

El Puente
El Puente
El Puente
Daniela Ballesteros Rodríguez
Rodrigo Bahena Ilse Sánchez
El Puente
Daniela Ballesteros Rodríguez
Rodrigo Bahena
Ilse Sánchez
Traducción: Daniela Ballesteros
Diseño: Daniela Ballesteros
Ilustraciones: Daniela Ballesteros
México, 2025
“Estamos ligados por vínculos tenues a la prosperidad o a la ruina”.
— Mary Shelley


Dr. August extiende su mano para tocar la puerta de la cabaña. El rústico lugar y sus alrededores parecen de una historia detenida en el tiempo. Aunque la Villa no sea tan refinada ni tenga las comodidades de su morada en Yale, promete la paz que él tanto anhela.
Una vieja de rostro amable abre la puerta y escudriña velozmente el rostro del recién llegado, como si tratara de resolver algún tipo de complicado rompecabezas.
—Mi nombre es Rosie, doctor August. Ya estaba al tanto de su llegada. Yo seré su mucama, sea usted bienvenido. Le mostraré su habitación —dice con una sonrisa en su rostro.
A medida que Rosie guía el camino, August logra distinguir el peculiar sonido de los pasos en la desgastada madera mientras sube las escaleras de su nuevo hogar.
Llegan a la segunda puerta del pasillo, Rosie la abre. Los muebles de la habitación parecen tener un siglo de antigüedad. Mientras escanea el cuarto, sus pulmones le confirman que el lugar necesita limpieza. Su deslucido entusiasmo se esfuma abruptamente al encontrar una maravillosa pintura.
Al acercarse descubre que ¡no es una pintura!, sino una ventana. En frente de él se encuentra un hermoso paisaje, donde el cielo azulado, el verde esmeralda del bosque y la cristalina corriente del río le dan la bienvenida, haciéndole sentir que la habitación no es tan imperfecta.

—¡Qué hermoso puente! Si bien es algo viejo, estoy seguro de que es lo suficientemente resistente para soportar a una persona y a sus malos chistes —August bromea para amenizar el ambiente. Espera que Rosie se ría, pero lo único que observa como respuesta es el ceño fruncido de la mucama
—En efecto, es un puente muy antiguo. Pero escuche bien, doctor, si usted desea cruzarlo, no hay ningún problema, siempre y cuando lo haga durante el día, antes de la puesta de sol —dice mientras fija su vista hacia la ventana.
— ¿Puedo preguntar por qué? —August se muestra intrigado.
—Hay muchas leyendas en esta Villa, doctor August. El puente no es un lugar seguro por la noche. Se dice que juega con el tiempo.
—¿El puente juega con el tiempo? —el doctor pregunta soltando una pequeña risa.
—Así es, doctor. Nadie se atreve a rondar por ahí en las noches. Y usted tampoco debería —esta vez, Rosie lo mira seriamente.
—Tendré cuidado, Madame —August le promete. August debería de estar asustado, pero la historia sólo le divierte. Tiene deberes más importantes en qué prestar atención que en las chuscas leyendas de una anciana. Su mente le recuerda un asunto de urgencia. Saca una carta de su bolsillo y se dirige a Rosie.

—El alcalde Gordon me espera en su oficina para charlar ¿Sería tan amable de indicarme dónde es?
—No se preocupe doctor, yo lo llevo. Baje cuando esté listo, le he preparado algunos bocadillos —dice la mucama mientras sale de la habitación.
—Muchas gracias, Madame. No tardaré.
En la Alcaldía, el alcalde Gordon lo recibe cálidamente extendiéndole la mano y esbozando una sonrisa. Sobrecogido, August cambia de mano su maletín para responder el saludo.
—¡Doctor August, al fin! Un placer conocerlo. Hemos esperado con ansias su llegada, se lo aseguro —le dice a August mientras le sostiene la mano.
—El placer es mío, alcalde. Estoy emocionado por encontrarme finalmente aquí. —August responde con gran entusiasmo.
—¿Le ofrezco algo? ¿Ya almorzó? —Le pregunta el viejo alcalde.
—No se preocupe, Rosie ya se hizo cargo de ello. Gracias.
—Adorable mujer, ¿no es así? Aunque… no crea todo lo que dice. Cocina como los mismísimos ángeles, pero solo Dios sabe qué se encuentra en aquella vieja mentecita —ríe y golpea levemente el brazo del doctor.
—Bueno, sin más preámbulos, déjeme mostrarle el pueblo. Si bien es pequeño, tiene sus encantos. Ya verá que en poco tiempo se acostumbrará.

El alcalde Gordón se instala como auténtico guía de turistas. Le explica detalladamente todo lo que es posible apreciar en aquella colorida villa, prolongando durante horas el recorrido.
En los límites del pueblo, justo donde comienza el bosque, una apresurada joven se acerca a ellos.
—¿Qué sucede, Betty? —pregunta el alcalde a la dama.
—Su hija me envió a buscarlo, señor, dice que es un asunto importante.—algo en su semblante parece indicar que es algo urgente.
—Temo que debo volver, doctor. ¿Creé que pueda regresar por su cuenta? — Le pregunta al doctor un poco preocupado.
— No se preocupe, alcalde. Estoy seguro que puedo —responde confiado.
No habían trascurrido ni cinco minutos, cuando el osado clínico ya no estaba tan seguro de cómo volver a casa. El bosque es un laberinto por las noches. Con el paso del tiempo, sus ánimos y fuerzas decaen.
De pronto, el sonido familiar de una corriente de agua resuena en el ambiente.
¡Es el río! Después de todo, su sentido de orientación no es tan malo. Ahora sólo necesita cruzar el puente y estará de vuelta en la cabaña.
A lo lejos, percibe lo que parece ser una silueta humana, reflejada en el agua por la luz de la luna. En efecto, hay un hombre en el puente. Al acercarse, sus ojos se enfocan en el rostro de aquel desconocido, quien lo observa con una mirada profunda.
Es un hombre viejo y demacrado, con pupilas dilatadas, piel pálida y semblante endurecido. Sin embargo, el rostro de aquel desconocido le resulta extrañamente familiar, como si se tratara de alguien que apareció en un sueño y después olvidó.
August siente cómo un insólito escalofrío recorre su cuerpo mientras intenta rodear a aquel hombre.
Repentinamente, el misterioso viejo lo toma con firmeza por el hombro y con una mirada turbia y enrojecida empieza a decretar incoherentes advertencias.

—No cruce el puente, joven hombre —dice en tono amenazante.
—Suélteme —August responde desconcertado mientras se suelta del agarre del viejo.
—Escúcheme, váyase ahora mientras puede —esta vez, el hombre lo sostiene de su muñeca con una fuerza impresionante para alguien de su edad.
—¡Está usted loco!, ¡Dije que me suelte! —el terror se comienza a apoderar del extraviado médico. Ahora más que nunca deseaba no haberse adentrado nunca en ese bosque.
—Usted no entiende ¡No debe continuar! Permítame explicarle — el viejo le suplica con una voz temblorosa.
—¡Déjeme! —con gran fuerza, August empuja al desconocido que cae en un charco de lodo.
En ese momento, August aprovecha la oportunidad para escapar de aquel maniaco y se apresura a cruzar el puente.
—No… Dios sabe que lo intenté —dice aquel misterioso viejo mientras camina hacia la oscuridad del bosque sacudiendo su cabeza amargamente.
Justo cuando August se encuentra a la mitad del puente, dos extraños pájaros con apariencia de cuervo aparecen repentinamente y comienzan a atacarlo con insistencia.
Graznidos incesantes y picoteos lueven sobre la cabeza y el cuerpo del médico. Asustado y frustrado August comienza a defenderse con su maletón batiéndose contra aquellos cuervos infernales.
Las aves insistentes por atormentarlo, lo acorralan en la orilla del puente, provocando que el doctor choque con el barandal de piedra. Perdiendo el equilibrio por el impacto, August suelta el maletín, que cae al lago y desaparece entre la corriente. En ese momento, como por arte de mágia los furiosos pájaros detienen su ataque y en un remolino de hojarascas emprenden el vuelo desapareciendo entre los árboles.
Aliviado y confundido el clínico comienza a correr hacia a la cabaña, cruzando por fin aquel maldito puente.

August suelta un suspiro de alivio al llegar a la cabaña. Le contaría a Rosie todo lo ocurrido, seguramente lo tomaría por loco, pero se sentiría aliviado después de sentirse escuchado.
El doctor abre la puerta cautelosamente tratando de no despertar a Rosie. Al entrar, la mucama corre apresuradamente a su encuentro.
—¿Dónde ha estado? ¡Lo hemos estado esperando! – Rosie le dice con gran preocupación en su rostro.
—Me extravié en el bosque, madame. ¿Todo bien? —pregunta sorprendido por la actitud de la mucama.
—¡No! La hija del alcalde enfermó, tiene mucho dolor. No sabemos qué hacer. —le explica al galeno.
—¿Qué? ¿Dónde está ella?
—El alcalde está fuera de si. La trajo aquí, está arriba. Tiene que atenderla. ¡Corra! —la mucama responde alterada.
August sube rápidamente las escaleras. Al entrar a la habitación ve a una demacrada muchacha acostada sobre su cama. Está blanca como la cera y cubierta de sudor. La joven le sostiene la mano a su padre mientras murmura cosas sin sentido.
—¡Doctor, bendito dios ha llegado! mi hija necesita atención urgente! —dice rápidamente el alcalde levantándose de la silla.
—Claro. ¿Qué es lo que le ocurrió a su hija?.
—¡No entiendo doctor! Estaba bien en la tarde y de pronto se desvaneció por culpa de un intenso dolor en el estómago. La traje aquí inmediatamente. ¡Tiene que salvarla doctor! Ella es lo único que tengo —le implora con desesperación.
—Haré lo mejor que pueda —August le promete.
Después de explorarla, el doctor confirma sus sospechas.
—Es su apéndice. Necesita cirugía inmediatamente.
—¡Hágala doctor! Tiene mi permiso —responde esperanzado el alcalde mientras toma la mano de su hija.
—Pero… Señor, no tengo mis materiales, se cayeron al río. Me encontraba intentando cruzar el puente cuando de pronto…—Dr. August trata de explicar su extraña travesía por el bosque.
—¿Qué quiere decir con eso? ¡Tonterías! ¿Por qué razón se desharía de sus cosas? —el alcalde le pregunta incrédulo.
—Fue un accidente, un hombre extraño apareció y… —August continúa con su historia.
—¡Suficiente! Haga usted su trabajo.
—Pero, Señor, este no es un lugar apropiado, no cuento con el material necesario… —la voz del Dr. August está llena de miedo.
—¡Dije hágalo! O aténgase a las consecuencias —le advierte con furia mientras lo echa fuera del cuarto.
Aterrado por la amenaza del alcalde y un tanto desorientado por la , August se dirige a la cocina con la intención de encontrar lo que le sea posible para poder operar a la hija del alcalde. Comienza a abrir los cajones, hasta que encuentra un pequeño y afilado cuchillo. Completa su búsqueda al hallar una botella de licor y tela..
—Dios, por favor ¡ayúdame! —musita mientras sube a la habitación.

Después de muchas horas de espera, el cansado doctor sale de la habitación.
—Alcalde, lo siento mucho. Le aseguro que hice todo lo que puede —dice August desilusionado
—¿Qué? ¡Mi hija, mi hermosa hija! ¿Usted lo siente? ¡Tú! ¡Tú la mataste! —grita el alcalde fuera de si. —¿Te haces llamar “doctor”? ¡Deberían de llamarte asesino!
—No, por favor. Déjeme explicarle. Traté de salvarla. Si tan sólo hubiese tenido mi equipo… —continúa August tratando de justificarse.
—¡Suficiente! ¿Te atreves a ofenderme después de lo que has hecho? Te advertí sobre atenerte a las consecuencias. Sé del lugar perfecto para los criminales como tú —le grita el alcalde. —¡Me aseguraré de que pague por su crimen! Sucumbirá ante la justicia, doctor. No verá la luz del sol como un hombre libre en mucho tiempo —le sentencia mientras sale del cuarto.
—No. Espere. No puede hacerme esto. No soy culpable. ¡Por favor! —Dr. August cae de rodillas.
El llanto de Rosie resuena en la otra habitación. La decisión está tomada, Agust irá a prisión. No hay nada que se pueda hacer.

Después de muchos años en prisión, August cumplió su cadena. Ahora puede respirar nuevamente el aire fresco del bosque y contemplar el exterior como un hombre liblre.
La gélida cárcel en la que se encontraba le dio mucho en qué pensar, ansiaba con todas sus fuerzas el momento en el que fuera libre para volver atrás sus pasos y redimirse sumergiéndose en las aguas del pasado.
La luz de la luna ilumina su camino. El paisaje se ven exactamente como hace 25 años, excepto que ahora todo es distinto.
Rosie, su fiel mucama, la única persona que lo visitaba mientras estaba preso, había fallecido ya hace unos años mientras dormía. Ella había sido el único consuelo para August desde aquel funesto día. La veía cada semana y cada vez ella se lamentaba por no haber podido hacer nada para salvarlo de aquella injusticia. August le agradecía por toda la amabilidad que ella le brindaba. Aquella ancianita permanecía intacta en el corazón del médico.
Por otra parte, el alcalde Gordon había dejado el mando hace diez años; nunca se recuperó de la pérdida de su hija, lo que lo orilló a ahogarse en vicios y en actividades corruptas.
Después de tanto caminar, se encuentra de vuelta en el mismo puente para llegar a su vieja casa.
—Si sólo esa noche nunca hubiese ocurrido —piensa August para sí mismo —tal vez Rosie tenía razón, nunca debí haber cruzado el puente, siempre me pregunté si era verdad lo que ella me advertía acerca de este lugar. No… esas son meras supersticiones.
Cansado, recarga su brazo en la orilla del puente, mientras contempla la hermosa corriente del río.
—Quizá estas aguas tengan la respuesta. – murmura
El sonido de unos pasos interrumpen sus pensamientos. No está solo. Al girar ve el rostro de un joven médico con un maletín de cirugía en sus manos. A lo lejos observa a dos cuervos mirando fijamente a aquel joven. Ahora todo cobra sentido. Su corazón se detiene por un momento.
¡Eso es! ¡Es el puente!… Yo puedo… Puedo evitarlo.
