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A-MOR


Nataly

activista contra la violencia

“Los crímenes contra las mujeres son producto de una educación sesgada”

Nuestra sociedad marca diferencias entre hombres y mujeres desde que somos pequeños. En su origen, los crímenes contra las mujeres son producto de una educación sesgada que crea estereotipos. En la escuela nos dicen que los niños juegan fútbol y las niñas a las muñecas, y esa distinción lamentablemente se perpetúa en el crecimiento. Aquellas señales erradas son interpretadas de diferente manera. Mientras el mercado cree que las mujeres debemos ganar menos dinero sólo por serlo, en cabezas de hombres agresivos, esas ideas son el caldo de cultivo que los envalentona hasta convertirlos en femicidas. El concepto femicidio comenzó a ocuparse en diciembre de 2010. La promulgación de la Ley, sin embargo, no ha logrado detener el alza en los crímenes y tampoco su alevosía. Hay estudios que demuestran que una mujer violentada se demora siete años en acudir a la policía y que en ese tiempo las agresiones a las que está expuesta se asemejan mucho a las que vive una persona secuestrada: se busca doblegarla y tener su control. Contrario a lo que uno podría pensar, las denuncias muchas veces se transforman en los detonantes de los crímenes. Un gran porcentaje de las mujeres asesinadas han fallecido cuando el hombre se resiste a la pérdida y la muerte se convierte en su última escena, sin importar las consecuencias. A los femicidas les da lo mismo ir a la cárcel o suicidarse, lo importante para ellos es un distorsionado mensaje de superioridad: si él quería, le quitaba la vida.

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Alberto

padre de una víctima

Mi primer acercamiento con un femicidio ocurrió en el año 2007, cuando la hija de un amigo fue asesinada por su esposo. La segunda vez, fue con mi hija. Karen falleció el 26 de marzo de 2014. La mató su pareja, un tipo al que no quiero nombrar. No estoy muy seguro de cómo se conocieron, sólo que eso ocurrió en el año 2008 y que eran compañeros de trabajo. En ese tiempo, Karen llevaba siete años separada de su marido, con quien había tenido a mi nieto, por lo que me pareció bien que estuviera saliendo con otra persona. Mi entusiasmo, sin embargo, duró hasta el día en que lo conocí. Puede sonar a celos, pero sentí que mi hija se estaba equivocando. A la larga mi intuición sería correcta. No fui el único al que no le cayó bien la relación. Mi madre, que conocía muy bien a su nieta, murmuraba en conversaciones que no estaba de acuerdo con el pololeo. A Karen, ella le decía la jueza, por su carácter y pasión ingobernable al momento de discutir. Mi madre creía que esa característica se había perdido en mi hija luego de conocerlo a él. Tenía razón. Yo lo noté un día en que se había comprometido a ver una presentación de mi grupo de baile y no llegó. A la semana supe que ella se había arreglado y estando a metros de salir de su casa, el desgraciado la encerró con llave. Al poco tiempo empezó a faltar a todos los eventos y compromisos familiares. A medida que Karen comenzó a alejarse, se fue convirtiendo en una mujer sometida. Se vestía mal y perdió la voluntad. Durante cuatro años, ella mantuvo en secreto todas estas agresiones, hasta que a fines del 2012 se hicieron evidentes. Durante una discusión fuerte que tuvieron, mi hija me llamó y yo le pegué al desgraciado. Ella se vino conmigo un par de días, pero luego volvió con él. Esa dinámica comenzó a repetirse, hasta que en una ocasión yo la acompañé a poner una denuncia, pero ella la retiró a los pocos días.

La situación estalló el 26 de marzo de 2014. Tras una semana de continuas peleas, ese día Karen decidió echarlo de la casa. Recuerdo que durante esa mañana, mi hija fue a carabineros a poner una denuncia, y ellos le dijeron que no se acercara a su casa hasta que fueran a sacarlo. Ella, sin embargo, se adelantó. Llegó con un amigo a cambiar la chapa de la puerta de entrada. Él no estaba, pero a los pocos momentos apareció inesperadamente y se encerró con ella en la casa. Todo ocurrió repentina y violentamente.No hubo tiempo de hacer nada: él la degolló, luego se cortó las venas y tomó ácido. Me enteré de esto cuando mi hija menor me llamó para decirme que le habían pegado a Karen. Cuando llegué, el lugar estaba lleno de policías y acordonado por una cinta amarilla. Supe inmediatamente que ella había muerto. Desde ese día que vivo en constante reflexión y sufrimiento. Por un lado, me he ido apagando. Antes iba a bailar salsa todos los viernes y los domingos era sagrado almorzar en la Casa de la cueca, pero ahora no quiero ni salir. Por otro, me he convertido en un fiel defensor de los derechos de la mujer. Tengo tanta rabia con mi género, que creo que podría llegar a matar a un hombre si lo veo golpear a su pareja. Una vez, en mi barrio, vi a un joven empujar a su polola y le dije que si volvía a hacerlo, yo mismo le iba a sacar la cresta. Luego le dije a la niña que no se dejara pisotear. Me quedo con una triste pregunta: ¿Cuántas personas habrán visto a mi hija en esta misma situación y no intervinieron?

“Me he convertido en un fiel defensor de los derechos de la mujer”

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Lidia

hermana de un doble femicida

Víctor es la oveja negra de la familia. No sólo por los femicidios que cometió, sino que también porque desde chico tuvo una infancia complicada. Es el único que no estudió, no le gustaba trabajar y tampoco tenía casa propia. Mi madre se hizo cargo de él hasta los 30 años, edad en la que conoció a su primera pareja, la Bety. La Bety era una buena mujer. Tuvieron cuatro hijos y todos vivían en la casa de mi madre. Estuvieron juntos durante quince años, hasta que en la víspera de la navidad de 1998 ella se aburrió y lo dejó por otro hombre. Me pareció justo. Mi hermano se había transformado en un alcohólico y sus hijos no lo querían. A los pocos días, Víctor se juntó con ella y le pegó con un martillo en la cabeza. Fue la primera vez que agredió a una mujer. Estuvo 71 días preso en la cárcel de San Miguel. Cuando salió, mi hermano ya no era el mismo. En la calle conoció a Marianela, una prostituta con la que se fue a vivir a Pedro Aguirre Cerda, en una casa interior que arrendaban. Estuvieron juntos casi dos años, hasta que los problemas con el alcohol quebraron la relación. Lo echaron de la casa en la víspera del año nuevo de 2003, pero a los pocos días volvió a pedir disculpas. Marianela lo aceptó nuevamente. Para celebrar, Víctor se bebió cuatro litros de cerveza en dos horas. Cuando estuvo ebrio, le vino la locura. Discutió con su pareja y le pegó 14 puñaladas. Intentó arrancar con su ropa ensangrentada, pero los vecinos lo detuvieron. Confesó el crimen inmediatamente. En ese tiempo no había Ley de femicidio y Víctor fue condenado a cinco años de cárcel, pero su buena conducta le permitió salir antes. Volvió a la calle y siguió tomando. Trabajando como jardinero en una plaza, conoció a la Zulema, su tercera pareja. Se fueron a vivir juntos a Huechuraba. Un día, mi mamá lo llamó por teléfono y ella con-

testó. Estaba desesperada, porque Víctor le había pegado. Mi madre le dijo que agarrara todas sus cosas y se fuera. Le salvó la vida. Víctor nos decía que no sabía lo que le pasaba con las mujeres, que cuando tomaba alcohol hacía tonteras, pero que luego se arrepentía. Con mi madre sufríamos, porque en cualquier momento sabíamos que iba a matar a otra persona. Cuando en el 2009 conoció a Verónica pensamos que había cambiado. Él estaba viviendo nuevamente en el Hogar de Cristo y trabajaba en una plaza cerca de Estación Central, donde regaba el pasto. Llegó un día a contarnos que estaba empezando de nuevo, que Verónica le había presentado a sus padres. Decía que a veces tenía malos pensamientos, pero trataba de que eso no lo nublara. Lamentablemente, no fue suficiente. Durante la tarde del ocho de abril de ese año llegó a mi casa ebrio. Me dijo que había matado a Verónica en un motel, que le había entrado el demonio y le había dado varias puñaladas en el cuello. Pensé que era broma, que era imposible que mi hermano hubiese matado por segunda vez a una pareja, pero luego vi las noticias y era cierto. Esa misma noche lo denuncié a la policía. Se lo llevaron detenido y un año después lo acusaron de homicidio con alevosía. En el juicio declaré en su contra y le dieron quince años de cárcel. Durante la primera visita le dije que no estaba arrepentida de haberlo entregado, que lo justo era que pagara por su maldad: Víctor tuvo cuatro parejas, a todas las golpeó y a dos de ellas las mató. Meses más tarde se aprobó la Ley de femicidio. Espero que cuando salga de la cárcel no vuelva a cometer otro crimen.

“Víctor tuvo cuatro parejas, a todas las golpeó y a dos de ellas las mató”

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Mabel

fotógrafa forense

La primera vez que vi un cadáver tenía 31 años. Era un obrero de la construcción que se había caído. Recuerdo que no pude dejar de mirarle su uniforme y el logo de la empresa para la cual estaba empleado. El hombre al que tenía que fotografiar había salido en la mañana para trabajar y no volvería más. Con el tiempo, cosas como esa desaparecen de tus pensamientos. La experiencia en este oficio hace perder paulatinamente la capacidad de asombro, a cambio de ganar una infalible intuición cuando se trata de determinar las posibles causas de un fallecimiento. No soy médico, pero de tanto fotografiar cuerpos, reconozco algunos efectos que la muerte provoca en ellos. Los parricidios son por lejos los crímenes más crueles a los que me he enfrentado: un padre mata a sus hijos, a su esposa, y luego se suicida. A las pocas horas la familia completa está en la sala de autopsias. Lo mismo ocurre con los femicidios. Los cuerpos de las mujeres asesinadas llegan extremadamente violentados. Muchos de ellos vienen baleados, golpeados, o multiapuñalados, por los más diversos motivos: arrebatos de ira, celopatías, o simplemente por demostración de poder sobre el otro. La mayoría de las veces, tengo muy poca información sobre como murieron las personas que debo fotografiar. Con el tiempo, sin embargo, he aprendido a leer las marcas que dejan los golpes. Sé perfectamente cuando una mujer ha sido asesinada por un hombre. Una vez me tocó ver el cuerpo de una que murió apuñalada. Su piel tenía muchos cortes profundos, algunos en órganos vitales y otros en sus manos y antebrazos, signos claros de un estéril intento de defensa. Mientras fotografiaba primerísimos primeros planos de aquellas heridas, otras marcas viejas comenzaron a aparecer en la cámara. Eran quemaduras y golpes antiguos.

Aunque la causa de muerte fue una certera puñalada en el corazón, no cabía duda que esa mujer falleció producto de una lenta agonía. ¡Qué pena ver esos cuerpos y sentir que nadie se dio cuenta a tiempo para ayudarla!

“Sé perfectamente cuando una mujer ha sido asesinada por un hombre”

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Mónica

madre de una víctima

Mireya fue mi única hija. Llegó a mi vida el 26 de noviembre de 1986, cuando un tribunal nos eligió como familia cuidadora, luego que su madre biológica la dejara en un hogar. Al poco tiempo la adoptamos. Ella tenía dos fechas de cumpleaños: el día de su nacimiento y el día en que me la entregaron. A los pocos años, mi marido y yo nos separamos, y con mi hija comenzamos un viaje por distintas ciudades, desde La Unión hasta Rancagua, lugar al que llegamos a vivir en el 2006. Allí, Mireya terminó su cuarto medio y también se tituló de técnico en programación. Luego emigró a Santiago. Para ella, la capital fue el lugar que le abrió el mundo. Llegó allá a hacer la práctica en el año 2010 y después de eso se quedó trabajando. A los pocos meses pedí un crédito hipotecario y le compré un departamento. A mediados de ese año me llamó para decirme que había conocido a un hombre por internet y que quería vivir con él. Le dije que no había problema, pero que la única condición era que ella estuviera segura de lo que sentía. Mario tenía un año menos que mi hija y también era de Rancagua. Compartí con él en varias fiestas. En mi casa pasamos la Navidad de 2010 y en abril de 2011 le celebramos su cumpleaños en el quincho del departamento de Santiago. Dos meses después de eso, Mario y Mireya se pusieron las argollas de compromiso. Mi hija se veía feliz. No tengo claro en qué momento comenzaron los problemas entre ellos, pero sí cuales fueron los motivos. Después del compromiso, Mireya comenzó a sentirse estresada por su vida. Trabajaba, estudiaba ingeniería, y llegaba a la casa cerca de la medianoche a hacerse cargo de las cosas, porque Mario no la ayudaba. Yo veía a mi hija cada vez más desencantada de la relación, pero a la vez feliz por sus logros personales. Por ejemplo el

día en que la mataron ella había recibido una muy buena noticia: la habían seleccionado para un puesto en el Banco Estado. Mireya murió el 26 de noviembre de 2011. Falleció luego de que Mario se lanzara junto con ella desde el balcón del departamento, tras volver de una celebración por el nuevo trabajo. Él, sin embargo, quedó vivo. A los jueces les contó que todo había sido un terrible accidente, pero la investigación en el departamento, las cámaras de seguridad del edificio, y las declaraciones de los testigos, permitieron armar un relato distinto de lo que realmente ocurrió esa noche: ellos llegaron curados, mi hija discutió con él, ella lo echó de la casa, él perdió el control, la sacó a la fuerza de la cama, y la arrojó en medio de gritos de súplicas. Los jueces lo condenaron a 15 años. La partida de Mireya ha sido un duro aprendizaje para todos. En estos años de duelo, me he refugiado en mi trabajo, y la escritura ha sido una leal compañera en esta tristeza. Desde hace un tiempo, todas las semanas subo un texto a un blog que cuenta la historia de Mireya, y cada 15 días actualizo su Facebook con una foto distinta: busco que sus amigos nunca olviden el daño que provoca la violencia.

“Busco que sus amigos nunca olviden el daño que provoca la violencia”

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Hernán carabinero

Durante la noche del 6 de junio de 2013, un pastor de una iglesia evangélica se acercó a la tenencia de la carretera Atacama Sur, que está a la salida de Vallenar. Venía a denunciar el secuestro de Marisol Cuello, pues desde hacía algunas horas le comenzaron a llegar mensajes a su celular de parte de Ramón Barraza, la ex pareja de ella, diciéndole que la había raptado para matarla. A la mañana siguiente me tocó hacerme cargo del procedimiento. Interrogamos al pastor y recuerdo que uno de los mensajes me quedó grabado para siempre: “la voy a matar porque si no es mía, no es de nadie”, decía. La madre de Ramón nos había advertido que su hijo estaba medio loco, que quedó así luego de haber cumplido con el servicio militar. Su padre, de hecho, le había prohibido la entrada a su casa, porque lo encontraba un hombre violento. Marisol también lo sabía. Tiempo antes, lo había denunciado por agredirla, momento en el cual terminaron la relación. El juez había decretado el alejamiento de la víctima y una policía iba todos los días a corroborar que eso se estuviera cumpliendo. Ramón raptó a Marisol cuando ella venía saliendo de la escuela nocturna donde estaba terminando sus estudios. Comenzamos la búsqueda en los pirquenes mineros abandonados que hay en la zona, lugares perfectos para esconderse. Estuvimos toda la tarde en eso, hasta que en la última faena que pretendíamos visitar, encontramos su auto. Estaba atravesado en el camino, dificultando nuestro desplazamiento. Un par de horas antes, una persona había reportado que Ramón le había robado su arma, por lo que suponíamos que en la escena del crimen podría haber heridos, muertos o incluso desatarse un enfrentamiento. No íbamos preparados para la macabra escena con la que nos encontramos. Lo

primero que vimos al llegar, fue una roca ensangrentada y luego dos cuerpos desmembrados por una explosión con dinamita, esparcidos en veinte metros cuadrados: Ramón la amarró, la baleó, y luego explotó junto a ella. En mis 26 años de servicio nunca había visto algo tan violento. Al día siguiente, la fiscalía tenía previsto lanzar una campaña contra el femicidio y relevar un gran logro para la comunidad: Vallenar era uno de los pocos lugares donde no habían ocurrido femicidios en mucho tiempo. Lamentablemente, el fallecimiento de Marisol echó por tierra los buenos números de la zona. Su muerte se convirtió en el asesinato número 20 del año 2013. Por desgracia, ahora tenemos uno de los femicidios más violentos que se haya registrado. Nunca podré olvidarlo.

“Tenemos uno de los femicidios más violentos que se haya registrado”

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Elena

madre de una víctima

Comencé a pololear con Fernando a los 17 años, cuando ambos estábamos en el colegio. Recibí mi primer golpe en esa época, afuera de mi casa. Venía del cine con unos amigos y uno de ellos me había pasado sus guantes. Fernando olió perfume de hombre en mis manos y me partió el labio de una cachetada. Terminé la relación sin contarles nada a mis padres, pero él no soportó que lo dejara. Me siguió durante tres meses para pedirme disculpas. Lo vi llorar tantas veces que le di otra oportunidad. Al poco tiempo, sin embargo, comenzó a decirme que era fea, que estaba conmigo porque el amor era ciego. Fue en esa etapa que quedé embarazada de Karla, mi primera hija. Tuve sentimientos encontrados: por un lado, la felicidad de ser madre; por el otro, la angustia de haber sellado para siempre mi vínculo con Fernando. Terminé casándome por miedo. Mis temores eran reales. Un día, cuando estaba embarazada de mi segunda hija, en un arrebato de celos me pateó hasta que se cansó. Llegué a la clínica con síntomas de pérdida y allá dije que me había caído. Luego de eso le di un ultimátum: después que naciera la guagua tendría que irse de la casa. Pero no ocurrió. Fernanda nació con una anemia aguda, y él decidió utilizar su dinero para quedarse. Siempre había algo que me hacía depender de él. 1997 fue el año en que todo cambio. Por su trabajo, Fernando se ausentó de la casa durante un mes y esas fueron las mejores semanas de mi vida. A su regreso, lo eché. Se volvió loco, como la primera vez que lo dejé. Aunque no vivíamos juntos, se las arreglaba para entrar a la casa y agredirme. Un día llegó curado y me puso un cuchillo en el cuello. Pensé que me iba a matar y luego asesinaría a las niñas. Traté de darle calma, le decía que bajara el arma, que nunca íbamos a ser una familia con esas actitudes. Él

se puso a llorar. Al día siguiente, después de once años de golpes, puse la primera denuncia en su contra. Le dieron orden de alejamiento y juró que nunca me lo perdonaría. Fernando dejó de vernos cuando Karla tenía siete años y Fernanda dos. Ocho años después, Karla se emparejó con un compañero de colegio un año mayor que ella, y allí él regresó para decir que le parecía muy poca cosa. Sebastián, sin embargo, se integró a la familia como un hijo más. A la larga, se convirtió en la única pareja que ella tuvo, hasta que en el 2010 la relación terminó. Sebastián no entendió el quiebre y se puso obsesivo. Iba todos los días a la casa y a Karla le daba pena echarlo, porque se ponía a llorar. Un día, llamaron para decir que Sebastián se había intentado suicidar con un cóctel de pastillas. Karla se sintió culpable y una semana después volvieron. La imagen que tenía de Sebastián cambió. Mi oposición a la relación llevó a que Karla se fuera a vivir a la casa de su abuela paterna. Fernando, que siempre había despreciado a Sebastián, vio en él a un aliado para hacerme daño. Deje de ver a mi hija durante tres meses, hasta que regresó para contarme que iba a ser madre. A las pocas semanas, sin embargo, ella perdió su bebé. La tragedia hizo que Karla y Sebastián se fueran a vivir juntos. Arrendaron un departamento frente a la casa de Fernando, que los ayudó a pagar el arriendo a cambio de que le pasaran una pieza. Karla quedó embarazada nuevamente y mi nieto nació en noviembre de 2012. Comenzamos a juntarnos con mi hija en mi casa. Un día, en abril de 2013, ella se sinceró. Me contó que Sebastián la agredía desde el colegio. Me mostró las cicatrices en su cuerpo y un moretón bajo el pecho, vestigio de la última agresión. Durante esa pelea, Karla le había pedido a su padre que la defendiera, pero él se negó: ‘déjela

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“En pocos meses, mi nieto cumplirá tres años. Todos los días, saluda la foto de su madre que está living de la casa y le dice que la quiere. Hasta ahora, sabe que ella vive en el cielo y que duerme en el cementerio. En poco tiempo deberá ir a terapia. Para ese momento, he guardado toda la información de prensa y las fotos que su madre tanto atesoraba. Hay imágenes de Karla con él, y también de él con su padre. No pretendo ocultarle su historia, mi nieto pronto se enterará que alguna vez estuvo en los brazos del monstruo que mató a su mamá”.

tranquila Sebita, es igual a la madre’, le dijo Fernando al verlo golpearla. Esa fue la primera vez que Karla denunció a su pareja. Luego de eso, echó a ambos de la casa. Con espanto, veía cómo mi historia se repetía en mi hija. Habiendo sido una mujer golpeada, me sentía culpable por no haber detectado la violencia que ella sufría. La segunda denuncia ocurrió el 7 de julio de 2013. Diez días después, mi hija de 25 años murió torturada por su pareja. Una semana antes de su asesinato, le había escrito un mensaje a una amiga: ‘mi padre siempre fue un violentador con mi madre, por eso protege a Sebastián’, le dijo. Fernando continuó con esa defensa en el juicio. Sin ninguna muestra de dolor, a los jueces les dijo que Sebastián amó a su hija y que su muerte fue producto de un arrebato. No era la primera vez que hablaba en favor de él. El día del funeral pidió que lo perdonáramos: ‘pido perdón para él, porque es el padre de mi nieto’, dijo ante la perplejidad de todos. Su esfuerzo no evitó que Sebastián fuese condenado a 20 años de cárcel. Hace pocos días se cumplieron dos años de la muerte de Karla. Su historia ha motivado a algunas mujeres agredidas, a poner freno a la violencia que sufren. En el futuro, quiero que mi nieto sepa que la muerte de su madre no fue en vano. En pocos meses, él cumplirá tres años. Todos los días, saluda la foto de ella que está en el living de la casa y le dice que la quiere. Hasta ahora, sabe que su mamá vive en el cielo y que duerme en el cementerio. En poco tiempo deberá ir a terapia. Para ese momento, he guardado toda la información de prensa y las fotos que su madre tanto atesoraba. Hay imágenes de Karla con él, y también de él con su padre. No pretendo ocultarle su historia, mi nieto pronto se enterará que alguna vez estuvo en los brazos del monstruo que mató a su mamá.

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Translation p. 23 Nataly Activist against violence Our society makes a difference between men and women since we are small children. Crimes against women are the product of a biased education that promotes stereotypes. At school we are told that children play football and girls with dolls, and that distinction unfortunately perpetuates through lives. Those erroneous signals are interpreted in a different way. While society that enables women to earn less money because their gender. It is ideas like these that when take to extremes by aggressive men who will commit acts like femicides. The concept of femicide started to be used in December 2010. The enactment of the law, however, has failed to stop the rise in crimes nor their malice aforethought. There are studies that show that a battered woman takes seven years to go to the police and at that time the attacks to which they are exposed are very similar to those of a woman whose been kidnapped: It seeks to bend them and have their control. Contrary to what one might think, denouncements often become the triggers of the crimes. A large percentage of the women died as a result of when men can’t face the break-up, so death becomes their last chance to control them, regardless of the consequences. Femicide men do not care going to jail or suicide, the important thing for them is a distorted message of superiority: If He wanted, He would take her life. p. 35 Alberto Father of a victim My first encounter with femicide occurred in 2007, when a friend’s

daughter was killed by her husband. The second time was with my daughter. Karen died on March 26, 2014. She was killed by her partner, a guy who I do not want to name. I’m not quite sure how they met, i just know that happened in 2008 and they were coworkers. At that time, Karen was separated from her first husband for about seven years, with whom she had my grandson, so I thought it was good that she dated someone else. My excitement, however, lasted until the day I met him. It may sound like jealousy, but I felt that my daughter had chose wrong. Eventually my intuition would be correct. I was not the only one that felt this way. My mother, who knew her granddaughter well, whispered in conversations that she did not agree with their courtship. She used to name Karen “the judge”, by her unruly character and passion when discussing. My mother believed that my daughter lost this characteristic after meeting him. She was right. I noticed it one day that she promised to go and see a presentation of my dance group and she did not come. A week later I knew that she was dressed up and being a few meters out of her house, that miserable man locked her in. Soon after she started missing all events and family commitments. As Karen began to distance herself, she was becoming a dominated woman. She dressed poorly and lost the will. For four years, she kept in secret all these aggressions, until the end of 2012 they became obvious. During a heated argument they had, my daughter called me and I hit the bastard. She stayed with me a couple of days, but then she returned to him. This dynamic began to be repetitive until on one occasion I accompanied her to make a denouncement, but she withdrew it a few days later. The situation exploded on March 26, 2014 after a week of continuous fighting, that day Karen decided to expelled him out of

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the house. I remember that morning, my daughter went to police to file a denouncement, and the police ask her not to approach to her home until they take him out of the house. She, however, went ahead. She went with a friend to change the lock on the door. He was not at home. A few minutes later, he appeared unexpectedly and locked her in the house. Everything happened suddenly and violently. There was no time to do anything: He beheaded her and then he slashed his wrists and drank acid. I knew this when my youngest daughter called to tell me that Karen had been beaten. When I arrived, the place was full of policemen and cordoned off by yellow tape. I realize immediately that she was dead. Since that day I live in constant reflection and suffering. On the one hand, I’ve been debilitating. I used to go salsa dancing every Friday and on Sundays it was sacred to have lunch in “La casa de la cueca“, but now I do not even want to go out. On the other hand, I have become a loyal defender of Women’s Rights. I am so angry with my gender, I think I could kill a man if I see him beating his partner. Once, in my neighborhood, I saw a young man pushing his girlfriend and told him that if he ever do it again, I would beat the crap out of him. Then I told the girl not to let others to trample her. I stay with a sad question: How many people saw my daughter in this situation and did not intervene? p. 40 Diary 09.27.06 Of Eduardito I have been remembered very little, I’m thinking a lot about Ricardo, I feel anxious and that plays against me. Ricardo is a mature man of 40, he is divorced and has a 9 year old son, currently he lives alone with his dog Rex, I have seen him and been with him for just


a little while, but I feel that he is lovely, I want to feel “cuddled” and spoiled, hopefully I am not wrong, I must go as slow as possible, so that when the shock comes, is intense and good… I want and need for this to turn out well, I need to feel that I am loved and protected, hopefully he is not playing around with me please, please... so that’s it... 10.17.07 It has been more than a year since the last time I wrote, and I have been dating for more than a year with Ricky... In summer holidays we went on vacations the four of us, Ricky and his son (Sebastián), Isaac and I. We were camping in the interior of Molina (Curicó town) the place is called Parque Inglés (English park), a unique experience that hopefully we can repeat, we enjoyed it, we all slept in the tent, Isaac behaved excellent -and with good health- Ricky was well prepared in everything, he handle himself well, we were not hungry. One night a little cold, but I protected Sebastián well, I had my little boy closer to my body, so he did not feel cold, we bathed in the river, we walked at night, we lit up campfires, played cards, Isaac and I watched the stars and greeted the moon, the sky at night was wonderful, really beautiful. p. 41 Diary 10.17.07 April is gone and in August (09) he started working in a mining company. Until now he has done well with money. From the settlement he bought a motorcycle. Time goes by, I feel that we understand each other but I can’t trust him completely, I always think some bad things will happen, I mean, our discussions lead us apart, I see we do not understand each other, sometimes I feel insecure regarding his love, I guess is me who has fears

or blokades, fear of failure or I don’t know. When he is all love to me, I feel loved and protected. I feel I love him, he has been very good to us, he has supported me with arrangements in the house. I do not feel I’m in love, his way of being rough as a military man intimidates me. Last weekend, we talked about the expenses of the house and he said “we should live together” and he began planing he would pay this and that, I heard him, I was not surprised, I think I expected it, he did not overwhelm me with joy either, I replied quietly that perhaps it could be, he would help me with the expenses, I said he would come to live with me as my partner and not to my son Isaac’s room... that was it, we agreed to discuss it later. 10.17.07 Isaac is about to turn 7 years old, he is in first grade, is a good boy, educated, well spoken, a gentleman and talkative, he is a fan of dinosaurs and marine animals, we get along pretty well, I took care to tell and explain him very well all the situations, he knows he can ask whatever he wants. I love you Isaac Andre. p. 59 Lidia Sister of a double femicide Víctor is the black sheep of the family. Not only because he committed femicide, but also because he had a difficult childhood. It is the only one who did not study, did not like to work and had no home. My mother, in fact, took care of him till he was 30 years old, when he met his first partner, Bety. Bety was a good woman. They had four children and they all lived in the house of my mother. They were together for 15 years, until Christmas eve 1998, she got enough and left him for another man. It seemed fair to me. My brother had become an alcoholic

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and her children did not love him. A few days later, Víctor and Bety got together and he hit her with a hammer on the head. It was the first time he assaulted a woman. He spent 71 days in detention at the prison of San Miguel. When he got out of jail, my brother was not the same. On the street he met Marianela, a prostitute with whom he went to live in a rented home in Pedro Aguirre Cerda town. They were together for almost two years, until problems with alcohol broke the relationship. He was kicked out of the house on New Year’s Eve 2003, but returned a few days later to apologize. Marianela accepted him again. To celebrate, Víctor drunk four liters of beer in two hours. When he was drunk, came the madness. He argued with his partner and stabbed her 14 times. He tried to run away with his clothes all covered in blood, but neighbors stopped him. Immediately he confessed to the crime. At that time there was no law of femicide and Víctor was sentenced to five years in prison, but good behavior allowed him to leave earlier. He returned to the street and continued drinking. Working as a gardener in a plaza he met Zulema, his third partner. They moved in together to Huechuraba town. One day my mom called him and Zulema answered. She was desperate, because Víctor had beaten her. My mother told her to grab his things and leave. She saved her life. Víctor told us he did not know what happened to him with women, when he got drunk he was doing nonsense, but soon after he regretted. My mother and I were suffering, because at any moment we knew he was going to kill another person. When in 2009 he met Verónica, however, we thought he had changed. He was living again at the “Hogar de Cristo” shelter for homeless people and worked in a plaza near Estación Central, watering the gardens. He came one day to let us know


that he was starting clean again, Verónica had introduced him to her parents. He said he sometimes had bad thoughts, but he tried to handle it. Unfortunately, It was not enough. On the evening of April 8 of that year he came drunk to my house. He said he had killed Verónica in a motel room, that he had been possessed by the devil and he stabbed her in the neck. I thought he was joking, it was impossible that my brother would have killed a partner for a second time, soon after, I watched the news and It was true. That night I denounced him to the police. They arrested him and a year later he was accused of murder with premeditation. I stated at the trial against him and they gave him 15 years in prison. During the first visit I told him I was not sorry that I had handed him over to the police, it was fair to pay for his evilness: Víctor had 4 partners, he hit all of them and killed two. Months later the law against femicide was approved. I hope that when he leaves prison he does not commit another crime again. p. 70 Daily planner sheet Tonight, Ricardo asked me a question... I answered afraid that he could raise his voice... that did not happen. Why? For what I’ve already proved, when he feels physically insecure, I mean, he recently had surgery in one leg and he has little mobility, He is calm, he did not scream at me, did not raise his voice. That is good. I write this so that in the future he would be able to read it. p. 83 Mabel Forensic photographer The first time I saw a dead body I was 31 years old. He was a construction worker who had a fall. I remember I could not stop

looking at his uniform and the logo of the company for which he was employed. The man I had to photograph left home early this morning to go to work and he would never return. Over time, things like that disappear from your thoughts. The experience in this profession makes one gradually lose the ability of astonishment, in exchange for winning an infallible intuition when it comes to establishing possible causes of death. I am not a doctor, but photographing dead bodies for such a long time I am able to recognize some effects that death causes in them. In my scale, parricides are by far the cruelest crimes to which I have faced: a father kills his children, his wife, and then himself. Within a few hours the whole family is in the autopsy room. The same happens with femicides. The bodies of the murdered women arrive extremely assaulted. Many of them are shot, beaten, or stabbed multiple times, for the most diverse motives: outbursts of anger, jealousy, or simply a demonstration of power over the other. Most of the time, the confrontation with a case occurs with very little information about the motifs. The intuition gained over the years, however, it allows the reading of the marks on the body and put together a coherent report from open wounds, hematomas or old scars. I know exactly when a woman has been killed by a man. One time I got to see the body of a woman who was stabbed to death. Her skin had many deep cuts, and some of them in vital organs and in their hands and forearms, clear signs of a sterile attempt of defense. While photographing close-ups of those wounds, some old marks began to appear in the camera. They were old burns and blows. Although the cause of death was an accurate stab in the heart, there was no doubt that woman had died as a result of a slow death. It is painful seeing those bod-

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ies and feel that nobody noticed in time to help her. pp. 90-91 Newspapers Brutal love drama in a motel of Valdivia. Horror: Femicides cases increased 40% this year. Businesswoman was slaughtered and burned in her car! Victim of femicide reported her aggressor two times in the same day. Neighbors heard when because of love Vanessa was killed. p. 101 Mónica Mother of a victim Mireya was my only child. She came into my life in November 26, 1986, when a court chose us as family caregivers, after her biological mother left her in an orphanage. Soon we adopted her. She had two birthdays: the day she was born and the day the court gave her to me. Within a few years, my husband and I separated, and my daughter and I started a journey through different cities, from La Unión to Rancagua, the place we settle in 2006. There, Mireya finished her high school and also she graduated as a programming technician. Then she emigrated to Santiago city. For her, the capital was the place that opened her world. She arrived there to do an internship in 2010 and after that, she was already working. A few months later I asked for a mortgage loan and I bought an apartment for her. In the middle of that year she called me to say she had met a man and wanted to live with him. I said no problem, but the only condition was that she was sure of what she felt. Mario was a year younger than my daughter and he was also from Rancagua city. I encountered with


him at several parties. In my house we spent Christmas in 2010 and in April 2011 we celebrated his birthday at the barbecue place in her Santiago apartment. Two months after that, Mario and Mireya exchanged engagement rings. My daughter looked happy. I am not sure when the problems started between them, but I knew what were the reasons. After the engagement, Mireya began to feel stressed about her life. She was working, studying engineering, and came home around midnight to take care of the housekeeping, because Mario did not help her. I saw my daughter increasingly disenchanted about her relationship, but also happy for her personal achievements. The day she was killed, for example, she received good news: she had been selected for a position in a bank - Banco del Estado-. Mireya died on November 26, 2011. She died after Mario jumped from the balcony of the apartment taking her with him, after returning from a celebration because of the new job. He, however, remained alive. He told the judges that all was a terrible accident, but researches in the apartment, security cameras in the building, and the statements of witnesses, put together a different story about what really happened that night: they were drunk, my daughter argued with him, she asked him to get out of the house, he lost control, forced her out of the bed and he threw her out amid cries of pleas. The judges sentenced him to 15 years in jail. Mireya’s departure has been a steep learning curve for everyone. In these years of mourning, I took refuge in my work, and writing has been a loyal partner in this sadness. For some time now I started to write in a blog that tells the story of Mireya, and every 15 days I update her Facebook profile with a different picture: my hope is that her friends never forget the damage caused by violence.

p. 117 Hernán Police officer During the night of June 6, 2013, a pastor of an evangelical church approached the highway of Atacama south tenure, which is in the exit of Vallenar town, he came to denounce the kidnapping of Marisol Cuello, because from a few hours earlier he had begun to get messages in his cellphone from Ramón Barraza, Marisol’s former partner, telling him that he had kidnapped Marisol to kill her. The next morning I had to take care of the procedure. We questioned the pastor and I remember that one of the messages stuck with me forever: “I’ll kill her because if she is not mine, she is not with anyone else” he said. Ramón’s mother had warned us that his son was somewhat crazy, that he started behaving like that after having completed his military service. His father, in fact, had forbidden him the entrance to his house, because he was a violent man. Marisol knew it too. A while ago, she had denounced him for assaulting her, at which time the relationship ended. The judge had stated for him to stay away from the victim and police every day went to assure that this request was being fulfilling. Ramón kidnapped Marisol when she came out of evening school where she was finishing her studies. We started searching abandoned “pirquenes” -small mines made in an artisan way- in the area, the perfect place to hide. We were doing that the whole afternoon, until the last labor we pretended to visit, we found his car. It was across the road, hindering our movement. A few hours earlier, someone had reported that Ramón had stolen his gun, so we assumed that in the crime scene we could find injured people, killed or it could unleash a confrontation. We were not prepared for the macabre scene that we found. The

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first thing we saw was a bloody rock and then two bodies dismembered by a dynamite explosion scattered in twenty square meters. Ramón had tied her, shot her, and then he made himself explode along with her. In my 26 years of service, I have never seen something so violent. The next day, the prosecution building planned to launch a campaign against femicide and highlight a great achievement for the community: Vallenar town was one of the few places where femicide had not happened in a long time. Unfortunately, the death of Marisol shattered the good numbers in the area. Her death became the 20th murder of the 2013. Unfortunately, now we have one of the most violent femicide ever registered. I could never forget it. pp. 132-133 Elena Mother of a victim I started dating Fernando at age 17, when we were both in school. Soon after, he hit me the first time outside my house. I was coming back from the cinema with some friends and one of them gave me his gloves. Fernando smelled man perfume in my hands and he cut my lip by a slap. I ended the relationship without telling anything to my parents, but he could not stand that I had left him. He stalked me for three months asking forgiveness. I saw him cry many times that I gave him another chance. After a while, however, he began to tell me I was ugly and he was with me because love was blind. It was at that time I got pregnant with my first daughter Karla. I had mixed feelings: on the one hand, the joy of motherhood; on the other, the anguish of my relationship with Fernando been sealed forever. I ended up marrying him out of fear. My fears were real. One day when I was pregnant with my second daughter, in a fit of jealousy he kicked me


until he got tired. I arrived at the clinic with miscarriage symptoms and said I had fallen. After that I gave him an ultimatum: he would have to leave the house or I would have to go to the police. But it did not happen. Fer-nanda was born with acute anemia, and he decided to use his money to stay. There was always something that made me dependent on him. 1997 was the year everything changed. Due to his work, Fernando was absent from the house for a month and those were the best weeks of my life. On his return, I told him to leave the house. He went crazy, as the first time I left him. Although we did not live together, he managed to enter the house and attack me. One day he came over drunk and held a knife to my neck. I thought he would kill me and my girls. I tried to calm him, told him to put the weapon down, that we would never be a family with those kinds of attitudes. He started to cry. The next day, after eleven years of having been physically abused, I put the first denouncement against him. He was given a restraining order and he swore he would never forgive me. Fernando stopped seeing us when Karla was seven years old and Fernanda two. Eight years later, Karla started dating a classmate -Sebastián- a year older than her, and Fernando returned to say this man was not good enough for his daughter. However, Sebastián became part of the family. Eventually, he became her only partner, until the relationship ended in 2010. Sebastián did not understand the break up and got obsessive. He went every day to the house and Karla felt sorry asking him out of the house, because he would cry. One day, someone called to say that Sebastián had attempted suicide with a cocktail of pills. Karla felt guilty and they got together a week later. The image I had of Sebastián changed. My opposition to the relationship led to Karla going to live

at her paternal grandmother’s house. Fernando, who had always despised Sebastián, saw him as an ally to hurt me. I stoped seeing my daughter for three months, until she returned to tell me that she was going to be a mother. Within weeks, however, she lost her baby. The tragedy pushed Karla and Sebas-tián to live together. They rented an apartment in front of Fernando’s house, who helped pay the rent in exchange for letting him live with them. Karla became pregnant again and my grandson was born in November 2012. We started to get together -with my daughter- in my house. One day in April 2013, she was sincere. She told me that Sebastián had abused her since they were in school. She showed me the scars on her body and a bruise below her breast, the last vestige of aggression. During that fight, Karla had asked his father to defend her, but he refused: Let her quiet “Sebita” she is like her mother. Fernando said when saw him hit her. That was the first time karla denounced her partner. After that, she got both out of the house. With horror, I saw how my story was repeated in my daughter. Having been an abused woman, I felt guilty for not having detected the violence she suffered. The second denouncement oc-curred on July 7, 2013. Ten days later, my 25 year old daughter died tortured by her partner. A week before her murder, she had written a message to a girlfriend: ‘My father was always vio-lent with my mother, therefore protects Sebastián’, she told her. Fernando continued in his defense at trial. Without any sign of pain, he told the judges that Se-bastian loved his daughter and that her death was the result of an outburst. It was not the first time he had spoken in his favor. The day of the funeral he asked for our forgiveness: “I ask forgiveness for him because he is

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my grandson’s father,” he said to the bewilderment of everybody. His effort did not prevent Sebastián been sentenced to 20 years in prison. A few days ago was the second anniversary of Karla’s death. Her story has motivated some battered women, to stop the violence they suffer. In the future, I want my grandson to know that his mother’s death was not in vain. In a few months, he will be three years old. Every day, he greets the photo of his mother that is in the living room of the house and tells her he loves her. So far, he knows that his mother lives in heaven and she is sleeping in the cemetery. Soon he should do therapy. By then, I have kept all press information and photos that her mother treasured. There are images of Karla with him, and also my grandson with his father. I do not intend to hide from him his story: my grandson will soon learn that he was once in the arms of the monster who killed his mother.


Dedicado a todas las mujeres que fueron víctima de femicidio, sus muertes no serán en vano y sus nombres jamás olvidados. _To all the women who were victims of femicide, your deaths will not be in vain and your names will never be forgotten.

Agradecimientos _Acknowledgements Aribel González, Alejandro Olivares, Constanza Olivares, Nicolás Wormull, Jorge Rojas, Rossy Araya, Patrick Cornejo, Iva Wilson, Ronnie Fuentes, Karen Placencia, Rodrigo Gómez Rovira, Miguel Ángel Larrea, Miguel Ángel Felipe, Christopher Morris, Patricio Miranda, Javier Álvarez, Jorge Aceituno, Carla Möller, Montserrat Rojas, Roberto Candia, Felipe Coddou, Sonia Cuevas, Camila Oyarce, Verónica Torres, Daniela Yañez, Mauricio Zarricueta, Fabián España, Nataly González, Hilda Valdivia, Hernán Ibaceta, Mabel Díaz, Ana González, Lidia Calderón, María Angélica San Martín, Martin Silva, Davis Jeria, Alexander Fuenzalida, Geraldine Selaive, Vianel González, Lucía López, Gerson González, Mono, Maxwell Kangkolo, Gilles Favier, Pep Bonet, Daniel Power, Francesco Giusti, Daniel Barraco, Giana Choroszewski, Lisa Yansey, Shaady Salehi, Giuseppe Oliverio, Alejandro Kirchuk, Nicolás Uboldi, Federico Telerman, Nanu Cibils, PHM, The Clinic, Colectivo Rectángulo, Open Society Foundations, VII Photo Agency.

Sin la ayuda de ustedes este proyecto no hubiera sido posible. _Without your help this project would never be possible. Fotografías_Photographs Cristóbal Olivares Edición_Editing Nicolás Wormull Alejandro Olivares Cristóbal Olivares Diseño y Dirección de Arte _Design & Art Direction Aribel González Textos_Texts: Jorge Rojas Traducción_Translation Rossy Araya ISBN: 978-956-358-990-0 Publicación_Publication Buen Lugar ediciones

A toda mi familia. Primera Edición de 500 ejemplares impresos en Ograma Impresores _First edition of 500 copies printed in Ograma Impresores.

En especial a todos los familiares que decidieron apoyar el proyecto compartiendo sus historias: _Special thanks to all the relatives who decided to support the project by sharing their stories:

Santiago, Chile. Octubre 2015 www . a-mor . co

Cornelio Veizaga, Macky Castro, Leonardo Pastenes, Elena Muñoz, Mónica Álvarez, Alberto Sotomayor, Fabiola Rojas, Margarita Soto, Margarita Martínez.

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Proyecto financiado por Fondart convocatoria 2015


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A-MOR - Cristóbal Olivares  

A-MOR es un proyecto documental del fotógrafo Cristóbal Olivares sobre violencia doméstica y femicidio en Chile, lugar donde cada año más de...

A-MOR - Cristóbal Olivares  

A-MOR es un proyecto documental del fotógrafo Cristóbal Olivares sobre violencia doméstica y femicidio en Chile, lugar donde cada año más de...

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