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MAS ALLÁ DEL ARCO IRIS

Ricardo F. Linares


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INDICE NOTA DEL AUTOR CAPITULO I El viejo y las arenas del tiempo

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CAPITULO II Siguiendo las tradiciones ancestrales

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CAPITULO III La pérdida de mi padre

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CAPITULO IV 81 Entre travesuras, fantasmas y supersticiones CAPITULO V Las noches de Historias viejas

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CAPITULO VI En el camino del saber

135

CAPITULO VII A la conquista de un sueño

175

CAPITULO VIII En la senda profesional

205

CAPITULO IX La muerte toca la puerta

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CAPITULO X Buscando nuevos horizontes

245


4 CAPITULO XI El cรกncer ataca y me sentencia a muerte

267

CAPITULO XII 285 El adiรณs al pasado al presente, y el olvido Al futuro CAPITULO XIII Mi lucha contra el cรกncer y su mortal mensaje

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CAPITULO XIV El encuentro

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GLOSARIO DE Tร‰RMINOS

NOTA DEL AUTOR

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“LA VIDA NO ES LA QUE UNO VIVIÓ SINO LA QUE UNO RECUERDA Y COMO LA RECUERDA PARA CONTARLA” Gabriel García Márquez Siempre soñé con escribir este libro, y que muchos lo leyeran, lo comencé no se cuantas veces, tantas como lo descontinué, creo que en realidad tenía miedo a no conseguir mis objetivos, o quizá algo peor a conseguirlos, lo que me crearía una dicotomía difícil de soportar, el fracaso sería tan grande, que para un temperamento ya sensibilizado con el pasar de los años, se tornaría muy doloroso, o el éxito podría ser lo suficiente para que un espíritu, tan simple como el mío y en busca de la armonía, y tranquilidad en el postrer de su vida, pudiera soportar, aunque sea un atisbo de fama. Creo haber superado esa etapa, la madurez que solo los años saben dar, me ha creado la suficiente fortaleza para soportar un fracaso, o la suficiente modestia para ser humilde en el éxito, en consecuencia, esta vez sí lo pienso terminar. No soy un escritor, soy un simple lector de la vida, esa dura escuela, que nos curte el cuero, y nos endurece el alma. Sé que he vivido mucho, he recorrido senderos muy crueles y sacrificados. Toda mi vida ha sido un aprender continuo y creo seguiré hasta mi último aliento. He aprendido que la sabiduría no la da la longevidad marcada por los años, sino lo que aprendes en esos años. He aprendido que mi camino es una metáfora del tiempo, era más grande el éxito soñado, no estoy donde soñaba estar, pero estoy feliz donde estoy.


6 He aprendido que la vida es una constante búsqueda, el día que no tenga nada que buscar, estaría muerto aunque siga respirando. He aprendido que las lecciones de la vida nacen contigo, te acompañan toda tu existencia, y tu última lección, será aprender a morir. He aprendido que cuando mas aprendo, mas ignorante me siento. He aprendido que no hay un ser humano, suficientemente chico que no merezca mi cariño y mi respeto, ni suficientemente grande que merezca mi odio. He aprendido, que la fortaleza como tal no existe, solo es la consecuencia de superar nuestras debilidades. He aprendido, que el valor no es la ausencia del miedo, sino la fuerza para dominarlo. En conclusión, he aprendido, que cuanto mas aprendo, mas ignorante me siento. Podría escribir decenas de páginas con lo que he aprendido, pero miles con lo que me falta aprender Cuando los señores críticos, lean estas líneas –Si algún día las leen- espero tengan la suficiente benevolencia, de juzgar a quien no quiso escribir, solo quiso expresarse, a quien no es literato, solo quiso enseñar con su experiencia, que por más cruel que la vida sea, y nos cierra las puertas, siempre nos deja una ventana abierta, y si solo aunque sea una persona, pueda rescatar su futuro, tomando esta modesta lección de vida, habrá valido la pena escribirla, espero en consecuencia, tengan la sabiduría, de analizar esta obra, bajo los conceptos de José Hernández, cuando es su Martín Fierro decía: NUNCA TUVE OTRA ESCUELA QUE UNA VIDA DESGRACIADA DEBE SABER MUY POCO AQUEL QUE NUNCA APRENDIÓ NADA El invierno de mi vida toca la puerta, los setenta se acercan galopando a mi encuentro, como fantasmas, montados en algún corcel del Apocalipsis, la neblina del tiempo, comienza a cubrir el horizonte del presente y a


7 enturbiar los recuerdos del pasado, es cuando, entiendo que debo rescatar los sueños que todavía tengo, porque ellos, me darán la razón para seguir viviendo, y la fortaleza para tener el tiempo de cumplirlos, trayéndolos del pasado al presente, y en un mágico reverdecer convertirlos en mi futuro. En el dial de la vida, he marcado el número de mi muerte, solo el silencio me responde, no es mi día, no es mi tiempo, esos fantasmas todavía están lejos, puedo escribir, puedo trasmitir lo que siempre he querido, esas son las ilusiones que me demuestran que aún vivo. Quizá, soy un poco egoísta, cuando al escribir, no estoy pensando en un loco afán de que me lean, escribo porque quiero expresarme, escribo porque siento la necesidad de hacerlo, quizá este libro nunca se publique, pero yo habré cumplido mi sueño, porque he hecho algo que me permitirá llegar mas allá del tiempo, y vivir cuando el tiempo se haya ido. Quiero sentir que si hice algo importante en mi vida, mi alma no muera con mi cuerpo, que siga viviendo en mis obras, en el alma de las personas, en las cuales supe engendrar un poco de amor hacia mí, y en el perdón de aquellas, a quien en alguna forma ofendí, Me hago la ilusión de seguir existiendo en cada pedacito de mi obra, en cada momento que me recuerden, hasta irme perdiendo poco a poco en lontananza, mas allá cuando ellos también desaparezcan en el limbo de la muerte. Al escribirlo, intento mostrar a quien lo lea, que todos en alguna forma podemos marcar nuestros propios destinos, que todos hemos nacido y vivido bajo ciertos dogmas, normas, principios y costumbres, y que engañosamente convertimos eso en nuestros límites, pero que equivocados estamos, porque cuando el peligro acecha y amenaza nuestra propia existencia, aprendemos a crecer, y dimensionarnos a un tamaño mas grande que nuestros propios problemas, aprendemos a derrotarlos, para al final de esa lucha, salir fortalecidos, sabiendo que esos límites, están mucho allá de lo que creíamos, y hemos


8 convertido las pesadillas del pasado en una lección de vida del futuro, y aprendemos que siempre seremos mas grandes que nuestros problemas. Como dije antes, no pretendo identificarme como escritor, solo me he limitado a narrar mi propia experiencia de vida, quiero en alguna forma trasmitir la idea, que cuanto mas dura es la lucha, mas grande es la alegría de ganarla, pero al final de nuestro camino, aprenderemos que la felicidad no está en el hecho de tenerla, sino en buscarla, Quiero invitar a pensar a los lectores de esta obra, que mientras exista un aliento, aún hay vida, y si hay vida hay una esperanza, y esa es la única fuerza que nos empujará hacia delante, la vida no es lo que los almanaques nos dicen que existimos, es el conjunto de sueños, esperanzas, ilusiones, frustraciones, recuerdos, y todo aquellos que nos haga sentir una razón para estar acá, si sentimos eso, sentiremos que estamos vivos, y entonces tendremos el derecho de poner en nuestro epitafio, como dijo Pablo Coelho “Murió, mientras estaba vivo” Todos los hechos narrados en este libro, son el producto de una historia real, quizá en algunos pasajes, me he tomado algunas licencias literarias, pero sin alterar los hechos, solo se ha cambiado los nombres de los personajes, para proteger su privacidad, es posible, que en algunos acápites de mi historia la exactitud de los hechos, tengan algunas pequeñas diferencia, y su cronología no sea tan exacta, pido su comprensión y entiendan que estos sucesos están siendo sacados desde los escondrijos de mi memoria en algunos casos después de estar oxidados en ella mas de sesenta y cinco años.


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CAPITULO I EL VIEJO Y LAS ARENAS DELTIEMPO “SABER COMO ENVEJECER ES LA OBRA MAESTRA DE LA SABIDURÍA Y UNO DE LOS CAPITULOS MÁS ESPECIALES EN EL SUBLIME ARTE DE VIVIR”

Henry Frederic Amiel En medio de esa gran pampa Argentina, una estepa verde, llena de belleza y riqueza, por los pagos de Ayacucho, esa pintoresca población que emula el nombre de la ciudad peruana, donde las huestes de todos los países americanos unidos un solo grito “independencia”, derrotaban a los ejércitos españoles, y los invitaban a retornar a sus tierras, por esos mares que hace mas de trescientos años, llegaron con sus corazones colmados de consignas conquistadoras, estimuladas por esas ambiciones de riquezas, del nuevo mundo. El viejo contempla uno de sus campos, que con tanto esfuerzo le costó adquirir, y que hoy forma parte de una fortuna que le asegura un futuro holgado, se siente suficientemente feliz y tranquilo, se regocija, vive la satisfacción de saber que ha tenido una vida fructífera. Reposa recostado en su mullida mecedora, protegido del radiante sol del medio día, en la terraza de su casa de campo, en ese estado de paz, retozo y sosiego, que solo la satisfacción de haber cumplido con él y su familia, le puede brindar. Sus cansados


10 ojos se entrecierran por el sopor de la llegada de la tarde, entraba en un estado de vigilia, su cerebro le ordena el reposo, pero él caprichoso, quiere seguir gozando, esa belleza que la naturaleza le obsequia. Hoy es domingo, el viejo tiene visitas, la noche comienza a tragarse al día, el horizonte se va oscureciendo, la luz del sol se extingue, no puede cruzar las densas nubes saturadas de agua, algunos truenos comienzan a retumbar mas allá de los montes de don Alfredo, los relámpagos con sus brillantes destellos, dan matices de vida a ese gris atardecer, la alta humedad del aire, comienza a calar en su cuerpo, sus viejos huesos se quejan, es tiempo de refugiarse, se levanta, mientras entra en la casa va recordando a su madre cuando solía decir “Me están doliendo los callos, va a llover”, se sienta frente a la puerta balcón, antes que la lluvia lo envuelva en su manto de agua. Mira el ceibo, que está casi al frente de él hacia su lado derecho, con sus ramas caprichosamente retorcidas, sus troncos formando un entramado digno de la mejor obra abstracta de la naturaleza, los pocos rayos de sol que logran pasar la barrera impuesta por las nubes, cruzan triunfantes su reciente follaje, que con su reverdecer da la bienvenida a una nueva primavera, piensa en las muchas primaveras que han pasado juntos, se imagina que en unos pocos días, los racimos de rojas flores en forma de pequeñas orquídeas darán toda su esplendor a los visitantes que lleguen a gozar de la paz del lugar. Mirando la rústica belleza del árbol murmura en tono bajo, y triste. - Mi siempre fiel amigo, como hemos envejecido juntos La brisa de la incipiente noche con los primeros vientos que preceden a la tormenta, mueven cadenciosamente las delgadas ramas, ellas se mecen como haciendo un terco intento de levantarse, se yerguen, es que se sienten orgullosas, porque dentro


11 de unos días, serán las portadoras de la flor nacional argentina. Frente a él, dos filas de cinco palmeras, alineadas frente a la puerta y a una distancia de tres metros entre ellas, forman un sendero que hace las veces del túnel de comunicación de la casa hacia la vista panorámica del campo, piensa melancólicamente “Y pensar que estas gigantes, yo las recuperé cuando eran pequeñas plantitas desparramadas en medio del bosque”. Las primeras gotas de lluvia, comienzan un arrítmico concierto en el techo de chapa metálica, él está meditando, en medio de ese dulce relax que produce el sopor entre dormido y despierto, cuando una voz infantil, lo sacó bruscamente de su ensueño. - Abuelito, tu donde naciste?, Mi mamá dice que no eres Argentino. Al abrir los ojos se encontró con la mirada inquisidora de su engreído nieto, pasado el sobresalto, se acomoda en su sillón, en un intento de sacudirse la modorra que lo invade, y tratando de ser lo mas claro posible, contesta. - Así es hijo, no nací en la Argentina, pero me considero más argentino que ustedes, porque yo tuve la libertad de elegir este país como mío, y lo elegí para vivir, envejecer y morir, porque amo a la Argentina tanto como amo a mi ancestral Perú. Cuando estaba a punto de seguir con su historia, el travieso pilluelo ya había desaparecido, hacia el campo, desafiando la incipiente lluvia. Una hora después, con la misma fuerza con que había llegado, la lluvia se aleja hacia el mar, el pilluelo feliz, aprovechando la luz de los focos exteriores, retoza recogiendo las lombrices que cubrían la vereda, donde se habían refugiado huyendo de la inundación. Un manto de sombras comienza a cubrir la inmensa pampa argentina el croar de las ranas, el crujido de los grillos, el cantar de las lechuzas y búhos,


12 comienzan a invadir el silencio de la noche, solamente opacados por el tintineo de las pocas gotas de agua que aún caían sobre el techo, el viejo cierra los ojos, se deleita con esos ruidos que en miles de oportunidades lo han acompañado, han sido siempre sus únicos socios en las frías noches invernales, cuando solo las velas daban un poco de mortecina luz, y los troncos de eucaliptos, ardiendo en la chimenea que divide la sala del comedor daba un calor hogareño y sedante, que invitaba al sueño, el viejo, añora ese romanticismo que produce la luz de las velas, y que se ha perdido cuando se instaló el alumbrado eléctrico. Camino a su dormitorio, y piensa que es primavera, los árboles se coronan de flores, se pregunta, con cuantas nuevas se encontrará por la mañana en el bosque de frutales, que circunda la parte posterior de la casa, y en cuanto tiempo tendrá la felicidad de coger sus frescas frutas, son parte de su historia, el mismo los sembró años atrás, cansado y embargado en esos pensamientos, sus ojos se cerraron, para entrar en un reparador sueño. El cantar de los gallos, el mugido de la vacas, el ruido de la enorme variedad de aves que pueblan el bosque, y toda esa riqueza de sonidos, que alegremente van dando la bienvenida al nuevo sol, que por allá aparece detrás del eucalipto viejo, anunciando la llegada de un nuevo día, lo despiertan, se frota los ojos, calza sus botas camperas, y abrigado con una chaqueta de cuero, en un gesto juvenil, salta de la cama, y sale al encuentro de un nuevo amanecer, va entonando por lo bajo una vieja canción que nunca olvidó desde que era niño, ese zalamero valsecito peruano. “Ya es de madrugada, el labriego despierta. Y al entreabrir los ojos. La luz del alba ve….” Le llama la atención el sonar de unos graznidos, mira hacia la izquierda, en el borde de la piscina


13 algunos patos silvestres juegan alegremente, festejan el calor del nuevo día, el viejo los mira, pero ellos ni se inmutan, y siguen su ritualístico baile de cortejo, exhibiendo su más bellos plumajes, típicos de esta estación, pareciera que ya se conocen, no le tienen miedo, el viejo, murmura sonriente. - Aprovechen sinvergüenzas, ahora que el paso de los años, ha vuelto mis manos temblorosas, y la escopeta en ellas se movería como timbales caribeños. Se aleja contento, porque la ausencia de ruidos, hace que los patos y otras aves no se vayan, y él puede disfrutarlos todos los días, ha aprendido a contemplar la naturaleza en todo su esplendor, sin ofenderla, a cazar los animales solo con la retina de sus ojos, creo que recién aprendió que la belleza no se debe matar. Siguiendo su casi invariable rutina matutina, camina lentamente hacia la cerca que divide el parque de la casa con el campo, ve como un centenar de novillos caretas (*) felices mastican la fresca hierva, todavía cargada de rocío, se lleva las manos al costado de la boca, y haciendo un gran esfuerzo, emite un ruido imitando el mugido de las vacas, los dóciles animales, levantan la cara, lo observan curiosamente, y a paso lento se van acercando, hasta alinearse a unos metros de él, hacen una perfecta formación, como entrenados soldados, frente a su general, él conoce a todos, a algunos les ha dado un nombre propio, los mira, les habla, trata de interpretar sus movimientos, siente envidia de su rebozante juventud, y la lozanía de sus cuerpos, pero no envidia el destino que les espera, luego en un gesto de despedida, levanta el brazo y se da la vuelta, ellos también dan la vuelta y continúan su pastar diario. Camina hacia el viejo eucalipto, donde están los corrales de los animales domésticos, va silbando una canción del rico folklore argentino, el zaino, escucha la melodía, y en franco galope, se cerca, lo mira a través de la cerca, y estirando el pescuezo con el hocico le


14 acaricia la cara, el viejo corresponde acariciando la cabeza del noble corcel, saca del bolsillo algunos puñados de maíz, y le da de comer de su mano, mientras le murmura. - Cuanto daría por correr como tú. Se tienen desde que era potrillo, aprendieron a entenderse, se alegraban engreídamente, cuando salían a todo tropel a interceptar a algún novillo que se escapaba de la formación de la tropa, y zigzagueaban para cortarle el camino, para ellos no era un trabajo, era un juego, una diversión para lo cual ambos se buscaban y lo disfrutaban, para luego terminar cuando el viejo lo engreía en la puerta de la casa, con un poco de maíz. Muchas veces se lo quisieron comprar, pero no es un animal, es su amigo, su compañero de aventuras, su fiel servidor, él jamás lo podría traicionar, solo espera que algún día antes que él, cierre sus ojos para siempre, y así poderle dar una digna sepultura, en el campo que tanto amó, en medio de los árboles que siempre esquivaron juntos, y decir unas cuantas oraciones, para guiarlo en el mas allá hacia el cielo de los caballos. Son viejos compañeros, galoparon muchos años juntos, hace años que ya no lo hacen, ni volverán a hacerlo, ambos lo saben, pero ellos siempre tuvieron una gran amistad, y la seguirán teniendo, hasta que uno de los dos parta en aquel camino sin retorno. El viejo se para en medio del parque, en su camino de retorno a casa, está rodeado de su mundo, ya no están esas largas reuniones comerciales, ni esas esplendorosas y deslumbrantes reuniones sociales, ahora sus nuevos amigos fluyen de su entorno, los árboles, los animales, es que se está volviendo loco?, o esta llegando a entender la sabiduría de la naturaleza, está adquiriendo la comprensión que solo la vejez sabe dar cuando el hombre aprende a ser amigo del tiempo.


15 El cantar de las diferentes aves, le endulzan la mañana, hay muchas, porque él no permite ruidos ni disparos en los alrededores de la casa que las puedan ahuyentar, y ellas se lo agradecen, con sus alegóricos cantos, y sus coloridos plumajes, pero sus engreídos son la pareja de horneros que tienen su nido en el aromo seco. El viejo, ha terminado su ritual del amanecer, ahora caminando cansinamente por entre su bosque de frutales, se dirige hacia la casa, pues tendrá que cumplir con la rutina diaria del baño, el desayuno, y una que otra tarea, que el campo siempre impone, ahora con sus hijos que lo han venido a visitar. Su nuera lo recibe con un típico desayuno gaucho. Los clásicos huevos revueltos con tocino, acompañado de salchichas camperas, y un humeante chocolate, después de disfrutarlo, compartiendo con el alboroto que los nietos arman, sale a la terraza. El ambiente está envuelto con ese delicioso olor a humedad que la lluvia produjo. En el parque las aves felices corren saltarinas devorando las lombrices que el agua ha hecho salir a la superficie. - Ricardo, porque no va a pescar, tengo ganas de comer un bagre frito. Es su nuera, que al verlo ocioso por echarse a la hamaca, le ha asignado esa tarea. En un tarro, junta también unas cuantas lombrices, en franca competencia con la aves, las usará como carnada, en su excursión de pesca. Dirige sus pasos hacia ese delgado arroyo, que cruza su campo, como siempre lo ha hecho, cuando estaba solo, y se sentía nostálgico, se armaba con su mate, su caña de pescar, y ahí iba, muy pocas veces algún pez se le colgaba en el anzuelo, pero a él eso no le importaba, porque gozaba el momento sentado en el puente, con los pies colgando, tomando su mate, y soñando despierto.


16 Con las botas cubiertas de barro, por el sendero reverdecido parcialmente de pasto, a tropezones va llegando a la casa, de regreso, mira como los brotes de las hierbas en una franca lucha, impulsados por la lluvia nocturna, vienen emergiendo de lo mas húmedo del suelo, y se abren paso, entre las otras raíces, en busca de la luz solar que les permita crecer, no pescó nada, si hasta pareciera que solo fue a bañar las lombrices, se sienta cómodamente en el sillón de su terraza, y nuevamente a sus pensamientos. Atrás quedó esa vida del exitoso profesional, o del triunfante empresario, convertido ahora en un terrateniente, que mirando sus propiedades, sabe que estas le brindarán una seguridad económica cómoda por el resto de sus días. Vuelve a pensar en la pregunta del nieto, le gustaría responder, pero él de seguro ya la olvidó, ahora solo le interesa montar en su caballo petiso, el viejo siente que nació muy lejos, allá donde el olvido supera la distancia, cuando el tiempo borra el recuerdo, pero quiere él quiere volver a vivir. Sabe que el final del camino que ha recorrido ya está cerca, no tiene tiempo para vivir el futuro, pero también sabe que a su edad, puede permitirse el lujo, de vivir, el pasado, el presente y el futuro en un solo tiempo. Su mente comienza a divagar, dentro de ese enorme bosque de recuerdos, comienzan a surgir como centellas, aquellos momentos que han marcado toda su vida. Se siente volar como un cuerpo etéreo en la inmensidad del espacio, ve como el océano pacífico, lenta y perezosamente va largando sus vapores convertidos en blancas nubes que suavemente van trepando hacia la sierra, mojando con sus fuertes condensados las laderas de los cerros, que se cubren de una sábana floreciente de verdes pastos, y una enorme variedad de flores silvestres,


17 En medio de ese paisaje, y como una brecha en el árido desierto costeño, una amplia planicie verde, matizadas, por las plantaciones de caña de azúcar, algodón, arroz, papas, camotes, y otra serie de cultivos, hace su aparición el valle de tambo. Jugueteando como una culebra sin cabeza, con sus aguas, ahora cristalinas, en medio de ese damero verde, el río Tambo, se desliza hasta volcar sus torrentes en ese azul mar, que estimulado por la fría corriente de Humbolt, es dueño de una gran riqueza ictiólogica. El viejo extasiado, se embeleza mirando deslizarse las nubes hacia las zonas mas altas, mientras en su mente sus recuerdos igualmente comienzan a deslizarse hacia su pasado. El corazón se le llena de nostalgia, cuando dentro de la claridad que se va abriendo, ve lejanamente una choza, es el hogar de donde él salió de la nada, donde sus ojos por primera vez vieron la luz, donde su primer llanto, le predijo el inicio del largo camino que tendría que recorrer, hasta encontrarse hoy con su presente. A través de sus nostálgicos pensamientos, ve como las imágenes del pasado comienzan a salir desde lejos, desde lo más profundo de los tiempos, lo invitan a vivir con ellas, una unión mística donde la medida del tiempo y el espacio desaparece. El río tambo se desliza por el valle, serpenteando y arrastrando la aguas producidas en los deshielos de la sierra, ahora está tranquilo, sus cristalinas aguas están mansas, pero a la llegada del verano, las lluvias en las alturas arrecian y sus ríos tributarios lo alimentan torrencialmente, es cuando sus aguas turbias y barrosas, convertidas en un asesino caudal, inician una loca carrera hacia el mar, arrastrando consigo grandes extensiones de tierras sembradas, animales, y las esperanzas de cientos de agricultores a quienes deja en la miseria.


18 El viejo, mira hacia abajo, he ahí, las tierras que tanto amó, en la rivera del río, un bosque de frutales, con gigantescos pacayes, espinosos granados, higueras que posan desnudas, sus hojas, el otoño pasado se las llevó, y los siempre verdes guayabos, es un paradisíaco lugar. Afinando la vista, por entre sus ramas y cobijadas por sus sombras, se dejan entrever una treintena de casas de palos de sauce (*), paredes de caña brava (*) trenzada, cubiertas de barro, y techos a dos aguas, con estructura también de palos, y sus esteras de totora (*), sus paredes de barro, nunca conocieron una mano de pintura, ese pintoresco pueblo semioculto entre el verde follaje, es Monte grande su pueblo natal. Se emociona el viejo, cuando ve ese conjunto de rústicas casitas, distribuidas a los dos lados de una angosta callecita con su calzada dispareja cubierta de tierra, invadida por las ramas de los árboles frutales que cuelgan de todas las huertas, como queriendo ofrecer sus frutos a los pocos peregrinos que pisaran sus suelos. A sus costados sendos canales de agua, remarcados sus bordes por cordones de pasto, que la humedad ha hecho rebrotar, con sus puentecitos de troncos frente a cada puerta, ofrecen un romántico paisaje, por donde las gallinas, pavos, patos, y uno que otro chancho, pasean libremente, disfrutando del claro amanecer. El cacareo de las gallinas, la agitación y carreras nerviosas de las demás aves, es la señal que el labriego montado en su burro, con la pala al hombro, arreando su majada de corderos, cubierta su cabeza con un sombrero de ala, de un color gris producto de las muchas capas de tierra que el polvo del campo acumuló, sale a enfrentar un nuevo día, en su terco afán de arrancarle sus frutos a la tierra.


19 El viejo sigue mirando en sus recuerdos, va siguiendo el serpentear del río aguas abajo, recorre ese camino de diferentes tonos de verde que le da los campos sembrados, y ahí está, en el ángulo formado por el barranco del río, y el manantial – canal de agua de unos tres metros de ancho- un verde y lozano árbol de chocho (*) y a su costado una casa, mejor dicho una choza, tiene el mismo estilo que las del pueblo pero es mas pobre, sus paredes no están totalmente cubiertas, el entramado de la caña en algunos espacios deja pequeñas aberturas, que permite la filtración de los rayos de luz. En el patio, una batea de madera rústicamente fabricada, está llena de lavaza, (*) preparada con las cáscaras de la semilla del chocho al estilo del mejor detergente moderno, cubierta por la terraza que da la parte de atrás, un pequeño pozo lleno de cenizas, con piedras a los costados, es la cocina de leña, a su derecha, un pequeño cuadrado de un metro por un metro, de paredes de piedra con barro, y techado con paja, forma el criadero de los cuyes, a su izquierda, una piedra plana, con otra encima en forma de media luna, constituye el molino casero. En el corral ubicado en la parte de atrás, el burro inquieto sigue atado a su estaca, bull y tofee, el cruce de galgo con criollo y el pequines, ladran inquietos hacia las sombras de las vacas que pastan cerca, la chomba (*) de barro donde se almacena el agua para cocinar sigue vacía, la cocina sigue apagada. Unos chiquillos merodean la casa, tratando de encontrar algo de comer, sus estómagos se retuercen de hambre, ya que no han tomado desayuno, y la cena de ayer fue unas papas sancochadas con tres huevos que le habían robado a las gallinas de sus nidos, husmean hacia adentro por las ranuras de los cercos de caña, es evidente que algo anormal está pasando, son ocho pares de ojos curiosos que van desde los


20 quince hasta los cuatro años de edad, cuatro hombres y cuatro mujeres, forman este hambriento coro. Era evidente que algo anormal estaba pasando, los ajetreos, idas y venidas no sucedían en los demás días, y esa señora venida de afuera que estaba encerrada en el dormitorio con su madre, que estaba haciendo?, estaban alarmados. Algo importante sucedía. El viejo los mira, al reconocerlos, una fuerte emoción estremece su cuerpo, y hablando para si mismo, dice. -Pero, si son mis hermanos. A las seis de la mañana, el llanto de un niño rompe el silencio y con su lamento, anuncia que un nuevo ser humano, iniciaba lo que sería su peregrinar en este mundo. Seguidamente, una potente voz femenina desde adentro grita. Es un hombre. Doña Victoria, la vieja comadrona del pueblo, Quien había gritado- no siente ninguna respuesta, levantado la voz mas fuerte repite -José, es un varón. El hombre lentamente da vuelta, y con una total indiferencia contesta Si, ya te escuché Le había nacido un nuevo hijo, no era su sueño, no era su ilusión, ya tenía once, ocho sobrevivieron, su rostro no mostró ni siquiera una tímida alegría, por el contrario, parecía mostrar el comienzo de una nueva pesadilla, murmura suavemente. -Pucha, (*) uno más Sale al patio, ve esas caras sucias que lo observan con ansia, no puede ocultar su desgano, y haciendo una muesca de molestia dice Víctor, Cocina unos camotes para que coman.


21 Camina lentamente, se apoya en el tronco del árbol de chocho, está desconcertado, se distrae mirando como las gallinas corren libremente por intermedio de los sacos de maíz seco, consiguiendo su desayuno con la cacería de moscas, grillos, hormigas, una que otra lagartija y toda clase de bichos que salen al amanecer, saltan por entre las ollas de barro y el golpeado sartén, arañan la ceniza de la cocina, se revuelcan en ella sacudiendo sus alas para esparcirla en todo su cuerpo, merodean entre el cúmulo de platos sin lavar, la desordenada cocina al aire libre, queda invadida por estas curiosas y hambrientas criaturas, al graznido de una todas se agrupan, han encontrado las cáscaras de las papas que la noche anterior dejaron tiradas en el suelo, delicioso tesoro. El hombre mira su casa, sus paredes de caña brava trenzada sin cubrir con su techo de totora, forman un cuadrado de cuatro ambientes, él está orgulloso, la ha construido con sus propias manos, cada ambiente tiene tres por tres metros, uno hace de comedor, equipado con una rústica mesa, una banca a cada lado, y en las cabeceras dos sillas de palos de sauce, con respaldar y asientos de totora entretejida, todo un mobiliario construido por el mismo, los pisos son de tierra que ha tratado de apisonar todo lo posible, no con mucho éxito, por lo arenoso del lugar. Los otros dos ambientes son dormitorios, en cada uno hay cuatro bolsas de tocuyo, (*) rellenas en su interior con paja de arroz, están ubicadas ordenadamente en fila contra la pared que queda frente a la puerta, son los colchones, en el ángulo a la derecha de la entrada, una canasta de caña entrelazada, funge el papel de ropero, donde los chicos guardan su única muda de ropa, cuando duermen, o algún trapo adicional que por ahí le sobra, los colchones están cubiertos con “frazadas” confeccionadas con tela de costales de harina, todo ello forma las cuatro camas militarmente ordenadas. En el centro, un candil de Kerosen (*) cuelga desde el techo por medio de un alambre, es el señor de la luz, el


22 espacio de piso que queda libre, está lleno de agujeros de diferentes formas y profundidades, que los traviesos han hecho para sus juegos, y que en las noches mientras todos duermen ellos subrepticiamente aprovechan para divertirse. Los dos dormitorios son idénticos, en uno duermen las cuatro mujeres y en el otro los cuatro hombres, el baño, por supuesto no existe ni siquiera en la idea de hacerlo, estamos como el viejo paisano cuando le preguntan donde queda el baño, y él escuetamente contestó “Desde esa puerta hasta el pueblo vecino”. El hombre sintiendo el peso de su nueva e inevitable responsabilidad, se dirige hacia la casa, cuando desde el pequeño cuadrado, junto a la cocina de leña un concierto de ruidos graves, ampliamente conocidos por él atraen su atención, mira a sus hijos y dice. Cuando terminen de comer, van a buscar pasto para los cuyes (*) Sabe que tiene que entrar, tiene que conocer a su nuevo hijo, sus pasos lo llevan hacia adelante, pero su alma lo tira hacia atrás, quiere huir, quiere gritar, está harto de su miseria, pero su destino está marcado, no puede escapar de él, se acerca, y con pesadumbre y molestia abre la cortina de costales que forman la puerta de su dormitorio, ingresa y se queda mirando. Al fondo a su derecha en la esquina un catre de ramas de sauce, toscamente trabajadas a puro machete para ajustarse a las formas y medidas de una cama, sus patas están enterradas en el piso de tierra, un colchón formado por tocuyos rellenos de paja de arroz luciendo aisladas manchas de sangre completa la cama matrimonial, encima y cubierta por una raída frazada estaba su mujer, lucía, cansada, ojerosa, las conocidas y viejas arrugas, encallecidas por la dureza de su vida escondían sus apenas treinta y siete años que hacía tres meses acababa de cumplir. Un candil, y las luces de los primeros rayos solares que ingresaban a través de las paredes, daban al


23 ambiente una sombría iluminación, y permitían ver en toda su magnitud, el lúgubre escenario, el hombre deja la puerta abierta, enganchando la cortina de costales en un clavo de la pared ubicado para ese fin, quería ver una vez mas ese cuarto testigo de sus muchas lamentaciones, sufrimientos, y de alguno que otros momentos de placer. En medio del ambiente, una oxidada cocina de kerosen arde estrepitosamente, sobre ella, en una olla de hierro fundido, el agua hierve desprendiendo sus vapores, doña Victoria está agachada, recogiendo del piso los trapos que había usado para el parto, llenos de manchas de sangre cubiertas con barro, los hecha a la hirviente olla, luego afanosamente trata de borrar del terroso piso la sangre, y todas las huellas dejadas por el nuevo alumbramiento. La comadrona, era una mujer de alrededor de sesenta años, con mas arrugas que una pasa de uva, producto de la tierra, y el descuido completo, que le habían hecho un trabajo destructivo en la piel, a la sazón era la matrona y curandera de toda la zona, donde los médicos brillaban por su ausencia, y jamás ninguno había puestos los pies, en las arenosas calles del caserío. A su costado y frente a la puerta, sobre una bolsa de papas, los dos gatos de la casa, el blanco y el romano, con sus orejas paradas, observan la escena, están excitados y eufóricos, sus sensibles narices han detectado el olor a sangre, que mezclado con el también fuerte olor a Kerosén mal combustionado, crean una asfixiante atmósfera. Unos débiles chillidos, llaman la atención del hombre, junto a la cama, sobre una silla, en una canasta construida de juncos, envuelto en telas blancas, está el autor del ruido, la criatura que acaba de nacer, al sentir al padre, hace una mueca simulando una sonrisa, en su profunda inocencia, no sabe de la tristeza de llegar a un lugar donde no es bienvenido, no conoce el dolor que la miseria produce, no entiende cual será su futuro en el noveno lugar de la escalera de los hermanos, él es feliz,


24 porque la felicidad es un derecho sagrado que nos da la ignorancia. El viejo, siente que el corazón se le estruja, al mirar ese deplorable cuadro de pobreza, queda pensativo, había olvidado, que tanta miseria pudiera ocupar el mismo espacio, y el mismo tiempo para formar un tan doloroso escenario, pero, tratando de alejarse de ese mísero cuadro, se consuela pensando que eso ya forma parte de un lejano pasado. El hombre toma el canasto, sale con él al patio, y con voz tronante grita. Chicos, vengan a conocer a su hermano. Los ocho se arremolinan alrededor, miran con curiosidad, hasta que Víctor pronuncia en voz alta. Se parece a mi tío Ricardo Ante la observación, el hombre responde. Entonces se llamará Ricardo La comadrona, que era testigo de la escena interviene airadamente. José, no olvides que nuestra santa madre iglesia manda poner el nombre del santo al cual corresponde el día que nació. Busquemos el almanaque. La comadrona, sale del dormitorio con un arrugado almanaque, y mirando rápidamente, comenta en voz alta. Mira, el 21 de agosto cae San Fidel. Pues, se llamará Ricardo Fidel El viejo, enjuaga sus lágrimas, su alma está de luto, ante tanto dolor, pero templando su carácter pronuncia en voz alta, para tratar de convencerse así mismo. Ese soy yo Ese día, de agosto en medio de la densa neblina, cortada insistentemente por los rayos del sol en medio de la curiosidad de sus hermanos la alegría de su madre y la consternación de su padre, el viejo, comenzaba su gran aventura de vivir, su gran proyecto de vida.


25 Sentado cómodamente, el viejo, desde su reposera, deja que su mente lo introduzca en el mundo de sus recuerdos, deja su cuerpo etéreo volar y desde ese inmedible espacio, como viniendo de otra dimensión, observa como su yo, venido desde años atrás inicia la lucha por la vida. Se dice para si mismo, no se si será cierto que cada niño, viene con su pan bajo el brazo, pero si lo fuera, me parece que el mío se cayó en el camino, su vida dependerá solamente de la capacidad productora de leche de su madre, y su capacidad inmunológica, la idea de un pediatra o algo parecido, no existía ni siquiera en el pensamiento de los habitantes mas futuristas del pueblo, quizá en cierta forma se cumplía la ley de la selva, solo sobrevivía el mas fuerte, es así como que de sus catorce hermanos, cuatro murieron antes de alcanzar un año de edad. Por fin, llegaron los días, en que la edad comienza a despertar la mente, y los recuerdos comienzan a quedarse grabados en algún rincón de las neuronas, mi tercer aniversario se aproximaba, -Lo había escuchado decir- mi figura representaba una abultada panza producto de los parásitos que cómodamente habían hecho su hogar en ella, ingresaban cada vez que saciaba mi sed en las estancadas aguas del río, o los mocos que se enseñoreaban cubriendo mi labio superior, y que en muchos casos, distraídamente se filtraban dentro de la boca. Mi madre ocasionalmente luchaba con los parásitos, aplicando un poco de aceite de ricino, y una emulsión terriblemente fea, que ellos llamaban “tiro seguro”, pero para poderla tomar, primero mis hermanos mayores tenían que atraparme, y taparme fuertemente la nariz. Completaba mi patética figura, unas trenzas largas formadas por mis enrulados cabellos que nunca habían conocido peluquero alguno, unos pies, lozanos, y anchos, donde los dedos regordetes se jactaban de no haber sido víctimas de zapato alguno, las plantas


26 encallecidas parecían suelas naturales, formadas de por el andar sobre arcillas y piedras. Había desarrollado un especial salvajismo, cuando cada mañana después de tomar mi desayuno compuesto por una taza de mate de Hierba Luisa, con maíz tostado, llenaba los bolsillos de ese mismo maíz, y como el más hábil de los montaraces, me perdía en los montes del río y las chacras aledañas, y a veces me las ingeniaría para sobrevivir todo el día. Mis aventuras comenzaban con mis juegos, mezcla de inocencia y ambiciones futuras, cuando cazaba sapos, ranas, lagartijas, uno que otro escorpión, y con la ayuda de una fructífera imaginación, esos bichos, atados con sogas hábilmente trenzadas de totora, se convertían en regias y rebosantes manadas del mas puro ganado, que poblaban mi rica hacienda, y hasta tenía mi toro campeón de pelea. Al medio día, el estómago me avisaba la hora de volver a casa, donde mi madre nos esperaba siempre con algún potaje, adaptado a sus posibilidades, que no eran muchas, casi siempre algún guiso con arroz, papas, camotes o maíz sancochado, pero, ella siempre se las ingeniaba para llenar la olla y satisfacer a todas esas bocas hambrientas. Ocasionalmente, las carnes aparecían cuando mi padre traía camarones que había pescado en el río, o cuando algún bicho de la granja casera, ya sea pollo, gallina, cuy, pato o pavo, caía a nuestros estómagos, después de pasar certeramente por las hábiles manos de mi madre, como un trámite previo en su camino a la olla. Después del almuerzo, nuevamente al monte, y cuando el sol comenzaba a descender, y a perderse detrás de los pacayes de don José loco, había llegado el momento de volver a casa, Mi madre siempre nos esperaba con arroz graneado, con manteca de cerdo sobre las brazas de la leña, que le daban ese tan delicioso sabor, que hasta hoy, mas de sesenta años después cada vez que me acuerdo, se me hace agua la boca.


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CAPITULO II SIGUIENDO LAS TRADICIONES ANCESTRALES “LA TRADICIÓN DE TODAS LAS GENERACIONES MUERTAS OPRIME COMO UNA PESADILLA EL CEREBRO DE LOS VIVOS”

Kart Marx El viejo después de una reparadora siesta se despierta, está en su reposera, en la terraza de su casa de campo, han vivido tanto juntos que ya los dos parecen uno, abre un libro, quiere leer algo, “Las tradiciones peruanas” de Ricardo Palma, pero, tan pronto se enfoca en las primeras líneas, sobre pedazos de la historia de su lejano terruño, un torrente de recuerdos aflora en su mente, su imagen etérea, comienza a flotar en el espacio, en una época él también vivió su propia tradición, fue parte de ese pensar antiguo y folklórico, quiere volver a vivirla en ese andar, donde no existe la dimensión, nuevamente su volar cósmico lo lleva a su tierra natal, no puede pasar la barrera del tiempo, pero, como en una inmensa película proyectada sobre el ecram de su mente, ve al niño, como desarrolla su vida. En una tarde fría y nublada, con la ropa mojada por la humedad, me refugié entre unas bolsas de maíz, acurrucado, me cobijaba del frío, era muy temprano, no había concluido mis normales paseos, regresé antes que de costumbre, nadie había notado mi presencia, de pronto escuché decir a mi madre. - Víctor, ya es tiempo de cortarle las trenzas a Ricardo - y luego agregó


28 - Tu padre quiere que su amigo el hijo de su compadre Mayta sea el padrino, y quiere aprovechar ahora que está con su rebaño pastando en las lomas Víctor quedó en silencio, él sabía la importancia de esa ceremonia, entendía el simbolismo, que significaba pasar un niño hacia una etapa superior, era un rito para los viejos ancestros, mas importante que el bautizo católico, sabía que eso significaría que la familia se trasladaría por unos días hacia las lomas, conjunto de cerros escarpados que forman parte de las pendientes de la cordillera hacia la costa, y que gracias a las fuertes y húmedas neblinas que en el invierno suben del mar, se cubre de una tupida vegetación y pasturas temporales. Sabía que tenía que hacer los preparativos para trasladarnos los veinte kilómetros que nos separaba de esos verdes cerros, y pernoctar por lo menos una larga noche invernal a la intemperie o en carpas de esteras. Hasta que por fin llegó el día, amaneció nublado y frío, de pronto una voz autoritaria grita - Arriba, hora de levantarse!. Después del susto inicial, restregándome los ojos me siento en el borde de la cama, trato de tapar el colchón con mi frazada, para que mi madre no se diera cuenta de que estaba mojado producto de la orina con que yo lo había perfumado en la noche, aunque sabía que el fuerte olor rancio que emanaba de él me traicionaría, pero fue grande mi sorpresa, cuando ella no entraba a hacer la revisión diaria, salgo al patio, me sorprendo aún mas cuando veo que todavía está oscuro, y hay un movimiento anormal, mis padres y mis hermanos mayores, corren de un lado a otro, llevan y traen cosas, no entiendo nada. Mi madre parecía un sargento dando órdenes a diestra y siniestra, incluyendo a mi padre, dos burros, estaban atados junto a la cocina. - Acerca el burro blanco! – grito mi madre Víctor tomó el asno por la rienda y lo acomodó frente a ella, mientras mi padre también hacía lo mismo con el otro


29 Mi madre colocó dos cueros de oveja sobre el lomo del burro, los ató fuertemente, con una soga que pasó por debajo de la panza del animal, luego con una experta agilidad, levantó un par de serones (*), y los puso sobre los cueros, mientras el animal se entretenía masticando un poco de paja seca. Con la ropa ya mojada por esa mezcla de lluvia y neblina, mi padre se dirigió hacia el corral de troncos ubicado en la parte posterior de la casa, donde echado, y mirando la escena, estaba “El alazán”, su único caballo, fiel émulo de rocinante, no solo por ser un cuadrúpedo de la misma especie, sino por lo triste y famélico de su figura, si hasta parecía que había sido la inspiración de Cervantes para describir la gallarda montura de don Quijote. .Mientras mi madre repetía la misma operación de los serones, sobre el otro asno, mi padre, después de encargar su flaco corcel a mi hermano, cargaba el primer borrico con dos damajuanas de cañazo, (*) y una serie de víveres, aparentemente todas las provisiones estaban listas para el viaje. En la cocina, en una tetera de aluminio abollada y ennegrecida, sobreviviente de muchas batallas, contra el humo y los troncos de leña, el agua comenzaba a desprender torrentes de vapor. - Prepara el té Ordenó mi madre, Benigno, quien era mi medio hermano, el mayor de todos, hijo de otra madre, salió corriendo a la huerta, y volvió con unas ramas de hierba luisa, (*) sus hojas emulaban un pasto súper desarrollado, las echó a la tetera, y para completar, agregó unas cucharadas de azúcar. - En el pueblo, en la panadería de Toranzo compraremos pan, Agregó mi madre. Yo en mi ignorancia, no sabía de que se trataba todo ese movimiento, pero mi corto entendimiento a esa edad, me decía que estábamos a punto de indicar un viaje, pero hacia donde?, quienes irían?. En medio de esas cavilaciones, sentí que alguien me tomó por la cintura, me levantó en vilo, y antes que me


30 diera cuenta, después de un corto vuelo, mi menuda figura, estaba dentro de un serón, cuando un llanto me sacó de mi impresión, noté que mi hermano Isaías, que por esos días había cumplido un año, estaba en el otro serón equilibrando mi peso, que por cierto no era mucho. Mientras mi padre, después de recuperar a su famélico rocinante, apoyándose en una piedra, en un felino salto, fue a dar con su humanidad, encima del filudo lomo, mi hermano Víctor imitando a su progenitor, subía en el burro pardo, que estaba cargado con los víveres, mi madre parándose frente a mis demás hermanos, se despachaba con un locuaz discurso, colmado de un sinfín de sus últimas recomendaciones. - Hoy Ricardo cumple tres años, nos vamos a las lomas, le vamos a hacer cortar las trenzas, volveremos mañana en la noche – y así continuó dando una serie de instrucciones, de que tenían que hacer, que comer, como cuidar los animales, y muchas cosas más, aunque creo ellos, estaban muy lejos de escucharla, embelezados en las travesuras que podrían hacer libres de la presión maternal. Terminada su larga disertación, llevó el asno junto a una piedra, y haciendo caso omiso de las protestas del flaco pero noble animal, de un salto estuvo en su grupa, ubicándose cómodamente entre los dos serones, con las riendas entre las manos. A la voz de aura, mi padre, presionó los talones (Las espuelas no formaban parte de su vestimenta), y el fiel bruto entró caminar. Se iniciaba el viaje, él montado en su deslucido rocinante, siempre sobre el anca del desgarbado caballo, apoyado sobre sus puntiagudos cuadriles, observando las costillas que sobresalían marcándose debajo de la piel Mi madre lo seguía cómodamente sentada entre los serones, y con sus pies colgando a los costados de su blanca cabalgadura, mientras yo y mi hermano, nos mecíamos al vaivén del paso del noble rucio.


31 Cerraba la fila, mi hermano Víctor montando el pardo, un viejo burro que ya reclamaba a gritos su jubilación, pero su destino sería morir en su ley, cargando las cosechas, esta vez, llevaba consigo los serones llenos de provisiones. La caravana que marchaba en perfecta formación india, la completaba “Bull”, el fiel compañero, un perro blanco, que por su estirpe, no tenía problemas de sangre, ya que de todas tenía un poco, y “Toffi”, un pekinés acriollado, que por su carácter era el ruidoso del grupo. Mi mente era un hervidero de interrogantes, había escuchado decir que íbamos a las lomas, y eso que es?, donde queda?, me imaginaba una gran ciudad, mucha gente. Muchos juguetes –nunca había tenido uno- habría dulces?, no tenía ni idea de lo que era una golosina, y pensando en la felicidad que me darían esas cosas, y la modorra que produce el hamacamiento del andar del asno me quedé dormido. La fuerte voz de mi madre, dirigiéndose a mi hermano. - Compra cinco soles de pan. Me despertó, estábamos detenidos en el pueblo, frente a la panadería, completada la compra, continuamos el viaje, subimos la cuesta o cerro que forma la pared del valle, hasta llegar a la parte mas alta, nunca había visto desde esa perspectiva los campos, ya el día había aclarado, el deslizarse del río, los diferentes tonos de verdor, que formaban un damero allá abajo, los bosques de frutales, las grandes extensiones de plantaciones de caña de azúcar, hacían un paradisíaco lugar, que lindo y verde era mi valle. Llegamos arriba, levanté la cabeza y aproveché en dar una última mirada a ese bello lugar recién descubierto por mí, luego se perdió de mi vista, cuando la caravana, comenzó el caminar por un desértico paraje, solo piedras, cactus, y algunas solitarias y desubicadas lagartijas que se nos cruzaban fugazmente, indicaban la presencia de vida en el lugar, la tranquilidad y el silencio reinante, me


32 impulsaron a volver a mis interrogantes, eso duró poco, porque. de improviso el susto se apoderó de mí, cuando recordé que había escuchado decir “le van a cortar las trenzas”, siempre tuve mis trenzas. De vez en cuando mi madre, me las soltaba me lavaba el pelo, y nuevamente me las tejía, eran largas y en cierta forma muy molestas pero cortar?, que era eso?, dolería?, nunca mi pelo había sido ofendido con tijera alguna, y el jabón era solo un lejano turista. Pensaba la tortura que debía soportar cuando me irían sacando una por una, me imaginaba con la cabeza pelada, eso en cierta forma me hacía feliz, mi madre ya no podría tirarme del pelo cuando quería castigarme, que era muy frecuente, tampoco me dolería cuando me sacara las liendres, ya no tendría piojos, porque no tendrían donde esconderse, me salvaría de la tortura de las despiojadas semanales, después de todo no era tan malo. Un fuerte silbido agudo me sacó bruscamente de de mis pensamientos, sacando la cabeza del serón que me servía de refugio, lo miré, el pánico me invadió, me largué a llorar con todas las fuerzas que mis pulmones me lo permitían, un monstruo negro como una culebra gigante, echando humo blanco por la cabeza, venía rugiendo directamente hacia nosotros, esa enorme bestia nos iba a devorar, mi madre inútilmente trataba de calmarme, tampoco me calmó cuando escuché y mi padre sentenciar - Parece que el tren lo asustó Que sabía yo de trenes, me oculté dentro de mi refugio, cerré los ojos, temblando, y resignado sabiendo que no tenía salvación, mientras sentía que esa fiera rugiendo pasaba a lo lejos por delante de nosotros. - Es el tren que va a Arequipa – afirmó mi madre Sentí que mi cuerpo dejaba de temblar cuando ese enorme bicho se alejaba serpenteando por en medio de la desértica pampa. Seguimos nuestro trayecto unos minutos mas tarde, cruzábamos los dos rieles negros que formaban la línea del ferrocarril, escuché un chorro de agua caer por algún


33 sitio, pero no había río alguno, de pronto frente a nosotros, como saliendo de la nada, hizo su aparición una plataforma cuadrada de cemento de dos por dos metros, que sobresalía unos sesenta centímetros por encima del nivel del suelo, con unas pequeñas ventanas, por dos de sus lados, un lindo aire refrescante con ese aroma inequívoco del agua fresca, inundaba todo el ambiente, según supe después, era una estación de aireado del agua que por un tubo venía desde Arequipa, pasando por cada estación, para surtir del caldero del tren, y finalmente terminaba en la planta de agua potable de Mollendo. - Vamos a tomar desayuno – ordenó mi madre Nos desmontó del serón, nos sentó en la plataforma, y cada uno se acomodó como pudo, sacó sus descascarados tazones de hierro aporcelanado y lo llenó del mate de hierva luisa que llevábamos, me entregó medio pan, ese era mi desayuno. Otra vez, sobre el burro, nuevamente me quedé dormido, y no se cuanto tiempo, hasta cuando unos fuertes sacudones me despertaron. Mi noble transporte estaba luchando con unas piedras en el camino, en su afán de trepar por una empinada cuesta, adelante se miraba como el suelo iba cambiando de ese color marrón de la tierra a un exuberante verde, y el olor del aire terroso, se iba tornando en un fuerte y aromático resinoso, frente a nosotros los cerros se alzaban desafiantes, pero sus cumbres aún estaban cubiertas por esas nubes que el sol todavía no había logrado desalojar. unas tenues líneas, subían caracoleando por sus laderas, hasta introducirse en la inmensidad de la neblina de las cumbres, como queriendo alcanzar el cielo. - La línea de la derecha, es el camino que debemos tomar. Aclaró mi padre. Yo con la cabeza fuera de mi escondite, miraba con terror como esa delgada línea a la que él llamaba camino, era una pequeña franja que se cortaba por la mitad de un precipicio, no concebía que por ahí pudiera pasar nuestra


34 caravana, pero ni hablar, Quién era yo para opinar?. Y en un acto no muy valiente que digamos, cerré los ojos y me escondí nuevamente en mi refugio. Pasado un tiempo, cuando la neblina comenzó a calar mis huesos, con su húmedo frío, tímidamente como un ladronzuelo, levanté la cabeza y miré hacia afuera – Que horror – no había piso, mi serón colgaba en el aire, por encima de un gigantesco precipicio, sentí unas ganas intensar de gritar, pero mas era el miedo al golpe que me daría mi madre si gritaba, asi que opté por guardar un asustadizo silencio, y volver a esconderme en mi refugio, temblando de frío y miedo. Por fin llegamos a la cumbre del cerro de yarando, (*) cuando las últimas franjas de neblina, estaban siendo arrastradas por el viento, ante nosotros, una linda meseta cubierta de pastos y otras hiervas en su pleno apogeo, emulaban a una bella alfombra de matizados colores, manchas blancas y perfumadas formadas por los tréboles y lirios salvajes, competían el espacio con los bellos colores lilas de los nabos silvestres, y mas allá las grandes sabanas amarillas de las achicorias,(*) intercalando sus flores con los delicados pelos de sus semillas que lanzaban al viento, y terminaban colgadas en las ramas de los arbustos, que bordeaban la meseta al borde de los acantilados. En medio de ese regalo de belleza natural, tres carpas de esteras, con estructura de palos de eucaliptos, dispuestas en forma triangular, rodeaban un corral formado con piedras acumuladas de ochenta centímetros de altura, cuando llegábamos, un hombre abría la rústica puerta, y mas de un centenar de ovejas y chivos salían corriendo y saltando hacia la verde pradera. Escuché como mi padre con un enorme regocijo manifestó - Esa es la majada de mi compadre Mayta. Cuatro perros de diversos colores e indefinidas razas ladrando y moviendo la cola, salieron a nuestro encuentro. Por detrás salía un hombre de no muy grande


35 estatura, de unos cincuenta años, piel cetrina, y figura ancha, calzando unas hojotas (*) artesanales, con sus pantalones de bayeta (*) gris, poncho de color marrón hecho con lana de oveja trenzada, la cabeza cubierta con un chullo, (*) al mejor estilo de pasa montaña, con aletas que le cubrían las orejas, que apenas permitían ver unos bigotes y barbas raleadas y encanecidas, fáciles de contar, por los cuales se notaba que la tijera ni el jabón hace mucho tiempo no pasó. El hombre hacía un gran y vano esfuerzo en hacer callar a esa mixta jauría, y convencerla de volver al rancho, cuando mi padre de un gran salto bajó de su montura, y se confundieron en un gran abrazo, parecían dos hermanos sobrevivientes de una guerra, finalmente mi padre dándose vuelta, dirigió su mirada hacia nosotros, diciendo a su vez - Compadre esta es parte de mi familia. Es evidente que habíamos llegado a nuestro destino, el sol ya estaba en lo alto, la niebla se había ido por completo, pero el medio día aún no había llegado, tan pronto mi madre me bajó de mi montura, corrí hacia las carpas, pero a mitad de carrera, paré en seco cuando en el centro vi. a un hombre terminando de descuartizar el cadáver de un cordero, a su costado, inclinadas sobre dos ollas llenas de agua, dos mujeres limpiaban las tripas y demás menudencias. De la parte baja del cerro, emergían dos chicos de unos diez y doce años, cargando fardos de leña seca, no había duda, era una fiesta, pero que festejamos?. - Este es mi yerno, él será el padrino, a mi señora ya la conoce, esta es mi hija, y esos dos que vienen allá son mis nietos. Quien así hablaba, era el hombre que nos había recibido, y que después me enteré que era el compadre Mayta. A esta altura del tiempo, yo ya no prestaba atención a los adultos, corría como todo un aventurero detrás de una mariposa grande y blanca con el afán de cazarla, todo fue un vano intento, no sé cuanto tiempo estuve tratando de


36 pescar todo tipo de bicho que se me cruzaba por el camino, nunca había tenido una planicie tan grande, con una vista panorámica tan amplia, dentro de esa sana amistad que solo los niños sabemos brindar, ya éramos grandes amigos con los chicos del lugar, y en un arranque de atrevimiento, bajamos por la ladera hasta el fondo de la quebrada. Antiguos árboles de olivos e higueras, con sus troncos huecos y retorcidos que habían sido sembrados cientos de años atrás por lo colonizadores españoles, dejaban circular por entre sus añosas raíces pequeños y cristalinos arroyos, que bajan con sus límpidas aguas, saltando de piedra en piedra, en un ciclo de vida, que se ha repetido, desde que esos cerros, eran el hogar de cientos de mineros que explotaban ricas minas de plata, ahora agotadas. Haciendo conjunto con unas derruidas paredes de piedra, envueltas en un destructivo abrazo de los matorrales, son testigos de un rico pedazo de nuestra historia, son también, el refugio de grandes bandadas de palomas, que a los primeros rayos de sol, se desprenden de sus ramas y como una mancha gris inician su matinal vuelo en busca de un día mas de supervivencia. Los gritos de mi madre desde la parte alta, me trajo nuevamente hacia el campamento, una olla de agua tibia estaba frente a ella, me sentó en su falda, y comenzó a destejer mis trenzas, que en ese momento ya eran bastante largas, nunca me las habían cortado desde que nací, y no recuerdo cuando fue la última vez que las lavó, - Te voy a lavar el pelo. Al decir eso, inició mi largo tormento, destejer mis trenzas, esa parte era fácil, el problema se inició cuando comenzó a rastrillarlas con un peine de madera de dos caras dentadas, esta herramienta, mas que peine era un despiojador, en cada pasada un mechón de pelos salía enredado en él, y atrapados con ellos una buena cantidad de piojos y liendres, acompañados de un sonoro alarido de dolor salía de mi garganta, pero ella impávida a todas mis dolorosas expresiones, continuaba con su tarea, como


37 depredadora de piojos, después de lavarme, no sé con que, nuevamente lucia mis trenzas muy largas y gruesas, pero en menor cantidad. Detrás de la carpa, encima de una fogata, empalado con una vara, el yerno de Mayta, que se apellidaba Quispe, hacía girar el cadáver del corderito que ya despedía un riquísimo olor, y su color marrón brillante indicaba que estaba a punto de estar listo para satisfacer nuestros hambrientos paladares. Mi padre, sacó una damajuana (*) de cañazo, y siete pequeños vasos que habíamos llevado consigo, en nuestros burros, como un viejo experto, llenó los siete, uno para cada uno de los adultos, y con el séptimo, en un acto de constricción, y haciendo alarde de una profunda religiosidad, se agachó, rezó una pequeña oración, y solemnemente hecho el vaso a la tierra, diciendo mientras todos hacían un brindis. - Salud, madre pachamama. Esa humilde gente, nunca bebía, ni comía nada, sin compartir su agradecimiento por lo recibidos con sus ancestrales dioses. Después de un opíparo almuerzo, en el cual dimos cuenta de una buena parte del corderito asado, acompañado de papas sancochadas y choclos, y que los adultos, lo habían aprovechado para empinarse un buen surtido de copas de cañazo, mi padre se puso de pié y dijo. - Ya es hora de la ceremonia . Mi padrino ceremoniosamente se puso también de pié, se acercó a mi, y ante mi desconcierto, me tomó por la cintura, y levantándome en vilo por encima de su cabeza, a todo lo que daba la extensión de sus brazos, orientó mi rostro hacia el sur, y mientras rezaba no se que oración, dijo en voz alta. - Yo como padrino, compro estas trenzas y las pago con dos corderitos, me bajó, y tomando una oxidada tijera, de un golpe seco, mas de la mitad de ellas, quedaron colgadas en su mano, se las guardó en el bolsillo de su poncho, luego mostró a los presentes una tierna parejita


38 de corderos, y finalizó, lanzando un vaso de cañazo y un poco coca para agradecer a la pachamama, y calmarle la sed. El compadre Mayta, con el más serio y protocolar respeto, repitió la misma ceremonia, tomó la misma tijera que no era otra que la que usaban para trasquilar las ovejas, pero cambiando un poco la frase final, dijo. - Yo compro estas trenzas, y pago por ella una chivita. Y cuando me soltó, el frío viento de la tarde, que ya comenzaba a soplar en la meseta, me demostraba, que mi pobre cabeza estaba pelada. El ritual, mezcla del mas puro paganismo y una extremada devoción al catolicismo. Se desarrolló en un impresionante escenario, una pequeña meseta formada en la cumbre de un cerro lleno de vegetación, rodeada por majestuosas formaciones rocosas con paredes casi verticales, el conjunto hacía una dantesca configuración, que le otorgaba un especial misticismo. La ceremonia se ejecutó con el máximo respeto, y veneración que mis antecesores rendían a esas rocosas divinidades, considerados por ellos, la esencia de su propia existencia, les atribuían vida, y creían en ellos como sus permanentes guardianes, eran su apus, sus dioses máximos, sus Protectores y que ningún misionero venido del otro lado de las aguas grandes, pudo derrotar. Pasadas unas horas, y después de que una buena dosis de cañazo ya había atravesado sus gargantas, mi padrino Quispe, me levantó en vilo, me orientó hacia los cuatro puntos cardinales, y mirando los gigantes cerros que nos rodeaban, rezó algunas incomprensibles oraciones, para luego devolverme suavemente al piso. - Está poniendo bajo la protección de los apus (*) y de la pachamama (*) a su ahijado. Fue el comentario que escuché de mi padre. La seriedad del momento, obedecía a los mas ancestrales ritos de la mitología inca, cuando los apus,


39 gobernaban la tierra, cuando la pachamama, y el inti, protegían y hacían prosperar a sus hijos, es esa costumbre sagrada, que ellos habían pasado de generación en generación, desde los principios de los tiempos, donde la memoria se pierde, y confunde la realidad con la leyenda. Esa ceremonia, era la forma como ellos me ponían bajo la protección de sus dioses, y aunque aceptaron .el bautismo impuesto por el catolicismo, en el fondo de su corazón seguían rindiendo pleitesía a esos Dioses tutelares que sus antepasados les habían enseñado a adorar. Fue tan profunda la ceremonia, que en una mente tan infantil como la mía, quedó atrapada y ha sobrevivido intacta a través de los tiempos, para salir ahora a refrescar el presente, y creo que me acompañará, hasta que esos tiempos me digan que mi tiempo ha terminado. El viejo, ve todo respetuosamente, el sabe el porque de la intensidad de esa ceremonia, él entiende que la espiritualidad de esos humildes hombres, era la más pura esencia inca, y aún antes que ellos, antes que sus ejércitos conquistaran a culturas mas espirituales que sus militares tradiciones, y que los enriquecieron con sus sabidurías, originando en conjunto estas arraigadas tradiciones, que manejaron la religiosidad de nuestros pueblos, hasta que estos conquistadores, fueron a su vez conquistados, y sometidos a tradiciones extranjeras. Piensa, en esos nobles viejos, que representaban los apus, que habían sido los creadores de su mundo, que vivían en las cumbres de los cerros que ellos mismos personificaban. Ve como sus antepasados le rinden adoración en esas sus altas moradas. Ve como los conquistadores, en las grandes campañas misioneras, tratan de borrar ese rito, y en su afán de desaparecer esos dioses, los reemplazan con la cruz, traída desde los desiertos árabes. Hacen nacer el culto por las cruces en el mes de mayo, en un vano esfuerzo, de eliminar esos “paganos dioses”, pero nuestros antepasados, entreverando sus


40 religiones, les siguen rindiendo homenaje a sus Dioses, con unas simples apachetas (*), culminadas en una cruz cristiana en las partes altas de los caminos, donde en un gesto de agradecimiento depositan una piedra cada vez que pasan por ahí. La tarde continuó su recorrido, yo jugando con los hijos de mi nuevo padrino y los adultos al golpe de salud compadre, daban cuenta de la damajuana de cañazo, mientras contaban historias de un leoncillo (*) que merodeaba por los alrededores, se había llevado algunos corderitos, y hacían planes para atraparlo. El sol hace un buen rato se había ocultado, una luna grande y resplandeciente lo había reemplazado, inundando la pradera con su brillante luz, cuando nos sentamos a la intemperie a degustar un humeante caldo blanco donde sobresalía la cabeza del cordero, las patas y todas las viseras que cuidadosamente le habían lavado. Esa noche, debajo de una espectacular luna llena, protegido por las esteras de totora de la carpa, yo daba vueltas y vueltas entre los pellejos de cordero que hacían de colchón y frazadas. Mi cerebro no podía dejar de pensar en el leoncillo, y me lo imaginaba merodeando alrededor el campamento, y hasta me parecía ver su sombra a través de las esteras. El crujido que las montañas emitían, rompía el silencio de la noche, se escuchaba sus ecos como lejanos llamados, mi mente infantil daba forma a los fantasmas de las historias que en el pueblo contaban los mayores, escuchaba en esos ruidos sus lamentos, y me parecía verlos venir hacia mí desde el mas allá, saliendo de sus tumbas, en medio de esos ruidos exacerbados por mis fantasías, con los ojos abiertos, y cubierto totalmente con la frazada, escondiéndome de ellos, me pasé la noche sin dormir Es muy fácil interpretar el sonido de los cerros, como un lejano lamento, que sale de las propias entrañas de las rocas, y resulta también fácil entender como esas mentes simples, daban a esos sonidos el sonar de las


41 voces de sus dioses, y en alguna forma, tratan de agradarles místicamente. Mientras yo estaba sumergido en mis miedos, los tres hombres recostados a la protección de una piedra, seguían brindando y liquidando la otra damajuana de cañazo, a cada crujir de las montañas, levantaban sus copas y hacían un brindis. Esa mañana, desayunamos un mate de menta, que el compadre había recogido del arroyo de la quebrada, acompañado con el pan que habíamos llevado, y queso de cabra que ellos artesanalmente producían, después de toda una mañana de juegos, almorzamos lo que quedaba del cordero, mi madre cogió los dos corderitos, y la chivita, los puso en los serones en los cuales habíamos traído los víveres, e iniciamos el camino de retorno. Con el arrullo de los primeros vaivenes de los serones, la noche pasada entre insomnio y pesadillas, mi cuerpo, cobró su tributo, me quedé plácidamente dormido, solo el grito de mi madre me pudo despertar, cuando la caravana se detuvo frente a casa, y debo agregar que a mi padrino de trenzas, nunca lo volví a ver. . .


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CAPITULO III LA PÉRDIDA DE MI PADRE “LAS PENAS DE LA VIDA AYUDAN A SOPORTAR LA MUERTE Y LA IDEA DE LA MUERTE AYUDA A SOPORTAR LA VIDA”

Pelet de la Lozere Un día mas, en las estepas Argentinas, el sol con un brillo espectacular, da la bienvenida al nuevo día, el canto de las aves simulan un desordenado coro, es un sincronismo de felicidad y agradecimiento a Dios, el viejo está solo, pero es que él quería estar así, para poder compartir con su soledad los recuerdos, que nuevamente lo hacen vivir el pasado en la lucha del niño. Tiende su hamaca entre dos palmeras, se recuesta cómodamente, cierra los ojos, y se interna en ese mágico mundo que solo la imaginación es capaz de crear, e inicia su vuelo al pasado Unos meses después, mis ovejas y mi chivita, ya habían alcanzado su total estado de madurez, bajo mis estrictos cuidados y alimentación, ellas se habían convertido en mi familia, y sin yo saberlo en mi fortuna, mis fantasías de tener mis propios animales se estaban haciendo realidad, pero si que eran exigentes, no podía descuidarlos, me pregunto porque a mi padrino de trenzas no se le habría ocurrido regalarme algo mas sencillo, como una bicicleta o algo parecido. Este inicio de pastor, dejaría una marca férrea toda mi vida infantil, siempre tendría mi majada propia, dicho metafóricamente, porque en la realidad cada vez que


44 el hambre apretaba en casa, alguna de “mis” ovejas iba a parar a las ollas, ya sean nuestras o ajenas, sin que “El dueño” viera un centavo de las ventas, lo tomaremos como una contribución al mantenimiento familiar. El monte, grandes zonas de áreas pantanosas, formaban el inicio del delta de la desembocadura del río, con una configuración siempre cambiante, por los continuos desvíos de las corrientes, era un amplio humedal, cubierto de una forestación de arbustos de crecimiento rápido y mediano tamaño, entre sus matorrales se desplazaban, pequeños arroyuelos, corrientes secundarias o filtraciones de las zonas altas, donde los bosques, no cubrían completamente la superficie, a la protección de esas plantas, crecían unos ricos pastizales, esos eran mis campos de pastoreo, cada verano cuando el cause aumentaba, cambiaba la forma, los bosques eran destruidos por las embravecidas aguas, para volver a reverdecer el siguiente invierno, era todo un pequeño mundo, con su propio ciclo de vida. Mi padre casi nunca estaba en casa, muy poco lo veía, en las noches se dirigía al río, elegía una buena corriente y ponía sus Izangas (*), luego acostado en algún rincón oscuro en medio de los matorrales, donde había armado su cama con hojas secas, pero, no precisamente para dormir, se pasaba la noche masticando esa estimulante hoja de coca, mezclada con una buena porción de llucta (*), y de rato en rato, se complacía generosamente con unos buenos tragos de cañazo, sin él saberlo, con esta mezcla, liberaba ese éxtasis que solo la droga puede brindar, y volaba hacia otro mundo donde sus fantasías se volvían realidad, y convertir su miseria en delirios de grandeza. Pasada la media noche, volviendo de sus correrías fantasiosas, entre la hoja de la coca, el humo del cigarrillo negro corriente y uno que otro trago de cañazo, sacaba sus izangas, juntaba la pesca en una canasta, y con ella a cuestas, llegaba a casa tratando de aclarar su trasnochado cerebro, víctima del poco sueño y el


45 embotamiento producido por su masticar, aún con las quimeras que persiguió dentro de la bruma cerebral que la hoja le producía. Mi madre cuando lo detectaba, siempre era la misma escena. - José, Ya basta, cuando vas a dejar de coquear, eres un mal ejemplo para tus hijos. Él agachaba la cabeza, y se refugiaba en el dormitorio. El mes de septiembre, fue algo muy especial, en un arranque de sensibilidad y quizá algo de amor, prometió a mi madre cambiar su vida, Se prestó plata de un comerciante de la punta, alquiló unos terrenos, y se dedicó a sembrar arroz, mención aparte merece el hecho, que producto de esa reconciliación nació mi último hermano, el número catorce. Todo andaba de maravillas, pero el destino tenía otros planes, y muy duros para nosotros, cuando en una noche oscura, estando placidamente dormido, escuché unos gritos desesperados. - Chicos, salgan corriendo, el río se lleva la casa. Era mi madre, como loca, corría de un lado a otro, tratando de sacar algunas cosas, mientras gritaba, lo mas fuerte que podía, para despertarnos y ponernos a salvo, salí corriendo, para ver como el patio trasero estaba desapareciendo, corrí hacia delante de la casa de donde provenían los gritos, en lo que era un pequeño montículo estaban ya mis hermanos y algunos animales, acurrucados y asustados, mirábamos alarmados como el rugiente y fuerte caudal del río, carcomía por el subsuelo, y el corral , sin sustento, desaparecía en la oscuridad. El Chocho, frondoso árbol, que me había cobijado con su sombra desde que nací, que me había regalado con sus semillas, que convertía en canicas en mis juegos, que nos daba el detergente con el que mi madre lavaba nuestra ropa, haciéndonos una señorial venia a manera de despedida, poco a poco se siguió inclinando, introduciendo su verde follaje, en el torrentoso y turbio


46 caudal del río y con ese postrer adiós se marchaba para siempre. Minutos después, nuestra rústica pero acogedora casa seguía los mismos pasos, y yo espantado la miraba desaparecer de a pedazos en el marrón torbellino de agua, comenzamos a replegarnos en medio de la noche, hacia la huerta de don José Loco, de pronto me pareció escuchar unos gritos saliendo del torrente. - Vengan hacia acá. En un primer instante creí estar loco. Pero, cuando mi madre nos dirigía hacia la dirección de donde había venido la voz, las siluetas de unos botes, rompían la agitada superficie de ese rugiente caudal. No estábamos locos, eran nuestros amigos los boteros (*) quienes al ver el crecimiento del río, y la dirección que había tomado, supusieron nuestro peligro, y sin medir el riesgo que corrían, se lanzaron al agua en medio de una impenetrable oscuridad trepados en sus frágiles embarcaciones para venir a nuestro rescate. Unas manos musculosas me levantaron, y fui lanzado al fondo de una de ellas, mientras una poderosa voz me gritaba. - No te muevas de ahí por ningún motivo Nuestro amanecer, fue muy triste, en medio de una pampa arenosa cercana al río, estábamos todos acurrucados sobre unas esteras teniendo como único techo, el nublado cielo costeño, por ser verano, el clima había sido benigno con nosotros, a nuestro alrededor desparramadas desordenadamente, unos cuantos cacharros, palos, algo de ropa, y una que otra pequeña cosa que nuestros salvadores habían logrado arrebatarle a la furia del río, los animales domésticos, también habían seguido el mismo destino que el chocho, y quizá algunos estarían vagando por el campo. Nos mirábamos desconcertados, en silencio esperando un desayuno que nunca llegó, el hambre nos revolvía las tripas, la nota mas dramática la puso mi hermano, cuando reclamó


47 - Mamá tengo hambre Mi madre no dijo nada, no sé que sintió, pero el tiempo me ha hecho imaginar cuan sería su dolor y su impotencia, al sentirse sola sin nada y rodeada de diez bocas hambrientas que clamaban por un poco de comida, mi padre no estaba, había desaparecido, y nadie sabía por donde andaba. Yo tenía un poco mas de tres años, mi otro hermano tenía como un año y medio, y para completar la desgracia mi madre estaba embarazada. Algunos aspectos de lo que pasó exactamente después, han quedado sepultados en el olvido, solo sé que siguiendo mis instintos medios salvajes, al retorcerme del dolor que se siente cuando el hambre aprieta, salí corriendo en dirección a nuestra chacra, ya no estaba, era solo un pedazo del cauce del turbulento río que llevaba consigo matorrales, árboles y animales muertos, de los campesinos de aguas arriba, la belleza de un paisaje de ensueño, se había convertido de un día para otro, en una triste pesadilla, y un paraje acuático, que solo llevaba consigo desolación y muerte. Masticando habas y camotes que ya estaba acostumbrado a comer crudos, pellizcando por acá y por allá, una que otra cosa, en las chacras vecinas, logré minimizar mi hambre y llevar algo a casa, cuando llegué airadamente encaré a mi madre. - Porque no nos vamos a Monte grande a la casa del tío Humberto, él tiene comida. Mi última esperanza se derrumbó, con la misma velocidad con que llegó, sentí un martillazo, cuando ella me dijo. - Monte grande ya no existe, el río también se lo llevó anoche, y el tío Humberto no sé donde estará. El viejo desde su posición, mas allá del presente físico, ve la desgarradora escena, no recordaba que en su niñez, el hambre había sido tan despiadado con él, su mirada se torna triste, en su afán de encontrar una justificación a tremenda injusticia, solo atina a murmurar “Si es que existes Dios mío, donde estuviste


48 que por acá no pasaste, o es que acaso, los pobres no son dignos de ti?” El torrente del río esa noche había sido especialmente fuerte, se había llevado consigo muchas chacras de los alrededores, con todos los animales que encontró a su paso, algunas personas también habían sucumbido bajo sus embravecidas aguas. Nuestro pueblo matriz Monte grande, hoy era otro ramal mas de su cauce, su existencia de ahí hasta nuestros tiempos, solo quedaría en la memoria de aquellos que tuvimos que soportar esa dantesca noche, y fuimos testigos de cuando las aguas se lo devoraron sin piedad, hoy poco a poco la historia de ese bello pueblo se va convirtiendo en leyenda, y desapareciendo a la misma velocidad que nosotros los antiguos también vamos desapareciendo. Desde ese triste día, no volví a ver a mi padre, nadie me quiso explicar tampoco cual era su paradero, para mí su desaparición, se había convertido en un misterio, que despertaba mi curiosidad, y a mi pregunta. - Donde está mi papá?. La respuesta siempre fue un conjunto de evasivas. Años después, cuando ya caminaba por los senderos de mi juventud, y esa duda seguía atormentando mi pasado, en una noche de luna llena, de esas que invitan a la meditación, con mi hermano Víctor que ya andaba por los treinta y seis años, perezosamente recostados debajo de una higuera, esperando la llegada de nuestro turno de agua de regadío, fue en ese momento de inspiración, que le pedí me contara, que había pasado esos días con mi padre, y tal como él me lo contó, lo transcribo a continuación. Como lo dije líneas arriba, en un franco intento de regeneración, ese año, él había apostado todo a la siembra del arroz, esa mañana, al ver la desolación, y convertido en la nada, todo lo que era su fortuna, su inversión, y la fuente de alimentación de toda su familia, su cerebro no tuvo la capacidad de soportar la tragedia, la presión fue


49 mucha, para él, salió corriendo hacia el río, y en un arranque de desesperación, se arrojó a las turbulentas aguas, en un intento de acabar con su vida, así terminar con sus penas, las deudas que le esperaban, y el cómo alimentar a su familia, pero un grupo de vecinos que lo habían estado observando, y notando su irregular conducta, arriesgando sus propias vidas lo rescataron, pero como él no desistía de sus intenciones suicidas, tuvieron que atarlo a un árbol para que no repitiera su intento. Esa tarde, los convenció que lo soltaran con la promesa de no repetir su intento, por la noche los pocos habitantes que quedaban en los alrededores del pueblo, se despertaron asustados cuando en medio del campo, una enorme fogata alumbrada toda la zona de los alrededores, y bailando rodeando la fogata, al mejor estilo indio, un hombre desnudo gesticulaba y gritaba, era mi padre, había perdido la cordura, su desgracia fue superior a su mente, se había perdido en un mundo de locura, al ver venir al grupo de gente huyó hacia el monte, perdiéndose en la oscuridad, pasaron los meses y no se le pudo encontrar. Mientras mi padre se refugiaba en la inconciencia de su locura, nosotros vivíamos la miseria de nuestro abandono, esa etapa de tan dura de supervivencia, no se borra fácilmente, y a veces siguiendo la corriente del tiempo, vuelve a mi presente, como un martillo, para recordarme que cambiante puede ser la vida, éramos diez chicos desde los dieciocho años el mayor hasta un año y medio el menor, y uno en camino, en medio de un desolado arenal, sin mas medios que nosotros mismos. Nunca pensé que el alma pueda arrugarse tanto cuando el hambre viene, el crujir de los intestinos, se convierte en dolor, la esperanza en frustración, nunca había sentido tanto odio a la pobreza como aquel momento, y ese fue quizá el sentimiento que marcó toda mi vida, pienso que todo el esfuerzo que hice de ahí en adelante para tener éxito en la vida, no fue por el afán del


50 triunfo, o la riqueza, sino por el contrario fue por el pánico que sentía a la pobreza y al hambre. A la mañana siguiente, cuando los rayos de sol nos despertaron, el espectáculo que mostraba nuestra realidad, me enseñó a entender cuan cruel puede ser la naturaleza cuando suelta sus fuerzas, miré alrededor, una vieja olla llena de mate de yerbas que había servido para engañar el hambre la noche anterior, estaba rodeada por las pocas esteras de totora que teníamos y que habían constituido la cama el Colchón y ahora nuestra mesa, felizmente era verano, en medio de tanta desgracia, el clima era bastante tolerable El viejo desde su panorámica visión, observa todo, el río con esa furia salvaje sigue devorando fértiles campos, agrícolas, ahogando animales, dejando en la miseria a esas sanas personas, piensa, y se pregunta, Es que la naturaleza es tan cruel destruyendo al ser humano?, o quizá, es su modo espartano en endurecer el alma de esos sencillos seres. Siguiendo mis instintos de pequeño guerrero, salí a los campos cercanos, con mi serrucho en mano, y volví con una buena provisión de pasto para alimentar a mi pequeña majada, que también se había rescatado la noche anterior, me sorprendí cuando la chivita, que a la sazón ya era adulta, no estaba. Comencé a buscarla por los alrededores sin tener éxito, cuando me disponía a pedir ayuda a mis hermanos, veo venir a Víctor halando un burro cargado de varias bolsas, y antes que pudiera explicarle mi preocupación, lo escuché decir - Lo siento, tuve que venderla para comprar comida. A medio día llega don José, un vecino del pueblo, se queda conmovido mirando la escena, y dirigiéndose a Víctor, que había asumido la responsabilidad de padre, dijo: - En el pueblo tengo un terreno, que no lo necesito, pueden construir ahí su casa, y quedarse el tiempo que quieran, no les voy a cobrar nada.


51 Corrida la noticia, al atardecer, los mismos boteros que nos habían rescatado, y con ellos por lo menos medio pueblo, con los cuales solo éramos parientes por el derecho que nos da la miseria, comenzaron a llegar trayendo una diversidad de materiales, y algunos con alimentos, con la ayuda de mi madre terminamos comiendo en una olla común, en la cual había de todo un poco, al terminar, cargando en burros, otros al hombro, nuestras pertenencias, que no eran muchas, y lo que ellos habían traído, iniciamos la marcha hacia el pueblo, en busca del terreno que don José nos había ofrecido, yo por supuesto tirando de mis dos ovejas, que era lo que quedaba de mi disminuida majada en fin a pasar otra noche a la intemperie. Colectivamente levantaron un cuarto de tres por tres metros, de palos con paredes de maicillo (*) y esteras por techo, donde aglutinados esa noche pudimos dormir bajo techo, con algunas ampliaciones que le hicimos en el futuro, esa sería nuestra vivienda por algunos años, El invierno llegó, estábamos mejor preparados, ya teníamos dos cuartos adicionales, por supuesto del mismo material, en uno dormíamos los hombres, en el otro las mujeres, y mi madre con ellas, un poco separados de la cocina, y otro ambiente que hacía de comedor, así fueron pasando los meses, hasta que por medio de Víctor, me enteré que ya había cumplido los cuatro años. En uno de esos días, que mi madre al ir a trabajar y no querer dejar la casa sola me ordenó cuidarla, mientras mis hermanos traerían pasto para las ovejas, mas o menos a las diez a este valiente guardián el hambre lo apretó, y siguiendo lo que había visto hacer a mi madre, prendí la cocina, usando como leña tallos secos de maíz, demasiado largos, puse a cocer algunas papas, y mientras se cocinaban, yo feliz jugaba en el patio posterior, los gritos de los vecinos y las llamas, me sacaron de mis juegos, había incendiado la casa, los muchos baldes de agua, y por estar un poco alejados, los dormitorios se salvaron, yo por supuesto desaparecí, solo volví a casa, por la noche,


52 cuando por la intermediación de algunos amigos, mi madre me había perdonado. Pocos días después nacía Moisés, el que sería el último de mis hermanos, con él completábamos la oncena, viviendo en casa, siete hombres y cuatro mujeres, por mi parte yo pagaba las consecuencias, si antes con un hermano menor mi madre casi ni notaba mi existencia, ahora con otro mas, yo desaparecería de su escenario, sumado a mi carácter rebelde y arisco, convertí mi vida en un deambular medio salvaje, por los montes y pastizales del río. Cuando recuerdo esos felices días, recorriendo el monte, con mi honda de totora fabricada por mi mismo, enrollada alrededor de la cintura, y una bolsa de piedras atada colgando al costado, me sorprendo de la osadía que tenía a esa edad tan temprana, en ese momento me digo, “A la pucha,(*) creo que nací viejo”, lo hago muy bajo, como para escucharme solo a mi mismo, pero me consuelo pensando que fue esa dureza de la vida la que me curtió, desde que vi. la luz del sol por primera vez, y me preparó para enfrentar el futuro tormentoso que me esperaba, aunque pienso que nunca me dejó un espacio de tiempo para saber que era un niño. Mi madre no se alarmaba, si no volvía a medio día, porque sabía que siempre salía bastante bien equipado con maíz tostado, ú otra cosa que pudiera atrapar de pasada, ella, con sus dos hijos pequeños, ya tenía tema suficiente para entretenerse, yo no formaba parte de sus preocupaciones inmediatos, y como siempre me tenía marcado por mi rebeldía e independencia, que ella traducía en salvajismo, e indisciplina, creo que mi ausencia en cierta forma, aliviaba su existencia. Dentro de esa paz que había aprendido a cultivar, mi cerebro, creo se desarrolló normalmente, mi imaginación era muy fantasiosa, dando vida a mis sueños e ilusiones, pero no había desarrollado el habla normal para mi edad, porque mis interlocutores, solo eran mis compañeros animales,


53 El domingo, pasado el medio día, los jóvenes agrupados en la esquina, discutían como siempre, para formar dos equipos e irse a jugar sus conocidos partidos de futbol dominical, mis hermanos no asistirían, estaban como miedosos de estar entre la gente, yo no sabía porque, después los entendería. Cuando estaban a punto de irse al improvisado estadio, se escuchó una fuerte voz, desde el fondo de la calle. - Viene un loco. Todos salen corriendo hacia la entrada del pueblo, era toda una procesión, pero no detrás de un santo, quien la encabezaba, era una esquelética figura, semidesnuda, sucia, desnutrida, con una apariencia cadavérica, esa imagen, concentró la atención de todo el pueblo, caminaban detrás de él, Los adultos hacían todo tipo de comentarios, que yo no entendía. Cuando ese cortejo el cual yo también integraba, encabezado por tan famélico personaje, se acercaba a casa, alguien se adelantó, y entró, mis hermanos salieron, fue en ese momento, que entendí que el que encabezaba ese acto circense era mi padre, o por lo menos lo que quedaba de él. El viejo mira en su imaginación a ese hombre, es mucho menor de lo que él es ahora, eso es lo que dicen los almanaques, apenas está pasando los cincuenta, pero la cara, el cuerpo la apariencia, lo presenta como un ser mucho mayor, camina cansado, arrastrando los pies, y queriendo ocultar el rostro, todo el pueblo detrás de él camina en una laica procesión, las penurias pasadas se han marcado en cada rincón de su piel.. Estuvo algún tiempo en casa, mientras mi madre y mis hermanos trataban de recuperarlo, salía muy poco del dormitorio, era muy huraño, apenas se dejaba mirar cuando salía a tomar sol, por las tardes al llegar de mis tareas pastoriles, entraba siempre a saludarlo, hasta que a los pocos días, volvió a desaparecer.


54 Como me enteré después, era un vano esfuerzo el que mi madre y mis hermanos hacían por devolverle la salud, estaba muy enfermo, no quedaba alternativa, había que llevarlo al hospital de Arequipa, el diagnóstico fue lapidario, estaba en una etapa Terminal de un cáncer al estómago, fue operado, en dos ocasiones, le sacaron parte del estómago y muchos intestinos, pero finalmente le anunciaron que le quedaba solo unos días de vida. Siguiendo la historia de mi hermano, mi padre, después de haber perdido todas sus propiedades y de su intento fallido de suicidio, el estrés fue muy duro para él, perdió también la cordura y se internó desnudo por el monte, de ahí en mas vagó de pueblo en pueblo, su memoria no quiere recordar, o no quiere que sepamos, por donde anduvo, ni como vivía. Una tarde, cuando el bus que pasaba a la Punta, paró un rato en la esquina del pueblo, doña Lucrecia, comerciante que recorría los pueblos con su mercadería, al ver a mi hermano, gritó antes que el bus se fuera. - Víctor, porque no vas a buscar a tu padre?, está en Camana, pidiendo limosna, esta hecho una piltrafa. A la requisitoria de mi hermano por saber donde encontrarlo, solo atinó a decir, mientras el bus ya estaba en movimiento. - No se, cuando me vio salió corriendo. La noticia se dispersó como un mal aliento, fue la comidilla que alimentó los chismes de ese pequeño infiernillo, por fin las viejas tenían un tema nuevo para las tertulias nocturnas, y las conclusiones eran lógicas, que hacen los hijos, que no lo van a buscar?, dentro de esa voluptuosidad propia de las masas, de un momento a otro esos hijos que habían sido víctimas del abandono del padre, mártires de la pobreza, y que recién estaban tratando de ordenar sus vidas, se convirtieron en insensibles y desagradecidas criaturas ajenas al dolor de su progenitor, y vapuleados por las lenguas viperinas de esas viejas cotorras.


55 Mi hermano organizó una cruzada para recuperarlo, pero no era fácil, las deudas que mi padre dejó, mi hermano las estaba pagando, no nos dejaba levantar cabeza, y la pobreza seguía siendo nuestra martirizante compañera. La familia tuvo que recurrir a mi tío Marcial, solicitando un crédito, para poder organizar el viaje para traerlo de vuelta, pero donde estaba?, Camana era una ciudad bastante grande, por fin se organizó una partida de rescate, cuando ese grupo de tres personas, estaba lista para iniciar su búsqueda, es cuando él, ese domingo, apareció por el pueblo. Ya había casi olvidado la imagen de mi padre, y estaba una vez mas envuelto en la rutina diaria. - Levántate Ya estaba acostumbrado a ese tono, era mi madre, pero que pasó?, el recoleto no había cantado, la luz no entraba por las rendijas todos dormían, vacilaba, cuando un nuevo grito emitido con fuerte voz acerada y exageradamente autoritaria, despejó bruscamente mis dudas, y ante el peligro que corrían mis nalgas, de un salto estaba en la sala. - ¿Porque yo? Pregunté tímidamente, molesto y soñoliento, a la defensiva pensando que había sido seleccionado para alguna tarea especial. Frente a mí estaba la figura de mi madre, como siempre, con una fuerte mirada, y una mano amenazante, en la otra portaba un candil de débil, amarilla y pestilente luz, nerviosamente miré mi colchón, ¡Aleluya! Estaba seco. - Pero si no me he orinado. -dije airadamente, con el coraje de quien se sabe inocente. Ella como vieja inspectora fiscal se agachó miró, auscultó., y con gesto de decepción, me dijo: minutos.

Tu padre quiere verte, salimos en cinco


56 Y se fue dando por terminado el tema Mi padre, pensé, en ese momento caí en la cuenta que bastante tiempo había pasado sin sentir el chasquido de la puerta, y sin ver su gastada figura alejarse, con la pala al hombro, la cabeza gacha y su sucio sombrero de paja Para mi sorpresa ahora noto que mi padre, por algún motivo, no formaba parte de mis recuerdos, él siempre estuvo ausente, sentí que no era parte importante de mi vida, donde estaba realmente, no lo sé, porque durante esa etapa cuando el pasado comienza a quedar gravado en nuestras mentes, él no estaba. Hacía como tres meses, mi hermano Víctor me había dicho que yo había cumplido cuatro años, pero no recordaba haber visto a mi padre, desde ese corto periodo que estuvo en casa recuperándose, ¿Dónde estaba ahora?, un nuevo grito de mi madre, me trajo rápidamente a la realidad y en un intento de sacarme las dudas, pregunté. - ¿Donde está? - En Arequipa El nombre de esa ciudad me sonaba como algo lejano, la había escuchado en algunas ocasiones, cuando espiaba la conversación de los mayores, en mi corta imaginación infantil era la gran ciudad, por supuesto mas grande que las treinta o cuarenta casas de esteras que formaban nuestro pueblo . Mi imaginación echó enloquecidamente a correr, pensaba en casas grandes que conocería, como sería la gran ciudad, en esa época, cuando recién los primeros vehículos motorizados se abrían camino entre la pampa buscando su propia trocha, casi nadie, había salido del pueblo, y los que salieron, no volvieron, viajar era todo una aventura, yo iría, y volvería. - Vamos levántate Ese grito característico de mi madre, despejó cualquier duda que podría tener, me senté en mi catre de


57 troncos y a tropezones, revolví entre el canasto que hacía las veces de ropero, tanteando a oscuras pude encontrar mi único pantalón dominguero, un corto short de casimir marrón, recuerdo de la última visita de mi tío Ricardo, y una camisa de todo uso de color marrón militar, ambos lucían tal cantidad de parches, que ya no quedaba vestigios de su color original. Si alguna duda quedaba de la velocidad con que debía vestirme, al presentase mi madre, con esa diplomacia característica de ella, sustentada con la fuerza del látigo de tres ramales que sostenía en sus manos, me la hizo notar, y en un ágil salto precautorio, de lo que podría ser un doloroso ramalazo que se hiciera sentir en mis recién despertadas nalgas, me puse de pié, y vistiéndome tan rápido como la oscuridad me lo permitía, dije fuertemente - Ya estoy listo - Ven tengo que peinarte Me sentó en su falda, como siempre lo sabía hacer, y con ese elemento de tortura que yo bien conocía, y que ella llamaba peine, comenzó a tratar de desgreñar unos mechones de pelo por los cuales hacía tiempo, no había pasado rastrillo alguno, y que si alguna vez le cayó agua fue solamente cuando me bañaba en el río, y en esa época estaba completamente barrosa, mientras que el jabón había tenido siempre prohibido su ingreso a tan enmarañado bosque, entre los gritos de mi madre ¡estate quieto! , ¡no te muevas!, y mis alaridos de dolor, poco a poco se fue realizando la mas martirizante de las tareas, y yo perdía la mitad de mi pelo enredado en los dientes del viejo peine de madera, formando una densa pasta con la tierra que lo acompañaba. - Tienes muchos piojos - sentenció Cuando resignadamente creí iniciaría un segundo martirologio añadió - Ya no hay tiempo, a la vuelta me encargo de ellos.


58 Se levantó, cogió una bolsa blanca vacía de harina, que ya tenía preparada, y que a la sazón hacía de valija, metió una muda mía (la única que me quedaba), y tomándome bruscamente de la mano, gruñó - Bueno nos vamos, no hay tiempo para el desayuno, comeremos algo en el tren. Caminamos, por la calle del pueblo, saltamos la acequia, y bordeamos el huerto de don Genaro, La distancia que separaba la casa de la estación del tren era de aproximadamente ochocientos metros, yo iba por delante, saltando y jugueteando entre las pocas piedras que enmarcaban a veces el borde de la calzada de tierra. La calle estaba oscura y casi solitaria, a lo lejos divisé el perfil de la silueta de don Alejandro, viejo agricultor, la reconocí porque siempre madrugaba todos los días llevado a cuestas por su burro, y halando un caballo negro, todos en un franca competencia de lentitud y longevidad. Seguía mi carrera traviesa, gozando sin saberlo, de un lindo amanecer, en medio del canto de los gallos que se escuchaba a lo lejos, y el trinar de los pájaros que anunciaban un nuevo amanecer. Llegué a la estación, que realmente de estación solo tenía el nombre, mi madre aún estaba lejos, no existía nada solo un letrero que decía “La curva”, y unos cuantos vecinos esperando el mismo tren. Estábamos en la vía de los trenes que corrían sobre los rieles paralelos al río, tocando todos los pueblos que se esparcían a lo largo del verde valle, eran dos “titanes” transportando el azúcar de los ingenios de Pampa Blanca, y Chucarapi, ubicados en la cabeza del valle, hacia la estación de la ensenada, de donde era tomada por la locomotora que venía de Arequipa Hacia el puerto de Mollendo, y de ese rincón al mundo. Nos tocaba tomar la que venía de Pampa blanca, pequeña locomotora a vapor, de trocha angosta, alimentada con carbón, que todas las mañanas muy temprano a una velocidad que no superaba los diez o menos Kilómetros por hora, traía sus vagones de carga


59 llenos de bolsas de azúcar, pero al final, enganchado llevaba uno a tres coche de pasajeros, esos pintorescos trenes con el correr del tiempo, fueron devorados por la tecnología, pasando a formar parte de una historia que se extingue, y solo el recuerdo dejaron de su paso por este lindo paraje. Cumplían una función social, comunitaria, bajaba a lo largo de todo el valle, recogiendo a los habitantes que irían a Ensenada, para dirigirse a Mollendo o Arequipa, era el único medio de transporte de la época. Siguiendo un hábito que siempre tenía, como un avezado indio apache me eché al piso y poniendo el oído sobre los rieles no percibí ninguna vibración, levantando mi voz y con aire de autosuficiencia, grité. - Todavía no viene el tren – - Levántate mocoso malcriado, que un día el tren te va a aplastar. Fue el comentario de doña Meche, la más anciana de la señoras que sentada en un tronco, también estaba esperando el tren. El silbido que se acercaba nos hizo levantar la vista, un delgado hilo de humo blanco que a la distancia se elevaba zigzagueando en medio de los cañaverales, y el viento lo curvaba hacia el este, era la señal que nuestro transporte se venía acercando Salté de un viejo tronco de sauce, donde estaba parado de puntillas, para mejorar mi visión, y que desde hace muchos días esperaba los dientes de la sierra de don Estanislao, el carpintero del pueblo, me paré en medio de la vía, esperando ver la negra máquina llegar a nosotros. El viejo se queda extasiado mirando su rico paisaje, testigo de tantas cosas lindas, pero también de muchos sufrimientos, con nostalgia recuerda cuando hace uno años vio una película “Que verde era mi valle”, como se identificó con ella, le viene a la mente algunas vivencias de esos tiempos, el sabe que para aprender de la vida, hay que mirar atrás, pero para


60 poder vivir, hay que caminar hacia delante, solo se puede vivir el pasado en un romántico soñar, pero se forma el futuro en un duro pelear. En su volar, esta por el fiscal, caserío de no mas de cinco casas, es ahí donde el valle comienza a ensancharse, y las grandes superficies de caña de azúcar, dan surtidos tonos de verde, entre ellas, el río tambo, ese portador de vida, con sus aguas regando y permitiendo al labriego, arrancar los frutos de las entrañas de la tierra, y vivir de ellos, es también, mensajero de muerte, cuando sus caudales, como hordas asesinas se arrastran por sus causes, matando cosechas, árboles, animales, y las ilusiones y esperanzas de miles de hambrientas personas. En la cumbre de un pequeño cerro, unos kilómetros aguas abajo, una casa de madera, pintada con variados colores, con sus paseos delineados por grandes palmeras, parece sacada de un cuento de hadas, es la vivienda de la familia Lira, quienes han sabido combinar lo agradable de su vivienda, con lo rústico industrial del ingenio azucarero de Pampa Blanca, que uno metros mas abajo, se anuncia con una alta y blanca chimenea.. Unos metros mas allá, otra chimenea que parece salir de la cresta de otro pequeño cerro, está lanzando una densa humareda, que como juguete del viento, se arquea rítmicamente hacia el norte, son los residuos de la combustión de los calderos que mas abajo alimentan el ingenio de Chucarapi. Naciendo de cada uno de ellos, dos líneas de ferrocarril, de trocha muy angosta, como hermanas gemelas recorren el valle juntas, caminan hacia el mar con sus máquinas negras y sus coches grises, van cortando la monotonía del verde, y con sus periódicos horarios, son el reloj de los campesinos. Cual venas zigzagueantes de ese cuerpo verde, y alargado hacia el mar, pasando por los caseríos, de Cocachacra, Veracruz, el Arenal, la Curva y Boquerón,


61 van llevando hacia el mundo, las riquezas de estas tan fértiles tierras.. Había visto tantas veces pasar a esa rampante criatura, siempre me llamó la atención el señor gordo que se encargaba de echar el carbón al fogón, que por su apariencia y color ennegrecido, parecía un enorme pedazo del mismo material, era divertido cuando correspondiendo a mis saludos mostraba sus dientes blancos en una amplia sonrisa, destacando de su negra cara tiznada por el polvo del carbón, en mis fantasías viajaba con él, hacia lugares que nunca había visto, pero que mi imaginación podía describir. Al pasar lentamente, por delante de nosotros, levanté la mano en un saludo a mi viejo “amigo” el fogonero, me correspondió con su sonrisa, para mí era lo máximo, me había reconocido. Subimos directamente a los asientos ya que las puertas no existían, y mientras se desplazaba, pasando por los caseríos del Boquerón y la Puntilla, era tan lento, que los chicos mayores que yo, se divertían bajando de los vagones, corrían por el costado y se trepaban en otro. En la ladera de un cerro, haciendo forma de terraza, con una linda vista a los enormes pastizales que cubrían una amplia zona húmeda, y en el fondo el mar, apareció, una vieja casa de madera al mejor estilo inglés, era el paraje conocido como la puntilla, el sonido del agudo pito de nuestra movilidad anunciando la cercanía de la estación de la ensenada, rompió el silencio de los pantanales, y bandadas de patos silvestres y otras variedades de aves, se alejaban en un asustado vuelo. Pasado unos años, la agricultura invadió esas tierras, y aunque un poco tarde el gobierno recuperó algo, formando lo que es actualmente la reserva natural de Mejía. Al desembarcar nos encontramos frente a un edificio largo, sobre una plataforma de cemento. Al otro lado otra vía de tren más ancha y con rieles mas gruesos, cruzaba en dirección perpendicular a la que habíamos llegado. Era la vía que unía el puerto de Mollendo con


62 Arequipa, unos minutos después aparecía una máquina mucho mas grande, al verla no pude evitar estremecerme al reconocer “El monstruo”, que tiempo atrás me había asustado cuando iba en el camino a cortar mis trenzas. Durante el corto tiempo que duró la estadía, para descargar y cargar, un señor vestido de gris y con gorra gris, hacía sonar una campana de bronce, y gritaba desaforadamente. - A Arequipa, este es el tren de Arequipa. Sentado junto a la ventanilla, comía una grasienta empanada que mi madre me había comprado en reemplazo del desayuno. Miraba pasar los cerros y me entretenía cuando en las agudas curvas de la vía, desde mi posición del último vagón veía la nariz de la locomotora, como tratando de atraparse a si misma, me hizo recordar a “Negro” mi fiel compañero, cuando le ataba un papel en la cola y él tercamente trataba de morderla, y mi majada?, quién la llevará a comer? Pensé, pero el paisaje me hizo olvidar pronto.. Estaba maravillosamente impresionado, viajar en ese tren era lo máximo, estaba en las entrañas del monstruo, verlo culebrear por medio de cerros y quebradas, dejando su estela de humo que se perdía en el horizonte, sentir su sirena cada veinte y cinco kilómetros, anunciando la siguiente estación que se acercaba a recargar agua. Verlo detenerse mientras con una gruesa tubería pivotante sus tanques se llenaban, en cantidad suficiente para suministrar vapor que le diera fuerza hasta la próxima estación, era una maravilla tecnológica de la época, y yo la estaba disfrutando. El vaivén del movimiento, y el sonido monótono de las ruedas de metal cuando saltaban los tramos del riel, hicieron que prontamente me quedara dormido, hasta que fui despertado bruscamente por el fuerte sonar de la sirena, que indicaba que comenzábamos a irrumpir en el verde valle del río Chili, costeándolo aguas arriba, seguimos su trayecto por medio de los matices de la agricultura, que


63 ordenadamente está dispuesta en ascendentes andenes, característicos de la campiña arequipeña. La vía cruzaba por bellos paisajes, en medio de ellos, rodeados de aromáticos frutales en pleno floreo, con sus casitas de sillares y techos rojos aparecen los pueblitos de tiabaya y tingo. La campiña nos invade con ese inconfundible aroma de cebollas y ajos, la vista se deleita con azules y blancas alfombras formadas por las laderas sembradas de papas de variadas calidades, es diferente a mi valle, una fuerte sirena nos indica que ya estamos ingresando a la estación de Arequipa. Los pasajeros corrían como una avalancha hacia la puerta de salida, mi madre caminaba lentamente con el nene de tres meses a cuestas, llevando a mi otro hermano de dos años de la mano, y yo al otro lado colgado de su pollera, arrastrando la bolsa que era nuestra valija. Un enorme disco que adornaba la parte superior de la puerta, despertó mi curiosidad, y pregunté, - Que es eso? - Es el reloj - me contestó ella parcamente. Del reloj solo tenia un vago recuerdo de cuando don Adrián, un señor pensionista en la casa de mi madre, se presentó un domingo, con su figura rechoncha, desgreñado pelo canoso, caminando igual que un pingüino como el solo lo sabia hacer, sacando la panza en la ilusión que sacaba pecho, vestido con su mejor atuendo dominguero, camisa marrón de dril, y un viejo pantalón azul de tocuyo sin ningún parche. Se balanceaba con su petiza figura, tratando de llamar la atención a su abdomen, y tenía sus motivos, encima de él, cruzaba una cadena brillante, que no dejó de llamarnos la atención. Al mirar nuestra sorpresa, arqueando las cejas y abriendo más de lo normal sus achinados y medios aindiados ojos, con ese aire de superioridad a que ya nos tenía acostumbrados, en tono que permitiera que todos pudieran escuchar claramente dijo:


64 - Miren este es un reloj me lo regaló mi hijo Nicolás, me lo envió de Lima - Para que sirve?Se convirtió en una unísona pregunta entre nosotros. - Para saber que hora es. Respondió con airada autosuficiencia - Que hora es?, preguntamos todos Abrió el reloj, lo miró de varias formas, ante nuestra curiosidad, salió al patio caminó bajo el sol del atardecer dominguero, miró hacia arriba, y por fin, pronunció un sonoro. - Son las tres de la tarde y media. Mucho tiempo después revisando su actitud, sospecho que no sabía ver la hora en el reloj, y que en su caminar en el patio, lo hizo, siguiendo los viejos métodos del campo, observando la posición del sol. Estábamos parados debajo del reloj, evidente punto de encuentro, cuando sentí el grito de mi hermano Víctor, en medio de la gente, nos había venido a buscar, para llevarnos a casa de la tía Felipa, ella era hermana paterna de mi padre, estábamos alojados ahí, donde fuimos objeto de una muy buena atención, que según mi madre lo hacía porque tenía un sentimiento de culpabilidad, esto debido a que al morir mi abuelo y estar ausente mi padre, este no fue partícipe de la herencia, y no estaba en sus planes reconocer ahora nada al respecto. La vivienda era adecuada porque estaba ubicada a una cuadra del hospital Goyoneche, donde mi padre estaba internado, así se facilitaba la atención que había que dar al enfermo. Entre mi madre y mi hermano, habían saturado mi cerebro con recomendaciones, de no soltarme de la mano, no cruzar la calle, y muchas otras, que considero que en ese momento eran innecesarias, porque era tal el miedo que yo sentía, al ver tanta gente caminado por las veredas, autos correr sobre unas calles empedradas, ruidos por todos lados, camiones que parecían fieras rugiendo de un


65 lado a otro, grandes vehículos que al igual que los trenes caminaban sobre rieles por el centro de la calle, y tenían una cola hacia arriba, donde rozaban con un alambre, me quedé estupidizado, mirando esa mole de metal, cuando sentí el tirón de mi hermano. - Que esperas?, que el tranvía te atropelle. En medio del susto que me invadía, lo único que atinaba era colgarme de la pollera de mi madre en busca de protección, tenía que esconderme de esas bestias. Caminaba mirando asombrado las veredas, las casas de tres y cuatro pisos, con su ventanas y balcones, portones de madera gruesa con aldabones de bronce, producto de la mas preciada artesanía española, gente que en su carretilla vendía comida en la calle, otras con grandes canastas ofreciendo pan de algunas variedades que jamás había visto, camiones parados en las esquinas, vendiendo los productos que traían del campo, todo ese conjunto de preciadas y maravillosas cosas, superaba ampliamente mi imaginación, y lo que yo pensaba que era la ciudad. No desplazamos las casi ocho cuadras que nos separaban del mercado de San Camilo, yo martirizado y asustado tratando de colarme por medio de la gente que atropelladamente cubrían las veredas, una que otra vez me chocaba con alguien, e iba a parar a media calle, de donde me rescataba mi hermano, después de soportar una tanda de insultos, groseros, y humillantes, dirigidos despectivamente a mi persona y en alusión a mi pobre figura campesina Fue para mí una terrible experiencia, de salir de mi pueblo, donde era feliz e importante a sentir la humillación y el desprecio de esos desconocidos que me trataban burlonamente como si fuera un retardado mental. Por fin, llegamos al mercado, por la calle Alto de la luna, toda una cuadra, estaba llena de camiones en fila junto a la vereda, los vendedores parados en la parte posterior de ellos, anunciaban en viva voz sus productos, camotes, por acá, pescados mas allá, frutas en el otro lado,


66 y en fin todo aquello que podía venir del campo o del puerto, era un mundo de gente, y en medio de todas ellas, las vivanderas también a todo pulmón ofreciendo sus comidas, unas gritaban “Chanfainita” otros mas allá “Caucau”, “lomito saltado”, “lomito al jugo” y una serie de potajes, pasando por empanadas y salteñas, de trecho en trecho hambrientos comensales sentados sobre cajones de fruta vacíos, daban un ligero expediente a esos típicos platos. Haciéndonos espacio y luchando cuerpo a cuerpo, logramos ingresar al mercado, me quedé estupefacto que no podía caminar, al ver dos hileras de unos ochenta metros de largo llenas de puestos de ventas de frutas, la mayoría me eran totalmente desconocidas, otras las había visto pero nunca comido, vivía en un sueño, cuando una canasta de ricas y rojas manzanas me llamó la atención, yo solo conocía, las verdes y ácidas, que le sustraía del árbol detrás de la casa de don Hernán, cuando él salía a trabajar, sin darles tiempo a madurar, pero estas eran diferentes, eran un manjar, se me humedecía la boca de solo verlas, intenté pedirle a mi madre que me comprara una, pero, mi deseo quedó trunco, convertido en frustración, cuando ella secamente me contestó. - No hay plata. Y asunto cerrado. Y luego continuó. - Víctor vamos por allá, hay que comprar pan para llevar. Yo seguía de asombro en asombro, la fila de panaderos tenía como veinte puestos, con sus canastas llenas de diferentes variedades de pan, como compitiendo por deleitar el paladar, que rico que lucían, una vez mas sufrí otra frustración, cuando a inquisitoria de un pan de los que había comprado, recibí nuevamente la seca respuesta. - Son para el almuerzo. Antes de retirarnos, la vendedora, una señora bastante joven, me llamó y me obsequió un pan de tres puntas, fue mi mejor regalo, años después, cuando me


67 ganaba la vida de vendedor ambulante, llegamos a cultivar una gran amistad con esa bondadosa señora. Salimos por el frente a la plazuela, era un lindo descampado de cemento, que permitía una vista panorámica de la calle San Camilo con todas sus tiendas llenas de ropas nuevas para vender, por la calzada circulaban incesantemente los tranvías de diferentes colores, después entendí que siendo ese el mercado principal, todas la líneas pasaban por ahí. Seguimos nuestro camino, por esas estrechas calles, hasta que después de unas seis cuadras, llegamos frente a una tienda de víveres, ricamente surtida en una esquina de la calle siglo XX, cuando vi a mi madre dirigirse a ella, entendí que habíamos llegado a nuestro destino. La casa de la tía Felipa, ubicada en la esquina, no era realmente una casa, era una tienda donde se vendía todo tipo de mercadería estaba llena de estantes y armarios, me llamó especialmente la atención uno, estaba lleno de golosinas, frente ellos dos amplios mostradores que servían para la atención de los clientes. En la parte posterior tenía una especie de departamento que hacía de vivienda, en uno de sus cuartos, es donde hacinadamente estaríamos alojados nosotros. Mi cama estaba ubicada en la parte posterior del mostrador de la tienda, me debatía en un vano intento de querer dormir, pero, mi mente no podía desprenderse de la imagen de mi padre, descubrí que no formaba una parte de la historia de mi pasado, tampoco era un componente importante de mi vida, hice un esfuerzo para tratar de sacar de esa bolsa de recuerdos algo de él, y lentamente como fantasmas convocados desde el mas allá, extraídos de la oscuridad del olvido, comenzaron a aparecer las presencias de algunas vivencias juntos. Ahí estaba él, comenzaba a salir de mi mente, como, cuando todas esas mañanas, en un monótono ritual silencioso, salía de la casa hacia la chacra, su rostro soñoliento, mostraba los vahos de la noche pasada, entre


68 la coca, y el cañazo, cerraba la estera de caña que fungía de puerta, arrastrándola hasta su posición final, para a manera de cerradura amarrarla con una soga tejida esmeradamente de totora. Él ignoraba que en muchas ocasiones yo lo espiaba solapadamente detrás las esteras de mi dormitorio, miraba como su encorvada silueta, su cansino caminar y su cabeza gacha, dibujaban su perfil en el contraste que formaba la suave luz del amanecer y la relativa oscuridad de mi punto de observación, había llegado a casa la noche anterior, tratando que no lo sintieran, y se iba de la misma forma ocultándose, sin dejarse ver el ajado rostro consecuencia de las frecuentes noches sin dormir, caminaba haciendo profundas huellas, envuelto en la bruma matinal, que lo alejaba de mi perspectiva y lo proyectaba mas allá como flotando en el aire alejándose cadenciosamente al vaivén de la suave brisa, finalmente, lo miraba desaparecer, devorado por la neblina matinal. No sé si caminaba, o trataba de herir con sus pies descalzos, a esas frías arenas del amanecer de una pampa a la intemperie en medio de ese rico valle fértil enquistado en los paramos desérticos que forman el sur peruano, miraba hacia abajo, como queriendo con esa huella cobrar una fiera venganza por las heridas recibidas y los dolores que le causaba tener que sobrevivir él y las doce bocas que tenía para alimentar, y solo con una mísera lampa que llevaba al hombro, como herramienta, No miraba hacia atrás, quizá románticamente quiero pensar, que tenia miedo de sus recuerdos, apuraba el paso, no creo que tenía prisa, huía de su pasado cuando producto de un matrimonio de una bella mujer y un caudillo montonero (*), llegaba a este mundo cargado solo de ilusiones maternas, su padre estuvo siempre ausente, nunca lo conoció, retozaba su niñez bajo el cobijo y la comodidad de una nueva familia, que su madre había formado con una nueva pareja, de no mucho poder económico, pero suficiente para vivir cómodamente, sus ilusiones adolescentes su romántico pensar lo arrastró


69 hacia la aventura, volvió a su tierra natal, al llegar a su juventud, hacia la búsqueda de un futuro afortunado, se casó muy joven, fruto de ese intenso amor juvenil, su señora quedó embarazada, todo era felicidad y sueños de un hermoso futuro juntos criarían a su hijo, la vida le sonreía, tenían todo un mundo por delante. Pero esa mano misteriosa del destino, le había trazado otro camino, cuando una tarde alegremente trabajaba en su chacra, un mensajero le anunció la llegada de su hijo, salió corriendo, en busca de esa joya que sería el complemento de la felicidad de su matrimonio, pero a los llamados tiernos de él, su adorada no le contestó, estaba muerta. Salió huyendo, renegaba de su suerte, sus pasos lo llevaron nuevamente al valle, hacia la búsqueda de si mismo, el egoísmo de su dolor, no le permitió ver el abandono en que estaba dejando a su hijo, pienso que ese fue el constante sino de su vida, siempre huyó, y nunca se atrevió a enfrentar su futuro, ni el de los seres que dependían de él, años después esa criatura, fue recogida por mi madre, y vivió con nosotros, siendo siempre nuestro hermano mayor. Sigue caminando, en su hombro la vieja pala de hierro con mango de madera, le pesa cual cruz a Jesucristo, es su martirio, su condena, su sentencia, no lo deja levantar la cabeza, pero no la puede abandonar, porque es también la salvación de los que dependemos de él, no eran los dos kilos que pesaba la pala, lo que lo encorvaba, era el peso de su responsabilidad, la incertidumbre de su futuro, la vida lo había golpeado tanto, que creo achicaba su imagen para que ya no lo viera, o agachaba la cabeza para que no lo volviera a golpear, caminaba no porque el quisiera caminar, sino, porque debía hacerlo, se dejaba arrastrar por ella, ya no tenía fuerza para oponerse. Llevaba puesta una camisa quizá fue verde, si algún día tuvo color, porque solo quedaba de ella pequeños fragmentos, destacando entre los matizados


70 parches, artísticamente cosidos a mano por mi madre, el tiempo, el trabajo de la chacra y los litros de salado sudor que producía, habían hecho su trabajo destructivo con la tela, y solo quedaba pequeños vestigios de lo que en una época debió haber sido un brillante color. Por pantalón, llevaba un muestrario, de raídos pedazos de tela, que en forma de tableros de ajedrez multicolores, formaba un conjunto de remiendos, que mi madre también había sobrepuesto haciendo un policromado vejestorio, que con sus dos piernas de alturas diferentes, simulaban ser una vestimenta humana. Ya había perdido su futuro, solo trataba de sobrevivir el presente, porque su mañana ya no estaba, ya no dependía de él, era simplemente un juguete en su propio destino, un extranjero en su propio mundo, un desconocido para el mismo, como lo he dicho en otras líneas, se pasaba las noches perdido fuera de casa, con su hoja de coca en la boca, masticando sin piedad, narcotizándose, sacándole todo su poder para sentir la bendita anestesia que lo haga olvidar esta miserable vida, y lo transporte en sus delirantes sueños a un mundo de felices fantasías, que solo el poder de la droga podía transportarlo. Lo miraba alejarse, abatido, cansado de perder, siempre detrás de un sueño que nunca consiguió, siempre siguiendo una esperanza que lo llevara hacia su felicidad, lo había intentado en su juventud, cuando creía que el mundo era suyo, y cuando sentía que las puertas se le cerraban, comenzó una vida de aventurero, y sus avatares de empresario, con la venta de fertilizantes, cuando por las noches oscuras, silenciosamente merodeaba las costas rocosas en busca del excremento de las aves, que vendía los días siguientes, sin saber que eso era propiedad del estado, hasta que fue pillado por la policía, y terminó dando con sus huesos a prisión por unos días. En esos tiempos, aún le quedaba espíritu de lucha, no era fácil de rendirse, tomó su familia, y en un nuevo arranque de esperanza, emigró hacia el sur, y allí en


71 medio del desierto de Atacama, cuando solo tenía tres hijos, trabajó duramente extrayendo el salitre, ese rico mineral que impulsaba la agricultura del mundo entero, y que saliendo desde los puertos chilenos viajaba a los mas lejanos rincones, como el fertilizante moderno, después que el guano de isla se había agotado. Vivieron dos años, en una de esas ciudades, creadas exclusivamente para la gente que se encargaba de extraer de las pozas de lixiviación, ese importante producto, y que sus años de gloria pasaron cuando la síntesis química generó los nuevos fertilizantes sintéticos, el salitre que había generado la ambición del hombre a tal extremo de originar la mas sanguinaria guerra de Sudamérica con sus miles de muertos, paso a convertirse de un prominente futuro, a un triste y doloroso pasado, y los pueblos que ellos en una época poblaron, se convirtieron en ciudades fantasmas. El negocio terminó, y nuevamente tuvo que volver a su tierra natal, mucho mas pobre de lo que partió, no solo había perdido su pequeña fortuna, también había perdido su ansia de luchar, su fuerza combativa, el sol del desierto no solo había secado su piel, había secado también su espíritu, ya no tenía ese desborde juvenil, era un joven envejecido por dentro. El viejo muchos años después, buscando un reencuentro con su historia, recorrió esas fantasmales ciudades, que el gobierno chileno, reconociendo cuan importante fueron en la historia de dos pueblos, pulcramente las a reconstruido y convertido en un histórico recorrido turístico, cuando paseaba por sus calles de tierra abandonadas, o recorría sus cementerios, con sus blancas cruces delicadamente conservadas, sintió la compañía de aquellos seres que llegaron a esos lugares cargados de ilusiones, en busca de un mejor futuro para ellos y sus parientes queridos, y solo encontraron la muerte, y yacen sepultados no solo bajo las secas arenas del desierto, quizá lo más triste bajo el mas absoluto de los olvidos,


72 rodeados del silencio en un desértico páramo, donde sus sucesores ni siquiera imaginan que están, la inmensidad de ese silencio, la sensación de sentir esas almas, divagando a su alrededor, y la soledad, lo hace recordar a Gustavo Becker diciendo. “Dios mío que solos se quedan los muertos” El viejo buscando el pasado de sus padres, pasa la tarde en medio de esas silenciosas calles, escuchando el cántico del viento que viniendo desde el mar cruza el desierto hacia Calama, produciendo un sin fin de diferentes melodías al rozar las esquinas y las estructuras de esas ciudades del pasado, que una vez estuvieron llenas de niños corriendo y jugando, cierra los ojos, deja entrar en su mente, las historias que sus ancestros le contaron. Antes de despedirse de esas fantasmales ciudades, en un acto de la más pura constricción, se arrodilla, cierra los ojos, y dedica unas oraciones a esas desoladas almas, en medio de relampagueantes visiones, siente que el tiempo pierde su dimensión, cree ver el pasado que ellos tuvieron, y el presente que él tiene, fusionados en una sola dimensión, luego al volver a su realidad, está seguro de haber estado con ellos, no sabe si en su imaginación fue al pasado o sus espíritus vinieron al presente. Mirando nostálgicamente, esas desérticas pampas, esas ciudades del pasado, piensa como ese polvo blanco enterrado en su suelo, despertó tanto la ambición de los hombres hasta llevarlos al genocidio de la guerra del pacífico. En sus fueros internos piensa, “que inútil guerra”, Es la ambición del hombre que la originó, e irónicamente fue ese mismo hombre, que con el avance de su ciencia, descubre el sustituto sintético, de ese tan importante producto hasta ese momento, y lo convierte en un polvo inútil, que ni siquiera alcanzó a pagar los costos de la guerra, y sumió a dos


73 naciones en la pobreza, y en un odio que hasta nuestros tiempos estamos tratando de superar. Mi padre, no volvió a pelear, se convirtió en un taciturno pescador, renunció a vivir, tenía el alma muerta, pero existía Han pasado muchos años, aún llevo grabado esos lejanos amaneceres, aún me quitan el sueño, me llaman en mis soledades, me acompañan en mis depresiones, a pesar de todo, aún en él busco su consejo, trato de encontrar la imagen, el ideal del padre que nunca tuve, lo invoco, yo sé que el no me veía pero creo que su espíritu aun me vigila y me trata de conducir. Mientras pienso en él, recuerdo que hace mucho tiempo que no lo veo, y ahora quiere verme, quiero tratar de entender el porque, ¿Qué tenía yo entre mis hermanos para que me quisiera ver?, si ni siquiera recuerdo que alguna vez haya tenido un gesto de cariño hacia mí, nunca sentí un consejo suyo, no recuerdo ni su voz, no entendí nunca esa razón, ni es ahora mi intención entenderla. Esa mañana, nos levantamos muy temprano, mi tía tenía que abrir la tienda, y yo estaba durmiendo en el pasillo, así que arriba, mi madre tenía que cocinar el almuerzo para llevar a mi padre, todo era una correría. A las once, mi madre al grito de vamos, me tomó del brazo, y a rastras me llevaba consigo mientras en la otra mano llevaba una vianda envuelta en manteles para conservar el calor, en esa forma continuamos la cuadra que nos separaba del hospital. Nos detuvimos frente a él mientras ese monstruo acerado llamado tranvía cruzaba frente a nosotros, por fin cruzamos la avenida Goyeneche, y estábamos en la puerta del hospital que lleva el mismo nombre, era un lindo edificio, la puerta de hierro fundido tenía algunas figuras decorativas, un amplio parque con fuentes y glorietas en el centro, separaba dos grandes pabellones, donde estaba las salas de atención a los


74 enfermos, por lo que me enteré después, el lado izquierdo era para mujeres, y el lado derecho para hombres. - Vamos hacia el lado derecho, Me indicó mientras señalaba una dirección y me soltó, yo alegremente corría por delante de ella, bordeando el jardín central sentándome en la glorieta a esperarla, y luego ingresar en lo que era un pasillo, rodeado por puertas a ambos lados, cada uno con un letrero. - Alto ahí Cuando escuché a mi madre, me detuve, miré hacia arriba, había un letrero que después me dijeron decía San Juan de Dios, era el nombre de la sala, estábamos en el hospital, de la beneficencia de Arequipa, que años antes había sido donado por la familia Goyeneche, y por eso llevaba su nombre. Era un largo ambiente, con un pasillo central una fila de doce o quince camas a cada lado, pobremente amoblado, cada cama era un catre de metal de color verde, con un colchón, una vieja frazada, y una sábana blanca cubierta por un cubrecama de color también blanco, un pequeño mueble al costado donde reposaba la bacinilla y un frasco de agua, simulaban una mesa de noche. Aguzando mi vista lo vi., sentado en el borde de una cama sobre el lado derecho, mas o menos a la mitad de la sala, mirando hacia la puerta posterior, aunque creo que no miraba nada, su mirada estaba tan perdida en el infinito, que no notó ni siquiera nuestra presencia, aún cuando yo estaba frente a él, me quedé observándolo. La imagen de la resignación cubría su rostro, sus pensamientos estaban vacíos, sus ojos se desviaron hacia mí, era él, el hombre a quien siempre le había temido, el “Cuco” que usaba siempre mi madre para hacernos obedecer con la concebida frase “Ya verán cuando llegue su padre”, le teníamos miedo, aunque él nunca llegó, era, se supone el hombre que debía crearme la imagen paternal a seguir, era el gigante protector de mis pensamientos infantiles, pero al verlo no me inspiró miedo,


75 ni admiración, ni nada de lo que mi imaginación había creado, solo lo miré. Estaba flaco, su rostro lucía los estragos de los maltratos de la vida, sus pómulos ahuecados pretendían ser cubiertos por dos pares de largos bigotes, lucía una cabellera negra encanecida, bastante completa para su edad, por entre los pliegues de la bata hospitalaria, dejaba entrever un débil cuerpo, resaltando algunas líneas de los huesos, a mi entender era un viejo mucho mas allá de los cuarenta y siete años que tenía, me miró, sus opacos ojos tenían una inmensa tristeza, era la imagen del abatimiento, sabía que no tenía futuro, y lo mas triste, sabía que ya no tenía vida. Le costó mucho reunir la fuerza necesaria para levantar un niño de cuatro años, me tomó, me alzó en vilo y me sentó en su falda, sacó del caldo que mi madre le había llevado una presa de gallina, la partió, y me dio la mitad, no comió simplemente se limitó a mirarme comer, me observaba en silencio, lo miré sonreír mientras veía mi alegría al devorar el pedazo de carne, que hábilmente manejaba con las manos, creo que mas le llamó la atención, mi rostro cubierto de residuos, por primera vez, lo sentí cerca de mí. Me tuvo sentado en su falda un largo rato, mientras jugaba con mi pelo, y acariciaba mi rostro, sé que hablaba, pero yo estaba embargado por una tan inmensa emoción, que no escuchaba, nunca me había acariciado como ahora lo estaba haciendo, creo que es la primera vez que sentí que se estaba portando como un padre, o al menos es así como yo lo percibí por primera vez. Levanté la vista, vi. como sus labios se movían, pero yo en medio de mi emoción solo sentía ruidos, me miraba intensamente, ahora entiendo que se estaba despidiendo, actuaba como si quisiera trasmitirme algo, nunca había sentido su mirada tan profunda, en alguna forma, creo trataba de grabar algo en mi mente, quizá en un oscuro ritual me estaba trasmitiendo la fuerza de vida, como lo hacían en la antigüedad con el último suspiro.


76 Ya no miraba en él su flaca figura, no lo miraba con los ojos, lo veía con el corazón, solo veía el porte gallardo que mi imaginación le daba a su nuevo héroe había nacido una leyenda, que mi fértil imaginación dio vida, era la primera vez que el cuco me daba la cara, no era malo como mi madre decía, ni feo, era gallardo y fuerte, pero su realidad era diferente a mi fantasía, eso lo entendería mucho tiempo después Nos quedamos un tiempo juntos, mientras el comenzó a comer, yo a su lado lo miraba y disfrutaba la alegría de compartir con mi recién descubierto padre uno que otro pedazo de su potaje, mientras sonreíamos y nos divertíamos con mis ocurrencias expresadas en mi todavía trabada lengua Por primera vez en mi corta vida sentía su calor, sentía sus caricias. Por primera vez, podía ver la imagen de mi padre que es la única que quedaría grabada en mi mente. Era un nuevo amanecer, era una nueva vida que incursionaba en mí, sentí que ese padre, también era un ser humano, con una infinita sabiduría que la crueldad de su existencia le había enseñado, creo que en ese momento recién lo conocí, y lo aprendí a querer. . Ese romántico momento paternal, fue bruscamente cortado, cuando escuché a mi madre decir. - Hora de irnos, La hora de visita había terminado. Me dio un beso en la frente, levanté la vista y lo miré, una inmensa pena se reflejaba en su rostro, dos gruesos lagrimones bañaban su reseca piel, intentó sonreír, pero de su boca solo salió la expresión de una mueca, eso me causó mucha pena, que en ese momento no entendí, los años me enseñarían su significado. Esa noche no dormí, pero no eran las dudas que me martirizaban, esta vez eras la certeza de tener un padre que me quería, por primera vez descubrí el amor paterno, que diferente sería ahora, ya no tendría que salir en las noches solo, tendría quien me acompañara,


77 espantara mis fantasmas y mis duendes, ya no tenía porque sentir miedo, ya no estaba solo. Por fin tendría un compañero que me ayudara a hacer mis juguetes, me ayudara a juntar mis ovejas, pescaríamos juntos, yo aprendería como lo hace él, sería un gran pescador de camarones, en mi imaginación un gigante me enseñaba a vivir, crecí en un día mas allá de lo que los almanaques me indicaban, sentí el fluir del amor de una familia dentro de mis venas, ahora ya no era uno, éramos dos, y orgullosamente caminaríamos juntos por la chacra, y por el pueblo, yo diría sacando el pecho, -Este es mi papáTan pronto como el sol indicó el comienzo de un nuevo día, la luz brillante del límpido clima arequipeño se comenzó a filtrar por las ventanas, era un nuevo amanecer espiritual para mí, cargado de mis nuevas ilusiones, salté de la cama a la espera que mi madre me llevara al hospital, tenía que ver a mi padre. Toda la noche había estado pensando en el momento de volverlo a ver, pero, me quedé asombrado cuando noté que no había nadie en casa, el pánico me invadió cuando pensé que me había quedado dormido y se habían ido sin mí, mientras cavilaba sumergido en mis dudas, la sombra de mi hermano mayor apareció en el umbral, evidentemente tan desconcertado como yo. - Llévame al hospital Fue lo primero que atiné a decirle, no me interesaba saber donde estaban todos, solo quería estar nuevamente con mi recién descubierto padre. Me las arreglé para convencerlo, tan pronto como cruzamos la avenida, como una tromba salí disparado, colándome en una distracción del portero, mientras este discutía con una señora gorda, que insistía en querer ingresar sabiendo que no era hora de visitas. Arranqué mis pasos por medio del jardín, y sin respetar las veredas, corrí hacia la sala San Juan de Dios, No podía contener mi ansiedad, no podía esperar, quería


78 estar con él, quería disfrutar su compañía, teníamos que volver juntos al valle, donde una nueva vida nos esperaría. Con el corazón agitado por el esfuerzo, llegué a su cama, me quedé petrificado, estaba vacía, solo una sábana blanca la cubría. - ¿Donde esta el hombre que estaba acá? Pregunté a un señor vestido de blanco, quien con esa frialdad e insensibilidad que solo sienten aquellos que ya tienen el corazón encallecido de tanto observar el dolor humano, y ver la muerte pasar todos los días por ante sus indiferentes ojos, secamente me contestó. - Murió anoche Me senté en la cama, no se si no sentía bien el concepto de la muerte y su eterna ausencia, o mi frágil mente se negaba a aceptarla, lo cierto es que me quedé sentado, no atinaba a hacer nada. - Que estas haciendo en la cama Era una mujer vestida de blanco - Estoy esperando a mi padre - Pero, no te dijeron que está muerto, él ya nunca volverá La ausencia si la entendía, el miedo de no volverlo a ver me invadió, los ojos se me nublaron cubiertos por las lágrimas, lo entendía pero no lo aceptaba, no podía concebir la idea de su desaparición, en un limbo desconocido por mí, me era incomprensible, verlo desaparecer, cuando recién había aparecido. El viejo mira, es una sala grande, mucha gente, pero solo los vecinos de la cama que fue de su padre, han visto y escuchado la escena, agachan la cabeza, y esconden el rostro, sus espíritus sensibilizados por la enfermedad que padecen, y el ambiente hospitalario, han sido testigos de ese inocente dolor, de una criatura que todavía no está suficientemente curtida, para soportar esa pérdida, no se dejan ver la cara, no quieren que los vean llorar, porque sus costumbre sociales les dicen que los hombres no lloran, pero una vez mas el corazón venció a la sociedad.


79 Se tranquilizan, cuando el niño sale de la mano de su hermano, ellos saben, que a esa tierna edad, así como el dolor deja grandes huellas, el olvido viene mas rápido que en los adultos, se consuelan cuando los ven desaparecer por la puerta. Luchaba por entender, por asimilar, los hechos eran muchos para mí temprana edad, Ayer había descubierto un padre, hoy lo perdí, mi nueva vida se derrumbó, mis sueños se esfumaron, mis ilusiones se fueron con él a su tumba, se había gravado la primera herida en mi tierno corazón, lloré mucho, no se cuanto hasta que mi hermano que me había ido a buscar, me trajo de vuelta. Quizá en ese momento aprendí, que la dimensión de la muerte no es tan grande cuando crees que estás lejos de ella, pero que gigante es, cuando la tienes junto a ti, y a en mi niñez que cerca me había golpeado, y si que el golpe dolía. Han pasado más de sesenta años, su imagen nítidamente vive en mí, su recuerdo aún me persigue en mis noches de soledad, la última escena de nuestra despedida jamás se borró de mi cerebro, su cara nunca se fue de mi retina, me duele no recordar sus últimas palabras, sé que era su despedida. Él sabía lo cercano de su muerte, recién entendí sus lagrimas, entendí el dolor de su adiós, algo en mi me dice, que él no murió antes, porque estaba esperando despedirse de mí, darme su postrer mensaje, que en mi ignorancia no lo supe entender. No lo tuve, no lo disfruté, nunca sentí como sería su presencia, pero como me dolió su ausencia Nunca pude entender porque quiso verme a mi, antes de morir, yo no era el mayor ni el último, ni siquiera gozaba de la simpatía de mi madre ni del resto de La familia, mi carácter rebelde y medio salvaje, me había separado de ellos, siempre me pregunté y me seguiré preguntando, el porqué. Yo creo que en el fondo de su corazón, él confiaba en mí, y esperaba de mí algo grande y diferente, esa es la


80 creencia que siempre guió mis pasos, que hizo que sintiera que él estaba siempre a mi costado, haciendo desde el mas allá lo que no pudo hacer mientras estaba acá, quiero creer que ese fue el mensaje que me quiso dejar, creo que me dijo, “No te preocupes siempre estaré a tu lado”. Cuando la depresión me invadía, los problemas me atribulaban, o mi horizonte lo miraba negro, sentía la necesidad de conversar con él, encaminaba mis pasos, por allá a un pequeño cementerio aislado y silencioso en la ladera de un cerro, en una terraza hecha a mano, desde la cual se mira todo el panorama del pueblo de Mollebaya, y su preciosa campiña, es como si los fundadores de ese campo santo, no quisieron nunca irse de su pueblo, y por eso lo pusieron donde pudieran ver todo su pasado, todos esos paisajes que en vida fueron sus compañeros, en medio de esas verdes planicies, es donde él nació, donde aprendió a dar sus primero pasos y sus primeros juegos. Él quiso que lo sepultaran en su tierra natal, quería ver los cerros que lo vieron nacer, aquellos paisajes, que se deleitaban contemplando su felicidad cuando enamorado tuvo su primer hijo, esos mismos cerros que lo vieron llorar cuando al nacer su hijo, su mujer murió, fueron tan grandes sus cicatrices, que creo nunca se fue de su querido terruño. En la soledad de la tarde, en medio del aspecto fantasmal del lugar, sintiendo el ruido gutural de los árboles de molle y eucaliptos, que se hamacan con las caricias del viento, y sus sonidos parecen el eco de las decenas de almas, que pululan cerca de sus tumbas, ahí sobre su nicho, nos sentamos, yo sé que él está junto a mí, y mirando esos paisajes, mudos testigos de los avatares de un intensa vida, pasamos horas conversando en el mas absoluto y ceremonial de los silencios, porque solo así es como las almas pueden entenderse, cuando su plano de comunicación llega al mas profundo espiritualismo.


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CAPITULO IV

ENTRE TRAVESURAS, FANTASMAS Y SUPERTICIONES “LA MADUREZ DEL HOMBRE ES HABER VUELTO A ENCONTRAR LA SERIEDAD CON QUE JUGABA CUANDO ERA NIÑO”

Nietzsche Es verano, el viejo se sienta en el borde de la piscina, sus pies están en el agua, sus retinas disfrutan mirando en el potrero de la entrada, el maizal con sus hojas que comienzan a cambiar de color, cuando la madurez de sus granos inician su agostamiento. Más allá en el vecino campo, los girasoles van dejando caer sus amarillos pétalos, y las cabezas con sus tonos marrones se inclinan, siempre saludando el sol del amanecer. Frente a la casa, los juguetones terneros, relinchan por el pasto, gozan del calor, están felices, acaban de lactar, se alejan de sus madres y se agrupan entre ellos, parecen criaturas organizándose, para hacer sus travesuras. El viejo piensa en esos rebosantes novillos que en la primavera eran sus amigos, ellos ya no están, hicieron su camino sin retorno, como lo marcaba su destino, hacia el frigorífico. Le llama la atención, cuando por el arroyo, cruzando el puente, dos jinetes montando, sus hermosos caballos petisos, típica raza argentina, se acercan, su inconfundible figura los describe, son los


82 gauchos, hábiles chalanes domadores y cow boys, de las pampas, ellos no llevan revolver, como sus pares norteamericanos, en su reemplazo, y cruzado en la espalda, embutido en una vaina de cuero, se luce el infaltable facón, cuchillo de regular tamaño, en la mano un rebenque, duro látigo de cuero crudo tejido, hecho por ellos mismos, completan su vestimenta, un par de botas negras, adornadas en los talones con relucientes espuelas, en y como pantalón un cómodo chiripá, cubierto el cuerpo por un abrigador poncho, y en la cabeza una boina negra, clara reminiscencia vasca. El caballo, prolijamente enjaezado, con aparejos de cuero crudo trenzado, lleva un recado en el lomo, compuesto por cueros de oveja y dos bastos (*) para darle forma, es la montura gaucha, muy lejana de la andaluza, o cualquier tipo usado en la equitación moderna, pero muy práctica y cómoda para galopar las pampas, a veces por periodos muy largos. Pasan cerca del viejo, él los conoce, los mira con tristeza, porque ve en ellos, esa estirpe de hombres que convirtieron esa inmensa pampa de pastizales salvajes, en ricas tierras ganaderas y agrícolas, pero una vez mas, el avance tecnológico, los ha convertido en una especie en extinción. En mas de una ocasión, han cabalgado juntos, cuando con ellos, él en su jubilado zaino, al igual que ahora ellos solos, encerraban la hacienda(*) en la manga (*), para vacunar o hacer otro tipo de trabajo con los animales, han compartido mas de un asado, y largas tardes de torta frita y truco (*), ha aprendido su forma metafórica de hablar, siente que él también fue gaucho, ante la presencia del viejo patrón, se quitan la boina, y con una leve inclinación, le rinden un respetuoso saludo, luego, levantan el rebenque, en su forma amistosa de despedirse del viejo amigo, él también levanta la mano en correspondencia, mientras su viejo zaino colma el ambiente con sus relinchos,


83 correspondidos por los potros gauchos, ellos también son amigos. Cuando esos centauros modernos se alejan hacia la tropa de vacas, el viejo queda solo, se levanta vuelve a su inseparable reposera, cierra los ojos, y parafraseando a algunos de esos matreros rurales(*) , se dice “Voy a dar rienda suelta a mi memoria, haber si de tanto correr, logro enlazar una historia”, y se deja llevar por la penumbra de sus recuerdos, hacia el mundo de su pasado. Ese primer día de la muerte de mi padre, permanecí en la casa de la tía Felipa, no entendía nada, todos corrían en diferentes direcciones, estaba sentado detrás del mostrador en una caja vacía tratando de conceptuar la muerte, e interpretar la vida, para poder entender la partida de mi padre, era evidente que a esa temprana edad, enfrentaba una tarea, que iba mas allá de mi capacidad lógica. Me sentía ignorado, se olvidaron de mi almuerzo, hasta llegué a pensar que su malestar había sido causado por esa preferencia que mi padre me demostró, tiempo después, entendí que ellos estaban demasiado atareados haciendo los arreglos para el funeral y transporte del cadáver hacia el pueblo de Mollebaya, su tierra natal donde él pidió ser sepultado. Cuando el sol comenzaba a ocultarse mas allá de los áridos cerros arequipeños, entró mi tía, me vio, creo que entendió mi situación, y apuradamente me preguntó. - Tienes hambre? Antes que pudiera contestar, se metió a la cocina, y volvió con un plato de guiso a cuestas, aunque debo confesar que a esa altura, ya la comida no era mi prioridad. Ella ignoraba que en una criatura de mi edad, el mandato del estómago, era mas fuerte que los sentimientos de pena, y mientras ellos corrían en diferentes direcciones, las galletas que estaban a la venta, en una caja en la parte baja, discretamente iban a parar a mi hambriento estómago.


84 Me imagino, como sería su reacción cuando al despacharlas notara que habían desaparecido, a pesar que tenía a mi disposición una colección de gaseosas, solo consumí agua, y no por honrado, sino porque no sabía que era esa agua coloreada, solo siete años después tomé mi primer soda. Al día siguiente, antes que el sol me iluminara la cara, ya estaba en camino a la estación del tren prácticamente arrastrado en vilo por mi hermano Víctor, mientras mi madre llevaba a cuestas a mi hermano menor, y en brazos al recién nacido, vaya pensé para mis adentros, nuevamente a casa, y nuevamente a las grasosas empanadas que me habían resultado muy agradables, pero lo que yo ignoraba era que esta vez la travesía sería diferente. En un muy rápido periodo de tiempo, deshaciendo a media carrera el camino que dos días antes habíamos hecho al encuentro de mi padre, estábamos nuevamente en el mercado de San Camilo, lo cruzamos, y al paso, mi madre compró en una bolsita de tela unos kilos de peras, y lo completaba una jugosa manzana que la vendedora le regaló. Estábamos nuevamente parados en la estación, mirando a esa larga mole negra, la gente se desplazaba raudamente por el costado del tren, luego trepando la escalera de tres peldaños, que cada coche tenía, subían, y corrían dentro de él, como en competencia, tratando de conseguir la mejor ubicación. Mi madre conversaba con una señora que luego también subió al tren, el momento mas difícil me llegó cuando, la escuché decir. - Bueno hijo, tú ya eres un hombre, y tendrás que irte solo al pueblo en el tren llevando de la mano a tu hermano Isaías. En ese momento, el mencionado Isaías, apenas rayaba los dos años y cinco meses. Luego agregó. - Esta bolsita de fruta se la llevas a tus hermanas.


85 No tuve tiempo de recuperarme del susto, que me produjo la sola idea de tener que viajar solo con mi hermano, sin ningún adulto de compañía, cuando ya ella me dejaba dentro del vagón, y mi hermano llorando detrás mío, mas asustado que yo, la señora que había estado conversando con mi madre, tres filas adelante, gesticulaba y nos llamaba desesperada, era evidente que tenía dos asientos reservados para nosotros. En alguna oportunidad mencioné, que yo tenía la creencia de haber nacido viejo, esta vez no me quedaban dudas, cuando recuerdo ese episodio de mi vida, me resulta tan inverosímil creer que sea cierto, que un nene tan pequeño, de apenas cuatro años, haya hecho un viaje de cinco horas en tren, llevando la responsabilidad de otro nene todavía mucho mas pequeño que él, que apenas había pasado los dos años. Antes de escribir esta historia, para poder convencerme de la veracidad del hecho, y estar seguro que no se trataba de una jugarreta de mi memoria, lo consulté con mi madre, mi hermano mayor y mi amigo Noé, todos ellos, confirmaron que efectivamente los hechos sucedieron como los estoy narrando. El viejo sorprendido, y con los ojos bien abiertos para convencerse que es cierto, ve la imagen de un niño con alrededor de un metro de altura, siendo subido a un tren de vapor, y junto a él su hermano mas pequeño, caminan tambaleándose, tomados de la mano, y en la otra llevaba una bolsita llena de peras, lo ve tratando de subir la banca de madera, que hacía de asiento, misión imposible, porque su tamaño no se lo permitía, era una criatura muy pequeña, no solo por la edad, sino también por la desnutrición que llevaba encima, mientras el menor observaba todo sin entender nada de lo que estaba sucediendo. Trataba de mirar por la ventana hacia afuera, pero estaba muy alta, la señora que nos había llamado, nos tomó por la cintura, y de un impulso, estuvimos sobre nuestros asientos, a tiempo para ver como la máquina se


86 comenzaba a desplazar, y escuchar cuando mi madre le gritaba a todo pulmón. - Comadre María, me los cuida por favor, y me los deja en la curva. La mencionada señora, lucía unos cincuenta años, mas bien un poco gorda, se acercó a nosotros, nos dio no recuerdo que recomendaciones, y luego se sentó en la banca de enfrente, desde nuestra posición, podía ver claramente por la ventana, lentamente las puertas de la estación, van quedando atrás, y mi madre y mi hermano se van perdiendo poco a poco enmarcados en ellas, hasta desaparecer por completo, es ahí, cuando el corazón me dio un vuelco, los ojos se me llenaron de lágrimas, y me solté en un sonoro llanto, en un armonioso dúo con mi hermano, haciendo caso omiso a los ruegos de la buena señora para callarnos. El tren continúa su lento desplazamiento en medio de agudos silbidos, y grandes bocanadas de humo, simultáneamente, el pánico avanzaba en nuestros frágiles cuerpecitos, pero la tensión y el cansancio, hicieron mella en nosotros y nos quedamos dormidos. Mientras tanto, seguíamos avanzando, valle abajo, ya habíamos abandonado la fertilidad del valle del río Chili, y comenzábamos a trepar hacia la desértica pampa de la Joya, había parado en dos oportunidades, y se acercaba la tercera, nos despertaron nuestras vejigas llenas, y nos pedían salir a orinar, pero las escaleras eran muy grandes, y nuestra cuidadora, emitiendo sonoros ronquidos, dormía en esos duros asientos de madera, el miedo que sentimos a ellas, fue mas fuerte que el mandato natural de nuestros cuerpos, y como era previsible, terminamos miccionando sobre nuestros pantalones. No sé si por el llanto compungido que tuvimos, o por el olor a la orina o simplemente por curiosidad, los pasajeros comenzaron a aglutinarse a nuestro alrededor, nos miraban y murmuraban acremente contra mi madre, cuando se enteraban que viajábamos solos. - Pobrecitos.


87 Decían algunas. - Que madre desnaturalizada. Afirmaban otras. Y así, en medio de una actitud defensiva de doña María, que salía al frente para informar que ella nos estaba cuidando, esas mujeres, seguían expresando adjetivos no muy bondadosos contra nuestra progenitora. Después de todo tan mal no la pasamos, porque las señoras conmovidas por la ternura, y nuestro desamparo, nos atiborraron de empanaditas, melcochas, frutas acarameladas, y otras golosinas que un vendedor ambulante vendía de coche en coche. Por fin, después de cerca de cuatro horas de viaje, nuestro transporte, nuevamente entraba en una zona verde, con chacras nuevas, yo las reconocí, era la irrigación de la ensenada, ya el medio día estaba pasando, estábamos llegando, en medio de mi nerviosismo, trataba de ver la estación donde debíamos bajarnos, tenía que reconocerla, no sabía leer, pero sabía que al mirarla la reconocería. - Próxima estación, La ensenada. Era el controlador de pasajes, quien lanzaba ese consolador grito, mientras paseaba por los coches haciéndo sonar su campanilla. Todos los pasajeros que eran bastantes, porque de esa estación nacía la única trocha y las dos líneas férreas, que recorrían el valle, por ende, a través de ella también se realizaba todo el comercio, comenzaron a arreglar sus equipajes y a ordenarlos, yo tomé mi bolsita y a mi hermano, pero todavía no se me ocurría como bajaría esas terroríficas escaleras. El tren se detuvo, a la indicación de doña María, caminamos hacia la puerta del coche, y parados frente a la escalera, sin saber que hacer, obstruíamos la salida de los pasajeros, ante nuestra vacilación un señor nos tomó a cada uno por la cintura, y en un rápido vuelo, fuimos a dar al andén.


88 Quedamos solos, la buena señora que nos cuidaba había desaparecido entre ese mundo de gente, ella era comerciante, había ido hacia el coche de carga a bajar la mercadería que traía de la ciudad para su negocio, se dedicaba a la distribución por todo el valle, pero en ese momento yo no entendía ni sabía eso. Me sentí solo, desorientado, y temeroso, con mucha nostalgia observaba desde el borde del andén, cuando la columna de humo, seguida de esos coches negros formando una larga hilera, se iba haciendo cada vez más pequeña. En medio de los pantanales hasta perderse en la distancia en su rumbo hacia Mejía, sentía pena, había sido mi primer compañero de aventura en un viaje que me llevó mas allá de la imaginación, Cruzamos la terraza de la estación, esquivando las jaulas de gallinas y patos, las bolsas de papas y camotes, paquetes de caña de azúcar, una que otra canasta de camarones, todo esto que los camiones estaban descargando, para embarcar al tren con destino a los mercados de Arequipa, o los paquetes de las mercaderías que habían bajado del mismo tren en el cual llegamos, y que tenían como destino el valle. Entre un bosque de piernas, y apenas mirando un poco mas arriba de las cinturas, caminábamos tomados de la mano, para darnos valor, y en la otra arrastraba la bolsa de fruta, siguiendo la dirección que nos habían indicado doña María antes de perderse, Al terminar nuestro heroico cruce, de esa terraza de cemento, Una fila de viejos camiones sin barandas, en medio de la tierra y cubiertos de polvo, cargaban cajas de fruta y otros bultos que parecían Telas. Parados, observando esa febril actividad, no sabíamos que dirección tomar, algunos camiones me eran conocidos, los había visto cruzar varias veces por la trocha hacia La Punta, mientras cumplía mis actividades de pastor en los montes del río, los gritos de doña María, despejaron mis dudas, y en lo que sería la última vez que escucharía su voz, diciendo, mientras le entregaba a un sambo medio


89 petiso, que aparentemente era el chofer del camión, algo en la mano, supongo nuestros pasajes. - Los dejas en la Curva A lo que el referido hombre contestó - Yo voy a la Punta. El retruque no se hizo esperar - Los dejas en la esquina de Vela. Esa fue la última vez que vi a nuestra guardiana, de ahí en mas, desapareció de nuestras vidas para siempre, pero debo reconocer que sin su ayuda no hubiéramos llegado. Después que el mestizo nos diera un fuerte tirón, nuestros cansados cuerpos ya estaban en el centro del viejo camión, arrimados a un paquete de telas, y mientras él se dirigía hacia la cabina, nos gritaba. - No se vayan a mover de acá, porque si lo hacen se caen. La carretera hacia el pueblo, era una trocha polvorienta que se desplazaba paralela a la vía de los trenes, por su gran cantidad de huecos mas se parecía a un paisaje lunar, que a una ruta carrozable, en la zona de los humedales cruzaba pequeños charcos, que nuestra movilidad trataba de esquivar para no empantanarse, nosotros en la parte de atrás, agarrados fuertemente a los paquetes, saltábamos y rebotamos en la carrocería, como pelota sin manija, mientras el vetusto camión, a una velocidad de no mas de veinte kilómetros, galopaba por encima de esa heterogénea superficie. Con nuestras figuras, de aspecto carnavalesco, cubierta por los caolines de la zona de la puntilla, y después de haber engullido por lo menos medio kilo de tierra, y polvos que el moverse de las llantas levantaba, por fin, llegamos a nuestro destino. El chofer bajó, y tan pronto nos tuvo a su alcance, nos bajó bruscamente, luego volvió a marcharse sin antes decirnos. - Acá termina su viaje amiguitos.


90 El viejo en su imaginario volar, ve la carretera que sube alimentando todo el valle, cruza por la única calle central del pueblo. Después de hacer unas cuatro cuadras, se divide en una cruz, derecho hacia Cocachacra, la casa está en esa dirección, hacia la izquierda Guardiola, y hacia la derecha a la Punta, es por ahí por donde el niño vio alejarse el camión. Consternado ve la figura de esos dos niños sentados en la esquina, el mayor arrimado al tronco que usan los labriegos para atar sus monturas cuando vienen de sus chacras con destino a Mollendo. El menor, descansa dormido apoyado en sus piernas, necesitan ayuda, pero el pueblo a esa hora esta vacío, su gente está trabajando en el campo, el medio día ya había pasado. Los ve sucios, cansados, en su maduro corazón siente lástima, el mayor, pretende rezar, pero no puede hacer nada, no puede cruzar la barrera de su dimensión, él también reza esperando la ayuda, se alegra cuando por el fondo del pueblo aparece Noé, los niños no lo han visto, pero el viejo sabe que los ayudará El viaje no había terminado, la casa todavía quedaba como a setecientos metros, no sé que hora era, pero el sol apenas había pasado la mitad del cielo, y como ya estaba en la entrada del verano, si que quemaba nuestras descubiertas cabezas, creo yo, que llevábamos viajando mas de cuatro o cinco horas, el cansancio y la tensión, habían hecho estragos en nosotros. Estábamos totalmente agotados, yo como el líder, con mi hermano a mi costado, y mi bolsita de frutas, trataba de mantenerme despierto, miraba en dirección de mi casa, estaba lejos, por un camino de tierra, no podía mas, ni con mi cuerpo, ni con mi hermano ni con la bolsa, en la esquina, encontré un tronco, nos sentamos arrimados a él, y mientras mi hermano se quedaba dormido, yo estrenaba mi nueva fe, que había escuchado al padre Tarcisio, en sus paseos misioneros, y pedía ayuda a Dios.


91 Estaba entrando en un estado de soñolencia, cuando sentí una mano que tomaba la mía, y una voz diciendo. - Vamos chicos, que falta poco. Era Noé, un vecino de mi casa, que felizmente llegaba un poco tarde de su chacra a almorzar, al ver nuestra triste situación, tomó a mi hermano en brazos, en la otra mano la bolsa, y yo colgado de ella, así iniciamos el último peregrinaje, hacia nuestra casa. Han pasado muchos años, y nunca pude entender, como una madre, pudo embarcar en ese terrible viaje a dos criaturas tan pequeñas, quizá ella tampoco pudo entender cuan grande fue el trauma que nos dejó grabados a tan temprana edad, supongo que esos conceptos psicológicos en esos tiempos no existían. El viejo, siempre viajando al reencuentro con su historia, hace poco visitó esos mismos lugares, tratando de reeditar su pasado, ya no están esas estaciones del tren, solo unas viejas ruinas quedan, el tren ya no pasa por ahí, y por las pocas que pasa, en su nueva trayectoria, ya no necesita cargarse de agua, las laderas de su valle, ya no se cubren de verde, ni las blancas flores de amancayes saturan el aire con su deliciosa fragancia en los días invernales. Esas verdes lomas, en donde vivió tan profundas emociones, ya no lucen esas sábanas de flores, ni los arroyos cantarines con sus cristalinas aguas, donde él jugó en su niñez, bajan regando los viejos frutales, fueron víctimas del cambio climático, tristemente piensa, que alto precio estamos pagando por nuestro civilizado bienestar. Se aleja de los familiares que lo acompañan, y se refugia en la sombra de un tronco seco de olivo, no quiere que ellos vean su tristeza, no entenderían el porque, porque ellos no vivieron las bellezas del pasado, quiere estar solo, esta viendo como la naturaleza cree que le robó parte de su historia, pero se equivoca, porque jamás podrá quitársela del mundo de su pasado, porque, ella seguirá viviendo en él, tal


92 como era, tal como la recuerda, en algún rincón de su cerebro, y solo la borrará cuando él también se haya ido. Unos días después, mi madre volvió, y tuvimos que emprender una nueva y dura realidad, no teníamos padre, ni chacra, creo que nuestras únicas propiedades eran mis ovejas, lo que mis dos hermanos mayores ganaban trabajando en los arrozales, y otros tipos de siembra, no era suficiente para alimentar tantas bocas hambrientas, había que buscar un alternativa, en otras palabras, conseguir un ingreso adicional. Mis hermanos intermedios, comienzan a trabajar en pareja, cobrando dos por uno, yo intercalaba mis pastoreos, y junto con mi hermano menor, andábamos pallapando (*), es decir, recogiendo los cereales o papas, que los cosechadores dejaban pasar, ya sea por descuido o porque estaban malogrados parcialmente, y así llegábamos con unos kilos por las tardes a casa. Mis hermanas se encargaban de la casa, mientras mi madre, trabajaba de cocinera en las chacras, o ayudando en las casa de algunas vecinas, con la selección de las cosechas. El mes de enero se viene acercando, y con él, el verano, las lluvias en la sierra en medio de sonoros truenos, que se escuchan en el valle, comienzan a llenar los pequeños ríos afluentes del tambo, las aguas se tornan marrones, y oscuras por la gran cantidad de arcilla que arrancan a los cerros, de las altas tierras, en una inclemente erosión, el caudal transparente y calmo se convierte en un torrente destructivo e incontenible, el tránsito se interrumpe, los vados (*) quedan destruidos, los vehículos ya no pueden pasar a la Punta. En el centro del delta como un gran señor el canal principal, de unos cien metros de ancho, bastante profundo y de corrientes rápidas, se va abriendo paso en su camino al mar, y completan el ancho del cauce más de dos kilómetros, pequeños riachuelos y bañados.


93 Es cuando aparecen los boteros, con sus botes de madera de unos cuatro metros de largo, remos al hombro, piel cetrina, torso al descubierto, llevando como única vestimenta sus calzoncillos de drill (*) azul. Ahora ellos son los reyes del agua, pues serán los únicos capaces de trasladar los pasajeros y la carga de una rivera a la otra, donde estará esperando el otro vehículo para completar el viaje, solo ellos romperán el asilamiento de los pueblos de la otra rivera, tomarán a los pasajeros y sus cargas, los subirán en su bote, luego con un impulso inicial, y a fuerza de puro remo, llegarán a la otra orilla. Ese diciembre fue muy especial, mi madre por sugerencia de los propios boteros, y con la ayuda de ellos, con troncos y esteras armó un cubículo en el borde del río, donde inició la venta de comidas elaboradas a base de esos ricos camarones de río, era una cantina, y nuestra vivienda mientras dure el verano. En ese cuadrado de unos cuatro metros por lado, en un rincón en las noches tendíamos unas esteras en el piso que hacían de camas, evitando que la humedad que filtraba del piso llegara a nuestros cuerpos. Destacaba su color marrón en medio del verde follaje de los arbustos, en la parte posterior, una improvisada palizada hacía de corral a mi ya crecida majada, durante el verano, era normal cambiar de ubicación unas tres o cuatro veces, empujados por el cambio del cauce del río. Las riquísimas tortas de camarones, (*) hacían el deleite de los pasajeros que obligadamente hacían su escala para cruzar el río, y a los turistas de Mollendo y del valle que los fines de semana, se agrupaban para ver el espectáculo del cruce en los botes, y en su amplia mayoría también hacían la aventura de cruzar. Mi hermano Víctor, había heredado la actividad de mi padre, convirtiéndose en un experto pescador de esos ricos crustáceos, para surtir la cantina y sus comensales. Yo me divertía mirando toda esa gente bajando de los buses que paraban solo al borde del barranco, como se las ingeniaban para cruzar una serie de riachuelos, y


94 pequeños pantanos, levantando cómicamente sus pantalones o faldas y muchas veces terminando con su humanidad en medio de los charcos de agua sucia y barrosa. Los mas afortunados fletaban caballos que esperaban en el borde o simplemente eran cargados a cuestas por los mismos boteros, el tema era llegar al cauce principal, donde los botes esperaban y una vez arriba, un primer impulso y a remar hasta la otra orilla, donde se repetía el ciclo hasta el otro barranco. Para mí, eran los días más felices, me ganaba unos soles diarios, juntando las propinas que me daban por ayudar a los transeúntes con sus paquetes, mientras mi majada, pastaba al cuidado de mi fiel Negro, estaba rodeado de gente, mi círculo social se ampliaba por los casi tres meses que duraba la temporada veraniega. Por la tarde, después que el último pasajero había sido trasladado, “los capitanes” y su tripulación, llevaban sus embarcaciones hacia pequeños caudales, lugares seguros donde pasarían la noche, era el momento que yo aprovechaba, y parado en la proa de alguno de ellos daba rienda suelta a mi fantasía, imaginándome ser un gran capitán o un gran marino que cruzaba la inmensidad de los mares. Observaba detenidamente como elegían un arroyuelo con suficiente profundidad para que la embarcación flote, pero con un suave torrente para que no sea un peligro que se los pueda llevar durante la noche, luego, cuidadosamente ataban las sogas a un arbusto, y así los botes quedaban amarrados en pequeños arroyuelos, lejos del cauce principal, hasta el día siguiente. Y mientras ellos se iban a la cantina a continuar su tertulia hasta altas horas de la noche, matizándola con un caliente y rico chupe de camarones (*) asentado con un espirituoso vaso de cañazo, comentaban las anécdotas divertidas de los pasajeros, evaluaban sus utilidades, y por supuesto pagaban a mi madre el consumo realizado. Durante el resto de la tarde, yo me quedaba en el bote, convirtiéndolo en mi más divertido juguete, donde


95 fantaseaba mis aventuras en el mar, emulando los cuentos que en alguna tarde ociosa, mi madre nos narrara de los piratas que años atrás habían surcado nuestros mares, habían invadido las playas de Mollendo, recorrido el valle en busca de tesoros, nunca sabré si fueron ciertas o creadas por la imaginación de ella, pero en ese momento jamás dudé de su veracidad. Los días siguen en su irreversible recorrer, van pasando y cada pasar van convirtiendo el presente en historia, así las aguas del río se van aclarando, el caudal va disminuyendo paulatinamente, es indudable que el verano está llegando a su fin, hasta que un buen día escucho a mi madre decir. - Chicos, recojan sus cosas que nos vamos al pueblo. Ese fue el anuncio, que mis aventuras habían llegado a su final, y volveríamos a la monotonía de la vida pueblerina, en un momento, boteros, familiares, y hasta curiosos, participan en un rápido proceso de desarmado de nuestra cantina, la que en menos de una hora está en el lomo de burros y caballos, para ser traslados a la casa donde se guardaran hasta el próximo verano. El amanecer del día siguiente, lo marcó el recoleto, un viejo y cojo gallo, que dormía en el granado del fondo, se supone cuidando los animales grandes, su canto era nuestro único despertador. El cronómetro de la cena, lo marcaban las gallinas cuando en fila india se encaminaban hacia sus protegidos gallineros en medio de un suave pero sonoro gargajeo, que parecía una significativa oración de gracias por haber sobrevivido un día mas. Me di vuelta sacándome de encima una vieja frazada “maranganí” tosca pero abrigada, una nube de polvo salió del colchón, que no era otra cosa que un costal lleno de paja de arroz, de color rayado y matizado con sendas manchas amarillas, producto de mis micciones nocturnas, que por no se que motivo no podía controlar


96 durante la noche, y cada mañana me hacían merecedor a los ramalazos de mi madre. El suave vaho mezcla del fuerte olor de orina, con el polvo que salía desde la paja de arroz en franco proceso de putrefacción, conformaba el “perfume” rancio matutino diario, que me bañaba al levantarme, no era precisamente una escena romántica, pero conformaba mi diario amanecer. - A tomar desayuno Era mi madre, me quedé mirándola, creo nunca la había observado, mujer de apariencia delicada con una caballera de características tirando a negroide, de cara mestiza, baja estatura y labios en una posición de fingida humildad, daba la sensación de fragilidad y delicadeza, pero sin embargo, era ella la fortaleza de la casa, el temperamento, la dureza, era ella quien realmente tenía el poder aún cuando mi padre existía, y para nosotros representaba la disciplina por medio del castigo. La piel de la cara curtida por el sol, el permanente polvo, y la total falta de cuidado, emulaba un cuero envejecido, frío, como la expresión de su rostro, nunca pude descubrir en ella algún signo que me hiciera sentir que era querido, pero en alguna forma, sentía que ella nos tenía un profundo amor, traducido en el inmenso sacrificio que hacía al criar once hijos sin mas ayuda que sus pobres recursos. Nació en un pueblito llamado Sotillo al borde de la ruta panamericana actual, por el año mil novecientos cinco, eran tres hermanos, de uno de ellos solo guarda la noticia, porque ni siquiera pudo tener un recuerdo, un matrimonio que pasaba por la ruta se llevó al mayor de los hermanos, y nunca mas supo nada de él. Sus padres fallecieron con la peste, antes que la memoria forme parte de su vida, Se crió en varios lugares para recalar finalmente, como empleada doméstica en la casa de una lejana tía, los dos hermanos eran los administradores, y empleados de la atención del tambo, donde llegaban las recuas de mulas, encargadas del


97 transporte de las cargas entre Lima, Arequipa y otros pueblos, los tambos eran los moteles de esa época, tanto para los recueros como para las acémilas. En su adolescencia, fue separada de su hermano quien se fue a Lima, y ella trasladada a atender en una pequeña cantina en la estación del ferrocarril del valle de Vitor. Fue ahí donde se conoció con un ferroviario, pero una vez mas la desgracia se ensaña con ella, a los pocos meses de embarazo, el hombre muere en un accidente, dejándola en el mas completo desamparo, la ayuda le llega por parte de la madre de su esposo, quien queriendo proteger su sangre, la llevó a vivir con ella en Tiabaya. Pero, pareciera que ese no era su destino, y la nena que había nacido del amor que tuvo, también fallece, al desaparecer el vínculo familiar, una vez mas toma el tren con rumbo al valle de Tambo donde algunos parientes podrían darle una poco de cabida, y ahí está, sin casa, sin esposo, sin familia y sin futuro, solo con la esperanza de iniciar una nueva vida. Conoció a mi padre otra víctima del destino, él lloraba la reciente muerte de su esposa e hijo, en un apoyo mutuo, formaron una familia, con un karma signado siempre por el sino de la pobreza. Ahí está ahora, cuarenta y dos años por cumplir, catorce partos, catorce hijos, un parto fue de mellizos, además de un hijo de mi padre con otra mujer, que ella generosamente crió, y siempre fue nuestro hermano mayor, toda su vida se dividió entre criar hijos, soportar los embarazos, y tratar de subsistir, nunca tuvo tiempo para recibir amor, menos para darlo, Y ahora su lucha sería mas dura, estaba sola. Como polluelos, también fueron apareciendo de diferentes escondrijos, que había en los rincones oscuros del cuarto que era nuestro dormitorio, mis hermanos, venían silenciosos restregándose los ojos en su afán de desprenderse las lagañas, nos sentamos en estricto orden de edad en las dos bancas que bordeaban la tabla que hacía de mesa.


98 En posición rígida, en perfecto ángulo recto, en el más estricto de los silencios, los niños no podían hablar en presencia de adultos. Mi madre con el látigo en la mano, como un duro sargento, revisaba nuestra posición, sacudiéndonos con un soberbio latigazo si consideraba que estábamos mal sentados, si hasta creo que ella lo disfrutaba. - A quién le toca comprar el pan hoy? El ritual de comprar los quince panes que forman el desayuno era muy importante. A la hora de repartir, a los mayores les tocaba un pan y medio, a los intermedios uno y a los tres más pequeños la mitad, sumaba y sumaba, sentenciando finalmente son quince. Nunca entendí porque mi madre se sentaba ceremoniosamente cada día y sacaba la cuenta si siempre éramos los mismos, quizá por que era su forma de demostrarnos que aunque no sabía leer ni escribir, si sabía sumar. Nos atropellábamos por salir corriendo a la panadería del chileno (la única en el pueblo), no porque seamos un ejemplo de laboriosidad o voluntarismo, cuan lejos estábamos de eso, es que nuestro buen panadero siempre acostumbraba a regalarnos un viejo pedazo de pan seco, residuo de producciones de varias semanas anteriores tan duro y ennegrecido por los hongos, que era invendible, pero para nosotros era un manjar y dieta suplementaria. Un día mas, pero ahora la rutina era diferente, vivíamos en el pueblo. Cada uno de nosotros tenía sus obligaciones, mis hermanos mayores a trabajar en la chacra, yo era el pastor, con mi majada y emprendía el camino hacia el monte, recorriendo los tres kilómetros que me separaban de casa, montado como siempre en el mocho (*) que hacía de regia cabalgadura, aunque un poco arisco, y en más de una ocasión cuando no me sujetaba bien de sus lanas terminaba con mi esqueleto por el suelo. Era todo un espectáculo, con los primeros rayos del sol, ver a ese pequeñín detrás de un grupo de ovejas, o


99 trepado en una, gritando en su media lengua “bolega”, ya que la “r” me era imposible pronunciar, y por lo tanto la palabra “borrega” no formaba parte de mi diccionario, esa palabra mal pronunciada, se convirtió en el apodo que me acompañó toda mi estadía en el pueblo y solo fue desapareciendo cuando fueron desapareciendo sus antiguos habitantes. Mis días, pasaban en medio de esa indescriptible felicidad infantil, mientras negro se divertía correteando uno que otro roedor, mis ovejas pastaban con la tranquilidad de sentirse seguras, y yo comenzaba a desarrollar mis dotes de ingeniero, trazando pequeños canales de agua que regaban áreas sembradas de hojas de pastos, que con un poco de imaginación se convertían en grandes haciendas con ricas plantaciones, o trazando zigzagueantes rutas en las barrancas del lecho del río, por donde circulaban mis autos que había cuidadosamente labrado en la blanda madera de callacaz, mi rebaño había crecido, no se cuanto, porque las matemáticas no asomaban todavía por mis conocimientos. Entre verdes matorrales, pequeños causes de ríos saturados de rampantes camarones, juguetones sapos y ranas por doquier, acompañado por mis blancas amigas, y mi fiel perro, aprendí mis primeras lecciones de economía. Tenía mi propio mundo, mi casa entretejida en un árbol, juguetes de madera, que había elaborado con un cuchillo que me llevé de casa, donde destacaban los autos, y una que otra arma, hasta una bien surtida bodega de alimentos como habas, maíz, camotes papas y uno que otro huevo, que hábilmente me las ingeniaba para obtener de las chacras vecinas. En lo mas profundo del denso bosque, allá, donde la agresividad humana desaparece, y el hombre entra en la mas pura comunión con la naturaleza, ahí donde se aprende a escuchar el silencio, ahí donde se aprende a ser grande sin haber crecido, es ahí donde aprendí a amar esos verdes campos.


100 Cuando mi hermano José me acompañaba, jugábamos hasta altas horas de la noche, sin saber que en un pueblo de humildes campesinos, donde las leyendas de fantasmas, espíritus, aparecidos, y brujas, eran parte no solo del folklore del lugar, sino también de sus creencias cotidianas reales, interpretaban nuestras voces como la de duendes, que jugaban en las noches, y los lugareños evitaban pasar por esos paisajes, por temor a esos mitológicos seres, que según ellos, eran niños que morían si haber sido bautizados. El río comenzó nuevamente a aumentar su caudal y el agua adquiría su ya conocido color marrón, era el verano y con él volvía la cantina, los boteros y la vida divertida con los turistas, así pasé dos recordados veranos, lleno de diversiones y travesuras, de las cuales pasaré a contar algunas. Mis fantasías aventureras, comienzan a convertirse en ideas, quería emular a mis héroes, los boteros. Porque no podría ser yo también un gran botero que navegaba cruzando las aguas del río?, pasaba horas sentado mirando como ellos lo hacían, como remaban, como podían trasladar la gente de un lado a otro, me parecía fantástico, en mi concepto, era muy fácil, ya sabía lo suficiente, era todo un experto, así que decidí emprender mi travesía. Total según mis cálculos, era cuestión de soltar el bote, y cuando estuviera en el ángulo adecuado darle un empujón, dejando que el impulso de la corriente lo lleve hasta la otra orilla, pero necesitaba mas fuerza, había que buscar un hombre muy fuerte, dentro la dimensión de mi mente, mi hermano José era muy fuerte, era mayor que yo en cuatro años, estaba cerca de cumplir los diez, y cada vez que peleábamos me demostró su fortaleza con las soberanas palizas que me daba, era cuestión de convencerlo. La idea le entusiasmó, después de llegar a un acuerdo, de cómo lo haríamos, al día siguiente, aprovechamos después, que el último pasajero pasó, y


101 como siempre los botes quedaron firmemente amarrados en un pequeño arroyuelo, comenzamos la ejecución de nuestro plan, armado con matemática precisión, soltamos el último bote, yo me puse a la proa, como un heroico capitán, cuando llegara a la otra orilla, debería saltar con la soga y atarla a un árbol, que ya habíamos elegido, cuando la embarcación comenzó a girar, grité. - Ahora, empuja. Los ojos casi salen de sus órbitas, cuando vi el bote girar sobre si mismo, y lentamente comienza a ser arrastrado por la corriente del riachuelo hacia el cause principal. En que había fallado mi plan?, si había cuidado hasta el último detalle, cuando vi a mi hermano correr por la orilla horrorizado, gritando como un loco, encontré la respuesta, estaba muy lejos de ser el Forzudo que yo creía, por el contrario era un enclenque niño como yo, el supuesto empujón inicial si bien es cierto que lo hizo con todo su esfuerzo, el bote ni se dio por enterado, y ahí estaba yo sentado sobre esa pequeña embarcación, que era arrastrado como un juguete hacia el torrentoso caudal. Con la energía que llevábamos, nos introdujimos en medio de la fuerte corriente principal, el pequeño bote, se mueve, se hamaca, baila, encima de las ondulaciones de la corriente, yo tratando de mantener el equilibrio en la proa, vano intento, porque rápidamente fui a dar al piso, entre rebote y rebote, provocados por la agitación de los movimientos, podía ver a mi hermano, gesticulando desesperadamente, corriendo por la orilla, mientras mi embarcación aumentaba su velocidad poco a poco, En su desbocada carrera se estaba acercando rápidamente hacia un mar embravecido, que me tomaría en un abrazo mortal, y me engulliría entre sus gigantescas olas, no había escapatoria posible, sentí que había llegado mi fin, ahogado junto a las maderas destrozadas de mi bote. Por momentos el pánico me invadía, en otros extrañamente me serenaba, pensaba en mis ovejas, en lo


102 que mi madre diría cuando no volviera a casa, en el dueño del bote, cuando llegara en la mañana y no lo encontrara, pero ignorantemente me portaba muy valiente, creo que en esencia dentro mis conocimientos del momento no entendía exactamente la dimensión de lo que me esperaba cuando revolcado por las olas, el bote sería destrozado junto con mi frágil cuerpo, por lo tanto el temor que tenía era relativo. Pienso que estaba llegando a mi resignación cuando escuché los desesperados gritos de mi hermano Salta, salta . El río hacía una curva antes de recorrer su tramo final, y mi embarcación guiada por la inercia de la velocidad que traía, fue a dar con la proa contra los bancos de arena que formaban la costa, mientras giraba en si misma para seguir su mortífera ruta, yo salté hacia fuera, mi hermano me tomó de la mano y de un tirón brusco, me llevó hacia tierra firme. Preocupados e intrigados, a la mañana siguiente los boteros organizaban grupos de búsqueda en su afán de encontrar la embarcación perdida, sin dejar de culpar al que la ató la tarde anterior, quien no podía explicarse como se soltó, nosotros, con nuestros “inocentes” rostros, simulábamos al igual que los demás nuestra mas profunda congoja, y colaborábamos con la búsqueda. Era medio día, cuando llegó un mozuelo a caballo, tiró al piso un paquete de maderas quebradas, diciendo. - Don Juan, mire esto, es lo que queda de su bote. Uno de los equipos de búsqueda, habían encontrado restos destrozados del bote que habían sido arrojados por el mar, después de su encuentro con las bravas olas. Años después se construirá aguas arriba un puente, que comunicaría ambas orillas del río, desapareciendo en forma definitiva tan pintorescas costumbres, arrastradas por las corrientes de la historia.


103 Pasaron algunos meses, aprovechando que el río ya no tenía tanto caudal, llegaron trabajadores equipados de palas y carretillas, la emprendían contra la arena que por el avance de las aguas, habían dejado la carretera cubierta, en su afán de volverla a dejar transitable, me pasaba el tiempo mirando como la despejaban, fascinado por el ir y venir de esas cosas con una rueda adelante, que los peones empujaban. - Que lindo sería tener una de esas cosas, para poder jugar en nuestro balneario privado. José me miró, después de vencer sus dudas, murmuró. - Mira, no hay nadie. El guardián se había retirado a cenar, era nuestro momento, tomamos una, y con titánicos esfuerzos arrastrándola por medio de los matorrales, llegamos hasta nuestro preciado lugar de juegos, era un claro del monte, donde una pendiente terminaba en una fosa de agua, sin entender la dimensión de nuestros actos, ni siquiera suponer que estábamos cometiendo un delito, nos hicimos de un novedoso juguete. Al día siguiente, el pueblo era un pandemonio de chismes y persecuciones, los alrededor de mil habitantes se convirtieron en detectives, quienes especulaban sobre la naturaleza de los ladrones, desde avezados profesionales venidos de otros pueblos, hasta los místicos duendes, que ellos escuchaban jugar en las noches en medio del monte, y que no eran otros que nosotros cuando nos divertíamos, u organizábamos nuestras excursiones nocturnas en dirección a la higueras o granadas del huerto de don José loco, pintoresco personaje, mezcla de mendigo, soñador, loco y trovador, mientras con guitarra en mano cantaba a los cuatro vientos las coplas producto de su propia autoría. Nosotros silenciosamente dábamos cuenta de los ricos frutos de sus árboles. Se organizaron búsquedas, por los alrededores, incluyendo nuestro monte, nosotros no escondimos la carretilla, tiempo después entendí que no la habían


104 encontrado porque la gente tenía miedo entrar a ese sitio, y fue así como tuvimos este juguete hasta que por la humedad y la arena solo la rueda nos quedó, la llevamos finalmente a casa con el cuento que lo habíamos encontrado, semienterrado en la ladera del barranco. En el pueblo, mis travesuras eran diferentes, estaba lejos de las huertas de frutales que siempre habían sido mi fuente de golosinas, pero había otras, hasta que un domingo por la tarde, único día que tenía unas horas libres, emprendí una solitaria incursión hacia la que creí que sería mi nueva fuente de frutas, la huerta del tío Humberto, la había venido observando desde hace unos días. La tarea no era fácil, el huerto lucía sus granadas guayabas e higos, deliciosamente maduros, colgando de las ramas, pero, entre él y yo estaba el manantial, un cauce de agua de poco mas de tres metros de ancho, y una profundidad suficientemente grande para devorar mi estatura de seis años de edad, ese si era un problema. Había visto en el río como los niños mayores nadaban, tomaban impulso corrían y elásticamente se lanzaban con las manos estiradas hacia delante, para resurgir de las aguas varios metros mas allá, era muy fácil, ¿Por qué no lo podría hacer yo? Total cuando sacara la cabeza del agua ya estaría en la otra orilla. Me quité las ropas, calculé la distancia, retrocedí unos metros, y en un acto de arrojo y coraje tomé impulso, y después de una rápida carrera me lancé al agua, tarde descubrí que no sabía nadar, tampoco como saltar horizontalmente, total lo que hice fue un grotesco salto vertical, caí parado en el centro del canal, era tragado por el agua, no recuerdo exactamente que pasó, me sentía flotar en el vacío, sin ningún intento de salvarme en una entrega total en los brazos de la muerte, gozaba de una gran paz y tranquilidad, no sentía miedo, solo la oscuridad que me rodeaba. Después de un tiempo cuando desperté, estaba en los brazos de mi tío, el propietario de la huerta, quien intrigado al ver como hacía mis planes, se ocultó, quería


105 saber como resolvía el problema, felizmente esa sabia decisión salvó mi vida. Los días siguieron pasando, cruzo los seis años, por supuesto esto lo sé porque lo escucho por ahí o mis hermanos me lo hacen saber, las fiestas de cumpleaños nunca existieron. La voz imperativa de mi hermano, me indica el inicio de una nueva etapa de mi vida. - Ricardo ya va a cumplir siete años, ya es tiempo que ayudes en la plantación de arroz. El viejo mira al niño, se compadece, se estremece al ver como una criatura tan pequeña, tiene que emprender una tarea tan dura, entiende como es que el campo envejece el espíritu, cuando aún el cuerpo es tierno, es el momento cuando esa inconmensurable presión, aplasta el temperamento, o despierta la rebeldía, creo que es cuando en alguna forma los seres humanos, comienzan a marcar el camino de su futuro, el viejo piensa –Dios mío, que lejos están los derechos del niño-. Mientras el viejo sigue pensando una contradicción se cruza en sus ideas, recuerda que en sus tiempos, siempre estuvo ocupado, no existió momento alguno para pensar en la maldad, en los vicios, ni nada que pudiera menguar sus buenas hábitos y costumbres, su energía y su iniciativa la canalizaba en el trabajo, y en sus inocentes travesuras, los antiguos justificaban este permanente que hacer, con un viejo refrán, “La ociosidad es la madre de todos los vicios” y ahora me pregunto, los niños modernos, que hacen con su tiempos libres, sus energías juveniles, y sus espíritus de aventura? Dentro de la limitación de sus conocimientos psicológicos, y sin pretender ser un maestro, el viejo cree, que los adultos, éticamente, no podemos, ni tenemos el derecho de cuestionar esa conducta zafada de nuestros jóvenes, ni los vicios, que penetran en nuestras juventudes, destruyendo futuros, ilusiones


106 sueños, y convirtiéndoles en robots, en un sistema laboral y social, completamente esquematizado y dogmatizado. Hemos reducido las horas de estudio de ocho horas a cuatro, hemos facilitado la ejecución de las tareas escolares que cada vez son menos con la ayuda de las computadoras, les impedimos trabajar porque son “menores”, entonces cabría preguntarse que pueden hacer ellos con su tiempo libre, en ese espacio, principalmente de la pubertad y la adolescencia?. Y así fue como a partir del día siguiente, este pequeño ser humano, con seis años y cuatro meses, inicia sus labores como sembrador de esa tan codiciada plantita, que era la base fundamental de la economía de nuestro pueblo, hasta llegar a convertirme en un experto en la materia, que años adelante, se convertiría en la fuente de la financiación de mis estudios Mi rutina cambió, ya no habría un verano en el río, no juegos fantasiosos, no cantina, no boteros, la cantina seguía existiendo, mi mamá seguía cocinando sus tortillas y chupes, pero yo ya no estaba ahí, al medio día mi hermana equipada con unas viandas, llegaba a la chacra con nuestros almuerzos, que devorábamos ansiosos. Y una vez mas “El bolega” cruzaba el pueblo con su majada, pero esta vez en la otra dirección, no iba al río, iba a la chacra, los primeros días tuve que pedir ayuda, me era imposible reorientar el instinto de los animales, que siempre luchaban por ir al río, pero con el tiempo tomaron el nuevo hábito y me fue mas fácil conducirlas. En un enorme pastizal salvaje, rodeado de tupidos montes de sauces y chilcas, donde cientos de aves montaraces, como palomas, pajaritos, ruiseñores, golondrinas y una serie de rapaces hacían sus nidos, y por las tardes llegaban volando en grandes bandadas que se hamacaban ondulantemente, siguiendo los vaivenes del viento, y en cada ondulación matizaban sus colores con tonos plateados, que producían sus plumas al sentir el reflejo de la luz del sol que en ese momento ya marcaba un


107 ángulo muy pronunciado, en los estertores de la tarde, hasta que esos lindos bichos, después dar unas cuantas vueltas en un simulacro de alta demostración de vuelo sincronizado, desparecían en la seguridad que les daba el espeso ramaje. A los ojos ajenos el espectáculo, era un regalo de la naturaleza, un inconmensurable despliegue de belleza, matizado por la sincronización de sus movimientos, pero para los agricultores, era una eterna pesadilla, y siempre estaban buscando formas ingeniosas de exterminarlos, desde cacerías con viejas escopetas, hasta envenenamientos masivos, pasando por diferentes tipos de trampas, y no es que fueran insensible a la belleza del momento, sino que era mas fuerte el dolor cuando veían sus cosechas fuertemente diezmadas por el apetito de esas voraces criaturas voladoras. Pude entender completamente ese punto de vista tres meses después, cuando el arroz comenzó a llenar sus espigas con los incipientes granos, y mi tarea cambió, ahora me levantaba a las cinco de la mañana, antes que el sol apuntara sus rayos hacia la tierra, y equipado con mi honda, en cuyo manejo ya era un experto, una lata vacía, y un mazo de madera, enrumbaba mis pasos hacia los arrozales, y como un loco caminaba por los alrededores, gritando a toda voz, masacrando a golpes, la lata, y no precisamente para producir música, sino el suficiente ruido, para lograr que esos bichos que despertaban y salían hambrientos de sus nidos, no se posaran a alimentarse con los ya ricos granos, y cuando lo hacían tomaba mi honda, y haciendo alarde de mi habilidad, a pedrada limpia los sacaba huyendo. Pasada las siete, llegaba mi hermana llevando mi desayuno, el que recibía muy feliz, porque el mate dulce era en una botella, es decir el doble, y mi porción de pan aumentaba en una mitad como premio por madrugar, le cedía el turno por una hora mas, que es lo que todavía duraba la embestida de los pájaros, mientras yo me dirigía


108 a otra zona del campo para iniciar nuevamente con mis tareas cotidianas. Volviendo al eje de mi narración de la cual me había alejado seducido por la belleza de las aves, a las cinco de la tarde, terminaba mi labor de sembrador, corría al pasto al encuentro con mis ovejas, las que no se movían del lugar todo el día porque había tomado la precaución de atar con la soga a la madrina, al sentirse libres, corrían al canal a embotarse de agua antes de iniciar el camino de retorno a casa, La época de siembra llegaba a su fin, nos quedábamos un poco mas tarde, había que terminar dentro de la temporada, llegaba a mis ovejas cuando las primeras sombras mensajeras de la noche comenzaban a invadir el pastizal, al verlas, un tremendo miedo me invadió, sentí que el cuerpo se me helaba, los pelos me parecían flotar en la cabeza, las piernas incontroladamente me comenzaron a temblar, dos “atroces” “fieras”, trataban de penetrar en la majada, que en una medida de protección se habían acurrucado haciendo una formación circular compacta. Quedé petrificado, estaba quizá en el primer conflicto serio de mi vida, salir huyendo o luchar por la vida de mis fieles amigas, mi imaginación ya miraba un futuro con un montón de pedazos de ovejas desparramadas sangrantes tiñendo todo el pasto, y mi destino?, también pensaba en la forma que esos “enormes” animales me atacarían y como destrozarían mi cuerpo, trataba de gritar, pero mi garganta se negaba a producir ruido alguno, cuando pude me senté a una prudente distancia de “las fieras” y las ovejas, en la quietud de la tarde, y la penumbra que produce el conflicto del atardecer cuando la luz se niega a ser desplazada por la oscuridad, formábamos una escena digna de figurar en un revista de safaris. Cuando recuperé la circulación de la sangre, y supongo el color de mis mejillas, tomé mi decisión, lucharía, no creo que la idea de mi madre era criar un


109 héroe, pero ahí estaba yo a punto de convertirme en uno, miré los animales, el tamaño real era como el de unos perros de mediana estatura, pero no se parecían a perros, en algún momento había escuchado decir que por esos montes existían zorros, entonces en voz alta intentando darme coraje y usando mi característica media lengua, en voz alta dije. - Selán pelos o selán zolas. Tradúzcase eso como “Serán perros o serán zorras”. Los zorros costeños, son la variedad mas grande que viven en esa zona, y para mí, con un poquito mas de un metro de estatura, me resultaban unos gigantescos y peligrosos rivales, tomé un palo que encontré por ahí, y valientemente me encaminé gritando hacia ellos, con la esperanza que huyeran, pero, los dos animales, lejos de huir, desafiantemente se pararon frente a mí, enderezaban sus largas orejas, que los hacía parecer mas grandes, y estiraban su puntiagudo hocico, como olfateando el aire, en mi fantasiosa y heroica lucha, suponía que intentaban atacarme, me invadió una crisis de valor, y el héroe retrocedía no muy dignamente que digamos. Otra vez en el punto de partida, sin saber que hacer frente a tan fenomenales rivales, al sentarme, las piedras que llevaba en el bolsillo, me incomodaron haciéndome recordar de mi honda, era mi oportunidad, ya que en su manejo era un experto, me rearmé de coraje, me acerqué hacia ellos, y haciendo alarde de mi puntería, en una digna emulación de aquel bíblico David, derrumbando el león que atacó su majada, mientras gritaba, la emprendí a pedradas con mis fieras, por fin el tercer o cuarto tiro dio en la cabeza de una de ellos, y dándose vuelta emprendieron la fuga, había ganado mi primer batalla. No se porqué, si por miedo, o para no despertar temores en mi familia, no me atreví a contar a nadie lo que me había sucedido, y no fue por modestia, ese concepto aún no lo conocía.


110 Al tercer día, al salir a la calle, los chicos corrían a mi alrededor, gritándome en forma burlesca. - “sela zola sela pelo” Apelativo que me acompañó un buen tiempo en el pueblo. Me había convertido en el notición, todo el día anterior había sido la comidilla de los comentarios en las reuniones de las viejas y viejos conventilleros. Después me enteré, que nuestro buen vecino don Raúl, casualmente pasaba por el lugar, cuando yo comenzaba mi enfrentamiento con los zorros, él sabía que esos animales eran inofensivos para las personas, y que el máximo daño que producían era robarse por ahí alguna que otra ave de corral, en su forma de ver las cosas, yo no corría ningún peligro, pero era divertida la seriedad con que yo tomaba la defensa de mis animales. Se sentó, ligeramente oculto, y fue testigo de toda la escena, le sorprendió mi reacción, y cuando terminó, silenciosamente, riendo para si mismo se retiró sigilosamente, y por la noche, cuando los mayores se reunían a tertuliar en la única sala de billar, contó mi “heroica” pelea a todo aquel que estuviera dispuesto a escucharlo. Después de esta fugaz fama, nuevamente a los trabajos del campo, no sé porque, pero los zorros nunca mas se cruzaron en mi camino, quizá, porque después de ese incidente siempre andaba acompañado de mi fiel perro negro, me sentía mas seguro. Los arrozales crecían, ahora las plantas me llegaban hasta casi la cintura, había que desyerbar, mi primer día con el agua, hasta las rodillas, cada agachada a arrancar desde sus raíces a cualquier planta que no era arroz, era un castigo martirizante, y al caminar, las hojas del arroz, como pequeños serruchos, laceraban mis canillas, por fin llegó el medio día y con él mi hermana con el almuerzo, mi imagen debe haber sido tan triste, que hasta el curtido corazón de mi hermano se apiadó, al ver mi


111 cara llena de arañazos, y mis piernas sangrantes, me mandó descansar esa tarde. El verano estaba llegando a su final, el río aún con su delta expandido, pero, sus aguas comenzaban a aclararse, después de nuestro consabido desayuno, mi hermano me indica que ese día me iba a ayudar, porque llevaríamos mi majada al río, yo rebozaba de felicidad, por fin volvería a mis andadas, a mis antiguos refugios de juego, volverían los días de mi independencia, al poco rato descubrí cuan equivocado estaba. Al llegar al borde del río, nos detuvimos en una pequeña explanada, en la parte superior del barranco, mirando como en ese inmenso delta, los torrentes de agua iban desapareciendo, los arbustos aún no llenaban de ese típico color verde el paisaje, era una bien matizada planicie, con recientes brotes verdes tratando de abrirse paso entre el barro, y la hierba muerta que dejó el caudal que hace apenas unos días se había extinguido. Un señor se acerca, observa mi majada que en ese momento ya era grande, le entrega un paquete de dinero a mi hermano, separa un cordero macho y dos hembras, va atando las demás con una soga a la reata (*) de un asno, no entiendo nada, cuando de pronto arrea el burro, y este comienza a puro remolque a llevarse a rastras mis ovejas, me abrazo a ellas, con mi débil fuerza trato de retenerlas, por un tramo yo también soy arrastrado, hasta que un fuerte tirón de mi hermano va dar con mi cuerpo sobre la arena, me retiene sujetándome de un brazo, yo lloro, grito, imploro, pero todo es en vano. Esa es quizá la escena mas dolorosa de esa época, que guardo escondida como un tesoro en algún escondrijo de mi memoria, me veo corriendo por la orilla, llorando como un poseído, y gritando a mis animales por su nombre, mientras por allá mi majada se va alejando, sus balidos de terror, que para mí eran de despedida se difunden poco a poco en el aire, hasta dejar de sonar, y sus imágenes se van perdiendo en el horizonte.


112 Quizá resulte difícil entender la profundidad de mi sufrimiento, pero es que me crié con ellas, crecí con ellas, fueron mis compañeras de juegos y aventuras, en mi salvaje aislamiento, eran mis amigas, cada nacimiento yo lo celebraba, con la ayuda de mis hermanos, los bautizaba con el nombre que coincidía con el almanaque, conocía una por una, por sus nombres, sus cualidades, y hasta conversaba con ellas, eran mi mundo, y ahora se iban para siempre. Aunque siempre las consideré mi propiedad, en ese momento no sentí eso, ni siquiera me di cuenta, no me interesaba el valor, solo entendía que eran ellas las únicas compañeras que yo tenía en mi siempre peregrinaje solitario, era el único consuelo en mis costumbres y vida de ermitaño. Cuando gritando frenéticamente enfrenté a mi hermano, exigiéndole una explicación, su lacónica respuesta me dejó estupefacto. - La próxima semana comienzas el colegio, y no vas a poder cuidar tus ovejas, por eso te dejo solo esta tres.


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CAPITULO V LAS NOCHES DE HISTORIAS VIEJAS “YO ME HE CRIADO EN EL CAMPO RANCHO REBAÑO Y MAIZAL CON NOCHES DE HISTORIAS VIEJAS Y MAÑANAS DE CRISTAL”

Atahualpa Yupanqui Esta vez el viejo, quiere divertirse, escuchar música, se siente identificado con la letra de las canciones de Atahualpa Yupanqui, del cual es un ferviente admirador, pone un CD, y se comienza arrullar con esas letras, y esa forma de cantarlas, media canción, medio poema, lo invitan a meditar. Una vez mas sus recuerdos lo llevan años atrás, en una época que la electricidad no existía, ni la televisión, la radio recién comenzaba, solo había una en el pueblo, que se prendía a las seis de la tarde para escuchar la novela, y se apagaba a las siete, para conservar la batería, entre sonidos, ronquidos y ronroneos, había que tener un oído muy fino para entender los que las ondas hertzianas nos traían. Lo mas entretenido para ellos, eran las noches de luna llena, en el verano, cuando los vecinos echados sobre la arena, tratando de mitigar el fuerte calor, se concentraban en las narraciones de fantasmas, brujas, duendes, sirenas y apariciones, sin dejar en algunas oportunidades de despellejar algún pobre vecino, que tuvo la mala suerte de caer en esas lenguas viperinas. El viejo, recuerda el miedo que esas historias le provocaban, pero la curiosidad era mas fuerte, cuando don Clemente contaba sus historias de


114 su larga vida de arriero, recorriendo con sus mulas por territorios peruanos Bolivianos y Argentinos, matizaba sus narraciones con el ataque de bandas de bandidos, o el de fieras, con las historias de ricos tesoros enterrados, y que habían permitido que algunos personajes se enriquecieron, al encontrarlos, y otros aún esperando que algún afortunado los descubra. Ubaldo se destapaba con un fervor mitómano con las historias de brujas, y un sin número de encuentros que él había tenido en sus correrías nocturnas con estos personajes, socios del averno, y su transformación en animales, no sabe el viejo si convencido de lo que contaba, o con un instinto maligno, siempre victimizaba a una señora vecina, en sus narraciones, convirtiéndola en una bruja, fue tal la persecución que hizo sobre la pobre mujer, y el convencimiento del pueblo, que ella con toda su familia tuvo que irse para nunca volver. El viejo, se imagina a Don Atahualpa, por esas tierras tucumanas, de raíces peruanas, viviendo las mismas historias, eso de las mañanas de cristal, solo lo logra entender cuando al amanecer, en medio de las pampas argentinas, el sol al salir comienza a reflejarse en el rocío, y sus rayos, convierten a esas humildes gotas de agua, en brillantes perlas de cristal. El tiempo le hace un juego a mis recuerdos, los hechos en ese periodo se me cruzan en una franca disputa por antecederse, al no poderlos organizar cronológicamente, los contaré como mi memoria los presenta. Mi madre para lograr un poco de ayuda de sus cuñados, mis tíos, ensillaba su burro blanco, y arriba los dos hijos menores, el penúltimo vivía con el tío Marcial en la Punta, yo era el mayor de los dos, Moisés el último, tenía dos años, iba adelante, yo atrás, agarrado fuertemente de sus caderas, completaba el grupo el burro pardo, halado con una soga, y en esa formación india sobre ambos


115 jumentos ingresábamos al pueblo, en su visita a los parientes. Llegamos a una casa donde dos mujeres la esperaban, después de un breve intercambio de saludos, escuché a mi madre decir - Te quedas con la abuela hasta que yo vuelva. Vaya, esto si que es una sorpresa, un concepto nuevo, una abuela, yo no había conocido ninguna, sabía mas o menos lo que eso representaba. Había escuchado a mis amigos hablar de sus abuelas, pero la presencia de esta mujer puso en duda mis conceptos, era diferente, no se parecía a nosotros, no parecía familia, me miró con ternura, y me dijo. - Ven hijito, vamos a tomar desayuno. Me quedé mirándola, tratando de explicarme a mi mismo, era una mujer alta, con un rostro blanco, donde destacaban dos impresionantes ojos celestes, una mirada seria, sus pelos largos ondulados y encanecidos, caían formando dos largas trenzas por los costados de la cara, a pesar de sus creo mas de ochenta años, se portaba bastante juvenil, sus arrugas no se me ocurrían muy graves, parece que entendió mi asombro, y dedicándome una sonrisa, me llevó a la mesa, donde un huevo frito con pan me esperaba. - No te acuerdas de mi porque eras pequeñito, pero yo ya te conocía, yo soy tu abuelita Saturnina. Soy la mamá de tu papá. Un poco mas tranquilo, me pasé el día, jugueteando y disfrutando con el engreimiento de ella, con melcochas y otros tipos de golosinas, sentía un amor que para mí era una novedad me sentía importante, en ese mundo de adultos conformado por ella y la tía Eloisa, que no tenía hijos, y parecían haberme adoptado. Cuando por la tarde mi madre llegó ya con mi sitio dispuesto en el lomo de asno, mi primera reacción fue. - Yo me quiero quedar A lo que mi abuela me ayudó - Déjalo con nosotros cuando vuelvas, te lo llevas.


116 Después de hacer unos minutos de simulada resistencia, mi madre accedió, y emprendió el retorno con los dos burros cargados. Esa noche conocí la felicidad y creo que conocí el calor de una familia, aprendí a disfrutar un grupo familiar, aunque pequeño pero dulce, podía competir con mis amigos, yo también tenía abuela, pero algo faltaba, sin poder contenerme, le lancé la pregunta a la abuela. -Y mi abuelito, donde está?. No imaginé que la inocencia de mi pregunta, calara tan profundo en su mente, su rostro se ensombreció, sus ojos denotaron una inmensa tristeza, sus recuerdos parece que atropelladamente querían salir, la nostalgia se convirtió en silencio, el silencio en sufrimiento, me contagió su tristeza, cuando esos inmensos ojos celestes se humedecieron, me miró, vio en mi carita la tristeza que ella me había contagiado, creo que se sintió culpable, entonces, haciendo un esfuerzo, esbozó una amplia sonrisa, me sentó en su falda, sacó de su bolsillo un caramelo, al dármelo la escuché decir. - Ya es tarde, ahora nos vamos a dormir, mañana te cuento de tu abuelito. Me tomó entre sus brazos, y luego de acurrucarme en una linda cama, me quedé dormido. A la mañana siguiente, después de un rico desayuno, la acompañé al mercado, y luego jugueteando por la calle, fuimos a visitar a varios tíos, eran diferentes a mi padre, todos me recibieron con mucho cariño, al medio día volvía por esas mismas calles empedradas, con una buena provisión de golosinas, producto de los obsequios. Almorzamos, dormí una larga siesta, era evidente que estaba cansado del caminar de la mañana, luego de completar la tarde con una exhaustiva exploración de la casa, cenamos. Al terminar, me acordé del día anterior, y sin darle reposo, le dije. - Abuelita, me ibas a contar de mi abuelito. Se quedó callada, parece que estaba escarbando en los rincones de su mente, y tratando de conjugarlo en


117 un idioma comprensible para mi temprana edad, y como saliendo de su mundo subconsciente, comenzó a narrarme un poco de su historia. No recuerdo exactamente, donde me dijo que nació, me parece que Mollebaya, mientras llegaba a la juventud en ese pintoresco pueblo, el país vivía un clima de completa anarquía, terminada la guerra del pacífico, no había autoridades, los montoneros, guerrilleros que habían combatido la ocupación chilena, habían convertido la región en pequeños feudos, gobernado por cada uno de ellos. Mi abuelo Mariano, era un mozalbete durante la estadía de los chilenos, junto a sus amigos de la zona de Puquina y la Capilla, organizó una montonera, un grupo de mas de una veintena de jóvenes, vivían entre matorrales en las altas sierras, siempre pendientes de las patrullas del ejército chileno. Cuando estas aparecían las atacaban, las diezmaban y desparecían, mientras otros grupos de agricultores rebuscaban entre las pajas de sus techos, donde habían dejado escondidos sus fusiles, atacaban por la noche, volvían los fusiles a su mismo escondite, y durante el día siguiente eran mansos campesinos, agachados sumisamente en sus tareas cotidianas del campo, saludando respetuosamente a los soldados cuando pasaban cerca. Es así como nace el prestigio de los montoneros arequipeños, quienes valientemente, crean su fama de héroes desconocidos, patriotas anónimos, luchadores por la independencia de nuestro suelo, y que hasta el día de hoy han quedado inmortalizados, en las canciones y en las tradiciones populares. El tratado de Ancón pone fin a esa triste y sangrienta guerra, los pueblos festejan con algarabía el acontecimiento, pero las autoridades no existen, unas habían sido derrocadas por el ejército invasor, otras huyeron, y otras fueron asesinadas, el desgobierno imperaba por el territorio patrio, no existía control alguno.


118 Mi abuelo Mariano con su grupo armado toma el control del pueblo y algunos pueblos aledaños, es una mezcla de ejército, autoridad, y pandillaje, mientras en los pueblos vecinos sucede lo mismo, son feudos gobernados por esos resquicios de la guerra, en su ansia de poder, y demostración de fuerza, se establecen rencillas y pequeñas batallas entre ellos, dejando en muchas ocasiones mas de un muerto y como consecuencia una sed de venganza en el grupo afectado, que solo hace que el odio aumente, y siga produciendo víctimas. Organizan excursiones en territorios vecinos, en actitudes de soberbia de poder, y ciertamente pandillaje, es así como llegan a Mollebaya, donde la abuela con su piel blanca y sus ojos celestes, dueña de una belleza muy singular, destacaba como una joya arrojada en medio de un desierto de pedruscos, y por supuesto no pudo pasar desapercibida para esa banda invasora, y sin ningún miramiento, fue secuestrada y llevada por ellos a los pagos de Puquina. Por un tiempo que va mas allá de los esfuerzos de su memoria, permanece junto al hombre que la secuestró, se convierten en pareja, pero cuando ya está en un avanzado estado de embarazo, siente constantemente el peligro que acecha como consecuencia de esos problemas vecinales, y una oscura noche decide huir, camina acompañada de unos amigos, y logra llegar sin ser capturada hasta su pueblo, donde cree encontrará la paz y la tranquilidad que ella necesita para tener su vástago. Al paso de algunos días los gritos de un pequeño que hacía el rol de vigía, atemoriza a la población, un grupo de hombres armados dirigidos por el abuelo Mariano, montados en briosos caballos, aparecen por el límite del pueblo, ellos van con fusil a riestra, y buscan desesperados por la casa, por el pueblo, por el campo, el hombre se para sobre un montículo armado con mazorcas de maíz, se tira el poncho al hombro, y desde ese lugar ligeramente mas alto, reparte órdenes a diestra y siniestra, no puede creer lo que le dicen que ella no ha venido, se


119 cansa, se sienta, se para, mira hacia el horizonte, trata de deducir por donde andará su prenda querida, pero el jamás imaginó que ella estaba debajo de él, exactamente envuelta en una mantas enterrada precisamente en ese montículo de mazorcas, donde sus familiares la habían escondido. Al llegar la tarde, el grupo armado convencido que ella no estaba en el pueblo se retira, sin antes proferir un sin número de amenazas a quienes oculten a esa joya, ahora portadora de su hijo, y con la promesa que volverán nuevamente. Días después nace mi padre, en ese terruño incrustado en las serranías arequipeñas. Todo era felicidad, un nuevo ser iluminaba la casa, pero como una espada de Damocles, la amenaza del retorno, colgaba sobre sus cabezas, ella decide poner tierra de por medio, y acompañada de algunos parientes, a la grupa de un burro, inicia su peregrinaje al valle de Tambo, allí comienza la crianza de mi padre, pronto ella conoce a otro hombre, y después de un breve romance, se casan e inician una nueva vida, con el producto de cinco hijos nuevos, donde mi padre era el mayor y el único que no era hermano de padre y madre. A esta altura de la narración, mis ojos se cerraban por el sueño, la abuela me llevó a cama, acarició mi pelo y con un beso en la frente me dijo. - Mañana, te seguiré contando mi historia. Al día siguiente volvía a mi casa en la Curva, con la ilusión de volver a verla, gozar de sus golosinas, y deleitarme con su cuento, pero nunca hubo ese mañana, pocos días, ella falleció, solo dejó en mí su imagen, y el cuento de su vida, su muerte marcó el inicio de un periodo fatídicos en la familia, a los pocos meses murió la tía Eloisa, y meses después mi hermana Aurora, en el mismo pueblo, y en la misma casa. Yo sé que ella quería trasmitirme algo, no sé si era conciente que yo a mi corta edad la entendería, pero, era la necesidad que tenía de expresarse de algo que nunca había hablado, era su afán de dejar su testimonio de vida,


120 de la cual ya le quedaba muy poco, ella lo sabía, fue muy profundo lo que me trasmitió y la forma como lo hizo, parecía querer gravarlo en mi memoria, para que yo algún día lo contara, si esa fue su intención, perdóname abuela, aunque sea un poco tarde lo estoy haciendo. Por esos meses, mi hermana Aurora la mas linda de todas –según dice mi madre- que vivía en Arequipa, estaba en la flor de su vida tenía veinte años, estaba de novia, unos días antes, en casa se había realizado una gran fiesta, para celebrar la pedida de mano estaba el novio y sus padres, un lindo corderito de mi majada, había hecho los honores a la mesa convertido en un rico y sabroso seco de cordero, que los presentes deleitaron acompañado Con arroz y frijoles, se acordaron las fechas para el cambio de aros y matrimonio, era un gran acontecimiento. Pero eso no estaba en su destino, cual no sería nuestro asombro y estupor, cuando mi madre envuelta en una mar de lágrimas, y con frases muy entrecortadas, como que su garganta se negaba a trasmitir la noticia, superando la pena que le desgarraba el corazón, nos dice que mi hermana Aurora estaba muy enferma, tenía un mal en la cabeza, creo que meningitis, y que en opinión de los médicos, le quedaba solo unos días de vida, pero ella quería morir en su lindo valle, donde aprendió a vivir, donde tenía los seres que la amaban, pocos días después fallecía cuando recién comenzaba vivir su juventud. Fue un tremendo golpe para mi madre, a pesar de mi corto entendimiento, sentí su dolor, su aislamiento de nosotros, creo que nunca la olvidó, y mientras mi hermana se alejaba hacia el mas allá, en un camino sin retorno, mi madre en un culto silencioso, iniciaba su endiosamiento, y en su deseo de no querer dejarla partir, cada día que pasaba nos la recordaba, cada vez mas perfecta, y creo que fue siempre su hija predilecta y su compañera, hasta el día de su muerte. El sepelio se realizó en la Punta, era el único cementerio que existía en los alrededores, solo quedamos en la casa los niños, los adultos estaban todos organizando


121 el velorio, al paso del primer bus de la punta a Mollendo, un pasajero nos deja un papel con un mensaje, que gentilmente Valentín lo leyó, eran las instrucciones para que lleváramos dos ovejas, para mitigar el hambre del medio pueblo que estaba reunido en el velorio, ni modo manos a la obra. Yo montado en el burro blanco, y José empujando desde atrás llegábamos a media mañana, arrastrando un par de esos bellos animales, que convertidos en humeantes caldos blancos, alimentaron a ese grupo de dolientes, que por la forma que comieron, creo que mas que dolientes, eran hambrientos. Me acerqué al ataúd abierto, miré a mi hermana, no la recordaba viva, porque se había ido a vivir a Arequipa, muy joven, miré su rostro, un temblor me recorrió todo, me sorprendió la palidez de su cara y sus manos cruzadas sobre el cuerpo envuelto en un largo traje blanco, creo era el traje de novia, estaba frente a la muerte, la miraba, pero no la entendía, era la primera vez que estaba frente a un cadáver, me invadió una sensación de miedo, salí, y me pasé el día por los alrededores, tratando de no volver a entrar. No recuerdo ni como dormí, solo sé que al amanecer, lo primero que hice fue correr a ver el ataúd, no sé que esperaba ver, creo que la idea de la ausencia no la había asimilado y tenía la esperanza que ella se levantara, pero estaba ahí tan fría, amarilla, indiferente, dormía en paz, en esencia, creo que eso era la muerte. Mientras el ataúd seguido por muchas personas, inicia su camino al cementerio, nosotros iniciábamos el retorno a casa, me estremezco cuando escuchó decir a Víctor dirigiéndose a mí. - Tú te vas a la Curva en el tragaleguas, y tu José en el caballo de don Adrián. El “Tragaleguas”, era un viejo caballo alazán jubilado del ejército, que por su enorme estatura había sido bautizado con ese nombre, yo andaba por los siete años, pero lo mas alto que había subido en mis aventuras de


122 equitación era el lomo de mis ovejas, y de los cuales en mas de una ocasión terminé estrellado en el suelo, y ahora debería cabalgar esa enorme bestia, no tuve tiempo de darme suficiente coraje, cuando me sentí volando, y aterrizando en el lomo de ese noble bruto, mientras mi hermano me decía. - No te preocupes, este lerdo animal nunca galopa, te llevará caminando a un lento paso hasta la casa. Ese argumento mucho no me convencía, pero no me quedaba alternativa, así que armándome de resignación inicié mi primer aventura de equitación, todo iba como lo previsto, un cansino y aburrido paso, me permitía pensar despreocupadamente en mis ideas infantiles, y en la cercanía del inicio de un nuevo año escolar, del cual yo formaría parte. Un brusco sacudón me devolvió a la realidad, mi enorme montura, rompiendo todos sus esquemas y cánones, al ver que mi hermano iniciaba el galope en su caballo, al sentirse cerca de casa, creo sintió su orgullo herido, y para compensarlo, no vio mejor forma que romper en un imprevisto galope, sin tener en cuenta mi inexperiencia en el tema. Cada salto que daba era impulsado por los aires, según mi óptica a muchos metros de altura, para caer sobre alguna de mis nalgas, las que se turnaban en recibir el golpe, y soportar mi aterrada figura, que luchaba por mantener el poco equilibrio que le quedaba, en mi desesperación, lo único que atiné fue a gritar. - Me mata, me mata, me mata Cuando en uno de esos retornos del “espacio”, ya no encontré debajo de mí el filudo lomo de mi cabalgadura, solo quedaba el vacío, un enorme y profundo vacío, por el cual me desplazaba al inevitable encuentro con el suelo, mientras gritaba. - Me mató Fue mi último grito antes de mirar un destello, cuando el peso de mi cuerpo doblaba mis muñecas, y mi cabeza se incrustaba en el piso felizmente arenoso, al


123 quedar semiinconsciente. No recuerdo como fui levantado, solo recuerdo el momento que estaba frente al serio rostro de don Román el huesero del pueblo, que hacía las funciones de traumatólogo, me pasaba las manos por todo mi cuerpo, y finalmente sentenció. - Tiene las dos muñecas dislocadas. En un habilísimo movimiento, culminando con un tirón, los huesos volvieron a su sitio, para luego ser vendados, y esperar su completa curación. Es muy interesante recordar la forma de supervivencia que en esa época teníamos y como con tan limitados recursos podíamos llegar a enfrentar la vejes, aunque debo reconocer que muchos se quedaban en el camino. Nuestro “plantel médico”, estaba integrado por: Don Román, el huesero Doña Alejandra, la partera Doña Eleonora, la curandera Don Francisco, el chamán Por supuesto las enfermedades de la época eran mas sencillas, y fáciles de pronunciar, no existían las actuales, con esos científicos e impronunciables nombres, y es evidente que si alguna de ellas existió, no fue reconocida, y se llevó con ella a algunos sencillos ciudadanos a la tumba, en la firme creencia que era víctima de alguna brujería, o maleficio. Si alguien se rompía un hueso, o se dislocaba, o quedaba doblado después de haber hecho una fuerza en mala posición, ahí estaba don Román, hombre alto, de tez blanca, fornido, fuerte, parecía un sobreviviente de los grandes gladiadores, con sus ágiles dedos, recorría la zona afectada, ya sea el brazo, la columna, o las piernas, y después de su autoritario diagnóstico, comenzaba el tratamiento. Le cruzará los brazos, y colocándose él en la parte posterior, lo alza en vilo, sacudiéndolo fuertemente, sus huesos sonarán como una tostadora, repite la operación tres veces, lo recostará en la mesa, tomará una barra de


124 azufre, con la que recorrerá la espalada, mientras la barra, va crujiendo y quebrándose, en un especie de explosión, en las zonas donde explotó, le aplicará unas ventosas para sacarle el frío, pone una moneda de un sol, y encima de ella una bolita de algodón impregnada de alcohol, prende fuego y antes de que termine de quemarse, lo cubre con un vaso, la piel comienza a inflarse dentro del vaso, y él va recorriendo toda la espalda con él, se supone que por ahí le está extrayendo todo el frío que tomó. Aplica por acá o por allá algunos emplastos, y para completar la curación, frota fuertemente toda la espalda con un alcohol alcanforado que tiene en un frasco, donde en el fondo reposan una o mas serpientes con un respetable tiempo de maceración, Finalmente Con unas vendas, lo envuelve fuertemente, y a su casa, con un poco mas o menos de variación, de acuerdo a la enfermedad, este era el tipo normal de curación. Si algún niño, o joven, perdía el apetito, o se comenzaba a adelgazar, o estaba constipado, o algún otro tipo de mal, ahí estaba doña Leonora, una vieja mas fea que la maldad, vivía en una casa muy humilde, y siempre con las ventanas cerradas, al sentir el olor rancio de las velas, como consecuencia del encierro, y lo lúgubre del lugar por la escasa iluminación, de las ventanas siempre cerradas, entrar ahí, creo que el susto de por sí ya nos curaba, su diagnostico siempre era el mismo, “Está ojeado”, o “esta empachado”. Para el empacho, tomaba un rosario, rezaba algunas oraciones entre dientes, que nadie entendía, pasaba un huevo por la frente del enfermo, lo rompía sobre un lavatorio con agua, miraba la distribución sobre el agua, tomaba una cinta, le rezaba algo, y medía su distancia hacia el paciente, volvía a medir unas tres veces, y listo ya estaba curado. Si el diagnostico, era “ojeado”, le ponía la mano en la frente, en la otra su sucio rosario, y una vez mas entre dientes, rezaba, creo que un rosario completo, se persignaba en mas de una ocasión, para terminar


125 poniéndole una cinta roja en la muñeca, y asunto concluido, ya estaba curado. Si el mal era mas grave entonces había que llamar a don Francisco, una mezcla de chamán, y curandero, Un señor de pelo negro, y largo, anormal para la época, que vivía solo, en medio de la chacra lejos del pueblo, cerca del fiscal, en una vida ermitaña, y a veces hasta de anacoreta, se encerraba en su humilde vivienda, en sus largas sesiones de meditación, orando, haciendo ayuno, y tomando sus mates de San Pedro (*), según él, para comunicarse con los espíritus del mas allá. Su presencia en el pueblo, era altamente notoria, por el temor que despertaba, con su vestimenta totalmente descuidada y estrafalaria, un poncho rojo a rayas, todo deshilachado, el pelo desgreñado y sucio, parecía un predecesor de nuestros modernos hippies, la mochila de coca colgada a su costado, sobre el sobaco, y la botella de cañazo colgando sobre el otro lado, y si alguien no lo veía, igual a la distancia lo descubriría por el olor que despedía, ya que creo que, su religión, si la tenía, no le permitía bañarse. Llegaba, miraba al paciente, se sentaba, sacaba su calaverita, que siempre traía en su bolsa, la ponía a su costado, le encendía unas velas, y comenzaba su ritual, a hacer algún baile medio chamánico, invocaba a Dios fervientemente, y permanentemente tomaba un trago de la botella que trajo consigo, a mi entender creo que era un macerado de San pedro, y después de un trago de cañazo que evidentemente le costaba trabajo tragar a través de una boca repleta de coca a medio masticar, mientras martirizaba a los presentes con su penetrante, rancio y achivado olor, emitía su diagnostico, el cual siempre tenía tres versiones: Ya está curado Está agarrado por la tierra o Le han hecho daño. En la primera versión el caso quedaba concluido.


126 En la segunda versión, se supone que el paciente a sufrido un gran susto, una caída, entonces la tierra lo atrapó, lo cual debe interpretarse, que el alma se desprendió del cuerpo y quedó atrapada en ese lugar, por lo tanto la curación es “llamarlo”, trayendo nuevamente el alma a su cuerpo, ceremonia que normalmente se hacía esa misma noche. Minutos antes de las doce de la noche, la comitiva integrada por el chamán, y dos adultos mas, equipada, con una bondadosa ración de coca, una botella de cañazo, una ave de corral que generalmente era un gallo, y una muda de ropa que el paciente hubiera usado recientemente, o de preferencia si tenía la ropa con la cual sufrió el accidente, se encaminaba al lugar donde según su sabiduría estaba su alma retenida. Llegados al sitio, se sentaban en un círculo, el chamán oraba, no sé que oraciones, mientras todos se narcotizaban, y mistificaban la escena, masticando la coca, a la cual el agregaban, la llucta (*), para que esa alucinógena hoja desprenda sus alcaloides hacia la saliva, cuando ya estaban completamente compenetrados con el acto, ceremoniosamente se paraban, hacían un pozo no de mucha profundidad en el centro, rendían tributo a la tierra, echando en el pozo un poco de coca, un poco de cañazo, luego al pobre gallo le cortaban la cabeza, rociaban toda su sangre por el entorno del pozo mientras el chamán seguía rezando, finalmente tiraban el animal al pozo y lo enterraban, los presentes comenzaban a llamar a viva voz, al paciente por su nombre, en una santa invocación para que el alma vuelva, luego todos, sin dejar de llamarlo, arrastrando las ropas del enfermo inician el retorno a casa, hasta llegar a la cama del enfermo y ponerla junto a él. Como diría un terco gallego, “Creer o reventar coño”, pero lo cierto es que con estos arcaicos métodos, un alto porcentaje de los pacientes reaccionaba y se sanaban, y aquel que no lo hacía, era mejor que comenzara a encomendar su alma al gran hacedor del universo, porque era tanta la fe que tenían en estas curaciones que solo


127 recurrían a la ciencia médica en el hospital de Mollendo, cuando ya estaban en artículo mortis. Sobre el otro aspecto de la curación chamánica, no quiero darle mucha importancia, porque básicamente se centraba en la parte lucrativa del chamán, él siempre daba como por sentado que el enfermo había sido víctima de un maleficio que alguien que lo envidiaba u odiaba, había encargado a algún brujo que le hiciera daño, y el por supuesto, tenía el poder de curarlo, pero esto significaba un pago, que se incrementaba, si incluía devolver el daño, y los métodos de curación eran tan variados, que en pro de no quitarle el dinamismo a esta narración los vamos a evitar. El caso de doña Alejandra, era muy diferente una vieja matrona, que tenía mucha experiencia, porque desde joven, había sido asistente de la anterior matrona, dentro de sus limitaciones, siempre cuidó las condiciones higiénica, haciendo hervir en agua, todos los elementos que ella usaba, lo que si creo siempre escapó de sus conocimientos, era cuando los partos se presentaban anormales, como supongo fetos cruzados, sentados, o con el cordón envuelto en el cuello, eso solo explicaría que en el periodo que yo recuerdo, la señora de don Eulogio, falleció en el momento del parto, y si mi memoria es confiable, creo que algo parecido sucedió con la señora Pola. La modernidad comienza a llegar al pueblo, Alfonso un residente de la Punta, que había emigrado a la capital, donde evidentemente tuvo bastante éxito, regresa al valle a hacer lo que para nosotros fue la mas importante inversión, instalaría un ingenio arrocero es decir una planta que nos permitiera a todos los residentes recurrir ahí para hacer pelar nuestras cosechas de arroz. Comienzan las excavaciones en la ladera del cerro de Guardiola para las bases y el patio de las áreas de secado, y cual no sería la sorpresa, cuando surgen de la tierra, un gran cantidad de tumbas preincaicas, con momias, perfectamente conservadas, todas envueltas en


128 telas, ubicadas en una posición fetal, rodeadas de vasijas llenas de semillas de maíz, molle, algunas papas secas, y una serie de artefactos de uso diario. Con las momias, aparece la historia de los gentiles, se supone que los antiguos habitantes de la zona, fueron informados por un místico personaje, que el sol saldría tan fuerte que les quemaría la piel, y por temor a eso, nuestros antiguos, se entierran en las tumbas, esperando que el sol pase, pero mueren asfixiados, en una supuesta confirmación de esto, muchas de las momias están con la boca abierta, en un aparente gesto de asfixia. El folklore del lugar le agrega que la historia dice que cuando las momias vuelvan a ver la luz, será el fin del mundo, el miedo se apodera de los niños del pueblo, asustados y alarmados, con esas historias, fueron unos días de pesadilla, en las noches, dormíamos debajo de las camas, no salíamos solos, y no me cabe duda, que esta leyenda aterró a mas de un adulto. El viejo, mira al mozalbete, que quiere comenzar a contar una nueva historia, Cuidado es lo único que se le ocurre pensar, ten cuidado con lo que dices, en un mundo donde las ocupaciones físicas han saturado la mente humana, los conceptos no entendidos por ellos, suenan como escenas mitológicas o leyendas, que van mas allá de su comprensión, terminando en convertir al relator, en lo que ellos creen que es un fraude, o una invención, pero el viejo sabe que ese mozalbete no va ceder, porque lo que vivió es una verdad, aunque pareciera increíble así fue. Dentro del entender profesional del viejo, y como ingeniero que es, ha pasado gran parte de su vida tratando de entender esos fenómenos, que van mas allá de cualquier capacidad lógica, y que abiertamente desafían cualquier concepto científico, ha dedicado cientos de horas, ha incursionado en estudios metafísicos, y muchas ciencias colaterales, pero creo que nunca pudo llegar ni siquiera a las cercanías de una explicación lógica, por eso


129 frustradamente se irá a la tumba, aceptando el consolador concepto filosófico, que la verdadera ciencia, está en buscar la verdad, no en encontrarla. Las dos historias que a continuación voy a relatar, las he meditado mucho antes de escribirlas, porque se encierran en conceptos metafísicos difíciles de entender, y que rozan con el mas allá, sacándonos de todo entendimiento lógico, para poderlas aceptar se necesita una mente muy abierta, con una enorme capacidad de entendimiento, y si no las creen, lo sabré entender, pero quiero decirles que como las cuento realmente es como sucedió La primera de ellas, quedó solamente en mí, porque yo solamente la viví, y no la conté por el temor que se burlaran, pero en el segundo caso, hubo testigos externos, que observaron las escenas, que confirmaron los hechos, y antes de escribir estas líneas he consultado con mi hermano Víctor, quien a sus ochenta y cinco años luce una clara memoria, Lo invité a narrarla como la recuerda y una vez mas ratificó lo que les voy a contar, que ha decir verdad, sino me hubieran pasado, creo que yo mismo dudaría de su veracidad. Como ya saben, como siempre en mi rutina diaria, todas las tardes, retornaba con mis ovejas cuando el sol ya comenzaba su lacónica despedida, lo que debo agregar es que constantemente me encontraba en ese trayecto de retorno, con don Adrián, personaje al cual ya he dedicado algunas líneas, y que en cierta forma estaba muy ligado a mi familia, ya que vivía solo, se pensionaba en casa, y pasaba muchas horas entre nosotros, en algunas oportunidades pretendía asumir la función del padre que no teníamos. El encuentro siempre era muy ligero, y tradicionalmente, no pasaba mas allá de “buenas tardes don Adrián”, y una breve respuesta “Buenas tardes chico”, y cada uno seguía su rutina, él en su caballo, y yo con mis ovejas, definitivamente ese saludo protocolar, era como un ukase (*) de parte de mi madre, porque la única vez que lo


130 omití, ese regordete viejo, se quejó con ella, y yo en retribución ligué un soberano chicotazo, por malcriado. Esa tarde como siempre, al salir del colegio envié mis cuadernos con mi hermano, e inicié mi alocada carrera hacia el campo, no recuerdo la época pero deduzco que debe haber sido en medio del invierno, porque la noche nos cubría muy rápidamente, me pasé un buen rato entretenido viendo como dos machos de mi majada, se enfrentaban en una titánica pelea, dándose de cabezazos con tal fuerza que el estruendo llegaba a unos cuantos cientos de metros de distancia, días después pude ver como en una pelea uno de ellos caía muerto supongo que con un gran trauma cerebral, lo que sí estoy seguro fue un trauma para mí, poder llevar a casa el cadáver, felizmente tuve ayuda, y el pánico a la paliza de mi madre, no pasó mas allá de una fuerte reprimenda. Como había pasado una infinidad de veces, por ahí llegaba don Adrián, al cruzarnos me miró, noté en su cara un cierto malestar, lo saludé como siempre, no me contestó solo noté una mirada de reproche, insistí y repetí mi saludo, en la creencia que no había escuchado y el temor que le reportara a mi madre mi malcriadez, me volvió a mirar y sin emitir palabra alguna, se dio la vuelta y continuó su camino, hasta perderse en dirección a su casa. Esta escena, de anormal no tenía nada, se había repetido infinidad de veces, seguí el trayecto que me quedaba, tan pronto divisé mi casa, lo que vi si que era anormal, una gran cantidad de gente vestida de negro, entraban y salían, con sus rostros compungidos, y una actitud de solemne aceptación, y arrepentimiento, ya había visto anteriormente cuadros parecidos a ese, indudablemente se trataba de un velorio, pero quien era el muerto?. Dejé mi majada y tan rápido como pude, corrí al centro del velorio, y al ataúd, al ver la cara del muerto, las piernas me temblaron, quise gritar, pero no lograba emitir sonido alguno, cuando por fin mis piernas me obedecieron, salí corriendo ante la sorprendente mirada de los


131 presentes, quienes interpretaban que mi reacción obedecía al cariño que profesaba al difunto, que equivocados estaban, me refugié bajo el cobijo de una higuera, temblando y llorando, y puedo asegurarles que esa reacción no era para menos, el muerto era don Adrián, quien esa mañana había fallecido en el hospital de Mollendo víctima de un infarto, pero como es que yo lo vi. en la chacra apenas hace unos minutos?. Por temor a hacer el ridículo, y que la gente se riera de mí, o me considerara loco, esta historia la dejé guardada en el baúl del olvido, solamente cuando los años, comenzaron e teñir de blanco mi pelo, me he atrevido a sacarla de ese rincón donde estaba muy escondida. Y como dirían nuestros cantantes criollos, cuando están envueltos en el calor de la fiesta gozando de la alegría de la música, sinergizada por los vahos del alcohol, “y se viene la segunda” Pleno verano, estábamos de vacaciones, debo haber estado alrededor de los once años, mi hermano José en los quince, al día siguiente Víctor tendría que trabajar con su yunta (*) un poco lejos de nuestra chacra, tan pronto terminamos de almorzar, nos encargó la tarea de ir con el burro bien emparejado a la chacra que teníamos alquilada debajo del barranco, cerca del manantial, cargar en ese jumento unos fardos de chala de maíz y traerla al lugar donde iba a trabajar al día siguiente, para alimentar los bueyes. El calor era abrazador, a nuestros planes le habíamos hecho un pequeño cambio, tendríamos tiempo de dejar nuestro transporte atado, darnos una escapada al manantial, gozar de un buen chapuzón, y refrescarnos un poco, nos acompañaba Miguel, un chiquillo de mi misma edad, que se nos unió en el trayecto. Llegamos a ese cauce de agua, dejamos desparramada nuestras ropas en medio de los matorrales, y a divertirse se dijo, en medio de bromas y zambullidas, nos pasamos mas de una hora, al declinar un poco el calor, salimos a cumplir con nuestra tarea.


132 Caminábamos por el pastizal, bordeando un pequeño bosque de arbustos de chilca y colas de caballo, cuando algo chocó fuertemente en mis pantorrillas, al mirar hacia atrás era un tomate que alguien me había arrojado, increpé a los dos que venían caminando detrás mío, ninguno aceptó su culpabilidad, cuando al darnos vuelta, otro tomatazo a mi hermano, y así comenzó un concierto de tomatazos, dábamos la vuelta a la derecha, los tomates venían de la izquierda, mirábamos hacia la izquierda, los tomatazos venían de la derecha, nuestro amigo, haciendo caso a un viejo refrán muy popular en mi tierra “Patitas para que te quiero”, salió disparado a toda velocidad hacia su casa, pero nosotros teníamos un deber que cumplir, y hasta ese momento, creo que era mas soportable en dolor de los tomatazos, que el castigo que se nos vendría encima. La cosa comenzó complicarse, cuando los tomates fueron reemplazados por piedras, es cuando optamos por salir hacia una parte mas alta, donde los bosques no existían, una planicie con algunas pequeñas plantas aisladas, ahí era imposible que un ser humano por mas pequeño que sea, se podría ocultar, ya que hasta ese momento aún cultivábamos la idea que algunas personas escondidas, podrían estar tirando las piedras de diferentes direcciones. Nos sentamos en medio de esa planicie, con una muy buena visión panorámica, espalda contra espalda, para descubrir si alguna persona aparecía, pero nuestro susto se incrementó, cuando vimos salir las piedras detrás de esas pequeñas plantitas, y venir directamente hacia nosotros, eso sí que superó nuestro coraje, y el miedo al castigo, y siguiendo el ejemplo de nuestro amigo, emprendimos una no muy valiente retirada, en nuestra carrera y sin mirar hacia atrás subimos el barranco y llegamos en medio de un gran rastrojo, preparado para una nueva siembra totalmente plano, sin nada a la vista, donde nos sentimos seguros, nos sentamos, nuevamente contra las espaldas, mientras José miraba en dirección de donde


133 Víctor vendría, yo miraba en la dirección de donde habíamos venido, un poco mas allá a unos cincuenta metros, don Mariano estaba ocupado, ordeñando su vaca, nos había visto venir pero no nos prestó mucha atención y continuó con su tarea. Miraba el amplio rastrojo, mientras pensaba como convenceríamos a mi hermano, de lo que nos había pasado, y que él no lo atribuyera a nuestra ociosidad, me distraía mirando una piedra de unos diez centímetros de diámetro en medio de la planicie, cuando en un momento, sin que mediara imagen alguna, la piedra como impulsada por una fuerza magnética, se eleva y comienza a levitar, luego, después de unos segundos de indecisión, inicia su vuelo directamente hacia nosotros, para venir a estrellarse a menos de un metro de distancia de donde estábamos refugiados, era una imagen aterradora, ver ese elemento volar solo. No salía de mi asombro, no sabía nada de lo que estaba pasando, cuando veo a don Mariano, llegar corriendo hacia nosotros, se pone delante de mí, se arrodilla, se persigna, y comienza a rezar una serie de oraciones, eso me dio mucha tranquilidad, porque las piedras dejaron de llover, y porque una persona totalmente ajena a los hechos, que no sabía absolutamente lo que nos estaba pasando, también vio volar la piedra, por lo tanto yo no estaba loco, ni eso había sido producto de mi imaginación. A la llegada de Víctor fue don Mariano el encargado de explicarle, ese parasicológico fenómeno, juntos regresamos al punto donde todo se había iniciado, recolectamos los tomates que aún permanecían tirados, hicieron una pira de leña, y rezando en forma de ritual los quemaron, sin poder contestar algunas elementales preguntas como de donde vinieron los tomates, si por ningún campo vecino había plantaciones. Por supuesto que llegado don Mariano al pueblo, fue la noticia que conmocionó a todo el cotorrerío, y permaneció en primer plano en el periódico oral, que todas


134 las noches alimentaban las viejas, en sus reuniones chismográficas, tiradas a la luz de la luna en la arena después de haber escuchado y comentado a su antojo la radionovela Ace, en la única radio que había en el pueblo, propiedad del panadero Toranzo


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CAPITUL0 VI EN EL CAMINO DEL SABER “EDUCAR NO ES DAR UNA CARRERA PARA VIVIR SINO TEMPLAR EL ALMA PARA LAS DIFICULTADES DE LA VIDA” Pitágoras El viejo se despierta, está ansioso, quiere ver al niño hoy es su primer día de clase, comienza un nuevo sendero en la formación de su vida, tiene que aprender a enfrentar un aprendizaje directo, no existe el jardín escolar, ni el aprestamiento, ni nada que se asemeje a ello, las madres de la época se dedicaban al cuidado y crianza de ellos, no tenían que trabajar, ni estaban obligadas al aporte de la mitad de la subsistencia, en conclusión no estaban obligadas a buscar donde dejar al nene a su mas temprana edad, para poder ellas gozar de su libertad. El niño tenía siete años y medio, nunca había pisado una escuela, el sistema educativo establecía que para poder inicial el ciclo de estudios, el alumno tenía que tener siete años cumplidos, el ciclo primario comprendía, transición, primero, segundo, tercero, cuarto y quinto año. Aparece el niño, en el manto de sus recuerdos, camina asustado, hacia su nueva prisión, el viejo piensa, “pobrecito, si supiera que está a punto de iniciar el mas largo y difícil camino de su vida”, se pasará la mitad preparándose para vivir la otra mitad. Llegó el día, a las ocho de la mañana, el viejo, deja a su imaginación, hacer una mirada retrospectiva en el espejo de los recuerdos, ve parado


136 frente a él, la gallarda figura del niño, con una estatura que apenas despegaba del metro, una camisa marrón militar, sobreviviente de cuando asistió a las primeras clases su hermano mayor, solo tenía dos parches en los codos y unos pequeños remiendos en el cuello, tiesamente almidonada, y endurecida con esa plancha a carbón, parecida a una vieja locomotora, un corto pantalón recuerdo de su tío Ricardo que le había enviado de la capital, dejaba expuestas sus rodillas, coloradas por las constantes frotadas con piedra pómez (*) que su madre les había hecho, tratando en un vano esfuerzo se sacar la mugre acumulada tanto tiempo sin lavarlas, los dedos de los pies lucían orgullosamente su lozanía, creciendo libremente en diferentes direcciones con la libertad de quienes nunca habían conocido la presión de un calzado, las uñas en un color gris, luchaban por su supervivencia con los invasores hongos, que habían hecho de ellas su cómoda morada. Luciendo como un gran estudiante, colgada al hombro la bolsa de dos compartimientos que mi madre me había hecho, rompiendo una vieja camisa de mi hermano Jesús, donde había puesto mi infaltable ración de maíz, un lápiz, un cuaderno y una goma de borrar, Lucía simpáticamente un peinado, con una limpia y recta raya al lado derecho, y un pulcro corte de pelo que mi hermano Jesús me hizo en sus primeros pininos de su vocación de peluquero, oficio que sería la ocupación de su futuro, así completamente equipado, y con la frente en alto, encaminé mis pasos hacia el colegio, era mi primer día de clase. Habían dos colegios en el pueblo, uno para mujeres y el otro para hombres, en ambos se estudiaba hasta tercer grado de primaria, pero, como en el de hombres no estaban terminadas las reparaciones en el salón de principiantes, temporalmente nos asignaron al colegio de mujeres. A la puerta, una muy linda señora, de unos treinta a cuarenta años, vestida elegantemente, nos recibía con una


137 amplia y simpática sonrisa de bienvenida, era doña Clemencia, que además de ser la directora y profesora, era la esposa de uno se los señores mas importantes del pueblo, su receptividad y su ternura me dieron las seguridad que yo necesitaba para enclaustrarme dentro de esas cuatro paredes. Cuando a la orden de ella, nos agrupamos en el patio posterior jamás había visto tantos niños juntos, eso me asustaba, no estaba acostumbrado a tanta gente ni tenía una conducta social para soportarlos, mi mente seguía divagando allá por los montes, esperaba con ansia la hora de salida mientras doña Clemencia hacía sus mayores esfuerzos en enseñarnos los palotes, que nunca me salían rectos, y los círculos que nunca me salían redondos, cuando la campana sonaba, salía yo despedido como proyectil de esa educada prisión. Al tercer o cuarto día, estaba yo concentrado fraguando la forma de evadirme de esa carcel y ocultarme en los bosques que tanto amaba, cuando la voz de la profesora me sacó de mi ensueño, cuando dijo- Queridos alumnos, les presento a su nueva compañerita, su familia acaba de mudarse al pueblo, se llama Irene. Al levantar la vista, parada frente a mí estaba ella, con su vestidito blanco, pulcramente limpio, con una faldita que se despegaba como una campana, sus mediecitas blancas, cubiertas por un lindo par de zapatos rojos, su pelo negro, dividido en dos trenzas atadas con cintas rojas, que hacían destacar la piel blanca de una linda cara, mis ojos quedaron narcotizados con tanta belleza, no miraba en ella una mujercita, era un angelito bajado del mismo cielo, era un regalo de Dios. Desde ese momento, perdí la tranquilidad, mis noches eran siempre luchar con su imagen, un sentimiento completamente desconocido se filtró en mi vida, no lo entendía, pero hacía que la felicidad me invada cada día que solo soñaba con llegar al colegio lo mas temprano posible. Al verla mi infantil corazón comenzaba a palpitar


138 locamente, desde mi carpeta cada vez que doña Clemencia se descuidaba mis ojos se dirigían a ella en románticas y furtivas miradas. Hasta que llegó el gran día, mi vida ermitaña en los bosques, había creado en mí unos modales salvajes y medio trogloditas, mi dicción era peor, no había aprendido a hablar bien, y mi vocabulario era incomprensible para mis compañeros, ellos me marginaban, en los recreos. Siempre estaba solo, separado de los demás, sentado en un banco, en el rincón del patio, comía mi maíz tostado, cuando la vi., se separó del grupo y caminaba hacia mí, mis ojos no creían lo que miraban, mi corazón entró en una descontrolada agitación, mi cuerpo comenzó a temblar cuando ella llegó me miró, se sentó a mi costado y silenciosamente comenzó a compartir conmigo su merienda. Cada vez que recuerdo ese periodo de mi temprana edad, me quedo admirado de aprender como dos criaturas tan tiernas, tan inocentes, pueden desarrollar un amor tan intenso, tan sano, tan lejos de perjuicios o poses sociales, creo que ese es el verdadero amor, sin ninguna influencia externa, sin ningún interés, con la pureza que solo puede dar la inocencia que se tiene antes que el mundo o la sociedad la manche. Los días fueron pasando, entre palotes, círculos con patitas, palitos con sombrero, y un sinfín de artilugios que la dulce doña Clemencia empleaba para meter en nuestro vírgenes cerebros el alfabeto, nosotros felices siempre juntos, nos sentábamos juntos, y compartíamos nuestras tímidas miradas, y meriendas. Ella pulcramente vestida, y yo con mis ropas, casi siempre herencia de mi hermano mayor, cubiertas de remiendos y parches, pero como decía mi madre, “No importa cuantos remiendos tengas, lo importante es que estén limpios”, hacíamos una estampa literaria de la dama y el mendigo. Después de un tiempo, que para mí fue un periodo de felicidad, pero según los almanaques fueron solo tres meses, las reparaciones del colegio de varones terminaron,


139 y tuve que abandonar esas aulas, y con ello, también dejé de verla para siempre, pero mi amor no murió, como una ironía del destino. Años después, cuando estaba en la culminación de mi carrera de ingeniería, una tarde revisando la lista de los concurrentes a un evento que habíamos organizado, estaba ella, revisé su ficha, si era ella, estaba terminando una carrera, creo de biología, a pesar de los casi dieciocho años que habían pasado mi corazón nuevamente palpitó, cuando decidí ir a su encuentro, ahí estaba con sus mas de veinte y tres años, convertida en una linda chica, dueña de una exuberante belleza, no la reconocí, pero la sentí, ella me miró, y a pesar que estaba acompañada de su novio, me miró intensamente, creo que en alguna forma sintió mi presencia, aunque tampoco me reconoció, después de cruzar nuestras miradas, y decirnos un simple “Hola”, nos perdimos el uno para el otro, en la inmensidad del tiempo, pero ese lindo recuerdo nunca se perderá de mi memoria. El nuevo colegio, estaba ubicado en la ladera del cerro, en el paraje que los lugareños llamaban Guardiola, sus casas eran las mejores del pueblo con paredes de madera y techos de chapa de metal, ese es el barrio donde realmente nació el pueblo y solamente se extendió en la parte baja, cuando la carretera de trocha hacia Cocachacra se trazó, por la necesidad que creó la aparición de los vehículos motorizados, mi colegio. era una pequeña casa similar a todas las del barrio, tenía tres ambientes, uno era la dirección, otro el aula de transición y primer grado, la otra aula de segundo y tercer grado, no tenía patio, nuestros juegos de recreo se hacían en el cerro, esquivando las laderas y las piedras. Nuevos amigos, nuevas experiencias, nuevos conocimientos que me habrían las puertas hacia un nuevo mundo, el nacimiento de mi sueños mas allá de los límites de mi valle, el agrandamiento de mis fronteras culturales y demográficas, todo eso significaba mi estadía en el colegio. Nuestra profesora, la señorita Hilda, venía todos los días desde Cocachacra, llegaba a primer hora por la


140 mañana y por la tarde se estaba volviendo en el único bus que hacía ese recorrido del valle a Mollendo, era un ómnibus de color rojo y forma de fast back, que por su apariencia le llamábamos la pava, mi profesora, era una guapa mujer de ojos achinados, y bastante joven, todos a su llegada la esperábamos en perfecta formación, y siempre con la ilusión de caerle simpáticos, en cierta forma era nuestra fantasía romántica. Sus narraciones fertilizó mi imaginación, volaba muy lejos, hacia un mundo desconocido, mas allá de mi pueblo hacia un mundo que me esperaba para ser conquistado, me estaba convirtiendo en un aventurero soñador que esperaba encontrar allende los cerros una nueva América, ya los conocimientos comenzaron a contaminar la pureza de mis sueños infantiles, ya las ambiciones comenzaron a despertarse en mí, es cuando comencé a sentir que mi deficiente forma de hablar se convertía en un karma, la vergüenza me invadía cada vez que mi guapa profesora me hacía repetir la tabla de multiplicar del “Ocho”, y yo con mi media lengua comenzaba. - Oto por Uno oto, oto por dos dieciséis …….oto por oto sesenta y cuato. Ante la burla de mis compañeros. O cuando al ver el humo del tren por allá abajo, gritaba “El felocalil”, por supuesto que esto no sería nada alarmante, si no fuera que yo ya estaba por encima de los nueve años. El viejo al ver esa escena sonríe, recuerda como su propia familia lo torturaba por su “media lengua”, recuerda como el profesor Carpio, lo llevaba a los grados superiores a recitar las tablas de multiplicar para demostrarles como un pequeño las podía aprender y ellos que eran mas grandes no lo hacían, pero creo que ellos se reían tanto de su forma de hablar que no prestaban mucha atención a las tablas.. Sonaban nuevos nombres como Lima, Europa, Estados Unidos, etc. Que nunca habían sido parte de mi


141 limitado diccionario de pastor campesino, perdido en su mundo de arbustos pantanos y riachuelos, mi espíritu comenzó a sentir la intranquilidad de la disconformidad, que cierto resultaba ese refrán que dice “El hombre nace sano, pero la sociedad lo corrompe”, creo que a mí me estaba corrompiendo. Creo que este es el momento, que debo dedicar una líneas, a la forma como mi madre nos crió, no es mi objetivo extenderme sobre el tema, solo limitarme a contar algunos párrafos, que por deducción, permitan establecer un perfil, de su personalidad. El viejo a meditado mucho, sobre esas experiencias con su madre, ha pensado si debería permitir que el niño las cuente, cree que quizá induzca al lector a pensar que su madre fue una mala persona, pero eso no es una realidad, cree que simplemente fue víctima de su tiempo, y piensa que debe contarlas, porque si bien es cierto que describe una madre no muy ejemplar, lo hace pensando en lo que afectaron esos actos en la personalidad del niño Mi madre siempre fue dura, extremadamente rígida, ella no conocía el diálogo, en su diccionario, no existía la palabra psicología, su medio de educación siempre fue el castigo, el látigo, la tortura, nunca recuerdo haber recibido de ella una caricia, ni un beso en la mejilla, ni en ningún otro sitio, ni siquiera una palabra de amor, era especialmente cruel conmigo, no salía de sus esquemas mentales, según ella, yo era un rebelde, un malcriado, un inútil, nunca pudo entender que simplemente era diferente, soportaba mis castigos estoicamente, no lloraba, me limitaba a mirarla con odio, y cuando terminaba, me iba a esconder donde ella no me viera, para dar rienda suelta a mi sufrimiento y a mi llanto, no quería darle el placer de gozar con mi dolor.. Debo hacer una pequeña corrección, si hubo una vez que escuché de ella unas palabras de ternura, yo había hecho una travesura, no recuerdo cual, pero debe haber sido grande, porque ella se llenó de una furia incontrolable,


142 me hizo atrapar con mi hermano José, y cuando me tuvo en su poder, descargó toda esa ira en mi indefensa espalda, mientras yo fiel a mi conducta la miraba con todo mi odio contenido, mi silencio la ponía mas furiosa, y los latigazos eran mas fuertes, cuando me liberó, como siempre me fui al rincón mas lejano, a liberar mi llanto, pasadas unas horas, cuando la tarde ya cubría nuestra casa, volví, era la hora de la cena, sentí su mirada piadosa, creo que es la única vez que vi. en ella algo de consternación, y quisiera creer que fue arrepentimiento, cuando vio que mi camisa estaba cubierta de manchas de sangre, producto de las heridas que habían ocasionado su desmedido castigo, pero cuando yo esperaba por lo menos una caricia, o un gesto de amor, solo se limitó a decir, “es que te portaste mal”. No sé donde estarás madre, pero quiero entender que aunque tus métodos fueron crueles, tus intenciones fueron sanas, y según tú buscando nuestro bien, es ese sentimiento es el que quiero guardar en mi mente, quiero justificar tus hechos, reconociendo tu ignorancia, y la forma cruel como fuiste criada. Andaba yo circulando por los ocho años, mi hermano Isaías por los seis, yo ya estaba estudiando mis primeros pasos, él todavía no había iniciado ese camino, siempre me gustaba llevarlo conmigo a traer de vuelta mis ovejas, nos divertíamos, jugábamos mucho, y siempre llegábamos a casa muy entrada la noche, lo cual ya no era motivo de preocupación de mi madre, esto si alguna vez se preocupó, ese día el almuerzo había sido muy frugal, cuando llegué a casa por la tarde, me junté con mi hermano para ir como siempre a buscar las ovejas, el hambre nos torturaba, antes de salir, buscamos por todos los rincones algo de comer, pero el esfuerzo fue en vano, cuando estábamos por desistir, en el fondo del cajón de la mesa mi hermano encontró una moneda de veinte centavos, enterrada en el polvo acumulado en el fondo, estaba oxidada, la tomamos, pero ahí comenzó nuestra duda, si el panadero la aceptaría, y si lo hacía que


143 comprábamos, si sabíamos que no alcanzaba ni para un pan. Bueno, y como decían en mi tierra, “A lo hecho pecho y al por venir valor”, llegamos con nuestra oxidada moneda, y se la presentamos al Chileno, que así lo llamábamos a nuestro panadero, esperando su voluntad a saber que nos daría por ese valor, el hombre comenzó a revisar en las canastas que tenía acumuladas detrás del mostrador, por fin ante la alegría de nuestros ojos, nos entregó dos panes, que por el tono gris que tenían, y su dureza lítica, era evidente que ya tenían muchos días de haber pasado por el horno, y los hongos le cubrían la superficie, pero para nosotros eso no era problema, era cuestión de romper un pedazo, y dejar que la humedad de la saliva lo ablande hasta hacerlo masticable, y así poderlo pasar a nuestro poco exigente estómago. Alegres y jugueteando, con la primer compra que habíamos hecho en nuestras vidas, nos fuimos corriendo, y poco a poco tratando de digerir nuestro duro pan, que con el hambre que teníamos se había convertido en un manjar, todo estaba muy bien, por lo menos así lo creíamos, cuan equivocados estábamos, éramos una de las familias mas pobres del pueblo, no se si la mas pobre, pero por ahí andábamos, nuestros bolsillos jamás habían tenido dinero alguno, eso llamó la atención del panadero, y creyéndose un buen ciudadano, consideró importante informar a mi madre, de nuestra compra, creo que si hubiera sabido las consecuencia de su acto, no lo hubiera hecho. Al día siguiente, Al llegar con las ovejas, nos llamó, nos encerró en un cuarto que hacía las funciones de granero, al poco rato apareció con unas sogas en la mano, nos tomó uno por uno y nos ató con las manos en la espalda, se paró frente a nosotros, se me antojaba que era el mismo demonio, en un tono cruel nos dijo. - Uds. me han robado veinte centavos. Débilmente ensayé una defensa, - No lo hemos robado, nos lo encontramos, y teníamos hambre.


144 Ya era demasiado tarde, ella tiró dos sogas, que pasaron por los palos del tijeral, les hizo dos lazos corredizos, y emulando a los verdugos del lejano oeste, nos las puso por el cuello, haciendo caso omiso, a nuestras súplicas, llantos y promesas, el pánico que nos invadía nunca lo había sentido, gritábamos, suplicábamos ayuda, pero ella en un tono mostrando una total indiferencia, nos dijo. - Uds. Son unos ladrones, y a los ladrones se les ahorca, y eso es lo que voy a hacer ahora con Uds. .Lentamente comenzó a templar las sogas, no le importaba nuestros llantos, ni nuestros gritos de perdón, la soga comenzó a ajustar nuestros cuellos, gritábamos, suplicábamos. Llorábamos, pero ella seguía tensando, en ese momento la puerta salió disparada, Ubaldo, un campesino que trabajaba con nosotros y que vivía en un cuarto en la casa, llegó de su trabajo, y se asustó al escuchar nuestro gritos, no sabiendo que pasaba, hecho la puerta abajo, se quedó tan espantado de la escena que vio, que olvidando que ella era su patrona, a la cual le tenía mucho respeto, porque lo había criado desde chiquillo, se abalanzó como una tromba, al grito de. - Señora que va a hacer. Se tiró sobre ella, haciéndola caer sobre los sacos de semilla de papa, nos sacó las sogas de los cuellos, nos desató las manos y nos sacó del cuarto. No sé hasta donde habría llegado, no creo que nos hubiera ahorcado, pero en dos mentes de ocho y seis años, esas dudas no cabían, había en nosotros la certeza, que seríamos víctimas del cadalso. Han pasado mas de sesenta años, pero nunca pude superar ese trauma, ni mi hermano tampoco, fue una tremenda huella que nos dejó marcados para siempre, este es uno de los traumas que tengo, y que a pesar de mis esfuerzos nunca lo he podido superar. He tratado de entender a mi madre, sé que nunca recibió amor, por eso nunca lo supo dar, le he perdonado, todas sus crueldades, que según ella, eran por mi bien,


145 pero si existe un Dios que me perdone, pero este acto, jamás se lo pude perdonar. Poco a poco, mientras nuevos conocimientos invadían mi cerebro, esta vez ya conducidos por el profesor Carpio, personaje muy especial, al cual dedicaré unas líneas mas adelante, descubrí que mi ilusión estaba creciendo, ya no eran sus fronteras los cerros que limitaban mi valle, ya no era llegar a poseer unas tierras y ser un próspero agricultor, dentro mi minúsculo pueblo, mis ambiciones estaban fuera de ese ambiente, la chacra que antes me causaba alegría se convirtió en un lastre, y yo en el mas reacio, y rebelde de los ocho hermanos que aún vivíamos en la casa materna, eso me condujo poco a poco, a ser el mas marginado del grupo, y a estar solo, mi hermano Isaías que era mi compañero, lo mandaron a vivir con mi tío Marcial, era una forma de ayudar a la economía de la casa. - Eres un inútil, un haragán, cuando seas grande te morirás de hambre. Era siempre el comentario de mi madre, lo que ella nunca entendió que esa vida ya no era mi futuro. Comenzó el mes de julio, comienza una inusual actividad, hay que completar el programa, que nuestro querido profesor Carpio había organizado, el veinte y siete, cuando el sol se oculte y la oscuridad cubra por completo nuestro pueblo, todo nuestro colegio, la iluminará, desfilará acompasadamente con las antorchas (*) que cada uno llevará, con sus velas adentro, y aunque no existe oficialmente un concurso, entre nosotros si, porque cada uno quiere lucir el ingenio de su artesanía. Terminado el desfile de antorchas, todo el pueblo asistirá a la velada, (*) era el espectáculo mas interesante del año, el máximo de las obras teatrales, donde no existía ni el cine ni la televisión, los adultos, y algunos colegiales, tendrían la oportunidad de exteriorizar sus cualidades histriónicas, podrían dar rienda suelta a su vocación de artistas, en conclusión, tendrán sus quince minutos de fama.


146 El profesor Carpio, era el director, el guionista, el productor, y en algunos casos también actor, los ensayos se hacían dos veces por semana, los personajes elegidos dentro de los campesinos o estudiantes, la seriedad de los ensayos de parte de los actores era todo muy ceremonial, mientras algunas señoras colaboraban con la confección de las vestimentas, todo tenía que estar sincronizado para el veinte y siete en la noche. Los estudiantes, armados de las mejores machetes, encaminamos nuestros pasos al monte, en busca de la mejor caña brava, para usarla como base de lo que pretendería ser la mejor antorcha del desfile, y otras mas delgadas para dividirla en tiras, dejarlas secar para armar el esqueleto, luego a la tienda de don Elías para conseguir ese delgado papel de colores, que una vez embadurnado con un poco de engrudo de harina se pegaba a la caña, formando una multicolor figura. Veinte siete de julio, después del desfile de antorchas en el cual mas de la mitad terminaba incendiada, todo el pueblo, hasta los perros, se aglutinaban en el teatro improvisado que se organizaba en el patio del colegio, o en alguna casa de patio grande, era la tradicional velada que todos los años se organizaba, se armaba un escenario, se decoraba pintorescamente, iluminado con lámparas colgantes de colores que habían sido hechas por los pobladores con velas, cañas y papel cometa. Comenzaba la función, era el espectáculo mas importante del año, en una época, que no existían, ni el cine, ni la televisión, ni siquiera electricidad teníamos. La señora Clemencia, con su coro de angelicales alumnas, abría la función cantando el himno nacional, que era acompañado por todos los asistentes, con un saludo militar, parados en la mas solemne postura, rindiendo homenaje a nuestro símbolo patrio. Luego seguían los números teatrales preparados por los alumnos, a mi me tocó hacer de flor, en una actuación mientras una guapa chica hacía se Santa Rosa y regaba las flores, cantábamos a coro, en otra me tocó bailar un fado (*) en compañía de


147 unos compañeros, mientras otros alumnos hacían obras similares, como la barcarola, un nacimiento en vivo y otras simulando algún cuento infantil, después de disfrutar de los acalorados aplausos, nos retiramos a un lugar abrigado, para observar todo el resto del espectáculo. El show de los adultos lo inicia don Alejandro, con un sketch cómico haciendo el papel de chino, para lo cual tenía una habilidad especial, haciendo reír a todos enloquecidamente, luego algunos cantantes acompañados por dos guitarristas venidos del arenal, nos deleitan con un surtido de valses peruanos, mientras las parejas formadas por los jóvenes galanes del pueblo, y las mas simpáticas chicas, bailaban amena y elegantemente, luciendo todo su donaire y picardía en cada revoleo que daban, exhibiendo sus mejores curvas a los apasionados galanes, quienes tampoco se quedaban atrás en sus gestos y movimientos de seducción, el último baile, una hermosa marinera, acompañados por don Joaquín, quien sentado en un cajón, y don Gabriel con un par de cucharas en la mano, le daban ese toque tan alegre y juguetón típico de nuestras costa peruana, y mientras ellos se lucían, las dos parejas que estaban en el escenario, se adornaban con un picaresco galanteo, en una escenificación del ritual del cortejo del gallo y la gallina, ella lucía su mejor movimiento cadencioso y provocativo de caderas, y el correspondía con un guapo, galante y enérgico zapateo. Siguiendo con la función, los diferentes números cómicos, van matizando la noche, dentro de ellos destacó uno en los cuales esos duros y curtidos agricultores disfrazados de mujeres, hacen una espectacular actuación, en una sátira a la participación de las rabonas en nuestros ejércitos libertadores donde ellas siempre formaron una parte muy importante, finalmente, se llevaron una gran ovación del público. En la parte central aparecen los Charros mexicanos, galanes del pueblo y las damas disfrazados al mejor estilo de esos cantantes que por esos tiempos eran muy populares en nuestras tierras, sus actuaciones, sus


148 vestimentas, y sus amplios sombreros adornados con cristales de colores, eran las réplicas de las películas mexicanas, que comenzaban aparecer, inundando nuestros incipientes cines, allá en las grandes ciudades, y que el profesor las había visto en Arequipa, de donde sacó su modelaje. Comienzan con un surtido de rancheras, inspirados creo que en Jorge Negrete tratando de lograr los mejores falsetes, y a todo pulmón, en un escenario donde los micrófonos no existían, pero sus melodías se escuchaban hasta el fondo del patio. Concluyen su actuación, al mejor estilo cinematográfico, desplegando un escenario decorado con barra de bar, mozos, coro de acompañantes, ellas vestidas con sus voladizos vestidos al estilo ranchero, y ellos, con sus trajes multicolores, pistola al cinto, (les había costado meses de trabajo, hacerlas con la blanda madera de sauce, y pintarlas con betún) y con una competencia de coplas románticas, entre hombres y mujeres, donde abundaban los puyasos y retos, para terminar en lo que sería un duelo de pistoleros, se cerraba el telón, se levantaban los “cadáveres” y todos los actores juntos, como en los mejores teatros, salían profesionalmente a saludar al público y a recibir su premio, en un alocado aplauso. El público, cargando las sillas que cada uno había traído de su casa, inicia su ordenada retirada, las viejas tendrán un tema de conversación por los próximos meses. Matizando con críticas y bromas a la actuación de cada uno. Veintiocho de julio, fiestas patrias nacionales, había que honrar a nuestros héroes, que mejor ocasión para ofrecerles nuestro desfile por los casi mil metros de calle de tierra que formaba la única arteria de la Curva, Creo que el verdadero homenaje que yo siento haberles rendido, fue soportar la tortura a la que fui sometido, cuando mi madre apareció con un par de artefactos negros, que según ella eran mis zapatos, pero por la rigidez de sus suelas, lo duro


149 del cuero, y los clavos que sobresalían por doquier, yo miraba en ellos un artefacto medio raro, y desconocido. Mis sospechas se confirmaron, cuando ella trataba en un gran esfuerzo de juntar los dedos de los pies, que toda su vida habían sido independientes, crecido en la dirección que ellos gustaban, con la robustez propia de su soberanía, jamás habían conocido zapato alguno, ahora debían verse comprimidos unos contra otros, era mucho mas de lo que podían soportar, pero, después de media hora de lucha, y de calentar el cuero con agua, buscando un ablandamiento, los logró hacer entrar en esa cavidad oscura, porque así lo pedía el protocolo del desfile militar. Creo que entendí como se sentían los potros salvajes cuando eran ensillados por primera vez, ante el dolor y la presión de las correas, no les queda otra cosa que correr, pero yo no podía ni hacer eso, si apenas estaba aprendiendo a caminar, con esos aparatos que parecían una obra maestra diseñada por el tribunal de la santa inquisición. Con paso gallardo, marchando militarmente, desfilamos orgullosos luciendo nuestro uniforme color militar, y la cabeza cubierta por una cristina (*), si hasta teníamos medias, siguiendo el compás del redoble del tamboril, que encabezaba el desfile, soportando estoicamente el dolor, nuestros tres escuadrones de aproximadamente sesenta miembros que incluía los tres grados de primaria, seguíamos los pasos al caballo negro de don Eleazar, que elegantemente ataviado llevaba en su lomo a mi hermana esperanza, vestida de blanco, con su gorro frigio con su borla caída al costado derecho, y en su mano la imitación de una antorcha, en una muy acertada emulación de la estatua de la libertad. Todo estaba muy lindo, todo el pueblo en la calle nos miraba pasar, y entre aplausos, nos sentíamos tan orgullosos de nosotros mismos, que hasta creo éramos capaces de ganar nuevamente la guerra de la independencia, el caballo brioso, con su paso marchante, era controlado por un muchacho que lo llevaba de las


150 riendas, hasta que un turista venido de Mollendo, en un acto de grandilocuencia, y en su desborde de alegría, lanzó a la calle una caja de cohetillos chinos o algo parecido, que comenzaron a soltar humo y explotar delante de nuestra caravana, el brioso caballo se paró en dos patas, salió disparado calle abajo, con toda la velocidad que su energía juvenil le permitía, nuestra madre libertad, terminó incrustada de cara en la húmeda tierra de la calle, que los vecinos habían regado para evitar que levantara polvo al paso de estos gallardos simulacros de soldados, el caos que se armó fue tremendo, hasta lograr limpiar la cara y las ropas de mi hermana, y así. nuestra libertad, terminó humillada caminando delante de nosotros. Llegamos a la plaza, que de plaza solo tenía el nombre, era un cuadrado de tierra de unos ochenta por ochenta metros, frente a la capilla, se había levantado un tablón, que fungiría de escenario, en el centro en un poste de eucalipto, en lo mas alto hamacada por la suave brisa marina nuestra bicolor bandera nacional, sentados con caras circunspectas estaba Don Mauro, el dueño del correo, Don Elías el dueño de la tienda, Don Mariano un próspero agricultor, Don Moisés, el panadero, el maestro Carpio, y otros importantes personajes del pueblo, nunca los había visto tan serios, y circunspectos, si hasta parecían los mismos próceres. Después de formarnos militarmente, cantamos a todo pulmón el himno nacional, terminando con un sonoro VIVA EL PEÚ, el profesor Carpio, nuestro profesor, comenzó un extenso discurso hablando de algunos señores, como San Martín, Bolívar, Sucre, Bernardo Alcedo, y muchos otros más, reverenciándolos como los mas dignos semidioses de cualquier mitología, y exaltándolos a tal punto de ponerlos en los mas divinos pedestales, pero a mi eso ya no me llegaba, había superado mi capacidad de tolerancia, y en un acto verdaderamente heroico, ignorando la seriedad y ceremonia del acto, con mis dedos ya libres, mis zapatos colgaban atados de sus hileras en el cuello, mientras la


151 sangre de los talones era cubierta por la tierra del piso, por fin mis pies volvían a disfrutar su libertad. Llegado a casa, lo primero que hice fue ocultar esos elementos de tortura, donde nadie las pudiera encontrar jamás, sin imaginarme que ese lastimero proceso se repetiría cuatro años más, y con el agravante que esos años sería el heredero de los zapatos de mi hermano mayor que no siempre eran de mi talla. Durante mi estadía en el colegio, con algunos cambios, producto del avance de la tecnología, pero en esencia siguiendo el mismo patrón, esta ceremonia se repitió, tan protocolar y rígidamente, adaptándose a la modernidad, de la época, con la llegada del cine y la televisión, esas jocosas veladas, también se fueron con la historia. Cuando llegó la noche, atrás quedaron los ceremoniales discursos, el protocolo despareció, y alrededor de una caja de cerveza, y al grito de -salud vecino- las botellas iban desapareciendo, al calor de la fiesta, y cuando el vaho del alcohol ya comenzaba a hacer estragos en los cerebros, don Manuel aparece llevando al hombro una victrola (*) RCA víctor, su señora con gran esfuerzo por el peso traía la caja con los discos. Sobre una mesa pusieron esa cajita de madera cuadrada, con el dibujo de una perrito, y su embudo de metal hacia adelante, a las instrucciones de don Manuel me convertí en un erudito disc. jockey, armado con mi caja de agujas, pequeños clavos sin cabeza, con unas dos docenas de esos pesados, negros y duros discos, que mas parecían armas de defensa personal, coloqué el primero en el porta disco, y usando toda mi energía, le entré a dar manija, para cargar la cuerda de metal que llevaba adentro, hasta que la velocidad alcanzó lo que estimé normal, cargué la aguja sobre el disco, y se armó la fiesta, Todo era alegría al son de esas viejas canciones, y a bailar se dijo, la zamacueca arrancaba a todo su acelerado y saleroso ritmo con adornos y zapateos, poco a poco a medida que mi distracción avanzaba, las


152 revoluciones de la victrola comenzaban a bajar, la alegre canción, se iba convirtiendo en vals y hasta bolero, y si un grito no me despertaba terminaba en un ronroneo de gato callejero, Total, era yo quien ponía el ritmo de la música, pero, después de la cantidad de cerveza que había circulado, ya eso era lo menos importante, y así nos encontró la mañana, yo durmiendo arrimado a la silenciosa victrola, cada uno de los festejantes en cualquier rincón donde encontraron abrigo, hasta que esa fragancia espirituosa del alcohol se vaya, el cuerpo se desintoxique, y libre de su placentera presencia, vuelvan a su realidad. Con el correr del tiempo, y el aparecer de Quea, un personaje que parecía unido en una asociación simbiótica con su rocola (*), estas pequeñas fiestas, se convierten en grandes bailantas populares, donde el pueblo entero se reunía, en una alegre festividad para culminar el aniversario patrio. El amigo Quea, que no sé ni de donde vino, con su rocola y su motor generador, se convierten el la orquesta de la curva y los caseríos aledaños, donde había fiesta ahí estaba él, llevando a cuestas su equipo, se afincó en el pueblo, y hasta se casó con una guapa viuda del lugar, pero pareciera que la ya gastada rocola, decidió terminar la sociedad, y en una tarde mientras hacía los preparativos para una fiesta, no sé que contacto tocó, pero murió electrocutado. Estaba terminando el segundo grado de mi educación, andaba por los nueve años, Una agitación anormal invadía el pueblo, un grupo acá otro grupo allá, los adultos comentaban del distrito, para mí palabra conocida, la había estudiado cuando aprendimos la división geográfica del país, pero que tenía que ver con nosotros, el domingo siguiente, don Florentino, precedido de un mozalbete que al golpe de un tambor le abría el camino invitaba a una reunión en la plaza, eso es lo que era un bando, en el cual don Mauro anunció con bombos y platillos que el gobierno central, mediante decreto no se


153 que numero, había elevado a la Curva a la categoría de distrito, con el Nombre del “Distrito de Deán Valdivia” Entre un manojo de sugerencias, y disimuladas actitudes de negación y aceptación, de los cargos, se procedió a la elección del que sería el primer grupo de autoridades. Si la memoria no me hace una jugarreta, ellas eran: Don Idelfonso Segura como teniente alcalde, Don Mauro Segura como gobernador Don Elías Gómez como tesorero, Don Florentino Vizcarra como síndico de rentas. Después de una sonada ovación, se acordó que el siguiente domingo se haría la juramentación. Pienso en la frustración que debe haber sufrido quien sugirió ese nombre como una hidalga forma de homenajear a ese gran hombre, precursor de nuestra independencia, nacido en el caserío de la Pampilla, de nuestro querido valle de tambo, cuando vio que hasta nuestros días el pueblo se sigue conociendo como La Curva, y solo se recuerda su verdadero nombre cuando hay que hacer algún trámite oficial. Llegado el domingo, los mencionados personajes, que por otra parte eran los mas representativos del pueblo, vestidos con sus mejores trajes domingueros, subieron al improvisado escenario, armado en nuestra plaza, y cada uno de ellos, balanceándose, cadenciosamente inflados por tales ínfulas, que hubieran humillado al mas vanidoso de los pavos reales, ofrecieron sendos discursos, cargados con no menos sendas promesas, pero, cuando le llegó el turno a don Florentino, hombre de puro campo y con pretensiones de trovador, en lugar de discursear, improvisó un poema, que por su simpleza y por la emotividad del momento, ha quedado gravado en mis neuronas hasta el presente y dice así: Al pueblito de la Curva Lo hicieron distrito Distrito con desden El alcalde dice misa


154 Y los concejales amén Idelfonso el teniente alcalde Mauro el gobernador Vizcarra cobra las rentas Y Gómez el guardador Llegaron las vacaciones de fin de año, y nuevas formas de ganarse la vida, tiempo de terminar la preparación de algunos campos para la siembra del arroz. Víctor con su yunta (*) trabajaba arando los campos de los vecinos que lo contrataban, yo con una tarea adicional, que por supuesto no me agradaba en absoluto, pero mucha alternativa de protestar no tenía, levantarme de madrugada a dar de comer a los bueyes, para que a las siete de la mañana, estén listos para trabajar, volver a casa, tomar mi desayuno, y emprender mis tareas normales con mi majada de ovejas. El pueblo estaba invadido por el miedo, habían aparecido varios casos de perros con rabia, se habían sacrificado mas de una docena, todo era temor, cada animal que aparecía con espuma en la boca, en forma inmediata era sacrificado, a tiros de escopeta, pero yo tenía que cumplir con mis tareas, era mi deber. El sol comenzaba tenuemente a rasgar la oscuridad de la noche, el silencio era absoluto, la neblina aún cubría los pastos, era el ambiente gris, nebuloso, con una visibilidad translúcida, un escenario digno de las mejores películas de terror, caminaba cubierto con mi única chompa de lana, agachado, tratando de asimilar el húmedo frío invernal, unos ladridos a lo lejos me sacan de mi entumecimiento, una negra sombra se escurría entre los árboles, el miedo me invadió, traté de esconderme, pero era demasiado tarde, esa enorme bestia negra, había iniciado una alocada carrera hacia mi, miré a mi alrededor, no había árboles, a mis nueve años con una estatura un poco menos que la normal para esa edad, parecía que mi destino estaba sellado. En un segundo de inspiración, después de correr con una velocidad que solo el pánico puede producir, en


155 una carrera contra el tiempo, para ganarle a la llegada de ese enorme perro, me encontraba dentro de un montón de chala de maíz (*), que había sido acumulada para alimento de los animales, en el centro de esos tallos secos, estaba sepultado, el animal, ladraba, rugía, arañaba y mordía las chalas sacudiéndolas con la cabeza, yo temblando enterrado en ellas, en un completo silencio, esperaba que ese furioso animal, emprendiera la retirada, lo cual parecía muy lejano, por fin después de batallar en su afán de encontrarme, por mas de quince minutos que para mi fue una eternidad, unos ladridos a lo lejos lo distrajeron, y en respuesta a ellos, siguiendo esa dirección, esa fiera salió corriendo a su encuentro. Solo salí de mi escondite, cuando en la casa de don Jacinto, que vivía en medio del campo, a unos quinientos metros, el ruido de peleas de perros, fue truncado por unos tiros de escopeta, y aullidos, la noticia del día siguiente, fue estremecedora, un enorme perro rabioso había atacado a los tres que el hombre tenía, y él en un acto de defensa, había abatido al animal, lamentablemente días después tuvo que hacer lo mismo con sus propios animales, que habían sido contagiados. Quizá lo mas lindo de nuestras vacaciones era estar libres del profesor Carpio, personaje que había llegado a la curva hacía algún tiempo, de aproximadamente unos treinta y cinco años. Venía de la ancestral madre tierra de Arequipa, exactamente de Characato, es decir, era de sangre nativa, netamente arequipeña, aunque al estudiar sus métodos de enseñanza, era evidente que por algún lado se había contaminado con sangre del Marqués de Sade, e indudablemente también con la de Maquiavelo, y con esa filosofía, que el fin justifica los medios. Empleaba los mas sádicos castigos, aunque hay que darle el merito, que él no conocía el pensamiento de esos personales, por lo tanto la crueldad de sus castigos evidentemente eran de su invención. Ese duro profesor, de estatura pequeña, medio encorvado, un rostro mestizo, típico de la región de la


156 blanca ciudad, la cabeza pelada a pesar de su juventud, de andar rápido y agitado, era un militar cuando había que dirigir los desfiles, árbitro en los partidos de fútbol. Director de teatro en las veladas. Alcalde cuando había que hacer ornatos para el pueblo, en lo cual hacía participar a todos los alumnos. Director de beneficencia cuando había que reunir fondos para la escuela, un hombre con una gran sensibilidad social, y muy buena capacidad de organización. Quisiera en alguna forma graficar la metodología pedagógica que empleada, nuestro profesor, así que una vez mas recurriré a mis neuronas para que me regalen algo de su riqueza y me traigan al presente algunas anécdotas que puedan perfilar al personaje. Alberto, un compañero de mi edad y otros estudiantes, venían todos los días, montados en su burros desde el caserío de la Ensenada, después de una hora de trayecto, llegaban, amarraban sus corceles, en un espacio que el colegio ya tenía predispuesto para esa función, y se dirigían a sus clases, ellos no salían a almorzar, traían sus propios almuerzos, y al terminar las clases, deshacían el camino que por la mañana hicieron. El día lunes, Alberto no llegó a clases, pero sus compañeros revelaron que se había quedado jugando en lugar de ir al colegio, el profesor Carpio cambió de color, su cabeza pelada brillaba, histéricamente se paseaba por el salón, murmurando en voz baja, - “So zamarro” “Badulaque” ya va a ver cuando lo atrape. Al día siguiente mi buen amigo, precedido de un redoble de tambores, desfilaba vestido como mujer, con los labios pintados, un sombrero con enormes orejas de burro, y dos letreros uno en el pecho y otro en la espalda, donde decía “Por cimarrón”, ese castigo quedó implantado para todos aquellos alumnos, que en vez de venir a clases se quedaban por algún lugar, y fue aplicado en varias ocasiones.


157 Al despedirse por las tardes, en algunas ocasiones dejaba como tarea aprender a leer algunas páginas del libro, a pesar que la mayoría de nosotros teníamos muchas labores de trabajo en casa, estudiar era inevitable para evitar el castigo al que seríamos expuestos al día siguiente. Al llegar en la mañana, nuestro pelado profesor, con el aspecto de un obispo de la santa inquisición se paraba frente al aula, y mientras nosotros temblábamos de miedo, él con su mirada penetrante, con el entrecejo fruncido, caminaba entre las carpetas, creo que al igual que las bestias depredadoras, tenía un olfato especial para sentir el miedo en sus presas, finalmente se paraba frente a alguno de nosotros, y en tono grave decía. - Tú al frente con el libro. Mientras el señalado, salía aterrado a enfrentar su tarea, el profesor seguía recorriendo el aula, hasta señalar dos alumnos mas, y luego indicaba. - Uds. Al frente, Los demás respirábamos aliviados, al sentir volver el alma al cuerpo, expresión que se usaba cuando lográbamos escapar de una situación dramática, y ahí comenzaba la tortura, y no me he equivocado de concepto, no era la lectura, sino la tortura. El encargado de leer, se paraba con el libro abierto, el segundo, a su costado con un azote de cuero de tres ramales, y el tercero detrás de él con otro látigo, frente al pupitre, el profesor con su fiera expresión, escuchando atentamente la lectura, a cada error, que el lector cometía, el profesor al estilo de un exaltado emperador romano en el teatro de los gladiadores, bajaba el dedo, y el chico que tenía el azote, le sacudía un tremendo ramalazo al lector, el cual debería ser lo suficientemente fuerte en concepto del sádico profesor, si este no lo consideraba así, el que había dado el ramalazo recibía uno mas fuerte, por no haber cumplido con su deber acertadamente. Cuando la tarea consistía en dibujar o hacer otro tipo de ejercicios, y no la cumplíamos, tenía especialmente adaptado un rincón en la sala con pedregullos, donde


158 irremediablemente íbamos a parar arrodillados con las rodillas contra las pequeñas piedras, y con un sombrero con grandes orejas de burro. Es evidente que el método que los hacía estudiar, era, por miedo, piensa el viejo, están en la época donde era acertado el concepto de que la letra entra con sangre, pero se pregunta, que dirían ahora nuestros psicólogos? O nuestros pedagogos?, es que la psicología humana ha cambiado tanto, que en nuestra época no existían los traumas? Quizá en medio de esa transición de la enseñanza, esos métodos se justificaban, teniendo en cuenta el origen medio rústico y casi salvaje de los educandos, pero, los ejemplos del efecto que ellos tenían en los niños, que abandonaban los estudios desmentiría esta débil teoría. Nuestro recordado profesor, que además de ser un educador, cuidaba la presencia física de sus alumnos, según sus propios conceptos, un buen día se presenta con una tijera en mano, y recorre toda el aula, mirando las cabezas, si encontraba un niño, que según él, no tenía el pelo suficientemente corto, lo hacía sujetar por otros dos, y con su tijera lo trasquilaba, tijeretazos, por acá o por allá, dejándole la cabeza como un bosque mal talado, lo que además de obligar al padre a mandarlo a la peluquería servía de escarnio, a esos caracteres en formación. Nuestro compañero Cori, mientras era sometido a esta humillante tortura, con toda la rabia que da la impotencia, lo mira de frente en la cara, y comenta. - Como él es pelado, quiere que todos sean pelados. El rostro del pelado profesor, sufrió una transformación, sus pupilas se dilataron, el tono de su cara se encendió, de sus ojos parecían salir chispas, el doctor Jekyll, se estaba convirtiendo en señor Hyde, y antes de explotar, con toda la ira, y el desprecio volcado en su voz, gritó. - Fuera, fuera de mi clase, y no vuelvas más.


159 Por intervención de algunos padres, ese “no vuelvas mas” se convirtió en una suspensión de quince días, pero ese chico nunca mas apareció, ni volvió a pisar un colegio. A la luz de los acontecimientos modernos, el viejo se pregunta, si esos métodos de educación, al mas puro estilo espartano, que permitía formar esos grandes guerreros, duros, fuertes, insensibles, con un gran carácter, y un temperamento a prueba de todo en el objetivo de ganarse la vida, no tendrían algo de valor en la actualidad. Parafraseando un poco los conceptos, los campos de batalla de esos primitivos combatientes, se han convertido, en las oficinas de las grandes empresas, donde los soldados modernos, luchan, no por ganar una guerra, sino, por ganarse un puesto de trabajo que les permita vivir, donde si no han templado su carácter, y se han preparado combativamente, son cruelmente asesinados, sin miramientos a su honor, ni su psiquis, ni a sus necesidades, ni su familia, y sacrificados en homenaje a ese Dios llamado eficiencia en los resultados. Las vacaciones, eran un escapar del colegio, pero el trabajo era mas duro, sembrar arroz, cuidar las ovejas, desyerbar el arroz, y finalmente participar en la cosecha, así rápidamente pasan los tres meses. Llegó el mes de abril, nuevamente al colegio, esta vez llevaba como herencia la bolsa de mi hermano mayor, era el tercer grado, yo estaba muy triste, porque este sería el último año de mis estudios, y con él morirían todos mis esperanzas que habían alimentado la ilusión de salir de mi valle en busca de una mejor fortuna, sentía todo eso truncado, me carcomía la impotencia, seguiría el destino de mis padres que eran analfabetos, o mis hermanos mayores que estudiaron hasta tercer grado, tenía que pensar en una salida. El tercer grado, era el mas alto nivel que se enseñaba en la escuela, por pertenecer a la categoría de Escuela nacional de segundo grado, creo que mi madre y


160 mi hermano de ninguna forma compartían mi pena, porque para ellos, sería una buena mano de obra para las labores de la chacra, lo cual era normal, y hasta pienso que si las familias de campesinos tenían mucho hijos era con ese fin. Después de un lunes, que el profesor Carpio no fue a clases, hecho bastante anormal en él, llegó el martes, con unos papeles en la mano, parecía un descontrolado, reunió a todos los alumnos, y apenas controlando su emoción, blandiendo en la mano derecha esos papeles, gritaba a todo pulmón. - Como la Curva ahora es distrito, nuestro centro de enseñanza, ha sido subido de categoría, desde ahora somos el colegio nacional de primer grado Nº 971, por lo tanto estamos autorizados a enseñar hasta quinto grado, es decir la primaria completa. El viejo sale de su modorra, cuando en su memoria suenan fuerte los gritos del profesor Carpio, ve su cabeza pelada, corriendo de acá para allá, según las normas educativas que imperaban en la provincia, en el valle había dos distritos, en la parte superior Cocachacra, y al frente cruzando el río la Punta, solo en esos dos lugares había colegios de primer grado, los cuales enseñaban hasta quinto año de primaria, los demás eran de segundo grado, y solo enseñaban hasta tercer grado, es decir pasábamos a ser un pueblo importante. La educación secundaria, estaba a cargo del colegio Dean Valdivia, que estaba en Mollendo, capital de la provincia, hasta ese momento, ningún estudiante del pueblo, había cursado mas allá de la primaria, excepto el hijo de don Jesús que se había criado en Arequipa, y estudió allá, por lo que no calificaba como exalumno, a la sazón era geólogo, y constantemente el profesor, cuando tenía un momento libre por las tardes, se sentaba con los alumnos, y les dedicaba una interesante charla de motivación, usándolo como ejemplo, en la mente del viejo, era como una aceleración y engrandeciendo de sus sueños, y se


161 atreve a confesar, que aunque nunca lo dije, en él se despertaba un espíritu de competencia, que hacía que se obsesionaba con la idea de superarlo. Todo fue una inmensa alegría, se hizo una fiesta en el colegio seguida de una kermés para reunir fondos, para el nuevo colegio, gran festejo, gran ceremonia, discursos de las flamantes autoridades del nuevo distrito, y por fin nuestro nuevo director, el profesor Carpio, era el mas feliz, él también subió de categoría, se pavoneaba, ahora era el director en un colegio de primer grado, por supuesto también con unos soles mas. Convoca al pueblo entero, para darles esa importante noticia, con elocuentes palabras, después de exaltar el crecimiento de nuestro distrito, los lleva bruscamente a la realidad, en la que parece nadie había pensado, hace una pausa, para crear el ambiente, y darle un dramatismo, producto de sus cualidades histriónicas, entrenadas en unas cuantas veladas, pregunto. - Donde dictaremos esos cursos? Teníamos solo dos aulas, en una se hacía transición y primero, y en la otra segundo y tercero, el próximo año se enseñaría hasta cuarto grado, y el siguiente hasta quinto grado, Pero una vez mas, haciendo alarde de sus cualidades de líder y hombre de acción, quien presenta el problema, pero también la solución, , o por lo menos parte de ella, explica que ya tenemos un terreno, donado, no recuerdo por quien, en la pampa, de unos cien por ochenta metros aproximadamente, era un rectángulo en medio de un arenal, frente a las chacras, estaba en medio de la nada, la casa mas cercana estaba a doscientos metros, no había agua, ni desagüe, ni electricidad, lo cual no era ninguna novedad porque el pueblo no las tenía. Se paseaba mirando a los humildes agricultores, como un gran experto en manejo de masas, les daba el tiempo suficiente para que asimilaran la idea, y luego cuando creyó que sus palabras ya habían calado en esas sencillas almas, como despertando de un sueño de


162 ilusiones, rompió el silencio en una actitud heroica, digna de un excelso caudillo, y en un alarde de optimismo, les dijo. Sé que nosotros tenemos capacidad para hacerlo, y lo haremos. y luego agregó Si señores, haremos nuestro nuevo colegio. Un frenético sonido de palmas, acompañaron el entusiasmo de esa idea. Y terminó diciendo. - Señores, para coordinar los trabajos nos reuniremos el próximo sábado a las ocho de la mañana. Hábilmente, para el sábado había preparado una kermés, y cuando consideró que el ambiente ya estaba creado, y la gente suficientemente alegre, por unas cuantas cervezas que habían servido para asentar los frijoles con el arroz con pato, que las señoras habían aportado para la recolección de fondos, se paró en medio, y gritó- Señores es tiempo que coordinemos las actividades para construir nuestro colegio. Explicó un plan de trabajo que ya tenía preparado, y los concurrentes, a viva voz acogieron la idea, y en un gesto casi religioso, comprometieron materiales diversos y horas de trabajo. Y se armó el trabajo, del cual los alumnos no estábamos excluidos, éramos los transportistas, a las ocho de la mañana, nos presentábamos al colegio llevando nuestro burro, completamente encaronado, (*) Carpio como un hábil director de orquesta, distribuía las tareas entre los presentes, de acuerdo a sus habilidades, y de sus compromisos, nosotros los alumnos, unos a traer los palos de sauce o álamos que los adultos cortaban de sus chacras o del monte, otros a cargar con los paquetes de totora cortada de los pantanos del río, otros a traer los tallos de maicillo de las chacras, que los adultos preparaban para el transporte, y los otros a traer las cañas bravas que los adultos cortaban del barranco. Así los sábados fueron pasando, el colegio iba tomando forma, ya todos los materiales estaban en su


163 lugar, los adultos, armaban con los palos de sauce y álamos, los esqueletos de la estructura, los tijerales, las amarras, las costillas y los fijaban a su lugar, enterrándolas en el piso, el carpintero del pueblo, armaba las puertas y ventanas, con maderas cortadas de los troncos mas gruesos, mientras otros tejían las esteras y armaban los paquetes de totora para el techo, todo era un dinamismo de actividad, el profesor Carpio, andaba de un lugar a otro coordinando las actividades. Los alumnos no éramos ajenos al trabajo, nuestra misión construir el cerco perimetral de alrededor de trecientos metros, bajo la dirección de un adulto, enterrábamos los postes, atábamos las costillas, y atábamos a ellas los paquetes de tallos de maicillo, formando una pared de este material de dos metros de altura. Por fin, el colegio ya estaba casi terminado, con sus paredes de caña entretejida, sus techos de totora, y el cerco de maicillo, tipo de construcción normal en todas las casas del pueblo, con techo a dos aguas, formaba un edificio de mas o menos treinta metros de largo por seis metros ancho, dividido en cuatro ambientes, uno para transición y primero, el otro para segundo y tercero, otro para cuarto grado, y el último para la dirección y administración, por el centro estaba la puerta de ingreso, el salón para el quinto grado se construiría durante el desarrollo del año. El siguiente sábado, comenzó la etapa final, un grupo de adultos, armados de sus palas, en la chacra vecina mezclaban la tierra con el agua, formando un barro homogéneo, los alumnos en carretillas, transportábamos el barro al colegio, otro grupo de adultos cubría las paredes con el barro, y lo emparejaba con unas herramientas de madera, al mejor estilo de los estucos modernos, mientras otro grupo desparramaba el barro en el piso de los salones, cubriendo la arena en una franca simulación de los mejores pisos de mayólica, finalmente otros hacían unos huecos en el fondo del patio, lo que serían las letrinas.


164 Todo estaba listo, don Juan regaló tres cilindros de metal, que serían los depósitos de agua, alguien obsequió cuatro baldes para transportar el agua desde la acequia que estaba a doscientos metros del colegio, Valentín consiguió una larga vara de eucalipto, que sería el mástil donde flamearía orgullosamente nuestra bandera nacional. Muchas cosas lindas se puede rescatar de ese enorme trabajo colectivo, el sacrificio, la voluntad, de todo un pueblo, tanto hombres como mujeres, que con sus viandas alimentaban a los que estábamos trabajando, todos unidos en una causa, no importa si tenían hijos estudiando, o no, no era solamente por los alumnos, era el símbolo del nuevo distrito. Nuevas vacaciones, mi trabajo en los arrozales, mis escapadas al río donde mi madre seguía con su cantina, y por supuesto el cuidado de mis ovejas, mi hermano había alquilado una chacra cerca del mar, lo único que la separaba eran unos grandes pantanos, con lodazales, pastizales y matorrales de totora, todos eran terrenos fiscales. El día domingo, tengo que ir a dejar en esos pastizales a mi viejo matungo, el tragaleguas, se quedaría gozando de su libertad una semana, y quizá mas tiempo, hasta que se curen algunas heridas que tenía en el lomo, producidas por la carga de las bolsas de arroz de la cosecha ya en esos momentos me había convertido en un experto chalán. Después de soltarle la soga y dejarlo en libertad, inicio mi retorno caminando a casa, escuchando el fuerte bramar de las olas estrellándose en la arena de la orilla, pero el sonido cambia, no son solo las olas, afino el oído y mi tranquilidad es interrumpida creo sentir en medio del roncar del mar, ladridos de perros, hago un esfuerzo tratando de ubicar el origen de esos ruidos, el pánico me invade cuando veo que de la playa venían corriendo y ladrando por lo menos una docena de perros, directamente hacia mí.


165 En ese momento me viene a la mente los comentarios que había escuchado de los adultos del pueblo que una jauría de perros vagos caminaban por los basurales, y habían matado algunas ovejas, cabras y otros animales domésticos de los vecinos de esa zona, no había noticias si habían atacado algún niño, pero no estaba para averiguarlo. Regreso corriendo con toda la velocidad posible hacia mi viejo caballo que ya gozaba de su libertad, y alegremente pastaba en medio de los pantanos, cuando corro hacia el fiel animal, este levanta la cabeza, me mira, y en un gesto por demás incompresible, como presintiendo el peligro, en lugar de huir viene hacia mí, se deja tomar por el cuello dócilmente, ato la soga a su alrededor, lo llevo rápidamente hacia la zona pantanosa, donde gracias a su peso se hunde parcialmente, y aprovechando unas protuberancias del terreno me subo a él, en el preciso momento que los perros estaban llegando. Se arma todo un alboroto de ladridos a mi alredor, mi viejo y noble rocinante ya fuera del pantano, se despacha con una y otra patada, hasta que los agresores se dan por vencidos e inician una retirada en dirección hacia El boquerón, yo sigo caminando siempre sobre el lomo de mi salvador, hasta que mis atacantes están muy lejos, y cerca veo a un conocido agricultor, me bajo, en un acto de agradecimiento le acaricio la cabeza, le rasco el pecho, le quito la soga, y dándole una palmada en el anca, le doy la despedida, y una vez mas demostrando su inteligencia inicia su lento andar hacia los pastizales. Cuando conté mi aventura a mi hermano está se difundió entre los vecinos, y por lo que me enteré después se organizó un grupo para dar cacería a esos canes vagos, que representaban un eminente peligro para los ciudadanos. El primero de abril, inicio de clase, esta vez sería un acontecimiento, de una grandiosidad muy especial, tendríamos un grado mas –Cuarto-, tenemos un nuevo profesor, adicional, y lo mas importante, tenemos un nuevo


166 colegio, y hasta teníamos una pequeña banda, a las siete y media, ya no eran solo los alumnos, era todo el pueblo que marchaba hacia el colegio, y no era para menos, estaban orgullosos de su obra, y querían estar presentes, cuando abra sus puertas. Ese día no hubo clases, solo en la mañana, nos dedicamos a terminar algunos detalles, y ubicación de muebles, todo era alegría, los alumnos de cuarto felices de poder continuar sus estudios, el nuevo profesor era bastante joven y muy agradable, pero nuestro profesor Carpio, no quiso desprenderse de nosotros, y contra nuestros deseos, siguió enseñando nuestro grado. Así pasó el cuarto grado, la misma rutina, el desfile de antorchas y la velada el veintisiete de julio, el desfile militar y la tortura de los zapatos el veintiocho, yo me había convertido en un excelente recitador de poemas, en todas las ceremonias, principalmente en la de fiestas patrias por encargo de la dirección, tenía la misión de decir uno o dos poemas, evidentemente era muy bueno, porque el público me premiaba con estruendosos aplausos, y Las autoridades presentes con dadivosas propinas. Diciembre y unas nuevas vacaciones, me había convertido en un experto sembrador de arroz, con mi menuda talla, y el agua hasta las rodillas, superaba no solo a los de mi edad, sino hasta los propios adultos, mi familia en eso vio una fuente adicional de ingresos, y es así como organicé mi propio equipo de compañeros del colegio, y trabajamos para los señores que tenían grandes plantaciones, establecimos un sistema de tareas, es decir cotizábamos por áreas sembradas, y entre nosotros nos repartíamos el trabajo. El domingo a medio día, era el momento del pago, feliz llegaba a la casa con mis bolsillos, llenos del dinero que me había costado ganar durante la semana, como un disciplinado hijo, se lo entregaba a mi madre, y como retribución recibía una propina que me alcanzaba para comprar un biscocho y una raspadilla, en la carretilla, de el roto.


167 Un abril mas, mi último grado de estudios, yo ya comenzaba a marcar mis doce años, una nueva aula había sido construida, la tecnología se acercaba al pueblo, en Cocachacra se había instalado un cine, que daba función todos los sábados por la noche, y en ese local, unos pequeños aparatos redondos colgaban de los techos, dando una amarillenta luz en reemplazo de esos rancios candiles, o las mal olientes velas de sebo, Tomás Edison había llegado al pueblo vecino, pero todavía mi pueblo seguía igual. Mi hermano, en una retribución a mi colaboración familiar, un sábado me invita a ir al cine, gran acontecimiento, todos trepados en el camión de Guzmán, rumbo a Cocachacra, no me emocionaba la película, era el hecho de saber, como era esa cosa, me imaginaba que sería como un cuento, que alguien se sentaría y nos contaría una historia. Por fin sentados en la sala vimos como la luz se apagaba, y unas enormes figuras aparecían en la pantalla, era algo asombroso, desbordaba todo lo que había imaginado, superaba mis fantasías cuando comienzan las figuras a dar forma a la historia que sería la primer película que vi. en mi vida, “El derecho de nacer”. La tecnología viene al pueblo en forma ambulatoria, cuando una noche al llegar a casa, el ruido ensordecedor de un motor me llamó la atención, y me sorprendió mucho mas al ver casi todo el pueblo amontonado frente a la puerta del granero de don Saturnino, de donde salía el ruido, un gran letrero con la figura de un hombre en un rústico taparrabo, colgando de las ramas de un árbol atrajo mi atención “HOY TARZAN”, decía en letras en la parte inferior, había llegado un cine portátil que recorría todos los pueblos del valle, y otras ciudades aledañas. Entre las idas y venidas al colegio, las carreras tres veces diarias al campo para alimentar las ovejas, y los juegos fantasiosos con mis compañeros de clase, el tiempo iba pasando, ya estaba en el quinto y último grado que sería el último de mis estudios, dentro de tres meses


168 debería abandonar las paredes protectoras del colegio para siempre, y enfrentar las tareas de un soñador campesino, que para eso había sido entrenado desde el comienzo de mi niñez. Comenzaba la primavera a reverdecer los bosques, y el pasto a llenarse de flores, las ovejas también sienten la primavera, e inician sus románticos cortejos. Los días son mas largos, cuando aún el sol deleitaba con sus últimos rayos, aparecía yo en busca de mi majada.. En una chacra vecina, se había establecido, una nueva familia, emigrantes de otro pueblo, uno de los hijos era de mi edad, eso lo había convertido en mi compañero de aula, y muy amigo personal. Su casa en medio del campo, quedaba cerca de donde mis ovejas pastaban, y en el camino por donde yo todas las tardes me dirigía hacia ellas. Era una costumbre que saliéramos juntos, y entre juego y juego, llegáramos a su casa, donde su madre, y Filomena su hermana mayor, una mozuela muy agradable, era todo una mujer, que con su exuberante belleza hacía honor a sus diecisiete años, nos deleitaban con una u otra golosina, hechas por ellas mismas, para luego despedirme con un sincero agradecimiento, y seguir el poco camino que me quedaba. El viejo observa como esa linda chiquilla esta, terminando su adolescencia, y convirtiéndose en una preciosa señorita, su sexualidad comienza a aflorar como una tierna rosa, está en medio del campo, aislada del pueblo y de los jóvenes, poco a poco, va convirtiendo al niño en el objetivo de sus deseos, lo acaricia tiernamente, pero él, todavía no está en ese despertar, interpreta esas caricias, como una riqueza de su amistad. Creo que la primavera, también trae su mensaje de amor, a los seres humanos, eso lo aprendí, cuando Filomena discretamente me acompañaba a juntar mis ovejas, y entre juego y juego cada vez se acercaba más a mí.


169 Uno de esos días primaverales, solo estaba en casa la madre, eso no me llamó en atención en absoluto, a mis doce años, cumplidos hace unos días, mi atención se volcaba hacia los juego infantiles, y no hacia la apreciación del sexo opuesto, así que indiferentemente seguía el cumplimiento de mi rutina - ¿Jugamos? Al sentir esa voz femenina saliendo del monte, mientras trataba de juntar mis ovejas, pensé en brujas, duendes o fantasmas, que saliendo de la espesura, me querían atrapar, trato de salir corriendo tan lejos como mis piernas me pudieran llevar, pero el mismo miedo lo trunca, cuando nuevamente la voz volvió a manifestarse, en un tono conciliador. - No te asustes soy yo Filomena. Saliendo lentamente pude reconocer la figura de Filomena, era ella, pero la expresión de su rostro era diferente, había algo en su mirada, sentí un calor invadiendo mi cuerpo, mis incipientes glándulas sexuales, comienzan a convulsionarse, en unos minutos, el niño siente su transformación en hombre. Era toda una señorita, rebosante de juventud, con sus lindas facciones, su piel suave y delicada donde jamás maquillaje alguno osó alojarse, sus carnosos labios sin ningún vestigio de colorete se entreabrían provocativamente, su largo pelo negro, caía ondulantemente hasta la cintura, su faldita corta, dejaba ver unas bien formadas piernas, quedé petrificado, cuando ella con una mirada provocativa, balanceando rítmicamente sus bien formadas caderas, comienza a acercarse hacia mí, era un monumento a la sensualidad, yo temblaba, no sé si era emoción o miedo, pero no atinaba a hacer nada, mis pies parecían clavados en el piso. - Ven, vamos a jugar a las escondidas, dijo con una tierna y dulce voz. Me tomó de la mano, y me llevó, o debo decir arrastró hasta un claro en el monte, con una sonrisa coqueta se acerca, me acaricia la cara, y me besa en los


170 labios, todo mi cuerpo se estremeció en un espasmo de placer, se me despertó todo un amanecer sexual, siento un torrente de emociones y deseos para mi nuevos, me siento flotar en un espacio colmado de una felicidad desconocida. Ese despertar a tan prematura edad, me llevó a lo mas alto de la pasión, cuando ella se comienza a desnudar, hasta quedar sin ropa alguna encima de esa tierna piel, me abraza, y todo un volcán hormonal se me desata, cargado de deseos y pasiones, hasta llegar a un dulce y atormentado climax de placer. Esos inolvidables momentos se convierten en mis atardeceres, guiado hábilmente por ella, voy descubriendo una nueva experiencia, viendo al principio sorprendido, como un cuerpo femenino desnudo que me había causado curiosidad, y miedo, se va transformando en el objeto de mis morbosos deseos, sintiendo como su piel parecía una braza atizada por sus fuertes instintos femeninos y la alocada carrera de sus hormonas. Una estúpida y enigmática sonrisa dibujaba mi cara, al salir del monte, ya no era el mismo, y nunca lo volvería a ser, mis juegos cambiaron su visión, ya no sentía esa inocente sensación cuando me divertía con mis amiguitas, en este nuevo despertar, ya mi mente las ubicaba en otro objetivo consecuencia de mi inocencia perdida. Mi entusiasmo cambió, mi hermano feliz, porque ya no le pedía que me acompañara a buscar las ovejas, las ovejas felices, porque les daba mas tiempo para comer, yo flotando en las nubes de la felicidad, las tardes de mis encuentros clandestinos con Filomena, era todo un ritual, un constante aprendizaje, pero como todas las cosas lindas esta también tuvo su final, esa tarde, noté una tristeza en su mirada, que quedó confirmada, cuando apenas audible me dijo - Esta es la última vez que nos vemos Fue la fría expresión de ella, y luego continuó


171 - Mi familia se marcha del pueblo mañana, nos vamos a Lima, mi padre dice que allá puede ganar más plata. El viejo sonríe se emociona, su corazón todavía palpita, cuando piensa en esas sensuales escenas, recuerda a esa linda chica mayor que él que lo inició en ese camino desconocido, pero feliz y placentero, él sabe que la profundidad de esa primer experiencia se tiene solo una vez en la vida. Fue la última vez que la vi., ella se fue, pero su existencia, de mí, nunca se fue, está hasta hoy de mi memoria, porque ella fue mi primera experiencia, mi primer profesora de la vida, mi primer recuerdo, mi primer sufrimiento, y será mi último pensamiento. Llegó el fin del año, terminaba mi último ciclo de estudios, había completado el quinto año, como siempre una vez mas, ocupé el primer puesto como lo había hecho durante los cinco años que duró mis estudios, gran ceremonia, los personajes importantes del pueblo, de reunieron junto al estrado, floridos discursos que hablaban del futuro, de la importancia de ser profesionales y servir a la patria, y otra serie de cosas que en mi mente no cabían, yo me preguntaba, y ¿porqué tanto discurso?, si en lo único que emplearíamos las matemáticas que tanto nos costó aprender sería en contar los sacos de papa, maíz o arroz que cosecharíamos, o el curso de lenguaje, en como hablar a nuestras majadas de pastoreo o a arrear las acémilas cuando carguemos las semillas o cosechas, yo me preguntaba, que estamos festejando?. Esta ceremonia era para mí, el funeral de mis sueños, ya en casa me esperaba mi pala y machete, para incorporarme contra mi voluntad a las actividades de la chacra de las cuales siempre había manifestado mi protesta, en mas de una ocasión, las mismas que fueron acalladas dictatorialmente por mi madre, y me habían dado la imagen del inútil. El viejo es testigo de este nuevo amanecer en la vida del niño, y piensa que hacer los sueños


172 realidad es una tarea muy difícil, si los soñadores no tienen la fuerza para sostenerlos, y agobiados terminan aceptando los hechos como su realidad futura, convierten su vida en un sainete de frustraciones fracasos y sinsabores, se pasan el resto que les queda, deambulando en un concierto de odios hacia el mundo y hacia ellos mismos. El viejo trata de enviarle un mensaje, decirle que es el tiempo de perseguir sus sueños, es el tiempo de izar las velas, en busca de nuevos mares, nuevos horizontes, descubrir nuevas estrellas, que no está en su espíritu vivir en esa realidad, tendría que luchar, tendría que escapar, que su futuro no era la chacra. Pasó una semana, mientras mis hermanos trabajaban, yo “el inútil”, se la pasaba fantaseando con el futuro, vivía en otra realidad que no existía, pero cuando llegaba la tarde, y no había hecho nada, los castigos si existían, Pasaron once días, ni modo, yo trabajando en el campo, ayudando a preparar el suelo para la siembra del arroz, el sol ya comenzaba a declinar, cuando por el camino del pueblo, viene mi hermano Víctor, corriendo con un papel en la mano, mientras corría, agitaba enloquecido por lo alto, la hoja de papel, se acercó a mí, y con palabras entrecortadas por la agitación, dice. - Tienes una beca para seguir tus estudios de secundaria. Era una realidad, al haber sido ascendido el colegio a primer grado, tenía derecho a otorgar una beca de estudios a su mejor alumno, ese era mi colegio, y ese era yo. La felicidad se me desbordó por cada poro de la piel, en una actitud incontrolable, arrojé el pico que tenía en la mano por los aires, podría irme, podría salir a buscar mi propia estrella, se me abría la puerta que estaba buscando, por fin caminaría por mi propio horizonte. El viejo ve como el niño, salta y se contorsiona de alegría, pero él ignora, que el día anterior cuando


173 llegó el emisario con la beca, a pesar que por derecho le correspondía, un grupo de padres de familia, se reunieron con el flamante director, para pedirle, que la beca fuera otorgada a otro alumno, porque dársela “Al hijo de la viuda”, que es como lo llamaban, sería un desperdicio, ya que ella no tendría como costear los gastos y la beca se perdería, en cambio el niño que ellos habían elegido, que por supuesto era el hijo de un importante del pueblo, si la aprovecharía. El director, se mantuvo en sus trece, y argumentando con justa razón, que la beca era un premio al rendimiento escolar y no a la situación económica, le fue otorgada al viejo, lamentablemente en el aspecto económico, esos buenos hombres tuvieron razón, la beca se perdió, pero en el aspecto humano, fue quizá la etapa mas importante del viejo, porque le demostró que él estaba para mas cosas, y fue tan grande la catálisis que le produjo a sus sueños, haciéndolo ver que su estrella estaba mas cerca de lo que él pensaba, que ya no hubo fuerza capaz, de frenar su camino al encuentro con su destino. Estos acontecimientos, se sucedieron un día viernes, el lunes a primera hora, mi hermano y mi madre, con el documento de mi beca otorgado por el ministerio de educación se presentaron en la dirección del colegio Dean Valdivia de Mollendo, quienes reconocieron el documento y procedieron a mi inscripción. Al día siguiente a la hora del desayuno, mi madre fríamente me informó- El colegio no tiene internado, la beca es válida, pero tienes que vivir en el exterior y comer por tu cuenta, pero como tú sabes la familia no tiene dinero. Y terminó su discurso con un lapidario comentario. - No vas a seguir tus estudios, así que ha trabajar a la chacra. Según ella el caso estaba cerrado, pero para mí el caso recién se abría, la noticia me dejó frío. Sentí que se despertó en mi toda la rebeldía, salí corriendo hacia esos


174 montes del río, que habían sido mis compañeros y mi refugio en mi corta niñez, pasé todo el día entre matorrales, pastos y riachuelos, la noche llegó, cuando unos pasos me sacaron de mi abstracción, era mi hermano Víctor que me estaba buscando, sorprendido por mi desaparición. Sentados en el tronco de un sauce caído, iluminados solo por la luna, dejé claramente sentada mi decisión, que yo no trabajaría en el campo, y que me escaparía a Arequipa a estudiar, no sé como lo haría, pero lo haría, creo que la fuerza de mi convicción lo convenció, me miró tiernamente, como creo nunca lo había hecho, me abrazo, y emocionadamente pronunció estas palabras. - Está bien, yo te voy a ayudar, pasado mañana te vas. Al tercer día, a las siete de la mañana, a tres cuadras de la casa. Se detenía un pequeño micro rojo, de la empresa Aragón, mi hermano me sube, acomoda junto a mí una caja de cartón corrugado de leche gloria, donde había puesto mis pocas ropas, y algunos fiambres secos, estira su mano, me entrega algunas monedas, y acariciándome la cabeza en un gesto invadido por la tristeza, da vuelta la cara, no quiere que lo vea llorar, solo alcanzo a escuchar, mientras el bus inicia su recorrido. - Dios te bendiga. Lo veo alejarse, mientras el micro se pierde en la curva, y yo entre sollozos, inicio mi nuevo camino, una criatura de doce años camina solo hacia el encuentro de su futuro, él sabe que nunca volverá al cobijo de su hogar, y como así fue nunca volví a vivir bajo esas esteras.


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CAPITULO VII A LA CONQUISTA DE UN SUEÑO “CAMINANTE, SON TUS HUELLAS EL CAMINO Y NADA MÁS CAMINANTE, NO HAY CAMINO SE HACE CAMINO AL ANDAR”

Antonio Machado El viejo esta allá arriba, muy por encima del alcance del niño, allá donde el tiempo es parte de la metafísica, y no de la física, donde el valor de las cosas no está en lo que valen, sino cuanto él quiere que valgan, donde el único límite del tiempo y del espacio es el pensamiento. Mira esa gran depresión, encerrada entre los andes peruanos, esa gran belleza natural, cubierta con grandes vegetaciones, y escoltada por sus tres apus, sus volcanes tutelares, El Misti, El Chachani, y el Pichupichu. Muchos poetas y cantores han dedicado sus versos, a estos encumbrados guardianes, aunque no ignoran que detrás de su quieta belleza, esconden toda la fuerza conque la naturaleza podría manifestarse. Al costado y a su sombra, mas de doscientas mil personas, recorren las arterias de la ciudad, irónicamente construida por la lava con que esos mismos gigantes, en algún tiempo lejano, donde la historia perdió el registro, enterraron los primitivos pueblos y todo su alrededor, y hace apenas quinientos años, una vez mas trataron de recordar a la humanidad, con una gran explosión, que todavía estaban vivos. El viejo en la dimensión de su nostalgia, imagina esos años, cuando por las riveras de sus ricos ríos,


176 merodeaban los antiguos antepasados nuestros, como los Chimbas, los Yarabas o los Collaguas quienes disfrutaban de las riquezas naturales, hasta la llegada de los primeros conquistadores de esa zona, los incas, el inca Mayta Capac también seducido por ese rico Valle, funda la ciudad Ari-qquepas, dejando establecidas mas de 3000 familias entre sus varios caseríos. El viejo recuerda las lecciones de historia de su profesor Manchego, que vividamente lo hacía recordar cuando los segundos conquistadores venidos de más lejos, donde el mar se pierde en el horizonte. Los españoles tampoco pudieron abstraerse de su belleza, y solo atinaron a engrandecerla con una segunda fundación, a la que pusieron el nombre de “Villa de la Asunción de nuestra señora del valle hermoso de Arequipa”, fundando lo que actualmente es esa pujante urbe. El viejo ve al niño, solo, mirando asustado hacia uno y otro lado, con su caja de cartón en el hombro, sabe que tendrá que enfrentarse a todo eso, con las limitadas armas que tiene, no sabe que dirección tomar, el bosque de piernas que lo rodean, no le permiten saber hacia donde ir, pero él no sabrá cual es el camino, pero si sabe donde tiene que llegar, en la prosecución de su futuro. Ve su rostro, lo percibe mas viejo de lo que es, no por su estado físico, sino por esas invisibles arrugas que solo el sufrimiento produce, quisiera ayudarlo, no puede, su dimensión no lo deja, el viejo siente pena, por esa abandonada criatura, se entristece, cierra los ojos, y en un esfuerzo supremo, trata de enviarle sus fuerzas a través del éter, no sabe si las recibió, pero el niño, una vez mas haciendo alarde de su fuerza de voluntad y sus convicciones, toma su dirección, y comienza a caminar. El pequeño bus rojo, por fin llegó a su destino, después de haber recorrido ciento cincuenta kilómetros de


177 zigzagueantes y empinadas trochas llenas de arenas y piedras, yo sentía que ese tosco sendero, que seguía la ruta poco a poco me estaba alejando, de ese protector vientre que era esa pequeña jungla en mi valle, y me estaba acercando a algo mas cruel, la jungla de cemento. Realmente no eran rutas, solo senderos que fueron trazando los arrieros, arreando sus recuas de mulas, cuando cargadas abastecían a un hambriento pueblo arequipeño, y que ahora con ligeros arreglos, servía como vías para estas nuevas unidades motorizadas, que ya comenzaban a invadir nuestras ciudades, se me ocurría, ver en esa trocha, el cordón umbilical que me unía a mi vieja madre, el valle, sabía que al bajarme de ese vehículo, lo cortaría para siempre. Estaba parado en medio de un mundo de gente, que siempre estaba corriendo en una u otra dirección sin un destino fijo, tratando de tomar coraje para compenetrarme con ese monstruo de mas de doscientos mil cabezas, estaba solo, nadie me había venido a buscar, creo que nunca sentí tanta soledad en medio de tanta gente, me sentí desamparado, asustado, con unas ganas locas de correr, de volver a mi tierra, cuando una voz me sacó de mis cavilaciones. - Sigue por esta calle de frente, dos cuadras encontrarás una casa grande rosada, con dos puertas, cruzas la calle y ahí está el mercado San Camilo. Era el chofer que me indicaba, como iniciar mi camino hacia las entrañas del monstruo, recorrer sus venas y con el tiempo, convertirme en parte de él. El sol estaba en la parte mas alta del cielo, tenía que caminar por ese hervidero de gente, el tránsito estaba casi cortado por la multitud de vendedores ambulantes, con sus precarios puestos móviles, ofreciendo a todo pulmón, ollas, platos, sartenes, vasos, y todo tipo de menaje para la casa, cientos de potenciales clientes, parados frente a ellos, regateaban los mejores precios, y eventualmente haciendo una que otra compra, para mí era todo un nuevo espectáculo..


178 Abriéndome paso, esa zona tugurizadas mercantilmente, a empujones por acá pisadas por allá, insultos, y toda una gama de improperios parte del folklore, seguía fielmente la dirección que el chofer por recomendación de mi hermano Víctor me había indicado, pasaron dos cuadras, no vi la calle transversal, que estaba oculta entre la multitud de gente y mi pequeña estatura, pero decididamente seguía avanzando hacia el mercado donde mi otro hermano tenía un puesto de venta de ropa. Por fin después de no sé cuanto tiempo, pero que para mí fue muy largo, estaba frente a una puerta grande de madera, toda sucia, que si alguna vez fue pintada, de colores no tenía ni vestigios, y la única cobertura era una negruzca capa de mugre grasienta, las paredes en alguna oportunidad estaban estucadas, pero ahora, mostraban el sillar del cual estaban formadas y las grietas que el tiempo les había producido, todo este conjunto ya venía sobreviviendo desde la época de la colonia, en la parte superior las paredes lucían restos del color rosado, empañado por diferentes capas del negro humo de los vehículos, era la casa rosada. Una enorme mole de dos pisos, ocupaba por lo menos cincuenta por cincuenta metros, aunque debo reconocer que para mí, un niño campesino de doce años, que no conocía otra cosa que el caserío que era su pueblo, todo lo que la ciudad me presentaba, era monstruosamente grande. Esta antigua casa, tuvo sus años de gloria, pero el tiempo fue muy ingrato con ella, y terminó convirtiéndose en un conventillo transitorio, donde cada cuarto tenía tres camas, y los comerciantes al llegar a mercar, alquilaban sus camas, donde pasaban la noche, creo que en cierta forma, estos fueron los abuelos de los moteles. Años después, se armó una tremenda polémica cuando algunos inversionistas, querían demolerla para construir un complejo habitacional, y un grupo de historiadores la consideraban monumento nacional, en esta desigual lucha, el mercantilismo ganó a la historia.


179 Frente a esa puerta, y en diagonal estaba el mercado San Camilo, que ocupaba una manzana completa, era el eje comercial de Arequipa y toda la zona sur del país. Crucé la calle, lo cual no me fue muy difícil, era mi primera calle que cruzaba solo en la gran ciudad. La cantidad de gente hacía que los pocos vehículos que pasaban lo hacían a una muy lenta velocidad, así que era cuestión de colarse al grupo. Al entrar por una de las puerta que da a la calle Perú, el fuerte olor a orines en el ambiente me indicó que estaba pasando frente a los baños, luego adentro me recibió unos cuarenta puestos de venta de carnes y viseras, de todo tipo de animal, como vacas, cerdos corderos, sin contar otros puestos con pequeños bichos como cuyes, conejos, gallinas, patos y otros, en algunos casos vivos, todos ordenados en filas dejando pasillos, por donde los clientes circulaban, y por donde yo debería pasar, no era nada fácil, no había mucha gente a esa hora, pero el piso estaba cubierto del agua que caía de las mesas, en la mayoría de los casos de un color rosado, y con un fuerte olor característico de las viseras. Los vendedores y vendedoras, cómodamente sentados en sus bancos, con sus rostros apenas visibles detrás de las medias reses, la sarta de tripas, hígados, riñones o chinchulines colgados, hacían sus ofertas a los pasantes, garantizando la calidad y frescura. Era la hora del almuerzo, algunos hacían un espacio en la mesa, aprovechando la escasez de clientes y opíparamente devoraban un plato de caldo o guiso, que una vivandera que tenía su puesto en el segundo piso, les repartía por un cómodo precio, y se divertían, mirando como yo con mi caja al hombro, iba sorteando los charcos de ese sanguinolento líquido, tratando de no mojar mis agresivos zapatos, que por cierto, a esa altura, ya estaban cobrando su tributo a mis talones, eran sobrevivientes de mi último desfile escolar, yo había crecido, pero ellos no. Terminada mi gran aventura del cruce de los carniceros, llegué a zona seca, un pasillo, lleno de


180 canastas de pan de diferentes variedades, y en medio de ellas apenas con la cabeza sobresaliendo, estaban las vendedoras. Esa escena trajo a mi mente viejos recuerdos, de haber ya pasado en alguna oportunidad por ahí, ellas gentilmente me indicaron donde quedaba el sector de ventas de ropa. Siguiendo sus indicaciones, giré a la izquierda y frente a mi apareció un pasillo, que dividía a un veintena de puestos de ventas de ropa, separados por sectores, de acuerdo a la línea de productos, ropa infantil, femenina, de vestir, y así sucesivamente. En el segundo puesto de la izquierda, miré una cara que me parecía conocida, hacía tiempo que no la veía, era mi hermano Benigno, algunos años atrás había emigrado a la gran ciudad, y después de haber desempeñado varios trabajos relacionados, al negocio textil, por fin tenía su puesto propio de venta de ropa en el mercado. Él, era mi medio hermano por parte de padre, era el mayor, tenía alrededor de treinta años, dentro del mestizaje que tipificaba mi familia, él era el mas inclinado hacia nuestra raza autóctona, era de baja estatura, pelo lacio, peinado hacia atrás, una sonrisa tímida, en medio de una cara tirando a blanca. Me miró, ni siquiera salió a mi encuentro, solo se limitó a un seco comentario. Llegaste. Su recepción me dolió, me costó tiempo después entender, cuan era la inoportunidad de mi llegada, atravesaba una situación económica muy complicada, pues el puesto apenas le rendía para subsistir, y además tenía que pagar las cuotas del crédito que había obtenido para adquirir dicho puesto. Por lo tanto, mantener una boca más no era precisamente una bendición, y como si fuera poco, él en su soltería mantenía una relación medio oculta con una vecina, y el cuarto donde vivía era su nido de amor, dentro de ese contexto, definitivamente yo no era bienvenido, pero, ahí estaba.


181 Después de degustar un caldo de cabeza de carnero, que nos trajo una vivandera, cuidando de no ensuciar alguna prenda de las que vendía, ya que comíamos directamente en la mano, y con una cuchara como único cubierto, llegó las tres de la tarde, cerró el puesto, y rumbo a su vivienda. Iniciamos el camino, él adelante, yo como un auténtico paisano, con mi caja al hombro, pegado a sus talones, y con el miedo a perderme en medio de ese torbellino de gente y vehículos. En más de una ocasión lo atropellaba, por mirar algo que me llamaba la atención, y que era casi todo, ante sus malhumoradas protestas. Mis pies ya no soportaban los zapatos, se me hacía difícil caminar, él me miraba de reojo, pero no decía nada, tomamos la calle Pierola, eran tantas las cosas nuevas que estaba viendo, tiendas a la derecha, tiendas a la izquierda, ambulantes a los costados, y por el centro buses y autos colmaban ese laberinto. Y nosotros los transeúntes como verdaderos toreros, gambeteando vendedores ambulantes de ropa en las veredas, buses de todas las líneas bajando hacia el mercado, vendedores de golosinas corriendo en todas direcciones, y el vendaval de gente que salía y entraba al mercado. Sobrevivimos la primera cuadra, llegamos a la esquina del parque Duhamel, asombrado miraba, el verdor del pasto, los asientos de madera, y como la gente retozaba en ellos, unos pasos, y a mi derecha me quedé asombrado, al ver esa maravilla arquitectónica colonial, el templo de Santo Domingo, era sorprendente ver la habilidad y religiosidad, con que se talló esas imágenes sobre la piedra sillar, y la veneración con que fueron puestas en sus paredes, íconos de toda una generación de españoles cuando la construyeron. La pesada puerta, una combinación de bronce, hierro y madera, con sus grandes aldabas de hierro forjado, su mazo tocador de bronce, y su estructura de una dura madera, sujetada con sendos remaches de cabeza


182 cuadrada de hierro, completaban una obra, artística magistral, digna del homenaje al Dios para el cual fue confeccionada. Lamentablemente, años después, dos terremotos destruyeron la ciudad, y se llevaron consigo ese y otros templos coloniales, y muchas construcciones históricas, se han reconstruido, recuperando lo poco que quedó sin destrozar. Al llegar a la esquina, giramos hacia la izquierda, por la calle Santo Domingo, caminamos un poco más de media cuadra, cuando mi hermano me dijo, - Esta es la zapatería Begazo, aquí trabaja tu hermana Yolanda. Entramos, después de un saludo mas protocolar que familiar, me mandó sentarme, me trajo unos pares de calzados para probarme, a la tercera fue la vencida, y con mi caja de zapatos nuevos salí feliz, a completar las cinco cuadras de martirio que me quedaban. Una cuadra adelante, otra sorpresa, la iglesia de la Compañía se destacaba sobre la mano izquierda en diagonal con la plaza de armas, otra maravilla arquitectónica colonial, para la cual valen los mismos adjetivos calificativos superlativos que he empleado para Santo Domingo. Al cruzar la calle ejercicios, parecíamos el cacique y su criadito pegado a sus talones, estábamos en la plaza de armas, que maravilla, eso si era plaza, no el cuadrado de tierra y piedrecillas de mi pueblo, sus portales de San Agustín y de la municipalidad, su tuturutu, y la imponente catedral, estaba atónito, sin darme cuenta, me quedé retrazado, cuando la voz lejana de mi hermano venida desde la esquina de la calle la Merced, me sacó de mi anonadamiento, con estruendoso grito. Tres cuadras adelante, llegamos a la entrada de su casa, calle puente Bolognesi, trecientos sesenta, una enorme puerta de madera, al mismo estilo de la descrita de la iglesia, pero mas humilde sin el bronce, ni la misma elegancia artesanal, nos cerraba el paso, abrió la


183 portezuela, y apareció, una ancha escalera combinación de piedra y escalones de sillar, los bordes estaban curvados, por el desgaste de mas de doscientos años de uso, después entendí que estábamos ingresando al emblemático tambo la cabezona. El bajar era como introducirse en las entrañas de la tierra, pero en realidad, era solo para cubrir el desnivel, que se había formado cuando se levantó la calle para construir el puente, en la misma época y a puro sillar, esto equivalía a dos pisos de construcción, es decir el techo del segundo piso equivalía al nivel de la calle, y la puerta posterior que sale al río. Al ingresar, un patio, y en el centro un cuartucho de chapa de zinc, que constituye el baño central comunitario, y arrimado a él un pilón de cemento de un metro por lado, con un grifo de agua encima constituye también el surtidor comunitario, estas construcciones, son un injerto a la original, alrededor mas de una docena de cuartos, alojando igual cantidad de familias, a la derecha, destaca, un altillo de color verde que alberga a la venerada cruz de mayo, a la izquierda una escalera de cemento conduce al segundo piso, donde una estructura comunitaria similar a la descrita permite la vivienda de nueve cuartos mas. Es todo un complejo, habitacional e industrial, donde destacan, don Pedro, el fabricante de embutidos y chicharrones, don Pablito el zapatero, Ortiz el herrero, Doña Hipólita la frutera, y su esposo el sastre, don Carlitos el Churrero, Don Pedrito, el albañil, la sede del club deportivo del barrio, el Sport Chili, y las demás familias que simplemente vivían ahí. Entramos, pero no bajamos la escalera, seguimos por un pasaje tipo balcón hacia la derecha, y llegamos a un pasillo flanqueado por tres cuartos por lado, en el tercero de la izquierda vivía mi hermano, tenía tres por cuatro metros, servía de dormitorio, sala, comedor, cocina, y todo lo que hace a una vivienda, con una cama dos sillas y una mesa, al llegar la noche, sacó un colchón debajo de


184 la cama, en ese momento recién descubrí donde yo dormiría. El viejo mira ese edificio, que se construyó contemporáneo con el nacimiento de la historia Arequipeña, ocupa mas de dos mil metros cuadrados, cuando nació era el primer Molino movido por las aguas del Chili, años mas tarde, dejó de moler ese preciado trigo, y poco a poco se convirtió, en un tambo donde se alojaban los recueros, -hábiles conductores de las recuas de mulas- y sus acémilas que venían desde los valles de la costa, cargadas de las preciosas especias alimenticias. Al comenzar los vehículos motorizados a poblar, las terrosas carreteras, las acémilas, víctimas de ese desarrollo, comienzan a desaparecer en el limbo de la historia, y con ellas los tambos, con toda la infraestructura que las apoyaba, y nuestro querido tambo de la cabezona, no pudo ser ajeno a esa evolución, pero al ser adquirido por una prestigiosa familia del lugar, poco a poco comienza su lenta mutación a un conventillo familiar, donde residen mas de cuarenta familias. Ahí está el niño, metiéndose poco a poco, en las entrañas de esa vieja casona, tan vieja, que su antigüedad, comienza a rayar con la historia, y es así, como años después con la ayuda del gobierno español, ha comenzando la transformación de un viejo cacharro a un monumento histórico, hasta su completa reconstrucción, pero el niño ya no está. A las seis de la mañana, después de una noche sin dormir, ante la expectativa de una nueva vida, en una nueva ciudad con nuevas costumbres, me calcé mis también nuevos zapatos, y esta vez equipado con mis certificados de estudios, pisando los talones de mi hermano llegué al mercado, era mediados del mes de diciembre, el plazo para inscribirme en el colegio, vencía al día siguiente, después de un frugal desayuno, en el puesto de venta, inicié solo mi camino al que sería mi centro de estudios,


185 eso si que era una aventura, nunca había cruzado una calle solo, y esta vez tendría que hacerlo por lo menos siete veces, vaya que era un problema, que lo solucioné en cada cruce, arrimándome a alguien que cruzara, y pasaba pegado a sus talones. Estaba parado frente a un edificio de concreto de dos pisos de altura por cinco cuadras de ancho, era la sede del centenario colegio Nacional de la independencia Americana, emblemático ícono de la educación de todo el continente, fundado por el propio libertador don Simón Bolívar, entidad que participó en heroicos pasajes de nuestra rica historia nacional, era todo un símbolo para la orgullosa población arequipeña, y por lo tanto ser un estudiante era todo un orgullo. A los pocos minutos, estaba parado frente a un señor de unos cuarenta años, vestido elegantemente, sentado detrás de un lujosos escritorio, me miró de pies a cabeza, y después de examinarme un rato me preguntó algunas cosas que originaron el siguiente diálogo. y tu papa? Esta muerto Y tu mama? Está en el valle Y tu tutor? Y eso que es? Quien te va a matricular? Yo, aquí tengo todos mis papeles Pero necesitas un adulto, para te matricule, a eso se llama tutor. Yo no conozco a nadie Bueno ve a buscar alguien, un hermano, un tío, alguien que te represente y luego vuelves. Salí al patio, estaba desconcertado, recordaba que mi hermano me había dicho que en el colegio buscara a alguien que me iba a ayudar que era un pariente y era profesor, pero con el nerviosismo no había gravado el nombre, pasé frente a una sala donde varios adultos


186 vestidos de traje y corbata, conversaban alegremente, era la sala de profesores, la lamparita se me prendió, y en un alarde de coraje, y ante el desconcierto de todos esos serios rostros, me paré frente a ellos, y un poco tartamudeando les pregunté. Estoy buscando un tutor, quien de Uds. quiere ser? No era para menos, ver la cara de esos adustos profesores asombrados, y un granuja de un metro cuarenta parado frente a ellos, pidiéndoles que sea su apoderado, superada la sorpresa inicial, uno de ellos se adelantó, y me preguntó. - Como te llamas?. Al decir mi nombre, sucedió que era precisamente mi primo Domingo, a quien se supone yo debería haber buscado, y que estaba pendiente de mi llegada, fue él quien me matriculó y fue mi apoderado durante todo el periodo que duró mi educación secundaria. Dos días después rendía exitosamente mi examen de ingreso y me convertía en alumno de ese glorioso he histórico Colegio, que había sido cuna y fuente de sabiduría de muchos grandes hombres que enriquecieron la historia peruana. Desde ese momento para sobrevivir, me convertí en el asistente de mi hermano, era su secretario, amanuense, mensajero, representante, y toda la actividad necesaria, complementaria para que él desarrollara sus actividades de comerciante en ese su minimundo de empresario textil, y como consecuencia aprendí el arte de las ventas, en un mercado de alta competitividad, y donde la amplia mayoría de nuestros clientes era gente bajada de las altas sierras de la cordillera de los andes. Rápidamente pasaron los tres meses, llegó abril, con él el inicio de las clases, gallardamente vestido con mi uniforme alfeñique especialmente desarrollado para el colegio, luciendo orgulloso su insignia sobre el bolsillo izquierdo de la casaca, hacía mi ingreso a las aulas que serían mi alma Mater durante los próximos cinco años.


187 La convivencia con mi hermano ese primer año, no fue muy complicada, en un pacto no escrito, yo a la seis de la mañana saltaba de la cama, y salía rumbo al mercado, abría el puesto y atendía a los clientes tempraneros que caían, a las siete y treinta la viandera traía mi desayuno, a las ocho legaba él, entregaba el cargo, y al colegio, al medio día llegaba al puesto, almorzaba en el mismo, luego me hacía cargo, mientras él se iba almorzar, con un nuevo romance rodeados de flores ya que ella se dedicaba a esa venta. Por la tarde, directamente al cuarto, cenaba en casa de una vecina que me daba pensión y que él generosamente pagaba, hacía la limpieza de la única habitación, mis tareas escolares y a dormir esperando el nuevo amanecer, generalmente, él llegaba ya bien entrada la noche, después de noviar unas horas. El mes de diciembre llegó acompañado del alboroto de la navidad, gente corre para acá, gente por allá, casi siempre cargando paquetes, y los comentarios de los niños, felices con los regalos que esperaban recibir, para mí, el único recuerdo de la navidad era cuando doña Juanita armaba su nacimiento, y los niños del pueblo, cantábamos y bailábamos a su alrededor, para finalmente ser premiados con una taza de chocolate y maíz tostado con chancaca, era suficiente imán para nunca faltar. La novedad comenzó a correr, una fundación de madres, y la municipalidad, regalarían juguetes a los niños pobres en el estadio, yo era uno de ellos, y cargado de mis ilusiones infantiles, ahí fui, después de tres horas de hacer fila, a codazo limpio, y mas de un conato de pelea, con esos niños provenientes de los mas míseros barrios de la ciudad, pero también cargando sus ilusiones, recibí mi primer y único juguete que tuve en mi vida, una hélice de plástico, insertada en un manguito, donde un paquete de ligas, hacía un esfuerzo de torsión, que al soltarla, giraban, y la hélice salía volando en una clara imitación de un helicóptero, pero sin cuerpo, la alegría duró poco, porque


188 en uno de sus vuelos, dicho artefacto desapareció en un lugar donde no lo pude recuperar. El viejo, ve con alegría la cara del niño, nunca lo había visto tan feliz, cuando recibió su juguete, en esa expresión colmada con una amplia sonrisa, ve el olvido de sus penurias, que parecen perseguirlo siempre, creo que es la primera vez que siente que el niño, es niño. Algún tiempo después, el viejo sigue mirando esa cara de felicidad, y dando un salto hacia atrás, en su afán de engañar a la historia, quiere volver a mirarla, ya no está el niño, ya no está la repartición en el estadio, pero están muchos otros niños tan pobres como era él, y en una revancha a la vida, que después de tantos sufrimientos, le fue muy benigna, desde hace años, estableció con sus propios peculios, una fiesta navideña para ciento cincuenta niños, en un barrio pobre, con chocolate, golosinas, pan dulce, y payasos, donde después de pasar una divertida tarde, cada uno de ellos, recibe su juguete, el viejo en cada carita de felicidad, no sabe si ve a los niños del barrio, o ve ciento cincuenta veces la carita del niño, con sus ojitos brillando de felicidad, sin que él viejo pueda contener sus propios sentimientos, con cada carita que ve siente que se le hace un nudo en la garganta. Terminó el primer año de educación, yo feliz con mis buenas calificaciones, la relación con mi hermano había mejorado mucho. Se sentía orgulloso por los resultados de mis estudios, y una vez más rumbo a mi querido valle, a ayudar con las labores agrícolas, así pasaron los tres meses, entre pastoreos, plantaciones de arroz. Desyerbados, cosechas de arroz y otras actividades. A mi retorno, a iniciar el siguiente año, las noticias que me esperaban, no eran muy alegres, mi hermano había tomado la decisión de casarse, había cambiado de cuarto y en su nueva vivienda y su nuevo estado yo no cabía, me convertí en un paria en busca de donde anclar. Con mis huesos.


189 Terminé recalando en casa de mi hermana, que acaba de ser madre, pero mi presencia ocupaba un espacio que inicialmente estaba destinado a un empleado doméstico, que se haría cargo de la atención y cuidado de la nena, en consecuencia era ahora yo quien tendría que asumir esa función, fue un periodo muy duro, apenas me quedaba algo de tiempo para mis tareas escolares, pues el preparado de los biberones, el lavado de los pañales de tela, el bañado de la nena, y todas las tareas adicionales en la crianza, me tenían extremadamente ocupado. A eso debo agregar el maltrato físico y psicológico, del cual era víctima, originando que los vecinos levantaran su voz de protesta, y enviaran a mi madre una carta, solicitando su presencia y que me sacara de ese ambiente. Nunca conocí el contenido de la referida misiva, pero debe haber sido tan cruda, que hasta un corazón encallecido como el de ella no pudo abstraerse, y al día siguiente la tenía frente a mí dispuesta a llevarme al valle de vuelta. - No tienes porque seguir soportando este maltrato, en casa no te faltará nada. Me decía en su intento de convencerme. A mi entender, esa no era ni remotamente una opción, yo tenía mi sendero trazado en la persecución de un mejor futuro, y era tal mi convicción, que no concebía la existencia de ningún motivo capaz de desviarme ni un milímetro, de ese trazo, así se lo hice saber, cuando le dije - He venido a estudiar, y pase lo que pase, no volveré al pueblo hasta no ser profesional, y si no lo logró, nunca volveré a vivir ahí. A pesar de sus súplicas, seguí obstinadamente caminando es pos de mi propia leyenda de vida, como podría soñar con un futuro, si no tendría la capacidad de soportar mi propio presente. Todo marchaba soportablemente, en esa lucha permanente, perseguido por la realidad, y en busca de las esperanzas, cuando llegó a casa don Feliciano, padre de Alfonso, mi cuñado, hombre alto, de aproximadamente 55 años, de tez blanca, extremadamente delgado, sus


190 esqueléticas piernas bailaban libremente en sus pantalones, su rostro, seco con un par de pómulos sobresalientes, unido a su impresionante estatura, mostraban un residuo de lo que en antaño fue evidentemente un gallardo joven, de impresionante presencia, pero que solo quedaba de él un semi cadáver, apagado y totalmente derrotado, con una opaca y perdida miraba, completando un cuadro de total resignación. Cuando me fue presentado, se me explicó que sufría un cuadro terminal de silicoliosis, enfermedad pulmonar que había adquirido en sus largos periodos de trabajo como minero. Era un proceso irreversible, mi tarea consistiría en suministrarle sus medicinas, y ventilarlo cuando sus crisis así lo demandaran, cumplí fielmente, y en el poco tiempo que permanecimos juntos, desarrollamos un especial sentido de la amistad. En ese cruce de dos almas, una con un gran bagaje de sueños e ilusiones, en un camino briosamente ascendente, y la otra con su bagaje lleno de recuerdos, en una franca remembranza del pasado, y resignado en su camino hacia el vacío eterno, don Feliciano, en un acelerado intento, como de quien ya no tiene tiempo, en nuestras tardes de solitarios diálogos, trataba de embutirme sus experiencias de vida, en la esperanza que ellas constituyeran una luz que debería iluminar mi sendero. Así pasó algo más de un mes, de anécdotas y recomendaciones, él luchando por robarle unas horas más a la vida, y yo por atropellarla. Me encantaba escucharlo, apenas tenía un tiempo disponible me sentaba al borde de su cama entusiasmado con sus aventuras, hasta que en una tarde de un sábado, en que yo no iba al colegio, estábamos solos los tres, la nena, él y yo, cuando en forma repentina el esperado desenlace vino a mi encuentro. En medio del silencio que siguió después que la nena se durmió, una lejana, y gangosa voz, totalmente débil pronunciaba mi nombre, me acerqué, era él, quien llamaba, su mirada estaba perdida, pero al verme, en sus


191 ojos había un gesto de súplica, estaba muriendo, intenté ayudarlo, abaniqué su rostro con al esperanza de alimentar con mas aire sus pulmones, pero solo logré arrancar de él una mueca de sonrisa, en un postrer gesto de agradecimiento, en un último intento, abrió sus ojos desmesuradamente, me miró intensamente con esos ojos desorbitados, clamando una ayuda que yo no le podía dar, tomó mi mano con la suya, la apretó fuertemente, el cuerpo se convulsionó, abrió ampliamente la boca en un vano intento de captar mas ventilación, y finalmente transformando ese suave sonido de respiración, en un sórdido ronquido gutural, que terminó con un estertor, todo su abdomen se comenzó a contraer, y el aire comenzaba a salir sonoramente, como una imitación de un globo al desinflarse, era su último suspiro, había muerto. A mis trece años, quedé magnetizado con la intensidad del momento, y la presencia de la muerte, a pesar que su cuerpo, comenzaba a tomar una fría flacidez, y su rostro comenzaba a tornar ese amarillento color que la parca trae consigo, su mano seguía aferrada a mí, no se cuanto tiempo, hasta que comenzó a deslizarse suavemente, en cuando sentí que se iba, en un acto reflejo, que hasta me parece ilógico, fui yo quien la retuvo, quizá en el fondo de mi conciencia esperaba que no se fuera. En una actitud incomprensible para los demás y aún creo que para mi mismo, no atiné a pedir ayuda, para que?, si estoy convencido, que sentí la presencia de la muerte, tanto como sentí la ausencia de su alma, y el inicio de su largo camino, hacia el mas allá. Seguía extasiado, no sentía miedo, solo una extraña e incomprensible sensación, estaba atrapado en la hipersensibilidad de la escena, no soltaba la mano del muerto, creo que el hecho de ver frontalmente morir a un hombre, sentir esa relajación cuando un cuerpo vivo va lentamente transformándose en cadáver, superó mi capacidad de entendimiento y razonamiento en esa temprana edad, y mi cerebro en una actitud defensiva,


192 bloqueó lo que serían mis reacciones instintivas, convirtiéndolas en simples actos reflejos de conducta. La llegada de Florencio, uno de sus hijos, a su clásica pregunta, de cómo estaba su padre, con una total indiferencia, como si se tratara de un acto cotidiano me limité a contestar fríamente. -Esta muerto. El grito desgarrador de él, potencializado por la especial sensibilidad, que le producía algunas copitas de cerveza de mas que traía consigo, pues venía de una fiesta, y la exagerada gesticulación, abrazando el cadáver y pidiendo a gritos la presencia del médico, sorpresivamente me trajeron nuevamente a mi realidad, por supuesto el médico llegó solo a certificar la defunción. Este momento en cierta forma creo fue mas traumático para él que para mí, pues durante mucho años un sentimiento de culpabilidad lo persiguió, y siempre que lo recordaba mezclaba la culpa por su ausencia. El agradecimiento a mi presencia y al valor que tuve de acompañar en los últimos minutos de vida de su progenitor. A sus gritos acudieron los vecinos, llegó mi hermana y mi cuñado. Mi presencia era ignorada, así que lentamente me escurrí solitariamente me fui al río, sentado sobre una piedra, trataba en vano de sacar de mi mente la imagen del momento crucial de la muerte, los gestos y ese fatídico último suspiro, nunca lo logré, pues hasta ahora esa imagen permanece grabada en mí. Fue una lección muy dura, había muerto un hombre junto a mí, había muerto con mi nombre en sus labios, y había sido testigo de esos grotescos gestos de desesperación, creo que hasta sentí como el alma se iba en ese último aliento, desde ese día siempre hubo un antes y un después. El viejo está mirando ese estremecedor cuadro, el niño tomado de la mano del cuerpo del hombre, que poco a poco se va enfriando mientras su alma se va alejando, hacen una lúgubre escena, aprende pronto que la vida es así, unos se van y otros vienen a


193 reemplazarlos, quizá el niño es el reemplazo, del hombre que murió. Sigue viendo al niño sentado en la piedra, este golpe, fue una cicatriz más en esa tan tierna alma, pero ya encallecida, entiende su desconcierto, trata de conciliar, el sentido romántico y hasta poético de la muerte, en los versos literarios que muchos poetas le dedican a la desaparición eterna, con estos grotescos y desesperados gestos y ruidos, en una imploración por unos segundos mas de vida, como podría él diferenciar la muerte, del momento de morir, si ni hasta ahora el viejo no lo puede entender. Unos meses después, terminaba exitosamente mi segundo año de secundaria, ya era todo un jovencito, experto en ventas ambulatorias, en atención a una vivienda y un hábil sembrador de arroz, aunque debo reconocer que mi estatura no coincidía con mi edad, pues por mi mal alimentación, mis huesos se negaban a estirarse, y como consecuencia en las formaciones del colegio siempre estaba ubicado en los últimos lugares, en franca competencia con el cholo pacheco y el chato Rosas. Había tomado una decisión para el próximo año, no sería mas empleado doméstico de nadie, ni mendigaría un plato de comida, estaba lanzando mi grito de libertad, coincidentemente mi hermano Benigno anunció, que dejaría el cuarto donde vivía pues se mudaba a una casa en Mariano Melgar, con el nacimiento de su hijo, ya no cabía ahí, coordinamos con mi hermano José quien hace unos meses había emigrado del pueblo, y asumimos el alquilar por nuestra cuenta, aunque debo confesar que nos costó mucho trabajo convencer a doña Lucila, la versión en esa época del señor Barriga en el chavo del ocho. Armado con un nuevo coraje, y una nueva determinación, encaminé mis pasos al valle, pero mi trabajo ya no sería ayudar a la familia, sino por el contrario trabajar independientemente para juntar mi propio capital, y así pagar mi permanencia y estudios en la gran ciudad. Por supuesto que la decisión no fue tomada muy alegremente


194 por mi madre, pero llegamos a un arreglo, en el cual yo dejaría parte de mi dinero en compensación por mi estadía en la casa familiar. Recluté a mis ex compañeros de estudios, completando un grupo de una docena, ofreciendo nuestros servicio a los terratenientes con grandes extensiones por sembrar, el almuerzo estaba incluido por parte del propietario, y en algunos casos cuando el terreno era lejos, incluíamos las tres comidas, en esos trabajos salíamos de nuestras casas, los lunes y volvíamos el domingo siguiente, después de pasar las noches en cualquier refugionatural. Una especial mención merece don Abelardo, agricultor que vivía en la Pampilla, pero tenía sus terrenos al otro lado del río, frente a el Arenal, trabajamos mas de la mitad de nuestro tiempo en sus campos, y quedó tan satisfecho, que nos hizo el compromiso que el siguiente año nos dedicaríamos solo a sus cultivos, que por cierto, era tal cantidad que no necesitaríamos buscar en otro lado. Mi ya viejo conocido amigo, el bus rojo de la empresa Aragón, me dejó nuevamente con mi caja de cartón, en medio de ese mundo de mercantes, pero esta vez, con la frente en alto, me encaminé por las arterias del monstruo, del cual ya era parte, hasta mi nuevo cuarto en el vetusto conventillo. Me esperaba, una carta de mi tío Ricardo al cual yo debía mi nombre, un ataque de alegría me invadió, ese noble tío, que para mí sólo era conocido por el nombre, vivía en Lima desde hace muchos años atrás. Al enterarse del drama que yo estaba viviendo, decidió asumir la responsabilidad de mi educación, me lo comunicaba acompañando la misiva con el primer giro de dinero equivalente a mi primera mensualidad, con la promesa que esto se repetiría todos los meses, hasta la culminación de mis estudios. Por fin, mi vida se arreglaría, con las mensualidades de mi tío, y mi propio dinero, mi Standard de vida mejoró, me compré una cama, era mi primera propiedad, comía regularmente bien, compartíamos el alquiler con mi


195 hermano, y hasta nos dábamos el lujo, de irnos los domingos a la picantería el gato, en el callejón del Solar a disfrutar de un sabroso americano, plato típico arequipeño, formado por una mezcla de ricos potajes, acompañado con su gran vaso de chicha jora, bebida hecha con maíz fermentado, y que nuestro pueblo lo consumía desde los orgullosos días, cuando los incas eran los jerarcas, en estas ricas tierras, y hasta una que otra vez, nos íbamos a ver la pelea de toros, espectáculo para nuestras costumbres mas importante que las corridas de toros para los españoles. Todo iba bien, en mis estudios adelanté bastante mejoró mi rendimiento, a esto se sumó que el año anterior, había obtenido excelentes notas en educación premilitar, lo que hizo que nuestro ya maduro teniente Manrique, me nombrara brigadier general de mi año, esto significaba que era el líder de las seis secciones que formaban el tercer grado, y por lo tanto de los seis batallones de de estos anteproyectos de soldados. Pero había un pequeño problema, mi principal función, era el mantenimiento de la disciplina en mis batallones, en todos los actos o ceremonias del colegio, y conducir los duros entrenamientos para los desfiles militares de fiestas patrias, todo estaba teóricamente bien, pero se daba el caso que casi la totalidad de los integrantes de mis fuerzas, eran mucho mas grandes que yo. En una salomónica solución, el teniente, manteniendo mi rango me transfirió como brigadier general del primer grado, en estos ocho batallones, estaban los alumnos recién ingresados, ahí si podría imponer, mi petisa estatura, y fue así como me convertí en un exigente caudillo, ayudado por mis dieciséis brigadieres de sección, nos lucimos en el desfile militar del veintisiete de julio, donde fuimos parte de los batallones de nuestra institución en la obtención del famoso gallarte que se otorgaba al colegio de mejor presentación y marchas.


196 Quiero retraerme un poco en mi narración, recordando a Perico, un pequeño pilluelo de unos doce años, blanquiñoso, pelo ligeramente ondulado, travieso, juguetón e indisciplinado, se había convertido en mi pesadilla, hasta que un buen día, me sacó de mis casillas, y en una actitud disciplinaria, pienso exagerada de mi parte, le arrimé un soberano sablazo en las posaderas, que no sé si el golpe fue muy fuerte, o la madera muy débil, lo cierto es que mi simulacro de espada voló por los aires trozada en tres pedazos. Estoicamente soportó el golpe, sin emitir opinión, y aunque estaba en su derecho de reportarme con mis superiores, en un acto de hombría, no hizo nada, y por el contrario mejoró sustancialmente su conducta, esto aumentó mi sentido de culpa. Así que armándome de humildad, le pedí disculpas, con un gesto de amigos nos dimos un apretón de manos, quedando sellado el incidente. Pero como alguien dijo alguna vez, la vida nunca es una línea recta, siempre está llena de subidas y bajadas, y nosotros nos movemos con ellas, así parece como el destino, ese dictador omnipotente, que juega con nosotros, como en un tablero de ajedrez, en una demostración, que siempre es él quien tira la última carta, me preparó una de las mas crueles bajadas. Estaba sin un centavo en el bolsillo, pero dentro de tres días llegaría mi mensualidad, así que me presté dinero de un amigo, venía feliz en uno de esos días de agosto, en la puerta del conventillo me esperaba un conocido vecino de mi pueblo, que había venido a vender su producción, al verme comentó. -Te traigo un mensaje de tu hermano Víctor. No me llamó la atención, en esos días cuando los correos se movían en viejos camiones, el teléfono comenzaba a hacer algunas aisladas apariciones, y el Internet aún no figuraba ni en la mente de los mas fanáticos de ciencia ficción, esos tipos de mensajes personales era cosa común, luego continuó, con esta fatídica frase.


197 -Tul tío Ricardo a muerto. No sé como habrá sido la transformación de mi expresión, que me abrazó, y luego se despidió, Ahí estaba nuevamente yo solo, sin un centavo en el bolsillo, y con una deuda, tenía que subsistir hasta diciembre, el trecho era largo, mi hermano José me miraba consternado, no podía ayudarme, si el pobre se ganaba la vida atendiendo las llamadas telefónicas a los taxistas en la plaza de armas, y como retribución recibía las propinas que los caritativos chóferes le daban, aunque debo reconocer que dentro de sus limitaciones, muchas veces compartíamos sus pobres alimentos. La mejor alternativa que se me presentaba, era volver al valle, ahí tendría vivienda y comida, y volvería al año siguiente, eso significaba perder un año, de estudios, eso no estaba en mis planes, me martillaba la cabeza pensando, porque me tenían que suceder esas cosas a mí, es que estaba pagando algún karma?, no podía estar pagando un pecado mío, si había vivido tan poco, que ni tiempo había tenido para pecar. Vendí mi cama, pero no era suficiente, que duro me pegó la realidad, sentir cuando el hambre aprieta, tragarme el orgullo, agachar la cabeza, y en una resignación de mi propia dignidad, y en un completo servilismo volver a trabajar a la casa donde juré no volver, con la esperanza de lograr obtener un plato de comida, me volví un experto en llegar de visita a la casa de algún pariente con un fingido amor, diciendo cuanto lo extrañaba con la esperanza que te inviten a comer. Ya no era necesario en el puesto de mi hermano, su esposa hacía los relevos, pero en cierta forma conseguí colarme con mi primo Florentino, que tenía una tienda de ropa, y a cambio de mi colaboración lograba una que otra vez un almuerzo. Así es como logré llegar a diciembre, y otra vez al valle, a buscar los medios que me permitan seguir un año más en esta dura novela llamada vida.


198 Comencé mi trabajo con don Abelardo, pasado los primeros días, me quedaba a dormir en la misma chacra, después de trabajar desde que la luz aparecía en el este hasta que se perdía en el oeste, me pasaba todo el día agachado, con el agua a la rodilla, vistiendo un calzoncillo de tocuyo azul, una vieja y totalmente descolorida camisa, Adornada con una respetable cantidad de multicolores parches, y la cabeza protegida con un grisáceo sombrero, de paja, que mi hermano me prestó, cuando la voz de aviso llegó -Ahí viene el patrón. Por el fondo del campo, apareció, montado en una preciosa yegua alazán, que era su orgullo, campeona en las carreras que siempre se organizaba en los pueblos vecinos, con cualquier motivo festivo, enjaezada con cabrestos finamente tejidos de cuero, marchaba briosamente, al son de los mandos de su amo, A su costado, un chiquillo de unos trece años, elegantemente vestido, y con botas de cuero, montado en un brioso caballo blanco, un poco mas pequeño, que la yegua, venía haciendo algunas piruetas, mi amigo Germán, los miró y comentó. -Esta vez el tigre viene con su cachorro. Directamente vinieron hacia mí, pues yo era el jefe de la cuadrilla, al levantar la cabeza los miré, la sorpresa que sentí en ese momento, cuando vi la cara del chiquillo, solo fue superada por la sorpresa de él cuando vio la mía, un labriego miserablemente vestido, con toda la cara salpicada por el barro producto de su propio trabajo, se enfrentaba en un cruce de miradas con su joven patrón, superada la primer sorpresa, en lo que pareció un siglo, solo lo escuché decir. -Ricardo eres tú?. -Hola Perico, si soy yo. Ahora el sorprendido era el padre, quien solo atinó a decir. -De donde lo conoces? El chico, pensó un minuto y luego contestó


199 -Es mi jefe en el colegio. Miraba la cara de estupor del hombre, pero quisiera adivinar sus pensamientos, como podía asimilar que ese pobre campesino, a quien él conceptuaba un ignorante proveniente de la zona mas pobre de su pueblo, y que en ese momento trabajaba para él haciendo labores, que hasta hace unos cuantos años, las hacían los esclavos, pudiera ser el jefe de su hijo, en un colegio de élite, y uno de los mas prestigiosos de todo el Perú. Y Mientras yo no atinaba a abrir la boca, sentí el furor de su mirada,, cuando Perico mirando a su padre agregó. -Si el año pasado hasta rompió su bastón de mando en mis costillas. El padre no dijo nada, yo tampoco hablé, como era posible, que un humilde campesino, hubiera castigado tan brutalmente a su engreído, y además delante de todo sus compañeros. Perico rompió ese tenso silencio cuando humildemente, en un gesto de complicidad dijo. -Bueno, es que me lo merecía. El hombre giró la rienda de su montura, y salió galopando seguido del hijo. Adivinando el desenlace de la escena, comencé a liar mis cosas, me distrajo el chiquillo que hacía de asistente de la cocinera, venía corriendo y agitadamente dijo -El patrón quiere verte. No me sorprendió, porque eso es lo que yo esperaba, cuando llegué, Perico estaba sentado junto al padre con una amplia sonrisa, el padre dirigiéndose a mí, conciliadoramente dijo. -Lamento mi conducta, Perico me contó todo, y creo que lo que tú haces es maravilloso, y desde ahora quiero que te sientas en familia, para comenzar comerás con nosotros y no con la peonada. Decliné la invitación, yo tenía mi gente, y con ellos seguiría, el comportamiento de don Abelardo cambió


200 mucho conmigo, e inclusive, cuando la siembra terminó, me inventaba trabajos para ayudarme con la paga. Un año mas de estudios, los gastos eran muchos, comer, útiles, y tener que compartir el alquiler, eso si que era un problema, pero tenía un nuevo oficio mas, me había convertido en un experto en el manejo de la máquina de coser, con la ayuda de mi prima Cecilia, en la tienda que tenía su hermano. Estiraba mi dinero, con mis ventas ambulatorias de ropa, los sábados por la noche y los domingos, con las vísceras y pescuezos de pavo, que el buen Pacohuanca me regalaba a cambio de mi ayuda en la confección de sus embutidos, o las ventas que hacía de retazos de suelas y cueros, que conseguía revolviendo en el basural del río los desperdicios que arrojaba la curtiembre Ibañez, y que generosamente me pagaba don Pablo, el zapatero, que aún hoy dudo, si lo hacía porque realmente los necesitaba, o era un acto de colaboración a mi lucha de la cual ellos eran testigos, o pintando una que otra pared en alguna casa vecina, o haciendo uno que otro trabajo de ayudante de albañilería, fueron pasando los que creo fueron los mas duros meses que me tocó enfrentar. Debo reconocer la ayuda que mi hermano José me daba, compartiendo conmigo en muchas ocasiones sus míseros ingresos, o nuestros mutuos consuelos, cuando teníamos que irnos a la cama con el estómago vacío con la esperanza que al día siguiente comeríamos, o cuando en algunas ocasiones nos pasábamos el tiempo lavando y recuperando, las frutas parcialmente podridas, que nos vendía a módicos precios, o nos regalaba doña Hipólita, y que no había logrado vender cuando se ponía en la puerta de la calle con sus canastas, o los churros, que a veces don Carlitos nos regalaba, cuando sobraban de las ventas que hacía en su carrito en la esquina de puente Bolognesi y Cruz Verde, y que la masa amenazaba con podrirse, o nuestros viajes dominicales a visitar al tío Nicanor, en Mollebaya, para ayudarle en las cosechas de la chacra, donde lográbamos pasar un día muy bien alimentados con


201 el sabor de la cocina de la tía Josefa, y con un poco de suerte llegábamos a casa con algo de maíz, zapallo u otro recurso alimenticios, sin contar lo bien que la pasábamos con las primas Elba y Olga. Como todo no puede ser tan malo, se dio la coincidencia que debido al aumento de la delincuencia, mi primo optó por dormir en la tienda, y ante el temor de que su hermana se quedara sola, en el departamento, yo era el indicado para hacerle compañía, así que entre su invitación y mi necesidad, terminé mudándome a su casa. Mi vida cambió de sentido, al amanecer a las siete a ayudar a abrir la tienda, regresar del colegio, almorzar, y cuidar la tienda mientras ellos se iban a almorzar, Volver lo mas temprano posible, y con mi negra máquina de coser singer, a pedal limpio, confeccionar delantales y cinturones en los cuales me había convertido en todo un maestro, recibía un pago o propina por cada prenda que hacía, Los sábados en la noche, seguía con mi ventas ambulantes en la parada, y los domingos por la mañana en los alrededores del mercado. Es en esa época, que mis dormidos huesos se dieron un tremendo estirón, gracias a una muy simpática señora ya entrada en años, que me había tomado un especial cariño, ella trabajaba de cocinera en la casa de una importante familia, se las ingeniaba para cocinar siempre un poco demás, el sobrante se lo regalaban, y todos los días aparecía con su paquete, que finalmente terminaba llenando mi necesitado estómago. El viejo mira en su mente, a esa buena señora, desempacando, esa rica y nutritiva comida, que él antes jamás había conocido, está muy agradecido, aunque siempre le quedó la duda, si realmente se la regalaban, o furtivamente se la llevaba, reconoce que esa escena, dejó en su psiquis un trauma, años después cuando la fortuna le sonrió, él también ha tenido y tiene cocinera, y sabe que en muchas ocasiones, le extraen la comida, para llevar a escondidas a su familia, ve en eso, lo que alguna vez


202 hicieron por él, y no tiene el coraje de llamarles la atención, a pesar de las exigencias de su familia, que no lo entienden, pero él sabe que está pagando una vieja deuda. Pero una vez mas, el destino juega conmigo, y eso también se acabó, esta vez la piedra en el camino vino envuelta en una guapa morocha, que se cruzó en la senda de mi primo, quien después de un primer estremecimiento de amor, y unas cuantas promesas mutuas, terminó entregándose en cuerpo y alma en una acta matrimonial, después de eso, tanto yo como mi prima ya no teníamos cabida en ese nuevo cuadro familiar, ella emigró con unos parientes, y yo de vuelta a mi antigua morada en la cabezona. Ese viejo cuartucho, con sus paredes de sillar, con su ventana romántica hacia el río, y al puente, testigo de mas de una pasión o desengaño amoroso adolescente, ya no era el mismo, los dos grandes terremotos que Arequipa había soportado, dejaron en él profundas cicatrices, convirtiendo ese romanticismo en una trampa mortal. Su pared norte, con grandes grietas de tal dimensión que por medio de ella nos mirábamos y nos comunicábamos con nuestra vecina Lourdes, y cuando terminábamos poníamos un parche de papel para que sus padres no la descubrieran. Por el otro lado, ya no había pared, solo una amontonamiento desordenado de sillares, tuvimos que gastar una gran cantidad de papel periódico, para poder cubrir grietas y protuberancias, con el vecino ya no habían problemas, porque su cuarto había quedado peor que el nuestro, obligándolo a emigrar, pero ni modo, nuestras economías no nos permitían otra alternativa, así que teniendo en cuenta que estábamos en una región tremendamente sísmica, y en un cuarto que apenas se auto soportaba, diseñamos, con un tarro vacío, una especie de campanilla, que al menor movimiento nos despertaba, y salíamos despedidos hacia el patio, actitud que se repitió en más de una ocasión.


203 Faltaba solo unos meses para terminar mi secundaria, el alquiler del cuarto, se pagaba entre tres, pues Manuel, un amigo y medio pariente, fue enviado del valle para estudiar, y mientras estuvo, la pensión que le llegaba fue una gran ayuda, pero, lamentablemente mi gran amigo cada vez que agarraba un libro, en lugar de tratar de entenderlo, se agarraba a trompadas con él, y siempre perdía, al final del primer semestre, su carnet de calificaciones, parecía un almanaque de fiestas, por la cantidad de rojos que tenía, hasta que la familia cansada de esa situación, lo mandó de vuelta al valle. De ahí en adelante, con la plata que junté en mis vacaciones, mis trabajos de costura, mis ventas ambulatorias, y la ayuda de José que ya tenía un trabajo como ayudante en la camioneta de reparto de la empresa Reiser y Curioni, podíamos vivir tranquilos, pero con algunas limitaciones, principalmente con el pago del alquiler, es así como al mejor estilo de don Ramón del chavo, nos convertimos en unos expertos en escondernos cuando la señora Lucila aparecía a cobrar la renta, aunque visto a través del tiempo, esa noble señora, que siempre estaba con su rostro adusto, y apariencia de enojada, hacía tal ruido en el vecindario cuando venía, que creo era intencional, para darnos tiempo escondernos, ya que ella no era la dueña, simplemente era su representante. Estaba en el tramo final, así que ya no era tiempo de aflojar, Benigno, mi hermano mayor se cambió a su casa propia, un poco mas grande, se llevó los muebles que había dejado, entre ellos la mesa y dos sillas, así que nuestras camas pasaron a ser nuestras mesas, hasta que llegó diciembre, terminé mi secundaria con muy respetables notas, ya estaba preparado para el siguiente gran paso de mi vida, la universidad.


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CAPTULO VIII EN LA SENDA PROFESIONAL “NO IMPORTA LO ALTO QUE ERES, SINO LAS ALTURAS QUE PUEDES CONQUISTAR”

Firdaus Kanga El viejo acaba de llegar a su casa después de disfrutar un delicioso matambre tiernizado en la casa de Zenaida su mejor amiga, está en la ciudad, quiere aprovechar los últimos momentos de sol, en la última tarde del mes de julio, la tarde es fría, pero el sol resplandece con todo su brillo, se abriga bien, empaqueta su cuello, con una chalina de lana de alpaca peruana, sale a la terraza, y así enfundado se recuesta en su reposera favorita, dentro de veinte días, estará pisando los talones de los setenta años, pero eso ya no le preocupa, se siente satisfecho, cree haber vivido bien, pero aún así le gustaría vivir mas, sonríe a la vida. Pero esa sonrisa en un momento se transforma en una mueca de preocupación, negros nubarrones invaden su memoria. La semana pasada, ha terminado sus controles, el médico le ha indicado que hay suficientes motivos para pensar que un viejo enemigo, al cual derrotó hace nueve años, nuevamente ha venido a visitarlo, pasado mañana le harán una biopsia, el viejo piensa que en su lucha por la vida, ha tenido que siempre venir sorteando las piedras que esta le ponía en el camino, ahora en su lucha con la muerte, él sabe que con el pasar del tiempo, va a perder, pero, será esta vez él quien ponga las piedras, en su afán de alargar el tiempo de su derrota.


206 Siente la necesidad de escribir, tiene miedo de no terminar lo que ha comenzado, se levanta, pone dos calefactores a los costados de su escritorio, y con un ahínco propio de quien se siente amenazado, comienza a pelearse con el teclado de la computadora. Con mis certificados de estudios bajo el brazo, y con el orgullo se haber obtenido muy buenas notas, encaminé mis pasos hacia la Universidad San Agustín, Había tomado la decisión, estudiaría Ingeniería química.. Primera vez que ingresaba a esas aulas universitarias, en ese viejo convento de San Agustín, mezcla de claustros y catacumbas, miraba en esos subterráneos con sus abovedados techos de sillar, que por forma, ubicación y luminosidad, parecía ser la más pura esencia de la alquimia, sin embargo esos claustros formaron grandes profesionales. El viejo, siempre en la mas pura esencia de sus pensamientos, hace saltar sus recuerdos, es uno de los conventos mas antiguos del nuevo mundo, donde monjes agustinos, paseaban por los portales que rodean el patio interior, lleno de aromáticas plantas, y delicadas flores, rezando su rosario matutino, e invocando a su Dios. Ellos se fueron poco a poco, pero esas viejas paredes y esos decorados portales, jamás se rindieron, desde que parecían refugio de alquimistas, siguen desafiando a la historia, formando cada año generaciones de nuevos profesionales, adaptados a los tiempos modernos. Los monjes ya no están, ya no llevan su mensaje de paz, y consuelo para la próxima vida. Ahora son cientos de jóvenes, que aprenden nuevos mensajes de desarrollo, y bienestar para las generaciones futuras. El viejo ve a grupos de jóvenes, llevan sus libros bajo el brazo, en una escena que se ha repetido cientos de años, en ese monumento de sillar, maravillosamente decorado al más puro estilo medieval, gozan del calor y la luz del sol arequipeño, con la pureza que a los dos mil cuatrocientos metros


207 sobre el nivel del mar, en lo que es característico de esos climas serranos. El viejo recuerda cuando cargado con su paquete de ilusiones, llegó a esas aulas, con la soñada convicción de ser un gran médico, pero en una de las tantas cachetadas que la vida le dio, entendió, que esa era la única carrera que no podía estudiar, porque la rigidez de sus horarios no le permitía trabajar, y él tenía que hacerlo para poder vivir. Era una larga fila de estudiantes, de cientos y cientos, la diferencia de sus caras, mostraba el gran matiz de nuestra raza, pero en el fondo, todos éramos iguales, con una sonrisa nerviosa en los labios, un folder con papeles bajo el brazo, y un bagaje de sueños, esperanzas e ilusiones en el alma, por eso es que entendí el sentimiento de ellos, y en camarería, soporté las horas que me tocó esperar. Ahora venía lo difícil, prepararse para el examen de ingreso, primero uno escrito, donde quedaban aproximadamente el setenta por ciento, y luego un severo examen oral, donde cinco profesores, especialistas cada uno en su materia, nos vapuleaban exhaustivamente tratando de desaprobarnos, era esa su triste misión, porque de esa cantidad de postulantes, solo debería ingresar un veinte por ciento. La universidad no tenía mas capacidad, en mi caso, no recuerdo cuantos cientos se habían presentado, pero sabía que solamente cincuenta podríamos seguir adelante. Mi situación era un poco mas que dramática, en una época que las fotocopiadoras, no existían, las academias de preparación, si, pero mi dinero no, solo me quedaba la biblioteca nacional, y la de la universidad, que gracias a la amistad de mi tío Marcial, con el padre de la directora, me consiguió el acceso. No quedaba todo ahí, en el cuarto, no teníamos muebles, y yo necesitaba por lo menos una silla y una mesa, pero no era cuestión de arrugar, ya había superado peores problemas, así que manos a la obra, recordé que mi


208 ex compañero López, trabajaba como vendedor de electrodomésticos en Carsa, ahí recurrí, me regaló dos grandes cajas de madera, donde venían los lavarropas, u otros aparatos, poniendo un poco de iniciativa, y las herramientas prestadas de don Pedrito, después de unos días tenía una mesa, para la silla no me alcanzó, pero tres sillares superpuestos, un poco duros pero cumplían esa función, listo ya tenía mi escritorio, y estaba listo para iniciar mi duro camino hacia las aulas universitarias. A la mañana siguiente, antes de que la biblioteca pública abriera la puerta, en la calle ejercicios, yo estaba parado frente a ella, y tan pronto pude entrar, solicité todos los libros que podía sobre el tema que iba a estudiar, y no abandoné esa mesa, hasta que cerró por la tarde. Con uno o más libros prestados, volvía a mi casa, para continuar en la noche, con esa actitud, marqué lo que sería mi rutina durante los casi tres meses hasta que llegaron los exámenes de ingreso, exceptuando algunos días que me iba a la biblioteca de la universidad.. Raquel, una preciosa y muy agradable chica, mayor que yo, quien era una de las asistentes de la biblioteca, era testigo de mi esfuerzo, y en cierta forma lo apreciaba tanto, que se hizo mi voluntariosa colaboradora, ella, por las tardes me preguntaba el tema que estudiaría el día siguiente, cuando yo llegaba por la mañana, mi mesa ya estaba reservada y con unos cuatro o cinco libros. Abiertos en las páginas de los temas por mí elegidos, y camufladamente entre ellos uno que otro sándwich, pues se había dado cuenta que yo no almorzaba, esa bella chica me admiraba, y hasta creo estaba un poquitín enamorada. Mi examen de ingreso fue todo un éxito, estuve entre los primeros puestos, y así inicié una nueva etapa de mi vida, es decir, ingresaba por la puerta grande, en busca de una brillante profesión, en mi sendero al futuro. En los fríos días invernales, después de soportar una o dos horas de clase, en esos medievales cuartos, era un placer salir a los jardines de la plazoleta, a disfrutar de ese brillante sol serrano, el nivel de estudios, y la calidad


209 de sus profesores, nada tenía que ver con el ambiente, por el contrario, eran exigentes, con conceptos muy modernos, que unidos a una muy bien equipada biblioteca, les permitía imponer una educación de la mas alta profesionalidad. Esas vacaciones no había trabajado, mi nunca exuberante economía, estaba muy lacerada, es cuando tuve que recurrir a mi experiencia en el difícil arte de la supervivencia, a mi ya experimentada carrera de vendedor ambulante, le agregué mi nueva profesión de electricista, haciendo servicios de instalaciones y reparaciones a domicilio, y ocasionalmente de costurero, con esos ingresos, y media pensión, que la universidad me pagaba, en algún restaurante, preestablecido, como premio por mis buenas calificaciones en el examen de ingreso, terminé un buen primer año. El segundo y el tercero, en cierta forma fueron parecidos, pero yo había evolucionado, en nuevos oficios, que me facilitarían disponer de mayor tiempo para mis estudios. Me había convertido en un hábil vendedor de libros, aprendí a confeccionar balones de fútbol, esto fue muy importante, porque podía llevar mi trabajo a casa, y hacerlo solo cuando dispusiera de tiempo, también había desarrollado lo que podría llamar optimistamente mi editorial, Logré hacerme de una pequeña máquina de escribir remington, reproducir algunos artículos de los libros, picarlos en esténcil, reproducirlos y venderlos a todos los estudiantes, eso en los primeros meses del año, se convirtió en un lucrativo negocio, debido al alto precio de los libros. Así, entre esos negocios, trabajos, la ayuda universitaria, y un poco la ayuda de mi hermano José, terminé exitosamente mi tercer grado de Ingeniería química y además con algunos pequeños ahorros, Por fin llegaron las vacaciones, esta vez fue diferente, estaba dispuesto a ganar más dinero para asegurar la continuidad de mis estudios, así que animado por mi primo Andrés, y en sociedad con él, inicié mi primera


210 aventura de empresario, y durante los tres meses trabajé con tesón y sacrificio, vendiendo lo que yo llamaba ilusiones. En una época que la fotografía era incipiente y solo en blanco y negro, yo tomaba de cualquier vetusta fotografía familiar, la cara que se me indicaba, la enviábamos a Buenos Aires, y unos hábiles pintores, nos devolvían esa cara en un lienzo a colores, y en las medidas solicitadas, las enmarcábamos y familiares, felices a partir de ese momento, tenían colgadas en artesanales marcos en las paredes de su sala, la imagen del ser querido,. Estaba contento, mis utilidades habían sido muy buenas, me permitirían pasar un año bastante cómodo, pero creo que me adelanté, en una versión arequipeña del cuento de la lechera, no vi ni un centavo, de mi próspero negocio, al mejor estilo mafioso, fui víctima de su estafa, en una cantidad que quizá para él era insignificante, pero, para mí era la diferencia entre comer o no. Y como una ironía del destino, que parece siempre divertirse a mis costillas, años después, cuando era un alto ejecutivo en una empresa de Lima, una chiquilla llegaba a mi oficina, en busca de ayuda para terminar sus estudios de Ingeniería química, y con orgullo me dijo, que yo había sido su inspiración, porque la familia siempre hablaba de mí, era la hija del primo que me estafó, mi primer impulso, fue gritarle en la cara la felonía de su difunto padre, y echarla, pero quizá por la quietud espiritual que dan los años, mastiqué mi ira, la sepulté para siempre en el silencio, y le ayudé a culminar sus ilusiones. Y ahí estaba nuevamente, dispuesto a comenzar mi cuarto grado de estudios, con una enorme vocación, convicción y determinación, pero con los bolsillos vacíos, ya no era tan fácil recurrir a todos mis viejos trabajos, el mundo ingresaba, en los albores de la revolución tecnológica, el hombre volaba por el espacio. Los transistores hacían sus primeras apariciones en una incipiente pero dinámica industria electrónica, los televisores, comenzaban a ser parte del decorado de las


211 salas, en blanco y negro, con imágenes entrecortadas, pero eran la novedad del momento, y símbolo de bienestar. Las grandes multinacionales de la tecnología, como la IBM, comenzaban su reclutamiento de jóvenes por los países sudamericanos, se hablaba de computadoras, pero aún no habían aparecido por acá, la bomba neutrónica, va dejando atrás a la atómica, las fotocopiadoras, xerográficas comienzan ha hacer sus tímidas apariciones, nuestro cielo, comienza a ser surcado por nuevos aviones sin hélice, el pavimento entra a cubrir las grandes rutas terrosas, y esas enormes serpientes negras, facilitan el transporte, la comunicación, y van escribiendo la partida de defunción de los recordados trenes. La revolución industrial, viene junto a la tecnológica, aparecen los grandes motores, que desplazan a los viejos a vapor, o impulsados por agua, máquinas industriales por doquier. Se dejan sentir nuevos conceptos como la economía de escala, o la producción en serie, este conjunto de fenómenos modernizantes, modifican la estructura social, educacional y económica de los pueblos, ya no es el habitante de los pueblos lejanos que viene a comprar a la urbe, es ahora el comercio el que va a esos pueblos. La industria comienza a desplazar a la agricultura en la absorción de la mano de obra, y comienzan las migraciones masivas a las ciudades. En este nuevo contexto, la educación no puede abstraerse, el estudio superior, deja de ser elitista, para convertirse en una necesidad de supervivencia y competitividad en el nuevo mercado laboral,.Como consecuencia, la educación universitaria eclosiona, ya de por sí era muy limitada, en el número de vacantes que ofrecía, no satisfacía ni al veinte por ciento de la demanda, ahora está desbordada, se crean nuevas carreras, se aumentan las vacantes, y se limitan varios programas, en conclusión yo no podría contar ya con la ayuda que me daban, y los trabajos que hacía pierden actualidad. El viejo, en esa loca fantasía que solo la imaginación crea, vuelve a ver su verde valle, no sabe


212 si está contento o decepcionado, los boteros ya no están, un puente los reemplazó, ese romántico tren, que con su columna de humo, viborateando por medio de los cañaverales, y que además del folklorismo que representaba, era el reloj de las tareas campesinas diarias, ya se fue llevando solo su carga de recuerdos, los lentos bueyes fueron reemplazados por modernos tractores, las viejas casas de caña brava, fueron desplazadas por los ladrillos y el cemento. Las lámparas eléctricas han reemplazado a las olorosas velas, y los circuitos de agua potable, han desplazado a los baldes, que ahora se oxidan en los basurales. Murmura para si mismo, -como te han cambiado mi viejo valle. No quiere caer en el facilismo, y usar la vieja y trillada frase, que todo tiempo pasado fue mejor, no es justo, si se quiere analizar el tiempo, hay que estar en ese tiempo, no es equitativo analizar el pasado, bajo los patrones del presente, no olvidemos que una de las cualidades mas importantes del cerebro, es saber olvidar las cosas que le hacen daño, por eso, del pasado solo nos dejó lo lindo y lo bueno, lo que nos impulsa a es falsa conclusión, quizá eso originó la frase puesta en la boca del Martín Fierro por su autor . “Sepan que olvidar lo malo, también es tener memoria”. Pero cuando ya estaba al límite, analizando la posibilidad de suspender mis estudios temporalmente, una vez mas en la forma mas imprevista, llega la salvación, esta vez es mi cuñado Alfonso, quien me consigue una entrevista con la señorita Elisa, -Era señorita, pero ya bordeaba los cincuenta años o mas- a la sazón directora de un importante colegio de señoritas, elegantemente vestido, con ropa prestada, por el hermano de mi cuñado, ahí estaba yo, frente a ella y dos asistentes, después de una larga entrevista, la escucho decir. - Cree Ud. que podría dominar una clase de cuarenta adolescentes?


213 Fue tal mi sorpresa, que no recuerdo mi respuesta, pero lo cierto es que continuó. - Le ofrezco el puesto de profesor en Química y física, para los grados superiores. Aunque esto constituía una aparente solución a mis problemas, temporalmente me creó mas dificultades de las que tenía, debería presentarme en una semana a iniciar el dictado de mis clases, pero el canon exigía una elegante presencia, zapatos nuevos, traje, corbata camisa, es decir hecho todo un gentleman, y yo eso lo conocía solo de haberlo visto en mis profesores, y algunos otros ejecutivos, entre mis dos hermanos, Isaías y José, y mis contactos con los textiles, logramos equiparnos con dos elegantes mudas, pero el endeudamiento que adquirimos, no lo podía cubrir con las pocas horas de clase que me habían asignado. El primer día de clase, fue algo digno de recordar, un profesor de veintitrés años no cumplidos, elegantemente vestido, ingresa al aula de quinto grado, donde adolescentes y señoritas que iban desde los diecisiete hasta veinticuatro años, alegres y picarescamente, me reciben con silbidos y una escala de piropos, lindas y elegantes chicas, pertenecientes a las mas encumbradas familias de Arequipa, ocupaban los asientos, entre mis alumnas, se contaban casi toda la selección de básquet Ball femenino de Arequipa, ya que ese colegio, era el líder en esa disciplina deportiva, no recuerdo si en esa clase u otra, también estaba entre ellas, una miss Arequipa, y las chicas del mejor y mas bello grupo de Waripoleras (*) de la ciudad. El único tipo nervioso en ese grupo era yo, tenía que domar esas fierecillas, y sabía que la directora me estaba espiando, para ver como sorteaba esa primera prueba, en un momento que me distraje, una voz del fondo del aula, se dejó escuchar. -Pero si es un nene. Al ubicar la persona que emitió ese comentario, la sorpresa, casi me saca de mis casillas, la autora de esa


214 frase, que sin darse cuenta me acaba de bautizar, con el apodo que me acompañó durante todo el tiempo que fui profesor, era Luisa, una chica morocha, muy linda, que mas de una vez fue objeto de mis fantasías de niño, era la hija de un importante personaje, de mi pequeño pueblo, y estaba por terminar su último grado, después de haber descansado unos años, para volver iniciar sus estudios pero creo que era ella la mas sorprendida, su profesor era nada menos que el hijo de la viuda. Creo que en cierta forma y con la ayuda de ella, las chicas entendieron mi situación. Ellas sabían que la directora me observaba, y su conducta repentinamente cambió de traviesas adolescentes a ejemplares alumnas, eso enmarcó el inicio de una nueva profesión adicional. Al llegar Luisa al pueblo, la noticia de mi profesorado, conmocionó a los habitantes que ya iban en constante aumento, al enterarse el viejo profesor Carpio, quien después de tantos años, ya era un destacado ciudadano, se había casado con una chica del pueblo y tenía dos hijos, orgullosamente sacó pecho, de ver como su ex alumno, que hace ocho años dejó el pueblo en busca de un mejor destino, hoy era profesor en un importante colegio de la gran ciudad. Me convirtió en un ícono, y no se cansaba de saturar a sus nuevos alumnos poniéndome como un digno ejemplo a seguir. Lo que él ignoraba, que su “héroe”, había llegado a ese puesto, en una dura lucha por la supervivencia, y que ese trabajo, no le alcanzaba ni para comer regularmente, por lo cual tenía que ingeniárselas, rebuscando a escondidas otras fuentes de ingreso que no desprestigiaran el estatus de un profesor. Me pasaba los días, con mi amigo Florencio, pala al hombro, trepado en un viejo camión chevrolet, modelo 36, sobreviviente de los primeros que llegaron por estas tierras, caminaba gracias a que él era mecánico, y pasaba la mitad de su tiempo reparándolo, y cuando lo hacía recorríamos las calles de la ciudad ofreciendo en las construcciones nuestro producto, arena para construcción.


215 Al obtener nuestro pedido, enrumbábamos unos veinte kilómetros al río Socabaya, donde armados de nuestra zaranda y palas, tamizábamos la arena, y llenábamos la carrocería de nuestro viejo compañero, para descargarla en su destino, siempre escrutando los alrededores, o atento al grito de Florencio - Escóndete. Para no sufrir la vergüenza de ser visto en tan miserable tarea, por algunos de mis conocidos, o alumnas, quienes tenían en sus mentes por un lado la imagen del alumno de cuarto año de ingeniería, un casi ingeniero, y por el otro la de un excelso profesor. En la noche, salía en busca de la que en muchas veces fue mi única comida diaria, en el restaurante “Mauro”, llegaba puntualmente a las nueve y cuarenta y cinco, exactamente quince minutos antes que cerrara. El dueño, Mauro, un rollizo paisano, típico representante de las tierras altas peruanas, había emigrado a Arequipa, vendió sus chacritas y animales, con la esperanza de cumplir el mas grande de sus sueños, hacer profesional al único hijo que tenía y criaba desde que quedó viudo, casi al nacer la criatura, era la razón de su vida, pero, un accidente truncó toda esa esperanza, ya no estaba el hijo, pero él quedó atrapado en la gran ciudad. Después de algunas largas charlas, creo que ese humilde ser, miraba en mí quizá el futuro que nunca pudo ver en su hijo, en cierta forma metafórica, me adoptó, me esperaba en las noches, con todo ese orgullo de empresario, en la puerta de su restaurante, del que era gerente, cocinero, mozo y el portero, solo contaba con su fiel asistente Aniceto, joven paisano que había traído de su tierra, y que creo era su pariente. Mientras me ubicaba en una de las cuatro mesas de fórmica, con patas de metal, él revolvía las ollas en busca del guiso que aún quedaba sin consumir por sus asiduos parroquianos, me servía y se sentaba junto a mí, después de una hora de amena charla, antes de despedirme, como siempre anotaba en un cuaderno negro,


216 en mi cada vez mas kilométrica cuenta el consumo del día, era un inevitable ritual, aunque él sabía que jamás lo cobraría. Quisiera como una anotación aparte mencionar, que transcurrido los años, y habiendo yo logrado una parte de mi objetivo, volví nostálgico por mi viejo barrio, y en una acto de sincero agradecimiento, fui a buscar a Mauro, quería saldar esa vieja cuenta, pero ya no estaba ni él ni el restaurante, y según versión de los vecinos, se había vuelto a su tierra. Mi querido amigo, no sé donde estarás, pero solo quisiera decirte con la devoción de un ser agradecido, que si el mundo estuviera poblado con personas de tan inmenso corazón como el tuyo, sería un maravilloso lugar para vivir. Entre dictado y preparación de clases, calificación de exámenes, ayudante de camionero, y mis estudios de ingeniería, el tiempo siguió circulando, un año más, terminaba, el cuarto año de ingeniería y el primero de profesorado. Las siguientes vacaciones, fueron muy duras, trabajé de sol a sol, por las mañanas, como en los viejos tiempos en la chacra, con mi lampa al hombro, montábamos en el viejo Chevrolet verde, rumbo al río, cargábamos a pura lampa, toda la arena que podíamos recolectar. Recorríamos las obras en construcción ofreciendo nuestro producto, y al venderlo, otra vez a golpe de lampa a descargarlo, para nuevamente repetir el ciclo, tantas veces como los clientes lo requerían y la luz del sol nos lo permitía. Había decidido, juntar todo el dinero posible, lo que sumado al hecho que en el colegio me habían asignado mas horas de dictado de clases, podría pasar el siguiente año sin trabajar, solo dedicado a mis estudios y a mi profesorado. Al terminar las vacaciones, inicié mi quinto grado de ingeniería, y mi segundo año de profesorado, había cumplido mi objetivo, con el dinero juntado, y mis horas de


217 clase aumentadas, pasaría un año sosegado, lo que yo ignoraba, era que la vida me pasaría la factura, el bacilo de Koch aprovechando la debilidad de mi cuerpo, el mucho esfuerzo físico, y la mala alimentación, ingresó a mis pulmones, y la tuberculosis despiadadamente estaba lentamente carcomiéndolos, y en el mes de mayo, esta maldita enfermedad explotó. La narración, la lucha y el desenlace de mi enfermedad, están relatados aparte, en el capitulo siguiente. Mi cuerpo se estaba recuperando, un fuerte soplo cardiaco me martirizaba, no sé si lo tenía antes y no fue descubierto, o fue producto de mi tratamiento, mi psiquis estaba trastornada, perdí parte de mi cordura, veía fantasmas y todo tipo de monstruos atacándome, y luchaba frenéticamente por mi vida, mientras los presentes se divertían mirando a un loco, gritando y dando trompadas al aire, contra esos personajes creados por mi imaginación, los médicos solo me drogaban para que durmiera, ya que la única cura, sería esperar que el cuerpo poco a poco elimine las drogas aplicadas. Mis fantasmas desaparecieron, pero el trauma creado después de haber estado en la antesala de la muerte, me dejó con la sensación de tener un cuerpo debilitado, y con la firme convicción, que mi vida no llegaría a los cuarenta años Después de más de dos meses, de estar fuera de las aulas universitarias, y cuatro lejos de mis dictados de clases, volví nuevamente a redireccionar mi sendero, pero la imagen de la muerte, no me dejaba, la sentía siempre junto a mí. Ya no podría realizar mas trabajos físicos fuertes, así que con la experiencia que tenía en el profesorado, me busqué otra fuente de ingresos, me dediqué a dictar clases particulares, especialmente a alumnos que estaban retrasados en sus rendimientos, solamente de otros colegios, la tía Felipa, vivía ahora frente al colegio y me


218 invitaba los almuerzos, casi todos los días hábiles de la semana. Al llegar el fin de año, como era normal, se distribuía los cupos de las prácticas pre profesionales, - Tenemos una práctica otorgada por la Empresa petrolera fiscal en la selva. Quien se anota?. Esa pregunta, solo tuvo como respuesta el silencio. Era, la práctica de estudios mas difícil que hubiera, en el campamento de la petrolera fiscal en la selva peruana, lo necesitaba, tenía que superar ese fuerte complejo de invalides, que me había dejado la enfermedad, sentía la imperiosa necesidad de demostrarme a mi mismo que era tan fuerte como antes, es así como me escuché diciendo. - Es mía. En un viejo bimotor a hélice, iniciaba un épico viaje a Iquitos, la ciudad mas grande incrustada en medio de la jungla, era emocionante y temeroso, cuando el pequeño avión se enfrentó a una tormenta, mientras el motor ronroneaba, el aparato parecía una marioneta sacudida por el viento, y los vacíos que las nubes le creaban, los chorros de agua se veían deslizarse por los vidrios de la ventana, todo el cuerpo de madera crujía como si se estuviera quebrando, en medio de esta escena que parecía de película de terror, estaba yo, realizando mi primer vuelo en avión, fue todo una prueba de valor, aunque ahí arriba, muchas alternativas no tenía, pero si que nunca lo olvidé, hasta que aterrizamos en una superficie que parecía una cámara de vapor. Mi primer viaje, en la Marta, la lancha de la refinería que todas las mañanas salía de Iquitos y recorría el amazonas aguas abajo, por entre los montes de las orillas, trataba de descubrir algún mono saltando por esos árboles, ignorando que la civilización ya los había alejado del lugar, el encuentro de las aguas del Nanay, y el amazonas, constituye un inigualable espectáculo, al ver el torrente marrón del amazonas, mezclarse con las negras aguas del


219 Nanay, abrazándose como en una franca lucha por invadirse. Vivir en la selva, donde la carne de res ni los pollos, existían, y había una tremenda escasez de condimentos, nuestra alimentación dependía de la carne de monte, guisada y mal condimentada, era todo un reto, aún para los paladares mas rústicos como el mío, después de aprender a comer, gusanos, hormigas, monos, tortuga, tapir, lagarto, y toda clase de bichos que merodean, aprendí a darle toda la razón al Martín Fierro cuando dice “Todo bicho que camina va a parar al asador”, pero yo le agregaría, nada, repta, trepa o vuela. Para dar rienda suelta a mis instintos de pescador, adquiridos en mi infancia, me presté una red, y certeramente la lancé al borde de la corriente, pero, mi desazón fue mayúscula, cuando quedó atrapada en las ramas secas de los árboles sumergidas en esas turbias aguas, estaba en un el afán de sacarla con el agua hasta los codos, un fuerte dolor, me hizo sacar las manos rápidamente, y colgando del dedo una piraña, se hamacaba tenazmente, dispuesta a no perder su presa, por supuesto fue el primer pez que cogí, con mi propio dedo como carnada, convertido esa misma noche en mi plato preferido. El anochecer, sentado en una banca frente al torrentoso amazonas, a las nueve de la noche, después de haber soportado estoicamente las embestidas de los zancudos, y tener los tobillos rojos e inflamados por haber sido víctimas de estos pequeños depredadores, fantaseaba mirando como los primeros satélites artificiales surcaban los aires, en la claridad de la noche, siempre había tres que lo hacían a esa hora y la misma dirección, una voz me sacó de mi asombro, cuando me dijo. - Quieres venir mañana a cazar cocodrilos? - Por supuesto. Fue mi impensada respuesta. Esa noche me la pasé pensando en la gran aventura que me esperaba, me sentía en el mejor zafarí, con mis


220 lentes para mirar de noche, y mi rifle al hombro, arrastrando ese enorme reptil. Al día siguiente, después de caminar no sé cuanto tiempo, en una noche oscura, estábamos parados frente a una Mezcla de laguna y río, de aguas estancadas, nuestras linternas revelaron la imagen de una pequeña canoa de un solo tronco, de esas típicas de la zona, donde los tripulantes tienen que ser muy hábiles, para no voltearse, en todo los intentos que yo había hecho antes siempre terminé en el agua. Mi espíritu de aventurero sufrió una frustración y mi coraje se tambaleó, no había lentes, ni armas, ni nada que simulara un safari, pero no podía arrugar, sería la comidilla del día siguiente, y arriba se dijo, mientras la frágil canoa, se desplazaba lentamente impulsada por los remos silenciosos, de mis dos acompañantes, yo sentado en el medio, miraba en medio de los matorrales de la costa, cuando la luz enfocaba, como brasas, pares de ojos que nos observaban, mis acompañantes comentaban. - Es muy grande. Y seguían la búsqueda, recién entendí que la idea era buscar animales chicos, acercarse lentamente por atrás y atraparlos por el cuello, para ser vendidos vivos como mascotas, pero los grandes saurios, también estaban alertas, esperando si algún infortunado caía, y ellos tomarlos del cuello, ya se habían originado varios accidentes y pérdidas de vida, felizmente esa noche, para tranquilidad de mi menguado coraje, no cazamos nada. Al día siguiente tendría que iniciar una viaje por el amazonas, y el Ucayali, por tres días, hasta la ciudad de Requena, a bordo del San Carlos, el remolcador de la empresa, llevando por delante tres barcazas, me sorprendió ver que no se cargaba provisiones, pero guardé silencio, a unas horas de partir, la sirena de la nave, hacía sonar insistentemente su estruendosa sirena, en la curva del río, aparecieron unas casitas, y mucha gente cargada


221 de bultos hacían fila, al arrimar las barcazas al blando barranco arcilloso, se baja el cocinero con su ayudante, cargando dos tambores llenos de kerosene, y los pobladores abren sus bultos, llenos de carnes frescas, secas, saladas o ahumadas, de la mas diversidad de animales salvajes, o peces, y comienza un regateo, al mas puro estilo medieval, donde la única moneda corriente era el kerosene, donde un paiche de regular tamaño valía cinco litros de kerosene, y así cada mercadería tenía su valor en este trueque, esas eran nuestras provisiones. Un señor con un racimo de bananas, trataba de venderlas, en un lugar, donde este fruto reemplaza en la alimentación, al pan, la papa, el arroz, la batata, el postre y en muchos casos es el único alimento de la familia, me miró y consternado dice. -Las quieres?. - No tengo dinero. Fue mi corta respuesta. El hombre, con un gran esfuerzo por el peso lo puso en la rampa, y agregó. Te las regalo. Y así terminó con un agradecimiento mi única operación comercial. La noche nos tomó en medio de una impresionante tormenta, donde los truenos retumbaban sobre nuestras cabezas, circundados por la iluminación que los relámpagos convertían la oscuridad en día, sentado en la punta de la primer chata de metal, observaba el dantesco espectáculo, escuchaba los chirrilllos como hierros calientes introduciéndose en el agua, cuando los rayos se estrellaban con las corrientes del río, en la torreta de la cabina, el capitán con un poderoso faro, enfocaba algunas islas, de regular tamaño, que iba esquivando, certeramente, en medio de la oscuridad del entorno, era todo una escena, como para la mas terrorífica película, inocentemente pregunto al capitán. -Tantas veces que ha venido por acá, y no conoce la ubicación de las islas?. Tolerantemente lo escucho decir.


222 -Dentro de tres días que volvamos por esta ruta, estás islas, ya no estarán en estos lugares. Para mi sorpresa contin��a. -Son Islas flotantes, y de acuerdo a los vientos y tormentas, cambian su ubicación. Era increíble, ver esas gigantescas moles, con sus propios bosques, sus propios ecosistemas, que estuvieran flotando en las partes más ancha del río, y que como danzarinas acuáticas, cambiaran de ubicación, y por lo que me enteré después habían originado muchos accidentes fatales, al variar los canales de navegación. De pronto tomé conciencia que estaba sentado, sobre esos grandes cubos de metal, en medio de una gigantesca tormenta eléctrica, un cierto miedo me invadió, al volver a la cabina, digo al capitán. -Me ha impresionado saber que estoy sobre ese depósito lleno de combustible, en medio de tanto rayo. -Llevamos más de ochenta mil litros, de nafta y otros, así que imagínate si nos cae un rayo, que importa el lugar de la nave donde estemos. Al comenzar al día siguiente, las sombras de la noche comienzan a cubrir el caudaloso Ucayali, nuestra embarcación, atracaba, o debo decir, se estrellaba, una vez más en el terroso y blando barranco del borde del río, y mientras los dos marineros, ataban y conectaban las tuberías iniciando el proceso de descarga, me ubicaban en un campamento temporal, junto a los enormes tanques, en medio de la selva, y lejos de la ciudad. Como un perfecto turista curioso, pido permiso para ir a la ciudad, por el único camino existente, una improvisada trocha, o camino de indio, que en uno de sus tramos, cruzaba por un gran pantanal, y la senda zigzagueante, era marcada por solo troncos flotantes, sobre los cuales había que pasar haciendo alarde del mejor equilibrio circense, para no terminar hundido en esas pestilentes aguas, y finalmente terminaba en un canal de unos cincuenta metros de ancho, donde unas pequeñas canoas de uso público, servían para el libre transporte de


223 los pasajeros, por supuesto sin tripulantes, cada uno de nosotros debería ser su propio navegante. Cuando acompañado por dos amigos, atravesaba la malla que bordea el campamento, aprovechando los últimos rayos de luz solar, se deja oír una tronante voz. -Alto ahí, identifíquese. Hace su aparición, de en medio del bosque, un soldado, perfectamente equipado en faena militar, y cuadrándose frente a nosotros, agrega. -Están Ustedes, bajo la protección del Ejército Peruano, y no pueden salir del campamento. Minutos después estábamos frente al comandante, quien amablemente nos explicaba, que la zona estaba convulsionada, por ataques de los indígenas, que habían asaltado un monasterio cercano, matando a las monjas, y que aún andaban por los alrededores, por eso se creó este cuartel. Finalmente, accedió y nos envió con una escolta, integrada por un subteniente y dos soldados, perfectamente equipados, y armados. Me sentía como un Jim de la selva, caminando a hurtadillas, por los túneles que formaban los gigantescos Arboles, y entre la penumbra, tratando de descubrir alguna amenazante forma, entre esos matorrales, imaginaba, esos nativos con sus taparrabos, y armados con sus arcos y flechas, atacando desde lo alto del ramaje, felizmente, lo único que descubrimos, fueron sombras de unos monos grandes, y los pequeños monitos león, que raudamente trepaban los troncos. En la pequeña ciudad de Requena, en una época, donde no existían los vehículos, la calle principal cruzada por escaleras, nos daba la bienvenida, con los dos únicos restaurantes que tenía, y un simpático grupo de sus habitantes, nos hacía degustar los más variados y típicos platos regionales, acompañados de regular cantidad de cerveza. La oscuridad de la noche, y los espirituosos vapores alcohólicos en nuestras cabezas, hicieron del retorno todo


224 una aventura, no pude mantener la navegación de mi frágil canoa, y tuve que cruzar el canal nadando, sin tener la suficiente conciencia del peligro que corría, y en el cruce del pantanal, terminé, con mi humanidad, en más de una oportunidad en medio de las negras aguas. Nuevamente en la petrolera, donde su cosmopolita población, integrada mayormente, por nativos, mestizos, y gente misturada de la costa, hacía una mezcla de costumbres, y hábitos alimenticios, entre ellos destacaba un nativo, amigable, y simpático, que siempre que iba al campamento, y que por la intensidad de los colores de su vestimenta, le apodábamos piwicho -Variedad de un pequeño loro, de intenso color verde o rojo- . -Quiero invitarte a mi poblado para que conozcas mi gente. Fue su escueta tarjeta de invitación, dos días después, acompañado de otro practicante huancaíno, citadino, y en el cual el coraje no era su cualidad, si hasta tuve que soportarlo las dos primeras noches sentado al borde de mi cama, porque en la suya había descubierto una araña. Surcaba uno de esos pequeños senderos de agua estancada, que corren en medio del bosque, sin marcar tendencias de corriente, ellos le llaman cochas, y son sus verdaderas rutas de transporte. La pequeña canoa, con el agua hasta casi el tope de los bordes, cargada además de nosotros, con una gran cantidad de provisiones, se desplazaba lentamente al impulso del único remo, que hacía también la función de palanca de empuje, cuando el ancho o la profundidad, eran muy cortos, cantidades de sapos, saltaban al borde al sentir el ruido, gigantescas iguanas de múltiples colores, dejaban colgar sus largas colas por las ramas, una que otra serpiente, largas y delgadas, inofensivas y abundantes por la zona, reptaban tranquilamente por el borde del arroyuelo, y así después de más de tres horas, de desplazamiento y a veces desplazando las ramas a machetazo limpio, llegamos al caserío.


225 Unas diez casas de palos, ubicadas a la rivera de una laguna, sin paredes, ni ventanas, ni divisiones, ni camas, solo un piso de troncos elevada a más de un metro del piso, y un techo de hojas de palmera, entre los palos del sostén del techo, se mecían las hamacas, único mobiliario existente, en las orillas barrosas, una docena de chiquillos desnudos, luciendo sus protuberantes abdómenes parasitados, jugueteaban entre los charcos, en el centro de lo que parecía la casa mas grande, y creo comunitaria, tres grandes ollas de metal llenas de agua hirviente, contenían bananas verdes sancochadas, mandiocas , y peces, y a su costado, una parrilla a leña, con bananas maduras asándose, y otros peces, también en el mismo proceso de cocción. En el fondo dos cilindros llenos uno de un líquido marrón, y el otro amarillento. Desde la parte alta de la casa, las chimeneas de la refinería se dejaban ver, a no más de tres kilómetros de distancia. Unidas al caserío, por un pequeño camino sinuoso, entre el espeso bosque, y que los nativos usaban ocasionalmente, cuando se dirigían por tierra hacia el campamento. A nuestra llegada, todo un pequeño grupo de gente se reunió, y después de los protocolares saludos, el almuerzo colectivo ingerido sin ningún tipo de cubierto, fue acompañado por las calabazas llenas del líquido amarillo, que no era otra cosa que masato de mandioca, bebida alcohólica que se obtenía, hirviendo la mandioca y formando una masa al mezclarla con agua, y hacerla fermentar, usando como levadura la propia saliva, que las mujeres agregaban masticando pedazos y achádolos a la masa en fermentación. Conocedor de todo ese proceso de fabricación, y sentir como los pedazos y raíces de la mandioca mal macerada, raspaban la garganta en su paso al estómago, uniéndose al fuerte sabor agrio, de ese espeso líquido, fue todo un reto para mi rústico paladar, pero dentro de sus costumbres la no aceptación, sería todo un insulto para ellos, y la posible expulsión de su caserío.


226 Cuando creí superada la prueba gastronómica más difícil, se comenzó a preparar lo que para ellos era una golosina, en finos palos de madera, eran ensartados, unos gordos y blancos gusanos que extraían de troncos de palmera en descomposición, cocinados a la parrilla, minutos después estábamos devorando, al mejor estilo francés, estos selváticos brouchets. La tarde siguió transcurriendo en medio de brindis, con jugo de caña fermentado, con un alto contenido alcohólico, el cual prudentemente trataba de evitar, finalmente al llegar la noche con una completa oscuridad, lo único que quedaba era un grupo de borrachos inconscientes colgando dentro de las hamacas, pero nosotros teníamos que volver al campamento, del cual se veía a lo lejos el reflejo de las luces. Armados de un obligatorio coraje, con una linterna y un machete que por ahí encontramos, emprendimos a tropezones el camino de retorno, por medio de esa espesa jungla, donde creo era mucho más peligrosa en nuestra imaginación que en la realidad, pero en ese momento, solo contaba la imaginación ante el desconocimiento. Concentrados en nuestra marcha, ya mirábamos acercarse las luces del campamento, cuando ante el reflejo de la luz de la linterna, un par de brillantes ojos, como brazas ardientes, acechaban al borde del camino a una altura de unos sesenta centímetros, la adrenalina comenzó a fluir a raudales, los pies se negaban a continuar, no teníamos alternativa, era el único camino, hacíamos ruidos, contra los arbustos, en la esperanza que esa acechante fiera se retirara, vano esfuerzo, ella seguía estática esperando nuestra llegada. Después de un buen tiempo de espera, tuvimos que enfrentar nuestra realidad, y desarrollando un plan estratégico, mientras mi tembloroso amigo enfocaba con la linterna el rostro del animal, yo sigilosamente me desplazaba por el costado, con machete en mano con la intención de descargarle un fuerte golpe al cuello, cuando se dejó sentir el ruido de una rama que accidentalmente


227 pisé, la imagen de un viejo, flaco y sarnoso perro doméstico, cruzaba la luz de la linterna, se desplazaba lentamente arrastrando su esquelética figura, hasta perderse nuevamente por el entramado del bosque, tuvimos que permanecer sentados, esperando que la adrenalina y la demás hormonas, llegaran a su nivel, para continuar nuestro camino. Sábado por la noche, cumpleaños de la esposa del supervisor, gran fiesta, donde toda la gente del campamento estaba reunida, se divertían bailando rítmicamente al son de la orquesta que había venido de la ciudad, mientras yo me divertía en la refinería -Estaba de turno- cazando enormes escarabajos con cuernos, y dándosele de comer a los enormes sapos que inundaban el piso, y verlos como saltaban y daban vueltas en el aire, cuando las patas y los cuernos del escarabajo, desgarraban sus entrañas, estaba finalizando mi turno, en medio de ese sádico y cruel juego, cuando un bello insecto de unos diez centímetro de longitud, con sus enormes alas desplegadas, y una enorme protuberancia de matizados colores sobresalía como la torreta de un submarino, quedé impresionado, y no pude abstraerme de tomarlo delicadamente por el lomo, evitando una aguja tan larga como su cuerpo, en la parte del vientre, y orgullosamente con mi caza me presenté en la fiesta, al verme entrar, don Isidoro dio un sonoro grito, que la impresión me hizo soltar el bicho que llevaba en la mano, al grito de “chicharra machaca” en fracción de segundos, la sala estaba vacía, mientras veía desaparecer los últimos pies, por puertas y ventanas. Por instinto seguí al grupo, desde el exterior veíamos como revoloteaba por la sala, según descripción de ellos, el insecto volador mas venenoso que se conocía en la selva, y que había sido autor de varias muertes. -No sé como, pero tienes que sacarlo de la casa. Decía enojado el dueño, dirigiéndose a mí. La tenida no era fácil, cuando lo llevé se supone era un lindo e inofensivo insecto, pero ahora, despejada mi


228 ignorancia, se había convertido en una fiera voladora asesina. Parado en el centro de la sala, inmóvil, esperaba el momento que cesara su constante volar, al posarse en el marco de la ventana, al igual que la primera vez, lo tomé, pero con mayores precauciones, fue mi primer trofeo que traía dentro de un frasco con alcohol. Mi estadía llegaba a su fin, una de las últimas noches, un constante ruido, en la parte posterior de mi dormitorio, similar al arrastrar de una hoja seca de papel por el pedregullo, no me dejó descansar, medio molesto al amanecer salí temprano a tomar un poco de sol, sentado en un pequeño tronco rodeado de unas plantitas de pasto, con los pies jugando por las puntas de las hojas, cuando las plantitas comienzan a moverse, y por entre mis pies, una larga figura marrón, comienza a desenrollarse, atónito la observaba cada vez más larga, y al entrar en el piso de tierra, el ruido de la noche anterior se repetía, “víbora” fue el aviso de Antonio, vecino del lugar, y después de una rápida persecución, el cadáver de una víbora de cascabel, de más de un metro y medio, yacía en el suelo con la cabeza seccionada de un certero machetazo, esa cabeza y la cola de cascabel, fueron mis segundos trofeos. Nuevamente sentado en el avión en mi ruta de retorno, miraba esa inmensa planicie verde, cubierta por gigantescos árboles, pensaba en la rica experiencia de vida que había adquirido en tan poco tiempo, en esa rica zona, donde bajo la eterna sombra, siempre estaba permanente la lucha entre la muerte y la vida, donde los peligros siempre se presentaban adornados con la belleza, donde esa rica selva, entregaba su exuberante riqueza, con la misma facilidad, que manifestaba su grotesca crueldad, no es el hombre que domina la tierra, es la tierra, que domina al hombre, no hay términos medios, o la amas o la odias, creo que aprendí a amar su salvajismo. Llegando a Lima, reinicié mi viaje esta vez a Chiclayo, a bordo de un bus del expreso sudamericano, donde pasaría en la hacienda Cayaltí, otro periodo de


229 prácticas pre profesionales en el ingenio azucarero, en medio de miles de hectáreas verdes de plantaciones de caña de azúcar. Me sorprendió, ver a pesar de mi corta experiencia, que la tecnología de la planta estaba bastante atrasada, al igual que su equipamiento, mucho después entendí, que la inestabilidad política del país, creaba mucha inseguridad en las inversiones a futuro, y, los propietarios, se habían abstenido de invertir en equipos, como consecuencia, ya en esa época lucían viejos y descuidados, elaboré un estudio, tecnológico de la planta y las sugerencias de las mejoras que a mi entender debería hacerse. Al volver a Arequipa, dejamos nuestro destartalado cuarto en la cabezona, y nos mudamos a lo que optimistamente podría llamarle progreso, Una modesta casa, en una urbanización nueva, muy lejos del centro, donde la infraestructura urbanística no había llegado, en medio de la nada, sin agua ni desagüe, pero con luz, el agua la comprábamos por cilindros, y con los servicios higiénicos, estábamos como en nuestro valle, es decir de aquí hasta el otro pueblo. En el transcurso de mi último año de estudios, y ajustándome a un artículo de los estatutos universitarios, que nunca se había sido invocado, en el mes de agosto, solicité autorización para presentar mi tesis de graduación de Bachiller en Ingeniería química, y es así como en el mes de septiembre, sustentaba mi graduación usando como tesis, el mismo trabajo que había hecho para el ingenio azucarero, del cual había enviado una copia a la gerencia. Capítulo aparte merece mencionar, la tradicional fiesta de graduación que se hace, como festejo por la obtención de un título profesional, había averiguado, en varios locales los costos, siempre acompañado por mi amigo Melgar, un alto funcionario del ministerio de salud, a quien había conocido mientras era pensionista de la tía Felipa, todos los presupuestos escapaban a la capacidad de mi bolsillo, pero, dejar de hacer la fiesta era inadmisible, dentro de nuestras tradiciones, como último recurso, recurrí


230 a regatear al lugar mas alcanzable, pero mi sorpresa fue mayúscula, cuando el gerente con una amplia sonrisa de oreja a oreja, me dijo. -No se preocupe, su fiesta ya ha sido pagada totalmente. Al intentar saber quien la había pagado, la obstinada respuesta, fue siempre la misma. -He prometido no decirle a Ud. Quien realizó el pago, y pienso mantener mi promesa. Aunque nunca lo supe, estoy convencido, que fue ese gran amigo, quien se disfrazó de hada madrina, y me regaló la fiesta de graduación, solo faltaba la calabaza y los ratones. Días después, con una gran alegría, recibía una carta de la gerencia de la empresa azucarera, con unas muy lindas palabras de felicitación, y un ofrecimiento e trabajo, acompañado de un buen contrato, debería presentarme a trabajar el dos de enero del siguiente año, es decir al terminar mis estudios, que satisfacción, no tendría que conocer el Perú gastando zapatos, buscando trabajo, sin ninguna experiencia, y un currículum vacío. Terminado nuestro ciclo de estudios, como un gran acto de finalización organizamos la fiesta de despedida, para lo cual se había llevado una orquesta de Lima, pero se estableció de todos luciríamos un cierto color de traje, para diferenciarnos de los demás, lamentablemente, eso no estaba a mi alcance, y me tuve que perder mi propia fiesta de graduación. El dos de enero, con todas mis pocas ropas que tenía, en una maleta de cuero que mi cuñado me había regalado, iniciaba mi viaje, hacia Chiclayo, y así a un nuevo horizonte de mi vida


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CAPITULO IX LA MUERTE TOCA LA PUERTA “EL HOMBRE NO NACIÓ PARA SER DERROTADO UN HOMBRE PUEDE SER DESTRUIDO PERO NO DERROTADO”

Ernest Hemingway El viejo se ha levantado muy tarde, está cansado, la incertidumbre, lo ha martirizado. su cuerpo no ha descansado bien estos días, está inquieto, teme que los resultados de la última biopsia, sean positivos, pasado mañana se los darán, no quiere volver a pelear con ese tan poderoso enemigo, sabe que si vuelve vendrá con mas fuerza, tiene que apurarse a escribir esta obra, no lo puede dejar para mañana, porque no sabe cuantos mañanas tendrá. Cierra los ojos, piensa cuando ya en una anterior oportunidad le dijeron que no tendría mañana, una vez mas, navega en el mar de sus recuerdos, Ve a su hermano José, que desesperado sale corriendo con un paquete envuelto en sábanas, sin considerar los sesenta kilos que lleva arriba, devora las escaleras con gigantescos saltos, y en las grisáceas sábanas, comienzan a aflorar algunas manchas de sangre, el paquete se contorsiona ante la curiosa mirada de los vecinos que atraídos por el espectáculo, lo rodean obstaculizando su paso, antes que esa turba curiosa pregunte, con la voz entrecortada, por el miedo, la ansiedad, y la agitación de haber bajado y subido escaleras, solo atina a gritar - Déjenme pasar, mi hermano se está muriendo.


232 Todos quieren ayudar, esa pequeña multitud, cierra la calle, obligando a un taxi a detenerse, y contra su voluntar a cargar ese incómodo paquete, Flora, la vecina del primer piso, se aparta de los demás, y con una mirada triste, ve la escena, ya la conoce, ya sabe el desenlace, hace unos meses su hermano murió con esa maldita enfermedad. El taxi raudamente, sube por la calle Bolognesi, cruz verde y otras, va muy de prisa hacia la Pampilla, en busca del Hospital general, el viejo no cree que su velocidad, sea la consecuencia del espíritu benevolente del chofer por salvar una vida, mas piensa que el pobre taxista asustado, quería desprenderse de esos peligrosos pasajeros, que le estaban ensuciando los asientos con sangre, y el consecuente pánico al contagio. Ese frío domingo de mayo, después de pasar un lindo y romántico día con mi novia, entre caricias y arrumacos, por los pintorescos paisajes de Tingo, Sachaca, y tiabaya, escondiendo nuestra escenas de amor, de las miradas curiosas, entre los floridos árboles frutales, y gozando de un ambiente aromatizado por las plantaciones de cebollas y ajos, volví a casa, cuando el sol ya se ocultaba detrás de las montañas, que rodean la ciudad de la eterna primavera, llegaba a mi viejo y maltrecho, pero acogedor cuarto, sobreviviente pero con no pocas cicatrices de los dos fuertes terremotos, que sacudieron Arequipa, en Mil novecientos cincuenta y ocho y mil novecientos sesenta, todo parecía felicidad, pero, como siempre sucede, la vida no te regala nada, solo te lo presta, y después te lo cobra con usura, y esta vez, me la estaba cobrando. Cuando saludaba a mi hermano, un sabor ligeramente dulce y muy conocido, me invadió la garganta. - Mañana voy a ir al médico, tengo un sabor a sangre en la boca. Le dije con evidente preocupación.


233 No alcancé a terminar la frase, cuando un torrente de sangre, me produjo fuertes ahogos, que me entrecortaban la respiración, no sé si el pánico o la falta de aire, me hicieron perder el conocimiento. Mi hermano en un arrebato de desesperación, me envolvió con las únicas sábanas que teníamos, y salió corriendo hacia la calle, conmigo a cuestas, donde con ayuda de algunos vecinos, forzó a un taxi a parar, ya que debido a mi aspecto, ninguno quería detenerse. Mientras el taxista corría hacia el hospital general, yo me debatía en mi inconciencia con el torrente de sangre que salía sin parar y luchaba por no ahogarme, cuando llegamos, el pobre hombre, con una cara de pánico, tan pronto mi hermano me bajó, aceleró su vehículo con tanta prisa, que hasta olvidó cobrar, supongo hacia el lavadero. En la sala de emergencia, en trance de inconsciencia, en algunos momentos me sentía flotar, escuchaba la lucha de los médicos y su esfuerzo por salvarme la vida, creía estar soñando, en medio de la turbulencia de esos sueños, me escuchaba gritar ¡NO, no puedo morir ahora, he luchado demasiado para llegar, estoy cerca de lograrlo, no puedo terminar así. Después me enteré que para ellos yo estaba inconciente, pero para mí estaba viviendo un sueño, en el cual aunque si bien es cierto, no podía manifestarme, escuchaba todo lo que se decía a mi alrededor. En uno de esos momentos cuando algo de lucidez alumbraba el cerebro, escuché como venido de una lejanía, apenas audible, al médico que decía a mi hermano. - Es increíble, la forma como lucha por vivir. En eso estaba, cuando sentí que mi cuerpo como un caballo desbocado comenzó a galopar, notaba como descontroladamente saltaba, al extremo de casi caer de la cama, mientras una enfermera hacía esfuerzos para que no me cayera, otra obedeciendo los gritos del médico que decía – Está convulsionando, retiren la sangre- desprendía


234 la aguja de mi antebrazo, y me inyectaba no se que cosas, lo cierto es que me quedé dormido. Volví a recuperar esa conciencia inconciente, cuando escuchaba la voz de mi amigo Edgard, preguntar al médico, que es lo que tenía. El galeno, en la seguridad que yo estaba inconciente y que no escuchaba, con toda franqueza contestó. -Tiene tuberculosis, está en sus últimos grados, ha tenido una fuerte hemoptisis que lo ha hecho perder mas de la cantidad de sangre que su cuerpo tenía, por eso nos vimos obligados a transferirle grandes cantidades rápidamente, eso ha originado las convulsiones. No sé que sintió mi amigo, guardó silencio, en esos tiempos, esa enfermedad, en esos estadios, era una sentencia de muerte, y por ser altamente contagiosa, el enfermo era sometido a un completo aislamiento hasta que ella llegara, además todas las personas que estuvieron en contacto con el enfermo, deberían ser sometidos a estrictos controles de despistaje. El aislamiento era en cierta forma como en los textos antiguos eran sometidos los leprosos, solo que sin la campanilla de aviso, pero igual que ellos psicológicamente crueles, y deprimentes, en ese escenario estaba yo. Quedé paralizado, mi estado físico no me permitía expresarme, una electricidad me recorrió todo el cuerpo, y una sensación de calor me invadió, era el fin, pero antes tendría que sufrir la vergüenza de ver a todos mis amigos sometidos a esos exigentes controles médicos por mi culpa, y por una enfermedad considerada vergonzante, por un momento ese sentimiento de culpa, fue más fuerte que el dictamen de mi sentencia. No sé que era más fuerte, si el miedo a morir, o la ira que sentía, que estando tan cerca de lograr mis sueños, todo se desvanecía en la nada, estaba en esa lucha, entre la ira y el miedo, cuando volví a escuchar a Edgard preguntar. -doctor, que probabilidades tiene?


235 El médico guardó un minuto de silencio, luego consoladoramente contestó, con la certeza que yo no escuchaba nada. -En el estado tan avanzado de la enfermedad, y con las drogas que disponemos, no le veo ninguna. La presión fue demasiado, no sé si me dormí, me desmayé, o simplemente la memoria se niega a devolverme esos tristes momentos, cuanto tiempo, no lo sé, pero creo fue toda una noche, solamente recobré algo de mi inconciencia, al escuchar la conocida voz de mi madre, cuando preguntaba al médico. - Dr. como puedo ayudarlo?. Imperativamente, contestó. -Señora, ya se lo dije ayer, y se lo repito ahora, es mejor que se vaya a su casa a preparar los funerales de su hijo. Vaya, hay respuestas que duelen y esa fue una de ellas, y como dolió, solo atinaba a decirme a mi mismo. Porque a mí? Después de lo que para mí no fue mas de unas horas de sueño, pero que realidad marcó creo que mas de dos días de inconsciencia, mas de cinco litros de sangre aplicados, y cantidades industriales de anticoagulantes, y otras drogas, recobré la conciencia, sin tener una exacta idea de lo que había pasado. Al abrir los ojos, un dantesco escenario, era testigo de mi amargo despertar, caras demacradas con ojos sin vida, miradas vacías perdidas en la nada, andares lentos sin destino alguno, lastimeros lamentos que no producen eco, cuerpos derrotados que no tenían alma, todos esos seres vagaban incrustados en esqueléticas figuras, en medio de descuidadas camas desparramadas en una sala mas o menos grande, estaba en el quinto piso del hospital general, en la sala de desahuciados de esta fatídica enfermedad. El averno no podía ser peor, estábamos en la época invernal cuando ese frío serrano, cala los huesos, y los que estaban en sus camas, se tapaban para aliviar el invierno,


236 en medio de sus dolores, hasta creo que eran felices, porque ya no tendrían otro invierno. Se abre la puerta, unos seres de blanco, totalmente cubiertos, y con máscaras, - parecen astronautas- se desplazan lentamente empujando un carro con viandas, la sala se convierte en un hervidero de seres humanos, o lo que queda de ellos, en cada cama, movimientos nerviosos, denotan la existencia de cuerpos, no sé si era por el hambre hacia el desayuno, o la desesperación de demostrar que aún estaban vivos. Junto a la pared, un grupo de infelices, se acurrucaban unos contra otros, mientras conversaban entre ellos, discutiendo no sé que cosas, mantenían un no coordinado concurso de toses, y esputos a veces de color medio rosado, yo pensaba si eso era realmente una discusión o era un pretexto acalorado, para tratar de inyectar a sus existencias alguna sensación de vida, me inclino hacia esa alternativa, porque peleaban tanto, pero no había en ellos vocación de triunfo. Cuando volvieron a aparecer por la puerta esos falsos astronautas, era una camilla la que empujaban, la pusieron junto a la cama de mi vecino, un hombre cuarentón, quien tenía su descarnada cara parcialmente cubierta, y sus ojos, en una mirada fría, estaban fijos en el techo, me había sorprendido su silencio, mi soñolencia no me permitió, ver que estaba junto a un cuerpo frío, hasta que fue volcado en la transeúnte camilla, y se lo llevaron. Un joven, cuya edad era imposible calcular, por las terribles huellas que la enfermedad estaba marcando en él, se me acercó, y tímidamente me dijo. - He tenido la mala suerte de permanecer en este ambiente varios meses, mi familia ya se aburrió de venir, y tienen miedo al contagio, mis amigos nunca vinieron, e perdido mi contacto con el mundo exterior, no tengo quien me visite, ¿Me podría contar algo que como están las cosas allá afuera? Una dolorosa puñalada sentí clavarse en el pecho, ver tanta juventud perdida, en ese mísero camino sin


237 retorno, pero yo no tenía la energía suficiente para hablar, y me preguntaba para que este hombre quería saber de un mundo al cual nunca volverá a ver, en fin. Con señas lo mas suave que pude le indiqué que se apartara, él se fue, pero su lastimera imagen, y su compañera la soledad quedaron conmigo, veía en él como en un espejo el corto futuro que me esperaba. En determinado momento, dos mujeres envueltas en vestimentas como momias, y con la cara cubierta con una máscara blanca, ingresaban arrastrando un destartalado carro, con elementos de limpieza, y ropa de cama, tratando de vencer su asco y repugnancia, ante algunas sábanas manchadas en sangre, fueron cambiando las camas, y aseando la habitación, no se si fue mi imaginación o una triste realidad, noté en ellas una especial antipatía hacia los mas antiguos, cuyo único delito era haber sobrevivido mas tiempo. Yo con mis veinte y tres años, y que hace tres días disfrutaba de mi paseo dominical por los balnearios de tingo, tomado de la mano con mi guapa enamorada, no tenía la capacidad de asimilar tremenda escena, ni podía soportar ese tan duro cambio, solo atiné a cerrar los ojos, y tratar de imaginarme que solo era un sueño. No comí nada, era imposible, el ambiente era aterrador, en ese momento dos hombres se acercaron hacia mí, esqueléticas figuras, muertas en cuerpo y alma, pero se movían. - ¿Dónde estoy? – fue mi lacónica pregunta Una voz cavernosa y débil, contestó - Estas en el quinto piso del hospital, en la sala de los desahuciados por la tuberculosis. Todo ese coraje que se suponía que tenía, se desvaneció en una fracción de segundo, un fuerte estremecimiento me invadió, estaba rodeado de esos desdichados seres, abandonados a su suerte, sin esperanzas de ver otra primavera, sin poder retornar a sus hogares, marginados de la sociedad como leprosos, esperando solamente el momento de su muerte, y yo era


238 ahora uno de ellos, considerando la tortura psicológica que vivíamos, la muerte sería una bendición, vaya que triste final. Mis convicciones religiosas, no eran tan fuertes, pero al ver esas escenas que te estrujan el corazón y enlútese el alma, pensé en Dios, y me dije, ahora si creo que el infierno existe, pero me parece no es necesario morir para llegar. La noche comenzaba a cubrir el patético escenario que era mi entorno, no podría decir si me dormí, o volví a caer en la inconciencia, pero negros fantasmas rodearon mi descanso, escenas de sepelios desfilaron por mi mente, en algunas veces, era yo el acompañante, en otras era el difunto, pero siempre estaba presente, creo que los buitres mensajeros de la muerte revoloteaban a mi alrededor. Hacía once años que abandoné mi casa paterna, cuando tenía doce años, y seguí mi lucha solo, no era justo que cuando ya me faltaban dos años para culminar mi carrera, todo se truncaba, ¿Es que no hay justicia en la vida?, me preguntaba cuando escuché unas voces detrás de la puerta. Mi cama estaba muy cerca de la puerta, escondida hacia el costado derecho, por eso no me sorprendió cuando desperté, aguzando el oído, escuchar una fuerte voz, evidentemente molesta en un estallido de gritos cuando decía. - Doctor él no puede quedarse acá, estaríamos sentenciándolo a muerte, tenemos que sacarlo y llevarlo a otra sala. Me sorprendió identificar la voz de mi amigo Edgard, quien se ha caracterizado siempre por su tono calmo, y muy amable - Parece que usted no entiende, su amigo ha tenido una fuerte hemoptisis, y está en una etapa muy avanzada de la enfermedad, él ya está prácticamente muerto Contestó el médico, haciendo un esfuerzo para hacerse entender., y luego agregó


239 - Es casi nada lo que la medicina puede hacer, no podríamos trasladarlo a otra sala, porque es una enfermedad altamente contagiosa, sería un delito mezclarlo con otros enfermos. Luego cortésmente se despidió, alejándose del lugar. Cerré los ojos, parecía un estúpido avestruz, escondiendo la cabeza debajo de las frazadas, pensando que al esconder mi visión escondía mi persona, con todos los sinsabores, que sentía, quería esconderme, sentía vergüenza de estar ahí. Cuando nuevamente la misma voz de mi amigo me descubrió. No creo que esta sea la mejor forma de escapar del examen de termodinámica Sentí esa voz que animosamente trataba de contagiarme algo de entusiasmo, con su broma, en alusión al examen que no me presenté. - Hola Edgard. Era mi compañero de estudios y mejor amigo que tenía en la universidad. - Me causa mucha alegría verte. añadí - He estado todo este periodo de tu inconsciencia junto a ti, solo que te la pasas durmiendo. - ¿Has visto a tu alrededor? le pregunté - Estoy tratando de no hacerlo, no creo tener la capacidad de asimilarlo. Contestó, tratando de concentrarse en mi persona. - Supongo que conoces el poco futuro que me queda. - Si, estoy enterado, no sé si podré hacer algo para salvar tu vida, pero si te prometo, que haré todo lo posible para sacarte de este ambiente, así tenga que hablar con el mismo alcalde, si no te salvo, por lo menos que tengas un final digno – agregó. Me abrazó, permanecimos no sé cuanto tiempo así, no tuvo asco, no tuvo miedo del contagio, no le importó


240 arriesgar su vida. En ese abrazo sentí la seguridad, el coraje que solamente una verdadera mistad da, y si que me hacía falta, sentirlo, él si era mi amigo. Cuando nos separamos, tratamos de ocultar nuestras caras, es que en un falso gesto de hombría, no quisimos ver nuestros rostros llorando. El viejo, está mirando, pero cierra los ojos, no cree tener la fuerza, para ver tan tétrico escenario dos veces, lo mira al joven, no ha comido nada en esos dos días, siente que su espíritu acostumbrado a muchas luchas, se quebró, ya no le queda fuerza, llegó a límite, en cierta forma lo ve derrotado, está buscando un consuelo, no se alimenta, espera encontrar en la muerte el fin de sus problemas, y la paz que es lo único que ahora le interesa. Lo que el joven ignora es que tiene un amigo con un corazón de oro, y que él si seguiría luchando, movió todos sus posibles contactos, y con la ayuda de la otra gran amiga Guillermina, perteneciente a una importante familia de la ciudad, efectivamente se reunió con el alcalde, del cual consiguió la decisión de la transferencia, ya que al ser hospital público dependía de la municipalidad, y después mediante una reunión con el rector de la universidad, consiguió el apoyo económico suficiente. El viejo sigue pensando, está convencido que ese gesto marcó la diferencia entre la vida y la muerte, fue ese cambio, el que le mostró nuevamente el camino a seguir, y le devolvió las esperanza para volver a su sendero de lucha. El viejo, ve a esos disfrazados personajes, que vuelven con la cena, ha aprendido a admirar ese enorme espíritu de sacrificio, nunca les vio la cara, siempre detrás de una máscara, pero sintió en esos humildes enfermeros y enfermeras, esa enorme y casi sagrada voluntad de servicio, esa vocación de ayuda hacia los demás, que los hace arriesgar diariamente su


241 vida y la de su familia, circulando en medio del aire saturado de asesinos microbios. Mi querido amigo, en su modestia nunca me permitió saber realmente que trámites hizo, pero antes del anochecer del segundo o tercer día, era transferido a una sala privada y reservada. Bajo la protección de un médico hermano de un profesor mío de la Universidad, y gran amigo suyo, especialista en enfermedades toráxicos, inicié un largo proceso de recuperación con una línea nueva de antibióticos, que meses atrás, se acababan de descubrir, y estaban en pleno estado de experimentación, creo que en cierta forma fui también un conejillo de indias, pero me siento feliz de haberlo sido. - Vamos a intentarlo, pero es un proceso de quimioterapia muy largo, tendrá que soportar pastillas e inyecciones diarias, durante dos años. Me dijeron al comenzar el proceso de curación. - Tendrá que hacer un régimen especial de alimentación, por eso lo mantendremos internado aproximadamente tres meses, al final de los cuales deberá notarse una mejoría. Una vez más estaba yo ahí, y una vez mas jugando al límite. Luego al notar mi preocupación dijo. - El proceso es caro, y esta sala también, pero la Universidad, se hará cargo de todos los gastos. Durante todo el tiempo que estuve internado, Edgard, como cumpliendo un apostolado, de un evangelio no escrito de lo que es la amistad, todas las tardes con su maletín a cuestas, se presentaba en mi sala de recuperación, y recreábamos juntos las clases hasta altas horas de la noche, gracias a ello, no perdí el año de estudios, y por el contrario logré una gran rendimiento. Por otra, parte mi otro gran amigo, David, se hizo cargo de continuar el dictado de las clases, en el colegio del cual yo era profesor, y cuando me reintegré a ellas tiempo después, me encontré con la grata sorpresa, que él


242 se había negado a cobrar mis sueldos, y pidió me los dieran a mí cuando retornara, gran gesto, gran amigo, la economía de su familia se lo permitía, pero a pesar de esa gran ayuda, tuvo miedo, y nunca me fue a visitar. Me pasaba horas mirando el único paisaje que frente a mi ventana tenía, y que día a día, se me repetía como un llamado a la vida, la pintoresca campiña arequipeña, y en medio de ella un pequeño y verde cerrito, el cerro Juli, siempre la misma pregunta me invadía. - ¿Volveré a pasear por esas fértiles tierras algún día?. Ese domingo, cuando mi hermano José me visitó, y yo no estaba precisamente en el mas positivo de mis ánimos, después de haber visto como se llevaban el cadáver del cuarto vecino, de un chico muy joven que acaba de morir, no se de que causa, a boca de jarro, le dije. - Quiero que me hagas una promesa, si salgo vivo, que nuestro primer paseo sea visitando aquel cerro, y si muero en mi camino al cementerio hagas que sea mi cadáver quien lo visite. - Considéralo un hecho Fue su corta respuesta Perdónenme, pero quisiera mencionar, que ese pequeño cerrito, fue devorado por el desarrollo, y hoy está convertido en una gigante y lujosa zona comercial. Dos meses después, luego de haber soportado inyecciones por doquier, pastillas en respetables cantidades. Haber sostenido un largo periodo de desequilibrio mental, originado por el exceso de drogas en la sangre, y haber comido los mas variados potajes, supuestamente proteínicos, desde caldos de todo tipo de bichos y yerbas, hasta jugos de rana cruda, que me llevaban mis familiares como parte de mi proceso de curación, salía del hospital, si bien es cierto no curado, pero si con un proceso de curación en marcha, y una gran esperanza, que con el tratamiento domiciliario programado para dos años quedaría sano.


243 Me acompañaron mis hermanos José e Isaías y Edgar siempre él, el único amigo que nunca dejó de estar a mi lado, los demás compañeros de la universidad, ninguno, me fue a visitar. Si en alguna forma, se puede personificar la amistad, en su más pura expresión, con toda su nobleza, desinterés, y cariño, no me cabe duda, que Edgard sería esa imagen, y en la cual rendiría mi eterno homenaje. Completé ese largo periodo de tratamiento, en el cual toda mi familia había usado mis nalgas como campo de entrenamiento para aprender a poner inyecciones. Ya la universidad se había desentendido de mis gastos, y mis hermanos cada mes iniciaban una épica cruzada Con éxito, había logrado aprobar ese año de estudio y los próximos, que me permitían completar mi carrera. Soporté unos seis meses de alucinaciones, y más de cuatro años de diagnóstico de un soplo en el corazón, caídas en la presión arterial, que me provocaron mas de un desmayo, y la respuesta de los médicos era siempre la misma. - Hay que esperar que el cuerpo elimine todas las drogas que le hemos administrado. Tenían razón, porque finalmente quedé sano físicamente, pero psíquicamente mi inestabilidad era evidente, por mucho tiempo más. Al reingresar a la universidad, en mi primer día acompañado de Edgard, entramos al comedor, sentí una gran alegría al ver tres de mis compañeros sentados en una mesa, nos dirigimos hacia ellos y nos sentamos, cuando esperaba una recepción de alegría y bienvenida, el chato Pérez, en un cruel y sarcástico comentario dijo. - Vámonos, no sea que nos tire un pedazo de pulmón. Haciendo eco a sus palabras se levantaron y se alejaron, no hubo un saludo, solo un miedo, que sin darse cuenta, los hacía ser crueles. Desde ese momento fui “El leproso” del grupo, tenía que comer solo, excepto cuando Edgard estaba, a


244 veces David, en mis exámenes siempre era el escritorio mas alejado, discretamente nadie se sentaba a mi lado, era un paria. Cuando nos organizábamos para reunir fondos para el viaje de promoción, yo no trabajaba, no formaba parte de ninguna comisión, nadie quería integrarse conmigo, No los culpo, tenían miedo del contagio, aunque según los médicos esa etapa hace mucho ya había pasado. A pesar que con el correr del tiempo, fueron olvidando y aceptándome, las heridas que me dejaron fueron tan profundas, que aprendí a sentir vergüenza por mi enfermedad, y aprendí a ocultarla. Por eso, es que se convirtió en mi gran secreto hasta hoy, y solo ahora superados mis traumas, hablo de ella, con toda su crudeza, pero para mí fue una pesadilla, que tuvo un despertar feliz.


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CAPITULO X BUSCANDO NUEVOS HORIZONTES “NO PUEDO CAMBIAR LA DIRECCION DEL VIENTO PERO SI AJUSTAR MIS VELAS PARA LLEGAR SIEMPRE A MI DESTINO”

James Dean El viejo no se ha sentido bien, está en su casa de la ciudad, sus huesos están dejando sentir las consecuencias de su mala alimentación infantil, da vueltas en la cama, le duele las piernas, piensa en la frase que él siempre ha sostenido “La juventud es un estado mental”, el tiempo le ha corroído los huesos, pero su espíritu está tan joven como a los veinte años. El sol se está filtrando por las ventanas, siente la necesidad de levantarse, escribir, tiene que terminar sus memorias, pero su artrosis en la rodilla izquierda, sus problemas de columna, que le atrofian su pierna derecha, le recuerdan que ya no puede salir corriendo, está esperando la llegada de su hijo Jorge, porque él le ha ofrecido un bastón, que como están las cosas piensa será su gran compañero por lo que le queda caminar en esta vida. Su cerebro comienza a acelerarse, ve al joven profesional en un día caluroso, llegar a un pueblo compuesto en su casi totalidad de casas de abobes con techo de esteras y barro, unidas formando una sola hilera a los lados de unas calles de tierra, todo este conjunto forma un rancherío, el suelo luce un poco negro y tiene una contextura pegajosa, el ambiente en inundado por un fuerte olor dulce, es el


246 característico olor de la melaza (*), que normalmente echan en las calles para evitar que se levante el polvo. Desde su cómodo asiento ubicado en su propia memoria, el viejo mira ese caserío, que parece un punto marrón en medio de una extensa sábana verde que cubre todo el valle, son los miles de hectáreas de sembríos de caña de azúcar, hacia el sur tres gigantescas chimeneas, se elevan al cielo, escupiendo blancos vapores que desde lejos se ven, como víboras que contorsionadas por el viento, se pierden en las alturas, cortando la monotonía del color verde de los cañaverales de la hacienda Cayaltí, el conjunto paisajista, le trae a la memoria su querido valle, pero que lejos está. El viejo comienza a bucear en el mar de sus recuerdos, está muy emocionado, la vista del joven llegando al lugar que será su trabajo, le hace recordar su pasado, cuando una mañana salía de su verde valle, con la promesa que no volvería a vivir en él, hasta que sea profesional, sabe que nunca volverá a vivir en el valle de Tambo, en su imaginación, adopta este precioso paisaje como el suyo, y siente que está cumpliendo su promesa. Después de haber viajado por mas de cuarenta horas, desde mi blanca ciudad, a Lima para continuar directamente, estoy parado en la avenida Balta, una de las principales de la ciudad de Chiclayo, a mas de dos mil kilómetros al norte de mi natal Arequipa, tratando de averiguar como llegar a Cayaltí (*), tarea que no fue muy difícil, gracias a la amabilidad de esos simpáticos norteños. Una hora de viaje, en el rojo bus del que después fuera mi gran amigo, el cholo Barrueto, y de haber cruzado la histórica ciudad de Zaña, arrastrando mi valija, estaba caminado por un pintoresco Boulevar, sembrado de gigantescos árboles, que formaban una estela de sombra protectora, del fuerte calor del sol veraniego del medio día, después de cruzar una desértica y media abandonada plaza, que por lo que quedaba de ella, se notaba que tuvo


247 tiempos de grandes apogeos, y riquezas, tenía frente a mí, una hermosa casa de madera, con los mas lujosos decorados estilos coloniales, era la casa hacienda. Este casi palacio, era la vivienda de los propietarios de esas inmensas superficies de tierra, desde la época de cuando la caña se cargaba en carretas tiradas por bueyes, y en la misma forma llegaba al puerto de donde salía a satisfacer los ambiciosos paladares europeos, gran parte de los componentes de esta casa, también llegaron del viejo continente por esa misma vía, pero fueron las manos de hábiles artesanos peruanos, que insertaron esos componentes en la construcción nacional, y como resultado de ello, surgió esa belleza arquitectónica, que tenía frente a mí. Pero al igual que la plaza, sus días de gloria, ya pertenecían a un nostálgico pasado, en la parte frontal, estaban ahora las oficinas administrativas de la empresa, las canchas de tenis, donde antaño, los ricos dueños, y sus invitados capitalinos, deslumbraban con impecables uniformes blancos a los rústicos campesinos, eran ahora un descuidado parque infantil, la parte posterior de la casa, había sido acondicionada en una vivienda de fin de semana, para cuando los dueños, que vivían en lujosas residencias en Lima, venían a pasar algunos días, en su rupestre propiedad. Después de las presentaciones de rigor, fui instalado en el casino de solteros, también una linda edificación, con sus portales y terrazas, en la planta baja, además del comedor, habían dos mesas de ping pong, y dos de billar, y en la terraza del costado juegos de sapo (*) y tejo (*), en la parte alta, simulando un hotel, las habitaciones, de todos los profesionales y ejecutivos solteros, todo ese complejo era popularmente conocido como el casino, debo confesar que el año que viví ahí, representaron para mí uno de los periodos mas felices de mi vida profesional, y también el que marcó mis horizontes futuros.


248 Al sentarme a tomar el desayuno, hace su aparición, un jinete ,era el prototipo del más rancio linaje, la piel le marcaba unos sesenta y cinco años, vestido de punta en blanco, con botas de montar negras, culminadas en un par de plateadas espuelas, el sombrero de media ala, ligeramente inclinado, sobre sus hombros, un poncho rojo de la más fina lana de vicuña volteado sobre el lado derecho, era el auténtico chalán, con esa ya extinta vestimenta rezago de la opulenta época colonial, pero él la conservaba, sabía que cuando muriera, ella también se iría con él, y ambos serían borrados del tiempo. Venía cabalgando en corcel negro, bello ejemplar, de crines largas al aire, y una larga cola, que acariciaba el suelo, el cuello en alto, marchaba suavemente, con ese donaire del paso peruano, adquirido de tanto lidiar por los arenales del norte, durante muchas generaciones, era la estampa misma, del caudillo de tiempos pasados, cuando el caballo era el señor de las distancias, mi admiración me hizo salir, y ver cuando soberbiamente, ataba su cabalgadura, en el espacio dejado entre las camionetas, de los ingenieros de campo, al pasar frente a mí, hizo un elegante saludo, con el ala de su sombrero. - Es don Polo, el administrador de campo. Quien así hablaba, era el encargado del lugar. No entendí nada, si a mi ingreso me fue presentado como administrador el Ing. Fernández, minutos después, me enteré, que don Polo, durante muchos años, trabajó y cabalgó, con los viejos patrones, era su administrador, cuando los nobles caballos, comenzaron a ser reemplazados por las camionetas, él, se resistió al cambio, no quería irse con la historia, pocos años después se jubiló, pero nunca se retiró, y siguió cabalgando por medio de los verdes cañaverales, como lo hizo desde su juventud, creo ya no gozaba del paisaje, porque él era parte de ese paisaje. Mi presencia profesional, con mis veinticuatro años, y mi cara de niño, marcó un contraste, con todo el plantel de profesionales, con mas de treinta años de antigüedad,


249 anquilosados por el aislamiento, y por su integración social al medio, todos eran de la zona, casados con señoras y familias del mismo pueblo, la llegada mía. con el rimbombante título de Jefe de laboratorios y control de Calidad, con un grado de autoridad, por encima de muchos de ellos, causó un silencioso impacto en esas simples mentes, pero dentro de sus pocas ambiciones, en esa etapa de sus vidas, caballerosamente lo supieron absorber, e hidalgamente sus conductas, no me hicieron sentir incómodo en ningún momento. Pero si mi persona, tuvo contrates con la gente que trataba con la empresa, quienes siempre tenían al frente, ejecutivos mayores, y relativamente oxidados, y en muchas oportunidades, mi juventud creó situaciones divertidas, me bastará contar dos curiosas anécdotas. Estando parado en la puerta del laboratorio de campo, esperando que llegara el dueño de una empresa proveedora con el cual tenía una cita, lo veo bajar de su auto, hecho todo un ejecutivo, se para frente a mí, mira hacia un lado y hacia otro, y luego con una actitud despectiva, dice. -Chiquillo, no sabes donde puedo encontrar al Ingeniero Linares. Bueno, después fue un concierto de disculpas cuando me identifiqué. En otra ocasión, durante la tarde había firmado el reporte de los resultados de un lote de caña de un proveedor, ellos eran cultivadores que nos vendían, y se la pagábamos de acuerdo a sus análisis de azúcar, pero parece que este señor no estaba muy de acuerdo con los resultados, en la noche a la hora de la cena, sin proponérmelo, coincidimos en la misma mesa, estaba muy alterado, porque lo que él consideraba no era un resultado correcto, cuando intenté explicarle se alteró mas, despachándose con una serie de improperios, para cerrar la discusión dictatorialmente con un comentario.


250 - Y que tengo yo que estar discutiendo contigo mocoso de m…iercoles, si con el que tengo que hablar es con el ingeniero Linares. Se levantó bruscamente, dirigiéndose al salón de juegos, donde después de conversar algún momento con otros colegas, regresó todo compungido, humildemente a la mesa, exhibiendo su mejor repertorio de disculpas, a las cuales en cierta forma ya estaba acostumbrado. En mi primer día de trabajo, ingresé sacando pecho con el orgullo típico de un joven profesional, al laboratorio de campo, encargado de controlar la evolución de la caña desde la siembra, hasta la cosecha, pasando por la determinación de sus necesidades de agua y de abono, al encontrarme con las cuadrillas de campo, integradas por esos rústicos agricultores, con sus caras curtidas por el sol, vestidos con sus viejas ropas parchadas, protegidas sus cabezas con grises sombreros de paja, alineados sumisamente saludaron con exagerado respeto y obsecuencia, a su jefe máximo, el ingeniero, vi en ellos el espejo de mi pasado, sentí la presencia de mis hermanos, y de mis amigos, haciendo tareas similares en mis lejanos pagos, nunca pude sentirme jefe, y por el contrario, me sentí uno de ellos. En el laboratorio entomológico, la sensación fue la misma, habían pasado once años desde que salí de mi terruño, el niño campesino se había convertido en el ingeniero, pero sus raíces, quedaron incrustadas en su pasado. El colegio, y la universidad lo formaron, lo llenaron de conocimientos, entraron en su cerebro, pero su alma siguió perteneciendo a sus orígenes. En una actitud refleja, como tratando de gozar esa infancia que nunca tuve, por las mañanas siempre llegaba muy temprano y junto con ellos, trepado en la camioneta, gozaba de mi libertad recorriendo los verdes campos, viendo el amanecer, humedeciendo mis pies con el rocío matinal, era una mezcla de nostalgia del pasado, y regocijo del presente, me sentía identificado, con esos seres, y con el entorno.


251 Me integré como uno de ellos, con esa pobre pero noble gente, muchas veces los domingos al igual como lo hacía en mi infancia, nos reuníamos y compartíamos intensos momentos familiares, ellos siempre decían que yo era “Buena gente”, lo que nunca entendieron que simplemente era “su gente.”. El estado de la fábrica era calamitoso, el descuido en que estaban todas las instalaciones era la consecuencia de los vientos revolucionarios comunistas que soplaban el país, y el temor a la nacionalización, que efectivamente se realizó menos de dos años después, y lo que alguna vez fue una importante industria, hoy es solo escombros. El descuido también atrapó a la gente, la calidad de sus funcionarios y profesionales se había estancado en el tiempo desde que terminaron sus estudios, y si alguna vez fueron ingenieros, el aislamiento y la comodidad de una vida sedentaria les había robado sus conocimientos, y el adormecimiento mental, y los libros en solo eran un lejano recuerdo. El personal obrero presentaba más de un setenta por ciento de analfabetismo, y dentro de los pocos que sabían leer la mayoría no había pasado del tercer grado de primaria. Con todo mi empuje juvenil y en el afán de mejorar la calidad de vida de esos sencillos obreros, contando con el apoyo de la gerencia general, constituí un departamento de Adiestramiento de personal convirtiéndome en su primer director, sin darme cuenta, había iniciado una actividad, que transformaría y redefiniría el futuro de muchos de ellos, y curiosamente, me llevó a mi también por un sendero que jamás había pensado.. A través de él instalé cursos de Educación General Obrera, donde mediante profesores contratados, enseñaba a los trabajadores a leer y escribir, y para los funcionarios, cursos de post grado de ayuda profesional, para mejorar las interrelaciones, aumentar su autoestima y deseo de superación.


252 Pero, como dice ese viejo refrán popular, “El hombre propone, Dios dispone, llega una mujer y lo descompone”. Todo comenzó cuando un día muy temprano, encontré al gerente, con su cara de preocupación, esperándome en la puerta del casino, estaba a punto de enfrentar una huelga general, por unos conflictos creados en el hospital, por su administradora, era una argentina, eficiente, pero de carácter muy duro e inflexible. Mi tarea, como diría “Misión imposible”, si Ud, decide aceptarla, será evitar esa huelga. Por supuesto, siguiendo cualquier manual de guerra, mi primer objetivo tenía que ser conocer al enemigo, y manos a la obra, los primeros resultados me dijeron que era una obstetra, que llegó a Lima, disfrutando una beca que le fue otorgada por la universidad, luego después de haber quedado cautivada, por la belleza y la historia peruana, fue contratada por el Hospital de Ica, de donde fue requerida por la gerencia de Cayaltí, para hacerse cargo de la administración del hospital, como dato adicional, que era una mujer muy bella, se había convertido en el objeto de persecución romántica de todos los ejecutivos y profesionales solteros, sin dejar de lado a los otros. Aunque su inteligencia y capacidad eran reconocidas, su carácter fuerte e intransigente, su total falta de diplomacia en el trato con los dirigentes sindicales, todo esto condimentado a que estaba en medio de una sociedad típicamente machista, hacía de ella, un personaje rechazado, y fuente de innumerables conflictos laborables, en medio de los cuales yo, estaba ahora involucrado, aunque no por voluntad propia. En mi afán de domar esta fierecilla, unos días después, Un catorce de julio, inicio un curso de Relaciones humanas, con un instructor especialmente contratado desde Lima, con la esperanza de serenar ese terco carácter.


253 Organicé un curso de relaciones humanas, con un profesor traído desde la capital, mis invitados eran todos los ejecutivos de la empresa, al primer día de clase, parado en la puerta doy la bienvenida a cada uno de ellos, cuando hace su aparición una impresionante rubia con sus largos pelos lacios claros, con un par de llamativos ojos celestes, y una piel, completamente pecosa, vestida con una elegante vestimenta de médico, y dice, esbozando una protocolar sonrisa. - Soy la administradora del Hospital. Sin salir de mi asombro, y con la boca abierta no atinaba a contestar, al notar mi silencio continuó. - Vengo al curso de Relaciones Humanas. Siendo un curso de tipo deductivo, sus arrogantes intervenciones, y su falta de delicadeza en hacerse notar, creó un ambiente incómodo en la sala, y antes que provocara un desbande en los demás integrantes, la convoqué a una charla en mi oficina, en la cual debido a la empatía mutua, y a lo interesante de los temas, duró hasta las primeras horas del día siguiente. Poco a poco fuimos descubriendo nuestras personalidades, éramos dos seres diametralmente opuestos, yo tosco, ella delicada, yo desordenado, ella pulcra, yo rústico, ella educada, yo medio bohemio, ella con pretensiones de monja, fue muy interesante, descubrir que no teníamos nada en lo cual, nuestros espíritus puedan comulgar, pero, pareciera que el amor, también se rige por las leyes de la física, cuando dice, “Los polos opuestos se atraen”. Catorce días después, un veinte y ocho de julio, durante la ceremonia y posterior fiesta de nuestro aniversario Patrio, anunciábamos ante el estupor de todos los invitados, nuestro compromiso. Siguiendo en esa vertiginosa aceleración, dos meses después, nos casábamos, en la tradicional iglesia del distrito de Zaña, y completando el anecdotario, cuando llegamos al aeropuerto de Chiclayo, todo felices y entusiasmados, a tomar nuestro viaje de bodas a Iquitos,


254 donde teníamos todo reservado, una huelga improvisada de la empresa aérea, nos dejó varados en el hall, tomamos el primer avión que llegó, y terminamos en un hotel de los barrios de Piura, cuya calificación, si la tenía, no calzaba ni media estrella, como consecuencia de las pobres condiciones sanitarias, atrapé una fuerte infección estomacal, que me tuvo postrado tres días, pero evidentemente, eso no fue ningún impedimento, para que nueves meses después naciera mi primer hijo. Después de todo conseguí el objetivo, evité la huelga, pero creo que se me fue la mano, porque ella tiempo después dejó de administrar el hospital, y entró a administrarme a mí. El viejo es el invitado invisible en ese importante matrimonio, era un acontecimiento histórico, se casaban dos ejecutivos de la empresa, “la gringa” y el “Characato”, como son conocidos los arequipeños, el alboroto era general, la alcaldesa cargó con sus libros desde la municipalidad, y los dos matrimonios, tanto civil como religioso se realizaron dentro de la iglesia. El viejo, mira panorámicamente, el pueblo se Zaña, está dividido en dos, la parte nueva, una pequeña ciudad de unos quince mil habitantes, y la parte vieja, formada por las ruinas de la iglesia, y unas casas a su alrededor, es conocida temerosamente por los vecinos, como la ciudad de los fantasmas, porque dicen las viejas leyendas populares, que el alma de los cientos o miles de personas que murieron, cuando las desgracias se señorearon en lo que fue una pujante ciudad, aún vagan entre los viejos muros, quizá tratando de completar esa vida que tan abruptamente les fue cortada. El valle de Zaña, con su impresionante belleza, fue el primer escenario que conocieron las huestes españolas, y en el cual los primeros caballos llegados a América dejaban estampadas sus huellas, en su caminar por medio de los inmensos bosques de algarrobo hacia Cajamarca, al encuentro del emperador


255 inca, y jugar con el destino del imperio mas grande y organizado de América. La magnificencia del valle, quedó gravada en la retina de esos primeros aventureros, y es así como treinta años después, fundan la ciudad, con la finalidad de convertirla en la capital del naciente virreinato, se convierte en el asiento de las grandes familias, el arzobispado del Perú se traslada a la ciudad, y frente a él, quien fuera un pro hombre de la Iglesia católica, convertido años después en Santo Toribio de Mogrovejo, quien muere dentro de esos muros, hoy solo ruinas. La Ciudad se alza altiva y orgullosa, le quita a Lima su protagonismo, las órdenes religiosas, importantes en esa época, se instalan en la floreciente capital, pero su destino era otro, cuando veintidós años después de su fundación, las hordas del pirata inglés Eduardo Davis, la atacan, y durante siete días, matan, violan, saquean, y finalmente al retirarse, la incendian, convirtiendo los años de prosperidad en humeantes residuos negros. Pero, los habitantes que quedaron, no se rinden, y mitológicamente como el ave fénix, la hacen resurgir de sus cenizas, y Zaña, vuelve a sonar en los oídos de todos los peruanos, pero después de treinta y cinco años de apogeo, esta vez es la naturaleza, quien una noche se presenta en forma de una inmensa inundación, consecuencia del fenómeno del niño, y la destruye por completo, llevándose muchas vidas humanas, dejó solamente en pié, lo que ahora son las ruinas, los habitantes sobrevivientes, ya no tuvieron la fuerza para reiniciarla, y prefieren abandonarla, sellando así su destino. Los avances tecnológicos llegan al transporte, los grandes camiones con acoplado, comienzan a inundar las carreteras, y nuestra empresa no puede ser ajena a ello, y una mañana, en un ceremonioso acto de despedida, nuestra vieja locomotora a carbón, sale lentamente de los


256 almacenes, llevando su cargamento de azúcar, como lo había hecho muchos años, todo el pueblo se a reunido y con gestos de adiós, la ven partir con sus ejecutivos sentados encima de las bolsas, en lo que sería su último viaje, en su andar hacia el puerto Eten, cruzando la desérticas pampas, la columna de humo se pierde en el infinito, así como ella se perderá en el recuerdo de aquellos que formaron parte de su existencia. La situación política se comienza a hacer insostenible, anticipándose al futuro, nuestra empresa trata de hacer una alianza estratégica con una similar cubana, llegan asesores de esa nacionalidad, el temor de los empresarios, a saber si dependerían del dólar o del rublo, se junta a la cada vez más fuerte presión laboral, que cicateada por agentes comunistas, exigen cambios radicales, los cuadros de mando se comienzan a resquebrajar. Mi señora ya está en el octavo mes de embarazo, quiere que su hijo tenga su misma nacionalidad, y que su parto sea atendido por los médicos que fueron sus profesores, es así como en una tarde lluviosa y húmeda, del invierno, parte de Lima, con la ilusión de tener su primer hijo. Mientras que en nuestro querido Perú, las cosas comienzan a empeorar, los cuadros gerenciales son superpuestos por ejecutivos cubanos, se pierden los niveles de autoridad, el gobierno pierde la gobernabilidad, el futuro de la empresa es incierto, y mas incierto es el futuro de los profesionales, en este panorama, tomo la decisión de emigrar, hacia las pampas Argentinas, un país del cual solo sabía su ubicación geográfica, vendo todas nuestras pertenencias, y a volar se dijo. Dejaba atrás, un año y ocho meses, de felices convivencias, de mis primeras experiencias profesionales y mi cambio de vida, resultado de mi nuevo estado matrimonial, pero era el momento de cambiar mis velas, y navegar a un nuevo horizonte.


257 Un veintiocho de agosto, llego al aeropuerto, en mis manos la valija, en mis bolsillos el dinero, y en el cerebro mis sueños, mientras el avión carretea, y vuela rumbo al sur, hacia su única escala en Santiago, miro por última vez las tierras peruanas el corazón se me estruja de pena, dejo la protección de mis cerros, y corro al encuentro de una tierra lejana, donde la única cara conocida que veré es la de mis eñora, adiós familia, adiós amigos, adiós hábitos y costumbres, solo mantengo la esperanza que este sendero que he elegido, hacia el futuro para mí y mi familia, sea el acertado, solo esa ilusión, me hace soportar la idea de no volver a ver mi tierra, no se hasta cuando, pero pienso que los que estamos abajo en la escala social, tenemos la buena suerte de no vernos obligados a elegir un camino, porque solo tenemos uno, hacia arriba, y hacia ahí estaba volando yo. Cuando apenas pasaba el medio día, el jet cuadrimotor sobrevolaba las ricas y verdes estepas de los llanos argentinos, quedé maravillado de ver esa zona tan extensa, completamente plana, llena de vegetación y ganadería, no estaban los cerros, que tachonaban todo el territorio peruano, no imaginaba, que esa sábana verde sería mi cobijo durante el resto de mi vida, y que algún día mis cenizas, reposarán debajo de ese verde follaje. Mi cuñado Alberto y mi señora, me esperaban en el aeropuerto, y con ellos recorrí los cuatrocientos kilómetros que nos separaban de Mar del plata, no quiero ser redundante, por eso no describo la pampa verde del trayecto, al día siguiente, ya ubicado en la casa de mi suegro, y con la felicidad de haber conocido mi primer hijo, asistí a mi primer almuerzo familiar, en medio de lo que yo llamaría el nido de las cotorras, donde alrededor de la mesa, mis siete cuñadas, expresaban sus ideas, todas al mismo tiempo, era un jolgorio, mucho no les interesaba si alguien escuchaba, lo importante era hablar. De ahí en mas, inicié el periodo de tres meses, mas duros que he tenido en mi vida, buscando trabajo, en un país diferente, costumbres diferentes, no conocía a nadie,


258 era un mestizo en un país de blancos, escribía a cuanto aviso aparecía en los diarios, asistí en Buenos Aires a mas de una docena de entrevistas, y fueron mas de una docena de decepciones, mi economía ya comenzó mermar peligrosamente, mas de una vez me arrepentí, de haber iniciado este periplo, tan precipitadamente, pero estaba encasillado, no tenía un sendero hacia adelante, y no podía retroceder, a mi país, se había producido la revolución, y el nuevo dictador, nacionalizó las empresas, y las puso en manos de los obreros, organizados como cooperativas, mis caminos estaban cerrados. En mis tardes ociosas, caminaba unas cuadras, y me sentaba en un risco frente al mar, mirando como el agua en una curva geodésica se perdía en el infinito, en una engañosa sensación de unión con el cielo, sentía que mi espíritu quería quebrarse, no lo podía permitir, tenía que ser fuerte, aunque debo confesar, que en mas de una ocasión mis ojos se humedecieron, era la impotencia la que los exprimía, que bien me vendrían esas coplas del folklore argentino, “el que viaja junta penas, en vez de quedarse aquí”, pero ya había viajado, hasta aquí, delante solo había incertidumbre. En uno de esos atardeceres, junto a mi amigo el mar, conocí a Giovanni, un loco soñador de la mas pura estirpe italiana, un inmigrante como yo, pero con mas años en las tierras gauchas, ya la edad y los sueños aún inconclusos, le habían estampado algunas arrugas en la cara, tenía una pequeña fábrica de harina de huesos, que apenas le permitía una modesta vida, quería imponerla como un importante componente de la alimentación del ganado, como todos lo soñadores, que adelantado estaba a su época, cuando los pastizales, aún eran la fuente básica de la alimentación vacuna, y los alimentos balanceados, no asomaban en la economía ganadera. Giovanni me invitó a viajar a Trenque Lauquen, esa linda ciudad, donde todas sus calles son alamedas, a unos seiscientos kilómetros de Mar del Plata, visitaríamos el frigorífico de caballos “Indio Pampa”, a media noche, en su


259 viejo bergantín negro, iniciamos el viaje, la mañana nos tomó por las cercanías de Bolívar, estaba frente a unas de las zonas mas ricas de la pampa Argentina, viendo lo que creo fue el amanecer más espectacular que recuerdo, Manadas de novillos, colorados con su lomo y pecho blancos, de la mas pura sangre hereford, pastaban en ricos campos verdes, en medio de ellos, familias enteras de liebres jugueteaban. Corriendo y saltando libremente, mas allá parejas de teros revoloteaban, llenando el silencio con sus estridentes cantos, mientras en un charco cercano, los patos silvestres, adornados con sus brillantes multicolores, nos miraba distraídamente, y como fondo un brillante sol, aparecía en el horizonte. Sentado al borde de la ruta, por primera vez, miraba extasiado ese idílico paisaje que quedó estampando hasta ahora en mi memoria, y en un arranque de emoción, hice una promesa que marcaría el resto de mi vida, prometí que un día yo tendría mi propio campo. Con eso inicié una estricta política de ahorro, pero no ahorraba pesos ni dólares, ahorraba hectáreas. En respuesta a una de las tantas cartas que envié, un telegrama me invitaba a una entrevista en la ciudad de Zarate, esa noche, cómodamente sentado en un micro de la empresa Río Paraná, mi nerviosismo no me dejaba dormir, cuando escuché la voz de mi compañero de asiento, no había reparado en él, era un hombre de unos setenta años, indagaba por la causa de mi nerviosismo, esto dio inicio a un diálogo, me explicó que él era jubilado de la misma empresa a la cual yo asistía a mi entrevista, y ahora se pasaba la vida cazando aves, que vendía como mascotas, en su tienda de la calle Brown, finalmente cerramos la conversación cuando él proféticamente, me dijo. - Hombre, no se preocupe, yo conozco a mi gente, yo sé que Usted será contratado, y cuando venga a trabajar a mi pueblo, lo primero que debe hacer es venirme a visitar para comernos un asadito.


260 Después de la primer entrevista, y una torturante espera, llegó la segunda entrevista, otra vez en Zarate, luego otra torturante espera, y una tercer entrevista en Buenos Aires, esta vez estaban presentes los mas altos ejecutivos de la empresa, dos argentinos y un inglés, después de las clásicas preguntas de rigor, el gerente general, lanzo lo que para mí era una pregunta crítica. - Tiene Usted. Quien lo pueda recomendar?. Creo que en ese momento, el carácter del lonco (*) arequipeño, salió a flote, y en un gesto, que hizo reflotar en mí algo de pedantería, ya que la humildad nunca fue uno de mis fuertes, sin medir las consecuencias, contesté - Estoy en un país al cual acabo de llegar, no conozco a nadie, ni nadie me conoce, mi única recomendación soy yo mismo, y la única alternativa, que tenemos si quieren conocerme, es contratarme, yo les firmo mi carta de renuncia en blanco, si no están satisfechos con mi trabajo, simplemente la ejecutan. Después de esa respuesta, la entrevista se dio por concluida, con el clásico comentario. - Ya le avisaremos. Me fui masticando mi rabia, por no saberme controlar, y haber echado a perder la entrevista, cuan equivocado estaba, tiempo después, cuando trabajaba en la empresa, y cultivaba una amistad con ese mismo gerente, me comentaba, que fue precisamente esa respuesta, la que lo hizo decidir mi contratación. Faltando unos cuantos días para la navidad, parece que por fin, mi solitaria estrella, me alumbraba el camino, y un matutino telegrama, me anunciaba que la empresa anglo-Argentina, Witcel, me había contratado para su fábrica de Zarate, ciudad ubicada a noventa kilómetros de Buenos Aires a las orillas del río Paraná, donde a mediados de mes iniciaba mis actividades profesionales. Todo anduvo muy bien, me mudé con mi familia, éramos tres, por fin tenía un trabajo estable y con futuro, en una empresa, sólida y con una tecnología de punta en su especialidad, un año y cuatro meses después, mi señora


261 me anuncia un nuevo embarazo, y una vez mas a la misma clínica de Mar del Plata, y con los mismos médicos, todo muy bien, pero caí sentado de la sorpresa, cuando la enfermera, sale y con una amplia sonrisa me dice. - Son mellizos. Esto provocó la revolución familiar, mis suegros, y cuñadas iniciaron todo una cruzada familiar, elegir nuevo nombre, mas pañales, mas ropas, en fin todos lo menesteres de un adicional recién nacido, que ellas conjuntamente resolvieron, en una gran ayuda. El real problema, surgió cuando fui a pagar la clínica, y el funcionario me dice, lo que creí una broma. - Son dos, el presupuesto era por uno, Después de algunas negociaciones, sería un cincuenta por ciento mas caro, según ellos uno de los mellizos no estaba bien de salud, y quedaría bajo cuidado en la clínica, nunca supe si realmente, estaba tan mal para quedarse, o me lo retenían como garantía del pago, pero, ni modo, recuperé a mi hijo cuando pagué. Mi carrera y mi vida familiar, fueron muy exitosas, pasamos un tiempo de mucha tranquilidad, progreso y felicidad, ya tenía casa propia, un auto del año, mis hijos en sus estudios, ya planificábamos la compra de una casa en algún lugar de veraneo, era una vida plena, y nuestro futuro se presentaba muy prometedor. Pero, una vez mas, el destino nos demuestra que quien manda es él, y una vez mas nos pone una piedra en el camino, esta vez son las huestes terroristas, haciendo escarnio en ese rico país, manifestando una virulenta xenofobia, especialmente agresiva hacia los ejecutivos europeos, mi empresa no quedó exonerada de ese cruel flagelo, y los pocos ingleses que quedaban gerenciando, tuvieron que volver a su lejana isla. El vacío que ellos dejaron, provocó una remoción en la escalera de mando, y mi acenso fue mas rápido de lo esperado, hasta llegar a ocupar funciones, que en un ambiente normal lo ocuparían los extranjeros, olvidé un pequeño detalle, yo también era extranjero, convirtiéndome


262 en el blanco de estos grupos, coincidentemente recibí una oferta de una empresa peruana, así que a retornar se dijo, pero esta vez sería solo por un año, y luego volvería a la misma empresa y al mismo puesto, viajé solo, dejando a mi familia allá. Aprovechando un poco los contactos que tenía, inicio mis actividades privadas, comprando y vendiendo productos químicos, hasta que haciendo uso de mis conocimientos técnico desarrollo algunas fórmulas para usos industriales, y en la cocina de mi casa fabrico pequeñas muestras que envío a las fábricas para ser probadas, una de ellas, tuvo un notable éxito, y el cliente me hace un pedido de prueba industrial de doscientos kilogramos, ahí estaba el problema, Como fabricarlo?, esa noche yo y mis hijos, nos amanecimos en la cocina, produciendo en dos ollas de tres o cuatro litros, tantas veces como fueron necesarias hasta completar los doscientos kilogramos. La sorpresa, y el problema fue mayor, cuando una semana después recibo una orden de compra por tres mil kilos, y ahora?, es así como en un proceso de búsqueda conozco una empresa que tenía reactores suficientes para esas capacidades, los cuales alquilé. iniciando lo que sería una fructífera carrera industrial. Mis actividades profesionales, me llevan a trabajar en un desborde eufórico en mas de una empresa simultáneamente, en cierta forma, marginando mi familia, y convirtiéndome en casi un extraño para mis hijos, estaba ganando mi futuro, pero perdiendo mi familia, que habían venido a vivir conmigo al Perú, no les estaba ayudando mucho en su esfuerzo de adaptarse aun nuevo país y a una nueva realidad. El aspecto sentimental, definitivamente no fue muy bondadoso, mis relaciones matrimoniales, se resquebrajan, y después de problemas y reconciliaciones, terminó en un amistoso divorcio, un doloroso retorno de ella y mis hijos a la Argentina, y una vez mas como fue gran parte de mi vida, quedé solo.


263 Veintidós de diciembre, fecha que quedó gravada con letras de fuego en mi corazón, mis hijos partieron de vuelta a Buenos Aires, mientras el avión despegaba, a mí me sacaban del aeropuerto en un estado de crisis, los había perdido, ellos habían sido mis amigos en estos años, éramos compañeros de juegos y paseos, y ahora estaba solo, sé que les dediqué poco tiempo, pero los fines de semana trataba de recuperar ese tiempo perdido, viviéndolos muy intensamente. Creo que el sacrificio familiar, y el retorno a la soledad, era el alto precio que me cobraba el éxito profesional. Felizmente esa soledad fue en parte mitigada por la llegada de mi cuarto hijo, producto de mis relaciones con una guapa morocha, y que lamentablemente no pudieron progresar, pero, fue la llegada de esa criatura, la que llenó un espacio que tenía vacío.

Sentado frente a mi escritorio, revisaba unos papeles que describían el proyecto de ampliación de la planta, cuando un fuerte ruido producido al abrirse bruscamente la puerta de mi oficina, me sobresaltó, y una voz imperante decía - Ingeniero, Usted No puede hacerme esto, y negarse a recibirme, nada le da derecho a jugar con el alimento de mi hijo. Al levantar la vista me encontré con una visión que siempre había soñado en mis solitarias noches, y detrás de ella, con cara de asustada, estaba mi secretaria. Una linda rubia (Ayudada por la peluquería), parada frente a mí, con su pelo rojizo, pajoso, resultado del agua oxigenada y tintes de baja calidad, cortado al estilo paje, contrastaba su bien formada figura, con el celeste de la pared de mi oficina. Comenzó una larga disertación de defensa, no sé de que puntos, porque mis ojos, solo miraban un bien


264 formado par de senos que pretendían mostrarse, a través de una blusa rosada, distraídamente desabotonada, mostrando algo mas de lo debido, cada vez que ella se agachaba, haciendo un esfuerzo para dar énfasis a su explicación. En realidad, sus labios eran tan sensuales y carnosos, que miraba como se movían, sin saber que decían, total, eso no era lo importante en ese momento, estaba impresionado, que no escuchaba, mi sistema hormonal, y mi cerebro, habían iniciado una paranoica y descontrolada carrera, y un torrente de sentimientos me invadía. Finalmente el punto en cuestión fue resuelto (Por supuesto a su favor), marcando el inicio de una relación que nos unió por veintidós años. Unos días después, ensayé una declaración amorosa digna de la mas dramática telenovela, y dice así: - Si unimos dos desgracias, hacemos una felicidad, si unimos dos soledades, haremos una compañía, tu tienes un hijo, yo acabo de perder los míos, tu tienes un hogar, yo tengo una casa, ¿Qué te parece si cargamos las pocas cosas que tienes a mi auto, y nos vamos a vivir juntos?. Luego ya un poco mas envalentonado, agregué. -Yo te brindo la protección de las paredes de mi casa, y tú le pones el calor de un hogar, Yo te brindo el vacío de mi corazón, y tu le pondrás el amor que le hace falta, Yo te pongo la ausencia de mis hijos, y tu la presencia del tuyo, Yo te brindo el silencio de mi soledad y Ustedes. le ponen el ruido de su presencia, Yo aporto la fortaleza de un hombre, y tu le pones la ternura de una mujer, Yo pongo el dolor de un padre, y tu le pones la dulzura de una madre, y si Dios quiere, juntos podremos hacer de este conjunto de cosas una familia feliz, dentro de un cálido hogar Desde ese momento, le enseñé a compartir mis sueños, a ver Argentina como nuestro futuro juntos, y yo aumenté fervientemente mi ambición de tener mi campo,


265 es así como el año de mil novecientos ochenta y nueve, veinte y un año después que hiciera mi promesa, en ese lindo amanecer en los campos de Bolívar, por fin los cumplía. Mientras tanto mis hijos, desarrollaban sus carreras profesionales en la Universidad de la Plata, yo cada vez que podía, me escapaba a visitarlos y pasar algunos días con ellos, aunque debo confesar, que nuestras relaciones no eran precisamente muy buenas, ellos aún resentían el abandono en el cual yo los había tenido en mi afán de conseguir el éxito económico. Una vez mas, son los grupos terroristas, y una vez mas, estoy marcado por ellos, tengo que vivir como un prófugo, clandestinamente, cambiando de casa cada tres meses en forma secreta, mientras en mi casa solo vive la empleada, haciendo una simulación de dueña, y yo en un juego muy peligroso, tomando una serie de medidas adicionales, para evitar los intentos de secuestro. Después de escapar en dos oportunidades, a esos intentos de los grupos sediciosos, y tener a mi pobre empleada, psicosiada por las continuas amenazas de bombas, el acto que rebalsó mi tolerancia, fue el intento de secuestro del hijo de la que era mi compañera, tratando de sacarlo del colegio, ese era el empujón que me hacía falta, y en unos días, estaba a bordo de un avión en mi camino de retorno a la Argentina, una vez mas, era víctima del terrorismo, y una vez mas era la vida quien me empujaba, y yo me acoplaba a ella, lo mejor que podía. A esos cambios traumáticos, aunque duros en su momento, debo agradecer, que me sacaron de mi letargo, cuando me estaba adormeciendo en un lugar, y siempre mi situación mejoró después de cada uno de ellos, creo que en cierta forma, fueron mis crueles ángeles protectores de mi desarrollo. Pasaron veintidós años, no sé si adopté a su hijo como mío o él me adoptó a mí como padre, pero desde ese día los tres fuimos una familia feliz, tuvimos el calor de un hogar, la suerte nos sonrió, y pudimos progresar, luchamos


266 duro, teníamos unas metas que cumplir, hacer de nuestros hijos buenos profesionales, y asegurar un futuro económico que nos permitiera pasar una vejez cómoda y sin preocupaciones. Hace ocho años, sentimos que el amor se apagó, nunca sabré explicar el porque, quizá tendría que recurrir a ese romántico bolero que dice “Se acabó el amor de tanto usarlo”, hicimos un convenio de separación, amistosamente nos separamos como pareja, pero, seguimos siendo grandes amigos, hasta el presente. No quisiera terminar este capítulo, sin darme una licencia y hacer un paréntesis, para decir que me siento orgulloso de mis hijos, el mayor es un profesional empresario, conduciendo su propia agencia de turismo, en Puerto Varas, al sur de Chile, uno de los mellizos, un brillante médico, con su propia clínica en Puerto Madryn, al sur de la Argentina, el otro mellizo un exitoso profesional y empresario, condiciendo su propia empresa, en Lima, y el menor, un joven profesional, trabajando en una empresa en Buenos Aires.


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CATITULO XI EL CANCER, ATACA MI CUERPO, Y ME SENTENCIA A MUERTE “HAY GOLPES EN LA VIDA TAN DUROS, YO NO SE GOLPES COMO EL ODIO DE DIOS, COMO SI ANTE ELLOS LA RESACA DE TODO LO SUFRIDO SE EMPOZARA EN EL ALMA, YO NO SE”

Cesar Vallejo Hoy es domingo, el viejo está en el campo, está solo, es medio día, se ha despertado a las nueve, pero su viejo esqueleto no le ha querido responder, la lesión en la columna operada hace mas de treinta años, ha vuelto, cuando intenta pararse, los fuertes dolores en los músculos de las dos piernas, se lo recuerdan, el ruido de las máquinas trabajando afuera, el balar de los corderitos, en busca de sus madres, y que esta vez están poblando el parque de la casa, le recuerdan como la vida suena a su alrededor, y él no puede ignorarlo, Haciendo caso omiso a sus males va a la cocina y mientras se deleita con una taza de café, está rumiando su ira, su impotencia, no admite como un espíritu luchador, rebelde, joven, y lleno de energía, pueda estar prisionero, en un cuerpo tan gastado, quiere sublevarse, rebelarse contra esa impotencia, ha decidido salir, caminar, si es posible todo el día, quiere demostrarle a ese cuerpo enfermo, que de las debilidades, también se saca fuerzas.


268 Sale al borde del parque, mira hacia el campo, queda maravillado, una inmensa alfombra blanca, de unos veinte metros de ancho por un kilómetro de largo, se despliega ante sus pies, por el centro una pequeña caja cuadrada anaranjada, se desplaza, mientras la alfombra se levanta, dejándola pasar, para luego volver al piso, esa maravilla natural, que se mueve ondulantemente, en una perfecta sincronización, es el ballet, gimnástico, organizado por miles de gaviotas, que se están alimentando, con los gusanos que al revolver la tierra, la máquina deja expuestos. Cuando la máquina llega a sus cercanías, ve que lo que está arrastrando es un rollo triturador, un tambor de unos cuatro metros de ancho, con cuchillas de acero dentadas, y a los extremos, dos cuchillas de acero, lisas, que sirven de guías, se queda extasiado, mirando ese formidable rollo, hace dos semanas, cuando un negligente agricultor, llevaba a rastras en su camioneta, de noche, un rollo similar cruzado en la parte posterior, él se estrelló con el borde del mismo , y pudo ver como, se llevaba consigo parte de su camioneta, guardabarros, puerta y parte del asiento del conductor, inexplicablemente él quedó intacto, unos treinta centímetros mas y su cuerpo hubiera sido partido en dos, eso ya sucedió hace algunos meses con un accidente igual. El viejo guía sus pasos al arroyo, son como mil metros, va pensando, y arrastrando su cuerpo, se sienta en el borde del puente, no es época de lluvias, el caudal está bajo, el agua, fluye lentamente y cruza bajo el puente, le falta muchos kilómetros para llegar a encontrarse con la furia del mar, el viejo medita, así es su vida, un constante fluir, como el arroyo, ha pasado muchos obstáculos, pero se está acercando al puente, y algún día tendrá que cruzarlo, él es ingeniero, muy pragmático y lógico, sin embargo nunca pudo alejar de su mente la metafísica para tratar de explicar los grandes misterios de la vida.


269 En mi oficina sentado, pensaba que en unos días majaderamente los sesenta años tocarían mi puerta, no creo que estaba preparado para ser un sexagenario, me es imposible pensar, que alguien esté listo para ser viejo, pero, te queda solo dos alternativas, o la aceptación o la locura, y yo loco no quería ser, era el veintiséis de Julio (Como una nota curiosas, debo agregar que tres de mis hijos cumplen años el 26 de julio, y el otro el 29 del mismo mes) a las doce de la mañana, terminaba de escribir a mis hijos por sus cumpleaños, y me preparaba para retirarme. Una llamada telefónica me retiene, ese aparato mensajero me dice, que tengo que viajar urgente a Buenos Aires, ha surgido un problema con la financiación de la siembra, y el banco requiere mi presencia, ya no podía dar marcha atrás, las máquinas ya estaban trabajando, me sentí tranquilo cuando por la tarde, la empleada de la agencia de viajes decía: - Su viaje de ida ya lo hemos confirmado, pero la vuelta, debido a que estamos en vacaciones de invierno, está un poco complicada, hemos establecido una reserva temporal para el treinta de julio. Una vez concluido mi asunto en Buenos Aires, pasé la tarde paseando distraídamente por las calles centrales de esa bella ciudad, aproveché para comprar unos regalitos para algunas personitas, pero, al volver al hotel, una nota dejada en conserjería, me da la incómoda noticia, mi reserva se había caído, y solo podría volver dentro de doce días. Era un gran contratiempo, pero ni modo, al mal tiempo buena cara, así que decidí, pasar unos días descansando que buena falta me hacía, me iría al campo, entre pesca, caza y jineteando mi zaino, entre asado y asado, la pasaría muy bien. Pero, por mas buenos que eran los planes, la naturaleza tenía otros, y me recibió en Mar del Plata, con una dilúvica lluvia, que se mantuvo durante tres días, me imaginaba como estarían los veinte kilómetros, de camino de tierra, para llegar al campo, entre agua y barro, ningún


270 vehículo podría ingresar, así que tendría que pasar esos días en la ciudad, después de todo no era tan malo. Estaba en la ciudad mas linda de Argentina por algo le llaman la ciudad feliz, y muestra todo su encanto en el verano, cuando los turistas llegan por cientos de miles buscando el solaz y las blancas arenas de sus playas, mientras otros, trepados en las rocas de los acantilados o escolleras armados de sus cañas de pescar, pasan las tardes enteras, tomando su mate, entre tiro y tiro, y en la mayoría de los casos, solo bañando las lombrices que hacen de carnadas. En las noches, después de sacarse la salinidad que envuelve el cuerpo, disfrutan de toda la farándula, que por tres meses se ha trasladado desde Buenos Aires. También En invierno, tiene su encanto, cuando los residentes, y turistas de fin de semana, disfrutan de esa cómoda infraestructura, desarrollada para toda la capacidad veraniega como cinemas, teatros, y toda su hermosura paisajista. Parado frente a la puerta de mi casa, miraba el torrente de agua, que recorría la calle, a punto de desbordar por encima de la vereda, cuando de pronto un imperioso estornudo salió retumbando de mi nariz, y un pequeño hilo de sangre quedaba impregnado en el pañuelo. - Bueno me dije, aprovecharé para ir al médico y cauterizarme este pequeño capilar, que hace varios días me viene molestando. El médico era un joven residente, después de examinarme se quedó muy sorprendido de lo que vio, tanto así que llamó a su jefa, quien también dejó escapar un sonido de sorpresa, y unos minutos después, cuando me mostró lo que vio, por el endoscopio, el sorprendido era yo. Me pidió que lo esperara en la sala de pacientes de los consultorios, la noche ya nos había ganado, y no era hora de atención, no había nadie, pero la urgencia del tema ameritaba hacer los estudios lo mas rápido posible, estaba sentado, solo, en la penumbra, en medio de esa grande y


271 fantasmal sala, cerré los ojos, y mientras esperaba la llegada del doctor, pensaba y me decía como es que llegué allí. Imprevistamente la luz se prendió, y desde el fondo una voz acercándose a mí en forma muy amigable, me indicó que lo siguiera, en ese momento noté, que no sabía, exactamente desde cuando tenía esa molestia, no le había dado importancia, me puse a recapacitar, y hacer un resumen del pasado del “problema”. Hacía aproximadamente tres meses, mientras estaba resfriado, al estornudar noté un hilillo de sangre en el pañuelo, que no le tomé importancia, luego de unos días, nuevamente se repitió, pero como normalmente soy un poco hipertenso, no creí que fuera importante, atribuyéndolo a un golpe de presión, el fenómeno se siguió repitiendo en forma discontinua, y yo dentro de mi terquedad, seguía asumiendo que era un problema de presión. En el consultorio, mientras estaba echado en la camilla, el Doctor, hurgaba el interior de mi nariz, con un endoscopio, y me dejaba ver las imágenes en la pantalla del monitor, un bulto rojo oscuro se proyectó, estaba incrustado dentro del marco de hueso que forma el tabique. -Ve ese bulto, es bastante anormal, vamos a tener que hacerle unos estudios especiales. Me senté en la silla debajo del endoscopio, mientras el joven médico tomando unas pinzas, delicadamente, extrajo dos pequeñas muestras, las puso en pequeños frascos, entregándomelas, dijo. - Mañana a primera hora, las entrega al laboratorio, con esta receta. Mi curiosidad se transformó en preocupación, al ver la forma la naturaleza, y el color del bulto, que a esta altura ya hablábamos de tumor, así que armándome de coraje, lo enfrenté con este comentario. - Doctor. Soy Ingeniero, y tengo un hijo médico, creo que tengo la capacidad suficiente para asumir


272 situaciones como esta directamente, dejemos de hablar figurativamente. - ¿Estamos hablando de cáncer, y de biopsia? – dije secamente. Lamentablemente si, de eso estamos hablando, aunque existe la posibilidad que se trate de un tumor infeccioso. Me lo dijo a forma de consuelo. Este comentario, y ese tumor, dio inicio a un largo periodo de pesadillas, e incertidumbres. Después de agradecer la atención que me brindó, me retiré, la noche ya envolvía la ciudad, preferí ir caminando a casa, tendría dieciocho cuadras para pensar, y lo necesitaba, no era una situación muy fácil que digamos, estaba jugando a la ruleta, con dos posibilidades, y perder podría significar mi vida. Repentinamente sentí la urgencia de vivir, y en un intento de descomprimir la presión que me abrumaba, decidí tomarme un viaje que siempre estaba postergando a Córdoba, así que combustible al auto, y ahí vamos, después de recorrer los casi ochocientos kilómetro que nos separan, sentía que me había sensibilizado mas allá de lo que es mi naturaleza, y cada paisaje que bordeaba esa franja negra de asfalto, lo vivía con mas intensidad. Pasamos una semana maravillosa, entre la belleza histórica de la ciudad, la desbordante campiña, de Carlos Paz, las preciosas laderas y el lago de los Molinos, una que otra cerveza en Villa general Belgrano, la rústica belleza de Calamuchita, se nos pasó la semana, y luego nuevamente a nuestra casa en Mar del plata. Apenas si terminaba de desempacar, cuando el teléfono timbró. - venga de inmediato por favor, que necesitamos hacerle urgentemente, algunos estudios adicionales. Era la voz de la doctora jefa del médico que me examinó, era evidente que ese mensaje, encerraba una solapada respuesta a los resultados de los análisis.


273 Una hora después, sentado junto a mi señora, en el consultorio, rodeado por tres médicos, la leve esperanza que había llevado en el fondo de mi corazón, se desmoronó cuando la doctora pronunciaba la lapidaria sentencia. - Lo lamento, pero los resultados de los análisis dieron positivos – TIENE Usted. CANCER. A pesar que se supone, debería estar preparado psicológicamente, para este momento, considerando que la llamada telefónica previa me puso en antecedentes, creo que nunca se está preparado para una noticia como esa. Como lo he dicho en otras ocasiones, mi madre no crió un héroe, sentí que las piernas se me aflojaban, un terrible vacío se formó a mi alrededor, como que mi cuerpo flotaba, venciendo la gravedad, mis oídos se perdieron en un absoluto silencio, ya nada existía, solo el silencio, el vacío y el infinito, veía como alejándose de mi campo visual, a los médicos, los miraban como dispersándose difusamente, se alejaban flotando de mi perdiéndose en la nada. Me sumergí en ese estado de abandono físico, inmerso más allá de la realidad, en ese infinito en que se esconde el cuerpo, para dejar al alma asumir su papel de protectora de la vida, no sé cuanto tiempo pasó, mientras estuve en mi sonambulismo, los recuerdos pasaron fugaces, como ráfagas instantáneas, cuando al fin volví a la realidad, recobrando un poco el aplomo, con la remota la esperanza de haber escuchado mal, murmuré. - Doctora. ¿Me ha dicho que tengo cáncer?. - Lamentablemente Si. Me contestó la Doctora, desviando la vista. Había llegado al punto más definitorio que no esperaba, perdí la primera jugada de la ruleta, tenía cáncer en el fondo del tabique, con posibles extensiones a los ganglios, y otras partes de la cabeza.


274 Aún me quedaba otras jugadas, así que inquirí para saber cuales eran mis probabilidades, pero su respuesta lejos de consolarme, solo me dejó tremendas dudas. - Es necesario hacer pruebas adicionales, para determinar la naturaleza del tumor, el tamaño, las posibles ramificaciones, y cuanto más urgente mejor. Después de eso me explicó, hay dos posibles escenarios, si es operable o no, si no es operable, ya no habría mucho que hacer, en el otro caso hay que operar lo más rápido posible, y de acuerdo a los resultados, veríamos que posibilidades tendría. Al día siguiente iniciaría la tanda de análisis, radiografías, y tomografías, así que con mi tanda de recetas, me levanté y arrastrando mi humanidad, emprendí el camino de retorno a mi casa. En la soledad de mi dormitorio, di rienda suelta a mis contenidos sentimientos, un torrente de lágrimas me invadió el rostro en un frenético despertar a una triste realidad, después de algún tiempo, cuando mi cerebro recuperó algo del control que le había sido arrebatado por el corazón, pude nuevamente razonar. El miedo me invadía, la vida, una vez mas me surtía con una nueva experiencia, que me enseñaba que en el fondo todos somos cobardes, solo que algunos somos lo suficientemente cínicos, para esconder esa cobardía detrás de una máscara que pretenciosamente llamamos coraje. Comencé a analizar mis perspectivas futuras, lo que me esperaba en forma inmediata, y mediata, Tendría que pasar por las clásicas etapas de una seguidilla de exámenes, con su siempre esperada secuencia de resultados, extirpaciones quirúrgicas, radiación, quimioterapia, la piel se ajará, el pelo caerá poco a poco, y toda mi figura adquirirá un aspecto fantasmal que me llevará a esconderme en mi espacio, y buscar la soledad como mi silenciosa compañera. Tratando de ver cual será mi vida inmediata, recordé algo que había leído, sobre lo que es la vida de un


275 canceroso, y como va cambiando, a medida que se va acercando a la etapa final, es eso lo que yo pensé que sería mi inmediato futuro, que trato de sintetizar en las siguientes líneas. Si tengo suerte, entre penas y sufrimientos lograré vivir unos meses y quizá hasta unos cinco años, si tengo más suerte, me curaré y lograré vivir más años, pero al final del camino, igual esta será una batalla que no podré ganar, y esta es la enfermedad la que me llevará algún día a la tumba, y espero que ese día esté muy lejano.. Mientras todo esto sucede, será la sociedad que me rodea, la encargada de juzgarme, no la podré criticar, porque ellos tampoco podrán hacerlo, es una situación nueva para ellos, no sabrán como actuar, estarán envueltos en una mezcla de conmiseración, entendimiento y pena, me mirarán a los ojos, verán reflejadas las garras de la muerte, dejan de ser ellos, dejan de pensar por si mismos, y solo, me dirán lo que se supone son las palabras consoladoras que espero escuchar. Algunos sin el coraje suficiente, para verme morir poco a poco, se alejarán de mi lado, inventarán disculpas para evitar un compasivo encuentro, y solo se limitarán hacia esporádicas llamadas telefónicas. Otros, vendrán a visitarme, se sentarán frente a mi, en un comprensivo silencio, pasarán el tiempo eligiendo las palabras que no hieran mi sensibilidad, y con un rostro compungido a veces por un fingido dolor, me hablarán de un Dios, que te espera en el otro lado para compensar mi sufrimiento, en otros casos de una infinidad de curas milagrosas, hechas por ese Dios, por chamanes caseros, o hierbas milagrosas, y mientras unos me invocarán a rezar a su Dios, los otros tratarán de inducirme a seguir sus consejos curativos Los seres que me quieren, me rodearán con su cariño y cuidados, quizá tan exagerados, que su misma ejecución me recuerde permanentemente mi inutilidad y mi propio estado de moribundo andante, así ellos sin querer se convierten en mi martirizante recordatorio.


276 No los podré culpar, porque la sensibilidad que habré desarrollado, demandará en ellos exageradas atenciones hacia mí, creándome así mismo mi propio círculo vicioso, retroalimentando el sufrimiento, con la propia sensibilidad. Ellos, en un sublime esfuerzo, por hacer mis últimos días felices, harán caso omiso, a mi espectral y despectiva figura, se acercarán en un humano y amoroso servilismo, mientras yo, al creerme víctima injustificada de mi mal, alejado de mi sociedad, apartado a temprana edad de la vida, desarrollaré un agrio y atormentado carácter, que lejos de manifestar agradecimiento, tendré siempre críticas y reproches, haciendo que mi amargura refleje el malestar en todo mi hogar. En un gran despliegue de imaginación pragmática, como en un inmenso ecram, he visto mi corto futuro, por cierto, nada consolador, y me pregunto, ¿Tendré la fortaleza suficiente para soportarlo? ¿Podré superar la depresión que acompañe a cada etapa de ese futuro?, no lo sé espero que el tiempo me dé algunas adecuadas respuestas. Esa noche, plagada de una interminable mezcla de insomnio, lágrimas y pesadillas, los fantasmas del pasado me rodearon, soñé con mi padre en mi niñez, que me guiaba por un camino en medio del monte, lo sentí vivo a mi lado, a pesar que llevaba cincuenta y seis años sepultado, sentí coraje caminando junto a él, hasta que desapareció, dejándome solo en el camino. Al día siguiente inicié lo que sería un largo camino, en busca de un poco más de vida, asistí a todas las pruebas que me fueron indicadas, resistí estoicamente a las radiografías, resonancias magnéticas, tomografías y toma de muestras. Después de insoportables y tensos tres días, cuando volví al consultorio, a preguntar por los resultados, la respuesta de la doctora, lejos de traerme tranquilidad me trajo más preocupación cuando dijo.


277 El viernes tendremos un ateneo, donde analizaremos los resultados de sus pruebas, y decidiremos el curso de acción a seguir. Una vez mas iniciábamos el juego de la ruleta, esta vez la apuesta era más fuerte, ya no se trataba, de sí tenía o no el mal, estábamos jugando mis posibilidades de vida, o mi sentencia de muerte. Agradecí la fineza de la atención de los doctores, que en todo momento, a pesar de ser los mensajeros de tan terrible noticia, estuvieron junto a mí dándome su apoyo, y comunicándome un retazo de esperanza Mientras veníamos a casa, el auto avanzaba por las calles de Mar del plata, yo con la vista perdida en el vacío, sentía el dolor en mis entrañas, el miedo en el cerebro, y solo veía pasar las personas, como indiferentes robots, culpándolos por no entenderme, mientras yo me debatía en un vértigo de incertidumbre. Sabía que mi cuerpo estaba sentado en el lado derecho del auto, ¿pero yo donde estaba?, flotando posiblemente en el mar de mi pasado, no lo sé, perdí la noción del tiempo y de la ubicación geográfica, cuando sentí una voz que decía: - Ya llegamos. En una posición robótica, bajé del auto y sin vacilaciones llegué a mi dormitorio. Nuevamente volví a la soledad, no quería compartir con nadie estos momentos, sentía que yo estaba en otro mundo, ellos no me podrían entender. Me costó mucho auto control quedarme dormido, la tensión y dos noche sin dormir me habían vencido, no sé cuanto tiempo pasó, pero las pesadillas, invadieron mis sueños. A la mañana siguiente, Jorge, mi hijo el médico, llegaba a casa con un folder bajo el brazo, él siempre había estado en contacto directo con el médico en jefe de esa sección. Cuando mi hijo me dijo. -Viejo, tenemos que hablar de tu enfermedad.


278 Todos mis mecanismos de defensa se crisparon, la adrenalina comenzó a fluir en torrentes por el cuerpo, me di cuenta, que el caso debería ser muy grave, y por eso, sería mi hijo quien me diera la noticia, solo atiné a decirle que sea franco conmigo, y no me oculte la verdad. Bueno, así lo haré fue su comentario. - Viejo lo que tienes, es un melanoma, un tumor canceroso, altamente invasor, agresivo, y que se difunde muy rápidamente por la sangre y el sistema linfático, ya ha tomado los ganglios que lo rodean. Por lo poco que yo sé de medicina, identificaba este tipo de tumor como característico de la piel, y en la casi totalidad de los casos, disfrazándose de lunar, y casi siempre cuando no era detectado a tiempo, se convertía en mortal, pero mis dudas quedaron despejadas, cuando él continúo. -Como siempre, hasta en eso eres raro, en solamente en un dos por ciento, suele aparecer dentro de la nariz en el caso de los hombres, o la vulva en el caso de las mujeres. De su explicación entendí, que por la ubicación que tenía, tan cerca de los senos para nasales, y del cerebro, su metástasis sería rápidamente mortal. Esta era la razón por la cual el control se había realizado en todo mi cuerpo, ante la posibilidad de que el mal hubiera avanzado y estaríamos enfrentando una metástasis general. Es también conocido el hecho, que si el tumor hacía metástasis, definitivamente la curación ya no sería factible, y entraríamos en la fase Terminal del proceso. Las tomografías que se te han hecho en todo el resto del cuerpo, han dado resultado negativo. Agregó. Era una buena noticia, en medio de todas las malas, pero el hecho que el área perimetral ya había sido tomada, y su ubicación dentro de lo que llamamos “El triángulo de la muerte”, lo hacía rápidamente mortal.


279 Ante mi insistencia, el trataba de elegir las palabras que me decía, pero yo presentía que algo grave estaba ocultando, por algún motivo, es que era él el encargado de darme la noticia, finalmente, con cierto temor me aclaró - Yo sé que eres valiente, y la verdad no te la puedo ocultar, lamentablemente, tu enfermedad está muy profundizada, y en nuestra opinión no es operable, lo que reduce mucho tus posibilidades. no quise escuchar mas y me alejé a mi dormitorio. Las emociones, sentimientos y temores, de esos momentos sentía, eran tan fuertes, que los torrentes de emociones sobrepasaban y desbordaban el sentido racional de mi conducta. No contesté, guardé silencio, y salí a pasear, quería estar solo, seguía caminando sin un sentido lógico, veía los autos pasar, la gente sonreír, las bellas calles de Mar del Plata, circulaban a mi alrededor, ahí estaban junto a mí, pero que lejos se encontraban de mi, como cambiaron en las tres últimos días, cuando las recorría en camino al hospital, estaban alegres, me mostraban una ciudad cantarina y feliz, y yo me sentía dichoso de estar entre ellas. Que irónico, ahora eran otras, habían cambiado, ya no tenían esa alegría, ni me brindaban esa contagiosa felicidad, estaban diferentes, pero yo sabía, que ellas eran las mismas, yo no era el mismo. Yo había cambiado. Las últimas horas en el hospital, habían transformado mi percepción de la vida, el hombre alegre y feliz, que había ingresado, se quedó atrapado dentro de los muros de un consultorio, y salía a la calle, un frágil, e inseguro personaje, que miraba su entorno, con los ojos invadidos por el miedo que la perspectiva de la muerte le causaba. Eran las mismas paredes, los mismos pavimentos, los mismos jardines, pero, mi mente las había cambiado, me hacía recordar esa vieja canción folklórica, cuando


280 decía “Todos creen que no cambian y que cambian los demás”. Parado en la esquina, mirando el obsesivo cambio de colores del semáforo, contemplaba dos pequeños niños jugueteando en la vereda, sentí correr por mi cuerpo la alegría de la vida, que mejor expresión que dos criaturas que inocentemente comienzan a recorrer el camino que yo estaba terminando. Después de un muy bien condimentado almuerzo con mi señora, decidí dormir una plácida siesta, que equivocado estaba, intentaba olvidar el asunto como me lo había propuesto, pero como testarudas aves de rapiña, mis negros presentimientos me perseguían, revoloteaban a mi alrededor, los sentía amenazándome, invadían mi intimidad, se disfrazaban de oscuros presagios, horadaban en mi tranquilidad, me hacían sentir la zozobra de quienes no tienen esperanza. No pude dormir, mi subconsciente y su manifestación más terrible – el temor - me habían hecho su víctima, habían superado mi control consciente, era un juguete de sus manifestaciones, sentí nuevamente la necesidad de refugiarme, salí, como quien busca un oscuro rincón, oculto, para esconderse de si mismo, que ilusa quimera, como puedes ocultarte de ti, si vas contigo mismo. Por la tarde, caminé, siempre persiguiendo mi sombra que el sol crepuscular proyectaba anticipando mis pasos, así fue siempre mi vida, un constante peregrinar, siempre detrás de algo que nunca alcancé, recorriendo el sendero de la existencia, hasta el abrupto abismo al cual ahora me enfrentaba. Me encontré sentado sobre una roca, en los acantilados de Mar del Plata, creo que la misma que años atrás, me había servido de consuelo, cuando luchaba por insertarme en el país que sería mi hogar, la vista perdida en la inmensidad del océano, contemplado como cuatro lanchas pesqueras, en una estricta formación de fila india, se dirigían al puerto, después de una faena de pesca,


281 rodeadas solo de ese infinito mar, sin mas paisajes que sus azules aguas. - ¿Porque a mí?. Me preguntaba, en el sepulcral silencio del casi final de las horas nonas de la tarde. - ¿Qué hice yo para merecer esto?. Por supuesto, nunca habrá una respuesta a tan cuestionada pregunta. Siempre que las dudas me embargaban, mis problemas me acosaban, o mis temores me asustaban, me refugiaba en la serenidad del mar, con ese viento ácido y salino, sentía que me llegaba la vida, me llegaba la paz, o la serenidad suficiente para clarificar mis ideas, y solucionar las cuestiones que me habían llevado hacia él. Las lanchas pesqueras, ya habían desaparecido tragadas por la bahía artificial que formaba el puerto, las primeras estrellas, tímidamente comenzaban a marcar el horizonte, las luces de la costanera se prendieron, diseñando un hermoso espectáculo, combinado con los faros de los autos, que recorrían entre las imaginarias líneas que señaladas por las delgadas filas de focos, delimitaban los extremos de la vía. Yo seguía ahí, no sé cuanto tiempo, estaba maravillado, ante tal derroche de belleza, que se exacerbaba por mi especial estado anímico, y alcanzaba una especial magnificencia, cuando todo ese conjunto lumínico se reflejaba en la serenidad de las aguas, una vez mas me convencía que la belleza no está en ella misma, sino en los ojos de quien la ve. . Arrastrando los pies, como queriendo nunca llegar, enrumbé hacia mi casa, no miraba hacia atrás, es como si en fondo de mi alma, cultivaba la ilusión, que mis miedos y fantasmas, se quedaran allá, sabía que eso era imposible, pero tenía mi derecho a soñar, y los sueños si caben en los imposibles. Esa tarde, gozaba de un momento de felicidad, cuando por primera vez estaba en una mesa rodeado de todos mis hijos, es cuando entendí que el apego a la vida


282 es mas fuerte, no por el miedo a perderla, sino, por lo que pierdes, entendí en ese momento, que me quedaba mucho por hacer, y por primera vez, daría cualquier cosa por alargar unos años mi existencia. Como me arrepentía no haber hecho caso a una joven médica boliviana cuando años atrás mientras me atendía de mi primer crisis de hipertensión me dijo: “Ustedes los ejecutivos, siempre están pensando en el mañana, y no se les ocurre pensar, que quizá ya están en su mañana”. Y yo ya no tendría otro mañana. Al terminar, nos fuimos a la sala, y poniéndome lo más protocolar que pude, saqué un file, y mostrándoselo les dije: - Quizá lo único positivo de esta situación, es que podemos discutir mi testamento en mi presencia Ante la sorpresa de ellos, desplegué los papeles en los cuales, haciendo uso de mi mejor letra, estaba redactado el testamento, que había venido elaborando desde que me ordenaron los primeros análisis. En un escenario protocolar, silencioso y dramático, fui leyendo punto por punto el documento, al concluirlo, sin esperar ningún comentario, les entregué una copia a cada uno, agregué: - Lean tranquilos lo que dice, los dejo libres hasta mañana para que lo analicen, y después de almorzar nos reuniremos a discutirlo. Sin agregar palabra, me levanté, y lentamente subí las escaleras, estaba cansado en cuerpo y alma. Al día siguiente, conversábamos los términos del testamento, que duro es sentirse vivo, hablando de los sucesos que pasarán después de la muerte, hablando de un futuro en el cual ya no existiré, de proyectos que no veré, de nietos que no conoceré, de mis sueños pasándolos a ellos con la ilusión que los ejecuten, mientras yo quizá los observaré desde el mas allá. Cuando me retiré después de la reunión, pensaba en mi madre, creo que la envidiaba, que mujer, siempre vivió en la pobreza, desde que quedó huérfana a


283 temprana infancia, nunca tuvo mas que dos vestidos, uno de trabajo lleno de parches, el otro siempre limpiecito, que con orgullo se ponía los domingos, cuando elegantemente iba al pueblo – pequeño caserío de unas veinte casas-, Nunca la escuché quejarse ni criticar su destino, cuando murió solo dejó su imagen, y unas viejas fotos, vaya que legado. Me vino a la mente el recuerdo de sus último días, cuando la fui a visitar en su lecho de muerte, estaba en estado de coma, al escuchar mi voz, su pequeña figura se estremeció debajo de las sábanas que la cubrían, y haciendo un supremo esfuerzo, trató de enderezar su menudo cuerpo de alrededor de treinta kilogramos, sus cansados ojos tampoco se abrieron, solo sentí el calor de su cuerpo, cuando tomé sus manos y ellas se aferraron a las mías. Después de hacer los arreglos para el funeral, decidí partir, nuevamente a Argentina, pedí por favor no me avisaran al momento de su muerte, porque no era mi intención venir, no quería tener que soportar la imagen de un cadáver, dentro de un frío ataúd. No estaba enferma, estaba envejecida, la edad y la vida de sacrificios que había llevado le pasaron la factura, pero su rostro intentaba sonreír, la vi. Como con ese coraje con que había enfrentado la vida, ahora enfrentaba la muerte. Esa es la imagen que yo quería conservar en mi memoria, es la madre que quería tener como compañera el resto de mi poca vida que me quedaba. Al segundo día, desayunamos tranquilos, tratando de mantener la alegría, y saboreando las delicias de un huevo frito con tocino, que hacía como dos años no había probado por prohibición médica, desde que mis análisis revelaron un colesterol alto. El día anterior, había visitado a la doctora María, quien me tenía sometido a un permanente control cardiaco, ella cuando vio mi hoja clínica, solo atinó a decir.


284 Señor Linares, dadas las circunstancias actuales de su enfermedad, creo que nos vamos a olvidar del régimen, puede darse algunos gustos de los cuales se ha estado privando. Sentí eso como un mensaje, que traducido en criollo diría, “ya que se va a morir, coma lo que quiera. Ya un poco más sereno, con una mayor capacidad de aceptación, me enfrenté a mi hijo. -Ya me has dicho que no es operable, o por lo menos una operación no sería la solución, entonces. Cuál es mi destino?. Recobrando toda la seriedad, de su profesionalismo, me miró, y comentó. -Viejo no nos vamos a dar por vencidos fácilmente, pero según las estadísticas te quedan de tres a seis meses de vida.


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CAPITULO XII EL ADIOS AL PASADO, AL PRESENTE, Y EL OLVIDO DEL FUTURO “SON POCOS PERO SON…..ABREN ZANJAS OSCURAS EN EL ROSTRO MAS FIERO, O EN EL LOMO MAS FUERTE SERÁN TAL VEZ LOS POTROS DE BÁRBAROS ATILAS O LOS HERALDOS NEGROS QUE NOS MANDA LA MUERTE”

Cesar Vallejo Parado en el consultorio, frente al Doctor Meneses, quien antes de concluir los análisis, me había dicho que él creía que tenía un veinte por ciento de posibilidades, ahora con los resultados en la mano, ese porcentaje desapareció, pero yo en un rinconcito de mi corazón quería aferrarme a eso desesperadamente, estábamos coordinando mi operación, lo escucho decir. - Pasado mañana a primera hora, operamos. Esto descontroló mis planes, y no pude evitar contestar. - Pare un momento, me está Ud. diciendo que me voy a morir, y no entiende que yo en Perú tengo muchas cosas pendientes, que cuando salí de allá, no tenía ni la remota idea que sufriría esta pesadilla, tengo una empresa, firmar poderes, transferir cuentas, en fin tengo que preparar todo ese aparato, para que pueda seguir operando después de mi muerte.


286 - Esta bien no se me amargue, cuanto tiempo necesita?. Aunque pedí dos semanas, solo me autorizó diez días, Antes de despedirme, ya parado en la puerta, como un náufrago, buscando un salvavidas, atiné a decir. - Cree Ud. que tendré la posibilidad de volver algún día a mi país?, su respuesta fue contundente, y lastimera. - Yo creo que las cosas irán bien, pero por si acaso, arregle sus papeles, como que nunca volverá. El veintiuno de agosto, fecha precisamente de mi cumpleaños, en un asiento de la cabina de un MD-83 de Aerolíneas Argentinas, a diez mil metros de altura, veía terminar mi año sesenta, en el que sería el último viaje a mi tierra natal. Nunca fui, lo que diríamos, un fanático de mis fiestas cumpleañeras, pero jamás pensé que pasaría, el más triste de mis cumpleaños, en la inmensa soledad, que remarca la altura en la que me encontraba, y en el último viaje, a lo que sería el adiós a la cuna que me vio nacer. El viejo esta un poco mas tranquilo, está sentado en la terraza de su casa de la ciudad, mira el parque, y disfruta como una bandada de negros cuervos, se pelean entre ellos, poblando el pasto, en busca de las lombrices de tierra, aletean, se divierten con pequeños saltos, el viejo comparte esa alegría, porque esta mañana su médico lo llamó para decirle que sus biopsias habían salido negativas, el temido enemigo no ha retornado, de aquí en adelante solo tendrá que pelear con sus cansados huesos. Recuerda como hace sesenta años, en un veintiuno de agosto, su madre, llena de felicidad, comunicaba a sus parientes, el nacimiento de una nueva vida, y recuerda también con tristeza, que en esa misma fecha sesenta años después, años, él volvía a su terruño, pero esta vez para comunicar el final de esa misma vida, solo le queda la satisfacción, de considerar que la vida había sido buena con él, que irónico, las coincidencias de las fechas.


287 Que triste forma de celebrar un cumpleaños, sin torta, sin canciones sin velas, sin familiares, sin amigos, y sin futuro, a diez mil metros de altura, rodeado de extraños y solo con la certeza de que este será su último cumpleaños, sus ojos jamás verán otro, porque este viaje será el último, porque esta será su despedida. No había celebración, no había regalos, , solo existía un corto presente, y un paso al mas allá, pero no era cuestión de quedarse solo, tenía sus recuerdos, y con un poco de imaginación el viejo convirtió la cena a bordo en una cena de cumpleaños, rodeado de los fantasmas de sus ancestros, y el recuerdo de sus presentes. El avión, se hamacaba suavemente por encima de las verdes pampas agrícolas, miraba como el día se comenzaba a extinguir, volaba hacia el sol, que detrás de los andes se comenzaba a ocultar allende las costas Chilenas, en su volar alargaba el día, pero a su pesar, el manto nocturno ya invadía las ciudades de allá abajo, las iba convirtiendo en grupos de titilantes puntos luminosos. - Cuántas veces he volado sobre esta misma ruta, pensó. Si hasta los baches del avión se los conocía de memoria. Acudían a él como en un fanático desfile, sus recuerdos, cuando por primera vez, cruzó estos celestes cielos, en su peregrinar migratorio, desde las sierras peruanas, hacia un país, que en ese momento para él era solo un dibujo en el mapa, su primera impresión, fue la nostalgia de no encontrar sus queridos cerros, ni sus verdes valles, reemplazados por verdes llanuras cubiertas de agricultura y tachonadas de bovinos. Fue en este maravilloso país, donde tuvo sus tres hijos, su primera casa, su primer auto, es decir, en él vivió los momentos más intensos de su vida. Por eso


288 siempre se ha preguntado, ¿Cuál es realmente su tierra, la que nació, o la que te dio las más grandes emociones, en la formación de tu existencia?, No lo sabrá nunca, porque ama a su ancestral Perú, que lo vio nacer, y ama a su patria adoptiva que lo vio crecer. El viejo, mira el vuelo del avión, que como un inmenso cóndor con las alas desplegadas en toda su magnitud, se dirige hacia el este, en busca de su primer parada en Chile, cuando en su majestuoso vuelo cruza por encima del arrogante Aconcagua, piensa con tristeza, que el avión reemplazó a esa ave en las históricas narrativas, y una vez mas, la tecnología, derrotó al romanticismo. Han pasado treinta y cuatro años, desde aquel veintiocho de agosto que su espíritu inquieto lo trajo a estas tierras gauchas, en busca de una mejor vida, hoy sale de ellas, desahuciado por la medicina, pero no derrotado, aunque la ciencia le ha dicho, que vaya a despedirse, de todo su pasado, en un rincón de su corazón, él mantiene la esperanza de ganar esta lucha por su vida, y quiere convertir este viaje no en una despedida, sino en un “volveré”. Al llegar al Aeropuerto Jorge Chávez, mi hermano Isaías me esperaba, en su rostro se reflejaba la tristeza, y las huellas de las lágrimas vertidas, temía ese encuentro, pero tenía que enfrentarlo. - Vamos no quiero ver caras tristes, que aquí todos estamos felices. Le dije, adelantándome a sus posibles comentarios de pesares. Ante su desconcierto rápidamente agregué Así es querido hermano, la guerra recién empieza, y vaya que pienso pelearla, no sé si la ganaré, pero, si muero, será con dignidad. Siempre habíamos sido excepcionalmente compañeros desde nuestra infancia, somos los mas cercanos en edad, aún seguimos siendo los mismos compañeros, sentí su dolor, cuando conteniendo a duras


289 penas el llanto me abrazó, era tanta la expresión de su ternura, que tuve que permanecer aferrado a él, para que no notara que estaba a punto de quebrarme. Tenía dos años menos que yo, hoy manejábamos juntos la Empresa de mi propiedad, sentía que en ese abrazo tan largo, se entremezclaban su amor hacia mí, y el miedo de no tenerme mas ayudándole en el manejo empresarial, cuando cayera víctima de la enfermedad que carcomía mi organismo. Subimos al auto, y no hablamos más. ¿Para que?, habíamos vivido tantas aventuras juntos, que hasta en silencio nos comunicábamos, ambos sabíamos que cualquier expresión que digamos, traicionaría la fortaleza que estábamos mostrando en ese momento, y aflojaría nuestros sentimientos. Al llegar a mi casa yo no quise que bajara, así que se limitó a decir. - Mañana a las nueve te paso a buscar. Quisiera mencionar que toda la conducta que tuve durante mi estadía en el Perú, fue una mezcla de mi realidad, en la cual mi muerte era un hecho, según la ciencia médica, y del plan de lucha que me había diagramado, muy sistemático, que ya había puesto en marcha, pero que comentaré en otro capítulo. Estaba nuevamente en casa, volvía a sentir por mis pulmones ese aire frío y húmedo limeño típico de sus inviernos, y que muchos años, fue testigo de mis ambiciones y mis ganas locas de vivir, y ahora volvía a él, pero solo a despedirme. La recepción de mi hijo, y su señora, que a la sazón vivían conmigo, fue un alterado concurso de llantos y lagrimones, de los cuales no pude abstraerme. Me preocupaba, el día siguiente, cuando tendría que enfrentar a mis compañeros de trabajos, cual sería su reacción cuando les informara, que sería mi última visita, los ojos se me humedecieron en una clara demostración de mi fragilidad sentimental, no era tan fuerte como creía ser, una vez mas el temor me había derrotado.


290 - No estoy preparado todavía, luego continué, No creo tener la suficiente convicción, para ir a la fábrica. Le dije escuetamente a mi hermano cuando pasó por mí a la mañana siguiente, y agregué. - pasa a buscarme mañana. Por otra parte, siguiendo mi plan de curación, le pedí que no comunicara a nadie de la familia, ni hermanos de mi enfermedad, ni amistades, ni al personal de las fábricas, no quería la compasión de nadie. Esperaba que él me entendiera, porque había hablado directamente con mi hijo, el médico, quien le había informado de la realidad de mi enfermedad, sabía el proceso que yo estaba viviendo, apelé a su sentido de aceptación a los caprichos de un enfermo, el no sabía que aún temía enfrentarme a mis amigos y compañeros de aventuras laborales, en cierta forma cómplices de mis éxitos, sabía que mi debilidad me iba a traicionar, y en lugar de conseguir de ellos su apoyo, solamente lograría su compasión, y eso no estaba en mis planes. Necesitaba tener más energía, sentirme más vivo, de lo contrario mis propósitos, serían solamente simples palabras, que a la hora de las definiciones, terminarían en deseos truncos. Me pasé el día, rodeado de todos los papeles que formaban parte de mi biblioteca, portadores sin que ellos lo quisieran, de tantas historias pasadas, siempre los había guardado con cariño, los buscaba de vez en cuando, si la nostalgia se adueñaba de mis noches solitarias, me entretenía con ellos, y rejuvenecía con sus lecturas, hasta documentos de mi época de estudiante, todos oxidados y quebradizos, formaban parte de ese romántico archivo. Había llegado el momento de despedirme de ellos, pero, no era fácil, ellos eran la historia de mi vida, y mi historia moriría conmigo, aunque parecían viejos papeles sin importancia, para mí valían mucho, pero su sentimental valor era solamente mío, y poco a poco fueron cayendo destrozados al cesto de papeles, llevándose consigo muchos pedazos de mi vida.


291 La tarde me alcanzó sentado en el piso, en el centro de la sala, rodeado de papeles rotos, estaba rompiendo con mi pasado, porque ya no tendría tiempo de compartir el pasado con ellos. Dicen la viejas historias, que las personas en el momento de su muerte, su alma recorre todos lo lugares por donde pasaron en vida, borrando sus pasos, ahí estaba yo, Como todo condenado a muerte, sentía la misma necesidad de despedirme de todos aquellos lugares, que significaron algo en mi vida, quise comenzar con la bahía de Paracas. Ese pintoresco lugar, con la inmensidad del mar durante el día, y el ulular del viento, bajo una clara luz de luna durante la noche, se había convertido en un sitio místico para mí, en un refugio cada vez que un problema me asediaba, enrumbaba hacia ahí, y sentado sobre el barranco, con la mirada profundizada en el horizonte, sentía venir en las olas la inspiración para solucionar las dificultades que me invadían, era el lugar, donde pasaba todos los años nuevos y semana santa bajo mi carpa, gozando del desértico paisaje. A la mañana siguiente, trepados en mi Scoupe rojo sangre, mi hijo, mi nuera y yo, encaramos hacia el sur, devorando ávidamente, los doscientos cincuenta Kilómetros que nos separaban de Lima, hacia ese histórico santuario, La reserva nacional de Paracas. Iniciaba una búsqueda, me buscaba a mí mismo, estaba envuelto en un mar de incertidumbres, e indecisiones, buscaba una fuerza, una sabiduría, que alimentándose desde mi propio interior, fortaleciera mi convicción y mi optimismo, para la empresa que estaba comenzando, tratar de salvar mi vida. Mientras mi rojo deportivo, hábilmente guiado por las manos de mi hijo, se desplazaba por la cinta de asfalto, yo de copiloto, cerré los ojos, deje mi mente divagar en sus recuerdos, en mis siete hermanos, que aún quedaban vivos, y una respetable cantidad de sobrinos, ¿No habré sido injusto, al no haberles informado de mi enfermedad?,


292 Era mi familia, pero me consolé pensando que eso tenía un propósito. dos horas y media, después de nuestra partida hacia el sur, de haber recorrido raudamente los desiertos áridos de la costa peruana, interrumpidos por los verdes hilos vegetales, que forman los valles de Cañete, Chincha y Pisco, y al esquivar la ciudad de Pisco, apareció ante nosotros, la inigualable Bahía de Paracas. Un primer impulso me llevó hacia el monumento de San Martín, señalando esa bahía, donde él y sus ejércitos, por primera vez, pisaban tierras peruanas, con la esperanza de librarse de los invasores, creo que poéticamente, encontré en esa mole de cemento, la razón de mi viaje, yo también tenía la esperanza de librarme de mis invasores. Miraba el mar, mas que bahía, parecía una enorme laguna, con sus serenas aguas, mecidas suavemente, por la leve brisa, que viniendo desde las lejanas latitudes del mar la acariciaba, decidí aprovechar el momento mañanero, para acercarme a la orilla, antes que los fuertes vientos Paracas que barren las costas llevando consigo arena y restos de conchillas de mariscos, rompieran la serenidad, y esa tranquilidad de las aguas. En el borde de sus aguas, que se extendían en una muy larga y tenue pendiente, miles de aves, revoloteaban, mientras sacudiendo sus picos en el barroso límite marino, se alimentaban filtrando los pequeños bichos, que enriquecen la microscópica fauna, de ese rico litoral. Gaviotas, Garzas de diferentes tipos, chorlitos, y otros formaban ese pequeño ejército alado, y en medio de ellos, las grandes bandadas de los señores de la bahía, los flamencos, que con sus grandes patas, sus curvados picos, y sus rosadas alas, se enseñoreaban, en medio de las aves, como reyezuelos haciendo alarde de su linaje en medio de la plebe. Su orgullo y su prestancia, se justificaban desde cuando en aquella lejana tarde, en el nacer de la patria, el general don José de San Martín, despertaba de la siesta


293 junto a la playa, y somnolientamente al levantar la vista, vio una bandada de estas aves, que majestuosamente volaban en estricta formación delta, ante la emoción del espectáculo en un arranque de inspiración sin dejar de observar el pecho blanco y las alas rojas desplegadas en toda su dimensión, sacudiéndose el sueño levantó el brazo hacia el cielo y dijo. - Señores, he ahí la bandera peruana Y nacía así nuestra bandera, con una franja blanca, escoltada a los lados por dos franjas rojas. La serenidad de las aguas, la extensión de la bahía, la riqueza de su fauna, las pampas de poca pendiente, y los cerros que la rodean forman un romántico paisaje, a cuyas bondades no pudo abstraerse el gran libertador del Perú, anclando sus naves en este preciso lugar, como inicio a lo que sería la campaña más fructífera de la liberación del continente americano. Seguimos nuestro camino, cuando sonó una voz de alto, y una tranquera cruzando nuestro camino, me sacó de mis históricos recuerdos. - Está usted, ingresando a la reserva Nacional de Paracas – Era un guardia, vestido de uniforme militar, mientas extendía los boletos para cobrar la entrada al lugar. La gran pampa, intercalada con cerros de regular envergadura, fue en una época, el asentamiento de una de las culturas mas desarrolladas en el Perú, principalmente en la cerámica, la medicina y el arte textil, eran los maestros de la combinación de las fibras de algodón con las bellas plumas de las aves de la zona. La desertificación, y la posterior llegada de las huestes militares incas, confabularon para la desaparición de tan próspera cultura, quedando en el presente el desierto que teníamos al frente, constituido en un inmenso cementerio, sin lápidas ni cruces, pero debajo de esos montículos, miles de cadáveres descansan en lo que es su última morada, y su última cultura, la Paracas..


294 Frente a un montículo en medio de la nada, le pedí a mi hijo que me dejara y volviera en una hora a buscarme. A veces quizá cuesta trabajo, explicar el porque de ciertas actitudes, y esta, es una de ellas, simplemente sentí la necesidad de quedarme solo, subiendo hasta la cúspide, me senté en una posición yoga, era el silencio tan profundo, y la tranquilidad tan absoluta que hasta creía sentir el vibrar el alma de los que estaban en el mas allá, y yo estaba encima de sus cuerpos, que alguna vez retozaron de vida. Me sumergí en una profunda relajación, con la muerte bajo mis pies, y la vida por encima de mi cabeza, cientos de aves jugueteaban planeando sobre la inmensidad del desierto, al frente unos de los mares mas ricos del mundo en fauna, mientras el viento salino me golpeaba inmisericorde el rostro, cerré los ojos, respiraba profundo, quería absorber en mis pulmones toda esa vida que el aire traía, aspirar esos rayos de luz, como si fueran una fuente de energía, quería sentir correr la vida por todas mis venas, quería sentir la vitalidad que tanta falta me hacía. El ruido del mar, me arrullaba, mientras los diferentes tonos de silbidos producidos por el viento, servían de fondo al cantar de las gaviotas, que en grandes bandadas comenzaban a llegar en busca de su alimento, surcando el aire por encima mío. Entre el ruido del viento, y el graznar de esas blancas aves, me pareció escuchar, algo que algún tiempo atrás había leído, “Si cambias tu tristeza por celebración, también serás capaz entonces, de transformar tu muerte en una resurrección”, era la sabiduría del gran maestro Hindú Osho, que en alguna forma me hizo llegar su mensaje. Abrí los ojos, me junté con mis hijos, y con una amplia sonrisa, les dije - Muchachos, ya encontré lo que buscaba, podemos irnos cuando lo deseen Al día siguiente, llegaba a IPSA, reunidos los cuadros gerenciales, dimos inicio a la reunión de


295 trabajo, para lo cual los había convocado, por supuesto extrañados, había viajado por tres días, y retorné después de un mes, durante el cual, mantuve total silencio, ellos si deberían saber lo de mi enfermedad, de lo contrario, como podría explicarles mi nueva metodología de trabajo.. - He pensado mucho sobre lo que les voy a decir, ya que inicialmente no pensaba hacerlo, pero, dadas las circunstancias, mi conducta en esta semana sería para ustedes incomprensible si no conocen la verdad – y luego agregué - Porque estos próximos doce días, serán sometidos a una fuerte presión de trabajo, ya que en ese plazo, estaré volviendo a la Argentina, y debemos dejar todos los proyectos organizados, para se sigan desarrollando sin mi presencia. El silencio que reinó, fue impresionante, la duda embargaba los rostros, pero como respetando mi silencio, no se atrevían a preguntar. Antes de comenzar, les solicité que en esta reunión en lo referente a la información que reciban de mi persona sea estrictamente confidencial. Ante las ansiosas expresiones de sus caras, les informé de mi enfermedad, como noté sus dudas, hice una ratificación. - Así es amigos, tengo Cáncer, en una de las formas más agresivas que existe, con un fúnebre diagnóstico, de una supervivencia de tres a seis meses dentro de doce días seré sometido a una intervención quirúrgica, para ver la posibilidad de alargar ese periodo. - Sé que se encuentran consternados, por la noticia, pero, he venido a trabajar duro esta semana, para dejar todo organizado, si realmente me aprecian como dicen, me gustaría que esta noticia no salga de esta sala, que este tema no se vuelva a tocar, hasta después de mi partida. Los días restantes, fue de un arduo trabajo, presionando, exigiendo y logrando los objetivos programados, no se volvió a tocar el tema de mi enfermedad, y tampoco permití que hubiera ningún cambio


296 en las reuniones, siempre alegres, siempre divertidas, y con objetivos claros, creo que los consternados eran ellos, porque a veces notaba su incomodidad, de no saber exactamente como tratarme, sin herir mi susceptibilidad, era yo el que actuaba mas natural y divertidamente. El día martes, tocaba mi presentación en mi empresa, donde mi conducta fue más radical, simplemente me limité a informar que problemas de negocios en la Argentina, me obligaban a ausentarme por un largo periodo de tiempo, y que me mantendría en contacto para solucionar cualquier situación que surgiera en la gestión. Trabajé incansablemente, he hice trabajar a las personas que me rodeaban, no sé si era mucho el trabajo que tenía o quería intoxicarme de él para no tener que pensar en mi enfermedad, no hice contacto con ningún familiar ni amigo, simplemente quería vivir mi proceso con el mayor positivismo posible. Al terminar la semana, momento en el cual debería, hacer mi última reunión de trabajo, los seis funcionarios junto a la mesa, se miraban, les era difícil entender, como debería ser su comportamiento ante el amigo que esta asistiendo a la última reunión de su vida con ellos, y que nunca volverían a ver, entendí cuan complicada era la situación. Yo me iba, iniciaba mi retorno hacia un camino sin retorno, pero no quería, que ellos se fueran conmigo, esperaba que ellos sigan siendo felices, que vivieran, para honrar mi memoria, quería salir con la frente en alto, con mi orgullo en el tope de mi hidalguía, así, mi imagen quedaría gravada en sus mentes y por muchos años, cada vez que se iniciara esas reuniones, mi recuerdo estaría ocupando el lugar que siempre tuve en esa sala. Comencé la reunión con un chiste, quería ver mucha alegría, siempre fue así, ¿Porqué no ahora, cuando mas lo necesitaba? terminé diciendo, “Si me han de llevar a la tumba, que sea con música”. , y mi última expresión que sea una sonrisa.


297 Por fin el esperado momento de la despedida llegó, yo no quería penas, no quería lágrimas, pero, como pedirle a esos seres humanos que han compartido años de mi vida, y lucha, que no sufran, privarlos de mostrarte ese sentimiento de compañerismo esta vez que será la última que me verán, pero quería recibir de ellos fuerza positiva, y energía. En cierta forma, me sentía tranquilo, quizá porque estaba convencido que iba a ganarle, y si no era así, estaría preparado para aceptar la muerte como el acto supremo de la vida, pero, sino puedo vencer mi propio miedo, menos podré vencer la enfermedad, si vamos a una batalla, convencidos que no vamos a ganar, ya estaremos perdidos antes de comenzar, y yo quería ganar. Antes que comenzaran las lamentaciones típicas de una despedida, me puse de pié y ante ese sorprendido locutorio, les hice este pequeño pero significante y epitáfico discurso. “Amigos, este sea el último momento que nos veamos, en la tierra, según dice la medicina, esta despedida no es como las otras, un hasta pronto, por el contrario es un para siempre, todos somos conscientes de eso, sabemos que tenemos echadas las cartas, y lamentablemente en contra, no ignoramos que las posibilidades de volver a vernos, según la ciencia son nulas, pero para mí las hay” “Hemos vivido muchos años juntos, hemos batallado, resolviendo problemas, hemos aprendido a compartir una vida, y a tomarnos cariño, en nombre de todo ese pasado, solo quiero pedirles un favor” “No quiero que sientan lástima por mí, no lloren por mí, si es que quieren ayudarme, solo les pido que recen si saben hacerlo, o invoquen a quienes ustedes crean, no necesito su compasión, pero si necesito su fuerza, su espíritu positivo, su energía en apoyo de la mía”. “Por favor, ahora voy a salir por esa puerta, no habrá despedidas, simplemente me iré, no se levanten de su sitio, sepan que yo entiendo, sé que me llevo todo sus


298 cariños, y su invocación de un hasta pronto, no necesitan decírmelo” “No podré resistir los abrazos, no podré soportar sus compasivas miradas, hasta eso no llega mi fortaleza, cuando salga, cerraré la puerta, por favor no la abran, hasta que mi auto haya desaparecido, Gracias” Habiendo terminado este escueto mensaje, antes de que se dieran cuenta, ya estaba ganando la calle en mi deportivo rojo. Mucho no recorrí, un fuerte temblor en las piernas, estremecimiento en el cuerpo, y un incontrolable ciclo de convulsiones me obligaron a frenar y, estacionar fuera de la ruta, sentándome sobre el capó, pasé media hora contemplando entre la opacidad de mis húmedos ojos, los camiones cargados de madera, los buses y autos, que raudamente bajaban de nuestra sierra central, único acceso, que la convertía en una vital arteria de alimentación hacia la cosmopolita ciudad de Lima. El dique se rompió, mi resistencia cedió, es decir, mi espíritu se quebró. El día siguiente, en el mas absoluto secreto, en la mañana, tomé mi avión hacia Arequipa, luego de una hora de vuelo, enrumbé hacia Mollendo, en un auto alquilado, y sin que ningún pariente se enterara, llegué solitario al cementerio, cuando la tarde ya comenzaba. Necesitaba “Hablar” con mi madre, no había estado en el momento de su muerte, ni en su funeral, ¿Me habría comprendido?, no lo sabía, pero necesitaba saberlo, necesitaba su perdón, y necesitaba perdonarla, necesitaba estar en paz con ella y quitarme ese sentimiento de culpa, y de enojo, que siempre me acompañó antes y después de su muerte. . Con las indicaciones del portero, y armado de un lindo ramos de flores, en una cripta familiar por debajo del nivel del suelo, a través de unas rejas de metal, encontré el ataúd, que encerraba los restos de ella, en medio de otros parientes.


299 Puse el ramo sobre el techo de la cripta, me senté frente a la puerta, el silencio era absoluto, solo se dejaba escuchar el fluir de la tenue brisa marina, que desde el mar, dos kilómetros mas allá subía hacia las escarpadas montañas, que forman los primeros contrafuertes de la cordillera, cerré los ojos. En esa soledad, y silencio, el alma vaga, siento los susurros que el viento produce, al cruzar las diferentes formas de las fúnebres construcciones, se me antoja que son los lamentos de las almas de los cuerpos que con sus carnes resecas, yacen sepultados, a mi alrededor, pero, sus espíritus aún vagan, quizá buscando una redención. Me siento un intruso, en ese místico mundo que no es el mío, siento que he invadido la tranquilidad de aquellos que nos dejaron, que estoy usurpando su paz, y ellos en alguna forma me hacen sentir su presencia, “Dios mío, que solo se quedan los muertos”, decía Bécquer en una de sus rimas, imagino que para que tuviera tan profunda y sabia inspiración, en algún momento, debería haber experimentado un transe como el que yo estaba pasando, porque yo sentía esa soledad. Abrí los ojos, por un momento, solo vi. a mi alrededor tumbas, solo escuché el silencio, solo leí lápidas, y solo estaba yo, tuve miedo, sentí ganas de salir corriendo, pero algo me retenía, si había ido a conversar con un muerto, porqué debía huir de ellos? No entendí si vine a despedirme, a pedirle perdón o a perdonarla por un maltrato que me hizo en mi niñez, y que nunca pude olvidar, o simplemente a decirle que pronto estaríamos juntos, en ese momento no entendí ni siquiera porque estaba ahí, solo sé que sentí la necesidad de hacerlo, y lo hice, y perdoné y fui perdonado. Poco tiempo después, recuperé la noción del mundo real, miré mi reloj, había pasado más de dos horas, el cementerio estaba igual, solo el florero que yo le había llevado, hecho pedazos reposaba ante mis pies, pero yo estaba distinto, sentía una paz espiritual que nunca había sentido, me sentía bien.


300 Mientras el auto que me traía de vuelta a Arequipa, se pegaba, a las sinuosas curvas, de la quebrada de guerrero, y luego velozmente cruzaba la planicie de la Joya, no podía apartar de mi mente, la mística escena vivida, no sé realmente que pasó, tampoco me interesa saberlo, solo sé que algo pasó, y que en alguna forma, mis sentimientos de culpa y contradictoriamente de cólera hacia ella habían desaparecido, y que hasta de mis recuerdos se borraron. Velozmente el auto recorría la ruta y cruzaba la vía del tren, veía pasar rápidamente, como en una pantalla cinematográfica, a ese niño de cuatro años, viajando solo en ese tren, y al niño de doce años, cuando salía de su valle hacia la gran ciudad, en busca de fortuna, que lejos estaba ya ese pasado, pero ahora estaba en el presente, y es que me estaba también despidiendo de mi pasado, sepultando con él mis recuerdos. Y como parece que en este divagar llamado vida, las penas no vienen solas, a la mañana siguiente, Ya en Lima, mi hermano, me informa que mi hermana Alicia, también tenía cáncer, y que estaba en la etapa Terminal, con una esperanza de vida de no mas de dos meses. Ella había estado trabajando en Venezuela, hace algún tiempo retornó al Perú, era mi hermana mayor, con quien más contacto había tenido porque era la única que vivía en Lima, pero perdí la comunicación cuando viajó hacía algunos años, en busca de una mejora en sus condiciones de vida. El golpe fue muy duro, se me arrugó el corazón, me hubiera gustado despedirme de ella, darle ánimo en ese camino sin retorno los dos tristemente jugábamos a la misma esperanza de vida, que ironía del destino, volví a saber de ella, precisamente cuando estábamos en la misma apuesta. Yo sabía que nunca más la volvería a ver, así yo ganara mi batalla y volviera, en ese entonces, ella habría perdido la suya, puesto que solamente esperaba


301 resignada, una vez mas la crueldad del tiempo me hacía una jugarreta, porque mi vuelta sería tarde. En un primer momento, pensé que debería visitarla, pero tenía mis dudas, como podría yo darle a ella un estímulo, si yo mismo estaba tratando de conseguirlo para mí, me preguntaba que capacidad podría tener un sentenciado, para animar a otro sentenciado. Es evidente que mi hermano, me consideraba hecho de roca, estaba convencido del papel de hombre fuerte que yo representaba, no había tenido la sutiliza de entender la realidad de mi situación he insistía en mi visita a ella. Tomé el teléfono, e hice lo único que era capaz de hacer, llamarla, escuché su voz, era un susurro, sonaba como un quejido de ultratumba, mas que la voz de un vivo, parecía el lamento de un muerto, todas mis fibras se estremecieron, no pude, mi voz se ahogó en un sollozo en la garganta, sentí en ella la resignación, la espera, la imaginé sentada en la terraza de la vida, esperando el paso de la negra y fúnebre carroza de a muerte. Respiraba, pero ya era un cadáver, yo no quería vivir el contagio de su espera, no quería ver en su rostro, la aceptación de la resignación no quería sentir en su voz el adiós a la lucha. No pude mas, Colgué el teléfono Tres horas más tarde, ya habiendo asimilado la idea, y adaptado mi mente, volví a llamar, traté de seguir haciendo mi papel de optimismo, le sugería algunas medicinas, quise darle alguna esperanza, pero era imposible, estaba resignada, había aceptado su destino, ya no quería vivir. Nos despedimos, ambos sabíamos que esta sería la última vez que escucharíamos nuestra voz, me encargó que cuidara su familia, ¿Cómo decirle, que yo también seguiría sus pasos?, ¿Cómo explicarle, que mi sendero estaba trazado junto al de ella? Preferí guardar silencio.


302 Poco después, con un “Nos vemos pronto” colgaba el teléfono, porque ambos teníamos una cita con la muerte. (Alicia, murió unos días después de esta conversación). El día siguiente, me dediqué a pasear, mirar lugares, que para mí nunca los había sentido tan importantes como ahora, habían sido parte de mi vida, y nunca les había dado importancia, hoy los veía ahí como mudos testigos de toda esta tragedia que es nuestra existencia. Me estaba despidiendo de Lima, de sus calles, de sus balcones, de su rica historia, quería atrapar como en una gran instantánea, lo que podría ser un último recuerdo, cada paso que daba, cada lugar que miraba, me daba un mensaje de los momentos de felicidad y éxitos que viví, en esa virreinal ciudad, y siempre me hacía la misma promesa, “Volveré”. Me senté en una banca de la plaza San Martín, era un simbolismo, fue el primer lugar que conocí de Lima, cuando en mi época de estudiante, por primera vez, asistía a un congreso en el hotel Bolivar, precisamente frente a la plaza, eran esos años de juvenil alegría, ahora era diferente, pensaba en el ocaso de mi vida, no podía evitar la tristeza, y el general en su caballo, encima de su pedestal, permanecía impávido ante mis sentimientos. Frente al Castillo del real Felipe, contemplaba las inmensas torretas, y las ciclópeas murallas, Esos seres inanimados, que fueron parte de la historia de mi pueblo, ahora ante mis especiales circunstancias adquirían la dimensión de gigantes guardianes de mi patria. En mi departamento, viviendo ese momento tan especial, comenzaba a regalar mis ropas embebidas de recuerdos y ricas vivencias, ellas nunca volverían a ser parte de mi vida, era tan duro como despedirse de un ser amado, pero el destino dictaba sus reglas, y yo era consciente de ello, así que silenciosamente, desocupé mi


303 ropero, metí algunas pilchas en mi valija, y algunas dejé para que sean donadas a quien las necesite.. Faltaba unos minutos para que llegara mi hermano a buscarme. En un acto de meditación y oración, en posición yoga, me senté en la alfombra en el centro de la sala, quería rezar, pero hace tanto tiempo que no lo hacía, que lo había olvidado, y me pregunté. ¿Qué derecho tengo ahora de pedir algo a alguien que mucho tiempo atrás había sacado de mi mente? Una vieja oración vino a mi mente: “Señor, dame fuerza para cambiar lo que puede cambiarse Dame resignación para aceptar lo que no puede cambiarse Dame sabiduría para diferenciar lo uno de lo otro”. Tomé mi valija, di un último vistazo a ese ambiente que tanto tiempo me había cobijado, y cerrando la puerta bajé, estaba dando mi último adiós a esos muros que fueron mis secretos compinches. Crucé la calle, me paré en la vereda del frente, trataba de llevar conmigo, la imagen de aquello que durante los últimos años había sido mi barrio, lo estaba viendo por última vez, levanté la mano y me despedí, como lo haría con un viejo camarada. Mientras nuestra coupé se desplazaba lentamente de acuerdo a la velocidad que el denso tráfico le permitía, yo envuelto en el más absoluto silencio, miraba las calles, los edificios, los parques, la nostalgia a grandes caudales me invadía, sentía que la garganta se me anudaba, ante este camino sin retorno, respiré hondo, tragué saliva, y como queriendo recuperar el ánimo que se me estaba cayendo, me dirigí a mi hermano, quien hasta ese momento había respetado mi silencio, e inicié un diálogo de trivialidades. El auto se desplazaba por la avenida Javier Prado en su camino hacia el aeropuerto, frente a mí todas las edificaciones de San Borja, San Isidro, y los otros barrios por los cuales cruza la vía, desfilaban como una postrer


304 procesión, había pasado tantas veces por esos lugares pero nunca los sentí tan cerca como ahora, era mi último viaje, mi última visión de esos amigables sitios, era mi adiós, era la fúnebre despedida de un alma sensible, ante esas inermes estructuras, pero revestidas de años acumulados de recuerdos. Cuando ya se visualizaba, la torre del aeropuerto, con sus típicas paredes, pintadas en forma multicolor, las ondas del adiós a mi querida Lima, ya salían de mi mente, y como el sentenciado a muerte, cuando siente que el verdugo está por bajar el hacha, quería atesorar en la retina de mis ojos, esa última visión, no se porqué, quizá porque quería llevarla conmigo, a mi mundo del mas allá. Ya dentro del aeropuerto, buscando fuerza, de algún rincón de mi ser, y haciendo un esfuerzo supremo, para que mi voz no se quebrara, me despedí de mi hermano en forma rauda, y sin verle la cara, creo que no podría resistir esa visión en lo que sería la última vez sin quebrarme, él lo entendió, y en una situación parecida a la mía rápidamente arrancó el auto, y desapareció de mi vista. Aunque mi situación era dura, creo que la de él, no era nada mejor, me imagino como se sentiría teniendo dos hermanos con cáncer, y los dos con sentencias de no mas de tres meses, creo que no solo se despedía, mas bien huía, de no enfrentar su propia realidad. En el camino le había encargado, que me despidiera de Alicia, pero, le pedí que jamás le dijera lo de mi enfermedad, y por el contrario, que le informara que yo volvería en unos días para llevarla a pasear a nuestra tierra natal, era solo una piadosa mentira. Con mi valija a cuestas, crucé el estacionamiento del aeropuerto, aspirando ese aire mañanero, con su característico olor, mezcla de las emanaciones de las fábricas de harina de pescado, y el querosén, quemado por los reactores de los aviones al despegar, llegado a la


305 puerta, no pude evitar dar la vuelta, y mirar hacia atrás, era mi última mirada, mi último adiós. Haciendo un gran esfuerzo de control, completé todas las tramitaciones del viaje, hasta encontrarme en el salón de embarque, frente al estacionamiento de los aviones, busque un rincón apartado, donde la curiosidad de los demás pasajeros, quedara apartada de la escena, necesitaba estar solo. En mi visual, los aviones, con su suave vuelo y el rugir de los motores, aterrizaban, o despegaban, mientras en el Terminal, vehículos de las mas variadas formas, se acercaban como en competencia, a prestar sus servicios al recién llegado o abastecer al que se iba, pero yo estaba ajeno a ese ajetreo, estaba encerrado en mi mismo, tratando de contener el torrente de emociones que me querían desbordar. Apartado en mi rincón privado, apoyé mi pequeño maletín de viaje, pensé en mi hermana, como su viaje a Venezuela, en busca de mejores horizontes, solo se convirtió en un retorno a su tierra, para morir, había abandonado su familia, en un afán de brindarles un mejor futuro, se había convertido en uno más de los seres que forman las estadísticas de los que sustentan sus familias desde lejanos países, pero ella volvió, con su cuerpo colmado de sufrimiento, dolor y muerte. Que cobarde fui, no tuve el valor de brindarle unas palabras de consuelo en sus últimos días de existencia, si, debo confesar que tenía miedo, mucho miedo, de ver reflejado en su figura lo que sería mi muy pronto futuro, no quería sentir la sensación que ese sería mi final. Un sentimiento de culpa me invadió, quería volver, pero, era tarde, había desperdiciado la oportunidad de ayudarla en su dolor, de consolarla en su desgracia, de hacerle saber, que los hermanos estamos para eso, para querernos y ayudarnos, y no para huir cuando uno cae en desgracia.


306 Me sentía un miserable, una mezcla de remordimiento y pena, me comenzó a invadir el cuerpo, y en la soledad de ese alejado rincón, rogaba que cuando llegaran mis postreros días, mis familiares fueran más valientes que yo, brindándome el amor y el apoyo que yo a mi hermana le había negado. Fue en ese momento, cuando las emociones escaparon a mi control, y como un alud, comenzó a salir desde lo mas íntimo de mi ser, todo ese dolor contenido por tanto tiempo, y lloré, como nunca lo había hecho, mi serenidad había desaparecido, no recuerdo exactamente lo que pasó, pero fue evidente, que mi llanto, llamó la atención de los pasajeros que un poco mas allá esperaban igual que yo a tomar su vuelo, solo lo noté, cuando la voz de una linda azafata, toda preocupada me decía. - ¿Señor se siente bien?. Y amablemente me alcanzaba un vaso de agua, ante la curiosidad de las personas que me rodeaban. Solo atiné a decirle que había recibido una terrible noticia, y no sé que mas disculpas esgrimí. Mientras el avión carreteaba, y las construcciones pasaban a mi costado, me preguntaba, cuantas veces habré despegado de este aeropuerto, no lo sé pero fueron tantas que no recuerdo, pero hay una que nunca podré olvidar. El viejo está sentado en el borde de la piscina, en la casa del campo, como lo ha hecho muchas veces, es un lindo atardecer, el cielo está despejado, está gozando de ese maravillo cuadro que la naturaleza le presenta, sus oídos se deleitan, con el coro que le brindan el croar de las ranas y sapos, el cantar de los grillos, y su vista está maravillada, viendo hacia el oeste como el sol, como una gigantesca bola de fuego rojo, con sus rayos que se estiran, por efecto de las nubes, se comienza a esconder en el lejano océano pacífico, gira la cabeza hacia el este, y una gigantesca luna llena, con todo su esplendor, comienza a salir de su escondite detrás del océano atlántico, al levantar la


307 vista, las primeras estrellas débilmente comienzan a manifestar sus reflejos luminosos, como predecesoras de las miles que saldrán, posteriormente para empedrar esa inmensa sábana estelar. Él no se mueve, está esperando, es un tiempo primaveral, en unos minutos cuando la noche avance un poco, miles de luciérnagas, con sus luces tintineantes, lo rodearán, y una que otra le posará en el cuerpo, como lo han hecho muchas veces, una maravilla el ballet aéreo, que estos pequeños insectos, presentan como parte de su ritual amoroso, un ruido lo distrae, cuando ve la silueta del avión que va a Mar del Plata, contrastarse con la luminosidad de la luna, en un típico paisaje, como en los cuentos de las viejas brujas medievales volando en sus escobas.. Esta imagen le trae a la memoria cuando en los últimos días del mes de agosto de mil novecientos sesenta y ocho, renunciaba a su trabajo, vendía todo lo que tenía, y en un loco afán de aventura, encontrar un hogar para la familia que acababa de formar, cortando el húmedo clima limeño, subía las escaleras del avión, que lo llevaría a un lugar lejano, a un país que no conocía, a otro pueblo, con otras costumbres, con otra forma de vivir. Como pieza de ajedrez, en ese inmenso mundo cósmico, se repetía la jugada, eran también los últimos días de Agosto, Lima lo despedía con ese mismo clima frío y húmedo, aunque ahora, un poco más gris, o él lo veía así, pero esta vez, sus ambiciones eran mucho más modestas, solamente esperaba encontrar un poco mas de vida. Sumergido en su butaca campestre, el viejo, con la vista siguiendo el suave volar del avión, siente que sus recuerdos siguen aflorando en su memoria, cuando en ese primer viaje, venía cargado de emociones, su hijo mayor, hacía treinta días acababa de nacer, lo iba a conocer, por fin vería el primer fruto de su sangre, que indescriptible emoción saberse


308 padre, sentir que no ha vivido en vano, porque la proyección de su estirpe, ya estaba a su lado. Recordaba ese lejano día, cuando usando como fondo el roncar de los motores, tarareaba un viejo yaraví arequipeño, que había sido compuesto por Lino Urquieta, cuando partía en su destierro a Chile, le tenía mucho cariño a esa vieja canción, porque fue un regalo de sus ancianos amigos Pay, un viejo matrimonio brasileño, que habían trabajado juntos en Cayaltí, y al despedirse sabiendo que sería la última vez que se verían, se lo regalaron con todo su amor, porque ellos también se iban. Que bien le caían sus coplas en un momento tan melancólico como ese. “Ya me voy a una tierra lejana, a un país donde nadie me espera, donde nadie sepa que yo muera, donde nadie por mi llorará”. Por fin, el avión tocó tierra Argentina, se repetía el escenario, se repetían los actores, pero el libreto había cambiado, el anterior fue mi primer viaje para enfrentar una vida mejor, este era mi último, para enfrentar mi lucha por la vida.


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CAPITULO XIII MI LUCHA CONTRA EL CANCER, Y SU MORTAL MENSAJE “SON CAÍDAS HONDAS DE LOS CRISTOS DEL ALMA DE ALGUNA FE ADORABLE QUE EL DESTINO BLASFEMA ESOS GOLPES SANGRIENTOS, SON LAS CREPITACIONES DE ALGÚN PAN QUE EN LA PUERTA DEL HORNO SE NOS QUEMA”

Cesar Vallejo El viejo, está concentrado en su pasado, recuerda todo lo que investigó para enfrentar su enfermedad, está convencido que la ciencia cumplió su papel, pero si no hubiera habido un espíritu de lucha, una convicción de salvar su vida, el esfuerzo de la medicina hubiera tanto científica como natural habría sido en vano, y en este momento hace nueve años, estaría en el fondo de una oscura fosa. El sabe que estudió mucho, investigó mucho, pero no puede volcar en este documento, toda esa experiencia, y sabiduría que adquirió, piensa que muchos enfermos atacados por esta cruenta enfermedad, siguiendo la misma metodología, podrían salvarse, el viejo está pensando, que quizá sería de mucha ayuda, si él pudiera escribir, en otro documento, al detalle toda esa técnica de curación, lo va a pensar. A aprendido, que el cáncer es una enfermedad que si bien ataca al cuerpo, es mucho mas agresiva y dolorosa, en su ataque a la mente, o podríamos decir el


310 alma, sabe que cuando se produce el diagnóstico, el tumor sigue igual, el dolor que produce, -si lo produce – sigue igual, pero la mente queda destrozada, en otros términos, cuando el resultado es mensajero de un futuro sin esperanzas, el cuerpo sigue viviendo, pero el alma ha muerto. Por eso está convencido, que si no puede curar el alma, no podrá curar el cuerpo, sabe que curar al cuerpo, tiene su rutina preestablecida, pero, como curar el alma?. Terminada toda la tanda de exámenes, el diagnóstico fue contundente, era un tipo de cáncer, sumamente raro, un melanoma, en la parte interna del tabique, y que ya había comprometido los ganglios perimetrales, según las explicaciones posteriores, debido al avance de la enfermedad, la probabilidad de sobrevivir, era nula, estudios posteriores, revelaron que ninguna cirugía, podría contener en forma definitiva la enfermedad, como se podía ver las cartas ya fueron tiradas, y yo había perdido. En una actitud conciliadora, los médicos, presionados por mi hijo, me indicaron, que a pesar de todo, existía estadísticamente una probabilidad del veinte por ciento, de salvarme, ellos sabían que era mentira como después me lo confirmaron, pero era lo único que tenían y a eso me aferré, al final, lo importante de las estadísticas, no siempre está en los número, sino en cual de los lados estás. Habían pasado tres días, desde que los doctores en esa inolvidable tarde invernal Mar platense, como impiadosos jueces habían dictado mi sentencia, esa noche como las anteriores, solo en mi dormitorio. A mi pedido mi señora dormía en otro. Pensaba sobre mi final. cerca de la madrugada, al ir al baño, quedé parado frente al espejo, cuando el vidrio me devolvió la imagen, quedé anonadado, ese no era yo, era el fantasma del orgulloso ejecutivo que hace unos días llegó a la ciudad, mi rostro, envejecido, cansado, ojeroso, me daba lástima a mi mismo, era un


311 reflejo de la desolación, de la derrota, y en cierta forma de la resignación, me asusté, volví a mi cama, con un torbellino en la cabeza. Comencé a recapitular algunos pasajes de mi vida, Había hecho cursos de control mental, en varias ocasiones, tanto para manejar mi salud física, como mi salud mental, siempre sometida al estrés, que sufrimos los ejecutivos, en la permanente persecución de los objetivos, cursos en el manejo de la personalidad en situaciones límites, había manejado negociaciones complicadas, tanto comerciales como sindicales, y aún bajo amenaza, en la época del terrorismo, y ahora parecía un despojo de ese mismo yo, mi equilibrio se había roto por completo, mi personalidad era un caos, había sido totalmente desbordado, y eso me despertó una terrible autocompasión. Me estaba dejando absorber por la desesperación y el miedo, en un intento de recuperar el equilibrio de mi personalidad, me senté en posición de relajación, y como en los viejos tiempos, ingresé en el mundo de la metafísica, buscando un poco de serenidad, después de una hora, con una nueva mentalidad, me comencé a cuestionar, varios aspectos de mi situación. Lo primero que se me ocurrió pensar, era como es que llegué acá y ahora, y como es que estaba en esta situación, haciendo un análisis de mi proyección de vida que tenía planificado, para todo el resto del año. Los primeros días de julio, había vuelto al Perú, dejando todo ordenado para la siembra, y volvería en diciembre, nuevamente a la Argentina, para la época de las cosechas, antes de seguir adelante, quisiera mencionar, que toda mi obra social médica, está en este último país. Luego pensé en el cronograma que los médicos habían hecho de mi enfermedad, según el cual, esta se debería haberse iniciado, en los primeros meses del año, es decir cuando yo viajé, ya la traía conmigo, y según su evolución, marcada por los estudios realizados, debería concluir entre los meses de octubre a noviembre, que era la fecha estimada de mi merte.


312 Cuando superpuse ambos cronogramas, era evidente que mi destino estaba sellado, y mis posibilidades de salvación anuladas, yo volvería a la Argentina solo para morir, entre octubre o noviembre. Pero sin embargo, estábamos en los primeros días de agosto, y yo estaba acá, entonces que había pasado, una serie de coincidencias, me habían guiado hasta este punto. Por algún misterioso error del banco o descuido mío, un formulario se quedó sin firmar, y tuve que viajar aprovechando los días feriados en el Perú, un viaje anticipado, no programado a Buenos Aires y volver al día siguiente, sin embargo, por otra misteriosa casualidad, mi reserva del vuelo se cayó, y me vi obligado a quedarme doce días mas, bueno, y cuando tomo ese hecho con una santa paciencia, decido ir a pasar esos días en mi casa del campo, para descansar, llegando a Mar del Plata. Una inmensa lluvia que duró tres días, inhabilitó el camino al campo, así que resignadamente, decidí quedarme en la ciudad, total, no tenía alternativa, cuando salgo a la terraza para observar ese torrente de agua que caía, un fuerte estornudo, trae consigo en el pañuelo un hilo de sangre, y me recuerda que hace un tiempo, este fenómeno me estaba molestando, así que a aprovechar ahora que tenía tiempo ir a ver al médico, en lo que fue la visita que inició, todo el periplo de mi enfermedad. No soy un fuerte creyente en ninguna religión, pero si creo en la existencia de un orden universal, y en fuertes fuerzas que gobiernan nuestras vidas, no importa como las llamemos, Dios, energía cósmica, alma, o cualquier otro nombre, y creo que los seres humanos, siempre estamos tratando de comunicarnos con ellas, usando diferentes técnicas según nuestras propias creencias, y creo que en alguna forma, cuando aprendemos a interpretar sus señales, también en la misma forma recibimos algunas respuestas. Algo me dijo en mi interior, y con una total convicción, que lo que me había pasado, no eran solo coincidencias, algo, o alguien, me había protegido hasta


313 este momento, esas señales me indicaban, que no estaba solo, que no había llegado mi hora, que no era mi tiempo de morir, que quizá tenía pendiente alguna misión sobre la tierra, y que ahora dependía de mí continuar esa lucha. Me pasé las restantes cuatro horas pensando, y desarrollando un plan estratégico de cómo enfrentaría esta mortífera enfermedad, no era cuestión de solo pensar en que es lo que hay que hacer, es también una cuestión de actitud, pero una actitud con convicción y determinación, no es fácil cambiar en unos minutos, el terror por la esperanza, pero había que intentarlo, y sin perder tiempo, porque en estos casos, de lo que menos disponemos es de tiempo. Abrí la ventana todo lo que sus puertas lo permitían, me paré frente a ella, dejando que el sol del amanecer bañara todo mi rostro, abrí la boca todo lo que me era posible, aspiré ese aire fresco, marino, con perfume yodado, que solo una ciudad al borde del mar lo podía tener, el día era brillante, un sol espectacular bañaba esa turística ciudad, los termómetros marcaban una temperatura ideal, era un día hermoso, que predecía el final del frío invierno y el acercamiento de las primeras brisas primaverales. Bajé lentamente las escaleras, tarareando una canción, con una amplia sonrisa en los labios, y mientras mi familia, sentados para tomar el desayuno, se quedaban asombrados, sin atinar a pronunciar palabra alguna, me paré en la cabecera de la mesa, y en un tono fuerte, lo suficiente para que pudieran escucharme en todos los rincones de la casa, pregoné. -He decidido vivir. Lo dije con tal fuerza, que no sé si era para trasmitirles a ellos mi decisión o tratar de convencerme a mi mismo, o quizá para darme fortaleza suficiente para el camino que iba a emprender. Mis hijos asombrados, me miraban bajar histriónicamente, creando un impacto, tipo telenovela, se


314 miraban entre si, no pude evitar el murmullo de uno de ellos cuando dijo. -El viejo está loco. Pero, yo optimistamente, continué. - Para comenzar no quiero ningún rostro triste, ni caras de compasión, solamente quiero ver alegría en esas caras. - Quiero que me ayuden a no dejarme vencer, por el derrotismo, ni la tristeza, quiero con la ayuda de ustedes, que si la enfermedad termina conmigo, no darle el gusto de la compasión, y por el contrario, morir con una sonrisa en los labios. -He trazado un plan de lucha para tratar de curarme, no se si ganaré, pero si pierdo, por lo menos habré aprendido a morir, y podré irme, en calma, dignamente y con mucha tranquilidad. Continué, con algunas explicaciones, indicándoles que en ese momento iniciaba mi nueva terapia, la misma que reiteré, fuertemente con las siguientes palabras. - Desde hoy en esta casa, se acabaron las penas, los dolores, los sufrimientos, solo quiero alegría, diversión, optimismo, abran las ventanas, que esa brillante luz del sol entre y cubra todos los rincones, pongan música, y con bastante volumen, que la alegría sea contagiosa. Mis hijos sin salir de su sorpresa, hacían lo que yo les indicaba, y luego confirmando mi teoría, agregué -Vamos a la carnicería y a la licorería, comeremos un asado con el mejor vino que podamos conseguir, hay que celebrar, un nuevo Ricardo acaba de nacer. Todo fue un alboroto, alegría, aunque ellos aún no sabían a que obedecía todo esto, pero ya habría tiempo para que lo entiendan. En un momento de la conversación, les pedí, que no informaran absolutamente a nadie de mi enfermedad, sentados en la mesa, a la hora del brindis intenté ensayar una explicación para mi cambio de actitud, y un perfil, de cómo sería el método de curación que intentaría.


315 Terminado el almuerzo, me metí en la computadora, donde pasaría días y noches enteras, investigando, todo a cerca de mi enfermedad, y los diferentes métodos de posibles curaciones. En poco tiempo, era casi un experto en cáncer, leí páginas y páginas, era necesario conocer al enemigo, al cual me iba a enfrentar, el cuadro no era muy prometedor, el tipo del cual yo padecía, se daba a nivel mundial en menos del dos por ciento, era uno de los mas letales, y por estar cerca del cerebro, en el área denominada “El triángulo de la muerte”, era siempre de necesidad rápidamente mortal, cuando hice un seguimiento histórico de casos, descubrí que casi todos tuvieron un triste final. Para fijar la naturaleza del mal, quisiera mencionar, que en el hospital de la comunidad, donde fui intervenido, fue toda una conmoción, pues ese tipo de cáncer era todo una rareza, y todas las instancias de mi operación fueron fotografiadas y filmadas al detalle, y posteriormente el caso fue presentado en una convención internacional médica, con la diferencia de otros casos similares, que en este, la novedad era que el paciente estaba vivo. Los posters que acompañaron a la exposición, en cierta forma me hicieron famoso, porque durante muchos meses, estaban colgados en la pared de los salones técnicos del hospital, y en mas de una ocasión, yo fui presentado a los nuevos profesionales como “El hombre de los posters”, esto era necesario, porque no se veía la cara, solo la zona que estaba siendo intervenida. Leí todo lo que encontraba sobre métodos de curación, desde los mas altamente técnicos, comenzando por la intervención quirúrgica, la quimioterapia, la radioterapia, también me concentré en todo lo relacionado con la medicina natural, donde encontré una gran variedad de métodos, como plantas de diferentes tipos, citotoxinas, gorgojos, y otros, algunos con cierta base científica, otros netamente folklóricos, de todos estos siguiendo mi lógica, me concentré en aquellos que pudieran pasar un análisis rigurosamente científico.


316 Por otro lado, también estudié todo lo relacionado a la medicina folklórica, y parasicológica, desde brujerías, chamanerías, espiritismo, rituales de curación, y todo tipo de métodos que se usa a nivel mundial, que me permitieran curar el alma. Me concentré mucho en las metodologías orientales, tanto por medio de Internet como leyendo una serie de libros de los grandes pensadores, escuelas de meditación, y curación por medio de esas técnicas, como el zen, el reiki, el yoga, entre otros, todo esto me llevó a una concepción diferente de la vida, y a una nueva filosofía. Como conclusión, llegué a concebir que el elemento a curar soy yo, pero tengo dos elementos a su vez que me ayudan. LA MENTE o cuerpo psíquico. EL CUERPO FISICO Debería establecer una estrategia, atacando la enfermedad por ambos lados, en lo referente al cuerpo físico, debería concentrarme en la curación médica, y en un método de curación mediante la medicina natural, recordaba las viejas y burdas recomendaciones de mi pelado profesor de primaria, cuando decía, “Mente sana en cuerpo sano”, que elementales palabras, pero que valor tenían. En lo referente a la mente, debería concentrarme en eliminar el estrés, que es el principal causante de la baja de la inmunidad del organismo, facilitando el desarrollo de la enfermedad, era conciente, que el principal factor de estrés en un enfermo desahuciado es el miedo a la muerte, eliminar ese miedo, sería mi objetivo, no es fácil, pero indudablemente algunas técnicas orientales me ayudarían. El segundo aspecto, dentro de este campo, es ordenar el caos psicológico, que se origina, con la noticia, y lograr un positivismo alegre y real, esto traducido, debería interpretarse como que la alegría de vivir, reemplace a la pena de morir, si logro esto, conseguiré ayudar a mi organismo en tres aspectos psicológicos fundamentales:


317 Científicamente, estaré consiguiendo que el cuerpo elabore una serie de hormonas, que estimulan las autodefensas, como son entre otras, las endorfinas, y la serotoninas. Psicológicamente, siguiendo las técnicas orientales, estaré logrando el fluir de la energía cósmica, ordenadamente, a través de mi cuerpo, como un elemento de autocuración, y equilibrio. También en el aspecto psicológico, estaré ayudando al principio causa/efecto, o ley de la cabala, o simplemente lo que se conoce popularmente como la buena o mala onda, en otras palabras, si emites mala onda, recibes mala onda, si emites buena onda, recibes buena onda, y aunque parece una trivialidad, es muy importante, porque esa energía positiva ayuda al cuerpo en la autodefensa. Sintetizando lo explicado anteriormente, los campos en los cuales debería actuar, serían. La medicina tradicional o científica. La medicina alternativa Natural. La auto sanación o metafísica. Encontré decenas de métodos de curación, y de los mas variados orígenes, pero tenía que seleccionar los mas viables, los que estuvieran a mi alcance y dentro de las limitaciones de tiempo que mi diagnóstico me había pronosticado, es decir tenía solo tres meses, para curarme, y estimaba un máximo de cinco días para iniciar mi tratamiento. LA MEDICINA TRADICIONAL O CIENTÍFICA. Cuando comencé a elegir la alternativa que tenía con la medicina tradicional o científica, aprendí a entender que la ciencia tenía sus sistemas y parámetros establecidos tanto para el diagnóstico como para la curación, es decir, el camino era uno solo, intervención quirúrgica, seguida de quimioterapia, y radioterapia, solo tenía la alternativa de saber elegir el equipo en el cual me pondría en sus manos, y yo confiaba en los médicos que me habían descubierto la enfermedad y que eran ahora los


318 Como mi hijo me explicó, a pesar que la enfermedad no había hecho metástasis, la posibilidad que la operación pudiera curar el mal, era muy remota, por lo que quizá era preferible no hacerla, para evitar mas sufrimiento, pero, dejaba a mi criterio la decisión por supuesto, yo decidí seguir adelante, pero adelantándome a lo que presentía que los médicos me iba a decir, puse como condición, que pase lo que pase me dejaran morir con mi nariz completa. Mi hijo, pacientemente me explicó que se había contactado con cuatro oncólogos de renombrado prestigio, uno en Mar del Plata y tres en Buenos Aires, ellos estarían dispuestos a operar, pero en los cuatro casos, para ese tipo de operación, exigen una extirpación total de la nariz, aún así no garantizan los resultados, y en el caso de tener éxito, esto significaría una extensión máxima de unos cuatro meses mas de vida. - Que vida?, si se puede llamar vida a vivir encerrado en le dormitorio, escondiéndome de la gente, con un hueco en la cara, cubierto por una gasa, y salir esporádicamente a la calle, con una máscara, no es un final digno, para una vida de lucha. Mi hijo me miraba compasivamente, mientras yo continué. - Pasar lo poco que me quedaba, escondido, humillado, sufriendo la compasión, de las personas que me vieran, con mi orgullo aplastado, creo que después de sesenta años de haber navegado a veces contra la corriente, pero siempre mirando al frente, con la confianza del éxito en mi corazón, no merecía terminar así, por lo menos creo que merecía un final mas acorde con mi vida, entonces recuperando mi estatura me dije a mi mismo. - No debo ofender la dignidad de mi espíritu, mutilando mi cuerpo, si tengo que irme, me iré completo, y cantando la alegría de haber vivido, y así llegaré al mas allá. Enfrentando al médico, le dije.


319 Doctor, si ese es el premio para tremendo sacrificio, creo que prefiero vivir un poco menos, pero vivir, no existir - Aunque la operación exige eso, si fuera mi padre yo tampoco lo haría, porque al final le alargaría unos tres meses la vida, pero ¿Qué calidad de vida?. Dijo el doctor, mirando a mi hijo, y para dar por terminado el tema agregó. - Vamos a salvarle la piel de la nariz, a cortarle por un lado, y la rebanaremos hacia arriba, para poder extraer todo lo que está en su interior, extraído el tumor, le reconstruiremos la nariz lo mejor que podamos con lo que queda. Todo estaba decidido, iría a la operación con una predisposición totalmente positiva y una mente ganadora, sabía que iba a tener éxito, sabía que ganaría. Días después, entraba a la sala de operaciones, antes de caer en la inconsciencia de la anestesia, escuchaba al doctor Morales cuando me decía. No se preocupe Ricardo, todo va a salir bien. A lo que yo con un exceso de confianza y pedantería contesté. - Doctor, aún no ha nacido el bicho capaz de matarme. En esas palabras trasmitía mi optimismo, mi fe, mi decisión de luchar, más que un concepto, fue un simbolismo, un icono mental de lo que de ahí en adelante significaría mi vida, no creo haber enviado un mensaje al médico, fue un mensaje a mi mismo, para darme fuerza. Creo que médicamente se hizo lo mejor posible, sin escatimar esfuerzos ni voluntad, ya no se podría hacer mas, se limitaría a los controles post operatorios, y actuaría en consecuencia de ellos, pero estoy convencido hicieron un buen trabajo. Pero quedaba lo que yo haría por mi cuenta, estudiando las diferentes alternativas. LA MEDICINA ALTERNATIVA NATURAL


320 Al hacer la investigación sobre este tema, fue grande mi sorpresa al encontrar una enorme cantidad de métodos de curación, y una gran cantidad de plantas que según los autores eran la divina curación del cáncer, sin omitir los casos certificados de curaciones, o narraciones personales de individuos que estaban vivos gracias al método que recomendaban. Pude encontrarme con métodos ultramodernos como, la terapia del protón, la terapia hormonal, o la terapia del gen, las cuales fueron descartadas, porque estaban fuera de mi alcance, y en el supuesto que pudiera, no podrían aplicarse dentro del tiempo que yo disponía. Investigué recorriendo las terapias en varios países, y tratando de ubicar las plantas que en cada uno se recomendaban, pasando por métodos un poco exóticos por definirlos de alguna forma, de los cuales puedo mencionar algunos: La Orino terapia, basado en curarse por medio de nuestro propio orín, es decir, bebiendo nuestro orín, siguiendo ciertas normas de utilización. La apyterapia, consistiendo esta en la curación por medio de la aplicación de picaduras de abejas en ciertas partes del cuerpo, conducido por un experto en la materia, quien indicaría el punto exacto de la picadura. Los gorgojos, la curación de la enfermedad mediante la ingestión de estos insectos, en dosis especificada por los especialistas. Las citotóxinas: Este método usa como elemento de curación, el veneno de las víboras, aplicado en dosis tolerables por el cuerpo. Estos métodos los dejé de lado, por no estar fácilmente a mi alcance o por ser poco prácticos en su aplicación, o porque no encontré suficiente base de sustentación científica. Siguiendo con la medicina natural, ingresé en el mundo de la fitoterapia. Dentro de este campo fue asombrosa la cantidad de plantas que teóricamente curan el cáncer, dependiendo


321 del autor o la empresa de productos naturales que la comercializan. El tema resultó más complicado de lo que yo esperaba, porque más allá de las verdaderas cualidades del producto, el interés económico de la gran cantidad de empresas comercializadoras disfrazaba y exageraba las bondades, en función de orientar la compra hacia sus fórmulas. Entre las plantas que pude investigar y que eran recomendadas para este fin, puedo mencionar: El jengibre, La semilla de durazno, el brócoli, La graviola, La sábila (Aloe vera), El muérdago, El té verde, El giseng siberiano, El Tejo Americano, La uña de gato, entre otros. Mi investigación se centró en dos aspectos fundamentales: Agrupando la planta estudiada por familia, ver en cuantos países se recomendaba, y segundo, encontrar los trabajos de investigación que se han hecho de cada una buscando en ello un rigor científico de su aplicación. Después de arduos estudios de investigación por mi cuenta, finalmente encontré una de ellas que bajo diversos nombres, era la base de la medicina natural tanto en el oriente como en el occidente, en varios países, se utilizaba sola o formando parte de alguna fórmula. Me reuní con mi amigo, el doctor Lee, especialista en medicina natural oriental, quien solía recomendar para curar el cáncer, una muy cara fórmula, traída exclusivamente de la China, y que según declaraciones de pacientes tenía muy buenos resultados, cuando le mostré las fotos de la planta que estaba investigando, de inmediato la reconoció. Estamos hablando de la guanábana, o graviola, según mis investigaciones realizadas, sobre esta planta se habían hecho estudios científicos, en institutos y universidades que mostraban que efectivamente tenían un efecto altamente curativo, inclusive se había individualizado la droga que constituía el principio activo contra el cáncer, y hasta pude ver algún estudio comparativo con la


322 quimioterapia actualmente aplicada, entre los dos principios activos. Posteriormente, me pude enterar que los pobladores de algunos países la utilizaban con resultados variados, y esto se debía a que la tomaban en mate, por lo tanto la concentración de droga, era muy bajísima, me enteré también que algunos médicos la sugerían a sus pacientes como un refuerzo de la quimioterapia, logré también leer algunos artículos en revistas especializadas, sobre las bondades de esta planta. Ya había elegido la planta que usaría, el problema era ahora conseguirla lo mas rápido posible, y con extractos de concentraciones que garanticen su eficacia. Como siempre la ayuda me llegó disfrazada de un amigo, quien a su vez conocía una amiga que conocía a un señor que tenía un laboratorio que triturando las hojas de esta planta procedente de las sierras peruanas, les extraía el principio activo, en forma de un polvo, y con una elevada concentración para ser enviada directamente al Japón. No era una simple molienda de las hojas, era un proceso de extracción, por medio de maceración, y secado en frío, en conclusión para obtener un kilo de extracto en polvo, se utilizaba quince kilos de polvo de hojas. Después de concertar una entrevista, en su casa, ya que no tenía venta al público, adquirí el producto y doce días antes de mi operación. Dotado de una buena cantidad, volví a Argentina donde establecí mi propia dosificación, y comencé mi tratamiento, con una imperturbable rigidez, el que se constituyó en mi propia quimioterapia, ya que la medicina científica no me había recomendado ninguna. LA CURACIÓN CON AYUDA DE LA MENTE. Como lo mencioné líneas arriba, la mente, es tan poderosa tanto o mas que el cuerpo, si logramos mantener una mente completamente controlada, podremos darle a la fisiología, lo suficientes elementos, para que todas las defensas del cuerpo actúen.


323 Si mantengo la alegría de vivir, la tranquilidad, mediante el control mental, evitaré la somatización de la enfermedad, y por el contrario, lograré que el cuerpo tenga el control de todo el sistema inmunológico, y el máximo potencial de autodefensa. Es ampliamente conocido, que el estrés, disminuye las defensas del cuerpo, lo cual es cierto, y explicable, siguiendo la misma línea de aplicación del párrafo anterior, el miedo a la muerte, es el elemento mas agresivo, porque su continuidad, está tanto en el estado conciente, como en el estado inconciente, y permanentemente, va minando las defensas del cuerpo, no solamente para esta enfermedad, sino también para otros tipos de enfermedades parásitas, que pueden acelerar el proceso del cáncer. El estrés, conocido también como signo general de adaptación, solamente lo vamos controlar en la medida que podamos adaptarnos a él. Aunque he simplificado en forma bastante elemental estas causas, su ejecución es tremendamente complicada, y demanda del paciente, toda una adquisición de técnicas, métodos y disciplinas, estudios algo profundos sobre la metafísica, y en la mayoría de los casos, romper, con antiguas creencias, y tabúes, para generar una nueva personalidad, y una nueva mentalidad. En lo relacionado con la mente, todo mi programa estaría basado en: No recibir honda negativa, por lo tanto, no permitir que el conocimiento de mi enfermedad origine lástima en nadie, para que ellos no envíen ese tipo de honda, y esto solo lo lograría si mi entrono ignora mi enfermedad. No permitir estados depresivos, por el contrario siempre estar rodeado de alegría, para permitir el fluir de las fuerzas cósmicas, como dicen los orientales, o el reforzamiento del sistema inmunológico, como dicen los occidentales. Aprender todas las técnicas necesarias, para eliminar el estrés, para lo cual hay que centrarse en perder el miedo a la muerte, convencerse que la muerte es el acto


324 supremo de la vida, es el tope del crecimiento del ser humano, es difícil pero hay que aprender que la muerte es el bien supremo, para el cual nos hemos venido preparando desde nuestro nacimiento. En síntesis como lo dije líneas arriba, tendría que curar mi alma, para cumplirlo, tendría que aprender todas las disciplinas y teorías que fueran necesarias. La explicación, es sumamente fácil, pero para una mente occidental normalmente indisciplinada, llegar a establecer esas condiciones, es tremendamente difícil, el tema pasaba por metodologías o sistemas, que demandan altos grados de concentración, es por eso que comencé a explorar todos los caminos, que me podrían ayudar a conseguir cambiar mi mentalidad mediante la concentración. Había mucho que aprender, tenía que incursionar en un mundo nuevo, en un mundo donde el espíritu es el que manda y el cuerpo se convierte en un amuleto, en un simple portador, es la valija que lleva lo mas importante de la vida, el espíritu, convencerme con toda convicción, que ese espíritu, es un constante fluir, no se detiene, por lo tanto la muerte no es el fin solo es la continuidad. Pero penetrar en ese mundo, para los principiantes, es cambiar todas sus estructuras mentales, es poner a prueba, conceptos y principios que siempre han regido mi vida, es abrir mi mente más allá de mis creencias, es comenzar a nacer nuevamente en un universo de espiritualidad. Existen muchos casos documentados de curaciones con la mente, por los variados sistemas conocidos, existen grandes mentalistas capaces de curar, como también grandes casos de autocuraciones, aunque lamentablemente también existe el fraude, pero no voy a permitir, que estos malos ejemplos oculten una irrefutable verdad, que en todos los casos está basado en la fe, la voluntad y la perseverancia, quisiera aclarar, que en mi


325 concepto, no es la mente la que cura, es la fuerza que impulsa al cuerpo a la curación. Ya estoy en la fase en la cual acepto la curación metafísica como un hecho, pero ¿Cuál de los métodos a usar?, definir esto me llevó a penetrar en los mas variados rituales y creencias, a participar en las mas raras ceremonias ritualísticas. En un proceso de investigación sistemática, dividí la metafísica por áreas: Los estudios de curaciones con metodologías místicas cargada hacia los matices espiritualistas. Las curaciones ancestrales occidentales, guiadas hacia la energía y la medicina folklórica. Los chamanes. Las curaciones ancestrales orientales. Otros métodos de curación. Comenzando con la parte espiritual, me acerqué a lo que se consideraba lo máximo en espiritualidad, la iglesia Umbanda, metodología traída desde los confines africanos, y que cuenta con muchos adeptos, dentro del misticismo argentino. Organicé reuniones con dos prestigiosas médiums, mamá Felicita en Mar del Plata, y mamá Lucy en Buenos aires, asistí a sus rituales, durante dos noches. Siguiendo con mi proceso de investigación, llegado al Perú, concerté una cita con uno de los más prestigiosos chamanes del norte peruano, es así como después de varias horas de conducir, llegué al comenzar la noche, a una casa de esteras en la zona perimetral de la ciudad, donde ya comienzan las áreas cultivadas, la casa lucía aislada del centro poblado, rodeada por dos lados por una pampa y los otros dos por una plantación de maíz, asistí al ritual que duró toda la noche, matizado con bailes, y bebiendo el mate del San pedro, un cactus alucinógeno.. Entre las creencias orientales, después de un análisis, de algunos métodos como el Zen o el sofismo, consideré que el reiki, venido desde China, era lo mas completo, así que me entrevisté con un famoso curandero


326 reiki, con el cual tuvimos varias horas de charla, e intercambio de ideas. No quise dejar afuera, los métodos occidentales, así que impulsado por una amiga, se organizaron cadenas de oración en pro de mi curación. Estudié el método de curación, por medio de las luces, organicé una cita y tuve una extensa charla con Liliana, una famosa profesora, en esta metodología, aprendí mucho del tema, principalmente en su forma de aplicación. En mi terco afán de conseguir una puerta mas para mi curación, investigué y estudié algo de otros métodos metafísicos como son: Medicina integral cuántica El método de las flores de Bach Las cualidades curativas del cuarzo Curación por piedras. Traté de obtener de cada uno de ellos los principios básicos de su funcionamiento, y la metodología de sus aplicaciones, para ver en que forma los podía insertar en el perfil del diseño que estaba desarrollando para mi tratamiento. Paralelamente a todo este estudio, devoraba libros sobre parasicología y motivación personal, que me ayudaran a concebir la existencia, más allá del cuerpo físico. Todas esas noches que pasé aprendiendo a meditar, no solamente fue un periodo de curación, fue también una enseñanza de cómo aprender a vivir, de como mi escala de valores se transformó, de como aprendí a controlar mi mente, y en consecuencia como logré mi libertad, porque eso es la libertad, el control de tus pensamientos. Aprendí a dar a mi mente una mejor calidad, aprendí a manejar mis equilibrios, y a estar tranquilo, porque a través de ellos, pude conseguir la armonía, entre la mente la psiquis y el cuerpo, y establecer el camino de la felicidad.


327 Dicen los místicos orientales que de la oscuridad de la muerte, se alza un nuevo nacimiento, aunque no discrepo con ese principio, pienso que no tengo mucha prisa por nacer de nuevo, y haré todo lo posible, para atrasar todo, solamente dejaré que la muerte me alcance cuando esté cansado por mi propia vejez. Terminado este extenso, pero rápido estudio, llegué a la conclusión que aunque los rituales, eran diferentes, todos tenían en esencia el mismo fin, lograr una gran disciplina mental mediante la concentración y orientación de la misma, en un enfoque al objetivo buscado, y con ello, lograr quitar al cuerpo, preocupaciones que originan el estrés, y en esa forma mejorar todo el sistema inmunológico, para que nuestro cuerpo tenga mas elementos para defenderse de la enfermedad. Como resultado establecí mi propio tratamiento, al margen de la medicina científica, que hasta ese momento, se había limitado a esperar el tiempo que yo había solicitado para hacer la intervención quirúrgica. Me apoyé, en el método de control mental Silva, en el cual tenía bastante dominio desde años atrás, y que me era el mas manejable, porque fue hecho para nuestras mentalidades occidentales, lo reforcé con el método de curación con las luces, que a mi entender, era solamente una occidentalización del reiki, en conclusión mi tratamiento sería el siguiente. Tres veces al día, tomaría una cucharadita de extracto concentrado de guanábana, y también tres veces al día, y durante un mínimo de una hora, haría mis sesiones de meditación, y autocuración para sicológica, siguiendo el método Silva, y apoyándome con el método de las luces. Después de doce días de una estricta aplicación, llegué a la intervención quirúrgica, grande fue la sorpresa de los médicos que practicaron la cirugía, y así me lo hicieron saber, los tres separadamente, horas después, cuando encontraron que el tumor se había reducido, es decir, se había encapsulado, y los ganglios perimetrales


328 estaban limpios, como una medida de seguridad, y para despejar las dudas, se hizo un muestreo en el perímetro de la extracción, para asegurar mejor el resultado, se extrajo medio centímetro mas hacia afuera, también se muestreó, y para felicidad de todos, en ambas muestras, los resultados de las biopsias dieron negativos. Terminado mi tratamiento de la herida de la operación, fue cuando el doctor que encabezó el grupo que intervino, me citó a su consultorio, y con una amplia sonrisa, me dijo. - En toda mi larga experiencia profesional, es la primera vez que le digo a un paciente que haya tenido este tipo de cáncer, “Está usted curado”. A mi inquisición, sino me iba a recetar, alguna quimioterapia, o radioterapia, en forma enfática, remarcó. - Ya se lo dije, “está Usted completamente curado”, no necesita nada, vaya. Diviértase, viva la vida, sea feliz, festéjelo, porque ha nacido de nuevo, olvídese que una vez tuvo cáncer.


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CAPITULO XIV EL ENCUENTRO “EL MEJOR PROFETA DEL FUTURO ES EL PASADO”

Lord Byron El viejo está en Lima, en su casa en el barrio El cuadro, un lindo mini valle, en la ladera de unos de los dos cerros que encasillan el valle del Rimac, y solo le dejan unos tres kilómetros de ancho, donde se desarrolla una fértil agricultura, y por el centro, las cristalinas agua del río hablador, bajan entonando sus melodías desde las más altas cumbres andinas, con ese fluir cantarino, el río es la arteria vital, que mantiene viva la virreinal ciudad de Lima, la casa del viejo, está calada, en la roca de la pendiente del cerro, tiene tres niveles, y tres terrazas, con una espectacular vista hacia el valle. La tarde comienza, el viejo en su hamaca, se deleita gozando del clima primaveral, seco y claro, especial de estas zonas, a los seiscientos metros sobre el nivel del mar, una mezcla de clima costeño y serrano, siempre hay sol, es un ambiente de una eterna primavera, él eligió exclusivamente esta zona para vivir, porque en su pelea contra el cáncer, perdió su tabique, y todos los mecanismos de defensa de su nariz, dejándolo muy débil ante los ataques de los virus invernales, típicos de los húmedos climas de Lima.. Hace veinte días comenzó a recorrer el sendero de los setenta, pero está feliz, tiene su obra casi terminada, le ganó al tiempo, y siente que le queda mucho, y mucho por hacer, está convencido que si se


330 salvó de esa destructiva enfermedad, es porque tiene algo pendiente, no sabe que, pero lo sabrá, cuando llegue el momento. Se deleita mirando el paisaje, que unos metros más abajo, parece una paradisíaca postal, siente mucha tristeza, cuando ve que ese damero de variados tonos de verde, está siendo devorado poco a poco por las moles grises de concreto, es un precio muy alto, que tenemos que pagar por el desmesurado crecimiento de lo que se ha convertido Lima, en una cosmopolita ciudad, donde se ha concentrado, una considerable cantidad de inmigrantes tanto del exterior, como del país profundo, y mientras piensa nostálgicamente, en lo verde que era el valle, antes que esas inmensas máquinas violasen su belleza, víctima de la modorra de la tarde, y consecuente con el opíparo almuerzo, que hace unos momentos acaba de deglutir, sus ojos se cierran, dando paso a un reparador sueño. El tren comienza a recorrer la última etapa de su viaje, desde las cumbres mas altas de nuestra cordillera, ha pasado a mas de cuatro mil ochocientos metros de altura, sus vagones están cargados con los ricos minerales que nuestros paisanos han arrebatado a la madre tierra, y que partirán del callao, para alimentar las industrias de lugares tan alejados que ni siquiera conocemos, está llegando a la zona urbana, anuncia su presencia con insistentes toques de sirena, el viejo las escucha, se despierta sobresaltado, ya la tarde está llegando a su ocaso, el sol pareciera estar esperándolo para despedirse, el viejo lo ve irse detrás del cerro opuesto, hace muchos años que lo ve irse, en diferentes tiempos, y diferentes latitudes, pero nunca se cansará de maravillarse, con ese magnánimo fenómeno, que nos regala la naturaleza. El viejo piensa en el tiempo, cuanto le queda?, pero que es el tiempo?, ha leído mucho sobre el tema, se ha embutido de pensamientos orientales y occidentales, que lo tratan de explicar, sin embargo


331 cree que ha encontrado en los rústicos versos del Martín Fierro, una respuesta que engloba todos los conceptos, y se la repite en voz alta. “Moreno, voy a decir Según mi saber alcanza: El tiempo es solo tardanza De lo que está por venir. No tuvo nunca principio Ni jamás acabará, Porque el tiempo es una rueda, Y rueda es eternidad. Y si el hombre lo divide, Solo lo hace, en mi sentir Por saber lo que ha vivido O le resta por vivir”. El viejo, ya ha vivido setenta años, pero su energía vital, le dice que aún está joven, que aún tiene un tiempo por delante, su cuerpo está achacoso, pero su mente está viril, quizá, porque aprendió a vivir, mas allá de las ópticas ilusiones físicas, piensa en Chopra, cuando en uno de sus libros dice “El envejecimiento es, en parte, una expresión de cómo metabolizamos o interpretamos el tiempo”. Está ahora pensando en su vida, ha sido muy dura con él, pero con esa dureza, le ha enseñado mucho, su cuerpo estaba lleno de llagas, pero ya cerraron, su alma estaba llena de resentimientos, pero ya perdonó, sus sentimientos estaban llenos de culpas, pero ya se hizo perdonar, sus heridas están curadas, ya es libre, siente y respira esa libertad que será su compañera, en el camino que le queda, compartiendo con él la armonía, y la satisfacción de estar viviendo.


332 El viejo cierra los ojos, deja volar sus recuerdos, y los ve, comienza a ver al niño acercándose, viene a su encuentro, comienza a sentir la metamorfosis de su pasado, ve como ese niño descalzo y harapiento, se convierte en un excelso estudiante, que muta a un exitoso profesional, siente como los golpes de la vida lo han alimentando con sabiduría, curtido el cuerpo y el alma, ve como el orgullo se convierte en empuje, como el tiempo a moldeado su personalidad, y nuevamente lo ve, ya no es tan joven, es también casi un viejo como él, está saliendo del consultorio del médico que lo operó, está sonriente, le ha dicho que está curado, viene hacia él. El viejo percibe que ha llegado a la cumbre, cuando el presente puede asimilar el pasado, cuando los recuerdos se transforman en vivencias, cuando la unión de los tiempos, se convierte en uno solo, y con las lecciones aprendidas viajan hacia el futuro. Se encuentran frente a frente, mas allá de la dimensión que los humanos entienden, donde el tiempo y el espacio no existen, se unen en un metafísico abrazo, el pasado alcanzó al presente, y se convierten en uno solo, caminando hacia el futuro, ahora es un nuevo ser, ese nuevo ser, que nació de los recuerdos, sabe que tiene que reunir esas dos energías, para seguir adelante fortaleciendo ese cuerpo debilitado, él ya aprendió a no tener miedo a la muerte, pero por ahora, tampoco quiere renunciar a su apego a la vida, El viejo, ha adquirido mucha sabiduría, pero sabe que ya no puede vivir de los recuerdos, estos quedarán archivados en el tiempo, el tiene que rescatar solo lo mas importante de su pasado, porque sabe que le esperan nuevos y diferente retos en el futuro, y no podría enfrentar nuevos problemas con viejas soluciones. Desde que sobrevivió al cáncer, el viejo ha cambiado su estilo de vida, está tratando de recuperar


333 el tiempo que perdió con sus hijos, está siempre alegre, y siempre cantando sus antiguas canciones, siente que se identifica con ellas, está tratando de disfrutar la vida, quiere olvidar ciertas cosas, cree que posiblemente, cuando lean estas letras, muchas personas pensarán que no puede ser cierto, que a un solo ser humano le pueda pasar toda esta secuencia de problemas de vida, pero él sabe que es verdad, y sabrá perdonar a quienes no le crean. El día está lindo, un brillante sol, y un templado clima, invita a pasear, y el acepta la invitación, toma su bastón, y caminando por lo bulevares de su barrio, va canturreando, los versos de un conocido vals peruano. “Ayer tarde me he mirado en el espejo. Pues sentía por mi faz curiosidad. El espejo al dibujar mi cuerpo entero. Me ha mostrado dolorosa realidad. Ya estoy viejo, tengo arrugas en la cara. Mis pupilas tienen un débil mirar. Y mis labios temblorosos y arrugados. Saboreando están los besos. Que ayer dieron hoy no dan”. Termina esas coplas, y en un gesto de entusiasmo, y quizá un poco de soberbia. Murmura entre dientes. -Pero tengo el alma Joven


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GLOSARIO DE TÉRMINOS A LA PUCHA: Expresión criolla para decir “Caramba”. ACHICORIA: Planta herbácea pequeña, de flores amarillas. ANTORCHA: caja de papel delgado de colores, con una luz interior, y sujetada en lo alto por un palo. ADOBE: Especie de ladrillo, confeccionado con barro crudo. AMANCAYE: Hermosa flor blanca o amarilla de la costa atlántica, cubre las planicies costeras cuando son bañadas por la neblina, tiene un lindo y fuerte aroma. APACHETA: Montículo de piedras, a manera de altar a la diosa tierra, formado por las mismas piedras que llevan de ofrenda los indios caminantes, pidiendo que las desgracias se aparten de su camino. APUS: Dioses tutelares de la cultura inca, representado por los cerros. BASTOS: Especie de montura criolla, compuesta por cuero de ovejas BAYETA: Paño confeccionado de algodón, bastante rústico. BOTEROS: Personajes remeros en los botes de río. CALLACAZ: Arbusto de rápido crecimiento, de madera muy blanda, crece en los humedales de la costa. CAMARON: Crustáceo de río, muy similar al langostino, y de sabor muy agradable. CANDIL DE KEROSEN: Especie de lámpara, conformado por un frasco de vidrio o metal lleno kerosen con una mecha de hilo. CAÑABRAVA: Planta de la familia del bambú, que crece en lo humedales de la costa. CAÑAZO: Aguardiente extraído de la fermentación del jugo de la caña.


336 CARETAS: Terneros de color negro con la frente blanca, resultado del cruce de abeerden angus negro y hereford. CAYALTÍ: Nombre de un ingenio azucarero en Chiclayo CHALA DE MAÍZ: Tallo seco del maíz. CHAYASCAPA: Conjunto de cerros, que en invierno se llenan de vegetación. CHOCHO: Árbol que produce semillas negras y redondas, y sus envolturas tiene buenas cualidades detergentes. CHOMBA: Nombre que se le da en el diccionario popular a depósitos de cerámica, de forma ovalada para depositar líquidos. CHULLO: Gorro con orejeras, tejido de lana de alpaca u otro. CHUPE DE CAMARONES: Guiso líquido elaborado con camarón de río. CRISTINA: Especie de gorra, de forma triangular, que forma parte de los uniformes militares CUY: o conejillo de indias, o cobayo, pequeño roedor doméstico comestible. DAMAJUANA: Recipiente de loza o vidrio, en forma esférica, suele tener una cobertura de mimbre. ESTERA DE TOTORA: Hojas de totora entretejida constituyendo una especie de alfombra. FADO: Expresión de la música portuguesa. HACIENDA: Definición con la cual se conoce el grupo de animales vacunos en Argentina. HIERBA LUISA: Hierba con forma de pasto grande, usado como infusión, y medicinal. HOJOTAS: Calzado indígena, originalmente confeccionado con cuero de animales, pero posteriormente se usaba la goma de las llantas de vehículos como suela. JUEGO DE SAPO: Juego que consiste en apuntar y hacer ingresar una ficha de metal en a boca de un sapo de metal. JUEGO DE TEJO: Juego que consiste en lograr dejar estacionada una ficha de metal, en el centro de un adobe. LAVAZA: Agua mezclada con detergente para lavar. LEONCILLO: Felino depredador de tamaño mediano, también llamado jaguarundi.


337 LONCO: Campesino arequipeño. LLUCTA: Pasta seca, elaborada con cenizas de algunas plantas ricas en potasio, su masticación junto con la coca, facilita el desprendimiento de la droga. MAICILLO: Especie de mijo, con tallo fuerte de hasta 4 metros, sus racimos de granos son usados para hacer escobas, y sus tallos para hacer cercos. MANGA: conjunto de pequeños corrales, usados para trabajar con los animales. MARANGANI: Marca tradicional de frazadas, confeccionadas por una fábrica peruana. MATRERO: Se dice del gaucho muy conocedor de su ambiente. MELAZA: Especie de miel que se obtiene como residuo de la cristalización del azúcar. MELLIZERAS: Ovejas que en cada parto produce dos carneritos. MOCHO: Padrillo de la majada de ovejas. PACHAMAMA: Nombre que se le daba en la mitología inca a la diosa tierra. PALLAPAR: Tarea de seguir detrás de los cosechadores, recogiendo todos los frutos que estos dejaron pasar. PIEDRA POMEZ: Piedra piroplástica porosa, de formación volcánica. REATA: Cuerda tira o faja, que sirve para sujetar algunas cosas, también se le dice riata. ROCOLA: Aparato musical que elegía los discos como un tragamonedas SAN PEDRO: Cactus alucinógeno SAUCE: Árbol de zonas húmedas, de rápido crecimiento, y madera blanda. SERONES: Cestos trapezoidales, dedicados al acarreo y que se ponen en pareja colgando a los dos lados de la montura. TOCUYO: Tejido plano, de uso popular. TRUCO: Juego de naipes, con baraja española, muy popular en el campo Argentino. ÚKASE: Edicto de estricto cumplimiento emitido por el Zar.


338 VADO: Tramo de un río de poca profundidad, por donde pueden pasar los vehículos. VELADA: Especie de obra teatral, hecho con aficionados del pueblo. VICTROLA: Antiguo equipo de música YARANDO: Nombre de un conjunto de cerros que forman una loma verde. YUNTA: Pareja de bueyes que unidos por un yugo, arrastran el arado en la labranza de la tierra. YZANGA: Especie de embudo de caña, que mediante dos aros, se sujeta contra la corriente del agua.


Mas allá del Arco Iris