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FACUNDO INFANTE, UN SOLDADO Y POLÍTICO QUE HONRA A EXTREMADURA

Retrato de don Facundo Infante

Hablar de Villanueva del Fresno es ponerse al momento en contacto con lo más hermoso de la naturaleza de Extremadura: el impoluto azul de sus cielos atravesado por la cruz de las abundantes cigüeñas que vuelan muy altas, tomando los vientos; o al atardecer, cuando los cielos extremeños se encienden de rojas lenguas de fuego mientras el sol se esconde tras la raya portuguesa, la bella imagen de las bandadas de aves acuáticas que buscan su refugio en los humedales cercanos; la tensa calma del pescador de tencas en los abundantes ríos y charcas de su entorno; la pureza de su aire que arrastra desde las lejanas sierras perfumes irreconocibles que nos dejan transidos de ensueños. Pero sobre todo, la belleza de sus campos. Unos campos anchurosos, de una profundidad indescriptible donde se recortan, a lo lejos, las suaves curvas de las serranías lusitanas: unos campos de un verdor inenarrables, pespunteados por una sugerente paleta de colores de sus abundantísimas flores y adornados por miles de centenarias encinas y alcornoques que conforman una estampa bucólica por donde hozan y engordan cientos de cerdos ibéricos, el animal más preciado de la gastronomía nacional y verdadero símbolo comercial de esta comarca extremeña.

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Una bella estampa de la plaza del pueblo, con su Ayuntamiento

Villanueva del Fresno está situada en la parte más occidental de la provincia de Badajoz, a pocos kilómetros de la frontera con la vecina Portugal, bajo cuya soberanía estuvo hasta el siglo XVII con el nombre de Vila Nova de Portugal, en lo que hoy se denomina comarca de los Llanos de Olivenza, a cuyo partido judicial pertenece actualmente desde el año de 1834. La mañana del 19 de febrero de 1786 arrastra vientos muy fríos que dejan las calles del pueblo vacías mientras las agujas de los carámbanos se descuelgan desde los tejados de las casas y desde las cornisas de su alta y elegante iglesia; las riberas de los ríos y los numerosos humedales que circundan el caserío están helados en estas primeras horas de la mañana y solamente el humo de las chimeneas señalan que la vida sigue en el poblado, aunque esta vida esté circunscrita al interior de las viviendas. En una de las calles principales del pueblo, se oye el paso de dos caballerías que arrancan chispas de fuego del empedrado mientras que los dos cabalgantes se saludan displicentemente: - ¡Aaaay, Remigio! ¿ahonde vas con estos frios. Se te van a quear los deos como bellotas? - ¡Hyyyaa, Renco!, hay que trabajá. Peó lo estará pasando señá Catalina, que por lo que veo está pariendo. En una casa de esta calle principal del pueblo, a estas horas tan tempranas de esta mañana tan fria del invierno extremeño, cuando la escarcha pone una fina capa blanca sobre la abundante hierba de la dehesa, hay un ir y venir de comadres que intentan ayudar a mitigar los dolores de parto de la dueña de la casa.

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Cuando el Remigio vuelve de su agotadora jornada de labranza, ya con el sol en franca retirada sobre las suaves y adormecidas serranías colindantes, todavía puede vislumbrar movimientos inusuales en la casa de don Juan Infante. Por eso, con la curiosidad de buen vecino, pregunta por el buen final del parto: - Un varón, Remigio, y paece que bien bragao. Lo que no sabía el anónimo informante, mucho menos el Remigio, era que aquel varón que llegó al mundo entre los imprescindibles llantos de quien se agarra con fuerza a la vida, estaría llamado a ser uno de los hombres más importantes de aquel pequeño pueblo colindante con la frontera portuguesa, así como de su tierra extremeña. El niño, que sería bautizado pocos días después en la iglesia parroquial y al que le sería impuesto el nombre de Facundo, crecería en un ambiente de libertad como solamente puede darse en pueblos donde la naturaleza en el mejor maestro que puedan tener mentes tan avispadas como la de nuestro protagonista.

Foto de época de Facundo Infante

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Facundo Infante encarna en su persona las enormes tensiones políticas y sociales de un siglo, el XIX, que será definitivo para fijar el futuro del reino de España y en el que se conseguirán los mayores avances en los derechos de libertad individual de sus ciudadanos. Después de sus primeros estudios en la capital de su provincia, Badajoz y más tarde en Sevilla, con 21 años, como buen ciudadanos español que ve como los destinos de España están siendo vulnerados por las tropas francesas con el consentimiento del absurdo monarca Carlos IV, ingresa con el grado de Subteniente del Regimiento de Infantería Leales de Fernando VII, por entonces llamado “El deseado” príncipe de Asturias, en 1808. Las historia de estos ajetreados y violentos años registra suficientes y bien conocidos ejemplos de abnegación y entrega de sangre y vidas para defender la causa realista, que el cruel y sanguinario rey felón nunca supo reconocer, mucho menos agradecer, más por el contrario, sintiéndose agraviado por lo que él y su pandilla de asesores consideraron una afrenta a su poder soberano, emprendió una sangrienta caza de los elementos liberales que le habían aupado al trono, aunque él se empeñara en su cobardía y sumisión al Emperador francés, en renunciar al mismo y entregárselo, perjurando, a los enemigos de sus reinos (En otros trabajos nuestros hemos hablado de los enfrentamientos del 2 de mayo por el pueblo madrileño, del exilio de importantísimos personajes de la Política, de las Artes y de las Letras huyendo de los cuerpos represivos reales o, de los cobardes ajusticiamientos en la horca o frente a un pelotón de fusilamiento de valerosos soldados liberales como Riego, Lacy, “El Empecinado”, Beltrán de Lis, Díaz Porlier, etc).

Orla de los directores generales de la Guardia Civil

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El primer contacto con la guerra del joven extremeño será el 27 de junio de 1809 en los campos de Talavera de la Reina (Toledo), donde se enfrentan los ejércitos aliados (Reino Unido y España), a cuyo mando se encuentra el futuro duque de Wellington, contra las tropas de los ejércitos napoleónicos dirigidos por el general Victor. La batalla entre estos dos grandes ejércitos será muy costosa en vidas de soldados en los dos días que dura el enfrentamiento (7.000 del lado francés, 5.000 entre los ingleses y unos 1.200 entre las tropas españolas). Viendo la imposibilidad de victoria y sin poder recibir refuerzos del exterior, las tropas francesas abandonan el campo de Talavera y se repliegan hacia Cazalegas, mientras que Wellington, en contra de la opinión del general Cuestas, ordena no perseguir al resto del maltrecho ejército francés y decide abandonar la zona dejando las tareas de cubrirle la retirada a las tropas españolas que, el 8 de agosto se enfrentarán en el Puente del Arzobispo a las tropas del general Soult, quien desde Plasencia había intentado sin éxito reforzar al ejército vencido en Talavera. El resultado del enfrentamiento también fue favorable a las tropas españolas, menos numerosas, posiblemente por los desencuentros entre los mandos responsables del ejército francés, que no supieron –o no pudieron– aunar esfuerzos para desarbolar a las tropas del general Cuesta.

Grabado del general Infante al final de su vida

La guerra contra el invasor francés llegaba a todos los puntos de España, muy especialmente en la zona sur, muy cerca de San Fernando (Cádiz), donde se habían refugiado la totalidad de los miembros del gobierno español y muchos de los más importantes personajes liberales. 5


El 5 de marzo de 1811 tiene lugar, muy cerca de la capital, la batalla de Chiclana, también llamada batalla de la Barrosa, en donde un combinado anglo-portugués se enfrentó y venció a las tropas francesas, con el número considerable de bajas por ambos bandos. Otro de los puntos importantes de enfrentamiento con el ejército invasor donde participa de forma relevante nuestro personaje fue el de la batalla de La Albuera, a pocos kilómetros de la ciudad de Badajoz, el 16 de mayo de 1811, combatiendo nuevamente un combinado hispanoanglo-portugués al mando de Wellington, frente a los bien pertrechados ejércitos napoleónicos a cuyo mando estaba el general Soult, que desde la batalla de Bailén en 1808 venían desgastándose en continuos y duros enfrentamientos por todo el territorio nacional dejando en cada uno de ellos importante número de muertos y material bélico. En las tres batallas descritas hasta el momento, participó nuestro personaje con mucho valor y decisión, de tal manera, que llamó la atención de sus mandos, siendo condecorado por su valiente actuación en varias ocasiones, llegando a alcanzar por méritos de guerra el grado de capitán al terminar la guerra contra el invasor francés. Pero para él, como para muchos españoles que habían sufrido y regado con su sangre el suelo patrio, la verdadera guerra, el verdadero sufrimiento, comenzaba en el mismo momento de poner pie en polvareda el ejército francés en 1814. Señalar que la llamada guerra de la Independencia (1808-1814), sin contar las numerosas e irrecuperables pérdidas materiales, bien por destrucción o por la rapiña de los soldados franceses, costó en vidas humanas, directa o indirectamente, es decir bien por muertes en combates o bien por hambrunas o enfermedades, la friolera de cerca de 900.000 vidas, siendo las zonas más castigadas (¡cómo no!) Andalucía, Extremadura y Cataluña.

Portada de la constitución de 1812

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Decíamos lo de comenzar el sufrimiento de Infante, porque una vez ganada la guerra contra los franceses y repuesto inmerecidamente en su trono el vil monarca que ha pasado a la historia con el nombre de Fernando VII, éste personaje, junto con su camarilla de incondicionales asesores (pertenecientes todos ellos a la nobleza más rancia y a la iglesia trasnochada), se encargó de vengar lo que consideraron una afrenta al tener que jurar la Constitución liberal de 1812, “La Pepa”, que recortaba considerablemente sus privilegios reales y hacía ciudadanos libres a sus súbditos. Entre los muchos hombres que tuvieron que exiliarse para no ser encarcelados o muertos por aquel cobarde rey a quien le habían recuperado su corona mientras él borboneaba con el enemigo, se encuentra el capitán Facundo Infante, hombre de tendencia liberal, que tuvo que exiliarse en el año 1819, para volver nuevamente a España y ser nombrado diputado por Extremadura en 1822, por muy poco tiempo. Lo que no habían conseguido por las armas las tropas francesas, derrotadas y expulsadas del país tras siete años de cruenta lucha por cada uno de sus rincones, lo conseguirían a partir del año 1823 cuando, nuevamente, la cobardía y el perjurio de un hombre que había jurado defender los sacrosantos derechos de su pueblo, permitiera la entrada de nuevas tropas francesas, los llamados Cien mil hijos de San Luis, al mando del duque de Angulema, finalizando un breve y prometedor periodo de libertad, para volver a la restauración del absolutismo. Frente a esta nueva ofensa a la libertad de la nación se levantan los militares liberales y le combaten fieramente, aunque son vencidos por unas tropas más numerosas y mejor armadas. El resultado, de nuevo el exilio, saliendo por Gibraltar y llegando a Río de Janeiro, para finalmente y atravesando Perú en condiciones heroicas, llegar a Bolivia, dada su amistad personal con el general Sucre, uno de los héroes de la independencia de Bolivia, quien nombró inmediatamente a su querido y admirado amigo español Ministro del Interior, en el año 1826.

El rey felón Fernando VII (1784-1833)

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A la muerte del odiado rey Fernando VII, son muchos los exiliados que se acogen a la amnistía promulgada en 1834 por la reina regente y Facundo Infante puede regresar a su querida tierra española, siendo nuevamente elegido diputado por Badajoz, en los años 1836, 1837 y 1939, llegando a desempeñar provisionalmente el cargo de ministro de Guerra, por enfermedad de su titular. A partir de este momento su carrera política y militar es imparable. En 1840 es nombrado Senador por Castellón, al mismo tiempo que Mariscal de Campo, culminando su carrera política al ser nombrado ministro de la gobernación durante los años 1841-42. En 1846 nuevamente es elegido diputado por La Coruña, pasando a alcanzar el grado de teniente general en el año 1848. Mientras tanto, su carrera política no ha concluido: en 1849 es nombrado senador vitalicio; diputado por Badajoz y por Baleares, en 1854 es nombrado director general de la Guardia Civil, uno de los cuerpos militares de más prestigio en España, creado en 1844 por el entonces ministro de Gobernación marqués de Peñaflorida para defender especialmente las zonas rurales del bandolerismo nacido a raiz de la finalización de la guerra carlista, bajo el mando del mariscal de campo don Francisco Javier de Girón y Ezpeleta, duque de Ahumada, simultaneando tan importantes cargos con el de presidente del Congreso entre los años de 1855 y septiembre de 1856, por votación de sus miembros, alcanzando un total de 134 votos de un total de 235. A lo largo de su vida militar ocupó varias capitanías generales, siendo desterrado a Baleares, cuya junta le nombró capitán general de las islas. Su último cargo político fue el de senador por Badajoz en el año 1871. Murió en Madrid, el 27 de diciembre de 1873, siendo director general de Inválidos; sus restos mortales, embalsamados, fueron enterrados en la cripta de la basílica de Nuestra Señora de Atocha.

Retrato del general de la Guardia Civil don Facundo Infante con uniforme de gala

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Le fue concedida la Cruz de Caballero de 1ª Clase de la Orden Nacional y Militar de San Fernando, agregado al Regimiento de Infantería de Irlanda, por: “…tras la batalla dada en las inmediaciones de Chiclana el 5 de marzo de 1811en que se batió a los franceses, sale seguidamente en la expedición, a las órdenes del General Zaya, que se dirige al Condado de Niebla, tomando parte en el encuentro y sorpresa de los enemigos (24 y 30 de marzo) que ocupaban a Moguer, donde fue herido, y aquellos derrotados”. R. O. de 25 de septiembre de 1835.1 Ostentando el empleo de Brigadier recibe, por R. C. de 26 de mayo de 1839, la 2ª Cruz de 3ª Clase de Caballero de la Orden Nacional y Militar de San Fernando: por las “ocurrencias” de Valencia… “sin embargo de ser también Diputado, en este año (1839) fue nombrado por S. M. 2º Cabo de la Capitanía General de Valencia; tomó posesión de su empleo el 5 de abril, el cual desempeñó hasta el 26 de enero del año siguiente (1840). Todos sus actos merecieron la aprobación de S. M. y del General en Jefe, así como los elogios de los Generales de las Divisiones y de la autoridad política y económica de la Provincia. Logró durante su mando en Valencia, la destrucción de varias facciones carlistas, entre otras, las de Yatova (Chiva) que quedó del todo aniquilada, y la de Palencia en la provincia de Murcia…”2

Basílica de Nuestra Señora de Atocha, en Madrid

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FACUNDO INFANTE, UN SOLDADO Y POLÍTICO QUE HONRA A EXTREMADURA