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Tercer concurso de microrrelatos Literatura Comprimida, 2008. Programa CREACIÓN. Edita: Servicio de Juventud de la Mancomunidad Comarca de la Sidra. Patrocina: Cajastur. Colabora: Instituto Asturiano de la Juventud. Diseño gráfico: D.L. AS-1.082/2009

www.comarcajoven.com


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Un nuevo récord de participación ha llenado las dependencias del Servicio de Juventud de la Comarca de la Sidra de aventuras dramáticas, amores desatados, experiencias complejas, incidentes menores retocados con esmero, aspiraciones y desventuras que ni en cien vidas podríamos conocer. La compilación de 199 de esos breves relatos nos permite presentar una nueva edición del Concurso de Microrrelatos_Literatura Comprimida. El libro, en formato digital, será difundido entre centros culturales y de enseñanza, medios de comunicación, entidades y particulares de todo el mundo interesados en la creación literaria. Vuelve así la Comarca de la Sidra, una suma de pequeños y esforzados municipios asturianos, a aprovechar de manera

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expansiva las nuevas tecnologías y su ancha red de vías para comunicarse con la sociedad, y facilitar al tiempo su presencia y la de los escritores que cada año concurren por centenares. El concurso forma parte de un programa más amplio de difusión artística y apoyo al arte joven denominado CREACIÓN que cuenta con el patrocinio de la Obra Social y Cultural de Cajastur, gratitud que se hace constar tanto por cortesía como por identidad. Invitamos a dar comienzo a una lectura intensa, con la advertencia de que los mejores textos no finalizan cuando el autor determina, sino que animan a seguirlos en la mente, a buscar respuestas, despiertan, en definitiva, el deseo de seguir leyendo.

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Del mirar de ojos Marcos Pereda Herrera

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Apócrifo Germán Vieco

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Sin título Alfredo Macias Macias

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Muchos días mueren Ismael Montesinos Saura

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Punto y aparte Raquel Cortés Mora

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Odio Raquel Cortés Mora

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El sueño Yeray Naga Almeida Gutiérrez

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Las cerezas Eva Águila Martínez

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Pérdidas Eva Águila Martínez

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Acantilado Fernando Álvarez Laínz

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Globo Gonzalo del Rosario Lozano

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Lluvia (Mención del jurado) Shirly Catz

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No le quepa la chepa Olga Guerrero Larrazábal

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Fobia de lector Alberto Haj-Saleh Ramírez

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Sin sonido Eva Castro Outeiriño

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Vergüenza (Mención del jurado) Noemí Orella Fernández

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Sin título Eva Quintas Froufe

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Sudadera Eva Villaseñor

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Lluvia Héctor Sánchez Casas

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Indiferencia Noel Fernández Martínez

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Problema Ángel Herrero López

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El entierro en vida Alan Pool Perales Estacio

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Escudos humanos Rubén Martín Camenforte

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Encuentros en la primera fase Rubén Martín Camenforte

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Tallarines y nieve Marina Moreno Lara

54

Un hombre con suerte Álvaro Sánchez Ortiz

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Cavhilando Álvaro José Camacho Neumann

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La ventana Enrique Antonio Lalana Torres

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Odio el verano Alicia Calero Cervera

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Las palabras de nadie Luciano Ribero

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A la luz de la luna Julio Santiago Guerrero Kesselman

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Pillados Daniel Hermosel Murcia

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Sin título Fernando Castellano Ardiles

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En-torno Camila Bordamalo García

63

Un día cualquiera con Alex Alicia del Rosario Falcón Castellano

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En un solo segundo Teresa del Préstamo Landín

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Sin título Ángela Pablos Martínez-Fortín

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El pequeño espacio azul Javier Fernández Pollán

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A falta de un nombre mejor Alba Morollón Díaz-Faes

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Ndar Ángel Figueroa Amaro

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Mi papá David Esteban Bucheli Fuentes

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No creas que no me hubiera gustado Laura Juárez Hernán

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Alhelí David Esteban Bucheli Fuentes

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I Irene Valero Toranzo

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II Irene Valero Toranzo

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El entierro Sergio Carballo Losada

75

Luciérnagas Vega Pérez-Chirinos Churruca

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Inés Eliana Drajer

77

Diluvio Agustín Martínez Valderrama

78

Colección de cajas Suani Armisén Cuevas

79 13


Abstracción Suani Armisén Cuevas

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La ley del silencio Juan Pablo Sánchez Miranda

81

Tortura Lorena Delgado Hermoso

82

El salmón de una noche de verano Gretel Sánchez García

83

El cofre Víctor Martínez Loredo

84

Mirta Marisa Carrio Fernández

85

Un trozo de carne Karina Barboza Peñalva

86

Deformidad profesional Iker Pedrosa Ucero

87

Odisea Iván Humanes Bespín

88

Agua de borrajas Tania Hidalgo Rodríguez

89 14


Una historia diferente de un anciano diferente David del Valle Valle

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El cuento de las dos bufandas David del Valle Valle

91

Oscuridad (RELATO GANADOR) Lorena Sanguino Hernández

92

Revelación Nicolás Cruz Valdivieso

93

Trailer Enrique Antonio Rivas

94

La mano de buda Manuel Esnaola

95

Corramos Mariano Catoni

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Madrugada de agosto, 200... Manuel Esnaola

97

Sin título Tamara Lucas Soto

98

Esencia de piruleta Rosa María Martí Enrique

99 15


Llamadas perdidas Rosa María Martí Enrique

100

Pinocchio y Tín-Tín Carlos Burgos

101

Palabras inconexas Guillermo Fabricio Zuñiga Cañizares

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Expresso 99 Anabel Castillo

103

El eclipse Mónica Rodríguez Balmón

104

Los legionarios del mouse Ezequiel Vázquez Grosso

105

El trabajo Sebastián Leonangeli

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Sabiduría popular Olga Amado Brea

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Mochila Rebeca López González

108

Ensayo Fernando Sánchez Ortiz

109 16


Un agujero negro Mª Luisa Morata Hurtado

110

Línea 3 Mª Luisa Morata Hurtado

111

Lluvia II Carlos Fruhbeck Moreno

112

El funeral Ana Isabel Pérez Morales

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La fonte'l valle Paula Pulgar Alves

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Génesis Aimé Victoria Peira

115

La otra cara de los sueños Aimé Victoria Peira

116

Un viaje más José Carlos Martínez García

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...Y entonces ¡pum! Melanie Leorza Carballo

118

Sin título Nuria Cabello Rivera

119 17


Marcas que marcan la vida Cathy Burghi Bernard

120

El delirio es puntual Rocío Álvarez Marín

121

Historia natural Rocío Álvarez Marín

122

Ángela Nuria Grau

123

Infortunio Javier Mancera Fernández

124

Ataque Camilo Fernández

125

Agustín y el nirvana Camilo Fernández

126

El calor de mis manos Ramón Alfredo Blanco

127

Fábula del leñador y el lobo Víctor Justino Orellana

128

Rituales Lourdes Roselló Ollé

129 18


Primer intento Eric Velázquez Ahumada

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Nada hay peor que el exceso de curiosidad Roberto Carlos Fernández Menéndez

131

Tren Jésica Abadía Otero

132

La caza del sol Esther de la Torre Gordaliza

133

El atajo Javier Guntín Madrazo

134

Suicidio Roberto Ferrán Varaona

135

Fracaso Rocío Stevenson Muñoz

136

Promesas de amor Victor Vilardell Balasch

137

Microlecturas Paula Pulgar Alves

138

Microrrelato clásico Miguel Pena Sánchez

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Espejo roto Analía Costa

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La integral David Barreiro Rodríguez

141

La indigestión Max Sznaider

142

Un cliente conformista Mariví Alonso

143

Hojas de parra Laura Rubio Nuño

144

La página 145 Inmaculada Miralles Guardiola

145

Los palillos de oro Tamara Fiszman

146

A corazón abierto Bibia Ortí Taberner

147

Perder la inocencia Jorgelina Sannazzaro

148

La gotera Marta María López García

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Lógica del capitalismo Fernando García Martín

150

"Dios dispone" Maximiliano Varrenti

151

Dados al aire Pablo Gutiérrez Souto

152

Parvo alegato Abel García Pacheco

153

Recuerdo erótico Cinta Cano Barbudo

154

Paz Patricio García Gálvez

155

Esperando Eva Díaz Ríobello

156

Padre nuestro Alfredo Pérez Berciano

157

Esvástica Diego Cruz Serrano

158

Vida inteligente Manuel Jesús Osuna Blanco

159 21


Amor verdadero Araceli Ocaña Castarlenas

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Mujer libélula Alicia Beatriz Díaz Aldana

161

Casa grande Ignacio Troncoso

162

Otra mala noche Marta Currás Martínez

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El trueque Flavia Güida

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Todo sobre ruedas Sara Torres Jávega

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El brujo y el inventor Oscar Escudero Alcaide

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Vesubio desatado Julio Fuertes Tarín

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Destino Diego Soto Ortiz

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Viejo código Manuel Pablo Pindado Puerta

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Vidas de papel Carlos Fruhbeck Moreno

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El perro de la basura Raúl Chaparro Écija

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Zoo chico Salomé Guadalupe Ingelmo

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El vuelo forzado de las mariposas Salomé Guadalupe Ingelmo

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La nieve cae Rafael Ruiz Pleguezuelos

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Él Matías Candeira de Andrés

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Desde su balcón Dana Ptacinsky Asrilant

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Veredicto María Nicolás

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Helado Laura Sánchez Sesto

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1934 Diego Vaya

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Desengaño Nisa Arce González

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La pistola Abel Martínez González

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Crisis Carlos María Andújar Vaca

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Celia cóncava, Celia convexa Francisco Javier Ortiz López

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Dedicatoria Luis Miguel Martínez Sánchez

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Alegato del lobo Ana Hormaetxea

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Tiempo Iván González Sánchez

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En dirección contraria Diego Bris Cabrerizo

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Un pequeño problema Ginés Cutillas

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Los recuerdos y las cosas Ernesto Fernández

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La venganza de los O’Really César Alberto Ruiz Urraca

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La última noche Juan Francisco García del Puerto

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Morir es cosa seria Jesús Artacho Reves

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Ella sabía de mí lo mismo que yo de ella Diego Álvarez Miguel

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Un día más Mariam Medina Sánchez

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Sobre los sombreros extraviados Mauricio Alfredo Amaya Valencia

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El yayo Ángel Dies Romeo

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De un polvo eres y en polvo te convertirás Juan Carlos Sánchez Mosquera

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La mano que escribe Carlos Augusto Fernández Imitola

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Aproximaciones a la lectura Mario Croissier Brito

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Conexiones de familia Minerva Parra Peralbo

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Por siempre jamás María Navarrete Artime

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Ni una noche más Rodolfo Lara Mendoza

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Una señora por encima de todo Eva Escorza Piña

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El agua Covadonga Murias Quintana

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De atragantos Covadonga Murias Quintana

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Ni una palabra al florentino Tahiche Rodríguez Hernández

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Con coqueta indiferencia Rodolfo Lara Mendoza

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Mal estacionado Carles Monsó Varona

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Vincent & mia Sergio Eduardo Gama Torres

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¿Qué miras? Milca Grisel Ricáldez Santillán

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Petrovich Laura Cortiñas Pérez

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Aviso Mª José Barrios González

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Entierro Nicolás Israel

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Noche sin estrellas Ana Gómez Silio

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Reencuentro Joaquín Torres Caldas

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La noche que me enamoré de ti Sandra García Cebrián

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Consumación Luciano Toledo

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Sopa de perro Jonathan Francisco Vega Redondo

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La otra parábola Jonathan Francisco Vega Redondo

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Laranxas Carlos Sendra Baquedano

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«Prisas» Víctor Alberto Fernández Álvarez

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El banquete Ricardo Martín Carballo

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El centinela Ricardo Martín Carballo

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El explorador Mauricio Álvarez Gómez

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Mocedá Rubén Rey Menéndez

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Pobreza Alexander Ríos Pachón

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Oficio María Montes Moreno

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Instintos Sara Patricia Rodríguez-Trelles Moreno

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Del mirar de ojos Marcos Pereda Herrera En ese preciso instante el tiempo parecio detenerse, las palabras de su amigo quedaron colgadas en el aire, el humo de los cigarros se mantuvo inmóvil durante un instante. Cesó la música de fondo, el sonoro vapor de la cafetera vieja, la televisión quedó congelada. Toda la cafetería habia enmudecido, todo su mundo estaba perfectamente detenido, centrado en una sola imagen. Sólo podía mirar aquellos ojos oscuros, aquella melena negra, aquel rostro de angel. Supo, allí mismo, que lo único que quería hacer el resto de sus días era mirar, saborear a aquella mujer. Así que, venciendo miedo y timidez, se levantó de la mesa, dejando a su amigo con expresión asombrada, y se encaminó hacía donde su morena amada hablaba con otra muchacha de pelo rubio. Catorce meses después, delante de un cura calvo y que olía a pies, pronunció el sí, quiero con una expresión que podía ser una sonrisa y podía no serlo. Frente a él, blanca y radiante, su esposa lo miraba embelesado. Pero él no puede evitar observar de reojo más allá de sus preciosos rizos rubios, a la primera fila, donde,muy elegante, se sienta la chica del pelo moreno y los ojos negros. Y se pregunta, burlón, si la tragedia es hija de la cobardía, o al revés.

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Apócrifo Germán Vieco Por toda respuesta, Abraham alzó el puño y extendió el dedo corazón.

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Sin título Alfredo Macias Macias Cuando despertó la crisis seguía allí... Sobre la mesa del comedor aún estaban los recibos impagados de la hipoteca, del Colegio de los niños y de la lavadora que había comprado en el Centro Comercial Los Molinos... Lo que más le dolió, fue la nota de despedida de su mujer, que aún llevaba el aroma del perfume Poissón, como si fuera un veneno que poco a poco le rompía el alma...

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Muchos días mueren Ismael Montesinos Saura Corría por aquella vereda como si el tiempo no transcurriera para los sauces vigilantes. Sentía miradas acechantes mientras la hojarasca seca crujía bajo sus pies. Confundida entre el murmullo del bosque, advirtió una lagrimita deslizarse por su mejilla sonrosada. Otro día muere, pensó. Agazapada junto a un peñasco y embelesada oteando el valle de sus ancestros, el humo de su cigarrillo revoloteaba entre los ramales de aquellos árboles centenarios. Alicaída oteaba el crepúsculo pajizo. Admiraba entristecida los picachos blanquecinos que sobre los confines de su patria se erigen señoriales. Otro día muere, pensó. La levedad de la existencia, lo intrascendente de la rutina, la incomodidad de las tareas, lo injusto de las virtudes tan mal repartidas. Todo asaltaba su juicio inquieto, mientras compartía un verso con la fresca anochecida. Otro día muere, pensó. Así levantóse y prosiguió su camino. Sentía cada vez más cerca el griterío. Se adivinaban las risotadas de la costumbre. Se aproximaba a su trivial destino baladí. Mientras descendía la colina, ávida para avivar la lumbre y zampar en el banquete, exclamó con un grito vigoroso: escancia, Perico, escancia. Entretanto pensó, a la vez que esbozaba una sonrisa taimada: un día muere, otro nace.

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Punto y aparte Raquel Cortés Mora El doctor Charles lo sabe, dijo el doctor Charles. Y llamó a su colega Bateman para que ahuyentara las dudas de los familiares sobre la operación que él iba a realizarle al asustado Pit. Nunca le ha gustado tranquilizar a los familiares, explicarles la carnicería. Prefiere la sopa fría, o la zoofilia con pájaros. Pit espera rígido sobre la camilla, atormentado por la operación de ensanchamiento de meatos que le van a realizar. Tuvo una breve y concisa conversación con el doctor Charles cinco minutos antes de la operación. En el quirófano, sobre la camilla, esperaba el golpe certero de la asfixia.

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Odio Raquel Cortés Mora Vas por la vida buscando algo. Sin parar. Impulsado por una libido danzante y por miles de sinapsis nerviosas en tu cerebro. Amas regodearte en la basura. Subes y bajas en ascensor porque te parece divertido. Te encantan los aparatos mecánicos y la robótica. Jamás caerías en la pereza. O eso afirmas constantemente. Te gusta desnudar señoras mayores con la mirada. Desnudas jovencitas con las manos. Tienes un ojo de cristal azul cobalto que a todos resulta muy atractivo. Y me odias. Me odias y nuestro odio es mutuo, asqueroso viejo verde.

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El sueño Yeray Naga Almeida Gutiérrez En el sueño yo estoy sumergido bajo un mar oscuro, flotando como un pez inocuo de mirada perdida. A mi alrededor se puede notar el peso del agua fría. Los reflejos del hielo llenan los espacios vacíos a mi alrededor. Una selva de kelps acaricia mi cuerpo en su vaivén, ocultando tímidas criaturas. Noto que se me acaba la respiración, intento nadar hasta la superficie, lo hago con todas mis fuerzas, agotándome, pero hay algo que tira de mi hacia el fondo. Noto el frío contacto en mis tobillos. Miro hacia abajo con desesperación, y lo que veo me llena de terror, un terror viejo, arraigado en lo más profundo de mi ser. Quien tira de mi hacia el fondo soy yo mismo. Solo yo, un yo distinto, encarnando todo lo malo, suspendido en las profundidades mirándome con ojos fríos como témpanos, con una sonrisa agrietada que semeja el corte de una yugular. Es entonces cuando me despierto, empapado en sudor y temblando, como si de verdad hubiese estado sumergido en aquel mar frío, oscuro y silencioso. Al instante, las nauseas me hacen vomitar, vomito agua, un agua con regusto salado, a mar, a mar frío, oscuro y silencioso.

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Las cerezas Eva Águila Martínez Vivía en un mundo de depredadores. No mataban, no perseguían ni desgarraban a sus presas. Guardaban la apariencia de un hombre y hacían uso de palabras gentiles, únicamente en su astucia habría podido intuirse la violencia de un animal; tan sólo sus pasos sigilosos hubieran revelado su condición. Absorbían los corazones más tiernos y es por eso que la niña de cristal puso el suyo en altura. Porque temía que le dañaran el pulso de su querer; porque el suyo latía débil y hubiera resultado frágil al primer rugido. Para protegerlo se lo arrancó del pecho y lo levantó con sus manos diminutas hasta el cielo. No imaginó que los pájaros lo confundirían con cerezas y lo picotearían

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Pérdidas Eva Águila Martínez De repente se le cayó un dedo. Más tarde fue una oreja, le siguió el párpado izquierdo y después un pezón. No le dio demasiada importancia al muñón del pie. Al levantarse una mañana sólo tenía un testículo, el gato jugaba con el otro en la alfombra. Aunque lo más incómodo sucedió, sin lugar a dudas, cuando se le desprendió la nariz, en caída libre, hasta el plato de la sopa y ensució el mantel, con el consecuente reproche de su mujer ante la mancha. Tal vez -pensó entonces él- debiera comenzar a preocuparme.

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Acantilado Fernando Álvarez Laínz El sol rabioso del mediodía aguijoneaba despiadadamente su nuca y el dorso de sus brazos mientras un zumbido proveniente de miles de insectos se fundía con el griterío silencioso que asolaba su atormentada cabeza. Lentamente ascendió el último tramo de terreno rocoso hasta detenerse en el borde irregular del acantilado. Allí la suave brisa marina aliviaba en parte la insoportable tortura de aquel calor al que el rumor incipiente de truenos lejanos vaticinaba pronto remedio. Durante largo rato permaneció inmóvil, ensimismado, hasta que, al recibir el impacto de las primeras gotas contra su cara, descubrió la colosal tormenta que poco a poco se había ido acercando y ya le envolvía por completo. Entonces, ante el espectáculo de los relámpagos iluminando el intenso azul del mar embravecido, de las olas transformadas en oscura espuma tras explotar furiosamente contra las rocas bajo las nubes negras, pudo por fin liberar el grito que llevaba incrustado dolorosamente en la garganta desde unos meses atrás. Sabía que el mar no le iba a devolver a su hijo, pero, cuando se sentó de nuevo frente al volante de su coche, sintió, por primera vez en mucho tiempo, el deseo de volver a casa.

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Globo Gonzalo del Rosario Lozano La niña pequeña caminaba con su madre cuando el globo voló. Desesperada fue tras él entre la mirada indiferente y la risa transeúnte. Una estatua humana perdió el equilibrio, sin embargo, fiel a su consigna, no se movió, la niña corría. Los militantes vociferantes en la puerta del partido ni se inmutaron, la niña gritaba. Los pordioseros solo existían al sentir monedas, la niña clamaba. Un grupo de jóvenes salían sonrientes de un templo, al verla cruzando la pista, si bien los carros no le hicieron daño, aunque estuvieron cerca del infarto materno, solo atinaron a persignarse. Al final, cayó en manos de otro niño, tan bonito como ella, éste le sonrió y procedió a entregárselo, su padre le hizo una venia y cuando estiraba las manos, el niño lo reventó. Carcajeándose siguieron caminando. Ahora la niña comprendía lo que significaba salir de casa.

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Lluvia (Mención del jurado) Shirly Catz Siempre me enamoro los días de lluvia, cierta cosa de porteña nostálgica que se inventa tangos nuevos en cada esquina. Y ese día llovía furiosamente. Traté de no mojarme el pelo porque debía llegar a una fiesta, y primero tapándome con noticias de diarios viejos, me rendí por último a lo inevitable, a esa lluvia furiosa que despertaba a la ciudad de su ensueño y caía sobre mí como lágrimas gigantescas de un dios lejano. Paré un taxi, disculpe que le moje el asiento, es que ésta lluvia… y el taxista y su sonrisa cómplice (es que la lluvia tiene ese no sé qué de complicidad entre extraños, cierta cosa de destino inevitable y compartido). Lo miré disimuladamente por el espejo retrovisor, tal vez algo en su mirada empañada de una lluvia que se reflejaba en sus ojos, en una sonrisa tímida que me obligó a acercarme a su oído y susurrarle un espontáneo “lo amo”. Me miró como a un enigma indescifrable, y se acercó a besarme, casi… pero de pronto dejó de llover, y no pude más que salir del taxi con cierta vergüenza. Sabía que lo extrañaría el próximo día de lluvia.

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No le quepa la chepa Olga Guerrero Larrazábal Porque Señor Igor nació sin sus encantos y se los compró en un mercadillo baratillo. No tenía ni idea de que le gustaba bailar hasta que escuchó “La Bamba”. Y se pelaba la cabeza con el espejo del revés. Un día se encontró a Carmen, la extraña mujer que se lo comía todo. Carmen era amairenada. Encantos le sobraban y las pelucas eran su punto débil. Ella bailaba siempre con sus plumas aconjuntadas. Descubrieron todo lo que tenían en común y lo que no, se sacaron parecido con sus dobles, chuparon los platos del postre, durmieron en un saco con olor a hueso humano y fueron felices hasta que vomitaron perdices.

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Fobia de lector Alberto Haj-Saleh Ramírez Decía Marga que no le gustaban los libros usados porque siempre imaginaba las hojas más afiladas llenas de sangre y pedazos microscópicos de piel y las esquinas inferiores de las páginas impares con restos de saliva y mucosidad. Marga se hizo librera para comprar libros novísimos, recién sacados de su caja o desenvueltos de su plástico. Cuando los abre pega la nariz en el centro para oler a tinta nueva y a hojas insípidas. Yo, en la imprenta, dejo besos entre algunas páginas y me estremezco al pensar que, quizás, tal vez, marga esté respirando trocitos de mis labios pegados invisibles sobre el papel.

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Sin sonido Eva Castro Outeiriño “Hace un mes del accidente que me dejó aislada de todo sonido. Todavía no me acostumbro al eterno silencio que reina a mi alrededor y en mí misma. A menudo siento la sensación de estar dentro de una burbuja en lo más profundo del mar… Estoy ante el ordenador. Anhelo recordar el sonido de las teclas y del molesto ventilador… La tele encendida, sin volumen, muestra la imagen de un cantante conocido del cual quisiera recordar su voz… Ansío revivir mi propia voz, que siento vibrar en mi interior cada vez que hablo, sin oírme. Evoco la tuya, que adivino dice que son horas de acostarse, pues es tarde y observas el reloj que ya no importuna con su incesante tictac. Y me sonríes, y bostezas sin sonido, y me besas sin sonido, y no puedo evitar que las lágrimas se deslicen por mis mejillas; esta vez, como siempre, sin sonido…”

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Vergüenza (Mención del jurado) Noemí Orella Fernández De pequeño, cuando dejamos Turón para vivir en Madrid, sentí vergüenza de mi abuelo. El viejo nunca asumió dejar aquellos montes para irse a vivir a una colmena; así llamaba a los altos edificios de pequeños horizontes, habitados sólo de noche. Mi abuelo amaba su pueblo pero sobre todo amaba la tierra que pisamos, la que engendra vida, la que precisa cuidados. La naturaleza. Por las tardes, cuando volvía de clase, lo encontraba con la azada cavando en la calle, en el escaso perímetro de tierra que no permite que los árboles se ahoguen en las ciudades. Risas de mis amigos urbanitas. Vergüenza de un niño exiliado. Mi abuelo, huérfano de tierra en Madrid, un año después moría de tristeza, regresando por fin a Villandio. Ahora, veinte años después, he visto a mi hijo jugar con su rastrillo en el mismo árbol; y he sentido vergüenza de mí mismo por ser ésta la única tierra que le dejaré en herencia.

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Sin título Eva Quintas Froufe Por qué los niños lamen pegamento? Por qué pegan mocos debajo de la mesa? Por qué se pierden en los hipermercados? Por qué se rebozan en la arena? Por qué se caen de la bici una y otra vez? Por qué no quieren probar las espinacas? Por qué sacan el agua de la lavadora? Por qué aguantan la respiración hasta el infinito? Por qué sólo se quedan hipnotizados por la tele? Por qué quieren coleccionar todo? Por qué quieren ser astronautas, bomberos y enfermeras? Por qué se cortan el pelo y se arrancan las pestañas? Por qué mean en la piscina? Por qué comprueban si los gatos efectivamente tienen siete vidas? Por qué meten el dedo en el enchufe? Por qué tienen amigos invisibles? Por qué dicen siempre la verdad?. Y por qué todos queremos volver a ser niños? Porque quedan tantos misterios por resolver.

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Sudadera Eva Villaseñor Aceleré por la zona industrial, estaba desolada. Ya daban las doce, cuando un ciclista se atravesó de la nada. Lo había empujado unos metros adelante. Despacio lo ví por mi ventana. Las piernas por ningún lado y la cabeza brillante por la sangre. Los faros traseros pintaban el pavimento de rojo. Trascurrieron unas cuantas cuadras cuando me paré frente a la fábrica de coca cola. Prendí un cigarro, me bajé del auto a revisarlo. No tenía nada aparente. Le dí la vuelta a la zona para regresar al accidente. Ya estaban tres personas, una de ellas llamaba en un celular. Estacioné el carro y tomé la sudadera del asiento de atrás. La señora del celular, reportaba una persona muerta que había sido atropellada. Me acerqué al ciclista y lo tape con la sudadera. Ellos me sonrieron. Me subí al auto, llegué a mi casa. Me hice de cenar y me dormí.

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Lluvia Héctor Sánchez Casas Llegué a la arena guiado por el sonido de las olas -un sonido que sólo pueden hacer las olas. De repente se puso a llover. tap tap tap tap tap tap tap tap tap tap tap Yo no hice nada. Sólo quería escuchar. tap tap tap tap... Pasó una hora. Y dos. Y tres. Y cuatro y cinco y seis. Y llovía. Yo sólo escuchaba. Hasta que sucedió: algo muy frío me golpeó de frente y sentí como si hubiera caído desde una altura de 100 metros contra una pista de hielo. Escalofrío. Eso fue lo primero que sentí. Casi no tuve tiempo de sentirlo. Después volé, floté, ingrávido, leve... Todo era oscuridad. Pero pronto me sentí pesado, aplastado, dolor dolor dolor dolor dolor, dolor. Por último, me incorporé y me puse a caminar sobre el océano mar. Aunque nadie me crea.

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Indiferencia Noel Fernández Martínez Le vio llegar desde el pedrusco de la playa, allí solían romper fuertes las olas cuando la marea estaba alta. Era negro. Le empezó a ver en el horizonte, aunque, sinceramente, no pensó que fuera un hombre. Cuando finalmente chocó contra la piedra, donde él reposaba, donde rompían fuertes las olas, donde, y ahora, lo hacían empujando aquella deteriorada balsita, pudo ver los ojos abiertos y rojos del negro y una especie de bicho de mar, digamos, por similitud física, especie de cucaracha, saliendo de su boca. Fue entonces cuando decidió que, y por otra vez más, ya no volvería a pescar en esa zona y fue entonces cuando pensó que, y por otra vez más, la costa se iba acabando.

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Problema Ángel Herrero López Tres filósofos analíticos se ven importunados, en su habitual paseo, por un inmenso muro de piedra que obstaculiza el camino. Filósofo Nº 1 define el problema, bautizándolo con el nombre de “Muro”. Filósofo Nº 2 esboza una posible solución, “Escalera”, recurriendo a un conocido vocablo del idioma español. Filósofo Nº 3 constata, consternado, que ninguno de los tres dispone de tal aparejo. Sin Escalera, concluyen, no hay manera de salvar el obstáculo. Cuando los tres filósofos analíticos se dan por vencidos, dispuestos ya a volver sobre sus pasos, una niña que les seguía avanza hacia el muro y lo atraviesa. Después se burla desde el otro lado.

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El entierro en vida Alan Pool Perales Estacio Él se quedaba encerrado en su cuarto como un perro al que no dejaban salir, sus ladridos eran escritos, silenciosos gritos de protesta que nadie leería mientras él sigue escribiendo y escribiendo, tal vez esperando que alguien aparezca y lo saque de esa realidad suya, tan bárbara y tan deprimente, que se pregunta cómo llegó allí. Nadie lo sabe, ni él, lo único que sabe es que quiere salir de eso, huir, escapar, ser una gaviota, una mariposa y volar lejos de allí. ¡Ah! Tales deseos no se cumplirían, porque lo vemos también escarbando su destino, cruel contra su propia vida, irónico ya que quiere escapar pero a la vez se está hundiendo sin darse cuenta. Un día no verá sus piernas, otro día no vera su tórax, otro día ni sus brazos, y por ultimo su cabeza será enterrada con sus ideales y sus miedos. Lo recordarán como el chico que no pudo escapar de su cuarto.

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Escudos humanos Rubén Martín Camenforte -Todavía algunas veces huele a sangre -afirmó el anciano Alexander Mijailovski resiguiendo la vieja carretera que atravesaba los campos de trigo. Parado, nos contó que la había andado cientos de veces en su adolescencia, cuando aún era un camino de tierra. -En invierno solía estar embarrado –prosiguió-. Durante semanas nos obligaron a ir delante de las tropas de la Wehrmacht. En ocasiones, hasta ocho interminables horas al día. Casi siempre en los mismos tramos. El corazón se la hace a uno de piedra… Sabe, la gente seguía adelante como si ya hubiese fallecido. Durante los años de la ocupación, la guerrilla bielorusa se servía de las noches cerradas para sembrar el camino de minas. Secándose las lágrimas, Alexander Mijailovski afirmó: -Mi hermanito murió sin saber porqué caminaba. En la primera mina. Era sordo y tuvo la suerte de no oír los miedos de la gente.

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Encuentros en la primera fase Rubén Martín Camenforte Tras servir el café de la mesa cuatro, miró de soslayo el taburete que ocupó el día anterior el forastero. Atendió sonriente la mesa once, dándole vueltas al carné que aquel tipo le había enseñado antes de la funesta caída. Dijo ser el director del Instituto de Exploración Espacial de la NASA. Realmente, lo guardó tan rápido que no pudo leerlo. Aquella mañana, la policía había vuelto para hacer preguntas. “Ya les expliqué ayer… Tropezó y se golpeó la nuca. ¿Qué puedo decirles más? Parecía un tipo nervioso… Me farfulló muy excitado de un paraje agreste que le recordaba el condado... que los había visto con sus propios ojos... No, no sé de qué me hablaba." Plantada frente a la barra, equilibraba dos platos combinados como equilibró sus respuestas. Debían creerla, no reírse de ella. Al dejar el catorce y el quince sobre la cinco, repitió en su interior las últimas palabras del forastero: "¿Has visto la última película de Spielberg? Sabes guapa, Steven estuvo conmigo... A ese maldito judío siempre le acompañó la suerte. ¿No crees? ¡Aquella noche topó con los mejores guionistas! Ahora vuelvo. ¿Dónde está el servicio?”

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Tallarines y nieve Marina Moreno Lara Una música desconocida se ahoga mortalmente en mis oídos; cierro los ojos. Mis párpados pesan demasiado… ¿Me habré pasado con el rimel?. Abro los ojos. Cobrando vida, mis pupilas absorben una imagen borrosa que lucha por alcanzar la claridad. Por fin aparece ante mí un amasijo de tallarines húmedos enredados en pequeños bloques de nata semisólida. Cojo el tenedor y lo introduzco en el plato con ánimo explorador. Revuelvo la mezcla de pasta amarilla y blanca, y descubro los ansiados tropezones de beicon. El olor es delicioso, pero el sonido me recuerda a una lagartija destripada retorciéndose de dolor; es un sonido líquido y de vísceras. Ella se ríe y, una vez más, me devuelve a la realidad. La miro y todo empieza a cobrar consistencia: las sillas de plástico de colores brillantes y textura rugosa, manchadas de ketchup; las mesas largas y grises, repletas de bandejas metálicas; su silueta. Al oír su risa siempre pienso en una nevada invernal, en los copos chocando violentamente contra el suelo. Son golpes secos y equilibrados. Si se ríe a carcajadas, la nevada se hace más y más copiosa a cada instante. Siempre me descuido y acabo cubierta de nieve.

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Un hombre con suerte Álvaro Sánchez Ortiz Panchito se consideraba un hombre con suerte. Se dedicaba a lustrar zapatos en un carrito de lámina que alguna vez había sido rojo y al que alguien había fijado una silla con cuatro tornillos y cuatro tuercas, de las que ya se habían perdido tres. Él mismo había perdido una pierna por una enfermedad mal atendida, y el único lujo en su vida era la cerveza que se tomaba antes de dormir. Una noche, una banda conocida como “Los Ponks” decidió secuestrar a Panchito para sacrificarlo en un rito satánico. Lo metieron a la cajuela de un auto, lo golpearon hasta reventarle un par de vísceras y le mocharon un dedo porque “así le hacían en la tele”. Panchito, sin embargo, se alegró de que le hubieran permitido conservar sus muletas. “Los Ponks” empezaron a discutir y a golpearse unos a otros hasta que, debido a los forcejeos, el auto salió de la carretera en una curva y se estrelló. Ese fue el final de la banda. En cuanto a Panchito, la cajuela lo protegió perfectamente, el choque botó la cerradura y se fue muleteando a su cuartucho. Definitivamente, era un hombre con suerte.

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Cavhilando Álvaro José Camacho Neumann Cuando suena la canción perfecta y el sol le baila en la cara a través de la ventana, o cuando descubre en un reflejo a una joven hermosa con dos falanges dentro de la nariz. Cuando la "rotguailer" asesina del portero tiene puesta su chamarra rosa, cuando un joven con su guitarra canta en la calle bajo unas ojeras de cruel felicidad, o cuando ve a alguien en bicicleta, o encuentra una película que le gusta, o pasa frente a los departamentos de lujo cerca de Avenida Central. Cuando en el parque alguien intenta amaestrar a 20 perros en una hora, cuando su mujer sonríe, cuando su perro le muerde la mano, cuando la Colgate de canela lo asusta al pensar que escupe sangre, cuando se afeita la barba, cuando un viejo amigo escribe un mensaje, cuando el pasto parece verde, o cuando yace entre las sábanas con la estática del televisor en sus oídos, recuerda que los labios y la boca sirven para sonreír y piensa que quiere ser feliz. Luego se deprime.

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La ventana Enrique Antonio Lalana Torres Al amanecer se sentaba junto a la gran ventana, aquella de cristales altos, discordante con la arquitectura original de la casa. La ordenó poner después de la mudanza, para inspirarse con el ir y venir de la gente. Todos los días, antes de sentarse frente a su vetusta Underwood desafiando a las nuevas tecnologías, observaba largamente el oleaje humano a través de su maravilla de cristal y madera. Las luces de la mañana creaban una aureola que la hacía digna del nirvana. Sosteniendo una taza de café frío, buscaba nuevas ideas en los rostros de los transeúntes. Algunos respondían con mirada inquisitiva. Un día, se sorprendieron de que no los observase, del butacón vacío. Se extrañaron de la caja que, solemnemente, sacaban de la casa.

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Odio el verano Alicia Calero Cervera Hay un día en el año en que te despiertas y te sientes raro. Primero no puedes abrir los ojos y notas que has sudado por la noche. Son las ocho de la mañana y ya estás aburrido. Tus hermanos pequeños empiezan a revolotear a tu alrededor dando saltitos de alegría. Tu no sientes lo mismo. Ya no hay clases. Tus amigos se han ido a su pueblo, de viaje, a trabajar... pero tú estás solo. Por la mañana te toca cuidar a tus hermanos y limpiar la casa y por la tarde a trabajar. De noche estás tan cansado que no tienes ganas ni de leer. Llegas a la cama y no puedes dormir. Este bochorno te va a matar. Ya llevas tres días igual y te das cuenta de qué está pasando. Es verano y lo odias.

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Las palabras de nadie Luciano Ribero La primera vez pensó que era cosa de cansancio, pero a medida que el suceso se repetía y repetía terminó por creerse loco. Ni bien garabateaba el punto final las palabras desaparecían lentamente, como resistiéndose a asumir la responsabilidad de figurar. Los matices cambiaban, de negro a gris y de gris a blanco, a nada. Intentó escribir con letra grande, cursiva, cambiar de bolígrafo o usar otra hoja. Daba igual. Puteó varias veces en vano y sin querer caer derrotado del todo continuó haciendo el esfuerzo. Se hizo un café fuerte y vaciló frente a la hoja en blanco. Nada cambió hasta el momento en el que escribió por aburrimiento algunos sinsentidos. La hoja, como saciada, aparentaba no querer succionar de nuevo. El joven periodista permaneció inmóvil unos segundos, seguro de entender entonces lo sucedido. Vencido, se limitó a escribir sobre algunos acontecimientos en el estadio de River, y dejó de lado las historias de militares o libros quemados, que acaso publicaría algún día en el que las hojas no le tragaran la tinta de esas palabras.

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A la luz de la luna Julio Santiago Guerrero Kesselman Entonces lo vi. Estaba sentado de espaldas a mí, en plena calle, contemplando el oscuro cielo con un silencio que rayaba en lo ridículo. Lleno de terror, me presté a escapar, pero él habló, serio y majestuoso como siempre: “Te esperaba, amigo mío”, y sin dejar de mirar el cielo, agregó: “La luz de la luna carga un mensaje de amor y los susurros de una promesa sin cumplir”. Sin saber que responderle, confundido por lo noble y sabio de sus últimas palabras y con más turbación que antes por la incertidumbre de lo que me esperaba en esa oscura noche de luna llena, callé. Un silencio incómodo nos envolvió, sin que ninguno de los dos nos atreviésemos a empezar la inminente incómoda conversación que nos esperaba. “Que quieres que haga”, dije yo, resignado finalmente. “Aullemos”, dijo el perro.

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Pillados Daniel Hermosel Murcia De Repente, Dirá El Pelirrojo Señalando A Su Amigo. No, Mío No Es, De Pronto Es Tuyo, Contestará Éste Al Verse Acusado. De Pronto Sonreirá. De Pronto No Puede Ser, Él Vino Conmigo Y Eso Ya Estaba Aquí Cuando Entramos. De Súbito Agregará, El Regalito, O Es Tuyo O Es De Tu Amigo. De Pronto Se Impacientará Mirando La Bolsita. De Improviso Se Pondrá Nervioso. De Repente Confesará Con La Mirada. De Súbito Sacará La Placa. De Improviso Saldrá A Correr. De Pronto Se Abalanzará Hacia Él. De Repente Conseguirá Escapar Con El Paquete. Necios, Pensará, No Saben De Quién Es Realmente, De Momento.

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Sin título Fernando Castellano Ardiles He visto a los hombres que dejan de evadir la sombra cada vez más espesa de su pareja. Las palabras cada día llegan más difuminadas, como si existiera una lija que empieza en la boca de la mujer y termina en el oído del hombre y esa lija cada vez fuese más áspera. El significado de las mismas pierde sentido, dejando de tener una asociación directa con algún sentimiento o acción específicos. El enfado cada vez más parece confusión; la confusión cada vez más parece indiferencia. A la indiferencia no le importa parecerse a nada. La agresión verbal va cediendo el lugar a la física, que duele más, pero hiere menos. Un día, como cualquier otro, el hombre simplemente toma a una nueva mujer y espera que no sea como la anterior. Seguro tendrá defectos, pero que no sean los mismos... por favor no. Y así el círculo que nunca será cuadrado da otra vuelta y empieza su carrera más o menos lenta al punto inicial, al punto donde siempre regresará.

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En-torno Camila Bordamalo GarcĂ­a F: No quiero ser la forma de este contorno. C: No quiero ser el contorno de esta forma. Pobrecitos ustedes, pues yo soy la que maneja el torno y una vez en el horno ya no hay retorno.

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Un día cualquiera con Alex Alicia del Rosario Falcón Castellano No era despistado. No era torpe. Era Alex, tenía seis años y Síndrome de Down. Nació de cabeza, como casi todos, y tenía un lunar en su mano izquierda, ¡ah! y una sola línea. Era simpático: se reía de la risa. Era metódico, de pocas palabras y sobre todo tozudo, pero que muy tozudo. Tanto que un día se empeñó en hacer volar un vaso y lo consiguió. A los dos segundos el supuesto avión se hizo añicos y dijo que se le había olvidado echarle más gasolina para el viaje. No me reí, me hizo un agujero en el parquet. Alex era fan de Nemo, ese pez naranja de Walt Disney. En casa tenía un peluche igual. Desde hacía días, tenía en la cabeza que era de ese color porque le daba mucho el sol. Cuando regresé de trabajar, le había puesto crema solar. Y me dijo ¡Ves como tenía razón! La tele también estaba manchada de crema… Con lo que supuse que también había visto el DVD. Ahora sí que me reí.

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En un solo segundo Teresa del Préstamo Landín Transcurrió en un solo segundo pero todos los presentes fuimos testigos y, por un instante, el cine enmudeció. Las casi ochenta personas que nos apiñábamos incomodas en sillas plegables nos olvidamos durante un instante de lo que pasaba en la pantalla que, por respeto, guardó silencio hasta recuperar nuestra atención. Los coches se detuvieron y los bares bajaron la música. Las parejas de enamoradas se agarraron fuertemente y los grupos de amigos lo comentamos segundos después. Y, de este modo, ochenta desconocidos, durante una fracción de segundo, nos juntamos pensando lo mismo: <<¿Eso era una estrella fugaz?>>

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Sin título Ángela Pablos Martínez-Fortín Al contrario que la mayoría de la gente, que escribe para no olvidar, yo olvido inmediatamente todo aquello que escribo. No me tengan lástima. Es un maravilloso don si uno sabe utilizarlo. La memoria selectiva que para el resto de las personas es un mecanismo increíblemente útil pero mucho más caprichoso de lo que desearían, es para mí un instrumento que manejo a mi antojo. ¿Que me ocurre algo terrible? No tengo más que escribirlo. ¿Que me rompen el corazón? Novelón rosa y lacrimógeno servido. Evidentemente no puedo recordarlo, pero la peor parte de mi vida debe de ser apasionante a juzgar por lo que la gente se interesa por mis libros. Y yo, desde que conozco mi poder, sólo retengo en mi memoria imágenes tranquilas y en absoluto desagradables. Por mi memoria se deslizan plácidamente, sin pisarse unos a otros, todos aquellos recuerdos que he decidido conservar. Recuerdo todos los números de teléfonos de mis amigos y nunca olvido una cara que no haya querido olvidar. Sencillamente tengo sitio de sobra. Es por eso que soy tan prolífica, por eso casi todas mis novelas son muy tristes y por eso nunca, jamás, hablo de ellas. Simplemente no las recuerdo.

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El pequeño espacio azul Javier Fernández Pollán Te fijaste en el enésimo toro gigante de metal a la vera de la autovía. Aminoraste la marcha y escrutaste la silueta del animal. Su negra envergadura reinaba sobre el peñasco, rodeada de una inmensa meseta sumisa. El pájaro posado entre sus cuernos despegó al paso del coche. Observaste el pequeño espacio azul entre la cola y las patas traseras; el que simula el cielo diáfano de fondo. Pero aquel día el azul contrastaba enormemente con el cielo encapotado que aplastaba el horizonte. Hacia él aceleraste, en dirección a la frontera que ansiabas traspasar, y así dejar atrás un sueño inútil para ti. Miré a tus ojos líquidos, como el agua a punto de mojar la tierra. Te detuviste en una estación, a medio camino entre el verano y el otoño. Estábamos en reserva. Me apeé y levanté la vista, buscando una respuesta que cayó en forma de agua clara. Me miraste sorprendida mientras me empapaba y te traicionó tu característica sonrisa, que anulaste sin contemplaciones. Yo era un toro estático al borde de la carretera. Tú, la golondrina que retorna en otoño.

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A falta de un nombre mejor Alba Morollón Díaz-Faes "Ni idea", responde el más bajo de los dos hombres, mirando absorto a lo que en mejores días debió ser una lavadora. “Pero debe ser un lugar importante, para que alguien la haya dejado aquí.” Su acompañante no puede hacer más que negar con la cabeza, exasperado pero acostumbrado a las divagaciones absurdas de su amigo. “Sigamos andando Juan, que va a caer una buena y aun nos queda mucho camino.” El hombre al que algunos llaman Juan, aunque este no es necesariamente su nombre, no deja de mirar fijamente al desafortunado electrodoméstico, como si en una tierra desolada por la guerra no hubiese cosas más asombrosas y terribles que un trozo de metal oxidado en medio del camino. (El susurrado estallido de la nieve es casi un estruendo en la prematura noche. Los copos de nieve enmudecen a la mismísima Nada) “Es que puede que ya hayamos llegado.” “¿Llegado a dónde?” “A casa, naturalmente.”

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Ndar Ángel Figueroa Amaro El avión despega desde Sant Louis y observo la espléndida puesta de sol sobre la playa de Ndar. El ronroneo de los motores me adormece. Sueño contigo. A la sombra de una barca de largos remos. Llevas puesta una pulsera de plata en el tobillo, y un bikini negro que deja ver casi todo tu trasero exuberante, manchado con pintitas de arena blanca. Un ráfaga de viento mueve tus trenzas sueltas. Después, la superficie gelatinosa del agua, llana hasta entonces, se riza. Y de pronto crece una ola enorme que rompe contra mi cara. Abro los ojos. El mar azota el cayuco a la deriva, del que se desprende un cuerpo sin vida. Cierro los ojos. Quiero encontrarme de nuevo contigo. Tus enormes manos toman la mía, tu sonrisa se hace más tierna y besas el aire frente a mis labios. Entonces la barca desaparece engullida por la ola.

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Mi papá David Esteban Bucheli Fuentes -Papá, hoy en el colegio me dijo un niño que yo era su cielo. El papá se paró de su asiento, lugar donde miraba los tejados del pueblo, se dirigió hacia su hija, la miró fijamente a los ojos, se agachó despacio y con paciencia, se subió las mangas de su camisa a cuadros y dijo: -Hija, hoy te enseñaré a atarte tus zapatos.

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No creas que no me hubiera gustado Laura Juárez Hernán Te escribo desde París. No creas que no me hubiera gustado que esta carta te llegara con el matasellos de otro lugar, de otro país. Sea cualquiera. Desde Madrid, hasta la Cordillera de los Andes, recorriendo Ámsterdam o impregnándose del aroma del chocolate caliente de Ginebra. No dudes que cualquiera de estos lugares hubiera sido mejor para mí. Ahora, como tu bien sabes, es tarde. Demasiado tarde para retractarme de las ideas y de las acciones que llevé a cabo donde tu te encuentras. No me arrepiento. Ni siquiera me da pena. Son mis pensamientos los que chocaron con los de otras personas. Tú sabes que no los pude controlar, aún menos atar. Así que volaron, hasta las manos más desgraciadas. Ahora veo las rejas, los barrotes de mi celda. Pero no te apenes. No creas que no me hubiera gustado escribirte desde otro lugar…

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Alhelí David Esteban Bucheli Fuentes Recuerdo la voz suave de Alhelí. Hace más de treinta años que no la veo, pero la recuerdo como si fuera ayer. La recuerdo en mis mejores tiempos de infancia cuando jugábamos alrededor de la casa, en mi cuarto y en mis sueños. Ella era un poco extraña, sólo aparecía cuando yo la quería ver, nunca por sí misma, nadie la preguntaba más que yo, quien se consideraba su mejor amiga y portaba el derecho a extrañarla. Ella no tuvo papá ni mamá y su nombre lo elegí porque tampoco lo tenía. Le puse Alhelí, nombre de una flor que crecía en el campo y que lo leí por primera vez en un diccionario. Alhelí paseaba conmigo por todas partes, me acompañaba a la escuela, me visitaba en la casa y se despedía para irse cuando me iba a dormir, aunque yo sentía que aún en las noches me seguía acompañando. Un día me di cuenta que nadie veía a Alhelí, solo yo. Lloré demasiado porque pensé que no era mi amiga por ser irreal, aunque después entendí que nunca conocí a alguien más real que Alhelí, mi mejor amiga de la infancia.

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I Irene Valero Toranzo El mar despuntaba en el horizonte. La blanca espuma dominaba una vasta extensión, casi diríase infinita, de agua, sal y viento. Mi frágil embarcación no es nada comparada con esta inmensidad pero es algo comparado con algo más pequeño, mi mundo, mi vida, dentro de un todo es nada pero dentro de un núcleo que está dentro de otro núcleo el cual a su vez se encuentra dentro de otro, está mi entorno. Donde existo. Donde soy algo. El tiempo pasa y a veces acompaña. Otras no. Otras, nos mira desafiante y altivo nos hace ver la clase de vida que hasta ahora llevábamos. Unas veces reímos y nos sentimos aliviados, incluso orgullosos. Otras nos desmoronamos y lloramos por aquello que vemos, por la vida que por fin vemos, hemos llevado a cabo. Pero el tiempo para el mar no es rival, ni amigo, ni enemigo. Es un miembro más de su extensa compañía. Un elemento más de su inabarcable inmensidad.

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II Irene Valero Toranzo ¿Y si el mundo comenzase a girar y no parase hasta que todo él se marease? ¿Volaríamos en remolinos en un cielo de azul y blanco teñido? ¿El mar y la lluvia en un abrazo se fundirían? ¿Tendríamos ganas de pelear, de discutir, de castigar? ¿Existiría nuestra mente tal y como ahora es? ¿Existiría la felicidad en su concepto, libre y ajena a cualquier contexto? ¿Tendrás hoy ganas de bailar en círculos conmigo en este recóndito lugar, al abrigo del barco a la deriva en que nuestro mundo se ha convertido? ¿Se podría cantar dando vueltas sin cesar o liaríamos las palabras al dejarlas de nuestros labios escapar? ¿Tendría sentido el “arriba” y el “abajo”? ¿Aún tendría derecho a soñar, a imaginar, mi imaginación ampliar? ¿Sería el viento visible entre el mar de cosas, animales y personar girando sin parar? ¿Podría acaso pensar? ¿Sabría responder a mi pregunta esencial? ¿Quién soy y qué hago en este lugar?

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El entierro Sergio Carballo Losada Unas horas después del entierro, cuando ya todos sus seres queridos se habían ido a casa a llorarle, Juan despertó del coma.

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Luciérnagas Vega Pérez-Chirinos Churruca Me encantaría volver a los tiempos a los que nos teníamos delante y no nos reconocíamos. Despertar tu curiosidad y forrarlo todo de carteles recordándote que eras tú el llamado a compartir mi vida, hasta que te lo creyeras. Meterme en tu balcón en cuclillas, tras unos geranios, a cantar contigo cuando tú cantases. Entrar en tu vida hasta que el síndrome de Estocolmo te atacase y entonces con un guiño echar a correr. Disfrazada de mimo soltar globos de colores cada vez que entre la gente alguien sonriese, porque cuando las cosas son impagables lo mejor es pagar precios irrisorios. Prometer un mundo de colores a la primera persona que sepa que necesito, en este momento determinado, que me digan "luciérnaga" en inglés. Y elegirías tú el lugar en que volvería a aparecerme en forma semitransparente, un lago donde bailen las ninfas, y cuando me tocases, descubrirías que los dos estamos hechos de luz. Como las estrellas. Aunque las estrellas son lágrimas de niñosunicornio, ¿lo sabías? Y las nubes la plastilina que perdió el Principito...

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Inés Eliana Drajer Rosa fue la primera en enterarse. Entonces, tomó su bicicleta y recorrió la casa de cada uno de los vecinos. Era la víspera del Día de Ramos. Todo iba a suspenderse. Rosa trabajaba todos los días en la panadería de Carlos y compartía con Inés su labor. Después de hablar con todos los pobladores, Rosa llegó al hogar de los Martínez. Salió José a recibirla, como si presagiara el infortunio. La hizo pasar y se sentaron en el comedor que aún olía al famoso gazpacho que él cocinaba todos los viernes. José tenía dos virtudes en Casas del Cerro: su tradicional plato español y las esculturas expuestas en la plaza de Albacete. Rosa se lo dijo de corrido. Él cayó desalmado. Luego de cinco minutos en silencio, José preguntó: -¿Se fue con él? -Sí, contestó Rosa. Ella se despidió y se fue. Rosa se fue hilvanando situaciones y sin entender el silencio de Inés, su amiga de tantos años. Luego, se dirigió hacia la iglesia. Entró y sintió que Jesús se reía desde el altar. Fue al confesionario y lloró consigo misma durante dos horas. Se levantó de allí, buscó kerosén y fósforos. Prendió fuego el maldito lugar.

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Diluvio Agustín Martínez Valderrama Asustado, el animal había huido dejando atrás la enorme embarcación y los presagios que anunciaban lluvia durante cuarenta días y cuarenta noches. Pero ni el miedo ni los augurios más funestos bastaron para convencerlo, cansado y afligido de estar sólo. Imaginó otros cien años más así, temido y rehusado por todos. Incluso el propio Noe olvidó su tamaño al construir el arca, y él prefirió no ser causa del naufragio. Al alejarse, aún se cruzó con una pareja rezagada de jirafas que al verlo corrieron atemorizadas. Entonces comenzó a llover; primero mansamente, luego con mayor denuedo. Aliviado, el dinosaurio miró al cielo y sonrió.

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Colección de cajas Suani Armisén Cuevas Abre la caja de Teulas Postre Riquísimo nombre registrado con el mismo afán del que se adentra en su pasado y descubre algo nuevo. Que lo confunde y atora, o desorienta y descentra. Aún con brújula en mano y libro repleto de anotaciones, que no se entienden. Se aposenta en silla roja restaurada a ver pasar el tiempo. Con la nuca apoyada en el borde de la incomodidad. Para cogerlo al vuelo con la mano. Y hacerle una carantoña o un asco. ¡Vete tú a saber cuándo es mejor ver, oír y callar! Entonces coge aire por la nariz, respiración abdominal, se sumerge, y espira. Tranquilo, completamente, con la conciencia de oliva sin hueso rellena de queso.

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Abstracción Suani Armisén Cuevas Siento el tren veloz que corre por mis venas. La lluvia pasa fugaz por entre cristales mientras mi pensamiento se abstrae. Nunca fue difícil. Me la acaricio y sé que no me percibe. Acaso como leve gesto no pronunciado. Pero le hablo. Mantengo conversaciones. Si son posibles cuando el Otro no responde. Llamémosles monólogos. Le animo y motivo. Le digo que se cuide y mantenga sano. Como si en la vida fuera fácil. Me cuesta llegar al teclado. El sonido que producen mis dedos me mantiene despierta. No más en alerta que cuando siento un hormigueo o aleteo, como un recorrido de serpiente. Quizás sean mis intestinos, algo diferentes últimamente. Tanto que los desconozco. El tiempo pasa, tan rápido que da miedo. Acumulo pauses en el álbum, testimonios de momentos que fueron en movimiento. Entonces soy feliz. Una placidez me embriaga, siento que decaigo y creo descomponerme. Es una sensación de alejamiento, de pérdida, de ingravidez. Pero qué bien se está. Las aguas vuelven a su cauce.

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La ley del silencio Juan Pablo Sánchez Miranda Cuando despertó, la última pirámide ya había desaparecido. Todo había sido tan rápido… Ahora dormiría de nuevo, nada podría impedir su sueño eterno.

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Tortura Lorena Delgado Hermoso Se acurrucó entre las sabanas, escondida en un rincón. Alzó la mirada para fijarla en la estantería. Estremeciéndose, observó en el reloj que ya eran las doce. Se encogió de hombros, manteniendo la cabeza gacha. Nerviosa, empezó a retorcer el cabello entre sus dedos, mientras balanceaba su diminuto y frágil cuerpo sobre el suelo. Hecho de vieja madera, crujía al son de sus balanceos. Escuchó un rudo portazo. Un escalofrío recorrió su espalda. Gritos de un hombre enfurecido inundaron el hogar. Apretó con fuerza sus oídos con las palmas de las manos. Sin embargo, la voz de aquel a quien tenía que llamar padre le llegaba perfectamente. Su usual espectáculo comenzó de nuevo: —Apestas a alcohol... —¡Cállate! —¡Despertarás a la niña! La discusión continuaba: gritos, golpes y amenazas reinaban en el hogar. ¿Cómo un padre podía tener el corazón tan gélido y podrido? Cuando la madre fue en busca de la niña, ésta ya tenía la piel de gallina y los ojos hinchados a causa de las lágrimas. —Tranquila, pronto marcharemos de aquí —Le susurraba abrazándola. Pero lo cierto es que no era así. Sabía que, por miedo a huir, viviría repetidamente aquella situación; haciendo su llanto más profundo. 82


El salmón de una noche de verano Gretel Sánchez García El salmón sintió en sus entrañas el atávico deseo de emprender el viaje. Furibundo, tomó impulso y en un espléndido salto abandonó la pecera. Sus líneas laterales le trajeron la sensación extraña del aire seco de la estancia y por el olfato conoció el suave olor a malva del ambientador doméstico. Con un fuerte coleteo quiso remontar la imaginaria y fría corriente fluvial pero dos segundos más tarde se precipitó como un rayo sobre el siamés que dormitaba plácidamente ovillado, sobre la alfombra. Éste, se respingó, pero atemperada su naturaleza felina por el puñado de años vividos, se limitó a alejarse pausadamente mientras recordaba la canción que alguna vez tarareaba su amo: “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios.”

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El cofre Víctor Martínez Loredo Las gotas de humedad producían un eco sordo en la oscura habitación. En el subsuelo de una gran mansión se encontraba sobre una mesa de piedra un pequeño cofre. Allí se escondía, entre las tinieblas y acompañado por las gotas que se filtraban desde el techo. El cofre tenía siete cerraduras, que nunca habían sido utilizadas salvo para cerrar un contenido que nadie conocía. Mucho tiempo llevaba allí, inmóvil, impasible, guardando el misterio de su interior. Hacía años (para algunos no tanto), la gente se interesaba por saber el contenido, pero de unos meses hasta el presente la realidad de la cajita se fue convirtiendo en rumor, poco a poco en leyenda y, sin duda, acabará por transformarse en mito. La gente acabó por perder el interés en el cofre debido a la tremenda dificultad que conllevaba abrir las siete oxidadas cerraduras, hasta que un joven, que había oído la historia, se armó de valor y fue a la habitación del cofre, puso la mano encima y descubrió que las cerraduras no estaban echadas. Si la gente afrontara los problemas de frente se darían cuenta de que no son tan difíciles como parecen en la distancia.

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Mirta Marisa Carrio Fernández Abrí la puerta que chirriaba como un cerdo desangrándose y vi a Mirta sentada en el suelo hablando sola y llorando. Cuando me acerqué a ella siguió inmersa en su nube de lamentaciones e ignorando mi presencia y cercanía. Le cogí la cara entre las manos e intenté serenarla sin demasiada suerte. Entonces ya éramos dos las que llorábamos y hablábamos a la vez, pero monólogos diferentes. Me pregunté en voz alta si podría soportar aquel dolor, ver a mi hija sufriendo como un animal herido me partía en dos. Tampoco me consolaba los momentos en los que recuperaba la calma y tenía permanentemente la mirada perdida en el vacío. Llamé al psiquiatra para que le administrara una nueva dosis intravenosa de algún tranquilizante y abandoné un día más el hospital pensando si tendría fuerzas para regresar al día siguiente.

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Un trozo de carne Karina Barboza Peñalva Noé contempló su obra con orgullo. Todo había salido a la perfección; una pareja de cada especie descansaba en su arca. Nunca se hubiera imaginado que la tigresa, que dormía junto a su marido, había tenido una aventura con el león. Grande fue su sorpresa cuando el engañado, aprovechando un descuido del rey de la selva, clavó las garras en su cuello, terminando con la vida del ingrato. Más de una felina lloró la muerte del rey, despertando el recelo de los maridos, quienes ante la duda, las castigaron sin piedad. Noé comprendió su estupidez. ¿Por qué convivirían pacíficamente en un arca quienes en la tierra competían a muerte por un trozo de carne?.

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Deformidad profesional Iker Pedrosa Ucero El hombre mantuvo su postura de falso jorobado para que el dĂ­a que cometiese su crimen lo hiciese erguido, y fuese tal rectitud su mejor coartada.

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Odisea Iván Humanes Bespín Si uno piensa que alguna vez va a huir de aquí no sabe lo que dice. Yo les digo a mis soldados que nosotros, que seremos unos cuarenta, debemos permanecer unidos. No sé revelar qué sucedió, tan sólo que estamos donde estamos por arte de los dioses griegos, que son traicioneros y cambian el curso de la historia en nada. La explicación de nuestro destino debe ser mágica, terrible. Epeo construyó el artilugio y nosotros, los más valerosos héroes, debíamos arrasar más allá de las murallas, así lo cuenta Homero. -Era un buen plan –repite Elíope mirándose las sandalias. -El caballo tenía que guardar a nuestro ejército en su barriga y los troyanos tenían que arrastrar el regalo, los altísimos se han vengado… -relatan con pena. Cierto. Pero estamos aquí y el pavimento resbala, huele a limón, suenan músicas no conocidas. Un cartel nos apunta: Exposición del caballo de Troya en el centro comercial. Y uno no puede deshacerse de lo sucedido. Mientras, los soldados esperan dentro, muerden sus puños y recuerdan antiguas jornadas de victoria.

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Agua de borrajas Tania Hidalgo Rodríguez No encontraba la manera de decirle la verdad. Daba vueltas a su rubia cabeza una y otra vez pero era inútil, no la perdonaría jamás. La idea la angustiaba tanto que decidió no decírselo y dejar pasar los días (interminables), las semanas (agotadoras) y los meses (trágicos) con la única ilusión de que la conciencia dejara de latir con aquella fuerza destructiva. Él, por otro lado, no tenía absolutamente nada que decirle a ella. La notaba un poco más huidiza que de costumbre pero no merecía la pena pensar mucho en ello. La bestia dormía tranquila en su cueva y si roncaba más de la cuenta no era asunto suyo. Los campeonatos de mus ya no eran lo mismo. Desde que su inseparable amigo, compañero y camarada había fallecido se sentía solo. La soledad le resultaba un poco indiferente pero le dejaba mal sabor de boca. Como quien come un aperitivo bajo en calorías. Con el inconveniente de que acaba doliendo. Por la noche cenaron juntos y recordaron viejos tiempos. “Era un buen amigo. Le echaré de menos”. Ella notó que el remordimiento seguía vivo en su interior. Pero no dijo nada. Ya no tenía tanta importancia.

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Una historia diferente de un anciano diferente David del Valle Valle Los niños del pueblo tiraban de sus enormes y callosas manos, a pesar de sus casi ocho décadas de vida, en las anchas espaldas de aquel hombre se reflejaba su vida de soldado mercenario. Los niños no paraban de gritar “¡cuéntanos un cuento!” el anciano miró directamente a los ojos de los niños y comenzó: “he visto cosas que ningún hombre creería. En cierta ocasión dos ejércitos coincidimos en un profundo valle, cuando nos arrojamos colina abajo una inesperada tormenta comenzó a caer. La lluvia era un velo en nuestros ojos, el sol se ocultó tras nubes negras y el barro hacía que no pudiéramos distinguir quien era aliado y quien enemigo, a oscuras rajábamos estómagos y cortábamos miembros. Por la mañana me alcé y contemplé horrorizado el espectáculo de miles de cercenados muertos; yo era el único superviviente.” El viejo calló. Aquella noche los niños tendrían pesadillas.


El cuento de las dos bufandas David del Valle Valle La mía era una bufanda larga y blanca, de esas elegantes de tacto suave. La tuya bufanda a cuadros grises y negros, de esas que llevan las colegialas, corta y coqueta. La mía caía a ambos lados del cuello. La tuya se enroscaba en tu garganta. Qué pareja de bufandas tan dispar y extraña. Pero mi bufanda se enamoró de la tuya, y la tuya no pudo resistirse a la mía. Entre ellos surgió magia, algunos lo llamarían electricidad estática. El caso es que se atraían mutuamente y se unieron hilo a hilo y se daban calorcito, como sólo una bufanda sabe hacerlo. Desde entonces dos destinos unidos en un solo lazo, ni tijeras ni pelusas podrían separarlos, y así van las dos unidas como cogidas de la mano. Yo con mi bufanda blanca y tú con tu bufanda a cuadros.

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Oscuridad (RELATO GANADOR) Lorena Sanguino Hernánde Oscuridad. Calma. Paz. De repente falta espacio. Me deslizo, resbalo, caigo a unas manos estériles que me recogen de una muerte segura. Pero estoy viva respirando y llorando por primera vez. Ahora soy niña, juego, río y bailo. Años de estudio y trabajo. Sueños e ilusiones pululan por mi mente. Sexo sin promesas. Amistades efímeras, amistades eternas. Amor y traición. Amor verdadero. Convivencia. Armonía. Pequeños milagros, los hijos. Amor incondicional sin miramientos. Risas, llantos, enojos y esperanza. Felicidad. El futuro se acerca cada día más. Estoy aquí, no me moveré. Los minutos pasan. Pelo cano, manos débiles y ojos sabios. Ayer nacía y hoy me marcho. La vida es tan breve. Oscuridad. Calma. Paz.

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Revelación Nicolás Cruz Valdivieso Una vez que el equipo de cuarenta especialistas de la Universidad Técnica de Munich, dirigidos por Christoph Höhnke, lograra realizar el primer transplante de brazos completos en una épica operación de más de 15 horas de duración en el hospital Klinikum rechts der Isar, el agricultor de 54 años, aún tendido en la camilla y embriagado por el efecto de los sedantes, sintió una leve erección que levantó las sábanas y atormentado se preguntó si en adelante debía considerarse homosexual al momento de masturbarse, ayudado por las manos de ese joven que ahora yacía amputado bajo tierra. El doctor Biemer, cirujano del hospital de Munich, declaró posteriormente a la prensa que al despertar, el agricultor se miró las manos y luego de un breve momento de turbación propio de los fármacos sonrió ampliamente, diciendo “Muy bien”, sin dejar de mirar sus nuevas extremidades.

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Trailer Enrique Antonio Rivas Fernando confirmó que su esposa lo engañaba de una manera extraña. Al mediodía estaba viendo el noticiero sin prestar mucha atención, hasta que un periodista informó sobre un trágico accidente ocurrido a las 9 de esa mañana. La pareja fallecida, según el cronista que relataba desde el lugar de los hechos, salía del albergue transitorio de la otra cuadra cuando la moto en que viajaban fue arrollada por un vehículo que apareció en contramano. Las víctimas fueron identificadas como Omar L. y Micaela E. No hubo testigos, aunque una señora que estaba baldeando la vereda una calle atrás, dijo haber visto un enorme camión pasar a toda velocidad. No pasaron dos minutos que empezó a sonar su teléfono. Fernando no atendió. Tras una mezcla de sentimientos maldijo al tipo que solía descargar con él, y de quien siempre sospechó, y luego insultó a Micaela. Intentó llorar mientras el teléfono no dejaba de sonar. Como si fuera poco, empezaron a tocar el timbre de su casa. Fernando suspuso que podía ser la policía. Y no, era su vecino, que le pidió, amablemente, que moviera unos metros el Scania porque estaba obstruyendo el estacionamiento de su casa.

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La mano de buda Manuel Esnaola Es de noche cuando Siddhártha Gautama monta su caballo borrando (con el grave cincel de su espalda) la pequeña comarca en las vertientes del Himalaya. Galopa contra la luna India y su manto de plata. Bajo el claro de la mañana, junto a un arenoso río, corta su cabellera con la espada que habrá de regresar a casa junto a su armadura y su caballo. Mira el río como un espejo atroz; allí el rostro indeleble de Heráclito que acaso mecánicamente repite: “en el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos]”. Gautama Buda maldice la sentencia y deshace bruscamente el rostro con la mano. En Asia Menor, en Éfeso, sobre los márgenes de otro río, muere un hombre. No habrá Sócrates ni Atenas. Sólo la estatua de un joven indio en el Museo Nacional de Tokio meditando sobre las consecuencias históricas de una reacción impulsiva.

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Corramos Mariano Catoni Se despertó de súbito. Había soñado con el fin de la Humanidad. Fue hasta el baño y orinó y, en eso, se quedó a oscuras. A tientas, llegó a la cocina y encendió una vela. Alumbró el tomacorrientes y comprobó que no, que no era algo de adentro sino de afuera. Sintió que algo le tocaba la pierna y bajó la cabeza. Ah, querés salir, le dijo al perro. Abrió la puerta de entrada, lo dejó pasar y lo vigiló desde el umbral. Hacía frío y el viento movía los árboles. En la casa de enfrente, asomó una mujer. Se sentó. Estoy desvelada, le gritó. Yo también. Dos minutos más tarde, al lado, se oyó la llave en la puerta y salió un matrimonio, detrás de ellos, los chicos, revoltosos. Diez metros más allá, apareció un muchacho y, enfrente, dos ancianas, de modo que, en poco tiempo, la cuadra se llenó de noctámbulos. La cuadra esa y la otra, y la otra y la otra. De repente, cesó el frío. Empezó en la esquina y avanzó. Vieron caer, desplomarse a los primeros. Corramos, gritó uno. Y algunos alcanzaron a correr unos metros antes de desvertebrarse y rodar.

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Madrugada de agosto, 200... Manuel Esnaola Yo quise agarrarlo. Apenas tocarlo con la punta de los dedos. Yo sé que quise atrapar con mis manos el femenino cuerpo de una idea. Ahora puedo estar seguro que mi búsqueda fue en vana. Anoche soñé que desde la húmeda tierra de Le Cimetière des Rois él me soñaba. No olvidaré la sentencia: "es inútil buscarlo. Habita en la distancia entre tu boca y lo que nombras".

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Sin título Tamara Lucas Soto Cualquier asunto que me exigiera mucho tiempo me cabreaba y me ponía triste. Me sentaba en el suelo y lloraba, intentaba elegir el color de la pared y pensaba que no iba a vivir el tiempo suficiente como para decidirlo. Era incapaz de pegar ojo. Por alguna razón quería vivir más rápido de lo conveniente. No vivía sólo sobrevivía. Comencé a pensar que no quería seguir viviendo. ¿Pensé en suicidarme? Si. Pensé en usar pastillas. Descarté esta idea por motivos de logística, es posible que la dosis que me tomara no fuese la suficiente. Por un instante pasó por mi cabeza la idea de contratar a alguien para que me matara. Seré una suicida pero tengo conciencia. El suicidio provoca sentimiento de culpa en los que te rodean, pero nadie se siente culpable de un asesinato. Al final usaré las pastillas, pero sólo me tomaré un par. Dormiré unas horas. Mañana será otro día.

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Esencia de piruleta Rosa María Martí Enrique Hoy me he comprado un pequeño frasco de esencia de piruleta. Es rojo intenso. Como el color de la sangre y del corazón. Como el color de la pasión. Me gusta mirarlo. Me gusta tanto como mirarte a ti. Me gusta olerlo. Me gusta tanto como olerte a ti. Hoy me he comprado un pequeño frasco de esencia de piruleta. La que regalo a todos aquellos que no pueden olerme y quiero que lo hagan. El procedimiento es muy sencillo: Simplemente hay que tener un pequeño quemador de esencia y una vela. Simplemente debes diluir unas gotitas de la esencia de piruleta con agua. Simplemente dejar que el agua lo evapore. El procedimiento es muy sencillo: Simplemente hay que tener un pequeño hueco en el corazón para quererme. Simplemente debes mantener la llama encendida para que nunca se apague. Simplemente no dejes nunca que se evapore por completo. Si lo haces, la esencia de piruleta tendrá sentido. Si no lo haces, puedes derramarla por el agujero del w.c y olvidarte de mí. 99


Llamadas perdidas Rosa María Martí Enrique Ya no me llamas. Todos los días me despierto con la esperanza de oír sonar el teléfono Pero el teléfono no suena. Y yo me desespero. Empiezo a cortar chiquitines trocitos de papel de colores. El rojo se mezcla con el negro y el verde con el morado. Los guardo todos en una cajita de color azul celeste. Es como una piscina de color. Voy a impregnarlos de ti. Te cogí un frasquito de colonia sin que te dieras cuenta. Voy a hacer que todos los papelitos huelan a ti. Pero el oído no tiene nada que ver con el olfato. ¿Por qué no me llamas?

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Pinocchio y Tín-Tín Carlos Burgos Pinocchio, era un maleante temido –a parte de por sus desmanes– por tener una nariz desmesurada; quizá única responsable de que se hubiese metido de todo y en todo tipo de problemas desde muy joven. Ese órgano, capaz de olfatear el miedo, le había convertido en un maleante tan peligroso como escurridizo, que amasaba fechorías y riquezas indecibles con total impunidad. Para colmo de males, había unido sus fuerzas a Tín-Tín, un forajido psicópata y misógino que contradecía con rasgos infantiles su gesto torcido y un mechón puntiagudo tan desafiante y enfermizo como su ego. Si uno parecía tener el corazón de madera, el otro lo paseaba como si fuera un foxterrier blanco. Juntos se convirtieron en enemigos públicos, y se dice que en amigos privados. A medida que crecía su poder, Pinocchio hincaba la nariz en todo tipo de negocios y Tín-Tín se encargaba de eliminar a quien se interpusiese en su camino. Creció tanto su fama, que un día decidieron que no querían ser recordados por toda su maldad, y por ello contrataron a un novelista para que escribiera sus biografías, y éste no pudo hacer otra cosa que escribir un cuento.

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Palabras inconexas Guillermo Fabricio Zuñiga Cañizares Monitor en blanco. Posición de trabajo. Teclas arriba, teclas abajo. Una, dos, tres, cuatro palabras inconexas. Hambre inoportuna. Un chocolate caliente y pan francés. Dolor. Maldito diente flojo. No más pan. Mensaje nuevo en el correo, videojuego. Distracciones inoportunas. Teclas arriba, teclas abajo. Más palabras inconexas. Tarde fría en la computadora. Una cobija de lana y otro chocolate caliente. Estómago en problemas. Un lápiz afilado, un cuaderno cuadriculado y para el baño. Retrete a -5 grados. Lápiz en mano, una, dos, tres palabras inconexas. Borrador a la obra. ¡Qué horrible artefacto! Una mancha grisácea sobre la hoja. A la computadora de nuevo. Pantalla casi blanca más siete palabras. Teclas arriba, teclas abajo. Otras tantas palabras inconexas. Ring, Ring, Ring. Al diablo, ahora no, llamadas más tarde. Un mordisco intuitivo al pan francés. Dolor. Un sonido diferente en el teclado. ¡Mi diente!, ¡mi diente!, ¡Dios mío el flojo no!

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Expresso 99 Anabel Castillo Soy Mariana por convicción. Estudié medicina en el país que quizás sea el tuyo. Podría contarte sobre lo duro que fue estudiar, de mis sueños de adolescente, del amor y por supuesto, del desamor. Hoy no. Son las 1:15am, estoy en la esquina de Broadway y Nanaimo. Caminé hasta aquí con las piernas medias rotas, pero no tanto como los sueños; que apaleados se niegan a abandonarme. Espero sentada tras una noche de arduo trabajo. Trabajé con otro médico; nos hicimos compañía mientras debatíamos sobre la obstetricia ¿Interesante? Si, así fue. Recordamos las maniobras de Leopold. Recitamos de memoria el manejo de la eclampsia y nos perdimos entre la técnica de una cesárea. Todo fue perfecto. Solo que no trabajamos en un quirófano o un consultorio. ¡No! Trabajamos en otro lugar con otros instrumentos... Él sostenía una escoba y yo un trapo. Limpiábamos un salón de clases; él barría mientras borraba la pizarra. Soñando con el día en que nuevamente ejerceremos. Somos inmigrantes en una tierra de sueños.- Para otros; no para nosotros, que con nuestra piel morena y acento latino, la suave discriminación nos margina.- Es hora de partir, el expresso 99 ha llegado.

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El eclipse Mónica Rodríguez Balmón Lo dejó todo, convencido de que ese día sería el fin del mundo. Según contó después, lo había soñado. Que de repente, en mitad de la tarde, todo quedaba a oscuras. En silencio. Inexplicablemente, pensó que cuanto más al sur huyera más tardaría la vida en extinguirse. Eso hizo que el temido instante lo sorprendiera en un tren camino de Málaga, justo cuando el reloj marcaba las cinco. Su corazón casi estalló en pedazos al ver cómo la oscuridad invadía por sorpresa el vagón. Tardó varios segundos en comprender que sólo era un túnel.

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Los legionarios del mouse Ezequiel Vázquez Grosso Nos juntamos un poco a partir del vino, y de alguna que otra imprecisión filosófica que debía ser resuelta, siempre convencidos que las respuestas se encuentran en grupo, a partir de discusiones y consensos y desencuentros. Por sobre todas las cosas nos juntamos para buscar. Me ratifico: para encontrar. Así nos encontramos uno con otro y con otros, y llegamos a un acuerdo tácito e inapelable que funcionaba como una suerte de ley consuetudinaria: los crímenes debían ser siempre sangrientos. Empezamos matando perros, que eran los más accesibles por cuestiones de tiempo y formas. Después de duras lecciones en el arte de la carnicería fuimos por más y seguimos con gatos y palomas, viejas jubiladas, algún que otro taxista, inspectores de tránsito. Siempre con la misma firma consensuada por todos: un mouse atado a la muñeca o a una pata. Al poco tiempo obtuvimos respetables admiradores y adherentes, que aguardaban ansiosos el crimen diario, y cuando llegamos a una fama modesta pero envidiable hicimos una retirada sorpresiva que anegó las tapas de los diarios y revistas más importantes. La experiencia fue clara en respuestas: en las grandes ciudades lo que sobran son cámaras. Y locos, por supuesto.

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El trabajo Sebastián Leonangeli La gente cree que es fácil, pero ciertamente no lo es. Hay que tener el tiempo adecuado para buscar una víctima, los que estamos en el tema sabemos que si atacamos a cierta clase de gente pueden empezar a gritar y pedir por la policía, y eso nunca es bueno. Hay que elegir el arma a utilizar cuidadosamente y elaborar una cierta maestría en el arte de la persecución y el acechamiento, factores claves que determinan el éxito o fracaso en nuestro rubro. Sé que visto desde afuera puede parecer sádico, pero te pido que mantengas una mente abierta y no me juzgues antes de tiempo. No te imaginas la presión que se siente, por ejemplo, al estar parado en una esquina, esperando la próxima víctima, eligiendo cuidadosamente, observando cada movimiento, y cuando la encuentras, comenzar a seguirla sin que se dé cuenta, practicando mentalmente la manera en que vas a realizar el acto. Algunos se dan cuenta de que están siendo seguidos y comienzan a caminar más rápido. Entonces hay que acelerar el paso para no permitir que se escape, perseguirlo hasta que no tenga escapatoria y entonces decirle: -Buenas tardes, ¿gustaría ver nuestro catálogo de perfumes?

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Sabiduría popular Olga Amado Brea Con la llegada de los primeros televisores, cuando en telediario aparecía el presentador diciendo: “Buenos días”, mi bisabuela, siempre tan educada, le contestaba. Cuando los niños levantaban la voz, les gritaba: “Callad, que este señor esta hablando y lo molestáis”. Parece ser que la señora Avelina, al ver fuego en la pantalla, mandaba apagar para que no ardiese también la casa. Cuando salía un negro, no dejaba que los nietos lo mirasen mal: “Dejadlos en paz. Que ya les llega con lo que tienen...” Y lo decía sin malicia. En todo caso, era una mujer muy sabia y, ya en sus tiempos, estaba segura de que el cáncer provenía del sudor de los pies.

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Mochila Rebeca López González Dobla, cuidadosamente, su camiseta a rayas verdes, con sus pequeñitas manos. Introduce en su mochila su pantalón corto y verde oscuro. Le encanta cómo conjuntan. Entró sus calcetines rojos de la suerte, la brújula, una libreta pequeña, de dos líneas, y un bolígrafo azul; su color favorito. Turno de elementos de aseo personal. Y de sus bocadillos con pan recién hecho/comprado. El primero, con salchichón cortado caóticamente, lo comería a la tarde. Le daría fuerzas para emprender una noche de cánticos, guitarra y calor del fuego que alumbraría su sonrisa. El segundo, de chocolate, lo dejaba para cuando tan solo quisiera degustar su sabor favorito. Llevaba lo necesario para embaucarse en esa aventura que tantas veces, y durante estas tantas semanas, habían planeado, minuciosamente, ella y sus compañeras/amigas de clase. Su primera aventura. Está todo. Cierra la cremallera de la mochila, con sus pequeñitas manos. Se dirige, sonriente, contenta, feliz, hacia el salón. Recogerá su saco de dormir. Con suerte, esta noche dormirá; los nervios entusiastas no se lo permitieron hoy. Ha de despedirse de su padre, para dos días. “Papá, me voy a la excursión ya”. Su padre, mirando al suelo, pausadamente: “Tú no vas a ningún sitio”.

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Ensayo Fernando Sánchez Ortiz Mi novia fue a la Antártida para buscarse a sí misma. Encontró a otro.

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Un agujero negro Mª Luisa Morata Hurtado La casa está vieja, te engulle, se derrumba. Notas frágil, al apoyarte, una de las barras de madera que forman la barandilla. Detienes la bajada. Golpeas la barra débilmente, con miedo a que el sonido que esperas no sea el sonido que produce. Y no lo es. La barra suena a viejo, a podrido, a barra muerta de madera en una casa que engulle y se derrumba. Hay en su base un pequeño agujero. Lo miras de cerca y te da vértigo. Imaginas negro abajo la fragua de la materia, o de la Nada, no lo sabes. Te agarras con fuerza a la madera herida. Temes ese agujero negro con un vértigo de galaxias. Un leve frío te trepa por el cuello. Lo detienes con una mano. No es el frío, es un ser de ojos, de antenas, de microscópica vida entre tus manos. La náusea te acude y con urgencia tiras de la barra de madera, tiras ya sin miedo al vacío, a que la casa se derrumbe, a morir ahogado de escombros o caer de bruces sobre la Nada. En tus manos, a tus pies, por todas partes la carcoma. Respiras. Es sólo la carcoma.

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Línea 3 Mª Luisa Morata Hurtado El viejo es un viejo redondo, aburrido, que viste camisas a cuadros y se apoya en la barra de la puerta de salida. Siempre los mismos rostros pueblan el autobús Línea 3 Ronda Norte. Y el viejo redondo espera ahí, en esa barra, a que salga alguien para frotarse las manos, reírse hasta las sienes y decir: "Se acabó el billete." Los rostros de siempre, aunque quizá un día sube un señor con un ramo de algo a la altura del pecho, y el señor busca miradas, alguien que le pregunte: ¿Qué llevas ahí? y sólo encuentra los ojos del viejo, el viejo que lo mira con esperanza de: “Se acabó el billete”. Así que el señor del ramo cree ver un par de oídos en esa mirada y: “Es azahar de los naranjos bordes para mi mujer que está ingresada en el Morales.” El otro no contesta, el otro se dispone, se frota las manos porque sabe que el Hospital Morales, que parada Plaza Circular, que el autobús se detiene y el señor se baja con el ramo a la altura del pecho, y él le dice, riéndose hasta las sienes le dice: “Se acabó el billete."

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Lluvia II Carlos Fruhbeck Moreno Me eché a llorar cuando vi que volvían a llover arandelas, tornillos, cadenitas doradas, tuercas, engranajes, rostros de hojalata sobre la tarde reseca de la provincia. Abajo, los cuerpos de los transeúntes se doblaban bajo el peso de las redes metálicas de sus paraguas. Todos habían olvidado por qué habían salido a la calle antes de que empezara a llover. Escuchaba el ruido agudo del metal contra el cristal de mi ventana y reconocía tu voz. De vez en cuando, algunas piezas de lluvia se ensamblaban y me encontraba con un soldado que, con dos platillos y su tricornio, daba un digno paseo militar sobre mi alféizar para volver a caerse. Empezaron a aparecer charcos llenos de cajas de música con bailarinas, pinochos de cuerda y miniaturas de coches deportivos. En cuanto escampara, los pocos niños que quedaban saldrían a la calle a recoger sus juguetes. Alguien había pronunciado tu nombre tres veces delante de un espejo. Me eché a llorar porque sabía que yo nunca sería capaz de hacerlo delante del único espejo que una vez nos reflejó a los dos.

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El funeral Ana Isabel Pérez Morales Ahí está esa aterradora mujer, empapando el ambiente con una ráfaga fría, seca, casi pegajosa. Los dos o tres que asistieron al funeral dudan sobre su muerte, aún viendo su cuerpo rígido -tan rígido como en vida- perfectamente alineado dentro de ese cajón. Se rumorea que esa mujer nunca lloró, por eso se fueron formando bajo sus ojos enormes bolsas que retienen lágrimas rancias y burbujeantes. Sí, allí está esa mujer, muerta ¿muerta? Alrededor de su rostro se reposa un matorral de cabellos negros mate. En su boca una mueca estira los labios formando media sonrisa, donde se asoma un puñado de maldiciones. También, se comenta que era poseedora de una voz extraña que iba unida a una risa similar a un chillido capaz de trastornar a quien la escuchase. Quieta y sombría está esa mujer aguardando en el cajón. Los dos o tres que asistieron al funeral siguen dudando sobre su muerte. “Q.P.D. esta horripilante bruja” es lo que todos quisieran poner en la lápida. Pero, nadie se atreve, tienen miedo, tiemblan al ver su mano larga y huesuda, apuntando con el dedo índice desde la urna hacia sus cabezas. Y se oye un murmullo: Sigue viva.

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La fonte'l valle Paula Pulgar Alves Supo que taba llegando al fin de los sos díes cuando una nueche, camín de la Fonte’l Val.le, topó a los vecinos muertos pela caleya. Paeció-y natural, nun yera cosa rara, taben toos onde teníen que tar: na puerta de casa, na quintana, nes ventanes, delantre la capiya y hasta nel güertu, sallando les patates. Vio a Sabel la de Fausta, a la tía Basilisa, a Piedá, a Leonor, al tíu Marcelino y a otros cuantos que conociera a lo llargo de la so vida. Cuando mio güela llegó y nos lo dixo a mama paeció-y que perdiera la cabeza dafechu. Toos en casa pensaron que yera cosa de la edá y sorrieron con pena pola ocurrencia de la vieya. Yo nun me ri, nun m’atreví siquiera  a abrir la boca. Nun-yos quixi dicir que diba tiempu que tamién topaba muertos ente la nublina les nueches que me mandaben  por agua a la Fonte’l Val.le.

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Génesis Aimé Victoria Peira Por los ríos fluían las montañas y subían hacia el Olimpo con sus piedras de oro. Las mujeres del mundo sabían hacer desaparecer a los hombres soplando polvo de huesos. Hera lo había destronado.

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La otra cara de los sueños Aimé Victoria Peira Un ring despertó al que no le dio cuerda para decirle que estaba muriendo. Un despertador quedó dormido por no haber escuchado su ring. Los dueños de dichos artefactos aún sueñan la manera de abrir los ojos. Todos ellos formaron parte de la pesadilla que tuvo el señor Sosa antes de morir.

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Un viaje más José Carlos Martínez García Todos los días el anciano tren pasaba puntualmente a las 8.23 por la vieja estación. A ella le gustaba llegar pronto y sentarse en el banco azul desportillado, mientras esperaba ansiosa a que se acercara echando humo por su sonriente chimenea. Procuraba subir enseguida para poder situarse cerca de aquella veterana banda de música que constantemente tocaba los mismos temas, aunque nunca sonaban igual. El pequeño roedor de dientes afilados que estaba sentado a su lado lamía una piruleta de fresa. Enfrente un traje marrón con sombrero a juego ojeaba un hebdomadario hecho con malezas enramadas. Adherido a una ventana, un camaleón trataba de pasar desapercibido a los ojos del revisor. Un montoncito de botones de flores amarillas y anaranjadas comenzaban ya a brotar entre las vías, dificultando el avance pesado de aquel mágico caballo de hierro. Próxima estación….Primavera.

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...Y entonces ¡pum! Melanie Leorza Carballo Para bien o para mal allí estaba, nervioso, expectante... En su estómago bullía todo un hormiguero en pleno ajetreo, que, aunque sus pies no tocaban el suelo, no le permitía estar quieto. Resoplaba y se mordía el pulgar. También miraba a un lado y otro viendo como más y más gente extraña se agolpaba en aquel mismo lugar, estáticos, intercalando sus miradas entre el cielo estrellado y sus relojes. Ya había vivido antes aquella situación, que incluso había ensoñado en sus peores pesadillas, con lo que sabía perfectamente cuál era el desenlace. Aquella vez, sin embargo, se había propuesto ser más valiente. Cuando escuchó el sonido que precedía al desastre, se asió con fuerza preparándose para lo peor. En apenas un segundo que se le hizo eterno, siguió con la mirada atenta el fulgurante haz que surcaba el cielo nocturno, cada vez más lento y entonces ¡Pum!. Pasó lo que tenía que pasar. Miles de luces de colores llenaron el firmamento arrancando un multitudinario “¡Qué bonito!” a los presentes y él, aún agarrado con fuerza a su padre, por primera vez, no lloró.

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Sin título Nuria Cabello Rivera -Tal vez es mejor que se quede en casa. Yo recogeré las cosas de la tita, dicen en recepción que le asignarán otro compañero de habitación. Debería haber dicho más exactamente “que se quede en tu casa”. No se que me arañaba más por dentro; si la pena que me producía la mirada quebrada de mi anciano tío, o el asco ante la visión certera de mi prima haciéndose con alguno de los bolsos Loewe que mi ahora difunta tía acostumbraba a usar. Pasé la mano dulcemente por la calva octogenaria. -Claro, será lo mejor. Esta noche nos vamos a mi casa tito

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Marcas que marcan la vida Cathy Burghi Bernard Hace semanas que el refrigerador no funciona, la manija está quebrada y no me permite ver lo que sucede, imagino la mantequilla “Breda” siendo un simple charco sin identidad, a las verduras descomponiéndose dentro de las bolsas "Ziploc" y a los "tupperwares” con salsa comenzándose a fundirse en un único hedor ácido y desagradable. Los huevos "Inmaculada" no paran de piar, la acelga tristemente azulada metamorfoseándose cromáticamente dentro de la bolsa de "Carrefour" y la leche "Celta" se trasviste en "Dadone". La muerte no tiene preferidos, la descomposición de la materia arrasa con todos, desde el ketchup "Leader Price" hasta la mayonesa "Hellmans". Pienso en ese micro mundo agonizante que se mezcla, nutriéndose de si mismo, y quizás renaciendo algún día bajo un nombre distinto al de basura. En este momento de lucidez existencialista no paro de tomar "Coca Cola light" (a temperatura ambiente) mientras me retuerzo en mis pulsiones, no logro entender al pasaje del tiempo y su deterioro. No acepto la muerte. Sigo alimentando mi morbo imaginándome el caos musgoso de ahí dentro, desde aquí, solo veo un redondo y tierno "General Electric" que brilla bajo la luz de la cocina. 120


El delirio es puntual Rocío Álvarez Marín Por la acera del Café Gijón pasa todas las mañanas, a las once y diecisiete en punto, una mujer que está loca. Hoy no ha pasado, y un hombre cuerdo se ha preguntado si acaso el loco no será él, que hace quince años que acude al Café a desayunar, cada mañana a las once, sólo por verla pasar.

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Historia natural Rocío Álvarez Marín Érase una vez un planetilla recién nacido de terso cutis rocoso. Según pasaban eones, sin embargo, el planeta se cansó de cuidar su higiene: olvidó barrerse, no achicó la humedad ni depuró los aires, se expuso en exceso al sol… hasta que una capa de verdín creciente acampó poco a poco en él. Muy lejos de amilanarse, al planeta le encantó su nuevo look melenudo, y se tumbó a bartola orbitante ignorando la vida que germinaba entre aquellas barbas: hordas de parásitos en constante mutación. Tan constante que, poquísimos milenios después, surgió una cepa virulenta. Entonces sí, fue el horror. Le produjeron picaduras, calvas, ronchas y escozores, lo llenaron de mugre, destruyeron su factor solar, lo desfiguraron. Los otros planetas esquivaban su compañía (habían notado los intentos de aquellos bichos de infestarlos también a ellos). Y lo peor: no hallaba modo de extinguirlos. Ni huracanes, ni sacudidas, ni volcanes pudieron con todos ellos. Y así estaba, dolorido y desesperado, cuando empezó a notarse fiebre. ¡Bendita fiebre! En cuestión de pocos siglos, verdinas y alimañas desaparecieron dejando sólo sus cicatrices. -Ya sabía yo –se mintió el planeta aliviado,- que al irse la adolescencia se iría también el acné.

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Ángela Nuria Grau El día en que Ángela volvió al pueblo, notó que la mordaz mirada de sus vecinos la envolvía por completo y una gigantesca nube de murmullo se hacía notar allá donde pasaba. Con eso ya contaba, pero aún así se le hacía duro. No era fácil. Intentó vivir, lo que le quedaba, de la manera más digna posible y supo rodearse de muy pocos pero increíbles amigos que hicieron que el último tramo de su vida le supiera a gloria bendita. Se encaró a la muerte con elegancia, no se esperaba menos de ella tampoco y no dudó un momento en dejar que la enfermedad se la comiera poco a poco. Un día nublado y cargado de humedad, ésta hizo acto de presencia y Ángela sin miedo y sin ruido se marchó. El volteo de campanas anunciando muerte hizo susurrar a los vecinos que Manuel, el hijo del pastor ya tenía lo que se había buscado.

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Infortunio Javier Mancera Fernández Con doce años empecé a imitar a mi padre con la guitarra. A los quince ya era bastante bueno. Cuando cumplí apenas diecisiete todo el mundo daba por hecho que llegaría lejos. Con veinte me decían que era un virtuoso. Con veintidós mi vida se acaba. No creo que haya culpables, al menos no en el sentido estricto de la palabra, mi vida termina por una enfermedad, no por una persona, es tan sólo una mala combinación de genes, mala suerte y una situación de uno entre un millón lo que me lleva a verme postrado en esta cama. Me han preguntado muchas veces cómo me siento y, sinceramente, me siento bien, así que nunca contesto porque sé que no es esa la respuesta que esperan. No quiero causar tristeza a nadie aunque sé que en el fondo todos vienen para apenarse durante un breve instante en su vida, para salir luego de mi pesadilla y sentirse afortunados por ser tan normales como la propia palabra, seres anodinos y regulares, sin rasgos a destacar ni cualidades que detestar, vulgares, comunes, uniformes, hetereogéneos, medianías. No me siento afortunado, eso sería estúpido, pero al menos consigo que se sientan especiales.

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Ataque Camilo Fernández La primera piedra me alcanzó en la oreja. La puntada me recorrió la cabeza. La siguiente imagen que alcancé a ver, mostraba una perspectiva extraña y surrealista. El mundo visto desde el ras del piso. Con la cara pegada al asfalto, sentí como la arenilla de la calle se me incrustaba en el pómulo. La bicicleta había caído más adelante. La rueda aún giraba. Otro impacto me alcanzó por la espalda, justo en el omóplato. Me doblé como un ovillo, para evitar los golpes en la cabeza o en otras partes delicadas. Escuché los gritos desde lejos. Luego unos pasos se acercaron y más piedras me alcanzaron. Tal vez eran más pequeñas o tal vez el dolor me hacía insensible. Un pie descalzo me pateó en el hombro. Llegué a verlo pero nada pude hacer para evitarlo. Alguien me tiró el pelo con odio. Me contraje aún más, listo para recibir otra oleada de golpes. El sonido de la sirena del patrullero me alivió. Con la vista ensangrentada alcancé a ver varias personas alejándose a la carrera. Cuando los oficiales me arrojaron en la parte trasera de la patrulla, me prometí que nunca más volvería a robar una bicicleta.

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Agustín y el nirvana Camilo Fernández Extendió el diario dando inicio a la mañana. La brisa balanceaba tímidamente el papel. Las noticias le impactaron. El desplome de las bolsas, la suba del petróleo y la amenaza del eterno fantasma de la inflación. El diario podría tener dos, cinco o quince años y esas páginas apenas si cambiarían. Sonrió por un instante, rememorando. Pasó a la siguiente página en busca de algo interesante. Política. El tema le interesaba menos que su conteo de glóbulos blancos. Continuó avanzando hasta la sección que buscaba: Espectáculos. La única que no contenía malas noticias; sólo malos artistas. Entrecerró los ojos, sonriéndole al sol. Notó lo pausado de su respiración y casi pudo escuchar sus propios latidos, uno por segundo. Su mente viajó con cierta nostalgia hacia tiempos pasados, tan difusos como películas de la infancia. Cuando creía ser feliz. Sorbió ruidosamente su café, sin preocuparse por quienes lo rodeaban. Volvió a la lectura por unos minutos, hasta que los párpados comenzaron a pesarle. Concluyó que no había dormido lo suficiente, o que el café estaba demasiado cargado. Estiró las hojas del diario para cubrirse dentro de su caja de cartón. El puente no lo protegería del frío.

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El calor de mis manos Ramón Alfredo Blanco Dijo que estaría a las ocho, en el mismo café de siempre. Dijo, incluso, acostumbrada a mis permanentes retrasos, que aguardaría paciente mi llegada. Confieso que hasta yo me sorprendí al no retrasarme hoy, por eso me pareció una burla del destino no encontrarla a mi espera, en nuestra mesa. La esperé con delicada ansiedad. Traía un regalo y el calor de mis manos para ella, que siempre protesta por lo frías que están. También mi madre protestaba, diciendo que eran manos de muerto. Hoy logré retener en ellas la tibieza de la calefacción, protegidas por los guantes que me los quité antes de entrar al bar. Dejé enfriar el primer café, en la expectativa de que entrara de repente. Soy de aquellos que creen que es descortés pedir un café, o un trago, mientras se aguarda a otra persona. No quería beberlo en su ausencia. Contemplé estoicamente la taza humeante hasta rendirse a las inclemencias de este invierno. Sólo cuando fue visiblemente irremediable su falta pedí otro café para recalentar el cuerpo y las manos. Al fin de cuentas mañana cumpliré noventa años y a nuestra edad el calor, como el amor y la vida, son fugaces.

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Fábula del leñador y el lobo Víctor Justino Orellana El leñador castigaba el grueso tronco de un árbol con su hacha en lo profundo del bosque. El lobo se aproximó. —Voy a comerte —dijo el lobo. El leñador continuó hachando el árbol sin prestarle atención —¿Acaso no escuchaste que voy a comerte? —insistió el lobo. —Sí. Te escuché —respondió el leñador. —¿Y por qué no corres? —inquirió el lobo. —Un día, a los veintiocho años, descubrí que sólo tenía dos alternativas en la vida —explicaba el leñador entre hachazo y hachazo—. Una era llegar a viejo viendo mis sueños morir poco a poco, día a día, volviéndome cínico y amargado. La otra era ver mi camino truncado por la muerte, terminando mis sueños junto conmigo en la nada. —¿Y qué hiciste? —se interesó el lobo. —No me resigné a ninguna de esas opciones —reveló el leñador—. Luché con todas mis fuerzas por encontrar un tercer camino. Di todo por mis sueños. Sacrifiqué todo lo que tenía por alcanzarlos. Y al final, lo logré. A los treinta y dos años soy un cínico amargado. —Haberlo dicho antes —dijo el lobo, y dejó al leñador con su hacha y su trabajo.

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Rituales Lourdes Roselló Ollé La familia Álvarez forma parte de la clientela más antigua y selecta de la prestigiosa entidad bancaria. Desde que la memoria le alcanza, Sebastián ha visto como su padre, al igual que lo hiciera su abuelo, deposita puntualmente sus ganancias semanales en la misma cuenta. Destinado a seguir la tradición, el joven es iniciado en el ritual de acompañar a su padre en sus regulares visitas a la mencionada entidad. De este modo, el tiempo acaba generando en el corazón del muchacho la seguridad de que el acto de sumar dinero al dinero lo convertirá en un hombre de bien. Sin embargo, una idea singular atraviesa la mente del joven, que sueña con introducir mejoras en el ritual familiar. Sí, ahora Sebastián entra solo en el Banco y se aproxima al mostrador. Esta vez, pero, será diferente. La mano del muchacho, hasta ahora escondida en su abrigo, no ofrecerá sus ganancias. Estupefacto todavía, el banquero observará el arma con la que su joven cliente le estará invitando a introducir el dinero en una bolsa que sujetará con la otra mano. Una vez fuera, Sebastián contará su botín, sumergiéndose en el tradicional placer de contemplarse sumando dinero al dinero.

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Primer intento Eric Velázquez Ahumada Querida Angie: Aún no he entiendo cómo diablos te me has metido en la cabeza, por lo regular mi acercamiento a las mujeres es estrictamente científico y funcional; el goce momentáneo de una pierna cercenada no es más que un vericueto del azar y una sonrisa traviesa de la buena fortuna. A pesar al empeño y las noches de insomnio meditando entre sueño y vigila las trampas más adecuadas a tus cualidades felinas, el destino me ha negado el gusto de verte capturada y rendida de amor. Hace poco has aniquilado mis pretensiones de inventor. Te desenvolvías airosa y sin saber del abismo que te esperaba a la vuelta de la esquina. Apunto de asirte, el sonido inoportuno de las monedas de oro. De tan aprisa que huías has dejado la zapatilla. De tantos intentos fallidos me complazco con la zapatilla roja sobre mi mesa. Los planos de la próxima jaula los medito ahora sobre esta silla carcomida y estas letras que no dicen nada. Jack, tu destripador

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Nada hay peor que el exceso de curiosidad Roberto Carlos Fernández Menéndez Lo que no se puede hacer es callar. Y eso es lo que hacían siempre mis tías -con las que yo vivía- cuando el abuelo volvía a asesinar. Yo crecía y crecía, y cada vez se me hacía más y más imperiosa la necesidad de hacer algo, algo al respecto. “¡Eustaquio!”, le dije un día, “¡basta de matar!”, y él respondió, sudando, “si no mato me muero”. Yo no me quise enredar en filosofías sobre la muerte, y respondí: “pues mira, te matas a ti y a lo mejor no te mueres”. Y vaya si le gustó la idea. Demasiado. Fue a la habitación y volvió con una estaca. Yo me quedé en el sitio con sangre fría: si el abuelo se suicidaba, mi mayor interés sería presenciarlo. Al volver dijo: “si para vivir necesito matar, ¿qué pasaría si me intentase matar a mí?”. Estaba claro que el abuelo ya estaba loco. Yo estaba tranquilo. Sin nadie saberlo, toda mi vida había perfeccionado la imitación de su letra. Yo escribiría el testamento, y toda la herencia para mí. “Prueba, abuelo”, le dije, pensando ya en mis merecidas vacaciones en Transilvania, lugar de peregrinación para cualquier vampiro que se precie.

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Tren Jésica Abadía Otero Lo ví sentado frente a las pantallas de información (de salidas y llegadas de trenes) A su lado había un asiento libre así que lo ocupé. Clavó en mí sus ojos, vidriosos y azules. -Voy a Galicia ¿Y tú? -También -Siempre he vivido allí, menos en la guerra. Yo no era de unos ni de otros, pero me tocó ir. Aunque yo solo quería vivir. En pocos minutos recorrimos 88 años de vida, mientras no apartaba su mirada de mis ojos. -Eres muy guapa ¿Sabes? Subí al tren y lo perdí de vista hasta que en mi parada lo escuché (a lo lejos): -Yo no era de unos ni de otros. Solo quería vivir

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La caza del sol Esther de la Torre Gordaliza La misma noche en la que murió el príncipe el rey decidió emprender un viaje a la caza del sol. Hizo construir el barco más veloz y reunió a los mejores marineros del reino para navegar en la eterna hora bruja. No debía volver a caer la noche sobre él. El timón comenzó orientado al este pero acabó en persecución de una gota incendiada al filo del horizonte. Sin tregua el rey ordenaba a los marineros que remasen más rápido hasta que arrojó el último cadáver por la borda. El sol se ahogaba en el oeste tiñendo de rojo el mar. El barco era tan sólo un punto negro dispuesto a desaparecer. Y en seguida anocheció.

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El atajo Javier Guntín Madrazo Esa mañana amaneció más temprano que de costumbre. Una mala noche, un sinfín de pensamientos, reproches y recuerdos que pesaban sobre su cabeza le impidieron arreglarse aquella mañana del dos de septiembre. Como un autómata, sucio y desaliñado, salió de casa para ir al trabajo. A medio camino, para evitar el posible atasco ocasionado por la vuelta de vacaciones, tomó el atajo que conduce al viejo puente. Sin demasiado control sobre sus actos, detuvo el coche y se echo a andar como cuando paseaba de su mano por esa misma senda el pasado veinticinco de marzo. El sol comenzaba a rayar y aún se levantaban brumas del negro río. Ya en el puente intentó recordar su último beso, la última vez que ella le dejó tocar el cielo. No lo consiguió. No supo encontrar el punto de inflexión, no pudo poner fecha al final de su felicidad. Desapareció entre las aguas sin sentir nada. Llevaba ciento sesenta y dos días muerto.

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Suicidio Roberto FerrĂĄn Varaona Y entonces te viâ&#x20AC;Ś

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Fracaso Rocío Stevenson Muñoz La paciencia es la excusa de los fracasados. Yo nunca me consideré paciente o fracasado, pero una vez aguardé la llegada de un tren durante dos horas. Esperar, de pie, en un andén vacío donde la cafetería ha cerrado sus puertas al caer la tarde y los billetes se expiden en máquinas automáticas porque los taquilleros se han ido a casa, exige, cuanto menos, una dosis relativa de paciencia. En realidad yo no aguardaba la llegada de aquel tren. La aguardaba a ella. Eso, sin embargo, no importa. La espera sigue estando ahí, sigue siendo idénticamente larga y afanosa. Si uno aguarda, sea lo que sea o a quien sea, por el motivo que sea, durante un espacio de dos horas, es que ha empezado a ser paciente. Y eso implica, inevitablemente, vislumbrar en el horizonte el primer síntoma de fracaso. Soy un fracasado paciente, lo admito, porque un día, sólo uno, aguardé la llegada de un tren durante dos horas y ella no venía en él.

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Promesas de amor Victor Vilardell Balasch ¿Beso? Un truco encantador para dejar de hablar cuando las palabras se tornan superfluas. Ingrid Bergman -¿Me quieres? –le preguntó él. -Claro, no hay razones para no quererte –respondió ella. -Pero, ¿me querrás toda la vida? –le preguntó él- No me abandonarás nunca, ¿verdad? -Nunca te abandonaré, me apuesto lo que quieras. -¿Si? –preguntó él. -Sí. Si te dejo puedes disponer de mi vida entera. La besó para sellar el pacto de amor eterno Lógicamente ella lo abandonó. Seis meses más tarde ella recibió una citación judicial. Él le había interpuesto una demanda por incumplimiento de contrato y le requería la vida entera tal y como habían pactado.

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Microlecturas Paula Pulgar Alves Una vez más cojo el libro entre las manos y lo abro por la página doblada buscando mi relato favorito. Me gusta releerlo de vez en cuando. Mientras sigo el transcurrir de la breve trama acaricio suavemente mi sofá de terciopelo rojo (el mío es rojo, no verde, como el del protagonista de Cortázar). Cuando estoy acabando de leer siempre tengo la tentación de mirar hacia atrás, como si realmente tuviese un asesino acechándome. Me gusta fantasear con eso, aunque sé fehacientemente que no es posible; mi mujer es demasiado aburrida y nunca me engañaría. Tras la corta lectura me levanto del sofá y me dirijo hacia la cocina a beber agua sin saber que, a veces, los amantes asesinos no están solo en los cuentos. Antes de notar un calor incisivo en la espalda me doy cuenta de que los perros llevan un rato sin ladrar.

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Microrrelato clásico Miguel Pena Sánchez Este es un microrrelato muy clásico. El autor vio en una página de Internet un anuncio que convocaba a los escritores a un concurso de literatura breve y decidió participar. Estaba en blanco. No le sobraban ideas. Pero, aún así, logró extraer de su imaginación un poco menos de 200 palabras, la extensión máxima permitida por las bases, y enviar su narración al concurso. Su relato no era ninguna maravilla, él mismo lo sabía, pero tenía un poso de originalidad que el escritor pensaba que podía hacer que las opiniones del jurado se inclinasen a su favor. Los organizadores del certamen recibieron aquellos párrafos con desconcierto, pero los admitieron a concurso porque se adaptaban a lo exigido. Los miembros del jurado leyeron uno a uno el texto. Lo que pasó a partir de ese momento, todavía es pronto para saberlo. 

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Espejo roto Analía Costa -¿Qué pasaría si el espejo se rompiera?- pregunta Alicia -¿de qué lado quedaría yo?-Son las cinco de la tarde,- responde el conejo –vamos a tomar el té-.

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La integral David Barreiro Rodríguez Marcos miró por la ventana. Aún era de noche. En la clase, el profesor intentaba explicar los secretos ocultos tras los números sin caer vencido por la pereza y el sueño de la jubilación anticipada. En segunda fila, Verónica apoyaba su cabecita sobre la mano derecha, de la que colgaba una pulsera de hueso cuyas cuentas castañeteaban por el frío compartido entre la primera hora y las matemáticas. Marcos observó el cuello de la chica y paseó la vista por su cuerpo, cada vez más derrumbado sobre aquel pupitre verde a punto de desvencijarse. Entonces oyó su nombre y se vio caminando hacia la pizarra en la que el profesor le ofreció la tiza para que escribiera los parámetros de una integral tan indefinida como su futuro. Pero en aquella figura Marcos solo veía la cadera de Verónica, donde desearía alojarse por una temporada. - Nos vemos en septiembre, Gómez. Marcos se sentó de nuevo junto a la ventana para ver cómo el sol salía y con él Verónica se desperezaba sin saber qué le había sucedido al muchacho de la última fila cuyo nombre no recordaba y a quien, cuando terminara el curso, nunca más volvería a ver.

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La indigestión Max Sznaider Comió el último bocado sin saber que pronto vomitaría todo. El canibalismo le duraría una hora; la orfandad, toda la vida.

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Un cliente conformista Mariví Alonso El cliente no se quejó cuando la prostituta se quitó la ropa y vio que sus pechos eran un par de calcetines metidos en un sujetador; tampoco dijo nada al notar la dureza del pene del muchacho que le pidió que se agachase mirando a la pared, pero cuando el chico lo abrazó, se fue indignado y sin pagar.

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Hojas de parra Laura Rubio Nuño De niños, Adán y Eva jugaban en el paraíso, entre risas y parloteos, ajenos a cualquier otra cosa que no fueran arena, agua, cangrejos y conchas de nácar. Hasta que un día, haciendo hoyos en la orilla del mar, una ola de vergüenza les pilló por sorpresa y, con las mejillas algo ruborizadas, corrieron a cubrirse con hojas de parra. Bastante tiempo después, para asombro de Eva, Adán exhibía barba y pelo en el pecho y éste, fascinado, descubría líneas curvas y redondeadas en el cuerpo de ella. Movidos por la curiosidad, se acercaron el uno al otro mirándose a los ojos. De pronto, unos labios tantearon otros labios y unos brazos rozaron a otros brazos. Un soplo de aire del océano hizo que se agitaran sus hojas de parra y la brisa se convirtió en un remolino que les envolvió con caricias y placeres hasta entonces desconocidos.

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La página 145 Inmaculada Miralles Guardiola He descubierto un nuevo color: es un tono marrón envejecido, como el de las páginas de un libro antiguo; es como el de los muros de una iglesia; es el color de las galletas. Me deslizo hasta la estantería más cercana y arranco un libro de pasta negra y dura, cubierta de polvo. Lo abro... Sí. Adivino el color de las galletas. Sonrío y pego la cara contra la página 145; abro la boca y expando mis fosas nasales todo lo que puedo: aspiro el olor de la página 145. Huele a papel viejo y a polvo. Nada que ver con el olor de las galletas. Decepcionante. Cojo un jarrón que contiene un ramo de flores: arranco las flores y vuelco el agua en la página 145. El olor de las galletas se acentúa si las mojas… Mis manos tiemblan sosteniendo el libro. Lo huelo otra vez: papel viejo, polvo y humedad vegetal. Tengo la sensación de haber masticado el tallo de un clavel. Me seco la boca y la nariz… Idea. Esperaré a que llueva y me pegaré contra el muro de una iglesia. Intentaré descubrir el olor de las galletas. Me retuerzo en la silla, emocionada.

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Los palillos de oro Tamara Fiszman Era más delgado que una espiga de trigo y parecía que iba a quebrarse con la más leve brisa. Tenía un andar cansino que no condecía con su rostro joven. Vestía una túnica andrajosa y arrastraba sus pies descalzos. Tocó a la puerta de la señora Natsuko Higa, cuando caían los últimos rayos de sol y pidió comida. La mujer se compadeció del muchacho y le convidó un tazón con arroz. El Hambriento niño se sentó junto a un cedro pero no pudo comer porque sus manos estaban sucias. Entonces tomó dos escuálidas ramas y las pulió pacientemente hasta convertirlas en palillos. Comió su arroz, limpió cuidadosamente los palitos y los obsequió a su benefactora agradeciendo su amabilidad. Al día siguiente, la mujer se sorprendió al ver que aquellos utensilios de madera se habían convertido en oro. El prodigio se comentó en todo el Japón y los viajeros, los famélicos y los desposeídos llegaban a su casa a pedir el tazón con arroz y así como lo hiciera el espíritu Hambriento ofrendaban al finalizar la comida sus ohashis.

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A corazón abierto Bibia Ortí Taberner Quiero que sea feliz. Conmigo o con otro. Porque no sé si podré confiar en ella. Porque no estoy seguro de que ella deba confiar plenamente en mí. Pero quiero compartir con ella y con mis demás amigos todo lo bueno que he conseguido sin hacer nada y todo lo que consiga cuando recobre las fuerzas y vuelva a luchar. Debo aceptar lo bueno e intentar ser digno de ser conocido. Porque el destino aleccionador es bondadoso con nosotros cuando tomamos buenas decisiones y nos propina un escozón cada vez que actuamos con malicia. A veces muestro una grave falta de madurez. No estoy orgulloso de ello y por eso me impongo castigos espartanos. Desde mi más tosca infancia padezco de un exceso de actividad neuronal. En el mismo período de tiempo en que un hombre descubre una mujer bellísima paseando por la calle y se la folla con la mirada, yo hago lo mismo. Sólo que además pienso cómo me gustaría salir con ella, que se comprometiera conmigo y qué nombres les pondríamos a nuestros hijos. A los ojos de los demás soy un ingenuo desconfiado, un inmaduro creativo, un temerario prudente; un adorable atormentado.

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Perder la inocencia Jorgelina Sannazzaro perder la inocencia descubrir que tienen pies los colibrĂ­es

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La gotera Marta María López García La casa tenía una gotera que caía –plot plot plot– sobre el fregadero y sonaba metálicamente como cuando chocan entre sí los cubos de basura. Plot. Pensaban que era el ruido el que no les dejaba dormir, ni leer, ni hacer el amor. Pusieron un vaso debajo de la gotera. Ahora sonaba distinto, casi desde lejos, como si estuviera cayendo al otro lado de las paredes de su casa. Plin. Era más llevadero. Poco a poco el vaso se fue llenando. Plin plin. Mientras leían cuentos tristes se imaginaban cómo iba llenándose. Gota a gota. Plin. Al mismo tiempo que trataban de dormirse, sin conseguirlo, contaban las gotas como quien cuenta ovejitas durante el insomnio. Plin. Se besaban, hacían el amor mecánicamente y el ritmo de la gotera se transformaba en el diapasón de sus movimientos. Plin. Plin. Plin. Pero un día la gotera dejó de sonar –silencio– y comenzaron a escucharse el uno al otro. Se les quitaron entonces las ganas de dormir, de leer, de hacer el amor. A veces él susurraba al oído de ella: “Plot”. Otras veces era ella la que se acercaba a la oreja de él y murmuraba: “Plin”. Pero nada.

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Lógica del capitalismo Fernando García Martín El director de la fábrica de reliquias se ajustó el nudo de la corbata. Un gesto clásico, tópico, ante un problema nuevo: se había atascado la máquina troqueladora de trozos del muro de Berlín y el técnico, de vacaciones. Por suerte, no había ningún pedido fuerte a la vista y el con el stock actual quizás se podrían cubrir las urgencias. Además, con las ventas de espinas de corona de Cristo y de pedazos de santo sudario (extraordinarias el mes en curso) podían tirar unos días sin que la cuenta de resultados se viera afectada. Sin embargo, no podía dejar de estar preocupado. Era la tercera avería en un mes y comenzaba a contemplar la posibilidad del sabotaje. Sospechaba del operario de la máquina de dedos de San Pedro, probablemente insatisfecho ante la ridícula subida de sueldo de este año, y de aquel nuevo, el experto en reliquias de Santa Águeda. A la próxima, pensó, deslocalizamos y todos a la puta calle. En China ya hacen los brazos de Santa Teresa a mitad de precio.

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"Dios dispone" Maximiliano Varrenti Varios milenios después que Dios hizo el Mundo, ciertos rumores llegaron a sus oídos. Le pidió al ángel Serafín que bajara y “echara un vistazo”. Al regreso, el enviado le informó: “Señor, el Mundo es una maravilla. La gente ríe, canta, baila; hay trabajo, orden y felicidad”. Dios se retiró rascándose la barbilla, reflexionando. Al mes siguiente, envió de vuelta a Serafín. “¡Señor!” —Clamó el ángel a su retorno—. “¡El mundo es un caos! La gente llora, se lamenta y se arrastra. Se terminó el trabajo, predomina la anarquía y nadie es feliz”. Más apesadumbrado que la vez anterior, Dios se retiró a sus aposentos, pensando. Un mes después, le encomendó a Serafín una nueva visita a la Tierra. Cuando éste volvió, le comentó: “Es increíble, Señor. He recorrido el Mundo y me he encontrado con que la mitad de la gente ríe y la otra mitad, llora”. —Entonces, ahora está todo bien —sentenció Dios.

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Dados al aire Pablo Gutiérrez Souto Dios jugó a los dados con el universo y perdió. Había apostado muy alto y Einstein se quedó con su coche. Einstein nunca se peinaba y llevó el pelo alborotado para esconder algún dado trucado en su cabello. Dios jugaba limpio y nunca se dio cuenta de las trampas del científico. El coche de Dios era fabuloso. Einstein abatió el asiento del conductor para reposar. Echó una cabezada y cuando despertó se puso a curiosear en los compartimentos del vehículo. En la guantera encontró una bomba atómica. El juego era el juego. El coche le pertenecía y la bomba también. En ese momento Einstein atravesaba una mala racha económica. Necesitaba dinero, así que optó por vender la bomba atómica a EEUU, y conducía por las calles más transitadas para presumir de coche y atraer las miradas de las mujeres, que memorizaban su matrícula, e= mc al cuadrado, una fórmula que obtuvo Dios una noche echando cuentas. Einstein aseguraba que heredó el coche de su abuelo, pero una vecina cotilla se enteró de que lo había ganado en una apuesta con Dios a los dados. Einstein lo negó. Dios -mintióno juega a los dados con el universo.

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Parvo alegato Abel García Pacheco Sin designio de zaherir ni desdorar, debo exponer, a tenor de lo careado, que tengo a bien regodearme en enunciar mi disentir con los prosistas que aplican análogos retóricos en sus jácaras al fin de reputarse como cultos; verbigracia, disímiles literatos de substanciales certámenes. Profeso que todo sujeto es diestro de cultivar el repertorio, y por ende, hallo menester no procurar nombradía alguna a quien osara incurrir en tal rusticidad.

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Recuerdo erótico Cinta Cano Barbudo Tengo en mí esos gusanos que nocturnos me volvieron a recorrer. La fuente en la plaza, tus dedos sucios por los zuecos. Tengo el aroma a colchón de incienso y el negro de los pies que recorrieron tu pasillo varias veces. El mango del desayuno, el vino de la risa, y las risas por nada. Las fotos de Bob Marley presenciando la escena, el pájaro japonés, tus costillas y mis pantalones demasiado estrechos. Si sigo un poco y recorro el subconsciente, se me acumulan palabras, de las cuales, me quedo con ninguna. Nada más poderoso que tú y yo enredados en una noche. Nada más que saber que es mejor esconderse, ahora que el presente no me amarga tu eco. Me quedo con la nada de no tener nada tuyo, más que un pelo enredado en mi garganta, que ya, en la primera noche sin ti, pugna por no romperse de congoja.

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Paz Patricio García Gálvez Cuando sus miradas se cruzaban el mundo se detenía por completo. Cualquier mal sueño acababa desvaneciéndose de sus cabezas para dejar sitio a eso que se llama ¿amor? Y se abrazaban como si fuera el último abrazo intentando fundir sus cuerpos en uno. Antes sabían que a la mañana siguiente todo volvería a su lugar (caos, miedo, soledad, sufrimiento..) pero esa noche iba a ser distinto. Permanecerían juntos para siempre, agarrados fuertemente de la mano, y nadie les volvería a gritar. Sus cuerpos se destrozarían al contacto con el asfalto, pero que más da. Se besaron por ultima vez antes de hacerlo. Y por un instante pensaron que sería mejor irse de compras, al cine, o pasar una tarde en la playa tomando el sol que estar en el borde de ese puente a punto de saltar. Pero la decisión ya estaba tomada. ¿De verdad estamos seguros? ¿Es esto lo que queremos? Quizá no. Aunque daba igual. Se resbalaron y ya no hubo tiempo de nada más.

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Esperando Eva Díaz Ríobello "En un rincón perdido de la biblioteca había un libro, y dentro del libro un bosque, y en el bosque una niña descalza que recogía hojas secas con forma de poemas arrugados y se las comía, riendo, y al reír escupía palabras hermosas que se escapaban entre las páginas, recorriendo las estanterías como insectos zumbantes, derribando cuentos, formando frases extrañas, hasta derramarse por fin en la cabeza del escritor que, sentado junto a la ventana, suspiraba por una pizca de inspiración..."

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Padre nuestro Alfredo Pérez Berciano Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Querida mamá: ¿Qué tal? Pensabas que no me acordaría, ¿verdad?. Feliz cumpleaños. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Yo sigo igual, mal, pero distraída con las clases de italiano. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Papá sigue en la cárcel, me llama los viernes, pero nunca hablo con él. Tu hermano Carlos lo odia, apenas puede dormir y aún se acuerda de aquel maldito día. Por eso quiero darte una sorpresa por tu cumpleaños. Santa María madre de Dios ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Te echo de menos mamá. Gloria al padre al hijo y al espíritu santo. En menos de cinco minutos estoy contigo. Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos, amén.

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Esvástica Diego Cruz Serrano Alguien dibujó una esvástica en el lavabo. Estaba dibujada con rotulador rojo a la izquierda del espejo y, como un animal atropellado en la cuneta, era inevitable mirarla. Sucedió de repente. No sé por qué siempre había pensado que este tipo de cosas necesitaban un proceso, pero una mañana me levanté, fui al lavabo y allí estaba. De un día para otro alguien había dibujado esa cosa ahí. Aún recuerdo cómo parecía relucir, sangre brotando de los azulejos. Cogí un trozo de papel higiénico, la borré y tiré el papel al váter. En casa sólo vivíamos mi abuelo y yo.

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Vida inteligente Manuel Jesús Osuna Blanco Por fin, la aeronave llegó a Plutón. Los astronautas descendieron, se pusieron a saltar para imprimir sus huellas en la arena, procedieron a clavar banderitas, y gritaron comprobando si aquellas dunas producían eco. Desde la distancia, los plutonianos les observaron atentamente y concluyeron que no, que no había vida inteligente en la Tierra.

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Amor verdadero Araceli Ocaña Castarlenas Me miraste, te miré. Te sonreí, no me viste. Me guiñaste un ojo, ella te vio. Discutisteis, te tiró el café encima. Perdiste la mirada, no le viste entrar. Él me saludó, yo le di un beso. Tú te fuiste, te perdí.

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Mujer libélula Alicia Beatriz Díaz Aldana Ella llegó al mundo en un febrero de lluvias. Nació pequeña y morada. A la madre le encantó porque siempre le gustaron los tonos lilas. Justo en el momento de su llegada tres cuartos de ciudad quedaban sin luz como consecuencia de un rayo. Estuvo mucho tiempo en la incubadora y la única señal de vida que mostraba era el leve contoneo de su pechito. No abría los ojos, respiraba con dificultad. Los médicos encontraron el problema en sus pulmones: eran pequeñas alas. La madre quiso llevársela a casa enseguida, pero era un peligro sacar a la niña de la incubadora, no podría sobrevivir. Aún así Libia llegó a su casa los primeros días de marzo. Pasaba mucho tiempo en el pecho de su madre, no para alimentarse, simplemente era su forma de respirar. Las alas nunca salieron y del tema no se habló más. La pequeña crecía ignorando que en su interior habitaban minúsculas extremidades de insecto. Libia nunca supo explicar los saltos de su corazón ni el intranquilo movimiento de su cuerpo. Se llamaba Libia, cuando creció se divertía en contar que le pusieron así porque nació Libélula.

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Casa grande Ignacio Troncoso La estación dormitaba. Las hojas de los árboles caían en la acequia hacia nuevos destinos. Los jubilados miraban con interés provinciano al hombre del sombrero gris y galón negro en la manga del saco, que arrastraba algo más que sus pasos cansados. Un auto de alquiler lo esperaba para llevarlo a la granja. Hernando se calzó el sombrero hasta los ojos, estaba cansado y no hablaba. Cuando llegaron a la tranquera, dijo —Necesito caminar un poco, son muchas horas de estar sentado— y el coche siguió su camino transportando el equipaje hasta la casa. Se desabrochó el cuello de la camisa, la corbata quedó flameando atada a un alambrado, en su nuevo oficio de espantapájaros, dobló el saco sobre su brazo izquierdo, miró el reloj que Lidia le regalara en otros tiempos de intenso amor, se lo arrancó de un tirón y lo revoleó por los aires; después de aquello, el tiempo estaba detenido. Tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con desprecio. La vida no vale una puteada—se dijo—mientras apuró el paso y se enterró en la tierra reseca del camino. Una bandada de golondrinas cruzó el cielo de su niñez. Había regresado.

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Otra mala noche Marta Currás Martínez Fueron los jadeos, cada vez más sonoros, los que hicieron que la joven se parase en seco para volverse y enfrentarse a su cansado perseguidor. Horrorizado, él se apresuró a ocultarse entre las sombras, creyendo haber visto la sombra de una sonrisa asomarse a los ojos de ella. Se sentó para recuperar el aliento y observó la luna llena iluminando la ciudad dormida, ¡cuánto había disfrutado de noches como aquella! No era la primera vez que una chica se le escapaba, pero hasta ahora ninguna se había atrevido a mirarle a la cara. Y además ésta había sonreído al verle, estaba seguro. Envejecía, de eso no cabía la menor duda. Se miró las manos y descubrió nuevas arrugas en los dedos, que ahora acababan en unas garras blanquecinas y ridículas. Envejecía, y para los suyos aquella era la peor de las maldiciones. Un ruido de botellas rotas le llegó desde el otro lado de la acera, y vio a un vagabundo borracho tambalearse en busca de un lugar para pasar el resto de la noche. Se pasó la lengua por los colmillos desgastados y cruzó la carretera envuelto en su capa, dispuesto a tragarse su orgullo.

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El trueque Flavia Güida Llegaron a la feria donde gente del barrio trocaba sus pequeños bienes. Débora ofrecía sus delicias caseras. La moneda vigente era un vale gris y precario. Todos, agolpados, en el garage de doña Cristina. En una de las mesas, Débora divisó un anillo de plata que parecía ser el mismo que su ex novio le regalara en el compromiso. Luego, el trágico episodio que se cirnió sobre él devolvía a Débora la nostalgia del futuro truncado. Se acercó y reconfirmó su hallazgo. Preguntó a la devenida comerciante dónde lo había comprado y ella comentó que su novio se lo había regalado para su enlace, pero como la relación se frustró por un engaño: decidía trocarlo y así, deshecharlo. Débora ofreció una torta de su autoría a cambio de tal objeto. La chica, aceptó. En ese instante, el justo recuerdo de aquél … volvió a su mano.

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Todo sobre ruedas Sara Torres Jávega Entré en mi habitación, por fin estaba en casa después de mi larga comparecencia en el hospital. Plegué la ropa limpia, quité el polvo de los estantes, barrí, fregué, y me tumbé con cuidado y con ayuda de mi madre que me miraba con tristeza en la cama. Y pensé, lo dura que podría llegar a ser mi vida a partir de ese momento. Después del accidente de tráfico. Hay personas que tras quedarse minusválidas se hundían, pero yo no iba ser de esas. A mí, me iba a ir todo sobre ruedas.

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El brujo y el inventor Oscar Escudero Alcaide Francis y Andrés vivían en aquel barrio enclavado en las llanuras del delta. Tenían poco más de dieciséis años, se conocían de vista, pero no eran amigos. En el rellano de su piso, Andrés empleaba el diminuto trastero comunitario como laboratorio: anaqueles atestados de probetas, destiladores y animales en formol. El Brujo elaboraba esencias y reproducía los experimentos de un viejo tratado de química. Francis iba cada día en bicicleta al huerto que su padre tenía en los campos del delta, entre las esclusas y la segunda acequia. El Inventor desarrollaba allí sus prototipos con los desperdicios de las fábricas colindantes: semáforos en miniatura, ventiladores y radios portátiles. El Brujo soñaba con fundir la madera, con extraer el corazón de una rana y conservarlo con vida durante una eternidad. El Inventor soñaba con un robot que recogiera la cosecha y que hiciese su cama. Pocos años después, coincidieron en la barra de una discoteca. Andrés trabajaba en la obra, conducía un coche de lujo, y el laboratorio era un trastero de nuevo. Francis se había vuelto loco y su padre había vendido el huerto. Ninguno de los dos pedía cuentas al destino acerca de porqué se habían truncado sus sueños.

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Vesubio desatado Julio Fuertes Tarín La noche en que fluyó el magma, -abrazados los dos en la yacija- él pensaba en la siembra, y ella, en su amante.

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Destino Diego Soto Ortiz El día en que se decidió su destino, Darío Vardeci ignoraba que se estuviera dilucidando algo tan trascendente. Ese día, el joven Darío sólo vacilaba. Y habría vacilado hasta la enfermedad si hubiera sabido que esa llamada que dudaba entre hacer o no hacer no era una llamada, sino una ficha de dominó. Si no la empujaba, se quedaría a vivir para siempre en su ciudad natal, trabajaría en una emisora local y se casaría con una compañera de facultad, con la que tendría dos niñas gemelas de ojos tremendamente pequeños y profundamente azules. Si llamaba, y empujaba esa primera pieza de la ruta alternativa, desencadenaría un proceso irreversible. Y el destino desplegaría su perfecta geometría de forma diferente. Darío descolgó el auricular. - Hace días envíe una solicitud para realizar prácticas y no he recibido respuesta. Desde el otro lado de la línea, la contestación fue breve y concisa: -Pásate por aquí. En ese momento, la compañera de facultad se quedó sin su vida futura como señora Vardeci, la emisora sin un excelente redactor y las gemelas de ojos tremendamente pequeños y profundamente azules se desvanecieron en el limbo de lo que pudo ser y no fue.

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Viejo código Manuel Pablo Pindado Puerta Acabo de enterarme, ella vuelve a casarse. Un marqués, o duque o algo así. Qué más da. Sé que esta noche beberé demasiado, dormiré mal y mi Carmen se despertará, preocupada. Volveré a soñar con la chiquilla del pueblo que me amó a escondidas. La que delante de sus padres cerraba dos veces un ojo y se tocaba así el pelo para decirme: “Te quiero”, y yo me tocaba la oreja contestando: “Y yo a ti”. Nuestro código, casi de juguete. Un día ella se marchó a la ciudad a buscar un marido rico, quería dinero y fama, me dijo, salir en las revistas, en la tele. Pero yo siempre te querré a ti, Andresito, cariño, sólo a ti, no lo olvides. No lo olvido. Mañana Carmen encenderá la televisión a la hora de comer y ella estará allí, hermosa y sonriente. Mirará a cámara y volverá a guiñar dos veces ese ojo pícaro y a hacer eso con el pelo ensortijado, sólo para mí. Y yo me tocaré la oreja como un imbécil y me iré al baño a llorar el que después de tantos años, de tantos hombres, yo sea el único que ella nunca olvida.

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Vidas de papel Carlos Fruhbeck Moreno Es triste ver llegar a mi marido a casa todas las tardes cubierto de monigotes, dibujos obscenos, palabrotas o sosas declaraciones de amor escritas con pintura de spray. Aún recuerdo los buenos tiempos, cuando entraba en el salón tan digno y me mostraba con orgullo los factores de conversión de un ejercicio de química inorgánica o un brillante comentario al III Canto del Infierno de la Divina Comedia. Ahora lo único que tiene ganas de hacer es bañarse en silencio en sus acuarelas favoritas, doblarse en cuatro partes y pasar otra noche de insomnio en el primer cajón del aparador mientras yo me quedo sola delante de la tele.

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El perro de la basura Raúl Chaparro Écija Mamá odiaba vivir en un primero porque decía que se escuchaban todos los ruidos. Coches, camionetas de reparto, borrachos que vomitaban y meaban en las esquinas. Con su sueldo era el único sitio donde podíamos vivir. Y aunque el piso necesitaba una buena reforma, pintura y ventanas nuevas, a ella sólo le importaban los ruidos. Estábamos junto a los contenedores de basura y se quejaba de que los camioneros dirigían los contenedores a patadas. Una noche escuchamos unos ladridos. Un perro empapado de suciedad había decidido gruñir a los basureros cada vez que se acercaban. Durante un mes o así, cada vez que venían, el perro los ahuyentaba y mamá dormía tranquila. Es un buen perro, dijo. Me había acercado una mañana y también había comprobado que era un buen perro, cariñoso y con los ojos tristes. Era nuestro vigilante y a veces le dábamos comida. Hasta que una noche llegaron los basureros y uno bajó con una barra de hierro entre las manos. Mamá me sacó de allí y yo escuché ladridos y chillidos, pero ella no me dejaba ver. Me dijo que el perro, como papá, se había también marchado.

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Zoo chico Salomé Guadalupe Ingelmo ¡Mira, papá, un gnomo! ¡Y un hada! •rita señalando sin pudor con el dedo. El hombre de mediana edad finge no ver al emo que se inflige pequeños cortes en el antebrazo, justo por encima de su muñequera de pinchos, con una cuchilla de afeitar. Se muerde el piercing del labio insistentemente. Parece un ser melancólico; pero como el flequillo le cubre toda la cara, no puede asegurarlo. Un poco más allá, una lolita sweet que se tira compulsivamente de los pololos conversa bajo su sombrilla llena de lacitos rosa con una lolita gótica de riguroso negro. Se cruzan con un grupo de grafiteros atareados y skaters de estética punk. Raperos MC de pantalones caídos cantan en círculo alrededor de b-boys danzantes. Un otaku manga disfrazado de Kensuke Aida hace evidentes esfuerzos por captar la letra, pero el chunda chunda del coche tuneado de un pokero se lo impide. Un andrógino visual kei con corpiño y liguero le guiña uno de sus maquillados ojos. Aprieta el paso y también la mano del tierno infante, que parece fascinado por el espectáculo. Se promete disfrutar más de su hijo… antes de que contraiga la adolescencia y se convierta en un extraño.

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El vuelo forzado de las mariposas Salomé Guadalupe Ingelmo Mientras camina con extrema lentitud, con los pasos de danza aprendidos en las lecciones a las que nunca pudo asistir por ser demasiado impúdicas, se dice que no quiere morir. No puede. Todavía hay muchas cosas que le quedan por experimentar y aprender. En el peor de los casos -aún cuando no se lo permitan jamás, simplemente por haber nacido con el sexo equivocado en el lugar equivocado-, si vive, quizá un día su hija sí pueda cumplir sus sueños. Pero Abida es demasiado joven y, como todos los jóvenes, impaciente. La experiencia acumulada a sus trece años le dice que las cosas quizá nunca cambien para los seres como ella: delicadas mariposas nacidas para alegrar con su vuelo de colores los aires, pero obligadas a vivir cautivas del luto. No quiere morir y no quiere matar. Sin embargo, quienes han tapizado su grácil cuerpo con el explosivo no comprenderán que ella no puede abandonar este mundo sin haber aprendido a bailar, sin haberse puesto una minifalda, sin haber descubierto su hermosa cabellera… Quedan pocos pasos hasta el cuartel -cinco, cuatro-. Pocos pasos de danza -tres, dos, uno…- y Abida emprende el vuelo, libre finalmente de todas sus ataduras.

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La nieve cae Rafael Ruiz Pleguezuelos Esta nevada nos obligará, sin duda, a que pasemos algún tiempo hablando. No tendremos más remedio que mirarnos a la cara, sonreír incluso, y entre frase y frase cordial, entre salida más o menos ingeniosa, no podremos menos que luchar por lo nuestro. Seguramente, y si esta nieve nos detiene unas horas -quizá un día completo- nos parezcan más ridículos los argumentos que ambos mantenemos inamovibles y bien afianzados desde hace tanto tiempo. Tendremos que permanecer en una habitación juntos, muy juntos, no creo que lo hagamos de otra forma. Nevará y hablaremos: nos contaremos todo este tiempo de tú y yo sin un nosotros. Según caiga la nieve podemos pasar del reproche al recuerdo de algún momento bueno, que los hubo, ya sabemos los dos que los hubo. Y tendremos que agradecerle toda la vida al cielo que esta nevada nos obligó a pasar algún tiempo hablando.

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Él Matías Candeira de Andrés Fue un incordio que se presentara en mitad de la cena, aún respirando pesadamente, dejando esos regueros de tierra por todo el salón. En fin, manchándolo todo. Por lo visto le habíamos enterrado mal. Venía a quejarse. Antes de golpearle en la cabeza (y, por supuesto, atarle bien en esta ocasión) dejamos que se sentara con nosotros y tomara un plato de sopa. La verdad, nos pareció que se lo había ganado.

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Desde su balcón Dana Ptacinsky Asrilant

Desde su balcón, pequeño pero coqueto, veía la arena negra. Sobre la mesa, un periódico, alguna revista. Un termo de café. A veces jugo de frutas. Desde el balcón, veía caer un sol inmenso, naranja, sobre un horizonte azul finamente dibujado. Veía el infinito océano. Apacible. Picado. Claro. Oscuro. Desde su balcón, en aquel paraje silencioso al sur de una isla remota, solía contemplar cosas hermosas. Antes. Desde hace meses, su balcón se ha convertido en una atalaya desde donde divisar la desesperación y el agotamiento que se acercan. Siempre tiene todo preparado. Móvil. Botellas de agua. Mantas. Pocos metros la separan de la arena negra. Aún lee el periódico. Alguna revista. Prepara jugos de fruta. Pero sus ojos han aprendido a vigilar la orilla. Percibe sonidos distintos. El agua ondea de otra manera. De repente un punto, cada vez más grande. Móvil. Agua. Manta. Corre hasta la playa a esperarlos. Preguntándose cuántos esta vez, con qué historias a sus espaldas maltrechas. El punto sigue acercándose, lento, sediento, helado. Ella espera. Los otros están avisados. Una lágrima corre por su mejilla; cae sobre la arena negra donde están por derrumbarse los que lo hayan conseguido.

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Veredicto María Nicolás - Queda sentenciado a mil años de prisión El juez golpeó el martillo con seriedad, la sala no estaba en orden. ¿Mil años? Preguntó el sentenciado con incredulidad. Mil años contestó su abogado con resignación. En la sala se oían murmullos desordenados y risas maliciosas. ¡Pero es imposible cumplir tal sentencia! Insistió el acusado sin entender. El juez escuchó la queja y dando otro golpe de martillo agregó con ceño fruncido “Por incumplimiento de sentencia corresponden mil años mas”. La sala contuvo el aliento y no se escuchó una palabra más.

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Helado Laura Sánchez Sesto Desde entonces, no podía evitar preguntarse, al pasar junto al puesto de helados del parque, si ella también se acordaría de la tarrina que tomaban a medias en verano.

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1934 Diego Vaya Las gentes del Valle son herméticas. Hombres y mujeres corpulentos, acostumbrados a situaciones climáticas extremas, a compartir su lecho con animales que sacrifican después en la época de la matanza, aislados, silenciosos, solitarios, cualquiera que los vea los reconocerá por sus rostros imperturbables. Es como si las montañas en las que han nacido les hubiesen puesto en el vientre de sus madres una máscara de piedra que sólo el tiempo consigue modificar. Ellos conocen la estática condición de sus facciones. Saben de su dureza cuando se acercan a beber al río y apenas pueden distinguir su fisonomía de los cerros que también se refleja. Sin embargo, este verano muchos están desconcertados, tanto que no se atreven a hablar de ello. No entienden la expresión de repugnancia que les ha traído el agua teñida de sangre.

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Desengaño Nisa Arce González —Vamos a ver, ¿podría volver a explicármelo? Rosa asintió. Sus ojos se posaron sobre el cuerpo inmóvil de Stuart. Acarició su piel fría y lisa, repasando con los dedos la extensa longitud de su cuerpo. —Pues mire —dijo—, Stuart siempre duerme conmigo en la cama. Normalmente se enrolla a mis pies, pero en los últimos días… —Ajá —le instó él a continuar. —…cuando despierto, le encuentro completamente desplegado en posición vertical. Su cabeza junto a mi cabeza, su extremidad junto a las mías. Y no se mueve. Es muy extraño. El veterinario elevó una ceja sin apartar la vista de la boca constrictor. Su profesión le deportaba grandes satisfacciones, pero también momentos poco agradables como aquel, en el que debía poner trabas a la conexión mascota-ama. —Stuart no está enfermo, señora… Simplemente, le está midiendo para comérsela. Rosa esbozó una sonrisa nerviosa. Por primera vez desde que le adquirió en la tienda de animales exóticos, pensó que quizás los demás tenían algo de razón al alegar que no era el más indicado para ser el perfecto compañero doméstico.

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La pistola Abel Martínez González -¡Meca!¡Qué ye eso que lleves en bolsu! -Ye una pistola. -¿Pero pa que la quies? -Pa nada, pa defendeme si me fai falta. -¡Pero home!¡Nun pues dir per ehí con un arma! -Déxame, ye problema mío. -¡Fai'l favor de tirala! -¡Qué me dexes! -¡Tírala, tas llocu! -¡Déxame o vuélote la cabeza! -¡Tírala! Y volo-yla.

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Crisis Carlos María Andújar Vaca La burbuja literaria ha explotado. Durante años se han concedido créditos literarios a escritores insolventes, desprovistos de talento y de cojones, y ahora estamos pagando las consecuencias de esa literatura basura. La inflación de la verdadera poesía está desbocada, el ritmo de crecimiento narrativo se encuentra en recesión, la dramaturgia se encuentra en valores de mercado por los suelos, los bancos ya no dejan ni medio verso suelto y la fantasía ya sólo se financia a tipos de interés elevadísimos. Ante esta situación, el Gobierno ha anunciado la inyección de novelas contrastadas para dar liquidez imaginativa al mercado de la ficción. La gente vive con el agua al cuello: no hay nada para leer, no hay lugar a la emoción diaria con el arte. Se acabaron los excesos de pasión, toca amarrase el cinturón. Volveremos a los libros básicos, aquellos que nos hicieron crecer, que nos abrieron rutas y caminos insondables, que nos descubrieron lugares indispensables, y no consumiremos nada que no sea esencial, viviendo en una literatura de subsistencia. Pero llegará el día en que alguien escribirá un poema excelso, un relato fantástico o una obra maestra y entonces podremos salir de esta bancarrota.

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Celia cóncava, Celia convexa Francisco Javier Ortiz López Desde la rama más frágil de mi adolescencia, cegado por el sol poniente, observo fijamente lo único que recordaré de este verano. Prismáticos en mano, un, dos, tres, cuatro terrazas, ya veo a Celia, en bañador azul de cuerpo entero. Celia, una pelota de colores gigante sobre ella. Celia, botando sobre el trampolín, se lanza a volar con su mejor sonrisa, y en mi campo de visión binocular la veo flotar despacio, como una figurita atrapada en una de esas bolas llenas de líquido; y por inercia o quién sabe si por amor imito sus movimientos e imagino que la cazo al vuelo por la cintura. Y continúa mi sueño hasta que resbalo y caigo sin remedio al vacío del desconsuelo; sobre la tierra húmeda hojas de otoño tempranas, y únicamente pienso en si Celia vendrá a verme al hospital mañana.

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Dedicatoria Luis Miguel Martínez Sánchez Esta tarde por fin me atreví a abrir el libro, ese que me regaló sin dedicatoria por mi cumpleaños días antes de que me dijera que no estaba listo para tener una relación amorosa a pesar de que yo reunía todas las condiciones necesarias, a pesar de haber vivido juntos treinta días de afecto y caricias. He acariciado el lomo del libro al bajar las escaleras, y antes de dejarlo abandonado sobre un banco de madera en el parque he escrito con mi boli preferido en su primera pagina en blanco: “No era para mi”.

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Alegato del lobo Ana Hormaetxea Señor Juez: Teniendo conocimiento de los cargos que pesan contra mi persona, le escribo un breve relato de los hechos acaecidos el día de autos. Caperucita claramente se me insinuó. Me pidió que la esperara en la cabaña del bosque (una vieja se escondió al verme, una mirona seguro) y cuando llego empezó el juego. Estábamos en lo mejor cuando llegó un leñador, sin duda un ex amante celoso y tuve que huir, dejando allí mismo mis pertenencias. Un poco más adelante advertí graves daños estructurales en las viviendas de los tres cerditos y así se lo hice saber por su seguridad. Al comprobar el estado de la chimenea fui, sin duda, malinterpretado, y fui expulsado de allí sin ninguna educación. En mi camino a casa, los gritos de los siete cabritillos llamaron mi atención. Su madre les había dejado solos, (sugiero que el caso lo analice bienestar social) y decidí ponerlos a salvo. No obstante su madre, en lugar de darme las gracias, me practicó una intervención quirúrgica sin consentimiento informado, médicos cualificados, ni una uci disponible. En dicha operación me introdujeron unas piedras que, alojadas en el riñón, me hacen sufrir cólicos constantes. Atentamente, El Lobo. 185


Tiempo Iván González Sánchez Pasamos El Negrón a las cinco. Llegamos a Oviedo a y media. Nos acostamos a menos cuarto. Acabamos a las seis. A y cinco llamaron por teléfono. Llegamos a menos veinte al hospital. Tu padre murió a las siete. Desde que ETA le asesinó no existe el tiempo para los dos.

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En dirección contraria Diego Bris Cabrerizo Volvió la vista atrás. El “F” paraba en Cuatro Caminos a recoger universitarios. Mi primera tortilla de patatas terminó en la basura. Olía a plumier y a carpeta clasificadora. Se me daba bien el atletismo. Mami, papi. Un balón por las buenas notas. Buá. Evaristo. ¿Qué nombre le pondremos? Te dije que tuvieras cuidado. No está mal esa chica. Marzo despunta como un agua evaporada. Los recuerdos se guardan con la ropa que nunca queremos ponernos. Al fondo, atrás.

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Un pequeño problema Ginés Cutillas Dejé de usar reloj el día en que mi mano izquierda desapareció. Me costó mucho hacerme a la idea de su pérdida pero pensé que mi mano derecha sería suficiente para mis quehaceres diarios. Más complicada fue la desaparición de mis rodillas, pues aunque mis pies seguían estando allí, no existía nexo alguno con el resto del cuerpo, así que tuve que abandonarlos en el zapatero. El sitio más lógico que supe encontrar. El día que desperté sin cadera, me planteé ir al médico. Éste no encontró explicación alguna a lo que me estaba ocurriendo. Analgésicos y descanso fueron sus consejos. Pero no funcionaron. A la cadera, le siguieron el brazo izquierdo, el torso, la espalda y los hombros. Lo que provocó la caída del brazo derecho que aún desembocaba en mano. Él solito reptó hasta el zapatero y se metió dentro, supongo que por aquello de no sentirse solo. Y allí estaba yo. Con la cabeza y el cuello pegado al suelo cual seta silvestre. Lo último que acerté a pensar, antes de desaparecer completamente, fue: ‘Quizá ella me esté olvidando’.

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Los recuerdos y las cosas Ernesto Fernández Contempló en el mueble del salón el hueco dejado por su foto. En el baño comprobó que sus últimos versos de carmín sobre el espejo se habían ido por el desagüe impregnados en papel higiénico. La cocina le castigó con las ausencias del aroma a infusión y de post-its sobre el frigorífico. Pasó a un dormitorio sin sus gafas en la mesita de noche, y cuando inspeccionó el armario desierto de su ropa, descubrió que los recuerdos son aquello sin lo que las cosas sólo son cosas. Entonces salió para dirigirse a la Oficina de Objetos Perdidos. -Buenas tardes, ¿qué desea? -Busco algo que diga que fui feliz a su lado. -¿Recuerdos? -No, precisamente recuerdos ya tengo. Necesito algo donde conservarlos. -Hoy nos han llegado algunos paraguas y esa prótesis ortopédica. -No, no me sirven. ¿No tendrá usted por casualidad algo de ella? ¿Una nota de amor, quizás? Me bastarían unas palabras en el espejo del baño. -Lo siento… Volvió a su apartamento, lleno de cosas vacías de ella, y trajo a su memoria recuerdos felices, recuerdos huérfanos de cosas, volátiles, flotando a la deriva a merced del olvido. Necesitaba algo. Unas palabras bastarían. Así que le escribió este relato.

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La venganza de los O’Really César Alberto Ruiz Urraca Las hermanas O´Reilly no se ponían de acuerdo. Era alto, de tez morena, decía Sara. Más bien enjuto, paliducho, de mofletes encendidos por la lascivia y el alcohol, aseguraba Laura. Sus ojos eran negros, penetrantes, daban miedo ¿Estás segura, Sara? Inquiría Tim O´Really mascando tabaco con furia. Sin embargo, Laura lo recuerda como un hombre joven, de mirada clara y profunda. No Tim. No pienso repetir la sarta de obscenidades que salieron de su boca. Fue horrible. Era exageradamente velludo; una cicatriz le recorría de un costado a otro. Laura: ¿Puedes corroborar la descripción de tu hermana? No logro visualizar lo de la marca en el pecho, pero te aseguro que ni un solo pelo le asomaba en la piel. Tim empezaba a experimentar los primeros síntomas de fatiga. Nos abordó de improviso, en silencio, y se escabulló de la misma manera. ¡Es suficiente!, aulló Tim propinando un puñetazo en la mesa. Ocultando un cuchillo bajo el gabán, él y los Clapton salieron de caza aquella madrugada. A su regreso le comunicó a sus hermanas la suerte que había corrido el sujeto que osó mancillar a Laura O´Really. Te equivocas, hermano: la mancillada fue Sara. Tanto da, respondió Tim.

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La última noche Juan Francisco García del Puerto Lucius se despertó sobresaltado. Había olor a azufre en el ambiente y un murmullo del exterior le hizo abrir los ojos como platos. Apartó la cortina con las manos y miró su calle. La noche aún cubría el Golfo de Nápoles. El vecino de enfrente, tapado con una manta, había salido de su casa y se había vuelto en medio de la calzada, mirando hacia el gran volcán. La ciudad dio una sacudida y se oyó un rugido en sus entrañas. El Vesubio había despertado. Lucius sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca, cuando también se despertó su mujer. "Creo que algo no va bien". Iulia se apresuró a coger a su bebé, "Aunque me muera corriendo, él se salvará" y le apretó contra su pecho. Lucius abrió la puerta. - Como sabéis, todos murieron aquella noche en Pompeya. Y podéis comprobar que su silueta todavía se conserva en estas petrificaciones. - los turistas entraron en la casa y se acercaron a las vitrinas, cámaras digitales en mano. La lluvia empezó a caer en las Excavaciones de Pompeya. - Mirad, acercaos, continuó el guía- ¿veis esa mujer que lleva algo en brazos? ésa era Iulia.

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Morir es cosa seria Jesús Artacho Reves Tan pronto como el suicida se subió al árbol, los doce compañeros de clase decidieron que era el momento de salir del escondite para contemplar de cerca la escena. Él fingió no verlos, sacó del bolsillo una soga resistente y lo preparó todo para evitar fallos de última hora. Pero no sabía muy bien cómo ni dónde hacer los nudos. Era un suicida sin experiencia como todos pero bastante torpe, hasta el punto de provocar la risa. Además le fastidió sobremanera que entre sus compañeros no cundiese el pánico, que llegasen al extremo de troncharse de risa cuando era obvio que él estaba a punto de hacer algo muy serio. Al comprobar que el drama que tenía preparado había degenerado en simple comedia, el suicida saltó del árbol, tiró con rabia la soga y se alejó corriendo de allí.

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Ella sabía de mí lo mismo que yo de ella Diego Álvarez Miguel Sabía que nos encontramos en un bar como conocidos que aspiran a no verse, que nos miramos -dejando de lado nuestras aspiraciones-, y que lo disimulamos muy bien. Sabía la teoría de bebernos, pero de lejos. Que había un par de mesas por el medio, unas manos heladas, gente bailando a no caerse. Que el camarero era un intruso y nada más. Conocía perfectamente el abismo franqueable por los dos, momentos ínfimos en los que nos cruzábamos la vista y nos decíamos más que con palabras. Ella, de destino similar al mío y chaqueta de algodón, sabía el sentido, el módulo y la dirección de nuestros gestos. Sabía el ángulo prudente que debían formar sus piernas, siempre poco posadas en el suelo como un ave. Ella, sabía de la física del mundo, de la ciencia de tocarse sin tentarse, del cuadrante hiemal, de hacernos el amor a una debida distancia. Ella, cuyos labios fueron interrumpidos de repente por otro hombre, sabía, que yo la hubiera interrumpido mucho mejor.

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Un día más Mariam Medina Sánchez Un día más, pensé, mientras como cada día paseaba entre la gente para aliviar mi soledad, para olvidar que no queda me queda nadie con quien hablar ni a quien escuchar. Miraba al frente sin ver al resto, sólo pensaba en la nada cuando, de repente, me tropecé con dos personas que discutían acalorados en medio del bullicio. Se callaron cuando pasé. Me miraron y les miré. Durante un instante pude recordar que hace poco yo tenía con quién discutir. Me quedé ahí parado sin saber que decir, sin saber decir lo siento. Al igual que ellos no cedí, seguí andando pero los recuerdos quisieron que siguiera oyendo a mis espaldas esos gritos. La curiosidad me dijo para y me paré para alcanzar a distinguir un: porque me siento solo. Yo también, respondí en la más absoluta soledad.

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Sobre los sombreros extraviados Mauricio Alfredo Amaya Valencia Por supuesto que no tendría que haber problema con andar por esa calle y de pronto hallar ese sombrero sobre el andén, acercarse hasta él y contemplarlo así hasta que la gente acabe por ponerlo nervioso y se decida por tomarlo y sacudirlo levemente con el antebrazo, para así poder calzárselo y descubrir con ello que sí, en efecto, el sombrero le queda perfectamente. Luego entonces es de reanudar su camino y andar unos pasos hasta que de pronto siente la inconfundible sensación de que ese sombrero ya tenía una cabeza escondida dentro de él. Sucede entonces el grito espantado que debe lanzarse en esas circunstancias, el sombrero al aire y la huída aterrada hasta doblar la esquina, para que luego ese sombrero aterrice de nuevo sobre el andén un poco más adelante de donde debería de hallarlo el dueño, cuyo cuerpo se acerca ya cruzando la calle y haciendo aspavientos, porque cómo es posible que halla gente tan abusiva y los insultos y esas cosas.

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El yayo Ángel Dies Romeo La foto que encontré de mi abuelo mostraba una imagen que distaba mucho del recuerdo que yo tenía de él. En la fotografía aparecía un tipo flaco, con uniforme trasnochado y una mirada que aseguraba darte dos ostias a peseta y te regalaba una. Sin embargo, el yayo de mi niñez, allá por los años 70, era un viejo seco, más que flaco, enganchado a una bombona de oxígeno y sondas en la nariz. Su mirada amenazante ahora era lasciva, y solía hundir sus ojos en las nalgas de alguna muchacha, más bien entradita en carnes según los cánones de belleza actuales. - Mientras hay lengua, hay hombre, chaval- me dijo un día guiñándome un ojo. - Calla y no le digas esas cosas al crío, que es muy niño- le reprendió la abuela que entraba con una bandeja de galletas-. Comete una pasta Angelito-. Yo se la negué. -Nunca nadie te dirá una verdad mayor- insistió el yayo-. Eso, y que nunca rechaces un dulce de chocolate-. Esta vez me sonrió mientras me guiñaba el ojo y me señalaba a la vecinita de arriba y su minifalda nueva.

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De un polvo eres y en polvo te convertirás Juan Carlos Sánchez Mosquera En un lugar de Colombia y de un polvo, nació José, creció en el monte cuidando cultivos de coca de la mejor calidad mundial. A sus doce años manejaba armas de grueso calibre, pero no podía contra las armas de los antinarcóticos que asediaban su cultivo día y noche, hasta que el avión fantasma le disparó a kilómetros de distancia en su cabeza, mientras cagaba entre las hojas de coca, en medio de la noche. Ningún humano se dio cuenta ni le importó su muerte quedando allí tirado durante meses hasta que su cuerpo desapareció entre el cultivo, transformándose en nutrientes para las plantas que tanto cuidó hasta con su propia carne en descomposición. Muchos meses después el dueño del cultivo regresó por su cosecha transformando las hojas de coca en cocaína de la mejor calidad que vendió a Europa pero no sabía que el espíritu de José descansaba en aquel polvo blanco, que terminó entre los mocos de una europea rubia mal oliente y mueca que le gustaba comerse sus mocos a solas, pero ese día mientras lo asía sintió enamorarse de alguien. ¿Tal vez de José?


La mano que escribe Carlos Augusto Fernández Imitola En el mundo de las manos había una mano especial, no por tener seis dedos ni por faltarle uno, tener doblado aquel, dos uñas en el meñique o el anular más grueso que el pulgar. Era refinada, elegante y varonil; había apretado muchas manecitas, y acariciado alguna nalga. Cuando se enfurecía no abofeteaba ni puyaba ojos y aunque sabía pellizcar, se abstenía. Pero cuando la cosa se tornaba seria cerraba el puño y apretaba, no la pistola sino el lápiz. La mano sabía escribir, aporreaba a todos con mesura. Había hojeado muchos libros y conocido el bajo y alto mundo de las manos: sabía de manos que se estiraban para pedir limosna, de manos que escondían algo, de manos que escondían todo, de manos prostituidas en el saludo y en el aplauso. Había publicado algunos manuales: “Las Maniatadas”, “La mano que mece la cuna”. Las demás manos la admiraban y cuando llegaba a una fiesta era la atracción. La estrechaban, la abrazaban y besaban, le daban anillos y guantes. Todas querían hablar con ella. Por eso, cuando se acercaba con una sonrisa de dedo a dedo, se alegraban y decían: “Seguro que tiene algo entre manos”.

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Aproximaciones a la lectura Mario Croissier Brito ¿Cómo no identificarse con el protagonista de la obra? Línea tras línea contemplaba, atónito, aquella imagen ilusoria y refleja: la de un enjuto y maravillado lector que no salía de su asombro al reconocerse plenamente en el personaje principal del libro que tenía entre las manos. Este segundo, acaso más ficticio pero no menos idéntico que su antecesor, también leyente flaco y descalabrado, se complacía asimismo con el intrigante calco que asomaba desde las páginas de su lectura: un huesudo y desconcertado leedor que, pasmado, contemplaba a su igual en la novela que vorazmente consumían sus ojos: un sucedido lector, un sucesor leído… En algún punto de esta espiral de ficciones especulares, un espectro infinitesimal, acaso idéntico a tantos otros, levanta por un instante la mirada de su libro y se sonríe.

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Conexiones de familia Minerva Parra Peralbo Mis vacaciones en el norte de España siempre estuvieron envueltas en un alo de leyenda que mi abuela, Virtudes, se preocupaba de dotar. Recuerdo con qué ansias y miedo recorría los bosques aledaños al pueblo. Era toda una agitación para mí. Mis padres, por el contrario, aclaraban ideas personales y laborales. Era todo un templo de paz. Estudié arte y regento una almoneda. Esta mañana llegó un sobre ancho a la casa del pueblo, no tenía remite. En el interior existía un mapa del bosque que recorría de niña. En su parte central se mostraba una iglesia románica. Junto al mapa un mensaje, debía encontrar un símbolo de iconografía difícil de clasificar. Amaneció, fui a la iglesia, estaba en ruinas. El símbolo se encontraba en el ara, lo examiné sin tocarlo, me atraía, me era familiar… lo presioné. Ante mí se presentaron unas escaleras. Una enorme cámara subterránea se abría y en ella un cofre guardaba un códice. Era latín, se trataba de oraciones paganas que hacían referencia al bosque. Era una sociedad denominada los Caballeros de Campus-Sacro. Regresé a casa, miré el dintel: allí estaba el símbolo. Miré el cuadro, Virtudes Campo Santo, se leía. Mi abuela me sonreía.

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Por siempre jamás María Navarrete Artime Corría con tanta desesperación que ni siquiera se dio cuenta de que el trozo de gasa blanca que se había enganchado en una rama unas horas antes era de su vestido. Cuando él la encontró había caído desfallecida por el cansancio a unos metros de la salida, la recogió con cuidado y la llevó de nuevo, al centro del Laberinto.

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Ni una noche más Rodolfo Lara Mendoza Ya cerca del milésimo primer amanecer, el Califa pudo al fin liberarse de la trama, e hizo un inventario de lo acontecido: _¡Tres hijos al término de casi tres años!_pensó_. ¡Tres hijos! ¡Y con lo cara que está la crianza y la educación! Miró en silencio a Scherezada, bendiciéndola por esas mil y una noches de ensueño, y, con las mismas manos de acariciarla, le apagó para siempre la voz.

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Una señora por encima de todo Eva Escorza Piña -“Fiel esposa, abnegada madre, paciente, leal y servicial. Una señora de los pies a la cabeza”.- Leyó el sacerdote frente a todos los allí congregados. Mientras resonaban aquellas palabras a Doña Purificación se le dibujaba un gesto de melancolía en el rostro. Quizá por no haberse permitido nunca emborracharse de pasión hasta perder el control o por no haber llegado a sentir un verdadero escalofrío eléctrico al ser rozada por el ser amado. Por no haber probado los bombones que siempre devoraba con ojos golosos al pasar frente a aquel escaparate de la Calle Mayor o porque nunca se dejó arrastrar por la música y bailó en una celebración... Quién sabe. Nunca había tenido la suficiente valentía para mandarlo todo al cuerno y simplemente, vivir. Aquel no debería haber sido el día, y Purificación no podía hacer otra cosa que retorcerse incómoda en su féretro.

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El agua Covadonga Murias Quintana Martín y Marta llevaban muchos años juntos. Tantos, decía Martín, que se conocían perfectamente y no necesitaban hablar pues todo se lo habían dicho. Un día Marta comenzó a hacer un ruido raro. Cada vez que balanceaba su cuerpo sonaba como si alguien agitara una botella. Marta sonaba a agua. Martín quería ayudar a su mujer y decidió llevarla al médico. El doctor agarró a Marta por los hombros y la agitó varias veces. Luego dijo “mmm” y se fue para volver con otro médico que también agitó a Marta. Después se fueron los dos para volver sin solución. Desesperado, Martín escuchó hablar de una hechicera que, decían, curaba todos los males. Tras inspeccionar a Marta, la mujer movió la cabeza con aire grave e hizo salir a Martín de la sala. Luego se llevó a Marta a lo alto de una gran montaña y esperó. Esperó durante días hasta que un leve suspiro salió de lo más profundo de Marta. Luego otro, un poco más grande, le tembló en el pecho y un tercero, inmenso, rompió en llanto. Marta lloró durante seis días. Hasta que no quedó dentro de ella ni una sola gota de agua.

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De atragantos Covadonga Murias Quintana Cuenta la abuela Rosita que en el pueblo había un hombre que nunca callaba. Siempre estaba hablando y si le contabas una historia, el tenía otra mejor para narrarte. Hacía suyas las palabras del otro y las transformaba en aliento con el que se lanzaba a monólogos sin fin. Una noche de lluvia, el hombre que no callaba volvía a casa. Iba tan concentrado contándole a la noche sus aventuras que no vió que el aguacero había desconchado las piedras del puente y cayó al río. Un foráneo que pernoctaba en el pueblo escuchó sus gritos y no dudó en tirarse al agua para salvarlo. Fue tanto el miedo que pasó el pobre hombre que de él, que tanto antes hablaba, ya no salió ni una sola palabra. Pasaron más de diez años y un buen día aquel foráneo que no dudó en tirarse al río volvió al pueblo. El mudo, que en ese momento por allí pasaba, lo reconoció y sin prisa se encaminó hacia él. Lo miró fijamente unos minutos con ojos claros: -Gracias, le dijo. Y dándose media vuelta, añadió para la gente que boquiabierta lo miraba. -Discúlpenme. Es que tenía en la boca una palabra atragantada.

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Ni una palabra al florentino Tahiche Rodríguez Hernández Hay algo más patético que ver a un soltero tímido abordando a una chica en un bar, y es verlo intentando sortear los tópicos que sabe sinónimos de un ridículo estrepitoso. Así que yo los pronuncié todos sin ningún pudor; ni siquiera me privé del comentario pedante sobre su nombre y el hecho de estar en Italia. Pese a todo, Beatrice se quedó, y aceptó la copa. Así comenzó mi última noche en una ciudad de la que sólo recuerdo dos calles. Una, la que subía hasta el hotel con menos estrellas del cielo; la otra, la que bajaba desde los pechos de Beatrice hasta su pubis, hasta aquel calor ancestral y aquella humedad luminosa encerrada entre dos sílabas. Allí me detuve un momento a contemplar el tatuaje más sorprendente que jamás veré: un arco de dos versos en letras negras que rezaban “lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”. Y vaya si entré.

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Con coqueta indiferencia Rodolfo Lara Mendoza El barco estaba enamorado de la mar, y la mar de su barquito. Así que había días en que andaban de la mano como en medio de un sueño. Pero había también días en que la mar despertaba viejos celos, y reclamaba, disgustada, por el nombre de mujer tatuado con afecto a ambos lados de la proa. Entonces ella armaba una tormenta, que el barco apaciguaba obsequiándole marineros; bombones que la mar engullía con coqueta indiferencia.

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Mal estacionado Carles Monsó Varona Desde hace seis años vivo en una plaza de garaje en un callejón de la zona alta. Cuando me fui de casa, porque tras cumplir los treinta vivir solo se convierte en una cuestión de orgullo, entendí que el precio de la independencia, más allá de la queja y el gimoteo, pasaba por la búsqueda de alternativas. Tengo un trabajo que apenas me alivia el apetito y el precio de los pisos se me presenta como una nebulosa difusa en las alturas, casi inconcebible. Encontré mi actual plaza de garaje a través de un compañero de trabajo. La decoración, lo admito, es sobria pero elegante. Coloqué un sofá, una cama, una mesita de noche y, en el rincón que quedaba libre, añadí un cuadro de decoración. El número de mi plaza es el 101, en la planta -1. Duermo entre un Mercedes y un BMW, que son vecinos silenciosos. Por unanimidad tácita me han elegido presidente de la escalera. A veces viene el encargado de seguridad que hace la ronda nocturna y tomamos una cerveza. Mis amigos hacen broma, me dicen que eso no es vivir, que más bien es estar estacionado… Estoy de acuerdo.

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Vincent & mia Sergio Eduardo Gama Torres En la mesa, él sorbió, ella lo hizo segundos después. Él pidió una gaseosa, ella una malteada. Él llevaba un impecable vestido negro con corbata, ella una blusa blanca que la hacía ver deliciosa. Él tenía el cabello largo y bien ordenado, ella negro y corto, enmarcando su rostro y resaltando sus ojos claros. Silencio incómodo. Él siguió callado, ella hizo un chiste tonto y fue al baño. De nuevo ambos en la mesa. Recibieron lo que habían pedido con sus bebidas: él un bistec, ella una hamburguesa, sobre todo la hamburguesa estaba muy buena. Ambos fumaron un poco, hablaron otro tanto y se rieron una y otra vez. Bailaron y tomaron un par de cocteles. Él miraba sus senos, ella sus ojos, aún más claros que los suyos. Él le dio algunos besos tímidos, ella otros profundos y frenéticos. Él salió pensando en el novio de ella que estaba fuera de la ciudad, ella en lo que venía pierna arriba.

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¿Qué miras? Milca Grisel Ricáldez Santillán Subo al bus y busco un asiento del fondo donde ocultarme. La mancha de pasta de dientes en mi remera blanca no me deja pensar en otra cosa. De pronto tu mirada fija sobre mi pecho, se lo que estás mirando. Como soñadora que soy traslado una charla ficticia entre los dos y el origen de la mancha. Se que no me vas a decir nada. A los extraños no se les habla sobre eso. Pero te recordaré, y yo para ti, al momento en que te bajes, habré dejado de existir.

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Petrovich Laura Cortiñas Pérez El doctor Petrovich ocupó gran parte de su vida tratando de atravesar pareces como un fantasma. Luego de un nuevo intento malogrado, rompió a pedazos el muro de la sala con un martillo. Sobresaltada por el alboroto, la familia acudió. Petrovich contó su impotencia, su enorme desaliento, su pena. Los otros aceptaron de buena gana las explicaciones, y se desvanecieron.

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Aviso Mª José Barrios González Estimados clientes, He salido un momento a pedir la mano de Rosaura, la hija del sastre. Llevo demasiado tiempo solo. Si acepta, huiremos juntos de la ciudad, nos casaremos en la primera iglesia que encontremos en el camino, y tendremos dos hijos. Al mayor lo llamaremos Anselmo, por mi abuelo. De lo contrario, volveré en cinco minutos. Gracias y disculpen las molestias.

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Entierro Nicolás Israel Llovía mucho. Todos puntuales, cabizbajos y de luto. No somos nada, a todos nos llega, aunque sea no sufrió la pobre. Rezos emotivos y llantos espasmódicos. En el momento en que el viudo, pálido y demacrado, se aproximaba a la fosa para empezar a colmarla de tierra, pisó un gran charco, resbaló, dio un giro en el aire, cayó adentro y se escuchó un golpe seco. Dos mujeres gritaron brevemente y seis hombres se acercaron, corriendo, al lugar donde se encontraba el ataúd. Allí yacía el anciano, contorsionado, con los ojos cerrados. El único de los seis que era médico extendió rápidamente su mano y, durante algunos segundos, apoyó con firmeza tres dedos sobre un costado del cuello del viejo. No. Nada. Estaba muerto. El médico avisó a los concurrentes mediante un gesto. “Siempre quisieron que los entierren juntos”, dijo una mujer entre sollozos.

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Noche sin estrellas Ana Gómez Silio Aquella noche, la primera en la ciudad, mi hija salió a observar las estrellas, confiada, con sus cinco añitos, de poder descubrir el destello de la Osa Mayor. Bajó a la calle y quieta en mitad de la acera, alzó la cabeza. Permaneció así unos segundos. Inmóvil, sin dejar de observar la gran bóveda celeste. Entonces fue cuando nubló su rostro ante el cielo naranja de la ciudad mientras una lluvia fina de marzo empapaba su diminuto cuerpo y sin bajar la cabeza, dijo: no hay estrellas en la ciudad.

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Reencuentro Joaquín Torres Caldas Tras una larga ausencia, decidió regresar al pueblo que le vio nacer. Recorrió despacio las calles polvorientas donde tantas tardes de estío había jugado a la pelota, al escondite. Escuchó nostálgico el tañido de la campana de la iglesia. Y al igual que antaño, el agua fresca de la fuente de la plaza calmó su sed. Precisamente allí, junto al manantial que brotaba de la piedra, volvió a ver a Teresa, su primer amor. Con lágrimas en lo ojos comprobó que el tiempo la había zarandeado, encaneciendo sus cabellos, arrugando su piel. Pensó en acercarse a ella, en decirle que aún podía sentir aquellas mariposas en el estómago. Pero en vez de eso, la observó alejarse. Cómo iba a explicarle que él, Sebastián, no había envejecido, que seguía teniendo quince años.

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La noche que me enamoré de ti Sandra García Cebrián Fue 24 de setiembre, un día loco. Una noche maravillosa, era un sueño a punto de hacerse realidad. Sería la luz de la luna, el alcohol o el cansancio pero aquella noche le conocí, al menos la parte que me gustó de él. Estaba muy guapo con ese traje y el pelo , aunque ya no estaba cuidadosamente peinado, todavía denotaba los restos de la gomina utilizada hacía ya varias horas. Los dos solos en un sofá, hablando, aunque lo cierto es que no recuerdo de que hablábamos exactamente sólo recuerdo sus labios moviéndose, cómo se humedecían en cava; y sus ojos penetrantes, de dos colores, aunque en ese momento yo los veía totalmente verdes, un verde precioso oscurecido por las negras y largas pestañas que daban profundidad a su mirada. Mientras hablábamos yo imaginaba esos labios cada vez más cerca, imaginaba que me atrevía y le besaba. No sentía nada por ese chico, al menos nada sentimental, porque obviamente me atraía muchísimo. Justo cuando ya se acababa el cava lo decidí, no perdía nada, total, tenía la excusa del alcohol para justificarme si era necesario hacerlo. Pero justo en ese momento el teléfono sonó.

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Consumación Luciano Toledo - Dicen que llega el fin del mundo, por las dudas besémonos. -Si, ahí viene ( Se están besando ) - El final esta a cien metros / a cincuenta / a veinte / ahora a diez / a cinco Llegó el fin del mundo Y los encontró besándose.

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Sopa de perro Jonathan Francisco Vega Redondo Hoy celebramos con mucho respeto, un minuto de silencio a la memoria de nuestro queridisímo “Bobby”, que una noche del invierno pasado (que fué muy crudo), meneando la cola muy alegremente (casi feliz podría decirse), nos salvó del cruel frío una noche del invierno pasado, que fué muy crudo sí, pero no teníamos suficiente leña para cocinarlo...

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La otra parábola Jonathan Francisco Vega Redondo Reuniéronse las ovejas: -¡hay que dejar al pastor!, -¡ojalá se lo trague el lobo!, -¡ojalá que se encuentre al pastor! Y así cada cual deseaba: -¡ojalá que no vuelva el pastor!, -¿qué se ha creído este? -¿cómo nos abandonó?, a nosotras que somos tantas ¡por una sola que se perdió!..

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Laranxas Carlos Sendra Baquedano El día en que murió, dejó la bicicleta en la fuente del abrevadero -ahora me pregunto si alguna vez antes la había dejado allí- y salió de casa risueño, con las tijeras de podar. Después descendió las escaleras que conducen al huerto de as laranxas, en el que en realidad apenas hay laranxas. Conversamos algo, pero tampoco se lo dije. Vivía al otro lado de la carretera, el abuelo Gabi, en realidad éramos vecinos, no parientes. Todas las mañanas pedaleaba en su bicicleta cinco kilómetros para beber café negro y leer el periódico. Su familia había decidido de pronto un día que era muy mayor para conducir el automóvil, él se enfadó entonces, hasta el punto de aseverar que regresaría a Coimbra (hacía setenta y dos años que había abandonado Coimbra con sus padres y tenía casi ochenta). Hizo las maletas, volvió a deshacerlas, sacó la bicicleta del fondo del cobertizo y la arregló. Yo lo veía pasar pero nunca le llamé abuelo, imaginaba que también pedalearía risueño al día siguiente. Quiero pensar que se lo dije, al hablar de las laranxas, el día en que abandonó en la fuente su bicicleta.

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«Prisas» Víctor Alberto Fernández Álvarez Ansioso por llegar cuanto antes a casa ignoró el cartel que, pegado sobre la puerta del ascensor, avisaba que se encontraba fuera de servicio. Cuando la cabina llegó a la planta baja y el indicador luminoso le invitó a pasar dentro, el hombre lo hizo mirando de reojo, y con desprecio, el rótulo evidentemente desacertado. Pero, ante un balanceo imprevisto, a la altura del segundo piso, comenzó a cuestionarse su decisión, a dudar si acaso la advertencia era cierta y a temer un posible fallo de la máquina. Cuando llegó a la décima planta el sudor perlaba su frente y alcanzar el rellano le produjo un placentero alivio, una satisfactoria sensación que suavizó su enojo cuando introdujo la llave en la cerradura y, tras varios intentos, fue incapaz de abrir la puerta de su hogar. Entonces pulsó con rabia el timbre y comprobó que, como la cerradura, también estaba averiado. Furioso, estrelló los nudillos en la puerta y observó, desconcertado, cómo no produjeron el más leve sonido. Y, ya abrumado por el terror, trató de alzar un desesperado grito de ayuda abriendo impotente su boca, muda e inútil como lo era todo en aquel rellano, evidentemente, fuera de servicio.

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El banquete Ricardo MartĂ­n Carballo Tirado en el desierto, un hombre sueĂąa con darse un gran banquete. A la distancia, parado sobre una enorme piedra, el buitre espera. Sir Damian Exeter.

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El centinela Ricardo Martín Carballo Un caballo vigilaba el horizonte, abstraído de un rumor que se hizo grande. ¡Jaque Mate! Sir Damian Exeter.

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El explorador Mauricio Álvarez Gómez En una tribu de negros africanos había un hombre de color.

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Mocedá Rubén Rey Menéndez Abellugose embaxo d´una castañal afuracada. Taba sabío que si lu atopaban d´ésta nun diben fallar. Tovía taba mui cerca del camín pero si se movía un res de xuru que lu pescaban. Púnxose a güeyar les botes militares que-y diera´l padrín namás venir de la “mili”. Los deos aprucíen yá per la punta y entretúvose faciendo xiglares con la “Didona”, como-y nomaba la so güelina. Asina foi quedándose hasta dormise dafechu. El rapaz nun sintió ná cuando un soldáu poco mayor qu´él pegó-y un tiro na frente: eses yeren les órdenes. Atopó-y una carta pa la moza y otra pa la má amás d´un cigarro que metió rápidu pal bolsu y un carné d´anarquista onde ponía la edá: dieciséis años. Al llevay el parte al so superior, ésti mándolu retirase mientres camentaba pa si qu´aquellos nun yeren bonos tiempos pa ser mozu.

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Pobreza Alexander Ríos Pachón los bolivianos llegaron hace poco. hacen ladrillos y los cobran más barato que todos. dicen que por cada carga ganan miles de dólares. pero desde acá sólo se ve una casa pequeña rodeada de polvo y mugre. mienten, mienten porque los veo restregarse los ojos, allá al fondo, cuando solos están detrás de todo. mienten porque ya deben estar ciegos. se pasan los ladrillos entre ellos, y los acomodan, tan sólo guiándose por el tacto. mienten, sólo les importan ir acomodando sus dólares uno encima del otro. la casa es de ladrillo la mesa es de ladrillo las sillas son de ladrillo las camas son de ladrillo la casa no tiene ventanas. el costo del vidrio era una exageración comparándolo con el del ladrillo.

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Oficio María Montes Moreno Ella tenía unos penetrantes ojos grises. La invité a cenar y aceptó. Magret de pato, vino tinto. Tras el ruido, sólo pudo intuir su calor, rojo, desparramado por la acera. Guardé el arma y me di la vuelta sin despedirme.

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Instintos Sara Patricia Rodríguez-Trelles Moreno Dos pequeños testículos amoratados y largos, eso fue lo primero que vi. “Es un niño” pensé “Tengo un hijo”. Lo vi salir con tanta indiferencia quizá por mi cuerpo dormido que no sentía dolor ni presión alguna, quizá por el cansancio acumulado en aquellas horas previas, quizá porque todos esos momentos de los que tanto se oye hablar al final nunca son como se espera, que me habría gustado sentir un instinto más animal en lugar de aquella corriente fría que me paralizaba y unas ganas irremediables de vomitar. “Tengo un hijo” pensé cuando me lo trajeron envuelto en su manta azul, dormido por el ímprobo esfuerzo de nacer. Miré sus mejillas ya rosadas, los dedos minúsculos cerrados en puños, la pelusa oscura que apenas le cubría la cabeza y la misma nariz que veía cada día al mirarme al espejo. Olí aquella piel recién estrenada y apreté el bulto caliente contra mi pecho. Entonces ya me dolía todo el cuerpo que despertaba del sueño dulce y engañoso de la anestesia, y mientras lo miraba mi pensamiento mutó, como tantas cosas habían cambiado en mi cuerpo en esos meses. “No te tengo” me dije “Tú me tienes a mí”.

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Literatura Comprimida 2008  

Selección de Microrrelatos presentados al Concurso Literatura Comprimida 2008. Convocado por el Servicio de Juventud de la Comarca de la Sid...

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