

Poesía completa
Catulo / Cayo Valerio Catulo

Poesía completa
© De la traduccción, Héctor García Cataldo
Primera edición, diciembre 2025
Registro de Propiedad Intelectual: 2025-A-10980
ISBN: 978-956-17-1217-1
Derechos Reservados
Tirada: 500 ejemplares
Impreso en Chile
Av. Errázuriz 2930, Valparaíso info@edicionespucv.cl www.edicionespucv.cl
Dirección Editorial: David Letelier
Diseño: Paulina Segura
Imagen de portada: Ariadna abandonada, fresco romano (IV estilo), 60–79 d. C., sobre enlucido, procedente de Pompeya. Colección del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.
Obra licenciada bajo Creative Commons
Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/legalcode.es
Poesía completa
Catulo / Cayo Valerio Catulo
Traducción directa del latín e Introducción de Héctor García Cataldo
Presentación de Miguel Castillo Didier
Edición bilingüe

Presentación
Con mucho agrado escribimos estas palabras en torno al macizo y excelente trabajo del profesor don Héctor García Cataldo sobre la obra del poeta latino Catulo. La traducción de la poesía completa conservada de este vate implica una larga y ardua labor, que ha realizado con ejemplar perseverancia y competencia, paralelamente a su intensa y larga labor docente de las lenguas latina y griega y de las literaturas plasmadas en ambos idiomas. Con el antecedente de sus anteriores trabajos sobre los poetas arcaicos griegos, sobre Solón como poeta y político, y sobre diversos autores latinos, no es de extrañar la óptima calidad que nos muestra su traducción de Catulo.
A ésta se agrega un muy completo estudio que examina en dos grandes secciones la trayectoria vital y el caminar poético de Catulo.
La primera sección, “La vida”, se desarrolla en tres apartados: 1) Verona, Bitinia, Roma; 2) Lesbia-Clodia: novela de amor; 3) Amigos y enemigos; y la segunda, “Contexto histórico El siglo I a. de C.”, presenta tres apartados: 1) El fin del período de la República y primera mitad del siglo I a. C.; 2) Roma y el contacto con el helenismo; 3) Los poetas neóteroi o poetae novi: nuevo fervor cultural en Roma.
El corpus de la poesía de Catulo está formado por sólo 116 carmina. Los “temas” son diversos, pero como escribe el profesor García Cataldo, “lo central en la poesía de Catulo es la pasión por su Lesbia con todas las vicisitudes extremas. Nosotros como lectores tenemos la dificultad de poder seguir la linealidad de esas composiciones, dicho de otro modo, no tenemos una orientación cronológica de la secuencia en que fueron apareciendo”. Y, en verdad, los poemas dedicados a Lesbia, nombre tras el cual se oculta el de Clodia, hermana del tribuno de la plebe Publio Clodio Pulcher, son, sin duda los más hermosos de la colección, a los que se pueden agregar los que recuerdan a su amado hermano, como el texto CI.
El estudio introductorio es muy completo y severamente documentado. Su lectura nos deja muy bien informados acerca de la vida y la creación de este poeta, de corta vida (84-54 a. C.) y de grande pasión. Como lo expresa el profesor García Cataldo, Catulo y Lucrecio “son los poetas por excelencia con los que se inaugura el período de la gran poesía latina del último siglo antes de Cristo”.
Sentimientos que van desde la expresión de apasionado amor, a las dudas, a las angustias por los silencios y posibles infidelidades de la amada, a las quejas por la falta de comunicación, se expresan en los poemas que se dirigen a Lesbia o hablan de ella, textos dispersos en la colección. A la amada se dirige cuando en el texto VII habla de los besos, en dos bellos símiles:
Tú me preguntas, oh Lesbia, cuántos besos tuyos me bastarían y me sobrarían.
Cuán grande es el número de granos de arena de Libia que se esparcen en Cirene, la que produce el láser […] o cuán grande es el número de estrellas cuando la noche calla.
No pocas bellas comparaciones presentan los poemas de Catulo, hermosamente traducidas por el profesor don Héctor García Cataldo. Recordemos al menos las dos siguientes:
Como la vid solitaria que nace en un campo desnudo jamás se eleva a lo alto, jamás produce dulce uva, sino que doblando su tierno cuerpo por el peso que la inclina, ya por fin toca de cerca desde su raíz al sarmiento de más arriba
LXII
Como en la cumbre de la aireada montaña, la transparente corriente de agua salta desde la piedra cubierta de musgo, la cual es arrastrada cayendo desde el inclinado Alpe pasa a través de un camino regular de numerosa gente, un dulce alivio para el caminante cansado en su sudor…
LXVIIIb
El amor del poeta, posiblemente el único de su vida, y la fidelidad con que lo vivió, se expresan parca, pero intensamente en estos cuatro versos:
Ninguna mujer puede considerarse tan verdaderamente amada, como lo ha sido mi Lesbia por mí, jamás en pacto alguno hubo tanta fidelidad cuanta tú recibiste de parte de mi amor hacia ti.
LXXXVII
Pasajes de intenso lirismo hallamos en el poema CI, en el que el poeta llega a la tumba de su hermano, en la Tróade, para dejar una ofrenda y hablar a las mudas cenizas:
Transportado a través de muchos pueblos y por muchos mares, he llegado, hermano mío, para ofrecerte estas tristes ofrendas fúnebres, como ofrenda postrera de tu muerte y para dirigir en vano mi palabra a tus mudas cenizas [:::] triste regalo, recíbelas empapadas abundantemente con el llanto [de tu hermano, y adiós para siempre, hermano, adiós.
Con este trabajo del profesor García Cataldo hace una nueva y muy valiosa contribución a los estudios clásicos en nuestro país, poniendo a disposición de todos los que aman la poesía la obra completa de Catulo. Esta labor suya merece, pues, además de nuestra admiración, nuestra gratitud.
Miguel Castillo Didier
Profesor Emérito Universidad de Chile
Introducción
IN MEMORIAM
Dedico esta traducción a la memoria de mis maestros italianos:
SILVANO MAZZON BRUGNARO, de quien aprendí latín.
ALBINO MISSERONI DALLA SERRA, de quien aprendí el griego antiguo.
Al recuerdo de mi querida madre SARA DEL CARMEN CATALDO V.
AGRADECIMIENTOS
Debo mucha gratitud a mi amada compañera MARÍA ALICIA LÓPEZ A., quien se hizo cargo de transcribir toda la traducción manuscrita y de leer, corregir y comentar críticamente el trabajo en su conjunto. A CAMILO LARA L., que sin su ayuda computacional, yo no habría podido reconstituir los esquemas métricos que en la edición aparecen.
A mis queridos hijos y a mis hermanos.
A la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, mi Alma Mater, y a su rector por acoger tan entusiastamente mi trabajo y hacerlo realidad.
Il piccolo libro torna a splendere e vivere, e a far rivivere un’anima e un’età. Giovanni Pascoli1
I. VIDA DE CATULO
Verona, Bitinia, Roma
Más de algún lector querrá saber quién fue Cayo Valerio Catulo y algo acerca de la época que le tocó vivir. En realidad, respecto de su vida es muy poco lo que se sabe y las informaciones que se han obtenido vienen de su propia obra (autobiográfica), ampliadas y precisadas por la investigación en tiempos posteriores.
Se trata de un poeta que nació en Verona y que, según San Jerónimo en su Crónica, habría vivido unos 30 años, dando como fecha de su nacimiento el año 87 a. C. y la de su muerte el 57 a. C. Sin referirnos al error en las referencias de Jerónimo, las fechas corregidas del período de su vida y aceptadas unánimemente, serían el 84 y 54, respectivamente2. Sabemos que en torno a los 16 años (67 a. C.) escribe sus primeros poemas, cuando apenas vestía la toga blanca3. En este mismo poema, que es una elegía, nos enteramos que murió su hermano mayor por quien siempre manifiesta un sentido y profundo cariño, y a quien cubre la tierra troyana4. En Verona, en casa de su familia, se alojaron gobernadores, incluso
1 Cfr. La introducción a su Lyra (Livorno, 1895), op. cit. por Paolo Fideli, Catullo. Cuore senza fine. Paravia, Torino, 1986, pág. XXXI.
2 Acontecimientos históricos de los años 57 y 54 a. C. han permitido precisar dichas fechas, teniendo a la vista los propios carmina (c.) de Catulo, véase c. 11, 12; 29,20; 45, 22; 55,6; 113,2. Se ha puesto en duda que los c. 52 y 53 correspondan al año 54, como se verá la cronología de los carmina es problemática.
3 c. 68, 15-17, expresa que compuso “muchos poemas de amor”.
4 Así en el c. 65, 1-12, que probablemente deba datarse de la época del 60 a. C.
el mismo Cayo Julio César, contra el cual el poeta compuso unos durísimos epigramas, tal como hiciera contra su lugarteniente Mamurra, de quienes hablaremos más adelante.
También sabemos que hacia el 57 a. C. después de haberse familiarizado con C. Memmio, un magistrado erudito y poeta, a quien T. Lucrecio Caro le dedica su De rerum natura, emprende una travesía a la provincia de Bitinia en compañía de su amigo Helvio Cinna, lugar en el que Memmio había sido asignado gobernador. Catulo viaja con la esperanza que en esa lejana provincia podría aumentar su fortuna económica. Permaneció allí por un año, hasta el 56 a. C., ocasión que le permitió realizar un viaje hasta Troya para visitar la tumba de su hermano y dirigir unas palabras a las “mudas cenizas”5. Sin embargo, la ventaja económica no resultó, pues el sueldo era demasiado escuálido, la provincia pobre y algunos gobernadores no podían enriquecerse allí6, diferente de lo que ocurría en otras provincias de fines de la República (siglo II a. C.). Al parecer, culpó de su fracaso al propio gobernador Memmio contra el que se dirige con un lenguaje procaz y difamador7.
Al término de ese año y de su estadía en Bitinia regresa solo a Italia y permanece un tiempo en la propiedad de su “hermosa Sirmio”, en el lago Garda8. La isla de Sirmio se identifica con su casa y con los afectos familiares, pese a que Catulo nunca habla de su familia, ni de su padre, ni de su madre. También se sabe que el poeta poseía otra villa en las cercanías de Tivoli, donde nos dice que se mejoró de una “maldita tos”9
Todo apunta a que Catulo provenía del seno de una familia muy bien acomodada y rica. Respecto de sus estudios, no obstante, desconocemos cómo fue su educación en Verona, ni quiénes habrían sido sus maestros,
5 Véase este breve, pero hermoso c. 101 que se cierra con ese adiós, adiós para siempre del último verso Atque in perpetuom, frater, ave atque vale. (Ed. W. Kroll, 1959, pág. 275)
6 Los recuerdos de Bitinia, c. 10, 5-13; y en los versos siguientes una buena dosis de sarcasmo en su estilo.
7 Véase c. 28, 6-15.
8 Véase el c. 31, 5-14 en los que se deja ver una profunda nota de melancolía. Cfr. Con c. 4 en que Catulo señala al “barquichuelo”, que lo ha transportado desde Bitinia a Sirmio, reposando en una tranquila quietud en la rivera del lago Garda.
9 Véase c. 44.
sólo tenemos que ceñirnos a lo que podemos deducir, en general, de sus carmina: que poseía un conocimiento de la literatura helena clásica, en particular, de la lírica, poetas como Arquíloco, Alceo, Anacreonte, Hiponacte y muy especialmente de la lésbica Safo. Luego ampliaremos este tema relacionado con su formación literaria.
Si en estas líneas ya se ha mostrado un leve rasgo de la sensibilidad de nuestro poeta, queda por referir aspectos fundamentales de esa sensibilidad, por medio de la cual se expresa naturalmente toda su vida y la propia individualidad. Catulo no superó la treintena de años, casi la mitad de los cuales llegó a ser un esclavo, un sirviente del amor. Su vida se podría resumir con la paradoja del odi et amo10, aparentemente dos dimensiones que en el fondo son una sola e inexplicable, inefable a la mera razón, pero que es aconteciendo en el puro sentir. A través de las poesías de Catulo podemos hurgar en ese laberinto de la simple y pura aisthesis, esto es, de esa facultad que nos permite experienciar el mundo, la realidad en su contacto inicial a través de nuestros sentidos.
Roma sería el lugar desde donde se configurará la trayectoria vital del poeta. Sabemos que Catulo, en el 65 a. C., con apenas 19 años, se instala a vivir en la capital de la República y es allí donde profundiza en sus estudios. Por aquel tiempo, la capital se había ido transformando, paulatinamente, en el principal centro de cultura con todas las nuevas influencias provenientes del mundo heleno y de éste y el oriente helenizados, que las conquistas y los conquistadores habían adquirido en lejanos lugares, durante años de estadía, y habían llevado consigo a Roma. En este ambiente refinado y cultivado de la alta sociedad, Catulo no sólo fue acogido rápidamente, sino también se encontró con personas letradas y poetas de su tiempo, entre ellos, con el historiador Cornelio Nepote11 a quien dedica su colección de ligeros carmina, bajo el signo de nugae, es decir, de ba-
10 Véase el dístico del c. 85.
11 Es por información de un poeta minor del siglo IV d. C., Décimo Magno Ausonio en su Eclogae 1, 1 que nos enteramos que se trata de Cornelio Nepote, el autor de la obra De viris illustribus, una gran colección a la manera de vidas paralelas en que aparecen personajes de diversas categorías: poetas, historiadores, oradores, gramáticos, etc. Véase c. 1, 1-7, que contiene, además, el carácter programático de toda su obra. Catulo enuncia los dos principios poéticos fundamentales de la escuela neotérica: el labor limae, esto es, el trabajo incansable de refinamiento
gatelas, fruslerías, “bromas”, burlas, etc., pero que no son meras nugae, sino que de suyo encierran un aliquid, algo, tienen un valor, esto es, que tienen un sentido, o si se prefiere, un sentir. Se encontró con el gramático, que por tal debemos entender como profesor de literatura y, además, con dotes de poeta, Valerio Catón, de quien se dice pudo haber sido su maestro12. Conoció a Quintilio Varo de Cremona, quien fue su amigo de correrías amorosas y a quien nombra en dos de sus composiciones13. Catulo en casi una decena de años, en los que desarrolla su carrera literaria en Roma, conoce a Cicerón de quien habla en términos elogiosos, pero al mismo tiempo puede transparentarse un tono profundamente irónico y no sin razón, pues si consideramos que Cicerón en su Pro Caelio no habría dejado indiferente al poeta, pues dejaba en muy mal pie a su Clodia, ya que se trataba de M. Celio Rufo, un antiguo amante de Clodia14, a quien ella intentó incriminar, acusándolo de haber envenenado a su anterior amante. De modo que Catulo podría mostrar su antipatía no sólo contra Cicerón15, sino también por la vida política en la que el gran orador y abogado se encontraba totalmente inmerso. Asimismo, conoce al enemigo de Cicerón, a Quinto Hortensio Ortalo, un famoso orador, un personaje culto y refinado, que cultivaba la poesía y al mismo tiempo protegía a los jóvenes talentos, entre ellos a Catulo. Cuando el poeta se retira por un tiempo de la actividad literaria, debido a la muerte de su amado hermano, Hortensio procuró no sólo confortarlo, sino también convencerlo para que prosiguiera con su actividad poética16
de una obra literaria, y, el de doctrina, esto es, la erudición, la investigación indispensable que debe realizar todo escritor.
12 A él se refiere Catulo en el c. 56 a quien refiere una anécdota “ridícula y extremadamente divertida”.
13 Véanse los c. 10 y 22; en éste criticando a un tal Suffeno, poeta mediocre a quien califica de “ordeñador de cabras o un sepulturero”, el poema concluye con una reflexión: “El defecto es para cada uno su propio atributo:/ pero no vemos la mochila que tenemos en la espalda”.
14 Cic. Pro Cael. 32,36,38,78, cfr. Pro Sest. 16, 39; así nos enteramos de las relaciones incestuosas entre ella y su hermano Publio Clodio Pulcher.
15 Véase c. 49, en que aparece Catulo como “el poeta más malo de entre todos”, en cambio, Cicerón como “el mejor abogado de entre todos”.
16 Véase el c. 65, especialmente v. 15-17 en que el poeta aclara que en medio de tanto sufrimiento le envía unos “versos traducidos del descendiente de Batto”; expressa carmina, con esta expresión Catulo se refiere a su traducción de la Cabellera de Berenice del poeta Calímaco de Cirene, cfr. c. 66.
Lesbia-Clodia: novela de amor
Un dato externo nos puede facilitar la entrada a ese laberinto del que hablábamos. Si juzgamos por las fechas, Catulo habría tenido los primeros contactos personales con la que fue el amor más importante de su vida, en Verona. Nos referimos a Clodia, hermana del sanguinario tribuno de la plebe Publio Clodio Pulcher, enemigo de Cicerón. Clodia se casa en 63 a. C. con Quinto Metelo Celer, gobernador de la Galia Cisalpina (6261 a. C.), pero al cabo de tres años queda viuda (59 a. C.) “sospechándose –como dice A. Gudeman– que envenenado por ella”17. Será en Roma, en ese mundo aristocrático y corrupto que Catulo frecuentaba, donde la pasión desenfrenada por Lesbia- Clodia lo acompañará hasta poco antes del fin de su corta vida y animará toda su obra lírica. Cuatro o cinco años dura esa relación amorosa, de momentos felices, pero también de mucha desesperación por las traiciones.
Hoy el problema de la identificación de Lesbia con Clodia ha quedado resuelto no sólo con el Pro Caelio de Cicerón, sino también con los testimonios de Ovidio para quien Lesbia era un nombre falso, un pseudónimo18, pero para Apuleyo no cabe duda que Lesbia era Clodia19.
La Clodia real era una mujer muy hermosa y de espíritu refinado, culta y también de muchos amantes, famosa en toda Roma, sobre todo por sus escándalos. Catulo se enamoró perdidamente de esta mujer, casada, unos diez años mayor que él, a la que consagró en su imaginario como Lesbia, rindiendo con ello un grande tributo poético a la lésbica Safo. Los carmina del amor están esparcidos, por así decirlo, a través de toda la compilación, quizá porque ellos representen el hilo articulador de toda la colección de poemas. Por ello, lo central en la poesía de Catulo es la pasión por su Lesbia con todas las vicisitudes extremas. Nosotros como lectores tenemos la dificultad de seguir la linealidad de esas composiciones, dicho de otro modo, no tenemos una orientación cronológica de la secuencia en que fueron apareciendo. Fijar esa cronología sería una tarea no sólo ardua, sino imposible. Pero esta falta secuencial también
17 Cfr. su Historia de la literatura latina. Ed. Labor. Barcelona, 1952, pág.86.
18 Véase Tristia II, 427; y mi traducción frag. 9.
19 Véase Apologia 10.
tiene su mérito, pues nos obliga a sentir abruptamente esos sobresaltos que van desde el asombro del primer encuentro visual, de la intensidad de la pasión recién iniciada al dolor y tristeza de los disgustos, separaciones transitorias, pasando por la exaltación del reencuentro, las sospechas por la eternidad de esa misma relación hasta la desilusión total y el convencimiento que se debe apartar definitivamente de esa “peste” que lo ha sumido en la tristeza, exhortándose a sí mismo, a la manera estoica, para resistir y aguantar la separación de la que ha amado más que sus ojos y que la propia vida.
Penetrar, como lectores, en este laberinto del terrible-maravilloso sentir humano del amor en su máxima expresión es recorrer 22 composiciones, sin considerar aquellos poemas en que se refiere a sus propios rivales o enemigos y el mismo odi et amo de la composición 85, que podemos considerar como el corolario de esta novela de amor y odio, un sentir que está más allá de toda comprensión racional. En su lírica “se refleja su pasión –como dice E. Bignone– casi hora a hora, en la que todas las peripecias de aquel grande amor quedaron indeleblemente impresas”20 desde aquel momento en que la vio probablemente por primera vez en el umbral de la casa de su amigo:
Adonde mi cándida diosa con su suave pie se introdujo y en el frecuentado umbral de la puerta la planta de su pie brillante puso sostenida en su delicada sandalia,21
Se complementa este recuerdo con aquel bello pasaje de la traducción que Catulo hizo del famosísimo poema de Safo, conocido como el phaínetai moi, “me parece...”:
lo cual, pobre de mí, me arrebata de toda la facultad de mis sentidos: pues, desde el primer momento que te contemplé, Lesbia, ni un hilo de voz me queda ya22
20 Cfr. Historia de la literatura latina. Ed. Losada. Buenos Aires, 1952, pág. 124. 21 Véase c. 68 b 70-72. 22 Véase c. 51,5-8.
Como acota en su texto Bignone, jamás hubo poeta latino que captara algo así de leve, impalpable e instantáneo como la espiritualidad del paso de la mujer amada, convirtiéndolo en algo sólido, con solidez de eternidad. Del total de los poemas, sólo nos referiremos a esos principales momentos que hemos comentado, como simple referencia para los lectores, sin ningún otro ánimo. Así, el lector en los poemas 2, 3, 5 y 7 se encontrará con esa exaltación de la pasión iniciándose en el espíritu del poeta y la invitación a tener cientos y miles de besos tan grande como los granos “de arena del desierto de Libia”. No obstante, en estos poemas Ocurre algo interesante, que no es para nada habitual en la lírica de Catulo, me refiero a presentar reflexiones profundas de carácter filosófico, pero aquí, en estos poemas introdujo su visión sobre la muerte a propósito de la muerte del “gorrión” de Lesbia, que dicho sea de paso es uno de los motivos de la poesía epigramática helenística de la Antologia Paltina23:
Ahora él camina por el tenebroso camino hacia aquel lugar, de donde dicen que nadie puede volver.
¡Que seáis malditas!, malvadas tinieblas del Orco, que devoráis todas las cosas bellas: 24
y luego en el poema en que invita a Lesbia a vivir y a amar, se permitió argumentar el por qué en una muy sentida reflexión:
Los soles pueden ponerse y volver a brillar; cuando de una sola vez la breve luz se nos extingue, debemos dormir una sola noche eterna25.
23 El antecedente se hallaría en la poetisa del siglo IV a. C., Anyte de Tegea. Ahora podemos tener acceso a algunos de estos documentos de la Antología Palatina, gracias a la magnífica y cuidada edición bilingüe del profesor Miguel Castillo Didier: Poetisas y poetas de la Antología Palatina. Centro de Estudios Griegos Bizantinos y Neohelénicos. Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad de Chile. Santiago de Chile, 2023, págs. 88-89.
24 Véase c.3,11-14: Qui nunc it per iter tenebricosum / Illuc, unde negant redire quemquam. /At uobis male sit, malae tenebrae / Orci, quae omnia bella deuoratis. Con la palabra tenebricosum, Catulo introduce un neologismo en el latín de su época.
25 Véase c. 5, 4-6: Soles occidere et redire possunt: / Nobis cum semel occidit breuis lux, / Nox est perpetua una dormienda. He citado los versos latinos, simplemente,
Pero entre esos miles de besos y caricias que la poesía latina nunca había escuchado de poeta alguno, aparecen los que podrían ser los primeros síntomas de la desilusión, cuando recomienda a sus amigos Furio y Aurelio que lleven un mensaje a su amada con palabras no muy buenas, pero que le manifiesten que ha perdido el amor por ella, expresándolo con una de las más bellas imágenes, captadas de la naturaleza cotidiana:
ojalá que ni mire atrás, como antes, a mi amor, que por culpa de ella ha caído como la flor que está al final del prado después que ha sido tocada por el arado que pasa de largo26
Palabras no muy buenas son las que le brotan en la ira de la desesperación y la desdicha, pero aún conserva el grato recuerdo cuando “cándidos soles resplandecieron” para él y debe despedirse de su amada:
Adiós, oh, muchacha, ya Catulo se mantiene firme, ni en contra de tu voluntad te buscará ni rogará: pero tú sufrirás, cuando nunca más por mí seas solicitada.
¡Desdichada, ay de ti! ¿Qué vida te aguarda?
¿Quién te visitará ahora? ¿a quién parecerás bella?
¿A quién amarás ahora? ¿de quién dirás que eres?
¿A quién besarás? ¿a quién le morderás los labios?
Pero tú, oh, Catulo, obstinado mantente firme27 .
Pero en ese adiós queda una pequeña chispa de esperanza, porque por ella ha dado grandes batallas como dirá en otro de sus poemas y ese nuevo fulgor lo dejó impreso de forma indeleble en dos composiciones; en una de ellas se dice a sí mismo que no debe ser tan enojón y que soportará “los pocos engaños” de su amada28 y, que ese perdón, fue acompor su bella sonoridad rítmica y profundidad.
26 Véase c. 11,15-20 y 21-24 aquí citados.
27 Véase c. 9, 12-19.
28 Véase c. 68 b, 134-137.
pañado por una alegría inmensa en la reconciliación, y esa alegría quedó impresa en la luminosidad de su sentir y en sus pulcras palabras:
Por lo cual esto me es agradable, más apreciado que el oro también, que tú, Lesbia, retornes junto a mí porque te deseo. Tú retornas a tu enamorado, al que había perdido la esperanza, tú misma encaminándote a mí ¡oh luz, señal la más hermosa! ¿Quién puede vivir más feliz que yo? ¿o quién podría decir que haya alguna cosa que deba ser más anhelada que ésta en mi vida?29
De ahí, probablemente, vinieron nuevos compromisos y promesas por parte de su Lesbia, pero algo ya en ese amor intenso se había fisurado. Pese a que Lesbia le prometía un amor perpetuo, Catulo rogaba a los dioses que sus promesas fueran sinceras y le brotaran de lo profundo de su corazón30; no obstante, en esa misma rogativa late un dejo de sospecha e incertidumbre aun cuando su amante le prometía que ni con el mismo Júpiter se casaría si éste la pretendiera, y, ahí, en ese mismo instante despliega un amargo sentir que adquiere los tonos de humana universalidad:
Ella lo dice: pero lo que una mujer dice a un amante apasionado, hay que escribirlo en el viento y en el agua que rápido se escurre31
La fisura se acrecienta con la sospecha y lo que, en algún momento, cuando los soles resplandecían en la tormentosa relación, hablándole a alguno de sus compañeros o bien a un amigo imaginario, le decía que no ha podido hablar mal de aquella, que es más querida que su propia vida y que sus ojos32, que la ha olvidado y en una nueva depresión le confiesa a su amigo Celio que Lesbia, a la única que ha amado:
29 Véase c. 107, 3-10.
30 Véase c. 109.
31 Véase c. 70, 3-4.
32 Véase c. 104.
ahora en las encrucijadas y en los callejones sin salida despelleja a los descendientes del magnánimo Remo33.
El lector podrá sentir y organizar con entera libertad el contenido de esta paradójica novela de amor, que se cierra, aparentemente, con un poema, carmen 76, que trasunta en lo más profundo del alma, en medio del desconsuelo y de la angustia del espíritu, un hondo sentido casi religioso. Como acertadamente ha escrito E. Bignone34 “íntimo, puro, dulce y melancólico, que nos denota que la aborrascada pasión se ha purificado lavada por las lágrimas y que el poeta despreocupado y libertino ha conquistado en el momento de su angustia la profundidad y pureza de la fe en lo divino”. Este poema es pues, una elegía escrita en dísticos elegíacos, una auténtica autoexhortación a la manera estoica, que parte con una reflexión acerca de las acciones realizadas en el transcurso de la vida y llega a dos preguntas capitales: ¿por qué seguir atormentándose? Y ¿por qué no endurecer el corazón y separarse definitivamente de ella, de la mujer amada por él como ninguna otra podrá ser amada?35 Y su respuesta será:
Es difícil dejar de repente un amor que ha durado tanto tiempo. Es difícil, pero tienes que llevarlo a cabo de cualquier modo.
Esta es la única salvación, tú debes superar esto:36
Y como los recursos humanos son insuficientes para superar aquel estado donde el yo se halla descentrado, para volver a su ser en sí, el poeta acabará por invocar a los dioses, a la manera sáfica, a quienes les pide para volver a su sanidad:
arrancadme esta peste y perdición, que ha expulsado las alegrías de todo mi pecho, introduciéndose suavemente como un entorpecimiento en lo más hondo de mis
33 Véase c. 58, 4-5.
34 Cfr. Op. Cit., pág. 128.
35 Véase c. 87
36 Véase c. 76, 13-15
miembros. Yo no busco ya esto, que por el contrario ella me ame, o, lo que es imposible, que quiera ser púdica37:
Se cierra esta hermosa elegía con un último verso invocando a los dioses: ¡Oh, dioses, concededme esto a cambio de mi piedad!
Final que recuerda la polémica literaria con Aurelio y Furio, quienes habían criticado sus versos por la procacidad de estos; el poeta con esa misma procacidad contra ellos hace abruptamente la diferencia: no tiene ninguna relación el verso con el poeta, son enteramente independientes, pero lo más importante es que el poeta piadoso en sí mismo sea “casto”, “no necesita en absoluto que sus versos ligeros lo sean”38.
Respecto de este tema, vinculado con la otra dimensión del amor, del amor fraternal, habría que añadir que el otro gran amor de Catulo fue el de su propio hermano mayor, quien murió en una travesía en la Tróade.
El lector encontrará tres composiciones al respecto. El c. 65, 4-14, que es una respuesta a modo de una epístola en dísticos elegíacos, dirigida a su amigo Quinto Hortensio Ortalo, donde Catulo insertó estos diez versos, expresando de una forma sentida el dolor por la muerte de su hermano.
El c. 68, 19-26 y 68 b 91-96, este poema, en su conjunto y en el contexto de la poesía neotérica, representa uno de los puntos más altos de la poesía elegíaca latina y por ello cumple un rol preponderante por su función de arquetipo en el camino que lleva al desarrollo de toda la poesía elegíaca latina posterior: destaca la diversidad de géneros literarios, algo que estará en la base de la elegía de los tiempos de la poesía de la segunda parte del siglo I a. C. y que se manifiesta en la fusión entre la epístola poética, la poesía mitológica, la elegía del amor y el lamento fúnebre. El c. 101 es propiamente un epigrama fúnebre que escribió, además, tuvo ocasión de visitar la tumba de su hermano cuando estuvo en Bitinia en 57/6 a. C. Más allá que Catulo encuentre los vestigios tanto en la poesía antigua del siglo V a. C. en Simónides, por ejemplo, o en los epigramas fúnebres
37 Véase c. 76, 20-24.
38 Véase c. 16, 5-6
de Meleagro39, el poeta supera la técnica epigramática, pues acierta en crear un poema que va más allá de lo convencional del género literario y expresa sentimientos profundos y sinceros con una intensidad desconocida en la pálida simpleza epigramática. En este sentido, el poema 101 de Catulo es una pequeña elegía, mucho más que un epigrama.
Amigos y enemigos
Si bien el universo central de la poesía de Catulo es el amor por Lesbia, en su entorno aparece otro universo, menor, por cierto, que es el de los amigos y enemigos. Cabe señalar que no siempre son claramente identificables algunos de los personajes que aparecen en sus poemas.
En el primer grupo, aparece el ya aludido historiador Cornelio Nepote y lo que hace Catulo en su dedicatoria al historiador no sólo es agradecer su apoyo en los comienzos de su actividad literaria, sino también para aumentar la importancia de este elogio introduce una analogía entre sus nugae y la obra histórica de Cornelio Nepote. Aparece también Hortensio Ortalo, también personaje docto y protector de los poetas neotéricos40. Lo que se sabe de él es que fue un orador famoso, enemigo y rival de Cicerón, y que cultivaba también la poesía; sin embargo, autor de poesía neotérica sin grandes elogios y a quien Catulo le envía la traducción del poema la Cabellera de Berenice, de Calímaco41. Flavio, otro amigo que no se atreve a confesarle a Catulo que tiene amoríos con una ramera y se avergüenza de admitirlo; el poeta espera esa confesión para celebrarlos a ambos en sus versos. Aunque el tema es alejandrino, Catulo ha insertado en lo convencional la historia de la pasión de Flavio por una mujer de costumbres fáciles, dándoles toques de imágenes vivaces e irónicas42. Otro amigo, Veranio, que está de regreso de España y Catulo quiere enterarse de la gente y de ese lugar tan lejano de Roma; probable-
39 Cfr. Antología Palatina, VII, 476. Consúltese el estudio preliminar en la obra del profesor Miguel Castillo Didier: Poetisas y poetas de la Antología Palatina. Centro de Estudios Griegos Bizantinos y Neohelénicos. Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad de Chile. Santiago de Chile, 2023; para la relación con Meleagro págs. 206 ss., especialmente, págs. 218-219.
40 Véanse c. 1 y c. 65.
41 Véase c. 66.
42 Véase c. 6.
mente habría formado parte de la cohorte pretoriana de un propretor en España en 60 a. C.; se sabe que este tema de celebrar la llegada de un alguien que viene de lejos es también una técnica de la poesía helenística43. Licinio Calvo, un orador y poeta neotérico, ligado a Catulo por una sincera amistad44, había lamentado la muerte de Quintilia en una elegía; Catulo da consuelo a su amigo con emotivas palabras: que Quintilia en la muerte sentirá alegría por el amor que Calvo le entregó45 Otros nombres no tienen ninguna notoriedad, como los de Celio y Quinto, a los que identifica como “la flor de los jóvenes de Verona”; otros, no son más que un puro nombre para nosotros como lectores: Veranio, Fabulo, Camerio, Manlio, Septimio, etc.
En el otro universo, de los enemigos, aparecen algunos nombres y contra ellos el lenguaje de Catulo se torna mucho más que sarcásticamente violento, llegando, inclusive, a la procacidad total y es en este contexto cuando expresa que los versos de un poeta no tienen por qué ser “píos”, porque lo realmente importante es que el poeta en sí lo sea. Esos enemigos son aquellos que deseaban ser amantes de Clodia, rivales de Catulo. Frente a esos carmina, el lector debe hacer un esfuerzo de memoria y recordar que está en la Roma del siglo I a. C. donde el canon moral era muy diferente a lo que hemos venido conociendo hasta hoy, eso amplía el punto de mirada. Estimo que habría que considerar que se pueden incluir en este gran grupo también los adversarios en el plano de las letras y en el plano político.
Respecto de los rivales, el lector se encontrará en el poema 11 con nombres tales como Furio y Aurelio, texto de problemática lectura e interpretación; estos personajes, que parecen ser sus amigos, al parecer el trato que les da el poeta es un tanto irónico si los confrontamos con otros poemas donde claramente son sus rivales, pero no sólo del amor de su Lesbia, sino de un tal Juvencio por el cual Catulo experimentaba también un trato, una pasión amorosa. Contra estos “amigos” infieles, Catulo desata su odiosidad y no tiene empachos para descargar en el
43 Véase c. 9.
44 Véanse c. 14, 50, 53.
45 Véase c. 96.
uso de la lengua esa odiosidad, fuertemente, en un latín propio de Catulo, descarnado y descarado46, cuya intensidad después será retomada por Marcial. Egnacio, al que identifica como “hijo de la Celtiberia de abundantes conejos”, Catulo lo ridiculiza vulgarmente y lo pone como el blanco principal entre los amantes de Lesbia, que viniendo de la España usarían un particular modo de limpieza de dientes, y por ello sería el hombre de la eterna sonrisa, hasta en los funerales; hay ironía, mofa y hasta jocosidad en estos versos47. Ravido, un rival que comete un acto de locura, mala mens, mala idea, por arriesgar exponerse a los implacables yambos de Catulo; buscaría la fama tratando de conquistarse a Lesbia48; este poema muestra el conocimiento que el poeta tenía de los líricos helenos, pues, imita un famoso yambo de Arquíloco, de quien el yambo toma su carácter mordaz, e inclusive, agresivo49. Rufo, un probable amigo de Catulo en algún momento, que luego lo traiciona, al que el poeta llama “peste de la amistad”50. Gelio, un incestuoso o degenerado, al que Catulo dirigió varios poemas breves, pero en cada uno despliega la mordacidad, la ironía en un latín procaz51. Asimismo, ocurre con un tal Emilio, cuya degradación Catulo lleva al extremo en su lenguaje desvergonzado52.
En la polémica contra sus enemigos literarios, podemos resumir esta problemática en la respuesta que el veronés da a su amigo Calvo, quien le había enviado una especie de antología de poetas contemporáneos, pero que no pertenecían al círculo neotérico: Catulo los desprecia, calificando esa antología como un “horrible y detestable librillo” y a esos poetas (que llama Casios, Aquinos, Suffeno) los califica no sólo de “pésimos poetas”, sino de “calamidades de nuestro tiempo”53. La referencia en el poema a las Saturnales no es menor, pues era una celebración en que se intercambiaban regalos, de ahí el regalo de Calvo a Catulo, como una
46 Al respecto, el lector, puede formarse una opinión en los c. 15, 16,21, 23, 24, 26.
47 Véase c. 37 y 39.
48 Véase c. 40.
49 Cfr. Arquíloco, frag. 88 Diehl.
50 Véase c. 77, 6 y además por su carácter burlescamente jocoso el c. 69
51 Véanse c. 74, 80, 88, 90, 91, 116.
52 Véase c. 97.
53 Véase c. 14, vs. 12 y 23 en particular.
broma de mal gusto- diríamos. Otro tanto ocurre con el texto los Anales de un tal Volusio, que califica de cacata carta, llenos de rusticidad y groserías y por tanto hay que eliminarlos con el fuego. El poema se abre con ese calificativo y se cierra con el mismo54; con esta crítica destructora de los Anales lo que se plantearía en esta invectiva sería un ataque contra la poesía épica, que era una típica polémica literaria de estampa neotérica. En esta polémica, el opuesto sería la obra Zmyrna del poeta C. Helvio Cinna, de quien habla el poema 95 de Catulo, que encierra aspectos centrales del programa literario de los poetae novi.
Acotando al máximo las referencias a personajes, también habría que señalar que entre ese universo están también algunos otros tipos humanos de la época, como los aprovechadores o ladrones de lo ajeno como ese personaje que llama Asinio Marrucino55, el ladrón de pañuelos, o Vivenio56, el ladrón de los baños públicos. Hay otros seres a los que se refiere hasta en un lenguaje chistoso, pero incisivo, por ejemplo, con Vectio, el hediondo, o Galo, el estúpido. También se refiere a mujeres que lo más probable pertenecieran al lupanar romano o veronés, generalmente, personajes del bajo pueblo, por así decirlo, como Ameana, una ramera, que la asocia nada menos como amante de Mamurra, el comandante militar de Julio César57. Aufilena, a través de cuyos versos podemos ver una crítica a las innobles costumbres de la época58. Ipsitilla, a quien graciosamente y sin ambages, Catulo le pide que lo invite a dormir una siesta59. Silón, a quien Catulo le había prestado dinero60, que se niega a devolver, pero este personaje incierto no sólo se puede interpretar como un rufián, sino también como un mercader de mujeres esclavas, lo que en nuestra lengua podría ser algo así como trata de blancas; el comercio de esclavos o esclavas es propio de aquellos tiempos.
54 Véase c. 36, 1-20.
55 Véase c. 12.
56 Véase c. 33.
57 Véanse c. 41 y 43.
58 Véanse c. 100, 110 y 111
59 Véase c. 32.
60 Véase c. 103. El substantivo en latín leno-onis “alcahuete”, “rufián”, está emparentado con el verbo lenare: “procurar mujere”. De hecho, en latín lenocinium, literalmente lenocinio, era la actividad que realizaba el rufián que traficaba mujeres esclavas, se habló, inclusive, de un ars lenandi, etc.
Respecto a la política no es mucho lo que podemos deducir, sin embargo, encontramos en el corpus poético del veronés algunos poemas contra políticos, y contra el más importante de su tiempo, Julio César; ya en el carmen 54 Catulo al referirse de manera sarcástica y burlona a personajes corruptos, vinculados a César, aliado en el 60 a. C. con Pompeyo y Craso, llama a éste irónicamente general sinigual y que lo irritará de nuevo con sus yambos inocentes61, pero es en el epigrama 93 donde muestra su desprecio por César. Este cuadro contra los políticos se complementa con aquellos poemas contra los adláteres partidarios de César: contra Nonio, la peste en la silla curul; Vatinio, el que para llegar a ser cónsul jura en vano, y al que Calvo, amigo de Catulo, denuncia públicamente en la asamblea62; pero los poemas más violentos y obscenos están dirigidos contra Mamurra, el comandante de César, un político depredador, un saqueador de provincias, dilapidador de los recursos en liviandades y comilonas63. Como sabemos por el testimonio de Plinio, Mamurra había sido praefectus labrum, jefe de los obreros de César en la Galia y fue el primero que en Roma revistió de mármol los muros de toda su casa al pie del monte Celio64. Por todo esto es por lo que Mamurra fue lacerado por los versos de Catulo y, además, porque fue uno de sus rivales. Con el apodo obsceno de Mentula, descarga Catulo su odiosidad65
Referencias y estudios más pormenorizados necesitan los epitalamios del corpus, como los poemas 61 y 62, y los epyllion 63 y 64 que por su extensión dentro del corpus catuliano marcan una gran diferencia de contenido, que se manifiesta también en un estilo de lenguaje diferente y que tienen no sólo un carácter mitológico muy particular, sino también un profundo sentido religioso. Queda, pues, por lo complejo, una tarea pendiente, un desafío también para el lector.
Más allá de los juicios de valor, he aquí la imagen de un poeta que deja ver autenticidad, inmediatez, profundidad de sentimiento; aunque como
61 Véase, c. 54, 6-7.
62 Véanse c. 52, 53
63 Véase c. 29.
64 Cfr, Plinio, Nat. Hist. XXXVI, 7, cit. por Guido Paliotti, C. Valerio Catullo. Carmi Scelti. Carlo Signorelli Editore. Nilano, 1948, págs. 158-159.
65 Véanse c. 94, 105, 114, y 115
hemos dicho no encontramos profundidad de ideas filosóficas, pero sí la espontaneidad del instante y los vestigios del acontecer de una sociedad en devenir problemático, coincidente con los finales del período denominado República, fines siglo II y primera mitad del siglo I a. C.
II. CONTEXTO HISTÓRICO SIGLO I A. C.
El fin del período de la República y primera mitad del siglo I a. C.
Un año antes de la muerte de Catulo, Cicerón en el 55 daba comienzo al tratado en forma de diálogo de la República, obra calificada por los estudiosos como “la obra maestra”. En el libro V, Cicerón citando un verso del poeta Ennio repetía que “la cosa pública [República] está de pie por las costumbres antiguas y por sus hombres”66. Explicar concienzudamente en qué consistirían esas moribus antiquis y cuáles las características de esos viris nos llevaría a recorrer, prácticamente, toda la historia de la República; no es éste el propósito. Sin embargo, la crisis y derrumbamiento definitivo de aquel período se debe, sin duda, a la pérdida de aquellas costumbres antiguas y a las condiciones particulares de aquellas primeras generaciones de romanos. Es el propio Cicerón quien nos instala en esta problemática cuando se preguntaba, en su tiempo crítico, qué era lo que quedaba de aquellas costumbres y agregaba:
“las cuales vemos desusadas por el olvido de tal modo, que no sólo no se cultiven, sino aún se ignoren. Pues ¿qué diré de los varones?
Porque las costumbres mismas han perecido por penuria de varones [...] Porque por nuestros vicios, no por acaso alguno, sostenemos la República en el nombre, pero en la realidad misma ya hace tiempo la hemos perdido” 67 .
Para mediados del siglo I a. C., la República es una pura cuestión nominal. Durante el siglo II a. C. aquellas costumbres habían desaparecido desde hacía buen tiempo de la práctica, porque ya no se conocían, y cuya
66 Cfr. Cicerón, De Republica, V, 1; Moribus antiquis res stat Romana virisque.
67 Cfr. Cicerón, La República - Las Paradojas. Traducción de José Velazco y García. Edotorial Glem. Buenos Aires 1944, pág. 160.
responsabilidad es exclusivamente humana, que Cicerón resume en la expresión “por nuestros vicios”.
Las preguntas lógicas que debiéramos responder: ¿por qué el devenir del espíritu del romano hizo desaparecer esas costumbres?, que hicieron grande y poderosa a la Roma republicana, que se transformaron no en virtudes, sino en vicios; y ¿de qué naturaleza estos vicios?
Un punto de vista interesante es el de R. H Barrow, quien postula que las causas de la pérdida de las costumbres tradicionales romanas se debieron a la influencia del pensamiento y del modo de vida de helenos68, pero se trata de la cultura griega que se había esparcido por el Mediterráneo oriental, que se inspiraba en la gran época de Atenas, pero incapaz de emularla. Se trata de ese mundo oriental que ya había sido helenizado por Alejandro Magno, será la era alejandrina o también helenística; de ella hablaremos luego. Pero no es ésta la única razón de la pérdida de las costumbres. Se debe a múltiples causas que se arrastran desde que Roma se ha transformado en conquistadora, entre ellas y, probablemente, una de las razones principales sea no haber resuelto el problema social que nació casi a la par de las conquistas desde la propia región del Lacio y luego la anexión de África que pasó a ser provincia de Roma con la caída de Cartago en 146 a. C., pero ya en 167 a. C. Macedonia es ocupada por Roma y a Macedonia pertenecía Grecia después de la muerte de Alejandro y la división de su imperio, la conquista de Asia, etc.
Desde la expulsión del último rey etrusco en 510 a. C., Roma vive en un permanente estado de guerras y conquistas, añádase a eso –como ha escrito Barrow— es la historia de los conflictos y maniobras en torno al poder. Pero estas guerras con fines de ambición y fines económicos fueron también, como señala Bertolini:
“una escuela de creciente corrupción; el general que recorre [...] un país extranjero, se dejará fácilmente dominar por la tentación de amontonar riquezas, y su ejemplo será seguido por los que le acompañan; la sed del oro llegará a ser la pasión dominante de la
68 Cfr. R. H. Barrow, Los Romanos. Breviarios, F. C. E. México, 2013, 61.
joven aristocracia, que no recordará las costumbres sencillas de sus abuelos sino para escarnecerlas”69 .
Esta corrupción económica y moral trajo aparejada una consecuencia de orden político: esta misma clase militar no se conformará, volviendo a Roma, con ser un año cónsul y miembro del Senado, y lo que sucederá en la práctica es que este Senado prestigioso y verdadero depositario del poder cayó bajo el yugo de esos mismos hombres que el propio Senado había exaltado, y que ahora se disputan el poder absoluto y entre los cuales el Senado debe elegir70
Problema social que comienza ya con la crisis y ruina de la agricultura y del campesinado libre, que había sido la fuerza vital de Italia. Y su origen está en las interminables guerras, que acabaron generando el movimiento de los grandes latifundios. Esta situación trajo como consecuencia en el corto tiempo la migración a gran escala hacia la capital Roma y con ello otro elemento que habla de la corrupción: la venta del voto a los ambiciosos e intrigantes, el gran tema del clientelismo.
La crisis de la agricultura se solucionó, a la vez, con el que será otro problema: los ejércitos aumentaron los prisioneros de guerra y regresaron cargados de esclavos, de razas completamente distintas que se pusieron al servicio de los grandes terratenientes como una nueva fuerza de trabajo y los campesinos arruinados se fueron a Roma en busca de trabajo y con ello surgió un proletariado urbano de los cuales se aprovechó la aristocracia para alcanzar las más altas magistraturas71. En gran parte este fenómeno es el que permitirá el surgimiento de los proyectos políticos
69 Cfr. Francisco Bertolini, Historia de Roma. Editora Nacional. México 1966. Tomo I, pág. 273.
70 No podemos desarrollar en esta introducción el detalle de esta problemática: un buen resumen encontrará el lector en el texto de Barrow ya citado. En extenso, para el problema el capítulo dedicado a la crisis constitucional del siglo II en L. Homo, Nueva Historia de Roma. Editorial Iberia. Barcelona 1965, págs. 117 ss. Detallada secuencia de información documentadísima encontrará en el texto ya citado de Bertolini.
71 El lector puede consultar al respecto el texto de Leon Bloch, Roma Antigua sus Luchas Sociales. Editorial Orbe. Santiago de Chile. Impreso en Buenos Aires, 1966, principalmente págs. 135-145.
acerca de la ley agraria y con ello los grandes asesinatos contra los promotores de iniciativas “revolucionarias”, planificadas desde el Senado.
La historia del último cuarto del siglo segundo es el desastre que ocasionan las sangrientas luchas intestinas que con Sila y Mario se desatan (lucha de egos, época del individualismo) y el régimen de terror que impone uno o el otro estando en el poder; la guerra civil del 91 al 89 a. C., que se repetirá varias veces hasta la caída misma de la República, trastorna las relaciones entre los confederados italianos y Roma, que reclamaban por los derechos de ciudadanía, consiguiéndola por ley; la revolución de los esclavos conducidos por Espartaco entre el 73 y 71 a.
C.; la famosa conjuración de Catilina entre el 63 y el 62 a. C.; el primer triunvirato entre Pompeyo, Craso y César en el 60. Largo de seguir una descripción de los acontecimientos en sus detalles, baste recordar esas luchas civiles, los combates entre los ciudadanos en las calles y plazas de Roma, la caza del hombre después de la conquista de Cinna, el arreciar de las venganzas, y las cabezas de los más ilustres políticos expuestas por Mario en el foro como trofeos de la victoria. En palabras de E. Bignone:
“Y al retornar Sila, la batalla de la Puerta Colina (82 a. C.) había dejado a Roma a merced del vencedor y costado la vida a cincuenta mil partidarios de Mario, caídos en la lucha, amén de ocho mil prisioneros. Después de la victoria, la matanza de los prisioneros ante el senado; y a los gemidos de las víctimas, el árbitro de Roma respondía impasible a los senadores: “No os preocupéis; son unos infelices a quienes hago ajusticiar”. Desde entonces las proscripciones y asesinatos menudean a cada nueva victoria del partido vencedor”72
En medio de estos acontecimientos, y de una ética donde el asesinato, el homicidio, la corrupción y la ambición ilimitada, encontramos la vida de Catulo y la que pudo conocer. Es un tiempo paradójico, pues en medio de esta Roma trastornada se da al mismo tiempo un período de expansión geográfica. En esta sociedad en crisis y de transvaloración de las mores maiorum, Catulo, marcando una distancia con aquel mundo, se acomoda
72 Cfr. E. Bignone, op. cit., pág. 97.
en el lado de una refinada aristocracia intelectual que goza de una Roma que vive gracias a los grandes privilegios que le llegan de las provincias y las regiones conquistadas y de sus valores culturales más avanzados a través del contacto con Asia y el Oriente, esto es, del helenismo.
Roma y el contacto con el helenismo
Cuando nos acercamos a estas dos culturas antiguas y vemos, luego, el propio devenir de cada una, nos llama profundamente que, compartiendo ambas proximidad temporal en sus comienzos mutatis mutandis, siglo VIII a. C., tengan tanta diferencia cultural. La Hélade se abre a la historia cultural de Occidente de la mano de sus poetas Homero, Hesíodo y la lírica; de aquí prosigue su devenir. En cambio, nada de esto ocurre en el mundo romano, pues, culturalmente, los primeros documentos literarios (libros) de Roma, si los podemos catalogar así, no son documentos que arranquen desde el espíritu poético, sino desde un fondo religioso y de la necesidad del Estado incipiente; documentos que sólo conocemos por sus títulos, porque de ellos nada ha quedado como Los libros o comentarios de los pontífices, las llamadas Tablas censorias, los Libros de lino los Anales máximos. Junto a estas primeras referencias a mediados del siglo V a. C. (451, 450 a. C.) aparecerán los primeros escritos jurídicos, conocidos como las Leyes de las XII tablas que, desde entonces, el derecho figurará como la más alta creación política de Roma.
El mundo heleno se abre y se configura desde un imaginario poético, en tanto que el romano lo hace desde una perspectiva práctica y realista —por así decirlo—. Roma, recién a partir de mediados del siglo III a. C., puede mostrar sus primeras creaciones literarias con Livio Andrónico (240 a. C.), que, dicho sea de paso, era un griego de Tarento llegado como esclavo a Roma y cuyo amo le confió la educación de sus hijos y luego lo liberó. Fue el primero que como libro de lectura hizo una versión latina de la obra homérica (Odisea) y de temas mitológicos griegos tanto en sus tragedias como comedias. Poco antes (280 a. C.) Apio Claudio, un viejo ciego, ya era un asimilador de cultura griega. De modo que, en términos amplios, Roma durante algunos siglos carece de una cultura literaria en estricto rigor, pero que ya desde el siglo III a. C., y probablemente un poco antes, tiene contacto con la civilización y la cultura helena, pero que en tanto que helenismo implicará tanto a helenos como macedonios.
Ahora bien, cuando hablamos del helenismo, lo hacemos desde la nomenclatura historiográfica instalada por J. G. Droysen (1808 – 1884), quien se refirió a la época que comienza con la derrota del imperio persa por Alejandro Magno73. En las síntesis de grandes períodos histórico-culturales corremos el riesgo que implican las simplificaciones. El mundo helenístico significa la expansión de la cultura helena por Asia y el Oriente hasta la frontera de la India, adonde llegaran los grecomacedónicos con las conquistas. El signo de esta expansión podemos resumirlo lingüísticamente con las expresiones helenas koinē, i. e., la lengua común, y la oikouménē, la ecumene, i. e., la unitariedad de la tierra habitada, que entraña la idea de imperio mundial como creación de una cultura humana unitaria con sello helénico, lo que significaba que la vida política de la individualidad helena saliera de sus fronteras. Así nacía la idea de una cultura cosmopolita y, probablemente, humanista. Con ello, la idea de Alejandro era superar la distinción entre helenos y bárbaros mediante la fusión de los pueblos orientales y occidentales, que, según Plutarco, Alejandro habría prescrito “a todos los hombres que consideraran la Ecumene como su patria”74; según Nestle, el elemento griego, la pólis debía desnacionalizarse para hacerse universal: de la ciudad-estado al estado mundial, y del ciudadano heleno al ciudadano del mundo, el cosmopolita. Bajo este prisma, por primera vez en la historia se instalaría el imaginario de lo que hoy hemos venido llamando globalización. Aquella universalidad se expresaba también con que su lengua fuera, precisamente, la koinē, la lengua helena transformada en lengua universal, la lengua de la cultura y de la política diplomática internacional, así como del comercio. Con la muerte de Alejandro Magno en 323 a. C., esta idea de ecumene entró en un período incierto con la conformación de distintos reinos, no obstante, se llevó a la práctica desde mediados del siglo segundo antes de Cristo, hacia el fin de la Repúbli-
73 Cfr. J. G. Droysen, Historia del Helenismo. El primer volumen apareció en alemán en 1836; el segundo, en 1843. Para ver en profundidad lo que ha significado el helenismo puede consultarse con mucho provecho la obra de Édouard Will –Claude Mossé – Paul Goukowsky, El mundo griego y el oriente. Tomo II. Akal. Madrid 1998. Contiene un magnífico aparato bibliográfico, págs. 299 ss.
74 Cfr. Plutarco, De fort. et virt. Alex. I, 329 A ss. Citado por W. Nestle, Historia del espíritu griego desde Homero hasta Luciano. Ediciones Ariel. Barcelona 1961, págs. 241-242 ss.
ca, por parte de los romanos: En aquel momento surgía un nuevo orden mundial; y también de la vida.
El helenismo implica un profundo cambio de paradigma, y como todo cambio no podemos saber de buenas a primeras, ni calificarlo desde una perspectiva ética, si es para mejor o para peor. El cambio es simplemente cambio; máxime, cuando ese cambio deviene de una crisis o decadencia de una cultura como la helena post siglo V a. C. El mundo conquistado por Alejandro produjo ese cambio y con ello transformaciones radicales en todo ámbito de cosas. Lo que a continuación simplificaremos, so riego como señalaba, se relaciona principalmente con la cultura, cuyo centro geográfico corresponde a la ciudad más importante fundada por el conquistador macedonio: Alejandría.
Un fenómeno típico del helenismo dice relación con el acrecentamiento de las ciudades y el surgimiento de importantes centros de cultura. Dicho fenómeno traerá consecuencias también en el desarrollo de la literatura como veremos luego. Pero también trajo aparejado que en estos centros se produjo un fenómeno decisivo en el desarrollo histórico de la cultura que desde ese tiempo abrirá una nueva dimensión: por primera vez se produce de forma definitiva la división de las ciencias, se separan de la filosofía y cada una adquiere autonomía propia. Estos centros espirituales del helenismo surgieron en Alejandría, la más importante con su famosa Biblioteca y el Museion ; en Siria, la ciudad de Antioquía; y en la costa de Asia Menor, en la ciudad de Pérgamo. Otro hecho significativo es que los investigadores en estos centros fueron financiados por los monarcas y con ello nace el mecenazgo, que luego encontraremos en todo su ejercicio en Roma, particularmente, desde el siglo I a. C. Desde entonces en el ámbito de cada disciplina habrá especialistas experimentados en cada una: historia, geografía, que aparece como ciencia nueva, matemáticas y con ella el surgimiento de las ingenierías, la mecánica, la astronomía, la medicina y la ciencia literaria filológica, que gracias ella llegará hasta nosotros, por ejemplo, la obra homérica, así como el análisis y comentarios de textos, la traducción de textos sagrados etc. El estudio de cada uno de estos ámbitos disciplinares merecería una atención particular, que por el momento no es posible realizar. En lo político, el helenismo desde la nueva impronta
religiosa 75, levanta la figura de la divinización del monarca como culto al príncipe, clara influencia (o contaminación) del encuentro con la civilización de Asia y el Oriente con el mundo heleno, asunto que se consuma máximamente en la política imperial de Roma como culto al emperador.
La cultura alejandrina creó, en palabras de Nestle, una nueva tipología humana: el hombre de letras y como ya decíamos el mecenazgo. En la cultura helenística se desarrolló una poesía cortesana que devino en la adulación servil de los soberanos, poetas representativos en Alejandría serán Teócrito y Calímaco. La literatura ya no está dirigida al pueblo, como en el período de la gran Atenas, sino a los reducidos grupos de la burguesía cortesana. Se caracteriza por el intelectualismo, la erudición, orientada a comprender y a explicar a los grandes autores del pasado; erudición por la arqueología, la historia, la geografía y la mitología, de la cual surgen alusiones rebuscadas hasta oscuras. Este mismo intelectualismo erudito trajo aparejado lo que se ha dado en llamar el “refinamiento”, que en los monarcas de los reinos significó la realización de espectáculos y grandes fiestas, y en este ambiente aparece la distinción marcada entre lo urbano y lo rural. José Alsina lo ha explicado así:
“El término asteios, que en su sentido propio quiere significar “ciudadano”, adquiere ahora resonancias sociales y culturales, y pasa a ser sinónimo de “educado”, persona de buen gusto, elegante, mientras que el término opuesto, agroikós, [del campo, agrícola], se hace sinónimo de vulgar, grosero, falto de buenas maneras. El poeta y el artista, [...] a priori, se propone cincelar sus obras con paciencia de orfebre para que resulten perfectas”76
De aquí es que se diga que la poesía helenística carezca de originalidad y más aún de espontaneidad. El servilismo al monarca la aleja de los problemas políticos y se desplaza hacia lo extraño o mitológico por la erudición como “poeta docto”; y la preocupación por la forma lo conduce a
75 El estudio de este aspecto “sincretismo de las religiones” en la obra de Martin P. Nilsson, Historia de la religiosidad griega. Gredos, Madrid 1953, págs. 119 ss.
76 Cfr. José Alsina, Los grandes períodos de la cultura griega. Espasa-Calpe. Madrid 1988, pág. 113.
perfeccionar la métrica poética y la crítica respecto de la poesía tradicional, especialmente contra la épica o la poesía extensa; ahora buscan la brevedad, la simpleza, pero con trabajo y elegancia sonora o rítmica, pues ha desaparecido el acompañamiento musical, que caracterizó a la gran poesía lírica helena de antaño; ahora el ritmo musical lo genera el tipo de metro. Calímaco habría elaborado una teoría estética en cuanto crítica de la épica. El nuevo ideal exige composiciones breves, inspiradas en argumentos mínimos, frívolos cuidadosamente labrados al estilo de la llamada poesía “pura”, pero carente de profundidad. Lo paradójico es que los poetas de las grandes urbes son los que generan en contra de estas ciudades el idilio, es decir, la poesía de corte pastoril o bucólica (égloga) de un Teócrito, pero más conocida a partir del mantuano Virgilio.
También esta poesía se expresa a través del epigrama, que en la lírica helena tenía una impronta reflexiva profunda, gnómica, exhortativa y, con frecuencia, sentimental. De ahí que esta poesía lírica helenística por medio del epigrama exprese una nueva sensibilidad: los sentimientos familiares, afectos por los animales domésticos, el tema del amor reina por completo en composiciones breves (remordimientos, arrepentimientos y desesperación ante la traición, y otros), así como el tema simposíaco y como ha señalado A. Lesky incorpora también “la descripción interesada de oficios primitivos, las impresiones producidas por la naturaleza o el análisis de las obras de arte”77. Bajo esta forma, el epigrama pasó a Roma a fines del siglo II a. C. en el círculo del poeta Lutacio Catulo y de los poetas llamados neóteroi como los llamó Cicerón en forma un tanto despectiva, poetas formados en la escuela de Valerio Catón, entre los cuales el mayor de aquel círculo fue, precisamente, Cayo Valerio Catulo. Tenga presente el lector que todos estos rasgos estarán presentes en el estilo y la escritura del veronés.
Los poetas neóteroi o poetae novi: nuevo fervor cultural en Roma.
Como ya queda dicho, Catulo nace en un período de grandes revueltas sociales, pero lo paradójico es que se está formando, a la vez, un movimiento de extraordinario fervor cultural, que había sido animado por
77 Cfr. A. Lesky, Historia de la literatura griega. Gredos. Madrid 1976, pág. 769. Además, el lector hallará una historia del epigrama en la cultura helena.
Quintio Lutacio Catulo, perteneciente al círculo de los Escipiones, educado en la filosofía y poeta; perteneció también al ámbito político-militar. En pugna, de hecho, contra la ambición de Mario, fue proscrito por éste y Lutacio Catulo se vio obligado a suicidarse en el año 87; fue el precursor en el epigrama de Cayo Valerio Catulo y de C. Licinio Calvo (82 – 47), quienes dan vida al círculo de los poetas jóvenes o los nuevos poetas. Lutacio Catulo pasa por ser uno de los primeros líricos latinos. Acerca de este círculo de poetas nuevos, si no fuera por C. Valerio Catulo no se sabría prácticamente nada, fuera de conocer sus nombres como el de M. Furio Bibáculo, conocido como epigramático satírico, que atacó con vehemencia tanto a César como a Octavio, gracias a Catulo es que tenemos alguna noticia de su trabajo literario.
Si tuviéramos que señalar características de los neotéricos, bastaría con resumir lo que hemos esbozado anteriormente de la literatura alejandrina, señalando que los poetae vovi vuelven a tomar los mismos géneros literarios y adoptan los mismos principios teóricos del helenismo y que el lector observará en los poemas catulianos como el primero, dedicado a Cornelio Nepote y el epyllion (epilio) la Zmyrna78 de su amigo Helvio Cinna. Catulo alaba en Nepote que sus libros, volúmenes (cartis) son doctis et laboriosis (doctos y laboriosos); he aquí un principio de la poesía helenística: el culto a la poesía erudita, que se complementa con el principio del labor limae (el trabajo de refinamiento de una obra). En el caso del epyllion, además de alabar el labor limae, Catulo subraya la breve dimensión de la obra; he aquí otro principio del que hemos hablado antes: el culto de la poesía breve, que implica el rechazo del poema épico. Se opone el poeta erudito y refinado al vulgus profanum; he aquí un tercer principio de la poesía alejandrina: el culto de la poesía refinada.
Otra característica general de la poesía neotérica, y que también recoge del helenismo, es que rompe con los géneros tradicionales, sin desdeñar del todo los modelos creados por la poesía arcaica; aun cuando los alejandrinos prefieran a Hesíodo en lugar de Homero, por la brevedad, Homero permanecerá como el poeta al que siempre harán alusión. A este respecto, los neotéricos mezclaron o unificaron temas y géneros
78 Véase c. 95.
diversos en una misma composición poética y dejar al lector en un estado incierto y finalmente decidirse por una solución sorprendente como en el poema de Catulo a Attis79. A esta característica se la conoce como el principio de la poikilía, esto es, el principio de la diversidad, lo que a menudo dificulta la lectura y comprensión de estas composiciones. La poesía latina del siglo primero, de la época augustea aplicará este principio, por ejemplo, los carmina de Horacio. Los poetae novi son los verdaderos introductores, en el mundo latino, de la poesía lírica en estricto rigor, que llega muy tardíamente si parangonamos esta evolución de los géneros con lo que ocurrió en el mundo heleno. Catulo y Lucrecio son los poetas por excelencia con los que se inaugura el período de la gran poesía latina del último siglo antes de Cristo.
III. EL LIBRO DE CATULO
Acerca del texto llegado hasta nosotros
El hecho que todas las obras de los poetas del círculo catuliano hayan desaparecido, conservándose sólo unos miserables fragmentos, a partir de los cuales no es posible emitir juicios valóricos ni estéticos, y que sólo la obra de Catulo haya llegado hasta nosotros no es pura casualidad. Se debe a que su obra siempre tuvo lectores, como queda patente de las alusiones de Horacio con un cierto menosprecio80, pero sobre todo porque logró inspirar a una generación de nuevos poetas como los elegíacos Tibulo y Propercio. Lo conocieron Cicerón, el famoso Cornelio Nepote para quien, junto con el gran Lucrecio, Catulo es el poeta más distinguido de los tiempos de César81 y Varrón, hablando de las constelaciones cita un verso de Catulo82y, en general, poetas entre el siglo I y IV d. C. conocen la obra de Catulo, entre ellos Ovidio, Marcial, Séneca, Quintiliano, Suetonio, Estacio, Ausonio, Claudiano, y para el gramático Marciano Capella
79 Véase c. 63, que es un epyllion (epilio).
80 Cfr. Horacio, Sátiras, I, 10 vs.18-19: “ ... ni ese mono que fue enseñado para cantar ninguna otra cosa que a Calvo y a Catulo”
81 Cfr. Cornelio Nepote, Vida de Ático, 12,4
82 Cfr. Marco Terencio Varrón, De lingua latina, VII, 50. Anthropos. Edición bilingüe. Barcelona, 1990.
(n. 360 d. C.) Catullus quidam non insuauis poeta83 “Catulo en verdad no es un poeta desagradable”. Después, en el siglo VI- VII San Isidoro de Sevilla aún conoce sus carmina; durante varios siglos de la Edad Media desaparece su nombre hasta que un obispo de Verona, llamado Raterio, a mediados del siglo X dice en un sermón que está leyendo a Catulo y, como sospecha Mario Ramous, probablemente este obispo haya leído el códice que luego fue descubierto en Verona a comienzos de 130084. Desde comienzos del siglo XIV con este descubrimiento comienza la historia de la obra de Catulo para nosotros, puesto que las ediciones que hoy tenemos se deben a ese arduo trabajo de reconstruir el manuscrito de Catulo que pasó por diferentes copistas. A continuación, una muestra de estos códices fundamentales y más antiguos:
T Parisinus Thuaneus 8071. Biblioteca Nacional de París. De fines de 1300. Parece tener como fuente un manuscrito veronés perdido.
G Sangermanensis parisinus 14137, proviene de la abadía de Saint Germain-des-Prés. Se conserva en la Biblioteca Nacional de París.
O Oxoniensis Bodleianus Canonicianus Latinus 30, fue escrito, probablemente, en Verona alrededor de 1375. Se conserva en la Biblioteca Bodleiana.
R Vaticanus Ottobonianus Lat. 1829, escrito en torno al 1400. Fue descubierto en 1896. Se conserva en la Biblioteca Vaticana.
M Marcianus Benetus Latinus cl. XII, 80, escrito en torno al 1400. Se conserva en la Biblioteca de San Marcos de Venecia.
A partir de estos descubrimientos (y otros códices que se relacionan con éstos y son considerados como menores o de menor importancia) se han venido sucediendo en Occidente las ediciones del texto de Catulo desde el siglo XV en adelante hasta el siglo XX. Entre el siglo XV y el XVII aparecieron a lo menos unas nueve ediciones. En el siglo XVIII
83 Cfr. Marciano Capella, 3, 229. Cit. por G. Lafaye, Catulle. Poésies. “Les Belles Lettres”. Paris, 1966. Introduction, pág. XX; y Lafaye comenta: “c’est la barbarie qui commence”.
84 Cfr. Mario Ramous, Catullo. Le poesie. Con testo a fronte. Garzanti Editore. Italy 1986. Pág. XIV.
destaca la edición de Doering (1788 – 1792), reproducida también en el siglo siguiente. En el siglo XIX destaca principalmente la edición de Lachmann (Berlín 1829, reimpresa en 1861, 1874), le siguieron tres editores más, prosiguiendo el método de Lachmann. En el siglo XX aparecen la edición francesa de G. Lafaye (París 1923, reimpresa en 1966); la alemana de W. Kroll (Leipzig 1923, Stuttgart 1959) y la italiana de M. Ramous (1975, reimpresa en 1983 y 1986) y la española de J. Petit y J. Vergés (Barcelona, Fundació Bernat Metge, 1928). Así también a lo largo de los siglos se han multiplicado las traducciones, de modo que siempre ha habido lectores de la obra catuliana.
El libro
Saber con certeza si el cuerpo de poemas que componen el libro como tal fue preparado directamente por Catulo seguirá siendo una gran incógnita. El editor Lafaye apunta, apoyándose en algunos poemas del corpus85, que poemas aislados o en pequeño número circularon entre los amigos del poeta; también entre los libreros de la época y que con su consentimiento se habrían multiplicado las copias. También Catulo habría enviado composiciones aisladas a sus admiradores86 y posteriormente habría hecho un compendio para un público más amplio y que dedicó a Cornelio Nepote. No tenemos certeza ni del orden, ni de cómo se formó. Asimismo, no hay ninguna claridad con respecto a la cronología de los poemas que integran la colección llegada hasta nosotros, puesto que las partes que se pueden distinguir internamente en el libro carecen de referencias cronológicas. Existe la sospecha que también hubo intervención de los herederos de la colección de poemas, después de la muerte del poeta, intercalaron azarosamente poemas sueltos que encontraron entre sus papiros; de modo que el libro fue publicado por otros; también se sospecha intervención de los copistas. El libro, en su conjunto, consta de 116 poemas y 15 fragmentos de referencias diversas. De éstos, los tres primeros, de tradición indirecta, gozan de autoridad suficiente para ser atribuidos a Catulo.
85 Véase c. 1,4; 16, 3 y 12; 43, 7; 54,6.
86 Véase c. 68, 7 y 56.
Según el criterio que se aplique a la lectura y análisis del conjunto de la antología que poseemos, desde una perspectiva estrictamente métrica el libro consta de dos partes: una, polimétrica (c. 1-64), otra, endecasílabos elegíacos (c. 65-116). Si algo llama la atención del libro es justamente la diversidad de estilos métricos, rítmico-musicales, que Catulo ha empleado, y que, desafortunadamente, en las traducciones desaparece por completo; esquematizaremos, luego, algunos de esos metros principales. Desde una perspectiva temática, el cuerpo del libro consta de tres partes: la primera, composiciones líricas (c. 1-60), caracterizadas por su brevedad y por la polimetría; la segunda, composiciones de larga extensión (c. 61-68); la tercera, los epigramas en dísticos elegíacos. El estudio crítico del texto queda abierto a las propuestas de nuevas sugerencias interpretativas que aborden las dificultades ya enunciadas.
Esquemas métricos de los poemas. Estilo y lengua
No buscamos otro propósito que mostrar la diversidad de recursos musicales que Catulo empleó, recordando que el recurso musical y de instrumentos que acompañaron la poesía helena antigua, desde la época helenística y, particularmente, en Roma había desaparecido por completo. De igual modo, la mezcla de metros, no sólo de temas, es una de las nuevas modas impuestas por el mundo alejandrino.
1.- Hexámetro dactílico: (c. 62; 64)
2.- Dístico elegíaco: (c. 65 – 116)
3.- Trímetro yámbico puro: (c. 4 – 29)
4.- Trímetro yámbico arquiloqueo (c.52)
5.- Coliambo o escazonte (llamado trímetro hiponacteo): (c. 8,22, 31, 39, 44, 59, 60)
6.- Trímetro yámbico cataléctico: (c. 25)
7.- Endecasílabo falecio: (c. 1-3; 5-7; 9; 10; 12-16; 21; 23; 24; 26-28; 32; 33; 35; 36; 38; 40-43;45-50; 53-58; frag. 3)
8.- Glicóneo y ferecracio: (c. 34; 61)
9.- Priapeo: (c. 17; frag. 1 y 2)
10.- Asclepiadeo mayor: (c. 30)
11.- Galiambo: (c. 63) (Puro. Tiene variantes) (Más frecuente)
12.- Estrofa sáfica menor: (c. 11; 51)
A simple vista, el metro rítmico predilecto del poeta fue el endecasílabo falecio en el que compuso alrededor de cuarenta poemas, aproximadamente casi el 35 por ciento de la obra.
Ahora bien, si por estilo entendemos lo más básico, a partir de Segre, como el conjunto de rasgos formales que caracterizan el modo de expresarse de una persona, o el modo de escribir de un autor87, el esquema métrico antes descrito nos da un rasgo formal importante respecto de la variedad de recursos que Catulo empleó en su escritura. Si nos fuera posible describir las características intrínsecas de cada uno de estos metros, explicitaríamos dicha formalidad musical que estaba presente en el imaginario auditivo del veronés. Un intérprete musical dará cuenta perfectamente de lo que decimos; de hecho, Carl Orff musicalizó poemas de la obra catuliana con el título de Catulli carmina entre 1940 -1943. La polimetría es, pues, un rasgo característico de su estilo y que junto con la poesía lírica como un todo introduce un aire y un estilo nuevo en las artes y cultura literaria latinas y revoluciona por el estilo de su lenguaje. Lenguaje que deja entrever una realidad, más allá de su íntimo imaginario personal.
El latín de Catulo es más complejo de lo que a primera vista parece: el uso de arcaísmos muchas veces desorienta al traductor; así como los neologismos que introduce y el peculiar uso que atribuye a las palabras, inclusive hay un tipo de léxico que no se halla en los diccionarios Latín-Español y que sólo encontramos en el Latin Dictionary de Lewis and Short, que tiene el mérito, aunque las explicaciones de conceptos son eufemísticas, de aportar ideas para llegar al sentido. Por ejemplo, términos tales como: paedicare, inrumare, futuere y otros como irrumatus, fututio, Mentula, Pathicus, entre otros. Sabemos de la arbitrariedad del signo lingüístico, en especial en el lenguaje poético, pero en Catulo se acrecienta la dificultad por el sentido figurado o metafórico que atribuye a palabras de sentido común práctico, pues las resignifica. Con este fenómeno se relaciona la lengua o el discurso en el que se expresa: el
87 Cfr. C. Segre, Principios de análisis del texto literario. Crítica. Barcelona 1985, cit. por A. Marchese y J. Forradellas, Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria. Ariel. Barcelona 1989, págs. 143-4.
denominado para un determinado tipo de composiciones sermo vulgaris, un estilo de lenguaje común, que nosotros también empleamos en nuestra lengua cuando se trata de un tono familiar o entre pares o simplemente como expresión de un ex abrupto en señal de indignación o desprecio. En otras, el sermo doctus, el estilo del lenguaje docto o refinado, que se halla en poemas que ocupan el centro de la colección (c. 61 -68) como por ejemplo los epitalamios o himnos nupciales88, el relato de la leyenda frigia de Attis89 o el paradojal epyllion, epilio, de las bodas de Tetis y Peleo90, etcétera. Otro dato, propio del estilo de la lengua de Catulo, es el uso frecuente de diminutivos, que generan dificultades al traductor y al sentido del texto, pues, los usa, a veces, para resaltar simplemente el uso coloquial o familiar; pero, en otras ocasiones para expresar injuria, burla, menosprecio. El lector se encontrará con un estilo de lenguaje violento, demasiado obsceno, y que genera mucha incertidumbre al traductor.
IV. ACERCA DE ESTA TRADUCCIÓN. A LOS LECTORES
Génesis de la traducción. Breve referencia
El trabajo de traducción que el lector tiene en sus manos se inició entre 1981 y 1982, con ocasión de preparar mi tesis y examen de grado en torno a la poesía lírica griega y sus resonancias en la poesía latina. Después de aquellos años el trabajo de traducción quedó detenido, hasta retomarlo hacia fines de 2023 y concluirlo ahora en 2025 tras arduas, largas y fatigosas jornadas de trabajo hermenéutico del texto latino. Completar esta tarea fue simplemente un desafío personal, que no obedece a ningún proyecto académico con financiamiento, tan frecuente en los tiempos que vivimos. Publicarlo significa dar a conocer no sólo a un autor, parcialmente conocido en nuestro medio cultural, sino también hacer revivir con él momentos de nuestra historia literaria y cultural occidental. Debo expresar mi gratitud a la Editorial de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, mi Alma Mater, por acoger tan entusiastamente
88 Véase c. 61 y 62.
89 Véase c. 63.
90 Véase c. 64.
mi trabajo y hacerlo realidad. Probablemente, es la primera vez que esta obra de Catulo se edita en Chile, en traducción bilingüe.
Principios seguidos en esta traducción
Ediciones del texto catuliano
Para la traducción he seguido como texto base, y de la cual se reproduce el texto latino, la edición francesa de GEORGES LAFAYE, Catulle. Poésies.
“Les Belles Lettres”, Paris, 1966. También he tenido a la vista, y me ha sido de mucha ayuda, la edición alemana de WILHELM KROLL, C. Valerius Catullus. B. G. Teubner Verlagsgesellschaft, Stuttgart, 1959. Además de dos antologías italianas sólo con texto latino y notas, sin traducción: GUIDO PALIOTI, C. Valerio Catullo. Carmi Scelti, Carlo Signorelli, Milano, 1948. PAOLO FIDELI, Catullo Cuore Senza Fine, Antologia dai Carmi, Civilità letteraria di Grecia e di Roma, Paravia, Torino, 1986.
Detallado estudio lexical del texto
Como es manifiesto de las notas expuestas en esta Introducción, no es posible aproximarse seriamente a textos de la antigüedad, ya sea helena o latina, sin compenetrarse en el genuino devenir de su tiempo y de las características propias de la lengua en la que se expresa su pensamiento. En este sentido, el estudio lexical es un viaje, una odisea por el mar del sentido de las palabras, que finalmente decantan en una propuesta de aproximación en nuestra lengua. La edición de un texto bilingüe permitirá al lector algún grado de cotejo con el original y ampliar el sentido propuesto, si lo estima pertinente.
No hay intención de traducir en verso. He procurado una aproximación sintáctica con el original, hasta donde nuestra sintaxis y nuestra puntuación lo permiten; por ello recomendaría al lector una lectura pausada y atenta que le será de mucho provecho a su interpretación.
Mi trabajo respecto de nuestro idioma busca tributar a un correcto y rico español; no obstante ello, la traducción está dirigida principalmente a los lectores chilenos; los giros y modulaciones del lenguaje que contiene reflejan esa orientación. Si traspasa las fronteras y es acogida en otras latitudes, tanto mejor.
Traducir a Catulo: una fatiga adicional
Ya lo he advertido a lo largo de esta Introducción que el lenguaje y el estilo del veronés generan fatiga e incertidumbre al traductor. La violencia con la que se expresa hace, a veces, imposible reproducir con exactitud el sentido en nuestro español; aquí concuerdo con G. Lafaye cuando señala que las verdaderas obras maestras contienen muchas expresiones violentas, inclusive familiares, que no se pueden suavizar sin traicionar al autor. He procurado en todo momento traicionar lo menos posible esa psicología obscena que mana natural y procaz de un alma sentimental absolutamente terrenal y, a la vez, muy romana. Queda abierto el contenido del texto en este particular punto para que el lector con entera libertad, y según sus categorías morales, lo juzgue libremente. Espero contar con la benevolencia del lector, aplicando el mismo principio, mutatis mutandis, que el veronés señala respecto a la propia personalidad del poeta:
Nam castum esse decet pium petam Ipsum, uersiculos nihil necesse est,
Conviene, pues, al piadoso poeta que sea casto él mismo, no necesita en absoluto que sus versos ligeros lo sean,91
Sólo me cabe añadir que si estas pocas ideas expuestas estimulan a los lectores no sólo a la lectura propiamente del libellum el “librito” de Catulo, sino además contribuyen a ubicarlo en un contexto histórico-cultural y espiritual más amplio, habremos explicitado por qué:
Il piccolo libro torna a splendere e vivere, e a far rivivere un’anima e un’età.
91 Véase c. 16, 5-6.
Poesía completa
Quoi dono lepidum nouum libellum
Arida modo pumice expolitum?
Corneli, tibi; namque tu solebas
Meas esse aliquid putare nugas,
Iam tum cum ausus es unus Italorum 5
Omne aeuum tribus explicare cartis
Doctis, Iupiter, et laboriosis.
Quare habe tibi quicquid hoc libelli, Qualecumque; quod, o patrona uirgo, Plus uno maneat peremne saeclo. 10
¿A quién dedico mi precioso y nuevo librito, pulido con una piedra pómez reseca?
A ti, Cornelio, pues, tú solías pensar que mis bromas significaban algo, ya desde entonces cuando tú, el único de los de Italia, intestaste 5 narrar, ¡oh, Júpiter!, en tres volúmenes doctos y laboriosos, la historia universal.
Por esta razón recibe de mi librito todo lo que hay en él, y cualquiera sea su contenido: para que ¡oh, virgen patrona!, permanezca más allá de un siglo eterno. 10
Passer, deliciae meae puellae,
Quicum ludere, quem in sinu tenere,
Quoi primum digitum dare adpetenti
Et acris solet incitare morsus,
Cum desiderio meo nitenti 5
Karum nescio quid lubet iocari
Et solaciolum sui doloris,
Credo, ut tum grauis acquiescat ardor;
Tecum ludere sicut ipsa possem
Et tristis animi leuare curas!
[2b]
Tam gratum est mihi quam ferunt puellae
Pernici aureolum fuisse malum, Quod zonam soluit diu ligatam.
10
¡Oh, gorrión el amor de mi niña!
Con él suele jugar, a él tiene en su pecho, y a él le da la punta de su dedo para que lo picotee y suele incitarlo a que le dé punzantes picotones; cuando le gusta a mi resplandeciente deseo 5 juguetearse con él no sé qué cosa agradable y alivio de su dolor, creo que es para aquietar entonces su intensa pasión.
¡Ojalá pudiera jugar contigo, así como ella misma, y aliviar las tristes aflicciones de mi espíritu!
10 [2b]
Me agradó tanto cuanto cuentan que agradó a la muchacha veloz que fue una manzana de oro la que la hizo soltar la faja atada por tanto tiempo.
Lugete, o Veneres Cupidinesque,
Et quantum est hominum uenustiorum.
Passer mortuus est meae puellae,
Passer, deliciae meae puellae,
Quem plus illa oculis suis amabat; 5
Nam mellitus erat suamque norat
Ipsam tam bene quam puella matrem,
Nec sese a gremio illius mouebat,
Sed circumsiliens modo huc modo illuc
Ad solam dominam usque pipiabat. 10
Qui nunc it per iter tenebricosum
Illuc, unde negant redire quemquam.
At vobis male sit, malae tenebrae
Orci, quae omnia bella deuoratis; Tam bellum mihi passerem abstulistis. 15
O factum male! o miselle passer!
Tua nunc opera meae puellae
Flendo turgidoli rubent ocelli.
¡Llorad, oh, Venus y Cupidos, y cuantos de los hombres más sensibles existan! Ha muerto el gorrión de mi muchacha, oh gorrión, el amor de mi muchacha, al que ella amaba más que a sus ojos:
5 pues él era dulce como la miel y reconocía a su ama tan bien como una hija reconoce a su madre, y no se movía del regazo de ella, sino que saltando a su alrededor de un lado a otro piaba siempre hacia su única dueña.
Ahora él camina por el tenebroso camino hacia aquel lugar, de donde dicen que nadie puede volver.
¡Que seáis malditas!, malvadas tinieblas del Orco, que devoráis todas las cosas bellas: tan bello gorrión me robasteis.
¡Oh hecho fatal, oh, mi pobrecillo gorrión!
Ahora por tu culpa los ojitos de mi muchacha enrojecen hinchados por el llanto.
10
15
Phaselus ille, quem uidetis, hospites,
Ait fuisse nauium celerrimus,
Neque ullius natantis impetum trabis
Nequisse praeterire, siue palmulis
Opus foret uolare siue linteo. 5
Et hoc negat minacis Adriatici
Negare litus insulasue Cycladas
Rhodumque nobilem horridamque Thraciam
Propontida trucemue Ponticum sinum,
Vbi iste post phaselus antea fuit 10
Comata silua; nam Cytorio in iugo
Loquente saepe sibilum edidit coma.
Amastri Pontica et Cytore buxifer,
Tibi haec fuisse et esse cognitissima
Ait phaselus: ultima ex origine 15
Tuo stetisse dicit in cacumine,
Tuo imbuisse palmulas in aequore,
Et inde tot per impotentia freta
Erum tulisse, laeua sive dextera
Vocaret aura, siue utrumque Iupiter 20
Simul secundus incidisset in pedem;
Neque ulla uota litoralibus diis
Sibi esse facta, cum ueniret a marei
Nouissime hunc ad usque limpidum lacum.
Sed haec prius fuere; nunc recondita 25
Senet quiete seque dedicat tibi,
Gemelle Castor et gemelle Castoris.
Aquel barquichuelo que vosotros veis, forasteros, dice haber sido el más veloz de los navíos, y que el ímpetu de ninguna embarcación no había podido sobrepasarlo, ya fuese necesario que volara por sus remos ya por su velamen. 5 Y rehúsa decir que no esta ribera del amenazador Adriático y las islas Cícladas y la noble Rodas y la hórrida Propóntide de Tracia y el cruel golfo del Ponto, donde éste después fue barquichuelo, pero antes
10 una selva espesa: pues en la cima del Citorio muchas veces lanzó un silbido con su follaje susurrante.
El Amastri que produce el boj en el golfo póntico y en el Citorio, estas cosas te fueron y te son muy conocidas
—dice el barquichuelo— desde su origen remoto
15 —dice— haberse erguido en tu cima y haber sumergido sus remos en tu mar, y que, desde allá, a través de tantas olas tempestuosas, había conducido a su amo, ya por la izquierda ya por la derecha lo invitara la brisa, o bien Júpiter favorable 20 se hubiese dejado caer al mismo tiempo a uno y a otro cabo de la vela; y que a los dioses costeros ningún voto en su favor se hizo, cuando recientemente venía desde el mar hacia este lago transparente.
Pero estas cosas antes sucedieron: ahora envejece 25 en una escondida quietud y se consagra a ti, Gemelo Cástor y Gemelo de Cástor.
Viuamus mea Lesbia, atque amemus,
Rumoresque senum seueriorum
Omnes unius aestimemus assis.
Soles occidere et redire possunt;
Nobis cum semel occidit breuis lux, 5
Nox est perpetua una dormienda.
Da mi basia mille, deinde centum,
Dein mille altera, dein secunda centum,
Deinde usque altera mille, deinde centum.
Dein, cum milia multa fecerimus, 10
Conturbabimus illa, ne sciamus,
Aut ne quis malus inuidere possit,
Cum tantum sciat esse basiorum.
Vivamos, oh, mi Lesbia, y amémonos, y los comentarios de los viejos más severos considerémoslos todos del valor de un peso.
Los soles pueden ponerse y volver a brillar; cuando de una sola vez la breve luz se nos extingue, 5 debemos dormir una sola noche eterna.
Mil besos dame, luego un ciento, otros mil después, luego un segundo ciento, y después ininterrumpidamente otros mil, luego un ciento.
Después, cuando nos hayamos dado muchos miles, 10 los confundiremos para que no sepamos la cuenta, o por lo menos para que ningún malvado pueda envidiarnos, cuando sepa que tan grande es el número de besos.
Flaui, delicias tuas Catullo,
Nei sint inlepidae atque inelegantes, Velles dicere, nec tacere posses.
Verum nescioquid febriculosi
Scorti diligis; hoc pudet fateri. 5
Nam te non uiduas iacere noctes
Nequiquam tacitum cubile clamat
Sertis ac Syrio fragrans oliuo,
Pulvinusque peraeque et hic et ille
Attritus, tremulique cassa lecti 10
Argutatio inambulatioque.
Nam nil stupra ualet, nihil, tacere.
Cur? non tam latera ecfututa pandas,
Nei tu quid facias ineptiarum.
Quare, quicquid habes boni malique, 15
Dic nobis; uolo te ac tuos amores
Ad caelum lepido uocare uersu.
Flavio, tus delicias a Catulo
si no fueran groseras y sin elegancia querrías contar y no podrías callar.
Pero no sé qué de una calenturienta prostituta amas: esto da vergüenza publicarlo.
5 Porque tú no pasas noches vacías inútilmente la cama silente lo proclama, perfumada de guirnaldas y de aceite sirio, y la almohada igualmente a uno y otro lado hundida, y el crujido ruidoso y el meneo
10 de tu lecho tembleque.
Por tanto, de nada, de nada vale callar tus obscenidades. ¿Por qué? Ojalá no muestres tus fuerzas tan desperdiciadas ni hagas alguna cosa impertinente.
Por esto, todo lo que tengas de bueno y de malo, 15 dime: quiero a ti y a tus amores hasta el cielo llevarlos con un encantador verso.
Quaeris quot mihi basiationes
Tuae, Lesbia, sint satis superque.
Quam magnus numerus Libyssae harenae
Lasarpiciferis iacet Cyrenis,
Oraclum Iouis inter aestuosi 5
Et Batti ueteris sacrum sepulcrum,
Aut quam sidera multa, cum tacet nox,
Furtiuos hominum uident amores,
Tam te basia multa basiare
Vesano satis et super Catullo est, 10
Quae nec pernumerare curiosi
Possint nec mala fascinare lingua.
Tú me preguntas, oh Lesbia, cuántos besos tuyos me bastarían y me sobrarían. Cuán grande es el número de granos de arena de Libia que se esparcen en Cirene, la que produce el láser, entre el templo del ardiente Júpiter 5 y el sepulcro sagrado del viejo Bato, o cuán grande es el número de estrellas, cuando la noche calla, y ven los furtivos amores de los hombres, tan grande cantidad de besos que tú des al apasionado Catulo le bastarían y le sobrarían, 10 que ni enumerarlos los intrusos podrían, ni hechizarlos con brujerías.
Miser Catulle, desinas ineptire,
Et quod uides perisse perditum ducas.
Fulsere quondam candidi tibi soles,
Cum uentitabas quo puella ducebat
Amata nobis quantum amabitur nulla. 5
Ibi illa multa tum iocosa fiebant,
Quae tu uolebas nec puella nolebat.
Fulsere uere candidi tibi soles.
Nunc iam illa non uolt; tu quoque, inpotens, noli,
Nec quae fugit sectare, nec miser uiue, 10
Sed obstinata mente perfer, obdura.
Vale, puella. Iam Catullus obdurat,
Nec te requiret nec rogabit inuitam;
At tu dolebis, cum rogaberis nulla.
Scelesta, uae te; quae tibi manet uita! 15
Quis nunc te adibit? cui uideberis bella?
Quem nunc amabis? cuius esse diceris?
Quem basiabis? cui labella mordebis?
At tu, Catulle, destinatus obdura.
¡Oh, desdichado Catulo, déjate de decir tonterías, y lo que ves que ha perecido considéralo ya perdido! En algún tiempo cándidos soles resplandecieron para ti, cuando solías ir a donde la muchacha te conducía, ¡Amada por mí cuanto ninguna podrá ser amada! 5 Allí, en ese entonces, se realizaban aquellos muchos juegos amorosos, los que tú querías y que a la muchacha no le disgustaban. En verdad cándidos soles resplandecieron para ti. Ahora ella ya no quiere: tú tampoco, incapaz de dominarte, quieras, ni persigas a la que huye, ni desdichado vivas, 10 sino que con mente obstinada resiste, mantente firme. Adiós, oh, muchacha, ya Catulo se mantiene firme, ni en contra de tu voluntad te buscará ni rogará: pero tú sufrirás, cuando nunca más por mí seas solicitada.
¡Desdichada, ay de ti! ¿Qué vida te aguarda?
¿Quién te visitará ahora? ¿a quién parecerás bella?
¿A quién amarás ahora? ¿de quién dirás que eres?
¿A quién besarás? ¿a quién le morderás los labios?
Pero tú, oh, Catulo, obstinado mantente firme.
15
Verani, omnibus e meis amicis
Antistans mihi milibus trecentis,
Venistine domum ad tuos penates
Fratresque unanimos anumque matrem?
Venisti. O mihi nuntii beati! 5
Visam te incolumem audiamque Hiberum
Narrantem loca, facta, nationes,
Vt mos est tuus, applicansque collum
Iocundum os oculosque suauiabor.
O quantum est hominum beatiorum, 10
Quid me laetius est beatiusue?
Veranio, tú que ocupas para mí el primer lugar de entre todos mis trescientos mil amigos, ¿es verdad que has vuelto a tu casa junto a tus Penates, y a tus hermanos de igual alma y junto a tu vieja madre?
¡Has vuelto, oh, noticia agradable para mí! 5 Ojalá que te vea sano y salvo y que te escuche mientras describes los lugares de Iberia, los acontecimientos y los pueblos, como es tu costumbre, y colgándome de tu cuello besaré tu rostro alegre y tus ojos.
Oh, cuántos hay entre los hombres más dichosos, 10 ¿qué ser puede ser más feliz y más dichoso que yo?

Este libro fue compuesto con la familia tipográfica Inria Serif 10 pts.
Impreso en papel Bond blanco de 106 gr/m2, en un formato de 17 x 24 cm. Páginas de cortesía en papel Curious Matter de 135 gr/m2. Encuadernación en rústica con tapas en papel Royal Sundance Ultra White de 297 gr/m2.
Fue maquetado en la ciudad de Valparaíso y confiado a Ograma Impresores, durante diciembre de 2025.
