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EL OBSERVADOR “Desde 1970 al servicio de la gente”

Ediciones Especiales

Suplemento en homenaje al 155º aniversario de Limache

Viernes 26 de abril de 2013


2 - Limache 155 años

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Editorial

Alcalde Daniel Morales y Paula Abarca: Ambos se conocieron cuando trabajaban en la Dirección de Desarrollo comunitario, pero -reconocen- “no fue amor a primera vista”

¿Por qué el amor es el vecino más feliz de Limache? Haga el ejercicio. De seguro ya lo ha hecho. Pero hágalo de nuevo. Llegue hasta el portal natural en el que se inicia la Avenida Urmenta. En estas fechas, poco a poco las hojas de los árboles comienzan a ponerse amarillas. Ese amarillo que les regala el otoño, que, con pausa, va formando un sendero, acompañando a esos trocos, que levantan sus brazos de ramas para entrecruzarse hasta el final del recorrido. Es un camino tranquilo, acariciado por una brisa. Es un cómplice que cubre el paso lento de quienes, de la mano, recorren esta alameda, para salir del tiempo real y caer al tiempo de la amistad, del pololeo incipiente; la pasión madura o el amor eterno. Ahí donde el reloj avanza más lento. Rincones como éste se repiten en Limache, vibrando con el ritmo más pausado de los latidos de un motor que mueve la comuna lejos del bocinazo neurótico y la densidad intimidante de los edificios. Limache se pude mirar con sólo levantar la vista, sin que gigantes de concreto te lo prohíban, con la insolente bofeteada del crecimiento de una metrópolis. Por eso vivir el amor en Limache es más fácil. Por eso “El Observador” ha decidido presentar evidencias de cómo la comuna ha sido, siempre, un lugar ideal para vivir el amor. Lo hace con historias de parejas que cuentan por qué han decidido llegar, quedarse o volver a este rincón de la Región que cumple 155 años. Escolares, jóvenes, recién casados, relaciones iniciadas ya de adultos. Abuelitos. Sabios abuelitos. Sabios -también- al enseñar cómo convivir en el amor, que no es más que la admiración profunda del uno por el otro. En la comuna, incluso, ha habido circuitos del amor. Cuentan sus vecinos de siempre, que lo normal era dar vueltas alrededor de Pérgola Gabriela Mistral del Parque Brasil. “Unos para un lado y otros para el otro, para dar de frente las miradas entre los enamorados”, cuenta un limachino de origen. Cuando ese recorrido cumplía su misión, se pololeaba sentado en unos escaños, bajo unas enormes encinas, que -describe otro limachino- “en cierta época del año tenían unos coquitos, que caían sobre las cabezas de los enamorados en los momentos más importantes”. También había otro circuito, que dependía -eso sí- de la época y el clima. Era la salida del Liceo por Riquelme, tomándose un helado en “Las Siete Hermanas; dando pasos hacia la avenida Urmeneta, por el lado norte. Más de alguno pasaba a comprar unas hallullas mantecosas en la Panadería San Agustín y se llegaba a la Estación de Trenes, cuando años atrás no era un punto de llegada, sino el paso hacia las ciudades del interior. Se veía pasar un par de convoyes y, luego, por la vereda sur de la avenida, se iba hasta la Pérgola a dar vueltas. Limache aún mantiene parte de ese circuito. El mismo que, hace décadas, de seguro hacían Graciela y Esteban. Ambos comparten su historia en este suplemento. Tienen 84 años y toda una vida juntos. Al hablar, se emocionan, pero más emociona el que los escucha, el que ahora podrá leerlos, cuando él comenta lo que siente de la vida en común con su esposa, coincidiendo con mágica armonía con lo que busca este trabajo. Esteban cuenta: “Es bonito envejecer juntos. Dios nos ha dado la oportunidad de vivir hartos años, que han sido muy bonitos. Aunque algunas veces se me pone porfiada y discutimos, el enojo no nos dura mucho. No le tenemos miedo a la vejez. Es como un premio y lo importante es que nos amamos todavía”. Bienvenidos a un suplemento en homenaje el cumpleaños de Limache, comuna a la que devolvemos las historias que ha sido capaz de proteger, ayudando a que los corazones den latidos más fuertes que en otra ciudad del mundo.

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s bastante común ver en las actividades oficiales y en las dependencias municipales al alcalde de Limache, Daniel Morales Espíndola (41), siempre acompañado de su esposa, Paula Abarca Carrizo (40), quien desde las pasadas elecciones y desde que debió asumir anticipadamente, tras el fallecimiento del ex alcalde Luis Minardi, se ha convertido en mano derecha y principal apoyo en la gestión del jefe comunal limachino. Pero ésta no es la primera vez que ambos trabajan juntos. De hecho, su historia comienza hace diez años,

en la misma municipalidad, cuando ambos se desempeñaban en la Dirección de Desarrollo Comunitario. Daniel era el director y Paula llegó a trabajar como secretaria. Eso sí, ambos confiesan sin miedo a sorprender al otro: cuando se conocieron, lejos de ese sentimiento idílico con el que se inician muchas parejas, no fue amor a primera vista. “Fue una relación construida en forma gradual, que se dio con el tiempo y en la medida que lo fui conociendo, me fue interesando”, dice Paula, contando que, primero, se formó una

El y su esposa llevan 10 años juntos y tienen dos hijas: Constanza y Daniela.

EMPRESA PERIODÍSTICA EL OBSERVADOR Director: Roberto Silva Binvignat Fundador y Presidente del Directorio: Roberto Silva Bijit Gerente Comercial: Julio Cifuentes Mora

EDICIONES ESPECIALES Editor: Claudio Espejo Bórquez

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El matrimonio del alcalde de Limache, Daniel Morales, y Paula Abarca, se realizó en Quillota, donde contaron con la compañía de sus familiares y amigos más cercanos.

amistad y, luego, se dio un paso hacia un fuerte amor. De hecho, un año después, esa fuerte amistad que creció entre ambos tomó un curso más serio e iniciaron una relación de pareja. Por ello, decidieron que era apropiado que Paula renunciara a su puesto en el municipio, para así evitar conflictos en el trabajo y seguir avanzando tranquilamente como pareja, en un camino que los llevaría a pololear por tres años y, luego, contraer matrimonio. “Nosotros nos casamos cerca de los 35 años, entonces, ya no estábamos tan jóvenes como para seguir en el tema del carrete. Ambos estábamos en la misma etapa, queríamos tener una familia y generar nuestro propio espacio”, cuenta el alcalde, quien además confiesa que, como buen Acuario, él es un hombre muy disperso y que su esposa es

su “cable a tierra”. Por ello, señala, cada paso que han dado ha sido conversado y planificado. “Una de las cosas que nos caracteriza mucho es que con Paula vamos pensando nuestras vidas paso a paso, porque, a pesar de mi personalidad, me gusta proyectar y mi esposa las va aterrizando, por eso creo que formamos un buen equipo”, agrega. Es así como el próximo paso fue agrandar la familia y, al año siguiente de su unión matrimonial, nació Constanza (5 años) y Daniela (2 años), dos hermosas niñas que son el orgullo de esta pareja, que en sus años de relación ha logrado fortalecerse en sus diferencias para llevar a cabo un proyecto de vida, donde la política, el trabajo municipal y el desarrollo de la comuna se han convertido en parte de

“La Verdad más que un valor es una actitud ante la vida”. Roberto Silva Bijit

Quillota

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Quillota y La Cruz La Concepción 277 Casilla 1 - D Fono: (33) 342209 (33) 342210 Quillota

La Calera, Artificio, Hijuelas, Nogales y El Melón Arturo Prat 797 Fonofax: (33) 342216 La Calera

Limache y Olmué Serrano 125 Of. 2 Fono: (33) 342220 San Francisco de Limache

La Ligua, Cabildo, Petorca, Papudo y Zapallar Ortiz de Rozas 694, 2º piso, oficina 19 Fono: (33)342217 La Ligua

San Felipe, Llay Llay, Santa María, Catemu, Putaendo, Panquehue Salinas 318 Fono: (34) 343712 San Felipe

Los Andes, San Esteban, Rinconada, Calle Larga Santa Rosa 225 Fono: (34) 343413 Los Andes

Villa Alemana, Quilpué, Santiago 710, Of. 206 2º piso, Edificio Karakum Fono: (32) 2158396 Villa Alemana

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un amor que nació y sigue creciendo en la municipalidad sus propósitos. Pero, ¿Cómo compatibilizan la vida personal y familiar con las responsabilidades de la alcaldía, que suelen ser tan demandantes? Ante la pregunta, el alcalde responde que “Paula me conoció en mi trabajo, lo que ha facilitado mucho todo, para que sepa lo que yo hago, primero como director de la Dideco y, luego, como concejal”. “En ambas instancias ella respetó mi espacio, porque era un tema muy personal. Pero después, lo de la alcaldía fue muy conversado, porque sabíamos que iba

a significar un cambio más fuerte en la vida de la familia”, agrega Daniel Morales. Para enfrentar este desafío, el matrimonio cuenta que tomó otra importante decisión: Paula dejó su trabajo, para dedicarse a trabajar a tiempo completo a las últimas campañas electorales, que finalmente fueron todo un éxito y llevaron a Daniel Morales a mantenerse como alcalde de Limache. “Ahora pasamos mucho tiempo juntos, porque yo me dedico a apoyar su gestión, hago trabajos con él, estoy prácticamente todos los días aquí y también vengo con

las niñas para acompañarlo. Y los fines de semana, tratamos de planificar nuestros tiempos con ellas, con los papás de Daniel en Viña y con mis papás en Quillota”, acota Paula. En estas intensas aguas seguirá navegando durante los próximos años esta pareja, cuya historia ha tenido siempre como marco las paredes municipales. Fue en la municipalidad donde nació el amor y es aquí donde también continuará desarrollándose, unida irremediablemente al destino de la comuna y a los sueños de su gente.

La joven familia conformada por Paula, Daniela, Constanza y Daniel.

Una de las siete hermanas conquistada por un joven “pelusón” “del otro Pueblo” La presidenta de la junta de vecinos y el Club de Adulto Mayor de la Población Juan Egaña, Sandra Yáñez Cruz, recuerda cómo nació el amor junto a su esposo Juan Fuentes Torres

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l negocio “Las 7 Hermanas” es recordado por muchas familias en Limache. Era una dulcería, confitería y heladería, que estaba en Avenida Republica, donde actualmente se encuentra el estacionamiento del Supermercado Unimarc. Su nombre se debía a que su dueño tenía, efectivamente, siete hijas. Fue, también, en la década de los años 60 el lugar donde comenzó la historia de amor que unió para toda la vida a una de las siete hermanas, Sandra Yáñez Cruz (62); con Juan Fuentes Torres (67). Ambos han compartido experiencias, prácticamente, desde la niñez. Ella tenía 11 años cuando vio por primera vez a Juan. Fue un día como cualquiera, mientras atendía el negocio de su familia, cuando él pasó a comprar un helado y este adolescente se encontró con la niña, de quien le impactó su belleza. “Yo vivía en el otro pueblo, en San Francisco, y después del trabajo pasaba a comprar algo sólo con la excusa de verla”, rememora Juan, sonriendo al recordar aquellos años en que, poco a poco, empezaron a conversar, coquetear y vivir las experiencias de jóvenes

enamorados. Claro que en los códigos propios de esa época, donde el respeto era valor esencial de vida. De hecho, la hermana mayor de Sandra fue la encargada de “engancharlos” y abrir las puertas para que se iniciara una inocente relación. Después de casi dos años de ir diariamente al negocio, conocer a la familia y ser aceptado por don Benito Yáñez, recién comenzaron

Sandra y Juan iniciaron su romance cuando eran muy jóvenes y han estado juntos por más de 51 años.

a pololear, siempre bajo la atenta mirada de los padres y el cuidado de una “chaperona”: la hermana menor de Sandra. Juan confiesa que en aquella época él era muy “pelusón” y que Sandra “era bien casera”. ”Yo tenía hasta las nueve o diez de la noche para verla y después yo salía hasta las 12 de la noche. Incluso tenía otros ‘pinches’ y mi padre, el día que supo que andaba con Sandra, me dijo que ubicaba a su familia, así que no le gustaba lo yo que estaba haciendo, así que me dijo que tuviera una sola polola. Y le hice caso al tiro”, cuenta picaronamente Juan. Y no se demora en dejar clara una cosa: desde ese entonces, Sandra fue su única mujer. TEATRO Y PLAZA DE LAS 40 AHORAS Los próximos cinco años de pololeo transcurrieron entre la casa, el negocio, los paseos a la Poza Larga, las caminatas por la Plaza de las 40 horas y las tardes de cine en el Teatro de Limache. Aunque Sandra recuerda “que la mayor parte del tiempo estábamos en mi casa, porque mi papá tampoco nos dejaba salir mucho. Siempre él decía: ‘Nada de andar dando show en la calle’”. Los años pasaron y, a los 17 años, Sandra quedó embarazada. Aún no estaban casados y Juan no lo pensó dos veces y decidió pedirle matrimonio. Se casaron en agosto de 1968. Ambos recuerdan emocionados ese día, en que se hizo la celebración, aunque con un castigo del papá de ella, ante la bella, por anticipada sorpresa

de su maternidad: “Se hizo una linda fiesta con toda la familia, pero sin fotos ni vestido blanco, porque ese fue castigo de mi padre”. Así fue como comenzó a construirse la familia Fuentes Yáñez, que a lo largo de los años fue creciendo de la mano de sus tres hijos: Francisco (44) Héctor (40) y Miguel (37); y de su nieto Francisco (21), quien es hijo adoptivo del matrimonio. Su casa está ubicada en la Población Juan Egaña, lugar donde llegaron en marzo de 1973. Cuentan -orgullososque su vivienda la obtuvieron gracias al dinero ahorrado con mucho esfuerzo y a las gestiones realizadas con el Comité de los Sin Sitio, agrupación que formó Juan junto a tres amigos; y que reunía a varias familias de Limache, que necesitaban un lugar para vivir. AMOR DE DIRIGENTES Actualmente, siguen siendo activos participantes en el desarrollo de su comunidad. Sandra hace cinco años que es presidenta de la junta de vecinos Juan Egaña y, hace Cua-

En la Población Juan Egaña la familia Fuentes Yáñez echó sus raíces y es donde actualmente viven junto a su nieto Francisco y sus dos perros, Kenai y Koda.

tro, del club de adulto mayor. Por su parte, Juan también ha sido dirigente vecinal y ha encabezado los comités para mejorar las viviendas de la población. “Nos gusta mucho ayudar y participar”, expresa Sandra, hablando de su pasión común por las organi-

Hace unos 30 años Sandra y Juan aceptaron ser los padrinos de Alfredo, hijo del matrimonio de su hermana Elena y su esposo Luis.

zaciones sociales. Especialmente para ella, este tipo de labor ha ocupado una parte importante de su vida y mucho más ahora, cuando tiene más tiempo para dedicar a la labor dirigencial, siempre apoyada por su esposo. Es por esto que Sandra y Juan declaran ser una pareja feliz y agradecida de la vida. Y particularmente de Limache, que es una comuna que les ha permitido crecer en esos intereses mutuos. “Empezamos sin nada y… ¡mira lo que llegamos tener! Una linda casa, una estabilidad económica pasable y salud para seguir trabajando y así darnos uno que otro lujito que podemos disfrutar juntos”, expresa esta adorable pareja, que ha hecho su vida en Limache y aman de todo corazón a la ciudad que los vio crecer en el amor.


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Limache 155 años

Reimi y Andrés: dos aventureros de las producciones Tras vivir en Europa, se establecieron en la comuna, debido a su belleza, aire puro, sin las tensiones de una metrópolis

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e conocieron en los pasillos de la Universidad de Playa Ancha, en 1999. Reimi estudiaba Alemán. Andrés, Periodismo. Ella le coqueteaba cada vez que pasaba por su lado, hasta que una amiga en común los presentó, pero los resultados de la voluntariosa “Celestina” no fueron los esperados. Cuentan que no resultó nada importante, porque Andrés estaba embarcado en otra relación. Sin embargo, Reimi estaba convencida de que él era el hombre de su vida y, guiada por la fuerza que da cuando el corazón late más fuerte, insistió y esperó. Y tenía razón. Después de un tiempo, fue él mismo quien se le acercó para conversar y empezaron a salir. Era cierto. Había amor; porque, desde ese momento, no se han separado más. Reimi Terán Rodríguez

(35) y Andrés Carrasco Garlick (36) forman una joven pareja que tiene la particularidad de haber escogido a Limache como el lugar donde vivir su relación. Lo decidieron después de vivir cinco años en Europa, tras los cuales volvieron a Chile y se establecieron en la comuna, que consideran que es ideal para compartir un proyecto de vida. “Lo hicimos, buscando un lugar que tuviera una mejor calidad de vida, con un mejor aire y un ritmo más lento”, cuentan, felices de su decisión. Hace más de dos años, compraron su casa en la Población CCU y aseguran que están dichosos de ser parte de la comuna, en un cálido hogar que han armado, junto a sus dos gatos. DEL MUNDO A LIMACHE Desde que salieron de la universidad hasta que lle-

El 29 de enero de 2007, en Madrid, España, se casaron Andrés y Reimi; lejos de sus familia, pero acompañados de mucho cariño entregado por amigos y compañeros de estudios.

garon a Limache, Andrés y Reimi han sido protagonistas de varios viajes, en medio de los cuales vivieron muchas experiencias, de la mano de un interés mutuo: la producción audiovisual. Primero partieron a Madrid, donde Andrés estudió por tres años Dirección Cinematográfica y Reimi Fotografía en Cine, actividades que debían complementar con largas jornadas de trabajo, con las que financiaban su estadía en esta ciudad española y cumplir los planes que se habían propuesto. En medio de este intenso proceso, se casaron, aconteci-

miento que no cuentan como algo importante en su relación, debido a que fue –como describen- una decisión práctica, que permitiría a Andrés trabajar legalmente en Europa, gracias a la nacionalidad sueca que tiene Reimi. “En realidad fue como una necesidad. Yo estaba con una Visa de Estudiante y eso no te da permiso para trabajar, entonces, tenía muchos problemas en ese ámbito”, confiesa Andrés, aunque sí recuerda que la fiesta fue inolvidable, porque -a diferencia de los casamientos tradicionales- la celebración se hizo con la cooperación de todos sus compañeros de estudio. En el año 2008 y tras terminar sus correspondientes especializaciones, volvieron a hacer las maletas: partieron a Estocolmo, Suecia, donde vive la familia de Reimi. Ahí la intención era una sola: juntar dinero para poder comprar una casa a su regreso a Chile. “Después de los tres años, no teníamos idea de qué hacer y salió la posibilidad de Suecia, porque en España empezó a vislumbrarse el tema de la crisis.

La gente ya estaba sin pega y era súper difícil alquilar algo”, relata Reimi. Eso sí, ella fue clave en contener los temores de Andrés, quien no veía con buenos ojos esta opción, debido a su poco manejo con el idioma, lo que a la larga se podía convertir en una barrera para encontrar trabajo. Pero, el amor nuevamente los unió en la decisión, pues llegaron a un acuerdo y decidieron embarcarse en esta nueva aventura. “Estuvimos dos años trabajando a muerte y yo

aprendiendo sueco, porque en caso contrario, no podía conseguir algo más allá que hacer limpieza, y eso era súper duro”, recuerda Andrés. Tal como cuando se conocieron, la confianza en que todo resultaría bien fue una suerte de premonición de Reimi, pues el esfuerzo valió la pena y, a fines del 2010, tenían su objetivo cumplido. Así que, tal como lo habían pensado, ese año volvieron a Chile, para iniciar su nueva vida, buscando cumplir aquel sueño por el cual se afanaron tanto tiem-

Trece años juntos lleva esta pareja, formada por un porteño y una viñamarina, que vivió muchos años en Europa y que eligió a Limache como el escenario para escribir la historia de sus vidas.


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Limache 155 años

audiovisuales que eligieron Limache para vivir su relación po: la casa propia. ELIGIERON LIMACHE Pero debían elegir el escenario sobre el cual construirían su historia de vida. Tal como buscando una locación para sus películas, se dieron cuenta que la vélelas y la tranquilidad de Limache les permitía crear, planificar y seguir soñando. Así fue como llegaron hasta la Población CCU y compraron una casa donde sus días han sido tal cual cómo lo habían pensado. “Estamos súper contentos, porque acá yo he revivido, me fascina Limache”, expresa animadamente Reimi. En medio de su alegría, comenzó a explorar sus capacidades artísticas y, actualmente, destina parte de su tiempo en pintar y hacer artesanía, además de continuar produciendo películas junto a Andrés. El último trabajo de ambos es “Los Transgeniales”. Se trata del seguimiento audiovisual a líderes que son parte de diversas organizaciones sociales (Red Socio Ambiental de Valparaíso, Tierra Nueva, La Revolución de la Cuchara, Partido Ecologista, Rap-Al, Anamuri,

Olca, Agricultores Orgánicos de Bio-Bio, entre otros), que se han unido para evitar la legalización de los alimentos y cultivos transgénicos en Chile. Su trabajo es para distribución por Internet, aprovechando las redes sociales. Otro proyecto que actualmente entusiasma a esta pareja es el pueblito artesanal de Pelumpén, en la

vecina comuna de Olmué, lugar donde trabajan los fines de semana vendiendo sus obras, artesanías y presentan sus realizaciones audiovisuales. “Es una iniciativa bonita, estamos contentos de estar allí desde el inicio, porque además nos permite participar en una organización, experiencia que nosotros no teníamos hace tiempo”, señala Andrés. ¿Y hay hijos en el futuro? La sola pregunta les da risa. “Tenemos dos gatos, gracias”, responde Reimi.

Reimi y Andrés: Cuando Reimi y Andrés proyectaron su casa en Chile, siempre pensaron en tener un patio para poder plantar un huerto del cual obtener frutos y verduras.

Andrés complementa con los porqués: “Hasta el momento no hemos decido tenerlos, porque tendríamos que renunciar a nuestra forma de vida y también sentimos que sería muy difícil traer a un niño con las con-

diciones que vivimos ahora, con la educación que hay y con todas las exigencias que la sociedad demanda. Con muchas de ellas no estamos de acuerdo”. Así, esta joven pareja escribe cada capítulo de su

historia en Limache, comuna a la que escogieron, con muchos planes y anhelos, que se desarrollan bajo el hilo conductor que les ofreció esta comuna: tranquilidad, aire puro y felicidad.


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Dos divorciados que hoy unen sus vidas en el Registro Civil El presidente del Fútbol Rural, José Castillo Olguín, se casa esta mañana con Elisa Toledo Fuentes, a quien conoció cuando él cobraba las cuotas de la junta de vecinos

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oy viernes 26 de abril, a las 8:30 de la mañana, en el Registro Civil de Limache, Elisa Toledo Fuentes y José Castillo Olguín dan un paso importante en su relación: contraen matrimonio. Ella tiene 50 años; él, 49; y ambos son el ejemplo de que el amor algunas veces tarda, pero llega. “El destino los unió”, dicen algunos, “Sus energías los acercaron”, argumentan otros. Pero lo cierto es que ese empeño de la vida por cruzar caminos de potenciales enamorados en cualquier momento, si se están con el corazón preparado, decanta, para Elisa y José, en una bella historia de amor. Él es un limachino de alma. Nació en esta comuna y vivió con su familia en el sector de Limachito. Ya de grande, siempre la actividad de dirigente social ha estado presente en su vida. De hecho, actualmente es presidente de la Asociación de Fútbol Rural (Anfur) de Limache. Ella es originaria de Quebrada Alvarado, en

Se conocieron a los 38 años y desde entonces han compartido sus vidas en la localidad de Limachito, donde viven junto a su pequeño hijo José Manuel.

Olmué; y llegó a Limache cuando tenía 38 años, junto a sus dos hijas: Marilyn y Jessenia. “Me vine para esta comuna porque quería que mis niñas tuvieran otro futuro, que estudiaran y fueran profesionales; y llegué a Limachito, porque fue el único lugar donde pude encontrar un terreno para comprar e instalar mi casita. No alcancé a estar un año y conocí a mi príncipe azul”, cuenta emocionada Elisa. En el año 2001, José era director de la junta de vecinos y le dieron como responsabilidad cobrar las cuotas a las viviendas que se encontraban en la calle donde vivía Elisa. Así fue como se encontraron por primera vez y comenzaron a conocerse, descubriendo muchas coincidencias en sus pasados: estaban nuevamente solteros, habiéndose separado hace mucho tiempo; y ambos tenían solamente hijas. A los dos meses de relación, José se atrevió y le propuso a Elisa vivir juntos. Ella no estaba muy convencida, pero el entusiasmo y la seguridad de quien dice que es su “príncipe azul”, la motivó y se embarcaron en este viaje que ha durado doce años. Pero los inicios no fueron fáciles, debido a la reacción de las hijas de José, a quienes les costó en un principio aceptar la nueva vida del papá. “Yo estuve cinco años solo y, cuando me vine a vivir con Elisa, ellas se pusieron celosas, pero todo cambió cuando llegó la primera nieta. Desde ese momento comenzamos a a llevarnos mejor. Aceptaron a Elisa, que adora a mi nieta, y con el tiempo hemos logrado ser una gran familia”, agrega. Pero la felicidad completa llegó a sus vidas con el nacimiento del único hijo de ambos, José Manuel, que ahora tiene 4 añitos. Habían intentado varias veces ese embarazo,

pero sucesivas pérdidas los hicieron pensar que era mejor olvidar la idea de volver a ser padres. Elisa ya tenía 45 años y su salud estaba muy comprometida como para insistir nuevamente. Pero el destino una vez más les dio una sorpresa, pues, cuando ya no pensaban en su plan, Elisa quedó embarazada. “Cuando sospechamos yo pensé que iba a ser otra pérdida, pero fuimos a un médico particular en Villa Alemana, le explicamos lo que había sucedido en los anteriores embarazos y el doctor me dijo: ‘Estás loca, lo que van a tener que hacer es comprar pañales’. ¡No podíamos creerlo! ¡Estábamos felices! Y después mucho más, al saber que iba a ser un hombre, el primero para ambos”, recuerda Elisa. Tras el nacimiento de su hijo, el paso siguiente era consolidar formalmente su vínculo y comenzar a planificar su matrimonio, para lo cual ambos debían iniciar los papeles del divorcio. Los trámites fueron resueltos rápidamente, ya que contaron con la venia de sus ex parejas. Tanto así, que, a las 8:30 horas de hoy, deben están convirtiéndose en una feliz pareja de recién casados. “Esto era un proyecto

En la mañana de este 26 de abril Juan y Elisa se casan y sellan su amor para siempre.

que venía de hace tiempo, estamos enamorados y queremos estar juntos. Además, nuestro hijo necesita una protección”, expresa Juan, quien no puede evitar emocionarse al recordar todos

los sucesos que debieron vivir antes de llegar hasta este momento. Sus planes a futuro son construir una casa en un terreno que Juan tiene en Limachito, donde quieren seguir surgiendo como familia, junto a su pequeño hijo. Porque para José y

Elisa, Limachito es todo su mundo. Ahí se conocieron, criaron a su familia, tuvieron a su hijo y son personas conocidas y respetadas por la comunidad, argumentos suficientes para afirmar que “de aquí me sacan con los pies por delante”.

Una vida de dirigente

Elisa cumplió su sueño de ver tituladas a sus hijas Marilyn y Jessenia, quienes se recibieron de asistente de párvulos y profesora, respectivamente.

José tiene proyectos personas en los que el apoyo de Elisa es clave. Además de terminar sus estudios, desea realizar una buena gestión como presidente de la Asociación de Fútbol Rural de Limache, entidad a la que ha dedicado gran parte de su tiempo, tal como lo ha hecho en otras organizaciones, como comités habitacionales y la junta de vecinos. “Siempre me ha gustado el trabajo comunitario, es mi forma de ayudar. Fui vicepresidente en el primer comité que se hizo aquí, el ‘Nuevo Amanecer’, que ahora es una población. Después, por problemas laborales, tuve que dejarlo. En un segundo comité fui presidente y con ellos obtuve mi terreno”, expresa José. Sobre su ingreso al mundo del fútbol amateur, relata que, cuando joven, jugaba en el Club Arturo Smith, actual Lautaro, y que hace 12 años ingresó al rubro directivo, comenzando con la responsabilidad de hacer turnos en las canchas. Después, fue delegado en el Club Queronque de Los Laureles e integrante del Comité de Disciplina de la Asociación. Tres años después, su presidente. “Allí como que me gustó la cosa y me postulé a la directiva de la Asociación de Fútbol Rural; estuve dos periodos como secretario; después como vicepresidente y el año pasado gané las elecciones con el apoyo de siete clubes y me convertí en el presidente de la organización”, comenta. Elisa afirma que lo apoya en todo: “Me gusta que aprenda, que esté metido en el fútbol y que le apasione lo que hace. Además también es árbitro, a pesar que nos deja solitos todos los domingos, sé que él se siente feliz haciéndolo”.


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Graciela y Esteban: cuando el amor perdura a través de los años por culpa de un tango Al ritmo del 2 x 4 y en sólo tres minutos que dura “Adiós Pampa Mía”, Graciela Varas Hernández y Esteban Montenegro Villarroel se enamoraron

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enían 17 años y en una tradicional Fiesta de La Chaya, realizada en el Cerro Barón, de Valparaíso, en un cálido mes de febrero, bailaron el primer tango de sus vidas. Fue el mismo que marcó el inicio de una relación que los ha tenido junto por más de 67 años. “Yo había llegado en 1944 a trabajar en los Ferrocarriles y en el verano siguiente conocí a Graciela. Teníamos un amigo en común que nos presentó y, ella, lo primero que me dijo fue que le gustaba el tango ‘Adiós Pampa Mía’. Yo le respondí que lo íbamos a colocar, porque estábamos a cargo de la música, pero con la condición de que lo bailáramos”, relata Esteban a lo que Graciela agrega inmediatamente que “fue amor a primera vista”. Pololearon cinco años y

se casaron. Por coincidencias de la vida, sus padres se habían criado juntos en Llay Llay, así que la aprobación de la familia a esta unión fue unánime. Como a Graciela le encantaba el campo, la joven pareja decidió salir de Valparaíso e instalarse en Limache, en el sector de Los Maitenes, de dónde provenía Esteban, quien, historia a parte, es más conocido por todos como Sergio, nombre con el cual fue inscrito en la Iglesia y como normalmente lo llama su esposa. Graciela no conocía la comuna, pero las bondades de la gente y de su belleza la conquistaron. Para él fue una verdadera muestra de amor el volver a la tierra de sus orígenes, porque, a pesar de no estar de acuerdo con la decisión, apoyó ciegamente el deseo de su esposa, sopor-

El tango que los unió para siempre: “¡Adiós, pampa mía!” Música: Francisco Canaro / Mariano Mores Letra: Ivo Pelay

Me voy; Me voy a tierras extrañas. Adiós, caminos que he recorrido ríos, montes, y cañadas, tapera donde he nacido Si no volvemos a vernos, tierra querida, quiero que sepas que al irme dejo la vida. ¡Adiós! Al dejarte, pampa mía, ojos y alma se me llenan con el verde de tus pastos y el temblor de las estrellas. Con el canto de tus vientos y el sollozar de vihuelas que me alegraron a veces y otras me hicieron llorar. Adiós, pampa mía!... Me voy; Me voy a tierras extrañas. Adiós, caminos que he recorrido ríos, montes, y cañadas, tapera donde he nacido Si no volvemos a vernos, tierra querida, quiero que sepas que al irme dejo la vida. Me voy, pampa querida Me voy

En 1950 Graciela y Esteban se casaron, un momento que recuerdan con mucha alegría.

tando largos viajes, durante 32 años, entre Limache y su trabajo en Valparaíso. “Me levantaba a las 5 de la mañana y llegaba a las 4 de la tarde a Limache, donde me tenían los caballos listos para arar”, recuerda de aquellos años Esteban. “Es por eso que te mantienes tan bien”, agrega risueña Graciela, para quien la vida en el campo era lo mejor que pudo encontrar. Su casa la construyeron en un terreno que Graciela pidió en Bienes Nacionales, después que el padre de Esteban se retractara de su promesa de entregarles una parte de su parcela, tratando de evitar conflictos con las hermanas. “Yo le dije no importaba y, con la decisión firme de encontrar algo y a pesar de que no teníamos mucho dinero, busqué y busqué, hasta que encontré la forma de obtener nuestro propio terreno”, declara esta determinada mujer. Confiesan que han pasado por “altos y bajos”, pero que han sido felices en Limache, donde han visto crecer a sus dos hijas, Sonia y Ximena, a siete nietos y seis bisnietos. “Muchos domingos nuestra casa se llena con la visita de la familia, estamos muy acompañados y eso es muy agradable a esta edad”, reflexiona Esteban. HIJA ILUSTRE, DIRIGENTE Y MODELO Pero la casa de los Montenegro Varas, ubicada actualmente en calle Condell, también es continuamente visitada por amigos, vecinos e, incluso, autoridades. La razón es que Graciela es una mujer reconocida por su importante trabajo en el desarrollo de la comunidad, no

es por nada que ostenta el título de Hija Ilustre de Limache, otorgado por la Municipalidad en el año 2007. Su vida dirigencial comenzó cuando escuchó por la radio a María Ruiz Tagle de Frei (Primera Dama en el periodo presidencial de Eduardo Frei Montalva, entre 1964 y 1970), llamando a las personas a organizarse y crear centros de madres. “Me llamó la atención y me propuse formar uno en Los Maitenes, porque encontré que aquí habían muchas carencias. Le escribí a la esposa del Presidente contándole nuestra realidad y planteándole que faltaba una escuelita. Me contestó a los quince días, afirmándome en la carta que, cuando formara el centro, ella nos iba a recibir”, cuenta Graciela. El encuentro se concretó y a los pocos meses el establecimiento ya se estaba construyendo, no sin encontrar la desaprobación de las autoridades locales de la época, quienes –dice la dirigente- no vieron con buenos ojos esta gestión que se había hecho sin su participación ni consentimiento. De ahí en adelante, Graciela, con el apoyo incondicional de su marido, continuó activamente con su labor social y dirigencial. Ganó tres becas para participar en encuentros latinoamericanos de trabajo en Desarrollo Comunitario, realizados en Bolivia, Perú y Venezuela; fue presidenta provincial de Centros de Madres Rurales; y consejera del Consejo de Mayores de Valparaíso. Fue tan conocida en su época que, incluso, fue modelo del desaparecido supermercado de Covarrubias, anécdota que cuenta

Graciela y Esteban son activos participantes de las actividades realizadas por los adultos mayores de Limache. Aquí disfrazados de época en la celebración del Día del Adulto Mayor.

Graciela y Esteban junto a sus hijas Sonia Angélica y Ximena Ernestina.

En su casa de Calle Condell viven actualmente el matrimonio Montenegro Varas junto a sus dos hijas, un ñieto y un bisñieto.

orgullosamente mostrando la imagen de la publicidad que se convirtió en una gigantografía que anunciaba un nuevo local. Actualmente, es la presidenta de la Unión Comunal de Adultos Mayores (UCAM) de Limache y del Círculo de Damas del Tercer Milenio, donde participa junto a su marido, desarrollando proyectos y realizando viajes junto a las integrantes de esta agrupación. Pero sin duda es en la Unión Comunal donde Graciela ha explotado su carácter, liderazgo y los años de experiencia, consiguiendo importantes logros de los cuales se siente muy orgullosa. “En el 2005, formamos la UCAM y me he estado repitiendo el plato como presidenta, y ahora tengo que continuar porque nos quedan cosas por hacer. Ya se está construyendo la Casa del Adulto Mayor, que logramos gracias a los fondos del Gobierno Regional y la Municipalidad y que ya está lista para inaugurar, pero lo que más nos interesa como proyecto es el gimnasio”, señala Graciela, confesando que muchas veces se desvela pensando en cómo concretarlo. Escucharla es una inyección de energía y su ímpetu

es admirable, porque cada uno de sus planes siempre está ligado al bienestar de otras personas y porque, a pesar de su enfermedad (una leucemia crónica detectada hace cinco años), su ánimo se mantiene firme y sigue siempre adelante. “Es mi mejor medicina”, expresa con respecto a las diversas actividades que realiza. “Yo soy una mujer luchadora y me gusta ayudar a quienes lo necesitan. Hacemos muchas cosas y mi marido me coopera. Cuando tengo algo que hacer, Sergio va a la Casa del Adulto Mayor y abre las puertas para quienes van a hacer gimnasia, donde participan más de 60 personas”, agrega. Esteban la observa con admiración. Seguramente aún ve en ella aquella jovencita con quien bailó tango en el verano de 1945 y que hoy se mantiene vivaz y resuelta. “Es bonito envejecer juntos. Dios nos ha dado la oportunidad de vivir hartos años, que han sido muy bonito. Aunque algunas veces se me pone porfiada y discutimos, el enojo no nos dura mucho. No le tenemos miedo a la vejez. Es como un premio y lo importante es que nos amamos todavía”, reflexiona finalmente Esteban.


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Limache 155 años

Ana Luisa y José: Cuando el amor José Montiel (82) ha dedicado sus años más recientes a cuidar a su querida Ana Luisa Ahumada (89), la mujer que lo conquistó con su “carita de actriz de cine”

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n 1995, la vida de la familia Montiel Ahumada sufrió un quiebre que cambió sus destinos para siempre. Uno que en 1952 José Montiel Cabrera, de 82 años; y Ana Luisa Ahumada Herrera, de 89; nunca se habrían imaginado. Aquel año José, asistió al matrimonio de una amiga de Llay Llay, comuna de la que él era originario. En la fiesta conoció a una hermosa joven, llamada Ana Luisa. Comenzaron a conversar, bailaron y el amor se fue fortaleciendo en Santiago, donde ella vivía y él trabajaba. “Parecía actriz de cine”, expresa José, al rememorar

los años en que ambos eran unos veinteañeros. Como dos jóvenes enamorados comenzaron a pololear y, en diciembre de 1956, se casaron en Llay Llay, en una celebración que José recuerda “como una gran fiesta de campo, con mucha comida y baile”. Luego se establecieron en la ciudad y vieron nacer y crecer a sus dos hijos: Wilder y Maritza. Llegaron a Limache doce años después. José trabajaba en Ferrocarriles, por lo que pidió un traslado a esta comuna pensando en un mejor futuro para sus hijos. La vida transcurrió sin mayores contratiempos. El padre trabajaba y participa-

ba activamente en el Club Deportivo Ferroviario. La madre cuidaba con cariño y esmero a Wilder y Maritza, mientras ellos se educaban. Como pareja, Ana Luisa y José disfrutaban de sus tiempos libres. “Íbamos a fiestas en año nuevo, los 18 de septiembre, nos amanecíamos bailando. Los niños se quedaban con mi suegra, que vivió un tiempo con nosotros. Lo pasamos muy bien en su época”, recuerda José. Pero un día, Ana Luisa comenzó a actuar distinto. Fueron detalles en un principio imperceptibles para la familia, como olvidar algunas cosas o repetir las ideas cuando hablaba. “Al principio creíamos que lo hacía para llamar la atención, pero después se comenzaron a repetir más seguido y llegó a perderse. Salió dos veces de la casa y no sabía cómo llegar. Solo recordaba que vivía frente a Chilectra”, relata José.

En el año 1956, Ana Luisa y José contrajeron matrimonio en Llay Llay. Ella tenía 32 años y él, 26.

En 1995, se supo lo que afectaba a Ana Luisa: le diagnosticaron el mal de Alzhaimer, enfermedad neurodegenerativa, que se manifiesta en la pérdida inmediata de la memoria y de otras capacidades mentales, a medida que las neuronas mueren y diferentes zonas del cerebro se atrofian. Desde ese momento, José y sus hijos iniciaron un viaje sin retorno. “Tuve que asumir todo este proceso, porque vimos muchos médicos y para el Alzhaimer no hay remedio, sólo cápsulas que retardan la enfermedad. Es difícil de reconocer, porque son olvidos muy comunes en los inicios, pero después vienen etapas intermedias, en que las personas se ponen agresivas, porque están conscientes de que se le olvidan las cosas”, aclara José. Su hija Maritza, quien ha acompañado a su padre en este proceso, rememora

aquellos difíciles momentos cuando su madre comenzó a enfermar. “Pasaba de la alegría a dejar la escoba en un segundo, era muy bipolar y agresiva, siempre amenazaba con que se iba a quitar la vida. Antes era fanática del aseo y después todo lo contrario, era un desastre, cambió mucho. Me hizo llorar muchas veces, porque le daban ataques y me insultaba. Con esta enfermedad se sufre harto”, confiesa. Con el tiempo Ana Luisa comenzó a perder de a poco el habla, hasta quedar prácticamente en estado vegetal. Ahora cumplirá ocho años postrada; y 18 desde que le detectaron el Alzhaimer. En el transcurso de la enfermedad, José comenzó a llevar a su esposa al Hospital Geriátrico La Paz de la Tarde, lugar donde conoció al grupo “Amigos por Siempre”, conformado por personas que tienen familiares con esta

afección. Su participación activa y el interés puesto en el funcionamiento de esta organización, lo convirtieron en su presidente, cargo que ostenta hace cinco años. “Yo participo porque me gusta, porque veo a las personas que no saben cómo es esta enfermedad y nosotros le proporcionamos datos. Gracias al respaldo de las asistentes sociales del geriátrico y el patrocinio del doctor Franklin Sánchez, director de la Paz de la Tarde, seguimos manteniendo a este grupo”, afirma. Fue en el marco de los objetivos de “Amigos por Siempre”, que José y el doctor Ernesto Rojo, especialista en Geriatría, escribieron un libro que entrega vital información a los familiares de enfermos de Alzhaimer, con detalles sobre los distintos estadios y cómo enfrentarlos. “Cuesta mucho aceptar que un familiar tenga esta enfermedad y quienes llegan a nuestro grupo se dan cuenta que no son los únicos”, concluye. UN AMOR DEDICADO Desde la agudización de la enfermedad, este limachino decidió vivir una nueva forma de amor por su esposa, evidencia de una amorosa y eterna lealtad. Cada día se levanta a las 6:15 de la mañana, la prepara para mudarla y darle desayuno. De allí no falta qué hacer en la casa. “No puedo salir para ninguna parte, sólo a comprar e ir al médico, porque


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y la lealtad se pone a prueba

La vida de José Montiel está dedicada completamente a los cuidados de su esposa, quien permanece postrada desde hace ocho años.

la nana que la cuida, la señora Carla, no está bien de la espalda y debo estar aquí para ayudarla para que no haga tanta fuerza. Tenemos que cuidarla para que no se enferme, porque cuesta mucho conseguir a alguien que sepa cuidar a una persona con Alzhaimer”, cuenta. En el cuidado de Ana Luisa también recibe la ayu-

da de Maritza. En la semana, después del trabajo, y los sábados, cuando va a bañarla. Su hijo Wilder, que vive en Santiago, los visita algunos fines de semana y aporta en el quehacer diario. El amor y las atenciones que José entrega a su esposa son admirables. A sus 83 años, aún mantiene las fuerzas para dedicar su vida al

bienestar de su amor “con carita de actriz de cine”. Duerme a su lado, le conversa e, incluso, celebra cada uno de sus cumpleaños. Su hija recuerda, con un dejo de tristeza, que el año pasado “mi papá entró cantándole el cumpleaños feliz y ella se puso a llorar”. “Fue muy hermoso por parte de él más que nada, porque, si una persona está en estado vegetal, normalmente hay personas que dicen: ‘¿Para qué le voy a hablar si no me entiende?’ Pero mi papá la sigue tratando como siempre”, cuenta la hija, orgullosa de la forma en que la felicidad de toda la vida que han pasado juntos. Maritza agrega que, a pesar de las circunstancias, su padre nunca ha pensado en internar a su madre en una casa de reposo. El propio José afirma que “mientras yo pueda cuidarla, lo voy hacer” “El trabajo es pesado, pero estoy tan acostumbrado, que lo único que pido a

Dios es que me de salud para poder atenderla”, comenta. Así transcurren los días de José y Ana Luisa. Una

historia de amor de 61 años, que emociona al conocerla y demuestra que, cuando hay cariño, compromiso y leal-

tad en una pareja, cualquier situación se puede enfrentar, vivir y superar.


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Avenida Urmeneta: un paseo que no muere y que está lleno de historias de enamorados No fue un ejercicio difícil para “El Observador” hallar parejas que, aprovechando la belleza de la alameda, quisieron revivir el momento en que se conocieron

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l color amarillo de las hojas en otoño, las ramas que se abrazan por encima de las copas de los álamos, el sendero que se forma bajo esa sombra elevada como un techo cómplice de los secretos del amor, es el escenario ideal para el paseo de parejas que, desde hace décadas, recorren la Avenida Urmeneta, tomadas de la mano. Una imagen que no se cansa, en la historia de un Limache que tiene, en este lugar, un argumento más para presentarse como una comuna ideal para los enamorados, a quienes cobija con cómoda felicidad. Amigos, ilusiones pasajeras, pretendientes, pololos recientes, parejas de años, matrimonios nacientes y consolidados. Todos caben en la Avenida Urmeneta. Tomando un helado o mirando el bello cuadro natural desde una banca y la armonía de una buena conversación. En el otoñal abril, “El Observador” conoció ocho historias de amor de parejas paseando en esta alameda, que es un símbolo inmortal de Limache y recorrido predilecto de los capturados por cupido.

Cinthya y Jorge: un amor que se inició en el bus municipal El amor entre Cinthya Hidalgo Bernales, de 23 años; y Jorge Vásquez Hidalgo, de 25; tiene un comienzo poco habitual: se conocieron en uno de los buses municipales en los que viajaban hacia sus establecimientos educacionales: el Liceo de Limache y el Colegio Latinoamericano. Pero no eran inicios, necesariamente, muy amorosos. Según recuerda jorge, “pasábamos peleando, porque yo siempre la molestaba intencionalmente para que ella se enojara”. Cinthya se ríe, recordando, incluso, a ese irritante joven que le coqueteaba por el espejo del bus, mientras estaba con su polola. Pero –dicen- “como entre el amor y el odio hay un solo paso”, Cinthya y Jorge cuentan que, después de siete meses de pelear casi todos los días, comenzaron a pololear. De eso ya han pasado ocho años y, actualmente, viven felices en el sector de La Paloma, junto a su pequeña hija.

Cristina y Juan Pablo: desde hace trece años son cómplices en todo A pesar de que Cristina Jordana Alvarado, de 30 años; y Juan Pablo Sanhueza Ramírez, de 29; estudiaron toda la educación media en colegios cercanos, Santa Cruz y Pasionistas, “Cupido” se demoró en juntarlos. Recién se vieron por primera vez cuando cursaban cuarto medio. Fue en el cumpleaños de un amigo en común, el 17 de septiembre del año 2000, cuando Juan Pablo y Cristina se conocieron. La atracción fue inmediata e iniciaron una relación que ha perdurado durante 13 años, tiempo en el que han vivido muchas experiencias: estudiaron en Temuco, regresaron a Limache, viven juntos y ahora son compañeros de la carrera de Kinesiología. “Somos bien cómplices en todo lo que hemos hecho y eso ha ayudado a la relación. Nos llevamos bastante bien, tenemos intereses comunes y hemos durado harto”, reflexiona Juan Pablo.

Daniel y Geovanna: el limachino que robó el corazón de una colombiana

Viven en Limachito y sus casas están en la misma cuadra, pero hace sólo un año comenzó el pololeo entre Javiera Pérez Machuca, de 17 años; y Claudio Rotter Arce, de 21. Antes de eso ninguno se gustaba. Eran sólo vecinos, sin más unión que un saludo pasajero. Así que, cuando Claudio empezó a mirar con “otros ojos” a Javiera, le costó un tiempo acercarse y decirle lo que sentía. Hasta que un día se atrevió y se le declaró. No fue un sí inmediato, pero ese solo acto llevó a Javiera a fijarse en él y ahora ambos son una joven pareja de enamorados, que disfruta de las tardes bajo los árboles de la Avenida Urmeneta.

En el mismísimo Parque Brasil nació el amor entre Daniel Muñoz Pacheco, de 31 años; y Giovanna Mazuera Arango, de 31. La particularidad de su historia es que ella llegó desde Colombia para estudiar un Magíster y, en una visita a una amiga, conoció a este limachino, que con sus aires de galán la fue seduciendo hasta conquistarla. Han pasado cinco años de aquel entonces, se casaron y actualmente están radicados en Limache, junto a su hijo, Benjamín. Daniel es productor de codornices y Geovanna es sicóloga y se desempeña en el Departamento de Educación. “Acá es muy tranquilo y agradable, es un buen lugar para criar a los hijos”, confiesa Giovanna, quien a pesar de estar lejos de su tierra natal, ha encontrado en Limache, y junto a Daniel, el mejor lugar para vivir.

Ana y Jorge: la vida se empeñó en unirlos Quien crea que la vida no da vueltas o que hay parejas que no están destinadas a estar juntos, tiene que conocer la historia de Ana Carmona Campos (48) y Jorge Valdés Cárdenas (57). Se conocieron en Valparaíso, en el circo de la familia Carmona Campos, donde Jorge llegó a trabajar siguiendo el amor por una prima de Ana. Ella tenía 7 años y él 16. Obviamente, nada pasó entre un joven y una niña. Es más: después de cuatro años, se volvieron a encontrar. Jorge estaba casado y tenía un hijo pequeño. Igual se hicieron una amistad entre Ana y la joven familia. Se alejaron nuevamente. Pasaron 18 años e, increíblemente, sus caminos se cruzaron nuevamente. Pero ahora en circunstancias similares, pues ambos eran mayores y estaban separados de sus respectivas parejas. La amistad se retomó y el fiel apoyo de Jorge durante una enfermedad de Ana los llevó inevitablemente al amor. El Día de los Enamorados, 14 de febrero, del año 2001, decidieron unir sus vidas y formar una familia en Limache, en el sector La Palma, donde viven felices junto a su hija de 10 años.

Jéssica y Andrés: se encontraron en un pub años después de ser niños vecinos Ambos crecieron en Limache, pero la historia de Jéssica Galea Araos, de 29 años; y Andrés Palma Glausser, de 33, se inició en Valparaíso, cuando coincidieron en un local, “carreteando”. Andrés, sorprendido, la reconoció de inmediato: era la vecina de su niñez, que a él siempre le gustó; por eso no dudó en acercarse y, gracias a la intermediación de una prima, comenzaron a conversar. “Nos conocemos de pequeños, pero recién hace ocho años atrás somos pareja”, afirma un enamorado Andrés, que reconoció, eso sí, que esa primera vez en que hablaron en el local de entretención Jéssica ni se acordaba de él. Pero igual le fue bien y construyeron una vida que, como buenos limachinos, ahora los tiene viviendo en su comuna, en la Calle Riquelme, junto a su hija, Renata Florencia, donde -dice Jéssica- “somos muy felices”.

Javiera y Claudio: los vecinos que nunca habían pensado ser pololos

Delia y Raúl: un amor que está a punto de cumplir 50 años Diez años disfrutando de las bondades de Limache lleva este matrimonio formado por Delia Herrera Veras, de 74 años; y Raúl Olivares Rojas, de la misma edad. En noviembre próximo, cumplirán 50 años juntos. Su historia comenzó en la Salitrera Pedro de Valdivia, en Antofagasta, donde Raúl trabajaba y Delia visitaba a su hermana, que era profesora de la oficina minera. El amor fue a primera vista. “Me flechó al tiro”, recuerda Raúl. Tanto así, que sólo vivieron tres meses de pololeo y se casaron. Delia es de Tocopilla y Raúl, de Antofagasta. En estas tierras criaron a sus hijos y vieron nacer a sus nietos, pero después de la jubilación de Raúl, decidieron trasladarse hasta Limache, a una casa del papá de Delia, que estaba abandonada, en Limache Viejo. “Estamos felices acá. Nos encanta, porque es muy tranquilo y es ideal para vivir lo que estamos viviendo”, expresa esta pareja, que encontró en Limache el mejor lugar para seguir desarrollando su historia de amor.

Ximena y Néstor: aseguran que son el mejor ejemplo de un amor de amigos La relación de Ximena Quijada Palma, de 23 años; y Néstor Álvarez Marchant, de 20, está llena de amor, pero uno muy distinto. Es, al menos por ahora, una sincera amistad, que quizás alguna vez se convierta en “algo más”. Estudiaban juntos en la enseñanza básica, pero el actual vínculo comenzó recién el año 2009, durante la participación de ambos en un taller de teatro. Asegurando que sí es posible la amistad entre un hombre y una mujer, se muestran a ellos como un claro ejemplo, porque, a pesar del tiempo, los desencuentros y encuentros -y los pololos y pololas-, el afecto y la complicidad en su relación aumenta cada día más. Ahora ambos están solteros, trabajan juntos y disfrutan de la compañía mutua, caminando, tomados del brazo y conversando, bajo la arboleda de Avenida Urmeneta.


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El amor que los une haciendo delicias en una bella panadería Paola Añasco y Andrés Boggiano, propietarios de panadería Poveda, cuentan cómo han podido vivir su relación entre el negocio y su familia

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ntre Paola Añasco y Andrés Boggiano hay años de historias. A pesar de ser una pareja muy joven, Su relación de 23 años les ha otorgado una complicidad y lealtad mutua que se manifiesta en una fuerte amistad, que está por sobre cualquier problema. Quizás por eso son tan sinceros cuando hablan de sus vidas, intercambian ideas, recuerdan el pasado, relatan el presente y proyectan el futuro. Saben que, a pesar de todo, estarán juntos. Así lo expresa Andrés al confesar que “pese a todo, yo miro para atrás y no me proyecto de otra forma que no sea con Paola. Hay algo que siempre nos une”. Paola asiente. Esta franqueza y la pasión que han traspasado a cada una de sus decisiones, es lo que ha permitido sacar adelante con mucho empuje y trabajo la empresa de la familia: Panadería Poveda. Con tres sucursales en Limache y una en Villa Alemana, el alma mater de esta tradicional panadería está en calle República, una hermosa avenida bordeada por enormes y añosos árboles, que ha sido el escenario donde se desarrolla la historia de este clan que ha dado forma a tan bello negocio. UNA PANADERÍA CON HISTORIA Provenientes de Quillota, llegaron a Limache Enrique Poveda y Leontina Vila, en 1945, comuna donde iniciaron su panadería y criaron a sus seis hijos. Fueron años de esforzada labor, donde los días y las noches transcurrían en torno a la elaboración artesanal y la venta de un rico pan, que el patriarca de la familia repartía en una carreta diariamente por las localidades rurales. El arduo trabajo de décadas pasó la cuenta a Don Enrique y una falla al corazón produjo su muerte. Además de la pena, el clan quedó temporalmente sin rumbo y con un negocio que debía seguir funcionando. Las riendas fueron tomadas por la hija mayor, María Inés, quien con sólo 17 años debió hacerse cargo de encabezar la familia y la panadería. De ahí en adelante, la vida de la joven María Inés

Siendo muy jóvenes Paola y Andrés iniciaron esta historia de amor que se ha mantenido por 23 años, con muchos encuentros y desencuentros propios de las relaciones intensas y llenas de pasión.

fue siguiendo los pasos que había trazado su padre y sus días se fusionaron a fuego con el negocio. Entre sus paredes maduró, conoció a su esposo, Julio Añasco; se casó, formo a su familia y crió a sus hijos: Julio, Cristian y Paola. “Mi mamá fue una mujer de poco mundo, ella trabajó la panadería en un período difícil, tenía que estar todo el tiempo acá, haciendo de todo, era una mujer increíble y de esfuerzo, que cuidó siempre a su familia. Era mi pilar, mi todo”, dice Paola Añasco Poveda. Ella es la hija menor de María Inés y quien actualmente administra junto a su esposo, Andrés Boggiano Curotto, el destino de la panadería.

Unidos a Limache Cuando a Paola y Andrés hablan de Limache la respuesta es única: amor incondicional. La tranquilidad, los paisajes, la gente sencilla, la vida que pasa cálidamente día a día, son las características que ambos gozan y, a pesar de que la modernización y el crecimiento se hace notar en la ciudad, esperan que nunca se pierda su sello de ser un pueblo tranquilo y que la gente siga queriendo lo propio, como Panadería Poveda, que convive con los limachinos en el corazón de la comuna.

AMANSANDO CON AMOR Andrés y Paola son polos opuestos que se complementan perfectamente. Él es calmado y reflexivo. Paola inquieta e impulsiva. La pasión de Andrés son los motores. La de Paola, los negocios. Se conocieron en el año nuevo de 1989, en la casa de una amiga en común. Andrés iba llegando y Paola saliendo. Los presentaron en la puerta y él, en la algarabía de la fiesta, quiso darle un abrazo. Pero ella, como era obvio, rechazó el intento ingenuo de este “desconocido”. “Después tuve que averiguar con una amiga sobre ella, nos presentaron nuevamente, salimos y un par de días después comenzamos a pololear”, relata Andrés. Ambos tenían 19 años y Paola se preparaba para cursar el tercer año de Educación Física. Andrés iba a comenzar su primer año en Relaciones Públicas. Paola recuerda que “la primera vez que salimos fue en grupo y, como no me hablaba, creí que no tenía enganche conmigo. Pero después me sorprendió, porque me robó un beso. Ahí me comenzó a gustar, porque era caballero, buena persona, un ‘cabro’ noble”. Tras un año de pololeo, fueron padres de Piero, y la madurez se les vino de golpe. Ya no eran los jóvenes con la sola responsabilidad de estudiar. Eran padres que debían formar una familia y trabajar para mantenerla. “No podíamos estar a expensas de los papás, así que me retiré de Relaciones Publicas y me vine a trabajar con mi suegra”, cuenta Andrés. “Estábamos felices con la llegada de Piero, nos pilló con todo un espíritu de cariño y de amor, pero después cuando nació, ahí te das cuenta que esta cosa de pareja es más que eso”, complementa Paola, al rememorar aquellos difíciles años en que tuvieron que dejar de estudiar y comenzar a planificar sus vidas adultas. Las circunstancias los distanciaron por un tiempo. Andrés se fue a Viña del Mar a estudiar Mecánica, egresó y trabajó en Santiago. Paola comenzó a trabajar en la panadería junto a su madre y a cuidar a Piero. Tras explorar algunas carreras, finalmente sacó su título de Profesora de Educación Física. Tras sucesivos desencuentros y reconciliaciones se casaron en 1995 y, cinco años después, decidieron probar suerte en Murcia, Es-

La familia Boggiano Añasco: Piero, Andrés, Alessandro, Paola, Gianluca y el perro Apolo.

paña, donde vivían familiares. Sin embargo, extrañar diariamente a su madre y a Limache fue más fuerte y un año después ya estaban de vuelta. “Andrés quería seguir trabajando en mecánica y eso era causa de discusiones, pero en España pasamos por momentos difíciles y ése fue el impulso más grande para volver y decir: ‘Oye, estamos sacándonos la mugre acá y en Limache hay una panadería que podemos trabajar y todo este esfuerzo deberíamos ponerlo allá’”, cuenta Paola. Así fue como, con espíritu renovado, volvieron y entraron de lleno a la panadería, apoyando intensamente a María Inés. “Teníamos jornadas interminables, 24 horas, 7 días a la semana. Cuando

La matriarca de la familia Poveda, María Inés, junto a su nieto, Piero.

nos encontrábamos, almorzábamos juntos. Éramos el ‘circo Chamorro’, haciendo de todo, cocinando pasteles, empanadas, repartiendo, cubriendo la caja, comprando, administrando”, recuerda Andrés. Todo esto sucedía bajo la atenta mirada de María Inés. Acostumbrada a llevar las riendas de su negocio, vigilaba todas las acciones de este joven matrimonio en la administración de local, pero con el tiempo –dice Paola Añasco- “ella se dio cuenta que no estábamos tonteando y que hacíamos un trabajo serio”. “Comenzó a delegar y a tener más tiempo libre. Empezó a salir, cosa que antes nunca hacía, porque su vida era en la panadería”, relata. En los años siguientes, nació el segundo hijo, Gianluca. Pero el año 2005, la familia recibió una triste noticia: un cáncer afectaba a María Inés, el que avanzó rápidamente y, a los seis meses, falleció. Quedaba -eso sí- el enorme ejemplo del amor por la familia y su trabajo. UNA NUEVA ETAPA Durante cinco años siguientes, el incesante trabajo continuó, pero con un plan: el negocio debía ponerse pantalones largos y convertirse en una mediana empresa. En junio de 2006, Paola Añasco decidió abrir la primera sucursal en calle Riquelme. Su instinto heredado no falló. En noviembre del 2007 fue el turno del local de calle Urmeneta y, en agosto de 2010, un segundo recinto en calle República. La cuarta y última panadería fue una jugada de An-

drés, quien apostó por instalarse en Villa Alemana, a un costado del Mercado. El desafío en cada uno de estos pasos era enorme. La tradición, calidad y atención entregada en la Panadería Poveda debía replicarse en cada una de estas sucursales. La labor fue ardua, pero exitosa y, como premio, el clan Boggiano Añasco tomó sus primeras vacaciones, tras nueve años de labores sin parar. “Me siento orgullosa de todo esto, de ser de un origen súper humilde e ir progresando en el tiempo. Es lindo sentirlo, porque hay una historia de esfuerzo”, expresa Paola, pensando en su abuelo y en su madre. En los ejemplos de vida que ambos le dejaron. Actualmente, Paola dejó a Andrés la administración completa de las panaderías, apoyado por su hijo Piero, mientras ella vive nuevamente su nuevo rol de madre, con el retoño, Alessandro, que tiene sólo cinco meses. “Hemos tratado de ir reinventándonos a medida que esto ha ido creciendo, pero siempre entregando una buena atención, que es lo que nos caracteriza. También intentamos que nuestros locales sean preciosos, que vaya acorde con una ciudad que va emergiendo, porque ya no basta con un almacén de barrio, hay que ir haciendo la mezcla perfecta de aprovechar las cosas de la modernidad, con locales bonitos, pero manteniendo ese espíritu de pueblo, que acoge, que es más cariñoso”, reflexiona Andrés.


Aniversario de Limache  

Edición especial de aniversario de Limache 2013

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