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Una vida con Jacquard. La India es un país de artesanos y comerciantes con una conocida tradición textil centenaria. Aunque a ojos occidentales, las condiciones de horarios y salario en las que se ven obligados a trabajar resultan impensables, los tejedores de seda de Varanasi agradecen resignados el poder desarrollar esta tarea. Miles de personas dedican su vida a este negocio desde el que importa los capullos en Bihar hasta el vendedor que exporta las prendas al extranjero, pasando por quienes tejen, tiñen o doblan y desdoblan. En estas pequeñas factorías familiares, la excepcional entrega de los productores aporta a cada prenda de seda encanto, magia, delicadeza, pasión.

texto Sheila Torres

fotografía Andrés Gutiérrez


on una tradición de cientos de años, La India exporta todo tipo de productos textiles. Distintas zonas del país se han caracterizado por la producción de telas como el algodón, la lana o la seda. Muchos de estos tejidos son fabricados y bordados a mano en pequeñas factorías. La ciudad de Varanasi se conoce, entre crematorios, templos y tradición, por su producción de prendas de seda. Desde bufandas hasta cubrecamas. Cada pieza, hecha a mano o a máquina, guarda el trabajo de personas que van y vienen, cuya vida se desarrolla dentro de una habitación con unas primitivas máquinas de las que cuelgan mil y un hilos, baldes de agua coloreada y enormes ovillos. Una factoría consiste básicamente en un salón sin mucho lujo en el que los managers y diseñadores, sentados en una alfombra, deciden sobre las canti-

dades y diseños que van a ser elaborados cada día mientras toman chai, un patio central donde se lleva a cabo la tarea del tinte alrededor del cual hay unas habitaciones provistas de enormes máquinas rudimentarias que llenan todo el espacio y tan solo dejan un pequeño lugar para el tejedor. En Varanasi, Mehrotra es una de las más famosas y antiguas factorías de seda. Fundada en 1962 por Late Chaushyam Das Mehrotra, quien comenzó con este oficio que seguirían su hijo y su nieto, la fábrica tiene su gran base al norte de Sarnath. El complejo cuenta con cuarenta factorías en las que trabajan durante ocho horas al día unos cuarenta trabajadores cuyo salario no supera las 3.000 rupias indias al mes. En el centro de la ciudad, esta fábrica de seda posee dos locales de venta al público, cada uno dirigido por un miembro de la familia Merhotra y unas pequeñas factorías, cada una de las cuales ocupa la planta baja de una


vivienda. Los propios habitantes de la casa son quienes trabajan en la manufactura, mientras sus mujeres, escaleras arriba, se encargan de las labores del hogar. Estos trabajadores, al estar en medio de la urbe, requieren un sueldo superior a quienes viven en las afueras, por lo que cobran entre 4.000 y 5.000 rupias al mes (de 60 a 75 euros). Los capullos de seda se producen en Bihar, al este de La India, desde donde se importan para que trabajadores de la fábrica extraigan la materia prima, la ricen y enrollen cuidadosamente en grandes madejas que dejan preparadas para ser teñidas.

por todo el país. Un artesano añade el polvo a una enorme olla de agua caliente y remueve. A la mezcla se agrega un poco de aceite de coco y unas gotas de ácido para homogeneizar y dar fuerza y brillo al color. El resultado es un tono intenso, característico de los tejidos de este país. Cuando el tinte está listo, varios operarios sumergen y escurren cada madeja durante unos veinte largos minutos. Una vez coloreadas, las enormes madejas de seda se tienden al aire y a la sombra. Cuando están completamente secas se separan en ovillos y posteriormente, con la ayuda de una rueca, son encanillados en pequeños carretes que servirán al tejedor para confeccionar las distintas prendas.

El tinte se compra en polvo a una de las empresas fabricantes que se extienden

En la factoría se respira un ambiente de trabajo sin ánimo ni pena, como una re-


signación a invertir el tiempo en aquello que les da de comer, sin aspiraciones ni miedos, propio de una sociedad clasista en la que uno nace, crece y ocupa su lugar. El proceso de elaboración de las distintas prendas de seda es lento y laborioso. Se lleva a cabo, generalmente, por una persona que maneja repetitivamente unas palancas de una máquina antigua conocida como telar de Jacquard, llamado así por el francés Joseph Marie Jacquard que, en 1800 inventó una de las partes de la máquina. En cada movimiento del tejedor, se cruza un hilo del color elegido con el diseño correspondiente. Cada diseño es una pila de enlazadas tablillas perforadas a las que llaman Jacquard cards. Los agujeros determinan el camino que harán

los hilos en cada zigzag y, por tanto, el dibujo que se verá después en el paño. En Mehrotra hay más de mil diseños. Si algún particular quisiera encargar un diseño propio tendría que ordenar un mínimo de mil bufandas, para que valga la pena mandar a hacer el patrón o Jaquard. En la calle sólo suena el traqueteo de los telares mientras, entre vacas y motocicletas corretean niños que van y vienen con recados y mandatos de sus mayores, quienes les premian con alguna rupia o caramelo. Se fabrican distintos tipos de seda: salvaje, brocado, satén, gasa… atendiendo al rizado inicial, a la forma de tejerla o al Jacquard usado en cada caso. Los precios oscilan entre 400 y 1.000 rupias por me-


tro, dependiendo del trabajo que lleve la tela. Según cuenta Balkrishna, nieto del fundador y actual encargado de la factoría, sus prendas, todas de seda pura, se venden según el peso y el número de colores usados, de forma que el pañuelo más pequeño de la tienda de un solo color, o sea lo más barato que hay en su almacén, pesa 35 gramos y cuesta 250 rupias (unos 3,50

euros). Uno de los trabajadores hace cuatro de estos pañuelos en cuatro días, con lo que la producción es de uno al día por operario. La pieza más cara es un edredón enorme de más de seis colores cuya fabricación ocupó a tiempo completo a tres tejedores durante un mes entero. El precio es 35.000 rupias (unos 500 euros). Balkrishna asegura que muchos fabricantes se aprovechan de la ignorancia


de muchos compradores para venderles a precio de seda muchas prendas hechas con mezclas de material sintético y seda o algodón, de esta manera abaratan el coste y pueden hacer ofertas contra las que no se puede competir. La forma de determinar si el pañuelo es de un material u otro es siempre quemar uno de los hilos: si desprende olor a pelo quemado, se trata de seda pura, si huele a papel debe ser alguna mezcla de algodones y si al quemarlo, en lugar de deshacerse, se queda hecho una bola pegajosa debió haber sido barato, pues se trata de material sintético. La empresa familiar aún conserva una factura del año 1998 en el que una compañía americana hizo una compra por valor de 38.460 dólares. Mehrotra exporta sus prendas a decenas de países del mundo, a mayoristas o particulares, aunque con un pedido mínimo establecido de un kilogramo. Cualquier local de venta al público de textiles en Varanasi tiene un aspecto simplista. Una sábana blanca cubre el suelo mullido sobre el que pisan clientes y dependientes con pies descalzos. Alrededor del colchón sobre el que corre por su vida algún que otro pequeño roedor de vez en cuando, hay estanterías con cajas que guardan todas esas horas de trabajo en forma de elegantes pañuelos. Cada vez que un cliente se decide a pasar y sentarse en el establecimiento de Mehrotra, Balkrishna, como buen comerciante de La India, abre cajas, desdobla cientos de bufandas, pañuelos, cubrecamas, de dos colores, tres, cuatro, con distinto diseño, coloreados tie-dyeing, de gala o de sport,… Al terminar la visita, el local queda repleto de telas super-


puestas formando una gran montaña de un metro de altura. Ratham, quien dice llevar toda una vida trabajando como dependiente y ayudante de esta familia, vuelve a doblar y colocar en su sitio cada pañuelo. Sus labores consisten en preparar chai, servirlo, bajar cajas de las estanterías y quedarse doblándolo todo cuando el cliente se va, entre diez y veinte veces al día. Este trabajador, lejos de quejarse por su monótona tarea, agradece a esta familia su confianza y benevolencia al haberle contratado, a pesar de que su salario no supera los 45 euros mensuales y sus días libres son únicamente los que la tienda cierra: dos días al año que corresponden a las festividades hindúes de Holi y Diwali. Al amanecer, un sacerdote hindú bendice el establecimiento, impregna la habitación con


el humo de unos inciensos y hace sus oraciones rociando agua en las esquinas y en la entrada. Según cuenta Ratham, quien, durante el ritual, se encarga de limpiar hasta el último rincón con sus propias manos, se trata de una ceremonia diaria para que las ventas vayan bien y el negocio sea próspero. Desde los capullos de seda, hasta la distribución y venta hay todo un delicado proceso para conseguir hacer llegar al público el tejido más exquisito del mundo. Quienes tiñeron o enrollaron usando sus manos para comprobar que el hilo estaba rizado, o aquéllos cuyos brazos y piernas, a veces con frío y otras con calor, hicieron posible que, un hilo tras otro se formara de cero una de estas piezas, sin más compañía que una tenue luz y el traqueteo de su telar. Todos ellos han cedido una parte de sí mismos a cada prenda, una porción de cada uno de estos hombres con nombres que nadie leerá nunca, permanecerá en los pañuelos que cuelgan del cuello de personas por todo el mundo. De esta manera se mantiene una incansable tradición que trasciende generaciones con la delicadeza y dedicación de vidas enteras a un oficio que obtiene como recompensa el simple aplauso del tiempo.


Una Vida con Jaquard - Co'Report  

La India es un país de artesanos y comerciantes con una conocida tradición textil centenaria. Aunque a ojos occidentales, las condiciones de...