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MANIFIESTO AZUL

fanzine de literatura e inquietudes varias otoño 2013

número 14

. . . dejando mis cadenas, rastro en tus ondas mas que en tus arenas.

Depósito legal: MU-3094-2008


Editorial

Lo ves así: pétreo, serio, reflexivo. Góngora te mira con rotundidad: conoce la técnica y la métrica del verso cien millones de estrofas mejor que tú. Pero aquí estás: Pecho henchido, sonrisa doblada, desafiante, orgulloso de cada punto y aparte. Dispuesto a plantarle cara con un puñado de versos, un ramillete de líneas o los trazos de unas ilustraciones. No será un combate en el barro. Hoy toca combatir entre folios azules. Darás batalla, y lo harás desde aquí. Aunque el resultado de la contienda queda muy lejos de tus manos. Estará en las pupilas de otros: tus lectores. Pero por suerte Manifiesto Azul es siempre juez y parte. Ya seas escritor o lector tu opinión cuenta. De hecho, es tan importante que nos permitimos sugerirte que si decides tuitear lo hagas con la etiqueta #ManifiestoAzul14. Puedes también mencionarnos (@ciletrados) y nuestros gestores cibernéticos al otro lado de la caverna se encargarán del resto. Pero vayamos a la sustancia. A lo que nos ocupa. A lo que les preocupa a quienes nos prestan sus letras. Verás que empezamos con un viejo conocido, al que volvemos a acoger en grupo, que no solos ni entre insectos. Y es que ya se sabe, la inspiración brota cuanto más hundidos tienes los pies en la tierra. Solo entonces estás preparado para sufrir una avalancha de versos, y preso del insomnio por escribirlo todo te dejas arrastrar hasta el alba y su crimen. Narrar tu noche en vela, abandonado a un final conocido que no llegará ni a titular de prensa, ni siquiera a fotograma en una película de Coppola. Sabes que cuando alguien escribe que las rosas mueren a lo bonzo aún hay algún motivo para la esperanza, para cambiar este mundo que va en descenso. Y hablando de mundo: también este #ManifiestoAzul14 vestido de otoño te trae hasta sus páginas la perversión del poeta finés Eino Leino. Rarezas solo imaginables si piensas en el azul finés de este fanzine que estrena sección redonda. Balompédica iletrada es una esfera de buenas historias deportivas con las que pretendemos traspasarte el cuero. Para cuando llegues a ese punto de lectura puedes salir a la calle a echar un cigarro, decirte en voz baja cuatro palabras en francés y sonreírte confiado de que esa noche quizá tengas pelea entre sábanas. Y aquí permítenos una última sugerencia: con la música de fondo de Kevin Rowland, el amor se deshace mejor. Esa historia, si merece ser contada, ya sabes que puede encontrar cobijo en este buzón:

colectivoiletrados@hotmail.com.


Solo, es como Oír las miradas de los pájaros Resbalar entre las tejas, Como saber Que rojo es el último color Amable de una fachada que anochece, Que cerca; es cerrar los ojos y volver a verte Donde cuando es todos los días, Y la lluvia soleada nos moja a escondidas andando descalzos Por la hierba de las buenas ideas. Se abre la puerta Y acierto Y el olor a gazpacho Hace que la tarde deje de ser tarde Y la tinta de mis uñas negras. Cuando me dices –vente-, pongo los pies sobre la mesa, porque estar es no moverse Donde un hormigueo verde por oler a nosotros Descansa sobre la tarde humedecida, sobre el telón anudado de nuestras cejas.

Fran García Pujante @frankatiuska

poesía

Solamente


poesía

Habitacióndoble

Mientras tú vas restando ropa, yo voy multiplicando mis deseos, sumando sudores, calculando la ausencia de otro cuerpo. Se eleva la excitación a su máximo exponente y se despejan todas las incógnitas de nuestra ecuación. Dosis de vaho ciegan los espejos de esta habitación doble ausente de esperanza.

Ignacio Martín Lerma @I_MartinLerma

No poeta

No eres un poeta./ No te convocan a los cenáculos./ Eres un advenedizo de la palabra, un coriáceo trozo de carne con polla/                           (o un pelanas que se siente inferior y se disfraza),/ ni métrica, ni estilo, ni ritmo ni pasión, estriptista,/ exhibicionista orgulloso de tus abrojos./ No digo que la verdad no os honre./ Para ser un poeta había que escribir a vena herida, esculpir a cincel de rabia versos,/ letras como torres babelianas,/ para ser poeta había que mirar la tierra y ver qué desnudo es el nombre que nos damos,/ para ser poeta había que ser filósofo y prostituto del espíritu,/ y yo sé cuánto, cuánto me falta ese algo./ No soy un poeta./ Soy del vulgo de los que creen que nos llegará la hora./ Nada de lo que pueda decir no se ha dicho ya cien veces,/


Bienvenidos, pues, a mi última negación./ Lo que luché por ser escapa a mi nivel de competencia./ Lo que traté de crear ni es sino una urdimbre de fracasos,/ y cuánto, de veras cuánto, los atesoro y aderezo,/ mis pérdidas, mis erratas, las señas de mi ego que sólo de sí mendiga./

Losinsectos

Andrés de La Orden

Es verdad, los insectos son atraídos hacia las luces, revolotean entorpecidos por un impulso que les pierde Es cierto, adoran la grandeza de un misterio tan cálido y cercano Y si, se deleitan tanto de acercarse, porque sienten tanto, porque la vida del insecto se multiplica a más cerca esté de la luz, más lejos de la noche Es verdad, muchos de ellos acaban mal, de tanto sentir Cuando el Amor desborda su diminuto corazón y la luz los traiciona, caen al suelo chamuscados

Juan Pedro Ruiz

poesía

mis remos no se esloran sino a radas de miserias ya bien conocidas,/ yo no invoco a la belleza sino acaso a los shock sépticos./


poesía

Mumú No conocían el mar y se les antojó más triste que en la tele J.Sabina Las hojas del periódico esparcen las heces de los necios y la sangre adolescente de quienes defienden al líder y de quienes lo aborrecen. La calle huele a nada, y sabe a nadie pero está llena de tus ojos que llevan hambre detrás de la pupila, ¡son pura carne! del cañón que aguardamos a que disparen. Y yo en tu vientre, escafandra estéril, te beso y la metralla de la Franja no me alcanza, y libo tu néctar ajena al estiércol en B, a la desfachatez, in English, del cacique electo. Y yo en tu vientre, besando, rindiendo culto a los poros que te hacen hombre, mientras se televisa la miseria pública y el circo se queda sin pan, ni lumbre. Quiero llenarte la boca de futuro que se les caigan los dientes y se los trague la tierra. Y yo en tu vientre.

Lamujerdelmarinero Alicataré tu ausencia mientras dure y te ayudaré a buscar, cuando vuelvas, las excusas en el fondo de tu bolso. Yo haré de mujer del marinero y lloraré de alegría en el puerto al verte aparecer meses después del ultimo tango en Murcia. 

Tama Imrani @Amat91


poesía

Cuéntale a los chicos cuando te vean que me quedé en casa escribiendo besos y cuidando de nuestro gato. Caro he pagado el último libro que nunca he escrito y huele a quemado el disco duro donde almaceno los besos que nos debemos.

Blas Martínez @BlasMartinez

Inspiración II No te voy a suplicar, Que vuelvas, quizá sea cuestión De tiempo, Quizá emprendas la marcha atrás de tus pasos, Y regreses y desabroches Esta cadena perpetua Con la que me has adornado. No te voy a suplicar, Que vuelvas, quizá sea cuestión De salir a buscarte Y arrastrarte hasta las hojas Con perdón, Y convertirte en verso Una vez más. No te voy a suplicar, Pero cuidado, Nunca se sabe quién puede necesitar Una inspiración como tú.

Marta Delgado


poesía

Territorioíntimo No volverás a entrar en esta casa. Vivirás en las afueras de los días definido por las sospechas de los demás increado en los sueños que te queden anulado por el ruido de los pasos solitarios. Te cobijarás entre desconocidos como si ellos entendieran tus oraciones. No volverás a entrar en esta casa. Pero cada noche llegarás hasta la entrada siguiendo la inercia de antiguos olores sentirás una piel virgen de nuevo con el tacto que iluminaba la ceguera. Como recompensa a tu castigo recordar las costumbres de tu estirpe el equilibrio de una suave tristeza y cuando el enemigo camine a tu lado saber entregarte sin ser vencido. No volverás a entrar en esta casa. Estás más allá de la infancia de los sentidos del hogar de los rostros en los que te reconoces y el tiempo es algo más que unas alfombras espesadas o las sábanas que quedan como huesos. Aunque estés obligado al silencio a que el pasado consuma las palabras te esfuerzas en erguirte sobre el territorio que aún te queda por nombrar.

Rafael Gómez Sales @rafalmur


A Maram Al-Masri Hay días que no tienen nada de particular. Sin embargo, pulsas un botón, y el sorbo humeante de café recién hecho, empaña la plaza Tahrir, la plaza Sintagma, las calles y esquinas de Siria… llenando los ojos y lugares de rojo. Porque hay sirenas que suenan y no susurran; avalanchas de hombres, sólo hombres. Llantos de niños, niños desperdigados. Madres que gritan palabras que no entiendo, mas comprendo sus gestos. Clausura de vidas. Me atrapan, y en silencio digo, no. A cuántos muros no hay que arrimarse… A cuántas mezquitas, iglesias no hay que acudir… ¿A qué dioses hay que alzar plegarias, rezos… para que esto se detenga? Ahora lo ignoro, con este ahogo. Un viento debería arrastrar fuertemente todo lo sembrado con maldad; y a todos aquellos que esparcieron las semillas. Tomo conciencia. Miro hacia la ventana; el sol está saliendo, y dejo sobre la mesa la taza de café, que no puedo acabar. Todo, todo me parece un engaño. La fe, la equidad… acuérdate, lo que está pasando, es otra cosa.

Purificación Gil

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Avalanchas


poesía

Insomnio Sólo los dedos eclipsados de carne Saben nombrar las estrellas.

Odaalamediocridad Al fin he aprendido a cortar tomates. En las distancias cortas, con olor a aceite y a sudor, en el rectángulo más recóndito, te veo cortar el ajo finísimo.

Temo al cuchillo que se pasea por tu frente, y al que paraliza mis manos en la tabla. Reprochas la poca costumbre y el Déjalo… ya lo hago yo se instala en mi estómago. No sé freir patatas -lo séPero, ¿vale tanto el resultado? La voluntad y el esfuerzo de mis manos. El intento de cortar los tomates. -¡Así no! – me dices. El delantal que arrojo y que me queda grande… Comemos en silencio, mirando los dos de frente el cielo encapotado de Barcelona. -¿Ves como así se coge mejor la cebolla?Más silencio. No me sabe a nada la carne.

Flora Jordán @floraJA2011


Un día tú también fuiste Fukushima. Te arrasó un tsunami salvaje y violento que dejó todas tus medidas de seguridad tambaleándose, y los reactores del 1 al 6 altamente afectados. No hubo miedo ni gestos de pánico. Solo personas luchando por mantener la central a salvo a pesar de los destrozos y las grietas. Desconocían que, desde el núcleo, Fukushima ya había empezado a salvarse mucho antes de la gran ola. Un día tú también fuiste Fukushima y no quisiste salir corriendo.

Álvaro Bellido Fernández @ciudadanob

福島市

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Fukushima


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Dejarse llevar Dijiste algo sobre sexo tántrico y vino a mi cabeza un David Beckham corriéndose hacia dentro. Nuestro comportamiento frente a la televisión mientras ponían un documental sobre Amanecer Dorado me recordó mucho a las protestas de las Pussy riot frente a múltiples embajadas sin derechos humanos. Hacía tiempo que no hacíamos el amor como acto protesta, como reivindicación de lo bello frente a la vorágine del tiempo, que todo lo contamina, que todo lo corrompe. Los diputados neonazis desfilaban por la pantalla mientras nosotros buscábamos completarnos de todas las formas posibles, como si fuésemos piezas de lego esperando encajar en las manos de un niño. Formábamos castillos, montañas y puentes por intuición, cambiando de estado (tierra, agua, fuego y finalmente aire) hasta que el parlamento griego estallaba en múltiples protestas contra la corrupción del mundo. No pudimos arreglar la situación con nuestro amor inocente, con nuestro amor convertido en átomo de hidrógeno, pero debimos hacerlo bien, porque las banderas comenzaron a ondear en la Plaza Sintagma mientras la gente coreaba nuestros nombres en otro idioma.


Alberto Caride @djuan1982

Elalbaysucrimen Robarle a la noche su escándalo de cantina, emborronarla con fichas y bastos, serle infiel robarle sus desnudos y sea todo una desgracia, como cuando el tiempo perpetua su amor ligero, como cuando sopla la mierda por sus calles y sones robarle a la noche corderos blandos de tiempo, siluetas de oro cauto, oro pobre robarle a la noche su escapada hacia el día, su penoso atraso, sus pasos sordos y bellos robarle su esperanza de luz, robarle su continuidad de vida, robarle el tiempo del poema, su inquietud santa y lunática robarle el silencio, hacerla cómplice, quejarse de su suerte serle tigre y vil.

Iván Vergara @_Appu_

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Aún aturdido por los múltiples lenguajes volví a recordar eso que dijiste sobre el sexo tántrico y me alegré de no ser Beckham.


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Ellasueñaconnubes

                                                        [Karmina Ramírez] 

Ella sueña con nubes altas, sueña con Joe Strummer, con Londres ardiendo, con las noches del punk. Sueña que Joe le regala un banjo y que pesa tanto que no puede llevárselo a casa: se le cae siempre. Despierta. Traza, con los trazos de una niña, increíbles escaleras, siluetas urbanas, muñecos apresados en una habitación verde, ventanas abiertas al vacío, chicas de pelo largo. Sueña que toca el banjo con Joe Strummer. En las cristaleras de todas las tiendas viven matriuskas y juguetes de segunda mano, clicks muy antiguos. Sueña con Malta: allí la esperan ejércitos de olas. Bajo un cielo absolutamente azul, con suavidad cruzado por dos o tres islas blancas, la veo volar sobre esas olas y comprarse un vestido transparente. En secreto la oigo cantar una canción para que no se acabe nunca el sueño. Quiere despertar para siempre en brazos de un guerrero de plástico irrompible.

Andrés García Cerdán


Fueron pétalos como lágrimas derramados, derribados por un viento enfermo, siempre bellos. Aparentes ojos ingenuos, dolorosamente vivos, dolorosamente inquietos. Flor de pétalos desolados, fatales en su destino, caer suavemente o guiados por el viento enfermo, furiosamente. Son pruebas de vida, caen por su propio peso, su verdad eterna. Verdad que contradice sentimientos encontrados, descendiendo por una de las caras de la verdad. La que tú como flor bella y eterna me quieras decir. Verdad de ojos ingenuos pero ambigüos y furiosos en su forma de buscar vida. De ti flor amorosa caen verdades como puños, inolvidablemente bellas, verdaderamente enfermas.

Antonio Luis Bastida

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Flordesolada


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Enseñaralosclásicos Y mostrando la mejor de sus sonrisas, confesó la alumna de Filología Hispánica a su profesor de Literatura: - Si hay algo que humedece mis ojos y hace palpitar mi cuidado hasta hundirme en las entrañas de la tierra es aprender literatura hincada de rodillas, porque no hay, no existe placer más grande que tu enhiesto surtidor de sueños iniciándome en el suculento sabor de los clásicos, sentir a través de su plectro sabiamente meneado a Berceo tocándome la campanilla con su alejandrino cesurado; al Arcipreste templando mis cuerdas vocales, al tiempo que susurra entre espasmos “sírvela, no te canses, sirviendo el amor crece”; a Manrique con sus ríos que van a dar a mi boca, a se acabar e consumir; a Fray Luis, enfurecido león cuando frecuenta la escondida senda de mis labios; a San Juan, hiriendo mi cuello, dejándome despeinada y sin sentido; a Garcilaso, que de sí mismo él se corre agora; a Cervantes, Góngora, Lope, Quevedo, cuatro glandes a mi lengua pegados, ¿ y Calderón?, ay, infelice de mí, apurar todos los clásicos pretendo.

Joaquín Piqueras @martinorfeo


poesía

Actoúltimo Sentado al borde del primer verso, miro impertérrito la página en blanco. calculo los metros que me separan del suelo y el impulso que habría de tomar para evitar ir golpeándome con los signos de puntuación durante mi caída. Sentado sobre la primera coma balanceo mis pies, los acostumbro al vacío. Mi mano se aferra al bolígrafo como si eso pudiera evitar su destino, y añado unos versos más, solo por hacer insalvable el golpe. Me dejaré caer, decidido, por el margen derecho de esta misma página. Estrellándome a escasa distancia del punto final me entregaré al poema. Mi desenlace serán estos versos. Ofreceré mi cuerpo a la poesía.

Jonás Crespo Paredes


poesía

Bilbo Contigo he descubierto que soy un tipo débil. Carlos Ann

Imagíname borracha por esas calles, con un vaso apurado en la mano, buscando el taxi que me lleve al hotel porque no recuerdo el camino de vuelta. Imagíname con el pantalón a medio abrochar, con el rímel esparcido y tecleando el móvil a tientas para mandarte un mensaje. Imagíname así, perdida en la ciudad de las siete calles, entre Sondica y Zamudio, testigo del libertinaje más obsceno que puedas, con los ojos abiertos al júbilo y la palabra certera de una noche poética. Y ahora, cuando tengas esa imagen clara, nítida, imagínate tú ahí, inmerso en la noche norteña, camino del hotel de mala muerte, militante de mi cuerpo luego, si encontramos, claro, un taxi de vuelta.

Noelia Illán Conesa


La palmera en un escorzo busca la luz las pálidas turistas acomodan su toalla a la arena y nos piden la máxima información que los diarios no desvelan, y nos exigen la comodidad de la simpatía cuando nadie es ya como desea. El sino movedizo es la vida de un río que no llega a ningún mar y se seca al estancarse en sus arcos, en sus meandros y en las demás guadañas de la tierra. Con el cariño de un desconocido el plazo se acerca a su fin y la distancia espera.

Juanma Sánchez Meroño @Astrominimo

poesía

Interim


narrativas

ALENTEJO BLUES - Bourbon, b-o-u-r-b-o-n, four roses si puede ser, jefe, faz favor - le digo, no solo deletreando estúpidamente las letras y exigiendo marca como quien pide priva en la luna, sino levantando la mano y mostrando cuatro dedos, cuatro. El viejo me mira y sonríe, balbucea algo, se da la vuelta con gran pachorra, agarra una botella polvorienta y me la muestra. Aguardente Vúlron, leo en la etiqueta. - Muito bem, ok, ponga eso mismo - murmuro, por tomar cualquier trago. El viejo, satisfecho, abre el tapón y va en busca de algo, un vaso supongo. Saco un pitillo. Afuera hace un bochorno de mil demonios. Desde la barra veo la moto a pleno sol, con el portaperros amarrado detrás y al Chucho en el suelo, tostándose, esperándome con las orejas caídas y la lengua fuera, colgando. No hay nadie por ningún sitio ni sé cómo diablos se llama este pueblo. Al menos estoy a salvo en la penumbra

Precisa-se mozo


Domingo López

narrativas

de la taberna y ya es algo. En la tele, sin volumen, lloran a lágrima viva en la consabida telenovela brasilera. Saco el mapa y lo miro cual aventurero irresoluto, de pacotilla. Cogí un desvío a campo traviesa y no tengo ni puta idea de donde estoy ni por dónde se va a la costa. El viejo trae efectivamente un vaso sucio y lo llena. Obrigado, digo. Doy un gran trago y aquello me abrasa el gaznate y me incendia el estómago. Mis muertos. Se me han saltado las lágrimas. El viejo me mira y sonríe. Detrás suya, junto al póster descolorido del Benfica FC hay un cartel, escrito a mano: Precisa-se mozo. Oigo al Chucho ladrar. Me vuelvo y ahí está, con los ojos como platos, meneando festivamente el rabo y oliendo muy ensimismado a una perrita. Ya ligó, el granuja. El viejo me acerca amablemente un cenicero casi prehistórico, de Cinzano. ¿Se necesita camarero? ¿En esta tasca de mala muerte?, me pregunto, fascinado. Cuento las mesas, tres. Las sillas, cinco. Las botellas en el estante, doce. Las moscas, doscientas veinte. Y entonces entra alguien y oigo un dulce boas tardes y me giro y veo una chica morena, deslumbrante, que me sonríe también y luego besa al viejo, que la llama filha. Miro otra vez a la calle, al Chucho que, bajo el calor tremendo y sin más trámites se está tirando a la perrita, montándola con indudable regocijo, dejando prole por el mundo. Pago, por hacer algo, y dejo hasta propina y todo. Cojo el macuto del suelo. La chica le pasa un trapo a una de las mesas y canturrea. La miro de reojo. Sí, es muito bonita. Doy unos pasos, inseguro. No se adonde mierda queda el camping, lleno de guiris majaderos, ni adonde queda nada. Llego a la puerta. Adiós, creo, se dice adeus. El sillón de la moto me quemará instantáneamente el culo. Se necesita mozo. A la sombra de una camioneta el Chucho, jadeante, está enganchado a la perrita. Enciendo otro cigarrillo. Y entonces me digo, que caralho, ¿por qué no? tampoco se está mal y me vuelvo y pido otro aguardiente de los cojones y le guiño un ojo cómplice a la piba y señalando el cartel que oferta el empleo me acodo en la barra de chapa y le digo al viejo que cuanta guita, que cuando empiezo y en fin, que si hablamos de negocios.


narrativas

ABANDONO Un post-it lo dejaba bien claro: no volveré en cinco minutos.

TITULAR DE PRENSA Encuentran el Complejo de Edipo que llevaba desaparecido casi un siglo. Se escondía en ese libro de psicoanálisis, entre las páginas 154 y 175, que fue desclasificado en el último expurgo de aquella moribunda biblioteca vienesa.

Atilano Sevillano @sayagio


–No. Pero aún conservo algunos discos y un fonógrafo. Y abordaron la mezquina lluvia una vez más.

* Sus pensamientos eran cada vez más fugaces y, poco a poco, acabó por dejarlo todo para dedicarse por entero a sus objetos perdidos.

* Nunca llegó a escribir el libro, pero, con el paso de los años, su aprehensión hacia las escaleras se disipó casi por completo.

* A lo lejos, el fuego se extinguía, y él cayó en un profundo sueño.

Joaquín Lameiro

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finales


narrativas

EL TRADUCTOR Conocí la editorial a través de una amiga. Hacía varios años que no nos veíamos y un día nos encontramos por casualidad. «Traduzco chic-lit y novelas de vampiros», comentó. Pensé que esas novelas carecían de calidad, y olvidé el nombre de la editorial. Yo aprobaría las oposiciones y, más adelante, publicaría mis novelas en una editorial prestigiosa. Pero meses después suspendí las oposiciones y me encontré sin empleo. Era el inicio de la crisis y el paro se desbocaba. Aparte de pudrirme en una academia soportando malos estudiantes por un sueldo miserable, quedaba la opción de enseñar en centros privados, pero no tenía contactos para entrar. Como último recurso, pensé traducir para alguna editorial. Envié muchos currículos y nadie respondió. Entonces llamé a mi amiga. Mi amiga —que acababa de dejar la editorial— me dio el correo interno. Inmediatamente escribí y recibí respuesta. El correo — anónimo— incluía tres pruebas. Las envié y, al poco, recibí aceptación: pagarían siete euros por cada dos mil caracteres (espacios incluidos), y exigirían treinta páginas semanales con plazo para entregar todo el texto. De no cumplirlo, me penalizarían. No habría contrato y pagarían con cheque un mes después. Yo no cobraría derechos ni tampoco un céntimo si no entregaba todo el texto. Me regalarían — eso sí— un ejemplar del libro publicado. Por supuesto, acepté. A los tres días recibí el primer encargo. El libro —una pésima edición norteamericana de bolsillo con las cubiertas arrancadas— iniciaba «Las crónicas de la princesa demonio», destinadas a publicarse en la colección «Tra-ka-trá». Su protagonista —la princesa Lucinda— era un demonio muerto que “vivía” entre el reino de los muertos y el de los vivos; tenía trescientos años y una belleza asombrosa, y copulaba con todos los personajes —vivos y muertos— en tórridas escenas que me avergonzaba mostrar a mi padre, que me ayudaba a corregir. Lucinda se revitalizaba teniendo orgasmos y perdía energía en contacto con el sol. Entregué la traducción, recibí el cheque y, al poco, empecé otra novela de Lucinda —aún más pornográfica que la anterior—, que también terminé a tiempo. Este cheque se retrasó unos días, pero yo culpé a Correos. A continuación, me encargaron una traducción de quinientas páginas sobre unos monjes que luchaban contra vampiros llegados


Gonzalo Gómez Montoro @GonzaloGMontoro

narrativas

del infierno. No había escenas de sexo, pero las batallas entre monjes y vampiros me extenuaban como si participase en ellas. Aumenté el ritmo de trabajo y, a los cuatro meses, la entregué. A un precio muy alto. El estrés me dejó sin uñas ni pelo; estaba pálido, delgado y ojeroso, y temí que empezaran a crecerme los colmillos. Pasó un mes y medio y el cheque no llegó. Protesté sin obtener respuesta. Aguardé otra semana, y el cheque, de tres mil euros, no apareció. Fui a Madrid y encontré la editorial desmantelada. Aún no he cobrado ni he recuperado el pelo, pero al fin he entendido el juego: ellos eran los vampiros y yo, la víctima.


narrativas

UNA PELiCULA DE COPPOLA

Aunque la boda apuntara maneras, aunque prometiera dormir a un muerto o en su defecto rematarlo, después de la ceremonia, del ágape en el jardín, después de las fotos de rigor, de los “enhorabuena”, de los besos a la novia…, la mesa 14 fue lo mejor que nos pudo haber pasado. Cuando nos acercamos a la mesa 14, dos parejas hablaban animadas; yo supuse que se conocían, aunque resultó todo lo contrario. Tras un hola, pensamos que el hielo había comenzado a derretirse, pero sería a los cinco minutos de ubicarnos, mirar el menú, ojear el móvil, cuando uno de los comensales dijo: -“Bueno, vamos a presentarnos antes que os enteréis de que soy un asesino en serie”. Ocho de los diez comensales (a su mujer no la cuento porque sabía lo que estaba haciendo) reímos, ignorando por completo que asistiríamos a una gran sesión de humor, bajo la batuta de un tal Luis Bendito. Por lo visto, incluso avisó a su señora con un “Ya verás, voy a empezar”, con lo cual supusimos, una vez adentrados en la conversación, que no era la primera vez que lo hacía. Todo un showman. A la hora del baile no había rastro de la pareja, nosotros estábamos un poco cansados de tópicos, de trozos de corbata a cambio de dinero, de ramos sobrevolando moños desgreñados ya, y mujeres perdiendo la rectitud de su columna gracias a tacones excesivos; así que decidimos irnos, logramos esquivar el comienzo de una conga de borrachos y fue ya en la puerta cuando nos volvimos a encontrar con Luis Bendito y su señora; nos despedimos, agradecimos la velada, y cada pareja se decantó por una dirección. Justo cuando torcíamos la esquina, se escuchó en la noche cerrada: “¡Parece una película, de Coppola!”, y la risa floja nos sirvió de acompañante hasta el coche. Lo extraño y verdaderamente espeluznante de toda esta historia, es que de eso hace ya un mes, y aún no se sabe quién asesinó a uno de los camareros de la boda.

Marta Delgado


Tenía ganas de pasear. No podía soportar otra noche frente al televisor. Ese parloteo estridente de películas donde hombres y mujeres se afanan en tramas sin sentido. Qué tenían ellos que ver conmigo. Qué tenía yo que ver con sus amores, sus celos, sus crímenes avariciosos. Desde pequeño me ha pasado. No sentirme parte de este mundo, ver a todas las personas como a través de un grueso cristal; observar cómo, desde su mundo extraño y luminoso, etéreo, mueven sus labios, gesticulan. El ascensor abrió sus puertas en medio del silencio del edificio. Todos los vecinos estaban encerrados en sus cuevas a esta hora, tras sus puertas con mirilla. Entré en la cápsula, dentro de su zumbido y su luz reveladora. La luz del ascensor sabe exactamente quién soy, lo susurra en un zumbido apenas audible. Fue una inmersión larga; tuve tiempo de pensar. No pensé nada salvo en mi respiración simétrica. Por fin se abrieron las puertas y salí a la madrugada. Las calles estaban desiertas. Los semáforos vigilaban un tráfico fantasma, invisible, que recorría en silencio el asfalto más negro de la ciudad, respetando estrictamente el sincronizado ritmo rojo y verde de las luces. Seguí caminando y desaparecieron las calles. Luego pasé el río, los caminos de la huerta y los ladridos de los perros sondeando las constelaciones, hasta que ya no se veían más que algunas luces lejanas. Era una noche húmeda, costaba respirar ese aire mojado. Los pies se hundían en una especie de fango suave y viscoso. Cuando mis piernas se cansaron de luchar contra la porosidad del fondo, decidí tumbarme. Encendí un cigarro y, bajo la luz del mechero, la noche se hizo tan alta que me aplastó como a un luminoso pez abisal. A varios miles de metros sobre la brasa de mi cigarrillo, el viento peinaba la superficie del mar.

narrativas

HIDROCARBUROS


narrativas

A mi lado, otros esqueletos el tiempo reposaban en el cabezas sin ojos y los pequeños Mi espalda empezaba a ser puedo expresar con palabras la cuando me imaginé en una fosa descomponiéndome entre el de dinosaurios, de otros peces lucecitas hace milenios y que restos negros y serán luego moverá los coches que, allá un poco antes de que amanezca.

blanqueados por la noche y fondo, con sus espinas y sus dientes afilados de sus bocas. engullida por el limo. No infinita alegría que me inundó oleaginosa de hidrocarburos, carbono inmortal de ballenas, abisales que encendieron sus serán extraídos junto a mis convertidos en gasolina, que arriba, empiezan ya a circular,

Diego Sánchez Aguilar


narrativas

Hay cosas que no puedes decirle nunca a tu mujer. Dicen. Por ejemplo me gustan tus cartucheras. Aunque sea cierto. O esa papada me pone como loco. Aunque te ponga. O desde que estás más rellenita me gusta más cogerte. Aunque te guste. Hay cosas que no puedes decirle nunca a tu mujer. Yo estaba a punto de decirle una. Escuché cómo metía el coche en el garaje, cómo, con el motor apagado ya, dejaba terminar la canción que estaba escuchando y cómo, apenas un minuto después, apagaba el equipo, bajaba del coche, cerraba la puerta y subía las escaleras, con ese ruido de tacones que, últimamente, yo ya no soportaba. Luego abrió la puerta que unía la cocina con el garaje, dejó las llaves dentro del frutero, colgó la chaqueta de la percha y se quitó los zapatos. Hay cosas que no debes decirle nunca a tu mujer. Aunque sean ciertas. Aquella tarde, además, todo apuntaba a que su estado no era el idóneo para encajar según qué cosas. Alerta de fuego. Nivel rojo. En realidad, su estado nunca era óptimo para encajar según qué cosas, para ser rigurosos. Concretamente, nunca lo era desde que atravesamos la barrera de los diez años de casados. Pero aquel día, especialmente, entró en el garaje con el volumen demasiado alto, tardó en cerrar la puerta demasiado tiempo, subió las escaleras a un ritmo demasiado lento, lanzó las llaves dentro del frutero demasiado fuerte, colgó la ropa en un percha demasiado alta y comenzó a quitarse los zapatos demasiado tarde. Demasiados presagios. Me gustan tus cartucheras. Esa papada me pone como loco. Desde que estás más rellenita me gusta más cogerte. Dime que has hecho algo interesante, me dijo. Yo la miré como miran los niños a la noria, sin saber muy bien dónde mirar, exactamente. He sacado Lolita de la biblioteca.


narrativas

Me gustan tus cartucheras. Esa papada me pone como loco. Desde que estás más rellenita me gusta más cogerte. He sacado Lolita de la biblioteca. Si tu vida sexual no es satisfactoria no debes decirle a tu mujer que has sacado Lolita de la biblioteca. Yo la miraba sin mirarla. Dime qué has hecho tú , cariño. ¿Lolita? Puedes llamarla Lo, si quieres. O Dolores. Estás enfermo. ¿Enfermo? ¿Por sacar un libro de la biblioteca? No. Por sacar un libro de la biblioteca no. Por sacar un libro de la biblioteca donde un cuarentón como tú se lo monta con una niña de doce años y un metro y medio de estatura. Debo reconocer que lo del metro y medio de estatura me sorprendió. Muchas de nuestras amigas no miden mucho más de un metro y medio de estatura y no creo que por eso sus maridos, goteando deseo por ellas, sean unos enfermos, como tú dices. Lo de los doce años, vale. Aunque en España las relaciones sexuales consentidas con adultos son legales desde los trece años. Las mujeres de nuestros amigos no tienen doce años. Lo de los doce años, vale. Ya te lo he dicho. Pero no entiendo lo del metro y medio de estatura. Estás enfermo. ¿Enfermo? ¿Y todos estos que han sacado el libro antes que yo? (le enseñaba la hoja pegada a la solapa donde se registran los préstamos del libro) ¿También están enfermos? También. Pero si no los conoces. Me da igual. Enfermos. La gente sólo quiere leer, ¿lo entiendes? Enfermos. Nadie quiere montárselo de verdad con una doceañera de metro y medio por leerse un libro. No seas exagerada. Me gustan tus cartucheras. ¿Y cómo se te ha ocurrido? ¿Has salido a la calle, esta mañana, y has pensado voy a sacar Lolita de la biblioteca? Esa papada me pone como loco. Es una de las obras maestras de la literatura universal del siglo XX. Desde que estás más rellenita me gusta más cogerte. Seguro que lo has hecho por motivos literarios. He sacado Lolita de la biblioteca. Imbécil. Y a partir de ese momento hizo hacia atrás todo lo que antes había hecho hacia delante. Volvió a ponerse los zapatos, descolgó la chaqueta de la percha, cogió las llaves de dentro del frutero, abrió la puerta que unía la cocina con el garaje, bajó las escaleras con ese ruido de tacones que, últimamente, yo ya no soportaba, subió al coche, puso la música a todo volumen y se fue. Y yo me quedé a


Natxo Vidal

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solas con Lolita. Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita. Hacía tiempo que la sangre no se me agolpaba en la entrepierna tan deprisa. Me gustan tus cartucheras. Esa papada me pone como loco. Seguro que lo has hecho por motivos literarios. Imbécil.


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Aquella noticia del periódico le alegró el día a Tomás. Esa misma tarde se iba a celebrar una gran manifestación en su ciudad. La prensa había bautizado la concentración con las siglas 15M, pero a Tomás eso le daba igual. A sus ochenta años no se perdía ni una sola manifestación. Le daba igual que fuera en contra de la mili, a favor del aborto o contra los continuos recortes del gobierno de turno, Tomás acudía puntual a todas a ellas. Tras tantas décadas de dictadura, él se había prometido disfrutar de ese placer hasta el día de su muerte. En contra de los consejos de sus hijos y a pesar de los reproches de su mujer, Tomás salió temprano y, a su ritmo pausado, llegó hasta una de las plazas por las que pasaría en unas horas la manifestación. Allí, sentado en un banco como tantos otros ancianos esperó hasta que comenzó a escuchar el griterío y las consignas. En ese momento, y como siempre hacía, Tomás se colocó en la acera y en cuanto la primera pancarta llegó a su lado hinchó los pulmones y gritó con todas sus fuerzas “¡Hijos de puta!”. Los manifestantes lo miraron malhumorados, pero ninguno se atrevía responder a aquel señor que les increpaba diciéndoles “rojos de mierda” y “cabrones”. Tomás siguió gritando la media hora que duró la manifestación y después volvió a casa ronco y satisfecho como siempre.

Basilio Pujante @elsursumcorda

© E.G. Barceló

CAMBIAR EL MUNDO


El hombre era papel o el papel era hombre. Nunca se supo, pero todos miraban con interés a ese tipo. Los primeros en llegar fueron los bróker -PUM PUM PUM PUM PUM- y a cada paso salpicaban sus trajes de ceniza. Después llegaron los niños, y con ellos, todos los ancianos. Llegaron los ciclistas, las modistas, las floristas. Llegaron los ociosos, los borrachos, las mujeres. Todos miraban al hombre, tal vez horrorizados, tal vez extasiados o bajo la indivisible curiosidad de la prisa, de las cosas con prisa y la angustiosa sensación de que todo termina. Miraban los ojos del hombre, la boca del hombre. Miraban su cuello, el pecho, las manos del hombre. -De mi calle ya sólo recuerdo la rayuela. Yo, el paso lento de los coches por la tiza. No amarás. Corre mucho, no te muevas, pero teme. Juan ha muerto. Dos gintonic, por favor. Me gusta Johnny Keats. Eres gilipollas. Te digo que el morado. ¿Lo has visto? ¿Todavía no lo has visto? De entre todos, el primero. En esta ciudad, uno puede morir de frío. Esta no. La siguiente tampoco. Sólo hasta el final y gira. Fuma. Compra. Vende. Sí. Sí y no. No o sí- y la voz de la tertulia iba convirtiéndose en un solo atisbando el cansancio, lo fatal, la dulzura en las manos del hombre. Todos se reunían a su alrededor. Respiraban. Esperaban ansiosos. Escrutaban al hombre, los movimientos del hombre. Lo observaban con atención y todo era silencio y círculo, y todo se contuvo el tiempo suficiente, los segundos suficientes en el anhelo remoto de la tarde cuando entre el gentío el hombre alzó las manos y TACHÁN: para todos ustedes, esta rosa de papel ardiendo entre mis dedos.

Antonio Pérez Abril @AbriPrez

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Cuando las rosas mueren a lo bonzo


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Noche de fiesta Sales algo mareado de la fiesta. Apenas logras tenerte en pie. Un regusto amargo recorre tu garganta y casi no puedes contener el vómito. Necesitas aire. Juras no volver a meterte esa mierda. Son las cuatro de la mañana y no hay un alma en las calles. Tampoco hay nada en tus bolsillos. La opción del taxi queda descartada. Pero no importa. Son cuarenta minutos. No es tanto. Además, te viene bien andar. Quizá así logres despejarte un poco por el camino. Solo debes tener cuidado. Como siempre lo has tenido. Cuidado y ya está. Evita el callejón. Y ya está. Hay que rodearlo. Es más largo así, es verdad. Se tarda más. Pero es mejor ser cuidadoso. Sin embargo, esta noche te sientes diferente. Esta noche eres valiente. Esta noche no tienes miedo. Qué puede pasar. Es sólo un callejón. Oscuro y estrecho, sí. Pero un callejón al fin y al cabo. Así que decides atravesarlo. Se escucha un murmullo a lo lejos. Deberías alejarte. Pero esta noche eres valiente y sigues caminando. Entonces ves la escena: cinco adolescentes acorralan a un mendigo al final del callejón, justo debajo de una farola. En silencio, observas cómo se ríen de él, lo tiran al suelo y comienzan a darle patadas y puñetazos. Todos a la vez, sin ningún tipo de orden. Violencia en estado puro. Percibes los golpes secos y se te revuelve el estómago. El vómito agrio casi vuelve a subir por tu garganta. Y entonces te quedas paralizado. Odias la injusticia, no toleras lo que está ocurriendo. Pero ahora no sabes qué hacer ni cómo actuar. Así que intentas pasar desapercibido y volver por donde has venido. En ese momento uno de los jóvenes se da cuenta


No sabes el tiempo que dura esta locura. Pero ahora, al salir el sol, te sorprendes dando puntapiés a una pared, con los zapatos rotos, los pies llenos de sangre, y una masa de personas mirando fijamente hacia el lugar en el que estás. Te vuelves hacia ellos y preguntas por el indigente. Nadie te contesta. Algunos dejan caer unas monedas cerca de ti.

Miguel Ángel Hernández-Navarro @mahn

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de tu presencia y te grita algo en un idioma que no entiendes. Es rumano, piensas. Luego, todos te miran y comienzan a reírse de ti. No te persiguen, ni te vuelven a gritar, sólo se ríen. Te hacen gestos y se ríen. Y eso es lo que te descoloca. Y sin saber exactamente por qué, comienzas a correr hacia los jóvenes lleno de rabia, con la cara desencajada y con los puños en alto. Pero cuando llegas a su altura, en lugar de abalanzarte sobre alguno de ellos, gritas algo cuyo significado ni siquiera tú puedes entender y golpeas con toda tu fuerza al mendigo, que emite un alarido que se te clava en los oídos. Entonces, sin pensarlo demasiado, comienzas a darle patadas en el estómago con tal intensidad y violencia que los jóvenes se asustan y salen corriendo. El hombre llora y pide clemencia. Tú quieres parar. Por supuesto que quieres parar. Pero hay algo dentro de ti que no te deja frenar. Esta noche eres valiente. Esta noche es diferente. El indigente consigue evitar una patada y te mira fijamente a los ojos implorando piedad. Y es en ese instante cuando descubres que su rostro te es familiar. Demasiado familiar, piensas. Ves en él los ojos de tu padre. Tu padre anciano, que lleva varios años desaparecido. Te estremeces por completo. ¿Es posible que este mendigo sea el hombre que tanto tiempo has estado buscando? ¿Es ése tu padre? Y la formulación de esta pregunta te hace pegarle aún con más fuerza. Le pisoteas la cabeza una y otra vez hasta que consigues desfigurarle el rostro, hasta que la sangre salpica tus pantalones. Sin embargo, cuanto más le desfiguras el rostro, cuanto más fuerza ejerces con tus pies sobre su cráneo, más se parece a ti. Y su rostro se convierte en un espejo. Un espejo en el que te ves reflejado y que acaba poseyéndote. El rostro eres tú. Quizá por eso poco a poco comienzas a sentir un tremendo dolor en el costado y en la cabeza. Y entonces te detienes súbitamente. Pero el dolor, en lugar de aminorar, se hace más fuerte. Y la única solución para paliarlo parece seguir pegándole, haciéndote un daño terrible, sintiendo su dolor en todos los rincones de tu cuerpo. Hasta la extenuación. Hasta extraviarte por completo. Hasta no saber dónde acaba él y comienzas tú. Hasta perder el sentido.


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DESCENSO            Ocurre a veces. Ocurre que la vecina a la que a menudo oyes enfadarse y luego gemir, o al revés (da igual el orden porque esa suma da a su vez otra operación en forma de multiplicación: convivencia por conveniencia), coincide contigo en el ascensor. Te subes a ese fantástico aparato eléctrico para descender a la planicie. Tú, que vives (o más exactamente, sobrevives) en un cuarto piso de un edificio del extrarradio. Tú, que sobrevives en las alturas, y de vez en cuando bajas para tocar con tus pies el suelo raso de tu existencia. Desciendes, es curioso, para no perderte en el abismo voladizo que planea esa cuarta altura. Sucede que en el transcurso de ese viaje en ascensor hablas con tu vecina cincuentona del tiempo, del calor que hace en la calle, de la que se os viene encima este verano. De territorios comunes. Ocurre que os despedís, como si tal cosa, en la puerta de entrada al edificio sin saber que vuestros caminos discurrirán paralelos durante los próximos treinta y cinco minutos. Tú, caminas tranquilo, fumando un cigarrillo, revisando tu móvil cada cierto tiempo, disfrutando de cada pisada sobre la losa. Ella, también tranquila, acordándose aún de que hubo un tiempo en que el movimiento de sus caderas te provocó cierto deseo. Por eso, piensas para ti, también ella camina tranquila, bamboleándose a sus cincuenta y tantos años, y mirándote de tanto en tanto de refilón. Camináis, insisto, en paralelo, pero por aceras distintas. El uno enfrente del otro.             Ocurre que durante ese trayecto hacia alguna parte que ya has iniciado te cruzas con aquella chica del Instituto a la que te intentaste ligar con poca maña. Entonces, como ahora, eras un mal estratega. Y eso siempre te pasó factura. Intentas mirarla de frente, pero hay algo que te lo impide. No sabes el qué, pero lo hay. Quizá la vergüenza de recordarte derrotado, como ahora. La esquivas, aunque no del todo. Tratas de comprobar si de algún modo ella te ha reconocido. Y no. Ni te ha reconocido ni apenas te ha dedicado una milésima de segundo cuando os habéis cruzado. Sus ojos marrones, acuosos y perfectamente perfilados, no se han detenido en ti.           


Sucede que al continuar tu camino y llegar a la altura de una Iglesia ves como salen todos, en tropel, de celebrar la eucaristía. Estás escuchando cómo suenan las campanas al mismo tiempo que ves cómo los feligreses charlan animadamente, alegres, en paz, con su conciencia tranquila. Y mientras oyes y ves esa escena te preguntas por qué tú no tienes nada que celebrar. Tratas de repasar mentalmente en qué te has equivocado para haber confundido (con intención, o sin ella) la parroquia. Y, como siempre, no encuentras el porqué. Otra pregunta sin resolver que se te acumula en la cuenta.                 Entretanto tu vecina sigue ahí. Caminando en paralelo a ti por la otra acera. Mirándote de reojo, cada cierto tiempo, para acompasar sus pasos con los tuyos. Y así, sumando pisadas, llegas a la vía más transitada de la ciudad. Esa vía que todo el mundo en la capital conoce. El vial (ese medicamento urbano) en el que a menudo practicas forzado un deporte llamado ir de compras. Y es ahí cuando decides iniciar tu macabro juego: contar a los  sin techo  que te vas cruzando. Uno, dos, tres, cuatro (ésta con su hijo), cinco, seis, siete, ocho (éste con su perro), nueve, diez… Así, hasta que decides dejar de contar. La estadística va a ser tan elevada que mejor dejarlo aquí, cuando apenas llevas media vía recorrida. Para ti, no como para otros, son personas, no números. Por eso decides dejarlo, desesperado. Es

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demasiado duro para un día como éste. Quizá en otro paseo decidas terminar tu juego. El de hoy –recuerdas cuál era tu objetivo al salir de casa- pretendía ser un paseo tranquilo hasta alcanzar el lugar para la cita. Ese territorio común. Bajar de esa cuarta altura para tocar la superficie asfáltica. Lo recuerdas y te sonríes: Asfalto es una palabra que siempre te ha hecho gracia. Asfáltico es aún más divertido.            Sucede entonces que, sumido en el sumidero de tus pensamientos, has llegado ya hasta tu punto de encuentro. Casi sin darte cuenta estás en el centro de la ciudad. Tres cigarrillos, dos tuits, y treinta y cinco minutos después estás ahí. Igual que tu vecina cincuentona, rubia tintada, bamboleante. Ella también ha llegado a su cita. La diferencia es que a ella la están esperando. Su marido le levanta la mano en un gesto cómplice de avistamiento de pareja. Tu vecina se acerca en actitud coqueta al marido, que también es lógicamente tu vecino. Lo besa. Te mira. Lo vuelve a besar. Esta vez no te mira. Le da la mano y se la aprieta fuerte. Se despide de ti a su modo. Como sólo lo sabe hacer una mujer cincuentona, bamboleante, extrovertida. Ambos se giran y entran en una galería comercial.              Y ahí te quedas tú, solo, esperando a tu cita. Has completado el camino junto a tu vecina. Pero ella se va primero. Se va, como se va de casa cada vez que se pelea a gritos con el marido, tu vecino. Aunque luego vuelve, y esas noches son las de más gemidos. Y otra vez se repite la multiplicación: convivencia por conveniencia. Ocurre en ese momento que enciendes el cuarto cigarrillo de un paseo ya finalizado. Miras el móvil.  Retuiteas  sin pensarlo mucho un  tuit  de contenido político. Miras tu reloj, aunque no te impacientas. Esta vez te sientes seguro. Cinco minutos después aparece ella. Camina con la cabeza baja, el bolso apretado bien fuerte contra su costado, abriéndose paso entre los distintos grupos de gente. Al llegar hasta ti es ella la que te besa en la mejilla. Pero eres tú el que se arranca con las primeras palabras:             -    Por favor, vamos a un bar. Tengo algo que contarte. 

Álvaro Pintado @alvaropintado84


La Viñuela, Ciudad Real, 2005

...se quedaron las letras que forman tu nombre escondidas en algún bolsillo, entre los hilvanes, las fibras, el algodón...qué se yo...cada amanecer tiendo mi ropa con la esperanza de que el viento sople lo suficientemente fuerte...como para secarme de ti..

Julia Moreno

transiciones

ESPERANDO AL VIENTO


transiciones

de MANUEL REBOLLAR

EXCALIBUR: LOS DETALLES Afortunadamente, Arthur Pendragon no era diabĂŠtico.


transiciones

FALSOS PRINCIPITOS Por más que dijeran que veían una boa comiéndose un elefante, solo había un sombrero.


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Poesía Finesa por

Erja Vettenranta

Sortunut ääni Canción rendida

Mikä sorti äänen suuren, äänen suuren ja sorian, äänen kaunihin kaotti, jok’ ennen jokena juoksi, vesivirtana vilasi, lammikkona lailatteli? Suru sorti äänen suuren, äänen suuren ja sorian, äänen armahan alenti, jott’ ei nyt jokena juokse, vesivirtana vilaja, lammikkona lailattele.

¿Qué ha rendido a una voz [tremenda, a un canto grande y gratificante, destrozado a un bello poema cuyo arroyo arrullaba, cuyo corriente canturreaba, cuyo regato tarareaba? La pena rindió al canto, A la voz grande y gratificante, destrozó al poema querido, pa’ que no arrulle el arroyo, ni que canturree el corriente, ni que tararee el regato.


“Voz rendida” es el poema nª.57 de la primera parte del vol. 1, titulada “Canciones comunes”.

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Kanteletar es una colección tripartita de poesía folklórica finesa recopilada por Elias Lönnrot y publicada por primera vez en 1840. Se considera la obra “hermana” de la epopeya nacional, Kalevala, también recopilada por Lönnrot de la tradición oral que éste anotó en sus viajes a la región de Karelia, hoy entre la Finlandia oriental y la Rusia occidental. El nombre de la colección se deriva de la palabra kantele (un instrumento autóctono de la región parecido a la cítara) y el morfema de género femenino –tar, y se puede traducir libremente como “diosa” o “hija” del kantele. Igual que los poemas de la epopeya nacional, los poemas de Kanteletar siguen la métrica de Kalevala, basada en el tetrámetro trocaico.


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Eino Leino (1878 – 1926) se considera uno de los

pioneros de la poesía finlandesa y es quizás el poeta más querido y leído del país. Sus poemas combinan aspectos modernos y tradicionales, inspirándose a menudo en la mitología y folklore fineses y teniendo su estilo mucho en común con Kalevela, la epopeya nacional. La naturaleza, el amor, la muerte y la angustia son temas comunes en la poesía de Leino. “Canto matutino” se encuentra en el poemario Sata ja yksi laulua (Las cien y una canciones) (1898).


Kaiu, kaiu lauluni, kaiu korkealle! Aamu koittaa, aalto käy rannan raidan alle. Nuku, nuku, sydämein, nuku nuorta unta! Katso, kuinka havajaa koko luomakunta! Lennä, lennä lempeni, lennä yli vuorten! Ei ne estä vuoretkaan lempimistä nuorten.

Canto matutino ¡Suena, suena mi canto, Suena hasta el cielo! Raya el alba, alcanza la ola bajo el olmo del río. ¡Sueña, sueña mi corazón, Sueña el sueño de juventud! Mira cómo se estremece El universo, la multitud. ¡Vuela, vuela mi amor, Cruza las montañas! Los montes no impiden que amen las entrañas.

perversiones

Aamulaulu


© by Álvaro El arte es mi arma Barrio de Wynwood. MIAMI

© by Basi

dímelo en la calle

Toda verdad es negociable Rue d´Arlon.BRUSELAS


© by Álvaro © by Álvaro El amor está en tus pies Rue Parmentier. PARÍS

dímelo en la calle

La tierra es más bella que el paraíso Rue Lesbroussart. BRUSELAS


recomendaziones

Queremos tanto a Herralde por BASILIO PUJANTE Cuando miramos las estanterías de nuestras modestas bibliotecas, tan sólo percibimos un mosaico de libros de distinto color y tamaño. Sin embargo, cuando nos fijamos un poco más, comienza a surgir una pauta formada por volúmenes de una misma editorial, que se nos muestra como mayoritaria entre nuestras preferencias: Anagrama. Es éste el sello que, desde nuestra época universitaria, ha sido para nosotros una especie de certificado de calidad que hacía que mereciera la pena sacar un par de billetes de nuestra cartera para perderlos por un libro del que jamás habíamos oído hablar. Si asociamos Austral, Cátedra o Alianza, con sus inolvidables libros de bolsillo, a la mayoría de nuestras lecturas escolares, Anagrama se apoderó de nuestros deseos literarios cuando estos comenzaron a seguir impulsos más personales. Este nombre estaba al final de las recomendaciones de aquel compañero que te hablaba de Roberto Bolaño como de un secreto sólo para iniciados, de las de aquel amigo que volvía de Barcelona afirmando que allí sólo se hablaba del discurso de un tal Quim Monzó en la Feria de Frankfurt, o cuando salíamos de una


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charla de Enrique Vila-Matas en nuestra Facultad, con una larga lista de títulos apuntada con precipitación. Todas estas pistas nos iban llevando a la conclusión de que Anagrama era la editorial que había que leer. La que tenía en sus filas a los mejores escritores y la que jamás nos daría gato por liebre, es decir, best seller por Alta Literatura. Con el paso de los años esa inocencia fue perdiéndose a golpe de errata o de obras que se nos caían de las manos, a pesar de la recomendación de algún gurú de la crítica. Sin embargo, siempre acabábamos volviendo a Anagrama. Lo hacía aquel de nosotros que devoraba los ensayos periodísticos de Kapuscinski, el que afirmaba que Historias mínimas de Javier Tomeo era la piedra angular de la minificción española o la que se trajo de Bélgica una idolatría por la prosa de Amélie Nothomb. Cuando nos dimos cuenta de que Anagrama había acompañado nuestras lecturas durante toda una década, quisimos conocer un poco más de quién estaba detrás de aquella empresa que se había apropiado, con nuestro entusiasmo, de los primeros euros que ganamos. Fue ahí cuando descubrimos la figura de Jorge Herralde, el capo de Anagrama, el hombre que había publicado en España a Paul Auster, Thomas Bernhard o a nuestro idolatrado John Kennedy Toole. Además, daba nombre al premio que habían ganado Bolaño o Vila-Matas, al igual que algún otro escritor cuyo nombre desapareció en el olvido. Por eso, cuando miramos nuestras modestas bibliotecas, parafraseamos a Cortázar y le dedicamos nuestro amor eterno de bibliófilos a Jorge Herralde.


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La irritante atracción de Amélie Nothomb por

Mª Cruz Gallego

Nacer en una ciudad como Kobe (Japón) tiene que marcar de alguna forma. Y más aún, si pasas en el país nipón los primeros años de tu vida para luego trasladarte a destinos tan dispares como China, Estados Unidos, Laos, Birmania o Bangladesh. Y si no, que se lo digan a Amélie Nothomb. La escritora, hija de diplomáticos belgas, pasó gran parte de su infancia y adolescencia entre los despachos y viajes de sus padres; quizá sea esta mezcla de culturas tan dispares lo que le dio la variedad de motivos y temas presentes en su obra; o quizá fuera la falta de raíces propias la que causó que se convirtiera en una de las escritoras más originales de los últimos años. Amada y odiada a partes iguales, sus lectores no dejan de ser un grupo de fans que, ante cada nuevo libro, se preguntan “a ver con qué nos sorprende ahora esta loca”. Consciente de su éxito, la belga se levanta cada día a las cuatro de la mañana para ejercer su oficio hasta las ocho (de ahí tal vez su imagen, entre excéntrica y bien estudiada, de neogótica que no está muy en sus cabales); publica uno o dos libros por año y afirma tener escritos centenares de ellos aunque sólo haya entregado una veintena de los mismos a los editores. Con este ritmo, es evidente que la calidad no se pueda mantener por igual, pero sus fieles lectores, entre los que me incluyo, le perdonamos la repetición de los temas y la seguimos porque sabemos que, entre sus páginas, encontraremos la ironía, el humor y la sutileza de una escritora de oficio. Narradora excepcional, sus historias aparecen perfectamente construidas en tan solo cien páginas que empiezan y acaban de


Amélie debutó en 1992 con Higiene del asesino. En ella, un escritor octogenario decide romper su aislamiento y conceder una serie de entrevistas. Sí, una especie de Robert Pynchon que le causó un éxito fulgurante y que muchos han tachado de absurda, monótona y poco original. Y es que sólo hay algo en lo que se ponen de acuerdo lectores y detractores: la Nothomb escribe realmente bien cuando habla de sí misma. Y ahí está a la altura. El ejemplo lo forman sus novelas dedicadas al choque cultural entre el Japón que le tocó vivir y el que encontró a su regreso tras años de ausencia. Forman esta serie los títulos Estupor y temblores (que relata la surrealista experiencia como trabajadora de una multinacional nipona); Ni de Eva ni de Adán (en donde aparece la imposible historia de amor

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forma redonda, sin necesitar más. En cuanto a la temática, la belga también participa en cierta manera, de ese subgénero tan en boga en la novelística contemporánea, como es la autoficción: así encontramos desde obras reconocidamente biográficas hasta otras en las que, a pesar de ser pura ficción, siempre aparece algún personaje aquejado de las filias y fobias recurrentes en ella: la joven que sólo se alimenta de champán, el inconfeso asesino a sueldo, el trauma adolescente, la loca apartada de la sociedad, el enfrentamiento cultural…


recomendaziones

entre un joven japonés y una belga que cree sentirse nipona sin saber de lo que habla realmente); Metafísica de los tubos (en la que la autora nos cuenta, desde que es un feto hasta sus primeros años de infancia, sus primeras experiencias con la cultura japonesa y su complicada relación familiar) y El sabotaje amoroso (que narra los años que vivió en Pekín). Contadas las cuatro en primera persona, su prosa es irónica, fresca y hasta un pelín irritante –ella misma lo es, con toques de humor mezclados con reflexiones profundas hechas como de andar por casa.

Por todo esto, por la mezcla de monotonía y originalidad, por ser mordaz a veces, irritante otras, por las descripciones vivaces y sarcásticas de culturas que no son la nuestra y porque también a veces nos defrauda, será por lo que muchos la odian y por lo que a otros tantos, paradójicamente, nos encanta Amélie Nothomb.


por Rubén

Muñoz

@rubomm Todo lo que sé sobre la moral de los hombres, lo aprendí jugando al fútbol Albert Camus

El fútbol no se parece a la vida. Como cualquier otra arte escénica –música, literatura o cine- forma parte de ese universo paralelo al que solemos escapar durante 90 minutos para evadirnos de nuestros problemas cotidianos, dejar atrás la rutina o, simplemente, pasar un rato agradable con los amigos. El fútbol no se parece a la vida. No. Como bien dice el periodista Enric González, “es una ficción inventada por un demente y ahí, probablemente, radica su gracia”. Sin embargo, la historia del deporte más universal del mundo nos ha dejado infinitos capítulos que nos han servido para aprender más de la vida que cualquier acontecimiento histórico. Lecciones de humanidad que trascienden lo puramente deportivo. Quizá, en esas lecciones, también radique la gracia del fútbol. La vida de Bert Trautmann estuvo agitada por un sinfín de caprichos del destino que le llevaron a convertirse en una leyenda del Manchester City, el equipo obrero de la ciudad inglesa, a mediados de los años 50. La vida de Trautmann tuvo un poco de política, mucho de guerra y bastante de fútbol. Una vida singular, única, fascinante y maravillosa que, además, sirvió para unir a dos países eternamente enfrentados, especialmente en los años posteriores a la II Guerra Mundial, como eran Inglaterra y Alemania. Trautmann nació en Bremen (Alemania) en 1923, apenas cuatro años después del final de la I Guerra Mundial. Cuando la figura de Hitler se alzaba sobre la escena política alemana, tenía sólo 10 años.

balompédica iletrada

Una historia de fútbol, guerra y paz


balompédica iletrada

Prácticamente vivía en la calle. Su padre no tenía trabajo. Acudía a centros sociales para recibir alimentos. Sin presente, el futuro se presentaba aún más desalentador. Por eso, se tomó como una aventura y una oportunidad unirse en las juventudes hitlerianas en plena adolescencia. Años después, sin darse cuenta, Alemania estaba abocada a otra guerra contra los países aliados. Su siguiente salida fue alistarse como voluntario nazi. Su destino fue el frente ruso como paracaidista de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, después de no pasar el examen como intérprete de morse. Tras recibir la Cruz de Hierro, fue capturado por los británicos en las últimas semanas del conflicto bélico. Era la tercera vez que lo apresaban. Anteriormente había conseguido huir. Pero esa vez fue distinta a las demás. Sintió como una especie de liberación. Sólo 90 de los 1.000 soldados de su regimiento habían sobrevivido al conficto. „El sentimiento era: ya no puedo ser asesinado. Soy prisionero de guerra. No me puede pasar nada“. Lo llevaron a un campamento de refugiados entre Manchester y Liverpool. Tres años después fue liberado, rechazando una oferta de repatriación. Prefirió seguir en Manchester. Trautmann, que comenzó a practicar fútbol en el campamento como refugiado, fichó en 1948 por un equipo de regional: el St Helens Town. Un año después, sus buenas cualidades como portero le llevaron a firmar por el Manchester City, uno de los equipos más potentes de Inglaterra. Pero los comienzos no fueron fáciles. Manchester contaba con una importante comunidad judía. El hecho de que un nazi, paracaidista de la aviación que había bombardeado el Reino Unido pocos años antes, defendiera la portería ‘citizen’ no fue recibido precisamente con agrado. Y cerca de 20.000 personas salieron a la calle para protestar por su fichaje. “Siempre había algún maleducado que después de 15 años me seguía llamando nazi”.


Su reconocimiento llegó en los últimos años de su vida. En 2004, recibió la Orden del Imperio Británico por mejorar las relaciones entre Reino Unido y Alemania en la posguerra. Pero su verdadero triunfo lo recibió en 2010. El Manchester City, el club que lo convirtió en leyenda, le preparó un homenaje sobre el césped del Etihad Stadium. 60.000 personas abarrotaron el estadio y el fervor fue unánime. Casi 60 años después, los aficionados ‘blues’ le reconocieron su carrera, su vida y su ejemplo. Las lágrimas que caían por su rostro reflejaban la emoción y la sinceridad que sentía con aquella ovación. Fue entonces cuando, después de una larga vida, encontró la verdadera paz.

Mi vida, con todos los problemas, las tragedias y los cruces de caminos que he tenido que superar, ha transcurrido de una forma de la que no me arrepiento. La gente me ha dado muchas cosas buenas en mi vida. Espero que con mi carrera deportiva yo les haya proporcionado muchas cosas buenas. Eso me haria muy, muy feliz

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Pero los años pasaron y Trautmann, a base de paradas y partidos memorables, acabó convirtiéndose en una celebridad del City. “Fue el mejor portero al que me enfrenté nunca”, apuntó en una ocasión el mejor futbolista británico de todos los tiempos y jugador del eterno rival, Bobby Charlton, del Manchester United. La figura de Trautmann se agigantó después de la final de la FA Cup de 1956, que su equipo acabaría ganando 3-1 al Birmingham. En ese partido, Trautmann dejó su huella como leyenda. A 17 minutos del final, la rodilla de un rival impactó en su cuello. A pesar de desmayarse momentáneamente, siguió jugando –en aquélla época aún no existían los cambios-, aunque lo hizo sin poder girar el cuello y, actuando, como después revelaría “de forma subconsciente. Era como jugar con niebla en la cabeza”. Semanas después del encontronazo, su cuello no mejoraba. Los médicos le diagnosticaron que su segunda vertebra estaba rota, y sólo por haber quedado tapada por la tercera le salvó de la muerte. Trautmann había esquivado la muerte en la guerra y ahora volvía a evitarla por milímetros, por mero azar.


balompĂŠdica iletrada

Bert Trautmann 1923 - 2013


por

Toni Rivas

Nothing! There is nothing in room 237! Dick Halloran (Scatman Crothers), El resplandor

Como tantos otros Iletrados este año, he tenido la suerte de poder visitar la ciudad de Nueva York. Además, tuve también la fortuna de que alguien me llevara al cine (y luego a tomar unas deliciosas costillas en un karaoke, pero eso no viene al caso). Abandonamos las calles más cinematográficas del mundo para recluirnos en el cubículo oscuro del International Film Center 2, entre la Sexta y Waverly Street (soy consciente de que este último detalle suena snob a rabiar, pero me resulta imposible soslayarlo).

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Espectadores obsesionados:


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Por el título se puede intuir que se trata de una película sobre otra película, en concreto, esa obra maestra del terror que todos conocemos por El resplandor (1980). Y así es, porque, después de verla, es evidente que Room 237 nace de la fascinación que despertó (y todavía despierta) la película de Kubrick, a la que se le rinde homenaje de manera indirecta. Y digo indirecta porque no estamos ni frente a un documental sobre Kubrick y la película, ni frente a un reportaje estilo makingoff, sino que Room 237 nos presenta la experiencia de una serie de espectadores, en concreto nueve, cuyas respectivas interpretaciones oímos de manera alternada durante toda la película. Las voces se


Las interpretaciones, a cada cual más hilarante, muestran la obsesión rayana en la locura de estos espectadores, que sacan las escenas de contexto y utilizan los gazapos y las incongruencias queridas o no por Kubrick, a la búsqueda del mensaje secreto, aquel con el que ellos, los espectadores más listos del barrio. Como era de esperar, El resplandor se entiende como una película sobre el Holocausto, el genocidio de los indios, la sexualidad (con erección subliminal del gerente incluida), tanto como sobre la persistencia como sobre la inexistencia del pasado. Uno de los aciertos es detenerse en la figura de Bill Watson, para cuya figura silente y ominosa cada uno de estos comentadores tiene una idea distinta: puede ser el doble de Jack Torrance, el representante de la raza sometida, o incluso el silencioso guardián del gobierno. Mi favorita es, no obstante, la interpretación que mezcla lo biográfico con la teoría de la conspiración, según la cual Kubrick habría utilizado la película para, amén de mandar a freír espárragos a Stephen King, cifrar el mensaje de una confesión, la de su participación en el rodaje del “falso” aterrizaje en la luna (The Apollo footage) y, de ahí, se explica, entre otras cosas, el dibujo en el suéter que viste Danny. Al final de la película, este intérprete, paranoico, está convencido de que le sigue el FBI.

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acompañan con imágenes provenientes de los pasajes de El resplandor a los que se aluden, o por otras procedentes de la filmografía de Kubrick y de otros que sirven para ilustrar la posición del espectador. En este sentido es interesante recordar la secuencia inicial de Room 237, en la que vemos al Tom Cruise de Eyes wide shut meterse en un cine. Pues, precisamente, a lo que estamos asistiendo es a la experiencia de unos espectadores que recuerdan exactamente el día en que vieron por primera vez la película de Kubrick, así como su fascinación y sobre todo su desconcierto. “¿De qué va esta película?” Pues bien, ahora, treinta años más tarde y después de haber visto la película hasta el delirio (así uno de ellos confiesa: “estoy atrapado en este hotel para siempre”).


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Sin duda, la película de Rodney Ascher, que es como se llama el director, habría hecho las delicias de Susan Sontag quien, en su célebre ensayo examinaba el límite de la interpretación a propósito de la no menos enigmática y desconcertante Persona de Ingmar Bergman. En este sentido, la película se burla de la pulsión detectivesca de todo espectador, de aquel cuya fruición cinematográfica consiste en descubrir lo que los otros no han visto y, por tanto, entrar en directa comunicación con los arcanos del genio, en este caso Stanley Kubrick. Pero detrás del intento vano de estos espectadores se encuentra también la historia de una obsesión, de una fascinación y, por lo tanto, de un reconocimiento a El resplandor cuyo horror (y cuya magia) consiste también en todas las preguntas que deja sin responder.


por Víctor

Martínez

Pure, this must be, it has to be. Pure, let’s make this pure… If it’s pure I’ll feel it from here Let’s make this precious, (I think we probably will) (Let’s Make This Precious del álbum Too-Rye Ay de Dexys Midnight Runners, año 1982)

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Kevin Rowland: Pura Dexedrina


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Últimamente vivimos atrapados en un comeback musical permanente e imparable. Artistas que vivieron su esplendor creativo hace años vuelven a primera línea de fuego con la única motivación de hacer caja, sea en forma de mediocres nuevos trabajos o simplemente con descafeinadas giras  rebosantes  de  hits  de otro tiempo. Prefiero no citar a nadie, pues algunos de ellos fueron ejes fundamentales de mi adolescencia y, pese a todo, aún conservo la esperanza de que algún día enderecen el rumbo. Pero sí voy a nombrar  algunas reapariciones recientes que merecieron muchísimo  la pena: la de David Bowie con  The Next Day  (Columbia,  2013), la de  Tom Waits con  Bad As Me (Anti, 2011) o la de Edwyn Collins, tras la espantosa enfermedad que padeció, con  Home Again  (Heavenly, 2007). Otro que lo pasó mal en su momento, aunque por razones bien distintas (adicciones, obsesiones,  inseguridades,  peleas, robos, despotismo, manía persecutoria, mendicidad, odio al género humano…),  fue Kevin Rowland. Todo un personaje, capaz de lo mejor y de lo peor. Pero eso sí, alguien que nunca se ha dejado domar por la industria. Creo que me topé con él una vez, en 2008. Me explico: En esa época  yo  trabajaba en Londres,  de lunes a sábado. Así,  un domingo  otoñal,  en el que me levanté temprano y sin dolor de cabeza,  decidí coger un autobús y pasar el día en Brighton; ciudad que era una de mis asignaturas pendientes y que estaba lo suficientemente cerca como para ir y volver en veinticuatro horas. Por supuesto, no esperaba mucho de la meteorología.  Para variar, el día  se presentó  nublado, ventoso y con esa típica llovizna  made in UK  siempre encima.  Pero no estaba allí para  ir a  la playa. Iba, principalmente, pensando en los escenarios de Quadrophenia o en la casa donde nació Jack Clayton, que no conseguí encontrar por más que pregunté.  También me costó lo mío dar con el famoso  Billie’s, donde almorcé de lujo, no sin esperar pacientemente por una mesa. Después tomé un té  con leche  y  una porción de  tarta de zanahoria en un sitio muy acogedor de Gardner Street  llamado Temptation Café. Salí de allí, recorrí unos pocos metros y vi una pequeña tienda de discos: Borderline Records. Vinilos, cds, libros y pósters. Imposible no entrar. El interior estaba bastante concurrido, teniendo en cuenta que el sitio era más bien pequeño. Me hice fuerte en una esquina y empecé a ojear  discos  en el cajón New Wave. Minutos más tarde, un tipo  con  las manos en los bolsillos, un fino  bigote  canoso  y en sus cincuenta y tantos,  captó mi atención. Rebosaba elegancia, envuelto en un navy azul marino largo, un fular de cachemir al cuello y su  flat cap en la cabeza.  Lo  observaba  de perfil desde mi ángulo. Y pensé lo típico: “me suena y no sé de qué”. No miraba discos, sino libros. Y hablaba con el señor que había detrás del mostrador


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(probablemente el dueño del establecimiento) con cierta confianza, como si se conocieran desde hace tiempo. Hubo un momento en el que se giró y pude verle de frente. Ahí sí pensé que podía ser Kevin Rowland.  Pero no estaba seguro. ¿Cómo iba a estarlo? Llevaba  sin pensar en él  desde que  volvió  (en el clímax de su locura) con  My beauty  (Creation) en 1999. ¿Recordáis la portada? ¿Recordáis el disco? Pues eso. Ahora entendéis el porqué de mi olvido, ¿verdad? Lo que hice a continuación fue ir directamente al cajón de la letra “D”, donde encontré un par de LPs de Dexys Midnight Runners (el grupo que más éxito y reconocimiento le proporcionó), para cerciorarme. Cogí el tercero  que editaron,  Don’t stand me down  (Mercury, 1985), donde Kevin aparece junto al resto de la banda, afeitado, con la raya al lado y trajeado a más no poder. Efectivamente,  era la misma cara, solo que más vivida. Me volví rápidamentede de nuevo hacia él, pero había desaparecido. Miré en todas las direcciones, incluso salí fuera de la tienda por si se paraba en algún café cercano a tomar algo, pero nada. Ni rastro. No me lo podía creer. Volví dentro  rápidamente,agarré de nuevo el Don´t stand me down y, aunque ya lo tenía en cd, decidí llevármelo  a casa de todos modos. El símbolo de una oportunidad perdida más. Cuando fui a pagar, el hombre que antes hablaba con él esbozó una sonrisa y me miró. Sin más. Había dejado escapar al genio de Birmingham.   No he vuelto a ir a Brighton desde entonces. Resulta que Kevin vive allí hace mucho tiempo. Es un error pensar en un hipotético segundo encuentro. Pero si se diera, seguramente sería una sensación parecida


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a la de escuchar One Day I’m Going to Soar (BMG, 2012); la vuelta de los Dexys al mundo de los vivos, después de veintisiete años. Algo así como “encantado  de volver a verlo, de corazón” y  con  un  buen apretón de manos. Un reencuentro deseado, emocionante, épico. No había otra forma de retorno posible, si no era desde la honestidad más absoluta, desde la dedicación y el compromiso más profundo. Lo fácil hubiera sido sacar partido a la nostalgia mucho antes. Pero como ya hemos dicho antes, eso nunca ha ido con el señor Rowland.   Para este cuarto disco, el General Kev ha reclutado a viejos soldados como  “Big” Jim Paterson al trombón,  Pete Williams  al bajo  y  Mick Talbot (Style Council) como director musical, reforzando además el escuadrón con Neil Hubbard, Tim Cansfield, Madeleine Hyland, Lucy Morgan y Ben Trigg. Un despliegue más que justificado para tal magna obra.  Todo un tratado de soul setentero de alto standing en el que Rowland se arranca la camisa desde el primer corte, ajustando cuentas pendientes con sus fantasmas del pasado. Un trabajo espléndido, de principio a fin.  Y  si el escepticismo se  instaló  en  ti  durante el  periodo de inactividad  de la banda, echa un vistazo en internet y encontrarás  fácilmente muestras tan infalibles como “Nowhere Is Home” o “Incapable Of Love”.  Si  tesigue pareciendo excesivo, pregunta  a  quienes  vieron el espléndido show que  brindaron hace unos meses en Barcelona,  dentro del festival Primavera Sound. O mejor aún: ve corriendo a tu tienda de discos favorita a por tu copia de One Day I’m Going to Soar. ¿Quién sabe lo que te puede pasar en esos espacios pequeños, de olor rancio y llenos de plástico y polvo?


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ilustrados

LISA

ŠPablo Pintado


ilustrados

ŠJavier García Herrero & Vena Naskrescka


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Manifiesto Azul 14  

Fanzine de Literatua e inquietudes varias. Murcia, Noviembre de 2013.

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