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la generación que imaginó otro mundo Por Gerardo Estrada

Como pocos otros años, 1968 fue un parteaguas en la historia del siglo xx. En diversos países y en distintos contextos políticos, los jóvenes hijos de la clase media urbana tomaron las calles para rebelarse ante lo establecido. Sus emblemas: el rock and roll, la liberación sexual, el Che, la minifalda, las consignas libertarias. Un protagonista de esos años y promotor del recién inaugurado museo Memorial del 68 de la Universidad Nacional Autónoma de México evoca los aires de la época y hace un saldo de su legado. 102 GATOPARDO


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Mary Quant, inventora de la minifalda. GATOPARDO 103


sesenta y ocho

En una portada reciente de la revista Newsweek, aparecía en medio de una alegre profusión de colores psicodélicos la leyenda: “1968, el año que definió lo que somos”. Pocos años en la historia reciente de la humanidad serán considerados un parteaguas como el de 1968. Quienes lo vivimos estábamos inflamados por la fiebre que provocaba el entusiasmo y la voluntad de trascender a los 20 años, pero nunca imaginamos cómo iban a culminar esos días ni la enorme relevancia que ese año tendría en el futuro. No advertíamos el enorme significado de la coincidencia histórica que vivíamos: ciudades tan distantes no sólo en la geografía, sino del desarrollo social, político y económico en el mundo como París, Bombay, México, Los Ángeles, Chicago, Berlín, Río de Janeiro o Praga se vieron envueltas en protestas estudiantiles con propósitos diferentes, pero sorprendentemente parecidas en sus expresiones y sus formas de manifestar el descontento, sus consignas y las actitudes de los nuevos rebeldes frente a las instituciones. ¿Cuál fue el común denominador de estos actos de protesta? ¿Qué alentó esas manifestaciones? ¿Cuáles fueron sus raíces? Son preguntas que sólo se pueden responder si uno mira más allá de las circunstancias sociales que se vivían en cada lugar, pues el panorama político era tan disímbolo que no cabría la posibilidad de encontrar una sola causa. Por ejemplo, en París el sistema académico y el desgaste del régimen gaullista es lo que se pone en cuestión; en Estados Unidos, el rechazo a la guerra de Vietnam, la lucha contra la discriminación racial y el feminismo son los motivos esenciales de las protestas; en Praga, la primavera de la libertad se enfrenta a la represión soviética; en México es el agotamiento de un régimen autoritario lo que saca a la gente a la calle; en Brasil, es la lucha contra los militares golpistas. ¿Qué teníamos en común? Para empezar, que éramos jóvenes estudiantes universitarios de entre 16 y 25 años promedio, hijos privilegiados de las clases medias urbanas ascendentes, en paisajes igualmente urbanos. ¿Qué nos identificaba? Para empezar, la música, el rock and roll convertido en lenguaje juvenil por excelencia, particularmente la música de los Beatles escuchados por todos y “más famosos que Jesucristo”, según su propia declaración blasfema. También estaba en juego la revolución femenina, producto en parte de la popularización de la píldora anticonceptiva en el mercado, y la consecuente liberación sexual, resultado de la pérdida del miedo al embarazo. El acostarse temprano para llegar a dormir a 104 GATOPARDO

casa a buena hora. Actitudes nuevas que tienen su expresión visual en los maravillosos destellos que provoca la minifalda. Por último, experimentábamos el advenimiento de la aldea global, la televisión universal que nos transmite de manera inmediata lo que sucede en todas partes del mundo: la guerra de Vietnam en vivo pero también el “All You Need is Love” y el “Imagine” de John Lennon que expresan un deseo de cambio y una nueva actitud. Todo ello implicó el rechazo a las instituciones tradicionales, a todo el establishment: autoridades universitarias, profesores, gobiernos, partidos políticos, sindicatos, iglesias. Símbolos comunes: los puños cerrados, las banderas rojas, la imagen del Che Guevara, las consignas libertarias: “Prohibido prohibir”, “Haz el amor y no la guerra”, “La imaginación al poder”, “Seamos realistas pidamos lo imposible”. Al mismo tiempo surgían en todas partes nuevas formas de expresión artística: el Cinema Novo brasileño nos conmovía, el teatro se actualizaba, la danza descubría en el cuerpo nuevas posibilidades y la música exploraba dimensiones con la ayuda de las nuevas tecnologías y los sonidos de la sociedad postindustrial. En Europa el boom latinoamericano irrumpía y nuestros escritores, Cortázar, Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, se volvían imprescindibles. Si la imaginación aún no tomaba el poder, sí ampliaba sus horizontes en el genio y talento de los creadores. Esta atmósfera era la que vivíamos en circunstancias distintas, con mayor o menor libertad, en espacios tradicional o supuestamente libres como el de las democracias europeas (Berlín, París, Estados Unidos), en lugares amenazados por la dominación extranjera (Praga), o disminuidos por las dictaduras como el Madrid de Franco y el Río de Janeiro de los militares. Pero por todas partes estos aires de libertad cambiaban a los jóvenes de entonces para definir de muchas maneras lo que hoy somos. Aunque se suele pensar que sólo Brasil y México vivieron con intensidad las revueltas estudiantiles, el resto de América Latina también vivió una época de agitación universitaria. Nunca antes la matrícula de las universidades había sido tan grande. Los estudiantes latinoamericanos compartían en castellano las lecturas fundamentales de la época, como Herbert Marcuse, que circulaba por toda América en las traducciones de las ediciones mexicanas y argentinas, principalmente. Cuarenta años después de estos acontecimientos: ¿Qué quedó? ¿Qué aportaron? ¿Qué se hicieron los jóvenes que participaron, en particular sus líderes? ¿En qué se convirtieron?


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La píldora se volvió parte de la cotidianidad de millones de mujeres que hoy ni siquiera se preguntan cuándo empezó la libertad de la que hoy gozan naturalmente. Las mujeres gozan hoy de más igualdad que nunca y desempeñan un papel determinante en todos los escenarios, y aunque la misoginia y el machismo no han desaparecido del todo, los hombres cada vez actuamos menos como nuestros padres y abuelos. La televisión global fue invadiendo poco a poco nuestros hogares y hoy vemos simultáneamente telenovelas y una gran variedad de programas de entretenimiento, cuyos orígenes son irrelevantes para nuestro ánimo de escapismo. Las guerras y la violencia también se han vuelto imágenes rutinarias. En los últimos años, estas imágenes han sido potencializadas al infinito por la web. Muchas modas estéticas, incluso en el vestir, se han ido acreditando como parte de un nuevo espíritu y lo que un día tenía un valor subversivo hoy se admite incluso como símbolo de estatus. Queda el desprestigio de la política. La desconfianza hacia las instituciones tradicionales como sindicatos, partidos políticos o gobiernos, creció y se multiplicó y ha obligado a la búsqueda de nuevas formas de participación por medio de las organizaciones no gubernamentales. Pero el poder sigue siendo el poder y sus reglas se imponen implacables. La democracia dista de ser lo que queríamos, pero ha ampliado su presencia, al menos formalmente, en todo el mundo. Las dictaduras militares han desaparecido en América Latina, aunque hay algunos gérmenes que amenazan con traerlas de vuelta. Quienes participaron en estos movimientos, en su gran mayoría, se volvieron padres y madres muy distintos a los suyos: sus hijos tuvieron derecho a la palabra y no vivieron bajo los mismos miedos y fantasmas que rodeaban a la libertad sexual. Las relaciones de pareja nacen bajo las mismas ilusiones de permanencia, pero ya no son lo mismo. Y al menos en el reparto de las tareas domésticas ha habido enormes avances que a las mujeres les siguen pareciendo muy menores. La mayoría de los líderes, en todas partes del mundo, no fueron cooptados como antes sucedía. Abrieron en sus países nuevos frentes de batalla como la ecología, la cultura, el arte. Partidos políticos transformados y modernizados llevaron incluso a algunos de esos líderes al poder. Para las generaciones de hoy el mundo necesita todavía muchos cambios. Además, nuevos retos han surgido como el del cambio climático. La desigualdad social y la pobreza de parte

El rock era el lenguaje juvenil por excelencia. En especial los beatles, “más famosos que Jesucristo”.

importante de la población siguen siendo una gran cuenta pendiente, pero si comparamos el mundo del 68 al de hoy nos daremos cuenta de los enormes cambios que en cada sitio se han vivido. Muchos de éstos se lograron por medio de una revolución pacífica. Otros, con el sacrificio de una generación que acabó sumida en dictaduras brutales, tal vez las peores en la historia del continente. El 2 de octubre de 1968 será por siempre en México recordatorio de lo que no debe volver a suceder. Cuarenta años después quienes vivimos estos acontecimientos sabemos que el mundo es muy diferente y a veces pensamos que hasta mejor. Falta saber qué piensan los jóvenes de hoy. Pero no debieran desechar la experiencia de una generación que imaginó otro mundo y creyó que el sueño nunca debe terminar. GATOPARDO 105


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sesenta y ocho

1968 y América Latina Por Diego Flores Magón

Tradicionalmente no asociamos el año de 1968 con América Latina. Parecería que las cosas estaban sucediendo en otras partes del mundo: Praga, París o Nueva York. Pero una mirada más atenta descubre que el mismo espíritu que dio origen a los movimientos estudiantiles en otro rincones animaba a las juventudes latinoamericanas. Y aunque ese impulso contestatario y libertario luego se polarizó entre la guerrilla urbana y la dictadura, hay manifestaciones culturales, políticas y sociales cuyo legado se siente hasta nuestros días. Civilización occidental y cristiana, de ferrari. 106 GATOPARDO


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gabo, los inicios del boom. GATOPARDO 107


sesenta y ocho En Latinoamérica, la década de los sesenta comenzó en 1959 cuando un grupo de estudiantes veinteañeros hizo una revolución en Cuba. Nada cifra mejor el optimismo y las esperanzas ilimitadas con que se inicia la década: la inminencia, o la ilusión de un cambio radical en todos los órdenes. Es el año en que el Gobierno brasileño se muda a Brasilia: la utopía urbana de un arquitecto comunista trazada para borrar con el concreto las diferencias de clase. La revolución fue sin duda la palabra favorita, la obsesión de la década, pronunciada con fervor acerca de cualquier orden susceptible de ser subvertido: cinematográfico, literario, moral y, por supuesto, económico y social. La voluntad (revolucionaria) de cambiar de manera radical y definitiva los órdenes culturales y sociales, nos dejó como monumentos literarios, arquitectónicos, plásticos: un osario de futuros incumplidos, de realizaciones artísticas visionarias —y como saldo, el duelo de unas tiranías que aún no se mitiga—. No se pueden comprender esos años, ni su desenlace, sin tomar en cuenta el fervor que arrebató a las conciencias de una generación (privilegiada por ello). Junto al superávit de energías utópicas de la juventud universitaria, se puede repasar un conjunto de obras edificadas con cálculo, en las que buena parte del mejor talento latinoamericano del siglo pasado se invirtió en la empresa de cambiar el mundo. La impronta del ímpetu revolucionario se percibe incluso en horizontes que entrechocan: la revolución urbana de Le Corbusier

Arriba: EL Che, muerto en Bolivia. Abajo: arresto de un estudiante mexicano en agosto del 68.

en Tlatelolco —obra del arquitecto mexicano Mario Pani—, el cual fue el escenario de la represión de un movimiento estudiantil que postulaba revolucionar a un régimen anquilosado en formas autoritarias. El edificio incomparable del Congreso Nacional en Brasilia se quedó sin poder en 1964, ante una dictadura militar que dio al traste con las instituciones de representación política. Sueños revolucionarios, convulsiones sociales, radicalización subversiva y ojeriza represora. Este radicalismo estentóreo y monumental —y su desenlace, sin excepciones trágico— animó a todas las disciplinas creativas. La década funesta de 1970 —que en Latinoamérica comienza el 11 de septiembre de 1973— sepultó con el horror de la represión contrainsurgente a un espíritu cuyas obras, algunas de ellas magníficas, proponemos repasar aquí.

Fiebre de guerrillas

Ante los fósiles ideológicos de las farc y Sendero Luminoso, cuesta trabajo pensar en la novedad extraordinaria de la revolución que en 1959 dirigió un comandante de 32 años llamado Fidel Castro, junto al Che Guevara, de 30. Su correligionario Camilo Cienfuegos tenía 27. El ejemplo cundió como epidemia. Una guerrilla podía destronar a una dictadura decrépita e instaurar un régimen de justicia social partiendo de una campaña rural, como si sólo bastara la determinación revolucionaria. El nuevo gobierno se propuso apoyar la creación de “muchos Vietnams” en el continente. El fracaso completo de esa tentativa quedó saldado con la muerte del Che en Bolivia, en 1967 —y unos meses antes, en Colombia, del cura revolucionario Camilo Torres. Tras la ola represiva de 1968 y 1971, algunos de los estudiantes radicalizados se unirían a tentativas armadas, como la Liga Comunista 23 de Septiembre, en México; el Movimiento 19 de abril (M-19) en Colombia, y Sendero Luminoso, un legado nefasto de la Universidad de Ayacucho a sus compatriotas peruanos. Tras un hiato que se abrió con la muerte del Che, las guerrillas resurgirían bajo una modalidad urbana, particularmente en el Cono Sur. La publicación del Mini manual de guerrilla urbana del guerrillero brasileño Carlos Marighella, en 1969, alude a este cambio de paradigma. En Uruguay, los tupamaros, un ala del Partido Socialista, y en Argentina, los montoneros, que propugnaban una versión radicalizada del nacionalismo peronista. Los golpes que instauraron regímenes militares en 1973, en Uruguay, y 1976, en Argentina, aniquiló a los dos movimientos.

Agitación universitaria Los años sesenta fue la era de los disturbios y el radicalismo estudiantil en América Latina como en ambos lados de la “cortina de acero” europea y Estados Unidos, y compartió con ellos un denominador común: la crítica radical de la dominación bajo todas sus modalidades —y el entusiasmo de la participación, que es una forma de alegría y cólera. Las matrículas universitarias aumentaron de manera espectacular durante la década de 1960. Sólo su número convertía a los estudiantes en fuerza. Su cosmopolitanismo intelectual, su desarraigo relativo son causas concurrentes que en parte dan razón del fenómeno. Las editoriales que aparecen en los sesenta son la divisa de un mercado ideológico continental, como Era, de 1960 108 GATOPARDO


(que publica París: la revolución de mayo, 1968, de Carlos Fuentes, un texto clave que pone en sintonía a los estudiantes mexicanos), Joaquín Mortiz, de 1962, y Siglo xxi, de 1966. Losada y Eudeba de Argentina (según el mito, el Che carga con un ejemplar de su Canto general cuando muere en Bolivia) contribuyen a subsidiar la pobreza editorial de la España franquista para un mercado ávido de textos arrojadizos. Entre los estudiantes peruanos se decía de broma que hacían el “servicio revolucionario” a su paso por las facultades de Ciencias Sociales y Filosofía, antes de incorporarse a un empleo en la administración federal o, de manera excepcional, pero notable, a una organización armada. La represión del movimiento estudiantil en el año de 1968 cambió para siempre el curso de la política mexicana. La Universidad de Río fue un importante foco de resistencia al golpe militar del 64 en Brasil. El gobierno dictatorial de Juan Carlos Onganía atacó la autonomía de la Universidad de Buenos Aires, enviando al exilio a muchos intelectuales de primer orden, durante la “Noche de los bastones largos”, en 1966. Sólo en el año de 1971 se registraron casi un centenar de protestas estudiantiles en Colombia, y de nuevo, en ese mismo año, una nueva represión extremó a algunos de los más radicales, que se unieron a la guerrilla urbana en México.

El chileno Víctor Jara, cantor comunista.

Canciones militantes Nada revela mejor el carácter genuino de la devoción izquierdista de la juventud de los años sesenta que el éxito de la nueva trova cubana, que de manera principal se dedicó a glorificar la Revolución. Sus canciones se coreaban como juramentos de profesión revolucionaria. El folclorismo era a la vez una moda en el vestido y una confesión antiimperialista, consagrada internacionalmente con la versión de “El cóndor pasa” de Simon y Garfunkel, en 1970. La figura del chileno Víctor Jara, militante del Partido Comunista Chileno, que murió torturado sádicamente junto con las primeras víctimas del pinochetismo, resume la identidad entre folclorismo, rebeldía y resistencia. “Gracias a la vida”, “Sólo le pido a Dios”, “Ojalá” son títulos que identifican política y sentimentalmente a una generación.

La modernidad se expresó en proyectos como Nonoalco-Tlatelolco.

Ciudades nuevas Las sociedades latinoamericanas se urbanizaron en el parpadeo de una década. Ciudad de México, como otros centros urbanos del continente, atraía todos los días a una riada de campesinos que se aglomeraban en las barriadas miserables que el antropólogo estadounidense Oscar Lewis describió en Los hijos de Sánchez. El libro produjo una convulsión moral, intelectual y política en México cuando se publicó en 1964 porque contradecía la aspiración de una modernidad nacional alineada con las corrientes internacionales del progreso. Se buscaba emparejar a la sociedad disconforme, desigual, de los años sesenta con los proyectos urbanísticos emanados del optimismo futurista de los cincuenta, como Brasilia, pero el empeño de los arquitectos (respaldado financiera y políticamente por el Estado) de contemporizar a las ciudades, desde un punto de vista habitacional, con la velocidad del cambio social, siempre quedó a la zaga. Los proyectos urbanos asociados a los Juegos Olímpicos de 1968 en México fueron una oportunidad dorada para la recreación de estas ilusiones, precisamente bajo la dirección de un arquitecto: Pedro Ramírez Vázquez, autor del Museo Nacional de Antropología (1963), la joya de la arquitectura mexicana del periodo. El logo oficial de las olimpiadas retomaba motivos geométricos prehispánicos renovados con una sensibilidad Op Art. La Ruta de la Amistad, coordinada por el artista Mathias Goeritz, concretaba una versión a escala del mundo en comunión por las corrientes del internacionalismo estético que daba la espalda al nacionalismo indigenista revolucionario y abrazaba un ideal ecuménico de modernidad. Goeritz mismo era polaco y enemigo personal de Rivera y los muralistas. Los proyectos de arquitectura civil para conformar a la sociedad latinoamericana de los sesenta con una versión de la modernidad urbana se pueden encontrar, en una escala monumental, como Nonoalco–Tlatelolco, o menuda para la proporción del problema, como los edificios de Rogelio Salmona y Hernán Vieco en Bogotá. Estos ensayos salpican todo el continente, como signos de una voluntad de progreso social y, retrospectivamente, como símbolos del fracaso de la arquitectura para remediar las discordias sociales del momento. Ciudad Guayana en Venezuela, construida a partir de 1960, es otro ejemplo de una ciudad decretada, edificada y repoblada. GATOPARDO 109


sesenta y ocho Plástica En México, la década de 1960 es el día de la bancarrota del nacionalismo revolucionario. Las revueltas estudiantiles, que exigían, de manera fundamental, la democratización del sistema, tuvieron un efecto profundo sobre las instituciones, al grado que hay consenso en remitir la historia de la transición política mexicana a esa fecha. La insurgencia de un grupo de artistas plásticos en contra de la Escuela Mexicana es otro signo de la crisis —y la crítica— de la cultura (política y pictórica) hegemónica. A diferencia del movimiento estudiantil, el Gobierno mexicano supo emplear de manera selectiva esa nueva corriente de subversión formal para sufragar la insuficiencia del nacionalismo estético, aceptación cifrada en la exposición Confrontación 66, y que se consagró con la incorporación de algunos de esos artistas a la gestión de los proyectos olímpicos del 68. La estampa de un artista como Vicente Rojo, cuyo diseño casi modula la evocación retrospectiva del periodo, irá para siempre pegada a la inmortalidad de Cien años de soledad: un verdadero amuleto cultural. En México, el arte se emancipaba de una confiscación política que había efectuado el régimen posrevolucionario para su propia exaltación monumental. En cambio, en Sudamérica, la politización del arte, ilustrada por Civilización occidental y cristiana, de León Ferrari (un Jesús crucificado a un F-16 estadounidense), de 1965, domina a la época. El movimiento Tucumán Arde, de 1968, ilustra mejor que nada este carácter predominantemente subversivo del arte plástico militante argentino. La muestra se exhibió en un local de la Confederación General del Trabajo, la central obrera opositora a la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970), que mezclaba, como haría Pinochet, el liberalismo económico con la represión del disentimiento. El arte, según su manifiesto, “aspira a transformar esta sociedad de clases en una mejor… Mueran todas las instituciones, viva el arte de la revolución”. Menos determinada por el compromiso político, la obra del brasileño Hélio Oiticica fue también subversiva desde un punto de vista formal. Oiticica, el representante más destacado del grupo Neoconcreto, sentenciaba en 1967 que “en el Brasil de nuestros días, para tener una posición cultural activa relevante, uno debe estar visceralmente en contra de todo tipo de conformidad cultural, política, ética y social”.

Los escritores: contemporáneos de todos los hombres Rayuela, de Julio Cortázar, resume la voluntad (deudora de Joyce y el surrealismo) de subvertir las formas narrativas, lingüísticas, y el proceso de lectura en su totalidad, que informa al boom latinoamericano, responsable en buena medida de la sentencia (y consigna) de Octavio Paz: “Somos, por primera vez en nuestra historia, contemporáneos de todos los hombres” (1959). La novela fue un denominador común generacional y casi espiritual de la juventud latinoamericana de la época, y junta a La región más transparente del mexicano Carlos Fuentes abrió un periodo de creación extraordinariamente fructífero y renovador en la literatura en América Latina. De ninguna manera se trataba tan sólo de una búsqueda formal. La muerte de Artemio Cruz, que el autor redactó en La Habana en 1962, plasma al régimen posrevolucionario de México con una decrepitud que en parte resulta del contraste con la juventud de la Revolución cubana. Conversación en 110 GATOPARDO

la catedral, de Mario Vargas Llosa (1969), retrata de manera implacable la miseria de Lima y, por extensión, de las ciudades latinoamericanas. A partir de 1967, nadie puede olvidar el momento exacto en que leyó por primera vez esta frase: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Heberto Padilla, poeta a juicio.

Letras revolucionarias El discurso que Castro pronunció en junio de 1961, conocido como “Palabras a los intelectuales”, era el anticipo de la intolerancia a la libertad creativa de los escritores (“¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho”), que pronto se confirmarían con la clausura del suplemento cultural Lunes de Revolución, de Guillermo Cabrera Infante. Fue el juicio contra el poeta Heberto Padilla, por un libro de poemas que el Gobierno castrista consideró subversivo para la Revolución, el hito que hizo cada vez más embarazoso y comprometedor tener a La Habana como foco del espíritu revolucionario en las letras.

Cine nuevo La “concientización” —o la denuncia— fue un propósito declarado del cine latinoamericano de la época, comenzando por el Cinema Novo brasileño, bajo la figura tutelar de Glauber Rocha. Su película Deus e o diabo na terra do sol, de 1963, dio la pauta. Las ideas del Instituto Superior de Estudios Brasileiros tuvieron una camada regional de cine encaminado a la denuncia, de calidad dispar, pero de trascendencia como lemas de inconformidad. En 1969, por ejemplo, las autoridades del gobierno militar de Bolivia prohibieron la exhibición de Yawar Mallku (Sangre del Cóndor), pero la expectativa, que se tradujo en protestas, provocó la claudicación del gobierno, y las proyecciones convocaron a una audiencia numerosísima. El documental de Jorge Sanjinés retrataba la esterilización de mujeres quechua a manos de los voluntarios del Peace Corps estadounidense, de modo que el escándalo se discutió según la retórica antiimperialista del periodo. Otro ejemplo notable es La hora de los hornos (1966-1968), de los argentinos Fernando Solanas y Octavio Getino, que sirvió de manifiesto a la teoría del Tercer Cine, básicamente antiimperialista. La película, proyectada en sesiones clandestinas, sirvió como asamblea a la oposición contra la dictadura de Onganía. El colombiano Carlos Álvarez, autor de Asalto (1968) y Manual para una huelga (1969), debe mencionarse entre los deudores del Cinema Novo junto a Miguel Littín, que buscó denunciar la miseria rural chilena en El chacal de Nahueltoro (1969). Junto (y más allá) del cine militante, el nombre de Alejandro Jodorowsky cifra mejor que ningún otro la voluntad de


revolucionar las formas cinematográficas, narrativas, simbólicas. El cine latinoamericano orientado a la búsqueda formal llevó la huella inconfundible de El topo (1970), una suerte de western psicodélico en que se mezclan las alusiones evangélicas con una parodia grotesca y críptica de la historia latinoamericana.

Cine político: La batalla de Chile.

El exilio El cine siguió la suerte del exilio. La batalla de Chile, el documental de Patricio Guzmán, que comenzó a filmarse en 1972 y acabó editándose un año después, en el exilio, se convirtió en un emblema de la suerte chilena, proyectado ritualmente en campañas de solidaridad. El golpe militar de 1976 en Argentina consumó la diáspora de la comunidad artística del Cono Sur.

Feminismo A finales de los años sesenta y principios de los setenta las mujeres latinoamericanas empezaron a reunirse de manera casi informal en pequeños grupos de autoconciencia. Habían pasado un par de décadas desde que la primera ola de feministas consiguió el voto para la mujer, la lucha ahora era otra, en un campo más privado como la sexualidad y la familia. El movimiento se inició, como había pasado en Europa y Estados Unidos, entre la clase media educada, amigas con intereses comunes y una preocupación por la situación de subordinación que veían a su alrededor o que ellas mismas sufrían se reunían en casas para comentar, discutir o leer. El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, marcó a una generación de mujeres. Entre ellas traducían textos al español o se prestaban y comentaban libros y ensayos sobre el trabajo invisible, la violencia doméstica, la dominación masculina. Aquellas que viajaban empiezan a enterarse de lo que sucedía en otros países y eso se convierte en un detonador de los movimientos en Latinoamérica. Poco a poco esos pequeños grupos empiezan a tomar forma y comienzan las asociaciones y organismos civiles. Algunos de los más activos eran: Movimiento de Liberación de la Mujer y Liga de Mujeres en Venezuela, Asociación Ecuatoriana de Mujeres en Ecuador, Acción para la Liberación de la Mujer Peruana y la Coalición de Mujeres Feministas en México. Colombia, Perú, México y República Dominicana vivieron fenómenos similares y paralelos, mientras que en países con gobiernos dictatoriales los movimientos feministas de la segunda ola, como se les llama, vinieron después.

Las revistas. Los grupos de mujeres, cada vez más organizados, empiezan a escribir y publicar. Nacen las primeras publicaciones feministas. En México a mediados de los años setenta aparecieron Fem, La Revuelta y Cihuatl. En Colombia los primeros intentos editoriales no se dieron en Bogotá, sino en Medellín, con Las Mujeres, y en Cali, con Cuéntame tu vida. Las revistas publicaban textos inéditos, traducciones de ensayos, e informan sobre sus movimientos y actividades. Se vuelven un medio de comunicación entre los grupos feministas de distintos países. Las colombianas publican textos mexicanos y las mexicanas textos peruanos. Aquellas que viajan regresan a sus países con ejemplares de revistas de género que las enteran de los esfuerzos de mujeres en otros países. Algunas de las publicaciones que nacieron en aquella época todavía existen. El aborto. Eran pocas, pero muy valientes. Uno de los grandes temas de las segunda ola del feminismo es la despenalización del aborto. La píldora anticonceptiva les permitía prevenir un embarazo no deseado. Ahora las mujeres buscaban interrumpir el embarazo. Las posturas iban desde aquellas que querían la despenalización del aborto porque la mujer es dueña de su cuerpo, y las que lo proponían sólo en casos de riesgos de salud o violación. Empezaron en todos los países pequeños movimientos. La mexicana Elena Urrutia los recuerda como grupos pequeños de mujeres que ponían por primera vez el tema sobre la mesa en circunstancias muy adversas y se exponían a ser tachadas de homicidas. Las campañas. El movimiento feminista de la segunda ola fue distinto en cada país. En algunos lugares se limita a reuniones caseras o conferencias y poco a poco a lograr pequeños espacios en los medios para promoverse, otros pasan a la acción y abren refugios para mujeres que habían sido abusadas o salen a instruir sobre procesos reproductivos o cuestiones legales. En Colombia el movimiento, aunque pequeño, es un poco más radical y anticlerical que en otros países. Las colombianas salen a la calle a gritar consignas como “Toda penetración es yanqui”, “Mi cuerpo es mío” o “Soy mujer y me gusta”. En Medellín grupos de mujeres pintan sus consignas en las puertas de las iglesias.

Contraofensiva autoritaria El golpe militar de 1964 en Brasil dio la primera nota de una reacción acorde con la paranoia anticomunista de la Guerra Fría en un país, como Argentina, habituado a los cuartelazos de rutina. Pero era un signo revelador de los tiempos que se confirmaría cuando dos países de tradición democrática, Uruguay y Chile, cayeron bajo tiranías militares en 1973. Argentina, en 1976, se uniría al patrón represivo de la década —los escuadrones de tortura y desaparición, la izquierda definida como una amenaza para la seguridad nacional e incluso hemisférica, el respaldo de Estados Unidos a los militares latinoamericanos como salvaguarda en la cruzada contra el comunismo—. El horizonte político de la década estaría dominado por regímenes militares, algunos nacionalistas (como en Perú a partir de 1966), y autoritarismos civiles, como en México, donde un partido había monopolizado el poder político por cuarenta años (en aquel entonces). GATOPARDO 111


sesenta y ocho

LO QUE NOS DEJÓ EL 68 Por Jorge Volpi

Cuarenta años después, pocos parecen estar interesados en lo que ocurrió. En México, el país latinoamericano donde el 68 está más cargado de significado, la masacre de Tlatelolco se va sumando lentamente al panteón de la historia oficial pasteurizada. En Francia, se vive un rechazo de los ideales de aquella era, del “pensamiento 68”. Un escritor nacido en ese año simbólico y autor de La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968 analiza la herencia que recibieron las siguientes generaciones. 112 GATOPARDO


A cuarenta años de distancia, el fantasma de 1968 se muestra adormecido. Fuera de unos cuantos nostálgicos, siempre dispuestos a repetir su testimonio, y de algunos radicales nacidos dos décadas más tarde, nadie parece ocuparse ya de lo ocurrido. Gracias a la habilidad mexicana para embalsamar catástrofes y pasteurizar mitos, el 2 de octubre comienza a rememorarse con la misma indiferencia que le concedemos a las fiestas patrias y, muy pronto, al Bicentenario. El pri nos enseñó a enmascarar los desacuerdos ideológicos a fin de arrebatarles cualquier aura subversiva: víctimas y verdugos comparten créditos en nuestro panteón oficial —sus nombres lucen lado a lado en los muros del Congreso y en los libros de texto— con tal naturalidad que ni siquiera el triunfo de la derecha en el año 2000 alteró esta práctica. El 68 se ha convertido así en un eslabón más en nuestra larga cadena de desventuras nacionales, con sus mártires de siempre y un solo villano a quien echarle la culpa, Luis Echeverría. Pronto los caídos en la Plaza de las Tres Culturas se incorporarán a la nómina de héroes de la patria sin que el movimiento estudiantil haya merecido una nueva y necesaria disección de sus triunfos y sus derrotas, de sus miserias y sus luces. Nuestro conformismo contrasta con la revisión exhaustiva que ha experimentado el Mayo francés, turbulencia hermana (“En cada hombre hay un Barrio Latino adormecido”). Decenas de libros, revistas, documentales, historietas y novelas colman el espacio público galo desde hace meses: infaltables testimonios de sus viejos —y un tanto abúlicos— protagonistas, acerados denuestos, reivindicaciones de sus consecuencias y severos análisis de sus detractores. Todo ello animado por un discurso de campaña de Nicolas Sarkozy, que la prensa atribuye a Henri Guaino, su filósofo de cabecera, quien no dudó en culpar al “pensamiento 68” de todos los males de la nación y se comprometió, de ganar las elecciones, a liquidar para siempre sus secuelas. Frente a su reivindicación por parte de la gauche caviar en los ochenta —los supervivientes de Mayo acomodados a la sombra de Mitterrand—, a partir de los noventa el “pensamiento 68” ha sido sometido en Francia a virulentos ataques tanto por parte de la derecha como de la izquierda radical. Desde un frente y otro se acusa al 68 de haber sido una revuelta individualista, apenas contaminada de marxismo, que sólo perturbó la democracia liberal sin cuestionarla (“Soy marxista, tendencia Groucho”). Pascal Bruckner o Alain Finkielkraut lo miran como un sobresalto burgués, derivación extrema de los happenings y

las vanguardias de principios del siglo xx, desprovisto de visión crítica (“No trabajar jamás”, “Gozar sin límites, vivir sin tiempos muertos”). Otros, como Sarkozy, lo responsabilizan de la decadencia francesa: “Mayo de 1968 nos impuso el relativismo intelectual y moral. Los herederos de Mayo de 1968 impusieron la idea de que todo se valía, de que no había ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo feo y lo bello. Quiero pasar la página de Mayo de 1968”. Los críticos del 68 aciertan en un punto: más que de una revolución de corte leninista o maoísta, de un movimiento democrático o de una reivindicación libertaria, el movimiento estudiantil amparó una revuelta cultural que se atrevió a enfrentar toda forma de autoridad, no sólo política (“La emancipación del hombre será total o no será”). Por eso aún provoca tanto rechazo entre los conservadores de izquierda y de derecha: sin un programa definido, sin una ideología coherente —como las que campeaban entonces— y lleno de contradicciones, 1968 abreva del anarquismo, el surrealismo y el situacionismo su voluntad de oponerse a todo dictado, a la mera existencia de un orden (“Tendremos un buen amo cuando cada quien sea el amo de sí mismo”). Y no por medio de las armas, sino de los gestos. Pese a que el caso mexicano sea extremo, casi nadie relaciona el 68 con las barricadas o los gases lacrimógenos, sino con cierta festividad juvenil ligada al flower power y a los jipis, a esa libertad sexual ya casi desvanecida y el rock encumbrado como canto de batalla (“Las barricadas cierran las calles pero abren los caminos”). En otro sentido, habría que ver el 68 como uno de los últimos episodios de esa utopía occidental que, al menos desde la Comuna de París, desafía las convenciones y se arriesga a desbordarlas, fatalmente, sin posibilidad de éxito (“Estemos a la altura de nuestros sueños”). Porque su combate no sólo se dirigía contra el Padre–Tirano, simbolizado por De Gaulle, Johnson o Díaz Ordaz, sino contra las infinitas manifestaciones de un poder —y un sistema del mundo— que, como apuntaría luego Foucault, se manifestaba en todas partes, en la vida familiar y sexual, en la universidad y en las fábricas, en la etiqueta social y los cánones estéticos. Los jóvenes que desfilaban por las calles de medio mundo se formulaban la misma pregunta: ¿por qué tú has de decirme lo que debo hacer?, cuyas derivas son múltiples: ¿o lo que debo pensar?, ¿o lo que debo decir?, ¿o lo que debo gozar?, ¿o lo que debe gustarme? Ahí estaba el meollo de la GATOPARDO 113


sesenta y ocho

revuelta: si los distintos movimientos que se desarrollaron a lo largo de 1968 se resolvieron como sonoros fiascos se debió a que la respuesta a estas cuestiones resulta siempre previsible y en el fondo irrelevante: porque sí, porque lo digo yo, porque alguien tiene que decirlo (“Todo poder abusa. El poder absoluto abusa absolutamente”). Si los políticos como Sarkozy se irritan tanto con el “pensamiento 68” es porque ese temperamento anárquico todavía les aterra: su carácter resulta profundamente subversivo y, lo que es peor, siempre latente. Mientras haya autoridad —justo la autoridad que ellos se arrogan— existirá la posibilidad de que alguien dinamite sus cimientos. Los conservadores de uno y otro bando no pueden sino aterrarse frente a este desafío individualista: el poderoso siempre tratará de aplastar a quien se opone a la idea misma de ser gobernado (“El agresor no es quien se rebela, sino quien afirma”). Otra cosa es que, bajo el aura de su rebeldía juvenil, cientos de soixante–huitards no tardasen en olvidar sus consignas y se convirtiesen en los pilares del nuevo orden, tan hipócrita como aquel contra el cual habían luchado. Sarkozy acierta en este punto: muchos de ellos terminaron asimilados a un poder que se valía de la retórica del 68 para medrar o enriquecerse sin medida. Y, en algunos casos, llevaron esta incongruencia hasta su límite al sostener, justamente, una candidatura como la suya. A diferencia del Mayo francés, el Otoño mexicano de 1968 culminó en una catástrofe sin precedentes. La matanza de Tlatelolco no sólo representó un brutal abuso de fuerza, la mayor demostración de lo que es capaz la autoridad que se siente amenazada, sino un punto de inflexión en la sociedad mexicana que dejó una cicatriz más profunda que la revuelta estudiantil en Francia. Desde un punto de vista político, el fracaso del movimiento mexicano fue estrepitoso: a fines de 1968 todos los líderes estaban en la cárcel o escondidos, las movilizaciones se habían apagado, la prensa había sido acallada, la oposición enmudecida (y las Olimpiadas se desarrollaron en perfecto orden). Díaz Ordaz no necesitó marcharse, como De Gaulle, para demostrar su triunfo. Pero el costo de semejante exhibición fue mayor que en el resto de Occidente: aunque el pri todavía resistió más de 30 años en el poder, su relación con la sociedad ya nunca volvió a ser transparente. El pacto revolucionario signado por Calles y Cárdenas con los ciudadanos, renovado por Alemán, Ruiz Cortines y López Mateos, se quebró 114 GATOPARDO

en mil pedazos. A partir de entonces México vivió una relación esquizofrénica con el pri: toleró su corrupción, sus maniobras y chantajes, pero en el fondo, subterráneamente, nunca volvió a creer en sus consignas de modernización, estabilidad y paz social. A partir de 1968 el Gobierno mexicano se convirtió en una máscara, como denunció Octavio Paz en Postdata: un simulacro, una estructura que se temía, aprovechaba o toleraba, pero que jamás volvió a respetarse (“Corre camarada, el Viejo Mundo está detrás de ti”). Quizá debido a la masacre de Tlatelolco, y a la interpretación que se ha hecho del movimiento como un precedente de apertura democrática, México no haya padecido la fiebre anti 68 que se vive en Francia. Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes o el propio Paz advirtieron en el desafío de los estudiantes un halo democratizador y legitimaron para siempre sus consignas. El pliego petitorio del Consejo Nacional de Huelga era esencialmente pragmático y buscaba controlar los excesos de un gobierno autoritario, pero sus redactores no anhelaban una vía electoral en cuya eficacia tampoco creían. El movimiento estudiantil actuó más bien como una bomba de acción retardada: aunque resultaría excesivo sostener que la accidentada transición a la democracia experimentada por México a partir de 2000 sea consecuencia directa del 68, no puede negarse que el lento desgaste del pri en la conciencia cívica se inició con las protestas de ese año. Igual que en Francia, en México la revuelta tuvo un desenlace desdichado. Incitados por la estrategia de cooptación emprendida por Echeverría, los líderes del movimiento se incorporaron a partes iguales al pri y a distintas variedades de la izquierda, donde por lo general copiaron los vicios de sus antiguos enemigos. No podía esperarse otra cosa. Un movimiento sin ideología, cuyos cimientos descansan en el desprecio a cualquier autoridad, carece de futuro político (“Sean realistas: pidan lo imposible”). Desde las revueltas de 1848 se sabe que estos movimientos fracasan o se pervierten en el autoritarismo y la tiranía. Pero ello no invalida el gesto original de aquellos jóvenes —sus miradas atrevidas, su orgullo adolescente, su voluntad de oponerse a las convenciones— ni su triunfo en una arena distinta, la cultura. Es allí donde vale la pena desmenuzar sus victorias y sus retrocesos. En primer lugar, gracias al espíritu de los sesenta, la cultura popular se convirtió en uno de los cimientos del mundo contem-


poráneo. Antes vistos con desprecio o vaga condescendencia, el rock, el cine, los cómics y en general la contracultura pasaron a ocupar un lugar privilegiado en la vida intelectual de nuestra época. La autoridad que dictaba el canon estético fue desplazada a los márgenes de la academia y la “alta cultura”, mientras que lo underground encontró nuevas maneras de convertirse en mainstream. Habrá quienes deploren las mutaciones provocadas por este fenómeno, pero no cabe duda de que su triunfo fue irreversible. Para algunos, el gusto se hizo más democrático y abierto, mientras que para otros este desplazamiento populista fue identificado como la prueba de la decadencia de nuestra civilización. Sea como fuere, el impacto de la cultura popular y la contracultura ya ha dejado obras memorables —al lado de infinidad de ruinas— que han alcanzado el estatuto de baluartes de nuestro tiempo. Baste un ejemplo: los Beatles. Otra cosa es que, tal como advierten los detractores del “pensamiento 68”, la rebeldía de estas manifestaciones se haya diluido en el proceso: el rock o los cómics ya no escandalizan a nadie y de hecho han sido incorporados con enorme éxito al sistema capitalista que sus creadores tanto despreciaban. Las camisetas con la imagen del Che constituyen el símbolo más palpables del proceso: el héroe revolucionario convertido en icono y luego en simple mercancía. Poco a poco el feroz individualismo del 68 ha sido atemperado: no sólo la derecha anima un regreso a los valores de la nación y la familia, sino que incluso los sectores más combativos de la sociedad, como los grupos ecologistas, feministas y gays, han adoptado un conservadurismo que escandalizaría a sus abuelos. El matrimonio homosexual puede ser visto, en este sentido, como una conquista libertaria pero también como un retroceso frente al amor libre de los sesenta (“Gozar sin límites. Vivir sin tiempos muertos”). Los jóvenes líderes de entonces se han transformado en los viejos políticos de ahora: no hay remedio. E incluso la generación siguiente, aquella que nació y creció a la sombra del 68 —o, como en México, fue educada en el silencio oficial del 68— también se adentra en la edad madura. ¿Cómo evaluar la rebeldía juvenil y ese gesto radicalmente antiautoritario desde los cuarenta? ¿Cómo añorar o criticar ese espíritu a sabiendas de que terminará deslavándose con el paso de los años? ¿Acaso la mayor enseñanza del 68 es la triste constatación de esa ley de vida que transforma a jóvenes airados en burócratas acomoda-

Universitarios detenidos en Tlatelolco en octubre del 68.

ticios? El desasosiego que provoca esta reflexión puede servir, al menos, de revulsivo: tal vez ya nunca será posible abrazar la revolución y el amor libre de los sesentas, pero tampoco es necesario abjurar de sus conquistas. El gesto más valioso del 68 quizá radique en la posibilidad de no acomodarse a las severas reglas de la sociedad (aun si éstas son vagamente libertarias) o al gusto de los otros. Aun si la revuelta radical se ha esfumado, al menos queda la esperanza de encabezar revueltas íntimas, de ejercer día con día la voluntad de no dejarse dominar, de escapar de los prejuicios, de ser más tolerante con los otros con la convicción de que cierta felicidad cotidiana aún es posible (“Nuestra esperanza no puede venir más que de aquellos que no tienen esperanza”). Quizás a algunos les parezca un balance más bien pobre, pero no hay que minimizar esta herencia del 68: si al menos conservamos ese virus de rebeldía y ese temperamento crítico (“Para poder cuestionar la sociedad donde se vive es necesario cuestionarse antes uno mismo”), aún podemos imaginar una sociedad que privilegie más la solidaridad, la libertad e igualdad sexuales, el internacionalismo y la responsabilidad hacia el medio ambiente, esos valores perdidos del 68 que el día de hoy nos hacen tanta falta. GATOPARDO 115


El 68 en Américal latina