Cine
Colombiano El cine en el país del Sagrado Corazón de Jesús
L
a historia del cine colombiano es tan insólita como la realidad del país donde se han filmado sus películas: pioneros que secaban al aire libre los negativos de sus filmes a los que se pegaban, con rapidez instantánea, enjambres de moscas; técnicos que recibían como pago, cuando los estudios se declaraban en quiebra, caballos percherones que no cabían en sus casas; asesinos de la vida real que protagonizaban, un año después de cometer su crimen, el delito hecho ficción ante la cámara, convirtiéndose en estrellas cinematográficas que podían salir todos los días de la cárcel para rodar sus escenas. Las versiones son diversas: en Santafé de Bogotá, para hacer una película, hay que tener santa fe: Yo reinaré, el emblema del Divino Niño, para los directores de cine significa Yo filmaré; la consagración del país al Sagrado Corazón de Jesús, sugiere que en el reino de los milagros lo imposible se hace posible. Y el cine ha sido un milagro que sucede en las pantallas colombianas desde finales del siglo XIX, con la llegada al trópico del emisario enviado por los hermanos Lumière, Monsieur Gabriel Veyre, hasta hoy, cuando usted lee estas líneas. Una tradición que en las décadas de los años 10 y 20 hizo de la intuición otra forma del aprendizaje; en los 40 y 50 una época de ansiedad para que la artesanía se tradujera en arte e industria; descubriéndose en los años 60 y 70 un grupo de realizadores que se formaron en la
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academia y regresaron a Colombia para exigir el derecho legítimo de tomarse el poder tras las cámaras, evolucionando desde entonces el registro visual del país a la sombra de su historia. Un arte donde la violencia nos tocó en suerte como eje temático y pesadilla frecuente. El territorio del que surgen las preguntas para comprender el mundo del lado de acá de la pantalla. La evolución es notable en la bisagra del siglo XX al XXI. El cine se ha convertido en una pasión generacional hecha carrera universitaria. La producción independiente y privada viven en paralelo con el apoyo estatal. La ley 814 o Ley de Cine, aparecida en el paisaje jurídico en julio de 2003, permite que sea un hecho cada vez más frecuente la realización y sus derivados. Temáticamente, las historias íntimas reemplazaron a las historias masivas. A las denuncias en tono de consigna política de los años 60, se prefieren las narraciones que logran una semblanza del país. La amistad en situaciones extremas y el afán de supervivencia para evitar el desastre definen dos películas de matices diferentes tanto en su puesta en escena como en sus aspectos visuales: La sombra del caminante (Ciro Guerra, 2004) y Apocalípsur (Javier Mejía, 2005). La neurosis del asesinato como expresión delirante del rencor o como profesión al estilo de los gángsters son descritas en Satanás (Andrés Baiz, 2007) y Perro come perro (Carlos Moreno, 2008).