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MEMORIAS DEL

PREMIO ESPEJO TOMO I / 1975−1984


IRVING IVÁN ZAPATER

MEMORIAS DEL

PREMIO ESPEJO TOMO I / 1975−1984

CONSEJO NACIONAL DE CULTURA 2009


CONSEJO NACIONAL DE CULTURA Doctor Ramiro Noriega Fernández, Ministro de Cultura, Presidente nato. Ingeniero Francisco Salazar Larrea, Viceministro de Cultura, Presidente del Comité Ejecutivo. Doctor Marco Proaño Maya, delegado del señor Presidente de la Casa de la Cultura. Arquitecta Inés Pazmiño, Directora del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural. Embajador Alejandro Suárez, delegado del señor Ministro de Relaciones Exteriores. Doctor Mario Jaramillo Paredes, representante del Consejo Nacional de Educación Superior. Licenciado Galo Mora Witt, representante de las demás instituciones del sector público que realizan actividades culturales. Doctor Simón Zavala Guzmán, representante de las instituciones privadas que realizan actividades culturales. Doctor Irving Iván Zapater, Secretario Técnico.

Ediciones del Consejo Nacional de Cultura, Quito, 2009. Memorias del Premio “Espejo” I.S.B.N.: 9978-92-790

Derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización de los editores y autor. Diagramación y diseño: Mosca estudio gráfico, Quito. Impresión: Imprenta Mariscal.


Índice

Este libro..................................................................11 Eugenio Espejo, el precursor.................................15 Decreto de creación del Premio ..........................18 Cómo se creó el Premio Espejo............................19 Historia del Premio................................................21 Nómina de los premiados......................................53

Benjamín Carrión

Jorge Carrera Andrade.

Introducción al Premio..........................................56 Semblanza................................................................57 Homenaje Nacional................................................68 Entrega del Premio.................................................75 Fotografías...............................................................81 Opinión de la prensa..............................................88 Confesión a viva voz.............................................111

Introducción al Premio........................................122 Semblanza..............................................................123 Homenaje Nacional..............................................134 Entrega del Premio...............................................139 Fotografías..............................................................141 Opinión de la prensa.............................................147 Confesión a viva voz............................................156

Alfredo Pareja Diezcanseco

Demetrio Aguilera Malta

Introducción al Premio........................................164 Semblanza .............................................................165 Entrega del Premio ..............................................175 Fotografías..............................................................180 Opinión de la prensa............................................185 Confesión a viva voz............................................200

Introducción al Premio........................................204 Semblanza..............................................................205 Entrega del Premio...............................................214 Fotografías.............................................................217 Opinión de la prensa............................................221 Confesión a viva voz............................................235

Raúl Andrade

José María Vargas

Introducción al Premio........................................242 Semblanza..............................................................243 Entrega del Premio...............................................253 Fotografías.............................................................258 Opinión de la prensa............................................264 Confesión a viva voz............................................280

Introducción al Premio........................................284 Semblanza..............................................................285 Entrega del Premio...............................................294 Fotografías.............................................................297 Opinión de la prensa............................................304 Confesión a viva voz............................................312


E

Este libro

l Consejo Nacional de Cultura presenta a la consideración ciudadana este libro de memorias del Premio Nacional “Eugenio Espejo” que es, al momento, la presea más importante del país en el ámbito cultural. La presente publicación se gestó hace diez años justos, cuando quien es autor de esta obra desempeñaba la presidencia del Consejo, en su calidad de Subsecretario de Cultura y por delegación de la Ministra de Educación y Cultura de entonces, doctora Rosángela Adoum. Se pensó, desde un inicio, en un libro que acoja una amplia selección de lo publicado por la prensa, en cada una de las fechas en las cuales se otorgó el Premio, el cual, a 1999, se aproximaba ya al primer cuarto de siglo. Se añadirían datos sobre la personalidad de cada galardonado y la legislación vigente.

Las circunstancias de orden político acaecidas en enero de 2000 frustraron este propósito. A dicha época, buena parte de la investigación documental había concluido, en especial por la colaboración de dos ayudantes externos, contratados especialmente para el efecto. En el borrador de la presentación de la obra, que había sido ya redactado, se decía, entre cosas, que la síntesis histórica sobre el Premio no solo pretendía mostrar lo que el Estado había venido realizando en el ámbito de la cultura, “sino que lo exhibe como un punto de arranque para el desarrollo de mejores y mayores estímulos a los ecuatorianos que aportan con su talento y su tesón para construir la nación libre, vigorosa y soberana que todos soñamos”. Transcurrido el tiempo, felices coincidencias han permitido que el proyecto renazca y continúe con vigor, al punto que, partiendo de la idea original, se han añadido nuevos materiales que ilustran mejor el propósito de la obra. Esto lo comprobará el lector a medida que repase las páginas de este libro. En consecuencia, lo que en un comienzo podía entenderse como fruto de paciente recopilación documental sobre un periodo de veinte y cinco años y de quince ceremonias de entrega, ha devenido en algo mucho más completo y preciso. Y ello, porque a cada galardonado se acompaña

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Este libro

El trabajo de investigación se inició a mediados de 1999 y se pensó que el libro podría estar listo, para su distribución, en agosto del año siguiente, al cumplirse exactamente las bodas de plata del Premio.


una más extensa semblanza biográfica, una colección de fotografías que ilustran su vida, una narración sobre el acto de entrega del Premio, discursos incluidos, y una ref lexión autobiográfica, amén de los artículos o comentarios que al respecto aparecieron en la prensa nacional. Todo esto ha obligado a dividir este trabajo por tomos, posiblemente tres cuando se lo complete. Es así que el presente volumen incluye a los seis primeros premiados, desde Benjamín Carrión, el primer galardonado conforme reza el texto del decreto supremo fundacional firmado por el general Guillermo Rodríguez Lara, hasta fray José María Vargas, a quien, en gesto inusual, porque el Premio era bianual hasta ese momento, se entregó la presea al año inmediato siguiente de habérselo conferido al conocido escritor y periodista Raúl Andrade. A estos tres personajes se añaden Jorge Carrera Andrade, Alfredo Pareja Diezcanseco y Demetrio Aguilera Malta. Son, en consecuencia, los premiados a los cuales se refiere este libro, correspondientes a una primera etapa, en la cual el reconocimiento fue de carácter individual, acaso más personalizado y, sin duda, referido a lo que se podría decir, sin alarde, lo más representativo de la cultura nacional en aquella época, de acuerdo con los parámetros vigentes entonces.

Premio Espejo

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Esta obra se ha gestado y ahora concluye, al menos parcialmente, en el seno del Consejo Nacional de Cultura, órgano el cual, de conformidad con la legislación vigente, es el que debe presentar al señor Presidente de la República, las ternas para que, de entre los nombres constantes en ellas, escoja a los premiados. Es, como su título lo indica, una memoria, es decir, un conjunto de testimonios sobre un galardón que ha marcado, sin duda alguna, una etapa de la historia cultural de nuestra patria. Quito, octubre de 2009


Premio Espejo

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Eugenio Espejo por Enriquestuardo Álvarez, acrílico, 2008, Colección del Ministerio de Cultura.Fotografía de Patricio Estévez.


F

ue Eugenio de Santa Cruz y Espejo (1747- 1795) un adelantado al tiempo histórico en el cual le tocó vivir y, por ello, por las ideas políticas a las que se adhirió con fe, novedosas, sin duda, sufrió persecuciones, prisión, enfermedad, destierro, la muerte misma. No fue al único a quien todo esto ocurrió, en una de las épocas más brillantes de nuestra historia, donde el heroísmo se conjugaba con la fuerza y la rebeldía con el pensamiento ilustrado, pero con propiedad merece el calificativo de precursor, es decir, de quien va delante de los demás, que va a la cabeza de todos ellos, porque a él se deben muchas de las acciones que despertaron, en la conciencia de su pueblo, la necesidad de la independencia política pero también, no hay que olvidarlo, el requerimiento de un aire renovador en las costumbres y en la forma de vida de la sociedad de entonces. Fue hijo de un indígena venido a Quito desde Cajamarca, Perú, para que sirviera como paje de un monje betlehemita, médico de nuestro hospital. Estudioso desde muchacho, pronto cobró afición por la Medicina. A los veinte años de edad, se graduó de doctor y cinco años después, o sea en 1772, el cabildo le concedió el título en forma, es decir, le permitió ejercer su profesión. Se supone que fue el prejuicio social el que retrasó la medida oficial, tipo de traba que frecuentemente encontrará Espejo para el desarrollo y demostración de sus capacidades innatas pero que, al contrario, le servirá como acicate personal y estímulo para su connatural rebeldía. Por ello, no debe extrañar que, al término de sus estudios de Medicina, los continuara

Un escrito de la época lo describe como “de estatura regular, largo de cara, color moreno y el lado izquierdo del rostro, un hoyo bien visible” Autor prolífico, escribió, a sus 32 años, El Nuevo Luciano de Quito (1779) obra de marcado corte literario, con abundancia de ideas estéticas y pedagógicas, pero no exenta de crítica hacia el medio intelectual de entonces, para continuar, al año siguiente con su Marco Porcio Catón y su Ciencia Blancardina. En estos trabajos, el espíritu renovador de Espejo se muestra en plenitud. Se manifiesta contra las formas exageradas de algunos, contra los amaneramientos en el lenguaje, contra los gustos ridículos y exagerados de ciertas gentes, contra los métodos de estudios, poco ref lexivos y harto memorísticos. En El Nuevo Luciano llega a decir de los españoles de la metrópoli que, con tal o cual lectura de los franceses, han pasado al extremo “de la ridícula pedantería”. Y añade: “Todos los que siguen las letras hoy son eruditos a la violeta”. Un rebelde, entonces, que, con sus ideas y su descontentamiento, produjo rencores y malquerencias. Pero para las autoridades de la época, más bien un subversivo. Así lo remarca el Presidente Villalengua, cuando afirma que nuestro personaje se contrae a “escribir sus sátiras a sujetos aquí muy conocidos, y de clase muy diferente a la de Espejo”. Para algunos escritores que han estudiado la obra y la vida de Espejo, bien pudiera ser, en efecto, que este rencor traducido en sus escritos, hubiese estado efectivamente enraizado en su origen racial y en la aparente incompatibilidad entre la altura de su genio creador y lo modesto de la clase social

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Espejo

Eugenio Espejo, el Precursor

con los de Literatura y Filosofía y, más tarde, con los de abogacía, que los culminó con la obtención del título de doctor en Derecho Civil y Canónico, profesión esta última, que la ejerció, bajo la tutela del doctor Ramón Yépez, entre 1780 y 1793.


Premio Espejo

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a la cual se pertenecía. “Ese estado psicológico -dice Leopoldo Benites Vinueza en su ilustrativo ensayo Eugenio Espejo, el habitante de la noche- imprimió a su carácter una osada acritud, un tono entre burlesco y despectivo”. Para Philip Louis Astuto, en cambio, Espejo era tenido por “rencilloso, travieso, inquieto y subversivo”, conforme así lo dice en su libro Reformador ecuatoriano de la ilustración. Para Gonzalo Rubio Orbe, en su biografía de Espejo, obra premiada en el concurso nacional de 1943, hay ocasiones en las cuales surge “el hombre de lucha sin cuartel ni compasión […] donde asoma también una arista negativa de su personalidad, por la cual desciende a la sima de la pasión vulgar”. González Suárez, en cambio, alude que en veces a Espejo le aguijoneaba “el deseo de vengarse pronto de sus émulos…”

ostentación, con olvido de los verdaderos templos de Dios que son las criaturas racionales enfermas y con desprecio de la laudable fama de su hospitalidad. Si finalmente se oyese un rumor tierno y continuado de que los enfermos, más bien quieren arrastrar una vida dolorosa, que ir al hospital, porque le ven a éste como el lugar de su dilatado suplicio y de su muerte cierta, a la que no arrostran sino los que inhabilitados por los accidentes, no pueden defenderse ni resistir el que los lleven por fuerza. Si digo se encontrase todo este cúmulo de maldades en nuestros betlehemitas, no solamente se les deberá visitar, sino que especialmente el prelado deberá informar al rey de esta pésima conducta, pidiendo al mismo tiempo a su majestad, la separación, la supresión o absoluta extinción de estos individuos nocivos a la sociedad”.

Todo esto generaba, como es natural, rechazo en los aludidos con sus sátiras o sus enjuiciamientos directos. De allí que, la animadversión a Espejo, acentuose todavía más como resultado del lenguaje utilizado en nuevas publicaciones suyas. Sus Reflexiones acerca de las viruelas, resultado de la experiencia adquirida en el combate a la epidemia de 1785, no solo que contiene inteligentes juicios sobre la forma de combatir la enfermedad, acertadas interpretaciones de la realidad social, sino que abunda en críticas a la manera como los médicos de la época ejercían su profesión y a la forma cómo los sacerdotes betlehemitas que administraban el hospital. En uno de los párrafos de tal obra, utiliza un lenguaje que aún ahora heriría a los aludidos, no se diga en aquella época, en medio de una hipocritona manera de entender la caridad por parte de algunos y la obsecuencia curial que dominaba el ambiente colonial.

Poco tiempo después, en viaje hacia Lima, en destierro obligado a baja voz, ciudad a la que no habrá de arribar, se detiene en Riobamba para defender a unos curas acusados por el alcalde Barreto y esta defensa le sirve, además, para formular nuevas críticas a los comportamientos de la época, en su célebre Defensa de los curas de Riobamba (1786), que se prolongarán con sus Cartas riobambenses (1787), obra ésta que le generará un juicio por escribir libelos, según así reza la acusación que se le formula. Contemporáneamente, el Discurso, una pieza oratoria escrita por encargo de un cura amigo en el mismo año de 1787, muestra a un Espejo combativo. Y combatiente, además, porque se lanza contra ricos y poderosos, corruptos y abusivos del poder, aspecto que bien podría marcar sensibilidad social pero que también puede entenderse como una natural reacción de clase.

Dice Espejo en aquel párrafo: “Si estos padres cuidasen más de tener y edificar una iglesia suntuosa, una torre eminente, unas campanas muy sonoras y tocadas con frecuencia, que son obras de la vana y mundana

Acusado de ser el autor de El Golilla, vitriólica sátira contra las autoridades españolas, se le obliga a presentarse ante el Virrey de Santafé, en Bogotá, y a permanecer dos años fuera de Quito. Esto permite a Espejo


En Bogotá mismo, el jovencísimo Marqués de Selva Alegre le financió la publicación de un cuadernillo con el discurso dirigido a los habitantes de Quito, en el cual se proclamaba la necesidad de fundar una sociedad patriótica, que velara por sus intereses y promoviera el progreso de sus gentes, en una época de profunda crisis económica. Esa sociedad, aunque no con el nombre propuesto originalmente, se fundó en noviembre de 1791 y Espejo, ya de vuelta a Quito, pues fue absuelto por las autoridades virreinales, fue nombrado su secretario. En este grupo de aristócratas e intelectuales, Espejo hizo conocer su adhesión a ideas económicas de claro corte librecambista. Ideas muy a tono con la época, pero en Inglaterra y no en España. Sostiene, por ejemplo, que solo la apertura hacia el exterior, la producción destinada al consumo externo, beneficiará a nuestra sociedad, lo que claramente se opone con las ideas proteccionistas en boga en nuestra Audiencia. Poco después de que se fundara esta sociedad de estudios económicos, en mayo de 1792, Espejo recibió el encargo de dirigir la Biblioteca Pública de Quito, cuyos fondos correspondían, principalmente, a los que fueron confiscados a los jesuitas al momento de su expulsión. Trabajo importante el que toca realizar a Espejo en estos dos ámbitos. En la Biblioteca no solo continúa su permanente tarea de autosuperación intelectual y afirmación de las ideas liberales, sino que conduce a muchos jóvenes por los cauces del estudio e ilustración. En la Sociedad, recibe, además, la tarea de editar un periódico, que será el primero de estas tierras, las Primicias de la Cultura de Quito, cuyo número inicial ve

la luz el jueves 5 de enero de 1792, fecha emblemática en la historia del periodismo nacional. Pero a las Primicias no se las deberá entender tan solo como medio de expresión de las ideas de los partícipes de tal sociedad, crónica de sucesos de la vida cotidiana aparte, sino como la oportunidad que encuentra Espejo para continuar su tarea pedagógica. Un suceso, aparentemente circunstancial, desencadena el último capítulo de la vida de Espejo. En la mañana del 21 de octubre de 1794 aparecieron en las cruces de la ciudad unas banderolas coloradas con la siguiente inscripción: “Liber esto felicítatem et gloriam consequto. Salva cruce”, o sea, algo así como: “Bajo el signo de la cruz seremos libres”. Se interpretó, entonces, que con este lema, se llamaba a la revuelta, o al menos así lo entendieron las autoridades de la Audiencia, quienes de inmediato ordenaron el arresto de Espejo, por ser hermano de uno de los principales sospechosos de esta acción, Juan Pablo. Esta acción de las autoridades ocultaba, a la vez, toda la gran carga de resentimientos en varios de sus contemporáneos investidos de poder, acumulados por la acidez crítica de los escritos y la gran parte de verdad que ellos contenían. Lo cierto, dejando a un lado si Espejo fue, o no, el autor de tales pasquines, es que la prisión a la que se le sometió, los malos tratos, lo insalubre del ambiente, debilitó su salud al extremo de producirle irreversible daño. Pocos días antes de su muerte, ocurrida el 27 de diciembre de 1795, fue liberado a ruego de sus familiares y amigos. Quedó f lotando en todos sus contemporáneos su personalidad libérrima y el íntimo convencimiento de lo perdurable que sería su memoria, como el precursor de ideas cuyo objeto no era otro que liberar a nuestras tierras de la esclavitud y la tiranía, pero, sobre todo, de la mediocridad y la ignorancia.

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Espejo

tomar contacto con personajes de la talla de Nariño o Zea, a quienes alimentaba igual profesión de fe en ideas liberales que a la postre conducirían a la independencia de España de las colonias americanas.


Decreto Nº 677 General Guillermo Rodríguez Lara, Presidente de la República Considerando: Que es necesario impulsar el desarrollo cultural del país en las más diversas formas, y consagrar una fecha adecuada del año como Día de la Cultura Nacional. Que la fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana llevada a cabo el 9 de Agosto de 1944, es una de las obras de profunda significación en la vida cultural del Ecuador. Que el Dr. Manuel Benjamín Carrión fue el que concibió la formación de la Casa de la Cultura, redactó sus leyes y estatutos y la rigió por varios períodos con notable dedicación y éxito. En uso de las facultades de que se halla investido.

Premio Espejo

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Decreta: Art. 1.- Conságrase como Día de la Cultura Nacional y de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, el 9 de Agosto de todos los años, debiendo esta Institución conmemorarlo mediante el otorgamiento de estímulos a las creaciones de los intelectuales ecuatorianos, a través de actos que tiendan a resaltar el significado de la fecha. Art. 2.- Institúyese el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, que será asignado por el Presidente de la República, cada dos años, al ecuatoriano que haya sobresalido por sus creaciones, realizaciones o actividades en favor de la Cultura Nacional. Dicho Premio consistirá en una medalla, diploma y la cantidad de cien mil sucres. Art. 3.- La Casa de la Cultura Ecuatoriana calificará al ecuatoriano que se haga acreedor al indicado Premio y recomendará su nombre al señor Presidente de la República para lo cual se sujetará al reglamento que dicha entidad debe dictar para el efecto. Disposición Transitoria El Premio Nacional “Eugenio Espejo”, correspondiente al presente año, entréguese al Señor Doctor Manuel Benjamín Carrión, fundador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, y en méritos de su obra y de sus relevantes cualidades intelectuales. Artículo Final De la ejecución del presente Decreto, que entrará en vigencia a partir de su expedición sin perjuicio de su publicación, en el Registro Oficial, encárguense todos los ministros de Estado. Dado en el Palacio Nacional, en Quito, a 6 de Agosto de 1975. f. General Guillermo Rodríguez Lara, Presidente de la República. f. Dr. Milton Álava Ormaza, Ministro de Gobierno, Encargado. f. Dr. José Lucio Paredes, Ministro de Relaciones Exteriores. f. General de Brigada, Gustavo Vásconez V, Ministro de Educación Pública. f. General Raúl Puma Velasco, Ministro de Obras Públicas. f. Contralmirante Luis Salazar Landeta, Ministro de Recursos Naturales y Energéticos. f. General (r) Marco Almeida Játiva, Ministro de Defensa Nacional. f. Dr. Ramiro Larrea Santos, Ministro de Trabajo y Bienestar Social. f. Eco. Jaime Moncayo García, Ministro de Finanzas. f. General Raúl Cabrera Sevilla, Ministro de Agricultura y Ganadería. f. Coronel de E. M. Dr. Raúl Maldonado Mejía, Ministro de Salud Pública. f. Economista Alejandro Rubio, Ministro de Industrias, Comercio e Integración. Es Copia.- Certifico. Quito, a 7 de Agosto de 1.975 General Carlos Aguirre Azanza, Secretario General de la Administración Pública.


Milton Álava Ormaza De mi desempeño como subsecretario de Gobierno, cuando era titular de ese Ministerio el general Guillermo Durán Arcentales, durante la jefatura presidencial del general Guillermo Rodríguez Lara, me quedan dos recuerdos imborrables que, para mi fuero interno, fueron la mejor justificación de haber colaborado durante los últimos siete meses con la “dictadura revolucionaria” nacionalista de 1972-1976: la creación del Premio Nacional Espejo y la expedición de la Ley de Ejercicio Profesional del Periodista. En realidad, pocas fueron las personas que miraron bien que yo diera este paso, en razón de que había sido, modestia aparte, uno de los más destacados editorialistas de diario El Universo de Guayaquil. Por ello, tras el derrocamiento del general Rodríguez Lara, debí sumergirme en un ostracismo de tres años. Por ventura, el tiempo se encargó de reivindicar el rol histórico que, en el desarrollo económico y social del país, le cupo a este régimen.

Entretelones del Premio El Premio Espejo se insertó, precisamente, dentro de la tónica de cambio que aquel imprimió. Y, por lo que a mí respecta, en el marco del intento fallido de que la transformación en marcha se consolidara con el respaldo de los sectores progresistas del país. Fue a Pedro Jorge Vera, el recientemente fallecido escritor, a quien primero le planteé la idea y con el cual la plasmamos.

Para aquella época y a efecto de que naciera prestigiado y se proyectara al futuro, el Premio debía ser otorgado por primera vez a Benjamín Carrión, fundador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Y Pedro, no solo que acogió entusiasta esta elección, sino que generosamente fue mi “embajador” ante el ilustre escritor. El proyecto de decreto lo formulé yo y, por cierto, Carrión lo pulió, aunque a consecuencia del trámite que siguió, no puede ser esgrimido como ejemplo de buena redacción jurídica. Pero, en honor a la verdad, el Premio no hubiera recibido la partida bautismal del general Rodríguez sino hubiera sido por el ministro de Gobierno, general Durán Arcentales, quien debió viajar a Bolivia a la conmemoración del sesquicentenario de la independencia de ese país y yo me quedé encargado. El general Durán, como ex ministro de Educación, sostenía que un Premio similar ya existía, pero solo estaba circunscrito al magisterio. El general Rodríguez, que me tenía alguna simpatía por mi condición de periodista, y porque entendió rápidamente mi objetivo, sometió sin ningún reparo el proyecto de decreto del premio al Consejo de Gabinete que, como era lógico, lo aprobó en una sola sesión. No faltaron los recelos y las suspicacias de alguno que otro general por el hecho de que, por primera vez, le fuera discernido a Benjamín Carrión, conocido por su ideología socialista, pero en una dictadura donde manda capitán no manda marinero. El acto de entrega del Premio a Carrión fue un extraordinario suceso cultural al que asistieron el general Rodríguez y todo su gabinete, así como numerosos exponentes de la intelectualidad ecuatoriana, a diferencia de lo que ocurrió en los subsiguientes gobiernos.

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El premio

Cómo se creó el Premio Espejo

El objetivo general tenía que ser el establecimiento del Día Nacional de la Cultura, y el específico, rendir homenaje a las grandes personalidades contemporáneas que la habían enaltecido.


Pero mi vinculación con el Premio Eugenio Espejo no terminó allí, pues por obra del azar, cuando yo era asesor del ex vicepresidente de la República, doctor Blasco Peñaherrera Padilla, me tocó, con el auspicio de este destacado intelectual y hombre público, concebir su reforma y redactar el nuevo proyecto de decreto que firmó el Presidente León Febres Cordero, en virtud del cual se lo otorgó en adelante a cuatro personalidades en diferentes campos de la cultura todos los años y no cada dos como originalmente se dispuso. Posteriormente, el Presidente Borja retornó a la bianualidad y el Congreso Nacional expidió una ley que reconoció a los premiados una pensión vitalicia. Como es evidente, el Premio se ha institucionalizado definitivamente. Quito, 1999

Premio Espejo

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E

l 6 de agosto de 1975 el Presidente de la República de entonces, general Guillermo Rodríguez Lara, firmó el Decreto Supremo No. 677 por el cual se consagró al 9 de agosto de cada año como “Día de la Cultura y de la Casa de la Cultura Ecuatoriana” y se creó el Premio Nacional “Eugenio Espejo”. La idea del Premio surgió, según propia confesión, del doctor Milton Álava Ormaza, abogado y antiguo articulista de la prensa nacional, quien desempeñaba esos días las funciones de Ministro de Gobierno, encargado. Parecería ser que algo tuvo que ver también el escritor Pedro Jorge Vera, vinculado al régimen militar, quien apoyó la iniciativa de Álava. La acogida que brindó al proyecto el general Guillermo Durán Arcentales, titular del Ministerio de Gobierno, antes de Educación Pública, no habría que desestimar tampoco. El proyecto de Álava fue aceptado con entusiasmo por el general Rodríguez Lara, quien era hombre culto y receptivo a ideas del género y comprendía, además, el alto valor político que, en esos momentos, tenía la creación de este Premio. En efecto, el régimen militar, que se había iniciado en la noche del 15 de febrero de 1972 con el derrocamiento del doctor Velasco Ibarra, se encontraba afectado, a tres años de ejercicio, por serios desgastes políticos. No solo al interior de las Fuerzas Armadas sino en buena parte de la población, había signos de descontento. En las Fuerzas Armadas, dadas las tensiones existentes a su interior, derivadas del ejercicio del poder por unos militares y el consiguiente alejamiento de otros y, claro, por las purgas y resentimientos que de ello se derivaba. En la ciudadanía, pues ella había

Por otra parte, no olvídese que el régimen del general Rodríguez Lara había ya manifestado, en años precedentes, su voluntad de afirmar la institucionalidad cultural del país y ordenar sus actividades. En 1973, al expedir la Ley Nacional de Cultura, la primera en la historia de la legislación cultural, no solamente reguló determinadas áreas del sector público y las sistematizó, sino creó el Consejo Nacional de Cultura, adscrito a la Casa de la Cultura, como órgano director y orientador de las políticas culturales en el país. La intencionalidad del Premio y del decreto que lo establecía, buscaba también destacar la labor de la Casa de la Cultura en algo más de tres décadas. Por algo se vinculaba al Día de la Cultura con el Día de la Casa y se confería a esta entidad la capacidad de calificar al candidato al Premio y sugerir su nombre al Presidente de la República. A ello contribuía el hecho que el Premio de 1975 se lo entregaba a quien había sido el fundador de la Casa, su primer presidente y el inspirador de una tarea ejemplar de administración cultural, acaso la más importante del género en toda la historia nacional. El decreto fundacional establecía que el Premio sería bianual y se lo concedería “al ecuatoriano que haya sobresalido por sus creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura nacional”. Consistía en una medalla, un diploma y la entrega de una suma de dinero, cien mil sucres, que, a la cotización de la época en el mercado libre de cambios, ascendía, aproximadamente, a cuatro mil dólares estadounidenses. La decisión gubernamental fue acogida con beneplácito y con cierta sorpresa, como es

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Historia

Historia del Premio

sufrido los efectos de la inf lación en todo el transcurso de 1974 y no comprendía cómo, en medio de la bonanza petrolera y la abundancia de dinero que se suponía existía, podían subir los precios y provocar una contracción del ingreso de las familias.


Premio Espejo

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natural, porque un premio cultural de tal relieve era, por sí, una noticia de primera plana. Cosa poco frecuente, además, en un medio en el cual la política, el deporte y la crónica absorbían el interés y la curiosidad de la mayor parte de la ciudadanía.

Pero más satisfecho, sin duda, Rodríguez Lara, que, así, marcaba con un sello de altura intelectual a un gobierno maltrecho ya por los inconvenientes políticos antes citados y que caería a poco, en medio de confusos incidentes palaciegos.

Apenas anunciado el Premio en la persona de Benjamín Carrión, la opinión pública se expresó con manifestaciones de aprecio y felicitación al maestro que, en buena parte de su vida, se había identificado con el proyecto de la Casa de la Cultura. Un homenaje nacional, tributado el 20 de agosto de aquel 1975, congregó a intelectuales y personeros de la cultura, amigos y admiradores, en gesto de cordial simpatía. El doctor Alfonso Barrera Valverde, en las palabras de ofrecimiento de este homenaje a Carrión, destacó algo que muchos lo sabían y es “que, a la clarividencia de él, debemos […] todos los ecuatorianos algunos consejos titulares, más necesarios mientras más desobedecidos”.

“Sonó la hora de los poetas”.

Resulta paradójico que el Premio inicial no hubiese sido concedido el Día de la Cultura, 9 de agosto, tal como lo preveía la norma contenida en el Decreto Supremo No. 677, sino dos meses después. Para explicar esta postergación habría que aventurar dos hipótesis. La primera, la cercanía de tiempo entre el día del anuncio y la fecha oficial de entrega de la presea, que no podía permitir preparar el acto con las solemnidades que éste exigía. La segunda, la serie de rumores sobre propósitos de desestabilización política que, a la postre, se habrían de confirmar con el golpe de Estado de finales del mismo mes de agosto, comandado por el general Raúl González Alvear. Pese a los inconvenientes derivados de la inestabilidad política que vivía el país, la entrega del Premio a Benjamín Carrión revistió toda la formalidad y la pompa que acto de tal naturaleza exigía. Carrión debe haberse sentido muy emocionado, tal como las palabras de su discurso así lo revelan.

Papel de primer orden tendrá en el otorgamiento de los dos premios siguientes, el doctor Galo René Pérez, quien venía de­sempeñándose como Presidente de la Casa de la Cultura y gozaba del respeto de los militares. Sus gestiones para que en 1977 se entregara el Premio al poeta, intelectual y diplomático Jorge Carrera Andrade, tuvieron que superar, primero, el necesario consenso del Consejo Nacional de Cultura, que funcionaba en aquella época como una especie de órgano consultivo de la propia Casa, y, luego, el de los propios militares, que, después del relevo del general Rodríguez Lara, habían conformado un triunvirato militar para gobernar al país con la promesa de un pronto retorno a la constitucionalidad. Jorge Carrera Andrade, como queda dicho en este mismo libro, pasaba por aquellos años delicada situación personal. Había regresado al Ecuador, retirado de toda actividad académica, jubilado ya de los servicios diplomáticos que habían ocupado buena parte de su existencia, en precario estado de salud, solo, y, para añadir mayor gravedad al asunto, en difíciles condiciones económicas. Carrera Andrade, como muchos intelectuales, y tal vez en él más, no había sido nunca cuidadoso con sus ingresos monetarios y su presupuesto, menos con su estabilidad financiera a largo plazo. Galo René Pérez, en gesto de generosa predisposición a un auténtico valor de la cultura nacional, le había favorecido, en octubre de 1975, con el nombramiento de Director de la Biblioteca Nacional, a cuyas oficinas el poeta acudía, mal o bien, para desempeñar, casi de nombre, las funciones que ostentaba.


El Consejo Supremo de Gobierno acogió favorablemente la solicitud de la Casa de la Cultura y concedió el Premio a Carrera Andrade, pero la ceremonia misma de entrega fue, al contrario de la anterior a Carrión, modesta y casi se diría que reservada. Lo había pedido el propio poeta, agobiado, quizás, por la carga de desilusiones y malestares físicos que atormentaban su espíritu y por lo que su interior mismo le dictaba, alejado, en este último trance de su vida, de las mundanas glorias que siempre había perseguido. Para el apreciado intelectual licenciado Hernán Rodríguez Castelo, que en ese tiempo escribía para un diario guayaquileño, había sonado “la hora de los poetas”. Tampoco la ceremonia se efectuó el propio Día de la Cultura, sino el 21 de octubre de 1977. “Yo siempre he mantenido encendida una luz votiva en el altar de la patria”, confesaba ese día el ilustre galardonado, como para justificar, humildemente, la razón de la presea.

Los dos últimos sobrevivientes del “Grupo de Guayaquil”. Al contrario de lo que ocurrió con Carrera Andrade, Alfredo Pareja Diezcanseco recibió el anuncio del Premio de 1979 en medio del fasto por la próxima transmisión del mando, al término del régimen militar, suceso que a Pareja le tocaba directamente, pues había sido escogido como el próximo canciller. Interpreto esta decisión, así como la también muy decidida intervención del doctor Galo René Pérez, como un gesto más, de los varios, con el cual el Gobierno saliente quiso establecer puentes hacia el

nuevo Presidente de la República, a fin de que, el final de un largo periodo dictatorial sea lo menos traumático posible para el país, luego de un tormentoso y largo periodo electoral, que había confundido y agotado a la opinión pública. Fue acertada, sin duda, esta decisión del triunvirato militar. La opinión pública, como en los casos de Carrión y Carrera Andrade, fue unánime en expresar criterios elogiosos a la elección. Y el Premio empezó a cobrar prestigio, como nunca antes había ocurrido con presea cultural alguna en el pasado de la nación. El día de la entrega fue, ahora sí, por primera vez, el 9 de agosto, Día de la Cultura, y la ceremonia se realizó en una de las salas de los nuevos edificios de la Casa, que Galo René Pérez, con la ayuda militar, había seguido construyendo pero que distaban, en mucho, por concluirse. A la ceremonia concurrió el Vicepresidente electo de la República, doctor Osvaldo Hurtado, y acompañó numeroso público, expectante de los cambios institucionales que se venían al país y a la propia Casa de la Cultura. Pareja, en su discurso, con ese insuperable gracejo suyo, dijo que recibía el Premio en nombre de los de su generación, aquella del “Grupo de Guayaquil” que, a ese año, buena parte había sido ya tronchado por la muerte. Y era la reflexión filosófica alrededor de la existencia, que ya había flotado en sus palabras a la memoria de Benjamín Carrión, pronunciadas poco antes en la misma Casa, la que renacía, algo velada, en su comentado discurso de agradecimiento. “No hay literatura, no hay filosofía -sentenció- que no conlleven, oculta o abiertamente, el comentario mortis de Cicerón”. Dos años después, es decir en 1981, conforme lo disponía la normativa vigente, el Premio fue adjudicado a Demetrio Aguilera Malta, otro valor de las letras nacionales. Correspondió al doctor Osvaldo Hurtado, ya por entonces Presidente de la República luego de la trágica muerte del abogado Jaime Roldós, aprobar la recomendación

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Concederle el Premio era, entonces, un bien en doble sentido: en el personal del agraciado, para aliviar sus apuros económicos; en el institucional, para reconocer en la persona y en la obra de Carrera Andrade a uno de los más altos valores de nuestra cultura.


unánime que le había hecho, días antes, el Comité Ejecutivo de la Casa de la Cultura y firmar el Decreto Ejecutivo No. 139, fechado el 9 de agosto. La razón primordial de esta concesión, la calidad del aporte a la cultura nacional hecha por Aguilera Malta en sus ya largos años de vida y, conforme reza el tercer inciso del decreto, el haber pertenecido al “Grupo de Guayaquil” y ser, su obra, una de “las expresiones más destacadas de las letras hispanoamericanas”.

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En la emotiva ceremonia de entrega realizada en el Palacio Nacional, Aguilera Malta estuvo en lo cierto al afirmar que el Premio “honra a quien lo obtiene, por los múltiples requerimientos que se exigen para merecerlo; y, al mismo tiempo, honra a quien lo concede, porque establece lo más puro, entrañable y fundamental de cuanto define y enmarca la ecuatorianidad”. El premiado era, entonces, embajador en México y estaba ya afectado por la enfermedad que, dentro de pocos meses, provocaría su deceso. Sin negar el elevado mérito de Aguilera Malta, de su obra y de sus escritos principales, una razón sentimental habrá también inf luido en la decisión de la Casa de la Cultura y del Gobierno, porque la reciente muerte del abogado Roldós, pariente cercano del premiado, había conmovido a todo el país.

Los dos últimos Premios únicos. Para 1983 varios nombres sonaron para el Premio y algunos de ellos constaron en la nómina que el Comité Ejecutivo de la Casa de la Cultura envío al Presidente de la República. A la postre, lo obtuvo el escritor y periodista señor Raúl Andrade Moscoso, descendiente de uno de los troncos familiares más destacados en la vida política del país, atildado escritor, autor de pocos libros, es verdad, pero de una gigantesca cantidad de artículos de calidad, agrupados en diversas columnas periodísticas como “Claraboya”, “Escaparate”, “Crónicas de otros lunes” y “Viñetas del mentidero”, para citar solo aquellas que sirvieron para editar libros con

una parte de ellas. El Decreto Ejecutivo No. 2015 de 24 de agosto de 1983, ratificó la decisión gubernamental, fundada, según la letra de aquel documento, en “que el ilustre escritor y periodista, ha contribuido al desarrollo de la cultura nacional con sus obras, así como con sus artículos publicados en la prensa nacional e internacional por más de cincuenta años”. Hernán Rodríguez Castelo, en uno de los artículos que inteligentemente escribía para la prensa en aquellos días, dijo, con acierto, que el Premio había sido concedido al estilo. Andrade recibió la noticia del Premio en su lecho de paciente grave. Una enfermedad mortal le consumía desde hace tiempo. Mostró sorpresa y agradecimiento por esta decisión del Gobierno, pero su condición física le impidió asistir a la ceremonia de entrega del galardón efectuada el propio 24 de agosto. Moriría pocos días después. El propio Presidente Hurtado, mediante Decreto Ejecutivo No 2584 de 24 de abril de 1984, modificó una de las estipulaciones del Premio, en el sentido que su entrega sea anual antes que bianual, como originalmente se había estipulado. Además, dispuso que su valor económico ascendiera de cien mil sucres a quinientos mil sucres, dado el proceso de devaluación monetaria que entonces sufría el país. Ordenó, asimismo, que el Premio de ese año se concediera a una personalidad en el campo de las artes o de las ciencias, medida que buscaba compensar el desbalance producido por las cinco concesiones anteriores, pues, tal como queda relatado, todas ellas fueron para exponentes de las letras. Esto permitió al Presidente Hurtado -antes del término de su mandato presidencialconceder el Premio al padre José María Vargas, dominico ilustre e investigador de la historia del arte ecuatoriano. En uno de los considerandos del Decreto Ejecutivo No. 2755 de 16 de julio de 1984, se menciona que el Comité Ejecutivo de la Casa de


la Cultura había enviado al Ejecutivo “una terna de ilustres ciudadanos para que el Presidente Constitucional de la República haga la correspondiente selección”, algo similar a lo que ya había ocurrido en 1983. Se desconoce, por desgracia, pero sería bueno investigar más a fondo este particular, para identificar los nombres de los integrantes de aquellas primeras ternas en la historia del Premio.

circunscrito mayormente al ámbito de las letras, dejando a un lado a las ciencias y a las artes y a algunos valiosos exponentes de estas disciplinas, que bien merecían, como los escritores, la prestigiosa presea. Otros comentaban que el Premio podía perder su vigor institucional si se lo seguía concediendo anualmente.

El cuarto considerando del Decreto No. 2755 justificaba la elección del padre Vargas por ser quien había contribuido “con sus investigaciones, publicaciones y enseñanzas al desarrollo de las artes y ciencias en el Ecuador”. La entrega del Premio fue adelantada al 6 de agosto, dada la inminencia del cambio presidencial y los compromisos protocolarios derivados del mismo. El acto solemne se efectuó en los locales del nuevo edificio de la Casa de la Cultura que, en los últimos años, gracias al empeño del nuevo Presidente de la Casa, profesor Edmundo Ribadeneira, continuaban adelantándose. Con la humildad que caracterizó toda su vida, el padre Vargas confesó a los asistentes al acto de premiación, que, en el epílogo de su vida, este era “el último regalo de la Divina Providencia”.

Con el Decreto Ejecutivo No. 1722, firmado el 31 de marzo de 1986 por el ingeniero León Febres Cordero, se abre un segundo capítulo en la trayectoria del Premio “Espejo”. Nótese que, pese a ser ya este galardón de carácter anual y de mantenerse como tal, no se lo había concedido en 1985, como así debió ser. Este nuevo decreto se amparaba en la necesidad de “actualizar la concesión […] de acuerdo con el desarrollo cultural experimentado por el país en los últimos años”. Cosa curiosa, pero nada indicaba que se hubiese producido tal avance.

La opinión generalizada en la primera década del Premio, fue que éste había alcanzado sólido prestigio nacional, no solo por los nombres de quienes lo habían recibido, sino por la seriedad y transparencia del proceso de selección de los premiados. Pese a ello, hay que cuidar al Premio, advertía Alejandro Carrión Aguirre el 6 de agosto de 1984, en artículo publicado en el diario El Comercio de Quito. “Esto significa que hay que impedir que lo dilapiden, que lo den al buen tuntún, que se convierta en una cosita que usa el Presidente para halagar a quienes le caigan bien al ojo”, agregaba. Pero a esta preocupación, muy justa por lo demás, se sumaba otra. Algunos entendidos se lamentaban que el Premio se hubiese

Segundo capítulo.

Otra disposición de dicho Decreto No.1722 consistió en determinar el modo de selección de los premiados. Se introdujeron cambios al régimen vigente. De una parte, las ternas serían presentadas al Ejecutivo por los diversos Núcleos de la Casa de la

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Lo que sí, en efecto, se convirtió en una necesidad, era segmentar al Premio en varias categorías para corregir, así, las limitaciones que se decía lo afectaba. De este modo, el Decreto No. 1722 estableció las siguientes categorías: creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura nacional; creación literaria; creación o actividad artística; y, creación, realización o actividad científica. Obsérvese que, a excepción de la literatura, en las demás categorías no solamente se podía premiar a la creación en sí misma sino, además a la actividad. Esto quería decir que, por ejemplo, en el campo musical, cabía premiar, como en efecto así ocurrió después, a un intérprete destacado y no necesariamente a un compositor.

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José Alfredo Llerena, Humberto Vacas Gómez, Augusto Arias y Alejandro Carrión, éste último Premio “Espejo” 1986.

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Cultura y no necesariamente solo por la Matriz, ternas que también debían provenir del recién instituido Consejo Nacional de Cultura. De otra, amparándose en una antigua normativa de 1975, el Decreto Supremo No. 390-C de abril de aquel año, consideró la posibilidad de que, a juicio del Presidente de la República, se conceda, a más del Premio, una pensión temporal, pero “únicamente a los premiados que carecieren de los recursos necesarios para vivir dignamente”. El origen múltiple de las ternas previsto en el Decreto Ejecutivo No.1722 generó problemas de interpretación y, más que nada, de aplicación práctica, que el Consejo Nacional de Cultura debió tratarlos en sesión de 8 de julio de dicho año de 1986. Antes, el 6 de mayo, el señor doctor Blasco Peñaherrera Padilla, Vicepresidente de la República, había presentado al Ministro de Educación y Cultura encargado, ingeniero Eudoro Loor Ribadeneira, un proyecto de reglamentación al Premio, en siete artículos. El citado proyecto contenía disposiciones interesantes como las de establecer plazos para la presentación de candidaturas al Consejo

y para la entrega de las ternas al Presidente de la República -15 de junio y 15 de julio, respectivamente-, la posibilidad que grupos de al menos diez personalidades propongan candidatos, el nombramiento de comisiones de fuera del seno del Consejo para analizar las candidaturas, la necesidad de un informe motivado del Consejo al Presidente de la República, la responsabilidad del Consejo de organizar el acto de entrega del Premio y, por fin, la posibilidad de que este mismo ente pueda sugerir al Presidente de la República la concesión de una pensión temporal para aliviar la situación económica de alguno de los premiados. En la antes citada sesión de 8 de julio, el Consejo discutió los pormenores del procedimiento para seleccionar a los candidatos al Premio. El proyecto de reglamento presentado por el Vicepresidente de la República había sufrido, hasta cierto punto, de un traspiés, al producirse la sorpresiva muerte del titular del Ministerio de Educación y Cultura, doctor Camilo Gallegos Domínguez, uno de los autores de la propuesta. De todos modos, prosperó en el seno del Consejo la idea -sugerida por el licenciado Alejandro Carrión


Lo antes resuelto permitió al Consejo, en su sesión de 19 de julio, conformar las ternas para la concesión del Premio correspondiente a 1986. Éstas quedaron integradas así: los señores Eduardo Kingman, Oswaldo Guayasamín y la señora América Salazar de Martínez en artes; los doctores Plutarco Naranjo Vargas y Luis Romo Saltos y el ingeniero Miguel Moreno Espinosa en ciencias; el licenciado Alejandro Carrión Aguirre, el señor Pedro Jorge Vera y el doctor Ángel Felicísimo Rojas para letras; y, los señores Leslie Wright, Neptalí Martínez Jaramillo y Alfonso Rumazo González para cultura. El Presidente Febres Cordero, sobre la base de estas ternas, escogió a los premiados de acuerdo con lo que aparece en el segundo inciso del Decreto Ejecutivo No. 2093, de 5 de agosto de 1986. Ellos fueron: el pianista Leslie Wright Durán Ballén en cultura; el escritor y periodista Alejandro Carrión Aguirre en literatura; el pintor Eduardo Kingman en arte; y, el doctor Plutarco Naranjo Vargas en ciencias. La ceremonia de entrega se efectuó en el Palacio Nacional el 14 de agosto y en ella el Presidente de la República manifestó, entre otras cosas, que “sin desconocer la trascendencia del aspecto político, sin ocultar la significación del aspecto económico, a nada aspiro tanto

como al sustancial desarrollo de la cultura”. Pero el Premio de 1986 despertó polémica. No hay que olvidar que se vivía en aquel año difíciles y complejas situaciones políticas. La oposición al régimen era viva, sobre todo entre intelectuales, periodistas y escritores, muchos de ellos de izquierda. Por esto, no podía extrañar que varios aspectos del Premio generaran prolongada discusión pública, caso excepcional en la historia de este galardón. Uno de los puntos de discusión, el que se hubiese otorgado la presea a Carrión, quien defendía en su columna periodística de El Comercio a la administración del ingeniero Febres Cordero. Pedro Jorge Vera, en declaraciones a la prensa, no ocultaba su rencor hacia Carrión, -que venía de muy lejos por cierto, a partir de las desavenencias surgidas entre los dos escritores en la campaña electoral de 1960-, al decir que se lo había dado “a una persona que escribe bien, que tiene buenos libros, pero que empaña moralmente a este premio de carácter nacional”. El diario Hoy de Quito, que en aquella época hacía violenta oposición a Febres Cordero, matizaba esta crítica de Vera afirmando, en su edición de 14 de agosto de 1986, que “nadie dejará de pensar que el Gobierno, en el fondo de los fondos, no le ha recompensado [a Carrión] sobre todo por su obra periodística, voluble y cortesana hasta la ingenuidad, aquella en la que, para su mal y el nuestro, el de sus lectores, desperdicia su talento en los últimos años”. Como se ve, Carrión, acaso con más injusticia que verdad, estuvo, por este hecho, en el centro de una polémica que, más de carácter cultural, tenía mucho de política. Fuera de esta polémica, el escritor se merecía, en realidad, este reconocimiento nacional por su obra como narrador, poeta y, por qué no, también por su largo trabajo como articulista de prensa, sobre todo cuando mantuvo, por algo así como 25 años, esa inolvidable columna en el diario El Universo de Guayaquil titulada

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Aguirre, miembro del Consejo- de que el reglamento no debía ser tratado “como un asunto legal sino, más bien, como un asunto interno, tanto de la Casa de la Cultura como del Consejo Nacional de Cultura”. A esta tesis contribuyó, además, la proposición de otro miembro del organismo, el profesor Edmundo Ribadeneira, Presidente de la Casa de la Cultura, en el sentido que la presentación de candidatos por parte de los Núcleos de la Casa, podía ser sustituida por la de su Junta Plenaria. Al final de la discusión, el Consejo resolvió aprobar una reglamentación pero con el aditamento de una disposición transitoria que facultaba al Consejo, por esta vez, proponer directamente las ternas al Presidente de la República.


“Esta vida de Quito” con el pseudónimo de Juan sin Cielo, de notable acogida por parte de la opinión pública, y que “conquistó su espacio bajo el sol”, según lo que el propio Carrión escribiera en el prólogo a una selección de artículos de esta columna periodística, publicada por el Banco Central del Ecuador tres años antes.

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Y fue precisamente Carrión quien, en sus palabras de agradecimiento por el honor recibido, recurrió a la nostalgia, inf lexible arma de quienes miran la vida a la distancia de los años transcurridos, elevándose, así, de la transitoriedad de un presente que en algo afectaba su sólido prestigio de escritor. “Pido a vuestra generosidad -dijo- permitirme volver la mirada hacia los años en que para mí comenzó la vida consciente. Allá, tras la dulce niebla que los envuelve, solo veo libros, libros. Entre ellos se desenvuelve mi vida, son su clima y su ornamento. En buen día, me veo ya escribiendo. ¿Quién me enseñó? ¿Qué voz me llamó? Desde ese día entre los días casi no hay uno, en esta larga vida, en el que no haya escrito”. En cierto modo también se criticó el haber concedido el galardón a Leslie Wright, porque la decisión del Gobierno suponía anteponer la calidad de un intérprete a la capacidad creativa de un compositor. Al tiempo que se formulaban estos reparos, algunos predecían el deterioro del Premio, precisamente por algo que, si bien se había reclamado antes, su fraccionamiento en categorías, se consideraba peligroso por la posible disgregación de méritos y el descenso de éstos. Se decía, además, que, el volver anual su concesión, pronto se agotaría la lista de los que verdaderamente se merecían el galardón. No cabe duda, sin embargo, que el enrarecido clima político que se vivía entonces permitía que, de cualquier cosa que hiciera o propusiera el Gobierno, se levantara una ola de recriminaciones o, al menos, de suspicaces interpretaciones. Esto

ocurrió, en efecto, con el Premio de 1986 y fue, ciertamente, el primer golpe a su institucionalidad, trabajosamente lograda en años precedentes. El Consejo Nacional de Cultura, ya en plenitud de capacidades para conformar la terna que se pondría en conocimiento del Presidente de la República, dispuso, en sesión de 1 de julio de 1987, la integración de una comisión ad-hoc para estudiar el tema y sugerir candidaturas. Esta comisión estaba formada por los doctores Benjamín Terán Varea y Francisco Vivanco Riofrío, el padre José María Vargas y el profesor Edmundo Ribadeneira. Luego de un llamado oficial a la ciudadanía, hecho a través del propio Consejo, se presentaron numerosas candidaturas provenientes de decenas de entidades culturales, organismos seccionales y personas particulares. En gesto de delicadeza personal, porque su nombre había sido sugerido por varias entidades para postular al Premio, el profesor Ribadeneira, se excusó de continuar siendo parte de la mentada comisión. En oficio de 6 de julio, la comisión propuso los siguientes nombres: los señores José Rumazo González, Fernando Chaves Reyes y Jorge Enrique Adoum, para creación literaria; los señores Galo Galecio, José Enrique Guerrero y Enrique Tábara, para creación artística; el doctor Miguel Salvador, el ingeniero Miguel Moreno Espinosa y el doctor Misael Acosta Solís, en actividad científica; y, el doctor Antonio Parra Velasco, la señorita María Luisa Calle y la señora Susana González de Vega, en actividad cultural. Esta propuesta fue aprobada por el Consejo en sesión de 20 de agosto y, en la tarde de ese mismo día, en el acto de promulgación de la Ley del Libro, presentada al Presidente de la República. Conocidas las candidaturas, uno de los postulados, el escritor Jorge Enrique Adoum, rechazó la nominación, pues, a su juicio, su nombre había sido utilizado por el Gobierno


“para dar la apariencia de pluralista a un premio que en las actuales circunstancias políticas no lo es”. Y añadió: “Ninguna persona puede honestamente creer que a mí me puede dar ese premio este Gobierno y ninguna persona honesta puede creer, sin insultarme, que yo lo aceptaría”. En esas mismas declaraciones, Adoum se mostraba escéptico de que en el Ecuador pudiese existir actividad cultural que amerite la entrega del Premio a cuatro personas anualmente. Pedro Jorge Vera, sin que alguien le haya dicho que estaba en las ternas o que podía estarlo -y ciertamente no estaba-, se apresuró a confirmar por la prensa que no aceptaría el Premio por razones también de orden político.

Pocos días después, el 25 del propio mes de septiembre, se realizó la ceremonia de entrega, con discursos del Presidente Febres Cordero, del Ministro de Educación Iván Gallegos Domínguez y, en nombre de los premiados, del señor José Rumazo González. Mientras el Presidente destacaba la magnitud de la obra cultural realizada en su administración, que “no es motivo de

Gabriel Cevallos García.

vanidad pueril”, decía, el señor Rumazo, dirigiéndose al Presidente, confesaba que se admiraban “los caminos y horizontes de vuestro pensamiento, que representan la actividad nacional y, al mismo tiempo, la inculcación de los deberes morales en la vida pública como verdadera política de orden y libertad”. De la actitud de rechazo de unos, a la aprobación y aceptación entusiasta de otros, se puede desprender, entonces, que el Premio era, además, un elemento que contribuía a avivar ese escenario de contradicciones ideológicas que caracterizaron esta etapa de la política ecuatoriana. Los problemas con el Premio no cesaron, por desgracia, en 1988. Pocos días antes de la trasmisión del mando presidencial, el 26 de julio, el Consejo Nacional de Cultura se había reunido para estudiar, entre otros temas de su agenda, la presentación de las ternas para el Premio. Al término de los debates, las ternas quedaron integradas de la siguiente manera: profesor Edmundo Ribadeneira, doctor Gonzalo Rubio Orbe y embajador Leonardo Arízaga Vega, en creaciones,

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El 4 de septiembre de 1987 se hizo público el anuncio de la decisión del Gobierno, que confería el Premio al doctor Antonio Parra Velasco, a los señores José Rumazo González y Galo Galecio y al doctor Miguel Salvador, en las categorías en las cuales cada uno de ellos estuvo constando en la terna respectiva. Al doctor Parra, ex canciller, internacionalista, catedrático y antiguo rector de la Universidad de Guayaquil, se le recordaba por su ardorosa y patriótica defensa de la integridad territorial de las Islas Galápagos. El señor Rumazo, director entonces de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, escritor e investigador, había recientemente concluido una monumental obra poética, Parusía. El maestro Galecio tenía un sólido prestigio como grabador y caricaturista. Y el doctor Salvador, un cardiólogo eminente, había realizado investigaciones sobre la longevidad en Vilcabamba.


realizaciones o actividades a favor de la cultura nacional; doctores Gabriel Cevallos García y Ángel Felicísimo Rojas y licenciado Javier Ponce Cevallos, en creación literaria; señores Leonardo Tejada, Gonzalo Endara y Enrique Tábara, en creación o actividad artística; y, doctores Augusto Bonilla Barco, Misael Acosta Solís y José Varea Terán, en creación, realización o actividad científica.

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En el acta de dicha reunión constan varias particularidades que se deben destacar: la decisión de salvar su voto de parte del profesor Edmundo Ribadeneira en la terna en la cual él constaba y la del doctor Benjamín Terán Varea en la que aparecía el nombre del doctor José Varea Terán, su pariente cercano; el sentimiento de pesar del Consejo por la muerte del maestro José Enrique Guerrero, a quien posiblemente se pensaba incluir en la terna; y, la aclaración de que el nombre del señor Ponce Cevallos se lo incluía “como un estímulo a la nueva generación”. Cuatro días antes, el 4 de agosto, el Secretario General de la Administración de entonces, licenciado Patricio Quevedo Terán, había recibido oficialmente el conjunto de obras civiles de los nuevos edificios de la Casa de la Cultura, en ceremonia pública y solemne a la cual asistieron altos funcionarios del Gobierno saliente, embajadores de países amigos, intelectuales afines a la administración que concluía. En dicho acto, el profesor Ribadeneira, quien aún ostentaba las funciones de Presidente de la Casa de la Cultura, dijo, -según lo relata la prensa de esos días-, que veía con orgullo el término de una obra largamente inconclusa y que “servirá a la comunidad por lo menos cincuenta años”. Quevedo, por su parte, a la par que calificaba como histórica la entrega de dichas obras al servicio de la cultura del país, adelantaba varios nombres de los agraciados con el Premio, entre ellos el propio profesor Ribadeneira. Prácticamente al término de su mandato, el ingeniero Febres Cordero suscribió el

Decreto Ejecutivo No. 4209, que lleva la fecha de 9 de agosto. De las ternas sugeridas por el Consejo Nacional de Cultura, el Presidente de la República escogió al profesor Edmundo Ribadeneira, al doctor Gabriel Cevallos García, al señor Enrique Tábara y al doctor Augusto Bonilla Barco, en cada una de las categorías en las cuales ellos habían aparecido. Nadie podía dudar del mérito intelectual de cada uno de ellos, reconocidos exponentes de la cultura nacional. Cevallos García, historiador y humanista, había dedicado largos años a la cátedra y a la investigación en la ciudad de Cuenca y algunas de sus obras, como las Reflexiones a la Historia del Ecuador, se habían vuelto verdaderos clásicos. Tábara, en cambio, había demostrado un inusitado vigor en la estructura y el concepto en su pintura más reciente; y, en el doctor Bonilla se reconocía a un excelente médico traumatólogo de amplio y largo servicio a la sociedad. De Ribadeneira, a más de su reciente labor en la Casa de la Cultura, estaba latente su labor de escritor, ensayista y periodista de fuste. Pero los premios no se entregaron el Día de la Cultura, jornada demasiado compleja para las autoridades del Gobierno porque era la víspera de la transmisión del mando, ni nunca hubo una ceremonia conjunta y solemne organizada por el nuevo régimen. Circunstancias políticas volvían a afectar, entonces, la seriedad del galardón. Tiempo después, el 5 de octubre de 1988, se improvisó en el Palacio Nacional un acto de entrega del Premio al doctor Augusto Bonilla. A los demás, entiendo, se les envió la presea a través de un mensajero, sin el reconocimiento solemne que a ellos por justicia se debía. Y peor: al profesor Ribadeneira, que había dedicado sus energías en terminar la construcción de los edificios de la Casa de la Cultura y que había hecho una pujante labor en la entidad, inicialmente se le mezquinó la entrega solo por el hecho de acusársele de “colaboracionista” con el régimen de Febres Cordero.


Sobre esta base, el propio Consejo, mediante Resolución No. 018-89- CNC de 3 de agosto de 1989, integró las ternas para el Premio de aquel año. Las conformaban el arquitecto Hernán Crespo Toral, la señora Nela Martínez Espinosa y el doctor Jorge Pérez Concha, en promoción o desarrollo de la cultura nacional; los señores Jorge Enrique Adoum, Fernando Chaves y Pedro Jorge Vera, en creación literaria; el señor Jaime Andrade Moscoso, la señora Araceli Gilbert de Blomberg y el señor Oswaldo Guayasamín, en creación en otros campos de la actividad artística; y, doctores Misael Acosta Solís, Manuel Agustín Aguirre y Agustín Cueva, en creación o investigación en el campo científico. Nótese que es la primera vez que las ternas se ordenan alfabéticamente con el fin de evitar cualquier suspicaz interpretación. Conocidas estas ternas, el maestro Oswaldo Guayasamín hizo pública su excusa, pues, a su entender, las relaciones familiares derivadas del hecho de que su hijo político, arquitecto Alfredo Vera Arrata, desempeñaba las funciones de Ministro de Educación y Cultura y por ende las de Presidente del Consejo Nacional de Cultura, podía despertar “maledicencia y canallada” si es que se le concedía el Premio.

Nuevamente bianual. El doctor Rodrigo Borja Cevallos, entonces Presidente de la República adjudicó el Premio de 1989 en la siguiente forma:

doctor Jorge Pérez Concha, en promoción cultural; señor Jorge Enrique Adoum en literatura; señora Araceli Gilbert de Blomberg en artes; y, doctor Misael Acosta Solís en ciencias. Lo hizo mediante Decreto Ejecutivo No. 906 de 9 de agosto de dicho año, y, en el artículo 2 del mismo, determinó que el Premio volviese a ser bianual, como lo había sido desde su origen. El doctor Jorge Pérez Concha tenía a su haber no solo una producción literaria e histórica de largo alcance -su Ensayo históricocrítico de las relaciones diplomáticas del Ecuador con los países limítrofes le había consagrado como paciente y fecundo investigador- sino que su tarea al frente del Núcleo del Guayas de la Casa de la Cultura había sido siempre alabada. Jorge Enrique Adoum, quien retornaba a su patria luego de larga estadía en Europa en el desempeño de funciones en la UNESCO, era reconocido como un poeta de primera línea en la lírica nacional, respetado por su pensamiento fuera de nuestras fronteras. Araceli Gilbert había deslumbrado, desde hace mucho tiempo, por sus composiciones geométricas de vivo color y sentido estético. Al doctor Acosta Solís se le consideraba como un científico de primera línea, con toda una vida consagrada a la botánica y a la defensa de nuestra naturaleza. La crónica periodística de aquellos días trae una interesante información al relatar cómo el poeta Adoum recibió la noticia del Premio, cuya concesión a su persona se venía rumorando ya de tiempo. “La noche del jueves 10 de agosto -dice la crónica- en el departamento de Jorge Enrique Adoum, la familia del lúcido poeta ecuatoriano se había reunido para celebrar el cumpleaños de su hija Alexandra. En la sala, música de jazz y algunos bosanovas acompañan a las hijas del poeta, que charlan y celebran bebiendo oporto. El poeta, también alegre, brinda con su acostumbrado whisky. A eso de las ocho de la noche, Adoum recibe una llamada telefónica que termina con rumores e inaugura su felicidad profunda. Cuando

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Mediante Resolución No. 04-89- CNC de 11 de julio de 1989, el Consejo Nacional de Cultura, presidido entonces por el doctor Jorge Núñez Sánchez, a propuesta de su Comité Ejecutivo, aprobó un reglamento para el otorgamiento del Premio. Viene a ser una extensión de las normas consideradas en el anterior régimen y mantienen, en esencia, los mismos plazos para la presentación de candidaturas, la elaboración de las ternas y la propuesta final al Ejecutivo.


llegó la confirmación, sentí algo de tristeza. Pienso que si yo no hubiera nacido, otro pobre se tomará este café, dijo, evocando a César Vallejo”. Para Adoum, según ese mismo relato periodístico, el Premio era “triplemente hermoso, porque perpetúa la memoria de Eugenio Espejo, a quien yo dediqué mi poema en el último de los Cuadernos de la tierra; por la gente que ya lo ha ganado; y, por venir del Gobierno que lo otorga”. La ceremonia de entrega fue dilatada inexplicablemente. La última semana de diciembre de 1989, el miércoles 27, el Presidente Borja hizo entrega de las preseas en un discurso en el cual resaltó la obra gubernamental calificando al año transcurrido como “fecundo”. Adoum, por su parte, agradeció a nombre de los galardonados.

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Para 1991 el Consejo Nacional formuló las ternas acogiéndose al reglamento que había dictado para el efecto. Ya el 17 de julio de ese año se conocían sus integrantes, que eran: el arquitecto Hernán Crespo Toral y los maestros Édgar Palacios y Álvaro Manzano, en creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura nacional; el señor Adalberto Ortiz, el doctor Ángel Felicísimo Rojas y el señor Pedro Jorge Vera, en creación literaria; los señores Oswaldo Guayasamín, Mesías Maiguashca y Aníbal Villacís en creación o actividad artística; y, los doctores Agustín Cueva Dávila, Ruth Moya Torres y Eduardo Estrella Aguirre, en creación, realización o actividad científica. Y, cosa curiosa, con adelanto ejemplar, el embajador Francisco Carrión Mena, Coordinador de Asuntos Internacionales de la Presidencia de la República, comunicó el 31 de julio la decisión del Presidente de la República, decisión que se confirmó mediante Decreto Ejecutivo No. 2649 de 9 de agosto. Los premiados fueron: el arquitecto Hernán Crespo Toral, los señores Pedro Jorge Vera y Oswaldo Guayasamín y el doctor Agustín Cueva.

Crespo Toral había dedicado varios años de su vida a constituir una red de museos del Banco Central y desempeñaba la dirección de la Oficina Regional para América Latina de la UNESCO; Pedro Jorge Vera, narrador y dramaturgo, había realizado en el pasado una larga carrera como escritor y editorialista para la prensa nacional; Agustín Cueva era un connotado cientista social, autor de importantes obras, que había vuelto al país, enfermo mortalmente, luego de una larga residencia en México; y, Oswaldo Guayasamín, artista de prestigio continental. Conviene destacar, en este caso, que el Premio a la creación, realización o actividad científica, había favorecido, por primera vez, a un exponente de las ciencias sociales y no, como en el pasado, a representantes de las ciencias médicas o naturales. La entrega igualmente fue diferida y solo se realizó el martes 14 de enero de 1992. El valor monetario del mismo, por razones de carácter económico, -la inf lación se había prácticamente institucionalizado en el país- ascendió a cinco millones de sucres, lo que contrastaba, empero, con su descenso en términos de poder adquisitivo real o su conversión a dólares de los Estados Unidos. Ese mismo día, el Presidente Borja decretó a 1992 como el “Año de la Identidad Nacional” y, en alusión al mérito de los premiados dijo que “los cuatro han buscado las profundidades de las aguas de nuestra historia y de nuestra arqueología”. Y añadió seguidamente: “El primero -Crespo Toral- buscando y analizando los testimonios arqueológicos de nuestra pretérita convivencia; el otro -Vera- relatando, con ágil pluma y mirada avizora, todo lo que acontece en nuestro alrededor; pintando -Guayasamín- rostros demacrados, manos nudosas de trabajo y sufrimiento, pies agigantados por siglos de pisar la tierra; buscando permanentemente -Cueva- las raíces de la ecuatorianidad con certeros diagnósticos de lo que somos y hacemos”.


Nelson Estupiñán Bass.

Dos años después, o sea en 1993, el Consejo Nacional de Cultura, al acoger las ternas que le sometió su Comité Ejecutivo, expidió la Resolución No. 008-93- CNC. Debe haberse redactado con mucho apuro esta resolución pues en ella se cometen errores y omisiones. Por ejemplo, la resolución no tiene fecha, y se incluye entre los candidatos a uno que ya había merecido la presea, el doctor Augusto Bonilla Barco y, para colmo de equivocaciones, se cambia el nombre de otro de los postulados: al doctor José Varea Terán, ilustre científico, se lo nombra como José Terán Varea. Particulares propios de una burocracia descuidada, sin duda. Pero, en fin, las ternas de dicho año estuvieron integradas así: señores Gerardo Guevara

y Nicolás Kingman Riofrío y doctora Nila Velásquez, en creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura; doctor Ángel Felicísimo Rojas y señores Alfonso Rumazo González y Nelson Estupiñán Bass, en creación literaria; señores Leonardo Tejada, Gilberto Almeida y Alfredo Palacio, en creación o actividad artística; y, doctores Augusto Bonilla Barco, José Varea Terán y Neptalí Zúñiga, en creación, realización o actividad científica. Los escogidos por el arquitecto Sixto Durán Ballén, a la fecha Presidente de la República, fueron: el maestro Gerardo Guevara, los señores Nelson Estupiñán Bass y Alfredo Palacio y el doctor José Varea Terán, en cada una de las categorías en las cuales estos caballeros habían sido nominados. A tal efecto, el primer mandatario suscribió, con fecha 10 de septiembre de 1993, el Decreto Ejecutivo No. 1075. El maestro Guevara, notable compositor, antiguo Director del Conservatorio Nacional de Música, catedrático. Estupiñán Bass, novelista de la negritud, poeta y articulista. Palacio, escultor de renombre, quien, al recibir la noticia de que había

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En los propios días de la solemne entrega del Premio, uno de los diarios más importantes de la capital, señalaba que la concesión de aquel año había traído “un poco de cola [porque] se sigue pensando que es un galardón que debería otorgarse con más distancia -cuatro en vez de dos años, por ejemplo-, para darle aún mayor peso y para que se convierta en una especie de premio de un gobierno”.


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El maestro Gerardo Guevara.

sido galardonado, exclamó eufórico, que el Premio le caía muy bien “porque dicen que viene acompañado de unos centavitos y estoy pobre, muy enfermo y cansado”. Y, por fin, Varea Terán, investigador científico, sobre todo en los ámbitos del desarrollo biológico y la endocrinología. Sorprendido por la buena nueva, este médico no dejó de reconocer, con modestia, que su nombre no sería adecuado para recibir el Premio “porque la investigación científica no se la hace a nivel personal, es el trabajo de grupo”. El 27 de dicho mes de septiembre, en emotiva ceremonia, el Presidente Durán Ballén entregó los premios y consideró a ese acto como uno de los “más simpáticos, más emotivos, más agradables, en los catorce meses que llevo de Presidente de la República”. Por su parte, a nombre de los galardonados, Nelson Estupiñán Bass manifestó que la premiación de aquel año llevaba consigo dos connotaciones: la una, estimular las investigaciones, las obras de arte y literatura, para ponerlas al servicio del pueblo, y, la segunda,

“una tácita declaración antirracista de nuestro primer mandatario, que compartimos y celebramos todos los negros del Ecuador”. Pero, más allá de la emoción del acto de entrega, en el que compartieron la alegría del momento, por igual, personajes de la más diversa ideología, Jorge Enrique Adoum, Luis Robles Plaza o Pedro Jorge Vera, por ejemplo, el hecho cierto fue que la expectación por el Premio había perdido la importancia de antes. La escasez de informaciones que sobre el evento trajo la prensa de esos días y la carencia de comentarios escritos por editorialistas y articulistas, demostraban claramente tal apatía. Acaso llegaban a tener razón quienes predijeron la progresiva debilidad del Premio, tanto por la entrega anual del mismo cuanto por su división en cuatro categorías. Sin embargo de lo antes dicho, hay que anotar por justicia, que el 5 de agosto de 1993, mediante Decreto No. 04 aprobado por el Plenario de las Comisiones Legislativas, se dispuso la concesión de


Para la siguiente entrega, esto es para 1995, el Consejo Nacional de Cultura, atendiendo las solicitudes presentadas por varias instituciones culturales, según así reza el último de sus considerandos, aprobó la Resolución No. 005-95- CNC de 20 de julio. En ella constan las ternas para el Premio de dicho año, que son: el doctor Jorge Salvador Lara, la licenciada Mariana Roldós Aguilera y el señor Francisco Valdivieso Briz, en creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura; los señores Adalberto Ortiz y Efraín Jara Idrovo y el doctor Euler Granda, en creación literaria; el señor Carlos Michelena, la señora América Salazar de Martínez y el señor Enrique Gil Calderón, en creación o actividad artística; y, el señor Alfonso Rumazo González, el doctor Luis Romo Saltos y el señor Francisco San Pedro, en creación, realización o actividad científica. El propio Día de la Cultura, el Presidente Durán Ballén firmó el Decreto Ejecutivo No. 2965 por el cual concedió el Premio al doctor Jorge Salvador Lara, a los señores Adalberto Ortiz y Enrique Gil Calderón y al doctor Luis Romo Saltos, en cada una de las categorías en los cuales estos caballeros habían sido nominados. Pero ocurrió que el Presidente retrasó ostensiblemente la entrega de la presea. Lo hizo recién el 5 de marzo del año siguiente, en apagada ceremonia en el Palacio Nacional. Uno de los premiados,

el señor Adalberto Ortiz, no pudo asistir a ella por problemas de salud y otro, el señor Gil Calderón, había renunciado a la presea meses atrás, protestando por la demora y considerando a ella como “una ofensa grave a la intelectualidad ecuatoriana, pues el Presidente de la República no tiene tiempo para entregar un premio a la gente que trabaja por la cultura del país, pero sí tiene tiempo para otorgar personalmente la carta de nacionalización a un futbolista”. Así que el Presidente Durán Ballén solamente pudo entregar el Premio de 1995 a los doctores Salvador Lara y Romo Saltos. El primero de ellos, al pronunciar el discurso de rigor, recordó que el Premio de ese año era más importante todavía porque se lo recibía en el año bicentenario de la muerte de Eugenio Espejo. Pero no dejaban de ser sino palabras muy elegantemente pronunciadas, dada la calidad y la versación de quien se dirigía al Presidente, historiador ilustre, de larga y fructífera trayectoria de servicio público, maestro y diplomático. Al contrario, lo cierto era que tal retraso, y la reacción consiguiente de muchos intelectuales y escritores al respecto, hicieron mucho daño al Premio y melló su ya débil prestigio.

Nuevas reglas. Acaso como demostración del afán gubernamental por reparar los efectos que causaron estos inconvenientes, la normativa que contiene el Decreto Ejecutivo No. 699, expedido por el doctor Fabián Alarcón Rivera, Presidente Constitucional Interino de la República el 19 de septiembre de 1997, buscó afirmar la institucionalidad del Premio. Por una parte, se estableció que el mismo podía también ser otorgado “a un organismo privado o público”, a más de las cuatro categorías ya existentes, o sea, actividades culturales, literarias, artísticas y científicas. Por otra, se dispuso que el Premio consistiría en medalla, diploma y “una cantidad de dinero equivalente a treinta millones de sucres, para cada uno de

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pensiones vitalicias, equivalentes a cinco salarios mínimos vitales, a todos quienes recibieron el Premio “Espejo”, por considerar, lo dice el texto del propio Decreto, que era “necesario estimular en forma permanente a los más altos valores de la cultura, el arte y la ciencia del Ecuador”. De esta manera se beneficiaban todos quienes habían recibido la presea, sin distinción alguna, y no solo quienes demostraban -cosa hasta cierto punto delicada- que no disponían de recursos para llevar una vida digna. La citada normativa agregaba que de igual beneficio gozarán en el futuro quienes recibieren el Premio.


vitalicia consistente en veinte salarios mínimos vitales. Las ternas de este año consideraron los nombres del doctor Ángel Felicísimo Rojas, el señor Efraín Jara Idrovo y la señora Alicia Yánez Cossío para letras; los señores Mesías Maiguashca y Sixto Salguero y arquitecto Oswaldo Viteri para artes; los doctores Gustavo Orcés y Jorge Núñez Sánchez y el señor Alfonso Rumazo González para ciencias; y, el señor Nicolás Kingman Riofrío y licenciados Hernán Rodríguez Castelo y Ulises Estrella, en promoción cultural. Pese a haberse recientemente creado la categoría de instituciones, no se hizo propuesta alguna al respecto.

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Adalberto Ortiz

los ganadores”. Y, por último, se determinó que los candidatos serían presentados por los miembros del Consejo Nacional de Cultura y la Casa de la Cultura Ecuatoriana, “para conformar las ternas y remitirlas al señor Presidente de la República”. En la práctica esto se entendió, y se sigue entendiendo hasta hoy, en el sentido que, mediante resolución, es el Consejo Nacional de Cultura quien presenta las ternas al Presidente de la República, previo conocimiento de las propuestas que le formula la Casa de la Cultura Ecuatoriana y, en ciertos casos, la propia cartera de Estado encargada de la cultura. En honor a la verdad, el Decreto Ejecutivo No. 699, nació de una propuesta formulada en el seno del Consejo Nacional de Cultura. En ella, a más de los puntos considerados en el Decreto, se añadía la sugerencia de que el Premio consista, a más del diploma y la medalla, en una cantidad de dinero equivalente a cien salarios mínimos vitales, y a la posibilidad de otorgar a los premiados “que carecieren de recursos necesarios para vivir dignamente”, una pensión mensual

El Presidente Alarcón seleccionó a los premiados en las personas del doctor Rojas, el arquitecto Viteri y los señores Rumazo González y Kingman Riofrío. Lo hizo por Decreto Ejecutivo No. 822 de 11 de noviembre de 1997. Lo interesante de esta norma fue que se institucionalizaba la pensión vitalicia para los premiados, sin tomar en cuenta la condición económica personal de ellos. Dicha pensión se fijó en diez salarios mínimos vitales. El doctor Ángel Felicísimo Rojas, escritor de larga trayectoria, autor de un célebre libro de análisis literario, no superado hasta la fecha, La novela ecuatoriana, era también poseedor de un sin igual prestigio intelectual, persona sencilla y afectuosa, laboraba, pese a su edad, en su estudio jurídico en el centro de Guayaquil; el arquitecto Viteri había descollado en el campo de las artes con propuestas inteligentes e innovadoras; el señor Kingman tenía a su haber una dilatada tarea cultural y era poseedor de un inigualable gracejo personal; y al señor Rumazo González acompañaba una vasta producción intelectual entre libros, artículos de prensa, lecciones en la cátedra universitaria y la aparición de frecuentes y muy sesudos artículos suyos en la prensa internacional.


A propósito de este Premio de 1997 y de los cambios realizados en su normativa, no faltaron recuerdos y reclamos, que aparecieron publicados en la prensa. Entre los primeros, Pedro Jorge Vera no dudó en evocar que la presea significó para él una gran emoción, pero reconoció que ella “fue producto de la generosidad del Ministro de Educación Raúl Vallejo”. Entre los segundos, fue observado que la ceremonia de entrega nuevamente se haya efectuado con retraso inexplicable. Más cauto, el Subsecretario de Cultura de entonces, doctor Bruno Sáenz Andrade, reconoció que se estaba “en el punto en que algunas personalidades importantes, que han ido envejeciendo, no han recibido el Premio”. “Entonces -decía- surge la pregunta: ¿Se estimula a los más jóvenes o se da un reconocimiento a alguien que no va a tener mucha oportunidad de recibirlo?”. Y añadía: “Yo si creo que una menor frecuencia, un premio único y más difícil, lo prestigiaría más. Pero esta especie de abanico, en cambio, evita de alguna manera que se centre el Premio en una sola actividad. En un país como el nuestro, de pronto damos tres años seguidos a las letras y se quedan afuera la música o la ciencia”.

Graves preguntas que no han sido resueltas satisfactoriamente hasta el día de hoy.

El Premio de 1999. El Premio de 1999 tiene dos significaciones importantes en su evolución. La primera, que por primera vez se la iba a conceder a una institución; y, la segunda, que los beneficios de la pensión vitalicia se extendían a las viudas de los beneficiarios y a los hijos menores de edad de éstos, en su orden. El Consejo Nacional de Cultura resolvió, en sesión de 19 de julio de 1999, conformar las correspondientes ternas, las cuales sometió a consideración del señor Presidente de la República mediante oficio de 29 de los propios mes y año, con una larga fundamentación sobre los valores intelectuales de cada uno de los candidatos. Fue excepcional este procedimiento, pues lo común era enviar la resolución del Consejo con un simple oficio de trámite. Las ternas del Consejo en este año incluyeron solo en parte los nombres sugeridos por la Casa de la Cultura y pretendieron, más bien, reconocer valores que habían sido continuamente preteridos, como el caso del novelista y pensador Fernando Chaves Reyes, o nuevas disciplinas del conocimiento que hasta el momento no habían sido consideradas, como las ciencias jurídicas, en la persona de monseñor Juan Larrea Holguín. El Consejo actuó, en suma, con gran independencia. Las citadas ternas constan en la Resolución No. 18-99- CNC del ya mencionado 19 de julio. Para actividades culturales cita los nombres del licenciado Ulises Estrella y de las señoras Yela Loffredo de Klein y Laura Romo de Crespo. Para actividades literarias, los señores Fernando Chaves y Efraín Jara Idrovo y el licenciado Antonio Preciado. Para actividades artísticas, los señores Mesías Maiguashca y Estuardo Maldonado y el arquitecto Oswaldo Muñoz Mariño. Para actividades científicas, los licenciados Luis Andrade Reimers y Alfredo Costales

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El acto de entrega, el 15 de noviembre, fugaz como de media hora, según lo relata la prensa, fue en todo caso solemne, sin que faltara una chispa de humor en el discurso que pronunciara, a nombre de los premiados, el doctor Rojas. “Esta presea es, para mí, como un boleto de entrada que me permitirá aposentarme en el recinto donde se encuentran, ellos sí, ilustres antecesores míos. A la cabeza, el gran Benjamín Carrión. Entre los que se han ido, nombraré personajes excepcionales, como un Demetrio Aguilera Malta o un Alfredo Pareja”, dijo. A nombre del Gobierno, pronunció unas palabras el Ministro de Educación y Cultura doctor Mario Jaramillo, ilustre maestro cuencano, a quien se deben algunas de las inteligentes iniciativas para que el Premio vuelva a cobrar vigor.


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Ángel F. Rojas.

Samaniego y el doctor Juan Larrea Holguín. Y en la recentísima categoría de organismos públicos y privados, la Biblioteca Ecuatoriana “Aurelio Espinosa Pólit”, el Banco Central del Ecuador y el Archivo Histórico del Guayas. En el propio texto de la Resolución se aclara que las ternas habían sido ordenadas alfabéticamente, a excepción de la última, la correspondiente a instituciones. Uno de los candidatos con más posibilidades para obtener el Premio, el señor Fernando Chaves, falleció el 31 de julio de aquel año y ello estableció un precedente que se lo ha venido respetando con el paso del tiempo, esto es, que el Premio no puede otorgarse con el carácter de póstumo. Mediante Decreto Ejecutivo No. 1185 firmado el 18 de agosto, el Presidente de la República doctor Jamil Mahuad Witt adjudicó el Premio a la señora Yela Loffredo de Klein, al señor Efraín Jara Idrovo, al arquitecto Oswaldo Muñoz Mariño, al doctor Juan Larrea Holguín y a la Biblioteca Ecuatoriana en la persona de su director, el padre Julián Bravo. El Premio consistió

en una medalla, especialmente acuñada por la firma Narváez e hijos de Cuenca, y en la suma de sesenta millones de sucres. Y aunque el Consejo había sugerido al señor Presidente de la República un valor monetario del doble de lo que se otorgó, pues se vivía una muy difícil situación económica en dicho año -cierre de algunos de los principales bancos, congelamiento de depósitos, elevada inf lación y acelerada devaluaciónel Presidente prefirió, más bien, establecer una pensión vitalicia para los galardonados equivalente a “veinticinco salarios mínimos vitales generales, monto al que deberán ser igualmente reajustadas las pensiones que el Estado otorga a los premiados en años anteriores”. Lo citado significaba implícitamente que los galardonados en años precedentes, ya habían estado recibiendo una pensión, pese a que, en ciertos casos, ellos no caían dentro de la descripción que las normas en vigencia habían establecido, esto es, que los premiados estuvieran sufriendo graves contratiempos económicos que les hiciera difícil sobrellevar una vida digna. Pero en aquel año de 1999, uno de los más complejos para la economía nacional, con efectos sociales antes impredecibles, ¿qué ciudadano y, más aún, qué intelectual podía presumir de poder vivir dignamente? Pero dentro de estas mismas circunstancias, conviene resaltar la sensibilidad del Presidente Mahuad de extender los beneficios de la pensión vitalicia a viudas e hijos menores de edad, en caso de fallecimiento del galardonado, ventaja económica que, hasta el día de hoy, ha ayudado económicamente a algunas familias de ilustres exponentes de la cultura nacional. Tales serían las dificultades del Fisco, tales los problemas que encontraba el Gobierno a cada paso, que acentuaban su inestabilidad en el poder en el día a día de los acontecimientos, que la ceremonia de entrega de las preseas solo pudo efectuarse el 24 de noviembre de aquel año. Al acto concurrieron funcionarios del Gobierno y familiares


Como dato curioso, realmente excepcional en la historia de esta presea, debe mencionarse que, ante la ruina de la caja fiscal, el propio Consejo Nacional de Cultura debió aprobar un crédito no reembolsable a favor del Gobierno Nacional, para cubrir los costos de la medalla y el valor monetario del Premio. Para 2001 la difícil situación del país había sido superada, al menos parcialmente, y la sociedad se encontraba en un estado económico sui generis. Los efectos de la dolarización comenzaban a estabilizar ciertas variables macroeconómicas, que pocos años atrás habían provocado la hecatombe. Esto había devuelto el ánimo y la confianza en la mayoría de actores económicos, cosa que también repercutió en el proceso de otorgamiento del Premio. A inicios de julio, el 9, un oficio de la Casa de la Cultura dirigido al Consejo Nacional de Cultura, hacía públicas algunas propuestas que, respecto al Premio, había adoptado varios meses atrás, el 14 de diciembre de 2000. Este apreciable adelanto de la Casa de la Cultura solo podía entenderse como un esfuerzo por promocionar dichas candidaturas ante la opinión pública, pero el anuncio hecho a la prensa siete meses después, acaso habría neutralizado esta iniciativa. Empero, si se contrasta la lista de los nombrados por la Casa y la de los efectivamente premiados, se puede observar una

gran coincidencia de pareceres, pues tres de los cuatro galardonados constaban en la nómina de la Casa de la Cultura. Los nombres sugeridos por la Casa eran los del embajador Filoteo Samaniego Salazar, los señores Mesías Maiguashca y Miguel Donoso Pareja y el licenciado Hernán Rodríguez Castelo, para actividades a favor de la cultura; los señores José Martínez Queirolo y Vicente Espinales, el doctor Galo René Pérez, el licenciado Francisco Granizo Ribadeneira y la señora Alicia Yánez Cossío, para creación literaria; los señores Jorge Swett, Gilberto Almeida y Estuardo Maldonado, en creación o actividad artística; y, el doctor Víctor Hugo Rivadeneira, el licenciado Alfredo Costales Samaniego y el ingeniero Miguel Moreno Espinosa, en creación, realización o actividad científica. Nada decía la sugerencia de la Casa de la Cultura en lo concerniente a instituciones. Los nombres propuestos al Presidente de la República por el Consejo Nacional de Cultura, de acuerdo con lo que consta en la Resolución No. 16-2001- CNC de 18 de julio de 2001, solo difieren de los constantes en la nómina de la Casa de la Cultura en eliminar el nombre del señor Maiguashca, seguramente por la necesidad de conformar una terna y no presentar cuatro nombres, cosa no permitida en la reglamentación; en suprimir los nombres del licenciado Granizo y el señor Espinales por la misma razón; en cambiar el nombre del señor Maldonado por el del maestro Álvaro Manzano; y, en sustituir al doctor Rivadeneira por el doctor Rodrigo Fierro. En cuanto a organismos públicos y privados, el Consejo nominó al Parque Histórico de Guayaquil, la Editorial Abya-Yala y la Cinemateca de la Casa de la Cultura. Sobre esta base, el Presidente de la República doctor Gustavo Noboa Bejarano, mediante Decreto Ejecutivo No. 1766 de 20 de agosto de 2001, seleccionó para el Premio al embajador Samaniego, el señor Martínez Queirolo, el señor Swett y al doctor Fierro.

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y amigos de los premiados y fue en parte desordenada porque no se respetó estrictamente el protocolo. A nombre de los premiados hablaron el arquitecto Muñoz Mariño, quien improvisó su discurso, el escritor Jara Idrovo y la señora Loffredo de Klein. El padre Bravo llevó un discurso impreso que distribuyó entre el auditorio. Y por los mismos factores que antes se citaron, la trascendencia de este Premio no encontró el espacio debido en un escenario de fractura colectiva y conf licto social como el que se vivía.


En cuanto a organismos públicos y privados, el galardón correspondió al Parque Histórico de Guayaquil, produciéndose, en este último caso, una incongruencia, pues el Parque carecía de personería jurídica y no era sino una dependencia del área cultural en Guayaquil del Banco Central del Ecuador, cosa ésta que se remedió en el acto de entrega del Premio cuando fue el Gerente General del Banco quien representó al Parque.

Swett, muralista de excepción, exponía las más valiosas de sus obras en el terminal del aeropuerto, en Puerto Nuevo y en el edificio del Museo Municipal, todas ellas en Guayaquil. El doctor Rodrigo Fierro, médico e investigador, había trabajado durante muchos años en proyectos de documentación científica, principalmente en la Casa de la Cultura. Por último, la extensa y prolífica labor cultural realizada

El embajador Filoteo Samaniego Salazar llevaba tras de sí una inmensa obra cultural; a más de poeta de reconocida valía, tenía a su haber una extensa labor de promoción cultural a través de las misiones diplomáticas que había desempeñado en el exterior, de la Dirección Cultural de la Cancillería y de la Comisión de Valores, a más de ser uno de los inspiradores de la creación del Instituto de Patrimonio Cultural, primero como una dependencia de la Casa de la Cultura. El señor José Martínez Queirolo había trabajado toda su vida en la escritura de piezas de teatro y en su representación, a más que varios de sus trabajos habían sido justamente premiados. El señor Jorge

por el Banco Central durante más de cuarenta años, se mostraba con la conclusión del Parque Histórico de Guayaquil, obra inspirada por el señor Julio Estrada Icaza, antiguo funcionario del área cultural del Banco.

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El Premio de este año consistió en una medalla y la suma de USD 2.500. Además, se consagraba la pensión vitalicia -25 salarios mínimos vitales generales- y la posibilidad que viudas o hijos menores de edad la perciban en caso de fallecimiento del titular del galardón, tal como ya se había previsto en 1999.


El cambio de régimen monetario que se impuso en el país con la dolarización, vigente desde 2000, provocó una apreciable reducción en el monto real, en dólares, de la pensión vitalicia que percibían los premiados o sus familiares directos. Al señalar como valor de la pensión 25 salarios mínimos vitales generales, se debía considerar que cada uno de estos salarios, en dólares, no equivalía sino a escasos cuatro. Este particular, que no era un problema solo para los galardonados con el Premio “Espejo” sino para todos quienes percibían pensiones del Estado, fue remediado, a propuesta del doctor Marco Proaño Maya, entonces legislador por la Provincia de Imbabura, mediante la “Ley de Revalorización de Pensiones Vitalicias” dictada por el Congreso Nacional el 30 de abril de 2002. Pero un olvido del legislador, impidió que, de inmediato, los beneficiarios del Premio pudieran acogerse a tal reforma, lo que solo se concretó con la publicación de una fe de erratas, aparecida en el Registro Oficial No. 588 de 3 de junio de los propios mes y año.

Nuevos horizontes y conflictos. Para 2003 se había producido un cambio de Gobierno y habían llegado al área de educación y cultura ciertos vientos de izquierda, orientados por Pachakutik. Ello contribuyó, en cierto modo, para que aparecieran nuevos nombres, entre los sugeridos por el Consejo Nacional de Cultura para optar por el Premio, según así consta del texto de su Resolución No. 013-2003- CNC, aprobada el 21 de julio de aquel año. El más destacado, el de la líder indígena Tránsito Amaguaña, que había defendido durante toda su vida los derechos de los indígenas y el del doctor Enrique Ayala Mora, dirigente socialista, impulsor y artífice de la Universidad Andina “Simón Bolívar”. Estas dos personalidades encabezaron la terna en la categoría de actividades culturales, a las cuales se sumó el nombre del licenciado Ulises Estrella, propulsor y eficiente administrador de la Cinemateca de la Casa de la Cultura. En cuanto a las categorías restantes, la nómina quedó integrada así: doctores Galo René Pérez y Gustavo Alfredo Jácome y licenciado Antonio Preciado, en actividades literarias; señor Leonardo Tejada, señora Beatriz Parra Durango y maestro Aníbal Villacís, en actividades artísticas; doctor Jorge Marcos Pino, licenciado Alfredo Costales y doctora Ruth Moya, en actividades científicas; y, por último,la Casa de la Cultura Ecuatoriana,el Instituto Azuayo del Folklore y Sistema Nacional de Bibliotecas SINAB, en organismos públicos y privados. El Presidente de la República, coronel Lucio Gutiérrez, escogió para el Premio a todos quienes encabezaban las ternas y así está dispuesto en el Decreto Ejecutivo No. 711 de 8 de agosto de 2003. La señora Tránsito Amaguaña, como quedó dicho, dedicó toda su vida a la defensa de la causa indígena, sufriendo repetidas prisiones y maltratos, que no habían hecho otra cosa que reafirmar su vocación de líder social a favor de sus coterráneos; el doctor Galo René Pérez, un distinguido

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La decisión del Gobierno fue acogida con claras muestras de aprecio hacia la persona de los escogidos. Jorge Swett, quien a la época desempeñaba las funciones de Presidente del Núcleo de la Casa de la Cultura, recordaba a un periodista que le entrevistó en esos días, un consejo que mucho antes lo había pronunciado el doctor Juan Tanca Marengo, connotado médico guayaquileño: “Piensa que si vales, alguna vez te tiene que llegar el reconocimiento. Si no vales, no te va a llegar jamás”. Filoteo Samaniego, en cambio, opinó en el sentido “que cualquiera de los escritores que figuraron como candidatos merecían probablemente, más que yo, recibir este premio, que considero un honor y una obligación”. Para Martínez Queirolo, el Premio no era otra cosa que “una molestia que me da satisfacción”. La ceremonia de entrega se realizó el 24 de agosto y en ella hablaron el Presidente Noboa y, a nombre de los premiados, el señor Swett.


intelectual, fino escritor y autor de varios libros reconocidos por su valía y corte académico, había sido Director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua durante varios periodos y de larga data actor principal en la gestión cultural de nuestro país, una de cuyas funciones más destacadas desempeñadas por él, fue la de Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana; el maestro Leonardo Tejada había dedicado toda su vida al arte, ya como investigador del folklore, educador y pintor; el doctor Jorge Marcos Pino había realizado importantes investigaciones arqueológicas en la costa a través de diversos programas; y, como es conocido por todos, la Casa de la Cultura Ecuatoriana, fundada en 1944 por el Presidente Velasco Ibarra bajo la iniciativa de Benjamín Carrión, tenía a su haber una extensa como prolífica labor, reconocida aún en el exterior.

Asimismo, la señora Rosa María Torres, que pocos días antes había concluido sus funciones de Ministra de Educación y Cultura, reclamó por la prensa que a último momento, habían sido cambiadas las ternas “al calor de su renuncia”. Las listas propuestas por la anterior ministra habían sido las siguientes: Tránsito Amaguaña, Ruth Moya, Jaime Guevara, Álvaro Manzano y Claudio Aizaga, en cultura; Miguel Donoso Pareja, Antonio Preciado y Javier Vásconez, en literatura; Leonardo Tejada, Susana Reyes y Wilson Pico, en artes; Fernando Ortiz Crespo, Hugo Yépez, Andrés Guerrero y Bruce Hoheinesen, en ciencias; y, Bienal de Cuenca, Proyecto de Promoción Cultural del Banco Central en Guayaquil, el grupo de teatro “Malayerba” y el de títeres “Rana Sabia”, en organismos públicos y privados.

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Pero contemporáneamente a este anuncio presidencial, varias voces alertaron sobre lo inadecuado de ciertas adjudicaciones. Por ejemplo, el poeta y crítico Iván Carvajal no consideró pertinente el Premio para Tránsito Amaguaña, porque, a su juicio, era “una figura que hace ver la miseria en la que quedaron los dirigentes indígenas que lucharon por los cambios históricos” Y Diego Cifuentes, fotógrafo y en aquel momento considerado por la afamada revista Time como un promisorio líder para el próximo milenio, refiriéndose al galardón concedido a la Casa de la Cultura, sostuvo que “si hay algo que merece esta institución, es el premio a la nada”. Y la presea otorgada a la Casa también generó suspicacias pues, uno de los miembros del Consejo Nacional de Cultura era, precisamente, el Presidente de la institución. Interrogado por los periodistas, el escritor Raúl Pérez Torres no dudó en reconocer que, en la sesión en la cual se definieron las ternas, él no votó por sí mismo sino por la Casa de la Cultura, pues la trayectoria de ésta “es eterna”, alejada, entonces, de la transitoriedad de sus titulares.

Más pausado en sus criterios, el periodista cultural de reconocido prestigio, Rodrigo Villacís Molina, en artículo aparecido en el diario Hoy de Quito el 22 de agosto de aquel año, recordaba que “lo malo, muchas veces, es que lo que motiva le cuestionamiento de cualquier distinción, son las rencillas o antipatías personales, muy frecuentes en el mundillo cultural”. Así y todo, la ceremonia de entrega se efectuó el Día de la Cultura de aquel 2003. Después de tantos atrasos, resultaba extraño que la ceremonia se realizara el propio 9 de agosto y, más aún, si este año tal fecha caía en domingo. Como lo relata al día siguiente un aprovechado cronista del diario El Comercio de Quito, fue aquel acto lleno de situaciones sorpresivas: luego del himno nacional, Freddy Valdivieso toca a la viola “Vasija de barro” y el conjunto de cámara de la Casa de la Cultura interpreta el danzante “Cómo dicen que no se goza”, lo que levanta el ánimo de los concurrentes; uno de los galardonados, el doctor Galo René Pérez, al dirigirse al Presidente, lo menciona como Lucio Paredes, lo que


Tránsito Amaguaña fue el personaje ausente de tal ceremonia, por lo que el Presidente Gutiérrez ofreció visitarla “en su choza” para entregarle personalmente la presea. No pudo hacerlo, porque la premiada, adivinando quizás el rédito político que ese hecho podía otorgar al gobernante, que recientemente había roto su alianza con Pachakutik, se adelantó a él y acudió al palacio presidencial el 22 de agosto y, en breve acto, se prestó a recibir del gobernante -que se hallaba apurado preparando maletas para un viaje a la China- un reconocimiento que se lo merecía sin duda, pero que había sido postergado por años a líderes de su clase y que, ahora, sonaba más como arbitrio de la coyuntura política que otra cosa. El Premio de 2003 estableció que los galardonados percibieran “una pensión vitalicia mensual de 25 salarios mínimos vitales generales”, cosa que, mediante oficio de 26 de abril de 2004, dirigido al señor Presidente de la República, fue reclamada por el doctor Galo René Pérez y el maestro Leonardo Tejada, pues el Ministerio de Economía y Finanzas había interpretado que el tal salario mínimo vital debía calcularse a solo cuatro dólares, luego de su conversión de sucres. Luego de la consideración correspondiente, la pensión fue elevada a lo que ya ordenaba la Ley de

Revalorización de Pensiones Vitalicias de 2002, esto es, a dos remuneraciones básicas mínimas legales, que en 2004 correspondía a USD 257.76. Sin embargo, ya antes, el 16 de enero del mismo 2004, la Subsecretaria de Cultura de entonces, la señora Vilky Pérez Larrea, había propuesto al Presidente Gutiérrez la expedición de dos proyectos de decreto: el uno, estableciendo la pensión vitalicia única de USD 500,00 mensuales para los galardonados con el Premio y, de otra parte, sugiriendo que la pensión establecida para la señora Amaguaña sea canalizada y administrada por el Patronato de Municipio de Cayambe. La primera iniciativa, como se verá, se concretará en los próximos meses, en lo que concierne a la esencia misma del pedido, esto es, el incremento y la igualación de la pensión para todos los premiados sin distinción; la segunda, no; entendiéndose esta negativa, por las consecuencias de orden jurídico que dicha sugerencia podía acarrear en el futuro, en caso de ser aprobada. La señora Amaguaña, pese a haber recibido el Premio, no obtuvo regularmente su pensión. Hasta 2008 la situación de ella no se pudo arreglar en forma definitiva, pues, entrabadas en consideraciones burocráticas, las autoridades culturales no habían ideado un procedimiento para superar los inconvenientes particulares de la líder indígena, dada su avanzada edad, para certificar su supervivencia ante notario y abrir una cuenta bancaria para que en ella se hiciera el depósito de su pensión, requisitos, ambos, previstos en las disposiciones vigentes para el cobro de recursos provenientes de la caja fiscal. El Premio de 2005 no siguió el curso regular que las normas vigentes y la tradición imponían. De una parte, el Consejo Nacional de Cultura, desintegrado por los cambios políticos iniciados en abril, se atrasó en la conformación de las ternas. Y en algún caso, como se verá, ni siquiera fue una terna, cosa insólita y apartada de la

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provoca risas; el doctor Patricio Zuquilanda es continuamente felicitado por el extendido rumor que en los próximos días sería nombrado nuevo canciller; el Presidente, al tomar la palabra, actúa “con el tino de quien se enfrenta a lo desconocido” y, como si esto fuera poco, la explosión, al exterior del salón donde se efectuaba la ceremonia, de camaretas y petardos en honor a Napoleón Villa y al progenitor del Presidente, como que marcan un nuevo estilo de gobierno, más populachero, y muestran una nueva forma de afrontar actos solemnes y protocolarios como el de la entrega del Premio. Y para confirmarlo, al final del acto, Marcos Villota canta “Todo cambia”.


ley. Después de dos sesiones, en las cuales se consideraron varios nombres, el Consejo aprobó la Resolución No. 09-05- CNC , fechada el 17 de agosto, en la cual hizo constar los siguientes nombres: del doctor Luis Enrique Fierro, en actividades culturales; de la doctora Alicia Yánez Cossío, el doctor Rodolfo Pérez Pimentel y el licenciado Jorge Velasco Mackenzie, en actividades literarias; de la doctora Ketty Romoleroux y los doctores Ernesto Gutiérrez Vera y Rodrigo Cabezas Naranjo en actividades científicas; de los señores Aníbal Villacís, Estuardo Maldonado y Theo Constante Parra, en actividades artísticas; y, del Museo Carlos Zevallos Menéndez y las Academias Ecuatoriana de la Lengua y Nacional de Historia, en organismos públicos y privados.

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Pese al prolongado atraso del Consejo, el doctor Alfredo Palacio González, quien había reemplazado en el poder al coronel Gutiérrez luego una tormentosa sucesión presidencial, cardiólogo ilustre e hijo del maestro Alfredo Palacio, ya antes premiado con el “Espejo”, escogió, recién el 16 de diciembre de aquel 2005, mediante Decreto Ejecutivo No. 967, a los ganadores de la presea. Ellos fueron: los doctores Fierro, Pérez Pimentel y Cabezas, el maestro Constante y la Academia Ecuatoriana de la Lengua, en las categorías en las cuales cada uno de ellos habían sido señalados por el Consejo. Hay que anotar la larga y muy intensa actividad cultural del doctor Fierro como Presidente del Núcleo de la Casa de la Cultura del Carchi; los trabajos de investigación de largo aliento efectuados por el doctor Pérez Pimentel, tal su Diccionario Biográfico del Ecuador, a más de su calidad de cronista vitalicio de Guayaquil desde 1979; la experiencia técnica en materia hidrocarburífera del doctor Cabezas, probo asesor en la materia; los varios logros como pintor, muralista y escultor del maestro Constante; la larga tradición en la defensa de nuestro idioma y en la investigación lingüística, hecha desde 1875 por la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Tampoco faltaron en este año controversias y opiniones divergentes sobre las personas escogidas por el Presidente de la República. Para unos, por ejemplo para Rodrigo Villacís Molina, solo dos de los escogidos se merecían la presea. Para otros, como Iván Flores, el Premio era “mecha de debates […] que, en los últimos bienios, ha sufrido un desgaste en sus conceptos y en sus prácticas de selección”. Y, para colmo, en esos mismos días se especuló por la prensa que el Presidente de la República habría ofrecido el Premio en actividades literarias, a la doctora Consuelo Yánez Cossío, entonces Ministra de Educación, a cambio de que renuncie a la cartera de Estado por ella detentada, confundiéndola, así, con su hermana Alicia. La ceremonia de entrega del Premio se retrasó aún más y se la dejó para después de las fiestas de fin de año. El 8 de febrero a la mañana se cumplió el rito solemne con discursos del Ministro de Educación y Cultura, doctor Raúl Vallejo, a nombre del Gobierno, y del doctor Luis Enrique Fierro, en representación de los galardonados. Trascendió esta ceremonia, más que por el acto en sí, por institucionalizarse el valor del Premio, USD 10.000, y, sobre todo, el valor de la pensión vitalicia mensual, que se la reglamentó en cinco salarios mínimos unificados -USD 750 en aquel momento-, con acceso a las viudas o a los hijos menores de edad, en caso de muerte del titular. Se zanjaba, así, en forma definitiva, el problema que había provocado el reclamo del doctor Pérez y del maestro Tejada, pero inexplicablemente, se mantenía el discrimen para los galardonados en el pasado. En estricto rigor, el Premio no debía concederse en 2006 porque, como se recordará, su entrega se la había vuelto bianual desde la reforma de 1997. Pero el régimen legal de la presea fue nuevamente modificado, tal como consta en el Decreto Ejecutivo No. 1793 de 28 de agosto, que, en su artículo 1, dispuso debía ser “conferido por el


El citado Decreto Ejecutivo No. 1793 tiene, de otra parte, un mérito. En su artículo 2 se equipara a todos los premiados con la pensión vitalicia mensual antes dispuesta por el Decreto Ejecutivo No. 967 de 2005, esto es, con cinco salarios mínimos unificados, eliminándose, esta vez sí, las diferencias y discriminaciones que hasta ese momento existían.

Dos Premios en un mismo año. Surgen interrogantes respecto a esta decisión del Consejo que, con toda probabilidad, proviene del apremio presidencial por conferir el Premio antes que finalice su mandato. De allí, que resulta paradójico -una anécdota más del Premio- que en 2007 se lo haya debido conceder en dos oportunidades: la una, al finalizar el período del doctor Palacio, en enero; la otra, en el régimen del economista Correa, en agosto. Las ternas aprobadas el 12 de diciembre fueron conformadas de esta manera: señor Rafael Camino, señora Eudoxia Estrella y maestro Edgar Palacios, en actividades culturales; señor Miguel Donoso Pareja, licenciado Francisco Granizo Ribadeneira y señor Raúl Pérez Torres, en actividades literarias; señora Divina Icaza Coronel, doctor Diego Luzuriaga y maestro Álvaro Manzano, en actividades artísticas; doctor Ramón Lazo, licenciado Hernán Rodríguez Castelo y doctor Frank Weilbauer, en actividades científicas; y, la Academia Nacional de Historia, el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural y la Orquesta Sinfónica Nacional, en instituciones públicas y privadas. Los varios errores que aparecen en el texto de dicha resolución, demuestran la prisa por redactarla, quien sabe si por el apremio presidencial

antes citado o por el extendido contagio de las celebraciones capitalinas. La decisión del Presidente de la República no se hizo esperar. El 21 de diciembre de 2006, mediante Decreto Ejecutivo No. 2179, escogió a los señores Palacios, Donoso Pareja, a los doctores Luzuriaga y Lazo y a la Orquesta Sinfónica Nacional. Al propio tiempo, ratificó las condiciones económicas de la presea y de la pensión vitalicia aprobadas unos meses atrás. El maestro Palacios, trompetista, dedicó parte de su vida a la dirección del Conservatorio de Música de Loja, a la conducción del Departamento Cultural del Consejo Provincial de Pichincha y a la formación de diversos conjuntos orquestales. Su mérito más apreciable, sin embargo, ha sido la conformación del Sistema Nacional de Música para Niños Especiales, SINAMUNE. El señor Donoso Pareja, literato de grandes méritos, crítico cultural, autor de reconocidas obras, conductor entusiasta de talleres literarios. Al maestro Luzuriaga, compositor, investigador musical, doctorado en Columbia University, se le había conocido desde la fundación del “Taller de Música” a finales de los años setenta. El doctor Lazo, médico cirujano, investigador en Parasitología, catedrático. Para la Orquesta Sinfónica Nacional, en cambio, esta presea recompensó los cincuenta años de una prolífica existencia institucional, caracterizada más por sus logros y sacrificios que por sus épocas de crisis y agotamiento. La ceremonia de entrega del Premio se efectuó en los estertores del régimen. El mismo día de la ceremonia, 9 de enero de 2007, el doctor Palacio, en acto posterior, gustoso develaba su retrato en la galería del Salón Amarillo del Palacio Nacional, en medio del aplauso de sus colaboradores más inmediatos. El diario El Comercio de la capital, en breve crónica publicada al día siguiente,

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Presidente de la República, el 9 de agosto de cada año”. Desde esta óptica, el Consejo Nacional de Cultura presentó las ternas el 12 de diciembre de este mismo año de 2006 con Resolución No. 014-2006- CNC.


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comenzaba el relato del evento de entrega del Premio, del siguiente ilustrativo modo: “La de ayer era más bien la cuestión formal, la cuestión de la ceremonia en el Salón Amarillo de la Presidencia, de los discursos, las congratulaciones y los ternos oscuros. Ternos que, por lo demás, supieron llevar con corrección los galardonados, quienes habían llegado con puntualidad inmejorable, antes de las 10:00. Desde uno de los querubines esculpidos en el techo, se descolgaba la pomposa lámpara de cristal que dividía la estancia entre un espejo largo colocado en la pared y el proscenio dispuesto para que se arremolinen una veintena de periodistas”. En aquel acto pronunciaron discursos el Presidente Palacio, para quien el galardón era, más que un reconocimiento del Gobierno, un homenaje del pueblo ecuatoriano a los premiados y, a nombre de éstos, habló el maestro Palacios con frases sentidas y evocadoras del pasado cultural del país, como la siguiente: “Quizá la mejor manera de desarrollar la patria es potenciar la cultura y la ciencia y hacer realidad el sueño de Benjamín Carrión: convertir al Ecuador en una potencia cultural”. El segundo Premio de 2007 siguió el curso regular de la institucionalidad vigente desde 1975. Las ternas fueron entregadas por el Consejo Nacional de Cultura al señor Presidente de la República con Resolución No. 01-2007- CNC, de 10 de julio de aquel año. Las conformaban, en actividades culturales, el doctor Jaime Galarza Zavala, el licenciado Horacio Hidrovo Peñaherrera y la señora Ana von Buchwald; en actividades literarias, el doctor Carlos Eduardo Jaramillo, la señora Alicia Yánez Cossío y el doctor Euler Granda; en actividades artísticas, los maestros Aníbal Villacís, Estuardo Maldonado y Gilberto Almeida; en actividades científicas, el doctor Frank Weilbauer, la doctora Ketty Romoleroux y el ingeniero Miguel Moreno Espinosa; y, en organismos públicos y privados, Editorial Abya Yala, el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural y el grupo folkló-

rico “Tierra Caliente” de la señora Petita Palma Piñeiros. Luego que se expidiera el Decreto Ejecutivo No. 545 de 9 de agosto de 2007, el acto de entrega se realizó en esta misma fecha y en la tarde. Fueron premiados: el doctor Galarza, poeta, escritor de izquierda, entonces Presidente del Núcleo de El Oro de la Casa de la Cultura; el doctor Jaramillo, poeta de larga y fecunda trayectoria lírica, autor de numerosos libros; el pintor Aníbal Villacís, poseedor de varios reconocimientos anteriores y de una sin igual calidad pictórica, sobre todo en sus “precolombinos”; el doctor Weilbauer, médico laboratorista e investigador; y el grupo esmeraldeño “Tierra Caliente” dirigido por Petita Palma, que divulgaba constantemente la música de su tierra en el país. En la ceremonia efectuada, como es tradicional, en el Salón Amarillo del Palacio Nacional, el señor Presidente de la República, economista Rafael Correa, enfatizó que, para su régimen, “la cultura es el escenario de enfrentamientos de los símbolos; es el teatro en el que se oponen mensajes oficiales y subalternos; es la alegoría de tradiciones, costumbres, vivencias, memorias, creaciones, y, como decía Roger Garaudy, es todo eso y también todo lo que le falta a ese concepto. La cultura es, entonces, la vida y la muerte, la noche y el día, la ética y la estética, y es, por supuesto, la cifra con la que se escribe, canta, baila, pinta y sueña la insumisión y la rebeldía”. Con estas palabras, se marcaba una nueva filosofía sobre el sentido e inscripción de la cultura en la política pública, que ha permitido el diseño e impulso consiguiente, de un amplio proyecto de desarrollo cultural y la formulación de una nueva institucionalidad, aspectos, ambos, inéditos en la historia cultural del país.

Los últimos años. Las dos últimas premiaciones se encuentran aún frescas en nuestra memoria. En


El arquitecto Pallares tenía a su favor el haber sido uno de los impulsores para que la UNESCO haya declarado patrimonios de la humanidad a la ciudad de Quito y a las Islas Galápagos; la señora Yánez Cossío poseía, a la fecha de premiación, una extensa obra literaria, algunos de cuyos libros habían merecido entusiasta opinión por parte de la crítica; el doctor Villacís, a más de labor científica como cardiólogo de renombre, era también un poeta de selecta producción; el señor Rubira Infante, compositor de música popular y de piezas muy célebres del repertorio nacional, cantadas con senti-

miento sobre todo en los medios urbanos; y la Editorial Abya-Yala, con una extensa producción bibliográfica en ciencias sociales. En la ceremonia de premiación, efectuada el mismo día del Decreto, o sea el 8, el Ministro de Cultura, encargado, doctor Ramiro Noriega, hizo un recuento de los propósitos de la recientemente creada cartera de Estado al manifestar: “Llegamos hasta aquí, […] con el corazón ardiente, las manos limpias y la mente lúcida, empeñados en diseñar políticas culturales que nos permitirán vivir en un país donde la inclusión social, la descentralización, la desconcentración de recursos y la transparencia, no sean meras quimeras”. Por los premiados hablaron la señora Yánez Cossío, advirtiendo que lo hacía “por ser la persona de mayor edad” y el señor Rubira Infante, reconociendo que, en su obra musical había buscado unir a todos los pueblos de la patria. Al intervenir el Presidente Correa, como parte del programa, el arquitecto Pallares se empeñó en hablar y el Presidente le cedió complacido la palabra, pero el premiado se extendió en innúmeros conceptos, produciendo expectación en el público. Al final de cuentas, tal como relata El Comercio de Quito al día siguiente, “ante el minucioso relato, lleno de detalles, la esposa de Pallares se levantó y quitó el micrófono a su marido y le dijo: “Rodrigo, déjale hablar al Presidente…”. Igual cosa ocurrió cuando amigas y compañeras de Alicia Yánez la vivaban repetidamente o cuando, luego del acto oficial, el Presidente y el señor Rubira Infante entonaron, juntos, una canción del premiado. Como fin de fiesta, la melodía de una de las más conocidas canciones del compositor, Chica linda, era tarareada, a baja voz, por muchos de los concurrentes a la recepción. En el presente año de 2009, en el cual finaliza este relato, la selección de los premiados y su premiación siguió las pautas consabidas, sin la expectación del año inmediato anterior, por cierto. El Consejo Nacional de Cultura acordó, por Resolución No.

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2008, el Consejo Nacional de Cultura, en sesión de 28 de julio, conoció las propuestas efectuadas por diversas instituciones y personas sobre quienes podían integrar las ternas para el Premio. Luego de corta discusión y de partir de dos propuestas, la de la Casa de la Cultura y la del Ministerio de Cultura, novedoso procedimiento, se conformaron las ternas, tal como constan de la Resolución No. 012-2008- CNC, y del modo siguiente: el arquitecto Rodrigo Pallares Zaldumbide, el licenciado Pedro Saad Herrería y el licenciado Horacio Hidrovo, en actividades culturales; la señora Alicia Yánez Cossío, el señor Rafael Díaz Icaza y el doctor Euler Granda, en actividades literarias; los maestros Gilberto Almeida y Estuardo Maldonado y el señor Carlos Rubira Infante, en actividades artísticas; el doctor Eduardo Villacís Meythaler, el licenciado Alfredo Costales Samaniego y el señor Magner Turner, en actividades científicas; y, Editorial Abya-Yala, el Conservatorio Nacional de Música y el Archivo Nacional de Historia, en organismos públicos y privados. El señor Presidente de la República escogió, mediante Decreto Ejecutivo No. 1250 de 8 de agosto, al arquitecto Pallares, la señora Yánez Cossío, el señor Rubira Infante, al doctor Villacís y a Editorial Abya-Yala, en sus respectivas categorías. Este anuncio fue recibido con simpatía por la opinión pública y mereció diversos comentarios laudatorios en la prensa.


Entrega del Premio en 2008.

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03-2009- CNC, de 31 de julio, la conformación de las ternas y, mediante Decreto Ejecutivo No. 17, de 19 de agosto, se determinó el nombre de los galardonados. El acto de entrega del Premio se efectuó el 20 de ese mismo mes. Los nombres constantes en las ternas fueron: señora Eudoxia Estrella, licenciado Horacio Hidrovo y señora Laura Romo de Crespo, en actividades culturales; doctores Alfonso Barrera Valverde y Euler Granda y licenciado Hernán Rodríguez Castelo, en actividades literarias; maestros Gilberto Almeida, Estuardo Maldonado y Oswaldo Moreno, en actividades artísticas; doctores Aracelly Álava y Claudio Cañizares y señor Magner Turner, en actividades científicas; y la Academia Nacional de Historia, la Cinemateca Nacional y el grupo de títeres “Rana Sabia”, en organismos públicos y privados. El señor Presidente escogió al licenciado Idrovo, al doctor Granda, al maestro Maldonado, al señor Turner y a la Academia Nacional de Historia. El licenciado Hidrovo, reconocido intelectual manabita, había mantenido durante

años un festival poético denominado “Flor de Septiembre”; el doctor Granda, poeta de larga producción y de lenguaje directo; el maestro Maldonado, uno de los más reconocidos artistas plásticos, con prestigio internacional; el señor Turner, investigador de la mineralogía, con a su haber la organización de un museo temático en Portovelo; y, la Academia Nacional de Historia, entidad dedicada a la investigación histórica, que este año cumplía precisamente el centenario de su fundación. Como colofón de la ceremonia de entrega del Premio, el señor Presidente de la República recordó la coincidencia de esta ceremonia con el festejo del Bicentenario del 10 de agosto de 1809 y esta evocación histórica la vinculó, además, con la personalidad de Eugenio Espejo, a quien calificó como “adelantado magistral, inspirador de la cultura y de la revolución”.

Conclusiones Un balance de estos casi treinta y cinco años del Premio trae a la mente, primero, aquella frase pronunciada por el poeta español


La relatividad de una presea, aún siendo la mayor de un país, siempre coloca al juicio de los electores y al beneficio de los receptores, dentro de un escenario sometido a la crítica y a la controversia. Si la primera no es mal intencionada y la segunda no busca demoler por demoler, el enriquecimiento cultural del país será ineludible. Y en cuanto al Premio “Espejo”, lo cierto es que, con los altibajos propios de una ya extendida trayectoria, son ya cerca de siete lustros, el beneficio ha sido cierto. Primero, por el reconocimiento, que en algunos casos ha sido indispensable para fijar la valía de los galardonados. Segundo, porque ese reconocimiento ha permitido contribuir a la construcción de una identidad que, en los actuales días, se ve sometida a tantas presiones externas y a innúmeros desvíos. Y tercero, porque se ha edificado una institucionalidad, inédita hasta antes de su fundación. Los premios culturales no pueden estar exentos de error, es cierto. Aquella frase vulgar de que “no son todos los que están, ni están todos los que son”, se aplica, por cierto para nuestra mayor presea cultural. Pero ello como que confirma la valía del Premio, al fin y al cabo, obra humana, no perfecta sino perfectible. Y como que lo asienta en el carácter mismo de nuestra patria, aún en proceso de buscar solidez institucional y de batir a tantas debilidades congénitas y a otras, más perversas, adquiridas con el pasar del tiempo. La trayectoria del Premio trae también a la mente la necesidad de segmentarlo por etapas. La primera, sin duda más robusta, concitó el interés ciudadano por sus características

originarias: entrega bianual y a una sola persona. Nadie se atrevió a discutir la elección de seis personajes de nuestra cultura, los que aparecen en este primer volumen, y menos a Benjamín Carrión, el primero de los galardonados, quien, por su tenaz empeño por hacer de la Casa de la Cultura Ecuatoriana la más representativa muestra de la pujanza nacional en el ámbito de la cultura, se había convertido en una especie de icono, controvertido por pocos, pero reconocido por la mayoría. Nadie podía dudar, tampoco, de todos los cinco restantes, Carrera Andrade en el ámbito de la lírica; Pareja Diezcanseco en sus múltiples facetas de creador constante, sobre todo en la narrativa y el ensayo; Aguilera Malta en el cuento y la novela y su bota de siete leguas; Andrade en la crítica literaria y la nota periodística, en la riqueza de la palabra escrita; y, en fin, Vargas en la exposición y crítica del arte ecuatoriano, en la modestia ejemplar de su sabia reciedumbre intelectual. Habría ocurrido lo mismo si el Premio se hubiese establecido unos años antes y se lo hubiese conferido, por ejemplo, a Gonzalo Escudero, fallecido en 1971; a Segundo Luis Moreno, Ángel Modesto Paredes o Luis Mideros, muertos al año siguiente; o a Carlos Rolando o Augusto Arias, desaparecidos en 1974. Y antes aún, respecto a los fallecidos en la década de los sesenta, ¿por qué no pensar en el Premio para Gonzalo Zaldumbide, Pío Jaramillo Alvarado o Zoila Ugarte de Landívar? Pero estas son, y pido perdón, meras especulaciones, simples conjeturas venidas de improviso a mi mente. Lo cierto es que, ya instituida la presea, el régimen riguroso de su concesión -a una sola persona y cada dos años-, impidió que se pudiera pensar en personajes de la talla de Jorge Icaza, Augusto Sacoto Arias, Luis Humberto Salgado, Manuel Rendón Seminario, Julio Tobar Donoso, Carlos Zevallos Menéndez, Carlos Manuel Larrea, Hugo Alemán o Wilfrido Loor, para citar a algunos de los más sobresalientes escritores

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Jorge Guillén, al recibir el primer Premio Cervantes en 1976. “Un premio literario -dijo- irrumpe siempre como una sorpresa. ¿Y si es merecido? No importa. El merecimiento no se impone de modo absoluto. Hay siempre otros legítimos candidatos. Si no se entromete la vanidad, el galardón cae del cielo con fuerza inesperada”.


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o artistas ecuatorianos fallecidos hasta 1984, año en el cual se amplió el espectro de los premiados. Aquí, en este punto, las especulaciones del párrafo anterior pierden peso, por cierto, pero las limitaciones que anoto, en cuanto a tiempo y oportunidad del galardón, se vuelven barrera infranqueable, sin duda.

lo fueron. Tal vez en el último de dichos premios, el de 1984, se puso un límite: se excluyó adrede a las letras y explícitamente se señaló que el galardonado debía ser algún personaje dedicado a las artes o a las ciencias. La elección del padre Vargas, sin embargo, como que rozó al ámbito de las artes con el de las letras.

Cuando el Premio empieza a ser concedido a varias personas a la vez, se abre una segunda etapa en esta historia. Este nuevo ciclo, hay que admitirlo, tiene contrastes, claros y oscuros, virtudes y defectos. Unas veces se acierta plenamente; otras, crea duda en la opinión pública. Y con ello, se abona el terreno para la suspicacia y la crítica, y no siempre con buenas intenciones. Por desgracia, en estos nuevos tiempos, donde hay mayor posibilidad para escoger y acertar, se omite el galardón para personajes como: Leopoldo Benites Vinueza, Fernando Chaves, Francisco Alexander, Pablo Muñoz Vega, Francisco Tobar García, Humberto García Ortiz, Emilio Uzcátegui, Manuel de J. Real, José Enrique Guerrero, Jaime Andrade Moscoso. Y recientemente, a intelectuales de peso como Francisco Granizo Ribadeneira, para solo señalar a uno nada más, el caso más visible y fresco. Y la lista es más larga, por supuesto, incrementándose todavía con quienes son relegados, año tras año, en forma inexplicable.

En la historia del Premio no se ha valorizado como es debido a las ciencias humanas. Solo cuatro preseas han sido otorgadas, en estricto rigor, a investigadores de esta rama del conocimiento: Agustín Cueva, en la Sociología; Alfonso Rumazo González, en las Ciencias Históricas; Juan Larrea Holguín, en el Derecho; y, Jorge Marcos Pino, en la Arqueología. En cambio, se ha preferido a profesionales que han hecho una loable labor profesional en la Medicina. E igual suerte ha corrido el ensayo en el campo de las letras, pues son poetas o narradores los que se han llevado la mayor parte del pastel.

Pero en el balance que ahora se vuelve necesario -son ya 78 las personas premiadas hasta fines de 2009- no cabe duda que el Premio “Espejo” ha reconocido a un conjunto de ecuatorianos y a un grupo de instituciones, que efectivamente han trabajado por la cultura nacional en sus más diferentes expresiones y la han enriquecido. Unos más, otros menos, es verdad.

En ciertos momentos ha habido una indefinición de orden jurídico a la hora de seleccionar a la institución, pública o privada, a ser premiada. Más de una vez se ha pensado en entidades que carecen de personería jurídica, como cuando la presea se concedió al Parque Histórico de Guayaquil, dependencia del Banco Central del Ecuador. ¿Cómo debe entenderse el juicio de quien formula las ternas? ¿Otorgar el Premio a la dependencia o, a través de ella, el deseo sería premiar a la entidad de la que forma parte? ¿Y qué ocurre en el caso que la entidad ya haya sido premiada, como cuando se propone el Premio a la Cinemateca Nacional cuando el ente que la acoge, la Casa de la Cultura Ecuatoriana, ya ha sido galardonada?

La trayectoria del Premio, en algo así como siete lustros, ha permitido que se elaboren juicios sobre su validez, su persistencia, sus particularidades propias. En la primera etapa es cierto que se prefirieron, para premiarlos, a literatos connotados. Todos ellos

De otra parte, en la historia de Premio solo una vez ha habido una renuncia, la del señor Gil Calderón, quien refutó el galardón, molesto, por el notable atraso para entregarlo, por parte del Presidente Durán Ballén. Ya casi al final de sus días,


La normativa vigente y la práctica, no han permitido que se concediera el Premio con el carácter de póstumo. Han habido casos en los cuales el postulante ha sido descartado por el hecho de haber fallecido en el periodo que media entre la aprobación de las ternas y la elección del Presidente de la República, tal el caso del señor Fernando Chaves en 1999. Otras veces, como en la consideración del nombre del artista José Enrique Guerrero, éste fue eliminado porque había muerto poco antes de la conformación de las ternas. Y lo propio aconteció cuando se sugirió el nombre del doctor Fernando Ortiz Crespo, prematuramente fallecido en desgraciado accidente. Ya se dijo en el relato que antecede, que solo una vez, en el caso del doctor Luis E. Fierro, su solo nombre apareció en lo que debió ser una terna. Se aludió, también, a los varios errores en la formulación de las ternas -alguna vez se incluyó a alguien que ya había sido galardonado-, lo que demuestra, más que nada, la falta de una precisa reglamentación. Como se ve también de este relato, no siempre se ha seguido la costumbre de premiar el mismo Día de la Cultura, y esta celebración anual ha perdido la significación que pretendió concederle el decreto supremo que la instituyó. Ha dependido del gobernante, de sus ocupaciones y de su interés en conmemorar ese día, al menos con la ceremonia de la entrega del Premio. Y en ocasiones se ha faltado ostensiblemente a los plazos tradicionales, ya con el anuncio oficial de los premiados, ya con la fecha de la entrega.

La atracción económica del Premio ha sido un elemento que no ha pasado desapercibido para los galardonados o sus familias. El caso más patético fue el de Carrera Andrade, quien había tornado al país con una economía exhausta y una salud maltrecha. La creación de una pensión vitalicia generó, luego de varios años de establecido el Premio, nuevas expectativas. Cosa similar ocurrió, cuando ya creada dicha pensión, ésta se extendió a las viudas y los hijos menores de edad; o, cuando aquella se redujo considerablemente por efectos de la dolarización. Otro tanto ocurrió cuando, por problemas de interpretación de las leyes por parte de las autoridades económicas del país, se produjo una diferencia en el monto de las pensiones que recibía cada uno de los premiados, como resultado de los diversos decretos que habían reglado el Premio en el transcurso del tiempo y del poco cuidado que se tuvo en redactarlos. Una posible limitación en el proceso de selección ha sido, sin duda, la falta de un reglamento que establezca con claridad mecanismos más precisos para la elección del premiado. Por ejemplo, parece cierta la necesidad de fijar plazos para cada una de las etapas de dicho proceso: presentación de candidaturas, estudio de las mismas, informe técnico al Consejo Nacional de Cultura, mecanismo de votación para la selección de las ternas. Lo que ahora ocurre, en realidad, es que generalmente se trabaja en el Consejo con unas ternas que vienen de la Casa de la Cultura y el “forcejeo” consiguiente no pasa de ser algo momentáneo, en la sesión misma, donde conf luyen opiniones y criterios dichos a viva voz y en ocasiones contradictorios. ¿Cuál el futuro del Premio ahora que se ha creado un sistema nacional de premios y que está germinando una nueva institucionalidad cultural? Difícil concebirlo. Más que probable, sin embargo, que el mismo se lo mantenga. Pero para fortalecerlo, es menester que se piense en la posibilidad de

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el señor Gil, o sus familiares más directos, realizaron gestiones para que se le restituya la presea, cosa que el Gobierno aceptó generosamente. Otras renuncias, a posibles postulaciones más bien, se dieron en el régimen del ingeniero Febres Cordero, pero sobre todo por razones políticas, que por otra cosa.


retornar a sus raíces, o al menos a una parte de ellas. En efecto, parece necesario no fraccionarlo entre varias personas, no porque se haya agotado la nómina de ilustres ciudadanos merecedores de la presea, como alguna vez se dijo, sino porque el retorno a la unificación le concedería mayor peso tanto al galardón mismo, cuanto a la persona que lo reciba. De otra parte, el Premio podría seguir siendo anual y su entrega efectuarse, por cierto, en el Día de la Cultura. Podría pensarse, para esta ceremonia, o para un acto paralelo,el invitar a algún ilustre intelectual extranjero a que pronuncie una conferencia sobre algún tema vinculado con la cultura universal. En 1999, pese a los problemas económicos que en aquel año atormentaban a la ciudadanía, se buscó la posibilidad de invitar a Umberto Eco, pero faltó tiempo antes que dinero mismo.

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Podría pensarse que esta propuesta permitiría volver a caer en el problema, suscitado ya a comienzos de los ochenta, debido a la posible marginación que el premio único ocasionaría a otras personas contemporáneamente en posibilidad de recibir la presea. Eso puede ser verdad, pero es menester, repito, dar mayor fortaleza a este Premio y, la mejor manera para ello, es convirtiéndolo nuevamente en uno solo. Para remediar el reparo, podrían crearse una serie de premios nacionales, unos concedidos por la Presidencia de la República, otros por el Ministerio de Cultura, en áreas muy parecidas a las que hoy existen en el “Espejo”: artes, ciencias, letras, gestión cultural, podrían ser algunas. Volveré, para terminar, al discurso de Guillén. Él también manifestó en dicha ocasión, que, en el otorgamiento de un premio literario, no existe milagrería sobrecogedora. “No pensemos en el azar, ni siquiera en el seguro azar, -como dijo el poeta-. A este resultado, de aspecto celeste, se llegará en torno a una mesa de personas doctísimas tras una deliberación. De ahí el carácter honroso del Premio y la gran satisfacción del elegido”.

Esto es lo que, en buena medida, ha ocurrido con nuestro Premio. No ha habido milagros, como bien lo dice Guillén. Ha habido, en cambio, reconocimientos y un volver la mirada nacional hacia personajes de nuestra cultura, muchas veces olvidados o marginados por una opinión pública más interesada en la cotidianidad de la política, la economía o el deporte. Entonces, en este punto, cobran vigor las palabras de Nelson Estupiñán Bass cuando, al agradecer por el Premio “Espejo” a él otorgado en 1993, manifestó que el galardón llevaba consigo dos connotaciones: una, llamar la atención a los intelectuales en la necesidad de poner sus capacidades al servicio de los pueblos y darles una funcionalidad democrática; otra, la de considerar que nuestro país es uno pero a la vez diverso, por su carácter multicultural, por la fusión de razas en una dinamia siempre creadora.


Nómina de premiados

1993- Gerardo Guevara, realizaciones o actividades a favor de la cultura; Nelson Estupiñán Bass, creación literaria; Alfredo Palacio, creación artística; y, José Varea Terán, actividad científica.

1975- Manuel Benjamín Carrión

1995- Jorge Salvador Lara, creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura nacional; Adalberto Ortiz, creación literaria; Enrique Gil Calderón; creación o actividad literaria; y, Luis A. Romo Saltos, creación, realización o actividad científica.

1975-2009

1977- Jorge Carrera Andrade 1979- Alfredo Pareja Diezcanseco

1997- Nicolás Kingman Riofrío, promoción cultural; Ángel Felicísimo Rojas, letras; Oswaldo Viteri Paredes, artes; y, Alfonso Rumazo González, ciencias.

1981- Demetrio Aguilera Malta

1984- José María Vargas 1986- Leslie Wrigth Durán Ballén, cultura; Alejandro Carrión Aguirre, literatura; Eduardo Kingman Riofrío, arte; y, Plutarco Naranjo Vargas, ciencia. 1987- Antonio Parra Velasco, cultura; José Rumazo González, literatura; Galo Galecio, arte; y, Miguel Salvador, ciencia. 1988- Edmundo Ribadeneira Meneses, cultura; Gabriel Cevallos García, literatura; Enrique Tábara, arte; y, Augusto Bonilla Barco, ciencia. 1989-Jorge Pérez Concha, promoción cultural; Jorge Enrique Adoum, literatura; Aracely Gilbert de Blomberg, artes; y, Misael Acosta Solís, ciencias. 1991- Hernán Crespo Toral, creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura nacional; Pedro Jorge Vera, creación literaria; Oswaldo Guayasamín Calero, creación o actividad artística; y, Agustín Cueva, creación, realización o actividad científica.

2001- Filoteo Samaniego Salazar, actividades culturales; José Martínez Queirolo, actividades literarias; Jorge Swett, actividades artísticas; Rodrigo Fierro Benítez, actividades científicas; y, Parque Histórico de Guayaquil, organismos públicos y privados. 2003- Tránsito Amaguaña, actividades culturales; Galo René Pérez, actividades literarias; Jorge Marcos Pino, actividades científicas; Leonardo Tejada, actividades artísticas; y, Casa de la Cultura Ecuatoriana, organismos públicos y privados. 2005- Luis Enrique Fierro, actividades culturales; Rodolfo Pérez Pimentel, actividades literarias; Theo Constante Parra, actividades artísticas; Rodrigo Cabezas Naranjo, actividades científicas; y, Academia Ecuatoriana de la Lengua, organismos públicos o privados.

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Premiados

1983- Raúl Andrade Moscoso

1999- Yela Loffredo de Klein, realizaciones y actividades a favor de la cultura nacional; Efraín Jara Idrovo, creación literaria; Oswaldo Muñoz Mariño, creación artística; Juan Larrea Holguín, creación científica; y, Biblioteca Ecuatoriana “Aurelio Espinosa Pólit”, actividad institucional en beneficio de la cultura.


2006 -Edgar Palacios, actividades culturales; Miguel Donoso Pareja, actividades literarias; Diego Luzuriaga, actividades artísticas; Ramón Lazo, actividades científicas; y, Orquesta Sinfónica Nacional, organismos públicos o privados. 2007- Jaime Galarza Zavala, actividades culturales; Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, actividades literarias; Aníbal Villacís, actividades artísticas; Frank Weilbauer, actividades científicas; y, Grupo Folklórico “Tierra Caliente” de Petita Palma Piñeiros, organismo público o privado.

Premio Espejo

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2008- Rodrigo Pallares Zaldumbide, actividades culturales; Alicia Yánez Cossío, actividades literarias; Carlos Rubira Infante, actividades artísticas; Eduardo Villacís Meythaler, actividades científicas; y, Editorial Abya Yala, organismo público o privado. 2009-Horacio Hidrovo, actividades culturales; Euler Granda, actividades literarias; Estuardo Maldonado, actividades artísticas; Magner Turner, actividades científicas; y, Academia Nacional de Historia, organismo público o privado.


Benjamin Carrión

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Benjamín Carrión

Premio Nacional “Eugenio Espejo” 1975


L

a idea de establecer el Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo”, tal como cuenta Milton Álava Ormaza en el prólogo de este libro, nació de su persona y de la entusiasta como firme adhesión de Pedro Jorge Vera. Según el propio Álava Ormaza relata, el borrador de decreto supremo fue sometido a revisión de Benjamín Carrión, una vez que el gobernante de entonces, general Guillermo Rodríguez Lara, aceptara la idea de establecer la presea y conferir el premio al ilustre escritor lojano.

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El decreto que fue firmado en la noche del 6 de agosto de 1975, apareció publicado en el Registro Oficial No. 369, doce días después, y, en su disposición transitoria, se confiere a Benjamín Carrión el premio que, para dicho año, consistía en una medalla, el correspondiente diploma y cien mil sucres, los cuales, al tipo oficial de cambio vigente a la época, correspondían a USD 4.000,00. Es indudable que este gesto del Gobierno Nacional mereció aplauso no sólo en los medios intelectuales, porque la idea de la presea constituía un estímulo a los trabajadores de la cultura, sino en la opinión pública en general, dado el prestigio intelectual y el valor humano de Carrión. Hay que tomar en cuenta, de otro lado, que el citado decreto supremo establecía, como Día de la Cultura Nacional, al 9 de agosto de cada año, día en la cual, en 1944, se fundó la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Esta misma fecha sería la fijada para la entrega del premio. La adhesión a Carrión no se hizo esperar. Pocos días después del anuncio del galardón, se le tributó, el 20 del propio mes de agosto, un homenaje nacional en el Hotel Quito de la capital, el cual fue ofrecido por el doctor Alfonso Barrera Valverde, distinguido intelectual y diplomático. Carrión, al contestar dicho discurso, señaló que se

sentía orgulloso por varias realizaciones suyas, entre ellas, la fundación de la Casa y la defensa de la idea de la pequeña gran nación. Tampoco le faltaron palabras para agradecer al Gobierno por este “enaltecedor y generoso decreto”. Algunos pensaron que en esto del premio existía cierta incompatibilidad entre la ideología de Carrión y el carácter dictatorial del régimen. Pero tanto el prestigio del galardonado cuanto la buena intención manifiesta del Gobierno, permitieron superar cualquier suspicacia. El acto de entrega, muy solemne dada las circunstancias, se realizó en el Salón Amarillo del Palacio Nacional el 22 de Octubre del mismo año de 1975. Para Rodríguez Lara, que pocas semanas antes había sufrido un conato revolucionario, era una ceremonia importante, no sólo desde una perspectiva política sino, además, desde su idea de recuperar la imagen del régimen ante la opinión pública. En su discurso, vinculó su personal aprecio hacia las manifestaciones culturales con los “principios filosóficos y el plan de acción del gobierno de 1972”, y, al referirse a Carrión, destacó lo trascendente de su pensamiento y de su obra. El galardonado, por su parte, reafirmó sus ideas: la de la Casa, la de la pequeña gran nación, la de la necesidad de volver a tener patria. Recurrió al pensamiento de Arnold Toynbee, a quien había recibido años atrás en los salones de la Casa, y a algunas ideas de ese gran escritor venezolano que fue Mariano Picón Salas. Y, al renovar su credo político, recordó a Mariáteguí, a Vasconcelos y a la Mistral misma. Fue esta la última gran presea que recibiera Carrión, a quien tocaría todavía prestar valiosos servicios al país, sobre todo en el proceso de reestructuración jurídica del país, que culminaría en agosto de 1979.


“Desde el último rincón del mundo”

M

anuel Benjamín Carrión nació el 20 de abril de 1897, en Loja, ciudad tan alejada de los principales centros de la política, la economía y la cultura del país, que, por fuerza de estas circunstancias, más bien geográficas, había generado, dentro de ella, una vida no exenta de virtualidades, sobre todo cívicas, literarias y artísticas. Carrión mismo la calificaría, muchos años después, como “el último rincón del mundo”, expresión feliz a la que se ha recurrido en muchas ocasiones para ilustrar, este natural extrañamiento. Fue el décimo y último hijo de Manuel Alejandro Carrión, fallecido cuando Benjamín contaba apenas seis años, y de Filomena Mora, quien fue, según el propio Carrión lo confiesa, “la primera influencia, la más grande, la total”. 1 Como solía ocurrir frecuentemente en aquella época, los primeros estudios los realiza en casa, bajo la tutela de dos de sus hermanos mayores y de su madre, quien lo introduce en el idioma francés a través de obras de Lamartine. A los once años ingresa al Colegio Bernardo Valdivieso y allí empieza a demostrar su vocación literaria, escribiendo poesía o artículos sobre literatura y participando del grupo de jóvenes que fundara el periódico Vida Nueva. Después de obtener el título de bachiller, en 1916 viaja a la capital para seguir la carrera de Derecho en la Universidad Central y pronto se vincula a los grupos literarios de la época, los cuales, en aquel entonces, empezaban a cruzar, con atrevimiento propio de la edad,

las fronteras del modernismo. Cuando llega a Quito, solo sobrevivían de la celebrada “generación decapitada”: Noboa Caamaño, a quien Carrión encuentra enfermo y decadente, y Humberto Fierro, a quien admira por su obra extraordinaria aunque parca, y del cual no deja de llamar su atención lo hierático de su comportamiento. Empero, por confesión propia, ya en la capital, tuvo “una terrible desilusión con la gente mayor o menor que me tocaba coincidir, que me tocaba platicar, que me tocaba conversar o aprender… profesores y alumnos universitarios, escritores de aquella época” 2 Pese a esta inconformidad, debida posiblemente al natural cambio de ambiente y a la nostalgia consiguiente, es en aquellos años universitarios cuando Carrión obtiene sonados triunfos literarios y académicos. Recoge las máximas preseas, en poesía, en los Juegos Florales organizados por los estudiantes de la Central en 1919; es admitido en los principales cenáculos intelectuales de la época; escribe en el entonces prestigioso diario El Día de Ricardo Jaramillo; y prosigue sus estudios graduándose de abogado y doctor en Jurisprudencia tres años después. Casi enseguida a su laurea, contrae matrimonio en Loja con su prima segunda, Águeda Eguiguren; retorna a Quito y desempeña algunas funciones públicas: prosecretario de la Cámara de Diputados y director de la Gaceta Judicial. Su cercanía personal con el presidente Gonzalo S. Córdova le permite cumplir un anhelado sueño, acariciado desde los días de su graduación de abogado: viajar a Francia, cuna, entonces, de la cultura occidental y meca de artistas y escritores de prestigio. Lo hace en calidad de cónsul de nuestro país en el puerto de El Havre, con nombramiento firmado por el exhausto presidente tan solo pocos días antes de su derrocamiento. Pese a lo precario de la situación política que se le presenta en los días iniciales de su encargo consular, se mantiene en funciones por algo así como seis años, hasta principios de 1931.

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Semblanza

1.Charla a un grupo de estudiantes de sextos cursos de los colegios de Quito, en: Hernán Rodríguez Castelo, Benjamín Carrión, el hombre y el escritor, Quito, Publitécnica, 1979. 2.Hernán Rodríguez Castelo, op. cit.


Su vida en Francia le permite establecer gratas y duraderas relaciones con escritores de reconocido prestigio. A través de su amigo César Arroyo, busca la amistad de Gabriela Mistral a quien pide prologue su primer libro, Los creadores de la nueva América (Madrid, Sociedad General Española de Librería, 1928). Pero a más de la Mistral, conoce y trata a innumerables personajes de las letras. Conoce a Unamuno en el exilio, a Vasconcelos, a Francisco García Calderón y a Manuel Ugarte. Pero también a Vallejo, el gran poeta peruano, a Miguel Ángel Asturias, Alfonso Reyes. Vienen a ser éstas, y muchas otras, las amistades que permitirán a Carrión el amplio roce internacional durante toda su vida.

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3.Benjamín Carrón a César Arroyo en carta de mediados de diciembre de 1929 y publicada en: Gustavo Salazar, La voz cordial correspondencia entre César E. Arroyo y Benjamín Carrión, Quito, La Palabra Editores, 2007, p. 101 4.Benjamín Carrión, Atahualpa, Guayaquil, Editora Noticia, 1939, p. 223

Después de su primer libro, a año seguido, publica en la ya citada editorial madrileña, la novela El desencanto de Miguel García y el libro de crítica Mapa de América, éste último prologado por Ramón Gómez de la Serna y al cual Carrión siempre consideró una de sus mejores obras. Animado por las primeras opiniones favorables a su libro, escribe a César Arroyo diciéndole que, de recibir opinión del Ecuador, “será siempre perdonadora, y llegará, magnánimamente, a conceder que, si sigo cultivando las letras, puedo llegar a ser una promesa estimable para la literatura nacional…” 3 Según lo afirmó tantas veces, es entonces cuando Carrión “descubre”, en la irrupción de Los que se van, el nacimiento de una nueva época en la literatura ecuatoriana y, el espaldarazo que la crítica suya produce, es definitivo para consolidar el prestigio de sus autores. De retorno de Francia, a mediados de 1931, ocupa, por muy pocos meses, las funciones de primer secretario de nuestra Legación en Lima. Es muy posible que el triunfo de Neptalí Bonifaz haya provocado en Carrión, de clara tendencia izquierdista, el natural deseo por afirmar su filiación ideológica a los principios y postulados del Partido Socialista, agrupación creada cinco años antes, con la participación de los más

destacados miembros de la intelectualidad ecuatoriana de ese entonces. La guerra de los cuatro días, entre agosto y septiembre de 1932, le sobrecoge, pero le estimula a la vez, en la necesidad de derrotar a la derecha política. Dicho convencimiento le mueve a aceptar la cartera de Instrucción Pública en el fugaz interinazgo de Alberto Guerrero Martínez en el propio año de 1932 y, poco después, a inicios de 1933, el cargo de ministro plenipotenciario de nuestro país en México. Este último nombramiento, aceptado por Carrión mientras fungía como secretario general del Partido Socialista, que había decretado su oposición al Gobierno, no solo provoca su inmediata expulsión de dicho grupo político, sino diversos comentarios sobre los reales motivos de su aceptación del cargo diplomático que se le ofrecía. Esta primera estadía suya en México -serán cuatro largas en su vida- afirma su afecto a ese país y su admiración por la cultura milenaria que encierra. Le servirá, además, para escribir y publicar su obra más reconocida, Atahualpa (Imprenta Mundial, 1934), terminada en noviembre de dicho año en Cuernavaca y en la que se trasluce su afán por reivindicar los derechos sociales, porque, son sus palabras, “Atahualpa y Pizarro esperan -y harán llegar- la hora de la tierra y de la justicia”. 4 Terminada su misión diplomática al arribar por primera vez al poder Velasco Ibarra, Carrión retorna al país, ejerce la cátedra universitaria, escribe, hace periodismo y publica, dentro de una colección editada por Editorial Ercilla de Santiago de Chile su Índice de la poesía ecuatoriana contemporánea (1937), primer libro de crítica a la obra de un selecto grupo de escritores nacionales, con el balance indispensable que permite una apreciación de conjunto de los movimientos literarios del momento en nuestro país, cosa que repetirá, muchos años después, con su El nuevo relato ecuatoriano. Los años treinta, cuando Carrión alterna el ejercicio de la diplomacia con su trabajo


Y, paradójicamente, será Colombia, una vez derrocado Páez y llegado al poder Alberto Enríquez, la sede de su cuarta misión en el exterior, país al que viajará en calidad de ministro plenipotenciario a inicios de 1938, y en el que permanecerá algo más de un año, para iniciar, luego ya de retorno a su patria, un largo periodo de trabajo en la academia y en las letras, lapso en el cual, dadas las dificultades que en política internacional atravesaba nuestro país y el mundo en general, le permiten varias ref lexiones de

largo alcance que luego, escritas e impresas, constituirán un llamado de fe a las virtualidades del país. En efecto, Carrión escribe en este tiempo sus Cartas al Ecuador (Quito, Editorial Gutenberg, 1943), recopilación de artículos aparecidos con anterioridad en el diario El Día de la capital y que, bajo la premisa de que la derrota territorial no puede significar un desmoronamiento del alma nacional, construye una idea fuerza alrededor de la necesidad de que el país se potencie en el ámbito de la cultura, compensando, así, las manifiestas debilidades institucionales reflejadas luego del conflicto con el Perú. Pero las Cartas son también ataques feroces al gobierno de Arroyo del Río y al ejercicio de las facultades extraordinarias que el Congreso le había otorgado al presidente, cosa esta última que, al final de cuentas, contribuyó al robustecimiento de la oposición al régimen. Bajo la inspiración de lo que en un tiempo predicara Manuel Ugarte en el Perú y que, casi al mismo tiempo, lo hiciera Joaquín Costa en España, Carrión construye en las Cartas una estructura mental que le permite afirmar la necesidad de construir

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cultural en el país, constituyen uno de los períodos más críticos en la historia nacional. No solo graves síntomas recesivos en la economía afectan la estabilidad monetaria y cambiaria, sino que éstos influyen de tal modo en la política, la cual se vuelve convulsa y cambiante. Uno de aquellas mutaciones se produce en la administración de Federico Páez, quien de improviso, cambia de la izquierda a la derecha política y genera una ola represiva que produce prisiones, confinios y destierros. Entre estos últimos, el de Carrión, quien debe apresuradamente abandonar el país hacia Colombia, aunque por poco tiempo.


una nueva patria. “Volver a tener esa patria que perdimos, no solo territorialmente, sino moral y espiritualmente, con la claudicación y la entrega… Volver a tener esa patria que perdimos, que era libre, que era rebelde, y que nos la cambiaron por un pueblo sufrido, aplastado, privado de lo que siempre fue lo esencial para él: la libertad”. 5 Todo esto que se dice en las Cartas viene a ser lo que el propio Carrión define como “teoría de la nación pequeña”, que gran repercusión ha tenido en el pensamiento nacional y que le sirvió a su autor para concebir lo que sería el más caro de sus sueños y la más importante de sus realizaciones: la Casa de la Cultura Ecuatoriana, fundada, mediante decreto supremo, el último día del gobierno dictatorial de Velasco Ibarra, el 9 de agosto de 1944. 6

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5.Benjamín Carrión, Cartas al Ecuador, Quito, Editorial Gutenberg, 1943, p. 133 6.Velasco Ibarra había asumido el poder luego del golpe de Estado del 28 de mayo de 1944 y se mantuvo como dictador hasta el 10 de agosto de dicho año, fecha en la que se instaló la Asamblea Constituyente que él mismo había convocado.

La Casa, reconózcase o no, nació de las cenizas del Instituto Cultural Ecuatoriano, fundado por Arroyo del Río casi a finales de su mandato, en noviembre de 1943. Pero a diferencia del Instituto, la Casa de la Cultura fue concebida por Carrión como una entidad con finalidades y estructura administrativa mucho más amplias y democráticas. Para acallar cualquier crítica, Carrión, que fue designado como su primer presidente, incluyó en la Casa a personajes de alto valor intelectual pero de diferente ideología a la suya, como Jacinto Jijón y Caamaño, primer vicepresidente de la institución, y Aurelio Espinosa Pólit, notable jesuita de reconocida cultura humanista, a fin de destacar el pluralismo que se deseaba establecer en las actividades de este nuevo organismo. Es en la Casa donde Carrión se forja como auténtica figura nacional, cosa que ya venía anunciándose por sus escritos, por su participación en la política y su desempeño diplomático. No cabe la menor duda que para Carrión la Casa de la Cultura fue, a partir de 1944, su razón de ser. Desplegó en ella una amplia actividad, una envidiable

energía, memorable en los anales de la cultura ecuatoriana como primer ejemplo de gestión y administración culturales. Puso todas sus energías del mediodía de su vida como testimonio de amor a su patria a través de la cultura. Con escasos recursos económicos pero con una pasión acaso no repetida en los anales de nuestra historia cultural, estructuró a la entidad -que no fue autónoma en sus años iniciales-, invitó a destacados personajes de la cultura occidental, dio a luz Letras del Ecuador, periódico mensual de la Casa, y a la revista de la institución -gruesos volúmenes de ensayos críticas y notas-, estableció una radiodifusora cultural, imprimió vigor a un amplio programa editorial, se empeñó porque la Municipalidad de Quito donara a la Casa una enorme extensión de terrenos al norte de la ciudad y empezó de inmediato la construcción del primer edificio sede, organizó los salones anuales de artes plásticas y las exposiciones de artes manuales populares, se empeñó porque la Casa tuviera un coro, un grupo de danza y un conjunto de cámara del cual nacería la actual Orquesta Sinfónica Nacional, auspició la obra de escritores y artistas, entre éstos a Guayasamín, a quien ayudó para la culminación de su serie “Huacayñán”… Carrión trabajó en la Casa, con este soberbio despliegue de energías, en el periodo comprendido entre 1944 y 1957, salvo una interrupción cuando, en 1948, aceptó la embajada del Ecuador en Chile y fue sustituido por Pío Jaramillo Alvarado. De escribirse algún día la historia de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, claro está que estos trece años deberían ser calificados como los más fructíferos, sea en cuanto concierne a la concepción e instrumentación de sus políticas culturales, como en lo que atañe a eficiencia administrativa, y todo ello pese a presupuestos reducidos y a una que otra manifestación de círculos opositores. En el informe que resume estos trece años de labor, Carrión, que a poco abandonaría la entidad para viajar a México, hostigado,


seguido su El nuevo relato ecuatoriano (1952) y los dos primeros volúmenes de sus “santos del espíritu”: San Miguel de Unamuno (1954) y Santa Gabriela Mistral (1956).

En todo caso, hay que anotar que Carrión, mientras desempeñaba la presidencia de la Casa y sin que le faltara ese dinamismo creador tan propio suyo, fundó, en 1951, el diario capitalino El Sol, malograda empresa suya, a la cual quiso convertir, sin conseguirlo, en una especie de obligado contrapeso en el diarismo quiteño de aquella época. Y, como si le sobrara tiempo, desempeñó también la senaduría funcional por el periodismo y las instituciones culturales entre 1952 y 1956, periodo en el cual le tocó defender a dos o tres diarios clausurados por el Gobierno, entre ellos El Comercio, la prisión de algunos periodistas y el alevoso ataque, por pesquisas, a su sobrino, Alejandro Carrión. Difícil situación ésta la suya, en la que solo su carácter y su don de gentes le permitían sortear las iras del régimen con el desempeño de sus funciones en la Casa, tan necesitada de la ayuda gubernamental a sus finanzas.

Consecuencia de este fervor revolucionario, de su izquierdismo reverdecido y de su nunca desmentida necesidad de participación política, Carrión acepta formar parte del Frente Anticonservador que le proclama, a inicios de 1960, candidato a la vicepresidencia de la república como compañero de fórmula del entonces rector de la Universidad de Guayaquil, Antonio Parra Velasco. Fue en esta época, en medio de una campaña electoral en la cual no escaseó la violencia verbal e incluso la física -el arribo de Velasco Ibarra a Quito en marzo de aquel año produjo muertos y numerosos heridos- que Carrión se afirma en la idea de una “segunda independencia”, aquella que permita el ejercicio auténtico de los derechos sociales y económicos de la población. Mal orador de masas, compensa esta limitación con ardorosas frases de combate inspiradas por su indudable condición de escritor aventajado. 8

Y es en esta misma época que, de los talleres gráficos de la Casa, aparecen, casi a renglón

Instaurado el cuarto velasquismo, el más arrollador de todos y quién sabe si por esto

Rabiosamente anticonservador, abandona el país y se exilia voluntariamente en México donde escribe un ensayo sobre García Moreno (El Santo del patíbulo, Fondo de Cultura Económica, 1959), motivo de agria polémica en el país, y se prepara para el combate político en las elecciones presidenciales que se avecinan. En la revista La Calle, que hace en esos años oposición al Gobierno, escribe unas “nuevas cartas al Ecuador”, que poco después se reunirán en un libro (Editorial Atahualpa, Quito, 1959, 202 páginas). Producida la revolución cubana, en enero del propio año de 1959, se adhiere fervorosamente a ella, no solo como expresión de repudio a las dictaduras -siempre lo había sido- sino como demostración que su fe en el socialismo no se había desvanecido con los años.

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se dice, por el régimen conservador que había ascendido al poder pocos meses atrás, manifiesta, entre otras cosas, ideas que condensan su modo de entender sobre la misión de la Casa. “Mi tierra, -dice- este Ecuador de los contrastes violentos y de los hombres buenos, es, orgullosamente, una nación pequeña, una gran nación pequeña, si se quiere, a pesar de la palabra aparente y de la verdad real. Porque no pretende, no debe pretender una grandeza militar que conduzca al ridículo. Porque hoy ya no tiene una grandeza territorial, perdida por la imbecilidad y la traición; una risible grandeza diplomática, vestida de ornamentos y marcada de genuf lexiones. Esta nación pequeña no es una nación resentida, una patria amargada. El resentimiento y la amargura conducen al desánimo. Y esta tierra mía está animosa, debe estar animosa a pesar de las contradicciones y de los males transitorios; enfermedades de infancia, la tos ferina y sarampión, que ya se han de pasar, aún sin el auxilio médico…” 7

7.Benjamín Carrión, Trece años de cultura nacional, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1957, p. 15 8.Carrión repetirá hasta el cansancio, en mítines y entrevistas, ideas como la de que el deber supremo de aquella hora no era otro que devolver la patria al pueblo o sobre la necesidad de recobrar para el país el ejercicio de una auténtica libertad. Todo esto, contra el régimen de Camilo Ponce Enríquez, a quien, pocos años atrás, cuando fue senador, había interpelado en el Congreso.


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9.Benjamín Carrión da una clase sobre Benjamín Carrión, Reincidencias, Anuario del Centro Cultural Benjamín Carrión, No. 3, diciembre de 2005, p. 299 10.En entrevista concedida el 21 de agosto de 1967 a Diego Oquendo, entonces periodista del diario capitalino “El Tiempo”, al contestar una pregunta sobre si la Casa “es un trago amargo”, contesta literalmente: “Presenta una seria dificultad: uno se topa, tarde y mañana, con seres colocados en un nivel de genios para arriba”.

mismo sorprendentemente fugaz, Carrión vuelve a la Casa de la Cultura y se reencuentra con ella luego de largos cuatro años de ausencia. Pero las cosas ya no son como antes. En cierta medida, había perdido vigor la generación que la fundó, sea porque muchos de sus integrantes habían salido del país, sea porque no pocos habían envejecido o fallecido; en cierta medida, también, las condiciones económicas del país habían mutado y la estabilidad política de los años cincuenta se había esfumado de improviso. Estas circunstancias impidieron que Carrión, en algo más de dos años en los cuales ejerció la presidencia de la Casa, pudiera igualar el ritmo de trabajo y obtener el caudal de resultados que consiguió en su primera administración. Es en este periodo que Losada de Argentina publica su Pensamiento vivo de Montalvo (Buenos Aires, 1961), parte de una afamada serie de volúmenes en la cual colaboran los más prestigiosos escritores, y que los talleres de la Casa de la Cultura editen su segunda novela, Por qué Jesús no vuelve (Quito, 1963). Respecto a esta última, su aparición confirma que Carrión es más ensayista que narrador. El derrocamiento del presidente Arosemena Monroy por las fuerzas armadas, en julio de 1963, genera una persecución a todo asomo de izquierdismo con destierros, y prisión. Carrión deja la presidencia de la Casa y abandona el país rumbo a México. Allí se reencontrará con viejas amistades, ejercerá la cátedra en la UNAM y borroneará varios escritos que se publicarán luego, como su Antología de José Carlos Mariátegui (México, 1966), parte de un frustrado tercer volumen de sus “santos del espíritu”. Al derrocamiento de la Junta Militar de Gobierno, producido en marzo de 1966, un inf lamado movimiento juvenil de intelectuales concluyó con la toma de la Casa de la Cultura en agosto del propio año. Rescatar del inmovilismo a la ya venerable institución, desalojar a una serie de intelectuales

que se habían comprometido, directamente o indirectamente, con el régimen militar y, afirmar que es el pueblo el único que podía sentirse dueño de la entidad, fueron los principales postulados de esta “revolución cultural” que presionó a un régimen, débil por su condición de interino, a una reforma de la ley y los estatutos de la Casa. Uno de los resultados de esta “transformación” fue el retorno de Benjamín Carrión a la presidencia de ésta. Será la tercera y última administración de quien, en una conferencia que mucho tiempo después dictaría a estudiantes de secundaria, confesaría: “toda mi biografía casi, se encuentra en el capítulo fundacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana” 9 Periodo muy breve de transición éste que Carrión ejerce de nuevo la presidencia de la Casa. Y si las cosas ya fueron relativamente complejas en su segunda administración, en esta tercera serían difíciles y hasta molestosas. 10 Posesionado casi a finales de 1966, ya a inicios de 1968 es designado por el régimen de Otto Arosemena Gómez como embajador en México, marco más que apropiado para que, con todos los honores, reciba del gobierno mexicano el Premio “Benito Juárez” por méritos cívicos y culturales. De esta época serán sus ref lexiones sobre la historia patria condensadas en un libro que ha tenido fortuna como primera aproximación a la raíz y destino de nuestro Ecuador: El cuento de la patria (Quito, 1967) que, pocos años después, serán complementadas con su Raíz y camino de nuestra cultura (Cuenca, 1970). El Premio “Benito Juárez” consagra a Carrión como figura continental, sin duda. En aquel momento de su vida -había sobrepasado los setenta años- se había convertido en indispensable referente de la cultura ecuatoriana y en uno de esos venerables personajes a los que se recurría para convertirlos en una especie de marca de identificación nacional, lo que se prueba, repetidamente, a su regreso al país. Conferencias,


charlas, debates, seminarios sobre cultura ecuatoriana, todo ello y más, no podían prescindir de la figura de Carrión quien, con su gesto generoso, correspondía a la invitación con esa agradable bonhomía tan característica suya.

de marzo de 1979. Fue en esa hora cuando uno de sus compañeros de aquel incesante y primerizo trabajo en la Casa, Jorge Enrique Adoum, pronunció estas palabras que algún día deberían estar grabadas al pie de su monumento:

De allí no debe extrañar que haya sido el escogido por el gobierno militar del general Rodríguez Lara como el primer galardonado con la máxima presea cultural establecida por dicho régimen: el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, anunciada en agosto y entregada en octubre de 1975. No debe extrañar, tampoco, que se haya recurrido a él para garantizar el proceso de retorno al régimen constitucional, en ese largo como complejo periodo de dudas sobre la sinceridad de los gobernantes en devolver al pueblo sobre su derecho a gobernarse democráticamente. Fue vocal del Tribunal del Referéndum que supervisó la aprobación de una nueva Carta Fundamental y fue luego vocal y presidente del Tribunal Supremo Electoral.

“Él hizo más grande nuestra patria/la llevaba orgulloso como una flor en el ojal a donde iba/y de donde iba volvía dejando amigos que la querían por contagio”. 12

Fallece después de larga enfermedad y adolorida agonía. Ocurrió este fatal suceso el 8

Despierto como hombre atento a las músicas y perito en ellas, llevaba en los oídos todos los últimos momentos de la actualidad. Con él se podía hablar de todo y comenzar con cualquier alusión. Aunque en sus ojos se notaba la perforadora mirada de la crítica, mezclaba tanta bondad en su mirada que nos tranquilizábamos. Benjamín Carrión no confundiría ni involucraría.

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Pero hacia 1978 Carrión se encontraba ya afectado gravemente en su salud. Este inconveniente no le impidió mantener la lozanía de carácter y de espíritu, como afirmando lo que en algún momento dijera a un periodista: “El ideal no se detiene con la edad” 11 Esto le permite, entre otras cosas, participar todavía en la vida política del país, y lo demuestra su activa intervención en la constitución del Frente Amplio de Izquierda (FADI) malogrado movimiento que buscó, sin conseguirlo, la auténtica unión de los movimientos progresistas en el proceso político de finales de los setenta. Un año antes, como si fuera ya una especie de testamento espiritual, prologó un volumen de la Biblioteca Ayacucho publicada por el Gobierno de Venezuela, y precisamente el dedicado a uno de los personajes que Carrión más admiró: Juan Montalvo.

“Benjamín Carrión con un aire diablesco no me dejaba acertar en el primer momento de la sorpresa quién pudiera ser. Su aspecto españolísimo me hacia querer recordar en qué aula de la universidad madrileña habíamos sido condiscípulos.

Ramón Gómez de la Serna, Madrid, octubre 1930. Citado en Reincidencias, Quito, No 3, Diciembre 2005.

11.Diego Oquendo, Frente a frente, Bogotá, Círculo de Lectores, 1979, p. 118 12.Jorge Enrique Adoum, A usted Benjamín gran señor de la nación pequeña, en: Homenajes a Benjamín Carrión, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1981, p. 25


La Casa de la Cultura Ecuatoriana Considerando:

Premio Espejo

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Que el Gobierno Nacionalista y Revolucionario de las Fuerzas Ar­madas, mediante Decreto Supremo expedido con fecha seis del presente mes por el señor General de División Guillermo Rodríguez Lara, Presidente de la República, ha dispuesto que el nueve de agosto de cada año se celebre en todo el país el Día de la Cultura Nacional, para conmemorar el acto de fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, que tuvo lugar en aquella fecha, en 1944; Que en el mismo Decreto Supremo se instituye el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, que será asignado por el señor Presidente de la Repú­blica, cada dos año al ecuatoriano que haya sobresalido por sus creaciones, realizaciones o actividades en favor de la cultura patria; Que, en disposición transitoria del Decreto Supremo, se confiere, es­te año el Premio “Eugenio Espejo” al señor doctor Benjamín Carrión, como fundador da la Casa de la Cultura Ecuatoriana e intelectual de sin­g ular relieve, Acuerda: Primero: Expresar al Jefe del Estado, General de División Guillermo Rodríguez Lara, y al Gobierno Nacional que él preside, el testimonio de su profundo reconocimiento por haber exaltado, en decisión histórica ejemplar que enaltece su gestión frente a los destinos del país, los valores espirituales de éste, y por haber fortalecido el ya antiguo pres­tigio de esta Institución, que busca actualmente la culminación de sus objetivos académicos y de extensión de la cultura hacia todos los ecuatorianos; y, Segundo: Adherirse al justo homenaje que hace el Gobierno Na­cional al señor doctor Benjamín Carrión, por su profesión de cultura en beneficio del país y sus altos atributos intelectuales. En Quito, a ocho de Agosto de mil novecientos setenta y cinco. Galo René Pérez, Director Nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana

Teodoro Vanegas Andrade Secretario General Encargado


El Consejo Ejecutivo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana En su sesión ordinaria del día once del presente mes, expidió el siguiente Acuerdo: Considerando: Que el Gobierno Nacionalista y Revolucionario de las Fuerzas Armadas ha tenido el acierto de consagrar el nueve de Agosto como el Día de la Cultura Nacional, para celebrar el hecho histórico de la fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana; Que, en el mismo decreto supremo, expedido por el señor Pre­sidente de la República, General de División Guillermo Rodríguez Lara, se crea el Premio “Eugenio Espejo”, destinado a la exaltación de los ciudadanos que impulsaren el desarrollo de la cultura del país, mediante su labor y sus creaciones intelectua­les; y, Que, en este año, dicho Premio ha sido concedido al señor doctor Benjamín Carrión, por su producción literaria y su calidad de Fundador de la Institución, Acuerda: Primero: Expresar su reconocimiento al Gobierno Nacional, por esta justa decisión; y, Segundo: Adherirse a este significativo homenaje al señor doctor Benjamín Carrión. Dado en la Sala de Sesiones de la Casa de la Cultura Ecuatoria­na, a once de Agosto de mil novecientos setenta y cinco. Galo René Pérez Director Nacional de la Casa de la Cultura Ecuatoriana

Teodoro Vanegas Andrade Secretario del Consejo Ejecutivo

Benjamin Carrión

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Homenaje de la Casa de la Cultura Ecuatoriana a su fundador, Dr. Benjamín Carrión Escritor, periodista y diplomático Premio Benito Juárez (México) 1968 Premio Eugenio Espejo 1975 Reconocimiento de la Casa de la Cultura Nacional a su obra

Premio Espejo

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Los creadores de la Nueva América (1928) El Desencanto de Miguel García (1929) Mapa de América (1930) Atahualpa (1934) Índice de la Poesía Ecuatoriana Contemporánea (1937) Cartas al Ecuador (1943) Nuevas Cartas al Ecuador ( 1960) El Nuevo Relato Ecuatoriano (1950- 1951) San Miguel de Unamuno (1954) Santa Gabriela Mistral (1956) García Moreno el Santo del Patíbulo (1959) El pensamiento Vivo de Montalvo (1961) Por qué Jesús no Vuelve (1963) El Cuento de la Patria (1967) Raíz y Camino de Nuestra Cultura (1970) Quito, a 20 de octubre de 1975.


La Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo Provincia de Loja Considerando: Que en la ciudad capital, el día veintidós de octubre de mil novecientos setenta y cinco, el Gobierno Nacional entregará la condecoración a la cultura “Eugenio Espejo”, al distinguido hombre público, maestro y auténtico valor de la cultura, de las letras y del pensamiento americano, señor doctor don Benjamín Carrión; Que el señor doctor Carrión, eminente lojano y compatriota, ha dado lustre y prestigio no sólo en el ámbito nacional, sino también continental en su ciudad natal, poniendo a Loja y a su provincia en el más alto sitial de las glorias intelectuales; Que, habiendo sido el señor doctor Carrión, el fundador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, y el más alto exponente de los anhelos del intelecto, es deber de esta Institución, expre­sar su solidaridad con la grandiosa expresión de reconocimien­to y júbilo para tan prestigioso conductor y guía; Acuerda:

Es dado en el Salón Principal del Núcleo; en Loja, el vein­te de octubre de mil novecientos setenta y cinco. Dr. Gustavo A. Serrano, Subdirector del Núcleo de Loja, de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Dr. Julio César Ojeda O. Vocal Regina Morillo V. Secretaria de Núcleo

Dr. Luis G. Reyes A. Vocal Dr. Salvador Valdi­vieso Vocal

67 Benjamin Carrión

1º.- Expresar por parte de la Casa de la Cultura, Núcleo Provincial de Loja, por medio del presente acuerdo, su fervo­rosa adhesión al Gobierno Nacional, y su sincera felicitación al señor doctor don Benjamín Carrión, por la singular conde­coración a sus merecimientos; 2º.- Hacer la entrega del presente acuerdo en el acto cí­v ico - académico que se llevará a efecto en la ciudad de Qui­to, en la fecha indicada, delegando para que concurra a tan importante evento al señor Subdirector del Núcleo, doctor don Gustavo A. Serrano. 3º.- Dejar constancia del aplauso que merece el Gobierno Nacional, por su ponderada manifestación que reitera, una vez más, el reconocimiento de otras instituciones de carácter in­ternacional que, en buena hora, enaltecieron la ilustre perso­nalidad del señor doctor Carrión, al hacerlo merecedor de re­levantes condecoraciones a sus altísimos meritos intelectuales y cívicos; 4º.- Promover, en escala nacional, un homenaje de la ciu­dadanía lojana, a fin de ofrecer al señor doctor Carrión, en la ciudad de Loja, un acto de admiración y afecto, por su o­bra realizada para prestigio y enaltecimiento de la patria to­da; y 5º.- Publicar el presente acuerdo por la prensa, en uno de los diarios capitalinos de mayor circulación, y en la Revis­ta del Núcleo de la Casa de la Cultura de Loja.


Homenaje al Dr. Benjamín Carrión Con ocasión de haber recibido el Premio Nacional Eugenio Espejo por el Gobierno de la República en reconocimiento de su labor en beneficio de la cultura del país.

Premio Espejo

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Antonio Parra Velasco Carlos Aníbal Jaramillo Milton Álava Ormaza Abel Romeo Castillo Gilberto Mantilla Raúl Andrade Alfonso Barrera Valverde Jorge Enrique Adoum Dario Moreira Alfredo Palacio Rafael Díaz Ycaza Jorge Pérez Concha Aníbal Villacís Francisco Salazar Tamariz Carlos Velasco Alcívar Jorge Torres Castillo Jorge Maldonado Renella Enrique Tábara Fernando Cazón Vera Luis Proaño, S. J. Gerardo Guevara Alberto Maldonado Salazar José Alfredo Llerena Carlos Béjar Portilla Mario Solís Rolf Blomberg Gonzalo Benítez Elisa Aráuz Gustavo Alfredo Jácome Gonzalo Abad Grijalva Elías Gallegos Anda Fernando Artieda Juan Villafuerte

Carlos Cueva Tamariz Carlos de la Torre Reyes Humberto García Ortiz Cyrano Tama Manuel Eduardo Castillo Eduardo Kingman Pedro Jorge Vera CoIón Serrano Carlos ZevaIlos Menéndez Otón Chávez Pazmiño Oswaldo Viteri Magdalena de Adoum Eugenia Viteri Hernán Escudero Martínez José Carreño Alfredo Vera Alicia Yánez Cossío Laura de Velasco Milton Barragán Aracely Gilbert Euler Granda Yela Lofredo de Klein Carlos Eduardo Jaramillo Jaime Darquea Violeta Luna Humberto Ortiz Flores Luis Moscoso Theo Constante Alejandro Román Juan Cueva Jaramillo Gonzalo Abad Ortiz Segundo Espinel José Guerra Castillo

Salón “Rondador” del Hotel Quito. Miércoles 20. Hora: 7:00 p. m. Adhesiones: Venezuela 1018. Edificio Sud América. Oficina 12. Supermercado “La Favorita”. Calle Amazonas Valor tarjeta individual $ 200,00


“Listos sus brazos para alentar los hallazgos de los otros”

C

on motivo de habérsele otorgado el primer Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo”, un grupo de intelectuales efectuó un homenaje de reconocimiento al doctor Benjamín Carrión. Ofreció el acto el doctor Alfonso Barrera Valverde, quién en su intervención, puso de relieve las altas dotes intelectuales del fundador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Dimensión del homenajeado Dijo el doctor Barrera Valverde: Cuando los organizadores del homenaje me encargaron estas palabras, comprobé una vez más que los grandes afectos suelen derrotar al temor. En efecto, solo con la base de tales afectos, claramente sentidos, logré superar dudas circunstanciales. No me refiero a la evidencia, según la cual muchos de los presentes saben ejercer juicios y memoria con mayor propiedad que yo. Mis temores se basaban y se basan en la dimensión del homenajeado, y, en la simultaneidad de sus rasgos. No siempre estamos en capacidad de vislumbrar las diversas profundidades de una persona, menos aún de este creador, de este ser terreno y metafísico llamado Benjamín Carrión, de este rostro patriarcal f lanqueado de una enorme comprensión hacia la vida del país y hacia sus renovados habitantes.

Biografía cultural En la simultaneidad suya, simultaneidad de segmentos internos y también de factores

circundantes, simultaneidad no singular sino plural, de obras propias acompañadas por la que él suscita, digo, en esa característica puede quedar cifrado casi un siglo de la biografía cultural del Ecuador. Qué gran definición ésta que él ha sido capaz de otorgar a su propia vida, al empeñarse en la responsabilidad colectiva, al poner el hombro para afirmar la contribución nacional o regional a la creación continua del mundo y al insertar la tarea propia dentro de esa conducta “coloreada de patria”, según la frase bien reclamada por sus Cartas al Ecuador y por sus Tres Llamadas. A la clarividencia de él, debemos no solamente los escritores que hemos trabajado desde 1950 hasta hoy, sino todos los ecuatorianos algunos consejos tutelares, más necesarios mientras más desobedecidos. Uno de ellos, el destino cultural de la nación. Con argumentos sencillamente razonables viene pidiéndonos que no planteemos al país objetivos absurdos y soberbios. Que no intentemos edificar una potencia bélica o política, pues no lograríamos sino primeros sitios en el cuadro de honor de los inútiles. Podemos y tenemos el deber, en cambio, de atender las urgencias sociales mientras edifiquemos un país culto y aún no tentamos con ser una potencia cultural, si con ello entendemos cierta lealtad hacia las raíces y hacia algún papel prominente de nuestra descendencia.

Ridículos afanes De estos avisos de Carrión, no por repetidos menos urgentes derivan consecuencias variadas. Pensemos, para citar un caso, qué vanas resultan las tentativas de alinear a la nación en cualquiera de los bandos bélicos mundiales y qué fundada toda perseverancia en la paz y en la búsqueda de fórmulas propias. Aún en otras escalas, para ver cómo los principios espirituales suelen traer consecuencias concretas, qué ridículos ciertos

69 Benjamin Carrión

Homenaje Nacional


afanes de algunos cabildos de nuestras ciudades serranas, empeñados en que las verdes colinas, parientes de los túmulos, participen del concurso mundial de rascacielos, concurso en que merecidamente debemos quedar últimos. Porque de una continua consecuencia, de una concatenación entre nuestras actuales propuestas y nuestro pasado origina lo formativo, surge la única posibilidad de transformaciones profundas. En ese rastro constan las pisadas de Benjamín Carrión, mientras van precediéndonos.Allí figura también su generosidad.

Animador de creación

Premio Espejo

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Listos sus brazos para alentar los hallazgos de los otros, se le ha acusado a veces por tal amplitud. Pero quizás hemos olvidado que de la generosidad mañanera, matizada con diálogos de providencia, se fabrica durante el día la calma necesaria para una mejor estrictez referente a plazos y a exigencias universales. Quiero decir que a este gran animador de la creación local, a este formidable brazo tendido para las dudas de los más jóvenes, a él mismo le adeudamos una gran severidad cuando se trata de medir con otros patrones el acontecer universal, acontecer en que asumen un serio papel varios pensadores ecuatorianos. A él le hemos oído varias de las escasas verdades que se dicen hoy en nuestra América Latina, a cuyo viejo saqueo de parte de elementos históricos ajenos está sumándose en estos días -merced al ficticio triunfo de una literatura de entretenimiento, social a veces pero apenas de entretenimiento- la incontinencia de sus propios hijos, felices de recetas intelectuales sobre técnicas y sobre “nuevos lenguajes”, todo lo cual importa poco a la mayoría de los pueblos y menos aún a las más auténticas exigencias del arte individual o colectivo. A él tan bondadoso con los méritos locales, hemos escuchado su progresiva selección, una acendrada fe en

pocos nombres. En el campo de la novela, ha creído que el despojamiento va dando grandes saltos, de Proust, de Kaf ka, de Joyce, de Miller, a quién sabe cuáles de los escritores que vengan tras nosotros.

Carrión escritor joven En esa actitud de severidad y despojamiento coinciden mejor con él las nuevas generaciones de todo el continente. Porque también este hecho merece mencionarse: Carrión es un escritor joven. Mientras predichos por su Mapa de América, los compañeros a los que él ayudaba y admiraba fueron muriendo y envejeciendo, Carrión supo crear un paréntesis de edad alrededor suyo, de tal suerte que los demás llegaran a la ancianidad y él no. Para prueba, pensemos en sus pecados de hoy. Son los típicos pecados de la juventud; un incontenible amor a la libertad y una pasión ingenua al empujar hacia delante los resultados de los compañeros. Y a propósito de ese tema, confieso que nunca logré ni intenté saber mucho sobre los partidos o movimientos políticos en que él haya militado. Para mí, su partido fue y es el de Martí en América y el de Éluard en Europa y el de Espejo entre nosotros, los indoamericanos: el viejo partido de la libertad.

Monumento en vida Podría, señores, conversar indefinidamente sobre los temas que sugiere Carrión en vida y obra; sé que estoy marginando lo que más suele repetirse, y ello no por accesorio sino por sabido. La Casa de la Cultura, fundada pero también guiada por él, es su monumento en vida, monumento palpitante que se sumerge en las crisis y surge de ellas, monumento en el cual perfil y pedestal tienen nombre de Carrión. Tanto cabría decirse sobre sus escritos, desde la gratitud de nosotros, los beneficiarios hasta algún desencanto transferido por los protagonistas de la novela juvenil al mismo autor


en su madurez. (Un día habrá que escribir algún ensayo sobre esos desencantos de Benjamín Carrión). Pero si no podemos ni debemos, como los persas, los cartagineses o los romanos, condensar una gesta al acuñar una moneda, a cambio de ello nos queda la mejor alternativa. No solamente la monumental o sea ver a Carrión en cada resquicio y en cada ángulo de la Casa de la Cultura, sino sobre todo, verlo con nosotros; admirablemente vivo, compartirlo.

Acto de fe en la cultura

Pienso, guiado por historiadores -Carlyle, Emerson, Toynbee-, por los desesperados de cualquier época –Schopenauer o Bloy -, que la vida de la especie está siendo escrita por todos nosotros mientras vamos leyéndola.

A Carrión le debemos la alegría de este reencuentro, pero también una esperanza; la de que nuestros hijos, al caminar y al profundizar nuestras pisadas; intuyan el gran libro anónimo donde se juntan las tareas, donde las mejores obras, al mellarse con el uso popular, van perteneciendo cada vez más a quienes las repiten y menos a sus autores individuales. Tal interpretación cabe de esta nueva presencia suya al centro de una familia rural y urbana que se llama nación, en cuyo destino cultural, predicho con insistencia por él, todos nosotros creemos, al asumir la obligación de trabajar.

Me gustaría afirmar que en alguna medida el Ecuador de 1975, ha ayudado a construir los hechos culturales de 1900, pues no cabe duda de que el futuro es la mayor modificación del pasado. No me queda tiempo de probar tal extremo. Más, es verdad que el Ecuador de 1950 y el de 1970 son parte de esa figura determinada y determinante llamada Carrión, nacida con el siglo, crecida con 1930, figura que precede a tales hechos y los continúa. Así se entiende la justicia del homenaje de hoy, que es, lo confesemos, una mínima representación del que le rinde el país entero. Y así se explica la alegre conmoción de músicos, literatos, artistas plásticos e investigadores, que en él encuentran al más vital, que enciclopédico, tangible en su cercanía a todos, ya no perecible en cuanto las enseñanzas recogidas por nosotros sobreviven gracias a nuestros hijos. Así se logra también apreciar el gran acierto del Gobierno, que rescató de la postergación el reconocimiento al carácter de un fundador, de un inventor de estímulos, de un hombre consagrado con exclusividad a investigar y anunciar las buenas nuevas de la cultura patria.

Habla Carrión El doctor Benjamín Carrión expresó: Acaso la palabra libre y suelta. Quizás solamente embridada por la emoción compañera peligrosa y, en este caso, seguramente proclive al temblor. Pero Alfonso ha querido ofrecérmela atada en los signos más duraderos de la escritura. Y a eso debo atenerme para responder. A la palabra escrita de Alfonso Barrera Valverde, voy a corresponder con mi palabra, peligrosa cuando suelta, un tranquilizador cuando amarrada a la escritura. Gracias a los amigos organizadores, por haber elegido para hablarme hoy -todos habrían sido para mí igualmente gratos- a Alfonso Barrera Valverde. Largo pleito de letras mantenemos con él. Desde aquel prólogo a Latitud Unánime, el libro fraternal con ese otro gran poeta ahora

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Maestro vital

Al rendir homenaje a un ser humano tan sólido y tan querido, sólo queda añadir que me excuso por haber sometido criterios generales al riesgo de mis propias convicciones y al de mis cuestionables fórmulas expresivas, pero me alegra haberme encontrado en el nombre de Benjamín Carrión una gran convocatoria nacional para actos de fe en la cultura.


silencioso, dedicado a salvar el corazón de la gente, Eduardo Villacís Meythaler, cuando me las di de profeta al augurar que en ellos se cumpliría la frase de Elliot: “Hay poetas que aran y poetas que oran”. La siembra y la contemplación. Luego, cuando dirigí, en diciembre de 1952, a la juventud de mi patria La tercera llamada, y fue Alfonso quien respondió con su valioso ensayo El origen escrito de la Patria, en el cual sin dureza pero con severidad enjuicia nuestro historial literario. A los veinte años de Latitud Unánime, nos convocó para, sobre una selección de su obra, dijera mi nueva verdad en acto público, inolvidable por múltiples razones: las buenas, la comprobación jubilosa de las promesas juveniles; las malas, las otras…

Premio Espejo

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Luego, la publicación de su novela Dos muertes en una vida, en cuya dedicatoria -y repetido en conversaciones- afirma que yo soy el profesor de literatura de Juan, el protagonista. Y parece que -con perdón de los puristasanda diciendo cosas y cosas de mí. Hasta el punto que por esas habladurías de Alfonso, el Gobierno argentino en 1972, resolvió invitarme -en unión de mi mujer- para que diera conferencias y conocer el monstruo que les pintaba el señor embajador… Puro acto de patriotismo: elogiar el producto nacional. Todo esto, debió reducirse a un ¡muchas gracias! Pero quería prevenirles para que pongan en duda los elogios desmedidos de Alfonso. El lo dice: “los grandes afectos suelen derrotar al temor”. Yo agrego: y a la verdad…

Realizaciones Bueno. De todo lo que se dice de mí y que ha motivado el enaltecedor y generoso decreto del Gobierno Nacional debo aceptar, sin falsa modestia -esa virtud de

eunucos- las siguientes realizaciones sin duda inobjetables: Primera: la fundación de la Casa de la Cultura. Segunda: la defensa de la pequeña gran nación. Tercera: las llamadas e incitaciones a la juventud de la patria. Cuarta: la popularización de la cultura con sentido nacional.

Casa de la Cultura Primero, la creación de la Casa de la Cultura. Más de un siglo de desencuentro, de desgobierno. Más de un siglo de entronizamiento de un tipo de caciquismo, despreocupado de la suerte del país. Con dos o tres excepciones. Olvidamos de señalar los linderos. Enredados en guerritas con los vecinos, para crear el espíritu de la derrota. “Guerritas como en la edad media, por celos y amores”, dijo un honrado legislador de entonces. Nuestros recuerdos dolorosos eran Tulcán y Cuaspud, la Reconquista ofrecida a la Reina Cristina y las Cartas a Trinité, ofreciéndonos como colonia a Napoleón III, el pequeño… Y seguíamos perdiendo el territorio y la esperanza. Pero llegó 1941… y su consecuencia infamante: Río de Janeiro en 1942… Entonces escribí las Cartas al Ecuador. Reclamé la necesidad de volver a tener patria, como entonces cuando, inspirados españoles en el 98… Y fue en el gran filósofo de la historia Arnold Toynbee, pensador católico de influencia universal, que me atuve a su teoría de la “fecundidad del insuficiente” y adopté su parábola de El Sauce Podado… El viejo árbol al que le han recortado las ramas y vuelven a nacer más lozanas…Pensé entonces: mutilados territorialmente, heridas la fe y la esperanza… ¡Nuestro camino es la cultura! Una pequeña gran patria de la cultura, basados en nuestra historia, en nuestras posibilidades. ¿Por qué no Suiza, pequeño país al que todos respetan? ¿Por qué no Costa Rica o el Uruguay de entonces? Única posibilidad: un instrumento como la Casa de la Cultura Ecuatoriana.


Insistí en el pensamiento de la pequeña nación. Coincidí en ello con el gran pensador venezolano Mariano Picón Salas. Las grandes culturas solo han tenido asiento en las naciones pequeñas: Atenas, dejó fijadas todas las premisas del pensamiento humano. Y en un Estado de apenas treinta mil habitantes, en los peristilos de los mercados y los templos, escuchaban a Sócrates, Platón, Aristóteles, Alcibíades… Y allí nacía, in novo, toda la ciencia contemporánea… Israel: el libro, toda la luz del mundo, allí iluminaba la historia. Y las doce tribus, nunca llegaron a dieciocho mil. El gran pulpo creciente, Roma, mató el poderío militar de Grecia e Israel. Pero no su espíritu…Pensamos en el momento presente de Israel… David contra Goliat… Ya hemos nombrado a Suiza. Allí está Suecia que, sin ser más grande que nosotros, gobierna la cultura del mundo con los premios Nobel.

La tercera llamada Erigido el instrumento, la Casa de la Cultura, me dirigí a la juventud de la patria, mediante la Tercera Llamada, en la que dije, entre otras cosas, después de señalar a Espejo, Olmedo, Rocafuerte, Solano, Montalvo, González Suárez. Sobre esas seis columnas están tendidos los arcos torales que constituyen y sostienen nuestra vocación como pueblo. Y los grandes plásticos: Caspicara, Pampite, el Padre Carlos, Legarda, Miguel de Santiago, Goribar, Samaniego…” Como no fuera bastante esta llamada, en 1965, desde la más alta tribuna del pensamiento libre en idioma español dirigida por ese maestro sumo de la inteligencia y la nobleza, Jesús Silva Herzog -a quien su gran país, México, ha honrado como a un héroe griego- dirigí una nueva llamada, a la juventud nacional, en la que mantuve:

“Mi prédica de cuarenta años es irreversible: la patria de Espejo, Rocafuerte, Montalvo, tienen una divisa incambiable: “cultura y libertad”

Con la cultura hacia el pueblo Me ocupé de llegar con la cultura hasta el pueblo. Afirmaciones repetidas en contra de esta verdad innegable, no hacen sino cubrir de ridículo a sus autores: Allí están las exposiciones manuales y artesanales, que colocaron a nuestro país en la mayor altura en su género después de México e igual que Guatemala y el Perú y que no se las pudo repetir después. Las misiones en pos del folklore, por todo el país, con Carvallo Neto; la creación del coro siempre imitado, nunca igualado; la escuela de teatro, el ballet; la radiodifusora… Y para crecer en el exterior el nombre de la patria, invitamos a Toynbee, a Waldo Frank, al doctor Rivet, a León Felipe, a Juan José Arévalo, a Agustín Nieto Caballero y cien más… Y los mejores ballets del mundo, y la Comedia Francesa… Pero, sobre todo, el apoyo a los artistas, a los escritores, a los científicos… Y la labor editorial…

Agradecimiento Basta de informaciones sobre algo que todos ustedes han visto. Ahora solamente queda mi acción de gracias: Al Gobierno Nacional que, a los treinta y un año, concibe la creación del Día Nacional de la Cultura, quiero expresarle, más que mi agradecimiento personal que es muy grande, la significación de intelectuales, artesanos, artistas plásticos insuperables como Caspicara y el Padre Velasco, Espejo y Maldonado, Miguel de Santiago, Juan Montalvo, González Suárez, el Padre Solano y cien más. El Día Nacional de la Cultura es la expresión máxima del Ecuador. Quienes lo han creado, merecen bien de la patria, la libertad y la cultura. A los organizadores de este homenaje, cuya grandeza está en sus nombres, y a quienes no

73 Benjamin Carrión

Grandes culturas


he de designar nominativamente, pero que, hallándose tan cerca de gratitud, saben que los estoy enumerando, uno por uno. A quienes se han adherido mediante comunicaciones escritas. A los que lo han hecho telefónicamente. A los generosos autores de innumerables artículos y notas. A las generosas gentes de la provincia de El Oro, que consagraron una semana íntegra a la cultura, poniéndola bajo la advocación de mi nombre. Y nuevamente, a mi querido Alfonso por su noble ofrecimiento.

Premio Espejo

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Lo poco que me resta en el camino, lo seguiré con la compañía enaltecedora de Benito Juárez y Eugenio Espejo, los dos más auténticos latinoamericanos, por ser indios de lengua española. El Tiempo, Quito, 22 de agosto 1975


Invitación La Secretaría Nacional de Información Pública a nombre del Gobierno Nacionalista y Revolucionario de las Fuerzas Armadas, tiene el honor de invitar a los intelectuales ecuatorianos al acto de entrega del Premio Nacional.

Al doctor Benjamín Carrión, por parte del señor Presidente de la República, General de División Guillermo Rodríguez Lara. La ceremonia tendrá lugar en el Salón Amarillo del Palacio Nacional, el miércoles 22 del presente mes, a partir de las 6:00 p.m. Dr. Milton Álava Ormaza, Secretario Nacional de Información Pública NOTA: Pueden retirarse de la Secretaría Nacional de Información Pública las correspondientes invitaciones.

75 Benjamin Carrión

Eugenio Espejo,


Entrega del Premio

“Este acto honra al Gobierno de las Fuerzas Armadas” Discurso del General Guillermo Rodriguez Lara, Presidente de la Republica Señoras y señores:

Premio Espejo

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E

l decreto que establece el Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo traduce, con claridad y sencillez, el concepto de las Fuerzas Armadas sobre la función trascendental que cumplen el pensamiento creador, la emoción artística, la ref lexión sistemática sobre los problemas humanos y sociales, la investigación inteligente que se adentra poderosa en los misterios gradualmente develados de la naturaleza y de la vida. No es de ahora, ni únicamente del Ecuador, que las instituciones militares, por la voz de sus personeros responsables, han proclamado que la fortaleza real de las naciones reside en el espíritu culto de sus pueblos, en el caudal de conocimientos que es patrimonio de sus colectividades, en la capacidad de conciencia que les permite concurrir, con voluntad libre, a las fundamentales decisiones de su existencia y de su rumbo. Una ligera revisión de la historia universal y de la historia americana, nos mostrará sin lugar a dudas, que casi todos los estadistas militares, aún aquellos procedentes de zonas sociales de privilegio, y que actuaron en períodos definidos por la esclavitud y la ignorancia, se

esforzaron por estimular la educación, por levantar de algún modo a las clases marginadas, y por cultivar ellos mismos, en muy alto grado, la ciencia y la literatura, las disciplinas jurídicas, las bellas artes y otros conocimientos de profundo interés humano. Que lo digan, para no citar sino pocos e ilustres ejemplos desde la antigüedad hasta los tiempos contemporáneos, Cayo Julio César de Roma, Carlomagno de la Europa central, Napoleón Bonaparte de Francia y Simón Bolívar de América Latina. La revolución nacionalista inició su tarea de conducción de la república, creando institutos de educación de nivel académico y medio, destinados a la integración espiritual de las nuevas generaciones, con la convicción profunda de que era indispensable eliminar el fermento antidemocrático y antidialéctico que grupos esclavizados y agudamente programáticos, pugnaban y pugnan por perpetuar, a su beneficio, algo así como una absurda compatibilidad y beligerancia entre soldados y civiles, sobre todo en el campo del espíritu, y hemos puesto los mayores énfasis y recursos de que se tengan memoria en los programas de la educación y en el estímulo de las actividades culturales desde el nivel universitario hasta el infantil y el de la capacitación de adultos. Luego pensamos que era indispensable conferir mayor importancia a la Casa de la Cultura Ecuatoriana, hacer posible que su función integradora y humanística alcance la jerarquía y la incidencia que soñaron sus fundadores, y cuantos dilectos espíritus pusieron su empeño dignificador e ilustre con la ilusión de que el pueblo ecuatoriano constituya cifra respetable en el pensamiento universal. Creo, por lo tanto, que este acto honra al Gobierno de las Fuerzas Armadas porque conlleva el signo de una profunda sinceridad; porque es una renovación de la fe en la cultura que fue uno de los objetivos primordiales de los principios filosóficos y plan de acción del Gobierno de 1972;


Señor doctor Carrión: La primera aplicación del decreto que motiva nuestra y vuestra presencia en el Palacio Nacional, hemos querido llevarla a cabo al más alto nivel de Estado. Externando una vez más el concepto que el Gobierno de las Fuerzas Armadas tiene sobre la esencia y el destino transformador de la cultura, y rindiendo el homenaje que merecen los hombres que, como vos, consagraron sus vidas a la tarea ingente de la inteligencia orientadora, al esfuerzo por conferir espíritu dinámico y superior a colectividades verticalmente diferenciadas por la fatalidad histórica y la deficiencia del conocimiento. El intelectual ha de ser maestro por antonomasia como quería Juan Montalvo, nacionalista como Goethe hasta el límite en que no se contrapongan los valores inmanentes de la patria y los valores inmanentes de la humanidad y el universo, y, al contrario, se equilibren y acrisolen en la forja de un mundo cuyas bases fundamentales sean la libertad, la paz y la justicia en armonía indestructible. En el prólogo con que el escritor español Agustín Caballero entrega tres obras escogidas del esclarecido polígrafo germano, y Premio Nobel de la Literatura, Thomas Mann, se leen estas hermosas palabras, que a mi juicio, encarnan la imagen más completa del que ejerce una misión de plenitud intelectual: “Los conflictos latentes en el alma de

Goethe y Thomas Mann, entre lo provinciano, lo específicamente alemán y lo genéricamente humano y universal, se resuelven en una síntesis armónica, dialéctica, tras la destrucción de los fantasmas que la obstaculizan. El resultado es la paz del espíritu, la serenidad, un mesurado equilibrio que no exige, por fortuna, la exclusión de uno cualquiera de los dos términos patria-mundo que en ellos vienen a compensarse”. Sabias y penetrantes palabras las que acabo de enunciar, y que encierran la dimensión responsable del intelectual, sobre todo en la órbita de los factores libertad, educación y personalidad sin los cuales no pueden existir sociedades homogéneas por su voluntad de ascenso, ni caminos conf luyentes en el contexto de lo nacional y de lo humano. En vos, distinguido compatriota, en vuestra vida significada por la más noble función del pensamiento, vemos el símbolo de una conducción apostólica y certera que se inspira en su medio social -ecología y pueblo, historia y geografía y luego tramonta, para la labor de síntesis admirable, a las corrientes impetuosas, verdaderamente gigantescas, que hombres y colectividades han acumulado en el cauce de los tiempos, para decantar, lenta y laboriosamente, los principios de la justicia social y de la libertad disciplinada por la cultura, únicos pilares de la sociedad en paz inalterable y auténtica a que aspiramos. Vuestro nacionalismo ilustre se puede admirar y comprender en aquellas Cartas al Ecuador, en las que se comprendía un decálogo revolucionario de esencia nacionalista, con la vivisección de los vicios y virtudes de una comunidad escindida desproporcionadamente por la voracidad de los usufructuarios de la riqueza y del poder y también en la novela El Desencanto de Miguel García, que recoge el panorama provinciano, inmóvil y doliente, bajo el régimen parasitario de los encomenderos. Las biografías de Atahualpa y García Moreno, estudio escrupuloso, investigación prolija, diagnóstico estremecido de verdad aleccionada y moralización urgente

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porque alcanza a las expresiones nobles magisteriales de la espiritualidad ecuatoriana, plena de obra cumplida en lo más encumbrados planos del pensamiento, y a través de toda su historia aborigen, colonial y republicana; porque supone la conciencia categórica de un régimen para el cual los rumbos de la cultura alcanzan igualmente a las mayorías marginadas, al propio tiempo que estimulan y apoyan decididamente la perspectiva de la ciencia, de la crítica y la filosofía hacia órbitas cada vez mayores y en conexión permanente con los estamentos humanos que requieren de la luz intelectual para llegar a las últimas revelaciones del gran misterio que es el cosmos.


son, con el complemento de aquel relato histórico El Cuento de la Patria, unos cuantos hitos de vuestro nacionalismo encendido de pasión transformadora y ecuménica.

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En Europa, representando a la patria distante, no perdisteis de vista vuestra raíz latinoamericana y escribiste Mapa de América y Los Creadores de la Nueva América, anticipando su destino universalista, confirmando vuestra vocación de escritor y de maestro, ampliando y articulando el miraje de la nación hacia el mestizaje latinoamericano, unido por la raíz cultural de los aborígenes, por su rebelión indeclinable, por los precursores de la independencia, y por las nuevas generaciones a las cuales entregasteis un día memorable la consigna de la segunda independencia que tratamos de instrumentar planificadamente los soldados ecuatorianos a los cuales entregara el poder político, el clamor unánime del pueblo, en el plebiscito tácito y para salvarlo de la infección providencialista y demagógica. El Pensamiento de Bolívar, San Miguel de Unamuno, y Santa Gabriela Mistral son, desde el otro ángulo de vuestra inteligencia y sentimiento, la confrontación del espíritu de la patria, presente y futuro, con el pensamiento universal, igualmente proyectado hacia el porvenir. Obra de tal envergadura, señoras y señores, constituye pleno y cumplido antecedente para que el Gobierno que presido, interprete el sentimiento y voluntad del pueblo del Ecuador y confiera al doctor Benjamín Carrión, el primer galardón instituido por el Estado para honrar a un auténtico intelectual, bajo la evocación de Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo, ese varón tan nuestro y tan del universo, que habéis estudiado y mostrado tantas veces a la juventud ecuatoriana, como paradigma de rebeldía, de ciencia, de espíritu analítico e investigador, que se anticipó a Pasteur en los niveles de la medicina, a la vez que fue combatiente en su tierra quiteña por la libertad de América.

Al cumplir el decreto y entregaros el Premio Nacional de la Cultura “Eugenio Espejo”, con mi más amplia y sincerísima satisfacción espiritual, señor doctor Carrión, hago memoria de vuestra obra inmortal y trascendente: la fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, consagrada ya por la palabra de Paúl Rivet, el fundador del Museo del Hombre, amigo entrañable de nuestra patria y vuestro compañero en el afán sembrador y fecundo que eleva y dignifica a las naciones. Que este hecho, trasunto de una convicción profunda, hable a las generaciones que intervienen en el proceso contemporáneo de nuestra patria, y las decidan a unificarse en la verdad, la lealtad, la honradez y la cultura, signos que garantizan la madurez de las colectividades que logran hallar el seguro camino de su desarrollo. Quito, 22 de octubre de 1975


Discurso del doctor Manuel Benjamín Carrión Señoras y señores: La creación del Día Nacional de la Cultura, honra a la patria en el concierto universal. Y el Gobierno que concibió esa creación y la realizó, ha encendido una luz señaladora de caminos. Usted y el Gobierno, señor Presidente, lo han comprendido bien: Este país nuestro es un pequeño enclave dentro del tercer mundo, en una zona del universo joven y llena de posibilidades. Es -y lo he repetido orgullosamente- una nación pequeña. Y como tal, debe ser tratada por sus hijos: dándole salud, dulzura, pan y libertad. Nos tocó buena suerte en el reparto del cielo y de suelos, en el reparto de luz, de mar y de montaña. Nuestros primeros padres: Cacha, Atahualpa, Rumiñahui, sabían y amaban el pueblo que fue suyo. Y los “hombres pálidos y barbudos” no le tuvieron miedo al trópico; esta “tierra de aire vegetal” como para que vivan en ella los mejores hombres de este mundo, como dijera Gabriela Mistral en el prólogo de mi primer libro. En el reparto -ya jugando a las repúblicasnos tocó un pequeño triángulo en la mitad

Usted señor Presidente y su Gobierno, lo han comprendido así. Y por eso han tenido el gran acierto histórico de crear con valor de perennidad el Día Nacional de la Cultura, que sea dentro de nuestro calendario, alto como el Día del Maestro, como el Día del Trabajo, como el Día de la Madre. Lo he dicho ya en ocasión propicia. Nosotros hemos de hacer, orgullosamente, la afirmación de la nación pequeña, con altivez, con bizarría, sin vergonzantes y malsanos complejos de inferioridad, que nos conducen a pensar en que todo lo de los grandes es bueno, que todo lo nuestro es malo. Y por pequeña en territorio y población, pero grande en mensaje y contenido humano, nuestra patria ha de buscar en sus raíces la esencia de su programa, de su plan para el presente y el futuro. Otro acierto muy grande, señor Presidente, es el de haber dado el nombre del indio Chushic, Eugenio Espejo, al Premio Nacional de la Cultura, que me ha sido discernido en su primera adjudicación. Como más de siete años lo hiciera la gran nación mexicana cuando me glorificara entre setenta y ocho ilustres latinoamericanos, al elegir al gran indio de América, Benito Juárez, como patrón de la cultura de todo

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“Nos tocó buena suerte en el reparto del cielo y de suelos…

del mundo. Triángulo que hace tiempo más bien parecía un abanico, cuya cola se mojaba en el río-mar, que nosotros -españoles e indios mestizos- descubrimos; y cuya parte abierta, ancha de avideces universales, se desplegaba hacia el mar Pacífico, poblado de delfines, esperanzas y piratas… Con el abrazo de agua dulce del río Guayas, pudimos amarrar a nuestro territorio las islas encantadas de las Galápagos. Manos fraternales, unas por las buenas, las más por las malas, nos fueron recortando, recortando, hasta 1942, hasta dejarnos en esto con que asomamos en los mapas: “una casita chiquita”, como lo dije hace 34 años en un libro chiquito: Cartas al Ecuador…


el continente. Ellos, los dos grandes indios, gloria de Latinoamérica, me acompañan en lo que resta de camino. Su generosidad al referirse a mi es muy grande, señor Presidente. Acepto, sí, que acaso fui la voluntad y la actuación expresadora del anhelo vehemente de la patria, en aquellos años trágicos de 1941-1942, en que asistimos inermes a la mutilación del territorio y la esperanza.

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Dentro de lo que Eiserlin llama “la fecundidad del insuficiente -citado por Picón Salas en su Elogios de los Países Pequeños-, Toynbee construye su hermosa parábola del “Sauce Podado”, según la cual un árbol crecido y robusto que ha sido “podado” renace con mayor lozanía, cuando a la poda se ha agregado abono, riego, tierra enriquecida… Nosotros fuimos en 1942 el “sauce podado” de Toynbee, y la buena tierra, el abono y el riego que necesitamos era la cultura. He allí, en breves palabras, la teoría de la Casa de la Cultura. Y esto es lo que hicimos. Y esto lo que su benevolencia, señor Presidente, me atribuye a mí. Y eso absolutamente original, porque era hijo, como todo parto fecundo. Allí está la Casa de la Cultura. Obra nuestra, acaso la única auténticamente nuestra. De allí salió la cultura joven que nos alimenta, en ciencia, arte, literatura. Sobre todo, en plástica y artesanía. Hice vida política, lucha social -no creo en los intelectuales apolíticos-. No conozco ninguno de importancia. Hizo política Cervantes y las máximas de Sancho sobre la gobernación de su ínsula son una prefiguración genial de El Príncipe de Machiavelo. Hizo política Dante en la Divina Comedia. Y Víctor Hugo y Zola y Chateaubriand. Actualmente hace política Sartre y la hizo hasta ayer Bertrand Russell. Eugenio Espejo, mi nuevo padrino, como el gran indio de Aztlán, Benito Juárez, mi primer padrino, Juan Montalvo, Gallegos

Lara, Gil Gilbert, Pío Jaramillo Alvarado. Y antes, el padre Solano…En las Américas hacen política José Carlos Mariátegui, José Vasconcelos, Ezra Pound y Norman Mailer. El poeta Sumo, víctima de la antipolítica; Pablo Neruda y Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa. Agradezco a usted y a su Gobierno, señor Presidente, por la creación del Día Nacional de la Cultura, porque significa un claro y valiente señalamiento de caminos para nuestro país, que no puede ser gran potencia militar, política y económica. Pero si una pequeña gran potencia de la cultura, como Atenas, como Suiza, pues lo ha demostrado a través de su historia. Agradezco por haber puesto en la cumbre guiadora, el gran nombre del gran mestizo, ecuatoriano integral, hombre de libertad, de cultura, de ciencia: Espejo. Y finalmente, agradezco personalmente este reconocimiento de una obra que, en los 31 años de vida fecunda, solamente ha merecido que se la reconozca amplia y generosamente hoy. Quito, 22 de octubre de 1975.


Quito, 1932. En la redacción de “El Día”.


Con Miguel de Unamuno en Hendaya.

Con su hija PepĂŠ.


A la llegada de Albert Franklin a Quito.

Con intelectuales ecuatorianos. A su derecha, Julio Endara.


Con su esposa Agueda y Oth贸n Castillo. En la entrega del Premio Benito Ju谩rez, 1968


En la UNESCO con Gonzalo Abad Grijalva.

En la Casa de la Cultura,Quito, 1967.


Benjamín Carrión y Guillermo Rodríguez Lara, octubre 1975.


En los últimos años.

Adiós.


Opinión de la prensa

Borges, Adoum, Moyano, Vivanco… Benjamín Carrión: La voz grave de los recuerdos Alberto Borges

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E

ste hombre vive entre libros, cuadros de grandes maestros, hijos y nietos; que tuvo la suerte de hallar como compañera de la vida a una mujer excepcional, la encantadora Aguedita; que acumula las más altas distinciones nacionales y extranjeras jamás otorgadas en los dominios del espíritu a un ciudadano ecuatoriano; que ha visto todo, que ha conocido a casi todos los grandes del siglo y que sabe escuchar como nadie las voces antiguas e interpretar como ninguno los signos del tiempo, nos habla sin cansancio en el nocturno quiteño constelado de estrellas navegadoras. Miles de libros ornamentan las paredes de su asombrosa biblioteca. Libros gastados, leídos y releídos, bajo la mirada profunda, quieta y apacible de Santa Gabriela Mistral y los más insólitos óleos de Guayasamín. En la chimenea de piedra arden unos troncos. Más allá, con la expresión ciega de las estatuas, un busto de bronce de este maestro de las letras hispanoamericanas, el doctor Benjamín Carrión Mora, 78 años, extrañamente juvenil con su chaqueta de cuadros y camisa sin corbata. “Me fui a Europa el año 1929, cuando París hervía con el surrealismo. Recuerdo un café

pequeño, detrás de La Madeleine, donde solíamos reunirnos Teresa de la Parra, Carlos Pellicer, Alfonso Reyes, José Vásconez y yo..” Su conversación es un ejercicio de memoria y cultura impregnado de esa lucidez que obsesiona a Válery. Un relato vivo y f luido, diáfano y crítico, pero sin rencores ni estocadas amargas, seguramente porque sabe que culpar o atacar a alguien es casi siempre un síntoma de debilidad. Habla del pasado como siempre debería hablarse, sin nostalgias. Del presente, con ironía, y a veces con cierta desolación viril. Del futuro, con algo más de fe, pues la fe solo tiene sentido en la religión, y Benjamín Carrión cree en ese socialismo de rostro humano que los hombres inventaron para que el pan, la justicia y la libertad se impongan sobre esos ídolos moribundos que aún conservan el descaro del poderío. Dicen que a Napoleón le gustaba hacer planes con los sueños de sus soldados dormidos en los campos de Wagram y Austerlitz. A este hombre, que dice lo que piensa y escribe lo que siente, le fascina dibujar proyectos con los sueños de sus libros cerrados. ¿Imaginerías de intelectual utópico? Pero, ¿es que podemos desdeñar la utopía después de haber desembarcado en la luna y al contemplar ahora la navegación de un cohete rumbo a marte? La imagen se congela frente a las llamas de la chimenea. París 1929. Los más nobles perfiles de la inteligencia humana, las más bellas figuras del siglo. Picasso, Eluard, Breton, Drieu La Rochelle, Céline… Las “panzerdivisionen” aún no amenazan las catedrales románticas y los museos del espíritu. Ni Beethoven ni tampoco Nietzsche se han convertido en coartadas repugnantes. “En aquel café de La Madeleine, donde los escritores y los poetas presentaban con fervor sus


Pienso en Ángel Felicísimo Rojas, que no continuó, al que devolví hace pocos meses una gran novela inédita Curipamba que estuvo en mi poder durante 18 años, porque no se animaba a publicarla, como no se animó nunca a reeditar su primer libro Banca, verdadero capítulo aparte en la literatura nacional”. Ministro de Educación, embajador, periodista, biógrafo, ensayista y creador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Benjamín Carrión sigue hablando con voz de recuerdo fiel, enamorado del Ecuador, quizás como nadie; de las españas, como el mexicano Alfonso Reyes; del mundo, como los intelectuales rusos de 1917. Su nacionalismo es abierto, solidario y fraterno, alejado de esas aversiones que significan inferioridad, pobreza, canibalismo. En el siglo de las grandes entidades, de los imperialismos y del internacionalismo proletario, ¿quién se atrevería a negar el hecho nacional? “Este país sufrió en 1941 el golpe más grande de su historia, algo semejante a la “debacle” francesa; pero Francia tuvo a sus “maquis”, su resistencia y su De Gaulle, y nosotros no hemos tenido ni siquiera el novelista que haya recogido aquella catástrofe nacional…”

¿Piensa en Corneille, cuando habló sobre “la vergüenza de morir sin haber combatido”? ¿O en Tolstoi, que comenzó a escribir La Guerra y la Paz cuarenta años después de la epopeya trágica de 1812 y rompió siete veces el manuscrito hasta conseguir una de las novelas más perfectas de la literatura? “Y no han faltado talentos después de la generación del 27, del Grupo de Guayaquil. Ahí están Adalberto Ortiz, Jorge Icaza, Pedro Jorge Vera, y más recientemente Rafael Díaz Ycaza…” Nos habla en ese contexto de los poetas, auque más tarde se explayó con la admirable f loración poética ecuatoriana: Escudero, Egas, Barrera, Carlos Eduardo Jaramillo… ¿Sería porque los poetas rara vez combaten, salvo Byron y D´Annunzio, que estaban locos y fueron magníficos aventureros románticos? Como a los escritores de la generación del 98 en España, que quisieron encerrar en un sepulcro no solo al Cid Campeador, sino a los muertos de Cavite, Santiago de Cuba y todas las glorias efímeras y sangrientas, conseguidas con la espada, la cruz y el cañón, este hombre racionalista y sentimental, que embalsamó a Atahualpa con grave ternura, que condenó a García Moreno “in artículo mortis” a permanecer por toda la eternidad en el noveno infierno, y que canonizó para el santoral laico a su maestro don Miguel de Unamuno, siente como pocos el dolor de Ecuador, la pena de su tragedia, el sufrimiento del drama nacional. “Nunca tuvimos democracia, y creo que ha llegado la hora de realizar una seria revisión de lo que aquí hemos llamado democracia. Yo llamo democracia al acto del ágora griega, donde dos mil personas elegían al mejor de ellos, a quien por lo demás lo conocían. ¿De qué democracia nos quejamos ahora? ¿De la democracia que consistía en hacer votar, entre otros, al 40% de los analfabetos, y a un 20% de los indígenas que no entendían español pero que sí comprendían el idioma de las amenazas? No podemos llamar democracia

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obras antes de entrar a la imprenta, o leíamos los libros que nos llegaban desde el otro lado del océano, allí, una tarde memorable, leí a mis amigos un libro asombroso, sencillamente extraordinario: Los que se van. Acostumbrado a la “poesía mariana”, cuya capital era Cuenca, aquellos relatos de Enrique Gil, Demetrio Aguilera, Joaquín Gallegos, José de la Cuadra y Alfredo Pareja produjeron un estallido de apasionantes consecuencias. Lástima que esa generación de escritores ecuatorianos insuperables no tuvieran un gran publicista, como lo ha tenido en nuestros días el “boom” de escritores latinoamericanos con los editores de Barcelona, concretamente con Carlos Seix. Pienso en Pablo Palacio, kafkiano, sin haber leído jamás a Kafka, el más grande escritor nacional..


a un sistema en el que para ser presidente era necesario, implícitamente, haber sido hijo o nieto de presidentes. Veamos el caso de Colombia, sin ir más lejos… López, Lleras, Gómez, Ospina, Rojas, López… Luego surgieron los populismos, expresión de esperanza de pueblos engañados en naciones débiles…”. Los fantasmas de Haya de la Torre, Perón y Velasco Ibarra se descuelgan en la noche que se carga de confidencias. ¿Qué pensará Benjamín Carrión del Jefe de Estado que una noche de agosto, hace 31 años, firmó sin leer el proyecto de decreto que creaba la Casa de la Cultura, una de las más ambiciosas realizaciones que registra América Latina, y que ha sido imitada en numerosos países?

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“No conocía a Velasco Ibarra en 1944, y yo estaba obsesionado por la creación de la Casa de la Cultura. Tenía el proyecto en las manos, y una noche, Alfredo Vera me dijo: “Dámelo, yo lo presentaré, pero te vienes conmigo”. Así fue. Cuando Velasco Ibarra, en el ajetreo de una noche de alta tensión política, cogió los papeles y preguntó de qué se trataba, al conocer el asunto dijo, sin siquiera revisarlo. “Que lo pongan en papel de decreto de la Presidencia”…. Seis horas después firmaba. Un año después, estallaba en Hiroshima la bomba atómica… ¿Cree Ud, en la simetría del tiempo?

Y luego: “Es un buen recuerdo el que tengo del doctor Velasco Ibarra. ¿Qué quiere que le diga del hijo de un modesto agrimensor -como Guevara Moreno, hijo de un modesto ciudadano, como Bucaram, hijo de un modesto emigrante- que tuvo la fatalidad de ser cinco veces Presidente a punta de discursos que el pueblo no entendía pero que sentía. Ahora resulta que estamos anhelando una democracia desde que no existe. Pero no nos engañemos, porque la verdadera democracia no está en el pasado, que es lo que pregonan por ahí sus malos defensores. La democracia está al frente nuestro, adelante, no atrás, pero tenemos que agarrarla, inventarla y moldearla para que todos podamos creer en ella”.

¿Es qué se justifica Benjamín Carrión, hombre de profundas convicciones civilistas, republicano por excelencia, el derrocamiento del doctor Velasco Ibarra? Conozco personalmente al actual Presidente de la República. Durante el viaje a Argel y Rumania, dialogué con el general Rodríguez Lara varias veces. Un día me dijo que la justicia social se basaba en la esperanza, en la exaltación y en el sueño de un país cansado de escuchar la misma melopea. Carrión prosigue con esa categoría que otorga la edad, el conocimiento y la altura de estar más allá del bien y del mal. “El general Rodríguez Lara tiene indiscutible habilidad política. Tenemos que confiar en su capacidad y el profundo sentido de lo justo. Es un hombre de clase media, que sabe con toda probabilidad que una de nuestras tragedias ha sido siempre la debilidad de la clase media, y que una de las soluciones consiste precisamente en robustecer la clase media, cosa que no hizo Velasco Ibarra, a pesar de sus orígenes. Velasco, al que admiro como intelectual, lo que consumó en cuarenta años fue liquidar los partidos políticos, que ha sido otra de nuestras grandes desgracias en el pasado. ¿Cómo llenar los vacíos de poder? Es verdad, porque el populismo no es una ideología; es una emoción, y a veces, un instinto. La fauna política está más cerca del teatro que de la justicia social. “Como Mussolini, por ejemplo. Lo vi en 1934 en un discurso, en Perugia. ¿Hablaba con la voz del pueblo? Quizás, pero ennobleció a Italia, que entre 1860 y 1920 se había convertido en un país de opereta. ¡Cuidado! Siempre he sido antifascista, pero el fascismo italiano, la dictadura que permitió la controversia filosófica entre Croce y Gentile estuvo siempre más próxima a la sonrisa, al arte y a la cultura humana que el otro fascismo, el de los campos de concentración. Mussolini fue un obseso de la justicia social y de Italia, y eso es admirable”.


¿Indignación? La palabra es corta, débil y confusa. ¿Siente indignación el doctor Benjamín Carrión al recordar la muerte del Presidente Allende y el fallecimiento del gran Pablo Neruda, que fueron sus amigos? “Yo pasé por Chile once días antes del golpe militar de Pinochet. ¿Qué puedo decirle? A los 78 años es difícil sentir coraje, porque el hígado ya no funciona como a los 20 años. Sentí dolor. Un dolor muy grande, inmenso, como “la noche inmensa”. Un dolor físico, en el centro del corazón, un dolor de lágrimas. Un dolor igual al que sentí en 1939 cuando Franco terminó de asesinar a la República española, que fue tan generosa y tan libre”. ¿Morir en Madrid, en las barricadas finales del Parque Oeste? “Pero también morimos un poco en Quito, en México, en Buenos Aires, en Bogotá, en toda la América india y española, mestiza y cósmica. Si; quisimos reparar muchas cosas y formamos con Galo Plaza el Comité John Dos Passos. Llegaron pocos, porque ciertos ministros del gobierno de aquel entonces se opusieron por razones políticas, temiendo la bolchevización del Ecuador. Pero llegaron algunos, como el memorable amigo David García Bacca”. Otros llegarían poco después, como el también memorable coronel Manuel Trueba, comandante en jefe de la histórica 27 división en el frente del Ebro, que vive en Manta con fervor ecuatoriano. Un militar que escribió hace algunos años magníficos

ensayos literarios, pensando acaso en los oficiales poetas del estado mayor prusiano de Federico el Grande, o en los generales gobernadores británicos que hicieron de Jerusalén un centro cultural. Avanza la noche y Benjamín Carrión se desliza poco a poco hacia las confidencias, hacia lo secreto, como en una especie de grandioso monólogo consigo mismo. Sabe que todo se desgasta, hasta la desgracia misma, y que esto es peligroso, porque implica aceptaciones y servidumbres. Sabe que los gigantes políticos nunca son legendarios. Bismarck, Clemenceau, Roosevelt, Churchill, el propio Stalin “ese déspota asiático que se complacía en serlo”, como lo definió De Gaulle- no pertenecen al dominio de la leyenda, como lo son Mao, el Che Guevara o San Francisco de Asís. O Tolstoi, y Van Gogh, y Goya. “El espíritu termina por vencer siempre a la espada”, decía nostálgicamente Napoleón en Santa Elena. “La leyenda siempre termina por vencer a la política. La leyenda son los santos, los revolucionarios, los artistas, los héroes verdaderos. Pero hace falta educar al pueblo. No puedo concebir la independencia económica sin un robustecimiento de lo cultural. El subdesarrollo comienza en el analfabetismo, en la ignorancia. ¿Sabe usted que en Cuba no hay analfabetos? Habla de Cuba con notoria simpatía, evidenciando satisfacción por el levantamiento de las sanciones impuestas al régimen cubano hace tres años. ¿Ha concluido la era de los enemigos apasionados? ¿Y qué ocurrirá de ahora en adelante con toda la mitomanía revolucionaria? No pasará nada, y no podemos olvidar que la fantasía anarquista ya no tiene cabida ni en las naciones comunistas. “Saber lo que se quiere es aburguesarse”, escribía en una pared una estudiante de

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Es cierto, porque el recuerdo de Mussolini hace que los hombres sonrían, las fotografías de su muerte inspiran lástima. Mientras que el recuerdo del nazismo y la descripción de los últimos momentos de Hitler, en el “bunker” de la Cancillería –la visité en 1968- suicidándose mientras escuchaba en un disco la Quinta Sinfonía de Anton Brückner, despierta sentimientos de indignación.


Nanterre en 1968. En efecto; y no saber lo que se quiere es el instinto. Los revolucionarios bolcheviques no se drogaban, porque para ellos era un valor supremo. Para los herederos del esfumado Cohn-Bendit la revolución era una ilusión lírica, y lo que oponían los estudiantes de París y Berkeley a la sociedad de consumo era sencillamente la indignación. Vistazo, 220, septiembre de 1975.

Quito, 1975

1.-La carta no trae fecha y ha sido proporcionada por su autor. Es de suponer que, escrita en Quito se trata de la adhesión de Adoum, antes de volverse a París, al homenaje que se preparaba a Benjamín Carrión, cuando el gobierno del general Rodríguez Lara le hizo entrega en agosto de ese año, del Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo”. 2.-Ecuador amargo, Quito, CCE, 1949 3.-Cabría citar, entre los más ilustres visitantes extranjeros de la primera época de la CCE, a Paúl Rivet, Waldo Frank, Arnold Toynbee, Jean Luis Barrault, Arthur Lundkwist, Pedro Salinas, Julio Barrenechea, etc.

querido benjamín 1 por esa cuestión de los husos horarios (¿se llamarán así porque hilamos vida y muerte en cada hora?) yo estaré tal vez dormido después de haber leído el desenlace de una novela policial o un resumen de lo que en este día han hecho los asesinos oficiales en todo el mundo mientras usted estará recibiendo el homenaje que le debía la patria hacía tiempísimos a uno de los pocos (¿hay otros aquí?) hombres que han sido trabajadores a jornada completa - vida completa - de la cultura ya habrá oído el o los discursos de rigor ya habrá contestado usted con otro de rigor (pero en la otra acepción de la palabra) habrá visto frente a usted o en torno a usted a los amigos que le fueron leales desde todo un siempre y como quien no quiere la cosa habrá visto el de los otros el de los que alguna vez lo insultaron públicamente o a boca chiquita en cantinas o en minireuniones de miniintelectuales el de los que con envidia mezquina a pesar de ser gratuita lo odiaron porque -como todos nosotros- le debían algo y hallaron que ésa es la forma más fácil de saldar una deuda el de los que anhelaron suponer que usted no había existido y así como solían suprimir su nombre incluso en la lista de pasajeros de los diarios lo suprimieron en libritos pretensiosos

como si éstos pudieran perdurar más que usted que su obra que sus obras el de los que publicaron alguna obra que usted prologó generosamente -ése es su defecto y usted lo sabe pero es un lindo defecto- y luego le dieron la espalda a usted a la dignidad y a la literatura yo estoy entre sus amigos benjamín primero fue la admiración (cuando gracias a usted publiqué mi primer libro la dedicatoria del ejemplar que le correspondía podía parecer desmesura o esbirrismo o una desmesura del ídem: “A Benjamín Carrión, el hombre que enseñó a leer y escribir en el Ecuador”) 2 pero era cierto usted se dio cuenta de cuándo comenzó realmente nuestra literatura y la defendió contra los que le tienen miedo a los cambios aún cuando sólo fueran literarios usted halló en el fondo del realismo la justeza de la actitud humana que lo dictaba y en el fondo de las otras corrientes la necesidad de invención a que obedecían por usted y por su propio esfuerzo algunos nombres compatriotas han hecho que sea país nuestro paisito usted hizo esa casa de la cultura que enviaba afuera lo que se hacía dentro y a la que vinieron tantos grandes de afuera 3 (ahora pienso me pregunto digo el hecho del que un acto de reconocimiento de la cultura a la cultura se efectúe en un hotel ¿no es tal vez indicio de que la casa se ha convertido en un hotel para pasajeros de la cultura?) no se enoje benjamín usted decía que la casa era al mismo tiempo su madre y su hija pero uno no es responsable de la vida que escogen las hijas sobre todo cuando ya están grandecitas después de la admiración fue este entrañable afecto de hermano menor (aunque si usted sigue rejuveneciendo acaso un día tengamos la misma edad) y por admiración y afecto me duele no haber estado presente en este acto no haber estado físicamente aquí para abrazarle más estrechamente


Jorge Enrique Adoum Vèrtice Cultural

Día de la Cultura Nacional Bolívar Moyano El seis de agosto pasado, el Gobierno expidió el decreto número 677 mediante el cual el 9 de Agosto se celebrará el “Día de la Cultura Nacional”. El primer “considerando” reza así: “Que es necesario impulsar el desarrollo cultural del país en las más diversas formas y consagrar una fecha adecuada del año como Día de la Cultura Nacional”. Entonces, despréndese de lo anterior que las altas esferas gubernamentales han entendido meridianamente que el “desarrollo cultural del país” es también un factor sustantivo. Y que no solo debe ser motivo de atención el aspecto económico o tecnológico. La segunda parte del “considerando” expresa cual es el origen del “Día de la

Cultura Nacional”: ¡el 9 de Agosto de 1944!... Fue la fecha en la que el doctor Benjamín Carrión creó la Casa de la Cultura Ecuatoriana, con la aquiescencia del entonces Presidente de la República, doctor José María Velasco Ibarra. Y dice que la CCE “… es una de las obras de profunda significación en la vida cultural del Ecuador”. Y en tal cosa todos los ecuatorianos concordamos indudablemente. Lo que la institución de la CCE significó para la patria toda es cosa completamente sabida, fronteras adentro y afuera también. Por lo menos una generación de artistas y escritores han nacido bajo su égida. Y el espíritu que la animó -al menos en sus momentos iniciales- fue de lo más amplio y fervoroso. ¡Como que su inspirador quería plasmar en ella su famosa tesis: “hacer de esta patria pequeña una patria grande en la cultura”! A su semejanza, algunos pueblos hermanos de nuestro continente diéronse a la tarea de crear sus propias casas de la cultura. Fue – no hay para que dudarlo- una semilla que fructificó esplendorosamente. De allí que, junto al “Día de la Cultura Nacional”, celébrese también el de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Una manera realmente plausible de la celebración mencionada ha sido la institución del Premio Nacional “Eugenio Espejo”.

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que nunca tratando de hacer que mis brazos fueran mucho más grandes para que en el abrazote entre doña águeda (¿por qué me habré puesto de golpe severo y no pude escribir señora aguedita) por cuanto ella es en sí misma y para los demás y por haber hecho posible que usted haga lo que hace y sea lo que es a cambio le dejo esta palabrería descosida y sincera una pequeñita confesión de fe declaración de gratitud más que una carta unidos usted y yo por todas las convicciones inamovibles que nos hacen seguir tolerando todas las perradas de la vida que salen cada día en los periódicos y más íntimamente por haber aceptado ser por un día el padre de mi hija 4 y por ser cada vez que se ofrece el padre de ambas.

Se lo concederá bianualmente al “…ecuatoriano que haya sobresalido por sus creaciones, realizaciones o actividades en favor de la cultura nacional “. Quien lo logre merecerá una medalla, un diploma y cien mil sucres. En el presente año -¡y como una “medida transitoria”!- será otorgado al doctor Benjamín Carrión. Lo cual es más que acertado. Pues si hay alguien, entre nosotros, que más haya trabajado en “favor de la cultura ecuatoriana” ese es el doctor Carrión.Desde el simple hecho de haber

4.-Se refiere al matrimonio de Rosángela en el que Adoum no estuvo presente.


sido el forjador de la CCE hasta no dar tregua a su faena intelectual, próxima ya a los ochenta años, dice a las claras lo merecido del Premio “Eugenio Espejo”. El Telégrafo, Guayaquil, 12 de agosto de 1975.

El Maestro Benjamín Carrión Jorge Vivanco Mendieta

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Indudablemente constituye un verdadero acierto del Gobierno el haber entregado el primer Premio Nacional de la Cultura “Eugenio Espejo” al doctor Benjamín Carrión, hombre grande de la cultura, cuya presencia en el panorama espiritual de la patria, ha dado un tónica excepcional a todas las manifestaciones de la inteligencia y el espíritu. En Benjamín Carrión hay que tomar en cuenta dos facetas, ambas admirables: la del escritor y la del trabajador de la cultura. Porque como escritor, Carrión es uno de los autores más admirables y admirados del habla castellana. Gran estilista, gran investigador y gran pensador. Su estilo, que es un manar elegante, pulcro, salpicado de imágenes deslumbradoras, claro, sobre todo claro, con esa claridad del que conoce a fondo lo que escribe y escribe tal como quiere decir las cosas. Apasionado por la realidad de la ecuatorianidad, nos ha dejado obras de investigación histórica de extraordinaria valía y belleza como Atahualpa y ese libro polémico y tremante, de gran actualidad por cierto, García Moreno el Santo del Patíbulo cuyo fin, según el mismo lo confiesa, es presentar al pueblo el verdadero rostro del tirano y la tiranía, a evitarlos, empresa en la que él tiene una sola parte. Las otras, están encargadas a escritores de la talla de Carrión como Germán Arciniegas, Luis Alberto Sánchez y otros.

Sus Cartas al Ecuador, en dos etapas, constituyen libros para pensar y para sentir remordimiento. Escritas en momentos cruciales para el país -la invasión peruana- y el cambio de orientación política “hacia la derecha”. Esos libros golpearon la conciencia ecuatoriana y cumplieron la misión de fortalecer en momentos de desfallecimiento el alma nacional. Trabajador de la cultura. Nadie como Benjamín Carrión para trabajar todos los días, todas las horas, por promover la cultura ecuatoriana. Con ideas fecundas, renovadas y fervientes, ha impulsado toda manifestación cultural y artística. Descubridor de vocaciones, estimulador sin egoísmos ni sectarismos de la producción, a él se debe gran parte de nuestro haber cultural. Allí donde hay una gran obra de escritor o artista ecuatoriano en los últimos tiempos, está presente el nombre de Benjamín Carrión. Su máxima creación fue la Casa de la Cultura Ecuatoriana, obra enorgullecedora, fecunda en resultados, que ha sido tomada como ejemplo en otros países. Su relativamente corta vida, no es obstáculo, sin embargo, para que podamos decir con certeza firme y pruebas a la vista, que ha sido intensa y extensa. A pesar de las limitaciones económicas y las odiosidades políticas que han atormentado siempre a la institución. Nadie puede desconocer esta realidad, que supera todos los defectos que se podrían encontrar. El Maestro ha sido distinguido por un Premio muy importante como lo fue hace poco por México, con el “Benito Juárez”. Pero aún no se ha hecho toda la justicia a este gran hombre de la cultura, a este ecuatoriano ciento por ciento, que se enfrentó y se enfrenta con franqueza y amor a la realidad ecuatoriana, para orientarla con tanta certeza. Me uno, pues, al homenaje nacional que se ha rendido y se está rindiendo a Benjamín


Galo Escudero C.

Allá, en esa tierra de ensoñación y poesía, donde f lorecen para siempre las gratas f lores de la amistad, donde las juventudes de todos los tiempos aman la libertad y la democracia y, que a través de sus inseparables y mejores amigos que son los libros, se han puesto y ponen en contacto con el mundo y la civilización, por sobre las altas montañas, Benjamín Carrión en su niñez y juventud, aprendió a bucear los infinitos, tranquilos y azules mares de la cultura.

Con qué emoción, con qué sinceridad f luyen los sentimientos para referirme a uno de los más entrañables y caballerosos amigos de mi padre, él sí un sincero compañero del alma y de aula: al Maestro, al respetabilísimo y digno descendiente de una prosapia intelectual que honra el pasado y presente de su Loja amada, que por solo ese hecho, el de haber tenido el privilegio de exhalar el perfume de sus blancos rosales; de haberse mecido su cuna de ensoñación y amor, acariciada por la brisa de esos dos juguetones riachuelos: el Zamora y el Malacatos, ornamentados por los sausales llorones y los arupos en f lor, bien ganados se tiene los títulos de hidalga, castellana, culta y universitaria.

Cuando estuvo armado cual Quijote Caballero de sus propias lanzas y escudos, más invencibles y dignos que los blasones de esos “rancios pergaminos”, se lanzó a conquistar el mundo, el mundo para el que había nacido: el de la cultura, dejando su añorada tierra para retornar como las esperadas golondrinas que anuncian el verano en el campanario de la vieja catedral, de tarde en tarde, a enseñar a esas rebeldes juventudes universitarias y bernardinas, las amenas y convincentes lecciones de amor a la democracia y de devoción y respeto a la patria, afianzándonos en nuestro derecho territorial y en las nuevas corrientes del Derecho Internacional que se fundamenta en la paz y el derecho.

De allá, de la “lojana y querida tierra de Mercadillo”, como un día la calificara otro hombre grande de la cultura nacional, Juan I. Lovato, proviene el por mil títulos más ilustre ciudadano ecuatoriano de este siglo, el señor doctor Manuel Benjamín Carrión Mora.

Así es como el Maestro se aleja de su tierra nativa, sin contar a sus amigos, a esa juventud que tanta fe le tiene, el ¿por qué Jesús no Vuelve? ¿Será quizá Maestro, porque en la patria de Eloy Alfaro y Juan Montalvo, aún no brota la suficiente sangre para que se abone la semilla de la revolución? ¿O, es acaso, que a los hombres libres de la pluma y de la idea, les falta más decisión, más sinceridad para enseñar al pueblo la ruta definitiva de sus reivindicaciones?

Expreso, Guayaquil, 13 de agosto de 1975.

El primer Premio para Benjamín Carrión

Al igual que en la tierra de los Juanes, Loja, la de Pío Jaramillo Alvarado, Benjamín Carrión, Manuel Agustín Aguirre, Ángel F. Rojas, entre muchos más, parece que ha tenido su justa compensación o equilibrio, entre las fuerzas hostiles de la naturaleza, cuya caprichosa orografía la calificara ese Santo del Patíbulo, como un “papel arrugado”, equilibrio que se establece con los valores eternos e indestructibles del espíritu y del intelecto.

Sea lo que fuere Maestro, cuéntanos pronto, antes que sea demasiado tarde, en esta hora de angustia que vive la patria y esos hermanos de los pueblos hispanoamericanos “dolidos de esa lepra dictatorial que mancha con sus largas, purulentas y letales muchas comarcas”, el ¿por qué Jesús no vuelve?

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Carrión, cuya amistad buena y enorgullecedora, constituye una de las cosas más bellas que ha tenido mi vida.


Y como en Belén, la luminosa Estrella fue a posarse sobre el Villonaco y le enseñó la senda…promisoria y fecunda, la que sólo él, con pies, corazón y manos limpias ha transitado por los anchurosos caminos de la patria, de América y del mundo; la de la cultura! Es que Benjamín Carrión, no podía quedarse amurallado para hacer versos románticos en las orillas de los dos juguetones riachuelos. La patria, América, su México, Francia, las letras del mundo lo reclamaban. No podía substraerse a decir su presente, en la campanada dada por su generación y, como los cóndores, levantó el vuelo por sobre los campos verdes de la cultura, llegando en nuestros ecuatoriales ciclos a las máximas alturas, como Bolívar al coronar el Chimborazo.

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Hombres como Benjamín Carrión, no pertenecen a una comarca determinada, él pertenece a la humanidad, ya que para sus libros, para sus enseñanzas no se escribió la anacrónica palabra frontera, sino un vocablo más universal y bello: humanidad….! Sus obras como las de los grandes literatos de las antologías, tienen un dueño, unos discípulos: la juventud de todas las patrias. Maestro ¡la cultura os ha hecho un digno ciudadano del mundo! Vuestra obra inmortal “La Casa de la Cultura Ecuatoriana”, os da derecho único en la patria, para que hayáis sido declarado el Primer Santo de la Cultura. El Premio “Eugenio Espejo”, otorgado por el Gobierno de las Fuerzas Armadas, al consagrar el 9 de Agosto como el “Día de la Cultura”, no significa otra cosa que el reconocimiento de vuestro valor intelectual, a vuestras virtudes de Maestro que, como el que os diera México con el Premio “Benito Juárez”, testimonian la gratitud y admiración de la patria y de América. ¡Oh! Santo de la Cultura, velad siempre por ella y porque de las muchas comarcas his-

panoamericanas, desaparezcan esas llagas purulentas y letales que son las dictaduras… !Que así sea! El Telégrafo, Guayaquil, 13 de agosto de 1975

Benjamín Carrión y el Premio “Eugenio Espejo” Jorge Hugo Rengel Hacía tiempo que se sentía un extraño rumor en la inconmensurable pista de la historia. En veces como una corriente que venía de fuera, algo raro y foráneo a la hispanidad. En ocasiones como surgido del fondo oscuro del atavismo, una suerte de salto atrás en la evolución cultural de la humanidad. Era, en efecto, un rumor indefinible que avanzaba subrepticiamente, capaz de burlar a los más perspicaces centinelas. Benjamín Carrión, admirador de don Miguel de Unamuno, no cayó en el error del maestro salmantino, de creer que tal ruido, aterrador y confuso, anunciaba el arribo de los caballeros de la libertad y la justicia. Por el contrario, fue su voz de angustiado vigía de los valores espirituales de la hispanidad toda, que dio el alerta en esta tierra maravillosa de indios y mestizos. Había identificado plenamente en ese extraño rumor, en ese trepidar insólito de la tierra, la presencia tenebrosa de los jinetes del Apocalipsis, llevando por doquier el terror y la muerte, el odio y la ambición, el hambre y la orfandad. Ante estas lúgubres manifestaciones del naufragio espiritual que se generalizaba violentamente en los países hispanoamericanos, surgió el dilema inevitable: buscar un puesto de combate en la gran contienda. Carrión define su posición en esta bella frase:“... entre Antonio Machado y su verdad y el general Millán Astral y la suya, nos fue difícil elegir”.


En la Tercera Llamada, un mensaje de angustia y de esperanza, Benjamín Carrión se dirige a las gentes jóvenes, “nacidas entre las dos guerras universales y que en la primera juventud, contemplaron la entrega vergonzosa de la patria, de su carne y su esperanza”, para urgirles que prosigan por el camino emprendido hacia el redescubrimiento de nosotros mismos. Por el único camino de la patria que abrieron Espejo, Olmedo, Rocafuerte, Solano, Montalvo y González Suárez, “esas columnas sobre las que están tendidos los arcos torales que constituyen y sostienen nuestra vocación como pueblo, nuestra razón de servir, nuestro itinerario histórico, nuestro destino”. “Apartarse de ello -prosigue Carrión en su mensaje inmortal- es perder la estre-

lla guiadora, es descamisarse, es traicionar. Todas las falacias de un esteticismo mentiroso, de un humanismo inhumano y deshumanizado que tiende a matar, a adormecer en el intelectual al ciudadano o a llevarle por otros caminos que los caminos de la libertad. Todas estas falacias, esos ídolos del foro que ya creíamos muertos, están resucitando. Y, el único resultado posible, es el que ya anuncia su presencia fatídica: la esterilización de los verdaderos talentos, el eunuquismo cívico, el desamor por la patria”. Si la política ha traicionado al pueblo, si los políticos han aparecido como felones al atropellar los principios morales y al burlar la sinceridad de los humildes, es necesario demostrar que la cultura es más leal que la política. Que los hombres de cultura son más comprensivos, más sensibles a los problemas fundamentales que angustian a las mayorías necesitadas. El Gobierno Nacionalista Revolucionario, mediante decreto, ha dispuesto; conmemorar la fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, estableciendo el 9 de Agosto como Día de la Cultura Nacional; instituir el Premio Nacional Eugenio Espejo, que será asignado, cada dos años, por el Presidente de la República a quien haya sobresalido por sus creaciones, realizaciones o actividades” a favor de la cultura; y conferir este año el mencionado galardón al doctor Benjamín Carrión como fundador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y por su extraordinaria obra literaria. Esta deferencia del Gobierno de las Fuerzas Armadas para el Maestro, cuya silueta espiritual he tratado de esbozar, constituye un acto de reconocimiento y justicia que ha merecido el aplauso general. Porque -como acertadamente anota el primer mandatariola Casa de la Cultura “adquirió desde que fuera fundada prestigio internacional que ha de mantenerse cualesquiera sean las circunstancias y manifestaciones del devenir

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Benjamín Carrión: posición política definida, actitud de rebeldía y dignidad, firme voluntad de gritar alto la verdad nacional. Benjamín Carrión que encendió una luz en los caminos de la patria al fundar la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Benjamín Carrión en cuya vigorosa personalidad encontramos, en lograda síntesis, la inconformidad de Unamuno, la clara visión histórica de Ángel Ganivet, la excelsa vocación magisterial de Francisco Giner de los Ríos, la admonición profética de Joaquín Costa. Benjamín Carrión, Premio “Benito Juárez” por sus servicios a la cultura y a la unidad continentales. Benjamín Carrión que nos recuerda permanente la obligación suprema de “volver a tener patria”, sigue su marcha triunfal por los caminos de la libertad, la justicia y la verdad. Los caminos eternos que transitaron Sócrates y Jesús, guiando a la humanidad; Bolívar, San Martín, Martí y Alfaro, dirigiendo a sus pueblos. Benjamín Carrión: entrega fervorosa y total a la obra de salvación de las libertades públicas y los valores culturales del país, afán trascendental de movilizar perentoriamente los recursos humanos y materiales para hacer del Ecuador una nación grande por su cultura, su riqueza y la proyección democrática y libertad de su vida política.


histórico-político, en un plano de permanente ascenso, definiendo y estimulando al espíritu del país, su calidad creadora, sus virtudes eminentemente positivas en el complejo e inmenso panorama de la ciencia, la cultura y la investigación técnica y científica”.

Es muy aliciente el hecho que el premio ostente el nombre del más alto representante de la cultura patria durante la colonia: ¡Eugenio Espejo! Y que tal distinción se entregue, por primera vez, al más alto representante de la cultura patria en el siglo veinte, lo es aún más.

Los periodistas llamados a registrar y comentar los hechos transcendentales que hacen la historia, en esta vez nos congratulamos porque un creador de la nueva ecuatorianidad, un hombre símbolo como Benjamín Carrión, quien hizo periodismo -apasionado y de altísimos quilates- en Cartas al Ecuador sea honrado por la obra más grande de su vida: la fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Ahora Benjamín Carrión, a diestra y siniestra, lucirá los premios bautizados con los nombres de los “indios” más conspicuos y talentosos que ha podido dar América Latina: ¡Juárez y Espejo!.

El Telégrafo, Guayaquil, 14 de agosto de 1975.

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Benjamín Carrión y el Premio Eugenio Espejo Bolívar Moyano Una vez más aquello de “mejor es tarde que nunca” adquiere vigencia. ¡Al fin se ha reconocido en el Ecuador la innegable valía de Benjamín Carrión! En 1967, México le otorgó el Premio “Benito Juárez”. ¡Y era una distinción que se entregaba por “primera y única vez”!. En el centenario de la Batalla de Puebla, México recordaba a su inefable indio Benito Juárez entregando, a tres distinguidas personalidades latinoamericanas, un honroso premio bautizado con su nombre. Lo ganaron el brasileño Oscar Niemeyer (en el plano artístico), el argentino Luis Federico Leloir (en el plano científico) y Benjamín Carrión (en el plano cívico y cultural). Terciaron trescientos setenta y nueve aspirantes. ¡Entre ellos dos premios Nobel! México nos había dado el ejemplo… ¿Cuándo haría algo similar el Ecuador!

Fue Benjamín Carrión quien logró que la Casa de la Cultura Ecuatoriana fuese una realidad un 9 de Agosto de 1944. Y esto -¡por sí solo!- ya es un mérito suficiente para merecer el Premio Nacional “Eugenio Espejo”. No obstante sus ahíncos culturales, sus faenas intelectuales, lo han llevado a la forja constante de libros y más libros. Desde el primigenio Los creadores de la Nueva América (1928) hasta el Cuento de la Patria (1967).Y, entre uno y otro, títulos válidos y similares como Atahualpa -para la crítica de la “obra mayor” de Carrión- y el Nuevo relato ecuatoriano (dos tomos), libro indispensable para todo aquel que se adentra en los trigales de la ficción patria. Pero… ¿quién no ha conocido entre nosotros la tarea, la inmensa tarea, de “suscitador” de cultura de Benjamín Carrión… ¿Qué escritor o qué artista no se ha acercado, siquiera alguna vez, para beneficiarse de su amistad… Todo cuanto ahora significa el “Grupo Guayaquil”; todo lo que de trascendente posee ahora ese libro-hito de la cuentística nacional que se rotula Los que se van en buena medida se lo debe a este lojano múltiple y dadivoso cuya pasión por la cultura ya es proverbial en América. Como dijera Demetrio Aguilera Malta en el homenaje que su ex colegio le tributara


(el Vicente Rocafuerte) poco antes de su retorno a México: “Los intelectuales, los escritores ecuatorianos, estamos felices con que el Premio “Eugenio Espejo” sea, en su primera entrega, para Benjamín Carrión. Debemos ir por las calles tocando campanillas por tan trascendental acontecimiento”.

El señor Presidente de la República ha dado una prueba evidente de su amor a la cultura, exaltando el nombre de uno de sus más altos valores, dando una lección a quienes estiman que las Fuerzas Armadas no saben apreciar la suprema manifestación humana, la única que dignifica a la persona humana y justifica su presencia en la tierra.

El Telégrafo, Guayaquil, 15 de agosto de 1975.

Carlos Enrique Carrión El señor Presidente de la República ha declarado el 9 de agosto como Día Nacional de la Cultura y el propio decreto que lo establece un premio honorífico y pecuniario para el ecuatoriano que, en los últimos años, se hubiera destacado “por sus creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura nacional”. Más aún, en los considerandos se menciona justamente el nombre del doctor Benjamín Carrión que “fue el que concibió la formación de la Casa de la Cultura, redactó sus leyes y estatutos y la rigió por varios períodos con notable dedicación y éxito”. Por fin en la parte resolutiva del Decreto de la Cultura, que tendrá noble, larga y alta vida, se incluye una disposición transitoria designando por esta vez al doctor Benjamín Carrión, “fundador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y en mérito a su obra y a sus relevantes cualidades intelectuales”, como ganador del Premio. No es frecuente que ocurran estas cosas. Los creadores, los idealistas, los escritores, los artistas en general, como los libertadores, raras veces reciben en vida el reconocimiento agradecido de quienes recibieron el beneficio infinito de su talento, su sensibilidad y su valor.

La cultura y “su Casa” han recibido un justo homenaje. El Telégrafo, Guayaquil, 15 de agosto de 1975

El Premio Eugenio Espejo Hernán Rodríguez Castelo Hemos mantenido que el actual régimen tiene un atraso de no menos de dos años en su acción en el sector cultural, y aún no vemos la obra de envergadura que nos obligue a ratificar esa apreciación, es decir, que nos fuerce a reconocer que se han dado pasos decisivos para recuperar el tiempo perdido. El Consejo Nacional de la Cultura, que estaba llamado a ser el organismo rector del sector al más alto nivel, se ha convertido en un ente tan inoperante, que hay quienes piensan que no tiene sino existencia nominal, lo cual es un grado menos que el de existencia burocrática. Que sepamos, en cosa de tres meses, una única acción ha emprendido ese Consejo Nacional, que ha sido elaborar en la parte cultural el reglamento que permita la aplicación de la Ley de Radiodifusión y Televisión -que entró en vigencia el 18 de abril del presente año-, y hasta el momento nada hay de ese reglamento.

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Día de la Cultura

Recuerdo como hace pocos días unos “intelectuales” invadían la Casa de la Cultura Ecuatoriana y expulsaban a sus miembros desde un lugar que debió merecerles respeto profundo: la sala de sesiones de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.


Con un Consejo Nacional de la Cultura poco menos que inexistente, ha quedado para planificar y ejecutar la acción cultural nacional la Casa de la Cultura, en donde se reparten la responsabilidad, por lo que se hace y se deja de hacer, el Director Nacional el Consejo Ejecutivo y los jefes de las secciones en la matriz, y los subdirectores de los núcleos en las provincias. Hasta el momento, nada se puede achacar a los núcleos provinciales porque, por increíble que parezca, a esta Casa de la Cultura que debía tratar de ganar tiempo para reponer algo de lo perdido en más de dos años, le ha llevado cosa de nueve meses largos el hacer las designaciones del Núcleo del Guayas.

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La responsabilidad pertenece pues, a la matriz de la Casa, y la matriz deberá responder ante el pueblo ecuatoriano por las increíbles dilaciones en todas esas grandes acciones que el país esperaba -las cosas pequeñas apenas cuentan-.

Lo frustrante La actual dirección de la Casa de la Cultura, justo es reconocerlo, ha puesto orden administrativo en algo que era tan caótico como tierra de nadie y ha impuesto un clima de honradez y dignidad allí donde un régimen anterior, felizmente cancelado, perpetró los abusos y arbitrariedades más inelegantes, por decirlo del modo más suave. Pero eso, ante el enorme reto de la cultura en un país como el nuestro, donde se ha creído que bastaba con arrojar al pueblo mendrugos, como dádivas, y no se ha tenido la menor idea de una política cultural y la mera mención de un Ministerio de Cultura para organizar y dinamizar el sector ha escandalizado, resulta muy poco. Y entretanto, la actual Casa de la Cultura que debía planificar una política editorial, empeñándose en renovar radicalmente los obsoletos talleres y preparando colecciones populares –de cartillas, de populibros,

de folletos- que circulasen en decenas de miles de ejemplares y llegasen a muchos rincones de la patria, está feliz, como niño con juguete nuevo, con los libros de la “Colección Básica de escritores” que aparecen uno cada mes, en la cantidad insignificante para los fines de popularización de la cultura de cinco mil ejemplares. Y, fuera de esto, el resto sigue como siempre: salen de esos talleres libros buenos y alguno significativo. Una sala de exposiciones que bien pudo haber estado inaugurada para mayo de este año, sigue en veremos. Las edificaciones, que debían avanzar vertiginosamente día y noche, se paran a menudo. El teatro circular pasa semanas sin dar paso significativo. Secciones enteras todavía no se han organizado y no dan señal alguna de vida. Hasta la semana pasada era representante por la literatura y los medios de comunicación social en el Consejo Ejecutivo de la Casa de la Cultura, y en más de una sesión reclamé porque esas secciones -y otras- no acababan de nacer, a pesar de que habían pasado nueve meses -el tiempo en que normalmente nace un niño-. ¡Y cuántos asuntos se podrían ofrecer al trabajo de esas secciones! ¿No se está discutiendo, precisamente en estos momentos, cierta ley del periodismo? ¿No hay tanto que ordenar en el ámbito del cine? ¿No podría la sección de literatura trabajar en la edición de Letras del Ecuador, de la revista grande, del plan de publicaciones literarias de la Casa? En fin. No es el asunto de este artículo tentar un balance del actual régimen de la CCE , aunque ya va siendo hora de ese balance. Pero había que decir algunas de esas cosas. Y una última: hace ya semanas (casi meses)


Los premios nacionales Pero la Casa de la Cultura ha dado comienzo a una política de premios nacionales cuya falta hacia sentir entre nosotros. Con mucho cuidado se ha organizado el Salón Nacional de Artes Plásticas, que acaba de inaugurarse y que se echaba tanto de menos. Salón digno, nada novedoso, poco nacional -casi no hay presencia plástica guayaquileña-, tenía un premio adquisición que, sin ser grande, podía atraer a los artistas: 100.000 sucres. (Ahora resulta que el jurado ha partido el premio y un premio de 50.000 sucres, para cuadros que valen más, pierde sentido). Con honorabilidad se ha procedido en el caso de los concursos nacionales de novela y ensayo, aunque parece que se ha tenido miedo a la declaratoria de concurso desierto propuesta por Jorge Luis Borges en el primer caso y se ha cometido en el segundo, la gran falla de no designar un jurado, con competencia en el campo científico en el que se habían presentado dos de las obras que aparecían como firmes candidatas al premio, la premiada, de hecho, de Plutarco Naranjo, y la de Misael Acosta Solís. Cabe esperar que el Salón Nacional de Artes Plásticas sea anual y tenderá a ser cada año más nacional, más nuevo y más vigoroso. Y que los premios anuales de literatura y ciencias se mantendrán también. En un país de vida editorial tan atrasada como el nuestro todo esto es más necesario que en cualquier otro.

Y el “Eugenio Espejo” Y, precisamente en el momento en que la Casa de la Cultura se aprestaba a hacer conocer los veredictos de sus certámenes plástico, literario y científico, el Gobierno hacía un anuncio aún más importante; instituía el Premio “Eugenio Espejo”, que será adjudicado cada dos años a un ecuatoriano, ilustre por sus realizaciones en pro de la cultura nacional. Hacía falta en nuestro país, en el cual las condecoraciones se han desprestigiado hasta no conferir prestigio alguno sino recibirlo, si acaso, de aquellos a quienes son, un gran premio que reconociese las grandes tareas de cultura que se cumple entre nosotros, a veces a lo largo de toda una vida, en medio de las más increíbles limitaciones materiales: falta de bibliotecas, poca o ninguna preocupación estatal por la cultura, humillantes remuneraciones al trabajo intelectual y cultural, etc, etc. Y era justísimo que el Premio no se redujese a un diploma o una medalla, sino que incluyese una suma de dinero. Porque el intelectual, el escritor, el trabajador de la cultura, no pueden alimentase de medallas. No ha sido el menor acierto en el caso del Premio “Eugenio Espejo”, el haber elegido para entregarlo por primera vez a Benjamín Carrión. Benjamín Carrión es en este momento el hombre de cultura más representativo del Ecuador. Y puesta en el platillo de la balanza la creación de la Casa de la Cultura, resultaba difícil que el fiel hubiese podido inclinarse hacia otro hacedor y promotor de cultura. El Tiempo, Quito, 16 de agosto1975.

Claraboya

El escritor y la envidia Raúl Andrade Con plausible intención, sin duda, el Gobierno ha creado un premio anual, el

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estuve en una comisión que preparó un proyecto del nuevo reglamento de la Ley de Patrimonio Artístico, al que iba a seguir un proyecto de nueva ley, que, al fin, permitiese una acción radical y enérgica en este campo. Hasta ahora que se haya sabido en el Consejo, nada. Y el tiempo pasa y pasa…


Premio “Espejo”, para estimular la tarea de los escritores ecuatorianos y expresar el reconocimiento nacional de la misma. El escritor, designado para recibirlo por vez primera en el país, es Benjamín Ca­r rión, de larga trayectoria en la cultura patria y de notable, trascendental acervo literario. Sería largo enumerar los títu­los que llevan su nombre. Baste señalar que, en todas las justas culturales, Ca­r rión ha ocupado siempre un sitio desta­cado en las primeras filas. La elección en él recaída, no puede menos que ser seña­lada como legítima y oportuna. Gran “faenador” -como él gusta decir- de la tarea intelectual, su nombre es conoci­do con ventaja a lo ancho y largo del continente y su designación al primero de los premios, oficialmente establecidos en el país, llega a coronar su consisten­te prestigio y su fecunda tarea.

Premio Espejo

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En oportunidades anteriores se ha expresado, en esta columna, un personal criterio en torno a la presea literaria de aplicación nacional y, aún, internacional. Una involuntaria experiencia y conoci­m iento casual de cómo se adjudican estos premios, ha contribuido a fortalecer un invencible escepticismo en cuanto res­pecta al significado y proyección de los mismos. Se está contemplando en estos tiempos, cómo, el más acreditado galar­dón internacional instituido por espacio de casi un siglo, obedece a misteriosos mecanismos totalmente ajenos a la cali­dad de la obra que se busca premiar, a la condición del escritor y a la integri­ dad de su propósito, Ante todo, la obra del escritor debe mantenerse ajena, fue­ra de toda inf luencia interesada, a las presiones, y las intenciones de quienes suelen conceder tales premios. Pero, en una sociedad indiferente y frívola, colocada a distancia de la gran­deza y la miseria de la creación literaria, ésta deviene un penoso y constante sacri­f icio, del todo desinteresado, sometido, más que a la crítica del adversario y a la condescendencia del lector, a la corrosiva envidia del

mediocre. El escri­tor nace, crece y perece en un radio de oscuridad, desasimiento y olvido, y la cosa carece de toda dramaticidad, dado su cotidianismo inalterable. Así ha ocu­r rido antes y así tiene que ocurrir hasta el advenimiento de una sociedad más justa que esté en capacidad de medir, apreciar y corresponder al esfuerzo de sus pensadores, artistas, escritores. El estimulo a la creación literaria, en épocas más felices de la humanidad estuvo encomendado al señorío de casta. Luego, esa creación se redujo a informar a la posteridad acerca de las excelsas calidades del generoso señorío a quien servía y a loar su elegancia, su fasto, su elevada comprensión estética. Entonces, de hecho, quedaba establecida una servidumbre de reconocimiento convencional hacia tal señorío otorgador de mercedes. La realidad exige del escritor que devore a sus hijos como Saturno, que ande a salto de mata perseguido por los tenedores de créditos o se convierta en un maldito, sin escrúpulo ni temor, que arrebate puñal en mano, como Villon, aquello de que ha menester o se convierta en cínica fierecilla como el Aretino. Refiere en sus memorias, un tanto picarescas y cínicas pero de conmovedora sinceridad, Benvenuto Cellini, las vanidades y debilidades de los grandes señores de su tiempo y los pone al trasluz ante la misma posteridad que tanto ansiaban. Claro que Cellini, como buen f lorentino y hombre de su tiempo -el Renacimientoguardaba sus impresiones en el secreto de la confidencia inviolable, para hacerla pública después de su muerte, cuando ya nada pudiera temer de los vivos. El premio literario, de todos modos, constituye tanto un honor como una servidumbre que, en lo posible, debe ser evitada, como las academias y las condecoraciones, hasta cuando no hay más remedio que aceptarla como una fatalidad irreversible. Se pone a echar sumas, lápiz en mano el escritor y descubre la triste y elocuente verdad de que una labor persistente, mal apreciada y


pensamiento creador. Esto nos releva de la ociosa tarea de presentarlo a la conciencia nacional, muchas veces alimentada con su inteligencia alerta, su sensibilidad vigilante, su análisis hondo, su crítica severa y, sobre todo, su firme compromiso con las fuerzas sociales que buscan construir una patria nueva. Sin despolitizar la cultura, pero tampoco envasándola en moldes despostillados Carrión es ejemplo de la síntesis depurada de la política y la cultura.

El Comercio, Quito, 23 de octubre de 1975.

A través de su fecunda producción de ensayista y escritor, Benjamín Carrión se unió a la cruzada por rescatar al hombre de sus mitos. Allí están, como testimonio de ello, Atahualpa, Cartas al Ecuador, Nuevo Relato Ecuatoriano, Cuentos de la Patria, Santo del Patíbulo, entre otros títulos.

Benjamín Carrión Alejandro Román En una sociedad acostumbrada a rendir culto a la muerte y reconocer méritos solamente a quienes cayeron para siempre en las entrañas de la tierra, resulta reconfortante que el Gobierno, interpretando con la fidelidad el sentimiento nacional, haya resuelto tributar en vida el homenaje que el Ecuador debe a una de las cifras mayores de su quehacer cultural: Benjamín Carrión. A través de este comentario queremos solidarizarnos con el infatigable trabajador modelo de la cultura que es Carrión y reconocer justicia en la decisión gubernamental de otorgarle la presea nacional “Eugenio Espejo”, durante la sesión especial programada para esta noche en el Salón Amarillo del Palacio Presidencial. Es lo mínimo que el Estado podía hacer por el mentalizador, fundador y primer presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Más allá de las fulgurantes marquesinas frecuentemente accionadas por el adulo deshonroso, el prejuicio entumecedor o el interés infame, Benjamín Carrión constituye una presencia vital: raíz auténtica de la tierra que ama y polvo de luz en la conciencia que agita. Su vida consagrada a la siembra de ideas y la cosecha de voluntades, es ampliamente conocida en todos los hemisferios del

La suya es una rebeldía transparente y salvadora contra el conformismo y la rutina. Charles Péguy dijo: “Es necesario que, en cierto sentido, la vida del hombre honrado sea una apostasía, una renegación perpetua. Es necesario que el hombre honrado sea, en un sentido, una infidelidad perpetua, porque el hombre que quiere quedar fiel a la verdad, debe ser incesantemente infiel a los sucesivos, infatigables, renacientes errores. Y el hombre que quiere quedar fiel a la justicia, debe ser incesantemente infiel a la injusticia inagotablemente triunfante”. Sin las poses histriónicas de los demagogos de la cultura, los caciques del arte, los propietarios de la literatura, Carrión comprometió buena parte de su vida y su obra con el destino del país, América Latina y el mundo. Inmerso en el desordenado mar de turbulencia contradictoria de la sociedad, hizo de la cultura un agente para el desarrollo progresivo y la justicia integral. Renunció a la momificación gloriosa que le sugería un orden decadente y se acogió a la militancia sacrificada del “hombre planetario”. No cayó en la fácil seducción de transformar el arte en vehículo del sectarismo, pero tampoco se allanó a degene-

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peor entendida por sus contemporáneos, que haya durado un promedio de cincuenta años, al final, cuando conquiste el premio o se lo otorguen por favorables circunstancias, apenas si habrá alcanzado una bonificación que puede ser estimada en dos mil sucres anuales; más o menos, ciento cincuenta sucres al mes, casi lo que un subsidio familiar de empresa …., suma, de toda evidencia insuficiente, si se considera la envidia que concita recibirla.


rarlo como encaje de salón de una sociedad vacía. Con inmenso respeto saludamos su recia condición de francotirador pensante y unimos nuestro júbilo al de un país que supo acordarse de sus mejores hijos.

sociedad neurótica fue exclusivamente destinado a los peloteros, nadadores, karatecas, judokas, atletas y deportistas de todo género. ¿No ref lejaba ello un estado anormal en la escala de valores?.

Expreso, Guayaquil, 23 de octubre de 1975.

El segundo acierto, como anotó con precisión el propio Benjamín Carrión, “es el de haber dado el nombre del indio Chushic, Eugenio Espejo, al Premio Nacional de Cultura”. Lo es, porque Espejo, habiendo nacido en las entrañas del pueblo esclavizado por el coloniaje extranjero, jamás renunció a su origen e hizo de su vida un apostolado patriótico por la liberación social y la independencia nacional. Esto convierte su presencia histórica en símbolo de la unidad solidaria de las clases oprimidas, proyectándose con identidad militante hacia los pueblos explotados y los países sometidos. Pero, además, porque Espejo constituye una síntesis genial de la investigación científica y la creación artística. Algo así como fuerza totalizadora y enciclopédica del conocimiento de su época, puesta al servicio de la libertad, la justicia y la verdad.

Tres aciertos Alejandro Román

Premio Espejo

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Centenares de intelectuales ecuatorianos, procedentes del más complejo espectro de la creación estética y de todas las provincias del Ecuador, virtualmente “asaltaron” la noche del miércoles 22 el Salón Amarillo del Palacio Presidencial, para unirse a la plausible iniciativa gubernamental de rendir homenaje nacional a la relevante personalidad cultural de Benjamín Carrión. El acontecimiento revistió caracteres singulares: probablemente es la primera vez que los trabajadores de la cultura participan masivamente de un acto celebrado en el principal escenario del Gobierno, tradicionalmente reservado para el oropel diplomático. ¿Reciprocidad, acaso, por tratarse también del primer Gobierno que se preocupa por resaltar la función social de la cultura y de reconocer el aporte de los hombres de pensamiento al progreso nacional? El primer acierto que advertimos es haberse decretado el Día Nacional de la Cultura que está llamado a ser, como dijera Benjamín Carrión, tan “alto como el Día del Maestro, como el Día del Trabajo, como el Día de la Madre”. Nunca antes se procedido igual. ¿Alguna vez se reconoció, con carácter oficial del más elevado nivel, la cuota de pensamiento, de sensibilidad, de pasión y de esperanza que diariamente entregan, en su trabajo creativo del arte y la literatura, los escritores, novelistas, ensayistas, poetas, cuentistas, dramaturgos, periodistas, pintores, escultores, músicos, directores, actores, o compositores? Jamás: el lauro de una

Por último, el tercer acierto es haberse escogido a Benjamín Carrión para recibir la presea “Eugenio Espejo”, recién instituida. Posiblemente pocos ecuatorianos como él reúnan tantos méritos y tan pocas resistencias. Aún quienes trajinan en campos ideológicos antagónicos, reconocen en Benjamín Carrión a la personalidad íntegra, honesta, sincera y proficua, que nunca escatimó su palabra orientadora. Carrión, con lo fundamental de su obra, siguió la mejor herencia de los grandes pensadores de Ecuador y América Latina. Su voz seguirá resonando muchos años en la conciencia social y convocando siempre a los pueblos irredentos a combatir por la segunda independencia. Al seleccionarlo para este merecido homenaje nacional, esperemos que el Gobierno haya comprometido también su propia perspectiva política. Dejemos a la historia su veredicto final. Expreso, Guayaquil, 24 de octubre de 1975


Jaime Dousdebés Señor amigo: Le escribo esta carta para expresarle el agrado de sus amigos de El Tiempo por haber recibido usted el Premio Nacional Eugenio Espejo, tan bien merecido. Porque usted ha sido entre nosotros en estos años, como lo fuera Espejo en los suyos, el “despertador de los ingenios quiteños”. Es usted la “Generación del 98” ecuatoriana; vino a escandalizar, a despertarnos verdaderamente, para ver lo nuestro. Trajo usted con pasión y hasta con rabia unamunianas, importándole a veces un ardite los purismos del lenguaje, pero con estilo soberbio, conversacional y cálido: el mensaje de un qué hacer; aunque muchos no estemos en su línea ideológica. Pero de eso se trata y sted lo ha dicho y lo repite, el quehacer de la cultura es algo tan penetrante, de tal manera auténtico, que repugnan las parcelas egoístas, estos como estancos de tal o cual tendencia. Usted nos ha hecho reparar en la cultura nacional. Nos “interrumpió el sueño”; estábamos sin salida. Aún así, qué poco sabemos, aún acerca de Espejo o Mejía, estos dos grandes figuras que están reclamándonos a gritos, mayores y más detenidos análisis de sus palabras y de sus obras. Y desde luego, sobre Olmedo, Montalvo, González Suárez, Espinosa Pólit. Un aspecto poco conocido de usted, es su faena periodística, especialmente El Sol, que terminó por eclipsarse; porque parodiando a Larra diríamos “escribir en el Ecuador es llorar”. El Sol salió para entenderse con las gentes. No le interesó tanto la noticia como el diálogo, la divulgación de las ideas y de los hechos culturales. Fue un mecenazgo más que trató de despertar. Y yo creo que si lo logró en buena parte.

Permítame Benjamín que le diga que en pocos intelectuales nuestros he visto yo a un personaje de raíz y esencia tan hispánicas como las suyas; es una vibración que le viene de siglos. Y, desde luego, un cristianismo que está metido en su alma y en su propio querer, que no dudo, af lorará mañana como reventar de amapolas en la primavera. Reciba de sus amigos de El Tiempo y de mi parte algo más que “una felicitación”. Creo que a la altura de su categoría intelectual ya no caben estas “felicitaciones”. ¡Que le diré¡ Más bien un saludo alegre y optimista, como Usted mismo, con tanta simpatía, nos ha contagiado. El Tiempo, Quito, 26 de octubre de 1975

Barajando los días

Una jornada inolvidable Modesto Severo Tuve el gusto de asistir a la entrega del Premio Nacional de la Cultura “Eugenio Espejo” a un grande de la cultura castellana, máximo exponente de la cultura nacional americana, el doctor Benjamín Carrión, en una ceremonia inolvidable que se llevó a cabo en el Salón Amarrillo del Palacio de Gobierno. Ceremonia inolvidable ciertamente, que constituyó una cita de lo más alto de los exponentes de nuestra cultura procedentes de casi todas las provincias ecuatorianas: poetas, pintores, escritores, novelistas, periodistas, científicos, músicos, artistas en general. Jóvenes y viejos, que con ocasión de la entrega del Premio “Eugenio Espejo”, concurrieron a una ceremonia oficial, a renovar su acto de fe en la vocación y destino cultural de nuestro país. Tanto el Presidente de la República como el doctor Benjamín Carrión, pronunciaron,

105 Benjamin Carrión

Carta a Benjamín Carrión


en esa oportunidad discursos de antología, que representan el trazamiento de una ruta definida y alta, fervorosa y ardua. El primer mandatario hizo un esbozo hermosísimo y certero de la gran figura de Benjamín Carrión, interpretando los principios básicos que este hombre, uno de los más grandes ecuatorianos, ha predicado en sus libros, en donde palpita la patria ecuatoriana y la patria americana con tan rotundos caracteres.

Premio Espejo

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El doctor Benjamín Carrión volvió a lanzar su mensaje a los ecuatorianos; nuestra patria, dijo, si bien es pequeña en territorio, tiene una tierra, un cielo, un mar propicios para acoger la cultura en grande, y de hecho ha modelado personalidades culturales, en todas sus múltiples manifestaciones, que han adquirido las dimensiones universales y han abierto el surco orientador para los hombres de este continente que despierta buscando el puesto que le corresponde en esta hora del mundo tan cargada de esperanzas y de peligros. La institución del Día de la Cultura y del Premio “Eugenio Espejo” honrarán a este Gobierno sobre manera, y en la historia del país, por esta circunstancia, será caracterizado: el Gobierno amigo de la cultura de los hombres de cultura. Esto, naturalmente, como una consecuencia lógica obligada a la acción culturizadota masiva que nadie podrá negarle y que se manifiesta en ser el régimen que como ninguno otro en la historia, ha dedicado el presupuesto más cuantioso para la educación nacional. Fue además esta ceremonia de entrega del Premio “Eugenio Espejo”, un reencuentro entre civiles y militares, un borrar de esa distancia absurda e inmotivada, entre los hombres de armas y los hombres de la cultura; entre los hombres que hacen la patria con la acción de las armas y con la intervención del espíritu. Distancia absurda, porque jamás existió en la realidad esa distancia y esa diferencia que se le ha querido mantener

con fines proditorios, egoístas y algunas veces perversos. Por otro lado, al acierto del Gobierno en la creación del Premio de la Cultura, se unió esta vez el acierto en escoger al ecuatoriano que debía recibir por primera vez esta presea. Porque en Benjamín Carrión están el escritor y maestro, el promotor de la creación cultural. Allí está su gran creación, la Casa de la Cultura Ecuatoriana, para proclamarlo sin reservas, con la voz más alta de las obras inmortales. El Tiempo, Quito, 26 de octubre de 1975.

Benjamín Carrión Gonzalo Almeida Urrutia La fecunda obra literaria de Benjamín Carrión, ha merecido el reconocimiento nacional a través del Premio “Eugenio Espejo” recién instituido; pero, con ser tan valiosa la producción del ilustre escritor, es su actitud humana ante la vida, los servicios prestados al desarrollo de la cultura nacional, lo que más empina la figura de Carrión. En la hora de mayor escepticismo de la patria ultrajada; en el minuto de la virilidad y la honra escarnecidas, fue la pluma de Carrión la que trazó nuevos caminos al Ecuador como antídotos para que el fracaso no llegara a envenenar al corriente circulatoria del organismo nacional, como para que los ecuatorianos compensasen la desgarradura territorial con la creación de una comarca nueva, en la que fueran la cultura y el arte los instrumentos para afirmar nuestra razón histórica en el continente. Imaginó una batería de combate que disparase libros, donde el verso y la pintura colmasen arsenales para ganar la batalla de la inteligencia, donde se forjasen escuadras académicas para interpretar el espíritu del pueblo y devolverlo a la colectividad, ennoblecido con las ritualidades del arte y de la ciencia. Forjó su Casa


El mínimo embrión pictórico o literario, fue recogido por Carrión para incubarlo con criticas estimulantes y prólogos benévolos, para lograr con tal arbitrio, que pintores incipientes y poetas en germen insistiesen en el tema, optasen como tarea permanente lo que aflorara como tenue vocación artística. ¡Cuántos valores nacionales del pincel o de la pluma, le deben al auspicioso mecenazgo intelectual de Carrión el haberse realizado en su identidad vocacional! Sin la petulancia del dómine, sin la actitud del egoísta, abjurando de todo barroquismo churigueresco en el idioma, Carrión le ha dicho al país casi como una confidencia, sentencias, que no han podido ser rectificadas y cuyas verdades esenciales han ido esculpiendo su imagen, la del maestro; porque en eso estriba casualmente la virtud de la docencia: en el crédito que inspiran sus lecciones. Mi primer contacto con Carrión, data de más de treinta años. Fue en un parvo cubículo, frente a las antiguas escribanías, donde habían organizado un Club de Ajedrez, situado sobre la primitiva Galería Caspicara también fundada por él. Le mostré un ensayo sobre D. H. Lawrence. Confieso que no me acompañó la fortuna en tal oportunidad. En ese trabajo afirmaba yo que en las Cartas, Lawrence pontificaba demasiado. El que pontifica es usted me dijo irritado Carrión: Lawrence es el hombre que más sencilla y laceradamente ha escrito libros. Fue una buena lección que nunca olvidé, para limitar la dimensión de mis juicios. Hoy cuando con insólita unanimidad, todos los ecuatorianos están saludando al maestro, yo también quiero llegar hasta él, para honrarme estrechando su mano, la mano de un escritor y un patriota, acaso el único que ha logrado en vida construir su propia estatua. El Tiempo, Quito, 28 de octubre de 1975

Homenaje a la cultura Carlos Enrique Carrión El homenaje, en cualquier forma que se lo haga, es la expresión de amor, gratitud y admiración hacia algo o hacia alguien que ha realizado actos útiles y trascendentes para la sociedad en que vive. Abunda mucho el homenaje al deportista o pugilista, a la mujer bella y sensual o al artista, particularmente a quienes interpretan canciones populares. Tales homenajes revisten, muchas veces, verdaderos estallidos de pasión multitudinaria durante los cuales se observan actos de adoración o fetichismo, dignos de las épocas más primitivas de la humanidad. Todo hombre tiene una aspiración consciente o inconsciente a triunfar en algo o a poseer algo. Las mayorías son proclives a expresar esa aspiración a quienes han realizado su ideal. Se empieza por el triunfador físico para luego, en estadios superiores de instrucción, aspirar a las cumbres de la inteligencia, vale decir de la cultura. Por ello, cuando se observa un homenaje cultural, inevitablemente se piensa en el avance cultural obtenido por los homenajeantes. Durante esa época maravillosa que llamamos Renacimiento, el pueblo italiano recibía a Francisco Petrarca, el creador del soneto, como se recibe al triunfador o al Mesías. El camino del poeta se cubría de f lores y los bordes del sendero f lorecían en los rastros apasionados de las multitudes que conocían la obra del poeta. Esa muestra nos habla de la altura intelectual de la época. Hoy el Gobierno del Ecuador, formado en su mayoría por miembros de las Fuerzas Armadas que han llegado a un alto grado de cultura, homenajea como natural actitud a un gran escritor y a un gran patriota

107 Benjamin Carrión

de la Cultura como generoso taller donde se desbordara la imaginación y en el cual el solo título de ingreso sería el impulso creador, por sobre toda motivación sectaria.


y conductor cultural en un acto lleno de dignidad y altura. El Gobierno le concede un día a la cultura y, para rendirle homenaje, instituye un premio para el ecuatoriano que la haya exaltado y propagado en forma trascendente. El Premio es de honor y reconocimiento, pero incluye también una modesta suma de dinero que permita al homenajeado un amparo contra la miseria que suele acompañar, casi siempre, al hombre de la cultura.

Premio Espejo

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El Premio ha sido otorgado, esta vez al doctor Benjamín Carrión, creador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana; crítico de resonancias mundiales; novelista afortunado; biógrafo admirable, poeta y gran patriota. El doctor Carrión es todo lo dicho y mucho más, pero es, posiblemente, el mejor conversador que jamás tuvo país alguno. Sus conferencias se desenvuelven en ese campo y no tienen rival. Mi emocionada adhesión a este homenaje. El Telégrafo, Guayaquil, 28 de octubre de 1975

“Benjamín ante el Espejo”

El Espejo y la imagen Abel Romeo Castillo (Filosofito) Después de los sesudos y bien logrados artículos de nuestro vecino Alejandro Román, poco es lo que tuviésemos que agregar al acto de homenaje nacional a la cultura, que se rindió a la preclara figura de Manuel Benjamín Carrión. En este hermosísimo salón de paredes doradas, desde donde en sus nichos de óleo y pan de oro nos miran trepados en la historia, muchos hombres que nos desgobernaron y se burlaron de nosotros. Mirábamos, mirábamos y encontramos caras conocidas, caras de hombres de lucha, hombres de letras y lapiceros, hombres que realizan la gran tarea de la cultura viva.

Los consagrados y los que pugnan por consagrarse. O los que se consagran sin tratar en ningún momento de realizar semejante hazaña. Allí estábamos los hombres de tez morena, o blanca, negra o mestiza; indios, cholos de corbata, jóvenes en su mayor parte, algunos con ropas no muy de acuerdo al protocolo y al ambiente palaciego, pero todos ellos, honrando ese local donde en el curso de la vida política se han realizado tantas comedias, tantos fraudes, tantas payasadas, tantos dramas, tantos sainetes. Y también estábamos nosotros, perdidos en la multitud abigarrada que llenaba el gran salón dorado del Palacio Nacional. El nombre mágico del indio precursor: Espejo. El prestigio de Carrión, maestro vivo aún. Gran figura de “allende los mares”. Reconocido oficialmente en un día consagrado a la cultura –por irónico gesto de la historia-, bajo una dictadura militar, y no por ninguno de los presidentes elegidos por votación “libre”… Esa noche de cultura y de justicia, nos reunió en una amalgama en la que se notaba que no encajaban bien los obreros de la maquinilla de escribir, con los diplomáticos de carrera. Pero sinceramente, lo importante lo constituyeron precisamente los no diplomáticos. ¡Los que mandamos la diplomacia al mismo demonio! Los que rompemos los moldes caducos y acartonados. Los que nos estrechamos las manos con sinceridad y calor. Y decimos en nuestras notas, en nuestras novelas, en nuestra poesía, en nuestros artículos, lo que el pueblo piensa, lo que el pueblo padece, lo que el pueblo ansía y a lo que tiene derecho. Nos unimos


El gran encuentro Lo más importante de todo, es que hombres de la costa, de las montañas, de los llanos y de las sierras; ecuatorianos de todas las tendencias, nos agrupamos en esa oportunidad, con la preocupación de muchos, y la estudiada indiferencia de pocos. Nos reunimos los combatientes civiles -sin presión alguna- bajo una dictadura militar. Para rendir homenaje al intelecto. Enfrentándonos en el gran salón, a otros ecuatorianos de uniforme, que formaban un compacto muro gris en semicírculo, cara a cara la fuerza del pensamiento con la fuerza de las armas. Todos reunidos por homenajear a la cultura, bajo la égida de un luchador: ¡Espejo!... De un indio: ¡Espejo! De un periodista -el primero- : ¡Espejo! De un hombre auténtico (menos en su pomposo nombre y apellido que él se adjudicó, para costearse el respeto de los chapetones y para satisfacer un poco o mucho, su vanidad de hombre valioso). Allí nos encontramos los humildes de corazón y ardientes y fogosos de rebeldía. Los chicos y los grandes. Los maestros de la auténtica retórica. Los que saben de la lengua… y los que la soltamos sin freno alguno!.

El juicio de la historia Cierto que se olvidaron de mencionar que Carlos Alberto Arroyo del Río, fue el gestor de la idea.

Cierto que no se mencionó que Velasco Ibarra que sólo cambió el nombre de lo que en el Decreto Nº 959 del 11 de noviembre de 1943, fue dictado por Arroyo. Lo único que hizo Velasco Ibarra fue cambiar la denominación de “Instituto Cultural Ecuatoriano”, por el de “Casa de la Cultura Ecuatoriana”. Pero la historia, la auténtica historia no es que se haya rendido homenaje al fundador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Ni al gestor de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Sino, a su primer Director, a su mayor propulsor y a la obra cultural, al aporte cultural de Benjamín Carrión. Esto lo ha realizado el Gobierno Revolucionario de Rodríguez Lara. Para bochorno y pesadumbre de los gobiernos constitucionales y de las dictaduras civiles y los hombres providenciales. Nadie podrá arrebatar al actual Gobierno, la gloria de haber instituido un día para conmemorar, celebrar y premiar a la cultura. Nadie podrá borrar esta página de la historia. ¡Y es realmente una página de oro!. Que estuvo magníficamente planificada, promocionada y realizada con el brillo y la importancia que merecía. Solamente los egoístas y cretinos podrían negar tal cosa. Solamente los envidiosos e ineficaces, los castrados mentales se pueden permitir el silencio cobarde. O la distorsión.

Ahora Lo que nos resta, es que la cultura no se quede en medalla de oro y premio en efectivo para un esforzado y destacado batallador de las letras, cada dos años.

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allí, en aplauso sincero y auténtico, cuando Benjamín el maestro, finalizó su discurso con emocionadas palabras.


Lo que importa verdaderamente es que los discursos cobren vigencia defendiendo y promoviendo la cultura nacional. Con suficientes rentas que la impulsen, con energía para acabar con los grupos aristocratizantes de envidiosos e incapaces que quieren mirar la imagen del gobierno -como en el caso de la defenestración de Gerardo Guevara- eminente músico ecuatoriano a quien lo premiaron con su destitución de Director de la “Sinfónica Nacional”. Es necesario que se acaben las intrigas palaciegas y rompamos el cristal blindado que separa a civiles y a soldados. A los hombres que empuñamos la maquinilla de escribir y a los que empuñan y encañonan las metralletas.

Premio Espejo

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Nosotros, sin más armas que nuestros cerebros que mueven nuestras manos. Con las repetidas cargas de fusilería de nuestras voces. Bien está que los hombres nos hayamos visto de cerca, frente a frente. Los de las orillas del mar, de las montañas o de los nevados. Los que nos tenemos que encerrar entre cuatro paredes a gritar -la mayor parte de las veces inútilmente- solos. Pero con la esperanza latente de que los que, verdaderamente valen, se destaquen y sean reconocidos, sin necesidad de llegar a su augusta vejez. Ahora esperamos más rentas para incrementar el intelecto, más ayuda para las letras con el auxilio de los números. ¡Y de los soldados! La Razón, Guayaquil, 29 de octubre de 1975.


“Un incontenible amor a la libertad” “Nací en una tierra a la que yo mismo bautiza­ra con el nombre de «el último rincón del mundo»

H

e respondido a esta invitación hecha por Her­nán, realmente de muy buen grado. Porque yo me sitúo en una posición realmente difícil y para mí casi dilemática: o se es inmodesto, diciendo de sí mismo, dando a entender de sí mismo cosas exce­sivas, o lo que es infinitamente peor, mis queridos amigos, modesto. Para mí la modestia es, sencilla­ mente, la carátula fea y desagradable de la hipocre­sía. Yo no soy un hombre modesto, pero tampoco quiero ser un hombre inmo­ desto. Entonces, hablar de mí mismo, la cosa es difícil... Pero, en fin, co­mo quieren que les cuente el cuento de mi vida que, desgraciadamente, pudiera ser más largo que el cuento de la patria, que acabo de contar –un libro que acaba de publicarse también1–, voy a decirles esto.

Nací en el último rincón del mundo Nací en una tierra a la que yo mismo bautiza­ra con el nombre de «el último rincón del mundo», o sea, en la ciudad de Loja, que les cuento –porque ustedes no lo van a comprobar nunca, ustedes no van a ir probablemente allá– es el sitio más lindo de este mundo. Tengo una característica especial: se refie­re principalmente a que, en realidad, por una

serie de circunstancias, mi abuelo, que es un hombre que ya le han hecho estatua en mi ciudad, fue un hombre insurgente, un hombre recto, que, inclusi­ve, realizó la proclamación de la República Federal de Loja. Don Manuel Carrión Pinzano se hizo su república para su uso personal... Tomó una parte del occidente, o sea toda la provincia de El Oro, Loja y toda la provin­ cia actual de Zamora Chinchipe, que en ese tiempo nos daba el gusto de decir que llega­ba hasta el Marañón, llamado también Amazonas... Así aprendimos. Este señor, en realidad, por unas circunstancias tales o cuales, siendo de origen loja­no, nació en España, en Sanlúcar de Barrameda, y se estableció en este pueblito. Este pueblito que me dicen que ya se ha hecho grande, y por eso casi no me dan ganas de volver a verlo porque cuando era chiquito era real­ mente lo que les acabo de contar. 111

Muere mi padre cuando yo tenía seis años. Y entonces soy realmente un hijo de mi madre, prin­cipalmente. De una de esas familias provincianas largas: diez hijos. Y yo fui el último. Por eso, cuan­do ya se imaginó que sería realmente el último, se me llamó Benjamín, porque en realidad me habían puesto el nombre de mi padre, que era Manuel, y entonces no puedo salir de este asunto de «Manuel Benjamín», aun cuando yo para economizar tinta y tiempo he quitado el Manuel, para ver si quedo con el Benjamín, pero no puedo; al menos aquí en el Ecuador, no puedo... En el exte­ rior sí ya he triunfado y soy simplemente Benjamín Carrión.

Benjamin Carrión

Confesión a viva voz

La influencia grande y total fue la madre Dice el cuestionario que cuáles han sido las primeras inf luencias y cuáles las prime­ ras aficiones. La primera inf luencia, la más grande, la total, fue la de mi madre. No por aquello de que siempre se ha de decir esta frase manida y corriente, sino porque era una mujer extraordinaria, que tenía una

1.-Se refiere a la primera edición de El cuento de la patria (Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1967).


Premio Espejo

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cultura muy amplia, y de muchacho, a los ocho o nueve años, me leía y me tradu­ cía, y después ya no me quería traducir, quería que entendiera en el propio fran­ cés los libros predilectos de ella, especial­ mente, especialísimamente, Lamartine, el gran romántico francés. Bueno... esto es lo que los franceses llaman una imprise: me imprimió. Lamartine, para un hombre que ahora ama a James Joyce, o ama a Marcel Proust, no se ha borrado de mí. A mí me sigue encantando Lamartine, y hay veces que cuando busco un poco de lectura y no encuentro a mano cosa nueva, pues me tomo un libro de Lamartine y con él me voy a dormir porque –ésta es una revelación íntima, casi agustiniana– no puedo dormir sin leer siquiera media página de un libro.

leía y me hizo leer. El otro hermano mío, en este país que no tenemos mucha gente nota­ ble, no es conocido: es un hombre que ha tenido las más altas distinciones en los cen­ tros de historia natural de Europa, y quien lee la Enciclopedia Británica encuentra las diecisiete especies que, en­tre vegetales y ani­ males, él descubrió. Tanto es que yo tengo una carta, que la voy a poner en marco, en que me escribe, con una letra grande, que usaba él, y me decía: «Querido Manuelito», porque en mi casa me siguieron diciendo así, «te envío la partida de nacimiento de un nuevo hermano». Y era el Carrionelus no sé cuánto, que, por otro nombre, se llama «chinche de caballo»... Era una espe­ cie animal que había sido incorporada a las grandes co­r rientes de la civilización.

No tuve instrucción primaria

Amigo del álgebra desde el colegio

Voy a contarles una cosa que les va a sorpren­ der: no tuve instrucción primaria. Y no tuve ins­trucción primaria porque en mi pueblo no había es­cuelita que le inspirara cierta confianza a mi mamá. Y entonces ella, y mis hermanos, entre los cuales se cuentan dos seres perfectamente extraordinarios: el uno, un hombre que llegó a dominar la sapiencia literaria de su época en una forma tal que, esto no es ofensa para el resto de la república, cuando vine, unos cinco o seis años después a Quito, no encon­tré una sola persona con la capacidad de este hermano mío, que se llamaba Héctor Manuel, para el conocimiento de todas las cosas. ¡Me reci­ taba, asómbrense ustedes, en momentos en que apenas al­guna que otra persona muy civilizada, en Guaya­quil principalmente, y un poco en Quito también, hablaba del más grande poeta francés de todos los tiempos: de Baudelaire! Un hombre, casi un autodi­ dacta, que supo seleccionar en una forma tal su lec­tura y su literatura que, realmente, les digo, (un hombre que) casi pudiera decir lo que Mallarmé: «J’ai lu tout les livres» («Yo he leído todos los li­bros»). Sin embargo, yo no he podido superar ma­yormente, sino en cronología, los libros que este hermano mío

Sin embargo, yo en la secundaria... Porque allá era muy fácil... Ustedes me van a tener que creer... No hay otro remedio... Fui matriculado por la significación jus­ tamente de estos dos herma­nos míos, que eran lo que hoy se dice, vulgarísima­mente, «palos gruesos» en el Colegio Nacional de mi tierra. «Para qué vamos a estar per­ diendo el tiem­po... En escuela no vamos a ponerte. Ya mamá, los hermanos y todos, ya te hemos enseñado a leer, a escribir. Te vamos a matricular en el colegio. Por­que somos allí personas muy inf luyentes». Y con un examen de prueba que me toma­ ron, me preguntaron que quién descubrió América y que lo escribiera en la pizarra. La pizarra me faltó para escribir «Cris­tóbal Colón»: comencé con una «c» chiquita y ter­ miné con una «n» de este porte... ¡Enorme! Con ese «Cristóbal Colón» me aceptaron en el colegio. Van ustedes a creer que, cuando llego a cuarto año y me toca álgebra, soy el mejor alumno de álgebra, y luego soy el mejor alumno de geometría, y luego soy el mejor alumno de todas esas cosas que ya me he olvidado hasta los nombres... Una de ellas se llama trigonometría, por ejemplo, cálculo diferen­cial, cálculo infinitesimal,


una serie de cosas tre­mendas que, ahora, pues imposible, imposible...

113 Benjamin Carrión

Ahora cuando me ponen... yo todavía, hace once años -digo once años porque es una fecha que para mí es importanteinterfería entre las preguntas que Alfredo Pareja, gerente del diario El Sol, ha­cía al que tenía la máquina calculadora, y le con­ testaba rápidamente. Tenía una capacidad extraor­dinaria para el cálculo. En cambio soy bastante mal alumno de gramática, en mis escritos, muy mal alumno de literatura. Y, en realidad, hasta hoy, hasta hoy, lo que más me gusta del conocimiento humano es la matemática. De ahí que de los hombres de pensamiento del idioma español al que más me he acercado es a –para mí la figura funda­mental del pensamiento actual filo­ sófico en lengua española– David García Bacca. Y me dijo él: «Te voy a tener que refrescar tus conocimientos matemáticos, porque si no, no vas a entender la fi­losofía. No se puede entender la filosofía sin cono­ cimientos matemáticos». ¡Esto no lo sabe nadie! Porque yo les decía que si en un gabi­ nete me pro­pusieran cartera –yo no acepto ninguna cartera en ningún gabinete... pero si así fuera– yo pediría el ministerio de obras públicas, porque creo que eso es lo que más sé: sé cosas relacionadas a carrete­ ras, a todo lo que sea relacionado o ligera­ mente tocado con las ciencias matemáticas. Razón que yo le consultaba inclusive al psiquiatra. El profesor de matemáticas mío fue un hombre extraordinario, un hombre que no he encontrado yo sino una vez des­ pués, a los cuarenta años, en Hendaya, en la perso­na de don Miguel de Unamuno. Este hombre, casi de nombre también descono­ cido en el Ecuador, se llamaba el doctor Adolfo Balarezo. Algo verdadera­mente extraordinario. Y como yo me estremecía ante el talento superior de este profesor y me im­portaban muy poco los profesores de literatura y de esas cosas especulativas, no quería que el doctor Adolfo Balarezo cre­ yera que soy tonto. Entonces ha­cía unos esfuerzos inauditos... Podía quedar mal con

Caricatura de Latorre.

los otros cuatro o cinco profesores, no me inte­resaba; pero quedar bien con el doctor Adolfo Balare­zo, eso sí me interesaba. Y por eso es que tuve esa extraordinaria cosa que después también he consul­tado seriamente: de que no puedo oír música de sentido continuado; de que no puedo casi tolerar los instrumentos de sentido continuado. Así, por ejemplo, yo, entre un violín... entre la Sonata a Kreutzer, el violín, voy a decir una barbaridad, que me vayan cono­ ciendo, entre la Sonata a Kreutzer, tocada por Jascha Heifetz, y unos gatos peleando en un tejado, las dos cosas me son totalmente desa­g radables; en cambio, me encanta el piano; me en­canta la guitarra... me encanta todo lo percusivo. Y cuando yo le he con­ tado a un psiquiatra francés esta cosa, por conversar, me dijo: «La cosa es cla­r ísima. Y


Premio Espejo

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todavía le voy a hacer una nueva pregun­ta: ¿Cuál de los pintores españoles le gusta más –poniéndome los tres, los tres grandes de la pintura española–: Velázquez, el Greco, Goya?». Yo le dije: «Goya», violentamente. Es la confirmación. La cosa de corte, la cosa que no se prolonga demasiado. El Greco, por ejemplo, a uno lo eleva extraordinaria­ mente, le pone en éxtasis. En cambio Goya dice las cosas terminantes y claras. Como las dice el piano. Y cuando se me ha pre­ guntado que cuál es el músico que más me gusta, he dicho «Mozart», porque para mí Mozart es una especie de álgebra del piano. Está superada probablemente por Bach, pero en Mozart, además de lo algebraico, hay un poquito de cuento, y, sobre todo, una cosa que era derecho mío: Mozart no me hace sufrir. Es el úni­co músico de la historia de la música que me pone en un trance de agrado, de simpatía con el ambien­te, con la vida, de caricia y de todo, que me permi­te pensar en las cosas más gratas del mundo. El gran Beethoven, por ejemplo, el gran Beethoven me hace un poco de daño: me hace pensar en cosas terribles. Es la misma teoría, en definitiva, la que preside a este gusto por las matemáticas y al gusto por las tres, cuatro o cinco grandes aficiones que he tenido en la vida. Alguien me objetó, pues, có­mo era que de toda la literatura contem­ poránea –y ya contemporánea más o menos en el entorno de un siglo–, por qué es que yo prefiero, casi sin vaci­lar, a Marcel Proust, cuando Marcel Proust es un violín. Le dije: «No. Marcel Proust es el piano, el piano... es la fuga de Bach». Si ustedes recuerdan, por ejemplo, De Coté de Medeglisse, en que va encontrando una f lor aquí y otra f lor acá, y las va nombrando y las va oliendo, y uno las va viendo y va percibiendo sus olores, no es la cosa seguida, es la cosa cortadita del piano. Puede que sea una argu­cia argumental mía, pero yo lo siento por lo menos así.

Descubre crimen y castigo Bien... Una cosa que tengo que contarles también... Que me llena de orgullo hasta ahora. Me prestó un amigo un tomo de

novelas policiales que eran de una colec­ ción, creo que dirigida por don Vicente Blasco Ibáñez, en Valé. Eran unos fas­cículos bastante grandes. Este amigo había reunido creo que quince o veinte y los había hecho empastar para tener un volumen. Me lo prestó. Leía yo, por­que la novela policial me encanta. La novela poli­cial, como el ajedrez, me parece que entran dentro de la teoría, de la misma teoría que les he expues­to, que parece que preside mi vida. Me encuentro con Crimen y castigo, el nombre más claramente policial que puede haberse dado en la historia, y yo, a los once años –hagan el favor de creerme–, me he conmovido; he separado fundamental­ mente todo lo de Conan Doyle, todo lo de Maurice Leblanc, todo lo que había en los otros catorce fascículos, y me he quedado para leer, quince o cuantas veces, Crimen y castigo de Dostoievski. Novela policial por excelencia, en sus orígenes, en su desen­ volvimiento y en todo. Esta es una cosa, es tal vez el único acierto crítico de toda mi vida: yo no he ido a Dostoievski sabien­do quién era Dostoievski, como he ido después a autores, todos tenemos que hacerlo, con alguna información respecto de ellos. En cambio, mi encuentro con Dostoievski fue un encuentro fron­tal, como si me hubiera encontrado con una novela policial.

El Quito de Fierro y Noboa y Caamaño Vengo a Quito. Voy a decirles francamente que tuve una grande, una terrible desilusión del encuentro con la gente mayor y menor que me to­caba coincidir, que me tocaba pla­ ticar, que me to­caba conversar o aprender. Profesores y alumnos universitarios, escri­ tores de aquella época, etc. Mi llegada fue cuando había ya prácticamente desapare­ cido la que llamara Raúl Andrade la «gene­ ración decapitada». Habían quedado de esos poetas mo­dernistas del año 10 solamente dos sombras, que eran las de Humberto Fierro y Ernesto Noboa y Caa­maño. A las dos las explotábamos un poco consi­g uiéndoles


Americano. Nos reuníamos también. Lo buscábamos también. Lo sentábamos a la cabecera de la mesa, y estába­mos en una deliciosa... porque le decíamos «Hum­berto, tienes alguna cosa», y él, en forma hierá­ tica, con la mirada fija, recitaba suave, muy quedamente. Yo me acuerdo que un día recitó aquel poema, muy bello, sin duda: «La luna vertía su color de lágri­mas», y los admiradores compañeros se tiraban al suelo y aullaban, y gritaban: «¡D’ Annunzio!», y no sé qué cosas que no tenían nada que ver con Hum­berto Fierro, pero eran nombres de grandes poetas, que en ese momento se creía que eran grandes poetas. No puedo desgraciadamente detenerme. Esta es una figura extraordinaria en su vida y en la obra, solamente que muy parva y muy pequeña, como la de todos sus compañeros.

Conocí a Gabriela Mistral 115

Se me presentó, pues, la posibilidad de un viaje a Europa y fui a Europa. Permanecí en Fran­cia durante siete años. Conocí bastante gente, sobre todo la latinoamericana. Era, y sigue siendo, bas­tante difícil el contacto con franceses; sin embargo, en días de las patrias latinoamericanas, en que se ofrecía en las embajadas o legaciones de nuestros países buen vino de Champaña, licores y bocadi­llos, generalmente se encontraba a todos los miembros del Instituto de Francia y a todas las grandes figuras de la litera­ tura francesa, incluyendo a Paul Valéry, por ejemplo, que, en menos de vein­te minutos, dejaban la mesa absolutamente vacía de los bocadillos y de todas las cosas que había, se tomaban la copa, o dos o tres de champaña, y de­saparecían. Entonces ahí le mostraban a uno o se decía: «Bueno, por qué no me presentas a fulano, a mengano», las grandes figuras universales, miem­bros casi todos de la Academia Francesa y del Ins­tituto. Pero nos reuníamos con latinoamericanos, y el grupo que entonces formamos es el grupo ca­si, con las podas lamentables que produce la muer­te, es el grupo de amigos, de mejo­ res amigos que tengo yo aún. Conocí en

Benjamin Carrión

de cuando en cuando encuentros que nos estremecían. Pero he de decirles que Ernesto Noboa y Caamaño hombre, el que encon­ tré yo, me produjo una terrible desilusión, una tremenda de­silusión: estaba enfermo –una cierta apariencia de tuberculosis–. Era muy hermoso. Era de físico per­fectamente dibujado. Usaba aquella cosa que se llamaba sombrero de mocora. Era muy bien puesto y todo, pero, francamente, francamente he de de­cirles que, cuando yo lo conocí, que ya no escri­bía, inclusive perdida la memoria, al reunirse en un lugar cualquiera –gene­ ralmente cafés de la Plaza del Teatro– le decían sus amigos y admiradores, le decía­ mos todos: «Recítanos poemas». Y yo, de esto doy absoluta fe, le escuché un poema que co­m ienza: «Quién no se ha estremecido al volver a su aldea, tomar el sendero tras un largo viaje...», y le dije: «Zambito, qué lindo esto de Villaespesa». Me palmeó y dijo: «Muchacho, muchacho, vivísimo eres tú». Porque le quiso hacer pasar a los otros co­mo obra suya. El caso de Fierro –en que no me voy a extender mucho– era extraordinario. Ese sí estaba todavía en la plena posesión de sus capacida­des y en la plena construcción y edificación de su fenómeno humano. Es largo esto. Habría que escri­bir siquiera un volumen para darlo a entender. Pero era un hombre que había tenido mucho dinero, su familia lo había tenido, pero con una serie de espe­culaciones, todas literarias, había perdido su fortu­na. Recuerda un poco lo que cuentan del pobre suicida colombiano José Asunción. Cuando yo lo conocí, en Quito había tranvías y Humberto Fierro llegaba a tal hora y volvía a tal hora del Ministerio de Instrucción Pública, que así se llamaba, situado en el Palacio Nacional de la Plaza Grande. En la par­te posterior, de pie, absolutamente hierático: era difícil conseguir una mirada al paso, para salu­ darlo. Los muchachos nos entusiasmába­ mos con ello, y algunas veces nos subíamos al tranvía, sin objeto ninguno, para ir un ratito con él. Vivía en la Quinta Verde, que ahora está pintada de blanco, y que fue la casa en donde se fundó el Colegio


primer lugar a Gabriela Mistral. La historia de mi amistad con Gabriela Mistral es una historia muy larga, sumamente larga. Ella hizo el prólogo de mi primer libro Los creadores de la nueva América y, excepción he­cha de Gonzalo Zaldumbide, no es cierto que Ga­briela Mistral haya sido amiga de ningún ecuatoria­no. Puede decirse que a partir de ese tiempo, en esa época, las presentaciones de ecuatorianos que se hi­cieron ante ella fueron principalmente hechas por mí. Y por un hombre que hemos olvidado y que no debemos olvidar. Porque se le pueden en­contrar ciertas fallas a su obra literaria, pero la obra total, de animador de cultura, de suscitador, de hombre maravillosamente bueno –uno de los hombres más buenos con quienes yo me haya to­pado– era César Arroyo. César Arroyo era realmen­te muy conocido, de tal manera que han sido, con

Zaldumbide, los dos únicos ecuatorianos que me antecedieron en el conocimiento de Gabriela. En torno a la tertulia que ella creó en un hotelito de la Rue [nombre poco reconocible], «Hotel de Mont­passie», conocí a Vasconcelos, a Arguedas, a Fran­ cisco García Calderón y a Manuel Ugarte, que cons­tituyen las gentes a quienes estudié en una forma entusiasta en mi primer libro, Los creadores de la nueva América.

Llega a París Los que se van Pero, junto a eso, se formó en el Boulevard de la Madeleine otro grupo de gentes y esto es lo que a mí me interesa. Eran ya gentes más cercanas a mí, por contemporaneidad: Teresa de la Parra; Adolfo Costa du Rels, el gran boliviano; Lascano Tegui, que sé que ha muerto recientemente; Miguel Ángel Asturias; Toño Salazar, el caricaturista; Alfonso Reyes; Cardoza y Aragón; César Vallejo; Carlos Díaz. Y casi todos ellos comentaban lo que se estaba escribiendo en los países latinoamericanos. Y llegaban y decían: «¿Y qué les parece Doña Bár­bara, la novela que ha publicado en Barcelona un señor llamado Rómulo Gallegos, y qué les parece La Vorágine, novela que ha publicado también un señor de Colombia, José Eustasio Rivera?» Y quien llegaba, a comentar la novela del gaucho, escrita por Ricardo Güiraldes, y la novela de las revo­ luciones mexicanas, escrita, entre otros, por el Dr. Mariano Azuela. Y me preguntaban: «¿Y del Ecua­dor? ¿Y del Ecuador?» Y yo tengo que decirles que, salvo ese grupo que ya hasta ese momento se había liquidado de los cuatro modernistas, no tenía ninguna cosa que exhibir en esa especie de surgencia del surrealismo, de la cosa más ameri­cana, con tierra americana, no tenía mucho que exhibir. Y entonces llega un librito –cosa que la tengo contada en el [este] libro El nuevo relato ecuatoriano–, un librito pésimamente impreso con dos o tres calidades de papel, que se llamaba Los que se van. Me dio la impresión de que era un li­bracón román­ tico de los que llegaban con mucha fre­ cuencia, hasta por el título; pero me puse a leer­lo, y de ahí que me he ganado hasta cierto punto el título de «heraldo de la mala palabra», porque este libro tiene todas las malas palabras que se pueden decir, y yo sentí que, ante la cosa demasiado amelco­ chada y melif lua de lo que me llegaba antes, esto ya sintonizaba un poco con la litera­ tura que estaban haciendo otros países de


Vine ya al Ecuador. Pasé al Perú. Ah... debo recordar que entre las figuras más egregias que me tocaron aproximarse está la del para mí el más grande poeta latinoamericano de un siglo acá si­quiera, que es César Vallejo, que estaba ya bastante delicado, bastante enfermo. Parece que siempre fue así. No era, como he oído de repente, que era un huido, un retirado; todo lo contrario: no le gustaba estar con todos, pero cuando no estaba con al­g uien que no le gustaba, se abría enormemente...

Y aparece Pablo Palacio Bien, llego acá, y me encuentro con una f lo­ ración literaria importante; con la represen­ tación de la literatura indigenista, serrana, llevada a cabo por Fernando Chaves, por

Jorge Icaza, etc. Pero después de estar en el Perú, sobre cuya permanen­cia voy a sal­ tarme para que no se haga largo esto, tuve que ir a mi pueblo, a Loja, y allí quisieron hacer un concurso, un concurso literario. Me nombra­ron jurado. Y me encontré con un cuentecito que no era lo corriente en los concursos. A mis dos compañeros -éramos tres- les pareció una tonte­r ía; dije­ ron: «Éste es un joven que plagia a Vargas Vila». Entonces les dije: «Me parece que es lo me­jor que se ha escrito, no en Loja, sino en todo el Ecuador». Al fin me hicieron caso. Porque yo era el venido; el recién llegado. Me hicieron caso y se concedió el primer premio. Al abrir el sobre se encontró que el nombre del autor de este cuento era Pablo Palacio. Pablo Palacio era un joven que vivía frente a mi casa, con el que me veía todos los días, bastante menor que yo, pero bastante, pero casi de dentro de mi casa... cosa como que ese chico que anda por ahí, que dicen que es buen alumno, porque fue magnífico alumno, es un gran escritor. Sin entrar en detalles mayores, creo yo que la obra parva de Pablo Palacio, compuesta por tres libritos: Un hombre muerto a puntapiés, libro de relatos; Débora, a la que él llama «novela», y La vida del ahorcado, a la que él llama también «novela». Yo les he hecho leer a gentes exigentes en este mo­mento de la novela latinoamericana, y me dicen: «¿Qué estamos nosotros aquí admirándonos de la existencia de Vargas Llosa, ni de Carlos Fuentes, ni de ninguno de los grandes novelistas? Pero si este señor de usted –me decían– ya ha hecho lo que todavía no ha hecho ninguna gente en Latinoamé­r ica». Yo ya lo había dicho en mi libro Mapa de América, porque lo sabía. Sabía la historia íntima de este muchacho. Que no había leído a Joyce, que no había leído a Proust, que no había leído a Kaf ka. Premoniciones, anticipaciones de Joyce, de Proust y de Kaf ka. Yo he denunciado claramente pedazos especialmente relacio­ nados con el uso de la memo­r ia, que es el lote, digamos así, que es el coto cerra­do de Marcel Proust, y cosas de monólogo inte­

117 Benjamin Carrión

América. Los nombres eran tres: Joaquín Gallegos Lara, Demetrio Aguilera Malta y Enrique Gil Gilbert. Ellos lo han dicho y por eso me creo con derecho a repe­tirlo. Que fui la única persona en el Ecuador, del Ecuador, fuera del Ecuador, que habló y habló bien de este libro. Al que le hicieron principalmen­te silencio, porque, mis que­ ridos jóvenes de los sex­tos de los colegios, aquí no se combate, generalmen­te. Muy raro es que se combata. Aquí se silencia, aquí se cree que se aplasta a las gentes con no nombrar­las, que con eso se las mata y que realmente pue­den estar en posibilidad de vivir literariamente o políticamente sólo quienes tienen posibilidades de órganos de difusión. Con mi primera… revista, diga­ mos así, revisión de este libro, dada a Jean Cassou para que la tradujera y la publi­ cara en la Revue de la Amerique Latine (yo la entregué en castellano, como yo la había escrito, y un uruguayo llamado Deambrosis Martins la propagó por toda América) empezaron a surgir los comentarios adver­ sos en el Ecuador. De tal manera, pues, que a partir de eso creo yo que se puede decir, se puede sentar la partida de nacimiento de la literatura realista ecua­toriana, que tan gran desenvolvimiento tuviera después.


rior y cosas de Kaf ka. Yo les recomiendo volver a leer cuentos de Pablo Palacio.

Premio Espejo

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Yo creo que la Casa de la Cultura tiene una obligación de no hacer una obra de entrega malévo­la, con prólogos insultati­ vos, contra Benjamín Carrión, que es un escritor muy usual y muy corrien­te; hacer una cosa realmente, como pensamos ha­cer con Jorge Enrique Adoum, antes de que la dictadura militar nos echara de la Casa de la Cultu­ra: hacer la verdadera obra crítica de estas cosas de Pablo Palacio. Sin quererle aumentar cosas, sin quererle hacer pasar por un filósofo que había tra­ducido a Heráclito ni mucho menos. Es el formida­ble realista, de una calidad, de una hondura, que fran­ camente no pienso que ni en este momento ten­ga ningún realista latinoamericano. Y lo digo con conocimiento de causa, porque he vivido de la nove­la latinoamericana, desde hace cinco años, siendo profesor de la novela latinoamericana, y hoy como jurado central del Premio Rómulo Gallegos es­toy leyendo todas las novelas, y no encuentro algo que pueda decirse como lo de Pablo Palacio. El tiempo se va estrechando sólo en lo de la biografía y francamente creo que el profe­ sor Ro­dríguez Castelo querrá preguntarme algunas otras cosas.

Unamuno o la sensación del genio En una afirmación general, de todas las gentes con quienes yo me haya tocado... Por ejemplo, en el primer viaje a España, que lo hice en compañía de uno de los más valio­ sos españoles, de los más amplios y genero­ sos, don Enrique Díez Canedo, pa­dre del actual Díez Canedo, dueño de la mejor edi­ torial de lengua española probablemente, que es la editorial Joaquín Mortiz... Conocí a casi todos, pero tuve una detención de veinticuatro días en Hendaya, en el mismo Hotel Broca, donde se aloja­ba don Miguel de Unamuno y yo no voy a andar di­ciendo esa cosa: «creo que le caí bien»; nada, don

Miguel de Unamuno estaba allí, estaba furioso con­tra los generales españoles que lo habían expulsado y, bueno, le gustaba con­ versar con ese hombre joven que llegaba de Latinoamérica, y, francamente, es la sensa­ ción de genio casi única, después de la de mi profesor de álgebra en Loja, doctor Adolfo Ba­larezo, es la única sensación auténtica de genio que he tenido yo cerca de mí: don Miguel de Unamu­no. Algo verdade­ ramente extraordinario. Cómo to­maban vuelo las cosas. Cómo las exprimía, las aga­ rraba, las hacía como las bolitas de pan que les tira­ba a los vecinos de mesa... sacándolas de esas ho­gazas españolas terribles... sacaba el pan, lo hacía bola y se lo tiraba a cual­ quiera cuando estaba con­versando, así hacía con las ideas en una forma ver­daderamente extraordinaria. Él me dio una presen­tación para George Duhamel, en ese tiempo uno de los grandes escritores de Francia, y George Duhamel me dijo: «Dígale a don Miguel, o, si no se lo puede decir, sépalo usted, yo creo –dijo George Duha­mel– que Unamuno es la mentalidad más podero­sa del mundo contemporáneo». De tal manera que eso no podía pasar... Así como señalar la figura de mi otro prologuista, don Ramón Gómez de la Serna. Ramón Gómez de la Serna, que está siendo rehabilitado ahora en los públicos universales, era realmente el humorista más formidable. Tenía el defecto de prodigarse demasiado. Aquella cosa que él creó, la greguería, la multiplicó en una forma tal, que hizo treinta o cuarenta volú­ menes, no sé exactamente cuántos, en los cuales naturalmente al­g una cosa, alguna vez es menos buena. Pero es in­d iscutible también que en un momento en que la prosa del 98, de la Generación del 98, estaba un poquito apagándose, estaba un poquito apagándose porque ya no hacían mucho los grandes de esa generación, esta apari­ ción de Ramón Gómez de la Serna vitalizó. Y a mí en Francia me llenaba de orgullo, porque sentía un patriotismo de idioma, y cosa curiosa... al saber, por ejemplo, que en el circo Medrano de París, Ramón Gómez de la Serna, junto con Grop, que


Martín Adán y Mariátegui Bueno, pues, voy al Perú. Allí no quiero sino recordar un poquito... Porque para evitar hablar de mí mismo, yo quiero hablar de todos los demás. Un poquito, el nombre y la obra de un poeta que, de no haber exis­ tido César Vallejo y aun existiendo –son líneas paralelas–, representa un género de poesía que tampoco ha sido superado: es la poesía de Martín Adán. Martín Adán es un hombre que se llama Rafael Benavides y de la Fuente, y, con decirles esto, porque siento que me estoy robando demasiado tiempo de ustedes, que José Carlos Mariátegui –lo pueden revi­ sar us­tedes quienes tengan la colección de esa revista impar producida en el conti­ nente que es Amauta– decía: «Para matar el soneto se necesitaba un ge­nio, y este genio ha nacido. Este genio es Martín Adán, y Martín Adán va a matar al soneto metién­ dose dentro del soneto. Uno de los grandes sonetis­tas». Del soneto endecasílabo, que es el que él rei­vindicaba como el verdadero, protestando contra el soneto alejandrino. Hizo de él una cosa que real­mente le hizo daño, pero no lo mató. Martín Adán es un

hombre que vive en el manicomio. Este rato, quien quiera ir a Lima, si pregunta por Martín A­dán, abiertamente le dicen: «Está en el manicomio». Está ahí y de repente lo dejan salir. Con un librero que lo adora, que es Juanito García Baca, sale al­guna que otra vez. Pero tiene libros, como Trave­sía de extramares, por ejemplo, que no me pare­ce –siempre hay que acercar a cosas más conoci­ das–, no creo que sea, por ningún lado infe­ rior, por ejemplo, a Lautréamont. Es de ese tipo, ex­traordinario, pero de una calidad igual. El caso de Mariátegui ya lo conocen ustedes. Es una de mis mayores devociones. Escribí en mi libro Mapa de América, junto con el capítulo destinado a Pablo Palacio, el capítulo dedicado a José Carlos Mariáte­gui. Tengo iniciado un San José Carlos Mariáte­gui, que algún día lo publicaré, pero ya publiqué, hace muy poco, un par de meses acaso, un libro que se llama José Carlos Mariátegui, en la Secre­taría del Ministerio de Educación Pública de Méxi­co2. No sé si habrá llegado a librerías. No es, en rea­lidad, sino un estudio no mayor de unas cincuenta páginas el mío; el resto es antología, principalmente de su obra suprema, los Siete ensayos de la realidad peruana.

119 Benjamin Carrión

era el máximo clown inglés del mundo, iba a cabalgar un elefante e iba a hacer todas aquellas cosas extraordinarias, me llenaba de orgullo. Porque no es cierto, hagan el favor de creerme, no es cierto que en Francia se hayan ocupado de nadie. Yo estuve cuando cele­braron el décimo, creo, aniversario de Rubén Da­r ío y en una notita se publicó tres líneas: «Los escritores latinoame­r icanos van a festejar o a conmemorar el naci­m iento de un poeta de Nicaragua llamado Rubén Darío». Y Gómez de la Serna y Unamuno, los dos únicos, porque Ortega y Gasset tam­ poco. Ortega y Gasset ya se quedaba en los cenáculos de mucha distinción. Pero estos dos, especialmente Gómez de la Serna, le daban al idioma una dimensión universal que francamente había perdido desde ha­cía mucho tiempo.

Los libros propios preferidos Ya más o menos saben ustedes. Y el licen­ ciado Rodríguez Castelo les dio la lista de mis libros. No voy a insistir mucho en ellos. Como creo que hay alguna pregunta que se refiere a cuál es el libro que más me gusta, creo que de crítica el Mapa de América, y de ensayo biográfico, es, sin duda, el Atahuallpa.

Y la Casa de la Cultura Y, como parte de mi biografía, toda mi bio­ grafía casi, se encuentra en el capítulo fun­ dación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, tengo que re­cordar que, efectivamente, a pesar de que se ha dicho que fueron unos intelectuales en grupo, lo conside­ro falso. El proyecto lo concebí yo en forma clan­ destina y secreta. Lo declaro. Se lo propuse

2.-Se refiera a la Antología de José Carlos Mariátegui, selección y prólo­ go de Benjamín Carrión (México, B. Costa Amic editor, 1966). Fue una publicación de la Secretaría de Educación Pública de México, dentro de la colección «Pensamiento de América».


Premio Espejo

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al entonces Ministro de Educación, doctor Alfredo Vera, y él, por la gran estimación y confianza que me tiene, me dijo: «Bueno, vamos a ponerlo en marcha». Pero no lo leyó. Se lo he repetido en público. Y el doc­ tor José María Velasco Ibarra, que lo firmó, expre­só igual y extraordinaria confianza cuando el día que al fin, después de haber hablado en dos ocasiones –las entrevistas propiciadas por Alfredo Vera–, al fin me dijo: «No. No. No», cuando le dije: «Voy a leer el proyecto». Yo creí que negaba el proyecto. Al contrario, era que me lo apro­ baba y tocaba un timbre para pedir que lo pongan en papel de de­creto, y a las tres de la mañana del 10 de agosto de 1944 fue firmado el decreto de fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, con cuyo decreto de fundación y reformas de aumento de rentas que se sucedieron después, hemos hecho lo que hemos hecho. No voy a hacer este rato una mayor exalta­ción del asunto. Sólo quiero decir que la fundé un poco en la teoría toynnbeana del árbol podado. El país se encontraba golpeado; se encon­ traba mutila­do en su ser, en su esperanza. Al ecuatoriano le ha­bían enseñado que un ecuatoriano era suficiente para derrotar a diez peruanos, y resultó que el año del 41 no se cumplió eso y hubo un abatimiento generalizado: habíamos sido derrotables, y fácil­mente derrotables. Habíamos sido trai­ cionados por una oligarquía interna que impidió que el arma­mento fuera a manos de aquellos pobres conscrip­tos que algo debían hacer. Cierto es que los años que ustedes no alcanzaron y que quizá sus padres les puedan referir, los años del 42 al 45, fueron años de real abatimiento, de real abatimiento del pueblo. Se sintieron una serie de cosas que brutal­mente tengo que decirles, como la de que no había habido [palabra ininteligible]. Dispersa la población integral de la pro­ vincia de El Oro por todos los campos de la patria, el orense era dese­chado como un ser indeseable, de todas las puer­tas. Esto lo digo porque a mí me consta. Y no nos haga­ mos ilusiones. Sobre esta base, digo, hay que volver a darle una posibilidad, algún

camino, algu­na salida, y dije yo, lo único que podemos ser, y nos ha demostrado la historia, es un pueblo de cultura.

Parte de la charla que Benjamín Carrión brindó a estu­ diantes de sextos cursos de varios colegios de Quito en la Casa de la Cultura por iniciativa de Hernán Rodríguez Castelo. mayo 1967.


Jorge Carrera Andrade

Carrera Andrade

Premio Nacional “Eugenio Espejo” 1977


L

Premio Espejo

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a ceremonia de entrega del Premio al poeta Jorge Carrera Andrade, en 1977, fue mucho, muchísimo más parca que en la primera ocasión en que se concedió tal presea. Y lo fue por varias razones: la primera de ellas, la enfermedad degenerativa que venía padeciendo el galardonado y que, a ese año, afectaba considerablemente su salud. Pero, además, se debería recordar que, a comienzos de 1976, se había producido un cambio de Gobierno y que la controversia política alrededor de los planes de retorno constitucional comenzaba a encender los ánimos de la ciudadanía, todo lo cual desviaba la atención pública hacia lo político. De otra parte, conviene anotar que el proceso de nominación al Premio había sido reglamentado en el sentido de conferir al Comité Ejecutivo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana el derecho de calificar al postulante cuyo nombre, a su vez, debía ser estudiado por el Gobierno. Fue esta circunstancia la que permitió a Galo René Pérez, en aquel entonces Director Nacional de la Casa de la Cultura, interponer sus buenos oficios para que Carrera Andrade sea quien reciba el Premio. No era solo el estado de salud del poeta sino su difícil situación económica lo que movió a Pérez a convencer al triunvirato militar, que entonces gobernaba al país, para que adoptara una resolución que, más allá de esta dolorosa y difícil coyuntura, tenía la virtud de honrar a un intelectual de prestigio internacional y, sin duda, al más alto valor vivo de la poesía ecuatoriana en ese entonces.

Se debe recordar también, que el propio Director Nacional de la Casa de la Cultura fue quien, poco tiempo antes, al retorno definitivo de Carrera Andrade al país, había obtenido para éste, el nombramiento de Director de la Biblioteca Nacional, cargo más honroso que retribuible económicamente. Mediante Decreto Supremo No. 869, de 9 de agosto de 1977, el Consejo Supremo de Gobierno, en clara muestra de sensibilidad, no solo hacia el pedido del Comité Ejecutivo de la Casa de la Cultura sino hacia el poeta mismo, concedió el Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo” a Carrera Andrade. El anuncio lo hizo el Director Nacional de la Casa en breve conferencia de prensa efectuada el 19 de octubre de 1977, a la que asistió el poeta, quien manifestó que estaba muy orgulloso por el reconocimiento que se le concedía, el cual, a su juicio, se debía “no solo a su labor literaria, sino a la constancia en el trabajo por la cultura”. Dos días después, el viernes 21, y tal como si se apresuraran los plazos en medio de la fragilidad de la existencia del poeta, y en ceremonia muy sencilla “con cierto carácter de intimidad”, tal como había reiteradamente solicitado el escritor, se realizó el acto formal de entrega del Premio. “No somos sino granos de arena de una inmensa obra que se inscribe en la escala de las constelaciones y galaxias”, diría el poeta, tembloroso y emocionado, para agregar que esta misma circunstancia “nos enseña una lección de humanidad, virtud tan extraña a la civilización occidental”.


“Solo orugas habitan la noche de ese rostro yacente entre las flores”

Q

uien es, para muchos críticos de la literatura ecuatoriana, el mejor poeta del siglo XX, nació en Quito el 18 de septiembre de 1903. Cierta confusión respecto al año preciso de su nacimiento fue aclarada, tiempo después, por el propio Carrera Andrade al recordar que la pérdida de su partida de nacimiento debida a un incendio, indujo a pensar que había nacido en 1902, año del nacimiento y temprana muerte de un hermano suyo del mismo nombre. Enrique Ojeda, autor del mejor estudio biográfico del poeta publicado hasta el presente, al citar este particular, plantea el interrogante de si el propio Carrera Andrade habría buscado aumentar su edad “debido a que en su niñez y juventud parecía notablemente mayor de lo que era en realidad”. Esta discrepancia inicial entre su apariencia física y su edad, le afectó sin duda en sus primeros años, sobre todo cuando en 1915, a tempranos doce años, debió concurrir a la escuela de los padres mercedarios en preparación para la primera comunión. “Mayor en edad y físicamente más desarrollado que el resto de la clase -dice Ojeda- se sentaba al fondo del salón en gesto de desamparo”. Y el propio Carrera Andrade, en su Cartas del emigrado confiesa: “Quien estas líneas escribe sufrió también cuando escolar el vapuleo injusto de un fantasmón vestido de hábitos mercedarios y de allí arranca tal vez su rebeldía viril que no pide y no da tregua…”.

Después de un fallido intento suyo para preparase como profesor en el entonces célebre Normal Juan Montalvo, ingresó al Instituto Nacional Mejía, donde habrá de encontrar el medio propicio para sus primeros escarceos literarios, junto a compañeros que, con el tiempo, a la par que él mismo, se convertirían en escritores de prestigio. Su llegada a dicho establecimiento educativo fue descrito por Hugo Alemán en su Tránsito de generaciones de forma harto gráfica: “En octubre de 1915, un muchacho alto, enjuto, llega al Colegio en demanda de una matrícula para el Primer Curso. Ha completado ya el ciclo primario de instrucción. Cuenta apenas doce años, pero se diría que tiene cuando menos quince”. Casi de inmediato a su ingreso al “Mejía”, en julio de 1916, junto con Gonzalo Escudero y Augusto Arias, publicará la revista El Crepúsculo, que, en evocadoras palabras de Arias, “es un folleto de doce páginas, impreso en los talleres de Julio Sáenz Rebolledo, el viejo maestro de tipografía que había sido regente de la Imprenta de la Universidad Central, después de levantar, en el primitivo componedor, las planas de La Revista Ecuatoriana de J. Trajano Mera y Vicente Pallares Peñafiel, impulsadores del cuento serrano y el canto ecuatorial, y las entregas de la Revista de la Sociedad Fígaro que recogió las notas del romanticismo finisecular, adelantándose a los nuevos tiempos”. Para esta breve publicación, Carrera Andrade escribió el editorial del primer número, un artículo sobre la ciencia y la literatura del Ecuador y dos capítulos de una novela titulada El viejo vengador, que no prosperará. De El Crepúsculo solo aparecen dos números pues el tercero, según confesión del propio Arias, se quedará en galeras. A poco de esta primera experiencia, en abril de 1917, los tres jóvenes estudiantes, junto con Luis Aníbal Sánchez y Gonzalo Pozo, darán inicio a otra revista, de más larga duración que la anterior y de mayor alcance: La Idea,

123 Carrera Andrade

Semblanza


cuyas páginas acogerán textos poéticos de Carrera Andrade compuestos, primero, bajo la inf luencia del modernismo y, más que nada, de Verlaine, con aquella característica carga de pesimismo y abatimiento, y, a poco, otros, inspirados por la obra de Francis Jammes, en búsqueda de la belleza, el placer estético y la recreación en las cosas simples de la naturaleza como marcas propias, tan comunes, además, en la obra de aquel maestro inspirador. Olmedo del Pozo, en sus célebres Crónicas del doctor Custodio, se refirió a estos colegiales del Mejía, como niños poseedores de “esa precocidad que nos recuerda a Rimbaud, [que] en vez de jugar a los trompos o a las bolas, jugaban a la literatura, sin que esto excluyera del todo a aquellos…”.

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Carrera Andrade se movía en el ambiente estudiantil con evidente soltura, aureolado por el prestigio que sólidamente se iba ganando entre sus compañeros. Ello le permitió participar desde el cuarto curso, en los trabajos editoriales de Vida Intelectual, la revista de los estudiantes del colegio que, a la manera inglesa, acogía en su mesa de redacción solo a los alumnos más destacados y aprovechados. Allí publicó varios poemas y algo de prosa poética. Cuando asumió la dirección de la revista, en 1921, se dio a la tarea de trabajar una breve antología de la moderna poesía ecuatoriana en la cual aparecieron, a más de los modernistas entonces ya reconocidos, siete jóvenes poetas. La obra de Carrera Andrade aquí incluida, respira el aire de lo que habrá de ser su primera obra impresa: El estanque inefable; trabajada bajo el espíritu protector de Jammes, donde se “busca, con la pureza de la contemplación, el sentido espiritual de las cosas y hace del poema un vaso desbordante de emoción familiar”, según relata la misma revista en la presentación de los trabajos del poeta. Esta primera obra de Carrera Andrade apareció en julio de 1922 en cuidada edición impresa en los talleres de la Universidad Central, con dibujos de Kanela Andrade

y Antonio Bellolio, a más de un retrato del poeta hecho por Juan Oliver. Los 27 poemas que la conforman aparecen precedidos de un texto tomado de Los alimentos terrestres de André Gide. De este primer libro, el propio Carrera Andrade confesará mucho tiempo después, en sus memorias, que, pese al éxito alcanzado por la obra, no persistirá por mucho tiempo en su “visión de encantamiento” porque la preocupación social había tocado la fibra más profunda de su espíritu. “Sentía en carne propia -confiesa- la mísera condición de las clases sociales inferiores, en una tierra privilegiada, donde la lava de los volcanes ha fertilizado el suelo, bendiciéndole con abundancia de frutos”. Buena parte de este sentimiento de claro tinte social habrá provenido, sin duda, de haber presenciado la muerte de los trabajadores producida en Guayaquil en noviembre de 1922, ciudad a la que Carrera Andrade había acudido en busca de trabajo en alguno de los diarios que allí se publicaban. Iniciase, aquí, su preocupación política, manifestada en la adhesión a la candidatura del coronel Juan Manuel Lasso a la presidencia de la República, la colaboración en dos diarios opositores al Gobierno, Humanidad y La Antorcha, su participación en el naciente Partido Socialista, en cuya asamblea fundacional desempeñó importante papel, su encendida prédica revolucionaria. “El examen de la situación en el Ecuador -dirá en sus memorias- me llevó al convencimiento de que la revolución se imponía”. Época de inconformismo es esta etapa de la vida de Carrera Andrade, que no solo af loró en el ámbito de la política, por su oposición al orden social imperante, sino porque apareció, igual, en el de su vida personal. Alumbrados por Baudelaire y sus Flores del mal, -publicación malsana y profundamente inmoral, que está llamada a provocar un gran escándalo, en expresión


Pero Carrera Andrade, por la ambición de gloria que se acunaba en su espíritu, por su afán de conocer mundo, no podía caer en el tenebroso territorio de los paraísos artificiales. “Mi actitud -reconocería mucho después- fue de reacción contra la decadencia mortal”. Acaso la impresión que le causó el mortal abatimiento de Noboa Caamaño, sepultado por voluntad propia y antes de hora en el blanco lecho de su alcoba, habrá contribuido a aquel desenlace, que permitió que la obra de Carrera Andrade fructificara en las siguientes décadas antes que caer tronchada, como ocurrió con aquellos poetas malditos de nuestra literatura. Queda como una bella página de nuestras letras el relato que Carrera Andrade hizo de su postrero encuentro con Noboa Caamaño. Dice así: “Abrí un día la puerta silenciosa de su habitación; anduve sobre la alfombra que ahogaba el ruido de las pisadas y me acerqué al lecho señorial. Me detuve, inmovilizado por la sorpresa: entre las sábanas eucarísticas, se incorporaba el Cristo de Velázquez, resurrecto. Una barba rubia, partida en dos, colgaba sobre su pecho como una condecoración de oro concedida al poeta por el ministerio del tiempo. Sobre su frente alta, había una como corona invisible que delataba su condición regia de emperador de la tristeza y duque del hastío. Extendiome su mano imperial, y quedó para siempre sellado nuestro pacto en el recuerdo”. 1 Después de publicar La guirnalda del silencio, su segundo libro, de participar en la

primera asamblea socialista, como quedó dicho, de ocupar algún cargo burocrático de menor cuantía, de épocas de tedio pero también de activa participación política, recibió, en mayo de 1928, el encargo de su partido de representarlo en el V Congreso Internacional Socialista que habría de celebrarse en Moscú. Mucho se ha escrito y se ha especulado sobre las causas de su fallida misión. Lo cierto es que, después de unos meses en Panamá, donde se gana la vida a saltos y a brincos, entre una que otra charla y algún artículo en la prensa, recala en Europa, su tierra de promisión. Impedido de avanzar hacia Moscú, porque se le niega la visa en Hamburgo, además de que el tiempo del Congreso había concluido de sobra, Carrera Andrade decide permanecer en Europa, en medio de unas muy difíciles condiciones de subsistencia, antes que volver a su patria. Estaba convencido de la necesidad de viajar, de conocer gentes, de frecuentar medios literarios y de reencontrarse con sus lecturas, de hacerse conocer también. Berlín, donde según su propia confesión pierde “para fortuna mía” un libro en agraz; París, El Havre, Marsella, Provenza, son sus primeras escalas. No olvidará su encuentro con Haya de la Torre en Berlín o su visita a César Vallejo en París. Pasa unos días con Benjamín Carrión en El Havre y un buen tiempo con César Arroyo en Marsella y unos días, en una quinta que Gabriela Mistral arrendaba en Bedarrides en el Vaucluse, Provenza. Más de un comentado incidente, recuerdo de sus mocedades disipadas en Quito, más de una desavenencia con Arroyo, pueblan también este primer capítulo suyo en Europa. De Marsella, el poeta viaja a Barcelona, bordeando al Mediterráneo por la costa francesa. “Daba comienzo así -dice Ojeda en la biografía de Carrera Andrade- a una época de sosiego exterior y cierta holgura económica que por tres años le permitió leer y escribir a su solaz, mientras que asistía a los tormentosos acontecimientos que

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de Le Figaro de París- muchos de sus amigos modernistas y él mismo, se rebelaron contra la ordenada vida burguesa de la época y las aspiraciones que ella ofrecía a la gente común. La rebeldía política, tan propia de la juventud, se confundía fácilmente con un desorden de las costumbres, con una disipación de la conducta, con el recurso a la droga, tan de moda, entre los intelectuales en aquel momento.

1. Noboa Caamaño, último romántico, El Comercio, Quito, 5 de junio de 1978.


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sacudieron la República Española entre 1930 y 1933”.2 Es en la ciudad catalana donde aparecen sus Boletines de mar y tierra, con prólogo de Gabriela Mistral, impresos por Editorial Cervantes, dirigida por Vicente Clavel, quien, en palabras del propio Carrera Andrade, “pese a su gesto avinagrado de hombre roído por un interno mal, […] sabía ser generoso en ocasiones y avispado siempre”.3 Esta obra es, en realidad, un registro de sus viajes, motivo principal del libro, que transparenta el ojo observador y sensible del poeta. El cambio que producen las estaciones llama poderosamente su atención, la luz del Mediterráneo provoca en él un interés casi obsesivo, el acercamiento al universo, a las constelaciones, son un rasgo que, al final, traduce el estado de sosiego espiritual que da a su alma la mejoría de su situación económica y el paulatino reconocimiento que recibe su obra, su reputación de poeta, en suma. Mientras tanto, en todos estos tres años de permanencia en España, nuestro poeta se dedica a varios trabajos, traduce, escribe; participa en la fundación de una revista; conoce a muchos intelectuales En julio de 1933 se embarca de regreso a la patria en uno de los mejores buques de la célebre Compañía Italiana de Navegación, el “Horacio”; ocupa modestamente una plaza en tercera clase, sin pensar siquiera que, a su llegada a Quito, sería recibido en olor a multitud, felicitado y congratulado por sus éxitos literarios, conocidos tempranamente en su tierra, en buena medida, es cierto, por propia gestión del poeta.

2. Enrique Ojeda, Jorge Carrera Andrade: introducción al estudio de su vida y de su obra, Nueva York, Eliseo Torres & Sons, 1971, p. 111. 3. Jorge Carrera Andrade, El volcán y el colibrí, Puebla, Cajica, 1970, p. 78

En Carrera Andrade anidaba ya el deseo por pertenecer a nuestro servicio exterior, único modo que le permitiría viajar y promover su obra en círculos literarios de imposible acceso desde nuestro provinciano medio. Hizo todo lo posible para ello y lo consiguió de la manera más modesta, con un consulado en Paita. Antes, había desempeñado funciones en la Secretaría del

Congreso, en las tormentosas sesiones que precedieron a la renuncia del Presidente Martínez Mera, y había dictado clases de Literatura en el Instituto Nacional Mejía. Es en las soledades de Paita, con el mar literalmente a sus plantas, “mar plano, suspirante, dotado de una respiración de poeta entregado al sueño”, donde corrige las pruebas de su primer libro de prosa, Latitudes, prosa poética inf luida por sus viajes, en el cual despliega, además, su conocimiento de la realidad europea de entonces. Este libro aparecerá poco después, casi justo cuando Carrera Andrade, de regreso a Quito, gana un concurso promovido por la Cancillería para conseguir, así, el consulado en La Havre, meta casi obligada de todo intelectual ecuatoriano investido de diplomático, ciudad a la que emprende viaje en noviembre de 1934. Pocos meses luego, en febrero del siguiente año, aparece en Madrid, nada menos que por Espasa-Calpe, su Rol de la manzana, recopilación de cincuenta poemas y veinte y cuatro microgramas, algunos de los cuales, casi la mitad, habían sido ya publicados en sus anteriores libros. Carrera Andrade inicia, así, la costumbre de ir editando obras con cierto carácter antológico, en las cuales, conforme pasa el tiempo, va recogiendo lo mejor de su producción y apartando lo que estima menos trascendente. Impresiona en este libro la belleza de las ideas expresadas en apretadas fórmulas poéticas, los microgramas, que vendrán a ser uno de los caracteres de su obra. (Manzana: cantimplora del cielo en esta vida de ruido y de carbón. Promesa de goce virginal y sin doblez. Signo de la vida sencilla”). No habrán de pasar sino ocho meses para que publique el siguiente libro, El tiempo manual. En él retoma el tema social y, según sus propias palabras, “entre las imágenes de la lucha social y entre los cuadros fugaces de la vida popular de las ciudades traté de encerrar […] un sentimiento de solidaridad humana y de unidad universal”. Los efectos


En 1937 se publican dos obras suyas: Biografía para uso de los pájaros (París, Cuadernos del hombre nuevo) y La hora de las ventanas iluminadas (Santiago de Chile, Ercilla). En la primera, se reúnen diez y siete poemas escritos en los dos últimos años, en los cuales hace su presencia la nostalgia y la introspección en sí mismo; en la segunda, se condensan veinte y ocho poemas, catorce de ellos microgramas, solo cuatro de ellos inéditos. Carrera Andrade, que había contraído matrimonio con una ciudadana francesa en 1935 y había visto nacer a su primer hijo, Juan Cristóbal, dos años después, es trasferido, en 1938, como cónsul en Yokohama. En el viaje a su destino diplomático, visita por primera vez los Estados Unidos, contempla con agrado la estructura urbana de Nueva York y se extasía de la belleza de San Francisco, en especial del puente sobre la bahía que le inspirará uno de sus más bellos poemas. En Japón deberá espectar la compleja situación política del país anfitrión, pero se sentirá fascinado por todo lo que se le descubría a sus ojos de viajero ya entrenado. En medio de esta situación, que representa retos para su persona, tanto desde el punto de vista de sus obligaciones oficiales cuanto de sus inquietudes estéticas, le llega la noticia de la muerte de su madre, lo que le causa gran dolor. En contraste, ve continuar el reconocimiento a su obra, que se afirma con la publicación de varias obras de poesía: Microgramas y País secreto, en 1940, editadas

en Tokio, y Registro del mundo, aparecida en Quito gracias al Grupo América. Verá luz, también en el Japón, su Guía de la joven poesía ecuatoriana, un trabajo antológico con acertadas pero siempre generosas críticas a nuestra lírica más reciente. Su regreso al país, en agosto de 1940, será un reencuentro con su familia, sus amigos, sus admiradores. Ocupará, muy brevemente, una dirección en la Cancillería, pero a escasos meses, en diciembre, recibirá el nombramiento de cónsul general en San Francisco, California. Ojeda, en la obra ya mencionada, afirma que “tras los sombríos años anteriores a la guerra, vividos por él tanto en El Havre como en el Japón, los Estados Unidos le parecían el lugar ideal donde recuperar el sabor de la vida extraviado en las brumosas costas normandas o en las islas semi-arrasadas del extremo Oriente”. 4 Leyó o releyó en este tiempo a autores estadounidenses, escribió sobre algunos de ellos en breves ensayos que publicó en revistas, participó en congresos, inició una afectuosa relación personal con varios escritores de prestigio pero en especial con Pedro Salinas, el insigne español, y, así, en estos afanes, le sorprendió el ataque japonés a Pearl Harbor que desencadenó la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Este hecho, sumado a lo que ya ocurría en Europa y en Francia especialmente, provocará en él sentimientos encontrados. Al natural abatimiento por los efectos de la conf lagración que para un alma sensible como la suya ello suponía, se fraguaba el optimismo porque se alcance, después de la guerra, un mundo nuevo, que supere las limitaciones de aquel que estaba destruyéndose precisamente en esos días. Habrá de dolerle, además, las consecuencias de la breve guerra con el Perú y la mutilación territorial que ello significó. Fue, empero, un periodo de relativa tranquilidad personal y de nuevos logros. Fue también el de la publicación de su célebre Canto al Puente de

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de la recesión mundial de los años treinta, de una parte, el dolor causado por la guerra civil española, de otra, las persecuciones provocadas por el despotismo imperante en Europa, además, deben haber inf luido en una fibra espiritual de hace tiempo presta a sentir el drama lacerante de la pobreza. Este libro aparecerá traducido al francés en octubre de 1936 con un breve prólogo de Adolphe de Falgairolle traductor de la obra.

4. Ojeda, op. cit., p. 238.


Oakland y de la traducción de varios de sus trabajos poéticos al inglés.

volvió a su patria para ocupar una senaduría, que la había ganado en recientes elecciones legislativas, ya caído Velasco por cierto.

A finales de 1944 recibe una nueva misión diplomática. Esta vez, la de encargado de negocios en Caracas. Dueño ya de un prestigio intelectual reconocido continentalmente, fue recibido en la capital venezolana con beneplácito por los medios intelectuales, que nuestro poeta reciproca generosamente. Juan Liscano le califica como “deslumbrado viajero de la poesía” y Mariano Picón Salas le reconoce como poseedor de un “primor metafórico y un don para descubrir la sorpresa del mundo no en el énfasis de las montañas y de las grandes estructuras de la naturaleza, sino, también, en la hoja y en el insecto, agregado a esta mano cordial -como de buen alfarero- con que él esta modelando cariciosamente las cosas”. 5

No fue larga, esta vez, su permanencia en el Ecuador. Meses después de su elección, el Presidente Arosemena Tola le nombró Encargado de Negocios en Gran Bretaña, función que la desempeñó hasta principios de 1950. En este periodo viajó a París para incorporarse a la delegación ecuatoriana a la III Asamblea General de las Naciones Unidas y le correspondió participar en las discusiones previas a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Su regreso, según propia declaración, se debió a un malentendido con el canciller de la época, acaso por las gestiones que Carrera Andrade hizo para que se elevase a embajada el rango de nuestra representación diplomática ante Gran Bretaña.

En 1945 aparecen en cuidado volumen con prefacio de Pedro Salinas y dibujos de Ramón M. Durbán sus Poesías escogidas. Salinas dice de él que cualquiera de sus poesías “funciona como una de esas cajitas de sorpresa, que con solo levantar la tapa, o verso inicial, disipará hacia nosotros enérgicamente, la figura coloniresca y graciosa de una imagen”, para agregar después que “la potencia y acierto metaforizantes de este poeta son realmente descomunales”.

A su retorno, en marzo de 1950, le asaltó nuevamente un sentimiento de soledad y desamparo, agudizado por la reciente muerte de su padre y por el repentino término de su misión en Europa. En aquellos momentos, son sus propias palabras, “hizo su aparición en mi vida Janina Ruffier des Aimes, cuya presencia benéfica me devolvió la salud espiritual y la energía necesaria para proseguir mi camino”. 6 A poco, ella será su esposa.

Pero el golpe de Estado dado por el doctor Velasco Ibarra el 30 de marzo de 1946, provocó en Carrera Andrade una airada reacción con el inmediato envío de su renuncia. Esto, según lo que relata Ojeda, no solo le ocasionó naturales limitaciones económicas sino que provocó la separación de su mujer, que se legalizará en divorcio dos años después.

Para añadir más elementos a este clima de desolación, a pocas semanas de su nombramiento, renunció al puesto burocrático que el canciller le había asignado en las oficinas del Ministerio. No se habrá sentido cómodo, se supone, no solo por la predisposición negativa de la cúpula ministerial hacia su persona sino por la estrechez que en todo sentido significaba el desempeño del cargo que se le había confiado. Esto, más explicables resentimientos, le impulsaron a publicar por la prensa, bajo pseudónimo por cierto, una serie de artículos condenatorios de la política exterior de nuestro país. Estos gestos suyos, que no serán los primeros ni

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5. Jorge Carrera Andrade, Canto a las Fortalezas Volantes, Caracas, Ediciones Destino, 1945, s.p. 6. Jorge Carrera Andrade, op. cit., p. 203.

Luego de una corta permanencia adicional en Caracas ya como ciudadano común, tiempo en el cual enviaría al diario La Tierra de Quito una serie de artículos contra la dictadura, que pensó recopilarlos en libro,


tampoco los últimos, le irán malquistando voluntades y generando controversias hacia su persona, que le cobrarán cuentas al final ya de sus días. Los meses que siguieron a su salida de la Cancillería fueron, empero, de cosecha intelectual. La Casa de la Cultura Ecuatoriana se honró al elegirle vicepresidente de la institución y, en noviembre del propio año de 1950, en confiarle la dirección de Letras del Ecuador, la emblemática publicación periódica que había fundado Benjamín Carrión. Fue este tiempo en el que publicó varios ensayos sobre poetas extranjeros, Eliot, Baudelaire, Guillén, Gide, y alistara las traducciones a textos de poetas franceses contemporáneos que, en cuidada edición, vio a luz en febrero de 1951. Él anota, en el prólogo de esta obra, que el trabajo no supone una antología en sí misma sino en un inventario muy personal de los autores de su preferencia, 55 en total. En este año de 1951, aparece también la segunda edición de su Lugar de origen.

la redacción de las publicaciones en español, luego como director de la revista El Correo de la Unesco. Es este un periodo de relativa tranquilidad, en medio de un cargo que le retribuye económicamente, de intensos contactos intelectuales que la misma función que desempeña le permite, de afir-

Varias circunstancias personales le impulsan a viajar nuevamente a Francia. Para ello, consigue que el Ministerio de Educación Pública le acredite como delegado permanente ante la UNESCO. Esto ocurre en julio de 1951 pero su misión no habrá de durar mucho, ya porque las sesiones de la asamblea general concluyen prontamente y el ritmo del trabajo principal disminuye, ya porque la representación, en sí misma, no suponía una remuneración adecuada al rango que detentaba. Además, las próximas elecciones presidenciales, en las cuales los dos candidatos de mayor opción, Velasco Ibarra y Alarcón Falconí, no eran, en absoluto de sus preferencias, conspiraban contra su permanencia en tales funciones. Este hecho, más la amable sugerencia de su amigo Jaime Torres Bodet, en ese entonces Director General de la UNESCO, le movieron a buscar trabajo en dicha organización internacional, primero como encargado de

mación personal y familiar por su nuevo matrimonio. Pero, claro, no con el estatus que una misión diplomática le podía ofrecer. De allí que en cierta forma se sienta


aprisionado entre cuatro paredes ejerciendo una función rutinaria y monótona. Este descontento se ref leja en más de un poema. “Todos los días para mí son lunes, siempre recomenzar, pasos en círculo/ en torno de mí mismo, en los diez metros/ de mi alquilada tumba con ventanas”.

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Este periodo, en cambio, le ofrecerá la posibilidad de extender su obra. Primero, aparecer su Familia de la noche, impresa por la Librería Española de Ediciones, que a poco merecerá una segunda edición auspiciada en París mismo, como parte de la Colección Hispanoamericana y, más adelante su Moneda del forastero (Dijon, Collection Terres Fortunées). Segundo, como fruto de sus repetidas investigaciones históricas, un bello libro, el primero de una saga importantísima: La tierra siempre verde, publicada por Ediciones Internacionales en 1955. Como es de suponer también, abundan los artículos que ofrece a distintas publicaciones extranjeras de prestigio. En mayo de 1958 retorna al país por breve tiempo. En declaraciones que hace a El Comercio de Quito, confiesa que fue duro para él, después de diez y siete años de dedicación a la diplomacia, adaptarse “al trabajo periodístico y a la vida oficinesca”, para añadir de inmediato, casi en tono de reproche a lo que le aconteció en nuestro país pocos años atrás, que “el calor de la amistad de algunos intelectuales franceses mitigó la amargura del destierro”. Recibe homenajes de varias entidades de intelectuales y recoge los primeros ejemplares de sus Edades poéticas con una introducción suya titulada “Edades de mi poesía”. De regreso a París, se retira de la UNESCO y viaja a los Estados Unidos donde descansa un tiempo, asiste a la Asamblea General de las Naciones Unidas de 1960. Antes, habían sido publicadas, en la Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, dos obras suyas: El camino del sol, de carácter histórico, en la que incluía su La tierra siempre verde y Galería de

místicos e insurgentes, un fresco sobre la vida intelectual del país. Recuérdese, de otra parte, que 1960 fue un año complejo, en el ámbito de la política ecuatoriana, sumamente difícil y controvertido. El arrollador triunfo del doctor Velasco Ibarra, la declaratoria de nulidad del Protocolo de Río de Janeiro, el deterioro de la economía, crearon situaciones complejas después de un periodo de estabilidad y relativo progreso. Para su batalla diplomática, en consecuencia, el régimen velasquista necesitaba de los mejores hombres y esa debió ser la causa por la cual, pese a la divergencia de opiniones y contradicciones tan profundas entre el primer mandatario y el poeta, Velasco Ibarra le nombra, primero, embajador en misión especial ante los gobiernos de Chile, Argentina y Brasil y, luego, embajador ante el de Venezuela. ¡Inescrutables los pliegues del destino! A partir de enero de 1961 Carrera Andrade representó al gobierno de Velasco Ibarra en un país al que había estado vinculado ya desde hace tiempo. Fue festejado su retorno por la intelectualidad caraqueña, las más importantes revistas venezolanas acogen sus contribuciones y Lírica Hispana, una de las más prestigiosas, le dedica un número especial. Asimismo, es tiempo de cosechas. Aparece su Hombre planetario, que para Ojeda es su obra cenital; se publica su ensayo autocrítico Mi vida en poemas y, mientras tanto, la Casa de la Cultura edita en Quito su Viaje por países y libros. Cuando cambia la dirección de los vientos de nuestra política y se produce el golpe de Estado que derroca a Carlos Julio Arosemena Monroy, en julio de 1963, Venezuela, en estricta aplicación de la “Doctrina Betancourt”, rompe relaciones diplomáticas con nuestro país y, como resultado de ello, Carrera Andrade termina su misión. Los principales resultados de ésta se recogen en el folleto titulado Presencia del Ecuador en Venezuela (Quito, Editorial Colón, 1963).


Esta nueva permanencia del poeta en su patria, le da la oportunidad de incorporarse como miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, en acto que se realiza el 21 de noviembre. En emotiva ceremonia, Carrera Andrade concluye su discurso reconociendo que la ilustre corporación “ha querido colocar el lauro de los elegidos sobre mi frente modesta de ciudadano de Quito, de trabajador de la cultura, cuyo único mérito ha sido llevar por el mundo la imagen de su tierra, incrustada en el corazón, y acuñar esa imagen en todas las páginas escritas por su mano inhábil”. 7 Pocos días después de este acto consagratorio, viaja a Managua para tomar posesión del cargo de embajador ante el Gobierno de Nicaragua, que lo desempeña por pocos meses, hasta agosto de 1964 en que recibe el nombramiento de embajador en Francia, la coronación de su carrera diplomática. En Nicaragua aparece Floresta de los guacamayos, exaltación de la exhuberancia tropical y de la utópica felicidad “en las tierras de la abundancia sin hartura/ pobladas por las aves/ más blancas que las nubes”. Aparecerán también dos folletos con discursos pronunciados en Managua, el uno sobre Rubén Darío y el otro, “una radiografía de la cultura ecuatoriana”. Su retorno a París, al finalizar el verano de 1964, luego de cuatro años de ausencia, le depara sensaciones inusitadas. Desde el hecho mismo de regresar a la tierra amada con las emociones consiguientes, hasta verse rodeado de homenajes y reconocimientos

a su valía intelectual por parte de altos círculos parisinos. En sus memorias, Carrera Andrade relata todo esto con la complacencia de quien recoge los esfuerzos labrados durante mucho tiempo. Casi al finalizar su misión en noviembre de 1966, como broche, se diría, a esta etapa luminosa de su existencia, apareció como volumen 156 de la Colección “Poetas de hoy día”, una selección de su poesía precedida de un estudio de René Durand. Esta colección se había iniciado con poetas de la talla de Éluard, Aragón, Jacob y Cocteau. El propio Durand anota en su estudio, que Carrera Andrade “es uno de los dos o tres grandes nombres de la imponente pléyade de poetas que son hoy día la gloria de las letras hispanoamericanas”. Un nuevo retorno a su patria, producido al término de su misión en París, débese al ofrecimiento para que sea canciller de la república. Este pedido lo hace el recién nombrado Presidente Otto Arosemena Gómez, ante quien Carrera Andrade presta la promesa de ley el 2 de diciembre de 1966. No serán buenos resultados estos los de su ejercicio ministerial. De una parte, no concilia en tiempos y actitudes con el Presidente, quien se mueve a un ritmo diferente al cual el poeta estaba acostumbrado. Una cosa era desempeñarse como embajador, otra diferente asumir la cancillería en un momento en el cual la recién conformada Asamblea Constituyente expurgaba cualquier desliz de la hace poco defenestrada junta militar. Podría decirse, a la distancia de los años transcurridos, que Carrera Andrade no estuvo a la altura de los compromisos de orden político, que en ese momento significaba el desempeño de una cartera de Estado tan importante como la de Relaciones Exteriores. Pero en buena parte no fue culpa suya sino, francamente, de las circunstancias políticas imperantes y de la mala voluntad hacia él, que una vez más se volvía a advertir entre algunos colegas suyos.

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Nuevamente de regreso al país, en agosto del propio 1963, Carrera Andrade ve aparecer, casi de inmediato, la segunda edición de El hombre planetario (Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana) en la que incluye doce poemas inéditos, y dos meses después, en la propia editorial quiteña, El fabuloso Reino de Quito, ya antes publicada por la propia editorial quiteña como parte de su El camino del sol.

7. Carrera Andrade en la Academia, Dos discursos, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1963, p. 30.


A la aceptación de su renuncia como canciller, producida el 12 de junio de 1967, siguió su nombramiento como embajador en los Países Bajos, país al que viajó a finales de septiembre. Antes, en julio, la Casa de la Cultura Ecuatoriana había editado sus Interpretaciones Hispanoamericanas, con algunos escritos y discursos suyos, varios de ellos leídos en conferencias o encuentros a los que se le había invitado. En uno de ellos, titulado “Mi vida en poemas”, Carrera Andrade confiesa: “Mi poesía ha intentado traducir el estado de ánimo de un hombre libre, situado humildemente en medio de las cosas y de un universo cada vez más dominado por la mecánica y la cibernética. Por eso, alguien ha dicho que aspiro a ser un San Francisco de Asís en la edad atómica”.

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Su misión en los Países Bajos habrá de ser la última que ejerza en su carrera diplomática. Sirve su estadía para avivar en él aquellas meditaciones propias de quienes van acercándose a la vejez, para recoger también los continuados reconocimientos a su valía intelectual, participar en congresos de poesía, para pronunciar conferencias, cinco de ellas que las ofrece en los Estados Unidos hacia junio de 1968. “El alejamiento y la belleza del paisaje holandés -dice Ojeda en la obra biográfica ya mencionada en esta semblanza- le fueron bienhechores”. En 1969, luego de haber concluida su carrera diplomática y gracias a las gestiones del propio Enrique Ojeda, es nombrado profesor visitante en la Universidad del Estado de Nueva York, recinto de Stony Brook, función que ejerce por dos años lectivos consecutivos. Entretanto, se publica en Nueva York una edición de sus poemas selectos traducidos al inglés por H. R. Hays. Es este, sin duda, un nuevo periodo de sosiego y descanso, de rencuentro con los temas que habían inspirado su poesía, de conocer gentes y lugares. En cierto modo también una preparación para los años difíciles que estaban por venir. En 1970 aparecen sus

memorias bajo el título El volcán y el colibrí (Puebla, Cajica). En junio de 1971 está de vuelta en Francia luego de pronunciar en la Universidad de Harvard, pocas semanas antes, una celebrada conferencia sobre la literatura hispanoamericana. Se inicia un largo periodo de inestabilidad económica que repercute en su emotivo y sensible carácter. Algo de lo que le sucede en esta dolorosa jornada se ve ref lejado en acápites de su diario íntimo, publicado fragmentariamente en el número 17 de la revista Cultura del Banco Central. El 25 de noviembre de 1971, Carrera Andrade anota, por ejemplo, que “la verdadera gloria consiste en ejecutar su arte con el mayor esmero posible, aunque nos paguen con la moneda del silencio”. Él, que tanto había paseado por los círculos del homenaje y el reconocimiento social y literario, se sentía abandonado y, en compensación, se negaba a reconocer que en su vida había buscado siempre la fama: “Cuando llegamos a lo alto de la escalera de los años, -decía en una de las páginas del mismo diario- todo nos parece desprovisto de importancia”. Por corto tiempo vuelve a las oficinas de la UNESCO en París para realizar trabajos de traducción y escribe también para el diario El Nacional de Caracas. De esto y de su jubilación, que no de sus ahorros porque nunca fue previsivo, vive con modestia y estrechez. Dificultades matrimoniales atizan esta época de desconsuelo. La última etapa de la vida de Carrera Andrade se abre en Quito, en 1975, al ser nombrado Director de la Biblioteca Nacional. Asume estas funciones el 1 de octubre de aquel año. Llega enfermo -el mal de Parkinson había empezado ya a afectarlo físicamente-, muy limitado económicamente y maltrecho espiritualmente. Aquí, en su tierra, encuentra sosiego en la amistad de algunos de sus amigos -Galo René Pérez, quien desempeñaba entonces la presidencia de la Casa de la Cultura, le


En estos años finales, tres hechos de su vida son presagios de su paso definitivo a la Historia. El primero, la aparición de su Obra poética completa en 1976; luego, el homenaje nacional que se le brinda el 8 de junio de aquel mismo año; y, por último, el otorgamiento del Premio Nacional “Eugenio Espejo” en 1977. Dice en el homenaje: “No me ha movido el afán de escribir la superstición de la eternidad, es decir la gloria. No he buscado tampoco el poder político o la fortuna material sino la ampliación de mis conocimientos, que son muy limitados, y el afinamiento de los sentidos para captar la belleza del planeta, prestando un ánima a las cosas”. Este testamento espiritual lo dicta ya casi a las puertas de la muerte, que le sobrevendrá solo y abandonado en su apartamento en Quito, el 7 de noviembre de 1978. Esa misma a la que cantó de este modo: “En el pozo privado de sus astros/ noche en profundidad, cielo vacío/y el palomar y huerta ya arrasados/se llaman noche, olvido./Bolsa de aire no más, noche con plumas/en el muerto pichón. Se llama noche/el paisaje abolido. Solo orugas habitan/la noche de ese rostro yacente entre las flores”.

“Conocí a Jorge Carrera Andrade en diciembre de 1948, cuando era en París el delegado del Ecuador a la Tercera Asamblea General de la UNESCO. Ya no recuerdo si fue Filoteo Samaniego o Darío Lara quien me lo presentó. Tampoco tengo suficientemente claro si en aquel tiempo ellos estaban en París. ¿No fue acaso Torres Bodet? ¿O tal vez el poeta franco-venezolano Roberto Ganzo, quien se deleitaba entonces en los

últimos detalles de su traducción al francés de Les clefs du feu? Pero nuestra amistad comenzó realmente algo más tarde, en 1951. Carrera Andrade ocupaba entonces el puesto de delegado permanente del Ecuador ante la UNESCO. Estaba por casarse en segundas nupcias con Janine Ruffier des Aimes y me pidió que fuera uno de sus testigos de matrimonio. Lo que acepté y realmente fui… ¡pero por correspondencia!, ya que aquella semana me quedé en Normandía retenido por una conferencia imposible de postergar. Don Jorge bordeaba la cincuentena y yo solo tenía 25 años. En 1952, el regreso al poder en el Ecuador de su viejo enemigo Velasco Ibarra lo obliga a renunciar a su puesto. Para asegurarle los convenientes recursos económicos, Jaime Torres Bodet, por aquel entonces Director General de la UNESCO, lo llamó a integrarse al equipo de la Dirección de Publicaciones en Español, más precisamente al famoso El Correo de la Unesco. Solicitar artículos, pasarse días enteros revisando traducciones y corrigiendo galeras, lo aburría realmente. Claude Couffon en “El hombre que yo conocí”, Reincidencias, Centro Cultural Benjamín Carrión, Quito, No. 1, Diciembre 2002.

133 Carrera Andrade

ayuda sobremanera- y halla devota admiración en los fieles a la poesía, que aunque no abundan, los hay en todas partes.


Homenaje Nacional

“La metáfora es la mayor fuente de gracia del lirismo de Carrera Andrade” Premio Espejo

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Discurso del doctor Galo René Pérez Señores y señoras: No es improbable que Proteo, el numen tornadizo, el ser de las imágenes sucesivas, de la volubilidad que no cesa, haya presidido de algún modo las creaciones de Jorge Carrera Andrade. Eso se hace notorio en toda obra extensa, de aquellas que van dilatándose entre las dimensiones de una larga experiencia, bajo el impulso inapaciguable de los años. Porque Proteo está pronto a poner una rúbrica movediza y cambiante en todo lo que existe. Su aptitud transformadora le permite ir adaptándose a las mudanzas propias de la vida, que huye con la prisa de los ríos, para decirlo en el lenguaje de las coplas inmortales. Proteica ha sido también, en este lato sentido, la poesía de Carrera Andrade. La diversidad ha prendido carácter, y a la vez sugestión, en sus temas. Han pasado éstos de la nostálgica visión de la mansedumbre rural de nuestro país a las imágenes, ennoblecidas de tradición e historia, o encendidas del destello de lo moderno y lo extraño, o atorbellinadas por la furia bélica, de las capitales

y los puertos de Europa, del África, del Asia, de la América Sajona. Y han ido de la descripción de los insectos que ampara entre las hierbas la mano entredormida de algún dios vegetal de nuestros campos a la patética de un dios que devora las conciencias y convierte en llamas, y en sangre, y en lágrimas, y en ceniza, la civilización de viejos pueblos lejanos. Y han saltado del relumbre de los peces y la levedad de la espuma a la fosforescencia sideral y el reino ilusorio de la altura. Otras veces, han dejado de recomendar líricamente la transmutación de la tierra en el puño de harina de la mies y en el azúcar de los frutos, o la tranquila abundancia y la paz del cobijo hogareño, para arremolinarse en la violencia, en la encrespada agitación colectiva, en la fuerza ciclónica de la rebelión, como esa de nuestros indios cuyo epílogo fue, naturalmente, el desmoronamiento callado de los humildes: “Tumbados en la vecindad del cielo nuestros muertos duermen manando un cosmos dulce del costado y con una corona de sudor en la frente”. El cambio de temas ha determinado un vuelco de legítima sinceridad en las reacciones del autor. La nostalgia del que advierte el ademán de despedida de las cosas que el tiempo huracanado se lleva consigo. La melancolía del que ve -o “visiona”, como ha dicho uno de los críticos de Carrera Andrade- la línea de poesía que ciñe a las formas del mundo. La fruición de un descubridor maravillado que trajina por libros, almas y lugares. La voluptuosidad del que palpa las reconditeces del amor y conoce sus delicias y fatigas, sus ansiedades y desvelos. La fría tristeza común de, en algún momento, sentirse irremediablemente solos y la conciencia filosófica de esa soledad, explícita en los dos extremos de toda existencia humana: el aislamiento intrauterino del ser -“ínfimo forzado” en la expresión de este poeta- y el aislamiento de sus despojos en la geometría inexorable de las tumbas. Y, luego, no propiamente las desazones


Proteo, el dios vital de los cambios, ha ido pues poniendo esa huella, como de viento entre las ondas marinas, en el mundo poético de Jorge Carrera Andrade. Pero hay en éste, características que nada tienen de proteico: la destreza para ordenar el lenguaje de sus versos, dándole la doble virtud de una expresividad que comunica imágenes y emociones sin esfuerzo y de una música en que se conciertan armoniosamente los acentos del vocablo; la uniformidad estilística fundada en un insobornable rigor selectivo de los elementos técnicos y en una transparencia artística que no se enturbia ni con los motivos de inspiración más

desapacibles; la tenaz propensión definitoria de la realidad, que le obliga a ponerse frente a cada cosa y a enrostrarle un “tú eres”; la dual participación, en su acto creador, de la invención y los sentidos, y, por fin, la capacidad -en él suprema- de describirlo todo metafóricamente. Porque la metáfora, que según Marcel Proust confiere eternidad al estilo, es la mayor fuente de gracia del lirismo de Carrera Andrade. Todas estas condiciones, que han permanecido inalterables, ajenas al soplo de mudanzas de Proteo, son las que descubren la solidez de la personalidad de este poeta y, aun más, las que le muestran como al creador de mayor homogeneidad en la lírica hispanoamericana contemporánea. Eso se hace evidente con la lectura de la Obra Poética Completa (más de medio siglo de producción) que la Casa de la Cultura Ecuatoriana lanza hoy al público, en este acto de homenaje nacional a Carrera Andrade. Ya en los primeros poemas -aquí agavillados con ese mismo título-, que están fechados desde 1917, cuando el autor era apenas un adolescente de 14 años, se dejan notar una intuición precoz de los secretos del verso, una como natural firmeza en el dominio de la técnica, un innato buen gusto de artista de raza y un certero desenfado en el uso de la metáfora. Recuérdense, si no, sus sonetos Retrato de un monje y La posada, o el romance de aire garcilorquista Tránsito, doncella india, en el cual bastan dos versos como anuncio de lo que habrían de ser el tacto para la imagen y el don descriptivo en la obra de este gran poeta: “Pasan arrieros de niebla- con sus asnos de ceniza”. Más de una treintena de libros de poesía de Carrera Andrade se han recogido en esta edición. Aquel que los lea sacará verdadera la afirmación de su autor, sobre que si lo francés y el mejor lirismo de todas partes del mundo han penetrado conscientemente en su personalidad, ello no ha desmedrado nunca el vigor de su originalidad ni ha conspirado contra su amor hacia lo nativo.

135 Carrera Andrade

metafísicas que a otros autores ha comunicado el tema de la muerte, ni el martilleo de ninguna obsesión sobre ésta, pero sí su imagen poetizada en varias composiciones, como la de un tránsito al olvido, o a quién sabe, qué secretas encrucijadas y destinos. Toda esta pluralidad emotiva, sensorial y, a trechos, dialéctica, se ha ido ciñendo a los vaivenes de la temática de Carrera Andrade. También, en correspondencia fiel con esas variaciones, y para mejor expresarlas, se ha ido cambiando el continente estrófico de su poesía. Su métrica. Sus rimas y sus ritmos. En la vastedad de sus creaciones -que casi comprenden sesenta años de labor continuada- se encuentran romances, sonetos, silvas, redondillas, cuartetas, octavas reales, tercetos, versos libres. Las corrientes estéticas, por su parte, han ido mezclando su f luencia con la gracia espontánea de los gustos e impulsos genitivos del autor, en cauces sabiamente previstos por éste. Y lo mejor del romanticismo, y del simbolismo verlainiano, y de ese posmodernismo respetuoso de las formas, y de las novedades que la crítica ha agrupado bajo la genérica designación de ultraísmo (juntando nombres tan poco afines como los de Borges, Vallejo y Neruda) entran en la farmacia escrupulosa de Carrera Andrade. Los contactos inteligentes han ido también sucediéndose, y han sido sobre todo los de Verlaine, Baudelaire, Francis Jammes, Valéry.


Premio Espejo

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Cuanto hay de europeo en su técnica o en su lenguaje establece, en efecto, una ejemplar alianza con su disposición hacia lo regional americano. El mismo se ha definido como un poeta que desdeña lo abstracto y busca el soporte de lo telúrico. “Mi anhelo mayor -ha declarado en una entrevista- ha sido ofrecer el sabor y el color de nuestro continente”. Los críticos, por su lado, le han llamado poeta andino, o poeta del trópico, o poeta deslumbrado de su tierra ecuatorial. Más que cualquier ardua “explotación mental” le han atraído la corporeidad de las cosas físicas que componen la realidad que le sostiene y circuye: “Yo vengo del Ecuador, país en donde la luz exacta ninguna forma olvida”, ha advertido como para recomendar la aptitud eminentemente sensorial y figurativa de sus versos.

Wilkamayu, del canto a las Alturas de MachuPicchu, de Pablo Neruda, y las expresiones del poema Dictado por el agua, de Carrera Andrade. Esas dos creaciones son, a la vez, algo de lo más representativo de la poesía en lengua castellana.

Pero la posición de Carrera Andrade frente a esa realidad no es simplemente la de un ser contemplativo; ni la excepcional transparencia de su agua verbal se limita a ref lejar los objetos que le son predilectos. Él busca entregarnos más bien una “metafísica de las cosas físicas”. Y para eso acude al lenguaje de metáforas a cuya riqueza acabamos de aludir. De modo que el rostro del mundo exterior, sin perder pureza ni exactitud, se nos revela líricamente transfigurado. Precisión, ingenio, audacia, esencialidad son las características de sus juegos metafóricos. Parece el poeta ecuatoriano un Góngora que de pronto se hubiera despertado en la f loresta pluricolor de su país, entre frutas, resinas fragantes, colibríes y guacamayos. Pocos como Carrera Andrade en la maestría de la pincelada breve certera, que ennoblece la forma de las cosas y capta el aura de su encanto. Según Pedro Salinas -gran figura de España-, este autor es el más admirable inventor de metáforas en nuestro tiempo. Sin la luz de ellas su poesía tal vez semejaría un planeta informe y sin vida.

Jorge Carrera Andrade, ese viajero incansable, que se describió como “la libertad buscando Patria”, o como “la Patria andando hasta ser libre”, se ha detenido al fin bajo su techo ecuatoriano. Al que jamás lo ha desamado. Porque desde lejos siempre volvió los ojos a la tierra. Su pluma, como prolongando los propios latidos del corazón, no dejó en efecto de estremecerse de añoranzas, que se han quedado aleteando entre sus mejores páginas.

Como ejemplos de la eficacia lírica de los tropos, dirigidos a temas del mismo linaje, se deben citar los versos sobre el río

A las decenas de libros de este género que ha producido el mayor de nuestros poetas contemporáneos, se deben agregar algunos otros, en prosa: Latitudes, Rostros y clima, La tierra siempre verde, Viajes por países y libros, entre los más conocidos. La suya es una prosa poética, animada, persuasiva. Gira en derredor de investigaciones históricas ecuatorianas y de impresiones de quien, como él lo dice, se ha “nutrido de países y de climas”, y no ha cesado de leer en “esa enciclopedia en relieve que es el mundo”.

Ya no más aires extranjeros para el poeta. Ya no más un pan saboreado, a veces amargamente, entre familias extrañas. Ya no más voces de lenguas ajenas en el trato cotidiano. Ya no más la compungida realidad de la ausencia, que ha hecho arder de lágrimas secretas el rostro de los desterrados. Ahora el poeta está entre nosotros, sintiendo el calor insustituible de lo fraterno, y entre los trigos, las montañas y los ríos que han poblado sus cantos. Nos alegra que el destino le haya permitido no experimentar la desventura de ese otro viajero y cosmopolita, don Juan Montalvo, que tuvo que morir bajo el invierno inexorable de enero de una Patria que no fue la suya.


Quito, 8 de junio de 1976

“A lo largo de mi viaje terrestre ha ido afirmándose una suerte de poética de la utopía” Discurso de Jorge Carrera Andrade Señores:

M

i más profundo agradecimiento a la Casa de la Cultura Ecuatoriana, a los subdirectores de los diferentes núcleos provinciales y muy especialmente, al señor Director Nacional de la Casa de la Cultura, doctor Galo René Pérez, quien está realizando una obra que supera a las de épocas anteriores, por sus múltiples iniciativas, tendentes a acercar la

cultura al pueblo, ya que el adelanto de una Nación se mide por su cultura y no por las grandes dimensiones de sus edificios. En nuestro tiempo se enfrentan la cultura y la tecnología produciendo conf lictos de orden diverso. La solución se encuentra en dar a la cultura los elementos apropiados para que no se deje absorber por un materialismo sin salida. Esto no quiere decir que se deba prescindir de la técnica, ya que ésta puede fundirse con la cultura para crear un nuevo humanismo. Nuestra Patria se ha distinguido en las disciplinas del pensamiento, desde los tiempos de la colonia. Tuvimos al poeta y científico padre Aguirre en el siglo XVIII, a Juan Montalvo, romántico de la libertad en el siglo XIX y a otras figuras notables en nuestro siglo. 137

Los poetas son soldados de la cultura y muchos caen sacrificados en las fronteras de la realidad. Se ha dicho que los poetas no pueden cambiar el mundo y no ejercen inf luencia alguna sobre su época. No pueden cambiar la historia, ya que están fuera de la historia. Estas aseveraciones no son completamente verdaderas. Los poetas intentan mejorar la vida y dar un semblante más hermoso a la tierra. Intentan hacer más agradable nuestro pasaje terrestre mediante el cultivo del sentimiento y la estética. O sea del comportamiento vital y del culto a la belleza. El cuadro de la vida rural que me rodeó desde mis primeros años, prestó un encanto particular a mi visión de la naturaleza. No me bastó conocer el mundo a través de los libros. Mi deseo era descubrirlo con mis propios ojos de poeta visual, aunque no sólo pintor de exteriores sino indagador del drama humano y de las vicisitudes de la conciencia. En ningún momento interpreté con balbuceos subconscientes mi visión del mundo, mi cosmovisión, en que el ojo constituía “la nave del nuevo descubrimiento “.

Carrera Andrade

La Casa de la Cultura Ecuatoriana, cuya dialéctica no es ahora -y ojala nunca lo fuera- la de los organizadores de silencios y olvidos interesados, y menos de sepultureros de las glorias nacionales legítimamente conquistadas, no ha querido desaprovechar esta oportunidad histórica del reencuentro definitivo del poeta con su Patria para rendirle un homenaje en que la admiración y la gratitud de ella, en forma unánime, parece que estuvieran sonando.


Premio Espejo

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Lo que yo anhelaba era, sobre todo, “reconocer” el planeta que entreví en mis lecturas. “Earth, our brigth home” dice el poeta inglés Shelley La Tierra es la heredad del hombre, el hogar del hombre. Y yo ardía en el deseo de recorrer esa heredad. Originario de un país todavía sumergido en una atmósfera pastoril, tuve la fortuna de poner la proa hacia los grandes horizontes del mundo. Hombre de provincia, me trasformé en viajero universal. Me fue posible entonces establecer las coordenadas geográficas culturales para fijar la posición de mi país con relación a otras naciones. Vi el atraso material, el olvido de la historia, pero me cautivó más que nunca su magia natural, su atracción de país encantado, perdido en un rincón de América, esperando con paciencia la hora de su despertar. Como poeta de la naturaleza, yo debía al Ecuador un sentido animista que se acercaba a la concepción pitagórica de que “todo es sensible”. A lo largo de mi viaje terrestre ha ido afirmándose en mi obra una suerte de poética de la utopía. En primer lugar de la utopía social de un “planeta de perfección”, donde reinan la paz, la justicia, la abundancia, el amor y se han abolido el dolor y la muerte. He recorrido en muchos países y he visto en todas partes el hombre buscando sin descanso la felicidad perfecta. Una forma de la utopía poética se revela en la evocación de países imaginarios, divulgados por la leyenda y los relatos de viajes fantásticos. Aurosia es un planeta remoto, poblado por seres más humanos que el hombre. El simbolismo se clarifica cuando digo: “Aurosia, nuevo mundo sin serpientes ni f lechas”, es decir sin odio ni violencia. Iba fortaleciéndose en mí la idea de la unidad universal, de las correspondencias profundas entre los seres y las cosas dentro del cosmos. El mundo material me parecía cada vez más misterioso porque su presencia encerraba un enigma que el hombre no había podido descifrar.

No me he movido en el afán de escribir la “superstición de la eternidad”, es decir la gloria. No he buscado tampoco el poder político o la fortuna material sino la ampliación de mis conocimientos, que son muy limitados, y el afinamiento de los sentidos para captar la belleza del planeta, prestando un ánima a las cosas. Quito, 8 de junio de 1976


Entrega del Premio

Carrera Andrade es considerado como el poeta mayor de la lírica ecuatoriana actual. No obstante su delicado estado de salud, su pluma sigue produciendo con lucidez. Maestro de la metáfora, de la imagen y del ritmo, es también uno de los poetas de mayor profundidad por los temas que trata.

“Él es, sobre todo, un poeta. Un gran “Todo lo que poeta” he escrito Extracto de las palabras pronunciadas por el muestra el doctor Galo René Pérez, signo del Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana alma del Ecuador” Quito, 21 de octubre de 1977.

Lo de veras preponderante en la vida de Jorge Carrera Andrade ha sido su ejercicio de escritor mantenido con lealtad incomparable durante más de media centuria. Por eso es tan abundante su producción. Pero hay algo evidente en su caso: la gravitación constante de lo lírico en el estilo de sus creaciones. En esto hay que hallar una razón más para su preferencia por el verso. Él es pues, sobre todo, un poeta. Un gran poeta. Y ningún estudio acerca de su personalidad o de su obra puede apartarse de ese enfoque principal. A los 74 años, Jorge Carrera Andrade, que anduvo por paisajes y almas en los cinco continentes, muestra una obra lírica que lo ubica entre los poetas contemporáneos más importantes del continente.

Cerca de una treintena de obras dan el testimonio de un hombre que vivió para la poesía y para la cultura prestigiando al país con su pluma y con su actitud humana.

Extracto del discurso de Jorge Carrera Andrade Señores y señoras: Yo siempre he mantenido encendida una luz votiva en el altar de la Patria. Todo lo que he escrito muestra el signo del alma del Ecuador. Este galardón máximo de la Nación es una recompensa a la creación literaria y a la exaltación del suelo natal. Nuestros héroes han sido siempre héroes de la cultura. Es ejemplar el caso del Mariscal Sucre, que de lo primero que se preocupa en la ciudad tomada a los realistas, es de la fundación de un periódico para ilustrar al pueblo. De Bolívar se cuenta que deambulaba en la selva leyendo a Tito Livio. Del hombre geográfico que fui en mi juventud me transformé paulatinamente en

Carrera Andrade

Señores y señoras:

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un ser de profundidades; en un ser filosófico, en un ser histórico. En el mapa de mi mente, Asia era la paciencia, Europa la razón, América la espontaneidad primigenia. Europa la aristocrática, la luterana, la enciclopédica, la cartesiana, la hegeliana -como lo anoté en otro tiempo-. Europa, la administradora de los tesoros del conocimiento y la claridad intelectual del occidente, era una lúcida creadora de métodos y doctrinas para disciplinar la inteligencia e interpretar el mundo. Su enseñanza era trascendental, pero no constituía la clase única para descifrar la existencia y dar un sentido a la gran aventura del hombre sobre la tierra.

Premio Espejo

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La sapiencia del Asia, más bien actitud ante las cosas que razonamientos o erudición, había introducido en mi manera de pensar un nuevo elemento, que no se debía a Europa: la certidumbre de la condición pasajera del ser humano ante la duración permanente del mundo. Las generaciones se suceden, las guerras y los cataclismos destruyen millares de vidas, pero el alba vuelve siempre a aparecer al final de cada noche, como si nada hubiera sucedido. Este hecho coloca la existencia del género humano en un plano cósmico. No somos sino granos de arena de una inmensa obra que se inscribe en la escala de las constelaciones y galaxias. Esta circunstancia nos enseña una lección de humildad, virtud tan extraña a la civilización de occidente. En el nuevo mundo, ahora sacudido por innumerables inf luencias exteriores, voy a buscar la intuición original, la rica espontaneidad de lo primitivo, la inspiración de las oscuras fuerzas telúricas que le dan un sentido a la vida del hombre. El hombre es más barro en nuestra América que en cualquier otra parte del mundo. En la fábula mediterránea europea, el hombre se cree hijo de dioses. Domina los elementos, surca en las aguas con la nave y los espacios aéreos con las alas hasta quemarlas con el fuego del sol. La historia

del hombre es la de la ambición luciferina que sucumbe y recomienza. La figura de Ícaro, en el mundo pagano, equivale a la del arcángel rebelde en el mundo cristiano. Mito incomprensible para el hombre de Asia que se siente efímero y que sabe que cada ser es solo un mínimo paso hacia la perfección, inalcanzable como el infinito. Lo que invoca al hombre de Asia es la cordura no la potencia. El sabio oriental se pone a meditar bajo la higuera búdica, mientras el griego Milón de Crotona se empeña en desarraigar un árbol con sus brazos. Junto a estos dos extremos humanos ¿qué es el hombre de nuestra América? Es el hombre que siente en sus venas el verdor del árbol, el temblor de las hojas, el fuego del volcán. Es el hombre que tiene conciencia de ser “parte del mundo”, el hombre de la naturaleza, que vive en función de las cosas y no aspira a ser Ícaro ni el hombre inmóvil de la higuera, aunque comprende a ambos y se siente dentro de la inmensa armonía natural. Quito, 21 de octubre de 1977


Redactor de “El Crepúsculo” 1917.

Con intelectuales ecuatorianos, entre Gonzalo Escudero y Abel Romeo Castillo.


En ParĂ­s, al pie del monumento a Juan Montalvo.

Encargado de Negocios en Caracas, 1946.


Con su segunda esposa, Janine. Entre PĂ­o Jaramillo Alvarado y Jorge Icaza.


Junto a Benjam铆n Carri贸n, a su derecha.

Entrevistado por la radio francesa.


Embajador en ParĂ­s, 1965. Homenaje Nacional, 1976.


Director de la Biblioteca Nacional,1975. Los dĂ­as finales, 1978.


Rodríguez Castelo, Pareja Diescanzeco, Descalzi El Segundo “Eugenio Espejo” Hernán Rodríguez Castelo

P

or más que en el mundo cultural ecuatoriano apenas reste ya mayor expectativa por nada proveniente del sector oficial, se esperaba el anuncio de la adjudicación del segundo Premio Nacional “Eugenio Espejo”, en torno al 9 de agosto, declarado por decreto del gobierno del general Rodríguez Lara, Día de la Cultura Nacional. El Premio, consistente en la condecoración “Eugenio Espejo” y dotado con cien mil sucres devaluados -es decir, algo así como el sueldo de cinco meses de un ejecutivo bancario mediano-; o, dicho de otro modo, la cantidad con la que se podrían adquirir unos 250 libros (a un promedio de 400 sucres por libro, que no es excesivo, como lo sabrán quienes compran libros), debía entregarse cada dos años “al ecuatoriano que haya sobresalido por sus creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura nacional”. El Premio se entregó por primera vez en 1975 a Benjamín Carrión, con general beneplácito. Y el acto de entrega congregó a lo mejor del pensamiento, el arte y la cultura nacional.

¿Y ahora? Y ahora ¿qué hay entre bastidores, que se demora tanto la entrega del II “Eugenio Espejo”?. Dos delegados del Ministro de Educación, un culturólogo y un poeta, el Director de la Casa de la Cultura y un representante del Ministerio de Relaciones Exteriores -extraño número para un jurado- tienen entre manos, según ha informado la prensa, la delicada selección. Candidatos no faltan. Mal podrían faltar si en esta hora de la cultura nacional una gran generación, una ejemplar generación, está culminando su jornada. Esa generación llegó al punto en que los premios tienen sentido y casi resultan indispensables y urgentes. Sus mejores atletas, sudorosos y cargados de merecimientos, están cruzando la meta. Pero, bueno, ¿a quién le importan estos atletas del espíritu en nuestro país marlborizado, si nos hallamos en plena vuelta ciclística?

Hacia fuera-Hacia adentro. El primer “Eugenio Espejo” se otorgó al ecuatoriano de mayor resonancia latinoamericana. (Europea, por mis últimas visitas al viejo mundo, pienso que casi ninguna). Se dio al ecuatoriano que, de modo más admirable, supo abrirse y darse para impulsar la cultura nacional, sobre todo a través de su obra, tan amorosamente engendrada y tan maltratada después en los últimos tiempos, hasta ahora, su Casa. Se dio al espíritu abierto a toda inquietud y la más variada curiosidad. Y, claro, con todo ello, apenas hacia falta decirlo, se dio al prosista, al ensayista, al articulista, al comentarista, al conversador. Este segundo “Eugenio Espejo” debería darse, pienso, al ecuatoriano de mayor

147 Carrera Andrade

Opinión de la prensa


resonancia europea (Aunque su resonancia latinoamericana, paradójicamente, no sea tanta como la del lado de allá del océano). Debería darse al ecuatoriano de obra más interior. Y, claro, aquí tampoco hacia falta explicitarlo: al poeta.

¿Adivina, adivinador? Pienso que no hay casi lugar a adivinaciones. El poeta ecuatoriano con obra completa y admirablemente completa; el poeta ecuatoriano con resonancia mundial; el sobreviviente de una generación que se ufana de nombres como Alfredo Gangotena, Gonzalo Escudero y Miguel Ángel Zambrano, es Jorge Carrera Andrade.

Honra al poeta.

Premio Espejo

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No faltará el filisteo que piense -estas cosas, por pudor, no se dicen- que cuál puede ser el aporte a la cultura ecuatoriana de un poeta; de un señor que hace versos… Pero, desde los tiempos de Grecia, cuyos hijos somos en pensamiento, sensibilidad y cultura, los grandes héroes nacionales fueron los poetas. “Poeta”, viene del griego “Poieo”, que es hacer, obrar. Y no se trata de una etimología caprichosa ni gratuita: la obra más vigorosa, la más libre, la creadora, era para los helenos, la de sus “poetas”, ya fuesen épicos o líricos. Ellos daban sentido a la vida; ellos aseguraban la supervivencia del pueblo; ellos conferían a lo griego ese poder indomable tan intocable que, vencidas las armas griegas, seguiría intacto, seduciendo y conquistando a los conquistadores de la Hélade. Pongamos el argumento más en presente y más al alcance de filisteos: después de cincuenta años no habrá nadie en el Ecuador -¡peor en América!- que recuerde –ni por remota casualidad- quien fue en 1977 el ministro de Finanzas de la dictadura que terminó (¿pero, de verdad, terminó?) en 1978, nadie, como no sea algún eventual

deudor o hijo de deudor, conseguirá acordarse quién era el gerente de tal o cual banco. Sometidos a balance los aportes del ministro y del gerente significarán para el Ecuador del 2027 algo que, en números, podría dibujarse así: 0.00000000000000, etc. Acaso, al final, algún guarismo positivo.

¿Y Jorge Carrera Andrade? A Jorge Carrera Andrade en el 2027 se le seguirá leyendo. Se le estudiará. Tesis y monografías desentrañarán cada vez más penetrante o meticulosamente su iluminado mundo interior. Se lo editará. Libros de bolsillo o libros para leer en las pantallas de algún aparatito popular. Las bibliotecas se gloriarán de tener las primeras ediciones de sus obras, y las más raras conocerán precios muy altos. Pero eso no será lo más importante. En la sensibilidad del ecuatoriano culto el 2027 habrá algo -por pequeño que se lo pienseque se deberá al poeta que en toda la parte central del siglo XX dijo lo ecuatoriano paisajes, climas, gentes, problemas, historia, sueños y tecnologías- en un lenguaje lírico acorde con su tiempo; es decir nuevo; con esas resonancias nuevas, con esas nuevas posibilidades expresivas que exigimos a todo escritor y que, en el caso del lírico deben ser lo más altas, bellas e intensas, puesto que lo lírico constituye la potencialización máxima, casi la exasperación del poder expresivo de lenguaje. Claro que también cuenta entre las posibilidades absolutas que el Ecuador de 2027 hubiera llegado a olvidar al poeta Jorge Carrera Andrade tanto como al ministro de Finanzas o al gerente bancario; pero, el Ecuador en que tal posibilidad hubiese llegado a realizarse, sería la nación más lamentable del mundo. Y abrigo la confianza de que nunca lo será. Somos, como lo ha dicho tantas veces Benjamín Carrión, un pueblo con vocación de cultura.


Pero hay aún algo más que abona la candidatura de Jorge Carrera Andrade para el “Eugenio Espejo” de 1977: su marginación, que a mí se me antojó un tanto ligera, del “Miguel de Cervantes”. De esas cosas del cable que cuando se les pone atención cobran harta más importancia que la noticia misma: al dar cuenta de la adjudicación del “Miguel de Cervantes” a Jorge Guillén quien, por su puesto, lo merecía tanto como Carrera Andrade-, se decía que el tribunal dio su fallo sin la menor dilación. ¿Qué implica que se haya preferido a Guillén sobre Carrera Andrade, al español sobre el americano, sin mayor dilación? Pues que se hizo la elección sin mayor discusión ni perplejidad. Es decir, sin discernimiento. Y la vasta y hermosa obra lírica del ecuatoriano -enviada en su totalidad al tribunal que debía fallar el gran premio de la Hispanidad- no se compadecía con procedimiento tan somero. Entonces, ¡qué bueno sería que en esta ocasión se reparase aquel proceder español que bien pudiera explicarse por necesidades políticas del momento ¡(España trata de honrar, como sea a los poetas del exilio, en esta hora de reintegración)! El Tiempo, Quito, 1 de agosto de 1977.

Carrera Andrade en la hora de los poetas Hernán Rodríguez Castelo Sonó la hora de los poetas: el “Miguel de Cervantes” para un poeta; el Nobel para un poeta; y, nuestro “Eugenio Espejo” para un poeta.

Y esto en una sazón en que casi son más las gentes que escriben versos que las que los leen. Y el “Eugenio Espejo” en los mismos días en que el mayor poeta de la América actual vive tan de cerca el martirio de su pueblo, que trata de sacudir una de las más sórdidas y ominosas dictaduras hereditarias. Son señales de los tiempos. Carrera Andrade, al final de una carrera, cerrando casi una etapa de nuestra lírica, a la vuelta de más de medio siglo, recibe un premio nacional, que reconoce no solo sus propias excelencias, sino las de toda una promoción, nuestro postmodernismo, donde hubo voces tan altas como Escudero, Gangotena y Zambrano, y aún hay la voz devota de Egas y la inquieta de Hugo Mayo. Más o menos lo que aconteciera dos semanas atrás con el Nobel de 1977, que honra, en la persona de Aleixandre, su voz viviente más poderosa, a toda una generación lírica española, la paralela o equivalente a nuestro postmodernismo. Entre tanto la voz de Ernesto Cardenal irrumpe nueva y fuerte, restallante como un látigo, vibrante como un grito, hecha para decir las angustias de esta convulsa América, cuyo parto de un nuevo orden de cosas se está haciendo tan largo y difícil que amenaza ya con arrojar la criatura muerta. Carrera Andrade es el poeta de las cosas bellas y sus colores, de los recuerdos añejos y la luz. Poco después de anunciado el Premio hablaba en un poema de la geografía “maestra de los sueños”. Ernesto Cardenal, en una Nicaragua donde se muere para reconquistar una libertad perdida hace ya muchos años y para volver a convertir en patria algo que ha devenido fundo de una familia, se dirige a su Dios -Cardenal, a más de cristiano, es cura- y le canta salmos así:

149 Carrera Andrade

Una reparación


“Cantaré Señor tus maravillas. Te cantaré salmos Porque fueron derrotadas las Fuerzas Armadas. Los poderosos han caído del poder Han quitado sus retratos y estatuas Y sus placas de bronce Borraste para siempre jamás sus nombres Sus nombres ya no figuran en los diarios Y no los conocerán sino especialistas de historia. Les quitaron sus nombres a las plazas y a las las calles (puestos por ellos mismos). Destruiste su partido. Pero tú tienes un gobierno eterno. Un gobierno de justicia para gobernar los gobiernos de la tierra todos los pueblos. Y eres el defensor de los pobres. Porque tú recordaste sus asesinatos…”

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Esta es la poesía de la hora que vive América. El hecho del devenir generacional es impecable. Mientras Carrera Andrade recibe, con general complacencia por la justicia de tal elección, el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, Cardenal, desde una humildad que no quiere saber nada con las cosas de los poderosos de la tierra, desde su soledad de Solentinamo, desde junto a la crucifixión del pueblo de Cuadra y Pallais, hace temblar a América con una lírica de una fuerza sin precedentes. Pero los dos, Carrera Andrade con un premio casi póstumo. Cardenal sin premios porque está en plenitud de ascensión vital, nos recuerdan que en cualquier lengua, cualquier tiempo, el habla más alta e intensa es el habla poética. Y que hasta los poetas más herméticos - los sin lectoresconstruyen como nadie, porque dan a una patria, a un mundo, a un tiempo, sus más hondas y ricas canteras, no de ideas -para eso basta la prosa-, sino de atisbos extraños, vivencias comunicadas con abismal inmediatez, misterio. Carrera Andrade ha dado al Ecuador del siglo XX una de esas canteras. Con Escudero, con Gangotena, con

Miguel Ángel Zambrano, las más hondas y las más bellas. ¡Bien ha hecho en reconocerlo el “Eugenio Espejo” de 1977! Expreso, Guayaquil, 2 de octubre 1977.

Jorge Carrera Andrade Alfredo Pareja Diezcanseco Por imposibilidad física, no pude asistir a la fiesta solemne y sobria en la que se entregó a este gran poeta nuestro, y de nuestro idioma, el Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo”. Que fue merecido, nadie lo duda; que él vale más que el premio, tampoco. Quienes leen en nuestro país saben que lo que digo es verdad, no únicamente verdad general, sino, en mi caso, verdad íntima, con la cual, si no en cuerpo estuve a su lado en ese día -no consagratoria, porque él vivió siempre arriba de los aplausos frívolos, estuve con amistad, con reconocimiento, con admiración para un hombre que dedicó -la regaló a chorros- su vida activa al mejor más noble de los oficios: crear, como solo los escogidos por los dioses pueden hacerlo, no con juegos de palabras ni metafísicas de pacotilla, sino con la riqueza semántica cuyas raíces fueron tocadas por la divina locura que admiraba Platón. Pues es un decir vulgarmente tópico el de que Platón expulsó a los poetas de la ciudad ideal. Nunca cometería tamaña majadería el gran ateniense universal. Platón expulsó, con toda razón que sea posible imaginar, tan sólo a los malos poetas, que hacen tropel, fustigan el oído y llenan el corazón de aburrimiento. Estos son los poetas que se comen el propio yo en sus propias alabanzas y falsifican la poesía haciendo de ella lo que no debe ser, lo que nunca fue, lo que nunca será. Los auténticos, como Jorge, quedaron muy honrados en la república de los sueños platónicos, quedaron con las alas proporcio-


Sabio poeta es Carrera Andrade. Para él, una f lor es siempre mucho más sólida que una piedra; un gemir de indio maltratado mucho más triste que los desengaños de las princesas rubendarianas; una intuición de raíz histórica nativa, mucho más auténtica que el documento prevaricador; una contemplación profunda, mucho más activa que comprar y vender y ganarle su pan al pobre. Nuestro poeta es sabio, pero nunca lo dijo; se lo guardó porque, como sabio, poseía la irónica humildad de los artistas fidedignos. Quien inspira fe, carece de esa soberbia de chirinola que grita palabras infladas para que se las devuelvan grandotas o, cuando menos, apaciblemente aprobadoras. Él lo explicó al recibir el premio (no pudo evitar en sentir rechazo por esta palabra, en tratándose de hombres como Carrera Andrade, muy altos para tamaña insignificancia), al hablar de “la certidumbre de la condición pasajera del ser humano” de “la lección de humildad… Oh, poesía amada, clava tu alfanje de cristal y música en el cuerpo del pulpo de la sombra… y ciñe tu armadura transparente para el combate diario con la noche”. Con la noche, como un Novalis o un William Blake, combatió y combate Jorge, triunfante sobre ella en finas transparencias como en “La vida del Grillo”, o en “el pájaro-periódico de las mañanas campestres”, o en “el tímido conejo, maestro y filósofo”, que le enseñaba la lección del silencio. Y en todas las formas pasajeras, que no lo son tanto como las que parecen saludablemente concretas, en la campana y la abeja, en el árbol y la paloma. Y en la lucha constante con la noche, el esplendor

opuesto, no de su cuerpo, sino del “maíz pedagógico”, y, sobre todo, de la “patria del colibrí”, de su tierra ecuatoriana bien amada, la geografía de sus sueños. Su poesía se llenó siempre del retorno, del origen, de su lugar y el nuestro. Por eso canta Carrera Andrade con la palabra, demostrando a quienes yerran, por una metonimia de instrumento por causa, que la poesía no destruye el lenguaje ni consiste en fingir uno sin contenido, sino, como explicaba Heidegger, en ser el fundamento mismo de todo lenguaje, no en manejarlo. A un poeta así, hay que darle las gracias, y callar. El Comercio, Quito, 20 de octubre de 1977.

Botella al mar

Un Premio para Simbad 151

Rafael Díaz Ycaza Cuando pasan por fin las fanfarrias y las voces de mando y tornan a sus casas los gobernantes salvadores de la patria, lo único que queda de sus regímenes -de fuerza o de derecho- es el trabajo civilizador. Esfumados los banquetes, cárceles, genuf lexiones, puños, zalamerías palaciegas, edictos, intrigas y pingües negocios, queda lo realizado en el campo del espíritu. Entre lo que ha pasado a la historia de la administración del general Rodríguez Lara, están la creación del Premio Nacional “Eugenio Espejo” y su otorgamiento a Benjamín Carrión. Un acto de dictadura que tuvo, empero, sabor a democracia, a derecho, a respuesta directa de anhelos populares. Carrión -libros, muchos libros, pasión creadora, fervor de Patria- lo merecía de muchos años atrás. Cuando un periodista preguntó mi opinión, en el banquete ofrecido en Palacio a Benjamín Carrión por Rodríguez Lara, respondí simplemente: “Más que el doctor

Carrera Andrade

nadas por el gran espíritu de la inspiración y tocados por dentro, desde el sufrimiento a la expresión, desde la ternura a la palabra, con la gracia de la representación creadora, más que del mundo de las ideas. Poetas así, realmente platónicos, fueron siempre sabios, reverentemente respetados por los que fabrican repúblicas, salvo los fabricantes embrutecidos.


Carrión, quien se honra con este Premio es el Gobierno de las Fuerzas Armadas”. Hoy pienso de igual manera, cuando el titular del Premio -consistente en cien mi sucres, medalla de oro y diploma- es Jorge Carrera Andrade. En esta vez ha correspondido discernir la presea al Consejo Nacional de la Cultura, por así señalarlo el reglamento aprobado recién para el “Eugenio Espejo”. Y vale la pena señalar el inmenso acierto en la escogencia del profundo y alto poeta que con libros luminosos ha pronunciado por primera vez varias de las palabras más bellas de la poesía ecuatoriana y universal.

Premio Espejo

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No quiero fungir de buzo ni de pitoniso; pero creo que buena parte del mérito que corresponde al Consejo Nacional de la Cultura por otorgamiento tan acertado, le corresponde a su presidente, el doctor Galo René Pérez, crítico honesto y amigo entrañable del poeta, gestor del homenaje nacional que le rindió la patria hace muy poco y editor del libro Poesía Completa, que agrupa su vasta obra lírica. En el glorioso atardecer del bardo, la Casa de la Cultura Ecuatoriana es nuevamente su hogar espiritual colmado de afectos y distinciones. El Premio Nacional que lleva el nombre del mestizo genial, médico y duende, del literato, salubrista, abogado y político que animó los días coloniales, cae en manos que son émulas dignas de las de Benjamín Carrión. Carrera es el moderno Simbad que ha llevado a cuestas por toda la tierra el equipaje ecuatorial de climas, paisajes, f lores y frutos. Viendo allí donde los otros solamente miraban, descubriendo aquello que para los demás pasaba desadvertido, definiendo y nominando por primera vez sabores y perfumes, Carrera ha realizado una obra clásica por cuanto tiene definitorio del alma de nuestro pueblo y del espíritu de nuestro idioma. La mejor biografía de un escritor es su bibliografía; la transparencia y belleza de los títulos dice bien de

la trascendencia de su mensaje humano y estético: Estanque Inefable (1922), El ciudadano de las gafas azules (1924), Microgramas (1926), La guirnalda del silencio (1926), La hora de las ventanas iluminadas (1927), Rol de la Manzana (1928), Tiempo de golondrinas (1928), Boletines de mar y tierra (1930), Biografía para uso de los pájaros (1937), Lugar de origen (1945-1947), Hombre planetario (1957-1959), El alba llama a la puerta (1966), Misterios naturales (1972), Vocación de tierra (1972) y Poesía Completa (1976). Estarán felices hoy los críticos, traductores y lectores innumerables de nuestro gran poeta. Quiero hacer hoy referencia sólo del querido crítico J. Enrique Ojeda, con quien departí sobre Jorge Carrera Andrade un día completo, en la celeste Boston. Coincidimos entonces y hoy con él, en que pocos, muy pocos merecen como Carrera Andrade recibir el Premio Nobel de Literatura, que en esta ocasión ha sido otorgado a un parigual y gran admirador suyo, el español Vicente Aleixandre. El Universo, Guayaquil, 22 de octubre de 1977.

El Premio Nacional Eugenio Espejo Humberto Vacas Gómez A Jorge Carrera Andrade se le ha otorgado el Premio Nacional Eugenio Espejo, creado hace dos años. Como miembro del Comité Ejecutivo de la Casa de la Cultura, encargada de presentar los candidatos, me place haber contribuido con mi voto para ungirlo. Dicho premio se lo ha entregado en ceremonia casi privada, por pedido expreso del poeta. Pero nunca fue más justo ese galardón, porque Jorge Carrera Andrade ha dedicado toda su vida a la poesía y es uno de los pocos poetas ecuatorianos que ha alcanzado celebridad internacional. Sus numerosos libros han sido traducidos casi a todos los idiomas. Este año, se editó en


Después de haber permanecido en el exterior y especialmente en Europa por casi medio siglo, Jorge Carrera Andrade ha retornado definitivamente a su tierra, según uno de los versos a “su lugar de origen”, bien es cierto consagrado por la fama, pero también vapuleado físicamente por el inexorable y turbulento oleaje de la vida. Ese es el ineludible destino del ser humano. Pero en los seres de selección, queda la obra que, cuando es verdaderamente valiosa, sobrevive a la envoltura mortal. Nuestro país, tan favorecido por la geografía como atropellado por la historia, ha olvidado de cultivar y promover a sus grandes valores intelectuales. Los que han triunfado lo han hecho por su propio esfuerzo. Este es el caso de Jorge Carrera Andrade. Casi adolescente y con una celebridad incipiente a cuestas, inició su dilatado peregrinaje por el mundo. Por eso, la mayor parte de su producción sería forjada en agitados ámbitos internacionales. Pero, sin duda alguna, de esta tierra extrajo su más rica y poderosa cantera lírica que luego fue alquitarada y afinada con sabias cosmopolitas. Felizmente Carrera Andrade no quiso ser otra cosa en su vida que poeta. Sus años de diplomático y hasta su raudo paso como ministro de Relaciones Exteriores quedan difuminados frente a su trascendental obra poética. Desde los catorce años escribe versos f luidos y límpidos. Son tan bellos los poemas del libro Estanque Inefable publicado en 1920 como los de Vocación Terrena de 1972. Asimismo resisten el medio siglo que les separa los poemas intimistas Sor Ángelo, La vida perfecta y los de contextura social: Juan sin Cielo, Levantamiento, con los de elaborada factura cosmopolita de los libros Hombre Planetario, Misterios Naturales, Canto al Puerto de Oakland, etc. Cuando se haga un registro minucioso y el balance definitivo de la producción lírica de

América Latina de este siglo, Jorge Carrera Andrade figurará en primera línea, entre los más representativos poetas de habla castellana, junto a Darío, Neruda, Gonzalo Escudero, Huidobro, Herrera y Reyssing y en España se codeará con Aleixandre, el f lamante Premio Nobel, Salinas, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Altolaguirre. La razón fundamental de este hecho radica en la esencia misma de su lírica. Pocas veces se ha producido con tanta objetividad y a la vez con tanta imaginación. Carrera Andrade descorre el velo de esa realidad inmersa, escondida de todas las cosas, revela lo difícil o imposible de ver para los ojos de la generalidad, pero que sin embargo cuando está expresado, todos los sentimos como el alma del mundo y de las cosas. Por eso su poesía cala muy hondo en el sentimiento, nútrese de la entraña misma del hombre. Todos los críticos coinciden en que difícilmente puede encontrarse paralelo en la poesía moderna que sobrepuje la descomunal potencia metafórica de Jorge Carrera Andrade. Todos sus poemas, son una ininterrumpida sucesión de metáforas e imágenes logradas certeramente por esa misteriosa alquimia de la sensibilidad que es consustancial a los grandes poetas. Sorprende, también, la unidad en su poesía mantenida a través de más de cincuenta años de producción. Sobre diversos motivos e infinitos matices, conserva su diafanidad original que se la encuentra intacta tanto en los primeros libros: El Estanque Inefable, La Guirnalda del Silencio, brotados exclusivamente de linfas propias, como en los poemas cosmopolitas de Boletines de Mar y Tierra, Latitudes, Fantasías de la Noche, etc. El Comercio, Quito, 23 de octubre de 1977

Poeta y Poesía Francisco Febres Cordero Fue como hace dos años. El poeta, hasta el momento incansable recorredor de latitu-

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Polonia una selección de sus poemas, con un prólogo de Marek Baterowicz.


des, planeó su regreso. Y vino a su país para afincarse definitivamente. Entonces señaló: “Mi regreso al Ecuador obedece a un solo motivo: el deseo de vivir, lo que me resta de vida en mi patria. La nostalgia de la tierra natal es una enfermedad que no se cura sino con el retorno. Los franceses le llaman, por eso, “mal du pays”. Estoy finalmente en la “Ciudad del Sol”… Sus recuerdos y añoranzas las había ido convirtiendo en poesía a lo largo de su infatigable itinerario. Dijo también: “Los viajes me han orientado hacia la verdad y el progreso. La humanidad, en todos los países, busca lo mismo: el adelanto material, y esa finalidad es ilimitada. He viajado mucho pero no siempre con el mismo entusiasmo… Sin embargo, cada viaje me ha aportado una renovación espiritual… Viajar es asomarse a la ventana del mundo”.

Premio Espejo

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Y desde su sitio de observador impenitente, el poeta supo ir haciendo suyo al mundo. Construyendo con versos su destino; plasmando en estrofas su dolor. O su esperanza.

“Tú me darás el arma, Poesía/ para vencer al enemigo oculto /para arrasar las fortalezas fatuas,/ para escalar las torres de lo bello/ para extirpar las sierpes del planeta/ instaurando el reinado del rocío”. El “Eugenio Espejo” es el homenaje a un incansable trabajador de la literatura que supo obedecer a un signo personal que se autoimpuso: el de poeta. Bajo él, ha sabido ser fiel a su destino. “Todos los días para mi son lunes: /siempre recomenzar, pasos en círculo/ en torno de mí mismo, en los diez metros/ de mi alquilada tumba con ventanas”. Así, en fatigosos lunes que la geografía iba salpicando por aquí y por allá, el poeta fue plasmando, con su mística propia, una obra que es sólida y es vasta. Y que, lo que es más importante, no se diluirá con el paso del tiempo. Porque es palabra morosa y firmemente escrita. El Tiempo, Quito, 27 de octubre de 1977.

Y hoy, aquí, cuando han sido definitivamente desocupadas las valijas; cuando voluntariamente ha declarado caduco su pasaporte de andante y cuando el trajín ha marcado honda huella en su cuerpo y en su espíritu, un premio a la tarea -un otro premio- sobreviene. Antes fue Benjamín Carrión. Con él, el Premio Nacional “Eugenio Espejo” -el más importante que para asuntos literarios se creara en el país- quedó establecido. Ahora es Jorge Carrera Andrade. Con el galardón impuesto a Carrera Andrade, se reconoce más de medio siglo de fervor poético, de culto a la palabra, de devoción a la idea. De enorme pasión creadora y de vocación artística nunca postergada por otras responsabilidades que los conciudadanos o la vida fueron imponiendo. Lealmente confió:

Premio Nacional de Literatura Ricardo Descalzi Nuestro país iba rezagándose, dentro de la apreciación que todos los pueblos demostraban por sus valores intelectuales, en crear un premio nacional, para los mejores valores que se hubieran destacado en las letras, con obra medular, con talento en la expresión y aceptación de sus calidades intelectuales en el mundo literario. Felizmente, sensibles a esta inquietud, han sido las Fuerzas Armadas, las que han dado este paso que honra su interés por todo cuanto representa elevar el nombre de la patria en el ámbito internacional. Justo fue el premio dado a Benjamín Carrión en el año pasado, porque a más de su calidad


Hoy le ha tocado a un destacado poeta, no sólo dentro de los linderos patrios, sino con calidad internacional, recibir el premio nacional; a Jorge Carrera Andrade, cuya obra se halla traducida a muchísimos idiomas y cuyo prestigio, especialmente en Francia y Bélgica, a más de otros países de Europa, se halla bien cimentado. Allá en el balneario de Knokele Zute, lugar donde se reúnen las bienales de poesía del mundo, una muchacha, hizo conocer en francés, ante lo más representativo de la poesía mundial, a su Canción de la Vida Profunda, despertando la admiración del público por este gran poeta ecuatoriano. Su larga vida en el ambiente europeo le hizo amigo de todos cuantos rigen el movimiento literario del mundo y su nombre ha dado prestancia a su patria y al conocimiento de ella, por quienes comandan los destinos del arte y la cultura. El Gobierno del Ecuador ha acertado una vez más, al otorgar a Jorge Carrera Andrade, espíritu de honda sensibilidad y talentosa metáfora, el premio del presente bienio, lo que representa, moralmente, una compensación justa a su entregamiento total a la literatura, al esfuerzo que todo hombre que sigue el camino de las letras realiza, desmintiendo aquella creencia de un desentendimiento de trabajo, cuando la elaboración de un libro, sea de poemas o de relato, es un esfuerzo intelectual de primera magnitud, que solo pueden lograrlo quienes tienen calidades especiales, dones que

no están al alcance del común denominador de las gentes, y más aún, si esta labor va acompañada de especial sensibilidad, madurez intelectual y conocimiento total de la expresión. Y resalta con valores innegables, cuando el autor es un auténtico creador, sin extrañas inf luencias o desgloses velados de otros autores, porque lo verdaderamente valorizable es la creación personal, como en el caso presente, limpia, diáfana, sutil, talentosa, profundamente poética, exclusivamente nuestra, pese a cualquier temática puesta como motivo de su expresión. El Comercio, Quito, 30 de octubre de 1977.

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como escritor, supo resaltar los valores de los hombres ecuatorianos en meritísimos estudios de biografía y fue el iniciador y más entusiasta mantenedor de la Casa de la Cultura en sus primeras etapas, continuadas con el mismo fervor por todos cuantos ocuparon su digna dirección. Además, su obra profusa desbordó las fronteras y en los círculos serios de América, en especial, se considera a Benjamín Carrión como baluarte de su alta cultura.


Confesión a viva voz

“Rigor y concentración constituyen las características mayores de mi trabajo poético” Premio Espejo

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“N

ací en el siglo de la defunción de la rosa -cuando el motor ya había ahuyentado a los ángeles”, declaré en uno de mis primeros poemas autobiográficos. El símbolo f loral y angélico encarnaba el idealismo, derrotado por las máquinas o sea por la civilización materialista. Mis ojos aprendieron a contemplar un mundo sin ángeles, sin “fantasmas del pensamiento”. El sentido de la vista superó a los demás y me transformó en un “devoto del mirar”, como llamaba Platón a los poetas. También la filosofía aristotélica afirma que el ver “más que ningún otro sentido nos conduce al conocimiento y trae a la luz las diferencias entre las cosas”. Pero, yo veía más bien las analogías de éstas. Mi mundo era analógico y ontológico, ya que las similitudes me hacían penetrar en el secreto del ser.

El cuadro de la vida rural me rodeó desde mis primeros años, presentando un encanto particular a mi visión de la naturaleza. La tierra que yo contemplaba no era la de las faenas virgilianas o de las geórgicas ni siquiera la del cultivo del algodón y de la agricultura tropical de Andrés Bello, o la de la hazaña de los inmigrantes de Lugones sino de la tierra pastoral de los humildes

animalillos y de los indios tejedores y sembradores de maíz. La vida campesina, provinciana, inactiva, es "inefable". Pero constituye solamente un punto de partida ante la pluralidad de caminos que se ofrecen ante mi vista: el camino de la poesía de las cosas concretas, el de la poesía del viaje y del descubrimiento, el de la insurgencia social y, finalmente, el de la utopía planetaria. Cada uno de estos rumbos, corresponde a una fecha y un número de poemas. La poesía de las cosas concretas está representada en definiciones breves, epigramáticas, algo semejantes al haikai, a los que di el nombre de Microgramas (1926) para utilizar una expresión de claro linaje latino. La poesía del viaje y del descubrimiento se condensa en mis Boletines de Mar y Tierra. La insurgencia social encontró su expresión en Cuaderno de Poemas Indios (1928-1929) y El Tiempo Manual (1935). La interpretación visual del mundo subsiste, a través de toda mi obra poética pero no como una finalidad sino como una técnica metafórica para captar el ser esencial de las cosas. Cada poema no es únicamente un rosario de metáforas autónomas y arbitrarias como querían el Creacionismo y el Ultraísmo, sino una arquitectura ordenada, en la cual las metáforas se escalonan gradualmente hasta alcanzar la altura deseada. Veintitrés años había pasado sobre mi existencia de amador de las cosas cuando inventé el micrograma, del que dije en otra ocasión era un "trabajo de reducción de lo creado en pequeñas fórmulas poéticas, exactas, mediante la concentración de elementos característicos del objeto entrevisto o iluminado súbitamente por el ref lector de la conciencia" y cité a Bachelard que ha calificado lo minúsculo como "una puerta estrecha que se abre sobre un mundo...". El micrograma es la anotación de una analogía, una metáfora aislada y constituyó para mí un instrumento de liberación poética. Las continuas lecturas contribuyeron a esa liberación. Los libros eran mi pasión domi-


Mi preocupación de esos años no era el lenguaje, aunque me repetía mentalmente, con frecuencia, la frase de Mallarmé: "La poesía no está escrita con ideas sino con palabras". Pero yo me decía que las palabras eran únicamente expresión de las ideas. Había que pensar las palabras para que éstas cobraran vida. Sólo algunos años más tarde di la razón a Mallarmé porque en la época de Microgramas y Cuadernos de Poemas Indios, mi poesía era fruto deliberado de mi actitud intelectual que tomaba posición ante las cosas y ante la sociedad. Desde Biografía para uso de los pájaros hasta Libro del Destierro, mi visión del mundo se ha manifestado mediante la búsqueda de la palabra cabal, escogida con rigor, como elemento primordial de la poesía. En una estrofa he encerrado mi actitud ante el vuelo mágico de la palabra: Días enteros espero las palabras golondrinas.

No vienen pero escucho el aleteo, es una cacería de fantasmas. Desgranaba yo los demás días de mi juventud, fascinado por mi aventura visual. Mi manera de ver las cosas era diferente a la de los poetas parnasianos y modernistas, que escribían sumergidos en un solo color, el azul, cuyas salpicaduras mojaron mis poemas, aunque me fue dado añadir la nueva nota de la sinestesia: El color azul suena, su cornetín de vidrio y se escucha el rumor callado del aroma el sauce (es) la celeste marchitación de un santo. Los insectos músicos dan al sitio una muerte azul. Descriptiva y colorista, esta poesía significaba un paso adelante con relación al modernismo lugareño, saturado todavía de romanticismo. Por propia confesión del poeta Noboa Caamaño, su corazón era "como un cementerio poblado de cruces” y la mujer ideal parecía como "enferma de belleza, de ensueño, y de elegancia". Este alejandrino se puede aplicar a toda la poesía modernista ecuatoriana, que consideraba la enfermedad como un refinamiento y la muerte como la suprema gracia concedida al hombre. Los cuatro poetas representativos de esta escuela -Borja, Noboa Caamaño, Fierro y Silva- abandonaron voluntariamente la vida. Mi actitud fue de reacción contra la decadencia mortal. En la búsqueda del madero de salvación, en medio del naufragio, se fortaleció mi voluntad combativa, como se puede ver en mí Cuaderno de Poemas Indios. Muy pronto, no me bastó conocer el mundo a través de los libros. Mi deseo era descubrirlo con mis propios ojos de poeta visual, aunque no solo pintor de exteriores sino indagador del drama humano y de las vicisitudes de la conciencia. En ningún momento confié a la subconsciencia la

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nante. En la alta noche coronada de luceros, después de haber recorrido las calles de Quito, estrechas e íntimas, abría yo la puerta del mundo irreal de mis lecturas numerosas que comprendían desde las vidas de los filósofos griegos hasta las nuevas escuelas francesas y los poetas ingleses. No revestí la capa romántica, al modo de otros escritores de mi tiempo, sino que, por el contrario, adopté la indumentaria de la sencillez para aproximarme a los quehaceres del pueblo. Me sumergí en las aguas opacas de la historia de mi país donde no se ref leja la vida del indio, olvidado por sus compatriotas a pesar de que él labró la piedra de las iglesias platerescas y barrocas, talló y esmaltó la madera policromada de las imágenes, los retablos y púlpitos y, humildemente, cultivó la tierra hasta el límite de las nieves eternas para nutrir a sus amos. Asistí al drama de la represión de las multitudes indígenas y no pude ocultar la compasión por su sacrificio. En esos días escribí mi Cuaderno de Poemas Indios que intentó ser una pintura mural de las costumbres, actividades e insurgencia de la clase indígena.


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interpretación de mi visión del mundo, de mi cosmovisión en que el ojo era la nave del "nuevo descubrimiento". Pero lo que yo quería era, sobre todo, "reconocer" el planeta ya entrevisto en mis lecturas. Earth, our bright home dice el poeta inglés Shelley, con acierto, ya que la tierra es la heredad del hombre, el hogar del hombre, y yo quería recorrer esa heredad en todos sus extremos. Me fue entonces posible establecer las coordenadas geográficas y culturales para fijar la posición de mi país con relación a las otras naciones del mundo. Vi el atraso material, la ruina económica, el olvido de la historia pero me cautivó más que nunca su magia natural, su atracción de país encantado, perdido en un rincón de América, esperando pacientemente la hora de su despertar. Como poeta de la naturaleza, el Ecuador me había dado con sentido animista que se acercaba a la afirmación pitagórica de que "todo es sensible". Este concepto había inspirado a Nerval su verso que, traducido en castellano, dice: "Un puro espíritu crece bajo la corteza de la piedra". Lo cual es más sugestivo que la sentencia rubeniana: "Y más la piedra dura, porque esa no siente". Estaba yo cerca de Ernest Cassirer con su concepto de que "la naturaleza misma no es sino una gran sociedad, la sociedad de la vida". Los seres que más me interesaban en esa sociedad, eran los pájaros, porque estaban dotados del don del vuelo. La relación de éste con la altura, establece automáticamente la idea de elevación sobre la materia y, más aún, de dimensión metafísica. Mi cuaderno Biografía para uso de los pájaros revela este deseo de ascensión y la presencia de la soledad, como factor primordial de la angustia humana. Cumplí un gran periplo desde la Francia razonadora hasta el Japón enigmático y la China fabulosa, y desde este último país hasta los Estados Unidos, paraíso de los inventos, y hasta el corazón del trópico centroamericano, pasando por las Islas Británicas, Alemania, Holanda y otras naciones europeas. "Todo era nuevo para mí en este viaje de descubrimiento de paisajes y civilizaciones”.

Un atardecer en China, mientras mi cuerpo era transportado ágilmente en una riksha por una de las avenidas de Shanghai, frente a un horizonte en llamas (¿reales o fingidas por el ocaso?) pensé en que el mundo estaba cambiando aceleradamente y que lo único que restaría del pasado era el polvo, concepto al que di forma mentalmente en las estrofas de mi poema Polvo, cadáver del tiempo. Días más tarde, en Yokohama, experimenté las sacudidas atronadoras del viento ciclónico, epilogadas por un temblor de tierra, todo lo cual vino a sumarse a la filosofía de la inseguridad material y de la índole transitoria de las cosas. "Desolación que viaja sin tregua en el espacio" -le llamé al viento- "¡oh gran caballo cósmico- pisoteando las cosas con invisibles cascos". En el Japón, donde la naturaleza está amaestrada hasta el punto que cada piedra, cada rama, cada hilo de agua, ocupan un sitio previamente señalado por el hombre, se inició uno de los ciclos trascendentales de mí evolución poética: el ciclo de la decepción y del regreso. A esa época pertenecen mis poemas de País Secreto, cuyo tema es la soledad, agudizada por la presencia de un mundo artificial. La naturaleza fabricada por el hombre no me proporcionaba un sentimiento de paz sino de desconfianza y desencanto. Un jardín geométrico de arena blanca y piedras grises, unos viejos árboles enanos, cultivados en macetas, unos valles diminutos con puentecillos curvados sobre corrientes de agua tan breves como las de los pesebres navideños, son adornos gratos a la vista pero no ofrecen el aliciente del espacio para el vuelo del pensamiento. No es la naturaleza prodigiosa de mi América ni la de Occidente en general, a la que Baudelaire llamaba "templo de viviendas pilares" que dejan caer sobre el hombre oscuras palabras. El desaliento trajo consigo el retorno al país natal, al lugar de origen, con lo cual se abrió uno de los tres "paréntesis verdes", a los que he hecho alusión en anteriores confesiones sobre mi


aventura poética. El regreso no significó, sin embargo, la restauración de la poesía de la naturaleza. Mi ciclo poético rural, ecológico, fruto de la etapa feudal-agraria en que vivía el país en 1920-1930, se había clausurado con mi libro Boletines de Mar y Tierra en cuyos poemas se manifestó un nuevo ciclo: el de la poesía del descubrimiento del mundo físico. El tercer ciclo de mi evolución abarcó la poesía de la insurgencia, contenida en El Tiempo Manual donde la metáfora se remoza, se concentra y comprime hasta alcanzar la forma dinámica y sugestiva de la propia realidad. En esos poemas: La tarde lanza la primera edición de golondrinas, la geografía de las nubes es aliada de las ventanas y los estanques, el hielo es la estatua del agua, la nieve es la primera comunión de la tierra. 159

El poema Juan sin Cielo resume mis ideas acerca del hombre moderno que ha perdido sus bienes espirituales y se encuentra en un momento de transición hacia la oscuridad. O hacía la luz, porque no sabemos, en realidad, lo que nos reserva el porvenir. Volví a encontrar la llave de las cosas que estaban atadas y sin rótulo. En Familia de la Noche, Hombre planetario, El Alba llama a la puerta y Libro del destierro, formose el postrer ciclo de mi poesía, que consiste en la exaltación del mundo material y de la fraternidad humana. Los poemas de Familia de la Noche fueron escritos en París, durante mis años de funcionario de la UNESCO, según lo expresé en las estrofas de Transformaciones:

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Las puertas familiares se abrieron a mi regreso del Japón, pero la estrella de los navegantes me llamaba inexorable desde el horizonte, reduciendo el tiempo de mi ciclo poético del desencanto que cupo en el parvo cuaderno intitulado Aquí yace la espuma, donde aparece entre las ruinas Juan sin Cielo y se narra la pérdida de la llave del mundo.

El mundo abandoné por una silla eterna donde cumplo mi trabajo de abeja y de fantasma que cambia los suspiros en monedas para comprar el sol cada domingo y guardar mi país en un armario, encontrar el amor en la escalera o poner un paraguas al relámpago Las anteriores metáforas eran además la realidad sin embozo. Yo trabajaba en esa época, en un cargo modesto, para poder gozar de un descanso semanal y protegerme de las posibles tormentas del futuro con el paraguas de mi poesía. Mientras tanto, iba


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fortaleciéndose en mí la idea de la unidad universal, de las correspondencias profundas de los seres y las cosas dentro de la familia cósmica cuyo origen era la luz madre. El mundo material me parecía cada vez más misterioso porque su presencia encerraba un enigma que el hombre no había podido descifrar. El poema Las Armas de la Luz hace alusión a ese enigma y a la unidad de todo lo existente. Mi cosmovisión se afirmó con mi viaje a Chile, Brasil y Venezuela. El hombre hispanoamericano se encuentra más cerca de la naturaleza que el europeo. Más claramente, no ha desaparecido en él la condición silvestre o natural. Sus ataduras con la tierra, las cosas y los otros seres, se ponen en evidencia en el poema Hombre Planetario que es, a la vez, un cántico a la unidad universal. A mi poema Hombre Planetario que intenta contemplar Las Armas de la Luz siguieron otros de exaltación de la fraternidad humana, y en los primeros días de mi visita a Nicaragua, escribí Floresta de los Guacamayos, defensa poética del trópico americano. El guacamayo era el ave de la utopía de la felicidad terrestre; pero, gradualmente, la utopía iba convirtiéndose en realidad. Supe entonces que la realidad era una forma del sueño y que tenía también un despertar. El tiempo se encarga de abrimos los ojos de la conciencia. También acumula los elementos necesarios en los laberintos de la memoria y, mágicamente, los hace comparecer en un momento señalado. Todos esos materiales evocadores están reunidos en Memorias de nuestro planeta, colección de recuerdos de las más varias latitudes geográficas. Los retorcidos pinos marítimos de las islas niponas, los árboles que cambian de color en los parques de California, la lluvia y otros fenómenos, el caballo de terracota de la China, la vistosa ave vegetal que es la orquídea de Venezuela, aparecen sucesivamente en la galería de la memoria. La evocación se prolonga hasta que El alba llama a la puerta, o sea hasta que despiden su luz tímida los poemas de mi libro que lleva ese título. Son poemas en loor de las cosas

frágiles y efímeras como el rocío, el aire, la sombra en el muro, que pueden ser el símbolo de la existencia humana. El alba es la comprensión optimista del universo donde coexisten lo feo y lo hermoso, lo lumínico y lo oscuro, los términos opuestos: "Iban f lor y guijarro-en buena compañía". El mundo se presenta "ardiente de luz" y se descubre el sentido de toda mi poesía que es como un cántico de acción de gracias a la belleza universal y de compasión por el sufrimiento humano. Se restablecen la euforia y la luz como símbolos de la conciencia. En mi poema Yo soy el bosque intenté expresar la plenitud del ser como una suma existencial. La espera del alba inminente fue para mí como la espera de una liberación próxima. En el plano de la vida y del mundo cambiante, esa liberación consistió en mi entrega completa a las actividades de la cultura y mi repudio a las funciones de la diplomacia, sujetas en algunos países latinoamericanos a la voluntad paranoica de ciertos gobernantes "constructores de ruinas". El alba resultó ser mi proscripción del Ecuador, hecho que dio lugar a la génesis de mi poema Libro del Destierro, donde se reafirma la poesía del mundo material y de la fraternidad humana en los nuevos símbolos de la higuera que "acumula dulzura año por año", el pan que reproduce en su corteza "el semblante de las madres del mundo", el agua "palabrería líquida" y otras maravillas del planeta que constituyen el legado de la poesía. Todos estos elementos constituyen la temática de mi poesía. Los asuntos no son escogidos mediante un proceso ref lexivo sino que se presentan inesperadamente en mi imaginación, donde se nutre de percepciones enriquecidas por el sistema metafórico. Mí poema es fruto de la "íntima unión de lo sensible y lo intelectual", fenómeno en el cual Claude Levi-Strauss ha fundado el estructuralismo. En mi búsqueda de la forma he recorrido múltiples caminos desde el versolibrismo al epigrama y he conservado casi siempre la expresión rít-


No lamento que la lógica, lámpara indiscreta, aclare mi mundo poético. Todo lo contrario, ello me regocija porque hace visible mi vida secreta. Mi poesía está inundada de luz. O, más propiamente, la luz es el personaje principal que se mueve a través de toda mi obra poética. Esta luz simboliza la vigilia sin fin, la permanente vigilancia de la conciencia sobre la poesía.

mica, tensa como un arco orneado con la f lecha del asonante. He confesado ya repetidas veces la tentación ejercida en mi obra poética por el "demonio de la analogía" al que Gide llama "el peor enemigo del pensamiento", cuando en realidad la metáfora creada por el procedimiento analógico es uno de los medios más eficientes del conocimiento humano. Como afirmé en Década de mi poesía, 1960-1970, mi metáfora es el resultado de una operación contraria a la surrealista que consiste en el mayor distanciamiento posible entre objeto e imagen. Se ha hecho el reparo a mi poesía de ser demasiado clara y transparente. La crítica aduce que en la poesía debe existir una zona oscura que obligue al lector a buscar la cantidad de misterio encerrada en el poema. Considero que el lenguaje mismo posee la dosis de enigma suficiente, el eco metafísico o la resonancia de sombras que hace innecesaria la utilización deliberada de la oscuridad. Por añadidura, uno de los fines fundamentales de lo poético es la comunión con los otros hombres. Si no puedo transmitir lo que he sentido, estimo que la poesía no está cumpliendo su misión que es la interpretación del mundo, haciéndolo tangible a los ojos de los demás seres humanos.

Los símbolos de mi poesía han venido repitiéndose a lo largo de los diferentes períodos de creación, pero con un nuevo significado. La ventana, el espejo, el árbol, las islas, componen un mundo iluminado por una luz distinta. La ventana que "nació de un deseo de cielo" es ahora "una tumba azul". El espejo, en otro tiempo "puerta estrecha hacia un enigma de cristal" devuelve una imagen del hombre como "un recluso enmascarado". El árbol, "recinto de alas y hojas envueltas en la total mirada de la altura" es un "condenado a cadena perpetua de raíces". La isla "promesa de paz", un desengaño para el hombre porque está circundada por "la niebla del olvido" en los "desiertos del océano". La poesía del ver se ha complementado con una tonali-

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Dibujo de Guayasamín, París, 1958.

En otro plano, el problema de la claridad corresponde al plano de la concepción estética. Desde el olvidado Baumgarten hasta nuestros días se sabe que "un poema cuyas representaciones son claras es más perfecto que otro cuyas representaciones son oscuras". Además, yo no me permito hacer pompas de jabón con la poesía, efímeras y vacías esferas crisadas, "naderías de aire" según la sentencia shakespeariana. El poema debe ser un fruto maduro de la experiencia lógica y ontológica. Sólo un lenguaje ajustado puede revelar esta experiencia para no caer en el laberinto oscuro del logogrifo. Todo debe decirlo el poema sin oscuridad en esta etapa del mundo en que, según el maestro Pedro Salinas, "una especie de pereza, de falta de atención profunda es la enfermedad más grave del espíritu moderno".


dad emotiva que le presta un nuevo sentido al mundo virginal del poeta que llega al umbral del desierto de la edad.

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Dos trazos más para completar este boceto de autorretrato: no practico la improvisación y huyo de la facilidad. Mi método es el extremo rigor de lenguaje, en el cual, cada palabra debe ocupar su sitio exacto. Rigor y concentración constituyen las características mayores de mi trabajo poético. Hay dos definiciones que deseo evocar a guisa de pincelada final. "El poeta es el hombre que tiene más conciencia de la irremediable soledad del yo en el mundo y entre los hombres" afirma Robert Musil, mientras el profesor Thomas Jackson dice: "La función del poeta es traer a nuestra mente los pasados esplendores del paraíso". Entre estos dos extremos se sitúa mi concepción del arte de la poesía. No debe primar en ella un exacerbado sentido del aislamiento que la separaría de la colectividad humana como sucedería también con una poesía puramente edénica que aboliría la realidad. El fiel de la balanza no debe inclinarse al lado del angelismo ni del satanismo sino permanecer en el punto central de un nuevo humanismo generoso y fértil. La poesía puede servir para descifrar la realidad enigmática del mundo. Mis rasgos físicos han sido apresados algunas veces, con líneas coloridas, por pintores y dibujantes. Supero con algunas pulgadas la elevada estatura de Juan Montalvo, el prosador artista, que no pudo resistir a la "comezón de Montaigne" y nos dejó un elocuente autorretrato. La piel de mi semblante ostenta la marca ardiente del sol de diversas latitudes. Mi cabello es negro aún, pese a que he llegado al umbral de una edad que suele coronarse de albura invernal. Mis ojos miran con atención las cosas y con simpatía a todos los seres humanos, compañeros en la travesía del planeta. La suma de conocimientos adquirida mediante mis lecturas, ha dado a mi vida fertilidad y encanto inagotable. Desconozco el aburri-

miento y he inventado una máxima: "Dime lo que lees y te diré quien eres". Mi retrato moral cabe en pocas pinceladas. Toda mi juventud estuvo obsesionada por el pavor de la muerte. Otra de mis obsesiones era el amor a la humanidad. No tuve urgencias religiosas sino inquietudes filosóficas y políticas. Y sueños cuya impresión f lotaba largo tiempo en mi memoria y dictaba algunos de mis actos. Entre todos, uno permaneció en mi subconsciencia durante varios años. Se trataba de un corredor oscuro, tenebroso, que no tenía fin y no conducía a ninguna parte, como una mina abandonada por donde me arrastraba sin poder salir a la luz. Cada vez que me sucedía algo deplorable en la vida real, soñaba previamente en ese pasaje de tinieblas. Por esta razón, la luz constituye para mí el supremo bien, la poesía que nos espera al final de la oscuridad como una iluminación de la conciencia. En mi interior prevalecen aún el sentimiento espontáneo, la compasión, la ternura y demás “convicciones rústicas”, según clasificación de la antropología novísima. Mis adversarios saben que no soy rencoroso y devuelvo una f lor por cada piedra que me lanzan. Y practico la humildad como regla primera de mi conducta. No uso la vestidura de poeta eleático, a la manera de Jorge Guillén y no creo que se me pueda aplicar una filiación filosófica permanente. En ciertos períodos de mi vida he sido epicúreo y en otros estoico o senequista.

En la Universidad de Harvard, 23 de abril de 1971.


Alfredo Pareja Diezcanseco

Premio Nacional “Eugenio Espejo” 1979

Pareja Diezcanseco

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L Premio Espejo

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a concesión y entrega del Premio Espejo al ilustre escritor Alfredo Pareja Diezcanseco fueron hechas en medio de las vicisitudes propias de un cambio de Gobierno. Como se recuerda, fue el 10 de agosto de 1979, cuando concluyó un periodo dictatorial de carácter castrense, que se había iniciado con el derrocamiento del Presidente Velasco Ibarra en febrero de 1972, y, a la vez, comenzó una etapa constitucional que aún supervive. Este suceso político tuvo repercusión indudable, en el proceso de adjudicación del premio, pues Pareja, no solo que había acompañado al Presidente electo Roldós en una reciente gira continental de acercamiento internacional del nuevo gobernante, sino que había sido ya propuesto para desempeñar las funciones de nuevo canciller de la República. El 6 de agosto de 1979 se anunció que el Gobierno había concedido el Premio a Pareja Diezcanseco y que tres días después, el 9, le sería entregado en ceremonia

pública en los nuevos edificios de la Casa de la Cultura, todavía inconclusos, como en efecto así ocurrió. El Presidente de la Casa, Galo René Pérez, actúo en representación del Consejo Supremo de Gobierno y pronunció el discurso de orden en el cual destacó las virtualidades del escritor. Al acto asistió, como gesto de especial deferencia, el Vicepresidente electo Osvaldo Hurtado Larrea. Alfredo Pareja, en bien trazado discurso, recibió este homenaje en nombre de su generación, aquellos “cinco como un puño” como los denominó José de la Cuadra, y, en cuanto “a la quinta parte que me toca, -diría- lo comparto con mi mujer, que ella me dio las fuerzas para soportar la dura existencia de un escritor jamás rendido”. Pocas horas después, a Pareja corresponderá sumirse en los diversos actos protocolarios previstos para la transmisión del mando, y, como él lo reconocería tiempo después, en la fastidiosa carga burocrática que significaba ser ministro de Estado.


“Una visión tan humana de la vida y de las cosas”

E

n el estupendo libro El duro oficio que, gracias a la maestría de Francisco Febres Cordero resulta ser el mejor retrato de Alfredo Pareja Diezcanseco escrito hasta la fecha, y al final de sus casi 300 páginas, el propio entrevistado confiesa haber nacido el “12 de octubre de 1908, en la calle 9 de Octubre, de Guayaquil y a las doce del día”. En esa fecha comenzó la existencia de una de las mentalidades más lucidas de nuestro país, a la que unió la calidad de sus escritos, sobre todo en la creación y el análisis literarios, y una visión tan humana de la vida y de las cosas, que, a no dudarlo, le convirtió en una de las personalidades más respetadas en la última mitad del siglo XX en nuestro país.

Fue hijo de Fernando Pareja, ingeniero de profesión, graduado en París, y de la dama peruana, de rancio abolengo, Amalia DiezCanseco Coloma. La familia de su padre fue numerosa, -eran siete varones y una mujery, entre ellos, su tío Wenceslao, médico de destacada trayectoria profesional, pero también reconocido poeta y quien, en un primer momento, inf luyó en la vocación literaria de su sobrino. Los años juveniles de Pareja transcurrieron en medio de las dificultades económicas padecidas por su familia a la temprana muerte del padre, en 1919. Muy joven, a los 14 años, debió interrumpir sus estudios para trabajar y ayudar a sostener a su madre. Estas penosas circunstancias se agravaron cuando su hermano Jorge, quien trabajaba

en el Banco del Ecuador, falleció en 1925 de leucemia. Pareja asumió el mismo cargo de su hermano y durante varios años, al menos cuatro, trabajó para pagar una deuda que su fallecido hermano había contraído, en la misma institución bancaria, para adquirir un inmueble. Mientras tanto, pese a las inclemencias que soportaba su joven existencia, persistió en él la vocación literaria. En medio del trabajo de oficina y de las naturales preocupaciones que la estrechez económica le imponía, se dio tiempo para escribir y para pulir sus escritos. Y también para estudiar, porque, en adelante, toda su formación se daría con una ejemplar voluntad de autodidacta antes que con su concurrencia a las aulas. Esta continuada disciplina y esta autoexigencia no le abandonarían en toda su vida y llegará a ser una de las claves de su extensa como fecunda y variada obra. Fruto de estos primeros empeños, publicó en Guayaquil, en los talleres de Senefelder, La casa de los locos, “novela escrita para agotar la paciencia de cualquier lector i dedicada a los niños i a los viejos de mi patria infantil”, según lo confesaría sin dilación. Y en esta ejemplar constancia por el trabajo, despierta a las novedades culturales y a las innovaciones editoriales, fundó con su amigo Jorge Pérez Concha y la colaboración de Demetrio Aguilera, la revista Voluntad, en cuyas páginas publicó unas poesías suyas, género en el cual, según propia confesión, no debía persistir:

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Semblanza

“Yo comencé escribiendo versos, como casi todo escritor. Pero eran muy malos. Y como por razones económicas tuve que hacer mis estudios en casa, me era muy difícil entender en los manuales de retórica cómo se acortaba el verso de acento esdrújulo y cómo se alargaba el agudo. No podía entenderlo”. 1 A inicios de 1930 se organizó en Guayaquil un concurso de belleza femenina, que tenía como propósito elegir a la representante de

1 Francisco Febres Cordero, El duro oficio, Quito, Municipio de Quito, 1989, p. 32


nuestro país a un certamen latinoamericano, que debía realizarse en Miami. Entre las candidatas, descolló una joven, Sara Chacón, de quien Pareja fue su secretario. El 9 de febrero de aquel año, en medio de la euforia popular, se proclamó triunfadora a la Chacón y Pareja, como resultado de esta afortunada circunstancia, escribió una especie de reportaje novelado que, bajo el título de Señorita Ecuador y con prólogo del legendario columnista Adolfo H. Simmonds, apareció el propio año de las prensas de Jouvín Arce. “Ese libro -diría mucho después su autor- fue una cosa de muy mal gusto con un solo valor: fue Sara Chacón, una mujer de clase media, quien triunfó sobre Blanche Yoder, chica de ojos azules, preciosa, de la llamada aristocracia guayaquileña”. 2

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2 Francisco Febres Cordero, op. cit., p. 32. 3 María Helena Barrera-Agarwal, “Testimonio e historia: la trama neoyorquina de El Muelle”, Podium, revista de la Universidad Espíritu Santo, Guayaquil, No. 16-17, agosto de 2009, pp. 163-176.

A poco de este acontecimiento, el novel escritor decide buscar mejor ambiente para el desarrollo de sus facultades. Le preocupaban las condiciones de su vida y las pocas oportunidades como escritor que el medio le proporcionaba. Y como joven que era, resolvió explorar mundo. Renunció a su cargo en el Banco, al cual comunicó que

no seguirá pagando la deuda de su hermano muerto, porque muchos créditos impagos, sobre todo de gente “respetable”, eran contabilizados como cartera castigada, y se embarca a los Estados Unidos. Esto que se narra ocurre en mayo de 1930, vísperas, además, del cierre de la entidad bancaria en la que laboraba. María Helena Barrera-Agarwal, en un magnífico estudio sobre la vida de Pareja en los Estados Unidos, publicado en estos días, señala que nuestro personaje se embarca en La Libertad el 14 de mayo de dicho año de 1930 en un buque petrolero de la compañía peruana “Lobitos”, el cual arriba a Filadelfia el 26 de dicho mes. 3 El propio Pareja recuerda que este viaje se lo debió al apoyo de su tío materno, Miguel Donoso, capitán marino, quien le consiguió el pasaje gratuito en dicha nave. Ya en los Estados Unidos, y pese a la acogida que le brinda un tío paterno suyo, debe soportar no solo el cambio propio del viaje a un país extraño en el que se habla otro idioma, sino, lo que es peor, le afecta de


Es en este mismo periodo que da a luz su novela Río arriba, impresa en Guayaquil por la empresa “Talleres Gráficos”, obra que “nació por mi afición a Freud y todas esas cosas”, según confesará más tarde. Algún momento se deberán analizar dos curiosidades que surgen de la impresión de este libro, acaso meramente circunstanciales, pero también signos indicativos del deseo del autor por afirmar su personalidad, luego de los trastornos emocionales producidos por su estadía en Nueva York: la una, el ex libris que se reproduce en la contratapa de la obra: una mano en pos de alcanzar una estrella; la otra, añadir una “y” entre sus apellidos paterno y materno, signo en la época, y aún ahora, de distinción de clase. Como fruto de esta experiencia personal en los Estados Unidos, escribe El muelle, novela que aparece en 1932, en Quito, al amparo de la colección de libros que, en varias series, emprendieron por aquella época los hermanos Rumazo González. En el prólogo, Benjamín Carrión califica al libro como “la novela del trópico mestizo” para contrastarla con “la del trópico enloquecedor y asesino”, al estilo de la reconocida obra de Eustacio Rivera; aunque seguidamente afirma, que “los capítulos de Nueva York sirven también para demostrar los poderes de Pareja para el relato de aventura […] y especialmente para la contemplación y manejo de masas en movimiento y en acción”. Muchos años después, Karlh Heise, en un estudio sobre la novelística de Pareja agregará que “proporcionando

como escenario para la novela, dos centros urbanos que son en gran parte disímiles (Nueva York y Guayaquil) y mostrándonos contextos sociales en los que el pueblo se ve, sin embargo afectado de manera semejante, Pareja accede a una universalidad de la cual solo esporádicamente puede enorgullecerse la novela hispanoamericana” 4 Sin embargo, es Barrera-Agarwal quien, en el estudio antes mencionado, nos va descubriendo las claves autobiográficas de la novela, siguiendo paso a paso las vivencias del autor y entremezclándolas con las aventuras del personaje de la obra, Hidrovo. De ello resulta que la estadía en país extraño, que a Pareja le ocasionó tantas incomodidades y no pocas frustraciones, le permitió, en contrapeso, hallar la inspiración suficiente para retratar unos personajes y unos comportamientos sociales que son, en sustancia, los auténticos valores de la obra.

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inmediato la depresión económica, que, iniciada con la caída de la Bolsa de Valores de Nueva York en octubre de 1929, sumió a buena parte de la sociedad estadounidense en la incertidumbre y el desconcierto. Después de variadas experiencias laborales, -hasta escribe un cuento para una revista neoyorquina y no duda en vender licor en la época de la prohibición-, debe retornar a Guayaquil al año siguiente apoyado por su propia familia.

Esta novela consagra a Pareja como escritor y novelista. Pese a los errores tipográficos de la edición, los comentarios favorables se suceden en la prensa y en los corrillos literarios de la época. Es incuestionable desde ese momento, que, por mérito propio, ocupe un lugar en las letras ecuatorianas, junto a los jóvenes autores de Los que se van, que al mismo tiempo adquirirían prestigio nacional por la originalidad de su obra, y junto al jovencísimo maestro de todos ellos, José de la Cuadra. Pero había algo más: estos escritores estaban unidos por similares inquietudes culturales y nada oculta afinidad personal, pese a no compartir entre ellos y en forma idéntica la misma visión del mundo. Buena parte de razón, entonces, para que, tiempo después, estos cinco escritores sean calificados como un puño, tal el nivel de compenetración espiritual y afinidad intelectual entre ellos. “Y los cinco hicimos una unidad tan estrecha, tan estrecha. No éramos un grupo de escritores, sino un grupo de amigos”. 5

4 Harlh Heise, La evolución novelística de Alfredo Pareja Diezcanseco, Buenos Aires, Ediciones La Librería, p. 34.

Más la consagración literaria, antes y ahora, no le proporciona a Pareja seguridad

5 Francisco Febres Cordero, op. cit., p. 24.


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6 Alberto Rengifo, La narrativa de Alfredo Pareja Diezcanseco, Quito, Banco Central del Ecuador, 1990, pp. 89-90.

económica alguna. Debe trabajar. Al menos, en los años siguientes, lo hace en labores compatibles con su trabajo intelectual y que de algún modo retribuyen sus inquietudes culturales. Primero es designado profesor de literatura en el Colegio Vicente Rocafuerte y, luego, inspector de educación secundaria en el Ministerio de Instrucción Pública, en Quito. Entre tanto, había contraído matrimonio con Mercedes Cucalón Concha, su prima lejana, compañera de toda su vida.

al que Pareja había conocido años antes en La Libertad, también víctima del extrañamiento político, le recomienda precisamente a la Editorial Ercilla, empresa que le nombra su agente en Antofagasta. Debieron haber sido tiempos de resignada marginación pero, sin duda, también de tranquilidad para la escritura. Resultado: trabaja una nueva novela, Baldomera, que la propia editorial chilena le publica dos años después del inicio de su destierro, esto es, en 1938.

En 1935 aparece su quinta novela, si a Señorita Ecuador se puede calificar de tal. Se trata de La Beldaca, impresa en Editorial Ercilla de Santiago de Chile. Es una novela en la que se entremezclan la robustez de los dos caracteres principales, Jesús Parrales y Armando Vélez, la vida urbana en Guayaquil y, sobre todo, el mar, trasfondo y testigo del drama.

Baldomera es la mujer recia, impositiva, conductora, práctica, cuya actuación linda con la rebeldía y el sufrimiento, la inconformidad y el dolor moral. En la obra se traduce el mismo drama que atormenta al submundo donde la violencia, la pobreza, la desesperanza, imperan sin remedio y que el novelista lo retrata muy bien en sus anteriores obras. Pero, a juicio de uno de los más prestigiosos críticos del trabajo de Pareja, en este libro saca “a f lote los encontrados sentimientos que de hecho se dan en los personajes que constituyen el mundo de los pobres, el mundo de los desheredados de la fortuna”, o sea, que, como suele suceder a menudo en la vida, y por qué no también entre los pobres, se contrasta el idealismo con el arribismo, la utopía con el oportunismo, la entrega y el sacrificio de unos con el personalista aprovechamiento de otros. Y el propio crítico afirma en otro acápite de su escrito, que “la tesis comunista, presentada por Acevedo, como la solución a las injusticias sociales, originadas por el imperio del mundo capitalista, no tiene todavía asidero en el mundo de Baldomera y Lamparita”. 6

Como es sabido, estos años treinta son tiempos de convulsión social, de afanosa búsqueda de reivindicaciones laborales, de inestabilidad política. Todo ello, como derivación de la crisis económica mundial. Pareja, por su mismo modo de ser y de pensar, no es insensible a ello y se da modos de hacer presencia con su pensamiento inconforme. Con su amigo Pedro Jorge Vera, por ejemplo, funda España leal, un semanario que apoya la causa republicana en la recién comenzada guerra civil española. Pero, más cercano a nuestra realidad política, se muestra opuesto al giro hacia la derecha que adopta el régimen del ingeniero Federico Páez, dictador impuesto por las circunstancias del momento. Esto, a la postre, acarreó a Pareja el destierro, luego del episodio militar conocido como “de las cuatro horas”, para diferenciarlo, con alguna dosis de humor negro, de la guerra de “los cuatro días”. Fue acusado de ser jefe de la juventud comunista y de haber realizado propaganda en los cuarteles para sublevar a la tropa. El destierro lo conduce a Chile donde su amigo Luis Alberto Sánchez, el ilustre aprista

De regreso al país, a la asunción al poder del general Enríquez Gallo, Pareja no deja ni la escritura ni la política. Por esto último, se explica su participación como diputado a la Constituyente que inicia sus labores en agosto de 1938. Es su primera y única intervención directa en la política. No le proporciona buenos recuerdos, al contrario. Elegido por el socialismo, ve que, en medio de los grises hilos de la política partidista,


La Asamblea no duró mucho. Fue disuelta el 14 de diciembre del mismo año de 1938 y varios de sus diputados, entre ellos Pareja, conducidos a la cárcel. Algo más de un mes estuvo en el panóptico, en Quito, tiempo que le sirvió para conocer las interioridades de un centro de reclusión, traducidas, en parte, en una novela que publicará tres años después, Hombres sin tiempo (Losada, Buenos Aires). “Esta novela mía, contada por un preso, fue comenzada en la prisión. Olvidé luego el relato, para después, con mi recuerdo maduro, terminarlo y entregar estas páginas amargas a los pueblos de América”, lo dirá en el prólogo de la obra. Antes, en 1938, había aparecido Don Balón de Baba, novela que fue parte de una colección de libros de alto tiraje editada en la Argentina. Otro hito importante en la vida de Pareja fue su estadía en México. Viaja a este país en 1943 y a poco, luego de producida la “Gloriosa”, -que no se sabe por qué, en realidad, se la llama así-, ocupa funciones diplomáticas como encargado de negocios de nuestro país ante el gobierno mexicano; antes ya había desempeñado las de segundo secretario en la misma misión. Al año, recibe el nombramiento de jefe de la UNRRA , una agencia estadounidense creada para ayudar a los pueblos que padecían problemas de supervivencia por efecto de la segunda guerra mundial. Primero trabaja en México y luego en Montevideo, tareas que absorben prácticamente todo su tiempo hasta 1948. “Tenía -dice Pareja- que

comprar los excedentes de la producción de los países a mí asignados, para mandar alimentos a la gente que salía de los campos de concentración, como también médicos y enfermeras. Era un trabajo de hermosa responsabilidad”. Mientras tanto, en 1944, había aparecido su novela Las tres ratas. El poco tiempo libre que le dejan sus tareas en el país azteca le sirven para pulir el texto de una biografía de Eloy Alfaro, muy conocida en nuestro medio, con numerosas ediciones a su haber, La hoguera bárbara, aparecida bajo el sello de la Compañía General Editora. Excesivamente apasionada, esta obra se nutre constantemente por el respeto a la imagen del viejo caudillo liberal, muchas veces con cierta desmesura, si es que nos atenemos a la necesidad de presentar al personaje con la necesaria dimensión histórica El propio autor, en carta a Rómulo Betancourt confesará después, que “esa excesiva angelidad me daña, evidentemente, el personaje” 8 Y en este mismo periodo comienza a incursionar en lo que sería, algunos años después, su Historia del Ecuador: la Secretaría de Educación Pública de México le solicita escribir un folleto con una síntesis de la historia nacional para una colección popular de amplia difusión. Casi al final de este periodo, se dedica a trabajar la biografía novelada del pintor Miguel de Santiago. En 1948, de regreso al país después de una relativamente corta estadía en Buenos Aires, se dedica a varias tareas, entre ellas, la cátedra, su participación en las tareas de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y la terminación de su Vida y leyenda de Miguel de Santiago, publicada en 1952, nada menos que en la prestigiosa colección “Tierra Firme” del Fondo de Cultura Económica. En este mismo periodo emprende, con Benjamín Carrión, una empresa editorial -sueño de toda su vida-, que se concreta en la publicación de un periódico de aparición diaria, El Sol. Desempeña en él las

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se pierden valiosas oportunidades para responder a los intereses ideológicos que animan a la mayoría de sus compañeros, se esfuman las posibilidades de construir ese nuevo país que la juventud socialista proclamaba y defendía. “Las rencillas internas, -escribirá después- la incapacidad de los dirigentes, la excesiva retórica de la teoría, la escasez de sentido práctico organizado, todo ello condujo a que un partido joven, nacido en magníficas circunstancias, dejara perder la fe que puso el pueblo en él”. 7

7 Alfredo Pareja Diezcanseco, Historia del Ecuador, Volumen IV, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1954, p. 194. 8 Carta dirigida por Alfredo Pareja a Rómulo Betancourt el 4 de febrero de 1953 y publicada en El duro oficio, p. 167.


funciones de gerente y, en ocasiones, las de director encargado. Pero la empresa fracasa porque, por lo general, a los intelectuales no es dada también la facultad de llevar a término negocios exitosos. Al igual que Carrión, pierde dinero en este afán por dar al país, y sobre todo a Quito, un diario moderno en el cual, como lo decía su primer editorial, depositaba su fe “en el destino histórico del Ecuador”.

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9 Edmundo Ribadeneira, La moderna novela ecuatoriana, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1958, p. 91

Acontecimiento singular en su vida, como una especie de remanso después del torbellino suscitado por la frustrada empresa periodística, fue la aparición de su Historia del Ecuador en cuatro pequeños volúmenes bellamente ilustrados por Galo Galecio. El último de estos volúmenes, salió de las prensas de la Casa de la Cultura a finales de 1954, el 28 de diciembre y, un mes después, el autor recibió, en Quito, un cordial homenaje de sus admiradores y amigos, acto comentado en las páginas sociales de la prensa de la época. Se ha discutido mucho sobre la calidad de este trabajo histórico y más de una ocasión se ha dicho que el mismo carece del rigor académico propio de este tipo de trabajos. Pero la verdad es que, al cabo de tantos años de aparecida la obra, es, junto con los siempre admirables escritos históricos de Óscar Efrén Reyes, un testimonio vívido, de primera mano, de acontecimientos que, en realidad, son claves para entender el pasado reciente de nuestro país. ¿Por qué, pregunto, la Historia debe ser narrada de modo frío, casi pontifical, y no puede otorgársela mérito por esa riqueza de estilo, esa narración testimonial tan rica en sugerencias como, por ejemplo, son algunos de los méritos de los trabajos de Reyes y Pareja? De 1953, fenecido El Sol, a 1960, concluido el régimen de Camilo Ponce, época de envidiable estabilidad política y de apreciables logros en el ámbito de la cultura nacional, Pareja fue electo para las funciones de vocal de la Junta Monetaria. La ley de entonces, con sabia prudencia -una de

las razones por las cuales el Banco Central se convirtió en aquellos años en institución respetabilísima- fijaba la elección de un último vocal del organismo por parte de los restantes miembros, como para permitir que se sopesen, así, los intereses públicos y los privados representados en dicha Junta por sus demás vocales. Pareja, con esa capacidad suya de ganarse voluntades y de cosechar respeto por sus capacidades y don de gentes, fue continuamente reelecto para ese cargo, cuyo periodo normal, aunque de escasos seis meses, se prolongó para él durante todos esos años. Es en esta época que emprende la escritura de una especie de novela-río, que la titula Los nuevos años y que se inicia con La advertencia (Losada, Buenos Aires, 1956), calificada por Edmundo Ribadeneira como “la obra más ambiciosa dentro de nuestra novelística moderna y, probablemente, el fruto pleno del escritor guayaquileño, siempre dado a la tarea de escribir” 9 Dos años después proseguirá el ciclo con El aire y sus recuerdos, publicado por la misma editorial argentina y en 1964 aparecerá, también en Losada, Los poderes omnímodos, novela que termina de escribir cuando desempeña una cátedra en Costa Rica. Estos tres libros forman, a la postre, un conjunto, cuyo eje principal gira en torno a la vida nacional entre la revolución juliana, 1925, y las frustraciones derivadas de la guerra con el Perú en 1941 y las consecuencias que este hecho acarrea en la conciencia colectiva. En este escenario los personajes de la novela van desenvolviendo su vida cotidiana y es el mismo Pareja quien va destejiendo los recuerdos de su existencia. La reivindicación social siempre a medio camino, la convulsión política consumiendo la energía colectiva, el velo de la pobreza siempre desplegado, son elementos que cobran vigor inusitado en las casi mil páginas de la obra. Rengifo señala que en esta primera etapa de Los nuevos años, Pareja busca algo diferente a lo escrito por él en sus anteriores novelas; “le interesa rescatar -dice- instantes decisivos


No debe olvidarse que en este mismo periodo de los años cincuenta, mientras realiza todas estas tareas, que de por sí ya son muchas, desempeña por tres años una cátedra en la Universidad Central y escribe también otros libros. Uno de ellos, un lúcido diagnóstico sobre nuestra política, matizada por las experiencias surgidas de las elecciones de 1956, en las cuales se articuló con relativa solvencia un frente progresista de ideas liberales, escrito por encargo, titulado La lucha por la democracia en el Ecuador (Quito, Editorial Rumiñahui). Otro, muy importante por las ref lexiones filosóficas que contiene, Thomas Mann y el nuevo humanismo (Quito, Casa de la Cultura) y, por si fuera poco, una nueva edición de su Historia del Ecuador, corregida y aumentada (Quito, Casa de la Cultura). En 1961 abandona el país durante seis años. Se dedica durante todo este largo periodo a la cátedra, que es uno de los espacios de su vida más gratificantes. Primero, va a San José, Costa Rica, como profesor de Historia de América Latina y subdirector del Instituto Internacional de Estudios Políticos. Luego, al año siguiente, como profesor visitante y luego a tiempo completo en la Universidad de Florida, Gainesville. Allí dicta las cátedras de Historia Colonial de América Latina, Relaciones Internacionales de las Repúblicas Latinoamericanas, Historia Moderna de América Latina, y Gobierno y Política del Brasil. Lo interesante de esta experiencia es que Pareja, a más de lo que supone preparar materias diferentes, debe dar los cursos en inglés, idioma que perfecciona al paso acelerado que le exigen las clases que dicta, esfuerzo que solo se explica por la tenacidad de su carácter y la persistencia ejemplar de los objetivos propuestos.

Ya antes, al saber que las clases debían dictarse en inglés, debió suspender unas vacaciones en Europa para estudiar inglés durante un buen tiempo… y en Londres. “Todos los cursos fueron en inglés -confesaba en carta de 24 de agosto de 1963 a su íntimo amigo y compañero de generación Demetrio Aguilera Malta- y casi muero del esfuerzo que hice…”. Tres años después, o sea en 1965, fue designado profesor principal en los cursos de postgrado que se dictan en el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad de Miami, en Coral Gables. Y en el entretiempo, dicta charlas y seminarios en Austin, Texas; Albuquerque, Nuevo México; y, San Juan, Puerto Rico. A la par, entre 1963 y 1964, con una beca Guggenheim, realiza un estudio sobre el pensamiento político en las repúblicas grancolombianas. 171

Luego de esta experiencia académica, la vida de Pareja cobra un vuelco. De regreso a Quito en 1967, y por una de esas coincidencias afortunadas, se dedica a la administración bancaria. Primero como gerente de la sucursal en Quito del Filanbanco y, poco después, como subgerente del Banco Popular el cual, mientras fue conducido por Clemente Vallejo Larrea, se constituyó en una de las instituciones financieras más respetables del país.

Pareja Diezcanseco

de la patria, instantes en los que otra forma de convivencia humana encuentra asidero en nuestro país, momentos culminantes en los que irrumpen otras fuerzas sociales, con el deseo ferviente de acabar con el sistema opresor reinante”. 10

Su dedicación a la banca dura hasta 1974, pero, mientras tanto, como es característico en él, no deja la escritura. Afronta la segunda parte del ciclo de Los nuevos años con dos obras conclusivas: Las pequeñas estaturas, que se publica en 1970 en la editorial de la Revista de Occidente, en Madrid, y La manticora (Buenos Aires, Losada, 1974). Algunas de las claves de la primera de las obras antes nombradas aparecen en la carta que, desde Coral Gables, escribe a su amigo Demetrio el 16 de octubre de 1966. “Nunca he trabajado tanto en la literatura, -le cuenta- y a veces me temo que

10 Alberto Rengifo, op. cit., p. 328.


mis dificultades revelan decadencia, pero me exijo mucho”. 11 En cuanto al segundo libro, el propio Pareja confesó que era la obra que más se aproximaba a los sueños, a “ese sueño horrible de los países, ese tránsito de la vieja Manticora que es un animal que salta y que es lo europeo falsamente trasplantado aquí”. Libro de difícil lectura, según él mismo confiesa, las “últimas escenas las escribí oyendo constantemente el coro de la novena sinfonía de Beethoven […] y eso me hizo sufrir tanto que poco después me dio un infarto cardíaco y me dije: ¡No escribo más novela!”. 12

Premio Espejo

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11 Francisco Febres Cordero, op. cit. p. 172 12 Francisco Febres Cordero, op. cit. p. 200 13 “Alfredo Pareja habla sobre la biografía de Alfredo Pareja. Me siento un poco avergonzado”, Hoy, 20 de julio de 1989, p. 11B.

El último ciclo de su vida se abre justamente con el abandono de las tareas bancarias a él encomendadas. Serán casi veinte años que, salvo dos breves periodos de participación en la vida pública del país, el uno como canciller entre 1979 y 1980 y el otro como embajador en Francia de 1983 a 1984, estarán dedicados a la cátedra nuevamente, a la investigación histórica y a la publicación de sus resultados, a la vida familiar, a los viajes, a la reedición de sus obras y en momentos cruciales de la vida del país, a defender la democracia y el ejercicio de las libertades ciudadanas. Y, además, como justo equilibrio, a recibir el reconocimiento público por lo que representaban su trabajo y su persona para la historia de la cultura nacional. Uno de estos reconocimientos, la entrega, en el Día de la Cultura de 1979, del Premio Nacional “Eugenio Espejo”, el tercero de los galardones que, años antes, lo recibieron Benjamín Carrión y Jorge Carrera Andrade. La opinión general no fue otra que reconocer el acierto que este hecho significaba, para el Gobierno, para la presea en sí misma, para el país. Era la víspera de la entrega del poder por las Fuerzas Armadas e inicio de un periodo constitucional que se acunaba en los más optimistas augurios. Otros de los hitos más destacados de este periodo de la vida de Pareja, la publicación, en 1975, de Las instituciones y la

administración en la Real Audiencia de Quito fruto de sus clases en la Escuela de Ciencias Internacionales de la Universidad Central; la edición de su Historia de la República en dos volúmenes, que luego, corregida y aumentada, aparecerá con el título de Ecuador. La República de 1830 a nuestros días; el largo y rico diálogo con Francisco Febres Cordero que permite la publicación de El duro oficio. Vida de Alfredo Pareja Diezcanseco presentado en solemne acto público en julio de 1989. A propósito de este libro, de los varios homenajes que comenzaba a recibir en aquella época, ciclo final de su vida, confesó sin pudor al reportero de un diario capitalino su inconformidad con tales hechos, para él desmesurados. “Y le doy mi palabra, -le decía- lo que siento es un poco de vergüenza y de bochorno. Y es que me hicieron ya un hermoso homenaje este año, porque cumplí ochenta años; luego ponen mi nombre a una sala de la Casa de la Cultura –menos mal que no estoy solo y hay otros nombres-; y ahora viene la biografía. Me siento mal, es como si estuvieran celebrando mis funerales y yo todavía no me quiero morir”. 13 No se quería morir en realidad. Juvenil en el chispeante diálogo que solía mantener con sus interlocutores, juvenil por su inconformidad cuando la injusticia social hacía presencia en estudios o en noticias, juvenil en la forma cómo se adecuaba a las nuevas tecnologías, juvenil por el gusto de viajar que siempre tuvo, juvenil en su gusto por los placeres de la vida, en fin. Ese “viejo joven” que en sentido artículo escribió alguna vez el “pájaro” Febres Cordero. Pero los achaques de la edad le molestaban a menudo y le hacían sufrir en veces. En marzo de 1993 la Academia Venezolana de la Lengua y la Embajada del Ecuador organizan un homenaje a la obra de Pareja. Lo propician Alfonso y Lupe Rumazo, siempre interesados en tierra ajena por la cultura nacional. Pareja se excusa de asistir


En pos del médico y de su consulta, tal como noticia a los Rumazo, cae de repente, fulminado por un corazón agobiado y en el extremo mismo de sus fuerzas. Era el 3 de mayo de 1993.

“Con Alfredo mantuve una larga, estrecha, nítida amistad por más de cuarenta años. Ganarme su cariño no fue fácil. Se erguía con él una estatura de caballero impecable, que en un principio marcaba una distancia aparentemente insalvable entre los dos. Mi trabajo en el diario El Sol, nuestro contacto de todos los días, ese lazo común que fue Benjamín Carrión, sentaron las bases definitivas de una amistad que proseguirá en adelante bajo el frío resplandor de un sol de luto. “Algún día -afirmaba Juan de Mairena, sosias de Antonio Machado- se pondrá de moda pensar en la muerte, tema que se viene soslayando en filosofía -la filosofía, en verdad lo ha soslayado casi siempre- y, con una suave metafísica de la humildad, comenzaréis a comprender por qué los grandes hombres solemos ser modestos”.

Como Alfredo Pareja, incapaz de presumir o de ostentar los atributos de su grandeza creadora. Era un hombre no solo para admirar por su profusa obra de tantos géneros y modos, sino para querer. Era necesario, sin embargo, saber cómo hacerlo. Entender los secretos de su retrato humano, medir su porte de escritor y hombre. Lo demás, ya era fácil y, por supuesto, para siempre. Su conversación encendida por una limpia pasión imbricada poderosamente en su amor a la patria, se la escuchaba sin hesitar. Sufría, en consecuencia, ante los descalabros que puntualizan a este gobierno invertebrado. Su risa clara y sonora, su cultura inmensa, eran trasunto de una personalidad sin quiebras, sin escondites, que desde ahora añoro y me duele con los dos costados del alma. Querido Alfredo…” Edmundo Ribadeneira, “Querido Alfredo…”, El Comercio, Quito, 23 de mayo de 1993

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por los inconvenientes de salud que padecía. Así, en frase cargada de ironía pero también de oscuro presentimiento, confiesa a sus dos amigos suyos, en carta de 27 de abril de 1993, “que si hubiera cometido la osadía de viajar a Caracas, hubieran tenido ustedes que ocuparse con Meche de mi retorno a Quito en restos”. Y añade que la cortedad de la misiva que les dirige se debe a que no se siente muy bien “de las tonteras del cuerpo que han querido darnos. Espero reponerme -prosigue- en cuanto me empiecen a fastidiar los médicos, que podré ver mañana o pasado, en cuanto los efectos de la altura se apacigüen un tantico”.


Premio Nacional “Eugenio Espejo” La Casa De La Cultura Ecuatoriana

Premio Espejo

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Invita a sus miembros, a las entidades culturales, a escritores, artistas, periodistas, profesores y estudiantes universitarios, a la ceremonia de entrega del Premio Nacional “Eugenio Espejo”, conferido por el Consejo Supremo de Gobierno al escritor señor don Alfredo Pareja Diezcanseco, y que se realizará en las salas de museos del nuevo edificio, el día de mañana jueves 9 agosto, a las 11:00 a.m. (Avenidas 12 de Octubre y Patria).


“Pocos como él en esta hora de trastornos” Extracto del discurso del doctor Galo René Pérez Señores y señoras:

A

lfredo Pareja Diezcanseco ha gestado novelas que parece que jamás se desagota. Pero, también, ha animado, con trozos precisos y vitales -los del biógrafo- la existencia dramática de los personajes nacionales: Miguel de Santiago y Eloy Alfaro. Y, con prolijidad, con recursos investigativos idóneos, pero sobre todo, con excelencias estilísticas que sacan verdadera la advertencia “unamunesca” de que “la ciencia para ser ciencia no ha de estar obligatoriamente mal escrita”. La solidez de la formación intelectual de Pareja, la densidad y coherencia de su pensamiento, la natural seguridad con que despliega sus facultades estéticas, la dignidad y la sencillez socráticas de su magisterio moral, le hacen en verdad, hombre prominente no solo de aquí, sino de cualquier lugar de nuestra América. Pocos como él en esta hora de trastornos, de irrespeto a los derechos esenciales, de confusión vandálica que mancha de sangre iracunda el rostro del planeta; en esta hora de yerros consabidos y callados, de actitudes equívocas frente a la vida y a la cultura. Pocos espíritus, en efecto, unisuenan con el suyo, juzgadas sus capacidades varias, su universalidad en el conocimiento y su vocación humanística, su denuedo intelectual

en el afán de desencadenar de sofismas a los vocablos, cínicamente prostituidos, que nombran la paz, la justicia y la libertad de los hombres. Entre su extensa y múltiple producción puede encontrar cada cual, el investigador, el curioso intelectual, el crítico, el lector sensible, algo eficaz y sugestivo para el solar de sus gustos. Pero, el coro mayor de sus adeptos ha crecido, sin duda, en rededor de sus novelas. Y, ello, se ha debido a que Alfredo Pareja Diezcanseco no es de estos narradores contemporáneos, tan numerosos como opacos, que han depredado los atributos sustantivos de esta suerte de creación y que han ensayado alardes de una anarquía que no se amasa ni con los más elementales escrúpulos de orden estético que él ha sabido mantener sin abdicaciones, el rigor del buen gusto y la divisa de la cultura. 175

Su originalidad, su energía para producir, su revelación neta de toda la dramaticidad de la problemática social, han ido colmándose de frutos gracias a la fuente de nutrimento que ha descubierto en este su doloroso, pero generoso rincón natal. Alfredo Pareja Diezcanseco ha sido fiel al espíritu de sus compañeros del Grupo de Guayaquil y al de su generación nacional de los años treinta, que se afanaron en hacer correr por el mundo una literatura brotada de las entrañas mismas de su pueblo, incontaminada y radicalmente propia, acaso como esos manantiales vivos que vemos saltar del repecho de nuestros viejos montes tutelares. Alfredo Pareja Diezcanseco ha ido aclarando los horizontes de la historia y de la realidad social del Ecuador. Quito, 9 de agosto de 1979

Pareja Diezcanseco

Entrega del Premio


“Prefiero quedarme en tierra con las fuerzas que de ella extraigo” Discurso del señor Alfredo Pareja Diezcanseco

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E

s una fórmula de cortesía dar las gracias, sea por lo obsequiado con liberalidad, sea por lo merecido. Es una fórmula sin profundidad, como el vuelo de un guijarro lanzado por la mano de un niño contra el eco inaudible del aire. Estoy agradecido, sí, lo estoy del Consejo Ejecutivo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, por su generosa unanimidad en nominarme para el Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo”; estoy agradecido del doctor Galo René Pérez, su Presidente; reconocido también del Supremo Gobierno que aceptó la decisión de la más alta institución cultural de nuestro país. Pero no percibo que mi corazón sea cortés en este día. Para no sufrir sus impertinencias cordiales por la gratuidad con que hoy se me honra, prefiero entregarlo, sin reducirlo a ligerezas verbales, a Galo René, quien me obsequia tan generosas palabras, de amigo antes que de juez, para que de él vaya un reconocimiento veraz a todos los que contribuyeron a enaltecerme con tan magnífico premio, pues no me siento capaz de subir lugares encumbrados de retórico y solitario asilo, sino que prefiero quedarme en tierra con las fuerzas que de

ella extraigo. En verdad, entrego el corazón para que sea pasado en custodia a mis tres hermanos muertos, Joaquín, José, Enrique, y a Demetrio, el hermano vivo que me resta. Sólo así declina la gratuidad del premio; y yo lo recibo por los otros cuatro, y apenas un poco por mí, parte como soy de una espontánea alianza que cuenta ya con medio siglo de edad. Antes de ese medio siglo, en 1927, con Demetrio y con Jorge Pérez Concha, publicamos versos en una revista de nuestra dirección, castigados los míos después en una hoguera, por vacíos y torpes. Hace cincuenta años, en 1929, apareció mi primer libro a tomar la fortaleza de la palabra. Claro que no la vencí, no la rendí, no pude arrebatarle ni un trozo de su fuego, pero ese primer acto de un largo drama vale en mi memoria, porque debido a él empecé de a poco a ser parte de los cinco; y por eso hoy me corresponde la quinta del honor de llevar conmigo el nombre del indio más grande nacido en tierras del sur americano, el hombre-padre de nuestra cultura. ¡Ay, cualquiera de ellos era el mejor! ¡Y cualquiera también el peor! En el caso del Grupo de Guayaquil, el valor plural fue absorbido por una implícita unidad superior de búsqueda, de autocrítica tan insobornable y dura como noble, no causada en preocupaciones literarias, sino en los adentros que se expresan por sí mismos; no por cualidades ni comparaciones. Yo creo que la nuestra fue casi una misión, como la de otros escritores coetáneos en la sierra ecuatoriana; fue una misión y también una casualidad la de haber empezado a escribir cuando tardíamente, por cierto, aparecían grietas en las arcaicas estructuras sociales ecuatorianas, reflejadas en una bella literatura, cargada de importados ingredientes de materias primeras, y cuando ya, después de Luis A. Martínez, José Antonio Campos por el lado de la risa, y Fernando Chaves, por el lado de lo serio, abrían los caminos para


No fue grande la misión, pero sí valiente por el clamor social enardecido, mientras lentamente nos acercábamos al manejo de la forma que es el en sí explícito del arte, y porque entregábamos sin vacilar lo defectuoso que hacíamos a lectores habituados al facilismo sentimental de entonces, que alejaba y alejaba sus alas de cera entre las hilachas de parisinos cielos grises, no obstante que Benjamín Carrión batía sus mejores armas para cambiarles los modos de sentir y soñar. Valiente fue el desafío, valiente la posición, mucha la osadía, en razón de que nada, pero nada en lo absoluto, nos separó de la tarea, ni siquiera la muerte, como lo veis ahora, que Demetrio y yo estamos juntos, a los tres de cuyos ropajes dicen que se marcharon para siempre. ¿No sabéis acaso que nos unía y nos une un poder invisible, un largo y continuo acto de humildad ante la implacable majestad del arte? Tres partes de la mano, o del puño que nombró Enrique, yacen activamente; dos quedamos en pie contra el oscuro viento infatigable que pasa deshaciendo formas y haciendo substancias. Se trata, sencillamente, de modos proteicos de vivir. Quisiera apretar el lenguaje, secarlo casi en brevedades, para que la totalidad de esos

cincuenta años sea expresada con una potencia directa, y obviamente superior a la ficción de la palabra. Todo lenguaje hablado y gramatical es una limitación, por todo lo que finge de orden y coherencia, aunque deba hacerlo siempre. Hay, empero, un significado antropológico y filosófico de la literatura que trasciende la lingüística, y ello me vale para excusarme de no poder ser hoy tan conciso como quisiera en decir lo que pudo haber valido, lo que puede aún valer de esa tarea común de los cinco y de los que llegaron después a fortalecernos con novelas y cuentos de larga y riquísima vida. Trátase de un significado sencillo, pero difícil de obtener sin sacrificios de otros bienes austeramente formales que la literatura posee. Lo diré como bien salga: es la activa significación de la condición humana, en sus reacciones existenciales, frente a la circunstancia de lo que se dice que es la realidad objetiva. Alguien diría que ésta sería una literatura responsable; yo diría que está bien el concepto, pero, como la responsabilidad social jamás declina en ninguno de lo atajos o circunvalaciones del incesante andar humano, pido ayuda al poeta de la luz en la sombra, que tantas veces me ha sacado de apuros: “Caminante, son tus huellas/el camino, y nada más;/ caminante, no hay camino,/ se hace el camino al andar/ …y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pasar”. Ahora voy a responder a lo que dice que se dijo contra la literatura extravagantemente objetiva de los cinco. Cierta es la acusación, pero también es falsa si se lee, como se debiera, la sucesión de las obras y el contexto completo de ellas. ¡Qué se quedaron solamente en el principio esos acusadores sin otras viandas que las de su deseo! Por que de las primeras a las últimas novelas, hay una distancia larga y modificatoria, y un oficio, para los sobrevivientes, de medio siglo, y otro, como el de la Cuadra, por caso, de admirable compostura cuando apenas se

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facilitar el que nosotros queríamos hacer, y el que harían los que vendrían luego y siguen viniendo todavía, no a escribir, por supuesto, como nosotros, y nuestros ilustres colegas de Quito o de Cuenca, escribíamos entonces, sino a escribir según las nuevas circunstancias existenciales lo exigen. En ciertos casos, nosotros hemos venido a seguirnos a nosotros mismos, sin desconocernos, aunque las formas exteriores cambiasen, no, como dicen quienes ven al tun-tun, por el empeño de adherir a la perecedera novedad, sino con originales modos derivados de lo que vivió en preñez durante quince años de más o menos próspera creación, a partir de 1940.


acercaba a la madurez vital y el viento malo de la muerte la apagó. Si se quiere acortar la distancia, tampoco la razón acompaña a quien lo haga, pues, en los primeros dos decenios empezaron a vivir Los Sangurimas, Don Goyo, La Isla Virgen, Los Relatos de Emmanuel, Las Cruces sobre el Agua, Hombres sin Tiempo, o Don Balón de Baba, y me parece que no han muerto todavía.

Premio Espejo

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Otra cosa cierta es que la literatura de esos años, la del grupo que yo creo que se premia, fue pragmática, en el comienzo posiblemente demasiado. ¿Y qué? Una vuelta de timón siempre puede irse demás, antes de que el babor y el estribor se encuentren en la estela. No debe olvidarse, empero, que ya en los treintas, y en las puertas de los cuarentas, esa literatura poseía un lenguaje emotivo y vocativo; una presencia poética, una lírica que se entrometía, aun cuando vacilase, en los universos de la expresión; una dimensión semántica que encontraba directamente su correspondencia tangible corporal con la tangencial celeste; una manera de decir pocas cosas, cuando en realidad se decían muchas; un campo, en fin, que, a las veces con palabras rudas, se ampliaba hacia lo implícito, la ironía y la artística ambigüedad, el mito y el símbolo. Convengo en que todo lo dicho no constituye necesariamente una gran literatura, pero sí una con ciertas características de perdurabilidad. A quien no le guste lo que acabo de proclamar, no sin timidez, le diré que entonces éramos gentes que estábamos aprendiendo a escribir, y del más heterodoxo de los modos, no sólo en la expresión hombruna y callejera, sino en la de entregarnos sin pulimento a las uñas del crítico y al desdén del lector; y luego, volver a escribir y a publicar, con impiadoso sacrificio personal, como el héroe que subía la montaña con un peso excesivo, y rodaba, y volvía a subir. Así es la penosa tarea del artista, del escritor cuando lo es en serio.

Y que bien claro quede: la tarea del grupo que se premia, como la de otros escritores de esa época, no terminó en 1940, ni en 1950, ni en 1960. Hay, repito, dos sobrevivientes de los cinco que continúan lo que el grupo inició, atento al oído a la voz del hermano Joaquín, y del hermano Pepe, y del hermano Enrique, y es como si nos diéramos las manos, sobre todo en los instantes del temor y la fatiga, pasando vallas alegremente, como si el tiempo estuviese ya privado de su falaz cronología, y lo que va restando de corporal gozase de la misma elasticidad juvenil de nuestros espíritus. Creo que tal continuidad, incomprensible desde lo exterior, es la que movió a los años para que cargasen nuestras obras -todas, digo, las de todos, digo- de mito y de símbolo, cuyos poderes explicativos, aún aquellos que bajan a la llamarada de la vida común, condicionan formas básicas de la convivencia humana y se alzan a desentrañar modos de pensamiento empeñados en coordinar las huellas de lo absoluto. Del diagnóstico y el pronóstico que forman la semiótica condición comunicable de las palabras, la articulada voz de los cinco, respetable cuando menos por la material ancianidad de los que permanecemos todavía en tierra, cerca ya de la descomposición y transformación orgánica, clama a los jóvenes de hoy: ¡Poetas y relatistas, no hay que desmitificar! ¡Poetas y relatistas, no acortéis la distancia entre una realidad cualquiera del mundo concreto y el símbolo que emerge de la conciencia de esa realidad! Otra vez, el poeta de la luz en la sombra viene en mi auxilio: “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas: / es ojo porque te ve”. A esta verdad sensual y trascendente del poeta, me atrevo a sumar, sólo como un discípulo de mediocre aprovechamiento, que cuando el ojo del uno y el ojo del otro, se encuentran, como no sea en el espejo, surgen de suyo las especulaciones inauditas acerca de los límites de la existencia


individual, y de lo que restará de la carga nerviosa que pasa de un modo de ver a otro, de una a otra conciencia, hasta que el pensamiento se piense a sí mismo y crea haber encontrado la intimidad universal y unánime, la fuente misma de lo antiplural. No hay literatura, no hay filosofía que no conlleven, oculta o abiertamente, el Comentatio Mortis de Cicerón. No obstante, morir no es cesar, quiero creerlo. Lo compruebo porque siento conmigo a los hermanos Joaquín, Enrique y Pepe, conmigo y con Demetrio, recibiendo todos, con el júbilo de los veinte años, esta recompensa al honorable trabajo en común y a la manera en que pensamos la muerte y el arte, ambos, como en el clásico, más largos que la vida.

Señor Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, amigo y colega escritor Galo René Pérez, las gracias cordiales son gracias del corazón. Quito, 9 de agosto de 1979

179 Pareja Diezcanseco

En cuanto a la quinta parte que del honor me toca, la comparto con mi mujer, que ella me dio las fuerzas para soportar la dura existencia de un escritor jamás rendido. El maestro poeta me susurra: “Dicen que el hombre no es hombre / mientras no oye su nombre/ de labios de una mujer. / Puede ser”.


A los seis aĂąos

Homenaje por su “Hombres sin tiempo�, 1941.


En los talleres del diario “El Sol”, Quito,1951.

En Londres, con su esposa.


Catedrรกtico

En la Universidad Central del Ecuador.


Junto a Germรกnico Salgado. Embajador en Francia.


Con Galo René Perez, Presidente de la Casa de la Culura.

Los últimos años.


Díaz Ycaza, Vacas Gómez, Castillo, Ribadeneira Acompañar al Presidente

E

n la gira que Roldós acaba de cumplir por siete países del continente, uno de los miembros más destacados de su comitiva fue, sin duda, Alfredo Pareja Diezcanseco (70 años, casado, 3 hijos, 6 nietos), el novelista, profesor e historiador guayaquileño, Premio “Eugenio Espejo” 1979. Dice que todavía no acaba de reponerse del trajín; pero de todas maneras acepta el diálogo: P.- Señor Pareja, se habla de una “nueva imagen” del Ecuador, al cabo de la gira. ¿Cuál es esa nueva imagen? R.- Una imagen de madurez política, digamos; que contrasta con la proyectada por cuarenta años del velasquismo, a pesar de los breves paréntesis que interrumpieron ese período al que habría de seguir una prolongada dictadura militar. De pronto, parece que el país, que ha perdido tantas oportunidades, decide dejar atrás ese pasado y reorientar su destino. Ese es el mensaje que lleva el joven Presidente, y convence. P.- Bien, a nivel de relaciones públicas; pero ¿cuál va a ser el beneficio para el Ecuador, en el orden práctico? R.- En términos políticos hemos estrechado los vínculos que nos ligan a otros países de

régimen democrático; de tal manera que se va a establecer un mecanismo de mutua consulta, para defender los principios que inspiran a dichos regímenes. En el aspecto económico, recogimos en la gira importantes ofertas, formuladas en firme, de cooperación con el Ecuador. Los detalles, según el Presidente Roldós, serán discutidos en breve por una misión de técnicos que enviará oportunamente el nuevo Gobierno, con proyectos específicos. P.- Pero se afirma que no sabemos formular proyectos, y que por eso dejamos pasar las mejores oportunidades… R.- Bueno, yo creo que el país está cambiando también en ese sentido, y que ya hemos aprendido a formular proyectos viables; le podría dar ejemplos, aunque no soy un especialista en el área económica. 185

P.- ¿Cuál es su especialidad, señor Pareja? R.- La literatura y la historia; doy clases en la universidad y, como usted sabe, escribo… P.- Le hacía esta pregunta porque se habla de usted como el futuro canciller de la República. R.- Es un rumor, como tantos otros. P.- De todas maneras, pensaba preguntarle sobre su trayectoria en el servicio exterior; he leído que… R.- Sí. Algún diario de Guayaquil dijo antes de la gira que soy un diplomático de carrera; pero no hay nada de eso. Ocasionalmente fui alguna vez encargado de negocios en México, y hace tiempos trabajé por algunos años en una institución internacional. P.- En todo caso, creo que no le son desconocidos el mundo de la diplomacia y sus alrededores. R.- No, no me son desconocidos; pero esto nada tiene que ver con lo que se dice por ahí.

Pareja Diezcanseco

Opinión de la prensa


P.- Se habla también de un Ministerio de Información y Cultura, al que se vincula, así mismo, su nombre… R.- He oído hablar de ese proyecto, y entiendo que hay gente que está ocupándose del asunto; pero en cuanto a lo de mi nombre, es sólo otro rumor. P.- Dejemos los rumores, que ya sabremos si se confirman o no, y volvamos a la gira. ¿Cuál fue el tono general? R.- Cordial. El protocolo fue puesto casi siempre de lado, y en todas partes era como si hubiésemos sido viejos amigos de nuestros anfitriones. P.- Qué impresión le causó a usted la Junta que acaba de tomar el poder en Nicaragua?

Premio Espejo

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R.- Muy buena impresión, ciertamente. Pero es imposible prever el rumbo que va a tomar, ni cuáles son los hombres que en último término van a dirigir la política del país. Eso se verá después; porque, como usted sabe, las direcciones plurales se vuelven pronto muy difíciles, y entonces surge alguien que toma el timón… P.- ¿Y el pueblo de Nicaragua? ¿Cómo está reaccionando frente a la nueva situación? R.- El nuevo Gobierno ha despertado muchas expectativas, y eso es un problema, porque no siempre se puede cumplir, y entonces viene el desaliento, la frustración. P.- ¿Está pensando también en el caso del Ecuador? R.- Podría ser. Pero en nuestro caso hay una circunstancia favorable, y es que el Presidente Roldós y el Vicepresidente Hurtado, en su campaña no prometieron mucho; dijeron incluso expresamente que no ofrecían lo imposible. Fueron otros los de las promesas. Pero de todas maneras, eso de las expectativas exageradas es inevitable.

R.- Ofrecieron el “cambio”, y esta palabra tiene toda clase de connotaciones… R.- Lo que ocurre es que mucha gente cree que “cambio” significa poner la tortilla al revés, y eso casi nunca resulta. P.- ¿Qué significa para usted el “cambio”? R.- En el contexto en que estamos, la apertura de un nuevo camino por el que ha de transitar el Ecuador del futuro; la puesta de nuevas bases para algo. Claro que esto es muy difícil, por nuestra cultura política, tan incipiente, y por la falta de articulación nacional. Pero hay que hacerlo. P.- Esa desarticulación es detectable también a nivel internacional… R.- ¡Exacto! Y ese fue uno de los temas básicos de la gira, en orden a superar el problema entre los países llamados en vías de desarrollo, que no tienen futuro si permanecen desunidos. P.- ¿Y cómo aprecian afuera nuestro proceso de vuelta al régimen de Derecho? R.- Un poco como un caso de estudio; es para los analistas políticos un “modelo” novedoso, que están interesados en que resulte bueno. P.- Personalmente, ¿cuáles son sus planes inmediatos, ahora que ha vuelto de acompañar al Presidente Roldós? R.- Seguir con lo que estaba haciendo antes de viaje; rehacer mi Historia del Ecuador, que saldrá en seis volúmenes. Estoy trabajando en los siglos XVI y XVII; pero tengo también muy adelantados los capítulos de la Independencia y la Gran Colombia. P.- ¿Alguna novela en el telar? R.- No. Ya no más novelas; no me queda tiempo…


P.- ¿Cómo cree usted que le van a recordar los que vienen después, como historiador o como novelista? R.- Ni siquiera puedo saber si me van a recordar… P.- Le acaban de dar el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, que pretende ser consagratorio.

P.- ¿La capacidad de escribir es un don natural? R.- Para mí ha sido, más bien, “una dificultad adquirida”. Pero de eso no me di cuenta sino cuando ya había escrito mucho. Al principio, cuando tenía 20 años, me sentaba a la máquina y hacía una novela en tres meses. Creía que eso era escribir… P.- ¿Cómo es ahora?

R.- Yo creo que ese premio, en mi caso, si me lo dan, porque la propuesta de la Casa de la Cultura se halla todavía para la decisión del Consejo Supremo de Gobierno, más que el reconocimiento a una persona, sería el reconocimiento a una generación, la generación la de los años treinta, de la cual quedamos sólo dos, Demetrio Aguilera y yo. Sería igual si le dieran a él. P.- ¿Está satisfecho con su obra de escritor?

R.- Trabajo muy lentamente, y rehago muchas veces. Pienso que más es lo que rompo que lo que publico. P.- ¿Usted cree en la crítica? R.-Sí, aunque se equivoque. P.- ¿Qué hay que hacer, maestro, para escribir bien?

R.-Si lo estuviera, no seguiría escribiendo. Me doy cuenta, por otra parte, que no todo lo que he escrito es bueno; son 25 libros, toda una vida, y algunos no son sino tanteos, ni siquiera valen la pena.

R.-Trabajar todos los días, y amar mucho la forma… P.- ¿Y para tener éxito en política? R.- No perder de vista la realidad inmediata.

P.- ¿Le gusta leer de nuevo a Pareja Diezcanseco? R.- No. Nunca vuelvo a leer mis libros, porque hallo que en cualquier caso pudieron ser mejores, y me duele no haberlo conseguido.

Vistazo, Guayaquil, 3 agosto de 1979

Botella al mar

Alfredo Pareja Premio Eugenio Espejo

P.- ¿El oficio de escritor le ha dado para vivir?

Rafael Díaz Ycaza

R.- Por el contrario, he tenido que hacer de todo para financiarle la vida al escritor; he sido comerciante, profesor, empleado…

El Grupo de Guayaquil fue tal vez el equipo más homogéneo y poderoso con que insurgió a las letras ecuatorianas la generación del año treinta. Lo integraron: José de la Cuadra, cuentista receñido, especie de Quiroga criollo; Joaquín Gallegos Lara, humanista y novelador impar del Quince de Noviembre; Demetrio Aguilera Malta, incorporador del cholo a nuestras letras; Enrique Gil Gilbert, revolucionario gran estilista de Nuestro Pan; y, Alfredo Pareja

P.- ¿Y qué tiempo le ha reservado, entonces, al escritor? R.- Las noches, los fines de semana; sacrificando el sueño y la vida familiar. Es duro ¿sabe? Y siempre, como se ha dicho, “trabajando para lo incierto”.

Pareja Diezcanseco

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Diezcanseco, lúcido narrador e historiador. Tres de ellos se nos han ido prematuramente: Cuadra, Joaquín y Enrique. Y como para dar testimonio de todo lo que iban a inventar, crear y denunciar de nuestra tierra y del hombre universal los que se fueron, han seguido trabajando febrilmente Alfredo y Demetrio. Nos han dado libros magníficos como Jaguar, de Aguilera y La Manticora, de Pareja. Pudiera decirse de ellos que su obra “envejece hacia la juventud”.

Premio Espejo

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Celebramos la fiesta de la “patria” chica, el cumpleaños de la mamá Guayaquil con una noticia muy grata: se ha otorgado a Alfredo Pareja Diezcanseco el Premio “Eugenio Espejo”, la mayor distinción que otorga el país a sus creadores culturales. Antes, se honró la presea cuando la recibieron Benjamín Carrión, el suscitador, y Jorge Carrera Andrade, el redescubridor. De esta manera se evidencia la gratitud de la patria para el trabajador incansable de cuya pluma ha brotado hasta hoy una docena de novelas: Río Arriba (1931), El Muelle (1933), La Beldaca (1935), Baldomera (1938), Don Balón de Baba (1939), Hombres sin Tiempo (1941), Las Tres Ratas (1944), La Advertencia (1956), El Aire y los Recuerdos (1958), Los Poderes Omnímodos (1964), Las Pequeñas Estaturas (1970) y la ya citada La Manticora (1974). Estos cinco últimos títulos forman parte del ciclo “Los nuevos años”, en los que mediante una técnica renovadora estrictamente novelística, el escritor utiliza su conocimiento y su capacidad de analizar críticamente nuestra historia. Y en el campo de la biografía, el ensayo y la historia, su trabajo también ha tenido relieves destacados. Basta citar La Hoguera Bárbara (1944), Pequeña Historia del Ecuador (1944), Historia del Ecuador (1958), La lucha por la democracia en el Ecuador (1956), Vida y leyenda de Miguel de Santiago (1952), Thomas Mann y el nuevo humanismo (1956), El Ecuador de Eloy Alfaro (1966), Historia de la República (1974), Las instituciones y la administración en la Real Audiencia de Quito (1975). Y precisamente en estos días, las prensas de la

Universidad Central han lanzado a circulación su Ecuador, de la Prehistoria a la Conquista Española, libro que se tornará en fuente de obligada consulta para estudiantes, maestros y estudiosos. La ingente bibliografía citada diestramente, la sagacidad y el buido don de análisis, sumados a la f luidez y transparencia características del estilo de Pareja, tornan a éste en uno de los más importantes libros de historia publicados en estos últimos años. Los “cinco como un puño” del Grupo de Guayaquil rescataron a nuestra literatura de los trillados caminos de la imitación y el falseamiento realizados en base de los modelos extranjeros, y especialmente del irrazonado modernismo lleno de lagos, princesas y falsa platería. Cuadra, Gil, Aguilera, Gallegos y Pareja nos mostraron, entre buenas malas palabras, el rostro verdadero del litoral, mientras en la sierra insurgían otros creadores que daban fe de sus regiones denunciando y protestando. En Quito aparecieron Fernando Chaves, Enrique Terán, Humberto Salvador, Jorge Icaza y Jorge Fernández, entre otros. E integraron al grupo del austro Pablo Palacio, Ángel F. Rojas, G. Humberto Mata, César Andrade y Cordero, y Alfonso Cuesta y Cuesta. Será muy difícil probar que antes o después ha insurgido en el Ecuador una generación tan sólida y tan fiel. En ella, como una de sus mayores cifras, decuella Alfredo Pareja Diezcanseco, a quien con toda justicia se ha otorgado el premio que lleva el nombre del médico y duende, salubrista adelantado y escritor, abogado y “zapador de la Colonia”, como lo calificara en feliz frase Leopoldo Benites Vinueza. El Universo, Guayaquil, 24 de julio de 1979.

La Mundanal Algarabía

Alfredo Pareja Walter Franco Serrano Este año recibió el Premio Nacional “Eugenio Espejo” por su meritoria labor


Novelista, ensayista, historiador; Alfredo Pareja ha sido un trabajador infatigable; y en mucho, a través de toda su obra, ha sido un buscador pertinaz de la identidad nacional, esa gran preocupación que tuviera Benjamín Carrión a lo largo de toda su vida. Carrión, al comentar la obra de Pareja, le llama “el buscador incansable de caminos” y al razonar el calificativo dice: “Esta actitud de Pareja, explica que nos haya dado al par que obras de una entrega tan directa de lo objetivo y subjetivo, de una tan franca dación sin regateos ni secretos, como El Muelle, Baldomera, La Beldaca, y al mismo tiempo haya hecho ese audaz ensayo de tipificación tropical, Don Balón de Baba, no lo suficientemente apreciado por la crítica”. Benjamín Carrión prologó su novela El Muelle, calificándola de novela del trópico mestizo para diferenciarla de la novela que se estaba haciendo en la serranía ecuatoriana; y en esto llevaba toda la razón. Cuando comencé a leer a Pareja, muy temprano en mi juventud, esa fue la impresión que causó en mí su obra. Era la voz costeña o quizá más personificada, la voz guayaquileña a la que yo estuviera tan acostumbrado por el lado de mi línea paterna; paisaje físico y espiritual, tierra y hombres y mujeres confundidos en un destino, en casas de bahareque, en los soportales, en el interminable río, razón y ser de toda la ciudad y sus habitantes, humildes y poderosos, ricos y pobres, pero ante todo humanos, de carne tropical, de sangre caliente, de sueños que por la inmensidad del Guayas buscan una salida al mar. Gentes que situadas en los dos planos o estratos sociales se presentan sin antifaces ni máscaras, sino tal como los descubre el escapelo del novelista que crea situaciones en las que irremediablemente deben demostrarse como son:

tórridos, guayaquileños, costeños. Entonces las situaciones tienen que derivar hacia la crítica social y hacia el amor. Por eso el mismo Carrión dice: “Y es aquí donde hemos de hacer la remarca central sobre esta línea novelística de Alfredo Pareja: su reclamo sobre la injusticia social frente al amor. Frente al amor del hombre y de la mujer, estímulo supremo de la especie”. Más tarde , luego de leer sus obras, en las que como digo me venían las voces abiertas a un país sin cordilleras ni serranías, cuando trataba de ser escritor yo mismo, por intermedio de dos comunes amigos inolvidables, Antonio Jaen Morente y Leopoldo Wappestein conocí al autor de La Beldaca, de Baldomera, de La Hoguera Bárbara, le llevé mis primeros relatos, tuvo la paciencia de leerlos, supongo por la deferencia que le merecían mis introductores, y, al devolvérmelos, solo comentó: “Hay que escribir todos los días, ininterrumpidamente, trabajar y trabajar la literatura”. Y esta expresión suya no era sino ref lejo de su propia convicción de que el escritor, si bien puede argüir a su favor que nace novelista o poeta, solo el trabajo diario y constante, casi de artesanía es el que le hacen de verdad creador literario. Pareja ha sido así, escritor sin desmayo, investigador serio y consciente y también soñador. Todavía recuerdo como me gustaba releer sus pasajes referentes al mar, por ejemplo: “Las astillas de luz caen al mar. Y el mar se ilumina. Deja de ser negro. Se pierden las lucecitas tal que estrellas, que la espuma dejará al saltar en las noches oscuras… Y con la luz el mar se va haciendo más callado. Ya no se oye el estruendo del mar en las tinieblas”. Lo dice en La Beldaca y en Las tres ratas: “Fueron varios amores los que tuvo. Fue el mismo que llegó cuando apenas si el pájaro del ensueño le rozara las alas en la frente. Nació con las primeras madrugadas. Venía de muy lejos, vistiendo trajes distintos”. La bibliografía de Alfredo Pareja es muy extensa, porque es autor de muchos libros,

189 Pareja Diezcanseco

en el campo de la cultura a lo largo de cincuenta años Alfredo Pareja Diezcanseco.


y aquí vale repetir lo que dijera en un comienzo, un buscador infatigable de la fisonomía, de la identidad de la patria. Por eso, la razón de ser del premio conferido.

conformada por La casa de los locos (1929) y Río arriba (1931). El Muelle, Las tres ratas

El Tiempo, Quito, 15 de septiembre de 1979

Pero es con El Muelle (1933), con prólogo de Benjamín Carrión, cuando el verdadero “novelista” que hay en el escritor guayaquileño se deja entrever.

Vértice cultural

Alfredo Pareja Diezcanseco Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo” Bolívar Moyano

“A través de 50 años”

Premio Espejo

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Otros títulos

Tanto Luis Alberto Sánchez como Ángel F. Rojas están concordes en aseverar que El Muelle es la “mejor novela” firmada por Pareja Diezcanseco. Y será casi un decenio después -en 1944- cuando el escritor vuelva a producir una obra que corrobore su jerarquía de “buen” narrador. Esto es, cuando, en Buenos Aires, publicó Las tres ratas.

En la tercera oportunidad de su entrega, el Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo” ha recaído en el narrador, biógrafo, historiador, ensayista, crítico y periodista guayaquileño Alfredo Pareja Diezcanseco, “en mérito a su importante obra literaria que ha producido a través de cincuenta años”.

Su amor por la novela lo llevará a entregarnos más títulos. Por ejemplo La Beldaca, Baldomera, Don Balón de Baba, Hombres sin tiempo…

Efectivamente: en 1929 el autor publicó La casa de los locos, su primera novela.

Pareja Diezcanseco es presumiblemente el único narrador que, entre nosotros, ha cultivado la “novela-río” con todo acierto. Es el ciclo que él lo ha denominado Los nuevos años. Y comprende las obras siguientes: La Advertencia, El Aire y Los Recuerdos, Los Poderes Omnímodos, Las Pequeñas Estaturas y La Manticora.

A los 71 años de existencia con media centuria de creación literaria y con más de dos docenas de obras publicadas, el escritor guayaquileño ha merecido la más alta distinción cultural de la patria, siguiendo las huellas de los fenecidos Benjamín Carrión y Jorge Carrera Andrade.

Hombre de muchos libros.

La Novela-Río Epílogo de la ficción

Parece ser que La Manticora cierra no sólo el ciclo de “Los Nuevos Años” sino incluso toda la ficción parejiana. Entonces, entre la primera novela del autor, La casa de los locos (1929) y probablemente última, La Manticora (1974), hay 45 años de una completa entrega a la creación narrativa, que es de los más admirable y extraordinaria.

Para Pareja Diezcanseco, Benjamín Carrión tuvo esta definición: “Hombre de muchos libros”. Libros que no sólo se hallan enmarcados dentro de la ficción narrativa. En el autor también se dan el ensayista, el historiador, el biógrafo, el crítico, el periodista. Y por cierto el profesor.

Estilo

Naturalmente sus inicios literarios están marcados por la narración. En esa trinidad

Y en esos centenares de páginas de lograda ficción hay evidencia de un verdadero


estilo. Dejamos que sea nada menos que José de la Cuadra quien nos diga algo sobre el estilo parejiano.

nas!... y es “apenas” el paso de apertura de una faena histórica que abarcará cuatro tomos más.

“El estilo de Pareja es estilo de narrador. Difiero del parecer de quienes distinguen en ese estilo las características de un posible autor teatral. Es un estilo compacto, fornido, duro. Pero no es ágil. Ondula antes que vibra. Se empuja a ritmos anchos, no sacudidos”.

Lógico pensar, entonces, que en cinco tomos, que rebasan las 400 páginas cada uno de ellos, Pareja Diezcanseco nos entregará la Summa de su saber histórico. Y su nombre, en lo futuro, figurará a la altura de los ya consagrados en dichos menesteres: P. Juan de Velasco, Federico González Suárez, Pedro Fermín Cevallos…

La Biografía también le tentó a nuestro autor. Y llevado por tal tentación nos ha dejado dos “muestras” del género: La hoguera bárbara (1944), Vida de Eloy Alfaro y Vida y leyenda de Miguel de Santiago. Según Alejandro Carrión, Vida y leyenda de Miguel de Santiago pertenece al tipo de novela histórica, por cuanto -dice el critico, respecto a ese titán de la pintura colonial, no existen “datos ciertos” de su existencia.

La historia Desde 1946 a Pareja Diezcanseco le brota el historiador cuando, en México, da a conocer su Breve Historia del Ecuador. Obra que más tarde -como se estila decir en casos así: “corregida y aumentada”- se trocará en cuatro gruesos volúmenes. ¡Y para decir verdad: en los últimos dos decenios no ha habido estudiante patrio que no haya “utilizado”, en alguna oportunidad, la historia… del escritor guayaquileño.

“Summa” Histórica En el pasado mes de junio, Pareja Diezcanseco nos entregó su más reciente obra histórica: Ecuador. Que lleva este subtítulo: De la prehistoria a la conquista española. Se trata de un libro de magnitud. Sea por su contenido. Sea por su anchura: ¡434 pági-

El periodista La imagen del periodista en el autor de Las tres ratas aparece marcada desde los días de la fundación del diario El Sol, en compañía de Benjamín Carrión, hasta su colaboración con ALA , agencia periodística que hizo conocer sus colaboraciones a lo largo y de lado del continente. Igual cosa puede afirmarse de su “periodismo cultural”, plasmado en revistas como Cuadernos Americanos (México), Revista Nacional de Cultura (Venezuela), Letras del Ecuador. Hasta hace poco, en la página editorial de El Comercio (Quito), podíamos leer sus crónicas, pletóricas de conocimiento de justas apreciaciones.

Ensayo-Crítica Hay otra vertiente literaria en este múltiple personaje que es la del crítico, la del ensayista. Una bibliografía parejiana no puede ser íntegra, si en ella no aparece la obra seria, documentada y concisa que el autor ha jalonado dentro de los géneros aludidos. Tenemos: Thomas Mann y el nuevo humanismo, La lucha por la democracia en el Ecuador, Tres afirmaciones de conciencia latinoamericana, América Latina en el mundo de hoy, Las formas de cultura en el Ecuador…

191 Pareja Diezcanseco

La Biografía


“Inteligencia sólidamente estructurada”

Alfredo Pareja Diezcanseco

Compañero de ideales de los “cinco como puño”. Del memorable “Grupo de Guayaquil”. Medio siglo después de la aparición de dicho grupo, sólo él y AguileraMalta viven. Ya -a esta hora- los perfiles de Gallegos Lara, José de la Cuadra y Gil Gilbert son “clásicos” en nuestras letras.

Se ha concedido el premio de mayor significación en nuestro país al gran escritor, de renombre internacional, Alfredo Pareja Diezcanseco. Hace seis años se creó este premio bianual con la magnífica advocación de “Eugenio Espejo”.

Galo René Pérez apunta sobre el autor guayaquileño: “Sus trabajos, por lo común, han dejado apreciar la jerarquía de una inteligencia sólidamente estructurada y de una legítima vocación del escritor”. Y realmente es así.

Premio Espejo

192

“Si se algo Pudiera yo enaltecerme…” En1977 el Gobierno Nacional confirió la Condecoración de la Orden Nacional “Al Mérito” en el grado de Gran Oficial. Junto a él también recibieron la misma presea el polígrafo P. José María Vargas y el pintor Aníbal Villacís. En su discurso de agradecimiento, entre otras cosas, Pareja Diezcanseco expresó: “De mi, señor ministro, sólo puedo decir que no lo merezco ni he deseado jamás esta clase de reconocimientos, tan de vez en cuando rendidos a los trabajadores de la cultura. Si de algo pudiera yo enaltecerme sería de ser nada más uno de esos trabajadores. De no haber, por añadidura, claudicado en ninguna circunstancia, por adversa que haya sido, ni ante los efímeros esplendores de un poder político, casi siempre ajeno a la autenticidad que pudiera legitimarlo, diferenciándolo así de la simple fuerza, en razón de la autoridad concedida, ni ante los bellos artificios que, acaso para otros, alivian, en alguna medida, la pesadumbre del corazón humano”. El Telégrafo, Guayaquil, 5 de agosto de 1979.

Humberto Vacas Gómez

Hasta aquí, la elección de los ungidos ha constituido un acierto. Primero fue ese gran suscitador de la cultura que fue Benjamín Carrión, luego el formidable poeta Jorge Carera Andrade y hoy el novelista y escritor más representativo de la narrativa ecuatoriana a partir de los años 30. Prodigiosa es la capacidad de trabajo de Alfredo Pareja. Ha escrito 15 novelas, cinco tomos de Historia del Ecuador, varias biografías, ensayos, crítica, periodismo. Ha dictado varias materias en universidades nacionales y de otros países, en especial de los Estados Unidos. Fundó el diario El Sol y por un tiempo honró con sus artículos las columnas de El Comercio. En fin, ha llevado una vida dinámica, llena de proyecciones y suscitaciones en todos los campos de la actividad cultural y política. En síntesis, una vida fecunda henchida de experiencias. Pero lo que ahora interesa destacar es su abundante obra de novelista que le ha dado fama internacional y le ha servido de sólida base para que se le otorgue con justicia el Premio “Eugenio Espejo”. Sus novelas son apasionadas y apasionantes. Dos épocas definidas se puede advertir en la obra novelística de Alfredo Pareja. Ambas interesantes y que se complementan. Porque son inmensos murales esculpidos con singular maestría, con relieves y contornos dramáticos, con contrastes intensos y desgarradores. En el primero, se puede apreciar la vida trágica del mestizo guayaquileño y del montubio


Pareja, sobre todo y ante todo, es un novelista, un formidable y minucioso narrador e hilvanador de argumentos. Crea y recrea criaturas extraídas de la dura, de la lacinante realidad en la que vive la mayoría de la población marginada urbana y rural. Sus principales personajes masculinos, casi todas sus desoladas mujeres, con alguna excepción, como la de ese formidable virago que es Baldomera, proceden de la zona rural que se lanzaron esperanzados a la gran ciudad creyendo alcanzar una vida mejor, pero cayeron atrapados inexorablemente por el engranaje económico social que los absorbió y luego los arrojó como detritus de alcantarilla citadina o retornaron vencidos, exangües a su terruño nativo. Ese el destino predeterminado, casi sin excepción, por la estructura social en la que naufragan los seres ignorantes y sin recursos. Nacen en la pobreza, luchan desesperadamente contra la pobreza y al fin mueren en la pobreza. Así en la novela Baldomera el bravo cuatrero “Lamparita”, conocedor de la selva y de sus atajos, que en su juventud eludía con éxito a la policía, trócase en un esmirriado y anónimo carterista urbano. El recio cholo Jesús Parrales de La Beldaca volverá a su aldehuela de Santa Elena, viejo y taciturno, a seguir rumiando su pobreza, luego de toda una vida de esfuerzos por mejorar su condición económica. Juan Hidrovo de El Muelle pretendió huir de su sórdido destino viajando a Nueva York pero retorna al hambre y a la desocupación en su ciudad nativa. Algo más terrible sucede en ese gineceo doloroso que forman las mujeres de las novelas de Pareja. Al fin los hombres son devorados por el implacable pulpo de

la explotación económica, pero ellas son víctimas también de la explotación sexual. Casi no habrá sirvienta, obrera, empleada, campesina, librada de la lujuria del patrón, inclusive de sus hijos y amigos. La recia y dipsómana mulata Baldomera iniciará su terrible vida en un prostíbulo; la delicada Celia María será violada por sus patrones, padre e hijo, en vísperas de su boda; etc., etc. Pero la trilogía más patética la forman las hermanas Parrales, protagonistas sombrías de la novela Las Tres Ratas. Sobre todo, la conf lictiva Eugenia en el compendio de todos los dolores. Nada de lo truculento de la vida se ahorró a esa naturaleza bravía, pero débil frente al peso de la desigualdad social. Cuando un ser bondadoso y enamorado quiere rescatarle del pantano en que vive sumida, ella le contesta impertérrita: “Vea, no podríamos se felices, los recuerdos nos aplastarían. Yo tengo que seguir este camino hasta el fin. Es inevitable”. Esta novela es la más trágica de Pareja. La segunda etapa de la novelística de Pareja integra inicialmente una trilogía: La Advertencia, El Aire y Los Recuerdos y Los Poderes Omnímodos bajo el título genérico de Los Nuevos Años. Esa novela río transcurre sobre un fondo estricto de nuestra historia a partir del año 1925 en el que tímidamente se inicia una nueva etapa de la vida del Ecuador. Con vigoroso realismo, con ágil estilo, con habilidad en el relato, Pareja nos da una apasionante novela histórica o una historia novelada de nuestra accidentada y turbulenta vida social y política. Completan esa vigorosa trilogía dos novelas subsiguientes: Las Pequeñas Estaturas y La Manticora. Sin embargo a cada una de ellas se la puede leer independientemente. Con estas novelas últimas Pareja ha creado nuevas modalidades conceptuales y técnicas, estremecidos cuadros del Ecuador moderno aun cuando pueden representar igualmente a cualquier país en las condiciones del nuestro. Pero en las dos últimas novelas, sin mayor sacrificio del hilo de la

193 Pareja Diezcanseco

que mora en la zona de inf luencia geográfica y económica de esa gran ciudad y en el otro, despliega el gran mural ecuatoriano integrado como un todo, a pesar de su heterogeneidad y a través de sus contrastes, de sus desvíos, de sus tragedias, pero también de sus esperanzas.


acción, los argumentos, las escenificaciones, los diálogos, los monólogos, se vuelven complejos, sutilmente elaborados, eso sí, enmarcados en un estilo preciso, clásico y alquitarado de poesía. Con ellas Pareja entra con paso firme a las novísimas corrientes del relato que, si no se las emplea como fruto de una sólida cultura, pueden desembocar fácilmente en el disparate.

Premio Espejo

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Sobre todo, La Manticora es un delicioso epílogo de ese titánico esfuerzo. Su estructura narrativa es fascinante, entremezclada con diálogos, monólogos, disquisiciones, episodios fantásticos, con mitos antiguos y modernos, con tragedia, drama y comedia, con corifeos y coros. Con todos estos elementos hilvanados de aguda ironía ha logrado conformar un símbolo de la injusticia, del caos, de las contradicciones, de las supersticiones que forman la vida común de los pueblos a pesar de que en estas tres últimas décadas, la ciencia y la tecnología, han progresado como nuca antes en la historia de millones de años de la existencia humana. Sin embargo, se ha ahondado el abismo que separa a los pueblos ricos de los pobres, en suma, de los hombres que tienen mucho y de los que carecen casi de todo. Difícil habría sido vaticinar la intensidad trágica que caracteriza a la literatura de Pareja si nos atuviéramos a sus primeros libros de juventud. La Casa de los Locos revela una estupenda vena irónica, una habilidad para deformar las cosas más serias hasta lo grotesco. Asimismo Don Balón de Baba es una especie de regocijado y doloroso injerto criollo del Quijote, Tartarín y acaso Tartufo.

acto de la entrega del Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo”, correspondiente al bienio 1978-79, en la persona del insigne escritor ecuatoriano, novelista e historiador, Alfredo Pareja Diezcanseco. Era la tercera vez que se premiaba a un alto intelectual nuestro con el máximo galardón creado hace seis años y que fue otorgado las dos ocasiones anteriores al gran suscitador de la cultura ecuatoriana, Benjamín Carrión y al exquisito poeta Jorge Carrera Andrade, ambos ya, por desgracia, fenecidos. Muy merecidamente fue designado esta tercera vez el notable narrador, biógrafo, historiador, ensayista, crítico y columnista Alfredo Pareja Diezcanseco, según rezaba la decisión de la alta comisión que lo designó: “En mérito a su importante obra literaria que ha producido a través de cincuenta años”. El doctor Galo René Pérez, Director de la Casa de la Cultura, al hacer la entrega, expresó categóricamente: “La solidez de la formación intelectual de Pareja, la densidad y coherencia de su pensamiento, la natural seguridad con que despliega sus facultades estéticas, la dignidad y sencillez socráticas de su magisterio moral, le hacen en verdad hombre prominente no solo aquí, sino de cualquier lugar de nuestra América. Pocos como él en esta hora de trastornos, de irrespeto a los derechos esenciales, de confusión vandálica que mancha de sangre iracunda el rostro del planeta; en esta hora de yerros consabidos y callados, de actitudes equivocas frente a la vida y la cultura.

El Comercio, Quito, 9 de agosto de 1979.

Alfredo Pareja Premio Nacional de la Cultura Abel Romeo Castillo Por afortunada coincidencia tuvimos la grata oportunidad de asistir al solemne

Pocos espíritus, en efecto, unisuenan con el suyo, juzgadas sus capacidades varias, su universalidad en el conocimiento y su vocación humanística, su denuedo intelectual en el afán de desencadenar de sofismas a los vocablos, cínicamente prostituidos, que nombran la paz, la justicia y la libertad de los hombres”.


Por nuestra parte, debemos expresar que nos sentimos felices de la consagración y reconocimiento nacional de la alta labor literaria de Alfredo Pareja Diezcanseco, nuestro admirado compañero de los años treinta, perteneciente a la Sociedad de Escritores y Artistas Independientes, entidad precursora de la Casa de la Cultura (la de Benjamín Carrión en Quito, y Carlos Zevallos Menéndez en Guayaquil), quien se adelantó aún a los de su movimiento literario generacional, de los cinco relatistas del “Grupo de Guayaquil”, (De la Cuadra, Gallegos Lara, Gil Gilbert, Aguilera Malta y Pareja Diezcanseco), aquellos que eran “como los cinco dedos de la mano, que se convirtiera en un puño” hasta que la muerte comenzó a amputarlos, quedando actualmente sólo dos ilustres supervivientes. Aunque conocida la trayectoria novelística de Pareja Diezcanseco, el más político de los literatos ecuatorianos, autor de una notable cantidad de novelas, debemos recordar que fue a partir de 1929, en que se iniciara con: La Casa de los Locos, al que siguieron pocos años después, Río Arriba, y La Beldaca, y que demostró su extraordinario mérito a partir de El Muelle (1933), novela del puerto f luvial y montubio varias veces reeditada. Debemos subrayar que el novelista no fue siempre autor de obras de ficción, sino que, por el contrario a partir de Baldomera, (1938), la zamba vendedora ambulante de alimentos populares, que intervienen en calidad de víctimas en el genocidio del 15 de noviembre de 1922, el autor se mantiene en el fiel de la balanza, intermedio entre la ficción y el hecho real. En Hombres sin Tiempo, (1941) y en Las Tres Ratas (1944), mantiene esa característica

dualidad, que, al final, se vuelve definitivamente hacia la historia, en la patética biografía del gran caudillo liberal Eloy Alfaro: La hoguera Bárbara (1944), en el retrato fiel de Miguel de Santiago, insigne pintor colonial y, finalmente, en la Breve Historia del Ecuador (1946) que lo lleva directamente hacia la disciplina científica de la Historia. En su novelario Los Nuevos Años, publicados por Editorial Losada, de Buenos Aires, en sus tres conocidos tomos La Advertencia, (1956), El Aire y los Recuerdos (1959) y Los Poderes Omnímodos (1964), se mantiene el ambiente de hechos y situaciones históricas perfectamente conocidas, dentro del cual tejen sus ensueños los personajes irreales de novela. No deseo analizar la obra literaria de Pareja Diezcanseco, en esta breve nota informativa de su consagración cultural. A este respecto, debemos aquí estampar nuestra asombrada sorpresa a raíz de un amistoso pedido a varios editores locales, acerca de la necesarísima reedición de los pocos libros impresos de Historia del Ecuador, por autores guayaquileños, entre ellos los de Pareja Diezcanseco, debido a su total agotamiento. La inesperada respuesta fue, que nunca más volverían a reimprimirse porque constituyen un mal negocio editorial, debido a que son de muy lenta adquisición por parte del público, que prefiere, por sobre todas las cosas, devorar rápidamente los relatos novelísticos. Por el contrario, creemos que este es el momento de efectuar esa revisión, tanto más que el autor acaba de ampliar su “Historia” con un volumen adicional, de los períodos pre-colonial y colonial. Entre tanto, la ignorancia de la historia nacional, especialmente en sus períodos coloniales e independientes, se hace patente públicamente en esos programas televisados, fraguados seudo-debates, en que los educandos compiten en supino desconocimiento de los hechos patrios. El Premio Nacional “Eugenio Espejo” 1978-1979, que antes recayese en un

195 Pareja Diezcanseco

Respondió Alfredo Pareja, quien, en gesto amable, dijo aceptaba el galardón, a nombre de sus otros compañeros de generación literaria, los relatistas de la tercera década de este siglo.


insigne lojano, Benjamín Carrión y, posteriormente, en un sublime quiteño, Jorge Carrera Andrade, ha recaído, esta vez, en un valioso escritor guayaquileño, Alfredo Pareja Diezcanseco, como para demostrar que en todos los rincones de la patria ecuatoriana existen mentalidades excepcionales que le hacen honor y la prestigian, no sólo a nivel nacional sino en el vasto planeta del habla hispano-americana. Expreso, Revista Semana, Guayaquil, 26de agosto de 1979.

Alfredo Pareja, Premio “Eugenio Espejo” Edmundo Ribadeneira

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Entre coordenadas históricas a través de las cuales el Ecuador va tomando conciencia de su destino irrenunciable, no diría surge, sino más bien insurge, el llamado Grupo de Guayaquil, bizarra generación de jóvenes escritores para quienes la literatura comienza por ser una profunda responsabilidad social, en la misma medida en que el pueblo ecuatoriano, redescubierto entre los muertos y la sangre del 15 de noviembre de 1922, reclamaba una enérgica acción común encaminada a conseguir un cambio sustancial de sus estructuras básicas. Insurge, pues, el Grupo de Guayaquil definido por una limpia subversión literaria en el sentido de romper aquellas obras que desbordan agua chirle en todas su páginas, y cuyo público lector, inmerso en el contexto de la injusticia dominante, acogía y aplaudía con entusiasmo incondicional. Frente a toda una tradición literaria alambicada y falsa, la presencia del Grupo de Guayaquil resultaba intolerable. Un pequeño libro inicial, titulado Los que se van plagado de malas palabras y de escenas crudas, cuyos protagonistas son montubios y cholos de nuestro litoral, acostumbrados a hablar y amar como suelen hacerlo las autén-

ticas gentes del pueblo, ajenas por completo de todo refinamiento, llenó de espanto a las personas de bien, quienes rechazaron escandalizadas ese bello libro inaugural de la moderna literatura ecuatoriana. Los tres autores de este libro tenían entre 18 y 20 años de edad. Y eran Joaquín Gallegos Lara, Enrique Gil Gilbert y Demetrio Aguilera Malta. No eran, como se oye decir con frecuencia, visionarios de nuestra literatura, sino hombres con capacidad suficiente para comprender la realidad humana inmediata en paralelo con la verdad histórica. A ellos se añaden José de la Cuadra y Alfredo Pareja Diezcanseco, y ya está constituido el Grupo de Guayaquil, cinco como un puño, apretada mano propia de un sólido espíritu generacional y, por lo mismo, de una clara mentalidad ideológica. En efecto, unía a estos cinco valores de nuestra nueva literatura, una sensibilidad común y un ideal común. Y, sus obras, consecuentemente, se caracterizan por un aire de familia siempre reconocible e identificable, que más tarde desaparece o se debilita, cuando los escritores que corresponden a los años treinta parecen haber cumplido con su misión. Se echa de menos, ciertamente, en los escritores y artistas posteriores, aquella arraigada conciencia generacional que unió tan férreamente a los escritores de los años treinta, y, muy especialmente, al Grupo de Guayaquil. Subsisten el mismo cuadro amargo de un país todavía irredento y los problemas sociales propios de semejante condición, y hasta se ha clarificado más aún la cuestión relacionada con la actitud del escritor y del artista. Sin embargo, no se alcanza a ver, segura y plena, una generación que responda, como la de los años treinta, a los requerimientos históricos y sociales del país, que son, casi sin variación, iguales a los de aquellos años.


Eran, evidentemente, obras militantes, unas más que otras. Militantes, porque incorporaron los personajes populares a la literatura, pero dándoles el tratamiento estético que el arte verdadero exige irremisiblemente. Redimían la condición humana de tales personajes por intermedio del arte. Eran obras que impresionaban y siguen impresionando por su realismo, conmovían por las desgarradoras revelaciones que hacían y convencían por su calidad y belleza indiscutibles. Revísese cada una de ellas y se verá, con la lente de la época, cuán buenos escritores fueron todos, hasta qué punto estuvieron guiados por la clarividencia o la clarovidencia social, en qué extraordinaria proporción contribuyeron a la mejor comprensión e interpretación de los problemas ecuatorianos configurados por los explotados y los opresores, con qué hondura esencial en el alma de cada uno de ellos.

Personalidad multivaria Al recibir el Premio “Eugenio Espejo”, Alfredo Pareja lo hizo a nombre de todos quienes fueron sus compañeros y hermanos entrañables, dos de los cuales -uno es el propio Alfredo- prosiguen firmes en la vida y en la lucha creadora. Generoso gesto de quien fuera parte primordial de un erguido equipo literario, cuyo espíritu conceptual y estético trasciende hasta el momento, por empeños que se hagan en el sentido de jubilar histórica y artísticamente a los escritores de los años treinta. Ahí están, vitales como al principio, las novelas de Alfredo Pareja. En primer lugar, su ejemplo como escritor que se afinca en la novela sin ninguna transición creadora previa. Llega, pues, a la novela y allí se instala

llevado por su certera orientación vocacional y gran conocedor, en definitiva, del género. En segundo lugar, se advierte en Alfredo Pareja una asombrosa persistencia creadora, propia también de una gran vocación literaria y expresión de una disciplina rígida capaz de someter la inspiración a un inalterable horario de trabajo. A eso se debe, obviamente, la caudalosa obra escrita por Alfredo Pareja. Y no solamente obra literaria de ficción, sino obra de historia e investigación histórica, incluyendo la biografía. Correlación natural y lógica, si cabe, bajo el signo de una acuciosa inquietud multivaria, ávida por establecer en qué medida la vida humana no es sino el trasunto de los procesos históricos, la idiosincrasia el ref lejo de la formación nacional, y los personajes populares la evidencia de un contexto social cuyo esclarecimiento puede ser más fácil si el novelista, como Pareja, resulta ser simultáneamente un historiador notable, imbuido, desde luego, por un espíritu justiciero irrevocable y hondo.

Las obras No pretenderé analizar como quisiera las grandes novelas de Alfredo Pareja. Todas ellas, sin embargo, aportan valores literarios cuya vigencia se conserva como en los primeros días. De El Muelle, las figuras contrastadas, ingenuas y contradictorias de Juan Hidrovo y María del Socorro Ibáñez. De La Beldaca, la pasión marina de Jesús Parrales, aquella inolvidable descripción del pavoroso incendio que ocurriera en Guayaquil, todo cuanto constituye un juego de alternativas sobre las cuales se levanta, sugestiva y mágica, la incógnita que se abre con el mar infinito. De Baldomera, la recia efigie de una negra belicosa y su ligazón con Lamparita, bandido de perfiles románticos y tiernos, y, asimismo, la narración maestra de la masacre

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No vaya a creerse, desde luego, que las obras del Grupo de Guayaquil eran de aquellas denominadas de protesta y denuncia, al gusto y regusto de la demagogia literaria y política.


del 15 de noviembre de 1922, fecha clave de la historia política ecuatoriana. De Don Balón de Baba, el sentido del humor, pero sobre todo, la belleza idiomática de la novela, casi un alarde de casticidad y estilo literario. De Hombres sin tiempo, la exploración de la psicología humana, el aspecto subjetivo del hombre, sus veleidades intimistas, ese trasiego de ref lexión e incertidumbre a través del cual los hombres intelectualizan la realidad que les rodea, racionalizan los problemas dominantes y son víctimas de un estado depresivo que termina por llenarlos de pesimismo filosófico. Es la novela de la cárcel que Alfredo Pareja conoció como detenido político.

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Viene luego Las tres ratas, novela de plenitud en la que Alfredo Pareja resume sus cualidades literarias más altas, la más estructuradas hasta entonces, la más armoniosa de todas. El drama a veces lorquiano de tres hermanas en permanente convivencia conf lictiva: Eugenia, heroína impetuosa y rebelde en lucha tenaz contra un mundo lleno de peligros. Ana Luisa, talvez la más tierna, enamorada del hombre y la poesía, muy dada a la insólita costumbre de leer y, por lo mismo, predispuesta a comprender en razón de los conocimientos adquiridos. Finalmente, Carmelina, la rata mayor, doncella irreductible clausurada como ser vital y, por ello, celosa guardiana de la tradición familiar, estancada, en suma, frente a una realidad en la que las otras hermanas irrumpen impulsadas por un renovado y oportuno concepto de la vida. Las figuras de Francisco Pereyra y Carlos Álvarez matizan y enriquecen más aún el panorama humano de esta bella novela de Pareja. Los nuevos años introduce la novela-río en nuestra literatura. O sea, la novela serial

destina a cubrir extensas zonas de la sociedad humana, con ingerencia determinante de la historia y de la vida social. Aquellas largas y tan articuladas novelas de Roland, como Colás Breugnon y El Alma Encantada; Los hombres de buena voluntad, de Romain, “Los Tibault, de Du Gard, y La forja de un rebelde, de Barea, demostraban que la novela podía desenvolverse y encadenarse bajo el signo de una ambición épica capaz de lograr aquello que Lukács llama “la plasmación dramática del hombre”. Por un lado, atento a las corrientes literarias (o necesidades) modernas de mayor impacto y envergadura, y pendiente, por otro, de su pasión por la historia, Alfredo Pareja concibe su novela-río bajo el título genérico de Los nuevos años, como una transposición ambiciosa de una gran porción de nuestra historia nacional, la que corresponde, precisamente, a la etapa más convulsionada y esperanzada del proceso político ecuatoriano, a partir de la revolución de julio de 1925. Novelista e historiador igualmente sagaz y preciso, Alfredo Pareja epata con dominio admirable los mecanismos de la ficción literaria con las motivaciones dialécticas de la estructura social, para darnos una novela con personajes definidos y verídicos, alrededor de un poderoso aglutinante o catalizador que se llama pueblo.

Homenaje justo Dije que Alfredo Pareja ha sido sensible y, si se quiere, receptivo, a las novedades de la literatura contemporánea. En momentos en que el boom desata una intensa polémica con respecto a los innovaciones formales que introduce en la novela hispanoamericana, y cuando se cuestiona el verdadero valor de los escritores ecuatorianos de los años treinta, Alfredo Pareja, tan ágil y joven como lo es hasta ahora, creador entusiasta aunque descontento consigo mismo, nos entrega Las pequeñas estaturas y La Manticora,


Con Demetrio Aguilera, empeñado también en proponer renovaciones formales que actualicen nuestra narrativa, he aquí que Alfredo Pareja entra en un campo que a otros ha llenado de pánico y que puede ser una respuesta ecuatoriana a las pretensiones sin duda exageradas del boom, pero que, en todo caso, enaltece el vigor indeclinable y la fuerza creativa de estos escritores que mantienen la tradición generacional de hace casi 50 años, y el ejemplo brillante de una rara juventud que nos atreveríamos a denominar longeva. Muchos son, en suma, los libros escritos por Alfredo Pareja, y aún faltan varios más dentro de un plan de obras históricas que ya vienen publicando con esa increíble puntualidad que le es tan característica. Así, pues, el historiador ha terminado por imponerse al novelista. La ficción se ha desahogado a través de la investigación. La capacidad de transfiguración ha revertido en la consagración definitiva del historiador. A todo lo dicho en cuanto obra producida, hay que añadir el ejercicio de la cátedra, que es como escribir impalpables libros en la conciencia de los estudiantes. Todo lo cual significa que Alfredo Pareja es un hombre excepcional: novelista, historiador, biógrafo, ensayista, periodista, profesor y ahora ministro de Relaciones Exteriores, en magnífica coyuntura para transferir su formación humanista hacia el fortalecimiento de la paz universal y la amistad entre todos los pueblos de la tierra. Más que merecido, indudablemente, el Premio “Eugenio Espejo” que le ha sido otorgado. Al parecer, nuestro país va adquiriendo buenas costumbres en materia de cuestiones culturales. Ya somos capaces de admitir oficialmente que la cultura es algo muy importante en la vida de los pueblos. No es la cultura una actividad rentable, no

lo es, sobre todo, la cultura a nivel social, razón por la cual no se le presta la atención que debería dársela. A ello se debe que en la institución que, tradicionalmente, ha sido la vanguardia cultural y política de nuestro país, se clausure un cine de arte, porque deja pérdidas. En compensación, un premio como éste nos consuela y nos alegra, justísimo aunque modesto homenaje a un gran escritor ecuatoriano para quien guardo, desde hace muchísimos años, sentimientos invariables y sinceros de admiración y afecto. Porque en Alfredo Pareja hay algo más que inclusive debería tomarse como un elemento sustancial de la categoría estética: la sencillez humana, síntoma inequívoco de la más genuina grandeza creadora. Cuando, en esta virtud, nos consta que se antepone la imagen cordial a la del escritor con derecho a sentirse envanecido o distante, no se puede menos que recordar aquello que se dijera del agua: menos sabor tiene mientras más pura es. Universidad, Arte y Sociedad, Quito, Editorial Universitaria, 1980

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ambas luciendo conceptos y técnicas desconocidas por la novela ecuatoriana.


Confesión a viva voz

“Declaro que nunca he sido capaz de odiar”

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omo este es un discurso -hay que llamarlo de algún modo- de gracias a la generosidad de mis amigos, necesariamente es también de confesión, por lo menos en la medida en que me sea soportado hacerlo. Confieso, pues, que no es discurso de despedida, o que no deseo que lo sea; y aunque lo fuera, si así lo dispusiere el orden de la casualidad o de la insignificante razón natural, anunciarlo públicamente, en un acto como el de hoy, revelaría maneras de hablar no muy aceptables, formas poco educadas de pronunciar adiós a quienes quiero y agradezco. Por eso mismo, déjeseme repetir, otra vez y otra, que la firmeza del artista-escritor tiene por base de granito el amor. Declaro que nunca he sido capaz de odiar, ni siquiera a los jerarcas de la más horrible injusticia social, ni siquiera a los manufactureros de la guerra, ni siquiera a los ladrones de los pobres, por más que haya experimentado con frecuencia al ardiente deseo de que sean castigados, pero sin odio, sin odio, sin odio. En este discurso-confesión diré además que me parece que soy un escritor, y el hombre que lo cuida que soy yo, cuando descanso del oficio, que somos, pues, de ideas agnósticas, puesto que siempre hemos creído él y yo en la fenomenología relativa de las cosas y los acontecimientos. Ello no quiere decir que ambos no seamos creyentes, puesto que el trabajo del escritor es el de convertir la bruta realidad en ficción que, para mí, como para cualquier hombre de sana naturaleza, camine con calzado lustrado o

Dibujo de Rodríguez.

vaya de alpargatas, es una plena realidad, diferente quizá, pero tan realista o más que la piedra o el agua. La tarea del hombre ha sido siempre la de cuidar al escritor, procurándole al mismo tiempo facilidades para que sea capaz de dominar tormentas y ruidos tentadores, y continúe escribiendo, hasta que el viejo enemigo del hombre, que es el tiempo, le ensombrezca la lucidez de la cabeza y lo agobie de una buena vez con el indulgente y rápido martillazo del corazón. Pero veamos otras cosas esta noche. Y es que vale recordar que, al empezar a desarrollarse en la antigüedad clásica occidental, el espíritu científico en la investigación de la naturaleza, el racionalismo del empeño cayó pronto, pese a sus audacias, en el determinismo de los sucesos y de la corriente misma de la vida y de la historia. Y luego llegó a extremos que lo conducirían a súbitas explosiones irracionales, como si los dioses incógnitos se vengaran de tanta claridad racional en animales engreídos de sí mismo por haberse erguido en dos patas e inventado útiles de matanza, para destruirse unos a otros, no tan sólo para saciar el hambre. Si no fuere así, ¿cómo habrían estallado tantas guerras en su supercivilizado Occidente bajo la inspiración divina de un


¿Viviríamos en este final de centuria la perpetua agonía de la autoaniquilación? ¿Estuviéramos ya a punto de fabricar una inteligencia artificial casi totalmente idéntica a la complicada construcción del cerebro humano, que puede pensar como el hombre y como el hombre sea capaz de crear poesía y música y lo que se le ocurriese al artista violador de todas las fronteras de la exactitud de la razón, o del racionalismo determinista de sí mismo si se quiere o de la toma de conciencia al pensarse a sí mismo, y saberse que se es? Con lo dicho, con lo apenas esbozado sería mejor expresión, va otra confesión pública para mis amigos, en esta noche de mi entusiasta vejez. Y es la de que los escritores de los treinta siguieron, seguimos diré, con el tratamiento excesivamente objetivo de la realidad humana, hasta aproximadamente 1939. Varios continuaron el mismo tratamiento durante los cuarenta, y unos pocos hasta mediados de los cincuenta. Hubo, naturalmente, excepciones, como la de Pablo Palacio, el alucinado tan lúcido, a quien, después de largos años de silencio, todos hoy reverentemente admiramos. Acaso la verdad, que anhelantemente busca el hombre, desde que enderezó su cuerpo a contemplar estrellas y pretender luego contarlas o reunirlas en símbolos de predicción, se encuentre oculta en un cierto modo oscilatorio entre lo creído racional y lo que sucede irracionalmente. De no ser así, habríamos de concluir en que ya lo sabemos todo de la vida y de la muerte, del enigma y la transfiguración, del universo y del infinito que parece expandirse sin límite, en razón de su propia infinitud.

Pero tengamos cuidado: saber no es necesariamente resignarse ante la muerte, a ese descarnamiento del pensamiento. ¿A qué debe entonces el ser humano resignarse o someterse? Se puede, y tal vez se debe, responder que a nada. Pero llego a creer que si no lo hiciera, volaría su inteligencia como cometa de papel y nunca como los pájaros que decoran el cielo entre las nubes viajeras. Vuelvo entonces a decir que conviene la resignación ante el amor, el vencedor de todos los obstáculos físicos y metafísicos de la conducta, sea de los hombres como de las cosas aparentemente inanimadas. ¿Habrá acaso otra forma de encontrar el en -sí o el para- sí de las cosas y de los seres llamados animados? Por mi cuenta y a mi riesgo, en alta voz lo confieso: a esa concepción de la muerte y del amor, como vencida y vencedor, estoy ya resignado totalmente. “¡Qué claro lo vieron Calderón y Quevedo!: ¿Qué es la vida? Un frenesí./ ¿Qué es la vida? Una ilusión, /una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño;/ que toda la vida es sueño,/ y los sueños, sueños son”. Y don Francisco poco antes, en sus sonetos de la muerte: “morir es la última cordura. / La mayor parte de la muerte, siento / que se pasa en contentos y locura,/ y a la menor se guarda el sentimiento”/. Es posible que mis palabras parezcan tristes a los amigos que me acompañan hoy. Es la verdad. En mis adentros, experimento una serena tristeza, que no contradice en nada la gran alegría que ustedes me proporcionan con tanta generosidad. Porque, no obstante cualquier experiencia unamunescamente agónica, creo ser, como decía Marco Aurelio: “Un miembro del conjunto de los seres razonables”, y el creerlo me limpia el corazón de las inmundicias cotidianas. Liberado de ellas, pues, mi espíritu exclama junto a ustedes que no es cierto el autogobierno del destino, pero tampoco es verdadera la fatalidad dispuesta inexorable-

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solo Díos, un Dios vengativo y cruel para castigar a otros hombres que desconocían su única existencia? Si no fuera así, ¿estaría nuestro mundo de hoy tan estúpidamente ahíto de armas nucleares?


mente. No olvidemos la sabiduría ptolomeica, sobre el tiempo y el espacio, que tan poéticamente viviría el Dante: “Sé que soy mortal y que he nacido para durar un día”, esto es, lo mismo que cincuenta o noventa años, no más que un chispazo de luz en la negra inmensidad de la noche universal.

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Y ahora, antes de decir lo que debo al final de este llamado discurso de gratitud, quiero dejar el testimonio de la inmensa y entrañable ayuda protectora que, desde hace cincuenta y cuatro años, me ha otorgado mi mujer Mercedes. Y agradecer luego a Francisco Proaño Arandi, por su generoso artículo “Historia y conciencia”, publicado en el diario Hoy, el domingo último, en una columna editorial, junto a la cual yo expresaba mi gratitud a Claudio Mena y a otros buenos escritores y benevolentes amigos, como Diego Araujo Sánchez y Juan Cueva Jaramillo. Con lo dicho, quiero decir también a ustedes una noticia personal: acabo de leer un nuevo libro: Páginas olvidadas de Joaquín Gallegos Lara, por Alejandro Guerra Cáceres. Transcribo de esa lectura lo que deseo compartir con ustedes esta noche: “La hondura y amplitud de sus exploraciones y su expresión en un estilo de fuego (trata de Los animales puros) que parece provenir (…) de Luis de León y Teresa de Ávila, la consagran como una de las más altas categorías de nuestra literatura”. Aquí, en esta sala está el autor de la novela: Pedro Jorge Vera. En ese mismo libro, una alta y profunda voz dice de Joaquín Gallegos Lara: “De una fuerza espiritual desconcertante, con un poder de convicción absoluto, con una personalidad tan grande, tan inmensa, Joaquín se iba apropiando de quienes le rodeaban, y se metía dentro para señalarnos la basura del alma…”. Aquí en esta sala, y en esta noche, se encuentra quien escribió lo transcrito: Jorge Enrique Adoum, tan excelente poeta como buen novelista de la siguiente inmediata generación a la nuestra.

A Pilar Bustos, también mis gracias por el hermoso dibujo que me ha obsequiado. Gracias, muchas y muy profundas, les dice a todos ustedes un viejo que ha amado mucho la vida y el trabajo que da vivirla. Estimulado por ustedes, continuaré mi tarea por el tiempo que me resta. Gracias otra vez.

Discurso pronunciado en el homenaje nacional al cumplir ochenta años de edad, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1988.


Demetrio Aguilera Malta

Premio Nacional “Eugenio Espejo” 1981


E Premio Espejo

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n 1981 el Premio fue discernido a favor de Demetrio Aguilera Malta, quien desempeñaba el cargo de embajador de nuestro país en México. La propuesta, de acuerdo a lo que estipulaba un reglamento aprobado por el Comité Ejecutivo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, provino de este mismo organismo luego de una votación de sus miembros, que fue unánime a favor de Aguilera Malta. El escritor guayaquileño viajó a Quito para recibir la presea en acto solemne efectuado en el Palacio Nacional el domingo 9 de agosto de 1981 y presidido por el doctor Osvaldo Hurtado Larrea, quien, en mayo del citado año, había asumido el mando

luego de la trágica muerte del abogado Jaime Roldós Aguilera. En la ceremonia de entrega, el Ministro de Educación de entonces, Galo García Feraud, anunció la creación de la Subsecretaría de Cultura y el incremento del valor del premio a S/. 500.000, USD 20.000 al tipo oficial de cambio de entonces. Habló también el Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Edmundo Ribadeneira. El galardonado, al final de la ceremonia, en corta intervención, manifestó, entre otras ideas, que la presea, así como honra a quien la obtiene, honra a quien lo concede “porque enaltece lo más puro, lo más entrañable y fundamental de cuanto define y enmarca la ecuatorianidad”.


“Pero es demasiado sensual para apasionarse por una teoría”

A

distancia de contados meses de su propia muerte, Demetrio Aguilera Malta recibió en el Salón Amarillo del Palacio Presidencial, el Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo”, en una ceremonia cargada de simbolismos, porque, semanas antes, había fallecido, en trágico accidente de aviación, el Presidente de la República abogado Jaime Roldós Aguilera, su pariente cercano. En esa solemne ceremonia, Aguilera Malta se reconoció “un hombre afortunado, que siempre ha obtenido el amor de los seres que ama [y] que ha podido realizar las cosas que quiere”. A esas alturas de su vida, ¿qué era, en realidad, la fortuna recibida a lo largo de los años, el amor alcanzado de los otros, y qué significaba ese último honor, la máxima presea cultural con que su país nativo le premiaba ya al filo de su existencia? En esta ocasión, como en varios de los apasionantes capítulos de su vida, ref lejados varios de ellos en sus obras, se mezclaban, en un solo acto, el dolor y la tragedia, el honor y la recompensa, y, en el trasfondo, el augur cercano de la muerte. Pero el premio concedido, era, sin duda, el justo reconocimiento a una vida dedicada en plenitud a las letras y a la difusión de los valores de nuestra cultura.

Demetrio Aguilera Malta nació en Guayaquil el 24 de mayo de 1909, en el hogar de una familia con recursos económicos. Su padre, de su mismo nombre, era una persona de relativas comodidades, de claras convicciones liberales, de espíritu emprendedor y visión empresarial. Su madre, en cambio, estaba más ligada a las expresiones de la cultura, en buena medida por haber desempeñado el oficio de preceptora durante varios años y quien sabe si por ser hija de un hombre ilustrado, quien gustaba de leer y contaba con una extensa biblioteca, con la cual Demetrio, desde muy joven, se nutrió de motivos y fantasías. Interrumpiendo sus estudios secundarios, este joven que ya pintaba de aventurero con alma gitana, vivió un tiempo en la isla San Ignacio, en el Golfo de Guayaquil, muy cercana a la ciudad, adquirida por su padre en 1918, luego de vender una fábrica textil de su propiedad. A edad muy temprana, entonces, estuvo en contacto directo con todos los elementos que luego alimentarían su obra narrativa y en buena medida darían rienda suelta a su fantasía creadora: el agua -por la cual sentía natural preferencia, al punto de decir alguna vez que era “un tiburón parado”-, la selva con su hálito de misterio y de lujuria, el trabajador del campo con la sencillez salvaje de sus comportamientos primitivos, en fin. Este primer contacto con la naturaleza inf luiría notablemente en su persona y en su obra, pero, además, le permitirá comprender el intrincado interior del ser humano, sus mitos, sus leyendas, lo que atraía el horizonte de sus ref lexiones cotidianas a las causas sociales, de las cuales siempre fue afecto. Su estadía en este hábitat preferido, no duró mucho tiempo. Hubo de regresar a la ciudad, a terminar sus estudios, porque su padre lo había exigido de la manera más inteligente: negándose a hablar con él, como decimos en el lenguaje coloquial,

205 Aguilera Malta

Semblanza


quitándole la palabra. De esta vuelta a la urbe, le vienen sus primeros contactos con los jóvenes intelectuales de la época, a poco sus compañeros de labores literarias y de luchas políticas. De entre ellos, Jorge Pérez Concha, con quien publicaría un pequeño libro de poesía siendo todavía colegial y, sobre todo, Joaquín Gallegos Lara, en cuya mítica buhardilla bullía la naciente intelectualidad de la época, congregada alrededor de esa especie de pontífice inmóvil y derrengado, y a la cual se acudía con no disimulado entusiasmo.

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A la par de sus primeros escritos, -El libro de los manglares aparece cuando es todavía jovencísimo-, Aguilera Malta se dedica también al arte, sobre todo al dibujo y combina ambos géneros muy bien. Prueba de ello, precisamente, este El libro de los manglares, pequeña obra “sobre temas cholunos” según sus propias palabras, trabajada en mimeógrafo e ilustrada por él mismo. Casi al alcanzar la mayoría de edad, viajó a Panamá, país en el cual no solo se dedicó a varias tareas que le retribuyeron económicamente, pues la escritura y el dibujo siempre le ayudaron a este logro, sino que contrajo matrimonio con Ada Endara del Castillo. Es posible que de este contacto haya nacido una de sus obras importantes, Canal Zone, en la cual desborda dura crítica al dominio estadounidense en tierra panameña, que más de un dolor de cabeza le ocasionaría en años posteriores. Resulta curioso que la primera obra por la cual Aguilera Malta entró de lleno a la literatura ecuatoriana, el célebre libro de cuentos Los que se van, cuya autoría comparte con Enrique Gil Gilbert y Joaquín Gallegos Lara, haya encontrado a nuestro autor sumido en otros afanes muy diversos: su viaje a Panamá, tierras nuevas que las descubre con inmenso apetito de viajero; el romance con quien sería su esposa y compañera durante una parte de su existencia; la necesidad de ganarse la vida en tierras

extrañas. Es conocido el vacío que, en un comienzo, se generó en nuestro país alrededor de esta obra pionera, pero el paso ya estaba dado y el nombre de estos escritores se afirmaría poco tiempo después precisamente por este libro, que todo estudiante cita entre las obras clave de nuestra historia literaria y al cual se recurre insistentemente para mencionar los mayores logros de nuestras letras. En Los que se van, Aguilera publica ocho cuentos, todos alrededor del cholo y sus vicisitudes: el que odió la plata, el de la Atacosa, el del cuerito e venao, el del tiburón, el que se vengó, el de las patas e mulas, el que se castró, el que se fue pa Guayaquil, éste último acaso el más logrado, por ser al que más acuden las antologías del cuento ecuatoriano, en especial en las dos más reconocidas, la de Cecilia Ansaldo Briones, de 1993, y la de Alicia Ortega Caicedo, 2004. El espacio de tiempo que media entre su retorno a Guayaquil y un nuevo viaje al exterior, esta vez a España en vísperas de la guerra civil, es un largo lustro de actividades y de logros. Entre éstos, destaca, sin duda, la publicación de su novela grande, Don Goyo, irrepetible en muchos aspectos. No solo se destaca en ella el mítico personaje que confunde su fortaleza de superhombre con el vigor de la naturaleza en el desaforado desborde del mangle dominador, sino que evoca, otra vez, sus primeros recuerdos juveniles, en la isla de San Ignacio. Esta obra, editada en España, lo consagra definitivamente. Pero, además, es en este lustro cuando Aguilera realiza otros trabajos. A más de su oficio como secretario del Colegio “Vicente Rocafuerte”, publica una obra alrededor del conf licto de Leticia, escribe para el diario porteño El Universo, interviene en política como socialista militante, participa en uno de los, en ese entonces, célebres salones de arte de la agrupación “Allere Flamma” y


Pese a sus convicciones socialistas, Aguilera Malta no es un militante activo, como lo fue Gil Gilbert, o como en cierta manera lo fue también Gallegos Lara, pese a su impedimento físico. Es, al final de cuentas, un artista, un artista embebido también por los placeres de la tierra, infranqueable barrera para quien, en aras de su ideología, está dispuesto a ofrendar hasta su vida. No, Aguilera Malta no es de aquellos prospectos de héroes de una causa por más superior que ésta sea. El propio Gallegos Lara lo reconocerá en uno de sus tantos escritos dados a luz en los años treinta, recopilados mucho tiempo después, en 1995, por Alejandro Guerra Cáceres. Escuetamente lo pinta con estas palabras, que ref lejan pleno conocimiento de nuestro personaje: “Pudiera haber ingresado como otro al Partido Comunista. No le falta capacidad de sacrificio. Pero es demasiado sensual para apasionarse por una teoría, por realista que ella sea. No tiene el radicalismo seco y ardiente que se necesita para ser un revolucionario profesional, un comunista. Es, ante todo, artista. Y lo sabe. Luego, es ambicioso. Sueña con grandes empresas periodísticas, con editarse él mismo sus libros, con organizar conferencias, con viajes…”. Según se señala en alguna de las crónicas sobre su vida, en 1936 recibe de nuestro Ministerio de Instrucción Pública una beca para realizar estudios en España. Llega a ese país poco antes de que estallara la guerra civil y esto le genera nuevos desafíos, ni siquiera pensados poco antes. Deja a un lado los estudios formales y se lanza, decidido, a enfrentar las situaciones derivadas de la

guerra. Lo hace, con la pluma, como es natural. Se dice que fue cronista en uno de los frentes de batalla, participa en eventos organizados por escritores para defender la causa republicana y escribe obras de mayor factura. Una de ellas, editada en Barcelona, es un reportaje novelado, que lo tituló ¡Madrid!. Otra, publicada en Quito, en los Talleres Gráficos de Educación, cuando, como vamos a ver, ya había retornado al país y ejercía importantes funciones públicas, la bautiza con el título de España leal. Este último libro es una tragedia compuesta de un prólogo y tres actos, el último de los cuales se encuentra dividido en dos cuadros; la acción se ubica en Madrid y la primera representación pública se realizó en Guayaquil, en el Teatro Parisiana, el 26 de septiembre de 1938, con el elenco de la compañía de dramas y comedias de Eduardo Albornoz, a quien, por otra parte, el autor dedicó el libro. Obra de encendida defensa de la República española, vigorosa en cuanto a la intencionalidad política, se inicia con un coro de milicianos: “-¿Dónde vas Paca Solana? /¿Dónde vas con tu vaivén? -Voy a vestirme de gloria,/ vida humilde hecha laurel./Mi Madrid se encuentra herido/ y lo voy a defender…/Soles me incendian el alma,/ soles de triunfo y de fe./ Con el Quinto Regimiento/ nos proponemos vencer…/Bandera de carne lleva/ mi Regimiento esta vez…” En 1938 se desempeña como Director del Museo Nacional, conocido como Museo Único, participa de sus primeras iniciativas en un medio todavía poco comprensivo para estos afanes culturales y, en compañía de Jorge Diez, quien contemporáneamente se desempeñaba como Director del Archivo Nacional, con la cooperación, además, de Nicolás Delgado, Rafael Euclides Silva y Leonardo Tejada, funda la revista Trópico, de la cual aparecen dos números. Aguilera es nombrado luego subsecretario de

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recibe, desde Santiago de Chile, aquel libro sobre la dominación yanqui en Panamá, Canal Zone, a que antes hice referencia y por el cual, en opinión de Gallegos Lara, “Aguilera debe esperar por él, el odio y los insultos de los interesados en defender al imperialismo, vendiendo su tierra, con toda la torpeza del topo lugareño”.


Instrucción Pública, función que muchos años después confiesa, sería uno de los pocos cargos públicos cuyo ejercicio acepta. Todo esto aconteció en el régimen del general Enríquez Gallo.

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Es este contacto con la burocracia, sin embargo, el que le permite publicar su España leal y alguna otra obra menor, pero en esa década tumultuosa, la de los treinta, la política es demasiado frágil y Aguilera Malta debe retornar a la vida de ciudadano común, a sus varios afanes de carácter económico, lo cual no le impide escribir otras obras, una de las cuales, la pieza teatral Lázaro. Caricatura escénica en tres estampas y un prólogo, aparecida en las páginas de la revista del Colegio Nacional Vicente Rocafuerte de Guayaquil en 1941, le permite viajar por todo el país acompañando al elenco de la compañía “Gómez Albán” que representa la pieza con éxito inusitado, acaso por ref lejar el drama de un pobre maestro de escuela, apretado por las necesidades que no puede satisfacerlas con su mísero sueldo, drama de muchas familias ecuatorianas en esos difíciles años de la depresión económica. Después de Don Goyo, acaso la obra más representativa de Aguilera Malta sea La isla virgen, publicada en 1942 por la empresa Vera & Co. fincada en Guayaquil, con extenso e inteligente prólogo de Ángel Felicísimo Rojas. En carta que el autor dirige desde Guayaquil a Benjamín Carrión el 22 de octubre de 1942, le dice, entre otras cosas lo siguiente: “Estoy haciendo una edición de Isla Virgen. Seguramente la distribuirá con su pie editorial Vera y Compañía. Es una nueva versión, reestructurada casi íntegramente de la que Ud. conoció. Ya le haré llegar un ejemplar para que opine”. Esta obra afirma el prestigio de Aguilera Malta, vuelve a ubicar el drama en ese medio tan caro para él, el de los primeros años transcurridos en la isla de su padre que es, por su propia confesión, el escenario de

este nuevo libro. Como Ángel Felicísimo Rojas señala, al vincular este trabajo con la obra de Conrad, “la intención del escritor, las ideas que exigía el narrador marinero Conrad, tienen dos maneras de revelarse: en lo que dice el autor al narrar, en su propio nombre, y en lo que dicen y en el modo cómo actúan sus criaturas”. Los años siguientes transcurren entre la escritura de varias obras de teatro, alguna empresa cinematográfica que termina en fracaso y le ocasiona pérdida de capitales, las desavenencias ya insalvables con su esposa y el desempeño, primero de un cargo diplomático en Santiago de Chile que, luego, en el régimen de Galo Plaza Lasso, deviene en una agregaduría cultural en Río de Janeiro. Es esta la época, ejemplar sin duda alguna, en la cual varios escritores de prestigio, Icaza, Andrade, Benites Vinueza, entre otros, son acreditados como agregados culturales en varias misiones de nuestro país en América y Europa. Entre las varias obras de Aguilera Malta en este periodo, baste citar, como ejemplo, una novela de aventuras, de menor factura sin duda, pero que ref leja su caudal creador, dispuesto a rozar escenarios que no son propios para sus obras mayores, como el de aventuras con cierto corte policial, tal este caso. Se trata de El pirata fantasma, publicada por entregas en 1948 dentro de una colección establecida por la empresa editora del diario El Comercio de Quito, denominada “Biblioteca Ecuatoriana de Últimas Noticias”. El prólogo de este nuevo libro, escrito por los editores, lo califica en forma simplista, de este modo: “No es una obra histórica; no pretende pintar caracteres, ni presentar teorías; es el juego imaginativo, que exige penetración crítica, que mantiene al lector en el interés que investiga y calcula”. Y continúa: “Es la obra hasta cierto punto científica que ha llevado a este ramo de la literatura la concepción policíaca, que demanda del autor presentar un asunto hasta cierto punto absurdo para irlo


Hacia 1958 Aguilera Malta se radica definitivamente en México, patria de su segunda esposa, con quien había contraído matrimonio cinco años antes, la escritora Velia Márquez, “el premio gordo que me tocó en la lotería de la vida”, según propias palabras del autor. Márquez no solo es escritora, lo que de por sí supone afinidad de intereses y de causas, sino que es la compañera ideal para alentarle en cuanta empresa dramática Aguilera Malta se empeña así sea hasta el fracaso, como más de una vez ocurre. Y es en este periodo de su vida, cuando nuestro escritor, a más de reiteradas obras para teatro que escritas una tras otra, con indudable vocación por el arte dramático, -recuérdese, además, que dos años antes, en 1956, había editado El Tigre, obra de éxito- emprende la publicación de una serie de libros que los titula, a semejanza de lo que para España hiciera muchos años antes Pérez Galdós, como Episodios Americanos y que para su autor viene a ser “algo así como un enorme mural de la historia de América”, según declaración a Rodrigo Villacís Molina en entrevista para el diario El Comercio de Quito, muchos años después. De la serie antes nombrada aparecen cuatro volúmenes: La caballeresa del sol, alrededor de las relaciones entre Bolívar y la Sáenz con el trasfondo de las guerras de la independencia; El Quijote de el Dorado, con una vigorosa reminiscencia de la epopeya del descubrimiento del río Amazonas y la férrea conducción de ella por Francisco de Orellana; Un nuevo mar para el rey, acerca del descubrimiento del Pacífico por Vasco Núñez de Balboa; y, Los generales de Bolívar. Pero después de este primer empeño, pierde fuerza el proyecto y estos capítulos americanos sellan su temprano término, al menos

si el propósito de Aguilera Malta era el de emular la gigantesca obra del escritor español. Su adhesión a la revolución cubana se expresó en un libro, Una cruz en Sierra Maestra, que, si bien circuló profusamente en Cuba, por explicables razones políticas tuvo muy poca difusión en el continente y en nuestro país. Esta obra se publicó en Buenos Aires hacia 1960, en pleno auge de las nacionalizaciones de bienes estadounidenses y de las purgas políticas a los colaboracionistas del régimen de Batista. En 1967 publicó Infierno negro, defensa dolida de los negros que en Estados Unidos sufrían por entonces los últimos coletazos de la discriminación racial. Ambas obras no son sino expresión de una ideología que, para Aguilera Malta, pese a todos los quiebres de la vida, permanecía intacta en su corazón y en su mente, por cierto en su actitud como escritor. En uno de esos retornos fugaces a la patria que Aguilera Malta acostumbraba con cierta frecuencia, en noviembre de 1969, aceptó ser entrevistado en un reconocido programa de televisión mantenido por la Unión Nacional de Periodistas, “Telepulso”, y en el diálogo se expresó con cierta dureza respecto al boom literario que, en esos años, asombraba a los medios intelectuales de nuestra América, y reivindicó, a la vez, la originalidad y la vigencia del mensaje de su generación, a la cual, según sus expresiones, tocaba todavía decir su última palabra. Sin negar la valía de algunos de los escritores del boom, García Márquez y Vargas Llosa por ejemplo, sostuvo, con crudeza y cierto dejo de resentimiento, que ellos “saben mucho de publicidad y propaganda y unen a su talento métodos de esta clase para que su dimensión en el espacio sea más lograda”. En 1970 Aguilera Malta publicó en la Serie Narradores Latinoamericanos del Fondo de Cultura Económica de México, la que para algunos sería la culminación de una

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desenvolviendo lógicamente, pero con la intención manifiesta de sorprender al lector y lo ayude a resolver el enredo en que fue complicándose al pasar de las páginas y de los capítulos”. En resumidas cuentas, un folletín.


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trilogía de sus mejores obras, Siete lunas y siete serpientes, pero que para ciertos críticos, adolece de imperfecciones. Miguel Donoso Pareja, por ejemplo, en su Nuevo realismo ecuatoriano, 2002, señala que en la obra, “una vez que había logrado convencer con el realismo mágico en más o menos la mitad de su novela, da un giro desastroso en el tono y la tesitura narrativa y comienza a dar explicaciones racionales a lo mágico que ya era, por sus virtudes verbales, una convicción del lector”.

la jaula y allí solito se encierra”. La segunda obra, en cambio, fue publicada por Grijalbo y según el anuncio que de ella se hace en la solapa, es una “novela de extraña atmósfera de irrealidad donde se palpan los lindes del sueño y la vigilia; los límites en los que la imaginación se entromete en la realidad con la impertinencia del destino”. En ambos libros, Aguilera Malta bucea nuevos modos de expresión, pero no logra concretarlos, con esa capacidad y ese vuelo demostrados en sus obras magnas.

Pero lo señalado por Donoso Pareja, acaso podría explicarse por la fatiga de expresión literaria de Aguilera Malta -el mismo confiesa en entrevista al notable crítico Hernán Rodríguez Castelo que tardó muchos años en concluirla-, o al hecho de haber suprimido alrededor de 500 páginas del texto original o, quien sabe, si a los interrogantes que en su interior habrán surgido por el rompimiento generado por las nuevas formas literarias del “realismo mágico”, tan en boga en aquel tiempo.

También por estos años tuvo una intensa labor como conferencista, como miembro de varias agrupaciones de escritores, así el célebre PEN Club a cuyas reuniones asistía en la medida de lo posible, como propulsor de empresas culturales, algunas de ellas fallidas, tal la de establecer, a semejanza de nuestra Casa de la Cultura, una de ámbito latinoamericano.

Sus últimos años los transcurrió entre la creación literaria, sobre todo dramática, la escritura de artículos para diarios y revistas, los viajes y, mírese bien, alguna que otra empresa, porque ese ánimo emprendedor siempre lo sacaba a f lote, a la primera oportunidad. Una de estas, por ejemplo, fue la del sesquicentenario del 9 de octubre de 1820, que le valió la edición, junto a uno de sus hermanos, de un conjunto de monografías titulada Guayaquil 70. Pertenecen a esta década de los setenta varias obras, pero en especial conviene citar a dos de ellas: El secuestro del general en 1973 y El jaguar en 1977. La primera fue editada para la serie “Novelistas contemporáneos” por la empresa mexicana Joaquín Moritz, calificada por el propio autor como “mi primer esperpento […] una novela absurda… capturan al general poniéndole una cadena de bananos; va tras los bananos a meterse en

En uno de sus tantos retornos fugaces al país, en octubre de 1977, el Concejo Municipal de Guayaquil le rindió homenaje junto a Benjamín Carrión, Jorge Carrera Andrade, Jorge Icaza, Raúl Andrade y Leopoldo Benites Vinueza. Le tocó agradecer a nombre de sus compañeros de homenaje y del suyo propio. Fueron esas palabras no solo de gratitud y de exaltación de los valores de los otros homenajeados, sino de dolorosa constatación del paso del tiempo y de su condición de desterrado. “Para mí, -dijoque vivo la dolorosa situación de tener dos patrias, la que dejo aquí al lado de mi río y la que llevo dentro donde voy, para mí es un momento indefinible. Mi palabra debería ser encendida, volcánica, caudalosa, comunicante, que los tuviera a ustedes vibrando al unísono de mi propia vibración, pero la emoción me ahoga. Realmente tengo miedo de forzar mi propio corazón que no siempre late ya como yo quisiera”. Al reinstaurarse el constitucionalismo en nuestro país, luego de uno de los más amplios periodos de dictadura militar de


Y esa disminución de su capacidad visual, más otros problemas de salud, los cuales no eran sino efectos secundarios de la diabetes, fue agotando su fortaleza y sus ímpetus creativos con mayor rapidez de lo normal para su edad. De otra parte, la súbita muerte del Presidente Roldós, en doloroso accidente de aviación, debe haber ocasionado mella en su espíritu, tan robusto para afrontar contratiempos y pérdidas, pero igualmente sensible como la de un artista que lo fue. A poco, tan solo dos meses después de este trágico suceso, el Gobierno Nacional le otorgó el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, el cual no solo puede entenderse como justo reconocimiento a su dilatada vida intelectual y a su aporte a las letras nacionales, sino una especie de consuelo espiritual en este, que vendría a ser su último año de vida, tan cargado, como en las tragedias griegas, de inexplicables contradicciones del destino. De retorno a México continuó el proceso de su enfermedad y un día, ya pasadas las fiestas navideñas de 1981, sufrió una caída

en el baño de su residencia, que le ocasionó una herida en la frente, producto de lo cual y de la debilidad propia de la enfermedad que padecía, falleció el 28 de diciembre de ese año. Respetando su voluntad, su cuerpo fue cremado dos días después. Cuando sus cenizas llegaron al país, el 6 de enero de 1982, sus restos fueron velados en la Casa de la Cultura en Quito, lugar donde su compañero de generación, Alfredo Pareja Diezcanseco, el único de los cinco “como un puño” que sobrevivía, le dedicó una conmovedora oración fúnebre, atendida con expectación por un auditorio dolido y conmovido. “A la substancia de Demetrio hermano va la oración -decía en uno de sus párrafos-. Va con la osadía de querer alcanzarlo en el país que habitan los que no mueren cuando han muerto sus formas. Ese país te perteneció siempre, Demetrio hermano, por la audacia de tu pensamiento, por tu amor a la belleza, por tu inconformidad, por la constancia de tu oficio de creador, por tu veneración a las fuerza del bien”. Como acto postrero de este rito, parte de sus cenizas fueron arrojadas, por su viuda, desde el buque Orión a las aguas del Golfo de Guayaquil, muy cerca de su querida isla, la de tantos recuerdos juveniles. En crónica publicada en esos mismos días, Manuel de J. Real recordaba que “en sus últimas conversaciones, las palabras de Demetrio nos sabían a muerte. Nos hablaba de su entrañable deseo: que su cuerpo y el de Velia, la amada Velia con la cual integraba un monomio, fueran arrastrados, ya cadáveres, dioses mestizos, por las aguas del Guayas, impregnándose con los olores de frutas maduras y recias maderas, con todas las savias del trópico, hasta convertirse, a la final del periplo, en limo fecundante y creador...” Muchos años después, en 1988, Joaquín Moritz de México y Editorial Planeta del

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nuestra historia, fue nombrado embajador en México. A sus méritos como escritor, a su dilatada vida pública y a la circunstancia de conocer íntimamente al país en el que era acreditado como plenipotenciario nuestro, le unían, para merecer esta distinción, la relación que Aguilera Malta tenía con el Presidente de la República de entonces, el abogado Jaime Roldós Aguilera, su pariente cercano. Este cargo lo desempeñó honorablemente, con el entusiasmo de siempre, al punto que, en una entrevista con Rodrigo Villacís Molina, periodista de El Comercio de Quito, a la que se aludió en páginas anteriores, manifestó no tener problemas en cuanto al desempeño de sus funciones diplomáticas, aunque reconoció que le es difícil escribir porque “es la vista la que me está faltando y el hecho de que me he puesto demasiado exigente conmigo mismo”.


Ecuador publicaron una obra póstuma de Aguilera Malta, que la había venido trabajando durante algún tiempo, titulada: Una pelota, un sueño y diez centavos. El libro, según confiesa la propia viuda del escritor, quien completa el texto con una nota final de dos páginas, “constaría de 200 cuartillas y están numeradas, sin que falte nada, hasta la 192”. Este es un relato que gira alrededor del fútbol, del triunfo, de lo que supone pasar del anonimato a la fama, una tarde que “Pata de Águila” consigue el triunfo. Y son las pocas horas siguientes donde se desenvuelve el argumento central que nos recuerda a aquellos peloteros de barrio en las tardes de los días domingo, hasta la consagración de unos pocos en las jornadas futbolísticas de relumbrón.

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En resumen, la personalidad de Demetrio Aguilera Malta, su obra y su vida, rayada muchas veces por la aventura y siempre por la creación, sintetiza lo que Pareja Diezcanseco calificara como todo eso que viene de “el hermano, el amigo, el gran escritor, el artista de múltiples vocaciones”. O, como bien dijera Pedro Jorge Vera, poco tiempo después del tránsito final de su amigo, “evocar a Demetrio es recordar a un gran escritor, pero también la grandeza de alma, la alegría de vivir, el incesante fuego creador”.

“Aguilera Malta estaba en el colegio dos años antes que yo. No nos sorprendió su inclusión en Los que se van, si ya había publicado El libro de los mangleros, y en colaboración con Jorge Pérez Concha, otro tomo de poesía, Primavera interior. Lo conocí una noche en que se presentó la delegación estudiantil que se aprestaba a viajar a Riobamba, Ambato y Quito. Entonces leyó un poema suyo a las ciudades de la visita, que me

impresionó grandemente por su ritmo y por su sonoridad. Al acercarme a congratularlo, entablamos una amistad que duraría, sin una nube, hasta su muerte. Y es que, aparte de su calidad de escritor, Demetrio fue un hombre bueno, de generosidad excepcional. Los triunfos de sus amigos los sentía como propios. En México, cuando le presenté un ejemplar de la edición rusa de mi Luto Eterno, salió con él a mostrarlo a todo el mundo con los más cálidos elogios. Cuando en 1958 organizó en el Parque de Mayo una feria (que resultó un completo fracaso y le significó la pérdida de todo su capitalito), yo, que había participado consiguiendo expositores, fui a expresarle mi solidaridad, Demetrio tomó el fiasco con el mejor ánimo. “Por lo menos, tú y otros amigos han ganado sus comisiones”, me dijo sonriendo. Su Don Goyo no es sólo una gran novela sino, también, un libro precursor de lo que décadas después se llamaría “realismo mágico”. Otras novelas suyas de importancia: La isla virgen, Siete lunas y siete serpientes, Canal Zone. Pero así mismo escribió libros de segunda, pues ninguno de los buenos escritores ecuatorianos fue tan desigual como Demetrio. El más débil de todos es Una cruz en Sierra Maestra, escrito con la emoción que despertó la revolución cubana, y del cual me dijo alguien en La Habana: “¿Pero este Aguilera es enemigo de Cuba o agente de la CIA, para haber escrito esto?”. Otros malos libros suyos: Una pelota, un sueño (póstumo) y la serie de Episodios Americanos. Pedro Jorge Vera, Gracias a la vida, Quito, Editorial Voluntad, 1993, página 50


Decreto nº 189 Osvaldo Hurtado Larrea Presidente Constitucional de la República Considerando:

Decreta Art. 1.- Confiérese el Premio Nacional “Eugenio Espejo” al señor Demetrio Aguilera Malta. Art. 2.- De la ejecución de este Decreto encárguese al señor Ministro de Educación y Cultura. Dado, en Quito, en el Palacio Nacional a los nueve días del mes de agosto de mil novecientos ochenta y uno. f) Osvaldo Hurtado Larrea, Presidente Constitucional de la República. f) Lcdo. Carlos Garbay Montesdeoca, Ministro de Educación y Cultura, Encargado. Es copia.- Lo certifico: f) Dr. Orlando Alcívar Santos, Secretario General de la Administración Pública.

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Que mediante Decreto Nº 677, de 6 de agosto de 1975, se instituyó el Premio Nacional “Eugenio Espejo” para ser conferido cada dos años, previa calificación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, al ecuatoriano que sobresaliere por sus creaciones, realizaciones o actividades en favor de la cultura nacional; Que el Consejo Ejecutivo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana resolvió, por unanimidad, recomendar el nombre del escritor guayaquileño Demetrio Aguilera Malta, para que se le otorgue el Premio Nacional “Eugenio Espejo”; Que el ilustre escritor Demetrio Aguilera Malta pertenece al Grupo de Guayaquil de la generación de los años 30, con quien se inicia la moderna narrativa ecuatoriana, cuya valiosa obra y relevantes cualidades intelectuales han permitido que el nombre literario del Ecuador figure entre las expresiones más destacadas de las letras latinoamericanas; y, En ejercicio de la facultad constitucional que le confiere el artículo 2 del Decreto Nº 677, expedido el 6 de agosto de 1975,


Entrega del Premio

“Haber sabido captar ciertos rasgos definidores del hombre y de la vida de los ecuatorianos” Premio Espejo

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Extracto del discurso del doctor Galo García Feraud

es, sin duda, el haber sabido captar, a través de sus múltiples novelas y cuentos, ciertos rasgos definidores del hombre y de la vida de los ecuatorianos. Sus ficciones representan, casi siempre, al montubio, en su medio propio: el campo costeño. Sus personajes no solo hablan como nuestros campesinos de la costa sino que también ref lejan el pensamiento magno, la realidad fabulosa de sus creencias, de sus mitos, de sus tradiciones. El realismo mágico que tanta repercusión tuvo en la novelística hispanoamericana de los años sesenta, sobre todo con García Márquez, estuvo ya presente en Aguilera Malta veinte años antes, no como un prurito de retórica o novelería literaria, sino como un ref lejo auténtico de la vida y la realidad de nuestra cultura. El Presidente de la República, doctor Osvaldo Hurtado Larrea decidió reformar el Decreto que creó el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, con el fin de mejorarlo, quintuplicando su valor original de 100 mil a 500 mil sucres.

Señores y señoras:

L

as cualidades literarias de los ganadores del Premio “Eugenio Espejo” están presentes. Allí está Benjamín Carrión, fundador de la Casa de la Cultura Ecuatoriana que reclamó el honor de su nombre; multifacética personalidad literaria, maestro indiscutible de las generaciones ecuatorianas de este siglo. Jorge Carrera Andrade, poeta universal, la voz lírica más personal y poderosa del Ecuador contemporáneo. La sencillez hecha grandeza. El aporte generoso y vital de las causas de Alfredo Pareja Diezcanseco, en la conjunción magistral del novelista y hombre creador de ficciones con el investigador minucioso de nuestra historia, hombre de “pedestal” a los que ahora se une Demetrio Aguilera Malta. Uno de los aspectos fundamentales de la vida literaria de Demetrio Aguilera Malta

Asimismo, por decisión del Presidente Hurtado, se crea la Subsecretaría de Cultura adscrita al Ministerio de Educación, cuyos programas a ejecutarse estarán dirigidos a beneficiar a los grupos sociales marginados del campo y de la ciudad, en donde es menester el funcionamiento de programas de cultura popular, de promoción de arte popular, de defensa de las tradiciones vernáculas. Esta Subsecretaría de Cultura servirá también como interlocutor válido para coordinar y armonizar los recursos e iniciativas de las diversas instituciones culturales de carácter público, procurando, a su vez, que el sector privado trabaje también dentro de esta misma perspectiva y línea de acción. Con la creación de esta Subsecretaría no se trata de competir ni de suplantar a otras organizaciones de carácter cultural. Al contrario, se respetará la autonomía de esas instituciones, dándoles un mayor


“Soy un hombre afortunado, que siempre ha obtenido el amor de los seres que ama” Discurso de Demetrio Aguilera Malta

D

octor Osvaldo Hurtado, Presidente Constitucional de la República del Ecuador; maestro Edmundo Ribadeneira Meneses, Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana; distinguidos miembros del Consejo Ejecutivo de la misma que, en forma unánime, me propusisteis para recibir una presea que es consagratoria “ad-perpetuam”: Gracias. Muchas Gracias. Bien sabemos todos que este Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo” honra a quien lo obtiene, por los múltiples requerimientos que se exigen para merecerlo; y, al mismo tiempo, honra a quien lo concede, porque enaltece lo más puro, entrañable y fundamental de cuanto define y enmarca la ecuatorianidad sobre todo

cuando ello se concentra en seres que han entregado su existencia a la función creadora y a la lucha constante por colaborar en la metamorfosis de su pequeño país en una gran nación. Por otra parte, en el calendario de los siglos, la hazaña y el portento siempre constituyeron norma nuestra. Fuimos los pioneros de las rutas oceánicas: balseros iniciales transpacíficos, ya en la colonia traspusimos los Andes, seguimos los mil caminos f luviales que nos llevaron a descubrir el Amazonas y siguiendo tales itinerarios, salimos al Atlántico a devolver las visitas que soñara y que siguieron un Cristóforo Colombo, Cortés y tantos otros. Ello, en cierto modo, señaló nuestro destino. Gonzalo Pizarro, copartícipe de la gesta que emocionara tanto a fray Gaspar de Carvajal, siendo hermano de Francisco y español, fue el primero que se levantara en armas contra su patria y esto años antes que lo hiciera en México Martín Cortés, de la estirpe de don Hernán. Constructores de iglesias modelares, autores de cuadros y esculturas de alto valor artístico y de una de las imaginerías más ricas del mundo colonial, lanzamos a los cuatro puntos cardinales nombres como los de Samaniego, el Padre Carlos, Pampite y Caspicara. E igual hicimos en otras áreas de la oración: José Joaquín de Olmedo, uno de los más altos épicos del idioma ecuatoriano, igual que el extraordinario Juan Montalvo, ensayista de los mejores de su tiempo. Mejía Lequerica se destacó en la oratoria y en la formación jurídica. Rocafuerte tuvo el privilegio de representar a México en el campo diplomático y Eugenio Espejo evidenció lo que es el genio autóctono, cuando se convierte en una nota enciclopedia sabia en todas las disciplinas y niveles. Por eso este Premio Nacional de Cultura es un premio “ad-hoc” para nuestra patria. Por otra parte, yo soy un hombre afortunado, que siempre ha obtenido el amor de

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impulso y coordinación; y, buscará un óptimo aprovechamiento de los recursos humanos y financieros para armonizarlos dentro de los objetivos fundamentales de la política cultural que lleva adelante este Gobierno.


los seres que ama; que ha podido realizar las cosas que quiere y ahora estoy recibiendo dos veces este galardón. La primera cuando lo obtuvo mi hermano Alfredo Pareja, el único superviviente de los “cinco como un puño”. Por lo mismo, os prometo que trataré de superarme en el arte y en la vida. Así seré digno de quienes me distinguen hoy en forma tan señera, de cuantos me procedieron en recibir este premio: Jorge Carrera Andrade, el mejor de nuestros poetas; Benjamín Carrión, doctor de la dación y de la ayuda, tanto en el ámbito nacional como en el internacional; de Alfredo Pareja que, sin abandonar su garra estética maestra, ahora invade las rutas de nuestro pasado para lograr lecciones vivas a las generaciones que vendrán.

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Os prometo, además, que seguiré tratando de superar mis medios expresivos y de luchar por el mejoramiento de los hombres, sobre todo de los integrantes de mi pueblo. Por darme esta oportunidad y por permitirme insistir en el camino de la superación, gracias, muchas gracias, señor Presidente. Os confieso que me siento como si participara en una carrera de relevos, donde tuviera que transmitir una antorcha legada por el autor del Nuevo Luciano. Procuraré entregarla a quien me siga tan luminosa como está.

“Un ser compenetrado por una pasión democrática” Extracto del discurso del profesor Edmundo Ribadeneira El Consejo Ejecutivo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Benjamín Carrión, propuso al Presidente de la República el nombre de Demetrio Aguilera Malta para el Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo”, en razón de que esta es la oportunidad de consagrar la personalidad y la obra de un escritor de facetas múltiples, incansable y honesto, cuya vasta producción literaria comienza por inscribirse en la etapa durante la cual, la literatura ecuatoriana adquiere esa identidad nacional que tanto buscamos, para todas las expresiones infra y supraculturales de la vida nacional.

En cuanto a ti, querido hermano Edmundo, viejo soldado de la cultura como yo, que naciste con el ojo avizor, la intuición clínica del crítico y también con la actitud fecunda de la ayuda y la creación, te diría solo dos cosas: que transmitas mi agradecimiento a los miembros del Consejo Directivo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y que prosigan con su noble tarea de servirla, para bien de todos. A ti, también, múltiples gracias.

Demetrio Aguilera Malta no ha dejado de escribir más libros, es un viajero de muchos pies, con la mira del hombre en su inagotable empeño creador, el sueño de nuestro pueblo liberado en su visión literaria, un sentido de solidaridad humana en todos los gestos de su novelística y hombre, un ser compenetrado por una pasión democrática que brilla con toda su fuerza hasta el día de hoy y que lo convierte en un ejemplo excepcional.

Quito, 9 de agosto de 1981.

Quito, 9 de agosto de 1981


En Chile, en funciones diplomáticas, 1948.

En camino a “La Moneda”, Santiago de Chile,1948.


En México.

Al extremo derecho, en una recepción diplomática, en Quito.


En la entrega del Premio Espejo.


Pérez, Espinel, Barrera, Perdomo, Rodríguez Imagen de los días

El Premio Nacional de agosto Galo René Pérez

E

n 1975 se creó el Premio “Eugenio Espejo”. Tuvo una destinación concreta: la de enaltecer a las personalidades que, de modo inobjetable, habían fortalecido la cultura nacional, con sus obras literarias, sus creaciones de arte, sus trabajos científicos, sus labores proyectadas con aquel sentido. Se iba a conmemorar entonces, con el ruidoso entusiasmo de una derecha organizada por el extenso discipulado de los jesuitas, el primer centenario del machete sangriento que, en el decir montalvino, “santiguó” por última vez al doctor Gabriel García Moreno. Y el Gobierno, con una postura que mostraba ser la antípoda de aquella, se apresuró a preparar una celebración antigarciana, instituyendo una distinción de categoría apreciable -el Premio “Eugenio Espejo”- para consagrarla de antemano a un prestigioso ciudadano que había reunido, con singular evidencia, las condiciones de propulsor de la cultura ecuatoriana, intelectual y vapuleador vehemente del tirano. La inspiración de todo ello fue pues preponderantemente política. Se lo supo a través de comentarios que se filtraban, rompiendo la explicable cautela, desde el propio palacio presidencial. Y su confirmación la pudimos encon-

trar, aún los que gustamos de ser escépticos, en la redacción del decreto con el que se fundó aquel Premio. Ésta se dejaba advertir defectuosa, en lo conceptual y lo expresivo, precisamente por habérsela meditado con una dedicación notorialmente específica y circunstancial. No nos hemos detenido a juzgar si los efectos políticos que buscaron los asesores del Gobierno de 1975, en lo que tocaba a la efervescencia garciana de las aulas de San Ignacio, se produjeron como se los previó, o si se pasmaron. Pero si hemos alcanzado a ver la afortunada consecuencia del establecimiento de un premio necesario, cuyas características le comunicaron, desde el comienzo, respetabilidad y significación. Aún más, creemos no haber desaprovechado la oportunidad de reforzar tales calidades mientras ejercíamos la presidencia de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. El aludido decreto prescribe, en efecto, que ese organismo sea quien proponga al jefe de Estado, en cada bienio, el candidato único para el Premio “Eugenio Espejo”, y nuestro celo se tradujo en la redacción de un reglamento, de normas precisas y severas, que se aprobó por el Consejo Ejecutivo institucional, y que se aplicó desde la segunda entrega de aquella distinción consagratoria, acordada, con voto unánime, en favor del gran poeta Jorge Carrera Andrade. Entendemos que ni el decreto de 1975 ni esas sus disposiciones reglamentarias han sido derogados. El próximo 9 de agosto (fecha declarada, también desde entonces, Día Nacional de la Cultura) se deberá pues conceder el Premio “Eugenio Espejo” a la personalidad cuyo nombre, escogido en votación secreta por los miembros del Consejo Ejecutivo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, se haya presentado a la Presidencia de la República, mediante documento claramente razonado, en que consten los detalles del procedimiento y las referencias bio-bibliográficas del candidato. Para evitar aversiones o simpatías políticas, o ajetreos de amigos o deudos, que pudieran pervertir la seriedad y la pureza del premio, se hizo aquel reglamento.

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Opinión de la prensa


Había pues que preservarlo de las comunes resacas de codicias y de pronunciamientos parciales e ilícitos. Y para ello se delineó un trámite de registro de intelectuales sobresalientes y de convocación pública de candidatos. Estamos absolutamente seguros de que así habrá de proceder nuestra amada institución, conducida por dignatarios de la más insospechable solvencia. En lo que concierne a la cuantía del premio -de cien mil sucres- insinuamos al anterior Gobierno que la duplicara, si había recursos para ello.

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Ahora, en cambio, nos limitamos a pedir que aquel no sea abolido. Sabemos muy bien que demandar su incremento en las circunstancias económicas af lictivas que soporta el país sería un despropósito mayúsculo. La austeridad, engarfiada ya en los pellejos del pueblo, ha de serlo también de los que ordenan el gasto público. Dejemos pues esta justa aspiración para años mejores. Pero si llega el día de satisfacerla, y si por los debidos conductos legales se reforma el decreto a que nos hemos referido, acaso tengamos que pensar que lo conveniente sería más bien, no disponer de solamente un premio, sino de tres distintos: para las letras, las ciencias y las artes. El Comercio, Quito, 5 de agosto de 1981.

Raíces y alas

Demetrio y el Premio “Eugenio Espejo” Ileana Espinel En este Día Nacional de la Cultura, consagrado por el Parlamento para honrar la fecha de fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”, por pronunciamiento unánime del Consejo Ejecutivo de la institución fundada por su patrono y maestro, y atendiendo además

“la decisión final” del actual primer mandatario del país, doctor Osvaldo Hurtado Larrea; en el Salón Amarillo del Palacio Nacional en Quito se entregará hoy a Demetrio Aguilera Malta el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, máximo galardón cultural de la patria, instituido en homenaje al 9 de agosto de 1944 en que inició su labor de imponderable trayectoria nacional e internacional el instituto director, orientador y preservador de todas las manifestaciones de la cultura nacional, con la misión de impulsarlas espiritual y materialmente, según expresa el artículo. 1 de los estatutos de la entidad. El discernimiento de este consagrador trofeo a Demetrio Aguilera Malta, uno de los dos sobrevivientes gloriosos de la célebre generación literaria de los años treinta, no hace más que ratificar el buen criterio que, desde que fuera instaurado el Premio, ha conservado la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión” para concederlo. Antes lo alcanzaron, en plenitud de méritos creadores, los maestros Benjamín Carrión, Jorge Carrera Andrade, Alfredo Pareja Diezcanseco. Hoy avala y estimula el siempre en ascenso oficio de escritor que, desde su inicial El Libro de los Manglares hasta Siete Lunas y Siete Serpientes, El Secuestro del General y Jaguar, ha convertido al engendrador de Don Goyo en figura de veras trascendente e inamovible de las letras hispanoamericanas. Cuando el desbordante parricidio de algunos jóvenes autores trata de liquidar un pasado cultural que no superan aún con su propia obra, reconforta advertir que escritores del no tan cercano ayer, continúan como Aguilera Malta en plena faena productiva, jalonando nuevos éxitos brillantes en su recorrido y haciéndose dignos, así, de la admiración detenida de la crítica científica y libérrima. Forjador de páginas y páginas de prosa mágica y realista a un tiempo, vivaz, jugosa,


Tantos y tantos personajes atractivos o repulsivos -aunque siempre simbolizando una fuerza vital de la tierra, del medio, de la época, de la sociedad humana en la costa ubérrima equinoccial- han brotado del verbo narrativo de este maestro ecuatoriano que la nómina resulta interminable, y el integrarla es ya tarea de los eruditos que, dentro y fuera del límite patrio, escriben ensayos y tesis doctas sobre la totalizadora producción literaria de este ardiente y lúcido narrador que no solo en este género destaca contundente, pues es además dramaturgo, ensayista, periodista por vocación con reportajes memorables. Y en estos otros ámbitos de la creación literaria, tan valioso como en la ficción. Así, sus obras: Madrid, reportaje novelado de una retaguardia heroica; Canal Zone, entre novela y periodismo; Lázaro, El Tigre, Infierno Negro, No bastan los átomos, Dientes Blancos, su calificado teatro de humanista; La Caballeresa del Sol, bello texto sobre Manuelita Sáenz, amada de Bolívar, que está siendo vertido al cine

y a la televisión; Episodios Americanos, que trasuntan su amor por nuestro continente y su constante anhelo de exaltar sus genuinos valores…. La obra toda de Aguilera Malta es un monumento de fervor y de fe, que con el más idóneo y penetrable instrumento expresivo ha ido tallando para honor de nuestras letras, en el paisaje soleado y marino de nuestras costas, con la encabritada sangre montubia, con las costumbre, leyendas, mitos y realidades de los seres que pueblan los esteros y los manglares del litoral patrio. Sobreviviente magnífico -con Pareja Diezcanseco- de “los cinco como un puño”, Demetrio Aguilera Malta ha recogido, morosa y amorosamente, como en espejo mágico, los rostros y las almas, el dolor y la miseria, la rebeldía y la idiosincrasia de la población rural costanera tan marginada aún del desarrollo vital. Su literatura, así, está ceñida vísceralmente a esa realidad socio-humana, lo que le confiere carácter de virtual testimonio histórico, al margen del hecho creador. Y el Premio Nacional “Eugenio Espejo” -tan éticamente discernido hasta hoy- no hace más que destacar ese testimonio y pregonar esa gloria. El Telégrafo, Guayaquil, 9 agosto de 1981.

Demetrio Aguilera Malta Humberto Vacas Gómez Con sobrados méritos Demetrio Aguilera Malta ha sido galardonado con el Premio Nacional de Cultura. Es uno de los escritores más fecundos y versá­tiles que ha tenido nuestro país. Nació y vivió en este siglo prodigioso y turbu­lento y ha sido partícipe de la inquietud y de la zozobra que lo ha caracterizado. Ningún autor ecuatoriano contemporá­neo ha viajado tanto y ha escrito tanto como él. Asombra constatar lo dilatado de su erranza con la calidad, la ex­tensión y la variedad de su obra. En él se han conciliado la avidez del trota­mundos

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fertilizada por el humus nativo, sensual y sexual a las veces, penetrada de amor por los seres sencillos de la tierra y de vehemente adhesión por la justicia y la libertad; Aguilera Malta, guayaquileño nacido el 24 de mayo de 1909, ganó siempre la batalla mayor, con su pluma instaurando en el libre espacio de la creación narrativa, símbolos y claves, mitos y leyendas, seres de carne y hueso que de la vida volcáronse a la ficción y de la ficción retornaron a la realidad, en algún punto de la misma para siempre alentando. Así, el cholo Guayamabe, el inolvidable Nemesio Melgar, Don Banchón, Melquíades, Nerea, Tomás Leitón, el Zambo Aguayo, Pablo Melgar, Nicasio Yagual, la Nica, la Peralta, la Chepa, Candelario Mariscal, Cusumbo, Don Goyo Quimí, Gertru, Ño Francia, Don Encarnación, la Márgara, Tejón, Don Néstor, el Padre Gaudencio, cholos, mestizos, campesinos, blancos, rurales, fijados ya en un friso de vívida vigencia, como los duendes, como los tintines de su mitología campirana…


con la tenacidad del creador. Conoce toda Europa y América. Ha vi­v ido por largas temporadas en varios países, especialmente en México, Pa­namá, España. Prolongadas han sido sus ausencias de la patria, sin embargo su raíz ecuatoriana se encuentra intacta en su manera de ser y en sus 35 libros que ha escrito de todos los géneros lite­rarios: poemas, cuentos, novelas, tea­tro, reportajes, biografías; además, es pintor, cineasta y periodista de alta ca­lidad.

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Todo y de todo ha hecho Aguilera en su fecunda e inquieta vida intelec­tual. Por eso, desde hace muchos años, ha sido reconocido como uno de los más altos creadores de ficción de Amé­r ica Latina. A pesar de los diversos te­mas que enfoca en las obras que ha escrito, a lo largo de más de cincuenta años, y de su capacidad de adaptación a las nuevas corrientes formales que se han impuesto en la narrativa, Aguilera sigue siendo el insuperable relatista de sus bravíos litorales nativos, donde transcurrió su infancia, es decir de las islas tropicales aledañas a Guayaquil, de los esteros, de la manigua, de las ensenadas, de la resonante soledad ma­r ina que las circunda y aprisiona. Su primera obra, El libro de los Manglares, es un canto épico en prosa dedicado a ese arbusto retorcido que crece en las orillas calientes de los es­teros, propiamente en los lodos del mar. Nadie como él ha descrito la monstruosa geometría del manglar. En sus primeros libros, los personajes que le obsesionan son el hombre sufrido y explotado hasta en los últimos reductos de esas soledades, es decir el montubio y la naturaleza exuberante, tropical, es­pecialmente algunas plantas como el manglar. A éste le concede calidades totémicas, casi humanas. Uno de los protagonistas de la novela Don Goyo dice: “Los manglares son como no­sotros mismos”. Nadie, tampoco, entre nuestros escritores, ha intuido tan hon­damente esa misteriosa y estrecha rela­ción que liga al ser humano con el am­biente que le rodea, en este caso con la selva, con la manigua, con los esteros, con el mar.

Sus grandes figuras como Don Goyo de la novela del mismo nombre y Guayamabe de La Isla Virgen y sus contrapuntos dramáticos, Cusumbo y el zambo Aguayo, respectivamente, son seres telúricos, esculpidos a semejanza de la arquitectura atormentada del mangle; son recios y débiles, violentos y cobardes al mismo tiempo, pero con un denominador común de fijación ani­mal a la tierra y a su trágico destino. Incluso, estos personajes se reencarnan insistentemente a lo largo de toda la obra varia y múltiple de Aguilera. Sólo comparando con sus dramas ya sofisti­cados No bastan los átomos y Dientes blancos, encontramos un acusado parentesco espiritual y una impresionante semejanza de caracteres primarios, salvando géneros, distancias, medio ambiente y tiempo, entre el colo­sal don Goyo Quimi y el implacable Guayamabe con la trágica Ifigenia y el desesperado negro Peter que, con igual obstinación e idéntico sacrificio, defien­den cada uno su patrimonio espiritual y material, amenazado de inminente ca­tástrofe, pero igual es su resignación cuando todo está perdido. En esto último radica, precisamente, la sinceridad humana y literaria de Aguilera: perpetua en diversos tonos y ambientes a esos seres apasionados, su­persticiosos, luchando en la soledad de los mares, en lo inhóspito de la selva, en una isla desierta, en el erizado labe­r into de un laboratorio atómico, en el estrépito ebrio de un cabaret centro­ americano... todos ellos son la expre­sión dramática de esta vida desorienta­da, y aún no realizada al trágico contra­luz del mecanismo y convulso mundo contemporáneo. Esa vida tremenda, injusta, muchas veces incoherente, ha sido el tema central de los relatistas ecuatorianos a partir del año 1930, por eso esas novelas, por lo general, ref lejan la tragedia so­cial y humana de nuestras regiones y de nuestros pueblos, pero algunos de esos autores han caído en el cartel, en la caricatura. Aguilera desde sus co­m ienzos logró depurar su estilo que ca­da vez lo ha


A pesar de su edad, su don creador se muestra intacto, más aún parece ina­gotable. Tiene el proyecto de escribir nuevos libros. Su humana sencillez es ejemplar. Siempre fue hombre bueno. La fama de que ha gozado jamás lo en­vaneció como con tanta frecuencia ocurre con otros escritores. El Comercio, Quito, 9 de agosto de 1981.

El Premio Espejo Julián Perdomo Es para sentirse orgulloso; de vivir el precursor del periodismo y de nuestra independencia, de seguro batiría palmas, al saber que a uno de los grandes, se le hace merecedor a un galardón que llevando su nombre, nimba la gloria de la misma gloria que ha glorificado a los grandes. Y Demetrio Aguilera Malta lo es, aparte de ser buen escritor, excelente narrador, es hombre de sonrisa de niño, de temperamento reposado, todo él es un continente maravilloso que invita a conversar, estrechar su mano y saber, saber y saber todo lo que encierra su extraordinaria vida. Y junto a él, doña Velia, espíritu y alma que marcha acorde con inquietudes y desvelos de Don Goyo, el que con su Caballeresa del Sol, como tantas otras obras, ha logrado la cima, y a ella llevar el nombre de su patria, de su patria a la que viene en constancia, a la que recuerda, a la que enorgullece, a la que ha descrito y escrito en este largo como fructífero lapso de tiempo de su preciada existencia. A veces he tenido deseos de escudriñar hondo, muy hondo en el humanismo de Demetrio; tiene que ser algo realmente profundo, no superficial, para conocer como nacieron sus temas, razón o sin razón de argumentos y la chispa esa que prende en el ser humano cuando inicia una nueva obra,

que es como un nuevo hijo del espíritu. Tenemos seguridad en obtener un bis a bis con el maestro, con este maestro que da luz a este Espejo que le ha sido concedido, no el espejo en que se mira, sino el galardón que lleva el nombre del hombre a quien quisiéramos imitar en sus esfuerzos, en su abnegación, en su patriotismo, en su angustia por la libertad de su patria. Creemos que se honra al precursor en forma permanente y se lo honra en elevado nivel, con la concesión de este estímulo a los altos valores de nuestra intelectualidad como lo son los hasta hoy recibidos y en este 10 de Agosto, a Demetrio. No se puede sustraer quien tiene inclinaciones naturales hacia aquello que ha sido y constituye la piedra piramidal del éxito de nuestro compatriota, cuando se le ha hecho merecedor a la distinción nacional más preciada y de mayor jerarquía. Diríamos que ha poco tiempo a quien es un genuino embajador del Ecuador en el mundo de las letras, se le concedió la oportunidad de representar oficialmente a su patria con sede y rango en México, nación hermana nuestra donde Demetrio ha desarrollado su mayor obra difundida desde ahí al continente. No extrañe que en cada país se hable de Demetrio; su presencia en México constituyó uno de los más saludables aciertos del extinto Presidente Jaime Roldós, porque dio la oportunidad de demostrar que en este país se justiprecia a los genuinos elementos que enaltecen a la patria. Nosotros sentimos como propio los éxitos de Demetrio, con cuya amistad nos enorgullecemos y el hecho mismo de ser ecuatoriano, es razón más que suficiente para ponernos junto al autor de Don Goyo, el cincuentenario libro que tiene ya historia, como la historia inscrita con letras de oro destellando el nombre de este grande entre los grandes nuestros, Demetrio Aguilera Malta, a quien abrazamos sinceramente en la hora de su triunfo, uno de los tantos por la obra que hasta hoy ha cumplido. El Telégrafo, Guayaquil, 10 de agosto de 1981.

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reducido a lo esencial, sin sacrificar la dura realidad ni la re­ciedumbre de su mensaje.


Demetrio Aguilera Malta Eulalia Barrera B. Me ha sido sumamente grato saber que nuestro primer premio literario nacional, se ha otorgado a un escritor de tan altos quila­tes como Demetrio Aguilera Malta. Los ga­lardones, los premios, son estímulos para los escritores o los artistas, más también repre­sentan responsabilidades; un escritor consagrado debe seguir trabajando, seguir crean­do, dar lustre a la patria. Ha dicho Aguilera Malta: “Tengo la cabeza llena de libros. Tengo compromisos editoriales y sobre todo conmigo mismo’’. Ha anunciado su próximo libro, Las pelotas de Pindaro; el fútbol y antifútbol. Tras de los equipos, los negocios, los intereses creados, la política, las drogas, las muchas facetas, las mil caras que se esconden en las embajadas deportivas.

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Demetrio Aguilera Malta, pertenece al grupo de novelistas de la “vida montubia”; ellos describen, dialogan, enfocan problemas del vivir diario de gente humilde, crean tipos sacados de la realidad. En 1930 apareció un tomo de cuentos: Los que se van; en ese tomo se agruparon tres novelistas: Enrique Gil Gilbert, Joaquín Gallegos Lara y Demetrio Aguilera Malta; tiene un subtítulo: cuentos del cholo y del montubio. A estos tres nombres podría añadirse el tan querido nombre de José de la Cuadra y de la misma época, pero con distinta tendencia literaria, Alfredo Pareja Diezcanseco. Todos son guayaquileños y han marcado con su literatu­ra, un estilo, una revelación, un clamor, una denuncia; los mil problemas de la gente de nuestras costas, diferentes de los problemas de los cholos de la sierra. Rodríguez Monegal en su estudio El boom de la novela latinoamericana, dice en su capítulo “Hacia el nuevo personaje americano”, que la novela americana se inicia con Rómulo Gallegos, García Márquez y Vargas Llosa. Pero, añade, “Viene un proto-boom” y cita los nombres de Mariano Azuela, Horacio Quiroga, Martín Luis Guzmán,

Eustacio Rivera, Güiraldes y Demetrio Aguilera Malta; todos estos nombres se suman a Rómulo Gallegos y se produce una renovación. Antes de sus cuentos en el tomo Los que se van, yo tengo otro punto de conocimiento con Aguilera Malta. Debió ser el año 1929. Algunos alumnos del Colegio Nacional Mejía, fueron invitados a Guayaquil por los alumnos del Colegio Vicente Rocafuerte, entre ellos fue mi hermano Jaime. Luego de su estadía en Guayaquil, mi hermano trajo, entre sus recuerdos de viaje, un retrato suyo hecho a lápiz, debió haberlo ejecutado el artista mientras charlaban en el vestíbulo del hotel, pues el papel en que está hecho tiene el membrete del Hotel Metropolitano de Guayaquil, hotel a donde llegaron los estudiantes quiteños. El retrato, muy bueno por cierto, fue un recuerdo grato y agradable del autor Demetrio Aguilera Malta; se grabó profundamente en mí y en todos los miembros de mi familia; así conocí yo al escritor que hoy ha sido galardonado. Al leer sus notas biográficas, veo que estudió Derecho y que también estudió en la Escuela de Bellas Artes; es como artista que yo le conocí primero, su literatura vino después. Desde entonces, yo asocio siempre al escritor Aguilera Malta con mi querido her­mano ausente, que sé que hoy habría sentido verdadera satisfacción de este premio tan merecido. Para el escritor, para el amigo de los años estudiantiles de mi hermano, un apretón de manos con mi sincera felicitación. El Comercio, Quito, 11 de agosto de 1981 Botella al mar

Demetrio Aguilera Malta, Premio Eugenio Espejo Rafael Díaz Ycaza El Premio “Eugenio Espejo”, la más alta recompensa oficial otorgada a un escritor ecuatoriano, ha sido concedido cuatro veces, siempre con estricta justicia.


El Premio “Eugenio Espejo”, que consiste en quinientos mil sucres, medalla de oro y diploma, lo discierne el Presidente de la República en base de una terna redactada por el Consejo Nacional de la Cultura. Habiéndolo recibido en 1979 Alfredo Pareja, el lógico sucesor era Aguilera Malta, pues con el autor de La Hoguera Bárbara son los únicos sobrevivientes del extraordinario Grupo de Guayaquil. Con ellos escribieron, lucharon y soñaron Enrique Gil Gilbert, Joaquín Gallegos Lara y José de la Cuadra. Dieron ellos trascendencia continental al cuento y a la novela ecuatorianos; calidad de testimonio social y estremecimiento humano. Y se anticiparon al llamado realismo mágico de los novelistas del “boom”. Hace poco celebramos los primeros cincuenta años de Aguilera como narrador. Dejando a un lado sus poemas iniciales, publicados en revistas guayaquileñas, así como El libro de los manglares, poemas y dibujos punáes, impresos en mimeógrafo por el escritor dibujante, su incursión en la prosa se inicia con la participación en ese libro uno y trino llamado Los que se van. Sus cuentos del cholo son la otra cara de la moneda, frente a los personajes montubios de Enrique Gil Gilbert y Joaquín Gallegos

Lara. Pero tras esa obra "juvenil y furiosa”, Demetrio ha escrito incansable, enamoradamente: Canal Zone, La Isla Virgen, Don Goyo, La Caballeresa del Sol, El Secuestro del General, Siete Lunas y Siete Serpientes, Jaguar… Lo ocurrido con Carrión y Carrera -para no referirme más que a los desaparecidos- fue que convirtieron al avance de los años en un diario caminar hacia la juventud. Como si el haberse ubicado junto a las buenas causas del hombre les hubiese dado el secreto de la permanente madurez creadora. Sus cincuenta años de fidelidad a la literatura y el Premio “Eugenio Espejo” encuentran a Demetrio en lo más alto de su producción, en la persecución de los mitos recreados en El Jaguar, en la búsqueda de perennizar maneras y hablas esenciales de nuestro pueblo. Hombre de excepcionales cualidades, si se me pidiera destacar lo mejor que posee, diría sin titubear: la bondad. Suscitador, maestro, amigo, Demetrio merece que se le apliquen las frases que él mismo dijo en la presentación del libro Plan del Ecuador de Benjamín Carrión, en la Casa de la Cultura, Núcleo del Guayas. Demetrio dijo, en aquella oportunidad en que tuve la dicha de reunirlos: "Injerto de faro, brújula y antena, este hombre generoso ha hecho del servicio a los demás una verdadera vocación, una real profesión de fe”. Nadie que haya seguido -de cerca o de lejosla literatura ecuatoriana, estará en desacuerdo con la entrega a Demetrio Aguilera del premio que lleva el nombre de nuestro más notable pensador y luchador de la colonia. El Universo, 11 de agosto de 1981.

Cartas al lector

Fomentar la cultura Julio Erazo Se acaba de galardonar con el premio mayor de la cultura a don Demetrio, el formidable

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Antes, la han recibido Benjamín Carrión, Jorge Carrera Andrade y Alfredo Pareja Diezcanseco. Carrión, doctor en ecuatorianidades como Jaramillo Alvarado; Carrera, uno de los grandes poetas que Ecuador ha dado al mundo, y Pareja, novelista recio e historiador ejemplar. Cuando escribí por primera vez sobre Eugenio Espejo señalé que la creación del premio quedaría como una señal civilizadora del Gobierno del general Rodríguez Lara, cuando se hubieran esfumado los banquetes, genuf lexiones, zalamerías, edictos, intrigas palaciegas y pingues negocios propios de las dictaduras. Felizmente, ya se esfumaron esas morisquetas, y queda como recuerdo del tránsito del señor general este acierto que le honra.


autor por quien nos identifican en el mundo de las letras y del cine. Un acierto de la Casa de la Cultura el haber propuesto su nombre para dicho galardón. Un acierto de las autoridades el haberlo discernido en solemne y grata ceremonia. Pero lo que merece un agradecimiento especial de honor es el gesto gubernamental, que consiste en haber quintuplicado la suma monetaria que acompaña a la condecoración, hábida cuenta de que no sólo de medallas áureas vive el hombre de letras. ¡Muy bien hecho! ¡Lo que es de cada quién! ¡Todo lo que se haga por la cultura nacional es digno de encomio, incluso por parte de quienes sólo destilan encono contra los gobiernos! El Comercio, Quito, 15 de agosto 1981.

Demetrio Aguilera Malta Premio Espejo

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Oswaldo Rivera Demetrio Aguilera Malta, escritor de hondas preocupaciones americanas, recibió hace días del Gobierno ecuatoriano el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, en reconocimiento de su vida que incluye intrínsecamente la constante consagración a las letras. Su actividad dinámico-creadora ha producido amalgamas entre la novela, el cuento corto, teatro, cine y periodismo, logrando fusión simbiótica de lirismo y épica, cuya irradiación abrió para la literatura, caminos por los cuales descúbrense efectos de realismo mágico que han inf luido en destacados narradores americanos como Gabriel García Márquez. Según confesiones de Demetrio Aguilera, los escritores del “boom” han tenido bastante inf luencia nuestra, así del novelista José de la Cuadra. Personajes de García Márquez hacen recordar a Los Sangurimas. La teoría del matapalo que sigue creciendo, es en cierto modo, la teoría de la familia Buendía. Vargas Llosa de alguna manera se ha inspirado en nosotros como en Pantaleón y las visitadoras.

Demetrio Aguilera Malta nació en Guayaquil el año 1909. A los doce años, el ambiente geográfico de su ciudad encarama su espíritu y lo lleva a miniaturizar esquemas embrionarios de personajes, costumbres y tradiciones. Más tarde, integra el “Grupo Guayaquil” junto a Joaquín Gallegos Lara, Enrique Gil Gilbert, José de la Cuadra y Alfredo Pareja Diezcanseco. Grupo que irrumpe contra las formalidades de la época, con estilo duro, escenas reales y violentas, lenguaje revestido de perfiles propios, valores peculiares y nuevas focalizaciones geográficas. La vida dura y transparente desarrollada por España, vuelve a su espíritu múltiple y fecundo en la literatura. Por este tiempo escribe ¡Madrid!, Reportaje novelado de una retaguardia heroica, relato de guerra y respetable proyección periodística. Regresa a su patria en 1938 y se responsabiliza de la dirección de museos, presta sus servicios como subsecretario de Educación Pública y como agregado cultural en algunos países, apasionándose por el cine. Escribe Canal Zone, La Isla Virgen, obras de denuncia y epopeya del trópico, respectivamente. Luego vendrán sus obras dramáticas España Leal, Lázaro, Sangre Azul, El Tigre, Infierno Negro, No bastan los átomos y Dientes blancos; compenetraciones teatrales de mucho valor que contagian emociones, revelan reacciones de desesperanza y miedo e impregnan de ecos primitivos, trágicos y humorísticos. Más tarde, entregará al mundo literario Siete lunas y siete serpientes que, junto a las novelas anteriores, constituyen la trilogía novelística que enorgullece al país y hace de Demetrio Aguilera Malta, uno de los primeros novelistas americanos. Actualmente en México, con vitalidad asombrosa, viene cumpliendo extraordinaria labor literaria en revistas, diarios y publicaciones de nuevas obras. Anuncia la publicación de un nuevo libro, Las pelotas


Estas y otras creaciones fruto de trabajo, perseverancia y modestia, cobran éxito porque han sido el resultado de amor a la patria y a Indoamérica. Por ello sabe captar y fijar en murales, las raíces históricas, las inquietudes y preocupaciones del hombre, los mitos, los ardores ancestrales y aquellos cuadros de los cuales surgen problemas del atraso y el hambre, ref lejos de nuestra cultura y aquella “visión dialéctica del mundo de la gran explicación de nuestras propias circunstancias”, como se expresara en el acto de premiación. Por estas razones, Demetrio Aguilera Malta, proyectando su vitalidad de escritor y buscando nuevos caminos, nuevas luces, intensifica sus creaciones literarias y la inmanencia ontológica, expresando en su agradecimiento: “Me siento como si tuviera una antorcha en la mano, una antorcha en una carrera de relevos. Apenas entre este pléyade de hombres de cultura me tocará simplemente transmitir esa antorcha”. En esta oportunidad, satisface referirnos a su famosa novela Don Goyo que lo consagró al escritor. Es novela telúrica, cuyo fondo entrega resonancia épica que atraviesa el paisaje duro por donde la gente estirase con ímpetu desgarrador y afirmando sus trabajos, sus costumbres, adheridos a la selva y a las actitudes internas, produce entretejimiento de imágenes henchidas de sabores agrios que entregan cuadros abigarrados, pero utilizando un idioma crepitante y dueño de serias estructuras verbales y metáforas angustiosas de donde emergen universos poéticos dinamizados por acciones y reacciones de los personajes. Al comienzo de la obra el autor escribe: “…Ellos clavaron, amarraron y se fueron. La piola de las redes quedó esperando en el fondo. El aguaje rugió. Las

olas se empinaron. Remolinos de peces en vuelta de inconsciencia- se metieron al estero. Los mangles se inclinaron. Un tíotío pareció reír. El sol -crustáceo de ororeclinó sus tenazas de fuego sobre la nuca de los árboles”. Disyunciones, prosopopeyas e hipérboles, en algunos casos, traducen impresiones materializadas, ensambladas con técnica de primer orden y llenas de objetividades vitales que pasando por subjetividades briosas, surgen dialécticamente revestidas de ese lenguaje directo que capta los diferentes estratos. El mejor modo de reconocer las excelencias literarias de Demetrio Aguilera Malta, será difundiendo sus obras para que conozcan las nuevas generaciones. Su personalidad contiene importante conjunto de valores literarios y que contribuyen a definir el perfil étnico y cultural, registrando transformaciones técnicas dentro de la narrativa, articulaciones sociales y condiciones estéticas nuevas en varios géneros, las cuales se han impuesto en el concierto nacional e internacional. El Tiempo, Quito, 16 de agosto de 1981.

La Subsecretaría de Cultura y el Premio Nacional Eugenio Espejo Leonardo Barriga López Dos noticias culturales importantes ocuparon la primera plana de los diarios y la atención pública en los últimos días: la creación de la Subsecretaría de Cultura, dependiente del Ministerio de Educación y el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, otorgado al distinguido escritor Demetrio Aguilera Malta. Nada más justo que el Premio Nacional que lleva el nombre del patriota doctor Espejo, literato y médico, periodista y precursor

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de Pindaro, cuya trama, según expresa el autor, abordará conf lictos sobre el fútbol y el antifútbol y denunciará negociados y desperfectos económicos y sociales.


de la independencia de América, se haya concedido a Demetrio Aguilera Malta, hombre de pensamiento universal cuyas raíces de ecuatorianidad, su obra literaria, son por demás conocidas en el país y en el exterior, especialmente en naciones de Hispanoamérica. Aguilera Malta es un auténtico trabajador de la cultura, cuyo nombre adquiere dimensiones literarias cuando aparece integrando el grupo “cinco como un puño”, de Los que se van (Cuentos del cholo y el montubio) en 1930, junto con José de la Cuadra, Joaquín Gallegos Lara, Alfredo Pareja Diezcanseco y Enrique Gil Gilbert.

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Publica El libro de los manglares y le siguen: Madrid, reportaje novela de una retaguardia heroica, Canal Zone, Lázaro, Dientes blancos, La Caballeresa del sol, La isla virgen, Don Goyo, Episodios americanos, Siete lunas y siete serpientes. Industrial, periodista y reportero en la guerra civil española, diplomático y viajero por los anchos caminos del mundo, fraguó su quehacer literario en sus orígenes de libre pensador y hombre cosmopolita. La mayoría de sus libros los ha editado fuera del país; igual su vida ha transcurrido en meridianos extraños a su lugar natal, desde luego sin que esta circunstancia reste valor a su obra, muy al contrario, la amerita aún más. En Siete lunas y siete serpientes hay una nueva dimensión de su narrativa: ágil con toques mágicos, un hiperrealismo en búsqueda de cauces reformadores, de personajes míticos en mundos de alucinada geografía. Don Goyo forma parte de la selva, de su fuerza telúrica. La isla virgen, igualmente nos trae el tema de la jungla, del grito que viene de sus entrañas, que asombra y llama a la meditación. Hoy se ha recordado la obra de Aguilera Malta, bien por ella, por su autor, por lo que

significa su obra de cultura y de creación estética. La Subsecretaría de Cultura funcionará en breve, para ello se ha expedido la correspondiente norma. Sus finalidades estarían encuadradas dentro de un esquema de orientación de políticas culturales y de difusión de sus valores. Se ha expresado que no será un organismo burocrático más, que su tarea no interferirá en las labores de la Casa de la Cultura ni de otras instituciones culturales. Loable nos parece dicha iniciativa, que permitirá, de cumplirse sus enunciados, imprimir nuevos rumbos a la cultura en el país. Igualmente esperamos que se revitalice a la Casa de la Cultura Ecuatoriana y sus núcleos, sin menoscabar su autonomía, la cual, de acuerdo con la ley de fundación es un organismo constituido en esencia por escritores y artistas, por los intelectuales del país, con su propio Gobierno, sin que intervenga la burocracia que a nivel político podría afectar su supervivencia. Lamentablemente la nueva ley no se expidió por parte del Parlamento Nacional y la institución no se ha democratizado, especialmente en lo que concierne a la designación de presidente, la cual corría a cargo, en su anterior estatuto, de la junta general y directores de los núcleos. Es de indispensable interés la aprobación de esta ley que haría posible que la entidad mayor de la intelectualidad ecuatoriana retorne a los antiguos cauces, aquellos impresos por Benjamín Carrión y otros meritísimos escritores. No con esta observación queremos cuestionar la actividad de los actuales dirigentes, al contrario aplaudimos su esfuerzo y trabajo, que lo entendemos un tanto duro y difícil al no contar con los medios económicos necesarios. El Comercio, Quito, 16 de agosto de 1981


Otro “Eugenio Espejo” para la palabra Hernán Rodríguez Castelo Otra vez ha sido el "Eugenio Espejo" para un creador de la palabra. Salvo Carrión que, además, fue impulsor de esa gran empresa de cultura que fue la Casa de la Cultura en su tiempo, los otros "Espejos” han sido creadores del lenguaje: Carrera Andrade, poeta; Pareja Diezcanseco, novelista. Y ahora, Demetrio Aguilera Malta, novelista y dramaturgo. En cuanto a lo generacional, los dos primeros premios “Espejos” fueron figuras de una generación que está haciendo ya su mutis de la escena histórica; de una generación en la que sobresalieron, de un lado pensadores, ensayistas y tribunos, y de otro, poetas. Y esas dos facetas de creación vinieron a destacar, de modo casi póstumo, los dos premios aquellos. Los otros dos galardonados pertenecen a una generación de grandes novelistas, y ellos mismos cuentan entre los mayores novelistas de la generación. A mí me produce una cierta amargura haber visto partir sin este reconocimiento el único premio ecuatoriano de cultura que mantiene prestigio- a ilustres gentes que no crearon como artistas de la palabra: al maestro Luis Humberto Salgado, la figura mayor de la música ecuatoriana de todos los tiempos, creador solitario como isla, cuya grandeza fue más reconocida fuera que en la patria; a Manuel Rendón, el pintor ecuatoriano de más prestigiosa trayectoria europea; a Julio Tobar Donoso, historiador penetrante y probo, y ejemplar trabajador intelectual. Pero ¡qué remedio, sin tan altas torres se derrumban una detrás de otra, y el "Eugenio Espejo" es premio bienal! Entre tanto seguimos reconociendo a los creadores de la palabra. De nuestra lírica,

nuestra novela, nuestra prosa. Y creo que para ello hay muy hondas razones. Que acaso pudieran resumirse diciendo que el hombre "mora" en el lenguaje. El animal vive en un medio ambiente cerrado, el único al que alcanzan sus necesidades y posibilidades sensoriales. El hombre, tiene algo de que el animal carece, y es la visión del mundo, y, como Humboldt lo vio, él primero y acaso del modo más penetrante que se lo haya visto nunca, la visión del mundo se logra por medio del lenguaje. "El hombre -dijo- vive con los objetos tal como exclusivamente el lenguaje los lleva hacia él". Y, en otro lugar: "El hombre piensa, siente y vive únicamente en el lenguaje”. Más tarde, sería Cassirer el que haría de la penetrante observación humboldtiana una de las claves de su edificio filosófico: “El hombre vive en un universo simbólico y no en un universo meramente natural. El lenguaje, el mito, el arte y la religión forman parte de este universo. Constituyen los abigarrados hilos que van tejiendo la red de símbolos, la trama de la experiencia humana". A esa visión del mundo propia de nuestra lengua (“Así en cada lengua hay una visión del mundo que le es propia”: Humboldt), al universo simbólico del hombre ecuatoriano y americano, Aguilera Malta ha hecho aportes, y es lo más que un hombre puede dar a su tierra y a su tiempo. Por aquí se puede conducir una reflexión aquí, por supuesto, apenas señalada- que nos lleve hacia las últimas razones de la grandeza del poeta -poeta en el sentido amplio de creador del lenguaje-. Y a su vez tal reflexión nos dejará, en contraparte, una suma de exigencias para el auténtico poeta. En literatura, lo veremos entonces claro, solo lo grande cuenta. Y lo grande es grande como hecho de lengua. Como ampliación de los horizontes de la visión del mundo en esa lengua: como enriquecimiento de lo fundamental del universo simbólico de un pueblo.

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De libros y gentes


¿Qué otra cosa fueron Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes o Goethe? Y bien, Demetrio Aguilera Malta ha hecho junto a algunas cosas menores que en una perspectiva como esta no cuentan, obras de esas que tienen tan alto y hondo sentido para el hombre ecuatoriano.

El aporte de Aguilera Malta

Premio Espejo

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El aporte de Aguilera Malta comienza por sus cuentos de Los que se van. Allí buena parte de la empresa innovadora del lenguaje narrativo fue común a los tres autores -los otros, es tan sabido, Gallegos Lara y Gil Gilbert-; sobre todo, el acierto radical de recuperar hablas costeñas, para cifrar en ellas una cosmovisión de una autenticidad nueva para una literatura en mucho ajena a la realidad nacional y aberrante. Lo propio de Demetrio fue la doma de la metáfora -herencia modernista la metáfora de los tres para uncirla al cuadro rápido, casi desnudo, de autopsia de casos tremendos de pasión, deseo, sexo y muerte-. Vino después Don Goyo, canto al cholo en un paisaje de manglares, esteros, islas, playas ricas de mariscos y, a la espalda, la selva y creación de una figura mítica y simbólica, ese Don Goyo que amó a las islas como a hembras y sintió el gran dolor vegetal de los manglares. Aguilera Malta dio al relato ecuatoriano, en hora tan temprana (1933), algo que solo décadas más tarde conquistaría la novela latinoamericana: la magia, como mundo casi normal de un hombre animistamente enraizado en una tierra de belleza fascinante y extraña. La magia en un contexto de complejo y crítico realismo. El secreto, pues, del realismo maravilloso. En La isla virgen el novelista dio alguna mayor urdimbre narrativa a todos esos temas, tan enraizados en su propia infancia. Y muchos años más tarde (1970) volvió a ese paisaje espiritual para penetrarlo una

vez más. "Las nuevas técnicas permiten a los escritores explorar diferentes niveles de realidad" -titulaba "El Telégrafo" una entrevista hecha al novelista (1976). Tuvo mucho de una exploración así Siete lunas y siete serpientes. Con menos brío narrativo que en sus años mozos -y eso no se lo perdonaba Benjamín Carrión-, pero con un oficio mucho más rico y maduro, hizo una suerte de auto sacramental americano -con el Cristo quemado al un lado y el diablo al otro- con tratamiento musical de la materia -cosa muy americana- y lujo de imágenes extrañas. Una nueva dimensión para lo mágico. Después vino El secuestro del general. Apenas llegó de México le dediqué un "microensayo" -mi columna semanal de entonces, en “El Tiempo” de Quito-, que comenzaba así: "Demetrio Aguilera Malta y Alfredo Pareja Diezcanseco están haciendo -los dos que tanto han distado en su novela, a pesar de las evidentes afinidades generacionales- una saga: la del hoy de nuestro país subdesarrollado, agónico -acaso sea mejor decir: la de un país cualquiera en el tercer mundo americano-, trasmutando sus personajes muy característicos, sus situaciones representativas, sus elementos claves, en símbolos, figuras literarias, signos; alguna vez, cuando ha precedido ya un trabajo popular en ese sentido, mitos". (En el caso de Pareja me refería, naturalmente, a Las pequeñas estaturas). La transmutación hecha por Aguilera Malta apuntaba al esperpento. Un esperpento presidido por un asco y desdén inocultables. Con el esperpento mayor tan reconocible -el novelista lo llamó el Óseo, el Calcáreo, el Esqueleto disfrazado de hombre-, con su verba incontenible y su dedo profético enhiesto. Y una historia de grotesco, que, para colmo de grotesco, fue realidad ecuatoriana: el caso de la novela se dio en nuestra vida política. El otro gran aporte de Aguilera Malta a nuestra literatura es su teatro. Dos nombres claves puso esa generación en el teatro


Expreso, Guayaquil, 16 de agosto de 1981.

Demetrio Aguilera Malta: El tránsito por el realismo telúrico y mágico Manuel de J. Real Demetrio es uno de los grandes de la literatura hispanoamericana de hoy. Con su pluma ha honrado en alta medida al Ecuador, cultivando con maestría los más diversos géneros: novela, cuento, biografía, ensayo, teatro. Llegó de nuevo a su tierra Demetrio Aguilera Malta. Como el Anteo del mi­to heleno, a tomar fuerza para conti­nuar adelante. Apasionado, cálido, evocador. Con el alma plena de buenas nuevas. Ha cumplido ya setenta y dos años. Ojalá que siga cumpliendo muchos más al servicio de las letras hispanoamericanas. De la realidad y de la magia. De la historia revivida, por él resucitada. Del hombre telúrico y pla­netario. Demetrio honra ahora a la diploma­cia ejerciendo la embajada de su patria en México. Como en todas sus activi­dades, lleva un mensaje de compren­sión y cultura, iluminando con su gran espíritu las relaciones entre dos pueblos hermanados por la historia y por el desafío de un destino común. Ha caminado mucho por el ancho mundo. Sus obras traducidas a diver­sos idiomas, son analizadas en altos centros académicos, buscadas con afán y fervor por las nuevas genera­ciones. Se inició antes de cumplir veinte años con El libro de los Mangleros que contiene algunas de sus promesas, luego realizadas a través

de la vida. A la manera de esbozo de las grandes cosas a las cuales después dio cima. Poco tiempo más tarde con Enrique Gilbert y Joaquín Gallegos Lara publicó en 1930 Los que se van, manojo de cuentos realistas que señalan el comienzo de toda una generación de vasta inf luencia continental. Como bien dice Isaac J. Barrera, en este libro “la vida del litoral y de la selva palpita con una agresividad que se convierte en protesta social”. Benjamín Carrión, que se encontraba en París, al leerlo se sintió feliz. Tuvo clara conciencia de que con él las letras del Ecuador se encontraban con el hombre de estas tierras, con su drama, con su problemática. A partir de ese momento Aguilera Malta transitó por diversos caminos. Siguió y enriqueció la línea inicial con Don Goyo y La isla virgen. Denunció las injusticias sufridas por Panamá en Canal Zone. Atestiguó desde Es­paña con Madrid, reportaje novelado de una resistencia heroica. Asimiló luego grandes corrientes universales, las hizo propias, muy suyas en Siete lunas y siete serpientes, El secuestro del general, Jaguar. Transitó por los caminos de la historia novelada, recreada desde adentro, tal como de­bió ser sentida por sus protagonistas, apareciendo la serie Episodios ameri­canos, en la que se destaca La Ca­balleresa del sol. Entró con pie firme y seguro en el teatro produciendo obras admirables como El Tigre, Dientes blancos, Infierno negro y No bas­tan los átomos. Sigue viviendo Demetrio en dimensión de futuro, privilegio de juventud. Convencido de que para hacernos está el tiempo. Dibujando sus jornadas con lucidez y amor. Realizándose en el campo de lo posible. Anhelando, como Nietzsche, más que la vida eterna, la eterna vivacidad. Está como ayer. Tal como lo conocimos y admiramos como maestro en el inolvidable “Vicente Rocafuerte”. Lleno de proyectos y afanes. Escribiendo una novela acerca de las pasiones e intereses que se agitan detrás

233 Aguilera Malta

nacional. Y, uno es Aguilera Malta. (El otro, por supuesto, Pedro Jorge Vera). Aguilera nos dio el personaje de Dientes blancos, el clima montubio de El tigre y el espléndido juego formal de Infierno negro.


del cuadrilátero de box. Cuidando de la traducción de todas sus obras al inglés en una prestigiosa editorial estadounidense. Dictando charlas literarias. Manteniendo diálogos y encuentros en Milán y Venecia. Anhelando tiempo para continuar su serie histórica. Sabe que su obra es su supervivencia y su derrota de la muerte. Demetrio tiene claras opiniones respecto del boom. Cree con razón que este tiene mucho de publicidad y propaganda. Que algunos de estos consagrados, como García Márquez y Vargas Llosa, permanecerán. Pero que otros serán ubicados en una más justa dimensión y perspectiva. Vistazo, Guayaquil, agosto de 1981

Premio Espejo

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“Y entonces cometimos una nueva literatura, ingenua”

D

emetrio Aguilera Malta regresó al país, esta vez para recibir el Premio Nacional “Eugenio Espejo”.

Y dice: “Para mí, esto de la literatura viene de muy lejos… Mi bisabuelo era un hombre de letras que escribió piezas de teatro, algunas de las cuales, como El Gran Caballero, se estrenaron en Madrid. Cuando mi padre se trasladó a las islas donde yo me crié, me encontré con un fabuloso fondo editorial. Yo era una criatura que había abandonado el colegio, como tantas otras veces, y me dediqué a leer. En esa época las islas, aunque quedan atrás de Guayaquil, eran casi inasequibles. Yo prácticamente vivía aislado. Pero tenía el mar.”

Sube “Aún hoy, a veces tengo la impresión de que vivo en un ambiente equivocado y pienso que soy un tiburón parado o un caimán que por casualidad circula en la tierra. La tierra no es mi habitat. Mi habitat es el agua”.

Suelta la amarra “El tiempo en las islas lo aprovechaba nadando, manejando canoas o pescando. Y leyendo. Leía cosas disímiles porque lo que había en la biblioteca de mi bisabuelo no estaba clasificado: El viaje del joven Anatarsis a la Grecia, Fenelón, El jorobado

de Nuestra Señora, Los Miserables… libros de Eugenio Sué, de Julio Verne y, en fin, libros de toda laya, aunque muy pocos ecuatorianos”.

Del bote “Mi padre, que fue mi gran amigo toda la vida, no estaba en absoluto de acuerdo con que yo hubiera dejado el colegio. Y me dejó de hablar. Y yo empecé a sentirme un poco preso en la isla y a experimentar un gran dolor por la ausencia de comunicación con mi padre y decidí regresar a Guayaquil para seguir estudiando. Cuando volví, mi visión del mundo había cambiado mucho por lo que había aprendido, más que en los libros, en la tierra, porque me había impregnado de los mitos y de las leyendas de esa gente de la isla, había hecho su misma vida, había conocido de cerca sus problemas. En Guayaquil me sentí al principio un poco marginado”.

Y rema “Yo en eso empecé a encontrar amigos: José de la Cuadra, quien fue mi maestro; Joaquín Gallegos Lara, que murió en la casa en que yo nací; Enrique Gil, menor que nosotros pero un intuitivo genial quien había amanecido con temáticas como la del negro Santander, como la de El Malo, y que manejaba un magnífico idioma; y Alfredo Pareja Diezcanseco. Se abrió para mí un nuevo tipo de diálogo. Y fueron los comienzos…”

Y rema “En esa época todavía vivíamos los últimos coletazos de la torre de marfil… los poemas esos de “Madre, la vida enferma y triste que me has dado..” o aquel otro del místico Egas: “Tu siglo se muere de un mal imprevisto/ tu siglo está loco, Señor Jesucristo./ Ya no hay alma, verso, ni luz, ni oración./ Y por eso elevo mi plegaria santa/ que desconsolada llegará a tu planta/ desde el incensario de mi corazón…” O de otro

235 Aguilera Malta

Confesión a viva voz


Que viene “En el mundo se operaba un cambio… Aquí se habían publicado algunas cosas, muchas de las cuales se recuerdan todavía. La Embrujada, Plata y Bronce, de Fernando Chaves; A la Costa, de Luis A. Martínez; Pacho Villamar, de Roberto Andrade, que habían dado un viraje a la literatura en busca de lo auténtico, de lo nuestro. A la Costa, por ejemplo, que es un libro sinfónico donde, a mi juicio, están tocados todos los instrumentos, nos hizo mucho bien”.

La ola

Dibujo de Rafael Rivas.

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guayaquileño que hizo su vida en Quito, Ernesto Noboa y Caamaño: “Hay tardes en que uno desearía/ embarcarse y partir con rumbo incierto/ y silenciosamente de algún puerto/ irse alejando mientras muere el día/… O “Para calmar las horas graves/ del calvario de mi corazón/ tengo tus tristes manos suaves/ que se posan como dos aves/ sobre la cruz de mi af licción..” Se soñaba con la ampolla de morfina y el frasco de cloral o con la pipa de opio”.

Chas, chas, chas “En Guayaquil vertiginoso y cálido de entonces había varios fumaderos de opio a la oriental; los drogadictos asumían su papel: se ponían batas chicas y se acostaban en camastros fumando hasta que perdían un sentido y recobraban el otro… Esto era el resultado de las cosas que estaban pasando en el mundo. El Ecuador había vivido el auge de uno de sus monocultivos: el cacao. Se vendió mucho cacao. Analfabetos de la costa ecuatoriana vivían en lujosas residencias situadas en París; ganaban dinero a manos llenas y los poetas recibían las migajas. Cuando con la escoba de la bruja, se produjo el desastre, los poetas también sufrieron las consecuencias”.

”Y entonces cometimos una nueva literatura, ingenua. Muchos han dicho que social, cosa que yo no creo porque, en primer lugar, todo arte es social; en segundo lugar, esta literatura se encontraba aislada de otros valores. No era una literatura de realismo social, como se afirma; era una literatura con otras características a la que, ahora que se la estudia con distancia y sin pasión se la puede valorar debidamente. Claro que todo esto era transitorio porque estábamos viviendo una época de cambios y teníamos deseo de hacer una narrativa nuestra auténtica, lo que ocurre, a mi juicio, es que algunos síntomas devinieron en un realismo al que yo lo calificaría más bien de fotográfico. Pensábamos que teníamos que hacer una literatura de denuncia y de protesta, que debíamos buscar algunos caminos que nos llevasen a un mejor entendimiento del hombre rural, con sus problemas de desplazamiento, de carencia de medios de trabajo, de migración hacia la urbe, de marginalidad. Pensamos sincera pero ingenuamente, que lo pertinente era hacer una literatura en la que se captara la realidad, comenzando por el idioma ya que una de las maneras de golpear a la sociedad era mostrar desde la manera de hablar, la manera de ser del hombre ecuatoriano. Muchos libros adolecieron, por eso, de errores ya que gramaticalmente hacían más bien daño al propósito de crear una literatura que tuviera atisbos


Chas, chas Por ejemplo, hubo la oportunidad de hacer una antología de la narrativa latinoamericana y se eligió a Don Goyo. Empezaron a buscar traductores en Estados Unidos y al fin se entregó el texto a una señora Perkins quien, según los responsables de la labor, tenía un gran mérito: Haber vivido en casa de José Eustacio Rivera. Y la señora tomó el libro, hizo una primera lectura y no entendió nada, nada, ni una palabra; hizo una segunda lectura y, tampoco. Entonces, alguien le dijo que a los escritores ecuatorianos no había que leerlos en voz baja sino en voz alta y, como suene, traducirlos. Así lo hizo la señora Perkins y la traducción resultó muy mala, desde luego, pero se obtuvo un texto de Don Goyo en inglés…”.

Pon la carnada “Después de mucho discutir, porque nos reuníamos en una especie de embrionario taller de literatura, llegamos a la conclusión de que debíamos buscar un medio de comunicación más asequible, que conservara una suerte del espíritu del idioma en que nosotros queríamos escribir. Algunos tenían formación académica, Cuadra, por ejemplo. Cada uno de nosotros tenía su procedimiento para escribir… Cuadra escribía en una hamaca que en la costa se llaman roncadoras y que se cuelgan entre los marcos de las puertas; él tenía en cada puerta los ganchos para sus hamacas y escribía en cuadernos como Pareja Diezcanseco…. se echaba en la hamaca y se ponía a pescar, verdaderamente a pasear las palabras; estaba con su cuaderno ahí, balanceándose, en espera de encontrar el justo término, el bautismal, el lapidario. Y por eso obtuvo expresiones como aquella del final de “Washington”.

Bota el “Empezamos a tratar de hacer un mejor idioma, a buscar medios de comunicación

más eficaces para lo que queríamos decir. Pero ocurrió una cosa muy importante; nosotros pensábamos que la literatura en gran parte era eso, en gran parte. Pero no era todo. Cuando hablábamos nos interesábamos por el problema del hombre, de sus relaciones, de su vinculación con el paisaje, las consecuencias de la debacle que había experimentado la zona rural con la desolación provocada por la escoba de la bruja y la verdad es que siendo tan importante el idioma, más importante es el hombre. Y empezamos de descubrir al hombre. O por lo menos a llevarlo a la literatura”.

Anzuelo “Los del Grupo de Guayaquil fuimos, sobre todo, un grupo de amigos. Pero había un movimiento en todo el país, no era solo una cosa de cinco hombres, de cinco muchachos sino que existía un precursor como Pablo Palacio y habían otros quizás de menor madurez artística pero que abrían también caminos, como Icaza, quien miró el problema del indio tal vez en una forma esperpéntica, caricaturesca en Huasipungo hasta que se serenó e hizo libros estupendos como El Chulla Romero y Flores, su mejor obra; Rojas, que es el maestro de la narrativa nuestra y talvez el más hondo, el más completo. Y así…”

Que ya pica “Un buen día, por las mismas razones por las que dejé el colegio, por ser un aventurero con antepasados marinos, mezcla de muchas razas porque, aunque mis antepasados mediatos son de Manabí, los anteriores fueron f lorentinos y los remotos, portugueses, un buen día, digo, salí del Ecuador. Pintaba y dibujaba entonces y así me ganaba la vida… Y llegué a Panamá en una noche de carnaval. Me entusiasmó Panamá con la contorsión de los negros, la música estridente, la nostalgia que traían a la vida del canal ellos los negros, que lo hicieron con su esfuerzo y a quienes primero se los llevaron las explosiones y des-

237 Aguilera Malta

sociales. Muchos sufrimos en carne propia los resultados de aquello”.


Premio Espejo

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pués la miseria. Empecé a conocer más a fondo la vida del canal, a asistir a las grandes concentraciones de marinos, a las que acudía una multitud de gente que había pasado tres o cuatro meses en el mar y que habiendo recibido de una vez toda su paga, se la gastaba por las mismas porque estaba sedienta de aguardiente y de sexo. Las transnacionales de entonces comerciaban con el sexo y aglutinaban una gran cantidad de mujeres para satisfacer a los marinos. Y eran días de locura, de borrachera. Y los negros seguían marginados. Todo esto me causó una impresión profunda. Nació Canal Zone, que fue mi segundo libro de impacto porque Don Goyo, que se publicó iniciando el panorama literario español e hispanoamericano de la colección “Cenit” de Madrid, se había difundido bastante. El Canal de Panamá, los marinos, la política de penetración norteamericana, la vida tremenda de los negros, el sexo, el ritmo y el color fascinante de ese mundo de carnaval, me dieron el tema para el libro. Por cierto que me andaban persiguiendo entonces y yo, para salvar los originales de la obra, los llevaba enrollados en el bolsillo del pantalón y no los abandonaba ni para ir al baño… “Cenit” me pagó buenos centavos y el libro tuvo muchas consecuencias en mi vida; hasta hace poco los norteamericanos no me daban visa y cada vez que pasaba por Panamá me encerraban en el “bote”.

Aguanta que “Regresé al Ecuador y trabajé en un colegio. Cuando estudiante abandonaba los colegios pero casi siempre he vivido de ellos. Y de las universidades. Estaba, pues, allí, cuando un amigo, Carlos Zambrano, me quedó mirando y me dijo: -¿Por qué no te vas a Europa, Demetrio? - ¡Como no!, le dije. Me voy - ¿Y dónde quieres ir? - A España.

- Pero si España está casi al borde de la guerra. - Por eso. Y llegué a España dos o tres días antes que estallara la guerra civil. Viajé en un barco de la Armada Real Inglesa que demoraba dieciocho días en la travesía…. Era tremendo viajar en navío en esa época… Llegué y comenzó la guerra. No se podía permanecer al margen. Yo había ido a estudiar con Unamuno y terminé estudiando en la calle, con los españoles que pasaban”.

Pelea “El español, es un pueblo heroico, absurdo, que vive en un permanente mundo kafkiano. Es un pueblo de una grandeza… España me apasionó. Es una tierra de maravilla donde el que no es Quijote es Cristo o es torero. Y a veces es las tres cosas juntas….Fui al frente y empecé a escribir en los periódicos mientras hacia un libro que se publicó en la editorial “Orión”, de Barcelona, con bastante éxito. Además, me dio una de las emociones más grandes de mi vida porque cuando se hizo la promoción de la obra habían pancartas en las Ramblas con mi nombre y unas muchachas vendían el libro y todo el que pasaba se llevaba su ejemplar. Yo veía la cosa desde lejos pero tenía unas ganas locas de gritar que ese que había escrito la obra era yo…”

Pelea duro “De España salí, como tantos otros, después de lo que pasó… Regresé otra vez a mi patria. Después de poco tiempo me llevaron al Ministerio de Educación. Al comenzar allí, le dio peritonitis al ministro y yo, que era un muchacho, tuve que hacerme cargo de la cartera. Eso fue tremendo. Después salí de nuevo. Estuve en Estados Unidos y trabajé en el Departamento Cultural de


Este Aguilera “Vino la revolución cubana y escribí un libro que se llama Una cruz en la Sierra Maestra, con un tema que adapté de España, un tema muy lindo: un pueblo -creo que en Cataluña- que con frecuencia era asediado por diversas facciones de las que estuvieron en pugna en Barcelona; una de las víctimas de la pugna eran las muchachas, quienes se inventaron un cementerio con cruces huecas; cuando venía el enemigo, las muchachas se metían dentro de las tumbas y respiraban por los huecos de las cruces. Eso lo trasladé a Cuba. No era un libro muy bien escrito. Se editó en Buenos Aires e incautaron la edición. A Cuba se le venía el mundo encima. La obra no ha circulado”.

Pez grande “Después empezaron a venir libros históricos, mejor hechos. Tenía un proyecto ambicioso, quizás derivado de las mil lecturas de don Benito Pérez Galdós. Yo quería dar una especie de visión de América Latina y sus relaciones con España a través de una serie de “episodios americanos”; se publicaron tres y estoy trabajando en dos más. Pero mientras escribía esto me encontré con que me había transformado completamente. Era otro escritor”.

Pez joven “Siete lunas y siete serpientes, El secuestro del general, Réquiem para el diablo y aún Jaguar no tienen nada que ver con mis libros anteriores. Parecen que fueran escritos por otro hombre. Esto ha sido un poco mi salvación porque me rejuveneció por dentro; se operó un fenómeno muy curioso; en lugar de que los años me afecten negativamente y me empobrezcan, me renové. Por si acaso. Siete lunas y siete serpientes salió tres años antes que Cien años de soledad, aunque mucha gente habla de inf luencias de la novela de García Márquez en mi obra… Felizmente ahí están las fechas. Siete lunas…. es un libro hecho con las técnicas más avanzadas, aplicadas a este mundo alucinante de los cholos de mi tierra”.

Pez astuto “El secuestro del General obedece a otra de mis grandes aficiones: don Ramón María del Valle Inclán. Adoro el esperpento. Tirano Banderas fue el precursor de muchas maneras peculiares de ver América”.

Que se escaaapaaa “Después de Siete lunas… es como si me hubiera vuelto a bautizar… Ya no me gustan las biografías históricas que estaba escribiendo. Las he suspendido para transformarlas. La carga de mito, de leyenda, de lo real maravilloso, del nivel de conciencia, de los múltiples personajes simultáneos, de los planos dinámicos que conf luyen, me han dado otra dimensión de la técnica y me han ayudado a expresar mejor lo que quiero. El secuestro… es mi primer gran esperpento. Es una novela absurda… capturan al general poniéndole una cadena de bananos; va tras los bananos a meterse en la jaula y ahí solito se encierra. Y muchas cosas así…”

Este Aguilera “Réquiem para el diablo, es una novela de las transnacionales y de los negros. Es toda

239 Aguilera Malta

la Unión Panamericana. Pero me desesperaba. Me desesperaba. Un día pasó por allí Benjamín Carrión quien me vio como mono enjaulado y me propuso ir con él a Chile, donde se dirigía como embajador. Fui como encargado de negocios ad interim. En Chile me dediqué al cine; hice mi primera película de largo metraje. Después me trasladaron, dentro del servicio exterior, al Brasil, donde hice mi segunda película. Luego, el Ecuador donde realicé dos películas de cierta importancia. Después, un proyecto de una gran película, “Dos ángeles y medio”… pero secretamente continuaba escribiendo”.


una historia de muertos que han pasado a ese estado por un diabólico inventor que convence a los mandamás de un país de que la solución para el problema de los negros es convertirlos en embutidos porque así no sólo se los elimina sino se los aprovecha como alimento para los blancos. Pienso que es un libro que está caminando”.

Muerde y se escapa muerde y se escapa muerde y se escapa…

Premio Espejo

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“Y sigo trabajando… Entre otras, una de mis dificultades es que no se corregir. Y entonces tengo que re-escribir. A veces he re-escrito por dos o tres veces el mismo libro. No sé, no puedo corregir. Y el trabajo se me multiplica, máxime ahora que casi no veo. Tengo muchos, muchos proyectos. Quiero, como uno de los programas de mi vida de hombre, ayudar a la generación que viene. Pienso que con los hombres ocurre igual que con la marimba: cuando uno toca una tecla, todas las del mismo tono suenan. Así que si uno trabaja con la juventud, si uno trata de aprender de ella y con ella, el diapasón se agranda, las obras se encadenan. Lo que el hombre construye, solamente si puede ser continuado tendrá alguna validez”. Y ahí queda Demetrio Aguilera Malta. Y queda el Premio “Eugenio Espejo” como el reconocimiento de una tarea muy bien hecha. Pero no concluida. Porque hombres de la talla de él, con un baño de mar, y una sonrisa, se refrescan. Y, revitalizados, siguen andando por la tierra esparciendo su obra. Y su simiente. Por siempre. Y desde siempre.

Entrevista concedida a Francisco Febres Cordero y publicada en El Tiempo, Quito, 16 de agosto de 1981.


Raúl Andrade

Premio Nacional “Eugenio Espejo” 1983


E Premio Espejo

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l Gobierno Nacional otorgó el “Premio Espejo” correspondiente a 1983 al escritor y periodista Raúl Andrade Moscoso. No se entregó la presea, tal como lo disponen las normas dictadas para el efecto, en el Día de la Cultura, 9 de agosto, sino el 24. Andrade, quien había tenido una dilatada vida periodística y había sido autor de más de una columna de opinión en la prensa nacional de gran acogida por la ciudadanía, se encontraba, a la fecha de la entrega del Premio, en graves condiciones de salud al punto que fallecería poquísimos días después.

En la ceremonia pronunciaron discursos el Ministro de Educación y Cultura, Ernesto Albán Gómez y Raúl Andrade Gándara, hijo del galardonado. El primero, se congratulaba porque la decisión del Presidente de la República estaba “en estricta consonancia con una política cultural mantenida invariablemente en estos cuatro años” y se cumplía, así un “gratísimo deber de justicia y reconocimiento”. El segundo, evocaba la trayectoria humana de su doliente padre como aquel en el que se habían conjugado “muchas soledades, pues quien ha recorrido el exilio y la angustia solo conoce la alegría cual balsa a la deriva, siempre esquiva y difícil”.


“Une, a la solidez de pensamiento, la musicalidad de la frase, la metáfora”

E

n la historia de la prensa ecuatoriana del siglo veinte destacan con nitidez varios escritores cuya palabra fue artífice de inembargable emoción estética. Uno de ellos, acaso el que más nos llevó a aquellos territorios de sosiego espiritual, más todavía cuando lo que se busca en la crónica del día a día de las páginas de los diarios no es precisamente ello, fue Raúl Andrade Moscoso, nacido en Quito el 4 de octubre de 1905. Él mismo nos cuenta sus orígenes familiares y más de una vez, en el relato de su vida, insiste en ese sabor a tragedia y a holocausto que marca a sus ascendientes directos. Su tío, Roberto, hubo de asilarse largos años en la propiedad de los Moncayo, muy cerca de Otavalo, acusado de ser uno de los complotados en el asesinato de García Moreno, de quien el propio Raúl Andrade dirá que fue “hombre que jamás se preocupó de su presente con miras a redondear su futuro”. Y su otro tío, Julio, vilmente asesinado en un confuso incidente de cuartel, tronchándose, de este modo artero, una de las más lúcidas existencias del Ecuador de entonces. En cambio su padre, Carlos, fiel lugarteniente de Alfaro, apresado a poco de sumarse a la rebelión comandada por el coronel Concha en Esmeraldas y sufrir dos largos años de prisión antes de salir al destierro.

“Mi infancia y la de mis hermanos -escribirá mucho después- conoció el sobresalto, la inquietud, la zozobra. Vi perseguir a mi padre, desterrado, preso. Vi morir una hermana mía golpeada por la meningitis que le causó la irrupción de la soldadesca para llevarse a mi padre preso. Recuerdo a mi madre sentada durante catorce horas consecutivas ante una máquina de coser para que el magro pan no nos faltara”. Fue su abuela, la reconocida escritora Mercedes González de Moscoso, quien le educó en sus primeras letras y, con seguridad, le abrió las puertas de la literatura y de las artes. Más de un emotivo escrito de Andrade, en aquella inolvidable columna de El Comercio bautizada como “Claraboya”, describe a su abuela, solemne, recta, imperturbable. “Una antigua lámpara de petróleo proyectaba en su luz circular, en la estancia amoblada según el gusto de comienzos de siglo. Las esquinas, con chineros enjutos, de nogal, hospedaban a las graciosas porcelanas y a los juguetes de cristal. En el centro, una mesa redonda, cubierta de mantel cuadriculado, agrupaba las figuras graves y severas de los abuelos. La abuela tejía su labor, reclinada en una mecedora de esterilla de manufactura vienesa. El abuelo, las gafas levantadas, leía, invariablemente, un capítulo de la Historia de los Girondinos…”. De antología, además, cuando relata su visita al despacho presidencial, de la mano de su abuela, y Alfaro le obsequia una moneda de oro, impresión que al chico no se le borrará en toda su vida. La infancia, en medio de la estrechez económica, se alimenta de ilusiones, se distrae con juegos de la época y con los sencillos, diría humildes, juguetes que el magro presupuesto familiar permitía conseguir. De estudios formales, pocos. Los primarios los concluye en la Escuela Municipal Espejo, no así los secundarios aprobados en el Colegio Mejía solo hasta el tercer año. Un incidente con uno de sus profesores, sumado

243 Raúl Andrade

Semblanza


a ello la ya consabida precaria condición económica de su familia, le obligan, muy joven, a buscar una ocupación asalariada.

Premio Espejo

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Al bordear el inicio de la década de los veinte, ese Quito en el que vivía este drama que lo marcará de por vida, era una ciudad que apenas comenzaba a despertar del letargo del siglo anterior. Cinco décadas después, Andrade evocaba aquel momento de esta manera: “Cincuenta años atrás, las piletas de la plaza mayor coreaban los rumores urbanos. No eran escandalosos ni efervescentes. Como en el juego del boliche, las bolas rodaban con espontáneo impulso, entrechocaban en el cuadrilátero de la plaza, rebotaban en los portales e iban a morir junto al brocal de las herradas verjas. Esos viejos portales se vestían de fiesta para la tertulia mañanera, engalanados de bombines, de lustrosas chisteras y levitas alcanforadas, mientras de las lanzas del parque pendían famas y reputaciones, chistes malignos y ocurrencias de ex abruto, como en un baratillo de turco que dijera algún ingenio mortificado. La ciudad era entonces un puñado de casas historiadas, de barbas proceriles y disparatadas solemnidades, cobijadas por una melancólica beatitud”. No bien cumplidos los 17 años, viaja a Guayaquil a buscar mundo y quién sabe si fortuna. Las frustraciones del muchacho de entonces, se disipan con las ilusiones de poder estar en un mundo diferente al de la serranía de sus orígenes. Se ampara en contactos familiares que habitaban en el puerto y encuentra espacio, primero en una imprenta y, a poco, en los talleres del más importante diario de la época, El Telégrafo, donde corrige pruebas y escribe algunas notas que se las publica al amparo del pseudónimo “Carlos Riga”, tomado de alguna obra del argentino Manuel Gálvez. Tiempo después colaborará también en una importante revista de la época, Savia, cuyo formato y contenido, calcados a la moda de publicaciones similares de Europa,

estaba dirigida por el todavía novel escritor Gerardo Gallegos. Pero parece ser que Andrade quería ser marino y, según él mismo confiesa, solo el destino malogró sus ambiciones juveniles, pues “cuando me enrolé para navegar en el único barco que entonces tenía la Armada, la nave naufragó dos o tres días antes de que yo subiera a bordo”. Hay, sin embargo, un hecho dramático del que es testigo: la protesta de los trabajadores agrupados en la Confederación Obrera del Guayas, muchos de los cuales fueron masacrados impunemente por policías y militares, después de enardecerse con las palabras de un joven dirigente, que luego tendría importante participación en la vida política de país: el doctor José Vicente Trujillo. Era el 15 de noviembre de 1922. Hacia 1926 Andrade retorna a la capital, producido ya el relevo de la segunda Junta de Gobierno Provisional por la dictadura del doctor Isidro Ayora. Poco después, se integra a un grupo de jóvenes escritores y artistas que, bajo la dirección de Camilo Egas, recién llegado de Europa y cargado de muchas ideas cosmopolitas que no cuajarán en el todavía conventual y recatado ambiente de Quito, comienza a editar la revista Hélice. Fungirá como secretario de la misma. Hélice se concibió como una “revista quincenal de arte” y, aunque no apareció en forma regular como lo pretendió, se distinguió por un carácter renovador que roza con el modernismo innovador en la época. Gonzalo Escudero, otro de los jóvenes colaboradores de la revista sostuvo en el primer editorial y para corroborar esta idea, que “el simbolismo de la hélice es pródigo: un perpetuo aletazo que gira sobre sí mismo. Él dominara a la montaña humeante, a la bocanada del huracán, al boa constrictor de nuestra América, para universalizar el arte de la tierra autóctona, porque la creación criolla no exhuma a las creaciones extrañas,


En Hélice Andrade trabaja una columna que la titula: “Bajo la bóveda craneana” y en la cual, al estilo de Gómez de la Serna, ensaya aquellos puntazos que luego serán tan característicos en sus escritos. Dice, por ejemplo: “Si Salomé no hubiera besado la cabeza cortada del Bautista, habría una multitud de dibujantes sin trabajo”. O esta otra: “María de Jorge Isaacs es como una vacuna antitífica contra el romanticismo”. Y en el número final de la revista aparece un artículo suyo: “Aquí el artista es un perdido!!...”, donde su desconsuelo por el ambiente citadino en el cual vive, desprovisto de estímulo para el intelectual o de trabajo para el artista, le hace pensar en la necesidad de partir como “una oculta esperanza de presidiario o náufrago”. ¿Cómo no citar, por ejemplo, este breve párrafo de aquel artículo, en el cual ensaya la ironía que luego lo haría tan famoso?: “Gonzalo Zaldumbide escribió hace tiempo un bello artículo injusto. Condenaba el aire de pájaros enjaulados de los muchachos de Quito. Pero Gonzalo Zaldumbide, estaba en París desde hacían diez años y nosotros en Quito, toda la vida… ¡Cierto que hay mucha belleza en la policromía de los mercados indios; y en los barrios coloniales y típicos, y las montañas son muy majestuosas y el cielo muy azul. Y todo eso es muy bello… para verlo con ojos de turista o de ciudadano ausente mucho tiempo. Además, todo esto va desapareciendo. Las calles están pavimentadas. Hay un porcentaje de indios con smoking mayor que el de los indios con poncho…”. Terminada esta aventura editorial, Egas retoma la ruta del destierro deseado por los de su generación, juntando sus bártulos de artista excepcional y tantas ideas recogidas

en Europa que no cuajaron en este país nuestro, siempre tan desaprovechado en sus aspiraciones superiores y siempre tan entretejido en provincianos conf lictos de pueblo chico. Pero Andrade, al que no le sobraban recursos económicos, debe restar en Quito, donde dedica muchos de estos años a la lectura, “el fecundo contacto con los libros, en soledad, [que] sería el único maestro disponible para su aprendizaje literario”, según acertada frase de Abelardo Moncayo Andrade en el que posiblemente es el mejor análisis de la obra de nuestro escritor (Raúl Andrade: Crónica de un Cronista, Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1991). Para sobrevivir, escribe. Comienza esa a la vez fatigosa como fructífera tarea de llenar las blancas hojas de papel con los tipos de su máquina de escribir. Tarea que, veámoslo con detenimiento, cubrió la mayor parte de su vida posterior. Escribió para el diario capitalino El Día, fundado por varios jóvenes idealistas luego de aquellos tormentosos días de 1912, proseguido por Ricardo Jaramillo, un liberal que logró hacer del diario el más logrado de la capital, al menos por un tiempo. Lo hace con el pseudónimo de “Juan de Luna”, pero discrepancias con el director del diario interrumpen su colaboración. Son también los años de la bohemia, del encuentro con sus compañeros de generación, que, en medio de café y alcohol iban destejiendo tanta cuanta novedad literaria se ofrecía a discusión. Participó, así, de las últimas señales de la que él mismo la denominó generación del desistimiento “por su voluntaria dimisión de la vida que le caracterizó”. Y en el “murcielagario” de la Plaza del Teatro horas y horas se consumían en aquel disfrute intelectual, del que Andrade, f laco como una piola -de allí el sobrenombre que llevó durante muchos años- participaba con no disimulado placer. El sábado 4 de mayo de 1931 -así reza el prólogo de la publicación del libreto-, la

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antes bien, las asimila, las agrega, las identifica bajo el techo solariego”. Metáfora aparte, es la clave del ideal de estos jóvenes emprendedores.


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compañía de Marco Barahona estrenó en el Teatro Sucre “Suburbio”, evocación romántica del arrabal quiteño, en un acto y dos cuadros, obra en la cual Andrade escenifica, no la vida de una sociedad pudiente como así ocurría en las piezas de teatro representadas con anterioridad -recordemos tan solo la célebre “Recetas para viajar” de Aguirre Guarderas”, con notable éxito en su momento- sino, al contrario, las vicisitudes de la clase proletaria, sumida en las contradicciones propias de sus limitaciones económicas. Comedia surgida de un destierro voluntario, según palabras del propio autor, “sin etiqueta ultramarina capaz de acreditarla y desecada de aquella torrencial teatralidad que le encontrara Gonzalo Escudero” buscaba oponer, en su mensaje, a lo postizo del “teatro de frac” -son términos también de Andrade- en una sociedad como la nuestra “donde buena parte de quienes usan esta prensa, suele adquirirla por horas en ciertas casas de alquiler [aquí] donde los niños góticos realizan la paradoja de usar botainas y no cambiarse los calcetines”. La pieza no atrae al público y, al contrario, la olvida rápidamente. En cambio, según lo que afirma Moncayo Andrade, permite a su autor asomarse a la escena intelectual del país con un primer impreso, el cual apareció como apéndice de la revista Rieles de abril de 1931, dedicado, además a Ruy de Guimaraes y recibir, a la par, elogiosos comentarios en los cenáculos literarios que frecuentaba. Jorge Reyes escribe para el No. 6 de la revista Élan y afirma en él que Andrade “no inventa nada, no tiene necesidad de inventar porque está escribiendo”. Y Gonzalo Escudero, en la propia Rieles de mayo-junio de 1931, sostiene que la obra permite vislumbrar un signo de protesta “contra un ambiente en el que el discernimiento de los honores está casi siempre en razón inversa de las capacidades y el lugar en los banquetes está en razón directa de la cretinidad académica o de las reverencias palaciegas”.

Después de su fugaz paso por las columnas de El Día, Andrade, junto a ese inolvidable personaje de nuestras letras y de la diplomacia que fue Francisco Guarderas y al notable financista Abelardo Moncayo Andrade, participa de la fundación de La Mañana, periódico liberal de claro tinte político dirigido por Alberto Guerrero Martínez. A partir del 24 de julio de 1934 inicia una de sus más famosas columnas, “Cocktail’s”, que tres años después recogerá en un libro impreso por Editorial Atahuallpa, con prólogo de Benjamín Carrión. La tal columna se centra en comentarios de actualidad, los más dirigidos hacia la primera administración del doctor Velasco Ibarra. Está claro que Andrade no simpatizaba ni con el personaje, a quien un día califica como “neurópata ofuscado y grandilocuente” ni a la obra que su administración realiza, para él caótica y desconcertante. “El Ecuador, dice en su nota de 10 de diciembre de 1934, naufraga en la tromba marina de la angustia. Nadie logra descubrir el oriente para su propio itinerario. País-barco fantasma, se desliza por entre una tiniebla opaca y sin fin”. Y aunque comenta también sobre incidencias de la vida internacional, evoca capítulos de la vida cultural como un bajorrelieve del dramaturgo O’Neill y zahiere a la vez a un escritor ecuatoriano que trabaja poesías por encargo, la dureza de los términos de estos cocteles, hábil mezcla de palabras bien escritas, burlas a media voz e ironías por granel, le valen sus primeros enemigos, y la oposición del periódico al Gobierno, su cierre definitivo. Y es este el momento preciso en el cual aparece una de las importantes revistas humorísticas del país, Zumbambico, cuya puesta en escena y aparición semanal corresponden a un Andrade que va puliendo un estilo demoledor por directo y atrevido, derribando añosas y superficiales estatuas de fingidas glorias nacionales y descubriendo, sin pudor alguno, los vicios nacionales. Heredero de Caricatura, este periódico levanto odios, sin duda, pero ayudó a construir una base del


Poco después de cerrar Zumbambico -se había ya precipitado sobre las bayonetas el candidato a dictador-, Andrade intentó viajar a España, atraído por la cultura y la tradición de ese país, pero el comienzo de la guerra civil le cerraría el paso. Continuó a escribir y a pronunciar conferencias. Para la revista Trópico de la capital escribe un primer ensayo, de los tantos que salen de su pluma, sobre la obra de Camilo Egas (Esquema de Camilo Egas en cuatro tiempos) y retorna a las páginas de El Día. Pero son las conferencias que pronuncia en el Teatro Sucre en el transcurso de mayo de 1940, las que fijan, en forma ya definitiva, su presencia en las letras nacionales. Une, a la solidez de pensamiento, la musicalidad de la frase, la metáfora. La primera conferencia, “García Lorca: Alegoría de España yacente”, se la dedica a Fernando de los Ríos, escritor que había expresado juicios favorables a su obra pasada, y a la familia más cercana del poeta asesinado. La segunda, una verdadera joya, de gran trascendencia en la historia de nuestras letras, “Retablo de una generación decapitada”, se la dedica a Hugo Moncayo, Rafael Vallejo Larrea y Julio Vásconez. En ella, en el colmo del desencanto, recordará “la visión no del todo arbitraria de los humoristas europeos” de que el Ecuador no es sino un “turbulento y dramático país de generales de chistera y taparrabos colorados” y evocará a su ciudad natal de comienzos de siglo, con las palabras más bellas que escritor alguno las haya concebido. La tercera y final, versa sobre Charles Chaplin, la dedica al famoso actor y director, a quien califica como “bebedor de lágrimas”. Estas tres conferencias fueron agrupadas en libro y publicadas en 1943 bajo el título de Gobelinos de niebla. El 10 de febrero del año siguiente da inicio en las páginas del diario El Telégrafo, una columna de claro tinte político, “Viñetas

del mentidero”, que se prolongará hasta el 27 de mayo del mismo año, vísperas de la llamada “Gloriosa”, golpe de Estado que derrocó al Presidente Arroyo del Río. Abel Romeo Castillo, uno de los directivos del diario porteño, le da la bienvenida días después, señalando que en las tales viñetas el lector se encuentra ante “un Raúl Andrade que quiere pintarnos un boceto a golpes de crayón de la pintoresca ágora quiteña”. Para el lector desprevenido, hay que anotar que el tal “mentidero” no era otra que cosa que bullir de las gentes en el ámbito de la Plaza Grande, en la capital, en sus portales y en las bancas del parque, donde circulaban a diario rumores y bolas, mentirijillas en suma, las más de carácter político. En estas viñetas, Andrade vuelve a combatir a Velasco Ibarra, quien aspiraba al poder como candidato de un conjunto de fuerzas opositoras al Presidente Arroyo del Río y a quien ve como un peligro para la estabilidad y el futuro del país. Esta oportunidad le sirve, además, para criticar a los partidos desgastados, las ambiciones políticas, los acomodos de costumbre, la provinciana manera de ser de nuestros ciudadanos. A diferencia de sus temidos cocktail’s de hace diez años, ha depurado su estilo y ha ganado prestigio en el medio. Abelardo Moncayo Andrade dice bien al señalar que en este momento, el escritor “era, pues, un Raúl Andrade diferente, entristecido y fatigado, el que volvía al combate: sin el mismo entusiasmo de los treinta años, pero con la indignación aún más grande, más depurada, más constante”. Su padre, el mítico coronel, había fallecido poco antes. Verdaderas joyas de su pensamiento matizan esta columna. Como esta ácida referencia al Partido Liberal de entonces: “Esta mañana, al pasar, he visto junto a la puerta del antiguo Savoy una diminuta asamblea de desconocidos, casi todos ilustres. Deben ser los delegados al cónclave liberal, comadrones expertos en la tarea de ayudar al alumbramiento del gobernador de esta ínsula magra

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prestigio que en años venideros iría ganando nuestro escritor.


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y deshabitada. Y juzgo que deben ser tales delegados, puesto que sus fisonomías son las mismas opacas y borrosas que se ve bostezar en los congresos, en su impaciente espera de las dietas…”. Y para que por esta crítica se le crea en el otro bando político dice, refiriéndose al Partido Conservador: “no es un partido sino una apariencia de partido. Es uno de esos grandes mitos cuya supervivencia es necesaria para el equilibrio político. Ha quedado reducido a una categoría de clan compuesto por banqueros, terratenientes, damas vetustas y apergaminadas, que creen en Dios, sacian sus apetitos a hurtadillas y prestan dinero sin la menor reminiscencia de Dios en lo que al cobro de intereses se refiere”. O esta otra, para terminar, que se nutre del desengaño nacional por la firma del Protocolo de Río de Janeiro: “Los problemas del Ecuador han de resolverse con bríos de juventud y con serenidad de madurez. Tal evidencia vive en la conciencia civil. El despiadado apóstrofe de Manuel González Prada: los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra, recupera incalculable evidencia de nuestros días y en este escenario rocoso, áspero y triste en donde la primavera aparece por horas y el invierno por meses. Las banderas de Tarqui y Manuelita Sáenz le han hecho mucho daño…” Producida la revolución llamada pomposamente como “la Gloriosa”, Andrade decide alejarse del país. Si eso puede entenderse como un escape o, peor aún, como una especie de un autoimpuesto destierro, pues, en realidad, es todo ello y acaso mucho más. Desengañado por lo que ocurría en su país, por lo que se venía bajo el mando de un mandatario veleidoso y atraído por su largamente postergado anhelo de viajar, combina ambas cosas y emprende el camino. Éste lo conduce, primero, a México y, poco después, al Caribe. Recala, después de infructuosa búsqueda de un empleo estable, en Bogotá, donde es acogido en la redacción del principal diario de la ciudad, El Tiempo, fundado en 1911 por Eduardo Santos. Allí se dedica completamente al

periodismo en una escuela de primera línea, integrada, entre otros, por Roberto García Peña, Jaime Posada, Caballero Calderón. Permanecerá en este ambiente hasta 1949 cuando regresa al país. Mucho después, en una de sus “Crónica Literaria de los Lunes”, el propio Andrade pintará aquellos inolvidables años de experiencia periodística y de superación intelectual, del modo siguiente: “El Tiempo estaba situado sobre la Avenida Jiménez de Quesada en una actitud de ceja que desviaba la avalancha impetuosa de la multitud. Junto al edificio, funcionaba un juego de bolos, más allá un bar de estilo inglés, con paredes enchapadas de caoba y, por fin, existía un pasadizo de amplios y lujosos escaparates, de lado y lado, con su café obligado, su librería, excelente, su sastrería frecuentada por los gomosos bogotanos. Los corrillos se instalaban desde la portada de El Tiempo hasta el final de pasadizo de Santa Fe. Los componían grupos de gentes, jóvenes, dicharacheras, y ágiles de espíritu”. Ya en su patria, después de cinco años de extrañamiento, Andrade recibió la propuesta de asumir la agregaduría cultural de nuestro país ante la Embajada en España. No resistió la tentación y aceptó complacido, pese a que gobernaba el país el hijo de quien había sido enemigo de su familia, el general Leonidas Plaza Gutiérrez y pese a su abierta oposición al régimen franquista. Es su amigo y admirador, Carlos Tobar Zaldumbide, quien desempeñaba entonces la Subsecretaría de Relaciones Exteriores, quien le convence de aceptar este encargo el cual se encontraba inscrito en una política de Estado, pues Plaza había consentido en enviar a varios intelectuales ecuatorianos -Benites Vinueza, Icaza, Aguilera Malta, entre otros- a diversas misiones en el exterior en calidad de agregados culturales. César Andrade y Cordero interpreta este primer encargo diplomático con su proverbial gracejo: “Franco aparte, para Raúl Andrade lo importante es la España sola, desnuda y tangible”.


administración velasquista. Después de varios escritos, generalmente publicados en las páginas del suplemento dominical del periódico, series que constituyen por sí mismos libros que algún momento deben publicarse, afina la pluma para trabajar la que sería su columna por excelencia.

Pero la estadía de Andrade en Madrid fue corta, pues, dada su ideología abiertamente republicana, expresada desde antes en varios escritos suyos, en especial en su ensayo sobre García Lorca, ya antes referido en este artículo, su permanencia en la madre patria no fue del agrado del gobierno español. Para acallar la protesta que varios círculos de nuestro país hicieron pública, fue transferido a París, donde permaneció el resto de esta su primera misión en Europa. En 1951, de regreso nuevamente al país, inició su larga colaboración para el diario El Comercio de Quito, que duró, con breves intermitencias, algo más de treinta años. Ese mismo año contrae matrimonio y viaja por corto tiempo a Chile, de donde retorna a inicios de 1953, en plena tercera

No hay que olvidar que en 1951 de las prensas de la Editorial de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, apareció su El Perfil de la Quimera, libro en el que recoge, a más de los ensayos publicados anteriormente en Gobelinos de niebla, cuatro más. Tres de ellos –“Teoría del destierro”, “El perfil de la quimera” y “Viaje alrededor de la muerte”fueron escritos en 1948 “al regresar su autor de un voluntario extrañamiento que se prolongó cuatro años”, según así escribe el propio Andrade en el colofón de la obra; y, el último, que lleva por título “Rosalía de Castro, sirena de la nostalgia”, “después de una divagación por tierras de España, Francia y África del Norte”. En 1954 publica La Internacional Negra en Colombia, libro en el que recoge la serie

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Esta es la etapa de sus célebres “claraboyas”, -la primera aparece el 5 de agosto de 1954- finos encajes de palabras, inigualable conjunto de celebradas piezas periodísticas, tanto por su estilo como por su contenido. Trata en ellas temas tan diversos que van de sus recuerdos familiares a sus creencias filosóficas, de un incidente cualquiera avisado por la gacetilla diaria de la prensa a un capítulo de la historia, de una estampa literaria a evocaciones de la vida cotidiana. Tanta importancia tuvo esta columna, que muchos lectores de la época la releían y la recortaban, archivándola. En los primeros años, ella estaba ilustrada con viñetas dibujadas por Francisco Reyes Hens, un español por algún tiempo residente en nuestro país y en más de una ocasión, años después, se han efectuado ediciones de libros con selecciones de estas “claraboyas”, agotados con rapidez.


de artículos que antes había escrito en las páginas del diario capitalino sobre la realidad política colombiana del momento. Recuérdese, en este punto, que eran los años de la dictadura del general Rojas Pinilla, derrocada luego por un movimiento popular desatado a la sombra del Frente Nacional.

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La vena política de Andrade, que en 1944 se había hecho presente con “Viñetas del Mentidero”, volvió a aparecer en el periodo que antecedió a las elecciones presidenciales de junio de 1956. Dada la prudencia que desde un primer momento le habían aconsejado a Andrade los directivos de El Comercio, periódico clausurado tres años antes, vuelve a las páginas de El Telégrafo para publicar, de agosto de 1955 hasta enero de 1957, la columna “Escaparate”, recibida con elogiosos comentarios por el diario porteño. Es en esta tribuna donde Andrade ejercita nuevamente su crítica a los males políticos del país, a los vicios sociales que lo afectan, al oportunismo y a la mediocridad, a la par que reafirma sus convicciones y creencias. Estos escritos, como su título lo sugiere, vienen a ser la descripción de escenas de la vida nacional, generalmente acerbas, -tal el reiterativo estilo de Andrade-, hechas como si los personajes de la comedia estuvieran colocados en una vitrina, en un escaparate. En el artículo inicial de esta columna los maltrata calificándolos como “alucinantes y desgarrados cadáveres verdosos bajo postizas dignidades” parte de “una cínica y planificada subversión de valores, en que títulos vanos y endebles suplían a las calidades reales y sólidas”. Concluido el régimen de Velasco Ibarra y habiendo ascendido al poder Camilo Ponce Enríquez, Andrade recibió una nueva oferta para desempeñar un cargo en el servicio exterior ecuatoriano. Hace nuevamente de intermediario de esta proposición, Carlos Tobar Zaldumbide, a la época canciller de la República. Pese a las contradicciones ideológicas que mantenía con el régimen, aunque

reconociendo la capacidad de Ponce para gobernar al país, acepta. En esta condición, desempeña misiones en Chile, Burdeos, Trieste, Bruselas y Lisboa. Es un largo periodo de diez años y de seis presidencias, incluida la del fugaz cuarto velasquismo. Es este periodo, de nuevos aires y viejos mares, largo lapso de lecturas, meditaciones, viajes y, por cierto, de meditado recurso a la escritura. Juan Andrade Heymann, en reciente ensayo sobre la vida de su tío, describe así una de sus despedidas en Europa: “Nos despedimos Raúl y yo en la estación de trenes de Trieste. Quedó en mi memoria la imagen de un gran hombre, de mediana estatura, enfundado en grueso abrigo, con bufanda y sombrero grises, apoyado en su bastón, levantando afectuosamente la mano para decirme hasta pronto” Y fue en Trieste precisamente, que Raúl Andrade escribió, entre marzo y abril de 1962, una de sus más interesantes obras: un ensayo biográfico sobre el general Julio Andrade, titulado Julio Andrade. Crónica de una vida heroica, acaso la mejor descripción de la personalidad del general, uno de los “Gracos”, extrañamente asesinado en la aciaga noche del 5 de marzo de 1912. A la citada obra sigue una extensa carta fechada el 16 de agosto de 1961 y dirigida a Eugenio de Janón Alcívar, su amigo, en la cual reivindica la memoria de otro de sus tíos, Roberto, implicado en el asesinato de García Moreno y maltratado por la historia oficial. De vuelta al país, en 1967, después de un forzoso retiro que Andrade no perdonó por injusto, vuelve a la crónica de la prensa diaria con sus “claraboyas”, que aparecen el propio diario El Comercio hasta cuando, aquejado ya por mortal enfermedad, dejó el periódico para pasarse a las columnas de un nuevo diario quiteño, Hoy, y abrir una nueva, “Caracola”. Ya antes, en agosto de 1971, había escrito una memoria de la caracola, al afirmar que todo “autor nunca es del todo


Y esto que escribió en 1971 se volvió, al menos, una posibilidad en el nuevo diario. Pero el mal que padecía, un cáncer, había avanzado y no solo que desde hace tiempo no podía hablar, sino que el cuerpo se fue debilitando hasta el extremo. Los últimos meses de vida, si bien seguían apareciendo sus “caracolas”, éstas en buena parte no eran sino reproducciones de artículos antes escritos y hasta ya publicados. Pero el frescor de las frases, la deliciosa prosecución de sus ideas, se habían mantenido frescas, pese al transcurrir del tiempo. Fue esta la prueba irrefutable de la permanencia de su obra, como lo demuestran hoy mismo, luego de tantos años, todos sus escritos y en especial sus miles de notas publicadas en la prensa. Ello nos demuestra que Raúl Andrade es, a todas luces, uno de nuestros clásicos. Antes de concluir habría que soldar a las últimas frases de este artículo dos o tres breves notas. Una de ellas, que a su regreso al país, se incorporó, como escritor de ALA , una agencia internacional que distribuía a varios diarios del mundo, en especial de nuestro continente, artículos de escritores de prestigio como Arciniegas, Sender o Uslar Pietri. Otra, que escribió también para la revista Vistazo de Guayaquil. Además, que en acto reparador, reparador en sentido recíproco, aceptó recibir, en enero de 1970, una condecoración del Presidente Velasco Ibarra. Fue en esta oportunidad que afirmó que se arrimaba “al árbol seco de mi generación

para recibir en pleno pecho la centella de una decoración, ni merecida ni buscada, con que el ilustre intelectual, cinco veces mandatario del país por su solo poder de convicción, ha querido honrar una tarea de escritor sin otro mérito que el de su continuidad. Para quien no ha alentado ambiciones fuera de su órbita natural, la imposición de tan inesperado honor, posee un carácter de inexorabilidad ante el cual se rinde el ánimo con cierta inexplicable melancolía…”. Y, por fin, que ya en los últimos días de su vida, fue galardonado con el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, feliz oportunidad para incluir el nombre de este querido escritor entre quienes aparecen en esta obra con justo mérito. Falleció el 10 de septiembre de 1983.

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“Vos, señor, manejáis la pluma que descubre símbolos de belleza, o combatís sin tregua por los valores que espiritualizan y dan sentido a la vida. Vuestra frase vibrante, con imágenes de profunda sugerencia, encarna un pensamiento original que rompe lo vulgar, que destruye lo artificioso, que descubre horizontes. Me habéis combatido. Vuestra conciencia os lo exigía. Vuestro combate, no es pues, el de la genialidad vacía, expresión inhábil de odio y amargura. Habéis sido leal con vos mismo cumpliendo un deber supremo y noble. Seguid combatiendo sin tregua, todo aquello que en vuestro concepto no armonice con lo bello, lo verdadero y los justo”. J. M. Velasco Ibarra, discurso pronunciado al condecorar a Raúl Andrade con la Orden Nacional al Mérito, 28 de enero de 1970

Raúl Andrade

un espectador silencioso y fiel del espectáculo que reproduce, observa y revierte a la obra. Le es indispensable e inevitable ser actor de la misma, estar allí, aún cuando no revele su presencia con el fatuo yo, así sea para colocar su persona en el rompimiento lateral de la escena”. Y más adelante, en el mismo escrito, al referirse a la obra de Proust, advirtió el sentido de la caracola: “como la valva de la concha marina, la memoria se mantenía alerta y sensual, lista a captar todo anuncio exterior de sensación, toda crispadura interna de reminiscencia”.


Decreto 2015 Osvaldo Hurtado Larrea Presidente Constitucional de la República Considerando:

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Que el Premio Nacional “Eugenio Espejo” debe conferirse cada dos años, previa calificación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, a un ecuatoriano que sobresalga por sus creaciones, realizaciones o actividades en favor de la cultura nacional; Que el Consejo Ejecutivo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, ha recomendado el nombre de varios ilustres ecuatorianos para selección del Presidente de la República; Que el Ilustre escritor y periodista, Raúl Andrade Moscoso, ha contribuido al desarrollo de la cultura nacional con sus obras, así como con sus artículos publicados en la prensa nacional e internacional por más de cincuenta años; y, En ejercicio de la facultad que le confiere el Art. 2 del Decreto Nº 677, de 6 de agosto de 1975, Decreta: Art. 1.- Confiérese el Premio Nacional “Eugenio Espejo” al señor Raúl Andrade Moscoso. Art. 2.- De la ejecución del presente Decreto encárguese al señor Ministro de Educación y Cultura. Dado en el Palacio Nacional, en Quito, a los 24 días del mes de agosto de 1983. f) Osvaldo Hurtado Larrea, Presidente Constitucional de la República f) Dr. Ernesto Albán Gómez, Ministro de Educación y Cultura Es copia.- Lo certifico: f) Andrés Crespo Reinberg, Secretario General de la Administración Pública.


“El más fino estilo que pueda encontrarse en el Ecuador...” Discurso del doctor Ernesto Albán Gómez

E

ntre mis libros, guardo, con especial afecto y no poca nostalgia, dos de Raúl Andrade. El uno es El perfil de la quimera, editado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana en 1951 y que, como añade el subtítulo, reúne “siete ensayos literarios”. El libro leído y releído fervorosamente en aquellos cavilosos y propicios años de colegio, descubrió ante mis ojos asombrados, un conjunto de figuras envueltas en la niebla y marcadas por el sino de la poesía y la tragedia. De las afanosas y desgastadas páginas, un día emergió García Lorca, juglar tronchado por el plomo, en el áspero paisaje de su España atormentada. Y el lienzo mural del Quito de 1900, de una generación decapitada, Arturo Borja, Ernesto Noboa, Humberto Fierro, iniciaron su camino patético, destinado a perderse en un hosco laberinto “municipal y espeso”. Y César Vallejo, con su “descarnada, desnuda, irrevocable desolación”; y, Manolete, el torero cartujo; y, Rosalía de Castro, sirena varada en la isla verde de Galicia. Pero, tal vez explicable para mi sensibilidad trabajada por infantiles experiencias, fue la estampa de Charles Chaplin arrebatada al cinematógrafo y puesta en letras de molde,

la que se grabó en mi espíritu con tintas indelebles. Desde entonces el hombrecillo, con su bombín y su vara de catorce canutos, angelical y atorrante a la vez, ocupa en mis recuerdos un lugar preferente. Y asimismo era lógico que el colegial inexperto empezara entonces a balbucear sus primeros párrafos bajo el impulso de aquella prosa, riquísima en sugerencias, elegante y precisa, ornada en muchos lugares del punzante estilete de la ironía, reacia a ser sometida a la camisa de fuerza de las convenciones. El otro libro, brevísimo, fechado en 1931, es Suburbio, evocación romántica del arrabal quiteño. Contiene una pieza de teatro, la única, por lo que sabemos, escrita por Raúl Andrade. Es una comedia por cuyos pasadizos oscuros, dice el autor, “el hambre desfila su amenaza y cuesta abajo naufragan -barquitos de papel- unas vidas humildes”. Por cierto que al estreno de la obra, “críticos elegantemente improvisados” opinaron que no era posible “hacer buen teatro con protagonistas miserables” y que no era apropiado para un escenario el espectáculo de “unas cuantas chaquetas verdosas de trasnochada y mala vida”. “En cambio el traje de etiqueta disimula muchas cosas desagradables. Cualquier rufián, con buena ropa, no lo parece tanto…” El ejemplar que conservo está profusamente señalado con lápiz rojo y, en muchas páginas, una letra conocida ha salpicado unas cuantas palabras en clave. El punto se explica fácilmente: el texto perteneció a la Compañía de Teatro “Gómez-Albán” y fue utilizado hace muchos años para llevar a las tablas a aquellos personajes arrabalescos; con la oposición por supuesto, de los distinguidos críticos. Les ruego me excusen estas líneas tan personales, pero no era posible para mí el omitirlas, cuando treinta años después de aquellas lecturas apasionadas, inmerecidamente

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Entrega del Premio


designado para la función de Ministro de Educación y Cultura, sea yo quien tenga el privilegio de tomar la palabra en esta tarde, en que el Presidente de la República, en estricta consonancia con una política cultural mantenida invariablemente en estos cuatro años, a nombre del Gobierno ecuatoriano, concede a Raúl Andrade el Premio Nacional “Eugenio Espejo”.

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El Premio “Eugenio Espejo” es, sin duda, el máximo reconocimiento que hace el país a sus hombres de cultura. Según el reglamento respectivo, pueden acceder a él artistas, escritores, científicos, creadores en cualesquiera de las ramas en que el espíritu del hombre alcanza sus más altos niveles. Y ha sido bautizado con el nombre de quien es, si no la más alta cifra de nuestra nacionalidad, al menos sí de nuestra cultura. No en vano en el Salón de los Héroes de la Unión Panamericana, en Washington, al cual los países del continente han entregado la imagen del personaje más representativo de sus glorias nacionales, el Ecuador está presente con Espejo, su héroe civil, símbolo de una raza y mártir de un ideal, político y pensador, periodista, médico y duende. Desde 1975, el Premio ha sido entregado con extraordinario acierto. Primero, Benjamín Carrión, el gran promotor -desde su alta tribuna de la Casa de la Cultura- de la vida cultural del país en cuatro décadas; luego, Jorge Carrera Andrade, poeta de lo mínimo y lo cósmico, del colibrí, del caracol, del hombre planetario; Alfredo Pareja Diezcanseco, el autor de Baldomera, La Advertencia, Las pequeñas estaturas, el investigador de nuestra historia y el doctor catedrático; y, finalmente, Demetrio Aguilera Malta, el hombre de mil preocupaciones culturales, pero tal vez principalmente el mágico novelista de Don Goyo y La Isla virgen. En esta tradición, que felizmente se ha mantenido incólume, un nombre más se agrega desde ahora; el de Raúl Andrade, el autor de Suburbio, el ensayista de El perfil

de la quimera, el polemista de La internacional negra en Colombia, pero sobre todo el periodista de Claraboya o Caracola, su columna permanente, en los diarios del país y del extranjero. El premio se discierne en esta ocasión -y por primera vez- a un periodista, a un periodista de vocación y de oficio, de aquellos que componen su cuartilla cotidiana en la casi caótica redacción de un diario. Veo en esto una afortunada coincidencia y un esencial acto de justicia. Y no solo porque Espejo, el ofendido y humillado de las últimas mazmorras coloniales, fue un periodista, más aún, el padre del periodismo nacional; sino también porque la prensa en el Ecuador ha tenido un papel esencial -no siempre reconocido en sus exactas dimensiones-, en el desenvolvimiento histórico del país, en las luchas por la libertad y contra las tiranías y en la preservación de los más auténticos valores de nuestra cultura. Porque mientras las ciencias, la historia, la novela, el teatro, la crítica literaria y aún la poesía arrastraron, al menos en el siglo pasado, una existencia anémica y dependiente de modelos extraños, con muy pocos destellos de vida propia; el periodismo, desde los mismos albores de la república, fue vigoroso, combatiente, decidido, firme, alineado, casi siempre, en la defensa de las mejores causas; y, si algún exceso quisiéramos señalarle, habría que decir que fue esa actitud desbordante pero vital en la defensa de sus ideales. No es este el momento de reseñar la historia del periodismo ecuatoriano; baste agregar al nombre de Espejo, su fundador, el de Montalvo, su culminación y prototipo. Al concederse hoy este galardón a un escritor que es fundamentalmente un periodista, pienso yo que se reconoce el protagonismo que ha tenido la prensa ecuatoriana en nuestra historia, en la consolidación de la nacionalidad, en las batallas por la libertad, la democracia y los derechos humanos, y en la afirmación y creación de nuestra cultura.


Si la tarea de Raúl Andrade suma alrededor de diez mil artículos, escritos a lo largo de más de cincuenta años, ¿podrá alguien dudar acaso, que ésta no equivale, aun físicamente, a un centenar de volúmenes que eventualmente podrían haberse ido acumulando en el mismo período? Alguno dirá por ahí que las páginas de los periódicos contienen una literatura perecedera y destinada al olvido. La experiencia en este caso demuestra lo contrario. Hace muy pocos años circuló un libro que con el título de Crónicas de otros lunes recogía una cincuentena de artículos aparecidos en El Comercio, de Quito, entre 1954 y 1957, bajo el epígrafe de “Crónica literaria del lunes”. La permanencia de aquellas páginas es asombrosa. La tinta con que están dibujados, en claroscuro, los distintos personajes, conserva intacta su frescura. Parece que en este caso, nada han podido los cambios de gusto, las escandalosas novedades del momento o cualquier otra de las mil alternativas literarias que son por ahora tan frecuentes y fugaces. Mucho se deberá hablar de Raúl Andrade. Habrá quienes prefieran sus tempranas y explosivas páginas de Cocktails, en que la efervescencia política -al servicio irreductible de sus causas- ocupa el primer plano. Otros escogerán sus artículos netamente

literarios, aquellas breves historias, casi, o sin el casi, pequeños cuentos, en que seres reciamente esbozados rumian su tragedia cotidiana. Encuentro así, en su vieja columna Claraboya, títulos como éstos: “Medallón de otro tiempo, Desembarco del repatriado, Duelo de narcisos, Grito en el fondo de un parque, Sainete en la puerta de un teatro”. Dotado magistralmente para el ensayo, a más de aquellos que reunió en El perfil de la quimera, ha escrito centenares de ensayos mínimos, en que erudición, perspicacia y poder de evocación se juntan, para interpretar la verdad profunda de poetas y novelistas, pintores y músicos, políticos, cortesanos y aventureros, actores o cualquier otro habitante del mundo funambulesco del espectáculo. Y si alguien prefiere el humor, encontrará en sus caricaturas verbales, la versión acabada de aquella tradición sardónica que nace en Goya y Daumier, adquiere notas características en los esperpentos de Valle Inclán y se nutre de no pocos ingredientes de la picaresca quiteña. Todo eso hay en Raúl Andrade y algo más: el más fino estilo que pueda encontrarse en el Ecuador contemporáneo. Un manejo de la palabra, un sabio conocimiento del genio del idioma, la selección del sustantivo adecuado, del calificativo incisivo y decisivo, del giro inesperado, de la sorpresa verbal, del neologismo y del arcaísmo, hábilmente rescatados; de los mil recursos que el estilista sabe manejar con gusto instintivo y superior. Pero el retrato no estaría completo si no dijéramos que ha sido y es un hombre insobornable, que jamás se ha doblegado ante el poder, que ni el miedo ni la ambición ha abatido su enhiesta personalidad y que se ha mantenido fiel a su posición de testigo privilegiado de hechos y personas de nuestra vida contemporánea. Aún en horas, como la actual, en que la confusión pretende borrar las fronteras de la verdad y la mentira, eliminar las ideologías y suprimir la perspectiva histórica, su palabra, temible

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Raúl Andrade no es un hombre de muchos libros, suele decirse. Pero, ¿cómo ha de juzgarse la obra de un creador? Recojo aquí sus propias palabras: “¿Es que se ha de considerar como obra la mayor abundancia de títulos en una estantería para su paulatino e inenarrable envejecimiento? ¿Es que el testimonio vivo del escritor, vertido cada día en una columna de periódico, no tiene el mismo significado que las páginas escritas larga y meticulosamente, para ser ofrecidas al lector, al público, como licor embotellado que ese lector o ese público han de consumir por raciones hasta cuando el volumen agote su contenido?”.


para estas circunstancias, ha puesto las cosas en su punto. Al entregarse en esta tarde el Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo”, el Ecuador, a través del Gobierno Nacional, cumple un gratísimo deber de justicia y reconocimiento, porque, en realidad, el Premio no hace falta para que Raúl Andrade esté ya entre los grandes de la cultura ecuatoriana. Y cuando pasen los años, y se borre inclusive la memoria del acto que hoy estamos cumpliendo, su figura, vista quizá en los rasgos con que la dibujó su hermano Kanela, acompañada en la penumbra por Charlot, Juan de Mairena, los poetas decapitados, el juglar granadino y otras sombras más quedará para siempre acuñada entre las nobles hazañas del espíritu.

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“En mi padre se conjugan muchas soledades” Palabras de Raúl Andrade Gándara a nombre de su señor padre

H

e acudido aquí esta noche henchido de orgullo y melancolía, pues el Premio Espejo ha sido otorgado a quien, por su delicado estado de salud, no está con nosotros esta noche. Sin embargo, siento que su espíritu, su capacidad, su cultura y su dedicación son nuestra permanente compañía y lo serán por mucho tiempo todavía. Mucho se ha hablado ya de Raúl Andrade. Su leyenda tiene vida propia, a despecho y gracias a sus eternos críticos y adversarios. Quien ha seguido sus pasos a la lejanía,

espectador y discípulo obsequioso, puede atestiguar de su verticalidad intelectual, su generosidad humana, su eterna rebeldía y su innegable amor por la libertad. Generación curiosa la de mi padre, fiel ref lejo de una época convulsionada y difícil. Toda su familia se enfrentó al vilipendio y la marginación desde su más tierna infancia, y quizás de allí venga su asombrosa capacidad de lucha y su habilidad de sobreponerse a los momentos más difíciles. Sin duda, pertenece a aquellos que arriban muy pronto a la pelea y muy tarde al elogio, quizás porque levantaron su bandera sin componenda alguna, sin claudicación ni entrega, aún a riesgo de su integridad y la de los suyos. En mi padre se conjugan muchas soledades, pues quien ha recorrido el exilio y la angustia solo conoce la alegría cual balsa a la deriva, siempre esquiva y difícil. Detrás de cada obra maestra hay una tragedia humana, y creo que la juventud difícil y sus diarios sinsabores a través de la vida ha sido el motor de su tarea, hoy muy considerable. Raúl Andrade es una figura sin actitudes postizas y dramáticas, sin la mueca seudomoralista de quien es inf lexible ante el error ajeno pero complaciente con sus propios pecadillos, porque hay en él algo más que la necesidad de parecer honesto: la certidumbre de serlo. Asomado a mi niñez, lo recuerdo desde siempre frente a la máquina de escribir, con un tabaco entre los dedos y una idea en la mente, siempre lista para plasmarse en el papel en blanco. Recuerdo las caminatas con la familia, con mi madre que lo ha acompañado por gran parte del camino, las mañanas de invierno y su mirada lejana, siempre preocupado por su obra, por el mundo, por las grandes soluciones para su país. Además del crítico implacable, del analista franco, del estilista


De su paso por la diplomacia, a la que debe cierta estabilidad y alegría, y que le permitió liberar al cronista viajero y curioso insaciable, “montado en un caballito de tiovivo”, como diría posteriormente, quiero destacar la hidalguía de quienes, a pesar de no profesar el mismo credo político de mi padre, supieron respetar su valía. Por supuesto, también hubieron otros, a quienes me referiré en frases de un agudo y experimentado diplomático de la vieja escuela y que mi padre solía citar en sus momentos de enfado: “Sí el diplomático ecuatoriano pusiera en el desempeño de sus funciones toda la habilidad, inteligencia, cálculo y maña que despliega en intrigar a su competidor o rival, muy distintos serían los resultados de la gestión de la cancillería en las relaciones internacionales”. Estas palabras, dichas hace cincuenta años y tan válidas en todo orden de cosas, espero sean escuchadas por quienes, ocultos tras el andamiaje burocrático y sensibles al vaivén político de sus instituciones, no vacilan en recurrir al subterfugio y a la calumnia para satisfacer sus bajos instintos, importantes como son para superar la capacidad intelectual que otros esgrimen como única arma ante la vida. Estoy seguro que mi padre ha cometido errores, llevado por la pasión, la juventud y el orgullo, y que su capacidad para el dardo certero y la ironía ha despertado muchas críticas, pero más allá de la mediocridad

imperante, del subterfugio legalista, de la censura circunstancial y el comentario hueco, del odio y la calumnia, la envidia y las poses olímpicas que tantas sonrisas le arrancaron, más allá del hombre y sus pasiones, queda lo indeleble de la obra, de la tarea realizada, como él se complace en nombrarla, que abarca más de diez mil artículos en muchos periódicos sudamericanos, algunos libros y ensayos que le han valido reconocimiento internacional antes que nacional, y un nombre que está grabado ya entre los grandes de nuestra literatura. Es al periodista, al literato, al crítico y al hombre a quien se está premiando esta noche, a aquel cuya luz interior ha brillado con más intensidad que otras, y a quien se otorga esta presea al margen de toda consideración política e ideológica, honrando a quien la recibe y enalteciendo a quien la otorga. 257

El balance de una vida, señor Presidente, solo puede hacerse sobre el conjunto de la obra, sin detenerse a buscar lo bueno y lo malo de cada etapa, y usted, cuya norma en el poder ha sido la ecuanimidad, es un brillante ejemplo de esta verdad. Vaya para usted, entonces, y para todos los que han contribuido de un modo u otro para la entrega de este premio, mi profundo agradecimiento y el de mi padre, para quien este reconocimiento final y acaso necesario ha significado un gran estupor y una sincera alegría.

Raul Andrade

irónico y el poeta semi-oculto, hay en él un hombre bueno, conocedor de la vida, sus altibajos y sus miserias, y por eso profundamente humano y generoso con el adversario caído. Mis recuerdos se mezclan con su lucha, su trabajo, siempre orientado contra lo que consideraba injusto, siempre atento a rescatar ideas, instantes, anécdotas fugaces para plasmarlas en lo transitorio de la crónica periodística y convertirlas, casi milagrosamente, a la eternidad de la literatura.


En la Casa de la Cultura, Quito.

Redactor de “El Tiempo” de Bogotá.


Con los redactores de “El Comercio” de Quito, 1956.

En su residencia en Quito.


Con su esposa.


Con su esposa e hijo.


Condecorado por el Presidente Velasco Ibarra, 1970

Jorge Mantilla Ortega le felicita por su condecoraci贸n.


En su biblioteca.


Opinión de la prensa

Kingman, Samaniego, Vivanco, Vanegas Entrevista a Nicolás Kingman Riofrío

E Premio Espejo

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l Gobierno ha concedido a Raúl Andrade el Premio Espejo en reconocimiento a su brillante obra literaria. Si bien ésta ha sido ampliamente difundida, existe una especie de incógnita en relación a su autor. Mucha gente se pregunta cómo es Andrade en su intimidad, pues se lo considera hermético, introvertido, reticente, totalmente impermeable a todo intento de invadir su privacidad. P.- ¿Tú que lo conoces bien, qué nos puedes decir al respecto? R.- Comencemos por felicitar al Presidente Hurtado por haber otorgado a Raúl este premio, que es el más alto galardón que se concede a un intelectual en el Ecuador y por haberlo hecho en vida del escritor. No creo que sea un reconocimiento tardío a su labor, ya que el Premio Espejo es la máxima distinción que puede ofrecerse a quienes han realizado una obra creadora a través de toda su trayectoria existencial. En cuanto a la leyenda sobre su figura y lo poco que pueda saberse de él en su relación humana con los demás, es difícil ubicarlo en un plano común. Porque si bien su actitud y manera de ser, nunca ha sido la de darse espontáneamente, tampoco podría decirse que sea de los que buscan el aislamiento o la soledad. Por el contrario, creo que siempre ha sido asequible y ha gustado del coloquio

y de la plática cotidiana. Lo que ocurre es que, como confesaba Mariano José de Larra, Raúl es de los que han preferido “andar solos por el mundo por no encontrar con quien hacer pareja”. P.- Lo que nos revelas debe ser así, porque Andrade, en sus crónicas, siempre evoca con fruición la bohemia de las gentes de su época. ¿Puedes referirnos algo al respecto? R.- Yo no pertenezco a la generación de Raúl, pues, aunque no lo parezca, soy un poco más joven; aunque si me ha venido en suerte la de coincidir con él en múltiples circunstancias y departir momentos inolvidables. Lo anecdótico de esos tiempos podría llenar cien páginas, pero aquello será mejor dejar para contarlo en alguna otra ocasión. Preferiría ahora hablar del escritor y del hombre, tratando de esbozar sus rasgos esenciales. P.- Bien, ¿qué puedes decirnos, cómo lo aquilatas? R.- Creo que Benjamín Carrión, al hablar de Raúl como una de las figuras totales de nuestra literatura contemporánea, supo definirlo con acierto, juzgándolo como un hombre de una terrible capacidad de cólera. “De cólera tajante y mordiente”, decía, que, resuelta en literatura, es “siempre bien hablada y castiza”. Me parece que quizá de este modo podría ilustrar en algo su recia personalidad. Recuerdo que sus íntimos le llamaban cariñosamente el “Capitán Piola”. Lo de capitán, por su carismática acometividad y coraje. Lo otro por sus contextura física enjuta y delicada. Porque él, no solo que ha luchado contra las injusticias y arbitrariedades desde su diaria columna periodística, utilizando con dureza la sátira y la crítica, sino que también lo hizo en las calles con temerario valor. P.- ¿Ha sido acaso un militante político? R.- Si, como un francotirador. No recuerdo que haya sido afiliado a ningún partido,


pero siempre ha luchado abiertamente por las conquistas democráticas. P.- Y, por consecuencia, ¿ha sido objeto de retaliaciones? R.- En ocasiones estuvo preso y fue perseguido por los regímenes atrabiliarios que hemos tenido que soportar. Pero jamás se doblegó. Desde el asesinato de su tío, el general Julio Andrade, no sólo Raúl, también su padre el coronel Carlos Andrade, su señora madre y sus hermanos, sufrieron privaciones y por largo tiempo fueron víctimas de represalias y de venganzas políticas.

tece a España”, y tenía que ser así porque Raúl maneja con maestría todo lo que es expresión viva, no usa de tintas pálidas y jamás nos da imágenes despintadas o manidas; se enseñorea con el lenguaje en todas sus variaciones y en él no son casuales la reiteración de la frase ni sus variaciones. Quizá su forma de expresión podría definirse como uno de los más elocuentes y afinados recursos orquestales, ya que todo lo que sugiere tiene las virtualidades temáticas de una sinfonía, de una trama en que las ideas ref lejan motivos y ambientes de refinada musicalidad. P.- ¿Algo más?

P.- ¿Qué nos puedes contar al respecto?

P.- ¿Y el escritor? R.- No me siento autorizado para hacer un juicio crítico. Sólo puedo decir que su palabra ha trascendido y es perdurable. De lo que viene a mi memoria, sobre Raúl han opinado -entre otros intelectuales de habla hispana- el poeta León Felipe; el ensayista Jaén Morente; don Fernando de los Ríos, humanista sobresaliente, que dirigió el Gobierno Español en el exilio; y el ilustre Azorín que dijo: “Quien domina el idioma como Andrade, honra al Ecuador y enal-

Revista de HOY, Quito, 4 de septiembre de 1983.

Raúl Andrade, con todo honor Filoteo Samaniego El país entero ha de congratularse porque se haya atribuido el Premio Nacional “Espejo” a Raúl Andrade; y este diario, como todos, se suma al gran honor que significa para la prensa ecuatoriana el que uno de sus más distinguidos y antiguos periodistas reciba el galardón y máximo reconocimiento creado por el Ecuador para premiar a quienes, como Benjamín Carrión, Jorge Carrera Andrade, Alfredo Pareja Diezcanseco y Demetrio Aguilera Malta, han honrado a las letras del país y de Hispanoamérica.

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R.- Bueno, cuando en 1933, junto con José Joaquín Silva y Jorge Diez, fundaron la revista Zumbambico, de descarnada sátira política, el gobierno de aquel entonces, los persiguió sin tregua. Vuelven a repetirse estos episodios en 1938, cuando reaparece esta publicación y nos gobernaba uno de los tantos dictadores que se han sucedido en el poder. Posteriormente, en 1944, después del 28 de mayo, tuvo que exiliarse, primero en México y luego en Colombia. Fueron muy duros aquellos años para Raúl, sobre todo en México donde padeció el drama del ostracismo. Felizmente en Colombia, el ex Presidente Eduardo Santos lo acogió con simpatía y durante un largo período fue redactor del diario El Tiempo.

R.- Únicamente manifestar mi admiración por quien ha sido defensor permanente de las causas más nobles. De las ya perdidas o las por conquistarse. De la revolución cubana; del pueblo chileno y de todo el Cono Sur bárbaramente sometidos, pero en trance de liberación; y recientemente, en contra del imperialismo que asesina a hombres de nuestra raza que luchan por su independencia en Centro América.


Tengo, por mi parte, una razón muy especial para saludar a Raúl con íntima cordialidad: en mis años mozos debí partir a realizar mis estudios en París. Raúl Andrade fue designado, por entonces, agregado cultural de la Embajada en Francia, lo que me dio la oportunidad de conocerle y de iniciar una enorme amistad con él. En aquellos tiempos muchos de nuestros escritores de mayor renombre, muchos artistas, pasaron por Europa y por París, y de cada cual recibí alguna útil lección, que agradezco entrañablemente: Gonzalo Zaldumbide, Manuel Rendón Seminario, Gonzalo Escudero, Jorge Carrera Andrade, Hugo Moncayo, Gonzalo Ponce, Gonzalo Abad, Fernando Chaves, entre tantos otros.

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Con Raúl tuve un cotidiano y estrecho contacto; caminamos las calles con su lento y pausado andar; lo vi leer y escribir; asistí a la elaboración de sus libros y artículos, meticulosa tarea que ejecutaba directamente, sobre la máquina, ya cargada con cuatro o cinco copias definitivas. Prolongados silencios precedían a la creación de la frase siguiente, que nunca sería objeto de revisión. Daba el escritor una explicación a tales pausas: “Estoy buscando mi querida e”. Raúl Andrade se complacía en relatar el lado amable de su vida y de sus recuerdos y era entonces cuando pasaban por su memoria las más insospechadas anécdotas, fundamento de sus charlas siempre gratas y aleccionadoras. Y por supuesto, añadía los propios hechos y acontecimientos y sus experiencias inmediatas, frutos de su tiempo dedicado sin tregua al oficio de escribir. El humor inagotable matizaba los instantes. Por ejemplo, recuerdo que alguna ocasión preguntó a un taxista si “era” (estaba) libre; y ante la respuesta positiva del chofer, remató el diálogo mínimo con este brevísimo comentario: “pues viva la libertad, mi amigo”. Alguna vez lo visitó Jorge Escudero en la capital francesa, y ambos tuvieron la opor-

tunidad de restablecer una fraternidad antiquísima. La conversación entre estos dos notables personajes no era tal: habría que llamarla silencio compartido, apenas alterado por breves y distanciadas frases respecto a mutuos afectos, incidentes e instantes. He hecho referencia a lo que me ha venido a la memoria únicamente para expresar, más íntima y afectuosamente, mi propia admiración por el gran escritor galardonado; porque me entusiasmó siempre la ágil y notable prosa, incomparable hasta ahora, que diariamente leemos los ecuatorianos durante decenas de años. El estilo de crónica periodística de Raúl Andrade, me recordaba Mario Monteforte, hizo época en América Latina, junto a las de Gómez Carrillo, Pierre Loti y Rodríguez Serna, y dio una característica de insuperable altura a los diarios que entonces circulaban, y circulan todavía. Mi generación tuvo, entre sus lecturas predilectas, a Cocktails y Gobelinos de Niebla. Los ensayos de Andrade sobre la Generación decapitada, Chaplín o García Lorca emocionaron por su apasionado y original lenguaje. Lamentamos que no hubiese contribuido más al teatro nacional cuando conocimos Suburbio, y seguimos el impecable, drástico e incisivo estilo propio de La Internacional Negra en Colombia, El perfil de la Quimera y cada uno de sus artículos, en los que mezclaba un ejemplar y precioso manejo del idioma con una expresión descarada y demoledora. Benjamín Carrión se anticipó a la distinción que hoy le atribuye el Gobierno Nacional cuando, ya hace algunas décadas, lo consideró “una de las figuras totales de nuestra literatura contemporánea”, en cualesquiera de los géneros que intentó durante una vida entera entregada a la buena causa de las letras. Mantiene su altura y su dignidad el Premio Nacional “Eugenio Espejo”. Al menos sabemos que, hasta aquí, llegó a manos de


Reitero mi saludo emocionado a Raúl Andrade y expreso al amigo, mi hondo cariño y al escritor, mi honda admiración. Hoy, Quito, 24 de agosto de 1983.

Editorial

Premio Eugenio Espejo: Raúl Andrade: “Una de las figuras totales de nuestra literatura” “Hombre áspero, de agrio carácter, de reacciones impredictibles, perfila personalidad y pasión, su ironía, su agudez incomparables, lo hacen tan temible en la conversación como en la palestra periodística. Su gran cultura, su prodigiosa memoria, su perpetua adhesión a todas las nobles causas y su actitud para jugarse todo por ellas, son la contrapartida a lo espinoso y arduo de su condición personal” consignaba ya hace muchos años Alejandro Carrión, en ágiles trazos a guisa de perfil moral de quien acaba de recibir la máxima presea que el Gobierno Nacional otorga a las figuras más destacadas del arte y la literatura.

Pero también hay que pensar en quienes a la par que una inmensa y obvia y sencilla saturación de cultura -letras, contemplación, dentramiento- tienen una terrible capacidad de cólera. De cólera tajante y mordiente, pero cuando se resuelve en literatura, es siempre bien hablada y castiza”. Por su parte Franklin y Leonardo Barriga en su libro sobre personalidades de nuestra literatura de donde hemos recogido las anteriores expresiones comentan del escritor en ciernes: “Hombre de grandes ideales, su pluma se baña en el tintero de la furia cuando hay que demoler al inmoral, al negativo, o se recubre de líquido emocional que relieva en frase precisa, el asunto que mira a la ética, al real equilibrio de las cosas. Símbolo del periodismo ecuatoriano, no pocos escritores de fuste le han llamado merecidamente “el genial Raúl Andrade”. 267

En fin, no poco conceptuosas fueron las palabras del Ministro de Educación y Cultura, Ernesto Albán Gómez, pronunciadas en el acto de premiación efectuado anteayer cuando dice refiriéndose concretamente a su personalidad: “….ha sido y es un hombre insobornable, que jamás se ha doblegado ante el poder, que ni el miedo ni la ambición han abatido su enhiesta personalidad y que se ha mantenido fiel a su posición de testigo privilegiado de hechos y personas de nuestra vida contemporánea”. El Tiempo, Quito, 26 de agosto de 1983.

También decía al referirse a su obra: “Una de las figuras totales de nuestra literatura es Raúl Andrade. Su nombre no puede ser omitido ya sea, se hable de la poesía como del teatro, del relato como del ensayo, crónica, periodismo de altura… Para referirme a él es necesario pensar en aquellos estilistas como Fontenelle, Rivarol, el Cardenal de Retx, que manejan con señorío y finura, con propiedad y talento el idioma más claro y al propio tiempo, más sutil y eufemista del mundo: el francés.

Radiografía

Premio al testigo P. Penacho (ps.) Por la “claraboya” hemos visto filtrarse los rayos de un sol que ya lleva millones de años, encendido como enorme linterna. Desde que tenemos uso de razón, desde que comenzamos a interesarnos por una página

Raul Andrade

quienes, por su contribución indiscutible al prestigio del país, por su infatigable y altísima labor, por la altura de la obra creada, tienen y mantienen el lugar de respeto a que se han hecho acreedores.


editorial, leemos con deleite las crónicas de Raúl Andrade.

dablemente, no es tan redondo como se lo pinta y representa.

Ahora, catedrático de la Facultad de Comunicación Social desde hace cuatro años, muchas son las ocasiones en que damos lectura en el aula, a los artículos del maestro, como ejemplo de bien decir, no solamente en la forma literaria que él domina con tantos conocimientos, talento y experiencia, sino por el contenido de sus escritos. El maestro Andrade “nos obliga” a comprar los diarios en que él colabora. Realmente que como dijo el ministro Albán: “Si la tarea suma alrededor de diez mil artículos, escritos a lo largo de más de cincuenta años, ¿podrá alguien dudar que esta no equivale, aún físicamente, a un centenar de volúmenes que eventualmente podrían haberse ido acumulando en el mismo período?”.

Otra vez será a Guayasamín que es otro formidable testigo de nuestro tiempo y que “escribe” en los lienzos y en los muros la historia de América india, esclava, paridora, amasijo de barro y sudor. Lástima que el maestro, aquejado en su salud no haya recibido personalmente el premio. Pero fue en el Espejo su hijo, y él lo disfrutó desde la claraboya. Expreso, Guayaquil, 26 de agosto de 1983.

Una sincera felicitación señor Presidente Jorge Vivanco Mendieta

Premio Espejo

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El Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo”, le ha sido conferido al gran escritor, al enorme periodista, al fino cronista, al testigo de nuestro tiempo, testigo de mente clara y ojos abiertos a la belleza, la verdad y la historia. Curiosamente -a nosotros que detestamos todo aquello que se acerque siquiera a los premios, a las preseas, a las condecoraciones, pergaminos y títulos- este premio al ilustre “colega” (perdónesenos la insolencia de colocarnos en el nivel del gran maestro de la palabra) nos llena de legítimo orgullo. Porque entendemos -muy particularmenteque no solamente se premia a un literato, que no es sólo el máximo galardón ecuatoriano en manos de un escritor, es en manos de un periodista, un soldado de la protesta, la denuncia, el pastoreo de una grey que escuchamos la voz del pastor y en mucho nos hemos guiado por sus sabios consejos. Yo pienso que este Premio “Eugenio Espejo”, nos llega un poquito a todos los que estamos en “esto” neciamente, haciendo lo posible por enderezar el mundo que, indu-

Mi aplauso entusiasta y agradecido al Presidente Hurtado y su Gobierno por el acierto de entregar el Premio Nacional de la Cultura “Eugenio Espejo” al escritor y periodista Raúl Andrade Moscoso. En el último tramo de su ocaso, el gran Raúl habrá comprobado que la huella que deja en la cultura ecuatoriana y de Latinoamérica, es profunda e imborrable. Cuando gozaba de la quietud de Loja en mis ya lejanos años juveniles, veía desde lejos con gran admiración a tres escritores ecuatorianos: Raúl Andrade, Jorge Carrera y Augusto Arias. Cuando llegué a Quito y pude conocerlos, tratarlos, departir con ellos, mi admiración creció. Porque su dimensión humana rebasaba, si es posible, su dimensión espiritual. Tengo el honor inolvidable de haber compartido con Raúl la sala de redacción de El Comercio, no solo la sala de redacción del gran diario, sino también imborrables jornadas de bohemia que me abrieron la puerta a un corazón algunas veces atormentado por grandes pasiones, pero siempre inmenso, accesible, penetrante. Conocí solo algu-


Periodista en las grandes luchas por la justicia, cuando las luchas eran muchas, riesgosas, frontales. En ellas se forjó esa alma que jamás se doblegó ante la vida y sus adversidades. Escritor que ha enriquecido las letras castellanas con libros que son en el presente un tesoro, y que permanecerán frescos, limpios, hermosos en el futuro. Entre los que ha escrito, Cocktail’s, Gobelinos de Niebla, etc., El Perfil de la Quimera era el libro de cabecera de nuestra generación, que se agitaba entonces entre grandes corrientes literarias que luchaban por imponerse. Y sus ensayos (los libros de Raúl son ensayos así como sus artículos de los últimos veinte años) como Rosalía de Castro, Sirena de la Nostalgia; o esas series inmensas del Cardiograma Español, Claraboya, Perspectivas, etc., constituyen quizá el aporte más valioso que escritor alguno en el Ecuador, haya dado a través de las columnas de la prensa escrita.

Espejo” al escritor, dramaturgo y periodista genial Raúl Andrade. Antes de él, recibieron este premio bienal, intelectuales de la talla del ensayista Benjamín Carrión, el poeta Jorge Carrera Andrade y los novelistas Alfredo Pareja Diezcanseco y Demetrio Aguilera Malta. Era hora ya de que se premiara, de que se rindiera homenaje concediendo el premio más alto, por su obra extraordinaria como escritor, a través de varios libros, pero en especial por su obra periodística, en los principales diarios y revistas del Ecuador, a un compañero de labor cuotidiana en los medios de comunicación de la altura de Raúl Andrade. La información de la entrega del premio anota que la presea fue recibida por Raúl Andrade Gándara, hijo del escritor, que se encuentra asilado en una clínica en grave estado de salud, del que hacemos votos por que logre salir con suerte. 269

Abel Romeo Castillo

Raúl Andrade pertenece a una generación de intelectuales quiteños, hermano menor de aquella que él mismo llamó muy acertadamente “la Generación Decapitada”, integrada por Arturo Borja, Humberto Fierro, Ernesto Noboa Caamaño y otros. El mismo ha dicho refiriéndose a este aspecto interesante de su vida: “Mucho se ha hablado y se habla de mi bohemia; esa fue una etapa común a casi todas las gentes de mi generación que tenían inquietudes literarias; trasnochábamos, bebíamos luciferinos hasta el amanecer, mientras se discutía sobre todo lo humano y lo divino, sobre todo lo presente y lo pasado. Por supuesto, allí se incubaban también actitudes indicativas y feroces, que dieron pie a la aparición de periódicos de combate, como Zumbambico, por ejemplo. Se daba el caso de polémicas verdaderamente rabiosas que tenían lugar en los cafés nocturnos, en la plaza pública, en la calle. Muchas veces, de las palabras pasábamos a las trompadas y a los bastonazos”.

El Presidente de la República, doctor Osvaldo Hurtado Larrea, ha hecho entrega en el Palacio Nacional del Premio “Eugenio

Hablando de su obra literaria y especialmente periodística, Andrade ha declarado: “Soy escéptico con respecto a mi obra de

Pocos como Raúl Andrade merecían el Premio Nacional. El Gobierno, al concedérselo, ha interpretado con fidelidad, una corriente cultural masiva que así piensa y así siente. Todos los que en el Ecuador hacen de una u otra manera cultura, deben rendir homenaje a este escritor, el único homenaje que en esta hora, Raúl Andrade puede recibir, el nacido del fondo del corazón. Expreso, Guayaquil, 26 de agosto de 1983.

La ciudad frente al río

Raúl Andrade, Premio Nacional Espejo

Raul Andrade

nos aspectos de esa gama posiblemente más valiosa del gran escritor y periodista.


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escritor; que siempre he debido realizarlo a salto de mata, en forma desorganizada, con impulsos de emociones, lecturas, simpáticas esperanzas y frustraciones, como expresión de sentimientos a veces antagónicos. En suma, mi obra, copiosa pero desperdigada, se ha resentido de la urgencia profesional. Siempre he vivido al día, del artículo escrito, en suma, salvo fugaces intermedios”. Ese es el mal de los periodistas, cuya obra, en su mayor parte, quedase perdida en las páginas de los diarios y revistas que muy pocos coleccionan ó recortan. Raúl Andrade ha publicado, en su obra estable, los siguientes libros. Suburbio, drama, 1931; Cocktails, crónicas en su mayor parte publicadas en el inolvidable diario quiteño La Mañana, 1937; El Perfil de la Quimera, ensayos 1951; La Internacional Negra en Colombia, ensayos, 1943; Julio Andrade, ensayo biográfico de su tío, el célebre general, asesinado misteriosamente. También ha aparecido recientemente, una colección de sus últimos artículos. De desear sería que, con motivo de su actual consagración y reconocimiento nacional como escritor, se reeditaran sus obras y la mayor parte de sus deliciosos artículos. En 1970, el entonces Presidente Velasco Ibarra condecoró a Andrade con la Orden Nacional al Mérito, en el grado de Gran Oficial “en homenaje a un prosador magnífico e incansable luchador contra la mediocridad y la mentira” como dijo aquel noble Presidente, muchas veces combatido por el propio condecorado, como lo reconoció el diario colombiano El Tiempo (donde Andrade escribió durante algún tiempo). Raúl Andrade nació en Quito el 4 de Octubre de 1905 y desde su adolescencia ha estado siempre de viaje. Primero, vino a Guayaquil y trabajó en la redacción de El Telégrafo como redactor de planta. (Mas tarde, fue corresponsal capitalino de nuestro diario). “Un día -dice él mismodesconocido pasajero de tercera, partí a la conquista del horizonte”. Pero también, en

reconocimiento de sus méritos -fue nombrado adjunto cultural de varias embajadas en Europa y América (España, Francia, Portugal, Holanda, México, Chile, etc.). Fue así como tuvo oportunidad de conocer y alternar con personajes intelectuales de la talla de Fernando de los Ríos, ex ministro de Educación de la República Española; Ramón Gómez de la Serna, el original escritor de las Greguerías; al insigne novelista Benjamín Barnés, al excelso poeta León Felipe, al ensayista José Bergamín, a Manuel Altolaguirre y otros ilustres intelectuales de “la peregrina España” del exilio. Aplaudimos al Gobierno Nacional por haber hecho justo reconocimiento de los altos méritos de un insigne escritor y periodista como Raúl Andrade. El Telégrafo, Guayaquil, 29 de agosto de 1983.

Vértice Cultural

Raúl Andrade y el Premio “Eugenio Espejo” Bolívar Moyano Hace un semestre, aproximadamente, para el Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo” se mencionaron los nombres de Raúl Andrade, Oswaldo Guayasamín, Eduardo Kigman, Ángel F. Rojas, Jorge Enrique Adoum… Hoy sabemos que lo ha logrado Raúl Andrade. La presea, en sus bases, manifiesta que será concedida al ecuatoriano que “haya tenido una mayor realización o relevancia en la actividad literaria y artística del país”. El f lamante poseedor del Premio “Eugenio Espejo” -¡desde hace sesenta años!- viene dando claras muestras de aquella “relevancia en la actividad literaria” que apuntan las bases. Se ha otorgado la recompensa espejina por quinta oportunidad. En su hora la


Como se conoce, su concesión es bianual. Y en la misma forma que el Premio Nobel de Literatura, “estimula toda una vida” entregada al Arte o a la Ciencia. Hoy, Raúl Andrade posee 78 años. En 1923 inició su “trajín” periodístico en el decano de la prensa nacional ¿Se puede pedir mayor “dedicación” a una actividad tan agotadora pero, al mismo tiempo, tan hermosa como es el periodismo?.... Quien lea las columnas de Raúl Andrade -“Caracola” en Hoy y “Claraboya” en El Comercio- pronto se percatará de la “calidad” del periodista. ¡La percepción es instantánea! Hay que manifestar que Claraboya es una columna exclusiva de la Agencia Latinoamericana (ALA). ¡Y eso señala una difusión continental! Como alguna vez apuntara Alejandro Carrión, lo que hace Raúl Andrade no son meras “crónicas”. ¡Algo más existe en ellas!... ¡Son verdaderos “mini” ensayos de difícil ejecución! Adiciónese a la semblanza periodística, la del crítico, la del dramaturgo, la del ensayista… y, entonces la imagen del insigne autor quiteño estará del todo grabada. Si vamos a ver en él al “crítico”, pues para siempre quedará su estudio sobre nuestros vates modernistas. Léase sencillamente Retablo de una generación decapitada y será más que suficiente. ¡Él les dio a esos “cuatro mosqueteros” el apelativo de “decapitados”! Este trabajo está incluido (junto a otros seis) en el que presumiblemente sea el libro más

“alto” del escritor capitalino: El perfil de la quimera. Juan Cueva Jaramillo -en una “nota” sobre la última obra de Raúl Andrade: Barcos de papel- decía de él: “Castizo, sin ser almidonado; elegante, sin ser pesado; joven, ahora que tiene 78 años, así es Raúl Andrade, que no sabe de genuf lexiones y que escribe como se hace el amor placenteramente”. ¡Qué bien dicho!.... Todo eso es verdad. Todo eso habrá pesado para la concesión del “Eugenio Espejo”. Una fecunda existencia, por entero volcada al cultivo del talento, ha sido justificadamente estimulada. Por lo demás, siempre es digno de atención lo que piensa el autor de su propia obra. Alguna vez, en copiosa y rica entrevista, se lo preguntó Rodrigo Villacís Molina. 271

La respuesta: “Soy escéptico con respecto a mi obra de escritor, que siempre he debido realizarla a salto de mata, en forma desorganizada, a impulso de emociones, lecturas, simpatías, esperanzas y frustraciones, como expresión de sentimientos a veces antagónicos. En suma: mi obra, copiosa, pero desperdigada, se ha resentido de la urgencia profesional. ¡Siempre he vivido al día del artículo escrito, en suma, salvo fugaces intermedios!”. El Telégrafo, Guayaquil, 29 de agosto de 1983.

Botella al mar

Raúl Andrade, Premio Eugenio Espejo Rafael Díaz Ycaza Grande ha sido el acierto de otorgar el Premio “Eugenio Espejo” a Raúl Andrade. Se reconoce, de este modo, su vida consagrada a los quehaceres de la inteligencia, entre los cuales el de escritor es uno de los más difíciles y peor pagados. “Trabajo duro

Raul Andrade

lograron Benjamín Carrión (1975), Jorge Carrera Andrade (1979), Alfredo Pareja Diezcanseco (1979) y Demetrio Aguilera Malta (1981)


como el de herrero”, lo calificó Máximo Gorki.

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Antes que Andrade, recibieron la presea mayor que otorga nuestro país: Benjamín Carrión, suscitador y primer Presidente de la Casa de la Cultura, que hoy lleva su nombre; Jorge Carrera Andrade, primera voz universal de nuestra poesía; Alfredo Pareja Diezcanseco, novelista e historiador; y, Demetrio Aguilera Malta, narrador de nuestra cholería. La entrega del Premio al autor de Cocktails, La Internacional Negra, Gobelinos de Niebla, El Perfil de la Quimera, Crónicas de otros lunes, Barcos de papel y de millares de crónicas periodísticas, calza en un contexto de justicia para el trabajador tenaz e insobornable. Para el fino, variopinto, socarrón, terso, sardónico, y castizo escritor comprometido con el destino del mundo. Con las caídas y los avatares de la democracia. Para este viejo en años, aunque jovencísimo en afanes de justicia, igual que Carrión, Carrera, Pareja y Aguilera. Porque hasta la última hora en que él pudo sentarse frente a su máquina de escribir se sintió estremecido, y nos estremeció, a sus lectores, con denuncias sobre las incursiones de nuevos piratas extranjeros en nuestra América; acerca de las políticas internacionales de intimidación; sobre el destino del escritor y periodista verdadero, tentado vanamente por los cantos de sirena de los desgobernantes. Tras el exilio actual en su recámara de enfermo sumamente grave, siguen apareciendo decenas de páginas inéditas o antiguas crónicas siempre vivas por la actualidad de las creaciones cuyo estilo impar enciende luces multicolores, abre rosas de aroma no perecedero, contrapuntea metáforas, adelgaza, hasta hilos imperceptibles, los vocablos. Barrocamente rico en giros e ideas, culterano en veces, modernista casi siempre, desciende en ocasiones de esa especie de repujado altar quiteño que es su estilo y nos entrega la transparente habla popular. Ella salta, feliz, desde los labios de nuestro pueblo a la tinta de imprenta.

Raúl Andrade nació casi con el siglo XX (1905), en la entonces recoleta Quito. Hijo del coronel Carlos Andrade y sobrino del general Julio Andrade, compañero del Viejo Luchador, está desde niño vinculado a las ideas y los atares revolucionarios del Partido Liberal. Su militancia social le ha valido en varias oportunidades el exilio. Pero nada ha sido capaz de silenciar al escritor, de enfriar su espíritu siempre en trance de jugar hasta las últimas cartas en defensa del Ecuador y de las ideas democráticas. Contados escritores ecuatorianos han podido entregarnos simultáneamente la miga de ensayo y la sal del estilo que lleva de deslumbramiento en deslumbramiento. Pocos, muy pocos -estoy pensando en Manuel J. Calle, Joaquín Gallegos Lara y Benjamín Carrión, principalmente- han hecho el milagro andradiano de transformar meras crónicas periodísticas en microensayos dignos de ser rescatados en libros. Sólo me atrevo a plantear una pregunta que desearía que fuese impertinente: ¿por qué se ha esperado a que Raúl Andrade se halle tocado de enfermedad mortal y de vejez, para premiar a su gran obra? ¿Por qué los premios entregados a Benjamín Carrión, Jorge Carrera Andrade y Demetrio Aguilera Malta fueron casi reconocimientos premortuorios? ¿Por qué? El Universo, Guayaquil, 30 de agosto 1983.

Notas de andar y ver

El Premio bien concedido Alejandro Carrión Desde que lo creó el general Guillermo Rodríguez Lara, el Premio Nacional Espejo viene siendo bien concebido. Lo han recibido Benjamín Carrión, Jorge Carrera Andrade, Alfredo Pareja Diezcanseco, Demetrio Aguilera Malta y, ahora, Raúl Andrade. Pocos premios en este mundo han tenido


Entre los escritores que pertenecen a generaciones anteriores a la mía podíamos haber candidatizado para el premio a Leopoldo Benítes Vinueza, a Ángel F. Rojas, a Jaime Chaves Granja, a Hugo Mayo, a Colón Serrano o a Emilio Uzcátegui y, desde luego, a Raúl Andrade. Se lo han dado a él: está muy bien concedido. Nos sentimos complacidos. Raúl Andrade es un gran escritor, no solamente un gran periodista, sino todo un gran escritor, por el pensamiento, por la palabra, por la constancia, por la valentía, por la cultura. Un escritor que honra a las letras ecuatorianas. Como se puede ver, el premio ha sido concedido hasta ahora solamente a escritores. Sin embargo, como lo hacía notar hace poco el señor Miguel Donoso Pareja, su reglamento es tan confuso como el que llevó a cero grados al Premio Tobar. Es menester reformarlo. El premio debe ser destinado exclusivamente a escritores. Para hombres de ciencia, para diversas clases de artistas, debe crearse otros premios. El señor Donoso Pareja, con acierto, pedía reformar el reglamento. Los reglamentos confusos matan los galardones, porque no se puede resolver si es mejor un poema, una novela, un tratado sobre el paludismo, una estatua o una sinfonía. Crear una confusión tal conspira contra el premio. Hasta ahora se lo ha concedido solamente a escritores: está bien así, hay que reformar el reglamento para que así siga siendo y para los otros campos hay que crear otros premios. Está bien, además, que se lo siga dando como hasta ahora: a la totalidad de la obra de un escritor, a fin de que no sea un best-seller el que determine, en un momento de ofuscación, la concesión del premio. Reconocer la

totalidad de la obra creadora, ser la cima a la que llega el escritor: esa es, sin duda, la idea y el mejor modo de entenderlo. Es el mismo sentido del Premio Nobel, aun cuando en muchos casos el éxito mundial de una sola obra ha llevado a los académicos suecos a tomar resoluciones muy poco satisfactorias. Por otra parte, es raro el premio que a todos convence. En este sentido, repito, el Premio Espejo ha tenido singular fortuna: si bien, como en este caso, muchos lo merecen al mismo tiempo, pues nuestra cultura es rica en personalidades, quien lo recibe ciertamente lo merece, todos lo reconocen y eso es lo que importa. Es menester cuidar el Premio Espejo: que siempre se lo asigne así, como hasta ahora, sin dejar que el criterio se desvíe por razones que sean ajenas al mérito intrínseco del escritor. Todo lo que salga de esta esfera exclusiva será ponerlo en grave peligro. Por el acierto actual, felicitaciones. El Comercio, Quito, 1 de septiembre de 1983.

Reverencia a Raúl Andrade Mario Monteforte No es el premio nacional, el libro recién publicado o la reposición de su obra de teatro que me mueve a decir algunas cosas sobre Raúl Andrade, sino el estudio de su trayectoria, cumplido tarde -para mi desdicha-, aunque no por ello con menor devoción. Nunca he conversado con él, lo cual me otorga objetividad de juicio sobre su trabajo. Dicen que siempre fue hosco y sólo amigo de sus muy amigos; dicen que habla mal y que su rico pensamiento pertenece en exclusiva al campo de su prosa. Pero así ocurre en estos oficios: hay seres orales, cuyo ingenio se pierde en los convivios -escuetos o alrededor de las copas llenas- y hay seres gráficos, que constan en el papel

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igual suerte. Por regla general son, en su concesión, más los errores que los aciertos, como lo prueba el Premio Nobel y como, entre nosotros, lo probó el Premio Tobar, que fue por lo general concedido a ciegas, tan a ciegas que hasta a mí me tocó.


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y también podrían expresarse en tabletas o en muros. Como los antiguos escribas.

crítica, porque además enseñan los caminos de la libertad y de la responsabilidad cívica.

Sin restar méritos a sus demás textos, Raúl Andrade merece la posteridad por su obra en los periódicos. Sus crónicas cuentan, por el infinito deleite que sin duda le produce redactarlas y por lo que de ese deleite pasa a los lectores; pero donde ese periodista carece de parangón es cuando ha hecho juicios políticos y ha lanzado diatribas contra personajes objeto de su cólera y de su justicia.

Hoy, Quito, 1 de septiembre de 1983.

Raúl Andrade es el mejor insultador que ha dado el país, en el género de Catilina y de Montalvo. No sé bien en qué se diferencia un insulto de una injuria; tal vez en que en la injuria hay algo bajo y vulgar, como una puñalada, en tanto que el insulto es una herida de sable o de espada. La cólera y la falta de ideas motivan a la injuria; el insulto puede formar parte de un razonamiento, del ejercicio de un valor moral, sea para denunciar, sea para demoler. Marx era un insultador insigne; los políticos de pequeña altura suelen injuriar, como quien se sube a una tarima para ganar diez centímetros de talla. Los numerosos elogios prodigados a Raúl Andrade se refieren a la belleza de su estilo; poquísimas son las alusiones a su trabajo político de periodista amigo de la verdad y comprometido con un oficio misionero. Aquel enfoque se hace probablemente de buena fe; pero como si fuese lo contrario, porque empequeñece o escamotea la obra fundamental de un hombre incorruptible que ha sabido responder -asumiendo todos los riesgos- al clamor público en varios momentos claves para la conservación de la honradez y la dignidad del poder político. Ello requiere una autoridad y una fe de la gente en ella; esta aproximación se realiza de una manera mágica y secreta. ¡Que falta hacen hoy en el mundo estos rectores! Al estudiar la historia del país, los niños debieran conocer esos textos de

Premio Espejo 83 Teodoro Vanegas Andrade Con Raúl Andrade podríamos justificar la autenticidad, en toda una trayectoria vivencial, de aquello que el poeta Jorge Carrera Andrade llamaba la “soledad habitada”, porque si el escritor y periodista transcurrió entre miles de gentes y en cientos de lugares de Europa y América, sus sentidos y su alma, su epicureismo y su talento, siempre fueron de piel adentro en el instante mismo del gozo o del deliberado sentimiento melancólico. Y su torrencial apertura en el lenguaje escrito de las miles de páginas cotidianas de su obra de ensayo, de su realización periodística, siempre fue en función de memoria, de pretérito, tocadas de auténticas vivencias personales; porque, además, nada de lo que ha escrito y escribe Raúl Andrade es ajeno, ni siquiera lejano a su haber subjetivo, a su pura y clarísima realidad existencial. Desde mi juventud fui un constante lector de este mágico animador de las ideas y de las cosas, y ese es el logro del escritor de verdad. Animar, con el lenguaje, desde lo más eminente hasta lo aparentemente más insignificante, como Neruda desde la cima testimonial de una raza superior: Machupichu, hasta el Caldo de congrio de las Odas elementales, he aquí el genio del creador y recreador. Nuestro escritor animó y recreó desde la más trascendental figura de la humanidad sigloventina: Charlot, hasta las últimas hormiguillas propias también de la sociedad de este siglo: el canillita, el betunero, el niño de la calle. Y que decir de la recreación en la diatriba, siempre oportuna y sellada para siempre.


Raúl Andrade, desde hace décadas, en más de un idioma, está inscrito con letras capitulares en la literatura del Ecuador, de América y de España. Raúl Andrade, sin el gorrión dorado de la medalla pendiente no de su pecho, estoy seguro, sino de alguna sustentación de su más íntimo lugar de estar; sin la apreciable suma que representa este tardío Premio Espejo, era ya uno de los pocos consagrados escritores nuestros. Y en este punto cabe una ligera referencia personal del escritor de esta columna. En 1980, la Municipalidad y el Departamento de Educación y Cultura Municipal de Quito, me designó miembro del jurado para discernir el Premio “Mejía”, junto con el escritor Ernesto Albán Gómez y el poeta Carlos Manuel Arízaga. Mi primera intención fue otorgar el premio al libro más bello del año: Crónicas de otros lunes de Raúl Andrade. Me permití llamar telefónicamente al doctor Albán Gómez y sugerirle mi propósito. El aludido me respondió con una rotunda negativa, justificando con una estrictísima observancia del reglamento para la concesión del premio. Me permití insistir, argumentando que el jurado tenía atribución para, alguna vez, modificar la disposición reglamentaria que obliga a presentar personalmente su obra al escritor, incluyendo una cartita comedida o impositiva propia o del editor; y que la personalidad y el

temperamento de Raúl Andrade no eran para dicho cumplimiento. Pero mi compañero de jurado se resistió en su criterio del reglamento, como puede resistirse cualquiera telefónicamente. Vale aclarar que las demás obras presentadas para el Premio “Mejía” de 1980, en nada se deprecian con esta reminiscencia un tanto anecdótica; menos aún la obra premiada entonces del doctor Gustavo Alfredo Jácome, de cuyas calidades escribí oportunamente en esta misma columna y en el texto del veredicto que honrosamente me encargaron redactarlo el escritor Albán Gómez y el poeta Carlos Manuel Arízaga. En el acto de entrega del premio en la Presidencia de la República, muy de veras felicité al ahora Ministro de Educación y Cultura, doctor Ernesto Albán Gómez, por la decisión. Y, desde estas líneas felicito también al señor Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, matriz de Quito, profesor Edmundo Ribadeneira. Y el Premio llegó para este escritor de sangre y vocación, para este hombre-escritor de quien tenemos bien establecida su “ficha humana, biológica y social de autor, antes de penetrar en su obra y comprenderla mejor, ya que autor y obra van uncidos por un yugo común; porque la obra es la proyección del autor que, a su vez, es la proyección de tiempo y atmósfera social que la producen”, al decir del propio Raúl Andrade en su última entrega “Memorial de la caracola”, con relación a esa otra parábola de la soledad y la memoria, que fue Marcel Proust. El premio llegó, aunque un tanto tardío. Y es un Premio Espejo bien discernido y yo diría “bien habido”, tanto como lo fue el del poeta Jorge Carrera Andrade. Expreso, Guayaquil, 1 septiembre de 1983.

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Raúl Andrade en su Diatriba-Denuncia animó y colgó a primerísimos personajes, a prominentes hombres públicos, y ahí están balanceándose, como en muestrario de marionetas, para quien quiera escribir la historia de la picaresca criolla ecuatoriana. Algunos con sus nombres y apelativos, como un conocido logrero de los “derechos ajenos”, al que le chantó ese gráfico, fiel e inolvidable mote de “canciller de chocoto”, para ejemplarizar con uno solo.


De libros y gentes

Raúl Andrade: La escuela y el taller Hernán Rodríguez Castelo

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Raúl Andrade, nuestro f lamante “Eugenio Espejo”, nació en el quiteñísimo barrio de San Marcos, en 1905. Aprendió las primeras letras con las casi legendarias señoritas Toledo, en el barrio de La Loma. “La enseñanza -me confió Raúl Andrade una tarde en que conversamos por horas de sus cosas- se repartía un poco entre las cuatro operaciones y la noción del pecado”. Cuando se fundó la Escuela “Espejo”, la gran escuela que el laicismo iba a enfrentar a los hermanos cristianos, allá fue, entre los fundadores, el retoño liberal. Y allí se manifestó, muy tempranamente, su afición literaria. Pagó tributo a la lírica patriótica. Con publicación y todo. El colegio para un vástago de tan roja condición no podía ser sino el “Mejía”. Entonces las cosas eran en Quito muy claras dentro del general antagonismo: Para los curuchupas el “San Gabriel”, fiel guardián de la herencia garciana, y para los liberales el “Mejía”. Y hasta las aulas de uno y otro lado iban a dar, en sorda resaca, fobias y suspicacias de tantas familias con heridas aún muy a medio cicatrizar. Pero lo que el joven Andrade halló en el “Mejía” y le atrajo poderosamente fue la actividad literaria. Jóvenes poetas empeñados en empresas literarias que podían codearse con cualquiera del mundo exterior adulto. Un grupo. Una revista. Todo seguro y firme. Y con dos figuras fundamentales: Gonzalo Escudero y Jorge Carrera Andrade. Eran esos poetas un par de años mayores, pero esa es diferencia que generacionalmente sólo cuenta en horas de ruptura, y aquí no iba a haber ruptura alguna. Raúl Andrade se unió decididamente al grupo, y vivió, activo como el que más, tres años

de voraces lecturas, disputados certámenes y actos que escandalizaban a la beatería conservadora y liberal, daba lo mismo -del tiempo-, como cierto homenaje a Arturo Borja, ex alumno del plantel, que valió a toda esa gente joven el velado sambenito de morfinómanos… (Lo único en que no le iba tan bien al joven aprendiz de literato parece que eran las calificaciones de gramática…) (No resisto al segundo paréntesis: Sentados en el inquieto grupito de poetas y escritores estaban dos futuros premios Espejo: Carrera Andrade y Raúl Andrade; amén, claro, de Escudero y Augusto Arias). Curiosamente, nuestro gran prosista no pasó del tercer curso. El ambiente liberal era pesado para los Andrade. El padre había empuñado las armas contra el placismo, al que sabía asesino del noble Julio Andrade, y pagaba su empeño en el panóptico. Raúl debió abandonar el colegio. Para un escritor, tercer curso o bachillerato o universidad, cuentan menos. Aún no se ha inventado la universidad que de títulos de escritores…La prosa de Raúl Andrade se nutriría de otras fuentes. Por el tronco materno, de la abuela, ilustre mujer de libros y primera directora de la Biblioteca Nacional, Mercedes González de Moscoso (a quien el nieto aún debe el discurso de ingreso de la Academia Ecuatoriana, tantas veces anunciado con este asunto); por el paterno, de Roberto Andrade, apasionado historiador y panf letista vigoroso. El clima familiar de cultura y exaltación literaria, de tradición rancia de bien escribir, sería la escuela. Y el taller, las lecturas insaciables y alertas para aprender el oficio Víctor Hugo, Dumas, Stendhal, Daudet, Montalvo, González Prada-, y el grupo. Donde al calor de los últimos rayos del modernismo se luchaba por dar sus más altas calidades significantes a la palabra y se hurgaban las más audaces posibilidades


La dureza de la situación laboral, el acoso político, los riesgos cotidianos y el ineludible compromiso con nobles causas perdidas darían a la prosa de Raúl Andrade lo que no tuvo la de Augusto Arias: pasión, dureza, ironía, desencanto. Para 1923, cuando el joven Raúl Andrade se empleaba en El Telégrafo de Guayaquil, el escritor estaba, en lo fundamental, hecho. Tenía dieciocho años. Expreso, Guayaquil, 2 de septiembre de 1983.

El Eugenio Espejo al estilo Hernán Rodríguez Castelo El quinto “Eugenio Espejo” ha sido otorgado al estilo. Antes se dijo que se lo había dado al gran promotor de cultura, al alto poeta, y a dos importantes novelistas, el uno, además, historiador; el otro, también dramaturgo. Decir ahora que se lo ha dado al “escritor” o, peor, al “periodista” ha sido quedarse a medio camino: en el quehacer o el producto final, que han sido escritos y escritos destinados a periódicos. Pero lo que ha hecho de esa larga, de esa sostenida, de esa incansable serie de artículos una obra merecedora del más alto galardón ecuatoriano de cultura ha sido el estilo. Leo a Raúl Andrade desde hace más de treinta años, y he leído buena parte de lo que escribiera antes -y, por supuesto, sus pocos libros-. En todo ello puede, creo, vislumbrarse un cuerpo de doctrina. Acerca de la belleza, de la dignidad humana, del sentido de la literatura y el arte, de los torcidos recovecos de la historia, de la libertad y la noble decisión de sostenerla. Pero ese cuerpo no es

sistemático. Del sistema le faltan los cimientos, la elaboración de creciente complejidad, las rigurosas proyecciones. No hay construcción. Pero hay coherencias. Las coherencias de esta vasta y fragmentaria suma no son de rigor intelectual ni de voluntad científica; son de espíritu. Un mismo espíritu alienta en esas “crónicas” desde las primerizas de los diarios y revistas literarias del Guayaquil de los veintes hasta las últimas, ennoblecidas por una página gris, de Hoy. Y ese espíritu pasa gallardo a través de los vaivenes de la política, de los cambios del gusto y del venir y quedar atrás de sucesos y novedades de toda laya. Ese espíritu, cada vez más consciente de sí mismo, cobra la firmeza del testigo que se sabe de día en día más solo y más autorizado para testimoniar un mundo de valores en trance, de sumirse en pantanos de vulgaridad, frivolidad, prosaísmo, doblez, miseria; traición, en suma, a lo mejor que el hombre, tan laboriosamente, ha ido construyendo. Y esa firmeza, cuando el entorno se achata o se envilece más, se hace dureza, casi amargura. Sin perder, eso sí, el gesto elegante y la fórmula feliz, casi leve, a pesar de la carga de bilis que llevaba en la entraña. Porque esas finas calidades pertenecían al estilo. Y testimonio y luchas se iban a dar con armas de estilo; mejor: se iban a dar en el estilo mismo. Mantener fresco, vital, actual ese estilo era hacer f lamear la bandera de la noble cruzada. ¿Qué importaba, entonces, que muchos asuntos pasasen o se repitiesen, que acertasen más o menos? Hay dos grandes líneas en la prosa artística ecuatoriana de este siglo (y la cosa, por supuesto, arranca de atrás). La una está presidida por el desenfado y la facundia; la otra, por la elaboración estética. Arrastra a la una la pasión de decir; a la otra pasión del cómo decir. Una y otra, cuando son prosa artística, tienen valores de léxico y sintaxis; de ritmo; formas de intensificación y adensamiento. Pero buscan esas calidades

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de la retórica. De ese taller saldrían los dos mayores poetas ecuatorianos de este siglo y dos de nuestros mayores prosistas: Augusto Arias y Raúl Andrade.


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por distintos caminos. A la primera, la de la libertad y el desenfado, el léxico rico y la sintaxis fuerte y nueva parecen brotarle a borbollones, a requerimientos de una pasión segura de sí; la otra conquista su riqueza de léxico y fraseología laboriosa, encaprichadamente; los ritmos de la primera son libres, vehementes; los de la segunda se sujetan a la fragua de unidades muy elaboradas; la primera prosa se anima y adensa por la ocurrencia, figuras fuertes y hasta patéticas, y toda la retórica de la pasión; la otra debe su tensión a bellas descripciones, adjetivación que puede ir de expresiva a fastuosa, brillantes metáforas y toda clase de juegos de ingenio. Representante ilustre de la primera manera de prosa fue nuestro primer “Eugenio Espejo”, Benjamín Carrión; de la segunda lo es Raúl Andrade. El Premio reconoce en él a la última gran figura de esta línea de prosa artística ecuatoriana (y americana), que se formó en la ora modernista y que algunos grandes prosistas postmodernistas -y Raúl Andrade lo es- han mantenido viva y vigorosa, rica para renovar incansablemente su visión del mundo y recia para sacudir la conciencia del hombre contemporáneo hasta casi la frontera misma del siglo que empieza a mirar a su final. Hoy, Quito, 8 de septiembre de 1983.

El destierro le dio el don, el periodismo la magia Carlos Calderón Chico Estas líneas no pretenden ser una aproximación completa a la obra de uno de los prosistas mayores de nuestro siglo literario; pretenden ser simplemente un acercamiento emotivo a quien ha dado a su país y al que ha recibido, cuando su corpulenta vitalidad humano-espiritual quiere opacarse, el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, como el justo reconocimiento a una empresa periodística que tiene cerca de cincuenta años, y que se ref leja en las colaboraciones a más de

treinta diarios regados en Hispanoamérica, de cuyo trabajo ciclópeo quedan más de quinientas exquisitas crónicas regadas en bibliotecas o en la carpeta de algún “fanático” coleccionista de su admirado escritor. Don Raúl nació en los umbrales del siglo XX , en la Quito recoleta y gazmoña, allá por 1905, cuando no se respiraba otro aire que el de las transformaciones liberales con sus idas y venidas, con sus avances y retrocesos, cuando ya algunos liberales de “levita” querían dar al traste con los pronunciamientos populares plasmados en las montoneras campesinas. Allí en ese medio “municipal y espeso”, desenvolvería sus primeros años, observando las andanzas de sus tíos, de su padre, el coronel Carlos Andrade, todos ellos de estirpe liberal, hombres de batallas y no de escritorios. La inquietud por la escritura habría de aparecer prontamente, y había razón para ello, en su familia todos habían “mojado la pluma” y Raúl no iba a ser la excepción. Y comenzó la batalla contra la palabra, y la ganó. Testigo excepcional de su tiempo, viajero impenitente, irreverente ante la mediocridad, Don Raúl comenzó con su fino estilete a buscar verdades allí donde todo era mentira. Recorrió Europa, vivió en España, fue diplomático, pero a la carrera, perdón, no de carrera. Esa distancia geográfica no lo apartaba de su mundo ecuatoriano, y sus crónicas poéticas seguían enfocando su país. Fue entonces que apareció la mordacidad, el humor a lo Eca de Queiroz, fue entonces cuando se instaló placidamente en su “Claraboya” del diario El Comercio, que continúa hasta la presente en el diario Hoy con la “Caracola”. Incisivo, penetrante y punzante a la vez, derribador de ídolos, todas sus crónicas son verdaderos reportajes en miniatura de la realidad que evoca. Y en este evocar no podía faltar su ciudad, Quito, a la que le dedicara, junto con sus agónicos poetas modernistas, un hermoso ensayo no superado hasta el momento: Retablo de una generación decapitada. Autor sin obra, le han dicho, pero el maestro supongo reirá


de esta “acusación”. Cuántos tomos podríamos hacer, si se recogieran sus centenares de escritos que regados están por todo el mundo de habla hispana. Y para “complacer” a sus detractores fue dando libros, pocos, pero selectos Suburbio, obra teatral; Cocktail’s, 1937; El perfil de la Quimera, 1951; La Internacional Negra en Colombia, 1953; Crónica de otros lunes, 1980 y últimamente, Barcos de papel, 1983. Obras que sin lugar a dudas merecen un análisis profundo de la poética que subyace en cada texto y que ahora como un justo reconocimiento a su labor, se le ha otorgado el Premio Nacional “Eugenio Espejo”. Estas palabras no son otra cosa que la admiración para quien la posteridad le guarda su lugar. Meridiano, Guayaquil, 13 de septiembre de 1983

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Confesión a viva voz

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“No cultivo la modestia, virtud obsoleta y embustera, típica de sacristanes honorarios y criadas de mano”.

P

or más que fogueando ya en lides de este género, aun cuando de diversa intención, hostiles unos hasta la agresión física o verbal, generosos otros hasta la euforia de la risa y las lágrimas, no he de ocultar ante ustedes, al tiempo que íntimo sobresalto, una profunda gratitud. La vida “a contra corriente” que he llevado, casi desde la infancia, me ha concedido el don de aprender a estimar el valor de los demás para evitarme de caer en la admiración de mí mismo. La relación entre el ser y la sociedad en que ese ser se desenvuelve, no siempre es armonioso y, a menudo, se resuelve en desoladoras evidencias que constituyen, por posición, enseñanzas provechosas aunque sujetas o sometidas a los cambios de temperatura y a las alteraciones de la conducta propia o ajena. Creo que lo importante y esencial consiste en ser leal a esa conducta, cualquiera que ella sea, indiferente a la diatriba, agradecido y sensible a la loanza amistosa pero, sobre todo, en ser

fiel a la concepción estoica de la existencia que ésta se va encargando de modelar en el individuo, quiéralo o no. Durante una larga tarea de escritor, consagrada en su mayor parte al periodismo, me ha correspondido un papel dignificador por cierto, exclusivamente testimonial. Como tal, vengo rindiendo ese testimonio día tras día, desde aquí o desde donde me condujera la pasión del paisaje, la sed de la aventura, la peripecia vital, pero con el mismo fervor y afán con que la iniciara en años de adolescencia, en un diario de la noble ciudad de Guayaquil -hoy “diario íntimo” por desgracia - para mi tan amada como mi propia ciudad natal. Y como el avatar político me excluyó de la acción, en la guerrilla literaria encontré mi propio campamento y descubrí una vocación que, de otra manera, tal vez se habría diluido en el éxito fácil del cenáculo, al calor del amistoso compromiso. Decía algún enternecido poeta que había nacido el año de la defunción de la rosa. A mi me correspondió nacer en el año de la primera gran llamarada social del siglo, en los días mismos de la Revolución de Octubre de 1905, que fue como el ensayo general de la victoriosa de 1917. Por razones de tiempo y distancia, nací a la luz de las propias fogatas encendidas por la segunda revolución de Alfaro. Mi padre, alfarista él mismo, pero ante todo militar de honor, que había jurado al recibir su espada ponerla al servicio de la legitimidad institucional, fue a combatir al ilustre caudillo, contra su íntima convicción y su probable conveniencia, por ese principio inviolable que exige del soldado la lealtad a su juramento. Cayó gravemente herido en los campos del Chasqui, sobrevivió por su fortaleza y juventud y, más tarde, el propio don Eloy, con ronca y sonora voz, condecorole con una sola frase justiciera: “Cumpliste tu deber Carlos Andrade…”. Ese solo hecho, que debo recordar para situar con exactitud el deber del soldado, en mi memoria alienta como el más noble ejemplo que pudo dejar un padre a sus hijos.


Y he traído ese recuerdo al plano de esta manifestación, que tan gallardamente me ha sido ofrecida por las palabras generosas y enaltecedoras del doctor Carlos Julio Arosemena, quizás porque constituye la sola razón de ser de la misma: la lealtad a los principios.

En el decurso de estos años, los ecuatorianos hemos asistido, impotentes ya que no impasibles y sin protesta a la permanente falsificación de los grandes propósitos conocidos por los pomposos -y hasta ahora huecostérminos de Justicia y Libertad. Jamás se ha reconocido el rostro de una u otra. Sobre los intereses vitales de la nación han primado los mezquinos de grupo, de clan económico

281 Dibujo de Reyes Hens.

familiar, prestamente asistidos por partidos políticos que asumieron por sí y ante sí el derecho a conducir el Estado, bajo su sola responsabilidad tan exclusiva como excluyente. Así nos hemos visto físicamente desmembrados, espiritualmente degradados, moralmente desintegrados. Tal el siniestro balance que después de la impetuosa irrupción del liberalismo y sus afanes transformadores, dejaron en el país quienes se apoderaron de su destino de liquidar a los combatientes del 95, por el veneno, el puñal, la soga del “arrastre” y otras armas secretas. Sobremanera honrado, por significado y contenido de esta manifestación, la acepto y agradezco en nombre mío y de todos mis compañeros de tarea, por todo cuanto entraña de respaldo y estímulo. En cuanto a mi respecta, recojo sin vanidad pero sí con orgullo, este honroso agasajo que entraña a la vez un compromiso: el de la continuidad en el esfuerzo hasta cuando el país, Sísifo liberado por fin del mito de la fatigosa pendiente, deposite en la cima la pesada roca que el destino de las naciones colocó sobre

Raul Andrade

Cuando de regreso de prolongada estancia europea, me fue ofrecida una columna en el diario El Comercio, asumí mi tarea con el solo propósito de velar y defender la causa siempre deformada y desviada de la integridad de las instituciones, del respeto a las normas del Derecho como sola fórmula de equilibrio entre gobernantes y gobernados. Durante larga jornada, no exenta de riesgo, y gracias a la comprensión y fe en los destinos democráticos del país que caracterizaron a Jorge Mantilla Ortega, de tan reciente como irreparable desaparición, en acción armónica y solidaria, desinteresada y tenaz, quienes integramos la redacción de este diario, hemos cumplido una tarea, como nunca antes se produjera en la historia del periodismo nacional, orientada a la recuperación de las instituciones y al rescate de los derechos arrebatados por una dictadura de burócratas en uniforme. Fruto de esa labor, tesonera e indeclinable, fue el irreversible y abrumador pronunciamiento cívico del 29 de abril último, el mismo que va a permitir que el país recobre su fisonomía civilizada y ponga fin a las aventuras de cuartel que han obstaculizado su libre desenvolvimiento desde el día que un espadón al servicio de intereses privados lo inaugurara como república oligárquica. ¡Y qué república señores….!


sus hombros. Como final, valga la pena una confesión. De haber conocido de antemano el rol que me deparaba la vida, habría puesto empeño en asimilar las enseñanzas, en que tan parcos fueron mis maestros, con el fin de obtener un oportuno cartoncito de periodista. Pero, como dije alguna vez, la historia la aprendí en la acción y ejemplo familiares, la gramática en las lecturas interminables, la geografía, caminando como un proscrito de la tierra natal. Y en cuanto a la moral, la sola inquebrantable y válida me la enseñaron mis antepasados para que la mantenga y la honre. Gracias señores y amigos por esta manifestación que, modestia ocasional aparte, me temo haberla merecido y que reconocido acepto con carácter de antepenúltimo, porque la presencia de ustedes la ha convertido en enaltecedora. 282 Premio Espejo

Muchas gracias de nuevo.

Palabras de Raúl Andrade en el homenaje tributado a su persona, en Quito, el 18 de mayo de 1979.


José María Vargas

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José María Vargas

Premio Nacional “Eugenio Espejo”1984


E Premio Espejo

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n estricto rigor y apego a las normas fundacionales del Premio, éste no debía concederse en 1984 sino al año siguiente. Pero un cambio decretado por el Presidente Hurtado en los últimos días de su mandato, permitió que el padre José María Vargas, dominico, lo recibiera en medio de general aceptación pública por este reconocimiento gubernamental. Hay que anotar, sin embargo, que se había formulado una terna en la cual, a más del padre Vargas, se encontraban los doctores Luis Romo Saltos y Rodrigo Fierro Benítez. La entrega del premio se realizó en la noche del 6 de agosto de 1984 en la Sala Manuel Rendón Seminario de la Casa de la Cultura,

luego que el Presidente de la República y la comitiva oficial que le acompañaba, conociera las nuevas instalaciones de la entidad -la construcción del edificio había avanzado considerablemente aunque todavía se hallaba inconcluso- y se inauguraran el museo etnográfico “Pío Jaramillo Alvarado” y los locales de la radiodifusora y la editorial. En el citado acto, al que concurrieron, entre otros el Presidente del Congreso, el Arzobispo de Quito y los ministros de Relaciones Exteriores y Educación, intervinieron el profesor Edmundo Ribadeneira, Presidente entonces de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, y el propio padre Vargas, para quien esta presea era, en el final de su vida “el último regalo de la Divina Providencia”.


“Siempre dado a comprender antes que a ofender”

S

e diría que se deslizaba por la vida con esa bonhomía suya tan característica, regando a su caminar nada más que simpatía y afecto. Sin ánimo de exagerar, era la representación humana de las bienaventuranzas del evangelio, o, si se desea de otro modo, la prédica y concreción de la caridad entre los hombres. De allí, que los vastos conocimientos que poseía, sobre todo en los ámbitos del arte y de la historia, podían sorprender a quienes acababan de conocerle, pero no a los que admiraban de continuo esa tan ejemplar combinación de sabiduría y modestia. Sabiduría cierta, modestia para nada fingida. Según lo cuentan, fue así toda la vida. Pero hurgando un poco más en su existencia, que en estas páginas se relata a grandes trazos, se debe anotar que mantuvo una férrea disciplina para consigo mismo, lo que le permitió avanzar con paso firme en la investigación, ámbito que por su misma naturaleza, desilusiona a los inconstantes y frustra a quienes carecen de fuerzas para perseverar. Al propio tiempo, estaba claro que, junto con esta pasión por la investigación histórica, con estas aficiones intelectuales, se había combinado perfectamente el celo pastoral que su vocación religiosa le imponía. José María Vargas nació en Chordeleg, un pequeño pueblo de la Provincia del Azuay, el 9 de noviembre de 1902, y fue bautizado con los nombres de Celso Pompilio. Sus

padres, Luis Vargas Jara y María Dolores Arévalo Marín. A los ocho años, ingresó a la escuela de los hermanos cristianos en Gualaceo, población cercana a Chordeleg, cuyos estudios culmina seis años después. Su temprana vocación por el sacerdocio se afirmó al finalizar sus estudios primarios pues, apenas concluidos éstos, viajó a Quito e ingresa al colegio “San Luis Beltrán” que los padres dominicos regentan en la capital. No poco dolor personal le causará este alejamiento del seno de su familia, como casi al final de sus días habrá de confesar en el discurso de agradecimiento por el Premio Nacional “Eugenio Espejo”, con estas sugestivas palabras: “La renuncia casi heroica al hogar paterno, halló su compensación en el seno de la familia dominicana”. Luego de un año de estudios secundarios, esto es en 1917, hizo su ingreso formal a la orden dominicana, en la cual, después de los cursos de rigor y las profesiones contempladas en las reglas de la comunidad, fue ordenado sacerdote el 22 de diciembre de 1928. Pero no habría que apurar el paso de esta relación, pues, al menos dos datos anteriores a esto último, ilustran su vida futura: la toma de los hábitos dominicos -que no los abandonará más, aún después de las liberalidades postconciliares-; y, la profesión religiosa hecha el 15 de octubre de 1922, con el cambio de sus nombres de pila por los de José María, como se le conocerá en adelante. Pero falta un dato más, e importante: en la revista El ideal dominicano correspondiente a los números 55-56 de octubre de 1925, aparece publicado un primer artículo suyo, un devoto elogio a la Reina del Rosario, su protectora durante toda la vida de sacerdote. Será de este modo tan modesto, como inicia una larguísima bibliografía que, según estudios actualizados, llega, por lo menos, a 738 registros. 1 Por su carácter y aplicación en los estudios, sus superiores ven en él cualidades naturales

285 José María Vargas

Semblanza

1.Esta información se basa en el trabajo bibliográfico realizado por el doctor Juan Cordero Íñiguez, publicado en 1991 en el primer volumen de las Obras Selectas del padre Vargas.


Premio Espejo

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2.José María Vargas, El venerable maestro fray Pedro Bedón de la Orden de Predicadores. Su vida y sus escritos, Quito, Editorial Santo Domingo, 1935, p. 3. 3.José María Vargas, Enrique Vacas Galindo. Síntesis biográfica, Quito, Editorial Santo Domingo, 1961, p. 34.

de pedagogo y maestro, no solo como conductor de almas, -tal el calificativo que se suele otorgar por lo común a un sacerdote-, sino como guía de los novicios de la orden. En este trabajo transcurren once años de su vida, periodo que le permite ampliar sus conocimientos y permanecer en contacto con los estudiantes en las diarias clases de Historia Universal o Historia de la Iglesia que se le asignan, así como la posibilidad de hurgar en los archivos de la orden e investigar en cuanto papel puede encontrar, no solo para sus lecciones sino para preparar innumerables artículos que se incluirán en la revista El ideal dominicano, la cual, jovencísimo, apenas cumplidos los veinte años, dirige con Alfonso Riofrío. En este ámbito ordena sus ideas en torno a la figura de fray Pedro Bedón, de quien escribe un ensayo biográfico, que será propiamente su primer libro (El venerable padre maestro fray Pedro Bedón, de la orden de predicadores: su vida y sus escritos, Quito, Editorial Santo Domingo, 1935, 74 p.). En las palabras de introducción a dicha obra, el autor destaca la importancia de recurrir a la figura de personajes “dotados de grandes cualidades naturales y gracias sobrenaturales singulares, para encarnar en su persona el espíritu de su raza y de su religión y para inf luir en su generación y las generaciones posteriores”. 2 De igual modo, tres personalidades de nuestra cultura influyeron en el derrotero posterior de su vida intelectual. El primero, es el doctor José Gabriel Navarro que es quien, por encargo de su hermana monja, que vivía en Chordeleg, le entregaba mensualmente los dineros enviados por su padre para la subsistencia del hijo estudiante. El segundo, don Jacinto Jijón y Caamaño, quien se refugia en el convento de los dominicos en Quito luego de su derrota en El Ambi, en 1924. Este último episodio, sobre todo, permitirá al padre Vargas apreciar la docta personalidad de Jijón, ilustrarse en varios ámbitos de la investigación histórica e iniciar una amistad que perdurará durante toda la vida de éste y se extenderá a su viuda y a sus descendientes.

Capítulo aparte, entre estas personalidades, merece el padre Enrique Vacas Galindo, dominico también, quien había permanecido durante varios años en España recopilando documentación para probar nuestros derechos territoriales en el oriente amazónico. La curiosidad que el padre Vargas demostró para revisar dichos papeles, le permitió, con el consenso y benevolencia del padre Vacas, acceder, primero, a los varios cajones en los cuales estaban depositados dichos archivos, y, luego a ordenarlos y catalogarlos. Años después, en el Boletín de la Academia Nacional de Historia, serán reproducidos los índices de tan vasta documentación para conocimiento de los investigadores sobre la materia. En el libro que publica sobre el padre Vacas Galindo, se resume el aprecio y recuerdo que el padre Vargas tiene para él. “Depositario de su patrimonio documental, -dice- unido con el vínculo del afecto y la similitud de afición por los estudios de la historia, quedó, al iniciar su carrera, huérfano de quien podía guiar con su experiencia en el archivo como del quehacer histórico”. 3 En este periodo se acentúa la contribución del padre Vargas para las revistas dominicanas. Fijémonos que la orden, en esta etapa de esplendor institucional, no solo publicaba, tal como quedó dicho, El ideal dominicano, sino que editaba, además, La corona de María y El Oriente dominicano. En esta última y en varias entregas que median entre 1929 y 1937, da a la luz su traducción de Viajes de exploración a las tribus salvajes del Ecuador de fray Francisco Pierre, un importante aporte a los estudios antropológicos sobre la realidad de los habitantes de nuestro país. Es en 1937 cuando el padre Vargas se vincula a la Academia Nacional de Historia, la docta corporación fundada en 1909 por inspiración de monseñor González Suárez. El 26 de julio de aquel año, será aceptado como académico correspondiente y en su discurso trata sobre la personalidad de fray Domingo de Santo Tomás. Otra


entidad similar, aún cuando con existencia menos continuada, el Centro de Estudios Históricos y Geográficos de Cuenca, le nombra como uno de sus miembros el 9 de julio de 1938. De este modo, su figura en el ámbito de la investigación histórica, comienza a ser reconocida y respetada. En 1939 fue nombrado, por primera vez, prior del convento de Santo Domingo en Quito, cargo para el cual es reelegido tres años después. Mientras tanto, en 1937, había publicado una semblanza de Fray Domingo de Santo Tomás, al que califica como “defensor y apóstol de los indios del Perú” (Quito, Editorial Santo Domingo, 66 p.). Ocurre en el padre Vargas, como bien lo señala Gabriel Cevallos García, en un estudio introductorio a las obras completas del sabio sacerdote, que uno de sus “empeños devotos […] fue el de escribir biografías y hagiografías, éstas especialmente, de piadosos o santos personajes de la Orden dominicana”. 4

complemento de aquel. Estos dos artículos serán solo preámbulo del libro titulado La cultura de Quito colonial que circula en 1941. En 1944 publica el primero de sus más importantes libros sobre arte ecuatoriano. Se trata de Arte Quiteño Colonial, obra con la cual obtiene el Premio Tobar que concede la Municipalidad de Quito. Será este libro, de algún modo, el inicio de su consagración como experto en la materia.

4.Gabriel Cevallos García, “Fray José María Vargas: un apacible caminar”, en: José María Vargas, Obras selectas, Tomo I, Cuenca, Banco Central del Ecuador, 1991, p. 32. 5.José María Vargas, Fray Domingo de Santo Tomás. Su vida y sus escritos, Quito, Editorial Santo Domingo, 1937, p. 3.

Asimismo, en 1944 hace su primer viaje al exterior de los varios que, por mandato de

Se debe precisar que en el prólogo de este su segundo libro, el padre Vargas define su credo como investigador histórico. Con Le Bruyére repite, que “el amasijo de epítetos es un síntoma de que las alabanzas no concuerdan con la verdad; los hechos son el mejor elogio y la manera de referirlos como el más definitivo panegírico” 5 Años después, en su biografía de González Suárez, reafirmará estos principios y elogiará el culto a la verdad siempre que se base en hechos ciertos y no en simples elucubraciones. Paralelamente a estas sus primeras publicaciones, en 1939, y en varios números de la revista La corona de María, el padre Vargas hace una primera descripción histórica sobre la cultura de Quito colonial, preámbulo de varios estudios suyos, más profundos, sobre este tema que los desarrollará en años futuros. Y en el propio año, en El Oriente dominicano, publica un artículo sobre la historia eclesiástica de Quito colonial,

Apenas ordenado


sus superiores o por invitación de entidades culturales, le permiten conocer gentes y lugares y ampliar sus conocimientos sobre arte e historia. Este primer viaje, a Santiago de Chile, lo efectúa, sin embargo, por motivos pastorales, en su calidad de miembro de la delegación ecuatoriana a un congreso de la Acción Católica, organización gestada en el Vaticano para defender, conforme al criterio de pontífices como Pío XII, la pureza de la doctrina católica ante los errores del protestantismo.

Premio Espejo

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Estos primeros viajes serán la antesala a uno más largo, vinculado ya con sus investigaciones históricas. Sus superiores le envían a Sevilla, España, en 1946 y en el Archivo de Indias habrá de pasar largas jornadas consultando documentación que le servirá para los libros que deberá publicar en el futuro. Algunas relaciones hechas de su vida incluyen en este periodo la realización de estudios de Historia en Madrid y su admisión como miembro de la Academia Sevillana de Buenas Letras. En esta etapa europea, el padre Vargas asiste, además, al capítulo general de la orden, que se efectúa en septiembre del propio año de 1946 en Bolonia. De regreso al país, es elegido superior de la provincia, el cargo más alto de la orden en nuestro país, y contemporáneamente, el 11 de abril de 1948, recibe el título de maestro de Teología con una tesis que titula “Conquista espiritual del imperio de los incas”, que ese mismo año publicará, en volumen de 240 páginas en “La Prensa Católica”, en Quito. Ya por estos años el padre Vargas había ratificado su interés por documentar y ref lexionar sobre el arte colonial quiteño. Primero, con artículos definidos sobre el tema, como “Pintura quiteña colonial”, en julio de 1945 en El Oriente dominicano, luego, en dos entregas de la misma revista, entre abril y junio de 1946, sobre arte franciscano y arte quiteño colonial, más adelante, ese mismo año, con un libro sobre las pinturas de Miguel

de Santiago en el convento de San Agustín, para seguir, en 1949, ya con mayor profundidad, en el libro El arte quiteño en los siglos XVI, XVII Y XVIII, Quito, Litografía e Imprenta Romero, 238 páginas. Ese mismo año de 1949 coopera con entusiasmo en la exposición de arte religioso que se efectúa en Quito, en el mes de junio, con ocasión de conmemorarse el II Congreso Eucarístico Nacional. En esta oportunidad el padre Vargas tiene la oportunidad de recorrer, junto a Jijón y Caamaño y Manuel María Pólit, monasterios y conventos de diversas órdenes religiosas, para seleccionar las piezas que serían expuestas en la muestra, lo que le permite, a la vez, conocer de primera mano el acervo artístico religioso de la ciudad, parte del cual, sobre todo los conservados en monasterios de clausura, eran de acceso sumamente restringido conforme las normas canónicas vigentes a la época. Más bien pronto, luego de fundada la Universidad Católica, en Quito, el padre Vargas se incorpora a la planta de profesores. Podría sonar esto como algo muy natural dada la valía, a la época, de nuestro personaje, pero resulta excepcional si se considera que el nuevo plantel de educación superior había sido confiado a los padres jesuitas y, como se sabe, el padre Vargas había profesado como dominico. En dicha universidad será larga y fecunda la colaboración del padre Vargas, primero como profesor en varias facultades, especialmente las de Economía, Jurisprudencia y Pedagogía, luego como director del Museo donado al plantel por la familia Jijón y Caamaño. En 1951 termina su periodo como provincial de los dominicos y seguidamente asume las de prior del convento en Quito. Mientras desempeña estas funciones administrativas y prosigue su trabajo pastoral en una de las iglesias que en aquella época tenía nutrida concurrencia de gente del pueblo, en la capital, la de Santo Domingo, en plena plaza del mismo nombre, publica, en 1952 un esbozo


El mismo año de 1953 concurre a Montevideo a una exposición de arte ecuatoriano, organizada por la embajada de nuestro país en Uruguay, gracias a la iniciativa de Leopoldo Benites Vinueza y paralelamente es recibido como miembro correspondiente por la Academia de Historia de Montevideo. En la revista El Oriente dominicano publicará, a propósito de esta muestra, un artículo titulado “Mensaje de arte al Uruguay”. Otro libro importante del padre Vargas es el que publica en 1954, en 210 páginas, titulado María en el arte ecuatoriano, que lo dedica a “María, Madre del Amor Hermoso, en el primer centenario de la declaración del dogma de su Inmaculada Concepción”. Es un libro impreso en Litografía e Imprenta Romero, de buena factura si consideramos el desarrollo de las artes gráficas en nuestro país en aquella época, utiliza papel couché, clara tipografía y las ilustraciones son reproducidas aceptablemente, se diría mejor, notablemente. “El arte ecuatoriano de la Colonia -dice el padre Vargas en la introducción- halló en María el ideal preferido a la inspiración de sus artistas”. A mediados de los cincuenta, combina admirablemente su tarea como sacerdote -eran celebradas en ese tiempo sus homilías en la misa vespertina de los domingos-, su cátedra en la Universidad Católica y su oficio de investigador. En 1955 precisamente, aparecen su Arte, naturaleza y religión, obra en la cual formula algunas reflexiones

sobre estética y Los maestros del arte ecuatoriano, en edición auspiciada por el Municipio de Quito. Y en 1956, de la editorial de la Casa de la Cultura y con elogioso prólogo de Benjamín Carrión, se publica, en gran formato, su Arte religioso ecuatoriano y el Instituto Panamericano de Geografía e Historia le edita un nuevo libro: Misiones ecuatorianas en archivos europeos, una útil guía para los investigadores de la historia ecuatoriana a la vez que una síntesis bien lograda sobre los trabajos realizados hasta la fecha por investigadores ecuatorianos en el viejo continente. El 27 de marzo de 1957 se incorpora como miembro de número de la Academia Nacional de Historia con un discurso sobre la pintura de Miguel de Santiago, tema sobre el cual volverá repetidamente. En el discurso de contestación, el académico J. Roberto Páez, en elogiosa exaltación de su personalidad, cita la frase del dominico Bernardot, que calza perfectamente en la personalidad del padre Vargas: “En el espíritu mucha luz; en el corazón mucho amor; y, para lo exterior, obras poderosas, atrevidas y leales, impregnadas siempre de lo sobrenatural”. Esta membresía se sumará a las varias que ya tenía en instituciones académicas, sobre todo del exterior, como las Academias de Historia de Madrid, Bogotá, Lima y Santo Domingo, solo para poner unos ejemplos. En nuestra Academia de Historia, llegará a ser elegido en 1981 subdirector de la misma y en más de una ocasión deberá asumir la dirección, por ausencia de su titular. Como se puede ver, la vida pública del padre Vargas se desenvuelve a partir de estos años en el convento y en la iglesia, en la cátedra y, especialmente, a través de los libros que publica. Sería largo, y posiblemente agotador para este resumen biográfico, ir señalando uno tras otro sus más importantes publicaciones. Pero cabe, dar un espacio a algunas de las más importantes. La primera de ellas, La Economía Política del Ecuador durante la Colonia (Quito, Editorial

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biográfico de Luis López de Solís y, el año siguiente, aparece, en México, editado por el Instituto Panamericano de Geografía e Historia, su Ecuador: monumentos históricos y arqueológicos (144 páginas con ilustraciones). Este libro, decorosamente impreso, cuyos originales habían sido concluidos en julio de 1950, forma parte de una serie auspiciada por aquel Instituto en la cual el padre Vargas inscribe su nombre entre respetados expertos de Latinoamérica.


Universitaria, 324 páginas) resultado, en parte, de sus clases en la Facultad de Economía de la Universidad Católica. La prologa el doctor Alberto Larrea Chiriboga, quien en el pasado había desempeñado altas funciones en la administración de la economía del país, y quien resalta la obra como “fecunda en relación de hechos históricos y de datos estadísticos que trata de una de las más discutidas instituciones de nuestra época colonial: el establecimiento de las encomiendas”. Larrea Chiriboga no puede reprimir, su elogio a la modestia del autor, al decir que es un “fraile de sencillez de niño y de ilustración de siglos, lleva como característica en su espíritu, el fino sentimiento de lo bello”. Este libro, que es un clásico en la historiografía económica del país, fue reeditado en 1982 como volumen 15 en la celebrada “Biblioteca Básica del Pensamiento Ecuatoriano”.

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Después, conviene señalar el aporte del padre Vargas a los trabajos de la Secretaría de la Undécima Conferencia Interamericana, que debió celebrarse en Quito en 1959 mediante la redacción de uno de los dos volúmenes introductorios de la colección titulada “Biblioteca Ecuatoriana Mínima”, el dedicado al arte ecuatoriano. Este libro constituye una síntesis bien lograda sobre el tema, que proporciona al lector una visión de conjunto, que arranca del urbanismo primitivo de las ciudades y el estudio detallado de la arquitectura religiosa en la capital y que lleva al lector hasta el estudio de la escultura y pintura coloniales y sus más importantes exponentes. Lo curioso de este libro es que incluye una parte, la última, dedicada al folclore, con una referencia a los juegos y a los trajes populares, así como la reproducción textual del Tratado de pintura escrito por Manuel Samaniego. Esta obra generó reparos por parte del doctor José Gabriel Navarro, según así aparece en varios artículos suyos acogidos en aquella época en el suplemento dominical del diario El Comercio de Quito. Ya desde años

atrás, el doctor Navarro se había alejado del padre Vargas, su aventajado discípulo, y, para algunos, el motivo de este distanciamiento no fue otro que celos profesionales, pues Navarro, antes del destaque del padre Vargas, era el único e incontrovertible crítico del arte ecuatoriano. Un tercer libro de importancia es la Historia de la cultura ecuatoriana, impreso por la Casa de la Cultura Ecuatoriana en 1965. Esta obra tiene dos méritos innegables: de una parte, ser la obra precursora sobre un ámbito de real interés para el conocimiento histórico de nuestro país en un tema tratado solo marginalmente por nuestros investigadores; de otra, el compendiar en forma pedagógica y clara los aspectos más relevantes de la historia cultural ecuatoriana. Pero la obra tiene un lamentable desbalance, no otro que el de la preferencia del autor por el periodo colonial, por sobre lo relativo a los años de la república. Y hay más, inexplicablemente rompe el curso del relato cuando, en el capítulo final, añade uno sobre la Casa de la Cultura Ecuatoriana en el cual no solo no cita la tarea de su gran propulsor, Benjamín Carrión, sino que, en cambio, resalta el apoyo monetario concedido por la Junta Militar de Gobierno, en ese tiempo en el poder, para continuar con la construcción de los nuevos edificios de la matriz de la institución, precisamente concebidos por Carrión. Éste no perdonará la omisión del padre Vargas, la cual seguramente se debió, no tanto a una deliberada actitud del bondadoso fraile, cuanto a circunstancias derivadas del tenso momento político que vivía el país entonces. Y, por último, sin que esto quiera decir que se ha agotado el tema, habría que añadir su Patrimonio artístico ecuatoriano (Quito, Editorial Santo Domingo, 1967), reeditado en 1972 y últimamente por el FONSAL. Este libro, que no parte, metodológicamente hablando, sino de trabajos anteriores ya publicados, añade nuevos datos, producto del trabajo del autor en un primer inventario


“Alfonso X, el Sabio” del Gobierno español o la que le otorgara la Municipalidad de Cuenca, al concederle la insignia “Fray Vicente Solano”.

La cercana relación que tenía con la familia Jijón Caamaño ofreció al padre Vargas realizar dos tareas de importancia para la cultura nacional. Una de ellas, la de recibir el encargo de trasladar y ordenar el acervo artístico del museo de don Jacinto Jijón y Caamaño que, por voluntad de sus familiares, fue donado a la Universidad Católica de Quito en 1964 y, cuando este plantel entró en posesión de dichos bienes, asumir la dirección del citado museo, que lo ocupará hasta su muerte. La otra tarea fue participar, por delegación de la propia familia Jijón, en el inventario de la biblioteca y el archivo que pertenecieron a Jacinto Jijón y Caamaño, vendidos al Banco Central del Ecuador en 1978.

Años después de esta recomendación, el padre Vargas publicó una biografía de monseñor González Suárez (Quito, Editorial Santo Domingo, 1969), con extenso y muy documentado prólogo de Carlos Manuel Larrea. En esta biografía trata marginalmente del delicado asunto de aquel tomo cuarto, pero repite el argumento dominico sobre cierto enfoque parcial del arzobispo, en cuanto el historiador más se detiene en la parte acusatoria antes que en otros aspectos positivos de la época. Larrea, uno de los discípulos de González Suárez, manifiesta en el prólogo al libro, su desacuerdo en este aspecto, porque piensa que el enfoque de González Suárez responde, más bien, al concepto que tenía sobre “la sagrada misión del historiador, obligado a buscar la verdad y solo la verdad; y contrario habría sido a las elevadas enseñanzas que procuró inculcar a los jóvenes a quienes alentaba para que se dedicaran a ese género de estudios, acerca de la manera cuidadosa de analizar los documentos, de leerlos y releerlos en su integridad, sometiéndolos a severa crítica sobre su autenticidad y valor histórico”. 7

En este punto debe también ser destacada la concesión, en 1977, por iniciativa de los profesores del plantel, del doctorado honoris causa por parte de la PUCE , reconocimiento que se sumó a la serie de condecoraciones nacionales y extranjeras que recibió en el curso de su vida, entre ellas, las del Gobierno ecuatoriano, la de

Desde joven el padre Vargas buscó comentar la obra de monseñor González Suárez, sobre todo en lo atinente al espinoso punto que el sabio arzobispo aludió en el tomo cuarto de su Historia del Ecuador, que tanta molestia causó precisamente a los miembros de su orden. En un inicio se interesó por este tema concreto pero fue disuadido por Remigio Crespo Toral, a quien el padre Vargas tenía sin igual respeto. Pérez Pimentel, incluso, llega a citar una frase textual de Crespo Toral en este punto: “Recuerde –le habría dicho al fraile dominico- que los ríos tienen remolinos. ¿Para qué dedicarse a refutar a González Suárez? Haga que la corriente avance, busque hechos positivos del Ecuador”. 6

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del patrimonio artístico nacional antes realizado bajo auspicios de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Pero la primera edición de este libro no trata propiamente del patrimonio ecuatoriano sino solo del radicado en la capital. Esta limitación es en parte corregida por el autor en la segunda edición, cuando incluye datos sobre el patrimonio en el austro, pero la obra queda en cierto modo inconclusa, porque el relato no abarca otras provincias del país, sobre todo de la sierra, lo cual habría permitido tener una visión completa sobre el tema. Por ello, la edición de 2005 del FONSAL es prácticamente la misma de 1972, pues el padre Vargas, en los últimos años de su vida de investigador, no volvió a revisar los materiales de esta obra. Tanto este libro como el anteriormente citado, le permitieron al padre Vargas recibir nuevamente el Premio Tobar de la Municipalidad de Quito, con general aceptación y complacencia de la ciudadanía.

6.Rodolfo Pérez Pimentel, Diccionario biográfico del Ecuador, Tomo VI, Guayaquil, Litografía e Imprenta de la Universidad de Guayaquil, 1994, p.285. 7.Carlos Manuel Larrea, Prólogo al libro Federico González Suárez del padre José María Vargas, Quito, Editorial Santo Domingo, 1969, p. xxvii.


Pero al padre Vargas habrá asistido, sin embargo, su creencia de que “la crítica documental que investiga la verdad de un hecho, necesita complementarse con los recursos que al historiador le proporciona su disposición intelectual para dar con el verdadero sentido de la interpretación histórica”, según pensamiento que expone en el discurso de contestación a don Alfonso Rumazo González, el día del ingreso de éste a la Academia Nacional de Historia. 8

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8.La incorporación de Alfonso Rumazo González se efectúa el 29 de junio de 1971. Ver el número 120 del Boletín de la Academia Nacional de Historia, julio-diciembre de 1972, p. 263. 9.Gabriel Cevallos García, op. cit., p. 39

Todo esto que se relata y mucho de lo que se omite por falta del espacio suficiente en estas páginas, hizo de la personalidad del padre Vargas figura descollante de la cultura nacional. Por ello, nada extraño fue que se le concediera el Premio Nacional “Eugenio Espejo” en 1984, en las postrimerías del régimen presidencial del doctor Osvaldo Hurtado, quien conocía bien, desde las aulas universitarias, al ilustre galardonado. Nunca dejó de investigar. Siempre mantenía un ritmo de trabajo que, más que por su rapidez, se caracterizaba por su persistencia. Sabía aprovechar el tiempo con disciplina ejemplar y no descuidaba la oportunidad, aún en sus años finales, de aprender y cotejar lo escrito con las últimas interpretaciones sobre el quehacer histórico. Su opinión sobre temas de la cultura nacional y, sobre todo, del arte ecuatoriano, fue escuchada y respetada. Empero, lejos de envanecerse, nunca abandonó la cordialidad en el trato con los demás, la sabiduría en la resolución de problemas administrativos, que los tenía como en toda tarea de dirigencia, y el consejo pastoral, que los largos años de sacerdocio habían impreso en una personalidad siempre dada a perdonar antes que a atacar, a comprender antes que a ofender. Así, en esta sabia forma de vivir, le sorprendió la muerte el 25 de marzo de 1988, después de una corta indisposición causada por un accidente sufrido en la modesta celda que ocupaba en su querida casa conventual, en Quito. Habría que repetir con Gabriel

Cevallos García que “dondequiera que descanse, nos ha dejado consuelo su memoria. Consuelo que es consustancial con nuestra fe en el Ecuador y su futuro”. 9

“Este tranquilo caminante, de suave andar –tan suave que no dejaban huella sus pies, ni sombra su hábito de golondrina, este tranquilo andante era un hombre de profunda fe. Tan honda y tan natural, que se levantaban con la firmeza de un pino, recto, vertical, con los brazos en éxtasis y la cabeza vuelta al cielo. Muy firme, muy arraigada en sus convicciones, jamás temió por ellas y jamás temió las convicciones distintas u opuestas de los demás. Su fe tenía ese género de verticalidad que engendra la tolerancia. Dos venas de entusiasmo, desde muy adentro, manaron a lo largo de sus cinco décadas de escritor: el afanoso considerar a su Iglesia y la estremecida admiración por el arte quiteño. Dos contemplaciones de tipo muy agustiniano que le poseyeron casi totalmente, embargando su alma de teólogo y de historiador, pues en la hondura espiritual de Fray José María Vargas, creencia religiosa y arte colonial de Quito, formaron unidad ideológica y sentimental. Quien mira atentamente su biografía halla difícil resolver el problema del límite de estos dos espacios sicológicos: hasta dónde pensó, desde dónde sintió, pues fe religiosa y amor a la belleza, agustinianamente, en él se conciliaban. Y esta fuente doble y así acrecentada f luyó vivamente dando origen a la casi totalidad de sus escritos”. Gabriel Cevallos García, “Fray José María Vargas: un apacible caminar” en: José