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Comprender la naturaleza de la mente

Confiar en la naturaleza de la mente El budismo se ocupa de hacernos conscientes y de penetrar con mayor profundidad la naturaleza de la mente, naturaleza que está presente en todos los seres y que trasciende todo aquello que podemos poseer. Ésta no es otra que la naturaleza de toda experiencia, y a fin de cuentas la experiencia es lo único que tenemos. Nuestra personalidad y forma de ser particulares no son más que una expresión confusa de esta naturaleza básica de la mente que nos es común a todos. La naturaleza de la mente se manifiesta en nuestra experiencia a través de las siguientes cualidades inseparables: la apertura (también llamada cualidad espaciosa), la claridad o lucidez (llamada también consciencia o cualidad conocedora) y la sensibilidad (asimismo llamada receptividad o bienestar). En Occidente parece que carecemos de una con21


fianza fundamental y auténtica en nosotros mismos. Si tenemos algún tipo de confianza ésta tiende a ser egocéntrica y burda. Es como si no confiásemos en nuestra naturaleza fundamental como seres humanos. En otras culturas, y en particular en Asia, esto no parece ser un problema. En cambio para nosotros es muy común imaginarnos como un saco de complejos y malos hábitos sin remedio; desposeídos de todo valor intrínseco y causa habitual de problemas para los demás y para nosotros mismos. Nos sentimos vacíos emocionalmente; pero no en el sentido profundo en que el Budismo habla de lo vacío, como una sensación de espacio y de apertura. Por el contrario, nosotros nos sentimos cerrados y aislados, incompletos y solitarios. La espaciosidad es algo en lo que podemos confiar plenamente como fundamento de nuestro ser, nuestra experiencia y nuestra consciencia. Ésta es la cualidad ilimitada de la naturaleza de la mente, y trae consigo una sensación de bienestar y salud que son lo opuesto a la claustrofobia y a la tensión. Para cualquier ser que siente, siempre hay alguna noción de espacio, incluso cuando lo único que sentimos es que estamos bloqueados. Incluso la claustrofobia refleja una consciencia del espacio. La consciencia está íntimamente conectada a nuestra idea del tiempo. La noción del tiempo asume la pre22


sencia de la consciencia. A veces el tiempo parece ir más deprisa o más despacio, pero todas las criaturas que sienten tienen la sensación de que el tiempo pasa. La consciencia tiene una cualidad muy atractiva. Y no es porque obtengamos nada concreto de ella, simplemente la sentimos como algo bueno y positivo en sí mismo; nos transmite la sensación de que hay algo real y vivo que, de algún modo, nos basta. La sensación de bienestar que va asociada con la consciencia nos dice que está bien ser más consciente. Una consciencia que se expande trae consigo una apertura y una sensibilidad que también se expanden y, en cierto modo, estas cualidades nos resultan atractivas en sí mismas, nos transmiten algo bueno. A medida que desarrollamos una consciencia de la espaciosidad, notamos con mayor intensidad nuestra claridad y consciencia y esto despierta nuestra receptividad natural. A pesar de todo, y por muy extraño que parezca, tendemos a cerrarnos a la consciencia muy pronto. ¿Por qué, si valoramos tanto la consciencia, nos cerramos a ella con tanta firmeza y rapidez? ¿Acaso nos asusta la posibilidad de descubrir algo acerca de nosotros, de los demás o del mundo que resulte de algún modo desagradable? Es como si nos diera miedo mirar demasiado cerca: todo podría derrumbarse o escapar a nuestro control. En realidad no hay necesidad alguna 23


de tener miedo, ya que la naturaleza de nuestro ser es fundamentalmente buena y no tiene nada de espeluznante o terrible. Podemos permitirnos estar abiertos y confiar, porque este bienestar es inherente a nuestra naturaleza y trasciende la idea corriente que tenemos de nosotros mismos. Tendemos a vernos como personas separadas con ideas, emociones o percepciones únicas, pero la naturaleza de la mente es exactamente la misma en todos los seres. Todos los seres que sienten poseen la sensibilidad que les permite captar los estímulos sensoriales y responder a ellos, independientemente de cuales sean estos estímulos o de cómo respondan. Así pues, todos compartimos esta naturaleza fundamental. Esta sensibilidad es la que nos transmite bienestar. Tenemos que conectar con ella para poder sentirnos bien con nosotros mismos. Si esto no sucede es imposible que podamos sentir nada positivo hacia los demás. Es por ello que una de las prácticas budistas más habituales es generar bondad hacia uno mismo, ya que si uno no es amable consigo mismo no puede ni siquiera intentar serlo con los demás. Incluso si no hay demasiado en nuestras vidas que nos haga sentirnos bien, siempre podemos contar con nuestra sensibilidad básica. Siempre que experimentamos o somos conscientes de algo, nuestra sensibilidad 24


está presente y eso es algo positivo en sí mismo. Por tanto, es necesario conectar con la idea de que estar vivo, sentarse a meditar, ser consciente o experimentar cualquier cosa es algo bueno. Debemos primero darnos cuenta de esa bondad que se halla dentro de nosotros antes de poder apreciar el mundo que nos rodea. Ser sensible implica la presencia de cierta apertura y lucidez, siendo las tres cualidades la base de lo que es un ser que siente; ya sea humano, animal o cualquier otra cosa. Por consiguiente, hay un vínculo muy profundo entre todos los seres, un vínculo que se remonta a la esencia misma de lo que es estar vivo y sentir. En cualquier caso, la medida en que cada uno experimenta la espaciosidad, la claridad y la sensibilidad de nuestra naturaleza varía. Cuando la experimentamos en su totalidad, sin distorsiones, obstáculos o velos, ésta es la consciencia y la capacidad de responder ilimitada e iluminada de un Buda. Por tanto, la esencia misma de lo que es estar vivo y sentir es la misma esencia del despertar del Buda. Está presente en el centro de nuestro ser y nunca cambia. Es la esencia indestructible del corazón*. La palabra buda quiere decir “el despierto”. A lo que *

La palabra corazón se usa aquí como símbolo que evoca las cualidades de algo central, fundamental y vivo.

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un buda despierta es a la realidad, a la presencia viva de nuestra inmensidad y a la vitalidad de nuestro estado natural, que es apertura, lucidez y sensibilidad. Estas cualidades son la naturaleza tanto de el despierto, el Buda, como de aquellos seres que aún no han despertado. Las tres cualidades de apertura, claridad y sensibilidad están detrás de todo aquello que experimentamos. Son lo que somos: nuestra personalidad, sentimientos, emociones, pensamientos, incluso nuestro cuerpo procede de ellas. No son algo que podamos manipular o con lo que podamos jugar. Simplemente están presentes de forma natural, son nuestra herencia como seres que sienten, y son absolutamente intrínsecas y fundamentales a lo que representa estar vivo y ser consciente. En realidad, tanto la mente como el cuerpo son de la naturaleza del espacio, la consciencia y la sensibilidad, y ambos son algo intrínseco a lo que es un ser humano. Tenemos cierto control sobre el cuerpo y sentimos que nos pertenece. Esto parece implicar que no es completamente esencial a nuestra naturaleza, mientras que la mente, al ser la base que subyace a todo lo que experimentamos, sí que nos parece primordial. Así, tendemos a identificarnos con nuestra mente y tratar a nuestro cuerpo como un apéndice, o incluso como a un esclavo. Sin embargo, ni el cuerpo ni la mente están realmente bajo nuestro control. Sabemos que, por ejem26


plo, muchas de las funciones vitales no se hallan sujetas a ningún control consciente. Es importante darse cuenta de que tanto el cuerpo como la mente son intrínsecos a nuestro ser y que están indefectiblemente relacionados. Ambos tienen una forma natural de ser independiente del control del ego. Aunque pensemos que los controlamos o que deberíamos ser capaces de controlarlos, es la constante intervención del ego la que distorsiona su funcionamiento natural. Estas cualidades de apertura, claridad y sensibilidad suenan bien e inmediatamente sentimos que queremos poseerlas o conseguir algo de ellas. Puede que nos preguntemos cómo obtenerlas o incrementarlas. Es importante enfatizar que las tres cualidades no pueden ser poseídas. Nunca podemos decir: “ésta es mi claridad, mi espacio o mi sensibilidad”. Nadie las posee. No son el adorno personal de nadie. Nadie puede, por tanto, usarlas para sentirse diferente o especial. Sin embargo, incluso si nuestra personalidad se desintegrara y uno dejase, en cierto sentido, de ser quien es, las tres cualidades aún estarían presentes. No hay nada que pueda hacerse al respecto. Siempre estarán ahí. En un sentido profundo las tres cualidades son intrínsecas al Universo. La tradición budista ha dedicado mucho razonamiento y argumentación a este tema, pe27


ro exponerlo aquí en toda su extensión me llevaría demasiado tiempo. Exponerlo implicaría formular preguntas tales como ¿qué es lo que entendemos por “el Universo”? Aunque reconozcamos las tres cualidades en nosotros, y podamos también imaginar hasta cierto punto cómo podrían expresarse libres y llenas de vitalidad, no es ese el modo en que las experimentamos ahora mismo. La práctica budista se ocupa de mostrar esas cualidades con la mayor plenitud posible. No podemos hablar de aumentarlas o mejorarlas porque se encuentran presentes en todo momento. Tampoco podemos decir que estamos incrementando una consciencia subyacente. La consciencia es consciencia, no puede ser ni incrementada ni disminuida. Dado que las tres cualidades no están bajo nuestro control, tampoco están contaminadas por el control o la manipulación del ego. Las tres cualidades son lo que somos en esencia, algo mucho más básico y fundamental que el ego. La preocupación y la culpa, la infelicidad y todo lo demás, surgen cuando nos concentramos en el contenido de los pensamientos. Por ejemplo, cuando me siento deprimido o rechazado, mi atención está inmersa en pensamientos sobre el pasado y el futuro, sobre lo correcto y lo incorrecto, sobre la victoria y la derro28



La Meditación no va de eso