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Canto “N” Basado en: “El Paraíso Perdido” de John Milton Por: Santiago Arango

Dios crea el mundo mortal en siete días, siendo su mayor obra el hombre, a quien crea el séptimo día. Satanás observa la vulnerabilidad del mundo mortal mirando en especial al hombre, que es inferior a él y a todos los habitantes del cielo y el infierno. Adán y Eva disfrutan del paraíso. Sólo del árbol del conocimiento, del cual bellos frutos y frondosas ramas se desprenden, los dos humanos han sido advertidos, dadas las consecuencias y cambios que probar sus frutos desembocarían.

“Hasta que punto llega la superioridad del temido todopoderoso, que con su grandeza creó la imperfección y la inocencia en tan simétricas y hermosas criaturas mortales. Mirad como regocijan y disfrutan de la obra de Dios, mirad la abundancia de colores y formas que los dos humanos contemplan ante sus ojos y oídos, mas no caed ante tan espectacular escena, pues tanta felicidad no puede desencadenar más que desgracias posteriores cuando el divino descubra que se ha excedido al complacer a las criaturas y use contra ellas su vulnerabilidad y curiosidad por descubrir”, decía Satanás a su hueste, que contemplativa y admirada se hallaba observando el nuevo mundo. La población celestial festejaba y desprendía rayos de luz infinitos mientras tanto, gozando de un séptimo día de descanso fijado por el altísimo.

“El orgullo del altísimo es reflejado en criaturas tan vulnerables. Mirad con asombro el hermoso insulto que nos envían desde el cielo al traer estas dos criaturas a tan envidiable entorno, rodeados de color y criaturas que sólo Él podría imaginar. Se burlan de nuestro poder y nuestra


decidida rebelión con los llamados hombres, hasta el punto de habernos brindado la posibilidad de desviar el camino con aquel árbol que veis, de frondosas ramas y atractivos frutos. Allí, reside aquello que sólo el creador abarca en su totalidad, el conocimiento. Dios ha brindado a sus criaturas libertad total, sólo restringiendo la posibilidad de conocer más de lo que conocen. De ser posible para el hombre lo que a Él lo hace grande, no hay más que desgracias y sufrimientos como castigo. El Divino brinda todo cuanto no lo impida a Él ser el más grande.” El Adversario continuaba sus palabras con rencor y duda, mas nunca sin el deseo de continuar su rebelión. La hueste satánica tan sólo se disponía a escuchar las palabras resentidas de su dirigente. Sin embargo, no desaparecía la admiración por la obra del divino.

Por su lado, las dos creaturas disfrutaban de su entorno más que los ángeles del cielo. Contemplar las formas y los colores les mostraba la grandeza de su padre divino. Los dos hombres hacían de sus diferencias un complemento perfecto. La petición de un solitario Adán dispuesto a donar una parte de él trajo a una hermosa y pura Eva, con la que ambos gozaron de compañía y abrigo. Fluidos cristalinos de enorme caudal acompañaban anchas y verdes llanuras a su vez rodeadas de campos floridos. Los colores abundaban en tonos indescriptibles y numerosos. El Divino contemplaba la totalidad del paraíso a su imagen y semejanza, mientras sus súbditos, en su inferioridad, se desvanecían de asombro con sólo ver fracciones de ese mundo tan perfectamente ingeniado.

En un lugar como el paraíso las condiciones se adaptaban para hacer de sus habitantes felices y fieles al Creador, quien como artista requería ser admirado y querido. No obstante, en el centro de todo reposaba el gran árbol y su gran misterio, haciéndose progresivamente un interés


profundo para el Adversario y fuente de curiosidades y dudas para Adán y Eva. Los dos gozaban del libre albedrío que Satanás anhelaba, pues cuanto más fiel a su causa se mostrara, mayor quedaría sometido a la crudeza inmensa de su flameante imperio. El mundo infernal se mostraba como una dimensión monótona y uniforme, en la que las formas y colores se expresaban en forma de llamas y puntas, con tonos de rojo y naranja propios del caluroso fuego que abrazaba e incrementaba la ira en el Adversario. La hueste infernal, tanto como su reino, reflejaban el espectro rencoroso y maligno de Satanás, ante lo que el Caído pensaba en como camuflarse en las tierras del paraíso y lograr que los dos curiosos interactuasen con el tentador árbol del conocimiento.

“Hacer del hombre un ser curioso e inquieto por la sabiduría permitirá que éstos sepan cuán déspota y orgulloso es su creador, les mostrará lo falso que era su mundo de alegría y perfección, pues sólo el mundo celestial es digno de gozar eternamente del bien. Él debe saber que con el árbol incitaba a las dos criaturas a probar sus frutos, y sabe que la prohibición lleva a las tentaciones, que tarde que temprano acabarán llevando a Adán y Eva a la desgracia. He por ello decidido hacer pronta la caída de estos dos en el deseo y la desobediencia, para que corrompan la ley celestial y desaten el castigo que el altísimo les tiene preparado. Las criaturas del paraíso deben mostrarse rebeldes a dios, y con el tiempo el prestigio de este creador tan ahogado en su omnipotencia será motivo de una rebelión por parte de aquellos que de Él fuimos engendrados.” Las palabras del demonio seguían escuchándose constantemente. El Caído siempre dando la imagen de un ser rencoroso admitiendo su inferioridad al liberar sus discursos iracundos y vengativos, en ocasiones hacía visible el anhelo de regresar a su lugar en el reino celestial.


El rebelde cuando es resentido demuestra inferioridad a su oponente. La condición de adversario nunca será ganadora ante el Majestuoso. La condición de derrota ya establecida hace de Satanás dispuesto ahora a corromper la creación, con lo que habrá establecido su papel como dueño supremo del mal. Por ello ahora el adversario se camufla con la forma alargada de la víbora y se dirige hacia el paraíso buscando postrarse en el árbol del conocimiento. Las creaturas, e postran bajo la sombra del imponente árbol, mientras Satanás contempla la escena obsesionado por interactuar con la pareja.

La vulnerabilidad de Adán y Eva era imprescindible para aquella escena. La belleza de ambos reflejaba fragilidad e inocencia. El ser demoniaco veía en las criaturas una libertad apta para hacerlas incurrir en malas decisiones.


Canto N