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Otro Centro Por Diego Flores Magón Fotos de Adriana Lara / Diego Berruecos

Hace dos generaciones que quienes oímos nombres como La Merced, Regina o República del Salvador pensamos en laberintos infranqueables, Olorosos y ruidosos de algo que comprende gente, mercancías, lonas y más gente. Pero aquí, Diego Flores Magón retrata para Travesías el fin de esa era. Y el comienzo de la posibilidad de volver a pasear por el centro histórico de la Ciudad de México, el otro. Barrio antiguo de La Merced.


Para 80% de los habitantes

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de la Ciudad de México, el centro quiere decir (todavía) un circuito que va del Zócalo a Bellas Artes. Más que un circuito, un encierro, una forma del cautiverio. El resto, el gigantesco resto estaba tomado por la gangrena —del olvido, de la abyección, de la usurpación de las calles por los vendedores ambulantes, que las atascaban hasta la necrosis. Pero algo sensacional está pasando ahí. Los actores, cómplices y testigos con los que hablé y caminé, me dijeron que “hay un nuevo Centro-Histórico-de-siempre”, que el Centro “se está reinventando”, que se está descorriendo un velo que descubre a un gran desconocido, y este desconocido es la parte más rancia y venerable de México. Lo que antes era un tormento —transitar por calles atiborradas de puestos— ahora es la emocionante perspectiva de un paseo despejado, sembrado de adquisiciones visuales, comerciales, comestibles. Como siempre, los hallazgos que nos depara el Centro Histórico cubren toda la gama del espectro psicológico: poéticos, conmovedores, portentosos y desgarradores. MONEDA MONUMENTAL DE NOCHE Se accede al oriente del Centro Histórico desde la puerta monumental de la calle de Moneda, en sí misma una revelación que en noviembre de 2007 se desatascó de vendedores que de día obstaculizaban hasta la gangrena cualquier circulación y, por la noche, la abandonaban convertida en un depósito monumental de escoria.

Calle Moneda.

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La Bota.

Museo José Luis Cuevas.

La primera novedad es la capacidad de abarcar la calle de Moneda con la mirada: la perspectiva de una calle que fue la espina dorsal de la civilización novohispana. La segunda es la capacidad de transponerla, en tanto que umbral. Creo que la noche impone al caminante la actitud empática y cómplice del confidente, y esta predisposición es propicia para el asombro. La noche le queda bien a Moneda, porque la quietud es un atributo de la majestad. Hay que recorrerla en toda su extensión, desde el Zócalo, donde comienza, hacia el oriente, hasta Anillo Circunvalación, donde termina, con otro nombre, el de Zapata, y otra fisonomía, más bulliciosa y contagiada del espíritu comercial de La Merced. Moneda es la cintura del oriente. En esta primera apropiación nocturna me guían, acompañan y vigilan los “edificios iluminados”, una veintena de edificios reparti58 • Travesías

dos por el Centro Histórico, algunos de ellos emplazados como baluartes que al mismo tiempo afirman y propagan la conquista de este rumbo. Funcionan como faros. Estuvo aquí, a unos pasos del Zócalo, la casa de Moctezuma, bajo el Palacio que erigió Cortés y que luego fue Palacio Virreinal y Nacional; está la primera universidad del continente, el portentoso edificio del Arzobispado: la matriz de la civilización occidental en México. La hora impone, no obstante, un reconocimiento de las superficies, de las fachadas. No es poco. Esta recreación visual es el producto de un largo, penoso y costoso proceso de recuperación. Estos planos, estos exteriores acaban de emerger, y como todo lo redescubierto, relucen. Internarse en alguno de los palacios que custodian sería una distracción de la mirada, que circula libre en la redescubierta amplitud de Moneda.

Un baño de luz exalta a La Casa de la Primera Imprenta de América, y también la Academia de San Carlos, hasta hace poco islotes en un “picnic de basura”. Pero es al aparecer la calle de Correo Mayor, que atraviesa Moneda de norte a sur, cuando sentimos que estamos pisando un terreno reconquistado. Dos generaciones nunca vieron este cruce despejado. El primer obsequio es el Templo de la Santísima, también iluminado. Los edificios que lo circundan se retraen humildemente ante la ostentación de su fachada recargada de estípites, medallones, apóstoles y querubines. Una verdadera epifanía. El centro vivo, incluso de noche, rubrica con discretas incidencias su posesión del espacio: una mujer que arrastra un carrito de elotes me dice que por aquí es seguro, que más allá, al norte, hacia Loreto (todavía fuera de las luminarias de la recuperación) “ya cada quien”. Pero hay algo que infunde confianza. La plaza de Loreto está dos calles al norte. Un poco desolada, la escasa luz proviene de una tienda de abarrotes y una farmacia.

Dos vagos merodean la fuente descomunal que busca engalanar la plaza con su grandeza decaída —por cierto, obra de Manuel Tolsá, el arquitecto que modeló la ciudad neoclásica de fines del xviii—. En el fondo, otra sorpresa que sobrecoge: el Templo, y sobre todo la cúpula de Loreto, que se dice la más grande de Nueva España y que debe ser, sin duda, la más inclinada del mundo. Apenas si necesita de la luz para realzar la sensación de vértigo que inspira. Como la Torre de Pisa, sólo que en lugar de una estructura grácil, que sugiere ligereza, ingravidez, aquí se inclina, desde su construcción, una mole angustiante. LA MERCED VIVA DE DÍA De día, sobre la calle de Zapata —continuación de Moneda—, los comerciantes colocan figuras de la Santa Muerte en los dos extremos de la cuadra; la cuadra de los que profesan su devoción. Los devotos de San Judas, de la cuadra siguiente, contestan enfrentando a su santo, que mira, con la calle de por medio, a su Travesías • 59


Como siempre, los hallazgos que nos depara el Centro Histórico cubren toda la gama del espectro psicológico: poéticos, conmovedores, portentosos y desgarradores.

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figura rival. Mientras, la actividad prosigue indiferente de estas jurisdicciones espirituales: venta de muñecas, uniformes, papelería. Ritos más vivos a los que estos templos monumentales sirven de escenografía. Aunque en el Templo de Santa Inés, a una cuadra de distancia, ha recobrado intensidad la devoción de San Pafnuncio, patrón de los objetos perdidos, a causa de los secuestros. En su nicho, junto a los milagritos de siempre, se ven algunos retratos. La Merced fue durante siglos centro de la actividad comercial de la Ciudad de México. Por ahí pasaba el canal que servía para la distribución de mercancías que venían de Xochimilco, en el sur del valle, y nacieron y murieron los mercados principales de la Ciudad de México, hasta que el último, construido a espaldas del convento que da nombre al barrio, se trasladó en los años 50 al otro lado de Anillo Circunvalación, donde se encuentra actualmente, fuera del perímetro formal del Centro. Parte del antiguo lecho de ese canal, la Acequia Real, que se secó por completo en los años 30, hace unas semanas se estrenó como calle peatonal. Desde el templo de Santísima hasta la calle de San Pablo, en el extremo sur del Centro Histórico, y por una breve bifurcación por Roldán hasta República

del Salvador, se puede recorrer la parte sur del barrio y, más que recorrer: pasear. El paseo es una dimensión psicológica completamente nueva aquí. Tal vez la huella de la comunidad libanesa domina el lado oeste del barrio antiguo de La Merced, donde concentraron sus actividades comerciales desde que llegaron los pioneros a la ciudad a principios del siglo xx. Si Tres Cruces huele a telas nuevas, Templo de Regina Coelli.

Mesones huele a papelería, a cuadernos sin usar y gomas. Uruguay, por el contrario, tirando al este, se llena de tiendas de caramelos y golosinas, que despiden uno de los olores más hermosos de la tierra, mezcla de chicle y chocolate. El extremo este del barrio está dominado por la irradiación del Mercado activo de La Merced. Donde la calle de Manzanares, por ejemplo, entronca con Circunvalación, se encuentra la capilla más pequeña del Centro Histórico, que acaba de conquistar más que un palmo de la calle como placita para feligreses y turistas. Apodan a la capilla “de los ladrones”, y se dice que las prostitutas del rumbo asisten a sus misas para recibir la bendición. No vi ni prostitutas ni ladrones, pero el dicho reconoce el hecho indiscutible de que Anillo Circunvalación y parte de San Pablo, las calles que delimitan el barrio de La Merced, concentran a una enorme cantidad de prostitutas, con el hálito de crimen y de corrupción que las aureola legendariamente. Y a media cuadra de la capilla enana, siguiendo por Manzanares, uno puede echar un vistazo al “callejón del placer”, donde se lleva a cabo uno de los rituales más insólitos en un corredor techado, con “piqueras” a cada lado: tendajones con sillas de plástico que expenden cervezas, con el escaso lujo de una rockola. En el centro, una docena de prostitutas desfila recatadamente en círculos, alzando la vista tan sólo para atisbar el signo de su postor. Hombres inmóviles, casi retraídos, las ponderan. Encuentro un eco con las ceremonias de cortejo pueblerinas. Como cabe en los rituales, los participantes parecen observar las reglas que uno puede tan sólo adivinar por fuera. Nadie tiene la actitud de estar participando en algo clandestino, nadie se inquieta si uno mira por un rato. El corazón del barrio antiguo es el ex convento de La Merced, cuyo patio pasó a manos del Estado con las exRegina propiaciones de la década de 1860. Ahí se instaló el mercado, antes de salir definitivamente de sus calles a fines de los 50 del siglo xx. Ahora es la plaza Alonso García Bravo. El convento está cerrado al público, pero el vigilante no resiste la elocuente persuasión de un soborno, si el visitante se decide a arrinconar sus escrúpulos. La vista del claustro, que es todo lo que adquiere la infracción, es sobrecogedora. En una zona en que todo quiere ser lo primero y lo mejor tiene fama de ser el convento más hermoso de la Nueva España. Puede ser. Travesías • 61


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Cerca de la plaza García Bravo se encuentran algunos negocios que vale la pena considerar. En la esquina de Roldán y Manzanares está la cerería de La Soledad, que pura y exclusivamente vende velas. ¿Cuánto tiempo le resta a uno de los negocios más antiguos del rumbo? Con él saldrá de mi vocabulario la hermosa voz de cerería. Justo enfrente descubro uno de los locales más encantadores que he visto en toda la ciudad —y en toda mi vida—: el Café Equis. Cada una de las mezclas de grano que ofrece lleva una ilustración sobre cristal que lo describe y recomienda, una viñeta de Veracruz, de Oaxaca, con un estilo que recuerda los carteles de cine, de palmera, piña y maraca, de los años cuarenta. Y afuera se mira el Puente de Roldán, que por encima del canal que traía hortalizas desde Xochimilco, vinculaba a la alhóndiga, el depósito de grano, con el mercado. Yendo al sur por el corredor peatonal de Alhóndiga se pasa por un trecho donde el giro comercial son los vestidos para “niños dios”, que por lo visto es un gran negocio, y una calle más abajo está la Casa Talavera, que hospeda una galería y talleres en un inmueble extraordinariamente bello, un tanto ruinoso, venerable. LA HORA DEL NUEVO ADOQUÍN La Merced es también el lugar donde puede uno conseguir productos y, desde luego, comer la mejor comida libanesa de la ciudad. El chef Mohamed Mazeh abrió Al Andalus seis meses antes de la devaluación de 1994 y pasó por todas las etapas, por no decir las pruebas, que le impuso un Centro Histórico en lo más profundo de su depresión y decadencia. El terremoto de 1985 había matado al Centro Histórico, que de por sí venía desfalleciendo por el régimen de rentas congeladas que mantuvo hasta los años 90 el arrendamiento a precios de los 40. Lógicamente, esto condenó a muchísimos inmuebles al abandono, sin provecho ni inversión posibles. Se fue desmoronando, y derrumbando. El barrio de La Merced padeció, además, la erosión terrible que le infligía la Central de Abasto, hasta su reubicación, lejos de ahí, en 1982. Y el último de los azotes fue la proliferación de vendedores ambulantes que comenzó una cresta en el 2000, hasta un punto inviable en 2005, en que era imposible, me dice Mohamed, descargar la mercancía, es decir, cruzar la banqueta cargando un bulto. Ya no digamos apreciar los valores arquitectónicos de la calle, ya no digamos transitarla. Mohamed me cuenta que en 2006 algunos empresarios del centro hicieron un desayuno con el candidato a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard, y prometió que 62 • Travesías

quitaría a los ambulantes de las calles del perímetro A del Centro Histórico, que se traza según la importancia de su riqueza arquitectónica. Todo lo que ella comprende se define como monumento. Dio muchos créditos, pero en octubre de 2007, todos los vendedores ambulantes que agobiaban las calles del Perímetro A salieron. Las calles quedaron limpias. Hubo algunos “toritos” que desafiaron la prohibición pero, a partir de ese día, los vendedores ambulantes ocuparon las plazas comerciales dentro de edificios y predios baldíos que el gobierno les entregó. El mal menor fue pasar por los ocho meses que duró en la calle de Mesones (en otros puntos ha durado más) la intervención del Fideicomiso para el Centro Histórico, que siempre ocasiona amargura entre los vecinos —y luego, sin temor a generalizar, regocijo—. La calle se abre de tajo, como si fuera una trinchera, y toda la infraestructura se renueva y sepulta, luz incluida. Luego se coloca un estampado de concreto que imita el adoquín que por muchos años pavimentó las calles de la Ciudad de México, y cuyo patrón es el resultado de sesudas argumentaciones eruditas entre historiadores. Se colocan nuevas farolas, estilo 1900, se remoza cada fachada de acuerdo con criterios de autenticidad según el caso, se retiran los letreros que afean y obstruyen las fachadas, y el Centro Histórico es otro. Mohamed considera histórico el cambio. Lo fue para su negocio pero, me consta, también para muchos otros, desde la señora que tiene un local de productos oaxaqueños “auténticos” en la calle de Santísima hasta el dueño del Gran Hotel con vista al Zócalo. Lo es ciertamente para el visitante. Los clientes llegan felices al restaurante, me dice, porque han llegado tras un paseo. Ya no es sólo el cliente fiel que llega a trancas y barrancas a comer tabule, porque es una sorpresa y una gratificación llegar por esa calle de Mesones, que ha recobrado su decoro. El nombre del restaurante evoca la pluralidad cultural y la tolerancia que había bajo el Califato árabe que gobernó Andalucía durante siglos. Y cierto que es plural la oferta gastronómica del Centro Histórico. A una cuadra de allí, la Fonda de Chon, única en su giro, ofrece especialidades con insectos, como escamoles, chapulines, jumiles y gusano de maguey, todos procedentes de la dieta prehispánica. Al Andalus cierra a las seis de la tarde, porque se agota la vida en el Centro Histórico para ese tipo de negocios. El 70% está deshabitado. No hay una oferta inmobiliaria variada y satisfactoria, todavía, aunque las rentas comenzaron a subir en calles restauradas, como Regina, lo que supuso la salida de familias y la llegada de parejas jóvenes.

Museo Nacional de Arte.

Pero el centro capta desde hace años a los visitantes que van de noche. Para mi generación, las primeras excursiones al viejo centro, un poco temible, un poco sombrío, buscaban los espacios de un underground chilango, que lo volvieron una moda un poco arriesgada para vivir, pero perfectamente emocionante para estar. El Pasagüero, el Centro Cultural España, La Faena, el Hostal Virreyes, El Patio, sirvieron como base para conquistar otros antros tradicionales: el Dos Naciones, La Perla. Pasaje América y Bar Alfonso mantienen esa vanguardia. EL CASO DE REGINA Cuesta mucho visualizar Regina como era hace tan sólo tres años. Entre la Fundación del Centro Histórico, de Carlos Slim, que invirtió en varios inmuebles, y prestó apoyo financiero al proyecto de Casa Vecina, y el Fideicomiso, que se encargó de todas las etapas de su intervención, la calle se convirtió en una joya, entre Echeveste, a la altura de Bolívar, y 20 de Noviembre. La iglesia de Medina Coelli, también iluminada, abre un paseo que sigue por la cafetería Jekemir (otro emplazamiento libanés), La Bota, y otros negocios que van abriendo, y que conviven con los de los vecinos: una tortillería, una lonchería, una tienda de máquinas de coser. Un paseo deleitable. No sólo cada fachada depara un valor visual —los colores pistache, mamey, canario, le dan un aire habanero—, también es el ejemplo de un Centro Histórico de noche. Los niños andan en triciclo hasta la una de la madrugada, por una calle que hace tres años era territorio de dealers y microcaciques. Regina es el escaparate y el laboratorio del nuevo Centro Histórico. Un bar adornado con basura, La Bota, de Toño Calera, fue el pionero ahí, junto a Casa Vecina, un proyecto de promoción cultural con una faceta orientada a los vecinos del entorno y otra a la comunidad artística. Me dice que la moneda está echada entre la “gentrificación” y la posibilidad de un centro plural. Él quisiera

que la moneda cayera de canto, pero lo cierto es que Casa Vecina perdió su ala social, concentrándose exclusivamente en la comunidad de artistas. Las rentas, me informa, comenzaron a subir hasta 120%, y algunos de los viejos vecinos están buscando otros sitios. Otros persisten: algunos negocios están fructificando. Otros, como el de máquinas de coser, seguramente habrán de buscar mejor sitio. Algunos más reciben ofertas agresivas de renta, como la pollería, que podría ser un local ideal para un café. El pollero se resiste, pero no se sabe si porque su negocio va muy bien, o por arraigo. La moneda está echada, como dice. Pero no me cabe duda de que el Centro es demasiado grande como para seguir un proceso homogéneo, simultáneo y con resultados similares. Es gigante. Es una ciudad. El centro nuevo ya está cambiando, a su vez. TEATRO DEL PUEBLO Encima del barrio antiguo de Mixcalco, la tapadera de ambulantes se levantó para dejar al descubierto un fósil de la arquitectura socialista maravillosamente preservado. El mercado Abelardo L. Rodríguez combinaba las funciones comerciales de mercado, adosado a una escuela para los niños de los comerciantes, con un teatro para su expansión espiritual y un centro cívico adornado con murales de adoctrinamiento ideológico y la representación idílica o heroica del mundo del trabajo. Estas funciones básicas perduran. Por una escalera se pasa del mercado a un salón en que los jovencitos ensayan pasos de ballet. La escuela ejerce, como el mercado y todo lo demás. Las verduleras despachan a la sombra de murales que siguen predicando las consignas incendiarias de los años 30: “Armas al pueblo para aplastar a la reacción”, “Acabemos con el sistema capitalista para acabar con los explotadores”. Leyendas que disputan, y en realidad pierden, la primacía frente a las escrituras vivas que invitan a comer “spagety” en las cocinas económicas del lugar. Mil quinientos metros Travesías • 63


Capilla de Manzanares.

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Sanborns de los Azulejos.

Regina

cuadrados de murales que recientemente entraron a un programa de conservación. La rareza que los corona es la obra de Isamu Noguchi, Historia de México, un relieve voluminoso de concreto de 20 metros de largo, igualmente inspirado por un tanto de odio a la burguesía y otro tanto de fe en la emancipación tecnológica, e igualmente encargado, pagado y palmoteado por el Estado. No estamos lejos de Tepito. En un costado de los muros del Teatro del Pueblo, un santero temible me invita a la lectura de mis cartas. Como parte de la recuperación de espacios, hace medio año se concedió el uso del teatro y los talleres al grupo Central del Pueblo, que imparte becas y clases gratuitas a jóvenes de la zona. Echaron a andar el Teatro y lo incorporaron al circuito de festivales. Fue, según me dice uno de los organizadores, el teatro más activo en el semestre que tiene de vida. Y espera, como los empresarios, como el gobierno, que el centro se pueble. Tal vez la ley que prohibirá usar habitaciones como bodegas en el Perímetro A lo favorezca. 64 • Travesías

Hay muchos otros centros históricos, algunos de ellos remozados, como la plaza Pugibet, al sur. Otros que esperan todavía su rescate, como la zona al sur de la Alameda, que nada debe, me dice Inti Muñoz, el director del Fideicomiso para el Centro Histórico, al Art Deco District de Miami. Es una tarea gigantesca. OPTIMISMO En mi visita, tuve por guía a Lupita Gómez Collada, que elabora y publica el mapa más conciso del Centro Histórico. Pasear consultando su memoria me permitió perderme en los detalles y los secretos de uno de sus rincones favoritos, La Merced. Y me advirtió sobre la intervención de Gaby Rodríguez, del colectivo VERDF, a la Torre Latinoamericana, adonde caminé para acabar el día. Consistía en iluminar la torre de colores. Creo que el asombro y la pura y hasta inocente felicidad de la gente sintetiza la emoción que inspiran los cambios que han ocurrido en el Centro Histórico en los últimos dos o tres años. Un regocijo difícil de

definir, primigenio, inocente, feliz. Los peatones de pronto se detienen ante la Torre Latino de siempre, porque está iluminada de verde, de rosa, de azul, de morado, y resulta violentamente nueva, y es irresistible la atracción de esa presencia que, a pesar de todo, no deja de ser completamente familiar.

Los cambios, el largo y complejo proceso que está modificando de manera fundamental los modos como podemos experimentar el centro de la Ciudad de México, concluyen con la colaboración de la miradas que prestamos, en el acto de pasear, al objeto infinitamente variado y complejo del Centro Históricoπ Travesías • 65


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Guía práctica CÓMO LLEGAR Ir en automóvil no es la mejor idea. Se puede tomar el metro al Zócalo, Isabel la Católica o Merced, o sencillamente llegar en taxi. Hay un sistema de bicitaxis que funciona dentro del perímetro, ahora con motores eléctricos y mejor apariencia, y los domingos se puede andar en bicicleta con despreocupación. Está planeada la construcción de un tranvía que comunicará la parte occidental del Centro, pero hasta 2010.

DÓNDE DORMIR 1 SHERATON MARÍA ISABEL Juárez 70 T. (55) 5130 5300 www.sheratonmexico. com Habitación doble desde 330 dólares la noche.

Moderno, pertenece a la era de la renovación. Desayunar en El Cardenal, su restaurante, es un ritual que se convida con chocolate de tres tantos, nata fresca con pan recién horneado y omelette de huitlacoche o huevos ahogados en frijoles de la olla. Y las vistas de sus cuartos son excepcionales. 2 GRAN HOTEL DE LA CIUDAD DE MÉXICO 16 de Septiembre 82 T. (55) 1083 7700 www.granhotel delaciudaddemexico. com Habitación doble desde 1 600 pesos la noche.

DÓNDE COMER 3 AL ANDALUS Mesones 171 T. (55) 5522 2528 www.restaurantes alandalus.com.mx Diario de 9 a 18 horas. Aproximadamente 250 pesos por persona.

En una mansión colonial fresca y amarilla se sirve la mejor comida libanesa del Centro Histórico. Pedir tabule, jocoque y kepe crudo. 4 DON CHON Regina 160 T. (55) 5542 0873 www.restaurantechon. com Lunes a sábados de 12 a 18:30 horas. Aproximadamente 300 pesos por persona sin bebidas.

El chef legendario, don Fortino Rojas, ofrece “comida campestre” mexicana: ahuautles, escamoles, gusanos, en un local sin linduras. 5 DON TORIBIO Juárez 30, piso 5 T. (55) 5518 7595 Lunes a sábado de 8 a 18 horas. Aproximadamente desde 100 pesos por persona.

Nuevo, sirve un menú satisfactorio sobre el fondo de una vista espectacular de la Alameda.

6 ESPARTACO 5 de Mayo 29-E

0 LA RISA Mesones 21

La taquería cuya preferencia identifica a los verdaderos conocedores del Centro Histórico.

Pulquería que cumple 103 años. Para los valientes que toleran la consistencia del brebaje, hay curados de piñón, pistache y cacahuate. Chicharrón en salsa verde y calabacitas con elote de botana.

7 TLACOYERÍA DEL PERPETUO SOCORRO

Negocio de insólita especialidad, que los sábados introduce la arriesgada variedad del pozole, en el corredor peatonal de Santísima, entre Moneda y Soledad. Bueno para almorzar. Dicen que no hay mejor.

BARES Y CAFÉS 8 LA BOTA Regina 48, esquina Callejón Mesones Miércoles a sábado de 13 a 2 horas. Lunes y martes de 13 a 24 horas. Cervezas, 25 pesos, botellas desde 140 pesos.

Buen sitio para tomar cerveza y choripán sobre Regina, si el barroco de chatarra que domina estilísticamente la decoración no desalienta.

CAFETERÍA EQUIS Roldán 16 T. (55) 5522 4263 Lunes a viernes de 10:30 a 16 horas; sábados de 9 a 16:30 horas. De 70 a 130 pesos por persona. 9

1 JEKEMIR Isabel la Católica 88, casi esquina con Regina T. (55) 5709 7038 Lunes a viernes de 9 a 20 horas; sábados de 9 a 19:30.

Ofrece entremeses y repostería árabe. Uno de los cafés tradicionales. 2 DULCERÍA DE CELAYA 5 de Mayo 39 T. (55) 5521 1787

Desde 1870, con el único letrero comercial catalogado por la unesco como tal. Si no fuera exquisito al paladar, valdría la pena tan sólo como turismo léxico: aleluyas, suspiros, puerquitos, arlequines, sellitos de coco, guayabitas y cachitos de piñón.

NOTA SOBRE EL MAPA Los edificios marcados en amarillo están iluminados de noche.

Expende grano desde 1930, pero también sirve café.

La opción clásica, con vista al Zócalo. El lobby es una alhaja art nouveau, rematado por una cúpula de Tiffany.

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