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López Olalde, Julieta Cuentos con historia / Julieta López Olalde ; il. Félix León Coronel. — México : Club Promocional del Libro, c2010. 72 p. : il. ; 20 x 24 cm. — (Leer México. Voces de los héroes.) ISBN 978-607-9062-04-0 1. Hombres ilustres nacionales - México. 2. México - Historia - Literatura. 3. Literatura e historia - México. 4. Libros y lectura para niños. I. t. II. León Coronel, Félix, il. III. Serie. LC 863 ML6 C8

DIRECCIÓN GENERAL

Francisco Magaña Herrera

DIRECCIÓN EDITORIAL Bárbara Bruchez

CORRECCIÓN Sara Giambruno

ASISTENCIA DE OBRA Y EDICIÓN Rita Alicia Muñoz Garduño

SUPERVISIÓN DE DISEÑO GRÁFICO DIGITAL Gilberto Mancilla Martínez

ASISTENCIA DE DISEÑO GRÁFICO DIGITAL Luis Alberto Islas Cruz

D.R. © Club Promocional del Libro, S.A. de C.V., 2011 Hamburgo 66-701, Col. Juárez, 06600, México D.F. Prohibida su reproducción por cualquier medio mecánico o electrónico sin la autorización escrita de los editores. Impreso en Colombia D´vinni S.A. Calle 39 Sur No. 68C-33 Bogotá D.C. - Colombia Abril 2011 8000 ejemplares ISBN de la colección: 978-607-9062-06-4 ISBN de la obra: 978-607-9062-04-0


AUTORA

Julieta L贸pez Olalde

ILUSTRACIONES F茅lix Le贸n Coronel


Índice Con olor a sol

La promesa de la Corregidora ¡A jugar con la imaginación!

Sentimientos

La esperanza de José María Morelos

¡A jugar con la imaginación!

La gran idea de Miguel

Las inquietudes de Miguel Hidalgo

¡A jugar con la imaginación!

Cacería de ratones

La estrategia de Pancho Villa

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Relincho

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¡A jugar con la imaginación!

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¡A jugar con la imaginación! La decisión de Emiliano Zapata


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osefa era una niña inquieta, y las señoritas González se quebraban la cabeza buscándole quehaceres para entretenerla: —Josefa, baja unos limones del limonero para hacer refresco. —Josefa, ayúdame a revolver la leche para que el dulce no se queme. —Josefa, saca ese gato de la cocina. Y ahí iba Josefa. Arriba y abajo. Siempre sonriente. A pesar de que había quedado huérfana muy chica, era una niña feliz. La cuidaba su hermana mayor, Maria, y las señoritas González que, aunque la mantenían ocupada, también le daban dulces y uno que otro besito maternal a escondidas. Además estaba Ignacia, su mejor amiga.

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Josefa le contaba las historias de su padre, el capitán Ortiz, y del largo viaje

que sus padres hicieron desde España. Y aunque pronto se le acabaron las historias de familia, Josefa descubrió que Nachita tenía mucho que contar. Le habló de sus antepasados, de un guerrero que se convirtió en volcán junto a su amada, de cuando la ciudad era un gran lago, de unos dioses que lanzaron un conejo al cielo y le dieron a la luna ese brillo blanco que iluminaba las noches del valle.

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Se hicieron inseparables cobijadas por el olor a sol. Todas las tardes, escondidas en la huerta, platicaban y cantaban, a veces en español y otras en náhuatl. Comían dulces, atrapaban chapulines y perseguían a los gatos que husmeaban en la puerta de la cocina. Se reían hasta que les dolía la panza, pero sin hacer mucho ruido para que no las descubrieran.

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A JUGAR CON LA IMAGINACIoN Para una mejor comprension lectora

Si cierras los ojos, casi puedes sentir el olor a sol y pasear con Josefa y Nachita entre las sábanas recién lavadas. Este cuento seguramente te llegó al corazón y querrás conservarlo siempre en tu memoria.

A que lo sabes... Responde estas preguntas. Son fáciles, y lo mejor sería que leas de nuevo el cuento para hacer amistad con los personajes y conocerlos más. Ésta es la historia de dos amigas. ¿Cómo eran las niñas? A estas amigas les gustaba jugar a contarse historias, ¿qué historias contaba cada una?

Las palabras esconden secretos que hay que saber descubrir. Muchas veces, lo que no se dice también nos da pistas sobre el relato. ¿Estás de acuerdo? Lee estas preguntas, piensa un poco y respóndelas.

Descúbrelo Josefa y Nachita jugaban a escondidas. ¿Por qué se ocultaban? ¿Por qué se hicieron tan amigas?

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E

n Valladolid, el sol brillaba, los pájaros cantaban, las flores se abrían al calor de la primavera y Jose Maria estaba… furioso. Mientras caminaba de regreso a casa iba pateando todas las piedritas que encontraba a su paso. —¡Uy, qué humor! —, le dijo su hermano Nicolas—. ¿Qué te pasa? Hasta parece que traes una nube negra encima de la cabeza. Jose Maria ni le contestó. Sus compañeros de la escuela se habían pasado la mañana burlándose de él: de su piel morena, de sus rizos negros, de que era muy alto o muy bajo, muy gordo o muy flaco… ¡molestando!

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Las semanas pasaban y los días eran cada vez más difíciles. —Mamá, yo ya no quiero sentir —le dijo Jose Maria una tarde, mientras se veía la punta de sus viejos zapatos. —¡No digas eso, hijo! —respondió su madre abrazándolo. —Cada noche hago mi lista de sentimientos y no hay nada más que enojo, desesperación, tristeza: ¡sólo malos sentimientos! Y aunque intento pensar en los buenos cada vez los recuerdo menos —reclamó con los ojos llenos de nubes que se volvían gotitas de desesperación. Mamá se quedó en silencio un momento y después le tomó las manos. —Vamos a buscar los dos juntos esos sentimientos buenos y verás que todo lo curan. Nadie puede vivir sin ellos y menos un niño con un corazón tan grande como el tuyo. Estuvieron casi toda la noche recordando los buenos tiempos. Se rieron hasta que se quedaron dormidos. Así, abrazado de su mamá, Jose Maria sentía que la tormenta había pasado y en su pecho brillaba un sol tibio y sonriente.

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A JUGAR CON LA IMAGINACIoN Para una mejor comprension lectora

¿Tú qué crees? ¿Por qué crees que no molestaban más a José María en la escuela? José María no quería tener más sentimientos. ¿Cuál era su razón para desear eso? ¿Cómo lo ayudó su mamá? ¿Crees que en un mal momento te haría sentir bien una ayuda así?

Crea T u p r o p i o c u e n t o Como sabes, José María decidió irse a trabajar con su tío Felipe para poder ayudar a mantener su casa. Eran tiempos muy difíciles. Ahora los niños no deben trabajar. ¿Tú qué opinas? Haz una lista de los sentimientos que tú tienes y dibújalos. ¡Puedes armar una pequeña exposición de dibujos para tu familia! ¿Te imaginas qué aventuras vivió José María en la hacienda de su tío? Puedes escribirlas y así continuar este cuento. Cuando te reúnas con tus amigos, les puedes narrar esta historia.

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l cielo apenas se estaba pintando de rosa y Miguel ya se había perdido entre los sembradíos. “Este muchacho no para, siempre anda de aquí para allá, inventando quién sabe qué tantas cosas”, pensó la nana Jacinta mientras se acercaba a la puerta de la hacienda. —¡Miguel, Migueeeeeel! —comenzó a gritar. Unos momentos después pudo ver al niño corriendo a toda velocidad. —¡Aquí estoy, nana!— exclamó al acercarse. —Apúrate, muchacho. Tu papá te está esperando, desde hace un rato tiene los caballos ensillados —le dijo la mujer mientras le arreglaba un poco el pelo desordenado. —Gracias, nana —respondió el niño con una sonrisa.

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Poco a poco la idea se fue haciendo realidad. Convencer a papá no fue tan difícil, pero luego tuvo que batallar con los demás. Don Fidel y su esposa no estaban muy seguros, a Doña Cata le parecía una locura, las otras familias lo miraban como si hablara en chino y la nana Jacinta nada más se moría de risa cuando lo escuchaba. Pero, finalmente, la fábrica comenzó a trabajar. En unos cuantos meses, los jarros más bonitos de la región se hacían ahí. Don Fidel llevaba las cuentas y su mujer enseñaba a las demás a tornear y otras personas se encargaban del horno. ¡Hasta los niños de Doña Cata se volvieron expertos en pintar las flores más coloridas y unos pajarillos que hasta parecían cantar! Miguel y su papá siguieron visitando a las familias; ya no les llevaban comida sino su amistad y, de vez en cuando, un buen pedazo de chocolate para llenar aquellos jarros y brindar por aquella idea, la gran idea de Miguel.

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Años después, cuando pasaba por muchos pueblos guiando al Ejército Insurgente, siempre buscaba con la mirada las alfarerías, los criaderos de gusanos de seda, los viñedos que había ayudado a forjar, sus grandes, sus mejores ideas. A veces, alguien se acercaba a darle un pañuelo, un racimo de uvas, un pequeño regalo. “Gracias, padre Hidalgo” le decían. Entonces, sentía en su corazón cantar a todos esos miles de pajaritos que salieron de las manos de los alfareros de Pénjamo, de los primeros mexicanos a los que Hidalgo les dio una patria.

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E

ra una noche tan fría que hasta los grillos se habían escondido y tiritaban silenciosos. Las pocas casas de adobe del barrio de la Coyotada estaban oscuras y heladas. Las mismas estrellas parecían querer arroparse entre las nubes grises. De pronto, unos gritos agudos agitaron el sueño de la familia Arango. —¿Qué pasa? —vociferó Don Agustin poniéndose de pie de un salto. —¡Ay, papá! —respondió Marianita, la menor de los cinco hermanos, con las lágrimas rodándole por las mejillas— ¡Hay ratones en nuestra cama! —¡Y nos mordieron los dedos de los pies! —añadió llorosa Martina. —Tanto escándalo por nada, seguro se los imaginaron —dijo el papá enfadado—. ¡A dormir que mañana hay que madrugar!

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Doroteo miró a la mujer muy asustado. Era una señora enorme, alta y gorda, llevaba un

cucharón de madera en la mano y parecía dispuesta a usarlo para darle unos coscorrones. —Eso que estás haciendo es robar —lo regañó la mujer con voz de trueno. El niño tragó saliva y se armó de valor. —Discúlpeme, señora. Ya lo sé, pero de verdad lo necesito —y le contó la historia completa—. Yo creo que cualquier niño, por pequeño o pobre que sea vale más que un pan —concluyó mirándola directamente a los ojos. —Tienes razón. —le dijo y le preparó una bolsa con cinco panes y unos membrillos. —Sólo debes prometer —le dijo al dársela —que siempre defenderás a los niños contra los ratones del mundo. Doroteo lo prometió tocándose el corazón y, después de dar las gracias, se echó a correr hacia su casa. Esa misma semana, siete ratones cayeron en las trampas y nunca más volvió a aparecer otro. Felices, los hermanos celebraron comiendo pan y membrillos. ¡Doroteo lo había logrado!

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V

Mucho tiempo después, cuando él mismo se hacía llamar Pancho illa, visitó una escuela muy especial que había mandado construir para los niños desamparados. Ese día de mayo encontró a los chiquillos desayunando. Se sentó en la cabecera de la larga mesa. Los niños estaban boquiabiertos mirándolo sin pestañear. Entonces un pequeño se levantó de su lugar, llevaba un pan de piloncillo en la mano. Se acercó al general y mientras le daba aquel pequeño regalo le dijo “Gracias” no sólo con la boca sino con los ojos sonrientes, que le recordaron al general la valiosa promesa que había hecho hacía ya tantos años.

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A

quella había sido una noche emocionante para Emiliano. Se había ido a la cama un poco inquieto porque no había hecho la tarea. ¡Uy, si su papá se enteraba, le esperaba un buen regaño! Don Gabriel siempre le decía que tenía que trabajar duro para ganarse la vida sin tener que ser peón de una hacienda azucarera. Por eso no sólo lo mandaba a la escuela, sino que le enseñaba a criar animales y a cultivar la tierra.

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Durante días no se habló de otra cosa en el pueblo. Emiliano tampoco pudo pensar en nada más. ¡Qué peligro había corrido su padre! ¡Qué destino tan triste había tenido don Agustin! Le contó la historia a Relincho y, aunque nadie le creyera, él podía jurar que dos lágrimas cristalinas habían asomado de los grandes ojos de su amigo. A los pocos días, su padre lo llamó. Estaba sentado junto al pozo mirando las estrellas.

—Emiliano, ya sabes lo que le pasó a mi compadre —le dijo mirándolo a los ojos—, su mujer está sola y no tiene ni qué darle de comer a sus hijos. Nosotros la hemos ayudado, tú lo sabes, pero no hay dinero que alcance. Lo he pensado mucho y sólo nos queda una solución. Emiliano tragó saliva, en su mente rogaba que no fuera la que él mismo ya había pensado. —Hijo, tenemos que vender a Relincho —le dijo. —Pero, tú dijiste que era mío —reclamó el niño. —Yo lo sé; por eso te pido a ti que tomes la decisión —respondió su padre—. Si estás de acuerdo, te pido que mañana temprano lo lleves a casa de la viuda. Su papá se levantó y le hizo un cariño tosco en la cabeza.

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Cuentan que muchos años después, cuando Emiliano era el caudillo revolucionario más querido del Sur, un muchacho se le acercó. Zapata marchaba triunfante al frente de su ejército por las calles de Cuautla. De entre la multitud salió un joven de grandes ojos negros.

—Gracias, Emiliano —le dijo mientras le daba las riendas de una yegua negra. —¿Quién era ése? —le preguntó su hermano viendo al joven que se alejaba. —El hijo mayor de Don Agustin —dijo Emiliano y, como hacía muchos años, sintió el corazón tranquilo.

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La primera edición de cuentos con historia, de Club Promocional del Libro S.A. de C.V., se terminó de imprimir en abril de 2011 en D´vinni S.A., Calle 39 Sur No. 68C-33, Bogotá D.C., Colombia. Para la composición se utilizó las familias tipográficas Zapfino, Baskerville, Handtimes, Chucaratext, Cookies, A Little Pot, Caracol, Trebuchet Ms, Brady Brunch Remastered, 123Sketch y Black Boyson Mopeds. El tiraje consta de 8 000 ejemplares.



Cuentos con Historia