ACTRICES ARGENTINAS EN EL CINE ESPAÑOL ¡Qué bueno que vinieron! Jaume Figueras
Marilina Un año ininterrumpido en cartel en las salas de cine españolas. Ese fue el record de La Raulito (L. Murúa, 1975) y la Raulito no podía ser otra que Marilina Ross, bonaerense cosecha 1943 que abandonó la República Argentina en 1976 ya que el gobierno militar le prohibió seguir trabajando. El cine español intentó aprovechar el tirón de ese título coproduciendo una secuela de menor impacto, La Raulito en libertad, y también darle nuevas oportunidades en películas “de autor” donde no siempre Marilina parecía sentirse cómoda. Es el caso de dos Gonzalo Suárez de 1977, Reina Zanahoria y Parranda; de Jaime de Armiñán al año siguiente con Al servicio de la mujer española o de Alfonso Ungría en sus Soldados, también de 1978. Registramos una última presencia de Marilina Ross en la muy apreciable Un hombre de moda (Méndez Leite, 1980). Y es que siempre es difícil sobrevivir a simbiosis tan claras como Marilina-Raulito.
Mirta En años recientes, Mirta Miller (Buenos Aires, 1948) ha aparecido en los medios españoles más como personaje que como actriz. Y es que su relación con Alfonso de Borbón y Dempierre, que fue yerno de Franco y falleció en un accidente de esquí en 1989, la hizo tertuliana habitual en programas del corazón y habitual objetivo de los paparazzi. Su belleza de aire latino y una indisimulable sensualidad consiguieron destacar en el cine español de los años setenta y ochenta, aunque nunca tuviese el status de estrella. Buceando en su filmografía, descubrimos breves apariciones en películas argentinas cuando apenas era una adolescente y tímidos debuts ante las cámaras españolas, que compaginaba con su época de modelo. Objeto de deseo de Alfredo Landa en Simón, contamos contigo (1971) o Los novios de mi mujer (1972), Mirta aparece en un puñado de títulos que se definen por sí mismos: El apartamento de la tentación, Ligue Story, Mi mujer es muy decente dentro de lo que cabe, Busco tonta para fin de semana… Solía ser la vampiresa o la tercera en discordia sin tener que demostrar grandes dotes dramáticas, que quizás han quedado inexploradas. De hecho, directores como Jaime Chávarri en Los viajes escolares (1974) o A un dios desconocido (1979) o Jaime de Armiñán (Un casto varón español, 1973) fueron quienes le dieron oportunidades de más alto vuelo. Sin embargo, será la adaptación de la novela de Miguel Delibes Mi idolatrado hijo Sisí llevada al cine por Antonio Giménez Rico en 1976 como Retrato de una familia, la película que le proporcionará una notoriedad no buscada. Y es que en el papel de una prostituta, Mirta seducía de manera muy explícita a un menor, cosa que provocó un notable escándalo y la rigurosa protesta de una organización familiar que exigía la supresión de esa escena. Su carrera, prolongada hasta principios de los ochenta combinó el cine de terror con los coletazos del “destape”, del que Mirta fue miembro destacado. Y, sin embargo, tras esa mirada oscura y algo misteriosa, se ha ocultado un talento que pocos han sabido potenciar.
Marilina Ross en La Raulito (1975, Lautaro Murúa).
Mirta Miller en El último haren (1981, Sergio Garrone).
Natalia La más joven de las bonaerenses afincadas en España, Natalia Verbeke (1975), ha tenido el acierto de construir una carrera muy regular combinándola con una presencia esporádica pero muy visible en la prensa mal llamada “del corazón”, y en series de televisión de enorme impacto popular como Los Serrano, Doctor Mateo o una miniserie dedicada a La bella Otero, un personaje del que ya dieron buena cuenta figuras como María Félix en cine o Ángela Molina, también en TV. En cine, un sorprendente debut como actriz principal en un excelente y poco apreciado thriller como Un buen novio (J. R. Delgado, 1998) auguraba lo mejor. Y así llegaron Nadie conoce 225