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LAS CAJAS

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DE LA MEMORIA

En enero, el mundo supo que una familia mexicana guardaba hace décadas cientos de negativos de Robert Capa, el fotógrafo que contó como nadie la Guerra Civil española. pocos repararon en un hombre clave en esta historia: el general mexicano Francisco Aguilar González, un diplomático conservador marcado por escándalos de contrabando, quien dejó el material a sus herederos. Su historia, hasta hoy desconocida, cuestiona la imagen de un México progresista, solidario con la izquierda española. / P o r D I EG O FLO RE S M AG Ó N

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e paso por Nueva York en enero de 2007, la curadora anglomexicana Trisha Ziff fue a visitar a sus colegas del International Center of Photography (icp) con quienes había trabajado en otras ocasiones. Los curadores estaban preparando un viaje a Ciudad de México para montar una exposición de fotografía africana en el Museo Tamayo. “Fue cuando me pidieron ayuda por primera vez”, dice Ziff. Brian Wallis, el curador en jefe del icp, le solicitó que entrara en comunicación con una persona en México que decía, sin más pruebas, estar en posesión de un acervo de negativos fotográficos del húngaro Robert Capa con imágenes de la Guerra Civil española tomadas entre 1936 y 1939. Durante muchos años los expertos pensaron que esos negativos se habían perdido irremediablemente. Incluso Capa, la encarnación del fotógrafo de guerra temerario y errante, les había perdido la pista. Los dejó en un cuarto oscuro de París, cuando la inminente entrada de los nazis lo obligó a escapar hacia Estados Unidos. Capa murió en Indochina en 1954 después de pisar una mina, sin haber visto de nuevo el material de España. Una carta que ese mexicano, Benjamín Tarver, envió en 1995 al profesor Jerald R. Green de Queens College, experto en Guerra Civil española, fue el primer indicio de que el material podía no estar perdido. Tarver pedía asistencia del profesor y de la universidad para preservar, catalogar y hacer pública la colección. Green avisó de inmediato a Cornell Capa, fundador de icp y hermano de Robert, quien se puso en contacto directo con Tarver para tratar de recuperarlos. Las negociaciones, sin embargo, se empantanaron. Benjamín Tarver no que­ Las cajas contenían fotos ría dinero a cambio de los negativos, y de Capa, su compañera Gerda esto dejó al icp sin recursos de negociaTaro y su amigo David Chim Seymour. ción. Hubo un desencuentro entre el Caja verde de negativos vintage planteamiento práctico del icp y el de© International Center of Photography.

seo no atendido de Tarver de materializar su herencia en un producto significativo, sin saber todavía precisamente en qué. Si la base del intercambio no podía ser simplemente monetaria, era necesario idear una solución distinta, pero la distancia, la falta de un intermediario capaz de conciliar a las partes, y el agotamiento del recurso económico se tradujeron en un hiato de doce años en que el icp no pudo siquiera comprobar la existencia del material fotográfico, ni conocer personalmente a su dueño, que sencillamente no se presentaba a sus citas. Trisha Ziff regresó a Ciudad de México con la encomienda de resucitar una negociación casi desahuciada. En total, a Ziff le tomó tan sólo ocho meses destrabar con éxito la transacción que había comenzado —y prácticamente acabado— en 1995. “Fue muy simple, muy directo”, dice. Tarver estaba muy preocupado por el deterioro de los negativos y el icp podía atender esa preocupación. “Él quería, por otro lado, hacer algo con ellos —dice Ziff—, de modo que organicé un intercambio”. Todo el asunto se formalizó en un contrato que consistió en la cesión del material fotográfico de Tarver Agradecemos la información de María Paz Gaviria desde Nueva York. GATOPARDO 61


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al huir de par铆s por la entrada de los nazis, capa dej贸 los negativos a un amigo que huy贸 a marsella. nadie sabe c贸mo terminaron en manos de aguilar. 62 GATOPARDO


al icp, a cambio de los derechos para que Tarver pudiera hacer con las imágenes un documental, a sugerencia de Ziff. Se citaron por primera vez en mayo de 2007 en el estudio de Tarver, cerca de avenida Reforma, en Ciudad de México. En uno de los estantes, Trisha reconoció un retrato de Gerda Taro, la compañera de Robert Capa que murió cerca de Brunete durante la Guerra Civil española. La foto delataba el valor personal que los negativos tenían para Tarver, un hombre ya entrado en los sesenta años, reservado, amigable, que supo tasar desde el primer momento la importancia de ese material. Fue la primera de varias reuniones en que el interés de Tarver por el cine se perfiló como la base de un acuerdo satisfactorio para ambas partes. Ziff acudió a su tercer encuentro acompañada del cineasta Everardo González, quien podría contribuir decisivamente al proyecto cinematográfico de Tarver. En esa ocasión Ziff consiguió vencer la renuencia inicial del propietario de los negativos y fotocopiar dos hojas de contacto que sirvieron de prueba de la existencia del material y del rumbo esperanzador de las negociaciones. Durante los siguientes cinco meses, Ziff sostuvo un diálogo con Tarver, “buscando lo más conveniente para él y lo más conveniente para el icp”. Finalmente se pudo formalizar un acuerdo y la cesión del material se concretó en diciembre. Aunque el icp mostró interés por conocer a su benefactor, Tarver prefirió no viajar a Nueva York y Ziff tomó un vuelo para llevar los negativos a su destino final. El 27 de enero de 2008, el New York Times dio cuenta de la extraordinaria recuperación de lo que se llamó el maletín de Capa, tres cajas de cartón divididas en celdas reticulares rotuladas a mano con señas acerca del contenido: Manuel Azaña, Federico García Lorca, La Pasionaria. La nota reveló que el acervo contenía no sólo imágenes de Capa, sino también de Gerda Taro y David Seymour, Chim, quien fundó con Capa la agencia de fotografía Magnum en 1947. El Times subrayaba que el descubrimiento del maletín tenía importancia más allá de la curiosidad histórica: iba a echar luz sobre el periodo formativo de un fotógrafo que había modificado la manera en que la humanidad miraba la guerra. Y suponía la recuperación de un jirón de la memoria visual del siglo xx. El artículo también abordaba uno de los grandes misterios del caso, que era la manera como los negativos habían llegado a manos de Tarver. Cuando Capa se fue de Europa para escapar de la invasión nazi, le encargó a su compatriota y compañero de adolescencia Emérico Weisz, conocido como Chiki, que rescatara los negativos de su cuarto oscuro de París. Se cree que Chiki tomó los negativos y se los llevó a Marsella, tratando de salir de Europa. No se sabe cómo, pero esos archivos acabaron en manos del general Francisco Aguilar González, entonces embajador de México en Francia. Lo que sí se sabe es que el general González murió en 1967 y que heredó sus pertenencias a su mujer, María Luisa Boysen de Aguilar, quien a su vez transfirió las propiedades del general a sus descendientes, entre ellos a su sobrino político Benjamín Tarver. La cobertura de la Guerra Civil El New York Times respetaba el anonimaespañola de Capa y sus compañeros to que Tarver solicitó y se refería a él como a un cambió la manera en que la humanidad “cineasta mexicano”, pero su identidad se contempla la guerra. despejó unos días más tarde en el periódico Sobres de negativos vintage de Gerda Taro mexicano La Jornada. La duda que persistía, © International Center of Photography

sin embargo, era quién fue ese general mexicano que le heredó los negativos. El periodista Juan Alberto Cedillo, autor de Los nazis en México, un libro reciente premiado por la editorial Debate, publicó en diciembre una nota en la revista Proceso donde argumentaba sobre la supuesta filiación fascista del general Aguilar, lo que hacía aún más fabulosa la intriga de cómo el acervo fotográfico de tres antifascistas judíos había terminado en las manos de un general mexicano posiblemente partidario de la Europa de Hitler. Consulté con el historiador Ricardo Pérez Montfort, que ha rastreado con rigor las huellas del fascismo en México. Nunca había escuchado hablar de Aguilar, a pesar de haber “peinado” miles de expedientes del Archivo General de la Nación en busca de indicios en el México de los años cuarenta. Bien leído, el libro de Cedillo permitía por lo menos deducir con certeza que el general participaba en actividades de contrabando.

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o primero que vi cuando fui al archivo histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores para consultar el expediente del general Francisco Aguilar González fue una leyenda a lápiz en la carátula de su expediente que decía “No se muestre al público”. Las dos mil fojas del expediente no podían ocultar el motivo de ese celo burocrático: la historia de Aguilar impugnaba la imagen de una solidaridad mexicana unánime hacia los republicanos españoles y deshonraba al Gobierno mexicano. México adquirió una enorme estatura internacional debido a su política de solidaridad con la República española tras la sublevación de las fuerzas golpistas del general Francisco Franco en 1936. Durante la Guerra Civil, este apoyo se tra­dujo en venta de armas y municiones y, tras la derrota de la República, en una apertura a los refugiados que salvó a miles de ellos de las represalias del ejército franquista y de una Europa amenazada por Hitler. Como emblema, en junio de 1937 llegó un grupo de niños españoles a bordo del Mexique y dos años más tarde llegó el Sinaia con dos mil exiliados, primeras de una serie de expediciones que transportaron a más de cincuenta mil refugiados de la Guerra Civil española a México. Se GATOPARDO 63


capa “transterró” a un grupo destacadísimo de intelectuales que prosiguieron su producción en México, amparados por instituciones como el Fondo de Cultura Económica y El Colegio de México. Esta acogida tuvo enormes consecuencias culturales y sociales para el país y sirvió para apuntalar la imagen de una tierra de refugio. La política de solidaridad del gobierno del presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940), no obstante, tuvo sus descontentos, y produjo un desgaste muy considerable de sus gestores. El conflicto a muerte entre comunistas y socialistas al interior del Gobierno de la República en el exilio significó una contrariedad para el Gobierno mexicano. La admisión de refugiados también provocó otras tensiones en la sociedad mexicana. Grupos conservadores, incluida la colonia española que había inmigrado por motivos económicos antes de la Guerra Civil, habían protestado por la llegada de españoles rojos y ateos, como se caracterizaba a los republicanos. De hecho, el proyecto político cardenista, especialmente la educación socialista y las consecuencias económicas de su capítulo agrario, produjeron una polarización muy aguda de la sociedad mexicana. Cárdenas terminó nombrando como sucesor a otro ge-

la hija de otro diplomático recuerda que aguilar alardeaba de “sus contrabandos”. neral, Manuel Ávila Camacho, de perfil más conservador, quien ganó la presidencia en elecciones fraudulentas. Ávila Camacho imprimió un giro a la política nacional que comenzó por un relevo del personal político en puestos clave para el gobierno, incluidos los que tenían que ver directamente con la política de asilo. La designación de Francisco Aguilar González como ministro de México ante el gobierno pro nazi de Vichy tenía como propósito cambiar la dirección del trato a los republicanos españoles.

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aura Bosques, hoy una anciana que a menudo recibe honores por la obra de su padre, conoció al general Francisco Aguilar González en Francia en 1940. Don Gilberto Bosques era entonces el cónsul general de México en Marsella. Laura recuerda a Pancho Aguilar como un tipo bromista, ruidoso, fanfarrón, que alardeaba, entre chistes, de “sus contrabandos”. Me encontré en el expediente de Aguilar una denuncia que envió a la Secretaría el general Francisco J. Mújica, un cardenista desplazado. Retrata con puntualidad a Aguilar y su estereotipo histórico. Cita al general diciendo que en México se pone el uniforme militar, porque, “si un taxista se pone pesado, le digo lo que se me antoja, y me lo aguanta, porque las águilas imponen”. Describe su “enfermiza manía de despreciar” y sus malos hábitos. Su “miseria moral”. Mundano, fatuo, arrogante, azota carpetas en el escritorio de sus empleados como gesto de superioridad intempestiva. Baja de sus habitaciones a las oficinas de la embajada a la una y media; pone a despachar a la señora Sonia, su amante noruega; apoda “culo apretado” a Juan Manuel Álvarez del Castillo, su colega embajador 64 GATOPARDO

de México en Río, porque percibe en su decencia un afeminamiento. Personajes revolucionarios que son un tipo literario —Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, Andrés Ascencio, de Ángeles Mastretta— cifran a toda una generación de militares mexicanos que se forman en el campo de batalla, que se enriquecen de manera descarada aprovechando sus cargos públicos, y reciben un aval pasivo del régimen. Los documentos del archivo dibujan el perfil de un general que escala de manera vertiginosa rangos militares y civiles durante y después de la Revolución mexicana. Es pariente de Francisco I. Madero, el líder de la Revolución, cuyo movimiento lo arrastra a la lucha armada. Es capitán a los 19 y teniente coronel a los 25. Tiene 27 cuando el presidente lo incorpora a la diplomacia, como agregado militar en Suecia (su jefe, el embajador Julio Madero, reporta: “es algo irrespetuoso, en lo privado, pero se debe a que es pariente mío… Cuando tiene que hacer es activo, cuando no, indolente. Rara vez se para en la legación”). Luego de ser embajador

Un escándalo en Argentina acabó con la carrera diplomática de Aguilar, quien pasó por Asia, América y Europa. Su legajo tenía una leyenda: “No se muestre al público”. Expediente 42-2521, Archivo Histórico Genaro Estrada de la Dirección General del Acervo Histórico Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores.


en Japón y China, el gobierno del presidente Manuel Ávila Camacho lo comisiona en enero de 1941 como representante de México ante el gobierno pro nazi del mariscal Henri Philippe Pétain, con sede en el pueblo de Vichy. La embajada en Francia era la instancia crucial para trasladar a México a los cientos de miles de refugiados que habían huido de España tras la victoria fascista y se encontraban confinados en campos de concentración que la policía francesa había improvisado para contenerlos en la costa sur. Recibían como subsidio el dinero que el Gobierno de la República en el exilio tenía ubicado en México y que mensualmente transfería a Francia por medio de la embajada. Los representantes mexicanos habían conseguido formalizar un convenio con el Gobierno francés, que estaba dispuesto a cooperar con tal de quitarse de encima la carga que esos “indeseables” españoles suponían para su erario.

Ezequiel Padilla, el secretario de Relaciones Exteriores de Ávila Camacho, era el funcionario más contrario a los compromisos heredados por el gobierno cardenista con respecto al exilio. Pero el enorme prestigio del gobierno de Cárdenas y el lugar que la política hacia la República española ocupaba en la retórica nacionalista cancelaban la posibilidad de terminar con esos compromisos de manera abierta. Padilla ensayó un subterfugio para desembarazar al Gobierno mexicano de ellos: el general Francisco Aguilar González, como más tarde admitía un memorándum de la Secretaría, demostraría “empeño en que se cree una situación de conflicto que dé lugar a la ruptura de relaciones con el gobierno del Mariscal Pétain”. El sentido de la representación mexicana ante el Gobierno de Vichy era proteger a los refugiados españoles. La ruptura con Francia sabotearía esa protección. Aguilar sugirió, como alternativa, negociar con Franco, por medio de Vichy, una amnistía para los refugiados, de manera que pudieran regresar a España y liberar a México de su responsabilidad. El ardid se frustró, sin embargo, cuando quedaron al descubierto otras actividades de Aguilar. La Secretaría de Relaciones Exteriores tuvo que relevarlo cuando se supo, en junio de 1942, que especulaba en el mercado negro de divisas con el dinero que el Gobierno republicano en el exilio enviaba a los refugiados en campos de concentración. Tan pronto como asumió su cargo, el general había modificado el sistema de los envíos de cuatro millones de francos mensuales. En lugar del Banco Federal de Suiza, los hacía enviar a su nombre a otra institución bancaria “sin importancia”, Pictet & Co. También desplazó a Palma Guillén, delegada de México ante la Sociedad de Naciones, que solía llevar el dinero de Ginebra a Vichy, y se comenzó a encargar de la transacción en persona. Con el dinero de los españoles, Aguilar compraba oro en Suiza y lo introducía clandestinamente a Francia, donde estaba prohibida la importación de ese metal. Lo vendía en el mercado negro a clientes alemanes e industriales franceses. “La ganancia obtenida de tal manera es enorme”, escribió la profesora Palma Guillén en su denuncia a la Secretaría. El general GATOPARDO 65


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El general y su esposa María Luisa Boysen de Aguilar durante su segunda estadía en China, a finales de los años cuarenta. La guerra civil en ese país obligaba a los diplomáticos a vivir en condiciones precarias.

se apoyaba en el agregado Vicente Nájera y otros empleados de la embajada. En alguna ocasión le ofreció a Palma Guillén 20 por ciento de la ganancia si participaba. La diplomática estimó la ganancia en dos millones de francos mensuales. Para aumentar los réditos del contrabando, Aguilar pidió que los envíos se hicieran cada tres y cuatro meses. La transferencia de los subsidios se demoraba meses a causa de este negocio, mientras los refugiados medraban en campos de concentración. Cuando las operaciones del general Aguilar se filtraron a la prensa mexicana, la Secretaría decidió ordenar su regreso a México. Este enorme descrédito y el aumento de la influencia de Lázaro Cárdenas en el nuevo gabinete condujeron a que se nombrara en su lugar a Gilberto Bosques, que por su compromiso con la causa de los refugiados se convirtió, según el historiador Ricardo Pérez Montfort, en “una piedra en el zapato” del Ejecutivo. La invasión alemana al territorio que aún controlaba Pétain, cinco meses más tarde, puso término a la soberanía francesa, y con ello, a la viabilidad de seguir ayudando a los republicanos. La Secretaría de Relaciones Exteriores concedió al general Aguilar un exilio dorado como embajador en Suecia luego de pasar dos años “en disponibilidad” en México. Aguilar aprovechó este descanso para fundar un banco de inversiones como socio mayoritario. Cuando llegó su nuevo nombramiento, su amigo Pablo Ortiz Campos lo tranquilizó: “No puedo ser más explícito, pero te aseguro que tu cambio a Estocolmo ha sido acordado por el licenciado Padilla con deseos de servirte”. Es el trato que la “familia revolucionaria” deparaba a sus hijos predilectos. De allí en adelante, el expediente de Aguilar está tachonado de incidentes dudosos, que culminan con su suspensión definitiva en 1958. Es cuando un diputado argentino descubre

y documenta que el embajador mexicano, Francisco Aguilar, introdujo por franquicia diplomática miles de artículos estadounidenses al país sudamericano. El carácter internacional que adquirió este episodio forzó a la Secretaría a cesarlo. La caravana de sus pertenencias hizo su procesión final a su domicilio de Palmas, en la zona de Chapultepec en Ciudad de México, donde Aguilar murió en 1967.

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no puede imaginar que el prestigio de México como un país amigo de los perseguidos puede haber llevado a Chiki Weisz a entregar los negativos de Capa, Seymour y Taro en confianza al general Aguilar o a alguno de sus allegados en la embajada, luego de recogerlos en el estudio de Capa en París, a mediados de 1939. Lo único que sabe el hijo de Weisz es que Chiki se los dio a alguien en Marsella, donde había huido cuando los nazis ocuparon París en junio de 1940. Ahí podría haber entrado en contacto con el general, que había llegado a Vichy en enero de 1941, y, como el resto del personal de la legación mexicana, viajaba constantemente a Marsella. Tiempo después un agente de la policía francesa arrestó a Weisz —que tal vez espeGATOPARDO 67


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Fotos tomadas por Capa Y Taro: Discusión y llamada telefónica al centro de comando, Río Segre, frente de Aragón, cerca de Fraga, España, noviembre 7, 1938 © Cornell Capa / Magnum Photos. (Arriba izquierda)

Teruel, España, enero 1938 © Cornell Capa / Magnum Photos. (Arriba derecha) Gerda Taro. Funeral del general Lukacs, Valencia, junio 16, 1937 © International Center of Photography (Abajo)

raba la entrega de un salvoconducto para salir del continente— por no tener papeles, por ser judío y, con toda seguridad, un rojo. Lo trasladaron al campo de concentración de Oued-Zem, en Marruecos, en el verano de 1941. Robert Capa, su amigo de adolescencia, consiguió, por medio de un contacto en México que Gobernación le expida un visado y gracias a ello logró embarcarse en el Serpa Pinto, en diciembre de 1941, rumbo al puerto de Veracruz, en México, de donde no volvió a salir jamás. Su viaje a México fue definitivo y sé por su hijo Gabriel que también fue, de alguna forma, un exilio de la memoria. Se olvidó o no quiso recordar nada acerca de los negativos porque no le gustaba hablar del pasado.

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a casa de Trisha Ziff da la espalda a la casa azul de Frida Kahlo, en Coyoacán. Es un amplio espacio decorado con un gusto exquisito: la casa de una curadora. “Es el primer fin de semana que puedo pasar en casa”, me dice. Tiene en sus manos la primera copia del documental sobre la fotografía de Alberto Korda del Che Guevara que acaba de posproducir en Los Ángeles. Es curioso que su documental y la larga peripecia de los negativos terminen casi simultáneamente. A Trisha le interesa mucho saber si el general era nazi. Cuando le hablo de los documentos del archivo me pregunta si hay ahí evidencias, con la mirada fija por un instante. Le digo que no. La posibilidad de que lo fuera le inquieta. Se trata de tres fotógrafos judíos. Tal vez si el General fuera nazi, en su labor habría la rectificación de un mal. Pero yo creo que el General era un pillo y poco más. El problema de la propiedad legítima de las fotos está llamado a merodear.

Conjeturo que Trisha finalizó una acción que tardó setenta años en consumarse: la interrumpió una guerra, un despojo, el olvido. Benjamín Tarver tuvo que renunciar a su tesoro para que ese ciclo concluyera. No conocemos esa parte de la historia, pero los doce años que tomaron las negociaciones demuestran el carácter necesariamente penoso de ese desprendimiento. La idea misma de un ciclo cumplido puede ser una ficción narrativa. Posiblemente no exista propiedad legítima fuera del interés puramente práctico sobre la seguridad, la preservación y difusión de las imágenes. Hasta donde puedo inferir, ésta fue la preocupación que movió a Benjamín Tarver. Es posible que los negativos no tengan dueño. O quizá las imágenes sean del pueblo español de Brunete, que expresó, como colectividad, su deseo de verlas, porque quiere recordarse, recuperar su memoria. O del viejo catalán de 84 años que se reconoció en un periódico, en una foto en que aparece de niño jugando entre la chatarra de un avión desplomado. Esa imagen es suya en un sentido radical y ontológico: es un recuerdo de sí mismo. GATOPARDO 69

Las cajas de la memoria  

Artículo sobre los negativos encontrados de Robert Capa, Gatopardo

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