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Buenos dĂ­as

Cruz del Cielo


Wilson Muñoz Investigación, fotografía y textos Rodrigo Villalón Fotografía y edición fotográfica Anna Hurtado Gestión del proyecto y textos Fernando Rivera Producción Carolina Zañartu Diseño Alan Rodríguez Cartografía Ediciones Challa edicioneschalla@gmail.com www.edicioneschalla.com Copyright© de la Colección Ediciones Challa ISBN 978-956-401-620-7


Buenos días

Cruz del Cielo Wilson Muñoz • Anna Hurtado • Rodrigo Villalón


Prólogo En los Andes reina la cruz. Quizás como puente entre el pasado y el presente, entre el cielo y la tierra, entre el occidente y el “extremo-occidente”, entre la cotidianidad y la trascendencia. Aquí no es la virgen o el santo quien toma el espacio. Es la cruz, con su sencillez y profundidad. La cruz toca los cielos, sube en los hombros de los creyentes que la llevan a lo alto, lo más alto de los cerros y montaña, ahí donde el azul quema con el sol de altura. Y convoca al baile, a la música, a las sonrisas y a las plegarias. Se la viste con hojas, flores y listones; se le ponen velas, se la abraza, se la besa, se le canta, se hacen rondas a su alrededor. Se festeja su presencia, su compañía y su gracia. ¿Cómo narrar la travesía de la cruz que parte en los cerros, recorre casas y los lugares sagrados? En este libro hay una apuesta por, como ya alguien lo decía, otra manera de contar. Aquí la foto tiene la palabra. Esta es otra manera de investigar con la imagen como protagonista. Este libro es una invitación a mirar de otro modo, a narrar y conocer más allá de donde estamos habituados, a crear conocimiento desde lo visual. Es una llamada a transitar por los caminos de la cruz en las montañas guiados por la luz de la fotografía.

Hugo José Suárez Investigador titular, IIS. Universidad Nacional Autónoma de México


Introducción La cruz es un objeto omnipresente en el paisaje andino. A diferencia de lo que ocurre con muchas imágenes católicas veneradas en la zona, como cristos, vírgenes y santos, la cruz tiene una presencia especial en el paisaje, presentándose en formas y lugares muy diversos. No solo emerge coronando capillas e iglesias locales, sino también aparece en afloramientos de vertientes, en puntos estratégicos de chacras, en portales de viviendas, y de manera especial, en las cimas de los cerros. Porque la cruz no es un accesorio del paisaje, sino una extensión viva del mismo, cuya virtud es la de dominar en altura el campo visual de la región. Desde los cerros, un espacio donde el infortunio, los malos parajes o el maligno pueden hacer de las suyas, ellas se erigen como faros que iluminan un mar que no siempre está calmo, observando, vigilando y protegiendo a su gente y sus tierras. Y es aquí, en estos lugares, alejados, pero siempre presentes, donde festejarla adquiere pleno sentido. Subir de madrugada el agreste cerro para reencontrarse con la cruz. Consagrarle cantos, melodías, vino, hojas de coca. Limpiarla y embellecerla. Cargarla y hacerse cargo de ella. Complacerla. Son parte del sinfín de cuidados y sacrificios volcados durante su fiesta. El fervor con el cual las comunidades celebran este culto se aúna con la cercanía y familiaridad con la cual es tratada la cruz. Como bien manda la “costumbre”. Challa, pawa, tinka, vilancha, son solo algunas de las voces que nos cuentan cómo estas poblaciones se vinculan con la cruz y la tierra de manera sacrificial, casi siempre al unísono. Y es así como, en medio del desierto más árido del mundo, persona y cruz renuevan un vínculo que se antoja imperecedero. “Buenos días cruz del cielo”. Así se titula el libro que tiene en sus manos. Y así reza también una de las estrofas que cada mes de mayo los cantores locales regalan a todo pulmón a sus cruces. Con el sacrificio propio de las celebraciones andinas, los devotos de la cruz nos muestran no solo el afecto que sienten por ella, sino también cómo el madero donde muriera Cristo vuelve a la vida. Como cada año, cargado de ramas, flores y ofrendas, la cruz renace en este recodo del mundo. El libro que el lector tiene en sus manos resulta de un sostenido trabajo de campo realizado los últimos años en la Comuna de Camarones, especialmente en el Valle de Codpa. Las imágenes intentan construir un relato visual compuesto de escenas íntimas y personales que han emergido en torno a la cruz, fruto del encuentro, diálogo y amistad establecido por el equipo de trabajo con sus cultores y cultoras. La intención del proyecto es una, pero la interpretación, como siempre, es abierta e infinita. Siempre atenta al ojo intrépido y lúcido del lector.


“Cada año para siempre jamás se hará la fiesta a la Santa Cruz el día de su exaltación que es catorce de septiembre, en memoria del triunfo que de ella se ha tenido de la idolatría; en la cual en la fiesta habrá procesión con la Santa Cruz y Misa cantada; y el Cura desta doctrina predicará a los indios la causa porque esta fiesta se hace, exhortándolos a que den gracias a nuestro Señor por haberlos sacado de sus errores”.

Padre Pablo Joseph de Arriaga, 1621


Es imposible entender a las sociedades andinas sin su íntima relación con el entorno y el paisaje. Se trata de un espacio vivo, con entidades ancestrales que pueblan cada rincón del territorio. Rincones de memoria, vitales para aquellos que han nacido y crecido en sus valles. Y es en medio de este paisaje rico y siempre inquietante que se inserta la cruz. Son casi las cinco de la mañana. La oscuridad aun domina el Valle de Codpa. El silencio es apenas roto por el trino de una familia de pajarillos que pueblan y dan fe de esta fértil tierra. Y por el trajín de los codpeños que van alistando el vino, la coca y todo lo necesario para salir al encuentro con su madero. La partida no se hace esperar. Los devotos se alejan del pueblo, y luego, del verde que lo rodea. Surcan también el río que parte en dos al valle, y de repente, desaparece la flora. Los devotos comienzan ahí su marcha por el desértico suelo. Subiendo cerros. Ascendiendo a las alturas. Un acto tan propio y conocido para las gentes andinas. Pero no nos equivoquemos, pues adentrarse en el árido camino que conduce hacia una cruz que los espera, mantiene hoy la expectación de penetrar un espacio indomado e impredecible. Como si fuera la primera vez, surcando el baldío desierto, camino al calvario va el pueblo. Junto a algunos milenarios petroglifos que se asoman caprichosos al andar, aparecen también en la ruta pequeñitas cruces que deben permanecer en sus calvarios, evitando así la entrada del maligno. Muestra inequívoca de que el paisaje está vivo. Y no siempre es del todo seguro. Pero los codpeños son maestros en el arte de burlar el mal, y de surcar airosos los peligros de un camino conocido ya por sus antepasados arrieros. Y al igual que ellos, penetran hoy los cerros siguiendo sus huellas, hasta llegar al esperado destino. Antes que despunte el sol por el Cerro Marqués, los celebrantes están listos para el encuentro. La cruz protectora que corona la cima, ya los esperaba. Serena, solemne y bella. La lliclla sobre la tierra, el vino pintatani y las hojas de coca, comienzan a enfilarse frente a los pies del apreciado madero. El primer rayo de sol invade ya el valle, y entre alabanzas entonadas por la banda de músicos, cantos y el estruendo de petardos y bengalas, se estrecha el primer abrazo con la portentosa cruz. Su protectora. Luego de ser sacada con respeto de su posición habitual, la cruz comienza a ser despojada poco a poco de sus añejos ropajes vegetales, vetustos y quebradizos, privilegiados vestigios del año que ya pasó. Y es despertada lentamente de ese aparente estado inanimado, de faro, de vigía. Y revivida, despacio, con la entrega y potencia de las primeras ofrendas y libaciones. En ese instante, todo es alegría.


La cruz, ya reanimada, debe iniciar su propio viaje de descenso. El camino ha sido interrumpido por una seguidilla de pawas que han ido realizando los anhelosos comuneros. Una forma especial de acercarse a quien estuvo lejos un año entero. Y de recordarle que será festejada los próximos tres días en el pueblo. Antes de llegar a la iglesia, una antigua devota se acerca fervorosa a sus pies, la saluda y le dice “¡Mi mamita querida!”, cerrando el encuentro con un beso y la obligada ofrenda de vino y hojas de coca que dicta la pawa. La cruz vuelve a casa. Su intromisión en la vida doméstica es total, casi perturbadora. Puede tener una pieza para su uso exclusivo, o compartir un rincón del comedor durante toda su estancia. El lugar poco importa. Lo que importa es que sea tratada como la mejor visita del año, aquella que retorna a un lugar que siempre es suyo. Pueblo, casa y chacra, todos son engalanados para ella. Los mismos rincones que observa, vigila, husmea y protege sin descanso durante el largo año, transforman su cotidianeidad para albergar la fiesta. Y la cruz misma, víctima feliz de un antiguo saber que las codpeñas conservan celosamente, va siendo revestida, a fuego muy lento, con una ajustadísima camisa, un hermoso vestido, y un tul. Y luego, alhajada con multicolores cintas, brillantes espejuelos y un enorme corazón. Tan grande como el de sus mismas custodias. Aquí, la paciencia y la meticulosidad son la norma. En cada una de las casas, la festejada va recibiendo la visita de todos los familiares, amigos y celebrantes que la saludan, comparten un trago de alcohol con ella o comen a su lado. Peticiones, breves conversaciones, bendiciones y bromas se trenzan ante sus ojos. Y ese alejamiento físico que se dibujara como un arco entre ella y los comuneros durante el año, estalla en mil pedazos, y se va haciendo añicos en cada encuentro. En los pueblos, la fiesta contempla la visita a las casas, la recogida de cera, las misas, las tradicionales procesiones, la iluminaria y la inconfundible tinka. Como antaño, los lugareños recogen la leña e irrumpen en la plaza cargando pesados troncos sobre sus hombros, mientras danzan un serpenteado huayno. Tras encender una enorme hoguera de iluminaria, llega el momento de la esperada tinka. Los mejores vinos nacidos de este cálido valle se yerguen orgullosos a los pies de la cruz. Y los comuneros, sigilosos, comienzan una competencia ritual en busca del mejor brebaje. Y por saber quién bebe más. La noche entera, se hace cortísima, en este tiempo que es otro. Al día siguiente, cuando el gallo recién entona su primer canto, los comuneros y los músicos se agolpan frente a las puertas de la iglesia para prodigarle el “Buenos días” a la cruz. Y al igual que el día anterior, toda la comunidad se sumerge nuevamente en la seguidilla de ritos durante una larga y extenuante jornada. Como si cada momento los acercara más y más a la cruz.


Es el tercer día de fiesta y en el pueblo se realiza la última visita. La cruz avanza triunfante por las callejuelas. Mientras sus multicolores cintas ondean al viento, los destellos de luz de sus espejos anuncian inequívocamente su paso. Así se va despidiendo del pueblo a hombros de sus devotos, exudando el orgullo de quien la porta. Yatire, cantores, abuelos, gente de costumbre, parecen ser los indicados para esta labor. Poco a poco, la cruz regresa al incólume camino que la retornará a su cerro. Sacos repletos de ramas, primorosas flores, cajas con abundante comida, bolsas y más bolsas de bebidas y alcohol, las infaltables velas, todo sube junto a ella. Esta vez, son los codpeños quienes visitarán la morada de la cruz. Una dulce agraz mezcla de alegría y nostalgia comienza a navegar por la mirada de los devotos. Es el último esfuerzo, del último día de fiesta.


El verde, como le llaman los lugareños, va inundando la escena. Las más hermosas flores y las mejores ramas del valle son seleccionadas y posadas sobre la cruz. Extenderle los brazos. No dejar demasiado abultada su guatita. Jamás deformar la cabeza ni los pies. Ubicar de manera perfecta el corazón. Así es como, mientras visten de flora la cruz, con una prolijidad que nunca deja de sorprender, las codpeñas se refieren a ella. Con un saber estético colmado de consejos prácticos, heredado de generación en generación. Aquella última noche del despacho, los ancestros y los finaos también acuden al calvario para reencontrarse con sus familiares, y celebrar a la que sigue siendo su cruz. Y también a la tierra, claro está. Y es que mientras se van realizando las pawas, esparciendo hojas de coca y vertiendo vino sobre el cuerpo de la cruz, cada gota de vino que se derrama por el madero y desemboca en la tierra, celebra esta íntima y fascinante comunión. Misma comunión de la que nos hablan sin cesar los agradecimientos y peticiones de los devotos. Y con la lentitud del goteo incesante del vino, el tiempo juega a detenerse, estirando la despedida hasta lo imposible, haciendo por un instante posible el sueño de los codpeños. De repente, de la tierra, emerge el puntay, en medio del calvario, justo a los pies de la cruz. Un receptáculo de piedra capacitado para contener grandes cantidades de vino pintatani. Una formación rocosa que, de golpe, nos vuelve a recordar la importancia y omnipresencia de la tierra. La madre tierra, a la que siempre se le da, y que tanto nos entrega, pareciera hacer fluir el vino desde sus entrañas, en un momento casi maternal. Porque esta tierra, cuando es cuidada, cuida a quien la habita. Y del pueblo emerge el huayno, ese ritmo que hace eco en todos los rincones de los Andes, augurando el ocaso de la fiesta. Una melodía que hace trenzar a los codpeños en una ronda sin fin, y danzar en torno al madero arrebozado de vida. Y así, entre risas y gritos de alegría, se lanzan uno a uno de bruces para beber su brebaje preferido del puntay, el vino pintatani; como si con esa pirueta intentaran reconstruir el cordón umbilical que los une a la tierra que los vio nacer. Polvareda, petardos, gritos, alegría, devoción, alcohol, sacrificio, danza, música. Imposible siquiera imaginar, ni menos intentar reproducir este momento. Como ocurre con cualquier experiencia vital. Es el último instante del despacho. Un término simple que esconde un gran y hermoso acto: el de enviar algo, pero también de enviarlo “con alguien”. La ronda parece nunca acabar, pero las últimas gotas de pintatani, que comienzan a ser absorbidas muy poco a poco por la arenosa roca del puntay, ya han comenzado a hablar. La fiesta anuncia su fin. La despedida es innegable. Debemos retornar, para seguir jugando a la vida en el pueblo. O al menos intentarlo.


“El calvario donde está colocada la cruz, ese es el que ha recibido toda esta sangre, todo este vino, todas las entregas, todo el sacrificio que hace la gente para llegar arriba. Allá llegan todos estos espíritus de los finaos que iban a la fiesta, también han llegado parte de su cuerpo también se quedó ahí. Ahí la gente desahoga todo el peso que tiene, por todo el tiempo que han subido para allá arriba. Tu sabes que muchos de ellos han envejecido subiendo esa cruz. Y no han dejado de ir. Y así muchos, así como para arriba [Markirave], para abajo [Cerro Blanco], para todos lados. Por eso, no es tanto lo que es la cruz, si la cruz la acarreamos todos, la echamos al hombro. Pero donde más descansamos es en el calvario. En el lugar. Es puntual. Ahí es donde nos sentamos, nos arrimamos, ahí está el puntay, ahí te echas tu trago. Pero ahí, tú vas, ya sea con el cariño o como sea, tú le vas a echar tu trago de vino al calvario. Le echas a la cruz, pero siempre está cayendo ahí, al lugar. Es el lugar donde va a descansar la cruz, es un punto, un punto que uno ha destinado, o quizás aquellos ancestros han destinado esos lugares como lugar sagrado. Entonces uno ha seguido como marca, o como punto, donde pusieron esa cruz, uno sigue. Entonces esa cruz, claro, con toda la fuerza que tiene, de la tierra, más lo espiritual... Ella nos cuida a todos”. Homero Altina Herrera, yatire del Valle de Codpa


Cacharpalla En este rincón del mundo, la melodía de la cacharpalla tiene un sentido inequívoco. Anuncia lo inminente. Que la fiesta, como la vida misma, tiene su fin. Pero, al igual que la vida misma, que en la cúspide de su ocaso busca arrebatar un trozo de inmortalidad, este huayno dispara una melodía que acordona los brazos de todos los comuneros, haciéndolos girar y cantar eufóricos en una última rueda. El último canto, la última melodía, el último adiós. Ahora fue el turno de la cruz. Ella ha vuelto a las alturas para continuar su vigía, mediando con un mundo que, a momentos, sentimos destellar en nuestro corazón, pero que siempre resulta ignoto. Nosotros, seguiremos aquí, abajo, surcando la vida, hasta el año que viene. Porque en los Andes la fiesta nunca acaba del todo. El adiós es siempre un hasta pronto. Y como la fiesta de cada año, este libro llega a su fin. Solo nos resta repetir y hacer nuestra una estrofa que asoma siempre en la garganta de los viejos cantores de esta tierra: “Adiós Santísima Cruz, ya nos vamos despidiendo. Y si nos prestas la vida, para el año volveremos”. Que sea en buena hora.


Agradecimientos Este proyecto jamás se hubiese materializado sin la ayuda de muchos. En primer lugar, agradecemos a las instituciones que colaboraron económicamente. El proyecto fue financiado por el MCAP (concurso Fondart y Beca Chile Crea). Agradecemos también el apoyo de CONICYT (Becas Chile, proyectos Fondecyt 1120530 y 1181844), así como las ayudas otorgadas por el Collège de France/ CNRS y la EHESS de París (subvención trabajo de campo). Al ISOR de la Universidad Autónoma de Barcelona, equipo de destacados investigadores y grandes amigos. Al CER de la Universidad Católica de Chile, especialmente al director Federico Aguirre. Al Depto. de Cs. Históricas y Geográficas de la Universidad de Tarapacá, particularmente a Alberto Díaz, por apoyar nuestros proyectos y compartir su pasión por las costumbres andinas. Al AHVD y su director Rodrigo Ruz, eterno colaborador, por procurar la salvaguardia del patrimonio cultural de la región. Expresamos también nuestra gratitud a la Comunidad Indígena del Pueblo de Codpa, por prestar apoyo incondicional a todos nuestros proyectos. A la Asociación Indígena y Cultural Raíces Codpeñas, por la colaboración, amistad y momentos compartidos. A la Casa de la Cultura Quinta Santa Elena y la familia Soza, especialmente a Ana Soza, quien además de velar por la pertinencia de nuestros proyectos, nos mostró por vez primera esta tierra y sus costumbres. Por último, los primeros. Sin ellos, este proyecto jamás habría visto la luz, ni tampoco gran parte de nuestra experiencia personal con sus fiestas y costumbres.

Agradecemos a todas las familias codpeñas, de ayer y hoy, que se reencuentran cada año en la cima de los cerros para festejar a la Santísima Cruz. De oriente a occidente: A Froilán Zubieta, por enseñarnos los secretos de la Cruz del cielo de Guañacagua. A la familia Sana, por invitarnos a compartir en Guatanave. A las familias Montealegre, Condori y Tapia, por mostrarnos la bella celebración de Markirave, especialmente la fallecida y querida Elba Montealegre. A las familias Rojas Vélez de Poroma y Latín de Vila-Vila. A todas las familias del pueblo de Codpa, que son muchísimas, por aceptarnos durante toda la fiesta de las cruces. Mención especial para Modesto Canque, Felicinda Romero y David Riveras, verdaderos baluartes de las costumbres. A la familia Montecinos Romero de Champale. A las familias Bustos, Ortega, Rivera y Albarracín, por mantener el culto a las cruces; incluso en el Valle de Chaca, como hace la familia Albarracín. A la familia Romero Apas, especialmente Doña Maigo, por preservar la fiesta en Amazaca chico. A la extensa familia Altina, con la matriarca Nilda Herrera aún a la cabeza, por celebrar la cruz de Amazaca. A las familias Zavala, Butrón, Romero y Montecinos, por continuar la costumbre en Sipiza. A las familias Montecinos Madueño, Vásquez y Tito, por cuidar de la Cruz de Miraflores; especialmente Zoila Madueño, por resguardar el templo de Espíritu Santo y a su querida “pituca”. A la familia Zavala Caqueo y su cruz de Villane. A las familias de Cerro Blanco, Zavala, Caucott, Maldonado, entre otros, que conjuntamente veneran la cruz del pueblo. A la familia Valdés y su cruz en Ofragía. Y a todos quienes concurren a venerar a la protectora de todo el Valle, la Santísima Cruz de la Pampa; así como muchos otros que rinden culto al madero en este terruño. Gracias infinitas.


Wilson Muñoz Investigación, fotografía y textos Rodrigo Villalón Fotografía y edición fotográfica Anna Hurtado Gestión del proyecto y textos Fernando Rivera Producción Carolina Zañartu Diseño Alan Rodríguez Cartografía Ediciones Challa edicioneschalla@gmail.com www.edicioneschalla.com Copyright© de la Colección Ediciones Challa ISBN 978-956-401-620-7


Este libro ha sido íntegramente producido por Ediciones Challa y se enmarca dentro un proyecto de largo aliento inaugurado por su equipo editorial. Su objetivo es crear y difundir publicaciones creativas que establezcan un diálogo entre la fotografía documental, las ciencias sociales y la puesta en valor patrimonial; oyendo las necesidades de las comunidades locales e impulsando una difusión de las publicaciones a nivel regional, nacional e internacional.


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