Page 1

17


18

“¿Hasta cuándo las víctimas vamos a seguir co

Trabajo desarrollado por alumnos de la Facultad de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Sergio Arboleda, quienes se entrevistaron con las víctimas a través de la Fundación Victímas Visibles , a ellos agradecemos su esfuerzo y dedicación .


19

ontando la historia entre nosotros mismos?” Con estas palabras de Delis Palacios, Víctima de la masacre de Bojayá, recordamos la necesidad de las víctimas de ser escuchadas; de ser dignificadas y reparadas.


20 20

Lo primero que sonó aquella madrugada fueron los ladridos de los perros que surgieron como un anuncio escalofriante y que alteraron la tranquilidad de ese día. Afuera, por las calles polvorientas, se escucharon pasos desconocidos, que hacían suponer que pertenecían a un grupo numeroso de hombres y que intimidaban con unas pisadas fuertes. A las 5 de la mañana, cuando el sol aún no había salido, las calles de San Antonio de Getuchá, en el Caquetá, eran todavía una gran penumbra, debido a que la luz del pueblo se apagaba a las once de la noche de todos los días, cuando se desconectaba la única planta comunitaria que los abastecía de luz. Entonces, cuando los ruidos comenzaron a impresionar a los pocos habitantes que ya estaban despiertos a esa hora, o a los que se despertaron sin saber qué era lo que ocurría, sintieron cómo toda esa bullaranga se entorpeció con varios golpes secos sobre la puerta metálica de la pequeña casa de Jaime Parra, un campesino tan humilde como todos allí. No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera y se descubrieran las armas que fuertemente empuñaban aquellos hombres, tan campesinos en apariencia, como todo el poblado, y que era lo único que los diferenciaba, junto a sus uniformes de guerra y sus modales agresivos que buscaban impresionar a los que observaban, inmóviles, lo que estaba sucediendo, desde las ventanas de sus casas. Lo que ocurrió después fue tan rápido que nadie fue capaz de cambiar de posición desde que se escucharon los golpes en la puerta, hasta que sintieron nuevamente el transitar de los mismos pasos intimidantes alejarse, en la misma dirección por la que habían llegado. Dejando la misma polvareda a su paso, apenas levemente perceptible en la oscuridad, y con el concierto de ladridos de los perros que parecían ladrar ésta vez lúgubremente. Cuando Jaime Parra sintió las pisadas y luego los golpes en su puerta, que parecían que la tumbarían, no pensó en esconderse; tampoco en abrir y menos, en defenderse, porque él no tenía en la conciencia, haber hecho algo malo. Siguiendo sus razonamientos les abrió la puerta. Pero ese fue su momento fatal. Lo tomaron bruscamente de los brazos, lo arrastraron a la calle y allí, en medio de las preguntas desesperadas de Jaime, quien urgentemente quería saber cuál era el motivo de esa


visita, le dieron una sola respuesta que fue el eco fulminante y triste del disparo que recibió en su cabeza. Su cuerpo arrodillado cayó de medio lado y esa mañana la tierra no fue calentada por los primeros rayos de sol, sino por su sangre tibia que caía en forma de góticas desde lo que quedó de su cabeza. Ese día abominable comenzó y terminó allí, en medio de una desgracia que, en un pueblo de casi 450 familias, de tan sólo 34 años desde su fundación, y a más de dos horas de camino sobre el río Orteguaza para Florencia, la capital, sintieron cómo la violencia les arrebataba la tranquilidad de sus vidas. Fueron testigos de sus quejidos estériles y errantes en un pueblo invisible y perdido en alguna parte de Colombia de la que nadie ha querido acordarse. Un pueblo a merced de las injusticias, porque en esa época no había allí ni un solo soldado o policía. Y un pueblo que ha llorado a sus muertos con el candor inevitable de los hombres que sienten que la justicia no está hecha para ellos. Nadie supo jamás quién asesinó a Jaime Parra en San Antonio de Getuchá.

El horror se repite

Tres años después de esa madrugada trágica, en el 2005, Miguel Enrique Parra, un campesino que cultivaba tomate y que vivía en Silvania, Cundinamarca, había dejado descansar el alma de su hermano Jaime en el cielo de la impunidad. Así como en San Antonio de Getuchá todos parecían haberlo olvidado también. Sin saber que ese sería su más grave error. Pues sólo en la tierra de Macondo, donde todo es posible, menos la paz, el destino también se ha ensañado contra las estirpes a pesar de que intenten esquivar u olvidar, como les ocurrió a los Buendía, sólo que ésta vez dejando ese mundo literario para acércanos a la realidad, ese destino ha sido la macabra e inentendible violencia.


Miguel Enrique Parra murió igual que su hermano. Su cuerpo, macizo y alto, de tez más morena, también estuvo arrodillado antes de su muerte, y al igual que Jaime pagó una deuda que jamás conoció, una deuda que les arrebató la vida en dos madrugadas aciagas y en dos pueblos distintos, y por unos hombres cuyas únicas voces fueron el eco sordo del estruendo del fusil. Esta vez los perros no advirtieron a Miguel, que sintió cómo en la puerta de su casa, en medio de insultos, le gritaron que abriera. Cuando la inercia de sus pasos lo acercaron a la puerta pensó lo mismo que tres años antes había pensado su hermano: no había razón alguna para sentir miedo. Después, todo fue igual de rápido y triste. La única diferencia fue que el disparo no taladró un lado de la cabeza como le ocurrió a Jaime, sino que el proyectil perforó, desde la parte trasera, para salir todavía con fuerza por la cuenca de su ojo izquierdo. Su cuerpo cayó de frente y quedó allí, bocabajo, flotando solo como un naufrago sobre el charquito de sangre que se alcanzó a formar. Nadie supo jamás quién asesinó a Miguel Enrique Parra en Silvania.

El dolor de una madre

Linbania Prieto no puede ocultar los años en su rostro, tampoco, puede ocultar la frustración de recordar a sus dos hijos muertos. Sobre todo por que en ella existe esa idea elemental de toda madre, que es que los hijos deben enterrar a sus padres, y no al contrario. A pesar de esto, y de no entender por qué la violencia los atrapó, tal y como le pasó a sus hijos antes de morir, su mirada es amable y se postra en sus pupilas la naturaleza de la gente de su tierra, esa esencia honesta y fraternal del campesino colombiano. Su dolor es evidente y completamente respetable, sin embargo, la

rabia que posiblemente lleva adentro, o la desilusión de una vida que jamás le contaron que sería tan dura y despiadada, y sobre todo tan desigual, la oculta bajo una sonrisa suave y delicada que regala cuando se cruza con un desconocido. No llora porque sabe que en ésta vida no hay tiempo para llorar, y porque sabe que sus lágrimas lo único que harían, sería perpetuar un episodio que todo el mundo se ha empeñado en olvidar; y que tan sólo a ella le hace daño rememorar. Linbania Prieto no ha sabido jamás quién asesinó a sus dos hijos, Jaime y Miguel.

No entienden por qué los asesinaron de esa forma, por que, como en su madre y en sus hermanos antes de morir, ese pensamiento de inocencia no los deja tranquilos. La otra tragedia de la violencia

Dos hijos más completan la familia de Linbania, ellos son Oliverio y Pedro Ramiro Parra. Ambos recuerdan, más que con angustia, con una evidente incertidumbre la muerte de sus hermanos. No entienden por qué los asesinaron de esa forma, por que, como en su madre y en sus hermanos antes de morir, ese pensamiento de inocencia no los deja tranquilos. “Nunca una amenaza”, dice Oliverio, casi como queriendo decir que esto por lo menos los dejaría tranquilos, pues explicaría un motivo por lo menos. “Pero ni siquiera eso”. Ninguno de ellos se ilusiona con que haya justicia, pero no porque no la quieran, sino porque no saben que existe o que debe existir. Ellos

piensan en la guerra como un juego de azar en el que “al que le tocó le tocó”, y debe aprender a convivir con ese recuerdo evocándolo únicamente de manera personal. Junto a esas desgracias les quedan las que vinieron por añadidura y que no pueden ocultar en el día a día de sus vidas, pues eso los ha convertido en forasteros de su patria. El desplazamiento forzado los ha hecho perder sus casas y tierras en las que dejaron su vida y todo lo que fueron. Ahora viven en ciudades que les son ajenas, y en las que nadie conoce su historia, porque tampoco les importa, pues en medio del afán de la gran metrópoli a nadie le queda tiempo libre para escuchar. De igual manera han sentido que van perdiendo su naturaleza, para adoptar poco a poco la del individualismo de los hombres de corbata. Tampoco las urgencias económicas los deja rememorar su pasado y menos la ilusión de una reparación, ya que antes tienen que solucionar la premura de la comida, para no morirse de hambre; y la del techo, para no morirse de frío. Estos son los hombres que son el reflejo de la verdadera Colombia, y que son sus vísceras más profundas y ardientes, porque son su realidad, su memoria, su incapacidad y también, su olvido. Oliverio y Ramiro no han sabido quién asesinó a sus dos hermanos, Jaime y Miguel, y tampoco saben si lo sabrán algún día.


24

Créditos 2012, CRÓNICAS SOBRE VÍCTIMAS EN COLOMBIA Dirección Editorial JUAN CARLOS RAMOS HENDEZ Diseño, ilustración, texto y maquetación: DAVID MONTES Corrección de estilo: CAMILA GIL

Con el apoyo de: FUNDACIÓN VÍCTIMAS VISIBLES COMUNIDAD DE MADRID UNIVERSIDAD SERGIO ARBOLEDA Printed in Colombia / Impreso en Colombia


25

... ESPERE LA PRÓXIMA SEMANA OTRA CRÓNICA SOBRE LAS VÍCTIMAS EN COLOMBIA!

NO MAS LÉELAS, SUS HISTORIAS HACEN PARTE DE NUESTRA HISTORIA.


26

Vida sin vida. Vol.4. Crónicas de víctimas en Colombia.  

Víctimas de una guerra sin rosto. Por David Montes. Trabajo desarrollado por alumnos de la Facultad de Comunicación Social y Periodismo de l...

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you