

SOLEDAD ROMERO · SEBASTIÁN ILABACA



ti, mi querida Araya. Tu bonita luz siempre me acompaña.
A mi querido Domingo Arturo. Con gratitud y amor.
SEBASTIÁN ILABACA
Para
SOLEDAD ROMERO
SOLEDAD ROMERO · SEBASTIÁN ILABACA

SOLEDAD ROMERO
Nací y vivo en un bosque. Soy feliz rodeada de animales y árboles. Allí todo es bello y sencillo. Desde hace diez años creo libros y comparto con el mundo aquello que me emociona junto a artistas que admiro.
SEBASTIÁN ILABACA
Nací lejos del bosque, pero gracias a los libros visité selvas frondosas y montañas distantes. Mi principal pasión es descubrir las historias que se esconden dentro de los lápices. Desde hace catorce años me dedico a ilustrar libros mirando hacia mi jardín.
Textos © Soledad Romero, 2026 Ilustraciones © Sebastián Ilabaca, 2026
Dirección editorial: Patricia Martín
Edición: Clara Jubete Baseiria
Dirección de arte: Noelia Murillo Ballesta
Asistencia editorial: Aina Florit Moll
Corrección de textos: Raúl Alonso Alemany Revisión de textos: Eida del Risco
© Editorial Flamboyant, S. L., 2026 Gran Via de les Corts Catalanes 669 bis, 4.º 2.ª 08013 Barcelona www.editorialflamboyant.com
Reservados todos los derechos.
Primera edición: Febrero de 2026
ISBN: 979-13-87614-13-3
DL: B 1449-2026
Impreso en Grafo, Basauri (Vizcaya).
Libro libre de emisiones de CO2 gracias al acuerdo establecido con la Fundación Plant-for-the-Planet.
SOLEDAD ROMERO · SEBASTIÁN ILABACA





CIEN Y LÚA
La mariposa que se convirtió en oruga
PÁGINA 1


CIEN Y ADA
La rana que se ponía colorada
PÁGINA 11
CIEN Y LOLA
La hormiga que se sentía sola
PÁGINA 23


CIEN Y CLARA
La luciérnaga que no brillaba
PÁGINA 33

CIEN Y RAFA
El lobo que no seguía a la manada
PÁGINA 43


CIEN Y LÚA
La mariposa que se convirtió en oruga

Lúa era una mariposa que durante una noche perdió sus dos preciosas alas y amaneció siendo una oruga. Y, claro, de volar ligera por el cielo, pasó a tener que arrastrarse lentamente por el suelo.
Lúa lloraba y lloraba, y comía y comía hojas a la vez que pensaba en lo desgraciada que era.
«¿Por qué yo?», se preguntaba. «No me lo merezco...», se quejaba mientras comía otro trozo de hoja.


—Pst, pst… ¿Por qué estás tan triste? —le preguntó un ciempiés.
—Porque antes era una bella mariposa, todos me admiraban, celebraban mis vuelos... ¿Y ahora? Mírame…
Soy una oruga y estoy sola… —contestó desconsolada.
—Anda, ¿tus amigos no te quieren porque ya no tienes alas? —le preguntó el ciempiés.

Lúa se quedó pensativa y se comió otro trozo de hoja.
—¿En qué estás pensando? —preguntó el ciempiés.
—En mis amigos —respondió Lúa.
—¿Y qué es lo que piensas? —le volvió a preguntar.
—En si realmente eran mis amigos —contestó Lúa.



—Ciempiés, ¿cómo te llamas? —preguntó Lúa.
—Me llamo Cien Pies. Pero mis amigos me llaman Cien.
—Cien, ¿te puedo hacer una pregunta? —dijo Lúa.
—Claro, pregunta lo que quieras —respondió el ciempiés.
—¿Tienes muchos amigos?


—Sí. Soy afortunado. Tener amigos es como tener tesoros.
Lúa se quedó pensativa y por un momento dejó de comer.
—Yo me llamo Lúa —se presentó ofreciendo una de sus patitas.
—Encantado de conocerte, Lúa —respondió el ciempiés, estrechando uno de sus muchos pies con la patita de Lúa.
