensibilidad, la intuición, una menor agresividad, etc. Hay un temor a que la mera igualdad política y laboral con el hombre no haga sino que las mujeres se parezcan


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cada vez más a los varones en competitividad, insensibilidad y espíritu de agresión, con lo que aquéllos acabarían ganando la partida. Las feministas radicales o socialistas temen en cambio que una exaltación de los valores supuestamente “femeninos”, pero impuestos culturalmente a la mujer para su alienación, pudieran relegarla de nuevo a las tareas y roles tradicionales. Actualmente el término ha quedado relegado, pero en cambio las feministas tienen más claro que el concepto de “igualdad entre los sexos” no pasa necesariamente por la imitación. Victoria Sendón de León, Luce Irigaray y Antoinette Fouque serían algunas de sus representantes. Para saber más sobre este tipo de feminismo leer: https://www. nodo50.org/mujeresred/victoria_ sendon-feminismo_de_la_diferencia.html Tanto el feminismo radical como el homosexual y el de la diferencia quedan incluidos dentro de la denominación más amplia de feminismo independiente, el cual puede diversificarse incluso en más corrientes, ya que las sutilezas de opinión pueden llegar a ser extremas.

El feminismo como partido Es una manifestación del feminismo radical que se estructura en forma de partido para poder entrar en liza con los demás y optar a la conquista del poder político, en este caso el poder para las mujeres. Sus militantes son mujeres exclusivamente, aunque pueden hacer alianzas políticas con partidos mixtos. El feminismo es algo más que un partido como es algo más que la sola lucha anticapitalista. Es el paso de las mujeres del ser en sí al ser para sí, es su entrada en la Historia como sujeto de la misma, viene a dar una alternativa a la sociedad patriarcal, es la revolución total. El feminismo vindica el lugar de la mujer tanto desde el reconocimiento de lo que pueda haber de diferente entre los individuos de uno a otro sexo, como desde la igualdad en derechos de dignidad humana.

Feminismo oficial Es aquella parte de la lucha por la liberación de la mujer que han tomado bajo su control y autoridad las fuerzas políticas dominantes.

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El feminismo oficial no puede ser considerado feminismo en tanto que sólo es una forma restringida de intento de canalización de los verdaderos derechos y necesidades de las mujeres, desde una ratificación total de la sociedad existente y sin poner en cuestión ninguno de los sillares en que se sustenta. Sin olvidar la realidad de algunas mejoras concretas aunque esporádicas, la actividad para la no Discriminación de la Mujer confirma al hombre

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en su lugar superior e intenta que la mujer se le eleve a su mismo nivel, es decir, sobrevalora y alienta las características tradicionalmente masculinas (competitividad, agresividad, dominación...) asegurándose así el mantenimiento del sistema vigente. Es absolutamente legalista, centrando toda su acción en reformas legales sin ahondar en el verdadero origen de las desigualdades.


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¿Quién teme al anarcofeminismo? movimiento libertario, feminismo y violencia machista Feminazis, hembristas, bolleras resentidas, vosotras no sois libertarias, vosotras no mereceis llamaros anarquistas…

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arece que corren malos tiempos en el Movimiento Libertario para ser anarcofeminista y luchar contra toda forma de autoridad. Parece que muchos compañeros anarquistas o bien están en pañales en cuanto al análisis del sistema jerárquico en el que vivimos o bien tienen mucho interés en proteger un estatus privilegiado, una jerarquía que les beneficie a ellos, dentro del propio Movi-

miento Libertario. Frente a unos principios jerárquicos de visión y división social como es el sistema patriarcal en el que crecemos, nos socializamos y vivimos, se contraponen términos acuñados por la derecha casposa (como feminazi) o conceptos que existen como mucho en el ideario de alguna (como hembrista) pero desde luego no como estructura social de dominación. Una afirmación de tal magnitud como es “el hembrismo como fenómeno social mata más y más lentamente que el machismo” denota una falta de conocimiento, de sensibilidad y de cohe-

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rencia, más cercana a la actitud de un fascista que a la de una persona libertaria que lucha contra toda autoridad. Alegar que un SUPUESTO sistema hembrista es comparable o, incluso, peor que el sistema EXISTENTE patriarcal es sangrante e insultante, más si cabe, cuando nos despertamos a diario con terribles noticias de asesinatos machistas, noticias que no recogen ni la punta del iceberg de lo que supone para nosotras la violencia de género. El término de violencia machista engloba, no sólo la violencia que ocurre en el ámbito de la pareja o ex pareja, sino que va más allá, reconociendo como múltiples las violencias que viven las mujeres por el hecho de ser mujeres pero también las que vive todo ser que no responda a la categoría de “hombre adulto occidental heterosexual”. La violencia machista es una violencia estructural/sistémica basada en la arbitraria división de la sociedad en dos sectores según un rasgo físico elegido aleatoriamente, en este caso, el sexo (siendo el género su supuesta traducción psicosocial). Esta división sexual estructura nuestra sociedad, nuestros esquemas cognitivos de percepción y apreciación y nuestras relaciones convirtiéndolas en relaciones de

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poder. El patriarcado hace viable otras formas de dominación como el Estado o el Capital al normalizar una primera jerarquía (en el orden cognitivo, sin entrar en la discusión historiográfica) y al naturalizar, es decir, al hacernos creer como algo natural, instintivo e innato, dos esferas opuestas y jerarquizadas: lo público y lo privado, el trabajo asalariado y la vida/el hogar/ los cuidados. Cada una de estas oposiciones es un apoyo e incluso una extensión de la oposición entre lo masculino y lo femenino, que hace que el sistema jerárquico, cuya condición de posibilidad es que algunas cosas tengan más valor que otras (lo masculino y público frente a lo femenino y privado), quede inscrito en nuestro mismo cuerpo, el cual ese mismo sistema ha manipulado, transformado y estigmatizado a su antojo. El patriarcado consigue un efecto hipnótico, la cuadratura del círculo: aquellos que resultan privilegiados de la división sexual comienzan a funcionar en base a dicho presupuesto, tomando el resultado de sus acciones como prueba irrefutable de que esta división sexual es natural. Un ejemplo tremendamente obvio es la tan conocida “intuición femenina”: la mujer, relegada a los cuidados, sometida muchas veces


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al carácter de un novio o de un marido, aprende inevitablemente a adelantarse a las necesidades y los deseos ajenos como forma de perfeccionar los cuidados y de ahorrarse problemas. En cambio, la aprendida intuición femenina se ha tornado muchas veces como la justificación de una sensibilidad, un detallismo o de una forma de pensar diferente de la mujer frente a la del hombre. Esto no es ignorar la estructura de clases, pero tampoco considerar el feminismo como se suele hacer como un eje transversal a la misma (es decir, interclasista): el patriarcado está en la base misma de la construcción de esas clases. La división entre el hogar y el trabajo asalariado impuesta por el capitalismo (por la separación del lugar de trabajo de la casa, la imposición de unos horarios, la creación de la fábrica, etc.) implica poder asignar un valor a determinada fuerza motriz que pasa a ser considerada fuerza de trabajo y así poder considerarlo mercancía, trabajo asalariado. Esta fragmentación de la vida conlleva la primera división social del trabajo: la casa, la tarea reproductiva y las tareas de cuidados quedan encomendadas a la mujer y tanto estas tareas como ella misma quedan minusvaloradas frente a aque-

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llo que genera valor, el trabajo asalariado desempeñado por el hombre. Aunque ambas tareas son igual de necesarias para la vida social, esta última, necesaria para el desarrollo económico, es la que se reviste de valiosa por significar una salida de la cotidianidad del hogar: una salida física de la casa y una ruptura con el continuum del ciclo vital que se ve tan inevitable como la salida del sol, tal y como es la reproducción. Asimismo, la construcción del individuo en el sentido moderno, como único ciudadano, único posible participante de la política, que es considerada un valor racional, excluye por su misma definición lo minusvalorado, lo mundano, la casa (como decíamos, aquello que es tan cotidiano que debe ser obvio), es decir, a la mujer. No es que la mujer no fuera sumisa en muchos sentidos antes del Estado moderno y del capitalismo, sino que su sumisión se basaba en ser la negación de un único sexo: el masculino; es decir, no existía el patriarcado como división sexual de la sociedad, lo cual posibilita el capitalismo y el Estado moderno, sólo se tenía en consideración un sexo y su opuesto como una imperfección (el valor de la mujer era sólo la contención, en cambio el patriarcado le asigna unas

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tareas en las que se puede ser “buena mujer” como la limpieza, los cuidados, etc.). No estamos hablando aquí de individuos, sino de estructuras sociales. Tanto como los anarquistas estamos acostumbrados de que los/as ciudadanistas nos vengan a hablar de “empresarios buenos”, sin que entiendan que su supuesta bondad moral no les exime de ser partícipes de una estructura de dominación, estamos las anarcofeministas acostumbradas a que incluso nuestros propios compañeros intenten cuestionar un problema estructural como el patriarcado con ejemplos individuales. Sí, Merkel es muy poderosa y sí, es mujer; no, no es hembrista y no, no es feminista: Merkel no subvierte ningún sistema de dominación. El hecho de que una mujer de clase alta tenga acceso a la política parlamentaria y a ser empresaria no cambia que nuestra sociedad siga estructurada en base a una división sexual que sigue funcionando, porque nunca el patriarcado ha sido algo ajeno a la clase social. Que podamos intuir que a Merkel le limpia la casa una mujer de clase obrera y posiblemente inmigrante, que veamos a nuestro alrededor cómo a Santamaría se la criticara por no dedicarse a las labores de


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crianza propias del puerperio a tiempo completo, etc., significa que el patriarcado es una cuestión de clase e internacional y que sus categorías siguen funcionando a nivel global. Si ya son graves estas formas de violencia estructural aun lo son más cuando son compañeros de clase los que ejercen dicha dominación. El caso más evidente es el del obrero, con actitudes de patrón, que ejerce poder y autoridad hacia sus compañeras de lucha y compañeras sentimentales. Para nosotras es la manifestación más deleznable de la violencia machista, ya que es ejecutada por personas que dedican su vida a acabar con la opresión, eso sí, con la opresión que ejercen los demás, pero no la que ejercen ellos mismos. Del mismo modo, no nos deja de resultar problemático la visión de otros muchos compañeros libertarios que tratan el feminismo como una especie de “patata caliente”: la igualdad, el antisexismo o el feminismo como una frase que tiene que estar en sus estatutos o en su propaganda, pero sólo para que no les estalle nada en la cara. Pretender acabar con el Estado y el Capital pasa por acabar también con el patriarcado: no es una cuestión accesoria ni cuestión personal ni algo que vendrá sólo con la revolución social; es un sistema de dominación que como hemos dicho actúa codo con codo e incluso confundiéndose con la dominación capitalista y estatal, es una cuestión social, y una lucha diaria.

“El caso más evidente es el del obrero, con actitudes de patrón [...] [quieren] acabar con la opresión [...] pero no la que ejercen ellos mismos”

La violencia machista es un instrumento de coerción que, junto con la socialización diferencial, indica el lugar y la posición que las mujeres deben tener dentro del sistema

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patriarcal, que no es otro que la sumisión y la obediencia. Es el arma que hace que las mujeres no salgan de los márgenes impuestos y se adscriban a una serie de comportamientos que benefician de forma directa al propio sistema de dominación masculino. Esto no significa que el hombre, como ser individual, que agrede a una mujer sea el cerebro organizador de una conspiración contra la libertad de las mujeres a nivel mundial, pero sí lo es el sistema que lo alienta y lo permite, quedando el hombre violento y machista como la herramienta fundamental de ejecución de ese sistema (brazo ejecutor), al igual que lo es la policía, las leyes o las instituciones para el Estado.

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Que un hombre anarquista sea ese brazo ejecutor, le convierte en nuestro enemigo, del mismo modo que lo son las fuerzas de seguridad del estado, situándole en la misma categoría infame. Deja, por lo tanto, de ser nuestro compañero para convertirse en una fuerza represiva y autoritaria a la que combatir. Y no por eso dejamos de ser anarquistas (aunque muchos nos acuséis mil y una vez de ello): sois vosotros, muchos de nuestros compañeros, los que os empeñáis en ver como luchas contradictorias lo que no es sino una misma lucha, la lucha por la revolución social. Contra el patriarcado y toda autoridad, Mujeres Libres Madrid.


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