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Discurso del Presidente Federal de Alemania Frank-Walter Steinmeier con motivo del acto de conmemoración del 80° aniversario de la „Noche de los Cristales Rotos“

9 de noviembre de 2018 en la Academia de las Artes en Berlín („Akademie der Künste“)

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Sólo es válido el discurso oral.-

Cuando unos días atrás me enteré del terrible ataque ocurrido en Pittsburgh, algo más se sumó a la consternación por el hecho lleno de odio y al dolor por la muerte de tantas personas. Fue el temor por un amigo, el cual 80 años atrás tuvo que dejar este país junto a su familia para salvar su vida. Conocí a Walter Jacob en oportunidad del centenario de la sinagoga en Augsburg. Su padre fue rabino de la comunidad, él mismo se crió en Augsburg – hasta aquel 9 de noviembre de 1938. La familia pudo huir, primero a Londres y luego a los EE. UU. Walter Jacob también eligió ser rabino en una comunidad en Pittsburgh, donde reside aún hoy. Gracias a Dios, no le ocurrió nada a él. Pero no quisiera comenzar este discurso sin transmitirle a él y a sus amigos que compartimos con él este doble dolor que debe significar para él este crímen. En estos días todos estamos de duelo por las víctimas de Pittsburgh y nuestros pensamientos están con sus familias y con los habitantes de la ciudad.

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Querida Jeanine Meerapfel:

„Es difícil“, escribe usted en su prólogo al libro de Michael Ruetz; „Es difícil“ imaginarse el miedo y la desesperación que desencadenó esa noche. Cuando intento concientizar ese suceso, que de pronto cuestionó todo orden de vida, toda certeza, todo lo obvio en lo cotidiano, me envuelve un miedo absoluto. „Tú eres judío“, escribe Jeanine Meerapfel, „y de pronto ya no existe ningún sitio seguro. Ninguna puerta, ningún muro te protege del odio. Nadie brinda su ayuda. Todos miran absortos.“

Damas y caballeros:

Las imágenes que Michael Ruetz ha recopilado, analizado y publicado en una edición fotográfica, muestran esas miradas absortas, que podemos observar: la mirada absorta curiosa y regocijada, la mirada absorta insegura, entusiasmada y maliciosa.

Porque la humillación de la población judía se producía aquí en Berlín, en Hamburgo, en Munich, en Francfort y en otras grandes ciudades del Imperio Alemán, pero también en localidades pequeñas y hasta en las más pequeñas a plena luz del día y en la vía pública. Hoy, hace 80 años, el 9 de noviembre de 1938.

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Las fotos de Ruetz nos recuerdan que la violencia y el saqueo, la exacción y la destrucción de la propiedad judía ocurrían a los ojos de todo el mundo, no al amparo de la oscuridad ni tampoco en un única noche de pogromos. Por los testimonios de aquel tiempo sabemos que los iracundos no sólo fueron miembros de las SA y del partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP). También los vecinos se convirtieron en saqueadores y victimarios. Fueron días. Días en los que se perdió muchísimo: amigos, vecinos, bienes, tierra natal, confianza, seguridad y protección. Muchos perdieron sus vidas.

También se perdió lo que definimos como dignidad. A las víctimas había que quitarles su dignidad. Sus verdugos envilecieron por sus acciones.

A cinco años de la asunción del poder por parte de los nacionalsocialistas, en aquellos días de noviembre de 1938 la sociedad alemana tuvo la oportunidad de mirarse a sí misma. Lo que vemos hoy son imágenes de una deformación. Nos horrorizan porque demuestran lo que el ser humano es capaz de hacer a su semejante, su capacidad de tolerar sin intervenir personalmente. Y también ponen de manifiesto que el odio es muy contagioso.

Las imágenes revelan la desprotección de las víctimas, su horror y su angustia. Son un presentimiento de lo que seguiría a esta privación de derechos: expulsión, tortura y asesinato. Atrocidad y millones de muertes, causadas por la Alemania nazi en toda Europa.

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Asimismo, las imágenes de aquellos días nos consternan también porque nos damos cuenta de que los perpetradores y los testigos presenciales se creían a salvo. Un pogromo es resentimiento exacerbado y llevado a la ira, al odio y a la violencia. Se obedece a los instintos más bajos – se incita a la codicia y a la crueldad. Sin embargo, quien cree reconocer ésto en los rostros de los espectadores, se equivoca. Por el contrario, el observador descubre en esos rostros más bien un sentimiento confortable cuando contemplan la desgracia de otros.

Este es el abismo que estamos viendo. Ésto nos atemoriza, y con razón. Porque ya aquí se reconoce el quiebre de la civilización, que finalmente condujo a Auschwitz. Nosotros, los nacidos posteriormente, sabemos que estas imágenes no muestran cualquier suceso ni nada que ya pasó hace muchísimo tiempo. Sabemos que ocurrió aquí y en ningún otro lugar, que los bisabuelos y las bisabuelas se encontraban entre los perpetradores y los espectadores. Sabemos lo que ocurrió después y que este pasado, retratado en imágenes, es parte nuestra. Quisiéramos alejarnos de este gentío y de esta o aquella imágen, pero las mismas no nos sueltan.

Nos retienen, al igual que retienen a Jeanine Meerapfel. Ella nació en 1943 en Buenos Aires, en el seno de una familia judeo-alemana que pudo huir de Alemania. Ella sabe, que un pánico vivido no desaparece porque ya ha pasado.

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Damas y caballeros: En el contexto de los pogromos de noviembre de 1938, nos hemos acostumbrado a referirnos a la desmoralización y barbarie de los nacionalsocialistas. De este modo diferenciamos a la barbarie de aquéllo que denominamos cultura, de aquéllo que somos o, en realidad, quisiéramos ser. Hacer esta diferenciación es importante. Sin embargo, también induce al error de que se podría separar a la barbarie de la propia historia e identidad y, de este modo, dejarla librada al olvido. Una y otra vez escuchamos frecuentemente, que la memoria de los crímenes cometidos es deshonrosa y debería terminar.

Sin embargo, los crímenes cometidos contra los ciudadanos judíos europeos son inherentes a la historia e identidad alemanas. ¡Por esta razón no habrá en Alemania, ni hoy ni en el futuro, un final de la memoria!

Son parte inherente porque los crímenes contra la humanidad cometidos contra judíos también significaron una pérdida insustituible para la cultura alemana. La historia de este edificio, la Academia de las Artes, es un símbolo de ello. Albergó primero a la Academia Prusiana de las Artes, que entre 1933 y 1938 perdió a 41 miembros, excluídos por ser judíos o por ser políticamente inoportunos: Ernst Barlach, Ricarda Huch, Max Liebermann, Thomas Mann, Franz Werfel, Leonhard Frank und Arnold Schönberg, por nombrar sólo algunos de ellos. Fueron forzados a renunciar o fueron excluidos.

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Cada recuerdo de la época del poder nacionalsocialista es, al mismo tiempo, un recuerdo de esta pérdida. Está vinculado con el hecho de admitir que falta algo, que a todos nos falta algo, en el arte, en la música y en la literatura, algo que no ha sido pintado, algo que no ha sido compuesto y algo que no ha sido escrito. Tal como lo describe acertadamente Navid Kermani, el nacionalsocialismo „destruyó a la simbiosis más productiva de la historia cultural alemana, y dejó caer en el olvido un concepto de Alemania que disuelve las categorías nacionales, la Alemania de Goethe y de Heine como un universo intelectual.“

La pérdida es irrecuperable. Es una herida que jamás cerrará. Recordar los crímenes, la persecución, la expulsión y el asesinato de los judíos también remueve precisamente esta herida.

Aceptar el dolor que produce es parte de nuestra identidad, de la comprensión fundamental de nuestro Estado y de la identidad de nuestra Constitución. Este dolor está consagrado en su artículo e inciso iniciales: „La dignidad del hombre es intangible. Respetarla y protegerla es obligación de todo poder público.“

No obstante, en su prólogo al libro de Michael Ruetz, Jeanine Meerapfel también formula la siguiente pregunta:

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„¿Se puede vivir en este país?“ ¿En un país, en el que aún se producen ataques antisemitas, en el que las agresiones contra cociudadanos judíos e instituciones judías se han incrementado?

Damas y caballeros:

La pregunta „si un judío puede vivir en este país“ demanda una respuesta, y como Jefe de Estado de este país yo afirmo que: Es nuestra obligación procurar que ningún judío en Alemania responda a esta respuesta con un „No“. ¡Junto con usted, querida señora Meerapfel, con las ciudadanas y con los ciudadanos a nuestro lado y en nombre de nuestro Estado deseo ratificar también que nuestro país quiere recordar en el futuro que no toleramos ataques y desmanes, como muestran las imágenes de Michael Ruetz, y que nos resistimos al antisemtismo en cualquiera de sus formas de expresión.

Porque en un país, en el cual no pueden vivir judíos, todos nosotros tampoco podemos ni queremos vivir. O mejor dicho: Sólo si los habitantes judíos se sienten seguros y en su hogar en Alemania, entonces esta República Federal también es el hogar de todos.

En esta sociedad, para la cual es primordial la protección de los Derechos Humanos, no debe existir espacio para el antisemitismo. Este principio rige para todos los que habitan con nosotros en este país. Debemos cumplir con nuestra palabra. Es la palabra de nuestra Constitución. Y no la traicionaremos.

Discurso del Presidente Federal de Alemania Frank-Walter Steinmeier con motivo del acto de conmemora  
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