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Positivo montones por Myriam Marco Soriano

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El mundo era ahora un lugar vacío. No había nada. La gente vagaba por todos los rincones sin saber qué hacer. Nadie se conocía, ni se amaba… Todo el mundo iba por su camino, sin acordarse de nadie ni de nada. El tiempo no tenía significado. La gente vivía por vivir, y sólo comían y dormían. No hacían nada más. Yo todavía recordaba las tardes con mis amigos, salir a pasear por las mañanas, las noches de fiesta con mi familia… Era de los pocos que tenía recuerdos en aquel mundo gris y deprimente. Todos los días hacía lo mismo: recorrer la pequeña casa, con mis inventos, que ahora la gente no apreciaba. Nadie estaba allí para apoyarme, pero me dije: ‘’Si nadie cambia las cosas, cámbialas tú mismo’’. Entonces decidí cambiar. Me quité la ropa gris y apagada, y me puse un traje de colores. Me puse aquella sonrisa que no se quitaría con nada. Hice muchas tarjetas de color rojo, y puse ‘’Positivo Montones, Inventor’’ Me encantaba mi nuevo nombre. También puse mi correo electrónico: positivom@nadaesimposible.com. Buscaba a gente que quisiera mirar conmigo desde el lado de la esperanza y la ilusión, y no del lado negro del pesimismo. Dejé tarjetas en los sitios donde la gente ilusionada miraría: -Lugares llenos de risas, como los parques, donde antes los niños jugaban. -Sitios llenos de conocimiento, como los colegios, en los que te enseñaban a ser buena persona. -En cada librería, en las que se contaban historias preciosas. Pasaron los días, y no llegó ningún correo. La gente no veía las


tarjetas. Entonces dediqué mi tiempo a inventar. Hice una máquina que plantaba semillas y hacía que floreciesen. Planté un jardín precioso en la puerta de mi casa. También había una pulsera que hacía reír a cualquiera. Pero mi mejor invento fue un casco que sacaba ideas buenas de cualquier persona, y con el que podías descubrir el lado bueno de las cosas. Salí con él a la calle, y pude ver a la gente vestida de colores muy alegres. Cada uno tenía escrita una palabra en su ropa: su mejor cualidad. A un chico le ponía coraje, a otra chica simpatía… Ellos me podían ayudar. Les di tarjetas a todos, y puse grandes carteles anunciando mi invento. Estaba muy orgulloso de mi trabajo. Empecé a recibir correos. Toda la gente anhelaba aquel mundo de sentimientos, que se miraba desde el lado positivo de las cosas. La gente venía, se preparaba y se probaba el casco. A todos les decía: ‘’Busca a los niños, busca a los niños’’. Creía que estaba averiado, pero lo comprobé y estaba todo bien. Entonces entendí que el casco decía que los adultos teníamos que buscar a nuestro niño interior. Entonces tuve una gran idea. Mezclé todas las cualidades de los niños: ilusión, alegría, esperanza, amabilidad… Y tras una chispa, probé la sensación de ser un niño otra vez, salir a la calle, verla bonita, llena de flores… Los demás que me habían ayudado estaban allí, y volví a ver el lado positivo. El mundo ya no era tan gris como antes. Tan solo hacía falta una chispa de ilusión para verlo tan alegre como al principio.


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