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Festival de la Sidra. Nava, 2010


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para j贸venes de 14 a 35 a帽os

Edita: Ayuntamiento de Nava D.L.: As/4504-2010


Índice Nun queriendo quedar mal de Abel Martínez González pág. 4 Harto de Pablo Bermúdez Diego pág. 7 (relato ganador) Irlanda del Sur de César García Macarrón pág. 13 Con un culín por medio de Sonia Fernández Álvarez pág. 18 Dulce trago de amargura de Elena Palacio Tuñón pág. 22 El primer culín de Elena Martínez Martínez pág. 27 Emoción sidrera de Rubén García Pérez pág. 30


Nun queriendo quedar mal Abel MartĂ­nez GonzĂĄlez de Oviedo 4


Los goterones de mugor percorríenme la frente y diben a cayer na la punta les narries, n’onde se formaben gordes gotes que blincaben lo mesmo que paracaidistes camín de suelu. Foi por eso que, cuando vi’l cartelu qu’identificaba’l negociu del local aquel, bendixe a tolo santos que yera pa recordar nesi momentu por dame l’arma más afayadiza pa lluchar escontra’l sol de xunetu. Abrí la puerta y entré tolo rápido que la deshidratación que taba’l puntu de baltame me dexó. Esfrutando del fresquín que tanta falta me facía, tiré pa escontra la barra deveciendo por remoyar el gargüelu, resecu como los campos de Castiella esos que dicía l’otru. -¡Ponme una! -Glayé-y al chigreru énte les miráes desconfiáes de los demás veceros que taben na barra. Y nun dexaba de ser normal que miraren asina, que les traces de turista que llevaba esi día: pantalón curtiu, camiseta de colorinos y gorra de visera, nun yeren la vistimenta más aquello pa metése no que yera, polo visto, un chigre de paisanos fechos y derechos, de pucha bien grande enriba la tiesta, que xugaben a les cartes y daben la parpayuela. Y foi por eso más que nada qu’abultome bien raru cuando’l camareru aportó a enfrente mio con un vasu namás, y non cola botella que yo esperaba. “¡Qué llaceria!”, pensé yo, “yá llegó equí tamién esa moda de servilo por culinos, en cuenta botelles como tola vida”. Eso sí, el culín yera más bien un culón, y ye que’l vasu llenáralu hasta arriba. “Bono home, sirvenlo por vasos y non por botelles, pero a lo menos los vasos son de paisanu”. Coyí’l vasu aquel y, nun queriendo quedar mal, garré bien d’aliendu y,

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axudáu pola sede que trayía dempués de dos hores caleyando peles cais a pleno sol, entamé a botar pal gargüelu’l llíquidu, dispuestu a nun dexar gota, asina m’afogase. Y nun andaba yo desencamináu, que faltóme l’aire a medio beber, y cuido que púnxime coloráu, pero con too fui quien a acabalu, como un paisanu. Dempués de la mio fazaña, posé d’un güelpe’l vasu enriba la barra y alendé de nuevu, garrando fuelgu otra vegada. Y bien contentu, que nun quería quedar mal delantre d’aquellos. ¿Turista? A lo meyor, pero tan bon sidreru como ellos. Foi entóncenes cuando me pescancié del silenciu que se ficiera nel chigre. Acolumbré pa los demás veceros. Tolos güeyos fixos en min. Y toos col so vasu de sidra a medio beber, suxetu na mano, como quien ta tomando un chatu vino. -Asturianu, ¿verdá? -Entrugóme’l camareru de la sargadoa.

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Harto

Pablo BermĂşdez Diego de Oviedo

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Octubre. Son las 08:30 de la mañana. La niebla y el roció van calando mis ropas y tengo frío. El abuelo dice que el frío es bueno para la sidra y con eso está todo dicho.La hierba mojada va quedando gravada en la piel de mis desnudas rodillas mientras voy recogiendo las manzanas. El cubo va pesando cada vez más siguiendo el ritmo con el que crecen las grietas de mis infantiles manos. Tengo unas ganas enormes de que se termine la cosecha de una maldita vez. Por lo menos la recogida de hoy. Ayer estuvimos diez horas seguidas. Sé, no obstante, que cuantas más manzanas recoja más cantidad de sidra habrá en la casa y que eso se reflejará en la cara de felicidad de mi padre; una felicidad doble: la meramente económica-pues incrementará las rentas familiares- y la estrictamente lúdica, de bebedor casero, aunque no siempre la felicidad del padre lo es del hijo puesto que, tendrá poca graduación alcohólica, pero la sidra enfila y, no hay nada más peligroso para un chaval que un padre con sed. De forma sana y saludable, no alcohólico anónimo pero bebedor conocido al f in y al cabo. El resto del año, casi cada día, a las dos, a comer, a las tres - tras una siesta de diez minutinos - el paisano cala la boina y llama a zafarrancho: - Guaje vamos pa la pumará - ¿Qué toca hacer hoy, Padre? - Algo saldrá majo. No digo que los paisanos no trabajen lo suyo también. Ellos son los que saben injertar y qué clase de manzana es la mejor, la que da más cantidad, la más acida, con cual hay que mezclarla según la orientación, etc. Son ellos los que podan los pumares y controlan sus parásitos. Son los que dan el

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último apretón al fusu y determinan cuando hay que cortar, trasegar o corchar. Pero sobre todo, ellos son los encargados de transmitir su saber a los nuevos lagareros de cada generación. Sí, seguro que al final todo eso merecerá la pena cuando metas la zapica en el duernu y atribuyas adjetivos a esa delicia que te hará irte por la pata abajo si te pasas en cantidad. Está buenísima sola, con boroña, con tortu con picadillo o lo que sea, pero ¿quién limpió la sebe de la pumará, pañó les manzanes y les lavó? ¿quién cepilló el mayu , les barriques y el llagar y barrió el horru? ¿quién chiscó la ropa y agrietó les manes? y ¿quién va a lavar les botelles, llenales, corchales y moveles? pero sobre todo, ¿quién las verá irse a casa de algún amigo o pariente de la familia que ni siquiera la sabe saborear? Yo. ¡Qué equivocado está quien piense que la sidra solo se hace para beberla la gente de casa!. Es una moneda de cambio tan válida como cualquier otra y, además ¿Qué mérito tendría si no la utilizáramos también para demostrar lo buenos artesanos que somos y lo mucho que sabemos sobre ella? Es sencillamente nuestro arte.

El abuelo tenía cuatro grandes temas de conversación. No es que fueran los temas sobre lo que más versaba, no; eran los únicos: la guerra, el tiempo, los animales y la sidra. Bueno no siempre, porque cuanta más sidra bebía menos la mencionaba y sus monólogos se concentraban en sus otras tres fuentes de inspiración. Y si seguía bebiendo ya cazaba vacas en el frente de Burgos en día de lluvia para la compañía que capitaneaba. Tengo que reconocer que sólo por la camaradería que se creaba bajo el hórreo en época de cosecha, al ritmo de los mayos, ya recompensaba con creces las penurias de entonces. Hoy, sin embargo, con el paso de los años, cuando ya me gusta más beberla que fabricarla, y en vísperas ya de que ni eso pueda hacer sin el consabido sermón galeno, el mundo de la sidra me produce un revoltijo

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de tripa mucho más fuerte que cualquier efecto que en sí misma me pueda causar una buena borrachera de sidra calentorra. ¡Estoy harto! Que todo el mundo conozca en mayor o menor medida los pasos más elementales de su elaboración, de tanto escucharlo o de ver documentales de La 2, no significa que tengan ni la más remota idea de los penosos trabajos que han soportado a menudo los más débiles del clan para conseguir cualquier caldo, tenga la calidad que tenga. Cuando un urbanita se acerque a Gascona y pida unas fabes con sidrina con tal convencimiento y orgullo que tal parece doctor en la materia, es como si cualquier comensal que esté degustando una ración de rabo de toro se creyera torero del mejor cartel. Manolete sólo hay uno y tampoco es que triunfara precisamente. Para llegar a tener gran conocimiento del tema no es suficiente haberse matriculado cum laude alguna noche de cogorza ni haber vomitado antes de apearse del sidrotren de Nava el día del Festival. Cualquier mortal nace dos veces: una para vivir su vida con sidra y otra para vivir sin sidra. Para un sidrero la una sin la otra no es vida. Los profanos utilizan sidra en cada vocablo publicitario de su localidad con un falso respeto por el que se detecta sin más su falta de conocimiento. Así es fácil encontrar establecimientos y marcas con nombre propio y Sidra o de la Sidra como primer apellido. La sidra no es para nombrarla es para saborearla. No está hecha para la lengua sino para el paladar. Por muy de provincias que sea, un bebedor de ciudad no se puede imaginar las tardes al sol, las mañanas entre la rosá o las discusiones habidas entre el abuelo, su hijo o su nieto, sobre la conveniencia de hacer esto o lo otro, que va incluido en la botella que está degustando. A veces incluso ni mira el corchu para saber su procedencia, sólo sabe si le gusta o no (casi siempre sí) aunque no sea capaz de explicar el porqué.

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Está claro que sobre esto hay mucha tinta vertida pero no existe una verdad única porque la única verdad es que se tardan muchos años en aprender a fabricar una bebida garantizada, esto es que, con una pequeña variación de sabor, color, aroma, etc. la calidad sea siempre similar y característica de su lagarero. ¡Cómo para que venga uno de esos listos a decirnos que si pasar la piel del tocín por el bocal de la botella, que si enfríala de golpe, que si ponla al vapor de la cafetera, que si esto que si lo otro! Eso sin contar con los conocimientos médicos del supuesto catedrático: que si sube el ácido úrico, que si es diurética, que si beber de un solo vaso es antihigiénico… Y que me dicen del escanciador. Esos camareros de restaurante venidos de quien sabe donde que pasados tres culetes se permiten el lujo de enjuiciar el tino del mejor echador. Estiran un brazo a coger el cielo y el otro a coger el suelo, con el vaso en la entrepierna y la mirada al tendido y se regocijan por atinar a poner el líquido dentro del recipiente sin tener en cuenta si rompe en el borde, si afila o tien estrella, si ta fría o tien madre. Yo prefiero que me lo de una máquina moderna. ¿Cómo nos vamos a fiar de alguien que cuando te ve beber a morro dice: “a mí solo me gusta escanciada por Manolo porque la máquina estropéala”. Bueno y de la cocina ya ni hablamos; leemos la carta de algunos restauradores y detectamos ya algo que nos chirría: dieciséis renglones de menú compuesto de carne a la plancha, con seis clases de pasta, revuelto de once mariscos, con aroma de pescado de roca, total para que lo rematen con el regado de una sola gota de sidra al oro de 18 quilates. Eso y un bocata de jamón una comida son. La sidra sólo es una bebida natural capaz de acompañar a cualquier cosa pero que no admite extraños acompañamientos. Y los festejos. Madre mía que desmadre; en su nombre – como en el de Dios - todo está permitido. Cueste lo que cueste y por encima de lo que sea; no en vano es la panacea que nos quita el hambre y la sed del

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mundo. Sobre todo a los probadores oficiales de cada certamen. El vandalismo, las altas concentraciones etílicas de menores, la suciedad generada o el mal olor de las calles, ya no son una consecuencia de rendirle culto sino más bien, el fin de la organización de fiestas y romerías regadas con orbayu y sidra. Por todo ello estoy harto, harto de tanto sommelier e industrial frustrado, harto de que esa bebida utilizada como símbolo y bandera de nuestra tierra no sea lo suficientemente buena como para ser objeto de serios estudios de preparación profesional y, estoy harto de todo, excepto, de sidra. De beber sidra nunca estoy harto, por la sencilla razón de que forma parte de mí y sin ese componente combustible no sería capaz de funcionar. Y entonces cuando considero que mi frustración no es justificada porque la sidra no es de mi patrimonio individual, recuerdo que al preguntar en que radicaba la grandeza de la sidra, mi abuelo contestaba: - Fiyu, lo bueno en esto ye que ye una cosa distinta pa cada uno y lo mismo pa tós. En fin, déxolo que ya ta bien. Uno toma un culete y sin darse cuenta empieza a enredar y enredar y no sabe parar y, además, tengo que dir a mexar.

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Relato ganador

Irlanda del Sur

César García Macarrón de Olias del Rey (Toledo)

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Fergus descendió del avión con lentitud. Nunca había entendido a la gente que se incorporaba de sus asientos nada más tomar tierra. Salir antes del avión solamente garantizaba más tiempo de espera a la hora de recoger las maletas. Arrastró sus pies a través de los estrechos pasillos del aeropuerto de Santander y se situó frente a la cinta transportadora donde debía retirar su único equipaje, Frank, un cachorro negro mezcla de mil razas, que había recogido unos años atrás de una muerte segura en la carretera que llevaba al puerto. Estuvo valorando durante las dos semanas previas al viaje la conveniencia de llevarlo consigo. Había decidido dar un cambio total en su vida, dejar atrás la ciudad de su infancia hacia un lugar donde nadie le conociera, donde pudiera empezar a labrarse un nuevo futuro lejos de los fantasmas que le atormentaban desde que era un niño, y no entraba en sus planes acarrear con ningún recuerdo del pasado, pero Frank no tenía culpa de nada. Al fin y al cabo no era más que un despojo como él, con la suerte o la desgracia de tener dos patas más y ver la vida desde unos centímetros más abajo. No era justo que su perro no tuviera también una segunda oportunidad. Tras reunirse con Frank, se encaminaron a una de las múltiples oficinas de alquiler de coches con las que contaba el aeropuerto y retiraron uno de los modelos más pequeños y económicos. Frank accedió alegre a la parte posterior del vehículo mientras Fergus trataba de adaptarse a la nueva disposición de los mandos y de la palanca de cambios. Observó con atención el mapa de carreteras que le habían facilitado junto con el coche y encendió el motor. No era la primera vez que Fergus salía de Irlanda, pero sí era la primera

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vez en que lo hacía pensando en no regresar. La larga enfermedad que había terminado con la vida de su madre, y la repentina muerte de su padre, le habían privado de los únicos vínculos familiares que aún conservaba. Seguía pensando que no había absolutamente nada en el mundo que no pudiera encontrar en su isla, pero los recuerdos estaban tan arraigados a esa tierra que le era completamente imposible evolucionar sin hacerse daño. Sintió que perder a quienes más quería le obligaba a su vez a abandonar lo que más quería. Inició la marcha y salió decididamente del aeropuerto. Tomó la primera incorporación a la carretera nacional que se encontró y continuó circulando en paralelo a la línea que marcaba la costa. Condujo durante algo más de dos horas sin perder la referencia del mar. Pensó que su vida, como la de cualquier otro isleño, siempre había estado ligada al agua y decidió no perder esta referencia que le hacía sentir seguro, por lo que no tomó ninguna de las salidas de la autopista hasta que comenzó a anochecer y tuvo la necesidad de buscar alojamiento. Fergus estaba convencido de que había acertado de pleno. Desconocía el nombre de la población en la que se encontraba, pero le gustó que el hotel en el que se instaló se tratara de un lugar tranquilo y con vistas al mar sobre el acantilado. Además, el hecho de que contará con un bar en la terraza de la puerta principal, le ofrecía un lugar idóneo desde el que poder observar los pequeños barcos de pescadores que a esa hora abandonaban el puerto para comenzar su jornada de trabajo. Decidió desterrar de su mente cualquier interés en descubrir la localidad, y decidió ver el discurrir del tiempo durante las escasas horas que restaban de día. Frank apoyó la decisión moviendo enérgicamente el rabo y restregando su cuerpo contra las piernas de Fergus. Mientras el camarero tomaba nota de los pedidos de las mesas cercanas, Fergus fue consciente del gran problema que se le presentaba. No era realmente importante no ser capaz de saludar en un idioma, pero sí lo era

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el hecho de desconocer la palabra “cerveza”, por lo que cuando le llegó la hora de pedir la bebida, no pudo más que sonreír y señalar con el dedo una de las múltiples botellas de vidrio verde que consumían los clientes de las mesas vecinas. No podía imaginar el contenido de aquellas botellas, pero algo le hacía indicar que le gustaría. El olor que impregnaba el ambiente, ácido y dulce a la vez, había captado su atención desde el mismo momento en que bajo del coche, pero sin duda había sido la extraña forma en la que el camarero iba rellenando los vasos lo que más le había intrigado. Aquello no era cerveza, estaba claro, no podía asegurar a ciencia cierta de qué se trataba, pero el ritual que llevaba implícito aquella extraña bebida era tan sumamente atractivo que denotaba un simbolismo y una cultura especial. Sumido en estos pensamientos apareció de nuevo el camarero. Separó ligeramente las piernas y tomó la botella con su mano derecha. Alzó el brazo, enhiesto hacia el infinito, e inclinó ligeramente el cuello de la botella dejándola brotar como un manantial de caudal uniforme, directamente sobre el borde del vaso, sujetado sutilmente entre los dedos índice, pulgar y corazón. Una vez el camarero hubo finalizado lo que a Fergus se le antojó como un extraño ritual, le ofreció amablemente el vaso ancho mientras depositaba la botella encima de la mesa. El irlandés centro toda su atención en el color amarillento y pajizo del contenido, ligeramente más claro que el de la cerveza, aunque bastante más luminoso. Lo acercó suavemente a su boca y, al igual que había visto hacer al resto de los clientes del local, ingirió todo el contenido de un único trago. El camarero sonrió mientras Fergus degustaba la bebida como aquel que observa a un niño pequeño dar sus primeros pasos. Frank, desde el suelo, lamió los escasos restos que su dueño arrojó deliberadamente al suelo tras beber, otra vez por imitación de los demás clientes.

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Fergus levantó la vista, sonriente, y miró sorprendido al camarero mientras preguntó tratando de aclarar al máximo su terrible acento dublinés: - “¿Cider?” - “Yes, Sidra. Esto es la Comarca de la Sidra” – respondió el camarero, hablando muy alto y despacio, mientras regresaba al interior del local. Fergus miró fijamente al horizonte en el mismo instante en que comenzaba a llover. Pensó que más allá de esa línea infinita marcada por el cielo y el mar se encontraba la costa del sur de su isla, donde familias enteras de irlandeses disfrutaban de sus vacaciones paseando por aquellas largas playas de arena blanca. Recordó el último verano que había pasado allí con sus padres, bebiendo grandes cantidades de sidra de Tipperary mezclada con hielo. Ahora se encontraba a cientos de kilómetros de distancia, mirando al mismo punto en el mismo mar desde un lugar diametralmente opuesto. Sintió caer la misma lluvia que le había acompañado durante toda su vida, suave pero continua, esa que es capaz de calarte los huesos, con dulzura, sin apenas darte cuenta. Miró a su alrededor y observó el efecto de esa lluvia sobre los prados y campos que descansaban por encima del acantilado. El agua que regaba esas tierras había dado como fruto un sinfín de tonalidades de verdes diferentes que descendían desde las montañas cercanas directamente hasta la costa. Acarició suavemente el lomo de Frank, que ocultándose de la lluvia en la parte inferior de la silla anhelaba otra ración de aquel manjar hasta ahora desconocido, cuando apareció nuevamente el camarero levantando la botella de sidra para servir una nueva ración. Fergus observó como algunas gotas de sidra se mezclaron con las de la lluvia. Miró fijamente a Frank, tumbado a sus pies, y tuvo la extraña y ajena sensación de sentirse como en casa a cientos de kilómetros al sur de Irlanda.

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Con un Culín por medio Sonia Fernández Álvarez de Abres, Vegadeo 18


Manuel y Manel eran padre e hijo, aunque para la mayoría de sus conocidos eran mucho más. Manuel era un hombre adusto, acostumbrado al trabajo duro y a los descansos contados. No le gustaban los “chigres”, ni las partidas, ni las “pola-vilas”. Dedicaba su vida a las labores del campo, al cuidado de sus animales, a la atención a su familia y a su gran pasión, la Sidra. Estaba convencido de que no había bebida igual en todo el mundo. Para él cualquier decisión importante debía tomarse frente a un buen “culín”. Un “culín” también para afrontar los disgustos, o para solucionar un problema, festejar una alegría o agradecer una buena acción. La Sidra siempre iba bien. Por eso, cuando Manel fue creciendo, Manuel se implicó a fondo en transmitir a su hijo el procedimiento de elaboración de su preciado brebaje. Le enseñó a elegir con esmero las semillas, a plantarlas, a velar el crecimiento del árbol, a podarlo, a recoger su fruto, a seleccionar las mejores manzanas, a prensarlas… Cada paso era importante y debía hacerse con mimo, cuidado y cariño. Sólo así el producto final alcanzaría la calidad deseada. La Sidra elaborada por Manuel era conocida en toda la contornada y la de su hijo no podría ser menos: “Cuida de ella como tu madre y yo hemos cuidado de ti”, solía decirle. Los años fueron pasando y padre e hijo estaban cada día más unidos. Siempre juntos, siempre apoyándose, queriéndose y respetándose. Hasta que un buen día Manel decidió marcharse. Había llegado el día de “prender vuelo” solo. Estaba muy agradecido al campo y al ganado. Gracias a ello, sus padres le habían dado la mejor educación y había alcanzado parte de su sueño: ser ingeniero agrícola. Pero quería más, quería cumplirlo al completo. Así que,

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con gran pesar por abandonar a su familia, su casa y sus raíces, una mañana de primavera tomó rumbo al extranjero donde aceptaba gustoso la gerencia de un programa experimental. Manuel no se alegró por su hijo, ni siquiera se despidió de él; y mientras Manel se alejaba envuelto en llanto, su padre permanecía sentado frente a su estimado “culín”. Pasaba el tiempo y la indiferencia de éste permanecía impasible, sin ceder a la reiterada insistencia del hijo por mantener contacto. Se cansó de escribirle cartas, de enviarle fotos, postales… También le llamaba por teléfono a diario, pero él nunca respondía. Ni siquiera preguntaba a su esposa por la suerte que había corrido. Su silencio era total. Incluso cuando enviudó y un abatido Manel volvió al hogar para despedir a su madre permitió un acercamiento. Lo halló donde siempre, sentado al pie del “escano” con su inseparable Sidra enfriando el vaso. Ningún familiar, vecino o conocido más había osado acercarse. Manuel se había endurecido tanto desde la partida de su hijo que ya no mantenía relación con terceras personas; llegando a afirmar de él que era como un muerto en vida. Nuevamente, Manel partió destrozado. Había perdido a su madre, pero sentía que su padre también se había ido mucho tiempo atrás. Quizás otro hijo habría tirado la toalla y se habría olvidado de que tenía progenitor, pero Manel no podía hacerlo. Durante días y noches veló en torno a un “culín”, -como le había enseñado su padre-, meditando y buscando la manera de recobrar su cariño, su apoyo y sus enseñanzas. No cesó en su empeño hasta que una fresca mañana otoñal, mientras en su paladar aún saboreaba el último “culín” ingerido y miraba embelesado las sonrojadas manzanas que reposaban impacientes en sus ramas esperando su selección para reconvertirse en preciada Sidra, tomó la determinación… “¿Cómo he podido ser tan tonto?” -pensó- “¡Cuántos años perdidos por no...!” Estaba excitado, nervioso, acelerado…

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Aquellos días estaban siendo muy duros. El verano había apretado mucho y la manzana estuvo lista antes de lo esperado, precipitando todo el proceso. Estaba cansado. La edad y el esfuerzo físico tan fuerte ya le pasaban factura. Menos mal que su Sidra siempre le reconfortaba. Últimamente hasta le acompañaba en sueños. Ella siempre fiel, siempre a su lado, siempre “perfecta” para él. Descansaba, como todos los atardeceres de la época, sentado en el “escano” de la cocina, mirando complacido el huerto de manzanos desnudos esperando el frío invierno. Su “culín” en una mano y la botella vacía en la otra; cuando escuchó unos golpes en el patio. Hacía mucho tiempo que no recibía más visitas de las habituales: cartero, panadero y pescadero; por eso se extrañó al saberse visitado a aquellas horas, incluso estuvo tentado a no contestar, pero algo en su interior le obligó a levantarse y dar respuesta. No pudo decir palabra. Nada más abrir, su primera imagen fue una helada botella de Sidra y un vaso impoluto sostenido por su hijo. Manuel y Manel sabían mejor que nadie qué significaba aquello. El padre sintió cómo sus piernas flaqueaban, mientras el hijo buscaba su mirada suplicante. En silencio, ambos entraron directos al “escano” y ocuparon el mismo lugar que habían ocupado durante años. Manuel tomó la botella, escanció un “culín” y se lo ofreció a su hijo. Manel lo tomó, lo saboreó satisfecho, derramó con ímpetu las gotas de rigor y pasó el vaso a su padre, que repitió el ritual, pero esta vez para él. No hubo explicaciones, ni recriminaciones, ni llantos, ni perdones… Esa noche Manel recuperó el descanso y Manuel soñó eternamente lo que había vivido minutos antes. MORALEJA: un “culín” es la disculpa perfecta para compartir, conversar, perdonar y relacionarse.

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Dulce trago de amargura Elena Palacio Tu帽贸n de Nava 22


La tarde se le antojaba oscura y triste, pese a los últimos rayos de sol, que aún se dejaban ver, en otro atardecer radiante, sobre un pequeño municipio asturiano. Olaya caminaba, como cada final de jornada, hacia su casa, por la pequeña villa en la que vivía. Mas ese día no logró percibir el murmullo del río al cruzar uno de sus dos puentes; tampoco el olor de los geranios que la buena de Fina cuidaba con esmero; no oía el motor de los coches ni las charlas de los que aprovechaban el poco tiempo que restaba a las terrazas de verano. Ella sólo podía escuchar sus pasos, uno y otro, uno y otro. Y su respiración, agitada, con la que pretendía expulsar de su cuerpo toda la rabia acumulada durante las dos últimas horas. Reunión, y urgente, había dicho su jefa. ¿El motivo? El peor de cuantos imaginaban, y el que con mente clara percibían desde hacía tiempo. Las temidas palabras sonaron: “reducción de plantilla”, decía esa boca; disculpas y sonidos que dejaron de tener sentido cuando en el tablón apareció un listado con los que debían “cesar en sus funciones de modo indefinido”. La temida crisis económica, con la que cada día cenaban, había golpeado, y muy duramente, la pequeña empresa para la que trabajaba. No era una de las trabajadoras más antiguas ni tampoco la “favorita” de todos. Olaya se contentaba con esforzarse en sus funciones y lograr acabar la semana con una sonrisa por el trabajo bien hecho. Y lo conseguía, vaya si lo hacía. Pero ello no le sirvió de amuleto ni de tabla de salvación. Con una sola línea escrita en un papel, se truncaban todas sus esperanzas a corto y medio plazo: demasiado mayor para volver a estudiar, pensaba; demasiado poco capital para poner la primera piedra de su soñado negocio; demasiada inseguridad para crear una familia… Todo el pesimismo acumulado aislaba su mente del exterior. Tanto, que cuando chocó con su vecino, Miguel, éste tuvo que sujetarla y

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zarandear su brazo, asustado de la expresión que adornaba su cara. Era Miguel, un hombre ya entrado en años, con barba cana y siempre dispuesto a la risa. Había dejado la mina antes de la oleada de prejubilaciones para irse a un llagar y conocer de cerca y profesionalmente el mundo de la sidra y la manzana. Decía que era el mejor trabajo del mundo, donde podía tomar la mejor sidra del año antes de ir a cenar. Cada vez que podía, presumía de haber catado miles de palos de casi todas las sidrerías de la región y de que su paladar se afinaba con los años. - ¡Nena!-dijo, como siempre la llamaba- ¿Te encuentras bien? Tienes mala cara… - Sí, hola…Miguel…sí todo bien, tranquilo…- respondió ella, tratando de sobreponerse del susto y de maldecir en silencio por ser tan transparente. - ¡Ah, bueno! siendo así… - contestó, sin llegar a creérselo- no puedes negarte a tomar una botella de sidra conmigo. ¡Venga! - No, no, lo siento, Miguel, no tengo ganas, gracias… - Entonces es que algo no va bien del todo, para rechazar mi propuesta… así que insisto, vamos, entremos aquí mismo -instó mientras la cogía del brazo, atajando cualquier intento de huída. Buscó con la vista una mesa cerca de la ventana, y con un gesto, indicó al camarero que escanciara un par de culetes. Es lo que menos necesito -pensó ella- Sólo quiero irme a casa y meterme en la cama, intentar no pensar…quizá con chocolate a mano, lo justo para mejorar el ánimo…una ducha caliente…. pero, ¿este hombre de qué está hablando? Está bien, céntrate, algo de manzanas…sí, debe estar hablando del llagar ¡Otra vez! Miguel, buen entendedor, confirmó sus sospechas cuando de repente, los ojos castaños de Olaya se empañaron de lágrimas, al mencionar él su

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cambio de trabajo. Secándolas rápidamente, y avergonzada por haber demostrado, a su parecer, debilidad, acabó por confesar su dolor ante esta situación desconocida hasta ahora. No le quedó más remedio que confesar lo que atenazaba su alma dejándola sin voz… Tras escuchar lo acontecido hacía pocas horas, Miguel comenzó a desgranar todas las ideas positivas que le venían a la mente: Que acudiera a un abogado para consultar la indemnización, que lo viera como una oportunidad para poder montar su propio negocio, que aprovechara para viajar y disfrutar un poco de la vida con la prestación de desempleo… Mas Olaya callaba, oía sin escuchar. - Toma otro culete, cuando estás triste, no hay mejor medicina -le instaba el hombre, poniéndoselo delante. - ¡Siempre buscas la solución en la sidra, Miguel! ¡Y ahora mismo no está sirviendo de nada! ¿No lo ves? No puedo hacer ninguna de esas cosas; me gustaba mi trabajo, ahora tendré que empezar de cero de nuevo… - Cuando yo tenía tu edad dejé la mina para… - Ya lo sé -le interrumpió ella, explotando- para dedicarte a la manzana y la sidra, y vivir tu sueño. Ya lo sé, siempre me lo cuentas, pero por mucho que te guste recordarlo, no encuentro lo positivo ni la ventaja de estar sentada aquí bebiendo. Con eso no soluciono nada, es más lo empeoro…en el alcohol no está la solución de mi problema, lo sé. No estoy festejando nada, ni hay celebración alguna para brindar… - Olaya, no se trata de eso, es lo que pretendía explicarte. Mucha gente ve en la sidra una bebida más con la que calmar la sed o pasar un buen rato, como el que bebe vino, o jerez. O esas cosas que bebéis los jóvenes ahora. Pero ¿sabes cuál es la diferencia de todas las bebidas respecto de la sidra? Cuando quedas con alguien para tomar sidra es para vincularte con esa persona. Hoy contigo, el estar aquí sentados, compartiendo la botella, y el vaso estamos unidos en un punto al que no se llega tomando cervezas; con la confianza de estos gestos, cada uno se abre a los otros, compartiendo

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no sólo alegrías, sino también los reveses que trae la vida como es tu caso hoy. Y eso es bueno, aunque no te lo parezca, te estoy arropando valiéndome de un instrumento sin par… Mientras Miguel continuaba ensalzando las virtudes de la reunión social nacida del consumo de sidra, elogiando la amigabilidad que nacía de algo tan asturiano, Olaya se transportó años atrás, cuando falleció un tío de su padre. A instancias de éste, al salir del funeral, se empeñó en ir a tomar unas botellas de sidra con la familia, lo que ella no había entendido. ¿Cómo podía- pensaba- apetecerle ir a tomar algo recién enterrado un ser querido? Hasta ese momento, en el que veía a Miguel enfrente, contando otra de sus aventuras, Olaya no había entendido el porqué de tal comportamiento. Ahora sí: su padre solamente buscaba el apoyo de sus cercanos, usando un poderoso instrumento de unión para todos; y de paso, agradecer el mismo, obsequiándolos con el oro líquido de la tierra. Y sólo entonces comprendió, desde el prisma averdosado que sobre la mesa les observaba, que había esperanza tras la desesperación, y que la vida, como la sidra, a veces te da un fruto amargo difícil de sobrellevar… pero seguro que en la próxima campaña te acabará premiando, como decía Miguel, con “el sublime manjar de los dioses cedido a los mortales, para alivio de nuestra pena y fusión de nuestras dichas, como testigo mudo, amigo confidente y leal amante”. En el fondo, Miguel, era un poeta. Olaya no dijo nada más. Solamente, con una seña al camarero, pidió otra botella para compartir con quien tanto apoyo le estaba prestando, el inicio de una nueva etapa.

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El primer culín

Elena Martínez Martínez de Cangas del Narcea 27


- ¡Y menuda la tuvimos con don Justo, el cura! - recordaba Gildo al tiempo que deslizaba el dedo corazón por debajo del vaso- ¡Menuda! Y aunque todos los nietos, doce en total que no son pocos, sabíamos la historia, callábamos para escucharla mientras esperábamos pacientes el besín fresco de la sidra que el abuelo acababa de escanciar. - Si el paisano no era mal hombre -se achicaba- pero... digo yo que, ya puestos, ¿qué más le daba al cabezón llamar a la nena Blanca que llamarla Blanquina? ¡Pues Blanquina le quedó! ¡Para que rabie el muy babayu!...que en paz descanse. Blanquina, Ernestina, Clara y Xuanina. Porque Gildo sólo tuvo hijas, primero a su pesar y con el tiempo para su gran contento. - Porque las hijas son del padre -le recordaba la parienta- ya serás viejo, ya, y te prestarán los arrumacos. Y la mujer debía de ser algo bruja, como todas según Gildo, porque ahora que las canas le habían poblado la cocorota, sin permiso ninguno eso sí, agradecía la caricia dulce de las hijas mucho más que la palmada ruda de cualquier chaval. Tenía nietos varones, eso sí, pero las sus neñas eran las sus neñas. Clara era la mayor y la más fuerte. - Con diez añinos pañaba ella sola más manzanas que dos guajes - reía mientras Clara se volvía colorada por momentos. Aunque para colorada Xuanina, que ni cruzándose a la güeste en el pasillo vería palidecer el rojo de los mofletes. Blanquina era la más seria. Y Ernestina, la pequeña y la más dulce de las cuatro. - ¡Quién me lo iba a decir a mí! -pronunciaba entre enormes aspavientos¡Cuatro y las cuatro muyeres! ¡Ay del mi lagar! No había otro mejor en el pueblo.

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- Y eso que el de Angelón... Nunca se oiría al abuelo Gildo, naveto hasta la médula misma, hablar mal de ningún lagarero. Y a ningún lagarero hablar mal de Gildo, aunque jamás confesase su ingrediente misterioso. - ¡Qué ingrediente ni qué ingrediente! - decía- ¡Qué va a llevar más que manzane! Y manzanas llevaba, claro, las mejorcitas del pomar. Ni una de las del suelo, del "sapo” que las llaman. Ni una. Pero no era aquello lo que hacía de su sidra la mejor del pueblo, no. Me sentí el nieto más afortunado del mundo cuando Gildo me contó lo que todos creían un inconfesable secreto. - "Secreto" lo llaman, ¿oíste? "Secreto". - ¿No es un secreto? - pregunté en un murmullo. - Qué sé yo... Si quieren llamarlo así, que lo llamen. Mira, manzana es como la mujer: hay que saber con cuál tratar y cómo tratarla, claro, no te pienses que puede ser así, de cualquier manera. Hay que cogerla en su punto, ni muy pronto ni muy tarde, y con cariño, para que no se diga que la arrancas, que suena a torpón y a bruto. Pues eso, la tomas, la miras, la hueles... y sabes que esa, esa es la buena. Pero hay que hacerlo con cariño, ¿eh? no se te olvide. Y la sidrina...pues igual. - ¿Igual? - Sí, igual. Con todo el cariño. Como el que templa el cristal o el otro que pinta porcelana. La sidra nace del corazón de la manzana y la manzana, ya te lo dije, es mujer. Y si tú le sabes dar ese cariño, ella te da del corazón lo más bueno, lo mejor que en él haya. Allí sentado. en aquel trono que era para mí la rodilla del abuelo Gildo, y bebiendo mi primer culín, porque sino la lección no hubiera sido completa, fui el más rico y el más feliz de todos los hombres del mundo. El segundo beso llegaría algún año después...

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Emoción sidrera

Rubén García Pérez de Gradátila, Nava 30


Aquel domingo de mediados de abril, amaneció despejado y con una temperatura que no se recordaba desde hacía unos cuantos meses, desde que el invierno había hecho su aparición, haciendo que hasta las personas entrasen en un figurado estado de hibernación. ¿Sería un espejismo? ¿Se nublaría el cielo y bajaría la temperatura para recordarnos que la primavera todavía no había llegado? Juan creía que no, y así lo demostraría esa tarde. Esta tarde sería para él la esperada inauguración de la temporada de terrazas y de sidra. Aunque la sidra se puede disfrutar en cualquier época del año, el sentimiento que despierta el dorado caldo con la llegada de la primavera, sólo es comparable a la emoción que se siente al reencontrarnos con algún familiar o amigo que vive lejos de nosotros y vemos pocas veces. Aquella mañana, Juan tuvo el presentimiento de que sería un gran día. Se vistió, desayunó, y salió a la calle para sentir la luz del sol calentando su piel y llenándolo de energía. Enseguida empezaría a hacer las oportunas llamadas a sus amigos. La maquinaría se había puesto en marcha, y la nueva sidra esperaba en sus flamantes cajas y verdes botellas. Pasó la mañana, la hora de la comida, y Juan, a cada momento que pasaba, se ponía más eufórico al pensar en el momento de ver la sidra espalmar en el vaso y llevárselo a la boca. Las cinco de la tarde fue el esperado momento. Una terraza en una sidrería de Nava, un grupo de amigos, un par de paquetes de pipas, y la tan esperada sidra. Los primeros culetes consiguieron el placer general del grupo, y de Juan en particular. En el momento en el que la sidra se deslizaba por su garganta, en su mente se produjo una explosión de sensaciones que le hacían olvidar

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lo duro del invierno, o simplemente, los problemas del día a día. La espera había merecido la pena. Esta historia, referida a una persona concreta, llamada Juan, bien podría aplicarse a la gran mayoría de los navetos, y asturianos en general, aquellos a los que la sidra, bien sea en compañía de amigos, familiares, o porque no, solos, consigue arrancar una sonrisa y una sensación de bienestar que pocas cosas en esta vida pueden conseguir. Porque pocas cosas como nuestro preciado líquido, puede unir a la gente, consiguiendo que por unas horas todos olvidemos nuestros problemas y diferencias.

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Concurso de Relatos Cortos Festival de la Sidra, 2010  

Selección de relatos participantes en el 2 Concurso de Relatos Cortos Festival de la Sidra, Nava, dirigido a jóvenes con edades comprendidas...

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