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NOTA DE TAPA

E

l tren que pasa a unas cuadras y el canto de algunos pájaros construyen la música que suena esta mañana en el taller-casa de Guillermo Kuitca. Cada tanto se escucha alguna bocina ansiosa, pero la mayor parte del tiempo, esta cuadra de Belgrano R parece ser una isla de tranquilidad en la gran ciudad. Fachada antigua y de color neutral por fuera, colores estridentes y ambientes amplios por dentro. El pintor hizo de esta casa su refugio. El lugar en el que cada mañana se levanta y siente ganas de pintar. Aunque llegó a este sitio con la ilusión de despertarse en medio de la noche con una gran idea y plasmarla, nunca pinta sin la luz del día. Vino aquí después de dejar un departamento del barrio de Once que antes había sido de Charly García y que ya se había tornado caótico para su trabajo. En la casa también vive Don Chicho, un labrador café con leche que insiste en acercarse al gran lienzo negro que todavía está fresco, repele con olor a tiner y todavía no tiene intervenciones. Es una de las dos obras que está en proceso; la otra -violeta- está en el piso superior. Kuitca dice que no fue un niño prodigio, sino uno precoz. Su primera exposición la hizo a los 13, en la galería Lirolay. Ese día de 1974 fue al colegio como siempre, pero lo terminó vestido con camisa y pantalón negro y rodeado de gente que lo duplicaba en edad. A sus compañeros no les avisó de su muestra: “Pensaba que me tildarían de maricón”. Pero de esa tarde, cuenta, recuerda cada detalle: “En mi imaginario los pintores eran hombres que vestían de ese modo, y tenían barba. Eso me faltó”, bromea. Hoy tiene 50 años, todavía prefiere los tonos neutros para vestirse y es el artista argentino actual más reconocido y mejor cotizado en el exterior. El año pasado vendió obras por un millón de dólares entre los Estados Unidos y Europa; durante esta semana saldrán a la venta tres obras suyas en Sotheby’s y Christie’s, una de ellas con base de 250 mil dólares, y tiene representación de galerías en el exterior. A pesar de que el éxito le llegó antes fronteras afuera, él eligió quedarse en Buenos Aires. “Alguna vez fantaseé con irme a las afueras, un sitio menos urbano, apareció también el sueño de la Patagonia. Pero jamás pensé en dejar

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“LOS ARTISTAS VIVIMOS PROBLEMAS DE LA OBRA COMO SI FUERAN EL FIN DEL MUNDO, QUE VISTO DESDE AFUERA ES ‘¿QUÉ HACE ESTE SALAME ENFRASCADO EN ESO?’. ES MUY DIFÍCIL SER UN ARTISTA SIN ALGUNA OBSESIÓN.”

En septiembre de 2012 mostrará en Nueva York las mesas circulares que, como ésta, dibuja desde 1994.

el país, en irme a Nueva York o Londres”, asegura. En esas ciudades es en donde expone con más frecuencia. “Es algo natural por el mercado”, sostiene de los destinos a los que viajaron sus obras y lugar en el que lo requieren. En mayo de 2012 exhibirá su obra reciente en la capital inglesa, y luego en septiembre mostrará en la Gran Manzana las mesas que dibuja desde 1994. En una de esas mesas circulares está sentado ahora, con un lápiz 4B en la mano derecha que cada tanto se posa y recorre la superficie blanca, y entrelaza garabatos con planos, trazos de fibras y colores, anotaciones, números de teléfono que le dictaron y lo agarraron desprevenido. Óleos, reglas, papeles, tijeras, cintas. Todo revuelto conforma la mesa de trabajo del taller principal de Guillermo Kuitca. - Tenés un gran lienzo negro recién pintado. ¿Cuál es tu momento más difícil frente a una obra? -Nunca es el comienzo, que es muy excitante. La tela en blanco no es un freno sino un estímulo. Pero en el medio tenés que tomar algunas decisiones que te pueden hacer la vida difícil. Los artistas vivimos problemas de la obra como si fueran el fin del mundo, que visto desde afuera es “qué hace este salame enfrascado en eso”. Es muy difícil ser un artista sin alguna obsesión. Es un momento muy privado que afecta tu humor. Lo ideal es poder salir, hacer otra cosa y volver. Pero siempre está ahí y lo más probable es que te quedes “arreglándolo” y lo arruines. Otro momento interesante, el “as en la manga” que tenemos los pintores, es la decisión de terminar un cuadro. La

gente ve eso que uno decidió dejar. Ahora me gusta así negro ese lienzo, pero es una montaña grande que se viene, un poco intimidante. - Cuando comenzás, ¿sabés a dónde vas a terminar? -No, para nada. Tengo un dato de por dónde voy a empezar. Es esa cosa un poco detectivesca de tener una pista y buscar el resto. Parto de algo concreto, pero no tengo idea de lo que puede ser después. VOCACIÓN SIN CUESTIONAMIENTOS. Se levanta alrededor de las 7:30, desayuna, y empieza a pintar. No lleva la cuenta precisa de la cantidad de horas que trabaja por día, pero dice que lo hace mucho y de manera intensa. “Deben ser seis horas, divididas entre mañana y tarde”, deduce. A pesar de que siempre trabaja una cantidad similar de tiempo, a veces tiene la sensación de que no hizo nada, y otros de que no paró un segundo. “Mi concentración es corta pero intensa, como que perdés el sentido del tiempo de lo que hacés”. Los sábados y domingos intenta no agarrar el pincel: “Me gusta acoplarme al ritmo de la ciudad”. Equipo de música, una Mac y un piano (desafinado) son los únicos elementos que no pertenecen al universo “pintura” pero que están en el taller. En otro ambiente hay una gran biblioteca y un televisor. Entre todos reúnen los hobbies con los que se despeja en su tiempo libre. “Hago las cosas de una persona normal”, simplifica. Dos días por semana va a la Universidad Di Tella, en donde se da la beca que lleva adelante hace 20 años, en la que participan 20 artistas con los que trabaja a la par. - Tu educación artística no fue académica, y sin embargo participás de un programa de formación más tradicional. ¿Cómo llevás eso? -Es un rol que me encanta, lo disfruto muchísimo. Creo que no hay mucho divorcio entre ser docente y ser artista. Trabajo con colegas, es algo que hago bien, y creo que tengo herramientas para entender el proceso por el que un artista puede estar pasando. Una empatía. No sé si puedo decir muchas cosas sobre mí, pero eso es algo que hago bien. Mi formación fue con una maestra (ahí sí cabe el término), Ahuva Szlimowicz, con quien trabajé desde los 9 hasta los 18. Mi formación no fue académica, y no diría que es lo ideal. Si hay un proceso adecuado que ayuda a abrir la cabeza,

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“UNO TERMINA UNA OBRA Y LO MÁS PROBABLE ES QUE SE DESPRENDA DE ELLA. ES COMO EL SEXO POR UNA NOCHE: DAS TODO Y DESPUÉS TE QUEDÁS SIN NADA, PERO LO IDEAL ES NO QUUEDARSE CON EL NÚMERO DE TELÉFONO.” a estar en contacto con el arte contemporáneo, está todo bien. No es academia versus arte. Pero yo me formé a los ponchazos. - Eras muy chico y tus padres son profesionales. ¿Cuando hiciste el click de que querías ser pintor? -Según cuenta la leyenda, yo iba a talleres de libre expresión, en donde trabajaba con materiales, y creo que sentí una necesidad de una formación más estructurada. Enseguida me di cuenta de que sería pintor. En realidad ni siquiera me lo pregunté. A veces siento una especie de nostalgia de lo que no se tiene: ¡yo no tuve que rebelarme contra nada ni nadie para ser pintor! Estaba dado de manera natural, hubiera sido más escandaloso que quisiera ser abogado, ingeniero o médico. No quiero sonar lastimoso, pero creo que me perdí un momento importante en la vida de un artista, cuando decide afrontar el desafío de serlo sabiendo que no vas a un lugar seguro. Te podés quedar sin plata, sin obra, podés fracasar mucho. - ¿Es verdad que no te gusta visitar tus propias exposiciones? -No voy nunca a una muestra mía, me da pudor. Voy a la inauguración y listo. Tam-

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poco hago de eso una gran cosa, no es que estoy con cara de perro o mala actitud en la inauguración. Todo bien. Pero trato de evitar los días siguientes. Hay veces en la que podés estar en la sala y nadie te va a reconocer, pero no me gusta interferir entre el público y la obra. Nunca sabemos qué pasa entre una obra y la persona. Quizá no pasa nada. Pero si pasa, es tan corto, frágil, que romper esa conexión, ese click que va a quedar en vos, prefiero evitarlo. Por eso pienso que no es mi lugar. - Cuando hacés una obra, ¿pensás en ese público que después te ve en una galería? -Es que no podés saber quién es. Si pensás en una persona hipotética vas a tratar de complacer y eso no sale nunca. Yo sé que no hago los cuadros para mí, pero tampoco puedo tener en la cabeza la mirada del otro, es muy difícil. Sí hay un otro dando vueltas, un colectivo de miradas concretas, imaginarias, paranoicas. - Vendiste muchas obras en el exterior. ¿Pensás en qué lugar estarán? -Sí, a veces lo pienso. Otras lo sé porque me toca mirar un resumen de las obras. Pero sé que los cuadros están en mejores manos cuando no están en las mías. Están

más cuidados, queridos, en el mejor de los casos. Te puede dar alegrías pero también tristezas, como pensar que una obra está muda, guardada detrás de otra. Uno termina una obra y lo más probable es que se desprenda material y afectivamente de ella, sino es mucho ruido en la cabeza. Es como el sexo por una noche: das todo y después te quedás sin nada, pero lo ideal no es quedarse con el número de teléfono. Soy un poco desaprensivo con mi obra. Está bien que los cuadros se vayan, que tengamos una distancia. Sé que no van a estar conmigo. No es mi naturaleza ser tan sentimental con mi trabajo. - ¿Te quedaste con alguna en especial? -Una de las cosas tontas que hice fue no haber armado una colección de obras mías. Quizá no me interesaba, no me tenía mucha fe o no pensé que los artistas podían tener algo así. Cuando se me ocurrió era muy tarde, dejé ir todo. Hoy, armar una muestra que cubra varios períodos de mi obra es muy difícil, porque está muy diseminada y los costos de armar una exposición son ridículos. Las obras viajan mejor que las personas, las transportan como si fueran “Giocondas” y en realidad


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son cuadros de un artista contemporáneo. No vas a ser tan tonto de creértela, es sólo una burocracia. Por suerte dibujos fui guardando y ése es mi tesoro. Sí tengo una “Camita amarilla” que se queda conmigo, y “En busca de la felicidad” (1984), que tuve tantos problemas legales para recuperarla que no la vendo más. ARTISTA ENTRE TELONES. En la gran retrospectiva que realizó en 2003 en el Malba sintió la exposición pública. También le pasó cuando hizo la puesta en escena de Cervantes en el Teatro Colón, después de hacer la de “La casa de Bernarda Alba” en el San Martín. “Esa propuesta generó una polémica del público que fue un poco innecesario a mi gusto. Me di cuenta que no era lo mío, no me gustaba la polémica. Pero sí me gustó el trabajo”, afirma. A pesar de que va poco a ver obras, el teatro es uno de los grandes gustos de Kuitca. Lo tomó como tema de su obra, y también se transformó en una actividad paralela. Le propusieron hacer el telón para la ópera de Oslo, que finalmente no se concretó. En 2009 lo convocaron para la ópera de Dallas, un edificio contemporáneo, que fue su primer telón colgado. Y después llegó el de la sala principal del refaccionado teatro Colón. “Había mucha expectativa alrededor de la reapertura y ver cómo se relacionaría con una sala de 100 años. Parece que fue aceptado con cierta benevolencia”, se ríe al comparar esta experiencia con la anterior en el teatro porteño. Además de las exposiciones de 2012, y una más que se hará en San Pablo, Kuitca tuvo pedidos repetidos: “¡Ahora no paran de llegarme pedidos de otros telones!”. Espera concretar alguna propuesta teatral en el corto plazo, pero confiesa que ya comenzó a preguntarse cuándo el próximo telón ya será demasiado. Sus períodos pictóricos fueron diversos (en tamaño, dramatismo, calidez, estilo) porque dice que siempre intenta sorprender. - Decís que te cuesta hablar de vos pero, ¿qué podrías decir de tu obra? -Desde 2007, que fue la exposición de Venecia, mi obra me desconcierta mucho. No sé por qué pinto lo que pinto. Antes seguía una secuencia, había un cuento, una lógica. Dentro de un mundo muy abstracto aparecieron lunas, cisnes, hay diálogo con el cubismo, volvieron a aparecer los mapas

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“UNO TIENE QUE REIVENTARSE TODO EL TIEMPO, SI NO ES UNA ESTAFA. TENÉS QUE SEGUIR TENIENDO INTERÉS EN LO QUE HACÉS. PINTAR A MÍ ME INTERESA. HAY ALGO QUE ME PRODUCE MISTERIO, CURIOSIDAD.” que había abandonado. No lo veo como un pastiche posmoderno, sino como un lenguaje que siento propio. Hoy, mi obra es puro desconcierto para mí. Estoy seguro del cuadro, pero no del relato. Reaparecen cosas inesperadas como los mapas, pero siento que si no me pasara eso, no podría seguir pintando. Me da la sensación de que uno tiene que reinventarse a sí mismo todo el tiempo, sino es una estafa. Tenés que seguir teniendo interés en lo que hacés. Pintar a mí me interesa, no sé si alguien más, pero a mí sí. Hay algo que me produce misterio, curiosidad. Lo mejor que tengo para hacer cada mañana es ponerme a laburar, y eso es una suerte. - Después de aquella exposición en el Malba no volviste a exponer en Buenos Aires. ¿Tenés planeado hacerlo? -Es una pregunta que... ahh. Cuando hice el Malba tenía muchas ganas, el museo recién se abría, era ideal. Dije:“¡Con esto voy a evitar responder cuándo expongo en Buenos Aires!”. Pero ya pasó el tiempo. Espero hacer otra para 2013 o 2014, pero tampoco quiero que se convierta en un tema “hace cuánto no expongo acá”. En 2003 mi ausencia anterior decía mucho, porque al mismo tiempo era una presencia insistente de vivir acá. En Buenos Aires está la gente que quiero, pero a nivel profesional me gusta que sea una ciudad más entre las tantas que hay. La próxima muestra podría ser en Rosario, no sé. No me gusta pensar que el mundo está dividido entre acá y todo el resto. El público es el mismo.


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Guillermo Kuitca: "Mi obra es puro desconcierto para mi" (7 Días)