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La conversación del miércoles Ciclo 2011: El mundo en que vivimos 001000110111011 001000110111011 001000110111011 101110010001101 001000110111011

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Nuestra ligera época

y la liviandad de sus amores

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¿Qué es La conversación del miércoles?

La conversación del miércoles es un espacio de formación ciudadana destinado al encuentro con el otro a partir de la palabra, que tiene como foco el desarrollo de un tema o problemática. Dicho espacio tiene cuatro momentos: el primero es el grupo de estudio que se realiza el último miércoles de cada mes en el que se lleva a cabo una conferencia preliminar acerca del tema que nos convoca teniendo como referencia un libro en particular del pensador de nuestro tiempo elegido para cada ocasión. Luego de ésta, se lleva a cabo una conversación en la que, teniendo como base un fragmento leído previamente, precisamos líneas de abordaje, de desarrollo o dificultades a la hora de pensar el tema que nos convoca. El segundo momento, una semana más tarde, se realiza la conferencia central de La conversación del miércoles, ofrecida por Carlos Mario González, quien, tomando insumos de lo dicho en el grupo de estudio, elabora una conferencia en la cual desarrolla unas hipótesis y tesis que permiten abrir el diálogo con los asistentes. Siendo fieles a la palabra conversación, el tercer momento corresponde a la tertulia que se lleva a cabo en el deck del Claustro de San Ignacio el segundo miércoles de cada mes; ésta abre un espacio de discusión para que las preguntas y planteamientos que surgieron a partir de lo dicho en la conferencia puedan tener un lugar en el cual pronunciarse. Por último con este boletín pretendemos construir una memoria escrita del trabajo realizado en los momentos anteriores, para que cada uno pueda recoger las preguntas y reflexiones que allí surgieron y construya así su propia posición.

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Grupo de estudio Miércoles 27 de abril de 2011 Auditorio CorpoZULETA

Conferencia preliminar NUESTRA LIGERA ÉPOCA Y LA LIVIANDAD DE SUS AMORES

El ser humano es un ser esencialmente solo, desesperado por relacionarse, por encontrar una compañía para esa soledad. El amor, como lo expresó alguien muy bellamente, no es más que el abrazo de dos soledades, pero ese acercamiento crea tensiones y dificultades; una de ellas es la de construir con otro ser la vida propia; con un otro que pone en juego su deseo, el cual puede entrar en conflicto con el propio y de esa manera limitar las posibilidades que la vida puede ofrecer. Sumado a esto, el término relación parece haber cobrado un significado específico en nuestra sociedad: un encierro sentimental de dos seres a largo plazo, una idealización de la pareja que no da lugar a otros que estén por fuera de esa relación sentimental. Relacionarse debe, entonces, evitarse a toda costa; el esfuerzo debe estar en no concretar enlaces profundos, en los que se ponga en juego el ser. El compromiso no es más que una trampa donde se sacrifican otras experiencias, nos grita este tiempo. Existe un rasgo fundamental que define nuestra época: el consumismo, somos la sociedad del mercado, lo que significa que todo es tratado como mercancía, incluyendo los sentimientos humanos; pero el amor, por sus características, no permite ser tratado de esa manera. La experiencia amorosa se distingue por ser única, irrepetible, inapelable e impostergable; es algo que no se puede enseñar, que cualquier persona puede experimentar -aunque no está garantizado para nadie-, y que no sabemos cuando se manifestará. Las relaciones están siendo pensadas como una inversión: se pueden mantener mientras el beneficio personal es mayor al esfuerzo que implica dicha relación, el problema es que el amor no se puede pensar en términos de ganancia o de acumulación. Ahora bien, cuando sumamos las dificultades y el estigma que acarrea el relacionarse, la tendencia consumista de nuestra sociedad y las particularidades del amor, nos damos cuenta que cuando pensamos en crear vínculos, estamos frente a un gran reto, un reto que muchos han decidido no afrontar -pues parece ser que se han dejado convencer por esos discursos, que se propagan cada vez más por estos días, y solo buscan promover la individualidad, la ambivalencia, lo efímero, la novedad, el facilismo, la certeza, la seguridad, etc.- y creen preferible enlazarse en conexiones intranscendentes y desechables, que no comprometen el ser, y sólo crean la ilusión de compañía; y, que de alguna manera, eventualmente encontrarán la fórmula mágica, o mejor, científica, que les permitirá una felicidad eterna, sin ningún tipo de preocupaciones. El texto de referencia para esta conferencia comenzaba presentándonos al Hombre sin vínculos, un ser de nuestra época que tiene que afrontar una gran dificultad: la de construir sus propias relaciones, ya que éstas no están predeterminadas, a diferencia de otras épocas, por imposiciones de unos terceros; y la decisión de nuestros contemporáneos de emparejarse, ahora está impulsada por un deseo propio, lo que significa que el juego de poder-sumisión en la pareja ha cambiado y se hace necesario reconocer al otro como un igual, y al mismo tiempo, pensar que papel desempeñamos y que tenemos para ofrecerle. El amor nos confronta con ese dilema que es la fusión de la angustia y el goce; y por lo tanto, amar (como todo lo que vale la pena en la vida) es una apuesta y, como toda apuesta, implica cierto riesgo. La pregunta es sí vale la pena asumir ese riesgo, o simplemente resignarnos a la tranquilidad de la inacción. Álvaro Estrada García Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA 3


Grupo de estudio Miércoles 27 de abril de 2011 Auditorio CorpoZULETA

Discusión La primera intervención en el grupo de estudio marcó un interesante derrotero de análisis para el problema que nos convocaba: ¿está el amor en crisis?, ¿querrá decir esto que ya no funge de articulador entre seres humanos? Si el amor es un sentimiento que se supone cala hondo y se constituye grave y complejo, ¿no sería contradictorio adjetivarlo como “ligero”? ¿Podríamos decir que el amor quisiera enmarcarse en lo característico de esta época: la liviandad y superficialidad? Quien tomó luego la palabra apuntó a precisar lo que el amor viene significando desde el cristianismo, es decir, un sentimiento que implica necesariamente matrimonio y familia, pero con la palabra amor también se nombran afectos de nuestra vida cotidiana: un padre ama a un hijo, un hombre, por ejemplo heterosexual, ama a una mujer y de igual forma un amigo ama a su homólogo. Omitiendo la imprecisión de su uso cotidiano, el amor ha tenido diferentes acepciones en diferentes épocas: Grecia, La Edad Media, La Modernidad y su subsecuente Posmodernidad, esas por sólo mencionar lo concerniente a Occidente. Así las cosas, un asistente se animó a preguntar por “ese algo” que tiene el peso de más de veinte siglos sobre sí, pero que los seres humanos seguimos llamando amor. Que haya historia del amor quiere decir que hay transformaciones de éste a lo largo del tiempo, pero por consecuencia lógica, debe existir algo que permita hablar de amor que fue en Grecia y ha devenido amor en la posmodernidad; ¿qué será eso que se halla continuo en el significante amor que permite hablar de una historia?, ¿qué es eso que perdura? Jugando con la imagen propuesta por Bauman “amor líquido” una intervención propuso un sentido para entenderla: “puede ser que el amor, eso tan grave y tan hondo que invade todo, se desborde por doquier como si fuese líquido”. Si el amor es algo importante y comprometedor por principio, ¿qué es lo ligero dentro de él?, puede ser que esta época llama amor a algo que no lo es, o quizá, para evadir momentáneamente la dificultad de no poder precisar esta densa palabra, podríamos decir que sí es un sentimiento pesado pero es la forma en que esta época lo aborda la que lo hace superficial y liviano. En este sentido alguien más preguntó: ¿será que la posmodernidad trata al amor desprevenidamente pero éste no se corrompe como si fuese una sólida roca ante el trato violento de quien la patea? Al implicar que el otro se constituya necesario para nuestra aventura humana, el amor también trae consigo una posible angustia en tanto ese otro es un ser autónomo, libre y por ende perdible. El curso que esta época le da tal situación es el no compromiso y la no construcción de lazos imprescindibles con otros seres humanos; ahora, si la respuesta ante la posibilidad de dicha angustia es la no apuesta por el amor, y se acepta entonces todo lo que esta decisión implica (la no producción de significantes con otro, el desencuentro ante relaciones que pueden ser esenciales para un ser, etcétera), es sencillo concluir que se trata de una mala economía pues ahorrará angustias y quizá tristezas, pero al mismo tiempo ahorrará también las construcciones comunes de sentidos y la posibilidad de más fuertes y más enriquecedoras relaciones humanas. Otra posición emergió acerca de lo que puede significar el amor como algo líquido: “así como el agua que es vertida en algún recipiente, que de inmediato cobra la forma que se exija de ella, el amor puede estar arrojado al mundo tomando la forma “light” de ésta época”. De igual manera, como el agua que reposa impávida en el mismo recipiente, el amor puede tener un “algo” –así lo dijo quien desarrolló esta interesante imagen- que perdure detenido pero acomodaticio a la forma que el tiempo y la sociedad exijan. ¿Qué respuesta o alternativa hay entonces para quienes no buscan contactos humanos de corto alcance, que no se suman a las relaciones light pero tampoco comprenden el amor como un devenir automático en matrimonio y una concepción definida de familia? Pues bien, éste y sin duda otros más interrogantes nos han quedado del grupo de estudio, y acaso sea ya labor de aquel en quien estas preguntas han calado, ahondar en alguna respuesta. Vincent D. Restrepo Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA 4


Conferencia Conferencia Miércoles 4 de mayo del 2011 Auditorio Comfama San Ignacio

NUESTRA LIGERA ÉPOCA Y LA LIVIANDAD DE SUS AMORES

En nuestros días no nos cuesta aceptar que hay una historia del amor, es decir, que este sentimiento cobra formas, manifestaciones y lugares en la vida de los individuos y en la trama de la sociedad misma, diferenciables en el correr del tiempo y en los distintos ordenamientos sociales que se configuran. ¿Qué es el amor en nuestra época? ¿Qué significación alcanza en la vida personal y en la colectiva? ¿Qué ideales agencia? ¿Qué nexos tiene con el deseo y con la pasión? ¿Qué relación, en tanto sentimiento, sostiene con la institucionalidad social, por ejemplo, con la institución matrimonial? ¿Está el amor en crisis y, de ser así, se trataría ya de una crisis permanente e insuperable? ¿Ha concluido el ciclo histórico del amor, por lo menos en su versión pasional? ¿O se ha transformado el amor y, en tal caso, esta transformación qué beneficios y qué pérdidas acarrea con respecto a la vida y a sus realizaciones? Estas y otras preguntas están en el punto de partida de la reflexión que guió el curso de esta conferencia, preguntas que, como es obvio suponer, sólo se pueden enunciar dado que no hay aquí lugar para desarrollar sus respuestas. Tres frases podrían servir de emblema para distinguir a nuestra época: la de Marx: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”; una escuchada en boca de una joven estudiante en una cafetería universitaria y que condensa un sentido común que prima en nuestros días: “Nada es para siempre”; y una enunciada por el Futurismo de comienzos del S.XX y refrendada por las vanguardias artísticas: “Aniquilar todo lo creado”. Nuestro tiempo vive bajo la agobiante certidumbre de que todo fluye, todo pasa, todo se desvanece; certidumbre avalada por el acrítico y muchas veces ingenuo culto al cambio, que lleva a pensar que, por principio, todo lo nuevo supera a lo antiguo, que lo actual en gracia a sí mismo representa un avance cualificador respecto de lo anterior, que lo original que hace presencia vale por el mero hecho de haberse presentado y per se debe ser asumido, sino se quiere quedar rotulado con el intimidador epíteto de anacrónico. No cabe ninguna duda que parte de los graves problemas de nuestra época surge de la posición bobalicona que le rinde veneración a la novedad sin preguntarse para nada por la significación y el sentido que pone en juego y sin calibrar qué de lo logrado en el pasado constituye bastiones que merecen preservarse y desarrollarse. Para la tontería posmoderna así como un auto actual es superior en capacidad y potencia a uno de hace cincuenta años, no teniendo este último otro destino que el cementerio o el museo, así también cree que un filósofo o un novelista de ahora es superior a Platón o Dostoievski por el mágico hecho de que sean de ahora, de tal manera que el pensador griego y el escritor ruso –y esta tontería no se ruboriza al decirlo porque la arrogancia es un signo distintivo suyo- “son anacrónicos, pues pertenecen a una época muy distinta a la nuestra”. ¡Hay que vivir para ver hasta dónde puede llegar la necedad!

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Conferencia Conferencia

En nuestra época, rendida al “todo fluye”, cuatro rasgos atinentes a la calidad de nuestra condición humana se encuentran en retirada, afectados por una lamentable devaluación de su lugar y de su importancia en la vida personal y en la colectiva: la palabra, la promesa, el compromiso y el deseo. La palabra se desacredita como recurso para habitar significativa y poéticamente el mundo, se la desconoce en su dimensión de diálogo fecundo y se la reduce a la habladuría y a la condición de mero recurso instrumental para una comunicación interhumana que no levanta el vuelo más allá de la información capturada en el brillo fatuo de la novedad intrascendente. De la promesa como capacidad de anticipar el ser y los actos respecto del tiempo por venir, es decir, como voluntad para tomar una decisión que signe el futuro y para acatar su cumplimiento, nada se quiere saber, pues se asume que el ser humano, por principio, carece de consistencia y es una simple voluta sometida al imponderable de las corrientes que se le cruzan. También el compromiso, entendido como garantía de cumplimiento de algo pactado, se desconoce, en buena medida por la idea de que éste riñe con la libertad, suponiendo ilusamente que sólo es libre quien no se debe a nada ni a nadie. Igualmente, el deseo, esa fuerza vertebral de nuestro ser, ese eje rector cuyo reconocimiento hace causa y forja destino en nosotros, es desechado como rasgo esencial de la realización de la vida y en su lugar se sitúa el imperio del querer, es decir, de la apetencia inocua y efímera, siendo válido para esta época más que para ninguna otra lo dicho por Emily Dickinson: “Mucha gente quiere muchas cosas, poca sabe qué es lo que desea”. Ahora, estos rasgos del tiempo que vivimos marcan indefectiblemente esa aventura del ser que llamamos amor. Pero aquí hemos de detenernos para formular la pregunta: ¿a qué llama amor esta época? Está fuera de discusión que este término padece una verdadera inflación en su utilización. Se usa en demasía la palabra amor, pero no porque la gente hoy ame más, sino porque se usa cada vez más el término para nombrar experiencias de menor calibre, intensidad y significación, o, dicho en otras palabras, no es que nuestra época vivencie más el amor, sino que usa la palabra de forma más fácil y ligera. Por eso puede llamar con este término a relaciones fugaces y descomprometidas entre personas que piensan que todo vínculo serio menoscaba su autonomía y que todo propósito de forjar una historia de afecto compartida impediría su libertad individual. Un tiempo en que todo lo serio y lo grave se desacredita y en el que se exalta lo ligero y lo superfluo, es un tiempo que en lugar de plantearse modificaciones en los vínculos que permitan que el despliegue de esa fuerza vivificante y ontológica que es el amor no se haga incompatible con el deseo y la libertad–por ejemplo, interrogando radicalmente su modelo matrimonial y convivencial- más bien opta por aligerar el sentimiento, por reducirlo a una experiencia pueril e intrascendente, regida únicamente por el principio del placer y la demanda de entretenimiento. Para nuestra época el amor no es una demanda de ser, es una petición de lúdica y solazamiento. Por eso el objeto de amor antes que constituir un foco de detención en torno al cual y con el cual apostar por una historia en parte común, es un objeto para el consumo con las características que éste tiene hoy por hoy: efímero, desechable y sustituible. Abdicando de la palabra, la promesa, el compromiso y el deseo, el amor deviene relaciones de bolsillo, contingentes y espúreas, comandadas por una cuasi-patológica demanda de entretenimiento. No se apuesta porque la vida con otro arriesgue la construcción de una historia, se busca que el otro lo entretenga a uno, es decir, le depare un placer puesto en la línea de olvidarse de sí y del mundo. El individuo contemporáneo dividido entre querer relacionarse, por el temor que le depara la soledad y el abandono, y, al mismo tiempo, no queriendo vincularse, por la coartación que le impone todo compromiso, se inclina por relaciones laxas, de fácil entrada y salida, centradas no en el deseo sino en el gusto y el entusiasmo fugaz, eligiendo objetos prescindibles, tan prescindibles como él mismo lo es para el otro, constituyendo vínculos frágiles y condenados a una ruptura las más de las veces caprichosa, vínculos de bajo riesgo en los que se apuesta poco para garantizar que el fracaso que se considera ineludible implique perder poco, aunque también son vínculos que no permiten ganar mucho, en todo caso, relaciones de “no-futuro” y en las que ambas partes se anticipan como mutuamente olvidables e intrascendentes en el contexto de las respectivas historias personales. En fin, muchas otras cosas se podrían decir acerca de la liviandad y de la intrascendencia de las relaciones que hoy se nombran como amorosas, y de hecho fueron dichas en la conferencia, pero la brevedad de esta síntesis impone ir concluyendo acá, dejando insinuados, entre otros, tres caminos por los que trasiega el sentimiento amoroso en nuestros días: el de la lógica del consumo, el de la sexualidad como escape obsesivo y el del culto a la electrónica. Carlos Mario González Profesor Universidad Nacional – sede Medellín Departamento de Estudios Filosóficos y Culturales Miembro Fundador Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA 6


Tertulia Miércoles 11 de mayo del 2011 Deck del Claustro de San Ignacio

“En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor, y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo. “ Estanislao Zuleta En este nuevo encuentro que nos reunió en torno a la palabra y que nos permitió vivenciar la maravillosa experiencia que depara la conversación, logramos juntarnos cerca de treinta personas, configurando un grupo de gran diversidad tanto en género como en edad; así constatamos que este espacio va nutriéndose mes a mes con una generosa participación y una férrea voluntad para poner en diálogo las diferentes interpretaciones, indagaciones, cavilaciones, perturbaciones, angustias, que tan importantes asuntos -y el de esta ocasión: el amor, con mayor razón- nos deparan. Nuestra tertulia comenzó situando que la vida humana puede desenvolverse de muy distintas maneras, que el amor y sus lógicas no escapan a tal posibilidad y que por tanto, pueden y deben ser interrogadas en una apuesta por enriquecer nuestras concepciones y experiencias a partir de la pluralidad que la discusión propicia. Ahora bien, en consecuencia con esta idea, tres preguntas se formularon para abrir fuegos en nuestra conversación: ¿Está el amor en crisis? ¿Decir “amor ligero” es una contradicción en los términos? ¿Qué se dice cuando se dice “amor”? Sin embargo, como lo que caracteriza a esta tertulia es que se realiza teniendo como referente la conferencia pública que el miércoles anterior se ha llevado a cabo, se recordaron varios puntos en ella ofrecidos. Por ejemplo, se situaron algunos de los rasgos que hacen de esta época un tiempo para lo ligero, lo volátil, lo endeble, lo frágil, pudiendo entonces resaltar entre lo más característico de quienes la viven, su acérrima individualidad, la incapacidad de poner en juego proyectos que trasciendan la esfera íntima y propia de cada sujeto, la ausencia de compromiso, el menosprecio por la palabra y el pensamiento, en fin, una sociedad que se caracteriza porque margina y cataloga como seres extraños, cuando no anormales, a quienes se muestran como deseantes o apasionados. Si bien otros rasgos se enunciaron, son estos los que nos ponen de cara a un amor que se adjetivó como liviano, líquido, propio de nuestro tiempo, adjetivación que generó varios de los interrogantes planteados por los asistentes en la tertulia: ¿es posible investir al enamoramiento de estas características? ¿Será que estamos entendiendo por enamoramiento otro tipo de vínculo que ya no contiene un sentimiento tan profundo, tan grave, de tanto peso? Así mismo, nuestro coordinador preguntó ¿nos reconocemos en estos rasgos?, recordando que este proyecto tiene sentido no como un ejercicio académico, sino como uno que se pregunta por la vida concreta que hacemos. Asumiendo el riesgo ante tamañas preguntas, una primera ronda de intervenciones situó inquietantes reflexiones en los asistentes: que el amor líquido, si interpretamos la metáfora, puede tomar dos sentidos: 1. líquido como aquello que se nos escapa, que se escurre entre los dedos cuando queremos agarrarlo ó 2. líquido señalando que, dado su carácter histórico, el amor es a la época como el líquido al recipiente, es decir, que toma las formas que ésta le impone, haciendo un reconocimiento de que las vías de la ligereza en que va nuestro tiempo, no sólo afecta las lógicas de la experiencia amorosa sino todas las esferas de la condición humana. Así entonces, ¿era el amor de antes, ese que se encuentra anudado a la institución matrimonial, el amor sólido? se preguntó alguien, y otra participante la siguió estableciendo que una reflexión que permita la diferenciación entre el amor, el apego y el miedo a la soledad, obligaría a una claridad en lo que sigue ¿sí eran tan sólidos los amores del pasado? A lo que siguió otra inquietud por la correspondencia entre una generación y un tipo de amor, preguntándose si el amor liquido es un asunto de adolescentes. La siguiente intervención de nuestros coordinadores se hizo requerida para recoger las participaciones, en un intento por aclarar lo dicho y relanzar más elementos para la discusión. Importantes asuntos se resaltaron: aquello que es historizable tiene tanto continuidades como discontinuidades donde pueden darse lugar, entonces, las conquistas y las pérdidas. ¿Ha sido una conquista que el amor no se encuentre ya sujeto al matrimonio y, en consecuencia, es ese tipo de vínculo el que se encuentra hoy en crisis? o ¿si reconocemos la primacía de las características antes mencionadas para la configuración de tan importante sentimiento, por qué no hacemos exigencias y demandas y permitimos que ellas imperen y gobiernen la forma de relacionarnos? ¿Qué es lo que comprometemos cuando nos arrojamos, arriesgándonos, a la vivencia del amor? 7


Tertulia

Ante la pregunta ¿qué se está dispuesto a comprometer en la vinculación con otro?, es difícil evitar la emergencia de los lugares comunes que imperan como los ideales de la relación de pareja: la felicidad, la seguridad, la tranquilidad, y paradójicamente, la ausencia de exigencias e intenciones en la relación. Otros participantes adujeron que era posible, cuando no necesario, generar vínculos de más hondura que requerirían, por ejemplo, una conjugación de gran esfuerzo y varias potencias en una relación: creación de nuevos sentidos, expansión de la mirada del mundo y el deseo como expresión del reconocerse en falta, una interacción en el tiempo, una indagación por el tipo de relación que se quiere construir. Pero en esta época de desprecio del pensamiento, ¿sí nos permitimos preguntas tan angustiantes como aquellas por el significado del amor y del enamoramiento? Indagaron nuestros coordinadores y la palabra retornó a los asistentes. El sentimiento amoroso es propio del ser humano y se ha transformado en el devenir de la historia; es, a su vez, una fuerza transformadora; su carácter histórico lo hace susceptible a la desaparición, evidencia de esto es la resignación y el silenciamiento con que se aceptan las imposiciones de la época, al igual que la censura que socialmente se ejerce sobre quienes atienden compromisos firmes, serios, de larga duración, de elevados ideales. Aquí emergió la pregunta por ellos, los ideales, como algo crucial, pues están directamente implicados en las construcciones amorosas que emprendemos, en tanto trazan horizontes de posibilidad y perfectibilidad; según sean los ideales que nos animen, así serán los amores que construyamos, pero esto no significa que un tipo u otro de ideales anulen la incertidumbre constitutiva del amor. Si bien desconocemos el rumbo preciso de una relación, ello no nos exime de asumir el compromiso ético de clarificar a qué tipo de construcción le estamos apostando nuestros esfuerzos. Si nos reconocemos como seres afectables y deseantes, nos comprometemos en la búsqueda de las más altas realizaciones sorteando con arrojo las más grandes dificultades que se nos presenten, abriendo de esta manera un lugar para darle cabida también, aceptándola como posibilidad, a la soledad como una opción para la vida. Quedaron muchas preguntas abiertas, elementos que no por amaño no pudieron ser abordados, anhelos de proseguir en la indagación; hasta el último minuto se expresaron claras intenciones de más y más participación, y esto nos llena de gratitud hacia los participantes y nos complace en aquello de ser posibilitadores de este espacio, pues nunca estará de más poner en común y en discusión lo que en soledad nos preguntamos. Diana Marcela Suárez Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA 8


Pensador de referencia “En todo amor hay por lo menos dos seres, y cada uno de ellos es la gran incógnita de la ecuación del otro. Eso es lo que hace que el amor parezca un capricho del destino, ese inquietante y misterioso futuro, imposible de prever, de prevenir o conjurar, de apresurar o detener. Amar significa abrirle la puerta a ese destino, a la más sublime de las condiciones humanas en la que el miedo se funde con el gozo en una aleación indisoluble, cuyos elementos ya no pueden separarse. Abrirse a ese destino significa, en última instancia, dar libertad al ser: esa libertad que está encarnada en el Otro; el compañero en el amor.” Amor líquido Zygmunt Bauman

Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco, es uno de los grandes pensadores europeos de la actualidad. Residente en Inglaterra, ejerce la docencia en la Universidad de Leeds y su trabajo ensayístico abarca numerosos sujetos, entre los que habría que destacar su personal tratamiento del enfrentamiento entre modernidad y postmodernidad, así como su obra dedicada a los movimientos obreros o la globalización. Para Bauman la dominación política no se alcanza sólo a través de la legitimación de los valores sociales sino a través de la combinación de seducción y represión, procesos que estudió en La cultura como praxis (1973), Modernidad y Holocausto (1989) y en Eticas postmodernas (1993), una crítica que amplía en sus obras más recientes A la busca de políticos (1999) y Modernidad líquida (2000), centradas en el fenómeno de la desaparición del espacio público. A lo largo de su carrera, ha intentado desarrollar una sociología crítica y emancipadora. Durante su infancia, Bauman creció en la Unión Soviética y posteriormente militó en el Partido Comunista mientras ejercía de profesor en Varsovia. Tras una purga antisemita fue destituido y decidió abandonar Polonia para instalarse en Leeds desde 1971.

Próxima conferencia: Nuevos amores, nuevas familias Texto de referencia: Nuevos amores, nuevas familias (1992) Vicente Verdú Miércoles 1 de junio 6:30 p.m. Auditorio Alfonso Restrepo Moreno Comfama San Ignacio (cuarto piso) Boletín de La conversación del Miércoles Edición del 18 de mayo del 2011 Revisión editorial: Alejandro López Sandra Jaramillo Diana Suárez Vincent Restrepo Diagramación: Vincent Restrepo

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Informes: Corporación Cultural ESTANISLAO ZULETA Web: www.corpozuleta.org e-mail: info@corpozuleta.org Tel: 234 36 41 Dirección: Cll 50 No. 78a - 89

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Boletín de La conversación del miércoles - mayo 2011  

Nuestra ligera época y la liviandad de sus amores

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