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MI ESPIRITUALIDAD (Carta a mi amigo Fernando González) Por David Alejandro Pineda Vargas

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ernando, como me alegra saludarte. Espero que puedas venir pronto a Medellín para que seamos nosotros los que tengamos el placer de recibirte y acogerte así como vos lo hiciste con nosotros en Houston.

Con relación al comentario que hice acerca de mi percepción de las religiones debo decir, que aunque hice un preámbulo bastante simple para este tipo de temas, dejé claro que para tratar este tipo de visiones debe existir una mínima idoneidad del medio por el cual se hace, ya que a pesar del buen uso que uno pueda hacer del idioma, siempre parecerá vulgar o estrafalario el intentar siquiera atacar la religión. Decidí escribir esto no como un argumento acerca de lo que dije, sino más bien, al ver que hubo un interés de tu parte frente a mi posición, quise compartir con vos una visión un tanto más personal de lo que percibo como espiritualidad y el porqué no está, a mi modo de ver, implícitamente relacionada con la religión. Me tomo este tiempo, que considero inversión y no gasto, porque sos un ingeniero que trabaja resolviendo problemas que yo soñaría con poder resolver en colaboración con dos entidades que desde niño me han puesto a soñar (NASA/BOEING), por ello sé que al enfrentarte a esos problemas apelas a los valores científicos, donde no hay espacio para la fe. He tenido conversaciones con todo tipo de gente acerca de mi posición con respecto a las religiones, el 90% de ellas han sido un desgaste innecesario, pues es más que lógico, que yo no podría aportar ningún argumento lógico a alguien que no valora la lógica y por lo tanto yo no podría mostrarle la importancia de la lógica. No es un juego de palabras, es una penosa realidad. Debes saber que no ataco en ningún momento la espiritualidad de las personas, ataco la soberbia de la religión, específicamente la católica, porque en ella nací y en ella estuve por casi 22 largos años, y aunque sigo siendo un número más para el Catolicismo, no soy practicante y espero convertirme en un férreo detractor, sin embargo, defiendo de manera firme que se puede poseer una profunda espiritualidad desde el ateísmo, basada principalmente en la juiciosa contemplación del Universo y en la admiración por la naturaleza y los seres que la componemos. Cuando las personas nacen son inmediatamente etiquetadas y catalogadas desde un punto de vista religioso heredado de los padres, algo que no sucede, por ejemplo, con su partido político o el equipo de fútbol de su preferencia (¡Y Dios me libre de ello!). Allí es donde por vez primera se coarta la libertad de pensamiento, que quizá debería ser el más valioso estandarte de la raza humana. Me molesta sobremanera como las personas, adoctrinadas en una religión cualquiera, pueden ver con desdén (y a veces con lástima) a otras personas que se definen como ateos. La mayoría de practicantes de una religión creen que ese tipo de personas no podrían


experimentar ningún tipo de experiencia espiritual, pensamiento que debería ser considerado, además de soberbio, categóricamente falso, ya que ambos casos no son mutuamente excluyentes pues lo espiritual no está tácitamente enmarcado en la creencia en un dios específico. El creer que la moral y la buena conducta son sólo posibles o justificables a través de la existencia de un Dios, es como creer que un violín es sólo cuerdas y madera. Algunos estudios llevados a cabo en materia de evolución, puesta en evidencia por la genialidad de Darwin, muestran que una de las formas usadas para preservar la especie que han desarrollado ciertos animales (en este caso nosotros), es a través de una organización social en la cual es posible el trabajo mancomunado y donde se exhiben ciertos niveles de “altruismo” para lograr ciertos objetivos biológicos tales como la supervivencia y la reproducción; además, mientras algunos animales “perdieron” algunas de sus extremidades o desarrollaron un mecanismo para conquistar los cielos mediante el vuelo, nuestra evolución permitió que anduviésemos erguidos, una de las tantas razones por la cual nuestros cerebros son más grandes, luego el desarrollo del habla y el lenguaje escrito permitió que pudiésemos soñar y con ello inventar, entre otras cosas, nombres para lo desconocido. Dios es uno de esos nombres. Pero hemos llegado a un nivel intelectual tan avanzado, que podemos prescindir de la palabra “Dios” casi para todo, pues todo tiene una explicación racional, y no por ello menos inspiradora. La personas podrían gozar de un alto nivel de espiritualidad mediante la contemplación y la fascinación por la naturaleza y mientras buscan responder el cómo y el porqué de su existencia. Creo que es más inspirador el querer responder las preguntas de mis hijos, padres o hermanos con la verdad, encontrada a través de la evidencia, que con una pregunta más a sus cuestionamientos, porque Dios no debe ser respuesta, Dios promete ser eternamente simplemente una pregunta. No podría ser arrogancia el darme cuenta que quien camina conmigo en la vida merece el mismo respeto que yo desearía para mí, sencillamente porque es mi igual. Sé que él siente miedo, sé que siente frío, sé que siente hambre, sé que siente felicidad y tristeza, evidentemente por la mera constatación de que yo mismo lo he sentido. Eso es un argumento mucho más valioso que el de respetar al otro porque así me fue ordenado a través de un libro que fue inspirado por un personaje que, a la luz de las evidencias, al parecer invierte mucho tiempo tratando de esconderse de nosotros. El debate sobre los efectos anestésicos que tiene la religión sobre nuestra forma de pensar y de vivir debe liberarse de los espacios exclusivamente academicistas y abrirse sin miedo para que la gente sienta la libertad de expresar lo que piensa al respecto. Nuestros patrones de conducta no deben ser moderados por instituciones cuyos axiomas son dogmáticos pero para nada evidentes, es decir, exigiendo una total sumisión intelectual y un inexplicable miedo a lo invisible. Nuestros patrones de conducta deberían estar moderados por la fundación de una renovada moralidad cuya base principal e irreprochable sea la de entender que nadie quiere para sí mismo el más mínimo sufrimiento y por lo tanto no debe causarse en los demás. A nuestros hijos se les debe exigir que pregunten hasta el cansancio y lo cuestionen todo hasta sus raíces, evitando tomar el camino fácil con la respuesta más simple jamás inventada: El misterio de Dios.


Yo creo saber el porqué cae la hoja de un árbol, el porqué se forma el Arco Iris, el porqué de las lluvias, el porqué la carne del pescado es blanca, el porqué la sangre del cangrejo es azul, el porqué no se chocan los murciélagos cuando vuelan, el porqué es azul el cielo, el porqué flota la madera; y aunque creo saber que no entenderé jamás algo de mecánica cuántica, me intriga y me fascina el mundo que me rodea y el saber el porqué de las cosas. Es por esto que considero inadmisible rendir cualquier tipo de pleitesía a quién además de no responder a los cuestionamientos más simples del hombre, lo manipula a su antojo mediante el miedo y el engaño. La pregunta de por qué tanto orden en lugar del caos, respuesta que desde la religión sería aportada por la existencia de un arquitecto divino, es sólo posible hacerla, y quizás responderla, desde nuestro razonar, que nos afirma una vez más que vivimos en un universo armonioso y en orden, a pesar de los pesares. Conozco infinidad de personas que creen en Dios y son hermosas de corazón, vos sos una de esas personas, tu mamá y mi mamá también, mi padre, decenas de amigos, profesores que han marcado mi vida, tíos, abuelos, primos. Yo no veo el creer en Dios como una falacia intelectual, sin embargo no puedo evitar preguntarme por qué grandes científicos, a pesar de basar su vida en la evidencia y los hechos, insisten en tener una especie de vida paralela en total armonía con el fantasma de Dios, y la respuesta que encuentro evidente es que, lamentablemente, aún hoy por hoy es visto como tabú cuestionar la religión o su proceder o sus más neurálgicos fundamentos, y con mayor razón, intentar siquiera ponerla a prueba. Todos tenemos muchas preguntas, y mientras la religión sólo tiene una respuesta para todas, la ciencia ha sabido responder de una manera elegante y convincente todo lo que hasta ahora me he preguntado. Por lo tanto yo no juego al 50/50, me seduce únicamente la razón, no la fe. En defensa del teísmo puedo decir que, salvo pocas excepciones que no nombraré aquí, no he encontrado en las enseñanzas del mítico Jesucristo cuestionamientos que sean moralmente reprochables, es más, si el principio moral conocido como la “Regla de Oro”, impartida a sus discípulos en el conocidísimo episodio bíblico el Sermón de la Montaña fuese la piedra angular de la moral de todas nuestras culturas, La Tierra sería el paraíso; pero no hace falta ser muy listo para notar (y casi ya sin ningún tipo de estupor) como la religión aprovecha su poder para ejercer control sobre las personas que no se cuestionan a sí mismas ni al mundo que los rodea (siendo francos, la mayoría) para convertirse, en muchos casos, en la antítesis de lo verdaderamente bueno, victimizándose a sí misma y haciéndole creer a sus adeptos que la moral y los valores están bajo amenaza cuando se le cuestiona de una manera racional. La cuestión de la fe, que como dije antes comienza desde que somos niños empujados por nuestros padres, puede ser visto desde la “tranquilidad” de la religión Cristiana como inocua, pero no es así de sencillo, esta religión está basada en los mismos dogmas y paradigmas (pero con nombres o números diferentes) que dirigen el Islamismo, el Judaismo, el Budismo y el Hinduismo. Y no existe conflicto a lo largo de la historia humana que no esté permeado directa o indirectamente por la religión y su fundamentalismo. Ellas tratan dizque de dar un sentido a la vida del hombre, y ese sentido tiene nombre propio en cada una de ellas: Dios, ése que a la larga se convierte para sus seguidores en el amo y dueño absoluto de


sus vidas, dictaminando y dirigiendo su destino a su antojo, o mejor dicho, al antojo de la religión que lo representa. No es dañino, y mucho menos prepotente, decir que no somos parte de un plan divino, ese plan no existe, lo que es dañino es que sea tabú el hecho de responder a las preguntas por qué y para qué estamos aquí con una negativa de la existencia de Dios. Nadie en el mundo puede probar de manera lógica que Dios no existe, nadie. Pero como no existe evidencia de su existencia no es (para mí) razonable creer en él a través sólo de la fe. Además, como dijo la brillante Ayn Rand, los negativos no se prueban, es una ley lógica. Yo puedo probar que el Cerro Pan de Azúcar en Medellín no es el monte más alto del mundo porque indirectamente parto de la evidencia de que el Monte Everest es el monte más alto de la Tierra, eso no aplica con Dios y la defensa que hacen sus religiones de su existencia. La biblia, a pesar de estar plagada de principio a fin, más en el principio que en el fin, de historias de genocidio, misoginia, homofobia, racismo, elitismo, maltratos, humillaciones, torturas y demás aberraciones que no alcanzaríamos a numerar aquí, también tiene algunas historias bonitas, pero no puede ser este libro, escrito por personas que vivían en un contexto social totalmente diferente al actual, prueba de que Dios existe, pero sí prueba de que la religión existe, y ha sido, es y seguirá siendo muy peligrosa. Hago énfasis en su peligro porque la fe es una enfermedad muy contagiosa que se propaga rápidamente, quizá por razones freudianas basadas en el miedo a la extinción. Lo más triste de todo es que la razón que la gente presenta para la existencia de Dios, sobre todo quienes dedican su vida a la ciencia y al desarrollo de la reflexión crítica de la realidad, no es que haya evidencia de su existencia, sino que piensan que la creencia en él es el único marco intelectual para que la moralidad sea objetiva, y eso hace que la tarea de hablar en contra de la religión sea tabú aún en una sociedad que se supone respeta la ciencia y se beneficia de sus innumerables aportes. Fernando, amigo, todo lo que aquí digo, a pesar de que no he dedicado mi vida al estudio de la filosofía y sus corrientes, a pesar de que aún a veces confundo la moral con la ética, a pesar de que no poseo ningún título en teología o psicoanálisis; lo digo como ciudadano de a pie que se siente con el derecho de cuestionar los dogmas en los cuales fui o quise ser adoctrinado. Yo crecí en un colegio católico, en el cual era requerido estar etiquetado como tal para poder ingresar. Asistí a la Eucaristía una vez por semana de manera “sagrada” durante casi 13 años de mi vida, fui acólito, canté en un coro de iglesia el Panis Angelicus escrito por Tomás de Aquino en un latín que aún desconozco, estuve rodeado por los más solemnes escenarios religiosos que desbordaban en imágenes y cánticos sagrados auspiciados por los Hermanos de las Escuelas Cristianas o Hermanos de La Salle, mi papá tiene un diplomado en estudios bíblicos, mi mamá escucha la misa a través de la televisión y la radio todos los días en mi casa, mi hermano menor estuvo recluido por la secta conocida como los Legionarios de Cristo (la misma que fundó el famoso pederasta Marcial Maciel) durante casi un año, he leído tantos pasajes de la biblia como ecuaciones en el pregrado; mejor dicho, y parafraseando a un querido amigo mío que es tocayo tuyo: “Yo conozco el monstruo desde adentro”, por lo menos he hecho el intento de conocerlo. Todo esto, combinado con una capacidad asombrosa que he tenido desde niño para maravillarme ante lo espectacular de la


naturaleza que nos rodea, me ha dado el suficiente valor para sentir que estoy “saliendo del closet” al decirme a mí mismo y a todo el que me rodea: ¡Por favor, ya basta de religión! Todos deberían mirar a las personas que los rodean, incluso a los animales que están ubicados jerárquicamente en la parte superior de la evolución por su complejidad del sistema nervioso, como mirándose a un espejo, y reconocer en todos los demás lo prodigioso de la naturaleza. Esto para empezar a descubrir que debo amar al otro por ser alguien como yo, es decir, que tiene sueños y sentimientos, y no como requisito por alcanzar los cielos o esquivar los infiernos. Así suene chocante o absurdo, una de las razones que tuve para convertirme al ateísmo (sin moderaciones o aceptaciones parciales como en el caso del agnosticismo) es que la idea de Dios, personal o colectiva, atenta contra mi confianza y mi respeto por la razón. Conservo y practico mi espiritualidad desde la observación y la búsqueda de la verdad a través de la evidencia. Aprovecho esta vida al máximo porque no existe otra en la que pueda hacer lo que deje de hacer en ésta, y a pesar de que acepto que el alma no existe más que en nuestros cerebros físicos, y que el amor es simplemente una reacción química que experimentamos y sentimos a través de la sinapsis neuronal, sé amar con locura lo que hago y a quienes me rodean. En eso se basa mi espiritualidad. Te pido disculpas por la extensión que ha este saludo, y de paso también, si de una u otra forma mis argumentos han fracasado al defender mi posición. Salúdame a tu mamá y cuéntale de lo infinitamente agradecidos que nos sentimos por su hospitalidad y amabilidad durante nuestra estadía en Nueva York. Un gigantesco abrazo.

Muy sinceramente, David Alejandro Pineda

Mi espiritualidad david pineda  

En qué baso mi espiritualidad

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