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Imagicuentos

  /  serie  Velas  al  Viento


De los textos: D.R. © Fernando Cortés Espinoza D.R. © Marion Flores Patiño D.R. © Ana Lilia Guerrero Vieyra D.R. © Socorro López Núñez D.R. © Estrella Méndez Méndez D.R. © Julio Édgar Méndez D.R. © Javier Romero D.R. © Beatriz Leticia Zavala Balcázar De las ilustraciones: D.R. © José Antonio Arzate Barbosa D.R. © Esteban Morales Villagómez D.R. © Luis Alberto Patiño Campos Diseño de cubiertas e interiores: Tonatiuh Mendoza Ilustradores: José Antonio Arzate Barbosa (“El mundo de Nayde”, “La casona misteriosa” y “Pollita Gus”), Esteban Morales Villagómez (“Hombres-topo”, “La noche de los mil ojos” y “Umbra”) y Luis Alberto Patiño Campos (portada, “El túnel” y “La muñeca”).


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Cortés Espinoza, Fernando et al., Imagicuentos. Ediciones La Rana/Centro de las Artes de Guanajuato/Guanajuato/2012. 108 pp.; 22 × 20 cm; 35 ilustraciones. (Serie “Velas al Viento” de la colección Barcos de Papel) ISBN 978-607-8069-57-6 1. Literatura. Literatura infantil. 2. Literatura. Cuentos. 3. Literatura. Escritores en Guanajuato: Fernando Cortés Espinoza, Marion Flores Patiño, Ana Lilia Guerrero Vieyra, Socorro López Núñez, Julio Édgar Méndez, Estrella Méndez Méndez, Javier Romero, Beatriz Leticia Zavala Balcázar. LC Z5347C47 2012

Dewey M808.068 Cor787

De esta edición: D.R. © EDICIONES LA RANA Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato Paseo de la Presa núm. 89-B 36000 Guanajuato, Gto. Centro de las Artes de Guanajuato Av. Revolución núm. 204 36700 Salamanca, Gto. Primera edición, 2012 Serie “Velas al Viento” de la colección Barcos de Papel Impreso y hecho en México  /  Printed and Made in Mexico isbn 978-607-8069-57-6 Ediciones La Rana y el Centro de las Artes de Guanajuato hacen una atenta invitación a sus lectores para fomentar el respeto por el trabajo intelectual, es por ello que les informan que la Ley de Derechos de Autor no permite la reproducción de las obras artísticas y científicas, ya sea total o parcial –por cualquier medio o procedimiento–, a menos que se tenga la autorización por escrito de los titulares del copyright o derechos de explotación de la obra.


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El mundo de Nayde Socorro López Núñez

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esde esa tarde mi vida no es la misma; a veces me pregunto si lo que   pasó fue real. Es cierto que siempre amé la naturaleza, pero… ¿quie  res saber lo que sucedió? No lo he platicado nunca, sin embargo a ti si te lo puedo contar. Fui con mis amigos a acampar. Escogimos una región boscosa, cerca del río. Después de levantar las casas de campaña, decidimos explorar un poco por los alrededores; entonces escuché una música extraña pero conocida. Traté de recordar dónde la había oído y me di cuenta de que había sido en el cine. Parecía ser música de gaitas, la cual se mezclaba con los sonidos de la naturaleza semejando algo mágico. Me sentí intrigado, ¿gaitas aquí? Caminé tratando de descubrir de qué lugar venía la música. El aroma de la primavera llegaba a mí como una suave brisa. Seguí caminando sin darme cuenta de que me había alejado mucho de mi campamento y de mis amigos; fue entonces cuando la vi: era una hermosa joven con un vestido hecho de conchas, la que, absorta, tocaba la zampoña. Los rayos del sol a través de los árboles la iluminaban dando a su piel y ropas un aspecto irreal. Estaba atontado; no sé cuánto tiempo pasé inmóvil escuchándola. Cuando dejó de

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tocar me acerqué lentamente. Ella al verme trató de huir, pero se lo impedí tomándola de la mano. —No te vayas. —Déjame. —¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? —Tengo que irme. —No voy a hacerte daño. —¿Me lo juras? —Te lo juro. Sólo quiero ser tu amigo. —Entonces acompáñame. Mi nombre es Nayde y soy un espíritu de la naturaleza. —¿Eres real? –pregunté. —Por supuesto –dijo sonriendo–. Acompáñame. Me tomó de la mano y comenzó a caminar. Yo la seguía, fascinado; así llegamos hasta la boca del río. Nayde se arrojó al agua arrastrándome con ella. Una corriente nos llevó hacia el mar. Es mi fin, pensé. La corriente nos acercaba peligrosamente a unos arrecifes de coral. Cerré los ojos esperando mi muerte y me imaginé destrozado entre ellos. De pronto, sentí que todo se aquietaba. Tampoco yo me movía. No sentía dolor ni escuchaba ruido alguno. ¡Estoy muerto!, pensé. En ese momento se escuchó una fuerte voz: —¡Alto! ¿Qué hace él aquí? —Yo lo traje. Prometió no dañarnos –dijo Nayde. —Sabes que antes de admitirlo como amigo debe pasar una prueba. —¿Qué prueba? ¿Dónde estoy? –pregunté temeroso.

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—¡Llévenselo! –prosiguió el anciano. No sé de dónde salieron dos jóvenes montados en enormes peces. Llevaban el torso descubierto, como arma portaban unos arpones. Me condujeron a un camino lleno de latas vacías, botellas plásticas y basura en descomposición. Mis pies se hundían entre los deshechos haciéndome resbalar y caer más de una vez. Por fin llegamos a nuestro destino: hermosas casas hechas de piedras marinas estaban abandonadas, algunas totalmente destrozadas; las calles y avenidas, cubiertas de un lodo espeso y maloliente. —¿Qué vamos a hacer aquí? –pregunté. Nadie respondió. Busqué a mi alrededor pero estaba solo; mis guardianes habían desaparecido. La luz era más tenue a cada momento. Me sentía fatigado; también tenía miedo, por lo que busqué un lugar dónde refugiarme para descansar, con la esperanza de que los jóvenes de los arpones regresaran. Vencido por el cansancio, me quedé dormido, aunque no por mucho tiempo. ¡Un terremoto!, grité; desperté espantado. Recordé dónde estaba. Hasta ese momento reaccioné: Estoy respirando bajo el agua. No pude seguir con mis reflexiones, pues el temblor se sintió nuevamente. Intenté salir de mi refugio para alejarme de las construcciones, entonces me di cuenta de que no estaba temblando, era una avalancha de lodo pestilente que caía sobre la ciudad. Volví a mi refugio. El olor era insoportable. Me trajeron aquí para dejarme morir, pensé. Esperaré la muerte. Luego me rebelé: No lo lograrán. No me voy a quedar aquí. Tengo que salir, me dije. Trepando por las ruinas de las casas, llegué a los restos de azoteas, caminé por ellas con mucho cuidado, pues en caso de caer moriría sepultado entre la podredumbre.

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En ratos quise desistir y dejarme caer, pero mi corazón decía: Vuelve a intentarlo. Cada vez era más dif ícil. Mis manos estaban lastimadas, mis pies se movían con dificultad, resbalé, caí al vacío… sentí que unas manos poderosas me sostenían. Entonces perdí el sentido. Cuando desperté, me encontraba recostado en una cama de algas. Nayde estaba a mi lado. —¿Qué pasó? –pregunté. Ella sonrió y salió de la habitación (era un lugar pequeño y muy limpio, decorado con variedad de conchas). Por la puerta apareció el anciano culpable de mis desgracias. Tuve miedo. —Bienvenido a nuestro pueblo –dijo–. Pasaste la prueba. —¿Qué prueba? –pregunté. Él continuó hablando. —No cualquier humano puede ver a un espíritu de la naturaleza, únicamente los de buen corazón, por eso Nayde te trajo con ella, pero antes de aceptar tu presencia en nuestro mundo y darte una misión, debía comprobar tu valor. La prueba era dejarte solo en nuestra antigua ciudad y que salieras de ella. ¡Lo lograste! —¿Su antigua ciudad? —Sí, por miles de años fue nuestro hogar. —¿Qué sucedió? ¿Por qué la abandonaron? —Aparecieron los hombres. Al principio convivimos con ellos, guiábamos los peces hacia sus redes, para que no les faltara alimento, les dábamos consejos y medicinas, pero hoy… —¿Hoy qué?

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—El hombre está destruyendo el planeta. Todo lo ensucia y contamina. Destruye la naturaleza y con ella a los espíritus que la habitan (existen otros seres como nosotros en la superficie y en el interior de las montañas). Tú lo palpaste. Estuviste entre contaminantes, primero en el camino, luego en la ciudad… —La avalancha de lodo –me apresuré a concluir. —No es lodo –el anciano sonrió tristemente. —¿Entonces? –pregunté temeroso de lo que estaba pensando. —En las noches descargan las aguas negras del puerto. Ésa es la razón por la que abandonamos nuestra ciudad. Logramos refugiarnos en los pocos lugares como este donde no hay contaminación. Pero ven, acompáñame a conocer mi pueblo. Salimos del cuarto y pude ver que sus pequeñas viviendas estaban talladas en el arrecife. Todo en el pueblo era realmente mágico. Los niños más pequeños aprendían a montar sobre los caballitos de mar, los más grandes a conocer flora y fauna (enseñados por una anciana), hombres y mujeres de diferentes edades trabajaban en grupos, unos preparaban la comida abriendo ostras pequeñas, luego las colocaban en enormes conchas que servían como bandejas; otros limpiaban las conchas desechadas por los primeros para pulirlas; después las pasaban a los encargados de elaborar ropas, utensilios, adornos y otras cosas más. También vi una mantarraya tripulada por uno de los jóvenes que conocí el día anterior, en ella traía un cargamento de ostras para los cocineros; al verme, me saludó moviendo la mano con alegría. Estaba feliz, contagiado de la armonía que reinaba en el lugar. —Es hora de que regreses a tu mundo –dijo el anciano.

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—Pero… —Tu tiempo bajo el agua terminó. Al traerte, Nayde te envolvió en una burbuja con aire de la superficie, por eso puedes respirar. Tú no puedes verla. El aire se está agotando. Debes irte o morirás. —Lo siento –dijo Nayde. —¿Puedo despedirme de los demás? —No hay tiempo. El motivo para que vinieras fue una misión y no te puedes ir sin conocerla. Tu misión es salvar la naturaleza. Lucha por ello. No desistas. Cuando nos necesites, toca esta zampoña y te buscaremos, amigo. Ahora vete. De inmediato sentí que una fuerte corriente me arrastraba alejándome de ahí, entonces perdí el sentido. Desperté en el bosque, apenas anochecía. Mis amigos me buscaban. Sólo habían pasado unas horas. Yo no dije nada de mi aventura. Fue un sueño, pensé. Sin embargo, esta zampoña que siempre me acompaña estaba junto a mí.

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Tú puedes crear tu propio final, ¿cómo te gustaría que terminara? Escríbelo y dibújalo. De inmediato sentí que una fuerte corriente me arrastraba alejándome de ahí, entonces perdí el sentido. Y…

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El túnel Beatriz Leticia Zavala Balcázar

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aminábamos cuesta abajo por las calles empedradas. Las casas de adobe,   los corrales de piedra, el olor a humo y a estiércol marcaban nuestra    llegada al barrio. Él me llevaba de la mano. Yo, de vez en cuando, daba saltos agigantados tratando de alcanzar su paso, como queriendo acortar la distancia entre los dos. Eran las cinco de la tarde cuando papá y yo llegamos a casa de tía Nasita. El patio estaba adornado con papel picado de colores para el gran baile que se llevaría a cabo esa tarde, con motivo de la llegada de unos parientes de México. El pregonero del barrio anunciaba a los invitados especiales: “¡Llegaron las Margaritas con sus jarritas!”. Eran dos muchachas cargadas con sus cántaros: uno de pulque, para los mayores, y otro de agua de jaripo, para los niños. “¡Llegó José Mendoza, el que siempre goza!”, un hombre de sesenta años, dueño del tocadiscos que alegraba el corazón de la fiesta. Luego, entre porras y bienvenidas entraron los parientes de México y empezó el baile. Todo aquello era divertido, pero más resultó cuando nos juntamos Laurita, Nando, Sigis y yo.

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—¿Qué les parece si nos desaparecemos de aquí para ver qué hay en el patio de atrás? –nos sugirió Sigis. —¡Órale! –respondimos, a sabiendas de que lo haríamos sin pedir permiso. Detrás había otro patio lleno de enredaderas como cubriendo o escondiendo un secreto. Llenos de curiosidad brincamos la cerca. —¡Con cuidado, no se vayan a raspar los pies! –dijo Sigis. Yo me fui de boca cuando me enredé en las guías del chayote; las gallinas, que andaban cerca, empezaron a cacarear y armaron un santo escándalo que todos nos preocupamos por quererles callar el pico para no ser descubiertos. —¡Ay, me raspé! –me quejé. —¡Shist! ¡Cállate, no es para tanto! –contestó molesto Sigis. —Te lo dije, Sigis. Por eso no me gusta andar con viejas –renegó Nando. Seguimos explorando el lugar. El aire movió las ramas de un pino viejo haciéndolas silbar como murmullo doloroso y del pozo de agua que estaba enfrente resonó un eco incitador que nos condujo a encontrarnos con una montaña de rastrojo. Entonces decidimos subir y empezamos a brincar y brincar hasta que nos hundimos. —¡Aaaaay! –gritamos todos, asustados. Caímos en una especie de túnel. Sigis, que era el mayor, parecía no asustarse con nada y dijo: —¡Cállense! No se vale gritar ni llorar porque ahora sí vamos a descubrir el verdadero escondite de las monedas de plata. —¿Cuáles monedas? –preguntó Laurita.

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—Pues las de los revolucionarios, mensa. ¡Qué tal si nos encontramos el costal donde las guardaba el Chihuahua –afirmó Sigis. —¿Cuál Chihuahua? –dijo Nando. —El matón revolucionario que siempre cargaba su carabina y andaba a caballo; así le decían. Era roba ganado. Mataba a familias enteras para robarles el dinero y dice mi abuelo que todo lo guardaba en un costal y que todavía está enterrada esa fortuna de plata. Es por eso que cada 3 de mayo, al anochecer, como a estas horas, empieza a arder toda la calle y que ésa es la señal porque la plata relumbra con el fuego, pero que hay que tener cuidado porque el humo puede matar si se le respira. También cuenta que en tiempo de la revolución hicieron túneles como éste para esconderse y que muchos quedaban atrapados o se morían de hambre. —Mejor vamos a regresarnos –dijimos, con insistencia, Laurita y yo–. Ya nos deben de estar buscando. —Ahora se friegan. No sean coyonas –dijo Nando. —¡Órale, a caminar y no se rajen! –contestó Sigis. El túnel, hecho de piedras con lodo y estrecho, nos dejaba ver los últimos rayos del sol a través del techo de vigas rotas y apolilladas. Olía a humedad, a orines de rata y se alcanzaban a ver los hongos, como tapiz sobre las paredes frías. Sigis rompió una espesa capa de telarañas, con un palo de ocote que llevaba en sus manos para poder pasar. Todos lo seguimos, caminando en silencio hasta que Laurita dijo: —¿Y si nos sale un muerto? —Ése será el que nos diga dónde está el costal de monedas de plata –aseguró Sigis.

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Llegamos a un punto donde el camino se hizo más dif ícil. El piso, lodoso por la humedad que llegaba del pozo, hacía que nuestros pies se resbalaran, luego, al lado derecho del camino, había dos túneles más pequeños a los que sólo podíamos entrar si pudiéramos hacernos chiquitos. Decidimos entrar por el que parecía estar menos lodoso. Laurita y yo íbamos temblando de miedo. De pronto salieron volando unos murciélagos por encima de nosotros, volteamos y vimos detrás de nosotros una sombra que nos seguía, abrimos los ojos tan grandes como pudimos y gritamos llenas de terror, luego escuchamos unos quejidos y corrimos con dificultad dejando atrás a Nando y Sigis, sin saber a dónde íbamos a parar. Ellos enseguida corrieron para alcanzarnos; parecía un túnel sin fin. Regresamos al mismo lugar donde habíamos iniciado. Lo cierto fue que al entrar al túnel pequeño sólo dimos la vuelta y fuimos a dar al mismo lugar donde ya nos esperaba tía Nasita, como si ella lo supiera todo. —¿Qué andan haciendo por acá si allá está la fiesta? –dijo con una sonrisa maliciosa–. ¡Vámonos! Nos miramos a la cara y sin decir palabra regresamos al baile, acompañados de Nasita, quien nos sirvió una fresca agua de jaripo. Aún después de la carrera y el tremendo susto, los cuatro decidimos sellar el pacto de regresar y encontrar en alguno de los túneles pequeños las monedas de plata.

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Ahora te toca a ti lucirte y mostrarnos qué desenlace ves para esta historia. Escríbelo y dibújalo. —¿Qué andan haciendo por acá si allá está la fiesta? –dijo con una sonrisa maliciosa–. ¡Vámonos! Nos miramos a la cara y sin decir palabra…

El túnel

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Índice

El mundo de Nayde

9

Socorro López Núñez

El túnel

21

Hombres-topo

31

La casona misteriosa

39

La muñeca

49

La noche de los mil ojos

59

Beatriz Leticia Zavala Balcázar Julio Édgar Méndez Ana Lilia Guerrero Vieyra Estrella Méndez Méndez Fernando Cortés Espinoza

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Pollita-Gus

71

Umbra

83

Marion Flores Patiño Javier Romero

El túnel

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Para la elaboración de este libro se utilizó el tipo Warnock Pro; el papel fue cuché mate de 130 gr. La impresión y encuadernación de Imagicuentos fueron realizadas por José Ramón Ayala Tierrafría, José Román López y Michel Daniel Rea Quintero en el Taller del IEC, en junio de 2012. Cuidado de la edición: Luz Verónica Mata González Formación: Tonatiuh Mendoza El tiraje fue de 500 ejemplares.

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El tĂşnel

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