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Chema Tapia chematapia@gmail.com Diciembre 2009

Textos y fotografías* Maquetación Ilustraciones Diseño y cubiertas Coordinación general Impresión

Chema Tapia Chema Tapia Chesus Tapia David Tapia David Tapia CopyCenter

* Los textos incluidos en este libro son propiedad del autor, y han sido obtenidos del diario de campo y enriquecidos consultando diversas publicaciones y sitios Web. * Las fotografías que ilustran los textos son propiedad de autor, excepto las que expresamente se indican.


Índice Pirineos…………………………….…………………………………………………………………………………………......... Tierra del fuego, del aire y del agua

Etapa 1. Sábado, 9 de agosto de 2008 ………………………………………………………………………....... Zuriza – Aguas Tuertas

Etapa 2. Domingo, 10 de agosto de 2008………………………………………………………………………. Aguas Tuertas – Somport

Etapa 3. Lunes, 11 de agosto de 2008 ...………………………………………………………………….......... Somport – Respomuso

Etapa 4. Martes, 12 de agosto de 2008…………………………………………………………………............ Respomuso – Balneario de Panticosa

Etapa 5. Miércoles, 13 de agosto de 2008……………………………………………………………………... Balneario de Panticosa – Bujaruelo

Etapa 6. Jueves, 14 de agosto de 2008 ………………………………………………………………............... Bujaruelo – Góriz

Etapa 7. Viernes, 15 de agosto de 2008 ………………………………………………………………............ Góriz – Pineta

Etapa 8. Sábado, 16 de agosto de 2008 ……………………………………………………………................ Pineta – Parzán

Etapa 9. Domingo, 17 de agosto de 2008…………………………………………………………………....... Parzán – Biadós

Etapa 10. Lunes, 18 de agosto de 2008 …………………………………………..………………………........ Biadós – Estós

Etapa 11. Martes, 19 de agosto de 2008 ……………………………………………………………………...... Estós – Puente Coronas

Etapa 12. Miércoles, 20 de agosto de 2008………………………………………………………………….… Puente Coronas – Puente Palenques

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Epílogo……………………………………………………………………………………………………………………………..…

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Cuadro sinóptico…………………………………………………………………………………………………………….....

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Agradecimientos……………………………………………………………............................................................

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Bibliografía………………………………………………………………...................................................................

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Las fronteras separan y las montañas unen. Fragmento en aragonés de un canto que pone de manifiesto un amor y unas relaciones siempre de profunda familiaridad entre gentes de uno y otro lado de los Pirineos. “Aqueras montañas, ¡tan alteras son!, no me dixan bier, os mios aimors. Aqueras montañas, cuán s’en baxaran y os mios aimors, aparixerán. Degaza d’ixas boiras, os n’iré a escar y crebando as mugas, con yo entornarán. Si canto, yo que canto, no canto ta yo canto t’a mía amiga, que ya en ixos mons”. Claude Malibert, occitano. José Antonio Labordeta, aragonés.


PIRINEOS

Tierra del fuego, del aire y del agua

La belleza o no de las palabras no siempre está acorde con su significado, y prueba de ello es el término “istmo”, que según estudiamos todos allá por nuestra infancia es una zona de tierra que une una península al continente. Y de eso queremos hablar, de nuestro istmo más cercano, de nuestro istmo más querido, de esa parte terrestre a través de la que estamos unidos al continente europeo, y que tras una tumultuosa orogénesis, hace 60 millones de años, soporta sobre sus más de 55.000 Km2 una de las cordilleras, si no de las más grandes, sí de las más bellas de este planeta.

Vista de los Pirineos vía satélite.

Hoy en día, en sus 435 Km. de largo y 130 Km. de ancho en su tramo central, entre los mares Mediterráneo y Cantábrico, y entre la cuenca de Aquitania y la depresión del Ebro, se asientan los Pirineos, un sistema montañoso cuya formación se produjo entre las eras paleozoica y mesozoica, aunque su elevación se produjo en la orogenia alpina del terciario, debido a la colisión de dos placas tectónicas, la ibérica y la europea, separadas hasta entonces por una cuenca intercontinental llena de sedimentos, un brazo del que se ha dado en llamar mar de Tetis. Es una conjunción granítica, caliza y volcánica. Los periodos fríos del cuaternario modelaron su relieve, agudas crestas, valles glaciares, estrechos congostos, lagos de alta montaña, llamados ibones en Aragón, etc.

Mucho más cercano en el tiempo, más de lo que nos parece, al comienzo de la era cristiana, fue un historiador griego de Alejandría, llamado Apiano, quien describió que los Pirineos eran “los montes más altos de Europa”, y el error vino por el enorme interés que ya despertaba la cordillera en el mundo clásico.

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Hubo otros antiguos ilustres que la citaron en sus trabajos, como Estrabón, Diodoro, Herodoto, Ptolomeo o Aristóteles. Pero no fue hasta el siglo XVIII cuando un movimiento de cultos y ávidos viajeros van recorriendo algunos de los valles, siendo, Luis Ramond de Carbonniers, considerado como inventor del pirineísmo, quien el 10 de agosto de 1802 ascendió por primera vez el Monte Perdido, supuesta cumbre más alta de la cordillera entonces. Pero ha sido Lucient Briet, más recientemente, quien ha sabido describir las inmensas bellezas de esta nuestra tierra alta.

De lo ocurrido en los últimos tiempos, mejor no hablar, tras destruir la costa, el objetivo los Pirineos.

Pero lo real no se sustenta sin lo mitológico, la grandiosidad de la cordillera exigía explicaciones fantásticas acerca de su origen, y no podían estar basadas más que en otros elementos épicos y heroicos como fueron los grandes mitos de la antigüedad. Se dice que Túbal, nieto de Noé, tras el diluvio fue designado por éste para repoblar Iberia, y una vez asentado en estas tierras, tuvo una hija, a la que llamó Pirene, famosa por su belleza. Gerión, gigante tricéfalo rey de la Bética quiso apoderarse de ella por la fuerza. La doncella se refugió en una cueva, consiguiendo no ser descubierta, por lo que su perseguidor, enfadado, prendió fuego a los montes. Hércules, hijo de Júpiter, de camino a España para realizar uno de sus trabajos, vio el humo y acudiendo al lugar del incendio encontró a la moribunda Pirene, cuyas lágrimas dieron origen a los ibones, y al morir decidió levantarle una gigantesca tumba con las rocas de las montañas, que colocándolas unas encima de otras dio formación a la cordillera que hoy Hércules como mítico protagonista de la formaconocemos como Pirineos. ción de los Pirineos. De este modo se perpetúa la vinculación de estas montañas con el fuego, y es algo que se evidencia en muchas manifestaciones, paganas primero y religiosas después, de la cultura ancestral de las gentes que las han poblado a lo largo y ancho de la historia y del territorio. Los Pirineos constituyen una barrera climática; la vertiente francesa, al igual que la cornisa cantábrica, recibe abundantes precipitaciones, que la hace más húmeda, y más abrupta por los fríos de su cara norte. Esos frentes son detenidos en gran medida por sus altas cumbres, siendo el lado español mucho más seco, suave y soleado. El quebrantahuesos es la única ave osteófaga del planeta. En España se ha reducido su hábitat al Pirineo, donde hay un número reducido de parejas.

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Se dice que la línea de nieves perpetuas está en los 1.800 metros de altitud, pero el cambio climático la está subiendo drástica y dramáticamente. No obstante, aún se mantienen pequeños glaciares, verdaderas joyas geológicas que ostentan el record de ser los más meridionales del continente. Como asimismo lo es el macizo calcáreo del Monte Perdido, que alberga la gruta helada, también con más baja latitud de Europa, la de Casteret. En las montañas, mejor que en ningún otro sitio, encontramos difícil límite entre lo real y lo irreal. Bullicio y silencio, soberbia y humildad, orgullo y sobriedad, inaccesibilidad y cercanía, peligros y placeres, todo está contenido en ellas, todo está contenido en nuestra alma cuando conseguimos fundirnos con ellas. Para que algo tenga verdadero valor hay que vivirlo, hay que merecerlo, no la alcanza quien quiere, sino quien está preparado para abordarla. No es amiga de la arrogancia ni del desconocimiento, lo es de la armonía y del afán de impregnarnos de su sabiduría. No le gusta el acomodo, sólo con esfuerzo podemos entenderla.

Pirineos centrales tomados desde la Peña Oroel.

El tozal del Mallo vigila altivo la entrada de Ordesa.

La montaña no es sólo un paisaje, es una fuerza con coraje, una fuerza telúrica que la anima y que la mantiene, la que la hace vibrar en cada una de las cuatro estaciones que se suceden en su inexorable alternancia de esplendor e interiorización, de dar y de recibir, de inspirar y de espirar, como cualquier ser vivo. La montaña ha engendrado y cultivado una raza especial de hombres a los que les ha imprimido carácter, rudo y sencillo, como es ella; lento y hosco, como es ella; arrugado y áspero, como es ella; generoso y sobrio, como es ella.

Nos enamoramos de sus paisajes, como bella fémina nos dejamos seducir por sus encantos. Es tierra que casi vuela, es agua que nace de las cálidas entrañas, es pasión que nos cautiva, es belleza que estremece los fundamentos del alma y del espíritu. Hoy, una mirada melancólica, no exenta de rabia, nos dice que cuando ha interesado estrangular la precaria vida de los lugareños para que abandonaran su patrimonio natural, se ha hecho; cuando ha interesado llenar las montañas de presas y enormes pilonas con sus mortales redes de cables, y dejar abandonado lo que no se ha empleado, se ha hecho; y cuando ha interesado cambiar laderas vírgenes por cemento y asfalto que lo urbanice, también se ha hecho. En aras del progreso, hemos pasado de las actividades sostenibles a las depredadoras.

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Por eso, no hay más alternativa que refugiarse en lo poético y bello. Joaquín Araujo, gran naturalista, discípulo de Félix Rodríguez de la Fuente, en alguno de sus muchos escritos dice: “¡Cómo se alegra la luz entera cuando pone en contacto el perfil de la cordillera con nuestras miradas! La montaña es la soledad, escuela de la necesaria compañía; silencio, de donde brotan la música y las palabras; no es de otra cosa de lo que tratan los diálogos de nuestros ojos con las cumbres, o las caricias de nuestras pisadas por los empinados vericuetos. Se podría afirmar que no sólo nuestros ojos, sino hasta la misma roca se ilumina cuando se sabe tan útil para el disfrute.”

La primavera en el Pirineo es corta y tardía. Como muestra, estos tres ejemplares de flora: lirio, edelweis y dedalera.

El Pirineo alberga una muy extensa diversidad faunística, tanto salvaje como doméstica, silvícola y paisajística. Vacas paciendo el otoño del valle de Tena. Hayedos nevados en el bosque de las Hayas. Peligrosa arista del Bisaurín. Acebo con sus rojos frutos invernales en Sansanet. Formaciones de hielo en el Somport. Sarrios en Loma Verde.

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Y para terminar, un fragmento de La vida es sueño (1676) de Calderón de la Barca:

Fuego Es que mis rayos se anublan. Tierra Que se estremecen mis montes. Agua Que mis cristales se enturbian. Aire Que mis vientos se embravecen. Luz Pues todo el orbe caduca, grande daño hay.

A lo largo de los últimos siglos, el hombre también ha dejado su impronta en el Pirineo. Iglesia románica de Satué.

Bello rincón en el barranco de los Meses, Canfranc.

Nuestra marcha por estas montañas, de doce días de duración, transcurre por senda unas veces, pista otras, por un itinerario paralelo a la cordillera, que no nos lleva a hacer cumbre alguna, pero que sí nos aúpa a collados para pasar de un valle a otro, collados en los que ampliamos el horizonte visual como queriendo captar más y más, impregnándonos de tanta y tanta belleza salvaje. Doce días en los que se patean las cuatro comarcas alto aragonesas, La Jacetania, Alto Gállego, Sobrarbe y Ribagorza, las histórica y geográficamente más delimitadas, origen de condados y reinos, que viven la tranquilidad de la tierra media y la fuerza de la tierra alta, más abrupta y generosa, de donde nos viene el aire y el agua, el sol y el viento, de donde nos viene el alimento del cuerpo y del espíritu. Como queriendo ir en busca de la luz, comenzamos el tramo aragonés de la GR-11 o Senda Transpirenaica partiendo de la muga con Navarra, partiendo de su extremo más occidental en aras de alcanzar el polo opuesto, la linde con Cataluña en Puente Salenques, un lugar del valle del Noguera Ribagorzana, compartido con Cataluña. Empezamos pues en la zona más occidental de La Jacetania y hemos de llegar a la más oriental de La Ribagorza aragonesa. El tiempo pues ha cumplido, tras varios meses de preparativos estamos Señal internacional de los senderos de largo ante el momento tan esperado de comenzar esta travesía. Alea iacta est. recorrido (GR).

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Desde su comienzo, mojándose los pies en el Cantábrico, la cordillera va ganando altura poco a poco, sin prisa. Partimos al amparo del Ezkaurre, gran peña en linde con tierras vecinas, que se aúpa para pasar de los dos mil metros de altitud. Estamos en el valle de Zuriza, donde podemos encontrar el fenómeno climatológico llamado “efecto Foehn”, una acción desecante por calentamiento del aire, esto hace que haya una diferencia climática notable entre el norte y el sur de este lugar. Estamos en la cabecera del valle de Ansó, villa famosa por su cuidada arquitectura popular, con sus robustas chimeneas y balcones corridos adornados con profusión de flores. De estas gentes, merece destacar la veneración a la indumentaria tradicional con sus múltiples variantes para los distintos usos.

La majestuosa Peña Ezkaurre domina el apacible Valle de Zuriza.

Todavía existe la Mancomunidad Forestal del Valle de Ansó, formada por esta villa y el pueblo de Fago, otrora administradora de muy extensas zonas de selvas y pastos, que llegaban, y siguen llegando, hasta Candanchú. El término de Ansó es uno de los más extensos de Aragón, limita con el de 27 pueblos españoles y 26 franceses, y tiene 50 km. de frontera.

En este paraje, Zuriza digo, se forma el río Veral de la confluencia de los barrancos Petrechema, que viene del bello paraje de Linza al norte, en cuyas proximidades está el pico llamado de la Mesa de Los Tres Reyes, porque se podían reunir los monarcas de Aragón, Navarra y Francia sin salir de sus reinos; y el de Petraficha, que jalonado por la sierra de los Alanos en su vertiente sur, viene del este, a donde dirigimos nuestros pasos. Al pasar por aquí, seguro que las juguetonas y alegres ondinas se van a encargar de traernos recuerdos de hace años, muchos años, recuerdos en blanco y negro, recuerdos asociados al bullicio de calurosas tardes de verano en un campamento juvenil, a tremendas tormentas, a dañinas granizadas, a tiendas de campaña por los suelos en víspera del día de visita de la familia, y a retorcidos mástiles abrazados al fuego de la fragua para enderezarlos en la casa cuartel de la Guardia Civil, en lo que hoy La Ralla del Alano surge magestuosa entre la sierra del mismo en día es el camping Zuriza. nombre como centinela del flanco sur del valle de Petraficha.

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Pero es hora de que trabaje menos la cabeza y más lo pies. En una soleada, pero fresca mañana todavía, comenzamos, pues, nuestra andadura por este hermoso valle. El punto de partida es el puerto de Arguibieta, a 1.295 metros de altitud; son las 9:35 horas y estamos a 14º. Bajamos a la siempre apacible Zuriza y atravesamos los llanos de Tacheras, llegando hasta Mazandú, uno de esos típicos lugares llenos de vehículos que indican el fin de una pista transitable. Hay unos corrales, y unas grandes tuberías hacen de puente para continuar por la margen izquierda del barranco y subir hacia la sierra de los Alanos, cuya altura máxima es la Ralla del Alano (2.159 m). Este imponente macizo sigue serio y majestuoso nuestros pasos, mirándonos de reojo porque lo vamos abandonando poco a poco ya por la fuerte pendiente del camino hasta alcanzar el refugio de Tacheras (1.410 m), donde no hay que despistarse porque hay que hacer un brusco giro a la izquierda para tomar una pendiente trocha e ir ganando altura, que permite adquirir perspectiva sobre este hermoso valle de Comienzo de la travesía en el puerto de Arguibieta, muga con la Zuriza, jalonado en su parte más occidental por la Peña Ezkaurre (2.050 m), como decimos, en la misma muga con Navarra. vecina Navarra. Hemos de rodear la escarpada loma trasera de Chipeta para, mientras seguimos ganando altura, podemos ir contemplando pequeñas hoyas de karst, esas formaciones del terreno calizo que nos va dejando la erosión milenaria del agua. Una vez alcanzado el collado tenemos una vista aérea del barranco de Acherito y del Puerto del Palo, en otro tiempo paso de peregrinos, que descendían por la calzada romana de la Bal d’Echo en dirección a la tierra baja. Pasaban por el pueblo del mismo nombre, cuna del primitivo Condado de Aragón y otro de los núcleos pintorescos y bien conservados, en cuyas cercanías está Siresa, verdadera joya carolingia del siglo IX, con vestigios Mazandú, al final de Tacheras es el punto de inicio de la ascensión visigóticos. a la sierra de los Alanos. Hermosos y admirados templos centenarios, arquitectura viva que ha sabido resistir el paso de las centurias, verdaderos centros religiosos y culturales, también de poder político, que en otros tiempos pivotaron la actividad humana en todos estos valles, con un altísimo componente de domesticación de la divinidad, y viviendo a espaldas de este medio natural donde la podemos encontrar en estado puro, en todo su esplendor, libre, suelta, esparcida en cada átomo de luz y de paisaje, derrochando energía para alimento nuestro y del resto de la creación.

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Pero sigamos pegados al terreno. El barranco de Petraficha, comienza en un cuello entre el pico homónimo (2.188 m), al norte, y Chipeta (2.189 m) al sur, otra cima menor pero excelente por sus vistas, fácilmente alcanzable desde aquí. A nuestra izquierda, y tras el Petraficha tenemos el Quimboa (2.179 m), Anzotiello (2.211 m), Mallo Gorreta (2.266 m), Gorreta de los Gabachos (2.272 m), su cima norte (2.270 m), Foya de Gamueta (2.308 m) y Ginebral de Gamueta (2.329 m), y así seguiríamos hasta la Mesa de los Tres Reyes (2.428 m), con su prolongación, llamada la Tabla. A nuestra derecha, después del inmediato Chipeta, está Sayéstico (2.072 m), Peña Forca (2.391 m), Lenito (2.339 m), y otros tantos que se asoman a la Selva de Oza. Desde el collado, la vertiente que tenemos enfrente está dominada con orgullo por el Castillo de Acher (2.390 m), que para comprender lo de su nombre hay que subir hasta su antecima para admirar el singular valle colgado que alberga. Descendemos ya hacia el valle de la Selva de Oza. A nuestra izquierda vamos perdiendo perspectiva sobre el mencionado barranco de Acherito con su ibón, y el Puerto del Palo, en otro momento puerta de entrada de peregrinos, como decimos, desde el vecino pueblo y valle de Lescún, que por Desde el collado de Petraficha el Castillo de Acher luce sus mejores calzada romana bajaba por el, hoy en ruinas, convento de la galas sobre la Selva de Oza y Guarrinza. Merced, muy próximo a Embún. Continuamos nuestro descenso con la mirada puesta ya en todo lo largo y ancho de Guarrinza, valle casi huérfano en lo arbóreo, que es perpendicular al de Oza, y por ende, paralelo al eje pirenaico, por el que hemos de discurrir hasta alcanzar el achar de Aguas Tuertas. De bajada, se pasa por el refugio Saburcal, en lamentable estado, desde donde nos quedan unas lazadas por pendiente herbosa hasta llegar a formar parte del paisaje de La Mina, como uno de tantos visitantes que en un día como hoy acuden a disfrutar del entorno. De aquí, y siguiendo la calzada romana que parte hacia el sur, se puede tomar la variante GR-11.1 que la abandona en el bello paraje de Gabardito, con su circuito de esquí nórdico, para, tras atravesar los collados del Foratón, el Bozo y la Magdalena alcanzar otro no menos bello paraje, también llamado Gabardito, colgado sobre el valle del Aragón, presidido por la Collarada (2.883 m). Por el barranco de los Meses se llega a la villa de Canfranc (Campus Francus de los romanos), y de aquí se toma, subiendo el Camino de Santiago (GR-65.3) para, llegando frente a las entradas de la Canal de Ízas o de la Canalroya, Ganado vacuno que pasta libremente en la fina tasca del puerto durante el corto estiaje. poder continuar la GR-11 por una u otra.

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Repostando en la fuente de lo Fao.

Pero no tomamos esa variante, hay que recordar que estamos en La Mina, y tras echar un bocado y descanso, continuamos recorriendo el valle de Guarrinza siendo pasto del calor vespertino. Dejamos a nuestra izquierda una gran casona que la FAM va a convertir en el refugio necesario en este paraje, pero hasta que eso ocurra, tenemos que continuar nuestro camino. Un poco más adelante una singular fuente, llamada de lo Fao, en memoria de una enorme haya que había en este emplazamiento, media hasta alcanzar el barranco del Barcal, punto desde donde tienen que comenzar a andar los que llegan hasta aquí con su vehículo. Hay un puente para cruzarlo, aunque hoy no hace falta, pero sí en otras ocasiones en las que el cauce baja más alegre. Al término de dicho puente hay un pequeño caño del que sale agua, que siempre es más fiable que la del propio barranco.

Se continúa por la pista hasta encontrar un camino que burla una lazada a la izquierda, y tras salir de nuevo a la pista, se vuelve a tomar otro más pendiente para volver a burlar otra lazada mucho más larga que dejamos a la derecha. Este camino, tras pasar por una puerta metálica que impide que pase el ganado, nos deja justo ya en la caseta forestal del achar de Aguas Tuertas, refugio sin guardar de 10/12 plazas, que recientemente adecentado tiene dos bancadas de obra, y en un rincón la chimenea, estando diáfano el resto. Desde aquí se nos abre un nuevo horizonte, este collado se asoma a un calmo valle, donde el tiempo se detiene, para contemplar el sinuoso discurrir de las aguas, el sinuoso discurrir de las aguas tuertas.

El atardecer cubre con su tenue manto, poco a poco el singular valle de Guarrinza, produciendo mágicos destellos en el jovencísimo Aragón Subordán.

Las mansas aguas se retuercen como jugueteando por la pradera fertilizando los pastos.

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Dejamos acomodados todos los pertrechos y nos bajamos al riachuelo más próximo a dar paso a lo que será el ritual de todas las tardes, estirar para tratar de recolocar en su sitio todo aquello de nuestro organismo que ha contribuido a que estemos ahora aquí, en este paraje sin parangón. Pronto al refugio de nuevo, a abrigarse, y poco más. La cena la hacemos pronto, y sólo queda despedirse de este primer día de travesía, y lo hacemos a través de los últimos rayos de sol que acarician el camino que hemos dejado atrás. La noche se encarga de venir por el que hemos de tomar mañana, a su paso, cubriéndolo todo; que por cierto, cuando llega nos pilla ya en el saco, y los pies dentro de la mochila, como en los viejos tiempos. Lo de dormir ya es otra cosa, demasiado duro el catre, pero bueno, es una forma de ir acumulando sueño para la próxima noche, y siguientes, que espero sean más confortables. 09:35 10:00 10:30 10:55 12:30 13:45 14:00 18:05 18:25 19:15

Puerto de Arguibieta (1.295 m) Zuriza (1.227 m) Mazandú Refugio de Tacheras (1.410 m) Collado de Petraficha (1.958 m) Refugio de Saburcal La Mina (1.250 m) Fuente lo Fao El Barcal Refugio del achar de Aguas Tuertas (1.650 m)

Tiempo teórico Tiempo total Tiempo efectivo Desnivel acumulado Distancia Consumo energético

5 h 20’ 9 h 40’ 6h 2.100 m 21 Km 3.775 Kcal

* Todos los valores son aproximados

Refugio de forestales, en el achar de Aguas Tuertas.

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Estamos en la zona con mayor concentración de monumentos megalíticos de todo el Pirineo. Si nos

apasiona el tema, podemos visitar el Centro de Interpretación del Megalitismo Pirenaico en una antigua casa forestal en el comienzo de la Boca del Infierno, donde merece la pena detenerse para ver y escuchar las protestas del Aragón Subordán al estrecharse por este congosto. El cansino sol que despedimos anoche llega desperezándose para regenerar ahora todo a su paso, los primeros rayos pasan por encima de nuestras cabezas para ir rasantes hacia el extremo occidental de Guarrinza, hacia Chipeta, Petraficha, Quimboa, Anzotiello, toda la muralla que dejamos atrás ayer. También el Castillo de Acher comienza a beneficiarse de ellos, pero todavía jóvenes para entrar en las Aguas Tuertas, que cobijan a unos ejemplares de nuestra fauna vacuna y equina. Unas luces de todo terreno dibujan el camino de subida, y lo hacen hasta la misma puerta del refugio. Es Enrique, que trae a Olga para incorporarse a este pequeño equipo, a unir sus ganas con las nuestras, sus ilusiones con las nuestras, su entuEn la puerta del refugio del achar de Aguas Tuertas, dispuestos para siasmo con el nuestro, a darle ese toque femenino al grupo. el comienzo de la segunda jornada. Comenzamos la jornada bajando a los mansos meandros y dejando atrás, como arrinconado, como acobardado, al dolmen que tan famoso hace a este paraje; se trata de un pequeño megalito que conserva intacta su estructura primitiva, aun habiendo soportado los hielos de más de cinco mil inviernos, ¡hay si hablara! La sierra Bernera ya está toda iluminada, y hacia ella dirigimos nuestros pasos atravesando las siempre amables aguas torcidas, situadas en una artesa glacial, discurriendo mansamente, ignorantes de lo que a continuación les espera, y que no es otra cosa que el despeñarse por un estrecho congosto hasta alcanzar de nuevo el cauce en Guarrinza, plagado también de antiguos vestigios megalíticos.

En este rincón tan apacible se encuentra el dolmen de Aguas Tuertas, verdadero icono megalítico de estos valles.

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La sierra de Bernera iluminada con los primeros rayos de la mañana invita a ir hacia ella.


En nuestro deambular por este amable paraje, pasamos por enfrente del barranco de la Rueda, dominado por el pico Mercatón, a cuyos pies nace el Aragón Subordán, que da lugar a estos meandros y cuyas aguas recogen las de todos los barrancos de Guarrinza y la Selva de Oza, se angostan en la Boca del Infierno y tras pasar por Siresa y Echo, continúan hasta rendirse al Aragón en Puente la Reina. Al terminar este paraje de difícil olvido, nos encontramos ante tres valles; hay que evitar el camino más evidente, que nos llevaría a Francia por el puerto de Gabedaille. Debemos no despistarnos para seguir nuestras marcas de GR, que tras una fuerte ascensión, nuestros pasos nos sitúan en el puerto de Escalé, no sin antes pararnos a contemplar por última vez este precioso y calmo valle, que lo hacemos entre bocado y bocado en una breve parada que congela en nuestra retina todo lo que somos capaces de absorber. Una sorpresa nos aguarda al coronar el alto, el camino nos ha llevado hasta un collado desde el que podemos ver el ibón de Estanés en primer término, y rasgando el horizonte los picos Barranco de la Rueda, coronado por el pico de Mercatón, que alberga el del Midi, Balaitus, Raca y Anayet. nacimiento del Aragón Subordán.

Con la mayor de las indiferencias nos ven pasar estos dos ejemplares por uno de los rincones de estos apacibles lugares.

Los restos megalíticos están esparcidos por doquier, dando testimonio de su glorioso pasado.

Descendemos hasta el ibón, verdadera encrucijada de caminos, al que se accede, como rosa de los vientos, desde los cuatro puntos cardinales, en cuyas aguas se reflejan el Acué y la sierra de Bernera. Siempre es un verdadero placer volver a este lago natural que, compartido con el país vecino, a todos reparte belleza, a todos reparte armonía, a todos reparte paz y serenidad.

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Una travesía aérea nos invita a hacer otro alto en el camino para repostar de cuerpo y alma. Siguiendo la senda que nos conduce a la orilla continuamos nuestro camino, al norte de la sierra de Bernera, dirigiéndonos, esta vez por territorio galo, hacia el valle del Aragón, hacia Candanchú. El horizonte está ocupado por el Midi d’Ossau, el macizo de Anayet, la Raca en primer plano, la Pala de Ip, con su Campanal de Ízas, los Tronqueras, los Berneras que acabamos sobrepasando, y tantos otros montes menores cuya presencia se esparce por doquier. Al parecer hay un proyecto de la F.A.M. para buscar una ruta alternativa y que la GR no salga de territorio español, y el motivo principal es su mantenimiento. Estamos en el Puntal del Tacho, y hay que estar atentos para no bajar siguiendo los pasos marcados en el recuerdo, por la vertiente francesa hasta Sansanet, para lo que continuamos por el roquedo que llevamos a nuestra derecha y nos introducimos en el afamado bosque de las Hayas, beneficiado por el húmedo clima de influencia atlántica. Al girar el camino bruscamente hacia el sur, adquirimos una panorámica sobre el macizo del Aspe (pico de la Garganta en local), y su chorrota, a la que nos dirigimos una vez expulsados del seno del bosque, que lo hace en un lugar en el que sorprende una enorme roca a nuestra derecha, de la que no apetece mucho salir porque sabes lo que te aguarda a la intemperie y a estas horas, que es un enorme calor, que no nos va a abandonar hasta entrar nuevamente en otro tramo del hayedo, pasado, y bien pasado este, en otros momentos, generoso barranco.

Espléndido bosque de las Hayas, favorecido por una marcada influencia del clima húmedo atlántico.

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El arranque de la mañana ofrece marcadas sombras en el comienzo del puerto de Escalé.

Garganta del Aspe, que recoge las aguas de la vertiente norte del gran macizo del mismo nombre, que alberga también las Llanas de la Garganta y del Bozo.


Pasamos, pues, por la chorrota del Aspe, el pie de una cascada cuyas aguas vienen de las mismísimas fuentes del pico del mismo nombre. Tras una comprometida travesía por piedra muy suelta, que nadie arregla, y de donde parte un desvío que sube a la misma chorrota, se adentra por ella y se encarama por su mismo seno llegando a ese precioso valle que baja del Aspe, volvemos a adentrarnos en otro tramo de hayedo, que se agradece, pues el sol a estas horas pega con toda su verticalidad. Dejamos atrás este corto pero fresco paso por el bosque para llegar al collado de Causiat, no sin antes tener la oportunidad de beber buen trago de agua en una fuente que queda a nuestra izquierda y que hay que andar listos para encontrar. Aunque las montañas no entienden de esas cosas, estamos de nuevo en la muga administrativa, volvemos a pisar territorio ansotano, y es que llegamos a la llamada Ciudad de Piedra, extremo oeste del valle de Candanchú, donde dejamos este extenso municipio para entrar en el de Aísa, justamente cruzando por el circuito de esquí nórdico, por el que tantos sudores hemos vertido, y hemos hecho verter, en pretéritas épocas invernales.

Último reducto de sombra antes de salir del bosque de las Hayas en dirección a la chorrota del Aspe.

Esta inestable senda conduce a otro tramo del bosque de las Hayas, cercano ya, de nuevo, a territorio español.

Aunque venimos viéndolo de lejos, aunque sabemos lo que nos espera, parece que nuestro caminar se resiste a alcanzar este centro turístico tan sobreexplotado, este lugar de diversión tan alejado de los principios y de los valores que representan este mundo de esfuerzo y entrega que es el de las montañas. Llegamos a Candanchú, una de las estaciones de esquí alpino pioneras de España, que tras tantas décadas de estar explotada por una sociedad anónima independiente, está a punto de sucumbir a las feroces garras de esa empresa semi pública que gestiona la nieve, el cemento y el ladrillo, desnaturalizando todo a su paso, y que tan pocas simpatías despierta en los hombres que amamos las montañas. Estos negocios sólo se sostienen con la especulación del suelo en base a salvajes recalificaciones que convierten terreno rústico, natural, en apto para la desmesurada edificación, haciendo oídos sordos a la tendencia climática

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Es aquí, en Candanchú, donde termina la etapa de hoy, pero vamos a apurar un poco más saliendo de este maravilloso paraje, insufrible en verano e invierno, pero encantador en contra temporada, y optamos por subir hasta la misma frontera, donde está el Albergue Aysa, que regenta Perico de Echo, conocido de Olga. El tiempo sigue bueno, aunque ya se barrunta cambio. La comida la vamos a hacer en compañía, de modo que nos acercamos a la estación de esquí nórdico del Somport, donde pasamos un buen rato de descanso y estiramientos, que llenan las primeras horas de la tarde. De nuevo nos quedamos los tres solos ante nuestro reto de querer unir con nuestros pasos las mugas occidental y oriental de Aragón a través de estos bellos parajes. Estas dos etapas precedentes han sido de prólogo para las siguientes, es mañana la primera jornada dura de verdad y ante la que hay que empezar ya a mentalizarse.

Buena comida en buena compañía, en el Somport.

En estas y otras reflexiones nos vamos ocupando para finalizar la tarde, en la que no descuidamos el mirar al reloj para acudir pronto a cenar, que lo hacemos en un salón con vistas a la frontera en primer término, y a todo el horizonte visible, en el que destaca el Acué y el Castillo de Acher. La puesta de sol es espectacular, la última mirada de fuego del moribundo sol, indica cambio de tiempo. Veremos mañana. 08:10 10:00 10:45 11:45 12:15 13:00 13:15 13:45

Refugio del achar de Aguas Tuertas (1.650 m) Puerto de Escalé (1.667 m) Ibón de Estanés (1.780 m) Bosque de las Hayas Chorrota del Aspe Collado de Causiat (1.671 m) Candanchú (1.550 m) Albergue Aysa (1.664 m)

Tiempo teórico Tiempo total Tiempo efectivo Desnivel acumulado Distancia Consumo energético

4 h 25’ 5 h 35’ 4 h 30’ 600 m 15,1 Km 2.265 Kcal

* Todos los valores son aproximados

Albergue Aysa, en Somport.

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Estamos ante la jornada más larga, por eso la idea era levantarnos sobre las 6, pero una hora antes ya estamos despiertos debido a las tormentas que iluminan toda la bóveda celeste, y la de nuestra habitación también. Ha cambiado el tiempo estrepitosamente, con este panorama no podemos salir, y me preocupa más la jornada siguiente, metidos ya en plena alta montaña, y así lo hago saber. Pero bueno, a ver cómo evoluciona la atmósfera, porque aunque se quede borrascoso, tenemos que salir. Con estas divagaciones y contemplando el espectáculo, pero con la ventaja de estar a cubierto, estamos hasta las 6:30 que nos levantamos. Aunque siguen las tormentas, parece haber pasado lo peor, y a pesar de continuar una fina lluvia, hay que mover. Desayunamos en la habitación, y ya estamos prestos para salir. La amenaza es permanente, y lo seguirá siendo a lo largo de toda la jornada. Aquí estamos los tres, sabedores de que es la primera etapa seria, y no sólo eso, sino que es la más larga, ya que donde acaba esta noche, en la Sarra, no hay refugio, y nos obliga a subir hasta Respo- El cambio brusco de tiempo nos deja estas borrascas que amenazan con descarmuso, lo que la hace de más de 9 horas teóricas. gar a cada momento.

Comienzo de esta larga jornada.

Pero bueno, hay que arrancar, y lo hacemos justo donde da comienzo el Camino de Santiago en tierras aragonesas, el GR-65.3, que es común durante un buen trecho. Pasamos por debajo de unas ruinas en lento proceso de dignificación, estamos hablando del mismísimo Hospital de Santa Cristina, estamos hablando de lo que fue el centro de atención al peregrino más importante del mundo cristiano en el medievo, después del de Jerusalén, estamos hablando de este lugar, donde dieron descanso a sus maltrechos huesos millares de personas una vez atravesada la cordillera por el cercano puerto del Somport (Summum Portus de los romanos), antes de seguir su ruta para venerar los restos del apóstol Santiago, siguiendo la Vía Láctea.

Bajamos a la entrada de Candanchú, para pasarnos a Piedras Rojas, escuela de escalada en roca, a cuyos pies hay un refugio de pastores, y continuar hasta encima del Puente del Ruso, por donde se nos va abriendo Rioseta en todo su esplendor. Por debajo del mirador de la Raqueta se baja hacia la finca agropecuaria de Anglasé, desde donde se ve la mala cara del tiempo que nos aguarda, que no es mejor que el que vamos dejando atrás. El Campanal de Ízas se asoma como puede entre brumas. Estamos justo en la entrada de Canalroya, este recóndito valle a la espalda de Astún, ocupado por otra estación invernal. De continuar por esta pista pasaríamos a Formigal por los ibones de Anayet, haciendo el descenso por el barranco de Culibillas, llegando a la carretera que baja del Portalet a la altura del cubilar de las Mulas.

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Como hemos optado por hacer el camino de la Canal de Ízas, hemos de descender por el bosque hasta la entrada al camping Canfranc para seguir camino abajo por el valle principal. Se toma un desvío a la izquierda, y es que dejamos que discurra el Camino de Santiago valle abajo para continuar por el nuestro, que comienza a adentrarse ya en la Canal de Ízas. Dejamos a nuestra derecha el Coll de Ladrones, una vieja fortificación militar de principios del siglo pasado, construida para asegurar el paso fronterizo y cuyo pase a manos privadas no ha evitado, de momento, el deterioro y la ruina. Una buena traza nos lleva por entre matas de boj que abrazan el camino y que comparten con nosotros toda la carga de agua que han recibido de estas tormentas tempranas. Un tramo de bajada brusca nos sitúa debajo de la pequeña presa de Ízas, que tras cruzarla, un empinado y bien señalizado camino, nos posiciona en la margen izquierda, por la que seguimos adentrándonos a través de fuertes pendientes al valle, en el que nos encontramos con tercos ejemplares de vacas bajando, y que quieren hacer valer por todos los medios su prioridad, pero finalmente, aunque con algún esfuerzo, conseguimos apar- Al fondo, entre brumas, nos aguarda la Canal de Ízas, custodiada por la Pala de Ip por cuyos pies hemos de pasar. tarlas para poder pasar. Los dos valles con posibilidad de pasar a Formigal, el de Canalroya y este de Ízas rodean al macizo de Anayet, singular por su origen volcánico en entorno calcáreo, situado actualmente en pleno debate entre los afanes desarrollistas y el respeto a la naturaleza. En ciertas mentes explotadoras de los recursos medioambientales y paisajísticos, y poco acordes con la sostenibilidad, a pesar de que lo pregonen, está el querer unir las estaciones de Formigal, Astún y Candanchú, y sería a costa de hacer desaparecer del mundo natural estos bellísimos parajes. Siempre hay quien quiere privatizar lo que es patrimonio común, siempre hay quien quiere imponer su ambición a costa de desnaturalizar todo lo que encuentra a su paso, siempre hay depredadores consentidos por la administración, o como en este caso fundidos/confundidos con ella, con unos poAgreste y empinada entrada a la Canal de Ízas, que tenemos que atravesar desde deres públicos que tienen el deber de proteger nuestro patrimonio, y que no siempre lo consiguen. su comienzo hasta su collado.

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No cesan, pues, los peligros sobre estas bellas y frágiles montañas. Paralelamente, está en estudio delimitar toda esta área como espacio protegido. Pero ambas cosas están en las mismas manos, siendo a la vez juez y parte, por lo que tenemos nuestras serias y razonables dudas de cómo acabará todo esto. Es difícil obviar estas cuestiones cuando pasas por lugares tan amenazados, pero debemos hacerlo en aras de nuestro mayor disfrute. Continuamos nuestro camino por este valle, que tras una penosa y pedregosa subida nos sitúa en un lugar desde el que se da vista a toda su profundidad, mientras las brumas lo permiten. A pesar de todo, la lluvia nos sigue respetando, pero seguimos rodeados de borrascas a punto de la incontinencia. Como un guiño a nuestro discurrir por este singular valle, siempre nos dan un respiro, siempre hay una ventana abierta al CampaA pesar de las brumas, el Campanal de Ízas siempre se abre un hueco para asomar- nal de Ízas, esa formación de rocas característica, que está situada en un contrafuerte de la Pala de Ip. se y contemplar los escasos visitantes de este valle. Como hitos intermedios, tenemos en este valle la cascada de las Negras y el refugio. El collado se ve despejado, pero nos sentimos perseguidos por estas persistentes brumas que todo lo invaden de un ambiente muy especial. En un momento determinado, el camino nos conduce a cambiar de margen en el barranco, que una vez atravesado, la deficitaria señalización nos hace perder tiempo por no haber estado bien atentos. Nada más cruzar el riachuelo hay que continuar a la izquierda, camino mucho menos evidente. Seguimos por zona megalítica, y se alcanza un último refugio, donde es conveniente volver a echar un bocado antes de acometer el asalto final al collado, a este paso en el que hemos fijado nuestros temores previos, fundados en el cambio drástico de paisaje, ya que vamos a pasar del naturalmente salvaje al salvajemente desnaturalizado.

A nuestra espalda, la cascada de las Negras pone en evidencia el origen volcánico de estos suelos.

A partir de este último refugio seguimos con el tramo mal señalizado, pero no hay problema alguno, ya que hay que dirigirse al collado por el que asoma la terminal del arrastre de la estación de esquí. Una fuerte pendiente nos conduce hasta él, donde el cambio de cuenca nos indica que abandonamos la comarca de La Jacetania y nos adentramos en la del Alto Gállego.

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Todo este ascenso ha estado dominado por Punta Ezcarra, vigilante en este solitario rincón, pivote para el contiguo valle que conduce a la extensa zona de la Partacua. Como también vigilantes han estado unas vacas que nos ven pasar con la mayor de las indiferencias, y no sólo hacia nosotros, sino a lo que poco a poco va subiendo valle arriba, esas brumas que nos inquietan y que no perdemos de vista.

Último refugio antes del asalto final al collado de Ízas.

Punta Ezcarra, pivote que cierra por el sureste el circo de Ip.

Una vez llegados arriba, el impacto visual es demoledor. Hubiéramos preferido estar un tiempo aquí descansando y contemplando, especialmente la vertiente que dejamos, pero el viento hace desapacible cualquier tregua, así es que escasamente miramos un cartel con indicaciones para los esquiadores y comenzamos como locos a perder altura. A partir de aquí, a partir de que ya damos vista a este caos paisajístico modificado, a este extensísimo territorio colonizado por esta nueva forma de explotar los recursos tan irrespetuosa y avasalladora con el medio, es todo un descenso sin fin, o mejor dicho, con un fin lejanísimo, que una vez cruzado el barranco de los Campos de Troya, y la Estación Intermedia, no es otro que la propia base de la estación, no sin habernos perdido varias veces de las señales y llegar hasta el asfalto atajando por donde podemos.

El vasto valle de Formigal convertido en depositario de tanto artificio supone un impacto visual difícil de digerir.

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Formigal también tiene su mito, en virtud del cual su nombre proviene de formiga, palabra aragonesa que significa hormiga, y que probablemente trata de dar una explicación legendaria a la aparición de la nieve, un manto formado por miríadas de hormigas blancas, unos pequeños insectos que habitaban donde casi ningún otro animal podía hacerlo. Grandes amores y desencuentros, dioses y míticas figuras, que con sus furias y tempestades, dan cuerpo a legendarias historias para dar explicación a la formación de estas enormes y bellas montañas. También me han hablado del término formigar, como el de preparar las tierras para el cultivo.

La silueta del imponente Midi d’Ossau rompe el horizonte.

A lo largo de este penoso recorrido, penoso digo por el artificio, cualquier bocado que echas se queda cruzado en el gaznate, porque es muy difícil abstraerse a que en pleno siglo XXI sigamos todavía anclados en el caciquismo que hace desenfocar de un modo tan extremo el disfrute de estas montañas, que hace que uno se sienta extraño en su propia casa. Pero no hay más remedio que continuar y disfrutar todo lo posible, y lo hacemos con la vista del majestuoso Midi al norte, y ya en nuestra dirección todos los montes panticutos, entre los que destaca el macizo de los Infiernos, que con la gran paciencia que les caracteriza, nos aguardan a nuestras andanzas en la jornada de mañana.

En la propia estación, y siguiendo con lo urbanizado que todo lo domestica, volvemos a parar a repostar. Es el segundo tramo (el primero fue Candanchú) que hubiera suprimido de la ruta. Era de suponer que iba a conllevar dureza, y no precisamente motivada sólo por el relieve. Cruzamos la carretera y subimos a las urbanizaciones para dirigirnos justo debajo de la ermita de Basarán, ese precioso ejemplar de románico lombardo, trasladado piedra a piedra desde su emplazamiento original, allá en el Sobrepuerto, esa zona situada a la vera izquierda del Gállego, entre Bisecas y Sabiñánigo, anclada en el tiempo, cuyo reloj se paró en los años sesenta, y donde la vegetación va fagocitando poco a poco los pocos restos que quedan en los pequeños núcleos forzosamente abandonados a causa de la desidia y dejadez, por no decir del interés, de los gobernantes, en una prueba más del imperio del caciquismo de la época, donde la vida se convirtió en un montón de piedras de las que cada día que pasa hay menos en pie.

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Panorámica de la urbanización de Formigal con los montes panticutos al fondo.


Tomamos pues la estrecha y vieja carretera que unía Sallent con la frontera del Portalet, desde la que tenemos una espectacular visión sobre el embalse de Lanuza, en cuya orilla está el pueblo que le da nombre, y siguiendo con el espíritu que nos embarga con tanto desmán, podemos decir que tuvo que ser abandonado para construir precisamente ese pantano, pero que el coraje y tesón de sus ex propietarios ha conseguido su reversión para dejarlo de nuevo en sus manos, de donde nunca debió salir, y siendo objeto de reconstrucción para devolverle, si no todo su pasado, sí esa dignidad que nunca debió perder y de la que tan falto está todo el Pirineo. Tras burlar algunas lazadas, se alcanza la villa de Sallent, y sin entrar en ella, continuamos nuestro camino, todavía por asfalto, hasta la Sarra, que embalsa las aguas del río Aguas Limpias, y en cuyo comienzo han puesto un restaurante asador, jalonado por la cincuentena de coches de turno, como otra prueba más de domesticación del entorno, opacando los verdaderos valores del medio, y que cualquier alteración que se haga tiene que pasar únicamente teniendo siempre presente los usos tradicionales, los usos de siempre, que durante siglos han sabido convivir en perfecta armonía. Esta falta de respeto no puede perdurar en el tiempo, la naturaleza denostada tiene que volver a sus fueros. Más propio que un asador, donde se llega sobre cuatro ruedas a saciar la gula, sería el haber instalado un En primer plano Sallent de Gállego, y al fondo Lanuza, que como el Ave Fénix, ha sabido resurgir de la ruina que le trajo el pantano, como tantos refugio montañero, para cubrir la necesidad del caminante, y con menús más austeros y a tono con la actividad. y tantos pueblos por estos pagos. Es precisamente aquí donde termina teóricamente nuestra etapa de hoy, y que la falta de la infraestructura adecuada nos obliga a prolongarla hasta Respomuso, así es que es aquí donde se nos puede ver amorrados a la fuente viendo salir a esas gentes tras sus opíparas comidas, y con el coraje necesario para tras casi 9 horas pateando, casi todo el tiempo que teníamos que recorrer hoy, tener que enfrentarnos a las 2 horas y media que nos quedan, y que se pueden convertir en casi 4, debido al cansancio acumulado. Pero como siempre hay que aferrarse al lado bueno de las cosas, en este caso también lo hacemos, y es que esta brutal prolongación de hoy va a ir en favor de la etapa de mañana.

La fuente de la Sarra sacia la sed del caminante.

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Bueno, como no hay que dejar espacio al desánimo, con nuestros cada vez más pesados pertrechos a cuestas, y dejando ya el odioso asfalto sobre el que llevamos ya dos horas, emprendemos la subida, un delicioso camino cuando se comienza desde aquí, pero que después de tantas horas, se va a hacer penoso. En los primeros compases vamos viendo bajar gente. Ya hemos abandonado el reino de la caliza y nos vamos adentrando en el del granito, delimitado por el cambio de influencia climática, el valle de Tena marca la frontera entre la atlántica y la mediterránea.

El barranco de Balseroleta sale a nuestro paso, y vierte generosamente sus aguas este verano.

Algunos tramos del camino son un verdadero respiro del piedra tras piedra, son tramos con un ambiente especial.

Se pasa por el desvío al collado de los Arrieles, y por el de sus ibones. Se nos abre la vista a esa franja de cemento que sujeta las aguas del ibón, dominado por esa cumbre piramidal que es la Llana Cantal. Ya hemos dejado atrás esos dulces tramos de hayedos, y casi también los de pino negro, esa especie de conífera que más gusta de las alturas, y que siempre se atreve a obsequiarnos con algún singular ejemplar para nuestro deleite y que nos saluda a nuestro paso.

A la izquierda, en un momento de la ascensión por una terraza elevada sobre el barranco del Aguas Limpias. En el centro, un ejemplar de haya, cuyos múltiples brazos surgen en busca de la luz. Y a la derecha, un pino negro, la conífera más alpina, la que pone límite entre lo arbóreo y el exclusivo mundo mineral.

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Tras el Paso del Onso y el Llano Cheto, el camino, ya por piedras, sigue subiendo barranco arriba, un cauce que viene de la misma presa, a donde llegamos cansos ciegos. Las presiones de colectivos montañeros y ecologistas han hecho acercarse al sentido común a las empresas constructoras y explotadoras de estos embalses, y lo han hecho haciéndoles limpiar, aunque no lo hemos conseguido del todo, los materiales abandonados durante décadas, deshechos de las obras que por todo el Pirineo han convertido espléndidos ibones en pantanos en pos del desarrollo, más bien del desarrollismo, que se han escudado en la necesidad de la producción hidroeléctrica para poder seguir manteniendo el despilfarrador nivel de vida actual. El último tramo es aterrador, tras tantas horas de marcha hay que remontar el desnivel que supone la presa, pero a pesar de haber llegado al ibón, no es aquí mismo donde está el final de nuestro recorrido de hoy. Aquí está la ermita de Nª Sª de las Nieves, y todavía hay que seguir hasta el refugio, que debido a un corrimiento del camino, hay que hacer un inoportuno, a estas alturas de jornada, desvío que alarga todavía más el camino, y que retrasa nuestra ansiada llegada, que hacemos pasadas, y bien pasadas las 7 de una tarde que viene con más frío que otra cosa. Lo bueno es que apenas nos ha llovido en todo La llegada de la presa a nuestro campo visual nos anuncia el fin de la etapa de hoy, aunque el día, pero el cansancio y las ganas de llegar nos han superado ya desde hace varias horas. nos quede todavía más de una hora para llegar al refugio.

Tras ascender durante horas por el congosto, el alma se expande igual que lo hace el paisaje. El horizonte que se abre ante nosotros es verdaderamente espectacular. Dos vistas parciales del ibón de Respomuso y su extraordinario entorno con las últimas luces de la tarde, a nuestra llegada al refugio con el cansancio acumulado de toda la jornada.

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A partir de aquí, la consabida rutina, registrarse, instalarse, asearse, abrigarse y poco más podemos hacer hasta que llega la hora de la cena caliente, que nos reconforta y repara. Pronto al saco, donde se hacen necesarios estos momentos para, bajo un prisma sereno, examinar esta durísima jornada, y ver que es una satisfacción profunda la que embarga al tener esta temida etapa ya concluida, esta etapa en la que, por añadidura, hemos estado permanentemente amenazados por las tormentas que libremente han ido circulando por encima de nuestras cabezas. Situados en la parte alta de las literas, el hueco libre que queda lo ocupa al rato de estar nosotros, un chico joven, que posteriormente le ponemos el apodo de Llany (de Llanero solitario), porque nos lo vamos a ir encontrando en varios puntos del recorrido casi hasta el último día.

Impresionante vista de las Fachas en el circo de Piedrafita.

Cuando esto ocurre ya habíamos puesto en marcha toda la maquinaria capaz de dar vuelta a todo lo sucedido en esta intensa jornada, una situación de plenitud que arrebata cualquier vestigio de este lado del mundo de los vivos, para ser transportado al lugar de reparación, a donde llegamos con estas últimas reflexiones.

Contra las algo más de 9 horas pronosticadas, han sido casi 12 desde que hemos salido del Somport, para recorrer 35 km., con un desnivel superior a los 3.300 metros y con un gasto próximo a las 6.200 Kcal. 07:30 08:20 09:00 10:30 12:40 14:20 15:15 16:15 18:45 19:10

Albergue Aysa (1.664 m) Anglasé Presa de Ízas (1.320 m) Refugio de Iserías (1.620 m) Collado de Ízas (2.230 m) El Formigal (1.540 m) Sallent de Gállego (1.305 m) Cola del embalse de La Sarra (1.438 m) Presa del embalse de Respomuso (2.100 m) Refugio de Respomuso (2.120 m)

Refugio de Respomuso, en el circo de Piedrafita.

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Tiempo teórico Tiempo total Tiempo efectivo Desnivel acumulado Distancia Consumo energético

9 h 30’ 11 h 40’ 10 h 3.300 m 35 Km 6.190 Kcal

* Todos los valores son aproximados


La falta de refugios en sitios más racionales para la ruta, nos obliga a modificar los límites de alguna etapa. En este caso hemos tenido que alargar la ya de por sí larga de ayer, hasta el circo de Piedrafita, donde se halla el embalse de Respomuso, la antesala de una de las zonas más bellas del recorrido, hasta cuyo refugio llegamos y de donde partimos hoy. Pero todo ello ha sido en favor de la etapa que hoy comenzamos, de la etapa reina de la travesía en lo que a altitud se refiere. En un lateral del refugio hay una fuente, visita obligada si se quiere salir pertrechado del líquido elemento. Junto a ella hay un verdadero vergel de especies vegetales, toda una zona protegida, aparentemente experimental, según rezan unos carteles.

Punto de arranque de esta cuarta etapa.

El camino de partida está magníficamente bien señalizado, se pasa por la cola del embalse y por el antiguo refugio Alfonso XIII. Hay una zona de aguas que se retuercen mansamente para alcanzar el ibón, y que hay que atravesar no sin cierta dificultad. Dejamos a nuestra izquierda lo que se vislumbra y es, el embalse de Campoplano.

Maravillosos parajes, vistas espectaculares iluminadas por la tenue luz de las primeras horas de la mañana, que con con sus juegos de luces y sombras crean un ambiente muy especial ayudado por estas brumas que nos siguen acompañando.

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Nos dirigimos hacia nuestra derecha para adentrarnos en un pequeño valle a cuyo circo llegamos enseguida. Comienza ya la fuerte subida para alcanzar el ibón de Llena Cantal, en cuyos alrededores queda todavía algún nevero tardío que debemos pasar con cuidado

Vamos dejando atrás el embalse de Respomuso, y el camino se va empinando en dirección al circo que alberga los ibones de Llena Cantal.

Hay que seguir ascendiendo hasta alcanzar la cota máxima de la jornada, el collado de Tebarray, a 2.782 metros de altitud.

Paramos a echar un bocado, y poco a poco nos vamos encaramando para acometer la última de las subidas de hoy, que nos deja al pie de una chimenea que da acceso al collado de Tebarray. Antes de llegar a él es inevitable una parada para contemplar el bellísimo espectáculo que vamos dejando atrás, un grupo de ibones, los de Llena Cantal, rodeados de neveros vigilados atentamente por unos riscos afilados, cuyas puntas están ocultas bajo espesos y amenazantes nubarrones que le dan a todo el conjunto un aire lúgubre a la par que hermoso.

Pasando alguno de los neveros enriquecidos por la profusión de las tardías nieves primaverales.

Conforme se va ganando altura, la perspectiva que se va abriendo sobre el circo de Llena Cantal, es espléndida.

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Llegamos, pues, a este collado por el que nos asomamos al extenso mundo de los montes panticutos, con el macizo de los Infiernos, del que sorprende su espléndida marmolera. A nuestros pies, el ibón de Tebarray es auténticamente cautivador, sus negras y profundas aguas reflejan la pirámide cimera de su pico, que no alcanza por poco la codiciada, por aquí, cota de los tres mil metros. El corazón se acelera por la emoción que siente al saberse cercano el momento de descubrir uno de los momentos más esperados de todos, el de ver este espectacular entorno. Fuerza en el aire, fuerza en sus aguas, fuerza en su mirada, fuerza en su nombre, Tebarray, y seguro que también en quien lo puso.

Tramo final de la ascensión para alcanzar el collado de Tebarray, punto álgido de la etapa de hoy y de toda la travesía.

Hay que ser muy cuidadoso con tanta piedra suelta. La chimenea obliga a hacer los últimos pasos a cuatro patas.

Alcanzamos el lugar en el que teníamos puestas todas las expectativas, el collado de Tebarray o de Piedrafita, a 2.782 metros, dominando este ibón cuya contemplación cautiva el alma. A partir de aquí, un largo pero bellísimo descenso hasta el Balneario de Panticosa.

Tebarray. El magnetismo de este bellísimo paraje invita a su contemplación. A la izquierda, el ibón con sus negras aguas. En el centro, posando en tan magno escenario. Y a la derecha, la cima piramidal del pico.

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La mañana sigue cubierta, a expensas del capricho de las borrascas que van y vienen, a expensas de que en cualquier momento abran sus negras tripas y suelten el agua que todo lo fecunda, a expensas, en definitiva, de que nuestro discurrir vaya llenando lentamente los espacios y tiempos que tenemos a nuestra disposición. Pero antes que todo eso, es obligado rendir merecido tributo a estos lugares, admiración se impone, y fotos, y más contemplación, como queriendo atrapar el momento, como queriendo vivir toda la vida en este momento y en este lugar. Algo muy complicado, que sólo permite el tiempo justo para empaparnos de tanta y tanta belleza; pero aún tenemos todo el camino de bajada hasta el collado de los Infiernos para poder seguir deleitándonos de tan singular paraje. Dejamos atrás este bello, potente y magnético lugar, como tantos otros hemos ido dejando, para seguir adelante en nuestro descenso hasta otro de esos enclaves de los que no estamos muy orgullosos de cómo se está transformando.

Muy próximo al collado de Tebarray está el de los Infiernos, desde donde la pano- Laderas cercanas al collado de los Infiernos, que los neveros y las brumas le dan rámica hacia los Azules es impresionante. un aspecto casi invernal.

Entre neveros y grandes bloques de piedras vamos perdiendo altura, para pasar por los Azules, ibones situados bajo la gran mole de los Infiernos. Primero el superior, luego el inferior; a continuación, el desvío de los de Bramatuero, y más adelante los de Bachimaña. Nos volvemos a encontrar con Llany, que lleva nuestra ruta y terminará hoy, como nosotros en el balneario.

Espléndida vista de los montes panticutos. Ibones Azules y Superior de Bachimaña, a donde se dirigen nuestros pasos..

Un alto en el camino dominando el ibón Superior de los Azules, tras el descenso del collado de los Infiernos.

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Junto a la presa del inferior está construyendo la FAM un nuevo refugio. Aquí comienza un vertiginoso descenso, llamado cuesta del Fraile, para perder altura camino del balneario, una estación termal, singular paraje que tuvo su esplendor a mediados del siglo pasado, abocado luego a la ruina y que ahora no va a conseguir restablecer unas faraónicas y millonarias reformas que lo van a hacer imposible para el común de los mortales. De nuevo el euro haciendo de las suyas para domesticar a la natura.

Destellos en el ibón Inferior de los Azules.

Ibón Inferior de Bachimaña, en el que hay unas viejas cabañas y junto a su presa, el nuevo refugio que la FAM está construyendo como alternativa al del propio balneario.

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Ibón Superior de Bachimaña, bajando hacia el balneario.

Tras pasar la presa del ibón Inferior de Bachimaña se presenta ante nosotros la larga cuesta del Fraile, con la que soluciona la orografía el considerable desnivel que hay hasta el Balneario de Panticosa.


En consecuencia, el golpe de vista es violento, no es fácil asimilar en un instante la visión de esos patéticos edificios modernistas que destrozan la armonía del entorno. El Gran Hotel y el Casino están restaurados respetuosamente, pero no han corrido la misma suerte el Hotel Continental y las Termas de Tiberio que han sido sustituidos por unas moles de cemento y vidrio impropias de este lugar, impropias de lo rancio y austero de este entorno, en el que se encontraron monedas romanas de Augusto y Tiberio, que en 1.694 se construyó el primer edificio, y que tuvo su mayor esplendor en la primera mitad del siglo XX, cuando se convirtió en un centro termal para un amplio sector de la burguesía española. Pues eso, nada que ver.

Las agitadas aguas en busca del remanso.

La cuestión es que con este sabor agridulce llegamos a la Casa de Piedra, lugar que nos va a albergar esta noche. Registro, ducha, reposo y salida a estirar las piernas. Antes hemos tenido que improvisar tendedores junto a los radiadores para secar ropa de la lluvia que nos ha caído bajando. Nos volvemos a encontrar con Llany, con el que debatimos sobre los muy distintos tiempos que manejamos en los libros de cada uno, y eso que son ambos de la misma editorial (Prames). Cena y un nuevo paseo por el lago es lo que media para ir a descansar.

Otro ejemplo más de la erosión que las aguas producen en estos congostos. Como La estampa de los edificios modernistas, rodeados de escombros, que nos enconla tarde, también se precipitan en su camino hacia el balneario. tramos al llegar al balneario, hiere cualquier sensibilidad que se precie.

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No quiero perder la ocasión para manifestar la más amplia repulsa por haber convertido unas extraordinarias praderas en verdaderas escombreras que albergan los restos de las obras, y que no se sabe el paso que van a llevar debido a la ruina de las empresas constructoras. Una auténtica vergüenza ajena la que se siente, por quien lo ha hecho y por quien lo ha consentido. No en vano éste es el tercer lugar (tras Candanchú y Formigal) que más temía de la travesía.

El restaurado Gran Hotel. Uno de los paseos, ajeno a los desmanes del entorno. Y el lago con sus reflejos, a las puertas del balneario.

08:40 09:55 11:00 11:15 12:00 13:15 13:45 15:00

Refugio de Respomuso (2.120 m) Ibón de Llena Cantal (2.450 m) Collado de Tebarray o de Piedrafita (2.782 m) Collado de los Infiernos (2.721 m) Ibón Azul Superior (2.458 m) Ibón Superior de Bachimaña (2.207 m) Ibón Inferior de Bachimaña (2.170 m) Casa de Piedra del Balneario de Panticosa (1.640 m)

Tiempo teórico Tiempo total Tiempo efectivo Desnivel acumulado Distancia Consumo energético

4 h 50’ 6 h 20’ 6h 2.000 m 13,5 Km 3.320 Kcal

* Todos los valores son aproximados

Refugio de la Casa de Piedra, en el balneario de Panticosa.

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La Casa de Piedra es un entrañable refugio que no sabemos lo que va a durar. Según José Ángel, uno de los guardas, está condenado a muerte porque entró en el lote de venta de todos los edificios del balneario. La única esperanza que hay de recuperarlo a este mundo de los vivos es que con todo el proceso de ruina de los actuales propietarios sea revertido de nuevo a la FAM, su anterior dueño. No olvidemos que hay uno nuevo en construcción debajo del ibón Inferior de Bachimaña, pero que estando bien situado para esa zona, no lo es tanto para el resto de rutas. La mejor noticia sería poder disponer de los dos.

Las Argualas y el Garmonegro, eternos vigilantes del entorno, cierran por el norte el circo del balneario de Panticosa.

Balneario de Panticosa, centro termal plagado de fuentes con sus aguas de salud y belleza. Por las escaleras junto a Casa Belio se sale de este excepcional lugar, yendo precisamente hacia una de ellas, la de la Belleza, camino de los ibones de Brazato, y lo hacemos con un montañero solitario, un hombre de edad avanzada, de Madrid, y que se conoce estos montes de una forma envidiable. Vamos juntos hasta el desvío de los ibones de Lavaza, a donde se dirige él. Nosotros continuamos nuestro camino hacia Brazato, desde donde podemos disfrutar de la panorámica vista sobre toda la sierra de la Partacua, mientras vamos dejando atrás este singular fondo de valle glaciar donde está emplazado el balneario, y que de una forma tan grotesca están transformando, privándole de todo su encanto que durante tantas décadas ha lucido.

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Conforme se va ganando altura, camino de los ibones de Brazato, se va abriendo ante nuestra vista el valle de Tena. En la foto, la sierra de la Partacua, coronada por peña Telera (2.762 m).


Tras varias lazadas, se alcanza un mirador que hace de punto de inflexión, adentrándonos desde este momento en el barranco de Brazato. Llegamos a una zona de enormes bloques graníticos, que hacen que perdamos las señales y nos despistemos, siguiendo hacia abajo, cuando lo que hay que hacer es seguir subiendo por la izquierda. Tras unas fuertes lazadas por incómodas piedras, llegamos al ibón Superior de Brazato, desde donde nos asomamos para ver el inferior, que es al que hubiéramos llegado de no haber retomado bien el camino. Estamos en un extenso ibón represado, como casi todos los de por aquí, en torno al que acuden los amantes de la pesca de montaña.

Ibón Inferior de Brazato.

Ibón Superior de Brazato.

Al cabo de media hora se alcanza una loma desde la que se divisa otro grupo de lagos, los llamados ibones Altos de Brazato. De nuevo se impone la contemplación a todo el flanco norte de este circo glaciar que es el Balneario de Panticosa, formado por los picos de Argualas (3.046 m), Algas (3.033 m), Garmonegro (3.051 m), Pondiellos (3.011 m), Arnales (3.002 m) y los Infiernos, con sus tres cimas (3.082 m, la central). A través de un camino a media ladera, un auténtico canchal de piedras, y sin apenas desnivel, alcanzamos la cota máxima de la etapa de hoy, el collado de Brazato (2.550 m), divisoria de las cuencas de los ríos Gállego (valle de Tena) y Ara (valle de Broto), a cuyo seno se llega a través del barranco de Batanes. La divisoria de aguas marca el cambio de comarca, del Alto Gállego al Sobrarbe. En la foto de la izquierda, los ibones Altos de Brazato camino del collado del mismo nombre, amparados por la altiva sierra de Batanes, divisoria con la cuenca del río Ara.

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La vista desde aquí quita el hipo a cualquiera, tenemos a los pies un patio impresionante, un importante descenso salpicado por los ibones de Batanes, nos va a depositar en el fondo de la cubeta, donde está el comienzo del valle del Ara, que lo hace desde el puerto de los Mulos, y por encima de todo ello, dominándolo todo, amparándolo todo, un macizo, que como todos los fronterizos, es bilingüe. Comachivosa es el nombre de los antiguos paisanos de este lado, cuyo topónimo recuerda chivos y pastos verdes, rincones tranquilos en definitiva en las faldas de este enorme bloque de tresmiles, pero para glamour, glamour, el galo y universalmente conocido como Vignemale, por cuyos pies pasaremos con gran respeto y admiración, aun sabiendo que nos da la espalda, y que el verdadero lado espectacular es el de su cara norte. Tras una breve parada para reponer fuerzas, seguimos decididamente nuestro descenso hasta alcanzar el fondo del valle, donde el discurrir del río es el único elemento ruidoso en un rincón en el que todo parece vivir en un letargo, en un silencio profundo. De este sorprendente lugar, José Mª Fontana dice: “... unas veces hay silencios tan totales que llegan a doler; o ruidos, o truenos, o aludes, o vientos insoportables de una hostilidad sobrehumana. Un mundo encantado, poblado de agujas de roca, de águilas, de luz...”. Una larguísima y tendida bajada abrazados al río Ara nos hace contemplar y disfrutar de este espléndido valle.

Los ibones de Batanes y el imponente macizo del Vignemale.

A la altura de Ordiso, el camino se convierte en pista, cruzando al pie de los barrancos que drenan la vertiente norte de la magnífica sierra de Tendeñera, que según dijo el explorador Arlaud, “... contiene todos los matices del calcáreo”. El último por cuya entrada pasamos es el valle de Otal, amplio rectángulo que culmina en un bello circo abierto al norte. Enfrente, el valle de Sandaruelo, que baja del puerto de Bujaruelo, o coll de Bouchard, desde donde se puede acceder a la zona denominada de Serradets, muy cercana a la Brecha de Rolando, límite fronterizo con el vecino valle de Ordesa, y a la cascada de Gavarnie, que con sus más de 400 metros de caída libre, es la de mayor longitud de Europa.

Solitario comienzo del valle del río Ara.

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Valle de Ordiso con Tendeñera al fondo.


Poco a poco, la vista del imponente macizo del Gabieto nos indica que nos vamos acercando ya al núcleo poblado de todo este recóndito valle, llegamos finalmente a San Nicolás de Bujaruelo, tierra del boj, donde su magnífico puente románico y lo que queda de antiguas construcciones evidencia su otrora ajetreado pasado, tierras de paso, de ir y venir de enormes rebaños en busca de frescos pastos, de lugareños que completaban sus maltrechas arcas con el estraperlo, o con peregrinos, que provenientes del vecino valle francés de Gavarnie, se dirigían ya en busca de la tierra baja que les llevara hacia la supuesta tumba del apóstol Santiago allende las tierras castellano leonesas. Para cubrir todas esas necesidades estaba la ermita de San Nicolás, de un tardío románico del siglo XIII, cuyas últimas ruinas resisten el paso del tiempo. Una antigua venta, convertida hoy en magnífico refugio, fue un hospital atendido por la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén. Y el viejo, hace tiempo en desuso, cuartel de carabineros, como hito fronterizo en estas bellas tierras. Sobre la venta, el fallecido Dr. Cardús decía en una de sus crónicas del Heraldo de Aragón de hace más de cuatro décadas, que “... el refugio es un amplio caserón, que no tiene luz eléctrica, y donde en realidad se hace el favor de dar de comer al caminante...”

El hasta hace poco recóndito Bujaruelo, presenta hoy en día este aspecto cualquier día de verano.

Cuando se ensancha Bujaruelo aparece ante el caminante el siempre vigilante macizo del Gabieto.

Y desde mucho antes todavía, naturalmente desde siempre, también ha sido puerta de uno de los elementos que conforman el medio natural, el aire, que en forma de fuerte y frío viento, ha envuelto, y sigue envolviendo, a las gentes que por aquí hacemos acto de presencia. Así de grabado está en las runas de mi memoria, ya que fue precisamente aquí, y con este elemento y no con agua, con el que se puede decir que recibí el bautizo para el mundo de las montañas a una edad muy temprana. Son de esas primeras experiencias que te marcan, bien aborreciéndolas para toda la vida, bien para aun habiendo soportado su crudeza, te queda el regustillo que te hace seguir en ese descubrimiento, lo que afortunadamente pasó. Si cada año de nuestra vida fuera un kilómetro, nuestros pasos nos han traído de nuevo al P.K. 15.

Indudablemente, y como siempre ocurrió, el llegar aquí remueve todos los resortes del alma.

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Este hito kilométrico fue testigo de seguida y difusa entrada en aquella carretera comarcal laboral, y que nos ha llevado hasta el P.K. 52, de momento, por terrenos también plagados de valles y montañas, de limpias ascensiones y caídas libres, de cimas y sumideros, de ciénagas y pantanos, de desiertos y de algún oasis, de mucho estandarte y poca coraza, de pelo en pecho y de arenas movedizas, de muchas batallas y pocos cuarteles.

Breve compendio de lo que nos podemos encontrar en Bujaruelo. En el extremo superior izquierdo, la antigua venta, convertida en moderno refugio, y al lado otro edificio sin restaurar, que hace las veces de almacén. Debajo, lo que queda en pie de la ermita de románico tardío, bajo la advocación de San Nicolás. A su derecha, la caseta de carabineros, que tanta vida tuvo en anteriores décadas. En el centro, sobre la piedra, un cartel que indica dos direcciones a tomar desde aquí: remontar el río Ara o subir al puerto de Bujaruelo. Encima de estas líneas, la joya de la corona, el puente románico, que tantas centurias e historias habrá soportado.

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Estamos en otro de esos típicos lugares que parece que sólo existen si se puede llegar en coche a ellos, y hasta aquí no sólo llega el personal para admirar sus bellezas, sino que también puede acomodarse unos días en el camping. Entre unas cosas y otras lo cierto es que todo contribuye a que el impacto visual al llegar aquí sea considerable, pues nos podemos encontrar con más de un centenar de coches invadiendo el poco espacio que queda libre, con sus ocupantes esparcidos por este frágil lugar. Muchos junto al río, pero pocos dentro.

Algunas de las estancias interiores de este magnífico refugio, donde la restauración y el descanso los tenemos asegurados.

Dos retrospectivas de este bello lugar. A la izquierda el solitario aspecto que ofrecía San Nicolás de Bujaruelo en el año 1979. Fotografía extraida del libro “El Pirineo Aragonés“ de Santiago Broto. Encima de estas líneas, el grupo posando en la desaparecida terraza del antiguo mesón en el verano de 1971, según se narra en el texto.

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Hacemos el registro con Rafa, el que tiene la concesión de este refugio, que es privado, creo que municipal, pero quien también es el guarda del de Lizara. Un buen baño en las gélidas aguas bajo el bellísimo puente medieval nos hace pasar la tarde más relajados. La noche va cayendo sin apenas darnos cuenta, y con ella una espectacular bajada de temperatura. Una reparadora cena media para nuestra recogida en los sacos. 08:10 09:00 10:00 10:30 10:45 11:10 12:40 13:30 14:30 15:40

Casa de Piedra del Balneario de Panticosa (1.640 m) Mirador entrada barranco Brazato Ibón Superior de Brazato (2.360 m) Loma superior de Brazato Collado de Brazato (2.550 m) Ibón Superior de Batanes (2.400 m) Río Ara, pie de Vignemale (2.000 m) Refugio forestal (1.800 m) Refugio de Ordiso (1.580 m) Refugio de San Nicolás de Bujaruelo (1.338 m)

Tiempo teórico Tiempo total Tiempo efectivo Desnivel acumulado Distancia Consumo energético

* Todos los valores son aproximados

Refugio Bujaruelo, en San Nicolás de Bujaruelo.

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6 h 5’ 7 h 30’ 6 h 20’ 2.350 m 20,5 Km 3.675 Kcal


Amanece como anocheció, nublado y amenazando lluvias, las brumas no nos abandonan. Este lugar, que para que sea idílico únicamente le sobra un, vamos a dejarlo sólo en antiestético, tendido de alta tensión, con sus enormes torretas impiden esa mirada limpia hacia las laderas que sostienen el Gabieto (3.036 m), hermano pequeño del Taillon (3.147 m), que hace cordal con el Bacillac (2.978 m), Brecha de Rolando (2.807 m), Casco (3.006 m), Torre de Marboré (3.009 m), Espalda de Marboré (3.073 m), los tres picos de la Cascada (3.098 m, 3.108 m y 3.161 m) y Marboré (3.248), muy próximos al mismísimo Monte Perdido (3.355 m), verdadera autoridad en la zona. Cuando está libre del viento, éste es un plácido lugar cuyo lecho fluvial acoge las bravas y espumosas aguas del jovencísimo río Ara, que va a discurrir fertilizando el valle de Broto hasta que se rinda ante el Cinca en L’Aínsa. No obstante se hace obligado otro momento de contemplación antes de cruzar el bello puente y de meternos de lleno ya por el camino, en cuyos primeros lances seguimos echando la vista atrás en un intento de quererlos dejar impregnados en la retina.

Última mirada, con un cierto aire de nostalgia, a este bello lugar.

Erosión milenaria del agua contra la caliza de la roca.

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Bujaruelo es mucho Bujaruelo.

Un camino con un cierto aire de misterio discurre abrazado al río cruzando varios barrancos que bajan del Gabieto. Un camino que en ocasiones nos deja asomarnos a ese río cuyas aguas han erosionado caprichosamente los enormes bloques de piedra caliza que ha encontrado a su paso a lo largo de siglos, por no decir de milenios.

Dos excelentes vistas del descenso hacia el puente de los Navarros.


A lo largo de este recorrido se pasa junto al puente colgante que nos permite cruzar el río frente a otro camping, y que es por donde pasa el medio maratón de Torla, que sudores y lluvias nos trae al recuerdo. El camino termina en el puente de Santa Elena, y el itinerario, sin abandonar el río, continúa ya por pista, por el sitio que éste y la pared rocosa dejan, que en ocasiones no es mucho. Esta pista nos deja en el puente de los Navarros, llamado así porque eran de esa tierra los canteros que hicieron el primitivo puente. Aquí hay que aprovechar la cuña de cobertura para establecer comunicación telefónica con quien sea menester. Esto nos lleva un rato, pero no mucho, así es que seguimos por el camino hasta que llegamos al desvío, que a la derecha marcha a Torla, a la que miramos por última vez, como queriendo no salir de este mundo salvaje de las montañas. El nombre de esta población, situada en la cabecera del valle de Broto, según Maucant es una corrupción de “torrella” o “torrecilla”.

Camino de las praderas de Ordesa.

Se dice que Torla es el pueblo más fotografiado y pintado del Pirineo, y puede ser cierto. Desde él se puede contemplar todo el pórtico de entrada al Parque Nacional de Ordesa, dominado por el monte de Mondarruego (2.848 m). Lucien Briet, gran descubridor de estos parajes, ha sido uno de los que más se ha ocupado de la difusión de sus inmensas bellezas.

En la foto de arriba, la carretera que sube a Ordesa. Y en la de la derecha, cascada de Molinieto; ambas tomadas desde el camino de Turieto Bajo.

Una hermosa y enorme poza nos mira con sus ojos verdiazules cuando la cruzamos por un horrible puente de cemento.

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Nuestros pasos siguen por el viejo camino que comunicaba Torla con Ordesa, llamado de Turieto Bajo. Hay varios miradores sobre la carretera que se retuerce desde la entrada del parque hasta la pradera. Uno de ellos, el más espectacular, da vista a la cascada de Molinieto. Finalmente llegamos ya a zona más civilizada, al punto de partida a cualquier sitio de este mundo de Ordesa. La mañana se reafirma en que no quiere despejar, las brumas son persistentes y parece que va a ser así a lo largo de todo el día. Y esas brumas son las que rodean al Tozal del Mallo que vemos con un aire tétrico a través de una pequeña ventana entre las nieblas.

Tozal de Mallo entre brumas de una mañana de agosto.

Sobre el valle de Ordesa han corrido verdaderos ríos de tinta, mucho se ha escrito sobre él, pero este fragmento de Santiago Broto puede resumir su esencia: “... el cañón profundo labrado por el Arazas es el valle más hermoso de toda la cordillera Pirenaica. Grandiosa maravilla natural, en la que se han reunido toda una serie de encantos para que el hombre quede maravillado y absorto: las graníticas moles, caprichosas y altivas, que rasgan el blanco cendal de las nubes; la fría pureza de las nieves perpetuas; la variada gama verdosa de sus tupidos bosques; sus rientes praderas; el tornasolado fluir de las fuentes, el ronco estruendo de las aguas, espumosas e inquietas cuando se despeñan en cascadas, o en los tersos remansos; el penetrante aroma de las brisas, el brillante ardor del sol que pone una neblina sutil sobre el horizonte, y la dulzura y la paz del luminoso y dilatado paisaje...”

Tras una breve visita al Centro de Interpretación, en el que en pleno mes de agosto disfrutan ya de la calidez de una estufa de leña, continuamos por el ancho camino que discurre ascendiendo el Arazas por su derecha, en compañía de mucho personal que visita el Parque Nacional. En todo este tramo de parque no hay señalizaciones rojiblancas por lo evidente del camino y por respetar el espacio protegido.

El camino del fondo del valle, tiene varios desvíos para contenplar cómo se estrellan las aguas de las diversas cascadas del Arazas.

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Entramos a contemplar las diferentes cascadas que encontramos a nuestro paso. La de Arripas y las de la Cueva y el Estrecho son la solución con la que cuenta el Arazas para salvar el desnivel. Seguimos nuestra marcha por estos bellos parajes en esta mañana más propia de bien entrado el otoño. Salimos del bosque, y al poco rato llegamos a una de esas cabañas que salpican el terreno. Es en este momento cuando nos despedimos de Olga, es en este momento cuando algo se muere en el alma, es en este momento cuando se rasga el aire, es en este momento cuando la incipiente lluvia comienza a teñir de melancolía la despedida. Pasamos por las Gradas de Soaso, donde el camino se convierte en senda con pequeñas y pendientes lazadas para salvar el desnivel de este tramo. Esta senda nos lleva hasta el final del valle, hasta el mismísimo circo de Soaso, con su magnífica y espectacular cascada de la Cola de Caballo, si el año es generoso en aguas, y éste es uno de ellos. A pesar de lo gris de la mañana y de que llueve intermitentemente, la gente sigue subiendo y bajando. Volvemos a echar otro bocado antes de salvar el fuerte desnivel que nos sitúa al pie de la pared, cuya alternativa es una larga y sinuosa senda por la derecha. Decidimos, pues, subir por valiente trepada a través de las llamadas Clavijas de Soaso, unas cadenas fijadas a la roca en los pasos más comprometidos, pero con dificultad más aparente que real. Entre paso y paso es Las Gradas de Soaso son el remonte que media para llegar al fondo inevitable la contemplación de la perspectiva que va tomando el valle a medida que vamos ganando altura. del circo del mismo nombre. Nada más llegar arriba nos encontramos con el camino normal que sube por la ladera sur del circo, y que se incorpora por nuestra derecha. Lo seguimos, y en la hora que media todavía para llegar al refugio, vamos sobrepasando a un numeroso grupo de gente de muy diversas edades, en el que hay mujeres sorprendentemente mayores, y algunas muy mayores. Llegamos por fin a este otro circo, llegada de nuestra etapa de hoy, que no es otro que el de Góriz, presidido por su refugio. El termómetro del interior de la puerta marca 12º, y permanece muy nublado, por lo que la sensación térmica es bastante baja. Alrededor de él hay varias tiendas, y maquinaria de obras, parece que están La Cola de Caballo es uno de los claros símbolos del parque. Debido a lo generoso en lluvias instalando una depuradora, que falta hace. de la primavera de este año, luce sus mejores galas en el estío.

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Acabamos de llegar a la meta de la etapa de hoy, y que marca también el ecuador de nuestro periplo por estas montañas tan bien descritas por poetas y caminantes, por personas cultas que han elevado, más si cabe, sus altas cumbres y que nos han contagiado de su amor por ellas. Una vez despojados de petates y otras cargas, es inevitable una reflexión sobre lo que estamos viendo, merece la pena detenerse un poco ante esta singular grieta que forma este valle, el de Ordesa, de nombre bravo y cálido a la vez, como angosta es su formación, profundamente tallada, que recoge un sin par ecosistema favorecido por su situación geográfica en paralelo a la cordillera, y no perpendicular, como es lo habitual.

En las tres primeras vistas se muestran las cadenas y clavijas que ayudan a salvar el desnivel existente para evitar el camino que asciende por la ladera sur del circo, confluyendo los dos en la fotografía inferior izquierda. En la de al lado se puede ver el curvo cañón de Ordesa con su fondo de artesa glaciar.

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Este valle, que fue descubierto en 1802 por Ramond de Carboniers y estudiado posteriormente por Lucient Briet, ve crecer su vegetación pujante, en completa y salvaje libertad, desde que en 1918 fue nombrado Parque Nacional, el segundo de España, por pocos meses, tras el de Covadonga. En 1982 ha visto aumentado considerablemente su perímetro y zona de actuación, hasta casi las 20.000 Ha, contando con su zona de protección aledaña al propio territorio del parque, protegiéndose de ese modo ante la masiva llegada de visitantes en la actualidad. Aún hoy en día sigue siendo objeto de estudios por investigadores del IPE, Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca, alguno de cuyos miembros vemos por aquí y saludamos. La saturación de personal, debido a las fechas, hace que nuestro paso por las taquillas sea un verdadero juego de equilibrios, pero al final conseguimos dar con nuestros huesos en uno de los rancios catres de este refugio con solera. Entre salidas y entradas se pasa la tarde, que adquiere unos tintes especiales cuando la lluvia hace acto de presencia y cubre de nostalgia los cristales. Es como un sueño, y entre ensoñaciones y realidades la mirada recorre el valle repasando la larga lista de las figuras de protección que tiene: Reserva de la Biosfera (1977), Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) (1988), Diploma del Consejo de Europa a la Conservación (1988, 1993, 1998 y 2003), Lugar de Interés Comunitario de la Región BiogeográPor fin se avista el refugio que nos va a albergar esta noche, que fica Alpina (2003); y dejamos para el final la declaración de se prepara movida en lo climatológico. Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997.

Estas espectaculares vistas nos regala el crepúsculo vespertino. Son los cielos de Góriz, que van adquiriendo tintes tenebrosos, como preludio de una noche impropia de bien mediado el mes de agosto. Con sus juegos de luces y sombras, las tres imágenes muestran la evolución atmosférica.

En su área de influencia socioeconómica están incluidos los municipios de Bielsa, Fanlo, Puértolas, Tella-Sin y Torla, siendo en el de Fanlo donde se encuentra más de la mitad del territorio. La hora de la cena nos sorprende, y también la noche, que cae fiel a su cita. Mañana tenemos que llegar al collado de Añisclo, y tras consultar con el guarda, lo haremos por la Punta de las Olas, que aunque es muy aérea, se gana mucho terreno con respecto a la Fuenblanca, que es por donde indica la guía, dando un largo rodeo para bajar al fondo del valle y volver a subir al collado.

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Es el refugio en el que antes sirven la cena, son las 7 de la tarde cuando ya no hay ningún despistado, todos estamos sentados esperando ese primer plato caliente que nos reconforte. Tras ello, de nuevo visita al exterior, eso sí, más abrigados ya, para contemplar la mágica caída de la tarde, que con sus tonos violáceos precede la llegada de la noche, que se presume fría. 08:30 09:30 10:15 10:40 11:40 12:20 12:30 13:25 13:45 14:10 14:30 15:45

Refugio de San Nicolás de Bujaruelo (1.338 m) Puente de Santa Elena Puente de los Navarros (1.060 m) Mirador cascada de Molinieto Pradera de Ordesa (1.300 m) Cascada de Arripas Cascadas de la Cueva y del Estrecho Cabaña en la base de las Gradas de Soaso Salida de las Gradas de Soaso Circo de Soaso, Cola de Caballo (1.760 m) Clavijas de Soaso Refugio de Góriz (2.160 m)

Refugio de Góriz, en Ordesa.

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Tiempo teórico Tiempo total Tiempo efectivo Desnivel acumulado Distancia Consumo energético

5 h 30’ 7 h 15’ 6 h 40’ 1.550m 25 Km 3.320 Kcal

* Todos los valores son aproximados


Góriz, uno de los refugios guardados todo el año, es la base de operaciones para abordar todo este mundo calcáreo que rodea al gran macizo de las Tres Sorores (o Treserols, en fabla local), que alberga a 34 cotas superiores a los tres mil metros, y cuyo nombre deriva del francés hermanas, y que se refiere al propio Monte Perdido (3.355 m), al Soum de Ramond, también llamado Pico Añisclo (3.254 m), y al Cilindro de Marboré (3.325 m), a los que desde aquí enviamos toda nuestra gratitud en un emotivo recuerdo, especialmente al hermano mayor de todos ellos, el Perdido, que es la tercera cima más alta de la cordillera, detrás del Aneto (3.404 m) y del Posets (3.375 m). Las aguas de este enorme macizo vierten a cuatro excepcionales valles, el de Ordesa, el de Añisclo, el de Escuaín y el de Pineta, a los ríos Arazas, Bellós, Yaga y Cinca, respectivamente, siendo este último el más importante, porque tarde o temprano a él se rinden los otros tres. Son grandes realidades basadas en grandes leyendas. La que nos ocupa cuenta el origen de estas tres montañas pirenaicas, y lo sitúa en los primeros siglos de la cristiandad, lo que la hace más leyenda si cabe. Según esto, tres hermanas cristianas se encontraban en su poblado preparando su matrimonio con tres mozos del mismo pueblo, que contaba con la bendición de su padre. La invasión goda devastó la aldea e hizo prisioneros a los hombres, escondiéndose las mujeres hasta que terminó la batalla. Al volver las tres hermanas, vieron que ni sus novios, ni su padre estaban, pero al que sí encontraron fue a un godo herido, que les dijo que las ayudaría a encontrarlos, añadiendo el engaño de que habían renegado de su fe y se habían casado con mujeres godas, cuando en realidad habían sido asesinados al huir. Descorazonadas, fueron ellas las que se casaron con tres jóvenes godos; aquello hizo que se les apareciera el espectro de su padre para recriminarles tal hecho. Avergonzadas las hermanas, huyeron a las montañas, y fue el propio espíritu paterno quien, con la mayor ira, levantó un fuerte vendaval que las cubrió de nieve y piedra, dando lugar al macizo que hoy conocemos. El Monte Perdido también tiene su propia leyenda, la de un palacio mágico que existe en su cima, construido por Atland, el mítico encantador de las cumbres, que hechizó la construcción para que no pudiera acceder cualquiera. Protegido por murallas y torreones de pulidos materiales, cobija en su interior una gran extensión de jardines y prados que evocan el mismísimo paraíso terrenal, y que tan sólo es posible entrar a través de un caballo alado.

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Tres vistas de cómo amanece la mañana.


Tras este breve repaso geográfico e histórico/legendario, damos comienzo hoy la segunda mitad de esta aventura con una mañana de ventisca y granizo. Esas siniestras pinceladas que teñían anoche el cielo lo advertían.

Al mal tiempo, buena cara. No hay más remedio que echarse al camino. En el refugio, salvo otro grupo que ha salido un poco antes que nosotros, se han quedado todos, no está el tiempo para muchas aventuras. La sensación térmica por encima de los tres mil metros puede estar en torno a los 20/25 grados bajo cero.

Vemos salir a un numeroso grupo, y pensamos si serán osados montañeros camino del infierno. El resto de personal está quieto en la puerta esperando la evolución del tiempo. Somos los segundos en abandonar este privilegiado enclave con sus pétreos sepulcros; para ello, tomamos el camino junto a la estación meteorológica para dirigirnos hacia el collado de Arrablo, o también llamado Superior de Góriz, paso natural entre el valle de Ordesa y el de Añisclo. Hemos rodeado a media distancia la Torre de Góriz, y aparentemente vamos dejando atrás el invernal escenario, pero pronto nos damos cuenta de que nos sigue, de que lo vamos bordeando y de que no nos vamos a librar tan fácilmente de él.

El fondo del valle se ve menos afectado por el temporal.

A la izquierda la torre de Góriz. En el centro el grupo que nos precede pasando por el collado. A la derecha el cañón de Añisclo se abre a nuestra vista.

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Conforme vamos llegando al collado, vamos viendo delante de nosotros al grupo que había salido antes, y al que vamos dando alcance. Aquí hay un momento de incertidumbre, porque el guarda nos había dicho que las señales de GR seguían el camino de la Fuenblanca, pero que este camino de arriba estaba muy bien marcado, pero sólo con piedras, y lo que vemos es que por donde creemos que tenemos que seguir, también está señalizado rojiblanco, pero cuanto más lo recorremos más nos vamos afianzando de que vamos bien, hecho que es constatado por el guía del grupo de franceses, que también van a Pineta por el collado de Añisclo. A medida que nos vamos acercando a la Punta de las Olas, nuestro caminar se va haciendo más y más penoso, las rachas de viento que bajan del macizo nos desestabilizan y nos hacen comprender que entramos en una zona crítica en la que deberemos extremar las precauciones. El panorama del fuerte viento que nos entra por nuestra izquierda, se completa con el inmenso patio de nuestra derecha y con que vamos pisando los granizos caídos y que no cesan en ocasiones. Todo ello nos obliga a hacer la mayor parte del camino agachados, incluso Una de las cascadas que bajan de la Punta de las Olas, con la Torre de Góriz al a pararnos para protegernos junto a alguna roca en las fondo. rachas más violentas. Mientras, sin apenas tiempo para el disfrute, poco a poco se nos va abriendo a nuestra vista todo el esplendor del Cañón de Añisclo y todas las llanadas de la tierra media de L’Aínsa, dominadas por la majestuosa Peña Montañesa, con el embalse de Mediano a sus pies, a cuya superficie se asoman tantas y tantas esperanzas frustradas encarceladas en esas casas alojadas en sus entrañas, y que un día tuvieron que ser desalojadas, como tantas otras, por otros tantos pantanos, en otros tantos valles de esta cordillera.

A la izquierda, dos vistas del panorama atmosférico. Encima de estas líneas, el insólito cañón de Añisclo, con el embalse de Mediano al fondo.

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Pasamos por una cascada que derrama sus generosas y gélidas aguas. La vista sobre Añisclo y los macizos que lo conforman es auténticamente impresionante. Seguidamente llega otra zona comprometida, la de las cadenas, que es la más crítica de este recorrido, y ciertamente limpia ya de nieve, pero con este temporal se ha tornado peligrosa de nuevo, de modo que las cadenas cumplen su papel de asegurar los pasos, tanto en los pies como en la cabeza. Una bellísima cascada une la escasez de agua con la baja temperatura, y nos ofrece una espectacular imagen de limpios chupiteles que cuelgan de la pared y que rompe con la monotonía de la roca.

Desfiladero sobre el Cañón de Añisclo, llegando al collado.

Una de las cascadas nos obsequia con su aspecto semi helado.

Ya vemos el collado, al que hemos de llegar, pero no podemos descuidarnos, el fuerte viento hace bien su trabajo y nos obliga a que nosotros hagamos también el nuestro, aunque es bastante tranquilizador el ver que vamos perdiendo altura y nos vamos alejando ya de la primera línea del precipicio.

A la izquierda, nuestra vista llega a alcanzar ya en ansiado collado de Añisclo. A la derecha, el circo de Añisclo, que hubiéramos tenido que subir de haber hecho el trayecto por la Fuenblanca.

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Poco a poco nos vamos acercando al collado norte, cuyas vistas sobre el fondo de Pineta son de auténtico vértigo, pues nos separan más de 1.100 metros de verticalidad. El panorama que dibuja el tiempo por la cabecera de este valle, y sobre todo por nuestro recorrido de mañana, no es mejor que el que llevamos encima. Antes de llegar al collado sur, el que se toma para el descenso, y como tratando de soltar toda la tensión acumulada durante más de dos horas, hacemos un alto para relajarnos y echar un bocado que nos dé unas ciertas garantías de enlazar con la comida, que hoy es especial, hoy la vamos a hacer en buena compañía.

A la izquierda, el estrecho paso por debajo de la Punta de las Olas. En el centro, un poco más relajados ya al término de la travesía. A la derecha, fondo del valle de Pineta, con su parador, y el valle colgado de Lalarri. Todo ello desde el collado de Añisclo.

Llegamos finalmente al punto de partida de este vertiginoso descenso que nos va a conducir al fondo del valle, de un valle que desde aquí luce esa forma de artesa glaciar, que delata su pasado sumergido bajo decenas de metros de hielo. A nuestra derecha el macizo de las Tres Marías domina la zona media del valle. Es lo que tienen los fatigosos puntos altos que dan paso de un valle a otro, que ofrecen unas vistas espectaculares, y en este caso no lo es menos, siendo uno de los mayores de la cordillera, y que daríamos cualquier cosa por tenerlo ya vencido.

A ambos extremos se muestra la gran diferencia de los dos valles que confluyen en el macizo de Monte Perdido, el congosto de Añisclo y la artesa glaciar de Pineta. En el centro, arriba Punta de las Olas; y debajo, el temporal sobre los Astazu y Lalarri, en el circo de Pineta.

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Poco a poco vamos perdiendo altura, y lo que más duele: perspectiva sobre este singular valle. Los primeros pasos se dan sobre suelo bastante descompuesto, pero en seguida se alcanza la zona de roca y firme más estable. En algún paso hay que emplear las manos. Casi a medio día entramos ya en la zona arbolada. Un bellísimo hayedo nos acoge hasta dejarnos ya en terreno llano, estamos en el soto del río, y un inmenso bosque de altos bojes acompaña nuestros pasos hasta él. El Cinca, aunque recién nacido del lago Helado de Marboré, al discurrir apenas sin desnivel, se abre mucho, formando distintos brazos que van cambiando conformados por las avenidas mayencas. Pasamos muy próximos al refugio de Pineta, que es el final natural de esta etapa, pero en esta ocasión, lo nuestro es diferente, vamos al vecino Espierba. Finalmente llegamos a la carretera, y nos dirigimos hacia la ermita de Pineta. De nuevo asfalto bajo nuestros pies, de nuevo volvemos a ver las montañas desde nuestra pequeñez. Es uno de los mejores momentos de toda la travesía, nos encontramos con los seres queridos. Estamos también junto al Parador Nacional de Pineta, que será por su tipo de construcción, será por los años que lleva en pie, no destaca en el entorno. Desde aquí se accede, a través del Balcón de Pineta al lago Helado de Marboré, situado debajo mismo de la cara norte del Perdido, con su glaciar colgado, ya fraccionado, Algún tramo del descenso se hace por bosque de hayas, en el que destaca algún desde donde se puede acceder al país vecino a través de la Brecha de Tucarroya. ejemplar de gran tamaño. La Virgen de Pineta también tiene su tradición, que habla de pastores franceses, de robos, del surgir espontáneo del manantial a cuyo lado se erigió la ermita, de fábrica antiquísima, restaurada en el S XVII y de nuevo hace pocas décadas. Representa la devoción mariana de estas gentes pirenaicas por esta Divina Pastora a la que atribuyen infinidad de bellas historias y viejas leyendas, y que preside la existencia de pastores, de indefensos rebaños, entre hayedos y pinos, florecida su reja por la blanca flor de Edelweis.

A la izquierda, vista de la ladera que alberga el descenso desde el collado. A la derecha, delicioso tramo de altos bojes, cerca ya del río Cinca.

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Ya todos juntos, una comida rápida a la orilla del río y caminito a instalarnos en casa Ricadué de Espierba. La tarde la pasamos plácidamente tomando el cálido sol y haciendo acopio de leña para la chimenea. El río Cinca, que discurre por el fondo de este espléndido valle, nace en el lago Helado de Marboré, bajo la vertiente norte del Monte Perdido, que actúa de pivote de esta extensa comarca del Sobrarbe, conformando los dos grandes valles, éste y el del río Ara, que confluyen en L’Aínsa, la capital histórica. En sus afueras se halla un templete recordando la batalla que ganaron los cristianos a los musulmanes, una contienda en la que, acercándonos, o sobrepasando, esa frontera entre lo real y lo legendario, nos encontramos con que se apareció una cruz en llamas sobre una carrasca, auténtico revulsivo para las mermadas fuerzas sobrarbenses.

Tras siete días de travesía, llega el momento del feliz encuentro.

Desde entonces se celebra la fiesta de la morisma. Tierra de mitos y leyendas, pero pocas de tal envergadura como ésta que la aúpa a ocupar el primero de los cuatro cuarteles del escudo de Aragón. 08:00 08:30 08:50 10:00 11:00 14:00

Refugio de Góriz (2.160 m) Collado de Arrablo (2.329 m) Cascada bajo Torre de Góriz Cadenas Collado de Añisclo (2.440 m) Ermita de Pineta (1.290 m)

Tiempo teórico Tiempo total Tiempo efectivo Desnivel acumulado Distancia Consumo energético

6 h 40’ 6h 5 h 50’ 1.950 m 16,6 Km 3.525 Kcal

* Todos los valores son aproximados

Inusual final de etapa. Casa Ricadué en Espierba.

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Ayer ya habíamos decidido que la etapa de hoy la íbamos a hacer acompañados. Los montes están todavía en sus sueños cuando los tempranos rayos de sol comienzan a dar sus primeras pinceladas sobre las nubes que aún perduran de ayer y que están en la cabecera del valle, invadiéndolo todo con un suave tinte violáceo. Anoche ya se quedó un coche en Parzán, de ese modo lo encontraremos al término de la etapa de hoy.

De este bello modo nos recibe la mañana pinetense.

Hacemos en coche los kilómetros que median hasta la ermita, a la que únicamente le sobra un esperpéntico cartel metálico con letras azules. Entre ella y una fuente, sale el camino de partida. Los primeros pasos ya nos sitúan en el bosque, y que en esta ocasión, el tupido y empinado hayedo, lejos de relajar ahoga. Pero no es mucho tiempo el que pasa hasta que salimos de él para llegar a los llanos de Lalarri, un valle suspendido que vierte al principal, y donde se antoja un mundo de posibilidades. Giramos hacia nuestra derecha por fuerte pendiente de nuevo, que nos introduce en otro tramo de bosque de pinos, donde paramos a echar un bocado. Una vez fuera de él, llegamos a unas praderas, que son la antesala de la Estiva, otro valle suspendido verdadera atalaya sobre Pineta, su circo y sus centinelas, de nuevo Pirineo en estado puro.

Momento del arranque de esta estapa, a punto de entrar en el bosque de hayas, que nos sitúa en los llanos de Lalarri, cubeta glaciar colgada, donde pasta apaciblemente la cabaña vacuna. En último término, el collado de Añisclo, por donde cruzamos ayer.

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Aquí perdemos la traza del camino y nos dirigimos hacia la pista que entendemos baja a Espierba. De todo ello ha sido testigo un pastor que cuida a un numeroso rebaño, y que por lo hablado con él, no es que haya salido mucho de estos valles. Reconducidos en el camino, hay que remontar un pequeño collado que nos deja en unos llanos en depresión, que empiezan a estar acariciados por las primeras gotas de lluvia que no han parado de amenazarnos desde que hemos salido y que parece que de momento van a seguir quedándose en eso, en amenaza. Unas marmotas asombradas, que no nos quitan ojo de encima, corren hacia la entrada de su madriguera para sentirse así más seguras.

Ultimo vistazo a este gran macizo que encabeza el valle de Pineta. Llegamos a la Estiva, donde volvemos a encontrar ganado.

Aunque sin llegar incluso al collado de Petramula, merece la pena llegar hasta aquí para disfrutar de este lugar tan encantador, se trata de un solitario paraje con un conjunto de praderíos de montaña, a una altura no superior a los dos mil metros, con el valor añadido de haber ido contemplando, durante todo el recorrido de ascenso, todo el circo de Pineta, con sus cumbres, y todo el valle, con esa sierra de las Tucas, coronada por las Tres Marías, y el collado de Añísclo. Siempre hay recónditos lugares, totalmente vírgenes, en los que poder sentirte más cerca del medio. El pico de la Estiva, con sus dos pequeñas cimas, que son unas prominencias rocosas que sobresalen del relieve del terreno, está bajo los contrafuertes de la Sobrestiva y el Chinipro.

Las marmotas no dejan Pequeño y solitario valle de la Estiva, y por el que nos siguen acom- de quitarnos el ojo de Próximos ya al puerto de Petramula, que nos dará paso al valle del pañando las nubes. río Real. encima.

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El camino nos lleva hasta el collado de Petramula, que ya poco a poco nos va dando vista al valle del río Real, en cuyo término se encuentran Chisagués, y Parzán ya junto a la carretera que sube de Bielsa al túnel. A nuestra derecha la sierra de Comodoto, y a nuestra izquierda Robiñera (3.003 m), muy próxima ya a la Munia (3.134 m), gigante local.

Desde el paso de Petramula la vista se expande a la cabecera del río Real, a cuyo fondo nos dirigimos, para continuar valle abajo.

Pronto vemos el fondo del valle, San Quílez, a donde se puede llegar en coche a juzgar por la docena que hay de ellos en una explanada, aunque la pista vuelve a tomar altura por el llamado camino de las Pardas, hacia Barrosa. Por aquí daríamos vista a ese valle, con las cimas de la Liena (2.609 m), punto más alto donde se puede subir en bici en todo el Sobrarbe. Sus faldas están excavadas por galerías que dan acceso a unas minas de cobre y plata, tan antiguas que hablan en latín.

Carteles indicadores en la encrucijada de caminos.

También por aquí está el paraje de Ruego, donde hay proyectadas pistas de esquí alpino, toda una red de telesillas y telearrastres, amén de urbanizaciones, hoteles y aparcamientos que lo financien, toda una trágica compaña para estos bellos parajes. Sí, 600 Ha de aberraciones que si no se remedia, permitirán que esta comarca de Sobrarbe, que es la única alto aragonesa que no tiene un centro invernal de esquí, lo tenga, y se abone a esa fiebre efímera que transforma todo a su paso.

Aunque se baraja una alternativa, y es la que está en negociaciones entre la DGA, la DPH, la Comarca del Sobrarbe, el Ayuntamiento de Bielsa, Aramón, el Consejo General de Altos Pirineos y el Ayuntamiento de Aragnouet, y que consiste en unir la cara norte del túnel de Bielsa con la estación francesa de Piau-Engaly por medio de remontes mecánicos. Proyecto cuya viabilidad técnica ya se conoce. Este centro invernal está situado a 15 km de Bielsa, y dispone de 41 pistas, con 65 km de zona esquiable, y actualmente ya es muy frecuentado por españoles. De este modo se complementarían las instalaciones sin infraestructura hotelera en el lado francés, con todo lo contrario del lado español. No en vano ya se han dado dos pasos importantes; por un lado, Aramón ha firmado un convenio de colaboración con la estación francesa; y por otro, se ha constituido un consorcio hispano-francés para la gestión, conservación y explotación del túnel.

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Llegamos a este sitio de los vehículos y de las indicaciones, donde paramos a echar otro bocado, para ya sin ninguna dificultad tomar la sinuosa pista de bajada que dibuja el descenso por este solitario valle. El día está fresco, es mediodía, y las nubes parece que conforme pasa el tiempo resisten menos. Al otro lado del valle, por su margen derecha, se ve cómo van caminos hacia lo alto de la sierra, que por el collado de Serratillón, desde donde se divisa una espectacular vista sobre los valles Real y Pineta, se puede acceder a la pista que baja de la Estiva a Espierba.

Hasta San Quílez se puede llegar en vehículo, y desde aquí es todo un continuo descenso valle abajo, donde nos podemos encontrar varias casetas de antiguos usos agropecuarios.

La distendida bajada por este valle del río Real, permite ver bordas junto a pequeños y empinados campos que evocan tiempos pasados, tiempos de pastoreo, tiempos quizá de necesidades, en definitiva, tiempos en blanco y negro en estos recónditos lugares, por donde pasamos no sin un cierto sentimiento de esa nostalgia que da el estar más pegados al terreno.

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Finalmente comienza a llover, no muy intenso pero sí persistente. Llegamos a Chisagüés, y ya por asfalto a Parzán. Pero antes de llegar a la carretera, está la señal que indica el arranque de la etapa de mañana, al contrario que el libro que manejamos, que lleva por la carretera hasta la entrada de la pista de Urdiceto.

Una vista de Chisagüés.

El valle contiguo a éste por el que descendemos, es el de Barrosa, y ha abierto una majestuosa entrada que penetra en la montaña en busca de grandes alturas, como lo es el soberbio La Munia, que con sus 3.134 metros de altitud es la autoridad local, y que domina el circo de Barrosa. El río homónimo discurre por el fondo de este valle que vierte al principal a la altura del Hospital de Parzán, a escasos kilómetros entre Parzán y el túnel llamado de Bielsa-Aragnouet, que situado entre los 1.684 metros de altitud en la boca sur, y los 1.827 de la norte, con sus tres kilómetros de distancia une los dos países vecinos. De este modo junto con la Jacetania y el Álto Gállego, son las tres comarcas que han logrado prolongar brazos de asfalto hasta alcanzar tierras galas; pero a diferencia de estas dos, que lo hacen por puertos, en este caso se consigue a través de las mismísimas entrañas. De cualquier modo, es algo de lo que adolece la comarca vecina de la Ribagorza.

Santiago Broto, en su compendio de las bellezas del Pirineo aragonés, al referirse a estos parajes dice: “... la maravillosa conjunción del bosque escalando las alturas, el torturado perfil de los paredones de roca carcomida, y al pie, entre numerosas venas de agua que buscan al río para engrosar su caudal, una alfombra herbosa con helechos y brezos, que, en primavera se cubre de bellísimos lirios morados, diminutos pensamientos y margaritas de todos los colores...” Estos valles, estos pueblos, no han estado ajenos a la problemática que ha acuciado al Pirineo en general. En otro tiempo, hasta no hace muchas décadas, eran núcleos más autosuficientes, lo que les daba una cierta autonomía y aislamiento, pero el actual contexto económico-social ha roto todo ello viviendo ahora más pendientes del sector terciario que del medio natural en el que viven, y tampoco hay que culparles mucho por ello, los pocos que han quedado han sobrevivido haciendo frente al retroceso demográfico y al escaso desarrollo en su economía tradicional, que les ha abocado a adaptarse a una nueva forma de vida.

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Parzán en el centro del valle, múy próximo al túnel de Bielsa.


Todavía se conmueve el alma al recordar todo el sufrimiento y tragedia que impregnan estos pagos; no podemos pasar de largo sin hacer mención a que estas tierras han sido mudo testigo de un episodio tristemente recordado estos días, ya que hace 70 años fue seno de amarguras y desgracias, camino de ida para muchos que nunca regresaron, me estoy refiriendo al éxodo motivado por el repliegue a que se vio sometida la resistencia republicana. La Ronda de Boltaña, que ha puesto en valor estos paisajes y paisanajes en sus canciones, tiene una de ellas dedicada plenamente a estos sucesos. Llamada “Bajo dos tricolores”, en su carta de presentación, dice cosas como: “La ventisca de aquella helada primavera –que moría llorando sangre como la agonizante esperanza de un pueblo derrotado-, borró en el Puerto Viejo de Bielsa sus huellas”.

Soldados republicanos siendo acompañados por población local en su exilio a Francia.

Y en una de sus estrofas se dice: Te tocaba jugar. ¿A qué carta apostar? (El exilio delante, La guerra detrás…) El Destino, feroz, Su jugada cantó: - Tras la guerra, el exilio, ¡Otra guerra peor! … Los recuerdos y Bielsa No dejan de arder.

En todas las guerras, quienes más sufren son los civiles, en este caso, algunos habitantes de la zona, convertidos en voluntarios y conocedores del terreno, fueron los que guiaron a un colectivo de 5.000 personas en un ejemplo de organización y solidaridad entre el ejército republicano y la población civil. Sitiados por todos los flancos por las tropas golpistas, no les quedaba otra salida más que la frontera. En pocos días sus ganados desaparecieron, sus campos quedaron arrasados y todas sus pertenencias abandonadas. Todo ello, aun pareciendo un final, no fue más que un principio, que lo único que tuvo en común fue la amargura de tener que enfrentarse a nuevos retos, a nuevas decisiones, algunos, incluso a volver a las filas republicanas, con las tricolores entrando en París.

Amargas escenas del éxodo masivo.

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Todas estas reflexiones nos acompañan en los últimos cientos de pasos, que como los de todos los días, son los más duros. En el caso de hoy, llegamos a la gasolinera, donde tenemos el vehículo en el que unos tras otros vamos subiendo hasta Espierba, donde comemos todos juntos. La tarde se pasa de descanso y tertulia. Hacemos una visita al pueblo para integrarnos por unos momentos en su paisanaje festivo, en el que llama la atención que un gran número de personas habla en francés, y es que son los hijos y nietos del pueblo, descendientes de aquellos que tuvieron que dejarlo todo por razones de pensamiento, por sufrir el asedio de los que entonces ostentaban la fuerza, momentos que el tiempo borrará, pero que todavía están muy vivos tanto en los que se fueron como en los que se quedaron. Pasamos un rato en el local social con la charanga, la fiesta se viste de noche, pero hay que volver a casa, que la mañana pronto viene y hay que seguir la ruta, esta vez hasta Biadós. 08:10 09:00 10:30 11:20 12:00 13:45 14:15

Ermita de Pineta (1.290 m) Llanos de Lalarri (1.560 m) Llanos de la Estiva (2.000 m) Collado de Petramula (2.150 m) Llano de San Quílez (1.900 m) Chisagüés (1.360 m) Parzán (1.144 m)

Foto de familia en Espierba.

Esta noche la pasamos de nuevo en nuestra casa rural particular de Espierba, en casa Ricadué, de la familia Saludas.

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Iglesia de Espierba.

Tiempo teórico Tiempo total Tiempo efectivo Desnivel acumulado Distancia Consumo energético

5 h 10’ 6 h 5’ 5 h 40’ 2.050 m 17 Km 2.115 Kcal

* Todos los valores son aproximados


Otro día más por estas bellas montañas. Espierba nos ha acogido de nuevo esta noche, este singular enclave, diseminado por una ladera en mitad de este espléndido valle de Pineta, ha hecho crecer a pie de carretera algunos pequeños núcleos, llamados barrios, cuyos nombres son: Zapatierno, Las Cortes, Casart y La Sarra, y lo han hecho como queriendo escapar de su aislamiento invernal, convertidas hoy en casas de segunda residencia, y que evidencian un pasado de población esparcida y extendida por este duro territorio no sólo para vivir, sino también para vivir de él.

A la izquierda, las nubes se desperezan pegadas a Monte Perdido. Sobre estas líneas, Parzán en el arranque de esta novena etapa.

Pero hay que abandonar este valle para retomar el inicio de la etapa de hoy, que está en la entrada del vecino de Parzán. El camino, tras una pequeña, pero fuerte pendiente, discurre paralelo a lo que parece ser una canalización cubierta, hasta que al cabo de unos veinte minutos nos deposita drásticamente en la carretera para, una vez cruzada, meternos ya de lleno en la pista. Dejamos atrás unas casas a pie de carretera, una de ellas con una curiosa imagen de la Virgen del Pilar. Última vista sobre Parzán y el valle de Bielsa para adentrarnos en este solitario valle rasgado por una pista que lo recorre hasta el mismísimo lago de Urdiceto, aunque de momento todo es pista y más pista. A la izquierda, un bello ejemplar de abeto jalonando la siempre aburrida pista que nos conduce a la central de Urdiceto y que llega hasta el mismo lago por el alto llamado el paso de los Caballos.

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Subimos sorteando los postes del tendido que, en línea recta, surca este valle haciéndole perder su naturalidad. Tras un tramo de aburrida e interminable pista comenzamos a ver las construcciones de la central eléctrica, que es de donde viene el cableado. En un momento las marcas rojiblancas se desvinculan de la pista y burlándola siguen un camino que en fuerte pendiente nos sitúa en lo alto de la pequeña presa. Aquí comienza la recompensa a la tediosa pista, el paisaje ya es de más alta montaña. Hay un refugio, donde volvemos a encontrarnos con Llany, y la pista sigue en dirección de donde más cargado está el cielo, que sigue muy nublado amenazando lluvia.

Todo el camino vamos acompañados por los cables.

Barranco que vamos subiendo hasta alcanzar la central.

Construcciones parejas a la central eléctrica de Urdiceto.

Pequeño embalse y presa de la central de Urdiceto.

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Seguimos pista arriba en nuestro caminar, hasta donde la dejamos para tomar una senda que la burla, es en este lugar donde unos indicadores anuncian la conexión con la senda pirenaica francesa. Tras un pequeño tramo de empinada senda, se vuelve a salir a la pista, muy cerca ya del paso de los Caballos. Hemos llegado hasta aquí y ya se ve dibujado el largo camino de bajada hacia el de Chistau, pero del lago de Urdiceto ni rastro, porque hay que continuar la pista como un kilómetro para toparnos con él. Es algo que queda fuera de la ruta, pero merece la pena hacer. Nos acercamos hasta él, que también está represado, y en donde hay algo en construcción, parece un refugio. Hasta aquí mismo se puede llegar en vehículo. El entorno es salvaje, una sierra, coronada por Punta Suelza (2.974 m) es la vigilante del lugar. Debajo hay otro pequeño ibón, que visitamos ya de regreso al collado.

Tras pasar la presa el paisaje se torna más alpino.

Arriba a la izquierda, el barranco de Urdiceto. Tres vistas del lago de Urdiceto y un pequeño ibón que hay a sus pies. Abajo a la derecha, el paso de los Caballos, con un impecable refugio en la vertiente de Chistau.

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Desde Ordizeto, si lo decimos en la fabla local, sin dejar de ver los gigantes de Ordesa, aparece ya ante nuestra vista el Posets (3.375 m), también llamado Punta Llardana, segunda cumbre más alta de los Pirineos, macizo que marca la divisoria entre los valles del Ésera y el Cinqueta. Estamos de nuevo en el collado, desde donde se ve dibujado el largo camino de bajada hacia el de Chistau. A nuestra izquierda un pequeño refugio de pastores, impecable. Luego un tramo de piedra volcánica. Seguimos descendiendo por el barranco de Sallena. Hay lugares muy bonitos por aquí. La bajada es muy prolongada. Se pasa por el barranco de Montarruegos. Bordas con extensos prados de espinaca silvestre nos saludan a nuestro paso. Hay un tramo en el que las señales se pierden y hace que titubeemos un poco, pero finalmente las retomamos en una zona en la que se ve de reciente marcaje.

Dos magníficas panorámicas del valle de Chistau, cuyas cumbres coquetean con las nubes que arrastra la borrasca.

Barranco de Sallena, por el que se desciende desde el collado. A la izquierda, parte alta del mismo. A la derecha, un circo formado en su zona media. En el centro se muestra cómo quedan los árboles que osan desafiar a las tormentas por aquí.

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Finalmente se pasa por las bordas de Licierte, y ya por pista seguimos el descenso hasta dar con la que llega de Gistaín a Biadós. Enseguida se pasa por las instalaciones del Campamento de Virgen Blanca. Diez minutos más para llegar a un lugar llamado Es Plans, con su camping, donde se forma el Cinqueta de los Cinquetas de Añes Cruces y de la Pez. A tramos por pista, y otros por camino, llegamos ya a un alto desde el que vemos los tejados de lo que parece, por fin, el refugio de Biadós, donde volvemos a ver a nuestra gente.

Tres bellas vistas del descenso en busca de las bordas de Licierte, que nos aproximarán a la pista que de Gistaín conduce a Biadós.

Una larga etapa la de hoy, que obliga a ir entreteniendo la mente en unas reflexiones que evocan tiempos pasados de este recóndito valle en cuya cabecera estamos. Valle del Cinqueta, donde se encuentra uno de los últimos reductos etnográficos y etnológicos del Pirineo aragonés, la Bal de Chistau.

Conforme vamos perdiendo altura se va rindiendo el valle a nuestros pies. A la derecha, uno de los bellos barrancos que sale a nuestro paso.

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Son pequeños núcleos demográficos, pero grandes en su valor paisajístico y cultural, y valientes en su historia, que supieron hacer frente a obispos y reyes. Plagados de viviendas nobles y espaciosas, de bello y sobrio aspecto externo que le da la piedra, con grandes portadas rematadas con escudos infanzones. Por ellas han pasado generaciones y generaciones con el mismo apellido, aunque más importante que él es el nombre de la casa, ese mote por el que se conoce a las gentes de la misma familia, porque eso era lo importante, la casa, que era mucho más que la vivienda, eran las posesiones, era el ganado, era la tierra, la hacienda, en definitiva, que, sujeta al fuero aragonés, impedía su división, siendo la heredad íntegra para el hijo varón mayor, teniéndose que buscar la vida los demás.

Bordas de Licierte en el descenso hacia la pista de Biadós.

Pista que conduce a Biadós.

Algo de esto le ocurrió al siempre recordado Mosén Bruno Fierro (1808-1890), que ejerciendo en Saravillo, se hizo famoso por polarizar tantos sucedidos verídicos e inventados… o no. Apelamos de nuevo a la sabiduría popular recogida en las canciones de La Ronda de Boltaña, para dar las señas de identidad de este personaje que viéndose abocado a llevar sayas, al oficio al que consagró su vida, supo sacarle partido: “Hay dos cosas que hacen que un cura se pierda, la peseta y la bragueta, pa’ la peseta al contrabando se echó, y pa’ la bragueta casera encontró”. Recreación del interior de una alcoba de la época. Foto que ilustra la Ruta de los Intercambios, extraido de la Web continuapirineum.com

Personaje estudiado también por José Llampayas (1924) y Rafael Andolz (1985).

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El aislamiento al que se ha visto sometido el valle ha propiciado unas señas de identidad propias y muy arraigadas, como por ejemplo el folklore, el traje típico popular, más austero que el de los valles de Ansó y Hecho, pero de gran colorido y originalidad. Cabe destacar asimismo el habla, el chistavín, con particularidades propias y que le distingue del resto de dialectos altoaragoneses.

Vista panorámica de la villa de Gistaín con su privilegiado enclave. Foto tomada de www.baldechistau.net.

Una tradición firmemente mantenida es el nombramiento de los componentes del Consejo, que administra el régimen comunal de montañas y pastos. No era fácil acceder a este gobierno, los consejeros debían de estar casados, y antes de su designación era preciso que se sometieran a ritos y ceremonias muy antiguos, nada que envidiar a una auténtica iniciación, y en las que los ancianos tenían un lugar preponderante.

Plan también goza de una inmejorable posición en el valle. Foto tomada de www.baldechistau.net.

Gistaín en invierno. Foto tomada de wikipedia.org.

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Una creencia popular era que las brujas, en forma de negros pájaros de mal agüero, iban al comienzo de las negras nubes de tormenta, siendo las causantes de las temidas tronadas. No les faltaba clientela a los brujos, quién sabe si serían los mismos, que proporcionaban sustancias que los lugareños esparcían por los campos para que la granizada pasara de largo.


También eran fielmente seguidas las tradiciones de Navidad, con su tronca, y Pascua, así como el Carnaval. La vida social y lúdica estaba marcada también por tradiciones ancestrales, las fiestas patronales tenían pautas muy marcadas, incluso había normas para encontrar pareja y los casorios de ello derivados. Otra leyenda obliga a detenernos en estos lugares. El Pirineo es tierra de ibones, que han quedado como recuerdo de inmensos glaciares. Abiertos espacios de una belleza natural portentosa, son por ello lugares para la ensoñación, sustrato de fábulas como la de la Basa de la Mora, referida al ibón de Plan.

Basa de la Mora o ibón de Plan. Foto tomada de www.baldechistau.net.

Si siempre es una espléndida excursión el subir hasta ese bello paraje, lo es todavía más si se hace para pasar arriba la noche de San Juan. Al amanecer, al sanchuanarse cuando los primeros rayos de luz acarician la superficie del lago, lentamente va surgiendo en su centro la figura de una bella mujer que baila una danza que nos habla de reyes y reinas muertos hace siglos, una mora cuyo cuerpo enroscado de joyas y brillantes hipnotiza a los que la contemplan, pero que poco a poco se va desvaneciendo conforme va ganando altura el astro rey. La leyenda nos habla de que se trata del espíritu de una mujer musulmana que se perdió por estos lugares huyendo de las sangrientas batallas entre moros y cristianos.

Barrancos que salen a nuestro paso, camino del refugio.

Camping de Els Plans, cercano ya al refugio de Biadós.

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Pero volvamos al aquí y ahora. Tras el registro de rigor, comemos todos juntos en las campas próximas a la entrada del refugio. El escenario es majestuoso, las Granjas de Biadós a nuestros pies, y dominándolo todo el macizo del Espadas, y detrás el del Posets, o Punta Llardana.

Foto de familia en el refugio de Biadós, con el Espadas y Posets al fondo.

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Cuando la tarde se comienza a estorbar nos volvemos a quedar de nuevo solos frente a nuestro porvenir, de nuevo se rasga el aire y una despedida vacía nuestros corazones, aunque ahora va a ser tan sólo por tres días. Aquí nos quedamos mano a mano con nuestras montañas, mano a mano con nuestro destino, que el inmediato son paseos por los alrededores, por los campos con sus bordas aprovechando el cálido sol crepuscular.

Bordas a pie de campo en el paraje denominado Granjas de Biadós, junto al refugio del mismo nombre.

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Al contrario de lo que se puede pensar, este edificio no es una antigua borda reconvertida en refugio, sino construido a tal fin en el año 1953 por el padre del actual propietario, Joaquín Cazcarra, de casa Rafel de Gistaín. Ocho años tenía cuando se fue construyendo sobre unos terrenos propios, y lo fue por la insistencia de los montañeros de entonces, todo unos visionarios de futuro. Ahora es refugio privado, pero con convenios con la FAM. 08:10 08:30 10:25 11:25 11:35 12:00 13:45 14:10 14:15 14:25 14:45

Parzán (1.144 m) Carretera y comienzo pista Embalse y central de Urdiceto (1.940 m) Paso de los Caballos (2.326 m) Lago de Urdizeto (2.390 m) Paso de los Caballos (2.326 m) Bordas de Licierte (1.760 m) Pista de Gistaín a Biadós Campamento de Virgen Blanca (1.550 m) Es Plans (1.550 m) Refugio de Biadós (1.740 m)

Refugio de Biadós, en la zona alta del paraje llamado de las Granjas de Biadós.

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Tiempo teórico Tiempo total Tiempo efectivo Desnivel acumulado Distancia Consumo energético

5 h 35’ 6 h 35’ 6 h 15’ 2.400 m 23,3 Km 3.070 Kcal

* Todos los valores son aproximados


Si la etapa más larga fue la tercera, la más corta también lo es, pero empezando por el final, y eso es lo que toca hoy, ya que son poco más de cuatro horas teóricas. Hoy nos va a parecer un paseo .

A la izquierda, Llany con uno de los gatos del refugio, que vemos encima de estas líneas.

Espectacular panorámica del bellísimo paraje denominado Granjas de Biadós.

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Tras una charrada con Joaquín, el guarda y propietario, salimos del refugio de Biadós, situado en un lugar privilegiado dominando las Granjas de Biadós y el barranco de los Orieles, por lo que tenemos que descender para retomar el camino, un camino que se va llenando ya de amantes de las montañas en dirección al puerto.

El Espadas desde el interior del refugio.

Camino de bajada en ruta hacia Añes Cruces y el collado de Estós.

A nuestra derecha vamos dejando las faldas del macizo del Espadas, contiguo al de Posets, que con sus 3.375 m es el segundo más alto de la cordillera pirenaica. La robustez de su forma está hendida por el valle de Eriste, que la divide en dos zonas, al norte Batisielles y al sur Bagueñola. Todas estas crestas y escarpados forman cuencas que alojan numerosos ibones, alrededor de los 2.500 metros de altitud. También existen glaciares, el de la Coma de la Paúl, al norte, baja, o al menos hace unos lustros, hasta los 2.570 metros.

Estas bellas panorámicas nos va ofreciendo la mañana conforme el sol va entrando en estos valles.

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El Posets tiene una buena parte de roca caliza, que propicia la formación de pozos, simas y corrientes subterráneas, no en vano su nombre significa “pozos pequeños”. Pero el nombre local de Llardana (o Lardana), significa región quemada. Es una montaña salvaje y aislada, surcada por numerosos torrentes y luminosos ibones.

Conforme vamos ganando altura se va tomando perspectiva sobre el camino que Continúa nuestra ascensión junto al Cinqueta de Añes Cruces hasta alcanzar el dejamos atrás. puerto.

Obligado es glosar las bellezas de este singular macizo que vamos rodeando por su flanco de poniente, pero hemos de volver a nuestro camino, que suavemente va remontando el Cinqueta de Añes Cruces. Pasa por debajo del refugio de Puyarueso, de 3 ó 4 plazas y con fuente cercana, y un corto tramo de fuerte pendiente, para salvar un curso rápido de agua, nos deja en una zona llana de pastos denominada así, de Añes Cruces. Llegamos a este lugar, donde hay un refugio de pastores, que ha estado habitado esta noche por uno de ellos, con su rebaño en los alrededores.

El Cinqueta de Añes Cruces abre profundos tajos a su paso.

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Zona de pastos donde se halla la cabaña de Añes Cruces.


Este bello lugar es una encrucijada de caminos, por los que podemos acceder a varios puertos, al oeste el de la Señal de Biadós, al norte el de Aigues Tortes, estando entre ambos el pico de Bachimala (3.177 m).

Dejamos atrás la cabaña de Añes Cruces.

El arranque desde aquí da un giro hacia el este, y es muy pendiente. Vamos viendo los movimientos del ganado provocados por el pastor y el perro, a cual más aventado. Como todo en esta travesía va quedando atrás, esto también. Se sube por el barranco de Gistaín hasta alcanzar el puerto del mismo nombre, o de Estós, que también así se llama, con una interesante panorámica y un curioso sumidero en su collado sur.

Subiendo por el barranco de Gistaín con el collado al fondo.

Espléndida panorámica del barranco de Gistaín, con Bachimala al fondo.

Aquí nos volvemos a encontrar con Llany, con el que departimos al propio tiempo que contemplamos la espectacular vista que brinda este collado.

Viejos conocidos de ruta, con el macizo de la Maladeta al fondo.

También hay un grupo de jóvenes de Sabiñánigo que han comenzado hoy a hacer un tramo del GR-11, desde Benasque, hasta algún lugar próximo a su punto de partida.

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Tras paladear durante un buen rato la perspectiva que te da estar a esta altura, con todo el macizo de las Maladetas enfrente, se comienza el descenso por esta zona, en la que una pedriza con hitos nos conduce al fondo de la vaguada. Continuando nuestro camino llegamos al mismo fondo del barranco de Estós, alcanzando el refugio, final de esta jornada a caballo entre las comarcas del Sobrarbe y Ribagorza. Corta etapa que ha sabido a poco. Por la tarde colada, descanso, estiramientos y contemplación, mucha contemplación. 08:15 09:45 11:15 13:15

Refugio de Biadós (1.740 m) Añes Cruces (2.080 m) Collado de Gistaín o de Estós (2.592 m) Refugio de Estós (1.890 m) * Todos los valores son aproximados

Tiempo teórico Tiempo total Tiempo efectivo Desnivel acumulado Distancia Consumo energético

4 h 5’ 5h 4h 1.750 m 11,8 Km 1.910 Kcal

A la izquierda arriba, detalle de una surgencia de agua. Encima de estas líneas, un momento de relax llegados al refugio.

Refugio de Estós, en el valle del mismo nombre.

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Amanecemos con un cielo parecido al que dejamos anoche, muy borrascoso. Ya me llamó la atención ayer que venden un vídeo que hace alusión a las abejas, al territorio, y no sé de qué va, así es que pregunto y me dicen que el autor está ahí, que es uno de los guardas. Se llama Daniel Orte, y estamos un rato charrando. Es un chaval de Madrid que abandonó todo y se vino al Pirineo. Su trabajo es un documental sobre los continuos expolios en la cordillera, que con la actuación estelar de Eduardo Martínez de Pisón, se van sucediendo las imágenes y las declaraciones de los que están a favor del desarrollo (o desarrollismo, nunca se sabe), y las posturas más proteccionistas.

Borrascas al amanecer en este penúltimo día.

Tras esta balsámica y breve plática, salimos de este refugio, situado en un lugar estratégico para acercarse a todo este mundo de montañas, Possets, Espadas, Perramó, Ixeia, Perdiguero, y tantos otros montes y bellos parajes que hay alrededor de él, pero que será en otro momento, porque ahora nos espera el fondo del valle para ponerlo bajo nuestros pies. Es por el que tenemos que discurrir hasta llegar al principal, al de Benasque, para algunos el valle más alpino del Pirineo, y que por el que cuanto más se patea, más queda por descubrir.

La bajada se realiza por camino bien marcado hasta alcanzar el río Estós, al que vamos a ir abrazados hasta el puente de San Jaime en el valle de Benasque. Pero para eso aún nos faltan como dos horas y media. Nos unimos, pues, al río en la llamada palanca del Turmo al cabo de media hora de haber salido del refugio. Seguidamente se pasa por la cabaña del mismo nombre, desde donde podemos incorporarnos ya a la pista que recorre el valle.

Saliendo del refugio de Estós.

Dos bellas vistas del río a su paso por el valle de Estós.

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No siempre se sigue la pista, en uno de los atajos hay unas pequeñas salidas del camino para contemplar las gorgas de Galantes, uno de esos fenómenos ante los que merece la pena detenerse para admirar su factura conseguida a lo largo de siglos y siglos. Seguimos nuestro deambular valle abajo y se ofrecen para admirarlas las agujas de Gargallosa, unas estribaciones del Perdiguero que se asoman al valle para no perder de vista al caminante, sus enhiestas formas no dejan indiferente al que junto a su lado pasa. También nos sorprende una fuente que unas hábiles manos han tallado en la madera y han dejado una simpática impronta, se trata de una cara sonriente que te mira de reojo al pasar.

Cabaña del Turmo, donde el camino se convierte en pista.

Las gorgas de Galantes salvan un importante desnivel.

La altivas agujas de Gargallosa, centinelas del valle de Estós.

La trabajada fuente Coronas, en el camino, a pocos metros debajo de este bello rincón del bosque.

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Este continuo descenso nos hace pasar por la cabaña de Santa Ana, un refugio de 10 ó 12 plazas no guardado, y que no queremos desaprovechar la oportunidad para indicar que desde aquí se accede a uno de los lugares más encantadores del Pirineo, las Agujas de Perramó, reflejadas en los ibones de Batisielles. Vamos por la margen derecha del río, y a través de la palanca de Aiguacari pasamos a la izquierda. Las bravas aguas deleitan nuestra vista y oídos hasta que se apaciguan en un pequeño embalse, que nos indica que estamos llegando al aparcamiento del puente de San Jaime, al que nos vamos acercando cruzándonos con más y más personal, que tampoco quiere perderse el disfrute de este valle, uno de los más bellos del Alto Ésera. Siguiendo nuestro descenso por el valle de Estós, llegamos hasta dicho puente sobre el cauce del Ésera, y donde volvemos a aprovechar la cuña de cobertura telefónica para hacer algunas llamadas. Breve parada a echar un bocado para poder encarar con mejor ánimo la fuerte rampa que hay para salvar el desnivel de la presa de Paso Nuevo, a través de tramos muy poco atractivos, pero de otros muy especiales por la frondosidad de los bojes.

Cabaña de Santa Ana, y camino de Batisielles.

El pequeño embalse amansa las bravas aguas en su rápido discurrir hacia el puente de San Jaime, donde se vierten al río Ésera.

Valle de Benasque, con la sierra de Chía al fondo.

Este camino nos deja en una pista en la que no vemos indicación alguna, y que hay que tomar a la izquierda para llegar a la que sube de Senarta, unos amplios llanos de acampada controlada, y que sirven de campo base para esta otra zona de Benasque. Aquí estamos próximos al gran macizo de la Maladeta, con la joya de esa corona, que es el Aneto (3.404 m), punto más alto de la cordillera pirenaica; y con vehículo, se accede fácilmente a Baños de Benasque, Hospital de Benasque, y a las entradas de los valles de Literota y Remuñé, por la carretera general, recientemente arreglada y que algún susto nos dio en el pasado.

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Carretera, digo, que por falta de aunar voluntades no conecta con el valle galo del otro lado de la cordillera, el de Bagnères de Luchon, y que se queda cortada encima de otro bellísimo y amansado paraje llamado los Llanos del Hospital, paso también de peregrinos, contrabandistas y pastores, que subían sus cabañas en busca del fresco y tierno pasto de los puertos. Las ruinas del antiguo hospital han servido de sólida base para la construcción de un moderno refugio que preside estas llanadas utilizadas en invierno para el disfrute del sufrido esquí nórdico. Entre los municipios de Bagnères y de Benasque existe un convenio de colaboración para dar a conocer la historia y patrimonio de sus respectivos hospitales a pie de puerto.

Antigua cabaña pastoril, en perfecto estado, en los llanos del Hospital.

Aquí da un giro brusco el valle, y ya paralelo al eje pirenaico, sube hasta las fuentes del Ésera, que se ven truncadas por una formación kárstica como pocas en Europa. Estamos hablando del forao de Aigualluts, un drenaje natural por el que se filtran las aguas que provenientes de los glaciares de los grandes picos más orientales del macizo del Aneto, bajan hasta aquí desapareciendo ante la atónita mirada de los que hasta aquí llegan. Aguas cuyas aspiraciones mediterráneas se ven frustradas por este fenómeno que en la práctica representa un trasvase natural, pues vuelven a surgir al otro lado de los Pirineos y son las fuentes del río Garona, cuyo cauce las transporta hacia el Atlántico.

Un poco antes de llegar, hay una bifurcación, que tomando el camino de la derecha nos podemos acercar hasta el refugio de La Renclusa, base de operaciones para ascender a todo el cordal de los Montes Malditos, Alba, Occidentales, Maladetas, Aneto, Tempestades, Llosás, Margalida, etc.

Recónditos lugares en busca de la pista de Vallibierna.

Embalse y presa de Paso Nuevo.

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Pero recordemos que estamos muy próximos a plan de Senarta, y que sin ocasión de ver este bello lugar, tomamos la pista de la derecha que sube por alguna que otra lazada, y que alguna es evitada por un empinadísimo camino destroza hombres que nos deposita de nuevo en la pista, en la entrada ya de este valle, uno de esos bellos paralelos a la cordillera que vierten al principal por su margen izquierda. Vemos subir el autobús, y las tentaciones de tomarlo para evitarnos este palizón de pista son elevadas, pero las resistimos, como debe ser, y continuamos nuestro ascenso por este valle, adquiriendo cada vez más distancia en desnivel con el río, mirándolo a cada paso más y más lejano a nuestros pies. El corazón se acelera, estamos pasando por donde habitamos en algunos veranos de los bajos ochenta. Pronto llegamos al refugio de Quillón, con capacidad para 4 personas, y en cuyos alrededores crecen libremente las espinacas que tanto juego dieron entonces. Unas escorrentías rojizas al otro lado del río nos anuncian que vamos llegando al lugar de acampada de esos años, donde montábamos semejantes tiendas de campaña y lo pasábamos varias familias con un montón de críos debajo de Peña Blanca, desde donde partíamos para ascender a los picos que conforman el circo de Coronas, coronado, valga la redundancia, por el Aneto, cuya perla es esa Virgen del Pilar que, siendo el más grande, lo engrandece Camino con fuerte pendiente que salva varias lazadas de todavía más, y que también tiene su mitología. pista subiendo a Vallibierna. Se dice que Aneto es también el nombre de un gigante que asesinó de un flechazo a Atland, protagonista de no pocas fábulas, misterioso personaje descendiente de los míticos atlantes que sostenían el mundo. Ante tal acto, el cielo envió un rayo que sepultó al asesino, surgiendo de nuevo en forma de gran macizo tras un terrible terremoto.

Subiendo por la pista con los picos de Vallibierna al fondo.

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Campas junto al río otrora lugar de acampada.


Finalmente llegamos ya al final de la pista, a un lugar llamado Puente Coronas, de donde sale un camino a la izquierda hacia ese circo, y otro, siguiendo el valle, hacia Vallibierna, que es nuestra etapa de mañana. Aquí hay un refugio de pescadores, sin guardar, tiene una tarima y otro piso en el que pueden caber como 12 ó 15 personas más los del suelo. Hay una gran mesa con bancos y una chimenea. Es donde vamos a pasar la noche, la última noche, así es que a ver si hay suertecilla con la compañía. De momento nos encontramos con tres mochilas y con dos hombres de edad, que han hecho el Tempestades y que están esperando al autobús que les deje en Senarta.

Diferentes vistas del cielo vallibiernense en las postreras horas de esta última tarde pasada en ruta. Macizo de Vallibierna, Cresta de Llosás, y valle abajo. En el centro curiosa talla de madera en el arranque del camino a Coronas, junto al refugio.

Mientras tanto, nosotros tenemos toda la tarde por delante, comer, descansar, estirar, leer, contemplar, es a lo que nos dedicamos un poco anárquicamente. La atmósfera va evolucionando, y no tiene muy buena pinta, valle abajo, todo lo que alcanza nuestra vista, que llega hasta bien alto el de Estós, vemos venir una buena tormenta, el cielo está totalmente oscuro, se va cerrando también por Coronas y por Vallibierna. Es una extraña sensación, por un lado da inquietud y pavor, y por otro causa verdadero relajo y admiración.

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Hay una estampa, cuanto menos curiosa; se trata de la unión de dos ramales del río, pero el que viene por la izquierda del valle es de aguas ferruginosas, y el otro es de aguas claras, nos hace reflexionar sobre la unión de los distintos, en la que pierdes originalidad, pero ganas riqueza.

Curiosa unión de dos arroyos con aguas de diferente origen.

La tarde va pasando, y es difícil que la contemplación no te lleve a la reflexión, cosas como caer en ver que cómo es posible que exista tanta belleza ajena al común de los mortales, enfrascados siempre en asuntos banales que nada tienen que ver con él, y que lo único que consiguen es desnaturalizarle y alejarle del medio que tiene a su alcance para empaparse de él, para aprovecharse de él, para aprender de él y para crecer con él. Hay que volver a las fuentes, hay que volver a la salud y a la vida, y mientras no lo hagamos, como especie, esta humanidad no retomará la senda de la evolución, la senda de nuestra principal misión en este mundo, la senda que nunca debió de abandonar. Pero nunca es tarde, siempre hay tiempo para rectificar, cuanto más tarde, más doloroso será el retorno, eso sí, pero la buena noticia es que siempre se está a tiempo para rectificar.

Mucha es la literatura que ha glosado estos bellos lugares. Santiago Broto dice “Vallibierna es el rincón más hermoso de los Montes Malditos, el valle suave y ameno que hace ascender el camino casi hasta los pies de los gigantescos picos. Entre un fondo de abetales y bosques de pino negral, se suceden las praderas pobladas de colorido floral... y en lo alto las pétreas aristas montañosas, y senderos montañeros que parten a los valles de Coronas, Llosás y Alto Vallibierna, y dominándolas todas, en sus diversas formaciones, el Aneto, circundado de heleros refleja su punta en los quietos cristales acuosos de los ibones del fondo”. Arbanère, pirineista francés, fue el primero en publicar sus impresiones; en 1827 dijo que “era tan salvaje como en la era primera de los Pirineos”. Perès, Ubiergo y Faus refieren que “...los bosques salvajes, los pequeños valles desconocidos y los lagos, siempre quietos, son las características de Vallibierna”. También ha habido descubrimientos botánicos, el primero que pisó el pico de Vallibierna, en julio de 1865, el montañero Charles Packe, vio una variedad de adormidera, a la que llamó “Papaver Alpinum”. Se mire como se mire, este valle siempre cautiva el alma. En la foto el macizo de Vallibierna con sus dos cimas destacadas.

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Mucho es lo que se ha escrito sobre estos bellos parajes, a juicio de muchos, los más alpinos de los Pirineos, donde la armonía adopta formas de corrientes suaves de agua y de abruptas crestas aupándose hacia el infinito, grandes macizos en permanente modelación soportando los avatares de los vientos. Morada de los dioses, últimos reductos de esas joyas geológicas que son los glaciares, los más meridionales de Europa.

Dos espléndidas panorámicas desde la cumbre del pico Vallibierna. La de arriba muestra valle abajo con los macizos de Posets y Perdiguero al fondo. Sobre estas líneas el soberbio macizo de la Maladeta, en el que destaca el Aneto, su máximo esponente. Ambas fotografías han sido extraídas de: excursiones-por-el-monte.blogspot.com

Lo divino y lo humano nos lleva al crepúsculo, arropado por fuertes tormentas a uno y otro lado del valle. Hemos cogido leña por si hiciera falta emplearla. Poco a poco van llegando compañeros de pernoctada; llegan tres chicos ingleses (los de las tres mochilas, y que ya nos hemos ido encontrando en distintos puntos de la ruta), otros dos más mayores que dicen venir de Alpes aborrecidos de mal tiempo, y Departiendo con los compañeros antes de ir a dormir. otros dos que de forma independiente han ido llegando.

Vista parcial del interior del refugio.

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Pronto comenzamos a cenar, no hay muchos preparativos que hacer, y antes que el sol, nos metemos al saco. Hubiéramos sido más felices si todos hubieran hecho lo mismo. 08:15 08:45 09:05 09:45 10:00 10:30 10:40 11:50 12:20 13:10 13:50

Refugio de Estós (1.890 m) Cabaña del Turmo y pista (1.733 m) Gorgas Galantes (1.700 m) Fuente Coronas Refugio Santa Ana (1.540 m) Aparcamiento entrada Estós Puente de San Jaime (1.250 m) Plan de Senarta (1.380 m) Incorporación a la pista de Vallibierna Cabaña de Quillón Refugio de Puente Coronas (1.980 m)

Tiempo teórico Tiempo total Tiempo efectivo Desnivel acumulado Distancia Consumo energético

4 h 25’ 5 h 35’ 5h 1.500 m 20 Km 1.660 Kcal

* Todos los valores son aproximados

Cansancio en las piernas y sosiego en el alma. Disfrutando de la última tarde en ruta, en la parada del autobús, muy próxima al refugio de Puente Coronas.

Refugio de pescadores de Puente Coronas.

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Última noche en ruta, que coincidiendo con la primera no ha sido en refugio guardado, y que a pesar de cómo se nos iba presentando, no nos podemos quejar. Amanecemos, pues, esta última jornada de travesía para abordar esta también última etapa de nuestra singladura por estas bellas montañas, la parte más brava y quebrada, la parte central de este macizo, la parte aragonesa del Pirineo.

Así amanece esta última mañana en ruta. La evolución atmosférica no va a ser distinta de las jornadas precedentes.

Nos levantamos a la hora habitual, y vemos que lejos de haberse despejado, seguimos rodeados de bajas presiones, seguimos rodeados de unos nubarrones que están dispuestos a acompañarnos por los fondos y por los cuellos de los valles, aunque confiamos en que no pase de ahí la cosa. Dejamos al norte el camino que conduce al vasto circo de Coronas, con sus 3 ibones precedidos de la pleta, para tomar hacia el este la pista, que pronto se convierte en trocha y luego en camino. Una tímida luna recién comenzada su mengua vigila nuestros primeros pasos. Se llega a la pleta de Llosás, se cruza el río del mismo nombre para continuar por la margen derecha del barranco y hay que salvar un pequeño espolón, siempre por este mismo margen, para seguir el curso del desagüe que baja del ibón Inferior de Vallibierna. Hemos pasado por el desvío a los ibones de Llosás, a través de cuya cresta se puede alcanzar la cima del Aneto, no sólo gigante local, que también, sino que lo es de toda la cordillera pirenaica. Conforme vamos ganando altura vamos dejando atrás los cada vez más escasos ejemplares de pino negro, esa joya de las coníferas que más alto le Arriba, aspecto del pico de Vallibierna. Debajo, vista atrás subiendo por el barranco camino de la pleta de Llosás. A la derecha, un bello ejemplar de pino negro. gusta vivir.

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Como decimos, estamos en el ibón Inferior de Vallibierna, y sin camino aparente, se bordea por su parte derecha para alcanzar el superior al cabo de cuarenta minutos, y tras bordear también este último, pasando algún tramo de nieve que es un vestigio del invierno pasado, con vocación de alcanzar el siguiente, llegamos finalmente al collado. Hemos dejado al sur el macizo de los picos de Vallibierna, también llamado de Culebras, por la apariencia de la roca; y al norte la prolongación oriental del macizo de los Montes Malditos.

Todas estas fotografías dan muestra del bellísimo espectáculo que es el subir por estos parajes.

Los claroscuros del cielo permiten que la luz se refleje en la superficie de los ibones, formando destellos.

Según Javier Cabrero, “... en la cabecera de Ballibierna encontramos una pareja de ibones con aguas muy frías, debido a que los picos de Tempestades y Rusell por el norte y la Tuca de Ballibierna por el sur protegen y dan frescor con sus sombras a la rinconada donde reposan sus aguas. Las diminutas praderas que los rodean por el norte son una parada obligatoria para todos los caminantes de grandes recorridos que hacen la transpirenaica. Un buen y acertado alto en el camino donde descansar y coger nuevas fuerzas”.

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El mal tiempo reinante impide que nos paremos a la merecida contemplación, sólo un rápido vistazo sirve de despedida a este espléndido valle por cuyo seno hemos discurrido durante buena parte de dos jornadas. Ahora debemos seguir mirando al frente. Desde aquí, nuevo terreno a descubrir. Por lo pronto una buena ración de bloques de piedra, por los que tan mal se transita, pero que debido a las largas zancadas, tanto cunde el andar por ellos.

Al asomarnos al collado de Vallibierna, se abre a nuestra vista un nuevo horizonte lleno de posibilidades. Abajo a la izquierda el ibón de Cap de Llauset, por el que tenemos que pasar, para continuar por los ibones de Angliós.

Hemos de seguir por nuestra derecha para alcanzar un cruce, que nos indica a la derecha los ibons Chelats, y a la izquierda, por donde tenemos que continuar, el estany d’Angliós y el ibón de Llauset. Un poco más adelante, la gran bifurcación del día y ante la que hemos tenido que decidir, estamos en el arranque del camino que nos llevaría al valle del Noguera Ribagorzana a través del núcleo habitado de Aneto por el embalse de Llauset, y digo nos llevaría porque optamos por seguir por este rosario de ibones llamado de Angliós.

A lo largo del descenso nos econtramos con el desvío al ibón Chelats, y más abajo el gran desvío para bajar bien por Llauset al pueblo de Aneto, bien por Angliós al barranco de Puente Salenques. En medio una curiosa surgencia de agua en una grieta de la roca.

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Pasamos por el llamado Cap de Llauset, que nos recibe con unos magníficos destellos como queriéndonos distraer del cansancio que venimos arrastrando y al que en esta última etapa se le va añadiendo una importante dosis de ansiedad en busca del final de nuestro periplo, aunque imagino que también lo echaremos de menos. Hay que bordearlo por su margen izquierda, donde nos cruzamos con un personaje digno de mención; es un chaval joven con atavíos de explorador decimonónico, y como es inglés, pues eso, que le pega.

Destellos en el ibón de Cap de Llauset, con el collado al fondo.

Desde el collado de los estanques vemos los ibones de Angliós.

Alcanzamos el collado de los Estanques, también llamado Colladeta de Ríu Bueno, donde al abrigo del viento reinante, echamos un bocado rápido sumidos en la contemplación de otro grupo de ibones que tenemos a nuestros pies y que vamos a tener que recorrer. Creo que ya son los últimos. Es una enorme cubeta glaciar, que alberga cinco ibones de mediano y pequeño tamaño de negras y frías aguas que recogen de estas empinadas paredes. Todo por aquí se reviste de una salvaje belleza; todo por aquí, es majestuoso.

Lámina de uno de los ibones altos de Angliós.

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Por todos los collados que hemos pasado hoy nos hemos hecho la misma reflexión, y es la relativa a lo que se ha sujetado el tiempo, permitiéndonos ir bajo una espesa y negra capa de nubes sin haber soportado ni una sola gota de lluvia, nubes que han conferido una luz especial por todos estos bravos lugares.

Dos momentos en el descenso por este bello y solitario barranco que alberga los ibones de Angliós.

Tras este primer grupo de ibones de Angliós (Cap de Angliós), seguimos con el segundo, que está en un enorme y un tanto extraño circo, en cuyo seno se encuentra el lago Angliós, con una caseta en un pequeño alto, cerca ya de su desagüe, que representa el contrapunto a toda la naturaleza salvaje reinante, ya que se trata de un refugio privado que no va a servir para su uso en caso de emergencia. Obviando esto, estamos en una bellísima zona lacustre, vestigio de épocas glaciares. Seguimos por la margen derecha del barranco, y nuestra vista alcanza ya un nuevo horizonte, se abre ante nosotros el enorme valle del Salenques, que vierte al principal, al del Noguera Ribagorzana, compartido entre Aragón y Cataluña. Comenzamos, pues, lo que nos parece un vertiginoso descenso por este barranco, por bloques de piedra primero, que nos conducen al bosque, por el que un picado camino a tramos, nos aumenta por momentos esas ganas de llegar, esas ganas de descansar, esas ganas de no tener que llevar a cuestas esos enseres imprescindibles para la ruta. Sin embargo, por otra parte, va a representar el abandono de estas tierras que nos han dado cobijo durante doce días, va a representar el retorno a nuestro medio habitual.

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Lago de Angliós en el fondo de un hermoso circo.


Continuamos lo que nos parece un interminable descenso, hasta sin dejar el bosque, alcanzar ya unos terrenos más llanos. Unos dulces hayedos nos dan la bienvenida a este nuevo territorio y que aunque esté visitado por gentes vecinas, siguen estando dentro de nuestro querido Aragón, aunque como hemos dicho en alguna otra ocasión, son asuntos puramente convenidos y que sólo están en nuestras cabezas y no en la de estas bellas montañas, que sólo entienden de épocas y unidades geológicas, y no de fronteras establecidas, en la mayoría de casos no sin violencia.

Al asomarnos al borde del desagüe del lago de Angliós, se abre ante nosotros esta espectacular vista sobre el barranco de Salenques, que vierte al Noguera Ribagorzana, con el fondo de los valles ya en territorio vecino, y que nos aguarda para otra ocasión. A la derecha se muestra lo complicado a tramos de este largo y vertiginoso descenso por este barranco.

Nos llama la atención unas grandes masas de enormes plantas de frambuesas cargadas de sus apetitosos frutos, menudos pero llenos de dulzor, que contrastan con lo agreste del terreno de hoy. Parece que esto no va a llegar a su fin cuando todo indica que sí que lo hace, comenzamos a oír el ruido de coches, y es que estamos muy próximos ya a la carretera, estamos muy cerca ya de nuestro punto final, y no sólo de hoy, sino de toda la travesía. Unos paneles indicadores de este Monumento Natural de los Glaciares Pirenaicos del Parque Natural Posets-Maladeta del Gobierno de Aragón nos conducen al fondo del valle, habitado por el embalse de la Baserca, donde termina esta sin par travesía justo en la muga con Cataluña, por donde se adentra esta senda que recorre la cordillera de mar a mar. Estamos a cuatro kilómetros de la boca sur del túnel de Viella, que conduce al valle de Arán.

Amable hayedo llegando a nuestro destino.

Llegamos más cansados, llegamos más sabios, llegamos más conocedores de los bellos rincones que hemos atravesado a nuestro paso, llegamos más contentos, y con la inmensa satisfacción de haber cumplido uno de tantos retos en este espléndido escenario como es el mundo de las montañas pirenaicas.

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Igual que al comienzo, ponemos los datos de llegada: Lugar: Puente Salenques; Hora, las 14:25; Temperatura, 18º; Altitud, 1.428 m. 07:40 08:20 08:55 09:35 10:15 10:40 11:00 11:15 11:35 13:30 13:50 14:00 14:25

Refugio de Puente Coronas (1.980 m) Desvío ibones de Llosás Ibón Inferior de Vallibierna (2.440 m) Ibón Superior de Vallibierna (2.485 m) Collado de Vallibierna (2.710 m) Cruce Ibons Chelats Cruce Aneto (pueblo) (2.410 m) Ibón de Cap de Llauset (2.462 m) Collado de los Estanques (2.520 m) Lago de Angliós (2.222 m) Comienzo bajada barranco de Salenques Tierra llana en el bosque Puente Salenques (1.428 m)

Tiempo teórico Tiempo total Tiempo efectivo Desnivel acumulado Distancia Consumo energético

6 h 25’ 6 h 45’ 5 h 45’ 2.450 m 21,2 Km 3.575 Kcal

* Todos los valores son aproximados

Cartel que anuncia el Espacio Natural Protegido del Gobierno de Aragón. Estamos en las puertas de los Monumentos Naturales de los Glaciares Pirenaicos.

En este punto del valle del Noguera Ribagorzana, junto al embalse de la Baserca, termina nuestro periplo tras doce jornadas de andanzas integrados en estos bellos paisajes.

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BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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Turismo Altoaragonés. José Cardús. Heraldo de Aragón. 1969. Por el Pirineo Aragonés (La Jacetania). Cayetano Enríquez de Salamanca. Edita el autor. 1974. Bellezas del Alto Aragón. Lucien Briet. Diputación Provincial de Huesca. 1977. El Pirineo Aragonés. Santiago Broto. Ed. Everest. 1979. El Valle de Benasque. Santiago Broto. Ed. Everest. 1981. Esta Tierra nuestra. Alfonso Zapater. Librería General. 1982. El Alto Aragón. Paraíso Natural. Varios autores. Confederación Cajas Ahorro. 1985. Senderos de Gran Recorrido. Senda Pirenaica GR-11. Varios autores. Prames. 1991. Todos los Ibones del Pirineo Aragonés. Javier Cabrero. 1999. Libreto del CD País de anochecida. Ronda de Boltaña. Kikos. 2001. Libreto del CD 30 Canciones en la mochila. José Antonio Labordeta. Fonomúsic. 2001. El Alto Pirineo. Eduardo Martínez de Pisón. Ibercaja. 2002. Los glaciares pirenaicos aragoneses. Varios autores. Diputación Provincial de Huesca. 2002. Montañas de Aragón. Jesús Pardina. Prames. 2003. Pirineos. Joaquín Araujo. Darana. 2003. Diversas Guías Cartográficas. Varios autores. Editorial Alpina. Diversos sitios Web.


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12

S-09.08.08

D-10.08.08

L-11.08.08

M-12.08.08

X-13.08.08

J-14.08.08

V-15.08.08

S-16.08.08

D-17.08.08

L-18.08.08

M-19.08.08

X-20.08.08

TOTALES

MEDIA DÍA

ETAPA Nº

DÍA

4 h 25'

9 h 30'

4 h 50'

6 h 5'

5 h 30'

6 h 40'

5 h 10'

5 h 35'

4 h 5'

4 h 25'

6 h 25'

Achar Aguas Tuertas Somport

Somport Respomuso

Respomuso Balneario Panticosa

Balneario Panticosa Bujaruelo

Bujaruelo Góriz

Góriz Pineta

Pineta Parzán

Parzán Biadós

Biadós Estós

Estós Puente Coronas

Puente Coronas Puente Salenques

5 h 40'

68 horas

5 h 20'

PRAMES 91

Zuriza Achar Aguas Tuertas

RECORRIDO

7h

84 h

6 h 45'

5 h 35'

5h

6 h 35'

6 h 5'

6h

7 h 15'

7 h 30'

6 h 20'

11 h 40'

5 h 35'

9 h 40'

TOTAL

TIEMPOS

6 horas

72 horas

5 h 45'

5h

4h

6 h 15'

5 h 40'

5 h 50'

6 h 40'

6 h 20'

6h

10 h

4 h 30'

6h

EFECTIVO

Refugio de Puente Coronas

Refugio de Estós

Refugio de Biadós

Parzán

Circo de Pineta

Refugio de Góriz

Refugio de Bujaruelo

Ref. Casa Piedra Bº Panticosa

Refugio de Respomuso

Refugio Aysa Somport

Refugio Achar Aguas Tuertas

La Muga Pto de Arguibieta

LUGAR

SALIDA

1.980

1.890

1.740

1.144

1.290

2.160

1.338

1.640

2.120

1.664

1.650

1.295

ALTITUD

Puente Salenques

Refugio de Puente Coronas

Refugio de Estós

Refugio de Biadós

Parzán

Circo de Pineta

Refugio de Góriz

Refugio de Bujaruelo

Ref. Casa Piedra Bº Panticosa

Refugio de Respomuso

Refugio Aysa Somport

Refugio Achar Aguas Tuertas

LUGAR

LLEGADA

1.428

1.980

1.890

1.740

1.144

1.290

2.160

1.338

1.640

2.120

1.664

1.650

ALTITUD

Collado de Vallibierna

Refugio de Puente Coronas

Collado de Gistaín

Paso de los Caballos

Collado de Petramula

Punta de las Olas

Refugio de Góriz

Collado de Brazato

Collado de Tebarray

Collado de Ízas

Ibón de Estanés

Collado de Petraficha

LUGAR

2.710

1.980

2.592

2.326

2.150

2.600

2.160

2.550

2.782

2.230

1.780

1.958

ALTITUD

COTA MÁXIMA

2.000

24.000

2.450

1.500

1.750

2.400

2.050

1.950

1.550

2.350

2.000

3.300

600

2.100

DESNIVEL ACUM. APROX.

CUADRO SINÓPTICO TRANSPIRENAICA (GR-11) ARAGÓN AGOSTO 2008

20

240

21,2

20

11,8

23,3

17

16,6

25

20,5

13,5

35

15,1

21

KMTS. APROX.

18'

16' 20''

15' 00''

20' 20''

16' 00''

20' 00''

21' 10''

16' 00''

18' 30''

26' 40''

17' 10''

17' 50''

17' 10''

MEDIA MIN/KM APROX.

3.200

38.400

3.575

1.660

1.910

3.070

2.115

3.525

3.320

3.675

3.320

6.190

2.265

3.775

CONSUMO KCal. APROX.


Agradecimientos

A David y Chesus, que han participado de forma relevante en este trabajo. A Ángela y David, Enrique e Isabel, que nos han dado apoyo logístico al comenzar y al terminar la travesía. A Ángela, Isabel, Miriam, Alfredo, Raquel, y en especial a Fernando, por el apoyo recibido, particularmente en el alojamiento de Espierba, en esa Casa Ricadué, en cuyo hogar disfrutamos de memorables veladas. A José y Teresa, tíos de Fernando, que tan amablemente nos acogieron en Espierba. A Llany, con el que tantos momentos hemos compartido a lo largo de la ruta. A los refugios y a sus guardas, sin cuyo concurso me hubiera sido muy complicado, por no decir imposible, la consecución de la travesía. Y por último, y no por eso menos importante, a Olga y a Fran, por creer en el proyecto y acompañarme total o parcialmente en este camino en el que hemos descubierto unos, y redescubierto otros, precisamente eso, que lo importante no es la meta, sino el camino en todos sus aspectos, pero especialmente en el mundo del caminante, y más en el del montañero, ese andarín incomprendido en ocasiones y que con su paso por las montañas sabe y debe dignificarlas, reconociendo y agradeciendo su presencia, su belleza, su función tanto simbólica como física de gran reguladora del clima y del hábitat para todos los seres que alberga próxima y no tan próxima a ellas. A todos, nombrados o no, gracias.


Os Pirineos  

Tramo aragonés de la GR-11

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