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Ministerios en la vida y misi贸n de nuestra Iglesia diocesana

Vitoria-Gasteiz 2011


Documentos y Materiales: 14. Un anuncio significativo del Evangelio. Materiales sobre el 4º Objetivo del Plan Diocesano de Evangelización (2002-2007). 15. Construir la paz. Materiales sobre el 6º Objetivo del Plan Diocesano de Evangelización (2002-2007). 16. La opción preferencial por los pobres. Materiales sobre el 5º Objetivo del Plan Diocesano de Evangelización (2002-2007). 17. Renovar evangélicamente nuestras comunidades Plan Diocesano de Evangelización (2009-2014) Edita: Obispado de Vitoria Imprime: San Martín Impresión Digital Maquetación: Natalia Fernández


Presentación

Presentación “Es necesario que la Iglesia del tercer milenio impulse a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida eclesial. Junto con el ministerio ordenado, pueden florecer otros ministerios, instituídos o simplemente reconocidos, para el bien de toda la comunidad”. (Juan Pablo II, Novo millennio Iieunte, 46)

El texto que ahora se publica, es el resultado de una amplia y compartida reflexión de los Consejos Pastoral y Presbiteral de la diócesis de Vitoria. El Plan Diocesano de Evangelización 2002-2007 dedicó un capítulo a La misión de los laicos. Se reconocía el “escaso desarrollo de los ministerios laicales tanto en la vida comunitaria, como en la acción evangelizadora de nuestra Iglesia” (p. 19-20). En consecuencia, se proponía, junto a otros objetivos y acciones, “promover activamente la incorporación de laicos a responsabilidades y servicios pastorales. Instituir o reconocer los ministerios laicales necesarios en las diversas acciones pastorales de la Iglesia diocesana” (p. 22). Al citar expresamente la misión evangelizadora del laicado, el Consejo Pastoral diocesano acogió el compromiso de reflexionar y madurar una propuesta concreta sobre Ministerios laicales en la diócesis, mirando hacia su reconocimiento oficial y su puesta en práctica en la diócesis. El esfuerzo del Consejo transcurrió por cauces eminentemente prácticos: ¿qué necesidades pastorales reclaman ahora la presencia activa de estos ministerios?, ¿qué criterios y prioridades aconsejan su reconocimiento en la diócesis?, y finalmente, ¿qué ministerios concretos son necesarios, y para qué ambitos eclesiales y pastorales? Respecto a la formación para el desempeño de los ministerios laicales hay que remitirse a La formación del laicado. Proyecto Marco diocesano.

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En la sesión del 12 de diciembre de 2009, el Consejo dio por terminada su reflexión, que cristalizó en el documento Ministerios laicales en nuestra Iglesia diocesana. Ahí se proponían Ministerios laicales concretos, que aparecen ahora en el texto de este folleto, agrupados según las acciones propias de la comunidad eclesial (profética, litúrgica y caritativo-social). Se añadía también la propuesta de dos ministerios referidos expresamente a dos espacios evangelizadores propios del laicado: el compromiso secular y la familia. En la misma sesión, el Consejo Pastoral recomendó trasladar el fruto de su trabajo al Consejo Presbiteral que, de forma simultánea, llevaba tiempo trabajando sobre los ministerios laicales en el contexto más amplio de los Ministerios en la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana. El Consejo Presbiteral no tuvo dificultad en acoger e integrar esta aportación. Había dedicado varias sesiones a madurar y redactar algunas propuestas: resituar el ministerio presbiteral en un Equipo Ministerial, promover el diaconado permanente y favorecer los ministerios laicales. Todo ello integrado en un conjunto eclesial y pastoral armónico, bajo las claves de comunión y corresponsabilidad. Tras elaborar y debatir varios borradores, el Consejo Presbiteral aprobó, el 18 de mayo de 2009, las Conclusiones o Propuestas prácticas que se exponen en las pp. 69 y 70 de este folleto. El conjunto del documento se aprobó en la sesión del 15 de febrero siguiente. El Obispo de la diócesis lo acogió, y ha encargado su publicación con el propósito de que sirva de plataforma para la puesta en práctica de sus contenidos y propuestas, y contribuir a “renovar evangélicamente nuestras comunidades eclesiales” (Plan Diocesano de Evangelización 2009-2014, Objetivo General).

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Sumario

Sumario

Ministerios en la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana Introducción ............................................................................................................9 I.- Precisión de términos y conceptos....................................................................13 1.1. Diferencia entre servicios y ministerios........................................................13 1.2. Ministerios laicales ......................................................................................13 1.3. Laicos con misión pastoral ..........................................................................14 II.- Los Ministerios en la Comunión y la Misión eclesial ....................................15 III. El equipo ministerial ........................................................................................17 IV. Los ministerios ordenados y el equipo ministerial ..........................................23 4.1. El lugar propio del presbítero en el equipo ministerial ................................23 4.2. El lugar propio del diácono en el equipo ministerial....................................27 1. La restauración del diaconado en el Vaticano II........................................27 2. El ser del diácono: Consagrados especialmente para el servicio ................28 3. Funciones y tareas del diácono ................................................................30 4. En respuesta a las necesidades de la Iglesia en el mundo de hoy ..............31 5. En verdadera relación de corresponsabilidad ............................................32 V. Los ministerios laicales y el equipo ministerial ................................................33 La identidad y misión propia del laico, su vocación específica ............................33 Los laicos en el equipo ministerial......................................................................34 5.1. Ministerio laical de Animador del compromiso secular ................................36 • El compromiso secular del laico cristiano ..........................................36 • El perfil de laico cristiano..................................................................37 Necesidad de un ministerio ................................................................38

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5.2. Ministerio laical de Pastoral de la Familia ....................................................40 • La familia cristiana: “espacio donde el Evangelio es compartido” ......41 • La familia cristiana: “espacio desde donde se irradia el Evangelio” ....42 • El servicio pastoral a la familia ..........................................................43 Necesidad de un ministerio ................................................................44 5.3. Ministerios laicales en las acciones pastorales de las comunidad....................47 • Las grandes acciones pastorales de la comunidad................................47 • Participación del laicado en las acciones eclesiales..............................48 • Ministerios laicales en las acciones eclesiales ......................................48 5.3.1. Ministerios laicales en la Acción litúrgica ..........................................50 • La participación del laicado en la liturgia ..........................................50 • Diversidad de servicios y ministerios ................................................50  Los ministerios instituidos: Lector, Acólito ......................................51  El ministerio extraordinario de la comunión....................................52  El ministerio de animador de la celebración ....................................52  La Celebración en ausencia de presbítero ........................................54 5.3.2. Ministerios laicales en la Acción Profética..........................................57 La acción Profética o Servicio de la Palabra ......................................57  Ministerio laical para guiar la “Lectura creyente” de la Palabra de Dios................................................................................................58 La Lectio Divina ..........................................................................58 Necesidad y perfil del ministerio ......................................................59  Ministerio laical en la Catequesis ....................................................60 La catequesis en la comunidad cristiana ........................................60 Necesidad y perfil del ministerio ......................................................61 5.3.3. Ministerios laicales en la Acción caritativo-social ..............................63 El servicio de la Caridad......................................................................63 Con sensibilidad evangélica..................................................................63

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Sumario

 Ministerio laical en el servicio a los pobres ......................................64

El servicio a los pobres ................................................................64 Necesidad de un ministerio ..............................................................65  Ministerio laical en el Servicio a los enfermos ................................67 La pastoral de la salud ..................................................................67 Necesidad de un ministerio..............................................................67 VI. Conclusiones prácticas ......................................................................................69 I. Anexo 1: El proceso de formación de equipos ministeriales ............................71

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Introducción

Introducción La misión de la Iglesia en el mundo es la misma misión de Jesús, compartida hoy por todos los miembros del Pueblo de Dios con funciones y tareas diferenciadas, con ministerios y carismas diversos. El desarrollo ministerial de la comunidad cristiana ha de responder al desarrollo de su misión ayudando a percibir mejor el sujeto eclesial completo, constituido por todos los miembros del Pueblo de Dios que son corresponsables, en diversas formas de servicio, de la misión eclesial. Hoy necesitamos situar en un nuevo contexto de comunión y misión eclesial los ministerios, tareas y carismas, propios de los pastores y de los laicos. Desde esa perspectiva habría que plantear en nuestra Iglesia diocesana.

• Resituar el ministerio pastoral de los presbíteros. En la situación actual, muchos presbíteros viven implicados en una acción pastoral intensa y dispersa, solicitados por múltiples demandas, aunque bastantes de las tareas que desarrollan son propias de otros ministerios o servicios eclesiales. Es preciso resituar el ministerio de los presbíteros de forma más adecuada a la situación eclesial y a las necesidades pastorales actuales. Es necesario que el presbítero desarrolle con especial dedicación las funciones específicas propias de su ministerio. A él le corresponde de modo especial la presidencia de la comunidad, la función animadora de la misma, a la que lógicamente va unida la presidencia de la Eucaristía, pues por la ordenación significa sacramentalmente a Cristo como Cabeza y Pastor de la Iglesia. Está, además, al servicio de la totalidad de los carismas, en orden a la comunión fraterna de todos los miembros y le corresponde cuidar la apostolicidad de la comunidad, tanto en la fidelidad de la fe a sus orígenes y en la edificación de la comunión, como en su dinamismo misionero.

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• Impulsar el ministerio de los diáconos. El diaconado nació en la primera Iglesia para responder a la necesidad de distribuir entre los necesitados los bienes de la comunidad. Floreció durante los cinco primeros siglos del cristianismo, y más tarde permaneció -reducido en sus funcionescomo un grado del sacramento del orden previo a la recepción del presbiterado. El Concilio Vaticano II restableció “el diaconado como grado propio y permanente de la jerarquía” 1 y, señalando sus diversas funciones ministeriales en la liturgia, el servicio de la palabra y de la caridad, subrayó su dedicación a los oficios de caridad y administración, tal y como fue instituido en los primeros tiempos de la Iglesia. La recuperación del diaconado como un ministerio ordenado permanente está llamada a tener en nuestra Iglesia diocesana un desarrollo más amplio que el actual. Ello irá vinculado sin duda al reconocimiento práctico de su función propia en la vida y misión de la comunidad eclesial, de modo que no se contemple como una simple ayuda “en funciones de suplencia” del ministerio pastoral de los presbíteros. En medio de una sociedad que genera constantemente nuevas formas de exclusión y pobreza, nuestra Iglesia diocesana tiene la oportunidad de impulsar un ministerio que ayude a toda la comunidad a dar una respuesta servicial -con una nueva imaginación de la caridad- haciendo realidad la opción preferencial por los pobres.

• Promover ministerios laicales. El Papa Juan Pablo II, en el año 2001, señalaba: “Es necesario, pues, que la Iglesia del tercer milenio impulse a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida eclesial. Junto con el ministerio ordenado, pueden florecer otros ministerios, instituidos o simplemente reconocidos, para el bien de toda la comunidad, atendiéndola en sus múltiples necesidades: de la catequesis a la animación litúrgica, de la educación de los jóvenes a las más diversas manifestaciones de la caridad”. 2 Los ministerios laicales no se plantean como una mera ayuda de los presbíteros, ni tampoco como un movimiento de reivindicación frente a los mismos. Estarían falseados de raíz tanto en un caso como en el otro. “Los pastores, por tanto, han de reconocer

1 LG 29.

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2 Novo millennio ineunte, 46.


Introducción

y promover los ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y la Confirmación, y para muchos de ellos, además en el Matrimonio”. 3 Hoy, según lo dispuesto por Pablo VI en Ministeria quaedam (1972), únicamente existen en la Iglesia dos ministerios laicales instituidos (lector y acólito) ambos relacionados con la acción litúrgica de la comunidad. Pero, según las necesidades de las Iglesias particulares se puede promover el reconocimiento de otros ministerios para el desarrollo de la vida y misión de la comunidad eclesial. Tal como hicieron las primeras comunidades cristianas, hoy las iglesias locales deben pensar en una organización ministerial adecuada a sus necesidades de comunidad y de misión. En consecuencia han de indagar sobre las necesidades de su tarea evangelizadora y reconocer aquellos ministerios que crean oportunos. Esto supone que la Iglesia discierne las necesidades misioneras y busca una respuesta adecuada. Nuestra Iglesia diocesana ha de impulsar un doble proceso de discernimiento: - la determinación concreta de los servicios necesarios para su vida y misión que pueden ser reconocidos públicamente como ministerios. - la preparación de los miembros de la comunidad -hombres o mujeres- dotados de las cualidades y formación necesarias, a quienes se confía por un tiempo el ejercicio de tales ministerios.

Estas cuestiones han sido objeto de reflexión y diálogo en el Consejo Presbiteral tomando como base el presente documento elaborado para facilitar una perspectiva pastoral práctica en la que se tengan presentes tanto las claves teológicas pertinentes como la situación real de nuestras comunidades cristianas. La Comisión de trabajo que ha confeccionado estos materiales destaca como bibliografía de especial interés en este tema: BOROBIO, D., Misión y ministerios laicales, Salamanca, Sígueme. 2001. RUBIO, L., Nuevas vocaciones para un mundo nuevo, Salamanca, Sígueme, 2002.

3 Christifideles laici, 23.

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I.- Precisión de términos y conceptos

I.- Precisión de términos y conceptos. No está de más que clarifiquemos el significado que tienen los términos que suelen utilizarse en torno a este tema para saber a qué atenernos.

1.1. Diferencia entre servicios y ministerios. Servicio es toda función, tarea o acción que emprende un cristiano, en cumplimiento de su vocación y para el bien de la comunidad, pudiendo ser un servicio “espontáneo” porque lo hace libre y espontáneamente sin estar sometido a ninguna determinación por parte de la comunidad. Ministerio es un servicio determinado e importante para la vida de la comunidad, que supone una capacitación y preparación especiales por parte del sujeto, unidas a una permanencia mayor en el compromiso, y por parte de la comunidad una elección y encomienda especial, unida a una significación ritual o litúrgica diferenciada según se trate de “ministerios laicales” (rito de institución -lector y acólito- o de reconocimiento y encomienda pública) o de “ministerios ordenados” (rito de ordenación sacramental: Obispo, presbítero, diácono). Mientras los servicios pueden ser más numerosos, los ministerios deben ser más reducidos (uno o varios ministerios por cada dimensión de la misión). Los servicios tiene por objetivo principal la realización de las diversas tareas. Los ministerios tienen, además, como función prioritaria el hacer posible por la animación, la formación y la coordinación de los diversos servicios, que tales tareas se cumplan. Todo ministerio es un servicio, pero no todo servicio es un ministerio.

1.2. Ministerios laicales. Los ministerios laicales tienen su raíz sacramental en los sacramentos de la Iniciación cristiana y en algunos casos también en el sacramento del Matrimonio, pero no en el sacramento del Orden. Representan un grado de participación en las 13


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responsabilidades de la comunidad eclesial, por encargo y aceptación, y están regulados por normas concretas en fidelidad a las funciones que se confían. Entre estos ministerios se distinguen: a. Ministerios instituidos. Los que son conferidos en un rito litúrgico aprobado oficialmente, con un compromiso formal y estable por parte de las personas idóneas que lo solicitan y sean aceptadas por el Obispo. Los ministerios instituidos en la Iglesia son dos: Lector y Acólito. b. Ministerios reconocidos. Se trata de la encomienda de un servicio pastoral concreto -necesario en la comunidad cristiana, para su vida y su misión en el mundo- confiado a un laico, por un tiempo determinado que, previas unas disposiciones y formación, recibe la encomienda oficial de la Iglesia por el Obispo y es reconocido públicamente por la propia comunidad eclesial.

1.3. Laicos con misión pastoral. Concretamente en Christifideles laici (n.23) se hace referencia a la participación de laicos en el ministerio pastoral: “Cuando la necesidad o la utilidad de la Iglesia lo exija, los pastores pueden, conforme a las normas establecidas por el derecho universal, confiar a los fieles laicos algunos oficios y determinadas funciones que, si bien están conectadas a su propio ministerio de pastores, no exigen, sin embargo, el carácter del orden… La tarea realizada en calidad de suplente tiene su legitimación -formal e inmediatamente- en la delegación oficial recibida de los pastores y depende, en su concreto ejercicio, de la dirección de la autoridad eclesiástica”. El Laico con misión pastoral es una figura muy distinta a la del ministerio laical, ya que -en estos casos- al laico se le confían tareas ministeriales propias del presbítero, hasta participa de la cura pastoral y tiene una relación específica con la autoridad pastoral para cumplir una función eclesial. Esta situación plantea un estatuto eclesial-teológico propio. Las situaciones concretas están contempladas en el Código de Derecho Canónico. 4 4 En determinados casos, laicas y laicos pueden asumir también labores de suplencia (cf LG 35, AA 20, CIC c. 228 § 1 y c. 230 § 3). La legislación canónica contempla que en la función de enseñar pueden ser llamados a cooperar en el ministerio de la Palabra (cf CIC c. 759); en la función de santificar pueden ser habilitados para administrar el bautismo (cf CIC c. 861 § 2), asistir a los matrimonios (cf CIC c. 1112) o ejercer como ministros ocasionales de los sacramentos (cf CIC 1168); y en lo referente al gobierno pastoral, pueden ejercer cargos u oficios en la curia diocesana, ser nombrados jueces diocesanos (cf CIC c. 1421 § 2), o participar en el ejercicio de la cura pastoral de la parroquia (cf CIC c. 517 § 2).

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II.- Los Ministerios en la Comunión y la Misión eclesial

II. Los Ministerios en la Comunión y la Misión eclesial. La diversidad de ministerios, tanto ordenados como no ordenados, “es un elemento constitutivo de la Iglesia” en cuanto que dichos ministerios forman parte de su mismo ser Iglesia, y en cuanto que sólo desde esta diversidad puede la misma Iglesia cumplir su misión y realizarse en plenitud. Para entender todos los ministerios en su función, más allá de las tareas, es preciso situarlos en la Comunión y en la Misión de la Iglesia, porque en ellas está su propio hábitat. Los ministerios sólo se entienden en la Misión y en la Comunión: porque parten de la Comunión y de la Misión, y sirven a la Comunión y a la Misión. - La comunión en la Iglesia no es el resultado de un consenso; es mucho más que una colaboración bien llevada en razón de unos objetivos programados y compartidos entre sus miembros. La comunión en la Iglesia parte de su ser Misterio de Comunión. La Iglesia nace de la iniciativa de Dios (LG 1) y que hunde sus raíces en el misterio fontal de la comunión que es la Trinidad. - La misión de la Iglesia nace de la misión de Cristo y de la efusión del Espíritu Santo: “La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre” (AG 2). Hay que tener muy presente la relación que existe entre la misión y la comunión de la Iglesia misterio: “La comunión es misionera y la misión es para la comunión” (Chl 32). No caben los extremos: el de atender sólo a la misión, haciendo caso omiso de la comunión; y el de atender sólo a la comunión, olvidando la misión de la comunidad en el mundo. La Iglesia que brota del misterio de la Trinidad es simultáneamente misterio de comunión y misterio de misión. Juan Pablo II, en su carta apostólica Novo millennio ineunte, después de hablar en los nn. 43-45 de la espiritualidad de la comunión como alma de la estructura eclesial, añade: “Esta perspectiva de comunión está estrechamente unida a la capacidad de la

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comunidad cristiana para acoger todos los dones del Espíritu. La unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino integración orgánica de las legítimas diversidades. Es la realidad de muchos miembros unidos en un solo Cuerpo de Cristo (1Cor 12,12). Es necesario, pues, que la Iglesia del tercer milenio impulse a todos los bautizados y confirmados a tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida eclesial. Junto con el ministerio ordenado, pueden florecer otros ministerios, instituidos o simplemente reconocidos, para el bien de la comunidad, atendiéndola en sus múltiples necesidades: de la catequesis a la animación litúrgica, de la educación de los jóvenes a las más diversas manifestaciones de la caridad” (NMI 46). En el párrafo siguiente, habla de “la promoción de las vocaciones al sacerdocio y a la vida de especial consagración”. ¿Cómo determinar la estructura ministerial o los ministerios concretos que debería tener una comunidad cristiana? Todos los ministerios tienen su origen último en Cristo y el Espíritu, pero adquieren una determinación inmediata en la comunidad y sus necesidades. Ni los ministerios son antes que la comunidad ni esta se constituye como tal sin presencia de los ministerios. La comunidad sólo existe ministerialmente. La comunidad debe expresar y significar en su estructura ministerial lo que constituye su sentido, su razón de ser y su tarea como comunidad: las diversas dimensiones de la misión (martyría, liturgia, diaconía y koinonía), de manera que aparezca que toda ella es apostólica y ministerial, activa y corresponsable. La clave de la estructuración ministerial es la misión y sus diversas dimensiones. La misión tiene diversas dimensiones constitutivas: - la de la Palabra o profética; - la del culto o litúrgica; - la de la caridad o diaconía, todas y cada una de ellas están articuladas e integradas desde la comunión. Cada dimensión constituye un centro ministerial que puede dar lugar y aglutinar en torno a sí diversos servicios y ministerios.

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III.- El equipo ministerial

III. El equipo ministerial. De la ponencia Hacia los equipos ministeriales, presentada por Angel María Unzueta en las Jornadas interdiocesanas de Arciprestes (Arantzazu 29.11.2005), extractamos algunos puntos relativos al equipo ministerial. Descripción del Equipo ministerial Un equipo responsable de la evangelización en un ámbito territorial o personal determinado, formado por quienes han recibido un ministerio, reconocido(s) por la comunidad y por el obispo, y presidido por uno o varios presbíteros.

¿QUÉ? ¿PARA QUÉ? ¿DÓNDE? ¿CON QUIÉNES? ¿RANGO ECLESIAL? ¿ESTRUCTURA?

Un equipo… El ministerio eclesial tiene dimensión colegial. Se encomienda por lo general a la persona, pero en todo caso, el individuo queda asociado a un “cuerpo”, referido a su vez a otros (episcopado presbiterado, diaconado). Cuando se habla del equipo ministerial se trata en primer lugar de promover esta dimensión colegial inscrita en todo ministerio. No se trata de una yuxtaposición de personas con la misma o con diversas encomiendas, sino de un grupo que contrasta la perspectiva y la calidad de su servicio a la comunidad cristiana. La opción por el equipo ministerial ha de contar antes con una práctica de corresponsabilidad y de trabajo en equipo. Pretender la creación de un equipo ministerial donde no hay una experiencia mínima de corresponsabilidad contribuye normalmente a crear falsas expectativas que acaban no pocas veces en dolorosas frustraciones.

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…responsable de la evangelización… El primer sujeto evangelizador es la comunidad cristiana, todo el pueblo de Dios. El objetivo del equipo ministerial consiste en promover y alentar la vocación evangelizadora de toda la comunidad, en hacer que ésta se mantenga fiel a la misión recibida de Jesús. En esa medida es considerado el equipo como responsable de la evangelización. La evangelización es un proceso complejo con múltiples aspectos, unos de signo misionero -dirigidos sobre todo a quienes desconocen o sólo conocen mínimamente el Evangelio- y otros pastorales, orientados preferentemente a quienes forman parte de la comunidad cristiana. La responsabilidad sobre la evangelización abarca ambos aspectos: el misionero y el pastoral. El equipo ha de procurar en lo posible integrar ambas dimensiones.

…en un ámbito territorial o personal determinado… Aunque el equipo se sitúa en muchos casos en referencia a un territorio, no hay que perder de vista el criterio de las personas (la misma parroquia no se define por el territorio, sino por las personas que viven en él) y pensar en posibles equipos para ámbitos no territoriales como la sanidad, la educación, la inmigración, determinados servicios diocesanos o pastorales específicas.

…formado por quienes han recibido un ministerio… El equipo ministerial no es una maqueta de la comunidad cristiana, sino, en todo caso, expresión de que la comunidad está presidida y animada por Jesucristo en el Espíritu. A algunos miembros de la comunidad se les encomienda la animación pastoral de la totalidad, pero la pluralidad de carismas o espiritualidades no tiene por qué estar recogida necesariamente en el equipo. Forman parte del equipo aquellas personas a quienes se encomienda un ministerio. Normalmente se entiende por tal aquel servicio que reúne las características siguientes: a) Ser fundamental o muy relevante para el desarrollo de la misión de la Iglesia. b) Consistir en una tarea que va acompañada de un notable grado de responsabilidad. 18


III.- El equipo ministerial

c) Contar con cierta estabilidad. d) Ser encomendado públicamente, normalmente en el marco de una función litúrgica, que, por definición, no es privada, sino celebración de la Iglesia (cf SC 26). La aceptación de la encomienda ministerial presenta generalmente una doble vertiente: por una parte, el ejercicio de la responsabilidad y la asunción de tareas en un determinado ámbito y, por otra, la corresponsabilidad en la totalidad en mayor o menor medida.

…reconocido(s) por la comunidad… El reconocimiento incluye dos dimensiones básicas: el discernimiento y la recepción o aceptación. Se entiende aquí por discernimiento el proceso eclesial por el que se busca comprobar la idoneidad de un equipo y de sus miembros para el ejercicio de un ministerio. En cualquier caso, se ha de garantizar la información y la participación de la comunidad cristiana tanto en la determinación de los ministerios necesarios como en la presentación de quienes puedan ejercerlos. El reconocimiento incluye también la aceptación o la acogida del equipo y de sus miembros. El reconocimiento de un ministerio no será normalmente para un único lugar, sino que necesita un refrendo diocesano que lo declare válido también para otros sitios y situaciones posibles.

…y por el obispo… El equipo ministerial constituye una realidad institucional que, como tal, exige su reconocimiento por parte del obispo diocesano. Éste reconoce, por una parte, la identidad y la función del ministerio o de los ministerios necesarios para el desarrollo de la misión de la Iglesia en la diócesis o en un lugar o ámbito de ella, y, por otra, a las personas que van a ejercerlos individualmente y en equipo. También en este caso, el reconocimiento exige discernimiento y aceptación. No es aconsejable que el obispo inicie su discernimiento de modo separado, cuando ha terminado el de los demás. Ciertamente a él le corresponde la valoración y decisión final, pero, normalmente a través de alguien designado por él, ha de estar presente en todo el proceso desde su inicio. 19


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La aceptación por el obispo se expresa por medio de una encomienda explícita. El reconocimiento institucional (episcopal y eclesial) ha de incluir el ámbito jurídico.

… y presidido por uno o varios presbíteros. Los equipos ministeriales están presididos por presbíteros. Por razones no sólo de tipo práctico o coyuntural, sino teológico. La presidencia es un carisma que, como tal, ha de estar identificado. Los equipos ministeriales constituyen una llamada a desarrollar de modo nuevo y creativo el carisma constitutivo del ministerio ordenado: la presidencia de la comunión y la animación de la comunidad en el nombre del Señor. La afirmación de que el equipo ministerial puede estar presidido por varios presbíteros, no significa la parcelación de la responsabilidad última, sino que se refiere a la presidencia llamada in solidum. Desde la perspectiva en que nos sitúa la citada ponencia destacamos concretamente algunos puntos: Si los ministerios se enmarcan en la comunión y en la misión, no pueden entenderse por separado; deberán vivirse en la comunión de un equipo misionero. Si los ministerios son la manifestación concreta del servicio, la comunión es la prueba de su autenticidad.

a. Sentido del equipo. - Tiene pleno sentido que las personas que aceptan el ministerio no sólo busquen la cercanía de quienes viven la misma realidad, sino que quieran aportar su experiencia y su punto de vista sobre la situación pastoral que es común a todos, y que se sientan co-responsables y vivan la co-responsabilidad con los demás. - Debe tenerse muy en cuenta que el equipo es ministerial, es decir, que se entiende y se vive desde los ministerios y para las encomiendas propias de cada ministerio. - El equipo no se entiende sin el presbítero de la comunidad, como tampoco se entiende el presbítero de una comunidad sin las personas a las que se les ha hecho una encomienda de servicios en ella y para ella.

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III.- El equipo ministerial

b. Funcionamiento. - Se trata de responder con los ministerios a las verdaderas necesidades pastorales de la comunidad o zona. Si para la encomienda de los servicios se parte de las necesidades reales de la comunidad se evitarán interferencias. - Debe estar muy claro que el ministerio laical no suplanta el ministerio ordenado, y su ejercicio hará ver la necesidad del ministerio del presbítero. No es cuestión de que el presbítero se retire de su ministerio para dar entrada a los laicos en los ministerios. - Quien ejerce un ministerio concreto debe contar con el margen de responsabilidad y de libertad que la encomienda supone. Corresponde al presbítero ofrecer los espacios de libertad necesarios para un ejercicio responsable de los ministerios que han sido confiados a otras personas del equipo. - El presidente del equipo ministerial será el presbítero, aunque el moderador de las reuniones pueda ser otro de sus miembros.

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IV.- Los ministerios ordenados y el equipo ministerial

IV. Los ministerios ordenados y el equipo ministerial. La corresponsabilidad eclesial no es una teoría, es el ejercicio real y compartido de la responsabilidad propia de cada ministerio por la participación en la misión común. Realmente sólo puede hablarse de corresponsabilidad cuando se está dispuesto a capacitar a los demás para la misma y a crear los espacios necesarios para ejercerla. El ministerio ordenado, en sus distintos grados de presbiterado y diaconado, tiene su función propia dentro del equipo ministerial. El ejercicio corresponsable de esas funciones no significa en modo alguno que la corresponsabilidad signifique la dejación o transferencia a otros de las propias responsabilidades.

4.1. El lugar propio del presbítero en el equipo ministerial. Este lugar se deriva de la función propia del ministerio ordenado en la comunidad eclesial. El ministro ordenado es fundamentalmente un servidor cualificado de la misión de Cristo y de la Iglesia. Servir a la misión es cumplir en lo que le compete, y posibilitar en lo que puede, el cumplimiento de las diversas dimensiones de la misión. Dentro de esas dimensiones la más específica y propia del presbítero es la de pastor, es decir la dirección para la comunión, la de la presidencia para el servicio. Al presbítero le corresponde significar la iniciativa y capitalidad de Cristo (“in persona Christi capitis”), la centralidad de la eucaristía como fuente y cumbre de la vida comunitaria (la presidencia eucarística)... y hacer posible que se signifiquen y realicen las diversas dimensiones de la misión en la koinonía, es decir del servicio a la comunión. El presbítero no es toda la comunidad, pero sin presbítero no hay comunidad plena. “Tener un sacerdote como pastor es de fundamental importancia para la parroquia… Sin la presencia de Cristo representado por el presbítero, guía sacramental de la comunidad, ésta no sería plenamente una comunidad eclesial”. 5 Su misión no es realizar todas las

5 Juan Pablo II, El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial (23-11-2001). Cfr. Ecclesia nº 3081

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tareas que conllevan las dimensiones de la misión, sino hacer posible que tales dimensiones se signifiquen y tales tareas se cumplan suscitando, coordinando y animando otros servicios y ministerios. Por eso, junto al presbítero, una comunidad debe tener otros ministerios laicales que representen las distintas dimensiones de la misión eclesial. Tales ministerios serían necesarios en una comunidad cristiana aunque hubiera abundancia de presbíteros, ya que su función no es sustituir al presbítero, sino significar y realizar el desarrollo de la ministerialidad eclesial en la comunión para la misión. El ministerio ordenado no está por encima de la comunidad, sino al servicio de la comunidad. No acapara los servicios y ministerios de los miembros de la comunidad, sino que los impulsa y coordina. El ministerio ordenado es un ministerio al servicio de la multiplicidad de los servicios y ministerios laicales por los que se realiza y desarrolla la misión. La ministerialidad de la Iglesia total se promueve y se unifica desde la sacramentalidad del ministerio ordenado. Al presbítero no le corresponde acumular carismas, sino integrarlos debidamente; no le corresponde limitar la pluralidad, sino mantener la unidad; no le corresponde asumir todo el culto, sino la animación presidencial de la celebración. No le corresponde hacer todo, sino hacer que todo se haga, en comunión y fidelidad a la misión de Cristo y de la Iglesia. El servicio de presidencia y dirección de la comunidad no consiste solamente en el servicio de animación, coordinación e integración de los distintos servicios y ministerios, sino también en el servicio a la complementariedad de las diversas áreas ministeriales, para una realización integral de la misión, y desde la representatividad que es propia del ministerio ordenado. En consecuencia: - Es propio del presbítero promover los ministerios laicales, ayudar en el discernimiento de los procesos vocacionales, sostener a las personas comprometidas y acompañar en la andadura de los distintos servicios. - Debe tenerse muy en cuenta que el presbítero es persona de comunión y que tiene un ministerio de comunión propio, también en el campo en el que actúan los ministerios laicales. Este ministerio consiste en hacer presente, significar, promover, fortalecer la comunión profunda que constituye el ser de la Iglesia.Y no puede prescindirse de él. Y esa función ha de encarnarse, realizarse y visibilizarse en un modo existencial de vivir el ministerio presbiteral como pastor de la comunidad. Ser sacramento de

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Cristo exige del presbítero ser un reflejo en sus actitudes y conductas, en su forma de vivir y de actuar, de los rasgos que definen y manifiestan la figura de Jesús, el Pastor único y bueno. a) Con un “corazón compasivo”: la caridad pastoral. Esto significa una implicación profundamente afectiva en y por la suerte de las personas, por su situación y condición de abandono o desolación, de desbandada y de pérdida de la cohesión comunitaria. Una actitud que muestra el corazón misericordioso del Padre al “comprender las necesidades y acoger los ruegos, intuir las preguntas no expresadas, compartir las esperanzas y las expectativas, las alegrías y los trabajos de la vida ordinaria” (Pastores dabo vobis, 72). b) En actitud esencial de servicio al Pueblo de Dios. El ministerio sólo se puede ejercer como una pro-existencia radical, su significado y contenido es el servicio a los otros. Esto implica dejar a Cristo ser el Pastor. El presbítero renuncia a establecer relaciones de dependencia: los demás son hermanos y no súbditos, de igual dignidad, responsables también de la misión de la Iglesia, aunque con carismas o ministerios diferentes. La misión evangelizadora no es sólo del pastor, ni ha de llevarla a cabo él solo, sino que ha sido encomendada a toda la comunidad eclesial, de la que es animador y estimulador, pero no el único realizador. Una manifestación concreta de este servicio presbiteral es el modo de tomar decisiones que afectan a la vida de la comunidad. Procurando buscar medios para que las decisiones sean elaboradas con la aceptación y la deliberación de toda la comunidad eclesial. Su “última palabra” es síntesis de la decisión elaborada por todos. c) Un testigo del misterio. Un presbítero que habla no sólo de lo que sabe o ha aprendido, sino sobre todo de lo que ha experimentado, lo que ha “visto, oído y palpado”, del “verbo de la vida” (1 Jn 1,1-3) hace posible el encuentro transformador y decisivo de los hombres y mujeres de cada tiempo con la persona de Cristo. Lo más necesario para evangelizar es la sabiduría que nace de la convivencia estrecha con Cristo y su Evangelio, honda experiencia vivida. El presbítero evangelizador ha de distinguirse por su dedicación a la oración contemplativa, saber escudriñar los signos de los tiempos en la historia a la luz de la Palabra. Parte de esa contemplación es el diálogo, la escucha de las personas, para descubrir la dosis de “buena noticia” que existe en sus interrogantes e inquietudes. 25


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d) Apóstol misionero. El carisma de totalidad impulsa, obliga y capacita al presbítero para ir a todos. Animar el talante evangelizador de toda la comunidad cristiana, suscitando y estimulando los carismas y vocaciones de servicio al Evangelio y la edificación de la comunidad. Atender a todos los miembros de la comunidad sea cual sea su orientación y características. El presbítero sirve de referencia en las relaciones entre las distintas comunidades y grupos en los que es ministro de comunión. Los visita, preside la Eucaristía y la reconciliación, anima la vida comunitaria, la comunión entre comunidades, respalda la tarea de los otros ministros que viven en la comunidad. d) En pobreza y generosidad. Implica comprometer o entregar la vida toda del presbítero, sin separar la vida oficial de su vida privada. No se trata sólo de la gratuidad del servicio; expresa la dedicación de todo el ser, hasta más allá de lo obligado. Un estilo de vida “simple y austero, renunciando generosamente a las cosas superfluas” (Pastores dabo vobis, 30). La pasión por el ministerio comporta sentirse bien, entraña gusto por el trabajo pastoral, gozo en dicho trabajo, ánimo y entusiasmo por trabajar más y mejor. Al gozo se une la parresía, el coraje por mantener la cabeza erguida en medio de las dificultades y contradicciones. El ministerio sin la realización personal correspondiente degenera en funcionariado religioso, se vuelve algo abstracto, estéril, inerte...

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4.2. El lugar propio del diácono en el equipo ministerial. Trataremos de reconocer ese lugar a partir de la identidad y funciones del diaconado contemplado desde la perspectiva en que nos sitúa su restauración como grado permanente del ministerio ordenado por el Concilio Vaticano II. El diaconado es un ministerio cuyo origen se sitúa en la misma Iglesia apostólica y pertenece a la estructura jerárquica ministerial. El Concilio Vaticano II lo restauró en su forma permanente y por ello no puede quedar marginado en el momento actual de la Iglesia.

1. La restauración del diaconado en el Vaticano II. La restauración del diaconado permanente es el reconocimiento del don del Espíritu Santo a la Iglesia a través de la compleja realidad de las órdenes sagradas. Obispos y presbíteros no expresan por sí solos de forma plena todo el significado del ministerio ordenado. Y, por ello, el diaconado permanente ya no puede ser percibido como una llamada o un paso intermedio hacia el presbiterado, como tampoco éste lo es hacia el episcopado. El diaconado es un ministerio con un significado propio para el servicio de la Iglesia y su misión. Este ministerio constituye para la Iglesia un signo de su vocación de ser la servidora de Cristo y de la humanidad, para renovarla constantemente en espíritu de humildad y servicio. El propio Concilio manifiesta las razones por las que el diaconado ha sido reconstituido como ministerio permanente. Entre ellas, por una parte se afirma que lo ha sido para responder particularmente a necesidades eclesiales concretas (cfr. LG 29) y, por otra, para otorgar la gracia sacramental a quienes desempeñaban ya de hecho funciones propiamente diaconales en la vida eclesial (AG 16). Por ese deseo del Concilio Vaticano II de responder a las necesidades concretas de las comunidades eclesiales se contempla la posibilidad de restablecer el diaconado permanente en el momento y en los lugares en que se juzgue oportuno. Hay, pues, un interés por la restauración del diaconado permanente con un horizonte abierto a realizaciones plurales atendiendo a la situación de cada Iglesia particular. La Conferencia Episcopal Española acordó la instauración del Diaconado Permanente el año 1997. En la Diócesis de Vitoria, el Obispo D. José María Larrauri, aprobó su instauración el 22 de mayo de 1994. Aunque el diaconado permanente sigue experimentando un desarrollo creciente en la Iglesia universal (en 1989 eran 12.500 diáconos; 21.000 en 1995; 31.000 en 2003; 27


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34.000 en 2008) según la Comisión Teológica Internacional queda por cumplir la tarea de identificar más claramente las necesidades a las que responde y las funciones concretas del diaconado en las diversas comunidades cristianas.6 Por otra parte, puede percibirse que el Concilio, al recibir para la ordenación diaconal permanente a hombres casados que, además, viven insertos en el mundo del trabajo ejerciendo una actividad laboral, hace patente también el interés por restaurar el diaconado como un rango permanente de la jerarquía destinado a penetrar más íntimamente en la sociedad secular a la manera de los laicos. Así pues, la recuperación del diaconado permanente después del Vaticano II supone: - un cauce de renovación de la conciencia diaconal de toda la Iglesia; - una renovación de las estructuras ministeriales de la Iglesia; - una representación personalizada de la diaconía en las comunidades eclesiales; - la posibilidad de una presencia más cercana a los problemas sociales de mundo por parte del ministerio ordenado.

2. El ser del diácono: Consagrados especialmente para el servicio. Para percibir la identidad propia del diaconado es necesario orientarse más bien hacia el ser mismo del diácono que hacia sus funciones: “Es desde la vertiente del ser como se ha buscar la especificidad del diaconado permanente y no desde la vertiente del hacer. Lo que ellos son es lo que constituye la originalidad de los que ellos hacen” (R. Pagé). El mismo Vaticano II define el diaconado como el ministerio del servicio (LG 29). Esta enseñanza es fruto de una larga tradición. La Iglesia no se conforma con afirmar que todo ministerio es un servicio. Reconoce que entre los ministerios hay uno que es ante todo servicio y que, de alguna manera, no es más que eso. 7 Puesto que el servicio ha de considerarse como característica común a todo el ministerio ordenado, se trata de ver, en todo caso, cómo alcanza en el diácono relevancia preponderante y una densidad especial. La diaconía es un elemento constitutivo y esencial del ser de la Iglesia y del ser cristiano: ser para los demás. El diácono, por el sacramento del orden recibido, viene

6 Comisión Teológica Internacional, El Diaconado: evolución y perspectivas, Madrid, BAC, 2003, 141, 7 Jean Rigal, Descubrir los Ministerios, Secretariado Trinitario. Salamanca 2002, 203.

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a ser la personificación oficial pública de la diaconía eclesial y cristiana; su símbolo sacramental y personalizado. El diácono se caracteriza por haber sido constituido en persona significante de esa realidad servicial que afecta a todos como Iglesia, pero que se encomienda en especial a algunos en ella. El servicio que se atribuye al diácono en la Iglesia no es un servicio cualquiera; su servicio pertenece al sacramento del Orden en cuanto colaboración estrecha con el obispo y con los presbíteros, para la actualización ministerial de la misión de Cristo. El diaconado es un don del Espíritu a la Iglesia que arraiga en la caridad de Cristo. La gracia sacramental confirma al diácono en su opción de servicio y lo avala ante aquellos a quienes es enviado. En consecuencia se pide que antes de comenzar su formación diaconal, los futuros diáconos hayan manifestado una “inclinación, propensión al servicio”. Inclinación que es animada por la gracia para imitar el comportamiento de Cristo. El sacramento desarrolla esa inclinación, le hace partícipe del espíritu de servicio de Cristo y penetra su voluntad con una gracia especial en este sentido. Lo que caracteriza al diácono es el espíritu de servicio por el que aspira a imitar a Jesús que vino “no a ser servido sino a servir”. Ese modelo de Cristo servidor, válido para todos los ministerios de la Iglesia, tiene una especial significación en el ministerio de los diáconos. La presencia activa del diaconado, como memoria viva de Cristo servidor, ha de suscitar en la Iglesia una conciencia más viva del valor del servicio para la vida cristiana. El diácono es servidor de Cristo, de la Iglesia y de los hombres, al mismo tiempo, en un encadenamiento ininterrumpido. - Es servidor de Cristo y testigo de Cristo servidor, “signo o sacramento del mismo Cristo, que no ha venido a ser servido sino a servir”. 8 - El diaconado ha de actuar como una fuerza motriz para impulsar el servicio de toda la Iglesia. La Iglesia no existe más que para servir: “Cada uno según su gracia, poneos al servicio unos de otros, como buenos administradores de la múltiple gracia de Dios” (1 Pe 4,10). - El diaconado se ejerce en respuesta de servicio concreto a las necesidades humanas fundamentales (alimento, salud...) en especial de los pobres y necesitados de todo tipo: enfermos, marginados, presos, inmigrantes...

8 Cfr. Pablo VI, Ad docendum (1972), y Ritual de ordenaciones.

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Desde la perspectiva de configuración con Cristo-Siervo se elabora la reflexión teológica y pastoral sobre el diaconado permanente. La figura del diácono debe emerger y manifestarse entre los diversos ministerios como una manera de hacer -en espíritu de servicio- lo que todos en la Iglesia están llamados a hacer. Pero, también a través de una dedicación especial a ciertas tareas se hace preferentemente visible a Cristo Siervo: el servicio a los pobres y oprimidos, el servicio a aquellos que están en umbral de la Iglesia...

3. Funciones y tareas del diácono. Las distintas funciones atribuidas al diaconado en los textos conciliares y posconciliares proceden en general de la antigua tradición litúrgica y de los ritos de ordenación; también de la reflexión teológica correspondiente y de la atención a situaciones y necesidades pastorales contemporáneas. Lumen gentium tiende a poner el énfasis en la imagen litúrgica del diácono. Ad gentes desplaza el centro de la misión del diácono hacia el aspecto caritativo. Lo que el Vaticano II restablece es el principio del ejercicio permanente del diaconado y no la forma particular que éste habría tenido en el pasado histórico. El Concilio parece abierto a diversas tareas que el diaconado podría tomar en el futuro en función de las necesidades pastorales. Ello sirve de invitación a la Iglesia para continuar discerniendo, a través de la práctica eclesial, el contenido concreto del ministerio apropiado al diaconado. Como ministro ordenado el diácono ejerce una función global en el servicio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Y se admite en general el triple munus que sirve de estructura básica para el conjunto de las funciones diaconales. Pablo VI en Sacrum Diaconatus Ordinem señala once tareas específicas del diácono, la mayor parte de ellas litúrgicas. El Directorio para la vida y ministerio de los diáconos destaca la diaconía de la Palabra como la función principal del diácono, valora la diaconía de la liturgia como una ayuda intrínseca y orgánica al ministerio sacerdotal, y considera la diaconía de la caridad como un modo diferente de participar en las mismas tareas pastorales del obispo y de los presbíteros. La posterior reflexión teológica y pastoral insiste en que el servicio de la caridad es el aspecto unificador del ministerio de los diáconos. Pero aunque se otorgue una cierta preeminencia a las tareas caritativas, resultaría problemático considerarlas como especificidad propia del diaconado. La caridad unifica, dinamiza y armoniza el conjunto de las funciones del diácono. El servicio de la caridad ilumina e impregna las

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funciones del diácono en relación con la Liturgia y la Palabra. En el conjunto de esas acciones, el servicio de la caridad aparece como particularmente característico del ministerio de los diáconos. Por eso en varias regiones se hacen esfuerzos por identificar para los diáconos tareas y responsabilidades que puedan relacionarse de una u otra manera con el servicio de la caridad.

4. En respuesta a las necesidades de la Iglesia en el mundo de hoy. El diácono es ordenado para el servicio, para responder a las necesidades de una Iglesia activa tanto en su vida interna como en su misión en el mundo. El diácono es la persona que, como consecuencia del sacramento recibido, se dedica como miembro del orden sagrado, al servicio de una caridad integral y exhaustiva, que no es simple solidaridad humana y social, manifestando el rasgo más típico de la diaconía cristiana: vivir a imitación de Cristo el servicio de la caridad. Eso no significa que el diácono agote en su ministerio el testimonio de la caridad que es siempre vocación y misión de toda la Iglesia. Entre las diversas posibilidades planteadas en la instauración del diaconado permanente en nuestra Iglesia diocesana se prevé que el diácono va a comprometerse en tareas de la vida y misión de la Iglesia, respondiendo a nuevas necesidades pastorales. Existen campos muy necesitados de mayor atención eclesial, como son los sectores de incredulidad; los sectores de la pobreza y marginación; las familias inestables y matrimonios rotos; los enfermos, los inmigrantes, los parados... Los diáconos permanentes pueden ser servidores eclesiales cualificados que den respuesta a estas necesidades de la sociedad y de la Iglesia. Habría que hacer un esfuerzo para que el diaconado sea un “ministerio para los que se hallan en las fronteras” de la comunidad, en los ámbitos donde los otros ministros ordenados no se hallan presentes. Se trataría especialmente de grupos humanos en dificultad: familias monoparentales, enfermos, personas ancianas, presos, drogodependientes, parados... Las tareas diaconales se orientarían hacia actividades de orden social y caritativo sin descuidar la necesaria vinculación con las tareas litúrgicas y de la Palabra. Se trata de plantear una dimensión misionera a realizar en aquellos ambientes o grupos sociales donde no se puede encontrar fácilmente al presbítero: sectores de incredulidad, marginación, sectores apartados o claves en la evolución del mundo donde se echa en falta una presencia cristiana.

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5. En verdadera relación de corresponsabilidad. Probablemente más desde los prejuicios que desde la experiencia real, se plantean algunos interrogantes acerca de la relación del diácono tanto con los presbíteros como con los laicos: a. La dificultad de articulación con el ministerio de los sacerdotes. El diácono puede liberar al sacerdote de una sobrecarga de funciones, pero no se puede reducir a su ayudante ni a asumir labores de suplencia. El diácono jamás podrá sustituir al sacerdote de forma permanente. No puede representar en plenitud ni a Cristo ni a la Iglesia en la vida de la comunidad. La comunidad cristiana puede vivir su fe y llevar una vida cristianamente activa con un diácono, pero no puede vivir y expresar en plenitud su eclesialidad. En circunstancias de falta de sacerdote, el diácono puede ser como el “precursor del presbítero“. El diácono no es un ayudante ni un competidor del sacerdote, sino un colaborador desde su propia encomienda y ministerio eclesial. b. El diaconado puede parecer un obstáculo a la promoción de la responsabilidad de los laicos, pero ambas realidades eclesiales no deben contemplarse como alternativas. Un diácono no es un laico elevado al grado más alto del apostolado laical, sino un miembro del ministerio ordenado en razón de la gracia sacramental y del carácter recibido en su ordenación. El diácono no está en la Iglesia para disminuir ni oscurecer el papel de los laicos. El diácono debe promover el compromiso del laicado, sostener y acompañar ese compromiso en los ambientes y estructuras seculares.

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V. Los ministerios laicales y el equipo ministerial. La identidad y misión propia del laico, su vocación específica. La Iglesia actual va pasando lentamente de considerar a los laicos como simples destinatarios de la atención pastoral a su reconocimiento como sujetos corresponsables de la única misión encomendada por Jesús a toda la Iglesia. “También los fieles laicos son llamados por el Señor de quien reciben una misión a favor de la Iglesia y del mundo” (Christifideles laici, 2). Es preciso reconocer que la vocación laical no es simplemente la vocación común a todos los cristianos, sino una vocación específica, propia y peculiar de unos cristianos llamados por Dios para enriquecer el cuerpo eclesial con una función propia. La especificidad de la vocación laical está determinada por su “carácter secular”. Ciertamente toda la Iglesia es secular, es una Iglesia en el mundo y para el mundo en el que hace presente la realidad de la salvación. “La secularidad de la Iglesia, entendida como su presencia en la historia humana de cada momento y lugar, arranca de su vocación de ser signo eficaz de la acción transformadora de Dios en nuestro mundo”. 9 Los laicos cristianos son llamados especialmente a significar, animar y estimular esa dimensión secular de la Iglesia en el conjunto de sus miembros. La índole secular de los hombres y mujeres laicos significa que las condiciones ordinarias de la vida en el mundo son el lugar teológico de su existencia cristiana. El mundo es para el laicado su lugar propio, su específico lugar eclesial. Los cristianos laicos son enviados desde la Iglesia al mundo para poner de relieve la íntima y profunda presencia de Dios en el corazón del mundo, en sus estructuras y en su funcionamiento. Ellos y ellas asumen en nombre de toda la Iglesia la tarea de transformar el mundo, haciéndolo un hogar habitable para todos los hombres y mujeres. 9 Carta Pastoral El laicado: identidad cristiana y misión eclesial, 26.

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Por la conjunción de su carácter cristiano y su índole secular, los laicos se sitúan en el punto de sutura de la Iglesia y el mundo. Activan y desarrollan la dimensión secular de la Iglesia: “hacen presente a la Iglesia en el mundo y animan y transforman la sociedad según el espíritu del Evangelio”. 10 Esa función tiene una doble vertiente: - Los cristianos laicos, con su presencia y acción llevan la Iglesia al corazón del mundo, hasta lugares donde no podría hacerse presente si no es por medio de ellos. De este modo “muestran que la esperanza cristiana no significa una evasión del mundo ni renuncia a una plena realización de la existencia terrena, sino su apertura a la dimensión trascendente de la vida eterna, que da a esa existencia su valor verdadero”. 11 - Los laicos, por otra parte, han de llevar a toda la Iglesia a hacerse consciente de su esencial dimensión secular. Están llamados a hacer toda la Iglesia más secular. Han de “traer a la comunidad eclesial” la realidad secular, introducir en ella las preocupaciones y angustias de los hombres, los problemas sociales, económicos, familiares, sanitarios, educativos, laborales... “así como los logros, las ilusiones, los gozos, las esperanzas y los éxitos en todos los campos de la vida secular, sea por la acción de los mismos cristianos laicos, sea por la de cualquier hombre de buena voluntad que realiza obras y valores del reino de Dios, aunque sea de manera anónima”. 12

Los laicos en el equipo ministerial. El mundo es el lugar teológico en el que la Iglesia debe buscar los signos de la presencia de Dios y los laicos son los cristianos más preparados para descubrir, con mirada de fe, las huellas que va dejando el paso del Creador por la historia humana. Los laicos son, para la comunidad cristiana, centinelas de los signos de los tiempos. Ellos serán los que aporten a toda la comunidad eclesial y, por lo mismo, también a los pastores -a quienes corresponde animar, coordinar y dirigir el discernimiento de esos signos- su propia reflexión, su sensus fidei, iluminados también por el Espíritu de la verdad que lleva a toda la Iglesia hacia la verdad completa.

10 CEE, Cristianos laicos Iglesia en el mundo,.40. 11 Juan Pablo II, Catequesis del 26.1.1994. 12 Carta Pastoral El laicado: identidad cristiana y misión eclesial, 48.

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V.- Los ministerios laicales y el equipo ministerial

Los cristianos laicos, fieles a su propia vocación, no viven cerrados sobre sí mismos, aislados o enfrentados con las demás vocaciones eclesiales sino en relación de comunión con ellas. Participan de un continuo intercambio con los demás, desde un vivo sentido de fraternidad y de una igual dignidad. Si otras vocaciones eclesiales, por su relativización del mundo, acentúan “la figura de este mundo que pasa”, el laico por su condición secular vive y proclama todo lo bueno que acontece y todo lo hermoso que hay en el mundo, en lo que está nuestra salvación y nuestra tarea, donde encontramos motivos de alabanza al Creador. Por eso el laico cristiano con su talante y su acción, trata de crear espacios de felicidad humanizando el mundo. El Espíritu del Señor confiere a los cristianos laicos diversos carismas y les invita a ponerlos al servicio de los demás, para el bien común, en distintos servicios y ministerios en la Iglesia. En consecuencia, han de estar atentos y dispuestos a ofrecer a la comunidad eclesial esa riqueza que como personas han recibido, para asumir aquellos servicios y ministerios para los que han sido especialmente dotados. El carácter secular propio del laico ha de reflejarse concretamente en el ejercicio concreto de todos y cada uno de los ministerios laicales que puedan reconocerse en la comunidad cristiana: tanto en el servicio de la palabra, como en el de la celebración o la animación de la caridad, y también en relación con otras misiones. El equipo ministerial será así uno de los cauces de corresponsabilidad adecuados para contar con la experiencia y carismas de los laicos en la animación y coordinación de la vida y misión de la comunidad cristiana. Aquí contemplamos la posibilidad de reconocer e integrar en un equipo ministerial -atendiendo en cada caso a las necesidades y posibilidades de cada comunidadunos ministerios laicales referidos a la animación de dos realidades propias de los laicos: el compromiso secular y la familia; y otros ministerios relacionados con las acciones profética, litúrgica y caritativo social de la comunidad cristiana.

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5.1. Ministerio laical de Animador del compromiso secular. El primer ámbito que proponemos para el reconocimiento de un ministerio laical, es precisamente el más propio y específico del laico, un ministerio que se sitúa en la perspectiva de la secularidad, en relación con la presencia y acción de la Iglesia en el mundo. Este ministerio eclesial que afecta a la vocación específica de los laicos tiene su raíz en el bautismo y la confirmación, no se origina por un encargo ni delegación de los ministros ordenados. Sin embargo, es oportuno que se realice de forma concreta con el reconocimiento público en la comunidad cristiana, para que así actúe con un cierto carácter oficial en su misión eclesial.

• El compromiso secular del laico cristiano. Los laicos son corresponsables de la misión evangelizadora de la Iglesia. No son el mundo que ha entrado en la Iglesia, al que hay que cuidar, sino la Iglesia en el mundo. La vocación propia de los laicos no les envía primordialmente a la edificación interior de la Iglesia sino al mundo. Son los enviados por Cristo, desde la Iglesia, a lo secular, al mundo. Son la Iglesia en el mundo. Los laicos concretan la inserción de toda la Iglesia en el mundo y para el mundo..“En un mundo secular, los laicos…son protagonistas de la nueva evangelización, con el Espíritu Santo que se les ha dado… La nueva evangelización se hará sobre todo por los laicos, o no se hará”.13 Hoy percibimos que en la vida de nuestras comunidades se da una tentación a la que no siempre han sabido sustraerse los laicos, la de “reservar un interés tan marcado por los servicios y tareas eclesiales que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político”. 14 El servicio evangelizador que los laicos prestan al mundo en nombre de toda la comunidad eclesial consiste en “poner en práctica todas las posibilidades evangélicas, escondidas a la vez que presentes y actuantes en las cosas del mundo”. 15 Ese servicio visibiliza -sacramentaliza- en medio del mundo y la historia actual unos aspectos esenciales del misterio de Dios, de Cristo y de la Iglesia.

13 CEE, Cristianos laicos Iglesia en el mundo, 148. 14 Christifideles laici, 2. 15 Lumen gentium, 31; Evangelii nuntiandi, 70.

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Los laicos cristianos por su compromiso en el mundo son llamados a conocer, respetar y gobernar la naturaleza de modo que sirva a todos y durante todos los tiempos. Hacen así visible la “providencia” de Dios que quiere satisfacer las necesidades de todos. La índole secular del laico, hace patente hoy en el mundo la encarnación del Hijo de Dios. Con su solidaridad, y en la media en que se empeñan por devolver a todo hombre o mujer su rostro y dignidad humanos, se hacen signos del Hijo del hombre. Para ello el Hijo renunció a su condición divina y pasó por uno de tantos (Cfr. Flp 2,10-11). Como Iglesia, los fieles laicos ocupan un puesto concreto que les compromete en la animación cristiana del orden temporal. Asumen esa misión con responsabilidad, desde su propia autonomía, sin perder nada de su humanidad, respetando religiosamente las reglas de juego insertas en el corazón mismo del mundo. La presencia y la acción del laico en medio del mundo no son simplemente humanizadoras, son humanizadoras según Dios. Tratan de “hacer de este mundo y de sus estructuras un mundo más digno del Hijo de Dios”. 16 Su relación con la realidad creada es precisamente “cristiana”: porque tiene una perspectiva trascendente: el reino de Dios. “El laico, situado en la inmanencia, en la realidad creada, se relaciona desde ella con la trascendencia: busca realizar el reino de Dios precisamente en medio de la realidad secular”. 17

• El perfil de laico cristiano. 1. El laico es el cristiano que ha hecho una opción por Cristo, el Hijo de Dios, en su condición humana, en su dimensión encarnada, terrena, mundana. Lo reconoce como el que trae de parte de Dios su Padre el encargo de salvar al mundo, no de condenarlo; de vivir amando este mundo hasta dar su vida por él. El cristiano laico se descubre dotado de un “carisma de mundanidad”, de una especial sensibilidad para lo secular. Busca la presencia Dios en las realidades del mundo y del hombre, en el complejo mundo de las relaciones laborales, sociales, familiares; en la lucha por la justicia; en los excluidos; en los esfuerzos por la paz; en el campo de la cultura, de la ciencia y la técnica... Su conciencia vocacional y su mística se traducen en “una unidad de vida en la que la relación con Dios le lleva a ahondar en la realidad cotidiana, a la vez que la apertura al mundo le impulsa a una mayor contemplación y a un diálogo más intenso

16 Juan Pablo II, Discurso en París. 1980. 17 Lumen gentium, 31.

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con el Padre”. 18 La espiritualidad de laico le lleva a vivir el seguimiento de Jesús con un profundo sentido de agradecimiento por el misterio de la encarnación del Hijo de Dios al descubrirse personalmente incorporado a ese proyecto de Dios. 2. El laico cristiano se implica mediante su propio trabajo profesional, al proyecto de transformación del mundo en un mundo digno de los hijos de Dios.Vive la profesión con entrega, como colaborador necesario en la obra de la creación y de la redención, no como una carga. Armoniza los derechos sociales y laborales con el deber de contribuir a la construcción de un mundo más humano. Ama la obra bien hecha y pone el corazón en ella. Procura su permanente competencia y actualización profesional. Prioriza, en cuanto sea posible, “en su actividad y servicio el encuentro personal con el hombre y la mujer concretos”. 19 3. El amor del laico cristiano al mundo, consiste en hacer realidad la “caridad sociopolítica”, vivir el compromiso activo a favor de un mundo más justo y más fraterno. La “caridad secular” es el amor a las personas que se actualiza y concreta en el trabajo por el bien común de la sociedad. Esa caridad se hace efectiva en el compromiso sociopolítico mediante el ejercicio de los deberes y derechos políticos, por la participación en instituciones y actos políticos. Se trata de inyectar el Evangelio en las estructuras y en la organización social para un mejor servicio al bien común. Convencido del sistema democrático, debe combatir las lacras que lo deterioran y trabajar por el desarrollo de movimientos ciudadanos. Ha de arriesgarse en la denuncia de la corrupción o la falsedad, en el análisis crítico de las instancias de poder. El cristiano laico intenta satisfacer las exigencias de la justicia especialmente en todo lo que afecta a la dignidad y derechos fundamentales de la persona humana. Se esfuerza por crear una cultura de la solidaridad. El empeño por la paz lleva al laico cristiano a colaborar con todos aquellos que verdaderamente la buscan. Ha de promover una cultura de la paz destinada a erradicar el odio, la venganza y la enemistad, de la vida social y política.

 Necesidad de un ministerio. Es preciso promover desde la comunidad cristiana el desarrollo de la identidad, la espiritualidad y el compromiso evangelizador propio de los laicos. 18 Carta Pastoral El Laicado: identidad cristiana y misión eclesial, 35. 19 Idem., 63.

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Para ello, la comunidad eclesial ha de confiar especialmente a ciertos laicos, dotados de las cualidades y formación adecuadas, la animación y el impulso de este compromiso secular, propio y específico del laicado, por el que el Evangelio puede hacerse presente y activo en la transformación de la sociedad y por el que la misma Iglesia, toda ella enviada al mundo, cumple más fielmente su misión.

• Funciones y tareas: - Despertar y mantener la conciencia secular de la misión eclesial. - Cultivar la identidad y espiritualidad propia de los laicos. - Promover y animar el compromiso secular del laicado. - Procurar cauces de acompañamiento en el compromiso cívico-social de los laicos. - Crear espacios comunitarios donde discernir el compromiso secular cristiano. - Abrir en las comunidades espacios de análisis cristiano de la realidad para tomar conciencia de los retos actuales de la vida social. - Promover grupos de referencia para cristianos comprometidos. - Favorecer la relación entre comunidades cristianas y asociaciones y movimientos de laicos. - Participación activa en el Consejo Pastoral de la parroquia o Unidad pastoral.

• Carismas y formación: - Experiencia personal y grupal en compromisos seculares. - Vivencia de la vocación y espiritualidad laical en la práctica del compromiso secular. - Conocimiento básico de la teología del laicado. - Capacidad de comunicación y trabajo en equipo. - Pertenencia a un equipo apostólico o grupo cristiano de referencia

• Ámbitos de ejercicio del ministerio: - Parroquias, Unidades pastorales y Arciprestazgos. - Asociaciones y Movimientos. - Iglesia diocesana (Servicio Diocesano del Laicado).

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5.2. Ministerio laical de Pastoral de la Familia. La familia, más allá de las transformaciones que experimenta, sigue siendo hoy especialmente relevante para la persona y para la sociedad porque cumple una importante misión respecto de sus miembros y un imprescindible quehacer respecto de la sociedad. La secularización tan extendida en la cultura actual de nuestro entorno ha despojado a las realidades del matrimonio y la familia del aspecto sagrado que las envolvía en otro tiempo. Socialmente hoy, estas realidades son contempladas como profanas, desprovistas en sí mismas de sentido religioso. En todo caso, tal sentido le es atribuido subjetivamente por los creyentes que participan de ellas. El ámbito de la familia es un campo primordial de existencia y ejercicio de la vocación laical cristiana. Para la Iglesia, la familia -la familia cristiana- no es una mera “forma sociológica”, sino un verdadero “lugar teológico”. Según la expresión de Pablo VI, la familia cristiana es “un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia”. 20 La familia no es sólo destinataria de la atención pastoral de la Iglesia. Es también sujeto de la acción evangelizadora. “La futura evangelización depende en gran medida de la Iglesia doméstica”.21 En esta perspectiva eclesial Familiaris Consortio subraya especialmente ciertos aspectos: • la familia cristiana está puesta al servicio de la edificación del Reino de Dios en la historia, mediante la participación en la vida y misión de la Iglesia (n.49). • en la medida en que la familia cristiana acoge el Evangelio y madura en la fe, se hace comunidad evangelizadora (n.52). • esa evangelización asume las características típicas de la vida familiar, hecha de amor, sencillez, concreción y testimonio cotidiano (n.53). La responsabilidad de la evangelización recae sobre todos los creyentes. La familia cristiana participa en la misión de la Iglesia, que es la evangelización, y lo hace a partir de la condición de bautizados de cada uno de sus miembros y con el dinamismo que brota del carácter sacramental del matrimonio cristiano.

20 Evangelii nuntiandi, 71. 21 Familiaris Consortio, 52.

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• La familia cristiana: “espacio donde el Evangelio es compartido”. No todas las familias de los cristianos son familias cristianas. La vida matrimonial y familiar es «cristiana» en la medida en que está inspirada por los valores evangélicos, avivada por la fe, la esperanza y la caridad, y animada por el Espíritu en la realidad familiar entretejida a partir de lo cotidiano. La familia cristiana reproduce en su vida interna, a pequeña escala, el dinamismo de la comunidad eclesial. Familiaris consortio (n.50) señala que la familia cristiana está llamada a tomar parte viva y responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y original. La familia cristiana, ha de ser una comunidad de amor que sin quedar encerrada en sí misma, se abra a la sociedad y a las exigencias universales del amor cristiano. En consecuencia, la familia habría de ser el lugar humano privilegiado para descubrir la dimensión religiosa de toda relación de alteridad y de comunicación interpersonal, a partir de la experiencia de la comunidad íntima de vida y de amor que en ella se desarrolla. La belleza del amor y la alegría de vivirlo son don y manifestación del amor de Dios y así han de ser vividos por quienes conscientemente los comparten con Él. La familia cristiana ha de ofrecer el clima humano y cristiano necesario para que la persona vaya descubriendo y afirmando en su proceso evolutivo, los valores de «la verdad, la justicia, la libertad y el amor» en los que se fundamenta una convivencia auténticamente humana. A la luz de la fe, la vida matrimonial y familiar, llamada a encarnar la igualdad del hombre y la mujer, a respetar la singularidad de sus componentes y a vivir en la unidad solidaria del amor, es un signo de la Nueva Alianza entre Dios y la familia humana. La finalidad sacramental del matrimonio es convertir a los esposos en señal visible del amor que el Señor profesa a su comunidad y del que ésta ha de profesar a Aquel. La fidelidad, que es amor que dura en el tiempo, es uno de sus rasgos. La acción evangelizadora de la familia cristiana no queda confinada en el recinto del hogar ni dentro de las relaciones internas de la propia familia. No sólo porque se abre a la participación activa en la vida de toda la comunidad eclesial, sino porque tiene una proyección misionera propia, haciendo presente el Evangelio mediante su acción transformadora de la sociedad, su testimonio y el anuncio explícito.

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• La familia cristiana: “espacio desde donde se irradia el Evangelio”. Humanamente no tiene sentido mantener un hogar “clausurado” sobre sí mismo, pues esa concepción de la familia olvida uno de sus rasgos más vitales: la familia es mediación entre el individuo y la sociedad. Tampoco tiene ningún sentido una familia cristiana replegada en sí misma y de espaldas a la sociedad en la que está llamada a vivir y a la que debe ofrecer servicialmente la riqueza interior de su experiencia del Evangelio. Hoy es especialmente necesario el testimonio de unas familias creyentes que viven su fe de manera gozosa y responsable, y así ofrecen los gestos expresivos y el lenguaje más claro de una vida humana digna, feliz, comprometida, liberada y esperanzada. “Este testimonio que comporta presencia, participación, solidaridad, es un elemento esencial, en general el primero absolutamente en la evangelización” (EN 21) que la familia cristiana puede ofrecer a la sociedad actual. Las familias serán hoy evangelizadoras si son realmente reconocidas como factor de convivencia y vida más humana. Si son apreciadas como lugares donde se vive el verdadero amor, se promueve el diálogo, el perdón, la sana austeridad y la solidaridad, la ayuda al necesitado, la búsqueda de paz, la oración, la esperanza de vida eterna y tantos valores y actitudes que parecen ocultarse en la sociedad actual. Por coherencia con el Evangelio, en la familia cristiana se vive y se afirma el primado del amor y la comunidad. Se proclama la igual dignidad del hombre y la mujer, se asume la responsabilidad y generosidad en la aceptación y educación de los hijos, se promueve un clima de diálogo y libertad en el hogar, se afirma la necesidad de ejercer la autoridad como servicio y de señalar unas pautas educativas, se fomenta el respeto y el cultivo de la vocación propia de cada uno de los miembros, se cuida la formación para la vida cívica y la iniciación de los hijos a la fe y a la vida de la comunidad eclesial. Al anunciar el Evangelio es preciso subrayar lo que es la familia cristiana a los ojos de Dios, para luego derivar de ahí los requerimientos morales consiguientes. El encuentro con Dios Padre se traduce en compromiso, se plasma en una vida coherente con los valores evangélicos, conduce a una relación de respeto y amor, solidaridad y servicio a los demás. La moral cristiana tiene a Cristo como centro y punto de referencia y sólo puede ser entendida y acogida desde la adhesión creyente y la conversión a Él. Por eso, si no hay aceptación de Cristo como «camino, verdad y vida» ni interiorización de su Espíritu, difícilmente puede haber seguimiento de la moral cristiana. Es necesario en

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ese anuncio de Jesucristo, presentar «la forma de vida evangélica» como ideal que no es ajeno ni contrario al proyecto humano, sino su realización más cumplida. La insistencia en las normas morales, separadas del horizonte cristiano que les da sentido, resultan incomprensibles e inaceptables. En el anuncio explícito del Evangelio es necesario expresar también con delicadeza la comprensión hacia las especiales dificultades que padecen muchas familias para vivir algunos de los valores cristianos. Pero no se puede omitir el reclamo de los valores evangélicos ni tampoco cerrar las entrañas a la misericordia. “Ante tantas familias rotas, la Iglesia no se siente llamada a expresar un juicio severo e indiferente, sino más bien a iluminar los numerosos dramas humanos con la luz de la palabra de Dios acompañada con el testimonio de su misericordia…” (Juan Pablo II). La imagen de la familia cristiana, hoy en particular, necesita ser “amable”, es decir, capaz de manifestar por la calidad de su vida evangélica, por su mutua ayuda fraterna, por la seriedad de su compromiso con los problemas humanos, por la autenticidad de su oración, la fuerza vivificadora del Evangelio. Lo decisivo es que se haga presente y perceptible en ella la confianza en Dios Padre, el amor incondicional entre sus miembros, el compartir frente al atesorar, el servicio a los demás y su compromiso liberador.

• El servicio pastoral a la familia. Como contenido de este servicio debería destacarse especialmente el cuidado y cultivo de la vida familiar en los siguientes aspectos: 1. El anuncio del matrimonio cristiano como vocación, con su proceso de acompañamiento y discernimiento vocacional y el correspondiente proceso de formación vocacional. Casarse en Cristo es la realización de un proyecto de vida original y personal, en el que Dios está presente, como en toda vocación; en vistas a una colaboración en el proyecto creador y salvador de Dios en Cristo, de instauración del reino de Dios en la historia, de edificación de la comunidad eclesial. La urgencia de evangelizar este ámbito se comprende si se atiende a los aspectos de vida cristiana y humana que están en juego: el amor, la transmisión de la vida, la educación en los valores fundamentales, la convivencia, la educación de la fe y de los valores éticos coherentes con ella, las repercusiones de la vida laboral en el ámbito familiar, la dignidad de la mujer, la atención a los problemas planteados desde diversos ámbitos a las parejas…

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2. Promover la familia cristiana como auténtica y primaria comunidad eclesial, espacio primero donde se vive, se comparte, se comunica, se transmite y se celebra la fe cristiana tanto entre los esposos como con y entre los hijos (EN 71). Escuela de vida cristiana donde se viven y transmiten el sentido de la trascendencia, el conocimiento de la persona de Jesús, la oración, la solidaridad con el que sufre o siente necesidad, la gratuidad en las relaciones y el respeto a la dignidad de todo ser humano. Primer espacio en que la persona se abre a las necesidades de la sociedad en que vive. 3. Ofrecer servicios de «misericordia y reconciliación» (cf. FC 33) para con las situaciones de sufrimiento, de fracaso y de cruz, para con el dolor de parejas en crisis o que viven separadas, el sufrimiento provocado por embarazos no deseados, donde la Iglesia se haga presente no a través de condenas moralistas, sino «mostrando su corazón maternal» (FC 33), mediante un adecuado acompañamiento, prestando la ayuda para «crear y sostener todas aquellas condiciones humanas -psicológicas, morales y espirituales- que son indispensables para comprender y vivir el valor de las exigencias del matrimonio» (FC 33).

 Necesidad de un ministerio. La familia cristiana como célula eclesial primaria está llamada a ser para sus miembros y en su entorno “signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano”. La iglesia local y la comunidad cristiana concreta tienen la misión de atender y ayudar a la familia cristiana para que desarrolle plenamente esta vocación y misión. La trascendencia de este campo de actuación típicamente laical es de tal envergadura y naturaleza que es uno de los primeros que exige la concreción de un servicio eclesial con categoría de «ministerio». La comunidad eclesial y sus responsables deben reconocer, instituir y promover en su propio seno un «ministerio de la familia».

• Perfil del ministerio. Este «ministerio», por su misma naturaleza exige ser «de pareja», encomendado a un matrimonio que sea coordinador y animador de toda la acción eclesial en favor de la familia. En el sacramento del matrimonio los esposos son ministros el uno para el otro, en cuanto representan mutuamente el misterio de amor de Cristo y la Iglesia. De ahí deriva toda su acción ministerial como esposos y padres a lo largo de toda su vida matrimonial-familiar. 44


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Estos «ministros de la familia» serían los coordinadores de todas las actividades, de los agentes pastorales y aun de los mismos movimientos familiares, aprovechando las energías que en ellos existen y dándoles una proyección social y eclesial cada vez más dinámica y evangelizadora.

• Funciones y tareas. - Estimular y ayudar a las familias cristianas, cualquiera que sea su estructura o situación, hacia la realización de sus funciones y misión propias. - Promover el ideal de unos valores familiares, humanos y propiamente evangélicos, a través de las mediaciones adecuadas a las necesidades y aspiraciones de la familia actual. - Programar la pastoral familiar a promover, teniendo en cuenta la realidad con las necesidades, situaciones y problemas que plantea. - Formarse de forma permanente y formar a los otros agentes de pastoral. - Ayudar a la comunidad a tener presente la dimensión familiar de toda acción pastoral. - Coordinar y animar a las personas y grupos que intervienen en las distintas actividades que afectan a la familia: acogida, preparación y celebración del matrimonio; acompañamiento a grupos matrimoniales; despertar religioso de los hijos en la familia; orientación familiar. - Promover, formar, orientar, animar y coordinar los medios necesarios para que los agentes de pastoral familiar y las mismas familias de la comunidad puedan vivir y realizar su misión de la mejor forma posible. - Han de impulsar una pastoral de la familia: adaptada a las diversas situaciones y etapas de la vida matrimonial y familiar; de acompañamiento a la pareja y al grupo familiar; coordinada y corresponsable, comunitaria, según un proyecto. Ofreciendo: la difusión de una cultura de la familia; una ayuda testimonial; una acogida misericordiosa especialmente en situaciones difíciles; una ayuda para el discernimiento ante problemas y acontecimientos familiares; un espacio de encuentro y comunicación interfamiliar; una defensa la dignidad y el amor a la vida. 45


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• Carismas y Formación: - Contar con una vivencia gozosa del matrimonio y la familia cristianos. - Poseer una visión de la pastoral familiar con objetivos claros. - Disposición para valorar y estimular el protagonismo de la familia. - Capacidad de coordinar acciones y proyectos pastorales relativos al matrimonio y la familia. - Aptitud para conocer y reconocer la realidad social actual: en lo que es y lo que exige como respuesta pastoral. - Capacidad para discernir adecuadamente las diversas situaciones, expectativas y problemas concretos de las familias. - Sensibilidad para la atención a las familias en situaciones difíciles. - Vivencia práctica de la espiritualidad laical y matrimonial. - Experiencia de compartir en grupo cristiano de referencia. - Capacidad para la coordinación y el trabajo en equipo.

• Ámbitos de ejercicio del ministerio: - Parroquias y Unidades pastorales. - Arciprestazgos. - Movimientos matrimoniales o familiares. - Delegación diocesana de Pastoral del matrimonio y la familia.

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5.3. Ministerios laicales en las Acciones Pastorales de la comunidad. • Las grandes acciones pastorales de la comunidad. La misión de la Iglesia que actualiza en el tiempo la misión de Jesús, implica diversas funciones denominadas acciones pastorales o servicios eclesiales. Son los servicios pastorales básicos de la Iglesia. A lo largo de la historia se han dividido y definido estas funciones o servicios eclesiales de diversos modos, de acuerdo a una determinada interpretación bíblica, cristológica, eclesiologica y pastoral. 22 La trilogía sacerdote, profeta y rey ha servido con frecuencia para explicar la misión de Cristo, de sus discípulos y de la Iglesia. El Vaticano II expresa en múltiples ocasiones la división tripartita de las acciones pastorales. Los tres munera Ecclesiae son continuación del triple munus Christi. En definitiva, la misión de la Iglesia, expresada en términos de la triple acción pastoral, consiste en hacer “comunidades vivas de fe, de liturgia y de caridad”. 23 Dicho de otro modo: la comunidad de creyentes, que se edifica por la palabra de Dios, celebra la liturgia y se encarna en el mundo como servicio al Reino. En la teología pastoral actual este número de acciones varía, según se desdoble en dos o no el servicio de la caridad. a) La acción profética o servicio de la Palabra corresponde en un sentido amplio al anuncio del evangelio. Incluye el anuncio misionero, la catequesis, la educación de la fe y la enseñanza teológica (martyría). b) La acción o servicio litúrgico abarca todo el conjunto del culto y de la celebración de los misterios cristianos: eucaristía, sacramentos y oración de la comunidad (leitourgía). c) La acción o servicio de la caridad: - La fraternidad vivida (koinonía) es la dimensión ad intra del servicio de la caridad en la coordinación, dirección y organización de la vida de la comunidad cristiana. - La dimensión ad extra de la caridad (diakonía) es el servicio al mundo en especial a los pobres o excluidos por medio de la atención personal y el trabajo social por la justicia. 22 Cfr. C Floristán, Teología práctica, Salamanca, Sígueme, 2002, cap. 9. 23 Ad gentes 19.

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• Participación del laicado en las acciones eclesiales. La constitución Lumen gentium aplica el triple servicio pastoral a todo el pueblo de Dios, es decir al sacerdocio común de los fieles y al sacerdocio jerárquico (LG, 10-12). Los fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio -sacerdotal, profético y real- de Jesucristo. Es éste un aspecto que nunca ha sido olvidado por la tradición viva de la Iglesia... Al definir el Vaticano II a los laicos, afirma que son “los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde”. 24 La participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo tiene su raíz primera en la unción del bautismo, prosigue su desarrollo en la confirmación y se sustenta y dinamiza en la eucaristía. Se trata de una participación dada a cada uno de los fieles laicos individualmente, pero en cuanto que forman parte del único cuerpo del Señor. Precisamente porque la participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo deriva de la comunión eclesial, exige ser vivida y actuada en comunión y para acrecentar esta comunión. 25 Los diversos ministerios, oficios y funciones que los fieles laicos pueden desempeñar legítimamente en la liturgia, en la transmisión de la fe y en las estructuras pastorales de la Iglesia deberán ser ejercitados en conformidad con su específica vocación laical, distinta de aquella de los sagrados ministros. 26

• Ministerios laicales en las acciones eclesiales. La determinación concreta de los ministerios laicales llamados a formar parte del equipo ministerial en una Comunidad requiere el desarrollo de un proceso con los siguientes pasos: 1. Atención a la realidad. Se parte de la situación real de la comunidad, para ver cuáles son las necesidades para el desarrollo de su vida y misión eclesial. 2. Determinar los servicios o ministerios necesarios en las diversas áreas (palabra, celebración, caridad) para el cumplimiento de la misión.

24 Apostolicam actuositatem, 31. 25 Cfr. Christifideles laici, 14. 26 Christifideles laici, 23.

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3. Distinguir entre «servicios» y «ministerios» En una comunidad con vitalidad debería haber un ministerio laical «reconocido» en cada una de las áreas de la misión en las que existan diversos servicios. 4. Plantear la estructura del equipo ministerial atendiendo las prioridades y las posibilidades reales de la comunidad. 5. Un proyecto. Para que el presbítero y las personas llamadas a asumir responsabilidades, y en cuanto sea posible la comunidad, tengan clara la identidad y funciones que a cada servicio o ministerio corresponden. Este proceso es necesario especialmente para formación del equipo ministerial en el ámbito de las Unidades Pastorales o en la perspectiva de una coordinación interparroquial en el arciprestazgo.

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5.3.1. Ministerios laicales en la Acción litúrgica. • La participación del laicado en la liturgia. “La santa madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma, y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo de Dios, linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (SC 14). Los laicos han de ayudar a toda la Iglesia a hacerse consciente de su condición secular. Un lugar especial para realizar este servicio ha de ser la celebración litúrgica, que será así una celebración existencial y no un rito distante o ausente de la vida; la alabanza de Dios tendrá como objeto y motivo su acción y presencia en la historia actual; la oración de súplica tendrá un contenido vivo y concreto. La comunidad se hará más sensible y compasiva ante la realidad; se sentirá interpelada, impulsada a hacerse samaritana a comprometerse en las situaciones y necesidades humanas. La participación es un elemento esencial constitutivo de la acción litúrgica. Esa participación debe ser externa e interna, activa y consciente, en cuerpo y alma, en palabras y signos, en unidad y diversidad, en la asamblea y en la vida de la comunidad. La participación hoy pone de relieve una serie de tareas permanentes: - Profundizar en el misterio que celebra la liturgia; - Educar en el sentido de la celebración; - Hacer una liturgia accesible, comunicativa y cercana; - Poner de relieve la capacidad evangelizadora de la celebración; - Potenciar los servicios y ministerios litúrgicos;

• Diversidad de servicios y ministerios. Los principios de renovación litúrgica del Vaticano II establecen que “ministros y fieles hagan todo y sólo aquello que les pertenece a cada uno; de este modo, y por el mismo orden de la celebración, aparecerá la Iglesia constituida en su diversidad de órdenes y ministerios” (SC 28). Los laicos, hombres y mujeres, tienen derecho y deber de participar de modo activo, consciente y pleno, según su propia condición, desempeñando los oficios y ministerios que les competen (Cfr SC 14 y 21). En concreto estos oficios y ministerios son: acólitos, lectores, comentadores, cantores, director de coro, salmista, maestro de ceremonias, encargado de la acogida... 50


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Ministeria quaedam, de Pablo VI, propone como ministerios instituidos el lectorado y el acolitado. Estos ministerios pueden ser confiados a seglares, de modo que no se consideren como algo reservado a los candidatos al sacramento del Orden. Ambos ministerios, en cuanto que instituidos y permanentes, quedan reservados a los varones. El Código de Derecho Canónico (c. 230 § 2 y 3) amplía las posibilidades ministeriales en caso de necesidad, de modo que algunos laicos, hombres o mujeres, aunque no sean lectores o acólitos, puedan desempeñar por un tiempo determinado las funciones de estos ministerios. Recientemente, el Sínodo sobre la Palabra de Dios en la proposición 17 manifiesta: “Se desea que el ministerio del lectorado se abra también a las mujeres, de modo que en la comunidad cristiana se reconozca su papel de anunciadoras de la Palabra”. También Pablo VI, en Inmensae caritatis, estableció el Ministerio extraordinario de la comunión, por el que algunos fieles, hombres o mujeres, pueden administrar en determinadas condiciones la sagrada comunión.

 Los ministerios instituidos: Lector y Acólito. 27 “El Lector queda instituido para la función, que le es propia, de leer la palabra de Dios en la asamblea litúrgica. Por lo cual proclamará las lecturas de la Sagrada Escritura, pero no el Evangelio, en la Misa y en las demás celebraciones sagradas; faltando el salmista, recitará el Salmo interleccional; proclamará las intenciones de la Oración Universal de los fieles, cuando no haya Diácono; dirigirá la participación del pueblo fiel; instruirá a los fieles para recibir dignamente los Sacramentos.También podrá encargarse de la preparación de otros fieles a quienes se encomiende temporalmente la lectura de la Sagrada Escritura en los actos litúrgicos. El Acólito queda instituido para ayudar al Diácono y prestar su servicio al sacerdote. Es propio de él cuidar el servicio del altar, asistir al Diácono y al sacerdote en las funciones litúrgicas, principalmente en la celebración de la Misa; además, distribuir, como ministro extraordinario, la Sagrada Comunión y exponer a la adoración de los fieles el Sacramento de la Sagrada Eucaristía en circunstancias especiales. Podrá también cuando sea necesario cuidar de la instrucción de los demás fieles, que por encargo temporal ayudan al sacerdote o al diácono en los actos litúrgicos”.

27 Cfr Ministeria quaedam

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 El ministerio extraordinario de la comunión. “Los Ordinarios del lugar tienen facultad para permitir a personas idóneas, elegidas individualmente como ministros extraordinarios, en casos concretos, o también por un periodo de tiempo determinado o, en caso de necesidad, de modo permanente, que se administren a sí mismos el pan celestial, lo distribuyan a los demás fieles y lo lleven a los enfermos en sus casas”. 28 Sus funciones son: - Distribuir la comunión eucarística dentro la celebración dominical en ausencia de presbítero. - Llevar la comunión a los enfermos. - Exponer el Santísimo Sacramento a la adoración de los fieles. Su perfil humano y cristiano idóneo: - Una persona que participe en la Eucaristía y la viva no sólo como una devoción o acto de piedad, sino como un sacramento que compromete toda su vida. - Un persona creyente que conoce y se relaciona con la comunidad cristiana a la que sirve con una actitud de entrega generosa. - Una persona con dotes de relación personal, dialogante, para poder entrar fácilmente en contacto con las difíciles realidades de enfermedad, soledad… con las que tiene que tratar en su servicio.

 El ministerio de animador de la celebración. Hemos de contemplar dos situaciones netamente diferentes en la animación de la celebración de la comunidad, teniendo en cuenta la presencia o la ausencia del presbítero en ella. La animación de las celebraciones litúrgicas no puede recaer exclusivamente en el sacerdote, aunque éste sea el responsable mayor de ellas. La animación litúrgica es labor de un equipo, formado por sacerdotes, diáconos y laicos, que asumen con

28 Congregación para la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Immensae caritatis, 1.

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responsabilidad vocacional los diversos ministerios y servicios en la celebración de la comunidad cristiana. Tienen como objetivo común la participación plena de toda la comunidad en la celebración. Según sea la comunidad será necesario diversificar más o menos los ministerios, teniendo en cuenta el criterio de no multiplicarlos innecesariamente. Pero la función del animador de la celebración consiste en promover, animar y coordinar, en colaboración con el sacerdote los servicios o ministerios que pudiera haber en la celebración de la comunidad. En una comunidad los laicos que desempeñan servicios litúrgicos pueden ser muchos, en cambio los que desempeñan un verdadero ministerio litúrgico tendrán que ser pocos. Ministeria quaedam instituye los ministerios de lector y acólito, que se deben considerar y valorar en las comunidades. Además, atendiendo especialmente a nuestras circunstancias, podría tener sentido el ministerio de “animador de la celebración” como una adaptación de la figura del acólito. La animación de la celebración tiene sus exigencias: - La atención a las necesidades y situaciones de la asamblea para lograr “la participación activa de los fieles, interna y externa, conforme a su edad, condición, género de vida y grado de cultura religiosa”. - La apertura a las posibilidades de adaptación que ofrece la misma liturgia. Se trata de poner en práctica las múltiples posibilidades que ofrece la misma ordenación litúrgica. No quedarse en lo mínimo exigido, sino en lo máximo permitido. - La preparación personal y como equipo de cuantos intervienen en un servicio o ministerio: “Es preciso que cada uno a su manera esté profundamente penetrado del espíritu de la liturgia y que sea instruido para cumplir su función debida y ordenadamente” (SC 29). El ministro de la animación litúrgica, en relación permanente con el presbítero, estaría encargado de animar y coordinar la diversidad y la unidad de los distintos servicios y ministerios.

Funciones del animador litúrgico: - Las atribuidas al acólito: servir al altar y asistir al sacerdote, ayudar a distribuir la comunión en la celebración y a los enfermos; - Animar y coordinar los diversos servicios que intervienen en la celebración; 53


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- Formación litúrgica de quienes desempeñan diversos servicios en la celebración; - Preparar materiales de ayuda para las celebraciones; - Reunir la asamblea del domingo en ausencia del presbítero;

Condiciones del animador litúrgico: Persona adulta integrada en la comunidad, - con una formación teológica fundamental; - con una preparación litúrgica especial; - capaz de preparar y animar una celebración; - capaz de coordinar en equipo los diversos servicios; - con una madurez probada de vida cristiana; - capaz de acoger a los más débiles: pobres y enfermos; - aceptada por la comunidad.

 La Celebración en ausencia de presbítero. 29 La misión de congregar al Pueblo de Dios en el día del Señor para la celebración del misterio pascual es propia del presbítero que representa a Cristo pastor de la comunidad. En su ausencia, suplen esta misión aquellos a quienes se les confía reunir la asamblea dominical para la celebración de la Palabra, la plegaria en común y la distribución de la comunión eucarística. Cuando sea posible presidirá esta celebración un diácono, a quien, por el sacramento del orden, corresponde dirigir la plegaria, proclamar el Evangelio, pronunciar la homilía y distribuir la Eucaristía. 30 “Cuando estén ausentes tanto el presbítero como el diácono” 31 se encomendará el servicio de animación de la celebración a laicos. 32 Si hay en la comunidad acólitos o lectores instituidos para el servicio del altar y de la Palabra se les confiará a ellos esta función.

29 Cfr. Diócesis de Vitoria, Celebraciones dominicales en ausencia de presbítero. Orientaciones. Abril 2007. 30 Congregación para el Culto Divino, Directorio para las celebraciones dominicales en ausencia de presbíte-

ro, 29 (1998). 31 Cfr. Directorio para las celebraciones dominicales en ausencia de presbítero, 30. 32 Cfr. Código de Derecho Canónico, c. 230.

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La encomienda se hace por un tiempo determinado y de forma pública ante la comunidad a la que va a prestar este servicio. Conviene que en cada comunidad, a ser posible, haya más de una persona encargada oficialmente de esta función o que las personas reciban este encargo para el servicio de las diversas comunidades dentro de la unidad pastoral, de modo que puedan suplirse y apoyarse mutuamente. El presbítero responsable pastoral de la comunidad parroquial ha de suscitar la vocación de aquellas personas que puedan hacerse cargo de la animación de las celebraciones en su ausencia. A él le corresponde presentarlas al Obispo para que les encomiende oficial y públicamente esta misión en la comunidad. Es importante el trabajo en equipo para la animación litúrgica de las comunidades y en orden a conseguir en ellas unas celebraciones más participadas, creativas, comprometidas y festivas. Este equipo, acompañado por el presbítero que preside la unidad pastoral, participa en la preparación, realización y revisión de la celebración dominical, coordinando la distribución en los diversos servicios y compartiendo subsidios especialmente para la proclamación y comentario de la Palabra. Cuantos prestan esta función de animación en la asamblea cristiana han de cuidar especialmente de no acaparar personalmente en la celebración todos aquellos servicios que pueden ser desempeñados por otros miembros de la comunidad: canto, proclamación de las primeras lecturas, peticiones en la oración de los fieles… Su tarea es precisamente ayudar a una participación más activa en el desarrollo de la celebración a toda la comunidad. Los laicos que, en ausencia de presbítero y de diácono, asumen por encargo del Obispo la animación de estas celebraciones dominicales ejercen diversas funciones concretas al servicio de la comunidad que pueden ser reconocidas como un ministerio laical en el servicio de la Palabra o encomendadas como un ministerio extraordinario en el servicio de la comunión eucarística. Esos dos ministerios pueden ser confiados de forma pública a una misma persona por el Obispo diocesano, a propuesta del párroco, para el servicio a una o varias comunidades concretas en el ámbito de una unidad pastoral y por un tiempo determinado.

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- Animador de la Celebración en Ausencia de Presbítero. Sus funciones son: - Cuidar las celebraciones de la comunidad: la guía de la oración y el servicio de la Palabra. - Reunir la comunidad cristiana para la celebración litúrgica en torno a la Palabra de Dios, especialmente los domingos y fiestas en ausencia del presbítero. - Organizar y animar los actos de devoción popular: procesiones, etc... - Participar en el equipo responsable de la pastoral de conjunto de la unidad pastoral, en especial comunión con el presbítero responsable. - El ministro de la Palabra está designado para realizar esta misión solamente en la parroquia o comunidades que el Obispo y el párroco le han encomendado, por un tiempo determinado. El perfil ideal del hombre o mujer a quien se confía este ministerio es el de una persona que: - con madurez humana, comunitaria y creyente, haya dado muestras de participación servicial y constante en la vida de la comunidad. - con cualidades para el trabajo en equipo, acepte el principio de la corresponsabilidad y cooperación con otras personas en la comunidad. - con capacidad de comunicación y facilidad para la lectura en público, esté abierta a una formación progresiva en el conocimiento de la Palabra de Dios. - de ser posible, pertenezca a la propia comunidad en la que realiza el ministerio; aunque puede colaborar con otras comunidades que lo necesiten dentro de la misma unidad pastoral.

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5.3.2. Ministerios laicales en la Acción Profética o Servicio de la Palabra. La Acción Profética o Servicio de la Palabra. Por el servicio de la Palabra se prolonga en la Iglesia la acción profética de Cristo, anunciando y transmitiendo la buena noticia de la salvación, el mensaje del evangelio a todos los niveles. Es absoluta la necesidad que tiene la vida cristiana de la Palabra de Dios. No hay vida cristiana sin la Palabra de Dios. La predicación, la instrucción catequética, la enseñanza religiosa y teológica, las reuniones en torno a la Biblia... son, entre otros, cauces y medios concretos para el desarrollo de este servicio. El Sínodo sobre la Palabra de Dios ha puesto de relieve que “La misión de anunciar la Palabra de Dios es tarea de todos los discípulos de Jesucristo como consecuencia de su bautismo. Esta consciencia debe ser profundizada en cada parroquia, comunidad y organización católica; se deben proponer iniciativas que hagan llegar la Palabra de Dios a todos, especialmente a los hermanos bautizados pero no suficientemente evangelizados”. Destaca cómo: “Los laicos están llamados a redescubrir la responsabilidad de ejecutar su tarea profética, que deriva para ellos directamente del bautismo, y testimoniar el Evangelio en la vida cotidiana: en casa, en el trabajo y donde quiera que se encuentren.” Y señala que: “Es necesario abrir itinerarios de iniciación cristiana en los que, a través de la escucha de la Palabra, la celebración de la Eucaristía y el amor fraterno vivido en comunidad, éstos puedan practicar una fe cada vez más adulta”. 33 Partiendo del Vaticano II 34 y teniendo presentes otros documentos, 35 en el Código de Derecho Canónico se concreta el derecho y el deber de los laicos de colaborar en el anuncio de la Palabra y la posibilidad de recibir -con la idoneidad y preparación adecuadas- el encargo de diversos oficios o ministerios: la predicación, la educación de la fe, la catequesis, la evangelización misionera, la enseñanza religiosa... 36 En la vida de la comunidad la Palabra de Dios tiene un lugar preeminente dentro de la celebración litúrgica y para ese ámbito está instituido el ministerio de Lector.

33 Proposición 38. 34 ChL 13; AA 10 y 17; AG 15 y17. 35 EN 73; CT 12-17; ChL 14-15. 36 CIC c 225 §1; c. 766-767; c.774 y 776; c.775 y 785; c. 784; c. 810, 814 y 818.

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Además en muchas de nuestras comunidades cristianas la Palabra de Dios se hace hoy presente y accesible a través de la Catequesis y por medio de la Lectio divina o “lectura creyente de la Palabra”. Aunque ha crecido en la Iglesia la estima de la Sagrada Escritura, la lectura y escucha de la Palabra de Dios queda reducida para muchos cristianos a las celebraciones de litúrgicas de la comunidad. Faltan otros espacios de escucha compartida y comentada, aunque ciertamente existen grupos bíblicos en algunas comunidades.

 Ministerio laical para guiar la “Lectura creyente” de la Palabra de Dios. La Lectio Divina 37 (Lectura orante o creyente de la Palabra). El encuentro con la Palabra de Dios dispone de una experiencia privilegiada, tradicionalmente llamada Lectio Divina. Es un modo de lectura de la Biblia, que se remonta a los orígenes cristianos y que ha acompañado la Iglesia en su historia. “Hoy el Espíritu, a través del Magisterio, la propone como elemento pastoralmente significativo en la vida de la Iglesia, para la educación y la formación espiritual... de los fieles en general, adultos y jóvenes, que pueden encontrar en esta forma de lectura un medio accesible y practicable para entrar personal y comunitariamente en la Palabra de Dios”. 38 En algunos lugares después del Concilio Vaticano II se fue afirmando progresivamente. Hoy se constata en todas las Iglesias una nueva y especial atención a ellas. Aunque se advierte la necesidad de una adecuación de la forma clásica a las diversas situaciones nuevas, en muchas comunidades se está transformando en una nueva forma de oración y de espiritualidad cristiana. Se trata de conservar la esencia de esta lectura orante teniendo en cuenta las posibilidades reales de los fieles. La Lectio Divina no es una práctica reservada a un grupo dedicado a la oración. Ella es una realidad sin la cual no seremos auténticos cristianos en un mundo secularizado. Benedicto XVI afirma: «siempre es importante leer la Biblia de un modo personal, en una conversación con Dios, pero al mismo tiempo es importante leerla en compañía de las personas con quienes se camina».

37 Cfr. Sínodo sobre la Palabra de Dios, Instrumentum laboris, 38. 38 Cfr. OT 4.

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 Necesidad de un ministerio. Muchos cristianos sólo tienen un conocimiento superficial, y simplemente memorístico, de ciertos pasajes de los evangelios. Carecen de preparación y dedicación a la lectura personal de la Palabra de Dios. La mayoría no posee unas claves o un método de lectura que le ayude a unir la Palabra y la vida. Es necesario ampliar en todos los fieles las perspectivas que ofrece la Palabra de Dios para la vida cristiana hoy. Es preciso facilitar a los grupos cristianos las claves de lectura y escucha creyente de la Palabra de Dios. En las comunidades cristianas se necesitan nuevos espacios para vincular la lectura y escucha de la palabra con la oración, la reflexión y la vida personal y comunitaria de los creyentes. Promover y animar en la comunidad esos espacios podría requerir el servicio de un ministerio laical. Sería un servidor de la Palabra que actuase como guía de personas y grupos en la lectura y escucha de la Palabra de Dios. Sería el impulsor y acompañante de grupos de lectura creyente de la Biblia. Su apoyo facilitaría la divulgación y utilización de subsidios bíblicos necesarios por los grupos y personas cristianos.

Funciones y tareas: - Fomentar la lectura personal y comunitaria de la palabra de Dios. - Promover grupos de lectura creyente en la comunidad. - Ofrecer ayudas y pistas para la lectura de la palabra de Dios en grupo. - Cuidar los espacios de iniciación a la lectura bíblica en la comunidad. - Apoyar y coordinar a los animadores de grupos de escucha de la palabra de Dios. - Orientar sobre la utilización de recursos o subsidios bíblicos. - Impulsar y acompañar la formación bíblica básica de miembros de la comunidad.

Carismas y Formación: - Aprecio y estima de la Sda. Escritura como fuente viva de la Palabra de Dios. - Sólida formación bíblica. - Espiritualidad enraizada en la escucha y meditación de la Palabra de Dios. 59


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- Experiencia de oración y diálogo con Dios desde la Palabra. - Dominio de la metodología y pedagogía de lectura y escucha de la Palabra de Dios. - Inserción y compromiso cristiano en las realidades cotidianas. - Capacidad de comunicación y animación participativa de grupos. - Capacidad pedagógica de adaptación a los diversos niveles y ritmos de las personas. - Aptitud por la experiencia y el conocimiento, y para el acompañamiento.

Ámbitos de actuación: - Parroquias y Unidades pastorales. - Asociaciones y movimientos apostólicos.

 Ministerio laical en la Catequesis. La catequesis en la comunidad cristiana. “En el conjunto de los ministerios y servicios, con los que la Iglesia particular realiza su misión evangelizadora, ocupa un lugar destacado el ministerio de la catequesis... Se trata, por otra parte, de un servicio eclesial indispensable para el crecimiento de la Iglesia... El ministerio catequético tiene, en el conjunto de los ministerios y servicios eclesiales, un carácter propio, que deriva de la especificidad de la acción catequética dentro del proceso de la evangelización”. 39 En la catequesis la Iglesia actual intenta educar en la fe a los bautizados, de manera que ellos mismos puedan asumir libre y responsablemente la fe a la que un día esta Iglesia les “abrió”. Esa educación se desarrolla y realiza sobre todo con motivo de la preparación a los otros sacramentos: primera eucaristía y confirmación; pero también en otros procesos o de forma ocasional. La catequesis es un proceso de fundamentación en la fe o de reactualización y consolidación de la misma. Cuando la catequesis de niños y jóvenes se desarrolla adecuadamente, el proceso de fundamentación se realiza en las primeras etapas de la vida y

39 Directorio general para la catequesis, 219.

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lleva “hasta el umbral de la madurez”. En nuestro contexto pastoral nos encontramos con muchos adultos necesitados de una fundamentación básica de su fe. En ese caso la catequesis de adultos tiene la finalidad de actualizar y consolidar una fe más madura. La catequesis sólo se realiza bien sobre la base de una fe y una conversión inicial, es decir, sobre la base del descubrimiento gozoso del Evangelio. Es conveniente que en un primer tiempo, el proceso catequético se dedique a consolidar esa conversión. Esta es la razón por la que, muchas veces, la catequesis de jóvenes y adultos ha de adquirir un talante misionero. Lo mismo ocurre con los niños que llegan a la catequesis sin haber podido realizar en sus familias el necesario despertar religioso.

 Necesidad de un ministerio. La catequesis en cuanto iniciación a la vida cristiana abarca y conduce a la comunión eclesial, a la celebración de la fe y al compromiso en el servicio de la caridad. En consecuencia la función del catequista no se reduce a la instrucción sino que se extiende a toda la experiencia de vida cristiana. El catequista ejerce su ministerio en nombre de la comunidad, realizando de forma concreta la misión catequética de toda la comunidad cristiana, que no sólo es objeto de catequesis, sino también sujeto activo de la misma. Son numerosos los catequistas que prestan un servicio de acompañamiento a un grupo, de niños, de jóvenes o en otros procesos catequéticos. Junto a ellos otras personas con mayor recorrido de experiencia y estabilidad, trabajan en la coordinación y animación de procesos y actividades o en la formación y acompañamiento de los mismos catequistas. El servicio de alguna de estas personas podrían ser reconocido en la comunidad como un ministerio laical. “La importancia del ministerio de la catequesis aconseja que en la diócesis exista, ordinariamente, un cierto número de religiosos y laicos, estable y generosamente dedicados a la catequesis, reconocidos públicamente por la Iglesia, y que -en comunión con los sacerdotes y el Obispo- contribuyan a dar a este servicio diocesano la configuración eclesial que le es propia”. 40 El ministerio laical de la catequesis es un servicio cualificado a la comunidad que requiere dedicación, preparación y estabilidad.

40 Directorio general para la catequesis, 230.

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Funciones y tareas: (Conviene que estas funciones las realicen, si es posible, compaginándolas con la experiencia concreta y activa de catequista en algún grupo). • Promover, animar y coordinar la catequesis en la comunidad, atendiendo las demandas y necesidades existentes. • Actuar como responsable de la catequesis en el ámbito de la parroquia, la zona, el arciprestazgo, etc., o bien de un sector o etapa del proceso catequético (niños, jóvenes, adultos, no bautizados...). • Estimular e incrementar la comunión eclesial, especialmente en el ámbito de su competencia ministerial, siendo: - factor de comunión dentro del grupo de catequistas, así como entre los catequistas y la comunidad; - animador de relaciones entre los catequistas, los catequizandos y, si se trata de niños o jóvenes, sus familias. • Promover y acompañar la formación de los catequistas tanto para el servicio concreto de la catequesis, como para su maduración y crecimiento como cristianos adultos y corresponsables. Procurar que la comunidad disponga de los medios adecuados para esta formación. • Cuidar la sensibilización para que la comunidad eclesial asuma adecuadamente la responsabilidad catequética que le corresponde.

Carismas y formación: - pertenencia e integración corresponsable en la comunidad; - preparación teológica y pedagógica adecuadas, así como inquietud por su constante formación y maduración creyente; - capacidad para la visión de conjunto de su propia comunidad, de la iglesia diocesana y de la iglesia universal; - aptitudes para la animación y la coordinación; - cualidades para el trabajo en equipo y en comunidad; - disponibilidad real para el ejercicio del ministerio; - sensibilidad evangélica para captar y discernir la realidad de personas, comunidades y del entorno social.

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5.3.3. Ministerios laicales en la Acción caritativo-social. El servicio de la Caridad. La acción caritativo-social de la comunidad cristiana “pertenece a su esencia tanto como el Servicio de los Sacramentos y el Anuncio del Evangelio” y, por ello, “nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad como actividad organizada de los creyentes”. 41 La caridad concreta hacia el hermano es el fundamento del ministerio organizado de la caridad en la comunidad. Más allá de la atención material a los pobres o los enfermos, la caridad exige sobre todo acogerlos como personas insertándoles en la comunión de vida. La caridad debe crear vínculos personales y comunitarios con los pobres y enfermos, vínculos de inclusión en la propia vida de la comunidad de quienes por su situación están excluidos. La condición del pobre o del enfermo lo hace en especial prójimo de cada uno de nosotros y, más aún, hace de él una presencia del mismo Señor: “Cada vez que lo hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). La comunidad que sirve a los pobres y esta con ellos da nueva actualidad a la fuerza evangelizadora de la caridad. La mayoría de los pobres y enfermos no están dentro de nuestras comunidades cristianas, formando parte de ellas. La llamada de Jesús desde ellos es una llamada a la apertura misionera de la comunidad cristiana a toda la realidad social del entorno.

Con sensibilidad evangélica. Es necesario construir entre todos una comunidad de amor fraterno que se traduce en servicio hacia los más necesitados. La sensibilización y educación de las comunidades en la acción caritativa y social debe cuidar especialmente la motivación creyente de sus miembros. Tiene que asegurar la identidad propia del cristiano que se sitúa ante los pobres o los enfermos con la mirada de quien comparte el amor compasivo de Dios hacia ellos. Ha de asegurar, al mismo tiempo, un conocimiento adecuado de la realidad social y unos criterios de juicio y actuación coherentes con los valores evangélicos.

41 Benedicto XVI, Deus Caritas est, 22 y 29.

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En nuestra época el servicio de la caridad debe contar con la ayuda de las ciencias sociales y de técnicas de organización, pero salvaguardando siempre la fidelidad a las motivaciones y criterios evangélicos y al valor de la atención personalizada en el servicio a los pobres y los enfermos. En consecuencia en la animación del servicio de caridad se han de atender las siguientes dimensiones formativas: - Escucha del evangelio, para conocer el misterio de Cristo y asimilar su misericordia. - Educación de la sensibilidad, abrir los ojos a las necesidades concretas. - Capacidad para el análisis de las situaciones descubriendo sus causas. - Profundización en la doctrina social de la Iglesia. - Conocimiento de ciencias humanas sobre el hombre y sus necesidades. - Educación para la cooperación en proyectos y el trabajo en equipo. - Educar en la austeridad personal de vida para compartir dinero, tiempo… En la mayoría de nuestras comunidades cristianas, parroquias y unidades pastorales, hay dos campos en los que el servicio de la caridad ha adquirido un contenido concreto y un desarrollo propio: el servicio a los pobres y el servicio a los enfermos. En ellos pueden darse las condiciones para el reconocimiento de un ministerio laical.

 Ministerio laical en el servicio a los pobres. El servicio a los pobres. La opción evangélica por los pobres debe estar más presente y debe ser más activa en todas las acciones y tareas de la comunidad. Sin dejar de reconocer y alentar las obras de acción social de la sociedad civil, e incluso colaborando con ellas, la comunidad cristiana tiene el derecho y el deber de impulsar sus propias iniciativas de ayuda, promoción y transformación social. La colaboración y cooperación no suponen una perdida de identidad de las acciones eclesiales que han de estar alejadas tanto del proselitismo como de la mera función de suplencia de la actuación civil. Es necesario desarrollar la atención personal a los pobres, acogiéndoles en su situación dentro de la comunidad como parte de la misma. Le corresponde, pues, al

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V.- Los ministerios laicales y el equipo ministerial

conjunto de la comunidad sensibilizarse y responsabilizarse con una mayor implicación y compromiso personal con los pobres. Todos los miembros de la comunidad han de vivir comprometidos con la situación y necesidades de los pobres. En toda comunidad debe haber uno o varios equipos de personas comprometidas directamente en el servicio a las diversas realidades de la pobreza. “La comunidad cristiana prestará especial apoyo a los carismas consagrados al servicio de los pobres y a la promoción de la justicia. Igualmente debe discernir. Fomentar y apoyar los nuevos carismas y vocaciones que el Espíritu suscite en orden a este servicio”. 42

 Necesidad de un ministerio. Es preciso conjugar la pluralidad de acciones caritativo-sociales con la comunión de todos los sujetos, individuales y colectivos, que las realizan. Es necesaria una mayor unidad de criterios y coordinación de acciones entre las personas y grupos que promueven diversas respuestas a las necesidades de los pobres, impulsando un proyecto más comunitario. Los carismas suscitados por el Espíritu al servicio de la Caridad han de ser reconocidos y estimulados por la comunidad; son una riqueza eclesial y han de ser valorados como tal. Pero es necesario que la comunidad cuente con alguna persona con la misión de activar y coordinar la responsabilidad evangelizadora de todos sus miembros en relación con los pobres.

Funciones y tareas: - Sensibilizar a la comunidad cristiana en la exigencias de la caridad y la justicia. - Estimular los carismas que el Espíritu suscita al servicio de la caridad. - Promover la calidad evangélica de la acción caritativo social de la comunidad. - Coordinar las diversas iniciativas y acciones promovidas en el servicio a los pobres. - Impulsar la solidaridad con los países del tercer mundo.

42 C.E.E. La caridad en la vida de la Iglesia, Madrid 1994, 191.

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- Animar un servicio de formación en la acción caritativo-social. - Ayudar a que la opción evangélica por los pobres se viva y exprese en todas las acciones y servicios de la comunidad cristiana. - Promover especialmente la espiritualidad evangélica de servicio a los pobres en todos los agentes de pastoral de la caridad. - Impulsar el compromiso del voluntariado cristiano en organizaciones eclesiales e iniciativas sociales, promover su formación y cuidar su acompañamiento. - Promover espacios de acogida y grupos de inserción de los pobres en la comunidad.

Carismas y formación: - Personalidad humana y espiritualmente madura y equilibrada. Con sentido de la justicia y sensibilidad para la caridad. - Capacidad para discernir situaciones personales, familiares y sociales, de exclusión y pobreza analizando sus raíces y secuelas. - Aptitud para el compromiso personal gratuito y gratificante. Con experiencia viva de la gratuidad del Amor de Dios. - Experiencia de relación directa con situaciones de pobreza. - Capacidad para la acogida, la comunicación y la relación interpersonal. - Capacidad de comprensión, paciencia y firme esperanza. - Aptitud para participar y coordinar un trabajo en equipo.

Ámbitos de ejercicio del ministerio: - Parroquias y Unidades pastorales - Arciprestazgos - Organizaciones de caridad.

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 Ministerio laical en el Servicio a los enfermos. La pastoral de la salud. En nuestra Iglesia la pastoral de los enfermos no se reduce a la atención en el momento de la enfermedad, sino que se trata de ofrecer una ayuda para vivir sanamente tanto en la salud como en la enfermedad. La persona enferma no es contemplada como alguien aislado o solitario, sino que forma parte de un contexto familiar, comunitario y social que se implica en su situación. No es un simple “objeto”, receptor pasivo de cuidados y atenciones, sino un sujeto activo en su propia situación y entorno. El enfermo creyente no es miembro pasivo de la Iglesia o mero receptor de sacramentos, sino un signo de y para la comunidad eclesial. Es corresponsable de la evangelización. Desde esta clave se entiende que la pastoral de la salud sea también una acción comunitaria. La acción de la Iglesia con los enfermos quiere ser hoy semejante a la de Jesús: • cercana: atendiendo a los enfermos concretos; • integral: buscando la salud y la salvación plena; • profética y liberadora: actualizando la obra de Cristo con la fuerza y el dinamismo actual del Espíritu.

 Necesidad de un ministerio. Todos los cristianos hemos de ser conscientes del misterio que representa la enfermedad en la vida de cada uno y de la comunidad, así como de nuestras obligaciones para con los enfermos, ya que la responsabilidad de atenderlos es cometido de todos y cada uno de los componentes de la comunidad cristiana. Pero algunos miembros de la comunidad son especialmente llamados a desempeñar el Ministerio propiamente dicho. A ellos se encomienda impulsar, orientar, animar y coordinar el Servicio de toda la comunidad a los enfermos y sus familias.

Funciones y tareas: - actúa personalmente en relación de ayuda pastoral al enfermo y su familia, con un trato personalizado, de acogida y acompañamiento humano y cristiano, especialmente a los más necesitados; 67


Ministerios en la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana

- anima y coordina al equipo o grupo de la comunidad dedicado al Servicio de los enfermos, promueve la formación de la personas comprometidas en él y organiza los medios para las visitas y actividades pastorales del mismo; - impulsa la participación de los enfermos en la eucaristía, mediante la distribución de la comunión o por su presencia en algunas celebraciones especiales y promueve celebraciones de la Palabra con los enfermos y sus familias; - toma parte en la preparación y celebración, personal o comunitaria, del sacramento de la unción de los enfermos y dispone y prepara a la celebración del sacramento de la reconciliación; - organiza y anima encuentros comunitarios de oración por y con los enfermos.

Carismas y formación adecuados: - una sensibilidad especial para con la personas enfermas, que le lleve a sintonizar con el momento personal que ellos viven; - una capacidad de dedicación y comunicación, desde la experiencia de la enfermedad y el sufrimiento; - una madurez psicológica, humana y cristiana, que, además de un equilibrio, comporta capacidad de discernimiento sobre la realidad personal del enfermo y la situación de su entorno familiar, según criterios evangélicos; - la vivencia teologal que pueda informar toda su dedicación como una vocación a la que Dios le llama, confiando en su gracia mediante la oración y la acción; - el reconocimiento del papel que la comunidad tiene en la pastoral de la salud y la capacidad de actuar en grupo con humildad y servicialidad hacia los enfermos, sabiéndose signo del amor de Dios a los necesitados en colaboración con la comunidad que lo envía.

Ámbitos de ejercicio del ministerio: - Comunidades parroquiales y unidades pastorales - Centros sanitarios y residencias de ancianos

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VI.- Conclusiones prácticas

VI.- Conclusiones prácticas A partir del diálogo desarrollado por el Consejo Presbiteral en la Sesión del 18 de Mayo de 2009 en torno a los Ministerios en la vida y misión de nuestra Iglesia Diocesana, y teniendo presentes las Conclusiones del Consejo Pastoral Diocesano en su reflexión sobre los Ministerios laicales, el pleno del Consejo Presbiteral aprueba las siguientes Propuestas: 1. El desarrollo ministerial de nuestras comunidades eclesiales es una exigencia de la remodelación pastoral de nuestra Iglesia diocesana para posibilitar una respuesta evangelizadora adecuada a los retos y necesidades de la situación actual. 2. El desarrollo ministerial de nuestra Iglesia diocesana implica la constitución de equipos ministeriales en los que presbíteros, diáconos y laicos articulen realmente su corresponsabilidad desde la complementariedad de sus funciones en la vida y misión de las comunidades eclesiales. 3. Necesitamos seguir cultivando nuevas vocaciones al ministerio presbiteral en nuestra Iglesia diocesana, y al mismo tiempo resituar hoy el ministerio pastoral de los presbíteros en un nuevo modo pastoral de ejercer las funciones propias y específicas de su ministerio como signo de Cristo Cabeza y Pastor de la Iglesia. La presidencia de la Eucaristía y de la comunidad están al servicio de la totalidad de los carismas, en orden a cuidar la apostolicidad, la comunión fraterna y la corresponsabilidad misionera de todos los miembros de la comunidad, desde la función propia de cada uno de ellos. 4. Es preciso impulsar en nuestra Iglesia diocesana una mayor implantación del diaconado permanente orientando especialmente el ejercicio de este ministerio en acciones y tareas propias del servicio de la caridad con los pobres y excluidos, aunque sin olvidar sus funciones específicas en los servicios litúrgico y profético. 5. Atendiendo a situaciones concretas en diversos ámbitos de nuestra Iglesia diocesana es conveniente el reconocimiento de algunos ministerios laicales entre 69


Ministerios en la vida y misión de nuestra Iglesia diocesana

los servicios cualificados de responsabilidad que para atender diversas necesidades en la vida y misión de la comunidad cristiana se encomiendan a hombres y mujeres laicos por un tiempo determinado. 6. Los Consejos Presbiteral y Pastoral ven adecuado y oportuno el reconocimiento de dos ministerios laicales que responden a las necesidades pastorales actualmente existentes en dos realidades que son propias de la vida y misión de los laicos cristianos: El compromiso secular de los cristianos y La pastoral de la familia. 7. Asimismo, conforme a lo previsto en las Orientaciones diocesanas para Celebraciones dominicales y festivas en ausencia de presbítero, se ve oportuno reconocer y confiar los ministerios laicales adecuados - ministerio de lector y ministerio extraordinario de la sagrada comunión- a las personas responsables de animar esas Celebraciones en el ámbito concreto de Parroquias o Unidades Pastorales de nuestra Iglesia diocesana. 8. Se estima conveniente que atendiendo a las necesidades pastorales concretas de diversas Unidades Pastorales o Arciprestazgos de la Iglesia diocesana se reconozcan algunos Ministerios laicales en relación con cada una de las acciones pastorales fundamentales en la vida y misión de la comunidad cristiana: Servicio de la Palabra, Servicio litúrgico, Servicio de la caridad. (Como máximo un ministerio en cada Servicio de la comunidad). 9. Concretamente, en relación con el Servicio de la Palabra, atendiendo a la implantación de procesos catequéticos en la mayoría de las comunidades de la Iglesia diocesana y a la existencia de catequistas experimentados en la tarea, sería oportuno el reconocimiento práctico -para Unidades Pastorales y/o Arciprestazgosdel Ministerio laical de Catequista dentro del Servicio de la Palabra. (Se apunta esta posibilidad tanto en el Consejo Presbiteral como en el Consejo Pastoral). 10. El Consejo Pastoral diocesano apunta que: El desarrollo práctico de los Ministerios laicales para la animación de El compromiso secular de los cristianos y de La pastoral de la familia podrían promoverse partiendo del ámbito diocesano para avanzar progresivamente en su implantación en las Unidades Pastorales y/o Arciprestazgos. En cuanto al reconocimiento y desarrollo de los Ministerios laicales correspondientes a los Servicios básicos de la comunidad (profético, litúrgico, de caridad) parece que deben implantarse progresivamente partiendo de las situaciones y necesidades concretas de Unidades Pastorales y/o Arciprestazgos. 70


Anexo I

ANEXO I: El proceso de formación de equipos ministeriales. La incorporación conjunta de ministerios ordenados y laicales al equipo ministerial de una Comunidad concreta requiere el desarrollo en ella de un proceso con los siguientes pasos: A) Un proyecto. Para que el presbítero y las personas llamadas a asumir responsabilidades y, en cuanto sea posible, la comunidad, tengan clara la estructura ministerial a promover, así como la identidad y funciones que a cada servicio o ministerio corresponden. Distinguir entre «servicios» y «ministerios». En una comunidad con vitalidad debería haber un ministerio laical «reconocido» en cada una de las áreas de la misión en las que existan diversos servicios. B) Atención a la realidad. Se parte de la situación real de la comunidad, para ver cuáles son las necesidades para el desarrollo de su vida y misión eclesial. Determinar los servicios o ministerios necesarios en las diversas áreas (Palabra, celebración, caridad, compromiso transformador…). Plantear la estructura ministerial atendiendo las prioridades y las posibilidades reales de la comunidad. C) Discernimiento de personas. Llamar e invitar personalmente a quienes se cree que están mejor capacitados para cumplir los servicios y ministerios, y dispuestos a comprometerse con cierta permanencia. D) Ofrecimiento de formación. Poner los medios necesarios para madurar la capacitación de las personas llamadas a responsabilizarse de servicios y ministerios. Acompañamiento personal. Seguimiento del compromiso de servicio a la comunidad valorando la experiencia desde la formación por la acción. Un espacio comunitario de referencia para el Equipo ministerial. Mediante la oración, el diálogo y el compromiso compartidos en grupo se crece y madura en la fe, en la propia experiencia, y se encuentra el fundamento y sentido de la acción corresponsable. Este proceso es necesario especialmente en el ámbito de las Unidades Pastorales o en la perspectiva de una coordinación interparroquial con proyección misionera en el Arciprestazgo. Vitoria-Gasteiz, 14 de diciembre de 2009 71


18 ministerios en vida y mision de iglesia diocesana  
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