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Page 31

Cuando veo un álbum familiar… me provoca regresar el tiempo, viajar a través de él. En estos días vi las fotos de cuando viví cinco años en El Cairo, Egipto: montaba a caballo en el desierto, aprendí la danza del vientre, conocí a muchos amigos queridos… Todo era muy místico, muy romántico. Siguen como si todavía estuvieran en la antigüedad. El lugar que nunca olvidaré… Japón. Cuando fui, yo era la única mujer que practicaba kendo en Venezuela, por lo que terminé representando al país en un campeonato. Luego me quedé por siete meses más porque me salió trabajo como modelo. Conocí a un Tokio maravilloso: dormí en un dojo, viví la vida de los samuráis, recibí clases de ellos mismos y de algunos pocos (ya octogenarios) que habían peleado frente al emperador. El olor que me recuerda a Grecia es… ¡el jazmín! Cuando vas por las calles de Míkonos y Santorini, por la noche y en verano, huele tan rico que me vuelve como loca (por no decir otra cosa, pero quizá esta revista la lean menores de edad). El jazmín y el malabar son las dos flores que me chiflan. El sabor que más se acerca a la cocina de mi abuela es… mi abuela era mediterránea, griega, dramática. Todo lo suyo era en grandes cantidades. Recuerdo los intestinos de cordero en Pascua, con sabores de la tierra. Ella era como muy sabia. Me llamaba “bobita”. Una abuela loca que montaba a caballo. La pieza musical que más me eleva se llama… “Oblivion” de Astor Piazzolla, que Eduardo [Marturet, su dilecto esposo] hizo los arreglos para orquesta, y por la cual ganó una nominación al Grammy Latino. Muy romántica.

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