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El PerĂş como doctrina


Discurso pronunciado por FERNANDO BELAUNDE TERRY el 5 de diciembre de 1958 en la Plaza de Armas de Piura. Nosotros los populistas - lo declaramos con una mezcla de humildad y de orgullo que es fiel reflejo de la idiosincrasia de nuestro pueblo - no somos los inventores sino los herederos de una doctrina. Pero no queremos dilapidar el legado ancestral sino engrandecerlo y perfeccionarlo, en beneficio de las generaciones futuras. Por eso, con todo respeto a los filósofos extranjeros que alimentan con sus ideas foráneas a varios de nuestros movimientos políticos, debemos decir, que si el Perú está necesitado de importar capitales y técnicas, no precisa, en cambio, buscar inspiración y rumbo fuera de su propio suelo, abonado por las tumbas superpuestas de muchas generaciones civilizadas que supieron rendir culto al trabajo mancomunado, imponerse aun territorio desafiante y para quienes, si volvieran a la vida, no sería por cierto novedad el ideal luminoso de la justicia social. No es un “nuevo Perú” el que ofrece Acción Popular; es el “viejo Perú” que despierta en su ideario, rejuvenecido y dinámico, a tono con nuestro tiempo, pero prendido en sus raíces a su suelo milenario.


EL PERÚ COMO DOCTRINA FERNANDO BELAUNDE TERRY 20 de octubre de 1960. Secretaría Nacional de Acción. Febrero 1961 El dilema entre capitalismo y comunismo, entre derechas e izquierdas, entre Washington y Moscú, es presentado con frecuencia a nuestras organizaciones políticas como una invitación a definirse, tajantemente, por un extremo u otro. Nosotros consideramos que tal exigencia es deprimente. El poder económico o la capacidad bélica de las grandes potencias en pugna no excluye la presencia de otras naciones que si bien carecen de abundantes riquezas o abrumadoras fuerzas, tienen viejas y vigorosas tradiciones y una responsabilidad histórica de las que no pueden abdicar. Un poco despectivamente se les han llamado “naciones subdesarrolladas”, aludiendo a sus deficiencias mas no a sus virtudes. Los países andinos son herederos de civilizaciones inmortales y deben buscar su camino de superación sin aceptar que se les imponga un dilema que significa para ellos una sub-estimación y hasta una ofensa. Alineados incondicionalmente a la sombra de uno u otro de los poderes dominantes no sólo defraudarían a sus pueblos sino que alejarían la posibilidad de un resurgimiento autónomo que hiciera justicia a su historia. Es decir un resurgimiento sin renuncia de la soberanía espiritual. ACCIÓN POPULAR es un partido nacionalista, lo que no implica que se oponga a la muy saludable cohesión hemisférica, particularmente deseada en cuanto a las naciones hermanas, que comparten similares inquietudes y anhelos. Lejos de preconizar un sistema de relaciones que conlleve inconvenientes y excesivas subordinaciones, el partido favorece un interamericanismo que sea la suma de los nacionalismos internos que, a su juicio, nuestros países requieren para salir adelante y superar el atraso que los agobia. Ante el dilema de extremos ACCIÓN POPULAR ha proclamado, desde su origen la tesis sintetizada en la frase: “EL PERÚ COMO DOCTRINA”. Expliquemos, pues, cuál es el concepto doctrinario que encierra la palabra PERÚ, que nutre filosóficamente el movimiento que hemos creado.


Perú, que no es completamente Tahuantinsuyo ni completamente España, simboliza el mestizaje que define su indiscutible realidad actual. Han fracasado todos los intentos de soslayar esta realidad. Del pasado han quedado cinco legados básicos irrenunciables, relacionados con la tierra, el planeamiento, la cooperación, la justicia social y el mestizaje. Analicémoslos: UN IDEAL DE JUSTICIA AGRARIA, basado en la premisa de que las áreas de cultivo deberían incrementarse constantemente, a medida que aumentaba la población. Este era el cimiento del bienestar general, mediante el cual se eliminó el hambre y la pobreza por primera vez en el mundo y tal vez por última, como lo dice el eminente escritor inglés Edward Hyams en su libro “El Suelo y la Civilización”. El derecho de cada hombre a una parcela capaz de sustentarlo, el previsor almacenamiento en los tambos del producto de las tierras del Inca, aseguraban un equilibrio de producción y consumo, aún en épocas de sequía, catástrofes o plagas. El ejercicio de esta norma exigía una constante transformación del medio geográfico que hizo del Perú un precursor del planea miento regional, hoy tan en boga. Se caracterizó el Imperio por su indomable espíritu de empresa y su pujante capacidad de trabajo organizado y colectivo. Por eso Hyams ubica a los antiguos peruanos entre los pueblos “constructores de tierras”. En su expresión contemporánea este ideal se cumpliría por “LA CONQUISTA DEL PERÚ POR LOS PERUANOS”, o sea la incorporación ala agricultura de vastas regiones inexplotadas y la abolición del latifundio improductivo, con miras a restablecer el equilibrio hombre-tierra, sustento de un sistema de gobierno que buscó y encontró una ética del abastecimiento, como base de la justicia social y el bienestar colectivo. Debemos decir que, hoy como ayer en el Perú, todo nuevo latido de vida humana debe sincronizarse en la tierra con un nuevo brote de vida vegetal. LA NECESIDAD INELUDIBLE DE LA PLANIFICACIÓN. Para asegurar el área agrícola de sustento, que daba a la tierra un dinamismo paralelo y simultáneo con el crecimiento demográfico, se imponía un profundo conocimiento del medio y un sentido de previsión, a fin de prepararlo a alimentar a su siempre creciente población. El imperio nos ha legado una tradición planificadora, en la que complejas y monumentales


obras de irrigación o atrevidas andenerías venían a suplir el déficit de tierras cultivables espontáneamente brindadas por la naturaleza. La norma más benévola y generosa sobre el usufructo de la tierra fue implantada, precisamente, en el territorio más hostil y difícil. Sólo el planeamiento y el trabajo comunal organizado pudieron dominar a ese territorio rebelde. De ese esfuerzo titánico continúan, palpitantes, los viejos y saludables hábitos de la minka y el ayni, trabajo en común, ayuda mutua o cooperación cívica, sin los cuales no habrían sido posibles los caminos del Inca ni las grandes obras de expansión agrícola. LA TRADICIÓN COOPERATIVISTA que, con muchas deficiencias y obstáculos, sigue siendo la esencia de la comunidad indígena peruana y de la vida de los pequeños pueblos, que no subsistirían si no hubieran mantenido viviente la tonificante práctica de la acción popular, origen del nombre e inspiración básica de nuestro movimiento. El aporte del moderno cooperativismo europeo ha de perfeccionar nuestro arcaico pero vigoroso cooperativismo autóctono. EL MESTIZAJE EN TODOS SUS ASPECTOS y el mal aprovechado o desaprovechado mestizaje de la economía. El atraso y la decadencia de nuestros villorrios y pequeñas ciudades es una prueba irrefutable de la impotencia de los sistemas económicos y financieros que, alejados de la realidad nacional, se han venido implantando en el Perú, como exótico e irreflexivo tras- plante de sistemas extranjeros. Grandes zonas del país se encuentran intocadas por la acción estatal, orientada hacia el desarrollo económico. Pero siguen practicando la acción comunal y si no construyeran las comunidades con sus propias manos, sus caminos y sus escuelas, estarían sumidas en una más deprimente incultura y en un más completo aislamiento. Mientras una economía monetaria, con suficientes recursos financieros, no se encuentre en plena capacidad para sustituir a la acción popular en su forma primitiva y simple, sería insensato prescindir de ella como lo sería, igualmente, dejarla sola, negándole orientación e impidiendo una incorporación más acelerada de los pueblos a la economía moderna, objetivo no desdeñable pero no muy próximo. Un período de transición en que, bajo una atinada dirección técnica se junte al esfuerzo de los brazos el caudal de nuestros limitados recursos monetarios, creará ese tonificante mestizaje de la economía, hija así de sistemas arcaicos que no han desaparecido del todo y de métodos modernos que no se han incorporado plenamente.


LA JUSTICIA SOCIAL practicada celosamente en las cuatro regiones para asegurar sustento a los inválidos, las viudas, los ancianos y los huérfanos, en condiciones similares a los que se encontraban disfrutando de todo su vigor. Cuando confrontamos esta realidad histórica con nuestras deficientes leyes sociales, concluimos que en vez de haber avanzado hemos retrocedido en cuanto a una política de bienestar social. Hecho único, como lo ha anotado el planificador alemán L. Hilberseimer, es que en el antiguo Perú con el nacimiento de cada hijo la familia se enriquecía, en vez de empobrecerse, como ocurre en nuestros tiempos modernos, ya que su derecho a la tierra se ampliaba con este motivo y la prole contribuía y ayudaba a los padres en la obtención del tributo que debía brindarse al Imperio. Podía decirse entonces, sin exagerar, que cada niño llegaba al mundo con su pan bajo el brazo. Si analizamos estas fuerzas creadoras que proceden de nuestro pasado pre-hispánico y de aportes importantes de occidente y que en mucho anteceden a los planteamientos doctrinarios imperantes en el mundo de hoy, llegaremos a la conclusión de que es absurdo exigir una ubicación hermética, en uno u otro bando, a un partido que se nutre de raíces tan profundas y que se ha impuesto la tarea de restablecer el dominio del hombre sobre una naturaleza agresiva y difícil, en un medio al que no ha llegado por entero el impacto de la revolución industrial. Mal podríamos adoptar, ciegamente o servilmente, doctrinas surgidos de condiciones tan distintas a las que prevalecen entre nosotros. En el Perú no podemos adoptar la práctica liberal del “dejar hacer, dejar pasar” sin exponernos a continuar sumidos en el hambre y la miseria. El planeamiento se impone en un medio difícil. Un gobierno promotor se hace necesario. Nos sustentan en la costa tierras cultivadas que no reciben una gota de agua de lluvia y dependen, para ser productivas, del riego extendido por complejas obras de ingeniería. El canal requiere el planeamiento y su utilización una vigilante acción colectiva. Por otro lado si adoptáramos las ideas marxistas y, en especial, la interpretación del materialismo histórico, estaríamos negando rotundamente nuestra realidad andina. Para Marx, en efecto, la esclavitud es inseparable de todo medio primitivo de producción, basado en la fuerza muscular. Pero a pesar de haberse hecho con las manos toda la grandeza pasada del Perú, esa civilización fabricada a pulso, desmintió anticipándose a él varios siglos, este planteamiento. No fue un régimen de amos y esclavos el del Imperio


Incaico, aunque ninguna fuerza complementaria ayudó al hombre en sus obras grandiosas de planificación y desarrollo regional. A mano se hizo el camino y la andenería. A mano se excavaron centenares de kilómetros de audaces canales de regadío. A mano se hicieron hasta los cerros, pues no otra cosa son las huacas que hasta ahora admiramos. Y sin embargo el hombre que construía no era un esclavo. Tenía bien precisados derechos a la tierra que la sustentaba. El peligro de la invalidez estaba contrarrestado por una política previsora de justicia social. La amenaza de sequías y plagas se atenuaba ante los depósitos reales colmados, con sabia prudencia, de víveres y de ropas. El régimen incaico era respetuoso de los fueros locales. No era, pues, esclavo el habitante del antiguo Perú a pesar de que sus medios de producción eran estrictamente manuales y de que no disponía de otra fuerza que la fuerza muscular. Dentro de la dialéctica marxista, dogmáticamente y sin fundamento alguno, se le habría señalado erróneamente esa condición. El colonizador español, pasado el primer impacto violento de la conquista, supo apreciar muchos aspectos fecundos encontrados en suelo americano y utilizó a algunas instituciones autóctonas para facilitarse las tareas de gobierno durante sus tres siglos de dominio. Ese largo período afianzó el mestizaje de la sangre y, paralela- mente el mestizaje cultural que, más tarde, heredó la República. Es hora de extenderlo benéficamente al campo de la economía. Poderosas razones y claras conveniencias nacionales nos impiden alinearnos servilmente bajo las etiquetas del liberalismo o del marxismo, aunque nada nos impide tomar enseñanzas o experiencias de uno u otro lado, aportes que incorporados a nuestra fuerte personalidad, histórica vendrían a afianzar ese mestizaje que nos seguiría dando una ubicación propia e irrenunciable en nuestro mundo turbulento de hoy. El cooperativismo inglés y escandinavo, que nos ofrece las ventajas del capitalismo sin sus peligros de especulación, y el espíritu planificador nacional que preconizan los pensadores socialistas nos llegarían no como imposición extraña sino como afirmación de viejas tradiciones autóctonas, saludablemente remozadas. No es pues el caso de arriar la bandera de lo propio para enarbolar, derrotistamente, la bandera de lo ajeno. En el movimiento que hemos forjado aparecerá siempre como fuerza rectora y dominante el vigoroso


legado filosófico que, en dos sílabas y en cuatro letras, encierra la palabra PERÚ.


FERNANDO BELAUNDE TERRY Extracto de la Conferencia dictada en la Universidad del Pacífico en diciembre de 1978. Vicesecretaria General Nacional de Política - 1978 EL PERÚ COMO DOCTRINA Acción Popular es un partido receptivo y no impositivo. No tiene más mérito que el de haber buscado y encontrado al Perú. Se nutre de la inspiración de su pueblo y de las fuerzas telúricas de su dramática geografía. Tal vez por restarle méritos alguno de sus críticos lo ha tildado de “folklórico” con lo cual, lejos de mortificarlo lo ha enaltecido pues, según el diccionario el vocablo folklore significa “ciencia del pueblo... ciencia de las tradiciones y costumbres de un país”. He ahí el punto de partida mas no toda la trayectoria del movimiento que se proyecta al porvenir. Acción Popular no niega el tonificante aporte de las ideas y el adelanto universales. Ve para atrás porque, como alguien diría, va para adelante. ¿Cuál es el legado espiritual más importante del antiguo Perú? ¿Con qué vocablo podría sintetizarse con mayor propiedad la constitución no escrita de los tiempos precolombinos? Hermandad es esa palabra. Garcilaso nos recuerda que los antiguos peruanos “tenían ley de hermandad” que era la que mandaba a los pueblos a trabajar unidos, desinteresadamente, por el bien común. Cuando los franceses, siglos más tarde, sintetizan su histórica revolución en tres vocablos ratifican el precepto andino de la “fraternidad”. Acción Popular toma su nombre en una pila bautismal andina, en Chincheros de Apurímac, en 1956, de la que, sin duda, es la más ilustre tradición cívica del país. Del pasado recibimos un vigoroso legado ideológico, un ideal de justicia agraria: La sincronización de la tierra que sustenta con la población que es sustentada, lo que nos lleva a buscar, con la ayuda de los medios de nuestro tiempo la expansión de las áreas laborales y la mayor productividad de las ya existentes. El trabajo desinteresado por el bien común, en un medio que desconocía la moneda, sin que hoy restemos la importancia evidente que tiene el dinero, lo coloca en su debido lugar como “un buen siervo y un mal amo”. Los antiguos peruanos probaron que no era indispensable para la vida civilizada. Nosotros aprovechando la atávica y


fructífera costumbre la actualizamos combinando, en la cooperación popular, los brazos que siguen siendo abundantes, las voluntades que se mantienen firmes con el dinero fiscal que es evidentemente escaso frente a las múltiples y perentorias necesidades del país. Es lo que hemos llamado “el mestizaje de la economía” o la “economía intermedia”, empeño en el cual hemos ido adquiriendo, como hemos de verlo, la enaltecedora compañía de eminentes autores. Del antiguo Perú tomamos además la enseñanza de su tradición planificadora y su temprana inquietud por una justicia social que antecedió a la rueda. Buscamos la emancipación de los villorrios y la emancipación alimentaria. Y, en el orden moral, hay que añadir al concepto básico de la hermandad, piedra, angular del edificio ideológico, los preceptos fundamentales, maravillosamente sintetizados en las palabras: VERACIDAD, HONESTIDAD Y LABORIOSIDAD. Qué normas más tonificantes espiritualmente que la proscripción de la mentira y del robo y la proclamación del culto al trabajo, es decir la meta de la ocupación plena. Anduvieron errados los que pretendieron negarle a Acción Popular la luminosa posibilidad de construir el partido con la inspiración del “Perú Como Doctrina”.

EL IMPACTO DE LA CULTURA OCCIDENTAL El Perú se transforma con el impacto de la cultura occidental que significa, fundamentalmente, la ruptura del aislamiento, la evangelización, con su inmenso aporte espiritual y cultural, la incorporación a un imperio asentado en gran parte del universo, donde se propaga el idioma castellano que, entre otras ventajas, difunde el legado pre-colombino. Nos trae, además, un marcado adelanto tecnológico con la rueda, la polea, el molino, la brújula, para no citar sino algunas de las fructíferas innovaciones, entre las cuales la moneda tiene especial papel, sin desconocer sus limitaciones y frustraciones. Desde que se produce el impacto quedamos interconectados con el mundo y nuestra cultura deja su ruta solitaria para marchar acompañada por otras, que la nutren y tonifican. El viejo mundo nos da la Universidad, que se inicia en los Claustros conventuales.


Mas no puede negarse que con el advenimiento de la cultura occidental aparecen, también, factores negativos. Se rompe el equilibrio hombretierra; la encomienda introduce la servidumbre en el agro, si bien es verdad que la propiedad rural de la iglesia contrarresta en parte, sus excesos. Los jesuitas, tempranamente asentados al borde del Lago Titicaca hacen de Juli un importante centro cultural. Se instala allí la primera imprenta del continente. Asimilan el legado andino mientras siguen cultivando la idea de la utopía - una sociedad ideal sin explotadores - que, más tarde, ponen en práctica en las misiones del Paraguay, en el más notable experimento en ese campo, del cual surge la nueva nación. Su éxito, no su fracaso, pues muchos intereses resultaron afectados por el magno esfuerzo de evidentes raíces incásicas, concluyó con la expulsión de esa orden. El hábito tonificante del trabajo por el bien común, perdurando en la adversidad, tiende a reemplazarse por el trabajo obligatorio para beneficio ajeno. La luminosa minka es sustituida por la tenebrosa mita, donde el hombre es sacrificado en compulsivas y duras labores mineras. Al término de la era virreinal el Perú había aprendido la enseñanza europea y el viejo continente no ignoraba su aporte a la cultura ya la economía. Por algo eminentes autores se inspiraron en él y se acuñó la frase, que habría de dar la vuelta al mundo, de “vale un Perú”. En el orden artístico la escuela cusqueña demuestra hasta qué punto pueden enriquecerse mutuamente dos culturas que se fusionan, logro comprobado una vez más en la vigorosa arquitectura mestiza que aparece en Arequipa y al borde del Lago Titicaca. Cristo se hizo indio en el Crucifijo de los Temblores y la Virgen se volvió morena en los santuarios andinos ...

LA IDEA LIBERTARlA Y SUS PRECURSORES La idea de la emancipación surge al momento de la conquista con 1a sublevación de Manco Inca y de sus sucesores, que ofrendarían la vida en su heroico empeño. Poco antes de la revolución francesa la sublevación de Túpac Amaru, pese a sus victorias iniciales, termina trágicamente. En ese mismo tiempo se gesta la liberación de las colonias británicas en el norte, movimiento que antecede a las guerras de la independencia en Hispanoamérica. Lograda la libertad se consagra más tarde en el Perú, con Castilla, y en los Estados Unidos, con Lincoln el precepto de que


todos los hombres son iguales ante la ley Bolívar, con su gran visión, había sido antes el portavoz de ese ideario en el sur y el visionario de la integración continental. Según Germán Arciniega estos ideales libertarios son el gran aporte del nuevo al viejo mundo. Empero debe anotarse que Inglaterra tenía ya una larga experiencia parlamentaria, una persistente aunque parcial visión del gobierno representativo. Francia con su gran poder de asimilación, sintetiza en los vocablos Libertad, Igualdad y Fraternidad el mensaje de su histórica revolución. Libertad e igualdad se logran en el mundo nuevo, aunque con frecuentes limitaciones y recortes, al triunfar las guerras de la independencia. Si añadimos los preceptos morales andinos de Veracidad, Honestidad y Laboriosidad completamos y enriquecemos el ideario; forjamos un mestizaje ideológico. Mas la emancipación es sobre todo un cambio político, más que un cambio socio-económico. No se completa en la república la total toma de posesión del territorio. En la mitad del país en la vertiente oriental vive; apenas, el 5% de la población. Queda por realizarse, como lo proclama Acción Popular, la “Conquista del Perú por los Peruanos”.

DEMOCRACIA Y FACTOCRACIA La iniciación de la república esta opacada, infortunadamente, por la anarquía. El caudillismo militar acapara el gobierno casi todo el siglo XIX. Hay, empero, un momento luminoso. La temprana aparición del ferrocarril entre Lima y Callao, bajo el gobierno de1 Mariscal Castilla. Más tarde el General Diez Canseco inicia el Ferrocarril del Sur, encargándolo a Henry Meiggs quien emprende, bajo el gobierno constitucional del Coronel Balta, la magna obra de la ferrovía central. Surge el partido Civil con don Manuel Pardo, lamentablemente victimado después de su gobierno y el Demócrata, bajo el clarividente liderazgo de don Nicolás de Piérola que, 1895, coloca al país en el fecundo cauce de la vida institucional, que habría de perdurar en los siguientes veinte años. Posteriormente se alternan la simulación de la democracia, con poderes públicos casi siempre sometidos al gobernante de turno, breves períodos de legitimidad y lo que podríamos llamar la “factocracia”, originada en la impúdica usurpación n del poder.


En los años veinte surge el Apra con incuestionable arraigo popular. No niega su origen marxista ni su cuna mexicana, que explica el destierro de su líder máximo. Es comprensible que el movimiento se inicie fuertemente influenciado por la revolución de ese país hermano y las tensiones de la América Central y el Caribe, en ese tiempo dramático teatro de la intervención extranjera. Tal vez por ello el primer punto de su ideario sea “la lucha contra el imperialismo yanqui” y sus principales planteamientos tengan carácter internacional. Tales circunstancias variaron apreciablemente en los años treinta, bajo el gobierno de Franklin D. Roosevelt (desocupación de Haití, abrogación de la Enmienda Platt, reconocimiento del principio de la libre determinación, política del Buen Vecino)... cabe anotar que el Perú nunca fue víctima de una agresión militar americana, como ocurrió tan lamentablemente en varias naciones hermanas, incluyendo algunas de Sudamérica. El corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe nunca se aplicó aquí. Afectó en cambio a Venezuela. La segregación de Panamá desmembró a Colombia. Y hasta el lejano Chile tuvo que lamentar, en 1891, un desembarco agresivo a raíz del incidente del “Baltimore”. La llamada “revolución peruana” que captura el gobierno y lo retiene más de una década enarbola también, aunque con dudosa sinceridad, la bandera del antimperialismo yanqui, recogida de la misma latitud, más no de México sino de la Cuba fidelista, actitud algo atenuada por un colchón ideológico yugoeslavo. Los movimientos social cristiano se inspiran también en el exterior y no son ajenos a ellos los éxitos de Gasperi y Adenauer que destacan prolongadamente en la escena política europea. El comunismo y sus variantes pekinesa y trostkista son por definición de origen foráneo. Ellos cultivan la memoria de Mariátegui, que no vivió para presenciar la experiencia staliniana, y que emprendió, con su consagrado talento, la tarea de “peruanizar” una corriente socialista hacia el país. Dentro de este cuadro ideológico universal surge una nueva fuerza cívica, Acción Popular, que acuña el concepto ideológico “El Perú Como Doctrina” y sinteriza su programa en lema, inspirado en la gran tarea inconclusa de “La Conquista del Perú por los Peruanos”. SE AFIANZA LA TESIS PARTIDARIA A lo largo de sus dos décadas en el escenario político peruano la tesis de Acción Popular, partido al que sus propios adversarios han definido como “aluviónico”, ha tenido diversos objetantes que le han negado al Perú la


posibilidad de inspirar y engendrar una doctrina. Esto ha ocurrido en el ámbito nacional y también, en algunos casos, en el exterior, donde ciertos tratadistas han sucumbido a lavados cerebrales impuestos por nuestros adversarios o por dispendiosas y desaprensivas oficinas propagandísticas estatales. El argumento superficialmente expuesto ha sido, en general, que una doctrina, para tener validez, debe ser universal. El partido ha refutado, una y otra vez, tan deleznable objeción. Pero nosotros somos parte interesada. Veamos lo que dicen otros. Un vigoroso espaldarazo de los llamados “nuevos filósofos franceses” ha venido a consolidar, en el ámbito internacional, la tesis del partido. Ellos sostienen que “ningún esquema político es válido para aplicarse de una manera universal. Consecuentemente desarrollan la tesis de que cada país no tiene mejor fórmula para resolver sus problemas que aquella que surge de su propia realidad”. Entre los autores que pueden consultarse mencionaremos a André Glucksmann, “Los Principales Pensadores”; Bernard-Henry Levy, “La Barbarie con Rostro Humano”; Guy Lardreau “El Oro Falso” (1974) y “El Ángel” (1976); Jean Paul Dolle “Ansia de Revolución”; Michel Le Bris, autor de un libro por aparecer intitulado “Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo no me siento bien”, cuyo contenido es parcialmente conocido. En el campo económico nuestra adopción de la Ley de Hermandad, es decir de la acción popular, modernizada con algún aporte fiscal, en la forma de herramienta, máquinas sencillas, combustible y dirección técnica, ha recibido la virtual confirmación de Fritz Schumacher en su estimulante y difundida obra “Lo Pequeño es Hermoso” (Small is beautiful), publicada en 1973, seis años después de su visita al Perú y su brillante participación en una reunión del CADE, en Paracas, de 1967. Es el autor de la tesis de la “tecnología intermedia” y uno de los promotores más entusiastas de la idea de ayudar a los pueblos a que se ayuden a si mismos, lo que equivale al remozamiento de nuestras viejas instituciones de la minka y el ayni. En nuestro programa de Cooperación Popular, planteado en 1956 y puesto en práctica en el gobierno en 1963, se crearon por todo el país las llamadas “Centrales Básicas” y “Centrales Mayores” de Cooperación Popular. Las primeras eran dotadas de herramientas elementales, las segundas disponían además de equipos simples de mecanización, practicándose lo que más tarde definiría Schumacher como “tecnología intermedia” es decir “una


tecnología menos sofisticada que la de los países ricos pero más eficiente que la tecnología primitiva de los tiempos pasados”. Entre los muchos programas llevados adelante siguiendo estos lineamientos puede citarse el plan de saneamiento básico rural mediante el cual dotamos de agua potable, a costo mínimo, a más de 500 localidades. La simplificación y adaptación tecnológica, por un lado, y el aporte desinteresado de los pueblos, por el otro, han contribuido a lograr tan consagratorio resultado. Se ha dado al escaso dinero fiscal un poder multiplicador. Hay un evidente parentesco entre la tesis tan brillantemente expuesta por Schumacher de la “tecnología intermedia” y la que, desde su origen, planteó Acción Popular del “mestizaje de la economía” o de una economía intermedia, en que se mezclan el limitado aporte fiscal con el vigoroso y desinteresado empeño de los pueblos para superar el subdesarrollo.

AYER Y MAÑANA Acción Popular por haber sido gobierno no se limita a elucubraciones teóricas. Durante el quinquenio de la libertad tuvo oportunidad de poner en práctica sus prédicas. Tuvo conciencia de que hay en nuestra patria dos naciones: el Perú olvidado de las alturas andinas y de las lejanías selváticas y el país accesible y moderno. Para ellos puso en práctica el plan de cooperación popular tan decididamente secundado por los pueblos. En beneficio de las provincias olvidadas, rompió, por la vialidad su aislamiento. Los servicios Cívico Fluvial y Lacustre hicieron sentir a las poblaciones ribereñas de la Amazonía y el Altiplano el tan esperado espaldarazo estatal. Comenzó a sonar la hora de los pueblos olvidados ya cumplirse las palabras con que se inició el régimen, tomadas de las escrituras: “Los últimos serán los primeros”. Pero el Perú moderno, el país cosmopolita, conoció también el impulso del desarrollo. Al comentar los planes en marcha en una intervención televisada no sorprendió a nadie que me preguntara y respondiera: “Que rumor es éste de vida, qué chispazo de creación. De dónde ese vibrar de máquinas, esta orquestación de herramientas en movimiento, este triturar de rocas... De dónde el aliento agitado de hombres y mujeres que trabajan cantando... y esa fragancia de selva deflorada? El historiador sabiendo


que la historia se repite, nostálgico de viejas glorias andinas, presagia ya la respuesta: ¡Es el Perú que despierta! El régimen constitucional que restauró los municipios elegidos, que celebró en cinco años, cinco consultas electorales, que construyó carreteras, viviendas, hospitales y escuelas, que abrió la vertiente oriental de los Andes, que creó los parques industriales, que modernizó y construyó puertos, aeropuertos, que represó las aguas en Tinajones, en Pañe y en Aguada Blanca para ampliar las áreas de cultivo y que, sobre todas las cosas, gobernó en libertad, demostró que puede combinarse exitosamente la lección del pasado y el pujante aporte de nuestro tiempo para lograr un gobierno que atienda simultáneamente a los pueblos olvidados acelerando su transición al progreso y al Perú moderno controlando los efectos nocivos de hacinamiento, desnutrición, desempleo y contaminación ambiental. Después de veintidós años de su fundación Acción Popular, partido receptivo al adelanto científico y tecnológico de nuestro tiempo, puede ufanarse de su propio nombre, que esboza un programa, y enorgullecerse de “haber huaqueado de las tumbas la doctrina”.


LA IDEOLOGÍA DE ACCIÓN POPULAR EN EL PENSAMIENTO DE FERNANDO BELAUNDE TERRY HEREDEROS DE UNA DOCTRINA Pocas naciones en el mundo tienen el raro privilegio de contener en su propio suelo la fuente de inspiración de una doctrina. El Perú es una de ellas. ENSEÑANZA DEL PUEBLO Buscamos a los pueblos olvidados, nos acercamos a los villorrios, no para dar una enseñanza, sino para recibirla. Y yo, que laboraba en las aulas universitarias, que ejercía un decanato comprendí que mi misión era aprender, y no tratar de imponer una doctrina, y recogerla del pueblo mismo. No tocamos doblegados las puertas palaciegas ni buscamos la ayuda de los poderosos. Fuimos, en cambio, al encuentro de los humildes y de los débiles, y es en gran parte a ellos a quienes debemos nuestra fuerza. No hablamos para los más afortunados, ni para los más cultos. Nos dirigimos a la multitud seguros de encontrar su comprensión ya sabiendas de que los más ilustrados no se ofenderán por la sencillez de nuestro lenguaje. Nos dirigimos al pueblo, nuestro maestro; al humilde, nuestro maestro, y al analfabeto, nuestro excelso maestro que nos enseñó a leer el mensaje de la historia. Voy en busca de los pueblos a escuchar su reclamo ya recoger sus esperanzas. No aguardo en la quietud de mi casa que ellos toquen a mi puerta. Soy yo quien los visita en la costa, en la serranía, las punas y las selvas. Y en todas partes se congregan para dar calor de hogar a las calles ya las plazas. Más que al encuentro de adherentes a una noble causa voy en busca de mis compatriotas; más que en solicitud de votos salgo en pos de inspiración y de ideas. En el largo recorrido por el país no vamos solamente el encuentro de las poblaciones actuales; acudimos a buscar, en sus grandes realizaciones, a las generaciones pasadas. No nos anima en ello ningún exceso de vanidad nacionalista, ni la satisfacción de una simple curiosidad histórica. Buscamos la enseñanza, del pasado para la acción futura.


Al recoger del suelo mismo de la patria la doctrina de la acción popular nos hemos colocado por encima de la jerarquía: del poder temporal, porque al crear este movimiento adentrado en el pasado y en el porvenir de la nación le estamos poniendo el cúmplase al destino del Perú. Nosotros no tenemos más mérito que el de haber buscado y encontrado al Perú. Ha extrañado, a quienes por no captar las corrientes vigorosas que emanan de nuestra misma tierra, que un movimiento como el de Acción Popular haya surgido sin influencias foráneas y que, en vez de izar sus velas para dejarse llevar sin esfuerzo por vientos que se originan en los focos del capitalismo o del marxismo extremos, haya preferido los que soplan de la Plaza de Wacaypata, receptáculo de experiencias y tradiciones milenarias, corazón de un sistema arterial cuyos latidos se sintieron en las regiones más remotas del Perú.

ESTAMOS ORGULLOSOS DE NUESTRAS VIEJAS RAÍCES En la historia de todo pueblo hay grandezas y miserias. El nuestro no escapa a la regla. Pero nosotros vemos en nuestro pasado más virtudes que pecados, más sacrificio que usufructo, más coraje que temor, más abnegación que egoísmo, más amor que desamor a la patria. Y con cuanta consternación hemos escuchado una y otra vez en estos años frases que conde- nao el pasado de esta tierra forjada en el dolor y la esperanza. Nosotros estamos orgullosos del pasado peruano. Veneramos a la patria por sus aciertos, sin ofenderla por sus errores. Estamos orgullosos de nuestras viejas raíces y, los que ya peinamos canas, del más reciente legado: la tumba fecunda de los padres. Es en esas raíces y en su atávica devoción al país que las nuevas generaciones deben cifrar todo su anhelo de florecimiento del porvenir nacional.

RETORNO AL ORIGEN Un partido como Acción Popular, que se ha adentrado en el corazón del pueblo, no puede dejar de producir suspicacias o dar lugar a malévolas


interpretaciones. Batallando gallardamente, pero sin incubar rencores, buscand6’un camino hacia la solidaridad social, lejos del estéril terreno del odio de clases, hemos logrado arraigar en la ciudadanía, la honda convicción de que en nuestro propio suelo está la fuente de inspiración de una doctrina, siendo innecesario importar ideas político-sociales a un país que, desde el remoto pasado, se distinguió en producirlas. Reconozco este mérito de mi partido, porque lo comparto con cientos de miles de compatriotas. Si de alguna gloria nos ufanamos es, precisamente, de haber encontrado una solución peruana para los problemas nacionales. Mal podríamos, pues, opacar el brillo de ese éxito evidente, importando ideologías foráneas. Y sustituyendo el incalculable valor de la obra original, por el mezquino precio de la copia servil. Alguien ha dicho que ser original, más que tener la habilidad o la imaginación del inventor, es volver al origen. Orgullosos de nuestra tierra, porque es hermosa y difícil, porque constituye un reto al hombre que creó en ella una civilización mundialmente admirada, nosotros somos originales, porque volvemos al origen, no con un afán pasadista, sino con el propósito de encontrar en esta tierra, sólido cimiento para apoyar en él al Perú futuro.

HEREDEROS DE UNA DOCTRINA Nosotros los populistas - lo declaramos con una mezcla de humildad y de orgullo que es fiel reflejo de la idiosincrasia de nuestro pueblo - no somos los inventores sino los herederos de una doctrina. Pero no queremos dilapidar el legado ancestral, sino engrandecerlo y perfeccionarlo, en beneficio de las generaciones futuras. Por eso, con todo respeto a los filósofos extranjeros que alimentan con sus ideas foráneas a varios de nuestros movimientos políticos, debemos decir que si el Perú está necesitado de importar capitales y técnicas, no precisa, en cambio, buscar inspiración y rumbo fuera de su propio suelo, abonado por tumbas superpuestas de muchas generaciones civilizadas, que supieron rendir culto al trabajo mancomunado, imponerse aun territorio desafiante y para quienes, si volvieran a la vida, no sería por cierto novedad el ideal luminoso de la justicia social.


No es un nuevo Perú el que ofrece Acción Popular; es el viejo Perú que despierta en su ideario, rejuvenecido y dinámico, a tono con nuestro tiempo, pero prendido en sus raíces a su suelo milenario.

EL MENSAJE MILENARIO DE LAS TUMBAS Debo recordar, con orgullo nacionalista, que las grandes civilizaciones de Egipto, Mesopotamia, Grecia y Roma, prosperaron al amparo de una geografía fácil y acogedora. Tuvieron su cuna propicia en fértiles valles, como el del Nilo; en archipiélagos y penínsulas accesibles, que facilitaron grandemente el intercambio y las comunicaciones. Pero los antiguos peruanos escogieron para iluminarlas con el sol de una cultura, y con la luz de la justicia social, que es su máxima expresión, las cumbres rocosas y abruptas de una cordillera que tal vez no habrían logrado dominar, como ellos, los forjadores de la civilización occidental. Acción Popular quiere recoger ese excelso legado, y mantener el nombre del Perú a la altura de su legendaria historia, y del destino, que sólo alcanzaremos avivando la llama no extinguida de sus gloriosas tradiciones. Rechazamos, pues, toda acusación o todo intento, encaminados a privarnos del mérito que sí reconozco sin rubor, y que pertenece a todos los afiliados de Acción Popular: el de hacer justicia a una nación escuchando el mensaje milenario de sus tumbas.

LA TIERRA ES LA MISMA La tierra es la misma y el hombre ha cambiado poco, siendo el factor aborigen elemento dominante en el mestizaje que trajo la Colonia. Debemos adentramos en los misterios de esta tierra y de sus habitantes que, a través de las distintas épocas, lograron imponérsele, para continuar su obra inconclusa.

CUZCO: SÍNTESIS DE LAS CUATRO REGIONES El Cuzco, modelo de capital, no sólo se originó en un rito de fundación tan poético y expresivo como el de las ciudades prehelénicas, sino que fue estructurado como un reflejo físico y humano de todos sus dominios. Forjó su carácter metropolitano, adaptándose, antes que imponiéndose, a la realidad de las regiones que, día a día, se colocaban bajo su clarividente orientación. La ciudad así formada, a imagen y semejanza de los pueblos que congregaba, parecía ser una miniatura que contenía la síntesis de las


cuatro regiones, en la que, cada una de ellas, contribuía con un aporte viviente de puñados de tierra y hombres, simbólicamente presentes, para hacer de su ágora central el foco de una civilización.

EL PASADO COMO INSPIRACIÓN Qué gran satisfacción es ver que nuestros arquitectos y nuestros constructores han sabido mantenerse en la jerarquía artística del Cuzco. Desde luego, ellos no han calcado el monumento antiguo, han creado el nuevo, pero se han inspirado en los valores estéticos, eternos, del Cuzco. Y aunque no encontremos aquí el vano trapezoidal, sí sentimos cierta majestad cuzqueña, vemos la misma sobriedad y el mismo ritmo solemne de los nichos y las hornacinas de Colcampata, de Limatambo o de Vilcashuamán. Ellos han aprendido la lección estética y artística, del Perú inmortal, y ahora, con ese bagaje cultural, nos han dado lo nuevo, demostrando que la facultad creadora no se ha dormido en la inteligencia de los peruanos, demostrando que se puede hacer un monumento moderno, siglo XX, que sea un homenaje a los siglos de la grandeza pasada del Perú. CORRIENTES DOCTRINARIAS El Perú del siglo pasado, como todos los países del planeta, siguió atentamente el fenómeno doctrinario que se desarrolla en Europa; la aparición, a raíz del maquinismo, de la revolución industrial; de un fuerte movimiento capitalista que creó al acaudalado empresario y al proletario; la aparición de otro extremo, el marxismo; y también la presencia, muy emparentada con lo nuestro, del movimiento cooperativista que, sin ser político, tuvo importantes efectos socio-económicos. MESTIZAJE IDEOLÓGICO Estas tres corrientes se sintieron en todos los pueblos como un punto de partida, y quizá el error nuestro fue no volver la mirada a la historia, para apoyarnos, más bien, en nuestro propio origen, y para recibir estas corrientes, no sólo con un sentido crítico, sino con un sentido de adaptación a nuestras necesidades y posibilidades, y, sobre todo, con el criterio, de mestizaje, que es factor determinante en todo desarrollo fecundo que haya ocurrido en esta tierra, en el orden racial y en todos los órdenes, el cultural, el técnico y, nosotros nos hemos aventurado a afirmar, hasta en el económico y financiero.


Debimos evidentemente -y en cierta manera pretendemos estar rectificando el error- volver al pasado y analizar lo nuestro, y encontrar en la historia aportes que tengan un valor permanente, una vigencia eterna, que puedan ser fuente de inspiración de una doctrina. Por eso, con un criterio ampliamente nacional, y de ninguna manera partidaria, yo quisiera hablar de la historia como fuente de inspiración de una doctrina, la historia que no es patrimonio de un grupo, sino de todos los peruanos. Y quizá lo que más me impresionó en el país, fue el encontrar las huellas de aquellas bases doctrinarias y filosóficas del antiguo Perú, que han perdurado en alguna medida, a veces en cierto olvido, a veces con recuerdos muy sutiles, pero que nosotros estamos tratando de rescatar, a fin de que nos orienten en la difícil tarea de poner el Perú al día; pero no para que pierda su propia personalidad tan fecunda, sino para que, en un proceso de mestizaje, pueda seguir teniendo el lugar tan particular, la condición tan peculiar, ya la vez tan honrosa, que desde tiempo remoto le reservó la historia de la civilización. Nosotros encontramos en el Perú, fundamentalmente como fuente de inspiración, la idea de una ética del abastecimiento, la idea de una relación estrecha entre la tierra que sustenta y el hombre que es sustentado. Yo pienso que este es el principal aporte del Perú, y me emociono cada vez que encuentro en el suelo las pruebas irrefutables de la vigencia de esta doctrina.


EL PERÚ COMO DOCTRINA El dilema entre capitalismo y comunismo, entre derechas e izquierdas, entre Washington y Moscú, es presentado con frecuencia a nuestras organizaciones políticas como una invitación a definirse, tajantemente, por un extremo u otro. Nosotros consideramos que tal exigencia es deprimente. El poder económico o la capacidad bélica de las grandes potencias en pugna no excluye la presencia de otras naciones que si bien carecen de abundantes riquezas o abrumadoras fuerzas tienen viejas y vigorosas tradiciones y una responsabilidad histórica de las que no pueden abdicar. Un poco despectivamente se les han llamado “naciones subdesarrolladas”, aludiendo a sus deficiencias, mas no a sus virtudes. Los países andinos son herederos de civilizaciones inmortales y deben buscar su camino de superación sin aceptar que se les imponga un dilema que significa para ellos una subestimación y hasta una ofensa. Alineados incondicionalmente a la sombra de uno u otro de los poderes dominantes no sólo defraudarían a sus pueblos sino que alejarían la posibilidad de un resurgimiento autónomo que hiciera justicia a su historia. Es decir un resurgimiento sin renuncia de la soberanía espiritual. Acción Popular es un partido nacionalista, lo que no implica que se oponga a la muy saludable cohesión hemisférica, particularmente deseada en cuanto alas naciones hermanas, que comparten similares inquietudes y anhelos. Lejos de preconizar un sistema de relaciones que conlleva inconvenientes y excesivas subordinaciones, el partido favorece un interamericanismo que sea la suma de los nacionalismos interno que, a su juicio, nuestros países requieren para salir adelante y superar el atraso que los agobia. Ante el dilema de extremos, Acción Popular ha proclamado, desde su origen la tesis sintetizada en la frase: “El Perú como Doctrina”. Expliquemos, pues, cuál es el concepto doctrinario que encierra la palabra Perú, que nutre filosóficamente el movimiento que hemos creado. Perú, que no es completamente Tahuantinsuyo ni completamente España, simboliza el mestizaje que define su indiscutible realidad actual. Han fracasado todos los intentos de soslayar esta realidad.


Del pasado han quedado cinco legados básicos irrenunciables, relacionados con la tierra, el planeamiento, la cooperación, la justicia social y el mestizaje. Analicémoslos: 1) Un ideal de justicia agraria, basado en la premisa de que las áreas de cultivo deberían incrementarse constantemente, a medida que aumentaba la población. Este era el cimiento del bienestar general, mediante el cual se eliminó el hambre y la pobreza por primera vez en el mundo y tal vez por última, como lo dice el eminente escritor inglés Edward Hyams en su libro El Suelo y la Civilización. El derecho de cada hombre a una parcela capaz de sustentarlo, el previsor almacenamiento en los tambos del producto de las tierras del Inca, aseguraban un equilibrio de producción y consumo, aun en épocas de sequía, catástrofe o plagas. El ejercicio de esta norma exigía una constante transformación del medio geográfico que hizo del Perú un precursor del planeamiento regional, hoy tan en boga. Se caracterizó el Imperio por su indomable espíritu de empresa y su pujante capacidad de trabajo organizado y colectivo. Por eso Hyams ubica a los antiguos peruanos entre los pueblos “constructores de tierras”. En su expresión contemporánea este ideal se cumpliría por “La conquista del Perú por los peruanos”, o sea la incorporación a la agricultura de vastas regiones inexplotadas y la abolición del latifundio improductivo, con miras a restablecer el equilibrio hombre-tierra, sustento de un sistema de gobierno que buscó y encontró una ética del abastecimiento, como base de la justicia social y el bienestar colectivo. Debemos decir que, hoy como ayer en el Perú, todo nuevo latido de vida humana debe sincronizarse en la tierra con un nuevo brote de vida vegetal. 2) La necesidad ineludible de la planificación. Para asegurar el área agrícola de sustento, que daba ala tierra un dinamismo paralelo y simultáneo con el crecimiento demográfico, se imponía un profundo conocimiento del medio y un sentido de previsión, a fin de prepararlo a alimentar a su siempre creciente población. El imperio nos ha legado una tradición planificadora, en la que complejas y monumentales obras de irrigación o atrevidas andenerías venían a suplir el déficit de tierras cultivables, espontáneamente brindadas por la naturaleza. La norma más benévola y generosa sobre el usufructo de la tierra fue implantada, precisamente, en el territorio más hostil y difícil. Sólo el planeamiento y el trabajo comunal organizado pudieron dominar a ese territorio rebelde. De ese esfuerzo titánico


continúan, palpitantes, los viejos y saludables hábitos de la minka y el ayni, trabajo en común, ayuda mutua o cooperación cívica, sin los cuales no habrían sido posibles los caminos del Inca ni las grandes obras de expansión agrícola. 3) La tradición cooperativista que, con muchas deficiencias y obstáculos, sigue siendo la esencia de la comunidad indígena peruana y de la vida de los pequeños pueblos, que no subsistirían si no hubieran mantenido viviente la tonificante práctica de la acción popular, origen del nombre e inspiración básica de nuestro movimiento. El aporte del moderno cooperativismo europeo ha de perfeccionar nuestro arcaico pero vigoroso cooperativismo autóctono. 4) El mestizaje en todos sus aspectos y el mal aprovechado o desaprovechado mestizaje de la economía. El atraso y la decadencia de nuestros villorrios y pequeñas ciudades es una prueba irrefutable de la impotencia de los sistemas económicos y financieros que, alejados de la realidad nacional, se han venido implantando en el Perú, como exótico e irreflexivo trasplante de sistemas extranjeros. Grandes zonas del país se encuentran intocadas por la acción estatal, orientada hacia el desarrollo económico. Pero siguen practicando la acción comunal y si no construyeran las comunidades con sus propias manos, sus caminos y sus escuelas, estarían sumidas en una más deprimente incultura y en un más completo aislamiento. Mientras una economía monetaria, con suficientes recursos financieros, no se encuentre en plena capacidad para sustituir ala acción popular en su forma primitiva y simple seria insensato prescindir de ella como lo sería, igualmente, dejarla sola, negándole orientación o impidiendo una incorporación más acelerada de los pueblos a la economía moderna, objetivo no desdeñable pero no muy próximo un período de transición en que, bajo una atinada dirección técnica se junte al esfuerzo de los brazos el caudal de nuestros limitados recursos monetarios, creará ese tonificante mestizaje de la economía, hija, así, de sistemas arcaicos que no han desaparecido del todo y de métodos modernos que no se han incorporado plenamente. 5) La justicia social practicada celosamente en las cuatro regiones para asegurar sustento a los inválidos, las viudas, los ancianos y los huérfanos, en condiciones similares a los que se encontraban disfrutando de todo su vigor. Cuando confrontamos esta realidad histórica con nuestras deficientes


leyes sociales, concluimos que en vez de haber avanzado hemos retrocedido en cuanto a una política de bienestar social. Hecho único, como lo ha anotado el planificador alemán L. Hilberseimer, es que en el antiguo Perú con el nacimiento de cada hijo la familia se enriquecía, en vez de empobrecerse, como ocurre en nuestros tiempos modernos, ya que su derecho ala tierra se ampliaba con este motivo y la prole contribuía y ayudaba a los padres en la obtención del tributo que debía brindarse al Imperio. Podía decirse entonces, sin exagerar, que cada niño llegaba al mundo con su pan bajo el brazo. Si analizamos estas fuerzas creadoras que proceden de nuestro pasado prehispánico y de aportes importantes de occidente y que en mucho anteceden a los planteamientos doctrinarios imperantes en el mundo de hoy, llegaremos a la conclusión de que es absurdo exigir una ubicación hermética, en uno u otro bando, a un partido que se nutre de raíces tan profundas y que se ha impuesto la tarea de restablecer el dominio del hombre sobre una naturaleza agresiva y difícil, en un medio al que no ha llegado por entero el impacto de la revolución industrial. Mal podríamos adoptar, ciegamente o servilmente, doctrinas surgidas de condiciones tan distintas a las que prevalecen entre nosotros. En el Perú no podemos adoptar la práctica liberal del dejar hacer dejar pasar sin exponernos a continuar sumidos en el hambre y la miseria. El planeamiento se impone en un medio difícil. Un gobierno promotor se hace necesario. Nos sustentan en la costa, tierras cultivadas que no reciben una gota de agua de lluvia y dependen, para ser productivas, del riego extendido por complejas obras de ingeniería. El canal requiere el planeamiento, y su utilización una vigilante acción colectiva. Por otro lado si adoptáramos las ideas marxistas y, en especial, la interpretación del materialismo histórico, estaríamos negando rotundamente nuestra realidad andina. Para Marx, en efecto, la esclavitud es inseparable de todo medio primitivo de producción, basado en la fuerza muscular. Pero a pesar de haberse hecho con las manos toda la grandeza pasada del Perú, esa civilización fabricada a pulso, desmintió anticipándose a él varios siglos este planteamiento. No fue un régimen de amos y esclavos el del Imperio Incaico, aunque ninguna fuerza complementaria ayudó al hombre en sus obras grandiosas de planificación y desarrollo regional. A mano se hizo el camino y la


andenería. A mano se excavaron centenares de kilómetros de audaces canales de regadío. A mano se hicieron hasta los cerros, pues no otra cosa son las huacas que hasta ahora admiramos, y, sin embargo el hombre que construía no era un esclavo. Tenía bien precisados derechos a la tierra que lo sustentaba. El peligro de la invalidez estaba contrarrestado por una política previsora de justicia social. La amenaza de sequías y plagas se atenuaba ante los depósitos reales, colmados con sabia prudencia, de víveres y de ropas. El régimen incaico era respetuoso de los fueros locales. No era, pues, esclavo el habitante del antiguo Perú a pesar de que sus medios de producción eran estrictamente manuales y de que no disponía de otra fuerza que la fuerza muscular. Dentro de la dialéctica marxista, dogmáticamente y sin fundamento alguno, se les habría señalado erróneamente esa condición. El colonizador español, pasado el primer impacto violento de la conquista, supo apreciar muchos aspectos fecundos encontrados en suelo americano, y utilizó a algunas instituciones autóctonas para facilitarse las tareas de gobierno durante sus tres siglos de dominio. Ese largo período afianzó el mestizaje de la sangre y, paralelamente, el mestizaje cultural que, más tarde, heredó la República. Es hora de extenderlo benéficamente al campo de la economía. Poderosas razones y claras conveniencias nacionales nos impiden alinearnos servilmente bajo las etiquetas del liberalismo o del marxismo, aunque nada nos impide tomar enseñanzas o experiencias de uno u otro lado, aportes que, incorporados a nuestra fuerte personalidad histórica, vendrían a afianzar ese mestizaje que nos seguiría dando una ubicación propia e irrenunciable en nuestro mundo turbulento de hoy. El cooperativismo inglés y escandinavo, que nos ofrece las ventajas del capitalismo sin sus peligros de especulación, y el espíritu planificador nacional que preconizan los pensadores socialistas nos llegarían no como imposición extraña sino como afirmación de viejas tradiciones autóctonas, saludablemente remozadas. No es pues el caso de arriar la bandera de lo propio para enarbolar, derrotistamente, la bandera de lo ajeno. En el movimiento que hemos forjado aparecerá siempre como fuerza rectora y dominante el vigoroso legado filosófico que, en dos silabas y en cuatro letras, encierra la palabra Perú.


Acción Popular es un partido receptivo y no impositivo. No tiene más mérito que el de haber buscado y encontrado al Pero. Se nutre de la inspiración de su pueblo y de las fuerzas telúricas de su dramática geografía. Tal vez por restarle méritos alguno de sus críticos lo ha tildado de “folklórico” con lo cual, lejos de mortificarlo lo ha enaltecido pues, según el diccionario el vocablo folklore significa “ciencia del pueblo... ciencia de las tradiciones y costumbres de un país”. He ahí el punto de partida mas no toda la trayectoria del movimiento que se proyecta al porvenir. Acción Popular no niega el tonificante aporte de las ideas y el adelanto universales. Ve para atrás porque, como alguien diría, va para adelante. ¿Cuál es el legado espiritual más importante del antiguo Perú? ¿Con qué vocablo podría sintetizarse con mayor propiedad la constitución no escrita de los tiempos precolombinos? Hermandad es esa palabra. Garcilaso nos recuerda que los antiguos peruanos “tenían ley de hermandad” que era la que mandaba a los pueblos a trabajar unidos, desinteresadamente, por el bien común. Cuando los franceses, siglos más tarde, sintetizan su histórica revolución en tres vocablos ratifican el precepto andino de la “fraternidad”. Acción Popular toma su nombre en una pila bautismal andina, en Chincheros de Apurímac, en 1956, de la que, sin duda, es la más ilustre tradición cívica del país. Del pasado recibimos un vigoroso legado ideológico, un ideal de justicia agraria: La sincronización de la tierra que sustenta con la población que es sustentada, lo que nos lleva a buscar, con la ayuda de los medios de nuestro tiempo la expansión de las áreas laborales y la mayor productividad de las ya existentes. El trabajo desinteresado por el bien común, en un medio que desconocía la moneda, sin que hoy restemos la importancia evidente que tiene el dinero, lo coloca en su debido lugar como “un buen siervo y un mal amo”. Los antiguos peruanos probaron que no era indispensable para la vida civilizada. Nosotros aprovechando la atávica y fructífera costumbre la actualizamos combinando, en la cooperación popular, los brazos que siguen, siendo abundantes, las voluntades que se mantienen firmes con el dinero fiscal, que es evidentemente escaso frente a las múltiples y perentorias necesidades del país. Es lo que hemos llamado “el mestizaje de la economía” o la “economía intermedia”, empeño en el cual hemos ido adquiriendo, como hemos de verlo, la enaltecedora compañía de eminentes autores.


Del antiguo Perú tomamos además la enseñanza de su tradición planificadora y su temprana inquietud por una justicia social que antecedió a la rueda. Buscamos la emancipación de los villorrios y la emancipación alimentaria. Y, en el orden moral, hay que añadir al concepto básico de la hermandad, piedra, angular del edificio, ideológico, los preceptos fundamentales, maravillosamente sintetizados en las palabras: VERACIDAD, HONESTIDAD y LABORIOSIDAD. Qué normas más tonificantes espiritualmente que la proscripción de la mentira y del robo y la proclamación del culto al trabajo, es decir, la meta de la ocupación plena. Anduvieron errados los que pretendieron negarle a Acción Popular la luminosa posibilidad de construir el partido con la inspiración del “Perú como doctrina”.

EL IMPACTO DE LA CULTURA OCCIDENTAL El Perú se transforma con el impacto de la cultura occidental que significa, fundamentalmente, la ruptura del aislamiento, la evangelización, con su inmenso aporte espiritual y cultural, la incorporación aun imperio asentado en gran parte del universo, donde se propaga el idioma castellano que, entre otras ventajas, difunde el legado precolombino. Nos trae, además, un marcado adelanto tecnológico con la rueda, la polea, el molino, la brújula, para no citar sino algunas de las fructíferas innovaciones, entre las cuales la moneda tiene especial papel, sin desconocer sus limitaciones y frustraciones. Desde que se produce el impacto quedamos interconectados con el mundo y nuestra cultura deja su ruta solitaria para marchar acompañada por otras, que la nutren y tonifican. El viejo mundo nos da la Universidad, que se inicia en los Claustros conventuales. Mas no puede negarse que con el advenimiento de la cultura occidental aparecen, también, factores negativos. Se rompe el equilibrio hombretierra; la encomienda introduce la servidumbre en el agro, si bien es verdad que la propiedad rural de la iglesia contrarresta en parte sus excesos. Los jesuitas, tempranamente asentados al borde del Lago Titicaca hacen de Juli un importante centro cultural. Se instala allí la primera imprenta del continente. Asimilan el legado andino, mientras siguen cultivando la


idea de la utopía - una sociedad ideal sin explotadores - que, más tarde, ponen en práctica en las misiones del Paraguay, en el más notable experimento en ese campo, del cual surge la nueva nación. Su éxito, no su fracaso, pues muchos intereses resultaron afectados por el magno esfuerzo de evidentes raíces incásicas, concluyó con la expulsión de esa orden. El hábito tonificante del trabajo por el bien común, perdurando en la adversidad, tiende a reemplazarse por el trabajo obligatorio para beneficio ajeno. La luminosa minka es sustituida por la tenebrosa mita, donde el hombre es sacrificado en compulsivas y duras labores mineras. Al término de la era virreinal el Perú había aprendido la enseñanza europea y el viejo continente no ignoraba su aporte a la cultura ya la economía. Por algo eminentes autores se inspiraron en él, y se acuñó la frase, que habría de dar la vuelta al mundo, de “vale un Perú”. En el orden artístico la escuela cusqueña demuestra hasta qué punto pueden enriquecerse mutuamente dos culturas que se fusionan, logro comprobado una vez más en la vigorosa arquitectura mestiza que aparece en Arequipa y al borde del Lago Titicaca. Cristo se hizo indio en el Crucifijo de los Temblores y la Virgen se volvió morena en los santuarios andinos.

LA IDEA LIBERTARIA Y SUS PRECURSORES La idea de la emancipación surge al momento de la conquista con la sublevación de Manco Inca y de sus sucesores, que ofrendarían la vida en su heroico empeño. Poco antes de la revolución francesa la sublevación de Túpac Amaru, pese a sus victorias iniciales, termina trágicamente. En ese mismo tiempo se gesta la liberación de las colonias británicas en el norte, movimiento que antecede a las guerras de la independencia en Hispanoamérica. Lograda la libertad se consagra más tarde en el Perú, con Castilla, y en los Estados Unidos, con Lincoln, el precepto de que todos los hombres son iguales ante la ley. Bolívar con su gran visión había sido antes el portavoz de ese ideario en el sur y el visionario de la integración continental.

LA COOPERACIÓN POPULAR Cada vez que observo, desde alguna altura, un villorrio peruano, hago la misma pregunta y obtengo la misma enaltecedora respuesta. Al mirar la


humilde aldea con su campanario interrogo a mi guía: - ¿Quién hizo la iglesia? Y él me dice: - El pueblo lo hizo. Requiriéndole otra vez, pregunto: - ¿Quién edificó la escuela? Y de nuevo contesta: - El pueblo lo hizo. Y al seguir la ruta serpenteante entre los cerros, interrogo una vez más: - ¿Quién abrió el camino? Y nuevamente, responde como la estrofa de una marcha triunfal; oigo en esta frase expresiva y elocuente toda la historia del Perú de ayer y de hoy, y la profecía de mañana: - El pueblo lo hizo. LOS PUEBLOS NO HAN OLVIDADO SU HISTORIA El pueblo hizo el camino, el templo y las escuelas. El pueblo elevó la andenería y contuvo al torrente. Producido el sismo recogió los escombros para restituir- los a la arquitectura. Y cuando fue requerido el pueblo dio al soldado; mas sin una queja soportó el olvido. Lo despojaron del derecho milenario de escoger a sus hombres. Lo humillaron imponiéndole a sus propios regidores. Se llevaron sus rentas, le quitaron sus bienes. Pero no pudieron arrebatarle sus tradiciones. Y el pueblo siguió construyendo caminos, escuelas y templos. Es que por fortuna, los pequeños pueblos del Perú son pueblos olvidados... que no han olvidado su historia.

A PURA FUERZA DE BRAZO Si el Egipto recibió la influencia de las culturas del Asia; si Grecia fue como albacea de todas las culturas mediterráneas, que después vinieron a alimentar a Roma; el Perú, en cambio, estuvo totalmente aislado y, sin embargo, tuvo la capacidad para concebir la solución técnica y, sobre todo, la decisión para llevar adelante el trabajo; que hoy a veces nos atemoriza, a pesar de las maquinarias de que ahora disponemos, de la técnica que está a nuestro alcance, de la gran finanza llamada de desarrollo, y, que antes, como lo diría Garcilaso, elocuentemente, en breves e inolvidables palabras se hacía solamente a pura fuerza de brazo. Apura fuerza de brazo se regó lo que ahora no se riega, apura fuerza de brazo se emprendió obras que hoy asustan a los organismos financieros, apura fuerza la de brazo se puso el “cúmplase” a trabajos que en este siglo XX todavía dan lugar a interminables estudios de factibilidad y todavía exigen, para ser llevados adelante y para tener el apoyo de la gran finanza, una relación beneficio-costo favorable, es decir la búsqueda de la rentabilidad del dinero, el afán de asegurar ante todo la recuperación de los capitales - que son medrosos mientras el hombre es audaz -. Salvar el dinero aunque no se salven las vidas, esa es la filosofía que todavía impera


en el mundo frente a las grandes obras, ya ella debemos ponerle término en suelo americano.

PUEBLO Y TIERRA DEL PERÚ La voz del pueblo, mas que en ningún otro país es, en el nuestro, voz de Dios. Cuando ella se deja oír colectivamente en los grandes requerimientos nacionales, su enunciado se convierte en acción, su acción en obra, y su obra en doctrina. Todo lo que exhibimos con orgullo, desde la andenería ascendente y el camino atrevido hasta el canal, la escuela y el templo fueron en su origen: Idea del pueblo, Voz del pueblo, Determinación del pueblo Fruto del pueblo. El pueblo tiene derecho de autor en el libro dramático, fecundo y apasionante del Perú, pues cuando el pueblo dijo: Hágase la vía, la vía se hizo. Elévese la escuela, se elevó la escuela. Y, cuando exclamó como un eco magnificante de palabras divinas: Hágase la tierra, en la abrupta ladera, el sediento arenal o la espesa floresta.

Se hizo la tierra peruana...

LA DIRECTIVA MILENARIA Sudor mas no sangre, Fraternidad y no discordia, Sustancia y gris y no espuma de ira. He ahí la milenaria directiva de Acción Popular.


POR ACCIÓN POPULAR Mucho de lo grande que tenemos se lo debemos a la acción popular. Por acción popular llegaron a Sacsahuamán los inmensos monolitos de su triple muralla. Por acción popular surgió una ciudad misteriosa y poética en la cumbre de la montaña y se elevaron catedrales sobre los cimientos de los templos paganos. Y es la acción popular, perdida en lo remoto del pasado y en la lejanía del porvenir, la que lleva a las comunidades indígenas a unirse en el esfuerzo del sembrío y el festejo de la cosecha. Por acción popular ha dado frutos el desierto. Fue la acción popular la que inspiró a Tupac Amaru su sacrificio, a Castilla sus campañas, a Arequipa sus rebeldías. La acción popular se expresó en la montonera pierolista cuyas víctimas morían sin una queja, anónimamente, por un ideal. Por acción popular los pueblos apartados de las serranías suplen con su esfuerzo los olvidos y postergaciones de los gobiernos centralistas y frívolos. Por acción popular languidecen las dictaduras y se imponen a los malos magistrados los candidatos auténticos. La nueva fuerza cívica que se ha opuesto gallardamente a la triple alianza de la consigna, del rezago político del pasado, y de un gobierno arbitrario y despótico, tiene también la honrosa característica de su origen netamente democrático. Por eso la llamamos y la llamaremos siempre Acción Popular.

COOPERACIÓN POPULAR MÁS ALLÁ DE LOS PARTIDOS La cooperación popular no tiene ni puede tener color político. Yo hago un llamado cordial a todos los partidos. Nosotros escogimos ese nombre porque lo admirábamos, pero consideramos que la cooperación popular, que significó los caminos del inca, los tambos que aseguraban el sustento, las andenerías, Sacsahuamán, Ollantaytambo y Machu Picchu, es algo demasiado grande para pertenecer aun partido o aun grupo, y yo sé que en todas las agrupaciones políticas militan ciudadanos, que tienen desde tiempo atrás contraídos grandes méritos en la práctica de la cooperación popular. Por eso hemos dado instrucciones concretas para que el programa se mantenga alejado de la política, y para que pueda abrir sus puertas a los otros grupos, a fin de que ellos encuentren allí una herramienta de trabajo, para llevar adelante sus propios propósitos e ideales. Mi convicción ha sido creada a lo largo de un largo peregrinaje, y en 30 meses de gobierno: la cooperación popular no es sólo un legado que nos honra a todos los peruanos, sino un camino que ha de llevarnos a superar


el subdesarrollo que todavía impera en muchas regiones. Por eso, no hago alarde de tipo partidarista al elogiar al sistema, y agradezco a propios y extraños, si es que extraños se pueden llamar a los compatriotas que colaboran con estos programas. No quiero averiguar si en estas obras que premiamos, todas las manos han sido de nuestros correligionarios políticos, o si han habido otros brazos que vinieron desinteresadamente a aportar algo a esa realización; lo que interesa es que ha sido una realización peruana, ampliamente nacional, porque considerarla partidaria, aunque estos no honrara sobremanera, sería disminuirla, en su dimensión nacional. Todos mis compatriotas están invitados a participar en este esfuerzo, y cuando se trate de cosechar los triunfos, que ellos no sean victorias políticas atribuibles a talo cual bandería, sino realizaciones y triunfos de la patria sin recortes, afirmación del credo del Perú. La organización oficial de cooperación popular controla una parte del esfuerzo, porque este esfuerzo se realiza en toda la república, en unos lugares con registro estadístico y en otros lugares sin ese control, y a veces sin que lleguen a informarse las autoridades. Si a los resultados, debidamente tabulados por la Oficina de Cooperación Popular, se suma una apreciación de lo que no está controlado, de lo que se realiza voluntariamente en otras regiones que no tienen una central cercana, llegamos a una cifra muy apreciable en la cual el Perú puede poner sus mayores esperanzas, como una contribución tan efectiva como la que se obtiene del dinero, que siempre es escaso para cubrir los muy variados y cuantiosos gastos que requiere la administración nacional. Se trata, pues, de un sistema que toca lo más íntimo de nuestras fibras emociona- les, que ilumina a nuestra mente como idea filosófica; y, por otro lado, de un sistema esencialmente práctico, de un sistema que puede llevamos a una solución rápida de muchos problemas postergados.

LEY NO ESCRITA Si las naciones pudieran acudir a los médicos busca del diagnóstico de sus males, el Perú confirmaría su grave dolencia crónica que, afortunadamente, no es incurable: la decadencia agónica de sus villorrios. Porque, como todo enfermo, el país tiene en sí mismo la defensa orgánica para combatir el mal que le aqueja: el hábito ancestral de la cooperación popular, la vieja, minka que hizo grande al imperio y cuyas características perduran en las comunidades.


Alguien ha dicho que las verdaderas leyes carecen de texto, y se expresan a través de las tradiciones imperecederas de los pueblos. La ley no escrita del Perú bien podría llamarse cooperación popular. Pero los tiempos modernos hacen necesario que se estructuren los organismos, que se precisen, en blanco y negro, los recursos y las orientaciones técnicas. De allí la necesidad de redactar un breve texto que encauce, en nuestros días, la realidad milenaria del esfuerzo colectivo.

EL AYNI Y LA MINKA En toda sociedad primitiva, aun en todo clan o en toda tribu, se practica o se practicó en alguna forma aquello que se ha dado en llamar la ayuda mutua. No se trata, pues, de un descubrimiento de pretensiones o del monopolio de una idea. Todos los pueblos primitivos la practicaron en alguna forma, pero, en el caso del Perú, hay una excepción y una característica muy especial, en virtud de la cual la biografía inicial de nuestra patria está en las páginas de la historia de la civilización. En el Perú la ayuda mutua, el ayni y la minka, construyeron un imperio; y esto sólo ocurrió aquí, en esta tierra andina y americana. En otros lugares del planeta, no hubo imperio o gran nación que surgiera de esta institución, que nuestros antepasados manejaron con maestría. En otros casos, los grandes imperios hicieron en alguna forma uso de un sistema monetario, aunque fuese rudimentariamente; pero sólo en el antiguo Perú se logró establecer el dominio desde casi un extremo de un gran continente, hasta muy cerca del otro, por la exaltación de una idea humilde; tal vez esta sea la misión del Perú, magnificar, elevar y sublimar aquello que en su origen es estrictamente popular, primitivo, humilde o modesto. OBRAS COLECTIVAS Las obras colectivas son de enorme importancia en la historia de la civilización. En el Perú tenemos muchas. Sacsahuamán es obra colectiva; en Machu Picchu no hay nombre de un arquitecto o promotor, porque toda la colectividad de entonces lo construyó, tal vez el caldo de piedra tiene tantas vitaminas, porque son piedras de Machu Picchu, de Sechín y de Chavín. Es obra colectiva el idioma, al que todos los pueblos agregan siempre una nota muy propia. Es obra colectiva la reverencia al propio Creador: es obra colectiva la vocación de un pueblo por una fe común y el patronato de un santo.


LEY DE HERMANDAD Las palabras del Inca Garcilaso de la Vega, cuando refiriéndose a la legislación del Antiguo Perú - Legislación Oral y no Escrita - decía que tenían una Ley de hermandad. Esa ley de hermandad era la que mandaba a los hombres ya las comunidades a salir a trabajar por el bien común; ley de hermandad que se ejerció, no en el ámbito del Perú de hoy, sino en un ámbito más amplio; ley de hermandad que el mundo anglosajón nos trae con los vocablos mutualidad, ayuda mutua. Ayuda mutua que se inventó aquí, que surgió del suelo andino y del suelo mexicano; ayuda mutua que es una de las instituciones señeras del continente. A pura fuerza de brazo se construyó una gran civilización, el México prehispánico y el antiguo Perú, y si ahora no tuviéramos caudal alguno de dinero, eso no sería motivo para declaramos derrotados, sino para emprender, aun ahora, a pura fuerza de brazos, el desarrollo del continente. Este hábito ancestral que no se basa en una ley escrita, sino en la ley no escrita de la que nos hablan BIas Valera y Garcilaso, tomó como titulo el de ley de la hermandad. Ley de hermandad, dice Garcilaso, citando a BIas Valera, por la cual las comunidades salían a resolver, conjuntamente y con esfuerzo desinteresado, los problemas comunes. Ley de hermandad que nunca debe dar lugar a divisiones, sino ser la herramienta más eficaz en la construcción del mayor monumento que pueda tener un pueblo cual es el monumento a la unidad nacional, al poderío de la patria, a la gloria de la republica. Por eso, soy ferviente y decidido partidario de que mantengamos vivo el fuego sagrado del ayni y de la cooperación popular, aunque lo llamemos ahora ayuda mutua, aunque el sistema no venga de fuera, de los más refinados centros culturales, como una receta para luchar contra el atraso, aunque venga la cooperación popular, a veces, en un frasco, como mágico específico elaborado en un laboratorio y en la intimidad de nuestro ser. Todos los peruanos sabemos que aquí se creó el sistema, que el Perú fue el inspirado inventor, y que nuestra patria sólo fue grande cuando fue creadora, y sólo seguirá siéndolo cuando cultive ese don de creación, cuando aporte nuevas ideas, cuando no dejemos que se extinga aquella llama que constituye el más valioso legado sentimental, cultural y práctico, de la región andina a la historia de la civilización universal: la ley de la hermandad.


FILÁNTROPO DEL BIEN COMÚN El hombre peruano puede ser definido como el filántropo del bien común, cuando construye la escuela, cuando, por más humilde que sea, contribuye a la cultura; cuando no pudiendo dar dinero, de que carece, está siempre listo a dar el esfuerzo y la férrea voluntad, que le sobra.

UN PUEBLO QUE SABE SER GENEROSO Tenemos a un pueblo que sabe ser generoso con sus muertos y heroico con su sangre, que sabe trabajar desinteresadamente por el bien de su comunidad; que llegada la catástrofe en las duras tareas de incorporar la región andina, se resigna y sabe morir en silencio, con desinterés de gloria personal, dando a los últimos latidos de su corazón la señera majestad de una bandera que flamea. ESPÍRITU COMUNAL Allí está la verdadera esperanza del Perú, porque éste es el legado de sus tradiciones, de un pueblo que hizo por sí mismo su propia grandeza pretérita. Por eso, cuando vamos a las reuniones internacionales, no nos sentimos defraudados cuando se advierte la limitación de la llamada “ayuda”; porque lo esperamos todo de nosotros mismos, porque la historia nos ha dado esa lección de que todo lo grande que se hizo aquí en el pasado, se hizo por esfuerzo propio, basado en espíritu comunal y de desprendimiento popular. Y, entonces, sentimos que las piedras cansadas, que se han reposado ya muchos siglos, deben ponerse de nuevo en movimiento; y entonces, recordando a Basadre, cuando vemos las dificultades de este Perú, los dolores de este Perú, cuando este Perú problema se mira al espejo de su propia vida se encuentra con el Perú inspiración, con el Perú rector de una nueva justicia

COOPERACIÓN POPULAR El Perú es pionero, inventor de la cooperación popular; ninguna nación puede superarlo en esa práctica, aparentemente tan sencilla, que tiene algo de grandioso y algo de primitivo, pero que en ninguna otra parte del mundo pudo, como aquí, construir un imperio...

AYUDAR AL QUE SE AYUDA Los problemas locales pueden y deben resolverse localmente, sin que incurra en indiferencia el poder central. Las gestiones mendicantes ante el


gobierno de Lima deben eliminarse. Hay un inmenso caudal de capitales, ampliables al infinito, - en el esfuerzo que los pueblos despliegan por acción popular - mediante una ley orgánica descentralizadora, merced a la cual el estado no sólo dé ayuda y orientación técnica, fuera de la rutina burocrática, lejos del papeleo capitalino y del trámite moroso y agobiante, sino un positivo apoyo económico, que funcione automáticamente. Un apoyo que no requiera la intervención del cacique político. Ayudar al que se ayuda, sería el lema de esta campaña organizada de cooperación popular. Estimular la iniciativa que forma hombres y líderes; avivar la llama no extinguida del espíritu creativo, que ha dado sus más vivos y legítimos reflejos a la palabra Perú. Una ley, en suma, que no haga sino recoger sus preceptos del eco aún perceptible de las voces ancestrales, sin dejar de vislumbrar las amplias posibilidades tecnológicas de nuestro tiempo. Propusimos, que los pueblos que emprendieran obras de utilidad pública, a su propia iniciativa y por su propia cuenta, disfrutaran de una orientación técnica, y recibieran en dinero, un aporte equivalente al que realizaran en trabajo espontáneo y desinteresado. Lo hicimos pensando en que tal legislación sería estimulante para los pueblos, descargando al mismo tiempo al poder central de múltiples cuestiones que agotan a los altos dignatarios del estado, y los desvían del cumplimiento de deberes nacionales más apremiantes. Si nuestra financiación es demasiado ambiciosa, debe hacerse en bonos - como lo propusimos - o mediante nuevas o antiguas rentas; es cosa secundaria. Lo importante es que el estado obtenga dos soles de capitalización por cada sol que invierta en dinero. Duplicar el rendimiento del papel, he allí el verdadero fin de esta ley, que algunos han tildado de inflacionista y demagógica, sin consultar el significado de estas palabras en el diccionario de la Academia, ni mucho menos, en el de la propia conciencia. La acción popular, en cuanto a asuntos locales, organizada, estimulada y generalizada, superará a la democracia tradicional. Esta delega en un grupo de hombres el gobierno; aquélla no sólo toma las decisiones, sino que las ejecuta directamente.

RELATO DEL ABATE PIERRE Cuando esbozamos la idea rectora de nuestros afanes, el auge que cobró el antiguo Perú, el trabajo en común y el espíritu de cooperación reflejados en la minka, que aún perdura en nuestros villorrios, el Abate Pierre hace


el elogio de ese sistema y nos refiere una anécdota de su visita a Yugoeslavia. Croatas y servios quedaron, después de la guerra, profundamente divididos. Abismos raciales, políticos y religiosos hacían muy compleja la labor de unificación nacional, que se había propuesto realizar el gobierno. La solución la buscó, con éxito, en trabajo mancomunado. Apeló a la juventud de encontradas tendencias, y la puso a trabajar manualmente en la construcción de una carretera entre las dos ciudades antagónicas, los polos opuestos que producían la chispa de la discordia: Belgrado y Zagreb. Con bulldozere y moderno equipo mecánico, no se habría obtenido mejores resultados humanos. La máquina, es verdad, habría realizado, con mayor eficacia y rapidez, la labor material, la creación física de la carretera. Adjudicada a contrata, con tales elementos mecánicos, y dentro del sistema mercantil, esa vía, destinada a ser vínculo viviente entre pueblos desavenidos, habría carecido de alma. Las manos hicieron el milagro que no se habría podido pedir a las máquinas. Y así renació la armonía. Al escuchar las vibrantes palabras de este misionero relatando anécdota tan aleccionadora, yo le digo, sin ocultar mi orgullo nacionalista: la historia se repite. Los incas para crear igual armonía unieron, por medio de un camino, al Cuzco vencedor con Quito sometido por las huestes de Huayna Capac y así surgió la unificación imperial, con el romántico epílogo de un idilio del inca triunfante con la princesa del reino conquistado.

EL CASO DE CHINCHEROS El caso de Chincheros es típico de nuestros pequeños pueblos olvidados. Allí todo se ha hecho por esfuerzo local. La reconstrucción del templo, la edificación de escuelas, el camino al santuario de Cocharcas, todo estaba en obra, por acción popular, ante la indiferencia del estado. Apenas unas cuantas calaminas habían sido remitidas de Lima, para techar precariamente la escuela de varones, aún sin pisos, ni vidrios, ni cerrajería, ni aparatos sanitarios. Lo poco que llega de la capital se obtiene tardíamente, tras mendicantes gestiones. Y la realidad es que los pueblos ponen su esfuerzo y su tiempo, a falta del dinero de que carecen. Si todo se pudiera hacer con las propias manos, Chincheros no tendría problemas. Pero una ayuda económica es inevitable para adquirir algunos implementos y materiales que sólo producen las grandes industrias. El Perú tiene forzosamente que dejar de ser un archipiélago de caseríos aislados. La interdependencia


regional es inevitable y necesaria. No podemos esperarlo todo de los pueblos sin recursos; hay que tenderles la mano. Pero no la mano que alcanza una limosna, sino la que paga una deuda.

HUELLAS DIGITALES IMBORRABLES Despierta el interés en el acucioso visitante, todo lo que el hombre del antiguo Perú realizó por su propio esfuerzo, con herramientas rudimentarias. Nos referimos a los caminos, a esas escaleras hacia el infinito que son las andenerías interminables, al culto al agua que hizo de la hidráulica a la vez una ciencia y una mística, y logró irrigaciones que no hemos podido superar en el siglo XX. Si el Perú tiene calidad es porque es un país hecho a mano. En sus obras grandiosas hay huellas digitales imborrables. Sus reliquias artísticas emocionan, porque se perciben en ellas el eco de las palpitaciones de quienes las realizaron. Tienen la calidad estética y humana de un encaje de Bruselas. Nuestra grandeza pasada fue hecha sin capitales - con esperanza - y podemos repetir la hazaña en el porvenir.


CULTO AL TRABAJO “Vemos para atrás, porque vamos para adelante...” Andrés Iduarte. LEY ANDINA Preocupa hondamente en la hora actual a estadistas, gobiernos e instituciones internacionales el problema que se ha dado en llamar la “ocupación plena”. El mundo liberal-capitalista ha confrontado la crisis más de una vez y, a falta de previsión, se ha visto en la necesidad de recurrir a costosos e infecundos paliativos: los subsidios a los “sin empleo”. Antes del gobierno de Franklin Roosevelt este problema hizo tambalear en forma alarmante al edificio aparentemente sólido de la democracia americana. El “Nuevo Trato” tuvo el acierto de aplicar al veneno de la desocupación el antídoto que lo hizo inocuo: una corriente arrolladora de empleo planificado. Un inmenso plan de obras públicas, que no logró detener la escasez monetaria del momento, hizo posible la recuperación. Así como en el antiguo Perú se abolió el hambre por primera vez y quizá por última, al decir de Hyams, también se evitó, mediante una acción previsora y decidida, el desempleo. Tuvieron “Ley que mandaba que nadie estuviese ocioso”, dice BIas Valera. Y en su código moral, esos mandamientos que en número de tres, para unos, y de cinco, para otros, sintetizaban prácticamente en unas tablas de la ley andinas aquellas otras de nuestra fe, se incluía la norma “No serás perezoso” que no hallamos entre las diez recibidas por Moisés en lo alto del Sinaí. En el Perú adquirió, pues, el trabajo una alta jerarquía moral y se le consideró, según Baudin, “más como un fin que como un medio, ya que su papel era, ante todo, asegurar la salud física y moral del trabajador...” Pocas veces el trabajo, elevado a la categoría de doctrina, ha sido más celosamente practicado y respetado. Así como se planificaba en el orden vial o en el aspecto agrícola, el trabajo era también motivo de cuidadoso análisis previo y de certero y previsor planea- miento. Es un hecho histórico que no debemos olvidar en un país que, como lo indica el censo, exhibe ahora un alarmante porcentaje de la población sin ocupación conocida y, como puede observarse a lo largo del territorio, gran parte de los campesinos sólo encuentran en la tierra una ocupación parcial, esperando pauperizados los cortos períodos de sembrío y de cosecha, sin saber qué hacer con el tiempo sobrante.


En épocas pasadas nadie escapaba a la obligación de tributar al Estado y las labores en las tierras del Inca, realizadas colectivamente con miras a contribuir en especies, mantenían ocupadas a la población que, además, era requerida para la ejecución de obras de beneficio comunal. Hoy las lejanas comunidades andinas que no se han incorporado plenamente al mecanismo estatal, no hacen arte alguno a la administración pública. No por prosaico debe dejar de recordarse el hecho aleccionador de que los incas, cuando las circunstancias impedían la ocupación en la tierra, decretaban las más insospechadas labores: alguna vez exigían a los pueblos amenazados de inevitable inactividad que tributaran en cañones de plumas rellenos de piojos vivos. No pudiendo dedicar, su laboriosidad a las tareas de la producción, interrumpidas por plagas, heladas o sequías, la aprovechaban así en beneficio de la higiene.

RÉGIMEN DE TRIBUTACIÓN El sabio régimen de tributación que necesariamente debía emplear como medio de pago la moneda-mercancía o el esfuerzo directo se efectuaba según Cieza de León - dentro de normas razonables, inspirándose en las posibilidades del medio o en las inclinaciones y aptitudes de sus habitantes. Utilizaban el pimiento, el charqui, el cobre, el maíz, el chuño, la sal, la coca, las plumas de aves como medio de pago. No se establecía, dice Baudin, tributo alguno sobre los bienes de propiedad del contribuyente, sobre los productos de su tupu o los vestidos fabricados por el indio con la lana de sus llamas. “Había moderación en la cobranza”, afirma, efectivamente, Cieza. Y refiere cómo unos contribuían con tantas cargas de maíz como casas había, otros con tejidos, mantos, piezas de vestir, lanzas, hondas y otras armas de guerra. Se dice hoy que debe “incorporarse” al indígena a la nacionalidad, cuando en verdad debería decirse que debe “reincorporársele”, ya que es un hecho comprobado e irrefutable que otrora contribuyó eficaz y ordenadamente a la marcha del Estado. Si la moneda-mercancía logró cubrir en su aplicación todo el territorio, la moneda a secas, traída por el conquistador no ha logrado aún sintetizar, en cifras, toda la economía del país. Con medios primitivos, lejos de las diversas influencias culturales que inspiraron y tonificaron otras civilizaciones, el antiguo Perú, a pesar de su aislamiento, logró idear y poner en práctica normas sabias de


administración que en no pocos casos hemos sido inca- paces de continuar o mantener. El objetivo moderno y palpitante de la “Ocupación plena” era, en efecto, en esos lejanos tiempos prehispánicos un problema resuelto.

LEY DE HERMANDAD Y así como nuestro pasado se caracteriza por la laboriosidad incansable de los peruanos, en el desencanto que trajo la conquista y la decepción que produjo la frustración republicana, en la nave sin rumbo de nuestros gobiernos desidiosos, el indígena, atávicamente habituado a una disciplina y un objetivo, se encuentra desorientado y es presa de la desnutrición que muy a menudo trata de olvidar en el éxtasis degenerante del vicio. El alcohol y la coca, difundidos por manos irresponsables ante la impunidad del desgobierno, han venido a debilitar su organismo que, en la orgía de las fiestas, engendra frecuentemente en las más adversas condiciones a las generaciones futuras. El Perú debe volver a ser un país planificador del empleo pleno. Debemos tener como objetivo fundamental el de restaurar el antiguo culto al trabajo. Y podemos lograrlo mediante una política que tienda a implantar la única escasez justificable y provechosa: la escasez premeditada, calculada y provocada de la mano de obra. La escasez a que dará lugar una política dinámica de obras públicas y de difusión crediticia, que mantenga en nivel ascendente la demanda de trabajadores. Sólo así las remuneraciones alcanzarán alturas de justicia y bienestar. Para reincorporar al indígena a la comunidad nacional debemos reeditar, con reverente homenaje al pasado, una vieja ley peruana. Aquella que Garcilaso nos trasmite citando a BIas Valera como “La Ley de Hermandad”. Llamaban así a la norma que “mandaba a todos los vecinos de cada pueblo se ayudasen unos a otros a barbechar ya sembrar ya coger sus cosechas y labrar sus casas y otras cosas de esta suerte, y que fuese sin llevar paga alguna...” Fue mediante esta norma cooperativista que se construyeron los caminos del inca, los tambos, los andenes y los canales. En aquel antiguo régimen el ciudadano cumplía con tributar en trabajo y nadie escapaba a esta regla. Fue tal el impulso que la alentaba que Cieza de León, años después de la conquista, advirtió cómo los indios seguían empeñados en trabajar las tierras del inca. Rehusaban así tercamente, aceptar “desincorporarse” de la economía nacional.


Una nueva versión de la “Ley de Hermandad” sería la que, como lo hemos propuesto bajo el nombre de “Ley de Cooperación Popular”, organizara el trabajo colectivo, le ofreciera subsidios condicionados al esfuerzo comunal, estimulara la iniciativa de los’ pueblos y absorbiera innumerables horas libres que los incas no quisieron desaprovechar. Así se pondría en práctica lo que hemos llamado el “mestizaje de la economía”, respuesta histórica al momento de transición que todavía viven muchas de nuestras regiones apartadas. Transición entre la ayuda mutua del sistema arcaico y el régimen contractual y monetario del sistema moderno. Si el Perú quiere salvarse, si desea volver a ser un país sin hambre ni desocupados, si acepta el honroso destino que alguna vez le tocó de ser sede original de la justicia social, debe restaurar en la alta jerarquía de doctrina a nuestra vieja e insuperada tradición del Culto al Trabajo.


IDEOLOGÍA DE ACCIÓN POPULAR PRÓLOGO Uno de los signos más reveladores del espíritu del nuevo régimen que se ha inaugurado el 28 de Julio de 1963 ha sido haber invitado a personalidades de categoría mundial a las ceremonias de la trasmisión del mando. El Presidente Constitucional de la República, Arquitecto Fernando Belaunde Terry, invitó en calidad de amigos personales, a intelectuales, políticos, profesionales y directores notables de organismos internacionales. Todos ellos fueron hombres especialmente aptos para comprender el significado de lo que está sucediendo en el Perú. La intención al invitarlos no fue política. Fue simplemente un deseo de tener testigos. Su presencia no fue un compromiso político, puesto que en nada influyó en la selección la posición ideológica de las personas invitadas. Lo único que interesó fue la preparación intelectual, la capacidad para comprender el sentido de los acontecimientos y de las metas de un movimiento que responde a profundas exigencias históricas y sobre todo: la posibilidad de que fueran testigos objetivos, capaces de ver las cosas por sí mismos y luego de contar lo que hubieran visto. Era por eso conveniente que conocieran la ideología de nuestro movimiento. Porque hombres como ellos, acostumbrados a las más severas disciplinas de pensamiento, no pueden aprehender las cosas sin pensar sobre ellas. Haber visto el entusiasmo popular, haber sentido el soplo vigoroso de la renovación, haber sentido a su alrededor la nueva fe del pueblo, habría sido incompleto si no hubieran escuchado el mensaje de la nueva ideología. Sólo los principios justificadores de la praxis, los principios que sirvieron de guía a la acción del pueblo y que por eso hicieron posible la renovación, podían revelar a hombres como ellos el sentido último de nuestro movimiento. Desde un principio se pensó que Fernando Belaunde Terry expusiera en persona los principios de nuestra ideología ante sus invitados personales. Nadie mejor que el propio creador de la ideología para presentarla ante testigos de tan alta calidad y tan capaces de comprender en su verdadero sentido. Con esta intención se organizó una ceremonia especial, en la que, ante sus invitados personales y ante grandes figuras de la intelectualidad peruana, el Presidente debería exponer la ideología de Acción Popular.


Pero, desgraciadamente, las majestuosas complejidades del protocolo hicieron imposible su presencia. El Presidente me hizo, por eso, el honor de pedirme que yo hiciera la exposición de su doctrina. El resumido texto que sigue, es el resultado de esta difícil misión. La calidad de los asistentes a aquella memorable ceremonia exigía un planteamiento académico. Pero el carácter de actuación pública y de conferencia obligaba a la concisión ya un mínimo de concesiones literarias. El contenido de la conferencia intenta responder a esta doble exigencia. La exposición se basa en diversos artículos publicados en la revista Revolución y en la revista El Mundo, y sobre todo en los apuntes y esquemas que utilicé para dictar mis clases en la Escuela de Dirigentes de Acción Popular, a la que pertenezco - hoy con licencia - en calidad de profesor del curso “Ideologías Nacionales”.

FRANCISCO MIRÓ QUESADA Miembro del equipo ideológico de Acción Popular

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN Los ejemplares que editamos en setiembre del presente año se agotaron rápidamente. Enviamos algunos a los invitados especiales del Presidente, Arquitecto Fernando Belaunde Terry, que vinieron a la trasmisión del mando; enviamos también algunos amigos personales ya colegas tanto peruanos como latinoamericanos. Pero fue la demanda del elemento universitario la que agotó la edición. Hemos creído por eso que es conveniente hacer una segunda edición de diez mil ejemplares. Esperamos satisfacer con ellas las demandas de los estudiantes universitarios que día a día manifiestan con mayor énfasis su voluntad de poseer una ideología nueva que haga posible satisfacer sus vehementes revolucionarias y que a la vez permita encauzarlas dentro de nuestra propia realidad. De una ideología que permita además coordinar estas ansias con los aportes de la técnica moderna y del nuevo pensamiento, con relación a los cuales las ideologías clásicas, aparecen como los inm6viles hitos de una historia superada.


A pesar de que el texto ha sido escrito pensando en el estudiantado de la universidad peruana, nos hemos esforzado en redactarlo de la manera más clara posible. Creemos, por eso, que puede leerlo cualquier persona que desee adquirir un conocimiento de la ideología de Acción Popular que esté más allá de los slogans. Hemos agregado al texto dos anexos porque cuando decidimos lanzar esta segunda edición hacia ya más de cien días de la inauguración del nuevo régimen. Durante estos cien días hemos viajado por diversos lugares del Perú y hemos tenido el privilegio de entrar en contacto estrecho con diversas comunidades de campesinos. Cuando escribimos el primer texto nuestro planteamiento fue puramente teórico. Nuestro material de trabajo consistió exclusivamente en los dos textos básicos del fundador del Partido y creador de la ideología, Fernando Belaunde Terry, y en algunos folletos partidarios. Fue el análisis de estos textos los que nos permitió interpretar la ideología de Acción Popular como un humanismo situacional y al comunero como el elemento originario de este planteamiento histórico concreto. Ahora hemos tenido ocasión de confrontar la teoría y hemos vivido una experiencia excepcional: la verificación y profundización de las tesis. Al entrar en contacto con el comunero y su circunstancia hemos tenido ocasión de beber en las mismas fuentes en las que bebió Fernando Belaunde. El resultado de este contacto con el hontanar doctrinario, ha superado todas nuestras expectativas. No sólo se han verificado las tesis sino que se ha podido explorar la temática de manera más amplia y profunda. Hemos conquistado así una e1lidencia: la cantera descubierta por el fundador del Partido es inagotable. Al dar nuevos pasos interpretativos y llegar más lejos que en los primeros planteamientos, hemos comprendido que la exégesis de la ideología creado por Fernando Belaunde Terry está dando apenas los primeros pasos. Consideramos por eso que estos primeros desarrollos no son sino un modesto incentivo para que, en el futuro, la nueva ideología florezca cada vez con mayor fuerza a través del impulso creador del joven pensamiento del Partido. EL AUTOR

LA IDEOLOGÍA DE ACCIÓN POPULAR 1. BELAUNDE Y LOS INTELECTUALES ¿Por qué los intelectuales han seguido a Belaunde ¿Por qué desde que apareció su figura meteórica la gran mayoría de 1os pensadores peruanos,


de los artistas, de los hombres de ciencia y de letras lo han apoyado sin vacilación?. La historia es corta y clara. Hace apenas unos cuantos años, un hombre que encabeza un nuevo movimiento político comienza a recorrer el Perú. Comienza a recorrerlo cuando, después de varias décadas de conformismo político, en que la historia del Perú había quedado estacionaria, se había perdido la esperanza. El empantamiento parecía definitivo, la desilusión sin remedio el abismo insobrepasable. En medio de este desierto se escucha un llamado de renovación. Belaunde y su movimiento Acción Popular significa novedad en todo el horizonte. Proclaman nuevos métodos, nuevos ideales, nuevas metas políticas, presentan nuevos hombres. Por eso su mensaje llega a todos los ámbitos. Pero es el aspecto ideológico lo que hace vibrar del intelectual. Rompiendo radicalmente con la tradición política peruana y latinoamericana, en la que han primado las ideologías de raigambre metafísica, basadas en frondosas armazones teóricas, Belaunde esgrime una ideología simple basada en la afirmación del Perú, cuya fuente de inspiración es nuestra pasada grandeza histórica. En primera aproximación, esto suena a paradoja. ¿Cómo es posible que una ideología simple, que no sólo no se basa en principios metafísicos sino que hasta rechaza las filosofías extranjeras, haya aglutinado en torno de ella, con pocas excepciones, a lo mejor de la intelectualidad peruana? (1). Así en su libro fundamental, en que él expone su ideología de manera explícita, Fernando Belaunde nos dice: Pocas naciones en el mundo tienen el raro privilegio de contener en su propio suelo la fuente de inspiración de una doctrina. El Perú es una de ellas. Sin embargo, se ha anatematizado a los que no salimos en busca de filosofías extranjeras, en el vano intento de importar ideas a un medio que hace siglos se distinguió en producirlas. ________________ (1) Fernando Belaunde Terry: La Conquista del Perú por los peruanos. Ediciones Tahuantinsuyo, Lima, 1959, pág. 17. En estas palabras hay una vigorosa expresión nacionalista, hay una posición concreta, que rechaza las ideologías basadas en doctrinas especulativas, hay, en apariencia, regionalismo. Todos estos son factores opuestos al


panorama del intelectual que se constituye sobre la base de abstracciones, generalizaciones y universalismos. Sin embargo la atracción que Belaunde ha ejercido sobre los intelectuales peruanos desde que comenzó su campaña ha sido inevitable, porque no sólo su posición del intelectual moderno, sino que coincide completamente con ella. La razón de esta coincidencia, se halla en el concepto de “hombre”. Uno de los grandes acontecimientos de la Cultura Occidental contemporánea ha sido el descubrimiento de que la palabra hombre no significa nada si no se relaciona con una situación determinada. Hombre, ser humano, y todas las frases que pueden componerse teniendo como sujeto estos términos, carecen de sentido in abstracto. Una de las limitaciones más graves del pensamiento helénico, limitación que fue heredada por el pensamiento occidental, fue la de concebir al hombre como un ser análogo a los objetos naturales y artificiales que encontramos en torno a nosotros. Así como las cosas tienen una esencia y puede hablarse de ellas en general, así se creyó que tenía sentido hablar generalidades sobre el ser humano y de esta manera se ocultó irremediablemente el verdadero sentido de lo humano. Se codificó al hombre; más aún, se le transformó en una teoría, en un ente abstracto. Las nefastas consecuencias de esta concepción se yerguen como hitos negros en el dramático camino de la historia. En nuestra América Latina, la consecuencia inescapable de esta concepción fue la de creer que mediante el empleo de una ideología importada, creada con la intención de aplicarla a todos los países ya todas las épocas por igual se podrían resolver todos los problemas. La ideología enciclopedista, fundamento de la praxis política que conduce a la Revolución Francesa, logra en nuestras latitudes romper los viejos moldes y poner en movimiento a nuestros pueblos. Este éxito inicial hace creer que es la ideología adecuada a nuestra realidad. Pero lo que ha sucedido es un fenómeno puramente superficial. La ideología enciclopedista es utilizada por un grupo de criollos, descendientes de los españoles, que ocupan una situación privilegiada en nuestra estructura social. Es utilizada de buena fe, porque el sonido de sus bellas palabras los hace pensar en términos universales. Al hablar de Libertad, de Igualdad y de Fraternidad, los revolucionarios creen con toda su alma que hablan de la libertad, dé la fraternidad de todos, criollos, mestizos, indios y negros.


Pero en realidad las palabras sólo tienen sentido para los que impulsan el movimiento. Las grandes masas indígenas, el proletariado interno en el sentido de Toynbee, permanecen al margen. Para el indio que, desde la Conquista, ha servido a sus opresores y que ni siquiera sabe castellano, las palabras hermosas, 1os juramentos solemnes, las declaraciones en honor del hombre no se diferencia del silbido del viento en la noche solitaria, cuando penetra en las rendijas de su choza miserable. Las grandiosas y sublimes palabras pronunciadas en nuestros movimientos de independencia sólo tienen sentido para una pequeña minoría. Pero quienes las emplean están convencidos de que llegan a todos sus compatriotas. Se realiza así una revolución abstracta, todo en función de un hombre abstracto. Nuestra realidad es ab initio, una realidad desgarrada, una realidad escindida en dos porciones, una pequeña, luminosa, llena de palabras sonoras y otra inmensa, sombría, silenciosa. Un mero espejismo en el centro de un páramo sin fin. La situación que produce esta abstracción, este desgarramiento inicial, la conocemos de sobra. Mediante un dinamismo social e histórico inflexible, se va creando una presión estructural cuyo avance amenaza terminar con todo. Porque se habló del hombre, pero el hombre fue considerado como una idea, surge ahora como una realidad amenazante. Porque se creyó que bastaba hablar de amor por los hombres para amarlos, nos encontramos hoy con hombres de carne y hueso, que no nos aman. Nos encontramos con el hombre de la barriada y del tugurio, con hombres que exigen y amenazan, aquí, allá, a nuestro lado, frente a nosotros (2). ________________ (2) Sobre este punto ver, Francisco Miró Quesada: El Indio como desgarramiento y como reconciliación. El Comercio, Lima. Ver también, Francisco Miró Quesada, Nosotros, los subdesarrollados. Por haber sido el Perú el país central de la dominación española, sus estructuras sociales fueron las más rígidas y por haber sido las más rígidas, el movimiento de la Independencia las dejó casi intactas y por dejarlas casi intactas, es que hoy la presión es de fuerza aterradora. El intelectual peruano de postguerra, el intelectual que forma parte de la tercera generación del siglo XX, se encontró, desde hace unos años, frente a frente con esta situación. Nuestro país en realidad no era uno solo, sino dos países. Todo lo que nos habían dicho sobre el Perú, sólo era válido para una pequeña porción de nuestra Patria. Lo demás se perdía en la bruma de lo desconocido. Nuestra realidad era un desgarramiento y su solución era


una sola: la reconciliación. Mientras el Perú no fuera capaz de unificarse, mientras no fuera capaz de sobrepasar la ruptura entre el minúsculo grupo de privilegiados y la mayoría explotada, mientras no fuera capaz de reconocer al hombre en el indio, sería incapaz de ser sí misino y de contener la presión estructural que comenzaba ya a sofocarlo. Era por eso necesario encontrar una solución concreta, una solución capaz de hacer posible esta reconciliación, de lograr el reconocimiento. Era imprescindible y urgente encontrar una solución que tuviera sentido desde la situación humana en 1a que nos encontrábamos. La solución no la podían dar los partidos políticos de corte clásico, liberal-burgués, porque se fundaban en el concepto abstracto del hombre que nos había llevado precisamente a la situación que se trataba de superar. No podía darla tampoco el marxismo, porque a pesar de que nace en contraposición a la tesis burgués-liberal, tal vez por su mismo carácter antitético, es tan abstracto como aquella. En ninguna doctrina se reduce el hombre a una pura teoría en tan escandalosa proporción como en el marxismo. Si el origen del problema era, precisamente, el olvido del hombre concreto, de carne y hueso, el marxismo que reduce la esencia del hombre a un proceso inescapable y que pretende encuadrar la realidad entera dentro de una teoría, no podía ofrecerla solución. Había por eso que buscar otra salida. 2. EL PERÚ COMO DOCTRINA Si el problema era el desgarramiento inicial, si la solución era la reconciliación, la única salida posible tenía que ser una praxis política encaminada hacia una afirmación de la condición humana. Pero esta praxis no podía consistir en una nueva afirmación abstracta, en una declaración romántica de amor universal por todos los hombres. Tenía que ser una afirmación concreta, una afirmación que pudiera ser comprendida por todos los peruanos, que adquiriera su significación desde la situación misma de nuestra realidad humana. Si el desgarramiento consistía en el desconocimiento del ser del indio, la reconciliación tenía que consistir en una afirmación del ser del indio. No para negar los valores heredados de la cultura hispánica y occidental, el ser del blanco, sino, sencillamente, para integrar lo que desde el comienzo había sido separado (3). ________________ (3) Sobre el sentido de la negación del indio por el conquistador español y sus descendientes, y sobre la significación de este hecho para nuestra historia. Ver, Leopoldo Zea: El Occidente y la conciencia de México. Porrúa y Obragón, México, 1953.


Ver también, del mismo autor sobre el tema del “desconocimiento”: América en la conciencia de Europa, México, 1955, y América en la historia, México, 1957. El Perú como doctrina, la ideología del Partido Acción Popular, creado por Fernando Belaunde Terry en 1956, permitía realizar una praxis semejante. Por eso abrió a los intelectuales una nueva posibilidad: la esperanza de una acción que pudiese restañar la herida inicial. El principio fundamental del Perú como doctrina, la ideología creada por Fernando Belaunde Terry, es que el Perú histórico, debe ser la fuente de inspiración de nuestra acción política (4). El Perú tiene problemas urgentes que resolver y estos problemas exigen cierto tipo de soluciones complejas, que sólo en estos últimos tiempos están siendo entrevistas por las ciencias sociales, políticas y económicas. ________________ (4) Fernando Belaunde Terry: La conquista del Perú por los peruanos, pág. 17, Op. cit. Pueblo por pueblo, págs. 163 y 165 Ediciones Tahuantinsuyo, Lima, 1960. Además, la única manera de que estas soluciones tengan sentido es actuando en función de su partido, presenta la audaz tesis de que la realidad del viejo Perú imperial ofrece las bases para alcanzar la solución de nuestros problemas. No, por supuesto, desde un punto de vista técnico, si- no como grandes líneas de fuerza que pueden orientar la acción. Así uno de los problemas más graves del momento actual es la complicación de los mecanismos que deben ponerse en marcha para hacer posible el desarrollo económico. El conjunto de estos mecanismos sumamente complejos, cuya determinación sólo puede lograrse a través de sutiles y frondosas técnicas matemáticas, se denomina planificación. En el antiguo Perú no existió, por supuesto una planificación científica en sentido moderno, pero existió una planificación efectiva. De todos los estados antiguos, aquel que se organizó de manera cercana de lo que hoy se llama planificación fue, sin duda posible, el antiguo Pero. Todo el sistema estatal se basaba en la previsión, he- cha posible a través de la estadística. La previsión para hacer posible la vida humana en condiciones satisfactorias era la finalidad suprema del estado incaico. Se llegó a tal extremo en este afán que llegó a planearse, con sentido de estrategia político-económica, la construcción de carreteras y el almacenamiento de alimentos e incluso hasta la


construcción misma de las ciudades, como lo muestra plenamente la piedra de Sayhuiti, sobre la que Belaunde ha escrito tan hermosas páginas (5). ________________ (5) Fernando Belaunde Terry: Pueblo por pueblo, pág. 104 y Sgti. Op. cit. En cuanto a la fundamentación humana, es evidente que el punto de partida es el concepto de justicia. Como lo ha hecho notar repetidas vetes el Jefe de Acción Popular, haciendo gala de su profundo conocimiento de la realidad social y económica del Imperio, toda la estructura se basaba en una meta de justicia agraria, en el equilibrio hombre-tierra, la fundamentación humanista, culminación del proceso ideológico moderno que parte de la filosofía racionalista y llega a la afirmación radical de la dignidad humana, se descubre también en los cimientos de la organización imperial del antiguo Perú. Partiendo de este principio de afirmación, Fernando Belaunde construye una ideología basada en tres principios: la tradición planificadora del Perú, la acción popular y la justicia agraria. Ya hemos visto cómo la planificación, instrumento fundamental para hacer posible la transformación de nuestra realidad y lograr la reconciliación final entre la minoría dominante y la mayoría dominada, se encuentra en lo más hondo de nuestra tradición. Sólo agregaremos que, el hecho de que exista en nuestro elemento autóctono una tradición planificadora facilita de manera imprevisible la tarea de aplicar las modernas técnicas de desarrollo. Un pueblo acostumbrado al trabajo orientado hacia metas comunes, se adapta mucho más fácilmente ala disciplina de la planificación moderna que un pueblo que carece de esta tradición. Hemos también adelantado el sentido que tuvo en el viejo Perú la justicia agraria. Sólo quisiéramos agregar que esta justicia, lograda a través del equilibrio hombre-tierra ha sido única en su género. En ninguna cultura antigua ni moderna. El Estado tuvo como meta suprema conservar el equilibrio hombre-tierra. En ninguna gran civilización el hombre y la mujer, al engendrar, recibieron una nueva parcela de tierra para poder alimentar a su nuevo hijo. En ninguna otra civilización el ideal de justicia social fue el motor de toda la organización colectiva. Como dice Toynbee con admiración en la quinta parte de su monumental Estudio de la Historia; en el aspecto social y


humano, la civilización andina superó ampliamente a la grecorromana ya todas las demás civilizaciones, incluso a la misma occidental. Pero nada puede hacerse a través de una planificación inspirada en un sentido de justicia si no existen medios materiales para transformar la propia realidad. El problema del Perú es la falta de capitales, y la falta de capitales, de acuerdo con las concepciones clásicas, hace imposible la dinamización de la economía. Para resolver este problema Belaunde descubre nuevamente en la tradición del antiguo Perú, tradición que va mucho más allá del incario y que se inicia probablemente en los tiempos aurorales del hombre de Lauricocha, la única solución posible. En el Perú, nos dice, falta el capital del dinero pero sobra el capital de los brazos. El capital de los brazos se ha empleado a través de las centurias y se emplea aún en los más alejados villorrios de nuestros Andes. El trabajo colectivo, en que todos los miembros de determinada comunidad prestaban su trabajo para alcanzar una meta, fue lo que construyó la grandeza del sistema agrario y del sistema político del antiguo Perú. La minka o cooperación popular ha existido desde tiempos inmemoriables y existe aún en todo su vigor en el Perú actual. El descubrimiento de esta realidad es lo que inspiró a Belaunde el nombre mismo de su ideología: Acción Popular. En uno de sus primeros viajes políticos a través de la Sierra comprendió que por más capital que recibiéramos del exterior jamás podríamos; recibir lo suficiente para pagar todo lo que tenemos que hacer para iniciar el despegue hacia el desarrollo. En un pequeño pueblo hizo un rápido cálculo mental de todo lo que sería necesario para dotarlo de sus instalaciones y edificios más elementales y el costo pasaba de varios millones. Pero luego, algunos días más tarde, en el pueblo ya famoso de Chincheros, descubrió una serie de edificios recién reparados y algunos de nueva construcción. Al preguntar, admirado, a los vecinos que lo acompañaban quién había hecho la escuela, respondieron: el pueblo lo hizo, señor. Y al preguntar quién había hecho la Iglesia, respondieron también el pueblo lo hizo... Y cuando preguntó quién había hecho la pequeña carretera que empalmaba con la carretera mayor, la respuesta fue siempre la misma: el pueblo la hizo (6). Entonces comprendió que estaba ante la misma energía que, siglos atrás, había construido los fabulosos andenes que hicieron posible la justicia agraria en el Imperio. Comprendió que esa energía no estaba muerta, que era la energía viva y permanente del pueblo peruano. Había nacido la idea


que hará posible la transformación del Perú: el aprovechamiento del trabajo del pueblo espontáneamente organizado en cooperación colectiva, orientada a través de la ayuda técnica e instrumental del Estado. Había nacido Acción Popular. Había nacido un Perú, capaz de hacerse así mismo con sus propias manos. ________________ (6) Pueblo por pueblo. Pág. 15, op. cit.

3. LA IDEOLOGÍA DE ACCIÓN POPULAR COMO UN HUMANISMO SITUACIONAL Hemos visto cuál era la situación de los intelectuales preocupados por los problemas del Perú. Hemos visto cómo el problema del desgarramiento inicial los condujo inevitablemente a buscar una solución humana concreta dentro de la cual tuviera sentido hablar del hombre: Hemos visto el camino que seguía Belaunde y cómo este camino lo condujo hacia el pasado para poder lanzarse al futuro. Hemos seguido esta trayectoria espectacular de ancha base histórica, que lo conduce a buscar en el Antiguo Perú la inspiración para resolver los problemas del Nuevo Perú. Podemos comprender ahora por qué Belaunde causó tan grande impacto en el mundo intelectual peruano. Desde luego, éste no fue el único factor. El apoyo de los intelectuales se explica por razones múltiples, por sus cualidades de político, por el hartazgo ante una realidad empantanada y corrupta, por el único ofrecimiento viable de renovación, por su personalidad de líder que causa extraño impacto en la psicología de las masas. Pero es la ideología de Acción Popular la motivación principal. Porque es en esta afirmación del Perú en donde puede encontrarse la afirmación humana concreta que estaban buscando. No es una afirmación del Pero que niegue el derecho a la existencia de las demás naciones. No es una afirmación de reivindicaciones, no es una afirmación de conquista ni de agresión. Es una afirmación del Perú a través del reconocimiento del valor de la cultura indígena. Es una afirmación del Perú a través del elemento más despreciado y discriminado, a través del elemento vencido, despojado, sometido. Es descubriendo en la tradición del elemento menospreciado la inspiración para la solución de nuestros grandes problemas, que Belaunde resuelve el problema del desgarramiento y es en esto que consiste su originalidad ideológica. Porque aunque en el Perú y en toda América se ha hablado sin cesar del indio desde la Conquista


hasta nuestros días, y aunque en los tiempos de la República el indio ha sido tema obligado de todo movimiento político, jamás se había utilizado la cultura autóctona como elemento ideológico. Los marxistas comienzan a hablar de la reivindicación del indio. El indio es la clase oprimida que dialécticamente se contrapone a la clase opresora y que habrá de destruirla. El planteamiento dialéctico del problema del indio conduce inexorablemente al indigenismo, es decir a la afirmación de lo autóctono ya la negación de lo occidental. Pero la ideología marxista es típicamente occidental y no incluye ningún elemento autóctono. Al negar lo occidental por medio del indigenismo, se niega así misma y se hace inoperante. Lo mismo puede decirse de la ideología liberal-burguesa y de todas las anteriores ideologías nacionales: ninguna toma en serio a lo autóctono como elemento ideológico activo. En cambio, la ideología de Acción Popular incluye elementos culturales autóctonos. El indio ya no es solamente meta de reivindicación, sino que coopera activamente en el ideológico. La tradición imperial y, en general, del Antiguo Perú, como fuente de inspiración incorpora de hecho al indio ala ideología política y al hacer esta incorporación otorga al indio toda la importancia que, como ser humano, necesariamente tiene. El indio deja de ser el minoritario que queremos liberar, el ser disminuido que queremos salvar, para tomarse elemento activo de la transformación del Perú. Ahora la palabra hombre adquiere, por fin, pleno sentido en la política peruana. Porque si el problema fundamental es el desgarramiento, el desconocimiento de la condición humana del elemento mayoritario del Perú, la única solución posible es la incorporación de este elemento ala plena dignidad, el reconocimiento radical del elemento negado y desconocido y este reconocimiento no puede hacerse con el solo ofrecimiento de salvación. Mientras el indio tenga que ser salvado seguirá siendo indio. Sólo cuando sea también el salvador, habrá dejado de ser un inferior y será plenamente reconocido como hombre. Ya través del Perú como Doctrina, el indio es ahora un salvador. El indio es, ahora, el hombre que indica el camino. El indio es el hombre, cuya situación concreta ha consistido en la negación de su ser de hombre, y que ahora, por eso mismo es afirmado. Desde la situación concreta de cada indio, Belaunde se eleva a la afirmación apasionada del valor universal del hombre. Y por eso la palabra hombre, adquiere, en su mensaje, plenitud de sentido.


Es en este momento en que nuestras trayectorias se encuentran. Partiendo de la necesidad de un humanismo concreto en que el ser inmediato del hombre fuera el punto de partida de la acción, buscábamos hace algunos años la manera de fundamentar una praxis política adecuada a nuestra realidad nacional y llegamos a la conclusión de que mientras la praxis política estuviera fundada en complejas doctrinas metafísicas de dudosa verdad, sería imposible alcanzar una fundamentación que no fuera deleznable. Para realizar plenamente al hombre y lograr el reconocimiento total, era imprescindible liberarlo de teorías sobre su propio ser que hicieran imposible reconocerlo en la inmediatez de su presencia. En El hombre sin teoría, logramos exponer estos puntos de vista (7). Partiendo de la afirmación del valor de la condición humana, descubríamos la necesidad de una praxis política que hiciese posible la realización del valor proclamado. Belaunde partiendo de la situación concreta del Perú como país histórico, descubría el valor de la condición humana que se revelaba en todas las expresiones de la civilización autóctona. Nosotros descendíamos de lo humano hacia la praxis política. Belaunde ascendía de la praxis política hacia lo humano. Nos habíamos encontrado y era imposible no seguirlo y así como nosotros lo encontramos otros intelectuales que Se afanaban por restañar el desgarramiento inicial, también lo encontraron y también tuvieron que seguirlo y el pueblo lo encontró y lo siguió, y lo llevó al triunfo. Fernando Belaunde Terry ha unido en torno de su figura a los intelectuales y al pueblo. Por es el Perú está en marcha: Nada ni nadie podrá detenerlo. ________________ (7) Francisco Miró Quesada: El hombre sin teoría. Editorial de la Universidad Mayor de San Marcos, Lima, 1959.


ANEXO I RESPUESTA A ALGUNAS OBJECIONES La afirmación del hombre concreto a través de El Perú como Doctrina ha conducido a Belaunde al triunfo. Pero esto no significa que no se le haya objetado. Una de las principales objeciones ha sido y sigue siendo la del arcaísmo. Es absurdo, se ha dicho, que una doctrina que pretende transformar el Perú se constituya sobre la base del pasado, cuando lo que se trata de forjar es el futuro. ¿Qué tenemos que ver nosotros, han preguntado algunos, con el Incario, con la minka, con la organización agraria del Antiguo Perú? Quienes hacen esta objeción no han comprendido el significado del mensaje de Fernando Belaunde Terry. Porque en ningún momento ha dicho que debemos retornar al incario. La ideología de Acción Popular no es de ninguna manera una ideología indigenista. No dice en ningún momento que hay que reemplazar los valores hispánicos para afirmar los valores indígenas. Lo que hace es incorporar los valores del antiguo Perú a los valores occidentales. Lo que hace es mostrar que, si se reconoce el valor humano del indio, entonces es posible encentrar en la cultura autóctona una serie de aspectos positivos que pueden servir de inspiración y guía para transformar nuestra realidad aplicando las más modernas técnicas. El Perú como doctrina no tiene pues un sentido de retroceso histórico, sino de avance hacia el futuro mediante la concepción humanista de la realidad histórica. A través de esta concepción humanista no retrocede en el tiempo sino que rompe los moldes del dogmatismo teórico y hace posible el empleo de moderna concepciones que de otra manera no sería posible emplear. Así su tesis de la Acción Popular inspirada en la minka y su idea de mestizaje de la economía no significan que debemos regresar al sistema económico vigente en el Imperio, sino que conciben la economía como una realidad humana, que depende del esfuerzo humano y no como un sistema mecánico y extraño al hombre mismo que sigue leyes ciegas e inflexibles (1). En este sentido las tesis de Belaunde están mucho más cerca de las modernas concepciones económicas que de las clásicas. En la siguiente cita del último libro de Parroux, el genial innovador de la teoría económica, Leconomie des jeunes nations, nos parece reconocer el propio pensamiento de Belaunde.


________________ (1) Sobre este punto ver, Fernando Belaunde Terry: El mestizaje de la economía. Folleto editado por la Secretaría de Propaganda de Acción Popular. “¿En el nombre de qué? ¿En el nombre del dinero y de los medios del dinero? Ningún hombre de Estado pienso, gustaría de sostener esto. Es necesario que reconozca que el Plan es para el hombre y no para el dinero... El plan y su racionalidad, conquistada poco a poco, tienden a satisfacer al hombre total, sus necesidades y sus aspiraciones”. El plan se torna el instrumento por excelencia de la producción del hombre por el hombre... (2). ________________ (2) Francois Perroux: Leconomie des jeunes nations, pág. 13. Presses Unviersitaires. París, 1963. Y esto es precisamente el proyecto fundamental de Acción Popular: la forjación de un nuevo Perú con nuestras propias manos, y la conquista del Perú por los peruanos. Se ha objetado también que no tiene sentido hablar del Perú como doctrina, porque una realidad material, como es el Perú no puede ser doctrina. La doctrina es sólo un conjunto de normas y de enseñanzas humanas. A esto respondemos que el Perú no es sólo una realidad material, sino histórica, es decir, humana y espiritual y que en este sentido la historia sí puede ser enseñanza, y en consecuencia doctrina. Pero lo que realmente ha querido hacer Belaunde al hablar del Perú como doctrina es superar la abstracción inicial de nuestro nacimiento como nación. Por haber partido de ideas no verificadas y de una concepción abstracta del hombre, nuestro país nació de espaldas a su propia realidad. Desde que nos independizamos hasta hace muy poco, el Perú habló constantemente sobre sí mismo sin saber en realidad lo que era. Y este pecado de abstracción ha sido cometido por todas las ideologías anteriores. Si se quiere realmente resolver los problemas del Perú hay que empezar por conocerlo como realidad y como historia. Este conocimiento nos abrirá la única posibilidad de transformarlo y de alcanzar las metas de plenitud humana que nos hemos propuesto. El conocimiento del Perú despliega


ante nosotros la posibilidad de la acción, nos sirve de fuente de inspiración en el movimiento ascensional. En esta posición la ideología de Acción Popular no constituye una arbitrariedad, sino al revés: se inserta plenamente en la gran tradición de la Cultura Occidental. Porque si algo caracteriza a esta cultura nuestra es su amor por la realidad. Los hombres de las culturas no occidentales fueron malos observadores. Incluso los griegos creyeron que sólo pensando se podía conocer el mundo. El occidental considera que para conocer el mundo hay que enfrentarse a la realidad tiene un mensaje, una doctrina. Para Leonardo de Vinci, el primer gran racionalista de la historia occidental, la gran maestra es la experiencia, es decir, la observación de la naturaleza, o sea, de la realidad. Para Galileo, como afirma en su Saggiatore, la naturaleza es un libro abierto cuyo lenguaje es la matemática; y para Newton, el espacio es el sensorium de Dios. La realidad ha sido pues para el occidental la gran maestra. La realidad debe ser desentrañada porque oculta un mensaje... no hay ninguna razón para pensar que una realidad histórica no puede también ser la gran maestra, y ocultar un mensaje. Pero así como para descubrir la doctrina profunda de la naturaleza se necesita del lenguaje de la matemática, así para descubrir el mensaje profundo de la realidad histórica se necesita de un lenguaje también propio. Quien no lo entienda no puede comprender la doctrina. Quien no la entienda no sólo permanecerá ciego ante el mensaje sino que hasta lo encontrará ridículo. Así, hace poco tiempo, un adversario político dijo que si se aceptaba el Perú como doctrina se caía en lo risible porque, entonces no habría ninguna razón para no aceptar Chumbivilcas como doctrina y tenía razón. Quien acepta el Perú como doctrina, tiene que aceptar Chumbivilcas como doctrina y tiene también que aceptar a Chachapoyas, Tambopata y Paccaritambo. Pero nosotros aceptamos Chumbivilcas como doctrina, porque los que integramos el movimiento que ha formado Fernando Belaunde Terry, reconocemos con toda humildad que en el Perú todo es mensaje y que nuestra realidad irradia enseñanzas, desde las más majestuosas ruinas hasta los villorrios más pequeños. Quien no comprenda que el Perú como doctrina se encuentra en la grandiosa tradición del Imperio y en la desvencijada choza del indio de la puna, quien no comprenda que el más modesto de los indios nos puede dar las mejores enseñanzas con sólo mostrarnos la riqueza de sus posibilidades humanas, no ha entendido nada


del mensaje de Belaunde, no ha entendido nada de Acción Popular, no ha entendido nada de lo que está sucediendo en el Perú, ni en el mundo entero. No entenderá nunca que así como la naturaleza es un libro abierto cuyo lenguaje es la matemática, así el Perú es un libro abierto cuyo lenguaje es el reconocimiento humano.

ANEXO II HURGANDO EN LA CANTERA La luz y el prisma Como todas las creaciones profundas, la ideología formulada por Fernando Belaunde Terry es simple. Considerada en sus textos originales es un sistema de principios luminosos y sencillos, de fácil comprensión. Pero cuando se somete al análisis, sucede algo sorprendente: su riqueza de contenido se despliega sin término. Como de una caja de Pandora, o de una cantera inagotable, las consecuencias salen de los principios, se coordinan en forma inesperada, se aglutinan y sobre- pone a manera de edificio que crece y se eleva sin cesar sobre cimientos cuya solidez se aprecia cada vez más claramente. Esta riqueza potencial nos hace recordar a la aritmética, que parte sólo de siete verdades (postulados de Peano) y es capaz de derivar de ellas una cantidad asombrosa de nuevas verdades (teoremas). En realidad el número de verdades aritméticas que pueden derivarse de las siete verdades que se utilizan en el punto de partida, es infinito, no termina nunca. Lo mismo sucede con las interpretaciones de ciertas obras filosóficas, novelas, ensayos libros y textos religiosos. El fenómeno de la riqueza implícita en los textos originales, puede compararse al fenómeno de la refracción y difracción de la luz. La luz natural, la luz producida por la incandescencia es simple y clara. Pero apenas pasa por el prisma o la rejilla adquiere mil formas complicadas, algunas de ellas inesperadas y espectaculares. Tanto con la refracción como con la difracción el análisis puede proseguirse sin término, descubriéndose cada vez nuevas y más refinadas formas. Así, en el análisis espectral se ha llegado a dividir las rayas negras del hidrógeno y de otras sustancias y se ha mostrado que forman un complicado sistema.


Es importante hacer notar que el análisis descubre elementos que estaban implícitos en el punto de partida y que este descubrimiento no es arbitrario. Según sea el método empleado en el análisis (por ejemplo, en relación a la luz, refracción o difracción), los resultados pueden variar. Pero todas las variaciones deben ser coordinables. El sistema analítico debe ser consistente, sus diversos aspectos deben ser compatibles. Esto es lo que pretendemos haber hecho con El Perú como Doctrina. Creemos que nuestro análisis ha sido hecho mediante el empleo de métodos objetivos y que sus resultados pueden ser juzgados de acuerdo con estos métodos. Es cierto que estos resultados están determinados por el método empleado, que tiene dos aspectos, uno de explicitación lógica (derivación de consecuencias y análisis semántico) y otro histórico-existencial (determinación del sentido ideológico en relación a la situación humana concreta, es decir histórica). Es cierto también que si el método hubiera sido el etnológico, el sociológico o el psicológico, se habría llegado a otros resultados. Pero serían resultados compatibles y cada uno de estos resultados sería objetivo, es decir, aplicando el método empleados, se podría juzgar si el análisis estaba bien o mal hecho. El Perú como Doctrina es una ideología dinámica El resultado principal de nuestro análisis es - ya lo hemos visto - que el Perú como Doctrina es un humanismo situacional. Es decir un humanismo que afirma el valor del hombre es relación a una situación histórica determinada, porque este tipo de afirmación concreta es el único que permite realmente dar significación a los principios proclamados. La situación concreta del Perú (y de muchos países de América Latina) es lo que hemos llamado el desgarramiento inicial. Es la situación de inferioridad y desconocimiento en que se hallan las grandes mayorías autóctonas como resultado del gigantesco drama histórico de la Conquista. En consecuencia, la solución es el reconocimiento de los hombres autóctonos y de su sistema cultural. El Perú como Doctrina es la solución ideológica de este problema fundamental porque considera a la tradición cultural autóctona como fuente de inspiración para la acción política. Pero el reconocimiento del valor de la tradición autóctona no significa de ninguna manera un arcaísmo. Es cierto que la tradición nos remite a una grandeza pasada, aun sistema que dio un aporte a la cultura humana que no ha sido igualada por ninguna otra cultura: el imperio de la justicia a través de un sistema social que cuidaba de la situación económica de sus


súbditos. Pero lo fundamental del Perú como Doctrina no es la existencia en el pasado de un estado de cosas semejantes, sino su perduración hasta el presente. Porque lo extraordinario no es solamente que haya existido en el antiguo Perú una tradición de justicia social, sino que esta tradición haya sobrevivido hasta el presente. Es la existencia actual de este tipo de organización lo que sirve de punto de partida de toda la doctrina. Es el descubrimiento de que en nuestra época, al igual que en el pasado, cuando una comunidad necesita resolver un problema, es capaz de resolverlo colectivamente mediante la movilización voluntaria de todos los elementos aptos, lo que sirve de punto de partida a la ideología de Acción Popular. El Perú como Doctrina no nace como fruto de meditaciones teóricas históricas o filosóficas sino como impacto de una experiencia directa y deslumbrante. A pesar de cuatrocientos años de negación y oprobio, a pesar de cuatro siglos de desconocimiento y desprecio, el indio peruano, el comunero, ha sido capaz de conservar intacta la expresión más directa y elevada de su alma colectiva. Es la experiencia presente la que remite al pasado, y, desde el pasado regresa con la fuerza y la confianza necesaria para forjar el futuro. La fuente de inspiración de la doctrina, en su forma más directa, es el pueblo, es el peruano actual en sus manifestaciones auténticas. En último término, el principio supremo del Perú como Doctrina es el valor del pueblo mismo, el valor de los humildes. Es la realización más plena y más noble del humanismo: descubrir en el hombre humilde, en el verdadero hombre del pueblo la verdad que debe aprenderse. En este sentido El Perú como Doctrina es una doctrina dinámica. No es una ideología cerrada, que no puede progresar ni enriquecerse, como por ejemplo, el marxismo, que es un sistema filosófico dogmático. Tiene, por cierto, principios permanentes, pero su contenido se enriquece sin cesar porque su fuente de inspiración es el pueblo mismo. Por tratarse de un humanismo, los principios supremos se han encontrado en los grupos humanos más discriminados. Han sido los comuneros los humildes runakuna los que han indicado las bases permanentes de la doctrina. Pero lo han hecho a través de un contacto directo entre el político y el pueblo. O sea, todos los principios y contenidos de la doctrina han surgido a través de este con, tacto, a través de un proceso, de un descubrimiento dinámico. Por eso el análisis teórico debe nutrirse también de este contacto que podría llamarse experiencia originaria. Así como los principios permanentes de la doctrina nacieron cuando el fundador del partido, Fernando Belaunde


Terry, contemplaba asombrado las obras que los habitantes de Chincheros habían realizado por acción popular (1) así los análisis deben ser confrontados a través del contacto con el pueblo. Es- te contacto permite verificar los análisis y sus consecuencias. Estas nuevas experiencias sirven a su vez de nuevo punto de partida, de nueva inspiración y permiten perfeccionar los análisis y reajustar la teoría. El Perú como Doctrina es así una ideología viva, dinámica, que parte de principios permanentes, los grandes aportes sociales de la tradición autóctona, pero que está en constante enriquecimiento, porque su última fuente de inspiración es el pueblo mismo y el pueblo es una fuente de inspiración inagotable. ________________ (1) Pueblo por pueblo Op. cit. Es con esta intención que nosotros nos hemos aproximado al pueblo para verificar los análisis que realizamos, cuyo primer planteamiento, se desarrolló en un nivel puramente teórico y al hacerlo hemos podido enriquecer los anteriores resultados, porque el contacto con el pueblo, como la savia que nutre el árbol, ha hecho crecer nuevas hojas y ha producido nuevos frutos. En las líneas que siguen exponemos los resultados de esta confrontación inicial.

Solución de la contraposición entre nacionalismo y humanismo De acuerdo con los enunciados del Ideario del Partido, Acción Popular es un partido nacionalista. El mismo nombre de la ideología. El Perú como Doctrina, no deja lugar a dudas. Un partido cuya inspiración es su propia tradición histórica es evidentemente un partido nacionalista. Esto parece contradecir nuestra interpretación humanista. En efecto, el humanismo consiste, en esencia, en el reconocimiento universal del hombre, en la aceptación de que la mera condición humana confiere dignidad y sentido a la vida. El hecho de que la interpretación se funde en un humanismo situacional, es decir, concreto, refuerza la universalidad. Partir de una situación histórica determinada para afirmar el ser del hombre, no es negar la universalidad de su valor. Es, al revés, ofrecer una oportunidad efectiva de afirmar la dignidad humana. El humanismo situacional, no limita el valor de lo humano a una sola situación histórica. Parte de la situación histórica del grupo humano, que se desea afirmar, para que la afirmación adquiera plenitud de sentido y no se reduzca a palabras altisonantes.


El nacionalismo consiste en afirmar la superioridad del grupo humano que constituye la propia nación Históricamente todos los nacionalismos han sido agresivos. Casi siempre han conducido a la guerra y al sojuzgamiento de los grupos humanos vencidos. Incluso aquellos nacionalismos que no han sido belicistas, han terminado siempre en la convicción popular de la superioridad espiritual de los connacionales. Una ideología nacionalista, parece, pues, al primer análisis, incompatible con una ideología humanista.

Sin embargo, la ideología de Acción Popular contiene ambos elementos perfectamente armonizados. Porque se trata de un nacionalismo que consiste en afirmar la dignidad y el valor humano de los elementos autóctonos discriminados. Nuestro nacionalismo no consiste en afirmar que somos superiores a todas las demás naciones, o por lo menos a las naciones que pertenecen a nuestro mismo grupo latinoamericano, sino en firmar que aquellos elementos que se consideraban inferiores, no lo son. Los elementos autóctonos, los campesinos, los comuneros, han desarrollados expresiones culturales y sociales llenos de originalidad creadora. Han sido capaces de crear un arte y un método de cooperación cívica que demuestra plenamente su capacidad y constituyen una contribución permanente a la cultura universal. Nuestro nacionalismo no consiste en rebajar a las demás naciones hermanas, sino en elevar aun elemento humano mayoritario que había sido injustamente rebajado. En este sentido, aunque parezca paradójico, nuestro nacionalismo es un nacionalismo humanista, porque consiste en el reconocimiento del vigor espiritual de un elemento humano que, hasta el presente, había sido desconocido por los grupos dirigentes de la nación. Es un nacionalismo que sólo puede realizarse por medio de una afirmación humana. Esta síntesis entre dos elementos que tradicionalmente han sido incompatibles es uno de los aspectos más originales de la ideología de Fernando Belaunde Terry. Gracias al nacionalismo, a la afirmación de valores propios y autóctonos, la ideología es dinámica y fuerte. Gracias al humanismo, la ideología es noble y universal. El humanismo tiene el privilegio de ser la suprema expresión del espíritu humano. Pero por lo mismo que es universal, tiende a la abstracción y carece de un incentivo inmediato para la acción. El nacionalismo es la afirmación del grupo, y en


este sentido es una expresión biológica. Es la herencia de las energías del clan primitivo. El nacionalismo es agresivo y tiene el peligro de transformarse en imperialismo. Históricamente los excesos del nacionalismo han conducido a la guerra ya la negación del valor humano de los grupos conquistados. Pero en cambio: todo nacionalismo ha producido siempre dinamismos irresistibles en las masas populares. Un nacionalismo que consistía en la afirmación del valor de las mayorías discriminadas, tiene el dinamismo y el empuje que caracteriza a todo nacionalismo, y tiene además el elemento de ennoblecimiento espiritual que caracteriza a todo auténtico humanismo. Es un nacionalismo que afirma el valor de un grupo dentro de la propia nación, y no niega el valor de las demás naciones (1). ________________ (1) Que nuestro nacionalismo sea humanista no significa que no afirme la soberanía nacional, sin concesiones de ninguna clase. El humanismo no puede ser agresivo, pues entonces atentarla contra su misma esencia. Pero menos aún puede ser entreguista, porque el entreguismo significa abdicación de la dignidad, transformación de la propia persona en instrumento de otros hombres. Un pueblo sólo puede reconocer el valor de los demás pueblos cuando se enfrenta a ellos de igual a igual. Cuando se doblega ante la presión económica o política, cuando es instrumento para los fines de otros pueblos, entonces no puede organizarse sobre sus bases humanistas, porque carece de las condiciones necesarias para afirmar la dignidad humana. Todo pueblo entreguista está siempre dominado por oligarquías de corte arcaico que detentan el poder a espaldas del pueblo. Basta por eso que el pueblo tome su destino en sus propias manos, basta que las mayorías se liberen, para que el entreguismo sea imposible.

Colectivismo y libertad Una noche llegamos a una modesta comunidad campesina. En medio del granizo y de la oscuridad ofrecimos una escuela al pueblo y el pueblo se llenó de júbilo. Cuando emprendimos el regreso, a unos dos kilómetros de distancia, el carro se atolló en el barro producido por el granizo derretido. Por más esfuerzos que hicimos no pudimos moverlo. De repente aparecieron los comuneros. Los misteriosos chasquis de las comunidades habían llevado la noticia. Como un río que se desborda llegaron en tropel


gritando y riendo. Rodearon el auto y como una pluma lo desplazaron varios metros. En ese momento tuvimos una intuición definitiva. Los comuneros habían realizado algo que sólo podían realizar unidos. Su unidad de acción, posible a través del esfuerzo colectivo, les había conferido una eficacia impresionante. Los que estábamos dentro del carro sentimos una potencia sobrehumana. Era una fuerza aterradora, como si las aguas de una represa rebasada nos hubieran arrastrado inexorablemente. Ni siquiera el terrible huayco tenía en esos momentos, la fuerza de los comuneros. La unidad colectiva, y la tradición milenaria los habían transformado en fuerza de la naturaleza. Pero esta fuerza era una fuerza libre. Los comuneros se unieron y se transformaron en una fuerza arrolladora, mediante un acto espontáneo de voluntad. Vinieron hacia nosotros porque querían honrarnos con su aprecio. Eran fuertes porque eran unidos, pero también por que eran libres. Nadie les pidió que vinieran, nadie los obligó a ayudarnos. Cada uno de ellos, en un acto libérrimo de voluntad decidió venir hacia nosotros y el resultado de esta libertad, fue la fuerza de su unidad. Vinieron todos juntos, como si fueran un solo hombre. Pero vinieron riendo y cantando. En su unidad casi militar se expresaba la fuerza épica de su colectivismo. Pero en sus risas y en sus cantos resplandecía su embriagadora libertad. Sólo entonces comprendimos toda la grandeza de los comuneros. De todos los grupos humanos que han existido en la historia, son los únicos que han resuelto de manera definitiva el drama de la contraposición entre la sociedad y el individuo. El interés social exige que el individuo renuncie a sus intereses particulares. Pero la dignidad de la persona exige que el individuo conserve su libertad y su capacidad de decisión. El drama de la historia se debe fundamentalmente a esta oposición que parece insobrepasable. Cuando la libertad es el valor supremo, los individuos se dejan llevar por sus intereses particulares, por el afán de poder y de lucro y se olvidan del interés colectivo, de la angustia y de los sufrimientos de sus semejantes. Cuando el bienestar social se sobrepone al individuo, el estado debe intervenir en la vida privada y atenta por esos contra la libertad. Los gobernantes caen en el despotismo y terminan imponiendo a los ciudadanos principios y verdades arbitrarios. La dignidad de la persona desaparece y la sociedad se transforma en un campo de concentración.


Pero el comunero no corre ninguno de los dos peligros. El comunero está siempre dispuesto a actuar por el interés general. Está en movilización permanente. Es siempre capaz de ofrecer horas extras de trabajo para beneficiar a su comunidad. Está ansioso de esforzarse para realizar las metas del grupo, aunque él no saque ninguna ventaja inmediata. Pero todo esto lo hace libremente. Porque él lo quiere hacer, porque así lo quieren todos los que viven en su comunidad, porque así lo quisieron sus padres y los padres de sus padres. Es imposible obligar a los comuneros a hacer las cosas contra su voluntad. Su colectivismo radical, que supera todos los colectivismos conocidos, se funda en su libertad radical. Son colectivistas porque son libres. Por eso jamás podrán someterse a un colectivismo estatal, jamás podrán aceptar el yugo del estado totalitario. Ellos tienen clara conciencia de este hecho que consideramos trascendental para la historia del Perú. Un día, un comunero del Centro, nos dijo con voz estentórea delante de todo su pueblo: en las comunidades hay comuneros pero no hay comunistas. Cuando se comprende el verdadero significado de la acción comunitaria, cuando se comprende el verdadero sentido de la asombrosa tradición de cooperación popular del pueblo peruano, base ideológica del Perú como doctrina, se tiene que aceptar que los comuneros se han elevado a la más alta condición a la que puede elevarse el ser humano. Porque han logrado resolver el más difícil y profundo de todos los problemas humanos: el de la contraposición entre el interés social y la libertad individual. El comunero ha sido capaz de alcanzar el máximo de cohesión social dentro del máximo de libertad. Ha sido capaz de crear un sistema original de vida; en que el individuo está al servicio permanente de la sociedad, sin que nadie lo obligue a estarlo. La única razón que lo impulsa es su comprensión, ingenua, mas por eso mismo di- recta e inconmovible, de que el bienestar de la comunidad es la más alta de todas las metas. El comunero al resolver de manera única, la contraposición entre sociedad y libertad, realiza en forma cabal su ser de hombre. Es, por eso, un hombre auténtico, un verdadero hombre y por eso infunde admiración y respeto. Es aún pobre y rudo, carece de técnica y de ciencia, pero es el hombre más noble y más libre que pisa la tierra. Allí entre las montañas y las hondanadas, su forma cuadrada y su color cobrizo adquieren dimensiones de apoteosis humana. Al verlo construir con sus propias manos sus escuelas y sus casas, forjando en el barro fresco del atardecer el ser profundo del


Perú, se siente una incontenible emoción. Sus cantos y sus risas son el eco que producen sus manos rudas al modelar la tierra. Al escucharlos no podemos contener las lágrimas. Consideramos que haber sido recibido por los comuneros, que haber estado junto a ellos y haber cooperado con ellos, es el mayor de todos los honores. Y pensamos también que hoy, los comuneros indican el camino a todos los peruanos: el camino de la movilización general para alcanzar el bienestar colectivo, de la movilización total, absoluta, en que todos los peruanos sin excepción dediquemos todas nuestras fuerzas a la construcción de la Nueva Patria. De una movilización impulsada por la más arrolladora de todas las fuerzas: la libertad de la persona humana.

ANEXO III TEORÍA DE LA REVOLUCIÓN I. De la revolución en general Acción Popular es un partido nacionalista y revolucionario, expresa el primer enunciado de nuestro ideario. En él se concentran los anhelos de los cientos de miles de peruanos que han dado el triunfo a Fernando Belaunde Terry en las últimas elecciones y de los millones que lo apoyan porque saben que el partido fundado por él está luchando por una nueva Paria y está realizando la revolución necesaria para construirla. Por eso mismo, porque el principio nacionalista y revolucionario es uno de los factores del triunfo y uno de los elementos básicos de la dinámica del partido, es del mayor’ interés tener claras nociones sobre el significado de nuestro nacionalismo y nuestra revolución. Sobre el significado del nacionalismo en la ideología de Acción Popular, hemos hablado ya en las páginas anteriores. Hemos visto que es un nacionalismo profundo, porque la fuente de inspiración de toda nuestra doctrina es nuestro mismo país, es la tradición histórica de nuestro pueblo y hemos visto también que este nacionalismo tiene el carácter, único por cierto, de consistir en una afirmación humana y no en la negación de otras nacionalidades.


Queda por analizar, el sentido en que se emplea el término revolución. En las líneas que siguen, intentamos hacer este análisis de la manera más resumida posible. NUESTRA REVOLUCIÓN ES UNA REVOLUCIÓN AUTÉNTICA El análisis, como veremos a continuación, conduce a un resultado fundamental: Acción Popular es un partido auténticamente revolucionario. O sea, la revolución que proclama Acción Popular es una revolución que cumple con todos los requisitos con que debe cumplir un movimiento político para tener el derecho de llamarse a sí mismo revolucionario. LAS CUATRO NOTAS PRINCIPALES DEL CONCEPTO DE REVOLUCIÓN Para poder llamarse tal, toda revolución debe presentar cuatro notas fundamentales: 1) debe proclamar un cambio de vigencias; 2) debe tener el poder de realizar el cambio proclamado; 3) debe realizar este cambio en un lapso determinado, es decir, el proceso revolucionario debe tener un ritmo o “tempo” propio, pues si el cambio es demasiado lento, se puede hablar de evolución pero no de revolución: 4) para realizar el cambio debe valerse del sistema legal constitutivo del Estado CAMBIO DE VIGENCIA Como lo muestra la sociedad moderna, el fenómeno básico de la vida social es que los seres humanos sólo pueden vivir en sociedad si aceptan ciertas creencias básicas, ciertos valores y convicciones. Es debido a esta aceptación que actúan de una manera y no de otra y que las actividades sociales se desenvuelven con- forme a cierto orden permanente. Ejemplo, la organización monárquica de la sociedad. La monarquía como sistema social, ha durado miles de años, porque durante este lapso los hombres han tenido ciertas creencias, y han aceptado ciertos valores. Así, en Europa Occidental imperó la creencia de que los reyes tenían derecho a gobernar a sus naciones porque así lo había establecido Dios. En consecuencia el rey encarnaba la máxima jerarquía humana y sus decisiones debían ser respetadas de manera absoluta. Esta creencia y esta valoración tenían vigencia social es decir tenían el poder de hacer actuar a los hombres sin que fuera necesario analizarlas ni discutirlas. La actual organización democrática, supone la vigencia de creer que ningún hombre tiene derechos propios al gobierno, sino que éste debe serle conferido por decisión libre de sus semejantes. Esta creencia está


indisolublemente unida a la valoración de la persona humana como el elemento en torno del cual deben girar todas las organizaciones sociales. En una democracia toda persona humana, por el hecho de ser tal, debe alcanzar la plenitud de su realización. (1) ________________ (1) Sobre el tema de las vigencias sociales, ver: Ortega y Gasset: El hombre y la Gente, Revista de Occidente, Madrid 1957; Julián Marías: La estructura social, Revista de Occidente, Madrid 1955; Merton: Social Theory and Social Structure the free Press, llIinois, 1959, Newcomb: The study of consensus, en Sociology today, Basic Books, New York, Tratado de Sociología (compendio por autores franceses) Kapeluz, Buenos Aires, 1963; Francisco Sánchez López: La estructura social Instituto de estudios político Madrid 1962; Francisco Miró Quesada: Introducción a la matemática finita (Orientada hacia el análisis de las ciencias sociales). Primera Parte. Las matemáticas y la Cultura Occidental Curso mimeografiado de la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Lima. Los ejemplos anteriores son esquemáticos. En realidad toda la dinámica de la acción social se basa en sistemas sumamente complicados de creencias y de valoraciones. Por eso se les pueden llamar sistemas de vigencias. (1) (2) (3) ________________ (1) O también complejos o constelaciones de vigencias. (2) Algunos autores hablan de “consensus” en lugar de “vigencias”. (3) En la presente exposición se emplea el término “vigencia” en un sentido lato, no estrictamente técnico. Se adapta su empleo a los fines ideológicos de la exposición. Para exposiciones más rigurosas ver bibliografía en la nota anterior. A un sistema de vigencias corresponde un determinado tipo de organización social, es decir un complejo de estructuras políticas, jurídicas, económicas, religiosas, etc. Cada sistema de vigencias impone un de- terminado sistema de jerarquías humanas dentro del sistema social. La esencia de la revolución es el cambio en el sistema de vigencias. Mientras no se comprenda esto, no se comprende lo que es de verdad una revolución. El análisis superficial de los procesos revolucionarios conduce a la conclusión de que una revolución es un cambio violento en el manejo del poder. Pero la violencia y el cambio en los grupos de poder, pueden


reducirse a meros revueltas, subversiones o asonadas. En una revuelta puede morir mucha gente y el poder puede pasar de unas manos a otras, y sin embargo no existir ninguna revolución. Si no hay cambio en las vigencias, no hay revolución, por más violencia que haya. En el Perú, la mayoría de los cambios de poder llamados revoluciones, no han sido revoluciones. En realidad, hasta el momento del triunfo de Acción Popular no ha habido ninguna verdadera revolución. Ni siquiera la que llamamos Revolución Libertadora o Emancipación. En la Emancipación, cambió el poder, pasó de manos de elementos españoles a elementos criollos, pero el sistema de vigencias, salvo algunas resquebrajaduras y reajustes, quedó conservando todo su vigor. Las mismas creencias básicas, los mismos valores fundamentales que trajeron los conquistadores, siguieron dando forma y estructura a la dinámica social peruana. Durante la Colonia y durante toda la República, un pequeño grupo dominante orientó y manejo la política y la economía peruana. Las grandes mayorías autóctonas fueron despreciadas, y se desconoció la profundidad de sus concepciones sociales y hasta la belleza de sus expresiones artísticas. (1) ________________ (1) Podría decirse que hubo un cambio en el pase de las vigencias monárquicas a las democráticas. Pero este cambio fue superficial porque la condición de las grandes mayorías autóctonas permaneció invariable y por eso la democracia no se realizó plenamente en el Perú. Toda auténtica revolución consiste en un cambio efectivo en las vigencias sociales. La revolución es una sustitución de vigencias o no es revolución. Por ejemplo, la Revolución Francesa consistió en cambiar las vigencias en relación al origen del poder y al valor de los hombres. Las creencias en el origen divino de la institución monárquica y los valores humanos fundados en la sangre, desaparecieron y fueron reemplazados por nuevos creencias y valoraciones referentes a la dignidad universal de todos los hombres. De este cambio de vigencias se derivaron radicales consecuencias sociales, económicas y políticas. No es necesario, desde luego, que se cambien todas las vigencias para que se produzca la revolución. Basta que se reemplacen ciertas vigencias fundamentales por otras que ocupen su lugar. Por ejemplo, en la Revolución Norteamericana, se abolió la vigencia del derecho divino de los reyes,


pero se conservaron las vigencias. Por más radicales que sean los cambios, siempre hay alguna conexión entre el antiguo régimen y el nuevo. Así, en la revolución bolchevique se conservaron numerosas vigencias culturales, especialmente científicas y también muchas formas jurídicas (registros, inscripciones, títulos, etc). El criterio para saber si la proclamación de nuevas vigencias es revolucionaria es el de la jerarquía dentro del sistema. Siempre es posible determinar las vigencias claves. Si el movimiento político persigue el cambio de vigencias claves, entonces es revolucionario. LA CONQUISTA DEL PODER Para que un movimiento revolucionario pueda hacer realmente la revolución, debe tomar el poder. Sólo teniendo el poder político se pueden abrogar las viejas creencias y valoraciones e implantar las nuevas vigencias. Es la necesidad de llegar al poder lo que, históricamente, produce la violencia. Los grupos dominantes tienden de manera inevitable a perpetuarse en el poder. En el origen de las sociedades, los grupos gobernantes representan auténticamente las vigencias imperantes. Pero llega un momento en que el pueblo abraza nuevos valores y nuevas creencias. Entonces la minoría gobernante deja de ser creadora y se transforma en minoría dominante y opresora. (1) ________________ (1) Sobre este punto, ver Toynbee: Un estudio de la historia. Por el sólo hecho de que nuevas vigencias comiencen a propagarse en el pueblo, comienza a constituirse una situación de tensión social. Las grandes mayorías no creen ya en los valores que encarnan los grupos dominantes para justificar su posición de supremacía. Es en estos momentos en que surgen nuevos movimientos políticos que tratan de reorganizar la estructura general de la sociedad para que se conforme a las nuevas vigencias. Muchas veces la resistencia que ofrece los viejos grupos dominantes es tan fuerte, que los grupos que representan las nuevas vigencias sólo pueden imponerse por medio de la violencia. Algunas revoluciones, como la Francesa han presentado, por eso, una violencia extrema. Pero otras veces los nuevos grupos han 1ogrado alcanzar el poder democráticamente. Así, la revolución social se hizo en Dinamarca antes que en Francia. Antes de la Revolución Francesa, los nobles daneses asumieron la causa del pueblo y realizaron una reforma agraria asombrosa para la época. Esta acción


revolucionaria fue el origen de la transformación social nórdica que ha conducido a los países que la hicieron alcanzar el nivel de vida más alto de todos los existentes. Algo parecido sucedió en Inglaterra, Suiza, Holanda y Bélgica. Algunos teóricos sostienen que si no se aplica la violencia no puede lograrse el poder necesario para realizar las nuevas vigencias. Pero no hay ninguna prueba de que las cosas sean en realidad de este modo. Lo único que se necesita es que el grupo revolucionario que representa las vigencias de la mayoría esté en situación de cambiar el sistema jurídico estatal tanto como sea necesario para realizar sus fines. Cuando el grupo revolucionario encarna auténticamente las vigencias de la mayoría, es siempre posible hacer los cambios requeridos. Desde luego, el éxito de la empresa y la posibilidad del cambio sin violencia, dependen de numerosos factores, entre los que deben contarse las condiciones sociales, económicas y psicológicas de la colectividad correspondiente y la propia habilidad política del grupo revolucionario. RAPIDEZ EN EL CAMBIO No basta tener el poder de realizar los cambios para que haya revolución. Es necesario además que estos cambios se hagan en un lapso determinado. Un partido político en poder que se demora veinte años en implantar las vigencias proclamadas, no podría llamarse de ninguna manera revolucionario. Para que pueda hablarse de revolución, el cambio debe ser rápido. Todo ritmo o “tempo” auténticamente revolucionario es acelerado. La misma palabra revolución, indica rapidez en el cambio, Revolución, viene de “revolver”, es decir, voltear por completar. La experiencia nos enseña que cuando algo se voltea por completo, se voltea rápidamente. Es imposible poner plazo fijo a una revolución. Pero todos los pueblos del mundo que tienen sistemas de gobierno que se renuevan periódicamente, tienen períodos que varían entre cuatro y seis años. Puede considerarse por eso, que un movimiento revolucionario para ser tal, debe realizar los principios proclamados, en el lapso de un período gubernamental. EMPLEO DEL MECANISMO JURÍDICO DEL ESTADO Para realizar los valores proclamados y transformarlos en auténticas vigencias sociales, es necesario encauzar la acción social. Esto es imposible


sin un mínimo de coerción. Y este mínimo sólo puede lograrse a través de un sistema de normas jurídicas. En consecuencia, para que las nuevas vigencias puedan realizarse plenamente, y los resultados de la revolución adquieran permanencia, para que puedan pasar de vigencias constreñidas a vigencias universales, es necesario cambiar el sistema legal, que es base constitutiva del Estado. No es necesario cambiar todo el sistema legal para que se puedan realizar los valores proclamados por el grupo revolucionario. Basta cambiar lo necesario para que puedan sancionarse las nuevas vigencias, para que las vigencias puedan pasar del plano psicológico al plano legal, para que sea imposible dentro del dinamismo social, que los antiguos grupos dominantes impidan la transformación.

II. De la revolución en el Perú CRITERIO OBJETIVO DE LA PRAXIS REVOLUCIONARIA Los anteriores desarrollos, a pesar de su carácter sintético y elemental, permiten sin embargo hacer uso de un criterio objetivo para saber si un movimiento político es o no revolucionario. Basta comparar su ideología y sus realizaciones políticas con las notas integrantes del concepto de revolución. Si estas notas se cumplen, entonces el movimiento es revolucionario. Si no se cumplen, no lo es, por más violento y vocinglero que sea. EL PERÚ COMO DOCTRINA CONSTITUYE UN CAMBIO RADICAL DE VIGENCIAS Durante cuatro siglos, desde el triunfo de los conquistadores hasta que Fernando Belaunde Terry formula la ideología de Acción Popular, imperaron en el Perú determinadas vigencias. Estas vigencias que podrían denominarse las “vigencias oficiales”, estaban constituidas por las creencias y valoraciones de la minoría dominante, sobre las jerarquías sociales y culturales. Según las actitudes explícitas e implícitas de la minoría dominante, los españoles fueron heroicos benefactores de las nuevas tierras. La raza europea o caucásica era la raza superior. Su cultura, su ciencia, su sistema económico, su organización política, su capacidad de producción, su técnica, su arte, eran lo único positivo del Perú. El indio era un ser inferior e inútil. Era ocioso, torpe, ingrato y vengativo. Algunos hasta opinaban que mejor hubiera sido hacerlo desaparecer. Otros hablaban de importar seres blancos y rubios, como si se tratara de vacas finas, para “mejorar” la raza.


Se veía con naturalidad que el indio, en un hosco silencio, trabajara las tierras de los ex-encomendadores y que un minúsculo grupo usufructuara de este trabajo. Se veía con naturalidad que el indio viviera en estado miserable y que fuera víctima de la ignorancia, de la enfermedad y del abuso de 1os gamonales. Se veía con naturalidad que el indio viviera exilado en su propia tierra, que fuera el inferior, el extraño, el otro. En el Perú dominaba un pequeño grupo de occidentales, rodeado de un grupo híbrido que medraba en torno de sus migajas y este grupo de occidentales se arrogaba todos los derechos y privilegios. Los que pertenecían a él, eran los superiores, eran los verdaderos peruanos, los indios eran, sencillamente, los otros. Pero he ahí que de repente surge un movimiento político que encarna unos valores que no son los oficiales, pero que representan las vigencias de un Perú más verdadero y profundo. Un movimiento que denuncia la debilidad y la farsa de las vigencias oficiales y que proclama que en la vieja tradición autóctona se encuentra la inspiración de una nueva doctrina. Un hombre nuevo descubre que en la tradición histórica de nuestro pueblo se revela el más hermoso ideal de justicia agraria que jamás haya existido, que en ella se encuentran claramente las ideas de estado benefactor, de planificación y de acción colectiva libre. Este hombre que hace estremecer al Perú con el vigor y la verdad de su mensaje, es Fernando Belaunde Terry. Se produce así un cambio radical en el sistema de vigencia. De elemento humano minimizado, el indio pasa a ser elemento humano señero. No sólo muestra que su cultura es tan digna de ser tenida en cuenta como cualquier otra, sino que además ofrece la solución al problema del desarrollo social y económico del Perú. Gracias a la espléndida tradición de cooperación popular que ha sabido conservar a través de las centurias, hace posible hoy día, realizar la capitalización necesaria a nuestro desarrollo. Si no fuera por él, la región andina no podría desarrollarse con la rapidez necesaria, pues, por mayor que fuera el capital monetario invertido, sería siempre insuficiente. Sólo con el aporte ciclópeo del trabajo de las comunidades, será posible salir del marasmo en que nos debatimos. Sólo con la unión del capital monetario y del capital de los brazos comunales, podrá el Perú levantarse sobre sus propias ruinas y construir su nuevo destino. El indio ha pasado así de ser ignorado y negado, a ser autor principal en la salvación del Perú. Ha dejado para siempre de ser el


otro, para adquirir la condición de protagonista en la forjación de nuestra historia.(1) ________________ (1) Observe el lector que el cambio se produce en las vigencias claves, puesto que incide sobre jerarquías humanas. Las vigencias sobre valores humanos matizan a todas las demás y les imponen un orden que varía en función de ellas. Ello se debe a que en todo sistema axiológico, (incluso en aquellos que culminan en valores trascendentes) el valor “hombre” matiza toda la gama e imprime en ella un sello característico. Posiblemente jamás en pueblo alguno se ha producido un cambio tan grande en las vigencias. Nunca un grupo humano pasó así, de la negación y del exilio a ocupar el centro del dinamismo nacional. En este sentido nuestra revolución es la más radical y profunda de América Latina. Ni siquiera la revolución mexicana logró un cambio tan completo de vigencias. Porque aunque en la práctica el indio logró salir de la situación disminuida en que se hallaba, no llegó jamás a participar en la forjación de la ideología. Los mexicanos liberaron a los indios, pero toda la ideología de la revolución fue de corte occidental. En su impulso liberador los mexicanos negaron los valores hispánicos rechazaron todas las vigencias españolas, o por lo menos trataron de hacerlo. Pero sólo utilizaron instrumentos intelectuales y sociales occidentales. En el Perú, Acción Popular inicia un movimiento de liberación del indio, y lo lleva hasta sus últimas consecuencias; no sólo pretende liberar al indio materialmente, no sólo pretende liberarlo de la explotación y del abuso de los ex conquistadores, sino que persigue también su liberación espiritual. Al descubrir que el sistema social creado por el elemento autóctono ofrece nuevas soluciones, y que sólo a través de él se puede lograr el desarrollo del Perú, devuelve al indio su pasada grandeza, la seguridad en sí mismo y la máxima dignidad humana. Y realiza a la vez una revolución gigantesca.(1) (2) (1) No es necesario insistir en el hecho de que el cambio de vigencias claves que constituye la revolución conduce necesariamente a realizar las transformaciones sociales que habitualmente se consideran como revolucionarias. El cambio en las jerarquías humanas obliga de manera inevitable a cambiar la estructura social, económica, política, cultural, etc. de la colectividad en la que se han implantado las nuevas vigencias. Así, si se acepta que el indio es ahora protagonista en la historia del Perú,


es evidente que pasa a ocupar una nueva situación en las jerarquías sociales. Ya no es el ser subordinado que fue durante tantos siglos, sino un hombre libre sin cuya contribución señera el Perú jamás podrá alcanzar sus metas históricas. En con- secuencia, para que esta contribución sea posible necesita una nueva condición económica, porque mientras no sea libre económicamente no podrá realizar el esfuerzo que todos esperamos de él. Pero esto no puede hacerse sin una adecuada reforma agraria, y esta reforma no puede hacerse sin la reforma de la estructura del crédito y sin la reforma de la educación. Cada una de estas reformas conduce inexorablemente a otras y así, de reforma en reforma, se llega a la necesidad de transformar la totalidad de la estructura socio-económica de la nación. El cambio en las vigencias claves significa así dos cosas: significa una transformación social sistemática y en consecuencia revolucionaria en el sentido usual, y significa a la vez la plena justificación de esta transformación. (2) Al mostrar que los principios de Acción Popular constituyen un verdadero y profundo cambio de vigencias, nos hemos referido a la afirmación de valores de Ia cultura autóctona ya su incorporación en el sistema ideológico. Hemos hecho esto, porque evidentemente esta afirmación y esta incorporación constituyen la nota más espectacularmente revolucionaria de nuestro movimiento. Pero que el elemento autóctono sea un elemento ideológico constitutivo de Acción Popular no significa que sea el único cambio de vigencias que merece llamarse revolucionario. Al lado de este cambio se hallan otros de carácter igualmente renovador. Así la emancipación de los villorrios es otro de los grandes principios de la ideología de nuestro movimiento. El Perú, debido a una serie de circunstancias históricas y sociales, entre las que se cuenta el desgarramiento Inicial, es uno de los países más centralistas del mundo. Este centralismo no sólo ha hecho que las capitales de provincias languidezcan en un intolerable abandono, sino que los pueblos pequeños hayan sido olvidados en forma tal que parece que jamás hubieran existido. La indiferencia cruel y absurda del poder central frente a los villorrios del Perú es expresión directa de la organización oligárquica de nuestro sistema socio-económico. Basta el más ligero análisis para comprender que mientras no se cambie por completo nuestra actitud ante la provincia, el Perú no podrá dinamizar sus energías profundas. Por eso Fernando Belaunde Terry, en unas de sus más hermosas páginas nos habla de la emancipación de los villorrios, y eleva esta emancipación a la categoría de principio ideológico de El Perú como Doctrina (Ver Pueblo por Pueblo; op. cit. pág. 151 y sgts). Este cambio de actitud, este aprecio decidido que


se yergue vehemente y afirmativo frente al desprecio tradicional de la oligarquía por el pueblo pequeño y lejano, es un cambio de vigencias tan nítido y tan profundo como la incorporación ideológica del elemento autóctono. Además de la emancipación de los villorrios, encontramos otros temas que expresan con mayor o menor énfasis claros cambios de vigencias, como el mestizaje de la economía, la concepción de la economía como una actividad orientada hacia el servicio de la colectividad, el tema, aún su suficientemente analizado, verdadero tesoro ideológico de La Conquista del Perú por los Peruanos, etc. CONQUISTA DEL PODER Y REVOLUCIÓN DEMOCRÁTICO Acción Popular cumple así la nota fundamental que debe cumplir todo movimiento político para llamarse auténticamente revolucionario. Pero además de tener una ideología que constituye un cambio de vigencias claves, alcanza, en forma fulgurante, en sólo siete años de lucha, la conquista del poder. Y es capaz de lograr esta conquista democráticamente, sin derramar una sola gota de sangre. La razón que hace posible esta hazaña ha pasado en general desapercibido, porque, aunque parezca extraño, es una razón de principio. Es el carácter humanista y consistente de su ideología la que ha permitido a Acción Popular alcanzar el poder democráticamente. Porque la ideología de nuestro partido es, como hemos visto, humanista. Y toda ideología humanista, cuando es verdaderamente humanista, persigue la afirmación de la dignidad de todos los hombres, sin excepciones de ninguna clase. La afirmación del ser del indio, no significa de ninguna manera negación del valor del elemento occidental e hispánico del Perú. Este desde Fernando Belaunde: haber comprendido que una ideología para poder realizarse plenamente en el mundo real, debe ser consistente. Toda ideología que pretende ser humanista pero que niega valores humanos, es inconsistente y trunca. Este ha sido el error del indigenismo primitivo y por eso nunca pudo triunfar. Un indigenismo que niega las excelencias de la cultura occidental es un humanismo inconsistente. Es inconsistente porque todo indigenismo recibe su fundamento y sentido del hecho de ser una especificación del humanismo. Si no se parte del valor que confiere a todo hombre su mera condición humana, no hay ninguna razón para luchar por la liberación de los in- dios. Si no se parte del principio humano universal (aunque sea necesario colocarse en situación para darle sentido


en cada caso), no hay solución al problema de la contraposición de los grupos humanos. ________________ Analizar todos estos temas exige un trabajo mucho más sistemático que el presente, que no es sino un primer y modesto ensayo de interpretación. Como hemos dicho en el prólogo de la segunda edición, los desarrollos de estas líneas no pretenden ser sino un punto de partida, un incentivo para que los jóvenes elementos del partido culminen la tarea de analizar fondo el inagotable venero de El Perú como Doctrina. Si se lucha por el indio, es porque, en caso de que los blancos fueran los oprimidos, se lucharía también por los blancos. Si se reconocen los valores de la cultura autóctona, es porque se tiene la capacidad de re- conocer los valores de la formidable y sublime cultura occidental. Nuestra revolución aplica principios inspirados en la tradición autóctona. A través de la cooperación popular, afirma de manera contundente el valor del antiguo elemento discriminado. Pero sin embargo, no niega los valores occidentales, porque la afirmación de un grupo humano, no es incompatible con la afirmación de todos los grupos humanos. Además, el principio autóctono fundamental, la mika y el ayni, la acción colectiva, no es incompatible con ningún sistema de valores centrado en el valor hombre. Por eso hace posible realizar el humanismo hasta sus últimas consecuencias, sin contradicciones. Si el complejo de valores andinos que afirmamos, fuera incompatible con los valores occidentales, entonces la contraposición que ha existido en el Perú debido al hecho originario de la conquista sólo habría podido resolverse por la violencia. Pero lo más extraordinario de los valores afirmados, es su perfecta compatibilidad con el núcleo esencial del sistema de Occidente. Producida la Conquista, el hombre autóctono, conserva valores básicos y los trasmite celosamente de generación en generación. Aquellos valores incompatibles con los actuales principios democráticos y cristianos de Occidente, por razones obvias, desaparecen y sólo se trasmiten valores estéticos que expresan el prodigioso sentido cósmico del andino, y valores sociales encarnados en la cooperación comunal, en el sentido de justicia distributiva y en la previsión estatal. Y estos valores forman un sistema abierto, tienen el carácter tal vez único de la compatibilidad universal; puede integrarse con cualquier sistema que reconozca la dignidad y la libertad del hombre. Y en el caso especial del Perú no sólo son compatibles


sino complementarios. Gracias a que existe esta tradición, gracias a que ahora es posible sistematizar y tecnificar la cooperación popular, el Perú va a poder desarrollarse, en el sentido en que los países de Occidente entienden el desarrollo. Se realiza así una síntesis perfecta entre las dos culturas. Empleando la técnica de Occidente, se puede dar mucho mayor eficacia a la técnica andina de cooperación popular. Y empleando la técnica andina de cooperación popular, se puede dar mucho mayor eficacia al proceso de capitalización que caracteriza el proceso de desarrollo de los países occidentales. Esta consistencia humanista de la ideología de Acción Popular, el carácter de sistema abierto y universalmente compatible de los principios autóctonos utilizados, el carácter complementario de los dos complejos de valores que constituyen nuestra esencia nacional, hacen posible que la violencia no sea necesaria en principio para realizar nuestra revolución. Esto no significa de ninguna manera que no estemos decididos a luchar hasta las últimas consecuencias para imponer los principios que proclamamos. Significa sencillamente que la violencia no es inevitable, y en consecuencia, que podemos confiar en una auténtica revolución humanista, que persigue la liberación, aunque se trate de un solo individuo. Sólo en el caso de que el grupo minoritario que dominaba el Perú hubiera tratado de impedir por la fuerza el triunfo democrático del pueblo, la violencia habría sido inevitable. Pero los valores proclamados por Acción Popular eran demasiado evidentes y adquirieron una vigencia irresistible en las masas populares. Haber tratado de frenar el proceso democrático que llevó a Acción Popular al poder habría sido insensato. Por eso los hombres y los grupos que encarnaban los nuevos valores, llegaron democráticamente al gobierno y desde allí han iniciado de inmediato la revolución que proclamaban. ENCAUZAMIENTO JURÍDICO Y “TEMPO” REVOLUCIONARIO Vemos pues que se cumplen las dos primeras nota del concepto de la revolución. En primer lugar, la ideología de Acción Popular proclama un sistema de valores claves radicalmente distinto del sistema de la minoría dominante. Por el solo hecho de existir nuestra ideología constituye una manera de pensar, sentir y actuar completamente nueva en el Perú inicia una nueva manera de vernos a nosotros mismos. En segundo lugar, los hombres que encarnan las nuevas vigencias, han sido capaces de llegar al poder. Y han llegado sin violencia, lo que hace posible realizar los valores


proclamados - que son fundamentalmente humanistas - plenamente, sin contradicciones ni desgarramientos. ¿Cumple nuestro movimiento con las dos notas restantes? Con toda evidencia. Porque al día siguiente de haber asumido el mando, el Presidente Fernando Belaunde Terry remitió al Poder Legislativo un conjunto de proyectos de ley, encaminados a cambiar el sistema legal imperante. En este sentido. Acción Popular no está haciendo sino lo que han hecho todos los sistemas revolucionarios: cambiar el sistema legal para hacer posible la realización de la transformación anunciada y darle carácter de permanencia. Esto es lo que hicieron los hombres de la Revolución Francesa, de la Revolución Norteamericana y también de la Revolución Soviética. Esto es lo que han hecho todos los auténticos revolucionarios. Es frecuente que un partido político se presente como revolucionario, pero que, al llegar al poder, sólo o con aliados, no haga ningún esfuerzo por cambiar el sistema legal imperante. Esto lo hemos visto en el Perú y se ha visto también en otros países. Quienes así proceden, por más declaraciones que hagan, jamás podrán ser considerados, de verdad, revolucionarios. Pero Acción Popular se caracteriza precisamente por lo contrario: por el denodado empeño que ha puesto en el cambio del viejo sistema legal orientado hacia el beneficio de la minoría dominante. El sistema legal propuesto está orientado, en cambio, hacia el beneficio de toda la nación. No ha sido necesario cambiar todas las leyes, puesto que hay una serie de estructuras sociales, como la familia, la Iglesia, las garantías constitucionales de la libertad individual y social, etc” que no tienen nada que ver con los intereses de la vieja oligarquía. Sólo se han cambiado o se están cambiando las leyes que han sido necesarios cambiar. El sistema legal de la tenencia de la tierra, de la propiedad del subsuelo, etc., ha comenzado a cambiarse de inmediato para encauzar la acción transformadora y darle carácter de permanencia. No hay pues la menor sombra de duda que en el Perú actual se están cumpliendo los principios de la revolución. Desde luego, no se puede realizar los regímenes más violentos, como el soviético, han podido hacer cambios legales completos e inmediatos. Pero es indudable que el tempo es revolucionario. Y, como ya hemos visto, el tempo o ritmo revolucionario se caracteriza por la acción unitaria dentro del lapso del período gubernativo. Hasta el momento se está dando carácter legal al cambio, y de este ritmo, es evidente que será


posible realizar todos los cambios legales necesarios para lograr plenamente nuestra revolución dentro del presente período presidencial. El tempo inicial no es por cierto un adagio, ni siquiera un andante con brío, sino un scherzo. Algunos pesimistas alegan que el hecho de no haber llegado al poder con mayoría parlamentaria puede paralizar la acción renovadora. Pero quienes así hablan no tienen una idea clara de lo que es un proceso revolucionario. No se dan cuenta que cuando un sistema de vigencias nace de las raíces mismas de la nación y los hombres que las encarnan llegan al poder, no hay fuerza en la Tierra capaz de detener el cambio. Olvidan que la esencia de las revoluciones verdaderas es la irreversibilidad. Porque las revoluciones que se inspiran en la afirmación apasionada del valor del hombre son las que hacen la historia.

ANEXO IV EL PERÚ, EL OCCIDENTE Y EL MUNDO En el anexo anterior, al referirnos a la Cultura Occidental hemos dicho con toda intención que es formidable y sublime. La Cultura Occidental es formidable porque es la más poderosa de la tierra, y es sublime porque es la más fecunda y creadora. Gracias a la técnica sin precedentes que ha sido capaz de desarrollar aplicando los resultados del conocimiento científico, ha adquirido un poder que ha sobrepasado de manera aplastante al de cualquier otra cultura ya sea de la época actual o pasada. Pero esta técnica sólo ha sido posible porque la cultura occidental ha sido capaz de recrear la ciencia, creada por la cultura helénica, superando también de manera sobrecogedora el aporte griego. Y la creación de la ciencia supone además la creación de la filosofía, otro grandioso aporte occidental (con antecedente helénico). Pero la existencia de la filosofía supone la existencia de un gigantesco complejo de formaciones culturales característicos que hacen de la cultura occidental la más fecunda y creadora de todos los tiempos. Filosofía, ciencia y técnica, arte, religión, política, democracia, derecho, economía de la abundancia, concepción ciclópea del destino humano que nos ha conducido a vencer la maldición de la gravedad ya emprender la conquista del universo, he aquí la esencia de la Cultura Occidental que no sólo permite sino obliga a llamarla sublime. Por esta razón, por su sublimidad y su


fuerza arrolladora, la Cultura Occidental ha triunfado en su competencia con todas las demás culturas y ha originado el prodigioso proceso histórico denominado proceso de occidentalización. Todas las culturas existentes, en grado mayor o menor se están occidentalizando. Con relación a este proceso es indiscutible que el Perú pertenece plena y claramente a la órbita de la Cultura Occidental. No debemos por eso equivocarnos. El Perú como Doctrina, el descubrimiento de la autenticidad y fuerza de los valores autóctonos no significa negación de los valores occidentales. Significa llana y simplemente que se ha aceptado, al lado del complejo occidental de formaciones y valores, un complejo de gran significación constituido por formaciones y valoraciones autóctonas. Este complejo es perfectamente compatible con el occidental, y es además complementario. Contribuye a afirmar más la personalidad del Perú y a dinamizar de manera avasalladora las energías crea- doras y constructivas de nuestro pueblo, pero sin apartarlo de la órbita occidental; constituye, además, un proceso revolucionario, porque los grupos dominantes tradicionales no aceptaban su vigencia y lo consideraban incompatible con el complejo occidental. Es evidente que la incorporación de un complejo de valores autóctonos al complejo de valores occidentales contribuirá a dar una fisonomía especial al Perú que se distinguirá entre los demás países de América Latina y del mundo por su carácter original y creador. Pero esta distinción será dentro del ámbito de la Cultura Occidental por la doble razón de que esta cultura tuvo, a través del proceso de la Conquista, un impacto demasiado grande en la formación de nuestro país y de que el mundo todo se está occidentalizando. Este proceso de integración occidentalizante de proporciones colosales es de enorme interés filosófico e ideológico y apenas comienza a comprenderse en términos adecuados. Su estudio rebasa los marcos del presente ensayo. Pero vale la pena decir algunas palabras sobre la contribución de las culturas no occidentales al proceso de integración. La Cultura Occidental constituye un complejo grandioso de creaciones humanas, pero desde su origen tiene tina limitación que no sólo es de efectos negativos sino trágicos: su fuerza expansiva es tan arrolladora que atenta contra el propio sistema de valores que constituye su esencia. Este sistema culmina en los valores cristianos y humanistas sobre los cuales se erigen las grandes concepciones filosóficas y sociales de Occidente. En


consecuencia, la Cultura Occidental, que reconoce el valor de la dignidad humana y asciende - superando en esto a todas las demás culturas - hacer: organizar una sociedad sobre la base de la justicia, crear un estado que velara por sus súbditos y formar unos hombres capaces de trabajar libremente por el bien colectivo. Por eso ahora el Perú tiene algo que decir al mundo y ocupa una posición señera en el gran proceso histórico que es a la vez de integración y de liberación. EL PERÚ COMO DOCTRINA se manifiesta, así, como una afirmación nacional, que a pesar de existir sólo en relación a una situación histórica determinada, irradia un espléndido mensaje de universalidad. A través de esta universalidad el Perú inicia nuevamente una marcha histórica ascencional, a una concepción universal de los derechos del hombre, al iniciar su aventura imperialista se traiciona a sí misma y crea un callejón sin salida que amenaza destruirla y junto con ella a la humanidad entera. Es el descalabro de dos guerras mundiales y la resistencia del mundo colonial, víctima de la traición de Europa a sí misma y, por eso, a todos los pueblos de la tierra, lo que detiene este terrible movimiento de expansión política y económica y obliga a los occidentales a tomar conciencia de la pavorosa situación histórica creada por ellos. Se origina así un movimiento ascensional del Tiersmonde, o, para hablar en términos de Toynbee, del proletariado externo del mundo occidental en el cual los pueblos subyugados Comienzan a hacerse sentir en la historia ya ofrecer aportes positivos. Se trata de un subproceso de complementación en el proceso de integración occidental, mediante el cual el Occidente comprende que Sólo aceptando los grandes valores proclamados por las culturas sometidas puede cumplir realmente con las exigencias de su propio complejo de valores que, en esencia, es humanista. Así, sólo aceptando el valor de lo que antes despreció, puede hoy día el occidental lavar la mancha de la traición a su propia cultura. En este movimiento de integración y de aporte creador de las culturas antes subyugadas, el Perú está en condiciones de cumplir un papel de especial importancia. Porque, debido a las circunstancias que ya hemos expuesto, nuestro país ofrece una contribución de hondo sentido humanista, a través de la cual realiza en forma cabal los valores que el Occidente, a pesar de que toda su cultura se centraba en ellos, jamás fue capaz de realizar ni siquiera dentro de sus propios límites.


La tradición de cooperación popular que existe en el Perú, o mejor en la región cultural andina, supera la existente en todas las demás regiones. En este sentido puede ser un verdadero modelo para aplicarla en otros países que necesitan hacer el esfuerzo supremo de salir del subdesarrollo mediante un proceso de capitalización de emergencia. Los valores autóctonos reconocidos en el Perú, rebasan así los linderos nacionales. No sólo son complementarios del proceso de occidentalización en el Perú sino que pueden serlo en relación a vastos aspectos del proceso histórico actual. Este proceso, verdaderamente único, se caracteriza por ser ala vez una absorción y un reconocimiento de las culturas no occidentales. Una absorción porque todas ellas han tenido que aceptar no solamente la técnica sino la mayor parte del complejo de valores occidentales. Un reconocimiento porque el Occidente ha tenido que ceder ante las demandas de los pueblos sometidos y aceptar sus pretensiones de liberación. Y al ceder ante ellos se ha abierto al reconocimiento de sus grandes creaciones culturales y humanas. En el caso de la cultura Andina, el Occidente puede ahora ver en ella la expresión espontánea y ateórica de un humanismo que los europeos predicaron y no practicaron. La tradición de cooperación popular de la región andina muestra cómo los hombres que antaño fueron conquistados y menospreciados fueron capaces de hacer lo que antes y después que ellos nadie fue capaz de hacer: organizar una sociedad sobre la base de la justicia, crear un estado que velara por sus súbditos y formar unos hombres capaces de trabajar libremente por el bien colectivo. Por eso ahora el Perú tiene algo que decir al mundo y ocupa una posición señera en el gran proceso histórico que es a la vez de integración y de liberación. EL PERÚ COMO DOCTRINA se manifiesta, así, como una afirmación nacional, que a pesar de existir sólo en relación a una situación histórica determinada, irradia un espléndido mensaje de universalidad. A través de esta universalidad el Perú inicia nuevamente una marcha histórica ascencional.


REFLEXIONES IDEOLÓGICAS LA IDEOLOGÍA DE ACCIÓN POPULAR POR: VALENTÍN PANIAGUA CORAZAO Acción Popular concibe la sociedad política como un sistema institucional ordenado y comprometido con el logro del bien común y la realización integral del hombre peruano como persona humana. Tal concepción se nutre de una ideología que, recogiendo los Valores permanentes de la cultura occidental se enraíza en las más viejas y fecundas enseñanzas de nuestro pasado histórico. Es en este sentido, que hemos afirmado que nuestra doctrina es el Perú. Se sostiene con alguna frecuencia que el Perú como realidad histórica no es ni puede ser una doctrina y que, en definitiva tampoco podría reputarse una ideología en términos serios. Se olvidan, tal vez, que la expresión alude no tanto al accidente geográfico que es nuestra patria ni tampoco sólo a su tradición, más bien, a los valores éticos y a los valores fuerzas que de ellas puedan recogerse para servir de inspiración al desarrollo de un proceso histórico como el que estamos viviendo. Un ligero examen del tema demuestra la solidez de nuestra posición doctrinaria. El Perú es ciertamente el símbolo del Mestizaje; no sólo del mestizaje de la sangre que fue, en expresión del Belaunde “sustento moral y material de la nueva nación”, sino que “tuvo frutos igualmente fecundos en todos los campos”. En este concepto radica la esencia de nuestra ideología. El Perú es el resultado del choque de dos culturas que, según lo ha demostrado Arnold Toybee, tuvieron dimensión universal. Su enfrentamiento determinó la subordinación de la cultura y del hombre andino a la dominación y hegemonía de la cultura occidental. Esta última, por obra de la conquista, no sólo no recogió sino que menospreció el significado de los valores que habían permitido el desarrollo de la cultura incaica. El hombre conquistado resultó marginado en lo económico, en lo social, en lo político. Fue un exiliado dentro de su propio suelo. Con él, lo fueron también sus valores, su cultura. Empero, el Perú que nació mestizo y seguirá siéndolo, no podía olvidar su destino inexorable e inevitable que lo hace tributario de una doble como irrenunciable raíz. Muy lentamente ha venido tomando conciencia de su ser mestizo y ha comprendido que el indio, es decir, el marginado, el exiliado interno tiene una cultura que, implica valores que pueden servir de inspiración ética y política de valor universal como para


presidir el desarrollo de un nuevo proceso histórico en la medida en que coincidiendo con las más significativas aspiraciones de la civilización occidental, difieren en su acento y objetivos. Esa toma de conciencia no sólo implica el descubrimiento de la cultura tradicional del Perú o la riqueza de su mensaje, presupone también una valoración ética del hombre hoy subyugado por las estructuras económicas y sociales que lo condenaron a la marginación y, como consecuencia, conlleva una afirmación esencial de justicia. El Perú como doctrina, reconcilia creadoramente las encontradas tendencias de nuestro ser mestizo en la medida que incorpora y revitaliza el legado de la cultura tradicional del Perú, haciéndola fuente de inspiración para la acción concreta en la historia del país. Lo dicho, no niega sino que, más bien afirma el patrimonio cultural de occidente al que también nos debemos. En efecto, dos grandes ideales que, asimismo, han inspirado sendas corrientes ideológicas y múltiples expresiones políticas presiden el desarrollo del mundo contemporáneo: la libertad y la solidaridad. El liberalismo nació afirmando la primera y la segunda el socialismo en todas sus expresiones. Uno y otro sin embargo, pusieron acento y énfasis exclusivos en el plano económico. De ese modo, la libertad terminó consagrando la injusticia social gracias al individualismo económico. La solidaridad, por otro lado, en manos del marxismo socialista ha asfixiado la libertad. Nuestro ideal, compartido por otras muchas tendencias persigue la construcción de una sociedad libre ya la vez solidaria. Creemos haber hallado en el legado de algunas de nuestras tradiciones ancestrales la inspiración suficiente como para orientar el proceso histórico indispensable para lograrlo. Cinco ideas básicas sirven de sustento a nuestra ideología: 1) La tradición cooperativista y el hábito ancestral de la cooperación popular. 2) La tradición de la justicia agraria; 3) El culto del trabajo; 4) La tradición planificadora del incario y, 5) El mestizaje de la economía.


La tradición cooperativista, y el hábito ancestral de la cooperación popular expresan el ideal universal de solidaridad. La diferencia entre éste y el legado que nosotros recogemos radica en que mientras en el mundo occidental es apenas una proclamación enfática que no llega a encarnar en la realidad, la solidaridad de nuestra tradición es una realidad viviente en la relación interpersonal como es el ayni y en la relación social propiamente dicha como es la minka. Desde ese punto de vista por este primer legado aspira y persigue la construcción de una sociedad plural de hombres e instituciones libres en busca del bien común; postula una economía solidaria que destierra el egoísmo como motivación esencial del proceso productivo o que lo morigera en obsequio de intereses y consideraciones sociales inevitables; y pone, por fin, un clima de tolerancia como principio de las relaciones sociales que han de ser respetuosas del hombre y de sus derechos pero atentas también a los requerimientos del conjunto. Este ideal, recogido de ese legado es el que hizo posible lo que Belaunde llamó La filantropía de los pobres y que se expresa a través de las obras construidas por Cooperación Popular que son algo más que la simple conversión del trabajo en inversión. La tradición de la justicia agraria no es sólo la aspiración al equilibrio hombre-tierra, ni tampoco una ética alimentaria. Es eso pero además es la afirmación del mensaje que esa tradición nos ofrece, el de que todo ser humano al nacer tiene derecho a la vida, pero a una vida de veras humana es decir plena de dignidad. Hay en este legado la más sólida y genuina afirmación de la libertad y no únicamente de la libertad formal sino de la real. De aquella que asegura su disfrute tanto en el plano social, político y cultural, como, de manera especial en el económico. Se convierte así en una exigencia perentoria a la sociedad para crear las condiciones materiales y espirituales que hagan posible que el hombre disfrute de su libertad. La tradición de la justicia agraria, por tanto, es el sustento mismo de un principio de libertad que no es el del liberalismo tradicional pero tampoco es el del socialismo marxista puesto que hay en aquél el reconocimiento del derecho a favor del hombre y la imposición de la obligación a la sociedad para los mecanismos que pongan al hombre al abrigo del hombre, la incultura, la enfermedad, etc. Acción Popular recoge el legado del culto del trabajo concibiendo a éste no sólo como un factor de la producción sino como una categoría ética. Con arreglo a nuestra concepción el trabajo es la más genuina expresión de la dignidad del hombre ya que, merced a él se humaniza en verdad y se


distingue de todos los demás que pueblan el universo. Por esa motivación ética más que por cualquier otra consideración social o política el trabajo, como factor de la producción, merece a nuestro Partido la más grande y cuidadosa consideración. Siendo, como es, el medio de que el hombre debe disfrutar para asegurar plenamente su dignidad humana, creemos como lo proclama nuestra Constitución, que es un derecho pero al propio tiempo es una obligación. En armonía con tal criterio, el trabajo es responsabilidad personal pero también social. Es decir, el hombre está obligado a trabajar pero la sociedad en su conjunto y el Estado, en particular están obligados también a prever los medios para que todos los hombres puedan realizarse dignamente a través del trabajo. La defensa del trabajo, por lo tanto, no es para nosotros una mera exigencia política o social; responde aun imperativo ético. Las proyecciones de una concepción de tal índole son bastísimas tanto en lo político y social como en lo económico. Es que el legado de nuestra tradición tiene una concepción específica. El trabajo era en el incario el criterio de la distribución de la riqueza. Asumimos tal principio y afirmamos que corresponde al trabajo participar en los beneficios de lo producido y en la justa y racional medida de su participación. Así como la tradición de la justicia agraria impone proporcionar los bienes según las necesidades, el legado del trabajo exige distribuir la riqueza en armonía con la participación en el proceso productivo. La tradición planificadora constituye un legado de ricas virtualidades ideológicas. Hace relación, en primer término con el rol del estado en la sociedad y, luego, con su misión planificadora. El estado es, o debe ser, el gerente del bien común. A él corresponde activa y decisivamente el desarrollo social sin menoscabo de la misión que compete a las demás instituciones sociales. ¿Dónde hallar una mejor inspiración que en el estado imperial para concebir un modelo de un estado atento a los intereses y características especiales de cada región, de cada grupo humano? En un país tan disímil como el nuestro, esa es una necesidad que exige una prudente y apropiada descentralización. He allí una lección histórica con sólida proyección de futuro. Pero, la tradición planificadora contiene también una profunda enseñanza en lo que a planificación se refiere. Esta nació en el Occidente como instrumento de dominación; existió en el imperio algo que se asemejaba a


la planificación como mecanismo de liberación. En efecto la previsión estatal sólo servía al propósito de asegurar el bienestar de todos. Era una planificación por y para el hombre y en su provecho; no en obsequio del estado, de un grupo, de una clase, etc. En congruencia con tales principios, la planificación no resulta impuesta ni admitida en respuesta a inevitables exigencias de la modernización del estado, sino que es requerimiento ineludible en la concepción misma de la sociedad a que aspiramos. Por tan singular connotación la Planificación ha de tener un claro acento social y ha de usarse, ya indicativa, ya compulsivamente, según lo exija el interés de la sociedad, en ningún caso, sin su necesario concurso ya que, de otro modo, perdería el acento social que es consustancial a nuestra concepción de la planificación. El mestizaje de la economía, por fin; no es sólo el resultado económico del choque de dos culturas. Es un hecho pleno de enseñanza. Por él comprendemos la índole dual de nuestra economía subdesarrollada y nos obliga a aceptar su realidad plural. Postular entonces el pluralismo económico, y admitir junto a todas las formas de producción, todas las formas de organización empresarial, es ineludible. El mestizaje de la economía, por otro lado, impone reconocer la existencia de sistemas productivos no convencionales y de tecnologías tradicionales. Impulsa a destacar en una palabra el rol de las tecnologías adecuadas o apropiadas como respuestas creadoras y eficaces para resolver los grandes y graves problemas que confrontan los países subdesarrollados frente a un mundo en que la velocidad de sustitución de tecnologías ha- ce inalcanzable el progreso para los países pobres como el nuestro. Acción Popular y específicamente su Jefe Fernando Belaunde han jugado en esta materia un rol profético. A la vuelta de treinta años, nuestra vieja tesis del mestizaje de la economía aparece como una anticipación a la preocupación hoy indiscutida por la recuperación o la búsqueda o la implantación de tecnologías adecuadas o apropiadas. Este es el bagaje ideológico que sirve de marco de referencia a nuestras concretas tesis del desarrollo nacional.


LA LIBERTAD PLENA POR: MANUEL ARCE ZAGACETA La LIBERTAD PLENA fue proclamada por Fernando Belaunde durante la campaña electoral de 1980, como una de las tres plenitudes - LIBERTAD PLENA, ABASTECIMIENTO PLENO y TRABAJO PLENO - que debe alcanzar el Perú para lograr la justicia social. Sintetiza en dos palabras todo un pensamiento y una praxis, cuya génesis hay que encontrarla a lo largo del cuarto de siglo, transcurrido desde 1956, año en que insurge nuestro movimiento al grito espontáneo de BELAUNDE - LIBERTAD. Durante dicho lapso se gesta y consolida una noción de LIBERTAD, que no se reduce a las libertades políticas de las revoluciones inglesa, americana y francesa, por las que lucharon nuestros próceres y fundadores de la República. Al conjuro del contacto con el Perú Andino y sus ancestrales instituciones solidarias, aun vivientes en nuestras comunidades; ya la vista de los efectos recesivos del delirio estatizante y dictatorial de doce años de gobierno de facto, concibe a la LIBERTAD como un instrumento de participación del pueblo, libre de toda manipulación, en las decisiones y tareas de gobierno y como un instrumento al servicio de las potencialidades constructivas y productivas, yacentes en cada individuo, aplicadas a los recursos del país, para garantizar a todos los peruanos un adecuado aprovisionamiento de bienes y servicios, tanto materiales como culturales. En 1956, como se recordará, las libertades que por entonces el pueblo peruano extrañaba eran fundamentalmente políticas. Se sintetizaron en las demandas de los documentos que se dieron a la luz desde mediados de 1955 (Amnistía general, derogatoria de la Ley de seguridad interior. Reforma del Estatuto Electoral). En 1980, al eclipse de las libertades políticas se había sumado el crecimiento de un aparato estatal que, al dominar y tomar a su cargo dilatadas áreas de la actividad económica, desde las extractivas hasta las industriales y financieras - y que hoy el gobierno aprista quiere llevar a su máxima expresión - había eclipsado también la libertad en las actividades productivas y se había convertido en un factor de retroceso y de obstáculo en la construcción de una democracia económica y social. La LIBERTAD PLENA no se reduce entonces al campo de las libertades políticas. Se refiere y extiende sobre todo al ámbito de la actividad


productiva, como sustento de la construcción de una democracia económico-social. Es en este campo en que la LIBERTAD se convierte en instrumento del progreso y del disfrute por las masas populares de los bienes y servicios, materiales y culturales, que el incesante progreso tecnológico y la creatividad individual que sólo se da en un ambiente de libertad, son capaces de poner a su alcance.

EL PERÚ ANDINO Y LA LIBERTAD Muchos siglos antes que, como fruto de las concepciones de los filósofos y enciclopedistas franceses y la acción directa del pueblo francés, fueran proclamadas en 1789 la LIBERTAD, la IGUALDAD, y la FRATERNIDAD, como principios de un nuevo orden de vida en la Humanidad, e1las ya habían reinado y actuado en el Perú prehispánico. No como lucubración filosófica o ideales de muy lejano alcance, sino como una forma de vida y organización del pueblo para la satisfacción de sus necesidades. De igual modo podemos afirmar que, muchos siglos antes que, como resultado de una conflagración mundial y la amarga experiencia de los regímenes totalitarios (nazi-fascistas y comunistas), fueran proclamados en 1948 los Derechos Humanos y, entre ellos los económicos-sociales, éstos ya habían sido disfrutados por los pobladores del Antiguo Perú. Esto, como resultado de un sistema de trabajo y de producción organizados bajo los principios democráticos de la hermandad (fraternidad) y de la asunción libre de obligaciones para con la colectividad, por todos los integrantes de cada grupo social, de acuerdo con sus respectivas aptitudes (libertad e igualdad). A estas conclusiones llegamos cuando, huaqueando en nuestra Historia, como la hizo Fernando Belaunde Terry desde 1956, con el testimonio de los cronistas e historiadores y, sobre todo, con el testimonio palpitante de las costumbres solidarias que hasta hoy son practicadas en las comunidades andinas, nos adentramos en las instituciones creadas por los peruanos de la época prehispánica (la minka y el ayni) para afrontar el reto del duro medio físico andino. El ayni y la minka, son la más completa realización del ideal del contrato social de la que nos habla Juan Jacobo Rousseau en su clásico libro del mismo nombre. Según este autor, el único medio de que disponen los


hombres, libres por naturaleza, para vencer resistencias insuperables para sus fuerzas individuales, es asociarse para obras en orden a un solo fin. Dentro de esta asociación, cada uno al actuar unido a los demás “no obedece sino a sí mismo y permanece tan libre como antes”. El resultado de un pacto así es la IGUALDAD ya “que todos se obligan bajo las mismas condiciones y todos gozan de idénticos derechos”. El ayni y la minka, en su funcionamiento y sus realizaciones fueron, pues, los más grandes monumentos que el pueblo peruano prehispánico levantó a la LIBERTAD y la IGUALDAD, ante la inmensa tarea que les exigió el Ande para subsistir. En el ayni cada uno asume, por sí y ante sí, la obligación de ayudar a cada uno de los miembros del grupo en sus trabajos de beneficio individual (vivienda, laboreo y cosecha de la parcela individual, etc;) Y al mismo tiempo adquiere el derecho a ser ayudado por los demás en esas mismas tareas en su beneficio propio. En tanto que en la minka el hombre, con su opinión y su voto, asume la obligación de brindar su aporte, dentro de sus actitudes y posibilidades físicas, en los trabajos de utilidad común (construcción de caminos, acueductos, limpieza de éstos, defensas, etc.), pero al mismo tiempo adquiere el derecho a recibir los servicios de tales obras comunes. Como resultado de estas dos instituciones, cuyo órgano máximo es la asamblea en la que todos los miembros de1 grupo tienen voz y voto, al cumplir cada uno la tarea asignada, no obedecía sino a sí mismo, seguía manteniendo su libertad y no era ni recibía más ni menos que otro. En suma, el contrato social de Rousseau realizado en toda su plenitud.

LA DEMOCRACIA ECONÓMICA-SOCIAL ANDINA La minka y el ayni no dejan a la LIBERTAD y la IGUALDAD reducida a simples derechos declarados legalmente. Los convierten en instrumentos para que los componentes del grupo social brinden lo que, según la Declaración de los Derechos Humanos de 1948, toda asociación política debe buscar para el hombre: “Un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tienen, así mismo, derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, vejez, viudez u otros casos de pérdida de sus medios


de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad” (Art. 25). Sin otra inspiración que el desafío geográfico andino, los peruanos prehispánicos crearon un andamiaje institucional sobre la base del cual convirtieron las empinadas gradientes de los Andes, poco propicias para producir y resistir a la erosión por siglos; construyeron murallas, templos y ciudades que han resistido sismos, invasiones y azotes geológicos; le dieron al Perú la más completa integración vial a lo largo de los Andes y los arenales costeños; colmaron graneros y silos para prevenir los efectos de una naturaleza fluctuante entre la sequía y la inundación; proporcionaron alimentación abundante, vivienda y vestido suficientes y adecuados a una creciente población y garantizaron la subsistencia al desvalido, el huérfano, la viuda y el anciano. Este andamiaje institucional no requirió de idea importada alguna. Fue creado sin cambios estructurales ni luchas de clases. Su gran fuente de doctrina e inspiración fue nuestra realidad nacional. Bajo su influjo no requirió el hombre peruano pasar por modos de producción esclavistas, feudales, capitalistas e imperialistas - según el ineluctable esquema marxista de evolución de todas las sociedades - para adoptar instituciones y modos de producción basados en la solidaridad y la ayuda mutua. Sin privar al hombre de su libertad; antes bien, haciendo de ella el uso que propone el autor de “El contrato social” para defenderla y mantenerla, se realizó por vez primera - y quizá única en la Historia al decir de Valcárcel - el ideal supremo de la justicia social: erradicar el hambre, la desocupación y toda incertidumbre futura, generados por la desgracia o la vejez. La HÍMNICA y el INI son no sólo los más grandes monumentos que los peruanos prehispánicos levantaron a la LIBERTAD y la IGUALDAD. Fueron y seguirán siendo los más grandes instrumentos de construcción de una auténtica DEMOCRACIA ECONÓMICA Y SOCIAL.

LIBERTAD PLENA Y GOBIERNO POPULISTA La pasión libertaria de ACCIÓN POPULAR tiene raíces programáticas más que filosóficas. Tiene su origen en la exigencia de libertades políticas que signó su nacimiento. Y encontró su consolidación en la experiencia


secular de los efectos benéficos de su ejercicio en las instituciones solidarias del Perú Antiguo. Se nutre también de esta experiencia secular la noción respecto a la función del Estado frente a la libertad. No es otra que la de promoverla donde no existiere o restaurarla donde hubiera sido suprimida o vulnerada. Nunca la de limitarla y menos suplantarla. Del Estado Inca toma la noción de no ser el titular del esfuerzo productivo, sino su promotor y difundidor de los esfuerzos tecnológicos. Que el Estado no debe ser el propietario de los medios de producción sino, como lo hacía con las tierras, el distribuidor de los mismos, en función de las capacidades productivas y las necesidades sociales. Que el Estado no debe apropiarse de los excedentes productivos para su propio crecimiento, sino sólo un encargado de su custodia para atender las necesidades o emergencias nacionales. Esta noción libertaria de la función del Estado es reforzada por los desastrosos efectos del crecimiento del Estado y de la concentración de la actividad productiva en sus manos, que implantó el régimen de facto que reemplazó al primer gobierno de ACCIÓN POPULAR en 1968 y que actuó bajo la inspiración de teorías traídas de ignotas tierras por impresionados teóricos. Cada vez que ACCIÓN POPULAR ha recibido, la responsabilidad de gobernar el Perú, lo ha hecho bajo el signo de la LIBERTAD PLENA. En nombre de ella hizo de la participación popular no un medio de manipulación, sino un auténtico ingrediente de los gobiernos locales, al devolver a los pueblos el derecho a elegirlos, dotándolos de una moderna y democrática legislación. Mediante la cooperación popular dio participación a las organizaciones comunales en la tarea de proponer y ejecutar sus obras locales de desarrollo, reforzando con la técnica moderna a la minka secular. Al inaugurar su segundo gobierno, en 1980, su primer acto fue la devolución de su libertad a los órganos de expresión que habían sido incautados y parametrazos por el Gobierno, a fin de que volvieran a funcionar bajo la dirección de sus propietarios, aunque éstos no fueran de las mismas ideas de ACCIÓN POPULAR.


Hay algo más trascendente aun en el postulado populista de la LIBERTAD PLENA. Es su conjunción con las otras dos plenitudes: la del abastecimiento y la del trabajo. Y es que la libertad sólo alcanza su verdadera realización en el hombre cuando éste se halla libre de las ataduras externas de las necesidades materiales insatisfechas, el desempleo o la falta de seguridad social. De ahí el profundo acierto de Fernando Belaunde Terry al postular las tres plenitudes en conjunto, tal como se dieron en el Antiguo Perú, haciendo de la justicia social una realidad y no una vacua declamación.


LA LEY DE HERMANDAD POR: JORGE DÍAZ LEÓN Refiriéndose al trabajo mancomunado que los hombres del Antiguo Perú realizaban cotidianamente en pro del bien común, Garcilaso y BIas Valera decían: “Tenían ley de hermandad”. A la luz de la axiología ésta afirmación posee un riquísimo contenido que, a continuación, vamos a analizar. En primer lugar precisaremos que el hecho que los antiguos peruanos practicaran cada día la hermandad, significa que practicaban un valor. Luego diremos que la práctica de un valor es el producto de un proceso. Este proceso consta de las siguientes etapas: 1. El hombre aprehende, capta y comprende el valor, no por medio de los sentidos, sino por medio de algo que los axiólogos llaman “intuición emocional”. 2. Vivamente impactado con su conciencia por la comprensión de los beneficios que el valor puede traer para la vida individual y social, el hombre siente el deber de realizar el valor. 3. El hombre realiza el valor. Este proceso se llama acto moral. En lo que se refiere a la hermandad en el antiguo Perú, el proceso anterior se realizó así: 1. El hombre andino aprehendió el valor de la hermandad, es decir, comprendió lo que ella podía significar para la dinámica social en un medio geográfico tan difícil. Comprendió que si no vivían como hermanos, ayudándose mutuamente, sí eran egoístas, si en vez de buscar el beneficio social, no buscaban el bien común, la naturaleza inhóspita, difícil y agresiva, los derrotaría.


2. Fuertemente impactado en su conciencia por todo el bienestar; que traería la hermandad, sintió el deber de ser fraterno. 3. El peruano del antiguo Perú cumplió ese deber, es decir lo practicó cada día con fruición a tal punto que gracias a esa práctica pudo vencer el medio geográfico y construir una sociedad que avanzó gran trecho en el camino a la justicia. Los instrumentos por excelencia en la práctica de la hermandad fueron el ayni y la minka. En este proceso, siempre aplicando la axiología, el hombre del antiguo Perú realizó un triple rol: (a) mediador (b) creador y (c) forjador de su propia vida. El rol de mediador se explica de la siguiente manera: en el acto moral intervienen tres factores: (1) el valor aprehendido; (2) el hombre; (3) la realidad tempo-espacial. Ahora bien, entre el primer factor (valor aprehendido) y el tercero (realidad tempo-espacial) no existiría ninguna relación si no interviniera el hombre. Es el hombre quien aprehende el valor. Es él y no ningún otro ser quien o hace realidad. Es él quien incitado por el valor transforma su sociedad. De este modo actúa como mediador entre el valor aprehendido y el medio en que vive. El hombre prehispánico fue el mediador entre el valor de la hermandad y la realidad andina. De no ser por él, la hermandad habría permanecido encapsulada en el mundo de los valores, ajena a la realidad y no hubiera sido el motor que hizo posible mantener el equilibrio hombre tierra, erradicar el hambre y romper la ley de Malthus. Expliquemos, ahora, el rol de creador: ya hemos dicho que el hombre del antiguo Perú aprehendió el valor de la hermandad o ayuda mutua, es decir, la importancia que podía tener para el desarrollo social, económico de la comunidad y captó su significado como ente sembrador de armonía y bienestar. Entonces, lejos de cruzarse de brazos, reaccionó como reacciona el hombre cada vez que aprehende un valor: con un acto de creación. (Ejemplo: el hombre aprehende el valor de la justicia y reacciona creando el derecho; el hombre aprehende el bien y crea la moral).


¿Qué creó el hombre andino incitado por la hermandad o ayuda mutua? Dos formas solidarias de trabajo: El ayni y la minka. El ayni es el trabajo de “hoy por ti, mañana por mí”. La minka es el trabajo de “uno para todos y todos para uno”. Es bueno recordarlo ahora cuando desde el extranjero nos dicen, cual si fuera novedad, que la ayuda mutua -”mutual aid” - nos sacará del subdesarrollo. Sobre esta creación peruana dijo Belaunde al entregar la Lampa de Oro a la provincia de Cangallo en 1966. “Soy fervoroso y denodado partidario de que mantengamos el fuego sagrado del ayni y de la cooperación popular (minka), es aunque la llamemos “ayuda mutua”, aunque el recetarlo nos venga de fuera como receta para luchar contra el atraso en el fondo de nuestros corazones y en la intimidad de nuestro ser, todos los peruanos sabemos que aquí se creó el sistema”. Gracias al ayni y la minka fue posible la existencia del gran imperio del Tahuantinsuyo en la cual se logró la meta inalcanzable en nuestro tiempo de bienestar económico. Sobre el rol que cupo el ayni y la minka en la grandeza imperial dice Belaunde: “En el Perú el ayni y la minka construyeron un imperio... En otros casos, los grandes imperios surgieron, en alguna forma, del sistema monetario aunque fuera rudimentariamente. Pero en el antiguo Perú se logró establecer el dominio desde casi un extremo de un gran continente hasta muy cerca del otro por la exaltación de una idea humilde...”. Sobre el bienestar económico del pueblo en el Tahuantinsuyo dice José Carlos Mariátegui: “Todos los testimonios históricos coinciden en la aseveración de que el pueblo incaico vivía con bienestar material. Las subsistencias abundaban;


la población crecía. El Imperio ignoró radicalmente el problema de Malthus”. La creación del ayni y la minka, por la forma tesonera como se practicó, por la devoción que el pueblo derrochó en su práctica, fue algo así como un intento de poseer totalmente ese valor inagotable e inalcanzable en su plenitud que es la hermandad. Finalmente, expliquemos por qué el hombre andino fue forjador de su propia vida por el hecho de practicar la hermandad: Los valores no tienen la capacidad de imponerse inevitablemente sobre el hombre. Este puede, en uso de su libre albedrío acogerlos o rechazarlos. Pero si los acoge, ocurre, á partir de ese momento que enrumbará sus actos por el camino que señalan esos entes intemporables e inagotables que son los valores. El peruano prehispánico acogió la hermandad. De este modo, comunicó a su vida una connotación radicalmente distinta. El no sería un hombre egoísta. Sería solidario. El no sería tampoco un hombre indiferente a los problemas de la comunidad. Sería un hombre presto a cooperar para resolver estos problemas. Menos sería un vividor que aprovecha el trabajo ajeno para bienestar personal. Sería un hombre dispuesto a la reciprocidad. Dice Toto Giurato en Perú milenario: “Nunca solos en la necesidad... en caso de crisis de mala cosecha, de calamidades llegaba a la familia la solidaridad del ayllu, sobre el ayllu la de la tribu sobre la tribu, la de la región y sobre la de la región la del imperio”. La práctica de la hermandad era, pues, universal, la practicaba cada habitante. Cubría todo el territorio. Pero el hombre andino incitado por la hermandad, no sólo fue solidario y cooperador fue también responsable. En efecto, el hombre que aprehende un valor siente el deber de adjetivarlo en la realidad. En el cabal cumplimiento de este deber consiste la responsabilidad humana. Ahora bien, dice José Carlos Mariátegui que el indio poseía “el hábito de una humilde y religiosa obediencia a su deber social”. Pero un hombre que obedece religiosamente a sus obligaciones sociales, es un hombre


responsable. Nosotros preguntamos ¿Qué valor que no sea la hermandad la llevó a tener esta cualidad tan admirable?. El indio era responsable fundamentalmente de tres maneras: (a) trabajando con tesón y eficacia (laboriosidad); (b) diciendo siempre la verdad (veracidad); (c) no robando (honestidad). Lo anterior hizo del antiguo Perú una sociedad diferente. Una sociedad de hombres fraternos, laboriosos, veraces, honestos, responsables. En esta sociedad cuyo motor fue la hermandad, no hubo explotación del hombre por el hombre; no hubo hambre, hubo justicia. En esta sociedad a decir de Valcárcel, el estado se organizó no para servir a una oligarquía sino para servir al pueblo. En esta sociedad, el estado fue la gran empresa para el bienestar universal. De esta forma al aprehender y comprender el valor de la hermandad, el peruano prehispánico forjó su propia vida.


REFLEXIONES SOBRE IDEOLOGÍA POR: JORGE TRELLES MONTERO Para la comprensión cabal del sentido y el contenido dela ideología de Acción Popular, es menester comprender antes que nada a qué se denomina con la acepción “ideología”. A ésta podemos definirla como un conjunto coherente y sistemático de principios que definen valorativamente lo que debe ser la conducta política de un pueblo, cuáles son los grandes valores que una nación debe realizar en su historia para poder cumplir con aquello a que está llamada a hacer. La ideología es pues una filosofía práctica que busca explicitar los primeros principios de una moral política. Se distingue de la filosofía en que mientras que ésta es especulativa, aquella es una reflexión en vistas de la acción. Ambos conceptos no se excluyen sino que en muchos casos se complementan. Así, en el caso del marxismo, del social cristianismo y del aprismo, para citar las ideologías preponderantes en el mundo desarrollado y en el Perú, se trata de principios de acción política que se derivan de filosofías universales a manera de corolarios de teoremas más generales. Estos principios son conceptos universales sobre el hombre, el mundo, la historia, las sociedades, la política, etc. Parten todas estas filosofías de la presunción de que es posible una teoría general que se aplique a todos los hombres, sociedades e historia de los pueblos. De esta manera intentan explicar el proceso histórico peruano y han desarrollado sus ideologías aplicando estas teorías generales y universales al caso particular del Perú. Fácil es apreciar el error metodológico de estas ideologías y consecuentemente las aseveraciones erradas sobre el Perú y su porvenir. En efecto, el desarrollo de las ciencias histórico sociales muestra la particularidad de la naturaleza de las distintas sociedades y culturas, de manera que la pretensión de una teoría general que las explique a todas es cada día más una ilustración del siglo XIX, que el siglo XX se está encargando de desmentir. En efecto, ¿Cabe una teoría que explique la dinámica de las Repúblicas Africanas, nacidas como consecuencia del fin de los imperios coloniales belga y francés y al mismo tiempo explique el surgimiento del régimen del Ayatollah Komeini, la evolución de la sociedad americana y la rusa, el apartheid sudafricano y el dislocamiento de la nación peruana? Basta pues “ir a los casos mismos” para que estos al descubrirse se develen como propios originales y exigiendo una teoría particular.


Las demás ideologías aplican esquemas históricos o sociológicos foráneos e importados, que ocultan nuestras particularidades, Esquemas de justicia social deducidos racionalmente a partir de una concepción institucional europea. En ambos casos imponen esquemas, categorías, instituciones y soluciones, forzando la realidad, en lugar de extraerlos de la realidad misma. La doctrina populista no oculta ni distorsiona la realidad, la descubre, le extrae su enseñanza. Por lo tanto es a la vez más cierta y más eficaz. Acción Popular afirma que el Perú debe buscar sus respuestas en su propia realidad. Rechaza la actitud colonia1 de mirar hacia afuera y afirma la necesidad de comenzar a mirar hacia adentro. En el meollo de estos pensamientos existe la presunción, errada desde nuestro punto de vista, de que hay un hombre, un mundo y una historia; en este sentido tienen una interpretación universal de los pueblos y una solución para su devenir histórico. Nosotros, en cambio, afirmamos que hay varias geografías y varios pueblos con historia propia e irreductible. Que en este sentido, el Perú tiene una peculiar realidad histórica, social y cultural, que requiere ser vista y estudiada en sí y por sí, y que en consecuencia los principios prácticos de acción política para el Perú no se aplican necesariamente a otros pueblos, así como a la inversa, los principios prácticos de acción para otros pueblos no se aplican necesariamente al Perú. Este es el sentido de “El Perú como Doctrina” y lo que hace que la ideología de Acción Popular sea epistemológica y metodológicamente distinta a las ideologías antes mencionadas. Sólo en la intuición profunda de la nación peruana, de la historia de sus reinos, de los espíritus que animaron a esas culturas, de las instituciones sociales y políticas que forjaron, en el estudio de su peculiar geografía y por ende de la relación original que existe entre el pueblo peruano y esta geografía, solo a la vista de esta realidad puede entenderse y preconizarse un ideal peruano. Solo en esta perspectiva pueden aparecer los principios que conduzcan correctamente al Perú hacia la realización de su destino. Esta segunda afirmación es el sentido de otro aforismo populista “La conquista del Perú por los peruanos”. Acción Popular afirma que para entender al país es menester fijar la mirada en éste y no desparramarla por el mundo y es menester escuchar la voz nacional y no a una pretendida voz universal.


Estos dos principios básicos de la ideología populista hacen que en esencia ésta pueda ser definida como una ideología nacional y en el más literal de 1os sentidos como una ideología peruana. Es importante recalcar que esta teoría proviene de nuestro encuentro con el país. Es él quien la determina y nosotros somos sólo sus pregoneros. No hay en Acción Popular, principios anteriores a aquellos que resultan de auscultar humildemente la voz del Perú, de su lógica y de su sentido. No hay una actividad de la razón cerrada en sí misma que pueda explicar al Perú, no se trata de construir un mundo cerrado de conceptos y proposiciones, sustentado en sí mismo, sino de extraer de la realidad los elementos existentes que permiten diseñar estructuras y mecanismos de reorganización social, económica y tecnológica. El populista no diseña sistemas lógicos, diseña sistemas reales. Es una actitud de realismo, de respeto a la realidad, de reconocimiento de sus posibilidades, pero también de sus límites. Su utopía no es una proyección de una voluntad, sino de una realidad. El reconocimiento explícito de la primacía de la nación peruana, de la que ella ya es, sobre cualquier proyecto voluntarista, hace que Acción Popular no tenga una ideología dogmática, la comprensión cada vez más cabal de lo que es el Perú hará que el populista esté dispuesto siempre a modificar su noción de éste y en tal virtud su acción respecto de este. Reconoce que no puede leerse la historia del Perú, es decir, del Incanato, el Virreynato y la República, sin entender que estas sucesivas etapas están impregnadas del fenómeno de la ruptura. El principio general de equilibrio que regía todos los órdenes de la vida del incanato y que llevó al desarrollo del más acabado estado precolombino, fue roto con la conquista. El efecto traumático de ésta no solo tuvo graves consecuencias demográficas sino que produjo una primera desintegración cultural, social y económica, que dejó sin embargo subyacente un legado todavía vivo en los Andes. El Virreynato a su vez introdujo un nuevo orden, nuevas tecnologías, e incorporó el pensamiento cristiano. Por último, con la República, una parte del Perú se ha incorporado a la llamada cultura occidental y a la revolución industrial y tecnológica. Todos estos elementos no están integrados de una manera fecunda y productiva a la nacionalidad, pero forman parte de ella. El reto nacional consiste en hacer de nuestra diversidad una unidad coherente, eficaz y justa.


La realización de la nación peruana requiere, en consecuencia, una ideología que esté dedicada no a agravar la desintegración hi agudizar las contradicciones, sino a identificar y proponer mecanismos concretos de integración y mestizaje económico, tecnológico, organizacional, institucional y cultural, así como a pro poner una estrategia para recuperar los equilibrios perdidos. El desarrollo del Perú, es el desarrollo del proceso de mestizaje cultural, económico, tecnológico e institucional. La cultura indígena la española y la contemporánea deben en algunos casos fundirse y en otros, con respecto de su peculiaridad, integrarse. A esto denominamos el mestizaje. El restablecimiento del equilibrio fundamental en la nación peruana pasa por el proceso de mestizaje en todos los órdenes. El Perú como Doctrina es la avanzada de dicho proceso de mestizaje. Cooperación Popular es un ejemplo de cómo dos aportes radicalmente distintos se pueden potenciar mutuamente de un modo formidable. Ahora que el Perú profundo se opone cada vez con más fuerza al Perú Oficial, la ideología populista llama la atención acerca de la necesidad absoluta de rescatar el Perú Andino y recoger las técnicas de su organización social y productiva. Llama la atención sobre la necesidad de restablecer el equilibrio fundamental de la relación entre el hombre y la tierra, entre la sociedad y la naturaleza, entre la economía y la ecología, entre la ciudad y el campo, entre el Perú Andino y el Perú Occidental y Moderno. Llama la atención sobre el hecho ineluctable de que el desarrollo nacional pasa por encontrar una respuesta propia en las órdenes económico, tecnológico e institucional. Y que esa respuesta no puede nacer sino de un mestizaje entre nuestros elementos y los aportes externos. La ideología de Acción Popular, a diferencia del Marxismo, propone la integración y el mestizaje en todos los órdenes como el mensaje fundamental, y no la desintegración y la lucha de clases sociales. Ya diferencia del social cristianismo, propone una integración concreta, un mestizaje económico y organizacional, y no una integración ideal y abstracta. Es necesario llevar adelante una labor ideológica de mestizaje. Pero para ello es necesario practicar la emancipación ideológica.


EL PERÚ COMO DOCTRINA Y MESTIZAJE IDEOLÓGICO I.- NOCIONES IDEOLÓGICAS El estudio y manejo del tema ideológico requiere contar necesariamente con algunos conceptos básicos, a fin de una mejor comprensión del mismo, tales como, concepto, partes y clases de ideología; así como, métodos de formulación ideológica. Concepto de Ideología El concepto de ideología es relativamente nuevo. Fue utilizado por primera vez por el filósofo francés Destutt de Tracy en 1801. El término ideología deriva del griego “idea” que significa idea y de “logos” que significa verdad, ciencia, tratado. Por lo tanto, etimológicamente, ideología es la ciencia de las ideas. Actualmente se le define como el conjunto de principios, valores y normas ético-sociales que orgánica y racionalmente sistematizados, sirven para orientar, fundamentar y explicar la “praxis” o acción política. Partes de una Ideología Toda ideología, sea cual fuere consta de tres partes nítidamente diferenciadas: 1. El ideal de sociedad al que se aspira alcanzar, es decir, el tipo de sociedad ideal al que se espera algún día poder llegar. Así el modelo societal de los ideólogos enciclopedistas (los de la revolución francesa) es la sociedad democrática; la de los marxistas la sociedad comunista; la de los socialcristianos la sociedad comunitaria cristiana; la sociedad de los trabajadores manuales e intelectuales es el ideal de los ideólogos apristas. Finalmente, el ideal de los acciopopulistas es la sociedad justa y libre. 2. Comparación entre la sociedad ideal y la sociedad real, es decir, la comparación entre la sociedad tal como es y tal como debería ser. Este es el aspecto justificatorio del proceso ideológico; el que confiere plena fundamentación a la acción política. 3. Precisión de los cambios a efectuarse en la sociedad real para poder llegar a la sociedad ideal. Este es el aspecto que le da orientación y sentido a la acción política. Clases de Ideología


En cuanto a las clases de ideología, según lo señala Miró Quesada (1988) existen dos tipos fundamentales de ideologías: las epistémicas y las timéticas o estimativas. LAS IDEOLOGÍAS EPISTÉMICAS, que etimológicamente derivan del griego “episteme”, que significa ciencia, conocimiento racional, son aquellas que pretenden fundamentar la praxis política mediante alguna teoría científica y/o filosófica muy amplia y elaborada, la misma que utiliza con frecuencia términos rimbombantes, tales como, “materialismo dialéctico”, “materialismo histórico”, “ley de la oferta y la demanda”, etc; por lo mismo que deben ser aceptadas como verdaderas. La mayoría de ellas provienen del racionalismo filosófico de los siglos XVII, XVIII, XIX. Representantes de este tipo de ideología son la ideología enciclopedista, el marxismo, el aprismo y el liberalismo. LAS IDEOLOGÍAS ESTIMATIVAS O TIMÉTICAS, que etimológicamente derivan del griego “time” que significa estimación, valor; para fundamentar la acción política no se basan en teorías científicas y/o filosóficas que utilizan terminologías sofisticadas; sino, en valores, dogmas religiosos, creencias y tradiciones colectivas. No requieren de “validación científica” ya que las valoraciones realizadas a partir de la aprehensión de los valores, como tales, simplemente se asumen, se proclaman, se defienden. Ejemplos de este tipo de ideología son el socialcristianismo y el Perú como Doctrina. Métodos de Construcción Ideológica Con relación a los métodos de construcción ideológica, básicamente, existen dos: 1. El filosófico-deductivo, que consiste en elaborar una gran construcción teórica, abstracta y gaseosa, basada en alguna doctrina filosófica, generalmente europea, con conceptos y términos sofisticados y complicados - como en las ideologías epistémicas - la misma que deberá ser capaz de ofrecer una explicación global del mundo, del hombre y la sociedad.


Esta construcción teórica - la ideología - será luego aplicada a la realidad concreta, sin importar si ésta coincide con aquella; sí la ideología calza con la realidad. Como si se asumiera que todas las realidades culturales, económicas y sociales son iguales; como si no tuvieran diferencias significativas. Exponentes contemporáneos de este enfoque son el marxismo y el liberalismo. La crisis mundial del primero y las limitaciones y contradicciones de la aplicación del segundo, evidencian lo inconveniente de este modelo de construcción ideológica. 2. El científico-inductivo, donde partiendo de aspectos concretos de la realidad de cada país, se va avanzando en un proceso de encadenamiento -de la parte al todo- hacia la construcción de una ideología; es decir, de la realidad a la teoría. Aquí no hay teorías abstractas y ajenas, previamente elaboradas; que deben ser aplicadas dogmáticamente a situaciones particulares - como si fueran iguales -, sino aprehensión de las enseñanzas de la realidad para resolver problemas de la misma realidad. Exponente de este modelo de elaboración ideológica es el Perú como Doctrina.

II.- EL PERÚ COMO DOCTRINA En el capitulo anterior hemos señalado someramente la ubicación de la ideología de Acción Popular, EL PERÚ COMO DOCTRINA, dentro del campo ideológico; definiéndola como una ideología timética, de corte inductivo, en contraposición a la mayoría de ideologías que son epistémicas y de corte deductivo. Definición Tratemos, ahora, de precisar qué es el Perú como Doctrina y cuáles son sus características más relevantes. En este sentido, una aproximación a la definición de la ideología acciopopulista tiene que basarse, necesariamente, en el pensamiento político del creador de la doctrina, Fernando Belaunde; el que adelantándose a su tiempo sostiene: “Pocas naciones en el mundo tienen


el raro privilegio de contener en su propio suelo la fuente de inspiración de una doctrina. El Perú es una de ellas” (Belaunde, 1959). Años más tarde, Francisco Miró Quesada Cantuarias, sistematizando el pensamiento de Belaunde, en su obra “Manual Ideológico” define a la ideología de Acción Popular: “El Perú como Doctrina es la tesis de que la historia y la tradición del pueblo peruano deben ser fuente de inspiración de la acción política” (Miró Quesada, 1966). Así, al asumir Belaunde esta renovadora posición, da un giro de ciento ochenta grados con respecto a la tradición ideológica imperante a la sazón en el país, basada en la adopción e implementación de ideologías foráneas y abstractas; convirtiéndose en el genuino precursor de una verdadera revolución ideológica en el Perú, de la cual, recién se está tomando conciencia en cuanto a su significado y alcances. Todo esto es corroborado actualmente por los impresionantes logros de algunos países que por haberse apoyado en su historia y tradiciones, e integrarlas coherentemente a los aportes positivos y asimilables de occidente, se encuentran en pleno desarrollo, o proyectados hacia él, tales como son los casos de Japón, Corea y Taiwan. Características Analicemos, entonces, las características de tan fructífera ideología. A. SITUACIONAL Porque se inspira en el estudio e interpretación de la realidad social, económica, cultural y arqueológica del Perú; es decir, en el estudio e interpretación de la nación peruana, del pueblo peruano. B. NACIONALISTA Porque es fundamentalmente una exaltación amorosa y apasionada de lo nuestro, de lo peruano; que proclama que en la realidad misma del Perú debe hallarse inspiración para resolver los problemas nacionales, prescindiendo de la adopción mecánica y global de modelos ideológicos importados. Es en síntesis, un nacionalismo de reivindicación, de afirmación de nuestros propios valores. C. INDUCTIVA Los principios generales y orientadores de la acción política no se extraen de una teoría previamente elaborada en otras realidades ajenas a la nuestra;


sino que nacen de nuestra propia historia, de nuestra realidad social, económica, cultural e institucional. Es decir, nace de la realidad peruana para la problemática, para la realidad concreta del Perú; obteniéndose de esta práctica un conjunto de enseñanzas, que se van relacionando e integrando progresivamente hasta formar un conjunto - todo - coherente, orgánico y viable. O sea, va de la parte al todo; y no al revés como en las ideologías de corte deductivo. D. ABIERTA Al basarse en la historia y tradiciones del pueblo peruano, y por ser éstas una actividad infinita, cambiante y aprehensible, constituyen una fuente inagotable de inspiración para la acción política. Así atendiendo la indicación de Fernando Belaunde cuando señala “no queremos dilapidar el legado ancestral sino engrandecerlo y perfeccionarlo” (Belaunde, 1960); así como al basarse en la invitación formulada por el propio presidente Belaunde en 1985 (1) a “enriquecer la interpretación de las bases doctrinarias de Acción Popular”, es que se promueve la búsqueda de nuevos aportes en la historia -pasada y presente, en las tradiciones del pueblo peruano; y. también, en las influencias universales saludables y asimilables. Estos elementos al integrarse coherente y armónicamente con la base andina de nuestra doctrina, potencializarán su acción y eficacia en la solución de los problemas nacionales. (1) El Perú como Doctrina. Aportes a la tesis, pág. 25. E. INTEGRADORA Porque es la alternativa más eficiente y viable para integrar las partes fundamentales de la nacionalidad peruana: la andina y la occidental. En ese sentido, el Perú como Doctrina al recoger de la historia, tradiciones y valores del pueblo andino la inspiración para la acción política; pero al mismo tiempo, reconocer el aporte occidental en la formación del Perú, tiende el puente sobre el abismo que separa a estos dos “mundos”; consolidando la esencia de la nacionalidad, el mestizaje, que según Víctor Andrés Belaunde es síntesis viviente.


En el plano ideológico comparativo, el Perú como Doctrina a diferencia de otras propuestas, como el marxismo que proclama la lucha de clases o el liberalismo económico basado en el egoísmo y la desigualdad social, promueve la integración, la unión de los peruanos, fundada en el legado andino de la Hermandad, como mensaje esencial y alternativa política viable, tal como lo sostiene Díaz León (1992). I. HUMANISTA Ya que al buscar inspiración en la historia y tradiciones del pueblo peruano para fundamentar la acción política; lo que se está planteando en última instancia, es situar en primerísimo lugar el valor y la dignidad del hombre peruano, y por medio de éste, el valor y dignidad de todos los hombres como fin primero y último de toda acción política, económica y/o social. Se cumple de esta manera con el principio fundamental del humanismo, el principio autotélico; que etimológicamente deriva del griego “autos” que significa uno mismo y de “telos” que significa fin. Este principio afirma que “todo hombre debe ser considerado como un fin en sí y jamás como un instrumento o como un medio para otros hombres” (Miró Quesada, 1969). Así la ideología acciopopulista parte de una justificación suprema, la justificación de todas las justificaciones, al decir de Francisco Miró Quesada Cantuarias, el valor y la dignidad de la condición humana. Por eso, es que se opone radicalmente a todo tipo de opresión, dictadura, explotación, racismo y discriminaciones entre los hombres; y propone como modelo de sociedad ideal la sociedad humanista, justa y libre. Por otro lado, esta característica de la ideología acciopopulista - el humanismo - es la que validaría el carácter de universal al Perú como Doctrina; por cuanto, el hombre es, debe ser, fin y no medio, en cualquier tiempo y lugar. Así mismo, en cuanto el humanismo está referido al pueblo y hombre peruanos, deviene en un humanismo situacional (Miró Quesada, 1966). G. MESTIZA De los escritos de Fernando Belaunde sobre el Perú y el Perú como Doctrina, se pueden extraer las siguientes conclusiones:


1. El Perú es la esencia del Perú como Doctrina. 2. El mestizaje es la esencia del Perú. Por lo tanto, se puede afirmar que el mestizaje es la esencia del Perú como Doctrina. En cuanto al primer punto, esto es evidente si se atiende en cuenta la definición del Perú como Doctrina formulada por Miró Quesada (1966), y si se atiende a las características de situacional, nacionalista e inductiva de la ideología de Acción Popular. En relación con el segundo punto, existe consenso en aceptar, salvo algunos intelectuales de izquierda, que el Perú como tal es un país mestizo, producto del choque y confluencia de dos culturas; y que la esencia de la peruanidad radica en ser, como sostiene Víctor Andrés Belaunde, “símbolo viviente de esta síntesis del Incario y la Conquista”. Esto es, el mestizaje. Por otro lado, si se atiende a las características de abierta e integradora de la ideología de Acción Popular, y al mismo tiempo se sostiene que el Perú como Doctrina es producto de la realidad misma del Perú; entonces se tiene una ideología que al integrar los elementos que forman el mestizaje: andinos, y occidentales, asume definitivamente un carácter mes- tizo. Es una ideología mestiza. Al respecto, Miró Quesada (1966) sostiene: “El Perú como Doctrina no es una expresión indigenista sino mestiza. El Perú como Doctrina es esencialmente mestizo. Es mestizo por razones de principio y por razones técnicas”. Y agrega: “Miremos por donde miremos el Perú como Doctrina, tanto en sus propios principios como en su posible realización programática no adquiere su verdadero sentido sino cuando se capta su espléndida exigencia de mestizaje”.

III.- PERÚ COMO DOCTRINA Y MESTIZAJE IDEOLÓGICO Analicemos ahora el aspecto a nuestro entender más importante del Perú como Doctrina, aquel que define su esencia y particular caracterización como una ideología diferente y superior: El mestizaje ideológico.


Según el diccionario de la Real Academia Española, mestizaje significa “Cruzamiento de razas diferentes. Conjunto de individuos que resulta de este cruzamiento, etc. Analógicamente, aplicando este concepto al campo ideológico, se tiene que una ideología es mestiza cuando sus elementos constitutivos provienen de diferentes matrices culturales y sociales; de diferentes cosmovisiones que pueden ser contradictorias. Este es el caso de la cultura occidental en relación con la cultura oriental y a la cultura andina. En relación al mestizaje ideológico, podría sostenerse que la mayoría de las ideologías contemporáneas son producto del “cruzamiento de razas diferentes”, Así los principios del enciclopedismo presuponen las concepciones del humanismo del siglo XVII y del gran racionalismo europeo que comienza con Descartes (Miró Quesada, 1966). El caso del marxismo es similar, Lenin en 1913 en su célebre artículo “Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo” sostiene: “El marxismo es el sucesor natural de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés” (Lenin, 1967). “A nivel local, la doctrina aprista según lo afirma su creador, es una síntesis de la dialéctica marxista con la teoría de la relatividad de Einstein; pero según Francisco Miró Quesada, entendida al revés. Sin embargo, todas estas ideologías al provenir de una misma fuente, a saber, la filosofía europea y occidental de los siglos XVII, XVIII y XIX no son casos de mestizaje ideológico, no son ideologías mestizas. Por el contrario, pertenecen a una misma “raza” ideológica. Son un producto neto de la cultura Occidental. El Mestizaje Ideológico del Perú como Doctrina Pues bien, como se ha revisado en las páginas anteriores, el Perú como Doctrina es una ideología situacional, nacionalista, inductiva, abierta, integradora, humanista y esencialmente, mestiza. Así al integrar los aportes ideológicos de las culturas que forman la nacionalidad, la andina y la occidental, en forma coherente, orgánica y viable; tiende el puente sobre el abismo entre el Perú oficial, citadino y


moderno y el Perú real, rural y marginal; posibilitando, en términos reales, la superación del mismo. De esta manera se consolida un verdadero mestizaje ideológico, inédito, en el Perú; que sumado alas demás características de la ideología acciopopulista, no solamente la hacen diferente, sino superior para enfrentar y resolver los problemas de los peruanos, aquí, en el Perú. Ahora bien, sí esto es así, tratemos de precisar cuáles son los principios ideológicos que al integrarse conforman este mestizaje ideológico que define la identidad política de Acción Popular. En ese sentido y como una cuestión previa, precisaremos los principios políticos, económicos y sociales más relevantes que se pueden extraer de diferentes períodos arquetípicos de nuestra historia nacional; a fin de establecer cuáles son los elementos que integrados con los aportes del legado ancestral andino, son capaces de forjar un mestizaje ideológico eficiente y viable. Con ese fin, se contrastarán los principios contenidos en el modelo andino, con los contenidos en los modelos virreinal, oligárquico, militarrevolucionario y occidental contemporáneo. a. Modelo Andino Estado de Servicio. Justicia Social. Planificación económica. Equilibrio hombre-tierra. Trabajo comunitario por el bien común. Culto al trabajo. Hermandad. b. Modelo Virreinal Estado monárquico-absolutista. Economía monopólica-mercantilista. Desequilibrio hombre-tierra. La encomienda y la mita. Desigualdad social: privilegiados y no privilegiados.


Injusticia social. c. Modelo Oligárquico Estado señorial, patrimonialista, elitista y racista. Laisse-faire económico. Desigualdad política, social y racial. Injusticia social. d. Modelo Militar-Revolucionario Estado antidemocrático, intervencionista, supradimencionado e ineficiente. Planificación central. Colectivización del campo. Trabajo comunitario involuntario: SAIS y CAPS. Desigualdad social: civiles y militares. Propiedad social. e. Modelo Occidental Contemporáneo Estado Democrático. Libertad. Libre empresa. Industria viable. Mercado. Libre competencia. Igualdad. ¿Qué principios se mestizan? Luego de revisar sucintamente los principios de orden político, económico y social que se extraen de diferentes períodos arquetípicos de la historia del pueblo peruano, podemos establecer las siguientes conclusiones: 1. Que los principios ideológicos contenidos en el legado andino no pueden ser mestizados, a la luz de la historia, así como, por la experiencia y realidad del Perú, con los principios contenidos en los modelos virreinal, militarrevolucionario y oligárquico; ya que constituyen, o bien, enunciados políticos, económicos y sociales inexistentes; o bien, son obsoletos y están en abierto trance de liquidación a nivel mundial; o en el mejor de los


casos, son simplemente impracticables a la realidad peruana por las contradictorias y paradójicas consecuencias que originan su aplicación, opuestas al ideal de sociedad humanista, justa y libre que proclama el Perú como Doctrina. 2. En consecuencia, la alternativa viable, moderna y revitalizadora de mestizaje ideológico, la constituye el producto de la integración coherente, orgánica y eficiente de los principios del modelo ancestral andino con los principios del modelo occidental contemporáneo. Así se integran los siguientes principios que determinarán el mestizaje ideológico del Perú como Doctrina: Estado de Servicio............................................................... Estado Democrático. Justicia Social....................................................................... Libertad. Planificación Económica..................................................... L i b r e Empresa. Equilibrio Hombre - Tierra.................................................. Industria viable. Trabajo comunitario por el bien común............................ Mercado. Culto al Trabajo.................................................................... L i b r e Competencia. Hermandad............................................................................ Igualdad. ¿Qué principios se obtienen? Del mestizaje ideológico, producto de la integración de los elementos andinos con los occidentales, se obtienen principios que explicitarían la actualidad y vigencia del Perú como Doctrina (ver Cuadro N° 1). n Así, en la político, al mestizarse el Estado de Servicio andino con el Estado Democrático occidental, se logrará el ideal acciopopulista del ESTADO DEMOCRÁTICO DE SERVICIO. Es decir, un estado democrático que promueva, regule y oriente el desarrollo y la economía nacionales; pero que al mismo tiempo, asuma su rol en el cumplimiento cabal y eficiente de sus funciones propias: infraestructura -con especial énfasis-, justicia, seguridad, salud, educación, seguridad social y crédito de fomento; así como que vele por la irrestricta vigencia de las libertades ciudadanas y la justa distribución de la riqueza. En síntesis, un estado que dé y que permita bienestar y desarrollo. Que trabaje y deje trabajar.


n El mestizaje del legado andino de la Justicia Social con uno de los mandatos más importantes de la Revolución Francesa, la Libertad, permitirá alcanzar el ideal acciopopulista de la LIBERTAD PLENA. Así, por un lado, tenemos la noble enseñanza andina de la justicia distributiva, que en la práctica significó libertad económica, ya que hizo posible que los habitantes del antiguo Perú vivieran libres de angustias en cuanto al alimento, vivienda, vestido, etc; a la vez, que ejercían y desarrollaban sus aptitudes y habilidades individuales y sociales, alcanzando su realización como personas humanas. Por otro lado, está el ideal contemporáneo de la libertad, tal como es definida por la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789: “La libertad consiste en poder hacer todo lo que no perjudique a otro”. Entonces, al instrumentalizarse este mestizaje, se logrará integrar ambos aspectos, pre-requisitos, uno con respecto al otro, de la libertad plena: la libertad económica y la libertad política. Por lo tanto, la libertad plena será aquella donde todos tengan igualdad de oportunidades económicas para realizarse cabalmente como personas; así como, plena autonomía para llevar a cabo sus propias decisiones. Al respecto John Stuart MilI en 1859 señala: “La única libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bien, por nuestro camino propio, en tanto no privemos a 1os demás del suyo o les impidamos esforzarse por conseguirlo” (Mill, 1984). En el aspecto económico, al integrarse la Planificación andina con la Libre Empresa occidental, se alcanzará el ideal de Acción Popular del TRABAJO PLENO, al complementarse mutuamente, en forma armónica y eficiente, la orientación estatal con el dinamismo y productividad de la empresa privada. Así mismo, el mestizaje del principio andino del equilibrio hombretierra, el énfasis en la importancia y la necesidad de incrementar la producción agraria; con un desarrollo industrial eficiente y viable, permitirán lograr el ABASTECIMIENTO PLENO, al integrar la agricultura con la industria, el campo con la ciudad, en un proceso de retroalimentación mutua, el que determinará, finalmente, el desarrollo de ambas.


La integración, el mestizaje de la ancestral tradición andina del trabajo comunitario por el bien común: el ayni y la minka, con el concepto económico occidental del Mercado posibilitarán la potencialización y remozamiento del principio acciopopulista, descubierto por Fernando Belaunde, el MESTIZAJE DE LA ECONOMÍA; al desarrollar al máximo, cada uno en el lugar apropiado y/o en forma complementaria, sus capacidades y virtudes. De igual manera, al integrar el legado andino del Culto al Trabajo, por el cual el trabajo es considerado por el pueblo peruano, desde tiempos inmemorables, como un deber moral, un principio casi religioso y fuente de todo bienestar, con el principio occidental de la Libre Competencia, el mismo que libera la creatividad y energía humanas; se obtiene el principio acciopopulista de la LABORIOSIDAD, origen de toda riqueza y progreso, así como medio imprescindible para alcanzar el desarrollo y lograr el bienestar. En el plano ético-social, al mestizar el precepto andino de la Hermandad, con su significado de ayuda mutua, reciprocidad y solidaridad, con el precepto occidental de la Igualdad, ante la ley, el estado y, especialmente, a la igualdad de oportunidades, se alcanzará el ideal acciopopulista de la HERMANDAD PLENA; la misma que se evidenciará por hombres solidarios, que no aceptan el “sálvese quien pueda” del darwinismo social y que rechazan cualquier forma de privilegio, diferencia o discriminación política, social, económica y racial entre los peruanos; así como cualquier tipo de violencia u opresión. Pues bien, hasta aquí hemos tratado de presentar y desarrollar el aspecto, a nuestro entender, esencial del Perú como Doctrina: el mestizaje armónico y viable de los principios del legado ancestral andino con los principios positivos y asimilables del mundo occidental contemporáneo. El mestizaje ideológico. Este mestizaje ha sido señalado por Fernando Belaunde cuando sostiene que “Acción Popular no niega el tonificante aporte de las ideas y el adelanto universales” (2), así como por Francisco Miró Quesada Canturias (3) cuando sostiene que el Perú como Doctrina “es una ideología nacionalista, que consiste en la afirmación de lo nuestro, pero que asume también lo occidental; esto hay que tenerlo muy presente”.


Y añade, “Yo creo que la parte más importante de la ideología, es por supuesto, el Perú como Doctrina (léase legado andino); pero el Perú como Doctrina no significa el rechazo de lo occidental. Si no se entiende, esto claramente se comprende mallo que ha querido hacer Fernando Be1aunde Terry”. (2) Perú como Doctrina, pág, 02. (3) El Perú como Doctrina. Aportes a la tesis, pág. 22. IV.- CASOS EXITOSOS DE MESTIZAJE IDEOLÓGICO La integración de tradición con modernidad, el mestizaje ideológico, es el camino que han seguido algunos países con gran sedimento cultural, alcanzando resultados realmente espectaculares. Paradigmáticos son los casos de Japón y Taiwan. Japón que luego de ser prácticamente aniquilado por las fuerzas norteamericanas durante la Segunda Guerra Mundial, fundamentó en su necesidad de sobrevivir la fiebre japonesa de desarrolló económico. Otro aspecto muy importante en este proceso fue la integración eficiente y viable de los aportes tradicionales japoneses, el budismo y confucionismo, con los aportes occidentales, tales como, el énfasis en las exportaciones y las industrias en gran escala. Así Richard Gaul en su obra “El milagro japonés” señala la “gran disposición a aprender y la voluntad de aceptar todas las ideas y procedimientos extranjeros que puedan resultar útiles, sin por ello perder la propia identidad” (4). Esta actitud resultó básica en la convicción de que había que tomar lo mejor de occidente para enfrentar el desafío de occidente (Shavarzer, 1973) y, eventualmente, superarlo. El caso de Taiwan es similar, Luego de la derrota de las tropas nacionalistas chinas a manos de las huestes comunistas en 1949; la pujante isla ha alcanzado, especialmente en las últimas décadas, un desarrollo económico impresionante, el mismo que actualmente la ubica como uno de los países más prósperos y modernos del sudeste asiático. Al respecto, el intelectual chino Shaw Yu-ming (1990) señala refiriéndose al “milagro económico” taiwuanés:


“Según el punto de vista de muchos científicos sociales, la razón principal de la exitosa modernización de Taiwan ha sido sus esfuerzos por preservar el contenido y, las formas de la cultura china mientras incorporaba elementos de la cultura occidental donde resultaba apropiado y beneficioso”. Así, se integraron 1os valores tradicionales de la ética confucionista, tales como, el énfasis en la familia, la frugalidad, la educación, la laboriosidad y mutua tolerancia entre gobernantes y gobernados; con los aportes occidentales, como el priorizar al sector privado y dar auge a las exportaciones, en lugar de promover la sustitución de importaciones, entre otros. El resultado de este mestizaje ideológico ha hecho de Taiwan la tercera potencia comercial del mundo; con un PBI, a 1990, del orden de los 160,000 millones de dólares; reservas internacionales netas por 72,000 millones de dólares y un nivel de exportaciones de 70,000 millones de dólares. (4) El milagro japonés. En Encuentro No 45, pág. 06.

V.- IMPLICANCIAS DEL MESTIZAJE IDEOLÓGICO En cuanto a las implicancias del mestizaje ideológico, tenemos que éste destaca la ideología acciopopulista como la alternativa más coherente, eficiente y viable para integrar los aspectos constitutivos de nuestra personalidad histórica, de la nacionalidad: La tradición y la modernidad. Así, lejos de existir incompatibilidad, y hasta antagonismo, entre tradición y modernidad, como algunos sectores políticos pretenden; lo que realmente se posibilita es una total complementariedad. Por eso el presidente Belaunde ha señalado: “Acción Popular ve para atrás porque, como alguien diría, va para adelante”. Además, el mestizaje ideológico confiere a la ideología de Acción Popular un cariz de juventud y de plena actualidad; y por ende, plena vigencia para aportar soluciones viables a los problemas nacionales. Por otro lado, califica al Perú como Doctrina como la mejor alternativa ideológica frente al odio marxista y al sálvese quien pueda del liberalismo económico.


JORGE VILLATA BRINDANI Secretaría Nacional de Ideología Junio – 1993


El Perú como doctrina  

Recopilación de artículos sobre ideología de Acción Popular