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l 6 de agosto de 1975 el Presidente de la República de entonces, general Guillermo Rodríguez Lara, firmó el Decreto Supremo No. 677 por el cual se consagró al 9 de agosto de cada año como “Día de la Cultura y de la Casa de la Cultura Ecuatoriana” y se creó el Premio Nacional “Eugenio Espejo”. La idea del Premio surgió, según propia confesión, del doctor Milton Álava Ormaza, abogado y antiguo articulista de la prensa nacional, quien desempeñaba esos días las funciones de Ministro de Gobierno, encargado. Parecería ser que algo tuvo que ver también el escritor Pedro Jorge Vera, vinculado al régimen militar, quien apoyó la iniciativa de Álava. La acogida que brindó al proyecto el general Guillermo Durán Arcentales, titular del Ministerio de Gobierno, antes de Educación Pública, no habría que desestimar tampoco. El proyecto de Álava fue aceptado con entusiasmo por el general Rodríguez Lara, quien era hombre culto y receptivo a ideas del género y comprendía, además, el alto valor político que, en esos momentos, tenía la creación de este Premio. En efecto, el régimen militar, que se había iniciado en la noche del 15 de febrero de 1972 con el derrocamiento del doctor Velasco Ibarra, se encontraba afectado, a tres años de ejercicio, por serios desgastes políticos. No solo al interior de las Fuerzas Armadas sino en buena parte de la población, había signos de descontento. En las Fuerzas Armadas, dadas las tensiones existentes a su interior, derivadas del ejercicio del poder por unos militares y el consiguiente alejamiento de otros y, claro, por las purgas y resentimientos que de ello se derivaba. En la ciudadanía, pues ella había

Por otra parte, no olvídese que el régimen del general Rodríguez Lara había ya manifestado, en años precedentes, su voluntad de afirmar la institucionalidad cultural del país y ordenar sus actividades. En 1973, al expedir la Ley Nacional de Cultura, la primera en la historia de la legislación cultural, no solamente reguló determinadas áreas del sector público y las sistematizó, sino creó el Consejo Nacional de Cultura, adscrito a la Casa de la Cultura, como órgano director y orientador de las políticas culturales en el país. La intencionalidad del Premio y del decreto que lo establecía, buscaba también destacar la labor de la Casa de la Cultura en algo más de tres décadas. Por algo se vinculaba al Día de la Cultura con el Día de la Casa y se confería a esta entidad la capacidad de calificar al candidato al Premio y sugerir su nombre al Presidente de la República. A ello contribuía el hecho que el Premio de 1975 se lo entregaba a quien había sido el fundador de la Casa, su primer presidente y el inspirador de una tarea ejemplar de administración cultural, acaso la más importante del género en toda la historia nacional. El decreto fundacional establecía que el Premio sería bianual y se lo concedería “al ecuatoriano que haya sobresalido por sus creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura nacional”. Consistía en una medalla, un diploma y la entrega de una suma de dinero, cien mil sucres, que, a la cotización de la época en el mercado libre de cambios, ascendía, aproximadamente, a cuatro mil dólares estadounidenses. La decisión gubernamental fue acogida con beneplácito y con cierta sorpresa, como es

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Historia del Premio

sufrido los efectos de la inf lación en todo el transcurso de 1974 y no comprendía cómo, en medio de la bonanza petrolera y la abundancia de dinero que se suponía existía, podían subir los precios y provocar una contracción del ingreso de las familias.


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natural, porque un premio cultural de tal relieve era, por sí, una noticia de primera plana. Cosa poco frecuente, además, en un medio en el cual la política, el deporte y la crónica absorbían el interés y la curiosidad de la mayor parte de la ciudadanía.

Pero más satisfecho, sin duda, Rodríguez Lara, que, así, marcaba con un sello de altura intelectual a un gobierno maltrecho ya por los inconvenientes políticos antes citados y que caería a poco, en medio de confusos incidentes palaciegos.

Apenas anunciado el Premio en la persona de Benjamín Carrión, la opinión pública se expresó con manifestaciones de aprecio y felicitación al maestro que, en buena parte de su vida, se había identificado con el proyecto de la Casa de la Cultura. Un homenaje nacional, tributado el 20 de agosto de aquel 1975, congregó a intelectuales y personeros de la cultura, amigos y admiradores, en gesto de cordial simpatía. El doctor Alfonso Barrera Valverde, en las palabras de ofrecimiento de este homenaje a Carrión, destacó algo que muchos lo sabían y es “que, a la clarividencia de él, debemos […] todos los ecuatorianos algunos consejos titulares, más necesarios mientras más desobedecidos”.

“Sonó la hora de los poetas”.

Resulta paradójico que el Premio inicial no hubiese sido concedido el Día de la Cultura, 9 de agosto, tal como lo preveía la norma contenida en el Decreto Supremo No. 677, sino dos meses después. Para explicar esta postergación habría que aventurar dos hipótesis. La primera, la cercanía de tiempo entre el día del anuncio y la fecha oficial de entrega de la presea, que no podía permitir preparar el acto con las solemnidades que éste exigía. La segunda, la serie de rumores sobre propósitos de desestabilización política que, a la postre, se habrían de confirmar con el golpe de Estado de finales del mismo mes de agosto, comandado por el general Raúl González Alvear. Pese a los inconvenientes derivados de la inestabilidad política que vivía el país, la entrega del Premio a Benjamín Carrión revistió toda la formalidad y la pompa que acto de tal naturaleza exigía. Carrión debe haberse sentido muy emocionado, tal como las palabras de su discurso así lo revelan.

Papel de primer orden tendrá en el otorgamiento de los dos premios siguientes, el doctor Galo René Pérez, quien venía de­sempeñándose como Presidente de la Casa de la Cultura y gozaba del respeto de los militares. Sus gestiones para que en 1977 se entregara el Premio al poeta, intelectual y diplomático Jorge Carrera Andrade, tuvieron que superar, primero, el necesario consenso del Consejo Nacional de Cultura, que funcionaba en aquella época como una especie de órgano consultivo de la propia Casa, y, luego, el de los propios militares, que, después del relevo del general Rodríguez Lara, habían conformado un triunvirato militar para gobernar al país con la promesa de un pronto retorno a la constitucionalidad. Jorge Carrera Andrade, como queda dicho en este mismo libro, pasaba por aquellos años delicada situación personal. Había regresado al Ecuador, retirado de toda actividad académica, jubilado ya de los servicios diplomáticos que habían ocupado buena parte de su existencia, en precario estado de salud, solo, y, para añadir mayor gravedad al asunto, en difíciles condiciones económicas. Carrera Andrade, como muchos intelectuales, y tal vez en él más, no había sido nunca cuidadoso con sus ingresos monetarios y su presupuesto, menos con su estabilidad financiera a largo plazo. Galo René Pérez, en gesto de generosa predisposición a un auténtico valor de la cultura nacional, le había favorecido, en octubre de 1975, con el nombramiento de Director de la Biblioteca Nacional, a cuyas oficinas el poeta acudía, mal o bien, para desempeñar, casi de nombre, las funciones que ostentaba.


El Consejo Supremo de Gobierno acogió favorablemente la solicitud de la Casa de la Cultura y concedió el Premio a Carrera Andrade, pero la ceremonia misma de entrega fue, al contrario de la anterior a Carrión, modesta y casi se diría que reservada. Lo había pedido el propio poeta, agobiado, quizás, por la carga de desilusiones y malestares físicos que atormentaban su espíritu y por lo que su interior mismo le dictaba, alejado, en este último trance de su vida, de las mundanas glorias que siempre había perseguido. Para el apreciado intelectual licenciado Hernán Rodríguez Castelo, que en ese tiempo escribía para un diario guayaquileño, había sonado “la hora de los poetas”. Tampoco la ceremonia se efectuó el propio Día de la Cultura, sino el 21 de octubre de 1977. “Yo siempre he mantenido encendida una luz votiva en el altar de la patria”, confesaba ese día el ilustre galardonado, como para justificar, humildemente, la razón de la presea.

Los dos últimos sobrevivientes del “Grupo de Guayaquil”. Al contrario de lo que ocurrió con Carrera Andrade, Alfredo Pareja Diezcanseco recibió el anuncio del Premio de 1979 en medio del fasto por la próxima transmisión del mando, al término del régimen militar, suceso que a Pareja le tocaba directamente, pues había sido escogido como el próximo canciller. Interpreto esta decisión, así como la también muy decidida intervención del doctor Galo René Pérez, como un gesto más, de los varios, con el cual el Gobierno saliente quiso establecer puentes hacia el

nuevo Presidente de la República, a fin de que, el final de un largo periodo dictatorial sea lo menos traumático posible para el país, luego de un tormentoso y largo periodo electoral, que había confundido y agotado a la opinión pública. Fue acertada, sin duda, esta decisión del triunvirato militar. La opinión pública, como en los casos de Carrión y Carrera Andrade, fue unánime en expresar criterios elogiosos a la elección. Y el Premio empezó a cobrar prestigio, como nunca antes había ocurrido con presea cultural alguna en el pasado de la nación. El día de la entrega fue, ahora sí, por primera vez, el 9 de agosto, Día de la Cultura, y la ceremonia se realizó en una de las salas de los nuevos edificios de la Casa, que Galo René Pérez, con la ayuda militar, había seguido construyendo pero que distaban, en mucho, por concluirse. A la ceremonia concurrió el Vicepresidente electo de la República, doctor Osvaldo Hurtado, y acompañó numeroso público, expectante de los cambios institucionales que se venían al país y a la propia Casa de la Cultura. Pareja, en su discurso, con ese insuperable gracejo suyo, dijo que recibía el Premio en nombre de los de su generación, aquella del “Grupo de Guayaquil” que, a ese año, buena parte había sido ya tronchado por la muerte. Y era la reflexión filosófica alrededor de la existencia, que ya había flotado en sus palabras a la memoria de Benjamín Carrión, pronunciadas poco antes en la misma Casa, la que renacía, algo velada, en su comentado discurso de agradecimiento. “No hay literatura, no hay filosofía -sentenció- que no conlleven, oculta o abiertamente, el comentario mortis de Cicerón”. Dos años después, es decir en 1981, conforme lo disponía la normativa vigente, el Premio fue adjudicado a Demetrio Aguilera Malta, otro valor de las letras nacionales. Correspondió al doctor Osvaldo Hurtado, ya por entonces Presidente de la República luego de la trágica muerte del abogado Jaime Roldós, aprobar la recomendación

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Concederle el Premio era, entonces, un bien en doble sentido: en el personal del agraciado, para aliviar sus apuros económicos; en el institucional, para reconocer en la persona y en la obra de Carrera Andrade a uno de los más altos valores de nuestra cultura.


unánime que le había hecho, días antes, el Comité Ejecutivo de la Casa de la Cultura y firmar el Decreto Ejecutivo No. 139, fechado el 9 de agosto. La razón primordial de esta concesión, la calidad del aporte a la cultura nacional hecha por Aguilera Malta en sus ya largos años de vida y, conforme reza el tercer inciso del decreto, el haber pertenecido al “Grupo de Guayaquil” y ser, su obra, una de “las expresiones más destacadas de las letras hispanoamericanas”.

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En la emotiva ceremonia de entrega realizada en el Palacio Nacional, Aguilera Malta estuvo en lo cierto al afirmar que el Premio “honra a quien lo obtiene, por los múltiples requerimientos que se exigen para merecerlo; y, al mismo tiempo, honra a quien lo concede, porque establece lo más puro, entrañable y fundamental de cuanto define y enmarca la ecuatorianidad”. El premiado era, entonces, embajador en México y estaba ya afectado por la enfermedad que, dentro de pocos meses, provocaría su deceso. Sin negar el elevado mérito de Aguilera Malta, de su obra y de sus escritos principales, una razón sentimental habrá también inf luido en la decisión de la Casa de la Cultura y del Gobierno, porque la reciente muerte del abogado Roldós, pariente cercano del premiado, había conmovido a todo el país.

Los dos últimos Premios únicos. Para 1983 varios nombres sonaron para el Premio y algunos de ellos constaron en la nómina que el Comité Ejecutivo de la Casa de la Cultura envío al Presidente de la República. A la postre, lo obtuvo el escritor y periodista señor Raúl Andrade Moscoso, descendiente de uno de los troncos familiares más destacados en la vida política del país, atildado escritor, autor de pocos libros, es verdad, pero de una gigantesca cantidad de artículos de calidad, agrupados en diversas columnas periodísticas como “Claraboya”, “Escaparate”, “Crónicas de otros lunes” y “Viñetas del mentidero”, para citar solo aquellas que sirvieron para editar libros con

una parte de ellas. El Decreto Ejecutivo No. 2015 de 24 de agosto de 1983, ratificó la decisión gubernamental, fundada, según la letra de aquel documento, en “que el ilustre escritor y periodista, ha contribuido al desarrollo de la cultura nacional con sus obras, así como con sus artículos publicados en la prensa nacional e internacional por más de cincuenta años”. Hernán Rodríguez Castelo, en uno de los artículos que inteligentemente escribía para la prensa en aquellos días, dijo, con acierto, que el Premio había sido concedido al estilo. Andrade recibió la noticia del Premio en su lecho de paciente grave. Una enfermedad mortal le consumía desde hace tiempo. Mostró sorpresa y agradecimiento por esta decisión del Gobierno, pero su condición física le impidió asistir a la ceremonia de entrega del galardón efectuada el propio 24 de agosto. Moriría pocos días después. El propio Presidente Hurtado, mediante Decreto Ejecutivo No 2584 de 24 de abril de 1984, modificó una de las estipulaciones del Premio, en el sentido que su entrega sea anual antes que bianual, como originalmente se había estipulado. Además, dispuso que su valor económico ascendiera de cien mil sucres a quinientos mil sucres, dado el proceso de devaluación monetaria que entonces sufría el país. Ordenó, asimismo, que el Premio de ese año se concediera a una personalidad en el campo de las artes o de las ciencias, medida que buscaba compensar el desbalance producido por las cinco concesiones anteriores, pues, tal como queda relatado, todas ellas fueron para exponentes de las letras. Esto permitió al Presidente Hurtado -antes del término de su mandato presidencialconceder el Premio al padre José María Vargas, dominico ilustre e investigador de la historia del arte ecuatoriano. En uno de los considerandos del Decreto Ejecutivo No. 2755 de 16 de julio de 1984, se menciona que el Comité Ejecutivo de la Casa de


la Cultura había enviado al Ejecutivo “una terna de ilustres ciudadanos para que el Presidente Constitucional de la República haga la correspondiente selección”, algo similar a lo que ya había ocurrido en 1983. Se desconoce, por desgracia, pero sería bueno investigar más a fondo este particular, para identificar los nombres de los integrantes de aquellas primeras ternas en la historia del Premio.

circunscrito mayormente al ámbito de las letras, dejando a un lado a las ciencias y a las artes y a algunos valiosos exponentes de estas disciplinas, que bien merecían, como los escritores, la prestigiosa presea. Otros comentaban que el Premio podía perder su vigor institucional si se lo seguía concediendo anualmente.

El cuarto considerando del Decreto No. 2755 justificaba la elección del padre Vargas por ser quien había contribuido “con sus investigaciones, publicaciones y enseñanzas al desarrollo de las artes y ciencias en el Ecuador”. La entrega del Premio fue adelantada al 6 de agosto, dada la inminencia del cambio presidencial y los compromisos protocolarios derivados del mismo. El acto solemne se efectuó en los locales del nuevo edificio de la Casa de la Cultura que, en los últimos años, gracias al empeño del nuevo Presidente de la Casa, profesor Edmundo Ribadeneira, continuaban adelantándose. Con la humildad que caracterizó toda su vida, el padre Vargas confesó a los asistentes al acto de premiación, que, en el epílogo de su vida, este era “el último regalo de la Divina Providencia”.

Con el Decreto Ejecutivo No. 1722, firmado el 31 de marzo de 1986 por el ingeniero León Febres Cordero, se abre un segundo capítulo en la trayectoria del Premio “Espejo”. Nótese que, pese a ser ya este galardón de carácter anual y de mantenerse como tal, no se lo había concedido en 1985, como así debió ser. Este nuevo decreto se amparaba en la necesidad de “actualizar la concesión […] de acuerdo con el desarrollo cultural experimentado por el país en los últimos años”. Cosa curiosa, pero nada indicaba que se hubiese producido tal avance.

La opinión generalizada en la primera década del Premio, fue que éste había alcanzado sólido prestigio nacional, no solo por los nombres de quienes lo habían recibido, sino por la seriedad y transparencia del proceso de selección de los premiados. Pese a ello, hay que cuidar al Premio, advertía Alejandro Carrión Aguirre el 6 de agosto de 1984, en artículo publicado en el diario El Comercio de Quito. “Esto significa que hay que impedir que lo dilapiden, que lo den al buen tuntún, que se convierta en una cosita que usa el Presidente para halagar a quienes le caigan bien al ojo”, agregaba. Pero a esta preocupación, muy justa por lo demás, se sumaba otra. Algunos entendidos se lamentaban que el Premio se hubiese

Segundo capítulo.

Otra disposición de dicho Decreto No.1722 consistió en determinar el modo de selección de los premiados. Se introdujeron cambios al régimen vigente. De una parte, las ternas serían presentadas al Ejecutivo por los diversos Núcleos de la Casa de la

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Lo que sí, en efecto, se convirtió en una necesidad, era segmentar al Premio en varias categorías para corregir, así, las limitaciones que se decía lo afectaba. De este modo, el Decreto No. 1722 estableció las siguientes categorías: creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura nacional; creación literaria; creación o actividad artística; y, creación, realización o actividad científica. Obsérvese que, a excepción de la literatura, en las demás categorías no solamente se podía premiar a la creación en sí misma sino, además a la actividad. Esto quería decir que, por ejemplo, en el campo musical, cabía premiar, como en efecto así ocurrió después, a un intérprete destacado y no necesariamente a un compositor.

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José Alfredo Llerena, Humberto Vacas Gómez, Augusto Arias y Alejandro Carrión, éste último Premio “Espejo” 1986.

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Cultura y no necesariamente solo por la Matriz, ternas que también debían provenir del recién instituido Consejo Nacional de Cultura. De otra, amparándose en una antigua normativa de 1975, el Decreto Supremo No. 390-C de abril de aquel año, consideró la posibilidad de que, a juicio del Presidente de la República, se conceda, a más del Premio, una pensión temporal, pero “únicamente a los premiados que carecieren de los recursos necesarios para vivir dignamente”. El origen múltiple de las ternas previsto en el Decreto Ejecutivo No.1722 generó problemas de interpretación y, más que nada, de aplicación práctica, que el Consejo Nacional de Cultura debió tratarlos en sesión de 8 de julio de dicho año de 1986. Antes, el 6 de mayo, el señor doctor Blasco Peñaherrera Padilla, Vicepresidente de la República, había presentado al Ministro de Educación y Cultura encargado, ingeniero Eudoro Loor Ribadeneira, un proyecto de reglamentación al Premio, en siete artículos. El citado proyecto contenía disposiciones interesantes como las de establecer plazos para la presentación de candidaturas al Consejo

y para la entrega de las ternas al Presidente de la República -15 de junio y 15 de julio, respectivamente-, la posibilidad que grupos de al menos diez personalidades propongan candidatos, el nombramiento de comisiones de fuera del seno del Consejo para analizar las candidaturas, la necesidad de un informe motivado del Consejo al Presidente de la República, la responsabilidad del Consejo de organizar el acto de entrega del Premio y, por fin, la posibilidad de que este mismo ente pueda sugerir al Presidente de la República la concesión de una pensión temporal para aliviar la situación económica de alguno de los premiados. En la antes citada sesión de 8 de julio, el Consejo discutió los pormenores del procedimiento para seleccionar a los candidatos al Premio. El proyecto de reglamento presentado por el Vicepresidente de la República había sufrido, hasta cierto punto, de un traspiés, al producirse la sorpresiva muerte del titular del Ministerio de Educación y Cultura, doctor Camilo Gallegos Domínguez, uno de los autores de la propuesta. De todos modos, prosperó en el seno del Consejo la idea -sugerida por el licenciado Alejandro Carrión


Lo antes resuelto permitió al Consejo, en su sesión de 19 de julio, conformar las ternas para la concesión del Premio correspondiente a 1986. Éstas quedaron integradas así: los señores Eduardo Kingman, Oswaldo Guayasamín y la señora América Salazar de Martínez en artes; los doctores Plutarco Naranjo Vargas y Luis Romo Saltos y el ingeniero Miguel Moreno Espinosa en ciencias; el licenciado Alejandro Carrión Aguirre, el señor Pedro Jorge Vera y el doctor Ángel Felicísimo Rojas para letras; y, los señores Leslie Wright, Neptalí Martínez Jaramillo y Alfonso Rumazo González para cultura. El Presidente Febres Cordero, sobre la base de estas ternas, escogió a los premiados de acuerdo con lo que aparece en el segundo inciso del Decreto Ejecutivo No. 2093, de 5 de agosto de 1986. Ellos fueron: el pianista Leslie Wright Durán Ballén en cultura; el escritor y periodista Alejandro Carrión Aguirre en literatura; el pintor Eduardo Kingman en arte; y, el doctor Plutarco Naranjo Vargas en ciencias. La ceremonia de entrega se efectuó en el Palacio Nacional el 14 de agosto y en ella el Presidente de la República manifestó, entre otras cosas, que “sin desconocer la trascendencia del aspecto político, sin ocultar la significación del aspecto económico, a nada aspiro tanto

como al sustancial desarrollo de la cultura”. Pero el Premio de 1986 despertó polémica. No hay que olvidar que se vivía en aquel año difíciles y complejas situaciones políticas. La oposición al régimen era viva, sobre todo entre intelectuales, periodistas y escritores, muchos de ellos de izquierda. Por esto, no podía extrañar que varios aspectos del Premio generaran prolongada discusión pública, caso excepcional en la historia de este galardón. Uno de los puntos de discusión, el que se hubiese otorgado la presea a Carrión, quien defendía en su columna periodística de El Comercio a la administración del ingeniero Febres Cordero. Pedro Jorge Vera, en declaraciones a la prensa, no ocultaba su rencor hacia Carrión, -que venía de muy lejos por cierto, a partir de las desavenencias surgidas entre los dos escritores en la campaña electoral de 1960-, al decir que se lo había dado “a una persona que escribe bien, que tiene buenos libros, pero que empaña moralmente a este premio de carácter nacional”. El diario Hoy de Quito, que en aquella época hacía violenta oposición a Febres Cordero, matizaba esta crítica de Vera afirmando, en su edición de 14 de agosto de 1986, que “nadie dejará de pensar que el Gobierno, en el fondo de los fondos, no le ha recompensado [a Carrión] sobre todo por su obra periodística, voluble y cortesana hasta la ingenuidad, aquella en la que, para su mal y el nuestro, el de sus lectores, desperdicia su talento en los últimos años”. Como se ve, Carrión, acaso con más injusticia que verdad, estuvo, por este hecho, en el centro de una polémica que, más de carácter cultural, tenía mucho de política. Fuera de esta polémica, el escritor se merecía, en realidad, este reconocimiento nacional por su obra como narrador, poeta y, por qué no, también por su largo trabajo como articulista de prensa, sobre todo cuando mantuvo, por algo así como 25 años, esa inolvidable columna en el diario El Universo de Guayaquil titulada

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Aguirre, miembro del Consejo- de que el reglamento no debía ser tratado “como un asunto legal sino, más bien, como un asunto interno, tanto de la Casa de la Cultura como del Consejo Nacional de Cultura”. A esta tesis contribuyó, además, la proposición de otro miembro del organismo, el profesor Edmundo Ribadeneira, Presidente de la Casa de la Cultura, en el sentido que la presentación de candidatos por parte de los Núcleos de la Casa, podía ser sustituida por la de su Junta Plenaria. Al final de la discusión, el Consejo resolvió aprobar una reglamentación pero con el aditamento de una disposición transitoria que facultaba al Consejo, por esta vez, proponer directamente las ternas al Presidente de la República.


“Esta vida de Quito” con el pseudónimo de Juan sin Cielo, de notable acogida por parte de la opinión pública, y que “conquistó su espacio bajo el sol”, según lo que el propio Carrión escribiera en el prólogo a una selección de artículos de esta columna periodística, publicada por el Banco Central del Ecuador tres años antes.

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Y fue precisamente Carrión quien, en sus palabras de agradecimiento por el honor recibido, recurrió a la nostalgia, inf lexible arma de quienes miran la vida a la distancia de los años transcurridos, elevándose, así, de la transitoriedad de un presente que en algo afectaba su sólido prestigio de escritor. “Pido a vuestra generosidad -dijo- permitirme volver la mirada hacia los años en que para mí comenzó la vida consciente. Allá, tras la dulce niebla que los envuelve, solo veo libros, libros. Entre ellos se desenvuelve mi vida, son su clima y su ornamento. En buen día, me veo ya escribiendo. ¿Quién me enseñó? ¿Qué voz me llamó? Desde ese día entre los días casi no hay uno, en esta larga vida, en el que no haya escrito”. En cierto modo también se criticó el haber concedido el galardón a Leslie Wright, porque la decisión del Gobierno suponía anteponer la calidad de un intérprete a la capacidad creativa de un compositor. Al tiempo que se formulaban estos reparos, algunos predecían el deterioro del Premio, precisamente por algo que, si bien se había reclamado antes, su fraccionamiento en categorías, se consideraba peligroso por la posible disgregación de méritos y el descenso de éstos. Se decía, además, que, el volver anual su concesión, pronto se agotaría la lista de los que verdaderamente se merecían el galardón. No cabe duda, sin embargo, que el enrarecido clima político que se vivía entonces permitía que, de cualquier cosa que hiciera o propusiera el Gobierno, se levantara una ola de recriminaciones o, al menos, de suspicaces interpretaciones. Esto

ocurrió, en efecto, con el Premio de 1986 y fue, ciertamente, el primer golpe a su institucionalidad, trabajosamente lograda en años precedentes. El Consejo Nacional de Cultura, ya en plenitud de capacidades para conformar la terna que se pondría en conocimiento del Presidente de la República, dispuso, en sesión de 1 de julio de 1987, la integración de una comisión ad-hoc para estudiar el tema y sugerir candidaturas. Esta comisión estaba formada por los doctores Benjamín Terán Varea y Francisco Vivanco Riofrío, el padre José María Vargas y el profesor Edmundo Ribadeneira. Luego de un llamado oficial a la ciudadanía, hecho a través del propio Consejo, se presentaron numerosas candidaturas provenientes de decenas de entidades culturales, organismos seccionales y personas particulares. En gesto de delicadeza personal, porque su nombre había sido sugerido por varias entidades para postular al Premio, el profesor Ribadeneira, se excusó de continuar siendo parte de la mentada comisión. En oficio de 6 de julio, la comisión propuso los siguientes nombres: los señores José Rumazo González, Fernando Chaves Reyes y Jorge Enrique Adoum, para creación literaria; los señores Galo Galecio, José Enrique Guerrero y Enrique Tábara, para creación artística; el doctor Miguel Salvador, el ingeniero Miguel Moreno Espinosa y el doctor Misael Acosta Solís, en actividad científica; y, el doctor Antonio Parra Velasco, la señorita María Luisa Calle y la señora Susana González de Vega, en actividad cultural. Esta propuesta fue aprobada por el Consejo en sesión de 20 de agosto y, en la tarde de ese mismo día, en el acto de promulgación de la Ley del Libro, presentada al Presidente de la República. Conocidas las candidaturas, uno de los postulados, el escritor Jorge Enrique Adoum, rechazó la nominación, pues, a su juicio, su nombre había sido utilizado por el Gobierno


“para dar la apariencia de pluralista a un premio que en las actuales circunstancias políticas no lo es”. Y añadió: “Ninguna persona puede honestamente creer que a mí me puede dar ese premio este Gobierno y ninguna persona honesta puede creer, sin insultarme, que yo lo aceptaría”. En esas mismas declaraciones, Adoum se mostraba escéptico de que en el Ecuador pudiese existir actividad cultural que amerite la entrega del Premio a cuatro personas anualmente. Pedro Jorge Vera, sin que alguien le haya dicho que estaba en las ternas o que podía estarlo -y ciertamente no estaba-, se apresuró a confirmar por la prensa que no aceptaría el Premio por razones también de orden político.

Pocos días después, el 25 del propio mes de septiembre, se realizó la ceremonia de entrega, con discursos del Presidente Febres Cordero, del Ministro de Educación Iván Gallegos Domínguez y, en nombre de los premiados, del señor José Rumazo González. Mientras el Presidente destacaba la magnitud de la obra cultural realizada en su administración, que “no es motivo de

Gabriel Cevallos García.

vanidad pueril”, decía, el señor Rumazo, dirigiéndose al Presidente, confesaba que se admiraban “los caminos y horizontes de vuestro pensamiento, que representan la actividad nacional y, al mismo tiempo, la inculcación de los deberes morales en la vida pública como verdadera política de orden y libertad”. De la actitud de rechazo de unos, a la aprobación y aceptación entusiasta de otros, se puede desprender, entonces, que el Premio era, además, un elemento que contribuía a avivar ese escenario de contradicciones ideológicas que caracterizaron esta etapa de la política ecuatoriana. Los problemas con el Premio no cesaron, por desgracia, en 1988. Pocos días antes de la trasmisión del mando presidencial, el 26 de julio, el Consejo Nacional de Cultura se había reunido para estudiar, entre otros temas de su agenda, la presentación de las ternas para el Premio. Al término de los debates, las ternas quedaron integradas de la siguiente manera: profesor Edmundo Ribadeneira, doctor Gonzalo Rubio Orbe y embajador Leonardo Arízaga Vega, en creaciones,

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El 4 de septiembre de 1987 se hizo público el anuncio de la decisión del Gobierno, que confería el Premio al doctor Antonio Parra Velasco, a los señores José Rumazo González y Galo Galecio y al doctor Miguel Salvador, en las categorías en las cuales cada uno de ellos estuvo constando en la terna respectiva. Al doctor Parra, ex canciller, internacionalista, catedrático y antiguo rector de la Universidad de Guayaquil, se le recordaba por su ardorosa y patriótica defensa de la integridad territorial de las Islas Galápagos. El señor Rumazo, director entonces de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, escritor e investigador, había recientemente concluido una monumental obra poética, Parusía. El maestro Galecio tenía un sólido prestigio como grabador y caricaturista. Y el doctor Salvador, un cardiólogo eminente, había realizado investigaciones sobre la longevidad en Vilcabamba.


realizaciones o actividades a favor de la cultura nacional; doctores Gabriel Cevallos García y Ángel Felicísimo Rojas y licenciado Javier Ponce Cevallos, en creación literaria; señores Leonardo Tejada, Gonzalo Endara y Enrique Tábara, en creación o actividad artística; y, doctores Augusto Bonilla Barco, Misael Acosta Solís y José Varea Terán, en creación, realización o actividad científica.

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En el acta de dicha reunión constan varias particularidades que se deben destacar: la decisión de salvar su voto de parte del profesor Edmundo Ribadeneira en la terna en la cual él constaba y la del doctor Benjamín Terán Varea en la que aparecía el nombre del doctor José Varea Terán, su pariente cercano; el sentimiento de pesar del Consejo por la muerte del maestro José Enrique Guerrero, a quien posiblemente se pensaba incluir en la terna; y, la aclaración de que el nombre del señor Ponce Cevallos se lo incluía “como un estímulo a la nueva generación”. Cuatro días antes, el 4 de agosto, el Secretario General de la Administración de entonces, licenciado Patricio Quevedo Terán, había recibido oficialmente el conjunto de obras civiles de los nuevos edificios de la Casa de la Cultura, en ceremonia pública y solemne a la cual asistieron altos funcionarios del Gobierno saliente, embajadores de países amigos, intelectuales afines a la administración que concluía. En dicho acto, el profesor Ribadeneira, quien aún ostentaba las funciones de Presidente de la Casa de la Cultura, dijo, -según lo relata la prensa de esos días-, que veía con orgullo el término de una obra largamente inconclusa y que “servirá a la comunidad por lo menos cincuenta años”. Quevedo, por su parte, a la par que calificaba como histórica la entrega de dichas obras al servicio de la cultura del país, adelantaba varios nombres de los agraciados con el Premio, entre ellos el propio profesor Ribadeneira. Prácticamente al término de su mandato, el ingeniero Febres Cordero suscribió el

Decreto Ejecutivo No. 4209, que lleva la fecha de 9 de agosto. De las ternas sugeridas por el Consejo Nacional de Cultura, el Presidente de la República escogió al profesor Edmundo Ribadeneira, al doctor Gabriel Cevallos García, al señor Enrique Tábara y al doctor Augusto Bonilla Barco, en cada una de las categorías en las cuales ellos habían aparecido. Nadie podía dudar del mérito intelectual de cada uno de ellos, reconocidos exponentes de la cultura nacional. Cevallos García, historiador y humanista, había dedicado largos años a la cátedra y a la investigación en la ciudad de Cuenca y algunas de sus obras, como las Reflexiones a la Historia del Ecuador, se habían vuelto verdaderos clásicos. Tábara, en cambio, había demostrado un inusitado vigor en la estructura y el concepto en su pintura más reciente; y, en el doctor Bonilla se reconocía a un excelente médico traumatólogo de amplio y largo servicio a la sociedad. De Ribadeneira, a más de su reciente labor en la Casa de la Cultura, estaba latente su labor de escritor, ensayista y periodista de fuste. Pero los premios no se entregaron el Día de la Cultura, jornada demasiado compleja para las autoridades del Gobierno porque era la víspera de la transmisión del mando, ni nunca hubo una ceremonia conjunta y solemne organizada por el nuevo régimen. Circunstancias políticas volvían a afectar, entonces, la seriedad del galardón. Tiempo después, el 5 de octubre de 1988, se improvisó en el Palacio Nacional un acto de entrega del Premio al doctor Augusto Bonilla. A los demás, entiendo, se les envió la presea a través de un mensajero, sin el reconocimiento solemne que a ellos por justicia se debía. Y peor: al profesor Ribadeneira, que había dedicado sus energías en terminar la construcción de los edificios de la Casa de la Cultura y que había hecho una pujante labor en la entidad, inicialmente se le mezquinó la entrega solo por el hecho de acusársele de “colaboracionista” con el régimen de Febres Cordero.


Sobre esta base, el propio Consejo, mediante Resolución No. 018-89- CNC de 3 de agosto de 1989, integró las ternas para el Premio de aquel año. Las conformaban el arquitecto Hernán Crespo Toral, la señora Nela Martínez Espinosa y el doctor Jorge Pérez Concha, en promoción o desarrollo de la cultura nacional; los señores Jorge Enrique Adoum, Fernando Chaves y Pedro Jorge Vera, en creación literaria; el señor Jaime Andrade Moscoso, la señora Araceli Gilbert de Blomberg y el señor Oswaldo Guayasamín, en creación en otros campos de la actividad artística; y, doctores Misael Acosta Solís, Manuel Agustín Aguirre y Agustín Cueva, en creación o investigación en el campo científico. Nótese que es la primera vez que las ternas se ordenan alfabéticamente con el fin de evitar cualquier suspicaz interpretación. Conocidas estas ternas, el maestro Oswaldo Guayasamín hizo pública su excusa, pues, a su entender, las relaciones familiares derivadas del hecho de que su hijo político, arquitecto Alfredo Vera Arrata, desempeñaba las funciones de Ministro de Educación y Cultura y por ende las de Presidente del Consejo Nacional de Cultura, podía despertar “maledicencia y canallada” si es que se le concedía el Premio.

Nuevamente bianual. El doctor Rodrigo Borja Cevallos, entonces Presidente de la República adjudicó el Premio de 1989 en la siguiente forma:

doctor Jorge Pérez Concha, en promoción cultural; señor Jorge Enrique Adoum en literatura; señora Araceli Gilbert de Blomberg en artes; y, doctor Misael Acosta Solís en ciencias. Lo hizo mediante Decreto Ejecutivo No. 906 de 9 de agosto de dicho año, y, en el artículo 2 del mismo, determinó que el Premio volviese a ser bianual, como lo había sido desde su origen. El doctor Jorge Pérez Concha tenía a su haber no solo una producción literaria e histórica de largo alcance -su Ensayo históricocrítico de las relaciones diplomáticas del Ecuador con los países limítrofes le había consagrado como paciente y fecundo investigador- sino que su tarea al frente del Núcleo del Guayas de la Casa de la Cultura había sido siempre alabada. Jorge Enrique Adoum, quien retornaba a su patria luego de larga estadía en Europa en el desempeño de funciones en la UNESCO, era reconocido como un poeta de primera línea en la lírica nacional, respetado por su pensamiento fuera de nuestras fronteras. Araceli Gilbert había deslumbrado, desde hace mucho tiempo, por sus composiciones geométricas de vivo color y sentido estético. Al doctor Acosta Solís se le consideraba como un científico de primera línea, con toda una vida consagrada a la botánica y a la defensa de nuestra naturaleza. La crónica periodística de aquellos días trae una interesante información al relatar cómo el poeta Adoum recibió la noticia del Premio, cuya concesión a su persona se venía rumorando ya de tiempo. “La noche del jueves 10 de agosto -dice la crónica- en el departamento de Jorge Enrique Adoum, la familia del lúcido poeta ecuatoriano se había reunido para celebrar el cumpleaños de su hija Alexandra. En la sala, música de jazz y algunos bosanovas acompañan a las hijas del poeta, que charlan y celebran bebiendo oporto. El poeta, también alegre, brinda con su acostumbrado whisky. A eso de las ocho de la noche, Adoum recibe una llamada telefónica que termina con rumores e inaugura su felicidad profunda. Cuando

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Mediante Resolución No. 04-89- CNC de 11 de julio de 1989, el Consejo Nacional de Cultura, presidido entonces por el doctor Jorge Núñez Sánchez, a propuesta de su Comité Ejecutivo, aprobó un reglamento para el otorgamiento del Premio. Viene a ser una extensión de las normas consideradas en el anterior régimen y mantienen, en esencia, los mismos plazos para la presentación de candidaturas, la elaboración de las ternas y la propuesta final al Ejecutivo.


llegó la confirmación, sentí algo de tristeza. Pienso que si yo no hubiera nacido, otro pobre se tomará este café, dijo, evocando a César Vallejo”. Para Adoum, según ese mismo relato periodístico, el Premio era “triplemente hermoso, porque perpetúa la memoria de Eugenio Espejo, a quien yo dediqué mi poema en el último de los Cuadernos de la tierra; por la gente que ya lo ha ganado; y, por venir del Gobierno que lo otorga”. La ceremonia de entrega fue dilatada inexplicablemente. La última semana de diciembre de 1989, el miércoles 27, el Presidente Borja hizo entrega de las preseas en un discurso en el cual resaltó la obra gubernamental calificando al año transcurrido como “fecundo”. Adoum, por su parte, agradeció a nombre de los galardonados.

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Para 1991 el Consejo Nacional formuló las ternas acogiéndose al reglamento que había dictado para el efecto. Ya el 17 de julio de ese año se conocían sus integrantes, que eran: el arquitecto Hernán Crespo Toral y los maestros Édgar Palacios y Álvaro Manzano, en creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura nacional; el señor Adalberto Ortiz, el doctor Ángel Felicísimo Rojas y el señor Pedro Jorge Vera, en creación literaria; los señores Oswaldo Guayasamín, Mesías Maiguashca y Aníbal Villacís en creación o actividad artística; y, los doctores Agustín Cueva Dávila, Ruth Moya Torres y Eduardo Estrella Aguirre, en creación, realización o actividad científica. Y, cosa curiosa, con adelanto ejemplar, el embajador Francisco Carrión Mena, Coordinador de Asuntos Internacionales de la Presidencia de la República, comunicó el 31 de julio la decisión del Presidente de la República, decisión que se confirmó mediante Decreto Ejecutivo No. 2649 de 9 de agosto. Los premiados fueron: el arquitecto Hernán Crespo Toral, los señores Pedro Jorge Vera y Oswaldo Guayasamín y el doctor Agustín Cueva.

Crespo Toral había dedicado varios años de su vida a constituir una red de museos del Banco Central y desempeñaba la dirección de la Oficina Regional para América Latina de la UNESCO; Pedro Jorge Vera, narrador y dramaturgo, había realizado en el pasado una larga carrera como escritor y editorialista para la prensa nacional; Agustín Cueva era un connotado cientista social, autor de importantes obras, que había vuelto al país, enfermo mortalmente, luego de una larga residencia en México; y, Oswaldo Guayasamín, artista de prestigio continental. Conviene destacar, en este caso, que el Premio a la creación, realización o actividad científica, había favorecido, por primera vez, a un exponente de las ciencias sociales y no, como en el pasado, a representantes de las ciencias médicas o naturales. La entrega igualmente fue diferida y solo se realizó el martes 14 de enero de 1992. El valor monetario del mismo, por razones de carácter económico, -la inf lación se había prácticamente institucionalizado en el país- ascendió a cinco millones de sucres, lo que contrastaba, empero, con su descenso en términos de poder adquisitivo real o su conversión a dólares de los Estados Unidos. Ese mismo día, el Presidente Borja decretó a 1992 como el “Año de la Identidad Nacional” y, en alusión al mérito de los premiados dijo que “los cuatro han buscado las profundidades de las aguas de nuestra historia y de nuestra arqueología”. Y añadió seguidamente: “El primero -Crespo Toral- buscando y analizando los testimonios arqueológicos de nuestra pretérita convivencia; el otro -Vera- relatando, con ágil pluma y mirada avizora, todo lo que acontece en nuestro alrededor; pintando -Guayasamín- rostros demacrados, manos nudosas de trabajo y sufrimiento, pies agigantados por siglos de pisar la tierra; buscando permanentemente -Cueva- las raíces de la ecuatorianidad con certeros diagnósticos de lo que somos y hacemos”.


Nelson Estupiñán Bass.

Dos años después, o sea en 1993, el Consejo Nacional de Cultura, al acoger las ternas que le sometió su Comité Ejecutivo, expidió la Resolución No. 008-93- CNC. Debe haberse redactado con mucho apuro esta resolución pues en ella se cometen errores y omisiones. Por ejemplo, la resolución no tiene fecha, y se incluye entre los candidatos a uno que ya había merecido la presea, el doctor Augusto Bonilla Barco y, para colmo de equivocaciones, se cambia el nombre de otro de los postulados: al doctor José Varea Terán, ilustre científico, se lo nombra como José Terán Varea. Particulares propios de una burocracia descuidada, sin duda. Pero, en fin, las ternas de dicho año estuvieron integradas así: señores Gerardo Guevara

y Nicolás Kingman Riofrío y doctora Nila Velásquez, en creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura; doctor Ángel Felicísimo Rojas y señores Alfonso Rumazo González y Nelson Estupiñán Bass, en creación literaria; señores Leonardo Tejada, Gilberto Almeida y Alfredo Palacio, en creación o actividad artística; y, doctores Augusto Bonilla Barco, José Varea Terán y Neptalí Zúñiga, en creación, realización o actividad científica. Los escogidos por el arquitecto Sixto Durán Ballén, a la fecha Presidente de la República, fueron: el maestro Gerardo Guevara, los señores Nelson Estupiñán Bass y Alfredo Palacio y el doctor José Varea Terán, en cada una de las categorías en las cuales estos caballeros habían sido nominados. A tal efecto, el primer mandatario suscribió, con fecha 10 de septiembre de 1993, el Decreto Ejecutivo No. 1075. El maestro Guevara, notable compositor, antiguo Director del Conservatorio Nacional de Música, catedrático. Estupiñán Bass, novelista de la negritud, poeta y articulista. Palacio, escultor de renombre, quien, al recibir la noticia de que había

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En los propios días de la solemne entrega del Premio, uno de los diarios más importantes de la capital, señalaba que la concesión de aquel año había traído “un poco de cola [porque] se sigue pensando que es un galardón que debería otorgarse con más distancia -cuatro en vez de dos años, por ejemplo-, para darle aún mayor peso y para que se convierta en una especie de premio de un gobierno”.


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El maestro Gerardo Guevara.

sido galardonado, exclamó eufórico, que el Premio le caía muy bien “porque dicen que viene acompañado de unos centavitos y estoy pobre, muy enfermo y cansado”. Y, por fin, Varea Terán, investigador científico, sobre todo en los ámbitos del desarrollo biológico y la endocrinología. Sorprendido por la buena nueva, este médico no dejó de reconocer, con modestia, que su nombre no sería adecuado para recibir el Premio “porque la investigación científica no se la hace a nivel personal, es el trabajo de grupo”. El 27 de dicho mes de septiembre, en emotiva ceremonia, el Presidente Durán Ballén entregó los premios y consideró a ese acto como uno de los “más simpáticos, más emotivos, más agradables, en los catorce meses que llevo de Presidente de la República”. Por su parte, a nombre de los galardonados, Nelson Estupiñán Bass manifestó que la premiación de aquel año llevaba consigo dos connotaciones: la una, estimular las investigaciones, las obras de arte y literatura, para ponerlas al servicio del pueblo, y, la segunda,

“una tácita declaración antirracista de nuestro primer mandatario, que compartimos y celebramos todos los negros del Ecuador”. Pero, más allá de la emoción del acto de entrega, en el que compartieron la alegría del momento, por igual, personajes de la más diversa ideología, Jorge Enrique Adoum, Luis Robles Plaza o Pedro Jorge Vera, por ejemplo, el hecho cierto fue que la expectación por el Premio había perdido la importancia de antes. La escasez de informaciones que sobre el evento trajo la prensa de esos días y la carencia de comentarios escritos por editorialistas y articulistas, demostraban claramente tal apatía. Acaso llegaban a tener razón quienes predijeron la progresiva debilidad del Premio, tanto por la entrega anual del mismo cuanto por su división en cuatro categorías. Sin embargo de lo antes dicho, hay que anotar por justicia, que el 5 de agosto de 1993, mediante Decreto No. 04 aprobado por el Plenario de las Comisiones Legislativas, se dispuso la concesión de


Para la siguiente entrega, esto es para 1995, el Consejo Nacional de Cultura, atendiendo las solicitudes presentadas por varias instituciones culturales, según así reza el último de sus considerandos, aprobó la Resolución No. 005-95- CNC de 20 de julio. En ella constan las ternas para el Premio de dicho año, que son: el doctor Jorge Salvador Lara, la licenciada Mariana Roldós Aguilera y el señor Francisco Valdivieso Briz, en creaciones, realizaciones o actividades a favor de la cultura; los señores Adalberto Ortiz y Efraín Jara Idrovo y el doctor Euler Granda, en creación literaria; el señor Carlos Michelena, la señora América Salazar de Martínez y el señor Enrique Gil Calderón, en creación o actividad artística; y, el señor Alfonso Rumazo González, el doctor Luis Romo Saltos y el señor Francisco San Pedro, en creación, realización o actividad científica. El propio Día de la Cultura, el Presidente Durán Ballén firmó el Decreto Ejecutivo No. 2965 por el cual concedió el Premio al doctor Jorge Salvador Lara, a los señores Adalberto Ortiz y Enrique Gil Calderón y al doctor Luis Romo Saltos, en cada una de las categorías en los cuales estos caballeros habían sido nominados. Pero ocurrió que el Presidente retrasó ostensiblemente la entrega de la presea. Lo hizo recién el 5 de marzo del año siguiente, en apagada ceremonia en el Palacio Nacional. Uno de los premiados,

el señor Adalberto Ortiz, no pudo asistir a ella por problemas de salud y otro, el señor Gil Calderón, había renunciado a la presea meses atrás, protestando por la demora y considerando a ella como “una ofensa grave a la intelectualidad ecuatoriana, pues el Presidente de la República no tiene tiempo para entregar un premio a la gente que trabaja por la cultura del país, pero sí tiene tiempo para otorgar personalmente la carta de nacionalización a un futbolista”. Así que el Presidente Durán Ballén solamente pudo entregar el Premio de 1995 a los doctores Salvador Lara y Romo Saltos. El primero de ellos, al pronunciar el discurso de rigor, recordó que el Premio de ese año era más importante todavía porque se lo recibía en el año bicentenario de la muerte de Eugenio Espejo. Pero no dejaban de ser sino palabras muy elegantemente pronunciadas, dada la calidad y la versación de quien se dirigía al Presidente, historiador ilustre, de larga y fructífera trayectoria de servicio público, maestro y diplomático. Al contrario, lo cierto era que tal retraso, y la reacción consiguiente de muchos intelectuales y escritores al respecto, hicieron mucho daño al Premio y melló su ya débil prestigio.

Nuevas reglas. Acaso como demostración del afán gubernamental por reparar los efectos que causaron estos inconvenientes, la normativa que contiene el Decreto Ejecutivo No. 699, expedido por el doctor Fabián Alarcón Rivera, Presidente Constitucional Interino de la República el 19 de septiembre de 1997, buscó afirmar la institucionalidad del Premio. Por una parte, se estableció que el mismo podía también ser otorgado “a un organismo privado o público”, a más de las cuatro categorías ya existentes, o sea, actividades culturales, literarias, artísticas y científicas. Por otra, se dispuso que el Premio consistiría en medalla, diploma y “una cantidad de dinero equivalente a treinta millones de sucres, para cada uno de

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pensiones vitalicias, equivalentes a cinco salarios mínimos vitales, a todos quienes recibieron el Premio “Espejo”, por considerar, lo dice el texto del propio Decreto, que era “necesario estimular en forma permanente a los más altos valores de la cultura, el arte y la ciencia del Ecuador”. De esta manera se beneficiaban todos quienes habían recibido la presea, sin distinción alguna, y no solo quienes demostraban -cosa hasta cierto punto delicada- que no disponían de recursos para llevar una vida digna. La citada normativa agregaba que de igual beneficio gozarán en el futuro quienes recibieren el Premio.


vitalicia consistente en veinte salarios mínimos vitales. Las ternas de este año consideraron los nombres del doctor Ángel Felicísimo Rojas, el señor Efraín Jara Idrovo y la señora Alicia Yánez Cossío para letras; los señores Mesías Maiguashca y Sixto Salguero y arquitecto Oswaldo Viteri para artes; los doctores Gustavo Orcés y Jorge Núñez Sánchez y el señor Alfonso Rumazo González para ciencias; y, el señor Nicolás Kingman Riofrío y licenciados Hernán Rodríguez Castelo y Ulises Estrella, en promoción cultural. Pese a haberse recientemente creado la categoría de instituciones, no se hizo propuesta alguna al respecto.

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Adalberto Ortiz

los ganadores”. Y, por último, se determinó que los candidatos serían presentados por los miembros del Consejo Nacional de Cultura y la Casa de la Cultura Ecuatoriana, “para conformar las ternas y remitirlas al señor Presidente de la República”. En la práctica esto se entendió, y se sigue entendiendo hasta hoy, en el sentido que, mediante resolución, es el Consejo Nacional de Cultura quien presenta las ternas al Presidente de la República, previo conocimiento de las propuestas que le formula la Casa de la Cultura Ecuatoriana y, en ciertos casos, la propia cartera de Estado encargada de la cultura. En honor a la verdad, el Decreto Ejecutivo No. 699, nació de una propuesta formulada en el seno del Consejo Nacional de Cultura. En ella, a más de los puntos considerados en el Decreto, se añadía la sugerencia de que el Premio consista, a más del diploma y la medalla, en una cantidad de dinero equivalente a cien salarios mínimos vitales, y a la posibilidad de otorgar a los premiados “que carecieren de recursos necesarios para vivir dignamente”, una pensión mensual

El Presidente Alarcón seleccionó a los premiados en las personas del doctor Rojas, el arquitecto Viteri y los señores Rumazo González y Kingman Riofrío. Lo hizo por Decreto Ejecutivo No. 822 de 11 de noviembre de 1997. Lo interesante de esta norma fue que se institucionalizaba la pensión vitalicia para los premiados, sin tomar en cuenta la condición económica personal de ellos. Dicha pensión se fijó en diez salarios mínimos vitales. El doctor Ángel Felicísimo Rojas, escritor de larga trayectoria, autor de un célebre libro de análisis literario, no superado hasta la fecha, La novela ecuatoriana, era también poseedor de un sin igual prestigio intelectual, persona sencilla y afectuosa, laboraba, pese a su edad, en su estudio jurídico en el centro de Guayaquil; el arquitecto Viteri había descollado en el campo de las artes con propuestas inteligentes e innovadoras; el señor Kingman tenía a su haber una dilatada tarea cultural y era poseedor de un inigualable gracejo personal; y al señor Rumazo González acompañaba una vasta producción intelectual entre libros, artículos de prensa, lecciones en la cátedra universitaria y la aparición de frecuentes y muy sesudos artículos suyos en la prensa internacional.


A propósito de este Premio de 1997 y de los cambios realizados en su normativa, no faltaron recuerdos y reclamos, que aparecieron publicados en la prensa. Entre los primeros, Pedro Jorge Vera no dudó en evocar que la presea significó para él una gran emoción, pero reconoció que ella “fue producto de la generosidad del Ministro de Educación Raúl Vallejo”. Entre los segundos, fue observado que la ceremonia de entrega nuevamente se haya efectuado con retraso inexplicable. Más cauto, el Subsecretario de Cultura de entonces, doctor Bruno Sáenz Andrade, reconoció que se estaba “en el punto en que algunas personalidades importantes, que han ido envejeciendo, no han recibido el Premio”. “Entonces -decía- surge la pregunta: ¿Se estimula a los más jóvenes o se da un reconocimiento a alguien que no va a tener mucha oportunidad de recibirlo?”. Y añadía: “Yo si creo que una menor frecuencia, un premio único y más difícil, lo prestigiaría más. Pero esta especie de abanico, en cambio, evita de alguna manera que se centre el Premio en una sola actividad. En un país como el nuestro, de pronto damos tres años seguidos a las letras y se quedan afuera la música o la ciencia”.

Graves preguntas que no han sido resueltas satisfactoriamente hasta el día de hoy.

El Premio de 1999. El Premio de 1999 tiene dos significaciones importantes en su evolución. La primera, que por primera vez se la iba a conceder a una institución; y, la segunda, que los beneficios de la pensión vitalicia se extendían a las viudas de los beneficiarios y a los hijos menores de edad de éstos, en su orden. El Consejo Nacional de Cultura resolvió, en sesión de 19 de julio de 1999, conformar las correspondientes ternas, las cuales sometió a consideración del señor Presidente de la República mediante oficio de 29 de los propios mes y año, con una larga fundamentación sobre los valores intelectuales de cada uno de los candidatos. Fue excepcional este procedimiento, pues lo común era enviar la resolución del Consejo con un simple oficio de trámite. Las ternas del Consejo en este año incluyeron solo en parte los nombres sugeridos por la Casa de la Cultura y pretendieron, más bien, reconocer valores que habían sido continuamente preteridos, como el caso del novelista y pensador Fernando Chaves Reyes, o nuevas disciplinas del conocimiento que hasta el momento no habían sido consideradas, como las ciencias jurídicas, en la persona de monseñor Juan Larrea Holguín. El Consejo actuó, en suma, con gran independencia. Las citadas ternas constan en la Resolución No. 18-99- CNC del ya mencionado 19 de julio. Para actividades culturales cita los nombres del licenciado Ulises Estrella y de las señoras Yela Loffredo de Klein y Laura Romo de Crespo. Para actividades literarias, los señores Fernando Chaves y Efraín Jara Idrovo y el licenciado Antonio Preciado. Para actividades artísticas, los señores Mesías Maiguashca y Estuardo Maldonado y el arquitecto Oswaldo Muñoz Mariño. Para actividades científicas, los licenciados Luis Andrade Reimers y Alfredo Costales

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El acto de entrega, el 15 de noviembre, fugaz como de media hora, según lo relata la prensa, fue en todo caso solemne, sin que faltara una chispa de humor en el discurso que pronunciara, a nombre de los premiados, el doctor Rojas. “Esta presea es, para mí, como un boleto de entrada que me permitirá aposentarme en el recinto donde se encuentran, ellos sí, ilustres antecesores míos. A la cabeza, el gran Benjamín Carrión. Entre los que se han ido, nombraré personajes excepcionales, como un Demetrio Aguilera Malta o un Alfredo Pareja”, dijo. A nombre del Gobierno, pronunció unas palabras el Ministro de Educación y Cultura doctor Mario Jaramillo, ilustre maestro cuencano, a quien se deben algunas de las inteligentes iniciativas para que el Premio vuelva a cobrar vigor.


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Ángel F. Rojas.

Samaniego y el doctor Juan Larrea Holguín. Y en la recentísima categoría de organismos públicos y privados, la Biblioteca Ecuatoriana “Aurelio Espinosa Pólit”, el Banco Central del Ecuador y el Archivo Histórico del Guayas. En el propio texto de la Resolución se aclara que las ternas habían sido ordenadas alfabéticamente, a excepción de la última, la correspondiente a instituciones. Uno de los candidatos con más posibilidades para obtener el Premio, el señor Fernando Chaves, falleció el 31 de julio de aquel año y ello estableció un precedente que se lo ha venido respetando con el paso del tiempo, esto es, que el Premio no puede otorgarse con el carácter de póstumo. Mediante Decreto Ejecutivo No. 1185 firmado el 18 de agosto, el Presidente de la República doctor Jamil Mahuad Witt adjudicó el Premio a la señora Yela Loffredo de Klein, al señor Efraín Jara Idrovo, al arquitecto Oswaldo Muñoz Mariño, al doctor Juan Larrea Holguín y a la Biblioteca Ecuatoriana en la persona de su director, el padre Julián Bravo. El Premio consistió

en una medalla, especialmente acuñada por la firma Narváez e hijos de Cuenca, y en la suma de sesenta millones de sucres. Y aunque el Consejo había sugerido al señor Presidente de la República un valor monetario del doble de lo que se otorgó, pues se vivía una muy difícil situación económica en dicho año -cierre de algunos de los principales bancos, congelamiento de depósitos, elevada inf lación y acelerada devaluaciónel Presidente prefirió, más bien, establecer una pensión vitalicia para los galardonados equivalente a “veinticinco salarios mínimos vitales generales, monto al que deberán ser igualmente reajustadas las pensiones que el Estado otorga a los premiados en años anteriores”. Lo citado significaba implícitamente que los galardonados en años precedentes, ya habían estado recibiendo una pensión, pese a que, en ciertos casos, ellos no caían dentro de la descripción que las normas en vigencia habían establecido, esto es, que los premiados estuvieran sufriendo graves contratiempos económicos que les hiciera difícil sobrellevar una vida digna. Pero en aquel año de 1999, uno de los más complejos para la economía nacional, con efectos sociales antes impredecibles, ¿qué ciudadano y, más aún, qué intelectual podía presumir de poder vivir dignamente? Pero dentro de estas mismas circunstancias, conviene resaltar la sensibilidad del Presidente Mahuad de extender los beneficios de la pensión vitalicia a viudas e hijos menores de edad, en caso de fallecimiento del galardonado, ventaja económica que, hasta el día de hoy, ha ayudado económicamente a algunas familias de ilustres exponentes de la cultura nacional. Tales serían las dificultades del Fisco, tales los problemas que encontraba el Gobierno a cada paso, que acentuaban su inestabilidad en el poder en el día a día de los acontecimientos, que la ceremonia de entrega de las preseas solo pudo efectuarse el 24 de noviembre de aquel año. Al acto concurrieron funcionarios del Gobierno y familiares


Como dato curioso, realmente excepcional en la historia de esta presea, debe mencionarse que, ante la ruina de la caja fiscal, el propio Consejo Nacional de Cultura debió aprobar un crédito no reembolsable a favor del Gobierno Nacional, para cubrir los costos de la medalla y el valor monetario del Premio. Para 2001 la difícil situación del país había sido superada, al menos parcialmente, y la sociedad se encontraba en un estado económico sui generis. Los efectos de la dolarización comenzaban a estabilizar ciertas variables macroeconómicas, que pocos años atrás habían provocado la hecatombe. Esto había devuelto el ánimo y la confianza en la mayoría de actores económicos, cosa que también repercutió en el proceso de otorgamiento del Premio. A inicios de julio, el 9, un oficio de la Casa de la Cultura dirigido al Consejo Nacional de Cultura, hacía públicas algunas propuestas que, respecto al Premio, había adoptado varios meses atrás, el 14 de diciembre de 2000. Este apreciable adelanto de la Casa de la Cultura solo podía entenderse como un esfuerzo por promocionar dichas candidaturas ante la opinión pública, pero el anuncio hecho a la prensa siete meses después, acaso habría neutralizado esta iniciativa. Empero, si se contrasta la lista de los nombrados por la Casa y la de los efectivamente premiados, se puede observar una

gran coincidencia de pareceres, pues tres de los cuatro galardonados constaban en la nómina de la Casa de la Cultura. Los nombres sugeridos por la Casa eran los del embajador Filoteo Samaniego Salazar, los señores Mesías Maiguashca y Miguel Donoso Pareja y el licenciado Hernán Rodríguez Castelo, para actividades a favor de la cultura; los señores José Martínez Queirolo y Vicente Espinales, el doctor Galo René Pérez, el licenciado Francisco Granizo Ribadeneira y la señora Alicia Yánez Cossío, para creación literaria; los señores Jorge Swett, Gilberto Almeida y Estuardo Maldonado, en creación o actividad artística; y, el doctor Víctor Hugo Rivadeneira, el licenciado Alfredo Costales Samaniego y el ingeniero Miguel Moreno Espinosa, en creación, realización o actividad científica. Nada decía la sugerencia de la Casa de la Cultura en lo concerniente a instituciones. Los nombres propuestos al Presidente de la República por el Consejo Nacional de Cultura, de acuerdo con lo que consta en la Resolución No. 16-2001- CNC de 18 de julio de 2001, solo difieren de los constantes en la nómina de la Casa de la Cultura en eliminar el nombre del señor Maiguashca, seguramente por la necesidad de conformar una terna y no presentar cuatro nombres, cosa no permitida en la reglamentación; en suprimir los nombres del licenciado Granizo y el señor Espinales por la misma razón; en cambiar el nombre del señor Maldonado por el del maestro Álvaro Manzano; y, en sustituir al doctor Rivadeneira por el doctor Rodrigo Fierro. En cuanto a organismos públicos y privados, el Consejo nominó al Parque Histórico de Guayaquil, la Editorial Abya-Yala y la Cinemateca de la Casa de la Cultura. Sobre esta base, el Presidente de la República doctor Gustavo Noboa Bejarano, mediante Decreto Ejecutivo No. 1766 de 20 de agosto de 2001, seleccionó para el Premio al embajador Samaniego, el señor Martínez Queirolo, el señor Swett y al doctor Fierro.

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y amigos de los premiados y fue en parte desordenada porque no se respetó estrictamente el protocolo. A nombre de los premiados hablaron el arquitecto Muñoz Mariño, quien improvisó su discurso, el escritor Jara Idrovo y la señora Loffredo de Klein. El padre Bravo llevó un discurso impreso que distribuyó entre el auditorio. Y por los mismos factores que antes se citaron, la trascendencia de este Premio no encontró el espacio debido en un escenario de fractura colectiva y conf licto social como el que se vivía.


En cuanto a organismos públicos y privados, el galardón correspondió al Parque Histórico de Guayaquil, produciéndose, en este último caso, una incongruencia, pues el Parque carecía de personería jurídica y no era sino una dependencia del área cultural en Guayaquil del Banco Central del Ecuador, cosa ésta que se remedió en el acto de entrega del Premio cuando fue el Gerente General del Banco quien representó al Parque.

Swett, muralista de excepción, exponía las más valiosas de sus obras en el terminal del aeropuerto, en Puerto Nuevo y en el edificio del Museo Municipal, todas ellas en Guayaquil. El doctor Rodrigo Fierro, médico e investigador, había trabajado durante muchos años en proyectos de documentación científica, principalmente en la Casa de la Cultura. Por último, la extensa y prolífica labor cultural realizada

El embajador Filoteo Samaniego Salazar llevaba tras de sí una inmensa obra cultural; a más de poeta de reconocida valía, tenía a su haber una extensa labor de promoción cultural a través de las misiones diplomáticas que había desempeñado en el exterior, de la Dirección Cultural de la Cancillería y de la Comisión de Valores, a más de ser uno de los inspiradores de la creación del Instituto de Patrimonio Cultural, primero como una dependencia de la Casa de la Cultura. El señor José Martínez Queirolo había trabajado toda su vida en la escritura de piezas de teatro y en su representación, a más que varios de sus trabajos habían sido justamente premiados. El señor Jorge

por el Banco Central durante más de cuarenta años, se mostraba con la conclusión del Parque Histórico de Guayaquil, obra inspirada por el señor Julio Estrada Icaza, antiguo funcionario del área cultural del Banco.

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El Premio de este año consistió en una medalla y la suma de USD 2.500. Además, se consagraba la pensión vitalicia -25 salarios mínimos vitales generales- y la posibilidad que viudas o hijos menores de edad la perciban en caso de fallecimiento del titular del galardón, tal como ya se había previsto en 1999.


El cambio de régimen monetario que se impuso en el país con la dolarización, vigente desde 2000, provocó una apreciable reducción en el monto real, en dólares, de la pensión vitalicia que percibían los premiados o sus familiares directos. Al señalar como valor de la pensión 25 salarios mínimos vitales generales, se debía considerar que cada uno de estos salarios, en dólares, no equivalía sino a escasos cuatro. Este particular, que no era un problema solo para los galardonados con el Premio “Espejo” sino para todos quienes percibían pensiones del Estado, fue remediado, a propuesta del doctor Marco Proaño Maya, entonces legislador por la Provincia de Imbabura, mediante la “Ley de Revalorización de Pensiones Vitalicias” dictada por el Congreso Nacional el 30 de abril de 2002. Pero un olvido del legislador, impidió que, de inmediato, los beneficiarios del Premio pudieran acogerse a tal reforma, lo que solo se concretó con la publicación de una fe de erratas, aparecida en el Registro Oficial No. 588 de 3 de junio de los propios mes y año.

Nuevos horizontes y conflictos. Para 2003 se había producido un cambio de Gobierno y habían llegado al área de educación y cultura ciertos vientos de izquierda, orientados por Pachakutik. Ello contribuyó, en cierto modo, para que aparecieran nuevos nombres, entre los sugeridos por el Consejo Nacional de Cultura para optar por el Premio, según así consta del texto de su Resolución No. 013-2003- CNC, aprobada el 21 de julio de aquel año. El más destacado, el de la líder indígena Tránsito Amaguaña, que había defendido durante toda su vida los derechos de los indígenas y el del doctor Enrique Ayala Mora, dirigente socialista, impulsor y artífice de la Universidad Andina “Simón Bolívar”. Estas dos personalidades encabezaron la terna en la categoría de actividades culturales, a las cuales se sumó el nombre del licenciado Ulises Estrella, propulsor y eficiente administrador de la Cinemateca de la Casa de la Cultura. En cuanto a las categorías restantes, la nómina quedó integrada así: doctores Galo René Pérez y Gustavo Alfredo Jácome y licenciado Antonio Preciado, en actividades literarias; señor Leonardo Tejada, señora Beatriz Parra Durango y maestro Aníbal Villacís, en actividades artísticas; doctor Jorge Marcos Pino, licenciado Alfredo Costales y doctora Ruth Moya, en actividades científicas; y, por último,la Casa de la Cultura Ecuatoriana,el Instituto Azuayo del Folklore y Sistema Nacional de Bibliotecas SINAB, en organismos públicos y privados. El Presidente de la República, coronel Lucio Gutiérrez, escogió para el Premio a todos quienes encabezaban las ternas y así está dispuesto en el Decreto Ejecutivo No. 711 de 8 de agosto de 2003. La señora Tránsito Amaguaña, como quedó dicho, dedicó toda su vida a la defensa de la causa indígena, sufriendo repetidas prisiones y maltratos, que no habían hecho otra cosa que reafirmar su vocación de líder social a favor de sus coterráneos; el doctor Galo René Pérez, un distinguido

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La decisión del Gobierno fue acogida con claras muestras de aprecio hacia la persona de los escogidos. Jorge Swett, quien a la época desempeñaba las funciones de Presidente del Núcleo de la Casa de la Cultura, recordaba a un periodista que le entrevistó en esos días, un consejo que mucho antes lo había pronunciado el doctor Juan Tanca Marengo, connotado médico guayaquileño: “Piensa que si vales, alguna vez te tiene que llegar el reconocimiento. Si no vales, no te va a llegar jamás”. Filoteo Samaniego, en cambio, opinó en el sentido “que cualquiera de los escritores que figuraron como candidatos merecían probablemente, más que yo, recibir este premio, que considero un honor y una obligación”. Para Martínez Queirolo, el Premio no era otra cosa que “una molestia que me da satisfacción”. La ceremonia de entrega se realizó el 24 de agosto y en ella hablaron el Presidente Noboa y, a nombre de los premiados, el señor Swett.


intelectual, fino escritor y autor de varios libros reconocidos por su valía y corte académico, había sido Director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua durante varios periodos y de larga data actor principal en la gestión cultural de nuestro país, una de cuyas funciones más destacadas desempeñadas por él, fue la de Presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana; el maestro Leonardo Tejada había dedicado toda su vida al arte, ya como investigador del folklore, educador y pintor; el doctor Jorge Marcos Pino había realizado importantes investigaciones arqueológicas en la costa a través de diversos programas; y, como es conocido por todos, la Casa de la Cultura Ecuatoriana, fundada en 1944 por el Presidente Velasco Ibarra bajo la iniciativa de Benjamín Carrión, tenía a su haber una extensa como prolífica labor, reconocida aún en el exterior.

Asimismo, la señora Rosa María Torres, que pocos días antes había concluido sus funciones de Ministra de Educación y Cultura, reclamó por la prensa que a último momento, habían sido cambiadas las ternas “al calor de su renuncia”.

Pero contemporáneamente a este anuncio presidencial, varias voces alertaron sobre lo inadecuado de ciertas adjudicaciones. Por ejemplo, el poeta y crítico Iván Carvajal no consideró pertinente el Premio para Tránsito Amaguaña, porque, a su juicio, era “una figura que hace ver la miseria en la que quedaron los dirigentes indígenas que lucharon por los cambios históricos” Y Diego Cifuentes, fotógrafo y en aquel momento considerado por la afamada revista Time como un promisorio líder para el próximo milenio, refiriéndose al galardón concedido a la Casa de la Cultura, sostuvo que “si hay algo que merece esta institución, es el premio a la nada”. Y la presea otorgada a la Casa también generó suspicacias pues, uno de los miembros del Consejo Nacional de Cultura era, precisamente, el Presidente de la institución. Interrogado por los periodistas, el escritor Raúl Pérez Torres no dudó en reconocer que, en la sesión en la cual se definieron las ternas, él no votó por sí mismo sino por la Casa de la Cultura, pues la trayectoria de ésta “es eterna”, alejada, entonces, de la transitoriedad de sus titulares.

Más pausado en sus criterios, el periodista cultural de reconocido prestigio, Rodrigo Villacís Molina, en artículo aparecido en el diario Hoy de Quito el 22 de agosto de aquel año, recordaba que “lo malo, muchas veces, es que lo que motiva le cuestionamiento de cualquier distinción, son las rencillas o antipatías personales, muy frecuentes en el mundillo cultural”.

Las listas propuestas por la anterior ministra habían sido las siguientes: Tránsito Amaguaña, Ruth Moya, Jaime Guevara, Álvaro Manzano y Claudio Aizaga, en cultura; Miguel Donoso Pareja, Antonio Preciado y Javier Vásconez, en literatura; Leonardo Tejada, Susana Reyes y Wilson Pico, en artes; Fernando Ortiz Crespo, Hugo Yépez, Andrés Guerrero y Bruce Hoheinesen, en ciencias; y, Bienal de Cuenca, Proyecto de Promoción Cultural del Banco Central en Guayaquil, el grupo de teatro “Malayerba” y el de títeres “Rana Sabia”, en organismos públicos y privados.

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Así y todo, la ceremonia de entrega se efectuó el Día de la Cultura de aquel 2003. Después de tantos atrasos, resultaba extraño que la ceremonia se realizara el propio 9 de agosto y, más aún, si este año tal fecha caía en domingo. Como lo relata al día siguiente un aprovechado cronista del diario El Comercio de Quito, fue aquel acto lleno de situaciones sorpresivas: luego del himno nacional, Freddy Valdivieso toca a la viola “Vasija de barro” y el conjunto de cámara de la Casa de la Cultura interpreta el danzante “Cómo dicen que no se goza”, lo que levanta el ánimo de los concurrentes; uno de los galardonados, el doctor Galo René Pérez, al dirigirse al Presidente, lo menciona como Lucio Paredes, lo que


Tránsito Amaguaña fue el personaje ausente de tal ceremonia, por lo que el Presidente Gutiérrez ofreció visitarla “en su choza” para entregarle personalmente la presea. No pudo hacerlo, porque la premiada, adivinando quizás el rédito político que ese hecho podía otorgar al gobernante, que recientemente había roto su alianza con Pachakutik, se adelantó a él y acudió al palacio presidencial el 22 de agosto y, en breve acto, se prestó a recibir del gobernante -que se hallaba apurado preparando maletas para un viaje a la China- un reconocimiento que se lo merecía sin duda, pero que había sido postergado por años a líderes de su clase y que, ahora, sonaba más como arbitrio de la coyuntura política que otra cosa. El Premio de 2003 estableció que los galardonados percibieran “una pensión vitalicia mensual de 25 salarios mínimos vitales generales”, cosa que, mediante oficio de 26 de abril de 2004, dirigido al señor Presidente de la República, fue reclamada por el doctor Galo René Pérez y el maestro Leonardo Tejada, pues el Ministerio de Economía y Finanzas había interpretado que el tal salario mínimo vital debía calcularse a solo cuatro dólares, luego de su conversión de sucres. Luego de la consideración correspondiente, la pensión fue elevada a lo que ya ordenaba la Ley de

Revalorización de Pensiones Vitalicias de 2002, esto es, a dos remuneraciones básicas mínimas legales, que en 2004 correspondía a USD 257.76. Sin embargo, ya antes, el 16 de enero del mismo 2004, la Subsecretaria de Cultura de entonces, la señora Vilky Pérez Larrea, había propuesto al Presidente Gutiérrez la expedición de dos proyectos de decreto: el uno, estableciendo la pensión vitalicia única de USD 500,00 mensuales para los galardonados con el Premio y, de otra parte, sugiriendo que la pensión establecida para la señora Amaguaña sea canalizada y administrada por el Patronato de Municipio de Cayambe. La primera iniciativa, como se verá, se concretará en los próximos meses, en lo que concierne a la esencia misma del pedido, esto es, el incremento y la igualación de la pensión para todos los premiados sin distinción; la segunda, no; entendiéndose esta negativa, por las consecuencias de orden jurídico que dicha sugerencia podía acarrear en el futuro, en caso de ser aprobada. La señora Amaguaña, pese a haber recibido el Premio, no obtuvo regularmente su pensión. Hasta 2008 la situación de ella no se pudo arreglar en forma definitiva, pues, entrabadas en consideraciones burocráticas, las autoridades culturales no habían ideado un procedimiento para superar los inconvenientes particulares de la líder indígena, dada su avanzada edad, para certificar su supervivencia ante notario y abrir una cuenta bancaria para que en ella se hiciera el depósito de su pensión, requisitos, ambos, previstos en las disposiciones vigentes para el cobro de recursos provenientes de la caja fiscal. El Premio de 2005 no siguió el curso regular que las normas vigentes y la tradición imponían. De una parte, el Consejo Nacional de Cultura, desintegrado por los cambios políticos iniciados en abril, se atrasó en la conformación de las ternas. Y en algún caso, como se verá, ni siquiera fue una terna, cosa insólita y apartada de la

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provoca risas; el doctor Patricio Zuquilanda es continuamente felicitado por el extendido rumor que en los próximos días sería nombrado nuevo canciller; el Presidente, al tomar la palabra, actúa “con el tino de quien se enfrenta a lo desconocido” y, como si esto fuera poco, la explosión, al exterior del salón donde se efectuaba la ceremonia, de camaretas y petardos en honor a Napoleón Villa y al progenitor del Presidente, como que marcan un nuevo estilo de gobierno, más populachero, y muestran una nueva forma de afrontar actos solemnes y protocolarios como el de la entrega del Premio. Y para confirmarlo, al final del acto, Marcos Villota canta “Todo cambia”.


ley. Después de dos sesiones, en las cuales se consideraron varios nombres, el Consejo aprobó la Resolución No. 09-05- CNC , fechada el 17 de agosto, en la cual hizo constar los siguientes nombres: del doctor Luis Enrique Fierro, en actividades culturales; de la doctora Alicia Yánez Cossío, el doctor Rodolfo Pérez Pimentel y el licenciado Jorge Velasco Mackenzie, en actividades literarias; de la doctora Ketty Romoleroux y los doctores Ernesto Gutiérrez Vera y Rodrigo Cabezas Naranjo en actividades científicas; de los señores Aníbal Villacís, Estuardo Maldonado y Theo Constante Parra, en actividades artísticas; y, del Museo Carlos Zevallos Menéndez y las Academias Ecuatoriana de la Lengua y Nacional de Historia, en organismos públicos y privados.

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Pese al prolongado atraso del Consejo, el doctor Alfredo Palacio González, quien había reemplazado en el poder al coronel Gutiérrez luego una tormentosa sucesión presidencial, cardiólogo ilustre e hijo del maestro Alfredo Palacio, ya antes premiado con el “Espejo”, escogió, recién el 16 de diciembre de aquel 2005, mediante Decreto Ejecutivo No. 967, a los ganadores de la presea. Ellos fueron: los doctores Fierro, Pérez Pimentel y Cabezas, el maestro Constante y la Academia Ecuatoriana de la Lengua, en las categorías en las cuales cada uno de ellos habían sido señalados por el Consejo. Hay que anotar la larga y muy intensa actividad cultural del doctor Fierro como Presidente del Núcleo de la Casa de la Cultura del Carchi; los trabajos de investigación de largo aliento efectuados por el doctor Pérez Pimentel, tal su Diccionario Biográfico del Ecuador, a más de su calidad de cronista vitalicio de Guayaquil desde 1979; la experiencia técnica en materia hidrocarburífera del doctor Cabezas, probo asesor en la materia; los varios logros como pintor, muralista y escultor del maestro Constante; la larga tradición en la defensa de nuestro idioma y en la investigación lingüística, hecha desde 1875 por la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Tampoco faltaron en este año controversias y opiniones divergentes sobre las personas escogidas por el Presidente de la República. Para unos, por ejemplo para Rodrigo Villacís Molina, solo dos de los escogidos se merecían la presea. Para otros, como Iván Flores, el Premio era “mecha de debates […] que, en los últimos bienios, ha sufrido un desgaste en sus conceptos y en sus prácticas de selección”. Y, para colmo, en esos mismos días se especuló por la prensa que el Presidente de la República habría ofrecido el Premio en actividades literarias, a la doctora Consuelo Yánez Cossío, entonces Ministra de Educación, a cambio de que renuncie a la cartera de Estado por ella detentada, confundiéndola, así, con su hermana Alicia. La ceremonia de entrega del Premio se retrasó aún más y se la dejó para después de las fiestas de fin de año. El 8 de febrero a la mañana se cumplió el rito solemne con discursos del Ministro de Educación y Cultura, doctor Raúl Vallejo, a nombre del Gobierno, y del doctor Luis Enrique Fierro, en representación de los galardonados. Trascendió esta ceremonia, más que por el acto en sí, por institucionalizarse el valor del Premio, USD 10.000, y, sobre todo, el valor de la pensión vitalicia mensual, que se la reglamentó en cinco salarios mínimos unificados -USD 750 en aquel momento-, con acceso a las viudas o a los hijos menores de edad, en caso de muerte del titular. Se zanjaba, así, en forma definitiva, el problema que había provocado el reclamo del doctor Pérez y del maestro Tejada, pero inexplicablemente, se mantenía el discrimen para los galardonados en el pasado. En estricto rigor, el Premio no debía concederse en 2006 porque, como se recordará, su entrega se la había vuelto bianual desde la reforma de 1997. Pero el régimen legal de la presea fue nuevamente modificado, tal como consta en el Decreto Ejecutivo No. 1793 de 28 de agosto, que, en su artículo 1, dispuso debía ser “conferido por el


El citado Decreto Ejecutivo No. 1793 tiene, de otra parte, un mérito. En su artículo 2 se equipara a todos los premiados con la pensión vitalicia mensual antes dispuesta por el Decreto Ejecutivo No. 967 de 2005, esto es, con cinco salarios mínimos unificados, eliminándose, esta vez sí, las diferencias y discriminaciones que hasta ese momento existían.

Dos Premios en un mismo año. Surgen interrogantes respecto a esta decisión del Consejo que, con toda probabilidad, proviene del apremio presidencial por conferir el Premio antes que finalice su mandato. De allí, que resulta paradójico -una anécdota más del Premio- que en 2007 se lo haya debido conceder en dos oportunidades: la una, al finalizar el período del doctor Palacio, en enero; la otra, en el régimen del economista Correa, en agosto. Las ternas aprobadas el 12 de diciembre fueron conformadas de esta manera: señor Rafael Camino, señora Eudoxia Estrella y maestro Edgar Palacios, en actividades culturales; señor Miguel Donoso Pareja, licenciado Francisco Granizo Ribadeneira y señor Raúl Pérez Torres, en actividades literarias; señora Divina Icaza Coronel, doctor Diego Luzuriaga y maestro Álvaro Manzano, en actividades artísticas; doctor Ramón Lazo, licenciado Hernán Rodríguez Castelo y doctor Frank Weilbauer, en actividades científicas; y, la Academia Nacional de Historia, el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural y la Orquesta Sinfónica Nacional, en instituciones públicas y privadas. Los varios errores que aparecen en el texto de dicha resolución, demuestran la prisa por redactarla, quien sabe si por el apremio presidencial

antes citado o por el extendido contagio de las celebraciones capitalinas. La decisión del Presidente de la República no se hizo esperar. El 21 de diciembre de 2006, mediante Decreto Ejecutivo No. 2179, escogió a los señores Palacios, Donoso Pareja, a los doctores Luzuriaga y Lazo y a la Orquesta Sinfónica Nacional. Al propio tiempo, ratificó las condiciones económicas de la presea y de la pensión vitalicia aprobadas unos meses atrás. El maestro Palacios, trompetista, dedicó parte de su vida a la dirección del Conservatorio de Música de Loja, a la conducción del Departamento Cultural del Consejo Provincial de Pichincha y a la formación de diversos conjuntos orquestales. Su mérito más apreciable, sin embargo, ha sido la conformación del Sistema Nacional de Música para Niños Especiales, SINAMUNE. El señor Donoso Pareja, literato de grandes méritos, crítico cultural, autor de reconocidas obras, conductor entusiasta de talleres literarios. Al maestro Luzuriaga, compositor, investigador musical, doctorado en Columbia University, se le había conocido desde la fundación del “Taller de Música” a finales de los años setenta. El doctor Lazo, médico cirujano, investigador en Parasitología, catedrático. Para la Orquesta Sinfónica Nacional, en cambio, esta presea recompensó los cincuenta años de una prolífica existencia institucional, caracterizada más por sus logros y sacrificios que por sus épocas de crisis y agotamiento. La ceremonia de entrega del Premio se efectuó en los estertores del régimen. El mismo día de la ceremonia, 9 de enero de 2007, el doctor Palacio, en acto posterior, gustoso develaba su retrato en la galería del Salón Amarillo del Palacio Nacional, en medio del aplauso de sus colaboradores más inmediatos. El diario El Comercio de la capital, en breve crónica publicada al día siguiente,

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Presidente de la República, el 9 de agosto de cada año”. Desde esta óptica, el Consejo Nacional de Cultura presentó las ternas el 12 de diciembre de este mismo año de 2006 con Resolución No. 014-2006- CNC.


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comenzaba el relato del evento de entrega del Premio, del siguiente ilustrativo modo: “La de ayer era más bien la cuestión formal, la cuestión de la ceremonia en el Salón Amarillo de la Presidencia, de los discursos, las congratulaciones y los ternos oscuros. Ternos que, por lo demás, supieron llevar con corrección los galardonados, quienes habían llegado con puntualidad inmejorable, antes de las 10:00. Desde uno de los querubines esculpidos en el techo, se descolgaba la pomposa lámpara de cristal que dividía la estancia entre un espejo largo colocado en la pared y el proscenio dispuesto para que se arremolinen una veintena de periodistas”. En aquel acto pronunciaron discursos el Presidente Palacio, para quien el galardón era, más que un reconocimiento del Gobierno, un homenaje del pueblo ecuatoriano a los premiados y, a nombre de éstos, habló el maestro Palacios con frases sentidas y evocadoras del pasado cultural del país, como la siguiente: “Quizá la mejor manera de desarrollar la patria es potenciar la cultura y la ciencia y hacer realidad el sueño de Benjamín Carrión: convertir al Ecuador en una potencia cultural”. El segundo Premio de 2007 siguió el curso regular de la institucionalidad vigente desde 1975. Las ternas fueron entregadas por el Consejo Nacional de Cultura al señor Presidente de la República con Resolución No. 01-2007- CNC, de 10 de julio de aquel año. Las conformaban, en actividades culturales, el doctor Jaime Galarza Zavala, el licenciado Horacio Hidrovo Peñaherrera y la señora Ana von Buchwald; en actividades literarias, el doctor Carlos Eduardo Jaramillo, la señora Alicia Yánez Cossío y el doctor Euler Granda; en actividades artísticas, los maestros Aníbal Villacís, Estuardo Maldonado y Gilberto Almeida; en actividades científicas, el doctor Frank Weilbauer, la doctora Ketty Romoleroux y el ingeniero Miguel Moreno Espinosa; y, en organismos públicos y privados, Editorial Abya Yala, el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural y el grupo folkló-

rico “Tierra Caliente” de la señora Petita Palma Piñeiros. Luego que se expidiera el Decreto Ejecutivo No. 545 de 9 de agosto de 2007, el acto de entrega se realizó en esta misma fecha y en la tarde. Fueron premiados: el doctor Galarza, poeta, escritor de izquierda, entonces Presidente del Núcleo de El Oro de la Casa de la Cultura; el doctor Jaramillo, poeta de larga y fecunda trayectoria lírica, autor de numerosos libros; el pintor Aníbal Villacís, poseedor de varios reconocimientos anteriores y de una sin igual calidad pictórica, sobre todo en sus “precolombinos”; el doctor Weilbauer, médico laboratorista e investigador; y el grupo esmeraldeño “Tierra Caliente” dirigido por Petita Palma, que divulgaba constantemente la música de su tierra en el país. En la ceremonia efectuada, como es tradicional, en el Salón Amarillo del Palacio Nacional, el señor Presidente de la República, economista Rafael Correa, enfatizó que, para su régimen, “la cultura es el escenario de enfrentamientos de los símbolos; es el teatro en el que se oponen mensajes oficiales y subalternos; es la alegoría de tradiciones, costumbres, vivencias, memorias, creaciones, y, como decía Roger Garaudy, es todo eso y también todo lo que le falta a ese concepto. La cultura es, entonces, la vida y la muerte, la noche y el día, la ética y la estética, y es, por supuesto, la cifra con la que se escribe, canta, baila, pinta y sueña la insumisión y la rebeldía”. Con estas palabras, se marcaba una nueva filosofía sobre el sentido e inscripción de la cultura en la política pública, que ha permitido el diseño e impulso consiguiente, de un amplio proyecto de desarrollo cultural y la formulación de una nueva institucionalidad, aspectos, ambos, inéditos en la historia cultural del país.

Los últimos años. Las dos últimas premiaciones se encuentran aún frescas en nuestra memoria. En


El arquitecto Pallares tenía a su favor el haber sido uno de los impulsores para que la UNESCO haya declarado patrimonios de la humanidad a la ciudad de Quito y a las Islas Galápagos; la señora Yánez Cossío poseía, a la fecha de premiación, una extensa obra literaria, algunos de cuyos libros habían merecido entusiasta opinión por parte de la crítica; el doctor Villacís, a más de labor científica como cardiólogo de renombre, era también un poeta de selecta producción; el señor Rubira Infante, compositor de música popular y de piezas muy célebres del repertorio nacional, cantadas con senti-

miento sobre todo en los medios urbanos; y la Editorial Abya-Yala, con una extensa producción bibliográfica en ciencias sociales. En la ceremonia de premiación, efectuada el mismo día del Decreto, o sea el 8, el Ministro de Cultura, encargado, doctor Ramiro Noriega, hizo un recuento de los propósitos de la recientemente creada cartera de Estado al manifestar: “Llegamos hasta aquí, […] con el corazón ardiente, las manos limpias y la mente lúcida, empeñados en diseñar políticas culturales que nos permitirán vivir en un país donde la inclusión social, la descentralización, la desconcentración de recursos y la transparencia, no sean meras quimeras”. Por los premiados hablaron la señora Yánez Cossío, advirtiendo que lo hacía “por ser la persona de mayor edad” y el señor Rubira Infante, reconociendo que, en su obra musical había buscado unir a todos los pueblos de la patria. Al intervenir el Presidente Correa, como parte del programa, el arquitecto Pallares se empeñó en hablar y el Presidente le cedió complacido la palabra, pero el premiado se extendió en innúmeros conceptos, produciendo expectación en el público. Al final de cuentas, tal como relata El Comercio de Quito al día siguiente, “ante el minucioso relato, lleno de detalles, la esposa de Pallares se levantó y quitó el micrófono a su marido y le dijo: “Rodrigo, déjale hablar al Presidente…”. Igual cosa ocurrió cuando amigas y compañeras de Alicia Yánez la vivaban repetidamente o cuando, luego del acto oficial, el Presidente y el señor Rubira Infante entonaron, juntos, una canción del premiado. Como fin de fiesta, la melodía de una de las más conocidas canciones del compositor, Chica linda, era tarareada, a baja voz, por muchos de los concurrentes a la recepción. En el presente año de 2009, en el cual finaliza este relato, la selección de los premiados y su premiación siguió las pautas consabidas, sin la expectación del año inmediato anterior, por cierto. El Consejo Nacional de Cultura acordó, por Resolución No.

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2008, el Consejo Nacional de Cultura, en sesión de 28 de julio, conoció las propuestas efectuadas por diversas instituciones y personas sobre quienes podían integrar las ternas para el Premio. Luego de corta discusión y de partir de dos propuestas, la de la Casa de la Cultura y la del Ministerio de Cultura, novedoso procedimiento, se conformaron las ternas, tal como constan de la Resolución No. 012-2008- CNC, y del modo siguiente: el arquitecto Rodrigo Pallares Zaldumbide, el licenciado Pedro Saad Herrería y el licenciado Horacio Hidrovo, en actividades culturales; la señora Alicia Yánez Cossío, el señor Rafael Díaz Icaza y el doctor Euler Granda, en actividades literarias; los maestros Gilberto Almeida y Estuardo Maldonado y el señor Carlos Rubira Infante, en actividades artísticas; el doctor Eduardo Villacís Meythaler, el licenciado Alfredo Costales Samaniego y el señor Magner Turner, en actividades científicas; y, Editorial Abya-Yala, el Conservatorio Nacional de Música y el Archivo Nacional de Historia, en organismos públicos y privados. El señor Presidente de la República escogió, mediante Decreto Ejecutivo No. 1250 de 8 de agosto, al arquitecto Pallares, la señora Yánez Cossío, el señor Rubira Infante, al doctor Villacís y a Editorial Abya-Yala, en sus respectivas categorías. Este anuncio fue recibido con simpatía por la opinión pública y mereció diversos comentarios laudatorios en la prensa.


Entrega del Premio en 2008.

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03-2009- CNC, de 31 de julio, la conformación de las ternas y, mediante Decreto Ejecutivo No. 17, de 19 de agosto, se determinó el nombre de los galardonados. El acto de entrega del Premio se efectuó el 20 de ese mismo mes. Los nombres constantes en las ternas fueron: señora Eudoxia Estrella, licenciado Horacio Hidrovo y señora Laura Romo de Crespo, en actividades culturales; doctores Alfonso Barrera Valverde y Euler Granda y licenciado Hernán Rodríguez Castelo, en actividades literarias; maestros Gilberto Almeida, Estuardo Maldonado y Oswaldo Moreno, en actividades artísticas; doctores Aracelly Álava y Claudio Cañizares y señor Magner Turner, en actividades científicas; y la Academia Nacional de Historia, la Cinemateca Nacional y el grupo de títeres “Rana Sabia”, en organismos públicos y privados. El señor Presidente escogió al licenciado Idrovo, al doctor Granda, al maestro Maldonado, al señor Turner y a la Academia Nacional de Historia. El licenciado Hidrovo, reconocido intelectual manabita, había mantenido durante

años un festival poético denominado “Flor de Septiembre”; el doctor Granda, poeta de larga producción y de lenguaje directo; el maestro Maldonado, uno de los más reconocidos artistas plásticos, con prestigio internacional; el señor Turner, investigador de la mineralogía, con a su haber la organización de un museo temático en Portovelo; y, la Academia Nacional de Historia, entidad dedicada a la investigación histórica, que este año cumplía precisamente el centenario de su fundación. Como colofón de la ceremonia de entrega del Premio, el señor Presidente de la República recordó la coincidencia de esta ceremonia con el festejo del Bicentenario del 10 de agosto de 1809 y esta evocación histórica la vinculó, además, con la personalidad de Eugenio Espejo, a quien calificó como “adelantado magistral, inspirador de la cultura y de la revolución”.

Conclusiones Un balance de estos casi treinta y cinco años del Premio trae a la mente, primero, aquella frase pronunciada por el poeta español


La relatividad de una presea, aún siendo la mayor de un país, siempre coloca al juicio de los electores y al beneficio de los receptores, dentro de un escenario sometido a la crítica y a la controversia. Si la primera no es mal intencionada y la segunda no busca demoler por demoler, el enriquecimiento cultural del país será ineludible. Y en cuanto al Premio “Espejo”, lo cierto es que, con los altibajos propios de una ya extendida trayectoria, son ya cerca de siete lustros, el beneficio ha sido cierto. Primero, por el reconocimiento, que en algunos casos ha sido indispensable para fijar la valía de los galardonados. Segundo, porque ese reconocimiento ha permitido contribuir a la construcción de una identidad que, en los actuales días, se ve sometida a tantas presiones externas y a innúmeros desvíos. Y tercero, porque se ha edificado una institucionalidad, inédita hasta antes de su fundación. Los premios culturales no pueden estar exentos de error, es cierto. Aquella frase vulgar de que “no son todos los que están, ni están todos los que son”, se aplica, por cierto para nuestra mayor presea cultural. Pero ello como que confirma la valía del Premio, al fin y al cabo, obra humana, no perfecta sino perfectible. Y como que lo asienta en el carácter mismo de nuestra patria, aún en proceso de buscar solidez institucional y de batir a tantas debilidades congénitas y a otras, más perversas, adquiridas con el pasar del tiempo. La trayectoria del Premio trae también a la mente la necesidad de segmentarlo por etapas. La primera, sin duda más robusta, concitó el interés ciudadano por sus características

originarias: entrega bianual y a una sola persona. Nadie se atrevió a discutir la elección de seis personajes de nuestra cultura, los que aparecen en este primer volumen, y menos a Benjamín Carrión, el primero de los galardonados, quien, por su tenaz empeño por hacer de la Casa de la Cultura Ecuatoriana la más representativa muestra de la pujanza nacional en el ámbito de la cultura, se había convertido en una especie de icono, controvertido por pocos, pero reconocido por la mayoría. Nadie podía dudar, tampoco, de todos los cinco restantes, Carrera Andrade en el ámbito de la lírica; Pareja Diezcanseco en sus múltiples facetas de creador constante, sobre todo en la narrativa y el ensayo; Aguilera Malta en el cuento y la novela y su bota de siete leguas; Andrade en la crítica literaria y la nota periodística, en la riqueza de la palabra escrita; y, en fin, Vargas en la exposición y crítica del arte ecuatoriano, en la modestia ejemplar de su sabia reciedumbre intelectual. Habría ocurrido lo mismo si el Premio se hubiese establecido unos años antes y se lo hubiese conferido, por ejemplo, a Gonzalo Escudero, fallecido en 1971; a Segundo Luis Moreno, Ángel Modesto Paredes o Luis Mideros, muertos al año siguiente; o a Carlos Rolando o Augusto Arias, desaparecidos en 1974. Y antes aún, respecto a los fallecidos en la década de los sesenta, ¿por qué no pensar en el Premio para Gonzalo Zaldumbide, Pío Jaramillo Alvarado o Zoila Ugarte de Landívar? Pero estas son, y pido perdón, meras especulaciones, simples conjeturas venidas de improviso a mi mente. Lo cierto es que, ya instituida la presea, el régimen riguroso de su concesión -a una sola persona y cada dos años-, impidió que se pudiera pensar en personajes de la talla de Jorge Icaza, Augusto Sacoto Arias, Luis Humberto Salgado, Manuel Rendón Seminario, Julio Tobar Donoso, Carlos Zevallos Menéndez, Carlos Manuel Larrea, Hugo Alemán o Wilfrido Loor, para citar a algunos de los más sobresalientes escritores

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Jorge Guillén, al recibir el primer Premio Cervantes en 1976. “Un premio literario -dijo- irrumpe siempre como una sorpresa. ¿Y si es merecido? No importa. El merecimiento no se impone de modo absoluto. Hay siempre otros legítimos candidatos. Si no se entromete la vanidad, el galardón cae del cielo con fuerza inesperada”.


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o artistas ecuatorianos fallecidos hasta 1984, año en el cual se amplió el espectro de los premiados. Aquí, en este punto, las especulaciones del párrafo anterior pierden peso, por cierto, pero las limitaciones que anoto, en cuanto a tiempo y oportunidad del galardón, se vuelven barrera infranqueable, sin duda.

lo fueron. Tal vez en el último de dichos premios, el de 1984, se puso un límite: se excluyó adrede a las letras y explícitamente se señaló que el galardonado debía ser algún personaje dedicado a las artes o a las ciencias. La elección del padre Vargas, sin embargo, como que rozó al ámbito de las artes con el de las letras.

Cuando el Premio empieza a ser concedido a varias personas a la vez, se abre una segunda etapa en esta historia. Este nuevo ciclo, hay que admitirlo, tiene contrastes, claros y oscuros, virtudes y defectos. Unas veces se acierta plenamente; otras, crea duda en la opinión pública. Y con ello, se abona el terreno para la suspicacia y la crítica, y no siempre con buenas intenciones. Por desgracia, en estos nuevos tiempos, donde hay mayor posibilidad para escoger y acertar, se omite el galardón para personajes como: Leopoldo Benites Vinueza, Fernando Chaves, Francisco Alexander, Pablo Muñoz Vega, Francisco Tobar García, Humberto García Ortiz, Emilio Uzcátegui, Manuel de J. Real, José Enrique Guerrero, Jaime Andrade Moscoso. Y recientemente, a intelectuales de peso como Francisco Granizo Ribadeneira, para solo señalar a uno nada más, el caso más visible y fresco. Y la lista es más larga, por supuesto, incrementándose todavía con quienes son relegados, año tras año, en forma inexplicable.

En la historia del Premio no se ha valorizado como es debido a las ciencias humanas. Solo cuatro preseas han sido otorgadas, en estricto rigor, a investigadores de esta rama del conocimiento: Agustín Cueva, en la Sociología; Alfonso Rumazo González, en las Ciencias Históricas; Juan Larrea Holguín, en el Derecho; y, Jorge Marcos Pino, en la Arqueología. En cambio, se ha preferido a profesionales que han hecho una loable labor profesional en la Medicina. E igual suerte ha corrido el ensayo en el campo de las letras, pues son poetas o narradores los que se han llevado la mayor parte del pastel.

Pero en el balance que ahora se vuelve necesario -son ya 78 las personas premiadas hasta fines de 2009- no cabe duda que el Premio “Espejo” ha reconocido a un conjunto de ecuatorianos y a un grupo de instituciones, que efectivamente han trabajado por la cultura nacional en sus más diferentes expresiones y la han enriquecido. Unos más, otros menos, es verdad.

En ciertos momentos ha habido una indefinición de orden jurídico a la hora de seleccionar a la institución, pública o privada, a ser premiada. Más de una vez se ha pensado en entidades que carecen de personería jurídica, como cuando la presea se concedió al Parque Histórico de Guayaquil, dependencia del Banco Central del Ecuador. ¿Cómo debe entenderse el juicio de quien formula las ternas? ¿Otorgar el Premio a la dependencia o, a través de ella, el deseo sería premiar a la entidad de la que forma parte? ¿Y qué ocurre en el caso que la entidad ya haya sido premiada, como cuando se propone el Premio a la Cinemateca Nacional cuando el ente que la acoge, la Casa de la Cultura Ecuatoriana, ya ha sido galardonada?

La trayectoria del Premio, en algo así como siete lustros, ha permitido que se elaboren juicios sobre su validez, su persistencia, sus particularidades propias. En la primera etapa es cierto que se prefirieron, para premiarlos, a literatos connotados. Todos ellos

De otra parte, en la historia de Premio solo una vez ha habido una renuncia, la del señor Gil Calderón, quien refutó el galardón, molesto, por el notable atraso para entregarlo, por parte del Presidente Durán Ballén. Ya casi al final de sus días,


La normativa vigente y la práctica, no han permitido que se concediera el Premio con el carácter de póstumo. Han habido casos en los cuales el postulante ha sido descartado por el hecho de haber fallecido en el periodo que media entre la aprobación de las ternas y la elección del Presidente de la República, tal el caso del señor Fernando Chaves en 1999. Otras veces, como en la consideración del nombre del artista José Enrique Guerrero, éste fue eliminado porque había muerto poco antes de la conformación de las ternas. Y lo propio aconteció cuando se sugirió el nombre del doctor Fernando Ortiz Crespo, prematuramente fallecido en desgraciado accidente. Ya se dijo en el relato que antecede, que solo una vez, en el caso del doctor Luis E. Fierro, su solo nombre apareció en lo que debió ser una terna. Se aludió, también, a los varios errores en la formulación de las ternas -alguna vez se incluyó a alguien que ya había sido galardonado-, lo que demuestra, más que nada, la falta de una precisa reglamentación. Como se ve también de este relato, no siempre se ha seguido la costumbre de premiar el mismo Día de la Cultura, y esta celebración anual ha perdido la significación que pretendió concederle el decreto supremo que la instituyó. Ha dependido del gobernante, de sus ocupaciones y de su interés en conmemorar ese día, al menos con la ceremonia de la entrega del Premio. Y en ocasiones se ha faltado ostensiblemente a los plazos tradicionales, ya con el anuncio oficial de los premiados, ya con la fecha de la entrega.

La atracción económica del Premio ha sido un elemento que no ha pasado desapercibido para los galardonados o sus familias. El caso más patético fue el de Carrera Andrade, quien había tornado al país con una economía exhausta y una salud maltrecha. La creación de una pensión vitalicia generó, luego de varios años de establecido el Premio, nuevas expectativas. Cosa similar ocurrió, cuando ya creada dicha pensión, ésta se extendió a las viudas y los hijos menores de edad; o, cuando aquella se redujo considerablemente por efectos de la dolarización. Otro tanto ocurrió cuando, por problemas de interpretación de las leyes por parte de las autoridades económicas del país, se produjo una diferencia en el monto de las pensiones que recibía cada uno de los premiados, como resultado de los diversos decretos que habían reglado el Premio en el transcurso del tiempo y del poco cuidado que se tuvo en redactarlos. Una posible limitación en el proceso de selección ha sido, sin duda, la falta de un reglamento que establezca con claridad mecanismos más precisos para la elección del premiado. Por ejemplo, parece cierta la necesidad de fijar plazos para cada una de las etapas de dicho proceso: presentación de candidaturas, estudio de las mismas, informe técnico al Consejo Nacional de Cultura, mecanismo de votación para la selección de las ternas. Lo que ahora ocurre, en realidad, es que generalmente se trabaja en el Consejo con unas ternas que vienen de la Casa de la Cultura y el “forcejeo” consiguiente no pasa de ser algo momentáneo, en la sesión misma, donde conf luyen opiniones y criterios dichos a viva voz y en ocasiones contradictorios. ¿Cuál el futuro del Premio ahora que se ha creado un sistema nacional de premios y que está germinando una nueva institucionalidad cultural? Difícil concebirlo. Más que probable, sin embargo, que el mismo se lo mantenga. Pero para fortalecerlo, es menester que se piense en la posibilidad de

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Historia

el señor Gil, o sus familiares más directos, realizaron gestiones para que se le restituya la presea, cosa que el Gobierno aceptó generosamente. Otras renuncias, a posibles postulaciones más bien, se dieron en el régimen del ingeniero Febres Cordero, pero sobre todo por razones políticas, que por otra cosa.


retornar a sus raíces, o al menos a una parte de ellas. En efecto, parece necesario no fraccionarlo entre varias personas, no porque se haya agotado la nómina de ilustres ciudadanos merecedores de la presea, como alguna vez se dijo, sino porque el retorno a la unificación le concedería mayor peso tanto al galardón mismo, cuanto a la persona que lo reciba. De otra parte, el Premio podría seguir siendo anual y su entrega efectuarse, por cierto, en el Día de la Cultura. Podría pensarse, para esta ceremonia, o para un acto paralelo,el invitar a algún ilustre intelectual extranjero a que pronuncie una conferencia sobre algún tema vinculado con la cultura universal. En 1999, pese a los problemas económicos que en aquel año atormentaban a la ciudadanía, se buscó la posibilidad de invitar a Umberto Eco, pero faltó tiempo antes que dinero mismo.

Premio Espejo

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Podría pensarse que esta propuesta permitiría volver a caer en el problema, suscitado ya a comienzos de los ochenta, debido a la posible marginación que el premio único ocasionaría a otras personas contemporáneamente en posibilidad de recibir la presea. Eso puede ser verdad, pero es menester, repito, dar mayor fortaleza a este Premio y, la mejor manera para ello, es convirtiéndolo nuevamente en uno solo. Para remediar el reparo, podrían crearse una serie de premios nacionales, unos concedidos por la Presidencia de la República, otros por el Ministerio de Cultura, en áreas muy parecidas a las que hoy existen en el “Espejo”: artes, ciencias, letras, gestión cultural, podrían ser algunas. Volveré, para terminar, al discurso de Guillén. Él también manifestó en dicha ocasión, que, en el otorgamiento de un premio literario, no existe milagrería sobrecogedora. “No pensemos en el azar, ni siquiera en el seguro azar, -como dijo el poeta-. A este resultado, de aspecto celeste, se llegará en torno a una mesa de personas doctísimas tras una deliberación. De ahí el carácter honroso del Premio y la gran satisfacción del elegido”.

Esto es lo que, en buena medida, ha ocurrido con nuestro Premio. No ha habido milagros, como bien lo dice Guillén. Ha habido, en cambio, reconocimientos y un volver la mirada nacional hacia personajes de nuestra cultura, muchas veces olvidados o marginados por una opinión pública más interesada en la cotidianidad de la política, la economía o el deporte. Entonces, en este punto, cobran vigor las palabras de Nelson Estupiñán Bass cuando, al agradecer por el Premio “Espejo” a él otorgado en 1993, manifestó que el galardón llevaba consigo dos connotaciones: una, llamar la atención a los intelectuales en la necesidad de poner sus capacidades al servicio de los pueblos y darles una funcionalidad democrática; otra, la de considerar que nuestro país es uno pero a la vez diverso, por su carácter multicultural, por la fusión de razas en una dinamia siempre creadora.



Memorias del Premio Espejo. Tomo I 1975-1984: Historia