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Saldo y esplendor (preview)

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Saldo y esplendor Sergio Madrid

Saldo y esplendor

© Sergio Madrid Sielfeld

Primera edición, agosto 2025

Registro de Propiedad Intelectual: 2025-A-6146

ISBN: 978-956-17-1176-1

Derechos Reservados

Tirada: 500 ejemplares

Impreso en Chile

Av. Errázuriz 2930, Valparaíso info@edicionespucv.cl www.edicionespucv.cl

Dirección Editorial: David Letelier

Diseño: Paulina Segura

Obra licenciada bajo Creative Commons

Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/legalcode.es

Este libro fue publicado gracias a la contribución de la Vicerrectoría de Investigación, Creación e Innovación a través del concurso de Creación Literaria 2025 de la Dirección de Creación.

Saldo y esplendor Sergio Madrid

Un viento helado y sin medida

Hace algunas semanas recibí el manuscrito del nuevo libro de Sergio Madrid. Conocía ya algunas partes y había escuchado elogios del largo poema que pone fin al libro. Me demoré, sin embargo, en leerlo. Tenía en la memoria otro poema suyo, más viejo, en el que hablaba de una plaza cerca de mi casa en Viña del Mar. Pasaba por ella muy a menudo y, cada vez que la cruzaba, trataba de imaginar cómo habrá sido cuando Madrid vagaba por ahí con su hermano décadas atrás. Yo veía una plaza barrosa, un descuidado monumento militar, un paradero de micros y una pileta vacía desde tiempos inmemoriales, de la cual patinadores poco diestros se habían adueñado sin mucho entusiasmo. Al anochecer, algunos comerciantes encendían fogatas y las pocas champas de pasto aún visibles estaban llenas de papeles y restos de comida, como si una multitud hubiera pasado por ahí después de salir del estadio, dejando su estela de frustración y malas ocurrencias por todas partes. El entorno de la plaza había cambiado de manera violenta en los últimos diez o quince años y no me cabía duda de que casi no quedaban rastros de la sobria miseria de antaño. Quienes no se habían ido eran los perros. Aunque distintos a los que Madrid veía inclemente morir en su poema, conservaban la apacible sensatez de la calle. Ahora, eso sí, la indiferencia les pertenecía, ellos habían visto morir a mendigos, casas y al barrio entero de una ciudad, pero seguían ostentando el trote parsimonioso de un dios venido a menos. Al tomar el libro de Madrid y oír sus palabras tan llenas de ilusiones contradictorias —el desengaño, la rabia— pensé que se había propuesto recuperar la posibilidad de dar un testimonio. Aunque para conseguirlo debiese vencer a las bestias vagabundas que reinaban en la “plaza de los olvidados”, aunque debiese redoblar su ingenio y su rencor para hacer una sola cosa: robarle la voz a los perros.

Desconozco las razones que llevaron a Sergio Madrid a encontrarse en esta urgencia, pero hay algunos rastros en su libro. Se nutre de antiguas —tal vez las más antiguas— preguntas de la poesía: ¿Del ruido, del amor, de la obsesión, qué quedará? Pero no se ha dejado encandilar por las posibles respuestas fulminantes a esa pregunta, ni por los efímeros fuegos que describen en el cielo; más bien ha encontrado un fértil punto de partida en una máxima extrema: si nada quedara de nada, ¿qué tendríamos que decir? Y su respuesta comienza por ubicar el lugar preciso donde la pregunta se plantea. Deduzco, gracias al espléndido “A ninguna parte”, que si bien su energía se dirige a territorios muy diversos, nacía del estado de extravío que él mismo describe con tanta exactitud. Constata ahí, de modo parco y final, el punto en el que se encontraba: “Llega de pronto la hora de no saber,/ la hora de sentirse confundido.(…)”; y retomando un antiguo lugar literario se pregunta por las “deleznables/ obras, recuerdos y esperanzas (…)” que se amontonan en media vida, en un recorrido afanoso para demostrar solamente viejas verdades como que nadie vuelve atrás o que al final del camino no hay nada (sólo tal vez una frase magnífica, simple y vagamente austríaca: “(…) el esfuerzo por volver/ no es más vano que el esfuerzo invertido por décadas/ tan sólo para ir. Y no sabes, valga decirlo, qué hacer”). Este nuevo libro recoge las variadas figuras que este conato de regreso asume cuando alguien se descubre en una costa desierta y sin horizonte.

Para llegar a ese cabo suelto es necesario reconocer y atravesar uno o muchos finales. Y Madrid ha señalado varios de ellos. No se ha detenido en los más estruendosos ni, menos, en la devastación —en el happy end mal hecho— del apocalipsis; su atención se centra más bien en la lenta transformación de las cosas, de las ciudades y de las vidas incautas que las habitaron. Le interesan, como en otras ocasiones, las existencias y amores cuyos declives tuvo el infeliz privilegio de conocer y Madrid canta sus piedras fúnebres con el desprecio lírico que ha patentado por años. Pero aparecen más que nada nuevas fronteras, fatales e imaginarias. Me detengo sobre todo en el desenlace que abre el último poema del libro: las palabras de un padre a su hija desde un más allá soñado, saturado de deseo y heridas. Suponer la propia muerte es necesario, quizás, para ser capaz de hablarle al presente. En un poema escuchamos el decreto rebelde que altera el curso del tiempo y permite hablar. Madrid sancio-

na: “…te pondremos las patas en la cabeza/ serás ahora lo que serás, y lo que ahora eres serás/ y lo que fuiste ya nunca lo habrás sido”. La mayor insolencia de este libro está en considerar al futuro como a un pasado completamente borrado, como a un abismo inaccesible, lleno de ruinas e impulsos que no llegaron a nada. Desde el futuro como lugar mítico y perdido, Madrid planea su retorno, su “nueva muerte”, para dejar atrás “esa otra muerte…de la cual volví”. Y vuelve presionando en distintas direcciones: afina aún más el tono de sus palabras. Si antes parecía querer concentrar en un tono parejo los movimientos de la voz, ahora prefiere alternar distintas nervaduras, donde las conocidas declaraciones rápidas y taxativas se mezclan con meditaciones de respiración más larga, con pesos muertos verbales, y produce una intensidad impredecible, disonante. Pero también vuelve a construir la ciudad imposible que ha cultivado en los últimos años: una ciudad donde conviven dos formas incompatibles: ideal y basura, como si Madrid no pudiera ver sino desde esos dos puntos de vista al mismo tiempo. Buena parte de la potencia de este libro descansa sobre la imposibilidad de conciliar estos dos puntos de vista y la fraternidad belicosa que comparten.

Hacia su propia voz, hacia sus ciudades, hacia su juventud, hacia sus amigos, hacia sus mujeres, hacia su hija, Madrid intenta volver la mirada. Y la fuerza que gasta en ese minúsculo gesto es el estallido que origina este libro. Noto la búsqueda por dar con el sonido que haga posible esos regresos, reconozco las máscaras que es necesario asumir para que esos regresos no nos traigan de vuelta imágenes archiconocidas, derrotas rutinarias o falsas alegrías. Lo que mantiene viva la investigación de Sergio Madrid es tal vez una convicción opaca: incluso rodeados de cadáveres “cernidos como luna elástica”, ruinas y todos los esperpentos de nuestro futuro, sabremos que nuestro legado no nos pertenece, que la respuesta final es bastante simple: nada de esto va a ocurrir, la imbecilidad, sólo la imbecilidad prevalecerá. El viraje de retorno nunca termina y si algo logramos vislumbrar es un paraje donde, para bien o para mal, nada ha cambiado, sólo que ahora gobierna un viento helado y sin medida.

El cielo del estanque

—¿Qué amas pues, intrigante extranjero?

—Amo las nubes... las nubes que pasan... allá en lo alto... allá... ¡las maravillosas nubes!

Charles Baudelaire

Salgo del río del tiempo que he vivido, salgo de ese torrente espumoso, de esa agilidad del viviente y del sobreviviente y contemplo

sin intervenir un ápice los sucesos, obviando por un momento lo esperado. Vaciando la vida de toda esperanza pregunto

por lo que he escrito y lo que he abandonado, por lo que se ha ido sin que pudiera retenerse, por lo que dejé ir, por lo incumplido. Me hago presente

como nunca, me hago presente en la frontera de la poesía y la vida, donde no se distingue si la poesía es el estanque o si el estanque es el cielo.

Sobre nuestros rostros un pedazo de ese cielo se refleja en el estanque cuyas aguas quietas todavía se parecen al retrato de un enigma y su solución.

No hacia adelante ni hacia los lados como las piezas del ajedrez, ni hacia atrás como el viejo metafísico, ni hacia alrededor como el nómade todavía, sino hacia arriba como un pájaro que no sabe volver.

* *

El río de la vida poco se parece al cohete de la eyección: hacia arriba crece el cuerpo cuya estatura hallarán desplomada en los osarios.

En el estanque se refleja el cielo donde el rostro de un niño se asoma sobre el agua como una nube, pero el cielo no gobierna sobre la cabeza del niño.

El reflejo del estanque sólo constata que arriba hay cielo, y cuando el niño retira su rostro el cielo se torna primer plano sobre la superficie del agua.

Inversamente el cielo yace también en el fondo del estanque: cuando los pájaros vuelan hacia allí los niños se lanzan al infinito. Crecen, y no se ahogan.

Luego los niños exploran el jardín donde entre flores admiran y temen a las abejas, huelen la inconfundible mandarina, con lupa observan las hormigas, hasta que vuelven al estanque.

El cielo y la superficie del agua están hechos de una misma materia inasible: hacia arriba el aire infinito del azul, hacia abajo un azul refrescante.

El niño siente ganas de refrescarse en el estanque: cruzará el velo de la superficie, descubrirá que se crece hacia las alturas, soñará nubes en la mano,

caminará o no la superficie de las maravillosas nubes.

Las colinas

Cuando la jornada del esplendor haya pasado y sólo nos quede el recuerdo de los tiempos felices de la juventud nos acogerán las tribulaciones, los formularios, la medicina —como si la juventud y esos tiempos se hubieran consentido alguna vez, como si ahora cuando sabemos demasiado para la poca vida que nos queda hubiéramos perdido el esplendor del cielo juvenil.

Ahí están las colinas que miramos desde el cielo de los años encumbrando las nubes y más abajo los valles, los accidentes de la geografía, el mapa de la superficie (que se hace visible desde los aviones y las máquinas espaciales). Ayudados por la tecnología nunca sabremos si estamos viejos ni si en otro tiempo estuvimos tan ancianos como la época o si estamos floreciendo en nuestra intimidad.

(Aunque se precipiten pedradas en la conciencia debemos conceder que la vejez no es otra cosa que la pérdida de la camaradería)

Con los años hemos subido estas colinas invisibles y por la memoria bordeamos el antro de donde vinimos para alcanzar estas alturas donde hay menos oxígeno, así que vamos más lento, con precisión golpeamos la escasa rama, y devolvemos la piedra a las nubes, y requerimos el cielo nocturno en este punto donde las estrellas están más cerca.

La traición de la palabra

Lo que se ama es como tú poesía, barca que guía por las páginas de las ciudades, también por los campos y el desierto, Norte y Sur, también por las coordenadas ecuatoriales del globo terráqueo.

Impetuoso el que siente a la poesía en sus rodillas y la encuentre amarga y la injurie a menos que ella lo siente en sus rodillas y lo halle amargo y lo injurie.

Los injuriados abundan con sus plumas de belleza, de laureles y diplomacias, mantienen bien a sus familias con frustración íntima, corren entre clubes y sociedades, desfalcan su talento en comidas. No son felices, no se resisten a sí mismos ni a quienes los rodean, por eso se medican.

Unos y otros aman sin embargo la palabra que han traicionado y ella misma los traiciona a veces en nombre de la poesía, que se mueve como un gato por la quebrada.

Gatos (o gata)

Los cachorros entran a casa cada vez que alguien abre la puerta. Hablar de gatos significa entrar en emociones. Hay que regalarlos, haremos un cartelito y lo pondremos en La Estrella. Si no lo hemos hecho aún, es prueba de nuestra falta de fe. Preferimos ver televisión. A veces juego y decido los movimientos del mundo frente a la pantalla. Mi mujer trabaja, no tiene tiempo para estas cosas, pero tarde o temprano le gustarán. De hecho, ha dado señales de estar muy avanzada en la sabiduría del ocio. Por eso, es decir, por amor, a veces la contemplo cuando cierra sus ojos y adivino que esa cabeza rubia está llena de sueños. Ella sabe realmente cerrar los ojos. Y los gatos duermen.

El sol de la época

Caminemos bajo el sol del mediodía en las postrimerías de enero, por los caminos padecientes del verano, presenciemos sobre la arena la alucinación del color, la sordidez de la muerte o las ganas de salir caminando.

Caminemos por los puentes que unen el río con el ojo. Que ningún sol de la época evapore esos ríos que van de las montañas más hermosas del paisaje del mundo hasta esa pobla que traes contigo bajo la ropa y los modales.

Crucemos canales y basurales bajo el sol del mediodía, para que los jugos del tiempo hagan lo suyo sobre los despojos orgánicos y hiedan todas las heces de la ciudad bajo los dominios del verano.

Mr. Bobby Fischer

In

memoriam

Del genio a la locura no hay un paso sino un abismo: como el paso de lo ancestral a lo nuevo. Por cierto, solo la obra cubre ese salto, ese dolor de no ser lo que se ha sido ni lo que seríamos.

El genio ronda en su centro de obsesiones, el loco es víctima de su propia excentricidad. No hay razón que se juzgue en el uno ni en el otro. Ambos dominados por un dudoso pragmatismo y un grado necesario de imbecilidad

para sostenerse en un mundo equivocado— ¿Por qué admirar a un maldito como este que probablemente vio el mundo como un tablero donde se expuso a sí mismo como un gambito buscando ser el centro de toda admiración?

No neguemos los resultados deportivos, la superioridad sobre todos los de su época, y su fugacidad como un Rimbaud desquiciado en América o como un Ulises que regresa veinte años después al viejo trono del exilio: la grandeza condena.

Bien lo sabe aquel cuyo trono abstracto lo escindió de la ONU en Yugoslavia, lo condenó a Japón, donde ocho meses esperó una extradición en la cárcel, salvado finalmente en Islandia pudo morir con sesenta y cuatro escaques en el cuerpo.

El sol del amor en tiempos del espectáculo

Permítame defenderla. Esta casa suya y mía se desvanecerá, si algo queda será de usted no un recuerdo sino la ruina donde puse el sudor invisible de mi desesperación para que no viviera como morimos todos los mortales. Vulgarmente los años me endurecieron, ya no sé decir las cosas que solía, simplemente enmudezco en un furor que encenderá el mañana y hoy no dice del amor el galimatías de la esperanza ni de la gente que con buenas costumbres atormenta a los otros.

Ya no mire en mis ojos, no busque ahí el amor que no halla, sino afuera, donde mis ojos se realizan en usted, ahí donde mis ojos se cuelgan de usted cuando pasa y no me ve, ahí donde no se posan las trivialidades que nos acosan.

Mal que mal, de eso trata el trabajo que adopté con vocación de joven y maldición de viejo, mínima manera de hacer nuevo el mundo a pesar del dolor, de la terrible vicisitud de a veces no poder, de malgastar el tiempo en la belleza, de resistir la tentación fácil de vestirse con laureles, de anhelar la riqueza de los utilitarios, de caer en el vacío de una velocidad que no mueve a nadie sino a nuestros dominadores abstractos que concretamente se enriquecen para exhibir edificios digitales.

Si usted caminara por ahí, la contratarían y le darían una oficina.

Siempre es temprano para morir: no me mate. Todavía hay un sol cuyo esplendor desdeña la oportuna seguridad de las profesiones. Lo sé, porque usted me mostró ese sol el día en que nos conocimos.

Las ruinas del futuro

Tiempo: te invocamos desde el pasado, tus acontecimientos futuros los trocamos por los presentes.

Estamos aburridos esperando tus advenimientos así que te pondremos las patas en la cabeza, serás ahora lo que serás, y lo que ahora eres serás y lo que fuiste ya nunca lo habrás sido.

Todas las historias en las que llevabas la delantera perderán sentido: ni los personajes de las novelas hallarán camino que los lleve a casa por esas ciudades sin caminos inventadas por sueños quemados en cafeterías.

Simplemente los caminos se habrán borrado de la faz.

7

Un viento helado y sin medida por Alfonso Iommi

11 El cielo del estanque

15 Las colinas

17 La traición de la palabra

19 Gatos (o gata)

21 El sol de la época

23 Mr. Bobby Fischer —In memoriam

25 El sol del amor en tiempos del espectáculo

27 Las ruinas del futuro

29 El auto nuevo

31 La casa de los muertos

33 Los patos sobre los eucaliptus

35 Peter Pan

37 Ciudades

39 El alma del mundo

41 La luz del viaje

43 Paternidad

45 La alegría

47 Siete de marzo

49 Significado de la rosa

51 El paisaje de Patricia

53 Site in / Site out

55 Mauricio Barrientos —In memoriam

57 El esplendor

59 A ninguna parte

61 Despacho

63 Saldo

Este libro fue compuesto con la familia tipográfica Inria Serif 10 pts.

Impreso en papel Bond blanco de 106 gr/m2, en un formato de 17 x 24 cm. Páginas de cortesía en papel Curious Matter Andina Grey de 135 gr/m2. Encuadernación en rústica con tapas en papel Royal Sundance Ultra White de 297 gr/m2.

Fue maquetado en la ciudad de Valparaíso y confiado a Eclipse Impresores, durante agosto de 2025.

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