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CUENTO KILÓMETROS Un viaje a la lectura

Varios autores

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Cuento kilómetros Un viaje a la lectura

© Varios autores © Corporación Cultural Espacio Creamundos http://www.espaciocreamundos.cl/ Primera edición: octubre de 2015 ISBN: 978-956-9758-00-3 Registro de propiedad intelectual nº 258579 Coordinación: ((o similar, agregar)) Ilustración: Carlos Denis Arancibia Edición y corrección: Sebastián Garrido T. Diseño y diagramación: Gráfica LOM Concha y Toro 25 Fonos: (56-2) 2672 22 36 - (56-2) 2671 56 12 Impreso en los Talleres de Gráfica LOM Miguel de Atero 2888 Fonos: (56-2) 2716 96 95 - (56-2) 2716 96 84 Santiago de Chile, Octubre de 2015 Todos los derechos reservados. Esta obra no debe ser reproducida, registrada o transmitida, ya sea parcial o totalmente, de forma idéntica o modificada, por cualquier medio impreso, digital u otro, sin la autorización, por escrito, de la Corporación Cultural Espacio Creamundos. Impreso en Chile / Printed in Chile

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Prรณlogos

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Cruce de caminos: lectores, lectura y escritura

La Corporación Cultural Espacio Creamundos tiene como principios fundamentales el desarrollo humano, social y cultural, lo que se materializa en la realización de proyectos que vinculan la gestión cultural y el fomento lector en todo el país. En este sentido, apostamos por desarrollar el hábito de la lectura de chilenas y chilenos, aprovechando todas las posibilidades concebidas como espacios no convencionales. Algunos de ellos son los tiempos de espera y de traslado. A partir de la premisa que siempre es oportuno leer, generamos instancias de colaboración entre organizaciones públicas y privadas, en este caso con la empresa Turbus, la que ha confiado en nosotros para concretar ya este tercer proyecto de fomento lector de forma conjunta. Desde esa mirada, en la que ambas disciplinas se cruzan, es que hemos creado Cuento Kilómetros: un viaje a la lectura, concurso que se plantea como continuidad del proyecto Viaje a la lectura, el que consistió en la habilitación de cajas viajeras destinadas al préstamo de libros a pasajeros de buses interurbanos. Dada la buena recepción entre los pasajeros, es que decidimos que uno de los libros destinados al viajante fuera, justamente, uno realizado de manera colectiva y como resultado de un concurso, escrito por ciudadanos de todo el país, quienes comparten sus experiencias de viajes —reales o ficticios—, dando forma a un texto de gran calidad literaria, como es el caso de este que tiene en sus manos. Nos es muy grato compartir que el resultado de la convocatoria fue una sorpresa para todos, lo que reafirma nuestra prerrogativa de seguir con el propósito de fomentar tanto la lectura como la escritura, al mismo tiempo de dar cada vez más protagonismo al ciudadano cultural. En la presente versión del concurso recibimos más de 550 cuentos, de todas partes del país y de autores de todas las edades. Los relatos fueron evaluados por los ocho integrantes del jurado técnico y por un jurado de especialistas compuesto Jaime Collyer, Alejandra Costamaga y Fernanda Arrau, todos con amplia experiencia en el mercado editorial desde diversos ángulos.

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Y desde esta reflexión es que queremos proyectar esta instancia para que cada año participen más chilenos en este desafío de escribir y de leer, ya que el viaje es un espacio ideal para acompañarlo leyendo.

Corporación Cultural Espacio Creamundos

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Una lectura cerca para llegar lejos

Organizar el certamen literario que dio origen a este libro fue un viaje en sí mismo. Recorrimos con nuestra imaginación varias ideas a partir de lo que en el año 2014 llamamos Viaje a la Lectura, cuando dispusimos en algunos buses un carrito con libros y revistas para que, con el apoyo de nuestras tripulaciones, las personas a bordo disfrutaran sus kilómetros motivados por lo bien que hace leer, al entrar, precisamente, a mundos que se construyen de forma diversa en la mente de cada lector. En el verano de 2015 nos movimos haciendo una parada en Arica. Ahí estuvimos haciendo cultura con una actividad llamada «Caleta de Libros». Fue sorprendente darnos cuenta de que el verano, en lugar de dejar libros en cajones o libreros, es una extraordinaria oportunidad para que las páginas salgan a viajar a través de la imaginación de sus lectores. Leer, leer y leer ¡Qué buen ejercicio para desarrollar la creatividad, la capacidad de expresión y la cultura personal y, con ello, tanto crecimiento para enfrentar desafíos y aprovechar oportunidades! Y de la clásica lectura nos pasamos al viaje Premium: un concurso de cuentos para que, a partir de la temática del viaje, descubriéramos a tanto talento ávido por contarnos sus historias. Así nació Cuento Kilómetros: un viaje a la lectura, con el apoyo de la Corporación Cultural Espacio Creamundos y otros actores del ámbito de la cultura. Fueron kilómetros de imaginación, viajes que van desde historias sobre una bicicleta hasta paseos en automóvil y escenas en que un tren, un caballo o un bus son el centro más vivo del relato. Otros contaron cuentos de la vida misma, con miradas al pasado y giros al presente o al futuro. Decenas no mencionan caminos ni líneas férreas, pero sí consideran que la vida es un viaje. Todos valen, porque cada cual viaja a su manera y en Turbus ayudamos a que eso ocurra, al movilizar a 29 millones de personas cada año, al andar cada día lo que equivale a un viaje de ida y regreso a la Luna cuando sumamos los kilómetros recorridos cada jornada.

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Los 550 textos participantes dan cuenta del buen resultado de esta primera convocatoria que llegó para quedarse o para seguir viajando… Estamos orgullosos de que usted tenga en sus manos los relatos de personas que desean acompañarlo en un viaje a la lectura, tanto como ellos están orgullosos de que usted se traslade con ellos en ese derroche de imaginación viajera, tan orgullosos como estamos nosotros de que usted viaje con Turbus, cerca de nuestra gente para llegar lejos.

Víctor Ide Benner Gerente General

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Cuentos premiados

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Primer lugar Mi primer viaje con Lady Di

Maivo Suรกrez

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Maivo Suárez (Talcahuano,1964). En el año 1974 emigró junto a su familia a Argentina, donde estudió Trabajo Social en la Universidad de Buenos Aires y regresó a vivir a Chile, recién titulada, en 1988. Paralelo a su desempeño profesional, participó en talleres literarios y en el año 2013 realizó el Diplomado en Edición y Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Sus cuentos han recibido diversas distinciones, como el primer lugar del Concurso de cuentos policiales organizado por la PDI (2013), el primer lugar del Concurso de cuentos Municipalidad de la Pintana (2014) y el segundo lugar en el Concurso Revista Zánganos (2015). También fue finalista en Santiago en 100 Palabras. Algunos de sus textos se encuentran disponibles en web literarias y revistas digitales. Recientemente fue seleccionada por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, junto a otros seis escritores emergentes, para una actividad de difusión de autores nacionales.

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Un día de abril, cuando yo tenía catorce años, un auto atropelló a mi hermana. Hacía una semana Elena había cumplido los dieciséis, teníamos la misma estatura y, por una cuestión de idas y venidas, no estuve en el momento del impacto. Mi hermana asistía al colegio industrial adonde solo iban varones. Creo que ella y otra chica más eran la excepción. No quiso que la matricularan en el instituto comercial. En la básica las monjas le habían dado clases de mecanografía y desde entonces sus dedos odiaban las máquinas de escribir. El año en que la atropellaron, Elena cursaba tercero medio en la jornada de la tarde y yo asistía al comercial durante la mañana. Un trayecto de seis cuadras unía, si uno pasaba un lápiz sobre un mapa, nuestra casa con el paradero del colectivo. Lo de paradero, nada. Ni siquiera una garita. Allí solo había una pelambre reseca de tierra al costado de la carretera, rodeada de pasto, con algo de basura y un poco de barro en invierno, pero igual le llamábamos el paradero. La cuestión es que en algún punto de esa línea imaginaria nos cruzábamos, mi hermana en su caminata de ida y yo en la de regreso. Si Elena estaba apurada nos saludábamos con un frío movimiento de cabeza. Si yo estaba hambrienta, preguntaba «¿Qué hay de comer?». Si llovía intercambiábamos el paraguas nuevo que yo me había llevado en la mañana por el viejo que mi hermana traía en sus manos, como en esas carreras de posta donde los corredores se pasan algo. Ese día nos cruzamos cerca de casa y había guiso de lentejas para almorzar. Lo de las lentejas lo recuerdo perfecto porque en esos últimos meses, desde que papá nos había abandonado, comíamos mucha lentejas, pero el que nos cruzáramos cerca de casa es una conclusión que saqué a posteriori. También recuerdo el calor y que no había nada que presagiara lo que se venía. Descubrí esa tarde que solo en las novelas el cielo se nubla cuando los personajes están tristes, porque en la vida real las tardes siguen siendo luminosas aunque atropellen a tu hermana. Llegué a casa y me senté de inmediato a la mesa de la cocina a comer mi guiso. En eso estaba cuando a los minutos una mocosa de unos diez años llamó desde el portón metálico que daba a la calle. Mi madre salió, yo miré por la ventana y las vi hablar. Volví a mis lentejas y a mirar la televisión. Cuando mi madre regresó me 15

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contó que un auto negro había atropellado a una estudiante frente al paradero y que la mocosa pensaba que podía ser Elena, pero mi madre le había dejado en claro que mi hermana se había ido hacía mucho rato al industrial. —Debe ser otra estudiante —dijo mi madre y se metió una cucharada del guiso a la boca. La mocosa también había contado que la pareja del auto había levantado del asfalto a la estudiante y se la había llevado al hospital. Seguimos mirando la televisión sin decir palabra. A los pocos minutos, el silencio se convirtió en un enorme agujero negro que se tragó los sonidos de la tele, las sillas, la mesa, los platos de lentejas, la ensalada y el pan, hasta que mi madre habló y trajo todo el mobiliario de regreso a la cocina. —¿Cuánto hace que llegaste? —¿Media hora? —dije sin convicción. Vivíamos en una zona rural con una sola carretera asfaltada y pocas casas. No había teléfonos y en esos años no existían los celulares. Mi madre siguió almorzando y a ratos me miraba como si fuera a decir algo. Yo la miraba esperando y luego ambas tragábamos al mismo tiempo una cucharada de comida y nadie decía nada. —Si quieres voy al industrial —dije. Mi madre asintió. Corrí la silla hacia atrás, miré mi plato de lentejas sin terminar; me paré, me cambié la falda del uniforme por unos bluyines y partí. Apenas cerré el portón metálico me acordé de Dios. Comencé a rezar. Le pedí que no fuera Elena, prometí asistir a misa, velas a la Virgen, botellas de agua a la Difunta Correa. Hablé con Dios y le exigí que fuera coherente en su reparto de desgracias, que pensara en mi pobre madre abandonada por mi padre hacía apenas unos meses, y luego me acordaba de la verdadera víctima del accidente, porque de seguro no era mi hermana, y rezaba por la muchacha y su familia. Es increíble la de promesas que se pueden hacer en un trayecto de seis cuadras y cuando se tienen catorce años. Me costó llegar al paradero tan rápido como quise hacerlo. Mientras caminaba, me concentré en una visión de mi regreso, en la cara de alivio de mi madre, en mi hermana riéndose por la confusión. Una cuadra antes de llegar al paradero vi apoyada en un alambrado a la mocosa que había ido a mi casa. Era la hija del cuidador del corralón de materiales. Vivían 16

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en una mediagua de madera que apenas se sostenía. Me cubrí un poco la cara, no quería que me reconociera, pero la perversa comenzó a gritarme y a correr detrás mío. Cuando la tuve cerca no pude ignorarla. —Atropellaron a tu hermana. —No creo. Ella se fue hace rato. —Tenía el uniforme del industrial y tu hermana es la única que usa ese uniforme. Me temblaron las rodillas y odié el pelo sucio de la mocosa, la ropa de varios días que llevaba encima y la familiaridad con la que me habló. Seguí caminando, ni siquiera me despedí. Sus últimas palabras rebotaron en mi espalda: —En el asfalto hay sangre de tu hermana. Apuré los pasos. Me dije «no voy a mirar, no voy a mirar, no voy a mirar», pero a un metro de mí estaba la mancha de sangre y la huella de una frenada de neumáticos. Miré la mancha roja con fascinación. Era tan real. El colectivo llegó enseguida. El inspector me recibió en el hall del colegio. No quise alarmarlo ni entrar en detalles y dije que necesitaba hablar urgente con Elena. Se fue a buscarla a la sala. Suspiré aliviada, pero le agradecería a Dios solo cuando la viera. A los minutos el hombre regresó con un libro de asistencia abierto entre las manos. —La alumna Elena Rodriguez no vino hoy. Puteé a Dios, a las monjas de mi colegio, a la Difunta, a la Virgen y a los pocos santos que conocía. No había duda: la sangre era de Elena. Intenté calcular cuánta sangre había sobre el pavimento. ¿Qué parte de su cuerpo había chocado con el auto? ¿Sería un auto grande? ¿A qué velocidad? Debía regresar pronto a casa. Dejé al inspector con el libro cerrado bajo el brazo. Dije «gracias» casi en la puerta y salí. Caminé hasta el paradero de la esquina del colegio. Era una tarde luminosa con un sol a punto de estallar. El colectivo estaba casi vacío. Me senté y miré por la ventanilla. Una versión mía se había quedado en el colegio frente al inspector. Otra seguía en la cocina de casa comiendo el guiso de lentejas. Solo mi sombra iba arriba del colectivo fingiendo mirar el paisaje. En mi cabeza retumbaba una palabra. «No. No. No». Mi hermana no podía morir. Me bajé una cuadra después del paradero para no ver de nuevo la sangre de Elena.

Mi primer viaje con Lady Di

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Mamá estaba en el portón metálico junto a un par de vecinas. Supo lo sucedido apenas me vio aparecer en la esquina de casa. Se llevó las dos manos a la cabeza. Se le doblaron un poco las piernas. Una de las vecinas la sostuvo. Cuando me acerqué, dijo: —Era ella, era ella. Las vecinas ayudaron, mi madre entró a casa por su cartera y dinero, apareció un auto de la nada, el hombre que lo manejaba dijo que solo había dos hospitales y una clínica por el sector, que iríamos primero al hospital más cercano que quedaba a unos pocos kilómetros. Nos sentamos en el asiento trasero. Busqué el taxímetro pensando que era un taxi. Era solo un auto. Todo comenzó a moverse rápido. Me asustó la velocidad. Imaginé que chocábamos, que mamá y yo moríamos, que Elena asistía toda vendada a nuestro funeral y que el hombre del volante se salvaba y le contaba de nuestra preocupación. El viaje duró unos veinte minutos hasta la guardia del hospital. Estacionamos y nos bajamos los tres. En el mesón de entrada y ante las palabras enredadas que salieron de la boca de mi madre, el hombre la tomó de un brazo y dijo: «Déjame, Rosa, yo hablo». Él preguntó por una estudiante atropellada y yo me pregunté en qué minuto mi madre le había dicho su nombre. La mujer que estaba tras el mesón buscó en unas nóminas escritas con lápices de distintos colores. El nombre de mi hermana no estaba allí. —Quizás en el hospital municipal —dijo la mujer e hizo un gesto para que abandonáramos nuestro sitio y le diéramos el paso a una pareja que seguía en la fila que se había formado detrás de nosotros. Nos subimos de nuevo al auto los tres. Mi madre en el asiento del copiloto y yo atrás. Mamá comenzó a lloriquear. El hombre me miró por el espejo retrovisor y dijo: —De verdad que eres alta para catorce años. No contesté. Mi madre abrió una gaveta que estaba frente a ella y sacó un confort. Se enrolló unas vueltas de papel en una mano, guardó el rollo en la gaveta y luego se sonó la nariz. El hombre dijo que no llegaría con la bencina, que el otro hospital quedaba lejos, que sería una locura quedar sin combustible en medio de la carretera. Giró el auto y entramos a una estación de servicio. Imaginé que el hombre pediría dinero, que mamá sacaría un billete de su cartera o que diría algo así como «después yo le pago», pero nadie dijo nada. El hombre pagó en efectivo y seguimos el viaje. Mi madre preguntó a cuántos kilómetros quedaba el otro 18

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hospital y lo llamó por su nombre: Carlos. Él dijo que en veinte minutos llegábamos. Mamá había dejado de llorar y yo le había puesto una mano en su hombro para tranquilizarla. A ratos le hacía cariño en el pelo. Creo que balbuceé alguna frase de consuelo. Carlos dijo que las urgencias de riesgo vital las derivaban al hospital que habíamos pasado, ya que era de mayor complejidad que al que íbamos ahora y que la mujer del mesón le había dicho que quizás no eran tan graves las heridas. Yo no había dicho nada de la sangre en el asfalto. Mi mamá siguió haciéndole preguntas, que si Carlos esto, que si Carlos aquello. Me pregunté si sería un visitador médico experto en recorrer hospitales, el alcalde del pueblo o qué sé yo. Yo no recordaba en qué momento la mujer del mesón había dicho todo eso que él ahora explicaba, pero al parecer mi madre necesitaba creer y no ponía en duda sus palabras. Miré su reflejo en el vidrio parabrisas. Era un hombre mucho más joven que mi padre, casi no tenía arrugas y llevaba el pelo algo largo. Habló todo el viaje hasta llegar al segundo hospital, pero yo no lo escuché, porque iba pensando en la mancha roja del asfalto y dándole una segunda oportunidad a Dios con nuevas peticiones. Llegamos a un edificio nuevo de dos pisos con un inmenso letrero en color azul y fondo blanco. Cuando el auto entró al estacionamiento y pasó muy cerca, vi la pintura descascarillada de las letras azules y marcas de termitas en la madera. Estacionamos al lado de una ambulancia. Me demoré en salir de mi asiento y cuando por fin cerré la puerta del auto, ellos me habían adelantado unos metros. Dada mi altura caminaba algo encorvada, así que me erguí para correr y alcanzarlos. Entonces la vi tomada del brazo de Carlos. No me apuré y mantuve la misma distancia. Me pareció que ya no iba con ellos, sino que los seguía. Sentí una fuerte punzada en el estómago y recordé que no había terminado de almorzar. Me dije «es de hambre». En la entrada del hospital un hombre tan alto como mi padre abrazaba a una chiquilla que lloraba sin consuelo. Mi madre se dio la vuelta y me gritó que me apurara y luego entró junto a Carlos al sector de urgencias. Cuando crucé la gran puerta de vidrio después de ellos, un guardia que estaba en la sala me dijo, mirando la escena que se desarrollaba afuera, como si yo le hubiese preguntado: «Un tiroteo, le mataron a la madre». La sala de urgencia era más grande que en el otro hospital. Me mandaron a sentarme en las sillas que siempre hay en las salas de espera. Les dije que quería

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ir con ellos, pero mi madre regresó sobre sus pasos, me tomó con fuerza de un brazo y de un tirón me sentó en una silla. Enmudecí de vergüenza. —Son los nervios —dijo Carlos. Un calor me encendió la cara. Por suerte, el lugar estaba casi vacío. Los vi caminar hacia una ventanilla. Miré por la mampara vidriada hacia afuera. La chiquilla que antes lloraba estaba ahora casi en cuclillas sobre una escalinata y el hombre alto se había encorvado y la sostenía en sus brazos. Me pregunté donde estaría mi padre a esa hora. Cuando volví a mirar dentro de la sala de espera, divisé a mi madre y Carlos caminando por un pasillo. Él la llevaba abrazada por la cintura. Me detuve en el joven cuerpo de mi madre, su pelo largo y suelto, la blusa entallada, sus pantalones ajustados y sus botines con taco. Entonces caí en la cuenta de que entre el guiso de lentejas y mi ida al colegio de Elena, ella se había cambiado de ropa. Pensé con rabia que mi hermana se podía estar muriendo en esos momentos y mi madre estaba preocupaba de ponerse una blusa entallada. La odié. Me arrepentí de inmediato. Una puerta blanca se cerró tras de ellos. Pedí perdón a Dios y le dije que rezaría cien padrenuestros hasta que regresaran con noticias de Elena. Por un largo rato recé un padrenuestro tras otro, pero en algún momento los gritos de la última pelea, cuando mi padre se había ido de casa, me interrumpieron el santificado sea tu nombre y venga a nosotros tu reino. Mi madre y mi padre discutían en su dormitorio. Unos minutos antes de que cerraran la puerta, yo había visto la maleta grande abierta sobre la cama. Llevaban meses peleándose por las borracheras de mi padre. Con Elena ese día nos metimos en nuestra pieza y nos quedamos quietas y silenciosas para escuchar. Cuando mi padre comenzó a insultarla, mi madre habló y habló a todo volumen para hacerlo callar. O para que nosotras no escucháramos. En todas las peleas anteriores mi madre luego nos hacía un resumen: su padre está enfermo de los celos. Y sí, los celos lo tenían mal. No era desconocido para nosotras que papá se veía muy viejo comparado con mi madre. Yo suponía, entonces, que era inevitable que la celara. Pero ese último día la trató de sucia y vagabunda; y más tarde, cuando estábamos en el comedor, Elena y yo llorando sentadas en el sofá, él despidiéndose de nosotras tratando de explicar lo inexplicable, se refirió a mi madre con sarcasmo y la llamó varias veces en su tono burlón de siempre: Princesa Lady Di. Y en eso algo de razón tenía, supuse entonces. Mi madre en los últimos años había bajado de peso y se preocupaba mucho más de la ropa que se compraba, del maquillaje y esas cosas. Sí, la Princesa Lady Di. La cara de mi padre se esfumó y mi madre me abrazó de súbito en la sala de espera del hospital y me levantó de la silla. Detrás de ella, 20

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Carlos sonreía. Mi madre dijo que Elena estaba bien, que hacía una hora le habían suturado una herida en una pierna, nada grave, que en la ficha decía una caída, y que los médicos habían autorizado su traslado a la clínica para que le tomaran unas radiografías, ya que en el hospital estaban con mucha demora y la pareja con la que andaba la paciente estaba dispuesta a pagar. Comencé a sonreír muy lento. La voz de mi padre seguía en mi cabeza: «La Princesa Lady Di». Agradecí a Dios porque Elena no iba a morir. Estaba contenta, pero necesitaba sacudirme el cuerpo. Al parecer me había entumecido con tanto rezo. Salimos de la sala de urgencia, mi madre iba colgada del brazo de su príncipe y con el otro brazo me llevaba de la cintura y me arrastró hasta el auto. Yo apenas sentía el suelo bajo mis pies. Carlos miró su reloj pulsera y dijo que eran las cinco de la tarde. Cuando el auto salió del recinto me fijé de nuevo en la pintura descascarillada del letrero que decía Hospital Municipal. De verdad era engañador, de lejos parecía un letrero recién pintado. Con los años supe que solo dos kilómetros separaban el Hospital Municipal de la clínica privada. ¿En cuánto tiempo se puede recorrer esa distancia por una avenida sin mucho tráfico? ¿Diez minutos? Pero de todos los trayectos de ese día de abril, ese fue el viaje más largo. Mi madre iba en el asiento del copiloto hablando hasta por los codos. Y sí, mi padre tenía razón, la princesa a veces hablaba más de la cuenta y sonreía con mucha alharaca. Iba haciendo planes de paseos, de cosas que haríamos todos juntos, de vacaciones no sé dónde, tomándose a ratos el pelo suelto en un moño y acomodándose su blusa entallada, contándonos las películas horrorosas que había imaginado y cómo la posibilidad de la muerte le había hecho un clic en la cabeza. A ratos se daba vuelta en su asiento y me miraba. Yo iba atrás silenciosa como una oruga, enrollada sobre mí, en un viaje privado, íntimo, atando pequeños cabos de los últimos años, desarmando algunos nudos, recordando los gritos de mi padre y viendo por primera vez a mis catorce años a la mujer que era mi madre como nunca antes la había visto. En un momento Carlos me miró por el espejo retrovisor y dijo algo, pero yo hice un desprecio y miré por la ventanilla. Solo necesitaba ver y abrazar a Elena para no sentirme sola. También para que me acompañara en esos viajes en auto, en avión y en bus que mi madre comenzó a planificar esa luminosa tarde de abril. Muchos viajes y paseos que por cierto hicimos con mi hermana en los años siguientes, junto a una Lady Di cada vez más delgada y a un sinnúmero de príncipes distintos.

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Segundo lugar Intervalos

BenjamĂ­n Ignacio Cartes Vaccia

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Benjamín Cartes (Santiago, 1994). Cursó la enseñanza media en un establecimiento educacional de La Reina, para posteriormente ingresar a la carrera de Licenciatura en Medicina en la Universidad de Chile, el año 2012. Actualmente pasa la mayoría de su tiempo realizando prácticas en el Hospital Barros Luco-Trudeau, un centro de atención pública ubicado en la zona sur de la capital; desde ahí busca espacios para, a veces, hacer literatura, tímidamente inspirada en Murakami, Danielewski, Coetzee, y algún cuento de Cortázar leído cuando niño. 24

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Te encontraron boca arriba, derrotado en el asfalto más sincero de Santiago; es decir, a una altura indescifrable de la Gran Avenida, casi en invierno y bajo un cielo sucio de neón antiguo y tendido eléctrico. Tenías los ojos abiertos, la mitad del cuerpo empapado en orina y el resto decorado con manchas de espuma y otras cuantas de algo más, posiblemente sangre. O quizá vino. La mayoría de los que te vieron optó por creer lo último y, al pasar, te desecharon como otro borracho más, obscenidad de la calle o invocación trivial de aquello que resulta indeseado. Pero solo la mayoría, porque no todos la hicieron así. Cinco muchachos, que entre todos no sumaban un puñado de años, apretaron los frenos y descendieron de sus bicicletas para conocerte. Venían desde más al sur y olían a una tarde de risas largas y cerveza. Algunos habían compartido unos pitos y el viento, que a ratos llegaba desde el norte, los electrocutaba suavemente, volviendo un poco más torpe su forma de moverse ante la escena inesperada. De los más sobrios, uno se agachó hasta quedar a unos centímetros de tu rostro, que brillaba tórpido bajo la luz de una farola mal cuidada. Intentó recorrer con la mirada las manchas que surcaban tu ropa, pero algo lo hizo detenerse de pronto. «Es sangre», observó, como si su deber fuese alertar al resto. «Sale hueón, estái loco», replicaron unas voces que hasta ese momento no habían parecido interesarse demasiado en tu presencia. «Pero es sangre», repitió el primero, en una fonación idéntica a la de antes. De a poco todos se voltearon hacia ti y algunos fueron bajando hasta la altura de tu cuerpo. Desde ahí, en silencio, comprobaron el aire: más allá del olor violento de tu orina, se ocultaba un leve aroma metálico, algo que no tenía mucha relación con el alcohol ni con cualquier variante de desecho. Rápidamente buscaron una herida con los ojos, mientras los más involucrados al mismo tiempo discutían sobre qué diablos te había pasado. «Se mordió la lengua», impuso como de la nada el más joven de los cinco, que se había quedado quizá un poco más lejos. «Mi hermano es epiléptico y estos hueones, cuando tienen los ataques, se mean y se muerden la lengua. Por eso tiene sangre» .De pronto todos lo miraban con aires de algo que podría haber sido lo mismo sospecha que respeto; pero él, sin inmutarse, se acercó más a ti y te desabrochó el primer botón de la camisa como si aquello fuese la obra de un cirujano. «Mi hermano tiene que usar un collar donde dice que es epiléptico», explicó mientras todos lo repasaban, primero a él Intervalos

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y luego a ti y a tu cuello, con unos ojos de película que empieza o que de pronto parece que estuviese a punto de acabarse. «Quizá él también tenga uno», dijo como concluyendo. Pero tú naturalmente no llevabas ningún collar, ni te habían hablado jamás de que tuvieras epilepsia o algo parecido, ni siquiera otra enfermedad de las menos extravagantes; solo cuando niño el recuerdo de algo así como una sospecha de asma, por una vez que dijeron que te ahogaste en la parcela de un compañero, pero nunca te lo creíste mucho porque te encantaba correr por todas partes y después trabajaste ese verano ayudando en una construcción atiborrada de polvo y nada llegó nunca a ser mucho más que eso. «Qué raro», pensaron todos. Uno de los chicos que se había agachado eventualmente se puso de pie y dio unos pasos que lo alejaron del tumulto. «Hay que llamar a una ambulancia», dijo a los demás, en un tono nervioso pero serio. «Hueón, ni siquiera sabemos si está vivo o muerto», le respondió uno de los que seguía encuclillado al lado tuyo. «Y qué importa, si igual en cualquiera de los dos casos habría que llamar a la ambulancia, ¿o no?», dijo el primero mientras sacaba un celular que se veía más caro que la bicicleta de la que se había bajado hace unos minutos. «Ahora todos los pendejos tienen uno de esos», habrías pensado si hubieses podido verlo. «Y sí, demás», dijo el muchacho que instantes atrás había dudado. «Pero por lo menos podríamos tomarle el pulso. O fijarse bien si está respirando», dijo el más joven, que parecía monopolizarse la sensatez de las ideas. De pronto los cuatro niños te miraban al unísono el abdomen, a la espera de cualquier movimiento que pudiese esclarecer en algo su dilema, mientras el quinto marcaba los números correspondientes y esperaba la voz del otro lado, como apoyándose en el celular. «A ver, esperen», dijo uno que hasta entonces no había emitido una sola palabra. Se sacó los lentes que llevaba puestos y que eran de un corte tan sencillo que a ratos parecían no poder ser sino disfuncionales. Los limpió un poco con la manga del polerón y los puso bajo tu nariz, que en ese momento era poco más que una protrusión helada e inmóvil. Uno de los vidrios se empañó tímidamente, para luego desempañarse y volver a empezar en intervalos prolongados. «Está vivo», declararon entonces varias voces, en distintos grados de emoción. «Apura a la ambulancia, hueón», pidió alguien. «Ya, sí. Pero revisen si anda con la billetera o algo por mientras, pa’ saber cómo se llama, por último», dijo el del celular. Los más valientes te metieron la mano en cada bolsillo y hasta te buscaron por dentro de la chaqueta, pero esa noche la billetera la habías dejado en otro lado y contra eso no había mucho más que hacer. No pudiste escuchar cómo el del celular se deshacía en explicaciones mientras pedía la ambulancia, como si todo aquello, de alguna extraña manera, hubiese 26

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terminado por ser su culpa; y cada palabra que decía la entregaba un poco fuera de tiempo, un poco fuera de lugar; así de nervioso estaba él y en el fondo así, igual, estaba todo el resto. De todas formas, el muchacho hizo lo que tenía que hacer y la operadora terminó de tranquilizarlo cuando le dijo que una ambulancia ya iba en camino, que lo iban a ayudar en todo lo que les fuera posible. Después —y esto quizás te hubiese causado gracia— uno de los chicos dijo que la habían cagado, que obviamente junto con la ambulancia iban a llegar los pacos y algunos de ellos habían tomado y otros habían fumado; a todos se los notaba y ninguno era mayor de edad. «Quédate tú», le dijo alguien al más joven. «Con suerte tomaste un sorbo y, además, como erí más pendejo, a lo más te van a hueviar un poco y hasta ahí no más». El más joven protestó con fuerza y una o dos voces se levantaron para apoyarlo, aunque débilmente, como si por lástima más que convicción. De todos modos, nada de eso sirvió de mucho y, minutos después, eran cuatro las bicicletas que pedaleaban como una sola, desplazándose hacia el norte a lo largo de la avenida; y una quinta hacía guardia, inmóvil al lado de tu cuerpo lamentable. «Maricones», esgrimió entre dientes el más joven. Pero ya no había posibilidad de que lo hubiesen escuchado. Miró hacia la porción de la calle que se perdía camino al hospital y pensó que aquel viejo edificio —ya no sabía si feliz o tristemente— no debía estar a más de diez cuadras de donde se encontraban él y tú. Apretó con fuerza la barra de fierro que comandaba la bicicleta y sin doblegarse esperó dos minutos que le parecieron terriblemente largos, imposiblemente espesos. De pronto vio las sirenas tomándose la calle desde lejos; las luces azules y rojas rebotando en las ventanas antiguas, en una botella rota sobre el suelo. «Cresta», pensó mientras veía que un carro de policía se asomaba, de a poco, por un costado de la ambulancia. Te observó desde la altura que le confería la bicicleta y, a un solo tiempo, lanzó un suspiro y la media vuelta que lo dejó pedaleando como pocas otras veces lo había hecho, disparado hacia cualquier lugar que no fuera justo esa farola, justo esa vereda sucia que apenas te amortiguaba. Y aunque se moría de miedo, miró por sobre su hombro una última vez observar cómo la ambulancia, al fin, se había detenido al lado tuyo y unos monigotes de blanco y celeste se bajaban de ella, rodeándote con ademanes de prisa y urgencia. No volvió a buscar el carro de policía; pero sí te dirigió una última mirada mientras algo innominable le hacía creer que de golpe ibas a levantarle uno de tus brazos, que después seguro moverías tu mano, delicadamente, como diciendo: «Gracias».

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II En la víspera del viaje los objetos reposan en silencio, tendidos sobre una cama, quizá demasiado pequeña, pero que siempre está hecha y donde si no se ha dormido bien jamás ha sido culpa de ella. Ahí, cerca del respaldo, una mochila Head de color azul marino guarda un par de mudas de ropa, algunos artículos personales y una radio antigua que la tiene apunto de reventar; más allá, varias bolsas plásticas, marcadas con el logo desgastado de algún supermercado de provincia, encubren unos cuantos alimentos, una toalla y un par de zapatillas livianas, porque allá casi nunca llueve y probablemente los bototos estén de más; también hay una pila de libros —nada demasiado pretensioso; unas novelas de Verne y una colección de cuentos de Asimov— y una torre de casetes que alguna fuerza invisible ha derribado, desparramando sobre el cubrecama cajitas blancas y negras que, con lápiz azul, despliegan hacia el techo de la pieza los nombres del sonido que contienen en secreto; y, al final, casi cayéndose desde la cama al suelo, una rareza que había aparecido como de la nada unas semanas atrás, en una feria nublada de domingo —y por veinte lucas, aunque era plata, ante el impulso no hubo mucho que pensar—: una camiseta celeste con detalles negros, que en el pecho lleva el escudo de la Lazio y en la espalda un gran número nueve, coronado por cinco letras que se ordenan para deletrear: Salas. El hombre recoge la camiseta y se la pone por encima de la ropa que trae puesta de antes; luego se mira a un espejo que reposa contra una de las paredes de la habitación. Apenas le queda. «Pero al Nico le va a quedar grande», piensa. Sin sacársela, sale del dormitorio y entra al diminuto comedor donde lo espera una vieja mesa de madera; sobre ella hay un mapa de Chile, interrumpido a ratos por pequeñas anotaciones hechas con lápiz pasta, un cuaderno cuadriculado con una página a medio escribir, y un portátil marca Compaq de color gris marengo. El hombre se acerca a este último y enciende la pantalla. El ícono de la batería indica un veintiocho por ciento de carga y el del reloj que son pasadas las once de la noche. «Ya es tarde», piensa. «Pero en una de esas». Desplaza su dedo medio con cuidado por la superficie táctil y la presiona con fuerza una vez que el cursor está sobre el ícono de Skype. Tiene un solo contacto y está desconectado. «Es jueves», recuerda de repente. «Seguro lo mandaron a acostar temprano, como mañana tiene clases». Entonces cierra el portátil despacio, como si aquello fuese a quebrarlo. «Todo esto de la distancia es más que una lástima», piensa. Por lo menos el Nico no tiene problemas con los computadores y así pueden hablar un poco más seguido, sin las cuentas abusivas 28

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que amarran a los celulares; y con la cámara es posible —por ponerlo de algún modo— verse un rato las caras. Es cierto que ha sido todo un desgaste conseguirse un portátil decente sin pagar más de lo necesario, y mucho más armar la conexión en un pueblo donde ni siquiera la mitad de las casas tiene teléfono, pero dentro de todo ha valido la pena. Incluso se ha reído un par de veces enseñándole a la señora Carmen cómo usar internet. Y, a propósito de ella, los encargos. Se dirige entones hacia el cuaderno que espera inmóvil sobre la mesa. En la hoja visible se puede leer una lista escrita con letra ordenada, grande y manuscrita; hay una o dos faltas de ortografía y un par de movimientos bruscos que denotan los que podrían ser los inicios sutiles de un temblor. En su mayoría se trata de cremas para la piel y remedios para los huesos. «Cosas que solo venden en Santiago», había dicho la señora Carmen. Pero quién sabe. El hombre se aleja de la mesa y abre el segundo cajón de un mueble que se ha vuelto casi imperceptible en la oscuridad del comedor. Saca un fajo de billetes de distintos valores y los organiza en tres pilas que suman diferentes cantidades. Una para pagar la habitación cerca de Estación Central que ha reservado por teléfono unos días atrás; otra para las comidas en general, pero sobre todo para invitar al Nico a ese local de pizzas que le encanta pero al que seguro nunca va con su mamá; y una última con la plata que la señora Carmen le entregó para los encargos. Ella siempre ha sido amable y no vio por qué no hacerle un favor. Después se dirige de regreso al dormitorio e introduce el dinero del alojamiento en un bolsillo pequeño y externo de la mochila azul marino. La plata de los encargos y casi toda la de la comida las mete en su billetera, dejando algo de remanente para un bolsillo interno que ha zurcido él mismo en su pantalón de mezclilla, solo por si acaso. De pronto, se acuerda de los peajes y recorre los pocos cajones de la pieza hasta juntar un puñado de monedas de diverso tamaño y valor. Con eso bastará, piensa. Antes de acostarse despeja la cama de la mochila y las bolsas, los casetes y los libros. Casi se olvida de sacarse la camiseta de la Lazio y doblarla bien antes de dormir. Pero no es la idea llevársela toda arrugada, piensa después. Mientras se saca los zapatos le arroja una última mirada al mapa, apenas visible sobre la mesa del comedor. Serán unas diez, doce horas hasta Santiago. Pero los viernes el Nico se queda al fútbol y eso termina pasadas las cinco, así que con tal de salir muy de madrugada todo estaría bien. Quizás habría tiempo de sobra para las cremas y los remedios. Después de eso, se iría directo a buscarlo al colegio en San Miguel y, como luego de haber jugado uno siempre tiene hambre, pasarían a las pizzas, que no quedaban muy lejos de ahí. Aunque ya deben ser casi las doce, piensa de golpe. Apenas cuatro horas para dormir. Entonces cierra la puerta del dormitorio, apaga la tímida luz del velador —la Intervalos

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única que había estado encendida— y se mete bajo las sábanas con la esperanza de no pensar tanto y dormirse de pronto, sin sobresaltos. Esa noche sueña que atraviesa Chile en un auto de otra época, con su hijo en el asiento del copiloto. A las cuatro de la mañana del día siguiente, el hombre ya se aleja de la fachada verduzca de su casa y la señora Carmen, que se ha despertado solo un poco más temprano para despedirlo, le dice adiós con el gesto convencional coronándole la mano. Va levantando el polvo mientras cruza los caminos de tierra que conforman la figura de su barrio, atento a cualquier salida que lo encumbre rápido hacia el norte, por la carretera. El auto es un Lada Samara del 92 y la mayoría de las veces es un infierno, pero es mejor que nada y el Yaris —que tampoco era la gran cosa, aunque de todos modos era más que esto— hubo que venderlo poco después de separarse; la idea era aminorar en algo los costos de tanto trámite y en el fondo de tanta estupidez que una vez pagada termina por sentirse tan violentamente innecesaria: los abogados, los psicólogos, el colegio del Nico que por nada en el mundo iba a dejar pasar un día sin cobrarles; y también todo el traslado desde Santiago hasta este pueblo en medio de la nada, donde solo lo esperaban un puñado de recuerdos insignificantes y la casa derruida de los abuelos. Todo aquello había sido profundamente borroso: ahora le parecía que fue algo así como un sueño largo, o una película extraña en la que alguien le ha cortado, azarosamente, varios pedazos a la cinta. En cualquier caso, el desenlace lo había dejado solo, dando tumbos por una casa y un trabajo y —lo que verdaderamente le parece imperdonable— lejos de quizás lo único que había terminado por tener sentido para él. ¿Un año de mierda? Ponerlo así era poco, pero, por lo menos, el sur le resultaba agradable. Piensa eso cuando por fin toma la carretera y siente del otro lado del parabrisas la madrugada húmeda, vacía de luz pero de algún modo iluminada por la forma serena de los árboles. Sí, el sur en efecto era precioso y, además, en unas cuantas horas será la salida del colegio, el abrazo incómodo y después los regalos, la camiseta que ojalá lo vuelva loco, comer lo que él quiera y conversar sobre todo lo que les ha pasado, que al fin y al cabo estos meses sin verse no pasan en vano, no; pero en realidad el tema no importa mucho, podrían hablar de lo que sea, cualquier cosa con tal de reírse un rato los dos solos y de pronto, de algún modo u otro, todo lo demás habrá valido la pena. «Tiene que ser así», piensa. Ya hacía falta una vuelta de tuerca. Y aquello muy bien podría ser cierto; pero el universo juega con extraños designios y, minutos antes de las cinco de la mañana del viernes, al mismo tiempo que el Lada se esfuerza por domar la curva de una porción inusualmente sinuosa de la carretera, un hermoso 30

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caballo cimarrón —fina línea blanca sobre el hocico castaño— se arroja desde el verde hacia el gris de la carretera, huyendo de sabrá nadie qué peligro, si real o imaginario. El movimiento repentino obliga al hombre a desviarse, ya sin control, hacia su izquierda; y aunque en el fondo sabe que lo más sensato sería absorber de lleno el choque, un impulso infantil le impide dirigirse a secas contra la silueta súbita del caballo. Aun así el auto se gira e impacta al animal con la parte trasera, emitiendo un sonido sordo y opaco. Después serían los relinchos, las chispas que vuelan sobre la barrera de contención; y el hombre que se apaga lentamente mientras el animal, algo menos herido, regresa al centro de su bosque. Para cuando despierta los primeros rayos están a punto de romperse. «Ha pasado algo de tiempo, aunque no demasiado», piensa, como si no pudiera evitar sacar cuentas. Se toca el pelo y el rostro, pero no encuentra heridas ni rastros de sangre. Tampoco ve nada raro cuando se mira con cuidado en el retrovisor. Solo un extraño dolor de cabeza. Pasa su mano por la curvatura del volante y percibe como este se ha deformado tras el impacto. «Fui yo», piensa, recorriéndose la frente con la punta de los dedos. Vuelve a revisar en el espejo, pero ahí sigue la misma imagen. De pronto se da cuenta de que el motor del auto sigue andando y ello le parece una especie de milagro. «Podría manejar de vuelta al pueblo o hasta el hospital más cercano», se dice a sí mismo por unos instantes, pero de inmediato comprende que no, que jamás va a lograr convencerse. Observa una última vez su reflejo y siente de golpe la excesiva suerte de haber salido ileso, de que el auto que ya era moribundo haya quedado de pie después del caballo, pero sobre todo de aún estar a tiempo. «Porque aún estoy a tiempo», piensa. Quizás habrá que postergar los encargos o hacerlo esperar un poco a la salida del colegio, pero sin duda puede lograrse. Sí. Y en una vuelta de tuerca se sacude la cefalea, perdiéndose hacia el norte en la sola compañía de un deseo. III Por las mañanas, el hospital era un daguerrotipo de la abulia: antes de que el sol hubiese entrado por el hueco triste de una ventana rota, hace mucho que el ánimo ya había salido de los cuerpos, sin siquiera levantar la mano, como quien se despide a la pasada. Aun así, los camilleros resistían suspirando, colapsados entre el ir y venir de los pacientes —esos viajeros desgastados que se desplazan con el cuerpo tendido y una espera interminable que de pronto se les sube por los ojos—; Intervalos

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y todos ellos en conjunto daban a luz los movimientos frenéticos de una coreografía sorpresivamente diligente, entorpecida solo por la presencia inoportuna de alguno de los estudiantes, que se había detenido como siempre en el lugar equivocado, quizá para atrapar un respiro o tal vez sólo para desilusionarse un poco más de los doctores que no guardan en su mundo —tan elevado— el tiempo necesario para hablar de camilleros y pacientes, ni menos respirar o ponderar la etiología esquiva de las desilusiones. Así era la mayoría de las veces. Sin embargo, esa mañana el tiempo había decidido desacelerarse un poco y, en medio de la calma inesperada, un cúmulo de doctores y estudiantes se cristalizaba, algo incómodamente, en torno a uno de los negatoscopios. Un doctor, de unos cuarenta años o menos y que al parecer cumplía una suerte de rol pedagógico, dispuso una serie de radiografías contra la luz blanca del aparato. «¿Alguien podría decirme, con un grado de seguridad decente, de qué se trata esto?» preguntó en voz alta, mientras con una pluma de marca apuntaba los contornos de un escáner de cerebro. El alumnado se limitó a guardar silencio. «Tú», dijo el doctor, arrojando la palabra hacia uno de los estudiantes más viejos, «¿cómo se llama esto, aquí?» especificó mientras dirigía su pluma hacia una incipiente mancha blanca que coronaba el cráneo de la imagen con una silueta biconvexa. «Eso es un hematoma epidural» respondió el alumno luego de un instante. «Es producto de una hemorragia intracraneal». De pronto, todos lo miraban. El doctor frunció un poco el ceño y le pregunto si acaso estaba seguro de ello. «Sí, creo» dijo el alumno, como si algo repentinamente lo hubiese avergonzado. El docente entornó los ojos y lanzó un suspiro. «Sí», dijo, «en efecto, esta imagen corresponde a un hematoma epidural, y esta mancha blanca de acá no es otra cosa que la sangre que se ha ido acumulando dentro del cráneo del paciente, producto de lo que creemos puede ser una ruptura de la arteria meníngea media. Ahora, ¿quién sabría decirme la causa más probable de esta eventual ruptura de la arteria?». La pregunta del doctor recorrió los rostros en una sola y violenta pasada. «Un golpe en la cabeza», aventuró uno de los más jóvenes que estaba ahí presente. El docente se restringió a devolverle una mirada severa. «Un traumatismo craneano», corrigió una compañera del mismo año. El doctor se giró hacia donde estaba ella y le dijo, sin felicitarla, que sí, que efectivamente aquello era lo más probable. Parecía disponerse a proseguir con el interrogatorio cuando otra voz, más pequeña, se le interpuso. «¿Pero cuál es la historia, en concreto, de este paciente?», se había atrevido a preguntar la muchacha, interrumpiéndolo. El doctor, algo sorprendido, levantó una mirada breve, aunque terminó por dirigirla hacia nadie en especial. «No sabemos», respondió después, mientras daba la espalda a los alumnos para observar una vez más las imágenes. 32

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«Lo trajeron la noche del viernes», aclaró: «alguien lo encontró tirado en medio de la calle y llamó a una ambulancia. Al parecer había estado convulsionando, pero lo cierto es que a causa de su estado ni siquiera hemos conseguido identificarlo». Algunos estudiantes comentaron la situación en voz baja. «Ya, pero alguna idea habrán de tener, ¿no?», insistió de golpe la alumna, algo envalentonada. El doctor cerró los ojos por un instante y, sin darse vuelta, preguntó si acaso alguien sabía lo que era un intervalo de lucidez. Se oyeron algunos murmullos, pero nadie supo emitir una respuesta. «Bueno», dijo entonces el docente, mientras se volvía hacia sus pupilos con cierta parsimonia, «si bien se trata de algo que no suele presentarse en más de un tercio de los casos de hematoma epidural, el intervalo de lucidez es considerado una suerte de evento, digamos, clásico, de este». Los estudiantes se acercaron un poco más, como para escuchar con atención o pretender hacerlo. «En palabras sencillas», continuó el doctor, «lo que ocurre es que el paciente recibe un impacto inicial (mientras pronunciaba la palabra impacto, golpeó la placa con la tapa de su pluma, evocando el clac característico) que gatilla en él un proceso hemorrágico al interior del cráneo, ¿me siguen?». Unos cuantos alumnos movieron la cabeza en señal de asentimiento. «Ahora», prosiguió, «antes de que la cantidad de sangre acumulada producto de la hemorragia sea suficiente para comprimir el cerebro y, por tanto, causar manifestaciones neurológicas, transcurso que puede tomar hasta varias horas, el paciente suele ser capaz de continuar desplazándose por lo largo y ancho de su vida cotidiana, exento de problemas; después de eso, sin embargo, puede pasarle casi cualquier cosa». Los estudiantes habían vuelto a acercarse, situándose inapropiadamente cerca unos de otros, del doctor y de las placas. En la primera fila estaba la muchacha de las preguntas, quien no parecía del todo satisfecha con la exposición, a pesar de que probablemente todavía no había terminado. «Profesor», intervino con una voz algo más segura que las otras veces, «aún así no me queda tan claro qué es lo que nos quiere decir con todo esto». La mayoría de los ojos reposó violentamente sobre ella. «Me refiero a cómo es que eso del intervalo de lucidez se relaciona con la historia del paciente», aclaró, «o más bien con la historia que le falta». El doctor sacó de un tirón la placa del negatoscopio y se dirigió, ya malhumorado, hacia su alumna. «Lo que quiero decir, doctora, es que no solo nos ha sido imposible sacarle una historia al paciente, debido al hecho difícilmente despreciable de que este no escucha ni habla, sino que además lo escaso que sí sabemos de él, las circunstancias, el lugar y la hora donde fue encontrado, nos sirve de poco y nada, puesto que el evento que seguramente gatilló todo esto puede haberse, sin problemas, consumado horas, hasta días antes de que nosotros interviniéramos; así las cosas, por lo que usted Intervalos

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y yo sabemos, bien podría este hombre haberse tropezado en la escalera de su casa o haber sido atropellado por un camión, incluso lo pudo haber aplastado un elefante». Algunos de los más jóvenes intentaron soltar la risa, pero el doctor la cortó de inmediato. «Y como la veo tan interesada», continuó diciendo mientras le extendía la placa con las imágenes a la muchacha, «le propongo que lo examine con sus propios ojos y elucide su historia lo mejor que pueda, porque la espero completa y revisada para la visita de mañana. El paciente está en neurología, en la cama diecisiete» sentenció, mientras ante las miradas de pasmo desplegaba una breve retirada, sin entregar a nadie el lujo de una despedida. Después de eso la nube se disipó rápidamente; solo la joven estudiante, envuelta en un gesto a caballo entre la tristeza y la premura, se dirigió hacia el sector de neurología, a la segunda sala de hombres, a buscarte. Y por supuesto que ahí estabas, inconsciente y casi deshecho sobre la cama. Tenías el cuerpo amarrado a una serie de tubos y cables que parecía que nadie iba a descifrar jamás; y como te habían rapado para la operación se hacía algo difícil reconocerte, del mismo modo que ya casi no podía sentirse que todavía respirabas. «Está en coma», había dicho el interno a cargo de la sala a la muchacha que se disponía a examinarte. Antes de ella, varios se habían entretenido contigo: primero los que intentaron despertarte o hacerte reaccionar, naturalmente sin conseguirlo; después aquellos que te vieron como una oportunidad o quizá un objeto de algo que decidieron llamar aprendizaje y, de acuerdo a eso, te manosearon y auscultaron como si fueras una caja llena de secretos; eventualmente, los bromistas de rigor, que excusados en una coraza —supuestamente necesaria, inexorablemente triste— te utilizaron para matar, a tus expensas, su más silvestre aburrimiento. Sin embargo, la muchacha te trató con respeto. Te hubiese gustado su forma sencilla y diligente. Exploraba tu cuerpo en un silencio casi religioso, sin que pareciese escapársele un solo detalle; y aunque estaba ahí acatando órdenes, cuando se concentró para escuchar el ruido submarino que evocaba tu corazón cada vez que latía, no pudo evitar imaginarse una bestia herida y solemne, librando la última pelea en un mar terriblemente profundo. Después pensó en el futuro, en las cosas tristes de esta tierra larga y pasajera. Y, por un momento irrecuperable, fueron un cuadro hermoso, tú y ella, coronados los dos por un pequeño marco que llevaba inscrito el número diecisiete, para que todos supieran sin la sombra de una duda en cuál de esos lechos habías venido a apagarte.

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IV El hombre y su hijo se despiden en un abrazo que pareciese haberlos convertido en piedra. Inmóviles, se hablan en silencio mientras pasan a su alrededor las imágenes del día sencillo que compartieron: la espera a la salida del colegio, el saludo tenso resolviéndose de a poco en alguna conversación mundana, en la inevitable incursión hacia las preguntas más triviales —qué tal el clima y los estudios, así que hoy no marcaste goles pero sí diste una asistencia que te dejó satisfecho— pero que en realidad ocultaban el deseo temeroso de comprenderse, de levantar como fuera los puentes necesarios; después, en el auto, el diálogo más relajado, la sorpresa de la camiseta celeste y ahí, al ver la cara que puso el hijo, la felicidad excepcional de las expectativas que se cumplen por completo; y, ya casi al final, mientras se hacía de noche, la comida que compartieron en ese lugar que tanto le encanta, el que queda a pocas cuadras de su casa —cierto que a la pizza hubo que sacarle los pedacitos de tomate y algunas otras cosas, todo por una petición mañosa que el Nico levantó en el último momento—, pero qué gusto había sido verlo acabársela con fruición, descansando solo para soltar alguna anécdota o una carcajada, siempre con esa forma de expresarse tan cargada de simpleza y que llenaba de calma el espacio del restaurante. Pero todo eso había sido antes; ahora lo que toca es volver a separarse. El hombre y su hijo desarman pieza por pieza el abrazo que un momento atrás habían construido; y, al mismo tiempo, prometen volver a verse pronto. Tal vez uno de los días siguientes. Después de eso, el niño se pierde en la oscuridad de su casa, rodeado de una tristeza que aun así resulta visible; el hombre se ve algo más compuesto, pero lo cierto es que todo el camino desde San Miguel hasta la pensión en Estación Central se lo pasa navegando una suerte de espesa y oscura nostalgia. «Está más alto, más grande» piensa. «Eso significa que me estoy perdiendo de algo». Y mientras se estaciona en una calle mal iluminada y estrecha, aledaña a la pensión, lo invade la angustia al imaginar qué otras cosas se podría llegar a perder. Quizás, por ahora, eso no es lo que más importa, concluye en la lucidez de un instante y vuelve a pensar en la camiseta celeste, en las historias que se contaron, en las risas que se paseaban rebotando por las paredes del restaurante. Y una alegría que rara vez lo visita se instala de pronto en el centro de su cuerpo. Está a solo unos metros de la pensión cuando, casi por reflejo, se revisa el bolsillo del pantalón y comprueba que falta su billetera. En la pizzería, recuerda. Calcula que todavía está a tiempo y se dirige de regreso al auto; intenta hacerlo arrancar Intervalos

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un par de veces, pero pronto entiende que el motor se ha rendido y ya no hay caso. Entonces despliega una sonrisa algo triste y decide que está bien, que por otro lado ya ha recibido una suerte más que suficiente. Pasa varios minutos en el paradero, esperando en vano cualquier micro que lo acerque de vuelta a San Miguel. Finalmente se sube a un taxi que paga con el poco dinero que traía en el bolsillo interno, el que había zurcido en su pantalón; aun así, solo le alcanza para quedar varias calles más abajo de la esquina en la que se encuentra el restaurante. «La verdad es que no es molestia», piensa, mientras se baja del auto y se despide del taxista con un gesto; y por un breve instante, protegido por la luz exótica de los días verdaderamente buenos, todo ha valido la pena y no, nada podría ser una molestia: ni los preparativos tediosos que ha debido realizar antes del viaje, ni los obstáculos imponderables que encontró más adelante; ni la brisa helada que a ratos se pasea por la calle, ni este mareo extraño que lo invade de repente. «Nada de eso importa», piensa, mientras se echa a andar calle abajo por la Gran Avenida.

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Tercer lugar Iván Seménnikov

Federico Zurita Hecht

Iván Seménnikov

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Federico René Zurita Hecht (Arica,1973), es Doctor © en Literatura con mención en Literatura Chilena e Hispanoamericana por la Universidad de Chile. Además, es Licenciado en Lengua y Literatura por la Universidad Alberto Hurtado y ejerce como docente en la Universidad Alberto Hurtado y en el Instituto Profesional Arcos. También es crítico de teatro en el medio digital Revista Intemperie y autor de los dramas Se preguntan por la muerte de Clitemnestra y Mil y una formas de pago (este último coescrito junto a Gabriela Lobos Guillaume), ambos llevados a escena por la Compañía de Teatro La Porcina en 2011 y 2012, respectivamente. Autor del drama Apocalipsis a la hora de comer, llevado a escena por la Compañía de Teatro Pejelagarto en 2015 y autor de los libros de cuentos El asalto al universo (Eloy Ediciones, 2012) y Lo Insondable (La Pollera Ediciones, 2015).

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Ya me encaramaba en los treinta años cuando salí por primera vez del país en que nací. Curioso era aquel asunto, si se consideraba que descendía de inmigrantes, de mujeres y de hombres que, siendo muy jóvenes, niños incluso, habían dejado atrás su hogar y nunca regresaron a él. En la ocasión de mi primer viaje al extranjero, en agosto del año 2004, el destino fue Lima, la capital extranjera más cercana. Me quedé una semana en un hostal no muy cómodo, pero comí bien y conocí lugares bellos. Para mí, que nunca supe de lujos, fue un buen viaje. Un año después, ir a los aeropuertos se me hizo una actividad habitual. La llegada repentina del éxito literario, que incluyó traducciones a cuatro lenguas, me llevó en pocos meses, entre otros lugares, a Buenos Aires, Sao Paulo, La Habana, México, Lisboa y Madrid, en promoción de mi libro. Los críticos no fueron amigables y dijeron cosas como «Iván Seménnikov es un jugo de guayaba y pescado» o «cita a Virgilio, Balzac y Nabokov, pero no los entiende» o «alardea de la cáscara que cubre su inmenso vacío» o incluso «En consecuencia a su origen chino y ruso, su prosa no escatima en ingredientes disonantes». Sin embargo, mientras peor me trataron, más aumentaron las ventas de mi primer libro. La agitación inicial terminó. Luego vendrían otros estruendos. Antes, sin embargo, debía cumplir los compromisos editoriales. Debía escribir mi segundo libro. Fortuitamente, aún en la época de los viajes promocionales, pensé en escribirlo más adelante, mientras realizara otro viaje, uno a un lugar lejos de casa, donde pudiera fingir que realizaba el viaje de vuelta al hogar que mi abuelo paterno, un inmigrante más en mi familia, nunca realizó. «Sería una buena historia», pensé. Nunca antes tuve la plata necesaria para emprender el viaje que hice. Tal vez era un mal escritor, pero no era un petulante ni un ostentoso. París, Londres, Nueva York no estaban entre mis anhelos. En Madrid, al terminar las promociones, tomé un avión a Moscú y, desde allí, otro a Yakutsk, en Siberia Oriental, la ciudad más fría del mundo. Mi padre, que se llama Boris en honor a su abuelo que ni siquiera conoció, nació en 1938 en la misma ciudad sudamericana en que yo nací. Yo fui su cuarto hijo, el único que tuvo con su segunda esposa, una mujer china que nació en 1940 arriba de un barco en el trayecto entre Shangai y San Francisco. Mi abuelo paterno, en cambio, en honor de quien fui nombrado Iván, nació en 1890 cerca de Yakutsk, Rusia, pero sus ojos también eran achinados. Hasta 1908, mi abuelo 39

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Iván permaneció en Yakutsk donde trabajó en labores agrícolas y, ocasionalmente, como pastor de renos junto a su hermana gemela Nadia. Tras un largo viaje, llegó a establecerse a mi ciudad en 1916, donde se casó con mi abuela Mafalda, una mujer aimara de ojos achinados nacida en Mollendo, con lo que la fuente genética de mis rasgos dominantes era, para mí, un acertijo. Mi abuela murió en 1941; mi abuelo sobrevivió hasta 1989, sin regresar jamás a su Siberia natal. Desconozco tanto los motivos para salir de casa como los antecedentes de lo que ocurrió en los ocho años que se tardó en viajar desde el nororiente de Siberia al surponiente de Sudamérica. Varias veces, eso sí, lo escuché contar sobre su vida campesina en Yakutsk, sobre su hermana Nadia, a quien siempre recordaba con nostalgia, sobre su trabajo en la agricultura y en el pastoreo de renos, y sobre los veranos con 30 grados y los inviernos con 40 bajo cero. Cuando aún era un niño y se acercaba la navidad, yo recordaba sus historias de campo y le pedía que me contara cómo eran los renos. Nunca fueron como yo esperaba. Con el paso de los años, eso ya no importó. Fortuitamente, dije antes, pensé en Yakutsk como destino. Hubo un hecho que me empujó a tal decisión. A Shangai y a Mollendo iría en otros momentos. En 2005, por una nota pequeña en un diario, me enteré que una tal Nadia Seménnikova se encaramaba ya en los 115 años y había sido postulada por las autoridades de Yakutsk para ser reconocida por una institución internacional como la mujer más anciana del mundo. La identificación del uso en femenino de mi apellido fue una alerta, la resonancia del nombre Nadia fue un impacto. En solo tres segundos pensé, primero con euforia, «Esa mujer es la hermana de mi abuelo»; y, luego con escepticismo, «Eso es imposible». El resto del día me balanceé entre la euforia y el escepticismo, y a la mañana siguiente decidí averiguar. Fui a la embajada rusa a buscar ayuda. Les dije que tenía la hipótesis de que la famosa mujer Nadia Seménnikova podría ser mi tía abuela. «¿Quién?», preguntaron ellos. «La mujer más anciana del mundo», les expliqué. Prometieron ayudarme. En los siguientes días, que fueron de incertidumbre, solía quedarme pensando en que los hijos de Nadia posiblemente fueron sobrinos de mi abuelo y eran primos de mi padre. Los hijos de los primos de mi padre eran, por tanto, primos míos en segundo grado. Pese a la distancia física que nos separaba, la distancia genética, supuse, era pequeña. Si hubiésemos crecido en la misma ciudad, pensé también, tal vez habríamos jugado juntos, habríamos tenido lazos, y, en cambio, ni siquiera nos habíamos mirado a los ojos. Me pregunté, además, que tal vez mis primos, tal como mi abuelo y su descendencia, tenían, aún viviendo a más de mil kilómetros de la frontera Ruso-China, los ojos achinados y llevaban, como marca disonante, un apellido ruso. Tal vez, supuse, les habrían hecho las mismas preguntas que a mí: ¿Cómo es posible que esos ojos y ese apellido sean parte de una misma persona? 40

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Tres semanas después, la embajada me puso en contacto con un hombre llamado Alexander Bochkarev. Me explicaron que el padre de Alexander era el hijo menor de Nadia Seménnikova. Hablé con Alexander por el altavoz del teléfono. Un funcionario de la embajada sirvió de intérprete. Alexander era una persona amable y amena, quien se tomó el tiempo necesario para responder mis preguntas y explicar las historias que le contó su abuela. Me confirmó que, efectivamente, su abuela Nadia solía hablar de su hermano gemelo Iván, que salió de Yakutsk sin destino definido y sin haber cumplido ni veinte años de edad. Dijo, además, que nunca regresó y que, aunque ella quiso buscarlo, el mundo se le hizo tan ancho y desconocido. Ella solo sabía de Yakutsk y renos. Solo esos datos confirmaban que Nadia era mi tía abuela y que Alexander era mi primo en segundo grado. Alexander también me hizo preguntas sobre mi abuelo. Él también necesitaba una confirmación, lo que me hizo comprender que su familia, conformada en torno a Nadia, desarrolló tres generaciones que vivieron todo un siglo en torno a la ausencia de Iván Seménnikov. Alexander y yo seguimos en contacto por email, incluso mientras yo estuve de viaje. Aquello implicó usar traductores en línea y me empujó, además, a comenzar a aprender ruso, asunto que al comienzo se me hizo cuesta arriba. Alexander me contó que tenía treinta y dos años y que hacía clases de Historia Rusa en la Universidad Estatal de Yakutsk. En esas correspondencias me nombró a todos los descendientes de Nadia Seménnikova. Agregó que ninguno de ellos llevaba su apellido y destacó que yo sí lo llevara. Además, dijo que estaba feliz de que la otra mitad de su familia comenzara a aparecer, luego de especular por años si existía en algún lugar del mundo, sin saber dónde. Desde el comienzo, Alexander me pareció una persona muy inteligente o más que yo, al menos. Por mi parte, solo era un escritor despreciado por la crítica, con un título universitario en Periodismo; mientras él, en cambio, era un intelectual con publicaciones y carrera académica. Sin embargo, la ligereza con la que habló de la familia me pareció excesiva. Naturalmente, no le mencioné el asunto. Muy probablemente ni siquiera hubiese podido explicar por qué no podíamos hablar de familia. Yo ni siquiera le había contado a mi padre o a mis hermanos de mi hallazgo. Luego de varios viajes, le conté a Alexander que deseaba ir a Rusia. Yo no tenía muy claro a qué. La escritura ficticia del regreso a casa de un viejo que vivió la mayor parte de su vida como un extranjero y de lo que encontró tras su retorno, parecía una buena excusa. Qué más podía ser, me pregunté varias veces, si luego del entusiasmo inicial, tras la noticia de la sobrevida de mi tía abuela Nadia, las personas que me esperaban allá al otro lado del mundo me parecieron cada vez Iván Seménnikov

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menos relevantes, aunque Alexander me haya caído simpático. Confirmado el hecho de que una vez finalizadas mis actividades en Madrid quedaría desocupado por un tiempo largo, le informé a Alexander cuándo viajaría a Rusia. Mi padre y mis hermanos no estuvieron al tanto de esto. Alexander me puso en contacto con Zina Betunskaya, hija de su prima Ana. Zina tenía veintidós años y acababa de terminar sus estudios de Ciencias Política con mención en Latinoamérica en la Universidad Estatal de Moscú. Ya se estaba alistando para regresar a Yakutsk y no era ningún inconveniente para ella tener que quedarse dos días más para guiarme en mi camino a Siberia Oriental. La muchacha me esperó en el Aeropuerto Internacional Sheremetyevo en Moscú y, pese a que yo sabía de sus estudios desde antes, solo cuando la vi pude comprobar que hablaba muy bien el español. El asunto me sorprendió, ¿de qué forma ella pudo haberse interesado en Latinoamérica, sino a través de la intuición que la guiaba a creer que aquel pariente perdido, que Nadia tanto extrañó, había dejado descendencia en ese continente? Naturalmente, aquella pregunta sobre la intuición era una estupidez. Zina era una persona inteligente, pude comprobar luego, al igual que su tío Alexander. Más tarde sabría que su interés en Latinoamérica se sostenía en otra cosa, primero en una vergonzosa visión romántica, me confesó Zina, que se formó cuando preadolescente, quizás por el año 1996, a partir de las historias de la revolución cubana, con líderes tanto más frescos y apasionantes que los añejos funcionarios que poquitos años antes llevaron a la caída de la Unión Soviética. Ya más grande, su interés ganó en intelecciones, por cierto. Sí, me sorprendió su español tan fluido, pero me sorprendió mucho más el achinamiento de sus ojos. Ella conocía mi rostro porque vio mi foto en la solapa de mi libro, el que le había enviado en su versión en español algunas semanas antes. Como aún no había traducción al ruso —ni menos al chino—, las dos lenguas que Alexander hablaba, no le pude enviar ningún ejemplar a él. Preferí que así fuera. El trato de la crítica había hecho aumentar la vergüenza que sentía por mi primer libro. Yo no conocía el rostro de Zina. Sin embargo, cuando la vi en el Aeropuerto, la identifiqué inmediatamente. Fueron sus ojos y no el letrero con mi nombre que cargaba en sus manos lo que me confirmó que ella era a quien buscaba. —Efectivamente tienes el rostro de un evenko —me dijo sonriendo, luego de que nos saludamos con un abrazo sobrio y un poco torpe. —¿Un qué? —pregunté. —Un evenko —dijo—, es nuestra etnia. 42

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Sentí vergüenza de mi ignorancia. Sonreí. Quise explicarle que tenía ascendencia china y aimara, que el achinamiento de mis ojos podía deberse a otras influencias. Eso habría implicado arruinar el relato que, como ya comenzaba a percibir, los descendientes de Nadia Seménnikova estaban formulando a partir de la aparición de Iván Seménnikov. Por lo demás, siempre llamó la atención de mi padre y sus hermanos lo mucho que yo me parecía a mi abuelo. Tal vez yo sí era un evenko. Tal vez mis abuelos de Shangai tuvieron una ascendencia que vivió más al norte, cerca de la frontera chino-rusa o en Mongolia o incluso en Rusia. Tal vez mi bisabuela aimara descendía de antiguos habitantes asiáticos que miles de años antes viajaron a América a través del Estrecho de Bering. O tal vez la influencia genética de mi abuelo sea insignificante y mi parecido con él se deba a un efecto del azar. Cómo podría saberlo. Contar de pronto con mucho dinero no me hacía más inteligente. Durante dos días, Zina me llevó de paseo por los lugares más interesantes de Moscú. La última noche antes de volar a Yakutsk, me contó, mientras comíamos en el restaurante del hotel, que descendíamos de campesinos. Me dijo que el padre de Alexander, el más pequeño de los hijos de Nadia, fue el primero en ir a la universidad. La carrera que escogió fue Agricultura. Solo luego de ese logro familiar, la generación siguiente, integrada por Alexander, sus hermanos y primos, entre ellos Ana, la madre de Zina, pudieron escoger libremente qué estudiar en la Universidad Estatal de Yakutsk. Pero solo su propia generación, me explicó también Zina, pudo ir a estudiar a Moscú o incluso a Occidente. También me contó sobre su ciudad, sobre los cuarenta grados bajo cero en invierno, sobre la explotación del diamante y del oro, y sobre la intensificación de la pobreza en los últimos quince años. Me describió una ciudad que se agrieta por el frio y la pobreza. Sin embargo, también me habló del verano, de los renos y de la integración étnica. —Ahora es agosto —dijo—, habrá un excelente tiempo. Cuando llegamos al aeropuerto de Yakutsk, nos esperaban Alexander, Ana y otros parientes que, como me enteré después, deseaban conocerme y que en los siguientes meses conocí más en profundidad. Apenas Zina comenzó a saludarlos, pude darme cuenta, echando un vistazo al lugar, que no solo ellos tenían los ojos achinados. La mayoría de las personas a nuestro alrededor los tenían así. Los evenkos, pensé en ese momento (y me sorprendí del modo en que lo dije en mi conciencia), somos habituales en esta zona. Los caucásicos eran minoría, pero los que había no se mantenían aparte de los evenkos, pues se podían observar familias multiétnicas. Zina había tenido razón sobre el tiempo. La temperatura era alta, sin ser agobiante. Alexander fue el primero en saludarme. Iván Seménnikov

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—Iván Seménnikov —dijo mientras se acercaba a darme un abrazo. Luego me presentó al resto, siempre ayudado por Zina que sirvió de intérprete. Un poco nervioso, quise ostentar mi precario conocimiento del ruso. Algunas ideas se entendieron, pero otras las debió explicar Zina. Tras los saludos, emprendimos el camino a casa. Alexander iba al volante; junto a él estaba su esposa, que era caucásica, y yo iba en el asiento de atrás. En el camino al centro de la ciudad, al costado izquierdo de la carretera, aparecieron unos blocks de departamentos descuidados. No eran muy diferentes a ciertos edificios pobres que pueden encontrarse en mi ciudad, en similar ubicación. Luego de unos minutos, en torno a una rotonda, vi múltiples centros comerciales y coloridos letreros publicitarios. El departamento de Alexander quedaba en el séptimo piso de un edificio ubicado en un mejor barrio, cerca de la universidad donde él y su esposa daban clases. Pese a ser menos desolador que los barrios que había visto desde el auto, aparecían entre medio, junto a las calles principales, múltiples sitios eriazos y caminos sin pavimentar. En otras calles pavimentadas, las veredas eran de tierra y las cañerías estaban construidas sobre el suelo. Aquellos tubos metálicos, con su tosquedad, se integraban al paisaje urbano y, cuando debían pasar por sobre la calle, se los disponía haciendo un arco por sobre el pavimento. Los autos, en cada recorrido por las calles de Yakutsk, se veían obligados a pasar por debajo de un gran número de arcos de cañería. La ciudad entera parecía estar a medio construir. Mi plan para la escritura del libro consistía en arrendar un departamento y adaptarme a la gente, al espacio y al clima. Mi holgura económica me lo permitía, pero Alexander me había invitado a quedarme en su departamento hasta que encontrara uno en arriendo. Sin la presencia de Zina que, tras cuatro años en Moscú, regresaba a la casa de su madre para planificar su futuro, me vería obligado a hablar en ruso con mi primo en segundo grado. Ese primer día no vi a Nadia Seménnikova. A la mañana siguiente, Alexander me acompañó a ver dos departamentos amoblados en arriendo, que él ya había visto con anterioridad. El primero quedaba en su mismo edificio, en el doceavo piso; el otro, a dos cuadras. El asunto fue sencillo y rápido. Luego de ver el segundo, volvimos donde el corredor de propiedades que nos mostró el primero y concreté el arriendo. Por la tarde Alexander me llevó hasta la casa de su prima Ana. Ese caluroso miércoles 30 de agosto de 2006 vi a la hermana gemela de mi abuelo por primera vez. Ana también vivía en un departamento. Nadia vivía con ella. Ahora Zina también vivía ahí. Nadia estaba en un dormitorio, sentada en una silla de ruedas, 44

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asomada a la ventana mirando el tráfico de una calle céntrica. El departamento quedaba en un tercer piso, por lo que la calle no quedaba demasiado lejos de la ventana por la que Nadia miraba hacia el exterior. Ella nos daba la espalda. Ana se acercó a hablarle. Zina y Alexander se quedaron junto a mí. Ana le habló de un modo amable sin que yo pudiera entender qué le decía. Nadia la miró atenta. Luego Ana comenzó a girar la silla de ruedas para que Nadia quedara de espalda a la ventana. Mientras Ana continuaba con esa acción, Zina me tomó del brazo y me guió a que diéramos dos pasos hacia adelante. Alexander nos acompañó. Nadia quedó frente a mí. Desde su silla de ruedas contempló mi rostro con detención y yo contemplé el suyo. No era solo por sus ojos achinados que me recordó a mi abuelo. Había algo en la sonrisa que dibujó entonces que me lo recordaba. Yo también le sonreí. Entonces me habló. —Iván —dijo fuerte y bien modulado—, Iván Seménnikov. Lo siguiente que dijo no lo entendí. Luego estiró los brazos hacia mí y Zina tradujo sus palabras. —Volviste, por fin volviste —dijo Zina. Me demoré algunos segundos en reaccionar. Luego me acerqué y tomé con mis manos, los brazos extendidos de la hermana de mi abuelo. —Nadia —dije y sonreí. —Volviste, por fin volviste —repitió ella—. Iván, Iván. —Aquí estoy —dije en español. Luego agregué en ruso—: Aquí está Iván Seménnikov. Nadie en esa habitación intentó explicarle a Nadia quién era yo. Todos la dejamos hablar. Hubo algunas ideas que entendí sin problemas. Otras me las explicó Zina luego de algún gesto que yo le hacía con la mirada. —Estuve tentada de pensar que nunca más vería tu rostro —dijo Nadia Seménnikova—, ¿por qué te demoraste tanto en regresar? Yo sabía que vendrías, no sabía cuándo, pero te esperaba; cada día de mi vida te esperé; estás igual, tu rostro es el mismo de siempre; yo te estaba esperando, yo sabía que ibas a venir; Iván Seménnikov, gracias por regresar a casa, gracias por venir a verme; yo sabía que vendrías algún día, te esperé todo el tiempo; Iván Seménnikov, mi pequeño pastor de renos, mi aventurero y soñador, ahora podremos ir al campo, te puedo Iván Seménnikov

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cantar una canción mientras regañas por el trabajo de la tierra, mientras te montas en un reno rebelde. En las semanas siguientes, ya instalado en mi departamento, los días se me iban en visitas a Nadia y a Alexander. Zina me ayudaba con ambos, pero rápidamente fui necesitando menos de su ayuda. Ana y los otros primos también requerían de mi tiempo, pero en menor medida. «Dejemos que Iván pase tiempo con Nadia», decían comprensivos. El tiempo con Nadia Semménikova se iba en sus historias de la infancia en el campo y junto a los renos; pero también en las historias de Rusia. —¿Te acuerdas que detestabas al zar? —me dijo en una ocasión en que quiso ser sumaria en precisión—. ¿Te acuerdas que decías que por qué no venía él a plantar la tierra, a reunir a los animales, a cortar la leña? —agregó—. Habrías estado contento cuando lo sacaron. Y a Lenin hasta lo habrías querido. Nadia hizo una pausa para sonreír y luego de que esa sonrisa desapareció, continuó hablando. —Al otro, al Stalin no lo habrías querido —dijo. Hizo una nueva pausa—. Yo no quería que mis hijos trabajaran en las minas de diamante —agregó. Luego agachó la cabeza—. Al más pequeño lo pudimos mandar a la universidad para que fuera agricultor y no tuviera que ir a la mina. El campo fue quedando atrás —suspiró— Yo ya no salgo veo la calle por la ventana y ya no hay campo —suspiró otra vez—. ¿Te diste cuenta lo cambiado que está este lugar? El tiempo con Alexander se me iba en responder a sus preguntas. Ahí era yo el que hablaba y mi ruso fue mejorando rápidamente. Le conté de mi abuelo, de sus hijos y de mis primos. Le hablé sobre lo que mi abuelo me había contado de Yakutsk, lo que él me decía de Rusia y de la Unión Soviética, que le habría encantado conocer. Le conté que deseaba regresar a conocer el socialismo y Moscú, pues nunca estuvo ahí; que a veces se contradecía, que estuvo contento cuando el socialismo llegó a nuestro país y después ya no tanto. Eso me lo había contado mi padre, porque yo nací al final de ese período. Después del fin del socialismo, mi abuelo se indignó con quienes lo destruyeron y luego se enfermó, como si la enfermedad del país se manifestara en su cuerpo. —Estuvo enfermo varios años —le dije a Alexander—. Yo crecí viéndolo agravarse.

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Con Alexander hablábamos por horas. A veces volvía a las mismas preguntas y yo contaba otra vez lo mismo, pero con mayor manejo del ruso. Mi nueva novela, en tanto, no avanzaba. El viernes 22 de septiembre nevó por primera vez desde mi llegada a Yakutsk. La temperatura bajó hasta los siete grados bajo cero. Ese día, Alexander fue a mi departamento y me dijo que el invierno se había adelantado. Apenas había comenzado el otoño, pero la primera semana de octubre nevó cinco días seguidos y la temperatura disminuyó hasta treinta grados bajo cero. Yo no salí a la calle. El lunes 9 de octubre se había completado una semana entera desde la última vez que había ido a visitar a Nadia Seménnikova. Por la tarde, Zina me telefoneó para contarme que la hermana gemela de mi abuelo había muerto, que su muerte había sido en paz, sin agonía. Lloré sin aspaviento en la soledad de mi habitación, lloré por la muerte de la mujer más anciana del mundo, quien me contó todas esas maravillosas historias en las últimas semanas. Lloré y no sabía muy bien por qué lo hacía. El día del funeral no nevó. La temperatura se elevó hasta los dos grados bajo cero. Acompañé a la familia al funeral de la hermana de Iván Seménnikov. Luego todos fuimos al departamento de Ana. A la mañana siguiente volvió a nevar. La temperatura disminuyó otra vez a treinta grados bajo cero. Por mi ventana veía un manto blanco que cubría la ciudad. Mi libro no avanzaba. «¿Dónde está Yakutsk?», me pregunté. Me senté frente a mi notebook a escribir. —Debo hallar la ciudad en mi texto —dije en la soledad de mi departamento—, debo escribir sobre Nadia, sobre Yakutsk, sobre el lugar más frío del mundo, sobre la mujer más anciana del mundo. En las tres semanas siguientes escribí el primer párrafo doce mil veces y en ninguna de esas ocasiones logré llegar al segundo. Afuera nevaba, la temperatura llegó a cincuenta grados bajo cero y aquel mundo que Nadia me presentó en forma de historias se perdía detrás del manto blanco. —Debo hallarlo —insistía como un loco encerrado. Sin embargo, aquel mundo no lograba aparecer en la pantalla de mi computador. —Debo hallarlo —volvía a decir. Nadia me contó más de cien años de la historia. Pero la horrible página en blanco era tan enceguecedora como el manto blanco en la calle. Y entonces, en Iván Seménnikov

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el instante en que la analogía se pervierte o se hace perfecta, y el mundo y su imagen se confunden, pensé: «Debo salir a la calle a buscar a Yakutsk, escondida detrás de la página en blanco». La tarde del jueves 2 de noviembre de 2006, cuando los termómetros marcaban cincuenta y siete grados bajo cero, me puse un abrigo, guantes y gorro de piel, y salí a la calle. El frío se colaba por la pequeña porción descubierta en mi rostro, alrededor de los ojos y la nariz. Sentí que la página en blanco me engullía pero no para ostentarme como letra en su cubierta, sino para devorarme, sacarme los nutrientes y desecharme. Sentí el frío como un peso, como un espacio que se niega a ser un mundo y que llena de blanco cualquier rincón donde este pueda florecer. Sentí que me moría congelado en las tierras del otro Iván Seménnikov. Sin embargo, Alexander me encontró, me rescató del peso del color blanco y me llevó de vuelta a mi departamento. Cuando recuperé el calor, hablamos. Le dije que este no era mi hogar. Me dijo que comprendía. Le dije que lo lamentaba, porque este pudo haber sido mi hogar. Me dijo que en esa pequeña variante del lenguaje, en ese “pudo haber sido”, se erguía la diferencia. En diciembre me despedí de los descendientes de Nadia. Adiós Iván Seménnikov, me dijo Alexander. Partí a Shangai sin haber visto nunca un solo reno. Ahí escribí mi segunda novela en apenas tres meses. La historia no era sobre Nadia o Iván ni transcurría en Yakutsk. Ni siquiera en Shangái. Era un sucedáneo que incluía, sin disciplina alguna, semejanzas a Unamuno, Pushkin y Mo Yan. El editor se empecinó en poner en la contratapa que la había escrito entre Madrid, Moscú y Shangái. La presentación fue en Madrid, en agosto de 2007. La crítica la odió. El mercado la amó. Y, entre otros idiomas, fue traducida al ruso. La encargada de la traducción fue Zina Betunskaya, avecindada ya en Latinoamérica. Por igual fecha me llegó un ejemplar autografiado del nuevo libro de Historia de Rusia de Alexander Bochkarev. Trataba sobre rusos que emigraron en la era zarista. Algunas de las fuentes que Alexander usó para construir su texto fueron los relatos de algunos de sus parientes. Entre ellos figuraba yo. Hoy estoy en condiciones de decir que cuando llegué a Yakutsk en agosto de 2006, los descendientes de Nadia Seménnikova no eran mi familia, pero en diciembre, al partir a Shangai, sí lo eran. Nunca volví a Yakutsk. Mi padre y el padre de Alexander Bochkarev nunca se conocieron. Ellos eran primos, pero no eran familia. Podrían haberlo sido. Sí, como cualquier par de sujetos en el mundo podrían haberse convertido en familia. En ellos, aquel asunto no ocurrió y cada quien se quedó en su mundo a imaginar los cuernos de los renos como tramas complejas y, sin embargo, tan diferentes.

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Primera menciรณn honrosa Figlio

Nelson Javier Gonzรกlez Castro

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Nelson González Castro (Valdivia, 1988) nació en el sur, se crió en el norte y actualmente vive en el centro de Santiago. Publicista especializado en redacción creativa, ha trabajado como creativo en las principales agencias de publicidad del país. Se entretiene en varios proyectos paralelos con amigos personales. Escribir y leer es algo que disfruta hacer, incluso cuando no está escribiendo.

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No me costó reconocer a Alain entre toda la gente. Tenía puesta una camiseta de la selección chilena y agitaba sus brazos en el aire, gritando mi nombre. Le sonreí un par de veces para que se detuviera, pero no lo hizo hasta encontrarnos a dos metros de distancia. —Bienvenido —dijo en italiano y me abrazó con una alegría que parecía forzada. —Gracias —le respondí, acomodando la mochila en mi hombro derecho. Se ofreció para llevarla pero me negué. Caminamos hacia el auto mientras Alain comentaba la belleza del aeropuerto y lo mucho que me iba a gustar todo. Su español retardado, musicalizado por un tono de voz demasiado enérgico, era, de hecho, bastante bueno. Su mirada recorría el techo cuando me hablaba, tal vez recordando algo o notando algún tipo de belleza especial en las estructuras de metal y cemento o tal vez porque le importaba una mierda si lo escuchaba. De todas formas, lo ignoré. El viaje me había cansado más de lo normal, agotando mis ganas de comportarme correctamente. Entonces, cuando Alain me preguntó si algo raro había sucedido en el avión — porque siempre pasa algo raro, según él—, en vez de contarle lo que sea, respondí que no. Y no hablamos más por varios minutos, recorriendo la carretera que nos llevaría a Camila. *** Si calculo bien, son ocho años, pero, como hemos hablado por Skype desde entonces, no sé si la he extrañado tanto como se supone. A pesar del tiempo, logramos mantenernos al día sobre quiénes somos y lo que hacemos con nuestras vidas sin estar físicamente en el mismo lugar. Siempre en un plano general. Y funciona. De cada culpa que he sentido en mi vida, la de no sentir necesidad de tocar a Camila es la que menos me molesta y la que menos intento corregir a través de gestos y palabras cuando su pixelado rostro juvenil aparece en mi computador. Incluso cuando me pidió si podía viajar a Italia para estar en su matrimonio le pregunté si era necesario. 53

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—Pero, André, eres mi hijo—. Y dos lágrimas cayeron de su ojo derecho después de pronunciar una observación obvia y, al mismo tiempo, dolorosa. Hacer llorar a mi propia madre por Skype me sacudió por dentro y, aunque se sintió bien al principio, cuando comprendí que su llanto era lo único capaz de hacerme querer ser un buen hijo, sentí ganas de desdoblarme en mis sueños, cortar el hilo invisible entre la conciencia y el cuerpo, y vivir un par de años en coma. —Ya mamá, era broma. Obvio que voy. *** Básicamente todo era campo, porque «la ciudad es muy sucia y caótica. Además, solo queda a media hora en auto. Es muy pacífico, te va a gustar». Pero me daba igual. Bajé la ventanilla para sentir el viento italiano en mi piel. El olor de lo que parecía basura quemada llenó el interior del auto y, en vez de preguntarle a Alain, decidí en mi mente que era vino seco y casi sonreí. Cada cinco minutos, Alain abría la boca, se daba cuenta de que no tenía nada que decir y la cerraba, mirándome de reojo, estudiando mis movimientos que consistían en tocar la batería imaginaria sobre mis piernas al son de la música, mientras mi cabeza colgaba hacia el lado izquierdo del asiento, contemplando la naturaleza extranjera, que en realidad nunca contemplé porque estaba demasiado nervioso. —¡Son buenos! —gritó Alain de la nada. Sin querer lo miré con asco, pero cambié rápidamente mi expresión y dije: —Sí, me gustan. —Lo sé, Mila me contó. —¿Mila? —Tu madre. Silencio. Después de tres canciones, bajé el volumen de la radio y le pregunté: —¿Cómo supo que me gusta The Mars Volta? —Se lo dijiste… Una vez entró a tu habitación y te preguntó que estabas escuchando. —No me acuerdo.

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—Dice que fue la primera vez que te vio bailar… Se asustó mucho, pensó que estabas con ataque de epilepsia —dijo con una risa que fingió ser tos—. A veces la veo escuchando sus discos en YouTube, bailando con audífonos. —¿La Camila? —Es tierno. Y raro, pensé. Luego no dijimos nada más hasta llegar a la casa-cabaña que quedaba en lo alto de una montaña, al final de un estrecho camino de tierra. Camila nos esperaba en la entrada dando pequeños saltos de alegría al ver el auto aparecer conmigo adentro. Cansado y aturdido, la abracé un minuto completo. *** La terraza apuntaba hacia la carretera: una larga línea recogida, rodeada por plantaciones de limoneros, olivos, naranjos y viñas. Al fondo, el océano con un pequeño pedazo de playa y el resto de costa bordeado por montañas. Estaba en Italia y fetuccini al estilo de las prostitutas eran los tres platos sobre la mesa. Al principio fue incómodo, luego vino el vino, y pasó a ser no tan incómodo. Camila parecía feliz, cosa que nunca creí cuando conversamos por Skype. Ahora sentía el calor que generaba su cuerpo y el exceso de optimismo en su mirada. —Entonces —dijo seriamente—, Alain y yo estamos viendo Game Of Thrones... —¿Qué? —interrumpí, sorprendido. —Sí, la convencí de ver unos capítulos y ahora es adicta —dijo Alain, pero no lo miré. No podía mirarlo a los ojos. Soy ese tipo de persona. —¿Por qué te sorprende, André? —preguntó ella, apoyándose en el respaldo de la silla, ofendida por algo. —No sé —respondí, con comida aún en la boca—, pero deberíamos ver unos episodios juntos. Celebraron mi idea con un salud y lo agendamos para otro día. Hablamos sobre cómo se conocieron, los lugares que han visitado, la comida que han comido, sus planes sobre el futuro, el matrimonio, los invitados. Abrimos otra botella. Alain dijo algo que olvidé al instante; yo hablé sobre mi trabajo, que a veces sentía el impulso de renunciar o encontrar una mejor agencia y que eso me gustaba porque significaba que me importaba mi carrera y que no debería hablar de trabajo porque estaba en Italia, pero que estaba bien porque estaba en Italia. Ambos me escucharon con atención hasta que noté el vino en mi voz y me callé. Figlio

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—¿Y Sofía? —preguntó Camila—. ¿Cómo está? —Bien, te manda saludos. —Qué linda —dijo, orgullosa de mostrar interés y recordar su nombre. —A todo esto, debería escribirle. ¿Puedo usar tu computador? —Usa el mío —respondió Alain—, está en el sillón. *** Embriagado por el vino y una sensación de eternidad, entré a la casa mientras escuchaba la risa de Camila. Me reí en voz baja, rodeado de velas, inciensos y pequeñas figuritas de dioses hindúes. Me lancé al sillón, prendí el computador y volví a reírme. Estaba en Italia y tenía un correo de Sofía con el asunto «Mi amore». Espero que hayas llegado bien. Te extraño mucho, mi amor. ¿Sabes? Estoy muy orgullosa de ti. Perdón (otra vez) por haber dicho esas cosas de tu mamá, fue egoísta de mi parte y muy patúa, lo sé. Pero bueno, ojalá que todo salga bien por allá. De verdad. Esta noche me pondré tu pijama, veré una película de Fellini y voy a pretender que estoy allá, contigo. Suena triste, jajaja, no importa. Quiero soñar contigo. Te amo. El aro izquierdo colgaba de su silla, la primera vez que le hablé. Estaba sentada a mi lado y fingíamos ver un partido de la selección chilena en un restaurant chino junto a otros colegas. Después de repetirme «ahora, ahora» a mí mismo varias veces durante el primer tiempo, me incliné hacia ella, tomé el aro y, temblando, se lo pasé. —Bonito, ¿lo hiciste tú? —pregunté sin pensar, mirando directo a sus ojos negros, preocupado por haber sonado gay. Mi Sofí, te amo. Y te extraño. Ha sido un poco raro, tengo que recordarme que estoy acá para darme cuenta. Pero es normal, supongo. ¿Sabías que la salsa alla puttanesca significa «al estilo de las prostitutas»? No entendí muy bien porqué, pero lleva anchoas, así que tiene sentido. En el avión, una vieja me preguntó si era un actor famoso, le dije que sí y nos sacamos selfies y le di un autógrafo para su nieta. Camila parece otra. No sé qué me pasa con Alain, no soporto su voz o su cara. Vamos a ver unos capítulos de Game of Thrones juntos, así que bien. Había olvidado qué se siente ser hijo de alguien. Aún puedo sentir tu perfume en mis manos, debería 56

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lavármelas. Cásate conmigo. Faltan cinco días. Mierda, te extraño, por la chucha. Estoy ebrio, voy a dormir. Te amo. Besos. *** Desperté cuando en Italia se duerme. Fui al living, prendí la tele y escuché un gemido salir de alguna parte. Asustado, apagué la tele. Silencio. Suspiré. Lo escuché de nuevo y salí saltando a la terraza, donde me quedé mirando el cielo hasta que amaneció, pensando en lo extraño del universo, con sus múltiples galaxias, expansión constante y montón de muerte flotando en el espacio. Cinco horas pensando esto me dejó exhausto. Cerré los ojos y cuando los abrí, era mediodía y no había nadie en la casa. «SIAMO ALLA FIERA» estaba anotado en la pizarra del refrigerador. No sabía lo que decía ni intenté descifrarlo. Aprender el idioma no estaba en mis planes, para nada. Mi intención era hablar lo menos posible con la menor cantidad de personas y ser cualquier cosa excepto el chileno que habla inglés en Italia. Desayuné galletas con mermelada y café, recorriendo cada habitación. Revisé mi correo. Sofía no había contestado, así que releí su último mensaje para luego bajar caminando a la playa. Necesitaba cigarros. Cuarenta minutos después, estaba perdido. Ya no veía el mar, estaba rodeado de árboles y el camino de tierra que había dejado por intuición a encontrar un atajo me llevó al medio de un bosque que no parecía tan grande al principio. No me molestó estar perdido, era parte del viaje. Un cliché, incluso. Pensé en Sofía mientras exploraba. Entre Santiago y este lugar debe haber, no sé, muchos kilómetros de separación. Si el sistema de medición funcionase verticalmente, estaría en mi departamento con Sofía, fumando cigarros y viendo películas acostados en la cama. Siempre he encontrado la vida como un lago precioso y antiguo, escondido en un bosque hecho de demasiados minutos. Las pocas veces que me he encontrado frente a este lago, lo primero que hago es mirar abajo, buscando una piedra que lanzarle. Sin embargo, con Sofía estoy demasiado ocupado mirándola a ella para notar lagos imaginarios. «La naturaleza italiana me hace desvariar», pensé sacudiendo mi cabeza y busqué una salida. Seguí lo que parecían huellas de pies italianos y llegué a un precipicio. Ahí estaba el mar y la playa; a la mierda. Una hora y media de viaje para darme cuenta de lo malo que soy calculando distancias a pie. Se ve mejor de lejos, pensé para compensar. Di media vuelta y caminé derecho hasta encontrar el camino de tierra y volver a la casa.

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*** No sé por qué, pero entré haciendo mucho ruido. Me senté a la mesa con mis anfitriones. No lo demostraban, pero habían discutido y la discusión quedó impregnada en los ojos de Camila, que al sonreírme resaltaban su incomodidad. —Qué tal —dije suspirando. En mi plato había lasaña vegetariana; en los suyos, nada. —¿Dónde andabas? —me preguntó Camila, pasándome la ensalada. —Caminando. —Nosotros estamos muy ocupados con el matrimonio como para llevarte a lugares —dijo Alain—, pero si quieres te puedo pasar el auto un rato, puedes ir a la playa… o a la ciudad. —No, gracias —respondí—, prefiero leer. Y era verdad. Pretendía hacer de este viaje algo memorable, así que traje Ulises para terminarlo. Ambos sonrieron. —¿Es broma? —dijo Camila. Negué con la cabeza. —Ok. Dale, pero quería pedirte un favor… Hice una seña con mi dedo, me levanté, fui a la cocina, abrí el refrigerador, saqué una cerveza en lata, volví a la mesa, me senté y miré a Camila. —Quería saber si puedes decir algo, pasado mañana. —¿Algo como qué? —dije. —André, tú sabes lo que se dice en los matrimonios. No seas pesado. —Tranquila —murmulló Alain. —Sí, pero no quiero sonar falso, Camila. No me gusta. Mastiqué rápido la comida, sin mirar a nadie. Estaba delicioso. Camila se quedó en silencio, pero Alain decidió hacer ruidos con su gran boca:

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—André, no te conozco bien, pero veo que ya eres un hombre. Y puede que suene estúpido lo que voy a decir pero tú y yo ahora somos familia, sería agradable que dijeras algo. Tomé un pequeño sorbo de cerveza y, mirando el borde de la mesa, dije: —Tienes razón, Alain. Eso sonó bastante estúpido. Camila lanzó un aliento cortado al aire, la vi a punto de llorar, analicé en menos de un segundo toda la conversación y me reí en voz alta, golpeando suavemente su espalda. —Ya mamá, era broma. Obvio que voy a decir algo. *** Más tarde me encerré en la pieza con una botella de vino. Alain y Camila habían salido. Cuando los vi dejar la casa, busqué por todas partes un computador, sin encontrarlo. Mi angustia creció al no poder comunicarme con Sofía y darme cuenta de lo poco que espero de la vida cuando estoy lejos de ella. Madurar. Ser un hombre. Si no es para ella, ¿para qué? A la mierda Italia y sus diferentes formas de cocinar fideos. A la mierda Alain y su presencia llena de tanta normalidad. A la mierda esta casa y Camila por dejarme aquí sin preguntarme si quería ir con ellos, como si el hecho de estar en Italia fuese suficiente experiencia. Esto escribí cuando empecé el borrador de mi “discurso”. Felicitaciones a la feliz pareja. Salute. Ok. Basta de niñerías, pensé y arrugué el papel. Estaba en Italia y mi madre se iba a casar con alguien que la hace reír, usa camisetas de la selección de fútbol de otro país y ve Game of Thrones. Escribí mis palabras con la risa de chancho que Sofía odia pero que no puede evitar en mi mente y listo. Lo leí, edité y sonreí. Era perfecto. Escribir esas palabras disolvió la parte de mí que necesitaba ver sufrir a un ser amado. Esa urgencia adolescente de dañar a todas las personas que me han hecho daño. Así de fácil fue ignorar el pasado. Pero, en serio, ¿por qué no me preguntaron? ¿Estaba castigado en Italia sin darme cuenta? *** Desperté urgido. Salté de la cama, agarré el papel con mi discurso y lo volví a leer. Falsa alarma. Seguía siendo perfecto. Al terminar de leerlo, sentí que decirlo en voz alta, al día siguiente, frente a Camila y todos sus amigos cercanos, era algo que ansiaba honestamente. Que era el comienzo de algo puro. Sin pasado, sin rencores ni abandonos. Miré por la ventana. Era otro día, creo. El sol estaba ahí Figlio

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y Camila también, haciendo yoga. Yo estaba vestido con la misma ropa así que no me cambié y bajé con Ulises bajo mi brazo. Me senté cerca de Camila, nos sonreímos y leí sin pensar en nada más que Sofía; desde que nos conocimos hasta el correo de anteayer. Desde las miradas en los pasillos hasta compartir la ducha. Desde saludarnos en el ascensor hasta vivir juntos. Desde el aro en la silla hasta ayudarla a vestirse. Lo bueno es que avancé un capítulo entero. Me faltaban seis. *** El día estaba hermoso y no solo porque le faltaba Alain. Había algo en el aire, en sus átomos, que no había respirado los días previos. Camila y yo fuimos a la feria, ella habló en italiano y me gustó la forma en que usaba su voz, cómo se deslizaban las palabras por sus labios. Encontré simpático que cada palabra le exigiera un movimiento corporal diferente. Me presentó a personas del pueblo como André, miofiglio. Todos se sorprendían de una forma exagerada, sobreactuada, pero decidí no notarlo. Por suerte volvimos rápido a la casa. Cocinamos juntos y almorzamos pansotti, unas masas asquerosas rellenas con verduras pero que con el vino valían la pena. Nos sentamos en la terraza y compartimos anécdotas como si fuésemos viejos amigos, decidiendo ver Game of Thrones más tarde, cuando Alain llegara. Pero la convencí de hacerlo sin Alain, aunque no fue difícil. Cuando descubrí cómo controlar el DVD, Camila apareció detrás de mí con una bolsa llena de cogollos. Me reí al ver su cara colorada. —No, gracias —le dije—, tengo vino. —¡Non esseresciocco, André! —Qué mierda, Camila. En español. —¿Cuántas veces has fumado con tu madre? —Nunca. —Entonces. Tenía razón y, por algún motivo, me entristeció. Camila enrolló un cigarro y lo prendió. —Es de Alain —dijo, aguantando la respiración. Yo puse Play y pensé en Sofía. —¿Te molesta si le escribo a Sofía mientras? —No, el computador está en la oficina —y expulsó el aire, tosiendo suavemente. 60

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Fui a la oficina, agarré el computador y me senté a su lado. Me pasó el pito y le di una calada profunda. —No tanto —me dijo cuando ya tenía el pecho inflado al máximo. El humo quemó mi garganta y tosí varios segundos, sorbiendo vino. Game of Thrones era la mejor serie del mundo, y ni siquiera terminaba la introducción. Sofía había respondido mi correo: Ok. Casémonos :) Tuve que leer el correo que le había enviado para entender mejor. Mierda. Qué buen día era este. Qué felicidad. No nos íbamos a casar, obviamente, pero poder bromear libremente sobre aquello quería decir que no había miedo. No sé cuánto tiempo estuve mirando la pantalla, sonriendo, antes de darme cuenta de los dedos de Camila acariciando mi lóbulo. Cuando me giré hacia ella y la vi sonreírme, le sonreí de vuelta y besé su mano. Nos miramos sin decir nada mientas escuchábamos gritos agonizantes de los parlantes. Ella retiró lentamente su mano de la mía. —¿Dónde está Alain? —preguntó. —¿Qué? Camila arrugó su cara. —No me ha llamado en todo el día. —Debe estar por llegar. —¿Y si le pasó algo? —¿Algo malo? Más gritos y cuerpos rebanados por espadas se escuchaban en el aire. —¡Apaga esa hueá! —gritó. Y lo hice, pensando que Alain estaba muerto. «¿Qué va a pasar con su camiseta de la selección chilena?», me preocupé sin hacer sentido en mi mente. —Ok, Camila. Mírame, estás…, estamos, teniendo un ataque de paranoia —le dije, riendo de nervios—. Es normal, creo que…, solo cálmate y respira. Intenté respirar hondo para mostrarle cómo se hacía, pero verla llorar me dejaba sin aire. Figlio

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—¿Qué voy a hacer? Es mi familia. —¿Y yo? —No estoy bromeando. —¿Qué? Yo tampoco. —Más encima lo tratas de estúpido, no le hablas en el auto, no lo miras. ¿Acaso no ves a las personas? ¿Por qué eres tan cruel? —No —moví mis dedos frente a ella—. No lo traté de estúpido, dije que lo que había dicho era… —¡No me importa! Intenté abrazarla pero me empujó lejos. —A él se le ocurrió que dijeras algo mañana, yo sabía que preferías no hacerlo, y está bien, te conozco. Pero él… es bueno, ¿entiendes? Compró esa camiseta de la selección para ti. —¿Y por qué la usa él? —No tengo idea. —No importa, Camila. Está bien. Todo va a estar bien. —Mierda. ¡Qué pare, qué pare! Me sentí inútil y vacío. Sus ojos estaban diabólicamente rojos. Y tiraba de sus cabellos. Me dieron ganas de golpearla. Y lo hice, pero no ayudó en nada. Estaba fuera de sí, donde la lógica, cualquier lógica, no tranquiliza. De un rato a otro, había perdido lo más valioso de su vida y pude ver la angustia de vivir sin amor acumularse en sus ojos, ese momento cuando te das cuenta que… Alain apareció en la puerta. No muerto. —¡Mila! —gritó Alain, apartándome de ella. *** El viaje a casa fue tranquilo y pacífico. Abrí Ulises y leí varios capítulos pensando en nada más que en Camila. En lo que vino después de Game of Thrones. En las miradas de Alain y Camila, repletas de chistes internos cuando estaban de pie en el altar, uno frente al otro. En el silencio cuando preguntaron si alguien quería 62

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decir algo y yo me levanté. Pensé en lo bonito que suenan las palabras cuando no las entendemos. Cuando decimos viajar, en vez de escapar. O Mila, en vez de Camila. O Camila, en vez de mamá. En fin, se siente bien viajar al país donde vive Sofía, pensé.

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Segunda menciรณn honrosa Recoleto

Manuel Ignacio Montolio Cartes

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Manuel Montolio Cartes (Santiago, 1976) estudió Pedagogía en Castellano en la Universidad Austral de Valdivia. Ha ejercido su profesión en liceos, institutos, escuelas nocturnas y Universidades del sur de Chile, siendo despedido con regularidad y entusiasmo. Actualmente trabaja en un liceo de adultos de la ciudad de Castro y en la escuela intrapenitenciaria de Ancud. El año 2011 obtuvo el primer lugar en el Concurso de cuentos Juan Bosch. El 2014 autoeditó doscientos ejemplares de Coplas de la debacle pedagógica. Veinte poemas de desesperación, un libro de poemas acerca de la triste situación laboral de los profesores de Chile.

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I Llegué a este lugar hace quince años. Cuando me vine, pensé que sería para siempre. Al parecer será así. Arriendo una pieza con vista al mar. No al mar abierto, sino al canal que separa al continente de la gran isla (nunca he ido a la isla, por carecer de dinero). Cuando hay buen tiempo, el mar parece inmóvil, aunque sabemos que la oscilante corriente de las mareas es poderosa. Cuando hay temporal, el mar atruena. Aquí llueve con asombrosa frecuencia. Uno sabe que es verano solo porque los días duran más. Trabajo en una residencial vecina a aquella en la que me alojo. En este pueblo los negocios del mismo rubro —bares, carnicerías, prostíbulos, escuelas y ferreterías— son colindantes. Atiendo el comedor y aseo las piezas. A veces chapurreo en mi inglés elemental. Nunca he robado a los clientes, aunque sería fácil. En verano mesas y piezas se llenan con turistas de paso hacia la isla. En las otras estaciones nos visitan cuadrillas de obreros patibularios que reparan con alquitrán los perpetuos baches de nuestros caminos, camioneros cansados de pernoctar en su camión o que han perdido el último transbordador, profesores principiantes felices de haber encontrado su primer reemplazo, jubilados solitarios, sujetos de los que nada se sabe, gente a la deriva. Cada seis días descanso tres, rutina que sufre modificaciones reguladas por una aritmética que no me he esforzado en descifrar, influida por la afluencia de turistas, los feriados y los años bisiestos. La señora Ina, mi patrona, paga puntualmente mi estipendio y mis cotizaciones. Nunca he utilizado el servicio de salud. En treinta años más, me han dicho, tendré derecho a un retiro. En mis días de descanso, si no llueve, paseo por la playa contemplando los incesantes transbordadores y las eventuales toninas. Si llueve, me quedo en mi pieza, que durante los temporales oscila y cruje como un barco. De vez en cuando leo un libro. Me los presta la bibliotecaria del colegio, que se acuesta conmigo de vez en cuando. Ella, como yo, se vino al sur desde la capital; pero, a diferencia 67

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mía, llegó con la idea romántica de una vida más serena y sencilla, cercana a la naturaleza. No es una mala idea, pero ella necesitaba alguien que la compartiera, y eligió mal: me escogió a mí. II Me vine a los veinte años, desatando la lógica desesperación de mis padres. Huía de la capital, del smog, del bosque de chimeneas en el que me extraviaba, del estruendo y de la congestión, pero también del destino que mis padres, mis amigos, mi clase habían labrado para mí. ¿Por qué debía aceptarlo? Mis padres solían invitar a sus amigos —gente inteligente: ingenieros, médicos, abogados, gerentes, ejecutivos— a tomar once, cenar, o a un asado los domingos. Muchas veces escuché, mientras jugaba o miraba la televisión —ellos creían que yo no escuchaba o que no entendería si lo hacía—, las simpáticas anécdotas con que amenizaban sus reuniones y así aprendí cómo se accede a ese brillante destino que se suponía era también el mío: silencios, delaciones, adulación, algo de brutalidad, un tanto de hipocresía, bastante cinismo; en fin, no quiero referirme a esas bajezas en las que ellos se desenvolvían con tanta pericia que ya ni siquiera sabían que eran bajezas. Me asombraba el fervor con que buscaban y celebraban la aprobación de sus superiores, a los que temían. Y me siguió asombrando, hasta ahora, cuánto entusiasma a tantos aquellas cáscaras que brillan: un título universitario brilla; un magíster y un doctorado brillan; una gerencia brilla, un Mercedes Benz; París brilla todavía, aunque poco, como todo en Europa. De manera es que, gracias a aquellas conversaciones oídas con disimulo, carezco del sentido del prestigio —esas profesiones brillantes me parecen las peores— y de la jerarquía, o, más bien, los tengo invertidos: a la Universidad solo hubiera ingresado como auxiliar de aseo o como estudiante de pedagogía. Habiendo rechazado un destino, no sabía cuál era el mío. Cuando pensaba en ello, cerraba los ojos y esperaba: aparecía un camino de tierra al atardecer, una carreta desvaneciéndose en el recodo y el polvo posándose en los álamos; o un muelle en una isla rodeada de cerros de espesa vegetación, el día nublado, la playa vacía, el leve bamboleo de los botes amarrados. Y solía soñar que despertaba en la misma posición en que me había dormido. Me levantaba extrañado, sin saber si la titubeante luz que me rodeaba era del amanecer o del crepúsculo; consultaba el reloj: era medianoche; abría las cortinas y un sol tenue iluminaba la ciudad vacía; 68

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me acostaba, inquieto, y al amanecer despertaba en la misma posición en que me había dormido. Un amigo me explicó: era el sur. Cuando, al terminar el cuarto medio, anuncié a mis desconcertados padres que no me había inscrito en la PSU, que jamás sería profesional, que me iba de la ciudad porque estaba harto y que no estaba entre mis planes casarme y procrear, sus reacciones fueron disímiles. Mi madre simuló indiferencia: que haga lo que quiera; total, ya es mayor de edad el huevón, y se encerró en su cuarto, a llorar, seguramente. Cuando se recuperó de la impresión, mi padre optó por desheredarme: cerró para siempre su hasta entonces generosa billetera, eventualidad para la que yo me había preparado. Durante las vacaciones de invierno y verano, y durante tres madrugadas de los meses restantes, había ejecutado un trabajo mecánico, embrutecedor y apabullante: desde las seis de la tarde hasta la una de la mañana copiaba en un archivo computacional unas interminables planillas en las que figuraban unas cifras relativas a las cotizaciones de los afiliados en una Caja de Compensación, que tampoco entendía. No me explicaba por qué la empresa registraba los datos dos veces, pero, como es natural, nunca formulé esa pregunta. Gracias a aquel despropósito burocrático reuní, al cabo de veinte meses, una cantidad respetable; o tan respetable para alguien como, que carece de aspiraciones. Se lo expliqué a mi padre, sin aspavientos ni arrogancia, y le pedí, como último favor, que contactara a sus amigos del ejército, para que no me importunaran con aquella tontería del servicio militar. Prometió que así lo haría, no sin antes reprocharme algo que yo también deploro: una mentira. Cuando me preguntaba por qué yo llegaba tan tarde algunas noches, yo respondía que era por estar estudiando para la PSU. Poco habría entendido él, sin embargo, si le hubiera revelado la incierta verdad: tanto él como mi madre padecieron atroces privaciones en la infancia y bregaron sin descanso para huir de la pobreza, sobrellevando innumerable humillaciones, por lo que les resulta incomprensible que alguien se arriesgue a recorrer el camino inverso. Concluido ese diminuto pero intenso drama, reuní mis pertenencias y dejé el hogar. No he vuelto a verlos.

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III Llegué al pueblo a principios de otoño, cuando los turistas ralean y las habitaciones bajan de precio. Arrendé una pieza por una módica suma. Cuando pagué el segundo mes, la dueña preguntó hasta cuándo pensaba quedarme. —Para siempre —respondí. Ella sonrió. —¿Y qué piensas hacer? —me preguntó. —Trabajar aquí —respondí. Esta vez no rio, sino que me miró con curiosidad. —No necesito a nadie —dijo—, pero entiendo que en la residencial colindante sí. Y así fue. IV El verano pasado nos visitaron cientos de turistas de Estados Unidos, Canadá, Alemania, Japón y otras naciones afortunadas. Entre ellos venía Jane, una canadiense prototípica —rubia, ojos azules, delgada, pronunciación robótica del español— asentada en Nueva York, donde estudiaba en una universidad que imagino era muy prestigiosa, por la forma en que pronuncia su nombre. Iba a quedarse por una noche, pero ya estamos en abril y aún no se va. Qué habrá visto en mí, no lo sé y no se lo preguntaré: soy quince años mayor y no tengo nada, ni ahorros ni expectativas. Tal vez la intrigó mi silencio, o la ofendió mi indiferencia, o quizás quiere vivir una vida que le resulte incomprensible. Hemos dormido en mi miserable cuchitril, en mi húmedo jergón que ella prefiere a su departamento con vista al río Hudson, a las calles atestadas de taxis, a la universidad cuyo nombre no quiero saber, a la calle que antes dividía dos mundos y que ahora convoca a todo el planeta. Los prefiere sobre todo cuando sobreviene el temporal, que le despierta el amor. De seguir así, pronto procrearemos. No es que me entusiasme, pero, no sé, tal vez yo también deba colaborar, aunque ignoro para qué, qué se gana, o de qué le serviría nacer al retoño. En fin. Jane quiere comprar una casa cuyas habitaciones están muy cerca del límite de la marea más alta. Ahí, dice, tendremos un invernadero y aves de corral y no tendremos televisor, pero sí muchos libros. No suena mal. 70

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V Todos vienen volando. Los padres de Jane desde alguna ciudad canadiense; los míos, desde la capital. Mis suegros, gente de mente abierta —dice Jane—, traen su aprobación y la dote, con la que iniciaremos un negocio relacionado con la ecología —al parecer, tendré que estudiar—. Mis padres están felices, no solo porque volveremos a vernos, sino también porque imaginan que ya encontré mi rumbo: una canadiense, un negocio y seguramente un nieto. Los imagino allá arriba, entre las nubes, soñando con una casa grande, una camioneta, una profesión, viajes a Nueva York, un doctorado y todas esas cosas que brillan.

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Tercera mención honrosa Pekín

Nicolás Ignacio Medina Cabrera

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Nicolás Ignacio Medina Cabrera (Moscú, 1988), fue arrojado al mundo justo cuando se desmoronaba el telón de acero. Volvió a Chile entre la caída de la URSS y el renacimiento de una democracia jorobada, fecundada in vitro por yanaconas chilenos y grupos de poder gringos. En su minoría de edad deambuló por colegios de dudosa calidad. Hizo estudios de clavecín en el Instituto de Música de la Pontificia Universidad Católica de Chile, pero los abandonó tras ejecutar un concierto barroco al que solo asistió su abuela. Asumiendo el simiesco reinado del reggaetón, estudió Ingeniería Comercial en la misma casa de estudios y hoy trabaja en una multinacional minera que esquilma a su querida patria. Escribe, generalmente ebrio, para escapar de un universo incomprensible. Ha ganado algunos premios literarios.

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La ruleta de la vida me lanzó a China por negocios que podrían etiquetarse de varias maneras, quizá medianamente turbios, tal vez algo canallescos. Yo prefiero decir que acaso eran ligeramente inmorales, o sensatamente sucios, como casi todos los negocios que se pactan adentro de la Gran Muralla y que por supuesto implican, de una u otra manera, aprovecharse de esa colosal multitud de brazos y manos febriles, abusar indirectamente de esos cientos de millones de abejas obreras que están obligadas a canjear su jornada por unas monedas misérrimas y dos pocillos de arroz blanco. Sin embargo, en esta historia mis negocios no importan y podrían ser cualquier chapucería imaginable, una importación de ropa plástica, un arreo de electrodomésticos, otros etcéteras baratos, arrumados en un conteiner con destino a San Antonio o Valparaíso. Por otra parte, océanos de tinta se han vertido para discurrir acerca de los eufemismos y las farsas del imperio comunista fundado por Mao Zedong y, por eso, lo que resulta digno de contar es que aterricé en Pekín a principios de febrero, una mañana de viernes, solo, exhausto, semiebrio y curiosamente erotizado por las piernas doradas de una azafata chinita, cuya sonrisa me recordaba, alternadamente, un jazmín bajo un claro de luna o una escena de porno asiático vista durante mi viciosa pubertad. Salí del aeropuerto a eso de las ocho y, tras un par señas, logré subirme a un taxi conducido por un chino cabezón y rechoncho que manejaba el inglés con la destreza de una marioneta sordomuda. Para colmo, la tarjeta del hotel y el mapa de un sector de Pekín que yo le exhibía, le provocaban una risilla espontánea, una risilla quizá justificada por la extensión descomunal e inabordable del panal pekinés, una risotada contenida que relucía en su cara gorda y sudorosa, manchada de absurdo, y que únicamente me sugería que el taxista se burlaba de mí mientras dentro de su cabezota reverberaba seguramente el equivalente de la frase maldito tulista, maldito tulista, maldito tulista, maldito tulista. Tras algo de esfuerzo, el taxista logró situar el hotelucho en su cartografía mental. El cansancio de mi reloj corporal (eso que el pragmatismo gringo llama jet lag), me hizo percibir el ingreso a la ciudad con una suave y terrible confusión, acaso con una sensación de antesueño. Por mi ventana se sucedió una carretera cercada por árboles macilentos y sitios eriazos; luego detonó el alto brote de la Pekín

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furia, el despertar iracundo de edificios y miles y miles de esquinas. Entonces aparecieron las hordas bajo el resplandor matutino y mentiroso del sol invernal: hordas de atascos y tubos de escape, hordas sonoras de gritos en mandarín, bocinazos y pistones tuberculosos. Y oleajes de peatones fugaces, imantados por la inercia, mecánicos, indistinguibles los unos de los otros como si de cuajo la individualidad no existiera y fuera una ilusa ficción hedionda a occidente, apenas una máscara insignificante confundida en la masa vibrante y suprema. Y, además, surgieron cascadas de motonetas y bicicletas que rielaban entre las legiones de almas procurando esquivar una pausa impermisible, tratando de eludir un camión de basura o bien intentando atravesar la piel de las horas, los minutos lanzados como galgos a la carrera, los segundos superpuestos uno tras otro como membranas trasparentes de aire, ruido, luz y polvo. Vi siempre polvo, el sucio polvo denso, respirando y creciendo, ubicuo, adosándose en todo: en los escaparates, los carteles de vialidad con caracteres indescifrables, las pantallas comerciales, las narices chatas y habituadas de los pekineses. Afortunadamente, a las nueve y media ya estaba en la puerta del hotel, cabeceando de sueño y a minutos de ser estafado en veinte dólares con la tarifa del taxi. El mesón de recepción fue un parpadeo tedioso antes del descanso. Y el simple contacto con la almohada me mandó a la lona como lo habría hecho un uppercut de Mike Tyson. Cuando desperté, el reloj delineaba casi las tres de la tarde. Me di una ducha rápida y, mientras me vestía, revisé el correo electrónico y me enteré, no sin cierto pasmo, de que mi seudojefe y un colega habían perdido el avión y recién aterrizarían en Pekín el lunes por la tarde. No debía preocuparme por gastos o compromisos; las reuniones que teníamos habían sido pospuestas hasta la otra semana y yo, inesperadamente, ya iba en el ascensor masticando la idea de un fin de semana completo de vagancia y quién sabe qué abanico de anécdotas. Abandoné el lobby del hotel con un mapa y un par de postales y destinos que me convidó el recepcionista. Descubrí que estaba bastante lejos del centro, pero como no tenía nada que hacer, decidí esquivar la estación de metro más próxima y arrojarme a las veredas. Enseguida noté que no estaba en un barrio acostumbrado a los extranjeros y que mi caracho de mestizo sudamericano llamaba la atención. Los vendedores ambulantes de castañas y otros frutos cuchicheaban. Muchos ojos rasgados, sin intenciones hostiles, se volteaban a examinarme, curiosos, algunos tenuemente impresionados.

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Después de que unos escolares me pidieron una foto, el hecho de ser una fea especie de luciérnaga me comenzó a desagradar. Empecé a apurar el tranco, algo ceñudo entre el gentío, ojeando el mapa cada tanto y confiando en mi instinto de brújula; viendo cómo el declive del sol dotaba a las fachadas de los edificios de un barniz amarillento y restablecía el ímpetu de la gente. Tras una hora de caminata me crujieron las tripas y entré en un restaurante que seguramente estaba vacío por la hora. Ante la obvia incomunicación verbal con la mesera, apunté una foto de la carta que sugería un chapsui delicioso, bañado en almendras. La decepción o la sorpresa fue triple: las almendras fotografiadas eran, en realidad, ajos más picantes que un lengüetazo al infierno; al parecer los chinos no salaban el arroz ni la comida y no había indicio alguno de salsa de soya en el restorán. Al menos la cerveza sabía conocida, un lenguaje universal. Me embuché una segunda cerveza y reanudé el patiperreo. A medida que resbalaba por las cuadras me sentía más alienado, paradójicamente solitario en una colmena cuyo catastro contaba una población similar a la que tenía Chile de norte a sur. Las miradas furtivas, los jeroglíficos para un hispanohablante; la incapacidad de descifrar siquiera una sílaba en medio de la marea humana. La tarde que se retiraba furiosa y rojiza, repleta luminarias sobre un sector de la ciudad que parecía una estampa caótica y tercermundista de Los Supersónicos o una escena sacada de Blade Runner. Todas las circunstancias me desconcertaban y me hacían sentir como expulsado del tiempo, ignorante, desprovisto de peso en la noche helada que ya se cernía entre centros comerciales y carteles de Nike, Coca Cola y Adidas. Ni la popular postal de Mao en la plaza Tien An Men me puso los pies en tierra. La luna me observaba gélida y familiarmente, el retrato de Mao podía sonreírme como un demencial híbrido entre la Gioconda y el Gran Hermano; podían brillar los letreros del coronel del Kentucky Fried Chicken o de Messi promocionando zapatos de fútbol. Y, sin embargo, ya nada, súbitamente nada, me podía sacar del cerebro de que el mundo nunca había sido mundo. China era otro planeta o acaso una época diversa, una forma de organizar la condición humana que todavía no se derramaba sobre toda la faz de la tierra, pero que seguramente destilaría y se expandiría globalmente en el futuro. Caminé imitando un ánima perpleja, trasportado adónde quisiera el viento seco y nocturno. De pronto me vi prisionero del resplandor de las lámparas rojas de papel, comiendo un aperitivo de alacranes y bebiendo un estrepitoso licor de arroz. Y luego estaba sentado en una banca, degustando una brocheta de serpientes en medio de un paseo peatonal concurrido que, al parecer, se llama Wangfujing y es uno de los lugares más tradicionales, connotados y turísticos de Pekín. Pekín

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Una muchacha se desgajó del gentío para sentarse a mi lado y decirme «Amigo, ¡hola amigo!», con un acento musical y gracioso. «Hola», respondí con una voz que no pintaba propia y le ojeé el rostro bronceado, las mejillas redondeadas por los pómulos altos, los hermosos ojos negros y estirados. Supuse estúpidamente que de su boca fina brotaría el español. Aunque era un señuelo. Traficamos frases lisiadas en inglés y me dijo que tenía veintiún años y venía de Mongolia, de las estepas, y que había escapado de su esposo y ya llevaba cuatro años en China. Y entretanto yo la imaginaba nómada y pequeña e ilesa, bebiendo leche de yak al interior de una carpa, sus dedos ya habían tanteado uno de mis muslos en el presente. Y su perfume decidor y su cadencia al andar me empujaban, suavemente me orillaban hasta un bar occidentalizado y después a un laberinto de vertientes y nudos en la carne. Solo sospeché que era una prostituta cuando el arrepentimiento debilitaba mis músculos y me sentía inútil, perverso, inmensamente borracho y vacío al atestiguar cómo su esqueleto terso se incorporaba profesionalmente de la cama y se cubría los pechos adolescentes con el sostén por sexta o séptima o quizá décima vez en el día. Acepté que era una arrendadora de túneles rosados y no una cortesana de Genghis Khan cuando me disponía a dejar la sórdida madriguera y le tendía un póker de yuanes junto a una propina en dólares. Afuera vibraba algo más que la medianoche y no se me ocurrió nada mejor que beber un poco más y luego salir casi rengueando del bar y dejarme llevar por la cinematográfica idea de volver al hotel en uno de los mototaxis que se apiñaban en una esquina, a la espera de pasajeros y náufragos. Un viejo bajito y sin algunos dientes se separó del grupo de conductores y me invitó a subir a su máquina. Le mostré el mapa. Asintió y dijo treinta, treinta yuanes en inglés. Y yo le respondí que bueno, treinta yuanes estaba bien. Me acomodé en el asiento y el motorcito del mototaxi estornudó y repentinamente nos movíamos. La brisa fría de Pekín me entumecía la cara y el conductor cantaba o hablaba cualquier cosa encriptada en mandarín y todo, todo me parecía perfecto y en calma, en una calma que sería fulminada por el trueno humano del amanecer, en una calma que se colaba en los poros y que se hacía más profunda y tenebrosa al internarnos en avenidas desiertas, en callejuelas con faroles casi apagados donde se adivinaban ratoneras y conventillos chinos. Una calma que, en estricto rigor, se prolongó unos minutos y fue aserrada de golpe, en una avenida de dos vías separadas por una arboleda, cuando el conductor me miró por el espejo retrovisor y detuvo el motor y me expresó que le debía pagar antes de llegar al hotel. —Why now? —pregunté y todo el diálogo fue en inglés. 78

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—Tleinta, treinta dolal, ahola. —¿Por qué? —insistí. —¡Tleinta, ahola, tleinta dolal… pagal ahola! —¡No! —dije tajante. —¡Tleinta dolal! —gritó dándose vuelta, mostrando una mueca iracunda y parcialmente desdentada. No sé por qué me bajé del mototaxi y lo insulté. Ladré que era un puto tramposo y que jamás hablamos de dólares, y que se podía meter su mototaxi en el culo. Y él, evidentemente, no comprendió más que la actitud corporal de las blasfemias y me apuntó con su índice amenazante y me lanzó un escupitajo y encendió el motor y me dejó varado, estúpido en la tiniebla, en un sitio innombrable dónde ni siquiera un grillo rasgaba el silencio. Contemplé los árboles altos y tétricos del bandejón central. Torné la vista a la derecha y vi la fachada de un edificio que podía ser una facultad o un hospital abandonado. A la izquierda discerní los bloques de casas de las que saldría una probable pandilla lumpen de monjes chaolines y me filetearían como a un pato asado. Rápidamente comprendí que era un soberano estúpido y que mis pasos eran tan frágiles como si estuviera en Saturno. Caminé tenso, alerta por la calle que se veía más iluminada, y juré que la impresión y el riesgo me habían quitado la borrachera. Y escasamente recuerdo lo que pasó después. La noche invocó siluetas hostiles, vértigos, voces filosas y un violento cortocircuito de la memoria. El alba me abrió los ojos tendido en un parque, con sangre coagulada en la narices y los bolsillos desplumados. Me dolía cada centímetro del cuerpo. Pasaban bicicletas; las calles atoradas de automóviles. El ruido y el polvo se hinchaban a cada segundo, como si un corazón canceroso dirigiera la taquicardia de la ciudad. Crecía incesante el ruido, el polvo, el torbellino de almas de un planeta incomprensible llamado Pekín.

Pekín

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Cuarta menciรณn honrosa Muerte dulce

Francisco Alejandro Scianca Missana

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Francisco Scianca Missana (Santiago, 1977), más conocido como Franco Scianca, estudió periodismo en la Universidad de los Andes, escritura audiovisual en la Pontificia Universidad Católica de Chile y actualmente cursa un Magíster de Edición en la Universidad Diego Portales. Durante varios años participó en los talleres de Jaime Collyer y Marco Antonio de la Parra y ha ganado diversos concursos literarios, como Consucuento, Juegos Literarios Gabriela Mistral y el premio Nicomedes Guzmán, entre otros. Sus cuentos han sido publicados en distintas antologías y en Jauría (Mago Editores, 2014), su primer libro de relatos. Actualmente trabaja en su primera novela.

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Odio los aviones, les tengo pavor. Detesto volar y, cuando me ha tocado hacerlo por trabajo, tengo que tomarme un par de whiskis y dos pastillas de ravotril antes de subirme al avión. Por eso, apenas me llamaron al celular para avisarme que mi viejo había muerto en el sur, no lo dudé en ningún momento y decidí manejar hasta Valdivia para reconocer el cuerpo. Parecía ser un trámite sencillo. Viajar, dirigirme a la morgue de la ciudad, confirmar que era mi padre la persona fallecida y volver. Tenía que ir, pues era la única persona que podía hacerlo. Estoy separado, trabajo freelance, manejo mis tiempos, soy hijo único y mi vieja murió de cáncer hace algunos años. Podría haber partido de inmediato, apenas me avisaron, pero era de noche y no veo bien en la oscuridad. No me gusta manejar sin luz de día. Me desperté temprano esa mañana, antes de las cinco. Con suerte dormí dos horas. Pero no fue por lo de mi viejo. Sufro de insomnio desde que Paula me dejó. A veces siento que mi cerebro funciona muy rápido y que mi mente está repleta de ideas, pensamientos y obsesiones que no me permiten relajarme y conciliar el sueño. Tomé un desayuno abundante (cereales, huevos revueltos con jamón y un par de tostadas), me vestí bien abrigado, me subí al auto y partí. Buin Me detengo en una estación de servicio y lleno el estanque. Me espera un una larga jornada. Tengo que recorrer casi novecientos kilómetros. Bajo del auto y aprovecho de comprar una cajetilla de cigarros y un café bien cargado. Me atiende una cajera gorda y amable. Se llama Janice (leo su nombre en el cartelito colgado en su pecho). Le pido las llaves del baño. Entro, meo, tiro la cadena y me miro en el espejo. No me gusta lo que veo. Tengo el rostro cansado, unas ojeras aterradoras y dos bolsas marcadas bajo los ojos, las cuales me hacen ver más viejo de lo que soy. Antes de retomar el viaje me fumo un cigarro que se extingue rápidamente. Una mezcla de humo y halo sale de mi boca. 83

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Rancagua Son las siete y media y todavía está oscuro. La carretera está casi vacía. Solo me he cruzado con algunos camiones y un par de buses que se dirigían a Santiago. Hace más frío. Según el tablero del auto, apenas hay un grado. Tengo la calefacción encendida al máximo para que no se empañen los vidrios. Conecto mi celular a la radio para escuchar algo de música y no sentirme tan solo. Suena Persiana Americana, de Soda Stereo; un tema movido, ideal para no quedarse dormido. Tengo casi mil canciones en mi celular. Las escucho en modo aleatorio, para sorprenderme y no saber qué tema, qué banda o qué solista vendrá después. A veces es mejor no saber lo que viene después. Si uno lo supiera, la vida sería aburrida y predecible. No entiendo a esas personas que se hacen leer las cartas y preguntan sobre su destino. Pienso en el carabinero que me llamó anoche y me informó sobre la muerte de mi padre. Lo hizo en un tono formal y de manera muy cuidadosa, creyendo, quizás, que la noticia me afectaría más de lo que realmente me afectó. Curicó Ya despejó. El cielo está completamente azul, no hay ninguna nube y el sol, tibio, comienza a asomarse en la cordillera. Debo haber tenido cinco años, quizás un poco más. Hacíamos un asado. Se me cayó una salchicha al suelo y mi viejo me retó de manera exagerada y dijo que cómo podía ser tan huevón. Mi madre me defendió, le comentó que su reacción era exagerada, que no fuera histérico. Entonces, mi viejo, que seguro debío estar borracho, le dijo que nunca lo reprendiera delante de mí, agarró la botella de vino y vertió su contenido sobre la cabeza de mi madre, quien se quedó sentada en la mesa, paralizada, llorando y con su pelo empapado y rojo. Observo el tablero. Intento no pasar los ciento veinte kilómetros. No quiero que me saquen otro parte. Este año ya me han sacado dos. Uno por hablar por celular sin manos libres y otro por estar mal estacionado. Miro hacia el costado derecho. Hay un gato reventado en la berma. Sus intestinos están repartidos en la carretera.

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Talca La última vez que hablé con mi viejo fue hace más de un año. Por celular. La llamada provenía de un teléfono desconocido, así que contesté. Era él. Estaba ebrio, se le notaba en su voz, me contó que estaba en Valdivia, dijo que me quería, que por favor lo perdonara, que yo era lo único que le quedaba en la vida. Me preguntó por mis hijas —habló de sus nietas—, a quienes apenas conocía. Entonces, todavía no me separaba de Paula. Lo mandé a la mierda. Le dije que no me llamara más, que él no existía para mí, que ni siquiera se le ocurriera acercarse a Santiago. Cuando le corté, sentí algo raro en el estómago y lloré. Paula me sobó la espalda e intentó consolarme, pero no hubo caso. Las lágrimas salían de manera explosiva por mis ojos. Nunca más volvió a llamar. Desde ahí que no sabía nada de él. Quizás por eso lo que siento ahora no es pena ni dolor. Quizás, ese mismo día, el día que me llamó y corté, mi padre murió simbólicamente. Y quizás, sin darme cuenta, de manera inconsciente, ya hice el duelo. De fondo suena David Bowie. Starman. There’s a starman waiting in the sky He’d like to come and meet us  But he thinks he’d blow our mind El cielo está claro, limpio, celeste. Chillán Estoy cansado. He manejado casi seis horas. Necesito algo de cafeína. Me detendré en la próxima estación de servicio, nuevamente llenaré el estanque y compraré una lata de Red Bull. Estábamos en el campo, disparando con un rifle a postones que mi viejo solía llevar en el auto. Habíamos colgado un par de botellas en un árbol y jugábamos a ver quién tenía mejor puntería. Nos turnábamos; primero disparaba él, luego disparaba yo. Hasta que un pájaro se posó sobre una de las ramas. Mi viejo me obligó a dispararle. Yo no quería hacerlo, pero insistió y me trató de maricón. Entonces, ajusté la mira del rifle y presioné el gatillo. Las plumas volaron y el pájaro cayó al suelo. Me felicitó y yo hice un intento por no llorar. Muerte dulce

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El paisaje es cada vez más verde. Miro hacia mi izquierda. La cordillera de los Andes se manifiesta con sus imponentes montañas y volcanes. A medida que avanzo por la carretera, las vacas y los terneros se multiplican en los terrenos, al borde del camino. Saltos del Laja Tengo hambre. Me desvío un kilómetro de la carretera y me detengo en una pequeña hostería, la misma donde alojé con mis padres hace más de treinta años. No ha cambiado mucho. No hay nadie en el comedor. Es muy temprano aún, no son ni las doce. Se acerca una muchacha que no debe tener más de quince o dieciséis años y me pregunta qué quiero. Pido una un Barros Luco y una Coca Light. Cuando termino de comer, salgo de la hostería, enciendo un cigarro y me instalo en el puente desde donde se pueden ver las cascadas a lo lejos. No sé por qué, pero les saco una foto, aunque las cataratas están prácticamente secas. Recuerdo una foto que tengo guardada por ahí. Aparecemos mi madre, mi padre y yo, en el mismo puente, con los saltos de fondo. Nos vemos contentos, felices. ¿Habremos sido felices en algún momento? Cuando mi madre murió, mi viejo se fue a pique. Se aisló y se puso más alcohólico e insoportable que antes. Él la amaba. A su manera, pero la amaba. Una vez la golpeó tan fuerte que la dejó en la clínica. Los médicos le dijeron que hiciera una denuncia, pero mi madre desistió. Ella creía en eso de que el matrimonio es para toda la vida. Y en cierta medida, pienso que ella también lo amaba. Estaba acostumbrada a sus arrebatos, a sus cambios imprevistos de ánimo, a sus arranques de ira. La gente se acostumbra a la violencia. Enciendo otro cigarro antes de subirme al auto. Prendo la radio. En una emisora local promocionan un cabaret ubicado en Los Ángeles: Horny Woman, abierto todas las noches de martes a sábado. Vuelvo a conectar el celular. De fondo, Los Prisioneros. Que no destrocen tu vida. Temuco En el horizonte diviso un par de nubes blancas, perfectamente contorneadas, como si hubieran sido dibujadas por un niño de primero básico. 86

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Me desperté asustado. Los gritos provenían de la cocina. Fui a ver qué pasaba. Mi viejo sostenía una pistola y amenazaba a mi madre con matarla. Me apuntó, me dijo que no era asunto mío y que me fuera a acostar. Me retiré, volví a la pieza. Todavía recuerdo la angustia que sentí esa noche. Pienso en lo que me dijo el carabinero la noche anterior. Y pienso en lo bajo que cayó mi viejo. Morir de frío como un vagabundo, borracho, en una banca de la plaza principal de Valdivia. Morir de frío, cubierto solo por diarios y cartones. Algo sabía. Me había llegado el rumor de que mi padre estaba viviendo en la calle, pero nunca se me pasó por la cabeza un final como este. No lo niego. Me sorprendió. Cuando ayer le pregunté al carabinero cómo me habían ubicado, me contestó que él siempre hablaba de mí y de sus nietas. Con los turistas, con otros mendigos. De fondo, nuevamente Soda Stereo. Té para Tres. Dicen que esta canción se la dedicó Cerati a su padre. El eclipse no fue parcial y cegó nuestras miradas, te vi que llorabas, te vi que llorabas por él Cambio de tema y avanzo una canción. No estoy para sentimentalismos baratos. Menos ahora, a minutos de reconocer el cadáver de mi viejo. Comienzan a caer unas gotas en el parabrisas. Las gotas se transforman en precipitaciones. Las precipitaciones se transforman en lluvia. Valdivia Recuerdo, meses después de que murió mi madre, cuando me contó que se iría al sur. Me dijo que se había comprado un pequeño terreno cerca de Valdivia, según él la ciudad más bonita de Chile, y que quería morir allá. No le contesté, pero me pareció una excelente idea. Mientras más lejos, mejor. Me pregunto si habrá dicho la verdad, si el terreno existió realmente, si vivió en una casa en algún momento o si se fue a vivir de inmediato a la calle. Llueve fuerte. Llego al Instituto Médico Legal. En la entrada me espera un tipo con delantal blanco y un carabinero, el mismo que me llamó la noche la anterior. Me dan la mano y las condolencias. Muerte dulce

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Se acerca un tipo pálido y canoso. Me entero que es el médico forense de turno. —¿Quiere verlo de inmediato? —me pregunta. —A eso vine, ¿no? —Sígame. Caminamos por un pasillo largo, angosto y oscuro. Bajamos al sótano de la morgue y llegamos al cuarto donde guardan los cadáveres. El doctor nos pasa una mascarilla. La sala, bastante amplia, está helada. Me siento como un pedazo de carne congelado en un refrigerador. Hay una camilla vacía en el medio. El médico abre uno de los tantos nichos que hay en la habitación, donde supuestamente está mi padre. El doctor me dice que ya le hicieron la autopsia. Causa oficial de su muerte: hipotermia. El cuerpo está cubierto por una sábana blanca. Mi corazón late fuerte. Aumentan mis pulsaciones. El forense lo destapa. Y lo observo. Flaco, demacrado. Debe haber bajado unos veinte kilos desde la última vez que lo vi. Sus costillas se le marcan como si fuera un quiltro, hambriento y enfermo. Su cara está pálida, casi transparente, y tiene los labios morados. Sus ojos están cerrados y su pelo es largo, completamente blanco, hace juego con su frondosa y descuidada barba. Pese a su deteriorado aspecto, noto algo de paz y calma en su semblante. El médico intenta consolarme y me explica que las personas que mueren de hipotermia no sufren. Me dice que por eso le llaman la muerte dulce. Las extremidades se anestesian, la frecuencia cardiaca baja y los cuerpos se apagan lentamente hasta que sus órganos dejan de funcionar por completo. —Una muerte plácida —me aclara. —¿Es él? —me pregunta el carabinero. —Sí. —¿Está seguro? —Sí. Es él. 88

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El carabinero y el forense se retiran y se ubican en un rincón de la sala. Conversan en voz baja, mientras el carabinero anota algo en una libreta. Vuelvo a observar a mi padre. Tomo una de sus manos y lo beso en la frente. Me gustaría que estuviera vivo y decirle unas cuantas verdades. Me gustaría que estuviera vivo para contarle que me divorcié. Contarle que extraño a Paula, que extraño a mis hijas. Contarle que a veces me siento solo y que a veces siento que todo se derrumba sobre mis hombros. Se acerca el médico y lo vuelve a cubrir con la sábana blanca. Tengo ganas de vomitar. —¿Se siente bien? —me pregunta el doctor. —Un poco mareado. —Es normal. Tranquilo. ¿Quiere un vaso con agua?. Salgo de la morgue, mientras el carabinero intenta explicarme cuáles son los pasos a seguir. Me habla de servicios funerarios y del traslado de mi viejo a Santiago. No lo escucho. Mi mente está en otra parte. Podría hacer los trámites de inmediato y volver a Santiago, pero estoy demasiado cansado como para manejar de vuelta y de noche. Ya no llueve. El aire está fresco. Miro hacia el cielo y observo un par de nubes negras, amenazantes, a través de las cuales intentan colarse unos tímidos rayos de sol. Me subo al auto y me traslado al hotel más cercano. Es un edificio alto, quizás el más alto de la ciudad. Entro a la habitación y me ducho. Me quedo un largo rato bajo el chorro caliente pensando en mi viejo. Me parece raro que hablara tanto de mí con los demás. Me parece raro que hablara de sus nietas, si ni siquiera las conocía. Me parece raro que haya decidido vivir en la calle junto a otros vagabundos. No sé, todo me parece tan raro. ¿Dónde quedó ese hombre poderoso, con plata?¿Dónde quedó ese tipo inestable y violento? ¿Dónde quedó ese tipo que hizo lo imposible por cagarme la vida? Me Muerte dulce

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lo imagino en una esquina durmiendo, frágil, alcoholizado, cubierto con cartones, abrazando a un quiltro pulguiento. Y me angustio. Mientras me visto, observo por la ventana. El sol se acaba de esconder y los colores anaranjados y rojizos del cielo conmueven. Las nubes negras que había hace algunos minutos se disiparon completamente. Pese al cansancio, no tengo sueño. Subo al último piso del hotel, donde hay un bar y enormes ventanales que permiten ver casi todo Valdivia. Me instalo en una mesa y pido un whisky doble. Y, mientras espero el trago, observo dos lanchas pequeñas iluminadas que se desplazan lentamente por el río Callecalle. Llamo a mis hijas, como lo hago todos los días para desearles buenas noches. Me contesta Paula y le cuento lo sucedido. No lo puede creer. Hablo con las niñitas y quedo un poco más tranquilo. Termino mi trago y vuelvo a mirar el río. La luna, mitad llena, se refleja en el agua. Pienso en pedir otro whisky. Desisto. Mejor volver a la habitación e intentar dormir. Mañana me espera un largo regreso.

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Quinta menciĂłn honrosa Tres piedras esfĂŠricas y una bolsa de cenizas

Elizabeth Gysling Riu

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Elizabeth Gysling Riu, sicóloga laboral de la Pontificia Universidad Católica de Chile por formación académica, buscadora del sentido de la vida por elección casi tardía. Madre asombrada y orgullosa de seis seres humanos extraordinarios y extremadamente agradecida del hombre generoso que ha sido su compañero y su guía por más de veinte años. Amante de la naturaleza a ultranza y lectora compulsiva. Los últimos quince años los ha dedicado a la consultoría en Recursos Humanos en varios países de Latinoamérica como trainer en liderazgo y habilidades interpersonales.

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Jueves 2, Terminal Sur, Santiago 5:30 Llegué demasiado temprano. Me estoy helando y falta al menos una hora para la salida del bus. Kilómetro 351, Ruta 5 Sur 12:30 El auxiliar me despierta suavemente y agradezco salir de mi pesadilla acostumbrada. Aturdida, acepto el desayuno incluido en el pasaje y me tomo a sorbos cortos un café con leche. Afuera, pasan raudos los primeros peumos y el cielo se encapota agrisando el paisaje. Viernes 3, Aeropuerto El Tepual, Puerto Montt 20:30 Maricarmen no pudo acompañarme. A su abuela se le ocurrió morirse de un infarto al miocardio un par de horas antes de juntarnos en su casa para planificar nuestro periplo hacia el Finis Terrae. Parece que la muerte le agarró el gusto a este viaje. Y yo me siento más sola que nunca. Sábado 4, Aeropuerto Chabunco, Punta Arenas 1:40 «¿Qué tal el vuelo?». No sé qué decir. Debo ser amable, creo, aunque un viento gélido atraviese toda mi ropa y ahogue hasta mis ganas de hablar. Además, hablar no es mi fuerte, aunque el perfecto extraño que conduce el todoterreno de lujo, en el camino más oscuro que he visto en mi vida, es tan cercano que hasta podría ser mi padre. Sonríe con tanta calidez como la calefacción salvadora cuando agradezco su hospitalidad. Miro de reojo hacia el asiento trasero buscando mi mochila. Verla allí significa que no estoy delirando.

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Sábado 5, Edificio Fundadores, Dpto. 314, Punta Arenas 18:30 «¿Qué tal Punta Arenas? ¿Es como lo imaginabas?». El tío Jan habla con un dejo de orgullo, típico de los que creen ser mejores personas solo por sobrevivir a un clima horrible. Sin esperar respuesta me ofrece küchen de ruibarbo, recordando que era el favorito de mi madre; que mi tía Deanna, otra perfecta desconocida, lo hace mejor que nadie y que vendrá en un rato a conocerme. Ya está muy oscuro. Mañana saldremos envueltos bajo la misma oscuridad, hacia Tierra del Fuego. Domingo 6, Primera Angostura, Bahía Azul, Tierra del Fuego 12:30 PM Un golpe metálico y el ruido de motores partiendo me devuelven a la realidad. El portalón frontal del ferry cae pesadamente sobre la plataforma de concreto carcomida por el mar, mientras una bandada de gaviotas grazna y revolotea escandalosamente sobre nuestras cabezas. Tierra firme otra vez. Tierra que es más viento que otra cosa. Es como si todos los vientos del mundo se juntaran para darle vuelta al Cabo de Hornos; los que se pierden se quedan deambulando por aquí, rugiendo, aplanando los árboles, los cerros, los pensamientos. «¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido…?». Ella la recitaba entera, como un mantra, más convencida que la misma Gabriela. «…si más lejos que ella solo fueron los muertos…Sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos…». Ella también tenía los ojos claros, como el cielo horizontal e interminable que ahora me encandila y había nacido en un huerto soleado y amable, oloroso a tomates frescos. Levanto la mochila y la abrazo sobre mis rodillas. Esa mochila es mi nexo con la realidad, con mi realidad que está a 2 800 kilómetros en dirección norte. Pero nosotros seguimos enfilando hacia el sur. Más al sur, todavía. Domingo 6, Estancia Amaranta, Tierra del Fuego 16:30 Me parece haber estado viajando durante meses. El tiempo no transcurre en la pampa. «Y nos vinimos no más. Aunque tuviéramos que vivir con cuatro tablas, nos vinimos no más. El DC3 Douglas se demoraba casi un día en llegar a Magallanes y de allí al lote en la isla, otro día más sobre huellas de ripio…». Ese lote que después fue la estancia que tenía su nombre, donde cambió sin quejarse 94

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los tomates olorosos, las uvas rosadas, el pastel de choclo y la albahaca por los calafates espinosos y la cazuela de cogote. 19:00 Está buena la cazuela de cogote. Le agradezco a Toyita, que desde el fondo de la cocina comedor me observa con curiosidad y agrado, mientras se seca las manos coloradas con su delantal. Pude hacer algunas tomas antes de la oscuridad total y ahora trato de enviarlas. El tío Jan recuerda la época en que se comunicaban con Punta Arenas a punta de silbidos, con un equipo de radio de 11 metros, cuando no había suerte con las palabras. Se conformaban con saber que el otro estaba allá, en el otro extremo del éter. Reviso las imágenes en HD de una belleza silenciosa, blanca e inmóvil. La nieve es más blanca que en las películas y cruje suavemente bajo mis pisadas, en un momento surrealista, sin viento y sin sonido. La nieve lo silencia todo. Incluso mis ganas del llorar. Lunes 7, Estancia Sol de Mayo, Tierra del Fuego 12:00 El camino parece una larga cuerda negra y enroscada sobre la pampa nevada. Pienso que hubiese sido mejor venir en verano, cuando las sombras son largas y los días interminables. No sé por qué no pude esperar. «¡Es muy fácil! En cualquier laguna, aunque esté seca, en la orilla a contraviento, están las piedras esféricas… contra el viento el guanaco no los olía y la emboscada cobraba su presa… Mira que perfectas que son. No parecen talladas a mano… seguro porque la luna llena les sirvió de modelo». No es fácil. Más bien es imposible. Me rindo después de tres o cuatro lagunas. Tendrán que ser tres piedras, nada más. Martes 8, cercanías de Puerto Yartou, Tierra del Fuego 11:20 Volvemos a salir, esta vez a lomo de caballo. No tenemos muy claro donde tenemos que parar. Ella solo dijo que quería un lugar mirando al mar, en una playa pedregosa, de olas pequeñas y transparentes, ojalá con árboles y calafates de los grandes. El tranco cadencioso del pingo entre el aparragado detiene el tiempo, adormeciéndome. Cierro los ojos y me concentro en el movimiento de su cuerpo Tre s p i e d ra s e s fé r i c a s y u n a b o l s a d e c e n i za s

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manso y cálido, maravillada de lo fácil que fue para alguien que nunca se había acercado a un caballo. Apoyo la cabeza en su pescuezo que huele a una mezcla de cuero, roble y vaho vegetal que mana a raudales de sus ollares, mezclándose con mi propio aliento. La mochila ya no pesa. Los recuerdos tampoco. No sé cómo hacer esto con tanto viento. Me saco los guantes y torpemente abro la mochila para sacar las cosas con las que creo debo formular una especie de ritual: pongo la bolsa en el suelo, entre las piedras redondas y le doy la espalda a la ventolera mientras deshago el nudo. No alcanzo a decir nada ni a pensar nada. El viento se mete en la bolsa y las cenizas desaparecen un par de segundos antes que la bolsa de plástico haga lo propio en descontroladas volutas y se pierda de vista. Con toda la fuerza de la que soy capaz, arrojo las piedras redondas tratando de formar un triángulo con sus trayectorias. Me imagino que soy un selk’nam cazando un guanaco imaginario, o uno tutelar1, de esos que corren por el firmamento. El punto cardinal que me faltó da igual. Los triángulos son iguales de mágicos. Más mágicos, como las pirámides y seguro te guiarán hacia donde querías llegar. Jueves 10, Aeropuerto Arturo Merino Benítez, Santiago 18:37 El avión del vuelo LAN286 ha posado suavemente sus toneladas de metal sobre la losa del aeropuerto y, después de carretear lentamente por algunos minutos, se estaciona frente a la manga de salida. Saco la mochila de la parte inferior del asiento delantero y permanezco sentada esperando que la fila de pasajeros que se revuelve inquieta entre los asientos, con la urgencia de bajarse y pisar tierra nuevamente, pase a mi lado antes de levantarme y unirme a ella. 16:00 Entre la manada de taxistas y gente que espera ansiosa la llegada de los vuelos, sobresalen la cabeza de Vicente y su sonrisa. Apuro el paso hasta casi chocar con él. Me aferro a su chaleco en un abrazo inusualmente largo y apretado, que lo deja perplejo y feliz. Aplasto la nariz contra su pecho y logro camuflar un par de lágrimas rebeldes que se han tomado revancha a nombre de todas las demás, mientras me acaricia el pelo y dice cuánto me han echado de menos él y el perro. De camino al auto me hace un montón de preguntas que apenas escucho. «Te traje küchen de ruibarbo», le contesto a la par que me siento y cierro la puerta.

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Pablo Neruda, Alturas De Machu Picchu

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Epílogo El verano siguiente, fuimos juntos a Tierra del Fuego. Vicente tardó menos de media hora en hacerse con una piedra esférica. Juntos la tiramos al mar, en la pequeña playa pedregosa, por si aún te hace falta.

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Sexta menciĂłn honrosa Panamericana norte

Alejandro MartĂ­n Soto Mella

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Alejandro Soto Mella (Chuquicamata, 1978). Vivió su infancia y adolescencia en Quillota, estudió Historia en Valparaíso y desde el año 2002 reside en Santiago. Ha participado en diversos concursos literarios, entre los que se cuenta una Mención Honrosa en el concurso “Mi Vida y Mi Trabajo” organizado por el Ministerio del Trabajo, en su versión del año 2010. También fue publicado en la Antología “Metalenguaje” (Ajiaco Ediciones, 2014). Ha participado en talleres literarios, escribiendo constantemente. Sus principales influencias son John Kennedy Toole, Fabián Casas, Siu Kam Wen, Knut Hamsun, Claudio Giaconi y las hermanas Mitford. Actualmente trabaja en el área de capacitación a empresas, y se moviliza en bicicleta, pensando en el argumento de una futura novela, que puede terminar también como un musical de Broadway.

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Llevábamos ya casi cuatrocientos kilómetros recorridos y toda la buena onda inicial había quedado abandonada unos cuantos peajes atrás. Mi papá manejaba concentrado al ritmo de Creedence Clearwater Revival y, a su lado, mi mamá miraba hacia los cerros infinitos. Mis hermanos ni siquiera peleaban entre ellos: cada uno estaba enfrascado en su propio Tetris Brick Game 999999 Built in 1. Al lado, hastiado, yo iba escuchando música con audífonos. Así comenzaron las últimas vacaciones con mi familia; además, esa fue la última vez que los cinco integrantes de mi familia estuvimos todos dentro del mismo auto, un Peugeot 505 SR año 1990 Station Wagon. Íbamos por la Panamericana Norte, en viaje non stop hasta Calama, a ver a mis abuelos. Tuve que ir obligado, ya que era mucho más excitante la idea de quedarse como dueño de casa —a lo Risky Business— que estar viendo Gigantes con Vivi junto a mis padres, durante el verano calameño. No obstante, era una época en la que aún debía regirme por lo que decían mis papás, por lo que, resignado, tuve que subirme al auto esa nublada mañana de diciembre de 2001. Al ir mirando los monótonos cerros del norte chico, iba pensando en la trascendencia de ese momento. Tenía poco más de veinte años, pero ya intuía que el siglo XXI se venía fatal para mi familia: las discusiones entre mis papás cada día eran más frecuentes y mis hermanos estaban comenzando ese proceso de abulia adolescente del que yo estaba ya saliendo. Este desembocaría naturalmente en la apatía propia de los adultos de mi familia: llamadas una vez a la semana, visitas para Navidad, el dieciocho, terremotos y funerales de parientes lejanos. Algo así como lo que estoy viviendo actualmente. Pero no hay que adelantarse. Estamos en diciembre del año 2001, vamos a 95 kilómetros por hora por la ruta 5 norte, kilómetro 396 sector Quebrada Seca y mi mamá nos acaba de convidar Orange Crush. Una estampa familiar perfecta, la última lámina del álbum de vacaciones familiares, cuyas primeras figuritas son de mucho tiempo atrás, por allá por inicios de los ochenta, época en que mis papás recorrían la misma Panamericana Norte, en sentido inverso Calama-Santiago-Talca, para ir a visitar a mis abuelos paternos, viajes en los que mi mamá se aburría como ostra, según sus propias palabras, a bordo de una citroneta AX 330 año 1975, de color café. Mis papás eran muy jóvenes —dudo mucho que hayan sido alocados— y yo tenía poco más de tres 101

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años. Mis hermanos aún no nacían —de chiripa, como siempre decía mi papá— y yo contaba con todo el asiento trasero para mí solo, situación que contrastaba dramáticamente con mi realidad 2001, donde tenía que compartir espacio con dos mocosos de quince y trece años. Esas vacaciones ochenteras eran uno de los temas predilectos de conversación de mis papás y ya conocía todas esas historias: de la vez que bajaron por la cuesta Buenos Aires con neumáticos lisos, de cuando a mi mamá la mordió un pavo real en un zoológico de Caldera, o cuando vieron unas luces misteriosas sobre el desierto, cerca de Taltal. Esos viajes me gustaban, pero mis predilectos eran los de principios de los años noventa, cuando en el viejo Dodge Dart blanco, más la casa rodante Rapido Conformatic, íbamos hacia el sur, parando en cualquier parte, todos juntos como en Little Miss Sunshine. Aunque, hay que decir que, al término de las vacaciones, el odio era mutuo entre todas las partes. Posteriormente, hubo otros viajes bien poco recordables (a mi mamá le había dado por recorrer sus lugares de infancia y así fuimos a ciudades tan adrenalínicas como Chimbarongo, Convento Viejo o Quinta de Tilcoco) en un furgón Kia año 1995. Todo ese ciclo vacacional estaba llegando a su fin. Al llegar a La Serena, pasamos por esa ciudad como todos los pobres pasan por La Serena: de largo. No bajamos a la playa ni fuimos a La Recova. Solo paramos en un Pronto Copec a estirar las piernas, a fumar y a llamar por teléfono a mis abuelos anunciando nuestra llegada. Pasé de largo por los sándwiches medievales de lengua con mayonesa preparados por mi mamá y me fui a sentar a la orilla de la carretera, a ver los inmensos buses Neoplan Skyliner pasar velozmente. Aún no existían los molestos GPS y los choferes tenían tanto o más poder que el piloto de un Jumbo 747. Recordé la única vez que viajé en el segundo piso de un Neoplan Skyliner: fue a fines de 1988 y, dado mi alto rendimiento escolar —el único triunfo que he tenido en mi vida— mi abuelo me vino a buscar para ir a Calama: el mismo viaje, pero atendido como rey, con azafata, queques Cena y jugo Watts a la hora de once, y una película en VHS para mirar mientras cruzábamos el oscuro desierto. Era esa edad en que los abuelos aún entretienen y yo me fui conversando con mi abuelo todo el viaje. Cuando digo todo, es que efectivamente fue así. Los mil ochocientos kilómetros —con trasbordo en Antofagasta— nos fuimos hablando. Ya ni me acuerdo de lo que conversamos, pero creo que ese viaje, a su modo, también fue una despedida. Dejé de ser niño: me di cuenta de que mi abuelo también se enojaba, también se aburría y que, seguramente, también le daba lata viajar casi dos días escuchando mis ínfulas de viejo chico: «Papi, ¿es verdad que el desierto 102

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es seco porque antes era el fondo del mar?» «Papi, ¿tú crees que algún día habrán autos voladores?» «Papi, quiero ir al baño». «Papi, ¿cuándo vamos a llegar?». Ahora que lo pienso, durante mi niñez y adolescencia viajé muchísimo. Una gran parte de mis millas acumuladas son de esa época: viajes de vacaciones, otros más locales como ir a Viña a comprar los uniformes o a buscar a mis hermanos chicos al colegio o a comprar el gas o a arrendar películas. Diligencias que satisfacían necesidades que ya no existen. Ahora, viajo muy poco —mi viaje anual más largo son dos horas, cuando voy a la playa de vacaciones— y siempre es en bus. Ya no tengo paciencia para estar dos horas mirando los postes, los letreros, las señales de tránsito. Prácticamente no viajo nunca. No tengo donde ir y cargar con una mochila, por más pequeña que sea, me resulta un sacrificio enorme. Ese ritual de escuchar la voz de mi papá diciendo: «¿Quién me acompaña?», subirse al auto, poner el pestillo, encender la radio e irse mirando las luces de los postes, para luego esperar una hora a que mi papá volviese de sus diligencias, simboliza un ritmo de vida olvidado hace mucho tiempo, un mundo que ya no existe. Lo que sí existió fue el olor a bencina del Pronto Copec donde estuvimos ese último verano juntos. Mi mamá me llama porque ya es hora de subirse al auto. Ahora ella maneja y eso se nota en la música que escuchamos. Vamos quemando kilómetros al ritmo de Olivia Newton John y Coldplay —inédita concesión moderna— mientras mi papá, poco acostumbrado a su rol de copiloto, va con la cabeza vuelta hacia atrás, contándonos chistes. Pronto nos empieza a aburrir y mi hermano menor —el más menor— lo hace callar. Yo, un verdadero hijo del rigor, jamás podría hacer eso. Jamás podría decirle a mi papá «cállate, viejo latoso», como lo hace Esteban. A mí me enseñaron a guardar silencio mientras los adultos hablan. Ante la escasa recepción de su repertorio, mi papá opta por guardar un profundo silencio. Busca conversación con mi mamá, pero ella está concentrada en el viaje, en hacer cambio de luces avisando a los camioneros que en el kilómetro 450 los pacos están controlando. Mi mamá ha estado rara todo el viaje, como ausente. Aunque, en realidad, lleva mucho tiempo así. Ha tenido muchas discusiones con mi papá y, seguramente, firmaron una especie de tregua veraniega, pero está claro que cada uno piensa por su lado, a kilómetros de distancia mutua, aunque vayan uno al lado del otro en los asientos delanteros. Recuerdo que esa mañana se subió al auto con los ojos llorosos. Ahora va metiéndole chala, como dice ella, a cien, ciento diez. Los dos mil centímetros cúbicos del Peugeot responden bien y todo el cargamento que llevamos —plantas, chirimoyas, conservas de durazno, melones y cajas misteriosas con fotos misteriosas— ni se nota. Mi mamá conducirá hasta Panamericana norte

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el inicio de la cuesta Pajonales, ahí donde la Panamericana Norte deja de correr al lado del mar y se adentra en la Depresión Intermedia, cruzando los abruptos cerros de la Cordillera de la Costa. Esas curvas, cuyos ángulos desafían la geometría euclidiana, junto a esas tremendas pendientes, la intranquilizan. Decidimos parar en un pueblito pequeño llamado Incahuasi a fumar, estirar las piernas y tomarnos una foto frente a una destartalada iglesia, donde yo salgo mirando hacia el horizonte. Esa es una las últimas láminas de mi álbum familiar. Esa foto la tomó un gringo en San Pedro. Ahí estamos en los baños de Turi con tu tía Jacqueline, cuando aún no se enfermaba. Si, era muy bonita, tú no la conociste así, pero... Esos dos son tus primos, los hijos de la Loreto, esa foto la tomamos en Auquinco con la cámara chica. Ahí estamos en Villarrica, esa noche que llovió. No, no me acuerdo dónde es esa foto, solo sé que no la tomé yo ni tu mamá, mira que mal está tomada. ¡Si les cortaron la cabeza a todos ustedes! Acá estamos en Pichilemu, el verano del 94. Recién habíamos sacado esa cámara, una Canon con zoom. Acá falta tu abuela, justo había ido al baño cuando pasó el fotógrafo, por eso estamos todos con esa cara de risa. Esta otra la tomó tu mamá, ella siempre toma buenas fotos, incluso con la Kodak Ektralite. Comentarios así eran los que decía mi papá cuando veíamos las fotos, esas tardes eternas en que le pedíamos que nos las contara. Ese verbo se usaba en mi casa, porque mis papás contaban largos relatos sobre las fotos, las circunstancias en que fue tomada e, incluso, los modelos de rollos y cámaras que usaron. Recuerdo que mi papá les ponía un timbre —artefacto especial que había mandado a hacer— en el reverso, donde debía poner esos datos. El Peugeot lentamente asciende por la temida cuesta Pajonales. Estoy seguro que si mi papá hubiese sido poeta, sus libros se llamarían Cuesta Pajonales, Cuesta Porotitos y Cuesta Buenos Aires. Era tanta su obsesión por las cuestas que sus historias eran parte importante de su repertorio, cuando se juntaba con sus amigos del Radio Club. Lo raro es que también mi mamá las usaba como tema de conversación, cuando iba donde la tía Roxana o donde mi madrina. Ya fuera tomando once en La Genovesa o conversando con la Chepa allá en el negocio de ropa americana-europea, según ella, siempre hablaba de las cuestas. Deben ser cerca de las siete de la tarde y ya hemos recorrido más de seiscientos kilómetros, echando bencina dos veces: una a la salida, en la Esso de la plaza de Quillota, y otra en la Copec de La Serena. El sol es del color de una moneda de cincuenta pesos —el mismo color de piel que tenía el Rodrigo Yanca, un compañero del colegio, al que le decíamos Caremonea de 50— y se esconde en unos cerros 104

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pelados, cuya monotonía es rota solo por los postes eléctricos, misteriosas instalaciones blancas y arcaicos senderos que quizá para qué lado van. Hace calor dentro del auto, siento que el calor del asfalto se cuela por todas las ventanas. El tráfico es escaso, pasan buses interprovinciales y esta es la hora en que empiezan a circular los primeros camiones. Mi papá me explicó una vez que los camioneros duermen de día, en esas literas que tienen los camiones International y Mack, y que a eso de las siete empiezan a moverse. «Les gusta más la noche», me decía. «A mí también me gusta más manejar de noche». «A tu mamá también, pero le da sueño temprano». A mí me gustaba más ir en el auto a eso de las siete de la tarde, precisamente, cuando el sol se empieza a esconder y en la radio siempre ponen buena música. Recuerdo un viaje, a fines de los ochenta, junto a mis abuelos y mi mamá al volante: íbamos por la carretera costera del litoral de la Quinta Región Norte, desde Papudo a Concón, y en la radio Pioneer Super Tuner se escuchaba a los Bee Gees, con Living Eyes. Esas canciones crepusculares, un poco melancólicas, son las que asocio siempre a mi mamá. Para ella, conducir no era la carrera tipo Locos del Cannonball en la que siempre iba mi papá, con sus Boney M y Creedence a todo volumen. No, ella cuando manejaba lo hacía con una expresión beatífica, de concentración e inercia absolutas. Nos podíamos estar matando en el asiento trasero, pero a ella no le interesaba. Solo se preocupaba de manejar y de poner esos temas melancólicos en la radio, mientras sus pensamientos quizá hacia donde se iban, siempre con el volante afirmado con una sola mano, mientras la otra bien firme en la palanca de cambio, escuchando Billy Joel y solo hablando para pedir sus lentes, esos Ray-Ban de policía que, según ella, la ayudaban a ver mejor. La cuesta Pajonales es una especie de pentagrama desordenado, con líneas infinitas que se pierden en todos los puntos cardinales, todo coronado por ese inmenso sol que es apenas un pequeño reflejo en el parabrisas, escondiéndose por el lado del asiento del conductor. El paisaje es muy lunar, como de esas fotos que envían las sondas que van a Marte, y un viento intranquilizante y helado nos recibe en un pequeño pueblo llamado Cachiyuyo. Estamos en medio de la nada y no me explico cómo en ese lugar florece una especie de mercado persa informal. Algunos hombres venden dulces, otros bebidas y café y más hacia la carretera, quesos. Tomamos once con el pan comprado en Quillota, que ya está un poco duro, pero a nadie le importa. Llega un tipo y nos ofrece casetes, nos dice que ya no se escuchan radios hasta Vallenar y que el viaje se hace más corto con música. Vemos el surtido de casetes que trae y, cosa curiosa, ninguno es de música. Todos son de humoristas tipo Coco Legrand o Pippo Arancibia, cuyas carátulas son fotocopias de papel amarillo. Pippo Arancibia es el elegido. «Efectivamente, no se escucha ninguna Panamericana norte

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radio», pienso mientras trato de sintonizar la Pioneer Super Tuner. Ordenamos las cosas, mi papá revisa la presión de los neumáticos y, nuevamente, el motor del Peugeot se pone en marcha. Pippo Arancibia resuena por los cuatro parlantes del auto y la verdad, su rutina está bien buena. Mi mamá se trapica —término que, en nuestra familia, equivale a algo que da mucha risa— y mi papá solo mira para atrás, comprobando que lo estamos pasando tan bien como él. Una vez leí que esos momentos efímeros eran los más importantes en la vida de un hombre y, ahora que lo pienso, creo que es verdad. No había preocupación alguna, yo confiaba absolutamente en esos dos seres que iban en el asiento delantero, mi papá muy seguro conduciendo; mi mamá, dejando de lado su habitual expresión ausente, participaba activamente del momento; y mis hermanos, cada uno imitando los chistes de Pippo Arancibia. Esa escena debió ser la última vez en mi vida en que no tuve ninguna preocupación. Despierto con la boca llena de baba —como siempre— y estoy dentro de una cámara oscura, como si se hubiesen apagado las estrellas. Esporádicamente, unas tenues luces rojas indican que no estamos solos en este inmenso y tenebroso desierto. Toda la buena onda del viaje murió con el día y por lo que escucho, mis papás discuten. Mis hermanos están despiertos, con los ojos bien abiertos, pero no atinan a hacer nada. Ya todos conocemos el pésimo carácter de mi papá y, de seguro, esta es otra de sus escenas. Para nadie es un misterio que él no quería venir a este viaje y así se lo recalca a mi mamá cada vez que puede. Lo miro y me imagino el personaje de ese juego de video en que uno tiene que ir manejando y el copiloto va con una UZI disparando. Claro que acá la UZI es la afilada lengua de mi papá y esos insultos suenan como cuchillazos en las venas. «Te dije que no quería venir a esta hueá de viaje, no soporto a tu mamá ni a tu papá. Vamos a gastar mucha plata y después voy a tener que trabajar horas extras pa’ pagar el viaje» «Ya me tenís chata con tus hueás. Mándate a cambiar con la vieja hueona, esa de allá de Quillota, si estái tan aburrido». Mala estrategia la de mi mamá, recordarle a mi papá el affaire que tuvo hace unos años con una vecina. Decido no intervenir. No se trata acá de la clásica historia en que el papá es el malo y la mamá es la buena. A mis trece años habría creído eso, pero ahora, a mis veintitrés años, ya no necesito de mi mamá, con su maldad que le sale por sobre sus lentes afirmados con una cadena, ni por el sibilino odio que le tiene a todo lo relacionado con mi papá. A él tampoco lo necesito, no me interesa su falsa moral ni su hipocresía ni tampoco ese falso paternalismo que le ha venido ahora último, desde que supo lo que me pasó con el Miguel. Yo pensé que me iba a retar, pero lo más extraño fue que me abrazó y me dijo que siempre me iba a apoyar. No le creí, tal como 106

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nunca le he creído ninguna palabra proveniente de su boca. Ni siquiera la historia de los camioneros se la creí. Mecánicamente asentí, pero en el fondo, sabía que todo lo que me estaba contando era un montón de mentiras. Es increíble lo rápido que se conduce mientras se discute. Ya vamos más allá de Chañaral —entramos a esa zona muerta entre Chañaral y Taltal— en que no hay nada, ni siquiera bencina o alguna mugrosa posada donde pasar a desayunar. Tan solo nosotros, la familia Jofré-Ruiz, que va a 90 kilómetros por hora en un Peugeot 505 SR, en un punto de inaccesibilidad de la Panamericana Norte, donde es imposible devolverse, por lo que solo queda avanzar. Sin embargo, esta vez no avanzamos. Escucho como mi papá decide detenerse y se baja rápido del auto, pegando un portazo. Mi mamá no se queda atrás y hace lo mismo. Se ponen a discutir afuera. La tregua pactada entre mis papás duró hasta el término de la cuesta Pajonales. Les digo a mis hermanos que suban las ventanas, para que no vuelvan a oír lo escuchado muchas veces antes. Yo nunca participo en las discusiones familiares, siempre he entendido que son propias de mis papás, pero la idea de quedarme varado a trescientos kilómetros de Antofagasta no me satisface. «A ver el parcito, ¿hasta cuándo van a jodernos la vida?». «No son capaces siquiera de entregarnos unas buenas vacaciones, dejen sus hueás de lado y compórtense como adultos por una puta vez en sus vidas», suelto a quemarropa. Estoy tiritando de frío, pero también de nervios. Nunca les había hablado así a mis padres, siempre soporté sus injusticias en silencio. No dije nada cuando no me dejaron ir a mi paseo de fin de curso, en cuarto medio. No dije nada cuando me humillaron a mis doce años, la tarde en que el profe Javier me echó de la primera infantil de San Luis. Ese día llegué a la casa, muy triste por el temprano abandono de mi carrera futbolística, y solo escuché las burlas de mis papás. De ambos. No dije nada tampoco cuando dócilmente debía ponerme las zapatillas que ellos —siempre ellos— me elegían, esas feísimas Match blancas que debía usar año tras año, verano tras verano, solo porque a ellos les daba la puta gana. No dije nada cuando me sacaron de la escuela de música, diciendo que salía muy caro pagarle a la tía Heidrun para que me enseñase a tocar batería. No dije nada cuando la tía Heidrun fue a mi casa, a decirles que no se preocuparan por la mensualidad, que ella me podía enseñar gratis porque yo tenía un buen futuro. Mi mamá dijo que no, que no podía ir más. «¿Y por qué?». «Porque así lo digo. No tengo por qué darte explicaciones». No dije nada tampoco cuando me pillaron con el Miguel y me humillaron delante de toda mi familia. «Feo culiao», recuerdo que me dijeron. Que por tener acné jamás las minas me iban a pescar y que por eso tenía que andar, como los maricones, con Panamericana norte

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hombres. Eso me dijo mi mamá. Claro, mi papá después me abrazó y, de manera lacrimógena, me pidió perdón, pero no. Yo sabía que de su boca solo salían mentiras. Pensaba en todo eso mientras los miraba diciendo, «¿Hasta cuándo nos van a huevear?». «Déjennos tranquilos por una puta vez, viejos culiaos». Estábamos solo separados por el capot del Peugeot; yo al lado de la carretera —a esa hora solo pasaban camiones que hacían vibrar completo el auto— y mis papás estaban al otro lado, casi al final de la berma, donde hay un terraplén que se adentra en el desierto. Los silencios eran rotos por ese ruido como de pistola a fogueo que siempre se siente en el desierto, ruido que me ha acompañado en todos mis viajes. Mis papás me miraban en silencio. Uno de mis hermanos había encendido las luces bajas del auto. Mis papás fumaban, furiosos. Mi mamá estaba con esa furia a la que yo le temía tanto, esa furia irracional que me decía las peores pesadeces. Nunca me pegaron en mi casa, pero mis papás eran expertos en humillar. Comenzó el segundo movimiento: «Mira hueón, tú no tenís nada que decirnos, nada de nada. Tú hiciste algo muy feo y vergonzoso para todos, así que estái en capilla. Quédate callado mejor, maricón culiao», dicen los dulces labios de mi mamá. Yo decido jugármela el todo por el todo. Ya todo está hundido, este viaje es la última lámina en nuestro álbum familiar, así que no me quedo con nada guardado. Disparo nada más. Con la potencia del Dodge Dart blanco, lanzo a quemarropa todo lo que mis papás no quieren escuchar de su hijo mayor. Salgo del closet en el peor momento posible: a mil trescientos kilómetros de mi casa, en un punto indeterminado de la Panamericana Norte, mientras cada camión que pasa me provoca escalofríos en la espalda. Veo que mi papá, fuera de sí corre hacia mí, no precisamente para abrazarme. No le hago el quite y hábilmente esquivo el combo que me quiere dar. Le pego en ese rostro barbón al que mis amigos le prenden velas, ese papá modélico que es papá de todos, menos de sus hijos. Mi mamá corre también a pegarme. Adivino sus intenciones. Solo me queda hacer una cosa: empujo a mi papá por el terraplén hacia abajo, cae pesadamente como un saco de papas. Mi mamá corre a auxiliarlo. Ya no me preocupan ninguno de los dos. Estoy en un estado de inercia absoluta. Rápidamente me subo al auto y les digo a mis hermanos que se afirmen. «Vamos a arrancarnos, así que cállense, cabros hueones, y pórtense bien». Miro hacia atrás y mis papás emergen, como zombis de una tumba, del terraplén. Incrédulos ven como miro hacia atrás, buscando un espacio para entrar en la Panamericana Norte. Siento un piedrazo en el vidrio trasero. Mis hermanos, inteligentemente, se agachan. Después de un camión Iveco encuentro mi lugar en la ruta. Resueltamente ingreso al escaso tráfico. Por el retrovisor veo como las siluetas 108

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de los papás se empequeñecen. Mis hermanos empiezan a llorar. «Tranquilos, cabros», les digo. «Andemos un poco más y nos ponemos a descansar». Andrés, mi hermano del medio, me pasa una taza de té. Primer acto inteligente que hace en su vida. El pulso de mi corazón empieza a descender. Bajo las ventanas, se cuela un fresco aire que me mantiene atento a la conducción. No manejo serio como mi mamá, ni en una continua carrera como mi papá. Tengo un estilo propio, que es más relajado, disfrutando del momento, comportándome como el adulto que mis papás no quieren que sea. Las señales del camino me indican que estamos a 10 kilómetros de una Copec. «Ahí descansaremos», les digo a mis hermanos. «¿Y los papás?», me pregunta el Esteban. «Me da lo mismo», respondo. Llegamos a la Copec. Menos mal que mi papá no sacó su billetera, así que tenemos efectivo. Echo un poco de bencina y entramos al Pronto Copec a tomar té con esos completos de máquina, con palta sintética. Decidimos, en rápida asamblea con mis hermanos, dormir unos cuantos kilómetros más allá. Me siento muy cansado como para seguir manejando y quiero dormir. Yo en el asiento del conductor, Esteban al lado y Andrés atrás. Amanece. «Y ahora, ¿qué hacemos?», me dice Esteban, pensando en que todo lo de anoche fue un sueño. «No sé, devolvámonos a ver si los encontramos». Enciendo el motor del Peugeot y doy una vuelta en U. No me había dado cuenta, pero el desierto está lleno de flores.

Panamericana norte

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SĂŠptima menciĂłn honrosa Ciudad desconocida

Arelis Uribe Caro

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Arelis Uribe (Santiago, 1987) es periodista de la Universidad de Santiago y Magíster en Comunicación Política de la Universidad de Chile. Ha colaborado con The Clinic, El Dínamo y Noesnalaferia. Participó en los talleres literarios de la Zona de Contacto en 2005 y de Juan Pablo Meneses y María José Viera-Gallo en 2014. Ha sido finalista del Concurso de cuentos Paula, del concurso de crónicas Las Nuevas Plumas y del premio Pobre el que no cambia de mirada. Actualmente, trabaja como periodista en Educación 2020 y es Directora de Comunicaciones del Observatorio Contra el Acoso Callejero (OCAC), Chile. En 2016 espera publicar Quiltras, su primer libro de cuentos.

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Cuando chica con mi prima nos dábamos besos. Jugábamos a las barbies o a la comidita con tierra o a las palmas. Me quedaba en su casa fin de semana por medio. Dormíamos en su cama. A veces nos sacábamos la camiseta del pijama y jugábamos a juntar nuestros pezones, que en esa época eran apenas dos manchones rosados sobre un torso plano. Con mi prima estuvimos juntas desde siempre. Nuestras mamás se embarazaron con dos meses de diferencia. Nos dieron pechuga, nos quitaron los pañales y nos dio la peste cristal juntas. Era casi obvio que cuando grandes íbamos a compartir una casa y jugaríamos a la comidita y a las muñecas, pero de la vida real. Creía que íbamos a ser ella y yo, siempre. Pero los adultos corrompen las cosas. En la familia de mi mamá eran siete hermanos. Tres hombres y cuatro mujeres. Los hombres vivían como los hermanos que eran. Habían estudiado ingeniería en la misma universidad, les gustaba el mismo equipo de fútbol y se juntaban a hablar de vinos y relojes. Las cuatro mujeres eran un caos. Una se fue a trabajar a Puerto Montt y con suerte la veíamos para navidad. Otra se fue siguiendo a un pololo y ahora tenía muchos hijos y vivía en Australia. Casi no existía. Las dos que quedaban —mi mamá y la mamá de mi prima, mi tía Nena— eran esposas de hombres brutos. Mi papá era un bestia y también lo era el papá de mi prima. De esa gente que se curaba para año nuevo y hacía llorar a los demás. Nunca vi a los siete hermanos reunidos. A veces nos encontrábamos para los funerales o cuando los abuelos celebraban un aniversario. Una vez fuimos a la parcela de uno de los tíos y en el patio había pavos reales. En nuestra casa apenas cabía la Pandora, una quiltra enorme que mataba a los gatos de los vecinos. Nunca entendí por qué vivíamos tan diferente, si éramos de la misma familia. Mi mamá y mi tía Nena se parecían, por eso eran amigas. La gente tiende a ordenarse con los de su tipo, en una segregación voluntaria, como el reciclaje o las donaciones de sangre. Hasta que un día, no recuerdo por qué, se enojaron. Quizá fue porque mi mamá le pidió plata y nunca se la pagó. Quizá porque mi tía vino a almorzar y dijo algo malo sobre la comida. No sé, pero se enojaron y pasó lo que sucedía en una familia como la mía: en vez de resolver los problemas, dejaron de 113

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hablarse. Supongo que era una tregua, un acto de fe. Confiaban en que el silencio esfumaría las penas, que al dejar de nombrarlas también dejarían de existir. A mi prima y a mí nos pasó la distancia por rebote. Lo último importante que alcanzamos a compartir fue que nos llegó la regla casi al mismo tiempo. No sé de dónde ella había sacado un libro que explicaba todo. Tenía dibujos de un hombre y una mujer desnudos. Lo leímos. Fue la primera vez que nos tocamos así. Revisamos si teníamos pelos. Estábamos solas en su casa. Esa tarde llegó mi mamá a buscarme. Se gritó con mi tía Nena por algo que no entendí y no volvimos de visita nunca más. Al principio, seguí yendo a sus cumpleaños. Me iba sola en micro porque mi mamá no quería ni acercarse a la casa de la tía Nena. También la llamaba por teléfono o nos enviábamos cartas por correo. El distanciamiento fue de a poco. Me pasaron cosas importantes y no se las conté. Tuve un pololo, me metí con su amigo, quedé repitiendo, hospitalizaron a mi hermano chico, estudié cuarto medio en la nocturna. Quizá igual lo supo, porque en las familias esos cahuines circulan. Yo supe que ganó un concurso literario, que sus papás se separaron, que tuvo yeso en una pierna y que se salió de los scouts porque un jefe la tocó. También supe cuando entró a periodismo en la Chile. Era la prima mayor y la noticia se esparció rápido. Mis tíos estaban orgullosos de que la niña mayor de la Nena hubiera entrado a su universidad. Mi tata vociferaba porque al fin iba a haber una verdadera intelectual en la familia. Se la imaginaba como una reportera de la corte suprema o algo así. Salí de cuarto medio y empecé un preuniversitario. Trabajaba en una confitería para pagarlo. La gente me daba ánimo, como si hubiera perdido un brazo y con mi esfuerzo lo pudiera recuperar. Como si mi invalidez fuera ser demasiado torpe. No le dije a nadie y le pagué a la profe de matemáticas y a la de lenguaje de mi liceo para que me reforzaran. Lo único que quería era quedar en la Chile, no me importaba qué carrera. Quería demostrarle a la gente que podía. Y pude: entré a filosofía. Tenía veinte años, era la más vieja. Había que leer mucho. No me gustó, pero me propuse no echarme ramos y terminar como fuera. Yo sabía que estudiaba en el mismo campus que mi prima. A veces quería encontrarme con ella. Otras, me daba terror solo pensarlo. Un viernes estábamos tomando en el pasto y la vi pasar. Estaba preciosa: el pelo negro y liso hasta la cintura, su cara morena y tersa, una tenida hippie que le dejaba el abdomen al aire. Le hablé. Nos abrazamos fuerte. Nuestros pechos se juntaron como cuando éramos chicas. Me invitó con su grupo y la seguí. Fumamos marihuana y le contamos a la gente las tonteras que hacíamos cuando teníamos diez años. De la vez que le 114

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preparamos una coreografía de Michael Jackson a su papá para su cumpleaños. De cuando traficábamos láminas del álbum de Sailor Moon en catequesis. Del verano en que creamos un club ecológico que cortaba árboles vivos para conservar sus ramas a las generaciones del futuro. La miraba reírse, sus dientes, sus ojos que me buscaban cómplice, igual que cuando una va a la disco y mira a un tipo que la mira de vuelta y una sabe y él sabe que nos miramos y por qué nos miramos. Después de esa noche, fue como si nos correteáramos. Me la encontré mucho. En la biblioteca de humanidades, en el casino, en los pastos. Siempre era igual, hablábamos de cuando éramos chicas y de algunas cosas de la U. Nunca hablábamos de nuestras mamás, ni de los tíos futboleros, ni de lo enfermo que estaba el tata en esa época. Como si nuestra familia fuera solamente lo que pasó hasta el día en que la tía Nena se gritó con mi mamá, en un quiebre que marcaba un antes y un después tan irreversible como el nacimiento de Cristo o la invención de la escritura. El segundo semestre coincidimos en un seminario. Eran ocho clases y la vi en la primera. Estaba sentada con un tipo alto y rubio que la tenía abrazada. Me senté al lado, porque no conocía a nadie más y para marcar territorio, como la Pandora, que le gruñe a la gente que pasa por afuera de mi casa. El seminario era sobre América Latina. Cada semana iba un experto de un país distinto y exponía. Lo mejor era que después de la última clase íbamos a viajar a Bolivia. La profe coordinadora quería que la experiencia fuera práctica. Iríamos a confirmar que los bolivianos eran personas reales y no detalles de un libro o una masa enajenada que en el 1800 se había aliado con Perú para hacer sucumbir al más desagradable de sus vecinos. Después del taller concluí que, si América del Sur fuera un barrio, Chile sería el vecino arribista que se compra un auto grande y un perro muy chico y usa mucho la chequera y la tarjeta de crédito. Mi prima lo comparaba con El Chavo y decía que Chile era el Kiko del cono sur. Yo no lo decía, pero pensaba en nuestra familia y sentía que mis tíos eran Chile y su mamá y la mía eran los países perdedores o una mezcla entre Doña Florinda y Don Ramón: dueñas de casa miserables, que nunca podían pagar la renta. Con mi prima hablábamos del viaje a Bolivia. Ella propuso que nos fuéramos una semana antes y nos quedáramos a dormir en la casa de una amiga que había conocido en un encuentro de poesía. Nos conseguimos plata con los tatas, la U nos dio una especie de viático y pusimos todos nuestros ahorros. Mi prima conocía Perú, para mí era la primera vez fuera de Chile. Viajamos en bus y llegamos a La Paz de madrugada. Cuando corrí la cortina y miré por la ventana, lo que más me llamó Ciudad desconocida

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la atención fue la publicidad. Había carteles que vendían celulares con nombres de compañías que nunca había visto. Es obvio que en cada país las empresas se llaman distinto —una lo ve hasta en los comerciales del cable, el detergente Omo se llama Ala en Argentina— pero me impactó constatarlo. Me impresionó sentirme un cuerpo extraño, descubrir que mis códigos ya no eran válidos ahí, aunque compartíamos la misma lengua y el mismo rincón de continente. Llegamos a la casa de la amiga boliviana de mi prima, que quedaba al lado de la embajada de Estados Unidos. Era un edificio antiguo; el departamento estaba en el cuarto piso y tenía piso de parqué, tres dormitorios amplios y una especie de patio. Había un librero enorme lleno de libros con autores que no conocía. Los muebles parecían del siglo pasado, como los que venden en el persa Biobío: heredados, finos y aparatosos. La amiga nos mostró la que sería nuestra pieza y tiramos los sacos de dormir en el suelo. Venía muerta. Me dormí en cuanto apoyé la cabeza en la almohada hechiza que me armé con un chaleco y un pantalón. Al otro día despertamos tarde. Jessica —así se llamaba la amiga— ya se había ido al trabajo. Salimos a conocer. El barrio donde estábamos era muy verde y con casonas enormes. Similar a la Ñuñoa que rodea al campus Juan Gómez Millas. No me imaginaba que hubiera lugares así en Bolivia. Avanzamos hacia el centro y empezaron a aparecer las otras casas, las que hubiéramos habitado nosotras si hubiéramos nacido bolivianas. Parecían favelas brasileñas: muchas cajitas de ladrillo desnudo, montadas una arriba de la otra, cubriendo la montaña. Pensé que Valparaíso era lo mismo, pero que con la pintura de colores pasaba desapercibida la miseria. Entramos a un cibercafé. Cada una llamó a su mamá. No dijimos que andábamos juntas. Revisamos el mail, leímos un poco el diario. Después, ella llamó al abuelo, le avisó que estábamos bien y le recordó que por favor no comentara nada. Mi tata —tan tierno cuando estaba vivo— dijo que sí, que estaba con nosotras, que las hijas no tenían por qué meterse en los asuntos de las nietas. Seguimos recorriendo y llegamos al mercado. Comimos una especie de cazuela que nos costó como quinientos pesos chilenos. Ni en la universidad habíamos comido tan barato. Caminamos para bajar el almuerzo. En la calle vimos chicos con el rostro encapuchado, que lustraban zapatos. Vimos mujeres indígenas cargando a sus hijos en sus hombros, como canguros hembra que evolucionaron para acarrear y proteger a sus crías por más tiempo. Vimos pies descalzos, policías

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conversando relajados y niñas de ojos rasgados, con las mejillas más rojas y más curtidas de este territorio imposible. Esa noche, Jessica nos preparó mate de coca y nos sentamos en su terraza a fumar. Supe que trabajaba de profesora de lenguaje en un colegio privado que aplicaba el método Montessori. Supe qué era el método Montessori y que Jessica era de las Jessicas que tienen apellidos en inglés. Supe que en su familia había un tío senador y una prima que había sido Miss Bolivia. Jessica nos invitó a la casa de su novio. Llegamos a una especie de fiesta llena de blancos en un departamento tan grande como el de Jessica. La gente estudiaba o había estudiado en la Universidad Católica de Bolivia. Había vino y cortes de zapallo crudo que se untaban en una crema ácida. Probé la Paceña y una fruta dulce rellena con queso. Cosas que no comía ni en la casa de los tíos. Un tipo escuchó que éramos chilenas y dijo que teníamos que escuchar una historia. —Esto le pasó a dos amigos chilenos en un club de putas —dijo—, de esos del centro de Santiago, con los vidrios pintados de negro. Pidieron dos tragos baratos. Uno miraba tetas y el otro, culos. Vino la “hora feliz” —hizo las comillas con las manos— y este chileno pendejo, fanático de las tetas enormes, hundió la nariz en el escote de la moza. Cuando salió, tenía la boca llena de galleta molida. Nos reímos. Era una anécdota cerda y las historias vomitivas siempre son chistosas. La gente se entusiasmó y salieron varios relatos indecentes. Yo no tenía ninguno, pero mi prima sí y lo contó. —Una vez con los scouts fuimos a Machu Picchu —dijo—. En ese viaje pasaron varias cosas sucias —cortó la frase con un suspiro largo y preocupado, luego siguió—. Les voy a contar la que pasó en un bus. Desde Cuzco a las ruinas hay que subir por las montañas. El camino es de tierra, lleno de curvas cerradas, bordeando un precipicio. Pagamos el transporte más barato, unos furgones con los asientos perdiendo el relleno, que olían a cité. El servicio te pasaba a buscar a las seis y media de la mañana al camping. La noche anterior, los jefes habían salido a comer y, aunque era tabú, a tomar. El encargado de mi unidad era el jefe Carlos, demasiado gordo y amante del pisco para ser scout. Nos subimos a la van y, como era tan temprano, me quedé dormida altiro. Para que no se me hincharan los pies, me saqué las zapatillas, las dejé en el suelo, al lado de la mochila con mi almuerzo, y me ovillé en el asiento. Soñé con las bocanadas rabiosas de un puma que me perseguía en el Huayna Picchu. Sus gritos eran tan fuertes que me desperté. Sentí Ciudad desconocida

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un olor agrio, a descompuesto. Debajo de mis pies escurría un líquido anaranjado, que había alcanzado mis zapatillas y mi mochila. Tomé mis zapatos, los cordones goteaban. Miré hacia atrás y descubrí que los rugidos eran reales. No provenían de un puma, sino del jefe Carlos. Había tomado tanto la noche anterior, que cuando la camioneta empezó a zigzaguear por los cerros, su cuerpo devolvió todo. Fue asqueroso, el jefe Carlos era asqueroso. Cuando mi prima terminó su historia, las risas del público, más que alegres, fueron incómodas, padecientes. La cara de mi prima también se opacó. Me dieron ganas de abrazarla, de haber estado con ella en ese viaje. Me fijé en su clavícula y quise olerla. Tocar su abdomen con la punta de mi nariz. La miré con ojos de galán de discoteque y ella me guiñó de vuelta. Quise que existiera esa casa en la que se suponía íbamos a vivir. Que esa noche volviéramos a dormir con el cuerpo pegado. Que me contara sus secretos tirándome en la cara su respiración. A esa altura de la noche, Jessica estaba muy curada. —¿Quieren escuchar algo de verdad inmundo? —preguntó. No esperó a que le respondiéramos (yo quería decir que no) y empezó a contar. —Mi abuelo fue un importante militar boliviano, condecorado con medallas y con la inscripción de su nombre en los libros de historia. Su mayor orgullo era haber sido quien mandó a matar al Che. No recuerdo si dijo «El Che» o «Ernesto Che Guevara» o «El Comandante Che Guevara», pero sí recuerdo el silencio de mierda que vino después. Nunca supe si era la primera vez que Jessica le contaba esta historia a sus amigos. Tras unos segundos que parecieron horas, Jessica quebró el silencio. —Pero lo realmente repugnante —dijo—, es que en mi familia nunca hablamos de esto. La frase me mató. «Lo más repugnante es que en mi familia nunca hablamos de esto». Digerí las palabras y miré a mi prima. Las dos estábamos pensando en lo mismo, en lo putrefacto y virulento de los secretos familiares silenciados. Después de la historia de Jessica, la reunión empezó a desinflarse y la gente empezó a despedirse. Jessica dijo que quería dormir con su pololo y nos pasó las llaves de su departamento. Caminamos de madrugada, solas y tomadas de la mano, por las calles de una ciudad desconocida. Veníamos mareadas, pero 118

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extrañamente alegres. Nos reíamos de cualquier estupidez que se nos cruzaba en el camino. Un cartel de comida china con la foto de su dueño impresa, un teléfono público demasiado chico, la copa de un árbol que se parecía a la cabeza de mi papá. Cuando llegamos, nos acostamos en los sacos tirados en el suelo. Mi prima se acurrucó hacia mí y empezó a convulsionar. Suave primero, más violento después. Toqué su cara y la tenía mojada por las lágrimas. —Se metió a mi carpa y yo no quería, yo no quería —lanzó, martillando incesante las palabras—. Yo no quería, yo no quería. Acerqué mi nariz a su boca y sentí el sabor de su respiración. Tenía el mismo dulzor que a los diez años. —Yo tampoco quería —le dije. Tomé su rostro con las dos manos, le sequé las mejillas y le di un beso hondo y pausado—. Yo tampoco —repetí, antes de abrazarla y ponerme a llorar.

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Índice Prólogos

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Cuentos premiados Primer lugar: Mi primer viaje con Lady Di, Maivo Suárez Segundo lugar: Intervalos, Benjamín Ignacio Cartes Vaccia Tercer lugar: Iván Seménnikov, Federico Zurita Hecht

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Menciones honrosas Primera mención honrosa: Figlio, Nelson González Castro Segunda mención honrosa: Recoleto, Manuel Montoglio Cartes Tercera mención honrosa: Pekín, Nicolás Medina Cabrera Cuarta mención honrosa: Muerte dulce, Francisco Scianca Missana Quinta mención honrosa: Tres piedras esféricas y una bolsa de cenizas, Elizabeth Gysling Riu Sexta mención honrosa: Panamericana norte, Alejandro Soto Mella Séptima mención honrosa: Ciudad desconocida, Arelis Uribe Caro 120

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Plan Nacional de la Lec tura Gobierno de Chile

"La Corporación Cultural Espacio Creamundos tiene como principios el desarrollo humano, social y cultural, lo que materializa en la realiza ción de proyectos que vinculan la gestión cultural y el fomento lector en todo el país. Estamos muy satisfechos con el resultado de esta primera convocatoria de Cuento Kilómetros, donde sumamos el fomento a la escritura"

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Corporación Espacio Creamundos “Hay un cuento de Horacio Quiroga en que un individuo viaja río abajo por el Paraná tras ser mortalmente inoculado por una serpien te. A contar de entonces, o quizá desde Homero, el viaje parece un motivo más que apropiado al género del relato. Quizá porque un cuento es siempre un gesto aislado y pleno de intensidad, un tránsito en que suele definirse la vida entera de un personaje. En estos diez relatos premiados, de excepcional factura todos ellos, hay esto mismo (tensión, resolución, vida, muerte) en abundancia y ninguno desmerece al esfuerzo del maestro Quiroga. Gran acierto este premio, y mayor acierto aún este libro en que ahora se solazan los textos premiados”. Jaime Collyer "Si leer es en cierta forma viajar, estos cuentos nos regalan una doble travesía. Mientras serpenteamos por carreteras monótonas, atravesa mos el desierto o cruzamos mares y hemisferios sin mirar atrás, nos vamos sumergiendo en unos paisajes humanos de valiosa diversidad, que mezclan humores y pesadumbres, caos y silencios, aprendizajes nobles y estocadas al corazón. Diez historias que se leen de un viaje". Alejandra Costamagna

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